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TEMA 1: LA REVELACIÓN DE DIOS EN JESUCRISTO

Revelar es la acción de poner manifiesto algo que estaba oculto. Revelación sobrenatural es
la manifestación que nos ha hecho Dios de verdades sobre su naturaleza divina y los planes de
salvación para con el hombre. No se trata de la manifestación de Dios a través de las cosas creadas
que capta la luz natural de la razón, sino por medio de enviados (profetas) y especialmente en la
persona divina de Jesucristo, Dios y Hombre; y esto solamente se puede captar con la luz
sobrenatural de la fe. Etimológicamente revelar / revelación viene del término latino revelare: quitar
el velo, que tiene como significado: Descubrir / Decir o hacer cosas que son normalmente secretas /
Comunicar Dios a los hombres cosas cuyo conocimiento no pueden adquirir por sí mismos.
Ya tenemos dos elementos (polos) fundamentales para que pueda existir revelación: Dios
que se comunica amorosa y gratuitamente y el hombre que acepta con espíritu de fe dicha
comunicación a la que está llamado como criatura que es.
La revelación entra en el ámbito de la paradoja ya que en ella el misterio se hace luz,
quedándose a la vez escondido. No podemos entender la revelación cristiana con categorías
hegelianas, para el que la revelación es entendida como plena luz solar de mediodía. Recordemos
las palabras de Jn 1,18 “A Dios nadie lo ha visto nunca”. Algo se abre o se pone de manifiesto, sin
dejar de permanecer radicalmente escondido.
La revelación es accesible al hombre a través de la Palabra y en la historia y esta se lleva a
cabo mediante una economía en diferentes momentos de la historia, que el hombre va entendiendo
según sus posibilidades. La revelación llega a su plenitud con Jesucristo que es la Palabra misma
y el centro de toda la historia.

1. LA DOCTRINA DE LA REVELACIÓN EN LA SAGRADA ESCRITURA Y EN EL


MAGISTERIO.
En la Biblia la Revelación es un hecho histórico perceptible: sus intermediarios son
conocidos, sus palabras se han conservado ya directamente, ya en una tradición sólida; se le ve
desarrollarse durante 15 o 20 siglos, antes de alcanzar su plenitud en el hecho de Cristo, revelador
por excelencia.
La Revelación comenzada en el AT, se consuma en el NT. Pero en lugar de ser transmitida
por múltiples intermediarios, ahora se concentra en Jesucristo, que es a la vez su autor y su objeto.
Distinguimos tres estadios:
1. Comunicada por Jesucristo mismo a sus apóstoles.
2. Comunicada a los hombre por los apóstoles.
3. Comunicada por la Iglesia bajo la dirección del Espíritu Santo.

La Revelación en el Antiguo Testamento (AT)


La revelación como origen (Gen 1- 11) Con carácter etiológico (causas de las cosas), estos
capítulos esbozan ya una pequeña antropología teológica: El hombre es objeto de una especial y
gratuita manifestación de Dios. Dios tiene un proyecto sobre el hombre que de una manera continua
es rechazado por el mismo.
Esta situación humana, histórica y religiosa es el presupuesto temporal, y sobre todo interno
y objetivo, el contexto permanente al mismo tiempo de esa revelación especial e histórica de Dios,
que comienza con la vocación de Abrahán.

La revelación como promesa (Desde Abrahán) En esta etapa pasamos ya de la universalidad


(Historia primitiva) a la singularidad de un pueblo y un destino histórico. La revelación a Abraham
se materializa en forma de PROMESA (Gen 12, 1-3). Y la respuesta del hombre no se explicita a
través del conocimiento, sino por medio de la fe y la obediencia.
Categorías y contenidos en el AT Para hablar de revelación en el AT se utilizan categorías como
Dabar, que es la palabra que se convierte en acción. Dios habla en los hechos y acontecimientos de
la Historia de Israel. Los acontecimientos deben ser interpretados desde esta perspectiva. Nombre
de Dios es un concepto que garantiza la presencia de la persona que comunica el mensaje. Dios se
ha establecido en y sobre el pueblo de Israel teniendo con él una relación de don, protección y
propiedad. Rostro de Dios hace referencia a la dinámica brillar/ocultar, expresando las
manifestaciones de misericordia e ira hechas por Dios.
El contenido de la revelación lo podemos resumir de la siguiente manera: Dios se reveló
como Dios de Israel, Señor y Dueño de la historia (Ex 20, 3-6; Dt 6, 4; Lv 11, 14), de esta manera el
pueblo entra en una dinámica de distanciamiento con los pueblos de su entorno. Toda la historia se
vive como tensión hacia el futuro, sabiendo que la concentración de la promesa está en la espera de
lo que está por venir (Ez 34, Is 42, Dn 7). El acontecimiento presente está abierto a un futuro
siempre mayor y más universal.

La revelación como cumplimiento (Jesucristo): El cumplimiento de la revelación en sentido


HODIE-ECCE (“HOY” - “HE AQUÍ”)
HODIE/ “HOY” El tiempo ha alcanzado su cumbre. Hoy se cumple la promesa. Jesucristo
encierra en sí el ya pero todavía no. El punto álgido está en la figura y persona de Jesucristo. Sólo
desde El es posible hablar del final de los tiempos. Cristo aparece como principio y fin, origen y
meta.
ECCE/ “HE AQUI” La revelación ha sido llevada a su cumplimiento en el aquí concreto y
demostrable de una persona, Jesús de Nazaret, de una vida, una palabra, una obra, un
acontecimiento, un suceso. La peculiaridad del ECCE que se da en la persona y en la obra de
Jesucristo es asumida en el Nuevo Testamento (NT) con las siguientes categorías: Rabbí, Maestro,
Profeta, Filiación divina, categorías que se expresan a través de su invitación al seguimiento y su
mensaje cuyo centro es el Reino de Dios.
El cumplimiento de las promesas mesiánicas y el contenido de la revelación en Jesucristo La
palabra de Jesús es la palabra de Dios por antonomasia. En la figura de Jesús se ha dado la acción
definitiva. De la misma manera, el nombre de Jesús revela con absoluta claridad el sentido último y
definitivo, lo que Dios quería desde el principio. Finalmente podemos decir que el rostro de Dios,
su gloria, resplandece de modo admirable en Cristo, no como un reflejo sino como resplandor del
mismo Dios. 2Co4, 6
Todo el conjunto de alianzas, renovaciones, etc., que se dan lugar en el AT son expresión de
la falta de plenitud del mismo. Jesús se presenta de esta forma como fundador de la nueva y eterna
alianza (Mt 26, 26ss; Lc 22, 19ss). Esto es posible por ser Hijo, que lo coloca por encima de todas
las criaturas. Mesías esperado o punto final de espera (Mt 11, 12).
Jesucristo se presenta también como culmen de la revelación en el origen y la creación. El es
a la vez fundamento y fin de la creación, razón de ser de la misma. El título de Jesús como Kyrios,
ratifica lo anterior (Flp 2, 11).
Jesucristo se presenta también como cumplimiento de una revelación paradójica. Dios se
hace presente en donde aparentemente parece que está más lejano: en el sufrimiento, debilidad y
muerte. De esta forma la cruz es la revelación de Dios, porque es revelación de un amor que
muestra su profundidad al entregarse totalmente a los otros.
Finalmente hacemos mención del acontecimiento culminante, del último y más expresivo
signo de que se ha dado en Jesucristo el cumplimiento de la revelación: la resurrección de entre los
muertos. La resurrección muestra que Jesús como Cristo y Señor es el cumplimiento de la
revelación y la revelación como cumplimiento.

La revelación como consumación (parusía) La revelación como cumplimiento tiene aún un


futuro, una meta de espera, un plus que es consumación de lo definitivamente acontecido. Es la
superación del todavía no presente en el ya que comenzó en la resurrección. Pero los frutos de ésta
aún no son eficaces por todas partes, porque los signos de “lo contra Dios” (enfermedad,
sufrimiento, muerte) están presentes todavía. Y la creación está aún a la espera (Rm 8, 23).
Todo el caminar del hombre, la iglesia, sus celebraciones (1 Cor 11, 26), están afectadas por
el todavía no, pero no pueden permanecer así definitivamente: el ya presente en el todavía no debe
alcanzar la consumación última: el alfa revelado también en el omega. El deseo, el anhelo del
hombre hecho realidad: contemplar cara a cara, conocer como somos conocidos (1 Cor 13, 12).

A. Los Sinópticos y los Hechos


1. La Revelación de Jesucristo.
a) Revelación por los hechos.- Lo que desgarra actualmente los celos y disipa la ambigüedad
de la persona es el acontecimiento de Cristo. El destino histórico de Jesús, coronado por su
muerte y resurrección da, en efecto, a conocer el contenido real de esta promesa
realizándose en los hechos.
b) Revelación por las palabras.- La revelación por los hechos resultaría incomprensible si
Jesús no explicara con sus palabras el sentido de sus actos y de su vida. Les revela el sentido
oculto de las Escrituras cuando les muestra que el Hijo ha de morir y resucitar al tercer día
(Mt16, 21). Así pues, gracias a él la revelación camina hacia su plenitud; (Mc4,22).
c) Revelación por la persona de Jesús.- Más allá de las palabras de Jesús, más allá de los
hechos de su vida, tienen los hombres acceso hasta el centro misterioso de su ser. Allí es
donde hallan finalmente la revelación divina. Jesús no sólo contiene en sí mismo el Reino y
la salvación que anuncia sino que es la Revelación de Dios. Siendo el Hijo del Dios vivo
(Mt 16,16); El es el único que conoce al Padre y puede revelarlo (Mt 27,11); pero esto es
imposible de penetrarlo sin una revelación del Padre (Mt 16, 17), porque se niega a los
sabios y prudentes pero se otorga a los pequeños (Mt 11,25). Estas relaciones íntimas del
Hijo y del Padre, de que no tenía conocimiento el AT, constituyen el punto culminante de la
Revelación aportada por Jesús.

2. La Revelación comunicada.
a). La Revelación en la Iglesia.- Los actos y palabras de Jesús no fueron conocidos
directamente sino por un pequeño número de personas. Todavía más pequeño fue el número de
los que creyeron en él y se hicieron sus discípulos. Pero esta Revelación estaba destinada al
mundo entero. Por esto le confió Jesús a sus apóstoles la misión de comunicarla a los hombres
(Mt 10,26ss; 28,19; 16,15). Por eso, inmediatamente después de su resurrección hace de ellos
sus testigos (Hch 1,8) y no sólo por verlo y oírlo, sino en cuanto que Jesús autentica su
testimonio: “El que os escucha, me escucha...” (Lc 10,16). Entonces se difunde la Palabra desde
Jerusalén hasta los extremos de la tierra.
b). La Revelación y la acción del Espíritu Santo.- Esto es demostrado por los Hechos de los
Apóstoles. Desde el día de Pentecostés se da el Espíritu Santo y él es el que garantiza la validez
del testimonio apostólico. Ahí descubren al mismo tiempo los apóstoles el significado total de
las Escrituras y el de la existencia de Jesús, y sobre este doble objeto versa ya su testimonio.
(Hch 1,8 – 2,1-21; 2,22-419).
c). Hacia la Revelación perfecta.- Toda esta Revelación (la de Jesús, apóstoles y la Iglesia),
aún es imperfecta. Pero anuncia ya la revelación final que sobrevendrá al final de la Historia.
Entonces el Hijo del Hombre se revelará en su gloria (Mc 13, 26).

