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Las Siete Palabras

Ensayo de una teología espiritual de la cruz


Jorge Arévalo Nájera
Introducción:
Imponente, bastante alto y por encima del puerto de Nueva York, puede verse
desde una gran distancia el mundialmente famoso monumento de la Estatua
de la Libertad, en la figura de una impresionante dama. Por más de 100 años
esta dama que permanece con la mano levantada muy en alto, portando una
antorcha y simbolizando la libertad, ha sido la atracción de millones y millones
de visitantes locales y de todas partes del mundo, por su figura y por lo que
simboliza ella misma. Inscrito en el pedestal sobre el cual está
permanentemente parada esta dama, puede leerse un breve, conmovedor y
lapidario párrafo de Emma Lazarus, que dice así: “Dame tus cansados, tus
pobres, tus masas oprimidas que a porfía aspiran respirar el aire de la libertad;
los miserables, los desamparados, los abofeteados por la tormenta de la
esclavitud. Yo alzo mi antorcha junto a la puerta de oro...”
Mucho más alto, infinitamente más alto, y más imponente aún, hay otro
monumento colocado sobre el pedestal de la historia, que sigue simbolizado y
ofreciendo libertad espiritual a todos los cautivos y oprimidos por el pecado.
Es la cruz - romana - del Gólgota, del Calvario, en la cual fue colgado
inmisericorde nuestro Señor Jesucristo hace casi 2000 años. Es desde esa cruz
que resuenan para siempre las llamadas “siete palabras de Jesucristo”. Esas
palabras constituyen un legado y un programa de vida espiritual al que nos
invita Jesús. En la medida en que recibamos y nos apropiemos del ofrecimiento
de libertad espiritual, que desde la cruz hace nuestro Señor Jesucristo, un
horizonte de plenitud y libertad insospechada se desplegará ante nuestros
ojos, una paz que no conoce el mundo y que solamente Jesús puede darnos.
¿Estaremos dispuestos a aceptar la invitación de Jesús y repetir, -desde la vida
misma- la estrofa poética siguiente?
“¡Oh, la cruz es mi estatua de la libertad, porque allí mi alma fue hecha libre!
Proclamaré sin temor ni vergüenza, que una áspera cruz es mi estatua de
libertad. “
1. Presupuestos
El breve ensayo que propongo a continuación parte de una visión estructural,
es decir, considero que las palabras pronunciadas por Jesús –o puestas en sus
labios por los evangelistas- no se encuentran dispersas al azar, sino que han
sido colocadas dentro de una estructura literario-teológica perfectamente
bien trabada, y cuyo objeto es revelar un proyecto espiritual fundamentado
en la experiencia jesuana de la cruz, lo cual se hará evidente por sí mismo
durante el desarrollo del ensayo. Pienso además, que el número de palabras”
estaurológicas es un claro indicio del carácter simbólico y por lo tanto
paradigmático de las mismas. En efecto, el número siete simboliza en la Biblia
la perfección, la plenitud divina, la totalidad de la acción de la fuerza de Dios,
así, las “siete palabras” aluden a la plena potencia de Dios manifestada en la
cruz y a la forma concreta en la que esa plenitud ha de ser vivida por los
discípulos.
Finalmente, seguiremos el orden en que los textos se presentan según el
acomodo en que aparecen en las Biblias (Mateo, Lucas y Juan), aunque
cronológicamente el primer evangelio en redactarse en su forma final fue
Marcos, seguido de Mateo y Lucas, y finalmente Juan. Hemos decidido hacerlo
así porque en el fondo, incluso la disposición final del Canon bíblico cae bajo
el influjo de la inspiración sagrada y queremos respetar la estructura general
que creemos guarda el Nuevo Testamento. Por la misma razón, preferimos el
texto de Mateo sobre el de Marcos, aunque reconocemos que éste es el más
antiguo y contiene el texto básico sobre las primeras palabras de Jesús, y las
cuales Mateo retoma prácticamente sin modificarlas.
2. Las palabras
2.1 Primera palabra: (Mt 27, 45-46)
“Desde la hora sexta hasta la hora nona, cubrió la oscuridad toda a tierra.
