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MlGUEL DE CERVANTES

MIGUEL DE CERVANTES
DON DON QUIJOTE DE

~UI OTE LA MANCHA

DE LA MANCHA EDICIÓN DEL


INSTITUTO CERVANTES
1605-2005

DIRIGIDA POR
- , . o .\J FRANCISCO RICO

~ con la colaboració11 de
JOAQUÍN FORRADELLAS

ESTUDIO PRELIMINAR DE
FERNANDO LÁZARO CARRETER

GALAXIA GUTENBERG • CÍRCULO DE LECTORES


CENTRO PARA LA EDICIÓN DE LOS CLÁSICOS ESPAÑOLES
POR EL

CENTRO PARA LA EDICIÓN

La presente edición va dedicada a la 111e111oria de DE LOS CLÁSICOS ESPAÑOLES:

'Femando Lázaro Carreter


FERNANDO LÁZARO CARRETBR
Estudio preliminar

FRANCISCO Rico
Texto crítico y Direccióu

JOAQUÍN FORRADBLLAS
Notas

GUILLERMO SERÉS
Adjunto a la Dirección

GONZALO PONTÓN
Jefe de redacción

PATRIZIA CAMPANA
LAURA FERNÁNDBZ
Coordinación general

MONTGRONY ALBEROLA · MARGARITA FREIXAS


SILVIA IRISO • MARIBEL MARTÍNEZ
jULIÁN MOLJNA • GERARDO SALVADOR
PATRICIA SALVADOR · AGUSTÍN SÁNCHEZ AGUILAR
GEMA V ALLÍN · ÍNGRID VINDEL
Redacción

MONTSERRAT AMORES • PILAR BELTRÁN


JUAN JosÉ GoNZÁLEZ BUENO • MARC GRAU
Con la panicipación de la JUAN RAMÓN MA VOL · MARÍA NoGUÉS
SOCIEDAO VICENTE SANTOLARIA · 0MAR SANZ • XAVIER TUBAU

CI ESTATAL
~NMEMORACIONES
CULTURAi.ES
CRISTINA UJALDÓN · GUILLEM USANDIZAGA
Ayudantes de redacción
COLABORADORES

LECTURAS DEL «QUIJOTE»


ELLEN M. ANDERSON
Y REVISIÓN DE NOTAS
JEAN CANAVAGGIO
ANTHONY CLOSE 25-26, 29-31
JouN J. ALLEN • I,
ANTONIO DOMÍNGUEZ 0RTIZ STEFANO ARATA ·II, 11
EDw ARD C. R1LEY IGNACIO ARELLANO . II, 25- 27
SYLVIA ROUBAUD JUAN BAUTISTA DE AVALLE-ARCE· l, 21-22
Prólogo JAVIER BLASCO · 1, II-14
]EAN CANAVAGGIO • 11, 30-32
JOAQUÍN ALVAREZ BARRIENTOS M. SOLEDAD CARRASCO URGOITI • II, 54
CARMEN BERNIS MAXIME CHEVALIER • 11, 45, 47, 49
JosÉ MARÍA CASASAYAS ANTHONY CLOSI! · ll, 33-35
ANTONIO CONTRERAS LOUIS COMBET · II, 36-39
JAIME fERNÁNDEZ, S.J. CRISTÓBAL CUEVAS · II, 6-7
RICARDO GARCÍA CÁRCEL GIUSEPPll DI STEFANO • I, 4-5
JUAN GUTIÉRREZ CUADRADO AURORA EGIDO . 11, 22-23
BERNAT HERNÁNDEZ HEINZ-PBTER ENDRESS · 11, 40-41
MARI CARMEN MARÍN PINA JOAQUÍN FonRADELLAS · 1, 1
JuuÁN MARTÍN ABAD CLAUDIO GUILLÉN · 1, 7-8
JosÉ MANUEL MARTÍN MoRÁN GEORGES GüNTERT · 11, 63-65
RAFAEL RAMOS LUIS IGLESIAS fEIJOO • 1, 9-10
MIGUEL REQUENA MARCO PABLO JAURALDE · 11, 28
MARTÍN DE RIQUER MONIQUE JOLY · 11, 44, 46, 57, 69-70
ALBERTO SÁNCHEZ ]ACQUl!S ]OSET · l, 43-46
Doc11111e11tadó11 WILLARD F. 11, 73
KING ·
RAFAEL LAPESA •11, 5
JosÉ MONTERO REGUERA ISAÍAS LERNER · 11, 59
Lecturas del «Quijote» FRANCISCO LÓPEZ ESTRADA · J, 50-52
NADINE LY . II, 50
HOWARO MANCJNG · 11, 29
M. CARMEN MARÍN PINA . 1, 2-3
ADRIENNE L. MARTÍN · I, Versos preliminares y finales
PRESENTACIÓN
JAIME MoLL · I y II, Portada y Preliminares
MICHEL MONER · 1, 37-42
MARGHERITA MORREALE · IJ, 58 En 1994, el Instituto Cervantes confió al Centro para la Edi-
LUIS ANDRÉS MURlLLO · (, 15-17 ción de los Clásicos Españoles* la preparación de un Quijote
HANS-jORG NEUSCHAFER · I, 33-35 que pudiera ser ventajosamente manejado por un público tan
jEAN-MARC PELORSON · ll, 51, 53 amplio como el ámbito del propio Instituto. Amén de dar, por
HELENA PERCAS DE PONSETI · 11, 42-43 primera vez, un texto crítico, establecido según la ecdótica más
SvETLANA PISKUNOVA · JI, 24 rigurosa, la edición, pues, había de aclarar ágilmente las dudas
RANDOLPH POPE . II, 16-18 e incógnitas que un libro de antaño, y de semejante enverga-
AUGUSTIN REDONDO · II, 19-21 dura, por fuerza provoca en el lector sin especial formación en
ALFONSO REY . II, SS la historia, la lengua y la literatura del Siglo de Oro; pero tam-
fRANc1sco Rico · I, 1 1:,ién debía tomar en cuenta las necesidades del estudiante y, por
EDWARD C. RILEY · 11, I otro lado, prestar algún servicio al estudioso, ofreciéndole,
MARTÍN DE RIQUER · II, 60-62 por ejemplo, una primera orientación entre la inmensa biblio-
ELIAS L. RIVERS · ll, Prólogo y Dedicatoria grafia que ha ido acumulando la tradición del cervantismo.
JULIO RODRÍGUEZ-LUIS · II, 8-ro Tales planteamientos coincidían en sustancia con la concep-
CARLOS RoMERo ·MuÑoz. II, 66-68 ción general de la Biblioteca Clásica por mí dirigida, cuyas nor-
SYLV[A ROUBAUD · I, 6, 32
mas de anotación -en dos estratos: a pie de página y en sección
PETER RUSSELL · I, 49 aparte- atienden señaladamente a hacer posible que cada uno
MARIA CATERINA RUTA · II, 72
de los distintos tipos de usuarios aproveche la edición de acuer-
ALBERTO SÁNCHEZ · I, 23-24, 27-28, 36 do con sus conveniencias peculiares. De ahí que el Quijote del
RICARDO SENABRE · 11, 2-4 Instituto Cervantes apareciera, en 1998, incorporado a Biblio-
HARRY SIEBER . II, 71 teca Clásica, y, gracias al interés de Editorial Crítica, que en-
MARIO SoCRATE · 1, Prólogo
* El Centro para la Edición de los Clásicos Españoles (111111111.cece.
EDUARDO URBINA • II, 12-1.5
ed11.es) se constituyó el I de octubre de 1991 con el designio de «realizar o
DARÍO VILLANUEVA · 1, 47-48 ~vorecer los estudios o proyectos que conduzcan a la publicación de los clá-
BRUCE W. W ARDROPPER · II, 74 sicos españoles en ediciones de la máxima calidad filológica» . Los miembros
EDWIN WILLIAMSON · (, 18-20 fundadores fueron Ignacio Arellano, Eugenio Asensio, Alberto Blecua, José
DOMINGO YNDURÁIN · II, 48, S2, 56 M. Blecua, Pedro M. Cátedra, Aurora Egido, Joaquín Forradellas, Luciano
García Lorenzo, Luisa López Grijera, Rafael Lapesa, Fernando Lázaro Ca-
rreter (director),José María Micó, Francisco Rico (secretario general), Mar-
tín de Riquer, Darío Villanueva y Domingo Ynduráin; a ellos se han aña-
dido posteriormente Antonio Carreira, Roger Chartier, Luis Alberto de
Cuenca, Inés Fernández-Ordóñez, Víctor García de la Concha y Guiller-
mo S~rés. Hasta 1998 estuvo adscrito a la Fundación Duques de Soria, y al
año siguiente se convirtió en asociación cultural independiente.

xm
XIV FRANCISCO RICO PRESENTACIÓN XV

tonces la publicaba, acrecentado con materiales no previstos en go (acabado de estampar en los últimos días de 1604, pero ya
el plan inicial: en particular, la versión del texto en CD-ROM, con la fecha de 1605 en la portada), el apoyo de la Sociedad Es-
con un sistema de búsqueda y análisis que proporciona el más tatal de Conmemoraciones Culturales y la favorable disposición
completo vocabulario, concordancia y registro lingüístico de la del · Círculo de Lectores nos brindan ahora la oportunidad de
obra maestra de las letras españolas. presentar una nueva edición, notablemente aumentada y pues-
Ese Quijote de 1998 ha tenido una fortuna más que próspera, ta al día, pero siempre dentro del espíritu de la primera.
y, saludado por la crítica con abrumadora generosidad, ha co- En efecto: los numerosos cambios y revisiones, incrementos
nocido tres ediciones corregidas y a su vez con varias reimpre- y actualizaciones que se han introducido en esta edición del
siones.* El cuarto centenario de la prínceps de El ingenioso hidal- 200 5 siguen respondiendo esencialmente a los mismos propó-
sitos de 1998. Valga, pues, repetirlos al pie de la letra.
* Poi' diversas razones; quiero agradecer también especialmente los ma- «Es obvio, en primer lugar, que un Quijote de dimensiones
drugadores comentarios y recensiones de John J. Allen, «A Do11 Qmjote for manuales nunca podrá aspirar ni remotamente a ningún género
the New Millennium», Ce1vm1tcs, XIX:2 (1999), pp. 204-214; Mónica Ma- de exhaustividad. Como se imponía, pues, señalar un objetivo
ría Arango, «El Quijote interactivo», y Juan José García Posada, «Don Qui-
principal al del Instituto Cervantes, se acordó que el grueso de
jote en el ordenador», El Colombia110 (Medellín), suplemento Litermio Domi-
11ical, 24 de mayo de 1998; Roger Chartier, «Les vicissitudes de l'ane volé las notas_y otros complementos, concentrándose en el plano en
puis retrouvé», Le Mo11de, 7 ·de mayo de 1999, p. VI de Le Monde des livres (y que asimismo convergen los múltiples destinatarios del proyec-
luego en su libro El juego de las reglas: lectnras, Fondo de Cultura Económi- to, tuviera un carácter más informativo que interpretativo y,
ca, México, 2000, pp. 31-33); Daniel Eisenberg, «Rico, por Cervantes», His- por ahí, mirara primordialmente a la elucidación del sentido lite-
panic Review, LXVIII (2001), pp. 84-88; Alejandro González Acosta, «Miguel ral. (A nuestro propósito, bastará caracterizarlo, con Marcel Ba-
de Cervantes: Don Q11iiote de la !vla11cha. Edición: Francisco Rico», Sábado,
suplemento de U11omás;1110, MCXIX, 13 de marzo de 1999; Juan Goytisolo, taillon, y«par opposition ad'autres sens non-littéraux», como el
«Sobre duelos y quebrantos», El País, 14 de agosto de 1998, p. 26; B.W. líe, núcleo semántico que respetan o deben respetar incluso las exé-
«Another sally for the knight», Times Literm11 S11ppleme11t, 9 de octubre de gesis críticas diametralmente opuestas.) Por tanto, la parte fun-
1998, p. 15; Paul lngendaay, «Der elektrische Reiter», Fra11kf11rter Allge111ei11e damental de la anotación, al igual que en otra manera el Prólo-
Zeit11ng, Feuilleton del 19 de septiembre de 1998, p. 33; T. Lathrop, en B11- go, los apéndices o las ilustraciones gráficas, pretende antes de
lletin of Hispanic Studies (Liverpool), LXXVII (2000), pp. 298-299; Femando
Lázaro Carreter, «El Quijote de Francisco Rico», ABC Literario, 12 de junio
nada resolver los interrogantes que hoy suscitan muchos de los
de 1998, pp. 26-27; Franr;ois López, «Compte Rendu», B111letin Hispanique, usos léxicos y gramaticales, referencias a cosas y personas, suce-
CI (1999), pp. 621-635; José-Carlos Mainer, «Una enciclopedia quijotesca», sos y costumbres, temas y alusiones de diversa índole, refranes,
El País, Babelia, 18 de abril de 1998, p. 9; Cory A. Reed, «The Instituto Cer- sentencias ... que se encuentran en la novela, brindando al lector
vantes' Quijote: A Definitive Edition», B111letin of Hispn11ic Studies (Glasgow), los datos imprescindibles para una correcta comprensión del
LXXVII (2000), pp. 350-364; Ma1iarosa Scaramuzza Vidoni, «El Quijote de texto en el contexto del autor y de su tiempo.
Rico», Re,,ista de Libros, XXIV (diciembre de 1998), pp. 23-24; Elisabetta
Sarmati, «L'urilita dei supporri magnetici nello studio di testi letterari: il Do11 »Sin embargo, el hincapié en el sentido literal no implicaba
Quijote de la Mancha di M. de Cervantes in versione CD-Rom», Critica del cerrar el paso a las interpretaciones literarias con categoría de
testo, ll/3 .(1999), pp. 935-950; Florencio Sevilla Arroyo, «Editar a Cervan- clásicas o más estimadas en los últimos tiempos. La ocasión de dar-
tes», Voz y Letra, IX:1 (1998), pp. 141-154; Enrique Turpin, «Don Quijote les entrada ha venido de la mano de otro de los designios cen-
de la Mancha», El Cien,o, DLXXIV (enero de 1999); Francisco Umbral, «El trales del Instituto Cervantes al fraguar el Quijote que ahora ve
Quijote de Rico», 25 de mayo de 1998, p. 64; y MaáaJosé Vega, «Novela de
novelas», Quimera, CLXXIII (octubre de 1998), pp. 65-67. En el A1111ario bi- la luz: allegar una válida muestra de la situación actual de los es-
bliográfico ce1vallfi110, a partir de 1998, se encontrará indicación de otras rese- tudios cervantinos acogiendo las contribuciones de un buen
ñas y de algunas de las numerosas infonnaciones, entrevistas, gacetillas, etc., número de los más prestigiosos representantes del hispanismo
aparecidas en publicaciones de Europa y An1érica. internacional.
XVI FRANCISCO RICO PRESENTACIÓN XVII

1>Para alcanzar ese doble objetivo, un equipo de redacción for- propósito de la bibliografía, y en algunos casos participando en
mado por miembros de número y asociados del Centro para la más de uno de tales cometidos. Un reconocimiento especial
Edición de los Clásicos Españoles se ha ocupado en el estable- queremos expresar a dos insignes decanos del cervantismo: Ed-
cimiento del texto y del aparato crítico, en la elaboración de las ward C. Riley, quien desde el primer momento nos aconsejó
notas a pie de página y complementarias y en otros quehaceres en puntos tan delicados como la segmentación de la obra en las
anejos; pero esa labor básica ha venido a enriquecerse merced a series de capítulos glosadas por cada uno de los autores de las Lec-
las aportaciones, por diferentes vías, de arriba de medio cente- turas; y Martín de Riquer, que no sólo puso a nuestra disposi-
nar de distinguidos especialistas españoles y extranjeros. ción preciosas informaciones sobre el arnés de don Quijote y la
»Los más de entre ellos han tenido encomendado un frag- Barcelona de Cervantes, sino que además nos regaló un mon-
mento, capítulo o grupo de capítulos y revisado las co1Tes- tón de atinadas sugerencias.
pondientes notas elaboradas por la redacción, velando por la »Nuestra gratitud, como sea, alcanza a todos los colaborado-
exactitud y la pertinencia de las noticias o explicaciones ahí res, no ya por la calidad de su aportación tangible, sino aun más
ofrecidas (y a veces recomendándonos anotar tal o cual detalle por el entusiasmo con que acogieron la empresa y nos anima-
en principio no atendido por nosotros), mientras por otra par- ron a llevarla hasta el cabo. Debemos agradecerles en particular
te escribían un comentario crítico al segmento en cuestión, la extrema generosidad con que han tratado el trabajo de la re-
para subrayar sus elementos y aspectos más importantes, cada dacción, por lo regular linútándose a la corrección de erratas y
cual desde el punto de vista que libérrimamente juzgaba más a la introducción de pequeños retoques o de adiciones menu...:
oportuno (dentro de una extensión, ella sí, draconianamente li- das. (En los casos en que han insertado alguna nota enteramen-
nútada) y todos con la misma voluntad de proponer las exége- te nueva o modificado o incrementado de forma significativa la
sis más penetrantes y reveladoras. La suma de esos comentarios, propuesta por la redacción, su firma figura en la nota comple-
en la sección Lecturas del <<Quijote», y junto al adnúrable ensayo mentaria.) Pero también estamos convencidos de que críticos e
preliminar de Femando Lázaro Carreter, constituye una anto"". investigadores de tanta solvencia no hubieran dejado pasar des-
logía única de la mejor crítica cervantina de nuestros días y, al lices de alguna cuantía, y por ello mismo nos sentimos confor-
con-er paralela a una anotación asentada en el sentido literal, da, tados al pensar que cada una de nuestras notas lleva un ·respal-
creemos, una óptima idea de la inagotable riqueza del libro y do de máxima autoridad, que, si no le asegura el acierto,
de la multiplicidad de enfoques a que se presta. (Ni que decir- cuando menos avala que se mueve en el terreno de lo admisi-
se tiene que quizá ningún otro se aviene mejor con un trata- ble u opinable dentro de nuestros conocimientos.»
miento colectivo de tal estilo: someter el Quijote a una pers- No otros principios fundamentales han gobernado la presen-
pectiva única, por aguda que sea, ¿no implica acaso reducir el te edición, en el cuarto centenario de la princeps. El texto, aco-
alcance de una obra cuyo supremo atractivo está en la capaci- modado a la ortografía académica de 1999, incorpora nuevas
dad de responder inagotablemente a las preguntas que en cada lecciones, y el aparato crítico se enriquece con el cotejo de más
época le han dirigido los talantes, intereses y métodos más di- ediciones antiguas. El Prólogo y las notas, tanto complementa-
versos y aun contradictorios?) rias como a pie de página, se han variado o refonnulado de
»Junto a los responsables de las Lecturas y de la revisión de acuerdo con los estudios recientes, propios y ajenos. Las Lectu-
nuestras notas, otros eminentes estudiosos nos han favorecido ras del <1Quijote» han sido revisadas por sus autores o, cuando
con su concurso, haciéndose cargo de los varios apartados del ello no era posible, actualizadas bibliográficamente por la re-
Prólogo (y aceptando las cortapisas que suponía su derrotero dacción. Los apéndices y las ilustraciones se acrecen en núme-
predominantemente factual), proporcionándonos documenta- ro y calidad. El CD-ROM ofrece una versión superior del banco
ción para las notas, apéndices e ilustraciones, asesorándonos a de datos. Los cuerpos tipográficos son ahora mayores, y el for-
XVIII FRANCISCO RICO
PRESENTACIÓN XIX

mato viene a coincidir con el que Francisco de Robles eligió No son todos los que están, pero sí quienes mejor pueden re-
para las impresiones de Juan de la Cuesta.• Pero todas esas in-
novaciones respecto a nuestra edición anterior no pretenden
presentarlos a todos. Finalmente, no como director del P:~-
yecto, sino en mi concreto papel de encargad~ del t~xto cn~-
sino aproximamos un poco más a las mismas metas de 1998, a co, me urge dejar constancia de que no habna podido seguir
sabiendas de que nunca conseguiremos alcanzarlas plenamente todas las pistas que los materiales me apuntaban, dedicándoles
ni habrá jamás un Quijote que pueda reputarse «definitivo». un libro apa1te, si no hubiera contado con la largueza de la
Fundación Juan March y con la amistad de José Luis Yuste.
Llegado el momento de entregar el nuevo original a la impren-
ta, recordamos con emoción a los miembros del Centro para la Francisco Rico
Edición de los Clásicos Españoles que ya no han podido volver
a prestamos sus luces: Femando Lázaro Carreter, nuestro primer
director; don Rafael Lapesa, maestro de todos nosotros, y el in-
olvidable compañero que fue Domingo Ynduráin. Un tributo
no menos sentido queremos rendir a nuestro correspondiente
Edward C. Riley, cervantista impar, que nos guió con el tino y
el eficaz fervor que le eran propios. Con cariño traemos tam-
bién a la memoria a los otros colaboradores de 1998 a quienes
la muerte se ha llevado: Stefano Arata, Carmen Bernis, Antonio
Domínguez Ortiz, Monique Joly y Alberto Sánchez.
Obligación harto más grata, pero no menos de justicia, .es decir
que detrás de los entes y entidades mentados en los primeros pá-
rrafos con sus denominaciones oficiales están o han estado hom-
bres y nombres con quienes tenemos contraída una deuda de
extraordinario peso. Detrás del Instituto Cervantes, Nicolás Sán-
chez-Albomoz y Juan Gimeno, y más tarde el marqués de Ta-
marón, Fernando Rodríguez Lafuente,Jonjuaristi y César Anto-
nio Molina: Detrás de la Fundación Duques de Soria, a la que el
Centro para la Edición de los Clásicos Españoles estuvo adscrito
hasta 1998, Rafael Benjumea, José María Rodríguez Ponga y Ma-
ría Pardo de Santayana. Detrás de Editorial Crítica, que tanto puso
en nuestra primera salida, Gonzalo Pontón (el Viejo). Detrás del
Círculo de Lectores, Femando Carro y Joan Tarrida. Detrás de la
Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, Luis Miguel
Enciso Recio y, al cabo, José García Velasco. Un recuerdo es-
pecial merecen aún la Biblioteca Nacional y la Biblioteca de
Cataluña.

• Una exposición más detallada de otros criterios y modos de proceder,


así como del reparto de tareas, se hallará en las páginas cccv y ss.
LAS VOCES DEL <<QUIJOTE»

ESTUDIO PRELIMINAR
La mutaci6n fundamental que introduce el Renacimiento en la litera-
tura de ficción consiste, esencialmente, en la independencia creciente de
los personajes. Frente a su subordinaci6n absoluta al autor en la edad
anterior, tienden ahora a escapar de tal dominio, ef,rmándose, cada vez
más, dueiios de su albedrío. Quizá en La Celestina se observa ya este
proceso autonómico; con la oposici6n inicial de Pármeno a la a/ca/me-
ta, el autor primitivo parece dejar el triunfo de ésta a merced de que a
Calisto lo persuadan las fuertes razones del criado, lo cual habría des-
mantelado su plan, autorizado y vigente desde el Pamphilus, que im-
plicaba la mediaci6n victoriosa de la vieja. Más claramente ocurre en
aquel momento de singular penetración psicológica e11 que Celestina, en ca-
mino hacia la casa de Melibea después de asegurar a Calisto y a Sem-
pronio lo i11falible de su tercerfa, duda de sf misma con el largo mon6-
logo del acto V, se co1ifiesa insegura de sus poderes y tiembla ante su
compromiso. Otra vez el autor parece dejar a la libre decisión del per-
sonaje el curso que ha pensado para la acción facultándolo para desba-
ratar su proyecto. Hubiese bastado con que algún presagio hubiera con-
firmado los 1niedos de la ensalmadora -un perro /adrándole o un ave
nocturna volando a deshora: ella lo dice- para que hubiese quedado en
nada la tragedia prevista.
En la narrativa, la emancipación renacentista de las criaturas de fic-
ción es ya declaradamente visible en el Lazarillo, donde el anónimo
autor se propone mostrar el hacerse de una vida que nace y cursa fuera
de su mente, para lo cual se subroga en el pregonero de Toledo y le cede
la palabra con el fin de que cuente a su modo sus fortunas y adversi-
dades. Si en el tratado VII resulta perceptible que el autor se burla del
maridillo cornudo y contento, ello prueba hasta qué punto lo ha deja-
do desbarrar por su cuenta, sin hacerse cómplice de su vergonzosa feli-
cidad.
El admirable, el áspero Mateo Alemán da un paso definitivo en esa
concesión de autonomfa cuando permite que Guzmán obre abierta-
mente en contra de su propio sentido del lfcito obrar, dejándolo hacer
libremente: pero, eso sf, manifestando su total desacuerdo con él y pro-

XXIII
XXIV FERNANDO LÁZARO CARRETER ESTUDIO PRELIMINAR XXV

pb1á11dole una tunda moral en las digresiones cada vez que lo soli- objeto del relato y la irrupción de lo que él llamó polifonía lingiiística.
vianta la cond11cta del pfcaro. Se dirfa que no es suyo. En efecto, la narración n11mdiaf, que se había movido en ámbitos y
Algo importante ha ocurrido, sin duda. Algo tan aparentemente sen- tiempos indefinidos o inaccesiblemente lejanos, podía )' hasta debía em-
cillo, sin embargo, como el descubrimiento por parte del narrador de que plear un idioma m11y distante del común y ordinario, f11erteme11te re-
el mundo circundante puede ser ámbito de la ficción y de que los vecinos torizado, abisma/mente renwto. Pero el Lazarillo se propone contar pe-
del lector pueden ocuparlo con peripecias interesantes. El Lazarillo ha ripecias 1m1y poco 1naravillosas, que ocurren entre Salamanca y Toledo,
revelado que cuanto pasa o puede pasar al lado es capaz de subyugar en a,ios precisos del reinado de Carlos I, acaecidas a un muchacho me-
con más fuerza que las cuitas de azarosos peregrinos, pastores refinados nesteroso que sirve a amos ruines. No es posible narrar sus cuitas y re-
o caballeros andantes por la utopía y la ucronía. Ha sido obra de aquel producir las palabras con los primores y ornamentos que se aprendfan.
genial desconocido que ha efrontado el riesgo de introducir la vecindad en las escuelas de latinidad. Al introducir la verdad de la calle y de los
del lector en el relato e instalar en ella s11 propia visión de un mundo ya caminos, penetra en el relato la verdad del idioma. Tímidamente aún
no remoto e improbable, sino abiertamente comprobable. Autor, perso- en el Lazarillo; con decisión en el Guzmán; plena y extensamente con
najes y público habitan un mismo tiempo y una misma tierra, compar- el Quijote. Cuando se asegura que éstefimda la novela moderna, esto
ten un mismo censo y han de ser otras sus mutuas relaciones. es esencialmente lo q11e quiere afirmarse: que Cervantes ha enseiiado a
El riesgo estriba en que la visión personal del escritor no tiene por acomodar el lenguaje a la realidad del mundo cotidiano. Y algo muy
_ qué coincidir con la particular del lector; sus respectivos puntos de vista importaúte: que ensancha el camino abierto por el a11tor anónimo y por
pueden ser discordantes y hasta hostiles, por cuanto ya no los aúna lo '!as primeras novelas picarescas; ha respetado, se diría que exhibitoria-
consabido y lo coaceptado. De ah{ que Lázaro se vele, hable con se- mente, la libertad de sus criaturas de ficción..
gundas intenciones, pero que, osadamente, avise de ellas: quiere que Esto último es bien evidente desde el pdncipio, cuando el narrador
sus cosas se aireen, «pues podrfa ser que alguno que las lea halle algo confiesa ignorar el nombre del hidalgo manchego, a1111que ha acudido
que le ayude, y a los que no ahondaren tanto, los deleite,>. Tal pro- a i1iformantes que tampoco lo conocen. Sólo por sospechas colige que
puesta de dos lecturas es el signo de la n11eva edad, porque el escritor debe llamarse Quijana, lo cual quizá resulte falso al final de la no-
ya no repite siempre enseñanzas inmutables, sino que aventura con vela, c11ando sea el propio hidalgo quien declare ser Alonso Quijano
riesgo su propio pensamiento. Cervantes va a proclamarlo en las pri- (II, 74, 1330). No cabe mayor alejamiento del personaje. Cuando las
meras palabras del prólogo del Quijote, declarando su libro <<hijo del exigencias de fa narración le obliguen a inventar a Sancho Panza
entendimiento,>. -hablaremos luego de ello-, le atribuirá sin vacilación tal nombre;
Esta nueva actitud del narrador i1npone un nuevo tipo de lector. Po- pero, en el original de Benengeli hallado en el Alcaná toledano, el
drá buscar mera recreación en la lectura, pero, inevitablemente, al to- rótulo que figura junto al retrato del esettdero llama a éste Sancho
parse con cosas que ocurren en sus cercanías, se convierte en coloquian- Zancas. Y Cervantes ignoraba el apodo, conjeturando, «a lo que
te activo con el relato y con el autor, dotado de facultades para disentir: mostraba la pintura" (nótese: él no sabía antes cón,o era Sancho), que el
«Libertad tienes, desenfrenado eres, materia se te ofrece; corre, destro- mote se debía a que tenla «fa barriga grande, el talle corto )' las
za, rompe, despedaza como mejor te parezca,>, dice Mateo Alemán al zancas largas>> (1, 9, 120). El hecho de que ambos, el hida(<¿o y el
vulgo que le lea. Cervantes le brinda el libro que llama hijo suyo, acep- criado, se salgan de fa novela en fa Seg11nda parte, para enterarse de
tando que, pues tiene libre albedrío, puede decir de la historia todo lo la primera y juzgarla, es muestra preclara de su independencia. Re-
bien o lo mal que le parezca. Y una cosa fundamental que tiene que sulta ostensible el afán de Cervantes por desarraigar de sf los entes de
-someter a s11 aprobación es el idioma, el cual ha de ser tan reconocible ficción.
como el mundo que se le muestra. Hace nacer a su Quijada o Q11esada o Quijana, para embarcarlo en
A partir de los estudios de Bajt(n, se ha caído en la atenta de la ín- seguida en una acci6n por el mundo de la literatura y del lenguaje. En-
tima relación que existe entre el descubrimiento de lo cotidiano como loquece leyendo. Y no s6lo las aventuras de los caballeros lo vuelven
XXVI FERNANDO LÁZARO CARRETER ESTUDIO PRELIMINAR XXVII

orate, sino, tanto como ellas, el modo de contarlas, con la mención ex- ti,niento de Ce,vantes por haberse burlado cruelmente de los admira-
presa de Feliciano de Silva, <<porque la claridad de su prosa y aquellas bles romances que, corno espaiiol, debía de amar. Pero si eso hubiera
entricadas razones suyas le parecían de perlas» (I, 1, 40). Don Qui- ocurrido de ese modo, sigue careciendo de explicación el que, desde el
jote deviene así un héroe novelesco enteramente insólito, inimaginable principio, lo alucinen los libros de caballerías, y que, sin embargo, al
en época anterior: un enfermo por la mala calidad del idioma consu- ponerse a actuar corno caballero se nos presente con una enajenación
mido. romancesca.
Antes, fue posible la enajenación mediante contagio por el desvarfo No podemos exigir a don Quijote, tal vez ni a Ce,vantes mismo,
de los disparates narrados, y no por la prosa que los narraba. LA Igle- fa precisión en la distinción de géneros que nosotros nos imponemos.
sia, desde la difusión impresa de los libros, no habla cesado de preve- La identificación de lo caballeresco con lo romanceril aparece ya en. el
nir contra el efecto letal de ciertas lecturas, protegiendo a los fieles con- Entremés de los romances, donde se dice de Bartolo que «de leer
tra ellas mediante condenas y censuras previas. No era dif[cil atribuir el Romancero, / ha dado en ser caballero, / por imitar los romances».
festivamente ese poder infeccioso a ciertas lecturas autorizadas, y un No es preciso, pues, suponer con don Ramón que haya dos fases en
desconocido escribe el Entremés de los romances, cuyo influjo deci- la elaboración del hidalgo; la inducida por el Romancero, de la que se
sivo en la invención del Quijote probó irrefutablemente don Ramón arrepiente el autor por haberse encarnizado en género tan noble; y otra
Menéndez Pidal en 1920. Es bien conocido su asunto: el labrador Bar- en la que apela al de caballerías, que Menéndez Pida/ llama "bastar-
tolo pierde la razón leyendo el Romancero, abandona su fiogar imagi- do». Los dos géneros andaban tan confundidos en la opinión general,
- nándose héroe de aquellos poemas y habla con fragmentos de ellos aco- que Covarrubias (s.v. «arma») asegura que los versos <<Mis arreos son
modados a su demencia; conjimde a una pareja campesina con Ta,fe y las armas, mi descanso el pelear» que don Quijote recita ante el ven-
Daraja, descif(a al imaginario moro y éste le rompe la lanza en las cos- tero que imagina alcaide (!, 2, 55), los repetía <<un caballero andan-
tillas. Los trozos de romance que declama coinciden en gran parte con te». Los hechos fabulosos de la caballer{a se mezclaban en los roman-
los de don Quijote en su primera salida. Hallado Bartolo por quienes ceros impresos con los de los paladines épicos; en ellos, junto con los
han ido en su busca, lo devuelven a casa y lo acuestan; pero, al mo- temas de fa pérdida de España o de fas hazaí'ias del Cid, aparecfan
mento, siifre otro ataque de locura y prorrumpe en nuevos versos que las proezas del Marqués de Mantl/a o la penitencia de Amadfs, se-
dan.fin a la breve pieza, la cual, por su insignificancia, no parecía des- gún ocurre, por ~jemplo, en el Cancionero de romances de Ambe-
tinada a tan importante consecuencia. res. O, como en el Romancero historiado (Alcalá, 1572), se jun-
Aparte de su precedencia cronológica respecto del Quijote (Menén- taban la traici6n de Veflido Do!fos con taigas metrificaciones que
dez Pida! la fecha hacia 1591), su influjo en los orfgenes de la novela narraban las peripecias del Cabaffero del Febo (el que escribió uno de
inmortal es patente: también el hidalgo empieza enajenándose en di- los poemas preliminares del Quijote, saludando a su cofrade), y sus
versos personajes del Romancero, coincidiendo abundantemente con andanzas por la Ínsula Solitaria. Tan personajes del Romancero ca-
Bartolo en los pasajes que declama. Se trata, sin duda, de un hecho paces de enloquecer son unos como otros y, juntos, volvieron tarumba
enigmático. Porque si en el designio primero de Cervantes entraba que a don Quijote.
el agente nocivo fi,eran los libros de caballerfas, 110 se explica que, des- De igual modo, son grandes amadores romancerifes los pastores. 1\1/e-
de el primer momento, sean otros héroes quienes invaden los sesos del néndez Pida/ notó que el episodio de Cardenio está directamente ins-
protagonista .. pirado por un popular romance de Juan de/. Encina. Podemos añadir
Menéndez Pidal atribuye el hecho a que el autor empieza a escribir que también obedece a parecida motivación la trágica historia de Gri-
bajo el influjo del Entremés y que, agotado éste como modelo ar- sóstomo, muerto por los desdenes de Marcela. En varios ro111a11ces, el
gumental, rectifica «la conexión de la locura del hidalgo con el Ro- pastor fenece por amar; recuérdese el que vertió a lo divino San Juan
mancero>> -aunque no del tod<r y la establece con el Amadís. En esta de la Cruz o aquel otro, "Al pie de, ,m hermoso sauce>>, del Roman-
decisión, habría intervenido, según el maestro, una suerte de arrepen- cero historiado, en que un pastor acaba sus dfas habiendo previsto su
XXVIII FERNANDO LÁZARO CARRETER ESTUDIO PRELIMINAR XXIX

epitafio y su ínlmmacíón al píe de un árbol, igual que Grisóstomo, del 1/eresca. El -capitulo 6, el del examen de la biblioteca, marcaría el
mismo modo, ha dejado unos papeles con versos de queja elegíaca por arranque de este Quijote ensanchado. De ah( que los censores se apli-
el desamor de fa pastora que pretendía. quen a juzgar principalmente libros de caballerías. Y con un furor que
L6gícamente, Cervantes no sale del ámbito del Romancero cuando Cervantes acaba de atribuirles. Porque, y esto no parece haber sido no-
pasa de lo heroico a lo caballeresco o a lo pastoril. De haberse produci- tado, el cura y el barbero, antes de ser aquejados por esa furia, eran
do la contrición que postulaba Menéndez Pida/, lo normal es que hu- bien aficionados a las lecturas de que ahora, inesperadamente, abomi-
biera reelaborado los capítulos en que imitaba el Entremés. Pero, evi- nan. En el capitulo primero se lee que el hidalgo «tuvo muchas veces
dentemente, los dio por buenos. Y eso conduce a un viejo problema no competencia con el cura de su lugar ... sobre cuál había sido mejor ca-
resuelto y de imposible solución, pero siempre provocativo. Es la sos- ballero: Palmerln de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Ni-
pecha apuntada por Heinricli Mo,f en 1905, más tarde asumida o dis- colás, barbero del mesn,o pueblo, decfa que ninguno llegaba al Caba-
cutida por 110 pocos cervantistas, según la cual el proyecto inicial del llero del Febo, y que si alguno se le podla comparar era don Galaor,
m1tor consistió en un relato breve («la novela ejemplar de un loco>>, de- l1ernu1110 de Amadfs de Gau/a,> (I, 1, 41). Y he aqu( que ahora, cin-
cía el hispanista gennano). Menéndez Pida/ desechó tal hipótesis pa- co capítulos más adelante, aquellos expertos en caballerías se revuelven
reciéndole que «el primer capítulo, sin olvidar otros pasajes convincen- contra éstas, y quienes antes discutían sobre los méritos de Amad(s y
tes, anuncia ya una novela mayor». Eso es así, en efecto, ¿pero quién de su hermano, ahora parecen conocerlos sólo de o/das: <<Según he o/do
__puede asegurar que todo ese arranque anunciador de un empeño largo, decir, este libro [el Amadís] fue el primero de caballerías que se im-
110 fue reescrito cuando a Cervantes se le reveló que tenía entre manos ·primió en Espafía" (I, 6, 84), dice el cura; «... también he oído decir
algo digno de mayor desarro1/o? El relato inicialmente previsto podrfa que es el mejor de todos los libros que de este género se han compues-
haberse lin,itado a aprovechar la ocurrencia malograda por el Entremés to,>, responde el barbero (I, 6, 84).
de los romances que tanta ocasión proporcionaba para escarnecer las Da la impresión de que si han variado tanto es porque Cervantes ha
lecturas neciamente imaginativas. La nove/ita podrfa muy bien acabar cambiado de proyecto. No juzga necesario reemplazar los sucesos ro-
con el retomo del caballero a casa con el labrador que lo ha encontrado manceriles de la primera salida, pues, como he dicho, se podía llegar a
molido a palos por el mozo de los mercaderes toledanos. ser caballero andante a través del Romancero. Pero ahora se aplica con
Mientras el caballero descansa, el cura y el barbero hacen el escruti- vehemencia al nuevo rumbo recién hallado J' son sólo los libros de sus
nio de su biblioteca. En ella no aparece ninguno de los romanceros .que aventuras los que escrutan los censores.
han contribuido a enloquecerlo. Esa ausencia chocaba a Menéndez Pi- Cuando la gran pareja de caballero y escudero ha quedado ya cons-
da!, que asegura: «Para Cervantes, los poemitas contenidos en esas tituida, la novela halla camino definitivo hacia su destino ,inmortal.
colecciones eran como obra de todo el pueblo espaíiol y no podían ser Pero lo hace, según he dicho antes, transitando por el 1111111.do del len-
causantes de la locura del nobilísimo caballero de la Mancha ni debfan guaje y de la literatura. La búsqueda de altos simbolismos en la in-
estar sujetos al juicio del cura y el barbero,>. ¿Por qué no, si lo estaba tención de Cervantes ha ocultado este aspecto del Quijote que es el
La Galatea misma? Es diflcil imaginar que Cervantes tuviera de los fimdamento de todos los demás. El alcalaíno es un obseso de la pala-
romances un concepto crítico-literario tan exactamente coincidente con bra: ya vimos wánto contribuyó su mal empleo a la de,nencia del ca-
el de don Ramón. El licenciado Pero Pérez y Maese Nicolás expur- ballero. La necesidad de usar 1111 lenguaje actual, que ya habían senti-
gan los anaqueles del hidalgo en el momento jrJsto en que el Entre- do los autores de los primeros relatos picarescos, es en él agudísima y
més ha terminado su influjo inspirador. Aceptemos la probabilidad de no sólo en el Quijote, sino en obras como el Rinconete o El rufián
que con ese final coincidiera el del primer proyecto del autor. Es en- dichoso. El rigor con el que asume la propiedad del idioma es paten-
tonces cuando Cervantes cae en la cuenta de que dispone de imfilón te, por ejemplo, cuando libra del j,1ego el Palmerín de Inglaterra,
incompletamente explotado y de que puede beneficiarlo mucho más si porque, entre sus virtudes, el cura estima <<las razones, cortesanas y cla-
prolonga la demencia romanceril del manchego con la demencia caba- ras, que guardan y miran el decoro del que habla, con mucha propie-
XXX FERNANDO LÁZARO CARRETER ESTUDIO PRELIMINAR XXXI

dad y entendimiento» (1, 6, 89). El decoro, esto es, la adecuaci6njus- responder a las mozas que le advierten que sólo hay truch11elas: «Como
ta del modo de expresarse el personaje a s11 calidad y carácter, variable haya muchas truchuelas ... podrán servir de una trucha, porque eso se
según las cirrnnstancias en que habla, y bien diferenciado del de los me da que me den ocho reales en sencillos que en una pieza de a ocho.
otros personajes, era una de las dificultades que Cervantes debía afron- Cuanto más, que podría ser que fuesen estas trucliue/as como la terne-
tar para escribir el libro. Va a ser la única que va a ocuparme, y aun ra, que es mejor que la vaca, y el cabrito que el cabrón. Pero, sea lo
así, limitada a don Quijote y Sancho. que fuere, venga luego, que el trabajo y peso de las armas 110 se puede
¿C61110 se expresa el caballero en los primeros momentos de su in- llevar sin el gobierno de las tripas» (I, 2, 57).
venci6n? Los primeros esfuerzos de su demencia los realiza con las pa- Se trata de un juego impensable antes del Quijote; ni el Lazarillo
labras. Cuatro días tard6 en hallar nombre a Rocinante; ocho, en pro- ni el Guzmán ofrecen nada comparable. Cervantes lleva hasta el lí-
curárselo a él. No se dice a,ántos, pero aún debieron de ser más, para mite aquel propósito suyo, exp11esto en el prólogo, de hacer pe,fecta la
nominar a Dulcinea del Toboso. Y se holgó máximamente cuando acer- imitación; que incluye, obviamente, no s6lo la de lugares, acciones y
tó a acuñar aquella fórmula con que algún gigante vencido por su brazo caracteres, sino, sobre todo, la del lenguaje, la de los múltiples lengua-
irfa a tributar homenaje a su dama: «Yo, sefiora, soy el gigante Cara- jes con que la vida se manifiesta. Don Quijote, a partir de ese pri,ner
culiambro, seFior de la Ínsula Malindrania, a quien venció en singular momento en q11e el autor le puebla el habla de arcaísmos, empieza a
batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Man- dosificarlos. Se los administra con sabia prudencia y confia la caracteri-
cha ... » (I, 1, 47). Ésta es la primera vez que oí,nos su voz directa- zación de su parla al énfasis oratorio que se gastan en la orden que pro-
- mente. LA segunda, cuando, apenas iniciada su salida, imagina la li- fesa. Vuelve a la dicción pretérita cuando, al traerlo apaleado el labra-
teralidad con que será contada: <<Apenas había el mbicundo Apolo dor, Ita de manifestar intensamente s11 insania ante las mujeres de su
tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de casa y sus amigos: <<Ténganse todos, q11e vengo ma!ferido, por la cul-
sus hermosos cabellos ... » (1, 2, 50). Es obviamente una burla de los li- pa de mi caballo. Llévenme a mi lecho, J' llámese, si fuere posible, a
bros de caballeros o de pastores que lefa (sin excluir su propia Galatea). la sabia Urganda, que cure y cate de mis feridas» (1, 5, 81). El autor
Esa intención burlesca patentiza la intención primaria con que Cer- da una muestra de agudeza psicológica cuando el cura, tratando de
vantes afronta su tarea. Eso es lo que parece querer hacer: parodia, lin- aquietarle, le habla en el mismo estilo: «.. . atienda vuestra merced a su
giifstica también, por s11puesto, de tales géneros falaces. Tras ese ama- salud por agora, que me parece que debe de estar demasiadamente can-
necer, continúa exclamando don Quijote: «¡Oh princesa Dulcinea, sado, si ya no es que está maiferido» (1, 7, 96). Luego, ese modo de
seíiora des te cautivo coraz6n ! M11cho agravio me habedes fecho en des- dirigirse a don Quijote con arcaísmos será repetido por otros personajes.
pedirme y reprocharme con el rig11roso ef,ncamiento de mandarme 110 Y aun con mejor instinto idiomático, el propio Cervantes, al narrar
parecer ante la v11estra fermosura. Plégaos, seí'iora, de membraros deste en estilo indirecto, esto es, c1.1ando escribe por su cuenta y no reprodu-
vuestro s,ifeto corazón, q11e tantas cuitas por v11estro amor padece» (I, 2, 51). ce lo que dicen o piensan sus personajes, se cuida a veces de evocar cómo
Su lomción se llena de arcaísmos, al modo caballeresco; el m.,tor advierte lo dicen o piensan, con toq11es q11e los definen. As{ cuenta el ataque de
ahí, en efecto, que el demente habla <<imitando en cuanto podía» el len- don Quijote a los benedictinos: << ...picó a Rocinante y, la lanza baja,
guaje de sus libros. arremetió contra el primero ji-aile, con tanta furia y denuedo, que si el
Llega a la venta que imagina castillo y hace reír a las dos coimas co11 fraile no se dejara caer de la mula él le hiciera venir al suelo mal de s11
la insólita vetustez de su saludo. Y él se enfada. Hasta ahora don grado, y aun maiferido, si no cayera muerto» (1, 8, 109). Si el narra-
Qmjote existe sólo por su raro idioma. Pero este procedimiento de ca- dor emplea ahí primeto antepuesto al nombre por única vez en s11s es-
racterizarlo no podía prolongarse mucho; hubiera resultado insoportable critos, y ferido, es perceptiblemente para que oigamos el pensamiento
para el lector. Y el autor lo alterna luego con otro, en contraste c6mico, del andante mientras arremete. Pero ya antes, al aparecer Sanc/10, y sin
cuando el hidalgo experimenta el vulgar apremio del hambre y rebaja que haya transcrito aún ninguna frase suya, se las ingenia para impo-
s11 lenguaje hasta el chiste ramplón y a los modos más vulgares, para ner al lector en el habla villanesca que se gasta. Su amo le encarga que
XXXII FERNANDO LÁZARO CARRETER ESTUDIO PRELIMINAR XXXIII

lleve alforjas: ,,Él dijo que sí llevaría y que ansimesmo pensaba llevar mios! ¡Oh honra de tu linaje ... ! ... ¡Oh liberal sobre todos los Ale-
un asno que tenía muy bueno, porque él no estaba duecho a andar mu- jandros ... ! ... ¡Oh lwmilde con los soberbios y arrogante con los hu-
cho a pie» (1, 7, 100). Pese a las continuas vacilaciones de los tipógra- mildes ... !1> (I, 52, 643). Con esta última i11vocació11, entra, por cierto,
fos de Cuesta, que ansimesmo reproduce exactamente lo que dijo contrahecha la palabra de Virgilio que, por boca de Anquises, había
Sancho parece confirmarlo el hecho de que sólo seis /(neas más ª"iba el anunciado el destino de Roma: «parcere subiectis et debellare superbos,>
narrador ha empleado asimesmo. Comoquiera que sea, el raro voca- (Eneida, VI, 853). Como vemos, la mera dilatación del relato ha con-
blo duecho por ducho ya era diagnosticado por Covam,bias como vertido a Sancho, de simple que era, en poseedor de aptitudes retóricas
«lenguaje antiguo castellano»; nunca más escribió Cervantes duecho dignas de un estudiante de latinidad, aunque las emplee en simplezas.
en obra suya alguna. Ahora don Quijote se dispone a · dar consejos al escudero, antes
Éste es el sistema expresivo con que se caracteriza al hidalgo en lo de que éste marche a Barataria. Su lenguaje ha de ser precisamente el de
que muy bien pudiera ser el primer proyecto cervantino: arcafsmos api- la doctrina de avisos de buen gobierno. ¿Quién los habfa dado 111ejor
ñados al principio, que luego se entreveran en una elocución de léxico que fray Antonio de Guevara, consejero del Emperador? Cervantes
más llano, pero muy retorizada. Cuando don Quijote habla descuida- había captado exactamente su fónnula prosística esencial, consistente
do de su condición de héroe, su idioma pierde tales rasgos y deja paso -lo he mostrado en otra ocasión- en un exhorto seguido de una expli-
a una espontaneidad coloquial que puede recaer en la vulgaridad, con- cación causal, con final bimembre: «Cuando pudiere y debiere tener lu-
trastando cómicamente con el énfasis anterior. Frecuentemente, el na- gar la equidad, 110 cargues todo el rigor de la ley al delincuente, que no
,rrador avisa de las circunstancias de la emmdadón que van a condicio- ·es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo» (II, 42, 1061).
nar la expresión del personaje: <<Con gentil talante y voz reposada les La misma organización sintáctico-retórica, aprendida en el obispo de
dtjo ... >> (I, 2, 53); <<Don Quijote alzó los ojos al cielo y, puesto el pen.., Mondoíiedo, sigue articulando la carta que, desde Barataria, dirige
samiento -a lo que parecí~ en su seifora Dulcinea, dijo ... >> (I, 31 62); Sancho al hidalgo.
«Levantó don Quijote la voz y con ademán arrogante dijo ... >> (I, 41 73). Oigamos otra voz, que cualquier lector puede y podía recordar: el
Este acomodar lo que se dice a la manera como se enuncia, es ya com- prólogo del Lazarillo. Allf justifica el pregonero su efán de conquistar
pletamente moderno. honra ofama. Dice: «¿Quién piensa que el soldado que es primero del
Con todo, tal sistema de conferir verdad al hidalgo no podía mante- escala tiene más aborrecido el vivir? No, por cierto; mas el deseo de ala-
nerse durante mucho tiempo sin cansar e impedfa que la obra se re- banza le hace ponerse al peligro». Oigamos ahora a don Quijote:
montara a mayores trascendencias. Por otra parte,. al ampliar el pro- «¿Quién piensas tií que arrojó a Horado del puente abajo ... ? ...
yecto inicial, una vez extinguido el modelo del Entremés de los ¿Quién abrasó el brazo y la mano a Mudo? ¿Quién impelió a Ciir-
romances, de tan limitados alcances, y al introducirse amo y criado en cio ... ? ... Todas estas y otras grandes y diferentes hazaíias son, fueron
ámbitos más amplios y complejos, las exigencias de su elocución aumen- y serán obras de la fama, que los mortales desean» (II, 8, 753-754).
tan. Y Cervantes vuelve a escuchar la variedad de los lenguajes habla- Don Quijote calca, multiplicándolo, el movimiento retórico que el pró-
dos y escritos para hacerlos resonar en la novela. La polifonía se hace logo del Lazarillo habfa hecho bien conocido.
más compléja y en la prosa de su narración y en la heterofonfa dife- Pero el blanco más constante de esta cetrerfa cervantina por los esti-
renciadora del habla de los protagonistas se hacen presentes múltiples los coetáneos es el oratorio. No son sólo las disertaciones célebres de la
estilos orales y escritos de su época, a veces, pero no siempre, reprodu- Edad de Oro, o de las armas y las letras: otras muchísimas veces, don
cidos paródicamente. Veamos unos pocos ejemplos significativos. Qwjote perora con la dignidad del profeta o del tribuno, jugando con
He aquf a don Quijote derrengado en el suelo tras una paliza. San- motivos clásicos. En trance que cree sublhne, ante la noche poblada de
cho lo cree muerto. El instante es apropiado para un planto funerario amenazadores ruidos -serán los batanes-, adopta las fórmulas memo-
en el tono elegiaco de la novela sentimental: «¡Oh .flor de la caballerfa, rables del yo nací para y del yo soy aquel que, resonantes desde el
que con sólo un garrotazo acabaste la caffera de tus tan bien gastados Mantuano: «Sancho amigo, has de saber que yo nacf por querer del
FERNANDO LÁZARO CARRETER ESTUDIO PRELIMINAR XXXV
XXXIV

cielo en esta nuestra edad de hierro para resucitar en ella la de oro, o la rra hablar desa suerte a los caballeros andantes, majadero?» (I, 17,
dorada, como suele llamarse» (I, 20, 227; se advertirá el cómico pro- 195), le contesta don Quijote, herido idíomáticamente en su dignidad.
salsmo). « Yo soy aquel para quien están guardados los peligros, las Voy a limitarme a tratar deprisa un solo aspecto de la creación de San-
grandes hazaiias, los valerosos hechos» (I, 20, 227). El noble chorro re- cho mediante sus modos expresivos. ¿Cuál es el rasgo más chocante en
tórico está en marcha, y ¿para qué? Para anunciar aquel esperpento a su hablar? ~adi~ dudará de q~,e su, continuado empleo de refranes.
caballo que restaurará la Edad de Oro, la magna utopía -todo lector Y ello se ha ;ustificado, como hizo Angel Rosenblat, por dos tipos de
culto la conocía entonces- que habla de restablecer aquel misterioso niíio causas: de un lado, porq11e ab11ndaban en la antigua conversaci6n cas-
anunciado por Virgilio en su égloga IV. Cuando amanece y se com- tellana; de otro, por la exaltación q11e de ellos hicieron los humanistas,
prueba lo infundado de la preocupación de don Quijote y del terror de como manifestación admirable de lo natural. Pero estos dos hechos, que
Sancho, palpable en sus calzones, éste le repite en son de burla aque- parecen tan evidentes, ni de lejos explican la adicción refranera de San-
llos yo nací, yo soy aquel. El hidalgo le propina un par de lanzo- cho, porq11e son de naturaleza extraliteraria; y es dentro de la literatu-
nazos; pero, entre tanto, el discurso, engarzado con tan remontados re- ra donde los fenómenos literarios deben obtener su primera explicación.
cursos formales, ha saltado hecho trizas, después de contribuir a fa Tratemos de dársela, a11nque sea en esquema. Sancho ha de hablar
polifonía de la novela. conforme al genus humile que corresponde a su naturaleza. Pero es
No es posible aqu{ ir comprobando cómo las más ilustres voces escri- s11111amente dificil reflejar ese estilo en 1111 texto literario, porque su ex-
tas de la literatura áurea se suman a ese magno coro con dos solistas _cesiva presencia podría causar un abatimiento estético del conjunto.
\ que es el Quijote. De todas se aprovecha el hidalgo para dar magni- En la literatura espaíiola se habían dado al problema cuatro sol11cio-
ficencia, ironía, contundencia dialéctica y rigor a su elocuencia. Pero sus nes principales, y, a veces, combinadas: a) la creación de un idioma ar-
réplicas se cargan también de sencillez urbana o campestre, de emoción tificial, el sayagués, para los pastores bobos del teatro; b) las incorrec-
directa, de veltemenda, de malicia espontánea. Hay muchos don Qui- ciones al hablar, esto es, un lenguaje subestándar; e) el empleo de un
jote, como hay muchos Sanchos, según su palabra. Aunque todos ellos le11g11aje estándar, bajo pero 110 desviante, que sea «grosero,,, esto es,
constituyan una sola persona verdadera. El hidalgo puede dirigirse así humilde, por la simplicidad, estupidez o vivacidad de lo que se dice:
a su escudero: «¿De qué temes, cobarde criatura? ¿De qué floras, cora- as/ hablan, en buena parte, los necios o los graciosos de la comedia; y
zón de mantequillas? ¿Quién te persigue, o quién te acosa, ánimo de d) el uso de refranes que ya hacen el Ribaldo del Caballero Zifar, a
ratón casero?» (II, 29, 950). Pero también de este modo: «Hijo San- principios del siglo XIV; varios personajes de los dos Arciprestes, y, por
cho, no bebas agua; hijo, no fa bebas, que te matará» (I, 17, 201). Di- s11puesto, las heroínas de Rojas, Delicado y López de Úbeda. Cer-
rige a Dulcinea los más encendidos, castos y retóricos conceptos; pero, vantes apela al tercer procedimiento alg11nas veces. No sólo Sanc/10 dice
tras contar el picante cuento de la viuda que, desdeñando para la cama necedades: el barbero q11e reclama por suya la albarda, habla as(: «Se-
a los sabios teólogos del convento, prefirió a im fraile motilón y rollizo, ñores, as( esta albarda es mía como la muerte q11e debo a Dios, y as(
apostillará rijoso, casi obsceno: «As( que, Sancho, por lo que yo quie- la conozco como si la hubiera parido, y ahí está mi asno en el establo,
ro a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la que no me dejará mentir» (I, 44, 568).
tierra» (I, 25, 311). Los personajes cambian cien veces de tono y de re- Pero son los refranes lo propio del escudero. Aunque Cen,antes no
tórica como lo hacemos todos los hablantes. Y esto sucede as(, de modo ren1111cia a caracterizar su expresi611 por faltas de léxico o de prosodia.
continuo, por primera vez en el Quijote. Recurso cómico que, por cierto, no s11scita Sancho, sino Pedro el cabre-
Tampoco cabe ahora entretenerse en explicar cómo fimciona en él la ro, en el capítulo I, 12, a q11ien el hidalgo corrige cris por eclipse, es-
heterofonfa, que Uega a provocar conflictos como el que ocurre cuando til por estéril, y sarna por Sarra (Sara). Hasta entonces, a Cervantes
un cuadrillero, viendo al hidalgo roto y desastrado, hecho un ecce no se le hablan ocurrido los errores prosódicos como recurso cómico; será
horno, le pregunta qué fe ocurre, llamándolo «buen hombre», como mucho más tarde, nueve cap(tu/os después, cuando, Panza empiece a
podía preguntárselo a un insignificante lugareño. «¿Úsase en esta tie~ prevaricar (para decirlo con Amado Alonso). Es una m11estra de cómo
FERNANDO LÁZARO CARRETER ESTUDIO PRELIMINAR XXXVII
XXXVI

Cervantes 110 lo tenía todo decidido al ponerse a escribir, y, mucho me- primera acumulación de una réplica: «Allá se lo hayan, con su pan se
nos, cómo caracterizar al escudero. lo coman ... De mis viiias vengo, no sé nada, no soy amigo de saber vi-
Y es que éste, como personaje ignorante, era muy difTcil de elaborar. das qjenas, que el que compra y miente, en su bolsa lo siente» (I, 25, 298).
Cervantes lo dice por boca de don Quijote, aunque sea a propósito del Pero este primer chorreo queda inexplicablemente aislado, y Cervantes
teatro; asegura, en efecto, el hidalgo: «Decir gracias y escribir donaires ya no volverá a él hasta la Segunda parte.
es de grandes ingenios: la más discreta figura de la comedia es la del El procedimiento de la acumulación de refranes se había empleado en
bobo, porque no lo ha de ser el que quiere dar a entender que es sim- otros géneros, pero no, según ha notado Louis Combet, en la novela.
ple» (II, 3, 712). Un modo de darlo a entender era éste, que Lope de Menudean en la expresión de Celestina y también en las de Lozana
Rueda había explotado hasta la saciedad: hacer hablar disparatada- y ]ustina, pero no los prodigan tanto. Y aun con el precedente del Ri-
mente a sus personajes ,nás burdos. Cervantes ve que aquel modo de baldo y Rampfn, eran más propios de gente vieja y, sobre todo, de mu-
expresarse el cabrero, con las interrupciones doctas del andante, puede jeres, de <<honorables ancianos y reverendas 1myeres», como se dice en
trasladarse a Sancho. Pero, como siempre, amenaza la fatiga del lector los anónimos Refranes glosados. A otro propósito, recordó Rodríguez
si se abusa del procedimiento, y habrá de administrarlo prudentemen- Mar(n que a las viejas los atribuye el Marqués de Santillana y que so-
te, después de un primer aprovechamiento intenso. Será Sancho quien /(a llamárseles ensiemplos de la vieja. Me parece que, en. efecto, Cer-
advierta a don Quijote que 110 insista corrigiéndole, como sfntoma del vantes se adueiia definitivamente del recurso del chaparrón refraneril
tiento con que se anda el autor: <<Una o dos veces ... si ,na/ no me como estfnwlo cómico, cuando lo ha hecho pasar por boca de una mu-
\ awerdo, he suplicado a vuestra 1nerced que no me emiende los vocablos, jer, de Teresa Panza, aunque no fuera vieja; pero tampoco lo eran Lo-
si es que entiende lo que quiero decir en ellos» (II, 7, 741). zana y ]ustina.
Es claro que Cervantes va buscando con. ahínco la voz diferente de . El descubrimiento ocurre en el importantfsimo coloquio de Sancho
Sancho en la polifon{a quijotesca. l.A logrará, a/fin, y se sentirá orgu- con su mujer, en el capftulo 5 de la Segunda parte. Momento difTcil
lloso de su victoria. Porque, según dice Sansón Carrasco al escudero, al para el novelista, porque ha de hacer hablar a dos analfabetos. Se im-
leer la gente la Primera parte de sus aventuras, hay quien «precia más pondrfa que entre ellos fluyera un coloquio toscamente humilis; pero
oíros hablar a vos que al más pintado de toda ella» (II, 3, 709). Otras eso hubiera descompensado la ponderada concertación de la obra, tan
personas, esperando la Segunda parte, exclaman: « Vengan más quijo- delicadamente equilibrada por el escritor. Imaginemos lo chocante que
tadas, embista don Quijote y hable Sancho Panza» (II, 4, 718). El resultaría una larga conversación entre dos personajes tan rudos. Para
habla de Sancho: el gran desafio en que Ita triunfado Cervantes. · prevenir una estrategia que conjure ese riesgo, Cervantes utiliza una
Como lie recordado, parte esencial de esa palabra son los refranes. admirable argucia. Al frente del capitulo inserta la siguiente adverten-
Los primeros que aparecen en la novela no los pronuncia él, y son bien cia: «Uegando a escribir el traductor desta historia este quinto capítu-
comunes. Los dicen el mercader y el narrador mismo. El tercero es traí- lo, dice que le tiene por apócrifo, porque en él habla Sancho Panza con
do a cuento por la sobrina, y tampoco revela excesivo conocimiento del otro estilo del que se podía prometer de su corto ingenio y dice cosas tan
refranero: «Muchos van por lana y vuelven tresquilados» (I, 7 98). sutiles, que no tiene por posible que él las supiese, pero que no quiso
1

Sancho 110 suelta su primer refrán hasta el capitulo 19 y lo enuncia as{, dejar de traducirlo, por cumplir con lo que a su oficio debla» (II, 5, 723).
nótese bien: ,,Como dicen, váyase el muerto a la sepultura y el vivo a De ese modo, haciendo que el escudero alce, aunque sea apócrifamen-
la hogaza>> (I, 19, 225). Ese como dicen remite a un dicho que San- te, su calidad expresiva, evitará el insoportable armsticamiento de los
cho ha ofdo y que cita sin brotarle de caudal propio alguno, es algo aje- dos aldeanos, y restablecerá el desnivel elocutivo que, mutatis mutan-
no a él y traído a la ocasión como un rewerdo. Ello sugiere que Cer- dis, mantienen don Quijote y Sancho.
vantes aún no está seguro del empleo de refranes para forjar a Sandio. En efecto, a las primeras ·de cambio, Teresa Panza amonesta a su
El procedimiento se le va revelando poco a poco y sin firmeza. Algu- marido: <<Mirad, Sancho ... después que os hicistes miembro de caba-
no salta en su charla; pero será en el capítulo 25 donde se produ~e la llero andante, habláis de tan rodeada manera, que no hay quien os en-
XXXVTII FERNANDO LÁZARO CARRETER ESTUDIO PRELIMINAR XXXIX

tienda» (JI, 5, 724). El traductor seiiala las réplicas de Panza que, por bien pasada ya la mitad de ella, se ha qfianzado, tras tanteos insegu-
su elevación, le parecen sospechosas deja/sedad: «Por este modo de ha- ros, el Sancho ensartador de refranes. Y a Cervantes le urge hacer no-
blar, y por lo que más abajo dice Sancho, dijo el tradutor desta histo- tar al lector su decisión; menos de dos páginas después, don Quijote
ria que tenía por apócrifo este capítulo» (II, 51 727); poco más adelan- afinna: «Y advertid, hijo, que vale más buena esperanza que ruin po-
te, avisa: «Todas estas razones que aquf va diciendo Sancho son las sesión, y buena queja que mala paga. Hablo de esta manera, Sancho,
segundas por quien dice el tradutor que tiene por apócrifo este capftulo, por daros a entender que también como vos sé yo arrojar refranes como
que exceden a la capacidad de Sancho,> (II, 5, 730). Y es que, en efec- llovidos,> (II, 7, 741-742).
to, en ausencia de don Quijote, el escudero asume su palabra. Siendo Esta propiedad del lenguaje de Sancho se hará ya consustancial con
él tan gran prevaricador corrige a Teresa por hablar mal, de igual modo su persona: no tengo «otro caudal alguno, sino refranes y más refra-
que él solía ser corregido. Y c1.1ando ella le advierte: << Yo no os entien- nes,>, declara más adelante (II, 43, 1067); y aún después: «No sé de-
do, marido ... haced lo que q11isiéredes y 110 me quebréis más la cabe- cir razón sin refrán, ni refrán que no me parezca razón» (II, 71, 1316).
za con vuestras arengas y retóricas. Y si estáis revuelto en hacer lo que Y así ha pasado Panza a la historia de nuestra lengua artística: como
deds ... 1> (II, 5, 731), Sancho salta: «Resuelto has de decir, nutjer ... portador de «un costal de refranes en el cuerpo», según dictamen del
y no revuelto,> (II, 5, 731). A lo que la rústica replica como antes hi- cura (II, 50, 1138}, aunque ello no figurara en el proyecto inicial de su
ciera s11 marido al hidalgo: «Yo hablo como Dios es servido y 110 me creador. Al construir as( al escudero, al imponerle un uso del refrán tan
meto en más dib1tjos» (II, 5, 731). .distinto del que hacen otros personajes, la voz de Sancho ingresa con
\ Pues bien, en esta conversación Teresa suelta refranes en cascada: un timbre diferenciado y potente en el gran conjunto polifónico del
«Eso no, marido mío ... viva la gallina, aunque sea con su pepita: vi- Quijote.
vid vos, y llévese el diablo cuantos gobiemos ha)' en el mundo ... La Como ha escrito Martfn de Riquer, la idea primitiva de Cervantes
mejor salsa del mundo es la hambre ... advertid al refrán que dice: "Al era que Sancho fuese un tonto. En efecto: fue creado como el comple-
lujo de tu vecino, límpiale las narices y métete en t,1 casa" ... mi hija mento que necesitaba don Quijote, proyectado inicialmente como un
ni yo por el siglo de mi madre que 110 nos lietnos de mudar un paso de Joco. El escudero nace en la mente del autor cuando éste decide rebasar
nuestra aldea: la 11utjer honrada, la pierna quebrada, y en casa; y la los lfmites que a su novela sugería la imitación del insustancial Entre-
doncella honesta, el hacer algo es su fiestm> (II, 5, 725-729). La he- més. El mánchego hace su primera salida sin escudero; ni siquiera se
morragia refranesca de la Panza es incoercible. Su 1narido ha de ata- le ocurre llevar con él al «mozo de campo y plaza,> que le servía como
. }arla: «¡ Válate Dios, la nutjer, y qué de cosas has ensartado unas en criado (I, 1, 38), sencillamente porque Bartola no contaba con seme-
otras, sin tener pies ni cabeza! ¿Qué tiene que ver ... los refranes ... jante compaíifa. Y ni siquiera se le ocurre a él procurársela: fue el pri-
con lo que yo digo?,, (II, 5, 729). mer ventero quien le aseguró «que eran pocas y raras veces» en que los
Dos ·capítulos más adelante, don Quijote pregunta al escudero qué caballeros andantes «no tenían escuderos» (I, 3, 61). Es al principio del
piensa s11 ,myer de la nueva salida; y él contesta: «Teresa dice ... que ate capitulo siguiente, el cuarto, cuando don Quijote decide volver a casa y
bien ,ni dedo con vuestra merced, y que hablen cartas y callen barbas, <<recebir a un labrador vecino suyo que era pobre y con lujos, pero muy
porque quien destaja 110 baraja, pues más vale un toma que dos te daré. a propósito para el oficio escuderil de la caballería,> (I, 4, 67).
Y yo digo que el consejo de la nutjer es poco, y el que no le torna es Cervantes lo inventa a impulsos de la misma experiencia con que
loco,> (II, 7, 741). Esta réplica representa el trasvase definitivo de la ca- Lope de Vega crea la figura del donaire en la comedia. El héroe litera-
tarata refraneril de Teresa a Sancho; ella ha dicho una sarta de refra- rio necesita del <<otro al lado», que sea su confidente y cooperador. Sin
nes; él dice -«y yo digo,>- otros refranes: el anudamiento se ha produ- alguien junto a él con quien hablar, las andanzas de un orate por la
cido, y el escudero es ya dueifo del artificio. Don Quijote se da cuenta Mancha hubieran dado poco juego. Tanto en la comedia áurea como
e ironiza: <<Decid, Sancho amigo, pasad adelante, que habláis hoy de en el relato, hacenfalta dos conciencias compenetradas, pero en oposi-
perlas» (II, 7, 742). En ese hoy de la novela, en ese instante, que está ción dialéctica, de modo que una rebote en la otra, y permita revelar el
XL ESTUDIO PRELIMINAR

pensamiento del personaje principal, dado que, normalmente, las mi-


ras del an10 han de ser altas, sus hazaifos valerosas y sus sentimientos
elevados y sutiles. Pero oairrió que a Cervantes le fue creciendo la fi-
gura del tonto, hasta hace/'Se tan importante como la de su sefíor. Y que
éste fue soltando lastre de locura hasta hacerse 1111 tipo l111111ano de má- PRÓLOGO
xima trascendencia. Basta obse1var de qué hablan ambos en sus pri-
meras jomadas y el crecimiento progresivo del interés de sus tenias.
l.A famosa interpretación de don Quijote como héroe del ideal, opues-
to al nido mate,ialismo de Sancho, no parece cierta si se entiende como
un proyecto, digamos, filosófico de Cen,antes, previo al momento de es-
cribir su libro. Muchas cosas «sublimes» de la literatura tienen s11 origen
y fundamento en causas hasta cierto p1111to mecánicas, q11e el genio del
autor dota de sublimidad. Sancho es tosco, gordo, sensato y 11tilitario
para q11e, a su lado, el caballero deje ver s11 cuerpo espe1pé11tico y su
alma fantasiosa y acrisolada, una vez que Ce,vantes ha decidido dar
formato grande a s11 narración. Y es inicialmente tonto, porq11e sus po-
cas luces no deben impedir el des11arfo del héroe. Sólo a medida q11e éste
vaya mostrando admirable cordura fúera de lo caballeresco, podrá ir en~
riqueciendo Sancho su personalidad hasta adquirir volumen comparable
a la del caballero. A esto debe atribuirse la famosa quijotización de San-
cho, tan notada por la critica. Cervantes advierte varias veces, sutil-
mente, del crecimiento moral solidario de amo y criado, y, en algún mo-
mento, de manera tan clara como en el cap(tu/o 22 de la Seg11nda parte,
en que Sancho, tms haber escúcliado las reflexiones que hace s11 seíior a
Basilio sobre el matrimonio, comenta cómo ambos, él y don Quijote, es-
tán dotados de singular discernimiento. Dice: «Este mi a,no, cuando yo
hablo cosas de meollo y de s11stancia suele decir que podría yo tomar un
pálpito en las manos y irme por ese mundo adelante predicando linde-
zas; y yo digo dél q11e cuando co1nienza a enhilar sentencias y a dar
consejos, 110 sólo puede totnar 1111 púlpito en las manos, sino dos en cada
dedo, y andarse por esas plazas a ¿qué quieres, boca? ¡ Válate el diablo
por caballero andante, que tantas cosas sabes! ... 110 hay cosa donde no
pique y deje de meter s1.1cucharada>> (II, 22, 884).
Y así, picando en todo, hablando cosas de meollo y de sustancia, aa,-·
fiados como cara y cruz de una meda/fa de oro, don Quijote y Sancho
siguen haciendo este milagro secular de re11nimos a nuyeres y a hombres
a escuchar o a leer o a inte1pretar su propia y libre palabra n11estra.

Fernando Lázaro Carreter .


XLVI PRÓLOGO

del que lo compuso. Un ejemplo sin más tardar: como se sabe,


VIDA Y LITERATURA:
1. la historia del ingenioso hidalgo no se amolda al esquema
CERVANTES EN EL «QUIJOTE» pseudoautobiográfico elegido por Mateo Alemán al concebir
su Guzmán de A!farache, el relato retrospectivo de su propia
Jean Canavaggio vida que nos hace el protagonista. Las reservas de Cervantes
ante la forma que cobra la confesión del pícaro se perfilan en
En busca de un peif,l perdido el capítulo 22 de la Primera parte de su novela. Ahí nos sale al
encuentro, en una cadena de forzados, el galeote Ginés de Pa-
Dos caminos suelen ofrecerse a quien intenta acercarse al vivir samonte, autor de un libro de su vida, y tan bueno, que «mal
cervantino. O bien dedicarse a la consulta de documentos y ar- año para LAzarillo de Tormes y para todos cuantos de aquel gé--
chivos, cuyo laconismo deja inevitablemente frustrado al que nero se han escrito o escribieren» (l, 22, 265-266). Como ha
no se satisface con los pocos datos sacados de actas notariales y mostrado Claudia Guillén, clara denuncia nos ofrece aquí Gi-
apuntes de cuentas, ajenos a la intimidad del escritor; o bien nés del doble artificio que caracteriza la narración picaresca:
buscar esta intimidad en su obra, a riesgo de ceder a un espe- por un lado, prometiendo un libro que «trata verdades, y no
jismo: el testimonio de unas «fabulas mentirosas» que no han mentiras», o sea, sucesos efectivamente ocurridos y no cosas in-
tenido nunca como fin el de llenar los vacíos de nuestra infor- ventadas que se pretenden sucedidas; y, por otro lado, consi...
mación.• derando este libro como inconcluso, sin que pueda publicar-
Así y todo, tantas experiencias biográficas, intelectuales y li- se mientras no se acabe el curso de su propia existencia. Así
terarias del autor vienen a confluir, de un modo u otro, en las pues, este encuentro con el galeote abre como un resquicio
ficciones cervantinas, que el lector del Quijote no puede resis- por donde vienen a filtrarse las preferencias estéticas de Cer-
tir al deseo de aventurarse por una senda que le lleva a descu- vantes, como si éste, por medio de su portavoz, nos diera a co-
brir una nueva forma de entroncar vida y literatura. Aventura, nocer algo de la circunstancia en que se fraguó su quehacer de
por cierto, azarosa, y que el propio Cervantes nos induce a em- escritor.
prender con cautela, al disimularse, como lo hace, detrás de Ahora bien, no siempre permanece Cervantes entre bastido-
unas máscaras, delegando sus poderes en narradores imaginarios res. Hay, a lo largo de su obra, textos clave en que parece asu-
al estilo de Cide Hamete Benengeli. No obstante, a quien sabe mir su identidad, hablando en primera persona. En primer lu-
leer entre líneas el Quijote se le aparece impregnado del sentir gar, los dos prólogos al Quijote, separados por diez años cabales;
igual que las dos partes del mismo; luego, compuestos en el fe-
cundo crepúsculo de su vida, otros textos liminares, como los
• Puede consultarse el Resu111e11 cro11ol6gico de la vida de Cervantes, según
lo reconstruimos al final de este Prólogo, junto a la mención de las fuentes
respectivos prólogos a las Novelas ejemplares y a las Comedias y
documentales en que nos basamos. Citamos el Quijote por el texto de la pre- entremeses, el prólogo al Persiles o 1a conmovedora dedicatoria al
sente edición; las Novelas ejemplares, por la de Jorge García López, Crítica, Conde de Lemos, fragmentos dispersos de un retrato de artista
Barcelona, 2001; Los tratos de Argel, La Numancia y las Poesías sueltas, por la cuya verdad no exige verificación. Varias razones explican el
de R. Schevill y A. Bonilla, en Comedias y.entremeses, V y VI, Gráficas Reu- interés que, para nosotros, ofrecen estos fragmentos; pero más
nidas, Madrid, 1920 y 1922; las demás citas cervantinas remiten al folio de que nada, quizá, el ser el retratado un hombre cuya existencia
las primeras ediciones, facilmente accesibles en los facsímiles publicados
(no sin retoques) por la Real Academia Española. La ortografia de todos histórica apenas se conoce. Debido al silencio de los archivbs;
los textos se ha modernizado según las normas seguidas en el resto de la ignoramos, en efecto, casi todo de los años de infancia y ado-
edición. lescencia de nuestro escritor. Podemos afirmar a ciencia cierta
que nació en 1547 en Alcalá de Henares, de padre cirujano;
XLV
VIDA Y LITERATURA XLVTI XLVlll PRÓLOGO

pero no se sabe en qué fecha exacta, y la supuesta ascendencia envuelve el nacimiento de su hija natural, Isabel, habida de Ana
conversa que se le atribuye sigue siendo tema controvertido. Franca de Rojas, esposa de un tabernero; apenas se conocen las
Tal vez empezara a estudiar en Sevilla, donde habría visto re- circunstancias de su matrimonio, en 1584, en Esquivias, con
presentar a Lope de Rueda; pero su traslado a Madrid no que- Catalina de Salazar, dieciocho años menor que él; menos aún
da documentado. Hace falta esperar al año de 1569 para ver las razones exactas de su partida del hogar, en 1587, hacia Se-
comprobada su presencia en la Villa y Corte, la cual se infiere villa (<<tuve otras cosas en que ocupa1me», nos dice en el pró-
de su contribución a las Exequias publicadas por su maestro Ló- logo a Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, f. 3); por no decir
pez de Hoyos con motivo de la muerte de Isabel de Valois, ter- nada de los motivos de un silencio de casi veinte años, duran-
cera esposa de Felipe 11. te los cuales Cervantes rec01Te Andalucía, primero como pro-
\
Mejor conocimiento tenemos de los años heroicos que me- veedor de la Armada Invencible y luego desempeñando varias
dian entre 1571 y 1580: el contacto de Cervantes con la «vida comisiones para la hacienda pública.
libre de Italia», primero en Roma, en el séquito del cardenal Tan sólo adivinamos una vida de dificultades y molestias: en
Acquaviva, luego como soldado, a las órdenes de Diego de Ur- 1590 solicita del rey un oficio en las Indias que le es negado;
bina; las heridas recibidas en Lepanto, el 7 de octubre de 1571, en 1597, tras haber sido excomulgado, es encarcelado en Sevilla
donde, a bordo de LA Marquesa, pelea «muy valientemente» y por retrasos y quiebras de sus aseguradores. Hay que esperar a 1604
pierde de un arcabuzazo el uso de la mano izquierda; al año si- para verle reaparecer en el campo de las letras, establecido con su
guiente, las acciones militares llevadas con desigual suerte por familia en Valladolid, adonde Felipe III acaba de trasladar la sede
don Juan de Austria en Corfú, Navarino, Túnez y La Goleta; de la corte. Allí, en este mismo año, concluye la Primera parte
en 157 5, la captura por corsarios turcos, al volver a España en del Quijote, publicada en diciembre ya con fecha de 1605.
la galera Sol; por fin, los cinco años del cautiverio argelino, do-
lorosa experiencia marcada por cuatro intentos frustrados de
evasión y concluida con un inesperado rescate, conseguido por Cervantes en primerapersona
obra de los padres trinitarios.
La falta casi completa de escritos íntimos no nos permite con- Se comprenderá, entonces, lo que viene a representar, en nues-
cretar el cómo y el porqué de estas peripecias: así la partida a tra búsqueda de la vivencia cervantina, el prólogo con que se
Italia, quizás a consecuencia de un misterioso duelo; la vida an- abre esta Primera parte; pero no debe engañamos aquel yo que;
cilar llevada durante unos meses en Roma; el alistamiento en de entrada, dirige la palabra al <<desocupado lector». El Cervan-
los tercios; la vuelta proyectada a la madre patria; y en Argel, a tes de carne y hueso, muerto hace casi cinco siglos, nos es in-
pesar de reiteradas tentativas de fuga, la extraña clemencia del asequible por definición; es una sombra que no podemos al-
rey Hazán. canzar. Quien se descubre al hilo de nuestra lectura es más bien
Otro tanto puede decirse de los acontecimientos que siguie- el doble de aquel Sltjeto desaparecido, un ente nacido de un
ron al regreso de Miguel a Madrid, una vez rescatado. Tras una acto de escritura, establecido como tal por la mirada del lector,
breve misión desempeñada en Orán, se inicia entonces su ca- y que se deja entrever en las muestras dispersas de un autobio-
rrera de escritor: hace representar varias comedias, «sin silbos, grafismo episódico. Pero es así como nos abre una perspectiva
gritos ni barahúnda», en tanto que, en 1585, publica LA Ca/a- que contribuye a crear la modernidad del Quijote: el encuentro
tea, novela pastoril al estilo de LA Diana de Montemayor. Pero de nuestra voluntad receptiva de lector con una voluntad pro-
no se explica la pérdida casi completa de sus primeras piezas yectiva a la que debemos la inserción de este yo cervantino
(exceptuando El trato de Argel y LA Numancia, conservadas en dentro del espacio textual; un espacio al que configura y orde.:.
copias del siglo xvm); tampoco se ha aclarado el misterio que na, comunicándole su presencia y su sabor de vida.
. VIDA Y LITERATURA XLIX L PRÓLOGO

Como era de esperar, este primer prólogo ha llamado la aten- mera indirecta de Cervantes contra un Lope de Vega que ha-
ción de los cervantistas, preocupados por desentrañar lo que se cía un uso poco discreto de estos adornos, y del que se conser-
nos sugiere, al parecer, de la génesis del Quijote mediante una va una carta, nada amena, en la que se refiere a las dificultades
fugaz e incierta alusión a la cárcel en que hubo de ser engen- que conoció su rival en la búsqueda de plumas dispuestas a en-
drado el libro. Pero, a decir verdad, no es su contenido infor- comiar su libro. Pero aquí el partido elegido trasciende lo me-
mativo, sino su misma estructura la que fundamenta el interés ramente anecdótico; está en perfecta concordancia con lo no-
y la radical novedad de este texto. En efecto, aunque parece, a vedoso del propósito que anima al escritor: componer «una
primera vista, conformarlo con el género prologal, el yo cer- invectiva contra los libros de caballerías, de quien nunca se
vantino va alterando poco a poco sus protocolos, hasta llegar fi- acordó Aristóteles, ni dijo nada San Basilio, ni alcanzó Cice-
nalmente a subvertirlos: primero, interpelando, tras veinte años rón», con miras a «deshacer la autoridad y cabida que en el
de silencio, a aquel «desocupado lector» que se habrá olvidado de mundo y en el vulgo tienen» sus «fabulosos disparates» (I, Pró-
sus obras de mocedad; luego, manifestando un aparente des- logo, 18-19). Por si no viéramos hasta dónde nos puede llevar
precio por el libro prologado, nuevo «hijo de su entendimien- semejante <<invectiva» al revestir la forma de una parodia de es-
to», por cierto, pero «seco, avellanado, antojadizo», y del que tos libros, Cervantes, con la resolución y firmeza de un casi
declara renegar como «padrastro», antes de cambiar repentina- principiante de cincuenta y siete años, pone los puntos sobre
mente de tono y asumir su paternidad. las íes, aclarando las finalidades que persigue y el pacto que
· Así pues, en el momento en que nos esperábamos la tradicio- pretende establecer con sus lectores. Al procurar que, leyen-
nal captatio benevolentiae, Cervantes, por no querer «ir con la do su historia, «el melancólico se mueva a risa, el risueño la
corriente del uso», deja de pedir la indulgencia del público. Al acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la in-
contrario, con el pretexto de ponderar el trabajo que le dio com- vención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de ala-
poner esta «prefación» que vamos leyendo, decide salir en perso- barla», expresa una clara conciencia de su capacidad de inno-
na a las tablas, bosquejando su perfil de escritor: «suspenso, con vación, en tanto que, de entrada, somete su empresa al juicio
el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la del público.
mano en la mejilla, pensando lo que diría ... » (1, Prólogo, n). A raíz del salto que damos del prólogo a la historia propia-
En esta circunstancia introduce a un primer alter ego: un su- mente dicha del hidalgo manchego -una vez salvados los ver-
puesto amigo con el cual el prologuista empieza a debatir de lo sos preliminares-, podría pensarse que el yo cervantino va a
que habrá de ser el prólogo que se empeña en escribir. Así va esfumarse. Lo que ocurre, en realidad, es que cambian y se di-
surgiendo, ante nuestra mirada cómplice, un «prólogo imposi- versifican, a la vez, las formas de su intromisión. Cabe obser-
ble» (para decirlo con frase de Maurice Molho, «la Préface est var, ante todo, que este mismo yo vuelve a aparecer como tal
une anti-préface tenant lieu de préface impossible») o, si se pre- dos veces en el texto. Asoma acto seguido en la primera frase
fiere, un prólogo del prólogo, que brota de las reticencias de del capítulo primero, cuando el narrador se niega a concretar
Cervantes ante los adornos del exordio canónico: en especial, aquel lugar de la Mancha donde Alonso Quijano pasó su vida
unas poesías liminares que se niega a pedir a otros ingenios, fin- antes de salir en busca de aventuras: un lugar, nos dice, «de
giendo encargarlas a figuras poéticas o novelescas, así como, cuyo nombre no quiero acordarme».
también, las inevitables acotaciones eruditas, procedentes de un El que expresa esta negativa es un ser fantasmal (y, de creer a
saber de segunda mano, de las que se burla con evidente satis- Rodríguez Marín, engastado, además, en un verso de roman-
facción. ce); pero, para nosotros, la pluma que ostenta tiene que ser la
Algo se adivina, en esta insólita determinación, de las tensio- del prologuista, en un momento en que no se han introducido,
nes propias del mundillo literario coetáneo: parece ser la pri- todavía, los varios autores «que <leste caso escriben>> (I, 1, 39).
VIDA Y LITERATURA ll lll PRÓLOGO

