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Tema- 1.

Concepto y caracteres de la obligación

El Derecho de obligaciones es aquella parte del Derecho civil que se ocupa del régimen jurídico de
las relaciones jurídico-obligatorias en sí mismas consideradas. En él se incluye, por lo tanto, el
estudio de:

(a) La noción de obligación, sus caracteres, elementos, estructura y clases.

(b) La dinámica de la obligación, es decir: los hechos de los que la obligación puede nacer (las
fuentes de las obligaciones), así como los sucesos más significativos que pueden ocurrir durante la
vida de una obligación.

(c) El examen pormenorizado de cada una de las distintas fuentes de las obligaciones, lo que incluye
el estudio del contrato y de los concretos contratos civiles regulados, bien por el Código civil, bien
por alguna ley especial, así como de aquellos otros contratos que, no estando expresamente
regulados, tienen la suficiente importancia práctica o teórica como para ser destacados. También
incluye el estudio de la disciplina conocida como «Derecho de la responsabilidad civil» que se
refiere a la obligación de reparar el daño causado a otro que la ley impone al causante del daño y, a
veces, a otras personas vinculadas de alguna forma con él.

Más adelante veremos en qué medida las obligaciones deben necesariamente tener un contenido
patrimonial (véase el apartado 4.2). Pero, con independencia de si deben o no tenerlo, lo cierto es que
suelen tenerlo ya que las obligaciones son el instrumento fundamental para el intercambio de bienes
y servicios en que se basa la actividad económica. Por ello el Derecho de obligaciones forma parte,
junto con los llamados «derechos reales» del llamado «Derecho civil patrimonial», el cual contiene
el conjunto de instituciones jurídicas relativas al intercambio y explotación de los bienes y servicios.
Tanto el Derecho de obligaciones como los derechos reales se refieren a relaciones de contenido
fundamentalmente económico. La principal diferencia entre ambos está en el punto de vista
adoptado, y así:

(a) En los derechos reales el punto de vista es estático, pues el análisis jurídico se centra en los
bienes (que constituyen la base de la economía) y en los derechos que recaen sobre ellos; cuáles son,
cómo nacen, a quién o quienes se atribuyen y cuáles son los límites de tal atribución.

(b) Por el contrario, en el Derecho de obligaciones se adopta un punto de vista dinámico, pues no
se estudian los bienes en sí mismos, sino los procedimientos y mecanismos jurídicos que posibilitan
el intercambio de éstos, así como también el intercambio de los servicios.
Importancia del

1.3 La importancia práctica del Derecho de obligaciones deriva del hecho de que la obligación es
el instrumento técnico jurídico más utilizado para el intercambio de bienes y servicios: desde el
punto de vista jurídico casi toda la actividad económica de un país se rige por el Derecho de
obligaciones.

Existen obligaciones civiles, mercantiles, administrativas y laborales. Por lo tanto son varias las
asignaturas del Grado en Derecho en donde se estudian obligaciones, pero solamente en Civil III se
estudian las obligaciones en general.
1.4 Las obligaciones pueden surgir de distintas “fuentes”. Pero la vinculación de todas las fuentes de
las obligaciones, la principal son los contratos, ya que éstos se definen precisamente como «negocio
jurídico bilateral dirigido a la creación de obligaciones entre los intervinientes en él».
1.5 Las líneas fundamentales de la regulación del Derecho de obligaciones afectan al propio modelo
político-económico del país; y por ello el marco general del Derecho de obligaciones se encuentra
fijado por la propia Constitución cuyas líneas principales se manifiestan en el llamado principio de
libertad de empresa, garantizado por el artículo 38 de la Constitución, que habla de «libre iniciativa
económica» de los particulares.

2. El vínculo jurídico. Deuda y responsabilidad.

I. Conceptos de obligación.
- En sentido estricto: posición pasiva en una relación jurídica que implica un deber de hacer o no
hacer.
- En sentido amplio: concreta relación jurídica con una posición activa correlativa con una pasiva, en
la que el deudor debe una prestación (hacer o no hacer) al acreedor.

- Caracteres:
* Contraposición del crédito (acreedor) y débito (deudor) (no siempre reciprocidad)
* Relatividad (art. 1257 cc –“excepción” en la estipulación a favor de tercero.)

* Patrimonialidad.

II. Vínculo obligatorio.


- Contenido: * Deuda * Crédito
* Responsabilidad. La situación pasiva potencial de quien tiene el débito. Ej: estoy aun en el plazo de
pago, no soy deudor aun, pero sí tengo la responsabilidad de pagar.

- Como carga subjetiva de cumplimiento.


- Como deber objetivo de resarcir el incumplimiento (1911 cc).

* Relación entre deuda y responsabilidad (obligaciones aleatorias). Alguien solo puede ser
responsable si contrae deudas.

Estar «obligado», o tener un deber, implica por lo tanto que se está sujeto a hacer algo (o a no
hacerlo). El obligado no es libre para dejar de hacer aquello que debe hacer; de manera que, si deja
de hacerlo, ello tendrá algún tipo de consecuencias o repercusiones más o menos negativas para él.

La obligación no se refiere a cualquier deber, sino exclusivamente al deber de pagar una deuda, o, lo
que es lo mismo: al deber que constituye el lado pasivo de un derecho de crédito. No son, por lo
tanto, obligaciones en este sentido ni los simples deberes morales, ni tampoco los deberes públicos
(como, por ejemplo, pagar los impuestos, o cumplir las leyes) ni, en general, el resto de los deberes
jurídicos (como puede ser el de respetar la propiedad ajena, o el deber de educar, mantener y cuidar
de los hijos), sino únicamente el deber, a cargo de un deudor, de realizar la conducta que su acreedor
puede exigirle.

No basta, por lo tanto, para que haya obligación o deuda (en el sentido en el que ahora estamos
hablando) con que alguien tenga el deber jurídico de hacer algo (o de no hacerlo), sino que es preciso
que ese deber se le haya impuesto en beneficio de otra persona concreta, a quien se le ha debido
conceder el derecho correlativo de exigir el cumplimiento; pues toda obligación ---en el sentido
técnico en el que ahora estamos hablando---, es el lado pasivo de un crédito, y no hay obligación sin
crédito ni crédito sin obligación: ambos se encuentran indisociablemente unidos y, por ello,
«obligación» (en el sentido de «deuda») y «crédito», se pueden considerar las dos caras de una
misma moneda. A esta característica de las obligaciones en sentido técnico, consistente en que
siempre van acompañadas de un crédito, se la llama, a veces, «correlatividad».

Para indicar el vínculo entre un crédito y una deuda, es decir, para referirnos al denominado «vínculo
obligacional», o nexo entre el crédito y la deuda. La obligación, en este segundo sentido, sería la
relación existente entre el crédito y la deuda, comprendiéndolas a ambas, por lo que desde este punto
de vista el término «obligación» sería casi un sinónimo de «relación jurídica obligatoria».

He dicho que los términos «vínculo obligatorio» y «relación obligatoria» pueden funcionar casi
como sinónimos. Pero no son realmente sinónimos, porque, aunque de relación jurídica se puede
hablar en varios sentidos, en su sentido original (el que le dio SAVIGNY) la relación jurídica es una
relación de la vida social regulada unitariamente por el Derecho. Es decir: la relación jurídica
obligatoria sería el origen del vínculo obligatorio; la relación entre dos o más personas de la que
nacen uno o más vínculos obligatorios, siendo bastante corriente que de una misma relación jurídica
surja más de un vínculo obligatorio.

Este sentido es menos habitual que los dos anteriores, pero hay varios preceptos del Código civil en
los que claramente el término «obligación» se está usando para hacer referencia, no a la deuda, ni al
crédito en sí mismos considerados, ni a la relación entre uno y otro, sino al acto o negocio del que
surgieron ambos; habitualmente un contrato. Así, por ejemplo, los artículos 1104-II, o 1105 del
Código civil que se remiten a ``lo que diga o exprese'' la obligación (es decir: el contrato de donde
esta surgió), o el artículo 1112 del mismo Código, que menciona los derechos (en plural) adquiridos
en virtud de una obligación (en singular).

Además del sentido amplio (sinónimo de deber) y de los sentidos restringidos que se acaban de
examinar (obligación = deuda; obligación = vínculo obligatorio; obligación = fuente de la
obligación), en lenguaje jurídico todavía se usa el término obligación en un sentido aún mucho más
reducido para hacer referencia a ciertos títulos valores (noción esta que se estudiará en Derecho
mercantil), emitidos por ciertas empresas (o, a veces, por el Estado) y dirigidos a captar inversores.

3.3 En ocasiones se dice que, de los dos sentidos principales en que se usa el término obligación
en Derecho de obligaciones, y que se acaban de exponer, el primero (obligación = deuda) es un
sentido subjetivo, porque pone la atención en uno de los sujetos (el deudor y la conducta que está
obligado a realizar), y el segundo sentido (obligación = vínculo obligatorio) es un sentido objetivo,
pues no pone la atención en ninguno de los sujetos, sino en el elemento que los une a ambos, o
relación existente entre ellos.

ALBALADEJO define a la obligación como «vínculo jurídico que liga a dos (o más) personas en
virtud del cual una de ellas (deudor) queda sujeta a realizar una prestación (un cierto
comportamiento) a favor de la otra (acreedor), para la satisfacción de un interés de éste digno de
protección; y a este (acreedor) le compete un correspondiente poder (llamado derecho de crédito)
para pretender y poder exigir tal prestación». DÍEZ PICAZO, por su parte, describe a la obligación
como «situación jurídica en la cual una persona (acreedor) tiene un derecho que le permite exigir o
reclamar un comportamiento de otra persona (deudor), que soporta el deber jurídico de realizar en
favor de aquel un determinado comportamiento (deber de prestación)».

-El derecho de crédito: concepto y caracteres:


El derecho a exigir de otro una determinada prestación. Las principales características de los
derechos de crédito son las siguientes:

(a) Relatividad o eficacia relativa. Esto significa que el acreedor sólo puede reclamar de su
deudor o deudores. Lo importante es que el crédito sólo produce efectos directos para quienes son
parte en él; y así, por ejemplo, el acreedor de una cosa, que sólo sea acreedor de ella, es decir, que no
tenga ningún derecho real sobre la misma, sólo puede exigir la entrega de la misma al deudor; nunca
a un tercero que tenga la cosa en su poder. Lo que no significa, claro está, que si el deudor, para
evitar que le condenen a entregar la cosa, se deshace de ella y la entrega a un tercero, el acreedor no
tenga mecanismos de defensa.

(b) Duración temporal y extinción por el cumplimiento. Las obligaciones nacen para ser
cumplidas por el deudor, y una vez que este las cumple se extinguen. El cumplimiento puede tardar
más o menos tiempo, y así, por ejemplo, una obligación consistente en la entrega de una cantidad de
dinero se cumple con un solo acto; otras veces el periodo de cumplimiento se extiende a lo largo del
tiempo, como ocurre, por ejemplo, en los arrendamientos; o incluso puede tener una duración
indefinida o indeterminada, como ocurre en el contrato de trabajo no temporal, o en muchos
contratos de suministro. Pero, dure más o dure menos, una vez cumplido el crédito está en su
naturaleza que se extinga, tal y como, por otra parte, declara el artículo 1156 cuando menciona como
primera causa para la extinción de las obligaciones «el pago o cumplimiento». Y, por otra parte,
aunque se admiten obligaciones de duración indefinida, esto no es lo mismo que «duración
ilimitada». Siendo las obligaciones necesariamente temporales, se admiten obligaciones de duración
indefinida (o sea, a las que no se le hayan puesto límites temporales expresos), pero no se admite una
duración ilimitada, para siempre; o para tanto tiempo que es como si fuera para siempre. De hecho, el
Código civil expresamente declara nulo el contrato por el que alguien se obligue para toda la vida
(art. 1583 Cc).

4.2 Se discute si la patrimonialidad es también característica de los derechos de crédito.


Históricamente así se afirmaba y la cuestión no se puso en duda hasta el siglo XIX, cuando
WINDSCHEID y, sobre todo IHERING pusieron en tela de juicio tal característica, aduciendo que el
interés del acreedor en la prestación no tiene por qué ser de naturaleza patrimonial. Opinión que hoy
está bastante extendida. En Derecho romano clásico la patrimonialidad del crédito no era discutible,
pues el propio sistema procesal la imponía ya que la única condena posible en los juicios civiles era a
pagar una cantidad de dinero. WINDSCHEID y IHERING señalaron que el sistema procesal había
cambiado y ya no era imprescindible valorar en dinero la pretensión del acreedor, por lo que, dado
que era perfectamente legítimo que el interés del acreedor no fuera económico, no había razón para
limitar las obligaciones sólo a las pretensiones de naturaleza patrimonial.

