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Muerte de Simón Bolívar

Antecedentes
Debido al profundo debilitamiento de la estructura política de la Gran Colombina, Simón Bolívar emprende una
serie de medidas contundentes para salvaguardar la integridad de ésta. Declarándose él mismo como dictador el
último día de febrero de 1828, consigue las herramientas políticas para modificar la constitución de la
confederación con el objetivo de apaciguar las diferentes revueltas generadas por la debilidad política en la que
se encontraban muchas regiones de la recién creada República de Colombia.

Con el paso de los acontecimientos se vio como muchos de los representantes políticos y militares de más alta
jerarquía en las Guerras de Independencia del norte, de América del Sur fueron girando su espalda a los ideales
iniciales, lo cual terminó en diversas confrontaciones y ejecuciones entre quienes antaño eran miembros de un
mismo bando, como lo fue el asesinato del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, en un complot
llevado a cabo en las montañas de Berruecos al sureste de la confederación, a su vez el departamento de
Venezuela negó la entrada de Simón Bolívar a sus tierras y rompió relaciones con el departamento de
Cundinamarca, mientras el Libertador se encontrara en su territorio. Esto desembocó en la decisión de Simón
Bolívar de renunciar a la presidencia el 27 de abril de 1830, exiliarse y dejar a la Gran Colombia en manos del
gobierno de turno.

Emprendiendo un penoso viaje por el río Magdalena con el fin de llegar a Cartagena de Indias y de allí partir
con rumbo al exilio en Europa, dan inicio los últimos episodios de la vida de Simón Bolívar.

Llegada a Santa Marta


La llegada de Simón Bolívar a Santa Marta obedece a un desvío no programado en su itinerario de viaje en el
cual debió llegar a Cartagena de Indias, pero debido a un agravamiento de su estado de salud su séquito se vio
obligado a realizar una pausa en Santa Marta para no empeorar el ya delicado estado del Libertador.

A su llegada en horas de la noche el general fue recibido de manera cordial por la población local , actitud que
generó grata impresión en su séquito, dado que había rumores de que los lugareños tenían aversión al
Libertador. Allí, luego de ser presentados por el general colombiano Mariano Montilla, el Libertador tuvo la
oportunidad de conocer a quien sería su médico de cabecera, el cirujano de guerra colombiano nacido en
Normandía, Francia, Alejandro Próspero Révérend. Luego de mantener una conversación en francés con el
galeno, el Libertador le transmitió las buenas referencias que tenía de él, y que pese a ser bastante reticente a la
medicina confiaba en que sería su nuevo médico, quien era trece años menor, el encargado de propiciar una
pronta mejoría mediante el uso de todo el conocimiento y tratamientos médicos disponibles en la zona y la
época.

En primera instancia el pronóstico médico realizado por el doctor no fue nada alentador, dado que tras
interrogar al general sobre su padecimiento éste le puso al tanto sobre el poco cuidado y desinterés que había
tenido respecto al tratamiento de su enfermedad, por lo que tras reunirse con el doctor Mac Night, cirujano del
barco de guerra norteamericano Grampus, el cual escoltó al general en la última parte de su viaje por el río
Magdalena, con el fin de obtener una segunda opinión médica, se llegó a un común acuerdo sobre qué
tratamiento seguir respecto a la enfermedad diagnosticada al Libertador.

En un inicio el general fue hospedado en la Casa de Aduanas, antigua sede del consulado español ubicada en el
centro de la ciudad, pero a instancias de su médico de cabecera y de un antiguo amigo, fiel a la causa
independentista, el español nacido en Cádiz, Andalucía, Joaquin de Mier, el general necesitaba un traslado a un
sitio más tranquilo, por lo que este último cedió su hacienda ubicada en San Pedro Alejandrino a las afueras de
la ciudad, a la vez que puso a su disposición todas sus instalaciones y servidumbre.

La llegada a la Quinta de San Pedro Alejandrino se realizó el 6 de diciembre, en una berlina tirada a caballo en
un viaje que tardó más de lo habitual ya que el estado de salud del General no permitía viajes con mucho
movimiento.

