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Arquetipos, antepasados y legado

Para entender a Jung, y su teoría de los arquetipos, hay que entender primero su niñez. Hijo de
padre y tíos clérigos, los consideró débiles e ineptos. Su madre, de más carácter, pero inestable
mentalmente, llegó a ser percibida por Jung como dos personas diferentes habitando un mismo
cuerpo.

Solitario, aislado por propia elección, no es de extrañar que su interés se enfocara en el mundo de
lo inconsciente. Desde su edad temprana, y durante el resto de su vida, Jung solucionaría su
soledad, sus conflictos, y se exploraría a sí mismo a través de sueños, fantasías y recuerdos.

Al buscar lo que moldea nuestra personalidad, era de esperar que no se enfocara en nuestra
interacción con el mundo exterior, la realidad consciente. Según Jung, nuestra personalidad está
compuesta de un polo consciente, el yo, nuestra percepción, memoria y sentimientos. El Yo, de
persona a persona, puede cambiar. Extroversión, introversión, entre otros factores, determinan
nuestra reacción hacia el mundo consciente.

Más importante para Jung, era el inconsciente. El inconsciente se forma, por resumir, de nuestros
miedos no reconocidos, memorias reprimidas, y material psicológico y energético que no se esta
utilizando. Esto es según Freud, maestro de Jung, y agrega, el inconsciente y el yo se mantienen
a raya mediante mecanismos de defensa, también inconscientes.

La diferencia entre ambos es donde se puede ver la niñez de Jung tomando partido y tratando de
expandir el mundo del inconsciente hacia los demás. Según su teoría no sólo existe un
inconsciente personal sino también uno colectivo. Este es el nivel mas profundo y menos
accesible de la psique.

De la misma forma en que la experiencia individual se almacena el el inconsciente personal, en el


colectivo se almacena la experiencia de la humanidad como colectivo. Toda experiencia universal
se transmite desde nuestros ancestros hacia nosotros. Esto quiere decir que cada uno de
nosotros no solo tiene la capacidad de vincularse con esta experiencia, sino que lo hace
constantemente. Nuestro mundo consciente y nuestro inconsciente individual, enfrentados como
parecen, son regidos por la misma fuerza. Nuestra historia colectiva. La historia de nuestra
sangre, pero no solo de las generaciones inmediatas. Las historia de nuestra sangre como sangre
humana, sangre de héroes y heroínas, o madres, o guerreros, o sabios. Nuestras acciones
delatan las de nuestros antepasados y viceversa. Y nuestros descendientes delataran las
nuestras. Y viceversa. Esto son los arquetipos.

Más importante que eso, el inconsciente colectivo, y en concreto los arquetipos, son la llave para
evolucionar, sino como humanidad, al menos como individuos.

Pero antes de llegar a ese punto, hay que revisar unos últimos dos sobre la teoría Junguiana. El
primero, la visión primigenia que tuvo Jung sobre los arquetipos. Su primera división era más
simple que las que formuló a continuación.

En esta, había dos arquetipos, animus y anima, que regían los aspectos masculinos en la mujer, y
los femeninos en el hombre, respectivamente. El arquetipo de la persona es la imagen que la
persona proyecta para los demás, y al final del día, para si mismo.

La sombra, el primero de los arquetipos de Jung, fue para él siempre el más importante. En la
sombra se alojan nuestros instintos más básicos y primitivos. Las conductas que la sociedad
considera malignas e inmorales residen aquí. Sería lo lógico pensar que para encontrar armonía
en sociedad, es necesario domesticar a la Sombra.

La sombra es también culpable de nuestro vigor, de nuestra naturaleza ingenua y espontánea, y


de nuestras emociones más puras.
Parece una contradicción, pero el mismo Jung nos da la respuesta.

El último punto de la teoría a discutir es el principio de opuestos y entropía.

En el principio de los opuestos, que toma de la física, todo fuerza, deseo o sentimiento tiene su
opuesto. Vida, muerte. Amor, odio. Consciente, inconsciente. Esta oposición, lejos de ser nociva,
genera energía y motiva nuestro comportamiento.

El principio de entropía habla de la propensión al balance que tienen estas fuerzas. Esta es una
tendencia, aunque existe, debe ser buscada.

Esta búsqueda, dice Jung, reside en escuchar tanto a nuestro inconsciente como al consciente.
Balancear polos. Usar instinto cuando es propicio y razón cuando debemos.

Esto significa ser cruel cuando la situación lo amerita, o empático cuando hay que serlo. Generoso
o egoísta. Crear o destruir. Buscar en nosotros mismos y saber que nos dicen nuestros
antepasados de las normas sociales. Incluso encontrar el balance entre nuestra historia social e
instintiva, y las leyes modernas.

Lo más curioso, e iluminador, es el nombre que le da Jung al arquetipo que representa este
balance. Arquetipo del si mismo. Este arquetipo no es parte de nuestra personalidad, sino una
meta. La conclusión. La integración, y armonía de todas las partes que forman nuestra
personalidad.

Arquetipo del sí mismo.

Uno mismo.

En conclusión, para encontrar quienes somos realmente como individuos, cuál es nuestro lugar en
este mundo, tenemos que escuchar a las voces de nuestros antepasados, y buscar balance entre
ellos, nuestros deseos y el mundo real.

Eso es evolución.

Y afortunadamente, para Jung, ese balance no se encuentra en nuestra niñez o adolescencia,


sino en nuestra mediana edad, con nuestra personalidad casi desarrollada, nuestros deseos
medianamente claros y parte de nuestra vida por delante.

Una última cosa. Jung nunca menciona que el objetivo fina sea una personalidad perfecta,
armónica y conclusa. Para él, el objetivo es una personalidad sana, que establezca metas y las
alcance mediante trabajo, cíclicamente, por el resto de la vida. Es esto, la productividad, la
automejora, el progreso, lo que Jung propone como armonía.

Nuestro aporte al inconsciente colectivo.

Evolución constante y deliberada.

Crecimiento como especie.

Legado perpetuo e intangible.

Nuestra huella en la historia.