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LA CAÍDA DEL IMPERIO OCCIDENTAL Y LAS INVACIONES DE LOS BÁRBAROS: EL


NACIMIENTO DE LA CRISTIANDAD OCCIDENTAL

LA CAÍDA DEL IMPERIO DE OCCIDENTE

La desaparición del Imperio de los hunos no libró al mundo romano de Occidente


de su ocaso inminente. El Imperio romano se veía traspasado y desangrado por conflictos
internos: el poder Imperial cae en manos de usurpadores y los emperadores comienzan a
ser títeres de los pueblos bárbaros; los emperadores se convierten en soberanos nominales
dependientes de los jefes de las milicias bárbaras que protegían y defendían las fronteras
del Imperio. El poder imperial sufre un fuerte proceso de barbarización que irá
consecuentemente dejando ver que la centralidad del emperador, en cuanto figura de
cohesión, gobierno y unidad, va siendo inútil.
El bárbaro Odoacro o el buscador de riquezas, (435-493) rey de los Hérulos,
destrona a Rómulo Augústulo (461-476/511?) deportándolo y confinándolo al Castellum
lucillarum (Nápoles) en el 476, enviando las insignias imperiales a Constantinopla. Este
curioso signo va a dar por cerrado el tiempo del Imperio en Occidente, a su vez es un
reconocimiento de la supervivencia del Imperio de Oriente y del nacimiento de un nuevo
tiempo para el Occidente europeo: el tiempo de los reinos bárbaros.

LOS REINOS GERMANO-ROMANOS

La caída del Imperio Occidental (476) da origen a los reino germánico-romanos que
van a ser un germen de renovación del mundo europeo por medio de un extenso periodo de
decadencia y de ruralización de la civilización urbana romana.
A fines del siglo V comienza la disgregación y el olvido de los tratados de
federación que los pueblos bárbaros habían celebrado con los romanos, comenzando a
actuar como verdaderos soberanos de los espacios territoriales donde el gobierno imperial
se había visto obligado a acogerlos. Esta autonomía se vio reforzada con la desaparición
del emperador de Occidente y porque el emperador de Oriente no podía ejercer
efectivamente su poder sobre los reyezuelos germanos por la lejanía y extensión territorial.
Cada jefe bárbaro va a comprenderse como soberano de la tierra que ha ocupado,
pensando, actuando y gobernando como soberano de hecho y derecho.
Los pueblos bárbaros instalados en las Galias y en Hispania comienzan un proceso
de asimilación de la cultura que los acogía. Desde el punto de vista religioso, la mayoría de
los pueblos barbaros son arrianos, excepto los francos, que son paganos. Antes de una
generación, siguiendo a sus líderes, se abrazan el catolicismo romano; lo cual facilitará la
unión con la población romana cristiana. Los reinos germano-romanos fueron los
siguientes: el reino vándalo africano; los reinos ostrogodos y longobardos en Italia; los
reinos anglosajones en Inglaterra, el reino franco en la Galia y el reino visigodo de Toledo
en Hispania.

CONSECUENCIAS DE LAS INVASIONES

A simple vista, luego de lo que hemos venido describiendo podemos afirmar que el
periodo de las invasiones son un hecho fundante y capital para el Occidente europeo. La
sensación que vive el pueblo romano es la de ser contemporáneos del fin del mundo (el
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maestro espiritual Agustín de Hipona o el historiador y teólogo Pablo Orosio [383-420])


que van a ver como el mundo conocido simplemente caía en ruina y comenzaba a
desaparecer, sin ser capaces de percibir el movimiento de cambio hacia un nuevo orden
que se impondrá en toda Europa.

Agustín en su Civitas Dei [Ciudad de Dios] atestigua el momento dramático en que


es escrita: la impresión negativa del asedio de su ciudad por los bárbaros y su inminente
caída, otorgando a los cristianos orientaciones para el nuevo tiempo que comienza a partir
de la disolución del orden existente, que derrumbándose da origen a un tiempo de
decadencia y destrucción. Su propuesta es a partir de la tensión entre las dos ciudades que
se enfrentan en el tiempo presente: aquella de Dios o Ciudad Eterna y la Ciudad actual,
aquella secular que amenazaba ruina. Con las impresiones de Agustín se abre la reflexión a
un cierto milenarismo católico que se va a desarrollar en Joaquín de Fiore, el movimiento
franciscano y en el jesuita Lacunza, posteriormente.
En medio de esta crisis Pablo Orosio esbozaba el intento de escribir una Historia
Universal (430) donde presentaba la invasión y saqueo de Roma por las huestes del
visigodo Alarico como un castigo querido por la divinidad contra Roma y sus vicios. El
creía ver en este escarmiento un efecto medicinal que anunciaba el nacimiento de un nuevo
orden –de algún modo profético- consistente en el advenimiento de un nuevo Imperio bajo
la guía y gobierno del Papa, autoridad coordinadora de una federación de estados semi
independientes o más bien autovalentes, compuesto del mestizaje entre bárbaros y
romanos.
Esta visión –menos pesimista que aquella propuesta por Agustín- va a catalizar una
fuerza que va a orientar y organizar el sentimiento profundo que va a guiar la construcción
del Medioevo: la nostalgia del imperio. Esta nostalgia va a llevar tanto a los reyes y
emperadores, como a los Papas a buscar la figura de un líder que devuelva la sensación de
unidad y pertenencia, librando de la exasperante sensación de intemperie en que el hombre
medieval se comprende en el mundo. Esta nostalgia expresa la necesidad de una suerte de
superestructura, o de una metaestructura, capaz de orientar, sostener y contener al hombre
en el mundo a partir de una visión globalizante y total de quien se es y cómo se es en el
tiempo y el espacio, es decir, capaz de dar sentido a la existencia.
Las consecuencias de este periodo de invasiones en que el mundo bárbaro se sitúa y
posiciona en Europa pueden ser agrupadas de la siguiente manera:

EL FIN DEL MUNDO ANTIGUO

La caída del Imperio significa la ruptura de la pax romana y de lo que se concebía


como el mundo civilizado.
Esta situación va instaurar una separación radical entre Oriente y Occidente;
mientras Occidente se sume en un tiempo de decadencia política y cultural, Oriente va a
alcanzar un periodo de apogeo que sobrevivirá como Imperio hasta la llegada de los turcos
otomanos. Oriente va a desarrollar una posición de apego férreo a la forma imperial, con
una política cultural de conservación de la cultura antigua especialmente en su sentido y
presentación helénica, al punto de generar un mundo encerrado en sí mismo, con
esporádicos contactos con el mundo barbarizado de Occidente.

Por su parte Occidente se sumía en la decadencia de las instituciones que le habían


dado al Imperio sentido, forma, estabilidad y duración en el tiempo. Dicho proceso se
experimentó como una fragmentación permanente de pequeños estados y reinos,
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barbarizados que, pese a esto, mantienen el espíritu latino como actitud de apertura y de
diálogo con las diferentes cosmovisiones que se encuentran en su territorio. Oriente y
Occidente tomaran rumbos y desarrollos distintos lo que va a dar origen a formas nuevas
de existencia, diversas del mundo antiguo.

TESTIMONIOS DE LA CAÍDA DEL IMPERIO


LOS GODOS ENTRAN AL IMPERIO ROMANO

Se despacharon numerosos agentes, encargados de procurar medios de transporte a ese


pueblo feroz. Se tuvo buen cuidado en que ninguno de los futuros destructores del Imperio
Romano fuese atacado por enfermedad mortal, ni se quedase en la otra orilla... ¡y todo ese
cuidado, toda esa confusión, para terminar en la ruina del mundo romano!
AMMIANO MARCELINO, en LE GOFF, J., La
Civilización del Occidente Medieval, Ed. Juventud,
Barcelona, 1969.