B. Las cartas apostólicas.


1. La Revelación de Jesucristo.-
a). Revelación de la salvación.- Cristo se ha manifestado de una vez para siempre para abolir el
pecado por su sacrificio (Heb 9,26). Por esta aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, se ha
manifestado la gracia de Dios (2Tim 1,10). En Él se ha revelado el misterio oculto a las
generaciones de tiempos anteriores (Rom 16,26). Dios nos ha dado a conocer (Ef 1,9). Este
misterio es el último secreto del designio de salvación.
b). Revelación del misterio de Dios. Más allá del misterio de salvación se nos revela en Cristo
el “ser mismo de Dios”. “Finalmente Dios hizo resplandecer el conocimiento de su gloria en la
faz de Cristo Jesús” (2Cor 4,6). Tal es el sentido profundo de Cristo en sus actos y en su
persona.
2. La Revelación comunicada.- Los apóstoles no comprendieron todo esto por sí mismos sino
gracias a una revelación anterior que les dio su inteligencia (Mt 16,17). A Pablo, el Espíritu que
escudriña hasta las profundidades de Dios le reveló el sentido de la cruz, que es la verdadera
sabiduría (1Cor 2,10). Por revelación le fue notificado el misterio de Cristo, como a todos los
apóstoles y profetas, en el Espíritu (Ef 3,3ss).

3. Hacia la Revelación perfecta.- Tiene como fundamento “la aparición del amor de Dios
nuestro Salvador” en la vida terrena de Jesús (Tit 3,4) se prosigue aún cuando Jesús ha entrado
ya en la gloria. “Tendrá fin como la aparición en gloria, de nuestro gran Dios y salvador, Cristo
Jesús” (Lc 17,30). En efecto, cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, también nosotros
seremos manifestados con él en la gloria (Col 3,4).

C. Evangelio y Cartas de Juan.


1. La Revelación de Jesucristo.
a). La manifestación sensible de Jesús.- En el centro de la Revelación se halla la persona de
Jesús, Hijo de Dios venido en carne. Se manifestó (1Jn 3,5-8), e.d. se hizo objeto de experiencia
sensible, fue una revelación casi secreta que culminó en la elevación de la cruz (Jn 12-32); pues
miraba esencialmente a quitar el pecado y a destruir la obra del diablo (1Jn 3,5). Sólo después
de su resurrección se manifestó Jesús en su gloria.
b) La manifestación de Dios en Jesucristo. La manifestación sensible de Jesús tenía un
alcance trascendente: era la revelación suprema de Dios. Revelación por las palabras (Jn 1,18),
Revelación por los actos (Jn2, 11); por este doble camino manifestó a los hombres el nombre de
Dios (Jn 17,6). En Jesús se manifestó la vida (Jn 1,2) y el amor de Dios para con nosotros (Jn
4,9).

2. La Revelación comunicada. – La revelación no fue recibida por todos los hombres y ello,
porque su aceptación requería una gracia interior: “Nadie viene a mí si no lo atrae el Padre que
me envió (Jn 6,44). Pero a estos confió una misión “dar testimonio de él” (Jn 16,27), misión
difícil, que exigirá una inteligencia profunda de lo que dijo e hizo Jesús. Por ello les enviaré al
Espíritu Santo, para que los guíe hacia la vida entera (Jn 16, 12s). Gracias al Paráclito, el
testimonio de los hombres dará a conocer a todos los hombres la revelación de Jesucristo a fin
de que crean y posean la vida (1Jn 1,2; Jn 4,14; 1,3s).

3. Hacia una revelación perfecta.- A través del ministerio del verbo hecho carne no se
contempla todavía la gloria divina, sino en la fe. “Días vendrán en que seremos semejantes a
Dios porque lo veremos tal cual es” (Jn 3,2). Tal es el objeto de la esperanza cristiana.

REVELACIÓN EN EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA

El concepto católico de revelación en el Magisterio de la Iglesia


Introducción
Trento hace suyo todo el bagaje histórico anterior, designando el concepto de revelación
como verdad salvadora y norma de costumbres; Dz 783.
En el curso de la llamada edad moderna se opera un cambio al estallar el conflicto entre
ciencia y fe. De este enfrentamiento sale ganadora la ciencia y con ella la liberación del hombre de
las ataduras y autoridades que consideraba opresoras, poniendo en tela de juicio de esta manera la
revelación como fuente de conocimiento y de apertura a la realidad, como orientación de la
conducta o como acontecimiento sobrenatural, declarándola incompatible con el hombre ilustrado.
De esta forma, no es extraño que el problema de la revelación, como tema teológico que había de
articularse, no se tratara hasta la edad moderna en el Vat I y en el Vat II, con notables diferencias.

El concilio Vaticano I. La revelación de fondo. Contribuciones y resultados


En el nº 2 de la Dei Filius (D 1785-1800) encontramos en primer lugar una alusión al
posible conocimiento de Dios a través de las cosas creadas (revelación natural) para hablar después
de la revelación de Dios en sentido específico y sobrenatural.
La misma santa Madre Iglesia sostiene y enseña que Dios, principio y fin de todas las
cosas, puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana partiendo de las cosas
creadas; porque lo invisible de Él se ve, partiendo de la creación del mundo, entendido por medio
de lo que ha sido hecho (Rom 1, 20); sin embargo plugo a su sabiduría y bondad revelar al género
humano por otro camino, y éste sobrenatural, a sí mismo y los decretos eternos de su voluntad,
como quiera que dice el apóstol: Habiendo Dios hablado antaño en muchas ocasiones y de muchos
modos a nuestros padres por los profetas, últimamente, en estos mismos días, nos ha hablado a
nosotros por su Hijo (Heb 1, 1s; Can 1); Dz 1785.

Comentario
- El texto habla de diferentes formas y maneras de revelación. Si hablamos de “otra vía”
suponemos que existen dos vías. Y aunque esto no se determina en el documento de forma explícita,
si lo podemos decir como conclusión.
- Ambas frases (Rev. sobrenatural y natural) han de ser leídas de forma simultánea. Entonces
el resultado no es ninguna definición contradictoria sino un modo de hablar diferenciado.
- De esta manera la Revelación natural ha de ser entendida como la creación y en ella el
vértice más alto es el hombre. En virtud del ser creado y la semejanza con el creador es posible
percibir con la luz de la razón la comunicación con Dios, que existe y está fuera y por encima del
mundo, y expresarlo por medio de las palabras.
- Fries define la revelación sobrenatural como aquella forma de manifestación de Dios que
objetivamente no viene dada con la creación ni con el hombre. En palabras del concilio, Dios se da
a conocer a sí mismo y a los designios de su voluntad. Este darse a conocer se produce a través de la
palabra y en la historia, como ya dijimos.
En la Palabra, siguiendo el texto de Heb 1, 1: Antiguamente a los padres y en estos últimos
días, ahora a nosotros, por su Hijo, que es la Palabra de Dios en persona. En la historia, en
determinadas épocas, instantes, antiguamente y ahora...
El concilio no distingue estadios en la diferenciación de ambas revelaciones, más bien son
caminos que están en conexión porque uno sólo es el Dios que se revela y uno es el hombre al cual
se dirige la misma.

Crítica
Apuntamos con Fries que las afirmaciones del Vat I hay que entenderlas desde la coyuntura
que lo precede y valorarse desde esa perspectiva. Teniendo esto claro, podemos decir que su
enfoque, condicionado por la historia, no puede considerarse como la realidad total.

El cambio de enfoque que propone el Concilio Vaticano II


Nos encontramos en el Vat II con la Constitución dogmática Dei Verbum, que para algunos
teólogos es la más importante en el conjunto del concilio. De la misma nos quedamos con los
números 2 y 3 que recogen los aspectos más importantes para nuestra reflexión:
1.Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de
su voluntad (cf. Ef 1,9) por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los
hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina (cf. Ef 2, 18; 2 Pe 1,4). 2. En
esta revelación, Dios invisible (cf. Col 1,15; 1 Tim 1,17), movido de amor, habla a los hombres
como amigos (cf. Ex 33,11; Jn 15, 14-15), trata con ellos (cf. Bar 3,38) para invitarlos y recibirlos
en su compañía. 3. El plan de la revelación se realiza por obras y palabras intrínsecamente
ligadas; las obras que Dios realiza en la historia de la salvación manifiestan y confirman la
doctrina y las realidades que las palabras significan; a su vez, las palabras proclaman las obras y
explican su misterio.4. La verdad profunda de Dios y de la salvación del hombre que trasmite dicha
revelación, resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda revelación.
Dios, creando y conservando el universo por su Palabra (cf. Jn 1,3), ofrece a los hombres
en la creación un testimonio perenne de sí mismo (cf. Rm 1,19-20); queriendo además abrir el
camino de la salvación sobrenatural, se reveló (insuper) desde el principio a nuestros primeros
padres (...)

Comentario
Podemos dividir el documento en las siguientes partes:

Primera parte: Hecho y objeto de la revelación


El Vat I arraigado en una teología neoescolástica, heredera de una filosofía aristotélica,
destaca como lo más sublime del hombre la inteligencia. De esta forma se identifica a Dios con la
sabiduria, acogiéndose por tanto a una imagen de Dios demasiado intelectualista.
El Vaticano II desmonta esa imagen poniendo de relieve la bondad (placuit Deo in sua
bonitate et sapientia), adoptando así un lenguaje mucho más personalista, influido por la filosofía
existencialista.
Vemos también reflejado en esta primera parte la dimensión trinitaria y el medio
fundamental de la revelación que es Jesucristo.

Segunda parte: Destinatarios y concepto de Revelación


Dios manifiesta su amor al hombre y habla con él como amigo. Por tanto aquí tenemos los
destinatarios de la revelación: los hombres y el concepto de revelación que es entendido como un
encuentro, una relación entre Dios y los hombres. Para ello se apoya en una abundante tradición
bíblica (Ex 33, 11; Jn 15, 14-15; Bar 3, 38)

Tercera parte: Medio de la revelación: los gestos y las palabras


El Vaticano I pone todo el énfasis en los hechos. El Vaticano II destaca ambos ya que la
palabra sin el hecho no tiene garantía y el hecho sin palabra carece de significado.

Cuarta parte: La plenitud de la Revelación


Jesucristo es la pieza clave en la revelación de Dios: es la plenitud y el mediador último.
Podemos afirmar con Blondel que la revelación no es nada si no dice nada para el hombre. Dios
mismo se hace hombre para hacerse accesible al hombre.

Vaticano I - II ¿Continuidad o ruptura?


