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DEBATES LITERARIOS

Anatomía de la edición
Generalmente erudito y con criterio, el editor es la sombra de todo escritor: hace de
consejero, psicólogo, conseguidor
 Festival Eñe: Cuando los escritores no bastan
LEILA GUERRIERO 19 NOV 2015 - 23:59 CET

 ¿Un lector omnívoro, un especialista en diseño, estrategias de marketinge historia


de la encuadernación? ¿Alguien que lee 100 libros por año —quizás más—, que sabe
de cine y de teatro, de fotografía y de moda? ¿Una persona a la que no hay que
explicarle cuál es el hotel en el que conviene hospedar al escritor equis porque no
sólo sabe perfectamente cuál es ese hotel, sino que, además, sabe qué clase de
almohada, whisky y comida le gustan al escritor equis y conoce los sitios que es
mejor evitar para que no se encuentre con el escritor eme, a quien odia? ¿Alguien
que sabe qué decir cuando el escritor zeta lo llama llorando porque un crítico ha
destrozado su novela? Alguien, en todo caso, que un día recibe un manuscrito y
que, para convertirlo en libro, atraviesa un largo proceso que incluye sugerir
cambios en el texto, apoyar al autor en momentos de incertidumbre o miseria
económica, pensar un título, evaluar la portada, planificar en qué mes conviene
hacer el lanzamiento, contener la ansiedad del autor ante las primeras críticas, vivir
los triunfos del autor como si fueran propios, los golpes del autor como si fueran
propios, el crecimiento del autor como si fuera propio, y todo eso para que, al final
del camino, si todo sale bien, se le cite entre un grupo de gente para el cual nombres
como Robert Gottlieb, Jorge Álvarez, Bennett Cerf, Maxwell Perkins, Kurt Wolff,
Jérôme Lindon o Giulio Einaudi quieren decir alguna cosa. Un grupo de gente, por
cierto, bastante pequeño.

“La cualidad número uno del editor respetable”, escribió la chilena Andrea Palet,
editora de Libros del Laurel, en su texto Brevísimo manual para jóvenes
editores, “es la capacidad de quedarse inmensamente callado (…) Es duro ser una
sombra, y ni siquiera eso te lo van a agradecer, pero si eres editor es porque te
gustan los libros, leerlos, tocarlos, rodearte de ellos, pensarlos, crearlos: bien, esa y
no otra ha de ser tu callada recompensa”. Más allá de la crisis, de los cambios que
ha sufrido el negocio, de la irrupción de la tecnología, ¿en qué consiste el trabajo —
la vocación— de ser una sombra; el trabajo —la vocación— de ser un editor?

“Es trabajar con gente interesante y talentosa, correr el riesgo de tomar una
decisión acertada, presentar cosas nuevas a los lectores”, dice Pilar Reyes, directora
de la editorial Alfaguara. “Es estar tras la escena del talento, y esa conversación con
los autores es fantástica”.

Claudio López Lamadrid, director literario de Penguin Random House, estudiaba


Derecho sin convicción cuando su tío, Toni López, al frente de Tusquets con Beatriz
de Moura, le pidió ayuda para hacer un trabajo de fuerza bruta.

Cuando eres un editor pequeño, haces los paquetes para los envíos, la maqueta,
eres tu propio jefe comercial
Julián Rodríguez
“Mi primer trabajo editorial fue trasladar el archivo de libros de Tusquets desde la
casa de Beatriz de Moura a otro sitio. El siguiente fue borrar el precio de los libros
en la primera página. Se anotaban allí, y cuando cambiaban había que borrarlos.
Luego empecé a revisar las traducciones. Es un trabajo muy artesanal, que se ha
perdido. Los editores que hoy tienen 30 años no trabajan los textos. Para mí, ser
editor es trabajar con los textos. Para los de hoy en día, es vender libros”.

Luis Solano lleva 11 años al frente de su editorial, Libros del Asteroide. Siempre
supo que lo suyo eran los libros, pero había estudiado Derecho y trabajaba en una
consultora, donde le encargaron llevar los temas del libro electrónico en Planeta.

“En Planeta empecé a darle vueltas a la posibilidad de montar una editorial. Los
libros me parecían lo más grande a lo que podía dedicarle mi vida. Ya que no me
reconocía talento para escribir, no se me ocurría una manera de estar más cerca de
los libros que esa. Si estás en esta profesión es porque tienes claro que el talento
está en otro lado. En el triunfo del autor está tu triunfo”.