Más adelante, en el capítulo octavo, se prepara su reaparición: unas experiencias singulares, concediéndoles otro valor del que
tras suspenderse el combate de don Quijote con el colérico es- tienen en realidad. Pongamos por caso la boca sin muelas de
cudero vizcaíno, se introduce improvisadamente la idea de que don Quijote, consecuencia de la aventura de los carneros: ¿será
el relato es obra de dos autores. Nunca se nos dirá quién es el lícito ver en ella una réplica de otra boca monda y desnuda, la
segundo autor, nacido de la voluntad de parodiar un recurso del propio Cervantes, tal como se describe en el prólogo a las
de los libros de . caballerías. Pero es precisamente entonces Novelas ejemplares?* Asimilación, por cierto, peligrosa.
cuando el yo del capítulo primero vuelve a tomar la palabra, En una conexión menos azarosa, otras ocurrencias, esparci-
para contamos luego, en el capítulo noveno, cómo halló en das a lo largo de las dos partes de la novela, remiten, de forma
Toledo Ja continuación de las aventuras del héroe, cómo se en- más bien velada, a la gravitación del escritor, a su vida privada,
teró de que esta nan·ación, más o menos fidedigna, fue com- \ a su formación intelectual o a los varios ambientes que llegó a
puesta por Cicle Hamete Benengeli, y cómo la hizo traducir al conocer. Esta contaminación del relato por el vivir cervantino
castellano por un morisco aljamiado. Por muy bo1Toso que nos puede observarse a veces en dichos que son reveladores, con
resulte, sus andanzas. por el Akaná, su natural inclinación a leer, toda probabilidad, de una actitud personal no siempre de
«aunque sean los papeles rotos de las calles» (1, 9, 118), hacen abierta disconformidad, pero sí, al menos, de marcada reserva
que no se le pueda reducir a una mera persona gramatical: lo frente al tono medio de la España filipina. Suele citarse, entre
relacionamos, de manera espontánea, con la figura del manco numerosos ejemplos, una conocida frase de Sancho, a veces
de Lepanto. aducida en el debate sobre la supuesta «raza>> de Cervantes:
Sólo que su intervención se ·complementa con la primera «Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela
mención de Cide Hamete, la más fascinante de las máscaras in- mía, que son el tener y el no tener» (II, 20, 872). También cabe
ventadas por Cervantes para disimularse y excitar así nuestra mencionar, más allá de su posible relación con tal o cual fuen-
curiosidad. Si se admite la etimología propuesta por Bencheneb te, oral o escrita, varias sentencias de don Quijote sobre la
y Marcilly, el mismo nombre de Cicle Hamete Benengeli con- virtud, que «vale por sí sola lo que la sangre no vale» (II,
lleva, en sus tres segmentos, una notable carga autobiográfica: 42, ro6o), o sobre si el juez ha de ser riguroso o compasivo (II, 42,
este 'señor' (Cide) 'que más alaba al Señor' (Hamete) no sería, a 1061). Pero en esta reconstrucción problemática de una visión
despecho de Sancho, moro aberenjenado, sino, paradójica- cervantina del mundo -por no decir de un «pensamiento»- hay
mente, Ben-engelí; es decir 'hijo del Evangelio' y no del Corán, que andar, por cierto, con pies de plomo. La defensa que hace
y, como tal, cristiano. De ahí el que Cicle Hamete venga a re- don Quijote de la justicia en sí, a la hora de poner a los galeo-
clamar para sí la responsabilidad exclusiva de la na1nción. Pero tes en libertad, puede leerse a la luz de los abusos cometidos en
las circunstancias de su introducción, su marginación con res- esta materia por los poderes públicos, indiferentes a la discor-
pecto al relato, así como el juego de encajes al que da lugar, dancia entre delitos y penas. Pero el campeón de esta justicia
bastan para evidenciar, desde el principio, todo lo que separa a ideal sigue siendo un inadaptado: lo atestigua el que pida a los
nuestro moro de un narrador omnisciente. forzados, en señal de agradecimiento, que vayan a presentarse
Así se entiende mejor cómo, en esta proliferación de voces ante Dulcinea cargados de sus cadenas. Mientras el ingenioso
na1Tativas, se expande y diluye a la vez el autobiografismo del hidalgo queda atrapado en este absurdo, Cervantes se nos des-
Quijote: un autobiografismo disperso, fragmentado, que se des-
cubre al lector en el fluir de la narración, detrás de unas alusio- ,. Compárese «la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, por-
nes no siempre faciles de entender y apreciar como se deben. que no tiene sino seis ... » (Novelas ejemplares, Prólogo, p. 16) con «Pues en
Requieren, eso sí, la mirada atenta de un conocedor de la épo- esta parte de abajo --dijo Sancho- no tiene vuestra merced más de dos mue-
ca, pero siempre con el riesgo de referirlas preferentemente a las y media; y en la de arriba, ni media, ni ninguna ... • (Quijote, 1, 18, 216).
VIDA Y LITERATURA Llll LIV PRÓLOGO

liza. Tampoco debe engañarnos el elogio de la libertad que se Así es como el cautivo llega a presenciar, al año siguiente, la
pone en boca del caballero: para entenderla en su cabal senti- acción intentada por don Juan de Austria contra Navarino;
do, conviene relacionarla con su contrario -el cautiverio- con pero, esta vez, la contempla desde el lado enemigo. De esta
el cual forma díptico aquí (II, 58). Dicho de otro modo, no manera, está en condiciones de puntualizar «la ocasión que allí
hay que tomar estas oraciones al pie de la letra, ni separarlas de se perdió de no coger en el puerto toda el armada turquesca»
sus respectivas contextualizaciones, sino tener en cuenta la po- (1, 39, 498); y, desde el mismo enfoque, puede enjuiciarse la
lifonía que las va diseminando entre don Quijote, Sancho, el caída de la Goleta, episodio funesto sucedido en agosto de
cura Pero Pérez, Sansón Carrasco o Cicle Hamete: uno de los 1574, a consecuencia de la recuperación de Túnez por los tur-
muchos recursos aprovechados por Cervantes en la construc- cos. No sólo deplora las fuertes pérdidas sufridas, sino que nos
ción de un relato que iba a abrir un nuevo camino en la his- da sin rodeos su opinión. Algunos, nos dice, han pretendido
toria de la prosa novelesca. que se podía haber conservado la fortaleza, aunque no hubiera
sido socorrida:
La voz del cautivo Pero a muchos les pareció, y así me pareció a mí, que fue particular
gracia y merced que el cielo hizo a España en pennitir que se asola-
Llega un momento, sin embargo, en que este entronque entre se aquella oficina y capa de maldades, y aquella gomia o esponja y
vida y literatura,se vuelve muchísimo más llamativo; más exac- polilla de la infinidad de dineros que allí sin provecho se gastaban, sin
tamente en uno de los cuentos interpolados: la historia de Ruy servir de otra cosa que de conservar la memoria de haberla ganado la
Pérez de Viedma, la cual, como es sabido, ocupa en su casi to- felicísima del invictísimo Carlos Quinto, como si fuera menester para
talidad los capítulos 39 a 41 de la Primera parte. Nutrido de la hacerla eterna, como lo es y será, que aquellas piedras la sustentaran
rememoración cervantina del cautiverio, este relato evidencia (1, 39, 501).
un autobiografismo ya no disperso, sino compacto; pero no por
eso deja de mantener una relación ambigua con las experien- Aquí, sin lugar a dudas, habla Cervantes por boca del capitán:
cias del autor. Los sucesos que nos refiere el capitán hasta su a la hora del balance, y con la altura de miras que se impone,
captura ofrecen, eso sí, un notable parecido con las aventuras aprueba el abandono de una plaza sin verdadero interés estra-
del propio Cervantes; pero no menos significativos son ·los tégico y la liquidación, por dolorosa que sea, de una conquista
constantes desajustes, reveladores de una minuciosa reelabora- utópica e inútil como fue la del reino de Túnez. De hecho, así
ción del material aprovechado. · es como razonó Felipe II, al cual, dicho de paso, Ruy Pérez de
Las mocedades de Ruy Pérez de Viedma son tan azarosas Viedma nunca llega a acusar.
como las del escritor; pero quien nos las cuenta no es hijo de Una vez en Argel en tanto que cautivo de rescate, Ruy Pé-
cirujano alcalaíno, sino primogénito de un hidalgo leonés. Su rez de Viedma ve que su destino coincide de nuevo con el de
partida a Italia corre parejas con la de Miguel, salvo que no es su creador. Igual que él, aunque en distintas circunstancias,
huida y le lleva, en una serie de rodeos, a alistarse en los tercios queda en poder del rey Hazán; y la visión que nos ofrece de los
de Flandes. Luego, tras embarcarse en las galeras de la Santa baños se nos aparece henchida de los recuerdos del escritor:
Liga, a las órdenes del mismo Diego de Urbina, el narrador lle-
ga a combatir en Lepanto, con tanta valentía como el famoso [Yo estaba] encerrado en una prisión o casa que los turcos llaman
manco; pero no lo hace como soldado raso, sino en calidad de baifo, donde encierran los cautivos cristianos, así los que son del rey
capitán de infantería; y, en vez de quedar herido, es capturado como de algunos particulares ... Y o, pues, era uno de los de rescate,
por los turcos, víctima de su temeridad. · que, como se supo que era capitán'. puesto que dije mi poca posibi-
VIDA Y LITERATURA LV LVI PRÓLOGO

lidad y falta de hacienda, no aprovechó nada para que no me pusie- de los muchos personajes que pueblan las ficciones cervantinas,
sen en el número de los caballeros y gente de rescate. Pusiéronme ha sido interpretado como una conducta de compensación: a
una cadena, más por señal de rescate que por guardarme con ella, y falta de poder deshacerse, por razones desconocidas, del patro-
así pasaba la vida en aquel baño, con otros muchos caballeros y gen- nímico paterno, Miguel lo habría doblado en el plano social y
te principal, señalados y tenidos por de rescate. Y aunque la hambre simbólico. Sea lo que fuere, con el triunfo del Quijote la poste-
y desnudez pudiera fatigamos a veces, y aun casi siempre, ninguna ridad ha consagrado, definitivamente, el doble apellido de Cer-
cosa nos fatigaba tanto como oír y ver a cada paso las jamás vistas ni vantes Saavedra, en un desquite de todos los fracasos experi-
oídas crueldades que mi amo usaba con los cristianos (I, 40, 506-507). mentados por el que lo forjó.
Lo que sí viene a compensar la odisea del capitán es la frus-
Cervantes, como queda dicho, no era capitán; pero llevaba car- 1 tración nacida de las cuatro evasiones fallidas del escritor. En
tas de recomendación de don Juan de Austria y del duque de enero de I 576, Cervantes trata en vano de huir por tierra al
Sessa, las cuales hicieron que los turcos lo considerasen como presidio español de Orán. En septiembre del año siguiente es-
«persona principal»; de ahí los quinientos escudos de oro que, pera un barco mallorquín, que no acude a la cita prevista. Seis
a pesar de su «falta de hacienda», su amo reclamó como precio meses después, en marzo de I 578, manda unas cartas al gober-
de su rescate. Ahora bien, como para desmentir esta identifica- nador de Orán por medio de un moro cómplice al que sor-
ción, el narrador, en una manera de desdoblamiento, concluye prenden a la entrada de dicha ciudad y empalan por orden del
esta evocación de las crueldades del rey incorporando la figura rey. Por fin, en octubre de 1579, proyecta armar una fragata de
emblemática de un compañero: doce bancos y ganar España con sesenta pasajeros, pero es de""
nunciado por un renegado florentino, manipulado por otro
Sólo libró bien con él un soldado español llamado tal de Saavedra, el cautivo, el doctor Juan Blanco de Paz. El mismo anhelo de li-
cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas bertad anima, en el Quijote, a Ruy Pérez de Viedma:
gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio
palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y por la menor cosa ... pensaba en Argel buscar otros medios de alcanzar lo que tanto de-
de muchas que hizo temíamos todos que había de ser empalado, y así seaba, porque jamás me desamparó la esperanza de tener libertad, y
lo temió él más de una vez; y si no fuera porque el tiempo no da lu- cuando en lo que fabricaba, pensaba y ponía por obra no correspondía
gar, yo dijera ahora algo de lo que este soldado hizo, que fuera par- el suceso a la intención, luego sin abandonarme fingía y buscaba otra
te para entreteneros y admiraros harto mejor que con el cuento de esperanza que me sustentase, aunque fuese débil y flaca (I, 40, 506).
mi historia (I, 40, 507-508).
Pero, al contrario que Cervantes, su primera tentativa va a ser
En este deslinde entre historia y poesía, surge, pues, aquel sol- un éxito: quien le permite salir del baño, facilitándole los me-
dado llamado Saavedra. Este nombre, como se sabe, es el se- dios de su rescate y compartiendo su destino, es la hermosa Zo-
gundo apellido que Cervantes, al iniciar sus comisiones anda- raida, hija de un rico renegado esclavón.
luzas, añade a su patronímico: lo usa en el memorial de 1590, Aquí, por cierto, la odisea del capitán se separa definitiva-
dirigido al Consejo de Indias, pero no lo llevó ninguno de sus mente de la de su modelo: como ha mostrado Maxime Che-
antepasados directos; lo tomó, probablemente, de uno de sus pa- valier, se ciñe a una leyenda que desarrolla un motivo tradicio-
rientes lejanos, Gonzalo de Cervantes Saavedra, el cual había nal, a través de múltiples versiones entre las cuales destaca el
sido obligado a huir de Córdoba, en 1568, tras un asunto de cuento de LA hija del diablo. Dentro de la remodelación cer-
sangre, y se embarcó en las galeras de donjuan, llegando tal vez vantina resalta, sin la menor duda, el papel concedido por el
a combatir en Lepanto. Este segundo nombre, que se da a tres narrador al padre de Zoraida, cuando, tras haber sido informa:'-
VIDA Y LITERATURA LVII LVlll PRÓLOGO

do por su hija de su conversión, ve alejarse, desde la playa de- do no se puede separar de su requisitoria contra la ciudad y sus
sértica en que ha sido abandonado por sus raptores, el barco piratas, lanzada con el fin de sacar a la opinión española de su
que lleva a la pareja. Al dar a esta figura patética el nombre de indiferencia y estimular la obra de las órdenes redentoras; las
Agi Morato, Cervantes la ha dotado de una identidad sacada actas notariales referentes al caso se centran en las gestiones em-
de su propia experiencia, sin dejar, por supuesto, de acomodar prendidas por la familia del escritor para conseguir su rescate;
a su relato la cronología de los hechos históricos. Agi Morato en cuanto a las deposiciones de amigos y compañeros, fueron
se llamaba, en efecto, aquel suegro del rey de Fez del que nos reunidas a petición del propio Cervantes en las dos informa-
habla la Topografia e historia general de A1;gel (publicada en .1 612 ciones de 1578 y 1580 como respuesta a los alegatos infaman-
a nombre de Diego de Haedo, aunque quizá compuesta por un tes de sus enemigos. A diferencia de estos testimonios, el cuen-
compañero de cautiverio de Cervantes). Alcaide de la Pata, Agi to del cautivo nos restituye de modo insustituible, envuelta en
Morato había peregrinado a la Meca y, según otro testimonio el ropaje de una «fabula mentirosa», la forma en que el futuro
que conservamos, era tenido «por hombre de buen juicio y de autor del Quijote interiorizó una experiencia excepcional.
muy buena manera11. Por fin, en tanto que chauz (o 'enviado')
del Turco, desempeñó varias misiones secretas. Como queda
dicho, Cervantes tenía en su poder, cuando fue capturado, car- El rostro del escritor
tas de recomendación. ¿Quién sabe si no fue introducido,
como posible informador oficioso, en la intimidad de Agi Mo- Este autobiografismo decantado por un propósito artístico, una
rato? Así se nos aclararía la extraña mansedumbre que le mani- constante voluntad de estilo, viene a cobrar nuevo interés en
festó el rey de Argel después de sus tentativas de fuga, al per- cuanto nos descubre la otra cara del manco de Lepanto: ya no
donarle tres veces la vida. el cautivo de los baños argelinos, protagonista de un episodio
Tal es el trasfondo sobre el cual se recortan los recuerdos per- concluso y rememorado por un alter ego de papel, sino el «raro
sonales esparcidos en la narración: entre otros detalles, la refe- inventor» que se insinúa en su propia creación, en una recons-
rencia al jardín de Agi Morato, cercano a la puerta de Babazón trucción que llega a confundirse con el mismo proceso narra-
(1, 40); lo que se nos dice del trato que solían mantener, en Ar- tivo. Aquel Cervantes creador, que asomó por primera vez en
gel, amos y esclavos (1, 41); el ansia de libertad de los renega- el prólogo a la Primera parte, reaparece en el capítulo sexto de
dos reconciliados, también llamados «tornadizos» (1, 40); el la misma, aprovechando el forzoso descanso de don Quijote al
miedo de los moros a los turcos (1, 41); o el uso de la «lingua volver de su primera salida. El motivo de su intromisión no es
franca», «que en toda la Berbería y aun en Constantinopla se otro que el famoso escrutinio de la biblioteca del hidalgo. Un
halla entre cautivos y moros, que ni es morisca ni castellana ni escrutinio en el cual, dicho sea con perdón de don Miguel de
de otra nación alguna, sino una mezcla de todas las lenguas, con Unamuno, no sólo se trata de libros, sino también de vida, ya
la cual todos nos entendemos» (I, 41, 519). Desglosar estas alu- que en las lecturas de don Quijote y en los juicios críticos que
siones, en detrimento de su función artística, para componer éstas merecen, algo se trasluce de las preferencias estéticas del
un cuadro costumbrista de la vida argelina, nos llevaría, desde escritor.
luego, a cometer un error de perspectiva. Pero otro error sería Entre los libros examinados figura La Ca/atea, cuya presencia
negarles, en un exceso de hipercriticismo, cualquier valor do- en la biblioteca suscita, por boca del cura, la conmovida reme-
cumental. Nuestro conocimiento del cautiverio cervantino se moración del autor:
apoya en fuentes que, por varios motivos, reordenan, deforman
u ocultan, a veces, los hechos ocurridos, y conviene manejar- Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es
las con precaución: así, la relación firmada por Diego de Hae- más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de bue-
VIDA Y LITERA TURA LIX LX PRÓLOGO

na invención: propone algo, y no concluye nada; es menester espe- a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Le-
rar la segunda parte que promete: quizá con la entienda alcanzará del panto la mano izquierda de un arcabuzazo ... (Prólogo, p. 17).
todo la misericordia que ahora se le niega (1, 6, 94) .
Aquí, con trazo vigoroso, fija las pocas imágenes que, todavía
En el momento en que escribe esta frase, Cervantes está a pun- hoy, lo designan en la memoria colectiva: el combatiente de
to de corresponder a la espera del cura: no con la segunda par- Lepanto, el cautivo de Argel, el autor del Quijote. Esta última
te de su Ca/atea, nunca publicada, aunque sí prometida hasta en estampa, que vimos surgir con motivo del escrutinio, es la que
la dedicatoria del Persiles, sino con otra obra que alcanzaría «del campea en las obras consecutivas al éxito de la Primera parte,
todo» algo más que la «misericordia>> que se negó a su primera aquellas que salen a la luz durante los diez años que median en-
novela. Pero no por eso va a convertirse en mero plumífero. tre este éxito y la muerte del «raro inventor». Diez años que
Aun cuando nos descubra su interés por las cuestiones de poé- transcurren en Madrid, después del regreso de la corte, duran-
tica -lo ha aclarado Edward C. Riley en un libro fundamen- te los cuales Cervantes se reintegra al mundo de las letras. En-
tal-, nunca lo hace con el dogmatismo del preceptista. Su me- tonces asiste con Lope de Vega a la Academia Selvaje, a la vez
ditación sobre las formas y los fines de la literatura, diseminada que ingresa, por motivos que no debieron de ser exclusiva-
entre sus portavoces, en los capítulos 47 a 50 de la Primera par- mente religiosos, en la Hermandad de los Esclavos del Santísi-
te, desarrolla dialécticamente el debate entre teoría y praxis no- mo Sacramento y en la Orden Terciaria Franciscana. Entonces
velesca, en el contraste de pareceres al que da lugar la crítica de empieza su período más fecundo, hasta tal punto que, para
los libros de caballerías. Y en cuanto a la condena de las come- nosotros, su vivir acaba confundiéndose con su quehacer lite-
dias al uso, expresada conjuntamente por el canónigo y el cura, rario. En 1613 se editan las Novelas; al año siguiente el Viaje del
no sólo se articula con el recuerdo nostálgico del «arte antiguo», Parnaso, sarta de alabanzas de poetas amigos, engastada en una
cultivado en otros tiempos por el autor de La Numancia; tam- odisea imaginaria cuyo alegorismo se compagina -otra vez-
bién traduce el rencor experimentado ante el triunfo de un ri- con un fino sentido autobiográfico; en 1615 las Ocho comedias y
val más joven y más afortunado: aquel Fénix de los Ingenios ocho entremeses nuevos, dados a la imprenta tras padecer la indi-
que quiso «acomodarse al gusto de los representantes» adaptán- ferencia de empresarios y cómicos; en 1616 se redactan los úl-
dose a las exigencias férreas de una producción masiva y con- timos capítulos de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, «historia
virtiendo el teatro en «mercadería vendible». septentrional» con tono y traza de novela bizantina, concluida
En junio de 1605, a los pocos meses de publicarse la Prime- cuando el que la compuso tenía ya <<el pie en el estribo» de la
ra parte del Quijote, Andrea de Cervantes, comprometida a pe- muerte, y que se publicará como libro póstumo. Pero, un año
sar suyo en la muerte de un joven calavera, Gaspar de Ezpele- antes, había salido a la luz la Segunda parte del Quijote, donde
ta, depone ante el juez Villarroel. Traza entonces un alusivo el yo cervantino, mal disimulado detrás de sus dobles, se deja de
perfil de su hermano: «un hombre que escribe e trata negocios, nuevo captar.
e por su buena habilidad tiene amigos». Menos confidencial, La reaparición de este yo, en el prólogo de 1615, no se pro-
por cierto, y harto distinto es el retrato que, siete años más tar- duce en circunstancias idénticas a las que originaron el exordio
de, el escritor nos ofrece de sí mismo, en el prólogo a sus No- de la Primera parte. Cervantes, esta vez, no tiene por qué asu-
velas ejemplares: mir ante los lectores la novedad de su empresa. En cambio, sí
la reivindica frente a un nuevo interlocutor: el misterioso Ave-
Este, digo, que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote llaneda que, un año antes, había publicado una segunda parte
de la A1a11cf1a ... llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. espuria, conocida hoy como el Quijote apócrifo. Por cierto, no
Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió faltaban antecedentes: sin remontarnos a La Celestina, el LAza-
VIDA Y LITERA TURA LXI LXII PRÓLOGO

rillo de Tormes había suscitado toda una descendencia, en tanto ran ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en los ojos de
que Gaspar Gil Polo prolongaba La Diana de Montemayor con quien las mira, son estimadas a lo menos en la estimación de los que
una Diana enamorada que no es indigna del modelo. En años saben dónde se cobraron: que el soldado más bien parece muerto en
más recientes, Mateo Luján había dado a luz una Segunda parte la batalla que libre en la fuga (II, Prólogo, 673).
del Guzmán. de A!farache, mientras Mateo Alemán trabajaba to-
davía en la suya. Pero Avellaneda, amén de esconderse detrás Aquí es donde la creación literaria se resorbe en la experiencia
de una máscara, había acumulado calumnias y afrentas para su viva: la indignación del prologuista acaba por subvertir el dis-
predecesor. En un prólogo «menos cacareado y agresor de sus curso prologal. La respuesta no carece de garbo; pero respira,
lectores» -según él- que el de la Primera parte, disparaba sin más que nada, la melancolía del superviviente de un tiempo ca-
piedad los ataques ad homin.em, burlándose de los achaques de ducado.
su víctima, acusándole de tener «más lengua que manos» y con- Enmarcado por dos textos de notable sabor autobiográfico
cluyendo con esta agria advertencia: «Conténtese con su Galatea -por un lado, la aprobación del licenciado Márquez Torres,
y comedias en prosa, que eso son las más de sus Novelas: no nos donde se inserta una anécdota protagonizada por Miguel (y, po-
canse» (Avellaneda, Don Quijote de la Mancha, Prólogo, p. 12). siblemente, dictada por él); y, por otro lado, la irónica dedica-
No vamos a detenernos en este triste episodio. Pero sí recal- toria al conde de Lemos-, el prólogo al segundo Quijote acaba
car el tono inconfundible de la respuesta, en un ajuste de cuen- devolviendo a Avellaneda a su oscuridad. En cuanto a la conti-
tas del que brota el prólogo de 1615. Sabe Cervantes con qué nuación espuria, Cervantes va a incorporarla a su modo en su
impaciencia la está esperando el «lector ilustre o quier plebeyo», propia obra. Examinar esta mise en abfme nos apartaría de nues-
con quien mantiene un trato preferente. Ahora bien, mejor le tro cometido. Pero, al contemplar a don Quijote con el falso
conviene burlar esta esperanza: Quijote entre manos, poniéndose a hojearlo «sin responder pala-
bra» (11, 59, 1214), ¿cómo no pensar en su padre o padrastro
Pues en verdad que no te he de dar este contento, que, puesto que quien, en la misma circunstancia, tuvo tal vez idéntica reacción?
los agravios despiertan la cólera en los más humildes pechos, en el
mío ha de padecer excepción esta regla. Quisieras tú que lo diera del
asno, del mentecato y del atrevido, pero no me pasa por el pensa- Los disfraces del «raro inventor>>
miento: castíguele su pecado, con su pan se lo coma y allá se lo haya
(II, Prólogo, 673). Pero no nos equivoquemos: la contaminación del relato por el
vivir y el crear cervantinos no se encierra en los moldes de esta
¿Supo Cervantes quién se ocultaba tras el nombre de Avella- polémica, convertida, hoy en día, en pasto de eruditos. En dos
neda? Si hemos de creer a Martín de Riquer, éste no sería sino momentos claves por no decir nada de otros muchos, el «raro
Jerónimo de Pasamonte, el soldado-escritor que, diez años an- inventor» vuelve a asomar la oreja, aunque escondido detrás de
tes, le inspiró el personaje del galeote Ginés. Pero aquí poco le sus portavoces. Primero, al confrontar a sus héroes con la his-
importa ese oscuro compañero de milicia al que sólo reprocha toria de sus hazañas. Mejor dicho, con la noticia, comunicada
expresamente una cosa, sus insultos personales: por Sancho a su amo, de que dicha historia «andaba ya en li-
bros ... con nombre del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Man-
Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de cha» {II, 2, 703). El asombro del escudero, encantado de saber,
manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo por el bachiller Sansón Carrasco, que sus hechos están imbri-
... o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la cados con los de su señor, corre parejas con la inquietud del ca-
más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni espe- ballero, a quien el mismo Sansón revela que la epopeya ideal
VIDA Y LITERATURA LXIII LXIV PRÓLOGO

de sus hazañas no es más que una crónica, compuesta por un


moro mentiroso y traducida al «vulgar castellano, para univer- Dicen que en el propio original desta historia se lee que llegando
sal entretenimiento de las gentes>> (II, 3, 705). El «ridículo ra- Cicle Hamete a escribir este capítulo no le tradujo su intérprete como
zonamiento>> -divertido coloquio- que, sobre el particular, reú- él le había escrito, que fue un modo de queja que tuvo el moro de
ne a los tres interlocutores es, por cierto, un hábil recurso sí mismo por haber tomado entre manos una historia tan seca y tan
literario: a través de su vaivén entre el perfil con que soñaba y limitada como esta de don Quijote, por parecerle que siempre había
el que le es impuesto, el ingenioso hidalgo afirma con pertina- de hablar dél y de Sancho, sin osar estenderse a otras digresiones y
cia su independencia, reivindicando obstinadamente la imagen episodios más graves y más entretenidos; y decía que el ir siempre
que quiere dejar de sí mismo. Pero también Cervantes se vale atenido el entendimiento, la mano y la pluma a escribir de un solo
de este recurso, haciéndose eco de los juicios emitidos sobre el sujeto y hablar por las bocas de pocas personas era un trabajo in-
Quijote de 1605: disimulado detrás de sus tres portavoces, les da comportable, cuyo fruto no redundaba en el de su autor, y que por
alternadamente la palabra, sin acreditar a ninguno como depo- huir <leste inconveniente había usado en la primera parte del artificio
sitario de su propia opinión. Este procedimiento, entre otras de ,algunas novelas, como fueron la del Curioso impertinente y la del
consecuencias, le permite dar cuenta del éxito de su libro sin Capitán cautivo, que están como separadas de la historia, puesto que
pecar de presumido. Primero, encarga al bachiller que mencio- las demás que allí se cuentan son casos sucedidos al mismo don Qui-
ne, con tonillo de burla, los doce mil ejemplares que, «el día de jote, que no podían dejar de escribirse (II, 44, 1069-1070).
hoy>>, andan ya impresos, llegando a profetizar, en una paradó-
jica premonición, «que no ha de haber nación ni lengua don- Como se echa de ver, la referencia despectiva a la «historia ... de
de no se traduzga>> (II, 3, 706). Más adelante, hace que el mis- don Quijote» es casi la misma que hemos encontrado en el pró-
mo don Quijote venga a comunicar la noticia a don Diego de logo a la Primera parte. Pero el yo del prólogo se sustituye aquí
Miranda, acrecentando la cifra y anticipando el acontecimien- por todo unjuego de encajes: mediante un doble giro imperso-
to, en un alarde de ingenua vanagloria: . nal -«dicen que . .. se lee»-, nos enteramos de una infidelidad
cometida por el supuesto traductor de la historia compuesta por
... y, así, por mis valerosas, muchas y cristianas hazañas, he merecido un supuesto Cicle Hamete. Esta distancia permite a Cervantes
andar ya en estampa en casi todas o las más naciones del mundo: introducir con evidente ironía el tema que le preocupa:
treinta mil volúmenes se han impreso de mi historia, y lleva camino
de imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo reme- También pensó, como él dice, que muchos, llevados de la atención
dia (II, 16, 821). que piden las hazañas de don Quijote, no la darían a las novelas, y pa-
sarían por ellas o con priesa o con enfado, sin advertir la gala y artifi--
Otra de las máscaras elegidas por el yo cervantino es, por su- cio que en sí contienen, el cual se mostrara bien al descubierto, cuan-
puesto, Cicle Hamete Benengeli. Desde la perspectiva que nos do por sí solas, sin arrimarse a las locuras de don Quijote ni a las
corresponde, tan sólo queremos aludir aquí a su intervención sandeces de Sancho, salieran a luz. Y, así, en esta segunda parte no
más significativa, cuando, al principio del capítulo 44 de la Se- quiso ingerir novelas sueltas ni pegadizas, sino algunos episodios que
gunda parte, el «moro mentiroso>> vuelve a abordar la cuestión lo pareciesen, nacidos de los mesmos sucesos que la verdad ofrece, y
de las novelas interpoladas, planteada inicialmente por Sansón aun éstos limitadamente y con solas las palabras que bastan a declarar-
Carrasco. Parece ser que la presencia de estos cuentos en el los; y pues se contiene y cierra en los estrechos límites de la narración,
primer Quijote, si no dio lugar a una polémica, al menos susci- teniendo habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar del uni-
tó opiniones contrarias, referidas aquí de modo explícito: verso todo, pide no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, no
por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir (II, 44, 1070).
VIDA Y LITERATURA LXV LXVI PRÓLOGO

Nada más ambiguo que esta aparente autocrítica. Tras recordar tre miles la voz de. este incógnito: una voz apta para suscitar, de
el procedimiento intercalador que usó en la Primera parte, re- entrada, nuestra complicidad, antes de fundirse en una com-
emplazado, en la Segunda, por una trabazón más Íntima que pleja polifonía que, si bien la disfraza, la difracta y hasta la obli-
supone una mayor colaboración del lector, Cervantes, con la tera a veces, nunca la anula. Así es como esta voz establece,
soltura que le concede el artificio aquí elegido, desarrolla todo desde el principio, una manera de pacto que nunca se rompe
un proceso reflexivo que concluye con una clara autodefensa: ni disuelve; un pacto que no se limita a alimentar el encanto de
la nueva relación establecida, en el segundo Quijote, entre fa- nuestra lectura, sino que, entre otros muchos recursos, ha con-
bula y episodios, no debe entenderse como corrección o en- tribuido a sellar el acta de nacimiento de la novela moderna.
mienda; tampoco es mera concesión al gusto del público. En
plena conformidad con la nueva lógica interna que rige la
aventura, se impone como concertada y permanente tensióIJ. NOTA BIBLIOGRÁFICA
entre lo que se escribe y lo que se ha dejado de escribir.
Los principales repertorios bibliográficos y obras de consulta dedicados a
Cervantes se hallarán relacionados al principio de la bibliografía incluida en
el volumen complementario de la presente edición.
Una especie de pacto
I. Lo que sabemos de la vida de Cervantes es fruto de investigaciones su- .
¿Quién será, a fin de cuentas, aquel yo al que hemos acosaao, cesivas, realizadas desde el primer tercio del siglo xvm. Una contribución
inicial, muy importante, fue la de los primeros biógrafos del manco de Le-
en un ímprobo esfuerzo por desalojarlo de las páginas del Qui-
panto: Gregorio Mayans y Sisear, Vida de Miguel de Cervantes Saavedra, Bri-
jote? No el Cervantes de carne y hueso, que muere a los pocos ga-Real, 1737; Juan Antonio Pellicer y Saforcada, Vida de Miguel de Cer-
meses de publicar su gran libro, tras dictar en su lecho de ago- vantes Saavedra, Gabriel de Sancha, Madrid, 1800; Martín Femández de
nía la dedicatoria del Persiles. Más bien la proyección de un in- Navarrete, Vida de Miguel de Cervantes Saavedra escrita e ilustrada co11 varias 110-
dividuo cuya obra, aunque exprese los deseos y los sueños del ticias y docu111e11tos i11éditos ... , Imprenta Real, Madrid, 1819. Pero la aporta-
que la engendró, desborda su aventura personal al vivir con ción documental más significativa ha sido la de varios eruditos de principios
del siglo xx. Entre éstos destacan particularmente Cristóbal Pérez Pastor,
vida propia, cargándose, al correr de los siglos, con sentidos Doc11111e11tos cerva11ti11os hasta ahora iuéditos, Imprenta de Fortanet, Madrid,
nuevos. Después de referir la muerte del ingenioso hidalgo, 1899-1902, 2 vols.; Pedro Torres Lanzas, «Información de Miguel de Cer-
Cide Hamete, en una última advertencia a Avellaneda, da la vantes de lo que ha servido a S.M. y de lo que ha hecho estando captivo en
palabra a su pluma; ésta, entonces, se despide del lector reivin- Argel ... », Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 3• serie, V (1905), pp. 345-
dicando su bien: «Para mí sola nació don Quijote, y yo para él: 397 (reed. José Esteban, Madrid, r98r); Francisco Rodríguez Marin, Nue-
él supo obrar y yo escribir, solos los dos somos para en uno ... » vos dowme11tos ceroantinos, Real Academia Española, Madrid, 1914 (incluido
en sus Estudios cervanti11os, Atlas, Madrid, 1947, pp. 175-350). Los docu-
(11, 74, 1336). Prueba indiscutible, como observa José Manuel mentos publicados por ellos proceden o bien de los archivos públicos (Si-
Martín Morán, de que, <<tras los dos autores que hasta entonces mancas, Sevilla, Madrid) o bien de los parroquiales y notariales. Se refieren,
han venido narrando las gestas de don Quijote, se esconden en su mayoria, al cautiverio de Cervantes, a las comisiones que desempeñó
otros tantos desdoblamientos de un narrador incógnito que, sin durante su estancia en Andalucía, y a sucesos particulares de su vida exter-
gran esfuerzo por nuestra parte, podemos identificar con el na, tales como el asunto Ezpeleta, ocurrido en Valladolid en 1605. En cam-
bio, muy escasos son los que arrojan alguna luz sobre su carrera de escritor,
propio Cervantes». por no decir nada de su personalidad. Otro tanto puede decirse del material
¿En qué estriba, entonces, la fascinación que ejerce, sobre descubierto y publicado por Luis Astrana Marín en su monumental biografía.
nosotros, aquel narrador escondido? Probablemente en que el Lo que se echa de menos, sin la menor duda, es una presentación me-
autobiografismo del Quijote, aun cuando no llegue a iluminar tódica y comentada de estos documentos. Ésta fue esbozada hace ya años
del todo un perfil perdido, nos permite, eso sí, reconocer en- por James Fitzmaurice Kelly, Cervantes Saavedra. A Memoir, Oxford Uni-
VIDA Y LITERATURA LXVII LXVIII PRÓLOGO

versity Press, 1913 (obra ampliada y traducida luego al castellano: Miguel - La actuación de Cervantes en Lepanto, el 7 de octubre de 1571 (Ma-
de Cervautes Saavedra. Rese1ia documentada de s11 vida, Oxford University rio Penna, «Il "lugar del esquife". Appunti cervantini», A1111ali della Facolta
Press, 1917). Las recopilaciones más recientes son las que debemos a di Lettere e Filosofia della Universita degli Studí di Pemgia, 11, 1964-1965, pp.
Krzysztof Sliwa, Docu111e11tos de Mig11el de Cerva11tes Saavedra, Eunsa, Pam- 213-288).
plona, 1999, y Doc11111e11tos cervantinos. Nueva recopilación, lista e índices, Pe- - La captura de la galera Sol, en 1575, por corsarios argelinos (Juan Bau-
ter Lang, Nueva York, 2000. tista de Avalle-Arce, «La captura de Cervantes», &letín de la Real Academia
Carecemos asimismo de una biografía crítica digna de este nombre; la Espaiiola, XLVIII, 1968, pp. 237-280; reed. en Nuevos deslindes cervantinos,
mayoría de las Vidas de Cerva11tes son, en efecto, relatos novelados, entre los Ariel, Barcelona, 1975, pp. 277-333).
cuales el más ameno sigue siendo el de Francisco Navarro y Ledesma, El in- - El cautiverio de Cervantes en Argel, entre 1575 y 1580 (Emilio Sola y
genioso hidalgo Miguel de Cerva11tes Saavedra. S11cesos de s11 vida ... , Imprenta José F. de la Peña, Cervantes y la Berbería, Fondo de Cultura Económica, Mé-
Alemana, Madrid, . 1905 (reed. Espasa-Calpe, Colección Austral 401, Bue- xico-Madrid, 1995; Alberto Sánchez, «Revisión del cautiverio cervantino en
nos Aires, 1944). La ya mencionada obra de Luis Astrana Marín, Vida ejem- Argel», Cerva11tes, XVll, 1997, pp. 7-24; María Antonia Garcés, Ce,vantes in
plar }' heroica de Mig11e/ de Cervantes Saavedra, Imprenta de Reus, Madrid, Algiers. A Captive's Tale, Vanderbilt University Press, Nashville, 2002).
1948-1958, 7 vols., es muy discutible en su método y adolece de varios pre- - Las relaciones entre Cervantes y Lope de Vega a partir de 1604 (Nico-
juicios, pero reúne una suma considerable de informaciones, a veces inédi- lás Marín López, «Belardo furioso: una carta de Lope mal leída», Anales Cer-
tas, y constituye por ello una referencia insustituible. Existe un índice de va11tinos, XII, 1973, pp. 3-37; reed. en Estudios literarios sobre el Siglo de Oro,
este libro, que se ha publicado en microfilm: Phyllis S. Emerson, lndex of Universidad de Granada, 1988, pp. 317-358).
Astrana Marí11's "Vida ejemplar y heroica de Míg11el de Cervantes», 1vítl1 a Cliro- - El posible viaje de 1610 a Barcelona, con motivo de la partida del con-
nology of Cervantes' LJfe, Erasmus Press, Lexington, 1978. Es de .desear que de de Lemos a Nápoles (Martín de Riquer, Cervantes en Barcelona, Sirrnio,
se publique en España en forma de libro. Entre las biografias posteriores que Barcelona, 1989; ahora en Para leer a Cerva11tes, El Acantilado, Barcelona,
aspiran a mayor rigor, las más recientes son: Jean Canavaggio, Cervantes. En 2003, pp. 283-387).
busca del perfil perdido, trad. española en Espasa-Calpe, Madrid, 1987 (ed. re- - La identidad del misterioso Avellaneda, autor del Quijote apócrifo de
visada, 1997), y Antonio Rey Hazas y Florencio Sevilla, Vida de Cervantes, 1614 (Martín de Riquer, Cervantes, Passa111011te y Avellaneda, Sirrnio, Barce-
Alianza, Madrid, 1995. Para un bosquejo de las cuestiones metodológicas lona, 1988; reed. en Para leer a Cervantes, El Acantilado, Barcelona, 2003,
planteadas por esta labor, nos permitimos remitir a Jean Canavaggio, «Cer- pp. 387-535; y Alfonso MartínJiménez, El <1Quijote» de Ceivantes y el «Qui-
vantes en su vivir: ¿un arte nuevo para una nueva biografia?», Miguel de Cer- jote» de Pasamonte, una imitación redproca, Centro de Estudios Cervantinos,
vantes: la invención poética de la novela modema, en Antliropos, XCVIII-XCIX Alcalá de Henares, 2001).
Uunio-agosto de 1989), pp. 41-48. - La supuesta carta de Cervantes a su protector, el cardenal Sandoval y
Aportaciones recientes sobre la familia de Cervantes son el artículo de Rojas, fechada en 26 de marzo de 1616, la cual resulta ser una falsificación
KrzysztofSliwa y Daniel Eisenberg «El licenciado Juan de Cervantes, abue- del siglo x1x, obra probable de Adolfo de Castro (Antonio Rodríguez-Mo-
lo de Miguel de Cervantes Saavedra», Cervalltes, XVIl (1997), pp. 106-114; ñino, «La carta de Cervantes al cardenal Sandoval y Rojas», Nueva Revista
los de Sliwa «La supuesta hidalguía de Rodrigo de Cervantes, padre del au- de Filología Hispánica, XVI, 1962, pp. 81-89).
tor del Quijote•, Volver a Ce,vantes. Actas del IV Congreso Intemacional de la
Asocíació11 de Cervantistas, Universitat de les Illes Balears, Palma de Mallorca, A fin de cuentas, poco se puede añadir, hoy en día, al ponderado «Estado
2001, pp. 131-138, «La dualidad de Leonor de Cortinas, madre de Miguel actual de los estudios biográficos• establecido por Alberto Sánchez hace más
de Cervantes Saavedra», Actas del XII/ Co11greso de la Asociación lntemadonal de veinte años (en J.B. de Avalle-Arce y E.C. Riley, Suma cerva11tina, Ta-
de Hispanistas, Castalia, Madrid, 2000, 1, pp. 758-763, e «Hija y nieta de Mi- mesis, Londres, 1973, pp. 3-24) y, para decirlo con palabras de Américo
guel de Cervantes Saavedra, Isabel de Cervantes y Saavedra e Isabel Sanz», Castro todavía válidas, «la biografia de Cervantes está tan escasa de noticias
Actas del VIII Coloq11io l11temacional de la Asocíaci611 de Ce1va111isras, Ediciones como llena de sinuosidades» (Cervantes y los casticismos espa,ioles, Alfaguara,
Dulcinea del Toboso, El Toboso, 1999, pp. 267-274; el de Eisenberg «El Madrid, 1967, p. 169n).
convenio de separación de Cervantes y su mujer Catalina», A11ales Ceivallli-
nos, XXXV (1999), pp. 143-149; y el de Manuel Andrino •Luis de Molina, 2. Ofrecemos a continuación las fuentes bibliográficas que amplían las cues-
yerno de Cervantes», Gazeta de los Notarios, XCII (agosto-septiembre de tiones tratadas en el presente capítulo. Otras se encontrarán en el listado de
1997), pp. 8-10. las obras de referencia citadas con más frecuencia en el Resumen cronológico
He aquí, por otra parte, los episodios biográficos que, en los últimos de la vida de Cervantes que figura como apéndice a continuación de este Pró-
treinta años, mayor interés han suscitado: logo.
VIDA Y LITERATURA LXIX LXX PRÓLOGO

Acerca de la posibilidad de rastrear datos biográficos en las obras de Cer- No nos incumbe traer a colación los numerosos estudios dedicados a los
vantes véase nuestro Ce1va11tes, Espasa-Calpe, Madrid, 2003•, pp. 17-22, así narradores ficticios del Quijote. Baste señalar, entre las contribuciones más
como «Hacia la nueva biogratia de Miguel de Cervantes», en Cen,a11tes en- sugestivas, las páginas que les dedica José Manuel Martín Morán en El
tre vida y creación, Centro de Estudios Cervantinos, Alcalá de Henares, 2000, «Q11ijote» en ciernes, Dell'Orso, Turin, 1990, pp. 107-197. En relación a la
pp. 17-31. etimología del nombre de Cide Hamete Benengeli, véase S. Bencheneb y
La disconformidad de Cervantes con respecto a la ·técnica narrativa del Ch. Mar~illy, «Qui était Cide Hamete Benengeli?», Mélanges o.fferts aJea11
G11zmán de Aifaracl,e es analizada por Claudio Guillén en «Luis Sánchez, Sarrailh, Editions Hispaniques, París, 1966, 1, pp. 97-II6.
Ginés de Pasamonte y los inventores del género picaresco», reed. en El pri- En torno a la reconstrucción del ideario de Cervantes a partir de sus
mer Siglo de Oro. Est11dios sobre géneros y modelos, Crítica, Barcelona, 1988, obras, hay que recordar la labor en 1925 de Américo Castro, quien operó,
pp. 197-21 l. con El pmsamiento de Cervantes, algo parecido a una revolución copernica-
Remitimos a los estudios de Américo Castro, especialmente Cervantes y na en los estudios cervantinos. Medio siglo más tarde, en el prólogo a la
los casticismos espa1ioles, Alfaguara, Madrid, 1966, para la hipótesis sobre la su- nueva edición de esta obra, publicada en 1972, concedía que, «después de
puesta ascendencia conversa atribuida a Cervantes. Amén de que el autor todo, algo se dice en ella de Cervantes y del Q11ijote». Pero se mostraba más
del Quijote no adujo nunca pruebas de su limpieza de sangre, no debe ex- que reservado ante un libro que hubiera querido rehacer y que a su juicio
cluirse que tuviera a conversos entre sus antepasados: recuérdese que Juan ordenaba de modo arbitrario un ideario cervantino abstracto, desprendi-
de Cervantes, su abuelo paterno, casó con una Torreblanca, perteneciente do de la •textura literaria» de las obras aprovechadas como material de in-
a una familia de médicos cordobeses. Pero otra cosa es hacer de esta ascen- vestigación (A. Castro, El pensamiento de Cen,antes, Noguer, Barcelona,
dencia una clave explicativa de su «diferencia» y de su creación, como pre- 1972, pp. 7-8).
tende, por ejemplo, Rosa Rossi en su controvertido Asco/tare Cen,antes. Sag- La retórica de algunos discursos de don Quijote y su posible reflejo de
gio biogrlf,co, EdiJori Riuniti, Roma, 1987 (trad. española, Ce,vantes. Un ideas cervantinas es analizada por Anthony Close, «Don Quixote's sophistry
ensayo biográfico, Ambito, Valladolid, 1988). . . ·· and wisdom», Bulletin of Hispanic Studies, LV (1978), pp. 104-II1.
Sobre la presencia del yo cervantino en su obra, véase nuestro «Cervan- Entre los numerosos trabajos dedicados a la historia de Ruy Pérez de Vied-
tes en primera persona», en Cen,antes entre vida y creación, cit., pp. 65-72, y, ma (Quijote, I, 39-41), véase, sobre su trasfondo histórico, el artículo pionero
con mayor amplitud de miras, Miche1 Moner, Cen,antes conte11r. Écrits et pa- (aunque en varios aspectos discutible) :de Jaime Oliver Asín, «La hija de Agi
ro/es, Bibliotheque de la Casa de Velázquez, Madrid, 1989. Morato en la obra de Cervantes», Boletín de la Real Academia Espaiiola, XXVII
La alusión, en el prólogo de la Primera parte del Quijote, a la cárcel en la (1947-1948), pp. 245-339. Desde un enfoque más amplio, merece leerse el
que se engendró la obra fue entendida denotativamente por Hartzenbusch, rico y sugestivo estudio de Francisco Márquez Villanueva, «Leandra, Zoraida
a mediados del siglo pasado, quien creyó que se ubicaba en Argarnasilla de y sus fuentes francoitalianas», en Personajes y temas del «Quijote», Madrid, Tau-
Alba y allí transportó todo el material de imprenta requerido para su edi- rus, 1975, pp. 92-146.
ción del Quijote. Otros han propuesto identificarla con la de Castro del Río, Acerca de las apreciaciones de Ruy Pérez de Viedma sobre «un soldado es-
donde Cervantes estuvo preso en 1592, o, más plausiblemente, con la Cár- pañol ... tal de Saavedra» (Quijote, I, 40, 507), compañero suyo, nótense las
cel Real de Sevilla, donde permaneció varios meses en 1597-1598. Pero no coincidencias con el autor de la Topogriifla e l,istoria general de Argel, publicada
debe excluirse un uso metafórico de esta palabra, acorde con la tradición en Madrid en 1612, a nombre de Diego de Haedo, y reeditada moderna-
cancioneril. Cualquiera que sea su significado, cabe observar que el Quijote mente (Bibliófilos Españoles, Madrid, 1929, 3 vols.). Esta obra fundamental
de 1605 se dice engendrado, o sea, concebido, y no escrito, en dicha cárcel. ha sido atribuida, con buenos argumentos, al doctor Antonio Sosa, compa-
La apreciación de Maurice Molho acerca del prólogo de la Primera par- ñero de cautiverio del manco de Lepanto. Véase George Camamis, Estudios
te del Quijote se encuentra en «Texte/paratexte: Do11 Quid,otte», en M. Mo- sobre el cautiverio e,1 el Siglo de Oro, Gredos, Madrid, 1977; Emilio Sola, «Mi-
ner, ed., Le livre et l'éditio11 da11s le 111011de l1ispa11iq11e (xvt-xx siecles). Pmtiques guel de Cervantes, ·Antonio de Sosa y África», en Adas del 1 E11mentro de la
et disco11rs parate:,;t11els, Université Stendhal, Grenoble, 1992, pp. 99-100. De Asodación de Ce1vantistas, Anthropos, Barcelona, 1990; Mohamed Mounir Sa-
los estudios dedicados a los exordios que encabezan sendas partes de la no- lab, El Doctor Sosa y la «Topogriifla e Historia General de Argel», UAB, Barcelo-
vela, merece destacarse Américo Castro, «Los prólogos al Quijote», en Hacia na, 1991. Posición distinta es la de Daniel Eisenberg, «Cervantes, autor de la
Ce,vnntes, Tauros, Madrid, 196?3, pp. 262-301, así como Mario Socrate, Topogroj[a e historia general de Argel publicada por Diego de Haedo», Cen,antes,
Prologhi al «Don CJ,isciotte», Marsilio, Venecia, 1974. Sobre la carta de Lope XVI (1996), pp. 32-53. El Diálogo de los mártires de Argel, incluido en la Topo-
de Vega y su recta interpretación, véase Nicolás Marin, «Belardo furioso. groj[a, ha sido editado a nombre del doctor Sosa por E. Sola y J.M. Parreño
Una carta de Lope mal leída•, en sus Est11dios literarios sobre el Siglo de Oro, (Madrid, 1990). En opinión de Sosa, «del cautiverio y hazañas de Miguel de
ed. A. de la Granja, Universidad de Granada, 1988, pp. 317-358. Cervantes pudiera hacerse particular historia» (f. 185 de la edición original y
VIDA Y LITERA TURA LXXI LXXII PRÓLOGO

p. 165 del tomo III de la reedición de 1929). Ya anteriormente a este inten- transportado a ella y expiró a los dos días. En el proceso incoado a raíz de
to de atribución se había sugerido que, entre las fuentes utilizadas en la ela- este misterioso asunto, quedó Cervantes implicado con los suyos, viniendo
boración de esta obra, tal vez figurasen informes debidos a Cervantes, cuyo sus hermanas y su hija a ser blanco de malintencionadas declaraciones. Véase
segundo intento de evasión se relata aquí con todo detalle. Para un balance de Jean Canavaggio, «Nueva aproximación al proceso Ezpeleta», Actas del Ho-
conjunto del papel desempeñado por Cervantes durante estos acontecimien- menaje de los Cewantistas a José Maria Casasayas, Argamasilla de Alba, no-
tos, véase el citado libro de E. Sola y José F. de la Peña Ce,v1111tes y /11 Beroerfa. viembre de 1995; también en Cervantes, XVII (1997), pp. 25-45.
La interpretación referida a los motivos, en el plano social y simbólico, En relación con la combinación de alegoría y autobiografismo en el Viaje
por los cuales Cervantes adopta el apellido de Saavedra procede de Louis del Pamaso, véase Jean Canavaggio, «La dimensión autobiográfica del Viaje del
Combet, Cervantes 011 les i11certit11des d11 désir, 1111e approc/re psyc/rostmct11relle de Pamaso», en Cervantes entre vida}' creación, cit., pp. 73-83.
l'oe11vre de Cervantes, Presses Universitaires de Lyon, 1980, pp. 553-558; pue- La cita de la continuación de Avellaneda se ha tomado de la edición de
de verse también María Antonia Garcés, «Los avatares de un nombre: Saa- Martín de Riquer, Seg1111do tomo del ingenioso /,idalgo don Quijote de la Mancha,
vedra y Cervantes», Revista de Liter11t11r11, LXV (2003), pp. 351-374. Entre los Espasa-Calpe, Madrid, 1972, I, p. 12. Sobre la identificación de Avellaneda
personajes de ficción cervantinos, reciben el nombre de Saavedra, además con Pasamonte, véase el ya citado estudio de Martín de Riquer, Cewa11tes,
del ya mencionado «soldado español ... tal de Saavedra», uno de los cauti- P11ssamo11te y Avella11ed11. Esta hipótesis ha sido discutida por Edward C. Ri-
vos de El trato de A1gel y d protagonista de El gallardo esp111iol. ley, «¿Cómo era Pasamonte?», Actas del III Congreso Internacional de la Asocia-
Las aportaciones de Maxime Chevalier acerca de los motivos tradiciona- ci6n de Cen>antistas, Universitat de les Illes Balears, Palma de Mallorca, 1998,
les en la historia del cautivo se encuentran en «El Calltivo entre cuento ,y pp. 85-96; la han defendido con nuevos argumentos Alfonso Jiménez Mar-
novela», Nueva Revista de Fi/olog(a Hispánica, XXXII (1983), pp. 403-411. tínez, El <•Q111jote» de Cervantes y el <1Q11ijote» de Pasamonte. Una imitación recf-
La figura de Agi Morato, cl1a11z (o 'enviado') del Turco, queda reflejada proca, Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos, 2001, y Helena
en las «Respuestas de Juan Pexón, Mercader de Valencia, a lo preguntado Percas de Ponseti, «Un misterio dilucidado: Pasamonte fue Avellaneda», Cer-
por el Duque de Gandía» (abril-mayo de 1573), Simancas Eº 487, citado en vantes, XXII [1) (2002), pp. 127-154.
Jean Canavaggio, «Agi Morato entre historia y ficción», Cr(tirn Hispá11ica, Las apreciaciones de José Manuel Martín Morán acerca de los desdobla-
XI, 1-2 (1989), pp. 17-22. Véase también E. Sola y José F. de la Peña, Cer- mientos del narrador identificables con el propio Cervantes se encuentran
vantes y /11 Berberia, cit., pp. 218-275. Sobre la figura histórica de Agi Mora- en El Quijote en ciemes, cit., p. 167.
to téngase en cuenta, además del estudio citado de Maxime Chevalier, otro
trabajo nuestro, oLe "vrai" visage d' Agi Morato», Hommage aLo11is Um,tia,
Les La11g11es Néo-l11ti11es, CCXXXIX (1980), pp. 23-38.
La opinión de Miguel de Unamuno, que matizamos, sobre el escrutinio
de la biblioteca se encuentra en Vida de Do11 Q11ijote y S1111cho, ed. Alberto
Sánchez, Cátedra, Madrid, 1988, p. 192.
Acerca de la poética cervantina, véase Edward C. Riley, Cerv1111tes' T/1eory
of t/re Novel, Oxford University Press, 1962 (trad. española, Teo1{11 de la 11ovela
e11 Cerv1111tes, Tauros, Madrid, 1966).
El comentario más sugestivo de los capítulos 47 a 50 del Quijote sigue sien-
do el de Alban K. Forcione, en Ce1va11tes, Aristotle a11d tl1e <1Persiles», Prince-
ton University Press, 1970, pp. 91-130.
En cuanto a la implicación de Cervantes en la muerte de Gaspar Gómez
de Ezpeleta, véase nuestro Cen>a11tes, pp. 249-254. Se conservan las declara-
ciones tomadas por el juez en el manuscrito núm. 1 de la colección de la
Real Academia Española, publicado por Ramón León Máinez e incluido
más tarde por Cristóbal Pérez Pastor en sus Doc11111e11tos cewa11ti11os hasta a/10-
ra inéditos, cit., 11, pp. 454-537. Véase el resumen que da Luis Astrana Ma-
rin de este documento en su Vida ejemplar y /reroica de Miguel de Cerv1111tes
S1111vedra, Instituto Editorial Reus, Madrid, VI, 1º, 1956, pp. 93-105. Heri-
do de muerte a las puertas de la casa del escritor, el 27 de junio de 1605, a
consecuencia de una expedición amorosa nocturna, Gaspar de Ezpeleta fue
LXXIV PRÓLOGO

yo de un autor (sus experiencias, opiniones, etc.) y la máscara o


2. CERVANTES: PENSAMIENTO, personalidad ficticia que asunúa dentro de su obra, y no com-
PERSONALIDAD, CULTURA partían los escrúpulos que hoy en día nos impiden saltar de ésta
a aquél. Innumerables textos del Siglo de Oro fueron com-
Anthony Close puestos, en todo o en parte, con un propósito autorevelador: la
novela pastoril en conjunto, la Vida de Marcos de Obregón de Vi-
cente Espinel, La Doro tea de Lope de Vega ... Los escritos cer-
Son evidentes los riesgos que comporta el intento de esbozar, vantinos no deben sustraerse de la lista; Suárez de Figueroa, en
en pocas páginas, nada más y nada menos que una imagen de un pasaje de El pasdjero (1617), y pensando sin duda en la his-
la personalidad, el pensamiento y la cultura de Miguel de Cer- toria del capitán cautivo (Quijote, I, 39-42), ironiza incluso so-
vantes. En primer lugar, tal designio se enfrenta con el mismo bre el hábito de Cervantes de convertir sus vivencias en mate-
tipo de tropiezos que dificultan la labor de los biógrafos de ria de ficción. De todas las obras cervantinas, el Quijote es la que
Cervantes: las numerosas etapas oscuras en su currículum, que más claramente deja constancia de haber sido compuesta con
nos impiden conocer con suficiente detalle sus estudios, lectu- espíritu de compromiso personal: la Primera parte es un apa-
ras y relaciones literarias; la falta de testimonios íntimos y di- sionado credo estético, cuyas implicaciones rebasan con mucho
rectos de su ideario y personalidad. ¡Ojalá tuviéramos un co- el marco caballeresco; la Segunda constituye un homenaje lú-
pioso epistolario cervantino, como el dirigido por Lope de dico pero sentido al triunfo popular de los dos héroes, y, por
Vega al duque de Sessa, o algún tratado político o moral, como extensión, a la genialidad de su concepción. Incurriríamos,
los que manaron de la pluma de Quevedo! Nuestro empeño, pues, en un anacronismo perverso si renunciáramos a ver al
además, puede parecer temerario si se tiene en cuenta la idea hombre tras su obra, ya que está instalado de modo manifiesto
de la ambigüedad de Cervantes como aspecto ineludible de su dentro de ella.
profundidad; convertida en tópico desde la publicación en Empecemos con la cultura literaria de don Miguel, tema que
1925 de El pensamiento de Cervantes de Américo Castro, En otro fue tratado por Marcelino Menéndez Pelayo en una conferen-
capítulo del presente prólogo me ocupo del impacto funda- cia magistral de 1905, y posteriormente por Américo Castro,
mental del citado libro sobre la crítica cervantina posterior. Las Marcel Bataillon, Armando Cotarelo, Arturo Marasso, Agustín
reacciones divergentes que suscitó, junto con el hecho de que G. de Amezúa y Mayo, Edward C. Riley, Alban Forcione,
la teoría literaria moderna haya puesto de moda el insistir ma- Francisco Márquez Villanueva, Maxime Chevalier y, de un
chaconamente en lo escurridizo del yo del autor literario, no modo u otro, por cuantos han investigado las deudas de Cer-
han hecho más que reforzar el tópico. vantes con el pensamiento «ilustrado» del siglo XVI, condena-
Sin embargo, si queremos comprender históricamente a Cer- do a la clandestinidad por la ortodoxia predominante. A pesar
vantes y su época, nos conviene abandonar semejantes preven- de no haber cursado estudios universitarios, circunstancia que
ciones, pues uno y otra se habrían extrañado de nuestra actitud explica el habérsele puesto en vida la etiqueta de ingenio lego
de perplejidad reverencial ante el Quijote y su autor. El juicio de (es decir, persona sin conocimiento de las lenguas y disciplinas
Sansón Carrasco sobre la Primera parte es tajante al respecto: doctas), Cervantes fue alumno destacado del Estudio de la Vi-
«es tan clara, qué no hay cosa que dificultar en ella: los niños lla de Madrid, regentado por el maestro López ·de Hoyos,
la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los quien, en un libro compuesto para conmemorar la muerte y
viejos la celebran» (II, 3, 7u). Además, en aquellos tiempos, exequias de la tercera esposa de Felipe 11, lo califica de «nues-
los hombres solían dar por sentada la relación directa entre el tro caro y amado discípulo». Desconocemos el programa de es-
tudios preuniversitarios que se impartían en esa institución o en
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PENSAMIENTO, PERSONALIDAD, CULTURA LXXV LXXVI PRÓLOGO

otras escuelas a las que Cervantes asistiera antes. Pero cabría su- do, le atribuye cualidades muy distintas: una inteligencia olím-
poner que no difería mucho de la ratio studiorum de los jesuitas, picamente superior, un vaivén ambiguo entre la afirmación
cuya escuela sevillana es calurosamente elogiada en el Coloquio trascendental y la negación materialista, la cautelosa disimula-
de los perros. El programa incluía el estudio intensivo de la gra- ción de su escepticismo bajo una capa de hipocresía, una pro-
mática latina, prolongado durante años, junto al examen de funda familiaridad con las corrientes más avanzadas e ilustradas
autores y textos: las cartas de Cicerón, las comedias de Teren- del humanismo europeo. Con estos materiales, según Castro,
cio, las églogas de Virgilio, las Epistolae ex Ponto y los Tristia de Cervantes forja un sistema ético que, plasmado en forma no-
Ovidio, fragmentos de Séneca y de Salustio. El último año, se velesca más bien que teórica, rivaliza en belleza y originalidad
dedicaba a la enseñanza de la composición latina, la poética y con el de Montaigne y demuestra el mismo sesgo racionalista y
la retórica, basada en el De copia y De conscribendis epistolis de secular. Los elementos constitutivos del sistema se hallan tanto
Erasmo, el Ars poetica de Horacio, las oraciones y las Tusculanae en los escritos menores como en los mayores y confonnan un
disputationes de Cicerón, la Retorica ad Herennium y partes de la mosaico coherente e inteligentemente pensado. El cervantismo
lnstitutio oratoria de Quintiliano. El aprendizaje de Cervantes en posterior a 1925, embelesado por esa visión audaz e innovado-
las lenguas clásicas no sería desaprovechado posteriormente: se ra del pensamiento cervantino y atraído por la manera en que
manifiesta en el sesgo académico de su .teoría literaria y en su se anticipaba al relativismo, agnosticismo y liberalismo del siglo
gusto por el estilo característico de los prosistas más destacados xx, aceptó, y sigue aceptando, algunas de las tesis principales
de la segunda mitad del siglo xv1, con la tendencia a reprodu- de Castro; fundamentalmente, las relativas al perspectivismo de
cir la ampulosidad, sonoridad y simetría de la oratoria cicero- Cervantes y a su hábito de reflexión crítica y consciente sobre
niana.· Tal estilo es típico sobre todo de La Ca/atea y de la Pri- todos los aspectos de su arte. No obstante, ha rechazado la ten-
mera parte del Quijote (discurso de las armas y las letras, de la dencia a convertirlo en precursor del racionalismo europeo del
Edad de Oro, etc.). Aunque tanto Menéndez Pelayo como siglo xvn, con la consiguiente secularización y ampliación in-
Marasso adjudican a Cervantes un dominio razonable del latín, verosímil de sus horizontes intelectuales.
hay que añadir que también estaría familiarizado con las tra- Hasta fechas relativamente recientes, los estudios que han se-
ducciones de los textos antiguos que más directamente influye- guido los derroteros de El pensamiento de Cervantes, intentando
ron sobre su obra: la Eneida, recordada con frecuencia en el vincular el ideario cervantino con tradiciones contrarias a las de
Quijote y traducida por Hemández de Velasco; la Odisea y la la España postridentina, se han centrado sobre todo en la he-
Historia etiópica de Heliodoro, modelos del Persiles, en las tra- rencia intelectual y espiritual de Erasmo de Rotterdam (1469?-
ducciones, respectivamente, de Gonzalo Pérez y Femando de 1536), es decir, en la aspiración a armonizar el cristianismo con
Mena; las sátiras de Luciano (de las que existían numerosas ver- los estudios humanísticos y el Sermón de la Montaña con la
siones latinas), el Asno de oro de Apuleyo (fue muy leída la tra- moral socrática y estoica, para llevar a cabo de acuerdo con es-
ducción de Diego López de Cortegana) y las fabulas de Esopo tos ideales una reforma radical de la vida cristiana en todas sus
(cuya primera edición vernácula data de 1488), que han dejado esferas: eclesiástica, política, laica, pedagógica. Los conocidos
su huella en el Coloquio de los perros. ataques satíricos de Erasmo al materialismo de la Iglesia de
Si pasamos de la Antigüedad al Renacimiento, se enturbia, Roma y a su obsesión por el simbolismo externo del culto fue-
por las razones aludidas, el panorama de la formación intelec- ron aspecto integrante de este programa. Los aludidos estudios
tual y.literaria de nuestro autor. Destrozando la imagen de un incluyen los trabajos de Marce! Bataillon, Francisco Márquez
Cervantes inconscientemente genial e intelectualmente vulgar, Villanueva y Alban Forcione. Todos estos críticos, a pesar de
que había sido trazada por Menéndez Pelayo en su Historia de su admiración declarada por El pensamiento de Cervantes, reac-
las ideas estéticas en Espaiia, Américo Castro, en el libro ya cita- cionan en parte contra él esforzándose por ofrecer versiones
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más matizadas y precisas de las deudas intelectuales y literarias desde la época de los cancioneros hasta comienzos del siglo
de Cervantes o bien por reducir su inconformismo a dimen- xvn, con Garcilaso de la Vega a la cabeza; varios líricos italia-
siones proporcionadas al contexto ideológico circundante. nos, como Petrarca, Bembo, Tansillo, a quienes cita en sus
Con todo, incluso esas aplicaciones moderadas de las leccio- obras; LA Celestina (1499) de Femando de Rojas y sus imita-
nes de Castro incurren en interpretaciones que pecan por ex- ciones; el LAzarillo de Tormes (1554); el Guzmán de Alfarache
ceso de sutileza. Ello se debe a que en el Siglo de Oro español (1599, 1604) de Mateo Alemán; entre los poemas heroicos, LA
estaba rigurosamente censurado todo lo que suponía una ame- Araucana de Alonso de Ercilla (1569) y el Orlando furioso de
naza para los ritos, dogmas e instituciones de la Iglesia católica Ariosto (1516); Rodríguez de Montalvo, Amad{s de Gaula
y, además, los residuos de pensamiento erasmista que pueden (1508); Joan Martorell, Tirante el Blanco (traducción castellana
tal vez hallarse en los escritos de Cervantes y sus coetáneos co- de 15u); Jorge de Montemayor, LA Diana (hacia 1559); Gas-
bran un sentido muy distinto al que tenían medio siglo antes par Gil Polo, Diana enamorada (1564); el teatro español de su
por estar encuadrados en un contexto ideológico postridentino. tiempo, en especial el de Lope de Vega; los novellieri italianos
Acaso por estos motivos la tendencia a liberalizar el pensa- y, sobre todo, Boccaccio (mediados del siglo x1v) y Bandello
miento cervantino ha tomado en años recientes, aproximada- (mediados del xv1); el Ca/ateo español de Gracián Dantisco
mente desde 1980, caminos distintos: los críticos han abando- (popularísimo libro de etiqueta, publicado hacia 1586); la Bi-
nado la cantera erasmista, quizá agotada, para explotar otras, blia; los Diálogos de Amor de León Hebreo (tres traducciones
incluidas las teorías de Bajtín sobre el diálogo novelístico, su españolas en el siglo xv1); las obras de Antonio de Guevara,
naturaleza polifónica y su relación con el espíritu subversivo del incluidas las Epístolas familiares (1539); la Philosoph{a antigua po-
mundo al revés carnavalesco. ética de Alonso López Pinciano (1596); libros didácticos o de
Con las observaciones anteriores, no tengo el propósito de misceláneas, como la Historia natural de Plinio, la Silva de varia
hacer de Cervantes un pacato partidario de la Contrarreforma, lección, de Pero Mejía (1540), y tal vez la Miscelánea de Luis Za-
ni dar a entender que aceptase sin reservas el régimen político pata (hacia 1590) en alguna versión manuscrita; libros de his-
de la época en que le tocó vivir. Mi objetivo es, sencillamen- toria y biografías, como los citados por el canónigo de Toledo
te, sugerirle al lector que la grandeza esencial de Cervantes -su en el Quijote (I, 49). Entre los nombres de autores, conviene
tolerancia y humanidad, su capacidad para cuestionar nuestras destacar dos, ya que Cervantes parece distanciarse de ellos:
certezas e identificar rasgos perennes de la psicología humana, Lope de Vega y Mateo Alemán. La enemistad literaria entre
su incomp~rable estilo- no quedaría explicada en el fondo, ni Cervantes y Lope por un lado, y entre Cervantes y Alemán
a mi entender aumentaría en un ápice, si de repente descubrié- por otro, ha sido comentada a menudo, y a mi ver exagerada.
ramos milagrosamente que tenía ascendencia judía, aborrecía el El ejemplo de Lope no sóló induce a Cervantes a plegarse a las
régimen de Lerma y el Santo Oficio y poseía una biblioteca normas de la comedia nueva en sus Ocho comedias -pese a la
atestada de ediciones de Erasmo, Montaigne, Giordano Bruno, censura severa a los desmanes artísticos del lopismo puesta en
Pomponazzi, etc. Creer lo contrario es en cierta medida repe- boca del cura (Quijote, I, 48)-, sino que le brinda una fuente
tir el error de los críticos esotéricos del siglo XIX, como Díaz de fecunda de situaciones y personajes para sus novelas románti-
Benjumea, que presentaban a Cervantes como precursor del cas, que pudieran calificarse, modificando ligeramente una fra-
republicanismo librepensador. se de Avellaneda, de «comedias de capa y espada en prosa» (en
¿Cuáles eran, pues, las lecturas de Cervantes? .Con la caute- el prólogo a la continuación espuria del Quijote se lee: «Con-
la que exige cuestión tan controvertida, ofreceré una lista de téntese con su Ca/atea y comedias en prosa, que eso son las
sus libros de cabecera o de los que ayudaron de manera deci- más de sus novelas»). Para poner de relieve la importancia de
siva a moldear su pensamiento y arte: toda la lírica española, la deuda de Cervantes con Alemán, basta apuntar que todas
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PENSAMIENTO, PERSONALIDAD, CULTURA LXXIX
sino q~e incluye también las orales y folclóricas, además de
las obras cervantinas famosas del decenio 1600-1610 .,-la Pri-
todo tipo de prácticas sociales y usos cotidianos. Por su des-
mera parte del Quijote, Rinconete y Cortadillo, el Coloquio de los
lum~rante poder de asimilación y de síntesis, el Quijote puede
perros, El celoso extremeño, El licenciado Vidriera, LA ilustre frego-
equipararse con la obra de Shakespeare.
na, LA gitanilla- mantienen una especie de dialéctica soterrada
La segunda matización consiste en observar que saber cuáles
con la obra maestra de Alemán, inspirándose en ella al tiem-
fueron los libros leídos por Cervantes nos importa mucho me-
po que atenúan su didactismo y los aspectos groseros de su
nos que saber cómo los leyó y qué partido sacó de sus lectu-
comicidad. . .. · .
ras. En un notable ensayo, Américo Castro llamó la atención
Así que la formación de Cervantes consistiría en una educa-
sobre la «literariedad>> de la obra maestra de Cervantes, es de-
ción humanística a nivel preuniversitario, a la cual se vendría a
cir, el hecho de que casi todos sus personajes se muestren ob-
añadir un autodidactismo gracias al cual adquirió un cono-
sesionados con la palabra escrita, creándola, consumiéndola
cimiento íntimo de la literatura española e italiana: poesía,
criticándola y, como el protagonista, convirtiéndola en núcle¿
ficción, teatro, historia, preceptiva literaria, obras didácticas.
de sus vivencias. Ya lo habríamos adivinado si no lo hubiera
Convendría hacer aquí dos matizaciones. La primera viene al
confesado el mismo Cervantes: «como yo soy aficionado a leer
hilo de lo expuesto por Ángel Rosenblat en LA lengua de Cer-
aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi na-
vantes, donde sostiene que el estilo del Quijote presenta una ar-
tural inclinación tomé un cartapacio de los que el muchacho
~o~~sa s~ntesi~ de lo culto y lo popular .que afirma su propia
vendía y vile c~n carácteres que conocí ser arábigos» (Quijote,
mdividuahdad Jugando burlonamente con los elementos trilla-
I, 9, 118). Aqm, en el momento de fingir el descubrimiento
dos o fosilizados de la lengua, sea cual sea su nivel de proce-
del manuscrito de Cicle Hamete Benengeli, Cervantes nos
dencia. La observación es certera en la medida en que el autor
del Quijote acoge en su libro, con indulgencia irónica, un am- ha~e .partícipes ~e su .intimi~ad y aclara el porqué del rasgo
p~mcipal de su «mgeruoso» hidalgo, cuya ingeniosidad se ma-
plio abanico de registros y sociolectos que desborda el marco
mfiesta. precisamente en su prodigiosa capacidad para articular,
de lo estrictamente literario: la germanía, chistes y cuentecillos,
entreteJ~r y, .de modo invol~ntario, parodiar registros y,, con-
los lugares comunes del habla cotidiana, satirizados por Que-
textos hterar10s. Tras la mama del héroe entrevemos la de su
vedo en su Cuento de cuentos, el lenguaj~ notarial, comercial, li-
creador, para quien la literatura es una forma de vida, no me-
túrgico, términos deljuego,juramentos e imprecaciones, el re-
ramente un ameno accesorio de ella; su misma conciencia de
franero, fórmulas. epistolares, el lenguaje rústico. Esta actitud
lo mani~o de los tópicos que maneja el hidalgo, sacados de las
corresponde a la tendencia, fundamental en el Quijote, y anun-
más vanadas fuentes, no le impide sumarse a este delirante
ciada desde su primera página, a contraponer a las quimeras
eclecticismo y deleitarse en el elegante pero absurdo derroche
exaltadas del protagonista, de inspiración arcaizante y libresca,
de citas y tropos. A propósito de la descripción quimérica de
un nivel de vida prosaico, casero y actual. Corresponde asimis-
los dos ejércitos -en realidad, dos manadas de ovejas- exclama
mo al empeño constante de Cervantes como creador: escribir
Ce1:7antes: «¡Vál?me, Dios, y cuántas provincias dijo, cuántas
literatura de entretenimiento asequible a todos, sin menoscabo
naciones .nombro, dandole a cada una con maravillosa preste-
de las reglas del arte y las exigencias del buen gusto: <<Procurad
za los atributos que le pertenecían ... !» (Quijote, I, r8, 210). La
también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se mue-
«maravillosa presteza» que aquí se aplaude, con una mezcla de
va a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el dis-
ir.onía Y_ admiración, no está motivada solamente por las remi-
creto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el
mscencias caballerescas, sino por el recuerdo de pasajes de la
prudente deje de alabarla» (Quijote, I, Prólogo, 19). Parlo tan-
!Uada (~apsodia 111), la Eneida (canto VII), Juan de Mena y tal
to, la cultura de Cervantes -y concretamente, la que cristaliza
vez Luis Zapata, de los que se nos brinda un espléndido pasti-
en su obra maestra- no se limita a las manifestaciones literarias •
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che. La literariedad del Quijote, con la actitud de autocrítica y etc.), están ideados en función del mismo. Además -y es esto
de autorreflexión que supone, es tal vez el rasgo que más lo lo que importa subrayar- demuestra la creencia de Cervantes
acerca a nuestra época; es una novela que, además de criticar en el potencial noble del ser humano si se ajusta a la provi-
otro género literario, incorpora a su propio entramado ficticio dencia divina, la razón, la naturaleza bien concertada, la expe-
los problemas planteados por dicha crítica -la «verdad de la riencia y los usos sociales, excluidos aquellos que contravienen
historia» o la verosimilitud, entre otros- junto con el proceso las normas anteriores.
de su composición y recepción. «Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho», le dice don
Volvamos a la espinosa tarea de precisar las particularidades Quijote al futuro gobernador, «serán luengos tus días, tu fama
del pensamiento de Cervantes. Para tratarla, conviene tomar será eterna, tus premios colmados, tu felicidad indecible, ca-
La Galatea como punto de partida, ya que en este libro Cer- sarás tus hijos como quisieres, títulos tendrán ellos y tus nie-
vantes desarrolla una serie de ideas destinadas a fundamentar su tos, vivirás en paz y beneplácito de las gentes>> (II, 42, 1061-
pensamiento ético en general. Como las demás novelas pasto- 1062). Hay algo de hipérbole en esta promesa y, no obstante,
riles españolas, ésta versa sobre el tema del amor y, en especial, da fe de una actitud bien distinta al pesimismo de un Gracián.
sobre la cuestión de la licitud del amor cortés -la relación No quiero decir con ello que Cervantes profese un optimis-
amorosa del cortesano con su dama-, que se remonta hasta La mo ingenuo: ni su propia experiencia de la vida ni su religión
Celestina y los cancioneros del siglo xv, pasando por la lírica se lo habrían permitido. Un aspecto fundamental de su con-
de Garcilaso y La Diana de Montemayor. Puesto que tal códi- cepto de la condición humana es el reconocimiento de los es-
go pretendía emanciparse del yugo matrimonial, constituía, de tragos causados por el pecado original. En el Coloquio de los
entrada, una flagrante infracción contra la moral cristiana y las perros, la obra en que más claramente se acusa la influencia del
convenciones sociales y, por consiguiente, suscitaba una pre- Guzmán de Alfarache, lo expresa en tonos amargos que re-
visible condena dirigida a la literatura y las prácticas sociales cuerdan los pasajes donde el pícaro pondera la bestialidad-y
que lo glorificaban. Montemayor y sus sucesores, valiéndose malicia de sus prójimos. En el Persiles impera la visión de la
de las doctrinas neoplatónicas que circulaban en las cortes y vida como peregrinación dolorosa a través de un mar insegu-
academias italianas, intentaron distinguir el buen amor de su ro en busca de bienes forjados por el engaño. Las Ocho come-
contrario: en aquél, la sensualidad quedaría sublimada en la dias, si bien con una tonalidad más risueña, complementan
contemplación de la belleza espiritual de la amada, reflejo de esta actitud presentando la mente humana como una especie
la de Dios. Cervantes, mediante el discurso de Tirsi en el libro de cueva de Montesinos donde acechan monstruos engendra-
cuarto de La Galatea, da un fundamento ortodoxo a este sue- dos por el sueño de la razón. No obstante, si Cervantes suele
ño idealizado, fundiendo la concepción neoplatónica del amor burlarse de esos monstruos en vez de tratarlos como motivo
con la teología cristiana, que afirma la santidad del matrimo- de tragedia, ello se debe a que suelen presentársele bajo el as-
nio y la bondad de los instintos naturales, siempre que éstos es- pecto de imprudencia, irracionalidad o ignorancia en que el
tén sujetos al precepto religioso y a la razón. Desde La Gala- ser humano incurre por ceguera propia. Esta actitud suya
tea hasta el Persiles y Sigismunda, Cervantes se mantiene fiel a la obedece sin duda al racionalismo, o gusto por la armonía y la
visión idealizada del buen amor como servicio puro y ardien- proporción, del que hace alarde en numerosos pasajes de su
te de la amada, servicio que, sin desacato a su honesti.dad y li- obra, como éste, extraído del capítulo sexto del Viaje del Par-
bre albedrío, aspira al matrimonio. Este ideal fundamenta su naso (vv. 49-58, f. 47v):
concepción de la relación entre los sexos en la medida en que
no sólo los amantes nobles (Elicio y Galatea, etc.), sino tam-
bién los degradados o paródicos (don Quijote y Dulcinea,
PENSAMIENTO, PERSONALIDAD, CULTURA LXXXIIl LXXXIV PRÓLOGO

je tan recurrente en las obras de Cervantes, que no puedo me-


Palpable vi, mas no sé si lo escriba, nos de inferir que se basan en el conocimiento de sí mismo. El vai-
que a las cosas que tienen de imposibles vén entre los dos móviles que acabo de ejemplificar, el racional
siempre mi pluma se ha mostrado esquiva; y el quijotesco, es una de las constantes de su creación literaria.
las que tienen vislumbre de posibles, Llegado al jardín de Apolo en el monte Parnaso, adonde ha
de dulces, de siiaves y de ciertas, acompañado a los buenos poetas de España, Cervantes sufre
explican mis borrones apacibles. una decepción humillante. Mientras a los demás poetas se les
Nunca a disparidad abre las puertas asignan asientos correspondientes a sus méritos, él es el único a
mi corto ingenio, y hállalas contino quien dejan en pie. Cervantes reclama indignado ante Apolo
de par en par la consonancia abiertas. (IV, vv. 70-87, ff. 29-29v), el cual le contesta serenamente:

Pero dicha postura obedece también a un impulso a la vez com- Vienen las malas suertes atrasadas,
plementario y contrario al anterior, que lleva a Cervantes a y toman tan de lejos la corriente,
compartir hasta cierto punto, y por ende a comprender, las fan- que son temidas, pero no excusadas.
tasías extravagantes de su personaje más famoso. El pasaje si- El bien les viene a algunos de repente,
guiente; en el primer capítulo del mismo poema (vv. 94-102, a otros poco a poco y sin pensallo,
f. 3), es esencial para la comprensión de la mentalidad cervanti- y el mal no guarda estilo diferente.
na; fundamento del retrato que de sí mismo ofrece en el Viaje, El bien que está adquirido, conservallo
está destinado a explicar por qué, a pesar de todos los inconve- con maña, diligencia, y con cordura
nientes de la empresa, ha decidido viajar al monte Parnaso en es no menor virtud que el granjeallo.
busca de la gracia poética que no quiso darle el cielo: Tú mismo te has forjado tu ventura,
y yo te he visto alguna vez con ella;
El poeta más cuerdo se gobierna pero en el imprudente poco dura;
por su antojo baldío y regalado, mas si quieres salir de tu querella ·
de trazas lleno y de ignorancia eterna. alegre, y no confuso, y consolado,
Absorto en sus quimeras, y admirado dobla tu capa y siéntate sobre ella; ·
de sus mismas acciones, no procura que tal vez suele un venturoso estado,
llegar a rico, como a honroso estado. cuando le niega sin razón la suerte,
Vayan, pues, los leyentes con lectura, honrar más merecido que alcanzado.
cual dice el vulgo mal limado y bronco,
que yo soy un poeta desta hechura. El providencialismo manifestado en este pasaje, intrínseco a la
actitud vital de Cervantes, comporta la premisa de que los alti-
Claro está, el yo de Cervantes, tal como se presenta en el Viaje bajos de la fortuna, por arbitrarios que parezcan a primera vis-
del Parnaso, es un personaje ficticio, que no puede identificarse ta, están diseñados para poner a prueba el temple moral de los
sin más ni más con el autor de carne y hueso. En cuanto al pa- mortales y desembocan, a la larga, en el castigo de los culpables
saje citado, debemos descartar como broma la manera irónica y el triunfo de los virtuosos. Por lo tanto, don Quijote y Apo-
en que rebaja su propio talento poético. Sin embargo, el ensi- lo están conformes en que «cada uno es artífice de su ventura»
mismamiento, el impulso fantaseador y la vanagloria son rasgos (Quijote, II, 66, 1276). Corolario de esta sabia sumisión al des-
tan insistentes de este yo, y concuerdan con un tipo de persona- tino es la percepción de una oscilación constante entre el bien
PENSAMIENTO, PERSONALIDAD, CULTURA LXXXV LXXXVI PRÓLOGO

y el mal en el orden cósmico -«che per tal variar natura e be- de LA fuerza de la sangre, violada brutalmente en la primera es-
lla» (el refrán italiano remata el bello soneto del libro V de La cena de la novela, muestra el mismo tipo de comprensión, ab-
Galatea: «Si el áspero furor del mar airado ... », ff. 247v-248)-, solviéndola noblemente de toda culpa: «La verdadera deshonrá
la cual exige que el hombre reaccione con ecuanimidad ante la está en el pecado, y la verdadera honra en la virtud; con el di-
buena o mala suerte, y renuncie a afanarse por parar los golpes cho, con el deseo y con la obra se ofende a Dios, y pues tú ni
de la fortuna por medios materiales, error del protagonista de en dicho, ni en pensamiento, ni en hecho, le has ofendido, ten-
El celoso extremeño. Cervantes cree, igual que Calderón, que el te por honrada, que yo por tal te tendré, sin que jamás te mire
hombre vence a la fortuna venciéndose a sí mismo. El provi- sino como verdadero padre tuyo» (Novelas ejemplares, f. 130v);
dencialismo cervantino incluye, además, una actitud racionalis- Pero el que Cervantes reconozca que la opinión social es a me-
ta que halla la virtud en un término medio entre el exceso y la nudo injusta, y lo sienta tan de veras que remata su Coloquio de _
deficiencia, fijado asimismo por la naturaleza. El pastor Damón, los perros con esta amarga reflexión, no debe tomarse como in-
puesto a juzgar cuál de las desgracias lamentadas por cuatro pas- dicio de que mirase con altivo desprecio la honra mundana. La
tores es más digna de compasión, niega su voto al pastor única perspectiva desde la que cabía tal objetividad era la vida
Orompo, que llora la muerte de su pastora. Damón se funda en monástica, por la que ni él ni la mayor parte de -sus personajes
que <da causa es que no cabe en razón natural que las cosas que muestran vocación. Sus reservas respecto a los preceptos del
está9 imposibilitadas de alcanzarse puedan por largo tiempo código del honor relativos al adulterio están compuestas, en
apremiar la voluntad a quererlas ni fatigar al deseo por alcan- partes casi iguales, por escrúpulos cristianos (<<No matarás») y
zarlas» (LA Galatea, libro III, ff. 162-162v). Y añade, con ecos por pragmatismo mundano. Este pragmatismo incluye la idea
de Garcilaso, que si bien el no llorar la pérdida de un ser ama- de que el deshonor equivale a la muerte social (Quijote, 11, 3),
do sería inhumano y bestial, el entregarse indefinidamente al la insistencia en la necesidad de evitar el escándalo (<<más lasti-
dolor supondría carecer de juicio, puesto que el discurso del ma una onza de deshonra pública que una arroba de infamia se-
tiempo cura esta dolencia, la razón la mitiga, y las nuevas oca- creta», dice el padre de Leocadia), la concepción patemalista
siones tienen mucha parte para borrarla de la memoria. La mis- del papel social de la mujer, para quien la virtud se limita, en la
ma fe en la prudente moderación se demuestra en la yuxtapo- práctica, a la obediencia y la castidad. Es cierto que este pater-
sición de don Quijote con Sancho: la temeridad y abstinencia nalismo está atenuado en parte por las exigencias de la fabula
delirantes por un lado, y la glotonería, cobardía y pereza por romántica que llevan a Cervantes, igual que a Lope, a pintar
otro, se ironizan mutuamente y apuntan al valor de la aurea me- con indulgencia a heroínas atractivas (Marcela, Dorotea, etc.)
diocritas. Dada esta exaltación de la prudencia aristotélica, hay que reclaman su derecho a decidir su destino matrimonial. En
algo de paradójico en la fascinación cervantina por los chiflados fin, el pensamiento de Cervantes sobre el honor es inteligente
y marginados de la fauna humana. y humanitario, pero concorde con las premisas comunes de su
El racionalismo ético de Cervantes, junto con su repudio ins- tiempo; las obligaciones del caballero honrado expuestas por
tintivo de 1a injusticia y la crueldad, le llevan a condenar la bar- don Quijote ante la sobrina constituirían, para el lector coetá-
barie del precepto que reza: «la mancha del honor sólo con san- neo, una doctrina sumamente equilibrada (Quijote, II, 6).
gre del que ofendió se lava», y, en general, todo tipo de El mismo pragmatismo se observa en el ámbito político y so~
venganza impulsiva. A diferencia de la mayor parte de los dra- cial. Rafael Lapesa señaló ya que las actitudes de Cervantes pa-
maturgos y novelistas españoles del siglo XVII, Cervantes, al san de un período de inconformismo e irreverencia, que com-
tratar el tema del adulterio, hace que los maridos ultrajados aca- prende la década 1595-1605 y se refleja en escritos como el
ben perdonando a sus esposas y reconociendo que ellos mismos soneto burlesco -al túmulo ornamental erigido en la catedral de
cargan con parte de la culpa. El padre de Leocadia, la heroína Sevilla para conmemorar la muerte de Felipe ll; a otro de ma-
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yor conformismo, marcado por la creciente devoción de los querer usar del oficio que por ningún caso le toca. Y has de
años postreros. Américo Castro interpretó este cambio como considerar que nunca el consejo del pobre, por bueno que sea,
un acto de renuncia a la marginación social: el rebelde que es- fue admitido, ni el pobre humilde ha de tener presunción de
cribiera el primer Quijote anunciaba, con las melosas declara- aconsejar a los grandes y a los que piensan que se lo saben todo>>
ciones de ejemplaridad del prólogo a las Novelas ejemplares, que (Novelas ejemplares, f. 273v). No obstante, lo que el Coloquio
se proponía alinearse con el orden establecido y escribir litera- cervantino pierde en especificidad, lo gana en universalidad y
tura acorde con sus valores. Pese a la simplificación de esta te- en potencial inquietante. Mediante esta parábola Cervantes da
sis, no hay duda de que el autor del segundo Quijote se nos di- a entender que el mal social no consiste meramente en una se-
rige con un acento más moderado y benigno del que adoptó rie de abusos o cabezas de turco que el satírico, encaramado en
en la Primera parte, donde dividía el mundo -sobre todo el li- su púlpito, deba fustigar con desdén objetivo; los amos dege-
terario- entre los buenos y los malos y manifestaba sus discre- nerados de Berganza ejemplifican impulsos viciosos que el pe-
pancias con una agresividad a veces teñida de malicia personal. rro, personificación del Hombre, lleva dentro de sí mismo. Este
Aunque, ~n comparaciórn con la Primera parte, la Segunda enfoque es característico de Cervantes. Todas sus ficciones ma-
está en principio mucho más orientada hacia la realidad social yores -el Coloquio, el Quijote, el Persiles- son odiseas cuyos es-
y pinta a numerosos personajes (Roque Guinart, el morisco collos, sirenas, naufragios y encantadores cumplen el fin ejem-
Ricote, los duques ... ) que parecen surgir de un tupido contex- plar de llevar a los protagonistas al descubrimiento de la verdad,
to histórico, la manera en que Cervantes los presenta suele es- que tiene una dimensión personal: el conocimiento de uno
camotear este contexto, ya sea por el escenario estilizado, tea- mismo, el temor de Dios, la superación del engaño mediante el
tral, indeterminado o evasionista en que los coloca, ya porque uso de la razón. '
su punto de mira está centrado en el caso o idiosincrasia indi- Para conocer la personalidad de Cervantes disponemos de
vidual, más bien que en el problema colectivo. Creo que la fal- una serie de preciosos autorretratos: los prólogos y un dilatado
ta de precisión es deliberada. Si comparamos a Cervantes con poema en tercetos, el Viaje del Parnaso, mezcla de fantasía mi-
Alemán y Quevedo, observamos en el primero una actitud de tológica, de alegoría y de sátira. Los prólogos contienen im-
abstencionismo político que se manifiesta en la negativa a de- portantes .declaraciones sobre sus principios y motivaciones ar-
clararse sobre temas polémicos y a meterse con las clases go- tísticas; el Viaje del Parnaso, entre otras cosas, recapacita sobre
bernantes. Así, en el Coloquio de los perros, la obra que ofrece la una de esas motivaciones, la pesadumbre producida por su fal-
versión más completa -ya que no la más clara y explícita- de ta de éxito como poeta dramático y por no haber obtenido los
su ideario social, las críticas asestadas a distintos grupos van casi premios y el prestigio correspondientes a su valía.
siempre acompañadas de comentarios destinados a suavizar y El prólogo al Persiles, escrito cuando estaba en su lecho de
moderar su impacto. Además, las denuncias más severas apun- muerte y que Sánchez Ferlosio, según confesión propia, no po..:
tan a grupos parasitarios o marginados cuya maldad está a la vis- día leer sin lágrimas, deja constancia de la importancia capital
ta y constituye un escándalo para cualquier ciudadano honrado que para Cervantes tenían la risa y la amistad. La primacía que
y prud~nte: la plaga de buhoneros, titereros, mendigos («gente les otorgaba se infiere del hecho de que les rinda tributo al
vagamunda, inútil y sin provecho; esponjas del vino y gorgo- final del texto, que es, efectivamente, su epitafio literario:
jos del pan»), los gitanos, los moriscos, las brujas. En cuanto a «¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos, que
las clases superiores, Cervantes mantiene un discreto silencio, yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la
con una excepción: el Ayuntamiento de Sevilla. El motivo de otra vida!» (Persiles y Sigismunda, l, f. 4v). La imagen que de sí
este silencio se manifiesta hacia el final del coloquio: «Mira, mismo proyecta en este y otros prólogos -alegre, chistoso, de
Berganza, nadie se ha de meter donde no le llaman, ni ha de condición apacible, aficionado a charlar con sus amigos- es en
PENSAMIENTO, PERSONALIDAD, CULTURA LXXXIX XC PRÓLOGO

parte una estrategia retórica para ganarse la simpatía del lector, truo de naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzose con la mo-
y, en el Quijote, atenuar el impacto de la sátira. No obstante, narquía cómica» (prólogo a las Ocho comedias, I, f. 3) con el
creo que el recurso retórico y la personalidad subyacente son tono triunfante de su alusión, en el prólogo a las Novelas ejem-
una y la misma cosa, puesto que los pasajes de los prólogos en plares, a sus proezas militares y logros literarios. En este pasaje
que Cervantes se retrata de tal manera corresponden a un tipo (Novelas ejemplares, Prólogo, f. 4), imagina que el elogio es una
de escena reiterado en sus obras de ficción. La misma insisten- inscripción compuesta por un amigo para acompañar un retra-
cia en el tema me hace sospechar otra vez que la literatura es to de Cervantes hecho por Juan de Jáuregui:
prolongación de la vida. Tomemos un ejemplo concreto: el
encuentro pintado en el prólogo al Persíles, que sin grandes Éste digo que es el rostro del autor de La Ca/atea y de Don Quijote
modificaciones pudiera incorporarse al capítulo que describe el de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso ... y otras obras que
encuentro de don Quijote con los dos licenciados, camino de andan por ahí descarriadas, y, quizá, sin el nombre de su dueño. Llá-
las bodas de Camacho (II, 19). La escena está pintada con hu- mase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado mu-
mor magistral: el estudiante montado en su borrica, jadeando y chos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener pacien-
dando voces, y con un cuello precariamente sujeto con dos cia en las adversidades. Perdió en la batalla naval' de Lepanto la mano
cintas, logra por fin alcanzar al pequeño grupo de jinetes que izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tie-
se dirige a Madrid; nada más enterarse de que uno de ellos es ne por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta
el famoso Miguel de Cervantes, se precipita para darle un abra- ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros,
zo, haciendo volar su cojín por un lado y su portamanteo por militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la
otro; Cervantes, correspondiendo al abrazo, le destroza el cue- guerra Cado Quinto, de felice memoria.
llo de una vez por todas. La torpe e ingenua manifestación de
entusiasmo por parte de este admirador de Cervantes no resta La modestia no es, por cierto, una de las virtudes de don Mi-
valor al brío y elegancia del saludo: «¡Sí, sí, éste es el manco guel. Pero este defecto suyo, que él mismo confiesa mediante
sano, el famoso todo, el escritor alegre, y, finalmente, el rego- su alegoría de la Vanagloria en el capítulo sexto del Viaje del
cijo de las Musas!» (1, Prólogo, f. 4v). No me parece creíble que Parnaso (vv. 64-231), está redimido por el hecho de que él nun-
Cervantes, ya en su lecho de muerte y habiendo recibido la ex- ca se toma demasiado en serio a sí mismo. Además, el heroís-
tremaunción, inventase este incidente. Ocurriría así como lo mo y demás virtudes que se adjudica en el citado pasaje están
cuenta, y sirve de testimonio de la profunda satisfacción que le corroborados por testimonios independientes.
producía su renombre, debido sobre todo al éxito del Quijote. El orgullo de Cervantes, y su exceso de preocupación p~r su
Cervantes apreciaba y necesitaba 1a amistad; dentro del Quijo- imagen pública, deben tenerse en cuenta para comprender el
te, ella y la risa están íntimamente vinculadas; gracias a esa obra, estado de ánimo en que escribió el primer Quijote. Muy reve-
se había ganado la amistad de toda España. lador a este respecto es el prólogo a las Oc/to comedias (1615), es-
A juzgar por la frecuencia y el orgullo con que recuerda Le- crito para explicar por qué Cervantes, ya autor célebre y, años
panto y el cautiverio, y por el silencio en que deja sumido el atrás, dramaturgo popular, tuvo que recurrir a la imprenta para
desempeño de los cargos de alcabalero y de requisidor de pro- que el público pudiera conocer estas piezas y disfrutar de ellas.
visiones en Andalucía, la posteridad acierta al suponer que el Según él, esta situación · extraordinaria tiene una explicación
primer período fue, para él, un episodio glorioso, y el segun- muy sencilla: la corta estima en que los autores, o sea, directo-
do, una fuente de decepción. Compárese el laconismo de esta res de compañías de actores, le tienen como dramaturgo. «En
referencia a sus experiencias andaluzas: <<tuve otras cosas en que esta sazón me dijo un librero que él me las compraría CTas co-
ocuparme, dejé la pluma y las comedias, y entró luego el mons- medias], si un autor de título no le hubiera dicho que de mi
PENSAMIENTO, PERSONALIDAD, CULTURA XCI XCII PRÓLOGO

prosa se podía esperar mucho, pero que del verso, nada; y, si va arremetiendo contra ellos -y contra un amplio abanico de aberra-
a decir la verdad, cierto que me dio pesadumbre el oírlo» ( Ocho ciones literarias- con furia quijotesca.
comedias, Prólogo, f. 3v). Cervantes no nos dice cuánto tiempo Con estas reflexiones sobre los móviles que inspiraron la
había durado esta pesadumbre. Pero lo podemos adivinar le- composición del Quijote no subestimo la seriedad de los prin-
yendo entre líneas un pasaje anterior del mismo prólogo: <<Al- cipios literarios de Cervantes. Sólo quisiera hacer ver que este
gunos años ha que volví yo a mi antigua ociosidad, y pensan- dios literario era un ser humano, sometido al mismo tipo de
do que aún duraban los siglos donde coman mis alabanzas, flaquezas, ambiciones y decepciones que los demás. Además,
volví a componer algunas comedias; pero no hallé pájaros en fue un gran hombre, que al final de su vida fue capaz de hacer
los nidos de antaño; quiero decir que no hallé autor que me las balance de sus logros y fracasos, reconocer objetivamente sus
pidiese, puesto que sabían que las tenía» (f. 3v). Es decir, su flaquezas y asumir su destino con irónica serenidad.
rencor databa de la época -postreros años del XVI- en que se
retiró de su cargo de funcionario de Hacienda y reanudó su ca-
rrera literaria, esperando, como era natural, escribir comedias NOTA BIBLIOGRÁFICA
para los teatros públicos. La decepción que sufrió, sumada a
otras más notorias, le heriría profundamente, sobre todo por La primera edición de El pe11sa111iellfo de Cervantes de·Américo Castro fue pu-
motivos personales: la envidia y la pérdida de dinero («entró blicada entre los anejos de la Revista Espaíiola de Filología y ha sido reimpre-
luego el monstruo de la naturaleza, el gran Lope de Vega, y al- sa por Crítica, Barcelona, 1987. La mencionada conferencia de Marcelino
Menéndez Pelayo, «Cultura literaria de Miguel de Cervantes y elaboración
zóse con la monarquía cómica»), la vanidad herida («pensando del Quijote&, se encuentra en la Edición Nacional de las Obras Completas de
que aún duraban los siglos en que coman mis alabanzas») y la Menéndez Pelayo: Estudios y discursos de aftica histórica y literaria, CSIC, San-
impresión de que la literatura de entretenimiento en conjunto tander, 1941, I, pp. 323-356. Los otros estudios aludidos son los siguientes:
estaba echada a perder por el oportunismo comercial, interesa- Agustín G. de Amezúa y Mayo, Ce,vantes, creador de la novela corta espa,iola,
do solamente en ·halagar los gustos chabacanos del populacho. CSIC, Madrid, r956, 2 vols. (véase I, pp. 41-56); Marcd Bataillon, «El eras-
He aquí el motivo de la agresividad del primer Quijote, en mismo de Cervantes», en Erasmo y Espa,ia, Colegio de ·México, 1966, pp.
777-801 (incluido en Erasmo y el erasmismo, Crítica, :Barcelona, 1977); «Re-
comparación con los escritos posteriores de nuestro apacible es- laciones literarias», en Suma ce1va11tina, ed.J.B. Avalle~Arce y E.C. Riley, Ta-
critor. Afortunadamente para nosotros, los autores de come- mesis, Londres, 1973, pp. 215-232; Maxime Chevalier, «Cinco proposicio-
dias contribuyeron a que Cervantes cambiara de rumbo, es de- nes sobre el Quijote&, Nueva Revista de Filología Hispánica, XXXVIII (1990),
cir, consiguieron que renunciara a sus ambiciones teatrales y se pp. 837-848; Armando Cotarelo Valledor, Cervantes ledor, Publicaciones del
dedicara principalmente a la ficción en prosa. El género de fic- Instituto de España, Madrid, 1943; Alban Forcione, Cervantes a11d tl,e H11111a-
11ist Visio11, Princeton University Press, 1982; Arturo Marasso, Ce1va11tes, Aca-
ción al que se sentía naturalmente atraído era el de las novelas demia Argentina de Letras, Buenos Aires, 1947; Francisco Márquez Villa-
de aventuras, de tipo romántico, como los episodios intercalados nueva, F11e11tes literarias ce1va11ti11as, Taurus, Madrid, 1973; Per$011ajes y temas
en el Quijote y el Persiles. Pero las circunstancias decepcionantes del «Quijote», Taurus, Madrid, 1975; Edward C. Riley, Teorfa de la novela en
a las que he hecho referencia le hicieron suponer que todo in- Cerva11tes, Taurus, Madrid, 1966.
tento en el campo novelístico resultaría vano dado que el público Para más detalles sobre los estudiosos del movimiento de oposición inte-
se aficionaba al mismo tipo de chabacanerías -en este caso, la lec- lectual en el siglo xv1 frente a la onodoxia reinante, véase mi artículo «La
crítica del Quijote desde 1925 hasta ahora», en Ce1va11tes, Centro de Estudios
tura de libros de ·caballerías- que habían frustrado sus ambiciones Cervantinos, Alcalá de Henares, 1~95, pp. 3 II-333 y, en especial, la p. 325.
teatrales. Era inútil proseguir, pues, mientras no se hubiera lle- Por supuesto, cualquier estudio sistemático de las fuentes de Cervantes
vado a cabo una operación masiva de purga. Es por esta razón comporta la investigación de su cultura literaria; véase, dentro de esta linea,
por la que Cervantes equipara los desmanes artísticos del géne- el valioso libro de Aurora Egida Cervantes y las puertas del sue,io. Estudios so-
ro caballeresco con los de la comedia nueva (Quijote, I, 47-48), bre -«LA Ca/atea», el «Quijote» y el «Persiles», PPU, Barcelona, 1994. ·.
PENSAMIENTO, PERSONALIDAD, CULTURA xcm XCIV PRÓLOGO

