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Primera edición: octubre del 2016

© Jose Acevedo
© Ediciones Carena
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08014 Barcelona
Tel. 934 310 283
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Diseño cubierta: Blagovesta Slaveykova


Maquetación: Myriam La Spina
Ilustraciones de portada y de interior: Gonzalo Seis
Corrección: Domènec Casals
ISBN: 978-84-16418-94-7
Depósito legal: B 21610-2016

Bajo las sanciones establecidas por las leyes, quedan rigurosamente prohibi-
das, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción
total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o
electrónico, actual o futuro —incluyendo las fotocopias y la difusión a través
de Internet— y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler
o préstamo público.
Metamorfosis
y otros relatos
(49+1 sombras)

Jose Acevedo
Para mis padres.
Nosotros los extraterrestres nos conocemos
aunque nos vistamos de torero.

José de los Camarones


NOTA DEL AUTOR

Vivimos en sociedades cubiertas por


las sombras. No cuarenta y nueve, ni si-
quiera cuarenta y nueve más una, sino un
número indeterminado de ellas, provo-
cadas, la mayor parte, por los pecados y
por la ignorancia de sus pobladores.
Inocentes que sufren y padecen, me-
recen, como iguales que son, que una
metamorfosis caiga sobre dichas realida-
des a modo de juicio final, y limpie sus
calles de la vergüenza humana que las
gobiernan.
Espero que estas páginas sirvan a sus
lectores, de alguna forma, para atenuar
sus sufrimientos, así como para insuflar-
les valor suficiente para ver con nitidez
el camino de la justicia y de la esperanza.
Índice

Prólogo. O no... 15

1. Metamorfosis 21
2. La chica del árbol 57
3. Lucía 61
4. Abrazo 65
5. Pérdida de identidad 69
6. Despedida 77
7. Sin arrepentimiento 81
8. Encuentro 83
9. Imaginación 89
10. Su olvido era su destino 95
11. La cita 111
12. Lo que es la vida 119
13. Sin arrepentimiento. Variaciones 1 131
14. Sonámbulos 135
15. Lucía ii 139
16. Descanse en paz 143
17. Juntos 149
18. Juventud 153
19. El camino de los elefantes 161
20. La chica de la bicicleta 171
21. Sin arrepentimiento. Variaciones 2 177
22. Las propiedades del amor 181
23. Vísperas y otras noches 185
24. Un mundo llamado Poesía 203
25. Libertad 211
26. Monólogo 223
27. Inspiración 239
28. Perdidos de la mano 245
29. Cuestión de supervivencia 249
30. Soledades 267
31. Sentimiento de libertad 275
32. Pégame, pero con cariño, que duele 281
33. Promesa 285
34. Un instante de vida 295
35. Un día volverás a sonreír 303
36. Una nueva historia 309
37. La inocencia perdida 317
38. La chica del metro 325
39. Vivimos más tranquilas 341
40. Sin nada 351
41. Los sueños, sueños son 359
42. Respirando normalidad 371
43. Transferencias de sueños 383
44. Escribiendo versos 395
45. Metamorfosis ii 409
46. Invisible 421
47. Nunca más se supo 437
48. La curiosidad mató al gato 447
49. Hasta mañana, Elena 469
Prólogo

O no...

Carlos, Eva, Lucía, Julia... Personajes de ficción, acaso reales,


que se metamorfosean en medio de una realidad inventada, o
no. Sombras que deambulan entre sí y que a la vez son cua-
renta y nueve... más una. Reflejos entrelazados en una visión
paralela que Jose Acevedo desgrana magistralmente a la vez
que nos traslada a un mundo posible e imposible de fantasías
oníricas... o no.
Los personajes de este libro navegan a la deriva de una in-
comunicación agravada en parte con la dificultad de alcanzar
una identidad inaccesible para una gran mayoría de mortales.
Es por ello que sobreviven en un mundo acaso oscuro, oculto
quizá, pesimista a ratos. Un mundo paralelo que les impide
ahondar en las monótonas existencias de quienes les rodean.
Consecuencia de todo ello es el trinomio amor-sexo-pasión
del que se impregna cada página de este libro. Una tabla de
salvación ante un mundo hostil que les ahoga y aquieta. Un
mundo donde conviven asexuados seres humanos cargados
de emociones encontradas. Que mutan constantemente en un
sempiterno juego de ensoñaciones. Que muestran curiosidad
ante la muerte y lo que pueda haber, o no, después del sueño
eterno.
No es la primera vez que Jose Acevedo osa adentrarse en
este universo onírico en el que se desenvuelve a la perfección.
Y tampoco sería la primera vez que niega vehementemente el
pretendido carácter pornográfico con el que algunos preten-
16 Jose Acevedo

den catalogar a su obra. Ahora bien, reconoce abiertamente


que es un provocador nato en el sentido más amplio del térmi-
no; una peculiaridad que lo diferencia de los demás escritores
al uso, a la vez que lo encumbra a un Olimpo literario al que
pocos elegidos han sido llamados.
Probablemente Carlos, Eva, Lucía, Pablo, Arabella, Julia,
Cristina o los demás personajes que sobreviven en este libro
escaparon hace tiempo de la imaginación de Jose Acevedo y
viven su íntima realidad en otro lugar, en otro espacio paralelo
entre Cádiz y Sevilla, entre Zahora y La Victoria, ajenos a la
imaginación de su autor... o no. Viviendo el aquí y el ahora,
haciendo del Carpe Diem su credo y su religión, dilatando un
tiempo que se les antoja finito. Porque son conscientes de que
todo puede cambiar en un instante.

El tiempo pasa, porque lo hace inexorablemente para


todos. Porque las copas se van vaciando y volviendo a
llenar.

Y es precisamente ese carácter efímero de su inexistencia


física el que les ampara y les lleva a adentrarse en un universo
propio únicamente visible a través del resquicio que nos abre
el que puede ser, o quizás no, su álter ego en este mundo tan
real como nosotros queramos.
No lean este libro si pretenden imbuirse en una serie de
relatos fáciles, entendibles y descifrables. No lean este libro
si procuran evadirse de una realidad que les aprieta y ahoga y
para corregirla persiguen historias hiladas de presentaciones,
nudos y desenlaces previsibles.
No lean este libro si no tienen la mente abierta a nuevos
mundos y nuevas realidades. Sería absurdo y perderían el tiem-
po.
Metamorfosis y otros relatos 17

Léanlo si son osados y desean martillear su mente con his-


torias imposibles pero mucho más reales de lo que creen, o no.
Léanlo si buscan en un libro algo más que literatura y si son
de los que piensan que la lectura es un ejercicio con infinidad
de prismas y conceptos.
Reconozco que leer a Jose Acevedo no es fácil. Nada fácil.
Habrá momentos en los que elevarán la vista del libro, cerra-
rán los ojos y tratarán de ordenar su mente en busca de expli-
caciones imposibles. Es un ejercicio equiparable a ordenar un
gigantesco puzle de piezas imperfectas. Pero al poco, a medida
que los fragmentos vayan tomando cuerpo en un hilado ritual
que se repite en cada publicación de este autor, les aseguro que
retomarán la lectura en el mismo lugar donde el marcapáginas
reposó paciente su monótono devenir con la sana intención
de devorar con inusitada ansia unas páginas regadas de epíte-
tos, adjetivos, apelativos y calificativos interminables. Y será
entonces cuando la certeza les arme de valor, cuando se en-
gancharán inexorablemente a una historia que puede que les
sea ajena... o no.
Jose Acevedo juega con la ambigüedad, con la tortura pro-
pia de un “abandonado doméstico”. Se mueve como pez en
el agua en este universo que él mismo ha creado. Su precla-
ra inteligencia emocional y su heterodoxa forma de entender
y plasmar la escritura le convierte en uno de los referentes
más destacados de un tipo de literatura que todos necesitamos
leer... aunque no lo sepamos aún, aunque no seamos cons-
cientes de ello. Una literatura capaz de remover los pilares del
conformismo y la complacencia.
Schopenhauer aconsejaba que, para no exponernos al azar,
solo leyéramos los libros que ya hubieran cumplido cien años.
Afortunadamente no siempre he sido fiel a ese cauteloso dic-
tamen y por ello les invito con fruición a adentrarse en las
18 Jose Acevedo

vidas de unos personajes colmados de problemas y traumas...


Nada que no veamos en la propia existencia que nos rodea...,
o no.

Esteban Fernández, periodista


Metamorfosis

Carlos se desveló de su profundo sueño como consecuencia


del malestar que recorría todo su cuerpo. Intentó no hacerle
demasiado caso y seguir durmiendo, pero unos sudores fríos
y un fuerte dolor de vientre se lo impedían. Como si algo le
hubiera sentado mal en la cena, como si estuviera incubando
un virus. Lo evidente eran aquellos dolores en el bajo vientre,
acompañados de mareos y náuseas.
Casi que no tuvo más remedio que levantarse, sin llegar
a encender la luz del dormitorio, e ir al cuarto de baño
completamente a oscuras. Cuando levantó la tapadera del
váter y consiguió sentarse no sin dificultad, sintió como si algo
le cayera por la pierna, un líquido viscoso al tacto. Fue cuando
se asustó y le dio por darle al interruptor. Entonces vio que a
lo largo de sus piernas chorreaba un hilo de sangre, que aquel
líquido pegajoso salía de su propio cuerpo por un órgano sexual
que hasta ayer mismo era otro, y comprobó que su pene y sus
testículos se habían transformado en una vulva, sin entender ni
el cómo ni el porqué. El cuándo era evidente, de la noche a la
mañana, de la misma forma que era incuestionable el sentido
de aquella sangre deslizándose a lo largo de su pierna.
Pero su sorpresa no quedó ahí, tras percatarse del resto
de su cuerpo delante del espejo, aquellos pechos tan bien
proporcionados que habían florecido de la nada mientras
dormía, aquel rostro metamorfoseado también en unas bonitas
facciones femeninas.
22 Jose Acevedo

Allí se quedó, delante del espejo, sin saber si gritar, si llorar,


si sonreír o, simplemente, si cortarse las venas al imaginar
las consecuencias de aquella transformación experimentada
por su cuerpo. Carlos, treinta y siete años, recién divorciado,
agente de seguros y con una hija de diez años a la que adoraba;
convertido de repente en mujer, y sin tener que pasar por el
quirófano.
Intentó sobrellevar el asunto con un toque de normalidad
dentro de aquella rareza, mientras pensaba en el mañana. En
cómo afrontar la nueva vida que tenía por delante dentro de la
vida que tenía por detrás.
Lo primero que se le ocurrió fue darse una ducha. Después,
buscar una toalla pequeña que taponara aquella sangría,
uniéndola a su cuerpo como pudo, con un poco de celo como
solución de urgencia. Pasó las horas siguientes que le quedaban
hasta el amanecer buscando explicaciones coherentes, que no
llegó a encontrar; también soluciones, con las que poder dar
respuesta a sus nuevas necesidades.
En principio, pensó en llamar a la oficina, a eso de las 9:00,
decirles que no se encontraba bien, que había cogido cita con
el médico ese mismo día, que ya les mantendría al corriente.
Después, tendría que comprar algo de ropa, tras darse cuenta
de que sus camisas resultaban totalmente inapropiadas para dar
cobijo a aquel nuevo volumen que había adquirido su cuerpo.
Respecto de Lucía, su hija de diez años, ya vería qué hacer,
posiblemente tuviera que hablar antes con su madre, pedirle
consejo mientras la nueva situación se fuese normalizando,
dentro de lo que cabe, claro.
Hizo lo que había ideado durante aquella madrugada.
Carlos llamó a la oficina, cogió cita después en el centro de
salud para las 15:00. El resto de la mañana la aprovechó para
irse de compras.
Metamorfosis y otros relatos 23

No tuvo más remedio que cambiar sus tiendas habituales


por otras, que acostumbrarse a ciertas cosas que hasta ayer
mismo resultaban impensables. Lo primero que tuvo que
hacer fue bajar al supermercado de la esquina para comprar
un paquete de compresas, sin llegar a valorar aquel lenguaje
tan desconocido para su diccionario cotidiano –normal,
súper, superplus, con alas, sin alas–. Las primeras que cogió,
descartando por completo lo del támpax. Tendría que madurar
un poco en su mentalidad femenina antes de poder introducir
un artilugio como aquel en su recién estrenado órgano
femenino, pensó.
Después se adentró en el mundo de los centros comerciales,
y en la tienda de lencería de una marca conocida le llegó el
momento del lenguaje de los sujetadores. Eso de la talla tenía
un pase, pero lo de la copa le sonaba a chino. Así que cogió
varias tallas diferentes, se encaminó con todas las prendas hasta
el probador, y se las fue probando una a una hasta dar con la
suya. Allí, delante del espejo, se sentía extraño toqueteando sus
tetas, ocultándolas bajo aquellos encajes, recordando como,
hasta hacía pocos meses, contemplaba aquella operación
desde fuera con admiración, con erotismo, viendo cómo Julia,
su mujer, se probaba un sujetador detrás de otro hasta dar
con el que mejor le sentaba, más le marcaba el busto, más le
apetecía lucir. En cambio, él se sentía aquella mañana como un
transexual tras una reciente intervención de cambio de sexo,
salvo que sus pechos lucían con más naturalidad, con más
sinceridad, con más franqueza y, además, por sorpresa. Tras
varios intentos y numerosos sobeos, llegó a la conclusión de
que su talla era una 95B, sin saber demasiado bien qué podría
significar aquello.
A continuación le tocó seleccionar las prendas de abajo,
operación que le resultó mucho más sencilla. Todo conjuntando,
24 Jose Acevedo

en varias tonalidades, dependiendo de para qué momentos


del día, de la noche. Algo había aprendido tras varios años de
convivencia con Julia.
También tuvo que ir acostumbrándose al tratamiento que
recibía en las tiendas. “Buenos días, señora, ¿puedo ayudarla
en algo?”, o a las miradas descaradas de los tíos a su paso, que
al principio no le hacían ninguna gracia, pero a las que tendría
que ir habituándose, aunque solo fuera para no deteriorar aún
más su frágil salud mental. Más de una vez tuvo la tentación
de decirle a alguno algún disparate merecido, del tipo “Pero, so
maricón, ¿no te das cuenta de que soy un tío?”. Pero no lo hizo,
y en esos momentos llegó a entender al sexo femenino, porque
aun siendo consciente de que su cabeza seguía pensando como
un hombre, que su nombre seguía siendo Carlos, hasta que no
resolviera ciertos problemas legales, a los ojos de todos, incluso
a los suyos delante del espejo, su cuerpo era por completo el
de mujer; además, el de una mujer de buen ver.
Después de la ropa interior, se adentró en los probadores
de varias tiendas de moda, sin saber a ciencia cierta en qué
tenía que fijarse. Bueno, sí, era evidente que necesitaba un
vestuario completo para su nuevo cuerpo, pero no dejaba de
interrogarse mentalmente sobre qué tipo de mujer pretendía
ser él, qué estilo debía tener. Tras tantas preguntas y dudas
existenciales eligió un poco de todo, sin dejar de posar mil
veces ante los espejos de los probadores. Ropa de diario, ropa
para ir al trabajo, ropa para salir de noche, ropa para momentos
especiales. Era el mismo discurso que recordaba de Julia.
En esa vorágine le sonó el teléfono. Precisamente era ella.
Aún dudando de si aquel era el momento adecuado o no, le
cogió la llamada, y sobre la marcha decidió que era la ocasión
de sincerarse y pedir ayuda, por qué no.
–Dime, Julia.
Metamorfosis y otros relatos 25

–¿Te pasa algo, Carlos? Te noto un poco extraña la voz.


–Si yo te contara.
–Dime.
–Mejor no decirte nada. ¿Podemos quedar?
–¿Es urgente?
–No sé realmente si lo es o no, pero creo que sí, Julia.
–¿No estarás enfermo?
–No sé cómo explicártelo. Por eso te digo que mejor vernos,
y después ya valorarás si estoy enfermo o se trata de otra cosa.
–Me estás asustando, Carlos.
–No es para tanto, digo yo. O sí. No lo sé.
–¿Dónde estás ahora, Carlos?
–¿Ahora mismo? En el Zara del centro comercial.
–Pues no debe de ser tan grave cuando te has ido de compras,
en vez de ir a trabajar.
–Comprueba la gravedad por ti misma, y después opinas.
–Venga, Carlos. Voy para allá.
–Espera. Quedamos en medida hora en la cafetería del
centro comercial, la que hay a la entrada.
–Como quieras, Carlos.
–Pero, por favor, Julia, no te asustes cuando me veas. Soy yo,
la misma persona que estuvo casada contigo.
–Joder, Carlos. ¿De qué me estás hablando?
–Solo te estoy advirtiendo. Ve haciéndote a la idea de que las
cosas no son lo que eran.
–¿Pero a la idea de qué, Carlos?
–Ven y lo verás por ti misma, Julia.
–Bueno, ya veré, como tú dices... Pero qué complicado eres,
tío. Ahora nos vemos.
–Hasta ahora, Julia.
Carlos no sabía a ciencia cierta de si el timbre de su voz había
cambiado también o era el mismo; de lo que no le quedaba
26 Jose Acevedo

ninguna duda era que Julia no le reconocería cuando le viera.


Así que dejó todas las prendas que había cogido en su sitio,
salió de la tienda y se encaminó hacia la cafetería a esperar que
llegara. Después, ya vería qué hacía.
Vio aproximarse a Julia por delante de la terraza de la
cafetería; evidentemente, ella no se percató de su presencia.
Pasó de largo, regresó al mismo punto, volvió a pasar de largo,
miró para todas partes, esperó un instante pensativa; antes de
verle, le vio coger el teléfono para llamarle.
–¿Dónde estás, Carlos? Estoy en la puerta de la cafetería y
no estás.
–Aunque te parezca mentira, estoy frente a ti.
Ver su rostro girarse, fijarse en aquella mujer de treinta y
siete años, con media melena de color oscuro, con aquellos
vaqueros y con aquella camiseta un tanto amplia, con aquellas
deportivas rojas, haciéndole un gesto de saludo con la mano,
una indicación con el dedo, como llamándola ante el rostro de
sorpresa de Julia.
–¿Carlos?
–Calla, no hables tan fuerte, mujer. No es necesario que
todo el mundo se entere.
Aproximarse sin siquiera saludarle, sin acaso saber cómo
hacerlo, viendo como él se incorporaba de su asiento y le daba
dos besos en las mejillas, sin dejar de perder su sonrisa ante el
gesto de incredulidad, de asombro, por parte de Julia.
–¿Qué broma es esta, Carlos?
–No es ninguna broma. Siéntate y te explico.
–Joder, tío, ¿qué te has hecho?
–Hacerme..., yo precisamente, nada...
–No me engañes, Carlos. No puedo imaginarme que nuestra
separación te haya podido afectar tanto.
–No es eso, Julia. Déjame que te explique.
Metamorfosis y otros relatos 27

–No es que quiera pedirte explicaciones, pero como podrás


comprender...
–La misma sorpresa me llevé esta mañana al levantarme.
Explicarle después, sin perder el tono jovial que estaba
utilizando, todo lo que había experimentado su cuerpo en las
últimas horas, y sin entender el porqué.
–Joder, tío, no me lo puedo creer.
–¿Te crees que yo sí?, ¿que cuando vi mi cuerpo delante del
espejo pensé: “Qué bien, y sin necesidad de operación”?
–No te burles de esto, Carlos.
–No me estoy burlando de nada, Julia. Solo intento asimilarlo.
–¿Qué vas a hacer ahora?
–Llevo toda la noche pensando en las consecuencias. Más
bien, en saber afrontar mi vida con esta nueva imagen. Lo
primero que he hecho ha sido llamar al trabajo, decirles que
me encuentro mal. Después, he cogido cita en el médico.
Después, no sé, ya veré.
–Podrías operarte y volver a tío de nuevo.
–No he pensado nada sobre eso. De momento me preocupan
otras cosas, como Lucía. Acostumbrándome a la vida como
mujer, tomando decisiones conforme vayan surgiendo los
momentos.
–¡Me has dejado...!
–Me lo imagino. Ya te advertí por teléfono.
–Por Lucía no te preocupes, todavía es muy pequeña para
entender ciertas cosas, o podemos ocultárselo de momento,
decirle que te has ido una temporada de viaje, no sé, Carlos, ya
se me ocurrirá algo.
–Eso espero, Julia.
–¿Puedo ayudarte en algo, Carlos?
–Creo que sí, ¿por qué te crees que he quedado contigo?
Después de tomarse un café, Carlos le cogió de la mano y la
28 Jose Acevedo

incorporó de su silla. Una vez de pie los dos, le dio un cálido


beso a ella.
–Ey, Carlos. Nos tomarán por dos lesbianas.
–Como si me importara a mí eso ahora, después de todo.
Cogidos de la mano la invitó a descubrir su estilo femenino,
como dos amigas de edades parecidas que dedican la mañana
a ir de compras, o como dos hermanas también.
Junto a ella todo le resultaría más sencillo. Eso de las medidas,
eso de los estilos, eso de los momentos. ¿Que debería parecerle
a Julia tener que acompañar a su exmarido para hacerse con un
vestuario de mujer, sobre todo, cuando hasta hacía bien poco
tiempo era todo lo contrario?
Después de elegir diferentes prendas para las diferentes
ocasiones, llegaron a los complementos.
–Carlos, ¿recuerdas lo que te gustaba que me pusiera?, pues
ahora tienes la ocasión de ponértelo tú sin que parezcas un
travesti.
En uno de aquellos probadores, ella le pidió que se pusiese
uno de los vestidos que habían elegido.
–Ponte el vestido negro, ahora vuelvo.
Regresó al instante con unos zapatos de tacón alto.
–Póntelos, Carlos.
–Joder, me voy a matar con esto.
–Tendrás que aprender a andar con ellos, como todas las
mujeres lo hemos hecho para intentar seducir a los hombres.
Ahora eres una mujer, ¿o es que no te ves?
–Pero, Julia, ¿cómo voy a seducir a un tío si yo soy un tío?
–Este es tu problema, Carlos. Debes dejar de verte como
lo que has sido siempre. Ya no eres un hombre, aunque sigas
pensando como tal.
Viéndole delante de ella con aquel vestido corto, con
aquellos tacones altos, buscó en su bolso un pintalabios rojo
Metamorfosis y otros relatos 29

y perfiló los labios de Carlos. Le miró de cerca, sin decir nada,


sin hacer ningún gesto. Él, a pesar de su rubor, se dejaba hacer.
–¿Te puedo decir algo, Carlos?
–Dime lo que quieras, después de todo...
–Estás preciosa, más guapa que como hombre.
Y entonces le dio un beso en los labios, en una de esas escenas
íntimas, tras la cortina echada de un probador, por la que
cualquier tipo estaría dispuesto a pagar una pasta si pudiera verla
de cerca. Él siguió dejándose hacer, ella se dejó llevar también,
pero sin ir más lejos, solo aquel par de labios que tan bien se
conocían, juntos de nuevo en tan diferentes circunstancias.
–Perdóname, Carlos, ha sido un impulso.
–No te preocupes, mujer, realmente me ha gustado. Tal vez
me haya convertido en una mujer lesbiana, Julia.
–Quién sabe...
Se separaron y salieron del probador cargadas de bolsas
de ropa, de zapatos, de cosméticos, de otros complementos.
Almorzaron después de aquel reencuentro tan inesperado,
antes de la cita con el médico.
–¿Quieres que te acompañe, Carlos?
–No creo que sea necesario, puedo afrontar este momento
solo. Al menos eso espero.
–Vale, entonces yo recojo a Lucía del comedor. A la noche
te llamo y ya me dices qué tal te ha ido.
–Gracias por todo, Julia.
–De nada, Carlos. Sabes que aún te quiero, aunque lo nuestro
no pudiera seguir adelante. Y perdóname por lo de antes, no
debería haberlo hecho.
Se despidieron con dos besos, y Julia se alejó del coche en
cuyo maletero Carlos fue guardando todas las bolsas. Arrancó
y se encaminó hacia su segunda cita de aquel primer día en su
nueva vida.
30 Jose Acevedo

ii

Cuando escuchó su nombre, sintió un poco de vergüenza


al levantarse y contemplar algunas miradas curiosas de los
pacientes que aguardaban su turno tras él. Pero tenía que ir
acostumbrándose. Las miradas, o los comentarios en voz baja,
casi eran lo de menos. Entró y cerró la puerta de la consulta.
Para el médico no debía resultar extraño, en tiempos como
los actuales, que tras un nombre masculino hubiera un cuerpo
de mujer; además, desde el punto de vista profesional, no
dejaba de ser un simple paciente.
Después, le contó al doctor el objeto de su visita, los
acontecimientos de la noche pasada, que no dejaron de
sorprenderle, por supuesto, pero intentó tomárselo con un
poco de naturalidad.
–No puedo decirle que sea normal, pero debemos afrontar
los hechos con la mayor normalidad posible, supongo.
–No sé, usted es el médico.
–Por eso se lo digo. Le aconsejo una serie de pruebas. No
vamos a encontrar el origen de los cambios, pero puede que
sí alguna explicación al comportamiento normal o anormal de
su cuerpo. Y si después decide recibir otro tipo de ayudas, no
tiene más que decírmelo.
–¿Ayudas de qué tipo?
–No sé, me refiero a ayuda psicológica.
–Dudo de que pueda sobrellevar bien todos estos cambios
en tan poco tiempo.
–Por eso se lo digo.
Anotó mil cosas en el ordenador y le indicó que concertaría
visitas con varios especialistas, entre ellos, el neurólogo y el
ginecólogo.
Metamorfosis y otros relatos 31

–Una vez que tenga todos los resultados, vuelva a verme y


haremos lo que tengamos que hacer. Y si entonces necesita
ayuda psicológica, dígamelo.
–Intentaré sobrellevarlo como pueda, acostumbrarme a mi
nueva vida, y cuando tenga los resultados de todas las pruebas,
ya veremos.
–En un principio no le receto nada, solamente si los dolores
menstruales son fuertes, tómese un analgésico cualquiera. No
hay medicación para transformaciones de sexo, como podrá
entender.
–Lo entiendo, doctor. Pero, otra cosa importante: de
momento no puedo ir al trabajo en estas condiciones.
–¿En qué trabaja?
–Llevo una sucursal de una compañía aseguradora.
–No se preocupe, le doy una baja por siete días. Dentro
de una semana veremos qué tal va todo. Puedo entender que
le resulte complicado volver a la oficina, pero debe buscar
una solución para resolver el dilema en el que se encuentra.
Los sexos no se cambian de la noche a la mañana, aunque en
su caso así haya sido, pero no creo que regrese a su anterior
cuerpo. Lo de regresar al trabajo debe resolverlo cuanto antes.
Tómese estos siete días para pensar al menos, después ya
veremos qué podemos hacer.
–Gracias, doctor.
Se despidieron con un apretón de manos y con un hasta
pronto.
32 Jose Acevedo

iii

Regresó a casa con todas las bolsas.


Mientras cambiaba el contenido de los armarios, como si
fuese un cambio de temporada, se fue probando, delante del
espejo de cuerpo entero de su habitación, una a una todas
las prendas, todos los conjuntos de ropa interior, todos los
vestidos, todos los zapatos; siempre, sin dejar de exponer una
sonrisa en su gesto, sin dejar de sorprenderse del cambio,
llegándose a sentir una mujer guapa y atractiva, ¿o guapo y
atractivo en un cuerpo de mujer? Lo mismo daba, la evidencia
era la que era, la tenía delante de sí, debía aprender a convivir
con ella, sin poder olvidarse de dos cuestiones importantes
que aún le quedaban por resolver: su trabajo y Lucía.
De momento, pasó gran parte de la tarde practicando de
acuerdo con los consejos de Julia. Paseándose con sus tacones
desde una esquina a la otra de la casa, como si estuviera
preparándose para una pasarela de moda.
En esas estaba cuando le llamó Julia, con la que mantuvo
una larga conversación acerca de la consulta con el médico,
sobre Lucía, sobre cómo resolver las cuestiones laborales,
incluso sobre la importancia de su relación con ella a partir de
entonces, por cuestiones evidentes, y de nuevo le pidió perdón
por lo de antes. Lo que sí tenían claro los dos era que sería
mejor esperar un tiempo antes de tener que enfrentarse a su
hija con su nuevo cuerpo.
Después de la conversación con Julia, llamó a Antonio.
Habían estudiado juntos durante muchos años, coincidieron
en el instituto, después en la facultad. Tras unos años de
separación, se volvieron a encontrar cuando Carlos entró en
la empresa en la que actualmente trabajaba. Antonio ocupaba
Metamorfosis y otros relatos 33

ahora la jefatura provincial de la compañía, y tenía clara una


cosa: que si podía sincerarse con alguien del trabajo, ese sin
duda era Antonio.
En aquella llamada tampoco llegó a confesarle su situación,
pero sí quedaron para el día siguiente en casa de Carlos. Como
le había aconsejado su médico, el tema no podía demorarse
mucho tiempo.
A la hora convenida, las 20:00 del día siguiente, Antonio
estaba llamado a su puerta. Cuando abrió, le vio delante de
él con su traje y corbata de recién salido de la oficina. Él, con
su nuevo vestuario, había decidido adoptar el papel de mujer.
Tampoco quiso exagerar demasiado, pero sí se había puesto
una falda corta de color negro, una blusa semitransparente que
dejaba entrever el sujetador, además de subirse a esos tacones
negros a los que se fue adaptando durante todo el día yendo
de un lado a otro de la casa.
–Buenas noches, había quedado con Carlos.
–Pasa, Antonio.
Se le había ocurrido divertirse un poco a costa de su amigo,
un juego antes de confesarle la realidad, como si intentara, con
ello, romper ese recelo que sentía ante la obligación de tener
que decirle lo que tenía que decirle. Para hacerlo todo más
llevadero tuvo aquella ocurrencia.
No se saludaron de ninguna forma, ni con la mano, ni con
dos besos. Carlos también rehuyó pronunciar nombre alguno.
Simplemente, le hizo pasar hasta el salón y le pidió que se
acomodara en el sofá.
–Siéntate, Antonio. Carlos vendrá en un momento. ¿Te
apetece tomar una cerveza?
–Bueno, gracias.
Instantes después, Carlos regresaba de la cocina con las dos
cervezas, ofreciéndole una a Antonio. Se sentó justo enfrente y
34 Jose Acevedo

cruzó las piernas. Antonio no dejó de mirarle. Aunque quisiera


disimular, no lo hacía demasiado bien que digamos. El silencio
imperante se tenía que romper de alguna forma. Ni Antonio
sabía quién era aquella chica, ni Carlos quería desvelar en quién
se había convertido él.
–¿Conoces a Carlos desde hace mucho tiempo?
–Estudiamos juntos en el instituto y en la universidad.
Después estuvimos un tiempo sin vernos, hasta que un día
volvimos a coincidir en el trabajo.
–¿Cómo es Carlos?
–¿Cómo es de qué?
–No sé, tú pareces conocerle mejor que nadie.
–Imagino que tú también le conocerás.
–No te creas. Tú como hombre, ya sabes.
–¿Qué es lo que tengo que saber? Tú estás en su casa, con
lo cual deberás saber también cosas de él.
–Nos conocimos hace unos días, poco más. Por
circunstancias que no vienen al cuento aquí estoy, pero eso es
lo de menos.
–Es un tipo con suerte, visto lo visto.
–Gracias, Antonio, por la parte que me toca.
–Son cosas evidentes, como te llames.
–Cristina. Me llamo Cristina.
–Es algo palpable, Cristina. Carlos era el mejor en clase,
tanto en el instituto como en la universidad. Además, era un
tío que presumía de ello. Vamos, que la humildad no es una de
sus cualidades.
–Pero es normal que la gente con suerte, o con éxito, lo
ponga de manifiesto.
–Si no te digo que no, Cristina. Es que, además, el cabrón
alardeaba por todo delante de los amigos. Se paseaba con
las chicas más guapas, disfrutaba de las mejores vacaciones...
Metamorfosis y otros relatos 35

Muchas veces, sin venir a cuento. Por ejemplo, estábamos en


la cola de un cine para entrar y se nos acercaba cogido de la
mano de la chica más increíble del barrio.
–Tampoco hacía nada malo.
–No te digo que sea algo malo, Cristina. Simplemente que
era un cabrón con sus amigos.
–Noto en ti un poco de celos, Antonio.
–Puede ser, pero él no se cansaba de alimentarlos. Ahora
vengo a su casa, me dice que tiene que hablar conmigo, que
tiene un problema grave que contarme, y en vez de encontrarme
con él, me da la bienvenida contigo. Dime qué adjetivo utilizo,
Cristina.
–Cabrón, Antonio. Llevas razón.
Y no dejaban de reírse llegada la conversación a tal extremo,
a ese momento en el que Carlos había llevado la situación
adonde quería llevarla, disfrutando de las palabras de su amigo,
de sus miradas cada vez más descaradas, de sus provocaciones
incesantes cada vez que le miraba directamente a los ojos
mientras hablaban, cada vez que descruzaba las piernas y
volvía a cruzarlas sin pudor de enseñar si quiera el color de
sus bragas. Era el juego que había previsto, sobre todo ante
Antonio, un tipo que siempre se había desvivido por una chica,
que sin preguntar siquiera se había lanzado siempre a decirle
lo primero que le viniera a la cabeza, a mirarla directamente a
la cara, a los pechos, al culo. Antonio, como la mayor parte de
los hombres, se comportaba así, como también lo había hecho
él cuando se comportaba como un hombre.
Llegada la conversación a ese extremo, fue cuando le
pidió a Antonio que se levantara del sofá, que se le acercara,
y cuando le tuvo a menos de medio metro de distancia, tan
próximo que sin duda Antonio se creyera otra cosa, con su
rostro nervioso y babeante, como el de cualquier tipo deseoso
36 Jose Acevedo

al ver que una chica guapa se le arrima, tanto que el espacio


entre ambos ha dejado de existir, soñando que la tiene en el
bote, que la ha conquistado, que terminará sin duda en unos
minutos atravesando sus labios, tumbado en el sofá sobre ella,
desnudándola sin compasión alguna, le dio un bofetón nada
violento, más cariñoso que impetuoso, y le entró aquella risa
vehemente que a cualquiera podría entrarle al levantar el velo
del misterio, y tras él, descubrir que todo lo anterior no había
sido más que una broma pesada, aunque merecida, un acto de
diversión a costa de otro, deshonor, oprobio, de esos que es
mejor silenciar los días sucesivos ante los propios compañeros
del trabajo con tal de no dejar a un amigo en el más absoluto
ridículo.
–¡Qué imbécil eres, Antonio! ¿No te das cuenta?
–¿Pero quién coño eres, Cristina?
–Cristina... Acerca tus ojos y mírame de cerca, pero no te
atrevas a besarme, ni se te ocurra. Escucha mi voz a la vez.
¿No sabes quién soy?
–Cristina, joder. Eso es lo que me has dicho, ¿o es que no
tengo que creerte?
–Soy Carlos, Antonio. Carlos, tu amigo, tu compañero.
–¡Y un carajo!
–Que sí, gilipollas, y te diría mil cosas privadas tuyas para
demostrarte que estoy en lo cierto. Si quieres empiezo. Tu
mujer, Anabel, cuarenta y dos años. Dos hijos, de cuatro y dos
años. Te casaste en la iglesia del Salvador, y no me invitaste a
tu boda, y me juraste y perjuraste que no me habías podido
localizar a tiempo...
–Para, para... Pero, Cristina o Carlos o quien coño seas, ¿me
puedes explicar esta broma?
Fueron a la cocina a por un par de cervezas más, regresaron
al sofá, de nuevo uno frente al otro, y Carlos le largó toda
Metamorfosis y otros relatos 37

la historia de las últimas cuarenta y ocho horas, incluida la


historia del médico. Por eso le había pedido que viniera a su
casa antes que ir él a la oficina, por eso llevaba ausente un par
de días del trabajo. Necesitaba su ayuda, su consejo, confiaba
en él para buscar una salida.
–¿Y para eso has tenido que montar todo el espectáculo de
antes?
–Perdona, Antonio. Ni siquiera lo había pensado, pero te
vi tan atento a mi cuerpo, que no me pude resistir. Además,
ese teatro me ha servido para romper mi pudor ante una
confesión como esta, ¿o te crees que es fácil contarte lo que te
he contado? Para nada.
–Estás buenísima.
–Qué maricón que eres, te importaría una mierda ponerle
los cuernos a tu mujer con su mejor amigo.
–No me podía imaginar que fueras tú.
–Pero lo hubieras hecho con Cristina sin dudarlo.
–Hijo de puta... ¿Y ahora qué vas a hacer, Carlos? ¿O te
puedo llamar Cristina?
–No seas cabrón, Antonio.
–A ver, viéndote como te estoy viendo, lo de Carlos suena
muy extraño.
–También es verdad, no termino de acostumbrarme.
Después hablaron de posibilidades, de futuros, y llegaron
a la conclusión de que lo mejor sería esperar unos días. A
principios de mes abrían una nueva sucursal en un municipio
cercano, allí tendría el puesto de directora, sus empleados
serían nuevos, por lo que podría iniciar una nueva vida
completamente desvinculada de la pasada. Y respecto a sus
antiguos compañeros, tampoco es que hubiera una relación
de amistad con ellos, haría circular el bulo de que por motivos
personales había solicitado un traslado lejos, sin tener que entrar
38 Jose Acevedo

en demasiadas profundidades. Si alguno se le cruzaba alguna


vez, nadie sospecharía de que tras aquel cuerpo de Cristina
pudiera encontrarse Carlos. Impensable completamente.
Después siguieron bebiendo cervezas, pidieron algo de
comer “al chino”, abrieron varias botellas de vino, recordaron
miles de cosas, hablaron de los miedos de Carlos en adelante,
de la nueva vida, de qué le depararía a partir de mañana... Un
poco de todo, hasta que, dadas las tantas, Antonio decidió
poner fin a aquella velada. Al día siguiente él sí tenía que
trabajar.
–Llámame si necesitas algo.
–No te voy a pedir que me invites a cenar, y dejarte ver por
ahí agarrado de mi mano. Pero agradezco tú ofrecimiento.
–Jajajaja, no soy tan maricón. Te llamo para que visites la
nueva oficina.
–Cuando tú quieras, pero tendrás que acostumbrarte a mi
nuevo todo.
–Me va a resultar difícil. Tú perdóname si meto la pata
alguna vez.
–También me puede ocurrir a mí.
En el umbral de la puerta, los dos dudaron de la forma de
despedida. Un cordial apretón de manos, un abrazo, un par
de besos. Se reían por lo cómico de aquel encuentro, de aquel
momento tan histriónico. Al final, prevalecieron los besos, de
alguna forma tendrían que acostumbrarse a relacionarse de
una forma nueva. Carlos cerró la puerta, regresó al salón y
terminó con la media botella de vino que quedaba, recordando
los momentos vividos, sonriendo por aquella comedia en la
que se había convertido, no su vida, sino la adaptación a la
misma.
Metamorfosis y otros relatos 39

iv

Se sucedieron los días y Carlos rehuía salir a la calle.


Pendiente de alguna novedad del teléfono, de la comida que
pedía a domicilio, del acostumbrarse a su nuevo cuerpo, a su
nuevo vestuario, pero sin atreverse a dar un paso más allá.
Hacía dos semanas de la metamorfosis.
Una tarde se presentó Julia en su casa, sin avisar, dispuesta
a rescatarle.
–Vengo a invitarte a cenar.
–Pedimos comida, Julia.
–Para nada. Estoy harta de que te alimentes de esa forma.
Tienes que salir. Acostumbrarte a tu nueva vida. Lo que te
hacía falta, aparte de este cuerpo maravilloso que Dios te ha
dado, es que encima se te fuera la cabeza. No estoy dispuesta,
aunque sea por tu hija.
–¿Qué has hecho con ella?
–No te preocupes por Lucía, esta noche está a buen recaudo.
Se fueron al dormitorio y le ayudó a acicalarse, como podrían
hacerlo dos amigas preparándose para una noche de juerga.
Después salieron a la calle, cogieron el coche y se fueron a
cenar a un restaurante conocido para los dos, en el que habían
compartido muchas noches mientras estuvieron casados.
–Carlos, si no te importa dejaré de llamarte así, creo que no
es propio.
–Muy propio no lo es, que digamos.
–Te llamaré como le dijiste a tu jefe el otro día, si quieres.
–Sabes que es un nombre que siempre me ha gustado.
–Aunque no dudes que llamar Cristina a mi exmarido me
resulta un poco extraño.
–Me imagino, Julia.
40 Jose Acevedo

Cenaron sin prisas. Después ella había ideado ir a tomar


unas copas. Sentadas en un taburete junto a la barra fueron
vaciando un gin-tonic tras otro. Hablaron de lo que pueden
hablar dos mujeres en circunstancias como aquellas. De
ropa, de trabajo, de hombres, de cientos de cosas, llegando a
olvidarse por completo de que tras aquellos dos cuerpos había
existido una relación heterosexual entre ellos, habían tenido
una hija en común.
Se les acercó más de uno pretendiendo no terminar solo su
noche, pero a todos se les fue largando de manera poco cortés.
Aquella era su noche, la que Julia había elegido para bautizar
a Carlos como mujer pública, en el sentido de mujer que sale
por primera vez a la calle como tal, no en el otro sentido.
Tomaron demasiado, llegando a recordar cuando se
conocieron, en casa de un amigo común una tarde de sábado,
el día que comenzaron a salir juntos, el primer beso, todos
los que vinieron después, su primer encuentro sexual. Tanta
melancolía unida a tanto alcohol, que el acercamiento les resultó
casi inevitable, aunque ninguno de los dos intentó controlar
sus impulsos en ningún momento. Más de alguno pensaría que
eran dos lesbianas sin vergüenza, síntoma evidente de que los
tiempos estaban cambiando, afortunadamente.
Aquella noche terminó como era de esperar, según habían
ido sucediendo los acontecimientos. Una última copa en casa
de Carlos, un primer beso, a los que sucedieron muchos otros,
el desnudarse de ambos cuerpos, descubriendo cuánto había
cambiado su relación en los últimos tiempos, cuánto había
cambiado el cuerpo de su marido, acostumbrada como estaba
a verle penetrándola por todos los orificios de su cuerpo.
Ahora, en cambio, aquel tacto sedoso de Carlos, aquel sabor
diferente de su piel, aquellos senos duros como una piedra al
acercar sus labios, aquellos labios rojos tras los que se escondía
Metamorfosis y otros relatos 41

una lengua que sí reconocía en su reencuentro. Descubrieron


mil posturas desconocidas para ambos, gozaron como no lo
habían hecho antes. No es que se volvieran lesbianas de la
noche a la mañana, más bien se trataba de un juego en el que
cada uno de ellos descubría en el cuerpo del otro el placer de
lo prohibido, de lo escondido, el morbo de lo inusual puesto
por delante aunque solo fuera durante una noche. Fatigados
del esfuerzo, sí tenían claro algunas cosas.
–Sabes tan bien como yo que esta relación es imposible.
–Soy consciente, Julia.
–Aun así, me lo he pasado maravillosamente bien contigo.
Y espero que hayas aprendido que tienes toda una vida por
descubrir. Disfrútala, Cristina.
–Gracias, Julia.
Después se despidieron con un beso en los labios en el
mismo umbral de la puerta.
Aquella noche Carlos masturbó su cuerpo femenino
pensando en Julia, cuando tenía pene y lo hacían juntos en
cualquier rincón donde encontraran un poco de intimidad,
hace unos minutos cuando la veía a ella entre sus piernas
metiendo su lengua en el interior de su vagina. Era la primera
vez que lo hacía, y realmente le había gustado descubrir esa
nueva forma de goce que le había proporcionado su cuerpo.
42 Jose Acevedo

Y vinieron después las pruebas médicas. Los análisis


de sangre, de orina, las angiografías, las artroscopias, los
electromiogramas, las tomografías, las urografías, las biopsias,
las citologías, los electros, las ecografías, las gammagrafías,
las mamografías, las punciones, las resonancias. Lo peor, el
mal rato subido al potro, mientras el ginecólogo metía unas
pinzas para pellizcar en su interior y extraer unas muestras de
tejido. Pero en ningún momento ninguna de las personas que
le atendió hizo comentario alguno, aunque, sin duda, supieran
el destino de todas aquellas innumerables pruebas a las que fue
sometido en días sucesivos. Tampoco a Carlos se le ocurrió
decir nada, ni preguntar, demasiado tenía con dejar su cuerpo
expuesto a la ciencia, a los experimentos a los que, uno tras
otro, fue sometido su virginal cuerpo.
Y, por supuesto, llegaron los resultados de todos aquellos
ensayos. De nuevo aquella consulta del primer día, el mismo
doctor tras su ordenador y con un montón de sobres marrones
sobre su mesa.
Después de aquel calvario, los resultados eran unánimes.
Esa metamorfosis no tenía una explicación científica, al
menos nadie la había encontrado. Al margen de esta evidencia,
su cuerpo se encontraba en perfectas condiciones, ningún
síntoma que evidenciara una anomalía o mal funcionamiento.
A todas luces, Carlos tenía un cuerpo de mujer, además de
mujer en edad fértil.
–¿Quieres decir que me puedo quedar embarazado?
–Diga mejor embarazada, en un hombre es un término que
resulta un poco extravagante. Pero, sí. A su edad, ya sabe las
consecuencias de lo que le estoy diciendo.
Metamorfosis y otros relatos 43

–Perfectamente, doctor.
–Y respecto al mantenimiento de la baja laboral, no es
problema que se la prolongue unas semanas más, pero espero
que haya tomado una decisión.
–No se preocupe, había aplazado mi incorporación al trabajo
mientras me sometía a este calvario de toqueteos y manoseos,
pero en unos días regreso a la vida normal.
–Yo me alegro. Por cierto, sobre lo que hablamos de pensar
en una intervención de cambio de sexo inversa, es decir, regresar
a su cuerpo de hombre. No creo que resultase aconsejable,
nadie le dará garantía de que quede bien físicamente, además
de los problemas psicológicos que podría tener con tantos
cambios.
–Creo que me voy acostumbrando poco a poco a este
cuerpo.
–Piense una cosa: pocas personas tienen la posibilidad de
vivir la misma vida metido en dos cuerpos diferentes, uno
masculino y otro femenino.
–Visto así...
–Y no dude en consultarme si necesita algún tipo de ayuda
psicológica. Ya se lo he comentado en algunas ocasiones.
–De momento no lo llevo mal.
Se despidieron hasta la semana siguiente, cuando pasaría
por allí para recoger el alta. Una frase se le había quedado
grabada en la cabeza: a todas luces era una mujer, además una
mujer fértil.
Aquella misma tarde habló con Julia, y convinieron que
lo mejor que podía hacer era formalizar todos los cambios
legales respecto al nombre. Registro civil, documento nacional
de identidad..., todas esas cosas que le supondrían olvidarse
por completo de Carlos y adoptar, para siempre, un nombre
nuevo. Sin pensárselo mucho, se inscribió con el nombre que
44 Jose Acevedo

había utilizado la noche que invitó a Antonio a cenar a casa,


tampoco le sonaba tan mal, Cristina.
La normalidad se fue haciendo en su vida al incorporarse
a su empleo. Aquella nueva oficina que habían abierto hacía
unos días. Siguió viendo a Antonio, a Julia, adentrándose en su
día a día a pesar de los cambios, perdiendo el miedo a dejarse
ver, a pasearse con sus tacones por centros comerciales y
bares, incluso el primer día en la oficina, siendo presentada
por Antonio a todos sus compañeros, convirtiéndose en ese
momento en su nueva jefa, Cristina.
La vida se iba amoldando a las nuevas circunstancias,
acomodándose, adaptándose, sin más sobresaltos. Incluso a
los hombres que la miraban por la calle, que la piropeaban
de vez en cuando. Con el tiempo le llegaba a resultar incluso
gratificante, siempre dentro de los límites de la cortesía.
Antonio les había contado a sus compañeros algo sobre
su vida. Intentaba con ello que fueran con Carlos lo más
cercanos posible, que le ayudaran a habituarse, que le
hicieran el camino más llevadero. Cristina, como les contó,
estaba superando un mal momento personal. Había tenido
una separación algo traumática, y había decidido cambiar
de aires. Por eso había pedido traslado urgente de ciudad, y
poder incorporarse cuanto antes para poder ir superando
su situación. Era una gran profesional que, con la ayuda
de todos, convertiría aquella sucursal en un ejemplo para la
compañía. Esperaba de todos ellos la máxima colaboración y
comprensión.
A partir de ese momento, la nueva Cristina conducía
todas las mañanas unos kilómetros hasta su nuevo despacho.
Siempre luciendo sus vestidos y sus tacones, encontrando en
sus nuevos compañeros tal vez lo que necesitaba: cercanía. A
nadie se le podía pasar por la cabeza el pasado reciente de
Metamorfosis y otros relatos 45

Carlos, tampoco a él se le ocurrió, en ningún momento, hacer


ninguna referencia a ello.
Profesionalmente todo fue como su jefe esperaba de él,
pero, además, alguna compañera se prestó en todo momento
a hacerle más liviano el tiempo después de la jornada
laboral. Hubo salidas a comer, alguna cena. Básicamente
eran encuentros con compañeras, a ningún tío se le ocurrió
acercársele. Era la jefa a fin de cuentas; para los hombres, eso
de seducir a las personas que mandan, impone cierto respeto
y mucho reparo.
Se había normalizado tanto la vida de Cristina, que
prácticamente se había ido olvidando de su anterior identidad,
a no ser de sus encuentros con Julia, con la que no volvió a
mantener ningún encuentro íntimo más; a no ser también de
sus pensamientos por Lucía, a la que no había vuelto a ver,
pero de la que Julia le contaba cómo estaba creciendo, cómo
avanzaba en sus estudios, y a la que pronto debería enfrentarse
cara a cara.
46 Jose Acevedo

vi

Prácticamente, hasta el pensamiento de Cristina se fue


haciendo femenino. Tanto, que una noche conoció a Jose, al
que no intentó rehuir en ningún momento.
Había salido con una compañera a cenar. Después se fueron
a un bar a tomar una copa. Era viernes y al día siguiente no
había que madrugar. Hablaron de todo, menos de trabajo.
Carmen, que así se llamaba, también llevaba un par de años
separada, no tenía hijos. Después de romper su matrimonio,
regresó al domicilio de sus padres, donde se dedicó, a tiempo
parcial, al cuidado de sus mayores, que habían sobrepasado
ya los ochenta años. Una larga temporada alejada de la calle,
del bullicio de los bares, de los encuentros con sus amigas,
de cualquier caricia o beso, que apenas recordaba cómo eran.
Por eso, la posibilidad de regresar, a sus treinta y seis años,
y salir del nicho familiar eran causa de celebración, aunque
solamente fuera de vez en cuando, fines de semana alternos a
lo sumo, en compañía de Cristina, que le abrió los ojos a una
vida más allá de las obligaciones.
En un momento dado, se les acercó un chico. Él estaba solo,
pero no le importaba compartir, si ellas querían, un rato de
conversación con las dos. Una charla que se hizo eterna, más
allá de las tres de la madrugada, hora en la que Carmen decidió
retirarse, dejando el camino expedito a Cristina por si quería
ir más allá del diálogo con Jose. Siguieron hablando de todo,
por supuesto.
Jose, de cuarenta y dos años, era escritor. Si bien no
demasiado famoso, en el sentido de popular, se ganaba la
vida con dicha actividad sin necesidad de buscar otras fuentes
de ingresos. Con los derechos de autor de sus novelas, con
Metamorfosis y otros relatos 47

algunas colaboraciones en medios de comunicación y algunas


traducciones que llenaban su tiempo disponible y le bastaban
para pagar los gastos de una persona sola. No es más rico
quien más gana, sino quien menos necesita, repitió en más de
una ocasión.
Cuando se quedó solo con Cristina, Jose aprovechó para
dar un paso adelante, para romper su miedo de arrojarse al
vacío y sus consecuencias, porque desde que unas horas antes
buscara su espacio entre las dos mujeres, su única intención
era quedarse solo con Cristina. Fue cuando le cogió la mano,
la dejó quieta sobre la de ella, la miró a los ojos, y le dijo todo
cuanto un escritor puede decirle a una mujer guapa. Ella se
dejó llevar por el momento, por el alcohol que colapsaba su
sangre y enturbiaba su mente, por las palabras de aquel casi
desconocido que le estaba abriendo el corazón de repente. En
ningún momento pensó en quién era, mucho menos de dónde
venía, tampoco tuvo tiempo de imaginarse el enfrentamiento
de su cuerpo desnudo junto al de otro hombre. Le dejó hacer,
sin cuestionarse que su mentalidad de mujer se encontraba
en fase de preparación, dejando de lado aquella masculinidad
perdida en una noche cercana. Debía darle una oportunidad a
su cuerpo, antes de convertirse en una lesbiana aterrada, antes
de cerrar definitivamente la puerta a aquella posibilidad que
se le ponía por delante, quién sabe si por última vez. Mañana
podría reflexionar desde la claridad de otros pensamientos,
pero mientras tanto, fue absorbida por las palabras de Jose, por
las historias que le contaba, por el tacto de su mano acariciando
la suya. Y siguieron conversando hasta perder por completo
la noción del tiempo, del cuerpo que tenía frente a ella, de
los ojos que no se separaban ni un instante de los suyos. Sin
siquiera le venían a la memoria recuerdos pasados, los de las
chicas que había enamorado durante su adolescencia, durante
48 Jose Acevedo

su juventud. Eran tiempos distintos. Su vida había cambiado


repentinamente y, simplemente, actuaba en consecuencia.
Nada más salir del local, el frescor de la madrugada les cobijó
por igual, también la soledad de las calles recogidas esperando
un nuevo amanecer. Fue cuando Jose se le acercó aún más,
cuando sintió su cara a escasa distancia de la suya, cuando
sintió, por primera vez, los labios de un hombre contra los
suyos sin sentir repugnancia, ni aversión. Era extraño el tacto
de su lengua contra la de ella, el calor que le subía desde más
abajo de su vientre. Sensaciones completamente novedosas
que iba sintiendo conforme Jose rebuscaba en los rincones de
su cuerpo, escrutando otros espacios más recónditos cuando
se refugiaron en el interior del coche, en la habitación de la
propia Cristina instantes después. Él la fue desnudando con
delicadeza, mientras Cristina permanecía de pie sin hacer nada,
solo contemplando sus manos bajándole el vestido, acariciando
sus hombros, su cuello, sus mejillas, dejándola en ropa interior
y sobre sus zapatos de tacón alto, sin querer echarle una mano
en ningún momento. Después le desabrochó el sujetador, le
bajó las medias, acariciando suavemente sus piernas, después
las bragas, calzándola de nuevo para dejarla completamente
desnuda sobre sus tacones. Ella no quiso decir nada, él también
se mantenía en completo silencio. Solo el lenguaje de los
cuerpos conociéndose. Después, la llenó de besos, siempre ella
de pie, la besó en los labios, en el cuello, recorrió con su lengua
sus pechos, deteniéndose en sus pezones durante un buen rato,
deslizándola por todo su torso mientras la agarraba con fuerza
por la espalda, por las nalgas. El tiempo se había detenido por
completo, solo el sonido de sus cuerpos silenciosos, la luz
encendida de la lámpara de noche. Su cuerpo después tumbado
boca arriba, el de Jose, que se había desnudado junto al de ella.
Sus caricias recorriendo toda su piel, sus labios adentrándose
Metamorfosis y otros relatos 49

entre las piernas de Cristina, mientras sus manos no dejaban


de palpar, tentar, tocar, los espacios cercanos. Sigilo que fue
abriendo paso al lenguaje del placer. Hasta verle incorporarse,
con aquella polla enorme completamente erecta, aproximarla
y, sin decirle nada, acercarla a su boca. Cristina cerró los ojos,
no quería ver ni pensar, solo seguir inconsciente al tiempo
real. Tocarla con sus manos, con la punta de su lengua, hasta
atreverse a meterla en su boca hasta donde pudo, sin asco,
sin fatiga, sin arrepentimiento de ningún tipo, con aquel
movimiento innato causando todo el placer posible en él,
de la misma forma que él lo había sentido cuando su cuerpo
era masculino, cuando Julia se entretenía con su pene hasta
inundar su boca de todo el esperma que guardaba para ella en
los momentos especiales. Acariciando sus testículos con una
mano, para ayudar al movimiento de la verga hacia el interior
de su boca. Un rato enorme que terminó en la explosión de
todo su semen en su interior, la boca de Jose acercándose a
la suya, mezclando todos los sabores posibles de su cuerpo y
del cuerpo de Cristina. Sin parar, sin pausa alguna, volviendo
a acariciarle hasta ver aquella polla de nuevo en movimiento,
buscando el interior de su vagina, dejándola allí dentro durante
toda una eternidad, sin reflexiones, sin recuerdos, sin miedos,
dejándola hacer sin más, porque era lo que Cristina deseaba
en aquel momento, que hicieran con ella cualquier cosa, su
cuerpo había claudicado, sus miedos se habían evaporado.
Despertó bien entrada la tarde del sábado. Allí seguía el
cuerpo de Jose junto al suyo.
50 Jose Acevedo

vii

Allí siguió durante todo aquel fin de semana, durante


la semana siguiente, durante los meses que llegaron. Jose y
Cristina se habían hechos inseparables, sus espíritus, sus
cuerpos.
Ella pasaba la mañana y la tarde en la oficina. Ninguno de
sus hábitos había cambiado. Eso sí, su sonrisa no dejaba de
fluir aun en los momentos más difíciles. Ni siquiera llegó a
pensar en su pasado, a no ser en la única preocupación que le
quedaba por afrontar: Lucía. Era padre, eso no podía olvidarlo,
ni borrarlo de su memoria. Por lo demás se sentía feliz. Amaba,
aunque fuera de otra forma imposible de imaginar.
En casa, Jose hacía lo que tenía que hacer. Y, cuando ambos
cuerpos se encontraban por la noche, el volcán volvía a entrar
en erupción.
Un mes, dos meses a lo sumo, guardando aquella relación
para sí misma. Sin ocultarla como un secreto, pero sin alardear
de ella. Se dejaban ver sin miedo por la calle, pero no era un
tema del que Cristina hablara a nadie, aunque muchos, en
el trabajo, pudieran sospechar de algo, cuando dejó de salir
con Carmen por las noches, o cuando llegadas ciertas horas,
siempre manifestaba sus prisas. No por ello dejó de almorzar
con sus compañeros, o de tomar alguna copa, cada vez más de
tarde en tarde.
Durante todo ese intervalo, aunque sin evitarla, tampoco
le apetecía frecuentar mucho a Julia. Apenas habían vuelto
a verse, aunque sí hablaban con frecuencia por teléfono. De
Lucía, de cómo les iba la vida. Un poco de todo. Pero, por
supuesto, sin nombrar a Jose.
Pero tuvo que hacerlo un día.
Metamorfosis y otros relatos 51

Se sentía bastante mal una mañana. Tanto, que tuvo que


llamar a la oficina y decirles que no se encontraba bien. Parecidos
síntomas a los de aquella noche lejana en el tiempo. Entonces,
le vino a la mente la posibilidad de que su cuerpo mutara ahora
al de hombre. Ante tal posibilidad, sintió verdadero pánico.
Podría afrontarlo, sin duda. Tal vez, le viniera bien de cara a su
relación con su hija, pero sería volver a cambiar su vida, ahora
que había cogido un nuevo rumbo: el trabajo, Jose... Pero al
levantarse no había rastro de sangre sobre sus piernas. Delante
del espejo del cuarto de baño su cara seguía siendo su cara,
sus pechos seguían colocados en el mismo sitio... Jose estaba
trabajando en su despacho. Le hizo una visita y le dijo que se
encontraba mal, que llamaría a la oficina para decirles que no
aparecería durante todo el día, que se quedaría en la cama.
Pero Jose la llevó al hospital, a urgencias.
Después de varias pruebas, el resultado de sus malestares era
evidente. Cristina estaba embarazada. No tenía la costumbre
de sentir la regla, solo un par de veces en su vida. No la
había echado de menos, porque, habitualmente, nunca había
convivido directamente con ella. Pero sí, ere esa su estado.
Jose la abrazó ante la noticia, la besó mil veces... Pero el gesto
de Cristina no evidenciaba ningún tipo de alegría. Convertirse
en mujer tiene un pase, acostarse con hombres en vez de hacerlo
con mujeres también, pero quedarse ahora embarazada era llevar
la broma a un extremo demasiado alejado de sus pretensiones.
Aun así tuvo que guardar su reacción, no podía confesarle nada
a Jose. Intentó guardar para sí misma su pesadumbre, y pensar
en cómo afrontar su estado ante Julia, ante Lucía también.
Quedaron dos días más tarde para almorzar, y estaba claro
que Julia no se lo podía tomar demasiado bien.
–¿Seis meses con cuerpo de mujer, y ya te has quedado
embarazado? Eres un inconsciente, Carlos.
52 Jose Acevedo

Para Julia, Carlos siempre sería Carlos, el hombre del que un


día se enamoró perdidamente, por muchas tetas que pudiera
tener ahora, por mucho embarazo que llevara en su vientre.
Nunca se acostumbraría a llamarla por su actual nombre, era
Carlos, era él, su exmarido, un insensato.
–Llevo un par de meses viviendo con un chico, Julia.
–No me parece mal que vivas con nadie, hijo, pero de ahí a
lo otro...
–Perdóname, sabía que reaccionarías mal.
–¿Cómo coño quieres que reaccione, Carlos? Llevo seis
meses ocultándole a nuestra hija tu estado, mintiéndole,
diciéndole que estás de viaje, pero que volverás pronto. Incluso
quería inventarme que te habías muerto.
–¿Cómo?
–Sí, joder. Te morías. Lucía perdía su padre, pero tú serías
como una tía o yo qué sé. ¡Me vas a volver loca!
–Lo siento, Julia. No quiero que le mientas por mi culpa.
–Perdóname tú, tampoco tenía que ponerme así.
–Había pensado incluso en abortar.
–Eso lo tendrás que decidir tú y tu pareja, Carlos.
–Lo sé. Él está muy ilusionado con la posibilidad de tener
un hijo en común. Es buen tipo. Ahora que lo sabes todo, no
puedo seguir guardándote el secreto.
–¡Qué hijo de puta eres, Carlos!
–Lo siento.
–Has confiado tantas cosas en mí, y me ocultas...
–Por miedo, Julia. Sabía que reaccionarías mal.
–¿Cómo quieres que reaccione?
Pero el embarazo siguió, al igual que la relación con Jose,
al igual que su trabajo en la oficina. Todo volvió a aquella
normalidad dentro de lo que se puede considerar normal en
una historia de estas características.
Metamorfosis y otros relatos 53

Ante los cambios que se le venían por delante, decidieron


que era el momento de que volviera a ver a su hija, antes de
que el embarazo se hiciera del todo visible.
54 Jose Acevedo

viii

Era un día especial, temido y ansiado desde aquella noche de


hacía ya seis meses. Sabía que Julia le había ayudado para ese
momento, que sin duda había hablado con ella, que le había
aleccionado sobre lo que se iba a encontrar cuando viera a su
padre. Había quedado en casa de Julia, un poco al respaldo de
cualquier reacción incontrolada de la niña. Él se había vestido
discreto, tampoco era cuestión de escandalizar a nadie, menos
a su hija, que había cumplido ya los once años.
Cada vez que se ponía en el lugar de Julia le entraba el
mismo pánico, pero desde hacía unos días, que había recibido
los resultados del ginecólogo, mucho más.
Cómo contarle que iba a tener un hermano o una hermana,
del que su padre sería la madre. Realmente complicado. Pero
así era.
La chica del árbol

Todos los días tenía que atravesar la ciudad en busca de la


carretera que me conducía a Sevilla. Siempre a la misma hora.
La primera vez no me llamó la atención, ni siquiera la segun-
da, ni la tercera...
Pero las veces sucesivas comencé a fijarme: una chica de
no más de veinte o veintidós años, sentada sobre una silla de
playa, con las piernas cruzadas, leyendo un libro bajo el único
árbol de aquel descampado desierto junto al parque industrial.
Era una estampa que me sorprendía. Llegué a pensar en
muchas posibilidades.
Si era una persona abandonada y no reclamada por nadie.
Si era una persona esperando a alguien sin que nadie termi-
nara de aparecer.
Si vivía simplemente debajo de aquel árbol porque le cobi-
jaba de un sol apabullante en aquellos meses de julio y agosto
del sur.
Si era su asilo de paz, adonde iba todas las tardes a la misma
hora en busca de su espacio de tranquilidad para la lectura.
Descarté rápidamente si era una prostituta buscando en la
periferia y en las proximidades de las fábricas su clientela, no
me daba el perfil, ni por su indumentaria ni por su actividad
intelectual.
Volví a otras horas diferentes, pero sin llegar a descubrir si
realmente estaba o no. La noche lo convertía todo en negro.
En otros momentos del día me era imposible, tenía otra vida
más allá de aquella extraña aparición.
No me quedó más remedio que detener un día mi coche a la
58 Jose Acevedo

hora habitual, acercarme a ella: una belleza inhóspita, sin duda


alterada por mi presencia.
Solo le pregunté qué hacía allí todos los días:
–Vivir, ¿te parece poco? –me contestó.
Lucía

Lucía apenas tendría tres meses. Posiblemente se pondría de


pie y treparía por los barrotes hasta caer al vacío que separaba
su cuna de la cama de matrimonio. Sus berridos alertaron a la
madre que, arrodillada, intentaba tirar de la niña que en su caída
había rodado hasta debajo del lecho. Al principio lloraba, poco
a poco dejó de hacerlo, oponiendo cada vez más resistencia a
los intentos por recuperarla. Hoy ha cumplido quince años.
Aún sigue ahí.
Abrazo

La afluencia al acto ya me anunciaba una sensación inquie-


tante. No más de diez o doce personas salpicaban los asientos
de la sala de conferencias. Un orador intentaba ocultar su des-
asosiego con los pensamientos extraídos de su novela. 
Pocos minutos después me encontraba de nuevo a la intem-
perie. La oscuridad de la noche se había adueñado de la ciudad.
Las callejuelas del centro se encontraban despobladas a pesar
de la hora. En mi reloj no eran más de las ocho. Calle Francos
en toda su largura. Los cuatro locales comerciales que sobrevi-
vían a la crisis respiraban penuria. La soledad se había apode-
rado de la vida, incluida la mía. Cuatro borrachos compartían
una copa de vino en la plaza de Plateros. Alguien se intentaba
ganar la cena tocando un organillo para sí mismo. Otros se
aferraban a estrofas de unas bulerías combinadas con el con-
tenido de más de un vaso. Algunos, simplemente, esperaban
sentados en un banco un mejor momento mientras apuraban
la colilla de sus cigarrillos.
Anunciación y calle Consistorio. La misma sensación de ais-
lamiento, de abandono, de desamparo. La misma melancolía
de las fiestas cercanas anunciadas por la decoración navideña.
Plaza del Arenal, como si no hubiera amanecido para el color,
todo en un fotograma en blanco y negro. Sin los sonidos de las
zambombas, sin el abeto en un lateral de la plaza. Solo algunos
paseantes que no tenían otra cosa que hacer, que se resguarda-
ban del frío de la noche asomada al balcón antes de acostarse
la tarde. De otros que buscaban un poco de compañía, o un
algo de calor que llevarse a la garganta.
66 Jose Acevedo

Calle Larga de comercios anunciando la hora del cierre. Un


cigarro como única ayuda hasta llegar al belén frente al con-
vento de Santo Domingo. Demasiada paz, demasiado sosiego,
demasiada tranquilidad, demasiado silencio, demasiada calma,
demasiado reposo. Ocultando, posiblemente, otras realidades.
Unas cervezas solitarias en el Rincón del César antes de re-
tirarme del todo. 
Qué alivio llegar a casa y poder abrazarte.
Pérdida de identidad

Aparcó el coche en la explanada delante de su casa. Así lo


llevaba haciendo durante los últimos seis años, cuando, por
motivos internos de la empresa, esta le trasladó a la sucursal de
Sevilla; había dejado en Barcelona a sus amigos, a sus padres,
a sus hermanos, al resto de familiares..., y se había desplazado
únicamente junto a su mujer, Gloria, con la que entonces se
acababa de casar.
Antes de subir, decidió tomarse un par de cervezas en uno de
los bares a los que solía ir habitualmente. Le llamó la atención
la frialdad con la que le atendieron, como si no le conocieran
de nada, como si fuera la primera vez que iba... Pero, bueno,
todos podemos tener un mal día de vez en cuando, pensó.
Ya en el rellano de su planta, hizo el intento de abrir la
puerta de su casa. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete u
ocho veces. Sin fortuna, como si a alguien le hubiera dado
por cambiar la cerradura. Se lo hubiera dicho Gloria. Ella no
tomaba ninguna decisión en casa sin comentárselo a él. Llamó
también varias veces al timbre, por si acaso se encontraba
dentro. Cosa improbable, porque a aquella hora solía estar
en la universidad, ahora que le había dado por retomar sus
estudios de Filología Hispánica.
Tuvo que hacer tanto ruido que uno de los vecinos salió a su
encuentro. No recodaba haberle visto hasta ahora. Tampoco él
era una persona que solía relacionarse mucho con el vecindario,
era algo que dejaba más a Gloria. Pero, al menos, haberle visto
alguna vez. Nada, no le sonaba su cara.
–¿Tiene usted algún problema?
70 Jose Acevedo

–Que no puedo entrar en casa. No sé qué le pasa a la


cerradura. Además, mi mujer tampoco está.
–¿Usted vive aquí ahora?
–Bueno, desde hace unos seis años que nos mudamos desde
Barcelona.
–Lo siento, señor, pero no recuerdo que haya vivido aquí.
Esta casa siempre ha estado habitada por una señora mayor.
Debe de haberse ido con sus hijos, porque hace unos meses
que no viene por aquí.
–Debo de haberme confundido de bloque. Perdóneme por
haberle molestado.
–No se preocupe, puede ocurrir. Espero que la encuentre
pronto; a su vivienda, me refiero.
–Gracias.
Salió de nuevo a la calle tras el bochorno de esos minutos.
Estaba completamente convencido de que aquella era su
vivienda. Bloque 6, 6.º C.
Llamó a Gloria, por si acaso le cogía el móvil aunque
estuviera en clase. O por si le devolvía la llamada aunque fuera
unos minutos más tarde. Pero parecía que tenía el teléfono
desconectado.
Entonces decidió regresar a la oficina, hacer tiempo
mientras esperaba alguna novedad. Pero estaba cerrada, dado
que algunos días el horario se ceñía a la jornada de mañana.
Esperó largo rato en el coche, pero sin ninguna noticia de
Gloria, a pesar de los muchos intentos que volvió a hacer para
localizarla. Nada. Aguardó pacientemente en un bar cercano al
trabajo. Bebió unas cuantas cervezas como intentando distraer
la mente. 
Afuera era noche cerrada. Intentó otras llamadas, con la
misma respuesta. Ninguna. A Gloria, a algún compañero, a sus
padres, a sus hermanos... Como si la red estuviese bloqueada,
Metamorfosis y otros relatos 71

o lo estuviera su teléfono. Demasiados interrogantes para tan


escasas respuestas.
Tomó entonces la decisión de buscarse un hotel en el que
poder pasar la noche, en el que poder asearse un poco, despejar
la mente también. Ninguna revelación durante las horas que
permaneció tumbado sobre la cama sin deshacer, ninguna
posibilidad de comunicación con alguien conocido. Todo
aquello comenzó a resultarle un poco angustiante. Imagino
que, ante circunstancias como aquellas, cualquiera de nosotros
se hubiese sentido un poco agobiado.
Al comprobar que eran las siete y media de la mañana salió
de nuevo a la calle. Se encaminó de nuevo a la oficina, pero
nada más cruzar la puerta acristalada que separaba la sala de
espera de los despachos, alguien se le acercó:
–Buenos días, ¿puedo ayudarle en algo?
–Realmente no lo sé. Pensé... Pero debo haberme equivocado
de sitio.
Lo que en los últimos seis años era una oficina de seguros
se había convertido, de la noche a la mañana, en una editorial.
Sus compañeros habían desaparecido, también la decoración
había cambiado por completo. Estaba claro que él nunca había
trabajado allí antes. Lo que no sabía era contestar a la pregunta
que le venía a continuación. Entonces, ¿dónde? Interrogante
al que tampoco llegó a encontrar una respuesta satisfactoria.
De la misma manera que tampoco las había encontrado para
las incógnitas del día precedente.
El teléfono tampoco le servía de solución, a pesar de haber
comprado otro receptor, por eso del por si acaso era un
problema del aparato. Nada, la respuesta era siempre la misma.
Todos los números a los que llamaba le devolvían el mismo
sonido, como si no existieran.
¿Y si hubiera perdido la memoria? En algunas películas había
72 Jose Acevedo

visto esa sensación de amnesia que le ocurría a los personajes...


