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EL DESARROLLO DEL PRINCIPIO

FEMENINO EN LA CONCIENCIA
HUMANA
Sukie Colegrave

A grandes trazos, la terapeuta y escritora de Nuevo México Sukie Colegrave


describe un cuadro de la evolución de la conciencia humana en dos niveles
simultáneos, dual y el colectivo.

Como personas y como especie, empezamos en un estado de unidad


preconsciente en el útero de la Gran Madre -en un útero seguro, no dual, y
que lo contiene todo. Cuando comienza a aparecer la diferenciación y a
emerger los egos individuales fuera ya de esta totalidad, la Madre
omniabarcante se vuelve sofocante; surge entonces la necesidad inevitable de
la separación a partir de nuestra necesidad natural de independencia y
autonomía.

El resultado de esta salida fuera de la totalidad es la formación de un ego con


capacidad para identificar y controlar al Otro; en el plano social, la
consecuencia es el patriarcado, la identificación colectiva con el Principio
Masculino -el orden de la objetividad, la dualidad y la dominación.

El paso de una fase a otra siempre exige un sacrificio. Al dar este paso, se
pierde la unidad con la naturaleza y los demás seres vivos; lo Femenino es
expulsado de los territorios social, psicológico y espiritual.

Este desequilibrio reinante del Principio Masculino conduce inexorablemente


a su opuesto: que alcance un respeto renovado la nueva emergencia de lo
Femenino, junto con sus valores de capacidad de conexión, receptividad,
amor y reverencia. En el terreno de lo individual, un ego totalmente
desarrollado, que puede afrontar al Otro con su separatividad y al mismo
tiempo experimentar profundamente su conexión con él, constituye una nueva
etapa en la evolución de la conciencia humana, que permite el crecimiento de
los valores transpersonales. En el terreno de lo colectivo, Gaia, la Gran
Madre Tierra, se está volviendo consciente de sí misma.

Sukie Colegrave estudió Psicología junguiana en Londres y Boston, lengua e


historia chinas en la Universidad de Londres. Es autora de Uniting Heaven
and Earth: A Jungian and Taoist Exploration of the Masculine and Feminine
in Human Consciousness y de By Way of Pain: A Passage into Self.
Actualmente trabaja como psicoterapeuta y escritora en Santa Fe, Nuevo
México.
Chuang Tzu escribió:
En la Edad de Oro, los hombres virtuosos [y las mujeres] no eran la
excepción; las cualidades no llamaban la atención. Los gobernantes eran
simples faros indicadores, mientras que el pueblo era libre como los ciervos
salvajes. La gente era honrada sin tenerse que proponer cumplir sus
obligaciones para con los vecinos. Se querían unos a otros sin darse cuenta.
Decían la verdad sin proponerse tener buena fe. Hacían cada acción
libremente sin reconocer tener obligaciones con nadie. De esta manera, sus
obras no dejaban huella y sus asuntos no eran transmitidos a la posteridad.

Así pues, en aquellos días en que prevalecían los instintos naturales, los
hombres [y las mujeres] actuaban con calma y miraban con firmeza. En aquel
tiempo no había caminos en las montañas, ni barcos o puentes sobre el agua.
Cada cosa se hacía dentro de su propio ámbito. Se multiplicaban animales
terrestres y pájaros; crecían árboles y arbustos. Los animales podían ser
conducidos con la mano y era posible trepar y escudriñar el nido del cuervo,
porque entonces el hombre [y la mujer] trataba con pájaros y animales
terrestres, y toda la creación era una. No había distinciones entre [seres
humanos] buenos y malos. Careciendo igualmente todos de conocimiento, su
virtud no podía extraviarse. Careciendo todos por igual de deseos malvados,
estaban todos en un estado de integridad natural, de perfección de la
existencia humana.