La calificación de , ingenio lego» dirigida a Cervantes proviene de Tomás «La ejemplaridad de las novelas cervantinas•, en Hacia Cervantes, cit., pp.
Tamayo de Vargas, que así le llamó en su]11nta de íibros, la mayor que f1a vis- 353-374.
to Esp111ia, hasta el a1io de 1624. El mismo Cervantes se aplica este calificativo En lo referente al abstencionismo político de Cervantes, véase mi artícu-
en su Viaje del Parnaso, VI, v. 174, f. 50. lo «Algunas reflexiones sobre 1a sátira en C ervantes», Nueva Revista de Filo-
Ángel Rosenblat trata de la actitud de Cervantes ante la lengua en La len- logía Hispánica, XXXVIII (1990), pp. 493-511 .
gua del <<Q11(iote», Credos, Madrid, 1971, cap. l. Me aproximo también al autorretrato de la personalidad cervantina en un
En cuanto a los estudios de Américo Castro y a 1a peculiar visión racio- artículo, «A Poets Vanity: Thoughts on the Friendly Ethos of Cervantine
nalista y europeizadora de El pensamiento de Cervantes, debe tenerse en cuen- Satire", publicado en la revista Cervantes, XIII (1993), pp. 3 1-63.
ta que él mismo reaccionó contra estas primeras apreciaciones con la tesis
que sobre «la realidad histórica de España» fue exponiendo en libros y ar-
tículos a partir de 1948. Desde esa fecha, Castro interpreta el Q11ijote como
la máxima expresión del sistema de valores que los conversos o marranos es-
pañoles, entre los que Castro cuenta a Cervantes, elaboraron como res-
puesta a su angustiosa situación social. Véase, por ejemplo, Cervantes y los
casticismos esp111ioles, Alfaguara, Madrid-Barcelona, 1966-1967, y mi artículo
«La critica del Quijote desde 1925 hasta ahora», cit., p . 326.
Acerca de las nuevas lecturas que recibe en nuestros días el Quijote, véase el
artículo de Carroll B. Johnson «Cómo se lee hoy el Quijote-, en la ya citada
antología Cervantes, pp. 335-348 (y, sobre todo, p. 342). Menciono a Bajtín
·sobre el particular porque el interés por su teoría novelística es punto de con-
tacto entre los cervantistas europeos y sus colegas norteamericanos. En Esta- 'PllOLOCO lll LETOll, ·
dos Unidos el esfuerzo por definir y contextualizar la disidencia ideológica de SIE.llA yo, íofu<r1po{slb1'(lttor•l
Cervantes y los elementos modernos de su pensamiento es industria en pleno
auge, no restringida a la doctrina bajtiniana. El lector interesado puede com-
probarlo con un repaso somero de la revista norteamericana Cervantes. Los ex-
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ponentes destacados incluyen a Carroll Johnson, George Mariscal, James lf- podirra.. como ~ wío,y c01h1mb rt-, 5 rauarmt-. y rfco1pirn,c
fland, Antonio Gómez Moriana, N. Spadaccini y, en España, aJenaro Talens. f:!t:~r;ll~~j d:;!~~::~r.·tt:~ ~~~~i:d~r~r:¡:~~i~
,ion ú tislec bli, y el ddíco dC' a1gu~os, que qocrril.Q (abcr,
Para las conflictivas relaciones entre Cervantes y Lope de Vega, véase Jo- qaf rofh'o.y u m: riirnc, quicu (e ur~ a f.ah t coll um:u. ia.
utc,iooesca ~2pl~dfl múdo,a los ojos de las gl1C', ,po~i6
aquín de Entrambasaguas, Estudios sobre Lepe de Vega, CSIC, Madrid, 1967', • ,do debljO del C'CU.110 :etlt q,tt •ey1 aqui dC' roifuo quJJe-
6o>de U.bc-llo, taílaño. frcarc ti ía, y J d cm~a.n,¡.Wi,Jc lle.
1, pp. 108 y ss.; en cuanto a Mateo Alemán, el citado artículo de Marcel Ba- ¡,es oao1 y de o.adz corb.a • .aanqac bica proporcio ~:111
1
barbiu k pla.ta . qi,cno hl I/C)'D~ .d i o,qllttu(f'Q11 dc-orw
taillon «Relaciones literarias», pp. 226 y ss. lo, •i.gotC'SJtatide-s ,\¡ bon. ~uc-iía, toi. dimtn. ni IQC'Rct--
El aludido ensayo de Américo Castro sobre 1a «literariedad» del Quijote es do1.nJCrt:c1do.s,p0rqoe no nc11r fi 110 Í')-s, y c-lfos ma.t,¡c(>.
,Jicloudos,'f peor punl:0t:,pDr,q: tiot 1tM.t1 coinípon.deo
«La palabra escrita y el Quijote», en Hacia Cervantes, Taurus, Madrid, 19602, d.a los •DOS i;on. los 0 1rm: el , « rpo mue dos tftr'irmos, llli
graadc,ni pcc¡dt:f.oJla color •iut,:lOtet bSaac, qDf momu..
pp. 292-324. e .· . aJ¡oor;&dode c!pil.du. y ll)O IQ ll/. ligtt0cf.c plt:.1 : dltdt.
...,. go ,p.e esirlrol'tn>dd.\utor d.e la -.1.al.a«.a, '1 de don Cl_!Jf.
En cuanto al soneto de Cervantes al túmulo ornamental erigido en la ca-
tedral de Sevilla para conmemorar 1a muerte de Felipe II (que empieza con
el verso •Voto a Dios que me espanta esta grandeza•), calificado de «honra
principal de ntls escritos» en el capítulo IV del Viaje del Pamaso, véase la edi-
fíjt'ñüáü.füiñijUt'
} ~
· . ... _
ción de las Poes(as sueltas de Rodolfo Schevill y Adolfo Bonilla, incluida en r
el tomo sexto y último de las Ocho comedias, Gráficas Reunidas, Madrid,
1915-1922, pp. 73-74. Sobre la primera etapa de inconformismo cervanti-
no y la posterior resignación del escritor, véase el aludido ensayo de Rafael
Lapesa «Sobre La espa1iola inglesa y el Persiles», en De la Edad Media a nues-
tros días, Gredos, Madrid, 1967, pp. 242-263.
Américo Castro entendió la postrera adecuación cervantina al orden so-
cial establecido como un intento de impedir su propia marginación: véase
XCVI PRÓLOGO

monarca: las guerras incesantes, las demandas de hombres y di-


3. LA ESPAÑA DEL «QUIJOTE» nero, el carácter poco accesible de un soberano que dirigía el
mundo más bien a través de papeles que de contactos humanos
Antonio Donúnguez Ortiz habían engendrado en Castilla un temor reverencial y un mal
solapado disgusto entre sus súbditos, que, al conocer su desapa-
rición, se sintieron a la vez apesadumbrados y ligeros, como los
El descrédito de un concepto meramente político de la histo- escolares tras la ausencia del severo dómine. Por desgracia, el
ria ha multiplicado los apelativos y las divisiones basadas en re- caudal de confianza que se otorgaba a cada nuevo soberano se
ferencias culturales («el siglo del Barroco», «la España de la Ilus- agotó pronto, al comprobar la inoperancia del tercer Felipe, su
tración», etc.). Por ello se habla hoy corrientemente de «la total entrega a don Francisco Gómez de Sandoval, marqués de
España del Quijote», título adoptado, entre otras obras dedica- Denia, pronto decorado con el título de duque de Lerma, la in-
das a la cultura de nuestro Siglo de Oro, por los dos volúme- moralidad y avidez del favorito y de la cohorte ·de familiares y
nes de la gran historia de España que patrocinó Menéndez Pi- amigos que lo acompañaba. Y si éstas eran las encontradas sen-
dal. La España del Quijote y la España de Cervantes son saciones de la generalidad del pueblo, más críticos aun eran los
expresiones sustancialmente idénticas, pues si bien la composi- miembros de la alta ·administración imperial (generales, emba-
ción de la inmortal novela coincide con la década final de la jadores, consejeros de Estado), que temían que la nueva políti-
vida del escritor, no es menos cierto que en ella vertió las ex- ca internacional, tachada de pacifista y abandonista, resultara fa-
periencias de toda una vida. El Quijote apareció a comienzos tal para el prestigio del mayor imperio del mundo, prestigio
del siglo xv11, durante el reinando Felipe 111, pero Cervantes conquistado al precio de tantos sacrificios.
fue un hombre del xv1: su «circunstancia» fue la España de Fe- Estos temores eran exagerados. El nuevo equipo gobernante
lipe 11, aunque viviera lo suficiente para contemplar el tráns~to se hizo cargo de la necesidad de aliviar el peso que soportaba
de un siglo a otro, de un reinado a otro, con todos los cambios España, en especial Castilla; circunstancias favorables, como la
que comportaba ese tránsito. Decir que los años situados a ca- desaparición de Isabel de Inglaterra y de Enrique IV de Fran-
ballo del 1600 fueron de transición parece una banalidad; en el cia, y la coincidencia con un equipo gobernante en Holanda
curso de la historia todas las épocas son de transición, porque inclinado también a una paz o, al menos, a una tregua (firma-
el devenir humano es una mezcla de continuidad y cambio; da en 1609) dieron la impresión de que iba a cesar el estrépito
pero hay épocas en las que las transformaciones se aceleran y los de las armas. Los hechos demostraron que, en el fondo, la po-
contemporáneos experimentan la sensación de cambio, ya sea lítica del gabinete de Madrid permanecía inmutable. Quería la
para bien, como lo percibió Feijoo al pisar, ya anciano, los um- paz, pero no a cualquier precio; no al precio del triunfo del
brales del reinado de Femando VI, ya para mal, y entonces sur- protestantismo sobre el catolicismo y la humillación de la casa
ge la nostalgia del «viejo buen tiempo>>. de Austria; por eso, cuando la rama austríaca de los Habsburgo
Ambos sentimientos se mezclaban en el sentir de los españo- se vio acosada, el hermano mayor, o sea, la rama española, en-
les en aquellas fechas; en I 598, al recibirse la nueva del falleci- tró con todo su poder, con el oro de América y los soldados de
miento del solitario del Escorial, España experimentó la sen- los tercios, nuevamente en liza.
sación de alivio de toda persona liberada de una ,tensión En lo sustancial, pues, no hubo cambio en la política de Es-
insoportable; las suntuosas exequias, las ampulosas oraciones fú- paña. Pero ¿qué era España? Hay palabras que usamos conti-
nebres no podían desvanecer los sentimientos penosos que se nuamente y que nos ponen en un aprieto si tratamos de defi-
habían acumulado en los últimos años del reinado del viejo nirlas. ¿Era entonces España una nación, un estado, un ámbito
cultural o meramente una evocación de la antigua Hispania, sin
XCV
LA ESPAÑA DEL «QUIJOTE» XCVII XCVIII PRÓLOGO

contenido sustancial? Las controversias nacionalistas de hoy han un hondo significado; tan hondo y tan anclado en el corazón
agudizado el problema; se cuestiona que los Reyes Católicos de los aragoneses que, aun después de los gravísimos sucesos de
fundaran un verdadero Estado, que los habitantes de la Penín- 1591, el monarca sólo se atrevió a introducir leves modifica-
sula se sintieran solidarios, miembros de una entidad superior a ciones en un sistema ya totalmente anquilosado.
la de su pueblo, comarca o región y, aunque en estas afirmacio- La diversidad de los pueblos que componían España se ma-
nes hay mucho de exageración y prejuicio, no puede negarse nifestaba también de modo espontáneo en las naciones o bandos
que el concepto Espaiia estaba entonces lleno de ambigüedad. que se formaban en las universidades, en los colegios, en cier-
De un lado, lo desbordaba una entidad más vasta, el Imperio, o, tas órdenes religiosas y que no eran formaciones sólidas, ins-
como entonces se decía, la Monarquía; de otro, se descompo- titucionales, sino agrupaciones ocasionales que delataban afini-
nía en una serie de unidades diversas y mal engarzadas: Castilla dades y preferencias; así ocurría que con la nación vasca se
de una parte y los reinos integrantes de la Corona de Aragón de agrupaban otras gentes del norte, y con la andaluza, los extre-
otra tenían sus leyes, instituciones, monedas, fronteras aduane- meños y murcianos, y en los castellanos puros se decantaban a
ras, como también las tenía Navarra y, a mayor abundamiento, veces los manchegos de un lado y los campesinos, o sea, los de
Portogal, reunido en 1580 a este vasto conglomerado. Y dentro la Tierra de Campos, por otro. No llegaron estos bandos a te-
de cada una de estas partes, la autoridad real tenía más o menos ner la virulencia que en América tuvieron las divisiones entre
fuerza, mayores o menores atribuciones. Especialísima era la si- peninsulares y criollos, que preocuparon seriamente a las auto-
. tuación de Canarias y más aun la de las tres provincias vascon- ridades de las órdenes religiosas y obligaron a establecer la al-
gadas, a pesar de que en muchos aspectos se consideraban in- ternativa, o sea, un tumo en la provisión de cargos; algo de eso
cluidas dentro de la Corona de Castilla. hubo aquí en los capítulos benedictinos, mas, por lo regular, las
No era ésta una situación peculiar de España. En su póstuma peleas de las naciones, como en la Universidad de Salamanca,
e inacabada historia de Francia, Braudel ha hecho notar lo mis- sólo .traducían afinidades innatas sin contenido político. El caso
mo respecto a la Francia del Antiguo Régimen, con no pocas de los portugueses es distinto: no tuvieron reparo en usar am-
resonancias y supervivencias en la Francia actual, que tan largo pliamente el castellano y en llamarse españoles núentras España
tiempo se ha tenido como modelo de homogeneidad. Esas va- fue concebida como un ámbito cultural (en el sentido amplio,
riedades, esas ambigüedades, esa herencia de un pasado medie- antropológico, de esta palabra). Pero al transformarse, en 1580;
val, que aún tenía mucha vigencia, exigía de los gobernantes un en una entidad política, este sentinúento de pertenencia, de in-
conocimiento muy detallado de las peculiaridades de cada rei- tegración, fue sustituido por un rechazo total, expresado con
no, de cada provincia, y un tacto exquisito para no herir sus- más violencia en las clases populares que en las altas, y más en
ceptibilidades, porque el privilegio no era la excepción sino la el bajo y medio clero que en las altas jerarquías.
norma. Es poco exacto dividir la España del siglo XVI en paí- Es facil distinguir las raíces históricas de esta diversidad ,de
ses forales y no forales, porque fueros y privilegios tenían to- planteamientos: cuando la gran crisis del siglo xv11 puso a
dos. La diferencia consistía en que en unos se trataba de una prueba el entramado íntimo de la Monarquía, aquellas regiones
realidad viva, con la que había que contar, mientras que en con un pasado aún vivo de autogobiemo reaccionaron de for-
Castilla, después del fracaso de las Comunidades, la balanza del ma muy distinta a aquellas otras englobadas en el complejo cas-
poder se había ·desequilibrado de modo irreversible en favor tellano; es lógico que no fuera igual el comportanúento de An-
del poder real y, entonces, la solemne jura de los privilegios de dalucía, que tenía una acusada personalidad cultural pero nunca
una ciudad de un reino, como hizo Felipe Il al entrar en Sevi- fue una entidad política como Navarra o Cataluña. Ahora bien:
lla el año 1570, era una mera ceremonia que no le comprome- mientras Portugal rechazó la integración plena, en las demás
tía a n:ada, mientras que la jura de los fueros de Aragón sí tenía partes de aquel conjunto sí fue posible la integración gracias a
e PRÓLOGO
LA ESPAÑA DEL <cQUIJOTE» XCIX
~; un rein_ado a otro las leyes cambiaban poco, pero su aplica-
1a herencia medieval de las fidelidades múltiples, tan alejadas de
cion cambiaba mucho; de ahí que una división de la historia
los nacionalismos excluyentes, y que hacía posible que una per-
moderna de España por reinados, aunque tenga cierto olor ran-
sona conjugara un apego intenso a su pueblo, a su patria chica
cio, a conceptos pasados de moda, no deja de tener efectividad.
(era muy intenso el patriotismo local), con el sentimiento de
E:l talante ,personal de Felipe II dejó una profunda huella; por
pertenecer a una región, a una nación, a un imperio y, por en-
eJemplo, él fue responsable del ensoberbecimiento del tribunal
cima de todo, al orbe cristiano. La verdadera frontera, más bien
de la Inquisición hasta límites increíbles; los gobernantes del si-
un foso profundo, era la que separaba esta comunidad cristiana
glo xvn tuvieron que aplicarse, con paciencia, a limar las ga-
del Islam y de la infidelidad.
rras de aquel monstruo que se había hecho temible no sólo a
Dentro de la Cristiandad, la multiplicidad de fronteras estaba
los herejes, sino a todos los organismos e instituciones.
atenuada por ese sentimiento de pertenecer a una patria co-
Unidad y variedad eran también las características de la so-
mún; sentimiento quebrantado por la disidencia religiosa que
ciedad española de la época. Ciertamente, el panorama social
marcó un hito ·en las relaciones de los pueblos europeos. Ra-
de Galicia tenía numerosas peculiaridades, aun más acentuadas
zones religiosas, políticas y humanas se mezclaban en dosis va-
en el caso de Vasconia. En los países de la Corona de Aragón
riables en los sentimientos de los viajeros extranjeros en Espa-
los gremios tenían un vigor institucional del que carecían los
ña y en los españoles, tan numerosos, que salían fuera del
castellanos, y había un estrato situado a medio camino entre la
recinto· de su patria. Al alejarse de España, aquellas diferencias
nobleza y la burguesía comerciante, los ciutadans honrats, que no
regionales se difuminaban; el viajero no se declaraba extreme-
tenía equivalente en otros países peninsulares. El clero patri-
ño o aragonés, sino español. Percibía en los países extraños una
monial, con visos de mayorazgos sacerdotales, estaba mucho más
gradación, unas sensaciones diversas de alejamiento o cercanía:
arraigado en el norte que en el sur, y así podríamos ir señalan-
el país más cercano, Italia, por razones evidentes. Cervantes,
do una serie de diferencias, no incompatibles, sin embargo, con
como tantos de sus compatriotas, se sentía allí ·c omo en su casa.
una sustancial unidad. Unidad basada en la herencia ideológica
Sus elogios a las ciudades italianas revelan el afecto de quien ha-
del medievo y reforzada por el interés de sus beneficiarios para
bla de cosa propia. ¡Qué diferencia con aquella Berbería, tan
que no se alterase de forma esencial. De hecho, sólo fue de-
cercana y tan lejana! No se puede comprender bien la España
molida, y no por completo, en el siglo x1x. ·
renacentista ni barroca sin tener en cuenta estos influjos italia-
nizantes que se infiltraban en la vida española por mil caminos Ese ~odelo de ~ociedad era, muy simple en teoría y muy
y de mil maneras. · · compleJO en la realidad. La teona se asentaba, como es bien co-
nocido, en el reconocimiento de dos clases privilegiadas, la no-
Más notable es la fidelidad a la Monarquía hispana de países
bleza y el clero, y un tercer estado que solía llamarse general o
muy diversos del nuestro, como Flandes y el Franco Condado.
llano. A veces se usaban otras denominaciones, como estatlo tle
Fidelidad al Príncipe-Símbolo, a una entidad supranacional en
los buenos hombres pecheros, porque el distintivo común de los
la que cabían muchas personalidades nacionales bajo la égida de
un Poder moderador, de un árbitro imparcial al que se deno- privilegiad~s, aparte d~ otras preeminencias, era no pagar pe-
chos, o sea, impuestos directos, personales, símbolo de sumisión
minaba Rey de España sin desmenuzar la multitud de títulos
y servidumbre. Este concepto estamental de la sociedad era
jurídicos que encerraba este nombre. Los tratadistas podían po-
por decirlo así, el oficial y reconocido; aparece a través de tod;
lemizar sobre el alcance y significado de esa titularidad; el pue-
1~ legislación, de la literatura jurídica; de los arbitrios, memo-
blo sabía de qué se trataba. Y porque en esta fase aún incom-
nal;s y producc_iones de tipo político, tan abundantes en aque-
pleta del Estado era la Monarquía la figura jurídica que lo
lla epoca; por ejemplo, en el llamado Gran Memorial que don
representaba y el motor de aquel múltiple organismo es por
Gaspar .de Guzmán dirigió a Felipe IV a comienzos de su pri-
lo que el carácter personal de los reyes tuvo tanta importancia.
LA ESPAÑA DEL «QUIJOTE» CI CII PRÓLOGO

vanza, en el que, para dar una información al joven rey del La época en que vivió y escribió Cervantes sin duda fue crí-
pueblo que tenía que regir utiliza el esquema estamental. Y, por tica, aunque los cambios se espaciaron lo suficiente como para
supuesto, aparece constantemente en la amena literatura, por- no dar la sensación de estar ante una época revolucionaria.
que c:;ra el molde en que se configuraba 1a realidad social; el Aquellos hombres se daban cuenta, por ejemplo, de que la mo-
Quijote usa constantemente estos conceptos: nobles, plebeyos, neda perdía valor adquisitivo; el ritmo de inflación era muy
señores, vasallos ... modesto; un uno o dos por ciento anual, que hoy haría las de-
Las insuficiencias del esquema estamental eran, sin embargo, licias de cualquier ministro de Economía, pero que, por el efecto
notorias, y de ahí que hallemos también una multitud de ex- acumulativo, acababa por hacer insuficientes sueldos y dotacio-
presiones y conceptos para designar las solidaridades y los en- nes que veinte o treinta años antes se consideraban suficientes;
frentamientos que latían en el seno de aquella sociedad que, en de ahí las frecuentes peticiones de aumento de salarios, de re-
teoría, parecía inmóvil, hecha de una pieza. Además de la dua- ducciones del número de misas a que obligaba la fundación de
lidad fundamental, hombre-mujer, tema eterno, argumento y una capellanía, de quejas de los que vivían de rentas fijas, etc.
raíz de innumerables disquisiciones, hallamos también expresa- Causa importante, aunque no única, de esta inflación era la gran
das y, a veces, largamente comentadas y debatidas, otras oposi- cantidad de plata americana que se acuñaba en las Casas de Mo-
ciones y conjunciones, individuo y linaje, campo y ciudad, ar- neda y cuya abundancia disminuía su valor; pero los contempo-
mas y letras y, como tema recurrente -verdadero bdjo continuo ráneos reaccionaban como nosotros y, en vez de hablar de pér-
de aquella sinfonía inacabable-, la distinción que, en muchos dida del valor de la moneda, se referían obsesivamente a la
aspectos, aparecía como fundamental: ricos y pobres. De esta «carestía general».
manera, la simplicidad de la división tripartita se complicaba y Era éste uno de los factores del choque entre dos sistemas eco-
el paisaje social se enriquecía con infinitos matices; riqueza re- nómicos, con repercusiones de todo género, incluso morales: la
lacionada con el carácter de transición que tenía la época en economía dineraria sustituía parciahnente a la economía cerra-
que se forjó el Quijote. da, con gran proporción de autoconsumo y de pagos en espe-
Confieso que tengo cierta prevención contra el concepto de cie. La economía urbana era de preferencia monetaria y la rural
transición en la historia, porque cierta escuela histórica ha abu- se atenía más a los moldes tradicionales, pero hay que tener cui-
sado de él para intentar persuadimos de que los tiempos mo- dado ante engañosas simplificaciones. El triunfo de don Dinero
dernos carecen de sustantividad, de que no son más que una sobre los valores tradicionales era algo que estaba en la atmósfe-
transición entre el feudalismo y el capitalismo. Por fortuna, esta ra y lo mismo se expresaba en tratados magistrales que en frases
deformación de realidades evidentes se halla en franco retroce- proverbiales: «Dineros son calidad»; «Dos linajes solos hay en el
so, pero antes de continuar quiero hacer constar que no niego mundo ... que son el tener y el no tener» (Quijote, 11, 20, 872),
que haya épocas de transición: en el curso histórico todo es etc. La misma relación entre don Quijote y Sancho expresa esta
transición, porque en toda edad hay una combinación de ele- ambigüedad: Sancho aspiraba a una relación laboral, un salario,
mentos heredados y otros que van surgiendo del inagotable idea rechazada con indignación por don Quijote, que sólo con-
manantial de la creatividad humana. Pero así como en ese cur- cebía entre caballero y escudero una relación vasallática, pre-
so hay remansos, tramos tranquilos que pueden dar una idea miada con mercedes (véanse los primeros capítulos de la Se-
engañosa de inmovilidad, hay otros turbulentos, en los que gunda parte del Quijote, esenciales para el conocimiento de este
aparecen rápidos y cascadas; épocas en que los antagonismos se y otros aspectos de la sociedad española coetánea).
exacerban y pueden desembocar en situaciones críticas, revo- Otro aspecto de la transición, cambio o ruptura, según la im-
lucionarias, tomando la palabra revolución en un sentido amplio, portancia que se dé a las transformaciones operadas en aquella
no necesariamente violento. época, es el relativo al significado político-institucional en gran
LA ESPAÑA DEL «QUIJOTE» cm CIV ; , PRÓLOGO

parte como reacción a los cambios que se producían en una do no de persecución decla~da. Cervantes, por lo tanto, no
Europa convertida en un hervidero de pasiones. Para el con- presenció el tránsito; 'las huellas erasmianas detectables en su
junto europeo ya hace tiempo que se acuñó el concepto, hoy obra las recibió a través de tina difusa tradición, no de viven-
muy discutido, de Contrarreforma, identificable con el Tri- cias personales. El lenguaje críptico que suele ser la respuesta a
dentinismo. Para la evolución en el interior de España, el his- un clima intelectual enr~recido impide saber con seguridad si
toriador catalán Juan Reglá introdujo el concepto de viraje fili- ciertas frases, como la famosa «con la iglesia hemos dado, San-
pi110, que durante algún tiempo fue ampliamente adoptado. En cho» (11, 9, 759), tenían µn doble sentido o pecamos por exce-
esencia, su tesis era la siguiente: a un Carlos V moderado y ecu- so de suspicacia al atribuírselo. En todo caso, hay que hacer
ménico, empeñado en resolver las diferencias de la Cristiandad constar que la Inquisición sólo borró en el Quijote una corta
por medio de un concilio general, sucedió un Felipe II que, frase relativa al valor d.e l~f buenas obras y dejó indemnes pá-
tras unos años de vacilación, dio un giro brusco hacia la inco- rrafos de indudable sabor anticlerical, como la pintura del «re-
municación y la intolerancia, en gran · medida como reacción ligioso grave» que amonestó ª-1 caballero y al escudero por sus
contra la situación de la frontera pirenaica, a través de la cual se locuras (II, 31). · . ·
filtraban predicantes calvinistas del sur de Francia. Este viraje En el ámbito político-social es importante destacar también la
culminaría en 1570 con medidas entre las que Reglá destacaba contra.posición entre los dos reinados: en el de Carlos V aún te-
tres: impermeabilización de la frontera pirenaica, rigor antimo- nían los magnates suficiente fuerza e independencia para opo-
.risco que provocaría la revuelta de los granadinos, y actitud in- nerse con éxito a las· propuestas del emperador en las Cortes de
transigente frente a los flamencos, origen de las interminables Toledo de 1538. Frent~ a Felipe II aparecen totalmente someti-
guerras de Flandes. dos; su máxima aspiración et.t·ser admitidos en el estrecho círcu-
Como se apresuraron a manifestar Ernesto Belenguer y otros lo que rodeaba al monarca yfonnar parte de su servidumbre: or-
historiadores, tal modo de interpretar las cosas era unilateral y ganizar su casa, vestirle la ·canusa, servirle los platos, acompañarlo
limitado. El paso del irenismo carolino inicial hacia posturas en sus cacerías, autorizar..su Corte, serían las máximas aspiraciones
más duras comenzó en cuanto el Emperador se dio cuenta de de los hijos y nietos .de quienes, no mucho tiempo antes, habían
que el conflicto iniciado en Alemania no era sólo religioso sino hecho temblar a los rey,es. Paso. decisivo en el afianzamiento de
político y que amenazaba su sistema europeo y los intereses de un poder real absoluto del que los Rey~s Católicos habían dise-
su linaje. De ahí sus medidas de rigor y sus admoniciones a Fe- ñado las piezas maestra.s .S.in ·poder perfilar los detalles.
lipe 11, ya desde su retiro de Yuste, para que los brotes de lu- La contaminación de .los valores estamentales por los dinera-
teranismo que surgían en Castilla fueran sofocados de manera rios produjo una terminología, no oficial pero muy extendida,
implacable. Medidas que su hijo adoptó con diligencia; ya des- para designar a los que, sin tener priyilegios legales, tenían una
de comienzos de su reinado hallamos un apoyo total al Santo situación real de privil(:gio; eran los poderosos, las personas princi-
Oficio, los grandes autos de fe de Valladolid y Sevilla, la perse- pales, casi siempre nue'i/Os ricos, encumbrados por los tratos,
cución al arzobispo Carranza, los primeros índices de libros por la usura, que a.ünque prohibida, era ·frecuentísima, sobre
prohibidos, él famoso decreto prohibiendo estudiar en univer- todo en el ámbito rural; eian .los que especulaban con los gra-
sidades extranjeras, la ratificación del estatuto de limpieza de nos, acumulándolos en las .épocas de baratura y vendiéndolos
sangre de la catedral de Toledo; pruebas de que ya antes de 1560 en las de escasez a precios múy superiores a la tasa. Una tasa de
reinaban en España los «tiempos recios» que tanta amargura granos esporádica en la ,Edad Media que en el siglo xv1 se hizo
causaron a varios de los más destacados representantes de nues- general sin· grandes re~ultados. ·La: Corona favoreció indirecta-
tra espiritualidad: Carranza, Luis de León, Teresa de Jesús, mente la ambición de estos parvenus _con las ventas de cargos,
Arias Montano, los primeros jesuitas, objeto de sospechas cuan- de tierras, de oficios, de púeblQs, títulos y señoríos. Aparente-
CVI PRÓLOGO
LA ESPAÑA DEL «QUIJOTE» CV

genios hay multitud de alusiones a esta realidad. A pesar del es-


mente, ;l edifici~ estamental no se vino abajo, porque lo que
truendo de las incesantes guerras, declinaba en España la voca-
pretend1an estos mtrusos no era derribarlo sino instalarse có-
ción militar y se multiplicaban las vocaciones hacia la carrera de
modamente en él.
las letras. Nuestro Siglo de Oro provenía de una sociedad vio-
Los que no tenían dinero para comprar señoríos o altos car-
lenta, militar, fruto de unas condiciones especiales: el perma-
g?s y l~s que querían_ s~bir peldaños en la escala social por me-
nente estado de guerra en la frontera granadina, los bandos ur-
dio~ mas honrosos u!1lizaban otros procedimientos que la sabi-
banos, la ausencia de una fuerza de orden público, todo se
duna popular resunua en esta frase: «Iglesia, Mar o Casa Real».
conjuraba para que cada señor tuviera necesidad de poseer una
El as~enso ~~r los cauces eclesiásticos era el más facil, porque la
~ortaleza, una armería y una hueste. Después de la pacificación
Iglesia adrrutta a todos y en ella podían hacerse carreras magní-
mterna operada por los Reyes Católicos la situación cambió de
ficas. Antes hemos mencionado a fray Luis de Granada· este
modo radical; todavía en la época de Carlos V, los tutores de sus
hijo de un _emigr~nte gallego a quien la miseria obligó a buscar
hermanas Juana y María cuidaban de elegir como residencia lu-
~~eva pat?ª. en tlerr_as an~aluzas, llegó a ser, gracias a su profe-
gares bien fortificados, pero con Felipe II tales precauciones es-
s1on monastica, escntor cimero y figura de ámbito internacio-
taban de más: en Castilla no se movía una mosca; los señores
nal, amigo y consejero de altos-personajes, incluyendo el pro-
abandonaban sus castillos o los mantenían sólo como lugares
pio rey de España. ·
residenciales .
. El segundo término, Mar, es ambiguo: lo mismo puede in-
También fueron desapareciendo paulatinamente las milicias
dicar la alta mercadería, que incluía tanto a los cargadores a In-
privadas de los señores y aquellos contingentes en paro forzoso
dias, en primer lugar, como a los armadores de buques, mer-
mtegraron, en buena parte, las huestes que conquistaron el
cantes o de guerra (las naos bien construidas servían para ambas
Nuevo Mundo y los tercios que combatieron en todos los
cosas) y a los ,altos cargos de las flotas y galeones. La gran for-
campos de batalla de Europa. Era un medio de ganarse la vida,
tuna de don Alvaro de Bazán provenía a la vez de sus hazañas
d~ _enriquecerse si había suerte y también de correr mundo y
navales y de sus actividades mercantiles. En el norte, muchos
vivir aventuras. Los caballeros aventureros, con frecuencia segun-
marinos cántabros y vascos se enriquecieron con la arriesgada
dones de casas hidalgas que se enrolaban voluntariamente, fue-
profesión del,co~o marítimo, admitida y regulada por las leyes.
ron 1:1umerosos en e~ siglo xv1; algunos iban movidos por no-
El tercer tenruno, Casa Real, puede indicar a los que de-
bles ideales, respondiendo al tipo del «caballero andante».
s~mpeñaban oficios palatinos: el mayordomo mayor, el caballe-
Todo este mundo estaba en crisis al finalizar el siglo xv1 y
nzo mayor, los gentiles hombres y otros miembros de la servi-
p~r eso Felipe II instituyó una Milicia General, porque la na-
dumbre regia tenían buenos sueldos y facilidades para obtener
c1on que fuera de sus fronteras ostentaba la primacía militar, en
hábitos de órdenes militares y otras prebendas. Pero en la se-
su propio territorio estaba casi indefensa, como lo demostró el
lección de estas personas se hilaba delgado. No era un medio
vergonzoso episodio de la toma y saqueo de Cádiz por los in-
para_ introducirse en la nobleza, sino un cauce para los que ya
gleses en I 596. Y a antes, con motivo de la sublevación de los
la disfrutaban. La verdadera vía de promoción era la del alto
moriscos granadinos y, en 1580, la invasión de Portugal, hubo
funcionariado: secretarios reales, magistrados, consejeros. Aquí
que traer tropas profesionales de Italia. En adelante, la situación
sí podían deslizarse y trepar individuos de dudoso origen, como
no hizo sino empeorar; la nación que había sido semillero de
Antonio Pérez,. como aquel Mateo Vázquez de Leca, ministro
soldados ya apenas producía vocaciones militares; la sociedad
de la mayor intimidad de Felipe II, sobre cuyo origen gravitan
se~a siendo violenta ~ero no guerrera y una de las causas que
pesadas incógnitas.
continuamente se aduc1an era «ser tan cortos los premios de las.
El desarrollo de la burocracia estatal estaba en todo su apo-
armas en comparación con las letras». La contienda entre las ar-
geo en la época cervantina, y en la obra del Príncipe de los In-
LA ESPAÑA DEL «QUIJOTE» CVII cvm PRÓLOGO

mas y las letras, que en el Quijote aparece desarrollada en dos sobornos a que daban lugar eran conocidos y lamentados, aun-
ocasiones, era un tema clásico; ya Quintiliano, entre los ejerci- que no se les pusiera remedio. Es muy clara la contradicción
cios escritos que proponía a sus alumnos, incluía éste: <<¿A quién con la idea, muy extendida, de que el Renacimiento ensalzó las
se debe conceder la preeminencia, a los juristas o a los milita- virtudes individuales, el principio de que «cada uno es hijo de
res?». Porque no hay que imaginarse que por letras se entendía sus obras» (Quijote, I, 4, 70) y no pueden serle imputables los
la bella literatura; ésta no salió nunca de la indigencia eco- méritos o deméritos de su parentela. Lo cierto es que en este
nómica ni constituía una profesión. Las letras eran los estudios punto, como en otros, se había producido una simbiosis de ele-
superiores, universitarios, centrados en el conocimiento utrius- mentos de origen diverso, una síntesis en la que se fundían ideas
que iuris, el derecho canónico y el derecho civil. El primero caballerescas de raíz pagana y otras procedentes del cristianismo
abría la puerta a las prelacías, el segundo, a la magistratura, los medieval. Ante Dios, el hombre sólo es responsable de sus
tribunales, los consejos, el gobierno de la Monarquía. Forma- obras, pero la idea de premiar o castigar a un hombre en sus des-
ban los togados, los garnachas, un enorme grupo de presión, cendientes «hasta la cuarta generación» también la aceptó el
muy corporativista, con sus raíces bien afincadas en los colegios cristianismo a través de la Biblia. La solidaridad familiar expre-
mayores. La inexistencia de una separación de poderes permi- sada en los bandos medievales no se disipó en la Edad Moder-
tió que una casta de juristas sin especial preparación para los na, sino que tomó otras formas y el ansia innata de inmortali-
aspectos técnicos del gobierno llegara casi a copar los altos dad también tomó dos direcciones: la prolongación de la vida
puestos, con gran disgusto de la clase militar, a la que se iden- en un mundo mejor, en el paraíso, y la pervivencia a través de
tificaba, sin mucha razón, con la clase noble. En teoría, las ar- la fama, de la memoria de los hombres. Dos direcciones entre
mas disponían de más premios que las letras, porque les perte- las que se tendieron numerosos puentes, consiguiendo fundirlas
necían importantes corregimientos y la totalidad de los hábitos en una sola. Su representación tangible, el monumento funera-
y encomiendas de las órdenes militares. En la práctica, la alta rio rara vez individual; por lo común, panteón familiar que re-
burocracia cobraba puntualmente sus sueldos, tenía muchas po- cogía la cadena generacional. Los sufragios colectivos quedaban
sibilidades de enriquecimiento y ascenso social y fue acaparan- asegurados por medio de la institución de capellanías, mandas,
do las prebendas de las órdenes. Todavía en los tiempos en que memorias y otras instituciones que destinaban a los muertos
escribía Cervantes no se había llegado a los abusos de la época una parte importante de la renta total de que gozaban los vivos.
de Olivares, cuando los hábitos se dieron a mercaderes enri- La devoción a las ánimas del Purgatorio, que por entonces ex:..
quecidos y las más sustanciosas encomiendas se atribuían a los perimentó extraordinario auge, respondía a esta misma idea de
burócratas, a sus mujeres y a sus hijos. No se había llegado a ta- solidaridad entre la sociedad de los muertos y la de los vivos~
les extremos, pero ya se barruntaban. En la segunda mitad del Las disposiciones testamentarias reforzaban este sentimiento de
siglo xvn, en vez de enviar tropas en apoyo de Austria, Espa- colaboración y corresponsabilidad. La fundación del panteón
ña recibía tropas austríacas para combatir en las fronteras de escurialense, la obsesión de Felipe II por las reliquias, detalles
Portugal y Francia. · como la real cédula de Felipe IV eximiendo de retenciones y
Otra dualidad digna de mención es la que se establecía entre descuentos los juros consagrados al culto de las ánimas del Pur-
individuo y linaje. Un consejo muy sensato da don Quijote a gatorio subrayan el enorme papel que en la mentalidad colec-
Sancho sobre este punto: <1amás te pongas a disputar de lina- tiva desempeñaron estas ideas.
jes» (II, 43, 1065). Era una obsesión general, alimentada por las Una visión global de la sociedad española resultaría incom-
informaciones de nobleza y limpieza de sangre, necesarias para pleta sin dedicar, al menos, unas alusiones a los elementos que
obtener cargos honrosos, a veces para ingresar en una cofradía con ella coexistían sin fundirse, como cuerpos extraños, ya por
e incluso en algunos gremios. Las rencillas, las enemistades, los razones étnicas, religiosas o de otro orden. El interés actual
LA ESPAÑA DEL «QUIJOTE» CIX ex PRÓLOGO

por los marginados se explica no sólo por el considerable volumen afecto mutuo; los rasgos de fidelidad que a veces descubren los
de algunas de estas minorías y los conflictos a que dieron lugar, documentos nos sorprenden; Rodríguez Marín, en su intro-
sino porque a través de ellas y del trato que recibieron es po- ducción a Rinconete y Cortadillo, cuenta su estupefacción ante el
sible adentrarse en el estudio de los comportamientos y men- testamento de una pobre criada que en el preámbulo enco-
talidades de la sociedad dominante. Los criterios que regían la mendaba su alma a Dios y su cuerpo a la tierra «con licencia del
integración o exclusión de individuos y grupos no eran econó- señor marqués mi amo». El aprendizaje tenía aspectos, detalla-
micos; los pobres no eran marginados, sino un estrato muy am- damente descritos en los contratos, que mezclaban rasgos fami-
plio y muy respetado, con lugar propio en la Res publica Chris~ liares y laborales. ·
tiana. La pobreza era un valor, no un oprobio, y lo mismo los La auténtica marginación tenía aspectos muy variados. En
que la elegían voluntariamente que los que caían en ella por unos casos era irremisible, en otros no. El no creyente, el no
azares de la adversa fortuna tenían derecho a una solidaridad católico, estaba fuera de la comunidad; se toleraba en los ex-
fraternal expresada en multitud de donaciones e instituciones tranjeros defendidos por tratados internacionales. La conver-
benéficas. Eran muy dadivosos los españoles de la época y no sión los integraba plenamente, sin que quedaran máculas de su
sólo los naturales sino muchos extranjeros se beneficiaban de anterior condición. Las prostitutas podían redimirse y lavar sus
su generosidad. Los abusos, la infinidad de falsos pobres pro- culpas; pero no los homosexuales: perseguidos en la época de
dujo disputas (Vives, Medina, Pérez de Herrera) acerca de las Cervantes con ensañamiento, no pocos acabaron en la hogue-
· medidas que sería prudente adoptar en relación con el proble- ra. Tampoco el bautismo, por más si~cero que fuera, restituía
ma de la mendicidad. Discusiones teóricas que tropezaban en su honor a los musulmanes y judíos. Esa fue la tragedia de los
la práctica con la dificultad de distinguir el inválido, el parado, conversos. La esclavitud también dejaba secuelas. España era
el desgraciado, del truhán y del vagabundo. Había una grada- entonces el único país de la Europa occidental con elevado nú-
ción muy matizada que comenzaba con el pobre vergonzante, mero de esclavos; sus fuentes, la trata de negros y las luchas
persona de buena familia que había caído en la indigencia y a contra turcos y berberiscos. Eran frecuentes los casos de manu-
la que había que socorrer a domicilio, de forma que no se las- misión, pero, como ocurría en la antigua Roma, el liberto su-
timara su honor, y terminaba en el transeúnte anónimo al que fría limitaciones y restricciones no menos duras por el hecho, de
no rara vez se hallaba en la calle muerto de hambre y frío una no ser legales. Había también oficios viles, que no hay que con-
noche invernal. A los primeros dedicaban los prelados sumas fundir con los oficios mecánicos.
importantes y trato decoroso. Los últimos sólo tenían a su dis- Estos últimos eran todos los que necesitaban un esfuerzo fí-
posición alguna casilla a la entrada del pueblo que se decoraba sico, un trabajo manual, que llevaba aparejada cierta descalifi-
con el título de hospital aunque no contuviera alimentos ni cación; por eso, aquellos artífices que tenían interés en procla-
medicinas. mar la ingenuidad de su arte, se esforzaban por dejar bien claro
Tampoco deshonraba ni excluía de la comunidad la depen- que ellos ejecutaban sólo la labor magistral, dejando a sus ayu-
dencia personal en sus variadas formas: señor-vasallo, amo- dantes los aspectos materiales de su tarea; los farmacéuticos te-
criado, maestro-aprendiz, etc. Formas de dependencia-que no nían mancebos que pulverizaban, calentaban y mezclaban los
tienen equivalente exacto en la actualidad. La servidumbre no era ingredientes, los pintores se valían de su sirviente para preparar
un estigma, aunque revistiera formas que hoy nos parecen hu- los lienzos y los colores (el caso de Juan Pareja respecto a Ve-
millantes, como los castigos corporales. El lacayo T osilos refie- lázquez), etc. Pero si bien las actividades mecánicas se reputa-
re a Sancho con toda naturalidad que el duque su señor había ban incompatibles con la hidalguía, no descalificaban al artesa-
mandado que le dieran cien palos por una falta en el servicio no, que tenía su puesto señalado en la escala social y en los
(II, 66). La servidumbre doméstica con frecuencia generaba cortejos se agrupaba tras la enseña de su gremio. En cambio, la
LA ESPAÑA DEL <<QUIJOTE» CXII .PRÓLOGO
CXI

profesión vil envilecía a quien la practicaba, por ejemplo el ma- gue siendo un libro español ,~e 1~05 que no cobra su sentido más que en
el corazón de la historia». ·
tarife, el pregonero, el verdugo. Los precedentes clásicos in- Seleccionar unas cuantas obras que introduzcan al lector en el ambiente
cluían en esta reprobación a cuantos se ganaban la vida divir- de la España del Quijote es tarea harto dificil. Mencionaremos en primer lu-
tiendo al público, como los comediantes, aunque la práctica gar a los grandes comentaristis (Clemencín, Rodríguez Marín) y al biógra-
atenuase mucho este juicio tan severo. Fue un argumento muy fo singular pero inevitable .(Astrana Marín). Luego, obras de conjunto como
usado en las polémicas sobre la licitud del teatro. los dos volúmenes coordinados porJ.M. Jover que en el conjunto de la gran
Y de los pícaros ¿qué diríamos? La picaresca no estaba legal- Historia de Espafia de Menéndez Pidal llevan el título El siglo del «Quijote»
(1580-1680) (Espasa-Calpe, Madrid, 1986). Contienen mucha y buena infor-
mente definida; sus contornos eran tan vagos que resulta dificil mación sobre los hechos culturales'. y sociales. El título no es afortunado en
indicar si estaba dentro de los límites tolerables o se situaba fue- cuanto a su delimitación temporal:·más allá de 1640 España cayó en una de-
ra del sistema admitido. Cervantes, que conocía a la perfección presión material y moral que no se corresponde con la atmósfera del Quijo-
aquel ambiente, no lo incluyó en el Quijote, y la razón es cla- te, obra de extraordinaria vitalidad y alegría. ·
ra: la picaresca era un fenómeno urbano, crecía en los bajos Puesto que el ambiente deIQ11ijote es rural, pueden constituir una útil in-
troducción obras como ,Úls crisis agtarias en la Espa,ia modema de Gonzalo
fondos de ciudades cosmopolitas, mal gobernadas, con una po- Anes (Taurus, Madrid, 1970) o ÚI vi'da rura/caste//ana en tiempos de Felipe II
licía deficiente. No tenía lugar en el Quijote, cuyo escenario es de Noel Salomon (Plan·eta, Barcelona, 1973), más centrada en el tiempo y
puramente rural. en el espacio, pues se basa en las .respuestas de seiscientos municipios del ar-
Estas someras pinceladas están lejos de agotar la inmensa ri- zobispado dé Toledo a un cuestionario muy detallado ordenado por el mo-
Aueza y variedad de la sociedad hispana en tomo al año 1600. narca en 1575. Más concreto aunes el libro de Jerónimo López Salazar Es-
A su vez, esa infinita complejidad explica el carácter suscepti- tmáuras agrarias y sociedad r11ral, Instituto ·de Estudios Manchegos, Ciudad
Real, 1986. .
ble, puntilloso y pleitista de hombres que querían dejar bien De mucha ayuda al lector del Qi1ijote serán también las obras de José An-
definido su puesto y aventajarle lo más posible por medio de tonio Maravall, de las qtie sólo citaré dos: Utopfa y' contra11topfa en el «Quijo-
una complicada simbología en la que entraban los tratamientos, te» (Pico Sacro, Santia·g6,: 1976) y L, literatrtrd picaresca desde la historia social
las cortesías, el vestido y otros rasgos externos. (Tatirus, Madrid, 1986}", más.general que su título, verdadero testamento li-
terario de su autor. De carácter más ideológico son las varias aproximacio-
nes de Américo Castro al Q11ijoté y al pensamiento cervantino en general;
trabajos muy afectados pór la evolución de su pensamiento pero, en todo
NOTA BIBLIOGRÁFICA caso, con intuiciones certeras. Puntos de vista originales hay también en va-
rias obras de Francisco Márquez Villanueva, por ejemplo los trabajos reco-
1 . Cervantes no indicó la fecha en que su héroe realizó sus extraordinarias gidos en Persondjes y temas del "Quijote» {Taurus, Madrid, 1975).
aventuras, pero es evidente que protagonista y autor eran contemporá- Un aspecto del Quijote que no puede soslayarse es el de la caballería, cuya
neos; por lo tanto, la España del Quijote es la de finales del siglo XVI y co- máxima expresión la ostentaban los caballeros de las órdenes militares; acer-
mienzos del xvn, época de enorme densidad histórica que ha suscitado ca de ellas destacaremos como la mejo.r y más reciente obra de síntesis la de
abundantes investigaciones y copiosa historiografia . Como reacción a la Elena Postigo, Honor y privilegio en la Corona de Castilla (Valladolid, 1988).
herencia positivista del pasado siglo que primaba la historia político-insti- Sobre otros ternas tambi~n relacionados con la nobleza, me permito remi-
tucional, la de épocas más recientes y más inclinada al estudio de los he- tir a mi obra ÚI sociedad espa,iola ~el siglo XVII (CSIC, Madrid, 1963, 2 vols.;
chos culturales y sociales sustituye con frecuencia el marco secular («el si- ed. facsímil por la Universidad ·de ·Granada, 1992), muy necesitada ya de una
glo xvm) o dinástico («el siglo de Luis XIV ») por la referencia a una figura puesta al día.
cultural destacada («la época de Velázquez», «de Goya», etc.). Resulta cu- Estas sucintas indicaciones generales pueden ampliarse en lo específica-
rioso comprobar que·, en este aspecto, Cervantes ha sido fagocitado por su mente cervantino con el útil y sugestivo artículo de Agustín Redondo
criatura, pues no se suele hablar de «la época de Cervantes», sino de «la «Acercamiento al Quijote .desde una perspectiva histórico-social», en An-
época» o «el tiempo del Quijote». Éste es el título de un artículo del hispa- thony Close y otros, Cervantes, Centro de· Esttidios Cervantinos, Alcalá de
nista Pierre Vilar; incluido luego en su volumen Crecimiento y desarrollo Henares, 1995, pp. 2s1-293; la monografia deJavier Salazar Rincón El mun-
(Ariel, Barcelona, 1964), en el que se dice: «Ese libro eterno [el Quijote) si- do social del «Quijote», Credos, Madrid, 1986; y los perspicaces ensayos de
LA ESPAÑA DEL <!QUIJOTE» cxm CXIV PRÓLOGO

Alberto Sánchez, «La sociedad española .en: el Q11ijotei,, Anthropos, suple- ria/, Anaya, Madrid, 1991; Jerónimo López Salazar, Estructuras agrarias y so-
~ento XVII (1989), pp. 267-274;Jean Canavaggio, «La España del Q11ijote,,, ciedad rural e11 la Mancha (ss. XVI-XVII}, CSIC, Madrid, 1986; Pedro Luis Lo-
Insitla, DXXXVIIJ (octubre de 1991), pp. 7~8, y ·Francisco Rico, «La ejecu- renzo Cadarso, Los conflictos populares en Castilla (siglos XVI-XVII}, Siglo XXI,
toria de Alonso Quijano&, Prfncipe de Viana, anejo XVIII (2000), pp. 261- Madrid, 1996; John Lynch, Los Austrias (1516-1700), Crítica, Barcelona,
268. Ahí se hallará a su vez la biblio$fWa sobre otros puntos más concretos. 2000; Jordi Nadal, Espa,ía e11 su cenit (1516-1598), Crítica, Barcelona, 2001;
M. Rodríguez Salgado, Un imperio en tra11sició11. Carlos V, Felipe II y su mun-
2. Doy a continuación unas pocas indícaciones relativas a cuestiones de de- do, Crítica, Barcelona, 1992; Joseph Pérez, lA Espa,ia de Felipe II, Crítica,
talle ,rozadas en mi texto. Así, en el libro sobre Fray L11is de Granada, del pa- Barcelona, 2000; Luis Antonio Ribot García, coord., lA 111011arqufa de Feli-
dre Alvaro Huerga (BAC, Madrid, 1988); hay detalles y datos impresionan- pe II a debate, Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior, Madrid,
tes del rechazo popular a la unidad política· del Estado español. No poco 1999; Teófilo F. Ruíz, Historia social de Espa1ia, 1400-1600, Crítica, Barcelo-
tuvo que padecer en aquellos años el gran .prosista, que en el asunto de la na, 2002; LA.A. Thompson, Guerra y decadencia. Gobierno y ad111inistració11 en
sucesión al reíno fue instrumento de Felipe II, y como provincial de los do- la Espatía de los A11strias, 1560-1620, Crítica, Barcelona, 1981; Francisco To-
minicos en Portugal tuvo que tragar muchos sapos (véase, por ejemplo, la más y Valiente, Gobiemo e institucio11es. en la Espa,1a del Antiguo Régimen,
p. 42 del libro citado). Alianza, Madrid, 1999; Bartolomé Yun, Marte contra Miuerva. El precio del
Como hice notar en otras ocasiones, résulta simbólico que las solemnísi- imperio espaiíol, c. 145<>-1600, Crítica, Barcelona, 2004.
mas honras fúnebres de Felipe II en la catedral de Sevilla resultaran inte-
rrumpidas por un conflicto de precedencia entr~ el Tribunal de la Inquisi-
ción y la Audiencia. De aquel sonado escándalo fue testigo Cervantes, que
quizá recitó públicamente su soneto «Al túmulo de Felipe lb.
Acerca de los consejos de don Gaspar de Guzmán dirigidos a Felipe IV,
véase J.H. Elliott y J.F. de la Peña, ,Me111oriales y cartas del Conde D11que de
Olivares, I, Alfaguara, Madrid, 1978.
Sobre la tesis de Reglá y sus contradictores, véase mi opúsculo Notas para
una períodizaci6n del reinado de Felipe 11, l.Jl)iversídad de Valladolid, Cátedra
Felipe 11, núm. 4. ·· ·
El relato de los orígenes del poderoso secretario de Felipe 11, Mateo Váz-
quez Leca, parece una novela de .aventuras, pero es más probable que fue-
ra, simplemente, el fruto de los amor~s de un. canónigo sevillano con su
criada (véase A.W. Lovett, Pl,i/ip II at1d Mateo• Vázquez de Leca, Ginebra,
1n~. .
En cuanto a las ganancias que podían obtene!'S~ al ejercitar las armas, re-
cuérdese, como ilustración, que todas las ciudades donde residía guarnición
debían tener corregidor de capa y espada. Como necesitaba además el aseso-
ramiento de un letrado para juzgar las c~usas, resultaban más costosos. Por
ello, el Consejo de Hacienda decía en 1628 que no se debfa permitir que a
Cáceres se le vendieran sus lugares, pqes sól\) podría mantener un corregi-
dor letrado, necesitándolo caballero por ser dudad llena de nobleza y ban-
dos (Símancas; CJH, leg. 643).

3. Se indican en lo sucesivo, por orden.alti.bético, otras referencias biblio-


gráficas de interés para el conocimiento de.la España de finales del siglo XVI
y principios del xvn: Bartolo1:11é B~nnassar, lA Espaiia del Siglo de Oro, Crí-
tica, Barcelona, 1990; Femando Díaz-Plaja, LA .vida cotidiat1a e11 la Espatia del
Siglo de Oro, Edaf, Madrid, 1994; J.H. Elliott, ·LA Espa,ia imperial, 1469-1716,
Vicens-Vives, Barcelona, 1998; J.H. Ellie:')tt, ed.,'Poder y sociedad e11 la Espa-
1ia de los Austrias, Crítica, Barcelona, 198~; Henry Kamen, LA Espa,ia impe-
CXVI PRÓLOGO

miento del heroico manchego por boca de cuatro conocidas fi-


4. LOS LIBROS DE CABALLERÍAS
guras de la caballería literaria, tres hispánicas -Amadís ~e ~au-
la, Belianís de Grecia y el Caballero del Febo- y una italiana,
Sylvia Roubaud
el Orlando furioso de Ariosto. La hostilidad aparece en las cé-
lebres advertencias que enmarcan, a modo de aviso preliminar
y de proclama retrospectiva, las dos partes del Quijote: en el
«Libros de caballerías: los que tratan de hazañas de caballeros
prólogo de 1605, la declaración del bien entendido amigo por
andantes, ficciones gustosas y artifici~sas de mucho ;ntreteni-
boca de quien Cervantes nos informa de que su obra es toda
miento y poco provecho, como los libros de Amad1s, de don
ella <<una invectiva contra los libros de caballerías>>, pues «no
Galaor del Caballero del Febo y de los demás.» Así reza la bre-
mira a más que a deshacer la autoridad y cabida que en el mun-
ve defi~ción -elogiosa y despectiva a un tiempo- que de la li-
do y en el vulgo tienen» sus <<fabulosos disparates» (I, Prólogo,
teratura caballeresca española propone Sebastián de Covarru-
18-19); y en el capítulo conclusivo de 1615, las postreras pa-:-
bias en su Tesoro de la lengua castellana de 161 I. Publicada entre
labras del apócrifo autor Cicle Hamete Benengeli, allí donde
la Primera y la Segunda parte del Quijote, sus pocas líneas ex-
afirma que no ha sido otro ·su deseo <<que poner en aborre-
presan bien el ambivalente modo de sentir ~el público de aque-
cimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de
llos años frente al género caballeresco; y bien concuerdan, en
los libros de caballerías, que por las de mi verdadero don Qui;
lo esencial , con las muchas páginas
. de la historia
,, del ingenioso
,, . jote van ya tropezando y han de caer del todo sin duda algu"".
hidalgo que versan sobre los libros de caballenas: esas paginas
na» (II, 74, 1337). · ··
en que, puestos a discutir de sus lecturas, los pe~o?aJes cer-
Hace mucho ya que se ha cumplido esta orgullosa profecía
vantinos se lanzan a enjuiciar a la caballeresca prodigandole al-
cervantina. Relegados al olvido, los representantes de la consi:-
ternadamente alabanzas y críticas, encomios y vituperios, apro-
derable producción caballeresca del Siglo de Oro español -des-
baciones benevolentes y desdeñosas condenas; y que culminan
contando aquellos que con el tiempo se perdieron sin dejar más
con los dos capítulos (1, 47 y 48) donde cura y canónigo discu-
recuerdo que su nombre- hoy día yacen sepultados en las sec-
rren amplia y detalladamente de los méritos y las tachas d~l gé-
ciones de <<libros raros» de unas pocas bibliotecas europeas,
nero, mientras el autor va tomando nota de las observaciones
donde se conservan silenciosamente en contado número de
de ambos con sonriente neutralidad.
ejemplares, carcomidos por las polillas y envueltos en espesa
Una neutralidad que, al revés de la simple y con~isa ~ase del
capa de polvo. Verdad es que los ataques de Cervantes no fue-
Tesoro, tiene más vueltas de lo que parece, pues no 1mp1de que,
ron la causa directa de su desvalorización, que se había inicia-
por detrás de sus personajes, Cervantes, lector atent? _Y buen
do bastante antes de la publicación del Quijote y sólo mucho
conocedor de la narrativa caballeresca, exprese con tip1ca am-
después acabaría por provocar el derrumbe definitivo del géne-
bigüedad sus propias y compleJ~s opiniones con_ respecto a ella.
ro; pero sí influyeron decisivamente sobre el destino ulterior de
Ora le muestra innegable afic10n, ensalzando liberalmente sus
éste, contribuyendo a desacreditarlo de modo irremediable, so-
libros de caballerías predilectos; ora se burla oblicuamente de
bre todo a partir del siglo x1x, cuando, junto con el culto a la
ella o la ataca fr~ntalmente, manifestándole marcada hostilidad.
obra cervantina, nació y se afianzó la convicción de que las opi..;
Buen ejemplo de lo último son las flechas que le disp~~ tanto
niones expresadas en ella eran punto menos que verdades in-
al principio como al final de la biografia de Al~nso QutJano. La
controvertibles. Fruto de esta actitud es el estado de abandono
burla encubierta viene primero en aquellos altisonantes sonet<:>s
en que están todavía, salvo raras excepciones, los libros d_e ca-
preliminares que, con afectada solemnidad, celebran el advem-
ballerías. Sólo se acuerdan de. ellos, fuera de algunos aficiona-
dos dispersos por el mundo, los manuales de historia de la lite-
CXV
LOS LIBROS DE CABALLERÍAS CXVII cxvm PRÓLOGO

ratura; allí reaparece periódicamente la caballeresca, no releída gresiva. Un pequeño núcleo de investigadores volvió inespe-
por cierto ni reexaminada, sino despachada en un corto capí- radamente a interesarse por ellos y se dio a estudiarlos con el
tulo que, por lo general, suele repetir sin mayores novedades fin de levantar nuevo mapa del género rehabilitándolo hasta
los antiguos dictámenes enunciados a su respecto en el Quijote donde fuera posible. Lo mismo hicieron varios lectores de
y acatados deferentemente por los eruditos decimonónicos. fama, entre ellos Mario Vargas Llosa, quien se lanzó a la de-
Entre ellos Clemencín, que se obligó a escudriñar con escru- fensa de la narrativa caballeresca, señalando el lugar central que
puloso empeño cuantas ficciones caballerescas le salían al paso ocupa en el Quijote y arguyendo que de ella, de su venerable
en las páginas del Quijote y a consultar otras muchas que Cer- materia y su continuada renovación, procede la novela mo-
vantes no menciona; Gayangos, que se dedicó a inventariar y derna. También se fueron reeditando, además de dos o tres
clasificar la totalidad de la producción caballeresca sin dejar por obras mencionadas por Cervantes, unas cuantas más que no
ello de censurarla sarcásticamente; y más tarde, Menéndez Pe- habían vuelto a salir a luz desde el Siglo de Oro. Pero pese a
layo, a quien le bastó con leer unas pocas obras y con hojear todos estos esfuerzos no se han disipado hasta ahora los prejui-
condescendientemente parte de las restantes para aprobar la ri- cios ni la indiferencia casi general de que suelen ser víctimas
gurosa sentencia pronunciada por el canónigo cuando declara los libros de caballerías. Considerados como curiosidades ar-
que los libros de caballerías «son en el estilo duros; en las haza- queológicas de dificil acceso y fastidioso contenido, desestima-
ñas, increíbles; en los amores, lascivos; en las cortesías, malmi- dos y desatendidos, siguen gozando de escasa difusión. Apenas
rados; largos en las batallas, necios en las razones, disparatados sobreviven en la memoria del público de hoy los títulos de
en los viajes, y, finalmente, ajenos de todo discreto artificio y aquellos que tienen la suerte providencial de figurar, aunque
por esto dignos de ser desterrados de la república cristiana, sea a poca honra, en el Quijote. . .
como a gente inútil» (1, 47, 601). Actualmente, la literatura caballeresca española es una terra in~
Aún no se han apagado los ecos de tan enérgica condena. Por cognita de la que los lectores desertaron para emigrar a otras re-
comodidad; por rutina, la crítica y el público la siguen hacien- giones literarias, un verdadero continente cuyas múltiples pro-
do suya. No siempre le han prestado suficiente atención a la vincias están por redescubrir y explorar nuevamente. Tan
simpatía que el canónigo, en otro momento de su plática con desprestigiada se halla, que nos cuesta imaginar la prodigiosa vi-
el cura, muestra tener por la caballeresca, «largo y espacioso talidad con la que sus representantes fueron multiplicándose
campo» (1, 47, 601) abierto a todo aquel que sepa escribir «con durante más de tres siglos: desde fines del siglo xm, cuando
apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención» (1, 47, 602). surgen en España, junto con traducciones de los romans france-
Ni siempre han tomado verdadera conciencia del papel que ses, las primeras muestras de la novelística peninsular -el Caba-
desempeñan los libros de caballerías en el Quijote, donde no llero Zifar y el Amadís primitivo-, hasta principios del xvn, en
sólo son tema de discusión literaria entre los personajes, sino que se publican la últimas creaciones caballerescas hispánicas, el
también fuente de inspiración vital para el protagonista, y, so- Policisne de Boecia castellano y el Clarisol de Bretanha portugués.
bre todo, fundamento de la reflexión de Cervantes sobre las El género comprende, entre obras impresas y textos manuscri-
dos caras del mundo en que se mueve Alonso Quijano: intre- tos, no menos y tal vez más de setenta títulos, si incluimos en
pidez guerrera, andanzas heroicas, amores ideales y he1mosas él -como solían hacerlo los lectores del Siglo de Oro, un Juan
ilusiones por un' lado, y por el otro, prudencia burguesa, vida de Valdés o bien el mismo Cervantes- no sólo las narraciones
sedentaria, sentido práctico y férrea realidad. castellanas, sino también las forasteras que se habían traducido
Sólo en época reciente -en los últimos veinte o treinta al castellano: las de procedencia francesa, ya artúricas, ya caro-
años- empezaron los libros de caballerías a salir del largo con- lingias; las de nacionalidad valenciana como el Tirant Lo Blanc;
finamiento al que se los había condenado. Salida lenta y pro- las de origen portugués como el Palmerín de Inglaterra, o bien
LOS LIBROS DE CABALLERÍAS CXIX CXX PRÓLOGO

italiano como el Espejo de caballerías, inspirado en parte por el nen los santos y santas: Teresa de Ávila e Ignacio de Loyola,
Orlando im1a111orato de Boiardo. encandilados ambos en su juventud por las aventuras de la ca-
Igualmente impresionante es la enorme difusión que alcanza- ballería libresca; los grandes señores y los hombres de letras, un
ron muchos de estos setenta libros, reeditados algunos de ellos Diego Hurtado de Mendoza, un Fernando de Rojas, que en
varias veces, no solamente a lo largo del Siglo de Oro, sino in- sus bibliotecas disponen de respetable cantidad de libros de ca-
cluso después de 1650: cerca de veinte ediciones totaliza el ballerías; la gente menuda, a quien también deleita la materia
Amadís de Gaula durante el siglo xv1, y unas sesenta y seis de estos libros y que, de una forma u otra, consigue acceder a
el conjunto de sus continuaciones; doce el Palmerfo de Oliva, ella; oscuros oficiales como aquel enfermero del hospital de
once el Caballero de la Cruz; diez Las se,gas de Esplandián, siete Santiago de Compostela que a su muerte, en 1543, posee un
y seis respectivamente el Amadfs de Grecia y el Caballero del Febo, ejemplar del Amadfs, o aquel pregonero valenciano que en
cuya última reimpresión data de 1617; y nada menos que nue- 1558 lega a sus herederos un Caballero de la Cruz y un Valerián
ve entre 1500 y 1590 y otras tantas entre 1600 y 1705 la Histo- de Hungrfa; artesanos y aprendices desocupados como los que
ria del emperador Carlomagno y los Doce Pares de Francia (cuya lon- alrededor de r 550 se reúnen los domingos en las gradas de la
gevidad, dicho sea de paso, muestra cuán infundada es la idea catedral de Sevilla para atender a la lectura en voz alta de algún
de que Cervantes logró, según se lo proponía, acabar brusca y episodio caballeresco escogido; estudiantes modestos, como ese
definitivamente con la boga de los libros de caballerías; en 1653 hijo de labradores de Cuenca que hacia 1579 se acuerda de Las
Gracián todavía hostiga ásperamente en el Critic6n a aquellos sergas de Esplandián; curanderos de pueblo, como el morisco
que leen estos «trastos viejos>>). Verdad es que el ritmo al que aragonés Román Ramírez, en cuyo proceso inquisitorial de los
fueron saliendo todas estas ediciones, muy acelerado antes de años r 590 se declara capaz de recitar de memoria todo el Cla-
1550, se hizo bastante más lento después de esta fecha, amino- rián de Landaniso y el Florambel de Lucea. Y, por fin, surgidos de
rándose aún más a partir de 1600, disminución que indica a las todas estas capas sociales, las altas y las bajas, los conquistadores
claras el debilitamiento progresivo sufrido por el género en los y los primeros colonos emigrados a América, quienes se lleva-
decenios posteriores al nacimiento de Cervantes. Pero ello no ron a Ultramar las muestras más antiguas del género caballeres-
quita que globalmente las cifras editoriales resulten elevadísi- co, dejando al cuidado de sus descendientes la adquisición de
mas, viniendo a ser la caballeresca el sector más importante en las más recientes. De esa adquisición son testimonio las nóminas
cantidad de toda la literatura del Siglo de Oro. de encargos enviadas desde México o Lima a los impresores pe-
Y uno de los más importantes en cuanto a número y a va- ninsulares a lo largo de los siglos XVI y xvn. Y de la difusión
riedad de lectores. Tanto en España misma como en las colo- ultramarina de los libros de caballerías quedan indiscutibles
nias americanas de la monarquía española, la larga y abigarrada huellas en la toponimia americana del norte y del sur: la Cali-
lista de los aficionados a libros de caballerías se nos presenta fornia debe su nombre al del imaginario reino de las Amazonas
como un desfile de todos los estamentos de la sociedad. A la evocado en Las sergas de Esplandián, y la Patagonia el suyo al de
delantera están los reyes y reinas: Pedro IV de Aragón, el Ce- una tribu de salvajes monstruosos descritos en el Pl'irnaleón.
remonioso, que en 1361 le reclama a su capellán el «librum A la luz de estos datos y noticias es dificil seguir creyendo,
militi Siffar»; Isabel la Católica, en cuyo inventario de bienes fi- como hicieron algunos, que los libros de caballerías fueron ante
guran versiones'hispánicas de las principales narraciones artúri- todo lectura de la aristocracia, que en ellos hallaba representa-
cas francesas, un Merlfn, una Ystoria de Lanza rote, una Demanda dos sus refinamientos amorosos, sus acciones heroicas y sus
del Santo Grial; Carlos V, que gusta del Belianfs de Grecia y, en ocupaciones cortesanas. No cabe duda, eso sí, de que en la li-
compañía de la Emperatriz, suele hacerse leer alguna obra ca- teratura caballeresca renacentista, nacida a la sombra y al -ar:ri-·
balleresca a la hora de la siesta. En pos de las figuras regias vie- mo de la antigua narrativa medieval, se ofrece la expresión nos-
LOS LIBROS DE CABAttERÍAS CXXII PRÓLOGO
CXXI

tálgica y la celebración casi exclusiva de un mundo nobiliario a Schiller se muestra impresionado por «tan hermosa y exce-
arcaico, habitado por figuras masculinas y femeninas de en- lente .obra» como el Amad{s de Gaula y lamenta no haberla co-
cumbradísima posición social -empe;adores, reyes, príncipes, nocido hasta entonces «si no es a través de la parodia que de ella
infantas, duques, condes y algún que otro caballero o escudero se ha escrito». .
de menor cuantía-, en cuyas vidas sólo hay lugar para las haza- Ahora bien: ¿de qué tipo de obras se compone esta produc-
~as guerreras y las intrigas sentimentales, y, a cuyo lado apenas ción caballeresca, tan enorme en cantidad como dilatada en el
s1 se perfilan, de tarde en tarde, las ,~iluetas borrosas de un mer- tiempo? Puede decirse, simplificando mucho, que de dos sec-
cader o un rústico de plebeya extracción. .Pero también es ob- tores novelísticos diferentes en cuanto a origen y naturaleza. El
vio que la pintura de ese mundo,Jleno de ferocidad y .cortesía, uno comprende las viejas narraciones francesas -los romans- es-
de peligros y prodigios~ de ·amantes 'desdichados y parejas feli- critas en verso a fines del siglo xn y prosificadas en el siglo si-
ces, consiguió granjearse el favor ·:de una ·multitud de lectores: guiente, que a su vez se subdividen en tres categorías: las de tema
no solamente miembros de la nobleza y la hidalguía sino bur- <<clásico», cuyo fondo enlaza con las fabulas heredadas de la An-
gueses acomodados, campesinos opulentos, humildes jornaleros tigüedad y en particular con los legendarios sucesos de la fun-
(y venteros socarrones como ·el que,.'alberga a don Quijote y dación y destrucción de Troya; las de ambiente artúrico, en el
Sancho). No una minoría más o menos selecta, sino un públi- que evolucionan, en tomo a la mítica figura del rey Artús de
co amplio, numeroso y variado, precisam~nte aquel que des- Gran Bretaña, las parejas simétricas formadas por Lanzarote y
cribe el ingenioso hidalgo cuando le declara al canónigo que los Ginebra. y por Tristán e Iseo; y en tercer lugar, los relatos de
libros de caballerías «impresos c01i' licencia de los reyes y con asunto carolingio como el ya citado Carlomagno y los Doce Pa-
aprobación de aquellos a quien se remitieron •... con gusto ge- res o el Enrique fi de Oliva, a los que hay que añadir breves no-
neral son leídos y celebrados de los grandes y de los chicos, de velitas de amor y aventuras como son, por ejemplo, las histo-
los pobres y de los ricos, de los letrados e ignorantes, de los ple- rias de Clamades y Clarmonda o de Pierres de Provenza y la linda
beyos y caballeros ... , finalmente, de todo género de personas de Magalona. Parte de este material, considerado por muchos
cualquier estado y condición qiie sean» (1, 50, 622). como histórico, había penetrado en España en época muy tem-
No muy diferente del de España fue el público que en el res- prana, ya a mediados del siglo xm, incorporándose primero a
to de Europa se dejó cautivar por la abundante inventiva de los las crónicas, en especial a la Grande e general estoria de Alfonso
autores caballerescos españoles. La mayor parte de las ficciones el Sabio, y expandiéndose más tarde por toda la Península a tra-
hispánicas, tanto las castellanas como las .catalanas y portugue- vés de adaptaciones en catalán, portugués y castellano, que, re-
sas, pasaron unas tras otras á Italia y a Fmncia, a Inglaterra y a tocadas y modernizadas, se dieron a la imprenta a fines del si-
Alemania, donde sus traducciones tuvieron lectores y se fueron glo xv y en los dos primeros decenios del xv1: en 1490 salía a
reeditando hasta bien entrado el siglo X:vm. Las traducciones la luz la Cr6nica troyana, y algo después, los libros artúricos (la
más tempranas se realizaron en Francia, patrocinadas por Fran- Tragedia de lAnfalot catalana en 1496, el Baladro del sabio Merlín
cisco I, quien, tal vez por haber tenido noticia del Amadís en 1498, el Trístán de Leonfs en I 501, el Tablante de Rícamon-
mientras estuvo preso en Madrid después de la batalla de Pavía, te en 1513, y la Demanda del Santo Grial en 1515). Igual suce-
encargó hacia 1530 que se vertiera alfrancésjunto con los de- dió con los relatos más breves que, además de publicarse por
más «Amadises». Y entre los lectoi;es más tardíos descuellan, en separado o juntándose varios de ellos en un solo volumen, se
Inglaterra y en Alemania, dos ingenios ilustres: el doctor John- fueron imprimiendo en forma de pliegos sueltos de amplísima
son, que en sus años rnozós dio con el Felixmarte de Hircania en difusión. ·
la biblioteca de un aril.igo y en 1776., ya: viejo, se compró un Al lado de esta multitud de textos forasteros -<<exóticos>> los
Palmerín de Inglaterra en italiano; y Goethe, que en carta de 1805 llamaba Menéndez Pelayo- están las obras «indígenas», o sea las
LOS LIBROS DE CABALLERÍAS CXXIV PRÓLOGO
CXXIII

de aquellos autores peninsulares que, a partir de fines del siglo por otro, las competiciones organizadas por gusto y ostenta-
XIII, se lanzaron a componer libros de caballerías por cuenta ción, pasos de armas, justas y torneos, merced a los cuales la
propia y siguieron elaborando ficciones nuevas hasta comien- aristocracia feudal se ofrecía a sí misma, en la vida real como en
zos del xvn: el Caballero Zifar, escrito posiblemente antes de los libros, la confirmación de su arrojo y gallardía. Amor, el
1300 y editado en 1512; el Tirant lo Blanc, redactado hacia 1460
'amor cortés' o 'amor fino' (fin amors lo habían denominado los
e impreso treinta años más tarde; el Amadís de Gaula, objeto de trovadores provenzales del sur de Francia, imitados después por
varias refundiciones sucesivas a lo largo de los siglos XIV y xv, los poetas catalanes, gallego-portugueses y castellanos de los si-
que salió finalmente a luz, en la versión de Garci Rodríguez de glos XIII y x1v), aquella relación amorosa en que el caballero
Montalvo, en los albores del XVI, y el resto de los «Amadises» prendado de una dama noble se le entrega por entero, some-
entre 1510 y 1549; el Palmer(n de Oliva, impreso en 15n, cuya tiéndose a su voluntad, dedicándose a servirla y obligándose a
media docena de continuadores, los <<Palmerines», se distribu- observar estrictas reglas de conducta erótica -discreción abso-
yen entre Castilla y Portugal, siendo de procedencia lusitana, luta, paciencia ilimitada, rigurosa fidelidad-; turbado cuando ve
además del Palmerín de Inglaterra, los dos últimos miembros de a su señora, suplicante cuando le habla, triste al alejarse de ella,
la serie, el Don Duardos de Bretanha y el Clarisol, fechado en dolorido si la descontenta, pero deslumbrado si obtiene sus fa-
1602. A estas obras se suman cantidad de otras menos conoci- vores y logra hacerla suya en apasionada unión de cuerpo y
das o, por mejor decir, más olvidadas, que es imposible enu- alma. Otro tópico fundamental de la narrativa ultrapirenaica
merar de forma exhaustiva; valgan como muestras y por hacer fue el que sus personajes se movieran dentro de un marco geo-
sonar el nombre de algunas, el Floriseo, el Polindo, el Félix Mag- gráfico de fantasía, una Europa y un mundo asiático poblados
no, la familia de los cinco «Clarianes», libros publicados todos de islas y comarcas imaginarias donde a cada paso podían apa-
antes de 1550, y, posteriores a esa fecha, Florando de Inglaterra, recer castillos fantásticos, surgir seres monstruosos y temibles
Leandro el Bel, Febo el troyano, Rosián de Castilla y, por fin, las gigantes, y verificarse toda suerte de prodigios funestos o bené-
cuatro partes del Caballero del Febo. ficos.
Entre los libros <<exóticos» y los «indígenas» hay estrecha re- En cuanto a la forma y composición de sus relatos, los auto-
lación, pues los escritores hispánicos mantuvieron con extraor- res de los romans habían ido elaborando y afinando progresiva-
dinario conservadurismo la tradición narrativa instaurada por mente una técnica narrativa compleja, inspirada en aquella de
sus predecesores franceses. Desde la eclosión del género hasta la digressio o digresión ornamental, que recomendaban, aplicán-
su extinción perduró en la Península la influencia de los romans dola a la oratoria, los tratados de retórica medievales. Traslada-
medievales, que transmitieron a la primitiva novelística espa- da al ámbito de las obras de ficción, la utilización sistemática de
ñola, en particular al Amad{s, su contenido y su forma, pasan- esta técnica digresiva había quedado magistralmente ejemplifi-
do éstos luego del Amadís a toda la novelística posterior. En ese cada en el monumental l.Anzarote en prosa de los años 1200;
contenido predominaban, asociados el uno con el otro, dos consistía en ir desviando la narración de un episodio a otro
elementos básicos: militia et amor, según escribiera lacónica- nuevo y de éste a muchos más, dejándolos todos momentá-
mente, acordándose de un verso de Ovidio, el anónimo autor neamente inconclusos hasta darles remate uno tras otro en im-
de un tratado de retórica en latín compuesto alrededor de 1220. bricada e ininterrumpida sucesión de aventuras de toda índole,
Militia, o sea 'caballería' (que así solían interpretar la palabra la- cuyos hilos entrelazados se han podido comparar con los de
tina aquellos que en la Edad Media la traducían a una lengua una inmensa tapicería al estilo medieval: un intrincado laberin-
vernácula), vale decir las actividades militares propias de los ca- to de historias varias, por el que Dante profesara una honda ad-
balleros: por un lado, las guerras, los retos, los combates singu- miración en su De vulgari eloquentia, allí donde elogia los «bellí-
lares a ultranzá, emprendidos por necesidad u obligación; y, simos meandros artúricos», y que, siglos más tarde, aún había
LOS LIBROS DE CABALLERÍAS CXXV CXXVI PRÓLOGO

de alabar a su manera el canónigo del Quijote al evocar «una celos, quien, al empezar su relato, rememora con emoción la
tela de varios y hermosos lizos tejida, que después de acabada grandiosa muerte del rey Artús tal como la cuentan los últimos
tal perfección y hermosura muestre, que consiga el fin mejor capítulos de la Demanda del Santo Grial. Del Amadfs y sus pri-
que se pretende en los escritos» (1, 47, 602). meras continuaciones, como también del Palmerín de Oliva y las
Al transmitirse a los autores peninsulares, todos estos ingre- suyas, es, en realidad, de donde deriva en su mayor parte la ca-
dientes o, mejor dicho, componentes de los antiguos romans balleresca española. Un género que, con puntillosa fidelidad a
franceses estaban ya algo desgastados por el uso. Con el tiem- su propio pasado literario, preservó incansablemente, en pleno
po habían ido perdiendo parte de su eficacia, llegando a trans- Renacimiento, el recuerdo de modos de vivir, hablar y pensar
formarse la técnica del «entrelazamiento>> en mero recurso caídos en desuso, de costumbres y jerarquías sociales desapare..:
formal destinado a prolongar indefinidamente, merced a la cidas, encerrando ese recuerdo en un molde narrativo hereda-
multiplicación mecánica de combates, amoríos e incidentes fa- do de la Edad Media; pero que al mismo tiempo supo reno,..
bulosos, la biografia del protagonista. Pero no por ello dejaron varse, evitando con típico optimismo renacentista los desastres
los escritores hispánicos de conservar e imitar el material fran- sentimentales y los trágicos desenlaces que solían ensombrecer
cés, basándose en él para componer sus ficciones. En el Amadfs a las ficciones medievales. El libro de caballerías peninsular ex-
es manifiesta la impronta de dos grandes modelos, el Tristán en cluye el amor adúltero -aquel que había unido a Lanzarote con
prosa y · el Lanzarote, cuyo prestigio se había impuesto a toda Ginebra, esposa de Artús, y a Tristán con Iseo, mujer del rey
Europa; como la historia de Tristán, «los cuatro libros del vale- Marco- y sólo admite los amores ilícitos con tal de que los san-
roso y virtuoso caballero Amadís de Gaula, fijo del rey Perión tifique, como en el caso de Amadís y su dama Oriana, un ma-
y de la reina Elisera», comienzan con una evocación de los pa- trimonio secreto, confirmado después de algún tiempo por bo-
dres del héroe y sus amores; y como Lanzarote, el héroe espa- das públicas y solemnes. También ignora aquellos epílogos
ñol es un príncipe que desconoce sus orígenes y se cría lejos de patéticos de las narraciones francesas, en que perecen los aman-
su familia en la corte de un rey de Gran Bretaña, llegando a tes y se derrumba, en tomo. a ellos, el mundo heroico que los
convertirse, gracias a sus dotes excepcionales, en <<el mejor ca- rodeaba; superados los peligros y sinsabores de la juventud, sus
ballero del mundo». También perdura en el texto amadisiano, protagonistas viven felices sin envejecer y a veces sin morir si-
incluso en la versión modernizada por Montalvo a fines del si- quiera, gozando de inusitada longevidad, mientras su deseen..,
glo xv, el empleo de un léxico arcaico que permite situar la ac- dencia, hijos, nietos y demás allegados, perpetúa interminable-
ción, supuestamente desarrollada «no muchos años después de mente su historia.
la pasión de nuestro Salvador Jesucristo», en una época venera- Así es como, a pesar de su apego a la tradición, los escrito-
ble y atribuirles a los personajes la indumentaria, las armas y a res hispánicos se esforzaron por adaptar sus obras a los tiempos
veces hasta el lenguaje propios de sus antecesores artúricos del en que vivían y, con prudencia pero con clara conciencia de lo
siglo XIII, anacronismo obstinadamente cultivado por los auto- que les exigía su quehacer literario, fueron introduciendo en
res de libros ~aballerescos posteriores al Amadfs y sabrosamente ellas elemento~ originales. Si cada autor reproduce la sustancia,
parodiado a lo largo del Quijote. la trama, el tono y el esquema constitutivo de los arquetipos
Sin embargo, después de 1530, las narraciones hispánicas fue- novelísticos de los que su obra es, en cierto modo, la repeti-
ron suplantando poco a poco a las viejas traducciones de los ro- ción, también inventa variantes o elabora motivos novedosos
mans medievales y sólo algunos novelistas siguieron inspirándo- que dan a su relato una fisonomía y una andadura propias. Se,-
se directamente en el antiguo material de procedencia francesa; mejantes variaciones se deben, por lo general, a que los escri-
poco corriente es el caso del leído autor portugués del Memo- tores rivalizan entre sí, proponiendo monstruos más espantosos
rial das proezas da segunda Távola Redonda, Ferreira de Vascon- que el Endriago vencido por Amadís, combates más impresio-
LOS LIBROS DE CABALLERÍAS CXXVII CXXVIII PRÓLOGO