Año 1168 de la fundación de la Urbe... Al frente de los pueblos de los godos se


encontraba entonces el rey Ataúlfo, quien, tras la irrupción en la Urbe y la muerte de
Alarico, habiendo tomado como mujer a Placidia, cautiva, como ya dije, hermana del
emperador, sucedió a Alarico en el reino. Este, como a menudo se ha oído, y como
además con su fin probó, como celoso partidario de la paz, prefirió militar fielmente
junto al emperador Honorio, y en favor de la defensa de la república romana emplear el
vigor de los godos.
En efecto, yo también, precisamente, oí a un cierto hombre, Narbonense, ilustre
bajo las milicias de Teodosio, religioso además, prudente y serio, relatar al
bienaventurado presbítero Jerónimo, en Belén, ciudad de Palestina, que, habiendo sido
íntimo amigo de Ataúlfo en Narbona, cuando éste se encontraba con ánimo, vigor y
buen carácter, le gustaba referir algo: que en un primer momento había deseado
ardientemente borrar el nombre romano, a fin de que al suelo romano del todo hiciera y
llamara imperio de los godos; y, hablando vulgarmente, que fuese Gotia lo que Romania
había sido; y fuese ahora Ataúlfo lo que antaño César Augusto.
Pero, como la experiencia ha probado suficientemente, puesto que los godos no
pueden de ningún modo someterse a las leyes a causa de su desenfrenada barbarie, ni es
conveniente excluir de la república las leyes, sin las cuales la república no es república,
eligió para sí, al menos, buscar su gloria en restituir íntegramente el nombre romano, y
acrecentarlo con la fuerza de los godos, y ser considerado ante la posteridad como el
autor de la restitución romana, después de no haber podido ser su sustituto.
Por esto se abstenía de la guerra, por esto la paz era el brillante objeto de sus
ansias, siendo influido en todas sus obras de buen gobierno por los consejos moderados,
sobre todo los de su mujer, Placidia, de agudo ingenio ciertamente, y suficientemente
proba por su religiosidad. Y mientras insistía celosísimamente en alcanzar y ofrecer esta
paz, en Barcelona, ciudad de Hispania, traicionado por los suyos, según dicen, es
asesinado.
PAOLO OROSIO, historiarum adversus paganos
libri septem, en: MIGNE, Patrología Latina, T.
XXXI, col. 1172-1173.
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LA DECADENCIA DEL IMPERIO

Nuestras desgracias, nuestras debilidades, nuestras ruinas y cautividades, el castigo


que constituye una servidumbre sin tregua, son el testimonio de un mal servidor y de un
buen señor. ¿Porqué un mal servidor? porque con toda certeza yo sufro, al menos en
parte, lo que merezco. ¿Porqué un buen señor? porque él nos muestra lo que merecemos
y sin embargo no nos lo infringe. Él prefiere corregirnos con un castigo pleno de
clemencia y de benignidad, antes que dejarnos perecer. Nosotros, si se mira en relación
a nuestros crímenes, somos dignos del suplicio de la muerte; pero él, inclinándose más a
la misericordia que al rigor, quiere reformarnos por la moderación de una sanción
clemente, más bien que destruirnos con el golpe de una justa represión...
¿Pero por qué hablar de esto con tanto escrúpulo y alegóricamente, cuando no sólo
los robos, sino aún los mismos bandidajes de los ricos son puestos en evidencia por los
crímenes más notorios? Porque ¿quién, en proximidad de un rico no ha sido reducido a
la pobreza, arrojado entre los pobres? Porque las usurpaciones de los poderosos hacen
que los débiles pierdan sus bienes o incluso se pierden ellos con sus propios bienes.
Tampoco es sin justicia que la Palabra divina da testimonio de unos y otros cuando dice:
"Como la presa del león es el burro en el desierto, así la pastura de los ricos son los
pobres". A fin de cuentas, no son solamente los pobres, sino la casi totalidad del género
humano quien padece esta tiranía.

¿Acaso la dignidad de la clase elevada es otra cosa sino la puesta en subasta de las
ciudades? Y la provincia de algunos, a quienes no nombraré, ¿es otra cosa para ellos que
un coto de caza? No hay peor estrago para la gente pobre que el poder político: las
cargas públicas son compradas por un pequeño número de personas y deben ser pagadas
con la ruina de todos; ¿puede haber algo más escandaloso e inicuo que esto? Los
miserables pagan el precio de los cargos que no compran: ellos ignoran la compra, pero
conocen el pago. Para que un pequeño número sea ilustre, el mundo está convulsionado;
la elevación de un solo hombre es la ruina de toda la tierra. Lo saben bien todas las
provincias; lo saben las provincias de Hispania a las cuales ya no les queda sino el
nombre; lo saben las de África, que han dejado de existir; lo saben las Galias, que han
sido devastadas -aunque no por todos- y que conservan aún un débil hálito de vida,
porque han sido nutridas por la integridad de unos pocos, aunque devastadas al mismo
tiempo por la depredación de muchos...
En estos tiempos los pobres son arruinados, las viudas gimen, los huérfanos son
pisoteados; tanto que la mayoría de ellos, nacidos en familias conocidas, y educados
como personas libres, huyen a refugiarse entre los enemigos [los bárbaros] para no
morir bajo los golpes de la persecución pública. Sin duda alguna busca entre los
bárbaros la humanidad de los romanos, puesto que no pueden soportar más entre los
romanos una inhumanidad propia de bárbaros.
Y aunque sean grandes las diferencias respecto a aquellos entre los cuales se
refugian, sea por la religión, como por la lengua e incluso, si se me permite decirlo, por
el olor fétido que exhalan los cuerpos y los vestidos de los bárbaros, ellos prefieren no
obstante sufrir entre aquellos pueblos tales diferencias de costumbres, que padecer la
injusticia desencadenada entre los romanos. Ellos emigran, pues, de todas partes y se
dirigen hacia los godos, hacia los bagaudes o hacia los otros bárbaros que dominan por
doquier, y no se arrepienten en absoluto de haber emigrado. En efecto, prefieren vivir
libres bajo una apariencia de esclavitud que ser esclavos bajo una apariencia de libertad.
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De este modo al título de ciudadano romano, otrora tan estimado y adquirido a tan
alto precio, hoy se lo repudia y se huye de él; hoy es mirado no solamente como vil, sin
incluso como abominable.
SALVIANO DE MARSELLA, DE gubernatione
Dei, Oeuvres, II, Sources Chrétiennes n. 220,
París 1975.

LA CAÍDA DE ROMA VISTA POR ALGUNOS CONTEMPORÁNEOS


AGUSTÍN DE HIPONA: LA CRUELDAD Y EL SALVAJISMO DE LOS BÁRBAROS

Pero eso que ha acontecido por primera vez, el hecho de que ese salvajismo bárbaro,
por un prodigioso cambio del aspecto de las cosas, se haya mostrado tan dulce hasta el
punto de escoger y designar, para llenarlas con representantes del pueblo, las más vastas
basílicas, dentro de las cuales nadie sería acometido, de donde nadie sería arrancado,
adonde muchos serían conducidos para su liberación por enemigos compasivos, de
donde nadie sería llevado en cautividad ni aun por los más crueles enemigos: esto, en
nombre de Cristo, es a los tiempos que hay que atribuirlo.
AGUSTÍN DE HIPONA, en LE GOFF, La
Civilización del Occidente Medieval, Ed.
Juventud, 1969, Barcelona, 37.

¿Acaso no es verdad que odian el nombre de Cristo aquellos mismos romanos cuyas
vidas perdonaron los bárbaros por reverencia a Cristo? Son testigo de ello las capillas de
los mártires y las basílicas de los apóstoles, las cuales, en aquel saqueo de la ciudad,
recibieron en su seno a los que en ellas buscaron refugio, tanto a los suyos como a los
ajenos.
Hasta sus puertas llegaba la crueldad del enemigo; en ellas se ponía fin a su locura
carnicera; a ellas eran conducidos por los propios enemigos compadecidos aquellos a
los que, encontrados fuera de estos lugares, habían perdonado la vida, para que no
cayesen en manos de aquellos que no se sentían movidos por la misma misericordia;
incluso estos mismos, sin embargo, que en otros lugares eran sanguinarios y crueles,
cuando llegaban a estos lugares, donde les estaba prohibido lo que por derecho de
guerra se les permitía en otros sitios, veían frenada toda su crueldad de acometida y roto
su deseo de botín...
AGUSTÍN DE HIPONA, De Civitate Dei, 1, 1.

SAN JERÓNIMO: LA CAÍDA DE ROMA COMO IMAGEN DEL FIN DE LOS TIEMPOS

Mientras estas cosas sucedieron en Jerusalén, llegó desde Occidente el terrible


rumor del asedio de Roma. Sus ciudadanos se habían rescatado a precio de oro; pero, ya
saqueados una vez, fueron saqueados de nuevo con peligro de no perder solamente su
subsistencia sino también sus vidas. Mi voz se ahoga en sollozos mientras estoy
dictando esta carta. Fue conquistada la Capital que conquistó al mundo entero, mejor
dicho, cayó por hambre antes de caer por la espada, y los vencedores sólo encontraron
pocos para tomarlos prisioneros.
La extrema necesidad empujó a los hambrientos a buscar inefables alimentos: los
hombres se devoraron sus propias carnes, y las madres no perdonaron a los lactantes en
sus pechos, y recibieron en su cuerpo lo que su cuerpo antes había dado a luz. "Señor,
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las gentes han irrumpido en vuestra heredad y han profanado vuestro santo templo;
como una barraca de hortelano han dejado a Jerusalén. Los cadáveres de vuestros
siervos los han arrojado para pasto de las aves del cielo; han dado la carne de vuestros
santos a las bestias de la tierra.
Como agua han derramado la sangre de ellos alrededor de Jerusalén, sin que hubiere
quien los sepultase" (Salmo 78, 1-3). ¿Quién podría cantar aquella noche de derrota,
quién explicar con palabras aquella tremenda matanza o igualar con lágrimas su dolor?
Cae la Urbe antigua, que por siglos dominaba el mundo, y por sus calles y casas a cada
paso yacen los cadáveres: inmensa visión de la muerte (Aen. II, 361-365 y 369).

