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MARTINE SEGALEN

Sociología de la familia

Traducción de Susana Murgía

Séptima edición revisada

MARTINE SEGALEN Sociología de la familia Traducción de Susana Murgía Séptima edición revisada

Segalen, Martine Sociología de la familia / Martine Segalen ; con prólogo de Andrea Torricella. - 1a ed. - Mar del Plata :

EUDEM, 2013. 414 p. ; 25x17 cm.

Traducido por: Susana Murgia ISBN 978-987-1921- 14-0

1. Sociología. 2. Familia. I. Torricella, Andrea, prolog. II. Murgia, Susana, trad. III. Título CDD 306.85

Queda hecho el depósito que marca la Ley 11.723 de Propiedad Intelectual.

Prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio o método, sin autorización previa de los autores.

ISBN: 978-987-1921-14-0

Fecha de edición: Junio 2013

Esta edición estuvo al cuidado de Andrea Torricella

© 2013, EUDEM Editorial de la Universidad Nacional de Mar del Plata EUDEM / Formosa 3485 / Mar del Plata / Argentina

© 2013 Martine Segalen

Traducción: Susana Murgía

Prólogo: Andrea Torricella Arte y Diagramación: Luciano Alem

Imagen de tapa : Joaquín Sorolla. Verano 1904. Óleo sobre lienzo. Ayuntamiento de Valencia, Valencia.

Impreso en: Departamento de Servicios Gráficos UNMdP , Mar del Plata

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Segalen, Martine Sociología de la familia / Martine Segalen ; con prólogo de Andrea Torricella. -

CAPÍTULO 2

El parentesco y las clases sociales

A partir de los conceptos de antropólogos e historiadores, los especialistas de las sociedades obreras y burguesas de Europa se preguntaron a su vez sobre el rol que jugaba el parentesco en la estructuración de las relaciones sociales. Se abrió así una nueva perspectiva tanto para la sociología de la familia como para la de las clases sociales.

El rápido desarrollo del complejo movimiento designado con el término de industrialización transformó profundamente las estructuras sociales de Europa, haciendo emerger clases distintas en su modo y nivel de vida. Según la teoría marxista, el capitalismo generó jerarquizaciones y divisiones sociales, con una clase dominante, la de la burguesía industria l y una clase dominada, la de los obreros proletarizados. En ambos casos, se han observado grandes transformaciones en el ámbito familiar, sea que se trate de la organización de los grupos domésticos, de las relaciones entre los sexos y las generaciones o de las normas y valores que rigen su funcionamiento. Si bien hoy en día l a teoría marxista se ha visto cuestionada como ha ocurrido con todas las teorías (evol ucionismo, estructuralismo, etcétera), la noción de clases con intereses opuestos sigue siendo indispensable para analizar la sociedad europea que se erigió con la indust rialización, desde la segunda mitad del siglo XIX hasta los años 1970. Origen de la sociología, estas sacudidas sociales vinculadas con la industrialización han suscitado diversas interpretaciones en las cuales el parentesco ocupa un lugar variable. En los cursos que brindó acerca de la familia, Émile Durkheim desarrolló la hipótesis del desmoronamiento de lo que él llama «el comunismo familiar». Durkheim asocia el debilitamiento del sentimiento familiar comunitario con la sociedad del salariado, planteando implícitamente la cuestión de la ruptura de los lazos de parentesco. A falta de estudios empíricos, esta tesis no tuvo respuesta alguna. La sociología de clases que se impuso desde los años 1930, y más tarde, luego de la Segunda Guerra Mundial, dominada por la vulgata marxista, se interesó muy poco en la cuestión de la familia y los lazos de parentesco. Por el contrario, encarar el estudio de la familia y más aún el del parentesco, era, en los ámbitos sociológicos de los años 1970, afiliarse al despr eciable grupo de la burguesía y de los «mandarines» 51 . Es a través de la antropología y sobre todo de la historia social y demográfica que la cuestión del parentesco en la sociedad industrial se ha vuelto a plantear, al llevarse a cabo estudios empíricos s obre las sociedades obreras, a menudo de la mano de investigadores anglosajones. Ciertamente la historia

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51 Nota de la traductora: Los «mandarines» eran los grandes profesores universitarios y los grandes investigadores académicos con alto poder de decisión, muy cuestionados por aquellos investigadores que sólo hablaban de igualdad en aquellos históricos años marcadamente marxistas.

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industrial de Inglaterra, por su precocidad y por su rápida extensión, aparece como una figura singular dentro de la historia europea.

Parentesco e industrialización

En Francia y generalmente en Europa, un movimiento masivo de emigración alcanzó a la mayoría de las comunas rurales a partir de 1850. El mismo permitía aliviar el peso del empuje demográfico que se había registrado desde fines del siglo XVIII. Estos migrantes partían hacia las diversas áreas de empleo que se desarrollaban en las ciudades o en las proximidades de las fuentes de energía. Por un lado, dejaban a su familia y a sus parientes en su lugar de origen, y por otro, eran llevados a recrear una familia en su nuevo lugar de vida. El estudio de la familia y del parentesco dentro del contexto industrial ha generado un nuevo concepto: el family life course o «curso de vida familiar». No debe confundírselo con el de «ci clo de vida familiar» (family life cycle) que permite seguir las fases del grupo doméstico (fisión y fusión) en un contexto de relativa estabilidad social, como es el caso de las sociedades rurales. El «curso de vida familiar» se asienta más bien sobre las rupturas dentro del contexto de los grandes cambios inducidos por los diversos fenómenos que se agrupan bajo el término de industrialización (Elder, 1974, Hareven 1978). Además, en un movimiento que acompaña el sentido de la evolución social, este concepto toma en consideraci ón el punto de vista del individuo en sus interacciones con su grupo doméstico, su parentela, así como con otros actores sociales. ¿Cómo se efectúan en un contexto social y económico cambiante, estas grandes transiciones como son la partida del hogar, la búsqueda de un empleo, el matrimonio? «La interacción entre los individuos y la unidad familiar en el curso del tiempo y en el marco de condiciones históricas cambiantes es la esencia misma de la aproximación a través del life course» (Hareven, 1987, p. xi). De este modo, luego de los grandes estudios de demografía histórica interesadas en las estructuras del hogar dentro del ámbito rural, una segunda ola de trabajos se interesó en los derechos y deberes y en los sentimientos de obligación que persistían en el marco de los cambios inducidos por la industrialización (Medick y Sabean, 1984). Se preocuparon por analizar los lazos entre «el interés y la emoción», es decir la creación de lazos familiares dentro de un contexto de cambio social. Estos estudios han demostrado efectivamente la continuidad de los intercambios de bienes y servicios entre las familias conyugales y su red de parentesco a lo largo del «curso de vida familiar» de sus miembros.

La gran familia de la proto-industrialización

En lo que respecta a Francia, numerosas investigaciones han permitido esclarecer desde más cerca estos procesos, comenzando por la constatación de que la industrialización no había comenzado con las grandes fábricas, sino en el domicilio. Numerosos hogares, en el ámbito medio rural conocían dos tipos de recursos, el que provenía de su explotación agrícola y otro originado en un trabajo

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a domicilio, o situado cerca de las fuentes de energía . Los historiadores hablan de «proto-industria». Semi-obreros, semi-campesinos, estos hogares se emplean como mineros o herreros durante determinados períodos, regresando a sus campos cuando los tiempos de los cultivos lo exigen. Así las herrerías de Savignac-Lédrier en el Périgord presentan el ejemplo excepcional de una explotación que funcionó entre 1480 y 1975, atravesando especialmente el siglo XIX al margen de las grandes empresas capitalistas. El 75% de los habitantes del pueblo son a la vez campesinos y obreros, trabajan durante el invierno en la fragua para acumular mediante e ste trabajo complementario un capital destinado a la compra de un «bien propio». Obreros en tanto campesinos y para continuar siéndolo. Aquí, como en el caso de la mezzadria italiana, es la multiplicidad de brazos la fuente de la riqueza. La granja es explotada por ciertos miembros de la familia, otros trabajan en la fragua; los miembros de la comunidad familiar ofrecen una cantera de obreros pagados a destajo en caso de encargos urgentes (Lamy, 1982-3). El desarrollo de la producción industrial se efectuó también mediante la extensión del trabajo a domicilio que exige entonces una presencia constante en el telar, o en la fragua familiar. Incluso en Inglaterra, hasta en los años 1840, una amplia cantidad de producción industrial salía de talleres fam iliares. Esta proto-industria se caracteriza por un cierto número de rasgos que muestran que la explotación del obrero es anterior al desarrollo de la gran industria. Denominada, en forma elocuente, sweating-system, coloca al obrero a domicilio bajo la dependencia del contractor, intermediario entre el proveedor de materias primas y la fábrica que compra el producto terminado o semiterminado. En el momento de una crisis de superproducción, la mano de obra queda desempleada; cuando se acumulan los pedidos, estos obreros del campo son obligados a interminables jornadas de trabajo, asociando en el mismo esfuerzo a mujeres y niños, incluso a toda la comunidad familiar. La estructura de estos hogares era generalmente compleja y albergaba a numerosos miembros, con el fin de hacer trabajar a un máximo de personas. Por ejemplo, en el valle de la baja Meuse, los hogares múltiples de artesanos poseían una pequeña fragua que trabajaba para la poderosa industria liejesa de fabricación de armas. Toda la familia se hallaba al servicio de la producción. Los hijos no estaban destinados a servir a otros, como era el caso de las familias campesinas más pobres, porque se los ponía a trabajar en la fragua en cuanto eran capaces de hacerlo. La persistencia de estas «grandes » familias era un medio para repartir la pobreza entre un número mayor de cabezas. El esquema evolucionista que vincula industrialización y «nuclearización » del grupo doméstico prevaleció en la sociología de los años 1960 y 1970 hasta que se multiplicaron los trabajos que demostraban su falsedad. En los pueblos de sistema protoindustrial, en donde artesanos rurales que trabajaban a domicilio y cuya producción estaba destinada a un mercado dominado por una economía capitalista, los grupos domésticos extensos eran numerosos. Sin embargo , el sentido de esta concentración familiar no formaba parte del «comunismo familiar» caro a Durkheim: «Eran mucho más numerosos los precursores de una comunidad familiar proletaria que los de una vari ante del hogar del tipo familia troncal. No servían como instrumento de conservación de bienes, como el lugar en donde se protegía o se curaba a las personas de edad como era el caso del grupo doméstico

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campesino sino como un medio personal de redistribu ir la pobreza del hogar nuclear a través del sistema de parentesco» (Medick, 1976, p. 308). La organización de los hogares artesanos ofrece un modelo intermedio entre el hogar campesino y el hogar obrero. Con el primero, tienen lazos de parentesco y comparten una comunidad de valores; del segundo, prefiguran , mediante ciertos aspectos, el reparto de roles. El salariado permite una mayor independencia de los cónyuges en relación con sus padres; además las condiciones económicas y sociales de trabajo crean la s condiciones de un reparto relativamente igualitario de los roles.

Nacimiento de una pareja igualitaria

Los hombres vuelven a casa y las mujeres pueden salir de ella:

«La situación proto-industrial se caracteriza por un fuerte grado de asimilación en las funciones de producción entre los hombres y las mujeres. En Alemania, se podía encontrar a mujeres en la cuchillería o en el comercio de clavos como productoras u organizadoras de la comercialización de productos industriales tan a menudo como a hombre s hilanderos o fabricantes de encajes. A veces, las necesidades económicas conducían a una inversión de los roles tradicionales, las mujeres producían mientras que los hombres cocinaban . Esta inversión se prolongaba en el plano simbólico: las muje res bebían y fumaban en público y durante las revueltas de hambre, eran las m ás feroces y las más violentas» (Medick,

1976).

En Dauphiné en donde las mujeres ensamblaban piezas de guantería, es el marido quien hace la sopa y se ocupa de los hijos. A a veces, es a la mujer a quien le competen las relaciones con el intermediario que proporciona la mano de obra y paga las piezas confeccionadas; sobre ella recae la discusión de los precios, que tiene lugar a menudo en el café. Es verda deramente la instauración del «mundo al revés», los hombres en la casa y las mujeres afuera. El trabajo en el seno del grupo doméstico artesano está fundado, mucho más estrechamente quizás, sobre la célula de trabajo marido, mujer, hijos (cuyo importante rol en la producción agrícola y artesanal es bien conocido). Tejedores apegados ambos a su oficio el marido que teje la pesada sábana de Elbeuf, la mujer los pañuelos de hilo en un bastidor más liviano, en Vraiville, en Eure (Segalen, 1972), equipos conyugales de cuchilleros, etcétera , deben adicionar dos salarios a fin de asegurar la supervivencia del hogar. Si, en la familia agrícola, la asociación hombre - mujer puede no ser la de marido y mujer, sino madre -hijo, padre-hijo, hermana-hermano, en la familia de la p roto-industria, la asociación de producción no es otra que la pareja, en ausencia de un patrimonio que retenga juntos a los parientes.

Además de la instauración de un reparto más igualitario de los roles, si se la compara con las familias rurales, l a familia proto-industrial presenta rasgos nuevos en lo relativo a la formación de las uniones. La edad para contraer matrimonio se eleva porque los padres tienden a conservar cerca de ellos durante la mayor cantidad de tiempo posible la fuerza de trabajo del joven adulto ; por otra parte, la endogamia profesional constituye una regla. Además, está caracterizada por una alta fecundidad, porque los hijos pueden ser rápidamente puestos a

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trabajar desde la edad de siete años. Se estima que la mayor parte del crecimiento industrial de Inglaterra, hasta 1850, debe atribuirse a la inclusión del trabajo de mujeres y niños en el marco de los talleres domésticos.

La familia urbana en la fábrica

¿Con o sin parientes?

Contrariamente a lo que suponían los sociólogos en los años 1960, los trabajos de historia social mostraron el rol de la institución familiar y del parentesco en la instalación de los fenómenos complejos que se designan con el nombre de industrialización, así como la fuerza de resistencia de esta institución. Aún en las peores condiciones impuestas por las sacudidas económicas y sociales, los hombres tienden a poner en juego estrategias que sean conformes a sus intereses: las mismas pasan por la organización del parentesco. Cuando la proto-industrialización fue barrida por la grave crisis económica que castigó duramente a Europa en la segunda mitad del siglo XIX, las rupturas sociales y familiares fueron evidentes. Pueden citarse entre otro s el ejemplo de la región de la Waldviertel en Austria en donde, a principios del siglo XIX, los grupos domésticos hilaban y tejían a domicilio. Con la impresionante caída de los precios del textil luego de los años 1850, la producción fue transferida a la s fábricas en la ciudad; este cambio se vio acompañado por una emigración masiva, especialmente en Viena. En lo que se refiere a los pueblos de origen, estos se replegaron sobre una vocación puramente agrícola (Grandits, 2003). Se plantea entonces la cuest ión de la ruptura de los lazos intrageneracionales, que ha sido dramáticamente subrayada por el historiador inglés Edward Thompson, al observar la brutal industrialización de Inglaterra : «Cada etapa de la especialización y de la diferenciación industrial g olpea a la economía familiar, perturba las relaciones entre marido y mujer, padres e hijos, introduciendo un corte cada vez más acentuado entre «trabajo» y «vida». Durante este tiempo, la familia era desgarrada cada mañana por la campana de la fábrica» (1958, p. 416). Si bien no cabe duda de que la industrialización ha sido particularmente brutal en Inglaterra, algunos trabajos de historia demográfica y social han venido a matizar estas afirmaciones. Se suelen citar más a menudo los trabajos que Michael Anderson dedicó a la ciudad de Preston, una ciudad textil del Lancashire en donde se trabajaba el algodón importado de las colonias (1971). En el ce nso de 1851, podían contarse 23% de grupos domésticos «extensos» o «múltiples» según la tipología de Laslett, un porcentaje superior al que se observaba en las comunas rurales de donde eran originarias estas familias. La revolución urbana-industrial ha sido en efecto asociada a un aumento considerable de la co-residencia entre las generaciones. La mitad de las pare jas jóvenes vivían con sus padres durante los primeros años de matrimonio. Cuando se instalaban en forma independiente, su vivienda estaba situada en el mismo edificio que la de sus padres. Contrariamente a lo propuesto por Edward Thompson, podían encontrarse aquí, no menos, sino más hijos mayores viviendo con sus padres que en las comunas rurales de los alrededores. Esta co -residencia era sin embargo más forzada que elegida, impues ta por la escasez de viviendas y

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por la falta de lugares para cuidar a los hijos de corta edad, siendo que el trabajo de las madres era indispensable para el presupuesto del hogar. No cabe duda sin embargo de que, del campo a la ciudad, las estructuras complejas, asociadas a un modo particular de valorización de las tierras, desaparecieron. Así, a principios del siglo XIX, el 14% de los hogares que residían en el centro de Bolonia estaban compuestos por persona s que vivían solas, y sólo el 2% por hogares múltiples. En cuanto se franqueaban los muros exteriores de la ciudad, la situación era la inversa: el 21% de los hogares eran múltiples y sólo raramente podían encontrarse individuos viviendo solos (Kertzer, 2002, p. 63). En efecto, cuando el migrante abandonaba su lugar de origen para encontrar empleo en la ciudad, no tenía la posibilidad de vivir en un grupo doméstico nuclear o extenso. Muy a menudo soltero, era pensionista en casa de miembros de la familia o del pueblo de origen. Para la familia que lo recibía, era un medio de incrementar su precario presupuesto. La primera manifestación del mantenimiento de los lazos se halla en la co- residencia pero pueden observarse estos vínculos también en el marco del trabajo. Así, un estudio dedicado a una usina textil norteamericana, en Manchester, New Hampshire, demostró la multiplicidad de recursos que ofrec ieron los lazos de parentesco para esta gran empresa, fundada en 1832, Amoskeag Manufacturing Company. El ejemplo desarrollado puede aplicarse a numerosas situaciones europeas (Hareven y Langenbach, 1978). Es cierto que la empresa por un lado y los obreros por otro no pueden considerarse socios igualitarios, pero las redes familiares han constituido una fuerza de resistencia notable frente al empleador, ofreciendo al mismo tiempo recursos y sostén a sus miembros. Consciente de la impor tancia de estas redes, la compañía las ha utilizado de manera deliberada, tanto para las contrataciones como para controlar a los obreros. Hasta principios del siglo XX, Amoskeag emplea a familias enteras, a menudo pobres migrantes de Quebec, un modo para la empresa de maximizar los esfuerzos relativos a la vivienda obrera. Las acciones de ayuda social estaban principalmente destinadas a las familias y no a los individuos: plan de acceso a la propiedad, curas dentales para los niños, etc étera. El impacto del poder familiar sobre la organización industrial era importante: al facilitar la acomodación de sus miembros, al encontrarles un empleo, una vivienda, la red familiar brindaba apoyo moral y material. En el seno de la fábrica, cada taller se organizaba sob re una base familiar y sobre una base étnica; en ciertas condiciones, esta cohesión permitía frenar la imposición de nuevos ritmos de trabajo . Los contornos de los poderes familiares en el seno de la empresa capitalista son sin embargo ampliamente dependientes de la coyuntura general. En el período que va de la apertura de la fábrica hasta la Primera Guerra Mundial, la mano de obra es relativamente escasa, la competencia es dura y la red de parentesco constituye un recurso importante para los obreros . Al salir de la Gran Guerra, la empresa licencia regularmente personal hasta su cierre y las familias se sienten impotentes frente a este movimiento . El ejemplo desarrollado por Tamara Hareven se observa también en las grandes empresas francesas, en el momento m ás fuerte del desarrollo industrial . Así, a comienzos del siglo XX, en una gran empresa de Nanterre (Hauts-de-Seine), las «Papeteries de la Seine» (Papeleras del Sena) que empleaban a varios miles de

El parentesco y las clases sociales

obreros y tenían la reputación de ofrecer buenos salario s y vivienda a sus obreros, era muy común que familias enteras fueran contratadas a lo largo de generaciones. La integración entre familia y trabajo era entonces particularmente importante (Segalen, 1990). Estas poderosas redes, inscriptas en la cultura al deana de origen, no constituían sin embargo la transferencia de estructuras arcaicas rurales al mundo de la industria; las mismas ofrecen respuestas a las nuevas condiciones socioeconómicas. Lo que caracteriza al parentesco es su dinamismo y sus facultades de adaptación a nuevas situaciones.

Familiarismo obrero y filantropía patronal

Las condiciones familiares del obrero en la ciudad son tan diversas como su situación en el mercado de empleo; se presenta sin embargo una correlación entre el nivel del salario y el grado de «familiarización» del obrero. En el momento de las migraciones masculinas masivas, durante la segunda mitad del siglo XIX en Europa, se produjo frecuentemente un desequilibrio entre los sexos, porque eran los jóvenes los que iban a emple arse en las minas o en las industrias. Debido a la necesidad de acumular un peculio de base para poder fundar una unión, la edad en la que los hombres se casaban era más elevada que en la de las regiones de las que eran originarios. Cuanto mejor es el salario, más estables son las condiciones de trabajo, y más «ordenado» está el obrero. El caso de la ciudad de Marsella en el siglo XIX, estudiado por William Sewell (1971), es característico de estos procesos de fijación a través de la familia. La mitad de la producción industrial proviene de fábricas, esencialmente de construcciones mecánicas relacionadas con la actividad portuaria y las industrias del aceite. Los obreros no calificados son a menudo solteros y móviles, los obreros calificados, casados y estables. Entre estos últimos, W illiam Sewell distingue a los «calificados cerrados», cuyo grupo es endogámico y en cuyo seno familiar la transmisión del oficio es importante. Son los albañiles, toneleros, curtidores y los empleados de las construcciones navales quienes comparten una sociabilidad común en familia alrededor del cabanon, su cabaña de pesca a orillas del mar en donde tienen lugar los m omentos festivos y de descanso. Hostiles a recibir a inmigrantes, son estructurados y obtien en salarios más elevados que los denominados obreros «calificados abiertos»: carpinteros, obrer os metalúrgicos, pintores de la construcción. Este grupo está menos centrado en la familia; su sociabilidad, esencialmente masculina, tiene como marco la «guinguette» 52 proporcionando los contingentes de obreros socialistas. Los comienzos del capitalismo exigieron bajos salarios y una descalificación de la mano de obra: lo que la fábrica compra, y al más bajo precio posible, es la fuerza de trabajo del obrero a quien le pedirá cumplir con los mismos gestos repetitivos, que no exigen ninguna fuerza física , de allí el recurrir al empleo de mujeres y niños.

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52 Nota de la traductora: lugar de r eunión y de baile popular a orillas del río Marne, afluente del Sena, cerca de París, adonde acudían los obreros a fines del siglo XIX; estilo de baile y música opuestos a los de la burguesía.

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El problema de la vivienda obrera, cuya otra cara puede leerse al examinar la estructura de los grupos domésticos o de la presencia extendida de los pensionarios, no es menor. Tanto los patrones de industria como los ediles locales fueron incapaces de afrontar el flujo de proletarios que dejaban los campos para ir a buscar trabajo en las nuevas fábricas. Los promotores privados edifican con prisa viviendas exiguas en las que se amontonan familias cuya mayor fuente de recursos tiene lugar en la vivienda. Todos los espacios se hallan ocupados, desde el sótano hasta el altillo. En la Inglaterra victoriana, en 1840, 14.960 de los 240.000 habitantes con los que cuenta Manchester se alojan de manera permanente en los sótanos. En Liverpool, es casi el 20% de la población, de la cual una gran proporción es de origen irlandés , la que vive en cierta forma bajo tierra (Navaillès, 1983). Si no viven en la periferia de las ciudades cerca de las fábricas (también construidas en los accesos a las ciudades ), los obreros ocupan el centro urbano abandonado por las familias más acomodadas. 50 o 60 personas viven entonces en casas inicialmente destinadas a una única familia burguesa . Estas viviendas se hallan a veces encerradas sobre sí mismas, como esos forts de Lille, esas courées de Roubaix, esos corons mineros o esos courts de Liverpool, Birmingham o Wolverhampton 53 . Los observadores contemporáneos, Victor Hugo, Charles Dickens, Karl Marx, fueron sensibles al horror de este tipo de situaciones de las que los historiadores se hacen eco. Karl Polanyi evoca « el fango social y material de los tugurios» (1983, p. 233); Eric Hobsbawm considera que « la organización de la economía es una conspiración permanente para restringir el nivel de vida de las clases trabajadoras» (1962, p. 1050). Los filántropos se emocionarán también con estas situaciones e intentarán aportar una respuesta a la crisis de la vivienda proponiendo la edificación de inmuebles colectivos. Estos alojamientos, regidos por reglamentos draconianos (prohibición de pintar o de empapelar las paredes, en definitiva de apropiarse de su espacio doméstico; severo contr ol, sobre todo en el tema de la bebida), no fueron muy apreciados. La construcción de viviendas obreras hechas por las empresas no se relaciona con la filantropía, sino con el interés bien comprendido de los patrones reforzar la fidelidad de su mano de obr a. Al ofrecer, cerca de la empresa, una casa en un barrio que dispone de un nivel de confort relativamente superior a lo que se podía hallar en la ciudad, el industrial asienta su mano de obra , se asegura de su fidelidad y de su regularidad en el trabajo. El ejemplo arquetípico es el que ofrecen las fábricas Schneider en el Creusot. Los hermanos Schneider se instalan en 1832 en un pueblo que cuenta con 800 habitantes. Van a desarrollar una considerable empresa industrial, desde la extracción de metales hasta su transformación. Uno de los más importantes centros metalúrgicos funcionará allí hasta su derrumbamiento en los años 1980. El crecimiento demográfico fue muy rápido en el Creusot, un pueblo todavía muy insalubre: en 1837, se cuentan 2. 700 obreros, en 1866, 24.000. La dinastía Schneider creó una nueva ciudad sobre la base de un trazado con sus

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  • 53 Nota de la traductora: fort, courée, coron, court, nombre que se

da en ciudades del

norte de

Francia y en Inglaterra a la urbanización típica de los barrios industriales, constituidos de casas unifamiliares estrechas, con una pequeña huerta detrás.

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barrios obreros, con jardines obreros, escuelas, hospital e iglesia. A cambio de su trabajo en las minas, las fraguas o las acerías, recibe n alojamiento, salud, educación e incluso la posibilidad de promoción. Los habitantes del Creusot decían «vivo aquí por Schneider». Mundo total y totalitario, se «es» Schneider desde la cuna hasta la tumba, a lo largo de varias generaciones. Sigue manifestándose aquí el parentes co a través de la existencia de dinastías obreras como es el caso de la dinastía Schneider. De allí la enorme crisis social que se produce al cerrar la fábrica (Les Schneider,

1995).

Las consecuencias familiares del trabajo de las mujeres y los niños

Las transformaciones económicas del siglo XIX no sólo vaciaron una parte de los campos para llevar a individuos y familias hacia las ciudades, sino que cambiaron también la naturaleza de las actividades económicas tanto en el medio rural como el medio urbano. Luego de 1850, los campos fueron perdiendo poco a poco todas sus actividades artesanales o proto-industriales para concentrarse en una producción agrícola cada vez más mecanizada, exigiendo por ejemplo en las explotaciones en Brie o en B eauce una mano de obra asalariada, ya que la familia no bastaba para realizar el trabajo. En la ciudad, en la fábrica, los comienzos del capitalismo, y en particular del capitalismo textil, desorganizaron seriamente la vida familiar al poner a la mujer en la fábrica y, en segundo lugar, a los niños. Los magros salarios masculinos exigían que todos trabajaran en la fábrica. En Lille, en 1856, las hilanderías de algodón empleaban a 12.939 hombres y a 12.792 mujeres que trabajaban de lunes a sábado de 5.30 a 20 hs, trescientos días al año. El salario femenino era inferior al de los hombres y el salario de los niños menor aún. El pequeño tamaño del niño es muy apreciado en las fábricas textiles porque puede deslizarse debajo de la máquina para volver a unir los hilos rotos, limpiar las bobinas de hilo, recoger los restos de algodón. Aunque mínimo, el salario del niño puede marcar la diferencia en el presupuesto familiar. Puede explicarse así que los principios de la contracepción no entren en la lógica de la familia obrera cu ya elevada fecundidad constituye una respuesta a las condiciones de proletarización. En Roubaix, en 1862, una familia consigue agenciar su presupuesto gracias al trabajo de sus cinco miembros, el padre, la madre y los tres hijos : sus gastos se elevan a 1000 francos, el conjunto de los salarios a 1150 (Pierrard, 1976).

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La proletarización materna

Agotadas por estas condiciones de trabajo , las mujeres obreras son acusadas de haber perdido sus saberes domésticos. La declinación del estatus masculino dentro del grupo doméstico obrero no trae por otra parte como consecuencia la revalorización del estatus de la mujer. Los observadores subrayan los efectos destructores de la industrialización en sus saberes tradicionales:

«La industrialización habrá de producir, por grupos enteros, un nuevo tipo de madres que trabajan fuera del hogar entre doce y catorce horas por día y vuelven a sus casas extenuadas, agotadas, exasperadas, incapaces a veces de asumir las tareas maternas y domésticas fundamentale s. La novedad no es que el trabajo hace que la madre no pueda dedicarse a sus hijos (esto ocurría a menudo en el campo), es el carácter masivo, colectivo, irrefutab le del fenómeno. Las campesinas y las granjeras trabajaban igual, pero cada una en su casa y pocos testigos, con excepción de algunos médicos , tomaban conciencia de su común fatiga. Ahora, la fábrica y los tugurios agrupan a estas desdichadas y otorgan a su mi seria una escandalosa dimensión » (Knibielher y Fouquet, 1980, p. 245) .

