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Emociones y salud: algunas consideraciones

Ma. de Lourdes Rodríguez Campuzano


Psicóloga
Doctora en Investigación Psicológica
Facultad de Estudios Superiores Iztacala - UNAM
Tlalnepantla, México.

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Trabajo publicado el 09 de enero de 2008

Resumen

En este texto se lleva a cabo un análisis de las emociones con el fin de esclarecer su función
en el terreno de la salud. La mayor parte de las aproximaciones psicológicas a la salud
conciben las emociones como entidades, variables internas o procesos responsables del
estado de salud/enfermedad de los individuos. Sobre estas bases se realizan disertaciones
teóricas, investigaciones e instrumentos de medición. Aquí se parte de que en estos
planteamientos existen premisas derivadas de una doctrina dualista cuyas implicaciones
dificultan entender la manera como el comportamiento influye en el estado de salud. Por
ello, y con base en los trabajos de Ryle (1949), Kantor (1969) y Ribes (1990), en primer
lugar se presenta un análisis conceptual del término emoción; posteriormente se pretende
aclarar el estatus funcional de las emociones en el comportamiento y por último, el papel
que juegan en la salud.

Palabras claves: emociones, sentimientos, salud, dualismo, disposiciones, contingencias


ambientales.
En la actualidad han surgido diversas modalidades disciplinarias interesadas en los factores
psicológicos vinculados a la salud, entre ellas, la medicina conductual, la psicología de la
salud, la epidemiología conductual, la inmunología conductual y la neuropsicología. Estas
disciplinas suponen que las emociones desempeñan un papel en el desarrollo de la
enfermedad. En este trabajo se llevará a cabo un análisis conceptual del término emoción,
en un intento por esclarecer su pertinencia y funciones en el campo de la salud.

El interés de la Psicología por el campo de la salud viene de tiempo atrás. Son diversos los
enfoques teóricos que han tratado de explicar la participación del comportamiento en el
origen, el desarrollo y la cronicidad de las enfermedades. Así, por ejemplo, en la
aproximación psicoanalítica se postulan las emociones negativas, ciertos tipos de
personalidad y los sentimientos inconscientes como factores importantes que afectan la
salud (Alexander, 1950; Wolf, 1953; Dunbar, 1954; Freud, 1920-1955; Cameron, 1982).
Además de la perspectiva psicoanalítica, en otras aproximaciones se ha planteado que las
emociones son fundamentales para el estado de salud. Los teóricos conductuales consideran
que la conducta observable es la base para analizar la emoción. Bajo el término "conducta
emocional" se incluyen: 1) acciones físicas y verbales de tipo deliberado o voluntario, como
gritar de gozo y abrazar afectuosamente a un amigo; 2) respuestas innatas como llorar o
sobresaltarse por un sonido inesperado; 3) los pensamientos no expresados y 4) los cambios
fisiológicos obvios como el rubor de la vergüenza. Muchos autores reconocen además una
disposición a exhibir la conducta emocional. De este modo, argumentan que la conducta
observable no es la expresión de otro fenómeno, sino que la conducta y la disposición a
comportarse así constituyen la propia emoción (Calhoun y Solomon, 1989).

Actualmente la mayoría de los análisis psicológicos de la salud se hacen desde una


aproximación cognoscitiva, ya se trate del enfoque psicodinámico, la medicina conductual, la
psicología de la salud, o la psicología clínica de la salud, entre otros. En dichas
aproximaciones se retoma el enfoque psicodinámico sobre el papel de las emociones en el
proceso de la salud/enfermedad. El enfoque cognoscitivo parte de que las enfermedades o
malestares son provocados por un trastorno "mental", es decir, un desorden de pensamiento
por el que el individuo distorsiona la realidad. Se dice que tales procesos de pensamiento
afectan de modo adverso a la forma que se tiene de ver el mundo y conducen a desarrollar
emociones disfuncionales y dificultades conductuales.

Una de las premisas fundamentales de los enfoques cognoscitivos es que cada persona
construye su propia realidad, que la interpretación que hace de la realidad le genera algún
tipo de emoción, y que la conducta ocurrirá en consecuencia, es decir, que el significado
determina la respuesta emocional a una situación y ésta, a su vez, a la conducta, como
acciones "observables" (Zumaya, 1993). Dentro de este enfoque, las emociones son
consideradas total o parcialmente como cogniciones o como algo que depende causalmente
de ellas, especialmente de las creencias o interpretaciones que las personas hacen de una
cosa o una situación. Para los seguidores de esta perspectiva no es suficiente un estado de
excitación fisiológica, sino que es necesaria una conciencia e interpretación de la propia
situación. Uno de los rasgos distintivos de esta teoría es que realiza un análisis de la
racionalidad de las emociones. El supuesto básico es que lo racional de una emoción está
vinculado con la creencia de la que proviene. La emoción puede ser irracional para una
situación particular, pero sólo lo es porque se tienen creencias erróneas o injustificadas sobre
la situación (Calhoun y Solomon, 1989).

Se plantea que las creencias positivas producen emociones "positivas", ya que en otro
extremo se ubican las emociones "negativas". Se dice que los efectos de las segundas son
devastadores para el funcionamiento orgánico, o que la ausencia de una emoción positiva
deteriora el resultado de un tratamiento médico. Las emociones positivas están asociadas
con cierta inmunidad a la enfermedad física y con las recuperaciones rápidas y sin
complicaciones. En el lado opuesto existe un efecto de las emociones negativas sobre la
aparición y desenlace de una enfermedad. (Coleman, Butchuer y Carson, 1988). Por
ejemplo, Beck (1967) afirma que las cogniciones negativas se desarrollan como resultado de
un procesamiento distorsionado de la información. Desde su punto de vista, la organización
cognoscitiva está compuesta de estructuras y procesos y considera que, como resultado de
estados emocionales tales como la depresión o la ansiedad, algunos de estos sistemas
llegan a hiperactivarse y sobrepasan las concepciones realistas.

En el terreno de la salud se enfatiza el papel de las emociones negativas como la ansiedad,


el estrés y la ira, que se conciben como factores de riesgo desencadenantes de la
enfermedad. Desde Selye (1936), pionero en la investigación de los efectos del estrés en la
etiología de numerosas enfermedades, hasta Lazarus y Folkman (1991), se considera que las
variables cognoscitivas (como la forma de interpretar y afrontar las situaciones
problemáticas) son básicas en el desarrollo de las enfermedades y destacan la importancia
del estado emocional como factor de riesgo. El papel de las emociones no se restringe al de
un factor precipitante o causante, sino que también influye en el desarrollo, agravamiento y
cronicidad de la enfermedad.

