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del conoc1m1ento, y cuyos inmensos conoc1m1entos históricos y

teóricos, van unidos a su gran capacidad dialéctica, propia de ún


buen abogado. No hay una sola línea en este libro que no haya sido
objeto de las perspicaces preguntas de John. Gran parte de lo mejor
que contiene se lo debo a él, mientras que los defectos que puedan
haber quedado en la obra son necesariamente, incluso tercamente,
míos.
El magistral libro de Paul Barkett Marx and Nature: A Red and
Green Perspectíve [Marx y la naturaleza: una pmpectiva verde y roja}
(1990) no sólo forma parte del fondo que ha servido de apoyatura
a mi escritura, sino que es también un esencial complemento del
análisis que aquí hago. Si a veces he renunciado a desarrollar plena­
mente los aspectos políticos y económicos de la ecología marxiana,
ello se debe a que la existencia de este libro lo hace innecesario y
redundante. Los años de estimulante diálogo con Paul han contri­
buido mucho a afinar el análisis que sigue.
Con Paul Sweezy, Harry Magdoff y Ellen Meiksins Wood, los tres
directores de Monthly Review, estoy en deuda por su estímulo y por
la fuerza que me aporta su ejemplo. La dedicación de Paul al análi­
sis medioambiental ha sido un importante factor que me ha impul­
sado a seguir esta dirección. Christopher Phelps, quien, en sn cali­
dad de director de la Editorial de Monthly Review Press, ha tenido
que ver con el libro desde el comienzo, me ha ayúdado en numero­
sas ocasiones de una manera importante.
No hace falta decir que el amor y la amistad son esenciales para
todo cuanto es verdaderamente creativo. Quisiera expresar aquí mi
agradecimiento a Laura Tamkin, con quien comparto mis sueños, y
a Saul e Ida Foster, así como a Bill Foster y Bob McChesney. A Saul
e Ida, y a toda su joven generación, dedico esta obra.

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finales del siglo XXVIII y principios del XIX. Por esta razón, la
obra de Paley se leía como una demostración geométrica, y gran
parte de su significado se derivaba de la fusión del militarismo del
siglo XVIII con la teología natural.
No obstante, los argumentos eran similares a los que sostenía Ray.
El mismo énfasis se encuentra en el planteamiento del diseño, a tra­
vés del cual Dios se manifestaba en las obras de su creación. Mien­
tras que Ray se refería a un reloj de pared, Paley hacía la analogía
con un reloj de bolsillo y convertía la noción de un Dios fabricante
de relojes en fundamento de su teología narural. Según Paley, para
cualquier observador era obvio que no era posible que existiese algo
tan ingeniosamente ideado como un reloj de bolsillo sin la existen­
cia de un artífice y, si la naturaleza era todavía más maravillosa e
intrincada en su mecanismo, ¿no podía ser esro también válido para
la naturaleza? Tan lejos llevó su ejemplo de la analogía del reloj de
bolsillo en la introducción de su Teología natural, que desarrolló la
imagen extravagante de un reloj que engendra otros relojes, noción
que se supone que no lleva a otra cosa que a la "admiración por la
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invención" y por la "extraordinaria habilidad del inventor".
Paley no se detuvo en la metáfora del reloj, sino que expuso con
gran detalle algunas de las "invenciones" particulares de la naturale­
za y de la providencia, en las que sostenía que se hacía patente el
diseño de Dios. Así, insistió en las maravillas del ojo humano y en
la perfección geométrica de las colmenas. Darwin, a quien impre­
sionaba enormemente esta parte del razonamiento de Paley, creyó
necesario discutir esras mismas manifestaciones histórico-naturales
a fin de rebatir la visión teleológica de la teología natural.
Quizá el mejor ejemplo del extraordinario alcance al que Paley
llevó su argumento del diseño lo podemos encontrar en la manifes­
tación que éste hizo sobre el comportamiento instintivo que se ocul­
ta en las aves hembras cuando están incubando los huevos. "Nunca
veo a un ave en esa situación -dice -, pero reconozco que hay una
mano invisible que hace que la satisfecha prisionera permanezca
apartada de sus campos y bosquecillos". Aquí Paley invoca la "mano