nantes, torneos más complicados, amores más contrariados, Basurto se describen las riñas de los tahúres y se censura la pa-
vestimenta más lujosa, edificios de arquitectura más extrava- sión del juego; el Amadfs de Grecia y el Florisel de Niquea, del
gante, en continua amplificación de los motivos desarrollados prolífico regidor de Ciudad Rodrigo, Feliciano de Silva, de
ya por sus predecesores. Muestra característica de este fenóme- cuyo estilo enrevesado se burló tan sarcásticamente Cervantes,
no es la forma en que va evolucionando, a partir del Amadís, la contienen largos episodios pastoriles; en el proemio del Crista-
atribución a dos autores sucesivos, un redactor antiguo y un lián de Espa,ia, doña Beatriz Bemal contrasta la «femínea debi-
traductor moderno, del libro que se está leyendo, desdobla- lidad» de su sexo con la bravura combativa de sus personajes
miento iniciado por Montalvo y tan sutilmente aprovechado masculinos; en el Valerián de Hungría, el notario Dionís Cle-
después por Cervantes en su creación de Cicle Hamete Benen- mente multiplica las arengas y debates de corte jurídico para
geli: en el Caballero de la Cruz (1521) los autores son un cro- compensar su escaso interés por las armas y la guerra; y en el
nista moro y un cautivo cristiano capaz de verter al castellano Belian{s de Grecia, el cultísimo licenciado Jerónimo Fernández
el texto árabe; en el Amadís de Grecia (1530) coexisten dos res- pretende ambiciosamente entroncar con los poemas homéri-
ponsables cuyos prólogos se oponen y contradicen; en el Pal- cos, ofreciendo de paso una guía turística de las cuatro partes
merín de Inglaterra (1547) Francisco de Moraes finge que labio- del mundo.
graña de su protagonista no es sino un extracto, vertido al Reflejo de épocas pretéritas y representación de los tiempos
portugués, de las viejas crónicas de Gran Bretaña conservadas presentes, la caballeresca española sin duda debió su asombroso
en la biblioteca de un erudito parisino; y en el Felixmarte de Hir- éxito precisamente a esta variedad de enfoques, a esta mezcla
cania (1556) aparecen nada menos que cuatro personajes: el de rutina e invención, que le permitió conservar intactas sus es-
griego Philosio, cuyo texto, supuestamente traducido al latín tructuras a lo largo de toda su trayectoria y, al mismo tiempo,
por Plutarco y retraducido por Petrarca al idioma toscano, diversificar su temática poniéndola al día y ajustándola en par-
pasa finalmente al castellano en la versión del oscuro Melchor te a la realidad contemporánea. En los libros de caballerías los
Ortega. hombres y las mujeres del Siglo de Oro pudieron contemplar,
Al margen de estas variaciones, que a buen seguro eran per- como en un espejo lejano, la imagen de un mundo muy dife-
ceptibles para los lectores del Siglo de Oro más sensitivos y más rente y a la vez bastante próximo de aquel en que vivían: un
familiarizados con la caballeresca, como podía serlo un Cer- mundo más primitivo, más heroico, más incómodo, pero que,
vantes, también hay notables diferencias de fondo y estilo en- por haber perdido su vigencia, les parecía más atrayente que la
tre cada uno de los representantes del género. Compuestos por conflictiva edad en que les había tocado nacer. Mundo ilusorio
individuos de condición y cultura muy diversas -nobles pala- y ficticio por cierto, pero que les daba la posibilidad de evadir-
ciegos, hidalgos provincianos, profesores de universidad, juris- se del suyo sin desprenderse totalmente de él. Ese refugiarse en
consultos, oscuros medicastros y mujeres letradas-, los libros de la ficción caballeresca para escapar de la mediocridad y las tri-
caballerías reflejan la personalidad de sus autores, sus gustos li- bulaciones del vivir cotidiano accediendo a otra forma de vida
terarios, sus aficiones científicas y a veces hasta sus experiencias más noble y mejor, bien lo conoce don Quijote y bien se lo
personales. Ef Clarimundo del docto historiador lusitano Joao de describe al canónigo cuando, después de largo alegato en de-
Barros conmemora los míticos orígenes y las gloriosas figuras fensa de los libros de caballerías, termina diciendo: «No quiero
de la dinastía real portugu~sa; el segundo de los «Clarianes», alargarme más en esto, pues dello se puede colegir que cual-
obra de un cierto «maestre Alvaro», físico del Conde de Orgaz, quiera parte que se lea de cualquiera historia de caballero an-
va encabezado por un prólogo pedantesco donde, a base de d- dante ha de causar gusto y maravilla a cualquiera que la leyere.
tas aristotélicas, se encarecen las distancias que median entre las Y vuestra merced créame, y ... lea estos libros, y verá cómo le
nueve esferas celestiales; en el Florindo del piadoso Fernando destierran la melancolía que tuviere y le mejoran la condición,
LOS LIBROS DE CABALLERÍAS CXXIX CXXX PRÓLOGO

si acaso la tiene mala. De mí sé decir que después que soy ca- parquedad muy propia de su ingenio, haya omitido intencio-
ballero andante soy valiente, comedido, liberal, bien criado, nadamente algunos de los que había leído, seleccionando cui-
generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de traba- dadosamente aquellos a los que iba concediendo el honor de fi-
jos, de prisiones, de encantos; y ... pienso, por el valor de mi gurar en su obra. Cabe notar, por otro lado, que semejante
brazo ... en pocos días verme rey de algún reino, adonde pue- selección privilegia notablemente la caballeresca peninsular, ya
da mostrar el agradecimiento y liberalidad que mi pecho en- que Cervantes dedica casi exclusiva atención a las narraciones
cierra» (1, 50, 625-626). españolas, si bien no las designa expresamente como tales ni di-
«Cualquiera historia de caballero andante ha de causar gusto ferencia claramente de las castellanas las obras catalanas o por-
y maravilla a cualquiera que la leyera»: en la perentoria afirma- tuguesas como Tirante el Blanco y Palmerfn de Inglate"ª· que casi
ción de don Quijote se percibe el eco tenue de lo que pudo seguramente conoció a través de sus traducciones. Menos caso
representar quizá para Cervantes, en algún momento de su hace, en cambio, de la narrativa francesa: tan sólo de pasada
vida, la lectura de los libros de caballerías. En algún momento alude a uno o dos relatos carolingios, y no parece haber leído
de su vida que nos es imposible ubicar en el tiempo, pues ig- ni el Merlín ni el Tristán ni la Demanda del Santo Grial, sino úni-
noramos cuándo los leyó, si a lo largo de su vida o en sus años camente el modesto Tablante de Ricamonte, texto secundario
mozos (según hicieran, arrepintiéndose de ello en su edad ma- pero en cuyas páginas iniciales pudo hallar una escueta lista de
dura, Pero López de Ayala y Juan de Valdés). Tampoco sabe- héroes que diestramente utilizó para suplir su ignorancia de la
rnos a ciencia cierta cuáles y cuántos de ellos juntó en su bi- materia, valiéndose también para ello del romance de Lanzaro-
blioteca, suponiendo que los coleccionara y su colección se te y de la vieja leyenda relacionada con la metamonosis de Artús
pareciera a la de Alonso Quijano. Es evidente en todo caso que en cuervo y con su posible resurrección en algún siglo futuro.
en el momento de escribir la historia del ingenioso hidalgo dis- Bien indica este recuento que la lectura cervantina de la ca-
taba mucho de compartir el ciego entusiasmo de éste por el gé- balleresca no fue enciclopédica ni ordenada, sino, como es na-
nero caballeresco, pero sí lo tenía muy presente en la memo- tural en un escritor -,y más en uno tan ajeno a toda ostentación
ria, como quien lo frecuentara desde antiguo compenetrándose erudita como sabemos que era Cervantes-, lectura libre, ex-
con su materia y su estilo . . ploración caprichosa y desenvuelta, puesta al servicio de la crea-
Ni cuantitativa ni cualitativamente es facil apreciar lo que ción personal. Así lo sugieren las confidencias del canónigo,
pudo ser esta compenetración, que en opinión de la mayoría de quien significativamente admite que jamás se ha podido aco-
los críticos denota por parte de Cervantes un conocimiento ex- modar a leer ningún libro de caballerías del principio al cabo
tensísimo a la vez que minucioso de la producción caballeres- (1, 47), y en otro momento confiesa que ha tenido cierta ten-
ca. En realidad, si se echa la cuenta de los libros de caballerías tación de escribir uno, guardando de él todos los puntos que le
presentes en el Quijote se comprueba que sólo doce de ellos parecen convenir e imponerse en esta clase de literatura (1, 48).
aparecen en el capítulo del «donoso escrutinio» llevado a cabo De hecho, en las lecturas caballerescas de Cervantes se da una
por el cura y el barbero en la biblioteca de Alonso Quijano, mezcla singular de atención escrupulosa a ciertas obras y de
quedando mencionados otros nueve en el resto de su historia y desenfadada distracción por lo que respecta a las demás. Ejemplos
tal vez aludidos de manera indirecta unos tres o cuatro más: en de lectura cuidadosa y memoriosa son la del Amadfs de Gaula y
total, veinticinco títulos, cifra limitada que equivale a una ter- la de Tirante el Blanco. El Amadfs no solamente es el libro de ca-
cera parte más o menos de los que comprende el género en su ballerías más frecuentemente aludido en el Quijote (donde se le
conjunto. Pero cantidad respetable, hay que reconocerlo, si se menciona de treinta a cuarenta veces), sino que es evidente que
tienen en cuenta las voluminosas dimensiones de cada libro y Cervantes lo tenía muy en la uña: por boca de don Quijote
se admite hipotéticamente la posibilidad de que Cervantes, con señala que hay en el libro una figura -la de Gasabal, el nebulo-
LOS LIBROS DE CABALLERÍAS CXXXI CXXXII PRÓLOGO

so escudero de Galaor- cuyo nombre aparece una vez sola, in- menos generales y, ya sean elogios, ya sean condenas, concuer-
dicación tanto más meritoria cuanto que la obra encierra a más dan mejor con la obra a que se aplican. El Palmerín de Inglaterra
de doscientos cincuenta personajes diferentes, siendo, por lo de Francisco de Moraes, gran señor portugués de finísimo in-
demás, esta densidad de población una característica funda- genio y educación cortesana, justifica plenamente lo que dice
mental de las tierras caballerescas y una de las causas que hoy Pero Pérez del «grande artificio» y «mucha propiedad y enten-
en día más desalienta al turista-lector que se anima a visitarlas. dimiento» de su autor; y son muchos los lectores del Tirante
También en el Tirante, donde los personajes son casi trescien- que han hallado en él, como el buen sacerdote, <<un tesoro de
tos, recuerda Cervantes, junto con varios incidentes que le han contento y una mina de pasatiempos» (1, 6, 90). Sin embargo,
caído en gracia, a un insignificante caballero, llamado Fonseca, para quien ha leído los demás libros de caballerías inspecciona-
que sólo fugazmente y de manera marginal surge entre las pá- dos por cura y barbero, no siempre son comprensibles ni apro-
ginas de la novela catalana. piados los reproches que se le hacen a cada uno. A Clemencín
Cuatro obras más ocupan en el Quijote un lugar preferente: el ya le extrañaba que al Olivante de Laura se le calificara de «to-
Palmerfn de Inglaterra, puesto sobre las nubes por el cura en el ca- nel» a pesar de que no es particularmente voluminoso, exce-
pítulo del «escrutinio»; el Caballero del Febo y el Belianfs de Grecia, diéndole en mucho numerosas narraciones de mayor tamaño;
cuyos protagonistas, además de vitorear al ingenioso hidalgo en tampoco en el Felixmarte de Hircania es más conspicua que en
los sonetos preliminares, vuelven a mencionarse varias veces a lo otros textos echados al fuego por el ama «la dureza y sequedad»
largo de su historia, pareciéndole admirables a maese Nicolás el de estilo que se le achaca, ni más patente en el Caballero de la
barbero las hazañas del Caballero del Febo y problemáticas a Cruz la «ignorancia» de la que lo acusa su implacable censor.
Alonso Quijano las heridas de Don Belianís; y el Carlomagno, re- No dejan, por otro lado, de ser desconcertantes las confusio-
petidamente aludido en las páginas cervantinas, donde ha dejado nes en que reinciden una y otra vez los personajes cervantinos
inolvidable huella uno de sus personajes, el gigante Fierabrás, de- al comentar ciertos episodios específicos de las obras que su-
tentor del salutífero bálsamo codiciado por Sancho Panza. Por lo puestamente han leído. Nimio error de la dueña Dolorida es
que respecta a los demás representantes del género, Cervantes se atribuirle a Pierres de Provenza el caballo volador en cuyas an-
contenta por lo general con referirse a su título, sin meterse en cas, dice, se lleva por los aires a la linda Magalona, siendo así que
detalles ni pormenorizar su contenido, o bien se limita a evocar esta montura mágica -prefiguración del Clavileño en el que ca-
los aparatosos nombres de sus protagonistas; es típico a este res- . balgan Sancho y su amo- pertenece a la Historia de Clamades y
pecto el catálogo que de ellos hace don Quijote, aplicándole a C/annonda (II, 40). Pero de magna equivocación del ventero
cada uno adjetivos intercambiables que, según advierte acertada- Juan Palomeque -¿o negligencia intencional de Cervantes?- es
mente Clemencín, a cualquier héroe caballeresco pueden con- imputarles a Cirolingio de Tracia y a Felixmarte de Hircania
venirle: «Díganme quién más honesto y más valiente que el fa- dos aventuras que no figuran en absoluto en sus respectivas his-
moso Amadís de Gaula. ¿Quién más discreto que Palmerín de torias: la disparatada navegación submarina de uno a horcajadas
Inglaterra? ¿Quién más acomodado y manual que Tirante el de una sierpe acuática, y el inverosímil enfrentamiento del otro
Blanco? ¿Quién más galán que Lisuarte de Grecia? ¿Quién más con un ejército de un millón seiscientos mil soldados a quienes
acuchillado ni acuchillador que don Belianís? ¿Quién más intré- desbarata «como si fueran manadas de ovejas>> (1, 32, 408). Se-
pido que Perión de Gaula, o quién más acometedor de peligros mejantes inexactitudes parecen a primera vista sorprendentes en
que Felixmarte de Hircania, o quién más sincero que Esplandián? un escritor que en otras ocasiones saca a relucir los nombres de
¿Quién más arrojado que don Cirongilio de Tracia?» (II, 1,691). personajes ínfimos y totalmente subalternos del Amadfs o del Ti-
Verdad es que en el capítulo del «escrutinio» los juicios emi- rante, pero, bien miradas, muestran en realidad cuán poco siste-
tidos por el cura a propósito de cada libro examinado son algo máticas pudieron ser, por fortuna y para bien nuestro, las lectu-
LOS LIBROS DE CABALLERÍAS cxxxm CXXXIV PRÓLOGO

ras caballerescas de Cervantes. De su distante proximidad, por reminiscencias múltiples que Cervantes combina a su manera,
llamarla así, a los libros de caballerías surgió la inimitable postu- elaborando su propia variante del tema y dándole ese sesgo hu-
ra, mezcla de interés, irritación y descuido, que adoptó con re- morístico que es propio de su ingenio. Bien nos lo indica él
lación a ellos, esa postura en que se aúnan la dedicada atención mismo al señalar socarronamente, a propósito de la penitenciá
a núnimos detalles que hoy nos parecen sin importancia; una amorosa de don Quijote en Sierra Morena (1, 25 y 26), que el
panorámica pero aguda visión de los más ilustres representantes episodio se remonta a dos modelos juntamente: el retiro me-
del género; y un recuerdo a veces inexacto de su contenido, lancólico de Amadís en las soledades de la Peña Pobre y el fu-
que no se dignó verificar mientras escribía el Quijote o tal vez rioso vagar del Orlando de Ariosto por los bosques donde An-
prefirió modificar inventando deliberadamente episodios de su gélica y Medoro le han traicionado.
propia cosecha. Y no sólo episodios apócrifos como aquellos La indicación, por cierto, es valiosa en la medida en que deja
que insertó en el Felixmarte y el Cirongilio, sino también mini- entrever algo del complejo proceso creativo que, a partir de
narraciones caballerescas como las dos que el ingenioso hidalgo los libros de caballerías, dio origen a buena parte del Quijote.
se lanza a improvisar compendiando con talento las farragosas Y conviene no olvidarla cuando, para determinadas aventuras
ficciones reunidas en su librería: la novelita del caballero del del ingenioso hidalgo, se buscan antecedentes en la literatura
lago ferviente, que en arquetípico viaje al mundo subterráneo caballeresca. Pero, a decir verdad, en la mayoría de los casos la
penetra en un castillo fantástico habitado por doncellas silencio- identificación de semejantes antecedentes resulta sumamente
sas y músicos invisibles (1, 50); y la biografia abreviada del an- insegura e insatisfactoria. A la célebre carta que don Quijote le
dante que se enreda en los amores de una infanta desconocida envía a Dulcinea del Toboso por mediación de Sancho -«la
hasta casarse con ella, coleccionando de paso gloriosas victorias, mejor carta de amores de la literatura española>>, en opinión de
encuentros con enanos y gigantes, y llorosas entrevistas senti- Pedro Salinas- se la puede relacionar con prácticamente cual-
mentales con su dama (1, 21). quiera de las innumerables epístolas amatorias incluidas en los
El que Cervantes haya capacitado a Alonso Quijano para ma- libros caballerescos; al mandato conminatorio que el ·hidalgo
nejar con soltura los lugares comunes de la literatura caba- dirige a los mercaderes toledanos para que confiesen, sin ha-
lleresca y recomponerlos a su antojo en cualquier momento berla visto, la inigualada hermosura de su dama, se le han en-
influye de modo determinante, según todos sabemos, en la his- contrado equivalentes en varias obras que Cervantes conocía,
toria de don Quijote. En estos lugares comunes se inspira el de entre ellas el Caballero de la Cmz y el Belianfs de Grecia; en la
la Triste Figura para tejer la trama de su vida amoldándose al grande aventura de la cueva de Montesinos se ha detectado
esquema de las biografías heroicas que se le presentan en sus li- la posible influencia no sólo de diversas cuevas caballerescas -la
bros. Pero por lo mismo que son tópicos el ritual de la inves- de Urganda en LAs sergas de Esplandián, la de Hércules en el
tidura de armas, la elección de un escudero fiel, el amor a una Clarián de LAndanís o la de Artidón en el Caballero del Feber,
dama de belleza sin par, los combates contra enemigos desco- sino también de una multitud de cavernas e infiernos subterrá-
nocidos, las m.aquinaciones urdidas por encantadores malinten- neos situados en otras regiones de la literatura, como la Repú-
cionados, no se les puede asignar a casi ninguno de ellos, cuan- blica de Platón, la Eneida de Virgilio, la Divina Comedia de Dan-
do aparecen en la obra cervantina, una fuente precisa o un te y el Orlando de Ariosto.
precedente seguro en las narraciones leídas por el hidalgo man- Si algo muestran estos ejemplos es que el Quijote es, ante
chego. Los motivos de la literatura caballeresca reutilizados a todo, un libro de y sobre libros. En él, los de caballerías han
cada paso en el Quijote jamás proceden directa y sencillamente servido, junto con otros muchos, de material de construcción
de uno de los textos que quiso imitar su cándido protagonista para que Cervantes levantara un edificio nuevo inventando ar-
y parodió su escurridizo e irónico autor: siempre son fruto de quitecturas narrativas que la novelística anterior no había des-
LOS LIBROS DE CABALLERÍAS CXXXV CXXXVI PRÓLOGO

cubierto. Esta novelística antigua no disponía aún, después de gozó de una larga vida con períodos lógicos de esplendor y decadencia (José
Manuel Lucía Megías, «El corpus de los libros de caballerías castellanos:
tan larga carrera, de un término específico para designarse a sí ¿una cuestión cerrada?», Tira11t lo Bla11c [/lttp: l lpamase.o.1111.es/Tira11t/B11lle-
misma ni hallaba cabida en los tratados de preceptiva literaria ti.4] (2001), p. 11). La cuestión de la fecha del declive del género caballe-
(<<historias fingidas» son para Montalvo a fines del siglo xv las resco en España es la que ha suscitado mayor controversia. Maxime Che-
narraciones caballerescas, y «fabulas milesias o cuentos dispara- valier insiste en que los libros de caballerías gozaron de popularidad hasta
tados» las llama López Pinciano a fines del xv1); pero, a pesar bien entrado el siglo XVII («El público de las novelas de caballerías», en Lec-
tura y lectores e11 la Espaiia del siglo XVI y xvu, Turner, Madrid, 1976, pp. 65-
de ello, seguía triunfando de las continuas censuras de eclesiás- 103), idea que también comparte José Manuel Lucía Megías, a juzgar por
ticos y moralistas, y era todavía lo bastante vigorosa como para las críticas de autores graves del siglo XVII («Los libros de caballerías a la luz
estampar profundamente su sello en la obra cervantina, dejan- de los primeros comentarios del Quijote: De los Ríos, Bowle, Pellicer y Cle-
do inscritos en ella sus temas y sus formas. Cervantes, sin em- mencím, Edad de Oro, XXI, 2002, pp. 499-539) y por la difusión de los }i..:
bargo, la transfiguró y la hizo otra, ridiculizando con devasta- bros de caballerías manuscritos («Libros de caballerías manuscritos», Voz y Le-
dora ironía lo peor que había en ella y aprovechando lo mejor tra, VII/2, 1997, pp. 61-125) recientemente descubiertos, mientras Daniel
Eisenberg opina que el auge de la literatura caballeresca corresponde a la
con magistral eficacia. La historia del ingenioso hidalgo es un época imperial de Carlos V, y su decadencia se inicia ya en las primeras dé-
ataque feroz a la tradición narrativa que representan los libros cadas del reinado de Felipe II, hacia 1560 («Who Read the Romances of
de caballerías. Pero, por una paradoja típicamente cervantina, Chivalry?», en Ro111a11ces oJ C/,ivalry i11 tl,e Spa11is/1 Golde,, Age, Juan de la Cues-
también es la victoria póstuma de aquellos escritores medieva- ta, Newark, 1982, pp. 89-118; y A St11dy of «Dot1 Q11ixote»,Juan de la Cuesta,
les que, en palabras de Juan de Valdés, «escribieron cosas de sus Newark, 1987, pp. 3-44, traducido al español como LA i11tepretació11 cervan-
tina del «Quijote», Compañía Literaria, Madrid, 1995); sobre la perduración
cabezas» y fueron, sin tener quizá clara conciencia de ello, los paralela de libros de caballerías y poesía de cancionero hasta la edad barro-
precursores de la novela. ca son importantes las consideraciones de Francisco Rico, «"Un penacho de
penas" . De algunas invenciones y letras de caballeros•, en su libro Texto y
contextos, Crítica, Barcelona, 1990, pp. 189-230.
NOTA BIBLIOGRÁFICA Incesantes a partir de fines del siglo xv, las críticas a la caballeresca, a la
que moralistas, predicadores y preceptistas literarios de los siglos XVI y xvu
(Con la colaboración de Mari Carmen Marin Pina) seguirían reprochando ásperamente su inmoralidad e inverosimilitud, han
sido reproducidas y comentadas por Marcelino Menéndez Pelayo (Orfge11es
De la especial afición de Cervantes por toda clase de libros, incluidos los de de la 11ove/a, CSIC, Madrid, 1962, I, pp. 440-447), Henry Thomas (Spa11is/,
caballerías, y del papel preeminente que desempeñan en su obra se han ocu- a11d Port11g11ese Ro111a11ces of Chivalry, Cambridge University Press, 1920;
pado Américo Castro («La palabra escrita y el Quijote», en Hacia Cerva11tes, reimpresión por Kraus, Nueva York, 1969; trad. española, LAs novelas de ca-
Taurus, Madrid, 196¡1, pp. 359-419), Mia Gerhardt (Do11 Q11icl1otte, la vie et ballerías espaiíolas y portuguesas, CSIC, Madrid, 1952, pp. II 5-134), Marcel
les livres, Noord-Hollandsche Uitgevers Maatschapij, Amsterdam, 1955), Bataillon (Erasmo y Espa1ia, Fondo de Cultura Económica, México-Madrid-
Martín de Riquer («El Quijote y los libros•, Papeles de So11 Am1ada11s, XIV, Buenos Aires, 19916, pp. 615-622), Edward Glaser («Nuevos datos sobre la
1969, pp. 9-24) y Carlos García Gual («Cervantes y el lector de novelas del crítica de los libros de caballerías en los siglos XVI y XVII», A1111ario de Estu-
siglo xv1», en Méla11ges de la Bibliot/,eque Espag110/e. París, 1976-1977, Minis- dios Medievales, 111, 1966, pp. 393-410), Martín de Riquer («Tira11te el B/a11-
terio de Asuntos_Exteriores, Dirección General de Relaciones Culturales, co, Don Quijote y los libros de caballerías», separata del prólogo a la edición
Madrid, 1978, pp. 13-38). Su conocimiento es tal que, como sugiere Al- de Tira11te el B/a11co de la Asociación de Bibliófilos de Barcelona, 1947-1949,
berto Blecua («Cervantes historiador de la literatura», en Silva. Studia pl,i/o- pp. xxv-Lx; y «Cervantes y la caballeresca», en S11111a cerva11ti11a, ed. J.B.
logica i11 ho11ore111 lsafas Lemer, coords. l. Lozano-Renieblas y J.C. Mercado, Avalle Arce y E.C. Riley, Tamesis Books, Londres, 1973, pp. 273-292) y,
Castalia, Madrid, 2qo1, pp. 87-97), Cervantes es el primer historiador de los más recientemente, Elisabetta Sarmati (Le criticl1e ai libri di cavalleria 11el Ci11-
libros de caballerías, seleccionando los valores de unos y otros. q11ece11to spag110/o (co11 11t10 sguardo su/ Seicento). U11' a11alisi testuale, Giardini,
Desde finales del siglo xv, fecha de la refundición del Amadfs de Ga11la Pisa, 1996). Críticas que, sin embargo, no cuajaron en un debate sobre el
por Garci Rodríguez de Montalvo, hasta 1623, año de la publicación de la género como el suscitado en Italia (Susana Gil-Albarellos Pérez Pedrero,
Tercera y cuarta parte de Espejo de príncipes y caballeros, el género caballeresco «Debates renacentistas en torno a la materia caballeresca. Estudio compara-
LOS LIBROS DE CABALLERÍAS CXXXVII CXXXVIII PRÓLOGO

tivo en Italia y España•, Exemplaria, 1, 1997, pp. 43-73), aunque muchas de transformaciones experimentadas por las prácticas militares de los ejércitos
ellas, especialmente las de los humanistas, unidas a la respuesta de los auto- («The Romance of Chivalry in Spain. From Rodríguez de Montalvo to
res y editores de libros de caballerías en sus prólogos, constituyen una pri- Cervantes», en Romance: Generic Tr1111sfor11111tiou from Chrétie11 de Tro}'es to
mera etapa en el proceso de inserción de la novela en la teoría literaria (Karl Cerv1111tes, eds. Kevin Brownlee y Marina Scordilis Brownlee, Published for
Kohut, «Teoría literaria humanística y libros de caballerías», en Libros de ca- Dartmouth College by University Press of New England, Hanover y Lon-
ballerías (de «A11111dís» al «Quijote»). Poética, lectura, represe11t11ció11 e identidad, dres, 1985, pp. 203-219). Cambios a los que habría que sumar otros factores
cds. E.B. Carro Carbajal et al., SEMYR, Salamanca, 2002, pp. 173-185. apuntados por Carlos Alvar y José Manuel Lucía Megías («Los libros de caba-
Al margen de estos vituperios, que quizá contribuyeran en parte al des- llerías en la época de Felipe Ir», en Silva. Studia pl1ilologic11 in l1011orem Is11Ílls
doro del género, y cuyos tópicos, en todo caso, reelabora Cervantes en el Lemer, pp. 25-35) como la Pragmática de 1558, la reforma tridentina del
Quijote, son varias las causas que se han venido invocando para explicar el Nuevo Rezado, la crisis de 1590, la aparición de una nueva estética y, como
descrédito de la novelística caballeresca a fines del siglo xv1: Américo Cas- también señala Pedro M. Cátedra (Nobleza y lectura e11 tiempos de Felipe II.
tro consideraba que éste se debía ante todo a la condena pronunciada por el Li biblioteca de do11 Alonso Osorio, marqués de Asto,gn,Junta de Castilla y León,
Concilio de Trento en contra de la literatura profana en general (El pensa- Valladolid, 2002), la normalización de la nueva pedagogía jesuítica.
miento de Cervantes, Noguer, Barcelona-Madrid, 1972', p. 26), hipótesis Junto a las censuras y vituperios, se alzan también voces que, si bien cri-
apoyada por Karl Kohut (úrs teorfns literarias en Espmia y Portugal d11ra11te los tican sus defectos, en el fondo aprecian esta forma de ficción, como son las
siglos XV y XVI, CSIC, Madrid, 1973, pp. 39-41) y complementada por Ei- de Juan de Valdés (Elisabetta Sarmati, «Los libros de caballerías en el Diálo-
senberg, quien aduce ejemplos de la hostilidad a la caballeresca manifestada go de In le11g1111 de Juan de Valdés», en Actas del IV Congreso Iutern11cio1111I de la
por algunos de los censores consultados por el Santo Oficio («An Early Cen- Asoci11ci611 Iutemacio1111I Siglo de Oro, coord. M.ªC. García de Enterria y A.
sor: Alejo Venegas», en Medieval, Renaissance a11d Folklore Studies i11 Ho11or of Cordón Mesa, Universidad de Alcalá, 1998, II, pp. 1491-1498), Juan Arce
].E. Keller,Juan de la Cuesta, Newark, 1980, pp. 229-241). En cambio, Pe- de Otálora (Maxime Chevalier, «Arce de Otálora lector y critico de los
ter Russell insiste en que no figura ningún libro de caballerías entre los pro- amadises», B0letí11 de In Biblioteca Me11é11dez Pe/ayo, LXXIII, 1997, pp. 351-
hibidos por los índices tridentinos de 1558 y 1564, como tampoco en los 357), la del desconocido autor de la carta a Pedro Mexia (1545-1551) (Nie-
sucesivos índices publicados por la Inquisición española entre I 559 y 1640, ves Baranda, «En defensa del Amadís y otras fabulas. La carta anónima al ca-
sino que recaía en los censores contratados por el Consejo de Castilla la res- ballero Pero Mexia»,]oumal of Hispanic Philology, XV, 1991, pp. 221-236),
ponsabilidad del i111pri111at11r concedido o denegado a las obras de ficción («El o la del humanista Antonio de Toledo, que a finales del siglo xvu defien-
Concilio de Trento y la literatura profana: reconsideración de una teoría», de el valor moral y la ejemplaridad del género (Mercedes Comellas Agui-
en Temas de «Li Celesti11a», Ariel, Barcelona, 1978, pp; 441-478). De gran rrezábal, «Otra posibilidad de salvar los libros de caballerías: la de Antonio
interés resultan en este sentido los cuadernos de anotaciones misceláneas de Toledo en su Discurso de las buenas letras l111111111111s», en Actas del Congreso
con citas del Amndís de G1111/n del humani,sta Álvar Gómez de Castro (Cha- I,,tem11cio1111l sobre Hu1111111is1110 }' Re1111ci111iento, coords. J. Matas Caballero et
ro Moreno y Carlos Sainz de la Maza, «Alvar Gómez de Castro y el Ama- al., Universidad de León, 1998, II, pp. 277-285).
dís de Gnu/n», Criticón, LXXVIII, 2000, pp. 59-74), autor del opúsculo Pare- No hace mucho, Daniel Eisenberg recordaba que los libros de caballerías
fer wca de prohibifión de libros de poesía y otros, elaborado a finales del decenio son en su mayoría prácticamente inaccesibles al lector de hoy, al no haber-
de 1570 por encargo de la Inquisición (Peter E. Russell, «Secular Literatu- se reeditado 9esde el Siglo de Oro («El problema del acceso a los libros de
re and the Censors: A Sixteenth-Century Document Re-examined», Bulle- caballerías», Insuln, DLXXXIV-DLXXXV, agosto-septiembre de 1995, pp.
fin of Hisp1111ic St11dies, LIX, 1982, pp. 219-225). Por otra parte, en las colo- 5-7). En poco tiempo, sin embargo, la realidad empieza a ser otra gracias a las
nias americanas fueron ineficaces, según Irving Leonard, las ordenanzas publicaciones del Centro de Estudios Cervantinos, que en la colección Los
reales en virtud de las cuales periódicamente se prohibió la importación o la libros de Roci111111te ha editado ya más de doce títulos de libros de caballerías,
lectura de obras·.caballerescas (Los libros del Conquistador, Fondo de Cultura algunos incluso inéditos, así como más de una treintena de Gufns de lect11m
Económica, México, 1979\ pp. 92-100 y 160-163). De hecho, los libros de c11b11lleresc11 (José Manuel Lucía Megías, «Los libros de caballerías castellanos:
caballerías siguen pasando al Nuevo Mundo todavía en el siglo xvu, como textos y contextos», Edad de Oro, XXI, 2002, pp. 9-60), sin olvidar la Anto-
revela el inventario del rico surtido de libros, ciento cuatro de ellos de ca- logía de libros de cabnllerÍlls (coord. José Manuel Lucía Megías, Centro de Es-
ballerías, que el segoviano Pedro Durango lleva a Lima en 1603 (Carlos Al- tudios Cervantinos, Alcalá de Henares, 2001), en la que se demuestra la ri-
berto González Sánchez, Los 1111111dos del libro. Medios de difusión de In cultura queza y variedad de estos libros, así como el corpus de relatos caballerescos
occidental e11 las ludias de los siglos xvi y XVII, Universidad de Sevilla, 1999, breves editados y estudiados por Nieves Baranda (Historias caballerescas del si-
pp. 125-136). Harry Sieber relaciona el declive del género con cambios so- glo XVI, Turner, Madrid, 1995, 2 vols.). Gracias a la catalogación sistemáti-
ciales de mayor alcance, como la aparición de un público lector nuevo o las ca de ejemplares en bibliotecas (José Manuel Lucía Megías, «Catálogo des-
CXL PRÓLOGO
LOS LIBROS DE CABALLERÍAS CXXXIX
Julián Acebrón, Universitat de Lleida, 2001; Libros de caballerfas (De «Ama-
criptivo de los libros de libros de caballerías», proyecto del Seminario de Fi-
d{s,> al «Quijote»). Poética, lectura, representación e identidad, SEMYR, Sala-
lolo~a- ?e la Univ~rsidad de Alcalá de Henares; l,ttp://w111u,,11al,,eslf,l111r/), a
manca 2002, o en la revista electrónica Tirant (http://pamaseo.uv.es/tira11t).
la edic1on y estudio de textos concretos, se están asentando las bases nece-
Los campos de investigación abiertos son múltiples y muchos los avances
sarias para trazar una historia certera del género caballeresco.
realizados, por ejemplo, en el análisis externo del género editorial caballe-
El precario ~ono~~ento .qu~ se tiene del género es herencia del pasado.
resco (José Manuel Lucía Megías, Imprenta y libros de caballerlas, Ollero &
De la poca est1mac1on que sintieron por la caballeresca los críticos de fines
Ramos, Madrid, 2000), en la evolución del género desde sus orígenes artú-
del siglo XIX y principios del XX son buen ejemplo las páginas de Pascual
ricos y en el análisis de algunos de sus personajes y recursos narrativos (Anna
de G~yangos («Discurso preliminar», en Libros de caballerías, Rivadeneyra,
Bognolo, 1A finzio11e ri1111ovata. Meraviglioso, corte e avventura 11el romanzo ca-
Madnd, 1857, BAE 40, pp. III-LXII), Menéndez Pelayo (Or{genes de la 110-
valleresco del primo Ci11queceuto spagnolo, Edizioni ETS, Pisa, 1997; Sylvia
vela,_ l, pp. 293-466) y Thomas (Spa11isl, a11d Portug11ese Ro111a11ces oJ Cl,ivalry,
Roubaud-Bénichou, Le roman 1e c/1evalerie en Espagne. Entre Artlmr et Do11
pa~smr), aunque hay que reconocer que estos estudios no dejaron de ser un
Quic/1otte, Honoré Champion Editeur, París, 2000), en el descubrimiento
p~~r paso h~cia la recuperación del género y un punto de referencia para
del humor (Marie Cort Daniels, 11,e F1111ctio11 of Humor in tire Spanish Ro-
análisis postenores (Rafael M. Mérida, «Tira,rt lo Blanc/1 y los libros de ca-
mances of Chivalry, Garland, Nueva York, 1992), del realismo de algunos li-
ballerías: en tomo al "Discurso preliminar" de Pascual de Gayangos», Cua-
bros (Javier Guijarro Ceballos, El «Floriseo» de Femando Bemal, Editora Re-
demos para Investigaci611 de la Literat11ra Hispánica, XX, 1995, pp. 153-159). La
gional de Extremadura, Mérida, 1999) o en las traducciones y adaptaciones
n_ueva valoraci~n tuvo su_ inicio .ª partir de la década de los cincuenta, gra-
de los textos italianos Uavier Gómez-Montero, Literatura caballeresca e11 Es-
cias a los estudios de Justma Ruiz de Conde (El amor y el matrimonio secreto
pa,ia e Italia (1483-1542): El "Espejo de caballerías", Max Niemeyer, Tubinga,
e!! los lib;os ~e caball~rías, Aguilar, ~adrid, 1948) y Pierre Le Gentil («Pour
1992), entre otros. .
1mterpretatlon de 1Amadís», ei;i Me/auges a la mémoire de J. Sarrai/11, Centre El ingente número de ediciones y reediciones de obras caballerescas que
de Recherches d~ l'l~s~tut d'Etudes Hispaniques, París, 1966, 11, pp. 47-
salió a luz en España durante el Siglo de Oro puede apreciarse merced a las
54). En fechas mas proximas destacan el repertorio bibliográfico de Eisen-
estadísticas propuestas por Chevalier («El público de las novelas de caballe-
berg (Castílian Romances of Cl,ívalry in tl1e Síxtee11t/r Ce11t11ry. A Bibliograplty,
rías», pp. 65-66), al catálogo bibliográfico de Eisenberg, del que qúedan ex-
Grant & Cutler, Londres, 1979), el modélico estudio del Amadís realizado
cluidas las novelas catalanas y portuguesas (Bibliogrtifla de los libros ·de caballe-
por J~an Manuel Cacho Blecua (Amad{s: lrerofsmo mítico cortesa110, Cupsa,
rías castella11os), al corpus propuesto por Lucía Megías («El corpus de los
Madnd, ~979), el enfoque estru_ctural de Federico Curto Herrero (Estmctu-
libros de caballerías castellanos: ¿una cuestión cerrada?») y a la lista publica-
ra de los hbros de caballerfas en el siglo XVI, resumen publicado en la Fundación
da por Baranda («Compendio bibliográfico sobre la narrativa caballeresca
March, Madrid, 1976, Serie Universitaria 12) y el valioso inventario de re-
breve», en Evolud6n narrativa e ideol6gica de la literatura caballeresca, ed. M.E.
fe~encias bibliográficas. y críticas que ofrecen M.ª Carmen Marín Pina y
Lacarra, Universidad del País Vasco, Bilbao, 1991, pp. 183-191). Para un
Nieves Baranda («La literatura caballeresca. Estado de la cuestión» Ro111a-
cómputo del número total de ejemplares de los libros de caballerías que cir~
11~stisc/1es]alrrb11ch, XLV, 1994, pp. 271-294, y XLVI, 1995, pp. 314-;38), re- cularon en España, consúltese a Riquer («Cervantes y la caballeresca»,
visado, actualizado y ampliado junto a M.ª Carmen Marín Pina (LA Biblio-
pp. 285-286).
grafla de ,los libros de caballerías espa,ioles, Prensas Universitarias, Zaragoza,
Aunque Chevalier («El público de las novelas de caballerías»), seguido por
2000), asi como el elaborado por Nieves Baranda para los relatos caballeres-
Eisenberg («Who Read the Romances ofChivalry?», pp. 90-100), sostiene
cos breves («La literatura caballeresca. Estado de la cuestión», Ro111anistisc/1es
que las ficciones caballerescas fueron degustadas principalmente, si no de
]a/rrb11c/1, XLV, 1994, pp. 271-294). El interés por la literatura caballeresca
forma exclusiva, por los miembros de la nobleza y la hidalguía, a quienes
está en auge, como puede comprobarse en la consulta de la base de datos
ofrecían lecciones de heroísmo y cortesanía propias de su estado, al igual
Clarisel (/rttp:I lclarisel.rmízar.es) y en las recientes publicaciones colectivas
que en la Edad Media (Rafael Ramos, «Lectura y lectores de relatos de ca-
s,obre el género: ·lA caballería antig11a para el 1111111do modemo, monográfico de
ballerías en la Castilla medieval», Ínsula, DCLXXV, marzo de 2003, pp. 24-
luS11la, DLXXXIV-DLXXXV (1995), coord. Jesús D. Rodríguez Velasco;
27), se han descubierto documentos, escasos pero fehacientes -entre ellos,
Voz y_Letra, VII/~ y Vll/2 (1996), números en los que se recogen las con-
los aducidos por Sara T. Nalle («Literacy and Culture in Early Modero Cas-
ferencias pronunaadas en el curso Libros de caballerías, dirigido por Carlos
tile», Past and Prese11t, CXXV, 1989, pp. 65-96), Philippe Berger (Libro y lec-
Alvar, Cuenca, 1995; Literatura de caballerías y orígenes de la 11ovela, ed. Rafael
tura e11 la Valencia del Renacimiento, Valencia, 1987, 2 vols.) y Manuel Peña
Beltrán, Universitat de Valencia, 1998; Estudios sobre narrativa caballeresca es-
(El laberinto de los libros. Historia a1ltural de la Barcelona del Q11i11ie11tos, Pirá-
pariola de. los siglos XVI y XVII, monográfico de la revista T11esa11111s, LIV
mide, Madrid, 1997)-, que confirman la certera intuición de Riquer según
(1999); Libros de caballerías: textos y contextos. Edad de Oro, XXI (2002); Pe-
la cual la popularidad de los libros de caballerías se extendió a las capas más
chos a11tíg11os que los cavalleros passaron. f!st11dios sobre la ficción caballeresca, ed.
LOS LIBROS DE CABALLERÍAS CXLI CXLII PRÓLOGO

modestas de la sociedad española aurisecular («Cervantes y la caballeresca», xi111aci611 al «Qmjote», Teide, Barcelona, 1960) y adulta en opinión de Ei-
p. 286) . Los nuevos datos aportados por la crítica llevan a Chevalier («Lec- senberg (La i11terpretaci6n cerva11ti11a del «Quijote»). No sabemos si Cervantes,
tura y lectores ... veinte años después», B11lletí11 Hispa11iq11e, IC, 1997, pp. 19- hombre de extensas lecturas, según asegura Armando Cotarelo Valledor
24) a revisar de nuevo el problema de la recepción del género planteado en (Cervantes lector, Publicaciones del Instituto de España, Madrid, 1943), po-
su pionero estudio, aunque entiende que la lectura de novelas ante grupos seyó una biblioteca propia; la cuestión ha sido analizada por Eisenberg
analfabetos sigue siendo materia opinable («Lectura en voz alta y novela de («Did Cervantes Have a Library?», en Studies í11 Honor ef A. Deyen11011d,
caballerías. A propósito del Quijo(e, l, 32», B0letí11 de la Real Academia Espa- Hispanic Seminary ofMedieval Studies, Madison, 1986, pp. 93-106), quien
1iola, LXXIX, 1999, pp. 55-65). Para valorar los hábitos de lectura y la lla- intenta reconstituir el contenido de la misma a partir de los títulos men-
mada «lectura coetánea», la crítica reciente atiende a las marcas textuales que cionados o aludidos por Cervantes en sus obras («La biblioteca de Cervan-
puedan desvelar el modo de recepción de los mismos (Anna Bognolo, «So- tes», en Studía in ho11orem Pref. Martfo de Ríquer, Quadems Crema, Barce-
bre el público de los libros de caballerías», en Actas do IV Co11gresso da Asso- lona, 1987, II, pp. 271-328) y si en ella figuraba una colección de libros
dariio Híspduica de Literatura Medieval, coords. A.A. Nascimento y C. Almei- similar a la reunida por su hidalgo (Francisco López Estrada, «La función
da Ribeiro, Cosmos, Lisboa, 1993, pp. 125-129) o a las anotaciones de la biblioteca en el Quijote», en De libros y bibliotecas. Homenaje a Rodo
marginales presentes en algunos libros de caballerías Uosé Manuel Lucía Carawel, Universidad de Sevilla, 1994; pp. 193-200; Hemando Cabarcas,
Megías, «Una nueva página en la recepción de los libros de caballerías: las El conjuro de los libros. La biblioteca de Cervantes en la Biblioteca Nacional de
anotaciones marginales», en Libros de caballerías (de «Amadís>> al «Quijote»). Colombia, Biblioteca Nacional de Colombia, 1997), variopinta y extraña a
Poética, lectura, represe11taci611 e íde11tidad; cit., pp. 201-243) . juicio de Edward Baker (La biblioteca de don Quijote, Marcial Pons, Madrid,
Los distintos aspectos del originalísimo entrelazamiento narrativo propio 1997) y desfasada en opinión de Trevor J. Dadson («La librería de Cristó-
de las ficciones caballerescas francesas fueron expuestos por Ferdinand Lot bal López (1606): estudio y análisis de una librería madrileña de principios
(Études sur le «Lmcelot e11 prose>>, Champion, París, 1954, pp. ·17-28) y Euge- del siglo XVII», en su Libro, lectores y lecturas. Est11dios sobre bibliotecas partí-
ne Vinaver («La création rornanesque», en Á la recherd1e d'1111e poétique 111é- miares espaiiolas del Siglo de Oro, Arco/Libros, Madrid, 1998, pp. 283-301).
díévale, Nizet, París, 1970, pp. 128-149); la puesta en práctica de estas téc- El «donoso escrutinio» efectuado en el capítulo I, 6 puede entenderse en
nicas en los primeros cinco libros de la serie de los Amadíses ha sido este sentido como un deseo de actualizarla y acomodarla a los nuevos gus-'
estudiada por Juan Manuel Cacho Blecua («El entrelazamiento en el A111a- tos estéticos, de manera que, como sugiere Pedro M. Cátedra (Nobleza y
dís de Gaula y en Las se,gas de Espla11diá11», en St11dia i11 ho11ore111 prof Martín lect11ra en tiempos de Felipe JI), la práctica de expurgo o eliminación de libros
de Riquer, Quadems Crema, Barcelona, 1986, I, pp. 235-271). La estructu- no sería una mera creación literaria con referentes inquisitoriales o institu-
ra narrativa de los tempranos libros de caballerías españoles en comparación cionales, sino también el reflejo de una práctica realizada en bibliotecas coe-
con el modelo del roma11 artúrico ha sido tratada por Anna Bognolo (Lajin- táneas, como la del marqués de Astorga Alonso Osorio.
zio11e ri1111ovata) quien demuestra cómo a partir del mismo se construye un Uno de los primeros en rastrear las posibles lecturas y fuentes caballerescas
nuevo paradigma caballeresco mmnívoro», integrador de diferentes tradi- cervantinas fue John Bowle, editor del Q111jote a fines del siglo XVIII, segui-
ciones. do de Diego Clemencín, en su «Comentario» de los años 1833-1839 al Inge-
Las huellas de los roma11s franceses de tema artúrico o troyano en el A111a- nioso /,idalgo (José Manuel Lucía Megías, «Los libros de caballerías a la luz de
dís han sido detectadas por los estudios fundamentales de Grace Williams los primeros comentarios del Quijote: De los Ríos, Bowle, Pellicer y Cle-
(«The Amadís Question», Re1111e Híspa11ique, XXI, 1909, pp. 1-167) y Ma- mencín»); en época más reciente, y a la zaga de María Rosa Lida («Dos hue-
ría Rosa Lida («El desenlace del Amadís primitivo», Ro111a11ce Pl,ilology, VI, llas del Esplaudián en el Quijote y en el Persi/ese, Romance Pl,ilology, IX, 1955-
1952-1953, pp. 283-289; reimpreso en Est11dios de Literatura espa,iola y com- 1956, pp. 156-162) y de Daniel Eisenberg, («Do11 Quijote and the Romances
parada, EUDEBA, Buenos Aires, 1966, pp. 149-156). Riquer ha señalado ofChivalry: the Need for a Reexaminatiom, Híspanic Revieiv, XLI, 1973, pp.
el arcaísmo léxico del Amadfs («Las armas en el Amadís de Gau/a», Bolet/11 de 511-523, después· traducido al español y recogido en su libro Romances ef Chi-
la Real Academia Espaiiola, LX, 1980, pp. 331-427; reimpreso en Es111dios so- valry i11 t/,e Spanisl, Golde11 Age, pp. 131-145), la crítica se ha esforzado por
bre el «Amadfs de Gaula», Sinnio, Barcelona, 1987, pp. 55-189), que imitan hallar antecedentes de algunos episodios del Quijote en los libros de caballe-
los libros de caballerías posteriores; su aprovechamiento y parodia en el rías mencionados por Cervantes: Eisenberg, en el Espejo de prí11cipes y caballe-
Quijote quedan ampliamente ejemplificados por Howard Mancing (The ros, por otro nombre Caballero del Febo, de Diego Ortúñez de Calahorra (in-
Cl,ivalric World ef «Do11 Quijote», University of Missouri Publications, Co- troducción a su edición del Espejo, Espasa-Calpe, Madrid, 1975, I, pp.
lumbia, 1982, pp. 13-21 y 217-219). El conocimiento que Cervantes de- LXI-Lxm); Sydney Paul Cravens, en los «Amadises» de Feliciano de Silva
muestra del género caballeresco ha llevado a la crítica a plantear la posesión («Feliciano de Silva and his Romances ofChivalry in Don Quijote», lntí, VII,
de estos libros y el tiempo de su lectura, juvenil según Riquer (Nueva Apro- 1978, pp. 28-34); Eduardo Urbina («El caballero anciano en Tristán de Leo11fs
LOS LIBROS DE CABALLERÍAS CXLill

y don Quijote, caballero cincuentón», Nueva Revista de Filología Hispánica, 5. CERVANTES: TEORÍA LITERARIA
XXIX, 1980, pp. 164-172), Mario Martins («O pré-cervantismo em Trista11
de Leo11is,,, Boletim de Filologia, XXVIII, 1983, pp. 33-44) y M.ª Luzdivina
Cuesta Torre («La estética del plagio en el Quijote», Estudios H11111a11ísticos. Fi- Edward C. Riley
lología, XIX, 1997, pp. 107-123), en d Tristán de Leo11ís; Sylvia Roubaud, en
el Caballero de la Cmz o Lepolemo, así como en el Belia11fs de Greda («Cer-
vantes y el Caballero de la Cmz», Nueva Revista de Filología Hispá11ica, Hay escritores, hay críticos y hay escritores-críticos. Cervan-
XXXVIII, 1990, pp. 525-566); Javier Roberto González, («Palomeque, don tes fue uno de estos últimos. No escribió ningún tratado o
Quijote, Cervantes: tres lectores de Ciro11gilio de Tracia de Bernardo Vargas»,
Letras, XLII-XL[[(, 2001, pp. 29-50), en el Ciro11gilio de Tracia; o Judith A.
discurso sobre la poesía como Torcuato Tasso, ningún arte
Whitenack («Don Quijote y los libros de caballerías del tipo 11eo-cmzado», en poética en verso como el Arte nuevo de hacer comedias de Lope
E11sayos de literatura europea e l,ispa11oa111erica11a, ed. Félix Menchacatorre, Uni- de Vega. Con todo, su obra literaria embebe un sustancioso
versidad del País Vasco, San Sebastián, 1990, pp. 581-586), en los libros del compendio de teoría y crítica literaria: se encuentra en los
tipo «neo-cruzado», que determinan la evolución de don Quijote de la ca- diálogos entre los personajes y en las observaciones del narra-
ballería andante a la caballería santa. También se ha de prestar atención, sin dor, sobre todo en el Quijote, el Viaje del Parnaso, la comedia
embargo, al material caballeresco silenciado, por ejemplo el tipo de la mujer
maga estudiada por Judith Whitenack, «Don Quijote y la maga: otra mujer del Rufián dichoso y, más al paso, en algunas de las Novelas
que 'no parece'», en LA mujer}' su represe11taci611 e11 las literaturas l,ispá11icas, ed. ejemplares (La gitanilla, El licenciado Vidriera, La ilustre fregona y
Juan Villegas, 1994, 11, pp. 81-96), pues las omisiones de material caballeres- El coloquio de los perros). A éstas deben añadirse las importan-
co pueden ayudar a explicar los métodos creativos de Cervantes y, como en tes contribuciones de casi todos los prólogos publica_dos al
el caso citado, a explicar la consistencia ética del personaje. frente de sus obras. ,
Semejantes antecedentes, más que «fuentes~ propiamente dichas, son
muestras de la entera libertad con que Cervantes lúzo suyo el material li-
En cuanto escritor deseoso de expresar sus ideas sobre el arte
bresco que tenía a mano o conservaba en la memoria, conforme expone que practica, Cervantes no se distingue esencialmente de otros
agudamente Francisco Ayala («Experiencia viva y creación poética. Un pro- de su siglo. Pero se diferencia, si no totalmente, al menos en
blema del Quijote», en Experie11cia e i11ve11d611. E11sayos sobre el escritor y su mun- gran medida, por la manera en que llega a incluir en sus consi-
do, Taurus, Madrid, 196o, pp. 79-103; y «Nota sobre la novelística cervan- deraciones la misma obra que las contiene. El ejemplo más des-
tina», Revista Hispá11ica Modema, XXXI, 1965, pp. 36-45). tacado de tal autocrítica es, por supuesto, el Quijote. En cierto
Por último, que el Quijote constituye a un tiempo un enérgico ataque y
un sentido homenaje a los autores caballerescos que precedieron a Cervan- sentido, toda obra literaria es producto de un proceso autocrí-
tes en la invención de la novela es firme convicción de Mario Vargas Llosa tico, pues no se puede componer sin tener en cuenta ciertos
(«Presentación» de la traducción española del libro de Edwin Williamson criterios y convenciones. No es obligado ni necesario, sin em-
TI,e Ha!fivay House of Fidio11. «Don Quixote» a11d Artl111riat1 Ro111a11ce, Ciaren- bargo, hacer que éstos se transparenten ni se comenten. La
don Press, Oxford, 1984, traducido como El «Quijote» y los libros de caballe- autocrítica que encontramos en el Quijote representa un acto de
rías, Taurus, Madrid, 1991, pp. n-17).
reflexión en el que vienen a prolongarse las consideraciones so-
bre la prosa de ficción integradas con toda naturalidad en el
asunto principal de la historia narrada.
El Quijote llega como culminación de más de un siglo de ex-
perimentación -sin paralelo en la Europa de entonces- en el
campo novelístico. Cervantes es uno de los más asiduos en la
experimentación, según vemos en la variedad de sus escritos.
Aún más que cualquiera de sus antecesores, fueran estos auto-

CXLIV
CERVANTES: TEORÍA LITERARIA CXLV CXLVI PRÓLOGO

res de diálogos, novelas picarescas o romances caballerescos, pas- Es muy posible que Cervantes empezara a familiarizarse con la
toriles o griegos, Cervantes, al escribir el Quijote, se halla prac- teoría italiana durante los años de su estancia en Italia entre r 570
ticando un género en buena medida nuevo y, de todos modos, y 1575. Sin embargo, varios de los tratados que más probable-
falto de un conjunto tradicional de preceptos, es decir, falto de mente conocía son de fechas posteriores. Y aunque el aristotelis-
una poética propia. mo no esté ausente de l.A Galatea, es incomparablemente más
Ocurre así por más que el Siglo de Oro, producto del Re- acusada su presencia en el Quijote de 1605. Tradicionalmente se
nacimiento con su renovado clasicismo, esté imbuido de cul- ha supuesto que la lectura que hizo Cervantes de la Philosoplda
tura preceptista. Para la novela no había más remedio que apro- antigua poética (1596) del Pinciano fue determinante, pero igual
piarse, en lo posible, el contenido de los abundantes tratados de lo pudo ser la de los Discorsi de Tasso (desde el decenio de los
poesía y retórica. Los grandes principios generales, como las ochenta). Es dificil tener alguna seguridad. Cervantes no era de
ideas sobre la inspiración, la invención, la unidad, la imitación, los que citaban los dichos de los preceptistas para hacer alarde
etc., se adaptaron sin dificultad. Pero habría que esperar siglos de erudición, como Lope de Vega en alguna que otra ocasión.
enteros para que la novela se viera tratada como género inde- Otra fuente de sus opiniones al respecto fueron tal vez las
pendiente y no sólo como una variedad de la poesía. El presti- academias que frecuentó durante los últimos años de su vida,
gio de los antiguos lo dominaba todo y, según observa Cer- donde pudo tomar parte en las discusiones de crítica y teoría.
vantes a: propósito de los libros de caballerías, de éstos «nunca Finalmente, no debe olvidarse su propia experiencia de escri-
se acordó Aristóteles, ni dijo nada San Basilio, ni alcanzó Cice- tor, otro impulso, sin duda, de sus ideas teóricas.
rón» (1, Prólogo, 18). En los escritos teóricos sobre la prosa de Hay una rama de la crítica española del siglo XVI que vuelve
ficción se encuentran poco más que observaciones dispersas so- a florecer en el Quijote. Me refiero a los comentarios sobre los
bre los libros de caballerías, los otros romances y las novel/e ita- libros de caballerías, comentarios dispersos, ciertamente, pero
lianas. A lo que se sabe, Cervantes había ponderado, como po- que se encuentran no sólo en tratados críticos, sino también en
cos o ninguno antes que él, los principios y condiciones del arte escritos de otro tipo. Desde el comienzo de su renovada popu-
de novelar. laridad, inaugurada por el Amadfs de Gaula a principios de si-
Como era de esperar, su teoría está arraigada en las poéticas glo, los libros en cuestión habían sido blanco de censuras y jui-
clásicas y contemporáneas, pero rebasa los límites de ambas. No cios adversos pronunciados por teólogos, humanistas y otros
se puede afirmar con certeza absoluta cuáles son las fuentes intelectuales. Las opiniones favorables eran muy pocas. Los li-
principales de sus ideas -aparte de las autoridades primarias bros fueron reprobados más que nada por lascivos e indecentes
como Platón, Aristóteles, Horado y Cicerón, comunes a to- y, por ahí, por poner en peligro la virtud de las doncellas afi-
dos-, porque no las cita a la letra, sino que, al parecer, se vale cionadas a su lectura. Según Juan Luis Vives, un padre podía
principalmente de la memoria. Sin embargo, no cabe duda de encerrar con toda precaución a su hija, pero «déjale un Amadfs
que había leído mucho, tanto autoridades italianas como espa- en las manos y deseará peores cosas que quizá en toda la vida».
ñolas. De vez en cuando se ve una correspondencia, que pare- Vives, Erasmo, Juan de Valdés, Malón de Chaide y muchos
ce ser algo mis que fortuita, con algún pasaje de Torcuato Tas- más expresaron su desaprobación con razones vehementes. No
so, Giraldi Cinthio, Alessandro Piccolomi, Minturno y tal vez sólo se censuraba la falta de moralidad; también fueron critica-
Castelvetro, entte los italianos. Entre los españoles, las fuentes dos estos libros por razones estilísticas: por estar mal cons-
más probables parecen ser Alonso López Pinciano, Luis Alfon- truidos y peor escritos. Finalmente, sus detractores los conde-
so de Carvallo y Miguel Sánchez de Lima. Hay otros margina- naban por mentirosos, insensatos e increíbles.
les, españoles e italianos, como Juan Luis Vives, Baldassare Cas- A veces, los mismos autores de los libros caballerescos (tales
tiglione o Juan Huarte de San Juan. como Oliveros de Castilla, l.As sergas de Esplandián y Don Olivante
CERVANTES: TEORÍA LITERARIA CXLVU CXLVJII PRÓLOGO

de LAura, por ejemplo) demostraban ser conscientes de esta acu- Quijote otra vez sobre aquéllos (1, 47-50). Es aquí donde más
sación, ocasionando una autocrítica adulterada por una ironía se profundiza en los problemas literarios.
poco convincente. Pero valgan por todos estas palabras del Pin- En la Segunda parte del Quijote el tema reaparece, pero con
ciano (Philosophía antigua poética, epístola quinta): «Las ficciones menor frecuencia y extensión. La discusión más importante es
que no tienen imitación y verisimilitud no son fabulas, sino dis- la de don Quijote y Sancho Panza con el bachiller Sansón Ca-
parates, como algunas de las que antiguamente llamaron mile- rrasco (II, 3-4). Con un cambio de dirección extraordinario, se
sias, agora libros de caballerías, los cuales tienen acaecimientos centra ahora en la Primera parte de la propia novela. Más tar-
fuera de toda buena imitación y semejanza a verdad». de se lee el discurso de don Quijote sobre la poesía (11, 16). Fi-
Todas estas censuras se encuentran en el Quijote puestas en nalmente, el tema literario surge con brevedad en pocas oca-
boca de distintos personajes o bien se dejan inferir de la misma siones, como por ejemplo al comienzo del capítulo 44, sobre la
historia. La supuesta lascivia se trata más bien por su lado ri- unidad de la obra.
dículo, como cosa de risa. ¿Cómo no acordarse de aquella don- Como es natural, tales discusiones implican diferentes voces
cella «con toda su virginidad a cuestas», que andaba «de monte y distintas opiniones según los personajes que dialogan. Hay
en monte y de valle en valle» y al fin «se fue tan entera a la se- que tomar en cuenta incluso las de Maritornes y la hija del ven-
pultura como la madre que la había parido» (1, 9, u7)? Más di- tero, sin olvidar las del mismo don Quijote. Hablan también al
rectos son los reparos críticos a cuenta de los defectos de es- propósito el autor en los prólogos, el narrador Cide Hamete
. tructura o de estilo verbal. Sin duda el más memorable es el que Benengeli y sus afines (el «traductor», etc.). Con tantas inter-
cita las palabras de Feliciano de Silva sobre «la razón de la sin- venciones, esperar uniformidad y coherencia en las ideas teóri-
razón que a mi razón se hace» (1, I, 40), razones suficientes para cas sería demasiado. Diríase que Cervantes tenía preferencia
enloquecer al hidalgo de una vez. Pero la crítica más sentida y por el diálogo como modo de teorizar. Incluso en el primer
poderosa es, con mucho, la de que los romances caballerescos prólogo parece que se le ocurre inventar un «amigo» con quien
son extravagantes, increíbles y absurdos. No es necesario adu- dialogar. Es probable que ello refleje una inclinación o necesi-
cir ejemplos: tal opinión impregna la novela entera y contribu- dad temperamental -expresada también con su equívoca iro-
ye en mucho a su comicidad. nía- a ver las distintas caras de las cosas.
Las cuestiones teórico-críticas están ensambladas en el Quijo- Por la misma razón, es a menudo dificil fijar con precisión las
te de tres maneras: directamente (como tema de diálogo o dis- opiniones personales de Cervantes. Repetidas veces resultan
curso, como núcleo de la locura del héroe y como móvil de su ambiguas o inconclusas. Sería natural identificar la voz de algún
conducta), y en su aplicación directa o indirecta a la misma no- personaje discreto, como el canónigo o el cura, con la del pro-
vela de Cervantes. pio Cervantes, pero en muchas ocasiones resulta dudoso que así
Las grandes discusiones se encuentran fundamentalmente en deba ser. Ciertos principios (la credibilidad, por ejemplo) se
la Primera parte. Se inician con el escrutinio de la biblioteca de reiteran con bastante insistencia a través de las obras cervanti-
don Quijote, en el que se enjuician obras en su mayoría indi- nas, persisten ciertos puntos de vista y, a veces, el contexto
viduales: libros de caballerías, romances pastoriles y obras de ayuda a determinar la categoría de una afirmación. Indudable-
poesía, épica y lírica (1, 6). Los juicios se hacen progresivamen- mente, Cervantes aceptaba gran parte de la teoría del siglo xv1.
te menos severc;>s al repasar estos géneros. Luego vienen las opi- Pero al mismo tiempo propone o insinúa razonamientos con-
niones expresadas por el cura y el ventero, en particular sobre trarios o subversivos. Así, coexisten en la obra opiniones aris~
los libros de caballerías que hay en la venta (1, 32). En tercer lu- totélicas y antiaristotélicas, por ejemplo.
gar, los diálogos del canónigo de Toledo con el cura sobre los Más extraordinario que la discusión de cuestiones de crítica
libros caballerescos y las comedias, y del canónigo con don literaria es que éstas formen una parte sustancial de la caracte-
CERVANTES: TEORÍA LITERARIA CXLIX CL PRÓLOGO

rización del héroe y, por ende, del argumento de la novela. Se Quijote es que aspira a ser total. No le satisface sino que el
trata de un hombre tan obsesionado por los libros de caballe- mundo en tomo a él se conforme también con el ejemplo lite-
rías, que llega a perder el juicio. El irreductible y verificable rario imaginado. Quiere hacer desaparecer la diferencia entre
punto de partida de su locura consiste en tomar al pie de la le- los dos mundos, logrando que el mundo material exterior se
tra, como historias verídicas, las fabulosas invenciones que na- absorba en el de la imaginación. Dicho en otras palabras, trata
rran. En el centro nuclear del Quijote, así, se encuentra un pro- de vivir un romance caballeresco. Como era inevitable, fracasa y
blema de teoría literaria. Este problema puede expresarse de protagoniza, como ya se ha dicho, una parodia cómica. Vale la
varias maneras: la credibilidad de las obras de imaginación, la pena notar que el parodista aquí no es Cervantes directamente,
relación entre la historia y la ficción (poesía, para emplear la pa- sino don Quijote, por querer convertir la vida vivida en una
labra aristotélica), la relación de la literatura con la vida o los vida fantástica.
efectos de aquélla en ésta en un caso determinado. En el Quijote un tipo de literatura romántica se compara con
A raíz de esta locura, el protagonista se decide a imitar a los la vida real representada mediante las acciones de un «héroe>>
fingidos héroes caballerescos, armarse caballero y salir al mun- incapaz de diferenciar uno y otra. En este sentido puede decir-
do en busca de aventuras, como si la España de alrededor del se que la novela de Cervantes es, también, una obra de crítica
año 1600 fuera en realidad el mundo extraordinario represen- literaria. La cuestión se complica porque es muy evidente que
tado en aquellos libros. Pone manos a la obra siguiendo de ma- la «vida real», por llamarla así, no es sino otra invención de Mi-
nera muy deliberada el precepto artístico -enunciado por Ho- guel de Cervantes. Por lo tanto, lo que se compara en realidad
rado y Quintiliano, y muy repetido en el Renacimiento desde es un tipo de literatura ficticia con otro tipo de literatura ficti-
Girolamo Vida y Julio César Escalígero- de que es preciso imi- cia. En términos generales modernos, se comparan el romance
tar los grandes modelos ejemplares para alcanzar la perfección con la novela moderna y, en particular, el romance que don
en lo que se profesa. Don Quijote recuerda este precepto a Quijote querría que fuera su vida con la novela del Quijote: o
Sancho en Sierra Morena, al iniciar su penitencia a imitación sea, dos versiones muy distintas de su historia. La narración fin-
de Amadís de Gaula (1, 25). Pero el hecho es que los modelos de ge ser una historia verdadera, lo cual es una complicación su-
don Quijote eran creaciones ficticias tan exageradas, que en el plementaria. Repetidas veces se habla de la «verdad» y la «pun-
mundo real resultaban imposibles de imitar. Por lo tanto, la tualidad» de la historia, y también de «anales» y «archivos». Sin
imitación quijotesca resulta ser una parodia cómica. A diferen- embargo, tal fingimiento se hace de manera tan obvia y absur-
cia de sus héroes, no es un superhombre vencedor de ejércitos da, que se contradice en seguida la historicidad pretendida. Así,
enteros, matador de gigantes malévolos, enemigo formidable al final de la Primera parte el autor pide a sus lectores «que le
de encantadores malignos, sino un pobre hidalgo «de apacible den el mesmo crédito que suelen dar los discretos a los libros
condición» que ya va para viejo. Este contraste entre la fantasía de caballerías, que tan validos andan en el mundo» (I, 52, 647).
literaria y la realidad escueta de la vida salta a los ojos a lo lar- Ciertamente, todo esto es una especie de juego literario para
go de la narración. hacer sonreír al lector discreto. Pero en el fondo, se encuentran
La imitad6n de los modelos como modo de perfecciona- aquí los problemas teóricos que surgen de la interacción de la _
miento propio no sólo era bien conocida sino hasta prescrita historia verídica con la ficción inventada. Según la teoría del
por la educación humanística (basta leer El cortesano de Casti- Siglo de Oro la historia y la poesía son los dos polos entre los
glione). Importaba poco que la figura ejemplar fuese histórica cuales circulan los relatos de todo tipo. A partir de tales consi-
o imaginada; en el siglo xv no pocos caballeros españoles, fran- deraciones fueron formulándose los nuevos conceptos de la na-
ceses e ingleses se dedicaron a imitar a los héroes de los roman- rrativa que habían de engendrar la novela moderna, a diferen-
ces. Pero lo que tiene de insólita la ambición imitativa de don cia de las variedades antiguas de la prosa de ficción. Sólo que
CERVANTES: TEORÍA LITERARIA CLI CLII PRÓLOGO

casi nadie, ni siquiera los autores de las grandes novelas pica-


rescas, se preocupó de comentar las novedades que se iban pro- Cuando se ponen a contar algo, ¿qué placer o qué gusto puede haber
duciendo. La gran excepción es Cervantes, y aun él intuyó más adonde tan abiertamente, tan loca y tan descarada mienten? El uno
por medio de la creación novelesca de lo que expresó como mató él solo veinte hombres y el otro treinta. El otro, traspasado con
proposición teórica. No obstante, la teoría literaria impregna el seiscientas heridas y dejado por muerto, el día siguiente se levanta
Quijote de una manera u otra desde el concepto más sencillo del sano y bueno, y cobradas sus fuerzas, si a Dios place, torna a hacer ar-
héroe enloquecido hasta las consecuencias intrincadas de hacer mas con dos gigantes y mátalos, y de allí sale cargado de oro y plata,
que unos personajes ficticios se enteren de que tienen una exis- y joyas y sedas, y tantas otras cosas que apenas las llevaría una carraca
tencia literaria. Declara el cura en la venta: de genoveses. ¿Qué locura es tomar placer de estas vanidades?

Y si me fuera licito agora y el auditorio lo requiriera, yo dijera cosas Para quienes se plantean semejantes preguntas, claro está que
acerca de lo que han de tener los libros de caballerías para ser bue- prevalece el criterio histórico-empírico sobre cualquier placer
nos, que quizá fueran de provecho y aun de gusto para algunos; pero imaginativo. El canónigo prosigue con esta descripción de la
yo espero que vendrá tiempo en que lo pueda comunicar con quien verosimilitud:
pueda remediallo (1, 32, 409).
Hanse de casar las fabulas mentirosas con el entendimiento de los que
Es dificil no suponer que esta persona anónima es el mismo las leyeren, escribiéndose de suerte que facilitando los imposibles,
Cervantes, ya mencionado anteriormente por el cura como allanando las grandezas, suspendiendo los ánimos, admiren, suspen-
amigo suyo (en I, 6, 94). No hay duda alguna de que Cervan- dan, alborocen y entretengan, de modo que anden a un mismo paso
tes había meditado acerca de los romances de caballerías. El ca- la admiración y la alegría juntas (I, 47, 600).
nónigo de Toledo, quizá actuando de sustituto del autor, de-
dica una parte de su discurso sobre esos libros a la censura de Interesa esta notable observación sobre el funcionamiento de la
sus defectos; y otra parte a la exposición de sus buenas poten- verosimilitud por el énfasis que se pone en lo extraordinario
cialidades. Estas se concentran especialmente en la ejemplari- como aceptable y hasta deseable en la narración, una vez que
dad y la variedad. En cambio, su mayor defecto, según el ca- se haya encontrado modo de acomodarlo. No se trata de huir
nónigo y el cura y, sin duda, el propio Cervantes, el rasgo más de lo maravilloso, sino de hacerlo aceptable al lector. La admi-
comentado y puesto en ridículo es su incredibilidad. ¿Qué sa- ratio se había convertido en un principio artístico importante en
tisfacción estética, pregunta el canónigo, puede recibirse de la época barroca. Había que reconciliar lo verosímil con lo ma-
<<un libro o fabula donde un mozo de diez y seis años da una ravilloso, a pesar de la diferencia entre ellos, subrayada por Tas-
cuchillada a un gigante como una torre y le divide en dos mi- so y el Pinciano. Así se trasladaba este atributo de la épica a la
tades, como si fuera de alfeñique, y que cuando nos quieren prosa de ficción. Sin duda, tal reconciliación era del gusto de
pintar una ba.talla, después de haber dicho que hay de la parte Cervantes. Su última obra da buena prueba de su predilección
de los enemigos un millón de competientes, como sea contra por el género del romance, lleno de peripecias y aventuras que
ellos el señor del libro, forzosamente, mal que nos pese, habe- admiran y asombran. Por la misma razón, sin duda, se había de-
mos de entender que el tal caballero alcanzó la vitoria por solo dicado a leer tantos libros de caballerías, a pesar de los defectos
el valor de su fuerte brazo» (I, 47, 599-600)? Compárese con que.con tanta claridad veía en ellos.
un solo pasaje de Vives: Entre las voces discrepantes destaca la del mismo don Quijo-
te, quien alguna vez tiene razones de bastante fuerza. En su
gran diálogo con el canónigo, el ingenioso hidalgo hace hinca-
CERVANTES: TEORÍA LITERARIA CLIII
CLIV PRÓLOGO

pié en el puro placer que le proporciona leer los romances caba- y varia» (Philosophfa antigua poética, epístola quinta), y para Tas-
llerescos, cosa que pasa a demostrar, enseguida, de la manera so lo dificil era conseguir que «la misma variedad se encuentre
más práctica. Inventa y cuenta en el acto el episodio fantástico en una sola acción» (Del poema eroico, III, 79). Es dudoso que
del caballero que se zambulle en el lago encantado, magistral Cervantes llegara a solucionarlo a su satisfacción; por lo menos,
parodia de un trozo de libro de caballerías. ¿Cómo confutar esa en sus grandes obras se encuentran por todas partes disculpas y
demostración con discursos razonables? En efecto, el canónigo críticas de las digresiones y de la prolijidad.
de Toledo no sale muy bien de la contienda. Don Quijote hace Tras interponer una crítica del Curioso impertinente (II, 3, y
una mezcla indiscriminada de ejemplos ficticios e históricos en de nuevo en 11, 44) junto con otra del cuento del Capitán cau-
defensa de la literatura caballeresca. A él no le importa un co- tivo, por constituir ambos largas digresiones, el autor se en-
mino que sus héroes hayan existido o no: todo sería igual a los frenta finalmente al gran problema de definir el «episodio». Lo
ojos del imitador (sobre este punto opinaba lo mismo la pre- hace en términos muy parecidos a los que emplearon Giraldi
ceptiva). En cambio, el canónigo se esfuerza por distinguir lo Cinthio, Minturno, el Pinciano y otros teóricos de la épica.
fabuloso de la verdad y la media verdad. Pero frente a la certi- Dice:
dumbre quijotesca resulta poco convincente. De hecho, en pro
de las razones de don Quijote, la ejemplaridad no depende de Y, así, en esta segunda parte no quiso ingerir novelas sueltas ni pe-
la historicidad ni el placer de la lectura depende de la verosi- gadizas, sino algunos episodios que lo pareciesen, nacidos de los mes-
militud sino para quien se niegue a despojarse de los criterios mos sucesos que la verdad ofrece, y aun éstos limitadamente y con
empiristas. Más aun, es posible sostener que para la posteridad solas las palabras que bastan a declararlos (II, 44, 1070).
no hay manera infalible de comprobar que una personalidad
histórica haya existido más auténticamente que un personaje Quiere decir que los episodios externos serán independientes,
ficticio (podemos inferir la conclusión aunque don Quijote no como novelas cortas, de extensión limitada y, al mismo tiem-
la enuncie). El buen canónigo habla como hombre moderno, po, nacidos de los sucesos del argumento principal. Cierto, la Se-
razonable, ilustrado, y es dificil no aprobar sus razones. Don gunda parte del Quijote se acerca más a esta fórmula que la Pri-
Quijote habla como hombre medieval más bien, para no decir mera o el Persiles, pero no se puede decir que Cervantes llegue
como loco. Pero no por ello está desprovisto de intuiciones a sustituir la «escritura desatada» de los romances (la frase es del
acertadas. canónigo) y la nueva forma de novela que va desarrollando en
Para C~rvantes hay otro gran problema teórico, que no tie- el Quijote.
ne la trascendencia del de la credibilidad, pero que es todavía Los romances tenían otro atributo relacionado con la cuestión
suficiente para preocuparle. Es la cuestión de la estructuración de la verosimilitud, no tan molesto para Cervantes como lo fan-
de la obra. El canónigo condena rotundamente los libros por- tástico pero capaz todavía de preocuparle de vez en cuando.
que no llegan a contener «un cuerpo de fabula entero con to- Hay claras muestras de inquietud y ciertas reservas sobre la idea-
dos sus miembros, de manera que el medio corresponda al lización fundamental de los romances (los pastoriles, los griegos
principio, y el fin al principio y al medio» (1, 47, 601). Por otra y otros, tanto como los caballerescos). Afecta a la caracteriza-
parte, la variedad de personajes, de acontecimientos y de temas ción, la cual se distingue por un perfeccionismo, un refina-
es uno de los rasgos manifiestos de su receta para el romance miento y una simplificación psicológica muy distintos de lo que
ideal. ¿Cómo armonizar las exigencias neoaristotélicas de uni- se encuentra en la clásica novela realista. Cervantes nunca llega
dad estética con los placeres de la variedad? Era éste uno de los a rechazar este idealismo literario, que en cambio suele provo-
grandes problemas de la teoría literaria, en especial italiana. Se- car la impaciencia del lector de hoy: llena las páginas de los ro-
gún el Pinciano, la fabula había de ser a un mismo tiempo «una mances pastoriles, a los que siempre fue tan aficionado, e incon-
CERVANTES: TEORÍA LITERARIA CLV CLVI PRÓLOGO

tables páginas suyas desde el primer capítulo de La Galatea has- Hay que subrayar la falta habitual de distinción entre lo po-
ta el último del Persiles. Pero también este idealismo despierta a sible y lo ideal. Por extraño que nos pueda parecer, el Renaci-
Cervantes algunos recelos. Tienen éstos sus raíces en la con- miento hacía equivalentes lo que «podía» y lo que «debía» ser.
ciencia de la exageración inevitable que lo acompaña, o sea, la (Para Fernando de Herrera, por ejemplo, la poesía representa
desviación o distorsión de la verdad, defecto censurado por las cosas «como pueden o deben ser», en las Obras de Garcilaso
múltiples autoridades, desde Cicerón hasta Nebrija y otros pos- de la Vega con anotaciones de Fernando de Herrera, Sevilla, 1580,
teriores. Se trata de un inextirpable escepticismo frente al elogio p. 329.) Así es que se aceptaban y se justificaban los héroes y
hiperbólico. En el caso extremo de la sin par Dulcinea, el elo- heroínas sin tacha y los desenlaces narrativos tan inesperada-
gio hiperbólico se incorpora a la contradicción irónica para mente afortunados (pero no imposibles). Por eso Cervantes po-
producir la paradoja. Insiste don Quijote que en ella «se vienen día componer sus romances pastoriles y heroicos, como hemos
a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos visto, aunque no sin alguna reserva. Al mismo tiempo, en el
de belleza que los poetas dan a sus damas» (1, 13, 155). Una afir- acto mismo de componer el Quijote, iba tanteando una idea de
mación en el prólogo de las Novelas ejemplares esclarece el pen- la novela, ya no ligada a la poesía épica, como lo estaba el ro-
samiento de Cervantes al respecto: <<pensar que dicen puntual- mance, sino a la historia.
mente la verdad los tales elogios es disparate, por no tener En su nueva novela, que representa la fingida historia de la
punto preciso ni determinado las alabanzas ni los vituperios» vida, exterior o interior, de un hombre que quiere vivir un ro-
· (f. 4). A pesar de estas y otras muestras de duda, persiste el ro- mance de caballerías, descubre la interacción misteriosa de esos
mance en el mismo Quijote en los episodios que cuentan las for- componentes. En tal incorporación creadora de unos principios
tunas de Marcela, Grisóstomo, Cardenio, Dorotea, Basilio, críticos, derivados en su mayor parte del clasicismo de la épo-
Quiteria, Ana Félix y otros personajes más o menos idealizados, ca a la historia de don Quijote, consiste la mayor originalidad
cuyas aventuras tienden a llegar a su conclusión feliz gracias más de la teoría literaria de Cervantes.
bien a una casualidad providencial que a una causalidad proba-
ble o necesaria.
Como lo fantástico, lo idealizado ha de comprenderse en el NOTA BIBLIOGRÁFICA
contexto contemporáneo de la verosimilitud. Como se sabe,
este concepto se basa en la idea de que el poeta debe represen- (Revisada por José Montero Reguera)
tar las cosas «como pueden o deben ser». Lo que «puede ser»
respeta la probabilidad histórica. Por eso el cura y el canónigo I. Preparó el terreno para los estudios modernos sobre la teoría literaria de
de Toledo censuran la fantasía de los romances Qo prodigioso, lo Cervantes Giuseppe Toffanin, La fine dell'u111a11esi1110, Bocea, Milán-Turín-
mágico, lo sobrehumano) a menos que se tomen las medidas Roma, 1920, llamando la atención sobre los preceptistas italianos del siglo
XVI. Otro precursor de tipo muy distinto fue José Ortega y Gasset en las Me-
necesarias para hacerla aceptable. El otro aspecto, el ideal, res- ditaciones del «Quijote», Madrid, 1914, por varias intuiciones seminales des-
peta lo que «debe ser». Esto es lo que Sansón Carrasco con- pués desarrolladas por otros. El verdadero fundador de la investigación de la
trapone a la: :verdad histórica al decir: <<El poeta puede contar teoría literaria cervantina es Américo Castro en el primer capítulo de El pe11-
o cantar las cosas, no como fueron, sino como debían ser; y el sa111iento de Ce,va11tes, Centro de Estudios Históricos, Madrid, 1925 (ed. facs.
historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como Crítica, Barcelona, 1987), donde identifica los temas fundamentales y los si-
túa en el contexto del pensamiento renacentista tanto italiano como español.
fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna» (II, 3, 708). Jean Canavaggio examina las correspondencias cervantinas con la fuente es-
La omisión aquí de <<Q como podían seo pone de relieve la pañola más importante en «Alonso López Pinciano y la estética literaria de
idea que. tiene don Quijote de su historia como narrativa idea- Cervantes en el Quijote», A11ales Ce,vantinos, VII (1958). Según indica el tí-
lizada. tulo, en mi Teorfa de la novela en Ce1va11tes (1962), Taurus, Madrid, 1989, pre-.
CERVANTES: TEORÍA lITERARIA CLVII CLVIJI PRÓLOGO

sento la teoría cervantina a base de numerosos comentarios y de las poéticas La conciencia de la desmesura de los halagos fruto de una visión idealis-
españolas e italianas contemporáneas. Alban Forcione ensancha la discusión, ta de los personajes puede verse en el Persiles y Sigis1111111da cuando el héroe
demostrando que se entabla un diálogo en la novelística cervantina entre los dice a la heroína: «las hipérboles alabanzas, por más que lo sean, han de pa-
principios aristotélicos y los procesos creativos del arte. El artículo de Bruce rar en puntos limitados; decir que una mujer es más hermosa que un ángel
W. Wardropper, «Don Quixote: Story o History?», Modem Philology, LXIII es encarecimiento de cortesía, pero no de obligación». Pese a que a conti-
(1965), destaca la importancia de los significados de la palabra liistoria para la nuación añade: «Sola en ti, dulcísima hermana núa, se quiebran reglas y co-
teoría y la práctica de Cervantes. Don Quixote and tl1e Poetícs of tl,e Novel, de bran fuerzas de verdad los encarecimientos que se dan a tu hermosura»
Félix Martínez Bonati, Comell University Press, Ithaca y Londres, 199.2 (II, 2, f. 61v).
(trad. española El «Quijote» y la poética de la novela, Centro de Estudios Cer-
vantinos, Alcalá de Henares, 1995) propone una interpretación personal de Otras refere11das. Para una valoración global de las aportaciones de Riley de-
muchas de las cuestiones tratadas por los investigadores arriba citados. ben releerse ahora los trabajos reunidos en su miscelánea póstuma LA rara in-
venció11, Crítica, Barcelona, 2001, así como la síntesis de José Montero Re-
.2. Empleo la palabra romance, en inglés, para diferenciar estas formas nárra- guera «Edward C. Riley o el honor del cervantismo», en J. Robbins y E.
tivas de la novela de base realista. La distinción es importante en el contex- Williamson, eds., Cervantes: Essays i11 Memory of E.C. Riley 011 tl,e Eve of tl,e
to cervantino. Véase Edward C. Riley, «Cervantes: una cuestión de géne- Four-H1mdredt/1 Centenary of tl,e P11b/icatio11 of Don Quijote, Part I, número es-
ro», en G. Haley, ed., El «Quijote» de Cervantes, Taurus, Madrid, 1984 pecial del B11ltetin ofSpanish Studies, Glasgow, 2004.
(reimpr. en LA rara invención, Crítica, Barcelona, .2001, pp. 185-.202). Algunas de las cuestiones no planteadas o sólo esbozadas por Riley en su
Las obras de los preceptistas italianos que con toda probabilidad conocía clásico libro sobre la teoría de la novela han sido desarrolladas satisfactoria-
Cervantes son las siguientes: de Torcuato Tasso, los Discorsi dell'arte poetica e mente por dos discípulos suyos: Edwin Williamson, El <1Quijote» y los libros
· in particolare sopra il poema eroico (1587) y los Discorsi del poema eroico (1594), de caballerlas, Taurus, Madrid, 1991, sobre la aplicación del termino romance
que cito por la edición de las Opere, Florencia, 17.24, IV; de Giambattista a la novelística cervantina, y Anthony J. Close, Cervantes and tl,e Comic Mi11d
Giraldi Cinthio, el Discorso ... i11tomo al comporre dei roma11zi, Venecia, 1554; of His Age, Oxford University Press, 2000, en lo que se refiere a la teoría
de Alessandro Piccolomini, las An11otazzioni ... 11el libro della poetica d'Aristo- cervantina de lo cómico. El primer asunto ha dado pie a una nutrida bi-
tele, Venecia, 1575; de Antonio Sebastiano Mintumo, L'Arte poetica, Vene- bliografía reciente, con contribuciones relevantes de Edward Dudley, The
cia, 1563, y, finalmente, de Ludovico Castelvetro, la Poetica d'Aristotele v11l- E11dless Text: «Don Q11ixote» a11d tl,e Hermeneutics, The State University of
garizzata et sposta, Basilea, I 576. New York, Albany, 1997; Javier Blasco, Cerva11tes, raro inve11tor, Universi-
Los textos españoles que nutren la teoría literaria cervantina parecen ser dad de Guanajuato, 1998, pp. 145-207; Pedro Javier Pardo García, «El Ro-
la Philosopl1ía antigua poética (1596) de Alonso López Pinciano (manejo la 111a11ce como concepto crítico-literario», Hesperia, 11 (1999), pp. 79-u4; An-
edición de Alfredo Carballo Picazo, Madrid, 1953, 3 vols.), el Cisne de Apo- thony J. Cascardi, «Romance, Ideology and Iconoclasm in Cervantes», en
lo (1602) de Luis Alfonso de Carvallo (del que existe edición moderna de AJ. Cruz y C.B. Johnson, eds., Cervantes a11d His Postmoden, Co11stitue11cies,
Alberto Porqueras Mayo, Reichenberger, Kassel, 1997), y El arte poética en Garland, Nueva York, 1999, pp. 22-42.
romance castellano (1580) de Miguel Sánchez de Lima. El agudo trabajo de W ardropper sobre el Quijote como ficción o historia
Finalmente, como fuentes marginales, tanto españolas como italianas, ha generado en los últimos tiempos un interesante conjunto de trabajos que
cabe mencionar los escritos de Juan Luis. Vives, Obras completas (traducidas perfilan la cuestión; entre ellos sobresalen los. de Domingo Ynduráin, El des 0
por Lorenzo Riber, Madrid, 1947-1948, 2 vols.),Juan Huarte de San Juan, cubrimiento de la literatura e11 el Renacimiento espmiol, Real Academia Española,
Examen de i11ge11ios para las scie11cias (1575), y Baldassare Castiglione, JI libro Madrid, 1997; Mary M. Gaylord, «Pulling Strings with Maese Pedro's Pup-
del Cortegia110 (I 528). pets: Fiction and History in Do11 Quixote», Ce1va11tes, XVlll [2) (1998), pp.
En cuanto a la definición del episodio digresivo y su relación con la tra- 117-147; Anthony J. Close, «¿Cómo se debe remunerar a un escudero, asa-
ma novelesca, vale la pena recordar las palabras, parecidas a las cervantinas, lario o a merced? La cuestión del realismo del Quijote», en l. Lozano Renie-
de Giraldi Cinthio, que repara en el placer que producen las digresiones blas y J.C. Mercado, coords., Silva. Studia Phi/ologica in l,onorem Isalas Lemer,
cuando parecen surgir del tema mismo (Dei roma11zi, p. 25), mientras que Castalia, Madrid, 2001, pp. 153-165; y Charles Presberg, Adve11t11res in Para-
Minturno ve el episodio como algo «fuera de la fabula, pero no tan fuera dox: «Do11 Q11ixote» and the Westem Tradition, Pennsylvania State University
que le sea extraña» (L'Arte poetica, p. 18), y el Pinciano declara que «los epi- Press, University Park, 2001.
sodios han de estar pegados con el argumento de manera que si nacieran Los trabajos de Riley han supuesto también replantear la cuestión de las
juntos, y se han de despegar de manera que si nunca lo hubieran estado» lecturas cervantinas: es el caso de Daniel Eisenberg, «La biblioteca de Cer-
(Pl,ilosop/1{a, 111, p. 173). vantes», Studia i11 l,onorem Martl11 de Riquer, Quaderns Crema, Barcelona,
CERVANTES: TEORÍA LITERARIA CLIX