Actualmente se cree que la clave para resolver muchos de los problemas de salud reside en
la comprensión de las disfunciones cognoscitivas, el procesamiento cognoscitivo y la
dificultad para expresar emociones. Es reciente el interés por conceptos como el de ira-
interna (Spielberger, 1994), o el más amplio de alexitimia o dificultad para procesar,
reconocer y expresar emociones. Este planteamiento ha generado un gran número de
investigaciones para relacionar causalmente diversas emociones con la presentación de
enfermedades. Como ejemplo de ello se han examinado pacientes con cáncer comparándolos
con individuos sanos en términos de procesos emocionales perturbados, revelaciones
emocionales, expresiones emocionales, asertividad, depresión y distrés (Servaes,
Vingerhoets, Vreugdenhil, Keuning, y Broekhuijse, 1999). También se ha estudiado la
cronicidad de la excitación emocional negativa (agravación, irritación, furia e impaciencia)
como una variable mediadora de la relación entre factores psicosociales (cogniciones,
ambientes y conductas) y enfermedad cardíaca isquémica, encontrando una relación entre
las emociones negativas y la enfermedad cardiaca (Ketterer, Lovallo, y Lumley, 1993).
Igualmente, se ha evaluado el papel de la depresión como predictor de distintas
consecuencias de la diabetes (Hampson, Glasgow y Stricker, 2002).

La metodología empleada consiste generalmente en aplicar diversas herramientas para


medir emociones, cogniciones e indicadores biológicos de enfermedad en poblaciones sanas
y enfermas. La mayor parte de las herramientas de medición consiste en reportes verbales.
Se ha invertido un enorme esfuerzo para diseñar instrumentos en la forma de escalas,
inventarios, cuestionarios y estudios para determinar su veracidad y validez. Se han
correlacionado o contrastado los puntajes obtenidos en alguna escala con los de otra, o se
han correlacionado las medidas obtenidas con algún instrumento de auto-reporte con otro
tipo de medidas, como las fisiológicas (López, Pastor y Marín, 1993).

Entre las emociones más estudiadas se encuentran la ira, el estrés, la depresión y la


ansiedad (Ivancevich y Matteson, 1992). Tomando, por ejemplo, el estudio de la ansiedad,
se ha planteado que equivale a una forma de estrés potencialmente dañino, resultado de un
sentimiento persistente de fracaso o de frustración que genera diversos tipos de
sentimientos de infortunio y, en sus formas agudas y crónicas, enfermedades orgánicas. Se
habla del pentágono de la ansiedad que incluye depresión, desorganización (dificultad para
tomar decisiones), dependencia, defensa y desafío (ansias de autoridad) (Ivancevich y
Matteson, 1992).

En terapia de la conducta se entiende la ansiedad como un síndrome general, el síndrome de


activación biológica, que se caracteriza por la presentación de un conjunto de respuestas
como la taquicardia, el incremento en la frecuencia respiratoria o sudoración y en el que
participan respuestas operantes de escape o evitación. Uno de los investigadores pioneros,
todavía vigente en este tema, es Wolpe, quien, con procedimientos de estimulación aversiva,
produjo lo que llamó perturbaciones neuróticas en gatos. Partiendo de estas observaciones,
formuló un modelo para explicar el condicionamiento de la ansiedad en humanos (Rachman,
2000). Su teoría de la inhibición recíproca trata la ansiedad como un síndrome de respuestas
fisiológicas de activación reguladas fisiológicamente por el sistema nervioso, sujetas a
condicionamiento (Wolpe, 1973, 1977). A partir de sus planteamientos, se concibió a la
ansiedad como un estado emocional cuya función es preparar para la acción, y que es
condicional a estímulos, tanto interoceptivos como exteroceptivos. Se trata de un
aprendizaje emocional susceptible de ser explicado con los principios del condicionamiento
clásico (Bouton, Mark, Mineka y Barlow, 2001).

Por su parte, los modelos cognoscitivos hacen también diversos señalamientos. De acuerdo
con Ellis (1980) y Mahoney (1983), la ansiedad se compone de respuestas cognoscitivas en
la forma de creencias y "pensamientos negativos", relacionados con temor o expectativas de
fracaso y amenaza que, a su vez, provocan respuestas emocionales. En esta aproximación
las emociones se entienden como procesos complejos y se plantean controversias respecto a
ponderar sentimientos o cogniciones. Se ha dicho que existe una relación entre sentimientos
(considerados como "concientización subjetiva"), cambios corporales (concebidos como una
dimensión fisiológica), manifestaciones conductuales externas (entendidas como dimensión
expresiva/motora) y cogniciones, y se asume que cada una de las dimensiones
relacionadas alude a los distintos momentos, pasos o variables del proceso emocional.

Así, por ejemplo, Schachter (1964) plantea que los cambios fisiológicos por sí solos no son
suficientes para iniciar la experiencia de una emoción, sino que estos deben ser explicados e
interpretados, y cuando ello ocurre el sujeto experimenta una emoción particular. Este autor
explica la emoción con una secuencia causal que incluye: estímulo, cambios corporales,
percepción de los cambios corporales, interpretación de los cambios corporales y emoción.
Señala, además, que es necesario evaluar previamente la situación en que el sujeto
experimenta la emoción, por lo que el primer paso en la secuencia emocional es la valoración
cognoscitiva de la situación (Lazarus, 1994).

La actividad cognoscitiva se asume como una precondición necesaria para la emoción, pues
para experimentar una emoción se debe saber que el bienestar está implicado en una
transacción hacia una condición mejor o a peor. La evaluación-valoración no sólo se refiere a
los cambios fisiológicos que están ocurriendo, sino que incluye un análisis de dichos cambios
considerando los estímulos o situaciones que desencadenaron el proceso emocional. Esta
valoración cognoscitiva consiste en el análisis de las demandas y los recursos para
determinar las posibilidades de responder satisfactoriamente, evitando daños. Se afirma que
cuando las demandas se valoran como elevadas o excesivas para los propios recursos
disponibles, se produce la reacción de estrés.