¿Fue disfrutada alguna vez por los seres humanos una Edad de Oro, un Jardín
del Edén? La respuesta aguarda la aparición de métodos más refinados de
investigación histórica. Pero como imágenes del estado que precede al
nacimiento de la conciencia, estas palabras del sabio chino, igual que las
descripciones bíblicas del Paraíso terrenal, tienen un aroma de una unidad
tranquila y armoniosa que caracteriza la matriz intemporal, indiferenciada y
preconsciente del alma humana en su estado anterior a la separación en
consciente e inconsciente, yo y tú, nosotras/os y ellas/os.

Las imágenes de Chuang Tzu nos recuerdan y abarcan la integridad orgánica y


espontánea que subyace más allá de las distinciones entre humano y animal,
materia y espíritu, vida, y muerte; la totalidad sin costuras que crea e informa
las diferentes partes y transiciones de la existencia. También nos recuerdan
nuestra ignorancia y desconocimiento que caracterizan este estado -la
imposibilidad de elección y la ausencia de libertad individual y oportunidad
para la creatividad el amor conscientes-.

Sigue siendo un misterio cómo y por qué este estado preconsciente de ser
lleno de paz empieza a diferenciarse en un mundo de opuestos, iniciando así el
proceso de la historia y el nacimiento de la conciencia humana, lo mismo que
cómo o por qué el infante sacrifica su estado de unidad embriónica con la
madre para reclamar su "yo" individual. Pero cuando ocurre esta separación,
tanto en el amanecer de la historia humana como en un momento específico
de la vida de cada individuo, la Edad de Oro preconsciente del alma empieza a
disolverse y a diferenciarse en una vivencia de lo consciente y lo inconsciente
y el estado de unidad preconsciente con el cosmos se transforma en un estado
de ser que está contenido en el mundo, y es estrechado por los brazos de la
Gran Madre del cielo y de la tierra.

Mientras que la conciencia colectiva e individual se siente alimentada,


contenida e inseparable del seno de la Gran Madre, la imagina como un ser
esencialmente benévolo, omnipotente y omniabarcante. Tanto si es venerada
como la Señora de cielos y tierra, la Señora del principio y fin de toda
creación, o la Señora de las plantas y de los animales, se la concibe como el
espíritu de la tierra y todas las formas del espíritu, virginal y bisexual. En
Egipto se la llamó Isis, "Madre de todos, en posesión de ambas naturalezas,
masculina y femenina ". En Babilonia fue Ishtar, diosa de la luna, a la que se
invocaba como "mi Dios y mi Diosa". En la China antigua, era el espíritu del
valle que nunca muere, la mujer misteriosa llamada la raíz del cielo y la tierra.

La capacidad de la Gran Madre de dar a luz de manera virginal se atribuye a


su totalidad, puesto que los arquetipos o energías Masculina y Femenina,
todavía no separadas entre sí, permanecen en un abrazo inconsciente. Su
bisexualidad virginal manifiesta una totalidad psicológica inconsciente, que
puede coexistir -y coexiste de hecho- en ciertos periodos de la vida
psicológica con la diferenciación física de macho y hembra. Refleja un nivel
de ser psicológico en el que el Individuo o el grupo vive sin ninguna
experiencia consciente de las diferencias psicológicas entre los arquetipos
Masculino y Femenino, y sin ninguna individualidad consciente. Por el
contrario, existen como infantes psicológicos protegidos por el abrazo de la
Gran Madre, en mayor o menor grado según su identidad y bienestar
psicológico, tanto si se la vive como una Diosa cósmica como si se la proyecta
sobre la propia madre o esposa.

La benevolencia del gobierno de la Gran Madre sobre la conciencia humana


continúa mientras que es útil para las necesidades de desarrollo del individuo
o del grupo. Pero cuando un alma está preparada para experimentar su libertad
e individualidad, su capacidad para darse cuenta y para comprender, y su
potencial de relación y de amor humano, el poderoso abrazo de la totalidad
inconsciente de la Gran Madre deja de sentirse como un útero cálido y seguro
y empieza a ser sentido, desde la perspectiva de la naciente conciencia del
"yo", como devorador, claustrofóbico y amenazante. En esos momentos, las
imágenes de su generosidad son eclipsadas en los sueños y en la mitología
-que son los espejos colectivos e individuales del desarrollo psicológico- por
imágenes de su naturaleza demoníaca. En la antigua China, se convirtió en la
Gran Madre de Occidente, una horrible criatura con cara humana, dientes de
tigre y rabo de leopardo, que moraba en la cueva de una montaña y dominaba
las plagas y la peste. En la mitología asirio-babilónica, Tiamat, que dio a luz al
mundo, también era una imagen de caos primitivo y ciego "contra la que
luchaban los Dioses inteligentes y organizadores" y en la mitología hindú,
Kali, la madre divina, tiene otra cara como la Terrible Mujer Araña, las fauces
del abismo que todo lo devoran.

