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El domingo antes de morir Jesús se dirigió con sus

discípulos a la ciudad de Jerusalén. Le pidió a uno de


sus discípulos que consiguiera prestado un burrito para
entrar a la ciudad. Montó sobre él y seguido de sus
discípulos entró a la
ciudad. Una gran
multitud de gente salió
de sus casas al
encuentro de Jesús.
Habían oído muchas
cosas hermosas de Él,
de su amor por los
niños, por los pobres,
de la sabiduría de sus
palabras, de que
sanaba a los enfermos. Entonces, cuando lo vieron
montado en un asno se acercaron lo más que pudieron
agitando entusiasmados ramos de palma y olivo. Y
gritaban llenos de alegría: ¡“Viva, viva. Aquí llega el
Rey, el Mesías. Bendito sea el que viene en el nombre
del Señor”! Jesús recibía estos saludos con una sonrisa
humilde y mucha paz.
La ciudad estaba llena de peregrinos para celebrar la
pascua judía. Una gran multitud rodeo a Jesús y con
ramos de olivos y palmas en las manos, lo acompañó
en su entrada en la ciudad, entre canticos y
exclamaciones. Muchos lo seguían con fe y esperanza.
El Domingo de Ramos, es el día en que se inicia la
Semana Santa, se conmemora la entrada de Jesús en
Jerusalén.
La entrada
triunfal de
Jesús en
Jerusalén.
Sucedió el
domingo
anterior a su
muerte. Fue
una entrada
grandiosa y al
mismo tiempo,
humilde.
El Domingo de Ramos debe de ser visto por los
cristianos como el momento para proclamar a Jesús
como el pilar fundamental de sus vidas, tal como
lo hizo el pueblo de Jerusalén cuando lo recibió y
aclamó como profeta, Hijo de Dios y rey

El Domingo de Ramos que ahora celebramos nos


anuncia que Jesús viene como nuestro Salvador y
nosotros lo recibimos con aclamaciones y aplausos en
el fondo de nuestros corazones.
Jesús, que había amado a los suyos que estaban en el
mundo, les dio la suprema prueba de amor.

Estaban comiendo la cena, y el diablo ya había poseído


el corazón de Judas, hijo dé Simón Iscariote, para que
entregue a Jesús.

Jesús, sabiendo
que el Padre
había puesto en
sus manos
todas las cosas
y que había
salido de Dios y
a Dios volvía, se
levantó de la
mesa, se
despojó del
manto y
tomando una
toalla se lo ató a la cintura. Luego echó agua en un
recipiente y comenzó a lavar los pies de los discípulos
y a secarlos con la toalla que se había atado.
Al llegar a Simón Pedro, este le dijo: Señor, ¿Tú vas a
lavarme los pies?
Jesús le respondió: Lo que yo hago, tú no lo
comprendes ahora, pero muy pronto lo comprenderás.

Pedro le replicó: Nunca consentiré que me laves los


pies.

Le respondió
Jesús: Si no te
dejas lavar, no
serás más de los
míos.

-Señor, le dijo
Simón Pedro, no
solo mis pies, sino
también mis
manos y la
cabeza.

Jesús le
respondió: Quien acaba de bañarse no tiene necesidad
de lavarse sino los pies, porque está del todo limpio, y
ustedes están limpios, aunque no todos.

Como lavatorio de pies del Jueves Santo se denomina


el evento en el cual Jesús, como un acto de humildad,
lava los pies a sus discípulos, con la finalidad de dar un
ejemplo de amor y servicio a los semejantes. De allí se
desprende el mandamiento que Jesús hizo a sus
discípulos: que debían amarse y servirse unos a otros.

El día de los panes sin levadura, en que se debía hacer


el sacrificio pascual, Jesús envió a Pedro y a Juan con
este encargo: Vayan a preparar lo necesario para
comer en la Pascua.

Ellos le preguntaron: ¿Dónde quieres que la


preparemos?
Él les contestó:
Al entrar a la
ciudad
encontrarán a
un hombre que
lleva un cántaro
de agua.
Síganlo hasta
donde vaya. Y
dirán al dueño
de la casa: El
Maestro
pregunta:

¿dónde está la
sala para comer el cordero pascual con mis discípulos?
El les mostrará en el piso alto una sala arreglada.
Preparen allí todo.
Fueron y hallaron como les había indicado. Y
prepararon la Pascua.