“Éramos pobres, en Extremadura”, dice el español Julián Rodríguez, escritor


y editor de Periférica. “En casa sólo había un Quijote y una Biblia. Los libros fueron
el primer patrimonio con el que pudimos hacernos por nuestros propios medios.
Para mí una editorial es un proyecto intelectual. Hay personas que pensaron una
serie de ideas y devienen empresarios para poder defenderlas. No me fascina la
partepop star que puede tener un editor en este tiempo. La literatura nunca ha sido
una chaqueta que te pones para declararte intelectual”.

Al escritor argentino Damián Tabarovsky, exeditor de Interzona y ahora de


Mardulce, le habían ofrecido, en los noventa, dirigir una colección de nouvelle en
una gran editorial.

“Y dije que no, porque me parecía que los editores eran todos delincuentes. Tenía la
idea de que tenías que hacer concesiones comerciales. En 2008, Fogwill me contó
que estaban buscando un editor en Interzona. Le dije lo mismo: los editores son
todos delincuentes. Y me dijo: ‘No seas boludo, nadie sabe más que vos de la
historia de la edición. Y además, vos entrás y me pagás anticipos más altos’. Entré a
Interzona y descubrí un oficio que me encantó y que no quisiera perder. Para mí un
editor es una persona erudita, que lee mucho y tiene un criterio de lectura, y editar
es una forma subrepticia de opinar sobre el estado de la cultura contemporánea”.

Jorge Herralde, fundador de Anagrama, estudió ingeniería aunque su gusto por el


mundo editorial venía desde la adolescencia y lo compartía con su amigo Carlos
Durán.

“Su padre era encuadernador, muy amigo y colaborador de Janés, el gran editor de
los años cuarenta y cincuenta, y yo iba a menudo a su casa, donde tenían todo el
fondo de Janés. Allí descubrí lo que era ser un editor, elaborar un catálogo
coherente e imaginativo, con vocación artesanal y elevado sentido de la estética”.

Si estás en esta profesión es porque tienes claro que el talento está en otro lado.
En el triunfo del autor está tu triunfo
Luis Solano
Recién en 1969 salieron los primeros títulos de Anagrama. Si la editorial comenzó
como “caja de resonancia de la izquierda heterodoxa”, a fines de los setenta el
interés por los libros políticos decayó, pero, para entonces, Herralde ya había
iniciado la colección Contraseñas y, luego, Panorama de Narrativas (con autores
como Bukowski, Nabokov y un larguísimo etcétera), lo cual hace pensar que el
editor es no sólo una persona tozuda —alguien que quiere contar su visión del
mundo—, sino también alguien capaz de ejecutar las maniobras de ajuste
necesarias para que el negocio no se estrelle y, en cambio, siga en turbulento pero
muy seguro vuelo hacia el destino final.

“En muchas ocasiones pones tanto o más trabajo en libros que fracasan como en
libros que funcionan”, dice Miguel Aguilar, editor del sello Debate. “Con lo cual
cuánto de ese éxito se te atribuye a ti es cuestionable. Un requisito fundamental es
la capacidad de entusiasmarse permanentemente, porque si un libro fracasa y te
desilusionas, te vas a casa y no editas nunca más”.

“Cuando eres un editor pequeño, haces los paquetes para los envíos, la maqueta,
eres tu propio jefe comercial”, dice Julián Rodríguez, de Periférica. “Te vas a tomar
un vodka tonic con el autor y al día siguiente estás haciendo cajas. Este trabajo te
obliga a ser humilde. El texto siempre es más importante que tú. Eres un lector
privilegiado. Pero no eres el autor”.

“Hay muchos escritores con los que he trabajado muchísimo el texto y jamás han
tenido una palabra de reconocimiento”, dice Claudio López Lamadrid, “y está muy
bien, yo no lo espero en absoluto. Me gustaría que mis autores sintieran que
conmigo pueden hablar de sus libros. La parte más bonita es el trabajo con el autor.
El escritor es una persona frágil y yo siento que puedo ser desde mamá hasta
guardaespaldas, me gusta hacerlo.

“Yo tengo todos los pecados menos la envidia”, dice Matías Rivas, director editorial
de Ediciones Universidad Diego Portales, de Chile. “Hay que pasarlo bien cuando a
los otros les va bien. Eres el entrenador del equipo. Sabes que si el equipo se cae, te
echan a ti. No van a echar a los jugadores”.

