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Andrés Felipe Valencia Murillo

Cód. 1662703
3252 – Lic. en Palmira
Universidad del Valle, sede Palmira.

Sade: la moral y el placer

Me preguntó alguien una vez que qué tan perversa era mi mente. Hasta ahora no me
logro responder eso. Del latín pervertĕre y traduciéndose como algo muy malo y totalmente
contrario a las normas de la sociedad. Quisiera que cada uno guardara esa pregunta en su
cabeza. Tal vez en unos años me acerque a la respuesta desde las muchas experiencias que
logre.

Qué tan incoherentes serán los que dicen creer en dios, pero no en la iglesia: ¿no se
dan cuenta que los conceptos en sí mismos están ligados? Me dirá alguien que no, porque la
iglesia manipula y roba. Pues sí, pero la iglesia estableció el dogma que a ustedes rige y,
por lo tanto, la moral. Repudien a la iglesia, pero no por moda, sino porque comprenden
que las imposiciones morales son ajenas a nuestra naturaleza: la que nunca de nada nos
cohíbe. Dios no existe. Y de existir, a él le daría igual cómo nos comportemos, al fin y al
cabo, ¿no dicen que es todo poderoso? Pues si quisiera ya nos hubiera exterminado. Ah, y
dizque él lo ve todo. Ah, pues es como yo, o yo como él porque soy un poquito menor: un
voyerista.

Si realmente nos cuestionamos lo que a diario ocurre, nos damos cuenta que nada es
bueno ni nada es malo, todo es valorado desde las concepciones que nos han impuesto.
Actuamos conforme a una construcción dogmática y del lenguaje: aquello es correcto
porque convencionalmente se aceptó. El sexo, a veces inevitable, es una fuente de placer
para todos: o que me refute algún pederasta. Si para usted no es una fuente de placer, ya le
llegará el indicado o la indicada y espero me recuerde durante o después del acto. Por la
virtud es que muchos y muchas, pero más muchas porque nuestra sociedad lo dictamina así,
no se acercan a este goce que tantas variables tiene.

Disculpen si me extendí, ahora sí empiezo a hablar lo importante. La Real


Academia de la Lengua Española define su palabra, sadismo, como “perversión sexual de
quien provoca su propia excitación cometiendo actos de crueldad en otra persona”. Y digo
su palabra, de manera posesiva, porque proviene del Marqués de Sade. ¿Y quién fue ese?
Un viejo loco que escandalizó Francia hace más de 200 años. Autor de Filosofía del
Tocador, Justine o los infortunios de la virtud, Juliette o las prosperidades del vicio, Los
120 días de Sodoma, Aline y Valcour, Diálogo entre un sacerdote y un moribundo, etc.,
cuya narrativa y pensamientos tocaban temas sexuales, religiosos, políticos, artísticos,
filosóficos, entre muchos otros.

Teniendo en cuenta que su vida, como sus obras, se vio involucrada en actos
libertinos, se puede preguntar cada quien, si es Sade uno de los hombres más libres,
respecto al ser, en la historia o si no hizo más que retratar el lado oscuro que ocultamos por
cuestiones moralistas, de pudor. De algo podemos estar seguros: tanto Sade como
Nietzsche son seres extremadamente adelantados a su época y cualquier cantidad de
relecturas de sus textos nunca serán suficientes para asimilar su pensamiento.

Si mencioné que Sade fue adelantado a su época no me refiero a que esta, quizá, sea
la adecuada para comprenderle, todavía nos falta mucho. Aún se conserva la virginidad
como un tesoro. Ah, pero es porque es mi cuerpo y yo decido. Está bien, pero si revisan, no
son más que pensamientos dogmáticos que reproducen inconscientemente. La experiencia
carnal permite que los individuos satisfagan deseos cohibidos por la moral dando espacio a
nuevas sensaciones, nuevos placeres. Gocen sin reproducirse, hagan caso omiso a lo que
decía Juan Pablo II, quien insistía en no usar anticonceptivos.