Concluimos con Fries que existe entre ambos concilios una continuidad que camina hacia
una progresión. El Vat II reflexiona en profundidad lo que sólo era un apunte en el anterior concilio.
Existe una clara ruptura, por otra parte, en la concepción de la revelación, sobre todo en la manera
de comprender las posibles dos vías, ya que no distingue dos modos o vías (natural-sobrenatural)
sino que describe el acontecer y obrar de la revelación de manera unitaria. Desaparece por tanto el
lenguaje de las dos vías.
“Dios ha dicho todo en su Verbo” (Hb 1,1-2). Cristo es el Hijo de Dios hecho hombre, es la
Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En ÉL lo dice todo, no habrá otra palabra más que
ésta” (CEC 65).
La economía cristiana, por ser alianza nueva y definitiva, nunca pasará; ni hay que esperar
otra Revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo (DV 4. Sin
embargo aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la
fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos” (CEC 66).
“Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad” (1Tim
2,4), es decir, al conocimiento de Cristo Jesús (Jn 14,6). Es preciso que Cristo sea anunciado a todos
los pueblos y a todos los hombres y que así la Revelación llegue hasta los confines del mundo (CEC
74).

EL HOY DE LA REVELACIÓN ¿SE SIGUE DIOS REVELANDO EN LA ACTUALIDAD?


¿Acaso nosotros estaremos hoy día privados de auténticas experiencias del resucitado y,
por ello, la revelación será para nosotros la adhesión un tanto extrínseca a algo del pasado, o bien
tenemos posibilidad de realizar nuestro encuentro con el Viviente, actualizando la experiencia de
Vida divina de los apóstoles? Damos por supuesto que una cosa es que la revelación culmine y se
termine en la Iglesia de los apóstoles y otra cosa es que esa revelación pueda actualizarse en la
Iglesia de hoy, precisamente porque esa Iglesia actual es, esencialmente, la misma Iglesia
apostólica.
Hoy aparecen unido el hecho revelador y su actualización. La actualización se hace hoy en
el seno de la Iglesia y la realizan la Palabra, la caridad y los sacramentos.
La resurrección, como acontecimiento central del culmen que supone Jesucristo en el
proceso de la Revelación, nos hace pasar de un plano histórico al misterio del Dios que ama a Cristo
en el Espíritu (Trinidad), de un plano visible al invisible, de lo descriptivo a lo indescriptible.
El hoy de la revelación como tal lo miramos desde esa piedra angular que es Jesucristo,
muerto y resucitado. En cuanto que la Eucaristía, como acción y sacramento de la iglesia, es la
actualización de este Misterio, nos introduce en la misma dialéctica de lo invisible y lo visible. De
esta forma actualiza, como todos los sacramentos, ese hecho fundamental de la revelación. Una
actualización que es memorial.
También la Palabra, como mediación que trae la Buena Nueva del Resucitado, supone un
acto revelador para el hombre hoy. Finalmente, el encuentro entre los hombres que se fundamenta
en un ámbito nuevo, aquel que atraviesan las relaciones transidas por el Amor de Dios para con el
Hijo y los hijos (la caridad), cierran la triada de manifestaciones actuales de esta revelación. Todas
ellas se dan en el seno de la Iglesia.

2. REVELACIÓN EN LA DEI VERBUM


Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su
voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al
Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina. En consecuencia, por esta
revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con
ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía. Este plan de la
revelación se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras
realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos
significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el
misterio contenido en ellas. Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana
se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la
revelación. (DV 2)
Preparación de la revelación evangélica
Dios, creándolo todo y conservándolo por su Verbo, da a los hombres testimonio perenne de
sí en las cosas creadas, y, queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se manifestó,
además, personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio. Después de su caída
alentó en ellos la esperanza de la salvación, con la promesa de la redención, y tuvo incesante
cuidado del género humano, para dar la vida eterna a todos los que buscan la salvación con la
perseverancia en las buenas obras. En su tiempo llamó a Abraham para hacerlo de un gran pueblo,
al que luego instruyó por los Patriarcas, por Moisés y por los Profetas para que lo reconocieran Dios
único, vivo y verdadero, Padre providente y justo juez, y para que esperaran al Salvador prometido,
y de esta forma, a través de los siglos, fue preparando el camino del Evangelio (DV 3).
Cristo lleva a su culmen la revelación
Después que Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los Profetas, "últimamente,
en estos días, nos habló por su Hijo". Pues envió a su Hijo, es decir, al Verbo eterno, que ilumina a
todos los hombres, para que viviera entre ellos y les manifestara los secretos de Dios; Jesucristo,
pues, el Verbo hecho carne, "hombre enviado, a los hombres", "habla palabras de Dios" y lleva a
cabo la obra de la salvación que el Padre le confió. Por tanto, Jesucristo -ver al cual es ver al
Padre-, con su total presencia y manifestación personal, con palabras y obras, señales y milagros, y,
sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos; finalmente, con el envío del
Espíritu de verdad, completa la revelación y confirma con el testimonio divino que vive en Dios con
nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna.
La economía cristiana, por tanto, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará, y no hay
que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor
Jesucristo (cf. 1 Tim., 6,14; Tit., 2,13). (DV4)

La revelación hay que recibirla con fe


Cuando Dios revela hay que prestarle "la obediencia de la fe", por la que el hombre se confía
libre y totalmente a Dios prestando "a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la
voluntad", y asistiendo voluntariamente a la revelación hecha por El. Para profesar esta fe es
necesaria la gracia de Dios, que proviene y ayuda, a los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual
mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da "a todos la suavidad en el
aceptar y creer la verdad". Y para que la inteligencia de la revelación sea más profunda, el mismo
Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones. (DV5)

Las verdades reveladas


Mediante la revelación divina quiso Dios manifestarse a Sí mismo y los eternos decretos de
su voluntad acerca de la salvación de los hombres, "para comunicarles los bienes divinos, que
superan totalmente la comprensión de la inteligencia humana".
Confiesa el Santo Concilio "que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con
seguridad por la luz natural de la razón humana, partiendo de las criaturas"; pero enseña que hay
que atribuir a Su revelación "el que todo lo divino que por su naturaleza no sea inaccesible a la
razón humana lo pueden conocer todos fácilmente, con certeza y sin error alguno, incluso en la
condición presente del género humano. (DV6)

LA SAGRADA ESCRITURA
A. EL TEXTO.- Es un conjunto de libros separados que contienen el mensaje de salvación. Es la
Palabra de Dios al hombre. Durante unos 18 siglos, desde Abraham hasta Jesús, el pueblo de Israel
descubrió, cada vez con mayor lucidez, que el Dios único se había ligado a él, fueron ellos, los
religiosos de Israel, los que recibieron, escogieron y acreditaron estos libros, integrándolos al Libro
Sagrado.
Así se formó el AT de la Biblia. Después vino Jesús. Con él se llegó a cabo la experiencia
más trascendental de toda la historia. Los esfuerzos de Jesús para salvar al pueblo judío de una
destrucción inminente, su rechazo, su muerte y luego su Resurrección: ésta fue la última Palabra de
Dios.
La trayectoria de Jesús originó la predicación de la Iglesia y los libros que en ella se
escribieron. Aquellos libros que fueron aprobados por los responsables de la Iglesia pasaron a
integrar el NT.

El contenido de la Biblia.- La Biblia es el conjunto de libros o escritos que los cristianos tenemos
como sagrados. Contiene 73 escritos que están agrupados en dos testamentos (Berit- Alianza), el
AT (46) y el NT (27).
El orden en que se encuentran los escritos de la Biblia no es el orden en que fueron
compuestos. Génesis no fue el primero en ser escrito, ni el Apocalipsis de Juan el último. Se
encuentran ordenados según temas y géneros literarios.
La división en capítulos la introdujo el cardenal inglés Esteban Langton a principios del s
XIII. Los versículos se introdujeron recién a mediados del s XVI por Santos Pagnino en el AT y por
Roberto Stéphano en el Nuevo.
Tomando en cuenta los diversos géneros literarios que encontramos en la Biblia, y el hecho
de que cubre más de un milenio de historia, viene a ser la historia singular, siempre actual (pues, se
plantean las mismas preguntas y se presentan las mismas actitudes humanas) del diálogo entre Dios
y el hombre, de las llamadas de Dios y las sucesivas respuestas del hombre.
Los compositores de los diversos escritos de la Biblia escribieron para un grupo de personas
concretas, para su pueblo o su comunidad de entonces, respondiendo a sus problemas y a sus
necesidades de orientación.
Lo que hallamos en la Biblia tuvo su origen en experiencias o en acontecimientos humanos
reales: “algo que sucedió”. Luego esta experiencia es interpretada, desde la fe, por el individuo o
grupo que lo ha vivido o presenciado: le asignan un valor, una significación. La interpretación de un
mismo acontecimiento puede variar de una persona a otra. Para la transmisión de este
acontecimiento formulan un lenguaje que pueda ser comprendido por el destinatario: lenguaje
humano, propio de una cultura. La transmisión puede ser oral o escrita. Sólo lo que es considerado
importante es transmitido y retransmitido. Lo que está preservado en la Biblia se transmitió porque
es algo importante y significativo, porque contenía un mensaje (expresado en uno u otro género
literario). El último en la cadena de transmisión oral puso por escrito aquellas tradiciones orales
importantes.
El escritor escogió las tradiciones que le parecieron más importantes y las uso en cierto
orden, incluso las retocó para que fueran más uniformes y expresaran mejor el mensaje que él
quería comunicar. Además no pocas veces las obras escritas fueron revisadas y se les añadieron
aclaraciones o incluso otras tradiciones.
Los géneros carta y Apocalipsis no pasaron por una tradición oral, sino que fueron
comunicados directamente en forma escrita. Pero, tuvieron su origen en algún acontecimiento o
experiencia sobre el cual sus autores trataron.
La presentación escrita, que se lee en la Biblia, constituye lo que llamamos el texto. El
acontecimiento, o la experiencia vivida, constituye el pre-texto.
Luego vendría la cuestión de la inspiración de los libros, para preservar la unidad y la
identidad del pueblo; se forma el canon y reconsideran a otros libros como apócrifos, no inspirados.
Luego vendrían las traducciones (interpretaciones).

B). INSPIRACIÓN
La inspiración es el carisma o influjo de Dios sobre la inteligencia del profeta, de modo que
lo escrito debe ser considerado ante todo de Dios. La Iglesia ha determinado repetidas veces en qué
sentido tiene por sagrados los libros de la Biblia. Así en el Concilio de Florencia del año 1442
profesa que:
“Uno solo y mismo Dios es autor del AT y NT, es decir de la Ley, de los Profetas y del Evangelio,
porque por inspiración del mismo Espíritu Santo han hablado los santos de uno y otro testamento”
(D 706).