Frente a tal punto de vista, otros autores (fundamentalmente SCIALOJA y BONFANTE, en la


doctrina italiana) argumentaron que aunque es cierto que el interés primordial del acreedor no tiene
por qué ser de naturaleza patrimonial, la prestación en sí misma considerada, sí debe ser susceptible
de evaluación en dinero, pues en caso de incumplimiento voluntario del deudor, el acreedor sólo
puede reaccionar contra el patrimonio del deudor, y no contra su persona. Es verdaderamente difícil
imaginar un supuesto de obligación en el que no haya absolutamente ninguna connotación
económica, esto es así porque, normalmente, el interés no patrimonial se integra en una relación más
amplia que sí tiene una componente económica y así, por ejemplo, si en un contrato de
arrendamiento se pacta que el inquilino no puede tener gatos, porque el dueño (que vive al lado) es
alérgico a ellos, este pacto que refleja intereses no patrimoniales, se integran en un contrato de
arrendamiento de contenido claramente patrimonial. Y, en cierto modo, aunque no siempre sea fácil
de calcular, este pacto también tienen su repercusión económica, y así un piso en el que no se pueda
establecer un despacho profesional, probablemente tenga un precio distinto al que tendría otro en el
que esta limitación no existiera
4.3 El acreedor, hemos dicho, tiene derecho a exigir del deudor que lleve a cabo la conducta en que
consiste la prestación. Ocupa por lo tanto una posición jurídica de poder.
En la relación obligatoria se dice, por lo tanto, que el acreedor ocupa la posición activa puesto que es
él quien resulta titular de un derecho de crédito que le permite exigir cierta conducta de la otra parte.

Como casi todos los derechos subjetivos, el derecho de crédito no implica una sola posibilidad de
actuar, sino que, como se explicó el curso anterior (Civil I), constituye un «haz de facultades». El
núcleo del derecho está, ciertamente, en la posibilidad de exigir del deudor el cumplimiento. Pero
junto con ese concreto poder de actuar, el derecho de crédito implica otras facultades secundarias o
subordinadas a la principal entre las que se incluyen, por supuesto, la posibilidad de poner en marcha
los mecanismos que el Ordenamiento jurídico concede a los acreedores en caso de incumplimiento
del deudor; pero también están a disposición del acreedor una serie de mecanismos o facultades de
actuación dirigidas genéricamente a proteger su crédito, impidiendo el incumplimiento, o
dificultándolo, cuando ello sea posible.

Pero el crédito no sólo comporta facultades de actuación, también tiene asociados ciertos deberes
derivados en su mayor parte de la buena fe y de la conducta generalmente exigible en el tráfico
jurídico. El principal de estos deberes, aunque no el único, es el de colaborar con el deudor para que
éste pueda cumplir, o, al menos, no hacer nada que imposibilite o dificulte el cumplimiento del
deudor. La fundamentación legal de la exigibilidad de estos deberes del acreedor se encuentra en el
artículo 7 del Código civil que, como sabemos señala con carácter general que los derechos deberán
ejercitarse conforme a las exigencias de la buena fe. Y, para el caso concreto de los contratos, el
artículo 1258 Cc añade que estos obligan, no sólo al cumplimiento de lo expresamente pactado,
«sino también a todas las consecuencias que, según su naturaleza sean conformes a la buena fe, al
uso y a la ley».

-La deuda y la responsabilidad:

En toda obligación hay siempre un deber, a cargo del deudor, y un poder a favor del acreedor. El
deber es un deber jurídico, lo que significa que su incumplimiento conlleva necesariamente una
reacción jurídica que puede poner en marcha el acreedor si así lo desea. Por ello se suele decir que en
toda obligación hay necesariamente dos elementos o aspectos a los que se llama, respectivamente,
deuda y responsabilidad. La deuda significa que en toda obligación se establece un deber jurídico a
cargo de una persona (el deudor), en virtud del cual a ésta se le puede exigir que haga algo, o que no
lo haga (cfr. art. 1088 Cc). Ese deber es jurídico, y no puramente moral, y su cumplimiento lo puede
exigir el acreedor.

El mecanismo que el incumplimiento pone en marcha, es decir, la responsabilidad, personal y


responsabilidad patrimonial puede tener naturaleza sancionadora (si va dirigido a castigar al deudor
por su incumplimiento) o reparadora (si va dirigido a reparar, a costa del deudor, el daño que el
acreedor sufre por el incumplimiento de lo que se le debía). Cuando las consecuencias recaen sobre
la persona del deudor se dice que la responsabilidad es personal y cuando lo hacen sobre el
patrimonio del deudor, se dice que existe una responsabilidad patrimonial.

La responsabilidad patrimonial es hoy día la única que existe. El Código civil la proclama en el
artículo 1911 que recoge el llamado «principio de responsabilidad patrimonial universal», de acuerdo
con el cual «del cumplimiento de las obligaciones responde el deudor con todos sus bienes presentes
y futuros». Esto significa que si el deudor carece, en el momento actual, de bienes suficientes para
atender todas sus deudas, no por ello estas se extinguirán: seguirán existiendo de manera que si en el
futuro mejora la condición económica del deudor, los acreedores podrán cobrar.

(El único supuesto en el Código penal en el que aparentemente se considera delito el simple hecho de
incumplir una obligación civil, sin más circunstancias adicionales, es el artículo 227, que se refiere al
impago de pensiones a favor del cónyuge o de los hijos, y en donde el tipo legal no exige ninguna
otra circunstancia: basta con dejar de pagar durante dos meses consecutivos o cuatro no
consecutivos. Pero, a pesar de la literalidad de este precepto, la simple aplicación de las reglas
generales del Derecho penal relativas a las causas de justificación y a las circunstancias eximentes
hace que sea imposible condenar a nadie por este delito si se demuestra que la razón de que no
pagara fue que realmente no podía pagar.)

5.3. Deuda y responsabilidad son, en principio, las dos caras de una misma moneda. Si hay deuda
hay responsabilidad, y viceversa; y si falta alguna de las dos, no hay auténtica obligación en el
sentido jurídico de la palabra.

3. Vínculo simple y vínculo múltiple. La obligación sinalagmática.

I. Vínculo simple: obligaciones unilaterales


- Prestación obligatoria singular (donaciones (paradoja porque tienen que aceptar la donación),
testamento y, quizá, algunas obligaciones “reales”).

- Obligaciones complejas e integración del vínculo simple. Siempre que haya una relación de A con
B y viceversa, no significa que la relación sea bilateral; pueden ser vinculaciones simples pero
complejas. Conflicto meramente teórico.

-Contratos reales. El contrato empieza con la entrega de algo, de un real.

II. Vínculo Múltiple: obligaciones signalagmáticas (genética y funcionalmente)

III. Sinalagmaticidad
- Mora interdependiente. Retraso interdependiente.
- Exceptio non adimpleti contractus. Si tú no pagas yo interrumpo mi actividad.
- Resolución por incumplimiento (además, en su caso, de indemnización). Si no cumples, (resuelvo)
rompo el contrato.

IV. Sinalagmaticidad y onerosidad del contrato. - Sacrificio patrimonial correlativo.

V. Obligaciones ex post facto. Obligaciones que se generan después de haberse realizado el préstamo
o contrato. Ej: biblioteca presta un libro a Iván, Iván rompe una hoja y genera una obligación ex post
facto de arreglarlo.

Hasta ahora, al hablar de obligaciones, hemos estado suponiendo un supuesto de obligaciones


recíprocas o sinalagmáticas, hecho sencillo en el que hay dos partes de las que una es la parte
acreedora y ocupa una posición activa, y otra es la parte deudora, sobre la que pesa un deber. En
estos casos se puede hablar de vínculo simple: las posiciones de acreedor y de deudor están nítida y
totalmente diferenciadas; el acreedor sólo es acreedor y el deudor sólo es deudor. La obligación es,
en cierto modo, unidireccional.

Pero en la práctica las cosas no siempre son tan sencillas. Existen muchos casos en los que como
consecuencia de un mismo hecho dos personas quedan recíprocamente obligadas entre sí. Por
ejemplo: si Ticio compra un yate a Cayo por 40 000 euros, antes de que Ticio pague y Cayo entregue
el yate resultará que:

--- Ticio debe a Cayo 40 000 euros. Ticio es deudor y Cayo acreedor.

--- Pero Cayo debe a Ticio un yate. Cayo es, pues, deudor, y Ticio acreedor.

En estos casos hay dos obligaciones, surgidas de un mismo contrato. Pero éstas no son autónomas e
independientes la una de la otra, sino que existe entre ellas una vinculación en el sentido de que
ambas son interdependientes; no sólo porque las dos hayan surgido simultáneamente de un mismo
hecho (en nuestro ejemplo del contrato de compraventa) sino, sobre todo, porque cada una de ellas es
la razón de la existencia de la otra, es decir: ambas obligaciones están causalmente vinculadas; una
justifica a la otra. El comprador debe el precio al vendedor porque este le debe a él la cosa, y
viceversa. No es siquiera imaginable el nacimiento de una de estas obligaciones si al mismo tiempo
no nace también la otra.

Puede discutirse si en estos casos hay dos obligaciones distintas, o si, por el contrario, existe una
sola obligación con vínculo múltiple. Lo que si es evidente es que, haya una sola obligación, o haya
varias, en estos casos hay una sola relación jurídica de la que surgen simultáneamente ambas
obligaciones. A estas obligaciones de vínculo múltiple se las llama de diferentes maneras. La
doctrina tiende a llamarlas obligaciones sinalagmáticas; el Código civil se refiere a ellas como
obligaciones recíprocas y, en ocasiones, también se las llama obligaciones bilaterales para indicar
que en estas situaciones las dos partes están obligadas.

La denominación de, «obligaciones sinalagmáticas», procede del término griego «Συναλλαγματικος»


que en su sentido originario significaba «unir» o «casar». Obligaciones sinalagmáticas serían, por lo
tanto, obligaciones inseparablemente unidas. Lo esencial para que una obligación sea sinalagmática
es que:

1. Dos personas estén obligadas recíprocamente la una frente a la otra: es decir cada una de ellas
sea acreedora y deudora de la otra.

2. Ambos deberes de prestación hayan nacido de un mismo hecho.

3. Ambos deberes de prestación sean interdependientes, es decir: que la causa o razón jurídica
de ser de cada uno de ellos sea la existencia del otro. Por ello en estos casos a la prestación que cada
una de las partes hace, en correspondencia a la hecha por la otra parte, la llamamos contraprestación.

6.2 En ocasiones se usa la expresión obligaciones sinalagmáticas ex post facto, o también


obligaciones bilaterales imperfectas, para hacer referencia a ciertos casos en los que dos personas
quedan recíprocamente obligadas una respecto de la otra, pero sin que ambas obligaciones hayan
nacido del mismo hecho ni por lo tanto, sean auténticamente interdependientes. Por ejemplo, si una
persona presta algo a otra (contrato de comodato, que es esencialmente gratuito), en principio sólo
surgen obligaciones para el comodatario, que recibió la cosa y queda obligado a cuidarla y, llegado el
momento, restituirla. Pero si mientras el comodatario tiene la cosa en su poder realiza gastos
necesarios para conservarla, y la necesidad de realizarlos no ha sido por su culpa (por haberla
cuidado mal), como esos gastos producen un beneficio al propietario, éste queda obligado a
indemnizarlos. Es decir: del contrato de comodato originariamente surgieron obligaciones sólo para
una de las partes, pero después, como consecuencia de hechos posteriores, ambas han quedado
obligadas.

Pero obsérvese que en estos casos, como las obligaciones de cada una de las partes han surgido de
hechos diferentes, no hay interdependencia entre ellas, se trata de obligaciones autónomas e
independientes la una de la otra. No hay, por lo tanto, un auténtico sinalagma, ni se pueden aplicar
las consecuencias generales de las obligaciones sinalagmáticas.

6.3 La interdependencia de las obligaciones sinalagmáticas produce determinados efectos jurídicos


que se dan solo en este tipo de obligaciones:

(a) En principio, y mientras no se pacte otra cosa, ambos deberes de prestación, que nacieron
simultáneamente, deberán también cumplirse simultáneamente.

Esta idea no está expresamente formulada así, con carácter general, en el Código civil. Pero son
muchísimos los preceptos que aparecen inspirados en ella. En particular se suele citar el artículo
1500-II, según el cual el comprador deberá pagar el precio en el momento y lugar en que se le
entregue la cosa salvo que se hubiera pactado otra cosa. Aunque este precepto se refiere sólo a la
compraventa, como esta es, en cierto modo, el contrato sinalagmático más arquetípico, la regulación
que el Código civil hace de ella, se considera que es en general aplicable analógicamente a otras
obligaciones sinalagmáticas.

(Artículo 1500. El comprador está obligado a pagar el precio de la cosa vendida en el tiempo y lugar
fijado por el contrato. Si no se hubieren fijado, deberá hacerse el pago en el tiempo y lugar en que se
haga la entrega de la cosa vendida.)

Por lo tanto, si ambos deberes de prestación deben cumplirse simultáneamente, resultará que:

--- Mientras uno de los obligados no cumpla, no puede considerarse que el otro se esté retrasando
(art. 1100 Cc, último párrafo: “En las obligaciones recíprocas ninguno de los obligados incurre en
mora si el otro no cumple o no se allana a cumplir debidamente lo que le incumbe. Desde que uno de
los obligados cumple su obligación, empieza la mora para el otro”).