Con lo anterior quería referirme a que “el sexo no es solo un vehículo de placer sino
también de dolor: una intrigante necesidad de destruir el mito del sexo como creador y
expresar una idea mucho más dura y real” (Berlutti, 2017). Nos convertimos en seres
primitivos e instintivos cuando enfrentamos el erotismo. Cuando hay una amalgama entre
el sexo y el dolor, leyendo a Sade se entera el lector sobre los posibles límites que tiene o,
mejor, que no tiene el ser humano.

Justificamos bajo el deseo y, más descaradamente, el amor, nuestros actos


considerados inmorales. Tenemos varias identidades, y qué placer cuando pasamos por alto
aquella que está regida por conductas morales y radicalmente religiosas. Eso es gozo. No es
la dominación una maldad, no lo es el sadismo: son pasiones ocultas en nuestra mente que
algún día quisieran salir y hacer de las suyas.

Mencionar Los 120 días de Sodoma quizá les suene aberrante, pero él, Sade, da un
anticipo de su obra:

Y ahora, estimado lector, prepárate a leer la narración más impura que se


haya narrado jamás, un libro cuyo igual no encontrarás sin duda ni entre los
antiguos ni entre los modernos. Todos los placeres aceptados por la usanza o
por ese tonto dios tuyo estarán excluidos; lo restante sólo será perversidad e
infamia (2005, p. 44)

Si alguna vez se encuentran ese libro, antes de mencionarse la pregunta con la que
inicié esto, pregúntense qué tan elevada está su moral, qué tan conservadores son y qué tan
dispuestos están a tolerar el libertinaje. Si cree que falla en algo, por favor no lo lea, no por
su bien, sino porque a usted lo rigen ciertas ideas que no quiero repetir y chocará
inmediatamente con aquel narrador libertino.

No crean que el creador o máximo representante del erotismo es la señora E. L.


James con sus 50 o no sé cuántas sombras, no. Su auge fue porque hoy por hoy la moda
está por encima de la calidad. De leer eso mejor ven unos vídeos y si me preguntan pues les
paso unas páginas. No crean que lo estoy desprestigiando, simplemente los que creyeron
llegar a los más intenso con la historia de Anastasia y el de las sombras, pues hay más que
eso.

Creerán que es un oxímoron lo de dolor y placer, creerán que no es posible. Así


como pensaremos también que infligir o recibir dolor no es excitante; pero hay para todo.
No todo es sadismo, no todo es someter sin consentimiento, dado que hay también
sadomasoquismo. Si digo que hay para todo es porque habrá quienes gusten, disfruten,
gocen y se exciten recibiendo dolor. Nada más imaginen un individuo sádico y a otro
sadomasoquista: ah, qué pareja, como para verlos.

“Existe una propensión a pensar que el sadismo y el masoquismo, en su


relación con la sexualidad, son formas propias de sujetos “enfermos”. Sin
embargo, la teoría psicoanalítica freudiana ha puesto de manifiesto que tanto
el sadismo como el masoquismo están presentes en la vida de todos los
neuróticos, es decir, en todos y cada uno de nosotros” (Coronel, 2007).

No cuestiono si en medio del sexo conservamos ciertos principios en tanto no se


actúe sin la voluntad del otro. A partir de ello, sugiero también que en cada individuo hay
algo de sadismo y sadomasoquismo. Como notaron, no es una sugerencia auténtica, ya lo
había mencionado Freud antes, pero yo a él no lo he leído, así que, si suena a idea robada,
me disculpan, no son más que referentes comunes o lecturas que no recuerdo. Antes creía
que la teología y el psicoanálisis no eran más que pseudociencias1, pero la segunda muchas
veces da en el punto. Retomo: piensen en alguien de su total encanto o fantaseen con
alguien, quisiéramos poseer o ser poseídos sexualmente. No imaginen el dolor como un
golpe cualquiera, no; imagínenlo como ese toque perverso en la intimidad que enciende la
pasión que ustedes no dejan salir a la luz por cualquier concepción.