Alrededor de la hora nona clamó Jesús con fuerte voz: << ¡Elí, Elí! ¿lemá
sabactaní? >>, esto es: << “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has
abandonado? >>”
Antes que nada, debemos hacer a un lado las interpretaciones melosas y cursis
o en muchos casos atenuantes del escándalo que representa para las buenas
conciencias el abandono del Padre que experimentó Jesús. No se puede negar
que se está haciendo una alusión expresa al Salmo 22 (21), y también es cierto
que en la literatura es una costumbre citar únicamente las primeras palabras
del escrito bíblico al que se quiere aludir para invitar al lector a considerar el
texto completo, en este caso el Salmo, que en efecto es un canto de invocación
a la protección de Yahvé y que culmina con la alabanza por su acción salvadora
y providente.
Sin embargo, debemos tomar en serio el sentimiento de profundo desgarro y
abandono que experimenta el salmista en el sufrimiento que le provocan las
burlas y ataques de sus enemigos a causa de su fe. El abandono conserva toda
su hondura y dramaticidad, pues aunque no sea un grito de desesperanza, es
el clamor de un fiel que se siente abandonado por su Dios. Pero en Jesús, el
dolor es infinitamente mayor e incluso distinto, pues es el sufrimiento del Hijo
sempiterno que nunca había experimentado la ruptura con su Abbá. La
psicología unitaria de Jesús preservada del pecado le hacía experimentar a una
dimensión de profundidad inimaginable el dolor, la alegría, la tristeza, la paz,
la cólera, etc. A nosotros, pecadores con la psicología rota y dividida, todo se
nos da de a poquito, sobre todo la experiencia de Dios, a quien más bien
sentimos lejos la mayor parte del tiempo y sólo en ocasiones extraordinarias
experimentamos cercano. Hay que hacer un esfuerzo e imaginar el estado
emocional de Jesús ante la ausencia de su Padre y todo, a causa del amor por
nosotros, ha bebido el cáliz del abandono y la soledad más absoluta…así de
grande es su amor por los hombres.
No obstante, a pesar de la distancia abismal entre la experiencia de Jesús y la
nuestra en relación a la proximidad de Dios, cabe interpretar el texto como
paradigmático en virtud de la realidad de la encarnación de Jesús, quien se ha
hecho verdaderamente hombre y ha asumido todas las dimensiones de la
naturaleza humana. ¿Cuántas veces nos sentimos abandonados por Dios? En
los momentos más difíciles…no aparece por ningún lado…ante la muerte
inminente del ser amado, cuando la enfermedad carcome inmisericorde el
cuerpo tan querido y literalmente se ve como la vida se escapa como agua
entre los dedos y no hay nada que podamos hacer. Cuando aquel con el que
hemos compartido cama y mesa decide marcharse y nos quedamos con el
alma hecha pedazos, preguntándonos cuál fue la falla que cometimos y los
fantasmas del pasado rondan en noches interminables por los oscuros pasillos
de la casa, arrebatándonos la calma y el sosiego…¿Adónde esta Dios? ¿Por qué
nos ha abandonado? La pregunta es absolutamente lícita y necesaria en todo
camino espiritual auténticamente cristiano. Todo parte de allí, de la aparente
ausencia de Dios, aparente en cuanto a Dios, pero absolutamente real para el
hombre.
Pero más aún es necesaria esta experiencia para el discípulo que decide seguir
radicalmente a su Maestro. Jesús ha llegado hasta esta instancia por
obediencia al proyecto liberador de su Padre, proyecto de amor y entrega por
los hombres, principalmente los olvidados, los pequeños, los que nada
cuentan para la sociedad. Y esa obediencia a Dios ha ocasionado el
enfrentamiento con los poderes establecidos, que han visto en peligro la
estabilidad de su “estatus quo”, pues los valores del reino socavan
directamente las bases sobre las que se cimenta ese estatus, y han decidido
que más vale que muera un solo hombre y no toda una nación. La soledad de
Jesús en el madero del Monte de la Calavera no es fruto de la casualidad o del
designio de un Dios sádico y sanguinario que exige la sangre de su Hijo para
calmar su inmemorial ofensa, sino de un estilo de vida asumido desde la
libertad y el amor a su Padre y a los hombres, que choca frontalmente con el
mundo. La ética cristiana es solamente el preámbulo a una vida nueva que se
inicia en la cruz del calvario…y en la soledad del abandono de Dios, que clama
por una respuesta del hombre a ese abandono.