--- Si el que aún no ha cumplido exige del otro el cumplimiento, éste podrá oponerse alegando
simplemente que el primero aún no ha cumplido. Esta causa de oposición a una reclamación de
cumplimiento, que sólo existe en el caso de las obligaciones sinalagmáticas, se denomina exceptio
non adimpleti contractus.
(b) Ante el incumplimiento de uno, el otro, que sí cumplió, o que estaba dispuesto a cumplir, puede
elegir (cfr. art. 1124 Cc) entre exigir de su contraparte el cumplimiento forzoso (es decir: forzar a
cumplir al incumplidor) o la llamada resolución del contrato, que significa dejarlo sin efecto,
liberándose él también de su obligación de cumplir y, si hubiera ya cumplido, recuperando lo que
entregó.

(Art 1124. La facultad de resolver las obligaciones se entiende implícita en las recíprocas, para el
caso de que uno de los obligados no cumpliere lo que le incumbe.

El perjudicado podrá escoger entre exigir el cumplimiento o la resolución de la obligación, con el


resarcimiento de daños y abono de intereses en ambos casos. También podrá pedir la resolución, aun
después de haber optado por el cumplimiento, cuando éste resultare imposible.)

La razón de ser de la misma es la interdependencia de los deberes de prestación que se da en este tipo
de obligaciones y que implica que uno de ellos, sin el otro, carece de justificación y razón de ser, por
lo que, cuando uno de ellos se incumple, se permite a la otra parte, si lo desea, desvincularse de su
propia obligación.

4. Las obligaciones naturales.

I. Definición: deber extrajurídico reconocido -y valorado- socialmente. II. Su cumplimiento


voluntario como presupuesto. III. La condictio indebiti (art. 1895 “Cuando se recibe alguna cosa que
no había derecho a cobrar, y que por error ha sido indebidamente entregada, surge la obligación de
restituirla.”) como premisa. IV. La soluti retentio como consecuencia (art. 1901 CC, in fine). IV.
Obligaciones naturales legalizadas (fuera de la categoría).

En la doctrina anterior al Código civil se llamaba «obligación natural», o, a veces, «obligación


imperfecta», a un tipo de obligación que, según se decía, se encontraba a medio camino entre la
auténtica obligación civil y los meros deberes morales cuyo cumplimiento no es jurídicamente
exigible. Son obligaciones basadas en deberes morales o de conciencia, que, aún no siendo
jurídicamente exigibles, tienen la característica de que si el deudor las cumplía voluntariamente, el
acreedor podría retener el pago.

Para comprender bien lo que se acaba de decir, hay que tener en cuenta que la regla general es la de
que cuando una persona paga a otra algo que no le debía, si no pretendía el pagador regalar nada a
aquel a quien hizo el pago, puede, cuando descubra su error, solicitar del que cobró que le devuelva
lo indebidamente cobrado. Esto es la condictio indebiti, art. 1895 “Cuando se recibe alguna cosa que
no había derecho a cobrar, y que por error ha sido indebidamente entregada, surge la obligación de
restituirla.” Las obligaciones naturales vendrían a ser una excepción a la regla anterior: una serie de
supuestos en los que aunque el que pagó algo no estaba realmente obligado a hacerlo, el que cobró
podría retener lo cobrado. Las obligaciones naturales serían, pues, supuestos legalmente autorizados
en casos en los que antes del pago no existía una auténtica obligación exigible.

7.2 La elaboración doctrinal de las obligaciones naturales se hizo a partir de los casos que en
Derecho romano daban lugar a la soluti retentio. Estos eran, principalmente, los siguientes:
• Varios supuestos en los que la peculiar estructura familiar propia de Roma llevaba a que
hubiera casos en los que no podía considerarse que había nacido una obligación válidamente
constituida, por haber intervenido en ella un miembro de la familia que fuera alieni iuris. En todos
estos casos, como la obligación no era válida, resultaba inexigible, pero, por razones obvias de
justicia, si se producía un cumplimiento voluntario se admitía la soluti retentio a favor de quien
cobró.

• Algo muy parecido ocurría en el caso de la obligación contraída por un esclavo, el cual, al no
estar considerado como persona, no podía contraer obligaciones, y si lo hacía estas eran inválidas e
inexigibles; no obstante lo cual, tras su cumplimiento voluntario, no era posible solicitar la
restitución de lo pagado.

• Por último, en Derecho romano clásico las simples promesas que no estuvieran expresamente
previstas en el elenco de contratos admitidos, eran lo que se llamaba «nuda pacta» (= pactos
desnudos). De estos nuda pacta no surgía ninguna acción que permitiera exigir el cumplimiento; pero
si el promitente voluntariamente los cumplía, se estimaba justo que el beneficiario pudiera retener lo
cobrado.

El Código civil español, al contrario del CC francés, no llega a mencionar a este tipo de obligaciones.
Sí recoge nuestro Código algunos casos de soluti retentio, respecto de los cuales la doctrina discute si
se trata o no de auténticas obligaciones naturales, si bien la opinión mayoritaria se inclina por
considerar que en ninguno de ellos puede realmente hablarse de obligación natural, pues no parece
en estos supuestos concurrir ningún tipo de deber moral o de conciencia.

Pero aunque nuestro Código civil no llegue a mencionar a las obligaciones naturales, la doctrina
mayoritaria considera que éstas se pueden admitir con apoyo en el artículo 1901 del Código civil.
Este artículo se refiere al pago (o cobro) de lo indebido. Cuando alguien cobra lo que no se le debía,
tal y como se dijo al principio, queda obligado a restituir lo cobrado (art. 1895 Cc), pero, según
matiza el artículo 1901, «aquel a quien se pida la devolución puede probar que la entrega se hizo a
título de liberalidad o por otra justa causa». En esta otra justa causa para no restituir el pago, distinta
de la liberalidad (el ánimo de regalar algo), es en donde la doctrina encuentra un apoyo legal para
admitir, en Derecho español, las obligaciones naturales. Estas se darían siempre que alguien da algo
a otro que no le debía, y se lo da sin intención de regalarle nada, pero por una justa causa.

Por tanto la llamada obligación natural no es, en el sistema del Código civil, una obligación
incompleta o imperfecta, ni tampoco un supuesto en el que haya deuda pero no responsabilidad, sino
simplemente una justa causa para retener un pago. Es decir: una autorización al Juez para que
desestime la solicitud de restitución de un pago previo siempre que, aunque se pruebe que lo que se
pagó no se debía y el pago se hizo sin ánimo de regalar nada, el juez considere (porque así se le haya
probado) que el pago se hizo con base en una justa causa, la cual puede ser, claro está, el
cumplimiento de un deber moral o de conciencia que no constituyera deuda exigible.

De otro lado, parece claro que, al menos en el sistema del Código civil, no es posible reconocer,
garantizar, compensar o novar una obligación natural. Pues las obligaciones naturales, aunque se
llaman ``obligaciones'' en realidad no lo son, sino que se trata simplemente de una causa que puede
justificar un pago y permitir al que lo cobró retenerlo. Pero nada más. Las llamadas obligaciones
naturales no son, por lo tanto, auténticas obligaciones.

7.4 El que da, o promete dar, lo que no se le puede exigir, porque se siente en conciencia
obligado a ello ¿está realizando, o prometiendo, una donación?

La cuestión es muy importante porque la donación es un contrato sometido a numerosos requisitos


formales y limitaciones en cuanto a su objeto y cuantía y en el que se admite, en ciertos casos, la
revocación. Y si llegamos a la conclusión de que el cumplimiento de una obligación natural es
siempre una donación, habría que aplicar, al cumplimiento voluntario de éstas, el régimen jurídico de
las mismas.

--- Cualquiera que sea la respuesta que se de al anterior interrogante, en la práctica no siempre será
sencillo diferenciar lo que es el cumplimiento de un deber de conciencia de lo que es una atribución a
título gratuito; y la carga de la prueba le corresponderá a quien sostenga la no aplicabiĺidad del
régimen jurídico de las donaciones.

--- Sin llegar a pronunciarse sobre la cuestión, en algunos supuestos que se han planteado
jurisprudencialmente en donde una atribución sin contraprestación parecía hecha en cumplimiento de
un deber de conciencia, algunas de las exigencias formales de la donación se interpretaron muy
laxamente; hasta el punto de que con base en dicha jurisprudencia, se ha llegado a hablar de una
«relajación formal de la donación».

7.5 No es fácil encontrar ejemplos concretos de obligaciones naturales. Un supuesto de


obligaciones naturales que a veces se menciona es el del pago de una obligación prescrita, y el propio
Tribunal Supremo así lo ha dicho en alguna sentencia, pero no parece que el caso de las obligaciones
prescritas sea un buen ejemplo de obligación natural, pues, el pago de una deuda prescrita se podría
explicar como una renuncia del deudor a la prescripción ya ganada expresamente prevista por el
artículo 1935 del Código civil.

Las pocas sentencias que recogen supuestos de obligación natural, en general se engloban en el
ámbito del Derecho de familia y tienen que ver con los distintos deberes de mantenimiento que
existen entre los familiares. Así, por ejemplo:

• En la STS de 7 marzo 2017 se menciona como posible obligación natural la de mantener a la


propia madre, o contribuir al mantenimiento de la misma, a pesar de que ésta no haya demandado al
hijo.

• La STS de 29 septiembre 2016 menciona, como posible obligación natural, el mantenimiento


de los hijos incluso antes de que legalmente se haya determinado la paternidad.
TEMA 2. LAS FUENTES DE LAS OBLIGACIONES.

- Obligaciones negociales (contractuales). * Contratos. * Otros negocios jurídicos: testamento y


aceptación; matrimonio; voluntad unilateral. - Obligaciones "cuasicontractuales". * Principios
generales concretados sobre determinadas relaciones (Base 21, 1888) - Obligaciones derivadas de la
antijuridicidad.* Responsabilidad civil ex delicto. * Responsabilidad civil de los actos dolosos o
negligentes. * Responsabilidad objetiva.

B. Reducida importancia de la clasificación. - Origen histórico y desarrollo pedagógico. - Numerus


apertus pero... ¿acaso omnicomprensivo interpretado extensivamente? - Alternativas "re-
clasificatorias".

2. La voluntad unilateral como fuente de las obligaciones. a) General necesidad de aceptación


(testamento, apoderamiento, etc.) b) Supuestos legales excepcionales: Reconocimiento de la filiación
(art. 741 cc). c) Problemas de interpretación de la voluntad declarada.

Es posible definir las fuentes de las obligaciones como todos aquellos hechos susceptibles de ser
origen de una relación jurídico obligacional o de derechos personales, entendiéndose por relaciones
jurídico obligatorias aquellas que se constituyen entre un sujeto activo y un sujeto pasivo obligado al
cumplimiento de una prestación que se le puede exigir legalmente.

El Código inicia la regulación de las obligaciones en el libro cuarto precisamente con el tratado de
las fuentes. Según el artículo 1089 CC: “Las obligaciones nacen de la ley, de los contratos y
cuasicontratos, y de los actos y omisiones ilícitos o en que intervenga cualquier género de culpa o
negligencia”.

El artículo 1089, al señalar las fuentes de las obligaciones, tiene un valor meramente enunciativo o
clasificatorio, predominantemente sistemático, pero no representa una disposición legal con eficacia
normativa directa. E incluso su valor clasificatorio es escaso, ya que el propio CC en su
estructuración sistemática de las fuentes de las obligaciones, no se atiene estrictamente a lo
establecido en el artículo 1089. En efecto, la verdadera clasificación que el CC acoge en su
sistemática es esta: obligaciones derivadas de los contratos y obligaciones que se contraen sin
convenio.

Así pues, la ley como fuente de las obligaciones desaparece en la distribución que hace el propio
legislador, lo cual no quiere decir, por supuesto, que no existan obligaciones legales, pero sí que no
se utiliza la ley, en último término, como categoría sistemática, sino solo en la enunciación del
art.1089. Las cinco fuentes que menciona el artículo 1.089 en realidad se podrían reducir a dos
grandes fuentes o grupos de fuentes: el primero es el de la autonomía privada entendida como poder
del individuo de constituir sus propias relaciones jurídicas; el segundo, inversamente, está
constituido por la soberanía del Estado, creando entre los particulares relaciones obligatorias, sin
contar para ello con la voluntad de estos (Díez-Picazo y Gullón, 2001).

La doctrina mayoritaria se inclina por el carácter abierto de la enumeración del art 1089, es decir, se
entiende que tiene un valor enunciativo o clasificativo. Así pues, pueden haber otras fuentes de las
obligaciones, como por ejemplo la declaración unilateral de voluntad, especialmente en su forma de
promesa pública de recompensa.
1.- LAS OBLIGACIONES EX LEGE.

Son las obligaciones derivadas de la Ley, entendiendo “ley” en un sentido amplio; es decir, cualquier
norma jurídica puede originar obligaciones ex lege. La consideración de la ley como fuente de las
obligaciones establece una generalización: toda obligación cuyo nacimiento no pueda atribuirse a
ninguna de las otras fuentes, tendrá su origen en la ley. Como hemos señalado, la ley nunca establece
directamente obligaciones, sino que se limita a señalar aquellos hechos que las producen.

Por ello, desde cierto punto de vista la ley es fuente de toda obligación; pero desde otro punto de
vista la ley no es fuente de ninguna. La mención de la ley como fuente de obligaciones la
complementa el C.c con la norma del citado artículo 1090: Las obligaciones derivadas de la ley no se
presumen. Sólo son exigibles las expresamente determinadas en este Código o en leyes especiales, y
se regirán por los preceptos de la ley que las hubiera establecido; y, en lo que ésta no hubiere
previsto, por las disposiciones del presente libro.