Últimos días
Una vez instalado en la Quinta de San Pedro el Libertador se encontró plenamente en manos de su médico de
cabecera, quien realizó un minucioso registro diario de la evolución de la salud del general en una serie de
boletines médicos los cuales luego fueron publicados en su libro La última enfermedad, los últimos momentos y
los funerales de Simón Bolívar, libertador de Colombia y del Perú, publicado en París en 1866, treinta y seis
años después de los acontecimientos por petición personal de un pariente de Joaquín de Mier al ya octogenario
galeno.

Con el transcurso de los días y ante un pronóstico médico poco favorable, los miembros de su séquito instaron a
Alejandro Próspero Révérend de informar al general de la gravedad de su estado de salud con el fin de que
fuese preparando todos los asuntos legales de relevancia e instrucciones de cómo proceder en caso de su muerte,
por lo que luego de un fallido intento debido a que el Libertador entró en estado de cólera al momento de
insinuarle la realización de estos procedimientos, y posteriormente terminar siendo convencido por su médico,
el 10 de diciembre en horas de la noche, estando presentes los generales colombianos Mariano Montilla, José
María Carreño y José Laurencio Silva, el dueño de la casa, varios amigos del Libertador y el notario Catalino
Noguera, tuvo lugar uno de los hechos más simbólicos de estos acontecimientos: la redacción de su testamento
y posteriormente de la última proclama dirigida a los Colombianos, donde Simón Bolívar da una visión
personal del estado político de Colombia, de su tristeza, de sus medidas para apaciguar las rebeliones y de la
esperanza que tiene en la continuidad de la confederación.

“Colombianos: habéis presenciado mis esfuerzos para implantar la libertad donde reinaba antes la tiranía…
Mis últimos votos son por la felicidad de mi patria… mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron
lo que es más sagrado: mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores que me
han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono… si mi muerte contribuye a que cesen los partidos y
se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro…”
10 de diciembre de 1830
Simón Bolívar

Cama tipo catre de campaña usada por el general Simón Bolívar en su estancia en la Quinta de San Pedro
Alejandrino, sería ésta misma su posterior lecho de muerte.
La última semana del Libertador se caracterizó por un constante ir y venir entre un pronóstico relativamente
favorable y el menos favorable, dónde se realizaban desde salidas al aire libre por la Quinta de San Pedro para
permitirle respirar aire fresco e interactuar con la naturaleza, teniendo al paciente en total lucidez y con una
buena capacidad de sus facultades. Pasaba noches eternas en las que los diferentes síntomas de lo que su médico
consideraba un catarro pulmonar crónico, desencadenante de una tisis tuberculosa, no dejaban dormir al
Libertador, lo cual sumado a la final reticencia del general para aceptar los diversos medicamentos y
tratamientos propuestos por su médico, terminarían resquebrajando aún más su delicado estado de salud.

El 16 de diciembre se vio marcado por la máxima y más grave manifestación de los síntomas de la enfermedad
padecida por el Libertador, los cuales empezaron a presentarse a finales de la mañana teniendo su momento más
álgido en horas de la noche, estos eventos generaron una extrema preocupación en su médico, la cual expresa en
los últimos dos boletines expedidos este día:
BOLETÍN NÚMERO 30:

Se va siempre declinando, y si vuelven las fuerzas vitales a sobresalir alguna vez, es para decaerse un rato
después; finalmente, es la lucha extrema de la vida con la muerte. El vejigatorio de la nuca ha purgado bastante,
pero los que se pusieron anoche en las pantorrillas han hecho muy poco efecto. Los orines se han suprimido.
Siguen siempre las frotaciones espirituosas en los extremos, las bebidas antiespasmódicas, unturas emolientes, y
lavativas. Sagú cada dos horas. Diciembre 16, a la una de la tarde.

BOLETÍN NÚMERO 31:

Todos los síntomas de la enfermedad de se han vuelto a exasperarse; además se le ha notado otro síntoma malo,
y es que ha echado orines ensangrentados. La respiración es más trabajosa, y apenas han purgado los
vejigatorios, principalmente los de las pantorrillas. Frotaciones espirituosas en los extremos, antiespasmódicos
al interior, etc. Sagú por alimento. Diciembre 16, a las nueve de la noche.
A. P. Révérend

Fallecimiento
La descripción precisa del estado de salud del Libertador se ve ricamente detallada en los boletines médicos de
Alejandro Próspero Révérend, los cuales aumentan en número desde la madrugada del 16 de diciembre y la
luctuosa mañana del 17 de diciembre de 1830, en ellos refleja el progresivo debilitamiento del Libertador
llegando a la conclusión de muerte inminente en próximas horas, a los 47 años de edad.