La sociabilidad femenina tradicional, por la que transitaban los saberes femeninos, se encuentra destruida. Ahora bien, los mismos comprendían el ámbito del hogar, cocina, el mantenimiento de la ropa, el cuidado de los niños , etcétera. Si bien estas prácticas eran juzgadas a veces como «supersticiosas» en el medio campesino, no dejaban de transmitirse, imponiéndose como saberes ancestrales. La situación cambia en la ciudad en donde la oposición entre comportamiento femenino obrero y saber culto y burgués es muy evidente. Los observadores se muestran francamente hostiles hacia los modos del hacer obrero . Se esfuerzan en comprobar que las mujeres se hallan desculturalizadas . A fines de siglo, las críticas se acumulan: «Las obreras no saben n i coser, ni zurcir, ni cocin ar un caldo, ni educar a sus hijos. Que el trabajo industrial, abrumador como lo era, haya destruido los antiguos saberes femeninos y las virtudes domésticas no tiene nada de sorprendente. Lo peor es que no proponía nada en su lugar, que dejaba a las mujeres, a las madres totalmente despojadas, acusadas de negligencia » (Knibielher et Fouquet, 1980, p. 256). Como Louise Tilly y Joan Scott han demostrado (1978), las condiciones de trabajo de las mujeres y de las familias varían sin embargo considerablemente d e un sector industrial a otro . Salvo en los comienzos de la gran industria textil, la fuerza femenina de trabajo era en su mayoría la de las jóvenes solteras, porque el trabajo en la fábrica era difícilmente compatible con las cargas de la vida familiar de las mujeres casadas y madres. Aquellas que se empleaban en la fábrica lo hacían en caso de absoluta necesidad de un segundo salario para completar los insuficientes ingresos, o en casos de crisis familiar (enfermedad del padre). En los inicios de la industrialización, la unidad familiar obrera constituye, como la de los campesinos y artesanos, una unidad económica integrada, en la que deben fundirse diferentes salarios. Marido, mujer, adolescentes, niños ( en tanto la legislación no prohíba su trabajo) juntan sus salarios. En este contexto, el trabajo

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femenino está estrechamente vinculado con el ciclo de la vida familiar. Luego de la relativa prosperidad de los primeros años de vida conyugal en la que los salarios se suman, el trabajo en la fábrica se vuelve difícil para las madres con hijos de corta edad. Pueden elegir entre abandonar su trabajo profesional, difícilmente conciliable con la función materna, y sufrir una caída catastrófica de los ingresos del hogar, o trabajar en condiciones precarias. Numeros as mujeres adoptan la primera solución y permanecen en el hogar. Sin embargo, queda todavía un porcentaje de mujeres para las cuales el trabajo en la fábrica es indispensable. Cuando no trabaja en la fábrica, la mujer busca algún otro complemento de ingreso: por ejemplo, en Londres, el repliegue de mano de obra femenina se corresponde con el aumento de los pensionistas. En otras ciudades obreras, las mujeres casadas se empleaban en los sectores no industrializados: eran lavadoras, encargadas de café, hacían jornadas de limpieza o bien tomaban trabajo a domicilio. Se observa un aumento de este tipo de trabajo, hacia fines del siglo XIX, en especial a través de la máquina de coser. Si bien esta mecánica se presenta como la aliada de la mujer burguesa en sus tareas tradicionales, «la costurera de hierro» constituye el instrumento del capitalismo exterior en el seno del hogar. Por un magro salario auxiliar, ligada a su máquina, la mujer se reencuentra con su posición y su función tradicional, asienta la imagen simbólica de la mujer disciplinada (hoy en día la misma imagen se prolonga en la de la mecanógrafa ligada primero a su máquina de escribir, y en los años 1990 a su «computadora » con procesador de textos). Con el desarrollo de la industria del vestido, nume rosas mujeres obtienen de su máquina el dinero necesario para el reembolso del instrumento de su dominación y para completar el salario del marido. Para llegar a este magro ingreso, hay que trabajar jornadas enteras, a veces tarde por la noche. Por este motivo, en el alba del siglo XX, puede verse cómo las mujeres vuelven a la fábrica que les parece preferible a los tormentos que impone el trabajo a domicilio esas mujeres se precipitarán luego a las fábricas de la guerra (Perrot, 1978). Sea cual fuere la implicación de la mujer en un trabajo asalariado, su rol principal es el de asegurar la supervivencia de la familia a pesar de las condiciones de extrema pobreza que caracterizan a toda la Europa industrial del siglo XIX. El nacimiento de numerosos niños ha cía más pesadas evidentemente las cargas familiares. El abandono de los mismos creció de manera dramática con la industrialización, lo que indujo a las autoridades públicas a poner en funcionamiento estructuras de ayud a para los que se denominaron «niños encontrados» o «niños abandonados» o «niños asistidos» en inglés foundlings (Fuchs, 1984). A menudo, esas madres, ya solteras o casadas, son las recién llegadas a la ciudad, sin red de parentesco o de vecinos para sostenerlas en su desamparo. El trabajo y el cuidado de los hijos eran incompatibles, en particular para las mujeres que se empleaban como domésticas, un trabajo en expansión en el siglo XIX. En París, al menos un tercio de las mujeres que habían abandonado a su hijo eran domésticas cuyo empleo era inconciliable con el rol materno; otro tercio estaba compuesto por costureras, obreras de fábrica (Fuchs, 2002, p. 176).

Sociología de la Familia

¿El fin de la familia obrera?

La mejora de la condición obrera, entre las dos guerras, y sobre todo en la segunda posguerra, fruto de luchas sindicales fundadas en el espíritu de la clase y la prosperidad económica excepcional de Francia llevará a plantear la cuestión de la persistencia de una clase obrera y de la especificidad de su modelo familiar. La cuestión familiar obrera interrogará a la sociología a partir de una problemática que seguirá sin resolverse hasta la construcción masiva de viviendas sociales en los años 1970; es lo que Michel Verret denomina «la miseria domiciliaria»: viviendas improvisadas, viviendas insalubre s, viviendas sin confort, viviendas de superpoblación y de promiscuidad en las grandes ciudades (1983, p. 697). Los trabajos de Paul-Henri Chombart de Lauwe constituyen un ejemplo de estos trabajos pioneros (1956). La sociología de las clases obreras se ha focalizado en los rasgos y características de los lazos conyugales y los lazos parentales.

Residencias obreras

Un estudio que en nuestros días ha quedado en los anales de la investigación es el que han llevado adelante Michael Young y Peter Willmott (1983) en la cual han estudiado los lazos familiares (conyugales y parentales) en el Londres de la posguerra. A estos dos sociólogos se les había encomendado el estudio de los efectos sociales que tendría sobre los roles conyugales y las redes de parentesco el realojamiento de una población que pasaba de un barrio de casas obreras muy precarias fuertemente integrado a una instalación en nuevas urbanizaciones. Es un caso de laboratorio de experimentaci ón social bastante raro y la obra es doblemente interesante: por el análisis en un momen to dado de una comunidad obrera y además por las consecuencias de la planificación urbana sobre las estructuras familiares. Los autores describen a principios de los años 1950 el barrio de Bethnal Green, fundado en 1895, una de las primeras realizaciones del London City Council, creado cinco años antes, con el fin de satisfacer las necesidades de la creciente población de Londres. En esta segunda posguerra , el estudio demuestra en primer lugar la importancia de los lazos de parentesco, resultante de la escasez de viviendas, que obliga a un buen número de parejas a cohabitar con los padres de uno de ellos (muy a menudo los padres de la mujer). Sin embargo, si las parejas viven en forma separada, el lugar de residencia de los padres de la mujer se halla siempre más cerca de la joven pareja que el de los padres del marido. Esta proximidad residencial autoriza numerosos contactos con el personaje que se presenta como pivote, la Mum, madre de la joven mujer, la que presta servicios, ayuda en lo cotidiano, organiza las fiestas familiares y es omnipresente en el hogar de la joven pareja. Los maridos, por su parte, frecuentan otros lugares en los que se encuentran entre hombres (pub, salidas nocturnas, actividades colectivas masculinas como la participación en una fanfarronada, etcétera). La parentela juega también un rol importante en la búsqueda de empleo: proporciona un conjunto de informaciones sobre el tejido industrial y las empresas, condiciones de empleo, dificultad del trabajo, etcétera. En ciertos sectores, el de los estibadores o el de los

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gremios del libro por ejemplo, el nepotismo familiar se ejerce a pleno, como lo menciona el diario oficial del Sindicato Nacional de Obreros de la Imprenta, de la Encuadernación y del Papel anunciando las siguientes contrataciones:

«La lista de hijos y hermanos de los miembros se encuentra nuevamente abierta Los miembros de la oficina central de Londres que tengan hijos y hermanos de 21 años y más cuyos nombres deseen agregar a las listas deben realizar inmediatamente la dema nda para obtener un formulario » (p. 97)

La destrucción de una parte de los tugurios de Bethnal Green lleva al realojamiento de ciertas parejas jóvenes y de su s hijos en Greenleigh en donde encuentran confort e independencia. Los autores observan que si los lazos familiares se mantienen, es al precio de desplazamientos, de forma tal que la pareja debe contar más consigo misma, lo que implica nuevas relaciones co nyugales. Finalmente, la mixtura social impone una cultura de la apariencia que se sustituye a la cultura del conocimiento y de la vecindad tan característica del universo de los barrios obreros. En suma, el obrero ha conquistado el derecho a la vivienda, a su propio hogar, al arte de habitar su propio mobiliario, a tener el beneficio del confort y de la intimidad doméstica, tan bien descriptos por el elegante socioanálisis de Richard Hoggart en 33 Newport Street (1991). Tránsfuga de clase 54 obrera por fin respetable, el autor nos muestra que la clase obrera alcanza en los años 1960 un «pequeño aburguesamiento». Pero las convulsiones que se suceden en el mundo industrial y obrero llevan a poner en duda hoy en día estas hipótesis. Contrariamen te a los felices pronósticos de los años 1970 y 1980, no se observa una «medianización» de la sociedad europea, de manera tal que la problemática de los más despojados y de su cultura sigue planteándose en términos específicos.

¿Un modo de ser en familia específico?

La pareja obrera, el lugar de la madre y la organización de las relaciones conyugales son el producto de tensiones vinculadas con el modo de habitar y de trabajar, pero también con un cierto número de valores morales. Olivier Schwartz (1990) estudió una ciudad de la cuenca minera de la Région Nord-Pas-de-Calais entre 1980 y 1985, en el momento de su transición de una «cultura total», la de la mina, a una sociedad obrera, diversificada, enfrentada a la crisis y al desempleo provocado por el cie rre de las minas. Toma entonces a estas familias en un momento de ruptura crucial, puesto que ya no son blanco de la miseria inmobiliaria de la que hablaba Michel Verret, sino de una angustia más insidiosa, la de la pérdida del empl eo. El estudio hace foco sobre la familia obrera en el momento en que las mujeres se han retirado del mercado de trabajo, lo que se presentó como una victoria de los sindicatos que reclamaban un aumento de los salarios masculinos para que las mujeres, liberadas de la necesidad de aportar un salario auxiliar, pudieran dedicarse a su hogar.

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54 nard Lahire que hace referencia a aquellos que pueden escapar de su medio social para acceder a otro mejor.

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El autor señala tres estratos sociales: el estrato proletario, el e strato de la desproletarización y finalmente el de la precarización. A través de la experiencia de los personajes que encarnan estos diversos estratos se analiza la importancia otorgada por el mundo obrero a los lugares cercanos (familia, barrio). « Propietarios forzados por la única riqueza que le es accesible, llevan, ciertamente, una vida privada, pero privada de muchas cosas. Estamos aquí en presencia de un privatismo defensivo y retraído, que constituye una característica tradicional de las clases populares» (p. 20). El autor señala los rasgos típicos: «familiarismo», « que depende menos de un conservadurismo de principio que de una forma de protección», moral familiar centrada en el hogar e inversión en la vivienda acorde a los ingresos. Describe la ambivalencia frente a los comportamientos de fecundidad, mientras que algunas mujeres podían todavía valorar su función materna a tr avés de nacimientos numerosos, otras utilizaban los contraceptivos modernos puesto que se consideraban a sí mismas como sujetos autónomos . El personaje de la madre de la mujer tiene un valor de referencia muy fuerte que perdura, ya sea el vínculo madre-hija así como el rol específico de la pareja madre-hijo, del mismo modo, persiste un reparto tradicional de los roles:

reparto «natural» entre lo masculino y lo femenino, el hombre en el trabajo aportando un salario, en tanto la mujer adm inistra el presupuesto, y mantiene su lugar en el seno del hogar. En razón de la duración de su investigación y de su dedicación personal, Oliver Schwartz ha podido obtener periodizaciones diferentes, marcadas por mutaciones en sentido contrario: el enriquecimiento de los años 1960 -1970 se orientaba hacia un hedonismo familiar, mientras que luego de la crisis de los años 1980, se dio una reproletarización acompañada por un encierro sobre sí mi sma. Cuando se refiere a una «privatización de los comportamientos obreros», Schwartz muestra la coincidencia normativa con los empleados modestos, pero estima que no se puede hablar de un aburguesamiento. Lejos de una medianización de los comportamientos familiares, la familia y el parentesco obreros conservan toda su especificidad. Las familias inmigradas, que pertenecen también al mundo obrero, son doblemente penalizadas cuando sobreviene el desempleo ; al malestar social se agregan los problemas vinculados específicamen te con la dimensión étnica. Tanto el trabajo como la familia son insuficientes en un mundo en el que los hijos ya no son portadores de la esperanza de los padres. Por este motivo el rol de las parentelas es tanto más apreciada cuanto más difíciles se vuelven las condiciones de contratación . En la fábrica de embotellado de las aguas de Évian, empresa que tiene la reputa ción de pagar buenos salarios y de no despedir a sus obreros, rein a un verdadero nepotismo obrero tema tabú (Desveaux, 1991). Las técnicas de contratación, sustentadas en las más modernas normas, ocultan el fenómeno pero no impiden que, al momento de esa investigación, el 50% de los nuevos contratados fueran hijos de obreros de la fábrica. El parentesco parece ser una prote cción en los contextos de rigor económico. Conocemos el drama de las familias obreras que cuando cierran pequeñas fábricas dejan en la calle a dos generaciones que se han endeudado para construir su casa.

El parentesco y las clases sociales

Parentesco y familia de las burguesías

La sociología marxista puso en evidencia la constitución de clases sociales que se distinguían sobre todo por el lugar acordado a la institución familiar, a través de sus normas y de sus representaciones. Desde este punto de vista, la «familia» constituye uno de los pilar es de la reproducción social en los ámbitos de la burguesía, sobre el cual ésta sustentó ampliamente su dominación económica. La importancia de los linajes y el rol de las estrategias matrimoniales fueron señalados como estructurantes de estas clases domin antes; por último, la globalización industrial y financiera no impide que los lazos de parentesco estén también ligados con la economía. En los años 1980, dentro de la temática de las luchas de clases, numerosos trabajos se refirieron a las luchas sociales de la condición obrera, mientras que las clases superiores eran objeto de importantes trabajos como el estudio de Pierre Bourdieu consagrado a las elites dirigentes y sus redes de parentesco (1989). Luego esta temática fue desdibujándose un poco a favor d e una sociología de las profesiones, de las relaciones de género o de cuestiones relacionadas con la inmigración. En la medida en que se observa un desarrollo de las desigualdades sociales, la cuestión de las clases superiores vuelve a reflotarse (Chauvel, 2001). A pesar de la dificultad para delimitarlos socialmente y también para desi gnar a estos grupos dominantes (¿se trata de una clas e, de una burguesía de elites?) no deja de ser menos cierto que siguen siendo los mejores dotados en el plan o cultural y financiero y que el parentesco continúa teniendo para ellos un papel muy importante. Aunque estos grupos sociales han adoptado los comportamientos modernos especialmente encarnados en el divorcio y las recomposiciones familiares, la importancia de la famil ia extensa continúa siendo reconocida en las esferas más acomodadas. Sigue siendo el crisol de la reproducción de las desigualdades constatadas desde siempre en el terreno de la cultura y de la sociedad, a pesar de los esfuerzos realizados en pos de su dem ocratización. Sea cual fuere la forma en que se presenta, el elemento clave es el de la continuidad sucesoria.

La cuestión de la sucesión

Para las familias de la nobleza del siglo XIX se plantea l a cuestión antropológica de la «sucesión», definida por Meyer Fortes como « el instrumento que asegura la continuidad de los grupos corporativos», es decir «la perpetuación de un agregado humano a través de un reclutamiento exclusivo a fin de adquirir la calidad de miembro de un grupo que confiere igualdad real o potencial de estatus, neutralidad de intereses y obligaciones en sus asuntos internos» (1969, p. 305-306). Se trata de grupos cerrados y que se bastan a sí mismos. Una definición de estas características impide la transferencia de esta noción a las realid ades sociales europeas, porque la nobleza del siglo XIX no constituye un grupo cerrado y estructurado en torno a principios internos, sino más bien, la sede de relaciones sociales que deben volver a tejerse en cada generación. La antropología se interesa a partir de ese momento en

Sociología de la Familia

los procesos por los cuales tal grupo social controla recursos específicos gracias a los que obtienen ventajas materiales y simbólicas, prestigio y poder político. La cuestión crucial es la de la fig ura de autoridad que habrá de ser la más apta para asegurar la continuidad (Pinal Cabral y Pedroso de Lima, 2000). Si el grupo familiar no es ni cerrado ni realmente estable, para mantenerse a través del tiempo, es necesario que comparta un punto de vista en común sobre sí mismo, es decir que la vida familiar se constituya en un proyecto asumido en forma colectiva. Las relaciones familiares, lejos de replegarse sólo en el terreno de lo doméstico, se encuentran en constante interacción con los ámbitos socio - económicos y políticos del momento. Este ha sido el caso de estos notables y nobles Lozériens que Yves Pourcher (1987) ha estudiado partiendo desde el siglo XVIII hasta nuestros días. El autor traza los diversos caminos del enriquecimiento y de la acumulac ión del patrimonio de estos burgueses cuya fortuna se funda a veces en la adq uisición de cargos de escribanos o en el éxito de empresas textiles, pero sobre todo en una «voracidad» de adquisiciones de tierras agregando a sus ingresos aquellos que obtienen de las rentas de bienes raíces procuradas mediante la compra de bienes del clero durante la Revolución. Para que la rica burguesía mercantil pueda acceder a la nobleza, en el siglo XIX, tendrá que exhibir un modo de vida específico, en torno a un castillo que embellecerán y amoblarán con cuidado, cuyo parque y cuyos jardines acondicionarán; es en el castillo en donde «se conciben las alianzas y se amarran las relaciones en el transcurso de recepciones que reúnen a las personas notables de la región ». De este modo habrán de continuar o inventar una historia familiar siempre edificante y encarnada en esos muros ennoblecidos. El pasado familiar instaura a la familia que se enorgullece de sus árboles genealógicos. Para asegurar la perennidad del linaje familiar, la primera estrategia reposa sobre la educación. La adquisición de buenos modales y el aprendizaje de un verdadero saber. Pero sobre todo, como ocurre también en las familias campesinas acomodadas, las familias notables y nobles habrán de utilizar las est rategias matrimoniales como herramienta principal de reproducción social para asegurar no sólo una transmisión integral del patrimonio, sino, mejor aún, contribuir a extenderlo. El matrimonio, en todos los casos, no será nunca cuestión de sentimientos, sino que habrá de unir dos patrimonios y dos linajes familiares a través de dos individuos que no se han elegido en forma personal, sino que han sido seleccionados luego de lentas negociaciones en el seno de las parentelas. Los mecanismos, por lo tanto, son idénticos a los que se han observado en las sociedades rurales, pero a diferencia de éstas, la cantera de cónyuges posibles es más amplia ya que hay que encontrar una familia de rango compatible. Hay intermediarios que comienzan las negociaciones relativas a las dotes o a las expectativas, recabando información acerca de la moralidad de las familias de los pretendientes. Antes de la unión, los contratos de matrimonio fijan el monto de la dote que constituye la contribución de la mujer a las cargas de la pareja y que se coloca al servicio de la transferencia de la propiedad. En el caso que aquí se describe, el del Gévaudan, se aplica la regla de primogenitura y un hijo, generalmente el mayor, hereda el dominio principal en donde se encuentra el castillo; en este estrato de riqueza, y contrariamente a lo que ocurre con los campesinos, los otros hijos, mujeres y varones, reciben también dotes, ya sea en dinero o en tierras.

El parentesco y las clases sociales

Estrategias patrimoniales y matrimoniales forman el cimiento de las estrategias políticas que permiten a los linajes familiares conservar funciones a nivel local, regional y nacional, incluso en el marco de elecciones democráticas . Un estudio consagrado a una comunidad rural del Choletais muestra la influencia del propietario del castillo s obre una región (Carteron, 2002). En este caso, y opuestamente al ejemplo de los Lozériens que acabamos de analizar, el sistema de herencia es igualitario, pero el resultado es idéntico: el «mundo del castillo» domina la vida social, impone su influencia p olítica y afirma la obligación del respeto de las reglas de la vida católica. La historia particular de la Vendée, en tiempos de la Revolución, confiere a estos nobles una singular legitimidad en la asociación del «noble y del cura». La imposición de sus n ormas modela la vida social de todo el pueblo, desde las grandes explotaciones agrícolas hasta las barracas de los jornaleros: esto ilustra el hecho de que el estudio del parentesco excede ampliamente el marco privado y constituye un modo de introducción a l estudio de lo social. En Saint-Hilaire -de- Loulay, «las reglas jerárquicas desiguales se imponen de arriba hacia abajo, es decir desde los propietarios de los castillos a los campesinos, los principios igualitarios tienden a imponerse desde abajo hacia arriba de la escala social» llevando a los propietarios de los castillos a adoptar los rasgos que caracterizan a la cultura campesina de los pequeños bosques : «la valentía».

La importancia de las normas burguesas

Junto a las familias nobles, en los burgos o en las grandes ciudades, el siglo XIX vio cómo se desarrollaron las familias burguesas de amplio espectro. Sea cual fuere el nivel de riqueza en el que se encuentran, todas comparten una ideología que las unifica más allá de sus diferencias de estatus: todas hacen de la institución familiar el centro de sus valores, se trate ya de la pare ja conyugal que están innovando o de la red de parentesco en la que la misma se inserta. La familia burguesa se define como el lugar del or den social del que se prohíbe cualquier desvío. En este crisol se fundan los valores necesarios para la realización individual, fruto de las virtudes morales inculcadas a lo largo de un sostenido trabajo de socialización. De este modo la burguesía hará des puntar en el transcurso de un siglo un modelo que terminará por autodestruirse: la pareja conyugal será minada por el crecimiento del individualismo. La burguesía capitalista del siglo XIX se edifica sobre la familia y, del mismo modo que para la nobleza de los Lorézienns o de la Vendée, los objetiv os matrimoniales son de extrema importancia, habida cuenta de las necesarias inversiones de capital. Pero más allá de los capitales, el peso de los valor es familiares de solidaridad que implican además tensiones y crisis se inscribe en la lógica económica. Esto es por otra parte extraño en la medida en que los valores familiares no son valores mercantiles y en donde las relaciones familiares no están orientadas hacia una maximización de las ganancias 55 . Así, se trate ya de familias

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55 Aunque existen análisis que tratan las relaciones familiares en términos económicos (Gary Becker).

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textiles del Norte, del Este o del Centro de Francia, podremos ver cómo se asocian dos patronímicos en la razón social de la empresa.

Un caso emblemático de solidaridad fraternal y endogámica

Este caso es proporcionado por la «Casa» Rothschild estudiada por Niall Ferguson (1999) y Adam Kuper (2001). Mayer Amschel, fundador de la Casa de Rothschild, engendró cinco hijos a los que les inculcó el sentido de una intensa cohesión que debía garantizar la continuidad de la próspera empresa bancaria:

«Yo les pido entonces, de forma apremiante, hermanos y sobrinos queridos, que tengan siempre el cuidado de comunicar a sus herederos la misma Esto será tan provechoso para ustedes mismos como para sus des cendientes. Esto preservará nuestros intereses económicos de cualquier división e impedirá que otros gocen de nuestros esfuerzos, de nuestro saber y de la experiencia que hemos acumulado pacie ntemente a lo largo de los años» (p. 273). En el centro del dispositivo de expansión económica y financiera del banco cuya red se extendió a toda Europa en el transcurso del siglo XIX, el principio de solidaridad familiar se encarnó en tres dimensiones : fraternidad, preponderancia de la filiación masculina, endogam ia. Los matrimonios en el seno del parentesco cercano (tío/sobrina, primos hermanos) tendían a reforzar los lazos entre las diversas ramas de la familia, constituyendo otras tantas sucursales instaladas en Londres, París, Francfort, Viena o Nápoles. Cuando examinamos las 36 uniones de los descendientes de los cinco hermanos que tuvieron lugar entre 1824 y 1877, 28 tuvieron lugar entre primos hermanos o primos segundos, a través del lazo masculino (cf. figura 2). Según Adam Kuper, «este sistema de alianza ta n particular constituye una adaptación a la estructura única de un banco familiar multinacional » (p.

287).

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Figura 2. Los Rothschild: la endogamia familiar al servicio de un banco

El parentesco y las clases sociales Figura 2. Los Rothschild: la endogamia familiar al servicio de

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En Francia, el ejemplo histórico más sorprendente de una dinastía empresaria es la de los hermanos Schneider en Le Creusot, qu e en cuatro generaciones, desde 1836 hasta 1970, vincula el devenir de una ciudad, Le Creusot, con el de una empresa familiar. Los intereses de una familia se mezclan con una empresa que se convertirá en la primera empresa metalúrgica de Europa. Gran capitalista o más modesto poseedor, el burgués trabaja para administrar el capital. En él descansa la representación social. Aunque la mujer haya aportado una importante dote y se sabe que el matrimonio burgués es un matrimonio de interés, un establecimiento , el esposo es el único responsable de los bienes de la pareja. Tanto en sentido propio como figurado, la burguesa es una incapaz. Sin la carga del trabajo doméstico, su func ión principal es la de ser la «señora de la casa»; organiza, manda a los criados, sean muchos o pocos, de acuerdo con el nivel social de la pareja . El trabajo material que realiza la mujer obrera o campesina le es ahorrado. Desde ese momento, éste se vuelve secundario, inferior y se encuentra relegado al rango de bajas tareas. Cada vez más, el rol fundamental de la mujer burguesa en el siglo XIX es el cuidado de los hijos, su función maternal. Al cuidar a los más pequeños, aunque a menudo con la ayuda de una nodriza, se c onvierte más aún en la educadora, la que forma el corazón y el espíritu. Sublimada a través de la maternidad, la mujer se encuentra relegada a un segundo plano en el seno de la pareja conyugal. La idealización romántica del personaje de la madre la vuelve intocable, tal como lo señala Théodore Zeldin:

«El culto de la pureza las hacía inaccesibles; no se podía por lo tanto en tales circunstancias buscar el placer sexual con aquellas que estaban dedicadas a la maternidad » (1978, p. 340).

La mujer dentro de la familia burguesa del siglo XIX es también y ante todo un instrumento de representación y de relaciones sociales. ¿Se puede, en efecto, reducir su rol al de madre? La mujer organiza la vida mundana, y esto es tanto más verdad cuanto más nos elevamos en las clases sociales. Ella sale, realiza gastos de vestimenta que no son sólo signo de frivolidad. Juega un papel social importante, tanto más cuanto que su marido, comprometido con un perfil profesional, desea hacer carrera y subir escalo nes en la escala social. Al contraer matrimonio, y se sabe con cuánto celo, el hombre se ha casado con una red de alianzas y de relaciones. La mujer, liberada de sus ta reas domésticas gracias a las «criadas», de sus tareas maternas gracias a las nodrizas, los preceptores y las instituciones escolares, juega un rol capital mediante la activación de las relaciones de alianza, de parentesco y de amistad. En las clases obreras, la mujer que permanece en el hogar garantiza la reproducción de la fuerza de trabajo que su marido intercambia en el mercado por un salario. En los ámbitos acomodados, la carrera del esposo se construye en parte sobre la vida social y cultural de la mujer, cuyo empleo del tiempo le permite visitas, bailes, su «día» para recibir a sus amigas, ocasión que los maridos compartirán al volver del trabajo. La necesidad de esta vida mundana se explica por la movilidad social propia del siglo XIX: es necesario consolidar los ascensos rápidos, luchar contra la posibilidad de una declinación. Sin embargo, sigue siendo también indispensable en nuestros días con el desarrollo del

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sector terciario cuyos ejecutivos son contratados en función de su capacidad de trabajo. Como lo señala Jane Marceau (1978):

«La carrera de un obrero no depende de lo que ocur re en su familia y fuera de su trabajo. En un trabajo puramente productivo, sólo se tienen en cuenta los criterios de productividad. Pero en el ámbito de los ejecutivos, la productividad es mucho más difícil de juzgar. Su mujer, la red social y de parentes co que ella puede cultivar porque dispone de tiempo, es una garantía social importante para el marido ».

La burguesía del siglo XIX no constituye una clase homogénea. En mutación geográfica y social, esta categoría de límites imprecisos reúne a parejas cuyas relaciones conyugales son a veces diferentes del modelo que acabamos de esbozar y que caracteriza más bien a una burguesía media y superior. Alrededor de la madre gravitan en efecto los valores fundam entales que son los del hogar. Si bien la lengua inglesa ignora el equivalente de (mujer de interior), la lengua francesa no posee una expresión para traducir realmente el término de home y sus derivados home making, home maker. A comienzos del siglo XX, luego de la Primera Guerra Mundial que empobreció notablemente a las clases dominantes, al punto de hacer desaparecer una parte de la servidumbre que las caracterizaba treinta años antes, la burguesía desarrolló un modelo del «dulce hogar», valorizado, decorado, embellecido, y de pronto con vertido en sujeto de una prensa femenina que se estaba desarrollando.

En Suecia, una nueva ideología, proveniente de la burguesía, y adoptada por las nuevas clases medias, que se desarrolla entre 1880 y 1920, valoriza la esfera de lo privado, adornado con todas las virtudes, en oposición al mundo del afuera que encarna los desórdenes humanos y sociales. Una vasta iconografía habrá de subrayar la supuesta dulzura del hogar familiar.

Esfera privada

Hogar Ocio Relaciones personales e íntimas Proximidad Amor y sexualidad legítima Sentimiento e irracionalidad Moralidad Calor, luz y suavidad Armonía y totalidad Vida natural y sincera

Esfera pública

Mundo exterior Trabajo Relaciones impersonales y anónimas Distancia Sexualidad ilegítima Racionalidad y eficacia Inmoralidad Mundo duro

Vida artificial y afectada

Fuente: Orvar Lofgren, 1984, p. 460.

Una clase innominable

Los trabajos referidos a los siglos pasados han permitido desarrollar algunas características de las clases llamadas superiores: un ethos, la detentación de un

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capital económico y cultural y de relaciones sociales, un mundo del trabajo que es ante todo social, sin dependencia del trabajo manual.

Serge Bosc (2003) caracteriza a las clases superiores contemporáneas según tres polos: el del poder que remite a la categoría dirigente; el polo de la fortuna que connota la expresión tradicional de «burguesía poseedora», en la que la ocupación profesional es secundaria en relación con la fortuna heredada y consolidada y en la que se le acuerda la prioridad a la gestión y a la transmisión patrimonial; y finalmente el polo de las posiciones salariales sólidas que permiten la constitución de un patrimonio importante que permite a su vez obtener un capital simbólico. Hoy en día ni la definición de las clases burguesas ni la de los obreros resulta clara, se trata de un grupo heterogéneo que asocia antigua nobleza, familias ricamente dotadas en patrimonio, altos ejecutivos dirigentes. Más allá de la diversidad, todas comparten un modo de vida caracterizado por la holgura financiera y el acceso a los bienes culturales . Todas tienden a reproducir su lugar en la sociedad, y es por este motivo que la institución familiar juega aquí un papel central, a través de la escolarización de los hijos y del matrimonio. Por su parte, Michel Pinçon y Monique Pinçon -Charlot (2003) no dudan en afirmar que si ex iste en verdad una clase en Francia a principios del siglo XXI, es justamente la burguesía, «familias poseedoras que llegan a mantenerse en la cumbre de la sociedad en la que se encuentran a veces desde hace varias generaciones» (p. 4). El mantenimiento de las riquezas en todas sus formas tales como las del capital social pasa ante todo por el control de la socialización, el dominio de los lugares de la educación y la cultura . En todos estos niveles, la familia es a la vez el fin y el medio para llevar a ca bo la perpetuación de la dominación económica generación tras generación.