Y el Concilio vaticano I, en 1870 dice:


“Los cuales libros tiene la Santa Iglesia Católica por santos y canónicos íntegramente, en
todas sus partes, tal como fueron enumerados en el decreto del Concilio de Trento y en la antigua
tradición latina de la Vulgata; no porque, compuestos por el sólo ingenio humano, hayan sido
después aprobados por su autoridad, ni sólo porque contienen la revelación sin error, sino porque,
escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tiene a Dios por autor y han sido entregados como
tales a la misma Iglesia” (D. 1787).
Los libros inspirados son, por consiguiente, divinos, no sólo por razón de la materia que
contienen, sino también por razón de su autor. Dios es el autor principal de la Sagrada Escritura;
el escritor sagrado es solamente el autor secundario; es instrumento –inteligente y libre- de que
Dios se ha servido.
La inspiración exige:
1. Que el autor se mueva a escribir por impulso del Espíritu Santo.
2. Que sea iluminado por él en orden a conocer lo que debe escribir
3. Que esté asistido de tal manera que escriba sin error todo aquello y sólo aquello que Dios
quiere.
La prueba de la inspiración para los libros del AT nos la dio el mismo Jesús al citar la
Escritura como Palabra de Dios y al afirmar que no se podía suprimir de ella ni una sola tilde
(Mat 5,189)
El y los apóstoles citaban la Escritura con la fórmula: “Está escrito; así dijo Dios por
David; así dice Dios por el profeta” (Mat 4,4; Rom 1,7, etc.). San Pablo llama a toda Escritura
divinamente inspirada (2Tim 3,16) y san Pedro dice: “Los santos varones de Dios hablaron
inspirados por el Espíritu Santo” (2Pe 1,21).
La inspiración se extiende a toda la Escritura y a cada una de sus partes, no pudiendo ser
admitida la opinión según la cual aquella solamente afecta a las cosas de fe y de costumbres.

Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se
consignaron por inspiración del Espíritu Santo. La santa Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene
por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes,
porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y como tales se le
han entregado a la misma Iglesia. Pero en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a
hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios, de forma que obrando El en ellos y
por ellos, escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que El quería.
Pues, como todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman, debe tenerse como
afirmado por el Espíritu Santo, hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente,
con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras que nuestra
salvación. Así, pues, "toda la Escritura es divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir,
para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y equipado para
toda obra buena" (2 Tim., 3,16-17). (DV 11)

C. CANONICIDAD
La decisión de fijar un canon de Escrituras (colección de escritos reconocidos y admitidos
como normativos, se debió a razones históricas, de conflictos y de crisis de identidad, tanto en el
judaísmo como en el cristianismo. La razón principal pos la que se decidió delimitar el canon, es
que aparecieron escritos de diversa índole que ofrecían, ya sea lo que era producto de la
imaginación piadosa, o una visión equivocada de la fe judía, o cristiana. Se impuso la necesidad de
separar claramente los escritos que, sin duda alguna, eran testimonios fidedignos de la Revelación
histórica, de aquellos que tergiversaban la auténtica fe judía o cristiana.
La explicitación u oficialización de un canon (colección) de escritos, tuvo precisamente
como finalidad la fijación de límites externos e internos a los escritos tácitamente considerados
como normativos. El límite externo lo constituía el hecho de que la lista o colección de escritos
reconocidos y refrendados como canónicos (normativos) estaría herméticamente cerrada: no se
aceptarían otros escritos. El límite interno lo constituía la sacralización del texto mismo: no se
permitiría el más mínimo cambio en ninguno de los textos canónicos. Cualquier comentario, incluso
adición, tendría que hacerse en otros libros; ni se permitía alterar o eliminar parte alguna: el texto
era intocable, “Sagrada Escritura”.
Criterios para considerar a los libros canónicos
a). El criterio fundamental ha sido el de la identidad entre la fe vivida por la comunidad y la fe que
se expresaba en el escrito en cuestión.
b). Para que un escrito sea admitido como canónico se planteaba básicamente la misma pregunta:
¿representa y refleja este escrito la fe que vivimos y sostenemos? Este es el criterio de la ortodoxia.
c). Además el escrito en cuestión debería ser coherente con otros escritos que desde hacía algún
tiempo ya habían sido reconocidos tácitamente como sagrados. Este es el criterio de la coherencia.
d). Los escritos considerados candidatos para constituir parte del canon, debían haber servido ya
como norma de fe y de conducta desde hacía algún tiempo y en todas o en la mayoría de las
comunidades. Es el criterio de la tradición, por el cual se excluyen los escritos demasiado recientes
(a menudo con pretensión de ser antiguos), y otros que sólo emplearon algunos grupos.
e). Por último el criterio de la inspiración divina jugó un papel importante en el judaísmo desde el
inicio, no así en el cristianismo, donde recién entró a tallar en el s. II. No conocemos ninguna
mención de la inspiración como criterio de selección en el cristianismo, excepto para distinguir a los
escritos ortodoxos de los heréticos.

La enumeración más antigua que conocemos de escritos judíos con peso canónico proviene
del historiador judío Flavio Josefo hasta el año 95 d.C. y es confirmada por 4 Esdras 14,44s (fines
del s I d.C). Esta enumeración corresponde a las que se halla en la Biblia hebrea y rige en el
judaísmo hasta hoy; se conoce como “Canon Palestinense”, pues incluye sólo las obras escritas en
hebreo y se asocia con el rabinismo de Palestina. El canon judío (que incluía tres bloques: La Ley.
Los Profetas y los Escritos), que constituyen la Biblia Hebrea, quedó delimitado básicamente en el
s. II de nuestra era.
La septuaginta o versión de los LXX, es la traducción griega de los escritos hebreos (canon
palestinense). Incluye además los llamados deuterocanónicos (segundo canon): Tobías, Judit,
Sabiduría, Sirácida (o eclesiástico), Baruc y 1-2 Macabeos, además de los añadidos de Ester y
Daniel. La septuaginta constituye el llamado Canon Alejandrino. Era leída y venerada entre los
judíos de lengua griega, en la diáspora. Pero la septuaginta nunca fue reconocida como canónica
por el judaísmo oficial (rabínico), y eventualmente cayó en desuso. La delimitación de la
septuaginta, que consistió en la exclusión de ciertos escritos apócrifos, fue obra del cristianismo, no
del judaísmo.
Los judíos no aceptaron la septuaginta debido a que esta versión se identificó más con el
cristianismo. Además porque resultaban peligrosos o sospechosos los escritos apocalípticos, que
llevarían a la destrucción de Jerusalén, por tanto no eran inspirados por Dios. Daniel fue aceptado
por su antigüedad, carácter profético y aceptación universal.

En el cristianismo: Después de un proceso de selección, por fin el Papa San Dámaso,


conciente de su responsabilidad y autoridad en asuntos de tanta importancia para la fe, convocó a un
sínodo en Roma en el año 382 y estableció la lista definitiva y total oficial de los libros sagrados del
AT y NT.
Poco después el concilio III de Hipona (393) y el concilio de Cartago (397), aceptaron y
convalidaron las decisiones del sínodo romano con relación al canon bíblico. Desde entonces el
canon bíblico quedó cerrado para siempre y fue aceptado por toda la Iglesia.
El Concilio de Trento declaró en la sesión del 8 de abril de 1546 como canónicos la Vulgata,
que incluía los deuterocanónicos y las añadiduras griegas de Ester y Daniel.

D). VERDAD BÍBLICA


La verdad en la Sagrada Escritura (en términos preconciliares, su inerrancia) es considerada
entre los efectos o consecuencias de la inspiración de los libros sagrados, sólo en virtud de ella son
para nosotros Palabra de Dios en lenguaje humano y ofrecen al hombre la verdad sin error que lo
guía hacia la salvación histórica y escatológica. En Hebreo, los términos derivados de la raíz ‘mn
designan la solidez, la constancia, la realidad firme; es verdadero aquello de que el hombre puede
fiarse, hacia lo cual puede orientar su vida. De la noción bíblica de verdad, podemos deducir que
nuestro concepto de verdad es intelectual; el bíblico es existencial. En el mundo bíblico se pensaba
en términos de confiabilidad (fe), no de veracidad; se refiere a la relación entre personas, no a datos
u objetos. Y es con ese concepto de verdad que se compusieron los escritos bíblicos. La verdad de la
que se trata en los escritos de la Biblia se sitúa en el nivel del mensaje (qué significa o quiere decir
para el lector, no de los datos en sí mismos (qué pasó).

Para entender la afirmación del Concilio Vaticano, hace falta conocer por lo menos
algo de la historia del problema: antes del Concilio, se hablaba de “inerrancia” de la Biblia
Tengamos en cuenta que el Magisterio, nunca ha definido solemnemente el hecho de la
“inerrancia bíblica”
La formulación de Inerrancia Bíblica tiene doble defecto:
a. presentado bajo el aspecto negativo (ausencia de error)
b. preocupación por defender la Biblia contra los racionalistas que pretender descubrir en ella
errores.

P. Grelot, propone que es preferible hablar de la verdad en la Sagrada Escritura (31)


Lohfink, habla que la inerrancia atribuida a los hagiógrafos se ha encontrado en situación
difícil, cuando se descubre que tal o cual texto tiene varios autores.
La Inerrancia, en el sentido estricto de la palabra pertenece a la Escritura considerada como
un todo indiviso, consecuente en su totalidad y unidad intrínseca. (32)

¿Es lo mismo hablar de inerrancia que de verdad?


La inerrancia no es más que un corolario de la inspiración.
Hablar de inerrancia, es hablar en cierto modo negativo.

Es mejor hablar de “verdad” en la Sagrada Escritura, pues los libros sagrados están hechos
para enseñar la salvación de las almas y no astronomía, nos dice cómo se va al cielo y no cómo va
al cielo” (33).

¿De que tipo de verdad se trata?


Se trata de la verdad para nuestra salvación. Es la revelación del misterio de las personas
divinas, revelación que es a la vez para los creyentes una doctrina y una norma de vida” (34).
Una simple vista los textos, nos permiten ellos solos, zanjar la cuestión:
Por el contexto, la constitución nos habla de la verdad que la revelación nos da de Dios y de
la salvación de los hombres. Subraya que Cristo termina la obra de salvación está orientada hacia un
fin, para que “escuchando el anuncio de la salvación, el mundo entero crea en él, creyendo y espere
y esperando ame.” (35)

El fin de la revelación es para “la salvación de todos los hombres” (36)
La verdad de la Escritura debe vivificarnos actualmente, sino no serviría para nada (37)

¿Hay referencia cristologica en esta afirmación?


Sí, pues la salvación está totalmente realizada en Cristo, es todo el misterio de Cristo
siempre, ayer y hoy (38).
La palabra de Dios expresa por medio de las lenguas humanas, han tomado la apariencia del
lenguaje de los hombres, de la misma forma que en antaño el Verbo del Eterno Padre, habiendo
tomado la flaqueza de nuestra carne, se hizo semejante a los hombres” (39).

¿Presenta algún aspecto de esta verdad la cita de 2Tim. 3,16-17 que el concilio añade?
La cita del 2 Tim. 3,16-17: “Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar,
rebatir, corregir y guiar en el bien. Así el hombre de Dios se hace un experto y queda preparado
para todo trabajo bueno”. Este texto habla del valor salvífico, pues no basta hablar solamente de
verdad de la Escritura.

La doctrina de la verdad
Es una doctrina que pertenece directamente al misterio de la inspiración y por ello no es sólo
una recomendación edificante. (40)
1.- “Como todo lo que afirman los hagiógrafos, o autores inspirados, lo afirma el Espíritu Santo, se
sigue que los libros sagrados enseñan sólidamente, fielmente y sin error, la verdad que Dios hizo
consignar en dichos libros, para la salvación nuestra. Por tanto toda la Sagrada Escritura, inspirada
por Dios, útil para enseñar, reprender, corregir, instruir en la justicia, para que el hombre de Dios
esté en forma, equipado para toda obra buena (2 Tim 3,16-17). (D.V.11).

a) El texto del concilio es fruto de una larga discusión en la historia de la interpretación.