Para diferenciarse del gobierno de la Gran Madre y para derrocarla, la lucha


de la nueva conciencia emergente adopta formas muy diversas, pero todas
comparten una característica esencial. Todas ellas reflejan la energía
masculina, ya sea individual o colectivamente, esforzándose por separarse de
su abrazo inconsciente con la Gran Madre, para poder reclamar y afirmar su
autoridad y poder independientes. Este nacimiento a la conciencia del
arquetipo Masculino y su posterior victoria sobre el arquetipo de la Gran
Madre inauguran la Era del patriarcado psicológico, en el terreno histórico y
en el plano individual.

Hoy día, cuando muere a su pesar y con resistencias el reino ya caducado del
Gran Padre en nuestra psicología y cultura colectivas, es fácil olvidar que,
como la Era de la Gran Madre, la época patriarcal ha cumplido un objetivo
esencial y creativo en la evolución humana. Su orientación psicológica fue
una condición previa para el nacimiento de la feminidad consciente y el
desarrollo de la totalidad humana -y continúa siéndolo en ciertos momentos de
la transición de la infancia al estado adulto, tanto en hombres como en
mujeres-. La energía heroica masculina, que logra diferenciarse del abrazo
oscuro e inconsciente de la Gran Madre, rompe el mundo psíquico de una
manera que permite distinguir entre el "yo" y el "tú", la materia y el espíritu,
macho y hembra. Con ello inaugura una revolución en la experiencia, la
percepción y la comprensión del ser humano. Mediante su energía y su poder,
la conciencia individual y colectiva logra arrebatar del inconsciente la
experiencia de la discriminación, la individualidad y la otredad. De este modo,
desarrollan la capacidad de libertad y de elección, así como, hasta cierto punto
y en ciertos niveles, la capacidad de comprender, y con ella, de controlar
muchos de los acontecimientos hasta entonces impredecibles de la vida
material y psicológica. Por otra parte, la hegemonía del Gran Padre nos
permite simplificar los mecanismos de la supervivencia física y del bienestar
de manera suficiente como para proporcionarnos un espacio y un tiempo para
escuchar y para explorar otras dimensiones de nosotras/os mismas/os.

El abuso considerable y bien documentado de las mujeres y de la tierra, la


negación y desvalorización de lo Femenino, y la devastación de lo físico y de
lo instintivo causada Por guerras políticas y económicas producidas por el
poder egótico del Gran Padre, son más un reflejo del sometimiento individual
y colectivo a su dominio competitivo, separativo y jerárquico, que una
consecuencia inevitable de su presencia. Sin la aparición y maduración de la
energía masculina, tal vez no habríamos desarrollado hoy día un sentido
suficiente de nuestra propia individualidad, para poder invitar y acoger lo
Femenino en la conciencia -en nuestro interior y en las esferas sociales,
políticas y económicas-. Sin su energía arquetípica, quizá seríamos incapaces
de escuchar y de seguir los hilos que dan vida a los mundos de los opuestos y
los conectan entre sí; mundos que el poder discriminador masculino ayudó a
desvelar y, en parte, a crear.

Como intuyeron los antiguos sabios, el alma se desarrolla mediante la


atracción de los opuestos y su relación con ellos, -en especial de la materia y
el espíritu, y de los dos brazos de la Divinidad, lo Masculino y lo Femenino-.
La revolución patriarcal en la conciencia humana, junto con sus reflejos
culturales, sociales y políticos, nos posibilita reconocernos y desarrollar uno
de los brazos de este ser divino. El desequilibrio psicológico creado por la
hegemonía Masculina invita a penetrar en la conciencia a "lo otro", el
complemento Femenino.