El homo economicus que es el jefe de la empresa es también un pater familias, que, en lo que hace al devenir de su empresa, muestra una preferencia muy marcada por una transmisión en un marco familiar (Bauer, 1991). Cualquiera sea su tamaño, el patrón intenta en la medida de sus posibilidades que sea uno de sus descendientes quien conserve la dirección de su negocio. Es el caso de la familia Michelin que ya va por la cuarta generación. En la familia Mulliez, por ejemplo, que controla el grupo Auchan, la estrategia consiste en colocar a los hijos en las diversas ramas del grupo, para poder elegir al que saldrá de la ca excepción a la regla está dada por el grupo Wendel, cuyos numerosos descendientes son accionistas, pero no conservan, desde hace ya dos generaciones, responsabilidades dentro de la empresa, de modo que cuando hubo que encontrar a un sucesor para Ernest-Antoine Seillière, el último miembro de la familia que dirigía el grupo, fue necesario recurrir a los servicios de un «cazatalentos». Algunos se sorprenden todavía por el hecho de que exista un capitalismo familiar en el que los puestos de dirección y el capital se transmitan dentro de la

El parentesco y las clases sociales

familia, mientras que la empresa obedece a los estándares más conceptuales de la gestión empresarial. Dentro del contexto de la mundialización que parece dominar a empresas y razones sociales, quedan todavía dinastías familiares, incluso en los Estados Unidos, un país bien conocido por su movilidad social. Así Georges Marcus (2000) observa que la reprodu cción social de las clases superiores y medias - superiores (upper and upper-middle class, intraducible en francés) es asegurada por la entrada de los descendientes a determinadas escuelas, universidades, profesiones, círculos sociales y residenciales : esto es lo que nos dice una «sociología de las elites», pero señala que existen también procedimientos subterráneos inscriptos en las familias y en sus tradiciones. Sus trabajos sobre familias muy ricas, como los Kempner, los Rockefeller, los Bingham, los Gugge nheim, en particular a través de la recopilación de biografías familiares, dan muestra de las contradicciones entre el modelo norteamericano de autonomía personal y el peso dinástico del grupo familiar. El desarrollo de la autonomía se encuentra entorpecid o por un discurso familiar referido a los parecidos caracterológicos en el seno de la familia . Lo que, en las sociedades exóticas, sería transmitido a través de rituales y de representaciones colectivas, como ocurre entre los Big Men de Nueva Caledonia, aquí se lleva a cabo en forma difusa mediante los giros de frases, el capital de las historias, las conversaciones repetidas que crean esta tradición familiar. Estas familias dinásticas constituyen entonces el único ámbito en donde se le da prioridad a la colectividad por encima del individuo y su ego autónomo. En estos tiempos de capitalismo internacional, podemos preguntarnos cómo se organiza la sucesión en el seno de las grandes empresas, al ser la competencia el criterio de selección de los dirigentes. Un estudio realizado sobre las grandes firmas financieras de Lisboa muestra el peso del parentesco, en algunos casos a lo largo de seis generaciones, para asegurar la continuidad familiar, una finalidad expresamente demostrada a través de las conductas, va lores y estrategias (Pedroso de Lima, 2000). Una total adhesión al catolicismo, el res peto de la autoridad patriarcal de los más ancianos del grupo y del orden de los nacimientos , y de la distinción de los sexos son algunos de los componentes de esta moral familiar. Cada uno de los miembros del linaje, incluso indirectamente, e stima participar en un proyecto colectivo como lo es la perpetuación de la empresa. Para llevarlo a cabo, una poderosa red familiar une a los accionarios, red que atraviesa igualmente a la parentela. Estos miembros viven juntos (sin co-residir no obstante, disponen de suficientes residencias, casas, departamentos), trabajan juntos, se frecuentan casi cotidianamente. Todos juntos saben que comparten un patronímico, una historia, antepas ados y una finalidad común: la de perpetuar el todo. Más allá de las peleas internas, siempre comprobadas, la continuidad de la empresa es la razón principal del mantenimiento de los lazos de parentesco . La división sexual de los roles es importante, y del mismo modo que en el siglo XIX, aunque hoy en día estudian, las mujeres tienen ante todo la tarea de mantener los lazos familiares, a través de la circulación de las noticias relativas a la familia. Los hombres se relacionan a través de ellas. En este gru po, las cualidades de una anfitriona son especialmente valoradas. Del lado masculino, la competencia internacional exige que los herederos demuestren sus competencias profesionales, adquiridas en las mejores escuelas , pero también en el seno de la familia y en su entorno social más amplio, desde la más temprana edad. El lazo de parentesco debe justificarse mediante la

Sociología de la Familia

meritocracia, que asocia de este modo la continuidad familiar con los principios de la racionalidad económica que exige la elección del mejo r dirigente. En estas familias, los intereses económicos son superiores a la sangre, se trata de «relaciones de parentesco fundadas sobre la economía » o «de relaciones económicas fundadas sobre el parentesco». Parentesco y economía se han visto íntimamente asociados también en el desarrollo de lo que se ha denominado la «tercera Italia», la de las pequeñas y medianas empresas, especializadas en producciones industriales tradicionales como el textil, el de la confección, el cuero , o la mecánica (Bagnasco, 1990). En la Emilia Romana por ejemplo, la economía estuvo durante mucho tiempo fundada sobre una agricultura de pequeña propiedad. El encuentro con la industrialización pasó por la estructura familiar que formó a los individuos en una mentalidad de empresarios. La probabilidad de poder organizarse por cuenta propia, la posibilidad de un ahorro familiar permiten explicar la expansión de estas industrias en las pequeñas ciudades y en los campos, en donde los pequeños empresarios pueden apoyarse en redes social es y familiares que permiten en particular la movilidad social. El trabajo femenino a domicilio se extiende, especialmente en el sector textil, lo que permite una rápida respuesta a los códigos cambiantes de la moda. En contraposición con la gran industria que se extendió en el Norte de Italia, esta región asocia parentesco y economía dentro de una estructura que permite combinar los antiguos modelos de la proto -industria con la modernidad industrial.

Orientación bibliográfica

SEGALEN Martine, «La révolution industrielle : du prolétaire au bourgeois», en BURGUIERE André, KLAPISCH-ZUBER Christiane, SEGALEN Martine, ZONABEND Françoise (dir.), Histoire de la famille, París, Le Livre de Poche, 3, 1994, p. 487-532. SCHWARTZ Olivier, Le monde privé des ouvriers. Hommes et femmes du Nord , París, Presses universitaires de France, 1990. THOMPSON Edward, The Making of the English working Class , New York, Pantheon Books, 1985. YOUNG Michaël, WILLMOTT Peter, Family and Kinship in East London , Londres, Routledge y Kegan Paul, 1957. Traducido al francés con el título de Le Village dans la ville, París, CCI, 1985.

CAPITULO 8

Habitar, Residir

243

Espacio de estructuración de la vida conyugal y familiar, el hábitar puede ser objeto de una reflexión sobre la privatización de los espacios familiares, sobre la repartición espacial de los roles. En este sentido, se encuadra dentro de un anális is que atañe al costado más privado, más íntimo de la familia. Pero no existe otro ámbito dentro de la órbita del camp o familiar con excepción probablemente de la vida profesional que no dependa en tanta medida de lo público . La vivienda es objeto de normas que no han cesado de evolucionar con el correr de los tiempos . En la medida en que lo que se instala allí depend e del mercado (¿la «sociedad de consumo» no tiene acaso como objetivo principal a las familias, su equipamiento doméstico y su amoblamiento?), es objeto constante de la preocupación pública. Punto focal de la vida en familia y en la ciudad, el hábitat es objeto de políticas que desean actuar sobre lo social, en nombre de una política de la infancia (cómo hacer que nuestros niños puedan vivir mejor en los suburbios) o de la familia (para ayudar a las mujeres a conciliar mejor su vida familiar y profesional ). El hábitat y los modos de habitar se sitúan por lo tanto en la intersección entre lo privado y lo público.

Alojarse, habitar, residir, ocupar, mudarse, vivir. Una vivienda, un departamento, una ciudad, una casita obrera suburbana, una casa, una residencia -entorno construido, que impone constreñimientos arquitectónicos y espaciales, per o es también reflejo de El vocabulario francés carece de un término comparable al home del anglosajón, la «casa», el «hogar» que remite a todos los comportamientos de apropiación de este espacio construido, ocupado . Porque el espacio res idencial nos habita tanto como lo habitamos. En esa búsqueda del propio hogar, se agregan a las estrategias inmobiliarias aquellas que buscan alcanzar las normas de lo que se denomina el confort. La urgencia elemental de abrigar nuestro cuerpo nos empuja a rodearlo de un refugio sólido que lo cobije de las intemperies y que nos permita subsistir. Pero nuestra vivienda debe responder a un doble imperativo: debe tener valor a los ojos de los otros preservando al mismo tiempo nuestro yo. Estas expectativas satisfechas se manifestarían en el «confort», un ideal a menudo contrariado, manifestado con mayor frecuencia en la noción de «bienestar» (Jacques Pezeu- Massabuau, 2002). Si se la considera dentro de una dinámica de múltiples temporalidades y vinculadas con el ciclo de la vida (nacimiento de los hijos, tránsito a la edad adolescente, partida de los hijos, etc., pero también divorcios, nuevas convivencias), la residencia de la familia es en esencia móvil. ¿Cómo las familias,

245

Sociología de la Familia

todas más o menos de geometría variable, pueden actuar con astucia respecto de lo construido que es, pareciera, perenne? La sociología del hábitat tiene una larga tradición de investigaciones en Francia, situadas en el cruce de los trabajos sobre los modos de vida, los socio- estilos, las tipologías de las conductas del habitar y los modelos culturales; durante mucho tiempo se agotó en violentos debates ideológicos entre marxistas que niegan la existencia de valores culturales transversales a las clases sociales, e izquierdistas que rechazan el modelo que « apestaba a orden» (Léger, 1990, p. 23). Es el habitante quien permanecía olvidado en estos enfrentamientos ya que los diferentes sistemas conceptuales no fueron tan operacionales como para guiar a los responsables de las programaciones y concepciones del espacio habitado. Hoy en día los sociólogos del hábitat se hallan m ás cerca de los comportamientos y pueden encontrar entonces naturalmente a las familias en sus diversidades morfológicas, sociales y culturales. El estudio del modo de habitar, producción de la cultura material, constituye un indicador de las estrategias familiares particularmente útil para comprender las situaciones migratorias.

La vivienda entre lo privado y lo público

El lugar de la vivienda procura a los individuos organizados en unidades familiares (cuya estructura es diversa, desde la persona sola hasta las familias numerosas, recompuestas, de varias generaciones) un espacio en donde alimentarse, dormir, amar, trabajar, protegerse contra las intemperies del clima, reproducir su capacidad de trabajo, mantener sus relaciones familiares y sociales, etc. La vivienda no se encuentra por otra parte exclusivamente imbuida de esas funciones ya que las mismas pueden también realizarse enteramente en el exterior. Pero en el seno de un grupo doméstico, tienen la característica de concentrarse. Estas funciones, transversales a todos los grupos sociales, se encuentran muy diferenciadas socialmente, del departamento acomodado del distrito VII a la vivienda de barrio carenciado, de la residencia de familia a la casa autoconstruida. La vivienda es portador de distinciones sociales tan marcadas como las de la escuela, con la cual tiene puntos en común (cf. capítulo 7). Pueden así observarse los diferentes ritmos de acceso a la función privativa de la vivienda en los diferentes grupos sociales.

La

emergencia

de

un

espacio

privado

en los ámbitos burgueses y

campesinos

 

Fijado en las sociedades occidentales dentro de construcciones durables, destinado a aislar al individuo de los rigores de los climas fríos o calurosos, el hábitat inscribe una demarcación entre un adentro y un afuera, un ámbito privado y un ámbito público. Es en la actualidad el lugar por excelencia de la intimidad doméstica. El advenimiento de las nociones de intimidad, de pudor, de esfera privada es sin embargo el fruto de un larg o proceso histórico. Una de las tesis de la «modernización» de la familia sugería que podía dimensionársela a través del incremento de una privatización de los espacios. Esto mismo se verifica

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Habitar, residir

efectivamente dentro de ciertos grupos sociales, burgueses y campesinos, las familias obreras, víctimas de la interminable penuria de viviendas, sólo habrán de experimentar esta separación mucho más tardíamente.

Figura 11. Plano de una casa de ciudad en el siglo XVII, de Le Muet

Habitar, residir efectivamente dentro de ciertos grupos sociales, burgueses y campesinos, las familias obreras, víctimas de

Fuente: G. Doyon S y R. Hubrecht, , París, Vincent Fréal et Cie, 1942, p.

69.

Examinemos algunos planos de casas, reveladores de la organización familiar espacial de la familia. En el plano de Le Muet ( cf. figura 11), arquitecto del siglo XVII, no hay comedor, la cocina no linda incluso con la « sala» cuya imprecisa designación subraya la polivalencia. Los planos del siglo XVIII muestran una

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Sociología de la Familia

relativa especialización de los espacios, pero el espacio público de recepción y el espacio privado no se distinguen aún con claridad . El pasillo, elemento aislante, no existe; hay que atravesar sucesivas habitaciones, antecámaras y gabinetes para llegar al dormitorio (cf. figura 12).

Figura 12. Plano de un hotel particular en el si glo XVIII, por Briseux, incluído en la edición de Jonbert (1728)

Sociología de la Familia relativa especialización de los espacios, pero el espacio público de recepción y

Es la casa del siglo XIX, tal como la ve Viollet -le-Duc, la que instaura la separación entre espacios privados y públicos y asigna a cada pieza una función precisa (cf. figura 13). La segunda mitad del siglo XIX se caracteriza por una forma paroxística del encerramiento en el interior. Los burgueses parisinos, aterrorizados por los motines populares, se encierran literalmente dentro de su casa o departamento cuyo decorado, acolchado de sargas, telas y alfombras, debe aislar del exterior, del ruido y de las clases populares . Al mismo tiempo se trata de un espacio de representación: el decorado y el amoblamiento de la residencia constituyen la vitrina del éxito social de la familia (Bauhain, 1989). Las familias campesinas, por su parte, compartieron durante mucho tiempo la «sala común» en donde trabajaban, comían, dormían, vivían. Las mismas albergaban camas muebles o separadas por telas colgadas, y todos los habitantes de la casa compartían el mismo espacio para dormir, lo que derivó en numerosos discursos sobre «la promiscuidad» de estas moradas.

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Habitar, residir

Figura 13. Corte general de una casa burguesa en el siglo XIX

Habitar, residir Figura 13. Corte general de una casa burguesa en el siglo XIX En el

En el primer piso, uno al lado del otro, el dormitorio del Señor y el dormitorio de la Señora. Fuente : G. Viollet-le-Duc, , Paris, Berger-Levrault, reed. 1978 (facsímil 1873), p.

182.

Bajo la influencia del mundo urbano, la renovación de las casas rurales consistió a veces en transformar el piso del granero en dormitorios individuales durante la segunda mitad del siglo XIX. Es más bien alrededor de los años 1950 cuando tuvo lugar la modernización. De este modo, en menos de treinta años, «la casa D» en Lozère, conservando aún el tosco envoltorio que los constructores le habían dado en 1870, fue dotada de una sala de estar en la planta baja en el lugar de la antigua alcoba en donde dormía la abuela, de un W.C., de un cuarto de aseo. A la única habitación de los padres se agregaron tres dormitorios especí ficos para cada uno de los hijos; los D. que comenzaron su vida conyugal en la penuria y la

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Sociología de la Familia

indiferenciación espacial se sienten muy orgullosos de estas transformaciones (Bonnin, 1993).

Las familias obreras y el desarrollo de la vivienda en los suburbios

La privatización del espacio habitado fue mucho más lenta entre los obreros. La vivienda obrera constituye la lacra de los comienzos del capitalismo en las grandes aglomeraciones industriales, se trate ya de Lille, Roubaix, Manchester, L iverpool o Essen. Un ejemplo entre muchos otros: en Thann, en el suburbio de Kattenbach, el padre, la hija y el yerno viven en dos habitaciones estrechas con cuatro hijos : se entra a la vivienda por la puerta del establo de los cerdos. La vivienda construi da para albergar a estos nuevos obreros llegados a la ciudad se cierra sobre sí misma con el sistema del fort de Lille, de las courées de Roubaix, de los corons de las explotaciones de hulla, de los courts de Liverpool, Birmingham o Wolverh ampton (Segalen, 1986, p. 384) 89 . En sus Ouvriers des deux Mondes (Obreros de los dos mundos) Frédéric Le Play estableció monografías muy detalladas de las viviendas obreras.

A mediados del siglo XIX, un carpintero parisino, su mujer y sus dos hijos ocupan «en el 5 to piso dos habitaciones de las cuales sólo una tiene aire y luz provenientes de una ventana y de un tragaluz ovalado; la habitación de la entrada se halla iluminada y aireada sólo en forma indirecta. La superficie total de esta pequeña vivienda es de 21 m 2 , a saber dormitorio con chimenea, ventana y tragaluz, 12 m 2 ; habitación de entrada con estufa, 9 m 2 ; la altura de la habitación es de 2 m. A esta vivienda se le anexa un pequeño desván debajo del tejado en donde nadie puede estar de pie, y que sirve para pone r la ropa sucia y algunos objetos. El padre y la madre duermen en la habitación principal, los dos hijos duermen, separadamente, en la habitación d e entrada.»

No puede haber aquí espacio separado alguno. El hábitat de esta familia considerado por el autor de la monografía como perteneciente a obreros honestos pero «poco previsores», que no tienen «tendencia a la vida burguesa», es el arquetipo de una vivienda obrera del siglo XIX . La mujer no tiene un empleo asalariado regular y efectúa trabajos de costura a domicilio para diversas personas . Más allá de esta vida doméstica femenina, no hay lugar en el sentido espacial del término, para una vida social. La construcción de inmuebles haussmanianos tenía como objetivo el de mezclar a los grupos sociales, ocupando las familias burguesas los primeros pisos con sus espacios públicos y privados, mientras que las familias de obreros se amontonaban en las habitaciones de los pisos más altos . Esta convivencia social fue temporaria en la medida en que las industr ias situadas dentro de las aglomeraciones urbanas fueron desplazadas hacia los suburbios y también sus obreros.

!

89 Nota de la Traductora: fort, courée, coron, court, nombre que se da en ciudades del norte de Francia y en Inglaterra a la urbanización típica de los barrios industriales, constituidos por casas unifamiliares estrechas, con una pequeña huerta detrás ..

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Habitar, residir

Por otra parte, Frédéric Le P lay señala que los utensilios « comprenden todos los artículos de cocina y de mesa necesarios para recibir honorablemente a uno o dos amigos ». Por toda sociabilidad colectiva, el carpintero y su mujer se reúnen con un primo, albañil, jefe de familia, en ocasión de una cena habitualmente « -au- 90 , de un guiso de oveja o de ternera, una ensalada, alg unas frutas, una pequeña taza de café al agua con un vasito de aguardiente para cada comensal ». Si la mujer «busca particularmente las conversaciones con sus vecin as», el obrero, por su parte, «se halla muy frecuentemente expuesto a distracciones que provocan siempre algún gasto en lo del bodeguero ».

Fuente: Frédéric Le Play, Ouvriers des deux mondes rbre verdoyant éditeur, 1983, «Charpentier de Paris», p. 7-23).

La vivienda obrera en el suburbio reúne todos los contrastes, porque el suburbio es una mezcla, a la vez rechazo de la ciudad, pero también espacio elegido. ¿Es el habitante de los suburbios el «bastardo de la ciudad» (Faure, 1991, p. 74)? El trabajo atrae allí al obrero, d el mismo modo que el precio de las viviendas, menos elevado que el de la ciudad. Imágenes contrastadas de los «pasajes» de Levallois-Perret que reúnen todos los clichés de la cultura popular:

ámbitos familiares inestables, ausencia del hombre del hogar, ap ertura de lo doméstico sobre la sociabilidad colectiva y la mutua ayuda familiar y local (Gervaise, 1991). Uno de los polos de la organización obrera familiar entre las dos guerras se sitúa en estos lugares que hoy en día se nos presentan como pintorescos y que la memoria magnifica, pero que eran muy a menudo tugurios insalubres. En el otro polo del suburbio obrero, la parcelación urbanizada que se apoya sobre la promoción de nuevas formas familiares: espacio, aire sano, verdor y también apego del obrero a su urbanización mediante el acceso a la propiedad . Estos bellos principios sirven a menudo para disfrazar las dudosas empresas de estafadores que venden terrenos no acondicionados, de difícil acceso debido a la insuficiencia de medios de comunicación. El sueño obrero de urbanización que traduce un deseo real de repliegue sobre la familia no podrá tomar cuerpo inmediatamente y el terreno comprado a crédito será más bien el lugar de los « lindos domingos» antes que la residencia habitual. Es cierto sin embargo que el regreso del esposo hacia el hogar pasa por esas esperanzas inmobiliarias que son a veces coronadas por el éxito. De este modo las familias obreras italianas de Nanterre, especialmente deseosas de volver a arraigarse en su país de acogida, habrán de construir casas en familia. Pero la casa no estaba destinada a una sola familia. Los propietarios ocupaban una habitación y alquilaban las otras habitaciones a jóvenes migrantes llegados de su país. En el sótano, varias piezas para cocinar, y las mujeres compartían, gracias a las puertas abiertas, un sistema de sociabilidad que las ayudaba a la vez a conservar su identidad cultural y a insertarse en la sociedad francesa (Segalen, 1990). Entre los tugurios y las casas construidas en familia, existe una gama de situaciones intermedias, ya que los suburbios son socialmente heterogéneos, a veces verdes, inclinados a los cultivos o a la horticultura, a veces negros, tierras de

!

90 Nota de la Traductora: suerte de cocido rústico tradicional con carne de buey y hortalizas.

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Sociología de la Familia

fábricas. A veces reciben a aquellos habitantes urbanos expulsados por la ciudad, otras veces a provincianos que abandonan sus campos. Así se puede descubrir el origen rural de estos habitantes de suburbios en Nouveau Domont (Seine -et-Oise) a través de los reglamentos que impone la poderosa asociación sindical de gestión del loteo: no criar cerdos, gansos o abejas. Las familias que habitan en casas individuales, desde el momento en que pertenecen a conjuntos colectivos, soportan el peso de las normas colectivas implícitas o explícitas que definen a una sociedad de buenas costumbres burguesas (Fourcaut, 1991). Antes de la Primera Guerra Mundial, luego entre las dos guerras, dos

instituciones destinadas no sólo a moralizar a las familias obreras y a apartar a los hombres del cabaret, sino también del militantismo sindical y político, marcarán igualmente la vivienda y el habitar obrero, la redefinición de los espacios y de los roles. Se trata por un lado de los jardines obreros y por otro, de las ciudades -jardín. Creadas por el Abate Lemire en 1896, los primeros se asignaban con la finalidad de reeducar a la familia obrera con las virtudes simbolizadas por el trabajo de la tierra, permitiéndole al mismo tiempo proveerse de legumbres que mejoraban sus comidas, sin gravar su presupuesto. El cultivo de estos jardincitos combinaba el trabajo individual con una sociabilidad colectiva (Dubost, 1984, Cabedoce, 1991). El principio de las ciudades-jardín, inspirado en los proyectos sociales ingleses, constituye el primer intento de construir viviendas populares, predominantemente individuales y baratas. Empresa urbanística y proyecto social a la vez, estas ciudades desarrollaban la vivienda individual en pequeñas casas unifamiliares entremezcladas con algunos inmuebles que no excedían los cinco pisos, dejando de lado al mismo tiempo el cuadriculado que había marcado el

otorgaba una gran importancia al diseño de los espacios colectivos que hacían lugar a pequeños patios con espacios serpenteantes y verdes. El nombre de Henri Sellier está ligado a estos desarrollos que fueron realizados en los suburbios parisinos entre las dos guerras y después de la Segunda Guerra Mundial . La vivienda debía convertirse en el lugar de promoción de una vida social en la ciudad y permitir el acondicionamiento de la vida fuera del trabajo: acti vidades culturales, jardinería, juegos de plaza para niños y adultos. Detrás de la vivienda obrera, eterno problema material, s ocial y político a la vez, se perfila entonces la figura del filántropo, del dador de consejos sociales y morales, del reformador, del político y también del arquitecto en búsqueda de una sociedad utópica, encargado de albergar a familias y a grupos social es cuyos modos de vida a menudo ignora.

Políticas públicas y nacimiento de las «ciudades»

Las experiencias de las ciudades-jardín, al igual que la vivienda obrera de los suburbios, son poco representativas en definitiva en relación con las necesidades de vivienda. La segunda posguerra está marcada por una escasez flagra nte de viviendas obreras. El 43% de los hogares constituidos en el Sena en 1948 conocen condiciones de vivienda insuficientes, viviendas aún superpobladas (según las normas de la época, una vivienda de dos habitaciones se halla superpoblada cuando residen allí al menos cinco personas), mal equipadas, el 63% no tiene agua

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Habitar, residir

corriente en el interior, 77% de las viviendas parisinas no poseen ni baño, ni ducha; los WC son frecuentemente externos a la vivienda, instalados en el pequeño patio, o en el palier. Los trabajos de Paul-Henri Chombart de Lauwe (1959, 1977) lo han demostrado ampliamente. Michel Verret (1979), por su parte, insiste en las profundas aspiraciones obreras en la década de 1970 en materia de vivienda a partir del análisis de los datos sociológicos a través de una prosa lírica:

« . 138). Insiste particularmente en est e decorado, digno de risa para aquel que nunca ha tenido hambre » (p. 143). Para los obreros, así como para las otras clases, la vivienda es también un espacio de representación, de allí los cuidados de los que se ve rodeada cuando el cuasi bienestar permite tener un hogar con más espacio, y propio, decorado a gusto de cada uno «revancha contra lo unificado, lo gris, lo liso de la fábrica y de la vivienda pobre» (p. 143). La comprobación de la superpoblación remite a una realidad sociológica experimentada por los obreros adultos luego de la Segunda Guerra Mundial: las trayectorias residenciales de familias obreras cuyos miembros habían alcanzado la sesentena en 1990 hacían todas mención de la convivencia impuesta, al estar recién casados, con sus propios padres, debido a la insuficiencia de viviendas disponibles. La ley Loucheur (1928) marcó el primer intento estatal en el ámbito de la vivienda, con la construcción de los HBM, (habitations à bon marché /viviendas a buen precio). La intervención masiva del Estado tiene lugar entre 1950 y 1963, intervención legislativa reglamentaria, y sobre todo financiera para la construcción de HLM, (habitations à loyer modéré / viviendas de alquiler moderado) (Merlin, 1988). En una segunda etapa, los financiamientos públicos fueron sustituidos por una política que recurre al ahorro privado. A la construcción de viviendas colectivas en alquiler le sucede, a mediados de 1980, la constru cción de casas individuales en los espacios denominados periféricos. En 1990, el 55% de las parejas francesas viven en una casa individual de la que son propietarios y la mitad de los hogares posee un jardín. Las investigaciones sociológicas observan los modos de ser en sociedad en esos diversos tipos de hábitat y las consecuencias de las imposiciones de la edificación, sea que se trate de la edificación de la vivienda o del conjunto en donde la misma se inserta. Tomemos el caso de la ciudad de Nanterre, co muna que fue durante mucho tiempo de dominante perfil obrero. El crecimiento de la población atraída por el desarrollo de las empresas, a partir de la Primera Guerra Mundial, y sobre todo luego de la Segund a, plantea en forma permanente el problema crucial de la vivienda. Fuera de la vivienda otorgada por la empresa, muy apreciada, (cité des Cheminots, Papeteries de la Seine - Ciudad de los ferroviarios, Papeleras del Sena), cada uno se aloja como puede. Algunos construyen su casa si pueden hacerlo, otros alquilan, otros viven también en pequeños departamentos amueblados. De modo que la construcción de los primeros HLM fue saludada por la población y la municipalidad comunista como un gran éxito para mejorar la condición familiar de los obreros . Era el modo de afirmar una promoción social accediendo a las normas del confort moderno: una bañera o una ducha, WC en el departamento, agua caliente y calefacción central. La edificación de la vivienda complace, con sus espacios luminosos, y sobre todo la aparición d e los dormitorios

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Sociología de la Familia

para los niños, hasta ese momento exclusivos de la burguesía . Pero será la erradicación de la sociabilidad del barrio lo que tendrá menor aceptación. Poco a poco, con la elevación del nivel de vida, los obreros de Nan terre abandonan algunos de esos HLM en los que se instala una población inmigrada que acaba de dejar la villa miseria y los albergues de tránsito 91 . El malestar típico de la década de 1970 de familias que no quieren estar «juntas» en un hábitat demasiado «grande» revela el fracaso del proyecto de mixtura social de estas edificaciones (Chamboredon, Lemaire, 1970); algunos barrios comienzan a vaciarse de su población original, en particular , los hijos de obreros que han conseguido una cierta movilidad social se apresuraron a deja r esos lugares. Unas al lado de otras, viven entonces algunas familias de obreros mayores y jubilados, quienes, a falta de medios, no han podido irse y familias de inmigrados. Los esfuerzos de recuperación de la edificación (incluso con la destrucción de los grandes conjuntos habitacionales) dan testimonio de políticas habitacionales que quieren evitar los fenómenos de los guetos, característicos de las grandes aglomeraciones norteamericanas. Los locatarios de HLM deben apropiarse de un bien que no es de ellos y vivir en un lugar que no es elegido sino más bien impuesto por la situación socioeconómica; aprecian ciertamente el espacio y el confort pero se quejan de la degradación de las partes comunes, del ruido, etc . La vida en HLM está hecha de millares de pequeños conflictos que revelan diferentes culturas en lo que hace al nivel sonoro, al uso de los pasillos (halls) y escaleras, pero también que federan las familias en torno a un «uso promedio» que permite la vida en común (Kaufmann, 1983), si no es la guerrilla y de ser necesario la huida.

La vivienda de las familias inmigradas

Los primeros tiempos de la inmigración son a menudo los del barrio étnico integrado, incluso el inmueble étnico, como pueden dar testimonio los dramas del verano de 2005 cuando se descubrieron los tugurios en los que se amontonaban familias originarias de Africa Occidental. El problema de su realojamiento se vio directamente confrontado con el de su poligamia y a la cuestión de la des - cohabitación de las dos o tres esposas. La poligamia está prohibida en Francia, la administración cierra actualmente los ojos hasta el momento en que estos dramas humanos explotan. Los promo-migrantes reconstituyen por lo tanto su hábitat tradicional, pero lo hacen en pequeñas etapas. Así en un bar rio inmigrado de argelinos en Marsella, los movimientos de familias que se desplazan hacia la periferia traducen los procesos de aculturación. En la perif eria del barrio, se encontrarán aquellas familias mejor integradas a la sociedad francesa ; en el interior, la espacialización de las manzanas deberá garantizar una convivencia armoniosa de las diversas etnias, y los hombres solteros se encuentran netamente separados, porque en esta sociedad en donde el matrimonio garantiza la regulación social, son vistos como peligrosos. Las casas edificadas en esos barrios por los propietarios responden a los imperativos de la sociedad de origen. Las mismas dan la espalda al mar; son

!

91 Nota de la Traductora: viviendas provisorias construidas con materiales livianos.

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Habitar, residir

espacios cerrados sobre sí mismos, alrededor de un patio, que garantiza la transición entre la callecita por la que circula la familia extendida y los lugares de la intimidad reservados a la familia restringida. Sin embargo, en el seno de la casa, espacio esencialmente femenino, todas las habitaciones dan unas sobre otras, sin permitir la posibilidad de aislarse. La evolución del hábitat inmigrado hace referencia por lo tanto al modelo de la cultura de origen, pero se inscribe dentro del movimiento social generado por un largo contacto con la sociedad de acogida (Barou, 1986). En 1999, 31,24% de los hogares inmigrados vivían en HLM, y cuando eran reubicados, una aplastante mayoría de ellos deseaba que esto sucediera dentro del mismo tejido social. En el marco de las políticas de rehabilitación de este hábitat, se observa a menudo una resistencia a abandonar los barrios, a pesar de la estigmatización de los medios de comunicación. Muchos jóvenes que viven aún con sus padres desean la decohabitación, permaneciendo siempre dentro del mismo perímetro; el deseo de permanecer en el lugar refleja la aus encia de una voluntad de movilidad social que, por el contrario, se tr aduce en todos los relatos de «éxito» de los inmigrantes mediante la adquisición de una casita o de una vivienda, fuera del espacio social.

«La realización efectiva de la movilidad resi dencial resulta del encuentro entre una ambición de éxito profesional o simplemente personal y la voluntad de alejarse de un lugar marcado por la presencia de poblaciones fracasadas cuya proximidad era vista como un freno para la realización de esta ambici ón.» Barou et al., 2003.

La inversión de las proporciones de habitantes autóctonos y familias de origen inmigrante en los HLM vuelve más agudo el choque de culturas. Las causas de conflictos entre las dos poblaciones (por ejemplo en Montbéliard) revelan diferentes estrategias familiares : los primeros acusan a los segundos de tener demasiados hijos, de no cuidarlos, de enviarlos a jugar afuera, de preferir el ahorro para llevar bienes a su país antes que apoyar a los h ijos en el transcurso de su escolaridad. La familia magrebí funciona todavía en base a la idea del retorno y de la inversión en el país de origen, mientras que las familias francesas se esfuerzan por reunir los medios necesarios para el éxito escolar de su s hijos a los que se intenta mantener en casa, y a los que se les ofrecen buenas condiciones materiales de trabajo (espacio, calma) (Beaud, Pialoux, 1999, p. 384-390). Los conflictos familiares residenciales se articulan íntimamente con la cuestión del empleo. En la historia de la inmigración francesa, la inserción se ha llevado a cabo a través del empleo. Ahora bien, en Montbéliard, las contrataciones son cada vez más difíciles para los jóvenes inmigra ntes para quienes las áreas de lo posible se restringen entonces muy seriamente (p. 390-396). Son percibidos en el barrio como amenazas para las familias respetables, y debido a la pequeña delincuencia cotidiana o a las «incivilidades», se temen los riesgos que ellos hacen recaer sobre los otros niños cuando el dinero de la droga les permite vivir a lo grande. La investigación etnográfica desmenuza la construcción de la categoría «hijo de inmigrante» que resulta amenazante para las familias del vecindario . La desindustrialización ejerce allí como en otras part es sus estragos sociales. Al estigma del HLM se agrega el de su inscripción en la ciudad, cerrada courts del siglo XIX. La ciudad

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no es un barrio, le falta principalmente la apertura sobre las riquezas div ersificadas del tejido urbano (comercios, espacios verdes, antenas de servicios públicos). A partir de ese momento, las familias se repliegan sobre sí mismas, y es así como se ven más privadas aún de todos los recursos culturales y sociales (Oberti, 1993).