Pero no podía ser eso, él tenía recuerdos: de haber ido a
trabajar, de los seis años en Sevilla, de Gloria trasladándose
con él, de aquella casa que compraron en aquel bloque 6,6.º
C... La incapacidad para recordar no era el problema, pero
entonces, ¿cuál?
Se alojó durante una semana en el mismo hotel intentando
buscar alguna salida a aquella situación tan paranoica.
Entonces fue cuando se le ocurrió la idea de pedir ayuda a la
policía. Esperó más de dos horas antes que le hicieran entrar
a un despacho, antes de poder explicar uno por uno todos los
acontecimientos de los últimos días, desde el episodio de la
cerradura hasta el de los móviles. Después de algo más de media
hora de explicaciones, el policía que le estaba escuchando y que
había tomado algunas notas, incluidos sus datos personales, le
pidió disculpas, salió de la pequeña habitación y le dejó solo.
Una larga espera.
Regresó acompañado por otro policía.
–¿Han descubierto algo?
–No se preocupe, hombre, no es la primera vez que ocurre
esto.
–No estoy loco, agente.
–Nadie le ha dicho que lo esté.
–¿Qué podemos hacer?
–Acompáñeme.
Y les acompañó a otra habitación, donde le dijeron que
esperase. Todo se iba a aclarar.
Al parecer esto fue lo que descubrieron, teniendo en cuenta
la conversación que mantuvieron ambos agentes sin que él
estuviera delante, claro. Con esos datos figuraba una persona.
Una persona que por la fotografía se correspondía con él.
Por lo tanto existía. Era cierto que había nacido en Barcelona
Metamorfosis y otros relatos 73

hacía treinta y dos años. Que trasladó su residencia a Sevilla


por motivos laborales junto con su mujer, Gloria. Todo eso
coincidía con la información que él les había proporcionado.
Pero lo que no les dijo, o no pudo decirles, o no supo decirles, o
desconocía por completo, era que hacía dos años había tenido
un accidente de tráfico con resultado de muerte. Es decir, él
no existía ya entre los vivos, estaba muerto. Posiblemente,
durante ese tiempo había estado deambulando hasta llegar a
aquella comisaría. Pero eso era solo una posibilidad. En estos
temas, todo son evidencias inciertas.
Pero, como le dijo uno de los agentes, aquellos episodios
se repetían con bastante frecuencia. Incluso tuvieron que
adoptar un protocolo de intervención para casos como aquel.
Fueron a la habitación donde le habían dejado, le invitaron a
acompañarles, le metieron en un coche, le condujeron hasta
el aeropuerto, le metieron en un avión sin destino cierto, al
menos para él, claro.
–No haga más preguntas por favor, ya encontrará las
respuestas que está buscando.
Horas después el avión tomaba tierra sobre una amplia
pista de hormigón. Al descender, un amplio cartel indicándole
el nombre del lugar donde se encontraba. Un país llamado
simplemente “País”.
Tras atravesar la puerta que separaba la pista del exterior,
aquella se cerraba herméticamente. Tanto él como algunas otras
personas que le acompañaron durante el vuelo se encontraron
de repente en una ancha avenida sin coches, sin ruidos, sin
humos, en la que una amplia turba de seres deambulaba de un
lado para otro sin decir nada.
Solo era su destino, o una simple pérdida de identidad. Para
el caso daba lo mismo.
Despedida

Como de costumbre, Carlos llegaba a casa a eso de las diez


de la noche.
Tras aparcar el vehículo encendió un último cigarrillo antes
de entrar, rememorando los acontecimientos de una larga
jornada y deseoso de abrazar a su mujer, a sus dos hijas.
Al llegar a la puerta se encontró con una patrulla de la poli-
cía y dos agentes.
El corazón le dio un vuelco. Algo había pasado, pensó.
Cuando hizo el intento de meter la llave en la cerradura, uno
de los agentes le preguntó por su nombre.
Claro que era él.
–Debe acompañarnos.
–¿Ha ocurrido algo?
–Lo siento, no podemos decirle nada de momento, solo que
debe venir con nosotros.
Lo introdujeron en el coche. Todo un trayecto que se le hizo
interminable hasta la comisaría. En silencio. Escuchando por
emisora las incidencias que se producían en las calles de cual-
quier ciudad grande.
Al llegar le despojaron amablemente de todos sus objetos
personales: la cartera, el móvil, las llaves, monedas sueltas...,
hasta las gafas, que siempre llevaba guardadas en el bolsillo in-
terior de su chaqueta desde hacía más de quince años, cuando
su vista había perdido la agudeza de la juventud.
Después le metieron en un calabozo sombrío. Una mesa,
un par de sillas, una litera de dos camas, un váter en un rincón;
78 Jose Acevedo

además del olor a humedad que inundaba la estancia de esca-


sos metros cuadrados.
Debió de pasar una estancia eterna, al menos por las veces
que le acercaban un triste plato con algo de comida, sin más
compañía que un borracho que trajeron durante la primera
noche y que sin casi decir palabra se quedó dormido en la
cama de abajo.
Fueron dos noches de silencio, salvo el griterío que a veces
le llegaba desde otras estancias cercanas, salvo el viento que
golpeaba el cristal de aquella minúscula ventana que le servía
para distinguir el día de la noche, salvo los pensamientos que a
duras penas intentaba poner en orden en el interior de su ca-
beza: qué estaba haciendo allí, por qué le habrían denunciado,
dónde estaba su mujer, hasta cuándo una explicación aunque
no fuera razonable. Un algo.
Un algo que se hizo esperar el tiempo legalmente estableci-
do. Un agente que le abre la celda, que le invita a acompañarle
hasta un despacho en el que le devuelven una a una todas sus
pertenencias. Solo frases lejanas que no conducen a aclararle
nada:
–Puede marcharse.
–Debe estar siempre localizado por si le necesitamos.
Para volver a la fría calle de principios de invierno. A un taxi
que le devuelva a su casa días después. Al abrazo que no pudo
darle a su mujer, a sus hijas, unas noches atrás.
Una vez dentro, solo el silencio de un hogar desvencijado.
Solo unas fotos recortadas sobre la mesa del salón, una hoja
escrita a mano, unas pocas palabras de despedida: “Lo siento,
Carlos. Hasta siempre”.
Sin arrepentimiento

Cuando Carlos conoció a Cristina, ya llevaba quince años


casado... pero con Lucía.
Cuando Lucía comenzó a desconfiar de su marido, solo se
trataba de ir tirando del hilo de las sospechas hasta llegar a la
certeza de que se encontraba en lo cierto. Empezó a controlar
sus horarios, su teléfono móvil, su correo electrónico, incluso
la intensidad de sus besos y abrazos, también el intervalo de
tiempo que transcurría entre cada vez que hacía el amor con
Carlos, apuntándolo todo en un cuaderno de notas que llevaba
siempre consigo a modo de diario.
Le costó un mundo guardar para sí toda aquella tarea sin
explotar delante de Carlos, ¡basta!, ¡vete!, ¡ámame!... Solo
lloraba en su silencio, de rabia, de sufrimiento, por el amor
perdido.
Conforme avanzaba en la investigación iba presagiando el
final de toda aquella historia, el término de todos aquellos
caminos... Siempre y cuando todo le saliera bien, que no
fallara el último detalle, que no se arrepintiera en el momento
definitivo, ya fuera por miedo, ya fuera por compasión, ya fuera
por todo el cariño acumulado en sus recuerdos junto a Carlos.
Una tarde le esperó a la salida del trabajo. Le siguió. Le vio
aparcar su coche, salir de él poco después, acercarse a una
cafetería. En la terraza le estaba esperando una chica, mucho
más joven que él, que ella. El beso que se dieron no fue más
que la confirmación de sus certezas. Sacó del bolso una pistola
que había comprado en el mercado negro a un precio casi
prohibitivo. Se aproximó a ellos. Sin mediar palabra, sin fijarse
82 Jose Acevedo

siquiera en las caras de pánico de Carlos y Cristina, comenzó


a disparar contra ellos sin pensárselo, repetidas veces hasta
vaciar del todo el cargador del arma, hasta ver sus cuerpos
sangrantes abatidos en el suelo, sin vida.
Había puesto punto y final a su larga historia de amor, a la
de su marido junto a Cristina también. Solo le quedaba esperar
la llegada de la policía.
Encuentro

El bar estaba a reventar de gente. Fuera, la noche despedía


humedad. Después de escribir sobre tanta soledad y abandono,
me apetecía un poco de humanidad, aunque fueran las miradas
de otros desconocidos, las palabras inocuas de personas
extrañas, el ruido de músicas a las que prestaba oídos sordos,
el acercamiento de seres ignorados capaces de cualquier cosa
con tal de no pasar otra noche más bajo la soledad de sus
sábanas, los alcoholes que desinhibían las timideces de los que
son incapaces de mostrarse como son en su ausencia... 
En el interior, ahí estabas. Con tu mirada fija en un libro
que precisamente había escrito yo. Aislada de todo lo que te
rodeaba como si te encontraras en una isla perdida, en una
biblioteca solitaria, en el destierro de tu habitación.
Ibas preciosa. Un abrigo negro desabrochado. Un vestido
rojo que asomaba en su interior. Unas piernas que quedaban
al descubierto desde medio muslo hacia abajo. Unos enormes
tacones también oscuros.
Entonces te vi, sin valor para acercarme. Molestarte en tu
difícil tarea de entender lo que estabas leyendo. En la barra
conseguí hacerme un sitio para pedir una simple cerveza, un
hueco desde el que poder contemplarte en la distancia. No
recuerdo si fueron horas, pero sí muchos minutos. Me tomé
unas cuantas mientras te espiaba a unos metros. Sin levantar
la mirada en ningún momento. Imaginándote de mil formas.
Mientras paseábamos juntos cogidos de la mano, mientras
brindábamos por cualquier cosa, mientras escribía en mi
ordenador y estabas sentada a mi lado o me abrazabas por
86 Jose Acevedo

detrás, fija en la pantalla aquella historia que salía por sí sola


pulsando las letras del teclado, mientras te hacía miles de fotos
con tal de no olvidar nunca la belleza de tu cuerpo en mil poses
distintas, mientras tapeábamos en cualquier bar junto a unas
cuantas copas de vino de la tierra, mientras nos perdíamos
en cualquier ciudad recorriendo sus innumerables rincones –
Nueva York, Estambul, París, Barcelona–, mientras nuestros
cuerpos desnudos se fundían en uno solo durante horas
interminables sin cansancio, mientras nos enamorábamos por
una simple puesta de sol con los pies desnudos tocando el
agua de la orilla... Cuántas cosas llegué a soñar a tu lado en tan
poco tiempo.
Después de toda aquella lectura sin levantar la mirada, de
todas aquellas botellas acumuladas sobre la barra del bar, te vi
cerrar el libro, levantarte, abandonar tu mesa, acercarte a mí y,
sin decir nada, acercar tus labios a los míos, forzar el encuentro
de dos bocas extrañas que se topan por primera vez. Llegué a
robarte el carmín, aspirar todas nuestras lágrimas contenidas,
todos nuestros silencios escondidos. No hacía falta decirnos
nada. Solo coger tu mano, cada vez con más fuerza, dejar el
bullicio de los otros y volver al relente de la calle. Daba igual,
los sentimientos nos protegían del frío.
Y paseamos sin decirnos nada, para qué si nuestros cuerpos
hablaban por sí solos.
Hace ocho años de aquel encuentro. 
Sigo compartiendo tu deseo.
Imaginación

Un día cerró los ojos a la realidad.


La cámara fija en un primer plano de Carlos, alejándose des-
pués en un zoom progresivo que le contemplaba sentado en
una de esas terrazas que poblaban las ciudades a partir de la
primavera, sobre todo aquellas situadas más al sur en el mapa,
lo mismo da que fuera en Sevilla, en Jerez de la Frontera, en
Huelva, en Cádiz, en Málaga...
Carlos no estaba solo aquella noche. Porque era de noche
en aquella plaza, no porque hubiera cerrado los ojos, sino por-
que la luna husmeaba en todo lo alto, los bares tenían encen-
didas sus iluminaciones, las modernas farolas del alumbrado
público también contribuían a la claridad a pesar de la hora; la
indumentaria de las personas que ocupaban la terraza era más
propia para la oscuridad, predominaba el negro en las mujeres,
los tonos más claros en los hombres. Debían de ser aproxima-
damente las diez.
El objetivo se mantiene a una distancia prudente, para no
perder detalle, para no molestar tampoco. En ese no dejarse
nada importante de lado, descubre que Carlos no se encuentra
solo. A su lado hay una mujer con la que habla. El tema de la
conversación no importa, pero sí parece amena, enfrentada sin
ningún tipo de ofuscación. Sobre la mesa, la mano izquierda
de él agarrando con suavidad la derecha de ella.
Él está de espaldas, ella de lado, con un vestido a medio
muslo mostrando unas hermosas piernas, con unos bonitos
zapatos de tacón alto. No dejan de mirarse fijamente en su
conversación, también cuando silencian sus voces, sin dejar de
90 Jose Acevedo

sobarse las manos, siempre con parsimonia y dulzura, como


utilizando un segundo lenguaje además de sus voces que no
escuchamos, tampoco importa.
Comparten una botella de vino tinto.
Podrían ser una pareja de novios, de marido y mujer, de
amantes, de amigos que han descubierto un sentimiento más
profundo que la amistad, o bien acaban de conocerse y están
intimando para relacionarse mejor. Tampoco importa.
El tiempo pasa, porque lo hace inexorablemente para todos.
Porque las copas se van vaciando y volviendo a llenar. Porque
siguen en su diálogo mudo y en tus roces continuos. El tiempo
que haga falta. No tienen prisa. Han cerrado los ojos a la reali-
dad. En los ensueños no existen los relojes, ni las obligaciones,
ni las responsabilidades, ni los deberes. Solo disfrutar de esa
fantasía que comparten.
Puede que ayer, antes de cerrar los ojos, su existencia fuera
completamente diferente. Tendría un trabajo al que dedicar
muchas horas. Se le acumularían las facturas que pagar todos
los meses. Compartiría la cena de todas las noches con una
mujer con la que se han agotado las palabras. Se quedaría dor-
mido en el sofá después de soñar con una realidad diferente
delante de sucesivos programas en la televisión a los que no
prestaba demasiada atención. O puede que fuera diferente. La
cámara no la capta, pero no hay que ser muy inteligente para
poder imaginarla. La de ella no será mucho mejor, aunque no
podamos aprehenderla. Un hijo que ha crecido y ya no de-
pende tanto de ella como hace unos años. Un empleo que no
entró en sus planes cuando estudiaba con ahínco en la uni-
versidad. Un marido al que cada vez le une menos. También
existe la posibilidad de que sea distinto. Son posibilidades a las
que no debemos cerrarnos, están lejos del alcance de nuestro
objetivo, se limita a sus interioridades, a sus propias vidas aje-
Metamorfosis y otros relatos 91

nas a la nuestra, a la de los espectadores que contemplan desde


sus butacas aquella escena.
Pero lo que parece innegable es que nuestros personajes han
sellado sus sentidos a la costumbre, a la cotidianidad, conver-
san sobre otras cosas, puede que humanas, divinas. Y si Carlos
fuera pintor y la estuviera imaginando desnuda delante de ella
como modelo. Y si fuese músico y le sirviera de inspiración
para su siguiente composición. Y si fuera escritor y la convir-
tiera en la protagonista de sus relatos. Y si no fuera más que
un conductor de camiones y la estuviera convenciendo a ella
para que le acompañara a su lado a lo largo de todo el mundo.
Qué más da lo que fuera, lo importante es lo que son, lo que
serán mañana cuando puedan abrir los ojos y recuerden la no-
che anterior.
Aquella en la que la cámara les vio levantarse después de
haber vaciado algunas botellas de vino tinto, alejarse con parsi-
monia agarrados de la mano mientras acercaban sus labios en
un intenso beso, perderse del objetivo en busca de unas horas,
de una noche, de unos días, de unos meses, de unos años, de
una eternidad de intimidad. Ya no importa verles, solo imagi-
narles en la soledad de una habitación de hotel, desnudando
sus cuerpos mutuamente, acercando sus pieles en un abrazo
que nos pone los vellos de punta, no solo por el deseo que des-
prenden sus cuerpos ávidos de pasión, también la envidia que
nos corroe cuando les vemos desconectar de su cotidianidad
lanzándose a realidades con las que todos fantaseamos alguna
que otra vez sin confesarlo en voz alta. Lo que vino después se
quedó en la intimidad de aquella habitación anónima.
A la mañana siguiente, cuando Carlos se despierte alterado y
descubra que ella no está a su lado, seguramente descolgará el
teléfono, oirá su voz, quedará con ella en una de esas terrazas
de la noche anterior, la verá sentada a su lado, su realidad habrá
92 Jose Acevedo

cambiado por completo. La imaginación se habrá convertido


en certeza. Su mundo, mejor que el que había fantaseado.
Su olvido era su destino

Era más temprano de lo habitual.


Aun así, debía de estar amaneciendo por la tenue luz que
penetraba a través del resquicio que dejaba la persiana bajada,
aunque no del todo.
Dejó a Lucía durmiendo sobre su lado de la cama y se
levantó, intentando hacer el menor ruido posible al cerrar la
puerta del dormitorio.
Se fue directamente a su cuarto de trabajo, aquel espacio que
siempre visitaba a aquellas horas tan madrugadoras cuando
se desvelaba del sueño; aquel espacio de unos diez metros
cuadrados invadido por una mesa amplia con su ordenador
y múltiples carpetas de hojas ordenadas con anotaciones,
apuntes, dibujos y textos; un sofá de dos metros de largo,
tapizado en distintas tonalidades de rojos, una pequeña
estantería con todas las obras de sus tres autores de cabecera
–Murakami, Auster y Nothomb–, una silla y dos lámparas, una
de techo y otra de pie junto al sofá. Junto al ordenador, la
abertura de una ventana lindante con las viviendas de otros
propietarios.
Cerró la puerta cuidadosamente y encendió el ordenador.
Reinaba un silencio absoluto, solo quebrado por el gorjeo de
algunos pájaros con sus canturreos de buenos días.
Ni siquiera encendió la luz, ni levantó la persiana,
iluminándose con la única claridad que le devolvía la pantalla de
la computadora. Buscó el archivo en el que había comenzado
a trabajar la tarde anterior, releyó las escasas líneas que había
redactado y siguió el hilo de su argumento:
96 Jose Acevedo

Destino

Cuando se encaminaba a casa, no podía imaginar lo que le


esperaba en las próximas horas.
Había borrado el sabor de los besos de la otra persona con
unas copa de vino en el Tabanco Plateros, pero sin superar la
frontera que separa la inconsciencia del disimulo.
Atravesando la calle Consistorio llegó hasta el parking de
la plaza del Arenal para recoger su coche. Diez minutos de
conducción hasta llegar a su barriada. Debían de ser sobre
las nueve de la noche, la hora habitual de llegada a casa, a
la que regresaba también Lucía, su mujer, del gimnasio; a
la que se sentaban en torno a la mesa para compartir unas
latas de cerveza, una cena que ella preparaba con esmero,
unas conversaciones sobre la rutina diaria de cada uno en sus
trabajos.
Desde la calle se veía la luz encendida de la habitación, con
la persiana medio bajada. Allí estaba la mujer con la que se
había casado seis años antes, de la que se había enamorado
profundamente una noche de soledad que compartieron
en un bar de copas, a la que tanto le debía por su entrega
incondicional. Sí, a pesar de la otra persona. Son situaciones
que los demás no llegamos a comprender, aunque él pudiera
hacerlo con toda la naturalidad del mundo, eso de compartir
sus sentimientos, eso de la doble vida que mantenía, que por
supuesto ocultaba, desde hacía unos cuatro años.
Abrió la cancela que conducía a un pequeño patio exterior
de la vivienda, un reducido espacio que en aquella época del
año rebosaba del colorido de unos arriates repletos de flores
de todo tipo (jazmines, geranios, rosas, azaleas, belladonas,
claveles). Encendió un último cigarrillo, no sabemos si para
ocultar el sabor del vino, o simplemente por la costumbre de
utilizar aquel lugar como su zona privada de fumadores desde
que Lucía le prohibiera hacerlo dentro de la casa, hace ahora
tres años. O ambas cosas a la vez.
De lo que no se percató durante ese lapsus de tiempo que
le duró el cigarrillo, era de una maleta situada delante de la
puerta que separaba aquel patio del interior. Cuando la vio,
Metamorfosis y otros relatos 97

claro que le llamó la atención aquel objeto allí situado. La miró


sin más, sin llegar a preguntarse nada, mientras intentaba hacer
girar la llave en el interior de la cerradura sin conseguirlo. Lucía
debió de haber dejado puesta su llave por dentro, de forma
que resultaba imposible hacer funcionar el mecanismo desde
fuera. No le quedó más remedio que llamar al timbre. Varias
veces. Hasta sentir el ruido metálico de una llave girando desde
el otro lado, también el de una puerta abriéndose poco más de
un palmo, espacio suficiente a través del cual pudo asomarse la
mirada de Lucía, un semblante entre la tristeza y el malhumor,
con signos evidentes de haber llorado no hacía mucho tiempo,
pero con una voz lo suficientemente firme y serena para poder
decirle lo que le tenía que decir:
–Carlos, lo sé todo. En la maleta tienes tus cosas. Ahora
vete y, por favor, no vuelvas por aquí más. Ni siquiera se te
ocurra llamarme...
–Pero, Lucía...
–Por favor, Carlos, no me lo hagas más difícil.
Para verla cerrar nuevamente la puerta, echar la llave,
dejándole allí sin palabras que decir, sin pensamientos que
traer a su mente. Como si todo aquello le pareciera claro,
evidente, hasta lógico. No era más que la consecuencia de su
relación con Antonio, aquel chico al que conoció una tarde
hacía cuatro años en cualquier sitio, y que desde entonces le
daba aquello que Lucía no podía aportarle. Era evidente.
Tan perplejo se quedó, que ni siquiera llegó a preguntarse
cómo se había enterado de su relación con Antonio. Lo
mismo daba. Estaba claro que era un riesgo que asumía, una
consecuencia que podía traerle su comportamiento, aunque
nunca llegara a pensar que el momento podía llegar. Llegó
aquella tarde. Solo le quedaba ahora asumir la culpa, también
la condena. Coger aquella maleta que con tanta dedicación le
había preparado Lucía y regresar al coche.
Una vez allí, llamó por teléfono a Antonio para contárselo
todo, también buscando un poco de consuelo en aquel
momento complicado, también un cobijo al menos para
aquella primera noche a la intemperie. Pero Antonio reaccionó
de una manera que Carlos tampoco logró entender:
98 Jose Acevedo

–Lo siento, Carlos. Sabes que esto podía pasar en cualquier


momento.
–Podría quedarme en tu casa al menos esta noche, Antonio.
–Ni se te ocurra aparecer por aquí. Sabes que tampoco vivo
solo. Si quieres, podemos hablar mañana.
–Y qué puedo hacer esta noche, Antonio. Además, no
entiendes que me puedo encontrar mal, que te necesito, coño.
–Me lo puedo imaginar, pero no puedo hacer nada por ti...
Llama a tus padres, a lo mejor ellos pueden entenderte.
–Joder, Antonio.
–Lo siento, Carlos.
Para colgarle definitivamente el teléfono, para hacerle sentir
doblemente abandonado en cuestión de cinco minutos. Él,
que tan feliz se sentía durante todo este tiempo atrás.

Al rato escuchó un ruido procedente del otro lado de la


puerta, pero no le dio demasiada importancia. Posiblemente,
Lucía acabaría de levantarse, entraría en el cuarto de baño;
después, al ver que se había levantado entraría en el despacho
para darle el beso de los buenos días, o bien, bajaría a la cocina
a preparar el desayuno, e instantes después, cuando estuviera
preparado, lo llamaría para compartir ese primer instante de la
mañana como lo hacían habitualmente.
Pero había pasado un lapso de tiempo importante sin que
ella entrara a saludarle, sin que escuchara su voz pidiéndole que
bajara porque el café había subido ya. Claro que le extrañaba
un poco aquel comportamiento tan silente de Lucía, pero a
cualquiera puede sucederle en un momento determinado. Lo
cierto era, que cuando encendió el ordenador, el reloj de la
pantalla le indicaba que eran las 7:30; que cuando escuchó
el sonido de Lucía al abrir y cerrar la puerta del dormitorio,
le indicaba que eran las 9:00; que ahora marcaba las 11:30.
Demasiada espera. La primera vez que Lucía no daba señales
Metamorfosis y otros relatos 99

de vida durante tanto tiempo, además siendo sábado.


Tuvo un pensamiento repentino. Se sobresaltó, se levantó
súbitamente y salió de la habitación para dirigirse a la planta
inferior de la casa. Pensó que algo le tenía que haber pasado,
ella, sola, allá abajo, sin que nadie acudiese en su socorro, puede
que ya no tuviese remedio. Pero la casa estaba completamente
en silencio, la cocina recogida. De regreso al dormitorio, la
cama hecha. Sin noticias de Lucía.
Fue cuando se le ocurrió enviarle un mensaje por el móvil:
“¿Dónde estás? Me ha extrañado que te hayas ido de casa sin
decirme nada”. Sin respuesta, aunque llegaran a pasar algunos
minutos, muchos minutos, incluso algunas horas. También
le hizo varias llamadas, pero más de lo mismo. Sin respuesta.
Intentó buscar algunas explicaciones a aquel comportamiento,
aunque solo fuese para intentar calmarse. Se había levantado
con una idea fija y se fue corriendo sin acordarse de decirle
nada, ignoraba que él pudiese encontrarse trabajando en el
ordenador: si no había nadie en la casa, de quién tendría que
despedirse.
Con aquellas ideas razonables intentó serenarse con
“Destino”:

Así que llamó a sus padres. El fijo no le respondía. Volvió


a intentarlo, esta vez al móvil, y escuchó la voz lejana de
aquella señora de sesenta y cinco años recién jubilada, pero
tan pletórica de la vida como si fuese una mujer cuarenta años
más joven.
–¿Mamá?
–Ay, hijo, eres tú. Dime.
–Me gustaría hablar con vosotros. Tengo un problema.
–Cuéntame. Qué te ocurre.
–Mamá, es algo que no se puede contar por teléfono.
¿Puedo ir a vuestra casa?
–Ay, lo siento. Pero tu padre y yo estamos de viaje en
100 Jose Acevedo

Mallorca. No sé si te dije que nos íbamos ocho días con el


Imserso.
–No me acuerdo, mamá.
–Pues aquí estamos, estupendamente. Hoy nos han llevado
a ver Ibiza, qué espectáculo, Carlos. Ahora nos están dando la
cena, y después a bailar. Qué alegría esto de poder jubilarse, de
poder disfrutar los días que nos quedan, mientras nos deje la
salud. Pero, cuéntame, hijo. Dime lo que te pasa.
–Nada. Déjalo, mamá. Hablamos a la vuelta. Pasadlo bien, y
dale un beso a papá de mi parte.
–No me dejes preocupada, Carlos.
–Que no, mamá. No es nada importante. Estoy bien.
–Como tú quieras. Cuídate, hijo.
Volviendo al silencio del interior del coche. Al no querer
pensar, a pesar de ser consciente de que tenía que buscar una
solución inmediata. Al menos para aquella noche. Mañana ya
vería.
Pensó en lo de un hotel, pero no le convencía demasiado
la solución. Le parecía de lo más triste del mundo pasar
precisamente aquella noche, tumbado en una cama desierta,
dándole vueltas y más vueltas a la cabeza. Fue esa sensación
de amargura, de tristeza a los hoteles no compartidos, lo que
le empujaba a descartar esa idea, al menos de momento. Si no
encontraba otra solución... ya vería.
Llamó con insistencia a Lucía. No quería perderla de
aquella forma, sentía que le debía, al menos, una explicación,
implorarle perdón... Pero Lucía no le cogía el teléfono. Sabía
que seguía en casa, la luz del dormitorio continuaba encendida.
Después llamó a varias personas que consideraba amigas,
pero todas tenían una excusa que ofrecerle. Por último se
acordó de su amigo Leo, marcando su número.
–¿Leo?
–Hostias, Carlos. Qué de tiempo que no sé nada de ti,
cabrón.
–Sí que hace tiempo.
–Qué te pasa, porque tú siempre me llamas cuando te
ocurre algo.
–Perdóname, pero llevas razón. Esta vez te lo diré claro.
Metamorfosis y otros relatos 101

Lucía acaba de echarme de casa. Necesito contártelo, Leo.


Alguien que me escuche, con el que poder desahogarme. Si
quieres, después me partes la cara por gilipollas.
–Te la tenía que haber partido hace tiempo... Habrá que ver
en qué lío te has metido ahora para que tu mujer te eche de
casa.
–Si quieres te cuento.
–No, déjalo. Vente para casa y hablamos. No hay ningún
problema para que te quedes esta noche, o las que hagan falta.
No creo que le importe a Nieves. ¿Te acuerdas de dónde vivo?
–Si no has cambiado de domicilio, claro.
–No, es el mismo.
–El tiempo de llegar, tú sabes, una hora más o menos.
–Aquí estaremos.
–Gracias, Leo.
–De nada, mamón.
Y hacer un último intento de hablar con Lucía, sin éxito.
Sin ganas tampoco de montar un escándalo a aquellas horas,
golpeando la puerta hasta que ella accediera a escuchar sus
explicaciones. Si lo sabe todo, lo cual es evidente, o al menos
lo parece, ya debe de ser duro enfrentarse a la historia de un
marido que lleva cuatro años engañándola, con lo enamorada
que ha estado de él siempre, con la de cosas que ha hecho por
él en todos estos años... Y, encima, con un tío, hijo de puta,
cabrón, maricón de mierda...

Pero Lucía no apareció a la hora de la comida, tampoco


durante la tarde. Alguna explicación debía de tener, no tenía
que ponerse siempre en lo peor. Le reenvió el mismo mensaje,
le volvió a hacer algunas llamadas al móvil. Sin respuesta.
Seguramente Lucía volvería pronto, sería el momento en el
que ella le explicara por qué salió repentinamente de casa, sin
buenos días, sin beso, sin compartir el desayuno, sin despedidas;
por qué no llegó a contestar su único mensaje repetido en
varios momentos del día, a devolverle la llamada en cualquier
102 Jose Acevedo

momento. Tampoco era la primera vez que Lucía se olvidaba


de sus mensajes, de sus llamadas. Siempre había sido así de
despistada: o lo hacía en el momento preciso, o se le iba el
santo al cielo y lo relegaba por completo al olvido.
Bajó y se preparó algo de comer. A través de la ventana de
la casa vio que el coche de ella no estaba. Era lo más plausible,
si Lucía se había ido, se había tenido que llevar el coche. Ella
no hacía nada sin su coche, y menos andar.
Subió de nuevo a la habitación y se tumbó en el sofá un rato.
Echó mano al libro que tenía entre manos y leyó: “Por encima
del portal, balcones y ventanas. Los del primero, cerrados a
cal y canto. Los del segundo, también. Uno, dos, tres, cuatro
balcones. A través de las cristaleras de una de las ventanas del
tercero, una mano que descorre las cortinas, imagino que para
hacer entrar un poco de luz en las habitaciones, o simplemente,
continúo imaginando, para hacer más respirable el ambiente
interior. No por mucha imaginación sí es visible una cabeza que
se mueve de un lado a otro: aireando, descorriendo, viendo, comprobando,
cotilleando... ¡Quién sabe! Unos metros más arriba, en el cuarto,
la cabeza de una mujer asomada por uno de los huecos abiertos
en la pared, mirando primero hacia abajo, después perdiendo
la mirada en el infinito, encendiendo un cigarrillo, arrojando la
ceniza al vacío y desapareciendo de repente. ¿Qué podría estar
pensando aquella pobre mujer? Especulemos un poco”.1
Pero se quedó completamente dormido.
Es imposible saber cuánto tiempo pasó ausente, solo que
se despertó de repente al escuchar ruido al otro lado de la
puerta. Era la voz de Lucía, pero no se encontraba sola. Se
oían risas, frases del todo inaudibles, pero era el timbre de ella,
acompañado del de un hombre. Sin abrir la puerta del estudio

1 Extractos del relato “El tablero de ajedrez”, del libro Relatos para la tortura
de un abandonado doméstico (Jose Acevedo, 2013. Barcelona: Ediciones Carena).
Metamorfosis y otros relatos 103

intentó aguzar el oído, pero sin llegar a escuchar nada, más allá
de simples murmullos.
Pasos subiendo la escalera, el golpear de una puerta al
cerrarse. Después, silencio. Dudó entre salir para comprobar
qué pasaba, o simplemente no hacer nada y quedarse a la espera
de cualquier otro acontecimiento, sin saber a ciencia cierta que
podría ser aquel otro acontecimiento. También intentó calmar
su ansiedad buscando respuestas mentalmente mientras volvía
de nuevo a su texto:

Así que desistió de la idea, arrancó el coche y buscó la salida


de Jerez hacia la AP-4 en dirección a Sevilla. La noche se
había hecho oscura del todo, la autopista estaba prácticamente
solitaria, sobre todo en el sentido a Sevilla. El indicador de
velocidad le marcaba 150 km/h. A esas alturas le daba igual
todo, las circunstancias le empujaban a la inconsciencia más
absoluta, a un vacío difícil de llenar. Lucía, aquella relación
de seis años, los maravillosos momentos vividos con ella, o el
cómo lo estaría pasando en aquellos momentos, sola, tumbada
sobre la amplia cama semivacía, llorando completamente
desconsolada, preguntándose una y mil veces por qué le había
hecho aquello. Pero también el vacío que le había provocado la
conversación con Antonio, sobre todo, después del maravilloso
momento que pasaron juntos aquella misma tarde, abrazado
a su cuerpo desnudo, besando sus labios carnosos, sintiendo
su pene entrando en el interior de su cuerpo... No llegaba a
comprenderle, sinceramente. Como si toda su relación hubiera
resultado un juego mientras no hubiera riesgos, pero ahora...
Quién sabe lo que se le ha podido pasar por la cabeza: que
también tenía una mujer, tres hijos con los que ejercía de
padre... Tal vez... Pero también estaban aquellos presuntos
amigos a los que telefoneó buscando al menos una palmadita de
consuelo... Todas aquellas imágenes le venían reiterativamente
a su pensamiento, provocándole esa sensación humana de
desolación, de soledad, de angustia, de desamparo, de tristeza,
de dolor, de pesar...
104 Jose Acevedo

Aminorando la velocidad para atravesar el peaje a la altura


de Las Cabezas de San Juan, retomando el impulso para llegar
cuanto antes a Sevilla, derramando cientos de lágrimas que
humedecían sus mejillas, siempre en el silencio más absoluto,
sin buscar siquiera la compañía de la música, que tantas veces
le acompañaba en sus muchos kilómetros de carretera en
aquel mismo coche.
Antes de llegar a Los Palacios el vehículo fue perdiendo
velocidad, buscando el arcén hasta detenerse por completo.
Ya era lo que le faltaba al día, pensó. Pero tenía que seguir
tomando decisiones, buscando soluciones para superar las
trabas que le estaba poniendo por delante el dichoso destino.
23 de junio, noche de San Juan. Al menos, alguien le estaba
esperando unos kilómetros más adelante. Debía aferrarse a
alguna esperanza, buscar algún consuelo. Mandó un mensaje
al móvil de Leo, diciéndole que llegaría un poco más tarde,
que había tenido una avería en el coche y estaba esperando a la
grúa, pero que llegaría. También llamó al servicio de asistencia
en carretera de la compañía aseguradora, la grúa tardaría una
media hora en llegar. También a Lucía, por si acaso el silencio
de la noche le había hecho recapacitar algo.
Todo lo demás era el mutismo del verde agreste del día
convertido en una negritud excesiva para una noche como
aquella, de luz, de estrellas, de sonidos, de ilusiones, de sueños,
de fantasías, de imágenes, de visiones, de aspiraciones, de
recuerdos de su infancia celebrando en Cataluña las verbenas
de San Juan... Tal vez era su propia oscuridad la que no le
dejaba ver aquellas miles de estrellas inundando el cielo, con
la luna acompañándolas. Solo el parpadeo de las luces de
emergencia, el resplandor de un cigarrillo tras otro, los faros
deslumbrantes de los escasos vehículos que circulaban a alta
velocidad.
Todo igual en un intervalo de tiempo que transcurría con
parsimonia... Hasta que el faro del coche se fue haciendo cada
vez más cercano, tanto que llegó a estacionar detrás del suyo.
Mientras se acercaba para comprobar quién podía acudir en
su auxilio, vio descender del mismo a una mujer joven, guapa,
ataviada con un vestido claro de tirantas, con unos zapatos
Metamorfosis y otros relatos 105

de tacón en la misma tonalidad o parecida. Pensó que era un


ángel, o una mujer demasiado piadosa para que con ese aspecto
pudiera detenerse a socorrer a una persona en la autopista a
aquellas horas.
–Buenas noches.
–Buenas noches.
–¿Podría ayudarte en algo?
–Muchas gracias por detenerte. Acabo de avisar a la grúa.
El coche se ha parado de repente y no hay forma de hacerlo
arrancar.
–Cosas que pasan.
–Además un día como hoy, en el que no tenía que haberme
levantado.
–No digas eso, las cosas nunca pasan porque sí. Ven
conmigo.
–Muchas gracias, pero mejor esperar a la grúa, no creo que
tarde mucho.
–Anda, ven conmigo. –Mientras, le cogía de la mano y le
invitaba a abrir la puerta delantera derecha del coche–. Aquí
no tenemos nada que hacer.
–Bueno, mujer, ya te he dicho que la grúa debe venir pronto.
–No te preocupes por eso, ya vendrá y se llevará el coche.
–Déjame al menos que coja los papeles del coche y la
cartera, los he dejado dentro.
–Conmigo no vas a necesitar nada, así que no te preocupes.
Una vez dentro del coche de ella, arrancó y empezó a coger
velocidad, dejando atrás el vehículo averiado de Carlos en el
arcén con el parpadeo de las luces de emergencia.
–¿Dónde vamos?
–No seas tan curioso, ya verás.
Cuando dos, tres, cuatro minutos después, mientras el
indicador marcaba una velocidad de 180 km/h, el coche se
salía de la carretera, golpeaba con violencia el quitamiedos
hasta romperlo, y se estrellaba contra uno de los árboles que
custodiaban aquella recta.
Solo una humareda tibia, el estampido de un claxon
rompiendo el silencio de aquella noche estrellada y luminosa.
Un par de horas después los bomberos consiguieron sacar
106 Jose Acevedo

del coche, entre el amasijo de hierros, el cuerpo sin vida de


Carlos. Sorprendentemente, él estaba sentado en el lado
derecho. En el izquierdo no había nadie. Como si el coche
no llevara conductor, como si se hubiera evaporado por el
fuerte golpe, como si hubiera sobrevivido milagrosamente y le
hubiera dado tiempo y salud para huir del lugar del siniestro,
como...
Son cosas del destino a las que no siempre tenemos que
buscarle una explicación, porque, simplemente, no la tienen.

Cuando se dio cuenta de la hora que era, el reloj de la


pantalla indicaba las 23:20. Cuando clicó con el ratón sobre el
reloj, también se dio cuenta del día que era: 20/1/2014.
No podía ser, era del todo imposible, absurdo, inverosímil.
Cuando se había levantando aquella misma mañana, el reloj
marcaba las 7:30, pero si de algo estaba convencido era de la
fecha en que se encontraba viviendo: 18/1/2012. Es decir,
¿llevaba dos años encerrado en aquella habitación? ¿Había
tenido un sueño de dos años de duración? No podía ser, se
hubiera dado cuenta, su cuerpo le hubiera pedido alimento,
algún líquido, cualquier otra necesidad fisiológica, los años no
transcurren así, de esa manera tan repentina.
Cuando el reloj marcaba las 1:22 de aquel 21/1/2014, tuvo
la determinación de entrar en aquella habitación cerrada, pero
intentando hacer el menor ruido posible. En la cama, que hasta
aquella misma mañana compartía con Lucía, ella dormía junto
a otra persona. Podría haber encendido la luz, podría haber
levantado la voz, podría haber dicho algo... pero no hizo nada,
cerró la puerta con el mismo cuidado y regresó a su espacio
de diez metros cuadrados, su refugio durante los dos últimos
años solitarios, olvidado.
Regresó al sofá, a esperar que le visitara el sueño, que al
despertar del día siguiente, o del día que fuera, la realidad
Metamorfosis y otros relatos 107

pudiera volver al presente de aquella misma mañana, un día


más, no dos años después, también a la voz de Lucía llamándole
para desayunar juntos, al ruido de la puerta abriéndose para
verla entrar y darle su beso de buenos días. Leyó para intentar
acelerar la modorra, para que la claridad del nuevo día penetrara
cuanto antes por los resquicios de la persiana. Siguió leyendo:
“No sé cuántos días pudieron transcurrir... pero cada jornada
seguía desarrollándose de la misma manera. Las mismas
personas. Los mismos horarios. Y aquel objeto, allí tirado, con
cada vez peor aspecto y al que nadie veía. Una mañana a eso
de las ocho treinta, cuando aún el portal parecía tranquilo, un
furgón blanco que entraba por la derecha me llamó la atención.
Reconozco que desde que aquel peón negro fue expulsado del
tablero madrugaba más, dormía más intranquilo, no lo sé, pero
desde bien temprano, me postraba frente a aquella ventana,
esperando acontecimientos. Pues bien, aquella mañana a eso
de las ocho treinta, el furgón se paró más o menos a la altura de
lo que en su día fue el señor . Paró su motor. Un tipo con un
mono verde abrió la puerta y descendió. Parecía corpulento.
Tenía el pelo largo y barba. Se dirigió a la parte trasera del
vehículo y abrió la puerta. Hablaba con otro tipo...”.
Así hasta quedar dormido de nuevo, profundamente. Hasta
despertarse tiempo después sobresaltado, levantarse y abrir
la puerta de la habitación para encontrarse de repente con la
nada. El resto de la casa había desaparecido por completo,
aquel espacio, donde había estado durante todo ese tiempo,
se encontraba suspendido de alguna forma en el aire, o sobre
cualquier otro soporte que no atinaba a ver. Su realidad se
limitaba a aquellas cuatro paredes, el resto se había evaporado,
olvidado.
La cita

Carlos estaba en la puerta del hotel donde le había citado.


Como le había advertido, nunca antes de las 18:30.
Fumándose un cigarrillo tras otro con tal de no adelantarse,
intentando apagar también la ansiedad que le oprimía el pecho
desde bien temprano, cada vez que le venía a la cabeza una
cita privada con aquella chica a la que ni siquiera conocía,
recordando las innumerables conversaciones que había
mantenido con ella tantas noches atrás hasta altas horas,
repletas de deseo, de lujuria, de lascivia. Hasta aquella víspera,
que le citó en ese punto determinado siguiendo una serie de
instrucciones.
Miedo no tenía, aunque sí un algo de recelo por no saber
con quién se iba a encontrar escasos minutos después.
No dejaba de dar ávidas caladas al cigarro, mirando una y
otra vez su reloj, como si estuviera convencido de que así los
segundos correrían más deprisa.
A la hora exacta recibió un mensaje en su móvil con el
número de la habitación donde le estaba esperando. Entró
y buscó directamente el ascensor. Intentó mostrar toda la
naturalidad del mundo, como haciéndose pasar por un cliente
más que regresaba a su habitación para descansar después de
pasar la hora de la siesta dando un paseo por aquella ciudad
que tan bien conocía.
Planta 4. Habitación 421.
En el interior de aquel habitáculo solitario iba sintiendo
como el corazón se le iba acelerando, una fuerte punzada en la
nuca, señal de que se le disparaba la tensión arterial.
112 Jose Acevedo

La puerta automática se abrió con parsimonia y silencio,


dejando ante sí un largo pasillo a izquierda y derecha. Paredes
color crema decoradas con fotografías en blanco y negro de
la ciudad, moqueta de tonos rojizos perfectamente aspirada,
puertas de tonalidades de roble tirando a castaño, todas
ellas cerradas a cal y canto, y sobre todo un lúgubre silencio,
paz, sosiego, tranquilidad, calma, reposo, solo roto por las
pulsaciones aceleradas que salían de su interior y que era
incapaz de controlar.
Habitación 421.
Carlos, delante de la frontera que le separaba de lo
desconocido, de algo que esperaba con ansia, también con
desconfianza. ¿Y si no fuera tal y como se la había imaginado?,
se preguntaba a sí mismo.
Pero llamó sin pensárselo más. Golpeando con sus nudillos
con suavidad, como no queriendo romper la placidez de aquel
corredor adormilado.
Allí estaba ella, asomando únicamente la cabeza tras entornar
ligeramente la puerta que les separaba, haciéndole entrar con
una leve sonrisa y escondiendo su cuerpo tras el rectángulo de
madera, penetrando al interior de una habitación en colores
ocres y cremas, de mobiliario clásico, de cortinas estampadas
completamente corridas en toda su amplitud, con la única
claridad desprendida de dos lámparas sobre las mesillas de
noche situadas a ambos lados de la amplia cama. Asomando
tras de él completamente desnuda y subida a unos altos zapatos
de tacón negros.
La misma cara de la fotografía que le había enseñado, al
menos en eso no le engañaba, un cuerpo de mujer de unos
cuarenta años o poco más, una larga melena castaña clara,
casi rubia, de ojos claros y penetrantes, como los de un felino
dispuesto a devorar a su presa completamente desvalida.
Metamorfosis y otros relatos 113

Solo se le acercó silenciosa, aproximó sus labios a los de


Carlos, los llenó de pequeños besos por toda su superficie, para
separarse y mirarle directamente a los ojos, dirigirle palabras
en un español con acento del Este.
–Carlos, hoy eres mío. Haré lo que quiera contigo. Solo
te pido que no digas nada, que te dejes llevar. No te vas a
arrepentir de haber venido.
Para arrimarse a él, quitarle toda la ropa que iba colocando
sobre una de las sillas de la habitación, cogerle de la mano y
conducirle hasta el cuarto de baño.
–Métete en la bañera, Carlos.
Después ella, abriendo el grifo de la ducha cuyo chorro les
golpeaba a los dos, abrazándole con fuerza, como se estrecha
a un hijo cuando tiene miedo, besándole con pasión en los
labios, en el cuello, en las mejillas, acariciando con una de sus
manos su pene completamente erecto.
–Tú déjate hacer.
Cogiendo una cuchilla de afeitar que estaba colocada sobre
el lavabo para depilar la piel de él por completo, secándole
después con la toalla, colocándole frente a ella mientras él se
dejaba hacer sin poner ningún reparo, subiéndole un par de
medias de color blanco a medio muslo, después unas bragas
de encaje del mismo color, junto al liguero que iba abrochando
con esmero, como quien viste a una novia para su enlace
matrimonial, con cuidado, con dedicación, con escrupulosidad,
con pulcritud, contemplándole a cada paso, admirando su
obra, aguardando su meta con ansiedad, pero también con
deseo, para colocar después un sujetador con relleno suficiente
acorde con aquel cuerpo, sentándole sobre una silla frente a
ella mientras aplicaba primero la base del mismo tono que su
piel, después el corrector sobre la frente, las mejillas, la nariz y
el mentón, delineando los ojos a continuación, administrando
114 Jose Acevedo

la máscara a sus pestañas, trazando vagamente los bordes de


sus labios en un tono rojo intenso para pintarlos por completo
enseguida, para terminar con sus pómulos algo sonrosados,
mirándole en la distancia, como el pintor que contempla
su lienzo a cada pincelada, frente a ella, solo dos pequeños
detalles antes del punto y final, una peluca rubia que había
desenredado y peinado previamente, después unos zapatos
altos, sin posibilidad de verse frente al espejo, solo frente a ella
que no dejaba de examinarle, impidiéndole cualquier palabra,
romper aquel perverso momento de intimidad artificial entre
ambos, sellándole los labios con los suyos, con suavidad,
recorriéndolos de un extremo a otro, acariciando su cuerpo
completamente rasurado sin quitar una sola prenda del mismo,
con la yema de sus dedos, con melosidad, con suavidad, con
ternura, retirándole un mechón amarillento que le caía por los
ojos, tocando su nariz, sus mejillas, sus labios, descendiendo
por sus hombros desnudos, por la voluptuosidad de sus
pechos fingidos, por su vientre, por su pene oculto tras
aquel tanga blanco, humedecido por completo, pletórico,
exuberante, exultante, rebosante, lleno, colmado, enérgico,
vital, para tumbarle sobre la cama, sumiso, silencioso, mudo,
dócil, sigiloso, manejable, callado, subyugado, silente, esclavo
en todo momento, recorriendo con sus labios todo su cuerpo
colocado boca arriba, sin desplazar ninguna prenda, sin romper
la armonía de su composición, hasta llegar a la protuberancia
manifiesta para acariciar con parsimonia aquella polla que
no dudó ni un minuto en estallar por primera vez, untando
su cuerpo de aquel líquido pegajoso con una leve sonrisa,
volviendo a sus testículos, a sus muslos, a su torso, a sus
labios, a sus dedos buscando la cavidad anal, colocándole boja
abajo para descubrir su espalda semidesnuda, sus hombros,
su cuello, sus nalgas que no paraba de acariciar, subiendo un
Metamorfosis y otros relatos 115

poco sus rodillas hasta dejarle a cuatro patas, separando sus


piernas, apartando la estrecha tela de sus bragas blancas, para
inspeccionar su recto, con su lengua, con sus dedos, escuchando
entonces su gemido, da igual que fuese de dolor o de placer,
primero con calma, cada vez con más pasión, perdiendo toda
placidez conforme el delirio se hacía presa de ella, hasta donde el
cuerpo soportara pensaría, completamente rendido a su mano
introducida casi por completo en las profundidades de aquel
diminuto y oscuro agujero, para terminar de nuevo boca arriba,
buscando el pene entre sus labios, introduciéndolo después en
el interior de su vagina, friccionando su cuerpo contra el de él,
inventando todas las posturas posibles de placer, invadiendo
los dos huecos inferiores con aquella verga hasta el final, hasta
sentirse henchida del esperma de aquel cuerpo masculino
travestido en la intimidad de aquella habitación silenciosa, de
aquella micción repentina duchando por completo el rostro
de él, bebiendo, sorbiendo, ingiriendo, libando, refrescando su
rostro por aquel tibio sabor salado, por aquellos labios que
querían compartirlo todo con él, aquel carmín corrido de sus
labios por la acidez de su orina, abrazados, sometidos por
completo, atados sin grilletes, solo por el deseo por primera
vez aprendido por ambos cuerpos retozantes y sudorosos, una
pausa antes de seguir poseyéndose, sometiéndose, vejándose
mutuamente...
Hasta la escena final, tal y como ella la había concebido en su
imaginación desde las mismas noches anteriores, adquiriendo
uno a uno todos aquellos complementos que se ajustaban
como un guante a su figura, a las medidas de su cuerpo, de
sus pies.
El éxtasis definitivo, taponándole por completo la boca
para no oír sus lamentos, atándole las manos una sobre otra
contra la espalda para que no pudiera soltarse, y colocándole
116 Jose Acevedo

de nuevo boca abajo sobre las sábanas impregnadas de semen,


de orina. De nuevo a cuatro patas, intentándole abrir un
poco las nalgas con sus manos, jugando con sus dedos en
una cavidad anal completamente enrojecida, para introducir
un enorme consolador sin los mismos preliminares de antes.
Un gemido, un lamento sordo, una contorsión brusca, un
hilo de sangre que empieza a brotar, que se hace más visible,
que chorrea por los muslos de Carlos, que va cubriendo de
rojo las sábanas, escasos segundos antes de ver su cuerpo que
no se aguanta sobre las rodillas, que se tambalea sin llegar a
desplomarse del todo, mientras se desangra a borbotones.
Ella solo le contempla desde la distancia, esperando,
aguardando, acechando, confiando en que aquel cuerpo se
vacíe por completo, deje de moverse, de bambolearse, para
acercarse entonces y descubrir sus ojos sin vida, sin deseo, sin
lujuria, antes de tomarse una ducha, recoger sus cosas, vestirse,
salir de la habitación, abandonar el hotel.
A nadie se le ocurrirá investigar el fallecimiento de un
hombre en una habitación de hotel por desangrarse analmente,
vestido de mujer, inundado en su propio semen, en su propio
plasma.
En cualquier caso, para ella habrá merecido la pena aquella
cita.
Lo que es la vida

Cuando le vio cruzarse por delante de su coche, apenas si


tuvo tiempo de frenar. Al escuchar un golpe sabía que le había
atropellado. Se sobresaltó pensando que podía haberle matado,
que cuando bajara del vehículo le vería tirado sobre el asfalto
completamente ensangrentado, sin vida. Entonces imaginó
las consecuencias que vendrían después. La llegada de la
policía, los innumerables interrogatorios, las noches siguientes
encerrado en una celda mientras aguardaba su comparecencia
ante el juez. Afortunadamente no había bebido alcohol, como
en tantas ocasiones anteriores antes de ponerse al volante.
Tuvo tiempo también de ver pasar por su mente toda su vida
derrumbándose, su mujer, sus hijas, su brillante carrera como
escritor que acababa de empezar. Solo un instante, solo un
capricho del destino y... todo se iba a la mierda sin posibilidad
de volver atrás, de rebobinar la última media hora de su
existencia, de regresar al punto de partida cuando arrancaba
el coche y se dirigía al centro de la ciudad para hacer unas
compras. Podría haber ido dando un paseo, que tampoco había
tanta distancia. Haber cogido el autobús, o el metro, o un taxi.
No, se le ocurrió coger el coche, atropellar a aquella persona
que ahora yacía inerte junto a su vehículo. Toda esa película
visionada con dramatismo en tan solo cinco minutos, antes
de reaccionar de una vez por todas, desabrochar su cinturón
de seguridad y salir del coche para ver las consecuencias del
accidente.
Ninguna.
Aquel pobre hombre se levantó como si nada del suelo,
120 Jose Acevedo

tenía alguna que otra magulladura y poco más, algún que otro
corte en el brazo de los que emanaban ligeros hilos de sangre,
y poco más. A Carlos se le cambió la cara por completo. Aun
así, le echó un poco de cojones al asunto, posiblemente como
consecuencia de los nervios acumulados en los minutos que
pasó dentro del coche sin reaccionar nada más producirse el
atropello.
–Debería tener un poco más de cuidado antes de cruzar la
calle, sobre todo con el semáforo en verde. Me ha dado un
buen susto.
–Ni siquiera me había dado cuenta de que había un semáforo.
Lo siento.
–Ya da igual, lo importante es que no le haya pasado nada.
–No se preocupe, me encuentro más o menos bien.
–¿Quiere que le lleve al hospital?
–No es necesario, solo ha sido el golpe y poco más.
–Al menos acepte que le invite a un café, o a lo que le
apetezca.
–Eso no se lo voy a rechazar.
Ambos se montaron en el coche. Carlos condujo hasta un
bar cercano. Escasos minutos en los que no se cruzaron ni
una sola palabra. Solo el sonido de las noticias en la radio que
sonaba a media voz.
Se sentaron en una terraza, uno frente al otro.
–¿Qué le apetece tomar? –le preguntó Carlos antes de que
se aproximara el camarero.
–¿Puedo pedir algo de comer?
–Puede pedir lo que quiera, no le he puesto un presupuesto
determinado.
Al llegar el camarero, Carlos le pidió una cerveza para él y
otra para la otra persona, junto a un bocadillo de tortilla.
–Mi nombre es Carlos.
Metamorfosis y otros relatos 121

–Qué casualidad, Carlos, el mío también.


–Carlos y Carlos, siendo un nombre común tampoco es
demasiado corriente.
Carlos le dejó comerse el bocadillo sin dirigirle la palabra.
Después pidieron un par de cervezas más. Parecía que el otro
Carlos arrastraba un poco de hambre, como si llevara varios
días sin comer, por eso volvió a recordarle que podía pedir
cuanto quisiera. No sabemos si movido por la compasión, por
el sentimiento de culpa o por simple curiosidad. Le apetecía
seguir teniendo delante de él al otro Carlos, verle recuperar las
fuerzas, hacerle hablar y descorrer la cortina de su presente,
y tras ello, hacerle desvelar los momentos de su pasado. Algo
le había llamado la atención, no sabemos si simple curiosidad
de escritor o algo más. Y claro que lo hizo nada más terminar
con su bocadillo de tortilla, abriéndose entre ambos un
espacio temporal que pareció detenerse, un monólogo que fue
incapaz de interrumpir por diversos motivos, descifrando en
cada palabra que le relataba acontecimientos que a Carlos le
resultaban tan cercanos.
El otro Carlos empezó su historia contándole que había
nacido en aquella misma ciudad. Precisamente el día anterior
había sido su cumpleaños, aunque no tuvo con quién celebrarlo,
así que lo hizo solo, como venía siendo habitual desde hacía
tanto tiempo, en las barras de los bares del barrio donde había
crecido, en las proximidades del mercado de la calle Feria;
aunque muchos de los de entonces hoy ya no existían, otros
habían sobrevivido a los muchos años que habían transcurrido
desde entonces, algunos habían ido introduciendo múltiples
cambios, era cuestión de adaptarse a los tiempos o morir.
Siguió contando que le parecía una eternidad desde aquel
recuerdo jugando a la pelota en la calle, en la Alameda de
Hércules, o pidiendo periódicos de días anteriores de casa en
122 Jose Acevedo

casa, para la parroquia, que después cargaba sobre un cajón


de madera y arrastraba tirando de una cuerda hasta la plaza
de los Carros, donde los vendía al peso por unas pesetas que
después repartía con los dos o tres amigos que colaboraban
en la tarea, ajena, en todo caso, a cualquier causa eclesiástica,
y que utilizaba para sus pequeños gastos cotidianos: comprar
una peonza nueva, un yoyó, una bolsa de canicas, un balón de
reglamento, una equipación completa de su equipo, cromos de
la nueva temporada de fútbol que estaba a punto de comenzar...,
vamos, las inversiones propias de un niño de entonces que
estaba entrando en la adolescencia; o también, jugando a los
montones de estampas de los futbolistas, donde hacían tantos
como jugadores, de tal forma que cada uno elegía el suyo, y
el jugador que sacara el futbolista con un mayor número de
letras en su nombre ganaba tantos cromos como diferencia
de letras hubiera entre sus nombres: S-A-T-R-Ú-S-T-E-G-U-I,
Q-U-I-N-I, D-A-N-I, S-A-N-T-I-L-L-A-N-A, M-O-R-E-T-E,
S-C-O-T-T-A, R-U-B-É-N-C-A-N-O.
Casi treinta años desde entonces, seguía relatando el otro
Carlos. El blanco y negro se había ido difuminando en el
tiempo; la esperanza, la ilusión y el color habían ido penetrando
en la vida de todos. Los geranios de los balcones florecían, el
sol de las playas cercanas les tostaba la piel, los padres invertían
sus ahorros en su nueva vivienda, o en el último modelo de
utilitario, o en una semana de vacaciones en un apartamento
en Matalascañas, o en Chipiona, o en Rota, o en Sanlúcar de
Barrameda, o en Punta Umbría. Florecía la vida ante los nuevos
tiempos, al igual que los corazones de los jóvenes, también el
de él, que por entonces debería haber cumplido los dieciséis
o diecisiete años, encerrado hasta las tantas en su habitación
mientras daba forma a sus nuevas historias literarias, o
paseando de la mano de Lucía por la plaza de la Encarnación,
Metamorfosis y otros relatos 123

o terminando sus estudios de bachillerato ates de vislumbrar


un futuro cada vez más próximo en la universidad.
Esa era la vida que contaba el otro Carlos. Lucía, sus estudios,
su literatura. Como la de cualquier chico normal de esa edad
en una ciudad como la suya. Eso sí, un domingo sí y otro no,
lo dejaba todo y se encaminaba hasta el barrio de Nervión para
disfrutar de dos horas de fútbol. Una de sus grandes pasiones
desde pequeño, y a la que nunca consideró como incompatible
con sus inquietudes intelectuales, ni mucho menos. Pero ¿qué
sentido le encontraba a veintidós tíos corriendo detrás de un
balón? El otro Carlos nunca se hacía esa pregunta, era un
entretenimiento como otro cualquiera, como podría serlo el
teatro, o el cine, o un programa de televisión determinado, o
es que todo en la vida se hacía por un sentido determinado, se
preguntaba. Hay cosas que se hacen y punto, decía, sin tener
que buscarles un porqué. Se quedó un instante en silencio y le
vino un recuerdo repentino: Buyo, Nimo, Álvarez, Rivas, Juan
José, Blanco, Francisco, Pintinho, Juan Carlos, Magdaleno y
Santi.
Cuando terminó el bachillerato en el Instituto San Isidoro
se matriculó en Filosofía, alternando su literatura y su relación
con Lucía con los presocráticos, con los Diálogos de Platón, con
la Metafísica de Aristóteles, con la Ciudad de Dios de San Agustín,
con la ontología de Tomás de Aquino, con el nominalismo
de Ockham... Pero también con algunos trabajos esporádicos
con los que conseguía dinero para salir a tomar unas copas,
o para comprar libros, o para hacerle algún regalo a Lucía, o,
simplemente, para renovar anualmente el abono del fútbol.
Así fue como el otro Carlos fue pasando aquel periodo
tan turbulento para cualquier ser humano, mientras intentaba
ponerle un final a su primera novela, una historia compuesta
por diez sueños consecutivos en blanco y negro a la que
124 Jose Acevedo

intituló Los sueños de Sorel, oscura, reiterativa, como un puzle


de fragmentos que convergen en un final atormentado de
abandono de la persona amada, donde Sorel no era más que un
triste personaje que deambula por las noches por los mismos
parajes de una ciudad que apenas conoce aun siendo la suya,
una fantasía tomada prestada de una novela del siglo xix, una
búsqueda interminable de algo que no se puede encontrar, un
personaje que le cautivó hasta lo más profundo de su alma, y
que le siguió acompañando a lo largo del resto de sus días hasta
hoy mismo. Mientras vivía aquel fin de semana junto a Lucía.
Había reunido dinero suficiente, y terminó por convencerla
para pasar unos días junto a ella en Bolonia, aprovechando
que ella sí tenía carnet de conducir, que podía pedir prestado
el coche de su padre. Bolonia, aquel enclave paradisiaco
situado al otro lado de la montaña de San Bartolomé que la
cobijaba, Baelo Claudia junto a la duna, al fondo los perfiles
de otro continente. Allí se alojaron en un pequeño hostal lleno
de mosquitos y con sabor a levante. Allí alternaron cervezas
en los chiringuitos cercanos a los arenales, con largos paseos
desde la duna hasta donde la naturaleza te permitía seguir a pie,
aquellas playas naturales de agua salada y de rocas construidas
por los efectos del fuerte viento que soplaba la mayor parte del
año. Desnudos por primera vez el uno frente a la otra, porque
los tiempos de entonces eran bien diferentes a los de ahora,
buscando sus labios, el roce de sus dedos explorando la piel
de la otra persona, hasta poder sentirse dentro de ella como la
culminación de una relación platónica que daba un paso más
hacia la perfección humana.
Así llegó hasta el final de cuarto de carrera. El otro Carlos
había cumplido los veintidós años, había puesto punto y final
a Los sueños de Sorel. Su vida se encontraba plenamente invadida
por tres realidades. Aquella obra recién terminada no era más
Metamorfosis y otros relatos 125

que el comienzo de un sueño que debía prolongarse a lo largo


de su existencia. Terminar sus estudios no suponía más que
la posibilidad de contar con otras alternativas por si la carrera
literaria no le ofrecía los frutos que esperaba. Y siempre Lucía
a su lado, sentada junto a él mientras tejía folio tras folio todas
aquellas historias que brotaban de su imaginación. Ese era el
camino soñado por el otro Carlos, el que le iba relatando, con
todo lujo de detalles, a Carlos, sentados en aquella terraza de
bar, horas después de haber sido atropellado, de haber vuelto a
nacer, de haber cumplido un año más el día anterior. Aquellos
tres elementos tan necesarios en su vida y que iba mimando
día a día, como cuando era pequeño y construía estructuras
con las piezas de los Tente, de los Lego, o de los Exin Castillos,
hasta colocar el último fragmento, separarse después de su
obra y admirarla con la perspectiva de la distancia, por lo que
había sido capaz de edificar con sus propias manos.
Pero no siempre el destino se ajusta a nuestros sueños del
presente. Queremos algo, proyectamos una ilusión, hacemos
acopio de todos los ingredientes, pero uno de ellos siempre
nos puede fallar. Realmente no conocemos nuestra meta, solo
aspiramos a algo, solo conocemos el camino andado, el camino
andando del presente, también.
El otro Carlos siguió contando que un 15 de agosto, día de
la Virgen, decidió pasarlo junto a Lucía en la playa. Camino de
Cádiz por la autopista AP-4. Atestada de coches como todos
los días de verano en los que la mayor parte de la ciudad, con
claros síntomas de asfixia, abandona por cualquier medio el
asfalto y se lanza en estampida en busca de la mar salada, de
la nevera de playa repleta de litros de cervezas y tortillas de
patata. Una vez allí, sentados sobre la toalla, el otro Carlos
y Lucía se cogieron de la mano mientras perdían su mirada
en el infinito de la Victoria, contemplando así en silencio el
126 Jose Acevedo

inmenso azul en dos tonalidades, aquellos rayos reflectantes


que casi les obligaban a cerrar los ojos. Hablaron de muchas
cosas después, sobre todo de proyectos de futuro, ahora
que casi llevaban una eternidad juntos, que el último año de
universidad se encontraba próximo también.
El otro Carlos le contaba a Lucía que seguía estudiando
fuerte, que había que sacar una nota alta, y esperar que en poco
tiempo pudiera estar trabajando como adjunto en cualquiera
de los departamentos de la facultad, que así podría tener un
trabajo más o menos estable mientras aspiraba a una plaza en
propiedad, a un doctorado, que quién sabe dónde podía estar
el límite. Que, por supuesto, eso no eliminaba la posibilidad de
seguir escribiendo, pero que era consciente de que la literatura
era un camino mucho más incierto. Aun así, enviaría su
novela a cualquier concurso una vez la tuviese corregida, que
continuaría escribiendo sin duda... Y qué más podría decirle a
Lucía, que en un año o dos a lo sumo, si todo salía según sus
planes, podría pedirle que se fueran a vivir juntos, porque nada
de lo que hacía tenía sentido de no ser por querer compartirlo
con ella.
Mientras, Lucía le escuchaba con sus ojos fijos en los de
él, con su mano apretando la de él, pero sin decirle nada, ni
siquiera un sentimiento, poco más que una leve sonrisa por
cada una de las palabras cargadas de amor expresadas por el
propio Carlos.
Tuvo que esperar más de una hora antes de que Lucía
volviera a abrir la boca, a contestar a los sueños de Carlos. Fue
entonces cuando ella le agradeció todo cuanto él había hecho
por ella desde aquel lejano día en que se conocieron. Que
sin él no hubiera aprendido lo que había aprendido. Que por
eso le estaba completamente agradecida... Pero que no podía
seguir a su lado. Llevaba días buscando las palabras adecuadas,
Metamorfosis y otros relatos 127

dándole vueltas a toda aquella relación, pero que su decisión


era firme. No había nadie más en su vida, pero no se veía
junto a él. Sentía mucho cariño, pero no estaba enamorada de
él. Carlos significaba para ella como un hermano con el que
había compartido largos años de maravillosas experiencias,
pero no podía seguir engañándole, engañándose a sí misma
también, eran como dos almas que se encontraron en un
punto determinado, pero cuyos caminos volvían a separarse a
partir de ese momento. Posiblemente Carlos no la entendería,
pero algún día le daría la razón a ella. Fue un último beso
de despedida, unas lágrimas que recorrieron las mejillas
de ambos. Carlos se quedó tan perplejo que fue incapaz de
articular una sola palabra. Solo el camino de regreso al coche,
el silencio que se apoderó de ambos durante todo el trayecto
de vuelta, una despedida en una sola palabra cuando dejó a
Carlos en la puerta de su casa: “Hablamos”. Y un tremendo
vacío apoderándose de su vida nada más cruzar el umbral
de su habitación, una oquedad que todavía le persigue desde
aquella misma tarde, que se fue adueñando de toda su realidad,
de todos sus actos, percibiendo como inútil cualquier lucha
por seguir sobreviviendo, cualquier ilusión que había ido
construyendo con tanto esfuerzo y dedicación.
Ni que decir tiene que Carlos no volvió a ver a Lucía, ni
él volvió a llamarla, ni ella a él. Cambió sus clases por el bar
más próximo a la facultad, donde pasaba la mayor parte del
día; los folios que formaban Los sueños de Sorel se llenaron de
polvo en el interior de un cajón de su escritorio. Nada merecía
un último esfuerzo, su vida se abandonó, Carlos se abandonó
a sí mismo. No llegó a terminar la carrera a pesar de todos
los intentos imposibles de sus padres, de sus compañeros
también, tratando de convencerle. Por su parte, no hubo nada
más que hacer. Se encerró en sí mismo, en su habitación,
128 Jose Acevedo

comenzó a vivir de espaldas a una realidad que dejó de ser


la suya, hasta que la propia vida se olvidó por completo de
él. Solo, se dedicó a pasearse por sus barrios de siempre, a
refugiarse en las barras de los bares, en el único cariño que
le podía quedar, el que nunca se pierde, el de sus padres, que
sin llegar a entenderle, sufrían en silencio la decadencia de su
único hijo, el desmoronamiento de sus sueños. Dormía donde
le tumbara el alcohol, bebía donde alguien le invitaba a una
copa, comía, si es que lo hacía, cuando con esfuerzo conseguía
llegar a su casa, y su madre le esperaba con un plato de comida
caliente.
Así durante dieciocho años. Ayer, el otro Carlos, acababa
de cumplir los cuarenta años. Mientras, Carlos escuchaba
todo aquel relato sin decir una sola palabra, atónito, perplejo,
asombrado, estupefacto, pasmado, sorprendido, fascinado,
alucinado, desconcertado, confuso, como si no tuviera nada
más que decir, o como si tuviera que decir tanto que careciera
del tiempo suficiente para ello. Precisamente ayer también fue
su cumpleaños. Había cumplido cuarenta años. Recordaba
como lo había celebrado junto a su mujer, Lucía, junto a sus
dos hijas, Silvia y Cristina. Tampoco podía olvidar, como si
fuese ayer, cuando correteaba por aquellas calles cercanas al
mercado de la calle Feria, cuando hizo por primera vez el amor
con Lucía sobre la arena de Bolonia, cuando profundizaron en
su relación tras aquella conversación en la playa de la Victoria
contemplando el inmenso horizonte que se les abría por
delante. Hace tantos años de aquello... Lo que es la vida.
Sin arrepentimiento
Variaciones 1

Cuando Carlos conoció a Cristina, ya llevaba quince años


casado... pero con Lucía.
Cuando Lucía comenzó a desconfiar de su marido, solo se
trataba de ir tirando del hilo de las sospechas hasta llegar a la
certeza de que se encontraba en lo cierto. Empezó a controlar
sus horarios, su teléfono móvil, su correo electrónico, incluso
la intensidad de sus besos y abrazos, también el intervalo de
tiempo que transcurría entre cada vez que hacía el amor con
Carlos, apuntándolo todo en un cuaderno de notas que llevaba
siempre consigo a modo de diario.
Le costó un mundo guardar para sí toda aquella tarea sin
explotar delante de Carlos, ¡basta!, ¡vete!, ¡ámame!... Solo
lloraba en su silencio, de rabia, de sufrimiento, por el amor
perdido.
Conforme avanzaba en la investigación iba presagiando el
final de toda aquella historia, el término de todos aquellos
caminos... Siempre y cuando todo le saliera bien, que no
fallara el último detalle, que no se arrepintiera en el momento
definitivo, ya fuera por miedo, ya fuera por compasión, ya fuera
por todo el cariño acumulado en sus recuerdos junto a Carlos.
Una tarde le esperó a la salida del trabajo. Le siguió. Le vio
aparcar su coche, salir de él poco después, acercarse a una
cafetería. En la terraza le estaba esperando una chica, mucho
más joven que él, que ella. El beso que se dieron no fue más
que la confirmación de sus certezas. Sacó del bolso una pistola
132 Jose Acevedo

que había comprado en el mercado negro a un precio casi


prohibitivo. Se aproximó a ellos. Sin mediar palabra, sin fijarse
siquiera en la cara de pánico de Carlos y Cristina, comenzó
a disparar contra Carlos sin pensárselo, repetidas veces hasta
vaciar del todo el cargador del arma, hasta ver su cuerpo
sangrante abatido en el suelo, sin vida. Se dirigió después a
Cristina con una única frase:
–Tú no tienes la culpa de nada, Cristina. Siento el mal rato
que te he hecho pasar, pero era lo único que podía hacer.
Había puesto punto y final a su larga historia de amor, a la
de su marido junto a Cristina también. Solo le quedaba esperar
la llegada de la policía.
Sonámbulos

Papá nos abandonó hacía tiempo.