El C.C y las leyes especiales son por lo tanto, al mismo tiempo fuentes de las obligaciones en el
sentido de causas inmediatamente originadoras de las mismas.

El hecho de que los artículos 1089 y 1090 se refieran solamente a la ley plantea la duda de si,
conforme al CC solo la ley es fuente de obligaciones, o si, por el contrario, han de entenderse
incluidas la costumbre y los principios generales del Derecho, que tienen el rango de fuentes del
Derecho objetivo, entendiendo la doctrina que, aunque de modo subsidiario respecto de la ley, la
costumbre y los principios generales pueden también ser origen de cierto tipo de obligaciones, pues
lo contrario desvirtuaría la norma del art.1.1º CC. ¿ Por qué la costumbre y los PGD que, en defecto
de la ley rigen con fuerza normativa como fuentes del Derecho van amcarecer de ella a los fines de
dar lugar al nacimiento de obligaciones?

De manera concreta, el art.1258 C.c da eficacia normativa a la costumbre cuando establece que el
contrato obliga, no solo al cumplimiento de lo expresamente pactado, sino también “ a todas las
consecuencias que, según su naturaleza sean conformes a la buena fé, al uso y a la ley”. Entre esas
consecuencias está, sin duda, el nacimiento de obligaciones; y el uso, según el art 1258, produce este
efecto. Otro tanto cabe afirmar de los PGD. El enriquecimiento injusto no se incluye entre las fuentes
de las obligaciones del art.1089, ni aparece regulado como institución jurídica, y sin embargo es
fuente de obligaciones en su calidad de principios generales del Derecho, reiteradamente proclamado
por la jurisprudencia.

2.- LOS CONTRATOS

En segundo lugar, el artículo 1089 menciona como fuentes de las obligaciones los contratos. Esta es,
según la concepción tradicional, la fuente por excelencia de las obligaciones, y la que engloba un
mayor número de supuestos. La principal fuente de relaciones obligatorias está constituida por el
negocio jurídico y el contrato es el más típico de los negocios jurídicos. A falta de pacto expreso de
las partes los contratos se rigen por las disposiciones del Código (art. 1.258 CC).

El art. 1.091 C.c dice que “las obligaciones que nacen de los contratos tienen fuerza de ley entre las
partes contratantes, y deben cumplirse al tenor de los mismos”.
Aunque el artículo 1089 habla del contrato como fuente de las obligaciones, la mayoría de la
doctrina entiende hoy que en realidad la ley pretendía referirse al negocio jurídico. En estas
obligaciones el sujeto manifiesta su voluntad de asumirlas, bien en el contrato de modo directo (art.
1254 CC), bien en otros negocios jurídicos, de modo indirecto, como p.e en la aceptación de la
herencia.

1.6. Las fuentes legales básicas del Derecho de obligaciones y contratos.

El texto legal fundamental en materia de obligaciones y contratos es el Libro IV del Código civil del
Derecho de obligaciones

Los dos primeros títulos del Libro IV del Código se refieren, respectivamente, a las obligaciones en
general (artículos 1088--1253) y a los contratos en general (artículos 1254--1314). Por lo tanto en
gran medida (a pesar de que hay algunas desviaciones) la «teoría general de la obligación» se
encuentra en el primero y la «teoría general del contrato» en el segundo.

Pero el Libro IV del Código civil no es la única fuente legal del Derecho de obligaciones, ya que, a
pesar de que ese libro se denomina «De las obligaciones y contratos», puede afirmarse que en el
Libro IV, ni está todo lo que es, ni es todo lo que está, es decir, dentro del Libro IV del Código civil,
se incluyen algunas cuestiones que no son propiamente derecho de obligaciones y contratos, como,
por ejemplo, el régimen general de la prescripción.

3.- LOS CUASICONTRATOS

El artículo 1089 Cc se refiere a los cuasicontratos. Pero, a diferencia de lo que ocurre con las demás
fuentes de las obligaciones, el Código no consagra a éstos ningún precepto complementario entre las
“disposiciones generales” que constituyen el contenido del Capítulo I del Libro IV. El concepto ha
de buscarse en el artículo 1887 CC: “son cuasicontratos los hechos lícitos y puramente voluntarios,
de los que resulta obligado su autor para con un tercero y a veces una obligación recíproca de los
interesados”. No es, pues, la pertenencia a la categoría lo que presta fuerza vinculante a los actos
incluibles en ella, sino que, al contrario, a una serie de hechos lícitos y voluntarios diferentes de los
contratos y con propia virtualidad creadora de obligaciones el legislador los apellida, luego,
cuasicontratos, sin otro alcance que dar un nombre común a varios vínculos preexistentes.

Sitúa el Código bajo esta rúbrica la llamada gestión de negocios ajenos, cuando alguien se encarga
voluntariamente de la agencia o administración de los negocios de otro sin mandato de este (arts.
1.888 y ss.) y el cobro de lo indebido, que no es sino la obligación de restituir que tiene quien ha
cobrado algo que no se le debía (arts. 1.895 y ss.). Ej. Es el supuesto de aquella persona a la que por
error se le ha ingresado una determinada cantidad de dinero en su cuenta corriente bancaria. Un caso
de la gestión de negocios ajenos, se da p.e cuando un vecino por decisión propia y para evitar males
mayores, encarga la reparación de la puerta de un chalet de su vecino (al que no tiene localizado por
vivir en otra ciudad) que ha sido destruida por un rayo. Pero eso origina obligaciones para ambos,
puesto que el primero asume la obligación de buscar a quien arregle la puerta, y el vecino tendrá la
obligación de abonarle los gastos.

4. LOS ACTOS Y OMISIONES ILÍCITOS O EN QUE INTERVENGA CUALQUIER GÉNERO


DE CULPA O NEGLIGENCIA.
Los artículos 1092 y 1093, completando lo dispuesto en el artículo 1089, recogen la distinción entre
el acto ilícito civil y el acto ilícito penal, es decir, entre la responsabilidad civil nacida de delito y la
responsabilidad extracontractual.

-En cuanto al acto ilícito penal, según el art. 1.092 dice “Las obligaciones civiles que nazcan de los
delitos o faltas se regirán por las disposiciones del Código Penal”. Se trata de una norma de remisión.
En virtud de ella, no solo el acto ilícito penal ha de regirse por el Código penal o por la legislación
penal especial correspondiente, sino que además, las obligaciones civiles derivadas del acto ilícito
penal se rigen también por esas normas. Las normas del C.c solo podrán aplicarse, a lo sumo, como
supletorias (por remisión del art.4.3), a tenor del art.1090. La obligación civil es en este caso solo
una consecuencia del acto ilícito penal ( delitos y faltas).

-El acto ilícito civil como fuente de las obligaciones se toma en consideración en el art. 1.093 que
dice “Las que se deriven de actos u omisiones en las que intervenga culpa o negligencia no penadas
por la Ley quedarán sometidas a las disposiciones del capítulo II del título XVI de este libro”, (arts
1902-1910).

El concepto de ilícito civil está obtenido por exclusión, ya que para que el acto ilícito lo sea solo
civilmente se requiere además que no esté penado por la ley. El acto ilícito civil es por lo tanto fuente
de las obligaciones y se rigen por el Cap.2 del Tit. 16 (1902 a 1910) cuyas disposiciones que se
dedican a la llamada responsabilidad extracontractual, la que tiene lugar cuando el acto ilícito no se
produce como consecuencia de una previa relación obligacional. Pero el acto ilícito puede también
producirse en el seno de una relación obligacional (arts.1101 a 1108) ¿Por qué el artículo 1093 no
remite también a estos preceptos?. La explicación es que como la conducta dolosa o culposa o en
general el comportamiento ilícito, se produce en el seno de una relación obligacional y se traduce en
el incumplimiento de la misma, el Código considera que la responsabilidad consiguiente tiene su
origen en el acto productor de la obligación violada, y no configura como fuente autónoma de
responsabilidad el consiguiente acto ilícito.

LA VOLUNTAD UNILATERAL COMO FUENTE DE OBLIGACIONES

1.- Planteamiento. Hemos visto que el artículo 1089 CC reconoce los contratos como fuentes de las
obligaciones, pero no recoge como tales las declaraciones unilaterales de voluntad que, sin embargo,
son frecuentes en la práctica cotidiana (Ej; la promesa plasmada en un anuncio por el cual se ofrece
una gratificación a quien encuentre un perro perdido). La duda es: ¿estas situaciones generan una
obligación o un deber jurídico en sentido amplio? ¿Puede una persona quedar obligada a realizar una
prestación que prometa por su sola declaración de voluntad, o por el contrario es necesaria la previa
aceptación del favorecido, para adquirir lo que se le ha prometido?

Una obligación por voluntad unilateral sería la que contrae un sujeto mediante su mera manifestación
de querer obligarse, y no deben confundirse con las obligaciones que nacen de otras actuaciones
personales y voluntarias no dirigidas exclusivamente a la creación de una deuda, como la de quien
causa culpablemente daño a otro, ni tampoco debe confundirse con los actos unilaterales
encaminados a la perfección de un contrato, como la oferta.

La doctrina, ante el silencio que el art. 1.089 guarda sobre ella, no es partidaria de reconocer, en
principio, fuerza obligatoria a la voluntad unilateral, admitiéndola en supuestos muy excepcionales
(Albaladejo, 2002). No obstante, doctrina y jurisprudencia se han esforzado durante el siglo XX en
que, sin romper nuestro propio sistema de fuentes, se reconozcan, al menos, las promesas públicas de
recompensa como originadoras de obligaciones por evidentes razones de justicia material, protección
del tráfico y reforzamiento del principio de buena fe. Sin embargo, ello no significa que, con carácter
general, se admita en nuestro ordenamiento jurídico que la voluntad unilateral sea generadora de
obligaciones.

Sin embargo, frente a la tesis que defiende la obligatoriedad de la promesa pública como un caso de
declaración de voluntad unilateral vinculante, otros la consideran una oferta de contrato a favor de un
sujeto transitoriamente indeterminado.

Señala LACRUZ que en la doctrina española actual nadie sostiene que la voluntad unilateral inter
vivos (en cuanto categoría abstracta equiparable a la del contrato) sea fuente de obligaciones. -Se
entiende que por regla general no vincula, y, a lo más, constituye una oferta de liberalidad revocable.
El legislador de acuerdo con la tradición considera nacida la deuda sólo a partir de la aceptación por
el acreedor, antes, mal podría haber verdadera deuda porque la permanente posibilidad de revocar
connotaría a la obligación de meramente potestativa, lo que es imposible en el Código civil conforme
al artículo 1256.-

La regla general es por lo tanto rechazar la fuerza obligatoria de la voluntad unilateral, si bien suelen
aceptarse como excepciones algunas figuras concretas, aunque no hay consenso en torno a cuáles
sean esas figuras, salvo quizás los casos de la promesa pública de recompensa y del concurso con
premio.

Se cita también a veces como excepción el caso de la oferta de contrato pero, como afirma LACRUZ
ésta no genera por sí las obligaciones previstas, que en realidad nacen sólo con la perfección del
contrato. La oferta sólo hace nacer el deber jurídico (no una obligación) de mantenerla durante el
tiempo previsto en ella, o, en su defecto, el determinado por el uso. La oferta de contrato solo nacerá
cuando alguien acepte la oferta realizada: así, es claro que cuando Evaristo ofrece comprar una cosa
determinada por un precio determinado, la obligación de pagar ese precio no nace en el momento de
la oferta, sino cuando el quien puede hacerlo acepta la oferta, y se produce entonces el contrato de
compraventa.

Los propios artículos 1093 y 1094 del Anteproyecto de Código Civil mencionan dos casos de
promesa unilateral vinculante, la oferta pública de recompensa y el concurso anunciado
públicamente).

Los Códigos modernos se han mostrado reacios a la admisión incondicionada de la voluntad


unilateral como fuente de las obligaciones, y sólo la consideran productora de efectos en los casos
regulados por la ley (art. 1.987 del Código italiano de 1942; art. 457 del portugués de 1966).

2.- LA PROMESA PÚBLICA DE RECOMPENSA


Mediante esta promesa, su autor ofrece públicamente pagar una determinada recompensa – realizar
una determinada prestación- en favor de quien reúna las condiciones fijadas por él mismo en su
promesa.

Pese a las dudas que genera el análisis de la jurisprudencia sobre la voluntad unilateral como fuente
de las obligaciones, la doctrina más autorizada considera actualmente que las promesas públicas de
recompensa deben considerarse vinculantes para el promitente (quien emite la declaración de
voluntad), siempre que

- Que la promesa haya sido objeto de pública divulgación, y

-Que se encuentre dirigida a personas indeterminadas. Si bien es indiferente que se dirija a la


generalidad o solo a una categoría determinada de personas.

El fundamento último de la eficacia jurídica de a la promesa pública de recompensa deriva de los


principios de confianza y responsabilidad en relación con el de buena fe: concretamente, la necesidad
de proteger la confianza que la promesa ha podido suscitar entre sus destinatarios. En cuanto al
fundamento de su obligatoriedad cabe encontrarlo en la costumbre, cuya existencia queda avalada
por una práctica social habitual.