Dinámicas residenciales

La situación contemporánea de la vivienda está marcada por varios movimientos complejos: una rehabilitación del centro de las ciudades que expulsa hacia las periferias a las familias más desfavorecidas, como por ejemplo, la reconquista de las familias burguesas del París del Este: los «bobos» en Belleville 92 ; la multiplicación de un sector de viviendas individuales destinado sobre todo a parejas jóvenes; por último el abandono de los grandes conjuntos habitacionales a los más desfavorecidos de entre las familias francesas o inmigradas que acumulan todas las dificultades sociales y económicas. El háitat- periurbano 93 tiene ya una larga historia en Francia:

ofrece a la familia una casa, un jardín, la proximidad con espacios verdes y cierta protección espacial y social: los niños pueden jug ar afuera y disfrutar de espacios colectivos. Desde hace algunos años puede observarse un movimiento tendiente a cercar las nuevas urbanizaciones, un poco a imagen de las gated communities norteamericanas (Billard, Chevalier, Madoré, 2005). Destinadas a las clases medias, se trata a menudo de conjuntos de hábitat colectivo, que se alquilan o se venden. El cerco permite un compartir entre sí y conserva sólo para los residentes los espacios de ocio instalados, canchas de tenis o piscina; otorga simbólicamente una protección respecto de los robos o perjuicios ocasionados por « los jóvenes». Estas formas de habitar que instalan el tema de la inseguridad parecen extenderse en los programas de los promotores inmobiliarios. Las mismas manifiestan una ruptura del inquietante vínculo social que refuerza los fenómenos de exclusión . Pero sea ya cerrado o abierto, el - muy importante de la identidad social de los residentes (Charmes, 2005, p. 68). El hábitat es particularmente clasista. Tiene que ser también flexible para acomodarse a las dinámicas familiares . Antiguamente, en el campo, la casa se abultaba con el nacimiento de los hijos, el alojamiento de los sirvientes o de los aprendices, los parientes cercanos o l ejanos, etc. La flexibilidad del grupo doméstico podía adaptarse a un acondicionamiento inmobiliario que oscilaba entre el simple haceme-un-lugar-en-la-cama-para-que-yo-pueda-entrar y el sobreagregado de un mueble al conjunto mobiliario ya existente: así e n Bretaña, la joven pareja que se instalaba en la casa de sus padres no gozaba de una habitación suplementaria, pero marcaba su territorio aportando su mueble cama y su armario. Sin embargo, muy a menudo, se observaba una extrema movilidad de la edificació n familiar. Con las herencias y las sucesiones, incluso en las regiones con mejora de herencia, las casas son divididas y redivididas, las puertas son perforadas, los

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  • 92 - co-autor francés Renaud.

  • 93 Nota de la Traductora: conjunto de viviendas obreras residenciales unifamiliares suburbanas.

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cerramientos suceden a los descerramientos, y puede llegar un tiempo en el que un hijo aunará los pedazos de la casa (Collomp, 1978). Según los modos de organización de la sociedad, los padres viejos y jubilados podrán contentarse a veces con una habitación en la casa, o se les construirá sino una pequeña casa del otro lado del jardín. Estos ejemplos que pertenecen a un tiempo pasado muestran que los constructores de antes han encontrado soluciones ¡no siempre por cierto del gusto de todos los herederos! para dar más plasticidad a la edificación familiar. El problema es más complejo actualmente. La edificación de por sí parece prefi jada en una pesada estructura . Si bien a veces la mudanza se impone debido a un cambio profesional, la ma yoría de las veces tiene lugar por efecto de la dinámica famiiar y por el aumento de la cantidad de hijos que obliga a las parejas a optar por otra residencia. A la plasticidad «biológica» del ciclo de vida familiar: nacimiento de los hijos, adolescencia, partida de los hijos, y a su plasticidad social, divorcio, monoparentalidad, recomposiciones, etc, se agre ga la plasticidad social: movilidad profesional, jubilación. Las necesidades de espacio son siempre mayores, no sólo porque las normas han cambiado, (en particular, la idea de que se necesita una habitación por hijo se impuso durante los años 1970), no sólo debido a la interacción entre las generaciones que hace que los abuelos deseen conservar un cuarto suplementario para recibir a sus nietos cuando se les confía su cuidado, sino sobre todo en razón de las nuevas normas de conyugalidad. Los jóvenes convivientes desean un espacio tempo rario en el centro de la ciudad; las parejas que se divorcian y que luego vuelven a convivir necesitan dos unidades de vivienda, incluso tres, cuando la relación se tensa entre el nuevo conviviente y los hijos del padre que tiene la guarda; las personas de edad que viven solas desean una habitación para recibir a algún pariente que esté de paso ; el dormitorio de 9 m 2 es demasiado pequeño para el joven de más de veinte años que vive todavía con sus padres, etc. Las familias desarrollan todo tipo de estrategias para arreglárselas con las limitaciones del espacio y esto es mucho más evidente entre los más desfavorecidos. Así los ocupantes de ciertas ciudades-jardín recuperaron pequeños balcones para convertirlos en especies de lavaderos, extensión bienvenida para una cocina demasiado exigua; del mismo modo que los balcones de ciertos HLM albergan toda clase de plantaciones, sucedáneos de jardincitos, o sirven también como lugar de almacenaje. Incluso se puede jugar con un espacio lim itado, aunque no fuera más que al nivel de las palabras que remiten a una simbología del uso del espacio. Una invastigación realizada entre familias residentes en un conjunto de HLM de un suburbio parisino revela la diversidad de los modos de utilización d el espacio (Chevalier, 1993). Aunque la habitación principal sea de proporciones y de dimensiones idénticas, los ocupantes la designan alg unas veces con el nombre de «sala de estar», « comedor», «salón» o «sala», que remiten a los diferentes usos sociales y culturales. Para unos, es la función la que se prioriza, tomar los alimentos; el término de «sala de estar » evoca la multifuncionalidad de los lugares. El salón es utilizado por las familias que se sienten desclasadas en esas viviendas HLM y hacen referen cia a un plano de departamento má s burgués, o bien por inmigranters de origen rural que utilizan muy poco ese espacio que se convierte en un lugar solemne, como se lo puede encontrar en ciertas granjas modernas, en

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donde la vida social se despliega en la cocina, el «salón» sin calefacción, con muebles caros, que sólo se abre en algunas raras ocasiones ( cf. la Casa D., p. 247).

De la residencia al «sistema de hábitat»

El modo de habitar, producción de la cultura material constituye un revelador de estrategias familiares que están siempre en movimiento, se trate ya de un movimiento demográfico, movimiento social, o de movilidad migratoria. Si las familias son de geometría variable, el hábitat lo es también. Los sociólogos substituyen la noción de utilidad social por aquella, más dinámica, de «sistema de hábitat». Se trata de observar a las familias a través de sus múltiples facetas residenciales, « como un modo de habitar que articula varias áreas de residencia separadas en el espacio y ocupadas diferencialmente en el tiempo» (Bonvalet et al., 1999, p. 242-243). Las investigaciones muestran cómo se hacen los ajustes espaciales no sólo para la pareja, sino para toda la parentela involucrada. La segunda casa es a menudo impropiamente considerada como «secundaria» (Dubost, 1998). Sea cual fuere la forma del hábitat secundario , «la familia sigue siendo el elemento motor y la razón mayor de la adquisición o del traspaso» (p. 34). A veces se hereda, se compra o se alquila un lugar para llevar a cabo un reagrupamiento familiar de temporada que, de un verano a otro, reúne a los miembros de una parentela geográficamente dispersa . Es el lugar en donde se tejen recuerdos comunes, o se inventa una identidad familiar. La tasa de propiedad de una residencia de este tipo se acerca al 11% y viene a aumentar la de los propietarios de una residencia que pasa entonces de 50 a 70%. Si las estrategias residenciales de los franceses son difíciles de comprender, mucho más incomprensibles aún lo son las de las familias inmigr adas, si sólo se tiene en cuenta su modo de habitar en el país de acogida; la utilización del concepto de «sistema de hábitat» es particularmente fructuosa en este contexto para aclarar las estrategias familiares y residenciales de los migrantes. Portugues es, magrebíes, turcos construyeron en el país de origen y su existencia se halla en tensión entre estos dos hábitats. Se trata a menudo de un desdoblamiento de los espacios residenciales. Una encuesta realizada en 1992 pone en evidencia la importancia del fenómeno entre los portugueses que eran 19,3% propietarios de otra vivienda distinta de su residencia principal y 8,4% entre los magrebíes (Arbonville, Bonvalet, 1999). Las condiciones de vivienda son muy a menudo muy inferiores en Francia si se las compara con la residencia construida en el país de origen, ya que el sacrificio en una redunda en el éxito de la otra. Pero las actitudes difieren en lo que hace a estas moradas en función de las generaciones, segundas para unos, principales para los otros. Al estudiar las residencias de marroquíes emigrados que han construido en Francia, Daniel Pinson (1999) señala la diferencia de percepción que tienen al respecto las diferentes generaciones: « Si bien para el iniciador de la emigración, la vivienda en el país de acogida es, en términos de ocupación, principal, desde el punto de vista de la representación mental será secundaria, mientras que la casa de regreso, como proyecto en vías de realización, constituye una perspectiva y una preocupación mucho más importante. Para su descendiente, por el contrario, las

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frustraciones en la vivienda principal se vuelven tanto más pesadas en tanto la casa construida por el padre en Marruecos alcanza la figura, ciertamente valorada, pero secundaria, de residencia de veraneo» (p. 71). En efecto, si bien los padres se ven volviendo allí en el momento de su jubilación, y viven la vivienda HLM como transitoria, no ocurre lo mismo con los hijos, que ven allí un lugar de construcción de su identidad. Por estas razones, impulsarán a sus padres a equiparse como las familias francesas. Esta distancia en las estrategias explica también las mutuas incomprensiones con los franceses, que han relevado Stéphane Beaud y Michel Pialoux. Desde el punto de vista del migrante, se trata de conce ntrar todo su esfuerzo de ahorro en esta casa, mientras que los franceses no comprenden cómo con igual salario viven peor que ellos. Estas casas constituyen el lugar de la seguridad identitaria, los logros de todo un año de trabajo. Los migrantes parten durante su mes de vacaciones pagas con el fin de gozar de los signos exteriores de un pretendido éxito social que se encarna en la materialidad de los regalos . La casa, al igual que para los franceses, se convierte en el lugar de construcción de una memoria familiar, lugar de reagrupamiento de la parentela extendida. En cierta forma, frente a sus vecinos franceses, se encuentran en una posición de superioridad, ya que disponen de una reserva simbólica de identidad gratificante, lejos de la única referencia de la vivienda en HLM. El caso de la migración portuguesa es particularmente interesante debido a su antigüedad y a la importancia de estrategias residenciales que muestran muy de cerca los efectos de este sistema de residencia doble. Llegados a Francia, en pareja, en los años 1960, los inmigrantes portugueses provenían de las clases más pobres del campesinado, y su migración tenía por finalidad la de adquirir su independencia construyendo en su país de origen. Trabajadores de la construcción en su gran mayoría, han edificado a menudo con sus propias manos casas sin arquitectos que, vistas desde Portugal, presentan todos los signos del mal gusto . Estas casas, cerradas once meses sobre doce, parecen burlarse de las tradiciones arquitectónicas locales, y los estudios de socioarquitectura muestran los sincretismos realizados sobre estas fachadas, la ostentación de los decorados, y el confort a veces extravagante de baños que jamás son utilizados (Villanova, Bonvalet, 1999).

La vivienda, espacio íntimo, individual y familiar

La vivienda no es sólo envoltura exterior, sita en tal o cual entorno geográfico o social. El habitar se caracteriza por una inversión colectiva de la pareja y de los hijos. Es el blanco de las estrategias de consumo que están domina das por los cambios en las normas de confort . Una vez equipado el espacio, se trata de hacerlo de uno, de apropiárselo; pero aunque familiar, no deja de ser el teatro de divisiones sexuales, y mucho más marcadas aún cuando el hogar es una casa, propia, de uno, con un jardín.

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Normar lo doméstico

Lo que parecía «normal» todavía en los años 1950, compartir la misma cama, hacer juntos las abluciones, comer y dormir en la misma habitación, utilizar WC destinados a varias familias, hoy parece inaceptable. Todo un trabajo sobre la sensibilidad corporal y doméstica se ha llevado a cabo. En efecto, paralelamente a los proyectos relativos al hábitat y al hábitat social, un vasto movimiento se ha desarrollado desde el fin de la Primera Guerra Mundial que tiende a imponer nuevas normas, y es el de las Artes Domésticas. Si el movimiento llamado de la Sociedad de consumo, que corresponde a lo que se denomina los Treinta Gloriosos , pudo conocer semejante auge es porque desde hacía décadas el cuerpo social venía siendo trabajado para el establ ecimiento de nuevas normas que gobernaban lo doméstico. En el transcurso de este período, las diferencias entre los modos de vida que constituían un verdadero abismo entre los grupos sociales se redujeron considerablemente, aunque siguen existiendo mecanismos sociales y culturales que contribuyen a mantener la distancia, lo que Pierre Bourdieu denomina «la distinción». Se ha evocado con frecuencia el incremento del trabajo f emenino, el repliegue familiar, el empuje del individualismo para explicar la revolución en lo doméstico. De enorme importancia fue la desaparición de una categoría social tan antigua como la estratificación social, a saber la de los sirvientes y la de los servidores. Todos los hogares fueran ya rurales o urbanos, campesinos o burgueses, en cuanto alcanzaban una cierta holgura poseían uno o varios empleados domésticos en la casa. Se puede incluso esbozar la tesis de que el servicio a domicilio se ha convertido en una categoría aparte dentro del mundo de la producción, considerado como inferior, debido a esa mano de obra abundante, barata, mal considerada, a la vez por dentro y por fuera de la familia . Entre 1896 y 1911, podían contarse en toda Francia, entre 900.000 y 1.000.000 de empleados domésticos. Las grandes casas podían emplear en París en 1900 a hasta 30 personas, las casas un poco menos ricas, ¡a hasta casi 18! Los burgueses acomodados tenían tres sirvientes: doncella, cocinera, mayordomo. La mayoría de los hogares, una criada (Martin - Fugier, 1979). Las parejas casadas de la burguesía empleaban hacia 1940 a una criada francesa ; hacia 1960 a una criada española o portuguesa. A partir de 1970, menos de 1% de los hogares disponen de una mujer para la limpieza. La emergencia de la sociedad de consumo nació de la comprobación de la desaparición del servicio doméstico y del hecho de que podía beneficiarse la casa con los progresos que la industria parecía reservar sólo a los sectores de peso . La misma se vio sostenida por un intenso esfuerzo de educación destinado a los potenciales compradores (hombres y mujeres ) y a los utilizadores, o más bien a las utilizadoras. La formación de una compañía como el Salón de las Artes Domésticas Hogareñas parece un ejemplo del movimiento de ideas que inundó la sociedad francesa entre los años 1930 y 1970, precediendo y acompañando a los Treinta Gloriosos. El control del ama de casa relevó al esfuerzo encarado en el siglo XIX por los filántropos o los médicos higienistas de rescate de las clases populares. Con el pretexto de hacer del hogar un lugar agradable y coqueto, se lo convirtió en una unidad de consumo. Sobre la familia recaerá la responsabilidad de hacer funcionar la economía.

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Según la definición del Larousse ménager (Diccionario Larousse hogareño) de 1950: «todas las artes domésticas permiten aplicar conocimientos razonados y medios especiales para la realización del bienestar dentro de la vida doméstica . Las artes domésticas no sólo contribuyen al buen cuidado del h ogar según la fórmula tradicional. Se extienden al conjunto de las actividades y entretenimientos domésticos y a las disposiciones propias para garantizarlos . Es así como principalmente mediante la práctica de las artes domésticas, se tiende en la propia casa a resguardarse, alojarse, iluminarse, calentarse, lavarse y distraerse mejor, a preparar mejor la comida, a consumir los alimentos, limpiar la habitación, ocuparse de la ropa, criar a los hijos, protegerse más, en definitiva a dirigir mejor la casa siguiendo las reglas de la economía doméstica y de la organización hogareña. En resumidas cuentas, las artes domésticas constituyen el arte de saber hacer todo aquello que permite y protege la felicidad en la casa ». La expresión fue concretamente inventada por Jules-Louis Breton quien lanzó en 1923 un concurso para el perfeccionamiento del equipamiento doméstico, con el fin de incitar a los industriales a aplicar las mejoras tecnológicas que revolucionaban la industria pesada a las tareas llevadas a cabo en el ámbito doméstico (Segalen, Le Wita, 1993). Los primeros salones tenían en la mira a una clientela burguesa, empobrecida por las consecuencias de la guerra, obligada sobre todo a reducir a su personal doméstico. Los primeros pequeños aparatos, que requiere n de electricidad doméstica, están destinados a ser utilizados por la criada antes que por la señora de la casa. Pero muy rápidamnte, ante el creciente éxito de la exposición, el Salón diversificará su clientela social y se instalará en el Grand Palais en 1926 en donde permanecerá hasta 1961. La vocación educativa del salón se afirma y el público se amplía: vienen en familia, pero traen también a los niños de las escuelas, a los miembros de numerosas asociacion es familiares, a las Juventudes agrícolas cristianas femeninas, etc., mientras que análogas manifestaciones tienen lugar en provincia. De 1960 a 1980, el salón se instalará en el CNIT de la Défense 94 para mutar luego en salón profesional y abandonar su vocación pedagógica que parecía anticuada en los últimos años. El cliente buscado por el Salón de las Artes Domésticas no es un «consumidor» abstracto, sino una «ama de casa », encargada de una familia y con responsabilidades domésticas. Al poner a su disposición las mejoras aportadas por el maquinismo y la electricidad, se busca aligerar el «fardo» del ama de casa. Recordemos el slogan ¡«Moulinex libera a la muj er»! Las palabras clave son «comodidad, higiene, flexibilidad, limpieza, confort, economía». La óptica es propiamente familiarista, como lo testimonia, entre muchos otros ejemplos, el discurso de inauguración del Salón, pronunciado por Henri Queuille, presidente del Consejo en 1949:

«El Salón de las Artes Domésticas no presenta únicamente las soluciones del progreso doméstico en su aspecto económico y material, su rol educador se extiende a la vida espiritual del hogar. No se trata sólo de las mejoras del equipamiento, del confort en las tareas domé sticas, es también cuestión de las ventajas del gusto, de la medida, de la cultura, todo lo que hace al encanto de la vida familiar puesto en marcha tanto para la actividad doméstica como para los

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94 Nota de la Traductora: Centro Nacional de las Industrias y Técnicas del barrio de la Defensa cerca de París inaugurado en 1958

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reconfortantes entretenimientos. El alcance social de esta enseñanza no tendría que ser subestimado. Mediante el bienestar en casa, se satisface en amplia medida esta aspiración de felicidad que debe legítimamente animar al hombre en sus tareas cotidianas. El mejoramiento del hogar es la mejor justificación del ce lo profesional, el atractivo del home es la condición de los sanos y reparado res entretenimientos familiares». Los objetivos están fijados: volver más eficaz al ama de casa, hacer que el hombre entre en un hogar atrayente.

La construcción del «en casa»

Los ideólogos de la sociedad de consumo tendían a ver al consumidor sólo como a un títere que seguía los dictados de la moda. Por otra parte, los bienes fabricados de manera artesanal, en un cara a cara en tre el productor y el usuario , se hallaban en oposición a los bienes producidos en masa, en miles de ejemplares . El apego afectivo sólo habría estado reservado a los primeros. La investigación realizada por Sophie Chevalier (1993) muestra, por el contrario, el vínculo casi físico con muebles adquiridos en momentos precisos de la vida familiar. La observación etnográfica va a contrapelo de las proposiciones formuladas por los socioeconomistas de los años 1970 y 1980. Las familias adquieren sus muebles, luego de haber reflexionado largamente, comparado precios, hojeado catálogos, discutido entre marido y mujer los gustos de cada uno, realizado múltiples arbitrajes . Una vez ingresados en su espacio doméstico, en su «interior», esos muebles, esos adornos, incluso producidos en miles de ejemplares, se vuelv en únicos. Cada pareja desarrolla estrategias decorativas para personalizar su espacio ; aún podemos encontrar allí el producto del trabajo manual, se trate ya de cuadros o de tapicería, o incluso del cuidado de las plantas; las parejas más jóvenes compran ahor a en las mueblerías «estilos» rústicos, exóticos, etc. El interior constituye una construcción permanente y al hacer una lectura del amoblamiento y de la decoración de una habitación, se puede comprender al mismo tiempo la trayectoria pasada y futura d e una pareja. Hoy en día se habla de trayectorias residenciales, pero se puede forjar también perfectamente el término de trayectorias mobiliarias. Veamos el caso de los antiguos obreros de Nanterre (Segalen, 1990), quienes, luego de diversas viviendas «am uebladas», luego de haber vivido entre muebles en cierta forma reciclados, experimenta ban el orgullo de adquirir la «sala» luego «el dormitorio». Las familias obreras con mayor desahogo ofrecían estos conjuntos a sus hijos cuando éstos se casaban; otros de bían esperar y ahorrar, porque el comprar a crédito no había penetrado aún en las costumbres de los años 1950 y 1960. Se equipaban entonces con muebles «macizos» que debían durar toda la vida, símbolos de la estabilización familiar y profesional, testimoni o de lo que el obrero había ganado con el sudor de su frente. Al padre se le reservaba el sillón único de la habitación que recibía a ese cuerpo agotado por el trabajo físico del taller. Los muebl es que duran hacen del hogar «un santuario» (Schwartz, 1989, p. 102-108). Este tipo de amoblamiento marca por lo tanto a la vez una época, una cultura obrera, una estrategia familiar muy integrada. Podemos preguntarnos por su futuro. Los hijos de los obreros de Nanterre tendrán otros gustos: los muebles pesados ya no son valorados. En estas familias, no hay por lo

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tanto muebles que recibir en herencia y los de los obreros de Nanterre terminarán por ser probablemente reciclados en el garaje -taller de una determinada residencia secundaria. Existen por el contrario otr as categorías sociales que pertenecerán a los herederos, herederos de capital social y cultural, herederos de muebles que simbolizan la continuidad familiar y que forman parte de ese patrimonio intergeneracional. Adquiridos o heredados, los muebles son obj eto de discursos siempre apasionados porque cada uno inscribe en ellos una parte de su ser ; son verdaderamente portadores de la identidad de cada uno. En el caso de las parejas de más edad, que pertenecen a un modelo conyugal tradicional, se puede incluso hablar de una fusión, de una ósmosis entre los partenaires. Los miembros más jóvenes de las clases medias, obreros calificados, empleados, tienen una actitud más lúdica respecto de muebles que son menos sacralizados y cuya función puede ser modificada . El éxito de comercios como IKEA 95 responde a estas nuevas tendencias. Sin embargo, toda decoración, todo amoblamiento revela el proceso de individuación y de creación, obra de la pareja, de su pasado familiar, de su historia social . Cada familia debe conjugar la contradicción entre saber estar a la moda (por ejemplo poseer un sofá de cuero ) y personalizar al mismo tiempo la casa, que es a lo que se dedica la tarea cotidiana. Los espacios del habitar, aunque son el producto de una estrategia familiar fusional, no dejan de estar por ello menos segmentados . Si bien el incremento del nivel de vida, la mejora del hábitat, el desarrollo de la tecnología domé stica, pero también el reflujo de las grandes ideologías y de los militantismos tuvieron por efecto el regreso del hombre al hogar, los espacios siguen estando siempre marcados sexualmente. Ciertamente, la mayoría de los entretenimientos se realizan en común, pero una observación atenta muestra que los campos espaciales y los intereses domésticos son dispares. El es tudio de la interacción conyugal revela la afinidad femenina por lo doméstico, y sobre todo por la ropa, y la afinidad masculina por el bricolaje. Los modos de vida cotidianos, vistos a través de la vivienda, se inscriben por lo tanto dentro de una tensión sexuada entre lo colectivo y lo individual. En los presupuestos de los hogares, un tercio de los gastos se dedica a la casa. Pero ese colectivo alberga lógicas de individuación que van acentuándose. Todos desean un espacio propio: una habitación para cada hijo, un espacio para el bricolaje del marido , incluso garaje convertido en taller, una cocina moderna para la mujer ya que es su lugar de evolución natural. L a familia se equipa hoy en día de varios televisores, de manera que, si bien en sus comienzos po día decirse que la televisión reunía a la familia delante del aparato, actualmente la multiplicidad de los receptores permite a cada uno seguir su programa favorito. Dos automóviles comienzan a ser la norma. Se comparte con mucha más facilidad al ser uno independiente. La sobredimensión afectiva del ámbito privado se expresa a través de toda una gama de formas de ser en familia . A cada categoría, familias «abiertas» y familias «cerradas», le corresponden organizaciones espaciales que remiten a muy diferentes estilos de sociabilidad para articular lo privado y lo público (Coenen - Huther, 1991). La casa «salón», instrumento de sociabilidad de las clases superiores, no da acceso a los espacios privados (del tipo gran comedor mundano); la casa

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95 Nota de la Traductora: cadena internacional de origen nórdico de muebles para armar.

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«hogar», asociada a una sociabilidad amigable, en una relación vinculada con los entretenimientos abre la puerta a la vida privada; la casa «forum», propia de los ámbitos artísticos, se caracteriza por un máximo de apertura y traduce el centrarse en las preocupaciones públicas. La casa «molino» es la del proletariado; las clases populares oscilaban entre una casa «campo cerrado» que desalient a las visitas, y la casa «refugio». De este modo, como lo señala Jacques Pezeu -Massabuau, hay «mil maneras de estar en casa» (2003, p. 154). La revelación de la dimensión afectiva del mobiliario y de la vivienda es particularmente clara en cuanto se presenta una crisis familiar : es el caso de la mudanza, más aún el de la separación conyugal, y el de una nueva instalación en pareja.

Rupturas familiares, guerras mobiliarias

Michel Rautenberg (1989) ha hecho el seguimiento de varias familias de Lyon en el transcurso del proceso de sus mudanzas, amplio momento revelador de las culturas domésticas. ¿Qué objetos conservar, de cuáles separarse ? ¿Cómo se acomodará el nuevo espacio con la antigua decoración? La mudanza hace que la pareja pueda expresar lo que es importante en su historia pasada y lo que no lo es. Si bien es a menudo la ocasión de renovar los hábitos tecnológicos de la modernidad (comprar un nuevo aparato de televisión, un horno micro -ondas, etc.), no impide que se reconstituya la «sintaxis» del departamento precedente, que se pongan los mismos adornos sobre el nuevo televisor. Sin dejar de pagar su tributo a las normas de la sociedad de consumo, la pareja transporta todo lo que permite reconstituir el decorado de su antigua vida. Se revela un «saber habitar» que se emparenta con los «saber-hacer». En la vida de una pareja cuya conyugalidad se desarrolla a lo largo de mucho tiempo, puede comprenderse la invisibilidad de los muebles . Una vez adquiridos, constituyen ese decorado realmente incorporado, del que se pierde hasta la conciencia, que sirve de marco a lo cotidiano, al punto que habrá de notarse enseguida el desplazamiento de un determinado adorno. Aunque los desafíos financieros son relativamente pequeños en relación con los compromisos inmobiliarios, el desgarramiento se produce con los muebles, porque cada uno de los miembros de la pareja se ve afectado en su identidad profu nda. Así en Nanterre, al abocarse al seguimiento de varias par ejas durante un largo período, Sophie Chevalier (1993) observó los traumatismos mobiliarios provocados por un divorcio. La Señora D. dejó morir sus plantas luego de que su marido la abandonara. El futuro es incierto y no es posible aferrarse a esos objetos que habrá que resignarse, a veces, a ver partir. Esto explica quizás, a contrario, las elecciones mobiliarias efectuadas por los jóvenes convivientes, de muebles muy baratos, desviados de sus f unciones originales, pensados como temporales, a imagen y semejanza del proyecto de la pareja. En caso de separación , será más fácil dejar lugares y cosas con los que no se identifican . ¿Pero qué hacer con los objetos más comunes de la pareja que debían si gnificar la continuación de una fusión familiar, como los álbumes de fotos? ¿Cómo repartirlos? ¿Quién se los llevará? Los problemas mobiliarios e inmobiliarios plantean en efecto graves dilemas a las parejas divorciadas o separadas que desean constituir nu evamente una

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pareja. A diferencia de una primera instalación, en esta «recomposición familiar», hay tanto hijos como cosas ligadas a la unión precedente. Ella y él juntos ciertamente, ¿pero ellos? La diversidad de las situaciones plantea un verdadero desafío al análisis sociológico (Le Gall, Martin, 1991). ¿Cuántos hijos hay de cada lado, qué edad tienen, de qué sexo? ¿Con qué presupuesto cuenta esta pareja ? Porque es cuestión de prever dos espacios residenciales, a veces tres, si existen desentendimientos entre los hijos y el nuevo partenaire. Dos lógicas inmobiliarias pueden distinguirse, una «lógica individualista y contractualista» referida a los miembros de la pareja que desean preservar u na parte de autonomía, y una « gica comunitaria y familiarista» para aquellos que quieren volver a poner en marcha un ideal de fusión (p. 83). A propósito de las estrategias comunitarias, la familia recompuesta se presenta como un verdadero laboratorio de observación . Hay r ecomposición (y no pareja con «visitante furtivo» como los esposos matrilineales amerindios que hacen una visita nocturna a su esposa en su tienda) cuando se instalan, cuando se apropian del espacio, cuando llegan a un arreglo en la distribución de ese espacio. En la vasta mayoría de los casos, al ser la mujer la que conserva la guarda de los hijos y la responsable de todo lo relativo a lo doméstico, es el hombre el que se muda a lo de su nueva compañera. ¿Pero qué aporta él en esta nueva instalación hogareña, sabiendo que la vivienda ya está amueblada y equipada? Mucho más que en el caso de primeras uniones, se instala aquí una materia de discusión y de negociación. Es la ocasión para dar los muebles; los que estén menos seguros del futuro los guardarán en caso de que sobreviniera una nueva ruptura. La s reinstalaciones serán mucho más exitosas si el recién llegado puede recrear un universo con el que se identifique y del que pueda apropiarse, en el que haya lugar para sus propias posesiones: « Conservar sus muebles y sus adornos, es preservar una parte de su identidad, cuando la propia elección de vida obliga a exis tir sólo por el pasado del otro» (p. 122). Invertir en el espacio doméstico se transforma así para la nueva pareja en la expresión del nuevo proyecto familiar: « la vivienda constituye una apuesta determinante para que pueda tener lugar una mínima cohesión familiar» (p. 126). Incluso los objetos técnicos, de los que podría pensarse que tienen sólo una función instrumental, están cargados de un gran valor emotivo. La recomposición en torno a las P C presenta espinosos problemas (Pharabod, 2004). El ejemplo de una familia recompuesta ilustra muy particularmente la implicación de las herramientas multimedia en la reconstrucción de una vida común y en la gestión del pasado. A través de este ejemplo, es claro que la gestión familiar de estos nuevos equipamientos se inscribe dentro de las estrategias comunes de mantenimiento de un equilibrio entre espacio personal y vida familiar colectiva . Las nuevas herramientas de comunicación acompañan las dinámicas d e la vida en familia, con sus fases naturales (partida de los hijos del hogar) y sus crisis. Por el lado de los hijos que soportan las recomposiciones familiares, los impactos tienen la misma gran importancia. En su investigación etnográfica, Agnès Martial (2003, p. 127-128) hace un relevo de la forma en que los trastornos de las trayectorias residenciales puede dejar severos traumatismos . Cita el caso de David, nacido en 1947, que vive solo con su madre divorciada, su tío materno y su hermano en los suburbios populares de una ciudad mediterránea. En 1956, su vida

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de niño pequeño y pobre se ve súbitamente alterada cuando su madre se instala en otra ciudad con un hombre al que ella le pide que lo llame «papá». David cambia así brutalmente de casa, de ciudad, de estatus social y de entorno familiar. Su infancia discurre entonces en dos tiempos, el de una vida monoparental, y el de otra vida familiar en compañía de un hombre que apareció repentinamente, de su hermano y de su tío y de otros cuatro niños que su ma dre tendrá con su nuevo cónyuge.