1987, 11, pp. 271-328; Edward Baker, La biblioteca de Dou Q111jote, Marcial
Pons, Madrid, 1997; o Alberto Blecua, «Cervantes, historiador de la literatu- 6. LAS INTERPRETACIONES
ra», en Silva. St11di11 pl,ilologica i11 lio11ore111 Isaías Lemer, cit., pp. 87-97. DEL <1QUIJOTE»
Por último, la relación entre los episodios y digresiones y su inserción en
la trama novelesca ha suscitado un abundante discusión en los dos últimos Anthony Close
decenios. Aportaciones fundamentales al respecto son las de Alberto Sán-
chez, «Arquitectura y dignidad moral de la Segunda parte del Quijote•, A11a-
les Cerv1111ti11os, XVIII (1979-1980), pp. 2-23, y «Arquitectura y teoría narra-
tiva en el Quijote de 1605», Edad de Oro, 11 (1983), pp. 179-2oo;José Manuel La bibliografía crítica del Quijote es, como el caos primitivo,
Martín Morán, El «Quijote» e11 ciemes: los descuidos de Cervantes y las fases de vasta y pletórica. Ya en el siglo XIX escaseaban los epítetos ne-
el11boració11 textual, Dell' Orso, Turin, 1990; Javier Blasco, «" ...Y los demás cesarios para ponderar su inmensidad y, desde entonces, se han
que contiene son episodios" (La fabula y los episodios del Quijote)•, Casti- impreso no pocos millones de palabras sobre el Quijote. El na-
lla. Estudios de IJteratura, XVIII (1993), pp. 19-40; Anthony J. Close, «Los
episodios del Quijote., en M. Romanos, coord., Para leer II Cerv1111tes. Estu- rrar la historia de su interpretación desde 1605 hasta nuestros
dios de Literatura Esp111iol11. Siglo de Oro, Eudeba, Buenos Aires, 1999, I, pp. días dentro del breve ámbito de un prólogo es, pues, una tarea
25-47; David Quint, «Narrative Interface and Narrative Genres in Do11 Qui- que exige por parte del historiador un brntal esfuerzo de selec-
jote and the Orla11do Furioso», Modem La11gu11ge Quarterly, LVIII (3) (1997), ción. Solamente voy a tomar en cuenta las interpretaciones
pp. 241-268, y «Entrelazamientos cervantinos: la Historia del cautivo y su lu- que, bien por su amplia repercusión o por su valor representa-
gar en Do11 Quijote», en G. Dopico Black y R. González Echevarría, eds.,
·Eu 1111 lugar de la M1111cha. Estudios ce1va11ti11os e11 l,011or de Ma11uel D1mi11, Al-
tivo, constituyen importantes hitos de esa evolución histórica.
mar, Salamanca, 1999, pp. 213-228; Hans-Jorg Neuschafer, La ética del Además, para dar un enfoque preciso a lo que pudiera facil-
<<Q11ijote,1:fi111ció11 de las 11ovelas i11tercalad11s, Gredos, Madrid, 1999; y Joachim mente degenerar en un catálogo de fechas, nombres y títulos,
Küpper, «Die 11ovel11s i11terc11l11d11s in Cervantes' Quijote., Ro111a11istisc/1es Jal,r- pienso centrarme en una de las constantes de tal historia: el
buc/1, LII (2001), pp. 387-421. conflicto entre dos actitudes hacia los clásicos. La primera es
el tipo de comprensión histórica definido por Schleiermacher,
que remite siempre al dominio lingüístico del autor y de sus
lectores contemporáneos; la segunda, de índole acomodaticia,
trata de adecuar el sentido del texto, a pesar de su infraestruc-
tura de supuestos arcaicos, a la perspectiva mental del lector
moderno. Esta segunda actitud es la postura espontánea del lec-
tor medio y también la del crítico literario, en cuanto portavoz
de los intereses de ese simbólico personaje.
Como suele pasar en los matrimonios, la frecuente tensión
entre las dos actitudes oculta una simbiosis latente que se re-
monta a los orígenes de la hermenéutica -la ciencia de la in-
terpretación de los textos sagrados-, de la cual se derivan las
premisas de la historia literaria moderna. Si bien la exégesis de
la primera era del Cristianismo interpreta el Antiguo Testa-
mento a la luz del Nuevo, acomodándolo por medio de un có-
digo alegórico, aquellos intérpretes, ante la proliferación de
versiones heréticas, se vieron obligados a fijar reglas de inter-

CLX
LAS INTERPRETACIONES DEL (<QUIJOTE» CLXI CLXII PRÓLOGO

pretación para acotar el terreno de las lecturas legítimas. La sido plasmada en el personaje de don Quijote, concuerda con el
misma alternancia entre flujo liberador y reflujo regulador pue- cristianismo secularizado, lúcidamente irracional, del propio
de observarse en la tradición que ahora nos ocupa. Aquí, el yel- Unamuno, que él ofrece a los lectores españoles como vocación
mo de la acomodación lucha por imponerse a la bada del histo- colectiva, capaz de catalizar una futura regeneración de España.
ricismo o de la metodología rigurosa, y a la inversa, resultando El don Quijote unamunesco, pues, es un héroe mítico, vate de
muchas veces del conflicto el objeto híbrido acuñado humorís- la fe propia de nuestro tiempo.
ticamente por Sancho Panza. Examinemos un momento clave, Y a hemos observado que la actitud acomodaticia lleva den-
a comienzos del siglo xx, en que nace el baciyelmo de la crítica tro de sí los gérmenes de su contraria y no se resigna fácil-
moderna del Quijote. mente a renunciar a sus derechos de legitimidad. Resulta evi-
Un mito es una leyenda acerca de los orígenes: su objeto es dente para todo el que lo lee que el comentario de Unamuno,
justificar las prácticas o creencias de un pueblo, hallándoles una a pesar de sus caprichos y bufonadas, aspira a imponerse al lec-
génesis divina. De acuerdo con esto, el comentario de Unamu- tor como una legítima explicación del sentido del Quijote, y
no, Vida de don Quijote y Sancho (1905), debe considerarse una descansa sobre la distinción entre el sentido vivo de un texto
recreación mítica del Quijote, que lleva la tendencia acomodati- clásico correspondiente a sus rasgos perdurables y la efimera
cia a sus últimas consecuencias. Para comprender sus premisas, capa histórica que tanto preocupa a los especialistas universita-
tenemós que echar nuestra mirada atrás, hacia la segunda mitad rios. Este tipo de distinción la hallamos también en los demás
del siglo xvm, cuando Herder puso en circula~ión la idea de miembros de la llamada generación del 98, mayormente Azo-
que cada pueblo tiene un alma histórica, que inspira su peculiar rín, quien, como Unamuno, se opone vigorosamente al tipo
manera de ser y alcanza su más cálida expresión en las grandes de historia literaria vigente en la época de Menéndez Pelayo
obras de arte nacionales. Después de atravesar varias etapas en su (1856-1912). Lo que la generación aborrece en esa pedagogía
desarrollo a lo largo del siglo XIX -Hegel, Carlyle, Taine-, la institucional es su cerril sensatez, típica . del positivismo de-
tradición, casi a punto de agotarse, llega a su culminación iróni- cimonónico, preocupado siempre por el preciso sentido fi-
ca en el comentario de Unamuno. Aquí, por medio de capri- lológico y los determinantes históricos del texto literario.
chosas inversiones de las premisas de Cervantes, Unamuno se Todo ello, los noventayochistas pretenden reemplazarlo por
muestra pícaramente consciente de lo idiosincrático de su co- una aproximación íntima y viva a los clásicos, que los haga ase-
mentario al Quijote: por ejemplo, don Miguel toma al pie de la quibles al lector moderno y descubra en ellos señales que
letra la burlesca ficción de que nos las habemos con la crónica apunten a un nuevo ideario colectivo, catalizador de una nue-
verdadera de un caballero heroico; de ahí que trate a Cervantes va España.
como a un tonto jovial incapaz de entender el alcance de su crea- Sin embargo, por razones evidentes, la nueva valoración de
ción. ¿Interpretación legítima o malabarismos de un prestidigi- los clásicos no podía imponerse eficazmente si no se tomaba en
tador perverso? A juzgar por el prólogo a Del sentimiento trágico serio el problema metodológico al que Unamuno volvía capri-
de la vida (191 3), la segunda alternativa parece la más verosímil. chosamente las espaldas. Esta justificación metodológica la apor-
Aquí Unamúno declara en tono desafiante: «¿Qué me importa tarían dos hombres ilustres: primero, José Ortega y Gasset; des-
lo que Cervantes quiso o no quiso poner allí y lo que realmen- pués, Américo Castro. Consideremos primero las Meditaciones
te puso? Lo vivo es lo que yo allí descubro, pusiéralo o no Cer- del «Quijote» de Ortega, cuya publicación en 1914 marca el
vantes». Para Unamuno, este mensaje vivo se relaciona con una momento en que el yelmo de la interpretación unamunesca se
corriente de espiritualidad congénita a la esencia histórica del convierte en baciyelmo.
pueblo español, común a sus grandes santos (San Ignacio, Santa En unas breves y, al parecer, inocentes frases de su prólogo,
Teresa) y a sus anónimas tradiciones populares. Tal como ha Ortega efectúa una revolución en la interpretación del Quijote,
LAS INTERPRETACIONES DEL «QUIJOTE» CLXIll CLXIV PRÓLOGO

mediante una distinción entre personaje y estilo: «Conviene, del Quijote. Así que, si bien Ortega opone una bacía al yelmo de
pues, que haciendo un esfuerzo, distraigamos la vista de don Unamuno, la oposición dista mucho de ser radical.
Quijote, y vertiéndola sobre el resto de su obra, ganemos en su Para Ortega, el Quijote es un llamamiento a los españoles para
vasta superficie una noción más amplia y clara del estilo cer- que domeñen la sensualidad anárquica inherente a su cultura y
vantino». Sugerencia que supone un rechazo tanto de la in- reivindiquen su herencia teutónica: la meditación, en un senti-
terpretación noventayochesca del Quijote, centrada obsesi- do lato del término. En efecto, sin mencionar a Unamuno, Or-
vamente en la figura del héroe, como de la crítica positivista tega contrasta el vitalismo irracional de aquél con su propia fi-
(Morel-Fatio, Rodríguez Marín), empeñada en ver los textos losofia de la razón vital. Para Ortega, la alucinación de don
literarios como mero reflejo o producto de las circunstancias Quijote, que toma por gigantes los prosaicos molinos de vien-
históricas y biográficas en que se engendraron. Para 01tega, to del campo de Montiel, simboliza el eterno esfuerzo en el
como para su contemporáneo Benedetto Croce, dichos textos que se debate la cultura toda por dar claridad y seguridad al
tienen una estructura regida por leyes propias e internas, de ín- hombre en el caos existencial en que se halla metido. El error
dole estética, que corresponden a la intuición creadora del ar- quijotesco, pues, es heroico y ejemplar. Pero no constituye en
tista, su peculiar manera de ver el mundo: <<El ser definitivo del absoluto una advocación de un racionalismo abstracto, aislado
mundo no es materia ni es alma, no es cosa alguna determina- en su torre de marfil. Al enfrentar el plano del mito, propio del
da, sino una perspectiva». Con esta afirmación, Ortega sienta género épico, con el plano de la tosca realidad, vinculado con
no sólo las bases de su propia filosofia, sino las del cervantismo la comedia, Cervantes define la misión de la cultura en el mun-
moderno. Las palabras reflejan una filosofía postkantiana que da do moderno y el tema del género híbrido encargado de expre-
primacía a la mente, no a la materia, y le confiere la función de sar su Weltanschauung: la novela. Esa misión consiste en procla-
estructurar a priori nuestro conocimiento de la realidad. Por mar un nuevo valor, distinto a las verdades absolutas o a las
aquellos mismos años, Ferdinand de Saussure difundía unas en- consabidas tradiciones milenarias: la vida, radicada en el yo de
señanzas semejantes en su Curso de lingiiística general, enseñanzas cada ser humano. Tal es el sentido de la aventura del retablo
que sus sucesores aplicarían al lenguaje literario, a la antropolo- de maese Pedro. De la misma manera que don Quijote se halla
gía, a la semiótica en sus diversas ramas. La estilística (Spitzer, imantado por la ilusión teatral hasta el punto de creer verdade-
Hatzfeld, Casalduero, Rosenblat), muy influyente en la crítica ros los sucesos representados en el retablo, asimismo el lector se
cervantina del siglo xx, sacará de tal fuente sus premisas fun- halla sutilmente sugestionado por la ilusión novelesca, arrastra-
damentales: sobre todo, la concepción del lenguaje como un do hacia su interior, gracias al truco mediante el cual Cervan-
sistema formal reducible a unos pocos principios dinámicos y tes opone ilusi6n (el retablo y lo que representa) a realidad (el
simetrías estructurantes. El pensamiento de Cervantes de Américo cuarto del mesón y los espectadores allí reunidos). De esta ma-
Castro (1925), que inaugura el cervantismo moderno, es com- nera, el lector percibe que la alucinación de don Quijote sim-
plementario de ese movimiento. boliza el voluntarismo autocreador en que consiste la existen-
Pero, junto a esos elementos nuevos, hay otros supuestos en cia humana, obligada a alzar el vuelo del plano cotidiano hacia
el libro de Ortega que se remontan directamente al Romanti- un «más allá» de ideales subjetivos. Como veremos, las sucintas
cismo alemán: la mencionada creencia en el alma de un pue- páginas dedicadas a la aventura del retablo de maese Pedro son
blo; la idealización del arte como síntesis simbólica del pensa- el punto de arranque de dos corrientes de crítica literaria que
miento de toda una época; la convicción a priori acerca de la surgen después de la Guerra Civil española: el existencialismo
profundidad enigmática de las obras maestras. Estos supuestos, y el perspectivismo.
que no desaparecerán, ni mucho menos, en el transcurso del si- Volvamos ahora al punto de partida cronológico de nuestra
glo xx, favorecen la supervivencia de la interpretación mítica historia: el siglo XVII. «El Qmjote ni fue estimado ni compren-
LAS INTERPRETACIONES DEL «QUIJOTE» CLXV CLXVI PRÓLOGO

dido por los contemporáneos de Cervantes», falla tajantemente añadir que los numerosos juicios que el propio Cervantes emi-
Azorín en uno de sus ensayos. Este juicio, aunque esencial- te sobre su obra no disienten esencialmente de la opinión co-
mente falso, encierra una verdad a medias. Es falso porque pasa mún; el más elocuente de estos juicios, por ser sin duda el que
por alto la gran popularidad de que disfrutó el Quijote en la Es- Cervantes querría que tuviese valor de epitafio literario, es la
paña del siglo xvn, época en que era casi tan familiar como el entusiasta salutación proferida por el estudiante a quien Cer-
Romancero para el hombre de la calle. Un ejemplo curioso de vantes y su pequeña comitiva encontraron en el camino de Es-
esta familiaridad nos lo ofrece la conversión de la lamentación quivias a Madrid: «¡Sí, sí; éste es el manco sano, el famoso todo,
de Sancho por la pérdida del rucio en tópico consagrado que el escritor alegre, y, finalmente, el regocijo de las Musas!» (Per-
se saca a colación cuando a algún personaje de comedia le so- siles y Sigismunda, Prólogo). Salutación repetida con variantes en
breviene una desgracia semejante. Ahora bien, lo que contri- múltiples ocasiones en la Segunda parte del Quijote, donde Cer-
buyó sin duda a la consagración del tópico, aparte de los méri- vantes recoge fielmente las reacciones de lectores contemporá-
tos del pasaje, tan acorde con el regocijo, típico en aquella neos ante su libro, diferenciándolas según sus especies: juvenil,
época, ante cualquier confusión de lo asnal con lo humano, son madura, sofisticada, plebeya, regocijada, despectiva ...
las asociaciones más o menos proverbiales que lo envuelven Sin embargo, el juicio de Azorín llama la atención sobre una
todo: el famoso olvido de Cervantes con respecto a la pérdida curiosa deficiencia en la actitud del siglo xvu hacia el Quijote.
y hallazgo del rucio; el tema de la amistad de éste con su amo, Con algunas excepciones, corno el licenciado Márquez Torres,
con antecedentes en el refranero; la encarnación de Sancho y aprobador de la Segunda parte del Quijote, el siglo se muestra
su asno en figuras carnavalescas que desfilaban por las calles en extrañamente reacio a otorgar a un autor tan estimado el ran-
fiestas públicas, como las organizadas en honor de la Inmacula- go clásico que lógicamente parece corresponderle y que, en Es-
da Concepción en Utrera y Baeza en 1618. paña, les fue conferido a Garcilaso, Góngora, Lope de Vega,
El mencionado juicio de Azorín es inexacto por dos razones Alemán, Fernando de Rojas, Quevedo y Calderón. A falta de
más. En primer lugar, resta valor a los enfaticos tributos que a tal promoción, la obra de Cervantes nunca consigue la aten-
los méritos de Cervantes -invención, ingenio, gracia, elegancia, ción ponderada que se presta a estos otros autores. A este res-
decoro, discreción- rinden jueces tan calificados como Valdi- pecto, es relevante comparar la fortuna del Quijote con la de
vielso, Salas Barbadillo, Tirso de Molina, Quevedo, Tamayo de Guzmán de A!farache y La Celestina, dos obras que, como aquél,
Vargas, Márquez Torres y Nicolás Antonio. El juicio de este úl- pertenecen a un género bajo y risible y son excéntricas en re-
timo es significativo .. Para un siglo que estimaba tan altamente lación con los cánones de la poética clásica. Los factores que
el ingenio, no debe considerarse menudo elogio lo siguiente, llevan a los traductores extranjeros de La Celestina y Guzmán,
proferido por su principal bibliógrafo: «ingenii praestantia et y a Gracián, en sus fervorosos elogios a ambas obras en su Agu-
amoenitate, unum aut alterum habuit parem, superiorem nemi- deza y arte de ingenio, a elevarlas al nivel del Parnaso son la gra-
nem>> ('por la excelencia y amenidad de su ingenio, tuvo algún vedad ejemplar y sentenciosa, de origen libresco, que manifies-
que otro igual, pero ninguno superior'). En segundo lugar, tan. Cualidades que para Gracián tienen el realce privilegiado
Azorín exige'. anacrónicamente que los hombres del siglo xvu, de la agudeza. Aunque el Quijote no esté exento, ni mucho
al enjuiciar el Quijote, compartiesen el criterio de profundidad menos, de tales propiedades, Cervantes, en el prólogo a la Pri-
propio de la generación del 98. Todos, sin excepción, incluso mera parte, casi hace alarde de renegar de las mismas y, en el
tan perspicaz y entusiasta admirador de Cervantes como el fran- cuerpo de la obra, tiende a ocultarlas bajo un velo de amena jo-
cés Saint-Évremond, vieron en la novela simplemente una obra vialidad. Así que, a ojos de sus contemporáneos, el Quijote no
de entretenimiento genial, de naturaleza risible y propósito sa- pone en primer término las cualidades más indicadas para redi-
tírico. Como justificación de esta «miopía» masiva, conviene mirle de cierto aire de alegre intrascendencia, y ello a pesar del
LAS INTERPRETACIONES DEL «QUIJOTE» CLXVII CLXVIU PRÓLOGO

general reconocimiento de que Cervantes, «ese ejecutor acérri- que pueden rivalizar con cualquier producción de la Antigüe-
mo de la expulsión de andantes aventuras» (Tirso de Molina), dad. Con estos juicios, pisamos ya los umbrales del siglo XVIII.
se propuso un fin provechoso y lo logró con éxito fulminante. En el siglo XVIII Cervantes tuvo mejor suerte; a este siglo se
A esto se deberá sin duda el que Gracián no mencione nunca debe el honor de haberle colocado sobre un pedestal, empresa
el nombre de Cervantes y el que aluda a él de forma tan des- en que tienden a confundirse los elogios a las virtudes del hom-
pectiva en El Criticón, en el episodio de la Aduana de las Eda- bre con los méritos de su obra. Se suele decir que fueron )os
des, destinado a calificar la lectura apropiada para la madurez extranjeros, mayormente los ingleses, quienes enseñaron a los es-
varonil (El Criticón, 11, crisi primera). Por otra parte, algunas de pañoles a estimar en su justo valor a Cervantes. Aunque no
las cualidades más destacadas del Quijote -la famosa urbanidad puede negarse que la fervorosa afición a Cervantes manifestada
de Cervantes, el naturalismo de su caracterización, su brillante por los ingleses del siglo XVIII estimulara en parte el giro de
sátira contra la afectación literaria y los estereotipos y conven- opinión producido en España, éste, a mi juicio, habría surgido
ciones novelescos- no coincidían exactamente con los juicios espontáneamente de una u otra manera, gracias a· una serie de
de valor preconcebidos vigentes en la época, al menos en Es- factores característicos de la Ilustración española, que eran fa-
paña e Inglaterra. Buen ejemplo al propósito es la versión del vorables a Cervantes en la misma medida en que no lo eran
Quijote de Avellaneda. Aquí desaparece todo el chispeante hu- para Góngora y Calderón. Estos factores son el espíritu crítico
mor del estilo narrativo de Cervantes, incluso la ficción acerca y normativo de la época, acorde con los motivos neoclásicos
·de Benengeli, los incansables juegos de palabras, la parodia de que inspiran la sátira cervantina del género caballeresco; la ac-
diversos registros. Se esfuma el relieve dado a la textura de la titud moralizante que lleva a Luzán, en su Poética (1737), a de-
vida cotidiana y a la psicología correspondiente. Se eliminan el clarar que «el fin de la Poesía es el mismo de la filosofia moral»;
entorno pastoril o montañoso, imbuido de alusiones literarias y la propensión a mirar con ojos benignos a escritores del Siglo
las continuas interferencias entre lo cómico y la evasión ro- de Oro clásicos y castizos, no contaminados por las tendencias
mántica. Lo más llamativo de estas modificaciones es el notable «decadentes» del siglo xvn, como el culteranismo. Este último
empobrecimiento de las personalidades de amo y mozo; éste, motivo lleva a Gregorio Mayans y Sisear, en su Retórica castella-
en manos de Avellaneda, se vuelve el simple gárrulo, tosco, na (1757), y a Antonio Capmany, en su Teatro histórico-crítico de
glotón y maloliente de la comedia del siglo xv1, mientras que la elocuencia espai1ola (1786}, a citar múltiples trozos de Cer-
aquél apenas si sale del molde fijado por Cervantes en los capí- vantes como modelos estilísticos. Las dos obras citadas marcan
tulos iniciales de su novela: el delirante y ensimismado imita- importantes hitos en el proceso de institucionalización pedagó-
dor de literatura caballeresca. gica de Cervantes en España. Por lo que hace a las interpreta-
El Quijote goza de mayor prestigio en Francia. En e) siglo de) ciones extranjeras del Quijote, sólo mencionaré de paso dos as-
bon goiít y del academicismo literario, los mencionados méritos pectos: primero, la nueva valoración del figurón (humourist) en
del Quijote cundieron como ejemplo práctico, repercutiendo Inglaterra, que da pie a la creación de personajes extravagantes
brillantemente en Le roman comique de Paul Scarron, y recibie- pero amables modelados directamente sobre don Quijote; y, en
ron aprobaci6n formal por parte del padre Rapin en sus Réjle- segundo lugar, la elaboración del tipo de humor caprichoso y
xions sur la poétique d'Aristote (1674). Mer~cen mención especial reflexivo que exhibe Cervantes como narrador del Quijote, in-
los elogios de su contemporáneo Saint-Evremond, que consi- cluido todo el repertorio de trucos tendentes a llamar la aten-
dera el Quijote ·c omo el libro más capacitado para enseñamos a ción sobre la ilusión ficticia o ironizar acerca de las convencio-'
formar «un bon gout sur toutes choses»; partidario de los Mo- nes literarias. Todo ello culmina en 171e Life and Opinions ef
dernos, en la querella de los Antiguos y los Modernos, equipa- Tristram Shandy de Laurence Steme, que, además de ser una
ra el Quijote con la Aminta de Tasso y los Essais de Montaigne, novela genial, encierra, de modo implícito, una interpretación
LAS INTERPRETACIONES DEL «QUIJOTE» CLXIX CLXX PRÓLOGO

audazmente innovadora del Quijote, que tendrá que esperar puede escribirse en prosa como en verso">> (Vida, p. 158). Por
hasta el siglo xx para su formulación. Ahora vuelvo la mirada supuesto, Mayans reconoce que este principio formal está de-
a España, donde tienen lugar los adelantos más significativos. sarrollado en el Quijote bajo un aspecto gracioso, popular y co-
El libro de Mayans y Sisear Vida de Miguel de Cewantes Saa:.. tidiano, y con la variedad de estilos y asuntos que caracteriza las
vedra es un estudio crítico fundamental, que sienta las bases de novelas de Cervantes en general (Vida, pp. 43, 51, 156). Las ac-
la investigación metódica de la vida y obra de Cervantes. Fue titudes reformistas de Mayans y su simpatía hacia los humanis-
traducido al inglés y al francés y reeditado varias veces en Es- tas españoles del siglo XVI se hacen patentes en su tratamiento
paña. Se trata de una obra de encargo, solicitada por lord John del desarrollo de la literatura caballeresca y de los errores que
Carteret para servir de prólogo a la esmerada edición del Qui- había introducido en la historia, denunciados por hombres
jote, corregida por Pedro Pineda, que imprimió el librero lon- como Pedro de Rhúa, Pero Mexía y Juan Luis Vives. Para Ma-
dinense Jacob Tonson en 1738 y que Carteret regaló a la reina yans, estas denuncias y la sátira de Cervantes obedecen al mis-
Carolina para adornar los estantes de su pabellón de Richmond mo impulso crítico. Una sección importante del ensayo está
Park. El valenciano Mayans, jurisconsulto, latinista, impugna- dedicada a rebatir, mediante una exposición de las teorías dra-
dor de la decadencia lingüística y, en las postrimerías de su vida, máticas de Cervantes, las acusaciones que Avellaneda le había
editor de una magistral edición de las obras de Juan Luis Vives, hecho de escribir el Quijote impulsado por la envidia que les te-
ejercía de bibliotecario real en la época en que escribió el libro. nía a él y a Lope de Vega. He aquí otra oportunidad para in-
Habida cuenta de que éste se compuso en los albores de la in- sistir en el neoclasicismo de Cervantes, y además en su sereni-
vestigación metódica de la historia literaria, no es de extrañar dad y magnanimidad, cualidades estéticas y morales que Mayans
que contenga una apreciable cantidad de errores o suposiciones contrasta repetidamente con los defectos de su detractor.
inexactas; lo impresionante del libro es la frecuencia con que Sobre los cimientos puestos por Mayans, el docto artillero
Mayans da en el blanco, gracias a su conocimiento detallado de Vicente de los Ríos montó el edificio de su Análisis del Quijo-
los textos cervantinos, que cita copiosamente. En cuanto inter- te, que sirve de prólogo a la magnífica edición del Quijote pu-
pretación del Quijote, fija las grandes líneas que seguirán los blicada por la Real Academia Española en 1780. El ensayo fue
principales sucesores de Mayans en la época neoclásica españo- objeto de un caluroso elogio en la Historia de las ideas estéticas
la, y tiene el mérito de ver la obra de Cervantes como un sis- de Menéndez Pelayo. En España, al menos hasta mediados del
tema artístico coherente, cuyos «manifiestos,> teóricos, como la siglo XIX, ninguna otra interpretación del Quijote superaría a
discusión entre el canónigo de Toledo y el cura (1, 47-48), con- ésa en autoridad e influencia. Lo que Vicente de los Ríos aña-
cuerdan entre sí y con la práctica de Cervantes. Esta idea fe- dió a la interpretación de Mayans fue, principalmente, un pe-
cunda fue desechada en el siglo XIX, para no ser rehabilitada netrante análisis de la dicotomía entre ilusión y realidad en que
hasta el tercer decenio del siglo xx. La aproximación de Ma- se funda la acción de la novela. Para De los Ríos, el Quijote con-
yans es fundamentalmente apologética y da por sentada la pre- tiene una novela épica, con todas las de la ley, encajada dentro
misa que al . siglo XVII español le había resultado tan dificil de una novela realista; y esta estructura concéntrica la consigue
reconocer: fa de que las obras en prosa de Cervantes son de- Cervantes mediante las dos perspectivas sobre la acción, anta-
chados de regularidad neoclásica y pueden rivalizar con los mo- gónicas pero perfectamente sincronizadas, que mantiene desde
numentos de la' Antigüedad. Así que el Quijote es comparable el comienzo hasta el fin. La primera, que es la del protagonista
con la flfada: <cSi la ira es una especie de furor, yo no diferen- y permanece inmune a la realidad gracias a su locura, le permi-
cio a Aquiles airado de don Quijote loco. Si la llfada es una fa- te interpretar todo lo que le pasa como una serie de maravillas
bula heroica escrita en verso, la Novela de don Quijote lo es en propias de la épica caballeresca, con sus peripecias, obstáculos y
prosa, "que la épica (como dijo el mismo Cervantes) tan bien resoluciones correspondientes. La segunda, que es Ja nuestra,
LAS INTERPRETACIONES DEL «QUIJOTE» CLXXI CLXXII PRÓLOGO

nos hace considerar la primera como ridículamente extraviada como modelo del género que proclamaría como suyo, la' no-
y contraponer a su cadena de lances imaginarios una serie muy vela, y lo convirtió, además, en una de las piedras angulares de
distinta: casual, prosaica, caprichosa y, sobre todo, verosímil. su reconstrucción de la estética y de la historia literaria. Gracias
Así que, en el crisol de la verosimilitud psicológica con que ha al impacto de esta revolución sobre la historia intelectual pos-
retratado la manía quijotesca, Cervantes ha fundido dos mun- terior, sus repercusiones en la interpretación del Quijote habían
dos artísticos en uno, logrando los efectos maravillosos del gé- de ser profundas. Para los hombres de aquella generación -Frie-
nero caballeresco sin incidir en su empalagosa inverosimilitud. drich y August Wilhelm Schlegel, F.WJ. Schelling, L. Tieck,
Nadie se acuerda ya de Vicente de los Ríos, pero, en esencia, Jean Paul Richter-, el Quijote constituía una cima artística tan
esta idea suya acerca de la doble perspectiva del Quijote ha so- elevada como las obras de Shakespeare y cumplía el requisito
brevivido a todos los cambios de interpretación sucedidos des- de la novela ideal: el de ser un poema en prosa que «ejecuta
de su tiempo hasta el nuestro. fantásticas variaciones sobre la melodía de la vida». Lo admira-
En el balance arrojado por la interpretación neoclásica del Qui- ban por su rica polifonía de tonos y estilos, las caprichosas pi-
jote hay que tener en cuenta también el debe. Después de los pa- ruetas de su humor, su actitud agridulce hacia la caballería me-
negíricos prodigados a Cervantes por sus más destacados intér- dieval, su universalidad mítica; e interpretaban todo eso de
pretes dieciochescos, entre los que se cuentan los grandes acuerdo con su visión del destino histórico del hombre, escin-
editores del siglo Oohn Bowle,Juan Antonio Pellicer), tenía for- dido entre el espíritu y la naturaleza, y en un proceso de desa-
zosamente que llegar una reacción, y ésa se produjo en la gran rrollo continuo hacia una síntesis. Para ellos, la obra ejemplifi-
edición de Diego Clemencín (1833-1839). Henos aquí ante una caba la llamada ironía romántica en todas sus manifestaciones:
nueva forma de la dicotomía que definimos al principio de este el sentido de la oposición entre lo ideal y lo real; el escepticis-
prólogo. Por extraño que parezca el calificar de neoclásico a un mo del artista hacia sus más queridas ilusiones; el lúdico desin-
hombre del siglo XIX, las premisas de Clemencín cuadrarían per- terés que demuestra ante su propia creación. Entre estos juicios
fectamente en el siglo xvm, y sus mismos reparos al Análisis de y los característicos del siglo xvm media una distancia inmen-
Vicente de los Ríos se inspiran en la estética neoclásica: una con- sa. Y a no se califica el Quijote de <<épica burlesca» (Vicente de
cepción antihistóric,a de la pureza de la lengua, y también de las los Ríos), ni de <<sátira contra el entusiasmo y el extremismo»
sacrosantas reglas. Estos son los palos que empuña Clemencín (lugar común compartido por Voltaire, D'Alembert, el doctor
para castigar en sus notas a pie de página las supuestas incorrec- Johnson, Fielding y el alemán Bertuch, en su traducción del
ciones del Quijote -torpezas gramaticales y estilísticas, inconse- Quijote de 1775). Ni mucho menos se lo considera una obra de
cuencias cronológicas y geográficas-, abriendo así un debate y burda comicidad solamente válida para «entretener la hora de la
una temática que han permanecido vivos hasta época muy re- digestión después del almuerzo», según la caricaturesca frase de
ciente, y haciendo revivir virulentamente el antiguo tópico de Friedrich Schlegel. Ahora se habla de su «exquisita seriedad», se
<<Cervantes, ingenio lego». De aquí en adelante, al menos hasta insiste en la ambigua profundidad de su alcance satírico, y, en
1925 (año de ~a publicación de El pensamiento de Ce,vantes), la crí- cuanto obra épica, se le equipara con los grandes poemas de
tica más autorizada considerará a Cervantes como un genio in- Camoes, Ariosto, Milton, Tasso. La apoteosis de esta nueva in-
consciente. La inmensa autoridad de la edición de Clemencín, terpretación la marcan las páginas que en su Philosophie der
que completa y .torona los esfuerzos de sus grandes precursores Kunst el filósofo Schelling dedica al género de la novela, cuyos
Bowle y Pellicet por documentar las referencias de Cervantes a paradigmas principales son el Quijote y Wilhelm Meister de
la literatura caballeresca, contribuye a perpetuar esta opinión. Goethe. Aquí, Schelling desarrolla la idea, fundamental para el
En tomo a 1800, la interpretación neoclásica del Quijote se siglo XIX, de que mediante el personaje de don Quijote Cer-
vio minada por el Romanticismo alemán, que tomó la obra vantes presenta la lucha simbólica entre lo ideal y lo real, adop-
LAS INTERPRETACIONES DEL «QUIJOTE» CLXXIV PRÓLOGO
CLXXIII

tando un tono robustamente cómico y realista en la Primera de caballería, sino la caballería en general, y con ella, el pun-
parte del Quijote, y un sofisticado perspectivismo en la Segun- donor castellano. La necesidad de rechazar esta especie nada li-
da, donde lo ideal se halla atrapado, reflejado y degradado por sonjera originó un tipo de aproximación al Quijote que, en Es-
la sociedad, de manera algo semejante a lo que les ocurre a los paña, durante un siglo y medio, gozaría de gran autoridad.
compañeros de Ulises con la maga Circe. Entre sus epónimos figuran Agustín Durán (1849), Juan Valera
Una de las grandes ideas innovadoras del Romanticismo re- (1864), Menéndez Pelayo (1905) y Menéndez Pidal (1920). Fue
presenta una inversión -y por eso mismo una prolongación- Agustín Durán, en el prólogo a su gran edición del Romance-
de la premisa fundamental del Siglo de las Luces; que postula que ro español en la Biblioteca de Autores Españoles, quien dio con
la civilización europea representa una progresiva superación el germen de un alegato de defensa convincente. Según Durán,
del pensamiento mítico y primitivo. El romanticismo acepta lejos de acabar con el espíritu guerrero de Castilla, Cervantes
la premisa, pero saca conclusiones diametralmente opuestas, al limpió un foco de infección que lo iba estragando, a saber, una
considerar como proceso negativo la enajenación a la que se forma de caballería perniciosa, de origen francés, que se intro-
ve sometido el hombre urbano apartado de sus orígenes. Éstos dujo en España a raíz de la imposición de la monarquía autori-
-el mundo gótico, los mitos, la robusta sencillez de la Edad Me- taria por los Reyes Católicos. En efecto, Durán convierte a
dia- se evocan ahora con nostalgia idealizante. Revolucionaria Cervantes en un liberal patriótico que se rebela contra el afran-
también es la concepción de la naturaleza como un vasto orga- cesamiento cultural y un gobierno despótico semejante al in-
nismo, animado por una corriente de energía vital, que al ex- troducido por los Borbones. Y desvirtúa la tradicional acusa-
teriorizarse en el mundo de las criaturas se ve sometida a con- ción de que Cervantes «deshizo con una sonrisa la caballería
tinuas evoluciones, destinadas a llegar algún día a una síntesis española» añadiéndole las palabras: <o/ de buena nos libramos».
de la naturaleza y el espíritu. Tal concepto de la naturaleza Cuando los tres mencionados sucesores de Durán recogen y
mina la fe neoclásica en la universalidad de las leyes del gusto, desarrollan esa tesis, en sendas conferencias magistrales, ya se ha
y, en cambio, celebra la diversidad cultural. Así, en sus discur- establecido en España la idealización romántica de la caballería
sos sobre literatura antigua y moderna (Viena, 1812), Friedrich medieval y del carácter de don Quijote. La visión que del Qui-
Schlegel afirma que el Poema de Mio Cid, por su casticismo de jote proyectan los tres críticos es, hasta cierto punto, homogé-
pura cepa, es de más valor para España que toda una bibliote- nea. Todos señalan la sobriedad y el realismo histórico de la
ca, y que el Quijote revive ese espíritu de caballería medieval y épica y el Romancero españoles, en contraste con sus exóticos
retrata en colores imperecederos las costumbres y los valores congéneres del norte de Europa; todos dividen la personalidad
de la España de Felipe 11. A partir de este momento, la crítica de don Quijote en dos mitades, una noble y otra ridícula, co-
decimonónica del Quijote estará marcada por un carácter his- rrespondientes a los dos aspectos de la dicotomía entre castizo y
tórico-nacionalista, en contraposición con el espíritu precepti- extranjero; todos atribuyen a Cervantes una actitud ambivalente
vo del siglo anterior. Sin embargo, como veremos, la oposición hacia la épica medieval, en relación con la cual el Quijote es a
entre las dos posturas oculta rasgos de continuidad menos apa- la vez canto de cisne y ave fénix, destruyéndola en su aspecto
rentes. · anacrónico y renovándola en una nueva forma -la novela- más
En España, la manifestación más temprana de la aproxima- adecuada al mundo moderno.
ción romántica ai Quijote exhibe claramente el aludido carácter La conferencia de Menéndez Pelayo «Cultura literaria de
nacionalista y sirve para rechazar una acusación de antipatrio- Miguel de Cervantes y elaboración del Quijote» es, como cabía
tismo que se le venía haciendo a Cervantes desde mediados del esperar del maestro santanderino, una sinopsis magistral, aún no
siglo xvn. Según sus detractores -el más célebre era Lord envejecida, de las conexiones intertextuales en que se sustenta
Byron-, Cervantes «destrozó con una sonrisa» no sólo los libros la obra cervantina. Exhibe el casticismo conservador típico de
LAS INTERPRETACIONES DEL «QUIJOTE» CLXXV CLXXVI PRÓLOGO

todas sus obras de historia intelectual o literaria, y además un supuesta depuración de la personalidad de don Quijote bajo un
clasicismo latente, que se manifiesta en los epítetos con los que aspecto psicológico.
intenta captar los rasgos más típicamente cervantinos: <<lo claro El estereotipo de un Cervantes genialmente irreflexivo, co-
y armónico de la composición»; «el buen gusto que rara vez fa- mún a los críticos más autorizados del período 1860-1925, debe
lla)>; <ccierta pureza estética que sobrenada en la descripción de considerarse históricamente como una prolongación de los re-
lo más abyecto y trivial»; «cierta grave consoladora y optimista paros pedantescos de Clemencín a las <cincorrecciones» del Qui-
filosofia»; «la olímpica serenidad de su alma, no sabemos si re- jote y, como ellos, representa un movimiento de péndulo con-
gocijada o resignada)>, Para Menéndez Pelayo, todo esto es sín- trario a una postura de fervoroso elogio. En el mencionado
toma de un clasicismo espiritual, no aprendido en los libros, período, este desenfrenado entusiasmo estaba representado por
que hace de Cervantes un alma gemela de Luciano, Boccaccio dos bandos, que podemos calificar de <cescuela panegírica» y
y los erasmistas y humanistas españoles. Y, por encima de todo, <cescuela esotérica». Los del primer grupo intentaban compro-
descuella esa entrega candorosa a la realidad, propia del artista bar la pasmosa pericia de Cervantes en una determinada pro-
helénico, que suprime toda afectación de estilo, toda con- fesión o ciencia: navegación, medicina, economía, geografia,
torsión de la fantasía, y hace que nos preguntemos constante- teología, psicología; los del segundo grupo, encabezados por
mente: «Entre la naturaleza y Cervantes, ¿quién ha imitado a Nicolás Díaz de Benjumea, sostenían que el Quijote era una su-
quién?)), Estas palabras resumen la actitud del positivismo deci- til alegoría alusiva a la biografia del autor y la historia contem-
monónico ante el Quijote, contra la que va a arremeter Améri- poránea. En sus panfletos polémicos, que lucen los donosos tí-
co Castro veinte años después. tulos de «La estafeta de Urganda» (1861), <cEl correo de Alquife>>
La conferencia de Menéndez Pidal «Un aspecto en la elabo- (1866} y <cEl mensaje de Merlín» (1875), Benjumea identifica a
ración del Quijote>> es, en realidad, la comprobación sistemática don Quijote con el propio Cervantes y le equipa de una ideo-
de una idea de Menéndez Pelayo: la de que el carácter de don logía de librepensador republicano. Para este crítico, el discur-
Quijote evoluciona mediante un proceso de depuración, a me- so de la Edad de Oro proclama los ideales de libertad, igualdad
dida que Cervantes se va emancipando de la tosca fórmula pa- y fraternidad; Dulcinea del Toboso simboliza el Libre Pensa-
ródica adoptada en los primeros capítulos de la novela. La apor- miento; Avellaneda es un seudónimo tras el cual se oculta una
tación de Menéndez Pidal consiste en hallar catalizadores cábala -Lope de Vega, López de Úbeda y otros- que contra-
precisos para las etapas de dicho proceso: en especial, el anóni- pone al caballero de izquierdas cervantino con una contrahe-
mo Entremés de los romances, supuesto modelo de los capítulos chura mojigata y reaccionaria. Hasta qué punto la <cbenjumei-
iniciales del Quijote. Aunque la tesis de Menéndez Pidal, por lo zación» del Quijote logró hacerse respetable a partir de 1859,
que al entremés respecta, ha perdido crédito en años recientes, fecha de publicación del primero de los folletos de Benjumea,
esta conferencia fue durante mucho tiempo una demostración lo podemos ver siguiendo el desarrollo de lo que él llamaba la
ejemplar de cómo analizar la relación entre el artista y sus fuen- aproximación «filosófica>> al Quijote.
tes. Por otra parte, de esta conferencia, como de la de Menén- Con este pomposo epíteto se designaba cualquier tipo de in-
dez Pelayo, trasciende un espíritu conservador que hace ver el terpretación que rompiera con el neoclasicismo; el máximo ex-
Quijote como paradigma del tradicionalismo de la cultura cas- ponente europeo era Hippolyte Taine, quien, en los años se-
tellana: según es'ta visión, la novela de Cervantes es un sober- senta, dio a luz una serie de obras destinadas a descubrir nada
bio fruto tardíó de corrientes creadoras derivadas de la Edad menos que el pensamiento colectivo de un pueblo a través de
Media. su literatura. Para el crítico francés, los estudios literarios se
El libro de Salvador de Madariaga Gufa del lector del «Quijo- convierten en una rama de la historia, que intenta demostrar
te» (1926} sirve de colofón a estas dos conferencias, y analiza la cómo el ideario nacional, en cualquier etapa de su desarrollo,
LAS INTERPRETACIONES DEL «QUIJOTE>> CLXXVII CLXXVIII PRÓLOGO

es el producto riguroso de tres detenninantes: raza, medio am- tal de Cervantes se percibe facilmente en múltiples estudios pu-
biente, momento histórico. Entre las obras españolas que si- blicados en tiempos más recientes: por ejemplo, los ingentes
guen este camino se cuenta LA filosojla del derecho en el «Quijo- tomos de la biografía de Cervantes compuesta por Astrana Ma-
te>>, de Tomás Carreras y Artau (1903), compilación erudita y rín (1948-1958).
sustanciosa de los lugares comunes del Siglo de Oro acerca de El pensamiento de Cervantes de Américo Castro marca una
la soberanía, los derechos de la guerra, las minorías étnicas y las ruptura tan decisiva con la crítica anterior como lo hicieron en
relaciones internacionales. Buen representante del positivismo su momento los juicios sobre el Quijote del Romanticismo ale-
de la época, Carreras y Artau da por sentado que en el Quijote mán. Al igual que las Meditaciones del «Quijote>>, es una reacción
asistimos a una «representación cinematográfica del siglo XVI», declarada contra la imagen de candorosa sensatez que le había
la cual ofrece el panorama «del modo de pensar, de sentir y de adjudicado a Cervantes la escuela de Menéndez Pelayo. Reali-
obrar de aquella generación española», dividida en un estrato za triunfalmente la necesidad que sentía la generación del 98 de
culto (don Quijote) y otro plebeyo (Sancho). hallar un sentido vivo y actual en Cervantes, sin tener, para
Sin embargo, daríamos una idea equivocada de la escuela de ello, que sacrificar el rigor universitario, lo cual era para esa ge-
Benjumea si le atribuyéramos el rigor erudito exhibido por el neración una condición ineludible.
mencionado libro. El rasgo más típico de esa generación es su La premisa dinámica de Castro, que conforma todo el mapa
impresionismo novelesco, manifiesto en su manera de conjugar de relaciones que entre Cervantes y el pensamiento renacentis-
los avatares vividos por Cervantes con los propios de su época. ta presenta en su libro, es la de que para fijar estas relaciones hay
Para estos críticos, la sátira contra los libros de caballerías lleva- que saber primero cuáles fueron los «supuestos primarios» de
ría a Cervantes a adivinar una crisis histórica en ciernes: el co- Cervantes, más bien que cómo pensaban sus precursores. Estos
lapso del feudalismo y su reemplazamiento por un nuevo sis- supuestos son el observatorio desde el cual otea el panorama in-
tema de valores, democrático, burgués, racional. He aquí la telectual en torno a él, constituyen el prisma que lo refracta en
verdadera grandeza del Quijote. múltiples facetas, cada una de las cuales está orientada hacia una
Según Francisco Tubino (1862), «como artista, pertenece vida individual. Tales imágenes ópticas son un rasgo recurren-
Cervantes a su siglo; como pensador, a la posteridad». Y lo que te del libro y el aspecto más evidente de sus varias deudas con
hizo posible tan genial intuición fue que varios de los factores Ortega, sobre todo su relativismo. El desarrollo sistemático de
que contribuyeron a esa crisis repercutieron también en la aza- la mencionada premisa a lo largo de El pensamiento de Cervantes
rosa existencia de Cervantes: Lepanto, la Armada, los triunfos le confiere la mayor parte de su valor, que consiste concreta-
militares de Carlos V, los fracasos económicos de Felipe II, la mente en tratar el pensamiento de Cervantes como un sistema
expulsión de los moriscos, la frivolidad de la corte de Felipe II l. coherente que se manifiesta en todo el repertorio de sus obras.
¿Cómo no ver que las decepciones de Cervantes coincidían Y puesto que -según Castro- este sistema opta por el medio
con las de otros dos idealistas fracasados, España y don Quijo- artístico más bien que por el discursivo o teórico para su ex-
te? Y, si se t.o ma en cuenta que el siglo XVI fue decisivo para presión, arte y pensamiento son aspectos inseparables. De gol-
la formación ·de los rasgos castizos del pueblo español, ¿cómo pe, las ideas de Cervantes adquieren vida e interés propios, en
no comprender que la meditación sobre tales simetrías llevaría vez de quedar relegadas a la categoría de lugares comunes de la
forzosamente a la comprensión del alma de la raza? época, irrelevantes para las intuiciones del Cervantes creador.
Estos tópicos · vienen repitiéndose, casi sin variación, desde Todo ello repercutirá provechosamente en la crítica cervantina
los artículos de Benjumea, publicados en La América en 1859, posterior a 1925, sobre todo en lo. tocante a la apreciación de
hasta Don Quijote, don Juan y LA Celestina de Ramiro de Maez- las obras menos populares de Cervantes, como Persiles y Sigis-
tu (1926). La influencia de este tipo de idealización sentimen- munda, que van a sacarse del trastero reservado a las modas li-
LAS INTERPRETACIONES DEL «QUIJOTE>> CLXXIX CLXXX PRÓLOGO

terarias anticuadas para estudiarse con detenimiento y respeto, época de la Restauración, para reemplazarlo por un Cervantes
como fruto del mismo sistema que produce las obras maestras. más digno de la España del siglo x x. Este nuevo Cervantes es
Quizá la tesis más fecunda de Castro fuese la de que Cervan- algo así como un Montaigne español: un novelista profunda-
tes estaba plenamente familiarizado con las poéticas del Rena- mente escéptico y reflexivo, quien, nutrido por las ideologías
cimiento y que el tema central del Quijote se identifica con una más innovadoras de su siglo, y en medio de un clima de opi-
de sus candentes polémicas: la relación de la poesía con la his- nión reaccionario, ha llevado a cabo una revisión radical del
toria. Esta tesis está vinculada con la concepción fundamental programa del yo, disimulando su mensaje por medio de un arte
de un Cervantes congénitamente ambiguo, partidario de la fe cargado de elocuentes apartes y de segundas intenciones.
renacentista en los valores y verdades absolutos, pero dispuesto Entre la publicación de El pensamiento de Cervantes y 1947 no
también a echar las garras de su ironía sobre tan preciadas abs- hubo más que un puñado de estudios que hayan repercutido
tracciones. Esta ironía se matiza de un melancólico escepticis- significativamente sobre la crítica posterior (entre ellos, el de
mo típico de los espíritus más ilustrados de fines del siglo XVI, Hatzfeld de 1927) y una inevitable pausa provocada por la
escindidos entre la adhesión a la Contrarreforma y la nostalgia Guerra Civil española y la Segunda Guerra mundial. Pero desde
por el ambiente secular del humanismo. De ahí la ironía «pris- 1947 -fecha del cuarto centenario del nacimiento de Cervan-
mática» de Cervantes y su forma peculiar de tratar el problema tes, marcado por la publicación de varias colecciones de traba-
teórico que más de cerca le afectaba: ¿hasta qué punto puede jos conmemorativas- el interés de la crítica literaria por Cer-
acomodarse a la verosimilitud, con su aire de veracidad histó- vantes y su obra, y el ritmo de producción resultante, se han
rica, la· mimesis universal y ejemplar a que debe aspirar la poe- mantenido sin tregua, intensificándose, si cabe, en los últimos
sía? En vez de resolver la pregunta, Cervantes da con la ocu- veinticinco años. Entre otros factores que explican este entu-
rrencia genial de dramatizarla en la antítesis de don Quijote y siasmo colectivo,· hay que poner de relieve uno en especial: el
Sancho, contraponiendo los dos aspectos de la dicotonúa en lugar privilegiado que ha sido otorgado, y sigue otorgándose,
abierta e irresoluble dialéctica. En fin, en el mundo cervantino al Quijote como prototipo de la novela moderna por teóricos o
todo se resuelve en un juego de puntos de vista contrastados; filósofos de la talla de Ortega y Gasset, Lukács, Bajtín, Booth,
el único valor que escapa a este relativismo es el deber de cada Trilling, Levin,. Girard, Robert, Foucault, Genette, Segre. Este
cual de adherirse a las leyes de su propia subjetividad. juicio ha sido avalado, con autoridad inapelable, por los mis-
Tal es, en resumen, el argumento de este libro, el cual, a pe- mos novelistas, de los que pudiera citarse una lista aun más lar-
sar de haber suscitado previsibles antagonismos por parte del ga de aficionados a Cervantes.
cervantismo tradicional, reforzados por el clima conservador de Desde 1947, las tendencias dominantes de la crítica del Qui-
la España de posguerra, sigue repercutiendo en la crítica cer- jote podrían dividirse en las siguientes categorías temáticas,
vantina de hoy en día. Su vigencia se explica no sólo por el que, desde luego, no son netamente separables: 1) un grupo de
acierto de determinadas tesis, sino también por la fecundidad trabajos, encabezados por los estudios seminales de Leo Spitzer
de los supuestos metodológicos que las sostienen. Con todos y Edward C. Riley -que se examinarán más adelante- deriva-
estos méritos,· El pensamiento de Cervantes, considerado en rela- dos de la tesis de Américo Castro sobre la relación del Quijote
ción con el cid? de oscilaciones de péndulo que hemos ido con la preceptiva literaria del Renacimiento, y que desarrollan
observando, re¡,resenta un movimiento excesivo hacia el polo el concepto de perspectivismo, ambigüedad y actitud autocrí-
acomodaticio. Este impulso tendencioso queda de manifiesto tica de Cervantes; 2) interpretaciones de tendencia existencia-
en la frecuente torsión a la que se someten tanto los textos cer- lista (Rosales, Durán, Avalle-Arce), inspiradas por las visiones
vantinos como su contexto ideológico, y obedece al deseo de del Quijote de Unamuno, Ortega, y más directamente, Castro,
derribar de su pedestal al Cervantes hecho a la medida de la incluidas sus ideas desarrolladas después de 1925; 3) la estilísti-
LAS INTERPRETACIONES DEL «QUIJOTE» CLXXXI CLXXXII PRÓLOGO

ca y el estudio de los estilos de época, como el manierismo o el ción más propiamente histórica y filológica, como son los rela-
barroco (Hatzfeld, Spitzer, Casalduero), así como los estudios tivos a la biografia de Cervantes y a sus escritos autobiográficos
lingüísticos (Amado Alonso, Rosenblat, Lerner, Lázaro Carre- (Astrana Marín, Oliver Asín, Meregalli, Canavaggio, Sliwa,
ter); 4) aplicaciones de la semiótica, basadas en las teorías de Ja- Garcés) o a los problemas ecdóticos del Quijote (Flores, Allen,
kobson, Greimas, Iser, Eco, y, sobre todo, Genette (Segre, Avalle-Arce, Casasayas, Eisenberg, Rico, Urbina).
Parr, Güntert, Paz Gago); 5) investigaciones de las fuentes inte- El escoger, entre esa masa heterogénea de trabajos críticos,
lectuales y literarias de Cervantes, incluidos el erasmismo (Ba- unos pocos que representen adecuadamente las mencionadas
taillon, Vilanova, Márquez Villanueva, Forcione, Egido), el tendencias es imposible, tanto por razones de espacio como por
pensamiento utópico (Maravall, López Estrada, Scaramuzza Vi- el hecho de que las tendencias se entrecruzan. Me limitaré,
doni), la literatura caballeresca (Riquer, Williamson, Urbina, pues, a mencionar cuatro estudios sobre el Quijote que han re-
Eisenberg, Roubaud, Dudley); 6) aproximaciones inspiradas percutido profundamente en la crítica posterior e ilustran el
por las ideas del teórico ruso Mijail Bajtín sobre los orígenes tema central del presente prólogo. Todos manifiestan el afan de
populares y carnavalescos de lo risible, y la naturaleza dialógica renovación de que he venido hablando, contrarrestado por un
y polisémica de la novela (Socrate, Redondo, Rivers, Parr, rigor o una sutileza analíticos que vuelve a establecer el debido
Gorfkle, Iffland); 7) investigaciones sobre las relaciones del equilibrio entre acomodación y comprensión histórica.
Quijote con el folclore y la cultura oral y plebeya (Chevalier, La Teoría de la novela en Cervantes, de Edward C. Riley
Molho, Joly, Frenk, Redondo, Moner); 8) la llamada escuela (1962), arranca de premisas derivadas de El pensamiento de Cer-
«dura», que hace hincapié en la naturaleza risible del Quijote, la vantes. Para Riley, gracias al espíritu de autocrítica propio de Cer-
tendencia correctiva y crítica de su humor, y su condición de vantes y, también, mediante las sutiles yuxtaposiciones de lite-
libro de burlas para los coetáneos de Cervantes (Auerbach, Par- ratura y vida que abundan en el Quijote, la novela somete la
ker, Mandel, Riquer, Russell, Close); 9) estudios centrados en mimesis épica a un interrogatorio que contiene en germen otro
el trasfondo sociohistórico de la obra cervantina (Castro, Ma- tipo de mimesis, destinado a florecer en la novela moderna, e
ravall, Salazar Rincón, Bernis), influidos recientemente por el imbuido de realismo y relativismo. Así que el título del libro de
«nuevo historicismo» y los llamados estudios culturales (Carroll Riley encierra un equívoco. A nivel explícito, la teoría en
B. Johnson, Close, Garcés, y véanse asimismo los ítems 6 y 7); cuestión se desenvuelve dentro de los parámetros de un neo-
10) la composición del Quijote, incluidos su génesis, fases de clasicismo ortodoxo y afecta principalmente a la épica en pro-
elaboración, estructura, descuidos y relación con la continua- sa, que culmina en Persiles y Sigismunda. A nivel implícito, se
ción de Avellaneda (Stagg, Murillo, Percas de Ponseti, Flores, trata de una contra-teoría, síntoma del racionalismo premoder-
Martín Morán, Romero, Martínjiménez); II) la recepción del no, que mina o matiza todos los conceptos clave de la teoría
Quijote, incluidas su interpretación en distintos períodos histó- oficial y sobre todo los relacionados con la dicotomía entre
ricos y su influencia sobre la literatura posterior (Russell, Cher- poesía e historia. El libro de Riley origina una serie de temas y
chi, Close, Chevalier, Meregalli, Montero Reguera, Martínez problemas fecundos: la poética de Cervantes, su perspectivis-
Mata); 12) la aproximación psicoanalítica, practicada asidua- mo, su condición de precursor de la novela moderna.
mente en Estados Unidos desde 1980 y potenciada por las teo- El influyente ensayo de Leo Spitzer <<Perspectivismo lingüís-
rías de Freud, jung, y, últimamente, Lacan, el feminismo tico en el Quijote» forma parte de un libro concebido para
francés y norteámericano, y los estudios de identidad sexual ejemplificar las aplicaciones de la lingüística al análisis de los
(Combet, El Saffar, Carroll B. Johnson, Sullivan, Garcés). textos literarios. El ensayo se inspira en la concepción de la lla-
A una categoría distinta de la crítica literaria, aunque a menudo mada ironía romántica: la idea de que, al darse cuenta del con-
en convergencia con ella, pertenecen los estudios en la tradi- flicto irresoluble entre lo absoluto y lo relativo, el artista se
LAS INTERPRETACIONES DEL <e QUIJOTE» CLXXXJU CLXXXIV PRÓLOGO

siente impulsado a distanciarse, con humorismo despreocupa- Una forma muy distinta de heroísmo intelectual está repre-
do, de todos los puntos de vista, valores e ideas contenidos en sentada por el nutrido grupo de ensayos que Américo Castro
su propia creación. He aquí de nuevo la escisión entre el Cer- ~ublica bajo el título Hacia Cervantes (1957), y también por su
vantes crítico y el creador de ilusiones, que Spitzer rastrea a tra- libro Cervantes y los casticismos espaFioles (1966). Aquí Castro se
vés de varias esferas de la obra cervantina: la inestabilidad de los retracta de la imagen europea e intelectualizante que del pen-
nombres y de las etimologías, y los múltiples desdoblamientos samiento de Cervantes había presentado en su libro de 1925.
y máscaras del narrador. La idea rectora del ensayo de Spitzer A~ora propo~e una interpretación muy distinta, complemen-
es la de que el estudio microscópico de la periferia de la obra tana de la tesis sobre <da realidad histórica de España» que ve-
cervantina -sus menudencias estilísticas- puede llevar certera- nía exponiendo desde 1948. Me refiero a su concepción de la
mente a su núcleo filosófico, que Spitzer identifica con una forma de vida, junto con los valores y creencias resultantes, que
exaltación premodernista de la autonomía del arte y, también, forjaron las tres castas españolas (cristianos, judíos y musulma-
con el perspectivismo diagnosticado por Américo Castro, con nes) que conviven en la España de la Edad Media y la «edad
exclusión de la irreligiosidad que Castro le atribuye. conflictiva» (el siglo xv1). A estas alturas Castro interpreta el
Esta posibilidad de pasar del análisis minucioso a sacar conse- Quijote como la máxima expresión del sistema de valores que
cuen~ias de gran envergadura la demuestra asimismo el capítulo los hispano-judíos del siglo XVI, entre los que cuenta a Cer-
de Ench Auerbach <cla encantada Dulcinea», que incluyó en su vantes, se construyeron en reacción a su angustiosa situación
libro Mímesis posteriormente a su primera redacción. La pregun- social: la novela expresa la visión utópica de una España libre
ta que se plantea Auerbach es la siguiente: ¿cómo, en Occiden- de rencillas y antagonismos, donde cada individuo, cual don
te, se dio el paso de la mimesis clásica, según la cual lo cotidia- Quijote ante el retablo de maese Pedro, puede remontar el
no era esencialmente risible, a la propia de la novela moderna, vuelo hacia la órbita de su propio «más allá». Estos ensayos de
que es capaz de tratarlo como algo trágico y problemático? Para Castro, que, desde luego, no han disminuido la influencia de El
Auerbach, el Quyote es un momento clave de esta evolución, ya pensamiento de Cervantes, lian estimulado una serie de estudios
que aquí se hallan todos los ingredientes de la forma moderna de sobre la <cforma de vida>> de Cervantes, considerada como de-
representación -un héroe con motivaciones nobles, que choca terminante de su arte y poética, y además han atizado una po-
constantemente con la sociedad y se ve sometido a repetidos fra- lémica sobre la relación de Cervantes con su entorno social.
casos- sin que los ingredientes cuajen en Ja síntesis esperada. To- Antes de concluir, conviene destacar los rasgos más caracte-
das las técnicas narrativas de Cervantes, que Auerbach ilustra con rísticos de la crítica del Quijote de los últimos veinticinco años.
un análisis detallado de un capítulo específico (11, 10), niegan la De las líneas de investigación enumeradas más arriba, algunas
problemática inherente a tal conflicto: el héroe nunca sufre sus han persistido vigorosamente durante la segunda mitad del si-
fracasos trágicamente; su sabiduría ocupa los paréntesis de su lo- glo xx y siguen estimulando nuevas pesquisas o controversias.
cura, y nunca pone en duda el derecho de la sociedad a ser como Sin embargo, todas las aproximaciones mencionadas están mar-
es; el autor ve _toda la acción lúdicamente como una serie de le- cadas por la evolución de la crítica literaria y las veleidades de
ves enredos, deleitándose en su multicolor variedad. La grandeza la moda, aunque no dejan de atestiguar al mismo tiempo la per-
~el ensayo de Auerbach se debe a que, situado en una perspec- vivencia de tradiciones anteriores, algunas de origen muy anti-
ava postorteguiaria y muy consciente de su atracción, reconoce guo. Es así que las relacionadas con la composición del Quijote
los rasgos del Qttijote que apuntan a su trascendencia potencial, (ítem 10) reviven a menudo temas que puso sobre el tapete el
para negar que lleguen jamás a actualizarse. Por así decirlo, de- cervantismo del siglo XIX, tratándolos con mayor sofisticación
muestra la valentía intelectual de poner en tela de juicio sus pro- metodológica que la erudición de antaño. Por ejemplo, los des-
pios impulsos acomodaticios. cuidos cervantinos, que eran antiguamente mero campo de
LAS INTERPRETACIONES DEL «QUIJOTE» CLXXXV CLXXXVI PRÓLOGO

contienda entre la censura pedantesca (encabezada por Diego subconsciente. Esta nueva orientación, típica del cervantismo
Clemencín) y la justificación panegírica (Juan Calderón, Ame- norteamericano y ejemplificada profusamente por la revista
nodoro Urdaneta), se consideran ya como síntomas revelado- Cervantes, boletín de la Cervantes Society of America, se ha vis-
res que permiten reconstruir, con fino análisis textual, las fases to potenciada por la influencia de diversos tipos de teoría de
de elaboración y organización del Quijote (Stagg), explicar el vanguardia (deconstrucción, feminismo, psicoanálisis lacania-
concepto temporal de su acción en función del cronotopo mí- no, estudios de identidad sexual o racial), e incluso ha empeza-
tico de la tradición caballeresca (Murillo) e iluminar la prosa do a comunicarse, aunque todavía de modo superficial, a la crí-
cervantina desde una perspectiva de filología histórica (Rosen- tica europea. En las manifestaciones más recientes del proceso
blat). En los tres casos citados, la mayor sofisticación del análi- de modernización de Cervantes, la tendencia a atribuirle pre-
sis refleja los adelantos de la crítica literaria en el siglo xx. ocupaciones típicas de los campus universitarios de hoy en día,
Otro efecto de los vaivenes de la moda ha sido la decadencia junto con la falta de preocupación por la verosimilitud históri-
de algunas de las aproximaciones arriba mencionadas, con la ca, alcanzan a menudo extremos exorbitantes.
consiguiente promoción de otras. La estilística, muy en boga en La crítica cervantina actual podría caracterizarse por tres ras-
los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, ha dejado de prac- gos predominantes. Primero, su acusado carácter autocrítico,
ticarse como método explícito y formal, aunque sus huellas reflejado en la disposición a poner en tela de juicio sus propios
persisten en los hábitos de atento análisis textual que fomentó, supuestos y afinar cada vez más los métodos de investigación.
centrados en matices lingüísticos, imágenes, motivos y enlaces. Este rasgo, debido en parte a la influencia masiva de la teoría li-
Su lugar ha sido ocupado por la semiótica, aproximación muy teraria, se observa en el renovado interés por la historia de la
cotizada en el último cuarto de siglo en Europa. Asimismo, las crítica y recepción del Quijote (véase el ítem n), que ya no se
aproximaciones de tendencia existencialista (ítem 2) han des- limita al tipo de catálogo factual o narración descriptiva que era
aparecido con la mengua de dicho movimiento filosófico, aun- típico de la primera mitad del siglo xx (Rius, Bertrand, Bar-
que su influencia es todavía perceptible en la tendencia gene- don), sino que pone al descubierto y critica premisas ideológi-
ralizada a resaltar lo antidogmático, tolerante y relativista de las cas, al tiempo que relaciona movimientos de crítica literaria
ficciones de Cervantes, su preferencia por presentar el hacerse con modas intelectuales y literarias contemporáneas. La exten-
y entrecruzarse de vidas humanas sin enjuiciarlas, por horizon- sa gama de este tipo de trabajos va desde historias generales has-
tes abiertos, puntos de vista divergentes y libertad de interpre- ta enfoques centrados en países, períodos o escritores específi-
taciones (Blanco Aguinaga, Percas de Ponseti, Márquez Villa- cos. Además, esta tendencia no se restringe a estudios de tipo
nueva, Rey Hazas). De la misma manera, la tendencia de la histórico, sino que se manifiesta en otros tipos de investigación,
crítica cervantina de los años sesenta y setenta (Riley, Haley, como, por ejemplo, la reacción crítica que ha suscitado en años
Wardropper, Bataillon, Márquez Villanueva, Forcione, Cana- recientes, entre cervantistas como Alberto Sánchez y Jean Ca-
vaggio) a atribuir a Cervantes actitudes propias del modemism navaggio, el impresionismo novelístico o el amontonamiento
del siglo xx -:ambigüedad, perspectivismo, metaficcionalidad- incontrolado de datos exhibido por los biógrafos de Cervantes.
junto con una mentalidad disidente y crítica supuestamente de- El segundo rasgo es la tendencia a desplazar la mirada del
rivada del liberalismo ilustrado de Erasmo, se perpetúa, al mis- contexto intelectual y literario de la obra cervantina a sus cir-
mo tiempo que se modifica, por la tendencia actual a alinearlo cunstancias sociohistóricas. Esto podría considerarse una repe-
con el llamado posmodemismo y sus temas característicos: sub- tición, y a la vez, una renovación radical de la orientación típi-
versión de todo tipo de autoridad, deconstrucción de valores y ca del positivismo decimonónico. Se trata de una renovación
jerarquías tradicionales, presentación de un mundo fragmenta- radical porque, además de arrinconar las premisas míticas o
do y desintegrado, desciframiento de los códigos arcanos del cuestionables de aquel período, como la creencia en el alma de
CLXXXVlll PRÓLOGO
LAS INTERPRETACIONES DEL «QUIJOTE» CLXXXVII
pesar de que éstas suelen partir de premisas opuestas al huma-
un pueblo o en la relación fotográfica del texto literario con su
nismo tradicional, incluidos sus conceptos clave de intenciona-
entorno social, los trabajos de última hora siguen rumbos tra-
lidad autorial y sentido históricamente determinable del texto.
zados por el «nuevo historicismo» o los llamados estudios cul-
La diferencia entre los dos continentes se puede medir con el
turales, con un enfoque hacia aspectos del pasado ignorados
rasero de dos ejemplos: el ya mencionado libro de Agustín Re-
por la historiografía positivista, tales como la vida rural· o urbana
dondo y el volumen (coordinado por El Saffar y Armas Wil-
la. cul~ural popular, la vida privada y doméstica. Es cierto que 1~
son) Quíxotíc Desíre: Psyc/1oanalytíc Perspectíves on Cervantes
h1stonografía francesa del siglo xx, representada por ilustres in-
(199~), colección d~ ensayos aportados mayormente por cer-
vestigadores del período áureo como Fernand Braudel, Bartolo-
vantistas norteamencanos que estudian los textos cervantinos
mé Benassar y Noel Salomon, se interesó por dichos aspectos
desde una perspectiva psicoanalítica. El libro de Redondo re-
del pasado mucho antes de que los mencionados movimientos
present~ el .~uevo rumbo seguido por este estudioso después de
los pusieran de moda, y no es de extrañar, por consiguiente,
la publicac10n en 1976 de su tesis sobre Antonio de Guevara
que los hispanistas franceses hayan tomado la delantera en estu-
esto es, una orientación sistemática, mediatizada sobre todo po;
diar a Cervantes desde este ángulo, ocupándose del folclore
las teorías de Bajtín, hacia la cultura popular y sus huellas en el
(Molho), la cultura popular y oral (Chevalier, Moner) o las
Quijote (refranes, supersticiones, alusiones a fiestas, etcétera).
burlas en sus diversas especies (Joly). Estas aproximaciones es-
A pesar de la novedad del enfoque, hay evidentes continuidades
tán ampliamente representadas en el reciente libro de Agustín
entre la tesis doctoral y los trabajos posteriores, sobre todo la
Redondo Otra manera de leer el <<Quijote>> (1998). Dentro de esta
densa contextualización sociohistórica, que equipara el criterio
línea ' de investigación hay que resaltar la impresionante eclo-
de evidencia con circunstancias objetivas antes que con las elu-
sión de trabajos inspirados por las teorías de Bajtín, tanto por lo
cubraciones o intuiciones de teóricos ·modernos. En el volu-
q~e se refiere a la cultura popular como en los aspectos rela-
m~n n?rte~1?ericano, el orden de prioridades es el contrario, y
c10nados con la pluralidad de voces y discursos reunidos en el
la tlurmnac1on de los textos cervantinos suele resultar de la con-
lenguaje de la novela. Además de los temas mencionados, la
jugación de la sutil lectura de los mismos con las teorías del
perspectiva sociohistórica de la crítica actual abarca un diverso
gurú de turno, ya sea Lacan, Kristeva o Freud. No es de extra-
abanico de materias: el trasfondo económico y estamental del
ñar, por tanto, que se haya hablado con alarma de una posible
Quijote, las vivencias argelinas de Cervantes, su actitud ante
ruptura, por lo que al cervantismo se refiere, entre los dos con-
grupos marginados o marginales, la comercialización y recep-
tinentes. No obstante, dudo de que la evidente desviación en-
ci?n del li~~o en el Siglo de Oro, el mecenazgo, el pensa-
tre ello~ provoque tal ~risis. El motivo de mis dudas es que los
rmento político, la censura y muchas otras cuestiones.
cerva~tlstas norteamencanos siguen adhiriéndose a porciones
La tercera tendencia es la influencia masiva sobre la crítica
e_se_~c1ales del bagaje ,filológico tradicional, pese a su incompa-
c.ervantina .de la teoría literaria, cuyos diversos «ismos» ya han
t1.b1lidad con las teonas que esgrimen; en especial, a la premisa
sido mencionados. Pero en este punto hay que hacer un dis-
de un Cervan.tes que controla a sabiendas el significado de su
tingo entre lo_que sucede en Europa y lo que ocurre en Esta-
creación y se halla plenamente inmerso en su contexto históri-
d~s Unidos. ~n .Europa sól? han disfrutado de amplia acepta-
co e intelectual.
c10~ ~os mov1rmentos y metodos compatibles con la filología
Parece que debiéramos concluir que el sentido del Quijote es
trad1c1onal, comó la semiótica (narratología, teorías de la co-
nada más que una sucesión de estructuras históricas sin esencia
municación y re'cepción) y las ideas de Bajtín, mientras que el
estable. Sin embargo, tal escepticismo, aunque mu; a tono con
cervantismo norteamericano los ha acogido todos, sin excluir
algunos de los sistemas teóricos de moda, sería injustificado.
las teorías de vanguardia (deconstrucción, feminismo francés,
Como hemos podido ver en párrafos anteriores, los cambios de
psicoanálisis lacaniano, estudios de identidad sexual y racial), a
LAS INTERPRETACIONES DEL «QUIJOTE» CLXXXIX CXC PRÓLOGO

guera, El «Quijote" )' la critica co11te111poráuea, Centro de Estudios Cervanti-


rumbo resultantes de la moda suelen superponerse a continui- nos, Alcalá de Henares, 1997. Una visión global ofrece Francisco Rico, «Las
dades profundas entre lo moderno y lo antiguo. Por paradóji- dos interpretaciones del Quijote», en su Breve biblioteca de autores espaiioles,
co que resulte afirmarlo, la comprensión de ciertos aspectos Seix-Barral, Barcelona, 19913, pp. 139-161.
esenciales del Quijote no ha variado en <;uatrocientos años. Un A continuación, detallamos en orden alfabético las referencias bibliográ-
solo ejemplo basta para confirmarlo: Vicente de los Ríos ficas en las que se ha hecho mayor hincapié a lo largo de estas páginas: Ni-
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Castro, un siglo y medio después, sostiene una tesis parecida. do de Cultura Económica, México, 1950); John Bowle, ed., Miguel de
Ahora bien, por muy grande que sea la distancia entre los su- Cervantes, Quijote, E. Aston, Salisbury, 1781; Tomás Carreras y Artau, úr
puestos intelectuales de ambos críticos, y también entre los sis- filosef{a del derecho eu el «Quijote", Madrid, 1903; Américo Castro, El pe11sa-
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tesis respectivas, es evidente que los dos se están refiriendo al mil, Crítica, Barcelona, 1987); Hacia Cervantes, Taurus, Madrid, 1957 (3" edi-
ción revisada, Madrid, 1967); Cen,a11tes y los casticismos espa,ioles, Alfaguara,
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cadas, de progreso en la comprensión del texto. Dicho de otro rica, Cró11ica Hispano-A111erica11a, del 8 de agosto al 24 de diciembre de 1859;
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cionan de paso y, para otras indicaciones, así como para precisiones biblio- 1975; Baltasar Gracián, Agudeza y arle de i11genio, ed. Evaristo Correa Cal-
gráficas más detalladas, remito a los demás capítulos de este prólogo, a la bi- derón, Castalia, Madrid, 1969, 2 vols.; El Criticó11, ed. Carlos Vaíllo, Biblio-
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«Sobre el Quijote y sobre las diferentes maneras de comentarle y juzgarle», rido señalar las circunstancias en que se originó su novela:
en Obras escogidas. E11sayos, segunda parte, Madrid, 1928. «¿Qué podía engendrar el estéril y mal cultivado ingenio núo,
sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno
de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno,
bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda inco-
modidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su ha-
bitación?» (I, Prólogo, 9). La frase no aclara de suyo si tiene un
sentido literal o metafórico, pero el cervantismo ha optado ma-
yoritariamente por creer que debe tomarse al pie de la letra: el
Quijote se ideó, e incluso empezó a escribirse, mientras Cer-
vantes estaba recluido en una prisión. La presunción de que cár-
cel pueda tener un sentido figurado ('el mundo', 'el alma del es-
critor'), como creyeron Nicolás Díaz de Benjumea, Américo
Castro y Salvador de Madariaga, ha ido diluyéndose ante el
atractivo de la interpretación literal, que permite soñar con
el momento de la génesis creativa. El mismo Alonso Femán-
dez de Avellaneda tomó esas palabras en sentido recto, como
vemos en su prólogo: «Pero disculpan los yerros de su primera
parte, en esta materia, el haberse escrito entre los de una cár-
cel; y, así, no pudo dejar de salir tiznada dellos, ni salir menos
que quejosa, mormuradora, impaciente y colérica, cual lo están
los encarcelados». Los datos de la biografía cervantina arrojan
dos momentos como candidatos a la identificación: otoño de
1592, fecha de su estancia forzosa en Castro del Río (Córdo-

• El segundo apartado del presente capítulo se debe a Ellen M. Ander-


son y ha sido revisado por Geoffrey Stagg. Las secciones primera y tercera,
así como la nota bibliográfica, han corrido a cargo del jefe de redacción.