Mientras tanto, en toda esta tremenda confusión, el cruento vencedor irrumpe


también en la casa de Marcela. Séame permitido relatar lo que me contaron o, mejor
dicho, reproducir lo que fue visto por testigos oculares, que os encontraron a vos,
Principia, a su lado, compartiendo el mismo peligro.
Me contaron que Marcela recibió a los intrusos con intrépido semblante y,
preguntando aquéllos por su oro y sus tesoros escondidos, indicó, como por excusa, su
vil túnica. Aquéllos, sin embargo, no quisieron creer a su voluntaria pobreza, y la
pegaron con palos y la trataron a latigazos. Pero ella no sintió el dolor, mas postrándose
con lágrimas a sus pies, les rogó que no os separasen a vos de su lado, ni que hiciesen
sufrir a vuestra delicada juventud lo que ella no temió por su vejez. Y Cristo ablandó sus
duros corazones, y hasta entre esas sangrientas espadas se halló lugar para un
sentimiento de piedad y compasión.
Los bárbaros os acompañaron, a las dos, hasta la basílica de San Pablo, para
encontrar allí la salvación o la tumba. Me contaron que Marcela sintió de todo esto tan
grande gozo que dio gracias a Dios por habérosle guardado sin sufrir ofensa, que la
cautividad no la hizo pobre, sino que la encontró pobre, que ahora carecería del pan del
día, pero que, hartada de Cristo, no sentiría hambre; en obra y en palabra reprodujo
aquello: "Desnuda salí del vientre de mi madre, y desnuda volveré allí. Como el Señor
lo ha querido, así fue hecho. ¡Sea bendito el nombre del Señor!" (Job, I, 21)
SAN JERÓNIMO, Ep. CXXVII, A Principia (412).

Resumiendo: las permanentes invasiones y emigraciones de los pueblos bárbaros


destruyeron el Imperio romano de Occidente y, en gran parte, la civilización romana
occidental. Desapareció el orden establecido, la organización administrativa, el
ambiente cultural y la actividad intelectual. Los continuos saqueos y muertes, las
poblaciones reducidas a esclavitud, la destrucción de edificios y ciudades, acabaron con
todo un sistema de vida. Roma a lo largo del siglo V fue amenazada tres veces:
saqueada por los visigodos de Alarico en el 410; en el 451 San León Magno consiguió
que los hunos dirigidos por Atila no la saquearan; en el 455 los vándalos penetraron en
una ciudad que mantenía poco sus antiguos esplendores.

La vida ciudadana desapareció junto con la destrucción de las ciudades y se


convirtió en rural y primitiva. Surgía Occidente, aparecía el medioevo.
La Iglesia salvó la civilización y cuidó, una vez más, a los más pobres y
marginados. Los obispos se convirtieron en piezas importantes de una sociedad en la
que la Iglesia irá adquiriendo un lugar relevante, pues será la única institución que
logrará sobrevivir a las oleadas de invasiones bárbaras.
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En Occidente la cultura se salvó gracias a los monjes que copiaron los códices
que conservaban la cultura clásica, transmitiendo así a la posteridad los escritos de los
autores grecorromanos y también los de algunos autores de su tiempo como San Isidoro
(c. 560-636).

La desaparición de la organización política romana creó un vacío de poder que


sólo pudo ser llenado por la Iglesia, educadora y legisladora de los nuevos pueblos;
además de evangelizadora, por cierto. Ambrosio, Agustín, León y Gregorio fueron, en
un sentido real, los padres de la civilización occidental al incorporar estos pueblos a la
comunidad espiritual de la cristiandad.
Consecuencia de este “maridaje” que se fue dando entre la sangre nueva bárbara
y la Iglesia, fue la estrecha unión y casi confusión de las instituciones del Estado con la
Iglesia.
Los concilios nacionales de Toledo constituyen un ejemplo elocuente de esto.
Recaredo y sus sucesores convocaban los concilios, dirigían el desarrollo de las sesiones
y firmaban las actas. En realidad, eran al mismo tiempo asambleas eclesiales y
asambleas del reino, y de hecho influyeron eficazmente en la marcha de este. Los
obispos crearon una ética de los soberanos marcada por las virtudes de iustitia y pietas
de la antigüedad, objetivaron la soberanía regia como oficio regio e introdujeron la
consagración del rey para fortalecer la autoridad del soberano.

En el ámbito propiamente cultural, no todo se había perdido a pesar del grave


deterioro. Tendríamos que señalar algunos mediadores de la cultura clásica gracias a su
obra y a su actuación:

Boecio (480-524), filósofo y hombre de Estado con Teodorico, quien lo acusó de


traición y lo encarceló. Entre sus muchos escritos sobresale De consolatione
fhilosophiae, escrito en la cárcel.

Casiodoro (477-570), noble romano y monje. Ocupó importantes cargos en la


administración de los reyes ostrogodos. Sus obras constituyen una importante fuente
para el conocimiento de la situación en la transición del Imperio a los reinos bárbaros.
Hacia el 540 se retiró al sur de Italia a un monasterio que él mismo había construido,
convirtiéndolo en un importante centro de enseñanzas seculares y religiosas. Fomentó la
copia de manuscritos, colaborando eficazmente en la conservación de la cultura clásica.

Isidoro de Sevilla (560-636) y su hermano Leandro, consiguieron que Sevilla se


convirtiese en un centro cultural cristiano. Isidoro tenía conocimientos enciclopédicos.
Sus estudios, que tenían en cuenta las aportaciones de Boecio y Casiadoro, abarcaban
todas las áreas del conocimiento de la época. Hacia el 600 fue nombrado arzobispo y
como tal, fundó escuelas, favoreció un nuevo sistema educativo y presidió concilios
tanto en Sevilla como en Toledo. Debe su fama fundamentalmente a sus escritos. Las
Etimologías constituyen una enciclopedia en veinte volúmenes que presenta todos los
conocimientos de su tiempo en todos los campos: gramática, retórica, matemáticas,
música, jurisprudencia, historia, teología, herejías, geografía, geología, vestidos,
agricultura y antropología.
Esta summa del conocimiento humano, que se convirtió en la base de toda
enseñanza en Occidente durante 800 años, colocaba en el mismo centro del universo
intelectual la doctrina y la enseñanza cristianas. San Isidoro completa la revolución
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agustiniana: La Iglesia abarca cualquier aspecto de la sociedad y tiene respuestas para


todas las cuestiones. Por esta razón se le consideró el maestro del medioevo.

Beda el Venerable (673-735), monje y Padre de la historia inglesa. Se convirtió en uno


de los hombres más instruidos de Europa. Conoció la cultura de Italia, los autores
clásicos, el latín, el griego y el hebreo y los escritos de los Padres de la Iglesia latinos.
Escribió sobre historia natural, cronología, y Escritura, pero su obra fundamental fue la
Historia eclesiástica, una historia de la Iglesia centrada y enmarcada en la historia
general de los ingleses.

Estos son sólo algunos autores, pero suficientemente representativos de un clero


conocedor del pasado y maestro de sus contemporáneos y de cuantos les iban a suceder.
El sistema educativo abarcaba las siete artes liberales: gramática, retórica,
dialéctica, aritmética, geometría, música y astronomía; las artes dependientes: medicina,
leyes, y cronología, y, finalmente, Sagrada escritura y derecho canónico.

LA CONVERSIÓN DE LOS BÁRBAROS

Respecto al proceso de conversión de los pueblos bárbaros, recordemos que se


convirtieron masivamente siguiendo a sus jefes: los visigodos con Recaredo, los francos
con Clodoveo, los longobardos con Teolinda, y lo mismo los otros pueblos germanos.
No se trató de una conversión personal, de un auténtico cambio de vida efectuado antes
del bautismo, sino de un paso de estos pueblos como tales al ámbito de la Iglesia.
Organizados en estrechos clanes familiares, pueblos y tribus, la Iglesia se dirigió
a los líderes y por medio de estos se desencadenó el proceso de “conversión” de toda la
horda, a veces instantánea. Aquí se descubre una clase de psicología de estos pueblos:
iban al bautismo como a la batalla: ¡detrás del jefe!
Le quedaba así a la Iglesia la tarea recién incoada de evangelizarlos, pues si a las
aguas del bautismo se puede llegar en masa, a la fe y a las costumbres hay que ir
personalmente.

¿Cuáles fueron las razones del éxito en la conversión de estos pueblos?1

 La fuerte organización de la Iglesia: los Obispos se reunían, deliberaban, fijaban


los artículos de la disciplina y las modalidades de la actividad cultural. A medida
que surgían las parroquias, la acción social del clero se desarrollaba más
eficazmente. La Iglesia disponían, a menudo, de grandes recursos. Esta eficiente
organización eclesial, heredada por lo demás de la organización administrativa
imperial, era uno de los elementos de su fuerza en una sociedad muy elemental y
poco organizada.