Mamá nos pidió un día que la acompañáramos. El frigorífico
estaba completamente vacío. Cogimos unas cuantas mudas de
ropa y llenamos una pequeña maleta.
Echamos una última mirada a la casa. Nos daba pena dejar
atrás los recuerdos de nuestros últimos años de existencia.
Mamá nos abrazó con fuerza como intentando darnos ánimos.
Salimos a la calle. El cielo estaba un poco gris, había perdido
el color que evocaba cuando jugaba a la pelota con mis dos
hermanos más pequeños, con papá también.
Todos los supermercados y tiendas tenían su cierre metálico
cerrado. No tenían ningún indicador sobre su próxima
apertura, ni siquiera un “hasta nuevo aviso”. Nada. Sellados
por completo.
Nos pusimos a llamar puerta por puerta a lo largo del
amplio vecindario. Igual. Portones lacrados a cal y canto. No
es que estuvieran deshabitadas las viviendas, se veía luz dentro,
nos llegaba el sonido de la vida en su interior, las voces de las
personas con las que presuntamente compartíamos un espacio
en común: comunidad, barrio, vecindad.
Mamá decidió que esperásemos al abrigo de algún soportal,
sentados los cuatro sobre una escalera de cinco peldaños.
Ella en el escalón más alto y nosotros tres sobre el segundo
empezando a contar desde la acera, uno al lado del otro.
Aguardábamos algo, posiblemente que una tienda pudiera
abrir sus puertas, que algún residente abriera y nos viera allí
parados. Solo necesitábamos un poco de leche o un bocadillo
136 Jose Acevedo

que atenuara el sonido de nuestros estómagos vacíos.


Así pudieron transcurrir dos o tres días en el silencio de la
calle, sin transeúntes de paseo, de camino al trabajo, sin el ruido
de los coches que habían dejado de circular, ni de las rejillas de
los locales cuando los negocios abrían. Tuvimos tiempo para
contar todas las ventanas, todas las macetas de los balcones
que nadie salió a regar durante todo aquel tiempo, hasta los
segundos que uno a uno transcurrían en algún reloj ficticio...
Soledad, abandono, destierro, apartamiento, recogimiento,
retraimiento, incomunicación, clausura... Solo el rugido de las
televisiones, de las emisoras de radio, de las conversaciones en
voz alta de los interiores.
No había nada que hacer, nos dijo mamá en un momento
dado. Volvimos a nuestra vivienda cargados con nuestra maleta
y la dejamos a la entrada nada más atravesar el umbral por si
nos pudiera hacer falta algún día cercano. El mismo vacío que
nos provocó la huida... ni siquiera la presencia de roedores ni
de cucarachas amenazantes y hambrientas.
Tumbados sobre la amplia cama del matrimonio inexistente
solo nos quedaba esperar, una voz en off, la paz, el sosiego, la
calma, la tranquilidad, el reposo de después...
Lucía ii

Lucía empezó a gatear a eso de los ocho meses. Poníamos


sus peluches a una distancia tal que pudiera verlos y forzar
su acercamiento de alguna manera. Era la edad normal para
conseguirlo, y lo hizo. Seis meses después intentaba erguir
su cuerpo hasta conseguir ponerse de pie no sin dificultad.
Entonces era ella la que sobre sus dos piernas tambaleantes
se aproximaba a sus juguetes. Todo tal y como nos había
comentado su pediatra. Un día escuchamos su llanto cercano,
al intentar levantarse se había vuelto a caer al suelo. Allí la
encontramos tumbada y gimoteando. Así todos los días
siguientes, solo que sus lágrimas dieron paso a un rostro
calmado y sonriente. Desde aquella caída no ha vuelto a
intentarlo más a pesar de tener ya dieciséis años.
Descanse en paz

Un día cualquiera Carlos se encontró con un hada.


Al principio parecía una chica a todas luces normal. Bueno,
como cualquier otra chica. Respondía al nombre a Arabella.
De eso debe de hacer un par de años.
Nunca fueron más allá de un contacto meramente virtual.
Mensajes en las redes sociales primero, después a través del
móvil, hasta llegar a las conversaciones de voz. Pero nunca
dieron el paso de encontrarse cara a cara, aunque sí se lo
llegaran a plantear en alguna que otra ocasión.
Entre una cosa y otra, Carlos y Arabella, Arabella y Carlos,
llegaron a convertirse en verdaderos confidentes. Los sueños
de uno y de otra fueron puestos sobre el tapete de la mesa,
desvelados, descubiertos, revelados, mostrados, expuestos,
exteriorizados, completamente desnudos, sin más barrera que
los cientos de kilómetros que pudieran separarles, distancia que
nunca fue un obstáculo para aquella relación tan imaginaria
como cercana. Ni siquiera para la utopía de Carlos, la de
poder un día convertirse en escritor. Desempolvar las miles de
historias que salían día tras día de su imaginación y que eran
escondidas en el cajón de una mesa, esperando mejor suerte,
un por si acaso mañana.
Quimera que Arabella fue moldeando poco a poco a través
de sus propias narraciones, también de su propio optimismo,
ilusión, aliento, alegría, jovialidad, entusiasmo, ánimo,
esperanza... De su propia vitalidad, fuerza, energía, fortaleza,
vigor... Así, le fue contando relatos de su propia vida, puede
que algunos inventados, salidos de su inocente fantasía, que
144 Jose Acevedo

iban alimentando a Carlos en sus propias ensoñaciones, así


hasta ponerle punto y final a una de sus novelas en la que ella
era parte importante. Trescientas noventa y ocho páginas de
Carlos y alguien más donde se mezclaban existencias y fantasmas,
realidades y espejismos.
Concluido el trabajo, Arabella le rebeló una visión que tuvo
una noche mientras dormía, una imagen que regresó a su
sueño en los días sucesivos:

Carlos, te he podido ver en una sala repleta de personas


mientras presentabas tu libro. Tú estabas allí, hablándoles,
sonriente, con esa naturalidad tan propia de ti, como si lo
hubieras hecho durante toda tu vida, se te veía tan feliz... pero
yo no estaba acompañándote. Sucederá pronto, antes que
finalice este año...

Y se cumplió, de la misma forma en que ella se lo había


contado.
Pocos días más tarde le hizo caso, tampoco tenía nada que
perder. Por fin Carlos encontró el valor suficiente para enviar
un libro de relatos que había escrito hacía un tiempo a una
editorial. Era la primera vez que se lanzaba a aquella aventura,
total, ya contaba con el no o con el silencio, pensó. Pero en
menos de dos meses la editorial le contestó afirmativamente.
El libro les había gustado, y podía tener posibilidades en
ese difícil mundo de la literatura. Al principio pareció no
reaccionar, como si aquella noticia no fuera con él, pero su
sueño de juventud estaba a punto de cumplirse, antes incluso
de que finalizara el año, como Arabella le predijo, como vivió
en sus sueños. Después llegó el contrato, la corrección del
texto, la primera entrevista, la elección de la portada... Estaba
traspasando la delgada línea que separaba lo onírico de la
existencia de un mundo desconocido pero real.
Metamorfosis y otros relatos 145

El tiempo se sucedía a pasos agigantados, mientras los


silencios de ella se iban haciendo más notables, como dejándole
ese espacio que habían construido juntos en exclusiva para
él, total, si tampoco iba a poder disfrutarlo como le había
dicho a Carlos... Pero él sí se iba dando cuenta de su paulatino
alejamiento, como si le dijera ven, te necesito a mi lado, ese
nuevo mundo que se nos abre por delante pertenece a los
dos, esa nueva realidad la hemos ido construyendo juntos. Sin
más respuesta que un mutismo que se iba prolongando en el
tiempo, cada vez más extenso, más continuo, más duradero. Las
llamadas diarias se convirtieron en esporádicas, semanales...
Así, hasta el silencio definitivo. Solo una vez le interrogó por
su alejamiento, te he hecho algo, cuéntame Arabella, le decía,
nada Carlos, disfrútalo, es tu presente, es tu vida, también es
tu futuro. Estas fueron las últimas palabras de ella para Carlos.
El 26 de noviembre Carlos recibió un mensaje al móvil
desde el teléfono de ella:

Carlos, soy el hermano de Arabella. Ella ha fallecido esta


noche pasada. Me dejó dicho que te transmitiera el siguiente
mensaje: “Si mañana no saliera bien de la operación, dile a
Carlos que le admiro muchísimo, que también le quiero un
montón”. Solo eso. Gracias.

De esa forma fue como Arabella ocultó su enfermedad a


Carlos, también sus últimos días. Puede que empujada por el
cariño que sentía por él, no querer perturbar su camino recién
abierto, su sonrisa, sus sueños... Lo cierto es que ella había
desaparecido por completo sin dar ninguna explicación.
Puede que ella apareciera en su realidad como suceden
muchas cosas en la vida, por pura casualidad. Se dejó ver con
el único propósito de ponerle por delante la puerta de sus
ilusiones, solo tenía que abrirla, era sencillo, la llave la llevaba
146 Jose Acevedo

consigo mismo, lo demás, solo era cuestión de aprender


a caminar, esta vez solo, porque detrás, nada más cruzar el
umbral, la puerta se había vuelto a cerrar, Arabella se había
diluido en su propio espejismo.
Escasos días más tarde su libro estaba en las librerías. Estaba
preparado para recorrer aquel camino nuevo que se le había
abierto por delante.
Aún consciente de su silencio definitivo, Carlos entraba en
una de sus páginas con frecuencia, como si no quisiera creerse
aquel final, pero sin rastro presente, solo sus últimas imágenes,
sus últimas palabras que recordaba como si fuera ayer. Como
si la estuviera buscando, necesitando cogerle de la mano
como su único apoyo. Nada. Paz, sosiego, calma, reposo. Pero
también vacío, hueco, oquedad, cavidad, concavidad, agujero.
Aun así, siguió caminando no sin mucha dificultad.
Una mañana de Sant Jordi precisamente, desde una de las
páginas de Arabella en una de las redes sociales que utilizaba
habitualmente, Carlos leyó una frase, fue por casualidad. La
leyó mil veces antes de darse cuenta de que aquellas eran
palabras suyas, las que recordaba de cientos de conversaciones
que tuvieron, y que había interiorizado como si fuesen incluso
suyas.
Carlos lo tenía claro. Pensó en decirle algo, pedirle
explicaciones incluso... No se podía jugar con los sentimientos
de esa forma. Pero pensó mejor otra cosa, mejor olvidarlo,
dejarla muerta como estaba hasta esta misma mañana.
Descanse en paz, Arabella.
Juntos

Veinticuatro de mayo de dos mil catorce.


Parece que fue ayer cuando se encontraron en aquel bar cer-
cano a la estación. Cuando ella se levantó de su asiento, se
acercó a Carlos con decisión y le estampó un intenso beso
en los labios, sin decir ni una sola palabra, desapareciendo en
busca del cuarto de baño, reapareciendo minutos después con
el carmín retocado, con la sonrisa recién estrenada, cogiéndole
de la mano para iniciar un paseo interminable que aún perdura
hoy.
Aquel día recorrieron las callejuelas y las plazas del centro
de la ciudad. Después, los arenales de la playa de Bolonia has-
ta la misma cima de la duna. También los de Sancti Petri, los
de la playa de la Victoria, los de Zahora, los de Zahara de los
Atunes... recorriendo la costa de la provincia, impregnándose
de puestas de sol inigualables, sin soltarse uno del otro, jugue-
teando en las cristalinas aguas, juntando sus cuerpos comple-
tamente desnudos en los rincones solitarios de las paradisiacas
calas, buscando sus lenguas para dejar atrapadas sus almas en
su auto de fe.
Sin dejar de caminar juntos en ningún momento.
Las callejuelas con olor a especias de Estambul, los balcones
de ropa tendida con sabor a saudade de la Alfama, la mirada
perdida sobre los rascacielos sin fin de la Quinta Avenida, el
sentimiento de pertenencia en los paraísos de la isla de Skye,
las imágenes aprehendidas en los libros de historia en Roma,
la foto de su rincón de deseo desde lo alto de la medina de
Tánger, las poesías impregnando sus nombres en las inclina-
150 Jose Acevedo

das calles de Montmartre, el calor desprendido de sus cuerpos


mezclado con el aroma de la Rambla... Cercanía, proximidad,
inmediación, contigüidad, confinidad.
En la adversidad de la rutina que envuelve a los seres hu-
manos, de las penalidades del duro camino. Dificultades supe-
radas a base de dedicación, consagración, sacrificio, abnega-
ción..., sentimientos compartidos en todo su trayecto: sacando
la cabeza del agua, respirando debajo de la almohada, alimen-
tando el día a día con miles de imágenes incluso futuras, a la
hija que llegaron a criar juntos, a los secretos por desvelar,
a las enfermedades superadas mediante la ilusión de nuevos
despertares, sin dejar de buscarse bajo las mantas, en el asiento
trasero del coche, encerrados en un baño público, mediante el
juego de la provocación y la respuesta inmediata, como eter-
nos adolescentes sin pudor movidos por la adoración absoluta
hacia la otra persona, aunque los años pasen para todos, sin
abandonar la entrega, el afán de gustar al otro, el encender
constantemente la pasión que les mantiene unidos, superando
los males de los vivos en una cama de hospital con sábanas
teñidas de rosa y estampadas con corazones. Volviendo a la
calle, sin importar que el sol luzca allá arriba, ventee con todas
sus fuerzas o diluvien lágrimas de seres desamparados caídos
en la desgracia de la realidad que nos circunda.
Veinticuatro de mayo de dos mil catorce, sentados en la ori-
lla, con los pies humedecidos por las olas, con la mirada fija en
el horizonte viendo la bruma cubriendo los perfiles de Tánger.
Igual que la primera vez que lo disfrutaron juntos. Hoy hace
sesenta años.
Juventud

Cuando la conoció, ella tenía sesenta y cinco años.


Le llamó la atención aquella mujer sola sentada en una te-
rraza de bar. La mirada fija en un periódico local desplegado
sobre la mesa, un cigarrillo rubio en su mano derecha, un café
con leche a medio consumir.
Tanto, que se acercó a ella y le preguntó si no le importaba
que se sentara a su lado.
–Para nada, muchacho.
Y lo hizo. Sin decir más nada por parte de ninguno de ellos.
Solo una mirada fija de vez en cuando, mientras acababa su
café a pequeños sorbos, apuraba el cigarro hasta apagarlo so-
bre un cenicero de cristal.
Aquella belleza que no había perdido a pesar de la edad,
aquella elegancia tan natural que le transmitía sosiego, y otros
muchos sentimientos acumulados en su interior.
Su media melena de color cobrizo, casi anaranjado, su ma-
quillaje suave pero envolvente, su vestido de una sola pieza,
multicolor, ceñido al talle por un cinturón verde agua, a juego
con unos zapatos de tacón y un bolso que sujetaba sobre sus
muslos. Unas gafas de lectura que se quitó cuando abandonó
el diario para centrarse en una conversación que parecía no
comenzar nunca, al menos nunca antes de aquellas miradas
que se interrogaban en silencio.
Una única palabra mientras sus ojos se posaban directamen-
te en los de él.
–Dime.
154 Jose Acevedo

–No sé, me llamaste la atención simplemente. Y perdona


que te tutee.
–Mejor así, ¿no crees?
–Supongo que sí.
–Me llamo Julia.
–Yo, Carlos.
–Encantada, Carlos.
Y compartieron otro café en aquella terraza prácticamente
desierta del parque en la que empezaba a despuntar el sol del
mediodía. Envueltos en los entresijos del desconocimiento, se
adentraron, como dos adolescentes, en una conversación que
debería conducirles a alguna parte.
–Podría ser tu madre, Carlos.
–También mi amante, Julia. Y perdón por la osadía, pero no
me asusta tu fecha de nacimiento.
–A mí tampoco.
Y hablaron de lo humano y de lo divino hasta la hora del
almuerzo, que también compartieron. Hablaron de cine, y de
libros, y de películas, y de viajes, y de las vidas que habían
llevado hasta ese momento del encuentro casual. Incluso se
confesaron sus edades.
–Te lo he dicho, Carlos, podría ser tu madre.
–También te lo he dicho yo, Julia, podrías ser mi amante.
Y abandonaron la terraza para compartir una copa en un
bar no muy lejano. Tranquilo a aquellas horas. Ella, sentada
en un taburete frente a él, dejando el bolso sobre la barra, sin
apartar su mirada de aquel rostro casi treinta años más joven
que el suyo. Ni él, de la belleza serena de aquella mujer, que
realmente tenía la edad de su madre, pero en la que el tiempo
se detuvo en un momento dado. Aquellos ojos profundos, os-
curos, casi negros, fijos en los suyos.
Pidieron dos Heineken, brindaron entrechocando las bote-
Metamorfosis y otros relatos 155

llas, “por nuestro encuentro”. A tan escasa distancia el uno del


otro, que no pudo reprimir la tentación de acercar su mano
al muslo de ella, aproximar sus labios a los de ella, besarlos
como quien besa por primera vez, con la pausa suficiente para
no romper el encanto del momento, como quien tiene miedo
de ser rechazado en el intento si hiciera uso del ímpetu de su
edad. Pero no lo fue: la boca de ella accedió a acogerle con
cariño, con deseo también, en el momento en que su lengua
buscaba la de Carlos, abriendo los ojos de vez en cuando para
descubrir en sus miradas una explicación posible, ensortiján-
dose sus manos que se apretaban, como con miedo a la huida.
Un primer beso. Un anuncio de lo que podría venir después.
Sin prisas tampoco.
Mientras, el alcohol de las cervezas les iba acompañando,
también las canciones de Adam Green, Rufus Wainwright y
Lana del Rey que pidieron al camarero para bailar agarrados
en la pista vacía, cogidos por la cintura, por las manos que no
querían soltarse, por los besos que se sucedieron ahora sin
miedo, por los cuerpos que se sentían en los abrazos continua-
dos, solo lenguaje de gestos, de acercamientos, palabras que
fueron aparcadas para instantes posteriores, cuando en el re-
greso a la barra relataban sus pasados recientes, otros menos.
El de un hombre aburrido de las personas que buscaban
otros ideales en sus realidades. Mujeres que lo daban todo por
tener un día un hijo y dar la vida por él, todo su cariño, todo
su amor, toda su dedicación, hasta olvidarse por completo de
la persona que un día conoció, de la que presuntamente se
había enamorado, con la que deseó compartir una existencia
común... También de aquellas entregadas en cuerpo y alma a
su trabajo, a sus vestidos de ejecutiva, a sus ascensos a costa de
cualquier esfuerzo, incluidas pérdidas de dignidad voluntarias,
a sus reuniones hasta las tantas y comilonas con las compa-
156 Jose Acevedo

ñeras, con los jefes, con los proveedores, con... También de


aquellas que solamente se miran a sí mismas en el espejo, sin
darse cuenta de que detrás se proyecta otra imagen distinta que
aguarda con paciencia... Mejor solo que con alguien ausente.
Hasta hoy.
El de una mujer que a eso de los veinte años conoció a un
hombre de edad similar, con el que mantuvo un corto noviaz-
go –no más de dos o tres años, tiempo suficiente para montar
su nidito de amor, el cobijo de sus sentimientos, la indepen-
dencia económica que fue abundante–, con el que también
tuvo tres hijos, hoy bien situados gracias a Dios, con el que
conoció medio mundo, con el que aprendió a vivir, a disfrutar
los momentos que la vida les ponía por delante, hasta una
triste mañana de invierno, en la consulta de un especialista,
en la que les comunicaron una enfermedad incurable, nos más
de tres meses, lo siento, entregada en aquellos días sucesivos
a darle más amor y más cariño incluso que en todos los años
anteriores compartidos, hasta verle apagarse por minutos, has-
ta el final, un recuerdo en la memoria, en su día a día. Pero el
camino sigue para la otra parte, nada se detiene a pesar de las
pérdidas, de las desgracias. En su viudedad aprendió a sobre-
vivir con una sonrisa dedicada, como él llegó a enseñarle, cada
día como si fuera el último, a cuidarse para seguir adelante,
para que él la viera desde algún rincón del universo, no cabe
otra vía, o enterrarse en vida. Se puso delante del espejo una
mañana, se dio cuenta de su eterna juventud en la piel a pesar
de la edad, mudó sus vestidos apagados por otros más acor-
des con la primavera, se perfiló los labios con un carmín ro-
jizo, volvió a subirse a los zapatos de tacón alto, y esperó que
la existencia fuera poniéndole por delante otros momentos
de los que disfrutar. Una metamorfosis de tres años. Hasta
hoy.
Metamorfosis y otros relatos 157

Y salieron del bar. Pasearon juntos de la mano. Ella le llevó


a su casa. Un bonito apartamento que ella había comprado
cuando se quedó sola. Para qué tanto metro cuadrado de mue-
bles de caoba, de estanterías repletas de libros, de antiguallas
de todo tipo, que fue colocando entre sus hijos en memoria de
su padre. Unos discretos y sencillos cincuenta metros, repletos
de comodidad, de color, de feminidad, de buen gusto.
Una copa compartida servida en una bandeja de alpaca. Un
sofá en el que se sentaron uno al lado de la otra. Unas mi-
radas que no tardaron más de un instante, abriendo paso al
acercamiento, a los cuerpos que se abrazan, que se besan, que
se desnudan allí mismo, que se buscan y encuentran en las
profundidades del deseo casi olvidado, toda una tarde de ca-
ricias y de roces, de cuerpos que se penetran sin agotamiento,
de éxtasis compartidos como si fuera la primera vez sin serlo.
Hasta la cena de la noche y un capricho expresado en voz alta.
–Me gustaría que no te fueras, que te quedaras conmigo,
Carlos.
Anhelo mutuo que no fue necesario discutir. Sentimientos
arrinconados que emergían como nuevos entre ellos. Allí se
quedaron, entre aquellos cincuenta metros cuadrados, aque-
llos paraísos compartidos de las playas de Tailandia, Zanzíbar,
Nueva York, Venecia, San Francisco, Praga, Berlín, Estambul,
Tokio, Ciudad del Cabo, Buenos Aires, Marrakech, Shanghái,
San Petersburgo, Camboya; sin dejar de hacer el amor mien-
tras los cuerpos siguieran dándoles fuerza, sin dejar de bailar
aquellas canciones de Adam Green, Rufus Wainwright y Lana
del Rey entre otras muchas; sin dejar de besarse ni de soltarse
de las manos siempre unidas.
Todo aquello parecía mantenerla siempre joven. Levantarse
todas las mañanas, colocarse delante del espejo para arreglarse.
Verse así, salir así a la calle.
158 Jose Acevedo

Un día llegó a preguntarle de dónde sacaba tanta energía.


–De intentar vivir cada día como si fuese el último, Carlos.
Así, hasta que llegó el último día. Tenía que llegar tarde o
temprano.
Entonces lloró desconsoladamente. Sabía que nunca, a pe-
sar de sus cincuenta años recién cumplidos, volvería a cono-
cer a nadie igual, a vivir de aquella forma tan intensa, VIVIR,
como lo había hecho en aquellos quince últimos. Aunque ha-
bía aprendido una cosa, algo que le debía a ella: había que
intentar seguir viviendo cada día como si fuese el último.
El camino de los elefantes

Carlos acababa de salir del médico.


Iba solo, tal y como lo había venido haciendo las veces
anteriores. Desde aquel no tan lejano día en que, con ocasión
de un chequeo general, el médico le llamo al móvil, le dijo
que tenía los resultados, que se pasara por la consulta, esa
misma tarde a ser posible. Durante esa conversación, con el
gesto serio y sin desviar la mirada de la suya, Carlos se enteró
de que ciertos marcadores tumorales habían dado un índice
más elevado de lo normal. También escuchó las palabras de
esperanza que se suelen añadir a aquel primer diagnóstico,
pero no te preocupes, Carlos, no tiene por qué ser un cáncer,
habrá que hacer ciertas pruebas para saber qué es lo que tienes.
Pero en esta ocasión no se trataba más que de la confirmación
de todas las temidas hipótesis. Ya no quedaba demasiado
margen para el optimismo. Al parecer, la enfermedad estaba
avanzada, cualquier tratamiento podía prolongar el tiempo,
pero no devolver la ilusión por un futuro que se había
oscurecido de repente.
Carlos tenía muy claro lo que debía hacer a partir de ahora.
Se trataba de una idea profundamente madurada que había
ido tejiendo desde que pensó en la posibilidad de padecer un
cáncer. Renunció a cualquier tipo de tratamiento, salvo alguna
pastilla que le ayudara a aliviar el dolor en el momento en que
se hiciera insoportable. Por lo demás, dedicar el tiempo que le
quedara a no hacer sufrir a los seres queridos, tener el tiempo
suficiente para poder despedirse como pretendía.
Nada más salir de la consulta en el barrio de Chelsea, se
encaminó hasta una agencia de viajes que había localizado en
162 Jose Acevedo

sus anteriores visitas por la misma zona. Después de ver las


posibilidades disponibles, salió de la agencia con su billete de
avión, un pasaje en el que figuraba impreso su penúltimo viaje:
JFK-Sevilla, con una única escala en Barajas, Madrid. Solo ida.
Para un par de días más tarde.
Durante las horas que le quedaban por delante, su única
dedicación era decir adiós, hasta siempre, agradeciendo lo que
habían hecho por él. Fue lo que hizo.
En casa no dijo nada. Se comportó como si tal cosa.
Aprovechando las largas mañanas en las que no había nadie,
amontonó cuatro prendas que le acompañarían en su viaje, los
cuatro documentos que necesitaría, eligió volver a leer Brooklyn
Follies, como no podía ser de otra forma. También, sobre una
hoja en blanco, comenzó a redactar una carta de despedida
para Lucía, la mujer que le había acogido hacía nueve años,
la que le había llevado hasta Brooklyn desde una tierra tan
lejana a través de las redes sociales, la que le había devuelto
la felicidad después de una infructuosa vida peregrinando en
busca del amor.
A la mañana siguiente se levantó temprano, era su último
día completo en Nueva York. Desayunó con pausa. En el
banco traspasó la mayor parte de su dinero a una cuenta de
Lucía, dejándose para él lo justo para sobrevivir los escasos
días que le quedaran por delante. Tampoco necesitaría mucho.
Tampoco Lucía se daría cuenta hasta dos días más tarde, para
entonces él ya se encontraría lejos.
Su cuerpo se sentía cansado, aun así debía hacer un último
esfuerzo. Su alma, triste. Abandonada la felicidad de su última
vida sin posibilidad de retorno. Tomó la línea 5 de metro hasta
Bowling Green. Comenzó a subir la avenida de Broadway hasta
Central Park, haciendo cientos de pausas. Parándose ante los
innumerables puntos de la ciudad que le enamoraron desde la
Metamorfosis y otros relatos 163

primera vez que la recorrió de la mano de Lucía, en aquellos


bares en los que había compartido con ella una cerveza, un
café, cualquier cosa. Era revivir ciertos recuerdos, traer al
presente los momentos inolvidables de su pasado reciente,
llevarse con él las imágenes que jamás podría borrar de su
disco duro, como si haciéndolo de nuevo, volviera a dibujarlas
de un modo imborrable.
En Central Park, se sentó en un banco frente al lago en el
que un día remaron entre risas, entre besos. Después volvió
por la Quinta Avenida para entrar en St. Patrick’s Cathedral.
Descendió hasta la NY Public Library, la vista interminable
del Empire State, el cruce con Broadway junto al General
Worth Square, el parque de Washington Square buscando
el Soho por Houston St., aquellas galerías de arte, aquellas
terrazas, aquellos edificios de ladrillo visto con las escaleras
decorando sus fachadas. Atravesó después la Little Italy y bajó
por Lafayette St. hasta la City Hall, para iniciar el regreso a
través del Brooklyn Bridge, su último viaje hasta el otro lado,
hasta el mismo Brooklyn Bridge Park, desde el que contemplar,
tumbado en el césped, aquella postal inolvidable que ahora
abandonaba para siempre, la línea del horizonte, la línea del
cielo.
Atrás también se habían quedado Madrid, y Barcelona,
y Alicante, y Huelva, y Cádiz. Ahora regresaba a su origen
para decir adiós, reteniendo como podía las lágrimas de la
nostalgia... Mientras, en un café cercano a su casa, terminaba
de redactar con su letra menuda la carta de despedida que
había comenzado el día anterior. No sin dolor.
Aquella última noche le pidió a Lucía que hicieran el amor.
Abrazándola por última vez, derramando más de una lágrima
invisible por la oscuridad de la habitación.
–¿Te ocurre algo, Carlos?
164 Jose Acevedo

–Nada, cariño. Bueno, que te quiero tanto...


–Y yo, mi vida.
–Solo quería darte las gracias por todo lo que has hecho por
mí durante todos estos años.
–No seas tonto, Carlos. Tú también me has dado mucho.
Por cierto, ¿cuándo vuelves al trabajo?
–La semana que viene.
Mirándose a los ojos en la penumbra, sintiendo el otro
cuerpo pegado al suyo, escuchando las últimas palabras de
Lucía, intentando no derrumbarse en el último momento y
confesárselo todo: Lucía, tengo miedo, me han detectado un
cáncer. No sé, si acaso días o escasas semanas. Había pensado
huir para que no sufrieras mi final, para alejarte del dolor,
pero está visto que no puedo. Pero guardó silencio mientras
acercaba sus labios a los de ella por última vez.
Para despertar solo sobre la amplia cama. Era tarde, pero no
tenía prisa hasta el mediodía. Lucía llegaba sobre las cinco de
la tarde. Antes debía marcharse de la casa.
Desayunó, tomó una ducha, repasó su exiguo equipaje, se
fue despidiendo de cada uno de los rincones del que había sido
su último hogar. No pudo contener las lágrimas, sobre todo al
releer su carta de despedida para Lucía, al dejarla sobre la mesa
del salón, junto a su teléfono móvil, junto a sus llaves. Nada le
volvería a hacer falta. Era duro decir adiós, abandonar de esa
forma la única posibilidad de contacto con Lucía a partir de
ese momento. Era lo mejor para ella. Cerrando la puerta con
cuidado y saliendo a una calle que aquella tarde parecía más
gris que nunca.
Un taxi le condujo hasta el aeropuerto. Allí, una cola
ingente intentaba pasar el control de seguridad. Una espera
hasta el embarque, pensando que en casa Lucía lloraría
desesperadamente sin comprender nada, haciéndose miles de
Metamorfosis y otros relatos 165

preguntas sin respuesta. Sin querer imaginar que no le hubiera


hecho caso, que apareciera inesperadamente en el aeropuerto.
Deseándolo también, verla aparecer de repente, abrazarse a él
entre lágrimas. No quiso saber qué hizo ella. No quiso escuchar
tampoco la megafonía del aeropuerto diciendo su nombre.
Mejor así. Posiblemente no dejará de llorar en muchos días,
como él tampoco dejará de hacerlo, pero su vida es la que se
apaga, a Lucía le queda toda la suya por delante.
Embarcó cargado de arrepentimiento, se tomó una pastilla
que le había recetado el médico para cuando no pudiera
dormir. Al despertar, el avión estaba tomando tierra sobre
Barajas. Amanecía sobre Madrid.
Un par de horas más tarde embarcaba en otro vuelo que le
devolvería tantos años después a la ciudad que le vio nacer.
No necesitó de más pastillas. Se puso a evocar su ciudad, su
barrio tan lejano que acababa de dejar atrás. “OBERTURA.
Estaba buscando un sitio tranquilo para morir. Alguien me
recomendó Brooklyn, de manera que al día siguiente salí de
Westchester y fui para allá para reconocer el terreno. No había
vuelto en cincuenta y seis años, y no me acordaba de nada”...2
Posiblemente, seguiría derramando lágrimas con aquellas
palabras...
Al llegar al aeropuerto de San Pablo cogió un autobús que le
acercó hasta la estación de Santa Justa. Justo enfrente, un hotel
que encontró económico para unos días. Aunque la ciudad
apenas había cambiado en aquellos nueve años de ausencia,
estaba cargada de añoranza. La propia estación de trenes y su
cercanía a la casa de sus padres. Sabía que, aun siendo bastante
mayores, seguían esperando el regreso de su hijo. Los paseos
por el barrio antiguo de la Macarena, que le vio crecer siendo
un niño. La calle Feria con su mercado, con el colegio en el

2 Paul Auster (2006). Brooklyn Follies. Barcelona: Anagrama.


166 Jose Acevedo

que estudió hasta que cumplió los doce años. La calle Relator,
la plaza del Pumarejo, la calle Fray Diego de Cádiz hasta el
cruce con la calle Morera. San Julián y la calle Moravia, donde
recordaba un bar, ya inexistente, al que acompañaba a su padre
cada vez que regresaba del trabajo. La calle Juzgado que le
vio nacer, la plaza del Pelícano, donde se sentó en un banco
mientras seguía avanzando en el libro que le acompañaba,
mezclando imágenes del pasado remoto, del más reciente en
el barrio que acababa de abandonar. Varios días recorriendo
los rincones de aquella ciudad, los barrios tan dispares de
una ciudad que eclosionó hacía veinte años con ocasión de la
Exposición Universal de 1992, sin esconderse de nadie, pero
sin hacer el menor intento por reencontrarse con las personas
con las que compartió gran parte de su vida, hasta que esta
se volvió itinerante en busca de su tesoro más preciado, de
sus sueños anhelados desde la infancia, ahora rotos como
consecuencia de la enfermedad. No tuvo la tentación de
despedirse de su hermano, de sus padres, de nadie, de la misma
forma que tampoco la tuvo de hacerlo de Lucía. Era el regreso
a otras épocas pasadas con el único objetivo de poder decir
adiós, de llevarse consigo mismo las múltiples imágenes que le
acompañaron desde pequeño. Solo eso. Mientras su cuerpo no
dejaba de apagarse a cada instante que transcurría.
Delante del espejo del cuarto de baño de su habitación
de hotel, comprobaba a cada minuto como su cuerpo se iba
consumiendo. En cada recorrido, como sus fuerzas se iban
debilitando, mientras el dolor se acentuaba, mientras el final
era cuestión de tiempo.
Un día salió del hotel a eso de las diez de la noche. Aún en el
cielo se marcaba la claridad de un día que se iba extinguiendo.
No tenía ganas de cenar. Cogió un taxi y le dijo al chófer que
le llevara a la plaza del Pelícano. Solo le acompañaba algo
Metamorfosis y otros relatos 167

de dinero, el pasaporte. Todo lo demás lo había dejado en la


habitación. Una vez allí, se sentó en uno de los bancos que
adornaban la plaza, bajo un naranjo. Aún había demasiado
ruido en la plaza. Los veladores de un bar que ocupaban la
mayor parte de la zona empedrada seguían atestados. No tenía
fuerzas para dar un paseo, por corto que pudiera ser mientras
hacía tiempo. Decidió tomarse unas cervezas mientras tanto.
Aguardar que la plazoleta quedara vacía, que el bar bajara el
cierre metálico, que el silencio se apoderara de ellos, que la
soledad inundara la noche.
Y lo hizo. Debía de ser poco más de medianoche. Era
lunes, 2 de junio de 2014. Carlos miró para todas partes
cerciorándose de que no había nadie en las proximidades. Ni
siquiera el borracho habitual, ni los jóvenes que buscaban el
frescor de la noche... Se sentó mirando al cielo estrellado, miles
de representaciones luchaban por aproximarse a su cerebro,
desde su infancia en aquel barrio, hasta el llanto de Lucía a
miles de kilómetros. Apenas le quedaban fuerzas para seguir
llorando. Sentía como el alma se le escapaba, incapaz como era
de cogerla con fuerza y unirla de nuevo a su cuerpo desgastado.
No había vuelta atrás. Como pudo, se acurrucó en el banco,
cerró los ojos y esperó el reposo definitivo.
Puede que en cualquier vivienda de la avenida de Myrtle,
en Brooklyn, Lucía haya sentido una punzada en su corazón.
Sentada en el sofá del salón leía una y mil veces aquellas
palabras a las que nunca llegó a encontrar sentido alguno.
La chica de la bicicleta

Se dirigía como todas las mañanas a su lugar de trabajo.


Eso sí, era algo más temprano de lo habitual. Una bicicleta se
le cruzó por delante mientras estaba detenido en un paso de
peatones. La miró fijamente durante esos escasos segundos
que tardó en cruzar los cuatro carriles de la avenida. Un solo
pensamiento antes de cambiar el sentido de su marcha, girar
su coche a la izquierda e ir tras ella. A escasos metros, sobre
el carril bici, aquella silueta femenina, aquel pelo corto, aquel
vestido oscuro que le cubría hasta medio muslo, mostrando
unas hermosas piernas en el ejercicio del pedaleo; aquellos
tacones altos negros sobre los pedales; aquellas amplias
gafas de sol ocultando, tal vez, unos ojos recién despejados
aún repletos de sueño. Diez minutos más tarde verla frenar,
maniobrar, descender de la bici, aparcarla sobre aquellas
barras metálicas acondicionadas como estacionamiento para
aquel tipo de vehículos. Desaparecer después de su vista tras la
puerta acristalada de un edificio de oficinas cualquiera.
No pensó si era más guapa o más fea, más alta o más baja,
más esbelta o más corpulenta, más morena o más rubia, más
joven o más mayor... Solo una imagen que le había cautivado
durante poco más de un cuarto de hora...
Después regresó a su trabajo, a su jornada cargada de rutina,
luego a su casa, a su vida repleta de cotidianidad, como casi
la de todos los seres humanos que poblaban por aquellos
entonces las calles de las más diversas ciudades. Pero en su
hastío, quedó marcada una imagen, la de aquella mujer con la
que se había cruzado azarosamente aquella mañana.
172 Jose Acevedo

Al día siguiente salió de casa a la misma hora, al igual que


al otro y a los días sucesivos, descubriendo la misma figura
pedaleante sobre la bicicleta. Tan solo el cambio de atuendo,
de día de la semana que iba pasando de forma progresiva.
No así al quinto, ni al posterior, tras tener que inventar una
estúpida excusa en casa para tener que salir tan temprano una
mañana de sábado, de domingo, para regresar pocos minutos
después, puesto que la ficción de los días precedentes no se
había manifestado como era de esperar.
Dos días de ausencia que le generaron un vacío de quince
minutos que se le hicieron eternos antes de volver al lunes.
Parece mentira que prefiriese el regreso de nuevo al trabajo en
vez de aprovechar unos días de descanso con la familia, pero
era su deseo.
Vuelta al lunes y a la misma hora, al balanceo de la bicicleta
delante de él. Los mismos movimientos, idénticos rituales,
excepto que esta vez sí detuvo su coche, salió al exterior y se
atrevió a cruzar la puerta acristalada de aquel edificio de oficinas.
Allí estaba, departiendo amistosamente con cualquier
amigo, conocido, amante, compañero de trabajo, delante de
una puerta en cuyo lateral figura un enorme letrero con el
nombre de una compañía aseguradora.
Un atrevimiento después, dirigiéndose a ella para preguntarle
de forma inocente el horario de oficina. De 9:00 a 14:00, le
contestó ella, dándole las gracias antes de abandonar el edificio
y regresar a su habitual jornada laboral, que aquella mañana
suspendió antes de tiempo. A las 14:00 en punto estaba
apostado en el interior de su coche, esperando algo. 14:15 y ella
cruzaba el umbral de la puerta, se acercaba al aparcamiento,
quitaba el candado de seguridad de su bicicleta y montaba
en ella para pedalear en el sentido contrario al de todas las
mañanas. Él detrás, como siempre.
Metamorfosis y otros relatos 173

Viéndola detenerse unos veinte minutos después delante de


una cancela blanca, abrir con llaves la puerta y desaparecer
tras ella. Aquella media hora última y sus resultados le habían
exaltado por completo. Había descubierto unos puntos de
encuentro y unos horarios perfectamente controlados. Su lugar
de trabajo, su casa, su horario de entrada, de salida. Como los
de cualquiera, pero ella no era cualquiera para él.
Allí se quedó pensativo. Posiblemente le vinieron a la cabeza
cientos de interrogantes, como podría habérsele ocurrido a
cualquier persona en circunstancias como las suyas.
Pero no hizo nada más.
Lo mismo le daba si vivía sola o acompañada, si estaba
casada o no, lo que hacía en su tiempo libre, el puesto que
desempeñaba en la compañía de seguros, si tenía hijos, cuántos
de ser así, si le gustaba salir por las noches o ir al cine a media
tarde de domingo. Todo aquello formaba parte de la vida
personal de ella. Él también tenía la suya. Todos tenían su vida
respectiva, mal que les pese a algunos.
Se conformaba con aquellos minutos que ella le dedicaba
de lunes a viernes. Una fantasía que había entrado a formar
parte de su existencia, que había coloreado su vida durante no
sabemos cuánto tiempo.
Volvió a sonreír pensando que no estaba solo.
Sin arrepentimiento
Variaciones 2

Cuando Carlos conoció a Cristina, ya llevaba quince años


casado... pero con Lucía.
Cuando Lucía comenzó a desconfiar de su marido, solo se
trataba de ir tirando del hilo de las sospechas hasta llegar a la
certeza de que se encontraba en lo cierto. Empezó a controlar
sus horarios, su teléfono móvil, su correo electrónico, incluso
la intensidad de sus besos y abrazos, también el intervalo de
tiempo que transcurría entre cada vez que hacía el amor con
Carlos, apuntándolo todo en un cuaderno de notas que llevaba
siempre consigo a modo de diario.
Le costó un mundo guardar para sí toda aquella tarea sin
explotar delante de Carlos, ¡basta!, ¡vete!, ¡ámame!... Solo
lloraba en su silencio, de rabia, de sufrimiento, por el amor
perdido.
Conforme avanzaba en la investigación iba presagiando el
final de toda aquella historia, el término de todos aquellos
caminos... Siempre y cuando todo le saliera bien, que no
fallara el último detalle, que no se arrepintiera en el momento
definitivo, ya fuera por miedo, ya fuera por compasión, ya fuera
por todo el cariño acumulado en sus recuerdos junto a Carlos.
Una tarde le esperó a la salida del trabajo. Le siguió. Le vio
aparcar su coche, salir de él poco después, acercarse a una
cafetería. En la terraza le estaba esperando una chica, mucho
más joven que él, que ella. El beso que se dieron no fue más
que la confirmación de sus certezas. Sacó del bolso una pistola
178 Jose Acevedo

que había comprado en el mercado negro a un precio casi


prohibitivo. Se aproximó a ellos. Sin mediar palabra, sin fijarse
siquiera en la cara de pánico de Carlos, comenzó a disparar
contra él sin pensárselo, repetidas veces hasta vaciar del todo
el cargador del arma, hasta ver su cuerpo sangrante abatido en
el suelo, sin vida.
Después se sentó junto a Cristina, acercando su cara a la de
ella, como deseando escuchar en voz baja aquellas palabras de
agradecimiento que sí se produjeron instantes después.
–Me estaba poniendo nerviosa, Lucía. Creí que no serías
capaz de hacerlo. Gracias, cariño.
Para besarse apasionadamente, como solo pueden hacerlo
dos personas que se aman de verdad.
Levantarse después sin importarles nada ni nadie, sin esperar
la llegada de la policía, como en otras ocasiones, solo cogerse
de la mano y caminar juntas hacia un nuevo destino lejos de
Carlos, que ya no las volvería a molestar nunca.
Las propiedades del amor

Un día se dio cuenta de que aquella relación sería eterna...


Nada más bajar del tren y sentir sus labios por primera vez.
24 de mayo de hace nueve años.
En la estación de origen quedaron olvidados los restos de
su envejecimiento prematuro a pesar de su juventud. Como si
cada año lo hubiese ido cumpliendo de dos en dos, de tres en
tres. Agotado. Exhausto. Consumido.
Pero el enfermo se fue estabilizando en su nueva estrella.
Nada más sentir aquel beso. Nada más nadar, en adelante, en
las profundidades de la belleza natural de Lucía. Entonces se
cogieron de la mano, caminaron juntos sin volver a separarse.
Durante... no he podido contar su tiempo. Ayer fueron nueve
años, mañana podrán ser cientos, o miles, conservados en
sentimientos.
Y Lucía volverá todas las mañanas a visitarle.
Puede que en el principio estuviese a punto de cumplir los
treinta y nueve, hoy no tendrá más de veinte años. Sin perder
aquella mirada cautivadora de la primera vez, esos ojos oscuros
que le sirvieron de antibiótico, esos andares sobre sus piernas
descubiertas a medio muslo dejando entrever su piel morena,
con aquellos tacones altos de charol negro que tanto realzaban
su armonía de mujer.
Entonces Lucía se sentará a su lado, cruzará sus piernas, le
leerá una novela de Auster, de Murakami, de Jose Acevedo...
Hasta que él, a sus noventa o cien años al menos, cierre sus
ojos definitivamente, para llevarse consigo la imagen de Lucía,
182 Jose Acevedo

sus palabras pronunciadas en voz alta, el tacto de su mano


contra la suya hasta el último momento.
Será cuando abandone la habitación del hospital para salir
a la calle, a la luminosidad de sus doce meses, con la nostalgia
de haberle perdido, pero con la felicidad de seguir viviendo su
eterna juventud, los momentos vividos junto a él desde aquel
primer beso también.
Claro que el amor puede hacer milagros, entre otras
propiedades.
Vísperas y otras noches

Vísperas

Carlos la conoció una noche de copas.


Había tenido un mal día y salió de casa en busca de un poco
de desahogo. Recuerda entrecortadamente la noche, con cla-
ros y oscuros. El rostro de ella era imborrable en su memoria,
al igual que su nombre, Lucía. Momentos intensos que vivie-
ron, también. Pero al día siguiente Carlos se despertó sobre
su cama, solo y sin acordarse de dónde había pasado la noche
anterior.
Precisamente un día como hoy se cumplían cinco años de
aquel acontecimiento. Mil ochocientos veinticinco días en los
que no había podido olvidar su semblante. En los que no ha-
bía conseguido poner en pie en qué lugar la conoció, dónde
estuvieron después, dónde terminaron la noche antes de des-
velarse sobre su propia cama.
Se trataba de un día marcado en rojo en el calendario. Dos
de mayo de 2009, sábado.
Necesitaba un poco de aire y salió de casa a eso de las siete
de la tarde. Iba solo, aunque la soledad, en ciertos ambientes,
era una cuestión que nunca había llevado bien, por ejemplo, lo
de salir a tomar algo sin compañía. Anduvo de un lugar a otro
bebiendo unas cervezas, eso sí lo recordaba. En los bares habi-
tuales entre la calle Argote de Molina, plaza de la Alfalfa y sus
alrededores. No comió apenas, con excepción de unas pequeñas
latas de frutos secos que extraía, previo pago de un euro, de las
máquinas expendedoras que encontraba en los mismos locales.
186 Jose Acevedo

Deambuló de un lado para otro sin mirar el reloj en ningún mo-


mento. Solo, apostado en las diversas barras, miraba a la gente
que hablaba, que bailaba, que sonreía, que bebía alcohol hasta
la extenuación; también escuchando música, una de sus mayo-
res preocupaciones en sus salidas nocturnas, evitar entrar en los
locales en los que solo podía escucharse música infumable a sus
oídos. También recuerda que sintió nostalgia, aquellos mismos
bares, aquella misma música, compartidos con otros seres que-
ridos que habían desaparecido de su vida por completo.
En su largo peregrinar, casi con la conciencia perdida por
los efectos del alcohol acumulado en su cuerpo, incluido del
lugar exacto en el que se encontraba, se percató de que una
chica se le acercaba, le ponía una mano sobre el hombro y
llegaba a preguntarle:
–¿Estás solo?
–Sí, claro.
Se sentó frente a él en un taburete junto a la barra, y posi-
blemente hablarían de lo humano y de lo divino, sin llegar a
recordar nada. De la soledad, de la noche, de las amistades, de
los amores perdidos posiblemente. Conversaciones que debie-
ron de resultar algo dificultosas a aquellas horas de la noche,
en aquellas circunstancias, pero que, indudablemente, se pro-
dujeron entre ambos.
Lucía era una chica joven, debía de andar por la veintena.
Era guapa, muy guapa. De lo único que fue capaz de retener
en su memoria era eso, un nombre, poco más; bueno, que
se encontraba en Sevilla estudiando. Lo demás eran visiones
depositadas en forma de imágenes en su mente. Los dos sen-
tados frente a frente durante largo rato, palabras en el olvido,
también un juego de acercamiento que comenzó cuando ella
cogió su mano, reteniéndola contra la suya, mientras sus labios
articulaban una presunta conversación. Siguieron bebiendo, se
Metamorfosis y otros relatos 187

sucedieron fotografías estáticas retenidas por Carlos sin llegar


a encontrar un nexo de unión entre ellas. Lucía incorporán-
dose del taburete, bajándose las bragas para entregárselas a
Carlos. Lucía acercando sus labios rojos a los de él, sellan-
do con ellos un beso eterno que no había conseguido olvidar
tampoco. Lucía cogiendo la mano de Carlos para aproximarla
a sus rodillas, a sus muslos, para introducirla entre sus piernas
que se abrían sin dificultad hasta alcanzar con su tacto la vulva
de Lucía, para frotar con sus dedos su clítoris humedecido.
Besos, caricias, roces que se repitieron durante un largo espa-
cio de tiempo, o no, porque la memoria seguía devolviéndole
imágenes intermitentes, atemporales. Lucía acariciando con su
rodilla y con una de sus manos el bulto que crecía por debajo
del pantalón de Carlos. Lucía bajando la cremallera de sus va-
queros, buscando con sus dedos un pene empapado por la ex-
citación, frotándolo con pausa y sin sentir rubor alguno. Lucía
levantándose la falda para mostrarle a Carlos su sexo ardiente
de deseo... Así, durante el tiempo consciente, porque más allá
de aquellas representaciones estáticas, solo quedaba el vacío, la
ausencia, las interrogantes, la certeza de haberse despertado a
la mañana siguiente solo sobre su cama, sin ningún rastro de
ella, más allá de las proyecciones lanzadas por su memoria de
la noche anterior. Ningún teléfono, ninguna dirección, ningu-
na pista que le pudiera acercarse de alguna forma a Lucía.
Cinco años se habían cumplido sin haber tomado ninguna
determinación, sin haber borrado tampoco aquella metáfora
de una sola noche que impregnaba desde entonces su imagina-
ción. Como una droga imposible de eliminar de su cuerpo, un
sin vivir que le acompañaba en su cotidianidad, una esperanza
a la que seguía aferrándose a pesar del tiempo transcurrido, o
una ilusión que se desvaneció por completo nada más desper-
tar de su fantasía a la mañana siguiente.
188 Jose Acevedo

Por eso, Carlos pensó que le había llegado el momento de


intentar algo, salir de aquella locura imperecedera que le ator-
mentaba ya mil ochocientos veinticinco días.
Siempre habría una posibilidad de volver a cruzarse con
Lucía, aunque fuera remota, improbable, inverosímil. O no.
Cualquier cosa antes que permanecer anclado en aquella no-
che indeleble, al menos el consuelo de haberlo intentado.

Primera noche, 2 de mayo de 2014


Era una noche agradable.
Carlos seguía yendo solo. Desde su apartamento había cru-
zado la Alameda de Hércules, había subido por la calle Amor
de Dios hasta la plaza de la Campana, sin dejar de echar un vis-
tazo en cada local que se iba encontrando a su paso. Siempre
por si acaso. Hasta el momento no había tomado ni una sola
copa, como si intentara con ello evitar que el alcohol pudiese
desfigurar la realidad con la que se iría tropezando en cada
esquina, en cada rincón, en cada tasca. La plaza de la Encarna-
ción estaba atestada de gente joven, algo que se había conver-
tido en habitual desde los profundos cambios urbanísticos de
los últimos años. Subió la escalinata hasta situarse justo debajo
de Las Setas, bordeó la Plaza Mayor, que bullía de ambiente
a aquellas horas, antes de bajar de nuevo y alejarse de la alga-
rabía a través de una de las esquinas de la Encarnación. Calle
José Luis Luque, Santillana, Pérez Galdós hasta la alcanzar la
Alfalfa, donde volvía a resurgir el ambiente de la tarde que
iba cayendo, que iba abriendo paso, en el entristecimiento del
cielo, a una nueva noche. Se sentó en uno de sus veladores y
decidió esperar mientras se tomaba la primera cerveza. Des-
pués vinieron otras muchas, sin cambiar de ubicación, siempre
al resguardo de sus árboles centenarios, como olvidándose de
la regla que él mismo intentó aplicarse instantes antes. Como
Metamorfosis y otros relatos 189

si fuera inevitable ocupar una mesa en una terraza y tomar una


copa detrás de otra. Como si fuera imposible encontrar otras
alternativas a sus arriesgados hábitos.
En el mucho tiempo que pasó allí sentado, solo se dedicó
a contemplar a las personas que deambulaban de una esquina
a otra, que la atravesaban en busca de la calle Alcaicería, de la
plaza de la Pescadería, de la calle Jesús de las Tres Caídas, de la
calle Águilas, de la calle Odreros, de la calle San Juan, de la pro-
pia calle Pérez Galdós. Las que iban cargadas con bolsas con
algún trapo para estrenar en la nueva temporada de verano que
se aproximaba. Las que iban con sus carpetas bajo el brazo o
con sus mochilas cargadas a la espalda saliendo de la facultad
o de una academia cualquiera, de regreso a casa, o en busca de
un espacio donde poder compartir una conversación, o una
copa, o un rato de música agradable, o un beso en la oscuri-
dad de una callejuela. Las que portaban un maletín repleto de
papeles y de problemas burocráticos, de regreso a su descanso
o buscando un momento de relax también. Jóvenes, menos
jóvenes, mucho menos jóvenes. En vaqueros y zapatillas de
deporte. En trajes y corbatas multicolores. En faldas cortas y
zapatos de tacón alto. Hombres y mujeres. Mujeres y hombres.
Pero sin noticias de Lucía.
Sobre el cielo, las estrellas escoltaban una amplia luna. Sobre
el asfalto, el bullicio se iba haciendo notar con el transcurso
de los minutos. En la misma calle unos y otros compartían su
vaso al abrigo de la noche. En un bar cercano, la otra luna, la
asesina, sonaba de fondo a un volumen algo elevado

In starlit nights I saw you


So cruelly you kissed me
Your lips a magic world
Your sky all hung with jewels
190 Jose Acevedo

The killing moon


Will come too son3

Acabando con las primeras esperanzas de Carlos en aquella


primera noche de búsqueda. Como aquella noche de hace cin-
co años, terminó apoyado sobre una barra, perdida la cuenta
de las botellas consumidas.
Ni el frescor de la madrugada cayendo sobre la Alameda de
Hércules a su regreso le sirvió para despejar su cuerpo, mucho
menos su mente.

Segunda noche, 3 de mayo de 2014


A pesar de la resaca del día anterior, seguía siendo una no-
che agradable.
Seguía recordando la imagen de Lucía con nitidez, como
si fuera parte de su vida desde aquella lejana noche de 2009,
como si no hubiera dejado de verla en ningún momento. A
pesar de la cercanía de su figura, Carlos la echaba de menos.
Aunque le pareciera improbable, aquella segunda noche no
se alejó demasiado de su casa. Tenía por delante suficiente ta-
rea con los bares de la Alameda de Hércules y sus alrededores.
Suficientes cervezas que beber, suficientes canciones que es-
cuchar, suficientes cigarrillos que consumir también. Como no
recordaba el lugar de encuentro, cualquier sitio podría valerle
con tal de verla aparecer de repente. Solo la imagen de Lucía
acercándose por detrás, poniéndole la mano sobre el hombro,
preguntándole: “¿Estás solo?”. Podría ser, y era lo que esperaba
y deseaba. Era como buscar una aguja en un pajar, pero el
pajar se encontraba lleno de luces y de oscuridades, de alco-

3 En noches estrelladas te vi. / Tan cruelmente me besaste. / Tus labios, un


mundo mágico. / Tu cielo, lleno de joyas colgantes. / La luna asesina / vendrá
demasiado pronto.
Metamorfosis y otros relatos 191

hol y de drogas, de canciones de todos los estilos y de todas


las épocas, de rostros de todas las bellezas e imperfecciones,
de edades de todas las generaciones posibles y aún por venir.
Como buscar en su interior, pero su interior también estaba
lleno de claridades y de tinieblas.
Sin llegar a preguntar por su nombre, sin dejar de mirar en
todas las direcciones, a todas las caras femeninas más próxi-
mas y más alejadas, siempre desde lo alto de su taburete junto
a la barra, siempre cercano al grifo de cerveza, al botellero, o
a una conversación nada probable con algún camarero que le
proporcionara un poco de consuelo.
Tan perdido en su recuerdo de 2009, que ni siquiera otras
presencias le llamaban la atención. Ni una sonrisa cercana, ni
un “Hola”, ni un “¿Me invitas a algo?”... más allá de aquella voz
que le interrogaba repentinamente con aquel toque de dulzura.
Perdiendo la paciencia, pero sin llegar a derramar ni una sola
lágrima, sin llegar a derrumbar aquellos recuerdos lejanos tan
presentes, la esperanza que le servía de amiga y compañera
aunque no pudiera sentir sus labios, ni oír sus palabras.
A las mil canciones, en el enésimo bar, cruzó la Alameda en
dirección contraria buscando la soledad de su apartamento,
el silencio de su cama que olía a piel perfumada, que seguía
palpitando un corazón femenino recién terminado de sentir
el deseo por el otro cuerpo, aun no viéndola, aun no queriendo
verla, como si siempre hubiera estado a su lado, desde la primera
noche, sin estar, o estando, pero ausente durante cinco años.
Aquella noche Carlos durmió abrazado a su cuerpo lejano.

Tercera noche, 8 de mayo de 2014


Dentro de la improbabilidad siguió buscándola una noche
más.
Dejándose llevar por la brisa lejana que refrescaba sus sen-
192 Jose Acevedo

timientos, volvió a cruzar la Alameda de Hércules, subió esta


vez por la calle Trajano hasta la plaza del Duque. Plaza de la
Campana, calle O’Donnell, Velázquez, Tetuán. Fue detenién-
dose en todos los escaparates: librerías, tiendas de ropa, joye-
rías, tiendas de complementos, tiendas de cosméticos, tiendas
de telefonía, zapaterías, tiendas de recuerdos... Todos le lla-
maban la atención, pero se detenía especialmente delante de
aquellos donde se exponía ropa femenina, como si a través de
aquellos maniquíes envueltos con la nueva ropa de temporada
pudiera comunicarse con Lucía, pudiera estar viéndola a ella.
Y la veía para sí mismo, luciendo aquella falda vaquera, aquel
vestido ajustado, aquel otro con estampado de flores... mien-
tras ella, desde el otro lado de la luna, no dejaba de sonreírle,
de responderle en silencio a sus preguntas imaginadas:
–Estás muy guapa con lo que llevas puesto hoy, Lucía.
–Gracias, cariño.
Con excesiva parsimonia alcanzó la Plaza Nueva. Mientras,
en el reloj del ayuntamiento, sonaban las 22:00 horas, una de-
trás de otra. Enfrente, una enorme cola aguardaba la llegada
del tranvía. Una ciudad llena de adultos buscando el resguardo
del hogar, la sonrisa de sus hijos al verles llegar a casa, el abra-
zo de su mujer o de su marido tras una inquietante jornada de
trabajo; llena también de mayores que dedicaban su ociosidad
simplemente a pasear por el centro, a compartir un café o un
refresco en cualquier velador, regresando a aquellas horas an-
tes de que cayera el mes de mayo, antes de que se impusiera el
sofocante verano con el que los paseos se hicieran imposibles
por culpa del termómetro; llena de jóvenes que nunca tenían
prisa para nada, y que a partir de la llegada de la noche pobla-
ban los rincones de la ciudad mientras les quedara juventud
por delante. Carlos era uno de ellos, aunque la estuviera per-
diendo por culpa de vivir la sombra de su pasado en vez de
Metamorfosis y otros relatos 193

la luz de hoy, de mañana, nunca de ayer, tampoco de pasado


mañana. Solo debe existir el presente, el futuro más reciente.
El sentir de su cuerpo buscándote, que solo puede esperar
unos instantes, unas horas a lo sumo, antes de perderle defini-
tivamente. Todo lo demás es incertidumbre.
Carlos siguió el aliento de la brisa que refrescaba sus senti-
mientos hasta llegar, en su largo recorrido, hasta las mismas
proximidades del río. Vagabundeó por todo el paseo Alcalde
Marqués del Contadero como si fuera un turista enamorado
de las fotos nocturnas que le devolvía la ciudad iluminada. Los
bancos ocupados por las parejas que jugueteaban con sus tac-
tos, el bullicio procedente de los restaurantes y de los bares de
la otra ciudad de enfrente, algún que otro personaje solitario
que sabe Dios lo que andaba buscando, algún que otro borra-
cho vomitando su pesadumbre en un rincón cercano. Detrás,
el teatro, también el ruedo, más allá el puente que une las dos
ciudades, completamente iluminado.
Sin señales de Lucía en todo su recorrido, aún encontrán-
dose sobrio a pesar de la hora. Después, la paz de una terraza
en los bajos del puente de Isabel II donde Lana del Rey suena
acompasadamente, sin levantar demasiado alboroto. Juventud
que enseña sus cuerpos a la noche, a la envidia de los que se
han atrevido a seguir cumpliendo un año tras otro. Sentándose
en un velador con su botella verde de Heineken en la mano,
sin perder de vista cualquier movimiento cercano, sin llegar
a percatarse siquiera de aquella mano tocándole el brazo de-
recho, de aquellas palabras que le hablan sin escucharlas, que
se sienta a su lado, que le mira fijamente a los ojos sin decirle
nada, para qué, si Carlos ha dejado de escuchar, de mirar, de
sentir, sentándose a su lado, con las piernas cruzadas a pesar
de la falda corta que lleva puesta, mostrando el clarear de unas
bragas blancas, o celestes, o rosas, o de color crema. También
194 Jose Acevedo

unos zapatos de tacón alto que la suben del suelo unos doce o
trece centímetros al menos; esperando, sin perder la paciencia,
bebiendo a menor ritmo que él, empleando su tiempo en la
simple contemplación de Carlos a su lado, sus oídos a las can-
ciones que sonaban sin demasiada estridencia, un poco de chill
out, o canciones de los años ochenta, de los noventa, hasta
verle levantarse en un momento dado, mirarla a los ojos direc-
tamente, sonreírle, decirle adiós con la mano, viéndole alejarse
de la terraza hasta otro momento, puede que mañana, tal vez
pasado, aunque para entonces puede que sea demasiado tarde.
Cruzando los múltiples carriles del paseo de Colón, aden-
trándose de nuevo en el centro de la ciudad. Calle Reyes Ca-
tólicos, San Pablo, plaza de la Magdalena, O’Donnell, Campa-
na, Amor de Dios, Alameda de Hércules... parándose la vida
en el momento en que la vida seguía su rumbo en los relojes
imaginarios que todos llevamos dentro, silencio, paz, sosiego,
tranquilidad, calma, reposo... Así, hasta la cama que le seguía
esperando vacía otra noche más.