2.2 Segunda Palabra (Lucas 23, 33-34)
“Llegados al lugar llamado Calvario, lo crucificaron allí junto con los
malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: <<Padre,
perdónales porque no saben lo que hacen>>”
La crucifixión es la forma más infamante de morir en el contexto histórico de
Jesús, además de una de las más dolorosas y angustiantes. Aunado al
sufrimiento físico –ya de por sí extraordinariamente fuerte- se encuentra el
sufrimiento moral, psicológico y espiritual del crucificado. La cruz era
reservada para los sediciosos, para los peores criminales, para los asesinos,
para la escoria de la sociedad, y tan es así, que a espaldas del Gólgota se
encontraba el tiradero de basura de la ciudad, donde permanentemente ardía
el fuego para consumir los cadáveres de los crucificados.
En una mentalidad teocrática como lo era la de Jesús, en la que todos los
acontecimientos eran fruto del designio de Dios, ser colgado de un madero
significaba el repudio de Yahvé, la reprobación de la existencia toda. El que era
crucificado había perdido todo, la aceptación de Dios y de los hombres, el
único lugar que le era propio era el basurero fuera de la Ciudad Santa. La
presencia de los dos malhechores en el relato de Lucas simboliza precisamente
el lugar en el cual los hombres han colocado a Jesús y su propuesta del reino.
Lo que importa no es el lugar físico que ocupan los malhechores, sino el que
ocupa Jesús ¡en el centro!, el centro del rechazo, de la marginación, de la
injusticia, del repudio inmisericorde…en el relato lucano de la infancia, la
sagrada familia no ha encontrado lugar en el albergue y ahora, Jesús no ha
encontrado lugar entre los hombres…María ha envuelto en pañales al niño –lo
cual será signo para los buscadores-, pañales que prefiguran los lienzos
mortuorios con los que será envuelto Jesús, ahora, ni siquiera esos lienzos
cubren la desnudez del Hijo de Dios (los crucificados eran sujetos al madero
absolutamente desnudos). Desde este lugar existencial de dolor, oprobio y
rechazo, Jesús se levanta como un gigante de la fe y vence la ausencia de su
Padre mediante su amor volcado hacia los gusanos que se agitan y vociferan
bajo sus pies: Padre, ¡Perdónalos porque no saben lo que hacen!
No es que Jesús esté de acuerdo con Sócrates en aquello de que el mal es
resultado de la ignorancia y que la educación sea la solución para los males de
la sociedad, tampoco es la petición romántica de un iluso que se engaña a sí
mismo. Jesús era un profundísimo conocedor de los abismos del misterio
humano y clavado en el madero, en medio de los sufrimientos más terribles,
sale de sí mismo -¿acaso no fue ese su modo de ser y estar en el mundo?- para
poner su amorosísima mirada en la miseria humana. En el fondo, ¿no es cierto
que si conociéramos la verdad en todo su esplendor no podríamos apartarnos
de ella? Lo que buscamos es la verdad, ella nos jalona, nos determina, aun los
más abyectos seres humanos buscan la verdad, la plenitud, la felicidad. El
problema no es la meta sino el medio para llegar a ella. En otro pasaje, Jesús
dice “La verdad os hará libres” y ante la pregunta que le hace Pilato sobre el
concepto de la verdad, Jesús calla porque el procurador romano la tiene frente
a sí y no es capaz de verla, porque la verdad no es un concepto –aunque
tengamos que expresarla en conceptos-, es un hombre concreto en el que se
ha revelado dicha verdad, Jesús, al que paradójicamente el mismo Pilato ha
mostrado a las turbas enardecidas como “El Hombre”, el hombre plenamente
realizado, el auténtico, el criptograma abierto de tajo que revela al hombre lo
que es el hombre.
Solamente el que se abre a esta verdad, que es invitación a descubrir en el
crucificado el criterio de la vida, solamente el que abandona los criterios de la
mundanidad y abraza el amor que se entrega hasta la muerte por los demás,
sabrá alcanzar la plenitud para la que ha sido creado. Pero para ello, deberá
recibir primero el perdón de sus delitos, el baño de gracia de aquel que nos
perdona justamente cuando somos sus enemigos, cuando continuamos cada
día crucificándolo con nuestras iniquidades, con nuestra cerrazón al amor y el
apego a nosotros mismos. Es muy importante notar que la formulación verbal
con la que Lucas nos presenta el acto de petición de Jesús al Padre por el
perdón de los que le han crucificado, se encuentra en presente continuo y no
en pretérito perfecto, esto quiere decir que la acción intercesora de Jesús se
mantiene permanentemente, traspasando todas las barreras del tiempo y el
espacio, lo cual abre la puerta de la esperanza…si Jesús continúa intercediendo
por nosotros, entonces todo es posible, mi redención pende de la misericordia
divina y no de mis siempre pobres e insuficientes méritos. El perdón es la
posibilidad de levantarnos de nuestro polvo para emerger como hombres
nuevos, redimidos y recreados.