Cuando Marie, 37 años y Paul, 42 años, decidieron vivir juntos, se separaron de algunos equipos que tenían duplicados (TV, PC, videocassetteras), pero no de sus equipos de audio, estando ambos repartidos actualmente entre el salón y la habitación de Lucas, el hijo de Paul. También se separaron de sus teléfonos celulares que les habían permitido, cuando no vivían juntos y no habían oficializado todavía su relación, permanecer frecuentemente en contacto. La vida en común exi gía unificar teléfono, TV y PC. Si bien separarse de uno de los dos televisores no fue difícil, Marie se separó de su computadora con emoción. «Es como si hubiera cambiado de familia » confía ella, l o que su cónyuge reformulará: « al adoptar la mía, es como si ella me adoptara». «Su vida de antes» (es así como ella llama a su antigua computadora) fue reacomodada en los placares de la casa de su infancia . Porque la PC es a la vez una herramienta de trabajo, de comunicación y de diversión (juegan, dibujan, nave gan un poco, envían mails, cargan y escuchan MP3) pero también un lugar de archivo y de memoria. Memoria personal, como lo testimonian las correspondencias o escritos íntimos que tanto uno como otro esconden en el fondo de las arborescencias del mismo modo que guardan sus papeles en el fondo de sus cajones. Memoria colectiva también: se guardan en la PC poemas y dibujos de los hijos, antiguas fotos de familia escaneadas, fotos recientes transferidas de una cámara digital que se pidió prestada para la ocasió importante que la computadora sea común, que no quede relegada en una habitación, ni que se transporte fuera del domicilio. A partir del momento en que se conectó a Internet, la PC se convirtió en una compañera y en un testigo central d e la vida familiar. En el momento de la investigación, nos encontramos ante una pareja aterrorizada frente a la computadora sin funcionar y atacada por un virus . Dándose cuenta del terrible ambi ente reinante, Paul prosigue: «tendríamos que tranquilizarnos, parece como si alguien de la familia hubiera muerto » (p. 93-94).

La imagen de un «archipiélago residencial» es particularmente revelador cuando se observan las circulaciones residenciales en las familias recompuestas (Bonnin, Villanova, 1999). Una investigación, realizada a partir de un cuestionario del INED «Biografías y Entorno» y de entrevistas, estuvo dedicada a los « espacios de vida de las familias recompuestas», referida no sólo a la residencia principal sino a la totalidad de las residencias. La misma revela la importancia de las circulaciones, tanto de los padres como de los hijos, en el transcurso de tiempos que están fragmentados. La residencia secundaria tiene aquí un rol ambivalente, lugar de reunión, de reajuste familiar, un lugar de fam ilia para inventar, pero también a veces lugar de discordia y de separación (Clément et Bonvalet, 2005).

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Habitar, residir

Las nuevas tecnologías dentro de la familia

Recientes trabajos se dedicaron a los efectos en el seno de la familia de las nuevas tecnologías de la información, se trate ya de teléfonos celulares, de microcomputadoras o de Internet (Lelong, Thomas, 2001). En lo que se refiere a las parejas, el teléfono, herramienta de comunicación puede ser un divisor: proyecta a uno de los cónyuges fuera del círculo con yugal, perturba lo que puede ser un tiempo de reunión familiar ante el televisor por ejemplo. François de Singly observa que « como apertura al mundo exterior, el teléfono forma uno de los eslabones débiles del entramado doméstico. Constituye una escapatoria hacia otros horizontes aumentando al mismo tiempo los riesgos de invasión de personas percibidas, si no como enemigas, al menos como competidoras y amenazantes» (2000, p. 61). Incrementa incuestionablemente la libertad en el interior del espacio conyugal. En el esfuerzo de aculturación inducido bajo la presión de los hijos (cuyas demandas llevan a menudo a modificar los modos de alimentación), el hogar inmigrado en Francia se equipa con las comodidades modernas que serán luego instaladas en la casa del país natal. De este modo los niños de las familias de migrantes empujan a sus padres a equiparse, llaman por teléfono a los interlocutores franceses en lugar de ellos, si estos no dominan bien el idioma. Si bien los comportamientos telefónicos se parecen por otra parte a los comportamientos de las familias francesas, se podrá notar la importancia de locutorios exteriores que ofrecen un lugar de intimidad, y cuyo uso está regido por la tarjeta de crédito (lo que evita conflictos con los padres en lo relativo a la factura telefónica) (Calogirou, 1997). ¿No son acaso las redes familiares de Internet idealmente los lugares para compartir en familia (Carmagnat, Deville, Mardon, 2004)? Los miembros de un son incluso constantemente invitados a enriquecerlo. En verdad, este modelo ideal no se hace nunca realidad. Tal vez los miembros podrán ser activos en el momento en que el sitio se abre, pero a largo plazo, sólo el creador llamado «administrador» del sitio sigue siéndolo. Es tos sitios parecen incluso dejar fuera de juego al cónyuge, porque en su gran mayoría, son los hermanos o hermanas o primos del fundador los que son miembros del mismo. La inscripción del cónyuge no siempre se hace, o bien éste es percibido como poco interesado. Una informadora, al hablar de su marido dice : «le mostré milia mía por » (p. 183). Si bien el sitio es pensado como colectivo, es de hecho poco familiar, ya que «es ante todo la expresión de una red de relaciones familiares cuyo centro lo constituye el administrador» y que han sido elegidos por él. En el corazón del domicilio conyugal, la red familiar es la herramienta de la individuación, utilizando el linaje al servicio del yo, un poco como en el ejercicio genealógico. Algunas investigaciones que se han interesado en la edad en la que el niño comienza a hablar por teléfono muestran el rol socializador de esta herramienta que le enseña a dominar la comunicación con los allegados. Para los hijos de familias divorciadas, el teléfono crea un víncu lo específico entre ellos y el padre que no tiene la guarda: llaman a los hijos desde que éstos son muy pequeños para que den cuenta de sus actividades, pero los hijos pueden también negarse al

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Sociología de la Familia

intercambio cuando están ocupados en tareas que ellos consider an más importantes. En cuanto a los hombres, llamar por teléfono a sus hijos pequeños los lleva a adoptar una nueva actitud frente a este modo de comunicación que no remite ya entonces a la funcionalidad, sino a lo afectivo y a una relación «comprensiva» (Castelain-Meunier, 1997). El film La Boum (La fiesta) ponía en escena el aumento de las turbaciones amorosas de los jóvenes adolescentes, y una de las escenas más famosas muestra a la heroína buscando un espacio íntimo para hablar por teléfono a espaldas d e sus padres; éstos la descubren del otro lado del largo cable del teléfono que los lleva al baño en donde ella se encerró con el único aparato telefónico . Luego de este film, rodado en 1980, en las familias que tenían varios hijos adolescentes, se instaló una segunda línea telefónica y los aparatos se multiplicaron, de manera tal que las conversaciones pudieran tener un tono más íntimo . Trabajos realizados en los años 1990 sobre los adolescentes y el teléfono mostraban la importancia del teléfono fijo como instrumento de la sociabilidad adolescente, garantizando permanentemente un vínculo con sus pares, y autorizando las conversaciones fuera de la escucha de los padres sobre las salidas, las fiestas, las citas o incluso la escolaridad (Fize, 1997). Los lugares para comunicarse son la habitación de los padres (comunicaciones que se hacen) , y el salón (comunicaciones recibidas). La cuestión de las conversaciones telefónicas es una fuente de conflictos entre padres e hijos . La explosión de la telefonía celular con su sistema de comunicación instantánea de SMS volvió rápidamente caduco el estudio de estas situaciones, dada la individuación radical que autoriza. Los primeros ensayos de radiomensajería de fines del siglo XX, tatoo, kooby y otros tam-tam, luego los balbuceos del celular con el bi-bop fueron rápidamente olvidados. Nuevo rito de pasaje, el teléfono celular se les entrega a los hijos a partir de los 10 años En 2005, está en el bolsillo de 66% de los niños de 11 a 14 años de edad 96 .

Existen todavía muy pocas investigaciones en Francia sobre el teléfono móvil. Es posible interesarse en los resultados de una investigación realizada en Noruega, que aventaja a Francia en lo relativo a los índices de equipamiento (que involucraba en 1998 al 38% de la población). Eran 18% los adolescentes que poseían uno. «El teléfono móvil proporciona un sentimiento de accesibilidad, de seguridad y la impresión de ser capaz de actuar en coordinación con el círculo restringido de sus conocidos. No deja de ser menos cierto que e l teléfono móvil no es sólo símbolo de emancipación, sino también una forma de identificación respecto de los propios padres» (Ling, 1999). Emanciparse del control parental, poder ser localizable en todo momento. En la adolescencia, si no antes, la autonom ía del hijo se marca, además del teléfono celular, al instalarle en su habitación una PC a la que puede darle múltiples usos, desde el de apoyo escolar hasta el acceso a diversos sitios más o menos autorizados por los padres. Porque los argumentos financie ros que los padres pueden oponer para la utilización del teléfono celular y de su costo, desaparecen en

!

96 Fuente: Agencia valona de Telecom, una encuesta realizada en 2003 daba cuenta de 50% de

poseedores de 12-13 años y 63% de 12-17 años. La progresión es muy rápida, cf. Régis Bigot, «La

noviembre de 2003.

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el hogar familiar a partir del momento en que éste se conecta a través del ADSL. Queda la cuestión del control parental. Se solicitó un sondeo a la SOFR ES (Instituto de estudios de marketing y de opinión internaciona l) en el año 2000 titulado «Los padres frente a Internet» hecho por un proveedor de servicios de internet 97 . Según esta encuesta el 80% de los padres piensan que la práctica d e Internet es «esencial» o «importante» para el futuro de sus hijos, pero el 60% de los padres sienten preocupación al ver que sus hijos acceden a contenidos inapropiados; se trata también de limitar la presión publicitaria. En los hogares conectados, la utilización de Internet se presenta como una práctica regular que se transmite en el seno de la familia, pero, singular inversión en la detentación de las técnicas de lo doméstico , el 7% de los padres tienen el sentimiento de que sus hijos conocen y dominan mejor Interne t que ellos mismos. Los hijos sustituyen progresivamente a sus padres y sobre todo al padre. Una investigación realizada entre alumnos de colegios y de liceos de 10 a 21 años de edad explora las prácticas de control de los padres, que se relajan evidenteme nte con el avance de la edad (Martin, 2004). El acceso a la computadora se inscribe en el modo de control más general que los padres ejercen sobre las salidas, la forma de vestirse, el orden de la habitación, etc., de sus hijos. «La lógica de la gestión familiar de la computadora es sólo una de las dimensiones del control parental: la computadora no parece constituir una excepción en las prácticas educativas de los padres» (p. 45). Cuatro grupos de usuarios de PC definen las muchas diferentes relaciones con la computadora doméstica (2004, p. 47-52). Los «hogareños» autorregulan su uso de la computadora y se sirven más que nada para los juegos antes que para los mails o chats. El hijo lo ve como un divertimento de interior. En casa de los «controlados», los padres vigilan tanto los deberes y las salidas como el uso de la PC, de manera tal que el hijo sólo puede hacer un uso cultural, educativo o lúdico ; la computadora se considera más bien como parental y el teléfono celular es una mejor herramienta de sociabilidad. Para los «independientes», por el contrario, la computadora garantiza un vínculo con el exterior como no lo hace ninguna otra herramienta de comunicación y hace explotar las p aredes de la casa; enriquecidos por una fuerte sociabilidad y gozando de una gran libertad, estos jóvenes mantienen un contacto continuo con su grupo de amigos; desde la casa, tienen permanentemente acceso al mundo. Por último, el grupo «con libertad vigilada » goza de una fuerte sociabilidad con los pares, pero los padres ejerc en o intentan ejercer un control, contentándose finalmente con resultados escolares satisfactorios, y prefiriendo ver al joven evadirse desde su habitación antes que verlo salir para siempre. Estudiar a la familia frente a su televisor o a su computadora, en su baño, frente a su horno micro -ondas, en su garaje-taller o su jardín, es restituir al sentido genérico del término «casa» todo su s entido. Lejos de ser sólo una «máquina de habitar» como lo pensaba Le Corbusier, la casa sigue siendo el lugar focal de la observación de los modelos culturales, de los sistemas de objetos, de las

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97 Sondeo realizado entre padres de hijos de 6 a 16 años, a pedido de AOL -France que lanzaba entonces una política de « Control pare ntal » que permite a los padres establecer un parámetro al acceso de contenidos y a las funcionalidades de Internet de AOL de acuerdo con la edad y la madurez de sus hijos.

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Sociología de la Familia

innovaciones tecnológicas. Es un sistema articulado en diversas formas de organización social y de trabajo que la comandan y la superan en parte : espacio físico, espacio de prácticas y de relaciones microsociales, espacio de representación y representación del espacio. Pero la casa es también, como lo ha dicho durante mucho tiempo Gaston Bachelard (1957), un « espacio de centralidad» vivido e imaginado. Vivienda, departamento, casita en las afueras o castillo, la casa es el envoltorio protector, es la madre.

Orientación bibliográfica

BONNIN Philippe, VILLANOVA Roselyne de (dir.), Parcours et mobilités résidentielles, París, Créaphis, 1999. CHOMBART DE LAUWE Paul-Henri, Famille et habitation, París, CNRS, 1960. DUBOST Françoise (dir.), ison. La «résidence secondaire», refuge des générations, París, Autrement, série Mutations, n° 178, abril de 1998. PETONNET Colette, Espaces habités, ethnologie des banlieues, París, Galilée, 1982. PEZEU-MASABUAU Jean, La maison espace social, París, Presses universitaires de France, 1983. SCHWARTZ Olivier, Le monde privé des ouvriers. Hommes et femmes du Nord , París, Presses universitaires de France, 1989. SEGALEN BEKUS, Nanterriens, les familles Toulouse, Université de Toulouse-Le Mirail, 1990. VERRET Michel, , París, Armand Colin, 1979. VILLANOVA Roselyne de, LEITE Carolina, RAPOSO Isabel, Maisons de rêve. Portugal, enquête sur les migrants bâtisseurs, París, Créaphis, 1994.

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CAPÍTULO 9

Trabajar

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Si bien la familia no es ya una unidad de producción como lo era en las sociedades rurales en las que vivir en el hogar era también trabajar, las familias contemporáneas continúan produciendo, en su gran mayoría, trabajo . Para referirse al empleo asalariado, el lenguaje estadístico habla de uno o dos activos . Pero se admite ahora, gracias a los movimientos feministas, que las actividades relativas al mantenimiento del espacio residencial y de sus miembros son también trabajo. La familia produce un trabajo de naturaleza doble, interno y externo, doméstico y asalariado. Gracias a la emancipación femenina en el transcurso de la segunda mitad del siglo XX, la articulación entre estas dos dimensiones ha cambiado profundamente. Las mujeres se zambulleron en el mercado del trabajo a la par de los hombres. Esto no significa que nunca hayan trabajado. En la granja, en el taller, luego en la fábrica, las mujeres han participado en el proceso de producción . Durante un corto período histórico, bajo la influencia de las normas burguesas, las mujeres se retiraron del mercado laboral. Pero a partir de la Segunda Guerra Mundial, habiendo adquirido un título de nivel equivalente al de los hombres, las mujeres agregaron a su función materna una función de pr oducción. El trabajo femenino, comprobado en todas partes de Europa, a pe sar de las sensibles diferencias, conmociona a la institución familiar . Mientras que, a partir de los años 1980, las mujeres incluídas las madres con hijos de corta edad ingresaban cada vez en mayor número en el mercado laboral, la participación de los hombres en las tareas domésticas no prosperó. «La asignación de las mujeres al universo doméstico constituye el núcleo duro de la dominación mascul ina contemporánea» (Bihr, Pfefferkorn, 2000, p. 30). Si bien las normas relativas al reparto de los roles han cambiado en un sentido mucho más igualitario, las prácticas no prosperaron. La búsqueda de una igualdad entre hombres y mujeres suscita investigaciones y guía la puesta en marcha de políticas públicas. Estos trabajos establecen nuevos campos de investigación en la sociología de la familia, a través de las entradas feministas (construcción social de los roles sexuados) o de las entradas políticas (tema de la paridad), ambas íntimamente asociadas «a tal punto que toda acción relativa a uno de los polos repercute sobre el otro y en forma recíproca. De manera tal que si se «tiene » a la familia, se tienen el trabajo y el empleo. El principio de « división familiar del trabajo » que consiste en tomar en cuenta sistemáticamente juntos los fenómenos relativ os al trabajo y a la familia, constituye una herramienta de lectura de los fenómenos económicos y sociales de nuestras sociedades y de sus evoluciones» (Barrère -Maurisson, 2003, p.

2).

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Sociología de la Familia

La división sexual de las tareas y de los roles

La teoría de Talcott Parsons

Recordemos (cf. capítulo 3) que esta tesis conoció una gran repercusión en la sociología de la familia de la posguerra (Parsons, 1955). Según Talcott Parsons, los procesos de industrialización segmentan a la familia, en primer lugar aislándola de su red de parentesco, luego reduciendo el tamaño del grupo doméstico a una pareja conyugal, con un pequeño número de hijos. Est e grupo ya no es más que una unidad de residencia y de consumo; perdió sus funciones de producción, sus funciones políticas y religiosas; comparte sus responsabilidades financieras y educativas con otras instituciones. Aislado de su parentela, está fundado en el matrimonio que asocia a dos partenaires que se han elegido libremente y orientado hacia valores de racionalidad y de ef icacia. Los roles masculinos y femeninos, especializados, contribuyen de este modo al mantenimiento del sub -sistema familiar en el seno del sistema social. Estas propuestas se inscriben entonces dentro del grupo de las teorías llamadas sistémicas. La sociedad es pensada como una mecánica en el seno de la cual se recortan y se articulan sub -sistemas: la familia es vista así como un engranaje de un gran reloj social. La familia conyugal se especializa en el rol de proveedor de afecto a fin de producir individuos que serán formados para servir al funcionamiento de la sociedad industrial; es la mujer la que se encuentra más especialmente encargada de este rol denominado «expresivo», mientras que el homb re ejerce el rol «instrumental», garantizando el vínculo con la sociedad y el de proveer bienes materiales. Esta imagen de una mujer en el hogar era desmentida por los hechos recientes ya que, durante la guerra, muchas mujeres habían sido empleadas en las fábricas, luego al terminar la guerra, el empleo femenino comenzaba a crecer en potencia. Las propuestas parsonianas fueron rápidamente relegadas al ruinoso estante de las teorías nulas y sin valor.

Las tesis feministas: el trabajo doméstico como trabajo productivo

La emergencia del trabajo doméstico como campo de estudio científico, surge, por su parte, de la crítica marxista de los años 1970, en nombre de la cual los teóricos denuncian la opresión de la que son víctimas las mujeres en el marco de una explotación patriarcal. El modo de producción capitalista habría producido una división sexual del trabajo y las feministas retomarán el argumento de Engels sobre el matrimonio como esfera de dominación en el seno de la esfera privada, homóloga a la explotación que produce el capitalismo en la esfera del trabajo. Esta dominación de lo masculino sobre lo femenino se realiza en la invisibilidad de las tareas domésticas a las cuales se les ha neg ado hasta el momento el ser reconocidas dentro del estatus de «trabajo ». Para las feministas, se trata de un trabajo, y de un trabajo explotador, ya que la mujer es productora no remunerada y el cónyuge disfruta de esto en forma gratuita.

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Trabajar

Al presentar en forma revolucionaria el trabajo doméstico en términos de producción, los movimientos feministas obligaban a repensar a la vez las funciones atribuídas a la familia y el funcionamiento general de la economía. (Chabaud - Rychter, Fougeyrollas-Schwebel, Sonthonnax, 1985). Sus tesis han contribuido de manera decisiva para sacar a la sociología de la familia del ámbito de la psicología. La institución familiar plantea una cuestión pública: lo privado es también político. Christine Delphy fue la pri mera en subrayar la cuestión del carácter público de la familia al afirmar que el trabajo doméstico produce un valor . Los economistas clásicos rechazaban esta posición, estimando que se trataba de producciones inmediatas con valor de uso y no mercaderías q ue entraban en la red de los intercambios mercantiles. Las feministas replicaban que la mayoría de los servicios brindados en el seno del espacio doméstico podían ser adquiridos en el mercado. La naturaleza del trabajo doméstico pertenece por lo tanto al d ominio público, aunque la contabilidad pública no lo tome en cuenta (1978, p. 74-96). Esta crítica radical se apoyaba en ejemplos norteamericanos demostrando que al contraer matrimonio, el hombre economizaba 218 horas anuales de tareas domésticas, por lo tanto, si se multiplica por 44 la cantidad de años promedio de la vida matrimonial, se llega a 9.592 horas, o 5 años que él podía dedicar a su carrera, a su vida de ocio, etc. Si en lugar de obtener este servicio gratuitamente, el hombre hubiera debido pagarlo, su familia tendría un tren de vida inferior, y él una carrera ciertamente menos fácil. El esposo se apropiaba así del trabajo « invisible» de modo que, si se describen las relaciones conyugales en términos económicos, él se beneficia con todas las vent ajas, mientras que la mujer soporta todos los costos. Una encuesta del INSEE de 1979 calculaba el trabajo doméstico (limpieza y cuidado de los hijos) en 48 mil millones de horas, contra 41 mil millones para el trabajo profesional. En el año 2000, las activ idades domésticas representan una suma de trabajo que supera en importancia aquella que es medida anualmente por el PBI (Bihr, Pfefferkorn, 2000, p. 24). Al hacer entrar en las cuentas públicas el trabajo doméstico, se tendría una mejor apreciación de las faenas cotidianas del hogar, decían las feministas; pero ésta era una innovación social importante a la que el Estado, los productores, los sindicatos se oponían: este rechazo de la contabilización subrayaba por lo tanto «la invisibilidad » del trabajo femenino doméstico. «La eliminación de la producción doméstica de las familias en los indicadores de la producción-consumo es causa de la desvalorización del estatus de las mujeres dentro de la economía y dentro de la socied ad. Como las mujeres no son «productoras» en una sociedad que cifró su orgullo en los indicadores de crecimiento de la producción y del consumo mercantil, ellas sólo pueden ser un sexo socialmente inferior y desvalorizado. La ocultación de las tareas productivas de las mujeres provoca así su desvalorización social en la familia, en la economía, en la sociedad y en la estima que ellas tienen de sí mismas», escribía Andrée Michel, una pionera entre las sociólogas feministas (1978, p. 71). Bajo la influencia de estas primeras corrientes teóricas, se desarrolla dentro de la sociología francesa, no sin dificultad por otra parte, una corriente de investigación que encara en forma conjunta trabajo asalariado y trabajo doméstico, articulando los temas de la producción/reproducción. Las dos esf eras son a partir de ese momento pensadas indisolublemente, y los investigado res sustituyen el concepto de «división sexuada de las tareas y de los roles » por el de «relaciones

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Sociología de la Familia

sociales de sexo», que traduce más o menos felizmente el concepto anglosajón de

gender.

Las tesis antropológicas de la dominación femenina

En los mismos años 1970, las antropólogas feministas se interesaron también por las cuestiones de género y demostraron que la dominación de las mujeres por los hombres es una constante social: la explicación marxista a través de los mecanismos del mercado capitalista es por lo tanto insuficiente, ya que, en las sociedades de economía no mercantil, las mujeres se encuentran igualmente dominadas (Godelier, 2003). No hay vínculo orgánico entre la a parición de las clases y la dominación masculina. Esta dominación, Françoise Héritier la explica refiriéndose a las representaciones culturales relativas a ambos sexos y en particular su rol en el hecho de la generación: en todas las sociedades del mundo, la potencia fecunda de las mujeres es, desde los orígenes de la especie, considerada como el bien más preciado del grupo. Las mujeres poseen el enorme poder de gestar hijos que el grupo necesita para garantizar su superv ivencia; los hombres deben por lo tanto tomar el control, y para hacerlo, en todas las sociedades, construyeron mitos y sistemas de representación que jerarquizan los sexos, lo que Françoise Héritier (1996) denomina la «valencia diferencial de los sexos». A los tres pilares planteados por Claude Lévi-Strauss como base de las sociedades, prohibición del incesto, reparto sexual de las tareas y forma reconocida de unión que permite la legitimación de los hijos, Françoise Héritier agrega una cuarta que le parec e el cemento necesario para ligar la mezcla: la diferenciación de los roles en la reproducción, evidencia tan irrefutable que hasta el momento se les había escapado a los investigadores. El intercambio de mujeres entre grupos de hombres es un medio para los hombres de apropiarse de su poder de fecundidad , apropiación tanto más indispensable en la medida en que el hombre necesita a las mujeres para producir varones. Los hombres no pueden crear a sus hijos, mientras que las mujeres producen a sus hijas. « Esta injusticia y este misterio se hallan en el origen de todo el resto, que tuvo lugar de manera parecida en los grupos humanos desde el origen de la humanidad y que nosotras » (Héritier, 2002, p. 23). Françoise Héritier muestra la valoración implícita que acompaña a las categorías binarias alto/bajo, calor/frío, derecha/izquierda, claro/oscuro, etc., y que incluye dentro de la serie a masculino/femenino. Para poner en marcha esta dominación, las sociedades van a decretar que las tareas realizadas por las mujeres son siempre menos importantes que las de los hombres. Las mujeres son reducidas al único rol de reproductoras y criadoras de hijos, mientras que los hombres se han apropiado de las tareas nobles y de la fabricación de armas y de herramientas (Tabet, 1998). Aunque las actividades de recolección a las que las mujeres se dedican mientras los hombres cazan , parlotean o realizan rituales constituyen la más importante fuente de alimentación para el grupo, estas tareas son cons ideradas como secundarias. «La valencia diferencial de los sexos es el telón de fondo, la matriz que ordena y rige las constantes de lo masculino y lo femenino» (Héritier, 2002, p. 78). La sociedad francesa no se privó de llevar a cabo su singular ejecució n en esta gran ópera

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Trabajar

universal. Pero las cosas han comenzado a cambiar dentro de las ciencias, luego en el terreno de la observación a partir de los años 1970 y, muy lentamente, en las prácticas.

Trabajo y género

Para esclarecer estas cuestiones fue necesario dedicarse en principio al análisis crítico de las categorías utilizadas dentro de la sociología. Los investigadores que eran mayoritariamente investigadoras pudieron relevar que hasta en los años 1980, las mujeres eran presentadas como un grupo marginado, menos bien posicionado dentro del mercado laboral, debido a sus cargas familiares; además, dentro de la sociología del trabajo, las encuestadas correlacionaban siempre su estado matrimonial y familiar con su empleo, mientras que era justo a la inversa en el caso de los hombres, quienes nunca mencionaban su estatus matrimonial. La introducción de la obra colectiva titulada Le Sexe du travail, (El sexo del trabajo) publicada en 1984, señalaba que « sólo las mujeres se hallan inscritas dentro de un a familia, sólo los hombres están en su lugar en el mundo del trabajo: mujeres inactivas y hombres sin familia», comprobación que explicitaba lo que eran todavía las resistencias al empleo femenino en la segunda mitad del siglo XX . La obra instauraba una r uptura al rechazar la categoría de masculino -neutro, o más bien plural, ya que englobaba a hombres y mujeres. Aunque en la actualidad tengan más de 20 años, la pertinencia de muchos de estos análisis es sorprendente y sus cuestionamientos son desde entonce s retomados en las investigaciones relativas al trabajo. Un balance de la emergencia de la categoría de «género» dentro de las ciencias sociales que se interesan por el trabajo ha quedado plasmado en Le Travail du genre (El Trabajo del género) ( 2003) que prolonga los interrogantes planteados en la primera obra. Si se admite entonces que el trabajo tiene un sexo, la construcción de la categoría de género permite reformular las aproximaciones económicas examinadas únicamente a través del prisma de las clases sociales y romper con una visión uni -normada; la misma introduce dimensiones simbólicas dentro de las complejidades e invita igualmente a repensar la construcción de las identidades.

El trabajo dentro del espacio doméstico

Dentro del espacio doméstico se concentran una multitud de tareas materiales, físicas y mentales. Si bien es siempre el « epicentro de la dominación masculina» (Bihr, Pfeff erkorn, 2000, p. 19), la retirada de los hombres puede explicarse por la resistencia de las mujeres cuando quieren asumir ciertas tareas, en especial en el ámbito del cuidado de los hijos.

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Sociología de la Familia

La felicidad de lo doméstico

La expansión del trabajo de las mujeres, conjugado con el nuevo control de la contracepción, tiene efectos considerables , sobre la fecundidad, la divorcialidad, la distanciación respecto del matrimonio pero en lo relativo a la reorganización de los roles en el seno de la unidad conyugal, son las formas clásicas de interacción las que parecen prevalecer: las mujeres avanzaron sobre el terreno masculino, pero los hombres se cuidaron muy bien de intervenir demasiado en el ámbito antes llamado tradicionalmente femenino. Esto plantea interesantes cuestiones a la sociología de la familia cuyo deber es articular las cuestiones de lo doméstico, del nivel de educación y de responsabilidad profesional. ¿Cómo explicar que el reparto sexual de los roles siga subsistiendo? Ciertamente el lugar de los hombres en la gestión de lo doméstico está lejos de ser nulo, y se incrementa con el tipo de empleo y el nivel de educación de la mujer. No deja de ser cierto que esta participación es siempre escasa, ya que ciertas tareas siguen siendo «tabú», en particular aquellas relativas al cuidado de la ropa. Si las mujeres, incluso aquellas que creen pl enamente en la igualdad, se encuentran recargadas con esta tarea, se debe a qu e esos gestos provienen «de un largo pasado incorporado». Recoger las medi as del marido lleva implícita « una infinidad de categorías de clasificación, en particular de orden sexual» (Kaufmann, 1992, p. 193). Ocurre lo mismo con la cocina, una tarea pluricotidiana que no se puede postergar o desplazar como puede hacerse eventualmente con el lavado, el planchado o el mantenimiento. La misma sigue siendo un atributo fundamentalmente femenino, porque la imagen de la esposa y de la madre nutricia sigue siendo integrada por las mujeres (aún cuando hoy en día la publicidad difunde una imagen de mujer muy diferente). Las mujeres que trabajan son llevadas a reorganizar su programación doméstica en función de las comidas previstas, pero de ninguna manera a reducir el tiempo que pasan en la cocina, ni incluso a obtener de esto un mínimo placer. Si bien los hombres participan de ciertas tareas, por ejemplo ir al mercado los sábados, la gestión cotidiana de la cadena de tareas (prever el menú, comprar las provisiones, preparar la comida, servirla, levantar la mesa, limpiar y acomodar) depende de la entera responsabilidad de las mujeres. Como sucedía antiguamente, la cocina sigue siendo un aprendi zaje que una hace sola, a través del método de prueba y error : la transmisión culinaria intergeneracional compite con los nuevos preceptos de dietética e higiene alimentaria que las mujeres deben incorporar, a la par de los nuevos productos accesibles en el mercado. Las mujeres no sólo se encuentran solas a la hora de asumir la cocina en lo cotidiano (ya que el hombre se acerca al horno nada más que en ocasiones festivas), sino que además reivindican esta tarea, incorporando las presuntas expectativas de su rol (Sluys, Chaudron, Zaidman, 1997; Kaufmann,

2005).