BOLETÍN NÚMERO 32: Todos los síntomas están llegando al último grado de intensidad; el pulso está en el
mayor decaimiento; el fácies está más hipocrático que antes; en fin, la muerte está próxima. Frotaciones
estimulantes, cordiales y sagú. Los vejigatorios han purgado muy poco. Diciembre 17, a las siete de la mañana.
A. P. Révérend

Tras el paso de una mañana marcada por el constante desvanecimiento de los signos vitales y pasado el
mediodía, el silencio del salón principal de la casa, el cual estaba ocupado por los edecanes, la cúpula militar del
Ejército Patriota y los amigos más íntimos del Libertador, se vio interrumpido por las palabras de su médico
Alejandro Próspero Révérend, quien los invitó a pasar a la habitación contigua si querían presenciar los últimos
momentos del héroe Venezolano. Rodeado de su séquito, y tras una larga pero calmada agonía, el General
Simón Bolívar falleció a la una de la tarde con tres minutos y cincuenta y cinco segundos del viernes 17 de
diciembre de 1830.

Funerales
Tras la muerte del Libertador se dio inicio al protocolo médico para determinar la causa de ésta mediante la
realización de una autopsia, su traslado y posterior embalsamamiento para realizar la exposición de los restos
mortales en capilla ardiente al pueblo local, y tres días después realizar la inhumación en una tumba cedida por
la familia Díaz Granados en la catedral basílica de Santa Marta.

Autopsia
A las cuatro de la tarde del mismo día, el médico de cabecera Alejandro Próspero Révérendo dio inicio a la
autopsia del Libertador, la cual fue realizada en una de las salas conjuntas de la Quinta de San Pedro
Alejandrino, y no habiendo encontrado indicio alguno que contradijera su diagnóstico inicial, así describió el
galeno la conclusión del procedimiento en sus memorias:
"Según este examen, es fácil reconocer que la enfermedad de que ha muerto el Libertador era en su principio un
catarro pulmonar, que habiendo sido descuidado pasó al estado crónico, y consecutivamente degeneró en tisis
tuberculosa."
A. P. Révérend

Una vez terminada la autopsia se procedió inmediatamente al traslado y posterior embalsamamiento del cuerpo
en el centro de Santa Marta, éste tuvo que hacerse de manera improvisada dado que no se contaban con los
elementos suficientes para realizar esta clase de procedimiento de manera correcta, a su vez, debido a que el
único boticario de la ciudad se encontraba enfermo, el procedimiento fue realizado íntegramente por el doctor
Alejandro Próspero Révérend.

Traslado del cuerpo y exposición en la Casa de Aduanas


En horas de la noche del 17 Diciembre de 1830 se realizó el traslado del cuerpo del Libertador hasta la Casa de
Aduanas ubicada en el centro de Santa Marta, allí fue expuesto en capilla ardiente hasta el día 20 de diciembre,
el cual estaba programado para realizar su entierro. Como parte de las expresiones de duelo destacan las
numerosas cartas enviadas a manera de condolencias tanto por particulares como por entes gubernamentales, a
su vez diversos honores militares se realizaron en lugares cercanos, como lo fue en la Fortaleza del Morro,
dónde por disposición oficial se dispararon salvas de cañón cada media hora y sin distingo del momento del día,
desde la llegada de los restos hasta el momento del entierro tres días después.

En la parte final del procedimiento de preparación para el funeral destaca la anécdota relatada por el médico
Alejandro Próspero Révérend en sus memorias, en la cual describe que debido a que no había nadie disponible
en la casa para vestir el cuerpo del Libertador, él mismo, quien lo atendió en toda su estancia en San Pedro
Alejandrino, quien entabló una amistad con él, quien lo vio morir, quien le realizó la autopsia y quien lo
embalsamó, ahora estaba en la obligación de vestirlo sólo, momento que él relata como muy doloroso, pero más
doloroso aún fue el hecho de que entre las prendas que se le proporcionaron para ataviar el cuerpo de gala
militar se encontraba una camisa rota, la cual generó indignación en el médico y alertó enfadado que si no se
realizaba el cambio de ésta, él mismo daría una de las suyas.