CXCII
LA COMPOSICIÓN DEL «QUIJOTE» cxcm CXCIV PRÓLOGO

ba), y los últimos meses de 1597, cuando fue encarcelado en la entre sus libros se habían hallado tan modernos como Desenga-
prisión de Sevilla. Sin embargo, nada hay en las palabras del íio de celos y Ninfas y pastores de Henares [de 1586 y 1585], que
prólogo que obligue a creer, con Rodríguez Marín, que Cer- también su historia debía de ser moderna>> (1, 9, 116). Ello in-
vantes escribió en la cárcel parte de la historia. En el Quijote, el duce a pensar que el episodio del escrutinio se habría conclui-
verbo engendrar se asimila menos a 'redactar' que a 'imaginar', do en una fecha comprendida entre 1591 y 1595. Pero esta hi-
como demuestran algunos paralelos: en el prólogo a la Segun- pótesis también plantea problemas, como los que se desprenden
da parte leemos que la continuación de Avellaneda «se engen- de la referencia a Luis Barahona de Soto, <<porque ... fue uno de
dró en Tordesillas y náció en Tarragona» (11, Prólogo, 673); en los famosos poetas del mundo, no sólo de España, y fue felicí-
la conversación sobre poesía entre don Quijote y don Diego de simo en la traducíón de algunas fabulas de Ovidio» (I, 6, 95).
Miranda, aquél afirma que «la pluma es lengua del alma: cuales El uso del pasado parece indicar que el escritor había fallecido
fueren los conceptos que en ella se engendraren, tales serán sus cuando Cervantes escribió el elogio. Si se entiende así, habría
escritos» (11, 16, 828); por último, la Duquesa le recuerda a don que trasladar la fecha por lo menos a 1595, año de la muerte del
Quijote que, según la Primera parte, «nunca vuesa merced ha poeta lucenés. Por otra parte, en la conversación entre el cura
visto a la señora Dulcinea, y que esta tal señora no es en el y el canónigo de Toledo, éste recuerda tres tragedias de Lu-
mundo, sino que es dama fantástica, que vuesa merced la en- percio Leonardo de Argensola (La Isabela, La Filis y La Alejan-
gendró y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aque- dra) que «ha pocos años que se representaron en España» (1, 48,
llas gracias y perfeciones que quiso» (11, 32, 978). De este 604) y cuyas fechas de composición se han establecido en el
modo, la mención del prólogo, aun tomada en su sentido lite- lapso 1581-1585. Al mismo tiempo, es sabido que la reflexión
ral, sólo parece autorizamos a _suponer que el primer aliento de teórica de los capítulos finales de la Primera parte presenta la
la historia, la percepción de su contenido, sobrevino a Cervan- influencia de la Philosophfa antigua poética de Alonso López Pin-
tes mientras permanecía en prisión. ciano, publicada en l 596: así, <<pocos años» podría significar en
Al margen de este pasaje, hay algún otro indicio en la obra este caso 'quince o veinte años', lo que restaría todo alcance a
que puede arrojar luz sobre su cronología. Los libros pastoriles la expresión, y, de paso, a la modernidad mencionada en el ca-
y composiciones épicas que se citan al final del capítulo 6 se pítulo 9.
publicaron en el decenio de l 580, especialmente en su segun- La principal hipótesis externa sobre la fecha inicial de la no-
da mitad; así, el título más reciente de cuantos se mencionan en vela se basa en argumentos no menos problemáticos. Fue Ra-
el escrutinio es El pastor de Iberia, de Bernardo de la Vega, im- món Menéndez Pidal quien señaló, como probable fuente de
preso en l 591. El aposento del hidalgo se revela como una nu- las locuras de don Quijote en los capítulos 4 y 5, al Entremés de
trida biblioteca de obras de ficción actualizada a la altura de los romances, pieza breve en que el labrador Bartolo enloquece
1591-'1592. La conclusión parece obvia: ¿por qué no suponer a causa de la lectura de romances heroicos, hasta creerse perso-
que en esas fechas se escribió el primer núcleo de la narración? naje de ellos. Menéndez Pidal defendió que el entremés era in-
De no ser así, mal se entiende, como señaló Geof&ey Stagg, mediatamente posterior a 1591, pues los romances que se citan
que Cervantes'. no mencione algunos libros, en especial las Gue- en él podían leerse juntos sólo en la Flor de varios romances nue-
rras civiles de Granada, de Ginés Pérez de Hita (1595), que con- vos, compilada por Pedro de Moncayo en el año referido e im-
tiene los mismos· temas presentes en el delirio quijotesco del presa varias veces en 1592 y 1593. Si es cierto, como parece,
capítulo 5, y La· Arcadia de Lope de Vega (1598), referencia que los capítulos iniciales del Quijote siguen de cerca a la pieza
ineludible en el desarrollo del género pastoril. Como refrendo teatral, cabría pensar, habida cuenta de la efímera vida del tea-
de esta impresión puede aducirse que el mismo narrador se tro corto, que Cervantes experimentó su influencia en torno a
hace eco de la modernidad del relato: <<me parecía que, pues 1591-1592. La fecha, se habrá reparado, concuerda significati-
LA COMPOSICIÓN DEL «QUIJOTE» CXCVI PRÓLOGO
CXCV

vamente con las que se derivan del escrutinio de la librería. No que sin duda interesó profundamente a Cervantes hacia 1590.
son datos determinantes, pero parecen indicar, como quiso Cree Murillo que el relato del cautivo pudo iluminar uno de los
Stagg, que hacia 1592 ya existía una parte de la obra, quizá esa perfiles del hidalgo manchego (el que lo caracteriza como un
debatida narración corta que podría hallarse en el origen de la hombre mayor enamorado de una muchacha vecina), y podría
novela. ser incluso que Cervantes hubiese decidido interpolar en su no-
Que la fecha inaugural más probable sea 1592 (o incluso 1597, vela la vieja historia de ambiente argelino porque, entre otras
momento en que, según Edward C. Riley y Luis Andrés Mu- cosas, servía como correlato realista a los amores de don Qui-
rillo, Cervantes se habría concentrado en la elaboración de la jote. Como quiera que fuese, parece seguro que Cervantes, an-
novela) no significa que el Quijote no contenga secciones escri- tes de que se engendrara la historia del hidalgo, había escrito un
tas con anterioridad. Tal parece el caso de la historia del Capi- relato independiente, de notorio carácter biográfico en su pri-
tán cautivo, verosímilmente compuesta de forma independiente mera parte, que luego decidió incorporar a la novela de 1605.
a El ingenioso hidalgo e integrada en la novela en una fase tardía Resulta evidente que, en última instancia, el problema de la
de composición. El relato se escribió en vida de Felipe 11, como cronología temprana del Quijote es el problema de su compo-
demuestran las siguientes palabras: «venía por general desta liga sición. Pocas obras muestran de un modo tan evidente las hue-
el serenísimo don Juan de Austria, hermano natural de nuestro llas del proceso de elaboración que las recorrió, desde la pri-
buen rey don Felipe» (1, 39, 496-497); el que no se añada nada mera intuición de la historia hasta la novela completada en
más significa a todas luces que el monarca reinaba en el mo- 1604. A la vista de las pruebas reunidas por la crítica, no resul-
mento en que transcurre la acción. Ahora bien, ¿cuándo suce- ta descabellado suponer la existencia de un núcleo narrativo so-
den los hechos de la novela intercalada? Al iniciar el relato de bre el hidalgo Quijana por lo menos una década antes de la pu-
sus fortunas, Ruy Pérez de Viedma recuerda: «Éste hará veinte blicación del libro. Y mucho más se fue generando a lo largo
y dos años que salí de casa de mi padre» (1, 39, 495-496). Dado de un proceso de transformación y revisión que sólo se detuvo
que ese acontecimiento tuvo lugar en 1567, hay que situar el -y ni siquiera del todo- en los umbrales de la imprenta.
presente de la acción (la llegada del cautivo y Zoraida a la ven-
ta) en tomo a 1589, dato que entra en conflicto con la tenue 2. Cervantes escribió la Primera parte del Quijote a lo largo de
cronología del resto de la novela: sabemos, por el escrutinio de un período de tiempo bastante dilatado, durante el cual su con-
la librería, que ya ha transcurrido el año 159 r. Se ha creído ve- cepción de 1a obra fue creciendo y cambiando. Según parece,
rosímil que la fecha de la acción coincida con la del momento los capítulos l a I 8 se escribieron como texto seguido, sin di-
de creación, y que el relato sea de 1589-1590. Para abundar en visiones internas y, por consiguiente, sin epígrafes. Es posible
esta hipótesis, Murillo, entre otros, ha subrayado el significativo que Cervantes abandonara la historia durante un tiempo, mien-
paralelo entre las palabras del cautivo ya citadas y las que Cer- tras se dedicaba a otros proyectos, y que al regresar a ella deci-
vantes dictó en el memorial de 2 I de mayo de 1590 por el que diera desarrollarla y dividirla en capítulos: tal decisión se pro-
pedía merced ~e un oficio en Indias: «Miguel de Cervantes Saa- dujo en la linde del actual capítulo 19. Los cambios pudieron
vedra dice que ha servido a Vuestra Merced muchos años en las deberse a la voluntad de interpolar nuevos materiales en lo que
jornadas de mar y tierra que se han ofrescido de veinte y dos ya había escrito; así, la nueva y más elaborada parodia de las no-
años a esta parte». 'También se debe a Murillo un interesante es- velas de caballerías que Cervantes tenía en mente implicaba una
tudio de las similitudes entre la historia del cautivo, El celoso ex- división retrospectiva del texto.
tremefío y el principio del Quijote, tres relatos que se inician de ¿Qué clase de adiciones realizó Cervantes y cómo las conci-
forma muy parecida y que cuentan la historia de un hombre lió con lo que ya había escrito? Stagg recuerda que una nove-
maduro enamorado de una mujer mucho más joven, temática la, a diferencia de lo que sucede con la narración breve, se abre
LA COMPOSICIÓN DEL <<QUIJOTE» CXCVII CXCVIII PRÓLOGO

camino mediante la acumulación de detalles, que generan una un epígrafe que resumía los contenidos de la nueva sección.
atmósfera particular. La trama novelesca se desarrolla a través de A su juicio, la elección de los lugares en que se operó la divi-
la proliferación de episodios y la elaboración compleja de sus sión retrospectiva dependió menos de la lógica narrativa que de
elementos. Al volver a su historia, Cervantes interpoló pasajes exigencias prácticas, como el ahorro de tiempo, trabajo y papel.
que confirieron a la trama un alcance mayor (lo que le permi- Es probable, así, que las últimas y las primeras palabras de cada
tía alargarse a voluntad y resultar creíble), al tiempo que añadía capítulo se escribieran en la hoja o página contigua del manus-
detalles precisos. Parecen muestra de ello las redundancias del crito original. Ello habría permitido a Cervantes interpolar pul-
capítulo 5 (la reiteración de la amistad que el cura y el barbero cramente el encabezamiento del nuevo capítulo en la parte su-
profesan a don Quijote; la repetición del topónimo del Cam- perior de la página siguiente, sin alterar en lo más mínimo los
po de Montiel; la identificación del maltrecho protagonista por contenidos de las secciones. Aunque esta forma de proceder dio
parte del labrador Pedro Alonso como «señor Quijana», cir- buenos rendimientos, su arbitrariedad produjo un tipo de error
cunstancia que repite y contradice la multiplicación de nom- que aumenta en número e importancia a lo largo de la Primera
bres del capítulo 1), que se insertaron durante la revisión que parte: los epígrafes incorrectos (por ejemplo, el del capítulo 10,
convirtió el texto en una narración mucho más extensa. en que califica de «yangüeses» a los «gallegos»). Es posible que
Mientras iba conformándose la idea del Quijote como paro- Cervantes escribiera esos epígrafes bastante después de poner fin
dia de los libros de caballerías, Cervantes tuvo que introducir a la redacción original, lo que explicaría el olvido de algunos de-
cambios en pasajes preexistentes y añadir episodios completos talles. Al igual que sucede en el resto de sus obras, Cervantes no
que concentraran o amplificaran ese foco paródico. Según revisó en profundidad los capítulos cuando introdujo cambios.
Stagg, la más célebre de esas interpolaciones tempranas fue pro- Lo cierto es que las discrepancias entre contenido y encabeza-
bablemente el escrutinio de la librería. El episodio está entre miento se reiteran a lo largo del libro.
dos capítulos (5 y 7) en los que Cervantes, acaso por imitación Una característica fundamental de los métodos de redacción
del Entremés de los romances, presenta a su protagonista decla- y revisión de la Primera parte del Quijote es la tensión entre el
mando versos del Romancero, en lugar de frases tomadas de los desarrollo de la trama principal y la elaboración de episodios in-
libros de caballerías. La interpolación del capítulo 6 parece de- dividuales e historias intercaladas. Parte de la crítica piensa que
mostrarse asimismo porque el episodio entraña una contradic- la imagen mental que Cervantes tenía de su historia progresa-
ción: el ama de don Quijote quema sus libros mientras éste ba unidad a unidad, episodio a episodio, sobre todo a partir del
duerme; sin embargo, en el párrafo siguiente, el cura y el bar- capítulo 9. José Manuel Martín Morán ha sostenido que Cer-
bero deciden que «le murasen y tapiasen el aposento de los li- vantes era materialmente incapaz de imaginar como un todo
bros, porque cuando se levantase no los hallase>> (1, 7, 97). ¡Un coherente una trama tan extensa: mediante formas de compo-
aposento cuyo contenido acaba de reducirse a cenizas! La in- sición oral, habría empleado un método próximo al collage,
coherencia podría indicar que el episodio del escrutinio y auto yuxtaposición suelta de episodios e historias, con los que habría
de fe se escrib.i ó posteriormente y se insertó entre los actuales conformado una narración continua. La imaginación cervanti-
capítulos 5 y 1, na prefería como unidad básica de composición el episodio en
Al tiempo que realizaba estos cambios, Cervantes inició la di- lugar de la trama unificada; ello contribuiría a explicar la proli-
visión en capítulos, empezando por el actual número 18, don- feración, a lo largo de la Primera parte, de historias intercala-
de se localiza la primera mención al respecto. Robert M. Flores das, conectadas de forma muy leve con las aventuras de don
piensa que el escritor se limitó a insertar en el lugar en que de- Quijote. Del mismo modo, esta hipótesis permite dar cuenta
bía de producirse la solución de continuidad las palabras «lo que de la descuidada revisión cervantina: sencillamente, cuando el
se dirá en el siguiente capítulo» (1, 18, 216), tras las que escribió escritor se concentraba en la escritura o corrección de un capí-
LA COMPOSICIÓN DEL «QUIJOTE» CXCIX ce PRÓLOGO

tulo concreto no era capaz de retener una imagen coherente y que estaba escribiendo. Dos excelentes ejemplos de esta fase
detallada de toda la historia. de composición son los problemas ocasionados por la redac-
Si bien no puede negarse la influencia de los métodos de ción y la transposición de la historia de Grisóstomo y Marce-
composición oral en Cervantes, es cierto que tal influencia no la (los actuales capítulos II-14) y la desaparición de la montu-
lo explica todo. En primer lugar, la trama única y unificada, tan ra de Sancho. .
admirada por los novelistas del siglo XIX, no gozaba del mismo Según Stagg, Cervantes escribió el episodio de Grisóstomo y
prestigio a principios del siglo xvu. Además, el autor del Qui- Marcela dentro del conjunto narrativo que hoy conforman los
jote tuvo que e~entarse al mismo problema que Mateo Ale- capítulos 21-25, y luego lo trasladó de esa ubicación original al
mán, López de Ubeda y otros pioneros de la ficción extensa: lugar que ocupa en la primera edición. Esta hipótesis explica
¿cómo mantener el interés del lector a lo largo de un número una serie de discrepancias narrativas presentes en la versión pu-
elevado de páginas, sin menoscabo de la verosimilitud y el de- blicada:
coro narrativos? ¿Lograrían unos pocos personajes, con puntos
de vista y experiencias restringidos, entretener a un público en 1) El epígrafe del capítulo ro («De lo que más le avino a don Qui-
disposición de leer y releer las mismas páginas una y otra vez? jote con el vizcaíno y del peligro en que se vio con una caterva de
La popularidad de la novela de caballerías invitaba a esperar una yangüeses», 123) no se corresponde con su contenido: el combate
respuesta negativa. Por otra parte, el crédito concedido a He- con el vizcaíno ha concluido al final del capítulo 9, y la aventura de
liodoro y sus imitadores confirmaba el atractivo que tenían las los gallegos no ocurre hasta el capítulo 15, después de la historia de Gri-
tramas con muchos y variados episodios. sóstomo y Marcela. La incorrección del epígrafe parece indicar que
Alonso López Pinciano, en su Philosoph(a antigua poética, re- en alguna fase de elaboración de la novela el episodio de los arrieros
comendaba la armonización de unidad y diversidad mediante la seguía al del vizcaíno.
inclusión en la trama principal de episodios ajenos a ésta. Pare- 2) Una extraña frase de Sancho Panza, que presenta la aventura de
ce indisputable (o al menos así lo creen Stagg y Martín Morán) los gallegos como inmediata a la de] vizcaíno: «¿Quién dijera que tras
que Cervantes recurrió al tratado del Pinciano para encontrar de aquellas tan grandes cuchilladas como vuestra merced dio a aquel
respuestas a los problemas que le planteaba la composición de desdichado caballero andante había de venir por la posta y en segui-
una obra de ficción extensa que resultara interesante, y por lo miento suyo esta tan grande tempestad de palos que ha descargado
tanto comercial. El escritor halló en ese libro una exhortación sobre nuestras espaldas?» (1, 15, 177-178). Ello aumenta la impresión
a variar la historia y a capturar la atención del lector mediante de que los capítulos II-14 se interpolaron.
la inclusión de episodios que fueran tan interesantes que pu- 3) Tras el combate con el vizcaíno, don Quijote y Sancho entran
dieran separarse de la narración principal y disfrutarse por sí en un bosque, a primera hora de la tarde, y comen al final de] capí-
mismos. A partir del capítulo 22 de la versión impresa, el nú- tulo. Esta secuencia aparece repetida en su integridad, de forma in-
mero de episodios de este tipo se multiplica. En el esquema pri- necesaria, al inicio del capítulo 1 5. Cervantes utiliza las mismas pala-
mitivo, los veintidós primeros capítulos se centraban en las bras para describir las dos comidas y su atmósfera de cordialidad («en
aventuras de don Quijote y Sancho; los demás, escritos bajo la buena paz y compaña/compañía», I, JO, 130, y 15, 173).
influencia de la reciente lectura del Pinciano, se decantaron por
las historias intercaladas. Lo más probable es que Cervantes diseñara, ya en su primera
Aun si Cervan:tes pensó desde un principio en este orden y redacción de la obra, el ámbito del encuentro de don Quijote
procedimiento ·de composición, tal perspectiva· nos permite y Sancho con los arrieros gallegos. La interpolación de 'los ca-
aclarar sus modos de revisar y trasladar materiales previos para pítulos II-14 (posiblemente para repartir por la novela las his-
ajustarse a la idea -siempre en evolución-' del tipo de libro torias independientes, en un principio concentradas en tomo al
LA COMPOSICIÓN DEL «QUIJOTE» CCI CCII PRÓLOGO

capítulo 23, como se verá más adelante) obligó al autor a tras- vuelve a mencionarla hasta el capítulo 21, seguido de varios ca-
ladar a sus protagonistas de la majada de los cabreros a un esce- sos en 23, 25 y 26. De ese extraño hiato ha deducido Stagg que
nario de llanuras y espacios amplios, parecido al que habían Cervantes ideó el mecanismo mientras escribía el capítulo 21,
abandonado en el capítulo ro. Apurando ese argumento, pue- y decidió recurrir a él durante un trecho de la narración. Es po-
de afirmarse que la persecución de Marcela por parte de don sible, así, que esa parte del capítulo 12 se escribiera en origen
Quijote tiene menos que ver con un intento de ridiculizar al como una porción ubicada textualmente en los capítulos 21-
hidalgo como caballero andante que con su utilidad como me- 26, y se trasladara posteriormente hasta el lugar que ahora ocupa.
canismo para situar a la pareja protagonista en un espacio ade- El traslado de la historia de Grisóstomo y Marcela a un con-
cuado al encuentro con los arrieros. En su revisión, Cervantes texto anterior, junto con otros materiales destinados originaria-
habría modificado el final del capítulo 10 y el principio del ca- mente al actual capítulo 25, explica no sólo la desmesurada ex-
pítulo 15, reparando así las nuevas y evidentes fracturas de la tensión del mismo, sino también la aparición y desaparición del
historia. asno de Sancho. No hay lector que deje de advertir que el asno
Por otra parte, la topografia del capítulo 10 es la propia del está presente desde el capítulo 7 al 2 5. En este último se alude
llano, mientras que, repentinamente, en el capítulo II don a la desaparición de la montura (<cBien haya quien nos quitó
Quijote y Sancho se encuentran en terreno montañoso, al que ahora del trabajo de desenalbardar al rucio», I, 25, 306), pero
sólo llegarán cuando se adentren en Sierra Morena (capítulo sin mencionarla de forma explícita, ni mucho menos aclarar sus
23). Stagg concluye de forma elocuente: «sólo cuando super- causas. En la segunda edición de Francisco de Robles se añadió
ponemos el perfil de Marcela a las cumbres elevadas y adustas al capítulo 23 una explicación de lo sucedido: Ginés de Pasa-
de Sierra Morena, contemplamos a esa figura desafiante -la monte había robado el asno mientras don Quijote y Sancho
mujer con el corazón tan duro como la piedra- en su correcta dormían al raso en Sierra Morena. .,.
perspectiva ... Sierra Morena es su espacio natural» . . En el capítulo 27 de la Segunda parte, Cervantes quiso pre-
La hipótesis de que la historia de Marcela y Grisóstomo se es- sentar el descuido como un error del impresor: <cpor no haber-
cribió entre los actuales capítulos 23 y 25 ayuda a explicar que se puesto el cómo ni el cuándo en la primera parte, por culpa
en los capítulos 11-14 se manifieste una fase avanzada del «in- de los impresores, ha dado en qué entender a muchos, que atri-
genio entreverado» de don Quijote. En estos capítulos, el hi- buían a poca memoria del autor la falta de emprenta» (II, 27,
dalgo manifiesta un relativo buen juicio y una percepción lite- 934). Sin embargo, el único error que podría haber cometido el
raria que contrastan vivamente con las alucinaciones y los impresor sería la inserción del robo del rucio en un capítulo
desvaríos caballerescos de los capítulos 1-11 y otros posteriores. equivocado. No hay duda de que la explicación tendría que ha-
Este nuevo comportamiento coincide con el gusto por las dis- berse incluido en el capítulo 25, entre el momento en que se
cusiones sobre la corrección del lenguaje, manifiestas en los ca- menciona al asno como presente por última vez (<centremétete
pítulos de Sierra Morena y siguientes. De este modo, en la en espolear a tu asno>>, 299) y la primera referencia de Sancho al
composición 9.riginal del manuscrito, y a diferencia de lo que robo de su montura. La propia versión de Sancho ex post facto,
percibe el lector en la versión publicada, esos momentos ini- publicada diez años más tarde en la Segunda parte, confunde
ciales de lucidez no habrían sido una «aparición temprana de aún más las cosas, al afirmar que el asno fue robado durante una
"rasgaduras en la .cortina de la obsesión"», como quiso Otis H. noche que no existe en la primera edición: «yo dormí con tan
Green, sino la prueba de que la idea cervantina de don Qui- pesado sueño, que quienquiera que fue tuvo lugar de llegar y
jote había ido evolucionando hacia un retrato de mayor com- suspenderme sobre cuatro estacas que puso a los cuatro lados de
plejidad. Don Quijote se refiere por primera vez a la vocación la albarda, de manera que me dejó a caballo sobre ella y me sacó
de <creprochador de voquibles» en el actual capítulo 12, y no debajo de mí al rucio sin que yo lo sintiese» (II, 4, 715).
LA COMPOSICIÓN DEL «QUIJOTE» CCIU CCIV PRÓLOGO

A partir de estas anomalías Stagg concluyó que Cervantes, en de menciones del asno en esas páginas, salvo en el párrafo que
una fase temprana de composición, escribió los actuales capítu- conecta los actuales capítulos 11 y 12 (numerados en un prin-
los rr-14 como parte del texto que se publicó luego como ca- cipio como 21 y 22), Cervantes habría querido interpolar la
pítulo 25, es decir, entre nuestras páginas 299 (la intervención historia de Grisóstomo y Marcela tras el episodio -luego elimi-
de Sancho que finaliza <1 ••• acabándonoslas de romper de todo nado- en el que Ginés se apoderaba de la montura de Sancho,
punto») y 302 (la referencia, fuera de lugar, a Ambrosio: «como pero más tarde habría cambiado de opinión, y el robo (que era
ya oíste decir a aquel pastor de marras, Ambrosio ... 1>, mencio- entonces el capítulo 20) se habría situado en el centro de los ca-
nado por última vez en el capítulo 14). De este modo, la pri- pítulos precedentes. De este modo, el episodio de Marcela y
mitiva versión del robo del asno habría formado parte del epi- Grisóstomo se habría redactado más tarde, en tomo a la primi-
sodio pastoril. El robo del rucio · se narraba en su ámbito tiva historia de la estancia de don Quijote y Sancho con los ca-
original, Sierra Morena, dentro de una sección que se trasladó breros y el robo del asno.
al actual capítulo II . Al cambiar de lugar esos folios, Cervantes ¿Qué repercusiones estructurales provocó la decisión de tras-
advirtió que no podía mover la historia de la desaparición del ladar la historia de Grisóstomo y Marcela a un lugar tan aleja-
asno, puesto que había numerosas referencias a su presencia a lo do de su ubicación original? La crítica ha notado el desequili-
largo de los capítulos 15 y siguientes. En consecuencia, tuvo que brio en el número de páginas de las cuatro partes en que se
suprimir el episodio, lo que le obligó a desgajar el pasaje sobre divide la versión publicada: I (capítulos 1-8), 11 (capítulos 9-
la recuperación de la montura. Al proceder de este modo no ad- 14), 111 (capítulos 15-27) y IV (capítulos 28-52). La decisión de
virtió que iba a provocar inconsecuencias textuales de peso. dividir el texto en partes, tomada in medias res, es claro indicio
La versión sobre el robo del asno publicada en la Segunda de hasta qué punto la imaginación de Cervantes se había ido
parte pone de manifiesto hasta qué punto le resultó imposible orientando hacia una parodia de la estructura y el contenido de
a Cervantes conciliar las anomalías que había provocado en su los libros de caballerías, normalmente divididos en grandes sec-
apresurada reescritura de la novela. En la continuación de 1615, ciones. Probablemente debamos a esta decisión la aparición de
astutamente, decidió desviar la atención del verdadero proble- Cide Hamete Benengeli, el supuesto autor y presentador de cada
ma mediante la introducción del divertido paralelo entre la parte, a imitación de los modelos caballerescos. Stagg ha su-
desaparición del rucio y el robo del corcel de Sacripante por gerido la posibilidad de que Cervantes pensara primero en una
parte de Brunelo, que se cuenta en el Orlando furioso. Tal como división homogénea, de unos ocho capítulos por parte; sin em-
cree Flores, no puede descartarse tampoco que el episodio del bargo, esa idea se reveló irrealizable a medida que fue reelabo-
robo del asno sucediese en el diseño original de Cervantes de for- rando y trasladando materiales.
ma parecida a como Sancho lo describe en el capítulo 4 de la En la reconstrucción del hipotético diseño original de la
Segunda parte. Como quiera que fuese, esta posibilidad no deja novela, el final del episodio de Marcela señalaba el cierre de
de ser un apoyo a la tesis de que la historia del robo del rucio la tercera parte. Al trasladar este episodio a su posición actual,
se hallaba en .medio de la secuencia de capítulos sobre Grisós- Cervantes dejó la división entre partes en un lugar en que to-
tomo y Marcda. davía indicaba un corte importante en la trama. La acortada
A partir de ·un ~nálisis de los argumentos de Stagg, Flores ha tercera parte resultante (capítulos 22-24 y la primera mitad de
llegado a la conclusión de que la historia de Grisóstomo y Mar- 25) se compensó con el añadido de la segunda mitad de 25 y
cela se escribió en una fase de redacción posterior a la de los ca- los capítulos 26-27. Que existió una división originaria entre los
pítulos que la circundaban originariamente, compuestos para capítulos 21 y 22 se pone de manifiesto en el inusual trata-
formar parte de la sección de Sierra Morena (numerados en un miento de Cicle Hamete. Hasta ese momento ha aparecido en
principio, según cree, como capítulos 18-23). Dada la ausencia cada división de parte; en el inicio del capítulo 22 vuelve a in-
LA COMPOSICIÓN DEL «QUIJOTE» CCV CCVI PRÓLOGO

troducírsele, por supuesto sin mención alguna de cambio de cho? Es probable que en algún punto poco posterior al capítu-
sección («Cuenta Cicle Hamete Benengeli, autor arábigo y lo 22 Cervantes llevara a la práctica los argumentos de López
manchego, en esta gravísima, altisonante, mínima, dulce e ima- Pinciano en favor de las narraciones breves e independientes:
ginada historia ... », I, 22, 257). Esta anomalía parece indicar que en ese capítulo se inician las interpolaciones (no hay que olvi-
en un origen Cicle Hamete introducía una nueva parte en ese dar que la historia de Grisóstomo y Marcela se compuso pro-.
lugar; esa parte se habría sustituido por el simple inicio de un bablemente para el actual capítulo 25). Según Martín Morán, el
capítulo, con lo que se perturbaba mínimamente el texto exis- escritor pudo considerar su novela un cauce adecuado para la
tente. publicación de cierto número de narraciones cortas que había
Pero Benengeli desaparece tras el capítulo 27. Stagg ha visto escrito con anterioridad: así, El capitán cautivo, que luego fue in-
en esta circunstancia una nueva señal de que Cervantes recon- cluida en la novela propiamente dicha.
sideró la estructura de la novela. A medida que iban aumen- Si es correcta la hipótesis de que Cervantes varió su técnica
tando las interpolaciones y transposiciones, la división en ca- de composición en plena redacción para incluir episodios in-
pítulos y partes resultó más dificil de mantener de forma dependientes, y si también es cierto que empleó materiales pre-
consistente. Del mismo modo que la decisión de dividir la obra viamente elaborados, entonces resulta lícito preguntarse por las
en capítulos se había establecido en el 18, la resolución de des- huellas de tales interpolaciones. Flores ha propuesto una re-
echar sin comentario alguno la división en partes puede ubi- construcción del método de sutura del Curioso impertinente a la
carse en el capítulo 28, donde se ignora a Cicle Hamete y se historia de don Quijote y de los distinguidos huéspedes de
destaca la inclusión de «cuentos y episodios» (1, 28, 347). Cicle la venta. Cervantes, ya en una fase avanzada de redacción de la
Hamete es el cronista de las aventuras de don Quijote e intro- novela, habría preferido alterar lo menos posible el material es-
duce el episodio de Cardenio, Luscinda y Dorotea, pero otros crito. -Para ello, habría dispuesto el cuerpo de la historia pre-
personajes son los que narran El curioso impertinente y El capitán existente de forma que permitiese la inclusión del episodio de
cautivo. Por este motivo, Cervantes va abreviando sus ulteriores los cueros de vino, con el que devuelve a don Quijote y San-
referencias al cronista (en el inicio de la tercera parte original, cho a la acción principal. Habría situado ese episodio de tal
capítulo 15, y al final del capítulo 27) y finalmente se deshace modo que la historia intercalada y la escaramuza de don Qui-
de su narrador de ficción, que permanece como el fósil de un jote mantuvieran sus posiciones relativas en el capítulo, con lo
plan primitivo. que realizaba el menor número posible de alteraciones en el
La división de la obra en partes y las técnicas cervantinas para manuscrito. Al hacerlo, habría cambiado el epígrafe de un ca-
encajar las narraciones breves en la historia principal son aspec- pítulo, introduciendo accidentalmente otra anomalía: el epí-
tos íntimamente relacionados. Tal como se ha dicho, en la Pri- grafe de 36 anuncia el episodio de los cueros de vino ex post fac-
mera parte el autor manifiesta su compromiso con la idea de to. Quizá Cervantes no advirtió el error porque el viejo
que el libro debe contener muchos y variados episodios, que epígrafe permaneció en la última página, con la conclusión del
serán de este modo testigos de su talento creativo y de su pre- capítulo previo: ello impidió que se percatara de que el epígra-
ocupación por suscitar y mantener el interés de los lectores. Se- fe no se correspondía con el contenido.
gún se desprend~ de los indicios señalados, Cervantes dividió Esta interpolación, como la del Capitán cautivo, creó un nue-
primero el texto· en capítulos y luego en partes, e insertó final- vo problema: el equilibrio narrativo entre las aventuras de don
mente la historia de Cardenio, Dorotea y Luscinda, y los rela- Quijote y Sancho y las historias intercaladas se había decantado
tos del Curioso impertinente y El capitán cautivo. de forma manifiesta en favor de estas últimas. Como ha señala-
¿Por qué razón incluyó precisamente estas historias en el do Flores, el discurso de las armas y las letras pronunciado por
Quijote, y en qué momento de la redacción pudo haberlo he- don Quijote (capítulo 38) concede al protagonista de la novela
CCVUI PRÓLOGO
LA COMPOSICIÓN DEL «QUIJOTE» CCVII
gunda, por el contrario, hay menos espacio para que el crítico
la oportunidad de brillar nuevamente en el centro del esce-
ponga a prueba su talento de escudriñador, pues la arquitectu-
nario, d~s~ués de ~~a larga ausen~ia, dirigiéndose, práctica-
ra de la novela es más trabada y su acción avanza hacia el des-
mente sm mterrupc1on, a una lummosa asamblea de dainas y
enlace sin titubeos evidentes. El que Cervantes deje bien sen-
ca~~ller~s d~ alta alcurnia. Pero incluso esta ingeniosa interpo-
tado que «en esta segunda parte no quiso ingerir novelas sueltas
lac10n dio pie a una nueva anomalía textual: en el capítulo 42,
ni pegadizas, sino algunos episodios que lo pareciesen, nacidos
el grupo cena por dos veces en una misma noche («Ya en esto
de los mesmos sucesos que la verdad ofrece, y aun éstos limita-
estaba aderezada la cena, y todos se sentaron a la mesa eceto el
damente y con solas las palabras que bastan a declararlos» (II,
cautivo y las señoras, que cenaron de por sí en su aposento»,
44, 1070) limita las posibilidades de rastrear por la obra la pista
1, 42, 543).
de refundiciones o interpolaciones. El Quijote de 1615, así, se
En conclusión, puede considerarse la Primera parte del Qui-
ofrece a primera vista como un conjunto desarrollado en un
jote como u?a especie de laboratorio en el que Cervantes, de
solo ~liento creativo. Claro está que tal impresión no impide
f?~ consciente y r~suelta, experimentó numerosas y variadas
reflexionar sobre las fases de composición del texto, pero la es-
tecrucas de la narrativa extensa en prosa. Las críticas a la Pri-
casez de indicios sitúa a la mayoría de propuestas en el ámbito
mera parte, que el autor recoge en tono de broma en el capí-
de la especulación. Tan sólo podemos estar seguros de que la
tulo 3. de la Segunda, pueden verse ·como una reflexión crítica
lectura de la continuación de Avellaneda afectó a los planes y
s~bre el pr~ceso creativo desarrollado: episódico, variado, gra-
al ritmo de elaboración de la obra; por ahí, y con muy distin-
~ioso, heroico y edificante. Las historias intercaladas, que cons-
tas l?erspectivas, se ha abierto la principal brecha de discusión,
ntuyen el sello de la Primera parte, desaparecen en la Segunda
particularmente animada en los últimos años.
para ceder su lugar a una mayor concentración de aventuras y
Comencemos por la cronología. Al igual que sucede con la
al despliegue de las personalidades del caballero y su escudero.
Primera parte, la intriga novelesca apenas ofrece elementos so-
Cicle Hamete Benengeli, mecanismo al que recurre Cervantes
bre los que basar una datación aproximada. No hay duda de
con la misma facilidad con que lo abandona, se convierte en la
que el episodio de Sancho y Ricote (capítulo 54) tuvo que es-
Segunda parte en un filtro indispensable de la acción. Todos es-
cribirse después de la expulsión de los moriscos, acaecida en
~os cambios revelan al lector atento y paciente la imaginación
1609-1610. Si, como cree Joseph Sanchez, una mención del
incansable y observadora del artista consciente que fue Miguel
Quijote en El caballero puntual (1613) de Salas Barbadillo se re-
de Cervantes a lo largo de los sinuosos caminos y los ásperos
fiere a la continuación en ciernes (que el autor, como amigo de
lugares de su vasto universo de invención.
Cervantes, podría haber conocido mucho antes de su conclu-
sión), tendrá que convenirse en que el episodio de los leones
3. Los abundantes y detallados estudios sobre la composición
(capítulo 17) ya estaba escrito a la altura de 1613, cosa que, de
del Quijote de 1605 contrastan con la menor cantidad de inves-
otra parte, era de suponer, pues en el prólogo a las Novelas ejem-
ti~acio~es acerca de la elaboración de la Segunda parte. Esta
plares, redactado hacia julio de ese mismo año (es la fecha de la
asm~etna no.~e de?e, por sup~esto, a que la continuación haya
dedicatoria al conde de Lemos), Cervantes promete al lector
suscitado un mteres menor, smo a que el texto de 1615 impo-
que «primero verás, y con brevedad, dilatadas las hazañas de
ne unos límites .a la especulación sobre las etapas de construc-
don Quijote y donaires de Sancho Panza», lo que parece prue-
ción de la novela. Gracias a los epígrafes incorrectos los cam-
ba de que en esos días la Segunda parte estaba bastante avanza-
bios repentinos· de escenario, los pasajes que se dup,lican o se
da. Estos indicios no aportan una información sustancial, y se
an~lan y los acontecimientos que suceden y no se refieren, la
limitan a reafirmar la impresión de que la obra tuvo que ges-
Primera parte presenta trazas de una concepción original de
tarse en un período de tiempo dilatado. Ello confiere especial va-
la obra que fue modificándose a lo largo del tiempo. En la Se-
LA COMPOSICIÓN DEL «QUIJOTE» CCIX CCX PRÓLOGO

lor a la única fecha contenida en el cuerpo de la novela: 20 de ria» (II, 16, 821), aseveración a la que puede darse aun menos
julio de 1614, día en que Sancho dicta la carta para su mujer crédito que a la anterior.
(capítulo 36). Es muy posible que Cervantes le pusiera a la epís- Para defender una redacción temprana de los primeros capí-
tola la fecha del día en que la escribió. Ese acto, ya fuera delibe- tulos, Daniel Eisenberg ha traído a colación las referencias al
rado o fruto del descuido, sitúa la acción en el verano de r 6 r 4, robo del rucio contenidas en el inicio de la novela. Con la ex-
rompe la cronología interna de la Segunda parte y, de paso, plicación que pone en boca de Sancho, Cervantes intenta disi-
desarticula sus vínculos con la Primera. Sorprende que tan sólo mular una incongruencia textual: la desaparición y reaparición
medio año antes de la conclusión de la novela (la aprobación es de un asno cuyo robo y restitución no se mencionan. Pero la
del 27 de febrero de 1615, aunque el libro no se publicó hasta mayoría de lectores no había advertido tal incongruencia, por
noviembre) a Cervantes le quedara por escribir más de la mi- cuanto la segunda edición madrileña de Francisco de Robles
tad de la obra. No puede descartarse que interpolara la carta en (1605), y a su zaga todas las posteriores, incluía dos pasajes in-
un texto previamente escrito, y que introdujera la fecha para terpolados sobre la pérdida del rucio. Eisenberg ha supuesto,
crear un marco adecuado a la presencia de sucesos contempo- así, que las precauciones de Cervantes se comprenden sólo si se
ráneos, como la publicación de la novela de Avellaneda (tén- enmarcan en los meses siguientes a la publicación de la prínceps.
gase en cuenta que en la continuación apócrifa hay también Tras la segunda .edición, los lectores podrían quejarse de las im-
una carta del escudero a su mujer, cuestión sobre la que debe- precisiones de la historia, pero no de que al autor «se le olvida
remos volver más adelante). de contar quién fue el ladrón que hurtó el rucio .a Sancho, que
La tradición cervantista ha tendido a pensar que la redacción allí no se declara, y sólo se infiere de lo escrito que se le hurta-
de la Segunda parte no comenzó inmediatamente después de la ron» (II, 3, 714). Con todo, el argumento plantea no pocos
publicación de la Primera, sino que transcurrió cierto tiempo problemas: cuando menos, resulta curioso que Cervantes pro-
antes de que Cervantes se decidiera a escribir la continuación. cediera con tanto cuidado al incluir referencias al episodio en
Con tal fin se ha aducido una célebre frase de Sansón Carrasco un nuevo texto, y con tanta despreocupación al insertar en la
sobre la fortuna editorial del Quijote de 1605: «Tengo para mí segunda edición los pasajes que remediaban el problema; por
que el día de hoy están impresos más de doce mil libros de la otra parte, una vez resuelta (mal que bien) la laguna de la prin-
tal historia: si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, don- ceps, el autor podría haber suprimido ese pasaje de la continua-
de se han impreso, y aun hay fama que se está imprimiendo en ción. Lo más prudente es suponer que Cervantes, tiempo des-
Amberes>> (11, 3, 706). Si esta afirmación se acepta como literal, pués de 1605, volvió sobre uno de los puntos más debatidos en
hay que situarse forzosamente después de 1607, cuando se pu- el momento de la publicación, sin importarle que ese conflic-
blicó la edición de Bruselas, que quizá Cervantes confunde con to ya se hubiera remediado.
Amberes. Pero esta imprecisión, junto con la mención de Bar- No hay, pues, unanimidad en tomo a la fecha inicial: 1605,
celona, que no imprimió una edición del Quijote hasta 1617, 1607, incluso 1609 han sido los años más favorecidos. En cam-
aconsejan no..tomar la frase al pie de la letra, pues podría refle- bio, parece existir cierto consenso sobre la posibilidad de que
jar igualmente un momento anterior, al arrimo del éxito inicial Cervantes detuviera la redacción de la obra a la altura del capí-
(las ediciones de la Primera parte estampadas en Lisboa y Va- tulo 30, antes del inicio de las aventuras en el palacio de los Du-
lencia se publicáron antes del otoño de 1605). En el capítulo ques; así lo han creído, de forma explícita o implícita, Murillo,
16, dos semanas' más tarde de la conversación que mantiene con Nicolás Marín y Eisenberg. Es indudable que la Segunda parte
Carrasco, don Quijote le dice a Diego de Miranda: «He me- presenta tres grandes secciones narrativas (capítulos 1-29, pri-
recido andar ya en estampa en casi todas o las más naciones meras aventuras de los protagonistas; capítulos 30-58, estancia
del mundo: treinta mil volúmenes se han impreso de mi histo- en el mundo palaciego de los Duques, con las aventuras de la
LA COMPOSICIÓN DEL «QUIJOTE» CCXI CCXII PRÓLOGO

ínsula; capítulos 59-74, conclusión de la obra, marcada por la trastrueque del original en la imprenta; Rico apunta a una con-
presencia del apócrifo), y que la primera de estas secciones des- fusión provocada por un original cervantino con adiciones o
pliega unas peripecias y unos personajes más cercanos a los de cambios redactados en hojas aparte y luego interpolados erró-
la Primera parte que a los del resto de la continuación. Tal cir- neamente por el amanuense del taller. Otra posibilidad es que
cunstancia se ha tenido por señal de una composición no de- Cervantes cambiara de parecer en la elaboración de los juicios
masiado alejada del Quijote de 1605. Abunda en esta presunción de Sancho y desplazara el episodio de la bolsa al último lugar,
la aventura del barco encantado (capítulo 29), que ha desperta- quizá añadiéndolo en el manuscrito usado en la imprenta, alte-
do sospechas sobre su ubicación primitiva. Después de la aven- rando así una hipotética serie primitiva bolsa-caperuzas-báculo
tura de la cueva de Montesinos y el episodio del pueblo de los en caperuzas-báculo-bolsa. ¿Con qué fin? Quizá para ordenar
rebuznadores, en las proximidades de las lagunas de Ruidera, los elementos según la capacidad de suscitar la admiración de los
don Quijote y Sancho alcanzan las orillas del Ebro en apenas lectores, que crece a medida que el ingenio de Sancho se agu'-
dos días («Por sus pasos contados y por contar, dos días después za: ante el primer pleito, sentido común; en el segundo, perspi-
que salieron de la alameda llegaron don Quijote y Sancho al río cacia para descubrir el engaño que se ofrece ante sus ojos; en el
Ebro», 11, 29, 948), lapso inverosímil para una distancia cerca- tercero, astucia al provocar que la culpable se ponga en eviden-
na a los quinientos kilómetros. Por otra parte, la aventura aca- cia. Como sucede a menudo en la Primera parte, Cervantes no
ba con una nota de decepción que será típica de capítulos pos- habría borrado por completo las huellas del estadio anterior.
teriores, como el episodio de la manada de toros (58) o el de la Pero no son éstas las únicas incoherencias detectadas en la his-
piara de cerdos (68). Quizá en un plan primitivo la aventura toria del gobernador Sancho. El capítulo 51, que contiene el in-
fluvial sobrevenía después de la estancia con los Duques, y Cer- tercambio de cartas entre éste y don Quijote, presenta un final
vantes la desplazó a su posición actual cuando renunció a seguir que parece señalar la conclusión del episodio: <<En resolución, él
la derrota de Zaragoza. ordenó cosas tan buenas, que hasta hoy se guardan en aquel lu-
Y a se ha indicado que en la Segunda parte no abundan las in- gar, y se nombran "Las constituciones del gran gobernador San-
congruencias que delaten estadios de redacción previos. El úni- cho Panza"» (II, 51, 1150). Además, la existencia de esas cons-
co lugar claramente anómalo se encuentra en el capítulo 45, el tituciones u «ordenanzas tocantes al buen gobierno de la que él
primero sobre la estancia de Sancho en la ínsula Barataria. A su imaginaba ser ínsula>> (II, 51, 1149) es desmentida más tarde por
llegada, el mayordomo le dice al nuevo gobernador que los ha- el propio Sancho ante los Duques: «Aunque pensaba hacer al-
bitantes esperan que responda a una pregunta «que sea algo in- gunas ordenanzas provechosas, no hice ninguna, temeroso que
tricada y dificultosa» (II, 45, 1083), pero Sancho se pone de no se habían de guardar» (II, 55, 1182). Eisenberg deduce de
inmediato a resolver litigios entre sus gobernados. ¿Hay que en- ello que el episodio se elaboró en fases sucesivas, e, incluso, que
tender que Cervantes olvida la prueba? Quizá, como aventura pudo darse una interpolación de materiales previos. Lo cierto
Martín Morán, ésta pueda identificarse con la «pregunta que un es que estas anomalías no afectan en lo sustancial al desarrollo
forastero le 4izo» (II, 51, 1141) al gobernador a propósito del de la historia, . ni mucho menos a su concepción, pero ponen
puente de la horca, seis capítulos más adelante. Pero eso no es de relieve que las incongruencias textuales afloran cuando Cer-
todo: tras aclarar Sancho el pleito de las caperuzas, el narrador vantes opta por una construcción episódica, que le permite
admite que «si la sentencia pasada de la bolsa del ganadero mo- 1:1odificar con mayor libertad la peripecia en revisiones poste-
vió a admiración a los circunstantes, ésta les provocó a risa» (II, riores.
45, 1085). Sin embargo, la sentencia de la bolsa no ocurre has- Si hay un hecho indiscutible en la elaboración de la Segun-
ta unas páginas más abajo, después del episodio del báculo. Flo- da parte es que la continuación de Alonso Femández de A ve-
res ha propuesto una explicación de este desorden a partir de un llaneda alteró la forma final de la novela. ¿En qué momento co-
LA COMPOSICIÓN DEL «QUIJOTE>> CCXIII CCXIV PRÓLOGO

noció Cervantes el libro de su rival? La licencia de publicación Las menciones a la novela de Avellaneda se reiteran en el tra-
de éste es del 4 de julio de 1614; en rigor, Cervantes podría ha- mo final de la obra: tras su revelación en el capítulo 59, el apó-
berlo leído a fines de ese mismo mes, pero lo más probable es crifo regresa a escena en la imprenta barcelonesa (capítulo 62),
que llegara a sus manos en el otoño. La primera mención in- en la visión infernal de Altisidora (capítulo 70), en el encuen-
equívoca de la existencia de una continuación falsa se halla en tro con Don Álvaro Tarfe (capítulo 72) y en el testamento de
el capítulo 59: «Por vida de vuestra merced, señor don Jeróni- Alonso Quijano (capítulo 74). No faltan ahí algunas imitacio-
mo, que en tanto que traen la cena leamos otro capítulo de la nes inequívocas de pasajes de Avellaneda: por ejemplo, la iro-
segunda parte de Don Quijote de la Mancha» (II, 59, 1213). La nía de Don Antonio Moreno dirigida a Sancho, «Acá tenemos
crítica ha tendido a creer que Cervantes convirtió la novela de noticia ... que sois tan amigo de manjar blanco y de albondi-
Avellaneda en materia literaria inmediatamente después de leer- guillas, que si os sobran las guardáis en el seno para el otro día»
la, con lo cual la mención del capítulo 59 señalaría a la poste- (1, 62, 1237), remite a un episodio del capítulo 12 apócrifo
ridad el momento aproximado en que conoció la obra. («Y apartándose a un lado, se comió las cuatro [pellas] con tan-
Las consecuencias más evidentes provocadas por la continua- ta prisa y gusto como dieron señales dello las barbas, que que-
ción de Avellaneda fueron el cambio de itinerario de Zaragoza daron no poco enjalbegadas del manjar blanco; las otras dos que
a Barcelona y la inclusión del rival en la trama de la obra. Sobre dél le quedaban se las metió en el seno, con intención de guar-
el prinier aspecto resultan elocuentes las palabras de don Qui- darlas para la mañana>>, p. 230). Durante la resurrección de Al-
jote, al término del capítulo 59: «Por el mismo caso ... no pon- tisidora, en el capítulo 69, un sirviente de los Duques coloca
dré los pies en Zaragoza y así sacaré a la plaza del mundo la men- una coroza en la cabeza de Sancho, para lo que tiene que des-
tira dese historiador moderno» (II, 59, 1217-1218). Es sabido que pojarle de su caperuza. Pero Cervantes no había mencionado
el designio de ir a las justas de Zaragoza se presentaba al final de antes ese tocado, que es, en cambio, característico del escude-
la Primera parte («sólo la fama ha guardado, en las memorias ro falso.
de la Mancha, que don Quijote la tercera vez que salió de su Esos indicios de imitación adquieren muy distinto relieve
casa fue a Zaragoza, donde se halló en unas famosas justas que cuando parecen advertirse en lugares de la novela anteriores al
en aquella ciudad se hicieron, y allí le pasaron cosas dignas de su capítulo 59. Se ha destacado el parecido entre la destrucción del
valor y buen entendimiento», I, 52, 646-647), y los dos conti- retablo de Melisendra (capítulo 26} y el acceso de locura del don
nuadores -Avellaneda y el propio Cervantes- se hicieron eco de Quijote apócrifo durante la representación de El testimonio ven-
la invitación con que concluía la novela de 1605. El cambio gado (capítulo 27 de Avellaneda); asimismo, las dos segundas
de rumbo comportó la inclusión de nuevas historias (Roque partes contienen sendas cartas de Sancho a su mujer, y la del
Guinart, la visita a la imprenta, la aventura de las galeras) y la re- Quijote de 1615 lleva, según se ha dicho más arriba, fecha de ju-
modelación de algunas ya previstas (la continuación de la histo- lio de 1614. Estas coincidencias parecen desvelar puntos de
ria de Ricote, la derrota del protagonista a manos de Sansón Ca- contacto previos al capítulo 59, aspectos en los que ha abunda-
rrasco). Es mµy posible que Cervantes se sintiera en la necesidad do la crítica cie los últimos años (Carlos Romero Muñoz, Luis
de completar cuanto antes su novela, para atenuar los efectos del Gómez Canseco), multiplicando los paralelos -no todos indis-
apócrifo. Las lógicas prisas implicaron acaso una selección de los putables- entre la continuación de Avellaneda y el Quijote de
materiales: algunas de las últimas historias (Roque Guinart, la ca- 1615. De forma análoga, y cuando se suponían abandonadas las
beza encantada; el episodio de las galeras) son unidades narrati- hipótesis sobre algún tipo de influencia anterior a la impresión
vas que exigían relativamente poco esfuerzo al escritor, por tra- (así, que Cervantes hubiese leído el manuscrito de Avellaneda,
tarse de invenciones cuya estructura y ·contenido le resultaban como . creía Ramón Menéndez Pidal, o bien que Avellaneda
familiares. hubiese sabido de algunos episodios de la continuación cervan-
LA COMPOSICIÓN DEL <cQUIJOTE» CCXV CCXVI PRÓLOGO

tina, como supuso Stephen Gilman), Alfonso Martín Jiménez La reflexión sobre el peso del autor tordesillesco en el Qui-
ha defendido que Cervantes tuvo acceso al manuscrito de Ave- jote, pues, tiene que inclinarse por una de las dos conjeturas
llaneda antes de empezar su continuación, y sostiene que el siguientes: o bien Cervantes incluyó en su propia obra a esa no-
Quijote de 1615 es, desde la primera a la última línea, una obra vela sólo para denunciarla públicamente, o bien quiso integrar-
marcada por la constante réplica al apócrifo, que se revela como la como una fuente más, sin declarar su utilización cuando no
fuente principal de la inspiración cervantina. le pareció oportuno. Si se opta por la primera respuesta, basta
Son hipótesis que merecen atención y que no carecen de con aceptar que el libro de Avellaneda determinó el cambio de
atractivos. Pero tampoco de problemas. La circulación manus- itinerario y, a lo sumo, provocó algunos ajustes previos al capí-
crita del Quijote de Avellaneda está lejos de ser un hecho pro- tulo 59; si se prefiere la segunda, queda abierto un portillo -de
bado; y, en todo caso, los indicios que acaso apunten a una po- quicios muy variables- a la contemplación del crecimiento de la
sible difusión de la obra ya en la primavera de 1613 (según novela. En todo caso, un criterio sensible a esta percepción de
sostiene Martín Jiménez), no dejan a Cervantes un margen de los hechos puede aclarar ciertas incoherencias del relato, al
tiempo demasiado holgado para escribir la totalidad de la Se- igual que sucedía en la Primera parte. Mediado el capítulo 58,
gunda parte. El tiempo es también el principal adversario de una tras abandonar el palacio de los Duques, don Quijote y Sancho
revisión en profundidad llevada a cabo después de la impresión comparten mesa con los pastores de la fingida Arcadia. Después
. del ap6crifo, pues resulta dificil aceptar que en apenas seis me- de la comida, el caballero se enfrenta a un tropel de toros bra-
ses (entre finales del verano de 1614, cuando se publicó la con- vos, e inmediatamente después, pero ya en el capítulo 59, los
tinuación de Avellaneda, y finales de febrero de 1615, fecha de protagonistas vuelven a comer. Al cabo de la jornada cenan en
la primera aprobación del Ingenioso caballero) Cervantes haya po- una posada del camino, donde conocen la existencia del falso
dido no sólo escribir los capítulos 59 a 74, sino transformar im- Quijote. La incongruencia podría ser fortuita, pero resulta sig-
portantes secciones de los capítulos 1 a 58. Se ha prestado mu- nificativo que se encuentre tan cerca de la primera aparición
cha menos atención a otra posibilidad, a saber, que Cervantes se manifiesta del apócrifo. Cabe la posibilidad de que Cervantes,
viese sorprendido por la continuación espuria cuando tenía al saber del nuevo libro, detuviera la redacción para planificar
prácticamente acabada su novela, y que dedicara los meses fina- algunos cambios, y decidiera mantener lo escrito hasta el capí-
les a una tarea de sustitución, modificación e interpolación de tulo 58 (recuérdese que don Quijote desafía a los toros <cen mi-
todo lo escrito, a partir de una lectura atenta de su rival. Con todo, tad de ese camino real que va a Zaragoza», 11, 58, 1206), para
este planteamiento suscita otras dudas: no es facil explicar que, reconducir la historia a partir del capítulo 59. No es imposible
a partir de un determinado momento, las referencias a Avella- que en esas circunstancias olvidara que al final del capítulo an-
neda sean explícitas y meridianas, mientras que en otros puntos terior sus personajes habían acabado la comida. Hay otras mar-
de la novela, y no de forma esporádica, se cifren en clave, como cas de desmemoria: al comenzar el capítulo 59 se refiere <cAl
juego privado repetido una y otra vez (e inasequible para el lec- polvo y al cansancio que don Quijote y Sancho sacaron del
tor). Si es cierto, como los críticos citados sostienen, que los ca- descomedimiento de los toros» (II, 59, 1209), pero Sancho no
pítulos iniciales de la Segunda parte fueron retocados a la luz de había recibido daño ni cansancio alguno. ¿Simples descuidos,
Avellaneda, ¿por qué dejó pasar Cervantes, al hablar de la Pri- sin mayor significación? Los descuidos suelen ser huellas de la
mera parte y de las dudas que suscita en los dos protagonistas, la interrupción del hilo del discurso, y en este caso (como en las
inmejorable ocasión de mencionar a Avellaneda? No olvi- dos cenas del capítulo 42 de la Primera parte) un alto en la na-
demos, además, que el lector ya conoce -desde el prólogo- rración puede resultar significativo.
la existencia del apócrifo, y que nada, en la lógica interna del ·· En suma, la Segunda parte del Quijote, frente a la Primera,
relato, justificaría encubrir esa información hasta el capítulo 59. trasluce un proceso de elaboración menos atormentado. Cer-
LA COMPOSICIÓN DEL <<QUIJOTE» CCXVII CCXVIII PRÓLOGO

vantes probablemente compuso la novela a lo largo de un pe- no a la hipotética novela corta original es el de Erwin Koppen, «Gab es ei-
nen Ur-Quijote? Zu einer Hypotese der Cervantes Philologie», Ro111anisti-
ríodo de tiempo extenso y a la vez que escribía y revisaba otras
sd1es ]ahrbud1, XXVII (1976), pp. 330-346 (trad. española, «¿Hubo una pri-
obras (el Viaje del Parnaso, el Persiles, los libros que aún promete mera versión del Quijote? Sobre una hipótesis de la filología cervantina», en
en su lecho de muerte), y es posible que detuviera la redacción 1110111as Ma1111 y Do11 Quijote. Ensayos de literatura comparada, Gedisa, Barce-
para concentrarse en alguno de los proyectos que acometió en lona, 1990, pp. 159-181). Un nuevo enfoque del problema, así como argu-
sus años finales, ricos en actividad creativa y editorial. Según mentos convincentes para la datación de la historia del cautivo, en Luis An-
parece, estas circunstancias no dejaron huellas significativas en drés Murillo, «El Ur-Qmjote: nueva hipótesis», Cervantes, l (1981), pp. 43-50.
Sobre el carácter independiente de la historia de Ruy Pérez de·Viedma y su
la obra, que manifiesta un pulso sostenido. La estructura acci- posterior unión al Quijote, véase Franco Meregalli, «De Los tratos de Argel a
dentada del Quijote de 1605 pone de relieve que Cervantes de- Los ba1ios de Argel», en Rizel Pincus Siegle y Gonzalo Sobejano, eds., Ho-
sarrolló y perfeccionó su libro a medida que lo reescribía: las menaje a Casalduero. Crítica y poesía, Gredos, Madrid, 1972, pp. 395-409. Lás
renuncias, los arrepentimientos y las incoherencias del texto precisiones sobre la parodia de los libros de caballerías y sus vínculos con la
permiten evocar un apasionante proceso de arquitectura nove- fecha de la obra pueden completarse con Peter E. Russell, «The Last of the
lística. La obra de 1615 se beneficia de ese aprendizaje: a partir Spanish Chivalric Romances: Don Polids11e de Boecia», en Robert B. Tate,
ed., Essays 011 Na"ative Fictio11 i11 the lberian Pe11i11sula i11 Honour of Fra11k Pier-
de la novela precedente y de los juicios de los lectores, a cuya ce, The Dolphin Book, Oxford, 1982, pp. 141-152. El principal estudio so-
opinión siempre fue sensible, Cervantes planea una ficción que bre las relaciones entre los capítulos iniciales del Quijote y el E11tremés de los
compléta -y, en cierto sentido, rectifica~ las posibilidades de su romances es el discurso de Ramón Menéndez Pidal «Un aspecto en la elabo-
· antecesora. Sólo un imprevisto, la osadía de Avellaneda, pudo ración del Quijote», pronunciado en el Ateneo de Madrid en 1920; puede
desafiar al diseño original; el ardor de ese último combate se leerse en De Cerva11tes y Lope de Vega, Espasa-Calpe, Madrid, 1940, pp. ~
60. Véase también Geoffrey Stagg, «Don Quijote and the E11tremés de los Ro-
manifiesta a las claras en el tramo final de la novela, prólogo in- mances: A Retrospective», Cervantes, XXII [2] (2002), pp. 129-150, que se-
cluido. La influencia del apócrifo sobre la Segunda parte cer- ñala I 592 como fecha más probable de composición del entremés; a
vantina promete ser, en los próximos años, el más activo foco continuación de este artículo (pp. 151-174), el propio Stagg y Daniel Eisen-
de debate sobre la composición de la obra; berg ofrecen una edición de la pieza, con identificación de los romances ci-
tados. Ténganse en cuenta asimismo Antonio Pérez Lasheras, «El Entremés
de los romances y los romances del Entremés,, en LA recepción del texto literario,
Casa de Velázquez-Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 1988, pp. 61-76;
NOTA BIBLIOGRÁFICA . Alfredo Baras, «El Entremés de los romances y la novela corta del Quijote», en
Actas del III Coloquio Intemacional de la Asociación de Cervantistas, Anthropos,
1. El trabajo más importante sobre la fecha de composición de la obra, por Barcelona, 1993, pp. 331-335. La cita de Avellaneda se ha tomado de la edi-
acopio de información y prudencia en el manejo de los datos, es el artícu- ción de Martín de Riquer, Segundo tomo del i11genioso l,idalgo don Quijote de
lo de Geoffrey Stagg «Castro del Río, ¿cuna del Quijote?», Clavile,io, XXXVI la Mancha, Espasa-Calpe, Madrid, 1972, 3 vols.
(1955), pp. 1-11. Otras monografias de interés son las de Francisco Rodrí-
guez Marín, «La cárcel en que se engendró el Quijote», en Estudios ce,vanti- 2. Los trabajos fundamentales sobre la elaboración de la Primera parte se de-
uos, Atlas, Madrid, 1947, pp. 65-77, que resume las propuestas de la crítica ben a Geoffrey Stagg: «Revision in Do11 Q11ixote Part I», en St11dies in Honour
decimonónica; ·:y Emilio Orozco Díaz, «¿Cuándo y dónde se escribió el of l. González Ilubera, ed. Frank Pierce, Oxford, 1959, pp. 347-366 (trad. es-
Quijote de 1605?», en Ce,vaures y la 1101,ela del Barroco, Universidad de Gra- pañola, «Cervantes revisa su novela», Anales de la Universidad de Chile,
nada, 1992, pp. u3-128. Luis Andrés Murillo, en 77,e Golde11 Dial. Tempo- CXXIV, 1966, pp. 5-33); «Sobre el plan primitivo del Quijote», en Actas del
mi Co11.fig11ratio11 i11 '«D011 Quijote», The Dolphin Book, Oxford, 1975, pp. I Congreso lntemadonal de Hispanistas, ed. Frank Pierce y Cyril A. Jones, Ox-
72-92, propone una cronología completa y detallada de la Primera parte, ford, 1964, pp. 463-471. Las conclusiones de Stagg han sido revisadas y am-
que divide en cinco fases de elaboración. Por último, hay breves considera- pliadas por Robert M. Flores en «Cervantes at Work: The Writing of Don
ciones en Daniel Eisenberg, A S111dy of «Do11 Quixote>>, Juan de la Cuesta, Quixote, Part h,]011mal of Hispanic Phi/ology, III (1979), pp. 135-150. Sobre
Newark, 1987, p. 35, n. 89; y Edward C. Riley, Introducció11 al «Quijote», la «tardía segmentación en partes y capítulos» en el curso de la cual Cervan-
Crítica, Barcelona, 1990, p. 41. El mejor análisis de las disquisiciones en tor- tes decidió calificar al héroe de «ingenioso» y probablemente eligió el título
LA COMPOSICIÓN DEL «QUIJOTE» CCXIX CCXX PRÓLOGO

de El inge11ioso hidalgo de la Mancl,a, véase Francisco Rico, «El título del Qui- Cervantinos, XVII (1978), P}'· 53-66, y «Reconocimiento y expiación. Don
jote», Bulleti11 of Spa11isl1 Studies, LXXXI (2004), pp. 541-551; sobre otros as- Juan, don Jerónimo, don Alvaro, don Quijote», en A. Gallego Morell, A.
pectos de la división en capítulos de la Primera parte, Raymond S. Willis, Soria y N. Marín, eds., Estudios sobre literat11ra }' arte dedicados al profesor Emi-
Jr., 17,e Pl,antom Cl,apters of tl,e «Quijote», Hispanic lnstitute in the United lio Orozco D(az, Universidad de Granada, 1979, 11, pp. 323-342 (ambos
States, Nueva York, 1953. José Manuel Martín Morán, en El «Quijote» en reimpresos en sus Estudios literarios sobre el Siglo de Oro, ed. A. de la Granja,
demes: los descuidos de Cervantes y las fases de elaborad611 textual, Dell' Orso, Tu- Universidad de Granada, 1988, pp. 231-247 y 249-271 respectivamente);
rín, 1990, ha estudiado las inconsistencias narrativas de la obra como indicio Carlos Romero Muñoz, de entre cuyos trabajos consagrados a la cuestión
de sus fases de construcción. El papel de Cide Hamete se estudia en el ar- cabe destacar, como muestra característica de su argumentación, «"Anima-
tículo de Robert M. Flores «The Role of Cide Hamete Benengefü, Bulle- les inmundos y soeces" (Quijote, 11, 58-59 y 68)», Rassegna Iberistica, LXIII
tin of Hispanic St11dies, LIX (1982), pp. 3-14. Por último, la cita de Otis H. (1998), pp. 3-24, y «Genio y figura de Teresa Panza», en Peregrinamente pe-
Green pertenece a «El ingenioso hidalgo», Hispanic Review, XXV (1957), regrinos. Actas del V Congreso Internacional de la Asociaci611 de Cervantistas, Aso-
pp. 175-193. ciación de Cervantistas, Palma de Mallorca, 2004, especialmente pp. 133-
137, donde resume las aportaciones de artículos anteriores; Luis Gómez
3. La única propuesta de conjunto sobre las fases de elaboración de la Se- Canseco, ,Cervantes contra la hinchazón literaria (y frente a Avellaneda
gunda parte se encuentra en Luis Andrés Murillo, 11,e Golde11 Dial. Tempo- 1613-1615)», en Ce,vantes en Italia. Actas del X Coloquio Internacional de la
ral Co11fig11ration in «Don Quijote», The Dolphin Book, Oxford, 1975, pp. Asociaci611 de Cervantistas, Asociación de Cervantistas, Palma de Mallorca,
102-uo, que puede completarse y compararse con las hipótesis de Daniel 2001, pp. 129-147, así como el prólogo a su edición de la continuación apó-
Eisenberg en «El rucio de Sancho y la fecha de composición de la Segunda crifa (Alonso Femández de Avellaneda, El ingenioso hidalgo don Quijote de la
parte del Quijote», Nueva Revista de Filología Hispánica, XXV (1976), pp. 94- Mancl,a, Biblioteca Nueva, Madrid, 2000); Alfonso Martín Jiménez, El
102, y, de forma más general, en A St11dy of ,,Don Quixote»,Juan de la Cues- «Quijote,> de Cervantes y el «Quijote» de Pasamonte, 11na imitaci6n recíproca,
ta, Newark, 1987, pp. 135 y 173.Joseph Sanchez, en «A Note on the Date Centro de Estudios Cervantinos, Alcalá de Henares, 2001. Las citas de la
of Composition of Don Quijote», Hispanic Review, IV (1926), pp. 375-378, continuación de Avellaneda se dan por la edición de Martín de Riquer.
ha destacado y evaluado la mención del Quijote en El caballero puntual de Sa-
las Barbadillo. Hoy debemos descartar toda interferencia del proceso de re-
dacción de las Novelas ejemplares en la elaboración de la Segunda parte del
Quijote, puesto que aquéllas parecen ser coetáneas a la Primera parte, según
sostiene, con argumentos difícilmente rebatibles, Francisco Rico, «Sobre la
cronología de las novelas de Cervantes», Mélanges Jea,, Canavaggio, en pren-
sa. El artículo de Robert M. Flores «More on the Compositors of the First
Edition of "Don Quixote", Part lb, Studies in Bibliograpl,y, XLIII (1990),
pp. 272-285, supone un intento de explicar las incoherencias narrativas del
capítulo 45 desde la bibliografía material; para una explicación atenta al
modo en que solían realizarse materialmente los añadidos e interpolaciones
en libros e impresos, véase Francisco Rico, «El original del Quijote: del bo-
rrador a la imprenta», Quimera, CLXXIII (octubre de 1998), p. 1 r. El aná-
lisis de las anomalías narrativas de la Segunda parte ha sido intentado por
José Manuel Martín Morán en El ,,Quijote,> e11 demes, pp. 199-225. Estudian
la influencia enJre Avellaneda y Cervantes, y su efecto sobre la composición
de la Segunda parte, con los distintos enfoques reseñados, Ramón Menén-
dez Pidal, «Un aspecto en la elaboración del Quijote», en De Cewantes y Lope
de Vega, cit., p. 60,, n. 6; Stephen Gilman, Cervantes y Avellaneda. Estudio de
1111a i111itaci6n, El Colegio de México, México, 1951, pp. 167-176; Martín de
Riquer, prólogo a Alonso Femández de Avellaneda, Segundo tomo del inge-
nioso l,idalgo don Q111jote de la Mancl,a, Espasa-Calpe, Madrid, 1972, I, pp.
xxxv-xxx1x, y Cewantes, Pasamonte y Avellaneda, Sirrnio, Barcelona,
1988; Nicolás Marín, «Camino y destino aragonés de don Quijote», Anales
CCXXII PRÓLOGO

bles confió esa tarea, cuando lo hiciera, a uno de los más acep-
8. HISTORIA DEL TEXTO
tables entre los pocos talleres que el traslado de la Corte había
dejado a orillas del Manzanares: la vieja imprenta de Pedro Ma-
Francisco Rico
drigal, ahora propiedad de la viuda, María Rodríguez, de Ri-
valde, cuyo yerno desde 1603, Juan de la Cuesta, actuo de re-
Las ediciones de Robles
gente entre 1599 y 1607, año en que salió huyendo de Madrid
(aunque su nombre perviviera cerca de dos decenios más en los
Por agosto de 16o4, cansado quizá de mendigar entre grand~s
productos de la casa) . .
señores y «poetas celebérrimos» sin dar con ninguno «tan necio
El original presentado por Cervantes al ConseJo Real segu-
que alabe a Don Qmjote» (o así lo contaba la mala lengua de
ramente no fue, desde luego, un · manuscrito autógrafo, sino
Lope de Vega), Miguel de Cervantes debió decidirse a c~mpo:
una copia en limpio realizada por un amanuense profesional
ner él mismo los versos burlescos que ocupan en el Ingenioso lu-
particularmente atento a la claridad de la esc~itura y la_ regula-
dalgo el lugar que en otros volúmenes de la época corresponde
ridad de las páginas. Tal era el proceder seguido en la inmensa
a una sarta de loas al autor y a la obra; y en la misma sentada
mayoría de los casos (si no se trataba de una reimpresión), tan-
hubo de escribir también la «prefación» en que ajusta las cuen-
to para hacer más cómoda la lectura a censores y tipógrafos
. tas con «la inumerabilidad y catálogo de los acostumbrados so-
como en especial para que la imprenta -donde los libros no se
netos, epigramas y elogios que al principio de los libros suelen
componían siguiendo el orden lineal del texto, porque no lo
ponerse» (1, Prólogo, 10).
permitía la escasez de tipos- pudiera calcular facilmente qué
La concentración en las piezas preliminares supone que el
partes de un manuscrito en prosa equivalían a cada una de las
resto del Qmjote estaba ya en vías de publicación. Pocos o mu-
planas discontinuas del impreso contenidas en una forma, es de-
chos meses atrás (los trámites administrativos solían ser largos),
cir, en una cara del pliego. . ·
Cervantes, pues, había presentado al Consejo de Castilla el ori-
Una vez acabado por el amanuense, ese original era común-
ginal de la novela (acaso titulada entonces El ingenioso_ hida~o. de
mente revisado por el autor, para colmar lagunas, tachar o co-
la Mancha), solicitando la licencia indispensable para impnrmr-
rregir ciertos fragmentos e incluir adiciones marginales, entre
la, y sin duda tenía apalabrada la edición con Francisco de Ro-
líneas, en banderillas o en folios intercalados o añadidos al final.
bles acreditado «librero del Rey nuestro Señor» y hombre de
Tales modificaciones, y otras menores o mayores, hasta afectar
neg~cios diversos (y de diversos grados de licitud). Como edi-
a la misma estructura de la obra (redistribuyéndola, por ejem-
tor, Robles no mostró nunca demasiado interés por la literatu-
plo, en libros y capítulos), se introducían a veces mediante sig-
ra, pero el éxito del Guzmán de A!farad,~ le tuv? que ~acer ver
nos de llamada o indicaciones expresas que remitían ·de unos
las posibilidades comerciales de la narrativa de aire ~e~lista, y e?
lugares del manuscrito a otros, con el consiguiente peligro de
1603 las tanteó con buen pie sacando a la luz el ViaJe entretem-
confusiones por parte de los cajistas. Es lícito conjeturar que al-
do de Agustín de Rojas; de suerte que no vaciló en apo_star
gunas de las anomalías más ostensibles en el Quijote (omisiones'.
fuerte por el Quijote e invertir en él un mínimo de entre siete
rupturas de la continuidad, epígrafes erróneos? etc.), tanto_ s1
y ocho mil reales.
son culpa del novelista como si se deben a los impresores, tie-
Mientras el papel se llevó casi la mitad del presupuesto (y al
nen su origen en semejante modo de trabajar.
autor le tocaría alrededor de un quinto), sólo la cuarta parte del
Sería, pues, un original con no pocas variaciones respecto al
total, aproximadamente, estaba destinada a pagar, a siete reales
autógrafo el que llegara al Consejo y, desde ahí, a los censores
y medio por resma, la composición e impresión del libro. Ro-
encargados de aprobarlo, para que a su vez el escribano Juan
Gallo de Andrada lo rubricara página por página y el secretario
CCXXI
HISTORIA DEL TEXTO CCXXIII CCXXIV PRÓLOGO

Juan de Amézqueta despachara el oportuno privilegio real a 26 de oír misa), en la confección de los ochenta pliegos del texto
de septiembre de I 604. Hay indicios para sospechar que la no- y el índice, con una cadencia de pliego y medio diario, a for-
vela no escapó de la censura enteramente indemne: así, la in- ma (cuatro planas) por barba de cajista. Tal ritmo era superior
congruencia del momento en que se precisa que don Quijote al normal, si, como hay que pensar, la tirada fijada por Robles
«queda descomulgado por haber puesto las manos violenta- no fue de un millar, sino de mil quinientos o mil setecientos
mente en cosa sagrada» (1, 19, 225) tal vez responda a la con- cincuenta ejemplares, y es probable que en ocasiones obligara
veniencia de salvar desmañadamente el expurgo o la objeción a emplear dos prensas, como más regularmente se venía ha-
de un espíritu escrupuloso. Pero no podemos saber si Cervan- ciendo desde julio con el tomazo de Blosio. Todo el volumen
tes, como a menudo se hacía, insertó todavía cambios en el ori- se elaboró por formas, contando el original, vale decir, deslindando
ginal rubricado. previamente en el manuscrito las porciones que iban a corres-
En cualquier caso, la imprenta hubo de ponerse inmediata- ponder a las cuatro páginas no seguidas que se repartían en cada
mente a la labor. En efecto, el conjunto del Ingenioso hidalgo es una de las caras de los pliegos impresos (por ejemplo, la cara ex-
un volumen de seiscientas sesenta y cuatro páginas, en ochen- terior del pliego exterior del cuaderno A comprende los folios
ta y tres pliegos en cuarto (conjugados, salvo el primero y los 1, 2v, 7 y 8v), de manera que varios componedores pudieran
dos últimos, en cuadernos de dos pliegos); pero los ochenta que trabajar al mismo tiempo, ya fuera coordinándose en las dos
constituyen el grueso del libro, del comienzo del relato al «Fin formas de un pliego, ya en los dos pliegos de un cuaderno o en
· de la tabla» (aparte, pues, los preliminares), se compusieron y diversas secciones de la obra.
tiraron en los dos meses justos que median entre el 26 de sep- Acabados los ochenta pliegos en cuestión, Francisco Murcia
tiembre y el primero de diciembre de 1604. No nos las habe- de la Llana, a quien competía verificar que concordaban con el
mos, ciertamente, con ninguna obra maestra de la tipografía: original rubricado, firmó el primero de diciembre la oportuna
todo ahí, desde el papel del Monasterio del Paular hasta la letra certificación («Testimonio de las erratas», 4), que los tipógrafos
del texto (una atanasia: a grandes rasgos, una redonda de la pro- añadieron en seguida a los preliminares (Privilegio, Prólogo,
le de Garamond, del cuerpo catorce), se mantiene en el nivel etc.) que ya tenían compuestos en dos cuadernos (con las sig-
medio de la imprenta española de la época, un nivel que sólo naturas ! y"). Sin embargo, como la «Tasa» (3) imprescindi-
cabe calificar de bajo. No obstante, ningún juicio al respecto ble para que el libro pudiera circular tenía que expedirse en la
debe descuidar que el Quijote se hizo en un lapso excepcional- Corte, Cuesta, siguiendo las instrucciones de Robles, dejó en
mente breve. blanco el folio 2 recto del pliego de la portada (donde, con as-
El taller de Cuesta se nutría entonces de una veintena de tucia siempre corriente en el gremio, figuraba como año el de
operarios (la proporción solía ser de unos cinco por prensa), 16o5, no el de 1604 que en rigor debiera). Las hojas con ese es-
que simultanearon el Ingenioso hidalgo con un gordísimo infolio tadio incompleto de los cuadernos ! y ", y las hojas con los
de Ludovico Blosio, «luz de la vida espiritual» (Cervantes, al otros ochenta pliegos, ambas en la cantidad que el editor dis-
parecer, scripsit) y uno de los best-sellers del período. El primer pusiera, salieron al punto para Valladolid; y, una vez en pose-
paso correspóndía al corrector, quien, según la usanza, revisa- sión de la «Tasa», fechada a 20 de diciembre, Robles encargó al
ría el original para señalar en un cierto número de páginas los taller que allí había abierto Luis Sánchez que la compusiera e
criterios de regularización ortográfica y de puntuación a que en insertara en el folio !2 recto, agenciándose así, para la venta y
principio debían atenerse los componedores. No menos de tres los compromisos protocolarios, tantos ejemplares provisionales
de ellos, verosímilmente reemplazados o reforzados a ratos por cuantos juegos de dichas hojas hubiese ordenado preparar. La
otros colegas o aprendices, se afanaron después, a lo largo de mayor parte de la tirada, la que se había quedado en Madrid
octubre y noviembre (quizá incluso en las fiestas, a condición con el folio ! 2 recto en blanco, hubo de ultimarla Cuesta a no
HISTORIA DEL TEXTO CCXXV CCXXVI PRÓLOGO

tardar. Por ende, el Quijote debió de leerse en Valladolid para puesta por partida doble, puesto que la «Tabla>> se compiló di-
la Nochebuena de 1604, mientras los madrileños posiblemente rectamente sobre aquél, y no sobre las capillas impresas- nos
no le hincaron el diente hasta Reyes de 1605. revelan que ya en el primero de ellos se omitió uno de los dos
Nunca sabremos con exactitud en qué medida afectaron al adjetivos aplicados al protagonista («famoso y valiente>>), mien-
texto cervantino el modo de producción del volumen y las cir- tras en otros caterva se trivializaba en turba, discreción se mudaba
cunstancias que lo condicionaron. Algunos percances del pro- en discordia, etc., etc.
ceso no tuvieron mayores consecuencias, o aun las tuvieron A corto plazo, en las semanas inmediatas a su aparición, el
positivas: por ejemplo, que las siete formas de los cuadernos A éxito del Quijote fue grande. El 26 de febrero de 1605, Jorge
y B en que se inicia el relato tuvieran que componerse dos ve- Rodríguez había obtenido «lisen~a do Santo Officio» para pu-
ces -porque Cuesta se había quedado por debajo de la tirada blicar la novela en Lisboa; el 27 de marro, Pedro Crasbeeck te-
encargada por Robles- nos brinda un par de valiosas correc- nía en marcha allí mismo otra impresión, y en octavo, para
ciones aportadas por los mismos cajistas del primer estado. venderla más barata. Francisco de Robles no era menos avispa-
Otros, en cambio, han dejado huellas tan manifiestas como la- do que los portugueses y no tardaría en poner manos a la obra
mentables: las prisas por acabar el pliego ! , atestiguadas por la en una segunda edición. La premura con que se acometió la ta-
misma existencia de una «Tasa1> vallisoletana, sin duda motiva- rea fue tanta, que para ganar apenas quince días los cuadernos
ron que la dedicatoria escrita por Cervantes no estuviera a Mm-Qq se confeccionaron en la Imprenta Real, y no, como
mano y fuera sustituida por otra apócrifa urdida con retazos de el resto del volumen, en casa de Juan de la Cuesta. La tirada fue
Fernando de Herrera. Pero en muchas ocasiones no podemos de mil ochocientos ejemplares, y el libro pudo estar en la calle
estimar el alcance de los incidentes tipográficos. Así, más de no ya en abril, sino incluso en marzo. En la portada se asegu-
cuarenta páginas, sobre todo en la segunda mitad, tienen un raba contar «Con privilegio» para <<Aragón y Portugal>>, pero no
número de líneas superior o inferior al normal, como resulta- nos consta que Cervantes lo pidiera (quizá todavía en 1604)
do de los ajustes que los componedores se vieron obligados a más que para Portugal y Valencia; y, tras concedérsele, sería
hacer para que determinadas partes del original entraran en los muy raro que se lo hubiera cedido a Robles, como acabó ha-
lugares previstos del impreso; y cuando se presentaban proble- ciendo, sin una adecuada compensación.
mas de esa índole, comunísimos, los cajistas a menudo salían Pese a la urgencia con que se estampó, el Quijote de veras de
del paso mediante pequeños cortes o adiciones (pequeños, o no 1605 (la prínceps pertenece en realidad al año anterior, y a ratos
tanto: hasta diez renglones se añadieron en una plana de la ter- nos será cómodo identificarla con la mención de ese año) no es
cera edición de Cuesta). una mera reimpresión, sino, diríamos hoy, una edición corregida
Sin embargo, la más grave lacra de la prínceps es la formidable y aumentada. Cuando se coteja con los de Lisboa o, en general,
cantidad de erratas. Desde la portada (que en bastantes ejem- se atiende al modo de proceder en la inmensa mayoría de los
plares trae Burgíllos por Burguillos) hasta la última palabra del otros que vieron la luz en el siglo xv11, el madrileño se revela
texto (p{ectio por plectro), no hay especie de gazapo que no ten- diáfanamente como fruto de un deliberado trabajo de revisión,
ga su asiento en el Ingenioso hidalgo de 1604. Las erratas de en- enderezado a salvar descuidos e incoherencias que en Lisboa
mienda tan indudable como las recién citadas se extienden a pasan inadvertidos o a introducir enmiendas del todo extrañas
varios cientos, mientras en las Novelas ejemplares y en el Persiles, a las costumbres y capacidades de los cajistas de antaño.
de similar· extensión, rondan sólo el centenar. Fácil es, pues, Podemos estar seguros de que las dos variaciones más rele-
imaginar cuántos deslices más insidiosos, por menos patentes, vantes respecto al texto de 1604 se deben al propio Cervantes
no se habrán producido en multitud de pasajes: los epígrafes de y fueron incorporadas por él mismo a un ejemplar de la prínceps
los capítulos -única parte del original que fue leída y com- (o a los pliegos correspondientes de un ejemplar de la prínceps:
HISTORIA DEL TEXTO CCXXVIII PRÓLOGO
CCXXVl1

recuérdese que en la época los libros circulaban sin encuader- terpolación sobre el asno en un capítulo (I, 23) en qüe nada
nar). En efecto, las dos largas interpolaciones (entre ambas, cer- arreglaba. No hay que pensar en cosa semejante a la escrupu-
ca de ochenta líneas) que intentan remediar las sorprendentes losa lectura de pruebas de un Galdós o un Camilo José Cela,
desapariciones y reapariciones del asno de Sancho Panza (véan- sino en un picoteo aquí y allá, echando un vistazo a un episo-
se I, 23, n. 18, y 30, n. 68) se muestran sistemáticamente acor- dio, deteniéndose un poco en tal o cual página, saltándose las
des, hasta en aspectos mínimos, con los usos lingüísticos y esti- más ... En esa rápida trave~ía por el texto, pudo enmendar mu-'
lísticos cervantinos, y llegan a coincidir con rasgos que nadie cho o poco, mejor o peor, pero es sumamente improbable que
podía identificar, porque no ocurren en ningún otro momen- se contentara con intercalar los dos pasajes en torno al robo del
to de la Primera parte y únicamente vuelven a encontrarse, diez jumento. Lo prudente está en suponer que no son del escritor
años después, en la Segunda. Por otro lado, el anacoluto y las variantes que se explican por los mecanismos familiares a
la frase que enlazan el inserto sobre la pérdida del rucio con la la crítica textual y obedecen a la fenomenología habitual de la
versión de 1604 («el cual, como entró por aquellas montañas, transcripción. Ni siquiera esas, sin embargo, son acreedoras de
se le alegró el corazón ... ») son tan característicos de nuestro es- un estatuto particular: tomadas una por una, en pura teoría, to-
critor y, por su insignificancia, habían de resultar tan imper- das las correcciones significativas de 1605 tienen la misma pro-
ceptibles, que sólo a aquél cabe atribuirlos. Cervantes, por tan- babilidad de deberse a Cervantes, sean llamativas o discretas,
to, no se limitó a redactar las dos interpolaciones y encargar que buenas o malas (porque, ante una copia o una impresión, los
otro las zurciera donde mejor cuadraran, sino que, con la prín- autores también caen en la lectio facilior y otras emboscadas).
ceps ante los ojos, marcó <<por sus pulgares» el lugar preciso en Personalmente, opinamos que no pasan de una veintena las que
que le pareció (erróneamente) que convenían y modificó ahí el reúnen las condiciones necesarias para considerarlas cervanti-
texto primitivo para casarlo con el nuevo. nas. Pero el hecho es que ante pocas nos cabe aseverar que lo
La certeza de esa intervención -culpable de que una tercera son o no lo son.
parte del libro no pudiera reproducir la prínceps a plana y ren- La segunda edición debió de venderse bien, aunque no es-
glón, con el lógico aumento de costes- concede al volumen de pectacularmente (no, en especial, como el Guzmán de A!fara-
1605 un valor que en los últimos tiempos no ha solido reco- che, la meta soñada), y a finales de 1607 no quedaban ejempla-
nocérsele. Es inconcebible que con un libro flamante en las res en la tienda de Robles. No es de creer que le hicieran gran
manos, a largos años de La Galatea, y forzado a retocarlo en competencia las dos impresiones de Lisboa Qa de Jorge Rodrí-
ciertos aspectos, Cervantes no lo hojeara de punta a cabo y, sa- guez aún no se había agotado en 1616) ni la valenciana de 1605,
biendo que tenía que entregarlo a la imprenta, no aprovechara destinadas a otros mercados Qa cuidadísima de Bruselas salió
para subsanar algunas erratas que le llamaran la atención y ha- cuando mediaba 1607). Sencillamente, el Quijote había dejado
cer los pequeños cambios a que siempre invita el repaso de una de ser la novedad de gran moda, y hasta entrado 1608 no se sin-
obra recién publicada. Entre las variantes de 1605, hay algunas tió la necesidad de una tercera edición, ahora sintomáticamen-
inconfundiblemente cervantinas (véase sólo I, 26, 319, n. 12), te más apretada de letra, para emplear menos papel y ofrecerla
pero, supüesto que el autor hubo de bregar con un ejemplar del a mejor precio.
Quijote de 1604, todas pueden legítimamente ser reputadas por Estampada «por Juan de la Cuesta» (pero nos hallamos ya sólo
tales. • . . ante una marca comercial: el individuo de carne y hueso lleva-
Desde luego, es evidente que Cervantes no releyó la novela ba meses huido de la Villa y Corte), y de nuevo al tiempo que
linea por linea, corrigiéndola metódicamente, porque de ha- el mamotreto de Blosio, la edición de 1608, con fe de erratas
berlo hecho, por distraído que fuese (y lo era bastante), no se de junio, se atiene esencialmente a la segunda, pero, como ella,
hubiera equivocado como se equivocó al situar la primera in- si con menos fundamento, no quiere confinarse a una simple
HISTORIA DEL TEXTO CCXXIX CCXXX PRÓLOGO

reimpresión. En efecto, el texto muestra a veces haber sido re- po y lugar de la edición inclinan a sospechar que sí se produjo
visado por un corrector que reparó algunas de las inconse- de manera esporádica. Los indicios del texto no desmienten las
cuencias (a cuenta del asno) que las otras imprentas españolas razonables inferencias del contexto. Pero, tampoco ahora, ni
del Seiscientos mantuvieron luego tranquilamente y obvió con unos ni otras tienen fuerza para imponer una solución en los
destreza ciertos errores de enmienda impensable por parte de casos de duda.
un honrado cajista. Desde antiguo se ha preguntado si el tal co- Poco o mucho espoleado por la continuación del Quijote que
rrector no sería el propio Cervantes. firmaba el apócrifo <cAlonso Fernández de Avellaneda», Cer-
Las respuestas al propósito van desde la afirmación tan deci- vantes acabaría la suya en los últimos meses de 1614, aproxi-
dida cuanto mal razonada de Juan Antonio Pellicer (1797-1798) madamente por los días en que caducaba (o pedía ser renova-
hasta la negativa implícita de quien como R.M. Flores (1980) do) el privilegio del Ingenioso hidalgo, y no la vería toda de
pretende que el novelista ni siquiera se enteró de que existían molde hasta el otoño de 1615. El frontispicio y la aprobación
la segunda y tercera edición madrileñas. Ocurre, no obstante, del licenciado Márquez Torres la llaman Segunda parte del inge-
que varios de los añadidos que Pellicer juzga «mejoras» de Cer- nioso caballero don Quijote de la Mancha, pero estamos lejos de
vantes son inequívocos postizos introducidos en la imprenta poder jurar que el autor no la hubiera bautizado simplemente
para rellenar una página que estaba quedando corta. Por otra Segunda parte de don Quijote de la Mancha. Y en tanto las Nove-
parte, no sólo es necesario pensar que el autor tuvo noticia de las ejemplares (1613) anuncian desde la portada el privilegio para
las ediciones de 1605 y 1608 (que probablemente le reportaron «los reinos de la Corona de Aragón» (que al parecer se hizo es-
incluso algunos dineros), sino que todo incita a presumir que perar), la Segunda parte no lo trae sino para Castilla.
asistió de cerca a la elaboración de la última. Si el primer Quijote se fabricó en un plazo brevísimo, con el
En 1608 Cervantes vive en el barrio de Atocha, a cuatro pa- segundo da la impresión de que nadie tuvo prisas, pero los re-
sos del taller donde se -imprime el Quijote y a otros tantos del sultados no fueron mejores. Otorgado el privilegio a 30 de
establecimiento de Robles (y cuando se traslade será para arri- marzo, la impresión (nominalmente, siempre «por Juan de la
mársele todavía más). Sabíamos que con el librero tiene enton- Cuesta») tardaría en comenzarse o se arrastraría perezosa entre
ces tratos económicos (a finales del año anterior resulta adeu- otros quehaceres, porque el cuerpo del libro no se terminó
darle cuatrocientos cincuenta reales), y recientemente hemos hasta el 21 de octubre. Fuera cual fuera la tirada, que ignora-
averiguado también que entre 1607 y 16n colabora con él en mos pero conviene poner en la cota alta, seis meses largos para
tareas editoriales, como mínimo escribiendo, para que Robles un tomo en cuarto de quinientas sesenta y ocho páginas (se-
las firme, un par de hermosas dedicatorias. tenta y un pliegos, completados en noviembre con los dos
Con ese trasfondo, no es sostenible la hipótesis de que no del cuaderno preliminar) quieren decir que la publicación no
supo lo que se guisaba en sus mismísimas narices. Por el con- urgía.
trario, hay que dar por supuesto que estaría puntualmente in- La parsimonia de 1615 no dio, insisto, resultados más felices
formado de la marcha del proyecto y visitaría la imprenta con que las prisas de diez años atrás. Materialmente, la Segunda par-
alguna asiduidad, viendo, con más interés aun que don Quijo- te tenía que hacer juego no con la prínceps de 1604, sino con la
te en Barcelona, <ctirar en una parte, corregir en otra, compo- tercera edición del Ingenioso hidalgo, aún sin agotar en las libre-
ner en ésta, enmendar en aquélla» (11, 62, 1248), y, como mu- rías, y efectivamente lo hace en varios particulares (como los
chos autores hacían, aclarando dudas ocasionales y echando una treinta y cuatro renglones por plana), si acaso afeándola con ti-
mano cuando se terciara en la corrección de probas. Que la par- pos y papel más ruines. En otros aspectos, el paso del original
ticipación de Cervantes no fue regular parece asegurarlo el des- por el taller debió repetir la misma rutina de las ediciones an-
acierto de muchas lecturas, mientras el tino de otras y el tiem- teriores (revisión por el corrector, composición por formas,
HISTORIA DEL TEXTO CCXXXI CCXXXII PRÓLOGO

etcétera), y no hay motivos para estimar que sobrevinieran pro-


blemas como los que dieron un carácter tan anómalo al pliego Difusión temprana: 1605-1617
, de 1604, con su falsa dedicatoria y la ausencia de aprobacio-
nes. Los incidentes fueron ahora los normales: hubo que reha- A corto plazo, como observábamos, el Quijote tuvo un éxito
cer tres pliegos (de los cuadernos A, G y Q) y no pasan de considerable, y las reimpresiones se sucedieron a escasa distan-
treinta las páginas con más o menos líneas de las debidas y don- cia unas de otras. Sorprende un poco, no obstante, que las dos
de por ende son especialmente de temer podas o agregados de primeras se hicieran en Lisboa (por Jorge Rodríguez y Pedro
los tipógrafos. .· . Crasbeeck, respectivamente), con licencias datadas a 26 de
Tanto más de temer, cierto, cuanto los de 1615 dan ábun- febrero y a 27 de marzo, y la siguiente, ya posterior al texto re-
dantes muestras de torpeza. No es facil que la Segunda parte visado de 1605, en Valencia (a costa de Jusepe Ferrer, por Pa-
contuviera la notable cantidad de innovaciones y cambios de tricio Mey), con aprobación de 18 de julio: es decir, precisa-
última hora que Cervantes parece haber realizado en 1604 (fue- mente en los lugares para los que Cervantes tenía desde el 9 de
ra en el autógrafo, en una copia de amanuense o en ambos), de febrero sendos privilegios que verosímilmente habría pedido
modo que en la imprenta manejarían un original bastante más antes de que saliera la prínceps.
limpio. (Incluso un error tan manifiesto como la colocación de Sea como fuere, las ediciones lisboetas, que coinciden en la
una conseja en lugar distinto del que le correspondía (véase 11, omisión de la dedicatoria (en tanto Crasbeeck suprime además
· 45, 1085 y n. 24) tiene menos posibilidades de ser culpa de la dos de los sonetos preliminares), son marcadamente desaliñadas
imprenta que del autor, que redactaría la adición luego e inde- y, junto a unas cuantas enmiendas certeras, arrastran de 1604 y
pendientemente del resto del capítulo, para intercalarla en ho- agregan por su cuenta multitud de erratas. En ambas, el censor,
jas sueltas o añadirla al final del manuscrito, y no haría en el Antonio Freyre, hizo sustituir por «clérigos>> un inocente «en-
texto primitivo todos los ajustes necesarios.) Sin embargo, la sabanados» (1, 52, 641), tachó el equívoco «falsos» que califica-
proliferación de erratas obvias es todavía mayor que en el Inge- ba a los «milagros>> de las malas comedias (I, 48, 606) y canceló
nioso hidalgo, hasta duplicarlas en número. el diálogo en que don Quijote y Vivaldo ponderan el rigor y
Según veíamos, es probable que en 1608, de tertulia entre la la necesidad de la caballería codo a codo con el estado de los
librería de Robles y el taller de la viuda de Madrigal, no le fal- religiosos (1, 13, 151). Pero ni aun así se satisfizo la cicatería de
taran a Cervantes las oportunidades ni las ganas de echar un vis- la Inquisición portuguesa, cuyo Índice de 1624 expurgó toda-
tazo, para bien, a las pruebas del Quijote de aquel año. En 1615, vía media docena de pasajes que se le antojaron demasiado pi-
le quedaban pocos meses de vida; la imprenta, desplazada a la cantes o irreverentes.
calle de San Eugenio, no era ya el lugar que le resultaría fami- La impresión de Mey se hizo, según apuntábamos, después
liar; y las relaciones con Robles tampoco serían excelentes, de la segunda edición madrileña y, naturalmente, reproduce la
cuando las Ocho comedias las editó, por los mismos días de nues- versión que ella ofrece y que a su vez es el origen, con míni-
tra Segunda .parte, Juan de Villarroel. Tal vez nunca sepamos si mas excepciones, de toda la tradición subsiguiente, hasta el si-
alguna o algunas de esas circunstancias se dejan relacionar con glo XIX. Ese papel central del Quijote de 1605, frente a la este-
el penoso desaliño del Ingenioso caballero. rilidad textual del de 1604, ha querido relacionarse con el
supuesto hecho «de haber en seguida desaparecido los pocos
ejemplares que de la edición príncipe se tiraron» (Leopoldo
Rius) y que, a creer a Rodríguez Marín, se enviaron a las In-
dias casi por entero (sólo de febrero a abril, consta que se em-
barcó cerca de un centenar). No cabe admitir la sugerencia. La
HISTORIA DEL TEXTO CCXXXIII CCXXXIV PRÓLOGO

tirada de la princeps hubo de ser elevada, pero, en cualquier lías a propósito del jumento advertidas en Bruselas y no en Ma-
caso, es fenómeno bibliográfico consabido que la gran difusión drid. Cosa distinta es que cuando una y otra coinciden en una
de un libro no supone la conservación de mayor número de lectura hayamos de tener por máxima la posibilidad de acierto.
ejemplares, sino más bien al revés: el suntuoso Quijote de 1738 Antes de que viera la luz la Segunda parte, a las tres edicio-
puede verse en multitud de buenas bibliotecas, que sólo por nes de Robles, dos de Lisboa, una de Valencia, con su secuela
maravilla tienen completo uno de los paperbacks de Manuel de Milán, y a la flamenca recién mentada hay que sumar úni-
Martín. Por otra parte, la estampa valenciana, como cuantas vi- camente otra de Velpius y Huberto Antonio en 1611: porque
nieron después de las portuguesas, se gestó cuando ya circula- con ella o con la de 1607 parece confundir Sansón Carrasco la
ba la segunda edición de Robles, que claramente, y sobre todo que dice haber oído que estaba en marcha <<en Amberes», y no
para quien en aquellas fechas pensara en publicar otro Ingenioso hay rastro (sino negativo) de la que el bachiller adjudica a <<Bar-
hidalgo, se revelaba como corregida y aumentada. Harto más lim- celona» (11, 3, 706.). Nueve ediciones en diez años constituyen
pia que las lisboetas, la impresión de Mey se muestra sin em- un expediente honroso, y más cuando se incrementa con sen-
bargo poco ducha en contar el original y no tiene reparo en com- das traducciones al inglés y al francés, pero no extraordinario:
pletar bastantes planas que se quedaban cortas añadiendo las notablemente por debajo del Guzmán de A!farache o de las Gue-
palabras o frases que convengan para lograrlo. Tales aditamen- rras civiles de Granada, inferior al de las Novelas ejemplares y a par
tos, sobre dar ejemplos arquetípicos del recurso en cuestión, con LA Arcadia o el Persiles. Los datos esbozan una trayectoria
· permiten identificar inmediatamente las reediciones que deri- familiar al historiador: el libro de gran resonancia en un primer
van de ella, desde la milanesa de 1610, de Locarni y Bidello. momento, con un rápido cortejo de reimpresiones más baratas
Fuera de Madrid, la gema de los Quijotes tempranos es sin (salvo las madrileñas y la de Jorge Rodríguez, todas las citadas
duda ,el salido de las prensas de Roger Velpius «en Bruselas... , son en octavo), pero cuyas ventas decaen a no mucho tardar,
en l'Aguila de Oro, cerca de Palacio, año 1607». La pulcritud en parte no pequeña porque se considera básicamente como
de la tipografía y del papel, largamente por encima de los usos obra «de entretenimiento>>, que no invita a ser conservada, an-
españoles, va unida a un esmero verdaderam~nte excepcional, tes bien tiende a pasar de amigo en amigo y entra con facilidad
sin paralelo hasta 1738, en la preparación del texto. El correc- en los boyantes mercados de segunda mano y de alquiler.
tor lo leyó con cien ojos, procurando remediar las que se le En tales circunstancias, la publicación del Ingenioso caballero en
ofrecían como imperfecciones, y, así, enderezando felizmente 1615 supuso y sobre todo quiso suponer un relanzamiento del
numerosos tuertos y no dejando pasar tampoco deslices como Ingenioso hidalgo. No es imposible que Robles estampara la edi-
los epígrafes erróneos de los capítulos 35 y 36 o las referencias ción de 1608 en cuarto (aunque más apretado), y no en octa-
indebidas al asno de Sancho que sobrevivían aún en la versión vo, para que en su día formara pareja con la Segunda parte (que
de 1605. Claro está que una edición crítica no puede seguir to- quizá no esperaría con tanto retraso) . Como fuera, al mandar
das sus enmiendas (algunas, admirables), ni menos las sustitu- imprimir ésta en Valencia (por Patricio Mey), a principios de
ciones que iQtroduce para obviar los descuidos del autor; pero 1616, el librero Roque Sonzonio devolvió también a las pren-
la vivísima sensibilidad lingüística y literaria del corrector obli- sas, parece, el Ingenioso hidalgo, siguiendo el texto asimismo va-
ga a tomarlas siempre en consideración, cuando menos como lenciano de 1605; pero, como la dependencia de ese original
señal cierta de problema. Tan diáfana es la calidad del texto de llegó hasta el extremo de conservar íntegra la portada, perdió la
Bruselas, en efecto, que de tiempo atrás se ha sospechado que distinción de haber sido el primero en editar un juego del Qui-
lo tuvo en cuenta la edición revisada de 1608. Pero la hipóte- jote completo. Tal honor lo alcanzó más bien Huberto Anto-
sis debe descartarse, porque ni tal proceder sería explicable ni nio, si un poco al sesgo: publicando en Bruselas el Ingenioso
lo toleran las divergencias entre ambas, en especial las anoma- caballero en 1616 y el Ingenioso hidalgo en 1617, con ligeras di-
CCXXXVI PRÓLOGO
HISTORIA DEL TEXTO CCXXXV

ferencias tipográficas, pero seriando los dos volúmenes merced


a la anteposición de un Primera parte de... al título primitivo. En Éxito popular y degradadón textual
Lisboa, Jorge Rodríguez imprimió en 1617 el Ingenioso caballe-
ro en cuarto, a todas luces para aprovechar los ejemplares so- La laguna de ediciones entre 1625 y 1635 puede achacarse en
brantes del Ingenioso hidalgo que había hecho doce años antes, parte a que en tal período, grosso modo, en el Reino de Castilla
pero cambiándoles medio pliego del principio y, pese a man- no se concedieron licencias para imprimir novelas (ni come-
tener la fecha de 1605, repitiendo en la portada el grabado de dias). En parte, decimos, porque fuera de Castilla nadie se in-
su flamante Segunda parte. En 1617, en fin, tres libreros de Bar- teresó por publicar la nuestra, pero también porque publicarla
celona (Miguel Gracián, Juan Simón y Rafael Vives) se aso- fue uno de los primeros proyectos que se acometieron al nor-
ciaron para que Bautista Sorita y Sebastián Matevad les im- malizarse la situación: la obra, pues, venía echándose de menos.
primieran, respectivamente, la Primera y la Segunda parte, <<en El privilegio otorgado al autor en 1615 había caducado justa-
emisiones distintas, una para cada editor» (Jaime Moll), y ate- mente en marzo de 1625. En octubre de 1634, apenas levanta-
nidas a las recientes tiradas de Valencia, salvo en un detalle sig- da la suspensión de licencias, obtuvo una para editar el Quijote
nificativo: el Ingenioso hidalgo conserva ese rótulo y la cuatri- un cierto «Pedro Cuello» que debió de cedérsela al librero Do-
partición de 1605, pero en los titulillos de todo el tomo se lee mingo González y al impresor Francisco Martínez, pues fueron
sólo Primera parte de ... ellos quienes la utilizaron para los dos en cuarto en cuyas por-
Los textos de 1616 y 1617, siempre en octavo, con la excep- tadas, con poca congruencia, se leía Primera y segunda parte del
ción portuguesa, contienen las inevitables erratas o distorsiones ingenioso hidalgo ... y Segunda parte del ingenioso caballero ... , con las
y el puñado de enmiendas oportunas que igualmente cabe es- fechas, respectivamente, de 1637 y 1636.
perar de unos contemporáneos del autor. El valenciano, cuya La nueva edición madrileña se basa en la revisión de 1605
Segunda parte es sin duda la más atildada, fue también expur- (omitiendo dedicatoria y versos preliminares) y en la prínceps
gado con más celo, y la censura se llevó por delante un co- de 1615, pulidas con un buen número de correcciones esti-
mentario de la duquesa sobre «las obras de caridad» (11, 36, mables (que, si resultara no ser el librero Pedro Coello, nos
1016); la supresión, comunicada internamente dentro del San- sentiríamos tentados de atribuir al <<Pedro Cuello» a cuyo
to ,Oficio o divulgada en algún perecedero edicto suelto, llegó nombre, debida o indebidamente, se publicó en 1634 una dra-
al Indice del cardenal Zapata (Sevilla, 1632) y pervivió en Es- matización de El celoso extremeño). Tipográficamente pobre,
paña (y en muchas ediciones extranjeras) hasta 1839. ocupa sin embargo un puesto central en la tradición del Qui-
Las ventas del Ingenioso caballero fueron modestas: en 1623, jote, que con ella retorna al mercado, ya no como novedad re-
Robles todavía almacenaba casi cuatrocientos ejemplares (jun- lativamente efimera, sino como libro de fondo, reimpreso con
to a unos ciento cincuenta del Ingenioso hidalgo de 1608), y es frecuencia en la Corte (o con falso pie de la Corte) durante
elocuente la ausencia durante dos decenios de otras ediciones treinta años (1647, 1655, 1662, 1668), siempre en dos tomos
que las menc::ionadas. Podemos imaginar que Cervantes com- en cuarto. Pero la aludida centralidad le viene también de que
petía consigo mismo, porque 1617, en especial, fue un annus a ella se remonta además el texto bruselense de 1662, cabeza
mirabilis en su bibliografía póstuma, con siete impresiones del de la fecunda rama flamenca de las impresiones ilustradas
Persiles y tres de 'las Novelas ejemplares. Pero esos otros dos libros (<<Bruselas» [ •Lyon], 1671; Amberes, 1673-1672, 1697, 1719;
se defendieron ·luego con una fortaleza que el Quijote eviden- Lyon, 1736), todas en dos octavos, que, amén de conservar
temente no tenía por entonces. . muy vivo en el resto de Europa el original cervantino, llega-
ron incluso a determinar en aspectos capitales las ediciones es-
pañolas.
HISTORIA DEL TEXTO CCXXXVII CCXXXVIII PRÓLOGO