Mérito del Vaticano II, el haber abordado este tema. Son cuatro siglos de tentativas de
soluciones que fracasaron por no plantear verdaderamente las cuestiones. Para la Teología, lo dicho
en Vaticano II, es un punto de llegada y a la vez un punto de partida.

b) El Histocismo y el Concordismo por un lado y por otro los métodos histórico - críticos,
son conscientes de la presencia real de contradicciones y hasta errores en el texto bíblico.
Durante los primeros siglos, nadie puso en duda que la Biblia era la Palabra de Dios. Porque
“si la Biblia es un libro inspirado, si nos trae la Palabra de Dios en lenguaje humano no se puede
expresar otra cosa que no sea la verdad misma de Dios”. (P. Grelot) Los padres ante los
ataques de los paganos, se contentaban con afirmar, lo que para ellos era, casi, un dogma, una
exigencia de fe (Justino, Hipólito, Orígenes, Cirilo de Alejandría, San Jerónimo, San Agustín)
San Jerónimo reconoce la existencia de inexactitudes, pero no admite que haya errores.
San Agustín “En la S.E. ningún autor ha cometido error alguno al escribirla”. Si halla algo
contrario a la verdad, se plantea tres cosas:
1º o se trata de un manuscrito defectuoso,
2º o el traductor no entiende lo que aquél dice,
3º o es él, el que no entiende.
Esto será durante mucho tiempo la regla inmutable de la exégesis.
Santo Tomás, admite que ante varias interpretaciones posibles hay que rechazar las que
parezcan falsas a la razón.

Podemos sacar como conclusión que en los padres hubo una constancia, perpetuidad y
universalidad de una doctrina que es regla de fe y que es un dogma sólidamente establecido.

EL CONCORDISMO En los siglos XVI - XVII, plantea objeciones, pues hay progresos en las
ciencias humanas y en el de la naturaleza. Con Galileo se abre una discusión sobre la inerrancia
(concordismo). Se recurre a las ciencias profanas para el estudio de la Sagrada Escritura, pues ve
que hay pasajes que no coinciden - con las cuestiones naturales, puesto que a estas también las ven
cómo don de Dios.
Sin embargo defensores, cómo Dubarle, dicen que Galileo afirma repetidas veces la verdad
absoluta de la Escritura, pero admite un posible error en sus intérpretes, cosa en la que coincide con
Sto. Tomás. Galileo fue condenado, pero el problema quedó planteado e irresuelto.
Debemos tener presente que los Escritores Bíblicos son pensadores religiosos, la Biblia, no
es un manual científico y que debiera estar siempre al día. Tal supuesto ya fue superado.

La crítica textual, discutía sobre los libros históricos de la Biblia.


Renán decía al respecto, que la doctrina católica más moderada, no permite al texto ningún
error, incluso en los puntos que no son de fe y de costumbres.
Ante estas dificultades que se presentaban, hubo algunos ensayos de solución cómo
Newman (5), Lorsi (6), Mons. D´Hults (7), pero que no tienen éxito, pues establecían
arbitrariamente una limitación material, tratando de distinguir en la Biblia una parte profana y una
parte sagrada. (8).
Al no plantear que la Biblia es entera de Dios y por entero del hombre, se volvía a dar con
las mismas dificultades que habían surgido a raíz de la Encarnación.

Serán las Encíclicas las que hagan salir de éste callejón sin salida:

 “Providentíssimus (18-11-1893) León XIII.- Rechaza toda limitación material: “Sería


absolutamente funesto restringir la inspiración únicamente a ciertas partes de la Sagrada Escritura o
conceder que el autor sagrado se ha engañado...”

La Biblia no puede ser situada en el mismo plano de las ciencias de la naturaleza, pues “el
Espíritu de Dios, que ha hablado a través de los autores sagrados, no ha querido instruir a los
hombres en ése género de cosas que no tienen utilidad para la salvación”.
Estas realidades materiales, eran habladas al modo en que estas eran conocidas en su tiempo,
en función de las apariencias.
Así pues, el problema, estaba resuelto correctamente: ciencia y teología no parecían estar ya
en conflicto.

 “Spíritus Paraclitus” (15 - 09 - 1920) Benedicto XV.- Viene a completar la primera respuesta.
Pone fin a las desviaciones de los que opinaban que las verdades históricas de la Biblia, no son
verdades absolutas de los hechos, sino relativas.

 “Divino Afflante Spíritu “ (30 - 09 - 1943) Pío XII.- Completa la obra de sus predecesores. Las
investigaciones históricas, la exégesis había avanzado seriamente, de modo que tiene seguridad
en las líneas que van a tomar. Pide no juzgar a los antiguos con nuestras concepciones modernas,
pide estudiar los Géneros Literarios, como una necesidad para que se pueda llegar a la verdadera
y exacta interpretación, pero sin detrimento de la exégesis católica.

Tenemos así, unas consecuencias:

1.- Estos Tres documentos afirman la Inerrancia, junto con la tradición.


2.- Las explicaciones van a ser más satisfactorias y los exegetas van a recurrir a los géneros
literarios cuando surjan las dificultades.
3.- Algunos buscaron aplicar el principio de la inerrancia a los diversos géneros literarios, otros
harán listas para explicar la inerrancia e insistir en los géneros literarios y el estudio literario
de los textos.
4.- P. Benoit, hablará de la psicología del autor, y que por ésta - afirma - llegaremos a darnos
cuenta de lo que quiere enseñarnos exactamente. Para ello nos propone tres elementos:
 el objeto formal del juicio (del escritor): lo que dice; otro, lo que sé.
 grado de afirmación que emplea: lo que quiere decir.
 modo como propone al asentimiento del lector.

El Concilio, superando una aptitud puramente apologética, hace una afirmación fundamental
sobre la Palabra de Dios: Por ser Palabra inspirada, es Palabra portadora de la verdad que salva y
que tiene su máxima expresión en Cristo, Palabra del Padre (D.V. 13 y 17). Cada vez se iba
hablando más de la VERDAD en la Sagrada Escritura.
El Vaticano, recoge el fruto de las anteriores investigaciones. Nos va hablar de la verdad que
Dios quiso consignar para nuestra salvación. No se trata pues, de una verdad de fe, de verdades
religiosas, sino de una VERDAD en relación con nuestra salvación. (16)
Junto a esto, hay que tener en cuenta los géneros literarios, el desarrollo de la historia de la
salvación y la unidad de toda la Escritura, puesto que la Escritura se ha de leer con el mismo
espíritu con que fue escrita; por lo tanto, para descubrir el verdadero sentido del texto sagrado hay
que tener en cuenta: 1º contenido y la unidad de toda la Escritura, 2º la tradición viva de la Iglesia,
3º la analogía de la fe. (17), D.V. 12,3.
Con éstas líneas, el exegeta debe comprender mejor e interpretar mejor, la verdad de Dios,
consignada en la Sagrada Escritura, para nuestra salvación.

D.V.Nº 17, nos habla de tres cosas que se reducen a una: 1º la palabra de Dios, es decir la
palabra bíblica inspirada cuya parte principal es el N.T., 2º la palabra que se hace carne es decir
Cristo, como elemento revelador, 3º la Palabra de Dios cómo fuerza de Dios par la salvación”
(Rom. 1,16). Cristo es la máxima expresión de ésta verdad que salva. Se hace carne (Jn. 1,14) y
habita entre nosotros.
Es el único que posee palabras de vida eterna (Jn. 6,68). El Espíritu da testimonio duradero
por todas las edades (20).

OBSERVACIONES
En el mundo donde nació la Biblia el concepto de verdad era diferente: verdad es todo lo
que es fiel, estable merecedor de confianza; Dios es verdad, y Jesús podía decir soy la verdad (Jn
14,6). No se trata de que alguien diga la verdad, sino de que él sea verdadero, digno de confianza.
La Biblia nos ha llegado mediante copias de originales que se han perdido. Además de haber
cometido errores involuntarios, los copistas ocasionalmente introdujeron cambios intencionalmente.
Basta comparar los libros de Crónicas y sus paralelos de Samuel y Reyes (que les sirvieron de
base), o entre Mateo y Marcos (que fue una de sus fuentes, y se observará una serie de discrepancias
que desde nuestro punto de vista calificaríamos como errores.
Ningún texto de la Biblia afirma que ésta no contiene errores. Cuando algún texto bíblico se
refiere a la verdad, no es a los detalles históricos o científicos que se refiere, sino al mensaje global,
con miras a la salvación.
Cuando se afirma que la Biblia está libre de toda clase de errores, implícitamente se afirma
que esa inerrancia es válida para todos los tiempos. Pero esta afirmación cae por su propio peso: La
concepción del mundo que se encuentra en los escritos bíblicos, según la cual, por ejemplo, la tierra
es plana y no esférica, los astros están siempre arriba, suspendidos en el firmamento, y el sol gira en
torno a la tierra firme, sería en tal caso verdadera, y debería sostenerse hoy como lo fue en esos
tiempos y nuestras concepciones, basadas en la astronomía y otras ciencias afines, serían erróneas.
El error se comprenderá si el texto es considerado dentro de sus contextos (histórico,
cultural, social, etc.) y si se toma en cuenta su rigen y formación histórica, así como la evolución en
la comprensión de la naturaleza del mundo, de Dios y de su voluntad para el hombre.
La verdad de la Biblia se sitúa en el ámbito religioso, concretamente el salvífico, y los datos
históricos y científicos no caen bajo la inerrancia bíblica.

E). LA INTERPRETACIÓN
“Dios habla en la Escritura por medio de hombres y en lenguaje humano; por lo tanto el
interprete de la Escritura, para conocer lo que Dios quiso comunicarnos, debe estudiar con
atención lo que los autores querían decir y Dios quería dar a conocer con dichas palabras. Para
descubrir la intención del autor hay que tener en cuenta, entre otras cosas “Los géneros
literarios”... La Sagrada Escritura se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue
escrita” (D.V. 12)

a)- Interpretar no solo es comprender, sino actualizar, hacer que sea palabra de Dios hoy para
nosotros:
Aún cuando es necesario volver al mundo en el cuál nació y se respiró el texto bíblico, es
necesario hacer que el texto recorra su pertenencia y vivacidad de modo que hable al mundo de hoy.
Serán “Palabra de Dios”, hoy para nosotros, en la medida que lo traduzcamos a nuestras
circunstancias y cultura, en la medida que manteniéndonos dentro de su proyección, recojamos la
perspectiva y orientación de aquella palabra de Dios que le hablaba a sus destinatarios originales, es
decir, en la medida que mantengamos como voz de un Señor vivo y presente, aquí y ahora. Por ello
hay que escucharla primero, entrar en su mundo para luego traducirla a nuestro mundo. (Arens E.)

b)- Esto significa que leer la Sagrada Escritura no sólo es tarea de especialistas, ni ejercicio
puramente personal
El exegeta da por concluida su labor cuando ha entrado en el mundo del texto y da a conocer
sus particularidades.
Hay necesidad de la exégesis, pues tiene una función dentro de la Iglesia como es:
 Indagar y proponer.
 Si es problema técnico, la expresión se reservará a los científicos o vulgarizará para personas no
cultas.
 La exposición debe influir en la búsqueda, de modo que la tarea de la exégesis quede informada
por el espíritu de Servicio a la Palabra de Dios (Schokel).