La afluencia de una elevada cantidad de personas provenientes de los más diversos orígenes y clases sociales
fue algo que marcó los funerales del Libertador, al límite que el sitio en el cual estaba siendo expuesto su cuerpo
no daba abasto ni de día ni de noche para acoger a la pletórica cantidad de público. Dentro de las personas que
asistieron cobra especial interés uno de los amigos más íntimos del Libertador, el general Daniel Florencio
O'Leary, quien no pudo acompañarle en sus últimos días de vida ya que tuvo que separarse de él en
Barranquilla, pese a tener como objetivo acompañarle en la mayor distancia posible hasta su partida al exilio,
motivo por el cual fue informado del estado de gravedad del general cuando ya era demasiado tarde, no siendo
su arribo a Santa Marta sino hasta el día 18 de diciembre, un día después de la muerte del general.

Inhumación
La inhumación de los despojos mortales se realizó en la Catedral Basílica de Santa Marta el 20 de diciembre de
1830, pese a la última voluntad del Libertador de ser enterrado en Venezuela, la situación política de la Gran
Colombia hacía enormemente difícil la realización de los trámites burocráticos y diplomáticos necesarios para
realizar el traslado a territorio venezolano, por lo que tras el limitado cumplimiento del protocolo militar para el
traslado y honores funerarios de altos mandos debido a los limitados recursos económicos, el Libertador fue
inhumado en la tumba de un panteón familiar cercano a la nave central de la catedral, cedida por la familia Díaz
Granados. En un inicio sus restos no contaron con una lápida marcada, con el fin de evitar vandalismo y
profanaciones.
Traslado de los restos a Venezuela
Realizados los contactos con el gobierno colombiano, se envió al doctor José María Vargas como líder de la
comitiva para realizar el traslado de los restos a la goleta Constitución, escoltado por el bergantín El Caracas y
la fragata francesa Circe.

Una vez exhumado el cuerpo se procedió a la identificación de éste, para lo cual se contó con un envejecido
Alejandro Prospero Révérend, su médico de cabecera, quien identificó los restos del general gracias a las
marcas de sierra y los puntos de sutura hechos por él mismo en el cráneo del cuerpo al momento de realizar la
autopsia, también se contó con la presencia del dueño de la casa donde murió el Libertador, el señor Joaquín de
Mier, el general colombiano Joaquín Posada Gutiérrez, Manuel Ujeta y el doctor Luis José Serrano.

Una vez realizados los procedimientos para asegurar la conservación y embalaje de los restos se procedió a
embarcarlo en la goleta Constitución, la cual junto a sus dos embarcaciones escolta dejaron en medio de salvas
de cañón la ciudad de Santa Marta el 21 de noviembre de 1842. Como hecho curioso cabe resaltar que a
petición de los delegados de la República de la Nueva Granada, en el lugar del sepulcro sólo quedó el recipiente
que contenía el corazón del Libertador, guardado por el doctor Alejandro Próspero Révérend luego de realizar la
autopsia, actualmente este recipiente se encuentra desaparecido.

Honores póstumos
Tras la muerte del general Simón Bolívar las diferentes muestras de exaltación popular cobran un papel de
especial interés en la historia referente a estos acontecimientos, la creación de incontables estatuas, obras de arte
y literarias, composiciones musicales y monumentos, el nombramiento de ciudades, calles, plazas e
instituciones tanto a nivel regional como internacional demuestran el especial interés que generó la figura del
general tras su muerte.

Dentro de los honores regionales destaca el cambio de nombre a la República de Venezuela por República
Bolivariana de Venezuela mediante referéndum en 1999, a la vez que las referencias hechas al general en el
Himno de Colombia, y dentro de los honores internacionales tienen una especial relevancia las numerosas
estatuas del Libertador, así como plazas y calles nombradas en su honor en países como España, Estados
Unidos, Irán, Bélgica, Egipto, Australia, Francia, Alemania, Italia, Reino Unido, Portugal, Hungría, Canadá,
Rusia, México, Guatemala, El Salvador, Cuba, Costa Rica, Argentina y Chile.