Lejos de la tesis de la dominación, el estudio de las tareas familiares se sitúa dentro de una esfera muy diferente, la del don gratuito y la gratificación afectiva. Es mediante la observación de los e fectos de la externalización de ciertas tareas (contratar a alguien para cuidar a los hijos, o a enfermeros en el caso de tener padres mayores o ir a un restaurante en vez de cocinar en casa) , como pueden descubrirse los fundamentos del quehacer familiar e n lo cotidiano del trabajo.

278

Trabajar

«En los tiempos normales, todo transcurre como si a familia estuviera principalmente interesada en la reproducción de los automatismos adquiridos, insensible por lo tanto a las ofertas de servicios que presuponen el cuestionamiento

convertirse en un trabajo asalariado, no debe ser considerada como un trabajo en la medida en que la misma se efec túa dentro del marco doméstico. » (Kaufmann, 1996, p. 15)

De este modo se pone en funcionamiento la ficción del placer realizado mediante la ejecución de automatismos interiorizados, « el don de sí sin cálculo que funda el hecho familiar en el ejercicio cotidiano» (Kaufmann, 1996, p. 15). Basándose en los trabajos antropológicos relativos a la técnica cultural e inspirado por el concepto de «cadenas operatorias inconscientes» desarrolladas por el prehistoriador André Leroi-Gourhan (1965), Jean-Claude Kaufmann (1997) se interrogó acerca de la construcción de las rutinas hogareñas estudiando la interacción no con los otros que componen el propio hogar, sino con las cosas. Para el autor, las conclusiones de este trabajo apuntan más a una teoría de la acción que a una Sociología de la familia, pero tambié n podrán utilizarse para explicar la colusión fundamental entre la mujer y la actividad hogareña, a pesar de todas las transformaciones sociales, económicas y culturales que tuvieron lugar desde los años 1970. La incapacidad de los actores (actrices) para explicar por qué toman a su cargo las tareas hogareñas revela evidencias «incorporadas» en el sentido en que el cuerpo es el centro principal de las mismas. Los hábitos hogareños se hallan inscriptos en los esquemas mentales. La sociología de Jean-Claude Kaufmann, a contrapelo de todas las posiciones ideológicas , arroja luz por lo tanto sobre las prácticas domésticas en el seno de la familia de una nueva manera volviendo inteligibles situaciones sociales e individuales raramente o no lo suficientemente estudiadas, lo que permite, a largo plazo, reorientar la teoría en función de estas observaciones. Él hace notar que «en el interior de la movilización familiar, el centro de resistencia a delegar se sitúa en la idea que se h ace la mujer de su rol hogareño» (p. 84) y aunque las mujeres tengan una actividad profesional, «sólo se hallan en el comienzo del camino que debería conducirlas a la igualdad . Siguen permaneciendo estrechamente apegadas a la familia y a la casa, piezas fundamentales de su cimiento identitario» (p. 85). Es decir que la dominación masculina también se halla incorporada: la principal resistencia que encuentran los hombres para instalarse en el universo hogareño es la de las mujeres . A propósito del planchado, Jean -Claude Kaufmann (1996) releva que existen dos grupos de mujeres, aquellas para las que significa un «fastidio», un acto penoso, y aquellas para las que esta actividad es una fuente de placer. Las primeras son, a menudo, las más jóvenes, las que están comenzando en la pareja; e llas consideran el planchado como una manía anticuada , mientras que las segundas están más avanzadas en edad y en la pareja e incorporarán con el correr del tiempo hábitos familiares. Las mujeres planchadoras realizan esta tarea mirando televisión; a menudo se trata de un momento solitario, en el que sin soportar la música de los otros (la de los hijos adolescentes), pueden escuchar la que ellas eligen . Planchar procura los placeres sensuales del tacto y del olfato. No sólo l a ropa planchada es fuente de «placer carnal», sino que también el acomodarla en pilas proc ura un sentimiento de autosatisfacción. Actividad para sí misma con el pretexto de hacerlo

279

Sociología de la Familia

para los otros: planchar crea un vínculo familiar y las mujeres planchan para sus maridos, para sus hijos. Por este motivo la externalización del planchado es una práctica reducida ya que las mujeres tienen el sentimiento de alcanzar la realización mediante este acto: «Si yo entregara la ropa de mi familia para planchar, sentiría que una parte íntima de la familia queda en manos de otra persona» (p. 47) dice una entrevistada. Las funciones que exigían un importante trabajo doméstico son cada vez más externalizadas (comedores escolares, restaurantes de empresas, lugares de comidas rápidas). Vastos sectores mercantiles de la actividad privada se desarrollan en consecuencia: gamas de productos que dicen economizar el tiempo doméstico, como las papas y las verduras ya peladas, las sopas en sachet, productos congelados, etc. Ya nadie cose ni teje. Por eso son más val orados los pequeños platos cocinados a fuego lento o la colcha tejida por la futura abuela.

Comprobando que las mujeres entraban masivamente en el mercado laboral, una especie de vulgata circulaba en los años 1 970 que establecía que el reparto de roles se volvía más igualitario. Una primera investigación realizada en 1990 vino a demostrar que no era así en absoluto (cuadro 10). Diez años más tarde las cosas no han cambiado. Un estudio realizado acerca de los valores de los franceses (Tchernia, 2001) que da cuenta, no de sus prácticas, sino de sus ideas se concentró, a través de ocho preguntas diferentes, en la relación mujer, hijos, trabajo. Ciertamente, en su conjunto, los franceses tienen tendencia a aprobar que una mujer ejerza una actividad profesional; esto se halla ampliamente admitido en la medida en que le confiere a ella su independencia material; por otra parte, se considera que los padres son tan capaces como las madres de ocuparse de los hijos. Entre los jóvenes, cuya mirada interesa porque son portadores de los comportamientos del mañana, las opiniones a favor de la actividad femenina son aún más claras y las mismas aumentan con el nivel del título.

Lamentablemente las opiniones no se reflejan en los c omportamientos. A pesar de la muy elevada tasa de actividad profesional femenina, las desigualdades domésticas siguen siendo muy fuertes (Dumontier, Pan Ké Son, 2000). Los hombres dedican tres horas por día a tareas domésticas, las mujeres seis horas, y esta proporción que podría pensarse más equilibrada entre los jóvenes, si estos hicieran lo que dicen, varía muy poco según las generaciones. En cuanto a la generización de las tareas domésticas, no ha cambiado, para los hombres el bricolaje y el jardín, par a las mujeres el cuidado de la ropa y de los baños, las compras. Una investigación del INSEE realizada en 1999 muestra que los jóvenes pasan menos tiempo en tareas domésticas que los de más edad, pero sólo se trata en este caso de una fase del ciclo de vida: a esa edad, los jóvenes, solteros o en pareja, entregan el cuidado de la ropa a su familia de origen ; una vez instalados en la vida de pareja y con el nacimiento de los hijos, el nivel de obligación de las tareas aumentará. A partir de los 25 años, las jóvenes pasan más tiempo que los varones en las tareas domésticas, resultados que ilustran estadísticamente la demostración de Jean-Claude Kaufmann en la Trame conjugale (La trama conyugal) (1992).

280

Campo: activos dobles a tiempo completo. Un trabajo de tiempo completo es un trabajo de por lo menos 39 horas por semana, incluídas las horas que se le dedican en la casa. *El orden entre las tareas no se modificaría si se extendiera el campo al conjunto de parejas en las que el hombre está activ o en tiempo completo, y pudiendo la mujer también estar inactiva. Las polaridades se verían entonces más acentuadas. Fuente: Zarca, 1990, p. 30.

Trabajar

Cuadro 10. Reparto de las tareas en el seno de los hogares en los que ambos miembros son activos. Polo masculino, polo femenino, tareas negociables*

Campo: activos dobles a tiempo completo. Un trabajo de tiempo completo es un trabajo de por

281

Sociología de la Familia

En definitiva, si bien los jóvenes de ambos sexos rechazan la idea de la mujer en el hogar, las jóvenes consideran que la actividad económica es para ellas un modo de acceder a la independencia, mientras que para los varones jóvenes, su salario dependería mucho más de una participación en los ingresos hogareños . Las actitudes subyacentes muestran que los varones jóvenes tienen actitudes más conservadoras sobre la cuestión del reparto de los roles en el hogar. Y Jean- François Tchernia concluye: « aunque varios adhieren al modelo de la mujer independiente, y se sienten solidarios con las mujeres jóvenes, algunos de ellos parecen reticentes a abandonar las ventajas actuales dentro del reparto de las tareas domésticas» (2001, p. 127).

La confrontación del tiempo parental y del tiempo profesional

Partiendo del hecho comprobado de que las encuestas relativas al tiempo dedicado a los hijos quedaban diluidas dentro de las encuestas referidas al tiempo doméstico o al tiempo libre, un grupo de investigadores intentó delimitar la especificidad de las tareas que hacen a la crianza y a la educación de los hijos. En efecto, lavar o planchar la ropa siempre se puede dejar para mañana, pero no se puede hacer lo mismo con la comida de los hijos que parten para la escuela. Esta encuesta es innovadora en tanto lleva a denunciar el escándalo que significa el tratamiento idéntico desde un punto de vista estadístico de la ropa y de los platos sucios con el baño de los niños pequeños, la s upervisión de los deberes o el escuchar a los adolescentes. ¿Cómo se ordena el tiempo si se lo circunscribe a tres polos, el trabajo remunerado, el trabajo no remunerado y el no trabajo? Puede verse aquí, desvinculadas de su impronta marxista, la influenci a de las categorías puestas al día por las feministas en los años 1970 que hacían de lo doméstico un trabajo igual al trabajo profesional pero no remunerado. Ciertamente se sabía que la extensión de los tiempos masculinos y femeninos dedicada a lo doméstico no presentaba modificación alguna a partir de las primeras investigaciones realizadas a fines de los años 1980, 3 horas 30 para las mujeres y 1 hora 15 para los hombres. Se había señalado que la llegada de un hijo acentuaba fuertemente el reparto sexuado de los roles. Un hombre en pareja sin hijos dedica 2 horas 09 a las actividades domésticas; cuando está en pareja con dos hijos, no dedica más que 1 hora 30, y su compañera 6 horas 40 (Dumontier, Pan Ké Son, 2000). Pero cuando nos interesamos, ya no por l os tiempos de los individuos, sino por los tiempos de las familias, las desigualdades son más evidentes aún. La encuesta distingue cinco tiempos en la vida de las parejas, incluído el tiempo parental que es muy precisamente desglosado (Barrère- Maurisson, 2001, p. 24-25). El tiempo parental representa globalmente un trabajo de medio tiempo para un individuo; es de 19 horas 37 mn, es decir un medio tiempo en relación con la norma profesional. En el interior de las parejas, las diferencia s son muy importantes entre los padres y las madres, quienes están dos veces más presentes junto a sus hijos que los padres. Por otra parte, los padres se implican más en las actividades de sociabilidad que en cualquier otra tarea parental . La sobrecarga de tiempo es parental para las madres y profesional para los padres. El conjunto que

282

Trabajar

forman el tiempo profesional y el tiempo parental representa una carga más pesada para las madres que para los padres . Para aquellos que están activos y tienen un hijo a cargo, la suma de los dos tiempos, el profesional y el parental es equivalente , en forma semanal, a 62 horas para las madres y 54 horas 30 para los padres ; en el caso de una familia monoparental, se cuentan 59 horas para el jefe/la jefa de familia.

Los cinco tiempos de la vida de las parejas

El tiempo psicológico

El tiempo doméstico

dormir asearse comer

preparar las comidas, poner y levantar la mesa, lavar los platos hacer las compras lavar, planchar y guardar la ropa limpiar y acomodar la casa hacer jardinería hacer bricolaje, reparar, mantener la casa

El tiempo de trabajo profesional

El tiempo personal

tener o buscar un empleo realizar un perfeccionamiento o estudiar desplazarse entre el domicilio y el lugar de trabajo o estudios o perfeccionamiento

no hacer nada en particular mirar televisión entretenerse en casa (leer, escuchar música, recibir amigos, etc.) ejercer actividades de servicio voluntario o asociativas

El tiempo parental

el tiempo parental doméstico: comprende todas las actividades que consisten en ocuparse de los hijos, tales como vestirlos, asearlos, darles de comer; el tiempo parental «taxi »: llevarlos a la escuela o acompañarlos a actividades extraescolares, el tiempo parental escolar: ayudarlos a hacer los deberes; el tiempo de sociabilidad parental : jugar con ellos en la casa o afuera, dedicar tiempo a los adolescentes (conversar, mirar juntos un programa de televisión, etc.)

Fuente : Barrère-Maurisson, 2004, p. 23.

Cuando se incluye en este cálculo la totalidad de los tiempos profesional, psicológico, personal, doméstico y parental, las mujeres aparecen como perdedoras en todos los cuadros (Barrère-Maurisson, 2004). En el caso de los hombres activos en tiempo completo, el tiempo profesional es muy importante, pero se ve ampliamente compensado por un tiempo doméstico muy reducido, lo que le otorga un tiempo psicológico y personal consecuente. Las mujeres que ejercen una

283

Sociología de la Familia

actividad de tiempo completo acumulan tiempos profesionales y parentales en detrimento de su tiempo personal; por fin, aquellas que trabajan a tiempo parcial, si bien dedican por definición menos tiempo a su empleo, deb en asumir solas tiempo parental y doméstico. Siguiendo una lógica de clasificación de los tiempos que compara, para los hombres y para las mujeres, por jornada de 24 horas, los tiempos consagrados al trabajo remunerado, al trabajo no remunerado y al no trabajo (tiempo psicológico del descanso, ocio), las mujeres aparecen como trabaja ndo

siempre más que los hombres: las primeras, 11 horas por día, ( de las cuales 4 horas

  • 20 corresponden al tiempo profesional, 4 horas 30 al tiempo doméstico y 2 horas

  • 10 al tiempo parental): les quedan 13 horas para lo extra-laboral. Los hombres, por

su parte, efectúan menos de 10 horas (de las cuales 6 horas 30 son para el trabajo profesional, 2 horas 10 para el tiempo doméstico y 1 hora para el tiempo parental) y les quedan 14 horas para lo extra-laboral. «Los nuevos padres han desaparecido», titulaba el diario Le Monde del 27 de mayo de 2000. ¿Existieron alguna vez? La investigación concluye con mucha justeza que para pensar en la paridad profesional entre hombres y mujeres hay que pensar al mismo tiempo en la paridad parental y doméstica (Barrère-Maurisson, 2003). A principios del siglo XXI, se multiplican de este modo las investigaciones en sociología del trabajo que atraviesan la cuestión familiar, la cuestión de los hijos y el trabajo de las mujeres y toman en cuenta el alcance de los avances y de las trabas que hacen al lugar de las mujeres en el trabajo 98 , lo que vuelve cada vez a demostrar el « cúmulo femenino de las desventajas adquiridas», de acuerdo con la expresión de Michel Verret (1997). Lugares de trabajo y vida de familia han estado asociados durant e mucho tiempo en un mismo espacio que la industrialización ha disociado. Actualmente, la

separación física no implica necesariamente una disociación de las esferas profesional y privada. Una extensa encuesta (Familias y empleadores 2004-2005, realizada por el INED) señala que el desarrollo del equipamiento informático, la difusión de la computadora portátil y de Internet, hacen a veces entrar al trabajo en el domicilio. Las fronteras entre vida profesional y familiar se vuelven más difusas, y la presencia mental del trabajo en la casa no siempre es bien vivida, tanto moral como físicamente (Pailhé y Solaz, 2009, p. 467-468).

Hombres y mujeres en el trabajo 99

El incremento del trabajo femenino

En lo que hace al empleo femenino, el inventario no ha cambiado en absoluto en veinte años. Tal vez ciertas diferencias en los sectores laborales, en los salarios, en los empleos de tiempo parcial o completo , en las tasas de desempleo, en la organización del trabajo. Frente a la desindustrialización de los países occidentales,

!

  • 98 Trabajos realizados por el grupo MAGE, Mercado de trabajo y género, que luego se abrió a una dimensión internacional, bajo la dirección de Jacqueline Laufer, Catherine Marry y Margaret Maruani (cf. Bibliografía).

  • 99 Sobre este tema, ver el capítulo 3, p. 105 -152, de Christine Guionnet, Erik Neveu (2004), y también Margaret Maruani (2000), y los notables anexos estadísticos en Maruani, 2005.

284

Trabajar

los políticos se jactan del desarrollo de los «empleos a proximidad», que serán una externalización mercantil de los trabajos de la esfera doméstica. (Se les adjudicará así un estatus a las asistentes maternas). La tercerización de las economías se ha visto acompañada por la expansión de empleos precarios y poco remunerados que conciernen prioritariamente a las mujeres. El «incremento» de la actividad femenina a la que hoy en día se hace referencia corresponde de hecho a una mutación de ntro del campo laboral. Los Treinta Gloriosos, se sabe, crearon numerosos empleos en el sector terciario, y las mujeres cuyo nivel de educación no ha cesado de crecer se precipitaron dentro de este mercado en expansión. Se observa que la desaceleración eco nómica no frena el desarrollo del empleo femenino que alcanza a todas las mujeres , es decir incluso a las mujeres jóvenes que son madres de hijos de corta edad. En 2005, la parte correspondiente a las mujeres dentro de la población activa es de 46,2%. Ciertamente son ellas las primeras afectadas por el desempleo, el trabajo de tiempo parcial (5% de los hombres trabajan a tiempo parcial, 30% de las mujeres) o incluso las actividades precarias, indicios de la persistencia de considerables desigualdades en lo que respecta al mercado laboral. Sin embargo las generaciones más jóvenes no se desalientan y el desarrollo de la precariedad se ve acompañado de un crecimiento en la demanda de actividad (cuadro 11). Como ha sido señalado, la estadística se ha visto oblig ada a modificar las categorías socioprofesionales con ayuda de las cuales podía comprender la sociología familiar, incorporando a la misma la actividad profesional de la mujer. Las familias se encuentran así clasificadas según el vínculo colectivo que mant ienen con la actividad profesional. En lo que se refiere a las mujeres, en este caso aún, el reconocimiento de las evidencias ha forzado a los encuestadores a introducir una variable sexuada en sus análisis . Por ejemplo, una encuesta sobre el lugar de las mujeres en la investigación privada requirió trabajos específicos de varios organismos de investigación, que se vieron obligados a extraer sus cifras según el sexo (Dirección de Evaluación y de Prospectiva del Ministerio de la Juventud, de Educación Nacional y de Investigación, Consejo Nacional de Ingenieros y Científicos de Francia) 100 . Si las mujeres trabajan, ¿quién es el «jefe» del hogar? ¿Hay uno ? Los prejuicios normativos subsisten entre ciertos estadísticos: Annie Bouquet (2003, p. 289) relata en forma humorística la manera en la que estos, pretendiendo deconstruir esta categoría «los hogares ya no tendrán ningún jefe» , han establecido criterios que designan sin embargo automáticamente al hombre en esta posición.

!

100 Livre Blanc 2004, Les mujeres en la investigación privada en Francia, Ministerio Delegado de Investigaciones y Nuevas Tecnologías, Misión para la paridad en la investigación y la enseñanza superior , marzo de 2004, p. 5. www.recherche.gouv.fr/ parite. Nota de la Traductora: Un Libro Blanco es una recopilación de información para un público específico, encargada en general por un ministerio, a fin de que pueda tomar una decisión sobre un tema en particular

285

Sociología de la Familia

Cuadro 11. Tasas de actividad de la s mujeres de 25 a 49 años según la cantidad de hijos menores 16 años entre 1962 y 2002 (en porcentaje)

 

Sin

Con

Con

Con

Con cónyuge

En

cónyuge

cónyuge

cónyuge

cónyuge

3 hijos y más

conjunto

sin hijo

1 hijo

2 hijos

 

67,5

  • 1962 42,5

55,7

 

26,1

15,9

41,5

 

71,8

  • 1968 46,8

57,3

 

30,3

17,8

44,4

 

78,2

63,5

  • 1975 59,4

 

42,8

23,2

53,9

 

83,0

  • 1982 70,1

71,9

 

59,4

31,6

65,2

 

87,6

82,6

  • 1990 79,7

 

74,5

44,5

76,1

 

86,4

  • 1999 84,0

83,2

 

77,3

55,4

81,6

1999*

87,9

86,9

84,4

74,4

51,6

80,4

2002*

87,1

87,6

86,3

76,5

52,8

81,3

Extraído de : Maruani, 2005, p. 446. Fuente: Censos de la población de 1962 a 1999, y encuestas Empleo 1999 y 2002, INSEE.

El incremento del trabajo femenino es continuo, ya que en 2003, la tasa de empleo de las mujeres de 25 a 49 años que son las más activas dentro del ámbito de la maternidad, de la crianza de los hijos, de la supervisión y del entorno de los adolescentes, es de 80,7%. A lo largo de un período de treinta años, el empleo femenino ha aumentado constantemente en todas las edades (salvo 15-24 años debido al alargamiento de los estudios) y esto a pesar de medidas incitativas para que las mujeres vuelvan a la casa (APE) (Subsidio parental de educación) (Strobel, 2004, p. 61) mientras que el empleo masculino, por su parte, ha disminuído. Al mismo tiempo, el número de mujeres que trabajan a tiempo parcial es muy superior al de los hombres, y la tasa de desempleo femenino es superior al de los hombres, sobre todo cuando la s mujeres no están en pareja y están criando a un hijo. La tasa de actividad de las mujeres varía por lo tanto de acuerdo con el nivel del título y es m ás elevada cuanto más elevado es el título; un segundo factor está referido a la cantida d de hijos, teniendo lugar la «desvinculación» en el momento del tercer hijo. Todo esto es absolutamente relativo: en efecto, la tasa de actividad de las mujeres con cónyuge y con tres hijos es aún de 52,8% en 2002 (cuadro 11). Incluso si está en vías de convertirse en una norma regular de la sociedad, porque hoy en día hay más parejas en las que ambos esposos tienen una actividad profesional que parejas en las que sólo uno de ellos tiene empleo, no es menos cierto que el salario femenino posee esta especificidad de ser, en último término, opcional. Nunca habrá de pensarse que un hombre tiene la elección de dejar de trabajar.

El empleo femenino en Europa ha seguido las mismas evoluciones con las especificidades propias de cada país . Puestas en marcha más tardías, diferencias en la tasa de empleo a tiempo parcial o a tiempo completo. Así en 1987, las tasas de actividad de las mujeres españolas eran sólo de 43% contra 72% para las de Francia; en 2002, son respectivamente de 67 y de 80%. La tasa de empleo a tiempo parcial es muy baja en Grecia, mucho más elevada en Alemania y en el Reino Unido (cuadros 12, 13 y 14).

286

Trabajar

Cuadro 12. Actividad, empleo y desempleo según el estatus matrimonial y la cantidad de hijos en 2003 (en porcentaje)

 

Tasa de

actividad

 

De la cual

 

A tiempo

A tiempo

Sin empleo

parcial

completo

M

H

M

H

M

H

M

H

 

75,1

92,2

46,5

84

21,8

3,1

6,9

5,2

En pareja sin hijos

74,0

86,1

51,2

76,9

16,2

3,7

6,6

5,5

1 hijo menor de

80,2

97,1

57,0

90,1

13,5

1,8

9,8

5,3

3

años

2 hijos de los cuales al menos 1 es menor de

58,3

96,7

27,6

88,0

24,1

3,1

6,5

5,6

3

años

3 hijos o +, de los cuales al menos 1 es menor de

36,3

95,6

12,7

83,5

17,9

3,7

5,8

8,5

3

años

1 hijos de 3 años o +

79,9

92,4

52,2

83,9

21,2

3,6

6,5

4,9

2 hijos de 3 años o +

83,5

96,1

48,4

90,0

28,8

2,4

6,3

3,8

3 hijos o + de 3 años o +

68,1

94,8

31,0

86,0

28,9

2,4

8,2

6,5

Sin pareja

52,9

59,1

34,0

44,9

10,5

4,5

8,4

9,8

 

45,5

58,2

29,7

43,9

8,7

4,5

7,1

9,8

sin hijo 1 hijo o +

81,7

88,8

50,7

76,0

17,3

4,8

13,7

8,0

En

67,1

79,2

42,0

68,6

17,7

3,6

7,4

7,0

conjunto

Lectura: en 2003, 74,0% de las mujeres que viven en pareja sin h ijo son activas: 51,2% trabajan a tiempo completo, 16,2% a tiempo parcial y 6,6% están desempleadas. Campo: Francia metropolitana, personas de 15 a 59 años de edad. Fuente: INSEE, encuesta «Empleo» 2003, e INSEE, «Miradas sobre la paridad », 2004.

287

Sociología de la Familia

Cuadro 13. Tasa de actividad de las mujeres de 25 años a 49 años Unión Europea, 1983- 2002 (en porcentaje)

   

1983

1987

1991

1994

1996

2000

2002

 

Europa

de

61

66

69

los12

Europa

de

71

74

75

los 15

Alemania

58

62

68

75

75

75

79

Austria

76

79

81

Bélgica

59

64

68

72

73

78

75

Dinamarca

86

88

89

84

84

85

85

España

43

51

58

60

66

67

Finlandia

83

85

86

Francia

68

72

75

78

79

80

80

Grecia

45

51

52

57

60

65

67

Irlanda

38

43

49

56

60

68

70

Italia

48

53

57

56

58

61

64

Luxemburgo

45

51

55

59

59

68

69

Países Bajos

45

56

62

68

70

76

78

Portugal

66

74

76

78

80

80

Reino Unido

63

69

74

75

75

77

77

Suecia

87

85

86

Extraído de: Maruani, 2005, p. 462. Fuente: encuestas sobre las fuerzas de trabajo, tratamiento Eurostat.

 
 

Cuadro 14. Empleo a tiempo parcial, Europa de los 15, 2002

 
 

En % de empleo total

 

En % de empleo femenino

En % de empleo masculino

 
 

Europa de los 15

 

18

 

34

 

7

     

19

 

38

 

6

 

Bélgica Dinamarca

   

21

 

31

 

11

Alemania

   

21

 

40

 

6

 

Grecia

 

5

 

8

 

2

 

España

 

8

 

17

 

3

 

Francia

 

16

 

30

 

5

 

Irlanda

 

17

 

31

 

7

 

Italia

 

9

 

17

 

4

 

Luxemburgo

   

12

 

26

 

2

 

Países Bajos

   

44

 

73

 

2

Austria

   

19

 

36

 

5

 

Portugal

 

11

 

16

 

7

 

Finlandia

 

12

 

17

 

8

 

Suecia

 

21

 

33

 

11

 

Reino Unido

   

25

 

44

 

9

Extraído de: Maruani, 2005, p. 463. Fuente: encuestas sobre las fuerzas de trabajo, 2002, Eurostat.

288

El trabajo de las familias inmigradas

Trabajar

Las dificultades que encuentran las mujeres en el mercado laboral pueden verse con lupa aumentada en el empleo inmigrado. El trabajo inmigrado aparece generalmente en las estadísticas como los empleos más dominados, con los más bajos salarios y en los oficios más repulsivos . Si bien no existen «oficios étnicos» (Wenden, 2003), varios factores se conjugan sin embargo para cerrar el empleo a los inmigrantes: segmentación del mercado laboral, no-equivalencia de los títulos, discriminación racial. Además del rechazo de la mano de obra nacional para ocupar oficios juzgados demasiado penosos o poco valorizados, como los de la construcción, la restauración, la confección, los empleos en las casas ofrecen nichos en los cuales se precipitan los inmigrantes más recientes. Sin embargo, los jóvenes de origen inmigrado adoptan en este caso comportamientos franceses de rechazo para estos oficios, lo que explica que, a pesar de un desempleo que alcanza al 10% de la población activa, varios cientos de miles de empleos no encuentran postulantes. Por el lado de las mujeres, en ciertos países, el empleo femenino explica la presencia en el mercado laboral a partir de los años 1960 de portuguesas y españolas. En cambio, en las familias origi narias del Maghreb, y de confesión musulmana, las reticencias del esposo impiden acceder a las mujeres a un empleo. Desde hace algunos años, se abren empleos en el sector de limpieza de las empresas: las mujeres inmigradas encarnan la figura del trabajador pobre (Guénif- Souilamas, 2005). Pueden encontrarse también a estas mujeres en el servicio directo particular, en el cuidado de personas mayores. La niñera del siglo XIX renace con los rasgos de la «nounou» la nana africana o asiática que se ocupa de los hijos de las mujeres ejecutivas. Además la discriminación étnica en el momento de la contratación penaliza particularmente a los jóvenes con título, y entre ellos, a las mujeres jóvenes.

Cómo piensa la empresa el trabajo femenino

Entre 1968 y 1975, el 83% de las creaciones de empleos asalariados tuvieron lugar dentro de los sectores terciarios de los cuales una amplia parte correspondía al sector público y parapúblico. El 60% del crecimiento del empleo asalariado en el sector terciario se apoya en la mano de obra femenina (Bouillaguet-Bernard, Germes, 1981). Podría haberse esperado que las mujeres empleadas encontraran en el empleo un escalón para alcanzar una paridad con los hombres. Ahora bien, en el mundo de la empresa, las mujeres han sido excluidas de los aspectos de producción dominantes y de las estructuras de autoridad legítima de las organizaciones. Son relegadas muy frecuentemente a sectores sin perspectiva de promoción, lo que legitima los bajos salarios o el desnivel de los mismos, consolidando la idea de que su trabajo sólo aporta un salario complementario en el hogar.