Cuarta noche, 9 de mayo de 2014


Como la primera, como la segunda, como la tercera, rebus-
cando en todos los rincones de la ciudad la presencia de Lucía
sin encontrarla, como quien rastrea en el interior de los con-
tenedores en busca de sobras abandonadas y regresa a casa de
vacío, sin tener con qué darle de comer a sus hijos antes de lle-
varles a la cama, un “Lo siento”, un “Mañana tal vez tengamos
más suerte”, antes de darles un beso de consuelo en la frente y
despedirse de ellos con un “Buenas noches, te quiero”.
Dejándose llevar por las músicas que siguen sonando, por
las cervezas que sigue bebiendo: rubias, tostadas, blancas, ne-
gras, rojas; de todas las graduaciones posibles, de todas las
marcas posibles: Löwenbräu, Warsteiner, Quilmes, Chimay,
Metamorfosis y otros relatos 195

Grimbergen, Hoegaarden, Stella Artois, Tropical, Calsberg,


Lâsko, Miller, Brooklyn, Coors, Kronenbourg, Kanterbräu,
Heineken, Amstel, Grolsch, Soproni, Cobra, Murphy’s, Ki-
lkenny, Peroni, Moretti, Kirin, Sagres, Carling, Bass, Urquell,
Efes, Cruzcampo, Mahou, Alhambra, Estrella del Sur, Estre-
lla Galicia... También por aquella imagen de Lucía de 2009,
su juventud, su extremada belleza, sentada frente a él en otro
taburete, mostrando sus piernas, bajándose sin disimulo sus
bragas, sintiendo sus labios rojos sobre los suyos, palpando la
suavidad de sus rodillas, de sus muslos, el ardor y la humedad
de lo que mostraba sin reparo ni vergüenza... Sin percatarse
de su presencia cercana, que le respira a su lado, que le palpa
la piel casi sin darse cuenta, que le suplica en silencio a cada
instante “Mírame”, “Estoy a tu lado”; pero que no la mira, y
no lo hace porque no se encuentra a su lado desde entonces.
Carlos cruzó la calle de las Siete Revueltas desde un extremo
al otro, como perdido en sus múltiples recodos, como recor-
dando imágenes de otro tiempo hoy olvidadas. Pero todas las
puertas de antaño se encontraban cerradas, los olores insopor-
tables a orín de la calle habían desaparecido, el tumulto del am-
biente silenciado. Como una imagen cambiada en cinco años,
pero que, situándola tal cual en el tiempo, le devolvía recuer-
dos borrosos, pero reminiscencias a fin de cuentas, como si
la mescolanza de los perfumes, aunque fuesen desagradables,
le hubieran despertado un rincón de su memoria. Desde las
profundidades de su mente le llegaban las imágenes cada vez
menos imprecisas. Un portón de madera cerrado a cal y can-
to, el golpear de los nudillos haciéndole abrir para adentrarse
en un mundo bien diferente del exterior. Una opacidad solo
enturbiada por numerosos candelabros de velas consumidas,
de cera blanca y oscurecida que se acumulaba en todos sus
ángulos, un antro alargado donde hasta la música te transpor-
196 Jose Acevedo

taba hacia épocas más agradables y glamurosas. Abrigos de


piel en invierno bajo los que se ocultaban cuerpos ataviados
únicamente por una ropa interior brillosa, pelucas de todos los
peinados que ocultaban la calvicie de un travesti entrado en
años pero con un cuerpazo de mujer. Años setenta y ochenta
de juventud azarosa que dejó de seguir envejeciendo un día,
que no había dejado de escuchar en ningún momento a Abba,
a Yuri, a Baccara, a Las Grecas, a Bananarama, a Boney M,
a Tina Charles, a Camilo Sesto, a Rafaela Carrá, a Raphael,
a Pimpinela, a Miguel Bosé, incluso a los Electroduendes y
todos sus amigos. Y la gente bailaba, no dejaba de moverse,
de sudar tampoco, ni de besar y sentirse besada, ni de mano-
searse por todo su cuerpo porque todo era compartible de
alguna manera, mientras Carlos, apostado junto a la barra, no
dejaba de pedir cervezas a aquel camarero con falda y camiseta
de Superman, a la camarera de vestido fucsia y de florecillas
diminutas en su amplia melena rizada; no dejaba de mirar el
fluir de la fauna que penetraba en las profundidades de aquel
mundo abarrotándolo por completo, hasta llegar a verla a lo
lejos, sentada en una esquina, hasta perderla de vista, hasta
verla nuevamente acercarse y ponerle una mano sobre el hom-
bro. Ahora empezaba a verlo claro, una noche de hacía más
de mil ochocientos veinticinco días, Lucía había aparecido en
El Mundo para dejarle impregnado de sus recuerdos borrados
hasta hoy mismo.
Sería por eso que Carlos no dejaba de dar vueltas de un
extremo a otro de la calle de las Siete Revueltas sin encontrar
nada, como si su memoria se desvaneciera de repente con to-
das las imágenes incluidas. Una especie de esquizofrenia que
mezclaba las fotografías rescatadas del fondo del olvido, y el
apagón repentino al descubrir que en aquel punto exacto, a
escasos metros de distancia, ella había desaparecido para siem-
Metamorfosis y otros relatos 197

pre. Exactamente, tras aquel portón cerrado esta noche a cal y


canto, descubrió una noche de 2009 la estampa imborrable de
Lucía. Se quedó allí parado, con la mirada fija en el rectángulo
que separaba la vida de El Mundo, sin atreverse a llamar, como
esperando que de un momento a otro pudiera abrirse, pudiera
salir de su interior el eco de las voces, de las risas, de la música
de Las Grecas, la invitación del portero haciéndole entrar.
–Buenas noches, Carlos.
–Buenas noches.
–Pasa, te están esperando dentro.
Y una vez en el interior, la mirada próxima de Lucía que se
le aproxima, que le abraza, mientras suena de fondo aquella
letra:

Te estoy amando locamente,


pero no sé cómo te lo voy a decir.
Quisiera que me comprendieras,
y sin darte cuenta te alejas de mí.
Prefiero no pensar, prefiero no sufrir.
Lo que quiero es que me beses.
Recuerda que deseo tenerte my cerca,
pero sin darte cuenta te alejas de mí.

Pero el silencio era la única voz que se escuchaba en la calle


de las Siete Revueltas a aquellas horas de la noche; tal vez el
eco de una conversación de borrachos y poco más. El resto,
oscuridad y silencio.
Desandando el camino, andado en busca de su refugio, de
su fracaso prolongado una noche más, consciente como era de
que aquel revés era el definitivo, decisivo, concluyente, deter-
minante, rotundo, indiscutible, absoluto, final.
198 Jose Acevedo

Quinta noche, 10 de mayo de 2014


La noche anterior había estado cerca de su objetivo, tanto
que su memoria le devolvió imágenes hasta ahora no recorda-
das. Retratos con los que pudo componer el espacio de aquella
noche de cinco años atrás. Por su esfuerzo debería sentirse or-
gulloso, pero como realmente estaba era hundido. Aquel mun-
do que había compartido una noche con Lucía se había evapo-
rado en el recuerdo, salvo que aquel bar pudiera estar cerrado
temporalmente, pensó. Unas vacaciones, una enfermedad, una
reforma para construir un Mundo mejor... Era la única espe-
ranza que le quedaba antes de cerrar definitivamente un capí-
tulo inolvidable de su vida, como si el hecho de que aquel bar,
abierto o cerrado, pudiera ser determinante para encontrar a
Lucía o no. Para Carlos sí lo era, su voz y sus sentimientos
debían prevalecer sobre cualquier otra más coherente, más ra-
cional, más razonable, más lógica; como dando por imposible
volver a encontrarla en algún otro rincón, aunque fuese por
casualidad, por muy remota que pudiera ser.
Agarrado a aquella ilusión, Carlos regresó una quinta noche
a la calle de las Siete Revueltas. El local seguía cerrado como la
víspera. Las horas siguientes las dedicó a deambular por todos
los bares del entorno. La pregunta siempre era la misma, la
respuesta casi nunca era definitiva: “No sé, sé que cerró hace
un tiempo”, “Ni idea, ni siquiera sabía que había cerrado”, “Ya
sabes que el negocio de los bares nocturnos es muy inestable,
la moda se va trasladando de una esquina a otra de la ciudad
sin motivos aparentes”. Sus escasas esperanzas se iban desva-
neciendo con todas aquellas respuestas, mientras la fotografía
de ella, en aquella noche, en aquel bar, sentada sobre el tabure-
te frente a él, Lucía más presente, más lúcida que nunca.
Había bebido bastante. Apenas si le quedaban fuerzas para
seguir adelante, un rincón en el hígado en el que seguir depo-
Metamorfosis y otros relatos 199

sitando gramos de alcohol, un poco de lucidez en su mente


cuando entró en el Berlín. De fondo sonaba el “Where Is My
Mind”, de los Pixies. El bar se encontraba atestado de gente.
Una mezcla de juventud que buscaba escuchar un poco de
buena música, junto a otras personas de más edad que encon-
traban en el Berlín los recuerdos de un pasado que les hizo
felices, nostalgia y lozanía que convergían en sonidos de otras
épocas. Unos con sus soledades cargadas a cuestas, otros com-
partiendo las rutinas de sus clases en la universidad, el último
viaje a Marruecos, la última vez que hicieron el amor en los
asientos traseros del coche.
Cuando se abrió paso hasta la barra no sin dificultad, Car-
los se fijó en un rincón del local, una chica sola de espaldas a
la puerta, apoyada sobre la barra de zinc. Su corazón dio un
vuelco. No perdió ni un instante en acercarse a ella, en tocarle
el brazo como hizo ella la primera vez, en mirar su rostro que
se volvía repentinamente como asustado.
–¿Estás sola?
–La pregunta es un poco rara, Carlos. Te estaba esperando,
o no te acuerdas que me llamaste ayer para quedar. Por cierto,
llegas más de una hora tarde.
–No te entiendo, Lucía. Hace cinco años que no nos vemos.
Llevo tanto tiempo buscándote desde aquella noche que nos
encontramos en El Mundo, o ¿no te acuerdas?
–Sí que me acuerdo que nos conocimos en El Mundo hace
cinco años...
Carlos la interrumpió.
–Abrázame, Lucía, que no quiero volver a perderte de nuevo.
–Nunca me has perdido, Carlos. Realmente no sé qué te
ocurre, estás muy raro esta noche. Bueno, da lo mismo.
La noche se había apoderado de la ciudad. En cada local,
cada uno lloraba sus ausencias, celebraba sus compañías. El
200 Jose Acevedo

alcohol se había apropiado de todos ellos...


De fondo, a modo de banda sonora seguía sonando aquella
canción

Where is my mind?
Where is my mind?
Where is my mind?
Way out in the water
See it swimming4

4 ¿Dónde está mi mente? / ¿Dónde está mi mente? / ¿Dónde está mi mente?


/ Saliendo del agua / La veo nadando.
Un mundo llamado Poesía

Eva vivía en un mundo llamado Tristeza. Tenía nueve años.


Su único entretenimiento era contemplar, a través de los cris-
tales de la ventana de su dormitorio, un cielo siempre anuba-
rrado, un suelo continuamente humedecido por las constantes
lluvias, que no cesaban desde tiempos para ella desconocidos...
Encerrada allí dentro, pensaba, soñaba con los ojos despiertos,
en lo que pudo haber sido..., en lo que parecía que no iba a ser
nunca.
Sus padres, mientras compartían la cena, le hablaban de una
época pasada... Existía una institución llamada “escuela”, don-
de se impartían asignaturas como las matemáticas, las ciencias
naturales, la historia o la literatura..., en la que los niños, aparte
de aprender, hacían amigos, se divertían... Con los años, fue-
ron quedando menos...: las “escuelas” tuvieron que ir cerran-
do sus puertas y las enseñanzas allí impartidas solo perduraron
en la memoria de los mayores... Desde entonces, solo quedaba
la televisión, en la que antes había una programación infantil...,
no esa retahíla de informativos en los que unos envejecidos se-
ñores exponían una y otras vez las mismas noticias: hoy han
nacido dos nuevos niños en Tristeza, la población mundial as-
ciende en la actualidad a sesenta y ocho millones cuatrocientos
mil tres habitantes, el ministro de Defunciones ha inaugurado
sesenta y dos nuevos camposantos..., el señor Zote, ministro de
Educación, ha dimitido de su cargo por falta de competencias...
Así transcurrían los días en Tristeza, tanto para Eva como
para los sesenta y ocho millones cuatrocientos mil tres habi-
tantes que lo poblaban. El tedio se había apoderado de las
204 Jose Acevedo

existencias... Muchos de los empleos habían dejado de tener


sentido, sobre todo, los relacionados con la construcción, con
la enseñanza, con el turismo, con el transporte... Apenas si
quedaba trabajo para unos cuantos..., el poco que había, se
repartía por sorteo... En cuanto al resto, era el gobierno único,
instaurado militarmente tras la Tercera Guerra Mundial, el que
se hacía cargo de su mantenimiento, que tampoco era mucho,
la verdad.
Un día, a escondidas de sus padres, que no querían que Eva,
ajena al pasado salvo por lo que ellos pudieran contarle, so-
portara el paso de unos recuerdos que ella nunca llegó a co-
nocer, se hizo con la llave de la cerradura que abría la puerta
de un pequeño habitáculo que los mayores llamaban “traste-
ro”. Dentro, al margen del polvo acumulado, del olor a hume-
dad, del desorden lógico de un espacio inferior a diez metros
cuadrados, que albergaba tantísimos años de vidas pasadas, la
pequeña fue descubriendo la existencia de objetos completa-
mente desconocidos, de los que podría haber oído hablar a
sus padres, pero a los que nunca había visto con anterioridad.
Así, pudo descubrir qué eran los libros, las muñecas de tra-
po, los discos de vinilo, los animales de peluche, los plumieres
repletos de otros objetos más pequeños (lápices de colores,
gomas de borrar, carboncillos, sacapuntas, reglas de metal y
de plástico, bolígrafos), objetos todos que veía por primera
vez; así como innumerables libretas, repletas de anotaciones y
garabatos, blocs ilustrados con dibujos, cuadernos por estre-
nar, llenos de unas hojas amarilleadas por la humedad y por el
transcurrir del tiempo.
Allí, pasó Eva gran parte de la tarde, encerrada, alumbrada
por una pequeña bombilla colgada del techo, ojeando cuan-
tos objetos caían en sus manos, sorprendida por los descubri-
mientos tan extraordinarios. Para no levantar sospechas ante
Metamorfosis y otros relatos 205

sus padres, guardó debajo de su chaleco algunos de aquellos


tesoros, un cuaderno cargado de apuntes, un bloc de dibujo,
un plumier y un libro, en cuya portada aparecía escrito: Leccio-
nes básicas de dibujo y pintura. Al salir del trastero, cerrando tras
de sí la puerta con sumo cuidado, se encerró en su habitación
y dejó sus hallazgos debajo de la cama, donde nadie pudiera
verlos.
Cenaron. Mientras, le seguían dibujando con melancolía re-
tablos inertes de los años pasados... Los padres poblaban los
innumerables parques, enmohecidos por las incesantes lluvias,
disfrutando de las animadas conversaciones con amigos y ve-
cinos mientras, a su lado, sus hijos jugaban a la pelota, a la
gallinita ciega, al látigo, a pídola, al pinto pinto, a policías y
ladrones, al ratón y al gato, al cochecito leré, a bailar la peonza,
al Antón pirulero, al arre borriquito, a las prendas, al diábolo,
al bote, al corro de la patata, al pañuelo, al patio de mi casa,
al sillón de la reina o a las carreras ciclistas con las chapas...
Los domingos, toda la familia se juntaba para ir a las sesiones
matinales de los cines, donde proyectaban las últimas películas
de Walt Disney... Las bibliotecas y las librerías bullían de un
público deseoso de sumergirse en las novelas de aventuras o
de amoríos, lugares hoy en desuso, dadas las nuevas tenden-
cias artísticas, que solo hacían mención al neoexistencialismo,
al posbelicismo o a los principios de la economía única... Al
atardecer se sacaban a pasear las mascotas (animales domésti-
cos, de ojos brillosos y dulces, que se alimentaban del cuidado
de sus dueños, del calor de los hogares y de los mimos de
los niños, se extinguieron por inanición)... Millones de nuevos
bebés nacían a diario en los miles de hospitales repartidos por
todo el globo, reconvertidos hoy en tanatorios, para aprove-
char el espacio... Había culturas y diversidad y constituciones y
banderas e himnos, en un planeta que antes se llamaba Tierra.
206 Jose Acevedo

Después, para mitigar el llanto contenido, los noticiarios les


ofrecieron las novedades de la jornada... Una película acerca
de las falacias de las democracias extintas... Poco más, antes
de irse a la cama, para no tener que madrugar, no hacer nada,
que el tiempo continuase pasando, día tras día... Eva dio las
buenas noches y se encerró en su habitación, donde, recosta-
da sobre la cama, ojeaba aquel libro, donde, ayudada por los
lápices del plumier, se puso a dibujar..., no era difícil, solo con
un poco de sentimiento, algo de imaginación, un mucho de
aburrimiento..., y pasó toda la noche en vela dibujando e ima-
ginando cómo serían los niños jugando en el parque, yendo de
nuevo a las escuelas, un enorme sol iluminando un cielo des-
pejado de nubes, poder tener un hermanito y amigos, sonrisas,
ilusiones... Y así las noches sucesivas, con el cuidado de no ser
descubierta nunca..., como su secreto mejor guardado..., sue-
ños imborrables en la memoria...
Tres días después, se despertó repentinamente por los re-
flejos de una luz intensa, ajena, misteriosa, reflejada sobre su
cara... Al incorporarse de la cama y asomarse a la ventana, vio,
allá arriba, un cielo celeste, inmaculado, personas asomadas a
las ventanas contemplando los destellos de un enorme arco
iris cubriendo la práctica totalidad del cielo, a otras que, des-
poseídas del miedo a la tormenta pasada, poblaban las calles,
festejando tal acontecimiento... El parte televisivo no hizo, sin
embargo, alusión al evento... Los pocos niños también asoma-
ron sus cuerpecitos diminutos... Sonrisas simuladas pública-
mente... El miedo a la represión no desapareció por ello. Nada
más caía la tarde, la población se encerraba de nuevo en sus
casas...
Meses después, mientras Eva seguía con sus ocupaciones
artísticas, aún encerrada en su dormitorio al caer la noche,
su madre le anunciaba que iba a tener un hermanito. Aquel
Metamorfosis y otros relatos 207

acontecimiento reafirmó una felicidad hasta ayer mismo con-


tenida, hoy manifestada abiertamente, porque una nueva vida
contribuiría, sin duda, a devolver la esperanza al grisáceo pa-
norama de los tiempos de diluvios torrenciales. Las calles em-
pezaron a llenarse de niños nuevamente... El nuevo cielo, que
acompañaba cada amanecer en Tristeza, parecía que devolvía
la fertilidad a las madres... El verde de los parques se hizo de
nuevo frondoso... Las noticias se iban adaptando a las nuevas
necesidades de la población: el ministro de Sanidad anuncia la
apertura de cien nuevos centros hospitalarios; el ministro de
Educación, el señor Zote, ha sido reincorporado a su cargo; el
censo de población supera ya los cuatrocientos sesenta y tres
millones...; las personas en edad de trabajar se van incorporan-
do a los miles de nuevos empleos que se van creando a diario
ante las nuevas necesidades...; el gobierno único reconoce al
recién creado Estado de Libertad, cuya autonomía ha sido vo-
tada por la completa mayoría de los ciudadanos del antiguo
continente africano...; el ejército ha recibido la orden expresa
de consentir todos los brotes pacíficos de autogobierno... Los
adultos, después de la jornada laboral, pasaban horas enteras
ante los televisores, sorprendidos, a la vez que ilusionados,
ante los profundos cambios que se estaban sucediendo...
Eva seguía dibujando, tarea que compartía mimando a su
hermano pequeño, Sito, descubriendo antiguos juegos con
sus nuevos vecinos..., y pintaba muñecotes en vez de serios
presentadores de televisión, y niños adentrándose en las es-
cuelas recién abiertas... Pronto cumpliría dieciséis años... La
antigua Asia era rebautizada como Armonía... Oceanía, como
Independencia... América, como Fraternidad... Europa, como
Solidaridad. El gobierno único fue convertido en una sociedad
de estados, donde todos entendían un mismo lenguaje... Los
geriatras fueron reconvertidos en ginecólogos... Los enterra-
208 Jose Acevedo

dores, en obreros de la construcción... Los presentadores de


televisión, en teleñecos... La jornada laboral no podía superar
las cuatro horas... Los días festivos se llamaron Familia y Di-
versión... Comenzaron a editarse nuevos libros de aventuras
y amoríos... Un cómic fue elegido Premio de Literatura por
los Nuevos Pueblos... Los antiguos militares se destinaron a
la agricultura, tan necesaria ante el incremento incesante de la
población...
Eva ingresó pronto en la primera universidad creada, para
cursar los estudios de Fantasía para un Nuevo Mundo, titula-
ción a la que siguieron otras muchas, como Decoración de Es-
pacios Ambientales, Creación Artística, Economía de la Redis-
tribución, Multiculturalidad o Recuperación de las Ciudades
Históricas. No olvidó su tarea diaria, como si tuviese miedo de
dejar de pintar, y con ello, una vuelta a los tiempos del diluvio,
como si se sintiera responsable de aquellos cambios que una
tarde descubrió en aquel trastero abandonado de su casa.
Parecía que el tiempo no pasaba, de no ser por las noticias
que se iban sucediendo, por el devenir constante de las perso-
nas en las calles, recuperando las antiguas rutinas, por la propia
experiencia de la existencia vivida, por el crecimiento de Sito,
que pronto cumpliría los seis años, por los avances en sus es-
tudios, por la nueva casa que se había comprado su familia,
gracias a los salarios que percibían sus padres, toda ella ajardi-
nada, florida, con una enorme cristalera dando al inmenso azul
de un mar, siempre en calma, hacia el oeste...
En una reunión sin precedentes, la sociedad de las naciones
había dictado una nueva constitución para Tristeza en la que,
manteniendo la pluralidad de los pueblos, se fundamentaban
los principios de libertad, armonía, independencia, fraternidad
y solidaridad, al igual que los nombres que ahora llevaban sus
continentes, donde la sonrisa era de obligado cumplimiento, la
Metamorfosis y otros relatos 209

infancia un bien insustituible, los sometimientos de cualquier


índole estaban perseguidos... Un nuevo himno, una nueva ban-
dera, de color blanco, un nuevo nombre: Poesía...
Una tarde, mientras Eva estudiaba en la biblioteca de la
universidad, conoció a Sorel, estudiante de Creación Artísti-
ca... En pocos días se hicieron amigos inseparables... hasta el
punto de que, pronto, le desveló su secreto mejor guardado,
innumerables carpetas con todos los dibujos que ella había
ido guardando... Fue la chispa de una relación que sobrepasó
los lazos de la amistad... Ocho meses después, Eva y Sorel,
aprovechando un viaje a París, ciudad recuperada del periodo
de decadencia sufrido durante la Tercera Guerra Mundial y la
larga posguerra, unían sus almas y sus cuerpos en un transitar
infinito por Poesía... 
Libertad

Todo aparentaba normalidad en la ciudad de las letras y de


los números.
Cada uno en su casa y Dios en la de todos. Quien tenía que
ir al colegio allí estaba todas las mañanas a la misma hora.
Quien tenía que ir a su trabajo, puntualmente se encontraba
en su puesto con la sonrisa que procede en una existencia
más o menos dichosa. Quien había sobrepasado cierta edad,
simplemente se dedicaba a disfrutar de un paseo, de una partida
de dominó, de un rato de gimnasia para mantenerse en forma.
Quien no tenía otra cosa que hacer, sencillamente conseguía
llenar su tiempo con un libro, con las tareas de la casa, con una
cerveza en una terraza cualquiera, yendo de compras. Como
en cualquier ciudad corriente. Al menos esa era la imagen que
transmitían sus habitantes.
Aquellas letras y aquellos números ocupando sus avenidas,
sus paseos, sus alamedas, sus bares, sus cines, sus teatros, sus
centros comerciales, sus restaurantes... También sus balcones,
atareados, como podíamos verles, arreglando sus macetas,
fumando un cigarrillo apoyados en la barandilla, leyendo el
periódico sentados sobre una silla plegable o, sencillamente,
mirando el ir y venir de los viandantes de un lado para otro
allá abajo, en la calle.
Rumor que dormía cuando la luz abría paso a aquellas
noches silenciosas, cuando unas y otros regresaban de su
jornada diaria llenando de vida sus hogares, cuando en el cielo
solo el rumor de la luna, en su interminable recorrido, iba
desplazándose para hacerse visible desde todas las terrazas en
214 Jose Acevedo

busca de una fotografía que la hiciera eterna, escoltada siempre


por sus incansables amigas de aventuras.
Pero una mañana cualquiera, un elemento nada habitual
hasta entonces había entrado a formar parte de aquel paisaje.
En uno de los ángulos del parque una tienda de esas de
camping había sido desplegada, posiblemente durante la
noche, aprovechando el sueño de las letras y de los números,
la cámara desconectada de aquel que todo lo ve. Allí estaba
aquella tela de colores rojizos extendida, cuando la víspera
no había más que unos escasos metros cuadrados de césped.
A través de las ventanas que volvían a abrir sus batientes a
una nueva jornada, la mirada perpleja de las letras. Era la
primera vez que algo abortaba la normalidad, la tranquilidad,
la serenidad, la naturalidad, la calma, el orden de su horizonte
más cercano.
Pero como todo se sabe en territorios como aquel, por muy
privada que pueda resultar la vida de cada uno de sus vecinos,
pronto corrió la noticia: la familia Ñ había sido desalojada de
su vivienda.
Al parecer papá Ñ había perdido el trabajo recientemente.
Había dejado de tener su condición de letra importante
con los años, y en tiempos como los que hoy vivimos, su
presencia había dejado de tener utilidad y resultaba costosa
para la empresa. La consecuencia inmediata de aquella caída
en desgracia no fue otra que dejar de percibir el salario con el
que hacían frente al alquiler de su vivienda, al recibo de la luz,
del agua. Sin pensárselo mucho, invirtieron el dinero que les
quedaba en el banco en aquella tienda de colores rojizos que
hoy contemplamos sobre la superficie del parque.
Como los números temían las consecuencias de aquel
despido, en un principio intentaron negociar con él un cambio
de trabajo, siempre y cuando consintiera hacerse una pequeña
Metamorfosis y otros relatos 215

cirugía, ofrecerle un trabajo de letra N, sin rebaja de sueldo,


sin merma en sus condiciones laborales aunque, eso sí,
incrementando el número de horas que dedicaba a su jornada.
Tenía que asumir tanto la carga que suponía su anterior estatus,
como la del nuevo, en sus diferentes acepciones. Así, por
ejemplo, acuñar en sus tres significados: “Imprimir y sellar una
pieza de metal, especialmente una moneda o una medalla, por
medio de cuño o troquel”, “Hacer, fabricar moneda” y “Dar
forma a expresiones o conceptos, especialmente cuando logran
difusión o permanencia”. Pero también  acunar  con sus dos
extensiones: “Mecer al niño en la cuna o en los brazos para que
se duerma” y, en Costa Rica, “Meter al niño en la cuna”. Pero
eran los efectos de lo que los números llamaban globalización,
esto es, un intento de construir un mundo no fraccionado, sino
generalizado, en el que la mayor parte de las cosas sean iguales
o signifiquen lo mismo, es decir, sin fronteras, sin diferencias
geográficas, ni socioculturales, ni económicas, ni políticas.
Aunque todos supiéramos de antemano que esas nuevas
teorías eran una mentira, una vulgar forma de manipulación a
escala global, en vez de a escala local.
No es que le importara trabajar más a papá Ñ, había
demostrado a lo largo de su existencia una entrega absoluta
a su labor, siempre sin rechistar, a pesar de las intromisiones,
de las bromas que incluso llegaron a gastarle por ese
apéndice que siempre le acompañaba sobre su cabeza. Era
consciente del juego propuesto por los números: trabajar
más a cambio de un mismo sueldo, una nueva forma de
esclavitud que se iba extendiendo como consecuencia de eso
que llamábamos globalización. Pero lo que no estaba dispuesto a
aceptar papá Ñ, ni siquiera su familia, con la que lo compartía
todo, era perder su dignidad como letra. Eso nunca. Ya saldrían
adelante como fuera.
216 Jose Acevedo

Dejaron de ingresar su salario, pero el mundo de las


letras demostraba siempre una virtud por encima de todas:
la solidaridad. Desde el primer día, y desde mi posición
privilegiada que todo lo observa y todo lo sabe, podía ver a
sus vecinas socorrer a la familia Ñ en todas sus necesidades,
no solo a las más pudientes como la N, la D, la S, la R, la C, o
la L, incluidas las vocales, sino también a aquellas familias que
tenían más dificultades para llegar a fin de mes: la X, la Y, la W,
o incluso la Z. Cada una en la medida de sus posibilidades.
De tal forma que, a pesar de las vicisitudes, intentaron seguir
llevando una vida normal, por llamarla de alguna manera.
Cambiaron su vivienda por aquel habitáculo de lona sobre
el parque, pero los niños seguían yendo al colegio, al médico
cuando les hacía falta. Lo que dejaron de hacer era ir todas las
mañanas al trabajo, al banco, porque no había nada que cobrar
o pagar, o a la compra, porque los alimentos necesarios eran
proporcionados por el resto de sus vecinos no numéricos.
Pero aquella adversidad fue extendiéndose con el paso de
los días a otras familias con las mismas dificultades. La X, la Y,
la K, la W, o incluso la Z. Siempre con las mismas consecuencias.
El parque se fue poblando de tiendas, el compañerismo
propagándose.
Aquella fraternidad por parte de las letras empezó a ser vista
por parte de los números como una especie de rebelión, un
ataque contra el orden establecido. Había que responder de
alguna forma dado que disponían de las armas de coacción
suficientes para ello. Subieron los alquileres de las viviendas,
pusieron una tasa por la asistencia a los colegios o a los
centros médicos, los precios de los transportes se encarecieron
desproporcionadamente, casi había que pagar por respirar o
por acudir al trabajo, sin mencionar los múltiples intentos
de desmantelar aquel campamento improvisado en el que se
Metamorfosis y otros relatos 217

estaba convirtiendo el parque. Sin conseguirlo. Siempre a última


hora, los enviados a mantener el orden público se echaban
para atrás antes de cumplir las órdenes de sus superiores.
Había que deshabitar como fuera aquel refugio revolucionario,
nido de vividores, de terroristas, en nombre de la ley, de la
democracia. Pero los emisarios encargados de mantener el
estatus de los números no dejaban de ser letras, ordenadas de
tal forma que cumplían aquella función de carácter público,
no sé si decir de carácter privado mejor, porque me resulta
contradictorio afirmar que salvaguardar los privilegios de unos
cuantos sea sinónimo de defender la paz social. P-O-L-I-C-
Í-A-S. Regresando al cuartel sin las órdenes cumplidas, sin
arrepentimientos tampoco, a pesar de las coacciones, de las
amenazas, de los chantajes múltiples que recibían. Estaba claro
que esos no eran argumentos suficientes para convencer a las
letras, para cambiar su comportamiento, y que la ayuda mutua
que se expandía por el parque era más que suficiente para
sobrevivir todas las mañanas a todas las intimidaciones. Total,
los números no tenían los cojones suficientes para conseguirlo
por sí mismos, sin necesidad de recurrir a las letras, pensaba
yo. Eran pocos y cobardes, como decía la canción.
A mayor extorsión, mayor era el compañerismo mostrado
por las letras. Sin excepción. Incluidas las vocales, siempre tan
sumisas. Las clases comenzaron a impartirse en el propio parque.
Allí estaban los P-R-O-F-E-S-O-R-E-S, que abandonaron los
colegios oficiales porque la enseñanza estaba por encima de
las prebendas de los números. Los hijos del 1, del 2, del 3, del
4, del 5, del 6, del 7, del 8, del 9, del 0, comenzaron a tener
problemas, sobre todo con la escritura, también con la lectura.
Sus libros de texto comenzaron a vaciarse de contenido
impreso, solo algunas ilustraciones, solo las fechas de ciertos
acontecimientos, solo los libros de matemáticas con gráficas.
218 Jose Acevedo

Su lenguaje empezó a convertirse en un dialecto irreconocible


y extraño, al igual que el de sus mayores. Los libros dejaron de
tener caracteres, las canciones borraron sus letras, las películas
se convirtieron en mudas. La cultura se convirtió en un bien de
uso exclusivo para unos cuantos, la élite fue empobreciéndose,
no solo económicamente como consecuencia de la revuelta,
también se volvió ignorante, analfabeta, inculta, profana.
Bueno, creo que siempre fue así.
También la medicina, cuando algunos presentaban
problemas de salud, en todas sus especialidades. M-E-D-I-C-
I-N-A. E-N-F-E-R-M-E-R-Í-A. C-I-R-U-G-Í-A. Generando
verdaderos problemas en los centros médicos privados, donde
la atención, paulatinamente, empezó a dejar de ser prestada.
Cuando el resto de las letras llegaron a percatarse de que los
números solo entendían de dinero, de que todo valía a costa
de mantener sus privilegios, incluso la vida de sus compañeras,
todas sin excepción fueron trasladando su vivienda al parque.
La familia A, la B, la C, la D, la E, la F, la G, la H, la I, la J, la L,
la M, la N, la O, la P, la Q, la R, la S, la T, la U, la V. Incluyendo
a sus hijos, que nunca habían dejado de acudir todas las tardes,
después de salir del colegio, a aquel nuevo espacio compartido
para jugar con sus amigos. a, b, c, d, e, f, g, h, i, j, l, m, n, o, p,
r, s, t, u, v... junto a ñ, k, y, w, x, z. Habían pasado de acercarse
de vez en cuando a socorrer a las desahuciadas, a hacer de
aquel enclave su nuevo mundo, su nueva sociedad, su propio
espacio, donde todos aportaban sus conocimientos y saberes,
donde no existía el dinero, donde todo se compartía por igual.
La ciudad se había trasladado a aquel espacio verde que
creció en tan poco tiempo, que fue acogiendo uno a uno a
todos aquellos que prefirieron recuperar su libertad antes que
alimentar el egoísmo de los números con los que hasta entonces
habían convivido pacíficamente, o tal vez ciegamente. Ahora
Metamorfosis y otros relatos 219

que habían descubierto su verdadero fin, era mejor vivir al


margen de ellos.
Las consecuencias para los números no se hicieron esperar.
Además del regreso a la incultura, dejaron de tener ingresos
(todas las letras abandonaron sus viviendas y dejaron de pagar
los alquileres, los suministros, los transportes, las innumerables
tasas que fueron imponiendo con tal de intentar compensar la
recaudación), el problema de provisión de alimentos se fue
haciendo extensivo. Las letras cosechaban sus propias verduras
y frutas, cuidaban su propio ganado, hacían su propio pan,
incluso su propio alcohol. Aprovisionamientos que destinaban
a su consumo propio. No podían negociar con aquellos
números que habían llegado a poner en peligro su propia vida
con tal de mantener sus privilegios.
Pronto vimos como muchos números, víctimas de su
egoísmo, fueron desapareciendo de su paisaje. Unos morían
desatendidos en los hospitales, otros en sus propias casas, de
inanición, otros emigraban a tierras lejanas donde no sabemos
si eran bien acogidos, o simplemente se quedaban en tierra de
nadie donde esperaban su momento final. No sé qué hubiera
pasado si alguno de ellos hubiera ido al parque, hubiera hablado
con las letras, les hubiera implorado un poco de solidaridad. “Mis
hijos están pasando hambre, se mueren, podríais ayudarme.”
Posiblemente, su condición le hubiera ayudado a resolver, sin
meditarlo mucho, esta tesitura de ayudar a aquellos seres a los
que durante tanto tiempo habían explotado, a riesgo de su propia
existencia. Sin duda: “Podéis venir cuando queráis. No sois bien
recibidos, pero no podemos negar la comida a nadie, ni siquiera
a vosotros”. Pero tal vez su orgullo les impidiera dar el paso,
preferían morir de hambre, dejar sus casas, antes que compartir
con las letras aunque fuera la solidaridad de estas. Soberbia que
acabaría con sus existencias maldecidas en alguna parte.
220 Jose Acevedo

Cuando solo quedaron las letras en la ciudad, las grúas


fueron derrumbando todos los edificios que recordaban la
sociedad impuesta por los números, recuperando las viviendas
que eran de todos, también los trabajos en los campos, en
los hospitales, en las escuelas. Los salarios habían dejado de
existir, y cada uno aportaba lo que producía, sin más interés
que la supervivencia de todos. Su felicidad.
Al parque le pusieron el nombre de L-I-B-E-R-T-A-D.
De los números nunca más se supo.
Todo volvió a la normalidad en la ciudad de las letras. Por las
noches, solo el rumor de la luna, en su interminable recorrido,
iba desplazándose para hacerse visible desde todas las terrazas
en busca de una fotografía que la hiciera eterna, escoltada
siempre por sus incansables amigas de aventuras.
Monólogo

¿Te acuerdas del día que nos conocimos? Me gusta verte


sonreír...
Recuerdo que llegaba a casa después de un pésimo día.
En la tienda, las cuentas cada día estaban menos claras. Con
Pablo era la enésima vez que discutíamos en una semana. Le
dejé tirado en el restaurante sin haber llegado a los postres.
Era noche cerrada, lo que, unido al fuerte aguacero, había
despoblado las calles casi por completo. Empapado me
adentré en el inmueble, tan desierto como la intemperie bajo
la tormenta. Aparte del corazón y de la cuenta corriente, tenía
destrozado el cuerpo, dolores que iban ocupando minuto a
minuto cada milímetro de mi torso... Pero no te pongas triste,
cariño... Cómo te gusta que te abrace. Que seque tus lágrimas
caídas por los recuerdos. Ya pasó. Sonríe, por favor. Ya te he
dicho mil veces que me encanta verte alegre.
Como no lo estabas aquella noche, en la que al salir
del ascensor y enfilar el largo corredor que conduce a la
puerta de mi vivienda, te encontré allí, tirada en el suelo.
Completamente inmóvil. En posición fetal. Silenciosa. Al
agacharme para comprobar si respirabas, comprobé que aún
tenías algún síntoma de vida. Sí, aún te quedaba algo de aire
que expulsar. El rostro desfigurado, lleno de sangre, al igual
que tus brazos inertes. Espera, no te muevas, te dije... Como si
pudieras hacerlo en tu estado. Entré en mi casa. Descolgué el
teléfono. Marqué el 112. Por favor, deje de hacerme preguntas
estúpidas y envíen urgentemente una ambulancia. Después
del colgar, volví a tu lado, permanecías como muerta, pero
224 Jose Acevedo

con pulso. Como destrozada, pero sin dolor aparente. Como


anestesiada de la rutina, pero sufriendo tu coma. Nunca me
has contado cómo te sentías, pero entiendo que nada bien. De
eso estoy seguro. La ambulancia solo tardó cuarenta minutos
aproximadamente. Durante la espera, tu cuerpo seguía en la
misma posición. Con una respiración muy tenue como única
señal de supervivencia. Te hablaba, te preguntaba cosas, sin
conversación posible. No sé si me escuchabas. Si me veías
desde abajo. Si sentías algo. Te pregunté tu nombre, qué te
había pasado, qué o quién te había dejado en tal estado, cómo
habías llegado hasta aquel rincón perdido y anónimo de la
ciudad... Silencio por respuesta. No te rías, mujer. Bueno, sí,
mejor así, ya sabes que digo las cosas como las digo. ¿O no me
conoces ya? Después de... ¿Cuánto tiempo llevamos juntos?
Sí, eso es, veinte años... Vale, exagero... Dímelo tú entonces... 
Y llegaron y te recogieron en una camilla. Eso sí, con
mucho cuidado. Tardar, tardaron lo suyo, pero después no lo
hicieron mal. Aunque imagino que siempre lo harán igual. Y
me fui contigo. Y la ambulancia empezó a correr por las calles
mojadas con un ensordecedor sonido de sirenas. No tardamos
más de un cuarto de hora en llegar al hospital, donde ya te
estaban esperando en la puerta. Te bajaron y desapareciste en
cuestión de segundos, mientras una enfermera me hacía todo
tipo de preguntas. Las mismas que yo te había hecho minutos
antes sin que me escucharas. Y no debieron de quedarse
demasiado convencidos porque minutos después llegó una
pareja de la policía y me volvió a hacer todo tipo de preguntas.
Aunque en otro tono. No debí de ser muy convincente con
mis respuestas porque eran incapaces de darse cuenta de que
yo no tenía nada que ver contigo. Bueno, algo sí. Me llevaron
con ellos. Me encerraron en un despacho donde toda la
noche me hicieron preguntas. Como si en la prolongación de
Metamorfosis y otros relatos 225

los tiempos las respuestas pudiesen cambiar el rumbo de las


investigaciones. Como si esperaran mi confesión después de
una noche sin dormir. Pero qué quieren que les cuente. Mi
único pecado ha sido encontrármela delante de la puerta de
mi casa. Que no, que no la conozco de nada, ni su nombre,
ni dónde vive, ni cómo fue a parar hasta allí, ni nada de nada.
Solo se me apareció, llamé a la ambulancia y todo lo demás ya
lo conocen... Y vuelta a empezar. Hasta la historia de Pablo
les conté. Mire, agente, he tenido un mal día, el negocio me va
fatal. Con eso de internet nadie compra películas. Y lo demás,
pues lo mismo. Que qué tipo de negocio tengo. Un sex shop.
Te voy a ahorrar los comentarios, claro. Que no colaba, a pesar
de todo. Que hasta que no apareció Pablo a las nueve de la
mañana no hubo forma de que me dejaran salir. Cualquiera
sabe lo que les dijo. Solo sé que hasta Pablo me hizo todo tipo
de preguntas. No sobre nosotros, qué va, sobre ti. Más de lo
mismo. Mira, Pablo, vete a la mierda. Déjame en paz. Te lo dije
anoche y te lo vuelvo a decir ahora. Y, por cierto, podrías haber
venido antes. Lo demás, excusas de una maricona loca que me
tenía hasta el clítoris. Lo cierto es que me hizo caso, le vi no
hace mucho. Salía de un restaurante. Ni me miró, te lo juro. Un
trajecito negro así pijo, corbata espantosa, engominado hasta
las cejas y acompañado de la mano por una rubia teñida con
tetas de silicona... No puede disimularlo, por muy macho que
se haya vuelto... Ay, chochete, cómo me gusta que te rías... 
Y lo primero que hice al salir de la comisaria fue volver al
hospital. Estaba angustiado por no saber tu estado de salud
desde que me sacaron de urgencias aquellos maderos. He de
reconocer que a pesar de sus malos modos, estaban buenísimos
los tíos. No me dejaron entrar a verte. Tampoco quería decir
que era tu marido, sería como volver al principio. Ahora que
parecía quedar claro que entre nosotros no había vínculo
226 Jose Acevedo

alguno. Pero es que no lo había. Ahora sería distinto. Pero


no entonces. Al menos me dijeron que seguías con vida. En
coma, pero estable. Tampoco sé cómo se puede estar en coma
y estable a la vez. Pero, bueno, no soy médico y no tengo por
qué entenderlo. También supe entonces que nadie había venido
a verte. Ni siquiera si habían intentado localizar a nadie. Nada.
Y te tuve que dejar allí, al cuidado de aquellos desconocidos,
sola, en tu estado de letargo. No tuve más remedio, cariño.
La tienda iba como el culo, no podía dejar de abrir. Al menos
había que seguir intentándolo. Así que decidí sobre la marcha
irme a casa, darme una ducha, irme a la tienda, abrir, estar
allí hasta media tarde y volver por la noche a verte. Aun así,
antes de irme, le dije a una enfermera que me avisara por favor
si había alguna novedad sobre tu estado de salud. También
podía dejarte allí sin más. Total, no te conocía de nada, al
contrario, desde que te conocía habías sido un incordio. Eras
un problema, cariño. Entiéndeme. O qué hubieras hecho tú en
mi lugar. Eh, dime. 
Y regresé a casa en un taxi. Por cierto, cada día están más
caros los cabrones. Estaba destrozado. Me hubiera acostado
de buena gana. Pero me conformé con una buena ducha. Un
cambio de ropa y vuelta a la calle. Espero tener un mejor día,
Dios mío. No paraba de repetírmelo, como si la reiteración de
mi plegaria llevara implícito un cambio en mi suerte. Y el día
no fue mucho mejor que el anterior. Recuerdo que en todo el
día solo vendí una película de oferta: Más puta que las gallinas,
y un miniconsolador que poco apaño podría hacer. De no ser
por los ahorros que me había dejado en herencia mi madre al
fallecer y de las restricciones que me había ido poniendo Pablo
en su afán de retirarme de la vida nocturna, seguro que ahora
estaría en la más absoluta de las miserias. Tal vez debí hacerle
caso y cambiar de negocio. Las flores siempre se venderán.
Metamorfosis y otros relatos 227

Siempre quedarán enamorados, madres, muertos o algún


rincón que adornar en la casa. Pero nunca me vi entre centros
de rosas, de claveles, de orquídeas, de prímulas, de fucsias,
de camelias, de tulipanes, de petunias, de crisantemos, de
gladiolos, de pensamientos, de iris, de azucenas, de begonias,
de peonias, de hibiscos, de margaritas, de jacintos, de aves del
paraíso, de lirios, de clivias, de zinnias, de daturas, de gerberas,
de edelweiss, de freesias, de ciclámenes, de geranios, de
jazmines, de anémonas, de azaleas, de dalias, de capuchinos, de
girasoles, de violetas, de alegrías, de pasionarias, de amarillis, de
clematis, de narcisos, de eléboros, de lisianthus, de arco iris, de
kalanchoes, de lavateras, de bulbos, de gazanias, de amapolas,
de lupinos, de monardas, de romúleas, de xolanthas, de
cleonias, de salvias, de alliums, de bellardias, de junquillos, de
lotos, de lunarias, de madreselvas, de magnolias, de nenúfares,
de nomeolvides, de mirtos, de mimosas, de campanillas, de
centáureas... Qué mareo de tantos olores penetrantes. No te
preocupes, cariño. No es añoranza. Solo me acordaba de esos
malos momentos que debí afrontar solo. Tú en el hospital.
Pablo ausente. Mamá muerta. Y el teléfono mudo. Lo que
me daba un algo de tranquilidad, sin novedad en el hospital.
Solo con mi pensamiento puesto en todas las ausencias, en los
números rojos de un negocio que me conducía a la quiebra,
al no saber qué hacer, ni a quién recurrir, como antes. Como
después. Salvo Marcos. Solo un taxista maloliente que me
devolvía hasta el hospital, donde tampoco me dejaron verte.
No hay novedad. Sigue en coma. No, nadie ha preguntado
por ella. Tampoco hemos podido localizar a ningún familiar.
No hace falta. Es una tontería que se quede toda la noche.
No puede hacer nada por ella. Mejor que se vaya a descansar.
Mañana será otro día. Y el siguiente otro, y otro, y otro, y otro.
Y dos semanas con el mismo discurso. El mismo guión que
228 Jose Acevedo

se repite. Sí, cariño, lo pasé fatal. Sobre todo aquella primera


noche que volví a casa. Más solitaria que nunca, por muchas
luces que encendiera. Por mucho ruido que intentara hacer para
mitigar el silencio. Todo eran recuerdos. Vacíos. Ni siquiera el
rastro de una gota de sangre tuya derramada la noche anterior
sobre el pasillo. Como si nada hubiera sucedido. Como si todo
hubiera sido borrado, salvo de mi memoria. Del cansancio de
una noche ausente en las dependencias policiales. Y la siguiente
lo mismo, y la otra, y la otra, y la otra, y diez más, en la que el
insomnio era mi compañero, su ausencia mi desesperanza... 
Era desesperante, cariño. Pero, por favor, no llores. Sé que
es tu única forma de expresarte. Pero prefiero tu sonrisa. La
que me acompañó aquella noche quince, cuando al regresar al
hospital encontré una novedad. Después de tanta insistencia,
el personal empezó a tratarme como tu única familia. Al
parecer te llamas Alegría. Estuviste casi dieciocho años en
un centro de menores, te llevaron después de encontrarte en
un contenedor de basuras. De tus padres, nunca se supo. Allí
creciste y te hiciste mujer. Niña normal, sin traumas. Buena
estudiante. Cariñosa. Perdieron tu pista nada más cumplir la
mayoría de edad. Al parecer salías con un chico. Una noche,
ya no regresaste a dormir. Y trabajabas en un comercio de
ropa. Comprendo que no entiendas nada, pero esto es lo que
me contaron en el hospital aquella noche. Desde entonces,
hasta que apareciste tirada en el suelo aquella noche en mi
casa, sin restos de tu pasado. La policía sigue investigando.
Además, tengo otra noticia que darle. Hoy ha abierto los ojos.
Ha vuelto del coma. Su estado es estable. Saldrá adelante.
Pero tiene secuelas. No sabemos si reversibles o no. No dice
nada. Como si fuese muda. Además, su cuerpo no responde a
ningún estímulo. ¿Puedo entrar a verla? Claro que sí. Entré. Te
vi. Con tus ojos inmensos abiertos de par en par. Me acerqué a
Metamorfosis y otros relatos 229

tu cama. Tu rostro tenía aún restos de hematomas. Pero tenías


esa mirada tan dulce que todavía conservas. 
Una semana más en el hospital. Ahora tenía un motivo para
luchar. Que salieras adelante. Por las noches me quedaba a tu
lado. Te conté lo de mamá. Sabía que al menos escuchabas. Lo
alegre te hacía sonreír. Lo triste te provocaba derramar lágrimas.
Voz no tendrías, pero sí sentimientos. Mamá me crió sola.
Enviudó joven. Cirrosis hepática, yo apenas había cumplido los
cuatro años. Afortunadamente murió pronto. De lo contrario
hubiera dilapidado la fortuna que heredó mi madre. Me educó
entre algodones. Si hacía frío, porque hacía frío. Puedes coger
cualquier constipado. Y nunca se sabe. Si hacía calor. Te puede
dar un sofoco. Siempre eché de menos un hermano con quien
jugar. Amigos en la calle con los que corretear tras una pelota.
Ni masculinos, ni femeninos. Mamá y sus amigas, que venían
muchas tardes a casa a tomar café y jugar a las cartas. Jamás le
conocí en compañía de otro hombre. Viuda, y para los restos.
No quiero más hombres en esta casa, me decía años después.
Los hombres solo te traen complicaciones y desgracias. Católico.
Apostólico. Romano. No sé cuántas veces me hizo leer la Biblia
y libros de santos. Vida de san Wenceslao, santa Matilde, san
Martín de Porres, santa Marta, Venerable María, san José, santa
María Micaela, santa Margarita de Hungría, san Malaquías, san
Macario, san Marcelino, santa Lucía, san Lorenzo, san Lázaro,
san Justino, san Juan de Dios, san Juan de la Cruz, san Juan
de Ávila, san Juan Bosco, santa Inés, san Isidro, san Francisco
Javier, san Francisco de Asís, santa Filomena, san Felipe Neri...
Por eso, cuando descubrió entre mis papeles años más tarde mi
predilección por el sexo masculino... Creo que eso fue lo que la
mató. Qué tragedia, Alegría. Le falló el corazón. A ella que parecía
un roble. No la mató mi padre y la mató mi homosexualidad.
Años sin apenas dirigirme la palabra. Me daba pena, Alegría. De
230 Jose Acevedo

ella, me refiero. Entiendo que en su mentalidad no hubiera sitio


para mi condición. Sí, cariño, la entiendo. Por eso me arrepiento
tantas veces de haber guardado revistas entre mis papeles. Fuera
de casa podía hacer lo que quisiera, pero dentro... Ya me vale...
No duró ni cinco años la pobre. Llegué una noche a casa, a eso
de las doce serían, allí estaba, en su balancín, con la televisión
puesta... Ella ya estaba con todos sus santos. Alardeando de su
condición. Pidiendo perdón por mi pecado. Y así durante siete
noches seguidas hablándote. Los médicos me lo aconsejaban.
Háblele. Le vendrá bien. Y lo hacía. Sé que me escuchabas.
Que sentías mis palabras. Su muerte, mi orfandad. Cuando te
encuentras tan joven solo en la vida, pero con un capitalazo en
la cuenta bancaria... De verdad que es como para volverse loco.
Y me volví totalmente loca. Enterrada como Dios manda, abrí
todos los ventanales. Cambié cortinas. Mobiliario. Pinté toda
la casa. Decoración. Hice de aquella morada digna de una fiel
creyente, un antro de lo más mono. Fuera pantalones con raya
y trajes de chaqueta... Fuera los grises... Fuera los crucifijos... Y
como tenía que vivir, qué mejor que invertir una cantidad en mi
futuro. Qué mejor que una cueva del sexo. Películas, lencería,
desarrolladores, estimuladores, juegos, vaginas, penes, muñecos,
arneses, vibradores, anillos, bolas chinas, aceites de masajes,
afrodisiacos, preservativos, mordazas, esposas, lubricantes...
Una monada, Alegría... Ya por entonces había conocido a Pablo.
El muy puritano con lo de las flores... Lo cierto, cariño, es que
la tienda funcionaba. Me daba para vivir, mientras dilapidaba en
juergas no solo los beneficios, sino también la herencia. Eso sí,
nada de drogas, ni malos rollos. Unas copitas. Buena música.
Sexo maravilloso. Tuve la suerte de nunca coger nada raro. 
Así que en sus siete días con sus siete noches te instruí sobre
mi vida. Al menos nos conocíamos por nuestros pasados y por
ese presente tan reciente de nuestro encuentro desgraciado.
Metamorfosis y otros relatos 231

Alegría, te hablo de cómo ocurrió. No llores, cariño, que no te


estoy diciendo que nuestro encuentro haya sido una desgracia.
Joder, que no es eso. Pero debes entender que tropezarme
contigo de la forma en que me tropecé no es para festejarlo.
Y te llevé a tu nuevo hogar. Esta casa. Siento que no puedas
aportar, cómo decirlo, tu toque femenino, pero en tu estado,
cualquier cosa es difícil. ¿Cuánto hace?... Y hemos pasado lo
nuestro. Alegría, ¿preparo la cena? ¿Qué te apetece?
A los pocos días de instalarnos juntos, no sé si lo recuerdas,
recibimos la visita de la policía. Dos señores muy altos, muy
corpulentos, con unos culos estupendos, pero sin uniforme.
Preguntaron por ti. Todavía está en la cama. Como sabrán,
apenas puede moverse. Lo sabemos. ¿Podríamos verla? Les
acompañé hasta tu habitación. Te preguntaron cómo estabas.
No sé si sabrían que obtendrían por única respuesta unas
lágrimas o una sonrisa. Enseguida abandonaron tu habitación
y nos sentamos en el salón. Me contaron que habían detenido
a un presunto sospechoso de la agresión. Al parecer era
camarero en un bar cercano a la tienda donde tú trabajabas.
Os conocisteis y empezasteis a salir. Fue cuando te perdieron
la pista en el centro de menores. Vivíais de alquiler. Él había
dejado repentinamente el trabajo. No se le conocía fuente de
ingresos. Aunque vestía con una apariencia de llevar un nivel
de vida más bien alto. Por aquella época también dejaste el
trabajo en la tienda. Te veían salir y volver a casa sola. Con
una indumentaria un poco impropia. Apenas se os veía juntos.
Pero sí se escuchaban gritos. Escándalos. Cada vez con más
asiduidad. De pronto, un día desapareciste. Hasta aparecer de
nuevo en tu estado. Cariño, hace tiempo de eso. Por favor,
no llores más. Aquello ya pasó. Pasó. ¿Entiendes? Terminó.
Concluyó. Es un recuerdo que debes borrar de tu cabeza.
Entonces me siguieron contando la historia del chico. Me
232 Jose Acevedo

dijeron que era un chico normal. Que el bar en el que trabajaba


era de un familiar. Un tío suyo lejano. Acostumbrado a sus
desapariciones y apariciones repentinas. Nada problemático.
Sí habían notado que en su ausencia hacían algo más de caja
en el bar. Todo lo contrario a cuando él estaba trabajando. Lo
encontraron en su casa en compañía de otra chica. También
muy joven. Lo detuvieron porque ella lo acusó de proxenetismo.
Ella tenía diecisiete años. La familia lo estaba pasando un poco
mal, pero veían venir que se metería en líos tarde o temprano.
En el armario encontraron ropa que no era de la chica que le
denunció. Me contaron poco más. Solo me pidieron si podían
enseñarte unas fotos. Al principio dudé. Era todo muy reciente.
No quería que sufrieras más. Pero tampoco podía negarme.
Lo siento, cariño. Lo hice por ti. Volvieron a la habitación. No
sé si recuerdas el momento. Sin tener por qué hablar, sin tener
por qué emitir ningún sonido, estaba claro que le reconociste
enseguida. Te llevaste dos días sin parar de derramar lágrimas.
Ellos se fueron y no molestaron más. Lástima. Claro, uno es
lo que es, por mucho que intente disimularlo a tu lado. Nunca
he renunciado a mi sexualidad. Solo me he adaptado a nuestra
nueva situación. Pero te prometo que nunca te he engañado.
Nunca. Créeme. Además, ya voy para viejo. Ay, si me hubieras
conocido diez años antes. Todo un dandi. Maricón, pero dandi. 
Nunca te recuperaste. Al menos espero que interiormente
te encuentres mejor. Quisiera saber qué sientes. Qué piensas...
Nunca lo he sabido. Por muchas sonrisas que pintes en tus
labios cuando pareces alegre. No lo sé. No sabes cuántas veces
he llegado a perder la paciencia. No lo sabes bien, Alegría. Lo
sé. Tú no puedes hacer más de lo que haces. Pero sueño, desde
entonces, e incluso hoy sigo haciéndolo despierto, con que
un día te lanzas a mis brazos. Me llenas de los besos que solo
puedo darte yo. Me dices palabras cargadas de sentimientos.
Metamorfosis y otros relatos 233

Tan pocas veces me han dicho “Te quiero” con sinceridad.


Ni siquiera Pablo. Yo sí te quiero. Más de lo que crees. Más
de lo que te imaginas. Seguro que más de lo que nunca te han
querido. Por eso me planteé con seriedad qué hacer contigo.
Sabía que eras una carga para mi vida tan turbulenta. Sabía
que hacerme cargo de ti era renunciar a mi propia existencia.
O, mejor dicho, hacer de mi existencia otra bien diferente.
Pero no quise hacer de ti una víctima de mi falta de cariño.
Tú no tenías la culpa de nada. Te bastaba con estar ahí.
Sonriendo. Llorando. La vida te había dado la oportunidad
de vivir esta otra vida. Inerte. Muda. Sin otra expresión
que tus sonrisas y tus lágrimas. Y por eso cambié todas mis
películas, mi lencería, mis desarrolladores, mis estimuladores,
mis juegos, mis vaginas, mis penes, mis muñecos, mis arneses,
mis vibradores, mis anillos, mis bolas chinas, mis aceites de
masajes, mis afrodisiacos, mis preservativos, mis mordazas,
mis esposas y mis lubricantes por centros de rosas, de claveles,
de orquídeas, de prímulas, de fucsias, de camelias, de tulipanes,
de petunias, de crisantemos, de gladiolos, de pensamientos,
de iris, de azucenas, de begonias, de peonias, de hibiscus, de
margaritas, de jacintos, de aves del paraíso, de lirios, de clivias,
de zinnias, de daturas, de gerberas, de edelweiss, de freesias, de
ciclámenes, de geranios, de jazmines, de anémonas, de azaleas,
de dalias, de capuchinos, de girasoles, de violetas, de alegrías, de
pasionarias, de amarillis, de clematis, de narcisos, de eléboros,
de lisianthus, de arco iris, de kalanchoes, de lavateras, de
bulbos, de gazanias, de amapolas, de lupinos, de monardas, de
romúleas, de xolanthas, de cleonias, de salvias, de alliums, de
bellardias, de junquillos, de lotos, de lunarias, de madreselvas,
de magnolias, de nenúfares, de nomeolvides, de mirtos, de
mimosas, de campanillas, de centáureas... Y no me arrepiento
de ello. Además, nos va estupendamente. Sobre todo desde
234 Jose Acevedo

que Marcos se hace cargo de la tienda. Que no, cariño. No me


pongas esa cara. Nunca te he engañado ni con Marcos ni con
nadie. Aunque sea una monada de niño. Además, ¿tú me has
visto despegarme de ti alguna vez? Si no te dejo ni respirar. Ni
ir al baño tranquila. Si soy tu sombra. Tu cuerpo que se mueve
a través del mío. Tus palabras que se escuchan a través de mi
boca. Tus sentimientos que siento a través de los míos. No
sé qué haremos el día que nos hagamos mayores juntos. Lo
intenté, pero...
Y afortunadamente vivimos los cuatro del negocio. Sin
ahogos. Sin problemas. Pablo tenía razón, aunque fuese por
una sola vez. Por cierto, nunca supe más de él. Cuando me
escucho a veces nombrarle, tal vez reconozca que sí, que estuve
enamorado. No, tranquila, no te preocupes. ¿Sabes?, siempre
aprendí que lo que no valoras y lo pierdes no vuelve. En la vida no
hay segundas oportunidades. Hay otros momentos. Diferentes.
Con otras personas. En otros ambientes. En otros contextos.
Y sería injusto arrepentirme de algo. Lo sería contigo. Porque,
tal vez por la discusión de aquella primera noche, el destino me
puso a tu lado. Ha sido duro. Pero también he sabido valorar tu
esfuerzo. El que haces todos los días después de tanto tiempo
para seguir viviendo. Sé que yo en tu lugar tal vez no hubiera
tenido tanta fortaleza. Tampoco hubiera sabido cómo decirte
“mátame, acaba con esta mierda de vida que llevo”. No lo sé.
Igual que tampoco sé si tú lo has pensado alguna vez. Porque
cada vez que te planteo esto, ni lloras ni ríes... No sé nada...
De nada... Te dejas hacer desde hace... Debemos de llevar un
tiempo juntos. A veces enumero todas las cosas para ponerles
fechas a los momentos. A tu lado, el tiempo se mide de forma
diferente. No sé si a ti te ocurre lo mismo. O simplemente se
paró una noche y desde entonces vives y me haces vivir fuera
del tiempo. Vivimos nuestro tiempo. Sé que fuera la noche
Metamorfosis y otros relatos 235

se hace día. El día, noche. Que pasan las estaciones porque


enciendo la calefacción o la quito. Que suceden cosas en el
mundo porque así lo dice el telediario. Que tenemos dinero
para comer y seguir viviendo porque Marcos se encarga de
todo. Que existen otras personas porque nos llegan noticias
de ello a través de la televisión. De los clientes de los que
nos habla Marcos casi todos los días que viene a visitarnos.
Nuestra única visita. Como si el exterior solo existiera a través
de terceras personas que nos hablan de él. Salvo aquel año
que entre una cosa y otra íbamos constantemente al médico.
Al hospital. Pero todo se resolvió como se resolvió y el
exterior quedó allí fuera, tras los cristales a los que me asomo
constantemente para ver como llueve, como nieva, como luce
el sol, como pasea la gente acompañada, solitaria, en coche,
andando o en moto o en bicicleta. Tal vez hubiéramos debido
airearnos de vez en cuando. Pero no lo hice. Te protegí tanto
que me olvidé de un mundo más allá de estas cuatro paredes.
Aunque fuera por Felicidad. Pero no, tampoco por ella. Hasta
los cientos de libros que leemos juntos que nos vienen a
través del correo. Hasta la comida a través de las entregas a
domicilio. Aislados. Inmunes. Como si temiéramos el dolor
ajeno. Como si ajenos, evitáramos envejecer junto a ellos. Pero
no, Alegría. Envejecemos ante el espejo. Nuestros cuerpos
no son lo que eran hace unos años. Me siento cansado. Pero
mañana amanecerá de nuevo, volveremos a desayunar los tres
juntos, a comer, a leer, a ver alguna que otra película, a cenar,
recibiremos la visita de Marcos, que nos pondrá al día sobre lo
extraño a nuestras vidas, a ver cuántos niños siguen muriendo
todos los días en otros mundos sin que nadie haga nada por
evitarlo, la del supermercado con la comida, la del cartero que
nos trae más cosas que leer... Todo sigue adelante, Alegría, a
pesar del silencio. A pesar de Felicidad, que nos acompaña en
236 Jose Acevedo

tu mismo mutismo, en tu mismo entumecimiento, desde que


nació hace ya cerca de dos años.
Me gusta veros sonreír...
Inspiración
 
A ti.

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra


estaba vana y vacía, y había oscuridad sobre la faz del abismo,
y el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas. Y dijo
Dios: ‘haya luz’, y hubo luz. Y vio Dios la luz, que era buena; y
separó Dios la luz de la oscuridad; y llamó Dios a la luz día, y a
la oscuridad llamó noche. Y fue tarde y fue mañana: día uno.”5
Al principio también era todo tinieblas, cuando pretendía
buscar sentido no solo a su existencia, a su presente, sino tam-
bién a su mañana inundado de dudas, de interrogantes, aso-
mado a la ventana de su habitación durante horas, como espe-
rando una respuesta llovida del cielo, solo la imagen de la que
cruzaba la calle en toda su longitud por la acera de enfrente, la
que se asomaba al balcón en el mismo intervalo todas las no-
ches de primavera y verano y después desaparecía del todo en
un largo letargo nunca comprendido. Representaciones que se
iban superponiendo conformando una ilusión. Ensueños que,
conjugados entre sí, conformaban relatos y poesías escritos a
mano en las páginas en blanco de los libros, historias que no
siempre le acompañaron... Unos inicios confusos, una juven-
tud cargada de presencia cercana que guiaba con sus manos el
recorrido por delante, unas visiones que se fueron borrando
letra a letra, página a página, como quien coge una goma de
borrar y va deshaciendo los recuerdos, de los más cercanos a

5 Torá, libro del Bereshit, capítulo I, versículo 1.


240 Jose Acevedo

los más tardíos, hasta quedarnos en blanco por completo, solo


una mirada perdida frente a la televisión, frente a la persona
que hemos dejado de reconocer de repente, pues lo mismo
durante tantos años explorando un sentido lejano; ¿tan difícil
resultaba?, se pregunta una y otra vez.
Al parecer, sí. Indagó en latitudes dispares, encontró
contestaciones gratificantes: unos perfiles desnudos, un
caminar de manos unidas, una pose fotografiada sobre la
cama, encuentros fortuitos y buscados, infinidad de juegos
con finales disfrazados... Siempre el mismo desenlace: un sui-
cidio en la corriente mundana, arrastrado por las obligacio-
nes, por las comodidades, por el día a día de lunes a domingo
durante los trescientos sesenta y cinco días, como si siempre
fuera lo mismo. Resoluciones todas que siempre terminaron
por desvanecerse anegadas por la rutina, por el inmenso oleaje
que terminaba asolando las ilusiones... Así, hasta que llegó a
autoconvencerse de que debía seguir en línea recta el camino
que la vida le había puesto por delante, colorear con sus rotula-
dores Carioca el plomizo paisaje de la costumbre, como todos,
qué coño. Olvido, extravío, amnesia, abandono... Ella había
caído en desuso, había pasado a la posteridad de los tiempos,
a un rincón perdido de su memoria camino de la demencia...
Mejor ahí, convencido como estaba...
Llegó a sentirse aliviado, tranquilo, sin arrepentimiento, sin
búsqueda, sin cuestionamientos. Uno más. Como siempre te-
nía que haber sido, maldita sea.
Pero un día amaneció a su lado, se abrazó a su cuerpo, torsos
desnudos que se buscaban desde tantos años atrás, explorando
sus labios, sus pieles, sus profundidades... La vio levantarse
de la cama, situarse frente al espejo, ocultando su desnudez
con su ropa interior, con sus medidas atadas al liguero, con
su vestido negro colocado por encima, con sus altos zapatos
Metamorfosis y otros relatos 241

del mismo color en charol, siguiéndola en la ceremonia con su


mirada cercana, después su maquillaje, su pintura de labios...,
su aproximarse para cogerle de la mano, acompañarle hacia
su mesa de trabajo, sentarse a su lado durante horas y horas,
jornadas y jornadas, poemas convertidos en relatos, después
en novelas, narraciones que inundaban cientos de páginas, mi-
les de archivos electrónicos sin descanso. Palabras inagotables
confundidas con su belleza infernal, con sus sentimientos cer-
canos, con el roce de sus manos sobre el teclado del ordena-
dor, de sus torsos que volvían a fundirse incansablemente...
Solo un tiempo que nunca fue infinito.
Ella iba y venía. En sus adioses siempre quedaba huérfano,
entre el malestar del abandono, del vacío, de la soledad en su
camino... Nunca aprendió a caminar solo, era uno más, sin
dejar de llamarla a gritos, parece que no está. Sigue buscando
historias que han dejado de estar, ilusiones que han vuelto a
desvanecerse... La tierra volvía a estar vana y vacía, la oscu-
ridad se había apoderado de nuevo de todo, Dios nos había
abandonado por completo.
Perdidos de la mano

Desde la terraza de su casa la veía llegar en el coche,


aparcarlo, descender, y bajar las escaleras que daban acceso a
los arenales de la playa de la Victoria.
Siempre a la misma hora, al atardecer.
Con los zapatos de tacón en una de sus manos, acercándose
a la orilla, caminando después desde un extremo a otro durante
más de dos horas, con pausa, sin casi detenerse, remojando en
muchos momentos sus pies en el agua salada; antes de calzarse
de nuevo y regresar al vehículo, perdiéndola entonces de vista.
Se convirtió para él en un hábito. Apoyado en la barandilla
del balcón, esperar el momento de su regreso, su descenso a la
arena. El mismo ritual de todas las tardes desde hace un mes al
menos. La misma ceremonia. El mismo rito.
Pero un día Carlos debió de haber tomado alguna decisión
que desconocemos. Nada más verla estacionar su coche,
abandonó el balcón, cerró la puerta de su casa, y bajó el único
tramo de escaleras que le conducían hasta la calle. Todo tan
apresurado que hasta dejó su móvil sobre la mesa del salón,
ni siquiera unas palabras anotadas en una hoja para su mujer.
Nada, solo abrir la puerta del portal, cruzar la calzada que le
separaba del paseo marítimo, alcanzar la orilla en la que ella
remojaba sus pies.
Una vez a su lado, les vimos hablar casi en silencio, sin dejar
de perder sus miradas fijas el uno en la otra, la otra en el uno,
tampoco las sonrisas que se cruzaban entre los escasos gestos
más allá de las palabras que no lográbamos distinguir desde
nuestra posición.
246 Jose Acevedo

Solo un instante después les veíamos cogidos de la mano


perdiéndose en la distancia. Tanto, que incluso olvidaron el
camino de vuelta.
Cuestión de supervivencia

Sábado 14 de diciembre de 2013


Hace un rato que acaba de salir de casa. 21:00 horas. La cena
de la empresa. No recuerdo que haya ido los años anteriores,
pero en esta ocasión parecía apetecerle.
Se ha llevado cerca de dos horas delante del espejo
acicalándose. Sin contar el tiempo que pasó esta mañana
en la peluquería. Eso sí, va preciosa, para presumir de ella,
aunque no pueda disfrutarla, acompañarla: un vestido rojo a
media pierna, unos zapatos de tacón alto del mismo color,
un abrigo negro... Por un momento he llegado a sentir celos
de sus compañeros. Una verdadera estupidez, me he dicho.
También tiene derecho a su espacio, a su libertad, no es de
mi propiedad, nunca lo ha sido..., aunque reconozco que su
ausencia, aunque solo sea por unas horas, me provoca una
especie de vacío difícil de llenar.
Nada más irse he intentado leer un libro, sin conseguir
concentrarme más de dos páginas. Ver una película, incluso un
partido de fútbol... Nada, un cigarrillo detrás de otro sentado
en la escalera del patio delantero de casa, viendo como el
tiempo pasaba con exasperante lentitud en el reloj. 21:30,
21:45, 22:00, 22:30, 23:00, 23:30, 23:55, 0:00, domingo 15 de
diciembre, 0:05, 0:08, 0:11. Casi un paquete de tabaco y unas
cuantas latas de cerveza amontonadas antes de seguir tumbado
en el sofá delante de la tele, con intermitencia, antes de perder
la conciencia por primera vez sin recordar la hora exacta,
de recobrarla después para acercarme al ordenador donde
250 Jose Acevedo

escondo mi diario, donde escribo de tarde en tarde sobre cosas


que me ocurren, que me preocupan, que me alteran, que me
perturban, que oculto a los ojos de ella, donde estoy colocando
una palabra tras otra hasta sumar cerca de trescientas. Mientras
pasan los minutos con calma, con morosidad, con dilación. 2:07,
2:14, 2:21, 2:28, 2:35, 2:42, 2:49, con la cadencia de segundo
a segundo aunque parezca una progresión de siete minutos a
siete minutos, también con desesperación, con desesperanza,
con impaciencia, sin encontrar ninguna explicación razonable.