El estrés se convierte en estado de ansiedad cuando la valoración conlleva la anticipación de


peligro, con un componente de experiencia subjetiva y otro de activación vegetativa y
endocrina (Palmero, 1997). Bajo esta lógica se piensa que la ansiedad es la emoción más
representativa del proceso de estrés (v.g., Bolger, 1990). Según Lazarus (1994, p. 239), "la
ansiedad es casi un sinónimo de estrés psicológico". La razón de ello es que el elemento más
característico de la ansiedad es la percepción de amenaza y, precisamente, la valoración de
amenaza en la relación demandas-recursos es central en la concepción del estrés.

Aun cuando desde la perspectiva cognoscitiva se entiende la ansiedad como un proceso, se


plantea, además, que tiene propiedades de estado y de rasgo. Gutiérrez y García (1997)
comentan "...En este proceso la ansiedad interviene de dos maneras. Por un lado, en cuanto
estado emocional de preocupación, formando parte de la reacción, con un poder de
interferencia a nivel cognitivo, pero también con un poder motivador sobre la acción de
afrontamiento. Por otro, en cuanto rasgo, la ansiedad interviene moderando la probabilidad o
intensidad de desencadenamiento del proceso. Probablemente esta función se debe a que el
rasgo de ansiedad actúa como filtro mediador en la propia percepción o valoración de
amenaza" (p.5). Estos autores comentan que la función de la ansiedad es detectar peligros
anticipatoriamente, por lo que facilita los procesos de percepción de los estímulos (atención e
interpretación) antes de la ocurrencia de los posibles daños, a fin de poder evitarlos. Señalan
también que, a diferencia de la ansiedad, la depresión es una emoción retrospectiva que
facilita el análisis de las causas de un daño que ya ha ocurrido.
A pesar de no haber revisado exhaustivamente el tema, lo descrito es un ejemplo que
permite entender que, a pesar de que se plantea a las emociones como factor central en la
comprensión del estado de salud/enfermedad, no existe una concepción unificada respecto
de ellas. En la actualidad, los modelos con mayor influencia a nivel terapéutico son los
cognoscitivos, cuyas premisas giran alrededor del concepto de representación.

La aproximación tradicional a la emoción

Las diversas aproximaciones psicológicas a la salud emplean el término 'emoción' para


designar distintas cosas. Las emociones se conciben como acciones físicas y verbales,
respuestas innatas, pensamientos, cambios fisiológicos susceptibles de condicionamiento o
estímulos internos. Específicamente, las aproximaciones cognoscitivas las consideran como
cogniciones o resultados de éstas, aunque también como procesos complejos constituidos
por pasos, variables o momentos, en donde se da una relación entre pensamientos,
sentimientos, cambios corporales, emociones y acciones, y en donde las cogniciones
funcionan como precondición para la emoción. Se ha afirmado también que su función es
preparar al individuo para la acción. Con estas bases se pondera la importancia de las
emociones "negativas" en la generación de patologías biológicas y de las "positivas", en
estados de bienestar físico.

Las diversas maneras de concebir las emociones se basan en argumentos confusos de


naturaleza mentalista: a) se emplea el término emoción para abordar una gran variedad de
fenómenos, confundiéndolo, las más de las veces, con sentimientos; b) se soslayan las
situaciones ambientales y se emplean criterios morfológicos en su estudio; c) se asume que
todos los fenómenos agrupados en el término emoción se pueden considerar equivalentes en
términos de complejidad, postulando la existencia de procesos mentales o cognoscitivos
previos; d) se abordan de manera dualista y, e) se les atribuyen funciones causales al
excluir su posible identificación en términos de categorías disposicionales.

Emociones y sentimientos

Con el término emoción se aluden indistintamente la ansiedad, la depresión, la ira, la


euforia, el estrés, el bienestar o la alegría, como si estos fenómenos fueran manifestaciones
diversas de una misma cosa. Sólo se distingue entre emociones positivas y negativas. Sin
embargo, a pesar de las diferencias respecto de la manera de concebir a las emociones, en
todos los casos se tiende a confundirlas principalmente con los sentimientos. Tal confusión
obedece a varias razones y una de ellas es el tipo de sistemas reactivos involucrados en este
tipo de comportamiento.

El individuo se relaciona con su mundo mediante distintos sistemas reactivos con un


funcionamiento biológico particular. En algunas de estas relaciones los sistemas sensoriales
juegan un papel preponderante, en otras, se involucra en mayor medida, el funcionamiento
del sistema nervioso, del respiratorio o del cardiovascular; sin embargo, en términos
psicológicos, el comportamiento, aunque incorpora estos elementos reactivos, no es
reductible a ellos (Ribes, 1990). A partir de las reacciones biológicas, el contacto con el
mundo va permitiendo desarrollar comportamientos y reacciones de ajuste a diversas
situaciones. Por ejemplo, los distintos reflejos, como elementos reactivos invariantes, van
adquiriendo autonomía funcional con respecto a las propiedades funcionales de los estímulos
y se van dando como reacciones diferenciales ante circunstancias distintas de las
propiedades funcionales de los estímulos vinculados a la reacción biológica, como se ilustra
en los casos denominados de condicionamiento clásico (Ribes y López, 1985). Esto viene al
caso porque en los sentimientos, al igual que en las emociones, operan de manera
predominante sistemas reactivos viscerales; sin embargo, la preponderancia de las
reacciones viscerales no hace que ambos fenómenos sean iguales. Un análisis funcional
puede revelar sus diferencias.

La ansiedad, la preocupación, la depresión, la satisfacción, el enojo o el malestar


corresponden más bien a la categoría de sentimientos. Kantor (1969) explica que estos
constituyen tipos específicos de segmentos de comportamiento que tienen una característica
fundamental: las respuestas del individuo no producen ningún efecto o cambio en los objetos
de estímulo con los que se relacionan, sino solo en el propio individuo que se comporta. A
este tipo de comportamiento lo denomina afectivo, en contraste con el efectivo en donde las
respuestas del individuo generan cambios en algún elemento de su ambiente. Los
sentimientos no son meras reacciones fisiológicas, como tampoco respuestas innatas, o
efectos en el organismo; sino comportamiento psicológico de tipo afectivo. Se trata de
respuestas de adaptación que pueden generar, por ejemplo, cambios de postura o actitudes
hacia los estímulos y no en ellos, o bien incrementar o decrementar el funcionamiento
general de un individuo, retardar o acelerar su actividad, o generar un mayor o menor
interés hacia algo. Los sentimientos no son reacciones difusas o desorganizadas, por el
contrario, son comportamiento de sistemas reactivos organizados y constituyen fenómenos
genuinamente psicológicos. Son producto de la experiencia y presentan una correspondencia
funcional con estímulos, objetos, acontecimientos o personas específicas, a los que el
individuo reacciona diferencialmente, dependiendo también del contexto de su interacción.