El ejercicio puramente personal, puede tener diferentes maneras de entenderla:


a. una biografía crónica de la vida de Jesús o de un pueblo.
b. un manual de moral, poniendo como una especie de recetario de “verdades eternas”.
c. leerlos con prejuicio de carácter ideológico y recoger sólo lo que le interesa, incluso
acomodando el texto a sus supuestos. (Arens).
Hay que estar dispuestos a dejarse interpelar, dispuestos a cambiar y abandonar sus ideas
preconcebidas, dispuestos a dejar hacer sus murallas de prejuicios y supuestas seguridades.

c)- Es experiencia de fe y experiencia eclesial


Aunque la Escritura es libro perfectamente humano, no podemos reducirlo a un libro
puramente humano, porque la Escritura es obra del Espíritu, es revelación de Dios. Con puro
esfuerzo humano no lo alcanzo. Si Cristo no se hubiera encarnado, no podría verlo la fe: la palabra
hecha Hombre, sin fe, no podemos verla.
Cristo levanta a los hombres y así estamos a su nivel. La fe alcanza lo divino, porque es
acercamiento y subida a la esfera divina.
Todas las técnicas humanas, no llegan al núcleo de la Escritura que es misterio y su verdadero
sentido es la revelación. “El hombre carnal” no comprende lo espiritual (Schokel).
La tradición viva de la Iglesia es el contexto de toda la Sagrada Escritura, en la cual se
mantiene viva y activa la Palabra de Dios.
El exegeta cristiano debe y quiere entender la Escritura desde el momento, de la Iglesia, en
que le toca vivir. De esta manera iluminado por la tradición, comienza a ser sujeto de la tradición,
empujándola hacia adelante.
Al Magisterio de la Iglesia le toca dar al juicio definitivo y ante el cual el exegeta cristiano
debe atenerse a lo que enseña con certeza la revelación.

d)- Por eso conviene tener claridad sobre los principios y criterios, que nos orientan en la tarea
de interpretar, tanto de origen teológico como de orden racional

 El principio general.-
“La Sagrada Escritura hay que leerla e interpretarla con el mismo Espíritu con que se
escribió”. Vemos pues que se vincula el método de la interpretación con la doctrina de la
inspiración. Notemos que la Constitución habla del “Espíritu”, pero con mayúsculas. El exegeta ha
de estar imbuido del mismo Espíritu Santo que guió la mente y pluma de los escritores sagrados.
La fe del intérprete constituye el primer don de ese Espíritu. Además, no debe olvidarse que
el mismo Espíritu continua actuando en la Iglesia distribuyendo los carismas para mantener la
vitalidad de sus diversos ministros con vistas siempre al bien común.

* Principios Teológicos
1.- El camino de Dios es la ENCARNACIÓN y, también la PALABRA DE DIOS se encarna
en palabras humanas.
Se debe tomar en serio la Encarnación de Dios y de la Palabra.
Para entender lo que Dios quiere comunicarnos es necesario entender lo que el autor quiso
decir y lo que Dios quiso dar a entender con dichas palabras (Schokel):
La tarea del exegeta es averiguar lo que el autor quiso decir y lo que Dios quiso manifestar.
 Para entender a fondo la obra es necesario una actitud crítica, la cual se distancia, reflexiona,
analiza, no se contenta con la primera impresión, con el sentido obvio de las palabras.
 El concilio defiende la actitud y el método crítico: el sentido obvio no se puede identificar con el
sentido literal.
 La intención en su forma histórica lo vemos cuando el autor, entre muchas posibilidades de
lenguaje, el autor determina o delimita con su intención.
 El autor posee asimilado el vocabulario y los esquemas gramaticales. En el acto de expresar, una
fuerza configuradora trae a la conciencia elementos de lenguaje como criterio selectivo
(Schokel).
 Dios quiere comunicarse a sí mismo y mostrar su misterio de salvación. Esto lo hace por medio
del hombre, en el lenguaje humano, con toda su completa realidad.
 Otro aspecto que debe orientar nuestra interpretación es la intención global del hagiógrafo:
manifestar e interpretar la salvación en algunos de sus aspectos. Esta intención debe orientar toda
nuestra interpretación si queremos entender la totalidad y las partes en función del todo. Hay que
hacer referencia a Cristo como principio hermenéutico unificador.

2.- La analogía de la fe. La Unidad interna de la revelación tiene una consecuencia


importante: y es que todos sus elementos constitutivos se coordinan estrechamente y se esclarecen
mutuamente.
A la Escritura se ofrece como estímulo e iluminación para conseguir penetrando en el
misterio presente en la Escritura.

* La Hermenéutica racional.-
En la investigación bíblica se aplica el método histórico crítico que tiene varios elementos.
De entre todos los instrumentos de la filosofía, la Constitución escoge y destaca de modo especial,
el estudio de los “GÉNEROS LITERARIOS” por razones históricas: ha sido en el campo católico,
el caballito de batalla. (Schokel).
1.- Los géneros literarios .- son formas orientadoras que la poesía usa de hecho y tiene que
usar. Hay que distinguir entre formas naturales de la poesía y los géneros.
En la S.E. interesa toda clase de géneros que encontramos y no operamos una eliminación “a
priori“. Hay géneros orales y escritos. En la investigación bíblica muchas veces no se puede
remontar a un estado oral y muchas veces no nos interesa. El género literario nace en un individuo
fecundo. En cuanto tipo se ofrece y se impone como modelo: la tradición y las situaciones sociales
le confieren una cierta autoridad.
El análisis de los géneros permite remontarse en el tiempo, más allá de los documentos.
Facilita de ésta manera la comparación de la Biblia con otras culturas antiguas.

2.- Condiciones de cultura y tiempo.- el tiempo y la cultura determinan el sentido que


expresa el autor y ésta expresión utilizada entre otros procedimientos el de los géneros literarios y
vigentes.
La filosofía hace un esfuerzo por establecer el sentido de un texto con toda precisión, para
ello se traslada al contexto cultural de dicho texto, autor, época, cultura, lengua fuentes, influjos.
La filosofía se vale de las técnicas subordinadas: consulta el testimonio interno del texto y el
externo de la arqueología, estudia la lengua y la literatura de la época, compara el texto con otros
del mismo género o época o tema.
3.- Los modos de expresión.- la distinción entre géneros literarios y modos de expresión, es
elemental. Una distinción formal, no materialmente adecuada. El género literario afecta a la unidad
total, el modo de expresión o procedimiento de estilo afecta a una parte. La forma de conversación
en la Biblia, apenas ha sido tratada. Una metáfora no es una fórmula literaria. El lenguaje
teológico de la Biblia se vale no sólo de conceptos fijos sino también de fórmulas fijas. Por ello es
necesario el estudio o identificación de las fórmulas para descubrir el sentido teológico intentado
por el autor.
Una lengua viva está hecha no sólo de palabras y relaciones sintácticas, sino también de
frases, modismos y fórmulas.
No basta conocer los modos o procedimientos comunes a la época del autor, sino que será
necesario estudiar los modos peculiares del autor ya que nos interesa entender la obra individual. El
lenguaje tiene sus propios modos de decir.
Finalmente decimos que los exegetas deben colaborar lealmente y en espíritu de diálogo con
el Magisterio de la Iglesia, reconociendo en el Magisterio un don de Cristo a su Iglesia y acoger su
palabra y sus instrucciones con respeto filial.

4. LA TRADICIÓN
La autoridad de Cristo en el NT se distingue de la tradición de los mayores (lavarse las
manos era tradición de los antepasados Mt 15,2), y de toda tradición humana (doctrinas huecas del
mundo Col 2,8), por el hecho de fundarse en la autoridad de Cristo. Cristo habló y obró dando a sus
discípulos una interpretación normativa de las antiguas Escrituras: (Lo que se dijo a sus
antepasados… Mt 5,20ss.
La tradición eclesiástica es únicamente conservadora. Su norma quedó fijada en el NT
“Guarda el depósoto…” (1Tim 6,20; 2Tim 1,12) y este depósito es Cristo en la Tradición apostólica.
- Es fuente de doctrina revelada que contiene la doctrina revelada por Jesucristo y los
Apóstoles a la Iglesia, contiene la palabra de Dios no comprendida en la Escritura, es norma
suprema de fe, nos ha llegado sin cambios, contiene la misma fuerza de verdad que la Escritura
Sagrada.

DV. 8 “Así, pues, la predicación apostólica, que está expuesta de un modo especial en los
libros inspirados, debía conservarse hasta el fin de los tiempos por una sucesión continua. De ahí
que los Apóstoles, comunicando lo que de ellos mismos han recibido, amonestan a los fieles que
conserven las tradiciones que han aprendido o de palabra o por escrito, y que sigan combatiendo por
la fe que se les ha dado una vez para siempre. Ahora bien, lo que enseñaron los Apóstoles encierra
todo lo necesario para que el Pueblo de Dios viva santamente y aumente su fe, y de esta forma la
Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo
que ella es, todo lo que cree. Esta Tradición, que deriva de los Apóstoles, progresa en la Iglesia con
la asistencia del Espíritu Santo: puesto que va creciendo en la comprensión de las cosas y de las
palabras transmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su
corazón y, ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales, ya por el anuncio
de aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad. Es decir,
la Iglesia, en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta
que en ella se cumplan las palabras de Dios.

Las enseñanzas de los Santos Padres testifican la presencia viva de esta tradición, cuyos
tesoros se comunican a la práctica y a la vida de la Iglesia creyente y orante. Por esta Tradición
conoce la Iglesia el Canon íntegro de los libros sagrados, y la misma Sagrada Escritura se va
conociendo en ella más a fondo y se hace incesantemente operativa, y de esta forma, Dios, que
habló en otro tiempo, habla sin intermisión con la Esposa de su amado Hijo; y el Espíritu Santo, por
quien la voz del Evangelio resuena viva en la Iglesia, y por ella en el mundo, va induciendo a los
creyentes en la verdad entera, y hace que la palabra de Cristo habite en ellos abundantemente (cf.
Col., 3,16).

Mutua relación entre la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura


DV. 9 Así, pues, la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y
compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma divina fuente, se funden en cierto modo y
tienden a un mismo fin. Ya que la Sagrada Escritura es la palabra de Dios en cuanto se consigna por
escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la Sagrada Tradición transmite íntegramente a los
sucesores de los Apóstoles la palabra de Dios, a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu
Santo para que, con la luz del Espíritu de la verdad la guarden fielmente, la expongan y la difundan
con su predicación; de donde se sigue que la Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su
certeza acerca de todas las verdades reveladas. Por eso se han de recibir y venerar ambas con un
mismo espíritu de piedad.

-Existe la Tradición que contiene la palabra de Dios no comprendida en la Sagrada Escritura.


”Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os
recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn. 14, 26).
”Cuando venga él, el Espíritu Santo de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no
hablará por su cuenta, sin que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir” (Jn. 16, 13).