Domingo 15 de diciembre de 2013


Fui incapaz de seguir escribiendo. Solo recuerdo que, ante mi
incapacidad por centrarme en algo concreto, decidí recluirme
en la oscuridad de la habitación, tumbarme en mi mitad de
aquella cama semivacía, intentar cerrar los ojos y esperar los
efectos del alcohol, aunque más bien esperaba su regreso, su
retorno, su venida, su llegada, que aún se demoró durante un
lapso que me pareció interminable.
No sé si volví a cerrar los ojos, a perder la conciencia de
nuevo. Solo sé que me sobresaltó la puerta de la habitación
abriéndose, el silencioso sonido de sus pies avanzando por el
cuarto, la sombra de su figura desplazándose en busca de su
lado de la cama, antes de tumbarse, descorrer las mantas de
su extremo, taparse hasta dejar al descubierto solamente su
rostro. Eran las 5:47 en el reloj de mi mesita de noche. A pesar
de la hora, tenerla de nuevo a mi lado me ha tranquilizado.
No sé si después me quedé dormido rápidamente. Sé que
me he despertado tarde, que sigo emborronando estas páginas
en blanco tras haberme tomado un par de cafés. Ella sigue
durmiendo, así que no puedo hacer demasiado ruido para no
desvelarla.
Reconozco que me ha sorprendido la hora de su regreso.
Metamorfosis y otros relatos 251

No creo que sea muy normal que pase tanto tiempo fuera.
Pero solo es mi opinión.

Lunes 16 de diciembre de 2014


Ayer se despertó a eso de las 13:00. Estaba delante del
ordenador intentando trabajar un poco cuando se me
acercó por detrás dándome un fuerte abrazo. Me volvió la
cara estampando sus labios contra los míos. Realmente me
sorprendió aquella impetuosidad, no era habitualmente así
conmigo. Bueno, creo que con nadie. Pero resultaba evidente
que aquel gesto de cariño me encantaba, como a cualquier
persona, imagino. Después me pidió que la invitara a comer
fuera, así que salimos a dar un paseo por el centro, por
aquellos bares que tanto nos gustaban a los dos. Eso sí, volvió
a ponerse guapa, cosa que me llamó la atención porque no lo
hacía nunca los domingos, aunque lógicamente le agradecí el
detalle, entendiéndolo como una atención hacia mí tras aquella
noche de soledad. Aunque esto último no llegué a confesárselo.
Podría llegar a molestarla.
Me contó poco de la cena de la noche anterior. Nada
especial, me dijo. Una comida como otra cualquiera. Después,
unas copas y poco más. Tampoco le insistí mucho sobre el
tema, ni siquiera le hice mención sobre la hora de regreso.
Después de comer me pidió que la llevara a uno de nuestros
bares favoritos. Estaba casi vacío. Era tarde de domingo. Nada
más entrar se fue al cuarto de baño, y al volver y sentarse sobre
un taburete frente a mí, me di cuenta de que se había quitado
las bragas. Solo me sonrió, invitándome a continuación a
que la acompañase de nuevo al baño. Allí hicimos el amor
con una pasión un poco inusual en ella, pero tampoco dije
nada y me dejé hacer. Fue ella la que lo hizo casi todo, antes
de recomponernos un poco y volver a nuestras banquetas, a
252 Jose Acevedo

nuestras cervezas, que allí estaban, donde las habíamos dejado


minutos antes, sobre el mostrador. En esta ocasión, con las
bragas en su sitio.
Bebimos demasiado. En el coche volvió a meterme mano
mientras conducía de regreso a casa. Sí recuerdo haberle
comentado que me encantaba ese día, tan atrevida, tan lanzada
conmigo. También su respuesta, te lo mereces cariño, sin
perder la sonrisa en todo el día, o su perdóname si no soy así
más veces contigo.
Nada más llegamos a casa nos pusimos el pijama, caímos
rendidos en el sofá hasta perder la conciencia. A eso de las 1:00
me desperté un poco con el norte perdido. Sin saber siquiera
dónde me encontraba. Ella no estaba a mi lado. Intenté poner
un poco en orden la memoria antes de irme a la habitación.
Allí estaba, completamente dormida en el centro de la cama.

Sábado 28 de diciembre de 2013


Los últimos días han pasado con rapidez. Nada importante
que contar, salvo que otra vez estamos entre fiestas, entre
comidas, entre copas, entre familia, entre amigos. Vamos, lo
normal en días señalados como estos.
Eso sí, Silvia no ha perdido el calor demostrado hace un
par de semanas. Siempre tiene un beso en sus labios para mí,
un abrazo, un hueco en su cotidianidad para desnudarme y
hacer el amor. Reconozco que así era cuando la conocí, lo que
verdaderamente me enamoró de ella.
No he llegado a comentarle nada, ni siquiera mi sorpresa
por aquel regreso al principio. Solo ha vuelto a ser como era.
Debe de haber meditado sobre todas las conversaciones que
hemos tenido alguna vez sobre esa supuesta pérdida de pasión
en nuestra relación. Temía que, de comentarle algo, volviera a
su frialdad de los dos últimos años.
Metamorfosis y otros relatos 253

Pero también sé que ahora sale más. Bueno, tampoco me


molesta, total, también me llevo la mayor parte de mi tiempo fuera
de casa trabajando. Tiene derecho a llenar su tiempo como
desee... Además, también son días para ello.

Sábado 11 de enero de 2014


He llegado de trabajar a la hora de siempre. Silvia no está
en casa. La he llamado varias veces para saber dónde estaba y
no me ha cogido el teléfono. No es muy normal, pero alguna
explicación debe tener. A la media hora me ha devuelto la
llamada. Estaba con una amiga almorzando. Me pidió perdón
por si no me lo había comentado antes. No, no me había dicho
nada. Si de algo puedo presumir es de mi memoria, pero no
era cuestión de discutir por aquella tontería.
Regresó a eso de las 18:00, llenándome de besos de nuevo,
de caricias, de abrazos. A continuación hicimos el amor con
toda la impetuosidad que iba desbordando desde hacía algo
más de un mes.

Domingo 26 de enero de 2014


Ayer salió de nuevo por la noche. Volvió a regresar a las
tantas. Esta vez fue ella la que me despertó a conciencia.
Estaba completamente dormido después de haberme tomado
un par de pastillas que me había recetado el médico para poder
conciliar el sueño. Solo las utilizaba para ciertos momentos,
aquellos en los que la ansiedad o el nerviosismo me desvelaban
por completo. Eran las 4:30. Olía a alcohol. La sentí desnuda
sobre mi cuerpo después de haberme bajado el pantalón del
pijama.
Creo que algo está pasando, que su comportamiento se está
saliendo de lo normal. Pero no me atrevo a decirle nada por
temor a que se enfade, a que pase de la fogosidad al olvido.
254 Jose Acevedo

Será mejor descubrir por mí mismo lo que puede haber detrás


de ese cambio tan radical en su forma de proceder:
1. Tantas salidas, nocturnas y diurnas.
2. Sé que ha vuelto a fumar, hay cosas difíciles de
disimular.
3. Se arregla más de la cuenta, ella hasta hace
poco tan cómoda en el vestir, salvo algunos días
determinados y contados en los que se ponía unos
tacones o una falda, casi más por obligación conmigo
que por propia convicción.
4. Esa fogosidad, ese reparto de besos a todas
horas, esas caricias, esas ansias inagotables de hacer el
amor...
Cuanto más lo pienso, más me convenzo a mí mismo de que
algo está ocurriendo, pero qué...

Viernes 31 de enero de 2014


Acabo de regresar de trabajar, solo que unas horas antes de
lo previsto. El coche de Silvia no está aparcado en la puerta
como tendría que ser lo habitual, ni ella en casa.
Podría estar en miles de sitios, sin duda, pero la llamo y sigue
sin cogerme el móvil. Como siempre en los últimos tiempos,
me devuelve las llamadas media hora más tarde.
“Cariño, estoy en la peluquería, por eso no he podido
cogerte el teléfono. Tardaré un rato, aún me queda. Si quieres
nos vemos en el bar de César a... Bueno, espérame allí”, me
dice.

Sábado 1 de febrero de 2014


Ayer llegó al bar de César tres horas después de haber
hablado conmigo. Bueno, también es cierto que me dijo que
tardaría en llegar. También es cierto que llegó con el pelo algo
Metamorfosis y otros relatos 255

más corto, algo más claro también. Pero también era cierto
que había tenido todo el día para ir a la peluquería.
Estaba radiante cuando llegó. Bueno, como casi siempre en
las últimas semanas.
Lo que sí me sorprendió realmente fue verla entrar con
aquel modelito que nunca había visto antes, y con aquellos
zapatos de doce centímetros de tacón. No era un atuendo muy
normal para venir de la peluquería, ¿o sí? Sinceramente no sé
muy bien cómo se visten las mujeres para ir a la peluquería a
arreglarse el pelo. Pero esta vez sí se lo pregunté, no sé, ya se
iban acumulando demasiadas dudas en mi cabeza.
Era una sorpresa, cariño, por eso he tardado tanto. He
pasado por casa antes de venir para ponerme guapa para ti.
Todo eso me dijo. ¿Y ahora qué?, me pregunté a mí mismo.
Pues ahora nada, me respondí para mis adentros, a seguir
disfrutando de aquella imagen con la que llevaba ocho años
compartiendo el mismo espacio.
Por lo demás, el día terminó con la misma intensidad como
lo habían hecho los precedentes. E iban muchos. Aprovecharé
estos momentos antes de que vuelva el declive. Siempre regresa
cuando uno menos se lo espera, pensé.

Sábado 15 de febrero de 2014


Nada anormal en los últimos días. Mi vida sigue disfrutando
del entusiasmo de Silvia. Mientras, mi existencia sigue siendo
tan ajetreada por el trabajo que apenas tengo tiempo para
pensar. ¿O será que a lo mejo no quiero hacerlo?, me pregunto.
Hay demasiados interrogantes buscando una explicación
coherente. Puede que me coma en exceso el cerebro, que vea
demasiados fantasmas por todas partes, que todo no sea más
que una gratificante casualidad, un momento de lucidez en
nuestra vida como pareja. O puede que no, que llegue a ser
256 Jose Acevedo

tan imbécil que no me doy cuenta de nada. O bien no quiero


darme, cerrando los ojos a la realidad tan evidente que tengo
por delante y que no quiero desvelar. Realmente tengo miedo,
temor, pavor, pánico, espanto, terror, horror, susto, sobresalto,
recelo, desconfianza, canguelo de descubrirla.
Esta mañana me ha vuelto a decir que salía con sus amigas a
cenar. Ahora se encuentra en la ducha. En nuestro dormitorio,
toda su indumentaria dispuesta sobre la cama.
Esta noche no me voy a quedar de brazos cruzados.
Menos, después de verla tan radiante delante de mí, abrazada,
besándome como si fuera la primera vez, aunque tal vez pueda
ser la última.

Domingo 16 de febrero de 2014


Ayer tarde, nada más la vi cerrar la puerta de casa, salí tras
ella. Nada más sentarse en su coche, hice lo propio en el mío.
Nada más arrancar el suyo, me coloqué detrás a una distancia
prudencial. Siempre había sido una persona despistada, o a lo
mejor era demasiado lista y yo nunca me había percatado de
ello.
Unos quince minutos más adelante detuvo su coche.
Descendió y se acercó a un portal que yo no conocía de nada.
Un portal más de una calle cercana al centro, uno de esos
inmuebles antiguos rehabilitados más o menos recientemente.
Esperé en el coche durante un tiempo, que por mi reloj pudo
ser superior a las dos horas. Supuse que podía tratarse de la
casa de una amiga, tampoco había que pensar mal. Todos nos
hemos reunido alguna que otra vez en casa de unos amigos
para tomar algo, para cenar, para ver una película o un partido
de fútbol. Es cierto.
Pero transcurrido ese intervalo de tiempo la vi salir,
acompañada por un tipo al que tampoco conocía de nada. Alto,
Metamorfosis y otros relatos 257

apuesto, un toque sport en su vestimenta. Nada sospechoso ni


extraño de no ser porque Silvia estaba con otro y yo era su
marido. Se montaron en un coche que no era el de ella, por lo
que deduje que debía ser el de él. Uno de esos vehículos que
conducen los progres de hoy, uno de esos que pueden valer en
torno a los sesenta mil euros.
He de reconocer que no me gustaba nada lo que estaba
viendo, mucho menos lo que me estaba imaginando. Así que
dudé un instante entre seguirles o regresar a casa. Tal vez
llamarla en ese momento, aunque ¿para qué?, sabía que no
me iba a coger el móvil, que me devolvería la llamada mucho
tiempo después, o no. O bien, acercarme a ella y pedirle que
me lo presentara. Qué cara pondría. Pero no tuve valor nada
más que para seguirles. Y lo hice.
Minutos después estaban en la puerta de un restaurante, de
esos etiquetados como caros. Mi mirada fija tras la luna de
mi coche, pendiente de cualquier gesto de acercamiento, de
confirmación de mis sospechas. Temiéndolo también. Pero no
pasó nada, mientras les perdía atravesando la puerta del local.
¿Ahora, qué?, pensé. ¿Entrar y cenar con ellos? ¿Esperarles
en el coche?... Me regresó de nuevo un pánico atroz. Aunque,
mejor dicho, no me había conseguido deshacer de él en mucho
tiempo. Así que no hice ni una cosa ni la otra. Me quedé entre
medias. En un bar, tomando un whisky tras otro hasta perder
la noción del tiempo, con la mirada perdida, con la cabeza
también, fija en las horas que se sucedían una tras otra en el
reloj, en el móvil por si saltaba alguna noticia. A eso de las
5:00 me echaron del bar. Hora de cierre, señor, me dijeron.
Regresé a casa con enorme dificultad por culpa del alcohol.
Al llegar, allí estaba su coche aparcado en la puerta. Dentro,
ella observándome llegar en aquel estado. Muriéndose de risa
al verme por primera vez de aquella guisa, desnudándome
258 Jose Acevedo

después con violencia dispuesta a hacer el amor conmigo.


Pero esta vez no llegó a levantárseme de tan borracho como
estaba. Encima le tuve que pedir perdón a ella, Silvia.
Sin más preguntas, sin ningún comentario acerca de lo que
vi e imaginé la noche anterior. Nada. Seguía con mis miedos,
mis temores, mis pavores, mis pánicos, mis espantos, mis
terrores, mis horrores, mis sustos, mis sobresaltos, mis recelos,
mis desconfianzas, mis canguelos a descubrir la verdad.
Ahora bien, sí que había descubierto algo por donde empezar,
un domicilio, el de él, por donde poder averiguar algo más.

Lunes 17 de febrero de 2014


Hoy no he ido a trabajar, aunque sí he salido de casa como
todas las mañanas. Cualquier excusa me ha valido, tampoco
suelo faltar habitualmente.
A eso de las 9:00 estaba en la puerta de ese domicilio
desconocido, aquel portal más de una calle cualquiera cercana
al centro, uno de esos inmuebles rehabilitados más o menos
recientemente. Aparqué y bajé del coche. En la puerta, un
portero electrónico con un solo pulsador indicándome que
se trataba de una sola vivienda, que tras aquel portón de
madera bien cuidada solo se refugiaba un único inquilino,
imagino que el susodicho tipo que había cenado la noche del
sábado con mi mujer y, pensando mal, que había estado con
ella un par de horas, posiblemente tirándosela a mis espaldas,
aunque tampoco me hubiera hecho gracia verle mientras se la
beneficiaba delante de mí. Sí, eso pensaba, aunque me pusiera
por delante mil velos para ocultar aquella realidad tan flagrante.
Sobre la pared de entrada, una placa, de esas que utilizan los
profesionales liberales para otorgarse no sé si cierto estatus, o
una simple ubicación de su negocio, o bien un poco de las dos
cosas. Más o menos, así:
Metamorfosis y otros relatos 259

José A. Román

Abogado
Ya tenía un nombre, un apellido, una profesión, un lugar
que posiblemente me acercara a las continuas salidas de Silvia.
Me aparté de la puerta para no levantar demasiadas
sospechas, aunque aún era temprano, y me acerqué al coche
a esperar.
Esperando, le vi salir poco más o menos sobre las 10:15, al
José A., al mismo que no conocía de nada hasta el sábado y con
el que me unía un vínculo evidente, al tipo alto, apuesto y con
un toque sport en su vestimenta. Esta vez iba solo. Después,
verle regresar veinte minutos más tarde, posiblemente tras su
tostada y su café.
Durante ese intervalo se me ocurrieron mil ideas, incluso la de
convertirme en un presunto cliente en busca de asesoramiento
jurídico; por no hablar de salir del coche, dirigirme a él y partirle
la cara..., es lo mínimo que podía esperarse de un cornudo
como yo. Pero no hice nada por esta vez, salvo abandonar
la escena del delito en busca de una nueva oportunidad. No
sé cuál. Era momento para pensar, razonar, discurrir, cavilar,
meditar, estudiar, reflexionar, recapacitar, proyectar, planear,
inventar, idear. Imaginar algo.

Sábado 22 de febrero de 2014


Ayer llamé a Silvia al móvil a eso de las 17:00 horas. Por
supuesto, no me lo cogió.
Abandoné todo lo que estaba haciendo y volví al domicilio
de José A. Aparqué el coche en un sitio poco visible por si
260 Jose Acevedo

acaso, antes de darme cuenta de que el coche de ella estaba


allí estacionado, antes de volver a verles salir poco tiempo
después, acompañándola hasta su vehículo y despedirla con
un cálido beso, cerrándole la puerta y diciéndole adiós con la
mano. Era la prueba irrefutable de que me había convertido
en un cabrón. Solo me quedaba por dilucidar si de aquí en
adelante además sería un cabrón consentido, o si debía ponerle
algún límite a aquella situación, aunque solo fuera por dignidad
o amor propio.
Silvia no tuvo esta vez el detalle de devolverme la llamada
que le hice a las 17:00 horas.
Ya en casa hablamos como si tal cosa, me besó como si nada
hubiera ocurrido, me abrazó de la misma forma, me violó
después como haciéndose la tonta, con la misma sonrisa que
le acompañaba desde aquel día lejano de diciembre de 2013. Se
la veía feliz como nunca.

Sábado 15 de marzo de 2014


Han pasado muchos días y todo sigue igual. Ella, con sus
idas y venidas, con su sonrisa de oreja a oreja, con su entrega
total a la causa sexual con uno y con otro, presupongo. Yo,
observándoles en más de una ocasión en la distancia, sin
llegar a tomar ninguna determinación al respecto, al menos de
momento, ni con él, ni con ella, ni con ellos, ni con nosotros.

Domingo 16 de marzo de 2014


Ayer me dijo que me invitaba a cenar a un restaurante que
le habían recomendado. Casualmente era el mismo donde la vi
entrar con José A. aquel lejano 16 de febrero de 2014.
Una vez allí, y como quien no quiere la cosa, se levantó un
momento de la mesa, disculpándose incluso, para ir a saludar
a otras personas que estaban en una mesa más alejada de la
Metamorfosis y otros relatos 261

nuestra. Claro que se trataba de José A., acompañado de una


mujer. Pensé que se trataba de la suya, la otra cornuda. ¿Por
qué no intentar seducirla?, llegué a pensar por un momento.
Me seducía a priori la idea. Le vi levantarse para saludarla con
dos cordiales besos, se intercambiaron algunas expresiones
que no llegaba a entender por la distancia, sin perder la sonrisa,
la desfachatez, el cinismo, la desvergüenza, la insolencia, el
atrevimiento, la osadía..., para verla regresar a mi lado, imagino
que inventando cualquier excusa durante el trayecto.
No me atreví a preguntarle nada, qué podría decirle después
de todo lo que yo sabía, de todo lo que ella desconocía. Aun
así, me contó la siguiente historia: José A. era el chico con
el que estuvo saliendo justo antes de conocerme a mí hace
ahora ocho años, con el que casualmente volvió a encontrarse
hace unos pocos meses, que si yo recordaba la cena con sus
compañeros de trabajo de aquel sábado 14 de diciembre, me
preguntó, como si fuera imbécil, pues allí volvió a verle tanto
tiempo después mientras cenaba con unos amigos, se habían
vuelto a ver en varias ocasiones desde entonces, como si no
lo supiera, y que se alegraba mucho que le fuera tan bien con
Clara, su actual mujer, porque José A. era un buen chico...
Así la dejé hablar y hablar como si estuviera esperando una
confesión completa, pero sin llegar a desembuchar aquello que
no debía, mordiéndome la lengua todo cuanto pude para no
ponerle la guinda al pastel, para no decirle todo lo que sabía, el
final de su narración, lo que me estaba ocultando desde hacía
tres meses: claro, Silvia, José A., un buen chico con el que
te acuestas desde entonces, sí, cariño, con el que me pones
los cuernos a mí, él a Clara, su mujer, como tú me acabas de
contar... Pero guardé silencio esa noche, y las que siguieron
262 Jose Acevedo

Domingo 13 de abril de 2014


Silvia estaba radiante. Continuaba con sus idas y venidas,
con sus faldas cortas, con sus tacones altos, con sus besos y
abrazos apasionados, con sus deseos incontrolados de hacer el
amor conmigo en cualquier parte, a cualquier hora.
Yo ya me he cansado de seguirles ahora que lo sé todo.
También de llamarla, ¿para qué, si sé que no me cogerá el
teléfono? Sé que siguen viéndose, aunque me siga diciendo que ha
quedado con unas amigas o con sus compañeras de trabajo.
Pensé hacer tantas cosas... pero no he llevado ninguna a la
práctica, puede que por miedo, por temor, por pavor, por
pánico, por espanto, por terror, por horror, por susto, por
sobresalto, por recelo, por desconfianza, por canguelo de las
posibles consecuencias, o bien, porque reconozco sentirme tan
enamorado de Silvia que no concibo mi vida alejado de ella.
He sufrido tantos celos en silencio que incluso he aprendido
a convivir con ellos, me enfurezco conmigo mismo cada vez
que pienso que su cuerpo lo comparte con otro hombre, que
sus besos también, sus caricias, sus abrazos... Pero su felicidad
me puede.

Domingo 18 de enero de 2015


Qué de tiempo sin consolarme contigo, diario. Si un día
cayeras en sus manos...
Solo decirte una cosa: ha pasado más de un año sin que
nada haya cambiado. Me he preguntado una y otra vez por qué
tendría que hacerlo.
Bueno, diario, ahora siento lo que voy a hacer contigo, sin
duda no te lo mereces, por la compañía que me has dado, por el
consuelo que me has concedido al dejar desahogarme contigo.
Pero esta será la última página que escriba. He decidido tu
final, ya que no me siento capaz de concebir otro. Cada vez
Metamorfosis y otros relatos 263

que te leo y releo, y, como sabes, lo he hecho muchas veces,


siento como si mi vida se derrumbara.
Querido diario, hasta siempre, es cuestión de supervivencia.
Gracias por todo.
Soledades

La existencia se extendía a las personas que eran capaces de


compartir. La ausencia, a las que solamente repartían soledad.
Los cuerpos se iban desvaneciendo con el transcurso de
los días si no eran capaces de abrir las puertas de sus casas,
dirigirse a la vecina de enfrente para pedirle un poco de café;
de departir sobre la última película que pasaron ayer noche por
Canal Sur; de conversar sobre lo imposible de los precios en el
mercado; de dialogar con sus seres queridos sobre cómo había
el día tras una dura jornada, en vez de tumbarse en el sofá para
esperar la comida sin más; de cogerse de la mano para cruzar
el centro de la ciudad en un día de sol con un eterno paseo;
de besarse en cualquier esquina simplemente porque están
enamorados; de hacer el amor antes de encontrar el sueño
porque se siguen deseando cada noche a pesar de los treinta
años de matrimonio...
Desfallecimiento que los médicos diagnosticaban como
una falta de adaptación a la vida feliz en sociedad, sin otro
tratamiento que entregarse sin condiciones a los sentimientos
por el otro: hable, converse, comparta, sonría, dialogue, abrace,
acaricie, bese, haga el amor... Era la única medicina posible.
Las personas que eran incapaces de hablar, de conversar,
de compartir, de sonreír, de dialogar, de abrazar, de acariciar,
de besar, de hacer el amor, eran desahuciadas médicamente,
ignoradas en las urgencias de los hospitales y de los centros
de salud, reenviadas a sus casas para que, encerradas en su
aislamiento, pudiesen esperar su final definitivo: un último
desmayo que las dejaba sin aliento sobre la cama, sobre la silla
268 Jose Acevedo

en la que cenaban en su abandono más absoluto, sobre el sofá


mientras aguardaban el instante del óbito, sobre el asiento del
coche...; donde les pillara el momento. Después, una furgoneta
que retiraba definitivamente sus despojos, para deshacerse de
ellos en las incineradoras de desechos “no humanos” que
rodeaban en aquellos tiempos las ciudades.
Alex era consciente de que no le quedaban más de dos
meses de vida.
Salió un día del trabajo, donde tampoco era bien visto y
que conservaba por el escaso sueldo que percibía por hacerse
cargo de los archivos de la empresa en un sótano abandonado
y polvoriento, para encaminarse a su casa. Allí se afanó en
preparar su equipaje, lo justo para lo que él consideraba el
tiempo que le restaba. Sacó un billete para el primer avión
disponible para París, así como todos los ahorros que había
amasado en sus años de servidumbre.
En un par de horas escasas la aeronave posaba sus ruedas
sobre la terminal de Orly. Otras dos más para lanzarse en
su último paseo por las empinadas rampas de Montmartre:
Tholozé, Lepic, Girardon, Saint Vincent, Mont Cenis, Tertre...
Un recorrido que le recordaba aquella juventud perdida en
la que cada instante era una felicidad junto a Silvia. Aquella
chica rubia de ojos azules a la que conoció en aquellas
zigzagueantes callejuelas de entonces, de la que un día se alejó
por su incapacidad para comprometerse. Años de recuerdos,
de evocaciones, de recordatorios, de reminiscencias, de
maldiciones, incluso hacia sí mismo. Como intentando con
aquella caminata, con aquel regreso tardío, no solo aguardar
su final cercano, sino también agarrarse por todos los medios
posibles a alguna ilusión, como si los sueños de amor pudieran
devolverle la energía suficiente para seguir despertando todas
las mañanas.
Metamorfosis y otros relatos 269

Una tarde, una noche, una mañana siguiente, otra tarde, otra
noche, otra mañana siguiente. Chappe, Cardinal Dubois, Mont
Cenis, Paul Feval, Saule. Jornada tras jornada mientras se iba
desvaneciendo su fe, su ánimo, su esperanza, su anhelo, también
su misma vida inexistente que le dejaba en el mismo arcén de
los huraños, sin fuerzas siquiera para seguir alimentándose,
para seguir buscando, caminando, persiguiendo falacias que no
le conducían más allá de Pigalle, hasta su propio hotel, donde
los segundos recorrían a toda prisa la esfera de su reloj de
pulsera.
Otras mañanas, otras tardes, otras noches, en su peregrinar
incansable por aquellos rincones, por aquellos parajes cubiertos
por un cielo gris, plomizo, sombrío, grisáceo; en contraste con
aquellas otras bóvedas azuladas, soleadas, radiantes, claras,
luminosas, agradables, cálidas, alegres..., aquellos firmamentos
que cobijaban las conversaciones de los niños jugando al
escargot en la plaza de la Rue Burq, a los vecinos conversando
de balcón a balcón en la calle Berthe acerca de la maravillosa
primavera que se aproximaba, a los pintores de la plaza del
Tertre mostrando sus mejores sonrisas a los rostros que iban
pincelando en sus acuarelas, en sus carboncillos, en sus óleos,
en sus ceras o en sus pasteles; a las parejas que se besaban
con pasión a la vista de todos bajo cualquier árbol cercano al
Espace Dalí de la calle Poulbot, o abrazadas en las empinadas
escaleras de la calle de Maurice Utrillo... Dos celestes que se
solapaban en un mismo territorio, de la misma forma que en
todos los continentes posibles, conviviendo amistosamente
conscientes de cuál era el rol que le correspondía a cada una
de ellos.
Caminatas interminables sin apenas fuerza en sus piernas,
ni brío, ni energía, ni vigor, ni resistencia, ni fortaleza, ni
firmeza, ni solidez; tampoco en su espíritu, que se tambaleaba
270 Jose Acevedo

con el transcurrir de las jornadas sin más presencia que la de


tibias imágenes que brotaban de su maltrecha memoria desde
algún lugar recóndito: un rostro desdibujado por los años, una
larga melena rubia, unos ojos celestes, unos largos paseos por
aquellos rincones, una huida arrepentida por no tener valor
para afrontar la realidad entonces, un regreso al vacío que se
eternizó hasta la enfermedad, recluido en el sótano polvoriento
de su trabajo, entre los libros de su biblioteca somnolienta,
entre las cervezas consumidas en soledad en cualquier barra
desierta, entre los fracasos que se sobrevinieron uno tras de
otro sin poder alejar de sí los efluvios de aquellos momentos
dejados atrás voluntariamente.
Sabía que el tiempo se le agotaba, al igual que su ánimo,
mientras millones de personas en todo el mundo se entregaban
por completo. El bebé agarrado al pecho de su madre, el niño a
su primer amigo de colegio, el adolescente a su primer beso, el
joven a las ilusiones de una vida por delante, la persona mayor
a los largos paseos cogido de la mano junto a su compañera
de tantos años de historias en común, como no podía ser de
otra forma.
Lo que no sabía Alex es que muy cerca de allí, una mujer
había sobrevivido al paso de los tiempos por su entrega más
absoluta a las imágenes de sus recuerdos de juventud, al amor
nunca apagado a pesar de la distancia, a la esperanza de un
reencuentro. Levantándose todas las mañanas desde el día
siguiente del adiós, que fue siempre para ella un hasta pronto,
para colocarse delante de su espejo y componer su larga melena
rubia, jugar con sus pinceles para decorar su bello rostro, sus
labios de un rojo pasión, buscando las mejores galas en su
ropero y subirse a unos zapatos de tacón alto, despidiéndose
con una inmortal sonrisa delante del cristal de su cuarto de
baño, e ir en su búsqueda, aquella plaza de la Rue Burq, donde
Metamorfosis y otros relatos 271

todos los días en el mismo banco, se sentaba en esperando su


regreso, siempre con un libro entre sus manos, como aquella
“Chica del árbol”, como Aomame en 1Q84, aguardando
que una de las dos lunas desapareciera del firmamento, solo
entonces oiría sus pasos cercanos, a menos de quinientos
metros, de cien metros, poder descubrirle acercándose, con
aquel pantalón vaquero, con su camiseta azul Mediterráneo,
con aquella chaqueta negra abierta, con aquellos zapatos sport
de color rojo, con aquella pelambrera ensortijada, con aquella
mirada perdida buscándola por todas partes. A menos de
cincuenta metros, de diez metros, a tan solo unos pasos de ella,
levantando sus ojos para descubrir los de Silvia, aquellos ojos
transparentes irradiando dulzura, bondad, ternura; aquella
cabellera rubia, aquel cuerpo por el que no habían pasado los
años sentada en aquel banco con un libro entre las manos,
con las piernas cruzadas, desnudas, invitándole a sentarse a su
lado, a cogerle de la mano, a devolverle la sonrisa, a abrazarla
como si sus cuerpos nunca se hubiesen separado, a besarla
devolviéndole de aquella manera la vida en el último suspiro,
rescatándole de sus soledades enquistadas, para encaminarse
juntos en aquel primer paseo por aquellas calles de Montmartre,
como entonces, como mañana, como siempre: Burq, Des
Abesses, D’Orsel, Dancourt, Chappe, Cardinal Dubois,
Maurice Utrillo, Charles Nodier, Seveste, Rochechouart. En
busca de aquella habitación donde se desnudaron, donde no
dejaron de mirarse uno al otro, de acercarse, de acariciarse, de
abrazarse, de besarse, de fundir sus cuerpos hasta caer rendidos,
hasta el alba, hasta aquella inmensa luz que les hace abrir los
ojos en su primer día penetrando a través del amplio ventanal.
Fuera, un mundo a sus pies, una vida por delante, un sol
esplendoroso en todo lo alto. En el espejo, una vitalidad
recobrada sin punto y aparte.
Sentimiento de libertad

Era invierno.
Él dormía, como todas las noches desde hacía un tiempo,
en un banco de un pequeño parque. Durante el día rehuía
aquel enclave tan concurrido, perdiéndose por otros rincones
más tranquilos de la ciudad: de los pequeños que hacían su
presencia en busca de los columpios, de los mayores que
sacaban a pasear a sus perros, de los que buscaban la sombra
de la arboleda en los meses de verano, de los que se acercaban
con un libro entre las manos tanteando un instante de sosiego,
de los que a una hora determinada utilizaban un banco como
cobijo para su almuerzo, de los que simplemente lo utilizaban
como lugar de paso, sin detenerse, hacia otras direcciones...
Pero la noche era suya, en exclusividad. Sobre todo cuando
comenzaba a caer la temperatura, cuando la luz natural volvía
a esconderse hasta el día siguiente, con el único destello de una
farola amarillenta que transmitía más sombra que luminosidad,
a pesar de las guirnaldas de pequeñas bombillas de colores
que iban adornando los árboles, de los tendidos de luces de
las calles cercanas con sus mil formas geométricas y diverso
cromatismo.
Faltan tres días y a eso de las once de la noche el mundo
se despoblaba para hacer vida de familia en el interior de las
viviendas.
Disponía un amplio cartón sobre uno de los bancos de
piedra, se tumbaba sobre él, se colocaba sobre sí una manta
de lana a rayas amarillas, marrones, anaranjadas. Mirando
hacia un cielo que no paraba de moverse, de la misma forma
276 Jose Acevedo

que el tiempo en las horas pausadas del crepúsculo. Sin dejar


de encender un cigarrillo tras otro, como si el calor que
desprendiera al encenderlo le sirviera para mitigar la frigidez
de la temperatura.
Así una noche tras otra.
Era veintitrés, vísperas... En el silencio de una hora tardía la
vio aproximarse, como una sombra, como un fantasma, como
un duende, como un espíritu, como una fantasía. No había
bebido para nada. No cambió la pose sobre el banco, tan solo
alzó la cabeza ligeramente para seguir sus movimientos. Tan
reales como el humo que desprendía sin cesar de su pitillo.
Cada vez más cercana. Una figura femenina, una melena
que le colgaba por debajo de los hombros, amplia y suelta,
sin distinguir todavía su rostro, solo un cuerpo embutido en
un abrigo oscuro que le cubría hasta medio muslo, nada más,
como si debajo no llevara nada puesto, al menos unas medias
que cobijaran sus largas piernas del frío, subida sobre unos altos
zapatos de tacón. Paseando con parsimonia a poco más de un
metro de distancia del banco, como si desfilara en exclusividad
sobre una pasarela, sin poder remediar mirarla fijamente, seguir
con sus ojos su presencia, su caminar, su recorrido hasta verla
alejarse y desaparecer de su vista. Unos diez o quince minutos
solamente antes de volverla a ver haciendo el trayecto inverso,
rompiendo entonces el trecho que les separaba, para situarse
frente a él, dirigirle no solo la mirada sino también la voz.
–¿Te importa que me siente a tu lado?
–En absoluto.
Incorporándose y recogiendo la manta mientras ella se
acomodaba junto a él.
–¿Nos tapamos? Tengo un poco de frío en las piernas.
Colocando la manta sobre las piernas de ella, de él también,
compartiéndola sin más. Sin mirarse, solo el gesto de sacar
Metamorfosis y otros relatos 277

un cigarrillo de un paquete que llevaba aprisionado sobre


su mano. El gesto de acercar un mechero al pitillo todavía
virgen, el rostro iluminado de ella por la llama desprendida
del encendedor. Un maquillaje claro, unos ojos oscuros, unos
labios de intenso rojo. Sin más, solo la mirada perdida en el
frente, en el paisaje del parque solitario, en el cielo claro que
les cobijaba. Solo verla echar el humo a su lado, acercarse la
boquilla a sus labios, lanzarlo hacia delante una vez terminado
escasos minutos después, haciendo el gesto de despojarse de la
manta, devolvérsela sin decir nada, solo acercando sus labios
a su mejilla izquierda para darle un beso, para despedirse con
una breve frase:
–Gracias. Que pases una buena noche.
Viéndola alejarse con su caminar tranquilo y acompasado,
desaparecer de su visión para dejarle únicamente con su
recuerdo, con su imagen de fantasía que le acompañó en sus
sueños de aquel veintitrés de diciembre, vísperas, también
durante todo el día siguiente deambulando por el resto de la
ciudad que preparaba los festejos de aquel día tan especial, de
aquella oscuridad que volvía antes que las noches precedentes,
cena en familia, entre amigos, entre personas cercanas, entre
seres queridos.
Su rincón solitario, su manta de lana de colores, su cartón
sobre el banco, su cigarrillo en la mano izquierda, una botella
de vino de marca porque es Nochebuena, sentado, ocupando
una parte únicamente, como si la esperara de nuevo, como si
la llamara con su imaginación a voces, en silencio... Solo unos
minutos después, no más allá de las diez y media, directamente
hacia donde él se encontraba, ocupando el espacio que él le
había dejado, no sin antes depositar un nuevo beso en su mejilla.
Sentados uno junto a otro, compartiendo la misma manta
sobre sus piernas como la noche anterior, un trago de la
278 Jose Acevedo

misma botella que él le ofreció, una llama con la que encendió


su cigarrillo, una frase que parecía romper el encanto de sus
silencios en Nochebuena.
–¿Por qué vienes una noche como esta a estar conmigo
aunque solo sean unos minutos?
–Para compartir nuestra libertad.
Fundiéndose en un abrazo fijo, antes de suceder lo que
tuviera que suceder instantes después, que no sabemos,
porque la imagen se iba alejando, iba retrocediendo poco a
poco. Plano general de una ciudad encendida por las luces de
Navidad. Calles solitarias. 
Pégame, pero con cariño, que duele

Querido quien seas:


Todavía no te ha dado por aparecer, pero sé que en cualquier
momento emergerás en mi presente de la nada: en cualquier
bar, en una esquina perdida, al coincidir entre los pasillos de un
supermercado, en la cola de un cajero automático, en una pista
de baile al ritmo de una canción de moda, en la bicicleta de al
lado haciendo spinning en el gimnasio, en un parque mientras
sacamos a pasear el perro, en una librería mientras opinamos
sobre el último bestseller de moda –Relatos para la tortura de un
abandonado doméstico–, o en la biblioteca acercándote en silencio
a mi mesa para dejarme en un papel anotado tu número de
móvil sin decir nada, solo una sonrisa, un saludo con la mano
a modo de un “hasta luego, te espero...”.
Y mi llamada curiosa pocos días después, y nuestra primera
cita en cualquier lugar tranquilo donde compartiremos unas
cervezas, una conversación sobre lo que hacemos o dejamos
de hacer cada uno, así hasta que se nos pasen las horas como
si fuesen minutos o segundos, por lo que no tendremos más
remedio que quedar más veces, aún nos quedan tantas cosas
que contarnos...
Y lo hacemos, hasta el día en que te atrevas a cogerme de la
mano, sentir el cálido tacto de la tuya sobre la mía... Cuando
eso ocurra sabré que es el principio de algo y por eso te
escribo ahora –antes de que esto suceda–, para advertirte de
algunas cosas: no te pediré nada material, ni que me trates
como una princesa, solo que me abraces cuando entiendas
que debas hacerlo, con fuerza, hasta palpar tus sentimientos
282 Jose Acevedo

verdaderos por mí; que tus besos lleven la impronta de cuatro


letras, que mi cuerpo se erice con tu sola presencia, que tus
palabras me llenen el alma, que si me atas no me hagas un
doble nudo para que pueda soltarme cuando mi libertad lo
reclame; que sepamos compartir un gesto, un silencio, una
frase, una imagen, una bolsa de patatas o un vaso de agua si no
hay para más... Y si no llegas a entenderme, pregunta, habla,
vete o déjame irme por donde hemos venido, sin hacer ruido...
Y si tu ceguera no ve más allá de ti mismo, pégame si quieres,
pero con cariño, que duele.
Promesa

Se lo había prometido.
Carlos solo había cumplido los treinta y dos años en su
último aniversario.
Tras la borrachera a base de bourbon de la víspera, noche de
viernes, y sin tener que madrugar al día siguiente para estafar
a más clientes en la sucursal bancaria de la que era director,
se levantó aquella mañana con la conciencia iluminada. Había
llegado el día de cumplir con su palabra.
Saltó de la cama con energías renovadas ante la nueva
vida que se le abría de repente de par en par. Se preparó un
copioso desayuno. Tomó después un baño a base de todo
tipo de esencias orientales: un poco de aceite de sándalo, unas
cucharadas de bicarbonato de sodio, un litro de leche, una
bolsa de infusión de albahaca... mientras sonaba de fondo una
música relajante y apropiada para el momento: Ein deutsches
Requiem, Op. 45, de Brahms. Aireado, perfumado y como
recién salido del útero materno, se vistió con un atuendo
algo informal para despedirse de la calle, impregnarse de un
último aire de su existencia anterior, llevarse el recuerdo de la
última imagen de la realidad que le había acompañado durante
aquellos treinta y dos años. Por supuesto, sin abortar la sonrisa
que le brotaba espontáneamente desde bien temprano.
Así, hasta la hora del almuerzo en su bar habitual: unas
cervezas, unas gambas cocidas, un plato de jamón, otro de
queso picante, un gin-tonic después para hacer la digestión.
La cuenta, y regresar a sus últimos momentos, aquellas cuatro
paredes de las que iba a despedirse definitivamente.
286 Jose Acevedo

Tumbado sobre la cama, sin llegar a despojarse de la ropa,


recordaba la carta que le había escrito a su madre. Una sola
llamada al móvil de su hermano, que no sabía nada.
–Dime, Carlos.
–Acabo de llegar de comer y me encuentro bastante mal.
¿Podrías venir?
–¿Qué te pasa?
–No lo sé, estoy mal, ven, por favor.
–No te muevas, voy para allá.
Se quedó tumbado sobre la cama esperando la llegada de
Daniel. Cerró los ojos, practicando la no respiración como
si estuviera muerto, pero sin adoptar ninguna pose artificial
que pudiera delatarle, esa postura del cuerpo, recto, con las
manos situadas sobre el estómago o sobre el vientre, ya habría
tiempo para ello cuando se encargaran los vivos de dejarle en
la posición adecuada.
Le volvió el aliento mientras escuchaba el sonido del timbre
de la puerta, el soniquete de unas llaves en la cerradura pocos
instantes después, para regresar a su muerte ideada. Estoy
muerto, se repetía una y otra vez hasta la extenuación, aunque
en silencio. Cuando el hermano entró en la habitación, viendo
el cuerpo inmóvil de Carlos, le llamó varias veces, subiendo el
tono de voz cada vez que repetía su nombre.
–¡Carlos! ¡¡Carlos!! ¡¡¡Carlos!!!
Pero Carlos no respondía, tampoco respiraba. Carlos no
dejaba de pensar para sus adentros: intentaré ponerme pálido,
porque es el rostro que se les queda a los vivos cuando dejan
de estarlo. Y, al parecer, no lo hizo mal, porque después de
zarandearle con brusquedad, el cuerpo de su hermano había
aprendido a no reaccionar como lo haría un vivo en tales
circunstancias.
Daniel llamó, sin perder un instante, al servicio de
Metamorfosis y otros relatos 287

emergencias. Llegaron escasos minutos después. Al parecer,


su hacerse el muerto estaba resultando del todo convincente.
–Lo siento –fueron las únicas palabras que escuchó para sus
adentros, además del llanto desconsolado de Daniel al oírlas.
El pobre, pensó, qué mal rato estaría pasando. Si él supiera.
De repente se hizo de nuevo el silencio a su alrededor,
intentando no quedarse dormido por eso de no distraer
la concentración que requería hacer de muerto. Solo los
ojos cerrados, la ausencia de respiración, el apagado de sus
constantes vitales: la temperatura corporal, la frecuencia
cardiaca, la tensión arterial y la frecuencia respiratoria. Pero
nada de adormecerse.
Pasaría un buen rato antes de que Carlos volviera a escuchar
voces cercanas, a percibir ruido alrededor suyo, sonidos –
algunos– que le resultaban familiares, otros no tanto. Hasta
sentir que su cuerpo era agarrado de los brazos y de las
piernas, suspendido por un instante y depositado en un lugar
menos mullido que el anterior, imaginándose, sin duda, que
estaba siendo introducido en el interior de una caja de caoba,
de esas que tanto vértigo le habían dado hasta entonces, quién
se lo iba a decir, él, Carlos, de treinta y dos años, un verdadero
obsesionado con la muerte, convirtiéndose, de repente, en
el protagonista de su propio final, de forma voluntaria, sin
haber esperado su día, por el simple hecho de pasar página
definitivamente a su vida pasada, de cumplir su promesa.
Después se hizo el silencio absoluto. Tuvo la tentación de
abrir por un momento los ojos, de relajarse un poco, era la
ocasión propicia para que nadie se percatara de su muerte
ficticia, la tapa de la caja debería estar cerrada. Pero no lo
hizo. Sí sintió el trasiego del traslado cuidadoso del féretro,
posiblemente al tanatorio, donde le velarían durante toda la
noche.
288 Jose Acevedo

Entonces, le entró un miedo repentino. Le vino una


pregunta a la mente, de esas que te vienen sin esperarlas,
que mejor se hubieran quedado en otra parte: y si en vez de
enterrarle como él había pedido insistentemente a sus seres
más cercanos, le incineraran. No dejaba de preguntárselo una
y otra vez. Temor, terror, pavor, pánico, espanto, alarma, susto,
sobresalto, canguelo... “¡Por favor, mamá, no lo consientas!”,
se gritaba para sus adentros.
Sin duda sería su adiós definitivo, qué horror, quemado
vivo, sin que nadie hiciera nada por evitarlo, poder dar marcha
atrás en un momento dado, poder cumplir su promesa, no
desaparecer salvo por un instante de la vida... Idea que le
venía constantemente, que no dejó de obsesionar a Carlos
durante las innumerables horas que estuvo dentro del ataúd.
Toda la noche. Allí deberían estar junto a él sus tres hermanos,
su madre, su padre, sus quince primos, sus dos tíos, sus dos
tías, sus respectivos consortes, sus innumerables amigos, por
qué no, también aquellas mujeres que fue dejando de lado en
un momento de su existencia, una detrás de otra, todas allí
presentes para cerciorarse de que Carlos se despedía de sus
vidas definitivamente.
Sería agradable poder verles las caras, pensó. Cosa del
todo imposible por culpa de aquella gruesa tapa de caoba
que le separaba de la realidad, sin duda fría, oscura, fúnebre,
siniestra, luctuosa, lúgubre, lóbrega, sombría, eclipsada...
También incierta para Carlos, obsesionado como estaba con
la posibilidad de arder vivo.
Sintió otra vez el vaivén, el movimiento de su cuerpo
contenido en el interior del féretro con destino a cualquier
parte. De nuevo la obsesión con la que había convivido
durante las últimas horas, una imagen que permanecía fija
en su mente, la de la puerta abierta de un horno crematorio
Metamorfosis y otros relatos 289

esperando la llegada de aquella caja que le daba cobijo, y que


pronto se desharía en millones de cenizas en tan solo unos
minutos, al igual que sus órganos, que sus huesos, reduciendo
sus treinta y dos años a incontables motas de nada. Hasta llegó
a sentir el calor de la temperatura abrasando el ataúd, el olor
del vello de su piel calcinándose, el dolor insoportable de su
piel achicharrándose por las llamas, daño, suplicio, calvario,
tormento. Después, en solo cuestión de unos instantes, cuando
el sufrimiento no tuviera más resistencia, perder la conciencia
definitiva en busca de la inexistencia, de la existencia en alguna
otra parte, aunque fuera en el mundo de los vacíos ocupados
por no sabemos quiénes. Todo era una cuestión de tiempo,
unos segundos, unos minutos, mientras imaginaba también
aquellos rostros desconsolados que le acompañaban desde el
otro lado en el momento de su despedida, incluida su madre,
a la que un día prometió cuidar, por la que estaba haciendo
todo aquello.
Los vaivenes se sucedían acompañados por momentos de
reposo. En ningún caso llegó a sentir el más mínimo cambio
de temperatura, solo el sudor frío de su cuerpo reaccionando
ante el miedo, ante una posibilidad que no había elegido para
su final. Solo el movimiento, la pausa, el movimiento, la pausa,
el movimiento, la pausa. Ahí se quedó aquel recorrido que,
presumiblemente, le había conducido desde el tanatorio hasta
el cementerio, hasta el interior de un nicho cavado en la pared,
enterrado, sellado.
A partir de entonces el silencio se volvió absoluto; la espera,
interminable. Solo le quedaba aguardar que ella, su madre,
hubiera entendido su mensaje, que hubiera recordado el
sentido de sus palabras en aquella carta escrita hacía tantísimos
años, el sentido de su gesto también buscando la muerte de
forma tan repentina.
290 Jose Acevedo

21 de diciembre de 1995
Hola, mamá:
Como lo que tengo que decirte es difícil hacerlo con
palabras, he pensado que es mejor escribirte esta carta.
Mamá, cuando sea mayor cuidaré de ti.
Aún soy pequeño, y tal vez no puedas comprender el sentido
de lo que quiero decirte. Pero mañana, un día cualquiera,
cuando me haga un hombre, te darás cuenta de que ha llegado
el momento de que eso ocurra.
Solo espero que para entonces vengas a buscarme. Tú
sabrás mejor que nadie el sentido de estas palabras. A partir
de entonces no me separaré de ti nunca, porque sé lo que has
sufrido para salir adelante desde que tus padres te abandonaron
en casa de los abuelos cuando acababas de cumplir los ocho
años, crecer sin ellos, hacerte la mujer que has llegado a ser,
cuidar de tus cuatro hijos, sin levantar nunca la voz, sin buscar
la compresión y el consuelo de nadie, siempre tan abnegada y
tan discreta.
Gracias por todo, mamá. Sabes que te quiero mucho, no
solo por darme la vida, sino por hacerme ser como soy.
Nunca olvides esta promesa. Te estaré esperando.
Carlos

Había perdido la noción del tiempo por completo. Tanto


que, aunque parezca mentira, no llegó a sentir hambre, ni sed,
ni siquiera necesidad de aire. Solo el deseo de verla llegar en
su búsqueda, que todo llegara a salir tal y como su fantasía
de adolescente había ideado durante una noche solitaria en su
habitación.
No podemos saber cuánto tiempo transcurrió, pero esto da
igual para contar lo que sucedió a continuación.
Un ruido lejano, como un martilleo distante pero constante.
Después, el regreso de aquel movimiento que aguardaba
con ansiedad. Una luz cegadora que surgió de la nada, de la
Metamorfosis y otros relatos 291

oscuridad de la noche gobernada por una luna sobre el cielo


noctívago.
El rostro de una niña que no tendría más de ocho años,
acompañada de otros niños, algunos de ellos mayores, que
podrían ser sus hermanos, sus amigos del barrio, del colegio.
Entre todos ellos habían descubierto el nicho, habían extraído
el ataúd de su cavidad, habían abierto la tapa, y después la
dejaron a ella como la verdadera protagonista de aquella
historia, como la primera visión de la nueva realidad de Carlos
de hacía más de cincuenta años.
La fantasía se había cumplido, ella ya no tendría que criarse
sola, Carlos había vuelto, tal y como le había prometido, para
poder cuidar de su madre. Lo que tuviera que venir después,
vendría. Solamente había cumplido su promesa.
Un instante de vida

Era un frío día de comienzos de invierno.


Su madre había decidido parir en casa. Tumbada sobre la
cama de matrimonio de aquella pieza única que hacía a la vez
de dormitorio y de salón. Una sábana blanca, colgada sobre
una cuerda amarrada a un cáncamo atornillado a cada pared,
separaba el lecho de la parturienta del resto de la vivienda.
Una mujer de unos treinta y cinco años. Un rostro algo
desencajado y sudoroso por el esfuerzo que no paraba de
lamentarse. Otra que humedecía paños en una palangana blanca,
acercándoselos a la frente. Otra, con el pelo completamente
encanecido y un rodete sobre la cabeza a modo de recogido,
que a su lado intentaba consolarla cogiéndola de la mano, que
intentaba calmarla con frases de aliento.
–¡Ay, hija, empuja fuerte que ya queda menos!
Otra, con una bata blanca y algo más joven, que ejercía de
matrona. Otras, alrededor del lecho, haciendo las veces de corte
de plañideras que esperan el acontecimiento para anunciar
al vecindario el nacimiento. Solo mujeres, mientras algunos
hombres esperaban al otro lado de la cortina, en la misma
puerta de la vivienda, en el patio de vecinos sobre el que caía,
a aquellas horas de la noche, una despiadada humedad que se
combatía con un enorme caldero de latón de leña encendida,
con unas botellas de aguardiente y de coñac dispuestas sobre
una mesa de madera.
Quejidos y lamentos anunciando la buena nueva. Como
un nuevo misterio ocurrido en Belén cuatro días después de
muchos años antes.
296 Jose Acevedo

Las luces amarillentas del largo pasillo sobre el que se


desplegaban las sucesivas puertas de madera. Las cocinas de
gas apagadas a aquellas horas intempestivas. El interminable
barandal de hierro verde sobre el que se apostaban algunas
figuras masculinas en la larga espera, contemplando el cielo
claro que les observaba desde la distancia, agotando los
cigarrillos de liar que se sucedían sin apenas pausa. Los escasos
adornos de Navidad que intentaban reafirmar un momento del
año, la ausencia de algunas familias menos pudientes, alguna
guirnalda de colores, algunos juegos de luces fijas, algún árbol
de pequeño tamaño de plástico, algunas bolas descascarilladas
colgando de las puertas junto a un manojo de muérdago
natural.
No había establo, ni animales decorando el portal, ni siquiera
un ángel anunciando el nacimiento, solo una voz proclamando
que el niño había asomado la cabeza por fin. Sí, un varón.
El primer llanto al sentir los golpes sobre las nalgas
provocando los primeros síntomas de vida. Después, el
calor del cuerpo de la madre adosado al suyo. Unos ojos
completamente abiertos fijos en las imágenes que le rodeaban:
aquellas mujeres con la mirada fija en él, aquella habitación
destartalada, aquella luz amarillenta y desnuda colgada del
techo, aquella sábana que le separaba del resto del mundo
que le esperaba a partir de entonces. Como si realmente fuera
consciente de aquella realidad más amplia, frente a aquellas
paredes sin esquinas, blandas, que le habían cobijado durante
tantos días atrás, que le habían servido de protección, de
sustento, sin la necesidad de tener que subsistir por sí mismo,
sino a través de la existencia de otra persona.
Se descorrió la cortina entonces. Las dos realidades separadas
se hicieron una sola. El amparo era ahora menor, había llegado
Metamorfosis y otros relatos 297

el momento de tener que respirar por sí solo, de recorrer el


camino que le debería conducir a alguna parte.
No cesó el deambular de personas para adorar al niño,
mientras sonidos de cantes llegaban desde el patio donde
celebraban la nueva vida, la que llegaría cuatro días después.
Navidad, 1965.
Agarrado al voluminoso pecho se alimentaba por primera
vez. Sin dejar de aprehender las instantáneas que conformaban
su nuevo entorno.
Se durmió, cerrando los ojos sobre el cuerpo de la madre.
Recorriendo los primeros recuerdos de aquellos primeros
instantes, de los que vendrían después en los sucesivos
momentos. Tan consciente como si la vida no hubiera
comenzado aquella noche, como si no fuera la primera vez,
como si fuera la consecuencia de otra pasada, como si aquella
fuera la única pieza que le faltaba en su puzle de recuerdos,
rememorada aquella noche para completar la totalidad de su
existencia. Alusiones e imágenes que se agolparon en su mente
durante aquella primera noche.
Cuando sintió el dolor al caer al vacío desde lo alto de la
cama, aquel llanto desconsolado hasta que una mano amiga le
recogió para devolverlo de nuevo a su sitio.
Cuando descubrió que tenía piernas sobre las que poder
incorporarse y comenzar a caminar, explorar los tactos de las
cosas al rozarlas con sus diminutas manos.
Cuando se dio cuenta de que no estaba solo, de que otro
niño mayor que él le llamaba hermano.
Cuando aprendió a jugar con pequeñas fichas de colores que
pinchaba sobre una superficie de plástico formando dibujos.
Cuando divisó el azul del cielo mientras caminaba de la
mano de su madre, de su padre, de su hermano, una mañana
de domingo.
298 Jose Acevedo

Cuando se sintió abandonado por primera vez una mañana


de un mes de septiembre, mientras su madre le dejaba a las
puertas de un convento junto a otros pequeños que también
lloraban como él. Convento de San Cayetano. Un inmenso
patio floreado. Vastos espacios con mesas y sillas donde se
agolpaban otros niños desvalidos mientras sus padres acudían
a trabajar. Ahí sintió la cercanía, también la confianza en
algunos, el recelo hacia otros. Era la primera enseñanza
respecto del largo camino que le quedaba por delante.
Cuando fue siendo consciente de que, con el paso de los
días, de las semanas, de los meses, iba creciendo, cambiando
de colegio, de compañeros, de hábitos. Siempre rodeados de
niños, de juegos: las canicas con los hoyos escavados sobre el
albero de la alameda, los partidos de fútbol con las porterías
marcadas con piedras, el salto a piola donde el burro siempre
era el más entrado en carnes, el escondite, el yoyo, el trompo...,
siempre en la calle, hasta el anochecer, era su espacioso patio
de recreo.
Cuando se fue percatando de que todo aquello no era lo
suyo, de que mientras los otros se divertían en la calle con
sus mil juegos o juguetes, él prefería quedarse en casa con las
historias escritas en las páginas de los libros. Como aquellas
que el marido de su tata –aquella señora siempre vestida de
negro que tantas veces le hacía compañía desde pequeño
en ausencia de sus padres– caligrafiaba sobre cuadernos de
páginas cuadriculadas todos los días, aquellos bolígrafos
de tinta azul recorriendo con perfectos trazos de un estilo
virtuoso, rellenando hojas y hojas en blanco de las noticias que
copiaba de los periódicos. Nunca llegó a comprender aquella
tarea tan rutinaria, tan insulsa, reproducir a mano los diarios,
si ya estaban escritos, como si quisiera aprender el contenido
a través de la escritura, no olvidarse un día de la tarea de
Metamorfosis y otros relatos 299

escribir, rememorar momentos con el miedo a perder pronto


la memoria. Así era Manuel, con su chaqueta gris y su boina
de viejo, siempre callado detrás de sus libretas de tapa azul
rugosa, hasta altas horas de la noche.
Hasta hacer suya una idea: tras aquellas historias escritas
había personas que trabajaban para inventarlas. Así es como
decidió convertirse en inventor de relatos, no reproduciendo
los de otros, como Manuel, sino creando los suyos propios.
Tan joven y se veía en el sueño único de aquella primera
noche, no debería tener más de trece o catorce años, cuando
encerrado en su habitación bebía de las palabras de los demás.
Su paga, la que por entonces comenzó a darle su padre para
que se tomara algo con sus amigos, se le iba en aquellos
objetos cuadrados repletos de letras impresas; mientras al
caer la noche, aprovechando que los demás dormían y para
no molestar, llenaba sus propios cuadernos con sus propios
vocablos.
Pero también cuando llegó a conocer a su primer amor,
el tacto de la mano de la otra persona cogiendo la suya, el
sabor de sus labios al acercarse por primera vez a los suyos, la
mirada fija en los ojos mientras se decían palabras cargadas de
sentimientos, deteniendo el tiempo sin querer ir más allá, sin
romper la presunta inocencia de la recién alcanzada juventud...
No quisieron cruzar el umbral de los roces, de las caricias, de
los abrazos, de las palabras, de los besos, escribiendo sobre
ello en forma de versos, con un bolígrafo de color azul, para
él, siempre para él, como si al poder hacerlos visibles pudieran
despedazar el encanto, hacer naufragar sus sentimientos.
Cuando sintió el dolor al comprender que los momentos no
perduran, que los afectos igual que afloran pueden desvanecerse,
que las personas que hoy cruzan nuestros caminos mañana
toman otro diferente, las lágrimas desconsoladas, las poesías
300 Jose Acevedo

cargadas de llantos y de lamentos, los encierros en su cuarto


con la cabeza bajo la almohada por el pudor de ser descubierto
en aquel estado anímico.
Hasta descubrir que daba igual, que la vida te tiene reservadas
otras oportunidades, descubriéndola una mañana de mayo en
una estación cercana, un simple beso en las mejillas, un paseo
uno al lado de la otra hasta el café más cercano, hasta sentarse
uno frente a la otra, hasta que la otra se levantó en un momento
dado, y antes de desaparecer, buscó sus labios bebiéndose sus
sentimientos durante largo rato...
Cuando al abrir los ojos, tras aquella única noche de
actividad intensa, de fotogramas sucesivos de toda una vida
que no había podido tener en un único día de existencia,
como tratándose del recuerdo de una vida pasada, el cuerpo
de alguien durmiendo junto a él, que no era su madre en su
primer día de parturienta, un torso adulto pero distinto de
aquel que le había traído la noche anterior, para levantarse de
la cama y descubrir cuánto había crecido en aquellas pocas
horas, como si toda su vida hubiera pasado por delante de su
memoria en ese lapso de sueño.
En el almanaque de la cocina comprobó que andaba cerca
de los cincuenta años.
Un día volverás a sonreír

Un día me dejaron en un Punto Limpio, uno de esos lugares


donde la gente deposita todo aquello que no se puede tirar en
el resto de los contenedores clasificados por colores (azules,
verdes, amarillos, naranjas o marrones...). Y tenía que ser
complicado saber qué hacían conmigo, porque durante dos
semanas pasaron por delante de mí una variedad de camiones
de todo tipo recogiendo un sinfín de desechos siguiendo las
clasificaciones ecológicamente establecidas.
Lo que tampoco sé es cómo llegué hasta allí. Si alguien se
encargó de abandonarme en aquel lugar, o bien lo hice por mis
propios pies. No lo sé. De lo único que me acuerdo es de que
una mañana abrí los ojos en aquel sitio un poco desordenado,
aunque limpio. Por algún motivo tendría que llamarse así.
De pronto me encontraba rodeado de electrodomésticos, de
muebles de madera, de recipientes de aceites de todo tipo, de
ropa, de zapatos, de envases de aerosoles y otros productos
peligrosos, de equipos electrónicos... Allí estaba yo también.
Tal vez, dentro de la categoría de “otros”, o bien de “residuos
inclasificables”, o de “desperdicios indefinibles”, o puede que
de “sobras imprecisas de valorar”.
No solo no recordaba cómo llegué hasta ese punto, sino
tampoco qué había sido de mi vida los días precedentes,
los días, los meses, los años, mi existencia hasta ese nuevo
despertar. Por mucho empeño que pusiera en el intento.
Pero pasaron esos días sin pena ni gloria hasta que una
furgoneta se detuvo delante de mí. En el lateral, un letrero
que me traía algún recuerdo: “Sociedad protectora de seres
304 Jose Acevedo

humanos”. Durante el largo trayecto hacia un destino


desconocido me vinieron repentinamente dos imágenes a la
mente. En primer lugar, aquel letrero. Idéntico al que figuraba
en un relato que había leído recientemente, “El tablero de
ajedrez”, no recuerdo de qué escritor. Como si estuviera
viviendo en mis propias carnes la continuación de aquella
narración. Una segunda representación, la de una película en
la que una persona utilizaba una cabina de teléfono para hacer
una llamada y, al intentar salir, se percataba de que se había
quedado encerrada en su interior sin ninguna posibilidad de
escape a pesar de todos los intentos. No por lo de la cabina
de teléfono, sino por lo que vino después, al final de trayecto.
Mi destino. Pero el mío, teniendo cierto parecido con el que la
película, mostraba un aire menos desolador. No era igual una
nave repleta de cabinas telefónicas con restos humanos que
habían encontrado su desenlace sin conseguir salir de aquellos
habitáculos diminutos, que otra completamente vacía, como a
la que me habían conducido. Aquello me alivió un poco, como
si las mías fueran las primeras sobras depositadas en un Punto
Limpio. Siempre sería mejor que ser abandonado en una
cuneta, o en un vertedero troceado, qué ideas más macabras se
me estaban viniendo a la cabeza.
Allí me soltaron, y me dejaron un largo tiempo en la
oscuridad, en el silencio. Era evidente que no necesitaba nada:
las sobras, los desechos, los desperdicios, ni se alimentan,
ni se bañan, ni tienen otras necesidades fisiológicas, son
simplemente restos, en mi caso humanos. OFF, desconectado,
interrumpido, desenchufado, más allá de aquel relato que me
vino a la memoria, de aquella película que tampoco daba para
mucho.
Algunos días más tarde se me acercaron dos tipos, me
sentaron en una silla de ruedas y me llevaron a un lugar que me
Metamorfosis y otros relatos 305

devolvió un tercer recuerdo: el de un quirófano de hospital.


Aunque casi puedo asegurar que nunca estuve en uno de ellos,
sé que siempre me los había imaginado así. Tampoco debe de
resultar tan complicado hacerse la idea de algo que sale tan a
menudo por la televisión. Una vez en aquella habitación, me
depositaron sobre una camilla y, sin necesidad de anestesia,
un tipo con una bata blanca empezó a trabajar conmigo como
si se tratara del doctor Frankenstein, otra imagen que me
vino repentinamente, como si parte de mi memoria estuviera
regresando al contacto con las nuevas realidades con las que me
iba cruzando. Sé que estuvo toqueteando mi cabeza, primero
superficialmente, después no tanto, tras escuchar el sonido de
una sierra mecánica en cuya función no quería pensar, pero
estaba en sus manos. Posiblemente ahí perdiera la conciencia.
Al despertar tiempo después sí comencé a sentir dolor, como
si estuviera recobrando los sentidos perdidos. La sequedad de
la boca. Un ligero gusanillo en el estómago como necesitando
un poco de alimento. El Dr. X parecía haberme reconectado,
reconexionado, reenchufado, ON.
Una furgoneta me devolvió a la ciudad, y me depositaron en
un lugar que no había visto antes. En su entrada, un inmenso
cartel indicando de forma visible “Punto de recogida”. Detrás
de un mostrador me estaban esperando. Una mujer bastante
guapa a la que no recordaba haber visto con anterioridad. Me
dio dos besos y me invitó a montarme en un coche. Dentro, me
sonrió, cogió mi mano con dulzura y, mirándome directamente
a los ojos, me dijo:
–Gracias por regresar, ahora podrás volver a sonreír.
Una nueva historia

A Peggy.

Tuvo que haber sucedido aquella noche.