 Las mujeres constituyeron un motivo y ayuda especial: pocas veces como en esta
época se realiza el dicho de San Pablo: “la mujer creyente santifica a su marido
increyente”. Ellas fueron como los agentes catalizadores que provocaron la
conversión de su familia, o, mejor dicho, el ingreso de sus familias al seno de la
Iglesia; pues la obra profunda, la lenta preparación de siglos, la profundización de
los pueblos en la fe, fue obra esencialmente de los monjes.

1
Ver: J.Mª. LABOA, La larga marcha de la Iglesia. Biblioteca XX Siglos, Madrid 1985, p. 20 y ss.
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 El prestigio del Obispo: resulta sorprendente encontrar tal número de


personalidades enérgicas, emprendedoras, creativas y atrayentes en un grupo
humano que conservando lo mejor de la tradición religiosa y cultural antigua,
asumieron con brío la gran obra de evangelizar a los nuevos pueblos.

 Junto al clero, los monjes ejercían una profunda acción en el pueblo: no


podríamos imaginar la historia de estos siglos sin la presencia y la acción
civilizadora y evangelizadora del monacato.

 El comercio: el estrecho lazo existente entre el comercio y algunas misiones


posromanas y medievales es evidente. La fe llevada por los representantes de un
mundo más culto, envidiado por numerosos motivos, terminará por conquistar a los
conquistadores del Imperio. No cabe duda de que el prestigio de la cultura romana
constituyó un argumento y un talante decisivo en manos de la Iglesia a la hora de
asumir la evangelización de los pueblos bárbaros.

 Hasta el año 476 ninguna población germana se había convertido al catolicismo


mientras vivía fuera de las fronteras del Imperio. Pero, ninguna de estas
poblaciones, una vez dentro del Imperio, permaneció pagana durante más de una
generación. El paso de la vida salvaje de la barbarie a la vida romana produce un
sustancial y relativamente imprevisto cambio de religión. La entrada en un nuevo
mundo económico y cultural va seguida de la necesidad de un nuevo mundo
espiritual.

El carácter elemental e inmaduro de estos pueblos germanos significó la aceptación


del cristianismo con total objetividad y hasta podría decirse que de modo pasivo.
Así, los pueblos germánicos aportaron a la fe cristiana la energía de una raza
todavía intacta, y al ir avanzando el proceso de evangelización, una manera nueva de
sentir y expresar la fe. El peligro consistió en que el carácter naturalista e instintivo de
los germanos pudiera sofocar la elevada pureza espiritual del cristianismo y multiplicar
la superstición. No se puede comprender el cristianismo medieval, con todo lo que
supuso para las generaciones siguientes, sin conocer el influjo y el aporte de los pueblos
bárbaros.
También es necesario señalar el papel moderador y civilizador de la Iglesia,
protegiendo al pueblo de la violencia de los señores e influyendo en mitigar las
costumbres bárbaras. En una época tan violenta, por ejemplo, la Iglesia imponía como
penitencia obras sociales, tales como la liberación de esclavos, la reparación de puentes
y caminos, el avituallamiento de los campesinos a quienes las guerras intestinas habían
reducido a la miseria y la reconstrucción de las casas destruidas.

Por otra parte, la acción social de la Iglesia pudo ejercerse con más facilidad, ya
que los obispos y sacerdotes gozaban de un ascendiente social extraordinario. Las
antiguas tradiciones germánicas y los nuevos factores de la cultura actuaban en el
mismo sentido. En el medioevo la fe cristiana no es jamás un signo de inferioridad
intelectual. En todas partes es un símbolo de superioridad. Los misioneros venidos del
centro del mundo antiguo habían unido este país con el cristianismo y, por medio de
Cristo, con las tradiciones de la fuerte cultura y civilización antigua.

Los reinos bárbaros van a formar lo que conocemos hoy como Europa
Occidental: Alemania, Italia, Francia, Los Países Bajos, Escandinavia, Inglaterra y
178

España. Ya hemos señalado a grosso modo como esto se va articular en el encuentro


entre el mundo germano-romano por lo que nos centraremos de modo particular en
Hispania, que nos interesa de modo particular, por constituirse como el primer Reino
Alto medieval en orden cronológico, como en importancia para el desarrollo histórico
europeo ulterior.

EL REINO VISIGÓTICO DE TOLEDO (416-711)


Reino de Toledo, núcleo político creado por los visigodos, cuyo asentamiento en
la península Ibérica se llevó a cabo en el transcurso del siglo VI, finalizó con la invasión
musulmana en el 711. Los visigodos eran un pueblo germano perteneciente al grupo
godo, que recibió ese nombre pues fueron conocidos como los godos de occidente
(visigodo resulta de las palabras germanas west, que significa ‘oeste’, y gothus, que
quiere decir ‘godo’).
Su presencia en Hispania data del 416, cuando acudieron como federados del
Imperio romano de Occidente para combatir a los suevos, vándalos y alanos, que se
habían asentado en diversas regiones del territorio peninsular. Tras esta intervención,
firmaron un acuerdo con Roma y se establecieron en el sur de la Galia, donde crearon el
reino de Tolosa (denominación otorgada por la historiografía española para referirse al
Estado visigodo que tuvo su capital en lo que es en la actualidad la ciudad francesa de
Toulouse). Más tarde, regresaron a la Península con funciones de carácter militar,
iniciándose su asentamiento en estas tierras. Pero la afluencia masiva de visigodos hacia
la península Ibérica se produjo después de la derrota sufrida frente a los francos en la
batalla de Vouillé (507). Su asentaron inicialmente en la cuenca del Duero, una zona de
escasa población y débil desarrollo urbano, que les permitía mantenerse aislados de los
hispanorromanos.
Es decir, los orígenes están en la Hispania romana que velozmente se convierte
en la España visigoda. Este proceso no es fruto de acuerdos jurídicos y territoriales sino,
más bien, de una especie de encuentro de culturas que coexistirán, no sin dificultades,
sin confundirse ni mezclarse en sus orígenes. Este encuentro entre el mundo visigodo y
el mundo hispano romano es el antecedente de lo que hoy conocemos por España.
Los visigodos se instalan en Occidente bajo la dirección de Ataúlfo, que
organiza el reino de Aquitania en la provincia romana de la Gallia, con su capital en
Toulouse (418-507); luego del desastre de Vouillé (507), se radican definitivamente en
Hispania, creando el Reino de Toledo (507-725).
En la península Ibérica someten a los pueblos bárbaros instalados con
anterioridad en esos territorios: los suevos en Galicia y los alanos en lusitania
(Portugal). Los visigodos crearon el reino más estable y durable del tiempo de las
invasiones bárbaras, que llegó a durar casi 300 años, inaugurando la formación del
primer reino alto medieval en Europa.
179

Su entrada en el mundo de la Hispania post caída del Imperio no fue fácil: al


hecho de ser bárbaros se les suma el hecho de profesar un cristianismo arriano, lo que
los hace antagonistas acérrimos de la comunidad hispanorromana, fiel y devota católico-
romana. A esto se suma el hecho que la estructura de la jerarquía social de estos pueblos
estaba centrada en la aristocracia guerrera y no en la tenencia de la tierra, la nobleza de
sangre o la cultura poseída.
En los inicios, no existe fusión de razas y en consecuencia de costumbres y
culturas, sino que, más bien se instala una coexistencia con algunos niveles de
contaminación mutua. Los visigodos son una fuerza de ocupación de la antigua
provincia romana y los hispanorromanos son percibidos como una fuerza que se resiste
al contacto y la absorción. Dos pueblos en un mismo territorio que se toleran pero que
no se mezclan: una peligrosa situación de coexistencia que amenazaba a cualquier
intento de construcción de estructuras sociales o a los intentos de generar una nación en
paz, capaz de fundar una identidad común.
Esta situación va a mejorar con la conversión de Recaredo 2, que se convierte al
catolicismo romano (587). Desde entonces y hasta el 589 se sucedieron las
sublevaciones de los arrianos, a las que hizo frente y derrotó.