Así como los hombres tendieron a ser los iniciadores de la revolución


patriarcal, las mujeres han tendido a concebir y gestar el nacimiento de lo
Femenino consciente a partir del abrazo de la Gran Madre. No las mujeres
que, enfadadas por la opresión de su género bajo el patriarcado, han intentado
convertirse en patriarcas dentro de cuerpos femeninos, ni las que han
intentado dar la espalda al camino psicológico por nostalgia del dominio
sexualmente indiferenciado de la Gran Madre, sino aquellas que, codo con
codo, y honrando lo Masculino dentro de los hombres y de las mujeres, han
empezado a escuchar y a dar la bienvenida a la conciencia a las semillas que
germinan de lo Femenino. Estas mujeres no imitan las pautas patriarcales,
intentando poner lo Femenino al servicio del ego personal o identificarlo con
el cuerpo de mujer. y esto porque, mientras que la naturaleza jerárquica y
separativa del arquetipo Masculino es la de crear un mundo a su imagen y
semejanza unilateral y fragmentadora, naturaleza de lo Femenino es la de
reconocer, experimentar, recibir y nutrir la totalidad. Mientras que lo
Masculino diferencia los opuestos, lo Femenino fomenta la relación entre
ellos tal como viven y se manifiestan en cada nivel de existencia, así como la
comunicación sexual, las energías complementarias dentro de cada alma
humana, los dos modos pensar, el analítico y el analógico, y los dos polos del
universo, la materia y el espíritu.

Mientras que lo Masculino separa, discrimina, controla, conquista, aguanta,


supera, lucha y crea, lo Femenino recibe, permite, transige, absorbe, disuelve,
une, conecta y gesta. Así, mientras que lo Masculino y la revolución patriarcal
posibilitaron que emergiera a la conciencia el "yo" individual desde las
profundidades subterráneas e inconscientes del útero de la Gran Madre, el
despliegue de lo Femenino dentro del alma permite a este "yo" individual
empezar a retornar y a conectar con su ser más vasto: su cuerpo, su alma y el
espíritu universal; le permite reconocer su relación con la comunidad mas
amplia de la vida terrestre y cósmica, con la unidad divina que da existencia a
las partes separadas, a los pueblos, las naciones, a los planetas y a las estrellas.
Lo Femenino permite que vivamos el mundo y nos vivamos a nosotras/os
mismas/os en un cambio desde una perspectiva yo-ello, a una visión yo- Tú, y
después, "yo soy" y "todo es nosotros/as".

Sin perder los poderes válidos y percepciones de la perspectiva analítica y


newtoniana masculina, que han revelado muchas de las partes diferentes de
nuestra naturaleza terrestre, psicológica y cósmica, lo Femenino nos permite
disolver las divisiones conceptuales y perceptivas superfluas que separan a
cada parte entre sí y de la totalidad orgánica. Nos permite reconocer, por
ejemplo, que el cuerpo, el alma y el espíritu no sólo no son niveles diferentes
y separados de ser, sino que están íntima y simultáneamente conectados,
implicados en una danza continua conjunta, y que reflejan y comunican su
bienestar respectivo y también su "mal-estar". Lo Femenino nos permite
darnos cuenta de que cualquier método terapéutico, cualquier educación y
organización social necesita en consecuencia tener en cuenta y respetar todos
los niveles de la existencia y sus relaciones cambiantes y sensibles.