Cuando abrió los ojos no recordaba haber escuchado en
ningún momento la alarma que le anunciaba que era la hora.
Aun así, se incorporó ligeramente, miró a su izquierda, hacia
la mesilla de noche en la que, entre otras cosas, el despertador
había dejado de dar la hora.
Dio un salto de la cama, por el miedo de haberse hecho
tarde y no llegar a tiempo al trabajo. Tampoco el interruptor
servía para que se hiciera la luz. Miró el reloj de su muñeca, el
tiempo había quedado anclado a las 3:00 horas.
A oscuras llegó hasta el cuarto de baño donde, sentado sobre
la taza, vació el líquido acumulado durante toda la noche. 
Al levantar la persiana comprobó que amanecía; recorrió
toda la casa repitiendo la operación, y dejó que el máximo de
luz natural penetrara a través de las ventanas.
Afortunadamente nunca le había dado por cambiar su cocina
de gas butano. Así que preparó su cafetera moka, de esas de
acero inoxidable o aluminio que dan mejores resultados que
todas las modernas, por muchas monodosis que utilicen o
muchos actores que las anuncien en televisión.
Ya sí se sentó sin prisas a degustar un desayuno. No sabía
qué habría pasado con la electricidad, pero tenía la excusa
perfecta para llegar a cualquier hora a la oficina. Además, por
la luz que entraba de la calle, no debía ser más allá de las siete
310 Jose Acevedo

o poco más. Qué coño, muchos llegarían tarde con la misma


excusa.
Paladeó sin prisas, sin poder hacer sonar tampoco las voces
de los locutores de radio que escuchaba todas las mañanas a la
misma hora. No era posible, así que dio cuenta del veinticinco
por ciento de calorías precisas para el día en silencio. Después
tomó una ducha a oscuras, se vistió, y terminó dando dos
vueltas a la llave antes de alcanzar la calle.
Sobre su muñeca, el reloj seguía detenido a la misma hora.
3:00 horas.
Afuera no hacía ni frío ni calor, una temperatura agradable
para pasear en mangas de camisa o con una camiseta, según
el estilo.
Una primera sensación: soledad, desierto, vacío. No divisaba
ni un alma hasta donde alcanzaba su visión. Ni un ligero
sonido que acercar a sus oídos. Paz, sosiego, calma, reposo,
tranquilidad. Ni un vehículo a motor alardeando de cilindrada,
ni el griterío infantil de los más pequeños a la hora de la entrada
al colegio, ni el sonido de las persianas levantándose tras una
ventana para intentar abrir la casa a la luz de la calle, ni el de
las conversaciones cercanas o lejanas de dos personas que se
cruzan en un punto determinado por casualidad, ni el de los
tacones de las mujeres sobre el acerado, como si la palabra
sonido hubiera sido tachada del diccionario, en la teoría y en la
práctica también. De la misma forma que la rutina diaria de
comercios cerrados a cal y canto, de bares ayer bulliciosos con
el cierre echado, como lo dejaron el día anterior, y farmacias, y
quioscos de prensa, y entidades bancarias, y oficinas, y escuelas,
acercándose a los escaparates para ver las últimas novedades
de la temporada, las rebajas definitivas de la anterior, sin que
nadie se interpusiera entre la luna y nosotros, para nosotros
solos, para A en este caso. Neones completamente apagados.
Metamorfosis y otros relatos 311

Ni rastro de existencia, de actividad. Menos mal que había


desayunado.
Intentó hacer una llamada a sus padres con el móvil, pero
como era de esperar el aparato había pasado a mejor vida. Como
parecía disponer de todo el tiempo del mundo se encaminó al
domicilio de ellos. El portero electrónico no iba a ser lo único
en funcionar. Como eran mayores, un día se le ocurrió hacer
una copia de las llaves, por lo que pudiera suceder. No había
que pensar en lo peor, un olvido, un despiste, simplemente.
Así que abrió la puerta del inmueble, subió los tres tramos
de escaleras y puso la llave en la cerradura. Dentro, el mismo
sosiego que lo embargaba todo, ni rastro de su madre, de su
padre, solo la impoluta imagen de aquellos sesenta metros
cuadrados, ordenada, limpia, incluso manteniendo el perfume
con el que vaporizaban el ambiente todos los días varias veces,
cada cosa en su sitio, salvo ellos, como si se les hubiese tragado
la tierra, se hubiesen escurrido por el desagüe de la bañera, o
ausentado para volver enseguida. Si hubiesen ido lejos hubieran
avisado, pensó. Claro, si hubieran tenido la oportunidad.
Sentado en el sofá del salón, miraba en derredor la casa en
la que había nacido, echando de menos tantos recuerdos: las
fotos enmarcadas sobre el mueble bar, la televisión que les
había regalado con su primer sueldo, los suvenires que les
traía de sus viajes... Esperó un rato por si el teléfono sonaba,
sin pensar en aquel momento en aquella fantasía, en aquella
imposibilidad de pensamiento. No lo haría, estaba claro.
No sé qué tiempo pasó antes de volver a la calle. Pero de
nuevo se encontraba a la intemperie, y allí, todo seguía como
lo había dejado minutos antes: sin vida.
A se puso a caminar como si tal cosa, dejando de
cuestionarse, incluso, dónde se habrían metido todos, incluidos
sus padres, como si estuviera viviendo en primera persona una
312 Jose Acevedo

versión exagerada de El ángel exterminador, en la que todos los


protagonistas de aquella existencia presente se encontraran
recluidos en alguna parte, desconocida por completo para A, y
de la que no pudiera salir sin motivo aparente; mientras que él,
A, se había convertido, por azar, en el único antiprotagonista
de aquella historia, al menos de momento, quedándose fuera
de aquel relato, único habitante de aquella realidad exterior
con la que debía compartir un mismo espacio y un mismo
tiempo.
Sin hambre ni frío, sin sed ni calor, solo, en aquella planicie de
construcciones abandonadas, como recuerdos de otra época,
de otro mundo, paralelo o anterior, quién sabe, se le ocurrió
dar un paseo a lo largo de la inmensa avenida que atravesaba la
ciudad cortándola en dos mitades, la sur y la norte, la este y la
oeste, según la ubicación de cada uno.
Un tiempo después, ni corto ni largo, porque el reloj se había
detenido en un momento dado, 3:00 horas, A abandonaba las
últimas edificaciones, sin más visos de existencia que algún
perro o algún gato rebuscando en los contenedores de la
basura, en los rincones que formaban algunas callejuelas.
Sí, aquello sí que le había llamado la atención. El ángel había
bajado para enjuiciar, en alguna parte escondida, a algunos de
los seres vivos, a las llamadas personas, para olvidarse otros,
no sabemos si deliberadamente o involuntariamente; pero allí
les dejó sin prestarles demasiada atención, desconocemos si
por miedo a que los animales, en su búsqueda desesperada de
algo que llevarse a la boca, repararan en su presencia, o por
cualquier otro motivo.
Por si acaso, él siguió su camino, y algo más lejos, más allá de
la verticalidad de la ciudad, se abrieron inmensas explanadas
de campos, de bosques, de lagunas. Sorprendentemente, la
neblina que cubría el cielo había desaparecido por completo, y
Metamorfosis y otros relatos 313

en todo lo alto brillaba un sol de postal o de fotografía artística,


un sol que daba luz, pero que no calentaba con la intención
de caldear la superficie de la tierra, por lo que la temperatura,
a aquellas horas, resultaba agradable, afectuosa, seductora. Lo
que ya no le resultaba tan chocante era ver el vuelo de las aves;
ni las cabras, las vacas o las ovejas pastando en los campos;
ni el graznido de los cuervos en alguna parte, ni el cacareo
de los gallos, ni el chillido de las liebres, ni los arrullos de las
tórtolas... Siempre sin dejar de caminar, atravesando caminos,
carreteras, autovías despobladas, poblaciones ausentes cuyos
nombres seguían marcados en los indicadores, sin sentir,
en ningún momento, cansancio alguno, tampoco necesidad
fisiológica apremiante, como si aquello no fuera más que un
largo paseo desprovisto de tiempo, de personas, de fatigas.
Podría haber pasado un mundo de haber podido computar
los segundos, los minutos, las horas, los días, las semanas. Pero,
aparte de innecesario, le resultaba materialmente imposible, de
no ser por la noche que seguía siendo noche tras un atardecer
donde el sol se ocultaba en alguna parte, del amanecer que
seguía despertando cuando el sol terminaba de desperezarse
para volver a asomar su cabeza y convertirse en una parte más
del paisaje, única luz transparente que permanecía intacta más
allá del refulgir candente de los astros nocturnos.
Sabiendo dónde estaba, pero sin querer pensar en el largo
camino recorrido en busca de la nada, alcanzó la cima de una
ligera montaña. A sus pies, un indicador del que sí quiso dejar
constancia, Bolonia, y a partir de ahí se abría una estrecha
carretera bordeando matorrales, flores silvestres, vacas
retintas. Nada más alcanzar la cumbre, la fotografía de un
paisaje distinto a los que se había encontrado hasta entonces,
un inmerso mar al fondo acompañado de sus arenales y de
sus dunas. La misma tranquilidad de las poblaciones que había
314 Jose Acevedo

cruzado en su peregrinar inagotable, como si la habitación


donde el ángel exterminador había secuestrado a todos los
seres humanos fuese interminable en sus dimensiones, en
algún rincón de este planeta despoblado o de cualquier otro.
Al alcanzar la playa, solo el sonido de las olas al conquistar
la orilla rompía el sosiego, mientras el sol comenzaba a caer
con parsimonia tras la montaña cercana. Solo unos pasos más
adelante divisó una figura sentada al borde del mar, situada
frente a él, como hablándole al oleaje, como si se tratara de
una aparición surgida desde el propio fondo del océano. A
pesar de no dar demasiado crédito a aquella alucinación, A se
le acercó, intentando no hacer demasiado ruido. Al situarse a
su lado, el espejismo seguía allí delante, sin moverse, tan solo
levantando la mirada al percatarse de su inmediación. En sus
brazos llevaba un gato siamés, quieto, arrimado al calor de su
cuerpo, que también levantó sus ojos al recién aparecido.
A se sentó junto a ella, los dos contemplando el horizonte
lejano.
–Te estaba esperando –le dijo ella.
–¿Por qué me esperabas a mí?
–Porque creo que solamente quedamos nosotros.
–¿Tú sabes lo que ha pasado?
–No debo de saber mucho más que tú, pero parece evidente.
–Me llamo A, ¿y tú?
–B.
–¿Vienes de lejos, B?
–Creo que no demasiado por el tiempo que has tardado en
llegar.
–Lo siento, B.
–No pasa nada, las cosas ocurren porque tienen que ocurrir.
Mientras el sol agachaba la cabeza tras la inmensa duna
situada a la derecha de su campo de visión, hipnótico,
Metamorfosis y otros relatos 315

magnético, sugestivo; los dueños de la noche volvían a ocupar


su espacio iluminando la superficie de las aguas.
A y B se levantaron de la arena. B recogió sus zapatos de
tacón con la misma mano con la que tiraba de una cuerda de
colores, con cariño, con la pausa que le demandaba su felino,
su mascota. Con la otra mano buscó la de A, iniciando un
camino a lo largo de toda la orilla, en busca de una nueva
historia que, sin duda, debía conducirles a alguna parte.
La inocencia perdida

Querida Julia:
Acabo de cumplir cincuenta años, y será por ello por lo que
me he vuelto nostálgico. Entre los miles de pensamientos que
me vuelven como persona que envejece, aun negándome a
ello, has regresado a mi memoria cercana. Te he traído hasta
hoy, a pesar de que, aunque no lo sepas, no hace tanto tiempo
que te volví a ver... No te enfades, pero has cambiado tanto...
Por entonces, hace de esto muchos años, te veía cruzar por
delante de la ventana de mi casa acompañada por tus amigas primero,
por todos aquellos tíos que se te cercaban en busca de un poco de cariño
después. Siempre me imaginé paseando a tu lado cogidos de la
mano. Pero todas eran ensoñaciones mías, empujado por mis
deseos, frenado por mi cobardía. Eras por entonces la chica
guapa del barrio, la chica deseada por todos. Incluso por mí, a
pesar de mis silencios.
Así, hasta que una tarde fuiste tú la que me invitaste a ir al
cine. Reconozco que aquello me cogió por sorpresa, cuando
me paraste en la puerta del bloque y me lo propusiste, cuando
te dije simplemente bueno, como única respuesta. Seguro que
te parecí un poco imbécil, o que aquel principio resultó poco
prometedor. Si es que tu invitación tenía una intención, más
allá de la simple deferencia de aquel detalle concreto, claro.
Pero lo cierto es que fuimos al cine, a ver una mierda de
película. Ahora sí que puedo confesártelo sin rubor. Tanto,
que hasta me da vergüenza volver a pronunciar su título, que
no es que lo haya olvidado. Imposible no recordar una basura
como aquella. Eso sí, ibas tan guapa con aquella falda corta,
320 Jose Acevedo

con aquel jersey de cuello vuelto rojo, con aquel abrigo negro,
con aquellos tacones altos del mismo color. Era invierno,
¿recuerdas? Tan preciosa, que me pasé toda la película
pensando en lo que haríamos una vez fuera del cine, pero
también con miedo a tu reacción ante el presunto atrevimiento
de mis palabras perfectamente ideadas y meditadas. Y salimos,
y te propuse tomar algo en un bar de copas cercano, mientras
de fondo sonaban aquellas canciones que parecían gustarte,
porque las tarareabas en voz baja, Spandau Ballet, Duran
Duran, Wham... Sentada frente a mí sobre un taburete, a menos
de medio metro, imaginándome tus labios profundamente
marcados por el carmín acercándose a los míos, mientras
en mis partes bajas una ligera protuberancia comenzaba a
incomodarme por el temor a que pudieras darte cuenta. Fue
entonces cuando te dije de un tirón todas aquellas palabras
que me había aprendido de carrerilla: Julia, no sé si sabes que
me encantas. Pero hasta ahora no he tenido el valor suficiente
para confesártelo...
Después tu sonrisa, el cogerme de la mano y dejarlas así
unidas, mi intento de acercar mis labios a los tuyos, volviendo
la cara ligeramente en el último instante, dejando mi beso en tu
mejilla. Qué hija de puta fuiste en ese momento.
Cambiamos de tema, como no queriendo entrar en ese
asunto al que te había pretendido empujar con mis palabras,
hablamos de los estudios, de la familia, de libros, de música,
de películas, de los amigos... De tantos temas, y de una
forma tan seguida, que me di cuenta en unos minutos de que
tú y yo éramos tan distintos... A mí me daba lo mismo, me
gustabas mucho, aunque en el fondo de mí pudiera sentirme
decepcionado por tu reacción anterior, la del beso, incluso la
hinchazón y mi rubor habían desaparecido por completo.
Pero también hablamos de cosas bonitas, Julia. Cuando tus
Metamorfosis y otros relatos 321

padres y los míos tomaban café en casa de unos u otros, nos


encerrábamos en nuestras habitaciones a jugar como lo que
éramos entonces, niños de diez o doce años, además de aquella
época. Qué inocentes éramos entonces. Aunque yo creo que
nunca dejé de serlo, y menos contigo.
Aquella noche nos despedimos con un beso que me supo
a gloria, aunque no fuese donde yo deseaba. Quedamos en
seguir viéndonos.
Hoy me resulta un poco triste aquella frialdad, cuando
tantos momentos habíamos compartido con nuestros juegos
infantiles. Pero entonces me encerré en mi habitación,
llené páginas y páginas con poemas con tu nombre, con mi
imaginación, con mis sueños, con mis deseos, con mis anhelos,
con mis fantasías, con mis quimeras.
Y seguimos saliendo y hablando y cogiéndonos de la mano
mientras charlabas mirándome fijamente a los ojos; también
besándonos, pero siempre apartando tus labios en el último
momento.
Así estuvimos... no recuerdo cuánto tiempo.
Fue entonces, cuando las palabras de amor empezaron
a volverse grises, con finales de derrota, de pérdida, de
abandono, de suicidio... Sabía que, tarde o temprano, la hoja
de la guillotina que pendía sobre mi cabeza caería sin remisión
dejándome sin la ilusión de compartirte conmigo.
Y tal y como lo fui presintiendo, nuestros encuentros se
fueron haciendo cada vez más esporádicos, encontrando
siempre excusas para todos los momentos: que si tengo que
estudiar, que si he quedado con unas amigas, que si me han
castigado, que si tengo que cuidar a mi madre... Cuando
podíamos haber compartido todos aquellos “hoy”. Si vivías
justo en la planta superior a la mía...
Así hasta que, sin mediar explicación alguna, te vi un día
322 Jose Acevedo

pasear de la mano de otro por debajo de mi ventana, sin


cortarte un pelo, sin pudor, sin miramiento, sin recato, sin
decoro. Todas aquellas palabras que habíamos compartido
hasta entonces se resumían, tiempo después, en un “hola”,
por no hablar de aquellas veces en las que me evitabas cuando
venías de frente hacia mí, dando una enorme vuelta para
regresar a tu casa por el camino más largo.
Pronto te perdí de vista, lo supe por tus padres, que me
seguían recordando una y otra vez que yo hubiera sido un
buen marido para su hija. Qué podía yo decirles...
Pero hace dos años volví a verte, Julia. Por casualidad.
Estabas desayunando en un bar que me cogió de paso un día,
acompañada por unas amigas o compañeras de algo. No me
atreví a acercarme, a saludarte, a decirte algo después de tanto
tiempo. Se me vinieron a la mente todos aquellos recuerdos de
nuestra infancia y adolescencia.
Habías cambiado tanto, Julia.
Me quedo mejor con las imágenes de mi recuerdo, aquellas
que me devolvían tu belleza cuando acababas de cumplir los
dieciocho años.
La chica del metro

21 de diciembre de 1975
Un día como hoy cumplía veinticinco años.
No se trataba de una jornada cualquiera. Le habían hecho
un regalo especial que marcaría su vida en adelante.
Un toque de ese perfume especial mientras, delante del
espejo de cuerpo entero de su habitación, iba comprobando
cómo le quedaban las prendas que una a una se iba poniendo
hasta dar con la adecuada. Unos vaqueros ajustados a su cuerpo
y ligeramente por encima de los tobillos, una blusa blanca
que metió cuidadosamente por dentro aunque solo la parte
delantera, dejando ver un cinturón de un tono más oscuro
que el de los propios pantalones; por último, unos stilletos altos
de color negro. Un último vistazo para comprobar que todo
estaba en su sitio; cogió del perchero de pie un abrigo largo
del mismo color que los zapatos y salió a la calle, donde la
esperaba una mañana no muy fría a pesar del recién entrado
invierno en una ciudad cualquiera que dispusiera de servicio
de metro.
Pero había que elegir una para situar la acción y eligió aquella
misma, aproximándose a la estación más próxima, Bordeta,
perderse en las profundidades de esa inmensa grieta que no
dejaba de engullir a aquella multitud que deambulaba de un
lado a otro en busca de su tren, comprobando como multitud
de miradas se volvían a su paso, también dentro del vagón,
apoyada en una de las barras de sujeción, formando a su
alrededor un pequeño espacio vacío, llamémosle una prudente
zona de pudor, que ella observaba con placer, también con
326 Jose Acevedo

alivio. Así hasta que uno de los asientos quedó libre, y se


sentó sin dejar de mirar los rostros, los gestos, las miradas,
los movimientos, los silencios, las conversaciones, incluso los
atuendos de todas aquellas personas con las que compartía
aquel espacio de luz artificial.
Las había que leían un libro cualquiera, o comprobaban los
números del sorteo de Navidad celebrado la víspera, “1.800
millones del gordo en San Sebastián”, en el periódico. Las que
cerraban los ojos para dormitar un rato o pensar en las nuevas
fiestas que se echaban encima.
Sentada con las piernas cruzadas, sin perder de vista todo
cuanto la rodeaba en aquella tarde de domingo cualquiera. Un
paseo por la Barceloneta, por la Rambla, una tarde de fútbol
en Sarrià, donde el Español se enfrentaba al Granada.
Mercado Nuevo, Sans, Hostafranchs, España. Percatándose
de que un joven de poco más de veinte años se sentaba a su
lado y no dejaba de mirarla con descaro, como analizándola,
como estudiándola, como examinándola de arriba abajo sin
ningún tipo de recato antes de abrir la boca. Pelo ensortijado y
oscuro, un jersey de punto gordo en colores grises y blancos,
de cuello vuelto, unos vaqueros desgastados, unas botas estilo
militar negras. Para dirigirle la palabra después invitándola a
un café, a una cerveza, a una copa de vino, o a lo que ella
quisiera. Palabras solo contestadas con una sonrisa por parte
de ella, con un cogerle la mano con suavidad, con una única
frase dicha en voz baja:
–Escolta, noi, t’ho agraeixo, però no em ve de gust fer el toc amb tu.
Que no et sàpiga greu, però no ets el meu tipus.
Retirando la mano, regresando el silencio entre ambos.
Rocafor, Urgel, Universidad, donde le vimos levantarse, bajar
del coche, ante la mirada atenta de ella. Cataluña, Urquinaona,
Triunfo-Norte, Marina, Glorias, Clot, Navas de Tolosa,
Metamorfosis y otros relatos 327

Sagrera, donde la vemos descender, buscar la conexión con la


línea 5, hacer el camino en el sentido inverso. Campo del Arpa,
Dos de Mayo, Sagrada Familia, General Mola, Diagonal-Paseo
de Gracia, Hospital Clínico, Entenza, Roma-Estación Renfe,
Sans. Desde allí un largo paseo antes de llegar a casa en el
aproximar de la noche.
Pocas horas después, completamente desnuda sobre la cama,
escuchaba las noticias del telediario en blanco y negro: un
chico aparece muerto en Barcelona en extrañas circunstancias
en la zona de la Universidad.

21 de diciembre de 1980
Un día como hoy cumplía treinta años.
A pesar de que pasara el tiempo para todos los seres vivos,
para unos mejor que para otros, en ella se apreciaba la misma
plenitud de cinco años atrás.
Desde que había recibido aquel regalo especial por aquel
aniversario se había entregado por completo a vivir la vida
tal y como ella la concebía. Tenía dinero para no tener
que preocuparse en buscarlo, tenía aquel apartamento, le
apasionaba el cine, la lectura, pasear..., pero sus idas y venidas
en metro se habían convertido en su mejor distracción.
Recorrer todas las líneas del subterráneo durante horas,
para terminar siempre en la línea 1 que la devolvía a su hogar.
Pendiente en todo momento de la gente, de cómo invertían
aquellos minutos de trayecto, de las miradas que se lanzaban
unos a otros, de la manera de sentarse, de rozarse cuando el
vagón se atestaba de pasajeros en las horas punta.
El hecho de poder montarse en la primera estación le
facilitaba poder hacer el trayecto sentada, con las piernas
cruzadas, procurando llamar la atención de alguna forma. De
ahí sus faldas cortas, sus abrigos a medio muslo, sus tacones
328 Jose Acevedo

altos, su maquillaje exagerado, su ropa ceñida, su mirada fija


y penetrante en busca de cualquier cómplice atrevido que
pudiera acercársele, sentarse a su lado, intentar iniciar una
conversación que ella intentaba eludir con sus escasas frases
pronunciadas en catalán, pero sin dejar de lado aquella sonrisa
cautivadora, aquel suave acercamiento de sus manos en busca
de las de las otras personas.
Resultaba evidente que no le atraían las personas de ciertas
edades, nunca más de treinta años, tampoco menos de quince
o dieciocho. A pesar de todo, no dejaba de comprender los
límites morales de su comportamiento. Hasta ahí llegaba.
También le daba igual un sexo que otro, no iba a terminar
en la cama con sus víctimas, al menos a priori. Eso del sexo
carecía de importancia para ellos en aquellos años, aunque sí le
divertía la reacción que provocaba en los demás, habitualmente
en el género masculino, cuando la tenían a su lado. Tal vez esta
era la causa de ese juego de provocación al que les sometía
constantemente. Su objetivo era diferente, no requería para
nada de aquellos preliminares, pero sí la divertían, sin llegar a
negar tampoco que aquel hechizo que producía la ayudaba, en
cierta medida, en su única tarea.
Como su propósito se centraba sobre todo en la población
más joven, buscaba las proximidades de las zonas universitarias,
de los barrios más jóvenes, de la playa cuando se acercaba la
temporada de verano; aunque después prosiguiera su camino,
una vez cumplido el trabajo, durante unas horas más bajo
aquellos túneles, antes de regresar a la luz y dar prolongados
paseos en busca de alguna terraza, de una sala de cine, de una
tienda en la que poder vaciar su tarjeta de crédito a cambio
de más vestidos, de más pantalones, de más zapatos, de más
cosméticos. Aunque siempre actuaba en el metro, una vez al
año, coincidiendo con su fecha de cumpleaños, no rechazaba
Metamorfosis y otros relatos 329

la ocasión de galantear en cualquier otro lugar, pero cuidando


siempre que alguien no se le acercara demasiado, o tener
que entablar una conversación, aunque solamente fuera para
invitar a la otra persona a que se fuera, mucho menos acercar
su mano a la de la otra persona, tal y como acostumbraba en
el interior del metro. Aquel ligero contacto físico se limitaba
a aquellas contadas ocasiones en las que elegía a la víctima
propiciatoria.
Aquel 21 de diciembre de 1980 fue como todos, salvo que
quiso ir un poco más allá cuando aquel chico de la camisa a
rayas y pantalón beige se sentó a su lado, sin dejar de mirarla
directamente a los ojos, a los muslos que asomaban por debajo
del abrigo. Después intercambió algunas palabras del todo
inaudibles para nosotros, algunas sonrisas. El chico aproximó
su boca a la de ella, sin que ella rehuyera, en ningún momento,
sus labios. Puede que le atrajese aquel chaval de no más de
veinte años, o que estuviese comprobando si aquel contacto
tan distinto de los precedentes causaba el mismo efecto. Solo
le dejó posar sus labios, cerrando su boca para impedir el
encuentro de las dos lenguas, mientras sus manos buscaban las
de él por si acaso. Sintió aquel gesto juvenil cargado de deseo y,
sin duda, le gustó, pero tampoco era el momento de ir más allá
ante aquella audiencia que no perdía ojo de aquel encuentro
tan fogoso y tan inesperado en un sitio tan público. Tras
aquel beso, el chico le dio su número de teléfono anotado en
el billete de metro. Ella prometió llamarle. Él descendió unas
paradas más adelante, Marina. Unas estaciones más adelante
ella cambió el sentido de la marcha, para volver a Cataluña
y tomar la línea verde hasta Diagonal, paseando durante un
largo espacio de tiempo bajo la decoración navideña del Paseo
de Gracia, de la Pedrera, de la Casa Batlló, perderse también
en el interior de algunos comercios, de algunos probadores,
330 Jose Acevedo

para regresar, como de costumbre, antes del anochecer a casa.


Pocas horas después, completamente desnuda sobre la cama,
escuchaba las noticias del telediario, ya en color: otro chico más
aparece muerto en Barcelona, en extrañas circunstancias, en las
proximidades del Parc de l’Estació del Nord. Se desconocen las
circunstancias del suceso, pero la policía encuentra numerosos
parecidos con otros hechos de las mismas características
acaecidos en Barcelona en los últimos años...
Entonces pensó en los labios de aquel chico, recordó su
imagen como si le tuviera delante. Con aquella foto fija del
joven no se le ocurrió otra cosa que masturbarse, antes de caer
derrotada en un profundo sueño.

21 de diciembre de 1985
Un día como hoy cumplía treinta y cinco años.
Seguía tan joven como siempre a pesar de la fecha de
nacimiento indicada en su documento de identidad. Nada había
cambiado en su vida, la misma rutina diaria con la que llenaba
sus largas horas de ocio, la misma forma extraña de celebrar su
aniversario, de no ser por Marc, aquel chico que conoció hacía
cinco años un día como hoy, aquel chico de la camisa a rayas
y pantalón beige que le abrió las puertas del deseo. A pesar
de aquel inicio, no había pasado desde entonces de los besos,
del toqueteo de las manos, de algún abrazo inesperado, de sus
masturbaciones cada día más frecuentes mientras escuchaba
las noticias por la noche tumbada sobre la cama.
Aquel día salió de casa por completo de rojo. Oculta bajo
un corto abrigo que le cubría hasta medio muslo. Se montó
en Santa Eulalia y recorrió toda la línea 1 por completo hasta
Santa Coloma, para regresar después en sentido inverso hasta
Cataluña, donde se fijó en un chico que le había llamado la
atención. Pero, en aquella ocasión, el chico no se acercó a ella,
Metamorfosis y otros relatos 331

aunque no dejaba de mirarla desde la distancia. Fue ella la que


se levantó de su asiento, la que se le aceró, la que le tomó la
mano, mientras él se dejaba hacer sin decir nada. No llegaron
a intercambiar ninguna palabra, solo se les veía uno junto a
la otra, cogidos de la mano. En un momento dado, fue ella
la que aproximó su boca al oído de él, la que le dijo algo en
voz baja, inapreciable, imperceptible, viéndoles bajar sin llegar
a soltarse en la siguiente estación. En las proximidades del
Paral·lel se adentraron en un pequeño hotel, fue ella la que
pagó una habitación, y después subieron hasta la tercera planta
donde les esperaba un rincón modesto pero limpio. Apenas
dijeron nada. Solo se miraron y empezaron a desnudarse. Ella
únicamente llevaba debajo del abrigo rojo un conjunto de
ropa interior del mismo color. Se bajó las medias, las bragas, se
desabrochó el sujetador, y lo dejó todo sobre una silla colocada
junto a la cama. Solamente se dejó puestos los zapatos rojos de
charol. Él hizo lo mismo con su jersey de lana, con su camisa a
cuadros, con su pantalón vaquero, con sus calcetines y con sus
calzoncillos. Ella avanzó hacia él para colocarse justo delante,
lo tumbó de un empujón sobre la cama y colocó sus labios
contra su pene completamente erecto. Jugueteó con este
durante un buen rato ante el silencio del chico, ante su quietud,
dejándose hacer en todo momento sin ejecutar ningún gesto.
Todo era ella, él simplemente un objeto a su completo antojo.
Además de con su pene, acarició todo su cuerpo, le besó
ardientemente, antes de situarse encima de él e introducir su
órgano en el interior de su vagina empapada por la excitación.
Se movió y se balanceó como una poseída, sin fijarse, en
ningún momento, en la capacidad de aguante de él. Debieron
de correrse infinidad de veces tanto una como el otro, sin
pensar tampoco en el más que probable desvanecimiento del
chico en cualquier momento ante tanto contacto físico. No
332 Jose Acevedo

reparó en ello tampoco. Cuando, cansada de tanto trasiego,


extrajo de su interior la polla fláccida del muchacho, solamente
le dio por besarle con suavidad, más con amor que con deseo,
como si con ese acto de ternura estuviese despidiéndose de él,
pidiéndole perdón por las consecuencias inmediatas de aquella
tarde de arrebato con una chica desconocida.
Tras el beso volvieron a vestirse. El chico abrió la boca para
pedirle su número de teléfono para otro día. Pero resultaba
evidente que aquello no entraba en sus planes, además para
qué, si no habría otro día para ellos, para él. Sí acepto el
teléfono de él por no resultar del todo desagradable. Porque
nada más cerrar la puerta de la habitación, nada más descender
las escaleras que les conducían hasta la recepción del hotel,
nada más alcanzar de nuevo la calle, nada más despedirse cada
uno en una dirección opuesta, el cuerpo del chico se desplomó
repentinamente contra la acera, ante la huida despavorida de
ella. Lo sentía, claro que lo sentía, pero se trataba de su vida,
de su supervivencia, de su propia juventud. Escapó aterrada
por las callejuelas del Raval sin volver en ningún momento
la mirada hacia atrás. Pensó en que alguien pudiera haberla
visto, en la señora que les había atendido en el mismo hotel,
aunque afortunadamente no le había pedido documentación
ninguna y había pagado la habitación en efectivo. Sin duda
la asociarían de alguna forma. Pero ¿y si el chico se hubiera
derrumbado sobre la misma cama del hotel?, se preguntaba.
Todos sus argumentos se tiñeron de tinieblas. Su cuerpo
temblaba de pánico, mientras alcanzaba la Rambla por la calle
Sant Pau, mientras buscaba resguardo en una taberna en las
proximidades de la Boquería, con no sé cuántos vinos hasta que
el alcohol, nublándole por completo los sentidos, emborrachó
igualmente aquellas emociones que se habían apoderado de
ella durante los últimos interminables minutos.
Metamorfosis y otros relatos 333

Algo más apaciguada, paró el primer taxi que encontró en la


misma Rambla para regresar a su refugio.
Pocas horas después escuchaba las noticias del telediario:
otro chico más aparece muerto en Barcelona, en extrañas
circunstancias, en las proximidades de la Avinguda del
Paral·lel. Se desconocen las circunstancias del suceso, pero
la policía encuentra numerosos parecidos con otros hechos
de las mismas características acaecidos en Barcelona en los
últimos años.
Delante del inmenso espejo de pie se contemplaba
desnuda sobre sus altos tacones rojos de charol, recordando
la maravillosa tarde que había pasado en compañía de aquel
pobre chico cuyo esperma le seguía acompañando en lo más
profundo de sus entrañas. Lo demás, simplemente fue un mal
rato.
Evocando aquel momento siguió masturbándose hasta caer
rendida por el sueño.

21 de diciembre de 1990
Un día como hoy cumplía cuarenta años.
Su vida era una repetición continua de los mismos hábitos,
si bien extremó todas las precauciones después de aquel lejano
día de 21 de diciembre de 1985.
Toda la ciudad se transformaba a su alrededor, y solo ella
parecía eterna en su juventud.
Prosiguió su vida diaria con sus lecturas, con sus películas,
con sus compras, con las exploraciones de su cuerpo por las
noches ante el espejo de cuerpo entero, homenajeándose una
vez al año, coincidiendo con su cumpleaños con una dosis de
lozanía, encontrando un alma que sacrificara su existencia a
favor de la suya. Durante el resto de los trescientos sesenta
y cuatro días controlaba su deseo, sin profanar, en ningún
334 Jose Acevedo

momento, el ritual. Hubiera buscado una víctima a diario en


su ninfomanía tardía, pero el miedo no la había abandonado.
De no haber controlado sus impulsos, posiblemente no estaría
donde está ahora, bajo la ducha, frente al espejo maquillándose,
probando la indumentaria que aquel día le conduciría a una
nueva conquista, sentada en uno de los asientos vacíos de un
vagón de la línea 1, que había prolongado su trayecto hasta
algo más allá de Bellvitge, un nuevo mártir, un mediodía
follando como una poseída tras uno de los matorrales del
Parc de la Ciutadella, no más de cuarenta o cincuenta minutos,
por si acaso, y luego regresar a pie para una celebración bien
merecida, por el Passeig de Lluís Companys, Ronda de Sant
Pere, Passeig de Gràcia.
Después, la morada de la bestia aguardándola, una cena
ligera mientras esperaba las noticias de todas las noches de
cumpleaños, como una felicitación más, antes de desnudarse,
de mirarse al espejo, de sentirse divina, adolescente. Antes
de continuar descubriendo su cuerpo por enésima vez, de
proseguir alimentando su deseo sin fin.

21 de diciembre de 1995
Un día como hoy cumplía cuarenta y cinco años.
Pero aquella mañana tuvo un descuido. Con las manos
todavía humedecidas del agua de la ducha, resbaladizas del
jabón impregnado en su piel, aquel frasco de perfume que
le habían regalado tan especialmente hacía veinte años de un
día como hoy, se fue al suelo, quebrándose en innumerables
fragmentos de vidrio, empapando el aire de su apartamento
de aquel olor tan penetrante. Solo le quedó embadurnarse con
los restos de aquel líquido milagroso por todo su cuerpo. Con
el resto del fluido desperdigado poco más pudo hacer, salvo
lamentarse ante las posibles consecuencias de aquella pérdida.
Metamorfosis y otros relatos 335

Después, ponerse aquel conjunto de encaje negro, subirse


las medias de color piel, encaramarse a sus Manolo Blahnik
de charol negro, y colocarse por encima un abrigo del mismo
tono.
A pesar de que se trataba de un día especial, como los de
los últimos veinte años, se sentía preocupada por los efectos
de aquel accidente. Pensó y pensó en todas las posibilidades
para remediar cualquier resultado nefasto: buscar el perfume
por toda la ciudad, en cualquier rincón del mundo si fuese
necesario, averiguar el paradero de aquella persona que le hizo
el regalo y al que no había vuelto a ver desde su cumpleaños
de 1975.
Por lo demás, como cualquier otra celebración de aniversario.
La misma juventud, la misma inocencia, el mismo descaro, la
misma intensidad, la misma provocación, el mismo ardor de
un cuerpo fresco acariciándola, besándola, penetrándola por
todos sus orificios en un recodo del Parc del Clot, antes de
desvanecerse por completo sin llegar siquiera a abandonar el
recinto.
Buscó la boca de metro más cercana, línea 2, lila, Encants,
Sagrada Família, Monumental, Tetuan, Passeig de Gràcia,
enorgulleciéndose de aquel cuerpo que todos los hombres
seguían contemplando a su paso con el mismo deseo de
siempre.
Unas copas por la Rambla, por el Barri Gòtic, sin dejar de
flirtear en ningún momento, atreviéndose incluso a dar un
paso más en su ceremonial, cuando en el interior de un cuarto
de baño se dejó penetrar de nuevo. Después, en el patio de
butacas de un cine de la Plaça de Catalunya. Había perdido toda
la mesura contenida durante tanto tiempo, como si los nervios
hubiesen aflorado descontroladamente ante la eventualidad de
hacía unas horas.
336 Jose Acevedo

Aquel día fue dejando tras de sí un reguero de cuerpos sin


vida, un espíritu más joven y deseoso que nunca.
Las noticias de aquella noche se hicieron eco de aquellos
sucesos que habían golpeado a la ciudad de Barcelona durante
aquella jornada de entrada de invierno. La policía parecía no
tener una pista exacta, si bien se buscaba a una mujer, no como
homicida, sino más bien como testigo, dado que todas sus
víctimas acababan de hacer el amor antes del desvanecimiento,
todos llevaban un olor a perfume femenino. Pero poco más
se podía decir de la investigación, nada sobre aquella mujer
misteriosa que se escondía tras aquella retahíla de cuerpos
borrados por completo de la ciudad. Ni rastro de violencia,
de causa de muerte aparente, como si todos ellos hubieran
perdido la vida porque esta se tenía que ir en cualquier
momento, eligiendo justo el de después de encontrarse con el
deseo de aquella mujer.
Mujer misteriosa, aquello le gustaba.

21 de diciembre de 1996
Un día como hoy cumplía cuarenta y seis años.
Se había llevado todo el año buscando el perfume por todos
los rincones de Barcelona, por todas las páginas posibles
e imposibles de la red. Pero no encontró nada parecido.
Tampoco había rastro de aquella persona que le había hecho
aquel regalo. También se había evaporado de la ciudad sin
dejar huella.
Era la primera vez que se tenía que enfrentar a su ceremonia
sin su fetiche, sin su bálsamo, sin su fragancia. Aún era su
cumpleaños.
Engalanada recorrió varias líneas de metro solo por el
placer de sentirse observada, admirada, antes de toparse con
su damnificado, de bajarse en la primera estación y tomar
Metamorfosis y otros relatos 337

un taxi en dirección al Parc Güell, poder cumplir uno de sus


deseos imaginados y no consumados hasta ahora, poder
pasear con alguien por los recovecos de aquel jardín, perderse
en sus rincones, ser poseída bajo los efluvios del artista que fue
capaz de imaginar y poner en pie aquel recodo maravilloso de
la ciudad.
Mientras pasaba el tiempo sin que aquel chico se desvaneciera,
prolongando su compañía durante horas interminables sin
ninguna consecuencia.
Se despidieron cuando caía la noche, lleno de deseo todo su
cuerpo, pero también de un agotamiento poco frecuente en un
cuerpo como el suyo, acostumbrado a tanto ajetreo constante,
a tanto erotismo descontrolado.
Ella se temía lo peor.
En las noticias de aquel día ningún cadáver, ningún chico
desaparecido. La ciudad de Barcelona no echaría de menos a
ninguno de sus vecinos una noche de 21 de diciembre veintiún
años después.
Ni siquiera le quedaron las ganas de masturbarse delante del
espejo aquella noche.

22 de diciembre de 1996
Un día como ayer había cumplido cuarenta y seis años.
La primera imagen que el espejo del cuarto de baño le
devolvió aquella mañana fue el rostro de una mujer envejecida.
Unas facciones que no aparentaban menos de setenta años.
Rugoso, ajado, marchito por la edad real que hasta hoy mismo
había ocultado en alguna parte de sí misma, y que hoy florecía
repentinamente tras unas pocas horas de sueño
Aun así salió a la calle como si fuese el día de su cumpleaños.
Hizo lo mismo que había venido haciendo los días 21 de
diciembre de los años anteriores, solo que las miradas de
338 Jose Acevedo

admiración y deseo se transformaban ahora en sonrisas, en


sentimientos de pesadumbre al contemplar aquel aspecto tan
ridículo para una persona de esa edad.
Sin querer admitirlo, debía ser consciente de que su belleza
y su juventud se habían convertido en decrepitud.
Nada más llegar a casa a media tarde volvió a tumbarse
desnuda sobre la cama. Su materia había dejado de ser la
misma. Se masturbó en reiteradas ocasiones, aunque el deseo
había abandonado su cuerpo por completo.
Agotada por todos aquellos sentimientos inesperados,
preparó un baño caliente, cogió una de las cuchillas que
utilizaba para depilarse, se metió en el agua y, mirando a la
luz del techo del cuarto de baño de forma fija, seccionó su
muñeca hasta teñir por completo de rojo la blanca espuma.
Su edad se había agotado definitivamente.
Vivimos más tranquilas

Yo entonces no era consciente de nada.


Con los años he ido hilvanando todos mis recuerdos y
todas las palabras de mi madre hasta cerrar definitivamente la
historia.
Ya en su vientre les oía gritar, intuía los presuntos golpes,
incluso sentía los vaivenes del cuerpo de mamá al caer, aunque
podía ser por cualquier circunstancia, por ejemplo que se
hubiera caído por la torpeza de llevar una barriga a cuestas
conmigo dentro, o la voz de papá implorándole que tuviera
más cuidado dadas sus circunstancias... Todo era posible.
Lo cierto es que un día vi la luz, asomé mi enorme cabeza
por aquel pequeño hueco situado en la entrepierna de mamá,
mientras ella no dejaba de lamentarse con insistencia. Recuerdo
que había mucha gente con batas verdes o azules o blancas o
de múltiples colores y también me puse a gritar, pues estaba
acostumbrada a la paz del interior, ahora me aturdían aquellas
luces tan radiantes y obstinadas. Me han recordado más de una
vez que era tremendamente fea cuando nací, qué cabrones.
Después, una casa donde me metieron en una cuna de
laterales elevados, sería por miedo a que la bestia pudiera
escapar de su jaula y causara el pánico entre el resto de los
mortales. Allí me quedaba, la mayor parte del tiempo sola, con
una pequeña luz que me acompañaba, mirando constantemente
el techo, no tenía muchas más opciones. De vez en cuando
aparecía mamá y me ponía sus inmensas tetas en la boca para
darme de comer, después llegaron los biberones, así hasta
que consiguieron meterme una cuchara. Creo que era la
342 Jose Acevedo

secuencia habitual para cualquiera que haya venido al mundo


alguna vez.
Tendrían que trabajar fuera de casa, y hablo en plural porque
entonces sí tenía una persona a la que poder llamar papá, pero
además me acompañaban otros rostros, que con la confianza y
el roce, descubrí que eran mi abuela 1, mi abuelo 1, mi abuela
2, mi abuelo 2, mi tía 1, mi tía 2, mi tía 3, tíos ninguno, primos
tampoco, hasta una chica de más corta edad que los anteriores
que parecía ganarse la vida gracias a mi existencia y a la de
otros pequeños. Pues eso, ellos no estaban siempre, pero
cuando estaban la relación no podría considerarse como la de
dos personas que teóricamente están enamoradas, al menos
una de la otra y viceversa, podrían estarlo de otras terceras a las
que nunca llegué a conocer, ni de las que tampoco se dignaron
hablarme en la vida.
Siempre supe, a pesar de mi ignorancia, que se hablaban en
un tono que no era el más adecuado. No sabía distinguir entre
lo normal y lo inusual, pero tenía claro que no era la forma en
que los demás se dirigían a mí: dulzura, afabilidad, suavidad,
ternura. Más bien al contrario. Con los años descubrí que se
reprochaban uno a otro todo tipo de cosas, que discutían por
cualquier solemne tontería: por la ropa, por la comida, por tu
madre, por la hora de llegar, por las amistades...
Ya en la adolescencia, ausente el macho, mamá me
confesaba que cuando le conoció era una buena persona, de
genio incontrolable, pero nunca terminó por írsele la cabeza
del todo. Fue a raíz de la boda cuando comenzó a ver que
cambiaba: que no la dejaba ponerse ciertas cosas, que solo
le faltó meterse en un burka, vamos, en una de esas prendas
usadas por las mujeres en algunos países de religión islámica
con las que solo se te ven los ojos y los pies, que no la dejaba
salir con sus amigas ni con sus compañeros, al menos a ciertas
Metamorfosis y otros relatos 343

horas, como si el “verraco” impusiera el toque de queda a


partir de las nueve bajo pena de castigo... Se volvió celoso y
manipulador de cojones. Mamá intentó aguantarle más allá de
unos límites razonables, dándole una de cal y otra de arena,
sin despertar a la bestia que llevaba dentro pero tampoco sin
renunciar alguna que otra vez a un poco de aire fresco.
Desde mi enclaustramiento de madera solo oía sus voces
subidas de tono; después, desde mi cama de persona mayor,
lo mismo. Pensaba que era una forma muy extraña de llevar
una relación. Tanto, que pocos años después, cuando empecé
a conocer a otros fuera de mis cuatro paredes, intentaba
sondearles acerca de las relaciones personales de sus padres:
los míos cenan casi sin hablarse; los míos ponen la televisión
a todo volumen; los míos gritan al unísono en la oscuridad
de su dormitorio; los míos se llevan todo el día dándose
besos; los míos pasean cogidos de la mano siempre; los míos
comparten las cosas de la casa, papá plancha la ropa también;
los míos no existen; los míos no están juntos; los míos se dicen
muchas cosas de forma privada para que yo no me entere; los
míos dicen que se quieren o al menos se lo dicen mil veces
todos los días... Pero ninguno llegó a revelarme que discutían
constantemente por todo, mucho menos que uno le levantaba
la mano al otro por cualquier cosa, o que le empujara contra el
sofá, o contra el suelo sin importarle que pudiera hacer daño
a la persona amada, todo era un poco extraño y sorprendente,
raro e inaudito, chocante e inesperado, insólito e imprevisto,
singular y sorprendente. Pero pensaba que era la familia que
me había tocado. Era algo que no se podía elegir, nacías donde
nacías y te jodías durante toda tu existencia, peor hubiera sido
nacer sardina, ocho años de vida como mucho –salvo que
antes acabes en una barbacoa–, alimentándome de plancton
constantemente, conviviendo en inagotables bancadas de
344 Jose Acevedo

iguales, desplazándome de la costa hasta el fondo, depositando


cincuenta mil huevos... Qué triste hubiera sido. Pero tampoco
podía considerar mi realidad divertida, ni ver mi futuro con
optimismo, sabía que tarde o temprano los acontecimientos
iban a converger en un punto de incertidumbre.
Inseguridad en la que vivía cada vez que llegaba a casa del
colegio y me encerraba en mi habitación para hacer la tarea.
Encerrada cada vez más entre mis cuatro paredes, aislada del
devenir familiar que crecía por segundos en intensidad, en
excesos, en furia... Había noches que me quedaba dormida
sobre la cama delante de un libro, historias anónimas que
descubrí como por casualidad (y sin que nadie me las pusiera
delante), me gustaban esas increíbles historias de amor que
exploraba por mi cuenta, el contraste de todos aquellos
personajes que se asemejaban a las historias que me contaban
mis compañeros en el colegio, el amor que evidenciaban. Tenía
la certeza de que deambulaban por otras latitudes, de que
ciertamente existían en alguna parte, aunque no fuera entre las
paredes de mi casa. Pero en silencio, sin querer preguntar, sin
intentar levantar mi escasa voz, mi oculta presencia donde ya
no era la protagonista como hacía unos años, todo devino en
ellos dos, en sus golpes, en sus gritos, en sus humillaciones, en
los rastros que sobre todo dejaba papá en la piel de mamá, que
acudía al trabajo con las gafas de sol puestas aun en los días de
nublado y lluvia.
Hoy pienso que no entiendo por qué no me hice un día
autista... Mis veinticuatro horas se resumían en mis clases, la
comida con los abuelos maternos al mediodía, el encierro en
mi cuarto con los deberes, las aventuras de los otros en las
páginas impresas, la cena en el silencio y la soledad de la cocina
cuando a papá le dio por llegar tarde a casa después de salir
del trabajo. Era mejor, sin llegar a expresarlo en voz alta, como
Metamorfosis y otros relatos 345

cerrar los ojos a la evidencia que se cocía en la intimidad de


mis sueños, como evitando conscientemente, o bien por el
favor que me hacía el destino de evitarlo; las dos solas, sin
decir casi palabra, salvo aquellas escasas conversaciones que
siempre se centraban en los mismos temas: la lengua, las
matemáticas, el conocimiento del medio, la educación física, la
educación artística, el inglés, la educación musical, la educación
para la ciudadanía antes que la quitaran del todo, también mis
compañeros, mis profesores; después se añadieron otras más
como la tecnología, la literatura, las ciencias sociales, geografía
e historia, las ciencias de la naturaleza... Siempre lo mismo,
salvo algunos fines de semana en que compartíamos, con cada
vez menos frecuencia, una película en la televisión, excepto
cuando los pasaba con los abuelos no sé por qué motivo.
Es cierto que les agradecía enormemente que no montaran
sus escenitas delante de mí, lo que no significa que no se
produjeran. No era tonta... Mamá no podía ocultar de su piel
los rastros de sus discusiones, por muy privadas que fueran.
Había día después, luz, momentos en los que tenía que seguir
compartiendo su realidad con los demás, conmigo también.
Pero los síntomas de aquella tarde no presagiaban nada
bueno. Cenábamos las dos solas en la soledad de la cocina,
en la televisión sin volumen el presentador parecía empeñarse
en gritar las noticias de las ocho y media para que nosotros
nos enteráramos de algo, sin conseguirlo. Mamá no se había
quitado la ropa con la que había salido a dar una vuelta,
siempre me decía que necesitaba un poco de aire, que se
asfixiaba si no lo hacía, no sé si era una buena excusa, pero
tampoco se lo llegué a preguntar nunca, lo de la vida de los
mayores era algo que no me interesaba demasiado, ya me
tocaría a mí vivirla en primera persona para tener que vivir la
de los demás, por muy padres que fueran respecto de mí. Pero
346 Jose Acevedo

papá entró mucho antes de lo habitual, sin hacer más ruido


que el de las llaves en la cerradura, el de la puerta cerrándose,
el de sus pasos silenciosos hasta verle entrar en la cocina sin
ni siquiera saludarnos, darnos un beso; bueno, tampoco lo
hacía asiduamente. Ahí estaba con la mirada fija en su mujer,
en su rostro maquillado, en su falda corta, en su camiseta de
tirantas, en sus zapatos altos, acercándose paso a paso hasta
tenerla a menos de medio metro, decirle sin cortarse un pelo
que parecía una vulgar puta, si no le daba vergüenza estar
así vestida delante incluso de su hija, alzando la voz cargada
de insultos irrepetibles para mi edad, pero fueron muchos y
bastante sonoros, pasando de las palabras a los hechos, de los
agravios a los golpes cada vez con más fuerza por su cara, en
la boca del estómago, creo que mamá estaba acostumbrada
por la entereza de su comportamiento, sin llegar a caer, sin
doblegarse lo más mínimo, sin decir una sola palabra, solo
la audacia de zafarse por un instante, abrir el cajón donde
estaban los cubiertos, sacar un enorme cuchillo de jamón, de
esos de gran longitud, de cuchilla larga, algo estrecha y afilada,
y clavárselo sin pensárselo dos veces, sin inmutarse después
por su acción, viendo la mirada fija de su marido delante de
ella, sus ojos que iban ganando en turbiedad, su cuerpo que iba
desplomándose hasta caer al suelo del todo, derrochando una
sangre de rojo intenso que iba inundando el blanco insolado
de la cocina. Sé que me quedé atónita. Sé que no dije nada.
Sé que me quedé allí hasta que mamá me pidió que me fuera
a mi habitación... Sé que después escuché sirenas próximas,
sé que llegué a pasar una temporada en casa de los abuelos,
sé que mamá regresó un día, sé que no volvimos a hablar
de todo aquello... hasta que cumplí los catorce años, fue el
regalo que me hizo cuando le pregunté qué fue de papá, de los
abuelos paternos, fue entonces cuando me contó cómo había
Metamorfosis y otros relatos 347

sido su vida con él, casi desde que se conocieron hacía casi
veinte años, cómo había soportado en silencio su miedo, su
violencia de todo tipo a costa de su estúpido enamoramiento,
cómo creyó que todo pasaría con el tiempo, que cuando yo
naciera se volvería más persona, más humano... Aquello solo
duró unos meses, cuando todo volvió a la normalidad, a la
rutina del día a día, volvió a ser el de siempre, el que no la
dejaba rebatir sus palabras, el que no la dejaba salir con
nadie, el que no la dejaba vestirse de ninguna forma, el que
no se llevaba bien ni siquiera con su propia familia. “No me
daba dinero para sacarte adelante –me decía–, así que tuve
que volver al trabajo y dejarte con los abuelos a pesar de mi
intención de criarte por mí misma hasta que cumplieras una
edad razonable. Nada, resucitó la bestia que llevaba dentro,
pasó de las palabras a los hechos, hasta aquella noche en la que
llegó antes de la cuenta. Sabía que cualquier día podía ocurrir,
como si le estuviera esperando en la cocina, sin cambiarme ni
nada, alimentándome de toda la fuerza y energía necesaria para
hacer lo que estaba dispuesta a realizar, era su vida o la mía,
pensé también en nosotras, aquello no era lo que tú merecías
como hija, lo hice sin consultártelo, pero no tuve más remedio,
preferí dejarte sin padre a que tú te quedaras sin madre un
día, estaba convencida de ello. Después de lo que viste llamé
a la ambulancia, aunque sabía que no tenía solución. No sentí
piedad, ni pena, ni miedo..., solo alivio, hija. Los abuelos se
hicieron cargo de ti durante el tiempo que tardó la justicia en
impartirse, te echaba mucho de menos porque no me dejaban
verte, pero sabía que estabas bien, que comías, que avanzabas
en los estudios, que eras comedida con tus palabras. Ahora ya
lo sabes, te pido perdón si no hice lo correcto...”
No sé si lo era o no, tampoco me cuestiono los actos de
los mayores; total, para lo que veía a papá, para los gestos de
348 Jose Acevedo

cariño que tenía conmigo, apenas un beso de tarde en tarde,


apenas unas palabras más altas que otras, apenas conocía mi
habitación, ni siquiera un cuento antes de cerrar los ojos bajo
las mantas hasta el día siguiente, para qué...
Claro que también dejé de ver a mis otros abuelos, también
me daba lo mismo... He aprendido a querer de verdad a las
personas que han hecho algo por mí en la vida, mamá incluso
se jugaba su propia vida por nosotras, no sé si había algo
más detrás de su comportamiento, hoy sigue saliendo, sigue
poniéndose guapa cuando la veo cruzar el umbral y despedirse
con un hasta luego cariño, con sus besos y abrazos que nunca
me han faltado.
Hoy me estoy haciendo mayor, espero que nunca salga a mi
papá, nadie puede ser dueño de la vida de otras personas, por
mucho que las lleguemos a amar, no creo que eso sea amor ni
cariño, desde entonces salgo con mis amigas y amigos, escucho
cómo son las relaciones de sus padres sin importarme, sin
entenderlas en muchas ocasiones, tampoco me gusta hablar
de mí, no sé si llegarían a comprender el comportamiento de
mamá, aunque posiblemente sepan algo, son discretos también
conmigo, nunca se han referido a nada de lo que ocurrió en
mi familia hace unos cuantos años ahora, pero también veo las
relaciones que van iniciando y, no sé, muchas veces me crean
dudas de si son o no sanas, allá cada uno con sus problemas.
Solo sé que desde entonces, desde aquella noche en la cocina
mientras el presentador mudo daba las noticias de las ocho y
media, se acabaron los gritos, los insultos, los llantos en casa...
Hoy lo comprendo todo...
No he vuelto a ver a mi padre...
Pero vivimos más tranquilas.
Sin nada

Carlos había cumplido treinta y seis años hacía menos de un


mes. Se le agotaba el desempleo en unos días, después de haber
perdido su empleo hacía un par de años, un trabajo en el que
casi había echado los dientes, pero la crisis estaba acabando
con todo, incluso con su empresa, un sólido negocio dedicado
a la construcción desde hacía muchos años.
No había vuelto a encontrar nada desde entonces. Consultaba
en los servicios de empleo, en internet, en la prensa; visitaba
todo tipo de industrias, de comercios, de negocios; le daba igual
que fuera de pintor, de albañil, de conductor, de camarero...,
de cualquier cosa en la que pudiera desenvolverse y que no
exigiera estudios, porque lo que era estudiar, su formación no
había ido más allá del graduado escolar. Pero todo era en vano.
Cientos de currículos abandonados sin respuesta.
Dado los escasos ingresos, los ahorros fueron
desapareciendo, los impagos acumulándose. La familia estaba,
pero solo podían ofrecerle un plato de comida, algo de ropa,
un recibo de luz, de agua, de vez en cuando. Pero también
la familia llegaba a cansarse. A cualquiera podía incomodarle
tener que hacer frente a los gastos de dos viviendas por mucha
familia que fuese. Era comprensible, incluso para Carlos.
El banco apretaba cada vez más, hasta que llegado un
momento tuvieron que tomar la mejor decisión para todos.
La entidad se quedó con la vivienda que con tanto sacrificio
estrenaron hacía unos diez años. Nada del otro mundo, pero
se trataba de su hogar. Ahora tendrían que recogerlo todo en
busca del exilio.
352 Jose Acevedo

Carlos, Lucía y sus tres hijos cerraron una mañana la puerta


de su casa y le entregaron la llave al director de la sucursal.
Los muebles y algunos otros objetos a los que tenían especial
aprecio fueron abandonados en un guardamuebles. Con ellos
solo se llevaron la ropa y cuatro enseres de la casa. En el coche
que les conducía a la vivienda de sus suegros solo se respiraba
tristeza, amargura, melancolía, pesadumbre, pesar, nostalgia...
Las lágrimas contenidas se visibilizaban en unos rostros
cansados de tanta lucha diaria para nada.
Bueno, al menos tenían un coche en el que cobijarse. Podía
ser peor aún, llegaron a pensar. Siempre puede ser peor, sin
duda.
A partir de entonces la rutina les cambió por completo.
Carlos siguió buscando empleo intentando no desesperarse,
pero la intimidad de antaño sí había desaparecido por completo.
En una de las habitaciones dormían los abuelos con uno de los
nietos; en la otra, Lucía con sus otros dos hijos. Carlos pasaba
la noche en vela sobre el sofá del salón. Era lo que daba de sí
un piso de escasos cincuenta metros cuadrados.
Toda aquella situación no hizo más que acentuar el
sentimiento de culpa en Carlos. Había arrastrado a su familia a
la miseria, a sus suegros a las estrecheces, ellos que tanto habían
luchado por tener al menos aquel piso, por sacar adelante a
sus dos hijos. Pero se trataba de la vida misma, y los tiempos
habían cambiado, desgraciadamente.
Este sentimiento de Carlos se fue acentuando con la
convivencia con su suegro, con la misma distancia que se fue
interponiendo entre él y Lucía. Cuando la atmósfera se hizo
irrespirable solo quedaba dar un paso más. Carlos no pretendía
abandonar a su mujer, mucho menos a sus hijos, pero la
cohabitación en aquel ambiente acabaría por destruirles más
pronto que tarde. Era mejor evitar más dolor.
Metamorfosis y otros relatos 353

El día que se tuvo que marchar de casa de sus suegros


apenas se derramaron lágrimas, como si no quedara ninguna
más que verter, como si los sentimientos de amor que no
hacía mucho llegaron a compartir se hubieran desvanecido
por completo.
–Seguiré buscando trabajo, y os mandaré el dinero que vaya
pudiendo –dijo Carlos antes de sellar la puerta que le separaba
de su familia.
–No te preocupes, Carlos, no tendré más remedio que
buscar algo yo también, con la pensión de mi padre no creo
que logremos salir adelante –le contestó Lucía con una frialdad
recién estrenada.
–¿Puedo venir a ver los niños de vez en cuando?
–No te lo puedo prohibir, son tus hijos, Carlos.
–Gracias, Lucía.
Y cerró la puerta, dejando atrás los recuerdos de su
encuentro, de su noviazgo, de su boda, de los nacimientos de
José Antonio, de María, de Alberto. Se montó en su coche
sin un destino fijo, solo se sentó al volante y buscó una calle
cualquiera donde poder aparcarlo, donde dejarlo a modo de
única morada. Ese fue su domicilio a partir de aquel día, un
aparcamiento de una plaza esquina con una calle. Su lecho, el
asiento trasero del vehículo, que no volvió a mover durante
un tiempo por no tener siquiera para poder alimentarlo con
un poco de gasolina. Era el techo al que volvía después de
un día buscando cualquier cosa, incluso comida que poder
llevar a sus hijos, en el que caía la noche plagada de humedad
y desesperanza. Así día tras día.
Hasta aquella tarde de invierno en la que al regresar a su
morada, el coche había desaparecido. Solo el hueco, ni siquiera
la señal que se deja sobre el asfalto al retirarlo la grúa. Desde
aquella noche alternaba el albergue con la sala de espera del
354 Jose Acevedo

hospital, o un banco cuando la temperatura no era demasiado


cruel con el anochecer.
Claro que fue alejándose de Lucía, de sus hijos. No podía
acercarse a ellos con aquella cara, con aquella ropa, sin tener
nada que poder llevarles. Pero un día la suerte le cambiaría,
podría acercarse a sus seres queridos cargado de regalos,
compensarles de alguna forma por todo aquel sufrimiento
del que él era el único culpable, pensaba Carlos a modo de
consuelo. Solo le faltaba ser desahuciado de la ilusión, de la
esperanza. Sería lo último por perder.
Pero la luz no se hacía ninguna mañana, ninguna tarde,
ninguna noche. Había perdido a su mujer, a sus tres hijos, su
casa, incluso el coche, que al parecer fue embargado por orden
judicial como consecuencia de las deudas. Al menos eso es lo
que le dijeron.
Pero como a perro flaco todo son pulgas, no quedó la cosa
ahí. Una noche de primavera, de esas en las que dormía a
la intemperie, a unos que pasaban por allí cerca no les dio
por otra cosa que acercarse al banco donde dormía Carlos.
Intentaron robarle sus únicas pertenencias: su manta, la
bolsa en la que guardaba sus últimos objetos personales (un
cepillo de dientes, una vieja maquinilla de afeitar, un par de
pares de calcetines, un par de calzoncillos, una camiseta de
manga larga), su cartera. Cuando Carlos se despertó de forma
repentina intentó oponer la poca resistencia que le quedaba.
En unos instantes se encontró con una navaja atravesándole
la piel. Una mirada perdida, un recordar en un minuto todos
sus años vividos, tanto los buenos como los menos buenos, y
poco más, desangrado como quedó sobre aquel banco de una
plaza cualquiera del centro de la ciudad.
En unos días no tuvo más remedio que volver a cambiar de
domicilio: una caja sin nombre en un rincón del cementerio
Metamorfosis y otros relatos 355

municipal. Ni una sola lágrima fue derramada aquella mañana,


porque no le acompañaron más que dos operarios entregados
a la tarea de enterrarle. Cuando terminaron su trabajo pusieron
una inscripción con un rotulador sobre el nicho blanco:
“Persona sin nombre conocido, llamémosla anónima”. Junto
al epitafio improvisado, unas flores silvestres que ellos mismos
arrancaron del suelo.
Pero por disparatado que pudiera parecer, el perro seguía
enflaqueciendo después de muerto, como si el destino se
hubiera olvidado del resto de las personas y se obcecara
sin límites contra Carlos, sin compasión, sin piedad, sin
misericordia.
En una noche silenciosa, cuando los que habían dejado de
vivir seguían mudos en su sueño eterno, solo se escuchaban
los golpes de un martillo golpeando contra un cincel. Un
ruido acompasado y constante. Abierto el nicho, dos seres
anónimos extrajeron del hueco aquella caja que depositaron
sobre el suelo. Abrieron la tapa y sacaron de su interior los
restos que quedaban en su interior; huyeron con el envoltorio
de madera y dejaron allí en el suelo los desperdicios de lo que
poco tiempo atrás había sido una persona.
Solo quedaba que alguien se apiadara de Carlos, invocara
una oración, o simplemente, que cualquier bestia hambrienta
se cenara los restos de carne que permanecían todavía soldados
a sus huesos.
Los sueños, sueños son

Al despertar le costó trabajo recordar lo sucedido la noche


anterior.
Se encontraba en una pequeña habitación de unos diez o
doce metros cuadrados, a su derecha un escritorio atestado de
libros, con un equipo de música, con una tapa a modo de mesa
desplegada, poco más. Claro que... evocaba a otra de su vida.
Al levantarse de la cama y salir fuera del dormitorio escuchó
una voz conocida que le llegaba desde alguna parte de la
vivienda.
–¿Quieres desayunar, Carlos?
Su padre leyendo el periódico sobre la amplia mesa de tapa
de mármol. Es lo que hacía todos los sábados y domingos
antes de que perdiera la vista casi por completo.
La figura de su madre acercándose hasta él y dándole un
beso de buenos días.
–Carlos, te ha llamado Cristina.
–¿Quién?
–Cristina, tu novia.
Tomó un café de los que siempre le había preparado su
madre. Unas cucharadas de café soluble sobre un grueso vaso
de vidrio lleno de agua que después calentaba durante un par
de minutos en el microondas. Mientras, intentaba aclarar su
mente, ordenar sus ideas antes de poder poner en pie cualquier
conversación. Sabía que algo había pasado la noche anterior,
pero no recordaba qué. Reconocía aquella casa en la que había
vivido durante su adolescencia y juventud. Por supuesto,
también a sus padres. Pero detectaba en su cabeza una brecha
360 Jose Acevedo

temporal que se le escapaba por completo. Estaba seguro de


que no se había acostado en aquella cama la noche anterior,
aquella realidad era suya, pero de una época pasada, bastante
anterior en el tiempo.
Se planteó organizar cosas durante los siguientes minutos,
cuestionar los últimos instantes que estaba viviendo en
presente, aunque fueran pertenecientes a momentos pasados,
pero para sí mismo, en voz baja, intentando no levantar
sospechar, alarmar a sus padres con sus preguntas. Aunque
pudieran ocurrírsele miles. De todas podría anticipar sus
respuestas. Así que mejor dejarse llevar por la realidad de aquel
día, que no era nueva, sino una vuelta a un pasado anterior
que tenía que averiguar por sí mismo. De lo que no tenía ni
idea era de cómo había hecho esa regresión en el tiempo, a
consecuencia de qué mecanismo.
–Papá, ¿qué día es hoy?
–Sábado, ¿por qué?
–Por nada, puede que bebiera ayer demasiado. He dormido
mal.
La vivienda tal y como la recordaba de siempre. Tal y como
sigue siendo hoy día, salvo que sus padres eran muchos años
más jóvenes.
–Son cerca de las dos, ¿quieres que nos tomemos una
cerveza, Carlos?
–Deja que me duche y me vista, papá.
–Te espero en el bar si quieres.
–En un rato estoy allí.
Antes de tomar una ducha se dio cuenta de una cosa, allí en
la cocina. En el almanaque colgado de la pared, un año, 1985,
un mes, marzo... Podría ser 2, o 9, o 16, o 23, o 30. Cualquiera
de los cinco sábados de aquel mes de marzo de 1985.
En el espejo del cuarto de baño su imagen también era
Metamorfosis y otros relatos 361

mucho más joven que la que recordaba, aunque sin duda era la
suya. Nada más salir del aseo volvió a sonar el teléfono.
–Carlos, es para ti.
–¿Sí?
–¿No pensabas llamarme, o qué?
–Perdona, pero acabo de levantarme.
–¿Quedamos esta tarde?
–Pues –una larga pausa, como no queriendo decir un
nombre concreto por miedo a equivocarse, decir algo que
pudiera comprometerle del todo al no reconocer aquella voz
que le hablaba con tanta familiaridad y cercanía desde el otro
lado– creo que como siempre.
–Te noto un poco raro, Carlos. ¿Te pasa algo?
–Nada en particular, me acabo de levantar. Bueno, ¿dónde
nos vemos?
–Donde siempre, Carlos. En la parada del autobús.
–Vale, es por si querías cambiar de sitio.
–Llevamos quedando en la parada desde hace un año,
qué sentido tendría cambiar ahora. Allí a las siete. Pero estás
extraño, cariño.
–Quédate tranquila, nos vemos luego.
–Hasta luego, Carlos.
Fue cuando empezaron a regresar a su mente determinados
momentos pasados. Lo de quedar en la parada del autobús
solo podía venir de una persona. Haciendo memoria recordó
que había conocido a Cristina en casa de su amigo Antonio,
debió de ser una tarde de sábado de 1984. Carlos se quedó
un poco pillado por ella nada más verla, por lo que decidió
dar un paso adelante, intentar conquistarla de alguna forma.
Le pidió su número de teléfono, quedaron en algunas
ocasiones, pero sin llegar a lanzarse del todo hasta una noche
en el cine, mientras en la pantalla proyectaban La noche más
362 Jose Acevedo

hermosa, cuando sentada a su derecha cogió su mano como


símbolo de acercamiento. Solo ese gesto. Nada más salir de la
sala de proyección siguieron cogidos de la mano en un paseo
por aquella ciudad que comenzaba a respirar primavera. Fue
minutos después, compartiendo una cerveza en uno de sus
bares habituales, cuando Carlos le confesó sus sentimientos,
decidiendo darse una oportunidad. No tenían nada que
perder. Pero eran otros tiempos, los jóvenes de entonces no
eran como los de ahora. Muchos paseos por la ciudad después
de quedar siempre en el mismo lugar de encuentro, la parada
de la línea 12 en la plaza de la Encarnación, justo donde hoy
se encuentra el Espacio Metrosol Parasol. Pero llegaron poco
más allá de los besos, de alguna caricia, a pesar de los intentos
siempre fallidos de Carlos por avanzar en la relación. Intentos
que no sabemos si se quedaron simplemente en su imaginación
o fueron puestos encima de la mesa. Siempre pensó que a
Cristina no le convencía del todo aquella relación, como si no
fuera más que un entretenimiento, un encuentro intelectual
entre dos personas que podían pasar largas horas conversando
sobre innumerables temas comunes: filosofía, cine, música,
la vida misma... Pero más allá de la atracción mental, de las
palabras compartidas, de los nimios gestos de cariño, los
cuerpos de Carlos y Cristina apenas llegaron a encontrarse del
todo. Escasos meses después de aquel comienzo, Cristina le
confesaba sus sentimientos por una tercera persona por la que
sí se sentía atraída. Ahí se acabó todo. Aquello sucedió una tarde
de sábado del mes de marzo de 1985, posiblemente una tarde
como esta en la que volverían a encontrarse, en la que Carlos
debía enfrentarse a la misma realidad casi treinta años después,
como una reiteración de despedidas que no pueden conducir
a ninguna parte, o tal vez la posibilidad de cambiar el destino
de su vida, el que le desvió de Cristina hacia otros horizontes.
Metamorfosis y otros relatos 363

El porqué hoy no lo sabemos, o no queremos saberlo, o mejor


callarlo hasta su desenlace final. Despertar en la casa de sus
padres, en la cama en la que había dormido muchos años antes
de independizarse del todo una década más tarde. Su vida era
tan diferente en su presente... Pero Carlos no puede recordarla
en este ejercicio de regresión inesperado, involuntario. Pero así
es la vida, repleta de sorpresas y de vericuetos que nos acercan
y nos alejan de nuestros anhelos, de nuestros sentimientos, de
nuestros deseos, que juega con nosotros aunque solo sea por
un día, por un mes, por toda la eternidad, por un mal recuerdo
o por un pérfido sueño.
Pero ahí estaba Carlos, saliendo de casa de sus padres
aquella tarde de sábado, media hora antes de la cita, como lo
había hecho tantas veces hacía tanto tiempo, recordando una
y otra vez aquel último encuentro con Cristina de hacía casi
treinta años, pero olvidando por completo su noche anterior,
las tres décadas de su vida después de ella, enfrentándose de
nuevo a un momento repetido de su vida. Atravesó la calle
Arroyo hasta alcanzar María Auxiliadora, cruzó la ronda y
se adentró en las callejuelas que daban acceso al centro de la
ciudad. Calle Muñoz Terrero, Pinto, Escuelas Pías, Ponce de
León, Almirante Apodaca, Imagen. Los mismos espacios de
entonces, tal y como los podía recordar de cuando era aún
joven. Hasta alcanzar la plaza de la Encarnación, tan distinta
a la que hoy nos puede ofrecer la ciudad. Entonces recordó el
lugar de encuentro: parada del autobús, línea 12. Cristina no
había llegado todavía.
Pocos minutos después vio acercarse el autobús. Cristina
descendió de él, tal y como la recordaba. Nunca volvió a
verla desde entonces; bueno, sí, una sola vez en la siguiente
Nochevieja, pero esa es otra historia que no tiene nada que ver
con esta.
364 Jose Acevedo

Cristina le atrajo hacia sí y le dio un cálido beso en sus labios.