Por ello mismo, somos invitados, todos los discípulos del Crucificado a realizar
el mismo acto de salida que Jesús, a iniciar el éxodo de nuestro egoísmo para
abrirnos -en medio del dolor del abandono y el aparente sinsentido- , a la
miseria de los que nos injurian y crear para ellos y para nosotros el espacio
regenerativo del perdón.
2.3 Tercera Palabra (Lc 23, 35-38)
<< Uno de los malhechores colgados le insultaba: “¿No eres tú el Cristo? ¡Pues
sálvate a ti y a nosotros! Pero el otro le increpó: “¿Es que no temes a Dios, tú
que sufres la misma condena? Y nosotros, con razón, porque nos lo hemos
merecido con nuestros hechos; en cambio éste, nada malo ha hecho” Y le
pedía: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino” Jesús le contestó:
“Te aseguro que hoy, estarás conmigo en el Paraíso” >>
Estas palabras de Jesús deben ser leídas a la luz de las anteriores en el mismo
evangelio de Lucas y a la vez como el tercer paso en el itinerario espiritual del
discípulo. El escenario literario y teológico es el mismo, los personajes
también. Ahora hablan los malhechores, que representan las dos posibles
actitudes del hombre ante el sufrimiento propio y el de Jesús. El primero en
expresar su actitud es el que increpa a Jesús, tentándolo para que se salve a sí
mismo y a ellos. Es evidente que este personaje es una personificación de los
magistrados y la soldadesca, que al pie de la cruz gritan exigiendo la
demostración del poder mesiánico de Jesús.
Fijémonos que le llaman “Cristo” (ungido o mesías), un título que Jesús nunca
aceptó para sí y que inclusive pidió a sus discípulos que lo callaran ante la gente
debido a la ambigüedad teológica del término. La mayoría de los judíos de
aquel tiempo apostaban por un Mesías guerrero que aplastaría al imperio
romano y restituiría a Israel como cabeza de todas las naciones. Es a ese Cristo
del poder al que apela el primer malhechor. No hay respuesta por parte de
Jesús, el bandido habla a una ficción de la mente, a una entelequia inexistente.
Jesús no vence desde el poder o la realización de actos mágicos (como lo
hubiera sido evidentemente bajar de la cruz por una suerte de poder
telepático que hubiera hecho saltar por los aires los clavos y levitar hasta el
suelo), sino por medio de la entrega extrema de la vida.
La intervención del otro malhechor sí que provoca la respuesta de Jesús. En
primer lugar, responde al otro bandido haciéndole ver la equivocación de su
reclamo: El sufrimiento debe causar en primer lugar “temor de Dios” y no
petición de su acción mágica. El temor no se identifica con el miedo, el temor
es obediencia reverencial, suspensión del limitado juicio para abrirse al
Misterio insondable del Dios Amor. La respuesta cristiana ante el sufrimiento
es la apertura a la misericordia divina. No es que Dios mande sufrimientos a
diestra y siniestra para probar la calidad del creyente, el dolor es inherente a
la creatureidad, al ser contingente del hombre y los dinamismos históricos
tienen sus propias causas inmediatas, pero una vez dado el sufrimiento, en la
fe, tenemos la posibilidad de abrirnos a la presencia de Dios y convertir el
sufrimiento en espacio de salvación. Por otro lado, el bandido se ubica a sí
mismo como culpable de su desgracia –y por lo tanto, necesitado del perdón-
y se coloca en disposición de recibir la gracia. ¡Esto sí que provoca el corazón
caritativo de Jesús!, que responde sobreabundantemente a la petición del
bandido. Él pide a Jesús que se acuerde de su persona cuando venga con su
Reino, es una esperanza cierta, pero futura. La respuesta de Jesús es para el
aquí y el ahora ¡Amén, Amén, que hoy estarás conmigo en el Paraíso!
¡Hoy es el tiempo de la salvación y la plena comunión con Jesús, no tenemos
que esperar más, solamente se requiere el reconocimiento de la propia culpa,
la conversión y la acogida de la gracia que nos viene de la cruz!