En un estudio pionero referido a un sector en el que hombres y muje res comienzan en el mismo nivel y con los mismos títulos, Françoise Bat tagliola (1984) revelaba cómo « una política de gestión del personal, un conjunto de reglas informales y las estrategias de los agentes se ponen en marcha y reproducen la

289

Sociología de la Familia

división sexual del trabajo en el marco de la producción. La división técnica del trabajo que tiende a enmascarar, a través de su racionalidad la división sexual, la recorta de hecho en forma prácticamente total» (p. 63). La autora realizó el seguimiento de las carreras de empleados de ambos sexos en la Seguridad Social: si bien este organismo público emplea a un hombre de cada di ez mujeres, éstas últimas son sin embargo relegadas a tareas de ejecución, mientras que, si se sigue su recorrido a lo largo de diez años, los hombres han sido promovidos al rango de ejecutivos. Evidentemente, en el plano formal, las modalidades de ascenso de los hombres y de las mujeres son idénticos, combinando la antigüedad y el puntaje atribuido según el criterio de los jefes de servicio, pero las reglas informales inscriben en la institución la jerarquía de los sexos. La ideología vehiculizada en todos los niveles de la institución refleja que los puestos monótonos (validación y recuento de los legajos de los asegurados, etc , muchos de los cuales tienen todavía un tratamiento manual en el momento de la investigación ) no son trabajos de hombre, mientras que las mujeres se contentan con ellos: es la imagen de un eterno femenino con los dedos ocupados, desde la pequeña pastora que teje, pasando por la obrera esclavizada en su máquina de coser en el siglo XIX hasta la se cretaria con dedos de hada, hoy en día atada a su trabajo con la computadora. La ideología respecto de las mujeres, que serían pasivas, adaptables y que sólo buscarían una ocupación remunerada que les deje bastante tiempo para ocuparse de su familia, autoriza por lo tanto a confinarlas en puestos con los salarios más bajos, y que son considerados como salarios complementarios . Françoise Battagliola resume bien la perversidad del sistema que permite la reproducción de la dominación masculina en la esfera de un trabajo asalariado a pesar de hacer alarde de reglas oficiales democráticas e igualitarias: «la posición familiar de las mujeres parece por lo tanto constituir, en gran parte, una coartada para su posición profesional, así como la de los hombres justifi ca que sean promovidos» (p. 67). El argumento de la carga familiar objetivado por medidas sociales reservadas a las madres de familia no es más que una coartada para impedir su promoción y mantenerlas en puestos rep etitivos de ejecución. Y en forma circular, los hombres promovidos podrán invertir mucho más en su trabajo, quedando dispensados del hacerse cargo de las tareas familiares, mientras que las mujeres entrarán en la lógica del salario complementario y continuarán trabajando más por el placer del contacto social con sus colegas que por el interés que el trabajo en sí les presenta. La ósmosis entre trabajo profesional y trabajo doméstico, en cada una de ambas esferas, es característico del universo profesional femenino . En efecto, ciertos trabajos revelan que las mujeres atraviesan estos dos ámbitos sin aplicar en ellos las mismas separaciones que los hombres. Una original investigación referida a «los pequeños beneficios del trabajo asalariado» (Bozon, Lemel, 1990) se interesa por las prácticas no pr ofesionales durante el tiempo de trabajo y en esos espacios:

discusiones, actividades de la pausa del mediodía, sociabilidad del trabajo, etc. Diferentes comportamientos distinguen a los hombres de las mujeres, modulados ciertamente según la naturaleza de los empleos ocupados, pero lo suficientemente comunes para que pueda hablarse de una cultura femenina del trabajo . «La identidad de las mujeres dentro del universo profesional está lejos de reposar únicamente en su actividad profesional» (p. 103). Los temas abordados en las conversaciones por los hombres y por las mujeres son muy diferentes, y es claro

290

Trabajar

que las cuestiones de lo doméstico, se trate ya de la cocina o de todo lo que rodea a los hijos, son mucho más frecuentemente mencionadas por las mujeres que por los hombres. «La identidad de las mujeres en el trabajo no puede construirse sin integrar la existencia de una responsabilidad específica, permanente y problemática. Por el contrario son raros los hombres que otorgan en las conversaciones de trabajo un lugar notable a los problemas familiares y domésticos : esta abstención, particularmente rotunda entre los ejecutivos, ilustra perfectamente la poca presión de las exigencias domésticas en la vida profesional de los hombres » (p. 107-108). Por otra parte, los autores señalan que las mujeres, mucho más frecuentemente que los hombres, festejan en su lugar de trabajo los eventos familiares, nacimientos, casamientos, cumpleaños (p. 123). Es justamente la fuerza de ese ámbito de trabajo, específicamente femenino , lo que explica el apego de las mujeres a su situación de empleada. Cuando ellas evocan la « apertura» al exterior que obtienen de esto (en oposición al «encierro doméstico»), incluso en aquellas situaciones profesionales poco valoradas y poco pagadas, lo hacen en referencia a un ámbito femenino en donde comentan juntas las dificultades familiares (que pueden estar causadas por ese mismo empleo ¡paradójicamente! ). Además las preocupaciones domésticas son compartidas por todas las mujeres, sea cual fuere su nivel de responsabilidad, y crean una especie de «lenguaje común». Si lo doméstico invade así el trabajo, a la inversa, el mundo del trabajo femenino invade también lo doméstico. Las mujeres hablan a sus hijos de su trabajo, tanto de los aspectos técnicos como de las relaciones humanas que se ponen en juego allí. Ellas utilizan las «obras sociales » en beneficio de los entretenimientos familiares, presentando los hijos a los colegas, trayendo al hogar buena información, también recetas. Pareciera ser que la sociabilidad del lavadero, ese lugar estigmatizado como la cuna de los chismes para los observadores, fuera substituida por la sociabilidad de la oficina . Las mujeres inaugurarían una nueva manera de vivir el salariado. Desde hace algunos años, ciertas empresas, que reciben el nombre de «family friendly», manifiestan su deseo de facilitar la conciliación trabajo -familia. Rejuveneciendo el paternalismo de los pri meros capitanes de la industria, sus motivaciones son de orden económico y apuntan a garantizar una estabilidad de la mano de obra y a luchar contra el ausentismo : es lo que muestra el análisis de la encuesta INED «Familias y empleadores 2004-2005». Algunas empresas han firmado incluso en 2008 una Carta de parentalidad (no coercitiva) mediante la cual se comprometen a crear un entorno favorable para los asalariados -padres y para las mujeres embarazadas (Pailhé y Solaz, 2009, p. 478-479), modestos avances que empiezan a ir en el mismo sentido de las políticas públicas .

Mujeres, madres y ejecutivas

Las disparidades observadas en el mundo del empleo del sector terciario ¿se observan también cuando seguimos los pasos de las mujeres con títulos iguales a los de los hombres? Su penetración en el mundo de los ejecutivos ha sido lenta (Laufer, 1984). Ocuparon durante mucho tiempo diferentes puestos, fundados en la utilización de cualidades supuestamente femeninas , reproduciendo la empresa la división de roles, tal como sucede en el mundo del empleo en general.

291

Sociología de la Familia

Existen varios modelos de mujeres ejecutivas. En su gran mayoría eligen empleos que pueden adaptarse a su rol de madre, lo que excluye las posiciones que implican riesgos, con horarios demasiado pesados y co n numerosos desplazamientos. Otras se apoyarán en su diferencia y explotarán sus cualidades femeninas: puede vérselas trabajando en los sectores de las grandes tiendas, de los medios de comunicación, del marketing, en la industria de productos de belleza. Estas mujeres son las que sueñan con una pareja ideal y atraviesan una crisis a la edad de 35 años cuando se dan cuenta de que su tiempo de fecundidad tiene los días contados. Sin embargo, luego de estos primeros análisis, en todos los sectores, la feminización en los puestos ejecutivos se ha intensificado, en tanto la s mujeres constituyen ya el 53% de los profesores y las profesiones científicas, el 35% de las profesiones liberales, y el 33% de los ejecutivos administrativos y comerciales de empresa, pero sólo el 13% de los ingenieros y ejecutivos técnicos de empresa. Esta penetración hacia arriba ha incitado a los investigadores a estudiar los éxitos y los fracasos de estas evoluciones, sin descuidar la observación de los efectos en el seno de la empresa de la relativa feminización de los puestos ejecutivos. Siguen existiendo flagrantes desigualdades en materia de salarios y de carreras, sin hablar incluso del hecho de que son rarísimas las mujeres en el más alto nivel del organigrama (Laufer, Fouquet, 2001, p. 249). A nivel europeo, Noruega y Suecia son las que cuentan con más mujeres que ocupan puestos de dirección: más de 15% contra 7% en Francia y 2% en Italia 101 . Las mujeres ejecutivas pertenecen muy a menudo a parejas bi-activas. De igual modo que para las empleadas, el nacimiento de los hijos tiene efectos sobre sus carreras, inversos a los de los hombres: «Para los hombres ingenieros, todos los indicios de realización profesional (salarios, responsabilidades jerárquicas) se incrementan con el tamaño de su descendencia al mismo tiempo que aumenta su tiempo de trabajo. El hombre con familia a cargo incrementa su compromiso en lo profesional ya que su rol de «buen padre», de «buen esposo » se confunde con la intensidad de este compromiso, contrariamente a l o que sucede con las mujeres del mismo nivel. Por el lado de las mujeres en cambio, la relación entre situación profesional y cargas familiares es globalmente negativa » (Laufer, 2001, p. 244). El «costo de la vida conyugal» engendra siempre los mismos efec tos diferentes según el sexo. Estar casada penaliza a las mujeres, favorece a los hombres . Esta situación revelada a partir de 1987 por François de Singly fue ocultada debido al constante incremento del trabajo femenino (2003, p. 204). Pero más mujeres en el trabajo no significa en absoluto más salario y más promoción. La movilidad en el seno de las grandes empresas, que implica una considerable cantidad de desplazamientos dentro de Europa o en el espacio internacional constituye un freno suplementario para la carrera de las mujeres que no «pueden» ausentarse demasiado tiempo de sus hogares. Porque pesa todavía y siempre sobre ellas la sospecha de ser «malas madres» que sacrifican el bienestar de sus hijos por sus carreras. En los sectores masculinos de empl eo en los que las mujeres penetran lentamente, como el oficio de ingeniero, es aún la primacía de la carrera del marido la que fija la regla (Marry, 2004). Si se comparan las cifras con 40 años de intervalo,

!

  • 101 Fuente : Ethical Investment Research Service, The Economist.

292

Trabajar

son más numerosas las mujeres que son madres y están activas (78%); además, entre la pequeña elite femenina de las politécnicas, la tasa de fecundidad es superior a la de las mujeres activas en general, lo que está vinculado con el origen social (burguesía católica) y con una fuerte endogamia. Estas muj eres ingenieras dan todas cuenta de que se han visto beneficiadas no sólo con el apoyo de sus padres sino también con el de su marido, muy a menudo ingeniero y también ejecutivo. Y sin embargo, en el caso de los ingenieros, puede observarse también que son los «padres los que ganan» (Marry, Gadéa, 2000). Ya sea que estén solas o en pareja, con igual título, las mujeres acceden menos frecuentemente a funciones dirigentes. Para explicar este estado de hecho, ¿hay que contentarse con la única explicación de las limitaciones familiares? Observemos que, en estas familias bien dotadas, el trabajo doméstico es delegado a empleados de la casa, pero las mujeres rechazan en general el modelo masculino de devoción total a la empresa, y valoran la maternidad así como las exigencias y las felicidades que surgen de ella. La ayuda mutua en el seno de la pareja es significativa, pero « estas evoluciones de los compromisos conyugales hacia una mayor igualdad chocan con los tabúes sociales tales como el de una dedicación doméstica demasiado pronunciada para los hombres o la superioridad profesional (y sobre todo financiera) de la muj er en la pareja y en la empresa » (Marry, 2004, p. 252). Más allá de las cuestiones puntuales de la conciliación de las tareas, hay que convocar un conjunto más amplio de representaciones formadas en el núcleo de la empresa y de la sociedad en general sobre la virilidad, y « buscar explicaciones en otra parte: en los modos de organización del trabajo, de gestión de las carreras, de sociabilidad dentro y fuera de la empresa, etc.» (Laufer, 2003, p. 15). Otro ejemplo de las disparidades está dado por un estudio dedicado a las mujeres en la investigación privada en Francia 102 . Esas empresas emplean a 200.000 personas de las cuales s ólo 23,7% son mujeres, y la estructura jerárquica les es siempre desfavorable se trate ya de llegar a los órganos de dirección o en materia de salario. Las investigadoras se ven aquí confrontadas, como las otras mujeres c on título, a lo que llaman el «techo de cristal», ese invisible obstáculo para acceder a los puestos de responsabilidad profesional que nunca podrán atravesar. Porque tanto aquí como en el sector del empleo, el discurso público es el de la igualdad. En el nivel global de la investigación, sea ya pública o privada, la participación de las mujeres es siempre inferior a la de los hombres, y mucho más aún en el área privada que en la pública (20,5% en empresa, 31,3% en la investigación pública); la discriminación se marca en la categoría del personal denominado de apoyo, ingenieros o técnicos que trabajan con un investigador pero que no tienen la responsabilidad del proyecto. La disparidad es muy marcada en las ramas de la investigación, con una tasa de mujeres investigadoras (todas las categorías incluídas) de 54% en farmacia, contra sólo 10% en la construcción eléctrica. Lo que algunos denominan la «disminución» de la cantera potencial de las mujeres con título respecto del empleo (por ejemplo, 45% de los bachilleres de las series científicas son mujeres jóvenes, pero s ólo 25% de entre ellas se lanzarán a

!

102 Livre Blanc 2004, Les mujeres en la investigación privada en Francia, Ministerio Delegado de Investigaciones y Nuevas Tecnologías, Misión para la paridad en la investigación y l a enseñanza superior, marzo de 2004, p. 9. www.recherche.gouv.fr/ parite.

293

Sociología de la Familia

carreras de investigación) debe ser atribuída a esta ósmosis femenina entre vida profesional, vida conyugal y vida familiar. Es siempre lícito en efecto para una mujer con título hacer una pausa en su carrera con el fin de reorientarse. Y el futuro no es alentador. Debido a las condiciones del mercado laboral, el modelo masculino de organización del trabajo se impone con una creciente competencia, que se manifiesta en el alargamiento de los horarios cotidianos de trabajo , una disponibilidad de tiempo totalmente entregada a la empresa incluídos los fines de semana. En estas condiciones, la emer gencia de las mujeres en los puestos de responsabilidad, a pesar de su muy alta calificación profesional, no podrá llevarse a cabo en forma significativa. El trabajo femenino sigue siendo siempre la variable de ajuste dentro de la pareja. Son estas « normas» las que son internalizadas y las que hacen que por el momento la paridad en el trabajo sea imposible.

Conciliar vida familiar y vida profesional

El trabajo de la madre y el cuidado de los hijos

Los discursos relativos al trabajo asalariado de las madres han evolucionado considerablemente a partir de los años 1970. Puesto que esta cuestión plantea la del bienestar del hijo, los psicólogos no han dejado de dar su opinión, del mismo modo que participan en el año 2005 en los encendidos debates referidos a una posible doble residencia para los hijos de parejas separadas . Hasta los años 1980, los psicólogos juzgaron negativamente el t rabajo de las madres, posición de la que los poderes públicos se hicieron eco , mientras que por su parte la sociología se contentaba con denunciar la insuficiencia de las instituciones colectivas. En efecto, en los primeros tiempos de la infancia (hasta el segundo año), el entorno familiar y los modos institucionalizados se reparten la guarda y los cuidados del niño. Se hablaba todavía de «elección » entre trabajar profesionalmente y criar a los hijos . Las presiones eran entonces fuertes por parte de una sociedad «maternante» en la cual « la valoración excesiva de la maternidad se convertía en la herramienta más poderosa de la explotación de las mujeres, mientras que el entorno ejercía una presión solapada para culpabilizarlas » (Coutrot, 1980, p. 10-12). A partir de comienzos de los años 1990, estos debates parecen caducos y ya no hay más alternativa. El 86% de las mujeres de 25 a 49 años con un hijo trabajan, el 76,5 con dos hijos. Tres principales acontecimientos marcaron la primera infancia desde comienzos de los años 1960: los continuos progresos en materia de salud infantil que erradicaron prácticamente de nuestro paisaje social y mental la enfermedad y la muerte del niño pequeño; el desarrollo de la actividad profesional femenina, y por último y sobre todo «la oportunidad que se dejó pasar» de los modos de cuidado de los hijos fuera del ámbito familiar (Norvez, 1990). Hoy en día parece más difícil encontrar a alguien que pueda cuidar a los hijos que antiguamente conservarles la vida. Mientras que todo contribuye a mantener y reforzar la parte de la actividad

294

Trabajar

Si Moulinex liberó a la mujer con su robot hogareño, un ingeniero aeronáutico, McLaren, liberó a la madre al inventar el cochecito plegable, que le permite circular en los transportes junto con su hijo.

Trabajar Si Moulinex liberó a la mujer con su robot hogareño, un ingeniero aeronáutico, McLaren, liberó

femenina, los lugares en donde el niño pequeño «pequeña persona completa en camino hacia su autonomía » debe aprender a dominar y a utilizar su cuerpo, entrar en el mundo social, aprender el lengu aje y los códigos, no se desarrollan con el suficiente ritmo. ¡Curiosa sociedad la nuestra que ha conseguido las más extraordinarias hazañas médicas, en materia de salud de la madre y del hijo, que permite traer al mundo niños deseados, a veces con ayuda de proezas de la ingeniería genética y que se niega a poner en funcionamiento los modos de cuidado necesarios! Y sin embargo, a nivel europeo, el apoyo público del Estado francés para las jóvenes madres trabajadoras aparece muy desarrollado en relación con otros países (cf. capítulo 12). En el año 2000, mientras que la tasa de actividad femenina se eleva a 80% la más elevada de Europa , la escasez de vacantes es siempre igual de contundente (son sólo recibidos alrededor del 10% de los niños menores de tres años) que hace 20 años (Fagnani, 2004). Hasta ese momento el desarrollo de las guarderías era alentado y los discursos públicos se jactaban de un medio de socialización colectiva benéfico para la personalidad del niño. Luego, las políticas públicas prefirieron concentrar sus esfuerzos en los modos de cuidado individuales subvencionados (asistentes maternas y empleadas a domicilio), con el pretexto del principio de la «libre elección del modo de cuidado». Estas nuevas disposiciones buscaban tanto disminuir los costos de las estructuras colectivas como alentar a las familias a desarrollar empleos. Entre los hogares con por lo menos un hijo menor de seis años, 41% en 1999 recurrieron a una ayuda paga para cuidarlo contra sólo 32% en 1996. La asistente materna se convirtió en el principal modo de cuidado d e los hijos no escolarizados cuyos dos padres trabajan. En el caso de las parejas con gran compromiso profesional, el cuidado del hijo a domicilio representa una fórmula más costosa, pero conveniente para las largas franjas horarias de los padres. Pero su costo hace que se convierta en una categoría limitada a los que tienen muy elevados ingresos: sólo 51.000 padres la utilizan en 2003. Una investigación realizada por el CREDOC (Centre de Recherche pour l'Étude et l'Observation des Conditions de Vie/ Centro de Investigación para el

295

Sociología de la Familia

Estudio y la Observación de las Condiciones de Vida ) en 1997 referida a las preferencias sobre los modos de cuidar a los hijos pequeños muestra que se consideró que la niñera diplomada conformaba la situación más satisfactoria (32%), en segundo lugar la guardería colectiva (27%) y luego los abuelos (24%). En el plano social, los partidarios de las guarderías y del cuidado a domicilio se encuentran proporcionalmente más presentes entre los ejecutivos superiores y aquellos con títulos avanzados, mientras que los obreros, los empleados y las clases de ingresos medios optan por la asistente materna (Damon, 2002). ¡Espectacular vuelco cuando se conoce el estigma que pesaba, en los años 1960, sobre las guarderías! La oferta sigue si endo muy dispar según las ciudade s y las regiones. De este modo el hecho de recurrir a los abuelos que involucra a una de cada diez personas aunque las opiniones demuestran que el deseo de esta forma de cuidado de los hijos se halla en retroceso puede verse sobre todo en las pequeñas aglomeraciones en donde la oferta de servicios es muy escasa. La encuesta del CREDOC distingue tres tipos de modos de acogida, comparando el costo, las ventajas/críticas; la satisfacción:

la niñera diplomada y los abuelos están a la cabeza; las guarderías colectivas son apreciadas por sus bajos costos pero consideradas muy rígidas (horarios) y a veces superpobladas; por otra parte la cantidad de vacantes se considera muy insuficiente ; del mismo modo, las cuidadoras a domicilio no son lo suficientemente numerosas; por último la niñera no diplomada aparece como el modo más cuestionado (Damon, 2002, p. 40-41).

296

¿Quién cuida a los niños?

Los niños menores de tres años

Sobre 2,21 millones de niños menores de tres años:

250.000 están escolarizados; 960.000 son cuidados por uno de sus padres de los cuales 548 .000 por un padre beneficiado con un APE. Para los otros, es decir 1 .009.000 niños cuyos padres trabajan:

201.900 están en guarderías, es decir 9 % de la totalidad de los niños menores de tres años; 430.000 son cuidados por una asistente materna; 32.000 son cuidados en su domicilio por una empleada de la casa. Quedan 360.000 niños menores de tres años fuera del sistema de acogida organizado es decir 36%, cuidados por un miembro de la familia o una niñera « en negro ».

Los niños de tres a seis años

Casi todos están inscriptos en una guardería, es decir 2.129.000 niños en guarderías y 10 .400 en jardines de infantes. En complemento de la escuela, 249.000 son cuidados por una asistente materna; 300.000 frecuentan un centro de entretenimientos;

Trabajar

49.000 son cuidados a domicilio por una empleada de la casa, teniendo los padres el beneficio del AGED; 1,1 millones son cuidados por sus padres; 450.000 son cuid sus tiempos de trabajo.

Fuente: Kassai-Kocademir, 2002, p. 17 -18.

En estas condiciones, no es sorprendente observar una correlación entre la tasa de abandono de la actividad profesional de la mujer y su tipo de empleo. Teniendo en cuenta las diversas dificultades encontradas según las categorías sociales para poder cuidar a su o a sus hijos, ciertas mujeres eligen la solución más radical, la de retirarse del mercado laboral. Las empleadas de comercio , las obreras, el personal de servicio son las más numerosas a la hora de abandonar su actividad luego del nacimiento del primero o segundo hijo. El trabajo de la mujer obrera es poco gratificante en el plano profesional y poco remunerado. La interrupción temporal de la actividad profesional puede resolver dificultades vinculadas con el cuidado de los hijos, con la desincronización de los horarios de trabajo entre marido y mujer, con los tiempos de trabajo irregulares o imprevisibles, con el alargamiento de los tiempos de transporte. Aunque la combinación de las dificultades y la compensación de los subsidios públicos explican la interrupción de su trabajo profesional, las madres ponen generalmente por delante su preocupación por el entorno que tendrán sus hijos (Meda, Wierink, Simon, 2003). Ciertas medidas públicas contribuyen a hacer salir a las mujeres del mercado laboral, se trate ya de licencia por maternidad, del APE (Allocation

(¡a la mujer evidentemente!) interrumpir su actividad hasta el tercer cumpleaños del último hijo 103 . Estas medidas, utilizadas por 562.000 padres en 2003 (de los cuales 98% de mujeres), « contribuyen al mantenimiento de la división sexual del trabajo en el educación y los cuidados de los hijos son ante todo una » (Fagnani, 2004, p. 37). Y no es la licencia parental la que habrá de traer algún cambio.

La aplicación efectiva de la reducción del tiempo de trabajo (RTT) parece a priori una solución favorable a una liberación del tiempo, generalmente dedicada a la vida familiar, es decir a los hijos. Ahora bien todo depende del área de actividad y del contexto de la negociación vinculada con la aplicación de la ley (Fagnani, 2000). Los asalariados y asalariadas que tienen el beneficio de horarios normales y previsibles están satisfechos con esta medida a tal punto que podemos escuchar hoy en día cómo se conjuga un nuevo verbo «yo reteteo». Estas semi-jornadas de las mujeres están dedicadas a menudo al trabajo doméstico lo que acrecienta su

!

103 Esta medida tiene sin embargo por efecto el retiro del mercado laboral de las mujeres que viven en pareja con dos hijos de los cuales el benjamín tiene menos de tres año s (y cuyo porcentaje bajó de 63% a 54%) y de las mujeres solas con dos hijos de los cuales uno tien e menos de tres años (51% a 39%). De 1990 a 2002, las tasas de actividad de las madres han progresado continuamente, con excepción de estas dos categorías (Strobel, 2004, p. 61)

297

Sociología de la Familia

invisibilidad (Lallement, 2003). En cambio en las áreas en las que los horarios son atípicos, irregulares o mal sincronizados con los ritmos familiares, la RTT se traduce por una anualización del tiempo de trabajo que no permite una mejor conciliación entre los ritmos del trabajo y de la vida familiar. Para ejemplificar este último caso, Jeanine Fagnani (2000) cita las entrevistas con madres empleadas en el área de distribución masiva de productos en donde el empleo a tiempo parcial, los horarios flexibles, así como la práctica del trabajo el sábado o el domingo a veces han alcanzado gran desarrollo. Las horas complementarias son atr ibuidas frecuentemente de un día para otro de modo tal que las mujeres deben encontrar con urgencia a alguien que pueda cuidar a sus hijos, si trabajan fuera de los horarios regulares de una guardería. Se recurre a la abuela, a la vecina soluciones siempre precarias. En el conjunto sin embargo, las investigaciones muestran que el tiempo liberado por la RTT permite a las madres y también a los padres pasar más tiempo con su cónyuge y con sus hijos (cuadro 15) (Méda, Cette, Dromel, 2004).

Cuadro 15. Aumento en total, a partir de la RTT, del tiempo dedicado por los padres a su(s) hijo(s) (en %)

 

Hombres

con

 

cónyuge

cónyuge

cónyuge

cónyuge

cónyuge

está

hijo(s) de

no

está a

está a

está a

a tiempo

menos de

trabaja

tiempo

tiempo

tiempo

completo con

12

años

parcial

completo

completo

RTT y

 

sin RTT

con RTT

modulaciones

Ejecutivos

 
  • 56 44

 

ns

  • 72 ns

    • 48 75

     

5

  • 63 38

  • 88 ns

 

Profesiones

 
  • 52 64

 

ns

  • 67 ns

    • 54 44

     

49

  • 68 50

  • 57 ns

 

intermedias

Empleados

 
  • 44 50

 

ns

  • 62 ns

    • 38 56

     

36

  • 64 50

  • 68 50

 

Obreros

 
  • 50 54

 

ns

  • 56 ns

    • 43 49

     

56

  • 54 50

  • 50 60

 

calificados

Obreros no

 
  • 60 67

 

ns

  • 50 ns

    • 25 67

   

ns

78

  • 29 75

   

50

calificados

 

Lectura del cuadro: 55% de los hombres ejecutivos con hijo(s) menor de 12 años, y cuya cónyuge está a tiempo completo con RTT, consideran que la RTT los llevó a pasar más tiempo con su(s) hijo(s), de manera general. Paralelamente, 63 % de las mujeres ejecutivas con hijo(s) menor de 12 años, y cuyo cónyuge está a tiempo completo con RTT, consideran que la RTT las llevó a pasar más t iempo con su(s) hijo(s), de manera general. ns = no significativo.

Extraido de : Méda, Cette, Dromel, 2004, p. 19. Fuente: encuesta «RTT -modos de vida», DARES, 2001, Pregunta 6.27.

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La conciliación ¿en masculino o en femenino?

Desde que las madres jóvenes demostraron su voluntad de trabajar criando al mismo tiempo a sus hijos Francia puede enorgullecerse incluso en 2008 de una de las tasas de fecundidad más elevadas de Europa, 2,1 el tono político de los discursos ha cambiado: se trata ahora de permitir a las familias «conciliar» empleo e hijos. Debe señalarse que el término de «conciliación» que reviste una imagen positiva y neutra, tomada de la expresión anglosajona «work-family balance», esconde en realidad la existencia de desigualdades. La mujer es en efecto la directora de orquesta de una organización familiar compleja ; soporta la carga mental de la organización de lo doméstico, de la gestión de los horarios y de los tiempos de los hijos y los suyos propios, más difícil aún de asumir ya que los empleos precarios han desestabilizado los tiempos del trabajo.

Conciliar/retirarse del mercado laboral

Una encuesta de la DARES (Direction de l'animation de la recherche, des études et des statistiques/ Dirección de la animación de la investigación, de los estudios y de las estadísticas)(Garnier, Meda, Senik, 2004) planteaba directamente la cuestión a un conjunto de hombres activos y de mujeres activas «¿Piensan que su trabajo hace difícil la organización de su vida familiar?»; 39% de los activos con trabajo responden sí, de los cuales 15% muy difícil y 24% sólo un poco. La relación entre la sensación de que es difícil la conciliación y los ingresos mensuales muestra que son los hombres los que se quejan de la difícil conciliación cuando los salarios son muy bajos, y las mujeres en las franjas de ingresos superiores, lo que se explica por las formas atípicas de organización del trabajo, en los oficios poco calificados y los horarios alargados en los empleos más calificados . Una conclusión sorprendente revela que no hay gran dife rencia entre hombres y mujeres. Lo que ocurre, observan los autores, es que aquellas que no llegaban a conciliar las demandas se han retirado ya del mercado laboral, o han sido retiradas como consecuencia de la pérd ida del empleo. (80% de las mujeres ahora en el hogar habían trabajado en efecto en el pasado y habían dejado su empleo para criar a sus hijos. Casi la mitad declara extrañar su antiguo trabajo y, salvo las obreras que percibían los salarios más bajos, tod as desearían poder volver a trabajar). Estas comprobaciones pueden explicarse por el lugar central que tiene el niño en nuestras sociedades, él, que funda la pareja y la familia y cuyo nacimiento es planificado en función del proyecto profesional de la mad re. Aunque nuestra sociedad clama y reclama en voz alta y fuerte la equidad y la igualdad, la madre sigue siendo el personaje central de esta red de relaciones trenzadas en el seno de la pareja, con los hijos y con los ascendientes, así como con el mundo e scolar. En consecuencia, las mujeres valoran más que nunca este vínculo con el hijo ; la sospecha de la «mala madre» nunca está demasiado alejada, si una mujer parece comprometerse demasiado con su trabajo en detrimento de sus hijos. Ciertas mujeres ingenieras encuestadas por Catherine Marry hablan de «culpabilidad ». Esta sospecha nunca pesará sobre el padre, ya que si este debe volver muy tarde, irse de viaje, trabajar el fin de semana, es por su familia que lo hace. El trabajo sigue

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siendo el pilar central de la identidad masculina, por eso el desempleo alcanza más duramente a los hombres que a las mujeres que construyen su identidad sobre varios polos. Mientras que las feministas vislumbraban en los años 1960 un futuro prometedor y una marcha triunfante hacia la equidad entre los sexos, no es posible ocultar una visión pesimista de la sociedad , la «valencia diferencial de los sexos», cara a Françoise Héritier, expresada en estos comienzos del siglo XXI a través de formas diferentes de las que caracterizan a las sociedades no europeas. Ciertamente, no existen como entre los Baruya «procedimientos imaginarios que llevan a agrandar, a magnificar a los hombres en detrimento de las mujeres y a legitimar frente a los hombres y frente a l a sociedad entera su dominación» (Godelier, 2003, p. 25). Pero los dados están cargados. Resta saber si la «elección » que sólo las mujeres poseen de retirarse del mercado laboral o de emplearse a tiempo parcial es la expresión de una dominación o la manifestación de su deseo y de su placer de «ver crecer a sus hijos».

Del lado de los padres

Las recientes voluntades públicas dadas a conocer para ayudar a articular la vida familiar y la vida profesional se inscriben dentro del marco de apoyo a la parentalidad, es decir al ejercicio del rol de padre. Luego de que las medidas de conciliación de lo parental y lo profesional apuntaran sólo a las mujeres, el discurso público cambió. El mismo evoca el deseo masculino de comprometerse en los cuidados y la educación de sus hijos de la mism a forma que las mujeres. Existirían trabas que las políticas públicas podrían esforzarse en superar: «los poderes públicos puede leerse en un determinado documento oficial deben así promover una cierta evolución de los roles , la cual llevará a los padres a asumir de manera más importante las responsabilidades y las obligaciones vinculadas con la articulación entre vida familiar y trabajo 104 ». Las recomendaciones abundan para con los empleadores a fin de que tomen en cuenta los intereses de las familias . No existe en Francia encuesta alguna sobre las parejas en las que el marido se hubiera retirado de la vida profesional. En los Estados Unidos 105 , si se tiene en cuenta la flexibilidad del mercado laboral, las parejas bi -activas pueden ver cómo uno de los dos pierde brutalmente su empleo. En los comienzos del siglo XXI, los oficinistas, poco habituados hasta ese momento al desempleo masivo , se vieron enfrentados a esta situación. Más a la fuerza que con agrado, podemos verlos dejándole a la mujer el rol de Mme Ga gnepain (la Señora Traeplata), mientras que M. Alamaison (el Señor Encasa) juega a ser el grillo del hogar 106 . Ciertas mujeres ganan más que sus maridos: es el caso en el 30,7% de las parejas casadas, a estas mujeres se las llama las Alpha Earners (en cierta forma «super-ganadoras»). De modo que en estas situaciones los maridos eligen retirarse del mercado laboral y

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  • 104 Dictamen del Alto Consejo de la población y la familia, julio de 2003.

  • 105 Newsweek, 12 de mayo de 2003.

  • 106

permanece junto al fuego.