Este comportamiento afectivo puede referirse como tensión, baja de actividad, depresión,
bienestar, malestar, sorpresa, alegría, lástima, simpatía, ansiedad, culpa, arrepentimiento o
aprehensión, aunque su descripción exacta se ve rebasada por las limitaciones del lenguaje
ordinario. En la medida en que opera un conjunto de sistemas somáticos, difícilmente se
cuenta con términos que describan con exactitud cada sentimiento. A ello hay que agregar la
creencia de que existen sentimientos que son necesariamente opuestos: bienestar/malestar,
tristeza/alegría, angustia/calma, lo que no siempre se ajusta a su posible descripción.

Los sentimientos son comportamientos que, a su vez, forman parte de otros, de hecho, casi
todo comportamiento humano los incluye. En ocasiones constituyen la única forma de
responder a situaciones simples, aunque, por lo general, son componentes afectivos de otras
conductas efectivas. Esto tiene que ver con que son fácilmente condicionables y una vez que
se incorporan al repertorio de una persona, adquieren cierta autonomía con respecto a los
estímulos originales (Kantor, 1969). Por esta razón, y por otras de tipo cultural, las distintas
aproximaciones psicológicas enfatizan su importancia, aunque desde premisas erróneas.
Kantor (1969) plantea que los sentimientos y las emociones son fenómenos distintos.

La conducta emocional está constituida fundamentalmente por un conjunto de respuestas


reflejas de tipo visceral. Algún estímulo abrumador en el ambiente genera una reacción
caracterizada por una total confusión y desorganización del individuo, de manera tal que el
sistema reactivo que sería adecuado a ese estímulo, falla y no opera. La reacción refleja
interfiere con cualquier comportamiento. Esta reacción es fundamentalmente somática y no
está correlacionada apropiadamente a los estímulos, como lo estarían los sentimientos. Así,
mientras las emociones interfieren con un comportamiento efectivo en la situación, es decir,
bloquean alguna respuesta, los sentimientos son un tipo de respuesta. La conducta
emocional es una condición momentánea de "no respuesta" y esta condición inhibitoria de la
conducta en curso es la diferencia esencial entre emociones y sentimientos. De esta manera,
reacciones como la alegría, el placer o la satisfacción no pueden ser consideradas como
reacciones emocionales, aunque la ira o el estrés y, en general lo que Ryle (1949) llama
conmociones emocionales, sí pertenecen a esta categoría.

La conducta emocional no presenta orden o regularidad en su ocurrencia, a diferencia de los


sentimientos. No se puede decir que corresponda funcionalmente a ningún estímulo
particular y por ello tampoco se podría decir que tiene como función una preparación para la
acción, como tradicionalmente se plantea. Kantor (1969) señala que la actividad emocional
consiste de segmentos en donde las respuestas consumatorias o finales de un patrón de
respuestas son las que se inhiben, aunque deja claro que el resto del patrón de
comportamiento, como la respuesta de atención o la perceptual, sí se presenta. En este
sentido, la condición de "no respuesta" se refiere solamente a respuestas consumatorias
efectivas. Esta condición o ausencia de un sistema de respuesta influye para que los
psicólogos hablen de las emociones como cambios corporales, instintos de conservación, o
expresiones de procesos ocultos, cuando en realidad aluden a las respuestas reflejas que se
presentan cuando los sistemas reactivos apropiados no operan.

Kantor afirma que las emociones se pueden distinguir de actividades precedentes y


subsecuentes y se pueden describir en términos de otras actividades relacionadas que, junto
con el segmento emocional distintivo, constituyen una situación compleja de
comportamiento. El análisis de segmentos de comportamiento emocional incluye el
segmento de conducta pre-emocional, el propiamente emocional, el post-emocional más
próximo y el post-emocional siguiente. El primero se refiere a aquella actividad del individuo
previa a su contacto con el objeto o estímulo que antecede a la reacción emocional. El
segundo, a ese período de confusión en donde la actividad visceral y general del organismo
reemplaza las acciones que deberían operar de manera organizada y consumatoria, aun
cuando se presenten respuestas perceptuales y de atención. El tercero es cuando el individuo
empieza a responder a algún estímulo diferente presente en la situación, como por ejemplo,
a algún objeto que brinde la posibilidad de escapar; aquí ya el individuo responde a través de
un sistema reactivo consumatorio y organizado; y por supuesto, una vez que el individuo
empieza a responder, es porque el período propiamente emocional ha terminado. Por último,
el individuo responde, en gran medida, al segmento anterior, por ejemplo, a su propia
respuesta de escape, lo cual se ha confundido con expresiones de la emoción. Esta referencia
a las expresiones de la emoción o incluso a sus canales de manifestación, tiene que ver con
el hecho de que, ocasionalmente, las reacciones propiamente emocionales pueden adquirir
funciones de estímulo para acciones post-emocionales que forman parte del propio segmento
emocional y también para algunas otras, que son las que se entienden como expresiones. De
la misma manera se ha considerado que las respuestas somáticas que reemplazan a los
sistemas reactivos que serían efectivos, constituyen expresiones emocionales.

El papel del ambiente

Como puede deducirse del planteamiento inicial, ni los sentimientos ni las emociones pueden
estudiarse sin considerar en cada caso las circunstancias ambientales específicas a las que
un individuo responde. Las diversas aproximaciones psicológicas han reducido las
interacciones individuo-ambiente a procesos mentales o respuestas somáticas. Cuando
toman en cuenta el ambiente, lo hacen marginalmente, asumiendo funciones generales para
ciertos estímulos, por ejemplo, los llamados estresores ambientales. Su interés se centra en
lo que consideran índices o expresiones de la emoción, por lo que se invierte tiempo y
esfuerzo en su evaluación y medición, y se opta por la medición de cambios fisiológicos o el
uso de instrumentos de auto-reporte. El empleo de estas herramientas, así como del
lenguaje ordinario fuera de contexto, no permite distinguir, en términos funcionales, las
emociones de otros fenómenos; tampoco se da cuenta de reacciones idiosincrásicas a
condiciones específicas de estimulación.