2.4 Cuarta Palabra (Lc 23, 44-46)
<< Era ya cerca de la hora sexta, cuando se oscureció el sol y toda la tierra
quedó en tinieblas hasta la hora nona. El velo del santuario se rasgó por medio
y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu” Y
dicho esto, expiró >>
Mediante el simbolismo de los prodigios cósmicos se presenta el cumplimiento
del “Día de Yahvé” anunciado desde antiguo por los profetas y llevado a su
total cumplimiento en la muerte de Jesús. La liberación definitiva del género
humano ha llegado, pero de un modo inesperado, un modo que hace estallar
todas las expectativas y criterios humanos. La vedada comunicación con Dios
–simbolizada por el velo del templo- se rasga y en la muerte de Jesús se hace
posible, precisamente por la forma en que Jesús muere. No es una muerte
impuesta aunque así parezca, no es el fátum del destino el que mata a Jesús,
pues él, en la muerte sabe arrojarse a los brazos ocultos de su Padre y así,
vence a su Padre, a la sociedad que le asesina y a sus amedrentados discípulos
que le han abandonado. Las manos simbolizan en la mentalidad bíblica la
capacidad de acción transformadora, y en Dios, resulta claro que son símbolo
de su economía salvífica llevada a cabo en la historia. Por otro lado, el
“espíritu”-así, con minúscula- es la fuerza, la dínamis de la persona, que se
concretiza o manifiesta en acciones concretas. Por ello, el que Jesús ponga en
manos del Padre su espíritu, significa que Jesús entrega al Padre su fuerza, su
vida entregada por y para los hombres para que él le dé cabal cumplimiento.
Esto tiene especial importancia porque Jesús –el histórico- no comprende del
todo el cómo podrá convertirse en triunfo lo que parece el fracaso más
absoluto de su proyecto. Nadie ha comprendido nada, ni siquiera sus
discípulos, aquellos con los que ha compartido noches interminables alrededor
de una fogata o de una mesa para instruirlos sobre los misterios del amor del
Padre, le han abandonado y negado. Las multitudes que le han visto realizar
milagros extraordinarios y ellos mismos han sido alimentados y sanados y han
escuchado la buena nueva que Jesús ha traído para ellos han gritado
¡crucifícalo!
¡Cuántas veces nos hemos sentido así, fracasados, con nuestros sueños hechos
pedazos, vapuleados por el rechazo de los seres queridos, abandonados por
los que antaño se decían nuestros amigos! ¡Cuántas ganas nos dan en esos
momentos de mandar todo y a todos al demonio! –Incluido Dios- y bajarnos
de la cruz de una buena vez. No es eso lo que hizo Jesús y no es eso lo que
quiere que hagan sus discípulos. El fracaso entregado a Dios puede trocarse en
triunfo, los sueños despedazados pueden convertirse en la realidad más
hermosa, las relaciones truncadas pueden recuperarse a un nivel jamás
imaginado…sólo debemos atrevernos a repetir las mismas palabras de Jesús
en la cruz: ¡Padre, en tus manos pongo mi espíritu!
2.5 Quinta Palabra (Jn 19, 25-27)
<< Junto a la cruz de Jesús, estaban su madre y la hermana de su madre, María,
mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella
al discípulo a quien amaba, dijo a su madre: “Mujer, ahí tiene a tu hijo” Luego
dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre” y desde aquella hora, el discípulo la
acogió en su casa. >>
Para comprender el bello texto de Juan, es necesario descifrar su simbología.
Juan gusta de utilizar a los personajes históricos (como María, el discípulo
amado, etc.) como figuras representativas. Así, María –nunca llamada así en el
Evangelio de Juan- representa al resto fiel israelita, a la comunidad del pueblo
elegido que ha sabido aceptar al Mesías manifestado en la plenitud de los
tiempos, en tanto que la figura del “discípulo amado” simboliza a la comunidad
nueva, al pueblo de la economía mesiánica que ha surgido con Jesús. Al pie de
la cruz se encuentran ambas comunidades, Jesús las funde en la fraternidad,
invitando a ambas a reconocer la identidad y papel de ambas en el único
proyecto de Dios. La “madre de Jesús” es la comunidad de la que ha surgido el
Mesías, que recapitula la alianza, las promesas, la Ley, etc., por eso es “madre”
de la cual proviene la salvación mesiánica. Y la comunidad nueva ha de
reconocer y acoger al resto fiel israelita que se está abriendo a la novedad de
Cristo, pero al mismo tiempo, la “madre” ha de abandonar su pasado e iniciar
la comunión de vida con el “discípulo amado” para formar la única familia de
Dios, la de aquellos que nacen al pie de la cruz y de la palabra poderosa de
Cristo.