En las sesiones del Tercer Concilio de Toledo (589), Recaredo no sólo hace
pública profesión de la fe católica, sino que además anatematiza a Arrio y sus doctrinas.
El Concilio sella la conversión de los pueblos godos y suevos. Esta conversión (o
bautismo, mejor dicho) fue acompañada por un grupo notable de nobles y de obispos
arrianos que abjuran de su comprensión anterior de la fe y abrazan la fe católica romana.
El principal artífice del Concilio, fue quien lo presidió, el arzobispo de Sevilla, San
Leandro, consejero del monarca que había influido en éste a la hora de su conversión.
A partir de este momento, el rey se convirtió, a imitación de los emperadores
bizantinos, en jefe de la Iglesia visigoda. Las jerarquías católicas se integraron en la

2
Rey visigodo (586-601), promotor de la conversión al catolicismo de su pueblo. En el 586 sucedió en el
trono a su padre, Leovigildo, quien había intentado conseguir la unidad de los hispanorromanos y
visigodos mediante la imposición del arrianismo. Fracasada esa política, Recaredo optó por conseguir la
fusión en torno al catolicismo, culto al cual se convirtió en el 587. Su decisión de abjurar públicamente
del arrianismo y aceptar el catolicismo fue adoptada en el III Concilio de Toledo del año 589.
180

maquinaria estatal y los concilios de Toledo adquirieron una destacada dimensión


política y eclesial. Esta situación explica que a partir de entonces en el reino visigodo se
confundieran Iglesia y Estado.
El Tercer Concilio Toletano reconocerá la validez de los matrimonios entre
visigodos e hispano romanos lo que va a ayudar a la mezcla y fusión de razas y culturas.
Esto implicó muchos cambios sociales, en usos y costumbres: la conversión al
catolicismo implicó un cambio estético relevante (no olvidemos que las concepciones
estéticas son el reflejo de las imágenes de mundo que se profesan), se pasa de la forma
de vestir bárbara a la forma de los romanos: de las pieles y las telas burdas se pasa a las
refinadas, el púrpura y las modas post-imperiales: desaparecen las hebillas grandes en
sus ropajes y adoptan los broches tradicionales; cambian los estilos de corte y cuidado
del pelo. Comienzan a abandonar sus costumbres tradicionales y comienzan a asumir las
costumbres hispano romanas como, por ejemplo, dejan de enterrar a los muertos con sus
pertenencias.
Observemos las noticias de la conversión de Recaredo que nos entrega San
Isidoro de Sevilla:

“En el año tercero del imperio de Mauricio, muerto Leovigildo, fue coronado rey
su hijo Recaredo. Estaba dotado de un gran respeto a la religión y era muy distinto de su
padre en costumbres, pues el padre era irreligioso y muy inclinado a la guerra; él era
piadoso por la fe y preclaro por la paz; aquél dilataba el imperio de su nación con el
empleo de las armas, éste iba a engrandecerlo más gloriosamente con el trofeo de la fe.
Desde el comienzo mismo de su reinado, Recaredo se convirtió, en efecto, a la fe
católica y llevó al culto de la verdadera fe a toda la nación gótica, borrando así la
mancha de un error enraizado.
Seguidamente reunió un sínodo de obispos de las diferentes provincias de
España y de la Galia para condenar la herejía arriana. A este concilio asistió el propio
religiosísimo príncipe, y con su presencia y su suscripción confirmó sus actas.
Con todos los suyos abdicaron de la perfidia que, hasta entonces, había
aprendido el pueblo de los godos de las enseñanzas de Arrio, profesando que en Dios
hay unidad de tres personas, que el Hijo ha sido engendrado consustancialmente por el
Padre, que el Espíritu Santo procede conjuntamente del Padre y del Hijo, que ambos no
tienen más que un espíritu y, por consiguiente, no son más que uno”
ISIDORO DE SEVILLA, Las historias de los
godos, vándalos y suevos, ed. CRISTÓBAL
RODRÍGUEZ ALONSO, León, 1975, 261–263.

Desde su “conversión” Recaredo se esmeró por convencer a los obispos arrianos


para que aceptaran la doctrina trinitaria católica, celebrando tres reuniones:

a. Una con los obispos arrianos, a los que animó a reunirse con obispos
católicos para discutir los problemas teológicos y determinar cuál era
la verdadera fe, apostando siempre a la filiación católica.
b. Una reunión conjunta de obispos católicos y arrianos, con fuerte
polémica entre ambos bandos, y con un Recaredo presionando a favor
de los católicos.
c. No habiendo logrado convencer a los arrianos, una reunión con los
obispos católicos a los que comunicó que había resuelto optar por el
catolicismo.
181

En estas reuniones estaban presentes muchos nobles visigodos, y al parecer casi


todos ellos siguieron las opciones de su rey. Hacia la primavera y el verano del 587 las
iglesias arrianas fueron decretadas ilegítimas, expropiadas todas sus pertenencias y sus
bienes entregados a los católicos como signo de la definición como la única y verdadera
fe.
Esta situación no sólo significó un triunfo del catolicismo en Hispania, sino que
transformó al reino en un Estado teocrático, iniciando una unión entre el trono y el altar
que durará largo tiempo: el poder temporal y el espiritual bajo un mismo régimen. La
actividad del reino comienza a desarrollarse entretejida con la iglesia y viceversa. Los
concilios, reuniones de los obispos, se transforman en asambleas religioso-político
orientadas al gobierno del reino, que a la vez es dirigir el gobierno de la Iglesia
visigótica. El rey preside estos encuentros sancionando edictos que de él emanan.
Este Estado teocrático va poseer como referente el Estado bajo imperial romano,
donde el Emperador, cabeza del Imperio y “vicario de Dios”, daba validez a los
encuentros de los Obispos, convocando, presidiendo y promulgando sus resultados.
En Occidente con Recaredo se va a realizar el inicio del ejercicio régimen de
cristiandad a partir del sentimiento de nostalgia del orden imperial que el pueblo, la
Iglesia y las instituciones comienzan a sentir y a catalizar como una de las fuerzas
constructoras del Medioevo.
En el siglo siguiente otro monarca, Recesvinto, promulgó el Liber Iudiciorum
(654), por el que se ponía fin a las diferencias jurídicas entre visigodos e
hispanorromanos. No obstante, la monarquía visigoda era débil, tanto por el carácter
electivo de sus monarcas como por la gran influencia que ejercían los grandes nobles.
La población visigoda era muy reducida, sobre todo en comparación con la
hispanorromana, y su economía era esencialmente agropecuaria. Paralelamente se
desarrollaban las relaciones de tipo personal, que anunciaban la futura sociedad feudal.
La principal institución política era el Aula Regia, órgano consultivo de los reyes.
También tuvieron gran importancia los concilios eclesiásticos, en los que se trataban
asimismo cuestiones políticas. En la cultura, claramente orientada al servicio de la
Iglesia, la figura más relevante fue Isidoro de Sevilla, autor de las célebres Etimologías.

Desde finales del siglo VII se recrudeció en la España visigoda la lucha por el
poder. En ese clima se produjo, en el año 711, la invasión de la península Ibérica por los
musulmanes, que procedían del norte de África. La derrota y muerte del rey Rodrigo en
la batalla de Guadalete supuso el fin del poder visigodo en España.
En muy pocos años los musulmanes conquistaron todo el territorio peninsular,
excepto las zonas montañosas del Cantábrico y del Pirineo. Los invasores (en su mayor
parte bereberes, aunque dirigidos por árabes) eran escasos, no obstante, gran parte de la
población anterior de España aceptó la religión musulmana, convirtiéndose en muladíes,
término con el que se designaba a quienes abrazaban el islam después de haber
rechazado su religión original.
Así pues, el año 711, es conquistado el reino visigótico por los musulmanes, que
a través de Gebel al Tarik (Gibraltar) hacen su hégira hacia Occidente. Un vestigio del
reino visigodo es Gotholonia país español que nosotros conocemos como Cataluña.
182

GRANDES HOMBRES DE IGLESIA: SAN GREGORIO MAGNO


San Gregorio I (c. 540-604), Papa (590-604), último de los cuatro Doctores de la
Iglesia originales. Fue conocido como Gregorio Magno. Nacido en Roma, en el seno de
una familia patricia, Gregorio fue hijo de un senador y bisnieto del Papa Félix III (438-
492). Con estos importantes vínculos, destacó de inmediato en la administración. En el
año 570 fue nombrado prefecto de Roma. Decidió muy pronto convertirse en monje, y
hacia el año 575 transformó su propiedad familiar en un monasterio dedicado a san
Andrés.
En el 579 Gregorio fue enviado por el Papa Pelagio II (579-590) como nuncio
ante el emperador en Constantinopla, donde intentó conseguir ayuda militar contra los
lombardos que habían invadido Italia y se habían instalado en las proximidades de
Roma. A su regreso a la ciudad fue elegido Papa en el año 590. A pesar de sus esfuerzos
no consiguió ayuda de Constantinopla contra los lombardos, y tuvo que negociar con
ellos. En el año 594 evitó la invasión lombarda de Roma después de acordar el pago de
un tributo anual.
Como Papa, Gregorio consolidó el prestigio del pontificado y confirió al cargo
un carácter en cierto modo diferente. Como los lombardos habían provocado el colapso
casi completo de la administración civil en la ciudad, Gregorio tuvo que estar incluso
más atento que sus predecesores en atender a los pobres y proteger a la población
cercana a la ciudad. Su eficaz administración de las propiedades de la Iglesia en Roma
proporcionó alimento y dinero para este fin. Con Gregorio el pontificado asumió el
liderazgo político en Italia y reunió sus territorios repartidos por todo el país en uno sólo
que más tarde se convertiría en los Estados Pontificios.
Gregorio defendió la tradicional aspiración de Roma de primacía eclesiástica
sobre el Patriarca de Constantinopla, así como sobre los demás obispos de la Iglesia. Se
tomó también un gran interés por la liturgia, e introdujo una serie de reformas. Se le
atribuye la incorporación del canto gregoriano a la celebración de los oficios divinos.
En el año 597 Gregorio envió a Inglaterra al prior de su propio monasterio,
Agustín de Canterbury, junto con 40 monjes. El gran éxito de esta misión despertó un
sólido sentido de lealtad al pontificado entre los ingleses.
Los 14 libros de las cartas de Gregorio proporcionan una excelente fuente para
conocer al hombre de su época. Además de las cartas y de una serie de homilías,
Gregorio escribió varias obras que fueron muy influyentes en la edad media. Casi todas
tienen una orientación práctica y moral. El Moralia es un comentario sobre Job, lleno de
materias doctrinales y disciplinarias. El Liber pastoralis curae describe al obispo ideal y
pretendía ser un manual sobre la práctica y naturaleza de la predicación. La obra de
Gregorio que posee un especial atractivo es Diálogo, una colección de leyendas sobre
santos de su época. Única fuente de información sobre san Benito, fue en parte
responsable de la popularidad del monacato benedictino en la edad media, y su hincapié
en los milagros fija los modelos de la concepción medieval de la santidad.
183

La verdadera grandeza de Gregorio reside en su dilatada actividad pastoral. Su


espíritu práctico, generosidad y compasión le proporcionaron el afecto de sus
contemporáneos.