En la desnudez recobramos nuestro instinto, ahí la razón no actúa y si lo hace, solo


es para recordarnos que nada en esta vida tiene sentido o que de la nada venimos y a la
nada vamos, entonces con más deseo actuamos. La trasgresión sexual, refiriéndome a las
parafilias y actos considerados anormales, nos permite comportarnos como rebeldes ante
tanta imposición y por eso no se halla un límite en este umbral.

Es probable, y para ir acabando, que estas relaciones sexuales de sadismo y


sadomasoquismo, en muchas cabezas, solo puedan ser vistas con otro ser de atracción y,
principalmente, otro ser a quien aman y por quien son amados. Tampoco los cuestiono dado
que son normas morales que nos han vendido desde siempre; igual no importa,
experimenten y déjense llevar por sus hondas pasiones, las que hace mucho esconden sin
darse cuenta. Me arrepentiría si dejo pasar por alto la concepción del amor para un
personaje de Filosofía del tocador:

¿Qué es el amor? No se puede considerar, me parece, que sea algo distinto


del efecto resultante de las cualidades de un objeto hermoso sobre nosotros;

1
La teología está basada en "la autoridad", la interpretación subjetiva de textos antiguos y los dogmas de fe;
no plantea hipótesis, ni utiliza un método de validación (empírico, lógico, deductivo-inductivo, etc.). El hecho
de que sea reconocida en muchos países no significa mucho, después de todo, hay universidades que
enseñan homeopatía, creacionismo, islam, o incluso Feng Shuiu; ni siquiera se puede demostrar que su
objeto de estudio, Dios, sea real.
esos efectos nos transportan, nos inflaman; si poseemos esos objetos,
estamos contentos; si nos es imposible obtenerlos, nos desesperamos. ¿Pero
cuál es la base de ese sentimiento? El deseo. ¿Cuáles son las consecuencias
de ese sentimiento? La locura. […] …no existimos más que para ese objeto
adorado. ¿Es eso vivir? ¿No es más bien privarse de todas las dulzuras de la
vida? ¿No es querer permanecer en una fiebre ardiente que nos absorbe y
nos devora, sin dejarnos más felicidad que la de los goces metafísicos, tan
similares a los efectos de la locura?... Unos pocos meses de goce, que acaban
colocando al objeto en su verdadero lugar, nos hacen enrojecer al pensar en
el incienso que hemos quemado en sus altares y no llegamos siquiera a
concebir entonces cómo pudo seducirnos hasta ese punto (p. 61)

Qué pena si esta concepción tan libertina choca con la que ustedes o algunos tienen
del amor. Igual Sade fue un loquito. Satisfáganse haciendo y deshaciendo. En la intimidad
ustedes son sus dioses o diosas y procuren serlo para su pareja, así no la conozcan.

En últimas, la comprensión de este texto y la idea de este festival no se concibe sino


a partir de la experiencia, quizá, con el hombre o la mujer indicada. Esto, apuntando y,
después de todo, respetando ciertas cuestiones éticas. Está en nosotros seguir lo trivial porque
creemos es lo mejor que hay o dar paso a nuevos placeres.
Referencias

Berlutti, A. (2017) El dolor, el placer, la belleza y la lujuria: las cuatro dimensiones del
marqués de Sade. Recuperado de: https://medium.com/somos-enes/el-dolor-el-placer-la-
belleza-y-la-lujuria-las-cuatro-dimensiones-del-marques-de-sade-75586dc999ec

Coronel, V. (S.f.) Sadismo y masoquismo. Reflexiones Marginales. Recuperado de:


http://reflexionesmarginales.com/3.0/sadismo-y-masoquismo/

Sade, M. (2005) Los 120 días de Sodoma. México: Grupo Editorial Tomo.

Sade, M. (S. f.) Filosofía del tocador. Colombia: Librodot.