El proceso espiritual de la cruz: Sentimiento de abandono del discípulo
(primera palabra) que ha de ser superado mediante el arrojado acto de
perdonar a los enemigos (segunda palabra), del reconocimiento de las propias
culpas para abrirse a la misericordia ya actuante del Padre (tercera palabra), y
la confianza absoluta en que Dios llevará a buen puerto al que se confía en él
(cuarta palabra), solamente puede ser vivido en el profundo arraigo
comunional, el individualismo no tiene cabida en el cristianismo. Es imposible
vivir los fatigosos y dolorosísimos pasos de la espiritualidad cristiana sin la
referencia vital a los hermanos, crucificados todos en camino a la patria
definitiva de la Pascua.
2.6 Sexta y séptima Palabras (Jn 19, 28-30)
<< Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se
cumpliera la Escritura, dijo: “Tengo sed”. Había allí una vasija llena de vinagre.
Sujetaron a una lanza una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la
boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: “Todo está cumplido”. E inclinando
la cabeza, entregó el espíritu. >>
La sexta palabra “tengo sed”, alude al Salmo 22 –ya utilizado en la primera
palabra- donde se dice textualmente en el versículo 16: “Mi paladar está seco
como teja y mi lengua pegada a m garganta: tú me sumes en el polvo de la
muerte” En la imaginería bíblica, los órganos corporales juegan un papel
simbólico y aluden a ciertas capacidades o dimensiones espirituales humanas.
Así, por ejemplo, la garganta se refiere al espíritu o aliento que Dios ha
insuflado en la nariz del hombre y que le permite levantarse desde su polvo
para aspirar a lo trascendente. Lo que estaría diciendo el salmista es que el
sufrimiento le ha llevado al punto en el que su fuerza, su espíritu parece
consumirse, agostarse, secarse –de allí la sed como símbolo del agotamiento
de la fuerza-.
Por otro lado, la lengua es símbolo de la palabra humana, de la capacidad para
comunicarse y por lo tanto de la posibilidad de ser auténticamente persona.
Pero más aún, en el pensamiento semita, la lengua se hizo para alabar a Dios,
para cantar sus maravillas. Una lengua pegada al paladar, significa una palabra
incapaz de pronunciarse en primer lugar como alabanza Dios y como
consecuencia de comunicación significativa con los hombres.
Si esto ocurre en la experiencia de los creyentes comunes y corrientes, hay que
imaginar lo que significó para Jesús. A tal grado vivió el sufrimiento divino en
su naturaleza humana que se sintió enmudecido, incapaz de alabar a Dios y
comunicar a los hombres la gloria de su Padre. Pero hay una forma de salir de
ese auténtico estado de postración e incomunicación, y esa forma se describe
con la imagen del beber de Jesús el vinagre que le ofrece el soldado romano.
Otra vez hay que descifrar el símbolo para entender el mensaje: El vino
simboliza el amor, y el vinagre –vino corrompido- al odio, que no es otra cosa
que el amor corrompido. Ante la entrega del Hijo de Dios, el hombre responde
con su odio ¡parece que es lo único que podemos darle a Dios! ¿Y qué hace
Jesús? ¡Se lo bebe!, se traga el odio del hombre que le es ofrecido en la punta
de la lanza con la que momentos más tarde será traspasado. ¡Dos mundos se
encuentran!
El mundo de Dios que es entrega y oblatividad pura y el mundo del hombre
que solamente es capaz de odiar la verdad y la vida que de ella procede. ¡No
importa, -dice Dios- si eso es lo único que me puedes dar, lo recibo! El loco
amor de Dios por el hombre es la garantía de la vida de éste. Y ese beber de
Jesús del vinagre humano, hace que todo se cumpla, que el proyecto pensado
por Dios desde antiguo tome cabal cumplimiento ¡Nada puede detener el
torrente salvífico del Dios que se entrega, ni siquiera el odio de los
destinatarios de esa entrega! ¡Todo se ha cumplido!
El discípulo es incitado a beber del mismo cáliz del Hijo, a acoger el corrompido
amor de sus hermanos, a romper las cadenas del sufrimiento desesperanzado
y desde el espíritu agostado, en el abrazo fraterno del que asume el odio del
mundo, hacer cumplir el proyecto del Padre. Todo inicia con el sentimiento del
abandono de Dios y culmina con la expiración del espíritu que ha de ser
recogido por el Padre y unido al de Cristo, para hacer cumplir en todo y para
todos la justicia del Reino.

Jorge Arévalo Nájera