Cuando llegó la hora de cenar, Jesús y sus discípulos


se sentaron a la mesa. En un momento de la cena,
Jesús tomó un pan, dio gracias a Dios y lo partió para
compartirlo con todos. Lo mismo hizo con una copa de
vino; dio las gracias a su Padre por ella y compartió con
sus discípulos. Todos comieron y bebieron del mismo
pan y del mismo vino. Al repartir el pan Jesús dijo:
”Este es mi cuerpo, que será entregado por vosotros”
Y cuando compartió la copa de vino dijo :”Esta es mi
sangre, que será derramada para salvaros”. Jesús,
para poder quedarse para siempre con nosotros, se le
ocurrió la idea de permanecer en el pan y en el vino
que representan su cuerpo y su sangre.
Es lo que hacen los sacerdotes, en recuerdo suyo,
cuando celebran la Santa Misa. ¿Te has fijado que en
un momento de la Misa levantan un panecito blanco y
redondo y también una copa para que todos lo
adoremos? Después de ese gesto del sacerdote, es
Jesús mismo el que está sobre el altar representado en
el pan y en el vino.
Como última cena se conoce la comida que, en
celebración de la Pascua, compartió Jesús con sus
discípulos. San Lucas, en el Nuevo Testamento, lo
relata así: “Entonces tomó el pan y, habiendo dado las
gracias, lo partió y les dio, diciendo: ‘Esto es mi cuerpo,
que por vosotros es dado; haced esto en memoria mía’.
Asimismo, tomó también la copa, después de que hubo
cenado, diciendo: ‘Esta copa es el nuevo convenio en
mi sangre, que por vosotros se derrama’” (Lucas, 22:
19-20)

Después de cenar, Jesús invitó a Pedro, Santiago y


Juan a dar un paseo por el Huerto de los Olivos. Era
una noche oscura y triste.
Jesús se sentía angustiado ante la cercanía de su
muerte. Los discípulos tenían mucho sueño y pronto se
quedaron
dormidos bajo los
árboles mientras
Jesús arrodillado
unos metros más
allá, oraba a su
Padre de los
cielos diciéndole:
“No me
abandones Padre
en estas horas
terribles”. Su
angustia y su
pena aumentaron cuando se dio cuenta que sus
discípulos no habían sido capaces de acompañarlo en
esas horas de tanto sufrimiento. Se sintió muy solo y
abandonado. ¿No crees tú que los buenos amigos
acompañan y están cerca cuando uno sufre?
La Biblia cuenta que terminada la cena de Pascua, el
Mesías y sus apóstoles se dirigieron al Monte de los
Olivos a orar. Él
se distanció un
poco, rezaba y
sudaba cada
vez más fuerte,
comenzó a
sentirse
angustiado
porque sabía lo
que venía, y un
ángel del cielo
lo reconfortó.
Cuando fue a buscar a sus discípulos se dio cuenta de
que estos se
habían
quedado
dormidos, Él
les dijo, “ha
llegado la
hora en que el
Hijo de Dios
debe ser
entregado.
Levántense,
ya se acerca
el que me va entregar”.
Al ver a sus discípulos dormidos, Jesús los despertó
diciéndoles con voz muy triste: “¿Cómo es posible que
no hayais sido capaces de
acompañarme ni siquiera
una hora? Deberíais haber
rezado conmigo”. Aún
estaba Jesús hablando
cuando oyeron voces y
gritos de hombres y unas
antorchas brillaron entre la
arboleda. Venían a apresar
a Jesús con palos y
espadas como si hubiese
sido un delincuente.
Cuando se acercaron al lugar donde estaban Jesús y
sus discípulos, se abalanzaron sobre él con brusquedad
y sin ningún respeto lo agarraron y lo arrestaron. Pedro
quiso defenderlo de los malhechores pero Jesús no se
lo permitió, se dejó arrestar sin poner resistencia
“como un cordero que es llevado al matadero”. Del
Huerto se lo llevaron hasta el tribunal donde sería
juzgado. Finalmente sus discípulos llenos de espanto
huyeron y lo abandonaron.
“Fecha en la que se conmemora la Última Cena de
Jesús con sus discípulos. En ella, Cristo instituyó el
sacramento
de la
Eucaristía,
donde Él se
hace presente
a través de la
conversión
del pan y del
vino en su
Cuerpo y su
Sangre, y el
sacramento
del Orden Sacerdotal “
Son muchos los gestos que se evocan en el Jueves
Santo. Uno de ellos es el signo de humildad y sencillez
que realizó Jesús al lavarle los pies a todos sus
discípulos, diciéndoles que ellos se los deben lavar unos
a otros, “en verdad les digo que el siervo no es más
que su señor, ni el enviado más que quien lo envió”
(San Juan 13, 16), y el sacerdote en la liturgia lava los
pies a doce feligreses.
Dos eventos de singular importancia tienen lugar este
día según la Biblia: la última cena, donde se instituye
la eucaristía y el sacerdocio, y el lavatorio de pies.
Este día, pues, se suele conmemorar la institución de
la eucaristía mediante la celebración de los Santos
Oficios, y se recuerda la agonía y oración de Jesús en
Getsemaní, en el jardín de los olivos, la traición de
Judas y el arresto de Jesús.
Con el Jueves Santo acaba la Cuaresma y se inicia el
Triduo Pascual, es decir, el periodo en que se recuerda
la pasión, muerte y resurrección de Jesús, que se
extiende del Jueves Santo al Sábado Santo.