La jurisprudencia del Tribunal Supremo ha declarado reiteradamente que la promesa pública de


recompensa es uno de los supuestos excepcionales en que cabe admitir la eficacia de la declaración
unilateral de voluntad. La jurisprudencia del Tribunal Supremo se inclina siempre por la necesidad
de la aceptación, incluso tácita (p. ej., el hecho de exigir el cumplimiento), resaltando que la promesa
tiene que tener una causa lícita con arreglo al artículo 1.274, que puede ser incluso la previa
existencia de una obligación moral. En estas condiciones el promitente queda obligado. En cualquier
caso, el TS acepta que la voluntad unilateral puede ser fuente de obligaciones, pero con matices:

• Se inclina siempre por la necesidad de la aceptación del beneficiado, incluso tácita.

• Resalta que la voluntad (o promesa) debe tener una causa lícita, conforme a lo dispuesto en el art.
1274 C.c.

• Y sólo la acepta como fuente creadora de obligaciones en algunos casos que, realmente, no son
supuestos de voluntad unilateral, así ocurre con: la promesa pública de recompensa y el concurso con
premio, que son supuestos de oferta contractual; y con el reconocimiento de deuda, que es un
negocio jurídico unilateral.

Toda promesa sobre cosa y bajo condición lícitas obliga al que la hace desde que es objeto de
publicación suficiente, aunque nadie haya notificado su aceptación. La Ley 521 Compilación
Navarra, dedicada a la oferta pública, establece que: “Toda promesa sobre cosa y bajo condición
lícitas obliga al que la hace desde que es objeto de publicación suficiente, aunque nadie haya
notificado su aceptación. Si el promitente no hubiere fijado plazo, se entenderá mantenida la oferta
durante el tiempo que parezca necesario según el arbitrio del Juez. Si una persona determinada
hubiere notificado al promitente su aceptación antes de caducar la oferta, ésta se entenderá
mantenida, respecto al aceptante, durante un año y un día, a no ser que en el momento de la
aceptación se hubiere convenido otro plazo”.
Por lo que se refiere a su revocabilidad, en términos generales cabe sostenerla siempre que se dé a la
revocación la misma publicidad que se dio a la promesa. Pero no será eficaz si con anterioridad
alguna persona hubiere realizado los actos u obtenido los resultados exigidos.

Una modalidad de la pública promesa es el concurso con premios (así, el art. 463 del Código Civil de
Portugal de 1966), que presenta como característica el que el derecho no es adquirido por la mera
realización de la actividad u obtención del resultado, sino que exige una decisión entre los diferentes
concursantes. Las bases del concurso o premio constituyen la regla a la que los interesados –
promitente y destinatarios de la promesa– deberán atenerse.

El artículo 2.107 de los Principios Europeos de Derecho de Contratos reconoce la eficacia vinculante
de la promesa unilateral: “Una promesa hecha con la intención de obligarse jurídicamente sin
necesidad de aceptación, es vinculante.”

3.- LOS CONCURSOS CON PREMIO

Son aquellas promesas de premio o recompensa que van unidas a la participación de variasm
personas en la realización de cualquier actividad lícita. Ej; Un premio en un concurso de cuentos.

No es suficiente la simple promesa para que nazca la obligación, sino que hace falta que alguien
compita para conseguir ser considerado idóneo por el promitente o por el Jurado. Con carácter
general suele considerarse a tales concursos como una clase de promesa pública de recompensa. Sin
embargo, en numerosas ocasiones, el concursante suele tener que aceptar las bases de participación,
lo que supone que los participantes están prestando su conformidad a un juego, y por eso se asemeja
más un modelo contractual.
TEMA 3 – LOS SUJETOS DE LA RELACIÓN OBLIGATORIA

1. Los sujetos de la relación obligatoria.

1.1. Sujetos y partes de la obligación. Sujetos de la obligación son las personas unidas por el vínculo
obligatorio, es decir: las personas que tienen la titularidad del crédito y la de la deuda. Por ello suele
decirse que los sujetos de la obligación son dos: el acreedor y el deudor. Pero si tenemos en cuenta
las obligaciones sinalagmáticas (en las que ambas partes son simultáneamente acreedor y deudor) y
los supuestos de pluralidad de sujetos, resulta más correcto decir que en toda obligación hay dos
partes, y que en cada una de dichas partes hay, al menos, un sujeto. Una de las partes (acreedor)
ocupa una posición activa y la otra (deudor) una posición pasiva

En virtud del principio de relatividad de las obligaciones, como regla todo aquel que no sea parte de
la obligación será considerado tercero lo que, en principio, implica que no se verá afectado de modo
directo por la obligación.

Aunque las partes de la obligación siempre son dos (parte acreedora y parte deudora), y, por ello, en
sentido estricto todas las obligaciones son bilaterales, ya sabemos que se suele denominar obligación
bilateral exclusivamente a las obligaciones sinalagmáticas, y, por contraposición a estas, se
denomina obligaciones unilaterales a las obligaciones de vínculo simple, si bien nuestro Código civil
raramente usa esa terminología: sólo el artículo 1120-I habla de obligaciones «unilaterales» para
referirse a la vinculación simple, y en ningún caso se usa la denominación de obligaciones
«bilaterales», sino que el Código prefiere hablar de obligaciones «recíprocas».

1.2. Cuestiones de capacidad. Cualquier persona, tenga o no capacidad de obrar, sea persona física o
persona jurídica, puede ser acreedor o deudor, ya que lo que sí tienen todas las personas es capacidad
jurídica, es decir, capacidad para ser sujeto en una relación jurídico. Pero se exige capacidad de obrar
para:

(a) Realizar alguno de los actos jurídicos que hacen nacer una obligación, o en virtud de los cuales se
puede adquirir una obligación.

(b) Cumplir la obligación (el deudor) o exigir o aceptar el cumplimiento (el acreedor). Es decir: un
incapaz (menor de edad o incapacitado) no puede por sí solo realizar ningún acto que le haga
adquirir la obligación como, por ejemplo, un contrato, o la aceptación de una herencia (en la que
haya créditos o deudas). Estos actos los tiene que realizar su representante legal. Pero una vez
realizados (por el representante) producen efecto para el representado. Y así, por ejemplo, si el tutor
de un menor de edad, en su nombre y como su representante, acepta una herencia para su pupilo, será
el pupilo el que se convierta en heredero y, por lo tanto, adquiera los créditos o deudas que formen
parte de la herencia.

Si una persona sin capacidad de obrar suficiente realiza cualquiera de estos actos, éstos serán
anulables o, en ciertos casos, absolutamente nulos. El artículo 1160 del Código civil es una
aplicación de las ideas anteriores para las obligaciones de dar, puesto que exige que para cumplirlas
se tenga capacidad suficiente para enajenar la cosa dada en pago.
1.3. Indeterminación relativa del sujeto. Los sujetos de la obligación pueden estar perfectamente
determinados desde el principio. Pero también se admite que se determinen más tarde (uno de ellos,
o los dos) siempre que en el momento en el que la obligación se constituya queden establecidos ya
los criterios que permitan determinar a los sujetos, sin dudas de ningún tipo. En estos casos, en los
que alguno de los sujetos no está aun determinado, pero es ya determinable, se dice que se produce
una indeterminación relativa del sujeto. Por ejemplo, en el concurso con premio: si se prometen 1000
euros a quien gane cierta competición. No sabemos aún quien será el acreedor, pero sí conocemos ya
el criterio que nos permitirá determinarlo: el ganador de la competición. El sujeto no está
determinado pero es determinable. Puede, por lo tanto, entenderse que la obligación ya existe.

-Aunque, claro, para considerar que en el ejemplo que se acaba de poner se produce una
indeterminación relativa del sujeto, es imprescindible admitir que la obligación nació ya en el
momento en el que se hizo la promesa, lo que, como se sabe, es objeto de discusión doctrinal.-

Además de ciertos casos de voluntad unilateral se puede citar, como ejemplo de indeterminación
relativa, el de las obligaciones subjetivamente alternativas, llamadas también por la doctrina,
obligaciones disyuntivas: en estas obligaciones —que son extraordinariamente raras en la práctica—
hay previstos varios sujetos posibles, y un criterio en virtud del cual la obligación se concretará en
alguno de ellos; ese criterio suele consistir en la elección de la otra parte (que ya está determinada).
Por ejemplo, si en un testamento se deja a una persona un legado de 10.000 euros, indicando
expresamente que el legatario puede elegir a qué heredero reclamárselos.

Aparte de estos casos, algunos autores también mencionan, como caso de indeterminación relativa de
sujeto, el de las llamadas obligaciones propter rem, también llamadas obligaciones reales. Se trata de
obligaciones en las que el sujeto pasivo viene determinado por la titularidad de una cosa. Este tipo de
obligaciones aparece en varios preceptos del Código civil, como los arts. 395, 575 o 599. Un ejemplo
serían los gastos de comunidad de un piso sometido a propiedad horizontal. El deudor es el
propietario del piso, y si cambia la propiedad sobre el piso, cambiará el deudor. Pero este no es un
buen ejemplo de indeterminación relativa del sujeto, porque no es cierto que el sujeto esté, en estos
casos, indeterminado; sino que lo que ocurre es que el sujeto cambia cuando cambia la titularidad de
la cosa, y por eso a veces a este tipo de obligaciones se les llama obligaciones ambulatorias
(denominación que, por otra parte, se aplica también en otros supuestos, como los títulos valores al
portador). Pero, con independencia de los posibles cambios, en cada momento se sabe perfectamente
quién es el deudor: el que sea propietario en ese instante.

2. Pluralidad de sujetos

2.1. Ideas generales en torno a la pluralidad de sujetos. Como en toda obligación hay dos partes, y en
cada una de ellas hay al menos un sujeto, siempre hay más de un sujeto. No obstante se usa la
expresión pluralidad de sujetos para hacer referencia a aquellos casos en los que lo que ocurre es que
hay más de un sujeto en alguna de las partes; es decir: cuando hay más de un acreedor, o más de un
deudor. La pluralidad se denomina activa cuando se produce en la parte acreedora (varios acreedores
y un solo deudor), pasiva cuando se produce en la parte deudora (varios deudores y un solo acreedor)
y mixta cuando se produce en ambas partes (varios acreedores y varios deudores).
En abstracto las situaciones de pluralidad de sujetos (que, en realidad, son situaciones de
cotitularidad) podrían funcionar de las siguientes maneras:

(a) Como son varios los sujetos, podría exigirse que cualquier actuación relativa al crédito o a la
deuda exigiera el previo acuerdo de todos los cotitulares o, al menos, de la mayoría de ellos.
OBLIGACIONES EN MANO COMÚN.

— O bien, podría permitirse que cada uno de los cotitulares actuara por sí mismo, sin necesidad de
contar con los demás. En este último caso todavía caben las siguientes posibilidades:

(b) Considerar que si son varios los cotitulares, el derecho o la deuda se reparte entre ellos, de tal
manera que cada uno puede actuar exclusivamente sobre su parte. MANCOMUNADAS.

(c) Permitir que cualquiera de los acreedores o deudores actúe por sí sólo, pero de tal manera que sus
actos afecten a la totalidad del crédito o de la deuda. SOLIDARIAS.

De estas tres posibilidades nuestro Código civil sólo regula las dos últimas, llamando obligaciones
mancomunadas a las que permiten a cada cotitular actuar sobre su parte del crédito o deuda, y
obligaciones solidarias a las que permiten a los sujetos actuar sobre la totalidad del crédito o de la
deuda.

La terminología usada aquí por el Código civil es bastante inapropiada, pero la usada por la doctrina,
al no haber acuerdo respecto de cómo sustituir la terminología del Código, resulta confusa. Las
formas de organización que se enumeran a continuación no agotan todas las posibilidades, pero sí las
más corrientes. Otros supuestos se darían, por ejemplo, en las obligaciones disyuntivas mencionadas
antes; o en una obligación que diera lugar a prestaciones de tracto sucesivo y en donde la pluralidad
se hubiera organizado de tal manera que los distintos sujetos fueran interviniendo de modo
sucesivo..., etc.

— La terminología del código es inadecuada porque si mancomunado significa «en mano común»,
no tiene sentido que se use ese término para designar precisamente a las obligaciones en las que
menos aspectos en común hay. Además, en otras áreas jurídicas, «mancomunado», o «en
mancomunidad» significan exactamente lo contrario; y así, por ejemplo, se dice que dos albaceas son
mancomunados cuando no puede actuar cada uno por su cuenta, o se dice que una cuenta corriente es
mancomunada cuando tiene más de un titular, y todos ellos deben autorizar los pagos. Por eso
muchos autores usan el nombre de mancomunadas para referirse a aquellas obligaciones, no
reguladas por el Código, en las que los acreedores y deudores deben actuar de común acuerdo. Otros
autores, a estas obligaciones las llaman, «en mano común». Pero es bastante confuso usar, para unas
obligaciones no reguladas por el Código, la denominación que el Código usa para otro tipo de
obligaciones. Por ello posiblemente la mejor denominación para estas obligaciones, no reguladas por
el Código, sea la que usa el DCFR3 (art. III-4:1024): obligaciones unidas.—

(DCFR = Draft Common Frame of Reference, es decir: Borrador de un marco común de referencia
de Derecho privado europeo, mencionado en la lección 1a, y al que se suele llamar simplemente
marco común de referencia o, con las siglas en inglés, DCFR.)
A las obligaciones que el Código civil denomina mancomunadas, la doctrina las llama de muchas
maneras: Los autores clásicos las llamaban mancomunadas simples, un grupo de autores
(encabezado por DÍEZ PICAZO) prefiere llamarlas parciarias. En el DCFR se las llama divididas.