Esta forma de proceder lleva, entre otras cosas, a clasificar las "emociones". Kantor (1969)
señala que "estrictamente hablando, solo puede haber una clase de conducta emocional,
esto es, las emociones constituyen una clase o tipo de acción" (p. 14). Dadas las diferentes
condiciones de estimulación en las que ocurren y sus diversos contextos, su clasificación
general en positivas y negativas dista mucho de acercarnos a la comprensión del fenómeno.
También afirma que "este tipo de conducta ocurre solamente bajo condiciones externas
definidas y, por tanto, solamente puede describirse en términos de tales condiciones. Los
movimientos y cambios específicos del individuo son efectos directos de circunstancias
externas y no expresiones de entidades innatas y continuas" (p. 22).

Si las emociones se caracterizan por una fase en la que el individuo no puede pensar o
actuar porque las acciones que la situación requiere se bloquean, no se puede dar cuenta de
una emoción específica sin considerar las características precisas de la situación. Las
condiciones de estimulación emocional implican demandas, peligros o estímulos
abrumadores que deben describirse para dar cuenta del segmento emocional; sin embargo,
se omite su descripción o se lleva a cabo de manera marginal. Un caso ilustrativo es el
relacionado con lo que se denomina estrés.

Desde una perspectiva naturalista, el estrés corresponde a cierto tipo de contingencias,


generalmente compuestas de condiciones de estimulación abrumadoras, como las que
caracterizan a los segmentos emocionales; sin embargo, el término se emplea
indiscriminadamente para referirse a emociones y a otro tipo de comportamientos afectivos,
principalmente sentimientos; se asume, además, que los mismos estímulos (estresores)
generan "emociones" iguales en todos los individuos, o bien, que lo importante no es la
situación como tal, sino la interpretación cognoscitiva de la misma. Se habla de un proceso
de evaluación cognoscitiva que implica la valoración de una situación y de los propios
recursos. Con base en ello, se investigan y comparan las denominadas "estrategias de
afrontamiento", sin considerar la pertinencia del sistema reactivo que podría ser efectivo y
corresponder funcionalmente a la demanda de una situación específica.

Al describir emociones hay que considerar que las situaciones son relevantes en sí mismas.
En una situación emocional las personas se paralizan, reportan estados de shock y confusión.
Por esta razón, lo pertinente es describir el segmento emocional considerando el total de
elementos participantes en la interacción. Además de los elementos de estimulación y el
contexto, Kantor (1969) ha planteado algunos factores a considerar como el repertorio de
comportamiento del individuo, su velocidad de reacción, su condición fisiológica general, su
familiaridad con los objetos de estimulación y la presencia de personas específicas.

En el caso de los sentimientos ocurre lo mismo. No es posible comprenderlos al margen de


las situaciones en las que un individuo se relaciona. Constituyen conducta organizada y
dirigida y sus variaciones en términos de intensidad o duración dependen de los estímulos a
los que se reacciona, del modo cómo se presentan, de la naturaleza y condiciones del
contexto y del tiempo que este comportamiento ha pertenecido al repertorio de una persona
(Kantor, 1969). Las relaciones que se van estableciendo entre este tipo de comportamiento
afectivo, diversas condiciones de estímulo y diversos contextos pueden ser muy variadas y
no se pueden abordar con base en la descripción de síndromes fisiológicos o acciones
específicas. Los criterios morfológicos que predominan en su análisis y evaluación sólo han
creado confusión conceptual y han llevado a postular, entre otras cosas, que existen
canales o vías para su manifestación.

Los sentimientos se van estableciendo en relación con ciertos estímulos. Las diferentes
culturas, como medios de relación entre personas, influyen en su adquisición, aunque es la
historia individual la que da cuenta del comportamiento afectivo personal. Hay una gran
cantidad de estímulos relacionados con sentimientos. Entre ellos se encuentran cualidades
de objetos y personas, eventos relacionados con estímulos físicos (como la pérdida de un
objeto valioso), condiciones que interfieren con comportamientos específicos o deseos,
cambios en nuestra propia condición biológica, nuestras propias acciones o las de otras
personas (Kantor, 1969). Cada persona responde afectivamente y con correspondencia
funcional a cierto tipo de estímulos y no a otros, de manera más intensa a algunos que a
otros, con más frecuencia en cierto tipo de situaciones que en otras. Algunas reaccionan
afectivamente de cierta manera a cualidades de personas, otros a estimulación visual u
olfativa, otros más a situaciones complejas, como las políticas, por ejemplo. En cada caso,
el comportamiento es diferente, no solamente entre individuos, sino en el mismo individuo,
dependiendo de las condiciones de estimulación. No existe 'la' ansiedad o 'la' depresión en sí.
Postular su existencia es ignorar los estímulos a los que un individuo responde y abordar el
comportamiento con criterios morfológicos.

Diferentes clases de emociones y sentimientos

Al trascender los criterios morfológicos de análisis es posible distinguir clases generales de


emociones y sentimientos. Con respecto a las emociones, Kantor (1969) hace una primera
distinción con base en el tipo de condiciones de estimulación que se relacionan con el patrón
emocional. Distingue dos clases. La primera agrupa reacciones elementales vinculadas a
condiciones primarias naturales de estimulación; la segunda, incluye reacciones más sutiles
y refinadas vinculadas a condiciones de estimulación social. En ambas están presentes los
distintos segmentos del patrón de respuestas emocional; sin embargo, las reacciones
pueden diferir en términos de fuerza e intensidad. Los términos empleados para referir estos
patrones no permiten distinguir con precisión estas diferencias, aunque usualmente se
emplean términos como furia o pánico, para la primera clase de emociones, y sorpresa o
decepción, para la segunda. Esta distinción inicial está vinculada con la capacidad del ser
humano para responder en una situación como si estuviera en otra, trascendiendo a los
elementos presentes en una situación concreta. Muchos de los fenómenos que se refieren
como pensar, recordar, imaginar, o planear, implican este tipo de procesos, que no tienen
que ver con operaciones mentales y ocultas.