En efecto, por cuanto al texto se refiere, los dos elegantes vo- inconcebible sin las estampas que captan a los lectores menos
lúmenes que Juan Monmarte publicó en Bruselas en 1662 se- refinados y les proporcionan unas pautas de comprensión.
guían sustancialmente a los madrileños de 1637-1636; pero, por Esa es aún la vía más transitada en la segunda mitad del Se-
primera vez en una tirada en castellano, la presentación se en- tecientos. En 1744, P. Gosse y A. Moetjens publican en El
galanaba «con diferentes estampas muy donosas» (ocho en cada Haya cuatro deliciosos tomitos, en que, si el texto procede del
parte, amén de sendos frontispicios), la mayoría copiadas por el gran Quijote londinense de 1738 (y, como él, va precedido de
grabador Bouttats de las insertas en la traducción holandesa la Vida de Cervantes por Mayans), los pulquérrimos grabados se
aparecida en 1657: «para que no sólo los oídos, sino también los inspiran en los cartones de Carlos Antonio Coypel para los ta-
ojos», declaraba Monmarte, «tengan la recreación de un buen pices de Compiegne. De ahí viene el segundo gran giro que la
rato y entretenido pasatiempo». Desde entonces (salvo algún tipografía flamenca provoca en la trayectoria del Quijote (aun-
caso de rezago, datado en 1668-1662), el Quijote no volvió a ser que no faltaban traducciones ilustradas y repartidas en cuatro
el mismo tampoco en su patria. octavos), pues de ahí, obviamente, y de los «muchos sujetos
En Madrid, María Armenteros, viuda de Juan Antonio Bo- apasionados» de la novela («no hay persona de mediano gusto
net, publicó en 1674 una edición a su vez «con treinta y cua- que esté sin ella») le llega aJuanJolís la idea de divulgarla tam-
tro láminas muy donosas», cortadas por Diego de Obregón, y bién en otros tantos volúmenes similares (Barcelona, 1755),
una tercera parte de las cuales no era simple trasunto de las bru- «pues con esto se logra el poderse traer consigo en el paseo o
.selenses. Si después de tal experiencia el Quijote no vuelve a sa- en el campo, en donde puede entretenerse el curioso». Claro
lir en Madrid hasta 1706, quizá no fue porque la imitación pa- que los tipos, aunque legibles, no son ahora los limpísimos de
reciera mal, ni por la penosa circunstancia de epidemias, crisis El Haya (ni siquiera del remedo de Amsterdam y Lipsia), ni las
monetaria y declive en muchos otros aspectos, sino porque los estampas son los exquisitos cobres tomados de Coypel, sino
libreros de Carlos II no podrían competir con la calidad y el unos rudos tacos de madera con la enésima variación, más de-
precio de los rifacimenti de la impresión de Monmarte que des- pauperada si cabe, y a través de quién sabe cuántas otras, de los
de Amberes ofrecían los Verdussen; y si la tradición se reanuda dibujos de Bouttats y Obregón. Pero la idea tuvo una esplén-
en 1706, probablemente se debe a que la Guerra de Sucesión dida acogida, y, pese a las inevitables imitaciones (así la de Bar-
había bloqueado el comercio librarlo (y también en Barcelona ber, en Tarragona), durante cuatro lustros la familia Jolís siguió
hubo que improvisar, en 1704, un curioso Quijote en octavo). tirando miles de ejemplares del Quijote de la casa. Desde 1765,
Como sea, de 1706 a 1751 (con algún apéndice, así en 1764, ya sin embargo, y sobre todo entre 1777 y 1782, el mercado «de
irremediablemente anticuado), alrededor de ocho ediciones re- faltriquera>> se vio ocupado en gran parte por la decena de im-
piten en la Corte, en variadas emisiones, la misma fórmula de presiones exactamente del mismo estilo (pero ya con Quijote,
éxito: dos tomos en cuarto, cada vez en peor papel, con un no Quixote, en la portada) que difundió en Madrid el ambi-
texto de cercanas raíces madrileñas y con grabados (primero en cioso y emprendedor Manuel Martín. A lo largo de treinta
metal, luego en boj) descendientes en última instancia de los de años, el triunfo del nuevo modelo de surtido, con cuatro volú-
Bouttats, pero calcados de una versión local intermedia y pro- menes en octavo, en vez de dos en cuarto, fue rotundo; des-
gresivamente más toscos y elementales. pués, la receta, que un !barra (1771) y un Sancha (1777) inten-
A grandes, gr;indísimos rasgos, la mera evolución material de taron dignificar «A costa de la Real Compañía de Impresores
la obra hace patente que entre 1674 y 1751 el público va en- y Libreros», abrió paso a otras. Pero entre 1755 y 1782 Jolís y
sanchándose por la base y el Quijote, de ser producto para afi- Martín, nombres diminutos en los anales de la tipografia, die-
cionados de alguna holgura económica, se vuelve por mo- ron al Quijote «el vuelo mayor que nunca tuvo y lo convir-
mentos más popular: ahora es un libro necesariamente ilustrado, tieron en un objeto de consumo» (E. Rodríguez-Cepeda), con-
HISTORIA DEL TEXTO CCXXXIX CCXL PRÓLOGO

sagrándolo, con mucho, como el más querido de los clásicos tregas del Quijote, Monmarte eligió una solución radical y lo
españoles. rebautizó todo como Vida y hechos del ingenioso caballero don
Desde el punto de vista de la tradición textual, único que Quijote de la Mancha. La invención no pudo correr mejor suer-
aquí nos concierne, es dificilísimo desentrañar la trama de los te, en España y fuera de España, pues desde 1674 hasta 1780 to-
Quijotes recién ojeados, no tanto porque todos van aportando das las ediciones, pese a continuar reproduciendo mayormente
pequeñas singularidades que sólo un imposible cotejo exhaus- el texto de sus predecesoras locales o vecinas, adoptaron uná-
tivo permitiría quizá elucidar, cuanto porque es la historia de nimes el mismo marbete.
una contaminación continua y cada vez más amplia. En efecto, Por otro lado, para resolver la incoherencia de una «Primera
desde mediados del mismo siglo xvn, ocurre con creciente asi- parte» dividida no obstante en cuatro secciones también eti-
duidad que las ediciones no se basan únicamente en otra ante- quetadas como «partes», Monmarte (como ya había hecho
rior, sino que combinan elementos de varias, normalmente de Shelton al reimprimir su traducción al inglés) cambió esa de-
fecha cercana (aunque no faltará quien recurra hasta a la olvi- signación por la de «libros», y, simétricamente, distribuyó en
dadísima prínceps de 1604), que en casos de duda los correcto- otros cuatro, de quinto a octavo (II, 1-17, 18-32, 33-52, 53-
res comparan con un ejemplar de la primera impresión a mano. 74), el Quijote de 1615. La innovación fue ahora seguida me-
A todos los propósitos el Quijote se hace día a día un totum más nos ciega y universalmente, pero aun así tuvo notable eco, e in-
revolutum: el texto de unas impresiones adopta la división y las cluso quienes no la aceptaron por completo buscaron modos
· láminas de otras; editores, libreros y aficionados mezclan los análogos de responder al problema, distinguiendo, por ejem-
tomos de diversas tiradas; se introducen y vuelven canónicos plo, cuatro libros en el Ingenioso hidalgo y reservando al Ingenio-
ingredientes no. cervantinos, como la dedicatoria «al mismo so caballero la designación de «Segunda parte» o bien ofrecién-
don Quijote ... por su cronista» Cide Hamete o ciertas «obras dolo como «Quinta», numerando sus capítulos a partir del 53,
poéticas de los académicos de Argamasilla halladas por ·el más etc., etc.
célebre adivinador de nuestros tiempos» ... Dos o tres especí- Todas esas alteraciones inmediatamente perceptibles deben
menes particularmente ostensibles podrán sugerir la compleji- bastarnos aquí como indicios externos del dato que ponen de
dad del proceso aludido. manifiesto incluso unos pocos cotejos fragmentarios: en los es-
Como observábamos arriba, el texto de Bruselas, 1662, se- tadios que acabamos de repasar (1637-1668, 1674-1751, 1755-
guía esencialmente el de Madrid, 1636-1637, incluidos gazapos 1782), la transmisión del Quijote está presidida por una progre-
monumentales (<<sogas y moramos», por ejemplo) que los cajis- siva contaminación del texto. No cometamos, sin embargo, el
tas flamencos no siempre estaban en condiciones de evitar. error de despreciar esas humildes ediciones madrileñas y cata-
Pero, como en el prototipo español no figuraban los poemas lanas. Por un lado, la etapa más adversa para la integridad tex-
iniciales de 1604, Monmarte fue a pedírselos, directa o indirec- tual resulta ser decisivamente próspera para la fortuna literaria
tamente, aunque no sin retoques en el orden, a la impresión de la obra, y lo uno es el precio de lo otro. Tratándose de un
valenciana de; 1605, que le prestó además algunas lecciones para libro cuyos puntos de partida en 1605 y 1615 ofrecen deficien-
otros lugares·de la obra. Y las ediciones españolas en deuda con cias tan notorias, no hay, además, subsidio para restaurarlo que
la bruselense a menudo no traen otros preliminares que uno de pueda desecharse impunemente. Así, de las dos impresiones
los prólogos de 'Cervantes. con pie de Madrid, 1662-1668, la más tardía, probablemente
En el primertomo, el título madrileño de 1636 (y 1647) se contrahecha en los aledaños del 1700 (y distinguida por la pe-
había cambiado desde 1655 por Parte primera y segunda del inge- culiaridad de ser la primera del Quijote en que se sustituyen por
nioso hidalgo ... Comprensiblemente descontento con las varian- uves las úes con valor consonántico), corrige por encima de
tes usadas hasta entonces para designar el conjunto y las dos en- cualquier duda un pasaje corrupto desde la prínceps hasta hoy
HISTORIA DEL TEXTO CCXLI CCXLII PRÓLOGO

(«Bueno fue ... », frente al errado <<Pues no fue ... », en I, 39, 503), metido en espolear a su asno», sobre un paisaje nulamente
contra el que se han estrellado generaciones de cervantistas. La manchego a cuyo fondo giran las aspas de un molino de vien-
media docena de casos similares (aunque menos brillantes) que to: está inserta en L'ingénieux et redoiitable chevalíer Don Qi,ichot
han podido documentarse en otras ediciones igualmente olvi- de la Manche (París, 1618) de F. de Rosset y fue pronto repro-
dadas hace pensar que la cosecha de unos cotejos más deteni- ducida en la segunda impresión, corregida, de The History of
dos podría no ser en absoluto desdeñable. Don Quichote (Londres, sin fecha) de Thomas Shelton. No es
casualidad, porque las ilustraciones plásticas de la obra madru-
garon en Francia, desde las pinturas murales de Jean Mosnier y
De vuelta a lasfuentes: 1738-1833 el álbum de estampas de J~an Lagniet, mientras a Inglaterra co-
rresponden sostenidos intentos tempranos de publicar el Quijo-
La línea que tan sucintamente acabamos de recorrer no agota te provisto de alguna ilustración intelectual: las breves notas del
ni la bibliografía ni menos las venturas del Quijote en el perío- capitán Stevens (1700), los aleatorios ensayos de restauración
do considerado, ni a sur ni a norte de los Pirineos. En particu- textual por J. Ozzell sobre la base de una comparación «with
lar, no son ahora tema nuestro (ni cabía tratarlo en otros capí- the Best Edition of the Original, printed at Madrid» (1719), o
tulos del presente prólogo) las abundantísimas versiones de la la semblanza de Cervantes, disculpablemente inexacta, que se
obra a los principales idiomas europeós (en el siglo XVIII, unas halla al frente de Tite History of tite Renow'd Don Quixote (Lon-
cincuenta impresiones en francés, más de cuarenta en inglés). dres, 1700) dispuesta por Peter Motteux.
Sin ellas, no obstante, la tradición española distaría de explicar- Con varias de esas orientaciones se enlaza el suntuoso Quijo-
se enteramente. Es bien sabido que las intuiciones del Roman- te en cuatro tomos, en cuarto real, impecablemente impresos
ticismo alemán han condicionado hasta nuestros días la in- en Londres «por J. y R. Tonson», con el mecenazgo del Barón
terpretación de Cervantes. Pero, como notábamos hace un de Carteret. El pie reza MDCCXXXVIII, pero el trabajo ve-
momento, desde I 662 nuestra novela se convirtió en un libro nía gestándose cuando menos de cuatro años atrás. Lord John
inadmisible sin ilustraciones, un poco en la órbita de la aleluya Carteret empezó probablemente por encargar los · grabados
o el tebeo, porque el público se había acostumbrado «a ver (que al cabo fueron sesenta y ocho, casi todos de Vanderbank,
siempre la historia de don Quijote con láminas>> (así lo señala- limpísimos de factura) y la preparación del original; y si bien es
ba en 1782 la Real Academia Española); y las tales láminas, «do- facil que desde el principio pensara asimismo en incluir una
nosas» o lamentables, determinaron un peculiar enfoque del vida del autor, sólo en 1736 dio con la persona adecuada para
texto, no menos influyente, si harto distinto, que las lucubracio- escribirla: don Gregario Mayans y Sisear. Al aceptar el come-
nes de Schelling y Schlegel. La metamorfosis -aunque enlaza- tido, que saldría en el primer volumen londinense (y pronto
da con una vieja querencia, desde el mismo año de la prínceps, entraría también en bastantes ediciones madrileñas), el ilustre
a transmutar visualmente el relato cervantino en mojigangas y erudito se apresuró a hacer saber a Carteret su inquietud por la
mascaradas_- se operó a partir de la edición de Monmai:te, ma- calidad del texto: <<para que esta impresión salga correcta»,
triz de gran parte de las figuraciones posteriores. Pero a su vez, aconsejaba, «debe representarse .bien la primera», porque «las
como también notábamos, la edición de Monmarte no pasa de demás todas ... se han alterado mucho».
adaptar los grabados con que Jacobo Savry había adornado la Mayans decía poseer y ponía a disposición del barón «el pri...;.
primera traducción holandesa (Dordrecht, 1657). mer tomo de primera impresión y el segundo de segunda». En
La más antigua imagen en que todavía hoy reconocemos al efecto, creemos que don Gregario manejó a veces la auténtica
punto a don Quijote y a Sancho es, sin embargo, la que los si- prínceps de 1604, pero no hay rastros de que la enviara a Lon-
túa, el caballero con la bacía por yelmo y el escudero <<entre- dres, y, si lo hizo en la segunda mitad de 1736, posiblemente
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no hubo ya tiempo (o quizá ganas) de aprovecharla. Es el caso interlocutor, y si, por otro lado, examina minuciosamente y
que la preparación del original se había encomendado (como acepta o adapta con frecuencia las innovaciones de 1607, tam-
advirtió John Bowle) a cierto Pedro Pineda que en 1739 cuidó poco duda en rechazarlas cuando advierte que han sido intro-
también unas Novelas ejemplares y en 1740, al sacar a luz la For- ducidas para salvar (así en relación con el robo del asno) una in-
tuna de amor de Lofraso, se presentaba como «el que ha revisto, congruencia imputable a Cervantes. Los hábitos y los saberes
enmendado, puesto en buen orden y corregido a Don Quijote>>. de un mero corrector de imprenta no podían dar más de sí en
Todo indica que para entregarlo a la imprenta Pineda utilizó un aquellos tiempos; y el dato que invita a acentuar una mínima
ejemplar de la edición más prestigiosa en la época, la publicada justicia histórica es que algunas restituciones de Pineda ocurren
por Monmarte en 1662, o, si acaso, de alguna de sus inmedia- (o reaparecen) por primera vez en la edición londinense y se
tas herederas flamencas. Ese texto de base lo cotejó meti~ulo- han quedado para siempre en el Quijote.
samente con una de las tres primeras impresiones bruselenses En España, Mayans no era el único en lamentar los defectos
del Ingenioso hidalgo (1607, 16n, 1617) y con el más antiguo In- de las impresiones de surtido. El padre Sarmiento, no menos in.:..
genioso caballero de la misma procedencia (1616). No cabe ex- teresado por la vida y la obra de Cervantes, se quejaba en 1761
cluir que ciertos trechos del libro los mandara al taller a costa de que prescindieran de .los <<preciosos monumentos>> que son
de arrancar algunas páginas de las añejas tiradas de Bruselas, ni «dedicatorias, prólogos y aprobaciones»; y tras echar un vistazo
que a ratos colacionara pasajes de otras (y hasta tal vez de «el se- al primer volumen de Londres refunfuñaba, escéptico: «Bien
gundo [tomo] de segunda [impresión]» que ofrecía Mayans, si me parece y me gusta una magnífica impresión en todo, pero
se trata de la valenciana de 1616, como hay que pensar). Pero con tal que la acompañe la exactitud del contexto. Estoy harto
a grandes rasgos su edición es una libérrima revisión de la de de ... desatinos excelentemente pintados». No era ésa, con
Bruselas, 1662, a la luz de las que también allí se habían publi- todo, la actitud más generalizada: la ascendente popularidad del
cado entre 1607 y 1617. Quijote hacía sentir la conveniencia de poner en el mercado
Aparte un tipo pintoresco, Pineda debía de ser un concien- ediciones más esmeradas, pero antes en las ilustraciones que por
zudo profesional de la tipografía y un estimable conocedor de la puntualidad textual. .
la lengua clásica. El resultado de esas circunstancias es un texto Por ahí, la Real Compañía de Impresores y Libreros proyec-
ht'brido en todos los sentidos, donde, sin embargo, incluso la taba ya en enero de 1765 unos <<Quijotes con láminas finas»,
contaminación parece en ocasiones elevarse hacia la crítica: un cuya primera concreción, no obstante, debe de ser el diestra-
texto con enmiendas felices, o aun óptimas (véase únicamente mente estampado por Joaquín de !barra en 1771: cuatro tomi-
I, 4, 76, n. 83: «sobre él llovía», por el «sobre él vía» de la prín- tos, con apreciables grabados de Monfort y Camarón, sí, y con
ceps), con buen ojo para identificar lugares problemáticos y la Vida de Mayans, como iba siendo usual, pero con un pési-
atento a rescatar fragmentos omitidos durante más de un siglo mo texto de surtido, que en nada mejoraba el que Juan de San
(sólo en Bruselas, 1616 podía leer Pineda la apostilla sobre «las Martín había sacado en 17 50, adecentando un pelo su propia
obras de caridad» en 11, 36, 1016), pero todo ello, desde luego, edición de 1741 merced a la restitución de parte de los versos
revuelto al azar con incomprensiones, lecturas faciliores y puros preliminares del Ingenioso hidalgo. Del segundo intento de la
caprichos (<<nunca las cartas de amantes se firman», pongamos, Real Compañía, confiado a Antonio de Sancha (1777), no es-
por «las cartas de Amadís ... » de I, 25, 309, o «enviudado búho» por tamos en condiciones de precisar si apunta una cierta preocu-
«envidiado búho» en 1, 14, 161 y n. 13). En cualquier caso, es- pación textual o un nuevo ejemplo de contaminación: pues la
pecialmente digna de nota es la insólita adhesión al autor que noble tipografia, escogido papel y «láminas finas» sirven a una
Pineda muestra más de una vez: pues si no le duele inventarse simple copia de la edición de !barra, pero con algunas leccio-
el epígrafe de un capítulo o añadir la mención expresa de un nes llegadas de Londres, verosímilmente a través de El Haya.
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No otro es el panorama sobre el que en marzo de 1773 se re- Lardizábal y sus cofrades, sino que parece haber sido universal
corta gallardamente la decisión de la Real Academia Española, hasta bien entrado el siglo XIX, fuera por desconocerse ejem-
estimulada por el Elogio histórico de Miguel de Cervantes presen- plares de 1604 (en 1777, John Bowle tenía noticia de que exis-
tado por Vicente de los Ríos, de «hacer una impresión correc- tían, pero confesaba: <<these ... have never yet come to my ins-
ta y magnífica del Don Quijote... , respecto de que siendo mu- pection» ), fuera por atribuir equivocadamente la prelación a los
chas las que se han publicado ... no hay ninguna buena ni de 1605 (si Mayans manejó la auténtica prínceps, es facil que su-
tolerable». En verdad, la Academia echó la casa por la ventana friera tal desorientación: consta que aún en 1819 la sufrían los
para sacar, con fecha de 1780, cuatro espléndidos volúmenes en doctísimos Navarrete y Clemencín). Por fortuna, para el Inge-
folio menor, que !barra comenzó a imprimir en 1777, con los nioso caballero las cosas estaban suficientemente claras, y la Espa-
hermosos tipos fundidos ad lwc que todavía llevan su nombre, ñola se atenía a la edición de Robles de 1615, con variantes de
y sobre papel fabricado especialmente (¿en Borgonya del Te- «la segunda hecha en Valencia por Pedro Patricio Mey, año
rri?) por Josep Lloréns. El preámbulo consistía en dos impor- de 1616>>.
tantes trabajos de Vicente de los Ríos, la Vida del autor y el Confusión aparte, hay que decir que la transcripción acadé-
Análisis del ,,Quijote», complementados por el Plan cronológico de mica de los textos de base es notablemente fiel y atinada. En
la novela y un mapa con el itinerario de los protagonistas. Las unas cuantas ocasiones, tropezamos con lecturas y hasta erratas
ilustraciones (que también se vendían aparte), al igual que las del ejemplar usado para el cotejo o la imprenta; en bastantes,
viñetas, <<cabeceras y remates», eran extremadamente pulcras, con enmiendas, propias o ajenas, que no se declaran (sobre
como de los más acreditados artistas del momento: Antonio todo si son de Londres, 1738, tenida bien en cuenta, a veces vía
Carnicero, José del Castillo, Manuel Salvador y Carmena, Joa- El Haya, pero normalmente mentada sólo para disentir), y las
quín Fabregat... (Pero, ay, no Francisco de Goya, que presen- variantes que se registran distan mucho de ser completas. Es
tó a concurso una soberbia estampa, finalmente relegada por- verdad también que la Academia se siente autorizada a mudar
que se decidió no ilustrar nunca dos episodios correlativos). o escribir de suyo varios epígrafes y suprime de los titulillos la
<<El principal cuidado de la Academia,> fue «dar al público un división del Ingenioso hidalgo en cuatro partes. Pero esas altera-
texto del Quijote puro y correcto», y sólo en ese punto hemos ciones más o menos legítimas van explícitamente señaladas, y,
de detenemos ahora, para subrayar, antes de nada, que la edi- por el contrario, no se duda en mantener, razonándolo, des-
ción de 1780 (a cargo de una «diputación de tres sujetos,>: Ma- cuidos o rasgos cervantinos que Pedro Pineda retocaba sin pes-
nuel de Lardizábal, Vicente de los Ríos e Ignacio de Hermosi- tañear, como a propósito de la mujer de Sancho Panza {I, 7,
lla) supone una mutación radical en la historia de la obra. El 102, n. 60), <<la sentencia pasada de la bolsa del ganadero>> {II,
«Prólogo» (redactado por Lardizábal) afirma que para el Inge- 45, 1085, n. 24) o la omisión del nombre de algunos «interlo-
nioso hidalgo se habían «tenido presentes la primera edición he- cutores del diálogo, de que se halla ejemplo en los buenos au-
cha en Madrid por Juan de la Cuesta el año de 1605 y la se- tores antiguos y modernos».
gunda hecha también en Madrid y por el mismo impresor, año A cambio de insuficiencias y deslices que hoy al filólogo se le
de 1608», con· el texto <<arreglado a la primera» y dando en no- antojan obvios, la Academia ofrecía un Quijote incomparable-
tas finales «las variantes de la segunda, aun aquellas que no son mente mejor que cualquiera de los que corrían entonces (prín-
substanciales,>. Nada de ello acaba de ser cierto... , ni falso. cipes incluidas) y, como fuera, indicaba las pautas correctas para
En efecto, la que los académicos reputan «primera edición» editarlo en adelante. Tácitamente quedan éstas fijadas cuando,
no es de hecho la prínceps, concluida en 1604 aunque datada en polémica con la impresión de Londres, el prólogo singula-
con el año siguiente, sino la reimpresión co~egida, en realidad riza algunas muestras del proceder seguido: la eliminación del
de 1605. El error, no obstante, no afectaba exclusivamente a título consagrado desde 1662, ahora a favor de El ingenioso !ti-
HISTORIA DEL TEXTO CCXLVII CCXLVIII PRÓLOGO

dalgo don Quijote de la Mancha (aunque podamos discutir si era El oro está en el volumen quinto: más de trescientas páginas,
lícito extenderlo al conjunto de la novela); la sustitución del ba- en cuerpo pequeño, de Anotaciones en que Bowle pone a con-
lando de 1604 y 1605 por el baladro de 1608 (I, 14, 161, línea 1); tribución libros de caballerías, romances castellanos y romanzi
la enmienda (ya en Valencia, 1605) del ininteligible «de Belo- italianos, autores comunes y recónditos, de Acosta a Zurita,
na preside», por «do Belona preside» (1, 52, 651); y la restaura- con el designio de aclarar, por cuanto toca al sentido literal,
ción de espalder (II, 63, 1253, n. 17) donde siempre se había «todas las dificultades y lugares escuros» que encuentra en la
embutido espaldar. En otras palabras: el prólogo postula la vuel- novela. Nos faltan palabras para alabar la tarea de don Juan
ta a las fuentes de la tradición textual, ponderadas de acuerdo (como gustaba llamarse, al tiempo que se dolía: «... yo, extraño,
con los datos asequibles y con el conocimiento de la lengua y y que jamás he visto ninguna parte de España»), la documenta-
la cultura de Cervantes, y el recurso crítico a la conjetura cuan- ción, amplitud, exigencia, acierto y sobriedad de su comenta-
do en el original hay signos palmarios de corrupción. Que la rio: conque nos contentaremos con decir que se halla en la raíz
Academia no siempre aplicara irreprochablemente esos criterios de todos los posteriores y que son abundantes las glosas que
no le quita el mérito de haberlos puesto sobre el tapete. ningún cervantista parece haber querido llevar más allá de don-
Los académicos de 1780 habían considerado la conveniencia de las dejó Bowle. ·
de poner <<muchas notas en la obra indicando los lugares de los Como las Anotaciones no entran en los asuntos textuales que
libros de caballerías que ridiculiza Cervantes>>, pero es diáfano a nosotros nos atañen y el «prólogo del editor» se limita a enu-
·que el quehacer pedía más tiempo y esfuerzo del que contaban merar las «ediciones originales» que conoce, desde 1605 hasta
con dedicarle, y a la postre prefirieron salirse por peteneras: 1617, y a remitir a las «varias lecciones», no sobrará al respecto
«este material trabajo sólo serviría para satisfacer la curiosidad de un par de observaciones previas. Sucede que en 1777 Bowle
algunos ... ». No es imposible que a disuadirlos de la idea con- había divulgado una admirable Letter to the Reverend Dr. Percy
tribuyera la noticia, a principios de 1777, de queJohn Bowle donde exponía el principio a que se proponía sujetarse «to have
llevaba muy adelantada una edición del Quijote <<con todos los the text pure and genuine»: «the first editions must be selected
honores de un autor clásico», y señaladamente copiosos esco- for that purpose», sin dejarse llevar por las veleidades de un Pe-
lios para «interpretar y facilitar la inteligencia de los pasajes obs- dro Pineda (pues Pineda es, ciertamente, a quien se alega una
curos». y otra vez como ejemplo negado, quien «perverted and obscu-
El reverendo Bowle (1725-1788), pastor de la parroquia de red what was easy, clear, and perspicuous», mostrando. «to have
Idmiston, había comenzado por compilar un exhaustivo voca- been every way unqualified» para la empresa). En concreto, y
bulario e índice de la obra, y continuado (desde 1769) con la habida cuenta ~xplica- de que «as to the Second Part we have
lectura de todos los libros aludidos en ella que le fueron ase- no choice», «the first [edition], printed in Madrid 1605, in
quibles, conjugando ambas cosas con una perseverante inmer- quarto, by Juan de la Cuesta, seems to merit the preference»
sión en el Diccionario de Autoridades y en el Tesoro de Covarru- para el Quijote inaugural. De acuerdo con tal opinión debía de
bias, que estudió línea por línea. Fruto de semejantes fatigas, tener entonces preparado el texto y anotadas las variantes. Pero
afrontadas en la lejana Inglaterra, sin apenas más auxilios que en 1777 Bowle no había visto la edición de 1608, y ni en 1777
un tesón inquebrantable y la biblioteca de Thomas Percy, son ni en 1781 tuvo a su alcance la verdadera prínceps del Ingenioso
los seis garboso~ tomos, en cuarto mayor, de la Historia del fa- hidalgo, pese a constarle que había «another edition of the First
111oso caballero doi1 Quijote de la Mancha que publicó en 1781, «en Part the same year and place», «otra del mismo año, lugar y for-
Londres» (según una tirada, por referencia a las librerías don- ma». En 1778, sin embargo, tras prestarle Edward Colling-
de se despachaban) y «en Salisbury, en la imprenta de Eduar- wood un ejemplar de 1608, don Juan se convenció de que esa
do Aston». tercera edición de Robles había sido retocada «by the Author
HISTORIA DEL TEXTO CCXLIX CCL PRÓLOGO

himself» y se resolvió a usarla como base de la suya: «I print pe de la Paz: pues el texto espiga entre las variantes de la Acade-
from it and very generally prefer the readings of the text to mia para admitir algunas de 1608. Pero la edición más ajustada
those of other copies, unless I find sorne reason to use them». a tal convicción es (relativamente) la preparada en 1797-1798
En definitiva, pues, el Quijote de Bowle se funda en los tex- por el propio Pellicer, con tipografia madrileña amorosamente
tos de 1608 y de 1615, reuniendo en apéndice, en el tomo sex- tratada por Gabriel de Sancha, en cinco octavos mayores.
to, hasta tres centenares de variantes de Madrid, 1605 (segunda Advirtiendo bien que la superioridad de algunas lecturas de
edición), así como de Valencia, 1605 y 1616, y Londres, 1738 1608 se deja relacionar con la vuelta de Cervantes a la Villa y
(que debió de emplear como printers' copy), más alguna de Mi- Corte, Pellicer extendió indebidamente la observación al volu-
lán, 1610. La práctica, con todo, no concuerda enteramente men entero, y la apoyó sobre todo en los añadidos más largos ...
con la teoría. El desplazamiento de la segunda edición de Ro- pero también más a las claras ajenos al autor. A conciencia o
bles a beneficio de la tercera se hizo a última hora y sin la su- no, sin embargo, se mostró más firme en la exposición que en
ficiente vigilancia, de modo que en el Ingenioso hidalgo subsis- la ejecución de sus planteamientos. Pues ocurre que para el In-
tieron no pocas lecturas de aquélla, con mezcolanza que a veces genioso hidalgo don Juan Antonio entregó a Sancha un ejemplar
se agrava en el aparato crítico del final. Bowle no era un gran académico, pero tan rápidamente cotejado (si cotejado) con el
corrector de pruebas, ni la imprenta podía moverse con soltu- de 1608, corregido con tan poca diligencia o con tantas inde-
ra en castellano, y de ahí más erratas de las que se esperaría en cisiones sobre las lecciones adecuadas, que la suya probable-
tan linda impresión. En fin, puesto que entre las cualidades del mente resulta de hecho una edición menos apegada a la terce-
bonísimo reverendo tampoco sobresalía el olfato textual (si no ra de Robles que la del pastor de Idmiston. Como, por otra
me engaño, se le debe sólo una enmienda memorable: «de Ti- parte, desconocía la prínceps (salvo por la referencia de Bowle),
rante», y no «Detriante», en I, 6, 90), en los casos de duda la renunció a dar variantes de 1605 y se le escaparon hartos erro-
elección entre las «varias lecciones» no suele ser demasiado sa- res de la Academia (también en el Ingenioso caballero, colaciona-
tisfactoria. Nada de ello disminuye en un centímetro la talla de do con transparente desgana), el texto de 1798 no está a la al-
don Juan: incluso si no nos hubiera legado sus egregias Anota- tura de tan sabio «bibliotecario de Su Majestad».
ciones (y sus completísimos índices), la edición de 1781 -sobre Es justo hacerlo notar, porque Pellicer (al arrimo de Le Clerc
todo con las perspectivas que se avecinaban- constituiría un es- y Bentley) tenía una formación ecdótica como rarísimos cer-
tadio importante en la tradición del Quijote. vantistas y él mismo hubo de sentirse a disgusto con ese proce-
Desde antes de recibir el préstamo de Mr. Collingwood, der en exceso expeditivo. De modo que en la edición en mi-
Bowle venía diciéndose que «it might have been expected>> que niatura (nueve exquisitos dozavos, siempre de Sancha) que en
entre 1605 y 1615 el autor hubiera rectificado ciertos descuidos 1798 encabalgó con la recién aludida (en octavo) figura un
suyos en el Ingenioso hidalgo. Para corroborarle que así había «Catálogo de los pasajes que se leían viciados en las primeras
sido, quizá no pesó sólo el descubrimiento de la edición de ediciones de la Historia de don Quijote... », con la relación de las
1608, sino además algún cambio de ideas con un erudito espa- principales correcciones que había introducido tanto en los oc-
ñol con quien entró en relación en el mismo 1778: Juan Anto- tavos como en los dozavos. Ahí se ve pronto que Pellicer esta-
nio Pellicer, el más conspicuo defensor de la idea de que en la ba mejor dotado para la conjetura que para el cotejo, y cómo
tercera impresión del libro Cervantes «le corrigió de muchos esa disposición lo llevó a terciar provechosamente en muchos
yerros y mejoró conocidamente, suprimiendo unas cosas y aña- de los lugares más espinosos de la novela, no siempre para dar
diendo otras». Que la tesis fue abriéndose paso lo certifica el con la solución indisputable Qo es pasicorto, en vez de pisacorto,
precioso Quijote en seis tomitos (Madrid, «En la Imprenta en I, 23, 279), pero a menudo sí para encauzarla (en I, 11, 135,
Real», 1797) que Andrés Ponce de Quiñones dedicó al Prínci- proponía «solas y señeras»). En las notas, por otra parte, don
HISTORIA DEL TEXTO CCLI CCLII PRÓLOGO

Juan Antonio se nos aparece un poco impaciente en tratar pun- debía la honra del hallazgo sufrieron la increíble ofuscación de
tos de menor relieve, y muy dispuesto a habérselas con los que tomar por primera la segunda edición, pese a la presencia del
Bowle no había explanado y se prestaban a desplegar su sólida privilegio para Portugal y de las demás discrepancias que nadie
cultura. La edición de Pellicer tal vez no fuera la más reco- podía interpretar sino como aditamentos. La clave de una equi-
mendable para el común de los lectores de hacia 1800, pero du- vocación tan descomunal está en que Navarrete. y Clemencín
rante años marcó la pauta de las posteriores y sigue siendo ins- no colacionaron una con otra y por completo las impresiones
tructiva para el estudioso. de 1604 y 1605, antes se limitaron a compulsar en ellas las di-
Para enjugar los costos de su gran Quijote, la Real Academia vergencias entre 1605 y 1608 registradas en el magno Quijote
Española lo reimprimió en seguida, y con gran éxito, según la académico y a hacer alguna cala en otras páginas: tan ocasional
moda de multiplicarlo en volúmenes cada vez más chicos: pri- y distraída, no obstante, que ni siquiera se percata de las dos ex-
mero (1782), cuatro, todavía según el dechado de El Haya, y tensas añadiduras (en I, 23 y 30) sobre la pérdida y recupera-
luego (1787) seis, en ambos casos con el viejo contenido, aun- ción del asno de Sancho ... De la muestra se colegirá la con-
que con nuevas láminas. En 1796 se acordó acometer otra fianza que cabe prestar a la cuarta edición de la Academia: en
reimpresión, pero el proyecto fue suspendido ante el temor de 1819, cuando se habían reunido todos los mimbres, el cesto
competir con las varias anunciadas para 1797, y sólo después acabó saliendo peor que en 1780.
de las Cortes de Cádiz se reemprendió de manera eficaz, gra- Navarrete y Clemencín eran hombres de inmenso saber,
cias a Martín Fernández de Navarrete y Diego Clemencín. Los pero fuera porque el uno descansó en el otro, y el otro o los
dos máximos cervantistas del momento no podían contentarse dos en un tercero, fuera por lo que fuese, la cosa es que nadie
con repetir el texto de 1780: si las propuestas de Pellicer y el se ocupó en serio en el cotejo. Es creencia habitual que la edi-
ejemplo de Bowle habían cambiado profundamente las ideas ción de 1819 se debe mayormente a don Martín, que desde
sobre la manera de publicar el Quijote, en los últimos tiempos luego fue quien más bregó con tipógrafos y grabadores; pero es
se había producido asimismo un descubrimiento importante en lícito sospechar que, afanado en concluir la Vida de Cervantes,
tal sentido. dejó en manos de Clemencín, en esos años azacaneadísimo,
Los cuatro volúmenes en octavo que sacaron en 1819 (el una parte de su responsabilidad primordial. (De don •Diego es
quinto, suelto, era la valiosa Vida de Cervantes por Navarrete) sin duda el prólogo, frente al cual la Vida se diría más pruden-
prometían, pues, más novedades que la jota que la Academia te: <<Nosotros hemos logrado examinar y cotejar ejemplares de
admitía ya en el nombre del protagonista o las nótulas esporá- ambas ediciones, y no sólo son distintas, sino que la Academia
dicas que había insertado acá y allá: la edición del Ingenioso hi- ha logrado aprovechar algunas variantes de la segunda».) «Casa
dalgo decía ceñirse sustancialmente a la tercera de Robles, «con- con dos puertas ... » En cualquier caso, ahí terminaría el posible
siderándola como la postrera voluntad de su autor», y, muy en trato de Clemencín con las primitivas impresiones del Quijote,
particular, haberse «confrontado cuidadosamente ... no sólo porque nada que no estuviera en las más recientes parecen ha-
con la prim~ra, sino también con la segunda que se hizo en ber aportado aquéllas al gran comentario del erudito murciano
Madrid el mismo año de 1605 ... , edición que por esta igualdad (seis volúmenes, los dos últimos póstumos y completados por
de circunstancias no se había discernido bien de la otra hasta sus hijos, Madrid, E. Aguado, 1833-1839).
ahora que se han tenido entrambas a la vista». El trabajo de Clemencín es efectivamente eso, un comenta-
Las cosas no ·eran así, con todo. Cierto, la base del Ingenioso rio, antes que una edición o un repertorio de anotaciones: pri-
hidalgo era el texto de 1608, y en sección aparte se consignaban mero, un <<examen crítico>>, una «anatomía>>, que va realzando
variantes de 1604 y 1605, prueba de que la verdadera prínceps «los rasgos admirables y las imperfecciones, el artificio de la ·fa-
había por fin vuelto a la luz. Pero los académicos a quienes se bula y las negligencias del autor, las bellezas y los defectos que
HISTORIA DEL TEXTO CCLlll CCLIV PRÓLOGO

suele ofrecer mezclados» el Quijote; y sólo en segundo plano objeto asimismo de estudio y reflexión. La idea de que la obra
entran «las observaciones a que den lugar sus indicaciones, sus tenía un valor superior al que se le había venido atribuyendo
noticias históricas, sus alusiones a las crónicas de los caballeros («el sentido literal es uno y el verdadero es otro», sospechaba
andantes». Hoy continuamos aprendiendo de esas «observacio- Cadalso) y, con intuición paralela (y mirando a nuestro propó-
nes», en conjunto nunca superadas, en particular por cuanto sito), de que las ediciones al uso no hacían justicia al original de
concierne a libros de caballerías, y nos disgusta quizá el «exa- Cervantes se extendió incluso entre los poco letrados. Es entre
men crítico», o tal vez le imputamos que no cometa los mis- patético y fascinante ver cómo la tirada madrileña de 1804 («En
mos anacronismos que nosotros y vea a Cervantes (desde más la imprenta de Vega»), heredera directa de las miserables edi-
cerca) como un <<socarrón» distraído y no como un artista om- ciones de surtido, y en particular de la última (1782) de quien
nisciente y omniconsciente; y no reparamos en que a don Die- fue su máximo impulsor, Manuel Martín, intent~ ponerse al día
go le importaba más el «examen» que las «observaciones», y que no sólo en el formato (seis octavos) y en las estampas (tomadas
el reproche cariñoso que dirigía a Bowle era no haber hecho de las que en 1797 ofreció la Imprenta Real), sino también, por
<9amás ... ninguna observación crítica ni ... juzgar del mérito ni ejemplo, superponiendo el viejo título inventado por Mon-
demérito de la fabula», confinándose en una «erudición labo- marte (Vida y hechos... ), otro ecléctico en la línea de Bowle
riosa, pero seca y descarnada». (Historia de don Quijote ... ) y el que ahora empieza generalmen-
Primero, comentario, y luego repertorio de anotaciones, el te a considerarse genuino: El ingenioso hidalgo don Quijote...
trabajo de Clemencín, pues, sólo en último término es en rigor Como es significativo que la copia vil, «malísima en todos con-
una edición: con talante en extremo conservador -aunque del ceptos» (L. Rius), que de esa tirada se hizo en 1840 («Madrid,
textus receptus-, da básicamente por buena la de 1819 y pocas imprenta de la Venta Pública>>) tenga la desfachatez de presen-
veces se separa de ella en lecciones de algún peso (el tomo sex- tarse como «edición completísima conforme al original primi-
to se cierra con la lista completa). Amicísimo de señalar cómo tivo». Era el tributo del vicio a la virtud.
debiera haber escrito Cervantes tal o cual frase, es excepcional, La percepción común de que existían ya ediciones debida-
contra la fama, que se la corrija de hecho. Pero incluso cuando mente autorizadas resolvía el problema a la mayoría ,de quienes
no está por medio la proprietas gramatical Clemencín abunda se proponían publicar la novela: en principio, se trataba de es-
más en propuestas que en enmiendas aceptadas, acaso porque coger entre los Quijotes de Pellicer y de la Academia. En la pri-
cuando escribe, en Fuenfría, no tiene a mano las impresiones mera mitad del Ochocientos, no faltaron impresores de excep-
antiguas y prefiere curarse en salud apegándose a la académica ción que se esforzaron por mejorarlos: así el refinado Antonio
y conformándose con las variantes de las modernas, de Londres, Bergnes de las Casas, a quien se debe (Barcelona, 1839) la re-
1738 para acá. Y hay que decir que si varias de las conjeturas cuperación en España de la frase sobre «las obras de caridad>>
que inserta en el texto son inatacables (por ejemplo, planta, no (II, 36, 1016) expurgada en 1616; o así, con diligentes colacio-
punta, en I, 26, 317), también lo son muchas que deja a pie de nes (Barcelona, 1859, y reimpresiones revisadas, tras un malo-.
página (tal Macabeos, por mancebos, I, 23, 272, perfecta restitu- grado intento de 1832-1834), el gran Tomás Gorchs, un tipó-
ción, como en otros casos, de la princeps no vista) por excesiva grafo tan capacitado y entendido como para localizar y tomar
timidez o por la prudencia de quien, ante la dificultad de acce- por modelo LA Celestina zaragozana de 1507, luego perdida
der a las fuentes, ·se satisface con hacer «anatomía» de la edición hasta hace cuatro días, o como para comunicar a Hartzenbusch,
al alcance de todos. funcionario y pronto director de la Biblioteca Nacional, la por-
El medio siglo que corre de la primera edición de la Real tada del Ingenioso caballero: y cuyo Quijote, en efecto, lleva el
Academia Española al comentario de Clemencín entrañó la mejor aparato crítico hasta entonces preparado. Pero ni siquie-
conversión definitiva del Quijote, de mero objeto de lectura, en ra ellos dejaron de inclinarse por uno de los dos prototipos en
HISTORIA DEL TEXTO CCLV CCLVI PRÓLOGO

cuestión. No nos interesa ahora cuántos y quiénes optaron por Cervantes, otro en igual número de cuartos, los dos datados
cada uno, ni qué factores materiales o intelectuales determina- en 1863.
ron la elección. Porque, en resumidas cuentas, quien acabó Hartzenbusch sí comparó despacio, y con larga cola, la prín-
triunfando fue don Juan Antonio, no tanto en el sentido de que ceps del Ingenioso hidalgo y las revisiones de 1605 y 1608. En
sus ediciones de 1797 fueran reproducidas con mayor frecuen- 1843, reseñando el comentario de Clemencín, lo censuraba por
cia, cuanto por el hecho de que la vulgata de la obra que pre- devolver el adverbio de negación a una frase que en 1605 no
domina en la primera mitad del Ochocientos responde sobre lo llevaba: «una estrella que, no a los portales, sino a los alcáza-
todo al planteamiento de aquél. res de su redención le encaminaba» (1, 2, 52). La prínceps le en-
En 1780, 1782 y 1787, la docta corporación había dado la señó que don Diego llevaba razón, y, como en ese pasaje, si a
Primera parte de acuerdo fundamentalmente con la revisión de mayor escala, el cotejo le brindó perspectivas inesperadas, mo-
1605, según su criterio propio, mientras en 1819, prefiriendo la viéndolo a concluir que las ediciones de Robles estaban plaga-
de 1608, se pasaba al terreno de Pellicer. Se equivocó la Aca- das de «erratas y dislocaciones» de los cajistas: la variante de
demia, se equivocaba. El yerro estuvo en la edición de base, 1605 a cuenta de la excomunión de don Quijote (I, 19, n. 47)
pero todavía más en la forma de preparar el texto, sin un cote- le hacía «inferir que se había impreso un trozo del capítulo fue-
jo íntegro y minucioso de las versiones de 1605 y 1608 (ni lue- ra de su lugar, dando con ello ocasión a los críticos de enten-
go, cuando reapareció, de la prínceps) y sin ir apenas más allá de der que era de Cervantes una grave contradicción allí cometi-
·verificar las variantes consignadas en 1780. Pero, como Pellicer da>>; la ausencia en la prínceps del pasaje sobre el robo del asno
tampoco se había distinguido por el escrúpulo de sus compul- (1, 23, n. 18), <<tantas veces echado en cara» al novelista, le con-
sas, el caso es que la vulgata quijotesca del Quijote de 1605 fue firmaba «que aquello no había sido falta de memoria del autor,
por mucho tiempo una mixtura mal discernida de la segunda y sino culpa de los impresores». Etc., etc., etc.
la tercera edición de Robles. Un mundo nuevo se abría ante su vista. Hartzenbusch no
dudó en desplazar a otra página, zurcido con unas palabras de en-
garce, el «trozo ... fuera de su lugar», ni en correr dos capítulos
Hacia la edición crltica: tanteos y renuncias más allá el hurto del rucio. Acertadas o no, tales decisiones no
eran sin embargo insensatas. Pero, comprobada la falibilidad de
Nadie en varios decenios pareció darse de veras por enterado las ediciones originarias y poseído por el entusiasmo del descu-
de la revelación que el benemérito don Vicente Salvá había he- bridor, tampoco vaciló ya en introducir en las dos partes del Qui-
cho en su Catalogue of Spanish and Portuguese Books (1829) y con jote cuantas modificaciones se le pasaron por la cabeza (señalán-
más detención en un artículo de El Liceo Valenciano (1840): las dolas siempre, eso sí, pese a no dar registro cabal de variantes), ni
ediciones madrileñas con fecha de 1605 no habían aparecido en en adoptar diversas soluciones en cada una de las tiradas de Ar-
el orden supuesto por los académicos de la Española, sino exac- gamasilla. Entre sus centenares de propuestas, no podían faltar al-
tamente al revés. Nadie, hasta que Juan Eugenio Hartzenbusch gimas óptimas (como fontana, porfortima, en 1, 26, 318, o nuestro
tuvo la ocurrencia, más descabelladamente romántica que toda renegado, y no· Morrenago, en 1, 41, 524), pero las más responden
su obra teatral, de llevarse a Argamasilla de Alba al editor sencillamente a la incomprensión o a las dotes creadoras de don
Manuel Rivadeneyra (y hasta al infante don Sebastián Gabriel) Juan Eugenio. Quien, por no pasar de un ejemplo del comien-
para imprimir allí, en la «casa que fue prisión de Cervantes» zo, no sabiendo qué diantres fueran las «cartas de desaños» (1, 1, 40),
(creían ellos), un par de Quijotes en «edición corregida con lee una vez «cartas de amoríos>> y otra «cartas de desvaríos>~.
especial estudio de la primera»: uno en cuatro dozavos y, en Es obligado decir, no obstante, que Hartzenbusch no se ago-
seguida, como volúmenes 111-VI de unas Obras completas de ta en esos «desvaríos». Desde la división de la novela en párra-
HISTORIA DEL TEXTO CCLVII CCLVIII PRÓLOGO

fos (piénsese lo que se piense sobre la pertinencia de tal proce- cuando persiste en alguna (como los amoríos o desvaríos de ma-
der) hasta la (post)modernidad de varias interpretaciones suyas rras) lo hace con una mesura, cautela y ciencia que antaño no
(él fue el primero en hablar de la oralidad esencial del Quijote gastaba, alegando razones y paralelos, considerando todas las
o en enlazarlo con la tradición carnavalesca), en el haber de posibilidades que conoce o se le ocurren. Hartzenbusch no era
Hartzenbusch hay otras contribuciones que le aseguran una po- filólogo, pero la curiosidad y la pasión le acercaron a serlo, en-
sición relevante en la historia del cervantismo, incluso desde el señándole multitud de cosas a menudo ignoradas por los edito-
punto de vista textual. La embriaguez correctora le duraba aún res más recientes: desde la necesidad de compulsar directamen-
en 1865, y a punto estuvo de forzarlo a dejar de verse por la Es- te las impresiones primitivas, estudiar la escritura del autor o
pañola, cuando allí se planeó una nueva edición de la obra (por sacar partido de los datos tipográficos hasta el justiprecio de la
dicha, nunca rematada) y los académicos se negaron a abrazar «sustitución silenciosa ingerida por un modesto regente de im-
ciertos dictámenes suyos, «ni reproduciendo ediciones ajenas prenta». Es verdad que nunca perdió la fantasía (ni una irrepri-
[es decir, argarnasillescas], ni formando un sistema nuevo de mible tendencia a mezclar berzas con capachos), pero [As 1633
correcciones al Quijote». Pero unos años después Hartzenbusch notas nos ponen ante un conjunto de materiales, modos de tra-
volvía a la brecha con el ánimo y el saber mejor templados. bajar y observaciones textuales que el cervantismo moderno ha
La oportunidad se la dio el coronel don Francisco López Fa- incrementado en una magnitud menor que Hartzenbusch en
bra, inventor de la excelente técnica de la «foto-tipografía», que relación con quienes lo precedieron.
perfecciopaba los sistemas de grabado fotográfico existentes, y El facsímil de López Fabra, uno de los más fiables que se han
con la cual reprodujo entre 1871 y 1879 las dos príncipes y una publicado, y !As 1633 notas, con su acopio de datos, ponían ge-
abundante Iconograjla del «Quijote». La empresa se llevó a cabo neralmente ante los ojos los fundamentos mínimos para aco-
en Barcelona, cuyo fervor cervantino y espléndidas colecciones meter una edición crítica del Quijote: una edición, vale decir,
la convertían en sede ideal para el trabajo, pero el volumen ter- que tomara en cuenta, si no la totalidad, lo más primordial de
cero (1874) lo constituyeron !As 1633 notas puestas por el Exmo. los testimonios e indicios disponibles y, tras analizarlos metódi-
e Ilmo. Sr. D. Juan Eugenio Hartzenbusch al pionero facsímil. camente, procurara caso por caso argumentar y determinar la
Consisten éstas en el repertorio íntegro, sin excluir los gazapos, lectura querida por Cervantes, incorporando toda la documen-
de las diferencias entre los Quijotes de Robles, acrecentadas en tación precisa para que, sin más, cualquier experto pudiera
muchos casos con las propias de Bruselas, 1607, Madrid, 1636 aprobar, rechazar o rectificar las soluciones adoptadas. Esa edi-
y sucesoras inmediatas, Londres, 1738, y otras ediciones nota- ción crítica no podía ser, obviamente, como hoy la exigiría-
bles, de la Academia a Clemencín. Hay, cierto, faltas menudas, mos, pero el estado de la filología europea en 1874 permitía y
pero la colación es sustancialmente válida, y tanto los textos de pedía pasos resueltos en la dirección adecuada.
donde se toman las variantes como la selección que de ellas se Por desgracia, ni los españoles ni los hispanófilos estaban en
ofrece, cuando no era el caso de recogerlas todas, muestran un condiciones de avanzar en semejante dirección. Al contrario,
tino sin parangón hasta la fecha. En buena parte de !As 1633 no- las ediciones . que aparecen en el último cuarto del siglo x1x
tas, Hartzenbusch aduce además autoridades, referencias y ex- son, cuando no dislates sin paliativos, antiguallas convictas y
plicaciones que echan luz por entonces no usada sobre los pro- confesas (en general, secuela de las académicas o de fuentes to-
blemas textuales de la obra. davía más turbias), o bien suponen un declive con respecto al
Sorprende la ponderación que exhibe ahora el bueno de don nivel apuntado en !As 1633 notas. No las ojearemos aquí, ni si-
Juan Eúgenio. No sólo descarta de manera tácita o expresabas- quiera con la brevedad con que hemos avistado las ,de otras
tantes de sus lecturas de 1863 inequívocamente descarriadas épocas: una vez puestos sobre la mesa los elementos esenciales,
(otras las retiró luego en varios artículos), sino que incluso las ediciones del Ochocientos tardío y las posteriores sólo nos
HISTORIA DEL TEXTO CCLIX CCLX PRÓLOGO

interesarán cuando intenten hacerse cargo de todos o la mayor dal de gratitud ... !») y la mayoría de los cervantistas de la Cróni-
parte de ellos para progresar en la recuperación del texto más ca pertenecen a una etapa anterior y ajena a la constitución de
auténtico del Quijote, y den cuenta detallada del fundamento o una «comunidad científica internacional>> (como suele decirse)
el origen de las lecturas en que se apartan de las príncipes. con competencias ampliamente reconocidas para juzgar sobre
Fuerza es decir que en los días de la Restauración no sopla- materias relativas a la literatura española del Siglo de Oro. A ese
ban vientos favorables a la del Quijote. Cuando don Ramón ámbito, institucionalizado en universidades, revistas, bibliogra-
León Máinez, director de la representativa Crónica de los cervan- fías, y consolidado con relaciones personales, sí se _vincula en
tistas, emprende una nueva edición (Cádiz, 1877-1879), su cui- cambio James Fitzmaurice-Kelly, quien, en colaboración con
dado mayor es proclamar que para el Ingenioso hidalgo no se vale J ohn Ormsby para los veinticinco primeros capítulos, publicó
sino de la impresión prínceps de Cuesta (entiéndase: de López en 1898, con señorial tipografía, inigualablemente inglesa (Lon-
Fabra), pues las otras dos «tienen muchos más defectos que la dres y Edimburgo, «por T. y A. Constable, impresores de cá-
primera, faltando a ésta sólo algunos párrafos, que es lo único mara de Su Majestad»), una edición del Quijote que se decía la
que debe aceptarse en las sucesivas». La realidad de tal criterio «primera ... del texto restituido».
se advierte ya en la página contigua (Máinez empieza su Quijo- La identidad de Fitzmaurice-Kelly como hispanista (según la
te con la apócrifa dedicatoria), donde se imprime <<contenién- acuñación que Morel-Fatio divulgó desde 1879) y la adhesión
dose en los límites de su ignorancia», de acuerdo con 1604, en que mostraba a ciertas convenciones filológicas (así en la forma
vez de «no conteniéndose ... », según se corrigió en 1605. de consignar las variantes en el aparato crítico o, frente al Qui-
Sucede, no obstante, que en Las 1633 notas (y diez años an- jote gaditano, en la mesura de la modernización ortográfica) han
tes en un artículo) Hartzenbusch había demostrado que la de- dado a la edición del Desastre un prestigio que probablemente
dicatoria entera está trenzada con lizos de los preliminares al no le corresponde. Porque el hecho es que el entonces profe-
Garcilaso (1580} de Femando de Herrera, y la frase citada apa- sor de Cambridge no estaba demasiado por encima de Máinez,
rece allá con el no por delante. Ahora bien, Máinez ocultaba con quien coincide puntualmente en la declaración de princi-
deliberadamente ese hecho, del que tenía perfecta noticia, para pios inicial: «hemos procurado presentar el texto limpio de las
no debilitar el único principio que en teoría Qa práctica fue arbitrarias alteraciones introducidas por nuestros predecesores
bastante distinta) inspiraba su texto: el máximo «respeto» a la . .. imprimiendo íntegramente el texto de la primera edición,
prínceps. Pero ahí, como en infinidad de casos, el balance no salvo patentes errores de imprenta, añadiendo en las notas las
podía estar más claro: de un lado, las subsiguientes ediciones de variantes de más importancia y rechazando toda enmienda con-
Robles, el respaldo de la tradición, la idoneidad semántica y la jetural cuando nos parece que el texto primitivo expresa mejor
segura dependencia de una fuente; del otro lado, sólo la fe en la intención del auton>.
la prínceps, la presunción de que a cualquier razonamiento y Tomado a la letra, es decir bien poco, porque claro está que
autoridad bastaba oponer un Ipsa dixit. A falta de los conoci- ningún editor acogerá una enmienda si estima más fiel al autor
mientos imprescindibles, esa fe, ciega y sin obras, resolvía el «el texto primitivo». La cuestión estriba en cómo reconocer los
problema de editar el Quijote con una decorosa apariencia de «errores de imprenta» y en si la sujeción a las príncipes no supo-
rigor. ne una simple coartada para esquivar la responsabilidad de un
Máinez está ligeramente más olvidado de lo que de suyo me- ejercicio crítico informado y estricto. Es preciso también tener
rece (aunque Hartzenbusch le propinó en el Madrid literario un presente el panorama con que se encuentran Máinez y Fitz-
varapalo digno de recuerdo), porque él, su retórica (nota 1: maurice-Kelly. En sus respectivos preámbulos np queda ni
«¡Qué modelo más acabado de dedicatoria esta bella epístola de sombra de duda sobre cuáles son los modos de proceder a que
Cervantes! ¡Qué nobleza de sentimientos demuestra! ¡Qué rau- se oponen, el reverso de la actitud que ellos propugnan: el hi-
HISTORIA DEL TEXTO CCLXI CCLXII PRÓLOGO

bridismo inconsecuente de la Academia y las «arbitrarias altera- tra las lacras de la vieja época, que ella misma arrastra aún a no
ciones» de Hartzenbusch. pocos propósitos.
Tal reacción era comprensible y en más de un aspecto legí- Mejor encaminado, más honestamente laborioso y algo me-
tima y sana. Comprensible, porque la edición académica había nos insatisfactorio es el Quijote en seis volúmenes cuidado por
ido a peor de 1780 a 1819, las enmiendas de Argamasilla con el presbítero Clemente Cortejón, catedrático del Instituto de
frecuencia clamaban al cielo y se vivía en los tiempos de las su- Barcelona (Madrid, Victoriano Suárez, 1905-1913; todos los
percherías pseudocervantinas (con El buscapié al frente), de las tomos, con la colaboración de sus mejores alumnos, y el últi-
exégesis esotéricas de Nicolás Díaz de Benjumea (que hizo mo, póstumo, dispuesto por J. Givanel Mas y J. Suñé Benages).
suyo el Quijote de Argamasilla) y de los dilettanti incontrolados Cortejón sí vio y colacionó abundantes ediciones antiguas y
(el médico palentino Feliciano Ortego difundiría pronto un In- modernas (veintiséis para la Primera parte, veinte para la Se-
genioso hidalgo fundado «en las anotaciones, acotaciones y co- gunda) intentando «conciliar sus discrepancias», «elegir de sus
rrecciones que en márgenes y cuerpo de la obra colocó El gran varias lecciones aquella que salva un absurdo» o «consiente me-
Cervantes en el ejemplar prueba que de su puño y letra consti- nor número de objeciones» y «apuntando las restantes en la lis-
tuye su única y verdadera capilla>>): había que extremar las di- ta que va al pie de cada página». Una cierta debilidad por la re-
ferencias y asumir trazas de seriedad y buena disciplina. Legíti- visión de 1605 no le impide seguir «el sistema ecléctico» y optar
ma y sana, porque después de tantas contaminaciones salvajes y en cada caso por la variante que le parece correcta, venga de
titubeos editoriales hacía falta una referencia firme, cuando me- donde viniere.
nos un pulcro texto de cotejo, y para tenerlo era obligado echar Los planteamientos están, pues, bastante bien orientados,
mano de las príncipes. pero la realización no puede ser más desafortunada., En primer
Pero la panacea de Máinez y Fitzmaurice-Kelly no surgía del lugar, Cortejón elige mal y emplea mal las impresiones que
estudio minucioso de las fuentes, sino de la falta de estudio, de maneja. Para el Ingenioso hidalgo, así, el registro completo de las
la cómoda, eliminación previa de cuanto no fueran las impre- variantes de las dos lisboetas de 1605 o de la familia formada por
siones de 1604 y 1615. Hartzenbusch ya notó que Máinez no Valencia, 1605 y 1616 (pero con la misma fecha de la anterior),
había visto otras. Sobre la efectividad de las colaciones de Fitz- Milán, 1610 y Barcelona, 1617 (todas descriptae de la primera
maurice-Kelly caben hartas dudas: no sobre la evidencia de que valenciana) sólo se justificaría (relativamente) en una edición
pasa por alto incontables variantes de las ediciones que dice ha- variorum en que se hubiera hecho lo mismo con otras que ocu-
ber cotejado o de que las procedentes en última instancia de la pan un lugar más estratégico o más relevante en la transmisión
valenciana de 160 5 y de las madrileñas de 1637, «1647, 16 52 de la obra. Pero si no se recurre, pongamos, a un texto de po-
[sic] y 1668» las toma de hecho de la Academia y de ... !.As 1633 sición tan central como el madrileño de 1636-1637, es absurdo
notas. Éstas, desde luego, se guarda bien de citarlas, mientras a recoger todas las discordancias de tales ediciones (y no única-
los «desvaríos» argamasillescos les asigna una parte despropor- mente las lecturas singulares con interés ecdótico o histórico),
cionada del aparato crítico: está claro que los antípodas le con- revueltas, además, con las modernas sin valor alguno (Arrieta o
dicionan más que el norte. Pero si al cotejo incompleto y al in- Benjumea, por ejemplo) y anotando incluso diferencias gráficas
suficiente trato directo con los textos se unen las numerosas enteramente desdeñables (como entre ese alta y baja). Supues-
lecturas que (poi defecto) resultan atribuidas a 1604 y 1615, sin to que, por otro lado, la cantidad de errores de colación es al-
corresponderles; y se suma lo errático de las conjeturas al tísima y nunca se puede dar por seguro de qué impresión sale
cabo admitidas, no sonará injusto concluir que la edición de una determinada variante, el resultado es un aparato crítico
Fitzmaurice-Kelly es más un farol que una buena baza: ni cum- (negativo, con la confusión consiguiente) pura y simplemente
ple los fines que promete, ni pasa de un gesto de rebeldía con- inutilizable. ¿Habrá que decir que tal ceguera en la recensio no
HISTORIA DEL TEXTO CCLXlll CCLXIV PRÓLOGO

se acompaña de mejor puntería en la emendatio? Por desgracia una (y en especial la última) con valiosas novedades respecto a
así ocurre, y las buenas intenciones y los materiales ocasional- la anterior, pero todas cortadas básicamente por el mismo patrón.
mente útiles del honrado Cortejón naufragan o se pierden por La contribución de Rodríguez Marín a la inteligencia del
absoluta falta de capacidades para la labor. Quijote está fundamentalmente en sus escolios, que contienen
El texto publicado en la Bibliotheca Romanica (Estras- un tesoro de información sobre palabras y cosas de la época.
burgo, etc., 19u-1916) por Wolfgang von Wurzbach, conju- No hay, sin embargo, aspecto de la novela que no se beneficie
gando un ignorante apego a «las ediciones legítimas» con el más o menos esporádicamente de su familiaridad con los libros
despojo (tácito) de Cortejón para la inserción de unas escasas y los documentos coetáneos. Por lejanos que nos resulten el
variantes, atestigua que la situación tampoco era por aquellos pretendido casticismo de su prosa y el gracejo que aspira a dar-
tiempos demasiado próspera en la cuna de ·la filología «cientí- le, es indiscutible que su comentario supone un paso formida-
fica». Que no había mejorado en el decenio siguiente lo rati- ble en la elucidación literal de la obra: Bowle, Clemencín y
fica Adalbert Hamel, dando en la Romanische Bibliothek don Francisco son los tres grandes anotadores del Quijote, y los
(Max Niemeyer, Halle, 1925-1926) una supuesta <<kritische restantes no van (no vamos) más allá de añadir respuestas a
Ausgabe» de la Primera parte cuyo aparato es una gratuita an- cuestiones de detalle.
tología de unas cuantas lecturas y bastantes gazapos de I 60 5 y Cosa distinta son sus dotes y hábitos textuales. La edición de
1608, con un puñado de variantes tomadas de acá y allá (en par- los Clásicos Castellanos sólo se insinuaba como «crítica» con-
ticular de Fitzmaurice-Kelly, erratas incluidas), pasmosos dispa- traponiéndose discretamente a la de Cortejón, pero las poste-
rates de copia y algunas conjeturas como perición, en la duda en- riores reivindicaban el marbete sin paliativos. Américo Castro,
tre perdición y petición. No debe sorprendemos, por ende, que reseñando la segunda en la Revista de Filología Espafiola (1917),
sea un abogado de Osuna, hombre del siglo XIX de la cabeza a señalaba que el adjetivo no podía entenderse en su «sentido téc-
los pies, quien tenga en su haber el Quijote más reputado y di- nico». Cortés y aun elogioso, pero reticente, el futuro autor de
fundido durante gran parte del siglo xx: «el Quijote, que el El pensamiento de Cervantes (ya en germen al final de la recen-
poeta ha llamado / "ese libro inmortal anotado / por Francis- sión) marcaba inequívocamente la distancia entre el trabajo de
co Rodríguez Marín"» (según una copla de hacia 1927 e inse- don Francisco y las exigencias de la más sólida filología del mo-
gura atribución). mento (vale decir, las pautas del Centro de Estudios Históri-
Rodríguez Marín no tuvo una formación lingüística ni lite- cos): «Es evidente que parajustificar el dictado de "crítica" ha-
raria del tipo que don Ramón Menéndez Pidal estaba asentan- bría hecho falta estudiar metódica y minuciosamente las
do entre nosotros, pero las pesquisas en archivos, las inmensas ediciones que utiliza, indicar siempre las variantes, conservar la
lecturas (antes y después de llegar a la dirección de la Bibliote- ortografía, etc.» . .
ca Nacional) y el tesón intelectual le hicieron adquirir un saber Tenía razón. Rodríguez Marín se vale de un empirismo
envidiable, y cuando la revista La Lectura inició su popular co- cuerdo e ilustrado, pero insuficiente. El criterio que enunciaba
lección de Clásicos Castellanos él era sin duda el cervantista que en 19II de seguir «preferentemente el [texto] de la edición
a los ojos de todos parecía en mejores condiciones de acome- príncipe, así de la Primera parte (1605) como de la Segunda
ter una nueva edición del Quijote, que, en efecto, vio la luz en- (1615)>>, y apartarse de él sólo «en contadas ocasiones» fue cum-
tre 19II y 1913, ·en ocho volúmenes de la serie. A la edición pliéndolo progresivamente con más firmeza (para bien o para
de Clásicos Castellanos (reimpresa tal cual hasta hace pocos mal) en 1916, 1927 y 1947; pero la declaración de que los des-
años) siguieron otras tres aparecidas en 1916-1917 (Madrid, Ti- acuerdos frente a la prínceps se consignan «casi siempre ... en las
pografía de la Revista de Archivos),· 1927-1928 (ídem) y 1947- notas» nunca llegó a aplicarla en la medida necesaria, pues en
1948 (Madrid, Atlas, ya tras la muerte de don Francisco), cada multitud de casos se separa de aquélla (insistamos: para bien o
HISTORIA DEL TEXTO CCLXV CCLXVI PRÓLOGO

para mal) sin advertencia de ningún género. Rodríguez Marín del siglo XIX mantuvieron vivo durante muchos años el inge-
no había explorado por sí mismo la transmisión del Quijote y nuo convencimiento de que «la fotografia aplicada a la im-
carecía de la perceptividad que sólo se gana con la experiencia prenta es tipógrafo que no sabe hacer sino exacta la copia» (así
del cotejo directo. La Academia, Hartzenbusch y Cortejón le lo creía Hartzenbusch en 1874), descuidando sus imperfeccio-
habían llamado la atención sobre muchas variantes (sin perjui- nes técnicas y, como consecuencia más seria (y tampoco deste-
cio de que luego pudiera comprobarlas personalmente), y, una rrada aún), ignorando la generalizada intervención de los im-
vez convencido de la bondad de una, no le interesaba dema- presores en los fotolitos o negativos. Schevill no había podido
siado anotar las demás, ni le inquietaba en absoluto la conve- hacer suya la lección que hoy se aprende en cualquier cursillo
niencia de tomarlas todas como señal de problemas concretos de rudimentos de ecdótica: la necesidad de manejar directa-
o, en general, como síntoma del modo de proceder de la prin- mente las fuentes sigue vigente cuando el editor se auxilia con
ceps en relación con el original. La falta de intimidad con las facsímiles {o, desde luego, con microfilmes y fotocopias).
fuentes textuales le priva, así, de subsidios insustituibles para Ese malogrado intento de fidelidad era por otro lado solida-
una edición crítica. Pero, cuando los datos de que dispone son rio de la creencia en que una prínceps del Quijote <<se ha de re-
lo bastante amplios, su conocimiento de Cervantes, de la len- verenciar como si fuera el manuscrito» cervantino autógrafo
gua y la cultura del Siglo de Oro le permite discriminar con que Schevill suponía reflejado en ella, creencia y suposición que
notable ·nitidez el grano de la paja, y repetidamente sabe que- lo empujaban a contemplar su propia tarea menos como de
darse con la lección acertada. edición que de «reproducción» de los impresos de 1604 y 1615.
Quizá no cabe decir lo mismo de otra gran edición contem- Sólo por excepción, efectivamente, admite lecturas de otros, y
poránea de las suyas y en varios aspectos abiertamente superior: es parquísimo incluso en aducir variantes que no salgan de
la firmada por Rodolfo Schevill y Adolfo Bonilla, aunque ela- Cuesta o V elpius. Podemos lamentar tal estrechez de miras,
borada sólo por el distinguido hispanista de Berkeley, en cua- siempre y cuando advirtamos asimismo que Schevill, con los
tro tomos (Madrid, Gráficas Reunidas, 1927-1941) de las que medios y los conocimientos a su alcance, procede con conse-
todavía hoy son las mejores Obras completas de Cervantes con cuencia y probidad, y que después de tantas falsas alharacas,
que contamos (gracias al mecenazgo de Mrs. Phoebe Apperson desde Máinez, y tantas falsas proclamaciones de acatamiento a
Hearst y sus herederos). Los cimientos de Schevill están en una los primitivos textos madrileños, su reacción conservadora
atenta colación de las cuatro impresiones de Robles y, para el prestaba un excelente servicio a los estudiosos.
primer Quijote, también de la bruselense de 1607. Unos ci- Pero no debemos confundir los fines con los medios, ni las
mientos, pues, limitados, pero macizos, porque Schevill es tan soluciones con los problemas: producir un instrumento de tra-
. cuidadoso en la transcripción como en el registro de variantes, bajo no es establecer un texto. Esto último pide interpretacio-
si no irreprochable, sí más cabal que todos los precedentes. nes y decisiones que Schevill esquiva reiteradamente, hasta el
Su mismo celo, sin embargo, pone ante la vista deficiencias punto de que a veces es imposible saber si la suya es tal lectura
que no se dejan apreciar en otros editores: en particular, que o bien tal otra (ocurre así, por ejemplo, cuando deja de acen-
tanto o más que con las príncipes originarias Schevill trabajaba tuar vocablos que toleran varias posibilidades o pone entre pa-
con facsímiles, según el uso más extendido desde la aparición réntesis «las letras o palabras del original que a [su] parecer so-
del de López Fabra. Como muestra, baste notar que buena par- bran», en lugar de eliminarlas y consignar el cambio en el
te de las veces que, en su deseo de exactitud, indica la diver- aparato, como hace de manera regular). Una edición crítica lo
gencia entre «algunos ejemplares>> de la primera edición, nos es, por un lado, en la medida en que permite al lector disponer
hallamos meramente ante retoques o defectos de los facsímiles de los mismos elementos de juicio que el editor y constituir
en circulación. Hay que decir, no obstante, que los progresos con ellos un texto sin embargo distinto; pero es crítica también,
HISTORIA DEL TEXTO CCLXVII CCLXVIII PRÓLOGO

por otra parte, en tanto restituye la lección más próxima a la cercana al escritor, siempre que una y otra respondan a los cri-
deseada por el autor. De ahí, de la irresolución y de la timidez terios fundamentales de la ecdótica. El paradigma para la edi-
en la enmienda, la paradoja de que la edición de Schevill, cla- ción del Quijote fue, así, la renuncia a la edición críticá.
ramente más crítica en el primer sentido, tal vez se acerque me- No es facil entender cómo llegó a entronizarse tal actitud, y
nos a Cervantes que la de Rodríguez Marín. O, dicho de otra precisamente en los años en que el arte de editar los textos co-
forma, que mientras al cervantista de los años cuarenta le era noció etapas tan florecientes como las marcadas por la escuela
obligado servirse de Schevill, quien no se picara de experto italiana de Pasquali y Contini o por los desarrollos de la textual
probablemente hacía mejor recurriendo a Rodríguez Marín. bibliogtaphy. La respuesta quizá resida en una cierta insularidad
Las virtudes de Schevill y las carencias de Rodríguez Marín del cervantismo, cultivado desde antiguo como parcela con en-
(que no al revés) han condicionado la ortodoxia del cervantis- tidad propia y, por tanto, con independencia de otros estudios
mo en la segunda mitad del siglo xx, ·como a finales del ante- pertinentes a la historia de la lengua y de la literatura. Por otra
rior la condicionaron negativa y positivamente los dos polos de parte, la introducción en España de los hábitos más rigurosos
Hartzenbusch y Fitzmaurice-Kelly. La noción preponderante de la filología fue en gran medida mérito de don Ramón Me-
tiene una cara y una cruz. La cara predica que una edición del néndez Pida!, y los temas, los tiempos y los modos de investi-
Quijote debe olvidar la existencia de todas las demás y atender gación preferidos por el maestro no favorecieron especialmen-
única y exclusivamente a las impresiones de 1604 y 1615, pues te los trabajos ecdóticos relativos a la Edad Moderna: hasta el
corregirlas «con lecturas de cualquier otra es una arbitrariedad,> extremo de que hubo que esperar hasta 1965, con LA vida del
(J.B. de Avalle-Arce). La cruz implica que la garantía de acier- Buscón cuidada por Femando Lázaro Carreter, para saludar «la
to en las dudas que lleguen a suscitarse consiste en el apego es- primera edición de un clásico castellano hecha por un filólogo
tricto y poco menos que incondicional a la prínceps. español con aplicación exacta del método neolachmanniano»
Es norma definitoria de la crítica textual que «every word (Oreste Macrí).
and every punctuation mark are suspect» (G. T. Tanselle) y que Sea por esas entre otras o sea por las razones que fuere, el
el editor no puede darlos por buenos sin someterlos uno por hecho es que después de Schevill y Rodríguez Marín la pauta
uno al minucioso escrutinio que los corrobore o descarte como editorial prevaleciente para el Quijote ha consistido en «la pre-
válidos. La corriente mayor del cervantismo en el último me- tensión, cada día más extremada, de querer ajustarse al texto
dio siglo ha afirmado exactamente lo, contrario~ «cada palabra y de las ediciones príncipes» (José M. Casasayas), en detrimento de
cada signo de puntuación» de las primeras ediciones, incluso cualesquiera otras fuentes y otros datos. La formulación más
cuando su falta de adecuación había parecido manifiesta desde drástica de tal pretensión se halla en el prólogo a la edición se-,
los días del propio Cervantes, se presumen correctos por prin- mipaleográfica de Robert M. Flores (1988), que se dice fun-
cipio, atribuyendo así a la prínceps en los puntos problemáticos dada «exclusivamente en el texto y en las características tipo-
una patente de infalibilidad en contradicción con su super- gráficas» de los ejemplares de 1604 y 1615 que maneja, «sin
abundancia de errores obvios. A tal convencimiento, por otra tomar en cuenta ninguna otra edición de la obd, ni de nin:...
parte, se llega no tanto por acopio cuanto por exclusión de ma- guna otra obra de Cervantes, ni de ningún otro elemento aje-
teriales y, en concreto, por negación de las dos solas vías posi- no a Cervantes en ningún período en la historia de la lengua
bles para restaurar un texto maltrecho: el cotejo, que puede lo- española». La clausura de horizontes se vuelve precepto para la
calizar intervenciones del autor no tomadas en cuenta (en edición del Quijote.
nuestro caso, en las impresiones de 1605 y 1608, pero incluso Por ahí, la forma en que los nuevos editores de la novela han
en la misma de 1604), y la conjetura, sea propia del editor o es- aspirado a superar a sus predecesores, proscrito por principio
pigada en la transmisión de la obra, particularmente en la más cualquier otro camino, ha querido ser aventajados en exactitud
HISTORIA DEL TEXTO CCLXIX CCLXX PRÓLOGO

en la transcripción material de la prínceps: en teoría buscando «ingenio lego» del siglo XVII y del siglo XIX, Gaos opina que
una mayor adhesión al original cervantino, pero en la práctica en el Quijote todo es «plan, consciencia, premeditación», y «el
confundiendo tal objetivo con la pura y simple reproducción novelista domina en todo momento la totalidad de su obra»:
de las primeras impresiones de Cuesta. La trayectoria ecdótica «pocos autores tan vueltos sobre sí mismos, tan reflexivos y
del Quijote se ha convertido, así, en una competición por sal- atentos a su propia labor>>. En vez de los <<errores», «olvidos>> o
var más lecturas de la prínceps, por encontrar algún sentido a «descuidos» que Clemencín censura y enmienda o propone en-
más momentos sospechosos de yerro, por admitir más lugares mendar, Gaos no ve sino sutiles artificios de Cervantes para
sobre cuya inadmisibilidad nunca se había vacilado. El máximo avergonzar al lector que crea que los «descuidos» son involun-
exponente de semejante tendencia fue Vicente Gaos (1919- tarios, reírse de quienes perciban los supuestos «olvidos» o,
1980), que por desgracia no llegó a ver de molde el Quijote que pongamos, con los «errores» en las citas burlarse de los pedan-
lo atareó durante lustros y sólo se publicó póstumamente gra- tes que yerran en las citas ... Ahora bien, quizá sin percatarse de
cias al ejemplar desvelo de Agustín del Campo (Madrid, Gre- la transferencia, Gaos traslada del autor al taller de Cuesta esa
dos, 1987, en tres tomos, el tercero de apéndices y otros com- imagen sublimada de perfección y acierto indefectible y erige
plementos): el Quijote más voluminoso aparecido después de en norma editorial exclusiva el más rendido acatamiento a la
Rodríguez Marín. prínceps. Que «Cervantes o la edición príncipe» (con tajante
. Gaos, ·buen poeta e intelectual estimable, pero sin una pre- equivalencia) lleguen a equivocarse es hipótesis que descarta
paración filológica suficiente, confesaba haber aportado a su sistemáticamente: «El error atribuido a Cervantes o a la edición
edición del Quijote «muy poca erudición original o de primera príncipe se basa en una mala interpretación... », «No hay ni olvi-
mano», en tanto la reivindicaba paladinamente como muestra do ni errata, sino mala interpretación... » son asertos que, repeti-
de una «renovación sustancial» en la «comprensión del arte de dos en cien maneras, gobiernan todo su quehacer.
Cervantes» a la luz de la «personal intuición iluminadora» que, Nunca antes ni después, en verdad, se ha publicado un Qui-
afirmaba, es la única en revelar «la singular totalidad en que la jote de más «escrupulosa fidelidad» a las «ediciones príncipe [sic]
obra literaria consiste». En efecto, sus contribuciones al enten- de 1605 y 1615» ... o, reiteradamente, a las incorrecciones de los
dimiento lingüístico o histórico del texto son escasísimas, facsímiles al uso. Nunca, por ende, se ha publicado otro, desde
mientras el acento se pone en el comentario «de crítica e inter- Robles, con tantas violencias sintácticas, concordancias forza-
pretación literaria, estético, filósofico» (y aun en las reflexiones das, hápax de toda especie, erratas convertidas en rasgos de es-
puramente subjetivas). No en balde Gaos elogiaba a Clemen- tilo y triviales fenómenos de corrupción textual contemplados
cín por haber realizado «el primer esfuerzo de interpretación como pruebas de la «plena maestría» de un «profundo artista»
estética y filosófica» del Quijote, lleno de «grandes intuiciones», en quien «creación y crítica se acompañan paralelamente».
de «sugestiones hondas y fértiles», aunque lastrado, añadía, por Cualquier cosa, antes que concebir que en la prínceps se haya
la idea de que Cervantes redactó la novela «inconscientemen- colado un gazapo.
te, sin plan ni concierto, sin recordar lo que llevaba escrito ni Por penoso que resulte, es también necesario llamar la aten-
saber lo que escribiría después: "No pudo libro alguno hacerse ción sobre los inaceptables planteamientos textuales de Gaos.
menos de pensado". De ahí los "errores" que creyó descubrir Tal como cristalizan en su edición, arropados con notas que re-
y que no existían más que en su mente». cogen otras posibilidades, y al cabo sometidos al veredicto de
No nos corresponde ahora enjuiciar la orientación ni la cali- los expertos, poco daño pueden hacerle al Quijote. Pero el des-
dad de las riotas de Gaos, pero las consideraciones recién co- tino de todas las ediciones de envergadura mayor, desde la aca-
piadas subyacen decisiva e innegablemente a su actuación tex- démica de 1780, ha sido siempre acabar suministrando el texto
tual. Frente al escritor «inconsciente>> de Clemencín, frente al a las menores y más divulgadas, y ha empezado ya a cumplirse
HISTORIA DEL TEXTO CCLXXI CCLXXIl PRÓLOGO

con la de Gaos. Es en esa segunda travesía de los Quijotes para Péligry, «Un libraire madrilene du Siecle d'Or. Francisco López le Jeune
el público común y la enseñanza donde cabe temer que la edi- (1545-1608)», Méla,,ges de la Casa de Velázquez, XII (1976), pp. 219-250, y
«Les difficultés de l'édition castillane au XVII' siecle a travers un document
ción de Gaos, con la abundancia de anormalidades y asperezas de l'époque•, Méla11ges de lcl Casa de Velázquez, Xlll (1977), pp. 257-284; al-
que acarrea su ciega devoción a las príncipes, disuada a algunos, gunos otros datos, en F. Rico, «A pie de imprentas. Páginas y noticias de
ojalá no demasiados, de adentrarse en el libro más hermoso de Cervantes viejo,, B11lleti11 Hispa11iq11e, CIV (2002), pp. 673-702,
la tradición española. El objeto de la edición crftica está precisa- Sobre el proceso de fabricación del libro antiguo, desde el original del au-
mente en orillar semejante peligro, liberando a la obra literaria tor y la copia del amanuense hasta la composición por formas y la corrección
de las adulteraciones que por fuerza produce la transmisión. de pruebas, son esenciales los estudios (de J. Moll, T.J. Dadson, S. Garza,
D.W. Cruickshank, P. Andrés Escapa y otros) contenidos en el volumen
Porque, en resumidas cuentas, todas las fatigas de la crítica tex- I111pre11ta y critica textual e11 el Siglo de Oro. Estudios dirigidos por F. Rico, Cen,.;
tual no tienen propósito mejor que dar unas horas de «pasa- tro para la Edición de los Clásicos Españoles y Universidad de Valladolid,
tiempo y gusto» (1, 9, I 17) a los lectores de buena voluntad. Valladolid, 2000.
En cuanto a la primera edición del l11ge11ioso hidalgo, Robert M. Flores,
TI,e Compositors ef tl1e First a11d Second Madrid Editio11s ef «Do11 Quixote» Part
/, The Modem Humanities Research Association, Londres, 1975, ha con-
NOTA BIBLIOGRÁFICA firmado que se trata de la acabada de imprimir en las últimas semanas de
1604, y ha arriesgado algunas hipótesis difkilmente aceptables sobre los ca-
No contamos con estudios de conjunto sobre la fortuna textual del Q11ijo- jistas que la compusieron; véanse las conclusiones a que llego por mi parte
te, y los materiales para escribirlos son tan escasos cuanto en general insa- en «Componedores y grafías en el Quijote de 1604 (sobre un libro de R.M.
tisfactorios. El punto de partida han de ser todavía los grandes repertorios Flores)», en Actas del Tercer Congreso lutemacio11al de la Asociació11 de Cerva11-
de Leopoldo Rius, Bibliograjla critica de las obras de Mig11el de Cervantes Saa- tistas (I1I-Ci11dac), Cala Gcrld,mcr, Me11orca, 20-25 de ocrubre de 1997, ed. Anto-
vedra, Librería Murillo, Madrid, 1895-1905, 3 vols. (reimpr. Burt Francklin, nio Bernat Vistarini, Universidad de las Islas Baleares, Palma de Mallorca,
Nueva York, 1970), y J. Givanel i Mas, Cataleg de la coHecdó cerva11tica for- 1998, pp. 63-83 . En «El caso del epígrafe desaparecido: capítulo 43 de la edi-
mada por D. Isidro Bo11so111s i Siscart i cedida per ell a la Biblioteca de Catalun- ción príncipe de la Primera parte del Quijote», Nueva Revista de Filologfa His-
ya, Institut d'Estudis Catalans, Barcelona, 1916-1925, 3 vols. (que no se pánica, XXVlll (1979), pp. 352-360, Flores amplía una propuesta in 1111ce en
anula, sino se complementa con J. Givanel y Mas y L.M. Plaza Escudero, T11e Compositors... , donde se revela también que parte de la edición revisa-
Catálogo de la colección cervantina [de la Biblioteca Central, BarrelonaJ, Diputa- da de 1605 se llevó a cabo en la Imprenta Real; pero véase aquí, 11, 45, 1085,
ción Provincial de Barcelona, 1941-1964, 5 vols.), donde, sin embargo, los n. 24ª. Que Cervantes ni siquiera llegó a enterarse de la existencia de las im-
datos a nuestro propósito son ocasionales e inseguros (véase igualmente J. presiones de 1605 y 1608 lo postula Flores en «The Loss and Recovery of
Suñé Benages y J. Suñé Fonbuena, Bibliogref(a critica de ediciones del «Quijo- Sancho's Ass in Do11 Quixote, Part I», Moderu La11guage Review, LXXV
te» impresas desde 1605 hasta 1917, Perelló, Barcelona, 1917). Varias de las (1980), pp. 301-310 (307, n. 1); me remito a las observaciones que he he-
cuestiones brevemente examinadas en el presente capítulo se tratan con cho en las páginas anteriores. Carecen de valor las consideraciones sobre el
mayor detención en mi próximo libro El texto del «Quijote». texto de 1608 arriesgadas por C. Cortejón (vol. 11, pp. vn-xLv); algunas in-
En espera del amplio y renovador trabajo sobre Juan de la Cuesta que ul- dicaciones al respecto se hallarán en F. Rico, E11 tomo al error. Copistas, ti-
tima Jaime Moll, las indicaciones de C. Pérez Pastor, Bibliogref(a madrileiia, pógrafos,jilologfas, CECE, Madrid, 2004, pp. 35-39.
Tipografía de los Huérfanos, Madrid, 1891-1907, 3 vols., y Documentos cer- Relativamente más sólidas y maduras que las presentadas en el libro re-
vanti11os hasta ahora inéditos, Fortanet, Madrid, 1897-1902, 2 vols., y deJJ. cién citado son las observaciones de Flores sobre la elaboración tipográfica
Morato, «La imprenta de Juan de la Cuesta», Revista de la Biblioteca, Arcl1ivo del l1,gc11ioso caballero: «The Compositors of the First Edition of Do11 Quixo-
y M11seo de Madrid, 11 (1925), pp. 436-441, siguen siendo preferibles a traba- te, Part 11»,]oumal of Hispa11ic Pl1ilology, VI (1981), pp. 3-44; «A Tale ofTwo
jos posteriores comt> el desdichadísimo de R.W. Clement, «Juan de la Printings: Do11 Q11ixote, Part 11», Studies i11 Bibliogmpl,y, XXXIX (1986), pp.
Cuesta, the Spanish Book Trade, and a New Issue of the First Edition of 281-296, y «More on the Compositors ofthe First Edition of Dou Quixote,
Cervantes' Persiles y Sigis111,111da», Joumal of Hispa11ic Philology, XVI (1991), Part lb, Studies i11 Bibliogmphy, XLIII (1990), pp. 272-285.
pp. 23-41. Sobre Francisco de Robles y su entorno, consúltense en especial Las noticias que doy y las valoraciones que hago sobre las ediciones de
J.M. Laspéras, «El fondo de librería de Francisco de Robles, editor de Cer- Robles se hallarán documentadas en El texto del «Quijote»; algunos anti-
vantes», Cuadernos Bibliográficos, XXXVIII (1979), pp. 107-138, y Christian cipos, en «El primer pliego del Quijote», Hispa11ic Review, LXIV (1996),
HISTORIA DEL TEXTO CCLXXlll CCLXXIV PRÓLOGO