— A las obligaciones solidarias la doctrina clásica las denominaba mancomunadas solidarias. Pero
hoy día se suele hablar, simplemente, de obligaciones solidarias. En el DCFR esa es, también, la
denominación que se utiliza. Por ello en este tema usaremos las denominación del Código civil, aun
conscientes de que estas no son totalmente correctas. Y en cuanto al grupo de obligaciones no
regulado por el Código civil, nos referiremos a él como unidas.---

2.2. La llamada presunción de no solidaridad

Para saber si, en un caso concreto, la pluralidad se debe organizar como obligaciones unidas,
mancomunadas o solidaridarias, hay que atender a la fuente concreta de la obligación: tratándose de
obligaciones contractuales, el régimen a aplicar será el que las partes hayan libremente pactado.
Tratándose de obligaciones ex lege, el régimen a aplicar será el que la propia ley que estableció la
obligación determine.

Para el caso de que al establecer la obligación no se haya dicho nada, el artículo 1137 del Código
civil señala que “la concurrencia de dos o más acreedores o de dos o más deudores en una sola
obligación no implica que cada uno de aquéllos tenga derecho a pedir, ni cada uno de éstos deba
prestar íntegramente, las cosas objeto de la misma. Sólo habrá lugar a esto cuando la obligación
expresamente lo determine, constituyéndose con el carácter de solidaria”.

Obsérvese que el artículo 1137 no dice que se presume la mancomunidad sino que lo que dice es que
no se presume la solidaridad. Lo que ocurre es que, al no presumirse la solidaridad habrá que aplicar
el régimen alternativo, que es, en el Código civil, el de la mancomunidad5; de tal manera que aunque
la norma no diga que se presume la mancomunidad, ese es el resultado de la misma: que la
mancomunidad se considera la regla general, y la solidaridad la excepción.

La mayor parte de la doctrina considera, por otra parte, que el artículo 1137 es aplicable a todo tipo
de obligaciones: sean de origen contractual o sean de origen legal.

Incluso, aunque tuviéramos en cuenta también las obligaciones unidas, que el Código civil no regula,
del tenor del 1138 habría que deducir que el régimen de la mancomunidad se aplicará con
preferencia al de éstas. “Si del texto de las obligaciones a que se refiere el artículo anterior no resulta
otra cosa, el crédito o la deuda se presumirán divididos en tantas partes iguales como acreedores o
deudores haya, reputándose créditos o deudas distintos unos de otros.”

Esta presunción de mancomunidad, sin embargo, se ve recortada en la práctica por las siguientes
circunstancias:

1. La jurisprudencia, en una interpretación que algunos (LACRUZ BERDEJO, por ejemplo) han
calificado de correctora y otros (CARRASCO) de jurisprudencia contra legem, ha precisado que el
artículo 1137 sólo exige que, para entender que la obligación es solidaria, la solidaridad se determine
expresamente, es decir que quede claro que esa es la voluntad de las partes; pero que eso no significa
que sea imprescindible usar la palabra solidaridad en el contrato, para entender que las obligaciones
que nacen de él son solidarias, basta con que quede claro, por el texto de la obligación, o por su
contexto, que esa fue la voluntad de las partes.

2. En numerosas obligaciones legales, aunque la ley no señala expresamente la solidaridad, la


doctrina y la jurisprudencia la vienen exigiendo, siendo el ejemplo más significativo el de la
obligación de indemnizar cuando existe una pluralidad de personas causantes del daño.

3. En fin: en la práctica cotidiana lo más corriente, cuando se trata de pluralidad pasiva, es pactar
expresamente la solidaridad, y en los textos legales más recientes, esa es también la opción que suele
tomar el legislador.

Por ello a veces se dice que que el artículo 1137 está desfasado y debería ser sustituido por uno que
dijera exactamente lo contrario.

En consonancia con estas modernas tendencias, en el artículo III-4:103 del DCFR se opta por la
solución contraria a la del artículo 1137, y lo mismo se hace en el artículo 1122 de la Propuesta de
Modernización del CC en materia de obligaciones y contratos.

2.3. Las obligaciones unidas. Llamamos así al supuesto no regulado por el Código civil: un caso en
el que la pluralidad de sujetos se traduciría en el hecho de que todos deberían actuar conjuntamente:
para cumplir deberán ponerse de acuerdo los deudores, y para reclamar el pago deberán ponerse de
acuerdo los acreedores.

El hecho de que el Código civil no las regule, no significa que no puedan existir, pues en esta materia
hay un muy amplio margen para la autonomía privada, en virtud de la cual las partes pueden
establecer el régimen que estimen más conveniente para su obligación, con la única limitación de la
ley, la moral o el orden público. Es decir: dado que la ley no las prohíbe, aunque no las regule, estas
obligaciones pueden existir, siempre y cuando se haya pactado expresamente que ese es el régimen al
que se debe someter la pluralidad. Y en este sentido el DCFR expresamente las menciona
llamándolas jointed obligations (obligaciones unidas).

Cuando hayan sido pactadas, el régimen de estas obligaciones será el expresamente pactado y en lo
no previsto por las partes habrá que aplicar las reglas de las obligaciones indivisibles y,
posiblemente, las de la comunidad de bienes.

Pero lo cierto es que estas obligaciones apenas se ven en la práctica, pues el hecho de que todos los
sujetos tengan que ponerse de acuerdo antes de realizar un acto, hace que su funcionamiento sea muy
poco ágil.

Hay, no obstante, un supuesto en el Código civil, que tiene un fuerte parecido con ellas: el previsto
en el artículo 1139 para el caso de obligaciones mancomunadas de objeto indivisible. “Si la división
fuere imposible, sólo perjudicarán al derecho de los acreedores los actos colectivos de éstos y sólo
podrá hacerse efectiva la deuda procediendo contra todos los deudores. Si alguno de éstos resultare
insolvente, no estarán los demás obligados a suplir su falta.”

2.4. Las obligaciones mancomunadas


2.4.1. Régimen general. En la terminología del Código civil, obligaciones mancomunadas son
aquellas obligaciones en las que, habiendo pluralidad de acreedores (mancomunidad activa) o de
deudores (mancomunidad pasiva), el crédito y la deuda se fraccionan de tal manera que cada
acreedor y cada deudor pueden actuar individualmente, como si fueran acreedor o deudor únicos,
pero exclusivamente sobre su parte del crédito o de la deuda.

El Código civil las describe en el artículo 1138 diciendo que en ellas “el crédito o la deuda se
presumirán divididos en tantas partes iguales como acreedores o deudores haya, reputándose créditos
o deudas distintos unos de otros”. Lo que se presume no es que el crédito o la deuda se dividen, sino
que las partes son iguales. Es decir: la división es automática (recordemos que en el DCFR a estas
obligaciones se las llama divididas), y se hace en tantas partes como acreedores o deudores haya, de
tal modo que, en principio, y mientras no se establezca o demuestre otra cosa, se supondrá que todas
las partes son iguales.

(b) De acuerdo con el artículo 1138 los créditos o deudas que resulten de la división se consideran
créditos o deudas distintos, lo cual tampoco es totalmente cierto. Se trata de créditos o deudas
autónomos unos de otros, pero no totalmente independientes, pues al tener todos ellos un mismo
origen, es indudable que la suerte de una de ellas puede afectar a las otras. Así ocurrirá, por ejemplo,
en el caso de que se tratara de una obligación sinalagmática, y, por ejemplo, uno de los deudores
dejara de pagar (en la mancomunidad pasiva) ese incumplimiento permitirá a la otra parte del
contrato solicitar la resolución de todo el contrato.

Pero con esa salvedad, cada crédito resultante de la división funcionará con total autonomía de los
restantes, sin que lo que suceda en uno de ellos afecte a los demás. Eso significa que si en alguno de
los créditos se produce cualquiera de las vicisitudes propias de una obligación como la novación,
compensación, condonación, confusión, pago, prescripción o transacción, ello no significa que haya
que entender que las otras partes del crédito o de la deuda, han sido también compensadas,
condonadas, confundidas, pagadas, prescritas o transigidas; y la insolvencia de alguno de los
deudores no permitirá reclamar de los demás deudores, o si el deudor deja de pagar a alguno de los
acreedores, éste no podrá repercutir ese impago ante los restantes acreedores.

2.4.2. Obligaciones mancomunadas de objeto indivisible. Si la esencia de una obligación


mancomunada está en que en ellas el crédito o la deuda se dividen, es obvio que se está
presuponiendo que el crédito y la deuda son objetivamente divisibles. Pero si la prestación es
indivisible, como es lógico, no es posible dividir el crédito o la deuda, y por ello el artículo 1139
señala que “si la división fuere imposible, sólo perjudicarán al derecho de los acreedores los actos
colectivos de éstos, y sólo podrá hacerse efectiva la deuda procediendo contra todos los deudores. Si
alguno de éstos resultare insolvente, no estarán los demás obligados a suplir su falta”.

Una obligación se considera que es divisible cuando su objeto lo es, entendiéndose que así ocurre
siempre que sea posible el cumplimiento parcial. Si la obligación es de dar, no se considera divisible
cuando hay que dar un cuerpo cierto (una mesa, una casa, un caballo), y sí cuando hay que dar una
cantidad de algo (dinero, terreno...).

Una lectura precipitada del art 1139 podría hacernos pensar que en él se viene a convertir a estas
obligaciones en algo parecido a las obligaciones «unidas» en la que los distintos sujetos tienen
previamente que ponerse de acuerdo. Sin embargo, en realidad, el artículo 1139 no dice exactamente
eso, sino que:

Del inciso final se deduce que la obligación no deja de ser mancomunada, puesto que si finalmente
hubiera que indemnizar, cada uno de los deudores sólo deberá hacer frente a su parte, sin estar
obligado a suplir la insolvencia de los demás codeudores. Esta misma idea es la que está subyaciendo
tras el artículo 1150, a propósito del régimen de las obligaciones indivisibles: “La obligación
indivisible mancomunada se resuelve en indemnizar daños y perjuicios desde que cualquiera de los
deudores falta a su compromiso. Los deudores que hubiesen estado dispuestos a cumplir los suyos,
no contribuirán a la indemnización con más cantidad que la porción correspondiente del precio de la
cosa o del servicio en que consistiere la obligación”.

Lo que ocurre es que, aunque la obligación siga siendo mancomunada, al no ser posible la división,
no es posible demandar a cada deudor solicitándose exclusivamente el pago de su parte, pues no es
posible el cumplimiento parcial, habría que pedir todas las partes simultáneamente, y eso es, sin
duda, lo que quiere decir el artículo 1139 cuando afirma que “sólo podrá hacerse efectiva la deuda
procediendo contra todos los deudores”.

El primer inciso del precepto, lo único que hace es afirmar que a un acreedor no le podrán perjudicar
los actos o decisiones de los demás; es decir: uno sólo de los acreedores no podrá perdonar la deuda
entera (porque la obligación no es solidaria) ni exclusivamente su parte (porque la prestación no se
puede partir), y esto es lo que quiere decir el primer inciso del precepto, cuando afirma que “sólo
perjudicarán al derecho de los acreedores los actos colectivos de éstos”.

Lo que, por otra parte, no es sino una aplicación concreta para este supuesto del principio previsto
por el Código civil a propósito de la comunidad de bienes, según el cual, cuando sobre un derecho
existe una cotitularidad, no puede ninguno de los cotitulares hacer algo que perjudique a los demás
(Cfr. art. 394). Y por la misma razón parece que sería aquí aplicable la jurisprudencia que permite a
cualquiera de los cotitulares hacer, por sí solo, lo que beneficie a todos, como por ejemplo, demandar
al deudor, o reclamarle para impedir la prescripción. Es decir: aunque el artículo 1139, al exigir que
se proceda contra todos los deudores, establece un supuesto de litisconsorcio pasivo necesario, no
parece que se pueda exigir el litisconsorcio activo necesario; aunque es esta una cuestión muy
debatida, en la que existe, además, jurisprudencia contradictoria.

El problema se plantea porque a veces no está claro si una determinada actuación beneficia o
perjudica, y muchas veces eso depende del resultado final de la actuación. Por ejemplo: que uno de
los acreedores demande al deudor para impedir la prescripción, en principio beneficia; pero si la
demanda está tan mal hecha que al final el deudor consigue ser absuelto, porque el demandante no
alegó una serie de circunstancias que le favorecerían, el resultado final ha sido perjudicial para el
resto de los acreedores.

2.5. Las obligaciones solidarias

2.5.1. Aspectos generales. En la obligación solidaria cada uno de los sujetos está legitimado para
actuar sin contar con los restantes, pero de tal manera que su actuación afectará a la totalidad de la
obligación, y no sólo a su parte en ella; o sea: usando las palabras del artículo 1137 podríamos decir
que en este tipo de obligaciones cada uno de los acreedores puede exigir el pago de la totalidad del
crédito (si se trata de solidaridad activa), y cada uno de los deudores está obligado al pago de toda la
obligación (cuando se trata de solidaridad pasiva), pero sin que ello signifique que la obligación se
deba cumplir más de una vez.