LA “REGLA PASTORAL” DE GREGORIO MAGNO

“Él [el misionero], por tanto, ciertamente debe dedicarse por entero a realizar un
ideal de vida. Debe dar muerte a todas las pasiones de la carne y emprender una vida
espiritual. Debe poner a un lado la prosperidad mundana; no debe temer la adversidad,
deseando solamente lo que es espiritual.
Debe ser un hombre consecuente con sus propósitos sin dejar que la debilidad
del cuerpo ni de la terquedad de su espíritu los obstaculicen. No debe tener envidia de
los bienes de los demás, antes bien, estar alegre de dar los propios. Debe estar movido
por un corazón compasivo presto al perdón, nunca tan desviado de la perfecta rectitud
como para perdonar más allá de lo que sea conveniente. No debe actuar injustamente,
pero debe deplorar como propia la injusticia cometida por los demás, en lo profundo de
su corazón se compadece de las fragilidades de los demás, se alegra del bien de su
vecino como si fuera el suyo propio. En todo lo que hace se pone de tal modo como
ejemplo que no se encuentra ni siquiera en su pasado nada de lo que pueda
avergonzarse. Se afana por vivir de un modo tal que pueda regar los corazones secos de
los demás con el agua de la sabiduría (…)
Hemos mostrado, por tanto, lo que el carácter de pastor debe ser. Digamos algo
sobre su manera de enseñar. Como hace tiempo Gregorio Nacianceno de bendita
memoria ha enseñado, una única exhortación no es adecuada para todos, porque no
todos están dotados de la misma cualidad de carácter. A menudo, por ejemplo, lo que
aprovecha a unos, perjudica a otros. Del mismo modo, también, que las hierbas que
alimentan a algunos animales, matan a otros; el suave silbido que calma a los caballos,
excita a los cachorros; la medicina que alivia una enfermedad, agrava otra; y el pan
tanto como fortalece la vida de los hombres robustos estropea la de los niños.
De donde se deduce que el discurso de un maestro debe estar adaptado al
carácter de los oyentes, para que aproveche al individuo en sus respectivas necesidades
y no le desvíe en cambio de su formación general. Porque, ¿qué son las inteligencias de
los oyentes atentos sino, podríamos decir, las cuerdas tirantes de un arpa que el hábil
arpista toca con una variedad de golpes para que no produzca una melodía discordante?
Y es por esta razón que las cuerdas proporcionan una melodía armoniosa, porque no son
pulsadas con la misma fuerza, aunque san tocadas con un solo plectro. De aquí,
también, todo maestro para edificar todo en la única virtud de la caridad, debe tocar los
corazones de sus oyentes usando para todos una sola doctrina, pero no dándoles a todos
la misma exhortación”.
GREGORIO MAGNO: Regulae pastorales liber (c. 590), P.L. LXXVII. Tomado de MIGUEL
ARTOLA. Textos Fundamentales para la Historia. Ed. Revista de Occidente, Madrid 1973,
página 45-46.

LA MISIÓN ENTRE LOS ESLAVOS

Nos encontramos aquí con dos notables misioneros: los Santos Cirilo y
Metodio (827-869) y (826?-884), hermanos nacidos en Tesalónica, conocidos como los
'apóstoles de los eslavos'. Formaron parte de una misión enviada en el año 860 por el
184

emperador bizantino Miguel III el Beodo, al territorio de los jázaros, un pueblo tártaro
que toleraba todas las creencias y cuyos gobernantes practicaban el judaísmo.
En el 862, antes de emprender una misión a la Gran Moravia (en la actualidad
República Checa), en respuesta a una petición del gobernante de Moravia al emperador
Miguel, Cirilo creó el alfabeto eslavo. Fue el alfabeto conocido como glagolítico.
Durante los siguientes nueve años, los hermanos tradujeron los libros del Nuevo
Testamento a la lengua vernácula, utilizando estas traducciones para desarrollar una
liturgia eslava. Fueron llamados a Roma por el papa Nicolás (San Nicolás I, papa entre
los años 858-67) para responder de la utilización de la lengua vernácula en los servicios
religiosos. Nicolás murió antes de que éstos llegaran a Roma y su sucesor, Adriano II
(papa entre los años 867-72), aprobó la liturgia eslava. Cirilo murió en Roma. Metodio
regresó a Moravia, ampliando su labor misionera. Fue nombrado arzobispo en el año
869.
Estos, y otros santos misioneros, defendieron con tenacidad el método total de
adaptación: “Dios pide –decían- que le alabemos; sólo podemos alabarlo en una
lengua que entendamos”. El esquema de evangelización de las nuevas cristiandades
tuvo algunos puntos en común:

 Hombres fuertes de gran personalidad, que polarizaban con su predicación y


ejemplo la atención general de los pueblos misionados.
 Conseguidas las primeras conversiones, elegían y consagraban Obispos de las
nacientes Iglesias locales, a personas de su confianza, que proseguían su labor
apostólica.

Esta panorámica nos presenta la sorprendente implantación de una religión extraña


al Imperio en sus orígenes, y que acaba por atraer, dominar y convertirse en religión del
Imperio. Cuando éste cae arrasado por los bárbaros, el cristianismo conquistará
espiritualmente a estos pueblos, para finalmente ser la fe de la naciente cristiandad
europea.
Una religión muy exigente en su moral, complicada en su dogma, que no duda en
rechazar a quienes no son capaces de vivir según sus preceptos o de conocer sus
principios a través de una ardua y larga preparación.
Una Iglesia que ha atravesado el largo desierto de la persecución; cuyos fieles se
someten a la penitencia pública y que deben pasar años de catecumenado bajo la
cariñosa pero vigilante observación de la comunidad; una fe que sentía el compromiso
de ayudar, sí, pero de seleccionar también al candidato; es una fe probada, que no sólo
sobrevivió, sino que se expandió y consolidó, fruto no sólo de acontecimientos y
esfuerzos humanos, sino fundamentalmente de la presencia y acción del Espíritu del
Resucitado, que llenó el corazón de sus fieles. El fervor y el entusiasmo, la entrega sin
límites y el compromiso hicieron así maravillas. A inicios del siglo IV, la mayoría de las
personas interesantes en el Imperio eran cristianas.

Entonces se produjo la avalancha del siglo IV. ¿Puede una Iglesia masiva ser
santa? ¿Puede la mediocridad omnipresente en la historia ser convertida por el
Evangelio? ¿Puede un Imperio ser cristiano?

Casi de la noche a la mañana el Imperio se “despertó cristiano”, y poco más


tarde, en el siglo V, los pueblos bárbaros aceptaron el cristianismo en masa, aceptando
así la “cultura” imperial. No sólo estaba de moda ser cristiano, sino que resultaba
impensable no serlo. Y ahora para ser cristiano no era necesario un largo proceso, sino
185

que bastaba casi con nacer. El catecumenado fue reduciendo sus exigencias diluyéndose
hasta casi desaparecer. Pero esto no siempre quería decir que fuese sustituido por una
seria preparación de los jóvenes.
Ahora la llamamos religión sociológica; entonces podría llamarse cristiandad.
De hecho, se trataba de una inmensa comunidad, muy desigual, muy mediocre, donde,
naturalmente, habías santos, sabios y ascetas; pero abundaban los pecadores y los
ignorantes, los prepotentes y abusadores, todos “cristianizados”, pero en realidad era
una masa un tanto amorfa.
Era una historia de la salvación menos atrayente, pero igualmente real. En
realidad, se trataba de nuestra historia, de nuestra Iglesia, que ya entonces acogía a
santos y pecadores, comprometidos y tibios, y que caminaba entre las penas del mundo
y los consuelos de Dios.