Una de las costumbres asociadas a la celebración del


Jueves Santo es
la tradicional
visita a las siete
iglesias o siete
templos, que se
puede realizar
entre la noche
de Jueves Santo
y la mañana de
Viernes Santo.
Su finalidad,
como tal, es
agradecer a
Jesucristo el don
la de eucaristía
y el sacerdocio, que instituyó aquella noche.
Existe también la tradición de levantar el monumento
de Jueves Santo, que es la capilla o altar donde se
reserva la hostia consagrada desde el Jueves Santo al
Viernes Santo. Ante él, se suele dar gracias al Señor
por su pasión, con la cual redimió, según las Escrituras,
a la humanidad. Este día por la mañana en todas las
catedrales, los obispos que son, como dice el Concilio,
“los principales administradores de los misterios de
Dios, que regulan, promueven y custodian toda la vida
litúrgica de la Iglesia que les ha sido confiada”, celebran
una misa muy solemne con todos los sacerdotes (“el
presbiterio” de sus diócesis) y en ella los sacerdotes
con un solo corazón y una sola alma renuevan sus
promesas y su obediencia al Obispo. En ella, además,
se consagran los óleos, es decir, los aceites que se
emplean en diversos sacramentos: el bautismo, la
confirmación, la ordenación sacerdotal y la unción de
los enfermos. Son muchos los gestos que se evocan en
el Jueves Santo. Uno de ellos es el signo de humildad
y sencillez que realizó Jesús al lavarle los pies a todos
sus discípulos, diciéndoles que ellos se los deben lavar
unos a otros, “en verdad les digo que el siervo no es
más que su señor, ni el enviado más que quien lo envió”
(San Juan 13, 16), y el sacerdote en la liturgia lava los
pies a doce feligreses.
Cuando Pilato entregó a Jesús para que lo llevasen
lejos de su presencia, los soldados se hicieron cargo de
Él, tejieron una
corona con espino
y se la colocaron
sobre su cabeza, lo
azotaron y luego le
cargaron sobre su
espalda una
pesada y tosca
cruz de madera. A
gritos y
empujones le
ordenaron
dirigirse a un
colina que estaba
en las afueras de Jerusalén donde sería crucificado.
Pero antes de llegar hasta la colina, Jesús tuvo que
atravesar las calles de la ciudad entre gritos y burlas
de los que se alegraban de su sufrimiento y el silencio
de los que no se atrevían a decir nada por temor a ser
castigados y callaban y lloraban.
Tan pesada resultó la cruz sobre su espalda que Jesús
cayó tres veces bajo su peso. Sus fuerzas le fallaron en
tres ocasiones porque estaba muy debilitado por el
hambre, los azotes, la tristeza, el griterío de la gente al
verlo pasar, la vergüenza. Él no estaba acostumbrado
a tanta humillación. No fue sólo la cruz que lo aplastó
y lo hizo caer por el suelo sino también todos los
pecados de los hombres y mujeres de todos los tiempos
y que Él, con su sufrimiento, salvó.