Los segmentos emocionales también pueden presentarse como reacción a estímulos que no
están presentes en forma concreta en una situación. Así como hay patrones de respuesta
emocional a elementos naturales que están presentes de forma concreta en una situación,
los hay, más sutiles, cuando una persona responde en una situación como si estuviera en
otra, es decir, cuando reacciona a elementos de estimulación que pertenecen a otra
situación. Esto puede darse de dos maneras. Una de ellas es cuando la fase perceptual del
segmento propiamente emocional opera de manera desvinculada de las condiciones
presentes y objetivas de una situación; esta fase puede consistir en una simple apreciación
de amenaza que interfiere con la acción pertinente e incluye reacciones somáticas que
históricamente han estado vinculadas a un peligro real. Hay que aclarar que esto no tiene
que ver con operaciones mentales, pensamientos específicos, o creencias, como tampoco
con un acto de valoración o interpretación cognoscitiva, sino que se trata de reacciones de
sistemas más simples de percepción.

La otra manera es cuando el segmento pre-emocional está constituido por respuestas que
tampoco dependen de condiciones concretas presentes objetivamente en una situación, esto
es, por ejemplo, cuando un individuo está leyendo, escuchando algún tipo de información o
diciéndose ciertas cosas y responde emocionalmente a su propia actividad como si se
encontrara ante alguna situación de peligro. En este caso su actividad previa a la emoción
sustituye algún estímulo con el que se ha tenido alguna experiencia previa; sin embargo,
esto no implica un proceso oculto; el individuo responde en ausencia del estímulo original,
como si estuviera ante él. Las reacciones emocionales a segmentos pre-emocionales son más
sutiles aún que aquellas relacionadas con la actividad perceptual y en cualquiera de estos
dos casos, la actividad orgánica es menor que en las reacciones emocionales simples, esto
es, aquellas vinculadas de forma directa a condiciones de estimulación presentes. Los
diferentes tipos de emoción afectan también los segmentos post-emocionales. Cuando las
emociones son primarias, las actividades que siguen al "bloqueo" están muy relacionadas
con acciones que incluyen respuestas musculoesqueléticas, como brincar, correr, golpear,
mientras que en las emociones sociales secundarias la transición del período de bloqueo o
confusión a la acción es más gradual y menos distintiva de sus segmentos anteriores y
posteriores (Kantor, 1969).

El hecho de que existan segmentos emocionales con componentes sustitutivos ha sido


interpretado de forma mentalista. Usualmente se conciben la fase perceptual o el segmento
pre-emocional como procesos cognoscitivos, creencias, evaluaciones, interpretaciones o
pensamientos y se afirma que son los responsables de la emoción, como quiera que ésta se
entienda. Sin embargo, la fase perceptual del segmento propiamente emocional es parte de
la misma reacción y depende, por tanto, de las mismas condiciones de estimulación. No
equivale a creencias, pensamientos o procesos de evaluación, ni tiene funciones causales.
Por el contrario, es efecto de las condiciones ambientales. Por su parte el segmento pre-
emocional, aun cuando pueda consistir en una idea, también puede consistir en otro tipo de
acción sustitutiva y, como en el caso de la fase perceptual, no genera o causa la emoción,
sino que forma parte del patrón de respuestas característico de este tipo de
comportamientos y antecede al segmento propiamente emocional. En ningún caso se da una
doble acción en donde un proceso mental provoca la emoción, sino que los distintos
segmentos y actividades de los sistemas reactivos participantes constituyen patrones
complejos de comportamiento vinculados a las condiciones del ambiente.

Los sentimientos también pueden tener distintos grados de complejidad. Kantor (1969)
explica que hay segmentos afectivos simples y complejos. Los primeros se refieren a un tipo
de comportamiento en donde la situación es comparativamente simple y la respuesta
consiste en un cambio o reacción que afecta al propio individuo, constituyendo ésta la
reacción final, como sentir bienestar al contemplar un cielo azul. Los segundos se
caracterizan por la presencia de uno o más sistemas reactivos sustitutivos, además de la
reacción afectiva final.

Como en el caso de los patrones emocionales, los sentimientos pueden ser respuestas
relacionadas con elementos de una situación aquí y ahora, o bien pueden operar sin la
presencia del objeto de estímulo original. Un individuo puede responder afectivamente a
estímulos sustitutivos: sentirse regocijado con una película, triste con una carta, apenado
por algo que le sucedió a alguien, enojado al escuchar las noticias, nostálgico al ver
fotografías antiguas, o deprimido al recordar algún evento pasado. En este tipo de
situaciones el individuo responde como si participara en la historia de la película, la carta o la
que reportan en las noticias y puede reaccionar mediante distintos sistemas reactivos. La
complejidad de sus reacciones depende de su historia y de las situaciones a las que
responde. En algunas ocasiones sus reacciones pueden estar condicionadas, a su vez, por
respuestas analíticas y discriminativas complejas, como el caso de algunos sentimientos
generados por obras de arte. Entre los sistemas reactivos afectivos simples, Kantor (op. cit.)
ilustra reacciones de expresión, de depresión, sentimientos de bienestar o de inquietud ante
estímulos concretos o la retirada de éstos. En los complejos cita, como ejemplos, a algunos
sentimientos generados por situaciones estéticas, políticas, religiosas, sociales, sexuales,
morales e intelectuales.

Como en el caso de las emociones, el hecho de que los sentimientos puedan darse de
manera sustitutiva, desligados de los estímulos originales, ha llevado a explicaciones
mentalistas; sin embargo, no hay necesidad de invocar procesos ocultos para explicar la
complejidad de ciertas formas de comportamiento.

Dualismo

Como se ha venido señalando, las distintas aproximaciones psicológicas a la salud han


abordado el fenómeno de manera dualista, enfatizando el papel de emociones y
sentimientos, como causales de cierto tipo de acciones y de enfermedad.

La tradición del dualismo se le atribuye de manera oficial a Descartes, aunque él no haya


sido su iniciador. Para él cada persona vive dos historias paralelas: una pública, relativa a su
cuerpo y otra privada, relativa a su alma. En los planteamientos de Descartes, el alma
racional determinaba la acción del cuerpo del hombre, de modo que su comportamiento
podía estudiarse reduciéndolo a la acción mecánica y refleja, mientras que el alma o lo
mental eran lo causal interno que obedecía a principios propios. La acción del hombre como
movimiento debía estudiarse a través de la mecánica, mientras que la del alma, a través de
una concepción paramecánica correspondiente a la óptica (Descartes, 1979). Esto es lo que
se ha entendido por dualismo, el hombre compuesto de dos sustancias, una que funciona
como principio regidor y otra que solamente refleja o permite inferir un mundo "interno" que
es el "verdaderamente importante": alma, mente, aparato intrapsíquico, conciencia o incluso
cognición (como metáfora moderna de este principio regidor).