pp. 313-336, y «D011 Quijote, Madrid, 1604, en prensa», Bulleti11 Hispa11iq11e, CI Para el contexto de esas ediciones del Setecientos y para otras contem-
(1999), pp. 415-434 (versión final de Prisas y pre11sas para e/primer «Q111jote», poráneas, baste remitir a los excelentes enfoques de Francisco Aguilar Piñal,
s.J., 1996'). «Cervantes en el siglo xv1m», Anales Cerva11ti11os, XXI (1983), pp. 153-163,
Sobre «El éxito inicial del Quijote», hay unas sustanciosas páginas de Jai- y de Francois López, «Los Quijotes de la Ilustración», Dieciocho, XXII:2
me Moll en su libro De la imprenta al lector. Estudios sobre el libro espmiol de los (1999), pp. 247-264, así como a los amplios panoramas de Anthony J. Clo-
siglos XVI al XVIll, Arco/Libros, Madrid, 1994, pp. 20-27; para varias cues- se, Tl,e Romantic Approaclt to ((D011 Quixote». A Critica/ History of the Roma11-
tiones conexas, véase su artículo «Diez años sin licencias para imprimir co- tic Tradition i11 ((Quixote» Criticism, Cambridge University Press, 1978, y de
medias y novelas en los reinos de Castilla: 1625-1634», BoletÍII de la Real Aca- Paolo Cherchi, Capitoli di critica cerva11ti11a (1605-1789), Bulzoni, Roma, 1977.
den,ia Espmiola, LIV (1974), pp. 97-103. El parecer de F. Rodríguez Marín, Para otras cuestiones nos hemos apoyado también en José Luis Pensado,
en El «Quijote>> en América, Sucesores de Hemando, Madrid, 1911. ((Noticia de la verdadera patria (Alcalá) de El Miguel de Cervalltes» de fray MartÍII
Lo dicho en el apartado «Éxito popular y degradación textuafo procede Sarmiento, ed. y estudio crítico, Junta de Galicia, 1987, y Antonio Ro-
de nuestros cotejos parciales de las ediciones mencionadas (véase asimismo dríguez-Moñino, El Quijote de Do11 Anto11io Sa11clta (Noticias Bibliogrqficas),
G. Pontón, «Martín Gelabert y la prínceps del Quijote: la edición barcelone- E. Sánchez Leal, Impresor, Madrid, 1948
sa de 1704», Anales Cervantinos, XXXII, 1994, pp. 185-198) y, para las más .Sobre los Quijotes del siglo xrx, datos y materiales de diverso valor pue-
tardías, de dos valiosos estudios de Enrique Rodríguez-Cepeda: «Los Qui- den hallarse en Ana Luisa Baquero, Una aproxi111aci611 11eoclásica al género no-
jotes del siglo xvm1. 1) La imprenta de Manuel Martín», Cerva11tes, VIII: vela. Cle111end11 y el <,Quijote», Universidad de Murcia, 1988; Javier Blasco,
(1988), pp. 61-108, y «Los Quijotes del siglo XVIII. 2) La imprenta de Juan «El Quijote de 1905 (apuntes sobre el quijotismo finisecular)», Antl,ropos,
Jolis», Hispa11ia, LXXI (1988), pp. 752-779. XCVIII-XCIX (1989), pp. 120-124; J. Givanel Mas, ed., Martín Fernández
En la bibliografía existente, son pocos o nulos los aspectos relativos a la de Navarrete, Notas Cervantinas, y El co111e11tario de C/emet1d11, Publicaciones
configuración textual de las grandes ediciones del siglo xvm; sobre la lon- Cervantinas Patrocinadas por J. Sedó Peris-Mencheta, Barcelona, 1943 y
dinense de 1738 y Lord Carteret, puede verse Ronald Paulson, D011 Quixo- 1944; J. Givanel y Mas, y «Gaziel», Historia grqfica de Cervantes y del <,Quijo-
te in E11gla11d. TI,e Aesthetics of Laughter, The Johns Hopkins University Press, te», Plus Ultra, Madrid, 1946; Agustín González de Amezúa, «Epílogo» a la
Baltimore-Londres, 1998; imprescindible, por otra parte, Antonio Mestre, t:Jueva edici611 critica (1947-1948) de F. Rodríguez Marín, VIII, pp. 271-301;
ed., Gregorio Mayans y Sisear, Vida de Miguel de Cervantes Saavedra, Espasa- Angel González Palencia, «La edición con notas de Bastús», B0let{11 de la
Calpe, Madrid, 1972; el trabajo de Bowle ha sido últimamente más afortu- Universidad de Madrid, V (1929), pp. 542-545, y «Una edición académica del
nado, y a las aportaciones de R. Merritt Cox, Tl,e Rev. ]0/111 Bowle. TI,e Ge- Quijote, frustrada», Boletfn de la Real Academia Espmiola, XXVIII (1948), pp.
11esis of Cerva11tea11 Criticism, Chapel Hill, University of North Carolina 27-54, 225-256 y 357-380; Carmen Riera, La recepci6 del Tercer Ce11tenari
Press, 1971, y An E11g/ish <1l/11stmdo»: The Revere11d ]0/111 Bo,vle, Peter Lang, d'«EI [sic] Quixot» a la premsa de Barcelona, Real Academia de.Buenas Letras,
Berna, 1977, o de Daniel Eisenberg, Cerva11ti11e Correspo11dence of TI10111as Barcelona, 2002; Leonardo Romero Tovar, «El Cervantes del XIX», Antl,ro-
Percy and]o/111 Bowle, University ofExeter, 1987, han venido a sumarse en pos, XCVIII-XCIX (1989), pp. u6-I19.
especial la edición de la carta a Percy, por D. Eisenberg, en Cervantes, XXl:1 En cuanto a la última sección del presente capítulo, precisaré, que no he-
(2001), pp. 95-146, y un número de la misma revista, XXlll:2 (2003), con mos considerado la mencionada edición de R.M. Flores (A11 Old-Spel/i11g
artículos de R.W. Trumao, D. Eisenberg y E. Urbina, y con interesantes Control Edition Based 011 the First Editions of Parts I a11d JI, University ofBri-
documentos; sobre la primera edició~ (1780) de la Real Academia Españo- tish Columbia Press, Vancouver, 1988, 2 vols.) porque su singularidad la
la los estudios más útiles se deben a Angel González Palencia, Las edicio11es aleja en exceso de las demás reseñadas ahí mismo. Es conveniente, pues, se-
académicas del <,Quijote», Artes gráficas municipales (tirada aparte de la Revis- ñalar ahora que se trata de una transcripción de las primeras impresiones ma-
ta de la Biblioteca, arcl,ivo y museo, año XVI, núm. SS), Madrid, 1947; Ar- drileñas regularizada según las presuntas preferencias ortográficas del com-
mando Cotarelo Valledor, El Quijote académico, Publicaciones del Instituto ponedor a quien Flores atribuye cada cuaderno y en la que no se declaran
de España, Madrid, 1948; y Javier Bias y José Manuel Matilla, «Imprenta e la procedencia o las razones de las lecturas sustanciales con que enmienda las
ideología. El Quijote de la Academia, 1773-1780», en !111áge11es del <,Quijote». de 1604 y 1615; pues, pese a la afirmación que citábamos, la realidad es que
Modelos de represent<1ción e11 las edicio11es de los siglos XVII a XIX, ed. Patrick Le- las numerosas correcciones que introduce en el texto son en muchos casos
naghan, The Hispanic Society of America-Museo Nacional del Prado-Real de 1605, 1608, Bruselas, 1607, o de otras ediciones antiguas y modernas. No
Academia de Bellas Artes de San Femando-Calcografía Nacional, Madrid, obstante, es ineludible resaltar que a Flores se debe el único intento que co-
2003, pp. 73-u7. (No es recomendable Rachel Schmidt, Critica/ Images. nocemos de justificar la preeminencia absoluta de las pri11cipes con un argu-
Tite Cano11izatio11 of «D011 Quixote» tl,ro11gli Il/11strated Editio11s of tl,e Eighteenth mento distinto del hecho obvio de que, perdidos los autógrafos y -hay que
Cent11ry, McGill-Queen's University Press, Montreal y Kingston, 1999.) insistir- las copias de amanuense que sin duda se usaron en la imprenta, en
HISTORIA DEL TEXTO CCLXXV CCLXXVI PRÓLOGO

aquéllas está el testimonio más próximo a los originales cervantinos. Con- En fin, al arrimo de las herramientas informáticas y de los horizontes que
cretamente, en su citada monografía de 1975, Flores advierte que los plie- ellas mismas han forjado para repensar la noción de «texto», Eduardo Urbi-
gos de la edición de 1605 no confeccionados en el taller de Cuesta sino en na y sus colaboradores preparan una gran base de datos que permitirá con-
la Imprenta Real siguen un ejemplar de 1604, pero difieren de éste en bas- frontar palabra por palabra una serie de digitalizaciones de ediciones del
tantes aspectos de grafia y en algunas lecciones significativas; y como no Quijote (y aun ejemplares de una misma edición) de entre 1605 y 1637, pa-
cabe pensar que Cervantes examinara esos pliegos, «this fact», concluye, sando de una a la otra. Véanse, entre muchas, las presentaciones del pro-
•automatically weakens the authority of this [1605) or of any other edition yecto en «Texto, contextos e hipertexto: la crítica textual en la era digital y
not solely based on the first editiom. Claro está que resultaría absurdo y la Edición electrónica variomm del Quijoteo, Q11ademi di Letterat11re lberiche e Ibe-
anacrónico imaginar que el autor saltaba de casa de Cuesta a la Imprenta roa111erica11e, XXVII (1999-2000), pp. 21-49, y en «Hacia una edición vario-
Real para corregir pruebas de los pliegos que a diario se tiraban en cada una, rum textual y crítica del Quijote», Volver a Cen,a11tes. Actas del IV Congreso
y que, incluso si lo hubiera hecho, no habría reparado en menudencias or- Intemacional de la Asociadón de Cewa11tistas, Universidad de las Islas Baleares,
tográficas. (No en vano el clásico «Rationale ofthe Copy-Text» de Walter Palma de Mallorca, 2001, I, pp. 451-468.
W. Greg fija ya como regla general atenerse a las primeras ediciones para los
acddeutals y a las últimas para las s11bsta11tive emendatious; véanse también mis
estudios «Componedores y grafias en el Quijote de 1604» y «Nota prelimi-
nar sobre la grafia del texto crítico», en P11/cl1re, be11e, recte. Estudios e11 l10111e-
11aje al profesor Femando Go11zález 0/lé, Universidad de Navarra, Pamplona,
2002, pp. u47-1159.) Pero es preciso entender que las adiciones a propó-
sito del ásno de Sancho y las otras posibles revisiones que Cervantes inclu-
yera iban todas en los pliegos de 1604 que por fuerza hubo de hacer llegar
a los tipógrafos (de otro modo, no se habría podido trabajar por formas): y
justamente en la parte de la Imprenta Real hay lecturas por encima de cual-
quier discusión (por ejemplo, «de nuevo alzó la voz, cuyo tenor le llevaron
luego Maritornes y su hija», y no «cuyo temor», en I, 45, 578), que traslucen
la mano del autor o, como sea, y sobre todo, garantizan la validez de las
conjeturas debidamente construidas. La patente futilidad de ese solitario «ar-
gumento» contra el recurso a cualquier material o conocimiento ajenos a las
principes no debilita en ninguna manera la inmensa deuda que el cervantis-
mo tiene contraída con R.M. Aores en cuanto pionero en situar ciertos
problemas del Quijote en el terreno de su elaboración tipográfica y en cote-
jar con exquisita atención diversos ejemplares de las impresiones madrileñas
de 1604 y 1615.
De las opiniones que en tiempos recientes se han expresado en torno a los
modos de editar el Quijote son buena muestra Juan Bautista de Avalle-Arce,
«Hacia el Quijote del siglo xx», Ínsula, CDXCIV (enero de 1988), pp. 1, 3-
41 que incomprensiblemente esgrime contra Gaos la misma teoría y práctica
exacerbadas por Gaos; José M. Casasayas, «La edición definitiva de las obras
de Cervantes», .Cewantes, VI (1986), pp. c4r-190; Daniel Eisenberg, «On
Editing Don Quixote», Cewantes, 111 (1983), pp. 3-34, con planteamientos
muy sensatos; y Florencio Sevilla Arroyo, «La edición de las obras de Miguel
de Cervantes», Cewantes, Centro de Estudios Cervantinos, Madrid, 1995, pp.
75-135, o, entre otros, «Rico contra Cervantes», Mauuscrt.cao, VII (1996-
1998), pp. 133-144, definitivamente al margen de cualquier crítica textual
(véase ya mi nota «Por Hepila famosa», en Babelia, CCLV, suplemento de El
Pa(s, 14 de septiembre de 19961 con las apostillas publicadas ahí núsmo, 26
de octubre). Véase también nuestro aparato crítico, I, 45, 570.6º.
RESUMEN CRONOLÓGICO
DE LA VIDA DE CERVANTES 1547 Iglesia Parroquial de Santa María la Mayor, de Alcalá de Henares.
Lib. 1 de bautismos, f. 192v. ! Astrana, I, p. 217.
Jean Canavaggio

En las páginas impares del siguiente resumen se indican,


ordenados por a,ios, los acontecimientos conocidos de la
1552 Archivo de la Real Chancillería de Valladolid; Prot. de Varela, Fe-
vida de Cervantes; en las pares, las fuentes documentales
necidos, envoltorio 55. 1 Rodríguez Marín, Nuevos doc11111e11tos,
en que se basan esos datos. l.As referencias que siguen a
núm. 33. ·
cada indicación sobre las fuentes documentales deben eva-
cuarse en la lista de obras de referencia que figura al final
del presente capitulo.
r 553 Archivo de Protocolos de Córdoba. Prot. de Luis Martínez, oficio
u, núm. 22, f. 558. ! Astrana, I, pp. 286-287.

1556 Archivo Municipal de Córdoba. Actas capitulares. ! Rodríguez


Marín, Nuevos docu111e11tos, núm. 56.

1557 Archivo de Protocolos de Córdoba, Oficio 27, prot. de Pedro de


Jaén, t. XXI, ff. 193-195. ! Torre y del Cerro, «Cinco documen-
tos cervantinos•, núm.5

1564 Archivo de Protocolos de SeviUa. ! Rodríguez Marín, «Cervantes


estudió en Sevilla», p. 55.
Archivo General de Simancas, Oficio XXI, lib. 3 del año 1564,
f. 296. ! Astrana, I, pp. 444-445.

1565 ¿Perdido? «Lib. de Ayuntamientos, que se conservaba en el con-


vento de la Concepción de Alcalá de Henares, hasta 1936». ! As-
trana, 1, p. 45 I.

CCLXXVIII
CCLXXX RESUMEN CRONOLÓGICO

1566 Archivo de Protocolos de Madrid. Prot. de Diego de Henao, años


1565-1566, f. 478. ! Pérez Pastor, Documentos, II, núm. 2.

1547 9 de octubre: bautismo, en la iglesia parroquial de Santa Ma- 1567 Archivo de Protocolos de Madrid. Prot. de Diego de Henao, año
ría la Mayor de Alcalá de Henares, de Miguel de Cervantes, 1567, f. 277. ! Pérez Pastor, D0ai111e11tos, 11, núm. 3.
cuarto de los siete hijos de Rodrigo de Cervantes y de su es- Recueil de poésies castil/anes du xvt et d11 xnf siecle, f. 73v (A. Mo-
posa Leonor de Cortinas. De esta fecha se ha saltado a la con- rel-Fatio, Catalogue des ma1111scrits espag11ols et des 111a1111scrits port11gais
jetura de que nació el 29 de septiembre, día de San Miguel. de la Bibliotheq11e Natio11ale, París, 1880, núm. 602). ! Schevill y Bo-
nilla, «Poesías sueltas», en Co111edias y e11tre111eses, VI, p. 5.
1552 Rodrigo de Cervantes es encarcelado en Valladolid. Se in-
fiere este dato del pleito, entre julio y diciembre, de dos ve- 1568 Se infiere este dato de la Historia y relación verdadera de la e11fen11edad,
cinos de Valladolid con el dicho Rodrigo, por obligación de felidsi1110 tránsito y suntuosas exequias de la Sere11fsi111a Reina de Espa,ia
pago que éste contrajo, y por derecho a su excarcelación, en Doña Isabel de Valois, nuestra se,iora ... publicada al año siguiente por
razón de ser hidalgo notorio. Juan López de Hoyos, donde éste llama a Miguel «caro y amado dis-
cípulo,.
1553 Rodrigo, en compañía de los suyos, se reúne en Córdoba
con su padre, el licenciado Juan de Cervantes. Allí firma, el 1569 Archivo General de Simancas. Reg. general del sello 9, leg. del mes
30 de octubre, una escritura de obligación en favor del mer-
de septiembre, año 1569. ! Astrana, 11, pp. 185-186.
cader Alonso Rodríguez. . Historia y Relación verdadera ... Co111p11esto y ordenado por el Maestro ]11a11
López de Hoyos, Catedrático del Estudio desta villa de Madrid, Madrid,
1556 Muere Juan de Cervantes, según se deduce del nombra- Pierres Cosin, 1569, ff. 145-146, 148-149 y r 57-162. ! Schevill y
miento, el 17 de marzo, de un nuevo letrado de la ciudad de Bonilla, «Poesías sueltas,, en Co111edias y e11tre111eses, VI; pp. 6-10.
Córdoba. Archivo de Protocolos de Madrid. Prot. de Rodrigo de Vera, año
156g, f. 982. ! Pérez Pastor, Doc11111e11tos, 11, núm. 4.
1557 Muere Leonor de Torreblanca, abuela paterna de Miguel,
tras haber hecho testamento el 10 de marzo. 1570 LA Galatea, Dedicatoria al Illmo. Sr. Ascanio Colonna, abad de San-
f. 4: «.. .las cosas que, como en profecía, oí muchas veces
ta Sofía, I,
decir de V.S. Ilustrísima al cardenal de Acquaviva, siendo yo su ca-
marero en Roma ... ,.
I 564 Rodrigo de Cervantes, el 30 de octubre, se declara «médico
ciruja~o, vecino de esta ciudad de Sevilla en la colación de
San Miguel». Otorga el mismo día a su esposa un poder ge- 1571 «Información pedida por Rodrigo de Cervantes de los servicios
neral, lo cual da a entender que Leonor de Cortinas hubo de de su hijo Miguel.» Declaración del alferez Mateo de Santisteban.
quedarse en Alcalá con sus hijos. Ed. de Pedro Torres Lanzas, Madrid, José Esteban, 1981, p. 29.
«Información pedida.» Declaración de Mateo de Santisteban,
1565 Luisa de Cervantes, hermana de Miguel, ingresa, el II de fe- pp. 29-30.
brero, en el convento de la Concepción de Alcalá.

CCLXXIX
AÑOS 1566-1571 CCLXXXI CCLXXXII RESUMEN CRONOLÓGICO

1 566 Se supone el traslado de Miguel con su familia a Madrid: allí 1572 Archivo General de Simancas. Libros de registro de D. Juan de
finna su madre, el 2 de diciembre, un poder para su esposo. Austria, sala 4™ de Estado, núms. 1568, 1569 y 1570, «en el cua-
derno de gastos secretos y extraordinarios del señor don Juan de
1567 Confirma este traslado un poder para pleitear, firmado el 9 de Austria en la jornada de Levante, rotulado con el núm. 12, al f. 8».
enero por Rodrigo de Cervantes. ! Femández de Navarrete, Vida, p. 295.
Compone Cervantes su primera obra conocida: un soneto a Archivo General de Simancas. Lib. 94, f. 95v. ! Astrana, II, p. 137.
la reina Isabel («Serenísima reina, en quien se halla»), con «Información pedida., Declaración del alferez Gabriel de Castañeda,
motivo del nacimiento de la infanta Catalina Micaela, hija de p. 32. Declaración del sargento Antonio Godínez de Monsalve, p. 36.
la reina y del rey Felipe 11.
1573 Archivo General de Simancas. Lib. 11, titulado Órde11es, año 1573.
1568 Alumno de Juan López de Hoyos, rector del Estudio de la ! Femández de Navarrete, Vida, pp. 294,.295.
Villa. «Información pedida.» Declaración del alferez Gabriel de Castañe-
da, p. 32.

· 1569 Providencia de Felipe II, del I 5 de septiembre, «para que un


alguacil vaya a prender a Miguel de Cervantes», acusado de 1574 Archivo General de Simancas. Lib. VIII, Registmm diverson1111, año
haber herido en duelo a Antonio de Sigura. 1574, f. 115. ! Femández de Navarrete, Vida, p. 295.
Se publica en septiembre la Relación de las exequias de la rei- Archivo General de Simancas. Contaduría general, leg. 1745. !
na Isabel, fallecida un año antes. Publicada por López de Ho- Pérez Pastor, Docu111e11tos, 11, núm. 7.
yos, figuran en ella cuatro poemas de Cervantes.
22 de diciembre: Información de la limpieza de sangre e hi-
dalguía a favor de Miguel de Cervantes, «estante en Roma». 1575 «Información pedida.» Declaración del alferez Mateo de Santiste-
ban, p. 30. Las fechas propuestas, así como el lugar del asalto de la
1 570 Camarero del cardenal Julio Acquaviva, en Roma. galera, se deducen de varios documentos coincidentes (relaciones,
cartas, repertorios nobiliarios, portulanos, etc.). ! Avalle-Arce, «La
captura de Cervantes».

1576 «Información en Argel ante fray Juan Gil pedida por el propio
1571 Enjulio, Rodrigo de Cervantes, hermano menor de Miguel, Miguel de Cervantes», pregunta IV y respuestas correspondientes,
llega ~ Italia con la compañía de Diego de Urbina, en la cual pp. 50 y SS.
sirve también Miguel aquel mismo año, según testimonia Ms. de la Biblioteca Nazionale de Turín, con dedicatoria fechada
Mateo de Santisteban en la Información de Rodrigo de Cer- en 3 de febrero, que pereció en el incendio de 1904. ! Schevill y
vantes de' 1578. Bonilla, «Poesías sueltas», en Comedias y entremeses, VI, pp. 18-19.
El 7 de octubre, Miguel se encuentra en Lepanto a las órde- Archivo de Protocolos de Madrid. Prot. de Rodrigo de Vera, año
nes del mismo capitán. A bordo de la galera Marquesa, pelea 1576, núm. 495, f. 762. ! Pérez Pastor, Docr1111e11tos, 1; núm. 11.
valientemente en «el lugar del esquife,, y es herido «de dos ar- Comp. «Información en Argel», pregunta IV y respuestas corres-
cabuzazos en el pecho y en una mano izquierda». pondientes, pp. 50 y ss.
AÑOS 1572-1576 CCLXXXIII
CCLXXXIV RESUMEN CRONOLÓGICO
1572 El 23 de enero, en Mesina, se da al tesorero general de la ar-
Archivo de Protocolos de Madrid. Prot. de Rodrigo de Vera, año
mada recaudo formal de una libranza de 20 ducados a favor
1576, f. 1479. ! Pérez Pastor, Doc11111e11tos, II, núm. 10.
de Miguel de Cervantes, herido en la batalla de Lepanto.
El 24 de abril, se ordena a los oficiales de la amiada que asien-
ten en los libros de su cargo a Miguel de Cervantes 3 escudos
I 577 Archivo General de Simancas. Contaduría de Cruzada, leg. 326. !
de ventaja al mes, «en el tercio de don Lope de Figueroa».
Pérez Pastor, D0cu111e11tos, II, núm. 13.
En agosto y septiembre, Cervantes participa en la campaña
«Información en Argel», preguntas V a X y respuestas correspon-
naval de don Juan de Austria en Corfú y Modón.
dientes, pp. 50-54. Comp. Diego de Haedo [Antonio de Sosa], To-
pogrq/Ta, f. 185 (t. III, pp. 161 y ss. de la reed. de 1927): «... del cauti-
1573 Sigue en la compañía de don Manuel Ponce de León, acuar-
verio y hazañas de Miguel de Cervantes se pudiera hacer una
telada entonces en Nápoles. Allí se ordena, el 6 de marzo, a
particular historia•.
los oficiales de la Hacienda de la Armada que se den a Cer-
vantes los recaudos necesarios para la cobranza de 20 escudos
que se le deben.
En octubre, Miguel toma parte en la expedición de donjuan
de Austria contra Túnez (8-IO de octubre).

1574 El IO de marzo, en Nápoles, don Juan de Austria ordena y


manda que se den 30 escudos a Miguel de Cervantes.
El I 5 de noviembre, en Palermo, el duque de Sessa hace li-
1578 «Información en Argel», preguntas XI y XII y respuestas corres-
bramiento de 25 escudos a favor de Miguel de Cervantes,
pondientes, pp. 54 y ss. -
«soldado aventajado».
Sevilla. Archivo General de Indias. 1 Torres Lanzas, dnfonnación
de Miguel de Cervantes», pp. 9-13.
1575 Cervantes embarca en Nápoles el 7 de septiembre, en la ga-
Sevilla. Archivo General de Indias. ! Torres Lanzas, «Información
lera Sol, para volver a España. El 26 del mismo mes es hecho
de Miguel de Cervantes», pp. 15-19.
prisionero por los corsarios berberiscos, frente a la costa de
Cataluña.

I 576 En enero, primera tentativa de evasión, por tierra: «buscó un


moro que a él y a algunos cristianos llevase por tie1Ta a Orán,
1579 «Información en Argel», preguntas XIII a XVII y respuestas corres-
y habiendo caminado con el dicho moro algunas jornadas,
. pondientes, pp. 55-59.
los dejó; y ansí les fue forzoso volverse a Argel...».
Cancionero Celia compuesto por Antonio Veneziano [Códice de
Hacia enero, Cervantes suministra dos sonetos a un compañe-
la Biblioteca Nazionale de Palermo, sig. XI-B-6]. ! Schevill y Bo-
ro de cautiverio, Bartolomeo Ruffino di Chiambery.
nilla, «Poesías sueltas», Comedias y e11tre111eses, VI, pp. 31-36. ·-
Antonio Marco, escribano de Valencia, declara en Madrid, el
9 de noviembre, que Miguel de Cervantes quedó «en poder
de Mamí Arnaute, capitán de los corsarios de Argel, en cuyo
poder este mismo estuvo cautivo».
AÑOS 1576-1579 CCLXXXV CCLXXXVI RESUMEN CRONOLÓGICO

Se hace ampliación, el 29 de noviembre, de la información 1580 Madrid. Archivo Histórico Nacional. Crónica de la Orden de la
pedida por Rodrigo de Cervantes sobre el cautiverio de sus Santa Trinidad, año 1580. , Domingo de la Asunción, Cerva11tes y
hijos, Rodrigo y Miguel. la Orden Trinitaria, pp. 13-14.
Sevilla. Archivo General de Indias. , Torres Lanzas, «Información
1577 El 24 de agosto, liberación del hermano de Miguel, Rodri- de Miguel de Cervantes», pp. 45-166.
go, según se deduce de una relación de los cautivos rescata- Archivo de Protocolos de Madrid. Prot. de Rodrigo de Vera, año
dos en Argel por la Orden de la Merced el año 1577, esta- 1580, núm. 499, f. 1399. , Pérez Pastor, Doc11me11tos, l, núm. 19.
blecida en Valencia el 2 de septiembre.
En septiembre, segunda tentativa de evasión de Miguel, en
compañía de otros cautivos cristianos: «dio orden como un 1581 Archivo General de Simancas. Contaduría mayor de Cuentas, se-
hermano suyo que se llama Rodrigo de Cervantes ... pusie- gunda época, leg. 2653 (Libro de las cuentas dej11a11 Femández de Es-
se en orden y enviase de la plaza de Valencia y de Mallorca pinosa ... Del oficio del conde Olivares, contador mayor de cuentas de su
una fragata armada para llevar en España los dichos cristia- Majestad).
nos ... •. Conseguida una fragata mallorquina, que llegó hasta Archivo general de Simancas. Contaduría mayor de Cuentas, se-
la costa argelina, no se efectuó la huida. Denunciado por un gunda época; leg. 1777 (libro de la cuenta de Lope Giner, pagador de
traidor, Cervantes comparece ante el rey de Argel. Se de- las armadas de su Majestad en la ciudad de Cartage11a .. .). , Astrana, III,
clara «el único autor de todo aquel negocio» y es encerrado pp. 145-147.
en el baño del rey con grillos y cadenas durante cinco meses. Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, Prólogo al lector, en Schevill
y Bonilla, Comedias y entremeses, l, p. 7.
1578 En marzo, tercera tentativa de evasión: «estando así encerra-
do envió un moro a Orán secretamente, con carta al señor 1582 Archivo General de Simancas. Guerra Antigua, leg. 123, núm. 1.,
don Martín de Córdoba, general de Orán y de sus fuerzas»; Astrana, VI, pp. 511-512.
pero «el dicho moro fue tomado de otros moros a la entrada
de Orán», devuelto al rey Hazán y empalado.
El 17 de marzo, Rodrigo de Cervantes, padre de Miguel, 1584 Original perdido. ! La Ca/atea, 1, [ff. 1v-2v].
presenta un pedimento e interrogatorio de preguntas sobre Iglesia Parroquial de Santa Maria de la Asunción de Esquivias. Lib. 3
los servicios de su hijo. de Difuntos [y de Matrimonios], f. 95v. , Astrana, III, pp. 459-461.
Certificación del Duque de Sessa (Madrid, 25 de julio) acer-
ca de los servicios de Miguel de Cervantes.

1579 En octubre, cuarta tentativa de evasión: con ayuda de un re- 1585 Archivo de Protocolos de Madrid. Prot. de Sancho de Quevedo,
negado arrepentido y del mercader valenciano Onofre Exar- años 1580-1587, f. 492. , Rodríguez Marin, «Una escritura inédi-
que, arma una fragata de doce bancos. Denunciado por el ta de Cervantes•.
doctor Juan Blanco de Paz, se presenta ante Hazán Bajá de su Original perdido. , La Ca/atea, I, [f. 1v] . .
propia voluntad, «diciendo siempre al Rey, con mucha cons- Archivo de la Iglesia Parroquial de San Miguel y SanJusto, de Ma-
tancia, que él fuera el autor». Se le condena a cinco meses de drid. Lib. de Difuntos de San Justo, que empieza en 9 de agosto r 576
cárcel con cadenas y grillos. y concluye en 23 de septiembre de 1590, sin foliar. , Astrana, III,
El 6 de noviembre, Cervantes dedica unas octavas a Antonio p. 488.
Veneziano.
AÑOS 1580-1585 CCLXXXVII CCLXXXVlll RESUMEN CRONOLÓGICO

1580 Cervantes es rescatado por los padres trinitarios, según consta en 1587 Schevill y Bonilla, «Poesías sueltas», Co111edias y e11tre111eses, VI, pá-
su partida de rescate, establecida en Argel el 19 de septiembre. ginas 44-48. ,
Información de Miguel de Cervantes de lo que ha hecho es- Archivo de Protocolos de Toledo. Prot. de Ambrosio Mejía, fo-
tando en Argel (Argel, 10-21 de octubre). lios 432-433. ! Astrana, III, p. 559.
Información del cautiverio de Miguel de Cervantes, ahora Archivo Municipal de Écija. Actas capitulares. Sesión del 22 de sep-
rescatado y en libertad en la ciudad de Valencia, pedida por tiembre de 1587. , Rodríguez Marín, Nuevos documentos, núm. 70.
su padre, Rodrigo de Cervantes (Madrid, 18 de diciembre). Se deduce de un p.o der dejado en Sevilla por Cervantes a Fernan-
do de Silva, el 24 de febrero de 1588, a fin de que éste gestionara y
suplicase le absolviesen de dicha excomunión. Archivo de Proto-
1581 En mayo y junio, misión de Cervantes a Orán, vía Cartage- colos de Sevilla, Prot. de Luis de Porras,' año 1587, f. 635. (Docu-
na: dos cédulas reales, firmadas por el rey Felipe II en Tomar, mento sustraído de aquel Archivo en fecha indetemúnada y adqui-
el 21 de mayo, mandan que se le entreguen cien ducados «en rido luego por don Juan Sedó Peris-Mencheta, quien proporcionó
merced d_~ ayuda», anticipándole la mitad de la suma. Canti- a Astrana copia fotográfica del susodicho.) ! Astrana, lV, p. 197.
dad confirmada por una cédula de pago firmada en Cartage-
na el 26 de junio. Entre 1581 y 1587, aproximadamente, 1588 «Relación de los gastos menudos que hice en la molienda que tuve
compone varias comedias: «que se vieron en los teatros de en la ciudad de Écija por comisión del Sr. Antonio de Guevara los
Madrid representar Los tratos de Argel, que yo compuse, La años de 88 y 89», 6 de febrero de 1589. (Documento sustraído en
destruici6n de Numancia y La batalla naval...». el siglo pasado del Archivo General de Simancas, comunicado lue-
go a J.M. Guardia por el coleccionista francés Feuillet de Conches
y reproducido en facsímil por Astrana.) ! Astrana, IV, pp.231-233.
1582 Redacta La Galatea, como se infiere de una carta dirigida
desde Madrid, el 17 de febrero, «al ilustre señor Antonio de 1589 «Relación de los gastos .. ,,.
Eraso, del consejo de Indias, en Lisboa».
1590 Archivo Municipal ele Carmona. Lib. de Actas capitulares, años
1584 Aprobación de La Galatea por Lucas Gracián Dantisco (Ma- 1588-1591., Astrana, IV, pp. 403-404.
drid, 1 de febrero). Sevilla. Archivo General de Indias. , Astrana, IV, pp. 455-456.
El 12 de diciembre, Miguel de Cervantes contrae matrimo-
nio, en la iglesia parroquial de Esquivias, con Catalina de Pa-
lacios Salazar Vozmediano.

1585 Contrato con Gaspar de Parres: el 5 de marzo, en Madrid,


vende Cervantes, por cuarenta ducados, dos comedias cuyo 1591 Archivo de Protocolos de Sevilla. prot. de Rodrigo Femández, año
texto no ha sido conservado, La confusa y El trato de Constan- 1591, reg. I, f. 281. , Pérez Pastor, D0c11111entos, II, núm. 60.
tinopla y muerte de CeUn. Archivo Municipal de jaén. Leg. 15, lib. de Acuerdos capitulares del
13 de marzo: tasa de La Galatea. año l 591. Acuerdo tomado en el Cabildo del I 8 de noviembre de
El 13 de junio, muere Rodrigo de Cervantes, padre de Mi- 1591. , Coronas Tejeda, «Cervantes en Jaén», núm. 2, pp.31-32,
guel, en Madrid. Archivo de Protocolos de Montilla. Prot. de Andrés Capote, año
I 591, f. l SS l. ! Astrana, lV, pp. 505-507.
AÑOS 1587-1591 CCLXXXIX
CCXC RESUMEN CRONOLÓGICO
Se publican a título de poesías liminares varios sonetos de
1592 Archivo General de Simancas. Secretaria de GueITa, Mar y Tierra, le-
Cervantes en loor de algunos amigos suyos (López Maldona-
gajo 363. , Apraiz y Sáenz del Burgo, Cervalltes vascijilo.
do, Alonso de Barros, Pedro de Padilla).
Archivo General de Simancas, secretaria de Guerra Antigua, lega-
Por mandamiento del proveedor Antonio de Guevara,
jo 363. ! Apraiz y Sáenz del Burgo, Ce,va11tes vasc6.fi/o.
Cervantes empieza a desempeñar sus comisiones. Su pre-
Archivo de Protocolos de Sevilla. Prot. de Luis de PoITas, año
sencia queda atestiguada en Écija el 22 de septiembre.
1592. ! Astrana, V, pp. 29-31.
En vísperas de su partida para Sevilla, Miguel de Cervantes,
Archivo General de Simancas. Expedientes de Hacienda, legajo 516,
desde Toledo, otorga poder a su esposa, Catalina de Palacios,
f. 96. ! Morán, Vida de Cewa11tes, núm. 14. 4J Astrana, V, pp. 31-33.
el 28 de abril.
En octubre, Miguel es excomulgado por el vicario general de
Sevilla, tras haber embarga~o el trigo perteneciente a varios
canónigos prebendados de Ecija.

1588 Nuevas comisiones en Écija y otros lugares (enero-septiem-


1593 The Rosenbach Museum and Library (Philadelphia). 4J K. Brown
bre).
y M.D. Blanco-Amejo, «Dos documentos cervantinos inéditos•,
pp. 13-19.
Archivo del Palacio Arzobispal. (A consecuencia de una reordenación
de los fondos, la signatura dada por Astrana, V, p. 65, resulta caduca
y es imposible actualmente localizar el documento.) 4J Rodriguez Ju-
rado, Disa,rsos leídos en la Real Academia Sevillana de B11e1111S Letras, pp.
Nuevas comisiones en Écija.
81-197,
Archivo General de Simancas. Expedientes de Hacienda, leg. 516,
1590 Comisión en Cannona, en relación con una saca de aceite,
f. 96. 45 Morán, Vida de Cervalltes, núm. 16.
ordenada el 9 de febrero.
Archivo de la Iglesia Parroquial de San Martín de Madrid. Lib. de
El 21 de mayo, Miguel de Cervantes presenta un memorial
Sepelios, años de 1586-1593. Ms. encuadernado en pergamino,
al rey Felipe II, enumerando sus servicios y pidiendo 1a mer-
f. 187. , Astrana, V, p. 93.
ced de un oficio en Indias. El 6 de junio, el Consejo de In-
Flor de varios y nuevos romances [... ] En Valencia, por Miguel Prados,
dias le da respuesta negativa («Busque por· acá en que se le
1593, f. 153v, ! Schevill y Bonilla, «Poesías sueltas•, Comedias y en-
haga merced»).
tremeses, VI, pp. 62-67.

1591 El 12 de marzo, en Sevilla, entrega poder a Juan de Tamayo


1594 Archivo General de Simancas. Contadurías generales, leg. 1745. !
para: cobrar los salarios de 276 días <<que se ocupó en la mo-
Astrana, V, pp. 112-115.
lienda de Écija los años de 1588 y 1589».
Archivo General de Simancas. Consejos y Juntas de Hacienda, le-
Comisiones en el reino de Granada. Se testifica la presencia
gajo 324. ! Astrana, V, p. 139.
de Miguel en Jaén, el 18 de noviembre, para la compra y em-
bargo de trigo y cebada.
El 3 de diciembre, Cervantes se encuentra en Montilla.
AÑOS 1592-1594 CCXCI CCXCII RESUMEN CRONOLÓGICO

1592 Pedro de Isunza, sucesor de Antonio de Guevara, en una car- 1595 Fernández de Navarrete, Vida, pp. 443-445. 1 Schevill y Bonilla,
ta al rey Felipe II escrita· el 7 de enero en el Puerto de Santa «Poesías sueltas», Comedias y entremeses, VI, pp. 67-69.
María, asegura que Miguel de Cervantes es hombre honrado Archivo Diocesano de Toledo, leg. 3/1600/83. ! Sánchez Rome-
y de mucha confianza. ralo, «Miguel de Cervantes y su cuñado Francisco de Palacios».
El 8 de agosto, certificación de Cervantes sobre un incidente
ocurrido en Teba, el año anterior, con motivo del trigo y ce-
bada sacados por su ayudante Nicolás Benito.
El 5 de septiembre, en Sevilla, Cervantes firma con Rodrigo
Osorio un contrato por el cual se obliga a entregarle seis co-
medias. 1597 Archivo General de Simancas. Contadurias generales, leg. 1745. 1
Encarcelado en Castro del Río, el 19 de septiembre, por ha- Astrana, V, p. 155.
ber embargado trigo de los canónigos, Miguel sale libre bajo Archivo General de Simancas. Contadurías generales, leg. 1745,
fianza, y envía testimonio el 15 de diciembre. 2 hojas. ! Femández de Navarrete, Vida, pp. 437-438.
Archivo General de Simancas. Contadurias generales, leg. 1745,
1593 A principios de año está en Sevilla, ocupado en sus comisio- 2 hojas. 1 Astrana, V, p. 239.
nes. Archivo General de Simancas. Contaduria Mayor de Castilla, leg.
El 4 de junio, en Sevilla, Cervantes, «criado que dice ser de 1784. ! Montero Reguera, «El cervantismo del curso 1992-1993»,
Su Majestad y ser vecino de Madrid y natural de la ciudad pp. 205-206.
de Córdoba», testifica a favor de Tomás Gutiérrez en el pro-
ceso entablado por este contra la Cofradía del Santísimo Sa-
cramento del Sagrario de la Catedral. Dice ser «persona estu-
diosa1> y declara haber compuesto autos.
Comisiones en los alrededores de Sevilla, emprendidas el 7
de julio a petición de Miguel de Oviedo.
Muere Leonor de Cortinas, madre de Miguel, el 19 de oc- 1598 Archivo General de Simancas. Expedientes de Hacienda, leg. 516,
tubre. f. 96 (según Astrana, V, pp. 287-289, ha desaparecido). ! Morán,
En fecha indeterminada, se publica aquel año el romance de Vida de Cerva/ltes, núm. 17.
Los celos, de cuya paternidad se enorgulleció Cervantes. Archivo de la Iglesia Parroquial de San Martín, de Madrid. Libro
de los derechos de sacristía, años de 1598 [enero] a 31 de di~iem-
bre de 1602. ! Astrana, V, p. 305.
Schevill y Bonilla, «Poesías sueltas», Comedias y entremeses, VI,
1 594 Fin de las comisiones andaluzas. Se da a Miguel carta de co- pp. 73-76.
misión en Madrid, el 23 de agosto, para cobrar ciertas canti-
dades de las tercias y alcabalas en varios pueblos del reino de
Granada. Francisco Suárez Gaseo es nombrado fiador. 1599 Archivos de Protocolos de Sevilla. Prot. de Rodrigo Femández,
El 17 de noviembre, por carta autógrafa, Cervantes da cuen- año 1599, reg. 1, f. 624. ! Pérez Pastor, Doc11111entos, 11, núm. 72.
ta al rey Felipe II de lo cobrado en Baza, Guadix y otros Archivo de Protocolos de Madrid. Prot. de Martín de Urraca, núm.
puntos. 2410, año 1599. ! Pérez Pastor, Doc11111e11tos, 1, núm. 37.
AÑOS 1595-1599 CCXCIII CCXCIV RESUMEN CRONOLÓGICO

159 5 El 7 de mayo, resulta Cervantes vencedor en una justa poé- 1600 Archivo Municipal de Sevilla. ! Astrana, V, pp. 4n-413.
tica organizada por los dominicos en Zaragoza, con motivo Se infiere de un poder de Andrea de Cervantes y Magdalena Pi-
de la canonización de San Jacinto. No debe inferirse de este mentel de Sotomayor a Antonio de Ávila para presentar en Flan-
premio que estuviera presente en las justas. des una cédula real, con la que pueda pedir los alcances de su her-
El 18 de mayo, en Toledo, Cervantes hace declaración con el mano el alferez Rodrigo de Cervantes.
fin de suplir la falta de los testimonios de bautismo y confirma- Archivo de Protocolos de Valladolid. Prot. de Pedro de Munguia,
ción de su cuñado, Francisco de Palacios, el cual había presen- años 1603-1614. ,- Pérez Pastor, Documentos, 11, núm. 76.
tado instancia para ser admitido a examen de primeras órdenes.

1597 El 21 de enero, en Sevilla, se registra la comisión dada a Mi- 16o1 Archivo general de Simancas. Contaduría mayor, segunda época,
guel de Cervantes. leg. 253. 1 Pérez Pastor, Dommentos, ll, núm. 75.
El 6 de septiembre, a consecuencia de la bancarrota del ban-
quero sevillano Simón Freire de Lima, Francisco Suárez Gas-
eo, en cuyas manos había depositado Cervantes las sumas re-
caudadas, obtiene una provisión real mandando que éste vaya 1602 Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, de Esquivias,
a la corte a dar cuenta de cobros y fianzas. El licenciado Gas- lib. 3 de Bautismos, f. 2v del cuad. de 1602. ,- Astrana, V, p. 461.
par de Vallejo recibe el encargo de notificar esta orden a
Cervantes. Comete un abuso de poder y lo hace encarcelar
en la Cárcel Real de Sevilla. 1603 Archivo General de Simancas, en un cuaderno de cuentas dadas el
El I de diciembre, se manda provisión real al dicho Vallejo mismo año por el recaudador de rentas de Baza Gaspar Osorio de
para que libere al preso, bajo condición de dar fianzas a su sa- Tejeda, correspondientes a 1594 Qa copia se conserva en el infolio
tisfacción. Durante su estancia en la cárcel solicita ir a Má- de Ábalos, pero el original desapareció de Simancas, según Astra-
laga, donde dice tener los papeles para justificar sus cuentas. na, V, p. 220). 1 Fernández de Navarrete, Vida, p. 439.

1598 Según la respuesta que da el 31 de marzo a la notificación de 1604 Lope de Vega, Epistolario, ed. Amezúa, 111, p. 4. ,- Marín López,
los contadores, Cervantes se encuentra libre en Sevilla. «Belardo furioso: una carta de Lope mal leída ...».
Muere Ana Franca de Rojas, madre de Isabel de Saavedra, Quijote, I, Preliminares, 5-6.
hija natural de Cervantes, el 12 de mayo, en Madrid. Su re- Quijote, I, Preliminares, 3.
lación con Miguel tuvo lugar a principios de I 584, según se
deduce de la declaración de Isabel, hecha en Valladolid en
1605, ante eljuez Villarroel.
En noviembre, compone Cervantes su «Soneto al túmulo del
Rey que se hizo en Sevilla» a raíz de la muerte de Felipe II.
1605 Archivo de Protocolos de Valladolid. Prot. de Juan Ruiz. Escritura
1599 El 10 de febrero, Cervantes se halla en Sevilla, donde firma testimoniada en el doc. núm. 122 de Pérez Pastor. ! Pérez Pastor,
una carta de pago. Nuevos dowmellfos, núm. 121.
Magdalena de Cervantes, hermana del escritor, recoge a Isa- Archivo de la Real Academia Española. Núm. 1, procedente del
bel de Saavedra, como se infiere de un asiento de servicio, sin Archivo de la antigua Cárcel de Corte y encabezado: Averig11acio11es
indicación de parentesco, firmado en Madrid, el 11 de agosto. hechas por mandado del seiior Alcalde Crist6bal de Vil/a"oel, sobre heri-
AÑOS 1600-1605 CCXCV
CCXCVI RESUMEN CRONOLÓGICO
1600 En una escritura del 2 de mayo, firmada en Sevilla, Miguel
de Cervantes se declara vecino de esta ciudad. das que se dieron a D. Gaspar de Ezpeleta, Caballero del Hábito de San-
Muere Rodrigo de Cervantes, el 2 de julio de 1600, en Flan- tiago, etc. , Pérez Pastor, Documentos, I, pp. 461-537.
des, en la batalla de las Dunas de Nieuport.

1608 Archivo de Protocolos de Madrid. Prot. de Francisco Testa, f. 347.


, López Navío, «Dos notas cervantinas», pp. 245-256.
Archivo de Protocolos de Madrid. Prot. de Nicolás Martínez,
núm. 5290, años 1630-1633, ff. 215-219 (el original no existe, por
1601 El 14 de septiembre, los contadores de relaciones entregan a haber desaparecido todos los protocolos del escribano Luis de Ve-
la contaduría mayor de Valladolid un informe sobre ciertas lasco, ante quien se otorgó la escritura). , Astrana, VI, p. 275.
cantidades cobradas por Cervantes durante sus comisiones Archivo de la Iglesia Parroquial de San Luis, de Madrid. Lib. I de Ma-
granadinas. trimonios, f. 166. , Pérez Pastor, Doc11111e11tos, I, núm. 41 .

1602 Miguel se encuentra en Esquivias, el 27 de enero, como tes-


. timonia una partida de bautismo en la que firma como com-
padre.

1603 Complicaciones con el erario público: se conserva un infor- 1609 Fernández de Navarrete, Vida, p. 476, dice haber sacado este dato
me de los contadores (Valladolid, 24 de enero) acerca de lo del proceso de desahucio que existía en la escribanía de D. Juan
que adeudaba Miguel de Cervantes. Antonio Zamácola. Astrana, VI, p. 320, declara, por su parte, no
haber encontrado rastro de este proceso en los protocolos que se
conservan del escribano Zamácola.
Archivo de la Iglesia Parroquial de San Luis de Madrid. Partida de
1604 Se enfrían las relaciones entre Cervantes y Lope de Vega. En velaciones de Isabel Saavedra con Luis de Molina. Lib. r de Matri-
carta fechada en 4 de agosto, éste, tras referirse a los poetas que monios, f. 163. , Pérez Pastor, Dow111entos, I, núm. 43.
hay «en ciernes para el año que viene», añade: «ninguno hay tan Archivo General de Simancas. Lib. 1 de Asientos ·de la Cofradía,
malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a Don Quijote». f. 12. , Astrana, VI, p. 323.
Cervantes se encuentra en Valladolid. Allí se le da, el 26 de Libro de inscripciones de la Orden, del I de junio de 1608 al 27 de
septiembre, licencia y privilegio para poder imprimir El inge- diciembre de 16r7. , Pellicer, p. 242. , Astrana, VI, pp. 327-333.
nioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Archivo de la Iglesia Parroquial de San Sebastián de Madrid. Libro
20 d~ diciembre: tasa de Don Quijote de la Mancha. de Difuntos, año 1609, ( 31., Astrana, VI, p. 335-339.

1605 El 12 de abril, en Valladolid, Cervantes otorga poder al li-


brero Francisco de Robles para imprimir y vender el Quijote
en los reinos de Portugal, Aragón, Valencia y Cataluña.
El 27 de junio, en Valladolid, es testigo del proceso de la
muerte de don Gaspar de Ezpeleta, herido a las puertas de su
casa. Sus hermanas y su hija vienen a ser blanco de malin-
AÑOS 1605-1609 CCXCVII CCXCVIII RESUMEN CRONOLÓGICO

tencionadas insinuaciones de una vecina. El 29 del mismo 1610 Documento hoy de paradero ignorado, según Astrana, estante olim
mes, el juez Villarroel lo hace detener con los suyos, para en el Tribunal Supremo. ! Astrana, VI, p. 362.
luego soltarlos el I de julio . . Se infiere esta estancia de un nuevo examen, por M. de Riquer, de
los episodios del Quijote relacionados con esta ciudad. Véase Ri-
1608 El 16 de febrero, Cervantes se declara domiciliado en el barrio quer, Cervantes e11 Barcelona.
madrileño de Atocha, detrás del hospital de Antón Martín. Lib. de Inscripciones de la Orden [Tercera de San Francisco), núm.
El 28 agosto, Isabel de Saavedra, «hija legítima» de Miguel de 72, f. 6. ! Astrana, VI, pp. 401-405.
Cervantes, resulta ser viuda de Diego Sanz, fallecido en junio,
como se deduce de la escritura de las capitulaciones celebradas
para su matrimonio con Luis de Malina. En ésta aparece Mi-
guel como fiador solidario del pago de 2.000 ducados, a la
par que Juan de Urbina, probable protector de Isabel.
El 8 de septiembre, en la iglesia parroquial de San Luis de 1611 Archivo de la Iglesia Parroquial de San Sebastián. Libro de Difun-
Madrid, Isabel de Saavedra se desposa en segundas nupcias tos de año de 1609, folio 99, segunda partida de él. ! Astrana, VI,
con Luis de Malina. El matrimonio se celebrará el primero pp. 434-435.
·de marzo del año siguiente.
1612 Astrana, VI, p. 502.
1609 A principios de este año, parece que Cervantes moraba en la ca- Lope de Vega, Epistolario, ed. Amezúa, III, p. 95.
lle del Duque de Alba, cerca del Colegio Imperial de San Isidro. Archivo de Protocolos de Madrid. Prot. de Nicolás Martínez, núm.
El primero de marzo, se celebra el matrimonio de Isabel de 5290, f. 212. ! Astrana, VI, pp. 359-360.
Saavedra con Luis de Molina, siendo padrinos Miguel y su Original perdido. ! Novelas ejemplares, pp. 5-6.
mujer. Original perdido. ! Novelas ejemplares, pp. 9-10.
Miguel ingresa en la Congregación de los Esclavos del Santísi-
mo Sacramento, según consta en una partida del 17 de abril.
El 8 de junio, al recibir Catalina de Salazar y Andrea de Cer-
vantes el hábito de la Orden Tercera, se nos dice que, tras
haber vivido «en la calle de la Magdalena, a espaldas de la du-
quesa de Pastrana» Oa cual moraba en la calle de Atocha),
acaban de trasladarse, junto con Miguel, «a las espaldas de
Elorito», o sea, a una casa situada detrás del convento de Lo-
reto, que daba a la que es hoy plaza de Matute.
Muere Andrea de Cervantes, hermana del escritor, el 9 de
octubre, «de calenturas». «Enterrola Miguel de Cervantes, su
hermano, que ambos vivían en la calle de la Madalena, fron- 1613 Femández de Navarrete, Vida, p. 579, núm. 341: «Consta por un
tero de Prancisco Daza, maestro de hacer coches.» Esta casa, apunte que existía en el archivo de la orden tercera de Madrid,
distinta de.la anterior, se encontraba detrás del monasterio de cuya noticia no se ha podido comprobar en Alcalá por haberse ex-
la Merced, hoy derruido. traviado todos los papeles de la orden anteriores al año 1670».
Archivo de Protocolos de Madrid. Prot. de Juan Calvo, año 1613,
f. 451. ! Pérez Pastor, Documentos, I, núm. 47.
AÑOS 1610-1613 CCXCIX
RESUMEN CRONOLÓGICO
CCC

1610 El 27 de marzo, Miguel declara ser dueño de una casa situa- 1614 Adjunta al Parnaso, Carta de «Apolo Luzido», del 22 de julio, diri-
da en la red de San Luis, probablemente comprada con di- gida «A Miguel de Cervantes Saavedra, en la calle de las Huertas,
nero de Juan de Urbina. Surge entonces una diferencia entre frontero de las casas donde solía vivir el Príncipe de Marruecos, en
Urbina e Isabel y su marido sobre la propiedad de la casa, Madrid». 1 Viaje del Parnaso, ff. 74-77, 1 Astrana, VII, pp. 9-15.
punto de partida de una sucesión de pleitos. Esta edición pri11ceps del Quijote ap6ciifo lleva en la portada la siguien-
En junio, posible estancia de Cervantes en Barcelona, con te mención: «En Tarragona, en casa de Felipe Roberto, año 1614».
motivo de la partida a Nápoles del nuevo virrey, el conde de La licencia suscrita por el vicario general de Tarragona es del 4 de ju-
Lemos, su protector, al que esperaba acompañar. lio de 1614. 4J Astrana, VII, pp. 163-168, considera que estos datos
El 27 de junio, Catalina de Salazar resulta vivir con su espo- participan de una misma falsificación.
so, Miguel de Cervantes, «en la calle del León, frontero de Original perdido. 4J Viaje del Parnaso, f. I.
Castillo, panadero de Corte».
1615 Aprobación del licenciado Francisco Márquez To~es a la segunda
1611 Muere Magdalena de Cervantes, el 28 de enero, tras haber parte del Quijote (27 de febrero de 1615), 1 Quijote, ll, Prelimina-
hecho testamento. res, 668-670.
Original perdido. 1 Quijote, 11, Prelinúnares, 671-672.
Original perdido. 1 Comedias y entremeses, l, ( ((2.
1612 En una escritura de cesión que hace Catalina de Salazar a su
hermano Francisco de Palacios, el 31 de enero, en Madrid,
se declara «mujer que soy de Miguel de Cervantes, vecinos
del lugar de Esquivias ... estantes de presente en esta corte».
Se ha inferido de este documento una prolongada estancia 1616 Libro de profesiones de la Orden, f. 130v. 1 Astrana, VII, p. 448.
del matrimonio en Esquivias durante el año de 1611. Persiles y Sigís1111mda, I, ff. 113-11 Jv.
El 2 de marzo, Cervantes coincide con Lope de Vega en la Parroquia de San Sebastián de Madrid, Libro de Difuntos, 23 de
Academia del Conde de Saldaña. Para leer sus propios ver- abril de 1616, ( 270. 4J Astrana, VII, pp. 242-255 y 462-463.
sos, el Fénix le pide sus anteojos, que parecían «huevos es- Original perdido. 1 Persi/es y Sigism1111da, l, ( 1,1v.
trellados mal hechos», según escribe al duque de Sessa.
El 22 de abril, se dice que murió Isabel Sanz del Águila, hija
del primer matrimonio de Isabel de Cervantes.
El 9 de julio, aprobación por fray Juan Bautista Capataz de
las Novelas ejemplares.
El 22 de noviembre, se concede a Cervantes licencia para po-
der imprimir y vender las Novelas ejemplares.

1613 El 2 de julio, Cervantes aprovecha una estancia en Alcalá


para tomar el hábito en la Venerable Orden Tercera de San
Francisco.
El 9 de septiembre, cesión en favor de Francisco de Robles
del privilegio para la impresión de las Novelas ejemplares.
AÑOS 1614-1616 CCCI

1614 Enjulio, Cervantes se encuentra en una casa situada en la ca- OBRAS DE REFERENCIA
lle de las Huertas, detrás del cementerio de San Sebastián,
donde parece haberse mudado en abril de 1611. (en orden alfabético)
Se publica en septiembre el Segundo tomo del ingenioso hidalgo
don Quijote de la Mancha, atribuido a Alonso Femández de Julián de Apraiz y Sáenz del Burgo, Cervantes vasclf,lo, o sea Ce1vantes vindi-
Avellaneda. cado de su supuesto antivizcainismo, Domingo Sar, Vitoria, 1895'. j Luis As-
El 18 de octubre, se concede a Cervantes privilegio para po- trana Marín, Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra, Instituto
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Real Academia Sevillana de Buenas Letras ... en la rccepci6n plÍb/ica del Ilmo. Sr.
Doctor don Adolfo Rodrfg11ez Jurado, Real Academia de Buenas Letras, Sevi-

cccn
OBRAS DE REFERENCIA CCCIII

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Academia Española, Madrid, 1914 (incluido en sus Estudios cervanti11os, Atlas,
Madrid, 1947, pp. 175-350); «Una escritura inédita de Cervantes», LA Il11s-
traci611 espmiola y americana, 8 de mayo de 1913 (reed. en Burla burlando, sin Texto critico
editor, Madrid, 1914, pp. 417-424). ! Alberto Sánchez, «Estado actual de
los estudios biográficos•, S11111a cerva11ti11a, ed. Juan Bautista de Avalle-Arce La edición del Instituto Cervantes no tiene distinto objeto del
y Edward C. Riley, Tamesis, Londres, 1973, pp. 3-24. ! Jaime Sánchez Ro- que en rigor debiera tener cualquier otra edición del Quijote,
meralo, «Miguel de Cervantes y su cuñado Francisco de Palacios. Una de- cualquier otra edición de cualquier otra obra: ofrecer un tex-
claración desconocida de Cervantes•, Actas del II Congreso Iutemacional de to tan correcto como lo permitan los conocimientos disponi-
Hispanistas, Nimega, 1967, pp. 563-572. ! Rodolfo Schevill y Adolfo Bo- bles, un texto fiel a la intención del autor (a veces tornadiza),
nilla y San Marón, Obras completas de Cervantes (LA Galatea, Persíles y Sigís- diáfano para el lector y verificable por el estudioso. Porque la
1111111da, Comedías y e11tremeses, Viaje del Parnaso, Novelas ejemplares, Don Qui- edición de un clásico puede contener muchas cosas de valor,
jote de la Mancl,a, Vida de Cervantes), Imprenta Bernardo Rodríguez y prólogos brillantes, notas eruditísimas, vocabularios exhausti-
Gráficas Reunidas, Madrid, 1914-1941, 18 vals. ! Krzysztof Sliwa, Docu- vos, pero de hecho ninguna de ellas es imprescindible ahí, nin-
111e11tos de Miguel de Cerva11tes Saavedra, Eunsa, Pamplona, 1999; Documentos .guna es inherente al género «edición» -como un cuadro no re-
cerva11ti11os. Nueva recopilació11, lista e /11dices, Peter Lang, Nueva York, 2000. quiere por fuerza un marco, y menos bibliografia aneja-, salvo
,- José de la Torre y del Cerro, LA familia de Miguel de Cervantes, sin editor, un buen texto, el mejor texto posible, y los datos necesarios
Córdoba, 1923. ! Pedro Torres Lanzas, «Información de Miguel de Cer- para que el experto pueda aprobarlo o enmendarlo paso por
vantes de lo que ha servido a S.M. y de lo que ha hecho estando captivo en
paso.
Argel...•, Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 3ª serie, V (1905), pp. 345- En tal camino, a conciencia de que nunca se llegará a reco-
397; reed. José Esteban, Madrid, 1981. rrerlo hasta el final y de que sólo cabe echarse a andar, enten-
demos que nuestro trabajo aporta primordialmente dos nove-
dades. Por un lado, partir de un estudio y una valoración hasta
la fecha no realizados de las ediciones impresas «por Juan de la
Cuesta>> (pero véase 11, Portada, 662, n.) y de un escrutinio me-
tódico del resto de la tradición. Por otro, examinar cada lec-
ción y cada variante a la luz de las normas básicas de la crítica
textual, y decidirse por la mejor fundada de acuerdo con ellas,
y, por ahí, de conformidad con todos los elementos de juicio
rastreables (qligrafia de Cervantes, usi,s scribendi, hábitos tipo-
gráficos, autoridad de la edición, etc.), en vez de atenerse a la
panacea del codex imicus, a la vetusta idea, tan tenazmente sus-
tentada sin análisis, de que en los muchos pasajes problemáticos
del Quijote la solución consiste en transcribir la prínceps a ciegas
y por principio. ·
En cualquier caso, no se descuide que una edición es un apa-
rato critico a la vez que un texto. Esa evidencia debe regir en par-

CCCV
CCCVI LA PRESENTE EDICIÓN TEXTO CRÍTICO CCCVII

ticular cuando el autor corrige estadios anteriores de la obra o Las tres ediciones aparecidas a la sombra del autor disipan en
da señales patentes de que los corregiría si la redactara de nue- gran medida las perplejidades ecdóticas que plantea la Primera
vo, como con la Primera parte del Quijote ocurre en un grado parte: no son demasiadas las erratas y errores menudos de A que
no trivial. En efecto, tras la prínceps de 16o4, con fecha de 1605 no se salvan facilmente con ayuda de B y C. Para las insufi-
(A), Robles publicó a comienzos de 1605 una segunda edición ciencias de la Segunda parte (1615), en cambio, no tenemos
(B) que incorpora algunas adiciones (en concreto, sobre el hur- más medicina que la conjetura, pero, tratándose de un libro
to del asno de Sancho) que con absoluta certeza se deben a con tantas ediciones próximas al autor, tampoco nos falta te-
Cervantes, y otros cambios menores que, dada esa certeza, no rreno donde escoger. De ahí que antes de arriesgar una solu-
es ilícito achacarle parcialmente a él; y en 1608 sacó una terce- ción nuestra, y para cumplir con el criterio documental que en
ra ( C) con ligeras revisiones que, por versar sobre el mismo seguida apuntamos, hayamos intentado compulsar en todas las
asunto (entre otras razones), no pueden descartarse como ex- impresiones del siglo XVII y en las más importantes de las pos-
trañas a Cervantes, las hiciera él mismo o no pasara de permi- teriores la totalidad de los lugares que nos parecían dudosos.
tirlas. Sin embargo, si en B el escritor interpoló en lugar erró- El nuestro es un «texto limpio» (el clear text de la tradición an-
neo los añadidos en tomo al rucio, en la Segunda parte (1615) glosajona), es decir, sin intromisión alguna de elementos (sean
prefirió ocultarlos con cortinas de humo. No es aceptable, paréntesis cuadrados u . otros signos diacríticos) que el lector
pues, insertar tales añadidos donde los sitúa B, no ya porque es- deba reconocer como incorporados por los editores y, por tan-
tén ahí por una equivocación de Cervantes, sino porque, por to, lo alejen del cauce por donde lo lleva el autor. (En rigor, las
culpa de esa equivocación, Cervantes se preocupó de cancelar- llamadas a las notas constituyen una excepción a tal principio,
los en la Segunda parte; ni, obviamente, podemos inventamos pero excepción disculpable por la comodidad del procedi-
el texto que quizá el escritor habría compuesto en 1615 para di- miento. La disposición tipográfica de las notas al pie, a dos co-
simular los lunares de un decenio atrás. Sólo nos queda, por lumnas, se endereza también a separarlas más resueltamente del
tanto, editar en el cuerpo de la página uno de los estadios pal- original cervantino.)
pables del primer Quijote y recoger los otros, seguros o posibles; En el aparato crítico, hemos querido, por otro lado, que ni
en el aparato crítico. una sola modificación, por pequeña que fuese, incorporada a
No es dudoso que el estadio preferido ha de ser el de la prín- nuestro texto respecto a la prínceps de 1605 o de 1615 quedara
ceps, por cuanto la Segunda parte no da por buenos los retoques sin registrar ni certificar en su origen. No hemos pretendido rea-
de B, ni, por ende, de C, a cuenta del asno robado, y porque lizar una edición variorum, pero hemos colacionado por ente-
es en relación con aquel estadio como mejor se aprecia el iti- ro las ediciones antiguas fundamentales y las modernas que me-
nerario del novelista hacia una «última voluntad», jamás cuaja-· jor se prestaban a verificar nuestro propio cotejo; y cuando la
da en una nueva edición, sobre la fisonomía del libro. Pero, lección aceptada por nosotros no procedía de esas ediciones an-
supuesto ello, no hay ningún inconveniente en admitir las va- tiguas (ni se trataba de reparar un gazapo inconfundible), al
riantes de la segunda y de la tercera impresión que no implican igual que al enfrentarnos con los aludidos lugares dudosos, he-
im cambio, sino una restituci6n del tenor literal de la primera: si no se mos hecho un amplio examen de la tradición -previamente
consideran de Cervantes o avaladas por él (y hay un puñado sondeada para determinar los puntos en que nacen sus ramas
que podría serlo), son tan legítimas como cualquier otra conje- mayores- con el' fin de averiguar dónde y cuándo fue adopta-
tura bien construida; si cuando menos un cierto número de da inicialmente'. Con frecuencia hemos señalado además la
ellas sí se atribuye a Cervantes, tampoco violan el criterio de no- fuente de las lecturas admitidas en las ediciones modernas que
crear un texto mixto, contaminando dos estadios distintos de la nos sirven de control, y para todos los pasajes cruciales damos
obra. el historial básico de las variantes y propuestas más discutidas o
LA PRESENTE EDICIÓN NOTAS AL PIE CCCIX
CCCVIII

significativas, en general limitándonos a su primera aparición, diálogo con la obra; regular, porque el propósito ha sido con-
sin detenemos en consignar quiénes las repiten (de modo que cederles a todos un tratamiento y una atención equiparables, en
tras una escueta referencia a Madrid, 1655, o a Bruselas, 1662, proporción a su importancia, sin primar los de un determina-
muchas veces está la consulta de docenas de impresiones irre- do tipo.
levantes a nuestro propósito). Con todo lo cual, insistimos, de Nuestro destinatario ideal habla el español como lengua ma-
ningún modo queremos ofrecer una edición variorum, sino ga- terna y no ha estudiado filología ni historia en la universidad,
rantizar no sólo que el filólogo y el cervantista están en con&- aunque sí tiene la suficiente curiosidad y gusto por la literatura
ciones de saber en cada momento de dónde sale el texto que para .emprender y (no nos engañemos dándolo por supuesto)
están leyendo y qué otras posibilidades al respecto se han con- contmuar hasta el final una lectura atenta del Quijote. Pensar en
siderado, sino, en particular, que pueden fiscalizar nuestro tra- semejante destinatario nos ha animado, insistimos, a marcar el
bajo y formarse su propia opinión. énfasis de la anotación en el sentido literal, que por otro lado
La <<Historia del texto» incluida más arriba resume otros da- constituye el obligado común denominador de cualquier acer-
tos sobre la transmisión y la fortuna textual del Quijote que se camiento a un texto literario (véase arriba, p. x1v), en el em-
hallan asimismo en las raíces de la presente edición. En la in- peño de superar la multitud de obstáculos, inmediatamente re-
troducción al aparato crítico se encontrarán las precisiones conocibles como tales o, peor, disimulados por una falsa
indispensables sobre los textos cotejados, las normas con que se transparencia -desde el mismo título de 1605, desde la primera
han recogido las variantes, sobre gra6a y puntuación, etc., etc. frase del relato-, que la lejanía del universo y del lenguaje de la
Pero las razones que en cada caso nos han inclinado por tal o novela opone a un entendimiento suficiente del Quijote: obstácu-
cual lectura deben buscarse sólo en los comentarios que acom- los de morfología, sintaxis y vocabulario, de conceptos y realia, de
pañan a las correspondientes entradas del aparato crítico (o que, presuposiciones literarias e intelectuales ...
cuando el caso lo aconsejaba, se han desplazado de ahí a las no- Hemos intentado acompañar al lector hacia el mundo perdi-
tas complementarias). do de palabras, frases hechas, costumbres, instituciones y sabe-
res que eran normales a principios del Seiscientos y ya no lo son
en el siglo que comienza, buscando formular las notas en los
Notas a pie de página, apéndices e ilustraciones términos más llanos, inteligibles y próximos a los conocimien-
tos y experiencias de nuestros días. Así, por ejemplo, sólo por
El otro elemento fundamental de la presente edición, sólo por rara excepción hemos seguido el uso todavía demasiado fre-
debajo del texto crítico, son las notas a pie de página. Como en cuente de pretender declarar un vocablo copiando por las bue-
los demás volúmenes de la Biblioteca Clásica en que apareció nas la definición de un lexicógrafo antiguo, no ya porque su
nuestra edición de 1998, en ellas se ha procurado explicar «de testimonio no siempre es fiable (el gran Covarrubias cede en
modo claro y sucinto la materia, palabra o alusión que en cada exceso a la tentación etimologista, el primer diccionario acadé-
caso las motiva, con el desarrollo justo para no hurtar ningún mico tiende a improvisar alegremente), sino porque facilmen-
elemento a la comprensión del texto, pero sin pormenores que te crea al inexperto más engorros de los que le resuelve.
entorpezcan la fluidez de la lectura». Por cuanto atañe al senti- (¿Cuántos son los capaces de reconocer, pongamos, la hojuela
do literal, la anotación quisiera ser tan completa y regular como que el tesoro describe como «fruta de sartén hecha de masa es-
lo permiten la extensión y las condiciones materiales del pro- tendida muy delgada»? A nosotros, y perdónese la deliberada
yecto: completa, en la medida de cuando menos rozar todos los nimiedad del ejemplo, nos ha parecido más útil relacionarla
asuntos que puedan provocar dudas o malas interpretaciones en con otras variedades de la tortita o crepe y apuntar sumariamen-
el lector de hoy y todos los que enriquezcan abiertamente su te cómo se preparaba ...) Hemos rehuido asimismo los tecnicis-
CCCX LA PRESENTE EDICIÓN NOTAS, APÉNDICES E ILUSTRACIONES CCCXI

mos, y cuando alguno resultaba ineludible o cómodo suele ir que nos han sido accesibles, vinieran de donde vinieran (en
relegado a la segunda parte de la nota, donde ya se trata menos particular si nos las han señalado los autores de las Lecturas del
de solventar una dificultad que de glosarla. Los problemas tex- «Quijote» y de la revisión de los capítulos correspondientes), y
tuales hemos querido sólo insinuarlos mediante cuatro o cinco confiamos en haberles añadido un número no despreciable de
docenas de notas que ilustraran algunas de sus modalidades, novedades.
pero a menudo nos servimos del signo ª para remitir al lector Como quiera que sea, hemos aspirado a compensar el inevi-
interesado a las entradas del aparato crítico. Al habérnoslas con table (y aun así insuficiente) acopio de notas redactándolas con
citas, tópicos o motivos tradicionales, muchas veces nos con- la máxima concisión que sabíamos y procurando que no des-
tentamos con señalar su carácter de tales, y en su caso bosque- viaran la atención del texto mismo sino en el menor grado po-
jar una rápida contextualización, presumiendo que ·al «ingenio sible, de manera que el lector pudiera pasar del texto a la nota
lego» le basta con advertir que no se halla ante ninguna ocu- y volver inmediatamente al texto sin perder (o sin perder ape-
rrencia singular de Cervantes, en tanto el experto buscará las nas) el hilo. A idéntico criterio, y también según las normas de
referencias oportunas en la nota complementaria. Hemos sido Biblioteca Clásica, obedecen la posición en que se sitúan las lla-
sumamente parcos en comentarios estilísticos o de crítica lite- madas a las notas y la presencia o ausencia de lema (general-
raria, acogidos mayormente para hacernos eco de opiniones mente en cursiva y seguido por dos puntos) al comienzo de las
bien consolidadas y tener ocasión de aducir en su 1ugar la bi- notas propiamente dichas, cuando se trata de dar (entre 'comi-
bliografia pertinente; y, desde luego, nos hemos esforzado por llas simples', para que no se confunda con las indicaciones con-
evitar que una interpretación en ese orden de cosas, ya fuera tiguas) la equivalencia moderna de una palabra o frase: si convie-
propia o ajena, encauzara rígidamente la lectura por una deter- ne introducir la llamada inmediatamente después, opinamos
minada senda o anticipara datos que el autor reservaba para más que lo más ágil es prescindir por entero de lema, mientras éste
adelante. se hace necesario cuando, según muy comúnmente resulta
En principio, nuestro criterio ha sido apostillar todos los aconsejable, la llamada se retrasa hasta el final del segmento
puntos, sea cual fuere su índole, anotados a su vez en las más dentro del cual la voz o sintagma cobra plenitud de sentido.
valiosas ediciones del mismo tipo manual de la nuestra (en con- Procuramos que el lector no tenga que volver a una glosa lé-
creto, las debidas a Mendizábal, Onís, Millares, Riquer, Cor- xica hecha anteriormente, que preferimos resumir, sea en to-
tázar-Lerner, Alcina Franch, Murillo, Avalle-Arce y Allen), juz- dos los casos en que ,el término aparece, si son pocos, sea con
gando que en ellas se encuentran un buen índice de los asuntos una cierta regularidad, cuando es frecuente. Sin embargo, para
que por su dificultad o interés convenía aclarar al lector y, a la favorecer comparaciones y consultas, tendemos a dar la refe-
par, un adecuado repertorio de las cuestiones que más nítida- rencia a la nota en cuestión o a la página del texto con la pala-
mente dibujan el legado del cervantismo. No obstante, puesto bra glosada.
que a la postre hemos descartado algunos de esos escolios, que Los apéndices y las ilustraciones, por otro lado, se han con-
por una o por otra razón se nos antojaban inequívocamente su- cebido en estrecha relación con las notas al pie. Además de ser-
perfluos, no podemos decir que anotamos todos los extremos vir de cómoda sinopsis de la novela, el itinerario quijotesco
tocados en cada una de las ediciones mentadas, pero sí, cree- ofrece una buena idea de los atolladeros a que aboca cualquier
mos, los que todas coinciden en anotar. intento de fijar sobre el mapa o disponer en una exacta se-
En modo alguno significa ello que nos limitemos a esos pun- cuencia cronológica las andanzas del Caballero, y, por ahí, anula
tos y excluyamos otros, ni mucho menos que aceptemos ni re- la necesidad de multiplicar en el calce de la página las observa-
pitamos las soluciones de nuestros predecesores. Por el contra- ciones al respecto. La caracterización global de la lengua del
rio, hemos tomado en cuenta todas las aportaciones relevantes Quijote, el organigrama de la «España oficial>> y el resumen so-
NOTAS COMPLEMENTARIAS CCCXIII
CCCXII LA PRESENTE EDICIÓN

bre medidas y monedas aportan la perspectiva imprescindible a Notas complementarias


la información compendiada en muchas acotaciones. En fin, la
relevancia de los libros de caballerías en la historia de don Qui- En unos pocos casos (Bowle, Clemencín, Rodríguez Marín,
jote se capta harto mejor en la selección de fragmentos prepa- Gaos, quizá Cortejón), declarados o no, las ediciones del Qi,í-
rada por Mari Carmen Marín Pina que dispersando en las no- jote se han acompañado de una anotación de ambiciones poco
tas los extractos y las citas parciales. menos que exhaustivas, sin perdonar ningún aspecto que al
De la España de los Austrias hasta hace cuatro días, el mun- comentarista le pareciera digno o simplemente susceptible de
do era tan angosto y comunal, que bastaba para llenarlo un pe- tratamiento. En otros (Pellicer, Schevill y Bonilla), se han li-
queño número de seres y objetos que todos conocían hasta en mitado a tratar, por largo o escuetamente, los lugares que juz-
sus más chicos pormenores. En los últimos decenios, la mayor gaban no explicados hasta la fecha. En los más, se han concen-
parte de esos seres y objetos han sido desplazados o reemplaza- trado en zanjar con brevedad los principales escollos que la
dos, sin dejar apenas memoria, por otros extremadamente dis- novela presentaba o presenta a la mayoría de los lectores con-
tintos. Marón de Riquer nos contaba una vez que él fue el pri- temporáneos.
mero en anotar al pie del Quijote la palabra bada. Hoy, cada vez El Quijote del Instituto Cervantes pertenece confesadamente
son menos quienes podrían identificar unas abarcas, una aceña o al último tipo, porque lo central en él, descontado el texto, son
una a/canda, y no digamos una adarga o la ación de unos arreos. las notas a pie de página, que, dentro de las limitaciones de ex-
Se comprenderá, pues, que, para salvar didácticamente esa in- tensión y planteamiento inherentes a un volumen manual, se
mensa distancia, las ilustraciones que hemos incluido (en sec- proponen ser autónomas y suficientes po7 sí mismas. Con todo,
ción propia, con índice incorporado al de notas) tiendan prefe- nuestro trabajo pretende ser también útil al estudiante y al es-
rentemente a hacer visibles algunos aspectos de la vida cotidiana tudioso sirviéndoles de guía para el manejo de las ediciones
del Siglo de Oro, esbozando una mínima arqueología de la cul- maiores y los títulos más significativos en la bibliografia de la
tura material de la ,época, y sólo se propongan ser claras y estar obra. En concreto, quisiéramos que nuestras notas comple-
rigurosamente documentadas. Para que los dibujantes maneja- mentarias (como, con distinta perspectiva, las Lecturas del
ran los modelos apropiados, hemos recurrido a la colaboración ,,Quijote») hicieran innecesario tener siempre a mano todas las
sistemática o a la consulta ocasional de los mejores especialistas ediciones anteriores y emboscarse interminablemente en la
(véase abajo, Colaboraciones y agradecimientos) y utilizado una «floresta, encinar o selva» {II, IO, 763) de los demás repertorios
amplia bibliografia, parcialmente alegada en las notas ad hoc. de información cervantina, permitiendo sin embargo ponerse
Pero en ocasiones no cabía sino dar una muestra estadística- en camino de saber cuál es el estado actual de los conocimien-
mente representativa de la realidad aludida por Cervantes, sin tos sobre la novela, tanto en cuestiones de vasto alcance como
poder establecer la variante precisa que el escritor tenía en en puntos de detalle, y, en particular, de qué publicaciones hay
mente, y más de una vez no ha habido medio de averiguar ni que echar mano en cada caso para conseguir noticias comple-
siquiera de qué especie en concreto estaba hablando, y hemos tas y al día. ·
renunciado a incluir ilustración alguna. Así, las notas complementarias debieran permitir a quien lo
desee profundizar en gran parte de los temas de algún relieve
tratados someramente en las notas a pie de página (al final de
las cuales van anunciadas mediante el signoº), apuntándole los
fundamentos, los factores controvertibles y la bibliografia de las
explicaciones que allí se dan.
CCCXIV LA PRESENTE EDICIÓN LECTURAS DEL «QUIJOTE» CCCXV

Cuando versa sobre un asunto glosado en las ediciones de mas inéditos o dudosos, pero incluso entonces confiamos en no
mayor ambición o más difundidas en el último siglo, la nota habemos extendido desproporcionadamente.
complementaria empieza normalmente por remitir, con una Es también en las notas complementarias donde hemos hecho
clave de abreviaturas (resuelta en la bibliografía), a las anotacio- sitio a bastantes indicaciones bibliográficas que se alejan un tan-
nes más importantes que en ellas se le dedican, partiendo de la to del objeto primario de nuestra anotación, orientada al sentido
primera en apostillar el pasaje y continuando, por orden cro- literal. Nos ha movido el deseo de sugerir así la vivacidad de los
nológico, con las que han añadido al respecto interpretaciones estudios de crítica literaria consagrados al Quijote, y hacerlo des-
o datos de interés. (Ni que decirse tiene, pues, que no las re- de un punto de vista algo distinto al de las Lecturas, que exami-
gistramos todas, supuesto que son innumerables los casos en nan en conjunto capítulos o series de capítulos, mientras las no-
que las más tardías se contentan con resumir, en general sin tas complementarias se apegan a contextos más breves y, por ahí,
comprobación, las afirmaciones de sus precursoras, que, por penniten apuntar otras posibilidades en el aprovechamiento de la
otro lado, a veces no pasan de transcribir, como si nada hubie- bibliografia. Pero debemos subrayar que esas indicaciones menos
ra cambiado desde los días del admirable Bowle, el Tesoro de directamente vinculadas a la letra entran sólo a título de ejem-
Covarrubias o el Diccionario de Autoridades.) plos, un poco aleatorios, de un panorama muchísimo mayor.
Si sobre la materia tratada, además o en lugar de notas en las Cuando una nota al pie no lleva complementaria, debe en-
aludidas ediciones, existen monografias o aportaciones valiosas tenderse · que ni la aclaración que nosotros damos ni las de los
en escritos de otra índole, hacemos mención de ellas en la me- demás comentaristas son otra cosa que una versión ad hoc de
dida de nuestro conocimiento e insistiendo en las de fecha pos- conocimientos, repertorios o instrumentos de consulta que sin
terior a las ediciones de Luis Andrés Murillo y Vicente Gaos, duda posee o tiene racilmente al alcance cualquier lector que
donde, amén de sacarse a colación lo más sustancial o arraiga- sienta la particular curiosidad implícita en el recurso al nivel su-
do de la bibliografia cervantina, se citan aún muchos trabajos perior de la anotación. Por otro lado, sólo cuando es cosa de
menos perdurables que no hemos juzgado oportuno recordar. realzar algún aspecto debatible autorizamos expresamente una
(El estilo de nuestras referencias, por el sistema de autor nota enviando a obras generales cuyo empleo se presume para
[año:páginas], se describe en la advertencia previa a la bibliogra- todas: el Diccionario de J. Corominas y J.A. Pascual, los glosa-
fia. Los signos <y> se emplean, respectivamente, para señalar rios de C. Fontecha, M. Romera Navarro o L.E.S.O., etc.
que un estudio apoya o contradice al aducido inmediatamente
antes. Una b volada denota que el ítem así marcado contiene
extensas puntuaÍizaciones bibliográficas.) Lecturas del «Quijote>>
Por otra parte, siempre que lo hemos creído preciso para jus-
tificar una explicación propia, matizar o rebatir -ambas cosas, La raíz de las Lecturas del «Quijote» está en el decidido propósi-
tácita o expresamente- las ajenas o afinar de algún modo la to que desde el principio tuvo el Instituto Cervantes de incor-
comprensión del lugar anotado, hemos completado las meras porar a la edición que promovía una destacada representación
remisiones bibliográficas con una documentación selecta cons- de lo mejor del cervantismo internacional, así como en el de-
tituida por textos del propio Cervantes o de otros autores (con seo de los responsables del texto y las notas de contar con co-
preferencia para aquél), definiciones de diccionarios antiguos laboradores de reconocida autoridad que revisaran su trabajo y
(regularmente, como se ha dicho, excluidas de las notas al pie), lo dilataran con perspectivas superiores a la esencialmente lite-
pormenores adicionales sobre la historia de tópicos y motivos, ral que a ellos les incumbía.
etc., etc. Lógicamente, tal documentación, ni completa ni sis~ Con ese designio, y con el docto y concienzudo asesora-
temática, había de dilatarse un poco más cuando tocábamos te- miento de Edward C. Riley, se procedió a dividir la novela en
CCCXVI LA PRESENTE EDICIÓN LECTURAS DEL «QUIJOTE» CCCXVII

secciones y series de capítulos (normalmente, pero no por fuer- ción de los protagonistas, las convergencias y divergencias entre
za, contiguos), cada una de las cuales se confió a un distingui- unos episodios y otros, los componentes estructurales y los
do hispanista, para que revisara las notas preparadas por la re- cambios de rumbo del relato ... Vale decir: nosotros mismos
dacción y dedicara al texto cervantino correspondiente un los exhortábamos a ir más allá de la mera nota introductoria a
breve comentario crítico. Hay que decir que éste se pensó pri- una porción del Quijote mejor o peor pero siempre artificiosa-
mero como nota preliminar al segmento de la obra así deslin- mente delimitada.
dado en cada caso, de acuerdo con el modelo de las excelentes En todo caso, tal y como al cabo aparecen, perfeccionando
introducciones que ilustran tantos capítulos en la , edición de el plan primitivo, las Lecturas de nuestros colaboradores ofrecen
Martín de Riquer. Pronto, no obstante, caímos en la cuenta un inmenso caudal de noticias, ideas y sugerencias preciosas, y,
de que las aportaciones que nos iban llegando merecían otro unidas a las contribuciones de carácter básicamente informati-
destino que publicarse a pie de página, al comienzo del frag- vo que configuran el prólogo y al hermoso ensayo proemial de
mento de la novela sobre el que discurrían, según habíamos Femando Lázaro Carreter, constituyen un testimonio no facil-
previsto, y de que era preferible agruparlas todas en un aparta- mente igualable de la vigencia del Quijote y el vigor del cer-
do independiente, abriendo el volumen complementario. vantismo contemporáneo. Lo uno va con lo otro, desde luego,
La razón ha sido doble. Por un lado, aunque los más'de nues- y no creemos necesario insistir en que pocos libros tolerarían
tros colaboradores no han rebasado exageradamente la exten- un despiece y un asedio parejos: las Lecturas con cuya presencia
sión máxima que les señalamos como viable (con exigencia que se honra nuestra edición no podían perseguir la unidad y la co-
supieron entender, disculpar y, sobre todo, hacer virtud), en herencia que distinguen a otras selladas por una poderosa im-
general los comentarios resultan materialmente demasiado lar- pronta individual, pero la pluralidad de puntos de vista, méto-
gos para imprimirlos y pretender que se usen como notas in- dos e interpretaciones que han logrado congregar es en sí
troductorias, si no es a costa de interrumpir en exceso la lectu- misma una manera de hacer justicia a la grandeza del Quijote.
ra del texto. Por otra parte, el mismo enfoque que nosotros Nos queda por advertir que, buscando siempre en primer
habíamos pedido obligaba muchas veces a desbordar la fronte- término allanar el camino al no especialista, a nuestros colabo-
ra un tanto arbitraria de las secciones establecidas y a contem- radores se les rogó que evitaran dar a las Lecturas la apariencia
plar el conjunto del Quijote con una mirada más anchurosa: más de un «estado de la cuestión», prescindieran por completo de
reveladora sin duda, pero puesta sobre un horizonte con fre- indicaciones bibliográficas detalladas e incluso redujeran al mí-
cuencia harto mayor del que el lector primerizo ha alcanzado a nimo las menciones de otros estudiosos, reservando todo ello
una determinada altura de la obra. para una nota aneja. En tal nota han aducido, pues, y a menu-
Nosotros, en efecto, habíamos invitado a los colaboradores a do con valoraciones, la bibliografía que juzgaban de más rele-
conciliar en su comentario los planteamientos históricos y el vancia para ahondar en los aspectos abordados en su comenta-
análisis literario y a marcar el acento en los factores nuevos que rio. A ese primer bloque bibliográfico, la redacción, tanto en
el segmento asignado introducía en relación con los anteriores, 1998 como en 2005, le ha añadido un segundo, por lo común
trazando, por ejemplo, las coordenadas de los motivos que de- más breve, donde tras el epígrafe Otras referencias se enumera un
terminan la trama y de los asuntos que debaten los personajes, cierto número de estudios que nos han parecido dignos de to-
identificando las circunstancias y costumbres aludidas en la ac- marse en cuenta, ·sin que tuviéramos siempre ocasión de citar-
ción, las tradiciones y géneros recreados, etc., etc. Pero tam- los en nuestras riotas complementarias. El segundo bloque se
bién los animábamos a mostrar cómo esos factores nuevos se abre sistemáticamente remitiendo, con la sigla BQ, a la monu-
enlazan con las grandes líneas del Quijote, y a llamar la atención mental Bibliogrqfla del <<Quijote» por unidades narrativas y materia-
sobre sus temas fundamentales, sobre las etapas en la evolu- les de la novela (Centro de Estudios Cervantinos, Alcalá de He-
CCCXVIII LA PRESENTE EDICIÓN COLABORACIONES Y AGRADECIMIENTOS CCCXIX

nares, 1995), del padre Jaime Femández, SJ., cuya organiza- elaboración del aparato crítico ni los otros trabajos sobre el tex-
ción en «unidades» coincide en gran parte con la adoptada en to del Quijote a que por mi parte ha dado pie la presente edi-
nuestras Lecturas. Cuando el colaborador de 1998 no ha podi- ción habrían sido posibles de no haber contado con la constan-
do revisar ahora su Lectura, el texto de ésta se ha mantenido ín- te amistad y a menudo con la preciosa orientación de Julián
tegramente y las oportunas adiciones bibliográficas se han in- Martín Abad (Biblioteca Nacional), Joana Escobedo (Bibliote-
corporado a Otras referencias. ca de Cataluña), María Luz González López (Real Academia
Española) y María Luisa López Vidriero (Real Biblioteca). Me
faltan palabras para decirles mi gratitud.
Colaboraciones y agradecimientos Como punto de referencia para la confección de las notas, los
ayudantes de redacción prepararon una concordancia com-
La «Presentación» general y las indicaciones que preceden a es- pleta de los lugares glosados en las ediciones de Mendizábal,
tas líneas debieran dar una idea adecuada de nuestros objetivos Onís, Millares, Riquer, Cortázar-Lerner, Alcina Franch, Mu-
y modos de proceder. Los capítulos