Simón era un campesino que seguramente venía del


campo y se encontró con este espectáculo: un pobre
hombre encorvado bajo
el peso de una cruz
Simón era un campesino
que seguramente venía
del campo y se encontró
con este espectáculo: un
pobre hombre encorvado
bajo el peso de una cruz
rodeado de soldados y
una ruidosa multitud que
vocifera y se ríe al mismo
tiempo, mujeres y niños que lloran y tratan de
acercarse al condenado a muerte y otros curiosos que
no saben si alejarse o seguir en la procesión.
Los soldados viendo que Jesús se les muere en el
camino obligan con rudeza a Simón a que le ayude, por
un rato, a llevar la cruz. Es tan lamentable la figura de
Jesús, que Simón, compadecido, le quita la cruz y la
pone sobre sus espaldas. El venía cansado de su
trabajo pero él se dice a sí mismo que siempre es
posible ayudar a quien sufre y está en dificultades.

El cortejo atravesaba las calles de Jerusalén y Jesús


seguía con dificultad arrastrando su cruz a cuestas
cayéndose y levantándose una y otra vez. Le dolía la
cruz sobre sus
espaldas pero más
le dolía ser objeto
de las burlas y de
las risas burlonas
del gentío que
caminaba cerca de
él. De repente,
levantó sus ojos y
entre toda esa
multitud hostil
descubrió la mirada
amorosa de su madre. Fueron sólo unos segundos en
que sus miradas se cruzaron sin palabras, pero, al
menos Jesús, sintió que no estaba tan solo: su madre
lo seguía, valiente, de muy cerca.
El corazón de la madre se encogió de dolor ante la vista
de su hijo humillado por una multitud cruel y
despiadada, pero al mismo tiempo le dio fuerzas para
seguirlo de más cerca. Las madres son así: sacan
fuerzas y valentía si ven a un hijo enfermo, o en
dificultades, con mayor razón María que llevaba al
Espíritu Santo en su corazón.

Cerca ya del monte Calvario Jesús vio a un grupo de


mujeres que
lloraban sin
consuelo por él.
Eran mujeres que lo
conocían bien y
sabían todo el bien
que había hecho en
esos años por los
enfermos, las
viudas, los amigos.
No merecía que lo
trataran como a un
delincuente. ¡Qué
castigo más injusto
y más cruel para un hombre que había pasado por la
vida haciendo sólo el bien!
Jesús se dio el tiempo para detenerse unos segundos y
consolarlas. “No lloreis por mí” les dijo. Y ellas,
animadas por estas palabras de consuelo continuaron
detrás de sus pasos hasta llegar al lugar mismo de la
crucifixión.

Una vez que llegaron hasta la cima del Calvario, los


soldados despojaron a Jesús de toda su ropa. Luego,
se repartieron sus vestiduras y sortearon la capa que
seguramente le había tejido su madre. Jesús no
reclama, ni protesta, se deja despojar de todo cuanto
tenía en ese momento.

Una vez que los


soldados
desnudaron a
Jesús, lo
hicieron
recostar sobre la
cruz y sin piedad
le clavaron
manos y pies.
Luego, alzaron
la cruz en medio
de otras dos cruces donde yacían dos ladrones que
también habían sido condenados a muerte. Uno de ello
al ver a Jesús se arrepintió de sus pecados y le pidió
que se acordara de él cuando estuviera en el cielo.
Jesús le contestó “Hoy día, estarás conmigo en el
Paraíso”. Por lo menos este pobre ladrón murió con la
esperanza de salvarse e irse al cielo. No hay gesto más
bonito que arrepentirnos de nuestras faltas y pedir
perdón ¿no te parece?

La madre de Jesús, María, estaba a los pies de la cruz


muy cerca
del apóstol
Juan. “Aquí
tienes a tu
madre,
Juan“ le dijo
Jesús desde
la cruz. Y
luego
mirando a
María
agregó
“Aquí tienes
a tu hijo,
madre”.
Desde ese momento María se convirtió en la madre no
sólo de Juan sino de todos nosotros.
El bueno de Juan se la llevó a vivir a su casa. Ella es
nuestra madre y nosotros somos sus hijos. Nos ama y
nos cuida como saben amar y cuidar las mamás. Es
lindo sentir que tenemos dos mamás que se preocupan
de nosotros. ¿verdad?