-La Tradición es norma suprema de fe.


”Pero gracias a Dios, vosotros, que erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a
aquel modelo de doctrina al que fuisteis entregados, y liberados del pecado, os habéis hechos
esclavos de la justicia” (Rom. 6, 17).
”Os ruego, hermanos, que os guardéis de los que suscitan divisiones y escándalos contra la
doctrina que habéis aprendido; apartaos de ellos, pues esos tales no sirven a nuestro Señor
Jesucristo” (Rom. 16, 17).
”Os alabo porque en todas las cosas os acordáis de mí y conserváis las tradiciones tal como os las
he transmitido” (1 Cor. 11, 2).
”En cuanto a vosotros, lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros. Si permanece
en vosotros lo que habéis oído desde el principio, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en
el Padre, y ésta es la promesa que él mismo os hizo: la vida eterna” (1 Jn. 2, 24-26).

Apostolicidad y proclamación evangélica.-


La Tradición consta manifiestamente por la declaración de los Apóstoles: “Yo transmití a
ustedes lo que yo mismo recibí”. (1Cor 15,3); “Así pues, hermanos, manteneros firmes y conservad
las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta” (2 Tess. 2, 15); “...y
cuanto me has oído en presencia de muchos testigos confíalo a los hombres fieles, que sean
capaces, a su vez, de instruir a otros” (2 Tim. 2, 2). “Aunque tengo mucho que escribiros, prefiero
no hacerlo con papel y tinta, sino que espero ir a veros y hablaros de viva voz...” (2 Jn. 12).

La Constitución DV afirma el origen apostólico de los Evangelios y lo define y describe. El


hecho lo ha sostenido siempre y en todas partes la Iglesia.
Se ha considerado como algo relacionado con la fe. El origen apostólico de los Evangelios
consiste en la predicación previa del evangelio, según el mandato de Cristo. “Cristo Señor, en quien
se consuma la revelación total del Dios sumo, mandó a los Apóstoles que predicaran a todos los
hombres el Evangelio, comunicándoles los dones divinos... Mas para que el Evangelio se
conservara constantemente íntegro y vivo en la Iglesia, los Apóstoles dejaron como sucesores suyos
a los Obispos, "entregándoles su propio cargo del magisterio". Por consiguiente, esta sagrada
tradición y la Sagrada Escritura de ambos Testamentos son como un espejo en que la Iglesia
peregrina en la tierra contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta que le sea concedido el
verbo cara a cara, tal como es (cf. 1 Jn., 3,2). (D.V. 7)
La transmisión “vertical” de la revelación, acabó en la edad apostólica (no precisamente con
la muerte del último apóstol). La transmisión “horizontal” continúa gracias a la apostolicidad de la
Iglesia (D.V. 7).

-La tradición fue mandada por Cristo.


”Id pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y
del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt. 28, 19-20).

-La tradición existió en tiempo de la Ley de Moisés.


”...y para que puedas contar a tu hijo, y al hijo de tu hijo, cómo jugué yo con Egipto y las señales
que realicé entre ellos,...” (Ex. 10, 2).
”Y cuando os pregunten vuestros hijos: ¿Qué representa para vosotros este rito?, responderéis:
«Este es el sacrificio de la Pascua de Yahvéh,..» (Ex. 12, 26).
”No vayas a olvidarte de estas cosas que tus ojos han visto, ni dejes que se aparten de tu corazón
en todos los días de tu vida; enséñaselas, por el contrario a tus hijos y a los hijos de tus hijos “(Dt.
4, 9).
”Cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: «¿Qué son estos dictámenes, estos preceptos y estas
normas que Yahvéh nuestro Dios os ha prescrito?», dirás a tu hijo: «Éramos esclavos de Faraón en
Egipto, y Yahvéh nos sacó de Egipto con mano fuerte...» (Dt. 6, 20).

-La Tradición ha llegado hasta nosotros sin cambios ningunos.


”Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y
del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy
con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 19-20).
Aclaración. La inmutabilidad de la Tradición es efecto de la perenne asistencia.

-La Tradición tiene la misma fuerza de verdad que la misma Sagrada Escritura.
”Conserva el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros” (2 Tim. 1, 13-14).
”Tú, pues, hijo mío, mantente fuerte en la gracia de Cristo Jesús; y cuanto me has oído en
presencia de muchos testigos confíalo a los hombres fieles, que sean capaces, a su vez, de instruir a
otros” (2 Tim. 2, 1).
Aclaración. Se deduce claramente que las cosas oídas por tradición oral constituyen objeto de fe
igualmente que las Escrituras.

ELEMENTOS QUE FORMAN EL FENÓMENO DE LA TRADICIÓN


1. El proceso de la transmisión (actus tradendi)
2. El contenido que se transmite (Traditum o traditio objectiva)
3. Sujetos de la Tradición (tradentes o traditio subjetiva)
El Vaticano II ha propuesto una enseñanza renovada sobre la Tradición. Presenta más bien la
Tradición a la luz de categorías personalistas, recuperando así la persona de Jesucristo como fuente
y sujeto de Tradición, ya que él a su vez transmite lo que ha recibido del Padre. Se le presenta
como un don que es participado y que, por tanto, tiene que permanecer íntegro para siempre, de
todas formas se inserta en un proceso histórico que garantiza su progreso.

ELEMENTOS:
- Antiguo Testamento. Basta leer a los textos rabinos para darse cuenta que ellos ya en la
interpretación de la Escritura utilizan elementos de la tradición oral. Basta leer de cerca la
traducción de los Setenta que es citada por Jesús y los Apóstoles. Es una "interpretación" del texto
original hebreo. Por eso varios reformadores rechazaron de plano a los LXX y tienen un problema
serio en explicar porque el NT los cita.
- Nuevo Testamento. Es el instrumento más importante de la Tradición porque da una
interpretación cristológica del AT, es decir, sólo en Cristo se entiende el AT y sus tradiciones. Pero
al comienzo fue pura tradición oral. Pero hay algo más. La Tradición oral significa al mismo tiempo
el NT es presencia actuante del Señor aquí y ahora ("El Señor es Espíritu" 2, Cor3, 17).
El Señor que es la Palabra sigue actuando en la historia de la Iglesia y de cada creyente pero
siempre en relación con el hecho fundacional de la Encarnación, Vida, Pasión y Muerte,
Resurrección y Ascensión a los cielos desde donde vendrá a juzgar a vivos y muertos. El testimonio
de la revelación salvadora fue confirmado por la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés.
- Sucesión apostólica. No es la conservación de las verdades secretas no escritas (gnosis). La forma
primaria de la Palabra es una presencia personal. ¿Cómo? En la figura del Testigo que no es
autónomo sino depende totalmente de lo que atestigua. No puede añadir y quitar nada. Así la
Tradición es fundamentalmente testimonio fiel a través de los tiempos de una misma Palabra
verdadera desde siempre y ahora actuante en ese momento histórico. Por eso hay una permanente
tensión entre guardar la Palabra y hacerla actual en fidelidad. En esta línea se inscribe el magisterio
del Papa, de los obispos y del sensus fidelium de la Iglesia en general. La jerarquía tiene la misión
especial de ser testigo auténtico y autorizado a través de todos los tiempos. Esto no excluye que
haya habido testigos moralmente defectuosos.

- Regula Fidei o Symbolum. Se trata del canon de lo transmitido. La Escritura ha de interpretarse a


partir de la regula fidei, es decir, la Iglesia autoritativamente ha explicado la Escritura y la Tradición
(Vea el Concilio de los Apóstoles en Hechos 15 "Ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros"). Esto
mantiene intacto el principio "Scriptura sui ipsius interpres – la Escritura se interpreta a sí misma"
porque la regula fidei Ha sido sacada de ella. Sin embargo la Escritura no puede actuar sino en la fe
de la Iglesia (Compare lo de San Agustín "de scripturarum plenioribius locis et ecclesiae autoritate –
(la interpretación se hace) a partir de pasajes más claros y a partir de la autoridad de la Iglesia" de
doctr. Christ. III 2, 2). Esto no significa que la Iglesia está encima de la Escritura. La Iglesia ha sido
vehículo de la revelación desde el comienzo porque fue ella que la transmitió, fue ella que la plasmó
en la Escritura, es ella que explica su aplicación.

- La Liturgia es la transmisión más vital y más eficaz de la Tradición. Los catecúmenos al ser
introducidos a la fe recibieron la Escritura interpretada con autoridad y el testimonio de fe en medio
de la comunidad cristiana. Así hicieron su profesión de fe e iniciaron su vida de cristiano (vea
"legem credendi lex statuat supplicandi – la manera de creer establece la manera de orar" Próspero
de Aquitania; vea: "lex orandi lex credendi – lo que se ora se cree"). Pienso que al abandonar la
liturgia Lutero perdió en mucho la brújula de la fe. Es el caso típico cuando se ha malogrado un
instrumento irremplazable. Cuando tira en lugar de repararlo lo tiran ya no hay manera de servirse
de el.

- La presencia operante del Espíritu Santo es parte esencial de Tradición. Desde los primeros
Concilios Ecuménicos los Padres miembros afirman la convicción que no son ellos que hablan sino
el Espíritu Santo. Esta realidad asegura que es la misma doctrina de siempre, querida por Dios,
aunque dicha en una manera adaptada a su tiempo.

La Tradición es, por tanto, algo sumamente rico en elementos que nunca podrá ser
alcanzada por una mera interpretación de Escritura sola. Es la misma vida de la Iglesia en respuesta
a la revelación por una parte y los retos históricos de cada momento por otra. Para decirlo de otra
manera: la Tradición no es nada más ni nada menos la expresión viva e inequívoca de la fe de la
Iglesia fielmente guardada, vívida e interpretada a través de todos los tiempos que ofrece al hombre
la plenitud de la salvación.
5. FUNCIÓN DEL MAGISTERIO EN LA TRANSMISIÓN DE LA REVELACIÓN

Relación de una y otra con toda la Iglesia y con el Magisterio


El primer testimonio de la Tradición es el Magisterio de la Iglesia, luego, los Padres, la
praxis litúrgica, el consensum fidei y de los teólogos.
El oficio de interpretar la Palabra de Dios, escrita o transmitida, está confiado al Magisterio
de la Iglesia, el cual no es superior a la Palabra de Dios sino que sirve a ésta, enseñando sólo lo
transmitido. El Magisterio de la Iglesia está formado por el Romano Pontífice y los Obispos en
cuanto legítimos sucesores de los Apóstoles.

DV. 10 La Sagrada Tradición, pues, y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito


sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia; fiel a este depósito todo el pueblo santo, unido
con sus pastores en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, persevera constantemente en la
fracción del pan y en la oración (cf. Act., 8,42), de suerte que prelados y fieles colaboran
estrechamente en la conservación, en el ejercicio y en la profesión de la fe recibida.

Pero el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido


confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de
Jesucristo. Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve,
enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu
Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito
de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer. Es evidente,
por tanto, que la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el
designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el
uno sin el otro, y que, juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen
eficazmente a la salvación de las almas.

Transmisión de la Revelación a través de la Iglesia.