Hay, pues, una sola obligación. Un sólo objeto, aunque haya una pluralidad de sujetos; y como ni la
deuda ni el crédito se dividen, el resultado es que cada deudor debe la totalidad, y a cada acreedor se
le debe la totalidad.

La doctrina ha discutido la naturaleza jurídica de este tipo de obligaciones, preguntándose si en ellas


hay un sólo vínculo o si, por el contrario, hay tantos vínculos obligatorios como sujetos haya en una
de las partes, siendo este último punto de vista el que, en general, prevalece. Existen asimismo
numerosas teorías dirigidas a explicar el fundamento y consecuencias o efectos de la solidaridad.
Entre ellas podemos destacar las siguientes: Para algunos autores en la solidaridad se produce un
desfase o desajuste entre la deuda y la responsabilidad. Cada deudor debe, en realidad, sólo su parte,
pero responde por el todo.

Aunque el inconveniente de esta visión es, en primer lugar, que sólo permite explicar la solidaridad
pasiva y no la activa; y en segundo lugar, que en Derecho civil no puede sostenerse que quien
prometió pagar algo mediante acto jurídico válido, no sea en realidad deudor de eso que prometió
pagar. Y si el fiador es, en realidad, deudor, también hay que afirmar que el deudor solidario debe la
totalidad.

Para otros autores la solidaridad implica una especie de fianza mutua y recíproca entre los deudores,
pues en caso de que alguno de ellos sea insolvente, esa insolvencia no perjudicará al acreedor ya que
será suplida por los restantes codeudores. Pero esta explicación tiene el mismo inconveniente que la
anterior: sólo permite explicar la solidaridad pasiva, no la activa. Al margen de lo cual sí hay que
admitir que, ciertamente, la solidaridad pasiva cumple para el acreedor una función de garantía: en
caso de pluralidad de deudores, para el acreedor solidario es más probable cobrarlo todo que para el
mancomunado.

Lo más normal es que, en la solidaridad, todos los deudores y acreedores estén vinculados de la
misma manera. Sin embargo el artículo 1140 autoriza a que la solidaridad pueda existir aunque los
acreedores y deudores no estén ligados del propio modo y por unos mismos plazos y condiciones;
siendo por lo tanto posible que alguno de los deudores esté sometido a plazo y los otros no, o lo estén
a un plazo distinto.

Relaciones internas y relaciones externas. Una característica esencial para entender el


funcionamiento de este tipo de obligaciones es la de que en ellas hay siempre dos niveles de
funcionamiento, uno es el de las relaciones externas y otro es el de las relaciones internas. Las
relaciones externas son las que se dan entre las dos partes de la obligación (el acreedor y los
deudores, o el deudor y los acreedores), y las relaciones internas las que se dan internamente entre
los acreedores o entre los deudores.

Así resulta que: En la solidaridad activa (un deudor, varios acreedores) cualquiera de los acreedores
puede reclamar del deudor el pago (relaciones externas), y puede reclamarlo todo; pero una vez que
ha cobrado, debe pagar a cada uno de los acreedores la parte que internamente le correspondía
(relaciones internas).

En la solidaridad pasiva (un acreedor, varios deudores) el acreedor puede reclamar de cualquiera de
los deudores, y puede reclamárselo todo (relaciones externas); pero el deudor que lo ha pagado todo,
puede, más tarde, exigir de cada uno de sus codeudores que le reintegren la parte del crédito que a
cada cual le correspondía (relaciones internas).

Es decir: el crédito o la deuda se fraccionan, como en las obligaciones mancomunadas, pero sólo se
fraccionan en las relaciones internas: en las externas se mantiene la unidad del objeto.

2.5.2. Las relaciones externas. Las relaciones externas son las que se dan entre los acreedores y los
deudores. En una relación obligatoria típica eso incluye actos como: Reclamaciones de pago,
judiciales o extrajudiciales, incluyendo las dirigidas a interrumpir la posible prescripción.

El pago, y los actos extintivos de la obligación distintos del pago. Pues bien: la regulación del código
deja claro que en cualquiera de estos supuestos, cada acreedor puede portarse como acreedor único y
cada deudor como deudor único, de tal manera que sus actos afectarán a toda la obligación y no sólo
a la parte que a cada uno pueda corresponder. Así resulta que:

(a) Ius electionis y ius variandi: En la solidaridad pasiva, el acreedor dispone del ius electionis, en
virtud del cual puede elegir a qué deudor reclamar. Asimismo, el hecho de haber reclamado ya a uno
el pago, no le impide seguir reclamando a los restantes deudores, incluso antes de que haya
terminado la anterior reclamación, derecho este último al que se conoce con el nombre de ius
variandi. El artículo 1144 consagra ambas facultades del acreedor: “El acreedor puede dirigirse
contra cualquiera de los deudores solidarios o contra todos ellos simultáneamente. Las reclamaciones
entabladas contra uno no serán obstáculo para las que posteriormente se dirijan contra los demás,
mientras no resulte cobrada la deuda por completo.”

En principio el acreedor podrá elegir libremente a qué deudor demandar. Aunque, en ocasiones,
puede ocurrir que la deuda sea ya exigible para ciertos deudores, y aun no lo sea para otros, porque el
artículo 1140 del Código civil admite que puede haber solidaridad “aunque no todos los acreedores y
deudores estén ligados por unos mismos plazos y condiciones.”

Por otra parte, tanto el ius electionis como el ius variandi se traducen en que, en los supuestos de
solidaridad pasiva, hay dos excepciones procesales que no se pueden interponer (excepciones que se
estudiarán, con detenimiento, en Derecho procesal): la de litisconsorcio pasivo necesario, y la de
litispendencia. La primera, en virtud de la cual el demandado alega que el procedimiento exige que
se demande a otras personas, viene impedida por el ius electionis, que concede al acreedor el derecho
de demandar sólo al o a los deudores que quiera. La excepción de litispendencia, en virtud de la cual
el demandado sostiene que no puede enjuiciarse un asunto hasta que termine un procedimiento
judicial que ya se está planteado, y cuyo resultado afectará al segundo procedimiento, viene
impedida por el ius variandi, en virtud del cual el Código civil expresamente permite al acreedor a
dirigirse contra un nuevo deudor sin necesidad de esperar a que termine la anterior reclamación.

En la solidaridad activa también se produce el ius electionis que, en este supuesto, significa que el
deudor puede elegir a qué acreedor pagar, si bien existe una limitación: si uno de los acreedores le ha
reclamado judicialmente, será a él a quien deberá hacérsele el pago (art. 1142). Artículo 1142. El
deudor puede pagar la deuda a cualquiera de los acreedores solidarios; pero, si hubiere sido
judicialmente demandado por alguno, a éste deberá hacer el pago.

(b) Pago: El pago hecho por uno sólo de los deudores (o a uno sólo de los acreedores) extingue la
obligación (art. 1145). Y aunque ese pago puede dar lugar, más tarde, a las oportunas reclamaciones
entre los deudores (o entre los acreedores), estos efectos ya son propios de las relaciones internas.
Artículo 1145. “El pago hecho por uno de los deudores solidarios extingue la obligación. El que hizo
el pago sólo puede reclamar de sus codeudores la parte que a cada uno corresponda, con los intereses
del anticipo. La falta de cumplimiento de la obligación por insolvencia del deudor solidario será
suplida por sus codeudores, a prorrata de la deuda de cada uno.” Prorratear: Repartir una cantidad
entre varias personas, según la parte que proporcionalmente toca a cada una.

(c) La indemnización por incumplimiento: Si la obligación no se puede cumplir por culpa de alguno
de los deudores, de tal manera que la prestación original se convierte en una obligación de
indemnizar, todos los deudores deberán la indemnización solidariamente, aunque el incumplimiento
no haya sido por su culpa (art. 1147), con independencia de que, más tarde, en relaciones internas,
los deudores ajusten cuentas entre sí, y el deudor culpable del incumplimiento deba hacerse cargo él
de la parte de la indemnización que sea consecuencia de su actuación culposa. Artículo 1147. “Si la
cosa hubiese perecido o la prestación se hubiese hecho imposible sin culpa de los deudores
solidarios, la obligación quedará extinguida. Si hubiese mediado culpa de parte de cualquiera de
ellos, todos serán responsables, para con el acreedor, del precio y de la indemnización de daños y
abono de intereses, sin perjuicio de su acción contra el culpable o negligente.”

(d) Actos extintivos de la obligación distintos del pago: Existen una serie de actos jurídicos que
extinguen la obligación sin que haya pago o incumplimiento. Pues bien: del artículo 1143-I se
desprende que si se realiza uno de estos actos entre uno de los acreedores y uno de los deudores, la
obligación se extinguirá para todos.

Artículo 1143.” La novación, compensación, confusión o remisión de la deuda, hechas por


cualquiera de los acreedores solidarios o con cualquiera de los deudores de la misma clase, extinguen
la obligación, sin perjuicio de lo dispuesto en el artículo 1.146. “

Artículo 1146. “La quita o remisión hecha por el acreedor de la parte que afecte a uno de los
deudores solidarios, no libra a éste de su responsabilidad para con los codeudores, en el caso de que
la deuda haya sido totalmente pagada por cualquiera de ellos. El acreedor que haya ejecutado
cualquiera de estos actos, así como el que cobre la deuda, responderá a los demás de la parte que les
corresponde en la obligación.”

El artículo 1145 menciona, como supuestos de extinción de la obligación sin pago, la novación,
compensación, confusión o remisión de la deuda, que son los actos extintivos, además del pago y de
la imposibilidad, mencionados por el Código civil en el artículo 1156.

Artículo 1156. Las obligaciones se extinguen: Por el pago o cumplimiento. Por la pérdida de la cosa
debida. Por la condonación (perdón) de la deuda. Por la confusión de los derechos de acreedor y
deudor. Por la compensación. Por la novación.
No menciona, el 1143-I, la transacción, que según la doctrina también tiene un efecto extintivo. Pero,
a fin de cuentas, la transacción (trato, convenio o negocio) puede considerarse, a estos efectos, una
especie de novación. Estas figuras se estudiarán con detenimiento en la lección 9, y allí nos
remitimos. Conviene, no obstante, para la comprensión de este artículo, anticipar, muy por encima,
en qué consiste cada una de estas figuras:

Novación: consiste en un acuerdo entre las partes en virtud del cual se extingue la obligación
preexistente y se sustituye por una obligación nueva (de ahí el nombre de novación). Como por
ejemplo, si, debiéndose una cosa específica, el acreedor y el deudor acuerdan que, en lugar de la cosa
que se debía, se pagará una cantidad de dinero: la vieja obligación se extingue y nace una nueva.

Compensación: Es un efecto en virtud del cual cuando entre dos personas existen dos deudas
cruzadas, de tal manera que cada uno de ellos debe algo al otro, si tales deudas son homogéneas (por
ejemplo: todas son deudas de dinero), se extinguen las dos, si son de la misma cuantía o, si no son de
la misma cuantía, se extingue la más pequeña y la mayor se reduce.

Confusión: Es un efecto en virtud del cual cuando en una obligación el acreedor y el deudor llegan a
ser la misma persona, la obligación se extingue, pues nadie puede ser acreedor de sí mismo. Un caso
claro en el que esto sucede es cuando el acreedor se convierte en heredero del deudor, o viceversa.

Remisión: Así se llama al perdón de la deuda hecho por el acreedor. También se le llama a veces
condonación. La doctrina a veces diferencia el perdón propiamente dicho, del llamado pacto de non
petendo en virtud del cual el acreedor, sin perdonar a uno de los deudores, se compromete a que no
será a él al que le reclamará. Puede verse, al respecto, la STS de 21 de diciembre de 2000.

Por otra parte hay que tener en cuenta que la novación y la confusión siempre extinguen la
obligación original por completo. La compensación y la condonación suelen ser parciales. En el caso
concreto de la condonación, hay además que distinguir el caso en el que el acreedor perdone a un
deudor toda la deuda (que es el supuesto en el que piensa el 1143-I), de aquel otro en el que el
acreedor perdona a uno de los deudores, su parte en la deuda, caso éste en el que la extinción es sólo
parcial.

En particular: la reclamación judicial hecha a uno sólo de los deudores. Ya hemos visto que, en la
solidaridad pasiva, el acreedor puede elegir a qué deudor reclamar, y demandarle exigiéndole el pago
de toda la deuda. En tal caso el artículo 1148 señala que “El deudor solidario podrá utilizar, contra
las reclamaciones del acreedor, todas las excepciones que se deriven de la naturaleza de la obligación
y las que le sean personales. De las que personalmente correspondan a los demás sólo podrá servirse
en la parte de deuda de que éstos fueren responsables”.