Cuando le quedaban pocos minutos de vida, Jesús miró


a los soldados que tanto lo habían golpeado y
maltratado y lleno de amor por ellos exclamó a su
Padre: “Padre, perdónalos porque no saben lo que
hacen.” Jesús no supo de odios ni de venganzas, sólo
de amor y de misericordia. Él perdonó a los soldados
que lo habían azotado, empujado y clavado en la cruz.
También perdonó a quienes se habían burlado de Él y
le habían hasta escupido. ¡Qué corazón más noble el de
Jesús! El perdonar a un amigo o a un hermano es el
gesto más lindo del amor. Si perdonas mucho es
porque amas mucho pero, aunque perdones poco, Dios
te perdonará siempre. Repite la siguiente oración:
“Perdono de corazón a todos los que me ha causado
pena perdono de verdad a todos lo que me han
ofendido, perdona Padre Bueno mis mentiras, mis
flojeras, mis faltas de respeto, todo el mal que he hecho
y todo el bien que he dejado de hacer.
“Todo está consumado” exclama Jesús finalmente. Son
sus últimas palabras. Con estas palabras quiso decir
que ya había cumplido con la voluntad de su Padre y
que con su muerte pagaba la cuenta de todos nuestros
pecados y nos conseguía el cielo. Entregaba su vida
para que nosotros pudiéramos vivir en el paraíso con
su Padre para siempre. Desde ese momento las puertas
del cielo se abrían para recibir a quienes murieran como
Él. Después de estas palabras Jesús expira y muere.
Era como el mediodía. El sol se ocultó y todo el país
quedó en tinieblas y un gran temblor sacudió la ciudad.
El Viernes Santo es el día de pasión y muerte del Señor
y del ayuno pascual como signo exterior de nuestra
participación en su sacrificio. Este día no hay
celebración eucarística, pero tenemos la acción litúrgico
después de medio día para conmemorar la pasión y la
muerte de Cristo. Cristo nos aparece como el Siervo de
Dios anunciado por los profetas, el Cordero que se
sacrifica por la salvación de todos.
La cruz es el elemento que domina toda la celebración
iluminada por la luz de la resurrección, nos aparece
como trono de gloria e instrumento de victoria; por esto
es presentada a la adoración de los fieles.
El Viernes Santo no es día de llanto ni de luto, sino de
amorosa y gozosa contemplación del sacrificio redentor
del que brotó la salvación. Cristo no es un vencido sino
un vencedor, un sacerdote que consuma su ofrenda,
que libera y reconcilia, por eso nuestra alegría.
El Viernes Santo es una festividad cristiana en la
cual se conmemora la muerte de Jesús de
Nazaret. Se celebra durante la Semana Santa,
después del Jueves Santo, y antes del Domingo de
Resurrección o de Pascua.
Este día, la Iglesia católica manda a sus fieles, como
penitencia, a guardar ayuno y abstinencia de carne.
Tampoco se celebra la eucaristía, sino la liturgia de la
Pasión del Señor.
Un hombre rico llamado José, que conocía a Jesús y
era amigo suyo, le ofreció a María una tumba nueva
para que lo sepultaran. Desclavaron el cuerpo muerto
de Jesús y María lo
recibió en su regazo.
Lo besó con ternura
de madre, lo
envolvió en sábanas
blancas ayudada por
otras mujeres, le
colocó perfumes y
hierbas como se
usaba en ese tiempo
y luego lo pusieron en
la sepultura. Los
hombres cerraron la
tumba con una gran
piedra. Y todos se
volvieron a sus casas
con una pena muy grande. Era el viernes a eso de las
tres de la tarde."...se despojó de su rango y tomó la
condición de esclavo...se rebajó hasta someterse
incluso a la muerte, es decir conociese el estado de
muerte, el estado de separación entre su alma y su
cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el
momento en que Él expiró en la cruz y el momento en
que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el
misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Es
el misterio del Sábado Santo en el que Cristo
depositado en la tumba manifiesta el gran reposo
sabático de Dios
después de
realizar la
salvación de los
hombres, que
establece en la
paz al universo
entero".
Jesús yace en su
tumba y los
apóstoles creen
que todo se
acabó. Todo el
día sábado su
cuerpo descansa
en el sepulcro
Pero su madre,
María, se acuerda de lo que dijo su hijo : Al tercer día
resucitaré. Los Apóstoles van llegando a su lado, y Ella
les consuela. “
El Sábado santo es un día de luto inmenso, de silencio
y de espera vigilante de la Resurrección. La Iglesia en
particular recuerda el dolor, la valentía y la esperanza
de la Virgen María.
Ella representa la angustia de una Madre que tiene
entre sus brazos a su Hijo muerto, pero no se puede
olvidar en este momento ella es la única que conserva
en su corazón las palabras del anciano Simeón, que si
bien él profetizó que Cristo sería signo de contradicción
y una espada le traspasaría el alma, también indicó que
Jesús sería signo de resurrección.
Lo que los discípulos habían olvidado, María lo
conservaba en el corazón: la profecía de la resurrección
al tercer día. Y María esperó hasta el tercer día.
Generalmente en las mañanas se realizan retiros de
reflexión en torno a este tema, y la tarde resulta ser
más bien de tranquilidad, oración y de espera al Jesús
Resucitado.
Es la conmemoración de Jesús en el sepulcro y su
descenso al abismo. Mediante la Vigilia Pascual se
celebra el triunfo de Jesucristo sobre la muerte.