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Mr. Godwin, M. Condorcet and Other Writers [Ensayo sobre el prin­
cipio de la población tal como aficta a lajittura mejora de la sociedad;
con observaciones sobre las especulaciones de Mr. Godwin, M Condor­
cet y otros autores}. Se trataba de un tomo en octavo menor, de tipo­
grafía poco apretada, de 396 páginas, y que contenía alrededor de
50.000 palabras. Esta obra anónima estaba dirigida, principalmente,
como su título indica, a rebatir las ideas de pensadores tan influyen­
tes como William Godwin en Inglaterra y al marqués de Condorcet
en Francia, quienes, dentro del espíritu general de la Ilustración, y
como reacción ante la Revoh.¡ción francesa, habían sostenido que el
progreso humano sin fin era posible. Por el contrario, el autor del
ensayo anónimo defendía la sombría opinión de que el principio
fundamental que guía a la sociedad humana, y que rige las expecta­
tivas de un futuro mejor, era el "principio de la población", según el
cual la población humana, si no se la restringía, tendía a crecer en
progresión geométrica ( 1 , 2, 4, 8, 16, etc), mientras que los alimen­
tos disponibles lo hacían en progresión aritmética (1, 2, 3, 4, 5,
etc.). Desde el momento en que el -crecimiento de la población
nunca podría exceder el aumento de los alimentos, sería preciso es­
tablecer algunos controles naturales con el fin de mantener un equi­
librio entre la población y los medios de subsistencia. Pero se insis­
tía en que todos estos controles naturales llevaban a la miseria y al
vicio, y por lo tanto constituían una barrera insuperable para la me­
jora indefinida de la sociedad y para todos los felices programas que
promulgaban los optimistas de la Ilusrración.
Impresionado por este tratado, Paley concluiría su Teologla natu­
ral advirtiendo de que "la humanidad de todos los países" siempre
"se reproducird hasta un punto peligroso", lo que formaba parte del
plan impuesto por la Divinidad. Por lo tanto, "de manera natural,
la población le va pisando los talones a las mejoras". "Sin embargo,
esos límites, si es que acaso se puede hablar de ellos -insistía Paley­
sólo se aplicaban a las necesidades animales", mientras que las necesi­
dades morales pueden satisfacerse de manera ilimitada.15
El autor anónimo del Ensayo sobre la población, que había ejercí-
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do semejante influencia sobre Paley, no era otro que Thomas Robert
Malthus (1766-1834). En la época en que Malthus escribió la pri­
mera versión de su Ensayo era simplemente un párroco inglés de 32
años de edad. Más tarde se convertiría en uno de los economistas
políticos clásicos más eminentes. Malthus provenía de una familia
acomodada y estudió en la Universidad de Cambridge. Su padre,
David Malthus, era amigo de David Hume, así como amigo y se­
guidor de Jean-Jaques Rousseau. Fue a raíz de una discusión infor­
mal con su padre en torno a la obra del utópico William Godwin
cuando Malthus se decidió a desarrollar por primera vez la idea prin­
cipal de su ensayo sobre la población.
Después de ejercer unos cuantos años como párroco rural, Mal­
chus fue destinado a la facultad de la universidad de la East India
Company, en Haileybury, donde pasó a ocupar la primera cátedra
de economía política de Gran Bretaña, cargo que ejerció hasta el
final de sus días en 1834. No solamente se le conoció en vida por el
Ensayo sobre losprinipios de lapoblación, que llegó a alcanzar seis edi­
ciones, sino también por los Principios de Economfa Política [Princi­
pies ofPo!itical Economy}, publicados en 1 820.
Aunque la obra Ensayo sobre la población de Malthus trataba de
economía política, también fue el resultado de su naturalismo cleri­
cal. Al adoptar el punto de vista de la teología natural, Malthus in­
sistía en que "debemos razonar a partir de la naturaleza para llegar a
la naturaleza de Dios y no pretender razonar a partir de Dios para
llegar a la naturaleza". El Ser Supremo, a través de los "misericor­
diosos designios de la Providencia... dispuso que la población cre­
ciese más rápidamente que los alimentos", una ley general que, se­
gún él, generaba un "mal parcial", pero asimismo "un bien que lo
compensaba con creces", por cuanto exigía un esfuerzo mayor en
forma de trabajo humano para obtener los medios de subsistencia.
Incluso la desigualdad humana y los apuros económicos se podían
justificar por pensarse que "un curso uniforme de la prosperidad"
más "degradaría el carácter que lo elevaría". Así, las privaciones des­
pertaban "las virtudes cristianas". Efectivamente, Malthus creía que

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