En definitiva, en este período, la Iglesia se irá propagando hasta extenderse por


toda Europa desde las Islas Británicas a los Urales y desde Groenlandia hasta las
Azores. La unidad religiosa es una de las características del medioevo. En todo el
“mundo” cristiano, la Sede apostólica de Roma irá siendo considerada como la fuente
de la doctrina. Además, el papado, con creciente precisión de pensamiento, irá
reivindicando para sí, el magisterio doctrinal y la autoridad disciplinar. Así, la Europa
occidental medieval no sólo formó una unidad religiosa, al menos hasta fines del siglo
XIV, sino que, además, toda la sociedad occidental consideró que de la Iglesia de Roma
y de su obispo emanaban la fe y la autoridad. Todo esto no sin grandes debates y
combates.

Con la conquista longobarda de Italia en el siglo VI concluye la primera y la más


grande oleada de migraciones indoeuropeas, que determinaron la caída del Imperio
romano de Occidente. A lo largo de los siglos VI y VII, estos pueblos dan vida a reinos
cristianos que consiguen poner fin a las destrucciones y establecer un nuevo orden,
basado en el poder militar de los príncipes y el poder espiritual del clero.

Con el retroceso de la romanidad frente a la invasión germánica, las costumbres e


instituciones romanas desaparecen, dejando campo libre a un nuevo modelo social, el de
los detentores de feudos, terratenientes guerreros que ejercen el poder de las armas y
que en los siglos posteriores darán vida a la nobleza. En tal perturbación se advierte una
pérdida fundamental del sentido del Estado y de la Iglesia, a favor de nuevos vínculos
interpersonales que producirán en poco tiempo el fenómeno del feudalismo.
Se afirman nuevos potentados, los grandes propietarios, que someten a sus
exigencias al clero local y dan vida a verdaderos reinos autónomos, antes y después del
breve paréntesis del Imperio Carolingio.
En Italia, Alemania y Francia se afirman formas nuevas de culturas y de arte que
confluyen en lo que puede considerarse el legado más extraordinario de este siglo: el
códice miniado.
En Toledo, convertida en capital del reino visigodo, donde las estructuras civiles
y eclesiásticas estaban íntimamente unidas, tuvieron lugar en los siglos VI y VII quince
concilios nacionales. En estos mismos siglos, España experimentó, como en otros
lugares de Europa, un gran florecimiento de la vida monástica y vio nacer una liturgia
nacional, la mozárabe, que se distinguía de la romana por un uso más abundante de
himnos, invocaciones y gestos.
186

LA EUROPA CRISTIANA ALREDEDOR DEL AÑO 600

Podemos suponer que gran parte de las Iglesias establecidas bajo el Imperio
Romano de Occidente, desaparecieron con las invasiones bárbaras del siglo V.
En el año 600 existían aún en Italia reductos importantes de campesinos
paganos, especialmente en el territorio lombardo (Italia central y septentrional), país que
estaba en manos de invasores arrianos, como casi todos los bárbaros. Un siglo después,
toda la Península Itálica es católica. En el resto de la Europa cristiana, el avance de la fe
progresó regularmente, con sus más y sus menos. Poco antes del año 600, el arrianismo,
que había amenazado con destruir a la Iglesia, había desaparecido de la Galia. La herejía
sólo subsistió en España casi hasta la conquista musulmana.

En la Galia: el año 600 la gran mayoría de la población es cristiana, o al menos estaba


en contacto con el cristianismo. La excepción son los habitantes de la península de
Bretaña, inmigrantes celtas arrojados de la Gran Bretaña por los invasores sajones,
quedaron separados de la Iglesia gala durante más de dos siglos. Al norte y este de la
Galia, grupos de monjes irlandeses, discípulos de San Columbano predicaron y
trabajaron en los alrededores de los monasterios que habían fundado en la actual Suiza.

En Alemania: las invasiones bárbaras no destruyeron por completo las colonias


cristianas, diseminadas por el Tirol austríaco, Suiza y sur de Baviera. Más tarde, en los
primeros decenios del siglo VII, San Columbano y sus monjes habían fundado varios
monasterios cerca de Zurich, Bregenz y el futuro Saint-Gall. En el año 700, Suabia era
parcialmente cristiana.

Las Islas Británicas: casi toda Inglaterra fue ocupada al inicio del año 600 por
invasores paganos (daneses, sajones y otros), que se establecieron allí después del retiro
de la administración y tropas romanas. No disponemos de documentos que apoyen la
tesis de que haya sobrevivido alguna comunidad cristiana en la región. Sólo Gales y
Cornualles eran totalmente celtas y habían conservado la fe. Irlanda no estaba todavía
amenazada de invasión y de allí salieron grandes misioneros: Columbano para ir a Galia
e Italia y Columba a las islas occidentales de Caledonia.
Ya sabemos que durante este tiempo la fe cristiana llegó a Inglaterra por otro
conducto. El Papa Gregorio I envío a Inglaterra a Agustín y sus compañeros,
emprendiendo así el pontificado romano un notable esfuerzo misionero y
estableciéndose un sólido vínculo entre el pontificado y la Iglesia de Inglaterra, lazo que
se reforzó cuando la evangelización de Europa septentrional, occidental y central se
emprendió partiendo de las Islas Británicas. Al mismo tiempo, el papado imponía su
autoridad directa sobre unos pueblos recién convertidos, entre los cuales gozada de gran
prestigio. Esta circunstancia fortaleció en épocas posteriores la posición de Roma frente
el Imperio de Oriente, y luego, le proporcionó su capacidad de resistencia en la lucha
contra los emperadores alemanes.
La conversión de Inglaterra e Irlanda nos ofrece numerosos motivos de
reflexión. Todavía hoy resultan provechosas y dignas de atención las respuestas que
envía Gregorio Magno a las preguntas de Agustín de Canterbury. En ellas da prueba de
su apertura de mente. Gregorio comprendió que, frente a aquellos pueblos rudos,
todavía embebidos de supersticiones e ignorancia, un sistema de rígida intransigencia
hubiera resultado fuera de propósito, y quiso que los misioneros actuasen con
moderación e indulgencia, hasta donde fuera posible, para con sus costumbres e ideas. Y
187

les aconsejó que eligiesen, entre los usos litúrgicos y religiosos, los más aptos para
promover el honor de Dios, aunque no fuesen propios de la Iglesia romana.
Un gran misionero de la Iglesia Británica fue San Bonifacio (c. 675-754), misionero
benedictino anglosajón, apóstol de los pueblos germanos. De nombre Wynfrid, fue
educado en el monasterio de Nursling, del que llegó a ser abad hacia el 717. Un año
después, el papa Gregorio II lo envió a predicar el cristianismo entre las tribus
germanas. Bonifacio ejerció su actividad evangelizadora en los actuales territorios de
Turingia, Baviera, Frisia, Hesse y Sajonia.
Llamado a Roma por el papa, en el 723 fue consagrado obispo y recibió una serie de
cartas dirigidas al rey de Austrasia, Carlos Martel, y a todos los príncipes y obispos, en
las que se solicitaba que Bonifacio recibiera la necesaria ayuda para su misión. Regresó
a Hesse al año siguiente y destruyó todos los signos de culto pagano, entregándose a la
fundación de iglesias y monasterios (entre ellos el de Fulda).
Como reconocimiento a sus servicios, el papa Gregorio III lo nombró, en el 731,
arzobispo y vicario pontificio de la Iglesia en tierras germanas. Bonifacio realizó un
tercer viaje a Roma en el 738 y fue designado Legado pontificio en aquellos territorios.
Estableció numerosos arzobispados y obispados, como el de Maguncia (del que fue
primer titular) en el 745.
En el 751, en calidad de legado del papa Zacarías, ungió como rey de los francos a
Pipino el Breve. Tras retirarse a Frisia, fue asesinado por unos paganos en Dokkun.
Bonifacio tuvo el don de la amistad. Supo inspirar una gran confianza como la que
manifestaba él a los demás. Se le llama con razón el “apóstol de Alemania”; aunque
pasó casi toda su vida en regiones paganas evangelizando, su obra consolidó a la Iglesia
en Alemania meridional y el centro de Suiza, organizando iglesias y fundando
monasterios. Y, sobre todo, dio a la joven Iglesia alemana una estructura y unas
tradiciones de tipo romano. Esto debido a la enseñanza recibida en Inglaterra y a sus
peregrinaciones a Roma.
Un papa clarividente le encomendó su misión y él se consideró como agente y
representante de la autoridad pontificia. Las Iglesias y monasterios alemanes por él
fundados, mantuvieron esa tradición. Así, mientras el papado corría el riesgo de perder
su independencia a causa de las incesantes pretensiones imperiales y atravesaba Roma
un período de decadencia y humillación, en el gran arco que la desde Inglaterra a
Austria, las jóvenes Iglesias se desarrollaban, observando ante Roma una actitud de
obediencia que iba a generalizarse en Occidente durante varios siglos.
A mediados del siglo XI la mayor parte de Europa continental era cristiana, desde
Rusia occidental y Bulgaria, hasta España, al norte de la movediza frontera islámica.
Permanecían aún paganos algunos sectores de los países escandinavos y la costa báltica,
lo mismo que algunas zonas de Europa central.
Al este habían sido ganados para la ortodoxia gran parte de Rusia europea y los
Balcanes.
A pesar del avance del cristianismo, en las ciudades y sobre todo en el campo, el
paganismo sobrevivió de muchas maneras. Los sermones de Cesáreo de Arlés, los
escritos de Martín de Braga, la correspondencia de Gregorio Magno nos muestra cómo
en los diversos países la población conservaba sus costumbres paganas. En la misma
Roma se celebraban algunas fiestas de invierno, claramente paganas, alrededor de San
188