Le miró directamente a los ojos y le preguntó:
–¿Qué te ocurre, Carlos?
Carlos le sonrió, sin atreverse a confesarle lo que bullía en
su cabeza. Poder decirle cara a cara: “¿Te acuerdas, Cristina?
Hace treinta años, cuando una tarde como la de hoy me dijiste:
‘Lo siento, Carlos, pero mejor dejarlo, hay otra persona en mi
vida, seguir contigo sería engañarte, y no quiero hacerlo’”. No
se lo dijo. Se dejó llevar por el momento reiterado para poder
comprobar adónde le conducía, si es que le llevaba a alguna
parte concreta.
–Nada, Cristina. ¿Dónde quieres ir?
–Donde quieras llevarme, Carlos.
Y se cogieron de la mano como en uno de sus paseos de
entonces. Calle Puente y Pellón, Lineros, Francos, Argote de
Molina, Alemanes, plaza Virgen de los Reyes, plaza del Triunfo,
Miguel de Mañara, plaza de la Contratación, San Gregorio.
Entraron en su bar habitual, pidieron un par de cervezas y
se sentaron en una de las mesas más apartadas. Sin desunir
sus manos ella comenzó a hablarle de forma directa y clara.
Él no recordaba la conversación de entonces, pero estaba
convencido de que no fue así.
–Carlos, quería decirte una cosa...
–Lo que vas a decirme lo sé.
–Qué listo eres siempre, cariño... Dime, qué sabes.
–Sé que me vas a dejar. Sé que hay otra persona en tu vida.
No te voy a recordar el nombre, tú lo sabes mejor que yo. No
estás convencida de lo nuestro y nunca has llegado a estarlo.
No sé, pero me da la impresión de que lo que tú sientes por
mí es una mera atracción intelectual. Te gusta que te hable,
que te cuente cosas. Tal vez la otra persona no sea así, pero
te sientes atraída por ella, y contra eso no puedo hacer nada.
Metamorfosis y otros relatos 365

Esto es como un sueño que se hace realidad en un momento


determinado y se repite cada cierto tiempo. Por eso lo sé, como
si lo hubiera vivido antes. Ahora vuelve, como dándome otra
oportunidad, pero con un final idéntico...
–No sé de qué me estás hablando, Carlos. ¿Me dejas que te
cuente?
–Cuéntame lo que quieras, Cristina.
–Mira, Carlos. Es cierto que tal vez yo no haya sido lo que
esperabas. Tengo la sensación de que querías algo más de mí.
No te lo niego. Tal vez me pienso demasiado las cosas. Pero
no es porque haya otra persona. Eres un imbécil. No es por
nadie, es por mí. Pero durante todo este tiempo no he dejado
de pensar en nosotros. En la posibilidad de que lo nuestro
pudiera tener algún tipo de futuro. No sé si lo tengo hoy más
claro, pero creo que sí.
–¿Qué tienes más claro?
–Déjame terminar, después me dices lo que tú quieras.
–Perdona, ya me conoces.
–Cállate, joder. Al principio creí que no era más que un
capricho. Una simple atracción... intelectual, como tú dices.
Incluso, nunca me he fiado de ti...
–Pero ¿por qué, mujer?
–Déjame hablar, coño.
–Perdón.
–Tampoco he tenido nunca claro que tú quisieras algo
conmigo. Sé que hay otra persona por ahí, pero está lejos de
aquí y juego con ventaja por tenerte más cerca. Me daba miedo
implicarme en nosotros para que un día tú salieras huyendo y
me dejaras tirada. Me da pánico que me hagas sufrir, que me
hagas daño, que puedas ser cruel conmigo.
Mientras Carlos escuchaba todo aquello, pensaba en otro
nombre, en la otra persona que había nombrado Cristina sin
366 Jose Acevedo

decir su nombre. Le vino a la memoria la historia de Anabel,


la chica de la que estaba realmente enamorado por entonces.
Pero vivía tan lejos que pensó darse una oportunidad con
Cristina. Era cierto: cuando ella, treinta años atrás, le dejó por
otro, salió corriendo en busca de Anabel, aunque estuviera
a muchos kilómetros de distancia. Pero también Cristina
le gustaba, quién sabe si no podía enamorarse de ella por
completo, poder olvidar a Anabel algún día. Pero es cierto
también que aquella conversación era muy diferente de la
de entonces, de la que tuvieron una misma tarde de sábado
de 1985. Lo que no sabía era a qué venía aquella reiteración
de momentos con contenidos diferentes, ¿con final también
distinto? Quién sabe.
–Pero a pesar de mis temores he decidido una cosa, Carlos.
Entonces ella le cogió la mano, la apretó con fuerza, le miró
directamente a los ojos y le dijo:
–Escúchame con atención, Carlos. No hables, déjame
terminar. He decidido darnos una oportunidad. Confiaré en
lo nuestro. Quiero estar contigo, dure lo que tenga que durar...
¿Ves como estabas muy equivocado con lo que me decías? Voy
a luchar por nosotros, Carlos. Ahora, llévame a un sitio donde
podamos tener algo más de intimidad.
Carlos pensó en aquellas palabras, en sus consecuencias, en
lo que fue y no pudo ser, en lo que era entonces, como si
el destino le estuviera deparando una segunda oportunidad.
Como si el destino estuviera jugando de nuevo con él, hasta
cuándo. Pero se había prometido dejarse llevar, hasta donde
los acontecimientos de aquel día les condujeran.
–Gracias, Cristina. Intentaré no decepcionarte.
Pagaron y salieron del bar. En la misma puerta la abrazó y
la besó como si se tratase de la primera vez. Como si fuese
también la única vez. También la última. La volvió a coger de
Metamorfosis y otros relatos 367

la mano y se la llevó a un pub que conocía, un lugar oscuro,


con pequeños reservados, que posiblemente a aquellas horas
estaba vacío.
Cuando llegaron a la puerta, solo le preguntó:
–¿De verdad que quieres un poco de intimidad conmigo?
–Lo que tú quieras. Ya te he dicho que no te pondría ninguna
traba.
En el interior solo esperaron que llegara el camarero. Que
les sirviera otro par de cervezas antes de sentarse en un lugar
bastante apartado, un poco oscuro. Uno de esos lugares
ideados para que las parejas jóvenes puedan tener su momento
de cercanía cuando no disponían de otro, por la edad, por el
dinero, por las circunstancias.
Uno frente a otro se miraron, se acariciaron, primero sobre la
misma ropa, después buscando la piel que se escondía debajo,
no dejaron de besarse, sin decirse nada en ningún momento.
Solo hablaban sus cuerpos, hasta verla bajar sus bragas, levantar
el vuelo de su vestido amplio, bajarle la cremallera del pantalón
a Carlos, sacar su miembro en plena ebullición, sentarse sobre
el cuerpo de Carlos y sentirle dentro de ella hasta el final, sin
soltarse durante todo el tiempo que duraron aquellos años de
espera.
Y después pasearon toda la noche por la ciudad, como no
queriendo que regresara el día. Pero cada uno dormía donde
tenía que dormir. A cierta hora cada uno cogió su camino de
vuelta a casa. Se despidieron como si fuera la última vez.
–Gracias, Cristina.
–No me des las gracias, Carlos. Mañana volveremos a
vernos, y pasado, y espero que muchos más días. Esto no ha
hecho más que empezar para nosotros.
Carlos volvió a casa de sus padres. Se desnudó y se tumbó
sobre la que un día fue su cama. Triste, nostálgico, melancólico.
368 Jose Acevedo

Estaba convencido de lo que iba a pasar, por eso no quería


cerrar los ojos, no quería que el sueño se pudiese llevar los
momentos vividos aquella tarde. Su vida era ahora otra, había
vuelto a su pasado para corregir un momento concreto, pero
aquella no era su existencia actual. Lo sabía, era consciente
de ello. No recordaba cómo podría ser, pero existir, existía...
Cristina tendría entonces cuarenta y tantos años, y posiblemente
una vida hecha, igual que él.
Se consoló con el recuerdo, con evocar aquellas horas junto
a ella.
A la mañana siguiente su cama había crecido, la habitación
era diferente, al igual que la casa. Sus padres tampoco estaban.
Frente al espejo las consecuencias de la edad eran visibles. En
el almanaque de la cocina marcaba una fecha diferente, 2014,
mayo.
Sobre las sábanas revueltas Carlos no se percató del origen
de aquella regresión a su pasado. Había pasado la mayor parte
de la noche leyendo Al sur de la frontera, al oeste del sol, donde
a su protagonista, Hajime, como al propio Carlos, el destino
le ponía por delante el regreso a un pasado que no había
conseguido olvidar a pesar de los años, como si se tratase de
un sueño, pero la vida es sueño, y los sueños, sueños son.
Respirando normalidad

La cámara se fijó en aquella ciudad, pero lo podía haber


hecho en cualquier otra, cercana o lejana. Al parecer, los
acontecimientos que llegó a filmar no diferían en mucho en
las sociedades contemporáneas, al menos esa era la noticia que
circulaba a través de los canales habituales de información,
que no eran tantos tampoco. La opacidad en la comunicación
era una práctica habitual. ¿Con qué finalidad? Eso sí que
no llegamos a comprenderlo, aunque podamos imaginarlo.
Imaginadlo, vosotros que sois espectadores neutrales, pero
con conciencia de esta película.
Y lo primero que le llamó la atención a la cámara, tal vez por
eso se puso a trabajar, tal vez por eso reparó en aquella existencia
y no en otra, fue cómo la imagen proyectada por aquella
ciudad, llamémosla Y, había cambiado tan repentinamente en
cuestión de tan pocos días.
En un momento determinado, debía de ser mediodía por
la luz del sol, el objetivo nos iba mostrando una metrópoli
bulliciosa, de personas normales, como cualquiera de nosotros,
que deambulaban de un lugar para otro. De vehículos de
todo tipo que llenaban sus calles. De comercios esperando
la entrada de los clientes. De parques que florecían ante la
entrada de la primavera. Mercados, bares, tiendas, oficinas,
inmuebles, fábricas, jardines, bancos, escuelas..., lugares
cuyas singularidades mostraban para qué fueron concebidos.
Ofrecer, compartir, vender, trabajar, vivir, construir, pasear,
robar, enseñar... Una ciudad con vida, vamos. Como ya he
comentado antes, como otra ciudad cualquiera.
372 Jose Acevedo

Pero según las informaciones que empezaron a llegarnos de


Y, se barruntaba en su ambiente una grave crisis económica.
Al parecer, en el afán egoísta de aquellas personas que las
gobernaban, que constituían sus poderes fundamentales,
optaron por el interés particular frente al general, saquearon las
empresas, los bancos, las cuentas públicas, y las consecuencias
no se habían hecho esperar: el desempleo empezó a proliferar,
sobre todo entre la población mayoritaria, y con el paro, sus
consecuencias. La pobreza se iba extendiendo a la mayor
parte de sus ciudadanos. Es por ello por lo que la visión que
nos devolvía la ciudad a través de nuestra cámara empezó
a transformarse por días. Personas rebuscando entre los
contenedores de basura, mendigando en las calles sin importar
la edad, robando alimentos en las tiendas con tal de conquistar
una barra de pan o un litro de leche con la que engañar su
estómago. O haciendo colas interminables en las puertas de
las iglesias, o de los propios colegios, donde los pequeños
habían perdido la ilusión por su futuro y solo pensaban en un
comedor donde les proveían de unos macarrones con tomate,
de un filete de pollo, de un yogur.
La ciudad en sí había ido generando una especie de mitosis,
un estrato de población nueva y diferente, completamente
desconocida hasta entonces, que iba creciendo hasta hacerse
mayoritaria, que necesitaba de la otra para poder sobrevivir, y
de la que iba distanciándose cada vez más a pesar de su origen
común. Una población A y una población B.
Era indudable que aquel suceso no parecía ser un hecho
aislado, pasajero, que amanecería un nuevo día en cualquier
momento y todo volvería a la normalidad, porque la población
B fue haciéndose notar con más fuerza, con más virulencia
con el paso del tiempo. No se podía tener a los ciudadanos sin
trabajo de forma prolongada, sin calefacción cuando llegaba
Metamorfosis y otros relatos 373

el invierno, sin dinero para comprar los libros de los pequeños


cuando se acercara de nuevo septiembre y el comienzo del
curso escolar, sin electricidad, sin comida en los frigoríficos
o en las despensas, sin medicamentos con los que aliviar los
males que se propagaban sin duda por las mismas causas.
Mucho menos cuando tenían ojos para ver como la población
A mantenía sus mismos hábitos, aunque con el miedo evidente
de levantarse una mañana convertido en B. El conflicto podía
estallar en cualquier momento. El miedo se iba extendiendo a
todos los niveles, incluso entre las clases gobernantes.
Había que tomar decisiones. Prevenir el estallido definitivo.
Posiblemente sería por eso que un día la cámara, fija siempre
en la realidad de aquella sociedad dividida, dejó de exhibir
imágenes de la población B. No porque la cámara las obviara,
aquella lente no disponía de libre albedrío para decidir qué
representaciones captaba o cuáles no. Simplemente, porque
dejaron de hacerse visibles. Buscando una explicación, el
objetivo se fijó en una fábrica o almacén que hasta entonces
no se había hecho palpable, como si no hubiera existido
hasta aquel mismo día, o hubiera estado oculta esperando un
momento ideal para darle un objetivo concreto. Aquella recién
estrenada fábrica almacén tenía un diminuto cartel justo sobre
la puerta de entrada. Solo era cuestión de acercar el zoom para
poder leerlo: “Planta de reciclaje”. Hasta ella fueron llegando
cientos de vehículos colectivos donde transportaban personas.
Las veíamos bajar, escoltadas por la policía, incluso por los
militares, y perderlas de vista penetrando a través de aquella
puerta. Viendo las dos realidades no podíamos formular una
hipótesis que difiriera mucho de la siguiente: la población B,
en previsión de una revuelta, de un conflicto mayor, estaba
siendo trasladada desde la ciudad hasta aquella planta de
reciclaje. ¿Con qué intención u objetivo? Todavía no tenemos
374 Jose Acevedo

elementos de juicio suficientes para encontrar una explicación.


Lo cierto es que la ciudad volvió a la normalidad. Las colas, los
mendigos, los robos..., todo aquello desapareció de repente. La
imagen ingrata de B fue exterminada de las calles, extinguida,
aniquilada, suprimida, eliminada, erradicada. La población A
volvió a respirar tranquila. Incluso parecían volver a sonreír.
Aun así la cámara seguía firme en su propósito, incluso más
que antes. Parecía llamarle la atención el silencio de aquella
planta de reciclaje rodeada por sus cuatro esquinas por policías
y militares. La intención de las autoridades de recluir entre
aquellas cuatro paredes a la población B. Su propósito, su
deseo, su voluntad, su intención, su objetivo, su finalidad, su
idea, su plan. Fija en aquella puerta de entrada, esperaba algún
tipo de movimiento. Hasta que un día lo encontró.
Los mismos transportes colectivos fueron estacionados una
mañana a las puertas de la planta de reciclaje. Las personas que
habían sido conducidas hasta allí empezaron a salir y montar
en los autobuses, en las furgonetas, en los camiones. Aquel
convoy haciendo el camino inverso un día muy de madrugada,
como aprovechando que la población A seguía durmiendo,
seguía ignorando los acontecimientos que la rodeaban, con
los que tendría que enfrentarse nada más despertar a la nueva
jornada de trabajo.
Una vez en la ciudad, aquellos transportes iban dejando a
grupos de quince o veinte personas en las puertas de ciertos
locales. Evidentemente, sin perder en ningún momento la
vigilancia policial. Por si acaso. Un grupo aquí, otro más allá,
así hasta que los autobuses, las furgonetas y los camiones
se vaciaron por completo y regresaron adonde tuvieran que
hacerlo. Aquello sí daba lo mismo.
Al despertar la ciudad, la población A se dio cuenta
inmediatamente de los cambios producidos durante la noche
Metamorfosis y otros relatos 375

anterior. Cientos de nuevos negocios habían fermentado de


la noche a la mañana, todos con la misma rúbrica: alquiler
de personas. Como aquellas tiendas de animales donde la
población en su conjunto iba a comprar un perro, un pájaro,
un gato, o peces. Igual, limpios y adecentados detrás del
escaparate. No importaba edad, ni sexo. La distribución había
sido hecha teniendo en cuenta las cualidades profesionales
de cada una de las personas: jardineros, limpieza, cocineros,
albañiles, fontaneros, electricistas, camareros, médicos,
abogados, psicólogos, ingenieros, economistas... Incluso un
escaparate adornado con una tenue luz rojiza anunciando el
alquiler de personas de compañía.
Al parecer la idea de los gobernantes fue simple. Reprogramar
las cualidades de las personas que formaban la población B, de
tal forma que tuvieran alguna utilidad para la población A. Si A
necesitaba de un jardinero, iban a la tienda correspondiente y lo
alquilaban por el tiempo necesario: recortar los setos, el césped,
regar, adecentar los arriates, podar algún limonero o naranjo.
Tantas horas de faena, a X de salario, más las retenciones
legales, más el beneficio del empresario que apostaba por
un oficio determinado. Hasta que, terminado su trabajo, era
devuelto a su escaparate esperando una nueva oportunidad.
Y así con todos los oficios pensables e imaginables: limpieza,
cocineros, albañiles, fontaneros, electricistas, camareros,
médicos, abogados, psicólogos, ingenieros, economistas...
Hasta las personas de compañía, cuyos servicios iban desde
acompañar a una persona a una cena, una simple conversación
para mitigar la soledad, o la propia actividad sexual, que podía
realizarse a domicilio, en un hotel, en un coche, o en una
pequeña habitación de la que disponía el propio comercio
encargado del alquiler de estas personas de compañía. En
función de los servicios contratados, una tarifa determinada.
376 Jose Acevedo

Acompañamiento, X. Conversación, Y. Beso, Z. Felación, W.


Penetración, V. Hasta completar una larga lista de precios,
incluyendo todas las actividades pensables e impensables que
podían tener la consideración de “compañía”.
De la misma forma que proliferaron estos negocios, las calles
seguían limpias de todo cuanto era considerado afeamiento de
su aspecto exterior. Se dejó de ver en las calles a la población B
tal y como había surgido en su origen, ese desdoblamiento del
conjunto que había dividido Y en dos mitades contrapuestas,
A y B. Y se había convertido en A y en C, población reciclada.
La cámara estaba tan sorprendida por aquel nuevo
estilo de vida desconocido, que no perdía ojo de cuantos
acontecimientos pudieran producirse en Y. Veinticuatro sobre
veinticuatro horas de grabación. Atenta en todo momento,
no solo a los movimientos de la calle, sino también a lo
que pudiera ocurrir en los nuevos negocios, en la planta de
reciclaje. Como si se hiciera cientos de preguntas en silencio,
a las que procuraba dar respuesta mediante sus imágenes.
¿Qué oficios eran los más demandados? ¿Y los que menos?
¿Cuál era el perfil de los contratantes de los servicios? ¿El
alquiler de personas recicladas estaba investido de un halo
de solidaridad ciudadana, o solo obtener un servicio a un
precio asequible? ¿La planta de reciclaje seguía trabajando?...
Claro que aquella idea de los gobernantes había resuelto un
problema estético, pero había generado otros. Sobre todo, qué
había ocurrido con aquellos jardineros, con aquel personal de
limpieza, con aquellos cocineros, con aquellos albañiles, con
aquellos fontaneros, con aquellos electricistas, con aquellos
camareros, con aquellos médicos, con aquellos abogados, con
aquellos psicólogos, con aquellos ingenieros, con aquellos
economistas o con aquel personal de compañía, que en su
origen no traspasaron la línea divisoria entre A y B. Estaba
Metamorfosis y otros relatos 377

claro que, en una sociedad de mercado como Y, quien no se


adaptaba a la libre competencia, traspasaba las fronteras de
una letra a la otra. Muchas personas perdieron su empleo con
aquella nueva competencia, se convirtieron irremediablemente
en B de la noche a la mañana, fueron trasladadas a la planta
de reciclaje, donde en unos días eran adaptadas a las nuevas
necesidades imperantes en Y. Todo era cuestión de oferta y
demanda, estaba claro.
Podríamos pensar que de aquella planificación tendrían
que surgir de pronto excedentes. Pues como en todas las
sociedades contemporáneas. Oficios que desaparecían, exceso
de mano de obra en una profesión, o personas que por un
motivo u otro no eran alquiladas. Porque el precio era alto,
porque no había demanda, porque no se había adaptado
a su nuevo oficio, o por lo que fuera. Nos llegó incluso la
información de que había personas que antes de salir a buscar
ayuda tras haber perdido su trabajo por la competencia de la
población reciclada, preferían acabar con su vida. Las tasas de
suicidio se dispararon. Aunque en un principio aquel dato se
ocultó por estética, llegó un momento en que era imposible
no sacarlo a la luz: los muertos olían, el oficio de enterrador
se convirtió en uno de los más demandados, familiares
denunciaban desapariciones... Indicadores todos que alertaban
sobre la certeza de aquella hipótesis. Hasta los gobernantes se
llegaron a vanagloriar en un momento dado, su plan era una
forma de controlar el crecimiento poblacional, de ajustar el
número de habitantes a las necesidades reales de Y, aunque no
fuera su objetivo a priori. Bueno, eso dirían, pero quién sabe
cuáles son las finalidades de los políticos que gobiernan las
sociedades contemporáneas, son políticos y gobernantes, dirán
lo que quieran, pero no siempre confesarán sus verdaderas
intenciones.
378 Jose Acevedo

Pero seguía habiendo excedentes a pesar de los abandonos


voluntarios. A pesar de los reiterados reciclajes que llegaron
a hacer. De los múltiples oficios que se llegaron a inventar
con tal de buscar nuevas fuentes de empleo. Era llevar
la especialización hasta extremos insospechados, incluso
ridículos para una persona coherente en su pensamiento, con
independencia de cuál fuese su ideología. Por ejemplo, dentro
de las personas que se habían dedicado a la jardinería, se
podían alquilar quienes plantaban árboles frutales en función
del fruto, o flores en función del color, o del olor. O dentro
de las personas que se alquilaban para practicar sexo, se llegó
a crear el oficio de feladores de penes, feladores de pechos,
feladores vaginales, feladores anales, o incluso penetradores
de todo tipo.
Pero Y no daba para tanto, la población A no era capaz
de mantener a la población C, por mucho que bajaran los
salarios. Una había crecido en tal proporción a la otra, una
se había enriquecido tanto en relación a la otra... Pero era
libre mercado, era cuestión de adaptarse o morir. No era
un lema visible, pero invisiblemente impuesto a todas luces.
A toda costa, por cuestión de Estado probablemente. Fue
entonces, cuando los gobernantes de Y tuvieron que diseñar
una segunda fase en su plan de control y reciclaje. Creo que
le llamaron Plan de Estabilidad Poblacional. Se valoraba el
rendimiento de cada uno de los oficios, la demanda, el tiempo
que mediaba entre la llegada al escaparate y el primer contrato,
la reiteración de arrendamientos. Todo llegó a ser calculado
en cuestión monetaria. De tal forma que cuando el reciclaje
dejaba en muchos casos de convertirse en solución, en un
rincón más apartado de la superficie de Y, llegaron a construir
lo que denominaron “planta de incineración”. Allí fueron
trasladados una noche los inadaptados, los excedentes, los que
Metamorfosis y otros relatos 379

podían poner en grave riesgo la armonía social y económica


de Y. Su objetivo era este, su finalidad era evidente. No era
necesaria una descripción pormenorizada de las actividades
que se desarrollaban en aquella planta de incineración.
En pocos meses, la ciudad volvió a respirar la normalidad
de su inicio.
Transferencias de sueños

La noticia había corrido como la pólvora.


La cámara 1 devolvía la siguiente imagen: miles de personas
hacían una cola silenciosa a las puertas de un edificio oficial.
Mujeres, hombres, familias enteras con niños, mayores,
jóvenes..., pero todos ellos permanecían callados, esperando
una respuesta a la llamada pública lanzada por el gobierno de
la ciudad la tarde anterior.
A continuación, la misma cámara 1 se fijaba directamente
en un letrero situado en un lugar visible a la entrada de la
edificación:

AGENCIA PÚBLICA PARA


LA TRANSFERENCIA DE SUEÑOS

 
Un poco más abajo, otro rótulo impreso en papel blanco
con la siguiente inscripción:

CONSULTA Y TRATAMIENTO GRATUITO


HORARIO DE ATENCIÓN DE 10:00 A 20:00
------¦-----
SE ATENDERÁ POR ORDEN DE LLEGADA
  (no se requiere cita previa)
384 Jose Acevedo

Aún faltaba más de una hora y los parques, en los que


dormían muchas personas a la intemperie todos los días,
se habían quedado despoblados, las aulas de los colegios
prácticamente vacías, muchos comercios habían tomado la
decisión de no abrir sus puertas aquella mañana expectantes
por la noticia.
La cámara 2 nos conducía al interior del edificio gubernativo,
donde podíamos ver al gobernador de la ciudad, acompañado
de sus ministros, supervisando las instalaciones. Unos veinte
mostradores dispuestos, donde los ciudadanos podían
inscribir sus datos personales en un cuestionario, marcando
a continuación las necesidades de cada uno de ellos con una
cruz.
386 Jose Acevedo

Una vez cumplimentado el cuestionario por los habitantes de


la ciudad, se les hacía pasar a un amplio patio en el que debían
esperar antes de ser nombrados para recibir el tratamiento
prescrito en función de las necesidades marcadas. La cámara 2
nos lo enseñaba, con sus cientos de sillas aún vacías.
La megafonía les iría indicando a continuación el nombre
y el número de consulta a la que deberían dirigirse cada uno
de ellos: “Fulanito X, consulta número 44”, “Fulanita Ñ,
consulta número 27”, “Fulanito Y, consulta número 13”... Así
hasta un total de sesenta consultas, distribuidas por toda la
superficie del inmueble, que el gobierno había considerado
como suficientes atendiendo a la demanda que había previsto
según sus cálculos, o siguiendo las estadísticas oficiales.
El mensaje del gobierno de la ciudad, publicado en la prensa
del día anterior y leído por el ministro portavoz durante los
informativos, había sido muy claro:

Queridos ciudadanos:
Conscientes como somos de las necesidades que atraviesan
nuestros ciudadanos en estos tiempos difíciles, hemos trabajado
arduamente en buscar soluciones definitivas para resolver
vuestros problemas.
Con el apoyo de un gran equipo de médicos y de psicólogos, y
el respaldo de todo el gobierno, hemos ideado la fórmula de los
sueños como garantía para conseguir un mañana mejor.
Confiamos en los resultados plenamente, y en vuestra
comprensión, materializada en el apoyo a nuestros esfuerzos
realizados únicamente en interés de la ciudadanía.
Solamente os pido, como gobernador de esta ciudad, toda
vuestra colaboración más sincera.
A partir de mañana, en el nuevo edificio habilitado junto al
parque de la Libertad, en horario ininterrumpido de 10:00 a 22:00,
os espero para cumplir vuestros sueños, que son también los míos.
Con mis mejores deseos de futuro, que son también los de
mi gobierno, os mando un abrazo cordial.
M (el gobernador)
Metamorfosis y otros relatos 387

Ahí estaba la cámara 2 de nuevo, adentrándose en una de


las consultas, en la que el gobernador de la ciudad, seguido de
sus ministros, atendía las indicaciones y explicaciones de los
especialistas en transferencias de sueños. Un pequeño armario
lleno de bandejas con tarros numerados (del 1 al 16), una mesa
pequeña con un portalápices y algunas libretas, una silla, una
camilla. Predominando siempre el color blanco. Cada uno de
los despachos numerados del 1 al 60.
Eran las 10:00 cuando la puerta acristalada de acceso al
edificio abrió puntualmente sus puertas, y ahí estaba la cámara
1 proyectando las imágenes de aquella multitud silenciosa
adentrándose en las entrañas de los sueños, de las necesidades
por resolver, de la esperanza para la mayor parte de la
ciudadanía, del desafecto de las sedes y de los procedimientos
burocráticos también. Así durante diez horas consecutivas,
en las que no cesó el infinito peregrinar de aquellas personas
sedientas de unas horas de ilusión al menos. Durante otras
diez al día siguiente, y al otro, y al otro, y al otro, hasta que
no quedó ni un ciudadano en busca de su sueño merecido;
a continuación regresaban a su casa, si es que no la habían
perdido, a su trabajo si es que aún lo conservaban, a su parque, a
su deambular sin sentido desde un extremo a otro de la ciudad,
y la rutina, perdida durante aquellos días de vacunación masiva,
volvía a imponerse en sus veinticuatro horas de existencia.
Pero como los sueños, sueños son, las personas fantasearon
con recuperar su empleo o con encontrar uno nuevo; con que
volvían a hacer al menos tres comidas diarias; con estrenar,
aunque fuera unos pantalones vaqueros; con no tener que
volver a coger una garrafa vacía e ir al parque más cercano
a llenarla de agua potable; con que recuperaban su vivienda;
con que disponían de una aspirina que les había recetado el
médico para prevenir sus problemas cardiacos; con que podían
388 Jose Acevedo

volver a jugar aunque fuese con una pelota de trapo; con que
volvían a hacer el amor porque no recordaban cuándo había
sido la última vez; incluso fantasearon con que habían vuelto a
recuperar la fe en su dios... Pero era eso, la ilusión de recuperar
lo que un día fueron en sus tiempos pasados, lo que habían
imaginado durante tantas noches de insomnio.
Días más tarde, los anhelos de un trabajo remunerado,
de una alimentación básica, de ropa, de dinero para pagos
urgentes, de vivienda, de poder desplazarse fuera de la ciudad,
de enseres para la vivienda, de medicamentos básicos, de
atención médica, de atención psicológica, de juguetes para los
menores, de atención religiosa, de atención sexual, de aplazar
el pago de los impuestos, de libros y material escolar, de
productos de limpieza, todos ellos se desvanecieron.
El desasosiego volvió a cundir entre aquellos ciudadanos
que seguían subsistiendo, otros no tuvieron tan buena o tan
mala suerte, según se mire. También entre los gobernantes
de la ciudad comenzó a cundir la desazón, incapaces como
se sentían para encontrar remedio a las necesidades de sus
vecinos.
Se hizo el silencio durante un tiempo. Unos a la espera de
un milagro, los otros aguardando una solución que remediara
el desplome que las encuestas vaticinaban en las próximas
elecciones, cada vez más cercanas. 
Ningún comunicado, ninguna nota oficial, ninguna
entrevista, ninguna imagen en los medios. Como encerrados
en sus despachos a cal y canto en busca de una utopía realizable
a un coste razonable para las arcas públicas.
Debió de pasar un mes, o algo más, antes de volver a
escuchar la voz de la portavoz del gobierno en las noticias, de
poder leer un nuevo comunicado en la prensa:
Metamorfosis y otros relatos 389

Queridos ciudadanos:
Conscientes como somos de las tremendas dificultades
encontradas para poder resolver de forma definitiva vuestras
necesidades, este gobierno, conmigo al frente, no ha dejado de
trabajar para buscar soluciones, más allá de la temporalidad de
sueños temporales.
Con el apoyo del mismo equipo de médicos y de psicólogos,
y el respaldo de todo el gobierno, hemos ideado una fórmula
de sueños, de la que estamos convencidos, en esta ocasión, que
colmará por completo vuestras aspiraciones como personas.
El mañana, vuestro futuro, está garantizado gracias a
nuestro trabajo y a vuestros esfuerzos. Solo con el trabajo
conjunto de unos y otros el éxito estará garantizado. Es por
ello por lo que, como gobernador de esta ciudad, vuelvo a
pediros vuestra colaboración más sincera.
A partir de mañana, en el mismo edificio junto al parque
de la Libertad, en horario ininterrumpido de 10:00 a 22:00, os
vuelvo a esperar para cumplir vuestro sueño, que es también
el mío.
Con mis mejores deseos de futuro, que son también los de
mi gobierno, os mando un abrazo cordial
M (el gobernador)

La misma cámara 1 con su imagen fija en las miles de


personas que volvían a hacer una cola silenciosa a las puertas
del mismo edificio oficial, igual de callados que la vez anterior,
esperando una respuesta a la llamada pública lanzada por
el gobierno de la ciudad la tarde anterior, el mismo letrero
situado en un lugar visible a la entrada de la edificación:

 
390 Jose Acevedo

AGENCIA PÚBLICA PARA


LA TRANSFERENCIA DE SUEÑOS

El mismo cartel un poco más abajo, impreso en papel blanco


con la inscripción:
 
CONSULTA Y TRATAMIENTO GRATUITO
HORARIO DE ATENCIÓN DE 10:00 A 20:00
------¦-----
SE ATENDERÁ POR ORDEN DE LLEGADA
(no se requiere cita previa)

Como si nada hubiera cambiado.


La misma cámara 2 conduciéndonos al interior del edificio
gubernativo, donde, esta vez, ni la presencia del gobernador
de la ciudad, ni la de sus ministros, se hacía visible. Los
mismos veinte mostradores dispuestos, donde los ciudadanos
podían inscribir sus datos personales, pero, en esta ocasión,
sin necesidad de cuestionario. Al parecer se trataba de un
único tratamiento, ideado por los científicos para acabar, de
una vez por todas, con las necesidades de los ciudadanos,
con sus sufrimientos, solo que esta vez, inscritos sus datos
personales en el formulario, irían siguiendo una única cola que
debía conducirles hasta las puertas de un único despacho, sin
indicador ni rótulo de ningún tipo.
El amplio patio, que en la ocasión anterior había servido
como espacio de espera, aparecía ahora clausurado por
completo a los ojos de la ciudadanía. Ni una simple imagen
fija a través de la cámara 2.
Metamorfosis y otros relatos 391

El estruendoso sonido de los motores de varios camiones


rompió el silencio. Sin saber su finalidad, fueron colocándose
en cola junto a la puerta trasera del edificio oficial, intentando
no dejarse ver demasiado, procurando que aquellos cambios
visibles en la forma de proceder oficial no levantaran
demasiados interrogantes en la población.
A las 10:00 la puerta acristalada de acceso al edificio volvió a
abrir puntualmente. Ahí estaba de nuevo la cámara 1 proyectando
las imágenes de aquella multitud silenciosa adentrándose en las
entrañas de los sueños, de las necesidades por resolver, de la
esperanza para la mayor parte de los habitantes de la ciudad. Así
durante diez horas consecutivas, en las que no cesó el infinito
peregrinar de aquellas personas sedientas de unas horas de
ilusión al menos, unidas a las soñadas pocas fechas atrás. Durante
otras diez al día siguiente, durante las sucesivas jornadas hasta
que no quedó ni un ciudadano en busca de su sueño merecido,
solo que esta vez ya no regresarían a sus parques, a sus casas, a
sus trabajos, a su deambular sin sentido desde un extremo a otro
de la ciudad. El problema para el gobierno había sido resuelto
de forma definitiva. Mayor eficacia y eficiencia imposible. Era
su obligación intentarlo al menos. Aquellas necesidades de un
trabajo remunerado, de una alimentación básica, de ropa, de
dinero para pagos urgentes, de vivienda, de poder desplazarse
fuera de la ciudad, de enseres para la vivienda, de medicamentos
básicos, de atención médica, de atención psicológica, de juguetes
para los menores, de atención religiosa, de atención sexual, de
aplazar el pago de los impuestos, de libros y material escolar, de
productos de limpieza, habían sido borradas definitivamente de
las estadísticas oficiales; el sueño transferido no podía ser otro
que el de la felicidad eterna.
Cada uno había cumplido con su trabajo. La ciudad regresó
a la normalidad, en silencio.
Escribiendo versos

Llegado un momento de su vida, Carlos tomó la decisión de


vivir de espaldas al exterior.
No se trataba de aislarse del mundo, sino más bien de
colocar una barrera entre este y él que le impermeabilizara del
aire perverso que le había contaminado durante sus primeros
treinta años de vida. Sufrió las vejaciones que cualquier niño
puede soportar durante su etapa escolar; la incomprensión de
unos padres desde que tuvo uso de razón hasta el día en que
cogió sus cosas y buscó un ambiente más sosegado y tolerante;
la lejanía de unos presuntos amigos que nunca dejaron de ser
meros conocidos; el abandono de la única persona que había
llenado su corazón, cuando una mañana de no hace mucho
le reconoció que nunca había estado enamorada de él... Fue
entonces, encerrado en el cuarto de baño de su apartamento,
cuando llegó a la conclusión de que después de treinta años
de existencia no había alcanzado en su vida otra meta que la
soledad, que su propio aislamiento e incomunicación, que
la añoranza de haber fantaseado con una existencia y haber
respirado otra bien diferente, de la que quería huir, escapar
antes de que fuera tarde.
Fue entonces cuando contrató a unos albañiles e hizo tapiar
todas las ventanas de su apartamento, cegar cualquier resquicio
de luz que pudiera entrar desde el exterior. Hizo colocar
potentes lámparas de bajo consumo en todas las habitaciones,
aumentar la velocidad de su conexión a internet, dar de baja
todas las líneas de telefonía de las que disponía, tanto fija
como móvil; activar los canales de comunicación electrónica
396 Jose Acevedo

que le mantuvieran en contacto con su entidad bancaria, con


su agente, con los supermercados y comercios habituales;
colocar un sistema de extracción para que no se acumularan
en exceso los gases del tabaco o de la cocina, así como mejorar
el sistema de ventilación, para que siempre pudiera respirar un
aire limpio, depurado, puro, a pesar de su enclaustramiento...
Por lo demás, Carlos no necesitaba mucho más, ni siquiera
despedirse de las personas próximas que no existían. Para
cualquier imprevisto, cualquier necesidad sobrevenida, ya
idearía una solución llegado el momento. Para qué volverse
paranoico ante problemas inexistentes, pensaba.
A partir del momento en que cerró la puerta y dio dos
vueltas a la llave, que dio el visto bueno a la reforma de su
apartamento, su ordenador se convirtió en su única compañía.
Fue su única herramienta para poder relacionarse con el
exterior: conversaba con su agente por medio de él, encargaba
comida, bebida, tabaco, libros, que pagaba utilizando tarjetas
de crédito y que el repartidor depositaba justo delante de su
puerta; también escuchaba música, consultaba las noticias
periódicamente, viajaba por el mundo a través de imágenes y
de Google Earth... Era simple cuestión de habituarse, de echarle
un poco de imaginación. Aunque era evidente que había otras
cosas a las que tuvo que renunciar en su impermeabilización.
No podía acudir a ningún acto relacionado con su profesión
de escritor (presentaciones, firmas de libros, conferencias,
tertulias, entrevistas), pero su agente ya le había dicho que no
se preocupara por eso, él vendía los suficientes libros como
para que la editorial pusiese ahora algún reparo con aquella
nueva forma de vida, más bien al contrario: “La gente hablará
más de ti, Carlos –le decía su agente–, estará esperando con
ansiedad tus nuevos libros para intentar leer entre líneas el
porqué de ese cambio en tu vida; inventará mil motivos, mil
Metamorfosis y otros relatos 397

historias con tal de encontrar una respuesta. Lo importante es


que hablen de ti por uno u otro motivo. Cuanto más digan,
cuanto más en boca de la gente estés, muchos más libros se
venderán. La gente es así, morbosa a más no poder, enfermiza,
patológica, retorcida. Pero a ti debe darte igual, Carlos. Tú sigue
escribiendo, sobrevive a tu antojo, lo demás déjalo de mi cuenta”.
Pero tampoco podía mantener relaciones sexuales. No era
algo a lo que había prestado mucho interés en su vida. En su
única relación, el sexo había sido una cuestión secundaria. No
tendría por qué convertirse ahora en una prioridad. Y si así
fuera, tenía a su disposición miles de páginas virtuales donde
ofrecían sexo para momentos de necesidad. Ahí entraba en
juego su imaginación, sus recuerdos, sus dos manos con las
que poder apagar cualquier fuego descontrolado.
Su vida empezó a centrarse a partir de entonces en la lectura
de sus escritores favoritos, incluso en aprender inglés y japonés
online para poder acercarse a sus textos originales. No sin gran
dificultad, le resultó toda una experiencia gratificante alcanzar
tal nivel, todo un placer, un deleite para sus sentidos. También
su poesía ganó en frescura y contundencia, sin dejar de
emborronar cientos de hojas con sus Versos de un corazón que dejó
de bombear el veintiuno de diciembre de dos mil trece, o con sus Versos
de dos manos que se masturban sin necesidad de compañía. Aparte de la
lectura, del aprendizaje de aquellos dos idiomas, de sus libros
de poemas, también tuvo tiempo suficiente para sus vicios
incontrolables, aquellos que tampoco pretendía dominar: los
cartones de tabaco que encargaba al mismo supermercado que
le abastecía de alimentos, los whiskies de malta que compraba
en tiendas especializadas, cambiando de marca frecuentemente:
Lagavulin, Balblair, The Glenlivet, Glenfiddich, The Macallan,
The Glenrothes, Ardberg, Talisker, Glen Grant, The Balvenie,
Glenmorangie, The Singleton, Aberlour, Oban...
398 Jose Acevedo

Fumar, beber, leer, aprender japonés e inglés, emborronar


folios con sus versos, masturbarse, hablar con su agente,
consultar sus cuentas, las noticias que consultaba por medio
de la web muy de tarde en tarde:

• España podrá perseguir el blanqueo de capitales dentro de


Gibraltar
• Cientos de personas protagonizan un nuevo intento de entrada
masiva en Gibraltar.
• Crean la primera base de datos mundial de medusas.
• Hogares para los “sin techo” financiados con publicidad.
• Ahorcado tras robar el historial médico de Schumacher.
• Elsa Pataky, la española con los labios más deseados.
• China presenta a los primeros trillizos de oso panda que sobreviven
al parto.
• La policía, tras la pista de los autores del mayor atraco en la
historia de Chile.
• Las personas creativas, más susceptibles a la depresión.
• Israel bombardea Gaza tras el fin del alto el fuego.
• Rusia prohíbe las importaciones de países que apoyaron las
sanciones.
• Turquía elige por primera vez a su presidente por voto popular.
• Una joven es violada por tres personas en Tánger.
• Muere Lauren Bacall a los 89 años, tras un derrame cerebral.
• Rajoy anima a la gente a que actúe sin esperar a que sus problemas
los resuelva la Administración.
• Maloney, promotor de boxeo, político homófobo y, ahora, mujer...

Sin olvidarse tampoco de los partidos de fútbol cuando


su mente era incapaz de articular un pensamiento coherente.
Entonces se dejaba ir, acompañado por un vaso tras otro de la
marca de whisky que le correspondía, detrás de veintidós tipos
Metamorfosis y otros relatos 399

en camiseta, pantalón corto y botas rondando una pelota de


cuero y defendiendo unos colores determinados. Aunque tenía
sus preferencias, como cualquiera, no eludía cualquier partido
que pudieran retransmitir en sus momentos de tinieblas. Total,
solo era un juego.
Tal y como le predijo su agente, las ventas de sus libros
aumentaron considerablemente. Su fama de escritor extraño
y extravagante aparecía en las portadas, no solo de las revistas
especializadas, sino también en la cabecera de los informativos
de televisión, en los suplementos culturales de los diarios, en
las noticias de las emisoras de radio. La consecuencia de todo
ello no se hizo esperar: su cuenta corriente fue creciendo a
pasos acelerados. Aunque tampoco este tema le preocupara
realmente.
Pronto, sus Versos de un corazón encerrado entre cuatro paredes
de un apartamento oscuro llegó a traducirse al inglés, al chino
mandarín, al hindi, al portugués, al bengalí, al ruso, al japonés,
al alemán, al wu, al coreano, al francés, al télugu, al marati, al
tamil, al vietnamita, al turco, al italiano, al urdu, al cantonés, al
persa, al birmano, al polaco y al árabe.
A pesar de todo, Carlos siguió viviendo de espaldas al
exterior. Información de ida, pero nunca de retorno, excepto
algunas cosas, como diría un presidente con gafas.
Todos los días la misma rutina, el mismo silencio...
Pero una mañana se despertó con el deseo de poder hablar
con una persona anónima, leer sus palabras, que no escuchar
sus sentimientos por medio de de sus oídos. Porque percibir,
solo percibía la música que le llegaba a través de su ordenador,
siempre en función de sus estados de ánimo: desde el Carmina
Burana de Carl Orff hasta los nocturnos de Chopin, desde el
“Blue Velvet” de Lana del Rey hasta el “Creep” de Radiohead,
desde el “Cigarettes” de Russian Red hasta Der Tod und das
400 Jose Acevedo

Mädchen de Franz Schubert. Así que no lo quedó más remedio


que poner manos a la obra, a pesar de todos los reparos que
siempre había puesto en aquellas comunicaciones virtuales tan
carentes de naturalidad, tan impregnadas de frialdad.
Abrió un perfil anónimo en una red de contactos con el
nick de Pixie, Dixie and Mr. Jinks, incluyendo una foto
que había sacado de internet de esos tres personajes de los
Estudios de Animación de Hanna-Barbera. Solo eso; bueno,
también un escueto mensaje a modo de presentación en
forma de interrogación que decía: “¿Quieres hablar? Pues dime
algo”. Después de crear el perfil en el portal de contactos y
pagar religiosamente la cuota de suscripción por seis meses,
se olvidó de aquello y volvió a su tarea. Vaso de Isle of Jura,
mientras leía de un tirón y en japonés “ダンス・ダンス・
ダンス”, que había comprado directamente a Amazon Japón
con el siguiente formato:

A la semana siguiente se acordó de lo del anuncio en el portal


de contactos. Al entrar en la página, comprobó que había más
de cien mensajes diferentes en su buzón de entrada, de todos
los tipos, de todas las extensiones, de todas las procedencias
posibles; y sintió la curiosidad de leer algunos de ellos; de eso
se trataba, claro.
Metamorfosis y otros relatos 401

• Algo.
• ¿Solo quieres hablar? No sé, me parece aburrido.
• Si quieres que follemos también, estoy dispuesto a todo.
• Hola, me llamo Julieta, soy de Costa Rica, tengo 20 años y muy
buenas curvas. Si quieres podemos intercambiar las fotos, después
ya veremos.
• Hola, Pixie, soy el Gato con Botas.
• Hola, ¿estás casado?
• Solo busco diversión, lo de hablar me resbala.
• ¿Estás castrado?
• ¿Quién de los tres eres?
• No me gustan los ratones.
• Detrás de esos curiosos personajes, seguro que se encuentra una
persona extraña.
• ¿Me das tu número de teléfono?
• Empezar una relación hablando siempre es un buen principio.

Así hasta cerca de cien. Después de dedicar un tiempo a


leerlos, a examinar algunos de los perfiles de los que provenían
los mensajes, uno le llamó más la atención que los demás, sobre
todo después de entrar en su perfil, Dora la Exploradora,
ver su imagen presuntamente real colocada en su página,
leer aquella frase en la que ella describía la ocupación de su
tiempo libre: “Vivir encerrada en mí misma esperando que alguien
me rescate”. Por eso le escribió. Su respuesta no pasó de una
simple palabra deletreada. I-N-T-E-R-E-S-A-N-T-E. Once
letras que, ordenadas de aquella forma, lanzaban un mensaje
bastante profundo para él, como once futbolistas mediocres
que, dentro de un buen sistema de juego, pueden ganar el
campeonato a aquellas estrellas galácticas que cobran millones
de euros o de dólares.
402 Jose Acevedo

A partir de esos primeros mensajes, comenzaron a


intercambiar otros más. Carlos se olvidó por completo del
resto de los perfiles, del resto de los mensajes que llenaban
su buzón de voz, del resto de las personas que se escondían
tras aquellas máscaras en busca de un poco de compañía, de
un poco de calor. Solo se trataba de eso, de una respuesta a la
incapacidad humana para poder comunicarnos. No había que
buscarles otras explicaciones.
A raíz de aquella experiencia, Carlos escribió sus Versos para
corazones vacíos que se entregan a una respuesta desconocida de una
persona desconocida.
Tras varios mensajes intercambiados mantuvieron una
primera conversación coherente, por chat.

Hola, Dora, ¿realmente te llamas así?


Sí. Imagino que Pixie, Dixie and Mr. Jinks no debe de ser
tu nombre.
No, no lo es. ¿Es importante para ti saberlo?
Lo mismo me da.
¿Por qué te decidiste a contestarme, Dora?
Porque no me comprometía mucho decirte algo. Si hubieras
esperado algo más, puede que en principio no te hubiera
contestado a la pregunta.
¿Algo más, Dora?
Sí. Hablar no es la finalidad de estas páginas. Aquí la gente
busca personas con las que iniciar algo, el hablar solo es un
medio para alcanzarlo.
¿También es tu pretexto?
Yo vivo en mi mundo, pero aspiro a compartirlo con alguien
algún día. ¿Tú no?
No me lo había planteado.
¿Entonces?
Solo era un ejercicio de comunicación, sin pensar en lo que
pudiera suceder mañana. No suelo pensar más allá de lo que
hago en mi presente.
Metamorfosis y otros relatos 403

Pero, sin duda, debes de tener aspiraciones, sueños, fantasías.


Son tres términos más relacionados con el futuro que con el
presente.
Estoy viviendo mis aspiraciones, mis sueños, mis fantasías,
sin necesidad de pensar en momentos venideros.
Es extraño.
Era una forma de protegerse de un momento desconocido
que podía hacerme daño. Solo rehúyo el dolor. Llega una etapa
en tu vida que decides inocularte contra todo lo que te viene de
fuera, contra todo aquello que no puedes controlar. Entonces
dejas de pensar y te limitas a vivir sin más.
¿Se puede vivir así?
Por supuesto, Dora.
Entonces, ¿qué pretendías con abrir un perfil en una página
como esta?
No sé, puede que por necesidad de comunicarme con
alguien en un momento determinado. Tampoco esperaba
demasiado más.
¿Y si nadie te hubiera contestado?
Mi vida hubiera seguido siendo la misma. De hecho, solo he
mantenido cierta relación contigo.
¿Por qué conmigo solamente?
Me pareces una persona interesante, aunque realmente
tampoco lo sé realmente. Me estoy dejando llevar.
¿Te gusto físicamente?
Realmente, eres bastante guapa, al menos en las fotografías
que tienes en tu perfil.
Aparte del físico, ¿qué más te atrae de mí?
Me llamó la atención eso de “vivir encerrada en mí misma”.
De hecho, yo también lo hago, te lo acabo de decir.
Sí, pero esperando que alguien me rescate. Espero a alguien,
espero que ese alguien que tiene que venir un día lo haga para
sacarme de ese encierro. En cambio, a ti parece no interesarte
abrir la puerta de tu mundo.
Una vez estuve fuera de él y me hicieron daño, Dora.
Al igual que a todos. El mundo es así. Nos ayuda a hacernos
fuertes, solo que, de vez en cuando, necesitamos replegarnos
para reflexionar y coger fuerzas.
404 Jose Acevedo

¿No sientes curiosidad por saber cómo soy?


Te he imaginado varias veces, pero no puedo obligarte a
que te muestres si no quieres. Fíjate que ni siquiera me importa
cómo te llames. Solo me interesa cómo piensas, cómo sientes,
qué esperas, qué hay dentro de ti.
¿Quieres saber algo más de mí, Dora?
Sí, ¿qué es lo que haces en la vida?
¿Y tú, Dora?
No vale, te lo pregunté a ti primero.
Es verdad. Soy escritor.
¿Escritor de verdad?
¿Qué significa ser escritor de verdad? ¿O es que los hay de
mentira?
Perdona, ¿vives de la literatura?
Sí.
Perdona, ¿pero te podría preguntar ahora una cosa?
Claro.
¿Me podrías decir tu nombre?
Jajajaja. Ahora, descúbrelo, Dora.
Sabía de antemano tu respuesta. Pero me da lo mismo.
¿Podemos seguir hablando otro día?
Por supuesto, Dora. Me haces sentir bien.
Gracias, te mando un mensaje cuando pueda conectarme.
Cuando tú quieras, tengo tiempo de sobra.
Hasta otro día.
Hasta cuando quieras, Dora.

Fue la única conversación que llegaron a mantener en


aquella página.
Su poesía fue haciéndose mucho más ágil a partir de
entonces: Versos de corazones que se encuentran en un lugar perdido
donde nadie es capaz de escuchar una palabra. Su cuenta bancaria
seguía creciendo.
Escasos días después, solo se le ocurrió enviarle a Dora
el siguiente mensaje deletreado, en forma de interrogación:
“¿T-E-V-I-E-N-E-S?”. Ella no se lo pensó demasiado,
Metamorfosis y otros relatos 405

posiblemente tampoco tendría nada especial que hacer.


Segundos, minutos, horas, días después. Un mensaje con una
sola palabra deletreada, en forma de interrogación: “¿D-Ó-
N-D-E?”. Una respuesta por parte de Carlos que no se hizo
esperar demasiado con sus señas, advirtiéndole varias cosas.
Pixie, Dixie and Mr. Jinks le contó a Dora la Exploradora lo de
su refugio aislado, lo de sus luces blancas, lo de sus extractores
de aire, lo de sus pedidos por internet, lo de las dos manos,
incluso lo de sus Versos de un corazón con ganas de seguir latiendo...
Instantes después, Carlos obtuvo por respuesta de Dora el
siguiente mensaje: “S-Í, Carlos”.
A la mañana siguiente sonaba el timbre de la puerta de
su casa; a través de la mirilla, la imagen de Dora. Al abrir la
puerta, ella aguardando acompañada de una enorme maleta.
Solo un abrazo en silencio, como si las palabras no escritas
continuaran vedadas, como si el sonido de sus voces se hubiera
apagado definitivamente, el idioma de sus palabras olvidadas.
Un entrechocar de cuerpos aferrados que expresaban mucho
más que unas escasas conversaciones previas. Solo se trataba
de dejarse llevar, como Carlos le había dicho días antes,
habituarse, acostumbrarse cada uno a los cambios.
Una amplia maleta abierta sobre la cama. Un apartamento
que se llenó de zapatos, de vestidos, de ropa interior, de
cosméticos, de perfumes, de faldas, de blusas, de camisetas,
de compresas... que fueron ordenándose hasta encontrar su
espacio natural en medio del absoluto silencio. Dvořák y su
Novosvêtská sonando de fondo, como si un nuevo mundo
estuviera moldeándose en armonía después de la eclosión,
sine die.
Sobre la mesa de cristal del salón, toda una cena dispuesta
para la bienvenida de Dora. Una cena hindú pedida por
internet, acompañada de una cubitera enfriando una botella
406 Jose Acevedo

de Veuve Clicquot. Frente a Pixie, Dixie and Mr. Jinks, Dora


la Exploradora envuelta en sus mejores galas para la ocasión.
Solo se miraban, solo se sonreían entrechocando sus copas
con un brindis de burbujas doradas.
A partir de aquel día, él se sentaría delante del ordenador
escribiendo Versos de corazones compartidos que bombean palabras
con sentimientos de amor. A su lado, siempre estaría Dora, leyendo
aquellas palabras capturadas de un alma ahora acompañada,
fija su mirada, quietas sus manos sobre la mesa, con su nuevo
peinado de todas las mañanas, con sus zapatos de tacón alto,
poniendo sus manos sobre las de él de vez en cuando.
Ya no serían solo dos manos, había cuatro, además de dos
pieles que se buscaban en la oscuridad de la noche.
Metamorfosis ii

La noche era agradable.


Durante la tarde Alex había recibido una llamada de Carlos.
Hacía mucho tiempo que no habían vuelto a verse. Le apetecía
tomarse unas copas con él, poder ponerse al corriente de su
vida.
–¿Qué te parece a las 21:00 en Zaratustra?
–Me parece bien, Carlos.
A las 20:30 Alex bajaba desde el Aljarafe y entraba en Sevilla
por la avenida de la Expo 92, puente Cristo de la Expiración,
calle Arjona, Marqués de Paradas, y aparcaba el coche jun-
to al centro comercial Plaza de Armas. Desde allí, una corta
caminata hasta el paseo de Cristóbal Colón.
Nada más llegar a su destino estaba esperándole Carlos. A
pesar de los años transcurridos desde la última vez que se vie-
ron, apenas había cambiado. Al verle acercarse, se levantó de
su taburete y se dieron un emotivo abrazo.
–¡Cuánto tiempo, Alex!
–Sí que hace.
Pidieron un par de cervezas, y se adentraron en una inter-
minable conversación que recorrió los nueve años de ausencia,
aquellos años de juventud que habían compartido juntos hasta
su último encuentro.
410 Jose Acevedo

ii

Carlos había terminado sus estudios de Derecho. Desde


entonces trabajaba en el prestigioso bufete de abogados de
su padre. En poco tiempo había conseguido hacerse un hue-
co, ganarse un nombre dentro de la profesión sin tener que
arrastrar siempre el apellido de su progenitor. No podía negar
que aquello le sirvió como lanzadera, como un lugar donde
poder curtirse en las intrincadas callejuelas de lo contencioso
administrativo, pero tenía claro que quería recorrer el camino
sin ataduras, sin dependencias. Que los méritos fueran por su
trabajo, no por su procedencia. Incluso habría tomado la de-
terminación, si le hubiera hecho falta, de montarse su propio
bufete. Pero no fue necesario llegar a tal extremo.
Por lo demás, se había comprado un apartamento en el cen-
tro de la ciudad, junto a la plaza de Molviedro. Un dinero cu-
rioso. Para ello no había despreciado la ayuda de sus padres.
Son cosas distintas, le decía Carlos. Después de un año de duro
trabajo, la vivienda estaba lista para ser ocupada, aunque aún
le quedaba un mes para poder hacerlo. Por eso Carlos le había
telefoneado: el sábado 21 de junio se casaba.
Había estado rebuscando en su agenda, también en su me-
moria, los nombres de aquellas personas que le habían ofreci-
do su amistad en su etapa del instituto y de la facultad, hasta
dar con la mayor parte de ellos de una forma u otra. Quería
aprovechar su boda para reencontrarse con su juventud perdi-
da, con aquellos momentos que había vivido tan intensamente
entre los catorce y los veinticinco años y que se habían borra-
do por culpa de la rutina. Era como una celebración de esos
instantes que no volverían a repetirse más.
–Espero poder contar contigo ese día tan importante para
mí, Alex.
Metamorfosis y otros relatos 411

Después le habló de Lucía, su futura mujer. Una chica algo


más joven que él que había conocido por casualidad en una
noche de copas.

iii

Lucía acababa de cumplir los veinticinco años.


Aunque había nacido en Cádiz, en el barrio del Mentidero,
se trasladó a Sevilla para estudiar Trabajo Social. Durante el
primer curso había compartido un piso de estudiante por la
zona de la Macarena, y después se trasladó a un estudio propio
en la calle Feria, gracias a los trabajos a los que fue recurriendo
y alternando con su formación. Nada más terminar la carrera
decidió quedarse en la ciudad.
Lucía había conocido a Carlos en un bar de copas, una no-
che de hacía cinco años. En aquel momento ella se encontraba
sola, había salido de trabajar del comercio donde se dedicaba a
vender ropa y todo tipo de complementos para la mujer, esta-
ba cansada, y decidió cambiar su uniforme por su atuendo de
salidas nocturnas. No pretendía nada especial, simplemente le
gustaba tomar algo en los bares habituales, aunque fuese sola,
escuchar un poco de buena música, por supuesto gustarse a
sí misma. Le daba lo mismo que la mirasen los demás, que le
dijeran algo.
Después de bailar en la atestada y diminuta pista de El Mun-
do, le llamó la atención un chico que también se encontraba
solo en el bar. Se acercó a él, coqueteó un poco, y terminaron
yéndose juntos. Habían pasado cinco años desde aquel 2 de
mayo de 2009.
Carlos era para ella un tipo raro pero lleno de encanto. Tan
exigente en las cuestiones de amor que muchas veces se ausen-
412 Jose Acevedo

taba cuando le invadía la rutina, cuando el trabajo podía con él,


cuando esperaba algo que, por las circunstancias que fuera, no
había podido conseguir. Pero Lucía siempre se encontraba a su
lado, apoyándole en su difícil tarea de hacerse un espacio pro-
pio en el bufete de su padre, en su propia existencia de vacíos
temporales, en alcanzar su complicada y reivindicada felicidad.
Pronto decidieron comprar una vivienda, la que estaría des-
tinada a convertirse en un futuro no muy lejano en el hogar
que deberían compartir. Mientras tanto, Carlos se había inde-
pendizado de su hogar familiar y se había trasladado al estudio
de Lucía en la calle Feria.
Lucía se emocionaba cuando pensaba que un día cercano se
casaría con Carlos.

iv

Alex se matriculó en la Facultad de Filosofía nada más ter-


minar el bachillerato.
Persona profunda y encerrada en sí misma, había alternado
sus estudios con algunas publicaciones en revistas especializa-
das en literatura y pensamiento.
Pronto se independizó de sus padres gracias a los ingresos
que iba obteniendo de aquí y allá en los muchos trabajos que
iba realizando: desde dar clases particulares hasta hacer en-
cuestas, o algunas colaboraciones remuneradas en publicacio-
nes, donde pronto fue haciéndose un nombre dada su visión
tan particular de la realidad social, política y cultural.
Nada más terminar la carrera, había conseguido una plaza
como adjunto en la Facultad de Filosofía, con lo que su vida
comenzó a centrarse en sus clases, en sus estudios de investi-
gación y en las diferentes publicaciones.
Metamorfosis y otros relatos 413

Vivía solo. No porque quisiera, sino porque hasta entonces


no había encontrado a la persona con la que él entendía debía
compartir su vida.

Después de aquella noche en Zaratustra en la que se pusie-


ron al corriente de tantas cosas, Alex y Carlos decidieron verse
antes de la boda.
Esta vez, Carlos venía acompañado de Lucía. Quedaron los
tres para cenar en una pizzería de la calle Betis. Cuando Alex
llegó al restaurante, Carlos y Lucía ya se encontraban esperán-
dole sentados en la mesa que había reservado. Carlos y Alex
volvieron a saludarse con un abrazo. Después, con dos besos
a Lucía tras la presentación.
–Esta es Lucía, Alex.
–Encantado. Mucho más guapa de lo que Carlos me había
dicho.
Realmente, Lucía era una belleza fuera de lo común. Mien-
tras cenaban estuvieron conversando de lo humano y de lo di-
vino, principalmente de los momentos que habían compartido
juntos en el Instituto San Isidoro.
Ni que decir tiene que Alex se quedó totalmente prendado
de Lucía. Seducido, rendido, enamorado.
Tomaron varias copas sin salir de aquella calle concurrida,
en la que la brisa del río les ayudaba a soportar la carga de
alcohol, en la que la estampa de la ciudad iluminada al otro
lado afianzaba los sentimientos que cada uno llevaba guarda-
dos dentro de sí mismo.
414 Jose Acevedo

vi

No solo la belleza de Lucía enamoró a Alex, también la dul-


zura de su voz, la profundidad de sus reflexiones, el tacto de
sus labios contra sus mejillas en cada beso. Alex tenía claro
que no podía dejar pasar aquella oportunidad que le estaba
brindando su amigo.
Al lunes siguiente empezó a rondarle. Con disimulo, sin le-
vantar sospechas.
Se encaminó a la tienda de ropa y complementos donde
Lucía trabajaba y esperó a que terminara su jornada laboral. A
las 21:30 solo comenzó a seguirla en la distancia.
Y lo mismo hizo durante el martes, el miércoles, el jueves.
Siempre en el mismo trayecto que la llevaba a pie desde su
trabajo hasta su casa. Poco más de veinte minutos tras aquella
estampa portentosa que sería suya muy pronto. Sin anticiparse,
sin adelantarse en su proyecto. Cada cosa a su debido tiempo,
antes de poder dar un paso en falso y enviarlo todo al tras-
te... Después de tantos años buscando una oportunidad como
aquella, encontrarla, encontrarse a tan solo unos días de poder
resolverla...
El viernes la vio salir a la misma hora, pero esta vez buscan-
do un destino diferente al habitual. También su imagen se ha-
bía transformado por completo respecto a los días anteriores.
Había dejado el uniforme de lado, y llevaba puesto un vestido
rojo que dejaba asomar dos preciosas piernas subidas a unos
zapatos de tacón alto de color negro, a juego con una chaqueta
y un bolso de la misma tonalidad.
La siguió mientras cruzaba la Plaza Nueva con ese caminar
cargado de ternura. Continuó por la calle Granada, plaza de
San Francisco, buscando el Salvador por el recodo de la calle
Entre Cárceles.
Metamorfosis y otros relatos 415

En uno de los atestados bares de la plaza Lucía se encontró


con Carlos, que la esperaba en compañía de unos amigos, al me-
nos de otras personas, también de unas cervezas. En la distancia,
Alex llegó a sentir un apesadumbrado dolor al contemplar aquel
apasionado beso, incluso celos, rencor, pero sin llegar a perder
la ilusión de poder sentirlo en sus labios en tan solo unos días.
Como queriendo prolongar aquel momento, Alex dio una
vuelta a la plaza para hacer un poco de tiempo antes de vol-
ver a ella por la esquina de la calle Cuna un cuarto de hora
después. Encontrarse entonces, como si fuese una tremenda
casualidad, frente a su amigo Carlos, a su deseada Lucía, sin
necesidad de esconderse.
De nuevo el abrazo, de nuevo los dos besos, de nuevo las
presentaciones respecto de aquellas otras tres personas que les
acompañaban y que Alex no conocía.
Así prolongó Alex toda la noche junto a su amada, regresan-
do a las anécdotas del instituto que volvieron a salir en aquella
conversación, a otros temas que no le interesaban para nada,
a la mirada fija en Lucía, que pronto le estaría acompañando.

vii

Dos o tres días antes de la boda Alex llamó a Carlos.


Le apetecía tomarse una copa con él antes del día grande.
Carlos accedió, a pesar de que andaba un poco agobiado con
los últimos preparativos. Pero sin duda le vendría bien airearse
un poco, poder desconectar, salir de la rutina, compartiendo
unas cervezas con un buen amigo.
Volvieron a quedar en Zaratustra, pero estuvieron dando
vueltas después por el barrio del Arenal, la Alfalfa, hasta más
allá de las tres de la madrugada.
416 Jose Acevedo

Tanto alcohol encima, que Carlos no puso ningún reparo


cuando Alex le invitó a tomar la última en su casa. Un chalet
aislado entre Gines y Espartinas.
La noche era clara, la A-8076 estaba despejada. Alex iba de-
lante. Justo detrás, los faros del Audi A4 de Carlos le seguían
a corta distancia.
Una vez que llegaron a su destino, Alex le enseñó aquella
parcela verde con aquella construcción de unos trescientos
metros cuadrados. El enorme salón con la chimenea, su des-
pacho con más de tres mil volúmenes ordenados en las estan-
terías, las dos habitaciones con cama de 150 x 200, el amplio
baño con bañera de hidromasaje, la cocina... En el lateral del
salón, una amplia cristalera daba a un porche frente a la pis-
cina.
–No está mal todo esto, Alex.
–No me puedo quejar. Al menos se respira aire, tranqui-
lidad, intimidad. Sabes que nunca me gustó el bullicio de la
ciudad, Carlos.
Se tomaron una copa más acomodados sobre dos tumbonas
en el porche. Arriba, un firmamento diáfano. Era el momento
de compartir conversaciones sobre lo divino, pero también era
el momento de otra cosa.
Tras aquella primera copa se sucedieron otras, así hasta con-
seguir que las palabras de Carlos se volvieran silenciosas, mu-
das. Alex escuchaba la respiración profunda de Carlos a su
lado. Era el momento.
Tumbado como estaba, Alex se incorporó y encendió un úl-
timo cigarrillo antes de hacer lo que tenía que hacer. Se levantó
después y comprobó que Carlos se encontraba completamen-
te dormido.
En el segundo cajón de su escritorio encontró una gruesa
cuerda que tenía guardada. La colocó sobre el cuello de Carlos
Metamorfosis y otros relatos 417

y apretó con todas sus fuerzas, sin que este tuviera tiempo
para reaccionar, para pronunciar alguna palabra de auxilio, ni
siquiera para contemplar por última vez aquel cielo estrellado.
La afonía de la noche seguía presente, el alma de Carlos se hizo
ausente en solo unos instantes.
Todo lo demás fue más fácil de como lo había imaginado.
Deshacerse de la parte del cuerpo que no tenía ninguna utili-
dad para él. Espacio tenía más que suficiente. Por lo demás, el
camino quedaba expedito, solamente le faltaba comprobar que
todo había salido como había imaginado.

viii

A las 10:00 sonó el móvil de Carlos. No debía dar un paso


en falso ahora que todo estaba resuelto. Así que lo cogió y
habló largo rato con la otra persona: Lucía.
–No te preocupes, estoy bien. Me quedé dormido en casa
de Alex.
–Me has dado un susto al despertarme y no verte en casa...
–Estoy bien, Lucía. Solo un poco resacoso.
–¿Quedamos después para comer?
–Claro, ¿dónde quieres que te lleve?
–A la terraza del EME.
–¿A qué hora, Lucía?
–Sobre las 15:00.
–Pues allí nos vemos. Llama y reserva tú mejor. Me ducho
aquí y me voy directamente. Ponte guapa, cariño. Te quiero.
–Yo también te quiero, Carlos.
Tras aquella conversación, el nuevo Carlos guardó su coche
en el garaje de la casa. Tenía tiempo para pensar qué hacer
con él, también con aquella vivienda, con todo lo que había
418 Jose Acevedo

dentro... O simplemente abandonarlo todo, ahora que había


dejado de existir su propietario.
Tomó una ducha y se puso la ropa de Carlos. Se montó en
su nuevo Audi A4 y en un rato estaba subiendo las escaleras
que le conducían a la terraza del EME.
Pidió una Heineken mientras esperaba a Lucía. Sin duda te-
nía motivos para sonreír, para sentirse feliz. Al verla llegar,
ni siquiera la textura de su lengua contra la suya le hizo a ella
percatarse de la metamorfosis.
Invisible

Cuando, llamémosle X, nació, a sus padres se les olvidó


ponerle nombre.
Estaban tan ocupados uno y otra en sus respectivos
menesteres, que ninguno de los dos reparó en su descuido.
Su madre, además de estar recuperándose del parto, tenía
ocupada su mente en el resto de sus hijos. Cinco más, todos
menores, a los que había desatendido de alguna forma
mientras comprobaba como la barriga iba creciéndole con
el transcurrir de las semanas y de los meses. Por ello, ahora
que X ya estaba en el mundo, debía compensar su negligencia
respecto de los demás, sin poder olvidarse del nuevo, claro,
que le reclamaba periódicamente, como un reloj, su ración de
alimentos. El resto de las atenciones las dejaba para Carmen,
la mayor de todos ellos, que estaba por entonces entrando en
su adolescencia más absurda.
Por su parte, el padre trabajaba de sol a sol, incluso de luna a
luna, para conseguir sueldos, sobresueldos, pluses, incentivos,
productividades, bonos y todo cuanto pudiera reportarle su
trabajo, con tal de poder dar de comer a tantas bocas siempre
hambrientas, apagar tantos fuegos que prendían casi a diario
en tan debilitada economía doméstica: hipoteca, luz, agua,
seguros, ropa, material escolar, pañales, comunidad...
El caso es que ninguno de los dos reparó en su descuido. Ni
siquiera los hermanos, cada uno en su mundo, en su realidad,
en sus necesidades... Y, si alguno cayó en la cuenta de aquella
422 Jose Acevedo

distracción, también lo calló para sí a modo de indiferencia,


de juego o de maldad hacia el recién llegado a la familia y,
como tal, el que más atenciones debía despertar dada su edad,
su inocencia, su incapacidad para valerse por sí mismo en
cualquier momento del día y de la noche, porque requería toda
la atención posible hasta para cerrar los ojos y dejar de una vez
en paz a los demás.
Sin nombre, X, simplemente era el más pequeño de todos
los hermanos:
1. Carmen.
2. Adán.
3. Abel.
4. Moisés.
5. Ana.
6. El más pequeño, o sea, X.