Los enfoques cognoscitivos predominantes en este campo ilustran esta forma de abordar lo
psicológico. En ellos se afirma que la conducta de una persona está gobernada por sus
propias predicciones y que los individuos no actúan en relación con los acontecimientos, sino
a su pensar acerca de ellos (Zumaya, 1993). Parten de que existe un mundo inaccesible a
los demás y como señala Ribes (2001), inaccesible para el propio sujeto, quien tiene
estructuras, procesos o pensamientos automáticos, de los cuales no es consciente. En estos
enfoques se plantea que el hombre construye su propia realidad y responde a sus
representaciones, lo cual ejemplifica la metáfora paraóptica que empleó en principio
Descartes y que se puede sintetizar en el concepto de 'representación'.

El papel disposicional de sentimientos y emociones

Las aproximaciones dualistas se vinculan con el causalismo. Aun cuando se postula la


existencia de un mundo interno compuesto por procesos, estructuras y entidades, y otro
externo, relacionado con acciones concretas y movimientos, se asume que en el primero
residen las causas del segundo. Sin embargo, como se ha venido explicando, por un lado,
no hay necesidad de postular principios extraepisódicos para explicar el comportamiento, y
por otro, las explicaciones causa-efecto no permiten dar cuenta de la complejidad de una
gran cantidad de fenómenos. Al reducir las explicaciones a este tipo de relaciones se omiten
otras que son pertinentes en la explicación de una gran cantidad de fenómenos: las
categorías disposicionales.

Ryle (1949) explica que las palabras disposicionales no refieren episodios sino, en términos
generales, tendencias. "Cuando decimos que una vaca es rumiante, o que un hombre es
fumador de cigarros, no decimos que la vaca está rumiando ahora, o que el hombre está
ahora fumando un cigarro. Ser rumiante es tender a rumiar de tanto en tanto y ser fumador
de cigarros es tener el hábito de fumar cigarros" (p. 104). Por supuesto, el uso de categorías
disposicionales es posible, en la medida en que ocurren o han ocurrido episodios que nos
permiten describir estas tendencias. Los términos disposicionales, aunque aglutinan eventos
u ocurrencias, no refieren, en sí mismos, acontecimientos.

Ryle (Op. cit.) señala que hay dos tipos de explicaciones: aquellas que tienen un sentido
causal y las que se describen con enunciados disposicionales. Los enunciados disposicionales
describen que una cosa, un animal o una persona dada posee cierta capacidad, tendencia o
inclinación, o está sujeta a cierta propensión. "...son autorizaciones de inferencias que nos
autorizan a predecir, explicar y modificar tales acciones, reacciones y estados" (p. 110).

Las categorías disposicionales permiten describir una buena parte de la conducta de las
personas. Las capacidades, los hábitos, los motivos, los gustos o los estados de ánimo
pertenecen a este tipo de categorías. Al hablar de tendencias, inclinaciones y propensiones,
aunque no se hace referencia a hechos, procesos o acontecimientos, sí se habla de factores
que constituyen indudablemente una porción significativa del dominio empírico de la
psicología.

Ryle (Op. cit.) aclara que los términos que se emplean para hablar de la emotividad
corresponden a categorías disposicionales. En este sentido, con gran frecuencia, el papel que
juegan las emociones en la explicación del comportamiento sería una de tipo disposicional.
Ribes (1990) afirma que los factores disposicionales modulan la probabilidad de un
comportamiento, es decir, hacen más o menos probable alguna interacción, ya sea
facilitándola o interfiriendo con ella.

Se ha venido explicando que los sentimientos son comportamiento afectivo y, como tal, un
conjunto de reacciones u ocurrencias. Igualmente, se ha dicho que las emociones son
patrones de respuesta caracterizadas por un segmento de bloqueo o confusión, y que el
segmento emocional completo está compuesto también por reacciones y respuestas, es
decir, ocurrencias; lo que no se ha mencionado es que, tanto las emociones como los
sentimientos pueden adquirir propiedades disposicionales.

Cuando los sentimientos o emociones se incorporan al equipo conductual, conforman una


colección de ocurrencias históricas que pueden, en el presente, facilitar o interferir con
otros comportamientos. En el caso de los sentimientos, dadas sus características y su
inclusión en prácticamente todo tipo de comportamiento, representan un factor
prácticamente permanente del repertorio de una persona y por ello adquieren fácilmente
funciones disposicionales. Pueden hacer más probable, o bien interferir con otros
comportamientos. Esta función se puede ejercer en comportamientos inmediatos, esto es, en
el siguiente segmento de comportamiento, o bien, en comportamientos distantes en tiempo.
Cuando algún sentimiento, como la alegría o el bienestar adquiere funciones disposicionales
e influye en la siguiente respuesta a otra circunstancia, esta última puede ser más probable,
o su intensidad o expresión pueden ser mayores, por ejemplo, cuando una persona saluda
efusivamente a otra después de haber recibido una buena noticia. Otros sentimientos han
estado tan estimulados en la historia de un individuo que se convierten en tendencias al
relacionarse con la misma clase de estímulos, por ejemplo, una persona educada para
apreciar la música, va a reaccionar afectivamente con más frecuencia y mayor intensidad
ante este tipo de estimulación. Sus sentimientos, construidos históricamente, hacen más
probable que acepte invitaciones a conciertos, que compre discos, que lea artículos sobre
grupos musicales o que converse sobre música.

Los segmentos emocionales también puede adquirir funciones disposicionales, aunque su


función es menos prolongada. Usualmente las reacciones emocionales pueden facilitar otras
actividades, tanto post-emocionales -que son parte del propio segmento-, como algunas
otras.