La Iglesia católica también conmemora la soledad de


María, después de llevar al sepulcro a Cristo, quedando
en compañía del apóstol Juan. Pueden ser expuestas
en la Iglesia, a la veneración de los fieles, la imagen de
Cristo crucificado, o en el sepulcro, o descendiendo a
los Infiernos, ya que ilustran el misterio del Sábado
Santo.

Este es el día de espera litúrgica por excelencia, de


espera silenciosa junto al sepulcro que se manifiesta no
sólo en la ausencia de celebraciones o símbolos visibles
en las iglesias: el altar está desnudo, las luces
apagadas. Culmina con la Vigilia Pascual, celebración
donde se recuerda el triunfo de la vida sobre la muerte,
tal y como lo anunció Jesús a sus apóstoles antes de
ingresar a Jerusalén.

El Sábado es el día en que experimentamos el vacío.


Si la fe, ungida de esperanza, no viera el horizonte
último de esta realidad, caeríamos en el desaliento:
"nosotros esperábamos... ", decían los discípulos de
Emaús.
Es un día de meditación y silencio. Algo parecido a la
escena que nos describe el libro de Job, cuando los
discípulos que fueron a visitarlo, al ver su estado, se
quedaron mudos, atónitos ante su inmenso dolor: "se
sentaron en el suelo junto a él, durante siete días y
siete noches. Y ninguno le dijo una palabra, porque
veían que el dolor era muy grande" (Job. 2, 13).
La Cruz sigue entronizada desde ayer. Central,
iluminada, con un paño rojo, con un laurel de victoria.
Dios ha muerto. Ha querido vencer con su propio dolor
el mal de la humanidad.
Eso sí, no es un día vacío en el que "no pasa nada". Ni
un duplicado del Viernes. La gran lección es ésta: Cristo
está en el sepulcro, ha bajado al lugar de los muertos,
a lo más profundo a donde puede bajar una persona. Y
junto a Él, como su Madre María, está la Iglesia, la
esposa. Callada, como él.

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El domingo, muy de madrugada, antes que apareciera
el sol, María Magdalena y otras mujeres se dirigieron al
sepulcro donde había sido enterrado el cuerpo de
Jesús. Grande fue su sorpresa cuando vieron que la
piedra que cerraba el
sepulcro no estaba en
su lugar y éste estaba
abierto. Temerosas
entraron en la
sepultura pero,
estaba vacía. A punto
de llorar salieron
gritando: “No está
aquí, alguien ha
robado el cuerpo de
nuestro Señor.” En
ese momento, se les
apareció un ángel en medio de una gran luz y les dijo:
“¿Por qué lo buscais entre los muertos? Jesús no está
aquí: Dios le devolvió la vida, Jesús resucitó, tal como
El lo había anunciado. Id ahora y decidlo a los
discípulos” Ellas salieron corriendo, felices de llevar
esta noticia. ¡Aquel era sin duda el día más feliz de sus
vidas!. Corrieron y corrieron hasta llegar al lugar donde
estaban los discípulos y les gritaron:”¡Vive, vive, Jesús
vive. No está en la sepultura y un ángel nos confirmó
la noticia! Pedro y Juan no lo podían creer, entones se
vistieron con rapidez y salieron corriendo para
comprobar si las mujeres decían la verdad. Al entrar al
interior de la cueva, Jesús no estaba, sólo el lienzo
blanco con que habían envuelto su cuerpo muerto
estaba bien doblado sobre una piedra. Había resucitado
tal como se los había dicho en una ocasión. Jesús había
cumplido con su palabra y con su promesa.: ¡Aleluya,
el Señor resucitó, el Señor está vivo, Aleluya!