Pedro, durante el siglo VIII. De hecho, San Bonifacio, en una carta al papa Zacarías, se
escandalizaba de estas celebraciones.
Por otra parte, ya antes de la caída del Imperio romano de Occidente, las
condiciones de la primera instrucción bautismal se habían modificado:
 Se había simplificado la liturgia bautismal y no se imponían ya los tres años
completos de catecumenado.
 Durante la cuaresma, los paganos se convertían en catecúmenos después de una
ceremonia simbólica.
 En este período, los sermones de los obispos trataban de la Escritura en general y se
centraban en los dos textos que los fieles debían conocer: el Símbolo de los
Apóstoles y el Pater Noster.
En su comentario al Símbolo, Ildefonso de Toledo3 señala que la oración del
Pater puede fácilmente aprenderse de memoria, sin necesidad de texto. Así, los
creyentes iletrados (la inmensa mayoría) pueden aprender esta oración y conseguir
un conocimiento suficiente para poseer el don de la salvación. Podemos percibir así
una notable diferencia con los tres primeros siglos de cristianismo, que exigían una
catequesis prolongada, el conocimiento pormenorizado de la doctrina y la capacidad
de demostrar a los paganos los fundamentos de las verdades de la fe.
Tal vez muchos cristianos de hoy se parecen más a los cristianos medievales que
a los romanos cristianos.
La Iglesia pedía en esta época que los niños fuesen bautizados desde el primer
momento, lo cual llevaba necesariamente a una simplificación del rito bautismal.
Poco a poco se generaliza esta costumbre. El niño es presentado por sus padrinos,
que recitan el Símbolo y el Pater y se comprometen a enseñárselo a su ahijado.
Durante todo el Medioevo será así. Los padres y padrinos ayudan a aprender el
mínimo, con el convencimiento que después el bautizado recibirá la enseñanza de
los adultos.
Los puntos siguientes presentan un resumen de aspectos fundamentales de la
catequesis y vida cristiana durante la Alta Edad Media:
 El niño no recibe una educación religiosa particular.
 Las familias acuden a la Iglesia, asisten a sus servicios religiosos, participan en los
sacramentos, se sienten cristianos.
 Están integrados en una sociedad que se identifica como cristiana; pero,
individualmente, a menudo viven una fe poco formada y poco purificada.
 En general la cultura bíblica es muy pobre.

3
San Ildefonso (608-669), sacerdote hispano visigodo, Doctor de la Iglesia y arzobispo de Toledo. Nació
y estudió en Sevilla con san Isidoro. Nombrado arzobispo de Toledo a la muerte de su tío, san Eugenio,
prosiguió la obra comenzada por san Isidoro escribiendo importantes tratados religiosos. Entre otros
milagros que se le atribuyen, cuenta la tradición que se le apareció la Virgen María rodeada de coros de
ángeles y santos en la que con los años sería catedral de Toledo y le entregó una casulla. Según relata
Gonzalo de Berceo en los Milagros de la Virgen, esta vestimenta sacerdotal había sido tejida sin agujas
por los ángeles.
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 Los temas de los predicadores raramente se basaban en la Biblia, sino más bien en
las vidas de Santos.
 Se van estableciendo las grandes líneas de la vida cristiana insistiendo en la
observancia de las obligaciones morales, más que en la adhesión al Misterio divino
o a contenidos fundamentales de la fe, a menudo muy desconocidos.
 La descripción del verdadero cristiano corresponde al que asiste regularmente a la
Iglesia, vive castamente, enseña a sus hijos el Credo y el Pater, les hace temer a
Dios y huir de los vicios.
 Probablemente la pobreza espiritual de los sermones aconsejó a la Iglesia la
confección de homiliarios, que agrupaban textos de los Padres y que podían usar los
predicadores.
 Para familiarizar a los fieles con los temas bíblicos, se utilizaba la “predicación
muda”, es decir, las imágenes; desde el siglo IV los clérigos de Occidente usan las
imágenes, sacando el gusto particular de los bárbaros por las representaciones
imaginadas. También se usó el canto y la danza, conscientes que la música profana
tenía gran aceptación y que convenía cristianizar las antiguas fiestas paganas, ya que
no podían suprimirlas.
 Este esfuerzo de adaptación aparece más claramente en la España visigoda; el
sacerdote bendecía los campos, las viñas, el lecho nupcial, el primer afeitado; es
decir, los actos importantes o significativos de la vida.
 En general, la Iglesia no teniendo los medios para instruir a tantos fieles, los somete
a obligaciones bien definidas, exigiéndoles el respeto de la ley natural más que la
adhesión a los Misterios de la fe, que les resultaban extraños, sino desconocidos.

LOS LÍMITES DE LA CRISTIANDAD


Durante este período, las pérdidas que sufrió el cristianismo fueron igualmente
considerables como sus ganancias. El motivo fue el auge y expansión del islam.
Mahoma murió el año 632. En un siglo sus sucesores extendieron su Imperio desde
Samarcanda y el Indo hasta Cádiz y los Pirineos. Sus ejércitos sitiaron Constantinopla y
Orleans. Las florecientes comunidades cristianas de Oriente (Siria, Armenia, Palestina,
Egipto) y el norte de África fueron arrasadas y destruidas en su mayoría. El año 711 los
árabes conquistan España. Un gran alivio para la cristiandad, fueron las derrotas
sarracenas de los años 674-677 y 717 – 718 ante los muros de Constantinopla y la del
732 de Carlos Martel en Poitiers4.
Todos estos acontecimientos en su conjunto, que no cada uno por separado,
delimitaron los límites de la cristiandad, tanto en Occidente como en Oriente. Límites
4
Carlos Martel (c. 688-741), monarca carolingio del reino franco de Austrasia (en el actual noreste de
Francia y sudoeste de Alemania). Carlos, cuyo apellido significa 'el martillo', era hijo de Pipino de
Heristal. Pipino fue el mayordomo de palacio con los últimos reyes merovingios. Sus mayores logros
bélicos fueron contra los musulmanes procedentes de la península Ibérica, que invadieron Francia en el
732. Carlos los derrotó cerca de Poitiers en una gran batalla. El avance del islam, que había producido
gran alarma en toda la cristiandad, fue contenido por un tiempo. En el 739 Carlos detuvo en Aquitania a
los musulmanes, que habían avanzado por el actual territorio francés hasta alcanzar Lyon, poniendo así
límite a las posesiones islámicas en Europa al norte de los Pirineos. Carlos murió en Quierzy, dejando
dividido el reino entre sus dos hijos, Carlomán y Pipino el Breve.
190

que en general se mantendrán casi hasta fines del siglo XV. Excepto en la movediza
marca hispánica y en el cada vez más sitiado y reducido Imperio Bizantino.
Dos acontecimientos notables se producirán a fines del mil cuatrocientos: en 1492
los Reyes Católicos conquistan el último reino Nazarí de la Península Ibérica, Granada.
El último rey Nazarí, Boabdil (c. 1459-1528), llorando abandona su amada y bella
ciudad y camino de la Alpujarra, junto a la “Peña del moro”, contempla por última vez
en su vida la Alhambra, estamos en enero de 1492. Con la caída de Granada en manos
cristianas acaban los 780 años de presencia musulmana en España. Cuenta la famosa
leyenda que, ante las lágrimas vertidas por Boabdil al abandonar Granada, su madre,
Fátima, le dijo airada: “Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre”.
Unos años antes, se produjo otro gran y doloroso acontecimiento para la cristiandad,
en especial para Oriente: la caída de la Segunda Roma en manos de los turcos otomanos.
El fin del Bizancio fue sangriento y heroico, el último Basileus, Constantino XI
Paleólogo (1404-1453. Emperador entre 1449-1453), murió en el campo de batalla
defendiendo a su Dios y a su Ciudad. Su cadáver nunca fue encontrado. Constantino XI
había heredado un Imperio que los turcos habían reducido a la ciudad de Constantinopla
y a su área circundante. A pesar de sus esfuerzos, fue incapaz de asegurarse una ayuda
adecuada por parte de sus aliados cristianos. En abril de 1453, un gran ejército turco
bajo las órdenes del sultán Mehmet II puso sitio a la ciudad, que fue defendida por
apenas unos cientos de griegos y genoveses bajo el mando de Constantino.
El Basileus murió combatiendo durante el asalto definitivo de los turcos (29-30 de
mayo de 1453), que acabó con el Imperio bizantino. Y tal como ha sucedido otras veces,
la hojarasca otoñal de la época que termina, será fértil humus de nuevos tiempos.