La receptividad paciente y acrítica de lo Femenino posibilita que surjan a la


conciencia las partes del alma reprimidas, negadas, disociadas e inconscientes.
Nos invita a abandonar la visión patriarcal del cuerpo y de la materia, como
instrumentos de manipulación y explotación en aras del conocimiento y de la
autonomía del ego; o como el cenagal temido de la oscuridad, el misterio y el
sufrimiento instintivos e inconscientes. Por el contrario, lo Femenino nos
faculta a darles la bienvenida, a honrarles y a disfrutarlos, como reflejos
instintivos y correspondencia entre el alma y el espíritu, como los vestidos de
nuestra divinidad. Nos sensibiliza a las diferentes imágenes del alma, para que
podamos percibir y recibir en la conciencia nuestra hambre y nuestras heridas
emocionales; las que enterradas durante décadas, o incluso durante vidas
enteras, han obstruido el flujo libre de la energía y han inhibido nuestra
capacidad de entender, de relacionarnos y de amar.

La naturaleza tejedora de lo Femenino nos capacita para apreciar y


experimentar la naturaleza holística del mundo que complementa la
perspectiva inconexa Masculina. Nos permite, por ejemplo, sentir la presencia
del árbol de la vida y unimos con su fuerza vital particular; también con el
árbol arquetípico, que vive en el alma como imagen, y en la tierra como
tronco, raíces y ramas. Al ayudamos a fundimos con las diferentes cualidades
y energías del alma y de la tierra, lo Femenino nos conduce a su toma de
conciencia, como atributos inseparables y miembros de nuestro ser, del mismo
Ser, sin que traicionemos nuestra alma, identificándonos únicamente con una
parte.
Al invitarnos a vivir todas las cosas terrenales como aspectos integrales de
nuestra totalidad, lo Femenino contribuye a despertar nuestro sentido de la
responsabilidad hacia este planeta, a darnos cuenta de que no estamos aquí
para abusar de él, sino para cuidarlo. Se nos capacita para entendernos y
vivimos, no como los/as gobernantes de la tierra, sino como sus guardianes/as,
beneficiarios/as y, en última instancia como sus cocreadores/as.

Desarrollando dentro de nosotros/as los hilos de la relación entre los opuestos


espíritu y tierra, masculino y femenino, vida y muerte, consciente e
inconsciente, lo Femenino da a luz a individuos y comunidades humanas
capaces de reflejar y de encarnar su fuente de ser y de devenir: el Ser. Lo
Femenino expande suavemente nuestras almas disolviendo parámetros
ilusorios y superfluos, aunque hayan sido útiles en otros momentos de nuestra
evolución. Nos enseña a escuchar y a seguir los ritmos espontáneos de nuestro
desarrollo; a reconocer y a sentir la voluntad sagrada del cuerpo y del alma,
"el hágase Tu Voluntad" que alguna vez hemos intentado dominar y controlar.
Lo Femenino despliega un camino de devenir caracterizado por la actitud
relajada más que por el esfuerzo.

Disolviendo las demarcaciones rígidas y los compartimientos innecesarios que


impiden nuestras relaciones y la vivencia de la totalidad orgánica, del único
Ser, que se halla tras el ego y la individualidad, lo Femenino nos ayuda a
sacrificar la identidad menor por la mayor. Nos invita a abandonar el enfoque
egoico y combativo en pos de nuestra conversión en individuos, nuestro apego
a la autonomía del ego, nuestro deseo de poseer y de controlar y, finalmente,
nuestro deseo de identificamos con nuestro personalidad efímera. Al hacerlo,
lo Femenino despierta en nosotras/os la capacidad de comprender a Chuang
Tzu cuando dice que no estaba seguro de si soñó que era una mariposa o era la
mariposa la que soñó que era Chuang Tzu y podemos entender la pregunta
que C.G. Jung se hacía en su infancia sobre si él era el niño que se sentaba en
la piedra o la piedra sobre la que el niño se sentaba.