“Tenía un amigo argentino”, dice Luis Solano, “que me decía que con las mujeres
tienes que estar en la APC: actitud permanente de conquista. La APC de un editor
es estar siempre con las antenas alerta a los libros. Si estás en una conversación y
alguien menciona un libro, tomas nota y lo miras al día siguiente”.

El catálogo es el sello y la patria de un editor, un sitio con fronteras definidas que


emite un mensaje claro
El editor es, quizás, un entusiasta serial que recoge las esquirlas del entusiasmo
ajeno y alimenta su caldera con intuición, erudición, ambición, curiosidad y algo de
buena suerte: Francisco Porrúa supo de la existencia de Ray Bradbury porque leyó
un artículo de Jean-Paul Sartre en Les Temps Modernes donde se lo mencionaba,
compró los derechos por poco dinero y Crónicas marcianas fue, en 1955, el primer
libro de su editorial, Minotauro; luego, siendo editor de Sudamericana, llegó a
Gabriel García Márquez al leer una entrevista incluida en Los nuestros, el libro de
Luis Harss: lo contactó y García Márquez le ofreció su nueva novela, Cien años de
soledad, que ya había ofrecido, sin éxito, a Carlos Barral en España. El argentino
Jorge Álvarez fue el primero en publicar a Piglia, Rodolfo Walsh, Saer y Manuel
Puig; Kurt Wolff reunió, en 1917, a Kafka, Robert Walser y Georg Trakl en su
catálogo. La importancia de esos autores dentro del sistema literario resulta ahora
muy clara, pero la dificultad para evaluar la obra de un contemporáneo ha
producido catástrofes que la indulgencia de los años transformó en grandes
momentos de morbo en la historia editorial, como, por ejemplo, cuando André
Gide, trabajando para Gallimard, rechazó Por el camino de Swann, de Marcel
Proust.
“De todos modos”, dice con pragmatismo calcáreo Miguel Aguilar, “no eres editor
sólo para descubrir a Proust. Si descubres a Proust y no consigues que nadie lo lea,
es como si no lo hubieras descubierto. La parte bonita del trabajo del editor es que
estás en contacto con la realidad más descarnada, que es el mercado.

El catálogo es el sello y la patria de un editor, un sitio con fronteras definidas que


emite un mensaje claro: dice a los lectores “aquí encontrarás La muerte de
Virgilio, mas no Juan Salvador Gaviota”.Pero cuando el catálogo aún no existe,
¿con qué criterios se dirime qué sí y qué no?

“El catálogo mismo va seleccionando autores”, dice Leonora Djament, editora de


Eterna Cadencia. “Nos ha pasado con libros buenísimos y sentir que quedan sueltos
en el catálogo, y tener que decir que no porque un libro que queda suelto no tiene
buen augurio. Y no alcanza con el gusto. Uno no puede publicar sólo lo que le gusta.
Hay libros con los que puedo no estar de acuerdo, pero me parecen fundamentales
para pensar una cuestión determinada”.

El editor italiano Giulio Einaudi hablaba de “la edición sí” (la que no sale al
encuentro de los gustos del público, sino que introduce nuevas tendencias) y “la
edición no”, que trata de satisfacer los deseos más obvios del público.

Un buen editor es un tipo que trabaja con animales salvajes. Que hace que los
animales salvajes produzcan y que nunca los domestica
Matías Rivas
“No es tanto que los libros se lleven bien entre ellos, sino que no se odien”, dice Luis
Solano. “Saber mejor lo que no te vas a encontrar que lo que sí. Dos textos en dos
editoriales distintas le están diciendo al lector cosas diferentes. Zweig era un autor
de best sellers en los años treinta y Jaume Vallcorba lo publica en Acantilado y
propone una lectura distinta. Si a Zweig lo pones al lado de los ensayos de
Montaigne, le estás diciendo al lector: ‘Este autor está al nivel de este’. Por eso es
importante la credibilidad del catálogo. Si la pierdes, desaprovechas el arma
fundamental de convencer a los lectores de que lo que publicas es bueno”.

“Yo había sido librero, y cuando empecé en la UDP sabía que todo aficionado a la
lectura alguna vez va a comprar algunos libros comoLas flores del mal o Una
temporada en el infierno”, dice Matías Rivas. “En Chile teníamos a Nicanor Parra,
Enrique Lihn, pero no encontrabas sus libros. Decidí hacerme cargo de eso y de la
crónica, de los géneros híbridos. Pero no tiene que ver con mi gusto personal. Si
fuera así, estaría publicando a Tácito. La literatura es un reflejo de otras cosas
sociales, como la moda. Miro los desfiles de Alexander McQueen, por ejemplo,
porque cuando tipos como esos deciden que la moda es punki, el correlato
es Cincuenta sombras de Grey. Siempre hay una relación torcida entre una cosa y
la otra”.