Tan conmovidas y alteradas se quedaron las mujeres


con la noticia que Jesús
ya no estaba muerto sino
vivo, que en un primer
momento, no se dieron
cuenta que era Jesús
quien se les apareció,
cuando caminaban de
vuelta del sepulcro.
Pensaron que era el
sepulturero. Pero al oír
su voz, no tuvieron duda
que era Él mismo y se arrodillaron felices para adorarlo.
“No tengais miedo”, les dijo Jesús, “decidles a mis
amigos que vayan a Galilea, allí me reuniré yo con
ellos”. Y de nuevo salieron corriendo para dar la noticia
de su Señor a cuantos lo habían conocido.
 Las mujeres fueron a la tumba para ungir el cuerpo
de Jesús.
 Vieron a los ángeles, que les dijeron que no estaba
allí.
 Se fueron a decir a los apóstoles, que inicialmente
no les creyeron.
 Pedro y el discípulo amado corrieron a ver la tumba
y la encontraron vacía.
 María Magdalena tuvo un encuentro con el Cristo
resucitado.
 Lo mismo tuvieron los discípulos en el camino a
Emaús.
 También lo tuvo Pedro, lo mismo que
tuvieron todos los apóstoles, menos Tomás, que
tendría uno más adelante.
 ¡Jesús había resucitado de entre los muertos!
El significado de la Semana Santa. La Resurrección del
Señor nos abre las puertas a la vida eterna, su triunfo
sobre la muerte es la victoria definitiva sobre el pecado.
Este hecho hace del domingo de Resurrección la
celebración más importante de todo el año.

“Al tercer día resucitó”, en esta piedra angular se


basa la fe cristiana. El Señor de la vida había muerto,
pero ahora vive y triunfa.
El Domingo de Pascua es el día en el cual Jesús salió
de su sepulcro. Este hecho es fundamental para el
cristianismo. La historia cuenta que en cuanto se hace
de día, tres mujeres van al sepulcro donde Jesús estaba
enterrado y ven que no está su cuerpo. Un Ángel les
dice que ha resucitado. Van corriendo donde está la
Virgen con los Apóstoles y les dan la gran noticia: ¡Ha
resucitado! Pedro y Juan corren al sepulcro y ven las
vendas en el suelo. El desconsuelo que tenían, ayer, se
transforma en una inmensa alegría. Y rápidamente lo
transmiten a los demás Apóstoles y discípulos. Y todos
permanecen con la Virgen esperando el momento de
volver a encontrarse con el Señor.

Éste es el día
de la
esperanza
universal, el
día en que en
torno al
resucitado,
se unen y se
asocian
todos los
sufrimientos humanos, las desilusiones, las
humillaciones, las cruces, la dignidad humana violada,
la vida humana no respetada.
En la Resurrección la vocación cristiana descubre su
misión: acercarla a todos los hombres. El hombre no
puede perder jamás la esperanza en la victoria del bien
sobre el mal. Por esta razón los cristianos con gran
júbilo celebran este día la Misa Pascual del Domingo de
Resurrección.
La fiesta para los cristianos de todo el mundo ha
llegado, porque se cumplieron las profecías de que
Jesús al tercer día resucitaría, se renuevan en este día
los sacramentos del bautismo y la confirmación. Es por
eso también de cada DOMINGO DIA DEL SEÑOR
NOS CONGREGAMOS TODOS CRISTIANOS PARA
DAR GRACIAS A DIOS POR SU RESURRECCIÓN.