A medida que nos arriesgamos a penetrar en este territorio en el que se


desplazan y se disuelven las preguntas sobre nuestra propia identidad, lo
Femenino impulsa a permitir en lugar de a poseer, a vivir la vida como un
proceso más que como piezas estáticas, y puede llevamos a profundizar en el
morir que es la condición previa de nuestro devenir. Puede ayudarnos a que
soltemos amarras, a sacrificar nuestro apego personal a las reservas de
sabiduría, poder y amor, a las que nos ha dado acceso el nacimiento a la
conciencia de nuestra naturaleza divina -el Ser-. Cuando lo hacemos, el "yo"
individual se despoja de su identidad y de su reflejo personal y efímero, que
está delimitado por el tiempo y el espacio. Vuelve a conectar entonces, o tal
vez conecta por primera vez conscientemente, con su "yo-idad" cósmica e
inmortal: el "yo" que es yo y tú, tierra y universo; el "yo" que elige expresar
parte de su naturaleza a través de la forma física individual y de la
personalidad con la que en algún momento nos habíamos identificado. Con
este sacrificio de las identidades, que se han quedado pequeñas, nos volvemos
capaces de movernos libremente a través de todo el espectro de la conciencia,
conectando nuestro ser temporal y nuestro ser universal. Podemos apreciar y
disfrutar de nuestras naturalezas material y espiritual, así como de nuestra
libertad creativa de elección, una vez que hemos experimentado nuestra
unidad con la fuente de la creación.

A través de esta muerte y renacimiento, se intensifican nuestras capacidades


de sentir emociones más elevadas, como el amor, la reverencia y la serenidad.
Al mismo tiempo, nuestras emociones más burdas empiezan a marchitarse y a
transformarse, a medida que disminuyen progresivamente los deseos los
miedos y las aversiones del ego que disturban la paz de nuestros corazones. Al
ser capaces de reflejar, ya sea pálida o intensamente, la sabiduría y el amor
incondicional del Ser, nuestras almas están constantemente rebosantes y
nuestros intereses se confunden con los Intereses del Ser.

Con este desplazamiento de identidad, desde el ego y la personalidad efímera


hasta el Yo superior o universal, retornamos al origen. Entramos en la
totalidad psicológica y virginal de la Gran Madre y la conocemos por primera
vez. Pues como decía Philo de Alexander: ..El congreso de los hombres hace
de las vírgenes mujeres para la procreación de los hijos. Pero cuando Dios
empieza a asociarse con el alma, hace que la que era antes una mujer se
convierta de nuevo en virgen". En nuestra -virginidad andrógina, capaz de
relacionarse con las energías masculinas y femeninas en sus diferentes
manifestaciones y en sus diferentes niveles de ser, pero sin identificarse con
ninguno, nos convertimos en canales libres para que fluya la energía espiritual
a través del cuerpo y de la tierra, y para el flujo y transformación
correspondiente de la energía terrestre hacia el espíritu.

En los momentos en los que elegimos experimentar el cosmos que es nuestro


ser, dejamos detrás las energías arquetípicas de hombre y mujer y vivenciamos
la única fuente que da nacimiento a su polaridad. Como dijo Jesús en el
Evangelio de Santo Tomás: "Cuando hacéis lo interno igual a lo externo, lo
externo como lo interno, y lo de arriba como lo de abajo, y cuando unificáis
varón y hembra, de manera que el varón no sea varón ni la hembra [sea]
hembra, entonces entraréis [en el Reino]".

Este reino del alma está caracterizado, entre otras cosas, por el amor. No se
trata simplemente del amor que sirve a los demás como uno mismo y cuida de
la tierra como encarnación de nuestra divinidad; ni tampoco es sólo el amor de
la devoción física y psicológica, o el amor incondicional, que es inconmovible
sea cual sea la respuesta, actitud o acción de la otra persona; ni meramente el
amor trascendente y sin objeto que constituye la fuerza de vida y la esencia
del alma, y que es accesible como fuente ilimitada cada vez que decidimos
volvernos hacia adentro y beber. Abarcándolos todos, este amor es el amor de
la bienaventuranza: el de la sabiduría y el éxtasis. Tal vez sea comparable,
aunque en pequeña medida, al éxtasis efímero que nos ilumina cuando, antes
de haber alcanzado las bodas internas de cuerpo, alma y espíritu, proyectamos
a otra persona nuestra pareja interior no realizada y, al enamorarnos,
vislumbramos el único Ser.

Colegrave, Sukie, "El Desarrollo del principio femenino en la conciencia humana", en Ser mujer, Barcelona, Kairós, 1993 pp. 40-
52.

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