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ocuparse de la casa y de los hijos (en los Estados Unidos, no existen prácticamente estructuras de guarderías colectivas como en Francia ). Un tercio de las mujeres que tienen situaciones de responsabilidad tienen maridos que se quedan en casa pero esta situación también alcanza a familias de ingresos menos elevados. Si bien ciertos padres dicen apreciar esta situación, la mayoría se muestra impa ciente por retomar el camino hacia la oficina o el taller y las normas se asustan todavía de los padres que paternan en vez de cumplir con su clásico rol de proveedor . La inversión de las posiciones genera fuertes tensiones conyugales, negándose ciertos hombres a realizar las tareas domésticas, porque temen poner en peligro su virilidad ya duramente afectada por el desempleo. El padre en el hogar es un modelo desvalorizante, la madre en el hogar, un modelo valorizado, sobre todo en la Norteamérica profunda. La instauración de una licencia por paternidad en 2002 está relacionada con una voluntad pública de ir hacia una mayor «paridad parental». Según los términos del Primer Ministro de ese momento, Lionel Jospin, se trataba de instituir, como en el caso de la licencia por maternidad, una licencia de varios días para que el padre pueda establecer un vínculo con su bebé. De este modo se restablecería en parte el desequilibrio que reina en el nacimiento. En realidad, hacer un paralelo entre hombres y mujeres significa una impostura, ya que si aquellas que trabajan tienen «naturalmente» necesidad de una licencia, es decir ausentarse de su lugar de trabajo, los hombres por su parte ven que lo que se les está proponiendo es volver al hogar. Esta medida no respondía a ningún pedido de los padres (mientras que éstos sí se hacen escuchar en el seno de las asociaciones de padres divorciados respecto de otras causas); además este derecho no es utilizado como lo habían pensado los legisladores (Truc, 2006). El recurso a la licencia difiere según los niveles socioprofesionales; es objeto de eruditos c álculos en relación con otras «licencias», lo que la banaliza y la convierte en una licencia como cualquier otra, una licencia más. En lugar de instaurar un «paternazgo» a imagen del maternazgo desde el nacimiento del hijo, lo que los legisladores estimaban necesario para afirmar la solidez del vínculo entre el pa dre y su recién nacido , los padres utilizan esta licencia en forma flexible (ya que la ley no obliga a tomarla en el momento del nacimiento), y con mucha frecuencia la juntan con la s vacaciones, o con períodos de RTT. Además, lejos de substituir a la madre en los cuidados, el padre, en el mejor de los casos, se ocupará de los otros hijos mayores, o utilizará su tiempo libre para dedicarse a tareas de bricolaje, decoración de la habitación, etc. Por lo tanto está lejos de reequilibrar las responsabilidades e n torno al hijo. Es la madre la que decide el momento de esta licencia, y para qué debe ser empleada, lo que consolida el régimen «matricentrado». Algunas estadísticas establecidas a partir de la instauración de esta medida muestran que son los padres más jóvenes los que toman esta licencia, y sobre todo los ejecutivos de la función pública (Bauer, Penet, 2005). Aunque los efectos de esta medida no cumplieron con el efecto buscado , la misma da testimonio al menos de una nueva actitud respecto de la paternid ad. Los hombres valoran hoy en día su función paterna, y no sólo para ejercerla de manera autoritaria como antiguamente, sino en lo cotidiano al igual que las madres. Ocuparse de los niños pequeños es valorado, y forma parte de la identidad masculina.

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Para las mujeres y actualmente cada vez más para los hombres, la llegada del hijo afecta la mirada que se tiene sobre la importancia del trabajo. Una encuesta llevada a cabo por el Instituto IPSOS (Instituto Independiente de Investigación de Mercados) para Chronopost entre 2000 asalariados en 2003 mostraba que los «hombres que manifiestan haberle dado menos importancia al trabajo en el momento del nacimiento de un hijo son muy frecuentemente jóvenes (25 -34 años), profesionales o ejecutivos, con altos ingresos, y sólidos títulos, pertenecientes a una pareja bi-activa» (Méda, 2004, p. 1). Esta encuesta referida a una muy joven generación de padres podría estar indicando un relativo cambio de comportamientos, y un próximo acercamiento entre los comportamientos de l os hombres y de las mujeres frente a su vida profesional. Este modelo alcanza a las parejas con títulos más altos y a los ejecutivos que dicen haber reducido su tiempo de trabajo. Pero, prudentes, los autores del estudio observan que se trata sólo de comportamientos marginales, y que las mutaciones culturales son lentas (Méda, Cette, Dromel, 2004, p. 19). A lo sumo puede señalarse que los valores familiares están siendo integrados al proyecto de felicidad social a la par que los valores del trabajo.

Orientación bibliográfica

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CAPITULO 10

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El debilitamiento de la institución familiar mediante el rechazo del matrimonio y el desarrollo del concubinato indican que la familia ya no tiende a la perennidad del linaje, sino más bien a los cuidados de lo cotidiano y a la satisfacción de las necesidades del individuo. ¿Significa esto que no hay ya más vínc ulo, más transmisión o más continuidad? La vulgata científica, amplificada por los medios de comunicación, permite pensarlo, mientras que nuestra posición nostálgica remite a una época muy antigua en la que la solidaridad familiar era una obligación frente a la precariedad de lo cotidiano, la muerte omnipresente y la ausencia de apoyo público . La demografía, por su parte, al establecer la ininterrumpida disminución del tamaño promedio de los hogares contribuye a acreditar la idea de la nuclearización de la familia y de la desaparición de la familia extendida. La insistencia en el individualismo opera en el mismo sentido. Además, el Estado se ha hecho cómplice desde hace tiempo del olvido de las relaciones de parentesco, ya que hay que comprender estadísticamente a la familia para poder comprenderse mejor: el grupo doméstico representa a este respecto una unidad contable y manipulable mientras que la «red de parentesco» otorga menos asidero a sus acciones. Los desbaratadores de familia nacieron en la segunda posguerra, hijos de la paz, de la sociedad de la abundancia y del consumo . Protegidos por la sociedad del salariado que confiere a todos y a todas la independencia económica y por el Estado providencia, se convirtieron en adultos en busca de autonomía. Ahor a bien todo indica que, aunque las relaciones entre individuo y familia han cambiado, los lazos intergeneracionales siguen siendo muy poderosos, más aún quizás porque el vínculo conyugal es frágil. Nuevas figuras parentales emergen, la de los abuelos; en m ejor forma que nunca, ofrecen su ayuda y brindan referencias a familias desestabilizadas. Si la familia de antes era horizontal, y se apoyaba en los vínculos carnales y en la parentela de los primos, los tíos y las tías, actualmente la familia es vertical, articulándose en torno a generaciones que son copresentes, de tres o a veces de ones: de este modo la familia «pentageneracional» está lejos de ser una excepción, pudiendo esta copresencia durar varios años 107 . Mientras que el vínculo conyugal es revisable, y el vínculo entre padres e hijos pequeños se construye a través de las diversas parentalidades, la presencia de las generaciones, los intercambios que las mismas ponen en escena, muestran que la institución familiar contemporánea no queda resumida a las tribulaciones del

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107 Yves Mamou, «Quand cinq générations coexistent», Le Monde, 5 de diciembre de 2000.

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amor y del individuo, aunque el sentido de las «obligaciones familiares» haya cambiado. De este modo, para partir nuevamente de definiciones antropológicas, a la par de la filiación y entrecru zándose con ella, pueden observarse «relaciones de parentesco», vistas desde el ángulo de la sociología como «solidaridades familiares». No obstante, tanto en Francia como en los países de Europa, el sentido y el contenido de esas solidaridades plantean de bates, y ofrecen la oportunidad de discutir sobre las diferentes concepciones de los modelos familiares . La familia alberga a sus miembros, los alimenta y los socializa, pero también transmite y crea un vínculo; es el « pilar de las identidades» para el 86% de las personas, 89% para las mujeres, 83% para los hombres, mucho antes que el trabajo (Houseaux, 2003).

El vínculo familiar, un vínculo vertical

De todas las personas que componen la parentela de un individuo ( cf. capítulo 1), los ascendientes y sus descendientes directos se encuentran mucho más implicados en las relaciones de ayuda mutua, de apoyo y de intercambio que los hermanos carnales. Una configuración sigue siendo central la relación madre-hija , mientras que emerge una nueva figura, la de los abuelos.

Los hermanos carnales en segundo lugar

Las investigaciones sobre los hermanos y hermanas reflejan que « el vínculo de carnalidad es estructuralmente secundario en relación con el lazo de filiación directo entre padres e hijos adultos» (Crenner, Déchaux, Herpin, 2000). El vínculo entre hermanos y hermanas muestra una gran variabilidad, está poco regulado, dejando un amplio espacio a las relaciones de afinidad; la frecuentación de los hermanos es inferior a la de los padres. Además, y contrariamente a lo que se dice a menudo, las grandes fratrías no son más unidas. Dentro de este círculo de parientes, hay un ámbito que sigue siendo tabú, y es el del dinero. El dinero es corruptor porque subraya las desigualdades de estatus entre los herman os que se manifiestan en particular en el momento de las discusiones en torno a las herencias. En el plano de la ayuda mutua, el vínculo entre hermanos carnales es sostenido. Este vínculo, adormecido durante años, podrá ser reactivado en ciertos momentos de la existencia. El vínculo de hermandad carnal como todos los vínculos de parentesco es un conservatorio de los roles sexuales . Las mujeres son muy frecuentemente las kin-keepers, guardianas de la memoria y de las relaciones familiares. Existe por otra parte un sesgo matrilateral muy claro en las relaciones de fratría, estando la pareja más a menudo absorbida por la fratría de la mujer, pero ésta puede también organizar los vínculos con las hermanas de su marido (Déchaux, Herpin, 2004). En definitiva, el vínculo de hermandad carnal, netamente más débil y menos regulado que el vínculo parental, sigue estando marcado por su carácter ambiguo, a la vez de afinidad y cercano por eso a la amistad y, al mismo tiempo, portador de obligaciones. Sea como fuere, la fuerza de este vínculo, en

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tanto se manifiesta a través de intercambios, es siempre menor que el vínculo vertical que se activa a través de la variedad de ayudas y apoyos, materiales, afectivos y simbólicos.

La importancia de la relación madre-hija

La historia del siglo XX da testimonio del debilitamiento del poder patriarcal sobre los hijos y del relajamiento progresivo de la dominación sobre la esposa. La figura tutelar de linaje se feminiza. Más que para los hombres, la evolución demográfica de estos últimos años ha sido una revolución para las mujeres. En el transcurso de los años 1930-1970, período del modelo familiar «clásico», las mujeres se han visto beneficiadas por un alargamiento de la expectativa de vida y por una disminución de la cantidad de nacimientos. En tales condiciones, luego de un matrimonio que tenía lugar a muy joven edad, una vez alcanzados los cuarenta años y con los hijos ya criados, se abría para estas generaciones de mujeres la perspectiva de una expectativa promedio de vida de treinta y cinco años. Michaël Young y Peter Willmott (1983) han sido los primeros en llamar la atención sobre esta relación ( cf. capítulo 2). En el barrio obrero de Londres de los años 1950 que ellos estudiaron, la residencia era fuertemente matrilocal . Esto explica sólo parcialmente la intensidad cotidiana de las relaciones, visitas, servicios, intercambios que la madre y su hija casada mantienen. En el momento del casamiento de la hija, la madre, cuyos hijos ya son todos grandes, tiene mucho más tiempo libre mientras que su hija, joven mujer casada, comienza con el ciclo de embarazos, nacimientos y cuidados a los hijos de corta edad . El apoyo moral, afectivo y material de la madre le es más que nunca necesario en un momento en que ésta se halla justamente en libertad de dispensarlo. Una relativa separación de las tareas y de los roles entre los esposos favorece esta intromisión de la madre en la cotidianeidad del hogar de su hija. En Bethnal Green, la familia matricentrada es característica del universo familiar obrero:

«Cuando una hija se casa, y más aún cuando deja su trabajo para tener hijos, vuelve al mundo de las mujeres y de su madre . El matrimonio inscribe a los sexos en sus respectivos roles y refuerza así el vínculo entre madre e hija. Como dice el vida » (p. 60-61)

Esta focalización familiar sobre la madre de la mujer dentro de la familia obrera fue claramente confirmada por la investigación de Olivier Schwartz (1990) llevada a cabo entre las familias de mineros del norte de Francia. Se trata de una verdadera «segunda pareja», en la cual se refugia la hija para hablar, para dar cuenta de las dificultades que ha encontrado en la gestión de lo cotidiano y que deb e enfrentar. Pero estas interpretaciones psicológicas se ven reforzadas por la comprobación económica de que el trabajo de la mujer la vuelve aún más dependiente de su madre. La desaparición de los antiguos barrios integrados, la dispersión residencial de las redes familiares, el ingreso masivo de las jóvenes madres al mercado laboral , la igualdad entre los sexos proclamada como ideología social ¿no han erradicado

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acaso la especificidad de la relación madre -hija? No es así en absoluto, y parece ser incluso que el empleo refuerza las redes femeninas. Agnès Pitrou (1977) mostró, desde fines de los años 1970 que dentro de las nuevas clases medias, la ayuda de los padres de la mujer tomaba muy frecuentemente la forma de servicios materiales, mientras que la ayuda de los padres del marido era más bien de naturaleza financiera. Esta dimensión femenina que se enraíza en la cotidianidad de las relaciones, en torno a los hijos de corta edad y a los padres mayores (Adune - Richard, 1984) perdura actualmente, aunque la ma trilocalidad residencial no esté a la orden del día, y aunque las mujeres tengan menos disponibilidad debido a que trabajan.

La división sexual de las relaciones de parentesco

En el transcurso de los trabajos llevados a cabo sobre los lazos familiares se revelaron cuestiones sexuales que muestran que, al igual que lo que ocurre en la pareja, la marcha hacia la igualdad tiene aún por delante un largo trecho. Las mujeres son los pivotes de las relaciones de parentesco. Si bien algunos nostálgicos de las órdenes patriarcales ven en ello la señal de un eterno femenino que, por naturaleza, sería la devota madre amante y/o hija cuidadora, la continuidad de esta posición es más bien el producto de fuerzas económicas, sociales y culturales cambiantes, por así resumirlo, de la modernidad. El considerable alargamiento de la esperanza de vida y el avance de la gerontología han tenido como resultado una situación inédita para las mujeres a partir de fines del siglo XX. Es corriente hoy en día que tres generaciones de adultos coexistan; son las que Esther Brody designa como «las mujeres del medio» (1981) y constituyen la segunda de las tres generaciones adultas, responsables a la vez frente a los padres que envejecen y frente a los hijos que están criando aún a sus pro pios hijos. En ese momento es cuando ejercen a pleno su capacidad para dar. Al llegar a la cincuentena, estas mujeres conocen conflictos desconocidos hasta entonces. ¿Tienen que abandonar su trabajo para dedicarse a unos y a otros? ¿Es esto acaso razonable en una época en la que los disloques del mercado laboral no dejan a nadie a salvo del desempleo? La generación de mujeres de entre 55 y 70 años de edad conoce también tensiones psicológicas graves con sus padres viejos en los casos en que estos pierdan su autonomía. Cuando las relaciones anteriores estuvieron marcadas por conflictos, cuando las mujeres no han tenido una vida social fuera de la familia, estas imposiciones son desde el punto de vista psicológico difíciles de sobrellevar (Wilbers, Lehrs, 1990). Con el inexorable aumento del envejecimiento de la población y la estabilización de la fecundidad a una tasa apenas suficiente para garantizar la renovación de las generaciones, podemos interrogarnos acerca de lo que podrá devenir la relación hija de ya cierta edad-padres viejos a mediados del siglo XXI. Un número menor de hijos y nietos deberán ocuparse de un número mayor de personas de edad. Una investigación realizada sobre familias con tres generaciones permite explicar el mantenimiento de la fuerza del vínculo entre madres e hijas (Attias - Donfut, Lapierre, Segalen, 2002). Las relaciones entre las generaciones y las relaciones entre los sexos manifiestan respectivas evoluciones solidarias. El movimiento de igualdad de los sexos implica un acerc amiento entre generaciones.

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La fusión entre el hogar de la madre y el de la hija, observado en los ámbitos obreros, ha desaparecido, pero el vínculo privilegiado madre/hija continúa expresándose a través del cuidado de los hijos pequeños, forma apreciada d e apoyar la promoción profesional de las jóvenes madres. Desde los años 1980, mientras se desarrollaba el mercado del empleo femenino, una esclarecedora investigación, que conserva aún toda su actualidad, mostraba cómo se articulaban vida profesional y actividad doméstica en torno al linaje madre -hija (Daune- Richard, 1984). Aunque la madre tenga un empleo, su hija cuenta con ella para que esta le dé una mano en lo cotidiano: cuidado de los hijos, preparación de platos, organización de una comida, participación en el mantenimiento de la ropa. La simbiosis madre-hija se presenta como una condición sine qua non del mantenimiento de la actividad profesional de la segunda. La contribución masculina a las tareas de la casa es muy secundaria en relación con esta co lumna vertebral femenina que sostiene el cuerpo doméstico . Jean-Pierre Terrail (1995) revela un fenómeno idéntico al develar el rol de las madres en el proceso de emancipación de las mujeres obreras, la abuela que permanece en casa, la madre empleada sin c alificación, y la hija que goza de un empleo calificado. En contraste, la relación suegra -nuera parece marcada por el sello de numerosas tensiones (Lemarchant, 1999): los individuos que se unen en matrimonio siguen siendo sin embargo hijas e hijos que deben esforzarse por construir con sus respectivos padres «la distancia correcta». Esta relación de parentesco no es electiva, pero corresponde al deber y se halla fuertemente codificada. «Si bien los padres ya no intervienen en la designación del cónyuge, no están ausentes de la historia conyugal de sus hijos » (p. 123). Es mediante el acceso a la abuelidad como se apacigua la tensión con la suegra, cuando ésta a través del nacimiento del nieto accede al estatus de «Abuelita».

El descubrimiento de los abuelos

Los abuelos son los grandes olvidados de la sociología de la familia (Attias-Donfut y Segalen, 1998). Los demógrafos están comenzando recientemente a estudiar sus características morfológicas. Según una investigación estadística nacional en 1999, se estima su cantidad en 12,6 millones de los cuales dos millones son bisabuelos. A los 56 años, una de cada dos personas tiene al menos un nieto; las mujeres se convierten en abuelas más tempranamente y tienen más posibilida des de ver nacer a la cuarta y a la quinta generación de su linaje . Estos abuelos, cada vez más numerosos, tienen un promedio de cuatro nietos, cantidad que depende evidentemente de la de sus propios hijos (Cassan, Mazuy, Toulemon, 2005). La investigación cuantitativa y cualitativa fundada sobre la base del estudio de familias de tres generaciones devela la considerable imp ortancia de su rol. Ellos son «nuevos» abuelos en la medida en que han conocido todas las transformaciones sociales y culturales de los años 1970. Las mujeres, en particular, se han visto beneficiadas con las formas modernas de la contracepción, del derecho al aborto; se precipitaron en el mercado laboral. Su madurez es contemporánea de los cambios legis lativos que hacen de ellas las pare s iguales de

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los hombres en el seno de la familia. Ellas y ellos han criado a sus hijos en un clima de diálogo que rompe con la autoridad de las generaciones precedentes . Esta generación alcanza la edad de la abueli tud, de acuerdo con los resultados de la encuesta a tres generaciones, (de entre 48 y 52 años) habiéndose beneficiado con un ascenso social sin precedente. Los «babyboomers» se transformaron en «papyboomers», dinámicos y afectuosos. Entran en la nueva tercera edad que no se asocia con la vejez, s ino que caracteriza a un grupo de hombres y de mujeres, « los seniors», que gozan de buenas jubilaciones, tienen buena salud, y están disponibles para su familia. Entre las personas que tienen nietos tempranamente, el 83% los cuidan ya sea durante las vacac iones, ya sea en la vida cotidiana, y el 34% de manera aún más importante, con un ritmo semanal o cotidiano. La ayuda de la madre (y en forma secundaria de la suegra) a su hija (o nuera) aparece como claramente determinante en la figura de la abuela: al ay udar a la joven madre a cuidar a sus hijos, ella le permite conservar su trabajo asalariado cuyo aporte es indispensable para la supervivencia económica de la pareja (o para contribuir a garantizar las cuotas de los créditos solicitados para la compra de u na casa). El cuidado de los nietos que los abuelos llevan adelante se sitúa en el corazón de las transacciones generacionales, que son tomadas en parte como deuda y en parte como donación. Los nuevos abuelos brindan también, frente a la fragilidad de las p arejas, una base identitaria fundamental para sus descendientes. A pesar del sentimiento de relativa juventud que pueden experimentar, son los viejos del linaje, los que detentan la historia y la memoria de la familia . Garantizan la función de transmisión del pasado: a los nietos les gusta encontrar en el álbum de fotos aquellas de la infancia de sus propios padres. Ofrecen una ayuda importante en el momento de las crisis conyugales. Nuestra investigación mostró cómo estos recibían a la joven madre que habí a roto con su cónyuge o su compañero poco tiempo después del nacimiento del hijo, ayudándola a recomponer su vida. En las familias descompuestas, los abuelos paternos pueden ayudar a los hijos de su hijo divorciado, aunque el niño tenga poco contacto con éste último. Las abuelas paternas parecen particularmente comprometidas, cuando tratan de mantener los vínculos entre primos ofreciéndoles un lugar común para pasar las vacaciones. Ellas buscan compensar la falta de apoyo que el hijo con un nuevo hogar reco nstituido no pudo brindar a sus propios hijos. Las ex suegras manifiestan a veces un importante apego y una indefectible solidaridad por su antigua nuera. Además cuando los nietos se convierten en jóvenes adultos y sus necesidades aumentan, ellas aportan u n apoyo financiero en la medida de sus posibilidades (Cadolle, 2004). Habrá de señalarse, sin embargo, que estos « nuevos» abuelos constituyen también la primera generación que se ha divorciado en forma masiva, y de ser así, la ayuda a los nietos es siempre menos importante que en el caso de que la pareja no se hubiera separado. A lo largo de Europa, la figura de los abuelos se ejerce esencialmente en relación con el auge del trabajo femenino (Attias-Donfut, Segalen, 2001). En España, se observa el ingreso masivo y brutal de una generación de mujeres jóvenes al mercado laboral, sin que existan estructuras colectivas de cuidado para los hijos. Al igual que en Francia, las personas de más de sesenta años gozan de una autonomía confortable, y la joven madre se vuelve hacia la abuela para que ésta

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cuide a su hijo. Contrariamente a lo que ocurre en Francia, en donde la tasa de actividad femenina, aunque con fluctuaciones, ha sido siempre elevada, en España, estas mujeres pertenecen a la última generación que tenía sólo un rol doméstico. A los 60 años, con sus hijos criados y habiendo dejado estos ya el hogar, las abuelas españolas vuelven a enfundarse en su antiguo rol, que les garantiza siempre un estatus, mientras que los maridos, jubilados, tienen dificultad par a volver a encontrar su lugar. Por otra parte, las configuraciones residenciales facilitan el ejercicio de este vínculo, ya que el 56 % de las mujeres que trabajan tienen a su madre en la misma ciudad, y el 43% a su suegra. En el caso de aquellas que viven en la misma ciudad, la mitad vive en el mismo barrio, pero sólo el 11% en la misma casa.

Contrariamente a los abuelos franceses, que según el esquema general cuidan a sus nietos durante el fin de semana o durante las vacaciones, las abuelas españolas los cuidan en su casa o en la de su hija o nuera, en forma prácticamente cotidiana, van a buscarlos a la salida de la escuela ; 25% preparan la comida de los hijos y de los nietos. Sin el apoyo de los abuelos, las mujeres españolas jóvenes no podrían simplemente trabajar (Tobio, 2001). Pero ellas mismas, cuando se les pregunta, declaran que seguramente no habrán de asumir ese rol cuando llegue el momento; las familias españolas por lo tanto harán pesar sobre el Estado los pedidos para contar con estructuras acordes para cuidar a los niños, (lo que contribuirá quizás a hacer crecer la tasa de fecundidad, si este tipo de servicio es organizado). En Italia, Tullia Musatti (1992) muestra también la importancia predominante de la nonna que cuida a los hijos de la madr e que trabaja, incluso sotto lo stesso tetto (bajo el mismo techo). La abuelitud se inscribe en el debate sobre el lugar respectivo de las solidaridades públicas y privadas, así como el de las políticas respecto de la familia (cf. capítulo 11). En Francia, en estos comienzos del siglo XXI, los abuelos pueden mostrarse generosos porque cuentan con el beneficio de poder cobrar una jubilación, y porque han podido ahorrar en el transcurso de su vida activa 108 . Los vínculos afectivos y las donaciones monetarias (por ejemplo ropa que se le compra al nieto y que constituye una ayuda indirecta para los jóvenes padres ) van a la par, sin que esto constituya un vínculo de dependencia. No ocurre lo mismo en la Rusia post-soviética, en donde los abuelos mantienen una posic ión dominante porque detentan las únicas fuentes de ingresos regulares. Las Babouchki estudiadas por Elizabeth Gessat (2001) contrariamente a sus homólogas europeas que encarnan a la nueva tercera edad, dinámica, no buscan seguir siendo jóvenes. Al cubrirse la cabeza con un pañuelo, ellas mismas se autoasignan el rol de persona mayor; pero a cambio de la pérdida de su juventud y de su seducción, dominan a toda la familia, porque son ellas las que garantizan la supervivencia y la subsistencia de sus h ijos y de sus nietos; los sueldos no se pagan, pero sí se pagan las pensiones; y las abuelas poseen pequeñas casas, las datchas, con jardines que garantizan una parte importante de la alimentación familiar.

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108 Los nuevos jubilados que han dado y que siguen dando a sus hijos y a sus nietos saben sin embargo que no les será fácil cuando lleguen a la vejez (75 años) poder contar con sus hijos: de allí la importancia de los productos de ahorro a los que recurren en masa, se trate ya de un Livret A (caja de ahorro especial) o de un seguro de vida ( Le Monde, 5 de febrero de 2005).

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El caso de Alemania es muy emblemático a la hora de mostrar los efectos de los cambios de las políticas familiares (Herlyn, 2001). Con la revolución comunista, las alemanas del Este fueron incitadas a comprometerse profesionalmente, mientras el Estado se ocupaba del cuidado de los hijos mediante la vasta apertura de guarderías y de jardines de infantes ; en Alemania Occidental, durante este mismo período las mujeres eran confinadas a un rol mucho más tradicional, sin apoyo público para el cuidado de los hijos. Las dos Alemanias se encuentran hoy en día reu nificadas y, a pesar de algunas medidas de cuidados colectivos de los hijos pequeños, se han alineado con el modelo de la ex -RFA, con una notable desaparición de las estructuras públicas de cuidado. Los modos de ser abuelas varían, por lo tanto, de un lado a otro del país. Las abuelas de la antigua Alemania Oriental son actualmente mucho más tradicionales, cumpliendo únicamente con su rol doméstico que han sumado siempre a su rol profesional (¡aunque el Estado obligaba a los hombres a compartir los gastos d el hogar!); hoy en día encuentran una gran satisfacción en comprometerse con su rol, porque ellas no han tenido tiempo de gozar de los placeres de la maternidad ; en Alemania Occidental, aunque con frecuencia las mujeres han trabajado poco, se inscriben actualmente en la abuelitud conjuntamente con otros intereses familiares . Estos ejemplos nos muestran que el rol de abuelos puede ser analizado desde un ángulo psicológico, o incluso a través de las relaciones con la identidad y con la filiación pero nos permiten sobre todo comprender que el mismo se halla íntimamente articulado con cuestiones públicas de solidaridad y por último con elecciones políticas relacionadas con la idea que los diferentes estados europeos tienen de lo que debe ser la familia.

Solidaridades privadas, solidaridades públicas

El término de solidaridades, reservado antiguamente a los vínculos colectivos de la sociedad, cuya manifestación actual es el Estado providencia, se emplea corrientemente en los discursos públicos y científicos para designar también a los vínculos intergeneracionales. En lo que respecta al ámbito familiar , ¿su empleo no es acaso discutible? En efecto, éste sugiere que un grupo tiene la obligación moral de servir a los otros. Así como uno no puede escapar de las s olidaridades públicas instrumentadas a través de los impuestos que permiten hacer más igualitaria la condición social de todos, del mismo modo los lazos familiares pueden ser electivos. Sin embargo, se ha tenido la costumbre de relacionar las ayudas proporcionadas por la familia, que son del orden de lo privado con las que provienen de las formas de asistencia pública. ¿Se encuentran las mismas en una relación de compensación de modo tal que cuando se intensifican unas peligran las otras?

La dialéctica privado/público se instauró luego de la Liberación, cuando el Estado extendía su red protectora sobre la familia, tomando a su cargo numerosas funciones que antiguamente le eran atribuidas a ésta : la educación de los niños, el cuidado de los enfermos y de las personas de edad. En el momento en que Talcott Parsons desarrolla sus hipótesis sobre «el aislamiento estructural» de la familia moderna, un consenso nacional se creó en torno a la noción de pareja, reivindicada

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en los discursos públicos como lugar de flor ecimiento personal dispensado de otras responsabilidades. Tal como lo escribe Jean Stoetzel en 1954, «la familia protectora es substituida cada vez más por el grupo social, en el que el Estado es protector, no sólo en los hechos, sino también en las actitu des. En los casos en que, en la sociedad tradicional, el individuo se habría vuelto hacia su familia, se vuelve, legítimamente, opina él, hacia el Estado». Las primeras investigaciones realizadas sobre los vínculos entre generaciones en los años 1970 se pr esentan como una especie de incongruencia en el seno del paisaje sociológico. Dentro de la vulgata parsoniana que dominaba aún, estos trabajos provocaban una detonación. ¿Cómo, dentro de la familia moderna, el vínculo generacional podía aún permanecer acti vo? Así como Alain Girard había mostrado que el casamiento por amor no era incompatible con la homogamia social y que había fuerzas sociológicas que creaban esas uniones, aunque la fuerza del sentimiento se pusiera siempre por delante, del mismo modo Louis Roussel mostraba que la autonomía de la pareja no era incompatible con el vínculo familiar, muy por el contrario . Fuera de las investigaciones de los etnólogos sobre los lazos de parentesco en el ámbito rural que parecían marginales dentro del universo de la investigación sociológica (Segalen, 1985), habrá que esperar el final de los años 1980 para ver resurgir trabajos sobre estas cuestiones. El redescubrimiento de los lazos familiares de usos múltiples, la nueva celebración de la familia, mientras que hasta entonces sólo se hablaba de «crisis» se operaba en el momento en que comenzaba a debilitarse el dispositivo del Estado providencia. En Francia y en Europa, las nuevas problemáticas sobre los vínculos intergeneracionales atañen más que nunca a la relaci ón privado/público y ponen en evidencia sensibles diversidades culturales.

Las primeras investigaciones

Con el propósito de poder medir la proximidad de las residencias entre padres e hijos casados, la frecuencia de sus relaciones, la importancia de los servicios que intercambian, las modalidades de transmisión de los bienes , se llevó a cabo una primera investigación nacional realizada por Louis Roussel en 1974 que releva la sorprendente proximidad entre la residencia de los padres y la de los hijos casa dos. Sobre el muestreo nacional, más del 75% de estos viven a menos de veinte kilómetros de sus padres. Aunque la proximidad geográfica no sea determinante en la densidad de las relaciones padres-hijos, es claro que es un factor que la facilita. Es por elección que los hijos, una vez casados, desean permanecer cerca de sus padres, es decir en los lugares de su infancia y de su adolescencia, en la ciudad o la región cuya cultura conocen y a la se sienten integrados. Las reivindicaciones ecologistas y los movimientos vinculados con la calidad de vida no han hecho más que amplificar este deseo de trabajar y de vivir en su provincia en los años 1970 (Roussel, 1976). Una investigación subsiguiente referida a personas que está n en ese momento de su ciclo de vida familiar en el que tienen a la vez ascendientes vivos e hijos casados confirma la inserción espacial cercana de las generaciones y cuantifica la densidad de encuentros entre padres e hijos casados. Cuando las residencias son muy cercanas (incluso comunes), el 90% de las personas interrogadas ven a su hija

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al menos una vez por semana, 86% a su madre, 83% a su hijo, y 82 % a su suegra. Cuando las residencias son muy lejanas (más de 500 km), las personas interrogadas ven a sus hijos incluso varias veces al año (77% ven a su hija más de una vez, 67% a su hijo), pero no ven a sus propios padres más que una vez al año en general (sólo 55% ven a su madre más de una vez al año, 42% a su suegra) (Gokalp, 1978). De estos trabajos y a través del estudio detallado de la transmisión de bienes, de las ocasiones de encuentros y de servicios (ayuda financiera, cuidado de los hijos en caso de dificultad temporal o de manera regular, en el momento de las vacaciones, etc.), se desprende un modelo coherente: la proximidad residencial permite la frecuencia de la interacción siempre y cuando se preserve la independencia de la joven pareja. De uno y otro lado desean mantener su libertad y así elig