Imperó tanto en su vida eso de X, que cuando un día necesitó


acreditar la identidad para matricularse en el colegio, se dio
cuenta de su realidad legal al abrir el libro de familia y buscar
en la hoja correspondiente al hijo número 6, que transcrita de
alguna manera decía lo siguiente:
424 Jose Acevedo

Pero como todos los seres vivos crecen a lo largo de sus


vidas, X también creció. Aun así, siguió siendo el más pequeño
de la casa. O bien el padre dejó de tener tiempo para seguir
engendrando nuevos críos, o bien hicieron algo relacionado
con la medicina para que no se produjeran nuevos sobresaltos,
o bien el padre, con la excusa de tantas horas fuera de casa
por motivos laborales, continuó procreando fuera del hogar
familiar, pero sin tener la ocurrencia, en ningún caso, de
juntarlos bajo el mismo techo. Pero estas son intimidades
personales que no vienen al caso en esta historia, y que cada
uno guardará para sí como buenamente pueda.
Eran otros tiempos, sin duda. Otras mentalidades. A poca
gente se le pasaba por la cabeza eso de abortar un hijo, no
ya por convicciones morales, sino porque la mayor parte de
la gente no sabía situar siquiera Londres en el mapa. Esto
quedaba reservado a unos cuantos privilegiados. Creció en
aquel ambiente familiar un poco asfixiante, en el que el más
pequeño no cumplía precisamente el rol del más pequeño
propio de la mayor parte de las familias. Su hermana mayor,
Carmen, se convirtió para él en toda una tirana, asumiendo
el papel que su madre le había otorgado ante su dejadez más
absoluta, al pasarse la mayor parte de su tiempo tirada en
el sofá viendo los mil y un magacines que proliferaban por
entonces en las televisiones. Ante el abandono de su padre,
también, que nunca regresaba a casa antes de las 23:00 horas,
voluntaria o involuntariamente, incluidos los domingos, si es
que llegaba.
Todos se encargaban de todo, excepto Carmen, al mando
de las operaciones. Excepto sus padres, por los motivos que
acabo de contaros. De esta forma, X, a los diez años, ya se
encargaba de la tarea que ninguno de sus hermanos quería
asumir, la limpieza de los baños. Desde bien pequeño, ya se
Metamorfosis y otros relatos 425

había ido familiarizando con todo tipo de olores, no solo


los corporales, también con los perfumes de las lejías, de los
amoniacos, de los desengrasantes, de los blanqueadores, de los
jabones o de los limpiacristales.
“El niño”, como le llamaban en casa –“Niño, esto”, “Niño,
lo otro”, “Niño, lo de más allá”–, fue creciendo en su mundo
silencioso, sin más relación que aquellos monólogos en forma
de constantes órdenes que procedían de los mayores; encerrado
la mayor parte del tiempo, aquel que no dedicaba a las tareas
comunes de la casa, en la habitación que compartía con su
hermano Moisés, que pasaba más tiempo en la calle que dentro
de la casa, por fortuna para X, o tras aquellos auriculares desde
los que sobresalía una música siempre a elevado volumen.
En aquella única mesa, que Moisés siempre dejaba libre, X
intentaba entender las miles de páginas contenidas en los
libros de texto, sin ayuda, sin compañía, sin apoyo, con su
único esfuerzo. Incomprensibles contenidos alejados de los
mundos que imaginaba en el interior de su mente.
A pesar de sus muchas horas delante de aquellos libros, el
niño, como también le apodaban en el colegio, nunca destacó
en ninguna de las asignaturas. Tampoco era el peor de la clase,
de hecho nunca llegó a suspender un examen. Pero a pesar
de sus muchos esfuerzos, nunca alcanzó una nota de 6. No
era conformismo como podría pensarse, la ley del mínimo
esfuerzo, más bien era su mente, su inteligencia, aquella
capacidad que no daba más de sí.
El niño se fue convirtiendo con el tiempo en un muchacho.
Del colegio pasó al instituto. De dedicarse a la limpieza de
los baños pasó a asumir otras tareas en casa, hasta encargarse
por completo de la higiene doméstica conforme sus hermanos
mayores fueron creciendo, escaqueándose cada vez más de sus
obligaciones, aduciendo otras tareas importantes.
426 Jose Acevedo

Ninguno de ellos llegó a ser ingeniero, a terminar en la


universidad, a aprobar las pruebas de selectividad, ni siquiera
a completar el bachillerato. El que llegó más lejos, Adán,
no pasó de ser fontanero, mientras que Moisés nunca dejó
de ser un parado que religiosamente, eso sí, acudía cada tres
meses a renovar su demanda de empleo. Por lo que, a pesar
de sus limitaciones, X, el niño, el muchacho, el joven, sí fue
adelantando a sus hermanos en sus estudios, aunque tampoco
esta realidad tuviera demasiado mérito, viendo a qué altura
habían colocado el listón sus hermanos.
En toda esa andadura tampoco podía presumir de amistades,
de disfrutar de aquellos años de adolescencia y juventud como
lo podían hacer sus iguales, en su compañía. Sí le gustaba
adentrarse en el mundo de las bibliotecas, recorrer sus largos
pasillos, sus interminables estanterías atestadas de polvo
y volúmenes. Al azar iba eligiendo y leyendo las dos o tres
primeras páginas, de pie, justo delante del mismo hueco del
que había extraído el libro. Si aquellos primeros párrafos no
llegaban a atraerle, soltaba el libro y lo volvía a colocar en
el lugar donde le correspondía reposar. Entonces, iba en la
búsqueda de otro, de otros, hasta dar con aquel en el que, a
su juicio, mereciera la pena invertir unas horas de su tiempo.
Había tantas historias que leer entre aquellas paredes, tan poco
tiempo en la vida, que había que saber elegir correctamente
para no dificultar aún más la ingente tarea de poder conocer
la mayor parte de las historias contadas a lo largo de todos
los siglos de literatura. En aquel sosegado ambiente, X pasaba
la mayor parte de sus tardes, alternando sus estudios con sus
lecturas, abstraído de aquellas realidades que tanto le oprimían
desde hacía trece, catorce, quince, dieciséis años. O aquello, o
seguir sometido al régimen militar establecido por sus hermanos,
al hastío crónico de su madre, a la ausencia infinita de su padre.
Metamorfosis y otros relatos 427

El resto de su tiempo era la dedicación a la casa, a la familia, a


pagar el canon o el impuesto que le correspondía por el hecho
de haber nacido en su seno, una especie de agradecimiento por
haber recibido la vida un día. Por ello, además de corresponderle
la limpieza de la casa, pronto se le agregó también la comida.
Meticuloso como era, sin brillantez pero constante, con un par
de horas diarias le bastaba para concluir con toda la tarea.
En todos aquellos años no se le conoció ningún amigo, ni
siquiera con los compañeros de clase mantenía algún tipo de
relación. Nada. Como un ser invisible ajeno a la realidad en
movimiento en el que nadie reparaba. Ni siquiera el profesor
le preguntaba nunca. Ni siquiera fue objeto de esas bromas
pesadas que los más gallitos les gastaban a los más inocentes,
a los más débiles. Al menos de eso sí se libró. X llegó a
acostumbrarse a todo aquello, hasta a la vulgaridad de su rostro
delante del espejo todas las mañanas, y en el que ninguna chica
se fijaría nunca. También le daba lo mismo. Ni se fijaba en
unas, ni le llamaban la atención otras. Llegaba puntual a clase,
estaba atento a las explicaciones de los profesores, tomaba las
notas que debía tomar, y cuando la última clase llegaba a su
fin, se levantaba de su silla y abandonaba el aula sin ni siquiera
decir “Hasta mañana”.
Ni fumaba, ni bebía alcohol, ni se relacionaba con
mujeres... Pero tampoco consumía drogas, ni buscaba
peleas o frecuentaba malas compañías. Era la tranquilidad
que cualquier padre desea para un hijo de esas edades. Con
algunos años más, a ese nulo interés por ciertos hábitos
que consideraba absurdos se le fue sumando su desinterés
por la política, por las cuestiones religiosas, por los temas
económicos. Como si el mundo que habitaba se gestionara
de forma diferente al real, como si la realidad de los demás
fuera distinta de la suya. Eran sus realidades y, por tanto,
428 Jose Acevedo

debían ser ellos quienes se preocuparan por solucionar sus


problemas. Él, simplemente, seguía aprendiendo en clase,
seguía sobreviviendo en sus mundos imaginarios descubiertos
en los libros, seguía pagando el precio de haber nacido en
una familia como la suya. Con todo aquello tenía suficiente,
lo demás no le importaba demasiado.
Como sabía de sus limitaciones, que nunca llegaría a destacar
en nada concreto, decidió abandonar sus estudios una vez
finalizara el bachillerato. Tampoco le pidieron explicaciones
en casa por esta decisión; allí, mientras cumpliera con sus
obligaciones, tampoco se preocupaban por lo que hacía
o dejaba de hacer. X era del todo inexistente, invisible. Un
ejemplo de aquella ausencia, de aquella imperceptibilidad, la
descubrió una mañana en casa. Aprovechando que no había
nadie, había decidido faltar a clase. Se dedicó a rebuscar en el
armario de la habitación de sus padres. Sabía, porque había
oído hablar de ello a su madre y a sus hermanos, que en su
interior se encontraba lo que ellos llamaban una “bolsa de
recuerdos”. Aquello con un nombre tan fantasioso no era otra
cosa que una bolsa grande de plástico repleta de fotografías
familiares que su madre acumulaba con los acontecimientos
que consideraba importantes para la familia. Como nadie le
había dicho nada sobre su existencia, siempre había sentido
la curiosidad de tropezarse con ella algún día, quién sabe si
de reencontrarse con sus orígenes, toparse con determinadas
respuestas acerca de su existencia pasada, aunque fuesen en
forma de retratos en blanco y negro, o en color.
Allí estaba, justo escondida bajo un sinfín de trapos
desordenados. En su interior, cientos y cientos de láminas. De
cuando su madre era una niña, acompañada de sus hermanos
y de sus padres, imaginándola a ella más bien en aquella
compañía, porque tampoco tenía X demasiada conciencia
Metamorfosis y otros relatos 429

para poder recordar a aquellas personas que, en términos de


lenguaje familiar, eran sus abuelos y sus tíos.
También de su padre, de los dos cuando parecían ser muy
jóvenes todavía, del día de su boda, de momentos compartidos
con las familias de una y de otro –comilonas en el campo,
turismo en alguna ciudad, celebraciones de todo tipo–, similares
a las que cualquier ser humano guarda también en una bolsa
de plástico, o en un álbum fotográfico, o en una carpeta, para,
con el transcurrir del tiempo, poder revivir esos momentos de
cuando eran jóvenes, de cuando vivieron momentos especiales,
de cuando ni siquiera habían sido todavía concebidos, que
nunca volverían a ser presentes ahora que habían cumplido los
sesenta, los setenta, los ochenta años.
En aquel álbum disperso de recuerdos, X fue visualizando
uno a uno momentos anteriores a su nacimiento –los bautizos
de Carmen, de Adán, de Abel, de Moisés, de Ana–, también
sus comuniones u otros instantes que, técnicamente, se habían
sucedido estando ya él en el mundo. Pero todos ellos con la
misma nota común: él no aparecía en ninguna de aquellas
fotografías. Como si fuese una familia sin él, o un él sin familia,
o un él en otra familia. De todas había sido excluido sin
excepción, borrando con ello cualquier momento pasado de
su existencia, dejando a su memoria sin sus propios recuerdos.
Tras la confirmación de aquel vacío, no le quedó otra cosa
mejor que hacer que volver a guardar todas aquellas imágenes
en la bolsa de plástico, en la “bolsa de recuerdos de los demás”.
Esta, en el interior del armario, debajo de toda aquella ropa
desordenada; y olvidarse por completo de lo que acababa de
contemplar, un pretérito que no le correspondía.
430 Jose Acevedo

ii

X cumplía aquel día los diecinueve años.


Lo celebró en la intimidad de su habitación. Sobre un dónut
de azúcar colocó una vela con el número 1, a su lado otra
con el 9. Las encendió, fijó su mirada en la llama para poder
pedir un deseo en silencio, y después las apagó de un fuerte
soplido. A partir de aquel momento, sin dejar por ello de seguir
cumpliendo con el castigo que soportaba por haber nacido
entre aquellas cuatro paredes, sin dejar de lado sus tres o cuatro
horas diarias en la biblioteca, dedicó todos sus esfuerzos en
poder conquistar algún día el deseo que había pedido aquella
tarde en su dormitorio. Se armó de valor, de paciencia, de
optimismo, y salió a la calle en busca de una nueva existencia.
Era joven, tenía diecinueve años recién cumplidos, y toda
una vida por delante, salvo que esta volviera a jugarle de
nuevo una mala pasada. Palabras que había que expulsar de su
lenguaje, llenarlo de otras con un mayor sentido para aquella
nueva existencia que estaba comenzando a vivir: esperanza,
confianza, seguridad, ilusión, optimismo.
En el manual de instrucciones de su recién estrenada
realidad, el trabajo ocupaba un lugar importante y necesario.
A base de muchas horas, de mucha constancia y capacidad
de aprendizaje, superó el periodo de pruebas en una gran
empresa suministradora de energía. Su tarea no era otra que
mantener ordenado un archivo manual de miles de clientes,
de millones de facturas. Parecía mentira que, en tiempos como
aquellos, el papel no hubiera sido sustituido por los archivos
electrónicos, pero estaba claro que había empresas en las que
todo era posible, aunque pudiera resultar impensable para las
mentes con capacidad de pensamiento, de razonamiento. Lo
Metamorfosis y otros relatos 431

cierto es que allí pasaba X ocho horas al día, en un inmenso


sótano al que solamente llegaba la luz artificial, donde
miles de estanterías con archivadores y cajones ordenados
alfabéticamente se habían convertido en su única compañía
durante ese intervalo de tiempo, además de una enorme
mesa donde todas las mañanas le dejaban montañas de
facturas apiladas para archivar. Siempre fue un trabajo en una
única dirección, recibos para guardar en un lugar concreto,
pero nunca, a nadie, en todo el tiempo que estuvo allí, se le
ocurrió pedirle buscar algo, que el proceso se invirtiera en la
dirección contraria. Todo aquello parecía una tarea ideada para
una persona como X, donde el único objetivo era mantener
el orden, sin encontrar otra explicación más razonable,
cuestionarse una utilidad. Pero, claro, siempre encontraremos
interrogantes para los que no existen respuestas, para los que
es mejor ni siquiera formularlos.
Indudablemente, X nunca llegó a expresarlos. Le habían
contratado para eso, y ahí seguía, cumpliendo su jornada,
ejecutando la tarea que le encomendaron el día que le
contrataron. Para eso le pagaban fielmente su salario todos los
días treinta de cada mes.
Ni que decir tiene que su única relación con los compañeros
se ceñía al “Buenos días”, al “Hasta mañana”, y regresaba a su
casa y seguía con las tareas de limpieza, preparaba la comida. Su
madre era la única que permanecía en la casa, aunque también
escapara a su manera, tumbada en aquel sofá y alimentándose
del cotilleo televisivo durante horas y horas.
Carmen se había ido a vivir con su novio. Ya le había dado
tiempo de tener dos hijos. Aun así, siempre volvía en busca
de ayuda, sobre todo cuando quien debía darles de comer
ingresaba en prisión. Los demás también iban haciendo su
vida, como esta les iba dejando, pero siempre volvían a la hora
432 Jose Acevedo

de la comida, aunque, eso sí, no recordaba cuándo fue la última


vez en la que todos se sentaron juntos en la misma mesa para
compartir un almuerzo o una cena. Cada uno iba a su aire.
Llegaban, entraban en la cocina, rebuscaban en el frigorífico,
en el tupperware, o en las ollas de comida que X preparaba
meticulosamente y en cantidad suficiente, y se servía, sin que
nadie dijera, hablara, opinara, reparara siquiera en quién faltaba
por coger su ración.
Un día X conoció a Lucía. Era otro de los deseos que había
pedido en aquella fiesta privada de cumpleaños, junto a lo
de tener un trabajo, a ganar algo de dinero que le posibilitara
tener una vida autónoma algún día. Trabajando nadie podía
hacerse rico nunca, así que todas las semanas desde que
empezó a tener su nómina, dedicaba unas monedas a comprar
un boleto para el sorteo de los viernes. Imaginó mil veces que
su número salía agraciado, y otras tantas, el destino que le
daría a aquel premio millonario. Todo pensado y soñado para
poder un día cerrar la puerta de casa y no regresar jamás. Pero,
además, fantaseaba con tener su propia casa, un hogar con una
inmensa biblioteca repleta de libros, poder viajar a las ciudades
que habían visto crear a sus escritores favoritos, seguir la estela
de sus personajes por los vericuetos del centro de Praga, por
las amplias avenidas de Tokio o de Manhattan.
Resultó evidente que aquel sueño nunca llegó a cumplirse,
solo unos cuantos, entre millones de personas, se hacen
ricos, salvo que te dediques a la política, a negocios un poco
turbios, a robarles a las personas honradas. Hay sueños que
son imposibles para la esperanza humana, pero, sí, al menos
llegó a conocer a aquella chica que le vendía todos los viernes
el boleto de la utopía. Lucía, una chica ciega algo mayor que
él, que perdió la visión en un accidente de circulación cuando
acababa de cumplir los dieciocho años.
Metamorfosis y otros relatos 433

Pronto intimaron, se enamoraron. Al poco tiempo


decidieron hacer una vida independiente. Con el sueldo de él,
con el dinero que ella ganaba vendiendo ilusiones tenían de
sobra para vivir los dos y quien pudiera venir después.
Nadie reparó en que X cerró la puerta de casa un día tras
de sí para no volver. Nadie se encargó de ir a buscarle cuando
la vivienda empezó a acumular suciedad, cuando empezó a
escasear la comida preparada. Seguramente, ya se encargaría
alguien de todo aquello.
En su nuevo hogar, X volvió a coger la escoba y la fregona,
las sartenes y las ollas, a cuidar de Auster,6 que era el perro que
hacía de guía a Lucía, mientras ella se deshacía en carantoñas y
mimos hacia la persona que le había devuelto el paisaje. Sería
todo lo ciega que fuera, pero no pasaba un instante de su vida
en el que no buscara la presencia de X para llenarle de besos,
de abrazos, de palabras cargadas de esos sentimientos para X
desconocidos hasta entonces.
X aprendió a sonreír. El deseo de aquella tarde se había
cumplido. No echó de menos nada de su vida pasada, por
delante aún le quedaba un largo camino que recorrer en
compañía de Lucía, donde su invisibilidad había pasado a
mejor vida. Fue aquella misma tarde, mientras pensaba en
todo aquello, cuando Lucía le informó que iban a tener una
hija. Lo primero que se le pasó por la cabeza a X, después de
recibir aquella noticia, fue en el nombre que le darían: LUZ.

6 Un día, Lucía me regaló Invisible, de Paul Auster. Un mes después me atreví a


leerlo. Después de adentrarme en toda su obra solo me queda darle las gracias.
Nunca más se supo

Aquella mañana de lunes empezó como todas las mañanas


de lunes.
Carlos se despertó temprano antes de salir para la oficina.
Había adquirido la costumbre de leer algo mientras tomaba el
café.
Antes que nada, encendió el ordenador e intentó entrar en
la página de su banco, y digo intentar porque, nada más abrir
la página, introducir el usuario y la contraseña, la web de la
entidad le devolvió el siguiente mensaje:

Página fuera de servicio,


disculpen las molestias

Bueno, pensó, se acercaría al cajero antes de llegar al trabajo.


Apagó el ordenador y se encaminó a la cocina para prepararse
el desayuno. Instantes después, se encontraba tumbado en el
sofá del salón, leyendo por donde lo había dejado la noche
anterior:
438 Jose Acevedo

también con mono verde que al parecer había descendido


por la otra puerta, la de la derecha. Se acercaron a aquel
objeto abandonado que seguía enroscado sobre su cuerpo.
Lo levantaron del suelo a pulso, cada uno por un brazo, y,
sin mediar palabra, lo metieron en el interior del furgón. Allí
quedó su maletín y el cartón sobre el que había permanecido
las últimas jornadas, desde aquel día, en que rompiendo la
lógica de la jugada, dejó de ser el señor . Cerraron la puerta
trasera. Tras entrar en el vehículo, el furgón arrancó y se perdió
por mi izquierda. Solo me dio tiempo a leer una inscripción en
caracteres rojos escrita sobre la puerta trasera del vehículo:

Sociedad Protectora
de Seres Humanos

La partida de ajedrez había terminado para el señor .7

7 Extracto del relato “El tablero de ajedrez”, del libro Relatos para la tortura
de un abandonado doméstico (Jose Acevedo, 2013. Barcelona: Ediciones Carena).
Metamorfosis y otros relatos 439

A eso de las 8:00 tomó una ducha, se vistió y salió a la calle.


El día parecía mucho más luminoso que los precedentes, como
si el cielo fuese consciente de todo lo que vendría después,
durante toda la jornada de lunes, durante los días sucesivos, sin
importar que fuese martes, o miércoles, o jueves, o viernes, o
sábado, o domingo. Era evidente que apetecía dar un paseo en
unas condiciones como aquellas.
Al acercarse al banco, Carlos vio gente agolpada a la puerta.
Para su sorpresa, y para la de todos, se encontraba cerrado. No
era normal que una sucursal bancaria no hubiera abierto sus
puertas un día laboral como aquel, además cerca de las 9:00
horas.
A la entrada, en un lugar visible, un cartel que decía:
Esta sucursal permanecerá cerrada
hasta nuevo aviso.
Disculpen las molestias.
LA DIRECCIÓN

El cajero exterior también se encontraba fuera de servicio.


Los comentarios de las personas allí reunidas eran de
sorpresa, pero también de indignación. Pero, claro, en tiempos
como aquellos, la ira hacia las entidades de crédito no era algo
de extrañar.
Gente que llegaba y leía el letrero, que se iba enfurruñada
cada una a las ocupaciones que tuvieran por delante: al
trabajo, al colegio, a buscar empleo, a pasear, a desayunar con
las personas de su edad o, simplemente, a no hacer nada y
disfrutar de los días que les quedaran por delante.
Carlos no era consciente en esos momentos de lo que pasaba
a su alrededor, ni tampoco la mayoría de vecinos de aquella
440 Jose Acevedo

ciudad. Lo del banco no era un hecho puntual ni aislado, solo


una consecuencia de algo, un reflejo más.
Al llegar a la oficina, los compañeros se encontraban
arremolinados formando un corrillo. Allí se comentaban
muchas cosas en voz alta, sin importar siquiera que tenía que
haber comenzado la jornada laboral, que cada uno debería
estar detrás de su mesa, encendiendo el ordenador, realizando
alguna llamada. Tampoco para el jefe, que a esas horas era uno
más en el conciliábulo: que si la televisión pública no estaba
emitiendo y en su pantalla había a cambio un fundido en negro,
sin música ni nada, ni carta de ajuste como antiguamente; que si
en las televisiones privadas habían sustituido los telediarios por
documentales o por programas de música en su programación;
que si los policías que controlaban el tráfico a la entrada de los
colegios todas las mañanas hoy no estaban; que si tal oficina
municipal también se encontraba cerrada...
Todas aquellas noticias eran un presagio de que algo estaba
pasando en la ciudad, sin que nadie tuviera una respuesta.
En los periódicos impresos, que algunos habían comprado
en busca de una explicación, solo se hablaba de las noticias
de ayer. “Habrá que esperar a los diarios de mañana para
ver qué pasa”, decían unos. “Habrá que estar atentos a los
acontecimientos”, argumentaban otros. Pero era extraño todo
aquello. En unos cundía el pesimismo, en otros el estupor, para
otros era la fantasía. Se oían todos los razonamientos posibles
e imposibles. Desde una guerra hasta un golpe militar, desde
una invasión alienígena hasta una abducción... Versiones para
todos los oídos, para todas las imaginaciones, para todos los
estados de ánimo.
Pero era evidente que algo había sucedido, estaba sucediendo,
que lo de esta mañana de lunes no era como todas las mañanas
de lunes precedentes.
Metamorfosis y otros relatos 441

La gente pasó así el día, preguntándose unos a otros si


sabían algo más, haciendo llamadas a amigos, a familiares, a
conocidos... Pero la vida cotidiana seguía su curso, se mostraba
con total normalidad, excepto algunas excepciones aireadas
a bombo y platillo a lo largo de la oficina: los teléfonos de
la Administración no funcionaban, y solo ciertos servicios
continuaban con su rutina habitual. Los médicos seguían
atendiendo en sus consultas, pero las oficinas de los centros
de salud y de los hospitales permanecían cerradas. Todo sin
que nadie supiera el porqué. Los profesores seguían dando
clase, pero el director del colegio no había aparecido en toda la
mañana, y tampoco había avisado.
Evidentemente, unos tuvieron que prestar dinero a otros, a
aquellos que no podían vivir sin su tarjeta de plástico, hoy en
off, a los que nunca habían dejado de confiar en los bancos, en
vez guardar su dinero debajo del colchón. Todo lo demás era
lo acostumbrado, dentro de la subnormalidad de un estilo de
vida que había conducido a la ciudad a este presente.
Al salir del trabajo, donde Carlos y sus compañeros se habían
esforzado menos que nunca, tomó algo en un bar cercano, en
el que las únicas conversaciones se centraban en los mismos
cambios de aquel extraño lunes de octubre, 6 de octubre de
2014. Pero sin que nadie pusiera un poco de luz, entre otros
motivos, porque las noticias de las cadenas privadas, fueran
de radio o de televisión, se habían olvidado por completo del
presidente, de los ministros, del alcalde, de la prima de riesgo,
de la subida de la tarifa eléctrica, de las imputaciones por
corrupción, de las tasas de desempleo o de pobreza, llenando
su programación a base de espacios culturales, deportes,
entrevistas a personajes de interés de verdad, después sus
series y películas, concursos, hasta el Gran Hermano alcanzó
aquella noche su máxima audiencia histórica. Carlos pensaba
442 Jose Acevedo

que aquellos telediarios sí que resultaban amenos de verdad,


menos dolorosos también. Imaginamos que aquellas opiniones
debían ser compartidas por la mayor parte de sus convecinos.
Pasó toda la tarde en casa, alternando la búsqueda de noticias
por cualquier medio (radio, televisión, internet), con su lectura

Noche cerrada avanzando hacia la amplia explanada en la


que, al calor de fogatas, hombres y mujeres intentan recuperar
su propia identidad. Formando pequeños grupos contemplan,
en la llama del fuego, rostros marcados por recuerdos de una
humanidad de la que un día fueron partícipes. Expresiones
cansadas, desaliñadas, cuerpos fatigados por el hambre,
por la suciedad, despojos víctimas del devenir insaciable
que engulle sin piedad, aparta sin reparos, excluye sin más.
Campo de concentración en la periferia de cualquier gran
ciudad, iluminada a lo lejos por millones de luces artificiales.
Barracones dispuestos anárquicamente: cartones, hierros,
chapa... simplemente, mantas tendidas sobre un gélido frío que
arrecia con violencia a esas horas de la noche, consumiendo
la poca vida de la que algunos aún pretendían gozar. Fetidez
a vino barato, olor corporal tras días y más días de ausencia
de higiene, defecaciones arrojadas en cualquier rincón, restos
de vómitos anegando los senderos de la desgracia, humo que
penetra hasta lo más profundo de los pulmones, alimentando
muertes que se aproximan con vehemencia.
Colin, exbanquero recién salido del trullo, arruinado
por la fiebre destructiva de una mujer que le convirtió en
un desecho, desposeído de familia, hogar, trabajo, fortuna,
valores y esperanza, conversa, al resguardo de la lumbre, con
Max, empresario que un día, asqueado por las desgracias de
la fortuna, decidió echar a la calle a sus cinco mil empleados,
Metamorfosis y otros relatos 443

vender todas sus propiedades, entregar toda su riqueza a sus


hijos y reiniciar una vida desposeída de cualquier espíritu
material...8

Y amaneció el martes y nada había cambiado. Después


el miércoles, y el jueves, y el viernes. No había noticias de
los políticos por ningún lado, ni de los banqueros, ni de las
empresas de suministros, ni de las aseguradoras... Aun así,
Carlos seguía pulsando el interruptor y seguía haciéndose la
luz, abriendo el grifo y fluía el agua, descolgando el teléfono y
escuchando el sonido de una línea diáfana.
El único problema con el que tuvieron que enfrentarse, al
que debieron acostumbrarse, era que el dinero se fue agotando,
cada uno fue haciendo uso del que disponía en un rincón
de su casa hasta que dejó de hacerse ver, hasta que llegó a
caducar por estar incluso mal visto su uso en la ciudad. Pero
su ausencia fue convirtiéndose en práctica, en un nuevo estilo
de vida, en ningún caso en un problema, puesto que Carlos
y todos sus vecinos empezaron a adquirir la costumbre de
compartir cuanto tenían, unos tenían tierras, otros animales,
otros manos para trabajar, a final de mes nadie se quejaba de
no percibir un salario, bastaba con ir al supermercado, coger
la comida y la bebida necesaria; o entrar en un bar y pedir una
cerveza, o en un restaurante y degustar un plato de comida.
Todos los artículos dejaron de tener un precio, la mesura se
convirtió en una virtud, la avaricia en un comportamiento mal
visto a los ojos de los vecinos.
Pronto, la gente dejó de preguntarse por lo ocurrido aquella
mañana de lunes 6 de octubre de 2014, siguió viviendo como

8 Extracto del relato “La muerte y la doncella”, del libro Relatos para la tortura
de un abandonado doméstico (Jose Acevedo, 2013. Barcelona: Ediciones Carena).
444 Jose Acevedo

si tal cosa; con menos preocupaciones, eso sí, pero todos se


fueron habituando a aquel estilo de vida que había florecido de
la noche a la mañana.
De lo demás, de lo que antes estaba, nunca más se supo.
La curiosidad mató al gato

A pesar de la distancia, Carlos siempre había tenido un


buen recuerdo de su tío Lucas. Nunca se había olvidado de
que él había sido su padrino cuando lo bautizaron. Guardaba
de entonces una fotografía que le regaló su madre un día. Un
retrato en blanco y negro, amarilleado por el paso de los años,
donde su tío le cogía en brazos acompañado de su hermana
Reyes, su madrina. Debía de ser por enero de 1966. Ambos, su
tío Lucas y su tía Reyes, habían fallecido ya por circunstancias
bien diferentes.
No recuerda en qué momento su tío abandonó el pueblo
y se trasladó a una localidad del litoral de la Costa Brava.
Entonces no lo supo, aún era demasiado pequeño para retener
ciertas imágenes, pero sí años después, cuando los padres de
Carlos reunieron todas sus pertenencias, las montaron en un
camión y se trasladaron todos en busca de una aventura más
próspera, siguiendo el camino que le había marcado la familia
de su madre.
Carlos tendría seis o siete años cuando se reencontró con
su padrino. De aquella época conservaba muchos recuerdos
imborrables a pesar del tiempo transcurrido. Aquel mar de
tonos tan azulados y transparentes buscando su refugio sobre
las escarpadas costas, en cuyos recodos se escondía para nunca
ser encontrado por los mayores, atravesándolas en busca de
paisajes infinitos que le separaban definitivamente del mañana,
que por la noche se encendía al calor de las hogueras de San
Juan, a la luminosidad de los fuegos artificiales eclosionando
448 Jose Acevedo

en el cielo, transportándole a sentimientos desconocidos, pero


también deseados.
Al igual que pocos años después cuando conoció a Nita.
Apenas habían alcanzado la adolescencia, mientras paseaban
por la playa rozándose las manos sin querer tocarse, como con
miedo a sentir, a descubrir sensaciones que parecían reservadas
a las personas adultas; a la que un día dejó de volver a ver, sin
encontrar un motivo, tal vez porque el tiempo es el tiempo, los
niños son niños, los momentos son momentos, y nos podrán
llegar o no en una época u otra, cuando a la vida caprichosa le
dé por ahí, manejándonos a su antojo desde el principio.
Pero también los recuerdos de aquellos instantes que
Carlos pasaba junto a su padrino, mientras este se encontraba
trabajando. Su tío Lucas tenía un quiosco de madera donde
se afanaba en confeccionar zapatos a medida, también a
repararlos, limpiarlos con su variada gama de cremas, afeites,
lociones, con las que dejaba el calzado como si fuese nuevo
siempre. Allí se iba Carlos muchas tardes cuando salía del
colegio, a darle compañía, verle como manejaba sus manos en
aquel arte de calzar a las personas con suma elegancia. Porque a
Carlos siempre le habían llamado la atención las manualidades,
refiriéndose con ello a la habilidad de tantas personas para
hacer como es debido un trabajo, fuese cual fuese, con sus
propias manos. Daba igual una fregona, una hilera de ladrillos,
un ramo de flores, una tortilla de patatas, siempre que la tarea
se hiciera con cariño, con delicadeza, como deben hacerse las
cosas. Por eso, dejaba su mirada fija en aquellos movimientos
manuales, cualquiera que fuese su finalidad.
Mientras le veía trabajar, su padrino le contó miles de
historias. Su vida había sido un largo viaje, excesivamente
largo, en el que había intentado vivir sin más ataduras que
aquellas personas que habían merecido la pena. En este sentido
Metamorfosis y otros relatos 449

tampoco había tenido demasiada suerte, a pesar de sus múltiples


intentos. Había ido y vuelto reiteradas veces recorriendo el
mismo camino, siempre en busca de segundas, de terceras, de
cuartas oportunidades, sin llegar a encontrarlas. Era por eso
por lo que se había quedado soltero, porque, según le decía a
su sobrino, nunca había coincidido con aquella persona que le
hiciera sentir la vida como él llegaba a entenderla. A lo largo
de su existencia había conocido a tres personas con las que
llegó a soñar, con ellas había llegado a encontrarse en varios
momentos, pero nunca fue el oportuno, siempre se daban
circunstancias que le alejaban en el último momento.
Entonces Carlos no llegaba a entender aquellas misteriosas
palabras de su padrino. Años después, por supuesto que sí.
Pero él, su tío, le seguía contando. Primero le habló de
Matilde. Por entonces, eran demasiado jóvenes para un
compromiso serio. Tontearon durante un tiempo, pero cuando
él la animaba a dar un paso más en la relación, ella siempre
se mostraba reacia. Que si tenía que terminar el bachillerato,
que si después vendría la universidad, que si más adelante le
llegaría la hora de buscar un trabajo, luego ya veríamos; con
cada excusa minaba la paciencia de él, hasta que un día tomó
la determinación de guardar sus cosas en una maleta y recorrer
más de mil kilómetros para olvidarse completamente de todo,
también de Matilde, e iniciar una nueva vida lejos de su pueblo.
Pero la distancia no le había conducido al olvido. La imagen
de ella siguió apoderándose de él durante los ocho o diez años
siguientes. Nostalgia. Añoranza. Melancolía. Por entonces,
estaba convencido de que Matilde era la mujer de su vida, de
que tal vez se había comportado como una persona egoísta
que ante la adversidad pone tierra de por medio y huye sin
pensar en las consecuencias, en los sentimientos de las demás
personas, en los suyos propios. Pero lo hizo.
450 Jose Acevedo

Debería de andar por los treinta años cuando Lucas conquistó


un nuevo presente, limpio y despojado de recuerdos. Fue
cuando conoció a Dolores, una mujer casada que vivía con su
marido y con sus dos hijos. Claro que fue maravillosa aquella
relación, le contaba Lucas a su sobrino. El problema se produjo
cuando él le planteó a ella dar un paso más en la relación. Eran
los años sesenta, las personas vivían atadas unas a otras por
un vínculo creado por Dios. Podía intentar abandonar a su
marido, podían irse a vivir juntos, aunque cayeran en el pecado,
pero aquella localidad no dejaba de ser un pueblo pequeño,
podrían haberse ido a otro, pero siempre había un pero, en
este caso de enorme peso, que eran los dos hijos. Dolores
no estaba dispuesta a abandonarles, por nada del mundo. Así
estuvieron cinco o seis años, a escondidas siempre, mientras
los pequeños estaban en el colegio, mientras su marido se
encontraba trabajando, sin dejarse ver en ningún caso, ni por
el paseo marítimo, ni por la playa, ni haciendo un viaje aunque
fueran pocos kilómetros más lejos, ni compartiendo una mesa
de restaurante. En el pueblo se conocían todos, y yo siempre
sería el otro, le contaba a Carlos. Hoy empieza a despertar el
sol, pero en aquellos años todo era en blanco y negro, más
negro que blanco.
Cuando se mentalizó de que aquella relación no conducía
a ninguna parte, Lucas dejó de ver a Dolores, sin que ella
le pidiera siquiera explicaciones. Para ella, aquella relación
no era más que un añadido en su vida, una gratificación
extraordinaria. Su verdadera vida era otra. Eso lo tenía claro,
y no podía exigirle nada que ella no pudiese darle, y el tiempo
pasaba. En el límite de los cuarenta, Lucas era consciente de
que su vida era diferente a la de cualquier otra persona con su
edad. Todos habían formado un hogar, habían tenido hijos,
compartían de una forma más o menos estable su existencia
Metamorfosis y otros relatos 451

con otras personas, ya fuera por amor, por cariño o por simple
necesidad, egoísmo o costumbre. Todos, sentimientos lícitos.
Pero él no se encontraba en esa posición, aunque tampoco
pudiera quejarse de la vida que llevaba. Tenía un techo, un
trabajo que adoraba, una economía saneada que le permitía
darse caprichos que estaban vedados para otras personas;
además, disfrutaba de la libertad suficiente para hacer lo que le
viniera en gana en cada momento. Pero entiendo que la vida
debe ser algo más que todo esto, le confesaba a su sobrino.
Tal vez fuesen conversaciones que Carlos no llegaba a
comprender muchas veces. Debería andar por los once, los
doce, los trece años. Pero a uno le servían como desahogo,
y al otro para ir comprendiendo, poco a poco, el universo
de los adultos en el que iba adentrándose con los años.
Conversaciones todas ellas que se quedaron marcadas en la
conciencia de Carlos durante mucho tiempo, incluso hoy que
había superado con creces los cuarenta años, y su tío había
fallecido hacía más de veinte.
Deberíamos andar por 1980. La ilusión por el color se
había hecho más pronunciada. Carlos estaba en el instituto,
Lucas en su taller. Uno, en torno a los quince años; el otro, a
los cincuenta. Fue cuando le contó su tercera historia. Justo
después de perder a Dolores, conoció a Carmen, una mujer
varios años mayor que él. Aunque era del todo imposible
que aquella relación pudiera traerles descendencia, él abrió la
puerta a la misma aunque solo fuese por el hecho de sentirse
acompañado, de no tener que recorrer el camino que le
quedara en solitario. Más como un consuelo que como una
esperanza. No seguir durmiendo sobre una cama fría, poder
compartir una conversación durante la cena, una puesta de sol
en el Mediterráneo, un crucero por las calas de la Costa Brava
los domingos, una mesa en un chiringuito en los días en que
452 Jose Acevedo

se acercaran a la playa, un paseo por la orilla agarrados de la


mano sin que nadie les mirara con recelo. Era lo más normal,
por mucho que hubieran superado la barrera de la juventud...
Aunque en la cama, todo era bien diferente. Aun así, Lucas
puso en una balanza los pros y los contras, lo que ganaba y lo que
perdía, y optó por la compañía encontrada a cierta edad... Pero
la compañía le duró poco. Era el año de los Juegos Olímpicos de
Barcelona cuando la muerte se llevó a Carmen, una enfermedad
de esas inevitables que te llevan con ella en cuestión de semanas,
de escasos meses a lo sumo. Estaba claro que su destino estaba
marcado por la fatalidad de las relaciones, estaba condenado a
vivir solo, a morir un día sin nadie. A partir de entonces, solo se
dedicó a vivir en la nostalgia hacia su pasado, a meterse en él, a
revivirlo intentando cambiarlo de una u otra forma.
Lo que no supo Carlos por aquellos entonces era el cómo.
Tuvieron que pasar unos cuantos años antes de poder
encontrar una explicación. Un tiempo que dedicó a terminar
sus estudios, aunque de poco le sirvieran después, a montar
un bar en uno de los barrios que más había experimentado
el crecimiento tras la eclosión turística de los años ochenta, a
coleccionar recuerdos de relaciones que se habían desvanecido
con el tiempo: Nita, Karem..., historias que le habían conducido
al vacío de su presente, a la plena dedicación a su negocio. Aun
así, Carlos no había cumplido los treinta y cinco todavía. Le
quedaban unos meses, días antes del cambio de milenio.
Sabía que su tío Lucas andaba mal de salud. Él había ido
demorando el encuentro con él, tal vez ante el temor de verle
por última vez en su vida. Las historias que le había contado
desde que era pequeño... se asemejaban tanto a las suyas, a
pesar de la diferencia de edades, que le aterraba encontrarse
frente a su futuro, como si ver a su padrino fuera enfrentarse
consigo mismo. Pero un día le echó valor y fue a visitarle.
Metamorfosis y otros relatos 453

Estaba en la cama. Una mujer le atendía las veinticuatro


horas. Ese era su estado de salud. A pesar de todo su deterioro
físico, su mente se mantenía completamente lúcida; su
capacidad para comunicarse, indemne.
Tras darle un beso, y comprobar de cerca los efectos del
tiempo en su rostro, Carlos cogió una silla y se sentó junto a
la cama. Su tío le pidió que echara el pestillo de la puerta, que
tenía que contarle algo que no podía salir de aquellas cuatro
paredes. Sería un secreto entre ambos, él se lo llevaría a la
tumba, Carlos debería saber utilizarlo y aprovecharlo si quería.
Encerrados en aquella habitación, su padrino le contó
aquella historia extraña, inquietante también.
Era septiembre de 1992. Justo después de haber perdido a
Carmen, Lucas había bajado en tren hasta Barcelona. En uno
de los muchos bares que habían proliferado por la ciudad como
consecuencia de las Olimpiadas se le acercó una persona que,
por su aspecto, debía de ser marroquí, o argelino, o tunecino,
de alguno de los países que pueblan el Magreb. Aunque al
principio toda aquella historia que le contó carecía de sentido
para él, su curiosidad fue aprovechada por el otro para
continuar su relato hasta el final. Durante toda la conversación
que llegaron a mantener, Lucas estaba convencido de que
todo aquello no era más que un burdo engaño. Pero siempre
le dejó continuar, proseguir, alargar aquella fantasía hasta
su conclusión. Se trataba de un reloj que había heredado de
su abuelo, y que ahora se veía en la obligación de vender.
Necesitaba el dinero para poder hacer frente a una cuestión
familiar urgente. Pero era algo más que un simple reloj. Un
artilugio que permitía a su poseedor viajar a través del tiempo
en función de si se adelantaba o se retrasaba la hora, la fecha.
Un viejo reloj de bolsillo, de cuerda, que de quedarse parado
dejaba de causar su efecto, es decir, como si detuviéramos la
454 Jose Acevedo

ficción y su propietario regresara a su tiempo real. Pero aquel


artilugio, a pesar de su simpleza, podía llegar a convertirse en
un arma peligrosa, sobre todo si nos adelantábamos a nuestro
tiempo, a nuestro mañana, por cuestiones del todo evidentes.
En ningún caso nos permitía cambiar el pasado, sino más bien
revivirlo de nuevo, colocándonos en un momento determinado,
según la fecha que marcáramos, dándonos entera libertad para
hacernos reaparecer en ese instante, disfrutar o padecer con él,
pero sin posibilidad alguna de alterarlo.
Cuando llegó al final de su relato, le puso un precio. Ni muy
alto, ni muy bajo, asumible en todo caso para Lucas, sesenta
mil pesetas.
Sin dejar de lado su incredulidad, llegaron a un acuerdo tras
compartir varias cervezas. Él le daría treinta mil pesetas en
ese momento a cambio del reloj, y de ser ciertos los poderes
inherentes a la máquina, volvería a bajar a Barcelona, quedarían
citados en el mismo bar, y le haría entrega de otras treinta
mil pesetas. Aceptado el pacto, una semana después Lucas le
telefoneó al número que le había apuntado en una servilleta
de papel, y quedaron en la misma terraza para el día siguiente.
“No me había engañado –le contaba a su sobrino–, me veía en
la obligación de cumplir con mi palabra.”
Pero aquella primera tarde de regreso de Barcelona, no dejó
de reírse ni un solo instante durante todo el trayecto. Estaba
convencido de que había sido estafado, pero era consciente
de ello. Al menos, le quedaba el consuelo de que el dinero que
le dio le sirviera para atender aquella necesidad familiar tan
urgente de la que le habló.
Aun así, nada más llegar a casa, le dio cuerda al reloj. Después
cambió la fecha y la retrasó hasta “1948, Juin”.
Fue así como amaneció en el pueblo, a la vida tal y como la
recordaba de entonces. Escuchó la voz de su madre de lejos,
Metamorfosis y otros relatos 455

ese sonido que se repetía todas las mañanas a la misma hora


para despertar a sus hijos mayores, para invitarles a desayunar
juntos antes de ir a trabajar al campo. Con cara de recién
levantados, ahí estaba su hermana Reyes, su hermana Rafaela,
su hermana Gracia, su hermana Ana. Todos alrededor de la
mesa de la cocina esperando su ración de pan, aquel líquido
humeante y oscuro que hoy llamamos café, pero que, por
aquellos tiempos, era lo más parecido que se podía encontrar.
Los otros dos hermanos eran aún demasiado pequeños
para poder desenvolverse con brío en aquellas duras tareas
de recolección: calabacines, pepinos, acelgas, judías verdes,
lechugas, guisantes. Ardua tarea que se prolongaba hasta media
tarde, cuando regresaba directamente del campo hasta el taller
de su viejo amigo Antonio, con el que aprendía, desde los doce
o trece años, la meticulosidad de la confección y reparación de
calzado.
Lucas volvió a revivir aquellos días como si fuese un sueño,
como si los viviera por segunda vez también, porque de hecho
es lo que estaba haciendo, reencontrarse con su madre, con sus
hermanos, todos tan jóvenes, volver a su origen, a los vecinos
de aquel pueblo tan cercano a la capital, pero tan pueblo a
pesar de la corta distancia. A sus calles, a sus plazas, a sus
fuentes, a la procesión de la Virgen de Gracia bajando por
aquella empinada cuesta desde su iglesia el último domingo de
agosto. Pero también, a aquellas tardes de viernes, en las que
dejaba de lado su mono de trabajo y se embutía en aquel traje
de color beige para encontrarse en la plaza del Ayuntamiento
con Matilde. Aquellos paseos solitarios de un extremo a otro
del municipio, sin atreverse a tocarla, ni siquiera a cogerle de la
mano. Ahí estaba ella, delante de él tantos años después, como
si el tiempo no hubiera pasado, como si toda su vida pasada
hubiera sido un recorrido infinito por sus dieciséis, diecisiete o
456 Jose Acevedo

dieciocho años. El rostro sereno de Matilde, su belleza natural,


aquellas conversaciones en las que ella representaba la cordura
y el sentido común, y él, la fantasía.
Pero cuando una tarde Lucas le habló de futuro, ella volvió
a recordarle lo jóvenes que eran todavía, sus estudios, toda la
vida que les quedaba por delante. Tal y como le había dicho
la primera vez, tal y como le había advertido la persona que
le vendió el reloj: los momentos se rememoran tal y como
sucedieron en el pasado, pero sin posibilidad de cambiarlos.
El destino estaba escrito, y ningún artilugio, por sofisticado
que fuese, podía hacer nada para reescribirlo. Aunque
intentáramos forzarlo, lo mismo daba. Tarde o temprano las
consecuencias serían las mismas de antaño. Aun así, a pesar de
las desesperanzadoras palabras de Matilde, de lo que le había
dicho aquella persona cuando le vendió el reloj, Lucas no salió
huyendo en esta ocasión. Se quedó un tiempo más en el pueblo,
siguió trabajado en las faenas del campo, aprendiendo el oficio
de zapatero, disfrutando de aquel color en blanco y negro y de
aquellos olores que emanaban del cercano Guadalquivir, de
los baños en la alberca durante los días calurosos del verano;
del amor de su madre, a la que tanto había echado de menos
después; de la cercanía de sus hermanos mientras fueron
jóvenes, sabiendo que, poco tiempo después, cada uno seguiría
su camino; esperando a Matilde todos los fines de semana,
hasta que un sábado, víspera de la procesión, durante la ofrenda
floral, se le acercó para decirle en voz baja que tenía que hablar
con él. Salieron de la iglesia, se alejaron del tumulto que se
agolpaba en las calles cercanas, para abrir la boca y confesarle
lo que llevaba guardado con ella desde hacía tiempo: “Lucas,
lo siento, pero tenemos que dejar de vernos. He conocido a
otra persona, algo mayor que yo, y hemos decidido irnos a
vivir juntos a Sevilla. Ya sabes que el año que viene empiezo
Metamorfosis y otros relatos 457

en la universidad, todo será más fácil. Así que te ruego que no


insistas en lo nuestro. Te quiero, Lucas, pero no siento lo que
una persona debe sentir para compartir la vida con otra. Lo
siento”. Después se despidió con un frío beso en la mejilla y
siguió el camino que le tenía marcado su destino, el que ella
había decidido, el que Lucas conocía de antemano desde hacía
tantísimos años, por muchas veces que intentara revivirlo
retrasando el reloj del tiempo, por muchos 1948, 1949 o 1950
que circularan en su presente de forma reiterada, siempre
serían los mismos días, los mismos trabajos, la misma rutina,
los mismos paseos, la misma Matilde, el mismo final, salvo
que decidiese recrearse eternamente en aquellos momentos,
sin posibilidad de futuro, prolongar el resto de su existencia
en una de aquellas fechas. Simplemente sería una cuestión de
elección.
Aquella noche, Lucas volvió a llorar amargamente, al igual
que al día siguiente durante la procesión de la Virgen. Fue
cuando decidió dejar atrás el pueblo y buscar otro camino.
De la misma manera, Lucas revivió sus recuerdos con
Dolores, la muerte de su madre, el bautizo de su sobrino Carlos,
el final de Carmen... En ocasiones se sentía bien al volver a
compartir ciertos momentos de felicidad de su pasado, pero la
amargura también volvía a apoderarse de él al percatarse de su
camino, de sus esfuerzos por conseguir algo sin alcanzarlo, ya
era demasiado tarde. La mayor parte de su vida siempre había
sido un intento, sin vuelta atrás. Y cada regreso no era más que
una reafirmación de su fracaso.
Fue por ello que, cansado de vivir y revivir, dejó de darle
cuerda al reloj. Lo abandonó en un cajón de la cómoda de su
casa, se olvidó de él por completo y dejó que la vida siguiera su
curso tal cual, sin esperar nada más, porque poco cabía esperar
del pasado. Así, hasta hoy, mientras Carlos, sentado cerca de
458 Jose Acevedo

él, escuchaba aquellas palabras en un momento que parecía de


despedidas.
Lucas le pidió a su sobrino que buscara en el tercer cajón
del mueble, dentro de una bolsa de terciopelo negro. Allí
estaba, aquel reloj misterioso guardado como oro en paño, que
podía proporcionarle momentos de recuerdos, pero también
momentos de nostalgia y amargura.
–Quédatelo –le dijo su tío–. Es lo único que puedo dejarte en
herencia. Así podrás verme cuando quieras hacerlo, recordar
todas las conversaciones que hemos tenido en todos estos
años. Pero ten cuidado, Carlos. El pasado ya lo conocemos,
lo podemos ver aunque no cambiarlo... y el futuro es incierto.
No juegues con él.
–No te preocupes, intentaré dar un buen uso a tu regalo.
–Ven, dame un beso, Carlos.
Y se abrazaron con ternura, pero también con dolor. Ambos
sabían que aquel era el último abrazo, las últimas palabras que
intercambiarían. A partir de entonces, solo les quedaría el
recuerdo.
Dos días después la vida de su tío Lucas se extinguía
definitivamente en la soledad de su habitación. Fueron unas
jornadas tristes, pesarosas, aciagas.
Pero todo en la vida, aunque tenga su fin, también tiene una
continuidad para los que se quedan.
Noches después Carlos se encontraba solo en el bar. Los
camareros se habían ido tras recoger la terraza, limpiar el local.
Estaba sentado tomando un whisky, mientras de la radio le
llegaban las voces lejanas de El larguero, después de una nueva
jornada de fútbol. Era uno de los temas preferidos de su tío,
viajar a todos los campos de primera división para seguir
a su equipo. Le vino su imagen, sus palabras, sus consejos.
Se acordó de su único regalo en todos los años que habían
Metamorfosis y otros relatos 459

compartido juntos, y que llevaba siempre consigo desde el día


que se lo dio, guardado en el bolsillo interior de su chaqueta.
Hasta entonces no se había atrevido a darle cuerda. Lo extrajo
del bolsillo, de su bolsa de terciopelo negro. Lo estuvo mirando
de cerca durante un buen rato, hasta atreverse por fin a extraer
ligeramente la manecilla, haciéndola girar hacia delante hasta el
tope. Después fijó una fecha, cerró los ojos, y se dejó llevar por
sus efectos hipnóticos, mágicos, asombrosos, extraordinarios,
fantásticos, seductores, fascinantes, misteriosos.

De repente se encontró entrando en una iglesia de estilo


mudéjar. Sobre un letrero de cerámica al final de la calle, un
nombre: plaza de San Julián. En su interior no había mucha
gente, y la que había se encontraba en las proximidades del
altar. Carlos se acercó cuanto pudo hasta los bancos más
próximos que estaban desocupados. Junto al presbiterio, una
pila bautismal en la que un hombre, de unos treinta y cinco
años, sostenía a un niño junto a una mujer de una edad similar,
al lado el cura dejando caer un chorro de agua sobre la cabeza
del pequeño. Era la misma fotografía que su madre le había
regalado un día, el primer recuerdo que guardada de su tío
Lucas, la primera imagen que tenía de él. Allí se encontraban
los tres, también en blanco y negro, pero no tan amarilleados
460 Jose Acevedo

como en la fotografía que guardaba. Su padrino, su madrina, él


mismo durante su bautizo en la iglesia de San Julián en enero de
1966. Entonces sintió una curiosidad, levantarse, aproximarse
al primer banco, ver el rostro de aquellas personas que asistieron
a aquel día tan importante en la vida de sus padres, el bautizo
de su hijo. Allí estaba su madre, tan guapa como la había visto
en las muchas fotografías que ella le había mostrado de su
juventud; su padre, su hermano mayor, que andaría por los
cuatro años. Otras personas a las que reconocía a pesar del
paso de los años: los demás hermanos de su madre, los de su
padre, los vecinos de aquel corral de principios del siglo xx
que aún permanecía en pie. Todo lo veía con tal nitidez, que
parecía que estuviese en un patio de butacas contemplando
una película de los años sesenta, en blanco y negro, pero en la
que él era sin duda el protagonista. Se podría haber quedado
allí definitivamente, esperando a que aquel niño creciera como
lo había hecho durante tantos años, volver a visionar ante sus
ojos toda su vida en aquella casa de vecinos, su primer día de
colegio, su primer viaje hasta el pueblo del litoral catalán... Pero
no tuvo fuerzas para hacerlo, las lágrimas inundaban todo su
rostro, demasiadas imágenes cargadas de recuerdos, muchas
de ellas de dolor. Así que regresó a la puerta de la iglesia,
les dejó allí con su celebración, volvió a su mesa donde una
nueva copa le esperaba para compensar aquellos momentos
tan intensamente rememorados, aquella soledad presente en
el interior de su bar, 20 de diciembre de 2014, vísperas de su
cuarenta y nueve cumpleaños.
Sin dejar de llevar consigo aquel artilugio, no volvió a hacer
uso de él durante un tiempo. No se arrepentía para nada de
su primera experiencia, por mucho que la pesadumbre se
apoderada de él. Era como volver a ver el álbum de fotografías
familiares, aunque en movimiento.
Metamorfosis y otros relatos 461

La segunda vez esperó de nuevo a la noche. Al silencio


de su negocio después de una dura jornada de trabajo. Se
refugiaba en sus whiskies de malta, como intentando borrar
los sinsabores de su presente, pero también como recopilando
fuerzas para revivir un nuevo momento.

Estaba en el bar de su tío Antonio. Aún no había cumplido


los quince años. Allí había aprendido todo lo que fue después.
Sobre la una del mediodía, hora del aperitivo, la vio entrar
acompañada de sus padres. Entonces no sabía su nombre,
pero sí estaba convencido de que era la niña más guapa que
había conocido hasta entonces. Ahí estaba Carlos, de nuevo
en aquel bar, viendo como abría la puerta del bar, entraba
en su interior y se dirigía a la barra. Como a partir de aquel
día procuró averiguar su domicilio, sus amistades, si vivía en
el pueblo o venía de fuera para pasar el fin de semana, unas
vacaciones. Acercarse a ella, conocer su nombre, invitarla a
salir, poder coger su mano un día y cruzar toda la playa, de un
extremo a otro, desde la desembocadura del río Tordera, hasta
el mismo puerto. Esa era su ilusión de entonces.
Y descubrió que Nita, que así la llamaban, era la menor de dos
hermanas. Sus padres acababan de comprar una vivienda en el
pueblo. Allí pasarían a partir de entonces los fines de semana,
462 Jose Acevedo

el mes de agosto, cuando cogieran las vacaciones. Como, a


partir de aquel primer encuentro, intentó hacer todo lo posible
para acercarse a ella, hasta que se hizo su amigo. Como intentó
convencer a su tío Antonio, para que le dejara tiempo libre
con el que poder disfrutar de su amistad. De aquellos juegos
en la calle, aquellas conversaciones de las que intentaba alejar
al resto de los niños para poder quedarse a solas con Nita.
Encontrar el valor un día para pedirle dar un paseo por la playa
con ella sola, acercarse hasta la orilla y sentarse sobre la arena.
Cogerle, no sin rubor, la mano, mientras le miraba a los ojos y
le confesaba sus sentimientos. La sonrisa de Nita, que lo único
que conseguía era ponerle más colorado si cabe. Lo que vino
después durante aquel primer verano juntos, 1980. Los paseos
prolongados, las confesiones mutuas, los proyectos de cada
uno, el primer beso en los labios, siempre a escondidas de los
mayores, también de la maldad de sus iguales, de su envidia.
Así hasta que llegó el último domingo de agosto, cuando ella le
llamó y le dijo que se marchaban. Que no sabía si regresarían
los siguientes fines de semana, que dependería de sus padres;
le dejó anotada en un papel su dirección completa. Aquel beso
de hasta pronto, aquel abrazo de miedo al mañana, aquellos
cuerpos que temblaban de sentimientos inocentes que se
separaban por primera vez. Aquellas cartas que se sucedieron
durante todo el invierno, aquellas esperas que se hicieron
interminables esperando su regreso. 1981, 1982, 1983. Viéndola
crecer y adquirir más belleza todavía, acelerar su corazón cada
vez que la veía aproximarse, cada vez que sentía sus labios
sobre los suyos, el tacto de sus manos acariciando sus dedos,
sus mejillas. Pero Nita era una niña, una niña que se había ido
convirtiendo en una adolescente, en una mujer. Aquel junio de
1983, la había visto llegar acompañada de sus padres, les había
visto entrar en el bar con la ausencia de ella, había intentado
Metamorfosis y otros relatos 463

acercarse para buscar una explicación a su silencio, mientras


Nita se alejaba a cada intento suyo. Así, hasta que una mañana
entró sola en el bar, le pidió que saliera un momento. Aquella
conversación que mantuvieron apenas duró cinco minutos a
lo sumo. Era el fin de una historia de amor, la primera para los
dos, que se había prolongado durante tres años, en la cercanía
de sus cuerpos, en la lejanía de su correspondencia por carta.
Pero la distancia enfriaba, era traicionera con los sentimientos.
Así fue también confesándole que tenía novio, que lo de ellos
no podía seguir adelante. Carlos volvió a verse separándose de
Nita, que entonces ya era Anna, refugiarse en el interior del
cuarto de baño del bar, llorar amargamente aquella primera
ruptura. Verle después incapaz de salir fuera de su trabajo,
convertido en su único escondite en el que olvidarse del
pasado, sin conseguirlo durante mucho tiempo. Ensimismado
en jornadas laborales de tantas horas con las que borrar la
dulzura de aquellos ojos de Nita, sus palabras, su tacto. Más
de treinta años después seguía sin poder olvidarla, viéndola
en cada intento de recordar, rememorando ahora cada uno de
aquellos momentos tan intensos, desde que la vio entrar en el
bar acompañada de sus padres, hasta que escuchó por última
vez su voz para decirle: “Lo siento, Carlos”.
Como le había dicho su tío, era bonito recordar, pero
también doloroso revivir ciertos momentos que habían dejado
de existir en su vida. Hacer presente el pasado, volver a vivirlo
sin posibilidad de esperanza. A pesar de ello, Carlos siguió
aferrado a ese artilugio, como si el pasado fuera un bálsamo
contra su doloroso presente. Como si la compañía de su
pasado fuera el refugio contra sus momentos del ahora.
Durante un tiempo siguió viviendo del recuerdo.
464 Jose Acevedo

Julio de 1985. Debía de ser tarde, porque estaba recogiendo


la terraza del restaurante en el que trabajaba, al menos más allá
de la medianoche. La calle estaba pletórica, pero las cocinas
apagaban sus fogones y sus planchas, excepto aquellos negocios
de comida rápida que aprovechaban abiertos mientras existiera
la posibilidad de atender a un último cliente. Era el momento
de los bares de copas, de las discotecas, de las heladerías.
Se volvió a ver sentado en una de las sillas que Carlos iba
apilando cuidadosamente, espectador de su propia existencia
treinta años atrás. De pronto, vio como dos chicas se paraban al
otro lado del cercado que separaba la terraza de la acera, como
una de ellas le preguntaba en inglés por un lugar donde poder
bailar y tomar una copa, sus indicaciones, su autoinvitación
una vez que terminara con su tarea, verlas después desaparecer
avenida abajo, para volver a encontrárselas una hora después
en aquel antro donde cuerpos sudorosos no paraban de bailar
las canciones de aquel verano. Acercarse a ellas, gamberrear
un poco entre sonrisas, ofrecerles una copa. Pero aquel primer
encuentro no dio mucho más de sí. En menos de una hora,
vio a Carlos abandonando la discoteca para regresar a casa,
deseoso de que llegara un nuevo día, de ver la reacción de
Karem, que así se llamaba.
Metamorfosis y otros relatos 465

Así fue como Karem se acercó al restaurante al día siguiente,


justo cuando iba de camino a la playa. Le dio un par de besos
a Carlos, y le dijo que volvería después, a la noche, para salir
a tomar algo. A eso de las once, mientras él cenaba después
de la dura jornada de trabajo, la vio entrar, esplendorosa.
Con una blusa blanca y una falda negra muy corta, unos
tacones también negros altos. Tan guapa que incluso se sintió
avergonzado delante de su tío, de su primo, de los últimos
clientes perezosos. Volvió a pensar lo mismo que entonces,
qué hacía un tío como él con una mujer de esas características.
Una hora después enfilaban juntos la avenida, uno al lado de la
otra, ella más alta que él. Los hombres se detenían para mirarla
a su paso, él se sentía orgulloso, pero también azorado por
aquella compañía.
Estuvieron escuchando música, bailando, tomando algo,
hasta que, sentados en un taburete próximo a la barra, ella le
besó por primera vez. Le siguieron otras muchas. Poco rato
después, ella le invitó a su apartamento, allí hicieron el amor
como dos posesos, más bien follaron como descosidos hasta
que sus cuerpos humedecidos no dieron más de sí.
Aunque aquella relación duró una semana, Carlos la recreó
una y otra vez. Como si en la soledad del presente solo pudiera
consolarse con aquellos besos, con aquel cuerpo abrazado
al suyo. Desde entonces, Karem se había convertido en su
prototipo de mujer.
Pero cada vez que visualizaba aquella aventura, el sábado
ella iba al restaurante a despedirse de él, regresaba a su país,
a su ciudad, una pequeña urbe de las Midlands del oeste. Le
abrazaba, le llenaba de besos, le cogía la mano mirándole a los
ojos sin nada, antes de montarse en el autobús que le devolvía
a su realidad, a la soledad de Carlos, al recuerdo que perduró
durante décadas, que revivía una y otra vez sin agotamiento.
466 Jose Acevedo

Veintinueve años después seguía sintiendo nostalgia por


Karem, se lamentaba de no haber dado un paso más. De no
haberle pedido que se quedara con él, que le invitara a ir con
ella, al menos su dirección o su teléfono. Nada. Se limitó a verla
despedirse y montarse en el autobús, decirle adiós con la mano
a través de la ventanilla. Llorar amargamente durante días su
ausencia, echarla de menos durante toda su vida, incluso hoy.
Tal vez por eso seguía solo.
Debió de recrear aquella semana durante meses, hasta
que una noche, en el abandono de su restaurante, después
de vaciar una botella de Oban, decidió dar un paso en su
aventura. Desoyendo las advertencias de su tío Lucas cuando
le regaló el reloj, agotado de revivir el ayer, sintió la curiosidad
de indagar en su porvenir. Silencio, paz, sosiego, tranquilidad,
calma, reposo. También oscuridad.
Hasta mañana, Elena

Para Covadonga.

Después de tantas metamorfosis sufridas; de tantos vaivenes


en el lugar y en el tiempo; de tantas juventudes vividas,
sentidas y abrazadas; de tantas Lucías encontradas presentes
y olvidadas en la memoria; de tantas luces y sombras en un
total de cuarenta y ocho; de tantos momentos presenciados
en primera y tercera persona a lo largo de las páginas de mi
vida, de la de otros... Parece que el reloj del tiempo le ha dado
por pararse en un punto determinado, no sé con qué objetivo,
pero intentaré entenderlo abriéndole las puertas al corazón y a
la ilusión una vez más.
Carlos me había invitado a la presentación de su nuevo
libro. Además de él, allí estábamos la mayor parte de sus
seguidores, incluso alguien más. La casualidad a la que volvía a
enfrentarme, la que me puso delante de ella, tan desconocida
hasta aquella hora exacta de la tarde cordobesa. La saludé, se
sentó a mi lado, abrimos conversaciones que nos alejaban de
las otras tantas personas con las que compartíamos cervezas
y mesa, la misma en la que Carlos intentaba imponer su
conversación sobre su Anabel, sobre su Carla, sobre sus tierras
del sur. Yo, simplemente, me dejaba enamorar por la cercanía
de esa alguien más, por su sonrisa, por sus palabras, ajeno a
todo lo demás. Debió de parecer un mundo, pero el tiempo
se me fue volando, por mucho que intentara prolongarlo, por
mucho que camináramos diez minutos después bajo la noche
470 Jose Acevedo

de la ciudad, junto a una maceta, junto al libro de Carlos, en


el interior de su coche, sin dejar de hablar, sin dejar de sentir.
Aquel trayecto corto hasta mi hotel fue de esos momentos
que nunca olvidamos, los que esperamos para un final feliz
en una película, aunque nunca llegue a suceder del todo,
que siempre deseamos que se prolongue, que suceda lo que
esperamos, el final feliz, el abrazo de los cuerpos que se
despiden sintiéndose más unidos que nunca, para no volver
a separarse, la proximidad de dos labios que se despiden para
volver a encontrarse pronto, el pellizco profundo que nos
atrapa definitivamente y nos deja heridos de sentimientos.
Entonces no sabía su significado. Días después tampoco.
Aunque sigo emocionándome al recordar el momento, al
prolongarlo en el tiempo, al construir con él mi propia película
con su propio final. Esta mañana me he atrevido a confesárselo
a ella, que ella interprete, que ella haga lo que quiera.
También he llamado a Carlos, le he contado ese estado de
embriaguez en el que me encuentro desde aquella tarde. Me ha
pedido sinceridad, me ha pedido atrevimiento, me ha pedido
que abra mi ilusión al presente de la vida, cerrar las puertas a
las cuarenta y tantas sombras de mi existencia, escribir con sus
palabras la nueva historia que ahora comienza, la que yo sea
capaz de componer.
Nos veremos muy pronto. Eso espero.
Hasta mañana, Elena.