Ryle (1949) explica las diferencias entre emociones (conmociones), sentimientos y estados
de ánimo considerando tipos específicos de disposiciones: tendencias, inclinaciones,
propensiones o estados. En términos generales, señala que los estados de ánimo y las
emociones se refieren a propensiones, mientras que emociones como el llamado estrés, la
ira o el pánico, son también propensiones, aunque requieren, a su vez, de otras
propensiones opuestas, o bien de un impedimento fáctico y se caracterizan por cierto grado
de intensidad. Los sentimientos aluden, en términos generales, al lenguaje de las
sensaciones.

Así, en el lenguaje ordinario, el término depresión se aplica a un estado de ánimo y como tal,
debería ser considerado como una propensión que implica cierta temporalidad y que en
cada individuo puede hacer menos probable la ejecución de ciertas actividades o bien, más
probable la de otras. Las reacciones referidas por este tipo de estados son más difusas y
menos dirigidas a objetos o condiciones de estimulación específicas (Kantor y Smith, 1975) y
generalmente, facilitan acciones como llorar o aislarse; e interfieren con una serie de
interacciones cotidianas que van desde comer hasta relacionarse socialmente.

La ira o el estrés corresponden más con las emociones, o en términos de Ryle (1949), a
conmociones emocionales. Éstas se refieren a una propensión que aumenta la probabilidad
de que existan episodios caracterizados por respuestas intensas de corta duración en donde
el sujeto conmocionado no puede pensar qué debe hacer o incluso qué debe pensar.

Los sentimientos aglutinan una gran cantidad de conceptos que refieren sensaciones y que
pueden convertirse en tendencias a reaccionar e interactuar de manera sistemática en
situaciones específicas. Esta función disposicional es mucho más clara cuando se dice de
alguien que es ansioso, irritable, o sensible.

Emociones, sentimientos y salud

En este punto debemos responder si las emociones y sentimientos son las principales causas
psicológicas de la enfermedad. Considerando lo dicho hasta el momento la respuesta es
negativa. Las razones de esta afirmación son básicamente dos: a) emociones y sentimientos
son parte de otros complejos de comportamiento y no procesos independientes del mismo,
b) la influencia del comportamiento en la salud se compone de un conjunto de relaciones que
se originan en la historia interactiva de cada individuo y no de componentes parciales.

Como se ha venido señalando, los sentimientos no son respuestas independientes de otros


comportamientos, sino que constituyen su dimensión afectiva. Cuando un individuo se
relaciona con objetos, personas o acontecimientos del medio, sus relaciones se componen de
respuestas efectivas y afectivas. El individuo no solamente siente algo, sino que hace o
piensa algo y ambas cosas son dimensiones inseparables del mismo comportamiento.

En el caso de las emociones hay que señalar que no se les puede responsabilizar del estado
de salud biológica porque, por un lado, no se presentan tan frecuentemente como los
sentimientos, que es lo que comúnmente se asume; en segundo lugar, porque aun cuando
constituyen segmentos complejos de comportamiento, las emociones propiamente dichas se
refieren a la fase de bloqueo y, por tanto, no aluden a respuestas; en tercer lugar, esta fase
de bloqueo depende, en gran medida, de qué tan capaz es un individuo para dar una
respuesta efectiva en una situación que presenta estímulos abrumadores; es decir, a mayor
capacidad de un individuo para relacionarse con este tipo de situaciones, menores
posibilidades de que presente emociones, lo cual indica que las emociones tampoco son
independientes de otros factores psicológicos.

El comportamiento afecta la salud biológica a través de un proceso que puede rastrearse en


la historia de cada individuo. Dicho proceso se conforma por sus modos consistentes de
interactuar en ciertas situaciones y las capacidades que ha adquirido como producto de su
interactuar en el mundo, que como factores históricos influyen en el ejercicio de
competencias o capacidades presentes y su relación con la modulación biológica del
organismo por parte de las contingencias (Ribes, 1990). Este proceso influye en la
presentación de conductas instrumentales de riesgo y prevención para la salud que, a su
vez, afectan la vulnerabilidad biológica del organismo. Las relaciones entre estos factores
dan como resultado final la aparición o no de enfermedad biológica y de posibles conductas
asociadas a ella (Ribes, 1990).

Los sentimientos, a los que frecuentemente se les confunde con emociones, no se pueden
considerar como una categoría específica en el proceso psicológico de la salud porque no
son independientes de otros comportamientos, sino la dimensión afectiva de los mismos.
Pueden formar parte de episodios que indican capacidades, de conductas instrumentales de
riesgo y prevención, así como de conductas asociadas a enfermedad. Las emociones, por su
parte, se relacionan tanto con contingencias ambientales muy específicas, como con
competencias y en ningún caso pueden estudiarse al margen de los factores que conforman
el proceso psicológico de la salud. Cabe señalar que si bien algunas reacciones viscerales
sistemáticas están vinculadas a daño orgánico, desde una perspectiva psicológica no pueden
estudiarse al margen de las condiciones ambientales que las originan, así como tampoco de
las experiencias individuales.

La salud de los individuos es un fenómeno complejo. Con lo que respecta a su dimensión


psicológica conviene contemplar un conjunto de elementos que, como Ribes (1990) ha
señalado, conforman un proceso que inicia en la historia individual y cuyo resultante final es
la conservación de la salud o la presencia de patología biológica.

La literatura especializada da cuenta de cómo se afectan diversos sistemas biológicos


mediante el comportamiento; sin embargo, se parte de algunas confusiones conceptuales y
se soslayan ciertos elementos que corresponden a la individualidad. Se han dado grandes
pasos al encontrar, por ejemplo, que cierto tipo de contingencias generan cambios en
algunas respuestas biológicas y que dichos cambios son indicadores de diversas
enfermedades (Moberg y Levine, 1985). Los estudios sobre afrontamiento también han
aportado conocimientos al tema, sin embargo, conviene explorar otros aspectos y relaciones.

El esclarecimiento conceptual de algunos componentes del comportamiento puede ser útil


para la formulación de nuevas preguntas de investigación que habrán de abordarse desde
una perspectiva naturalista. La distinción entre sentimientos y emociones, así como su
estudio con criterios funcionales, permitiría situarlos como componentes de patrones más
complejos de comportamiento tales como la capacidad individual o los estilos de interacción
y, en esa medida, se estaría hablando del estudio de diversas interacciones que pueden estar
clasificadas por elementos como el logro o la consistencia que están necesariamente ligados
a tipos de contingencias.

El terreno de la salud es de suma importancia y la psicología tiene mucho que aportar.


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