Cuando el manuscrito llega al editor es necesario, en ocasiones, ajustar tornillos,


pulir aristas. En esa instancia hay editores que eligen hacer un trabajo de
carpintería fina y otros que irrumpen con intervenciones a corazón abierto.

“La escritura honesta deja a los autores tremendamente expuestos”, dice Diego
Rabasa, de la mexicana Sexto Piso. “Exige una enorme prudencia y un gran respeto
sugerir una modificación en una obra que no nos pertenece. En términos generales,
los autores valoran mucho más la honestidad que la zalamería”.
“Estás manejando una materia absolutamente sensible”, dice Pilar Reyes. “Hay una
inmensa fragilidad, incluso en los autores más consagrados, cuando terminan de
escribir un texto. El editor es como un espejo en el que tienen que autoafirmarse. Y
dar esa confianza exige que tengas un ego que te permita configurar ese espejo de
una forma eficaz. A un escritor de esta clase no puedes decirle simplemente: ‘Me
gustó’. Quieren saber por qué funciona, por qué no, y ahí tienes que tener
seguridad, para producirla en el autor. El editor es el gran interlocutor del creador,
pero el texto es del escritor. Yo creo que es apropiación indebida pensar que uno se
homologa con el autor y vuelve lo bruto en un diamante”.

El editor es un tramoyista discreto que, mientras el trapecista está en pleno


vuelo, contempla las piruetas que él no puede ejecutar y permanece en las
sombras
“Un buen editor es un tipo que trabaja con animales salvajes. Que hace que los
animales salvajes produzcan y que nunca los domestica”, dice Matías Rivas. “Si el
autor funciona con ira, tienes que hacer que se vaya furioso cada vez que habla
contigo, directo a la computadora dispuesto a sacar esa ira. Si el tipo necesita
tranquilidad, hay que hacer de padre. A veces me dan pena los escritores. Es gente
que trabaja mucho y el retorno real es muy simbólico. El autor latinoamericano no
gana mucho dinero, y trabaja lo mismo que el noruego, que el norteamericano. Lo
primero que tiene que saber un editor latinoamericano es que está trabajando con
una persona pobre. Si trabajas con 40 libros al año, trabajas con 30 personas con
problemas para llegar a fin de mes. Es muy duro ser escritor. Tú como editor te
puedes equivocar, sacas un libro que es más o menos malo, dos que no. Pero
cuando un autor se equivoca se cae él. Tu complicidad con el creador va a significar
mucho más que las 10 críticas buenas que le hagan en los periódicos”.

En un reportaje publicado por Paris Review, Robert Gottlieb, editor de Simon &
Schuster, Knopf y The New Yorker, decía: “La relación del editor con el libro debe
ser invisible (…) Tu trabajo como editor es darte cuenta de qué es lo que el libro
necesita, pero el autor es el que tiene que darle eso al libro (…) Cuando la gente me
dice: ‘Oh, eres tan creativo’. Les contesto: ‘No, yo no soy creativo. Simplemente
tengo ciertas cualidades que se necesitan para mi trabajo’. Hay editores que toda la
vida se sienten culpables por no ser escritores. Yo puedo escribir, pero no me gusta
la escritura. En cambio, leer es como respirar”. En el reportaje participaban algunos
de los autores a quienes Gottlieb había editado; entre ellos, Cynthia Ozick, quien
contaba que David Segal, que había sido su editor en Knopf, había muerto de un
ataque al corazón en la Navidad de 1970, el mismo día en que la primera hija de
Robert Gottlieb venía al mundo. Ozick recordaba que, inmediatamente después del
nacimiento, Gottlieb la llamó desde el hospital y le dijo: “No te preocupes, no estás
abandonada. Tu editor se ha ido pero yo estoy aquí y seré tu editor y te publicaré.
No sientas que estás perdida”. Y ese llamado, decía Ozick, fue la demostración de
generosidad más grande que haya experimentado en toda su vida. Y esa, quizás,
sería una buena definición del editor: el tramoyista discreto que, mientras el
trapecista está en pleno vuelo, contempla las piruetas que él no puede ejecutar y
permanece en las sombras, atento, listo para aparecer cuando todo lo demás desa-
parezca.

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