La plenitud de la R. en Jesucristo, se nos hace presente en la Iglesia y a través de ella.
Jesucristo es el misterio central que la Iglesia anuncia. La presencia de Jesús en la Iglesia, lo llena
todo.
El CVII, enseña que "la Iglesia es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la
íntima unión con y de la unidad de todo el género humano" (DV 10). Y son, por tanto, funciones de
la Iglesia:
a) guardar el depósito de fe: El Espíritu Santo asiste permanentemente a la Iglesia, no para
revelarse -la revelación pública, está completa después de la muerte del último apóstol-, sino para
que conserve intacta la fe apostólica hasta el fin de los tiempos.
b) Definir con autoridad y sin error, su sentido correcto: "fideliter custodire et infallibiliter
declarare" (CVI). Para ello, la Iglesia ha sido dotada por Dios de un carisma o poder de
discernimiento, que le permite formular la fe revelada sin equivocarse (infalibilidad).

6. LAS DEFINICIONES DE FE DE LA IGLESIA


Junto a la Sagrada Escritura y la Tradición, el criterio próximo para nuestra fe es la Iglesia
que lo propone como divinamente revelado. Aunque su proposición no forma parte del motivo
fundamental de la fe, es una condición imprescindible para que el asentimiento de nuestra
inteligencia sea acto de fe divina. Y esto se explica porque el testimonio de Dios no podemos
conocerlo con certeza por la luz profética (que iluminó tan sólo a los profetas y evangelistas), o por
la proposición infalible de la Iglesia, quien, en virtud de la asistencia especialísima del Espíritu
Santo, no se puede equivocar.

La definición infalible de que habla el Concilio vaticano I es la forma más clara y explícita
de proponer a los fieles las verdades de la fe. Tienen lugar cuando el Papa define ex cátedra algún
dogma de fe o lo declara expresamente el concilio ecuménico presidido por el Papa (D 3074) (LG
25). Esta infalibilidad que el Divino Redentor quiso que tuviera su Iglesia cuando define la doctrina
de fe y de costumbres, se extiende a todo cuanto abarca el depósito de la divina Revelación
entregado para la fiel custodia y exposición. Esta infalibilidad compete al Romano Pontífice,
Cabeza del Colegio Episcopal, en razón de su oficio, cuando proclama como definitiva la doctrina
de fe o de costumbres en su calidad de supremo pastor y maestro de todos los fieles a quienes ha de
confirmarlos en la fe (cf. Lc., 22,32).
Por lo cual, con razón se dice que sus definiciones por sí y no por el consentimiento de la
Iglesia son irreformables, puesto que han sido proclamadas bajo la asistencia del Espíritu Santo
prometida a él en San Pedro, y así no necesitan de ninguna aprobación de otros ni admiten tampoco
la apelación a ningún otro tribunal. Porque en esos casos el Romano Pontífice no da una sentencia
como persona privada, sino que en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien
singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la
doctrina de la fe católica.

El magisterio ordinario y universal es la otra forma con que la Iglesia propone a los fieles
las verdades que se han de creer con la fe sobrenatural. Consiste en la enseñanza unánime de una
determinada doctrina por el Papa y los obispos del mundo entero. Es imposible que esta enseñanza
común de toda la Iglesia docente pueda contener algún error en virtud de la asistencia especial del
Espíritu Santo, que no puede permitir que la Iglesia entera se equivoque en las verdades relativas a
la fe o a las costumbres.
La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el cuerpo de los Obispos cuando
ejercen el supremo magisterio juntamente con el sucesor de Pedro. Los Obispos, cuando enseñan
en comunión por el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como los testigos de la
verdad divina y católica; los fieles, por su parte tienen obligación de aceptar y adherirse con
religiosa sumisión del espíritu al parecer de su Obispo en materias de fe y de costumbres cuando él
la expone en nombre de Cristo.
Esta religiosa sumisión de la voluntad y del entendimiento de modo particular se debe al
magisterio auténtico del Romano Pontífice, aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se
reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se adhiera al parecer expresado
por él según el deseo que haya manifestado él mismo, como puede descubrirse ya sea por la índole
del documento, ya sea por la insistencia con que repite una misma doctrina, ya sea también por las
fórmulas empleadas.

7. EL DOGMA
Concepto: Entendemos por dogma una verdad directamente (formalmente) revelada por Dios y
propuesta como tal por la Iglesia para ser creída por los fieles.

El dogma comprende:
La inmediata revelación por parte de Dios, bien sea expresamente o implícitamente, y debe
hallarse contenida, por tanto, en las fuentes de la Revelación: Sagrada Escritura o tradición.
- Que haya sido propuesto por el magisterio eclesiástico. Tal proposición no sólo incluye la
notificación de una doctrina de fe, sino al mismo tiempo la obligación de creer esa verdad
propuesta. Esto puede hacerlo la Iglesia bien de forma extraordinaria por una solemne definición
del Papa o de un concilio universal, o por el magisterio ordinario y universal de toda la Iglesia.
El Concilio Vaticano proclamó que era herético aplicar la idea de evolución, entendida de
esta forma a los dogmas (D 1818). Pío XII condenó en la encíclica Humani Géneris (1950 D 3011),
el relativismo dogmático, que exige que los dogmas se expresen en conceptos tomados de la
filosofía predominante en cada época y que sigan también el curso de la evolución filosófica:
“Semejante teoría convierte al dogma en una caña agitada por los vientos” (HG D 3012).
La razón de la inmutabilidad del dogma reside en el origen divino de la verdad que él
expresa. La verdad divina es inmutable lo mismo que Dios: la verdad de Yahvé dura eternamente;
“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mc 13,31).

- En cuanto al aspecto material del dogma, es decir, en la comunicación de las verdades


reveladas a la humanidad, ha habido, sin duda, un incremento sustancial, hasta que la revelación
alcanzó su punto culminante y su perfección definitiva en Cristo (Hb 1,1s). “Moisés recibió
mayores revelaciones que Abraham, más los profetas, y mucho más los apóstoles” (Gregorio
Magno).
Pío X condenó la siguiente proposición: “La revelación, que constituye el objeto de la fe
católica, no quedó terminada con los apóstoles”. (D 2021; DV 4).
En efecto, Cristo se consideraba a sí mismo como la consumación de la Ley del AT (Mt
5,17; 5,21ss). Y como el Maestro absoluto de toda la humanidad (Mt 23,10). Los apóstoles ven
llegada en Cristo la plenitud de los tiempos (Gal 4,4) y consideran deber suyo conservar íntegro el
depósito de la fe que Cristo les ha confiado (1Tim 6,14; 6,20; 2Tim 1,14; 2,2; 3,14). Los santos
padres rechazan toda pretensión de los gnósticos de aumentar doctrinas esotéricas. Pues la doctrina
de los apóstoles contiene toda la revelación, conservándose esta doctrina en toda su pureza, gracias
a la ininterrumpida sucesión de los obispos.

- Respecto a la forma del dogma, es decir del conocimiento y proposición por la Iglesia de
las verdades reveladas, y de la pública fe de las mismas, sí que ha habido progreso (evolución
accidental del dogma), debido a que habían verdades que sólo se conocían implícitamente; para más
clara inteligencia por parte de todos y para evitar los equívocos y falsas interpretaciones, las
verdades antiguas, creídas desde siempre, se proponen por medio de nuevos y bien precisos
conceptos (ej. Unión hipostática, transubstanciación).

La evolución del dogma en el sentido indicado va precedida de una labor científica


teológica, y prácticamente enseñada por el magisterio ordinario de la Iglesia con la asistencia del
Espíritu Santo.

El Catecismo de la Iglesia Católica dice:

Nr. 88. El Magisterio de la Iglesia ejerce plenamente la autoridad que tiene de Cristo cuando define
dogmas, es decir, cuando propone, de una forma que obliga al pueblo cristiano a una adhesión
irrevocable de fe, verdades contenidas en la Revelación divina o verdades que tienen con éstas un
vínculo necesario.

Nr. 89 Existe un vínculo orgánico entre nuestra vida espiritual y los dogmas. Los dogmas son luces
en el camino de nuestra fe, lo iluminan y lo hacen seguro. De modo inverso, si nuestra vida es recta,
nuestra inteligencia y nuestro corazón estarán abiertos para acoger la luz de los dogmas de la fe (cf.
Jn 8, 31-32).

Nr. 90 Los vínculos mutuos y la coherencia de los dogmas pueden ser hallados en el conjunto de la
Revelación del Misterio de Cristo (cf Cc. Vaticano I: DS 3016: nexus mysteriorum; LG 25). Existe
un orden o jerarquía de las verdades de la doctrina católica, puesto que es diversa su conexión con
el fundamento de la fe cristiana (UR 11).

8. EL ACTO DE FE COMO RESPUESTA A LA REVELACIÓN

Nr. 142 Por su revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigo, movido por su gran
amor y mora con ellos para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía (DV
2). La respuesta adecuada a esta invitación es la fe.
Nr. 143 Por la fe, el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. Con todo
su ser, el hombre da su asentimiento a Dios que revela (cf DV 5). La Sagrada Escritura llama
obediencia de la fe a esta respuesta del hombre a Dios que revela (cf Rm 1, 5; 16, 26).

Nr. 144 Obedecer (ob-audire ) en la fe, es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su
verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo que
nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma.
Abraham, el padre de todos los creyentes.

Nr. 145 La carta a los Hebreos, en el gran elogio de la fe de los antepasados, insiste particularmente
en la fe de Abraham: Por la fe, Abraham obedeció y salió para el lugar que había de recibir en
herencia, y salió sin saber a dónde iba (Hb 11, 8; cf Gn 12, 1-4). Por la fe, vivió como extranjero y
peregrino en la Tierra prometida (cf Gn 23, 4). Por la fe, a Sara se otorgó el concebir al hijo de la
promesa. Por la fe, finalmente, Abraham ofreció a su hijo único en sacrificio (cf Hb 11, 17).

Nr. 146 Abraham realiza así la definición de la fe dada por la carta a los Hebreos: La fe es garantía
de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven (Hb 11, 1). Creyó Abraham en Dios y
le fue reputado como justicia (Rm 4, 3; cf Gn 15, 6). Gracias a esta fe poderosa (Rm 4, 20),
Abraham vino a ser el padre de todos los creyentes (Rm 4, 11.18; cf Gn 15, 5).
“…No alcanza la salvación, aunque esté incorporado a la Iglesia, quien no perseverando
en la caridad permanece en el seno de la Iglesia "en cuerpo", pero no "en corazón". (LG 14); El
que crea y sea bautizado se salvará, el que no crea se condenará (Mc 16,15-16).
La fe es algo sobrenatural: un don de Dios que hay que ganarse; es oscura, aunque hay
abundantes motivos de credibilidad y, además, la fe es libre, puesto que las verdades no son
evidentes en sí mismas, tal como aparecen a nuestro espíritu, no arrastran necesariamente al
entendimiento; sin embargo los motivos de credibilidad (vaticinios de los profetas, santidad de la
doctrina, milagros estupendos realizados en confirmación de esta doctrina, etc.), que constan con
toda certeza, hacen a las verdades de fe dignas de crédito. De esta manera se salvan a la vez la
oscuridad de la fe, su firmeza inquebrantable, su libertad y su mérito sobrenatural ante Dios.