Entender este precepto exige comprender primero la diferencia entre los dos tipos de excepciones
que en él se contemplan: excepciones objetivas (derivadas de la naturaleza de la obligación) y
excepciones personales. En principio podemos considerar que son excepciones objetivas todas las
que no sean personales, y son excepciones personales aquellas que la ley sólo concede legitimación
activa para interponerlas a ciertas personas, lo cual ocurre siempre que la excepción se base en la
existencia de una relación jurídica adicional entre el acreedor y ese concreto deudor.
En particular se consideran excepciones personales de un deudor la compensación a su favor, y la
condonación que le haya podido hacer a él el acreedor. En estos casos la excepción es personal
porque: En el caso de la compensación, ésta se produce porque en una relación jurídica distinta, el
acreedor resulta deudor de quien, en la obligación solidaria, es uno de los codeudores; y en esa otra
relación jurídica, los codeudores solidarios no son parte.

Cuando el acreedor perdona a un deudor exclusivamente su parte, se establece entre ellos un contrato
en el que no son parte los demás codeudores, por eso se considera que esa excepción es personal del
deudor condonado.

En ocasiones se citan, como ejemplo de excepciones puramente personales, la menor edad de uno de
los deudores, o la existencia de un vicio en la voluntad de uno de los deudores. En estos casos ya
sabemos (por Civil I, lección 14) que la falta de capacidad y los vicios en la voluntad sólo pueden ser
alegados por quien los sufrieron (art. 1302 CC), aunque, al menos en el caso de los vicios de la
voluntad, también se permite que sean alegados por los deudores subsidiarios. Pero, en todo caso, no
parece que el artículo 1148 esté pensando en ninguno de estos dos supuestos, porque ni la menor
edad ni la existencia de un vicio en la voluntad son, en el sentido estricto de la palabra, excepciones
que permitan a un deudor dejar de pagar, sino que son causas de anulabilidad que permiten a quien
las sufrió impugnar el negocio, dejándolo sin efecto, lo que a su vez implica la necesidad de que cada
parte restituya lo que hubiera recibido de la otra.

Pues bien: si se da una de estas excepciones personales, el artículo 1148 distingue según dicha
excepción pertenezca al deudor demandado, o a otro deudor. Si pertenece al demandado, podrá
interponerla sin restricciones; pero si la excepción personal pertenecía a un deudor distinto de aquel a
quien se demandó, éste podrá seguir interponiéndola, pero sólo para librarse de pagar la parte que, en
relaciones internas, corresponde al deudor dueño de la excepción. Es este, por lo tanto, un supuesto
en el que las relaciones internas entre deudores tienen un reflejo en las relaciones externas con el
acreedor.

La propagación de la solidaridad. El régimen de las relaciones externas, en virtud del cual, la


actuación de uno sólo de los sujetos afecta a todos los que ocupan su misma posición, implica que en
la solidaridad los actos de una persona trascienden de su propia esfera jurídica y afectan a otros
sujetos (a los codeudores o a los coacreedores).

A esta eficacia de los actos jurídicos más allá de quienes han sido realmente sus sujetos se la
denomina propagación de la solidaridad, y resulta de extremada importancia, pues constituye una
excepción al principio en virtud del cual nadie puede intervenir en la esfera jurídica de otra persona
salvo si es su representante legal o voluntario.

Además de en el artículo 1143-I, dos ejemplos concretos de propagación de la solidaridad vienen


establecidos en los artículos 1974 y 1141-II, según el primero, “la interrupción de la prescripción de
acciones en las obligaciones solidarias aprovecha o perjudica por igual a todos los acreedores y
deudores”, y según el segundo “las acciones ejercitadas contra cualquiera de los deudores solidarios
perjudicarán a todos estos”.
Y así, por ejemplo, con apoyo en este precepto podría sustentarse que la reclamación hecha a uno
sólo de los deudores, hace que empiece la mora parta todos ellos. Pero lo que el artículo 1141-II
(Artículo 1141. Cada uno de los acreedores solidarios puede hacer lo que sea útil a los demás, pero
no lo que les sea perjudicial. Las acciones ejercitadas contra cualquiera de los deudores solidarios
perjudicarán a todos éstos.) no significa es que:

(a) Obtenida sentencia contra un deudor solidario, pueda pedirse la ejecución de esa misma sentencia
contra otro de los deudores que no hubiera intervenido en el primer juicio; porque el artículo 542 de
la LEC expresamente lo prohíbe.

(b) Tampoco significa (según la opinión más extendida) que obtenida sentencia contra uno de los
deudores, esa sentencia vincule al juez que tenga que pronunciarse respecto de los restantes
deudores.

A la vinculación que una sentencia produce en los jueces que se ocupen de procedimientos
posteriores, se la denomina efectos de cosa juzgada, y hasta la LEC de 2000, el CC establecía en el
artículo 1252 que, en caso de solidaridad, la eficacia de la cosa juzgada se extendería a todos los
deudores solidarios. Pero la LEC de 2000 derogó ese artículo del CC, y en la actual regulación de la
cosa juzgada no se incluye ninguna referencia a la solidaridad.

El párrafo primero del artículo 1141, sin embargo, parece limitar la propagación de la solidaridad
activa exclusivamente a los actos de un acreedor que sean útiles para los demás, pero no a los que les
sean perjudiciales.

El artículo 1141-I es difícil de entender, y además se contradice, en cierto modo, con el artículo
1143-I, ya que, por ejemplo, según el primero uno de los acreedores no podría perdonar, por sí solo,
la deuda entera (pues eso es perjudicial para los demás). Pero el 1143-I afirma que si el acreedor
perdona la deuda, esta se extingue.

La doctrina, para compaginar estos dos preceptos, afirma que el artículo 1143 se refiere a relaciones
externas, y el 1141-Ias relaciones internas, y por lo tanto la interpretación conjunta de ambos sería la
de que aunque el acreedor no puede hacer lo que sea perjudicial (1141), si lo hace ese acto tendrá
efectos frente al deudor (1143-I) aunque los demás acreedores podrán reclamarle la oportuna
indemnización (1143-II).

2.5.3. Las relaciones internas. Las relaciones internas son las que se dan entre los distintos
acreedores o entre los distintos deudores; se basan en la idea de que, aunque externamente la
prestación no se haya dividido, internamente a cada uno de los acreedores o a cada uno de los
deudores le corresponde una parte, por lo tanto una vez que la obligación ha sido pagada, los
acreedores deberán repartirse entre ellos el crédito, y los deudores deberán, asimismo, repartirse la
deuda, y de cara al reparto se presumirá que las partes eran iguales, salvo que se demuestre lo
contrario (recuérdese la regla de que concursus partes fiunt); pudiendo ocurrir incluso que, en
relaciones internas, a alguno de los sujetos no le corresponda ninguna parte, como ocurriría, por
ejemplo, en una deuda solidaria contraída entre varias personas, pero en beneficio exclusivo de una
de ellas: externamente habría solidaridad y todos responderían por igual, pero internamente sólo uno
de ellos sería verdadero deudor.
A la acción en virtud de la cual uno de los sujetos puede pedir ese ajuste de cuentas posterior al pago
se la denomina acción de regreso. El Código civil la contempla, para la solidaridad activa, en el
artículo 1143-II, (Artículo 1143. La novación, compensación, confusión o remisión de la deuda,
hechas por cualquiera de los acreedores solidarios o con cualquiera de los deudores de la misma
clase, extinguen la obligación, sin perjuicio de lo dispuesto en el artículo 1.146. El acreedor que haya
ejecutado cualquiera de estos actos, así como el que cobre la deuda, responderá a los demás de la
parte que les corresponde en la obligación.) y para la solidaridad pasiva, en el artículo 1145-II (El
pago hecho por uno de los deudores solidarios extingue la obligación. El que hizo el pago sólo puede
reclamar de sus codeudores la parte que a cada uno corresponda, con los intereses del anticipo.).

El fundamento de la acción, y sus líneas básicas de funcionamiento, son iguales en ambos casos,
pero para mayor claridad, es preferible explicar por separado la acción de regreso en cada tipo de
solidaridad:

La acción de regreso en la solidaridad activa: Cuando un acreedor cobra, o realiza un acto cuya
consecuencia es que la obligación original se extingue, surge el derecho de los demás acreedores a
reclamarle su parte. Este derecho constituye una nueva obligación, distinta de la anterior (que, por lo
tanto, tendrá su propio plazo de prescripción), y en la que si hay pluralidad de sujetos, el régimen a
aplicar ya no será el de la solidaridad, sino el de la mancomunidad, en virtud de la regla general de
mancomunidad que se deduce del artículo 1137.

La única regulación que en Código civil contiene de esta nueva obligación, se encuentra en el
artículo 1143-II, según el cual el acreedor que hubiese cobrado, o el que, sin haber cobrado, hubiera
realizado unilateralmente algún acto cuya consecuencia sea la extinción de la obligación responderá
a los demás de la parte que les corresponda en la obligación.

La legitimación activa para interponer esta acción la tiene, por tanto, cualquier acreedor que no haya
cobrado o realizado un acto extintivo de la obligación; y legitimación pasiva la tiene el acreedor que
cobró o que realizó un acto extintivo de la obligación.

La acción de regreso en la solidaridad pasiva: Cuando en una obligación solidaria uno de los
deudores paga, surge a su favor un derecho de crédito contra los demás deudores, en virtud del cual
puede exigirles a cada uno de ellos el pago de su parte.

Se trata —al igual que en el caso de la solidaridad activa— de una nueva obligación, distinta de la
obligación original. Sus principales características son las siguientes:

(a) Legitimación activa: El artículo 1145-II (“El que hizo el pago sólo puede reclamar de sus
codeudores la parte que a cada uno corresponda, con los intereses del anticipo”) concede
legitimación activa al deudor que pagó. Sin embargo precisa la doctrina que, en realidad, la
legitimación activa la tiene no sólo el deudor que paga sino, en general, el que soporta sobre su
patrimonio la extinción de la obligación, lo cual puede suceder porque ha sido él quien la ha pagado,
o porque ha sido él quien ha extinguido la obligación por algún acto extintivo que le haya supuesto
una pérdida patrimonial.

Por ejemplo: si uno de los deudores hereda al acreedor, se produce la figura llamada confusión, la
misma persona se convierte en acreedor y deudor de una misma obligación y, como eso no es
posible, el efecto es que la obligación se extingue (art. 1143-I). Esa extinción favorece a todos los
codeudores, pero el codeudor que era heredero sufre una pérdida en su patrimonio, pues pierde el
crédito que había heredado, por lo tanto es él quien, aunque no ha pagado, ha soportado sobre su
patrimonio la extinción de la obligación.

Por otra parte, aunque el Código civil no lo dice, parece claro que para poder interponer la acción de
regreso hace falta que el deudor que la interponga haya pagado (o soportado sobre su patrimonio)
toda la obligación o, al menos, una parte de ella superior a la que, según relaciones internas, le
correspondía.

(b) Cuantía a reclamar: El deudor que pagó (o soportó sobre su patrimonio la extinción) puede
reclamar a cada codeudor exclusivamente su parte, en relaciones internas, y los intereses que
correspondan por el anticipo (1145-II), es decir: por el tiempo transcurrido desde que él pagó hasta
que le paguen.

El que a cada codeudor sólo se le pueda reclamar su parte, significa que la obligación de reembolsar
no es ya solidaria.

(c) Insolvencia de uno de los codeudores: No obstante, aunque no sea ya una obligación solidaria,
todavía guarda un residuo de la solidaridad de la obligación original, y es que si uno de los
codeudores resultare insolvente, su insolvencia se repartirá entre los codeudores solventes (art. 1145-
III “La falta de cumplimiento de la obligación por insolvencia del deudor solidario será suplida por
sus codeudores, a prorrata de la deuda de cada uno”.)

Excepciones oponibles por el codeudor demandado: Esta cuestión no la trata con carácter general el
Código civil, pero parece que del artículo 1146 (que se refiere al caso del perdón de la deuda hecho a
uno sólo de los deudores), cabe extraer las siguientes ideas:

1. En principio el deudor al que se reclame el pago de su parte, podrá interponer al codeudor que
pagó cualquier acción objetiva que éste hubiera podido interponer y no hubiera interpuesto, así como
las excepciones personales propias siempre que el deudor que pagó también hubiera podido
interponerlas (recuérdese el art. 1148).

2. A tales efectos, la excepción personal de un deudor sólo la puede interponer otro deudor distinto si
se le comunica su existencia.

Es decir: si a un deudor, por ejemplo, el acreedor le perdona su parte, o incluso si se lo perdona todo,
y este no lo comunica a sus compañeros codeudores, puede ocurrir que alguno de ellos, no sabiendo
que había habido un perdón, lo pague todo, en cuyo caso, si realmente un deudor lo pagó todo por
ignorancia, no podrá el que fue perdonado liberarse de la acción de regreso, ya que fue su silencio el
que propició el pago.

2.5.4. La llamada solidaridad impropia. Hasta aquí el régimen de la solidaridad que podríamos
denominar normal. Pero junto a esta solidaridad normal, en la que hay una cotitularidad que implica
la existencia de relaciones internas y de relaciones externas, en ocasiones se dan ciertos supuestos
que, sin ser estrictamente solidaridad, comparten con la solidaridad pasiva las siguientes
características:
-Dos o más personas están obligadas a pagar la misma deuda.

-Pero el acreedor no puede cobrarla más de una vez.

Por ejemplo: En los casos de responsabilidad civil por hecho ajeno de un daño responden
simultáneamente el causante material del daño (art. 1902) y ciertas personas que deben responder por
él (art. 1903), siendo esta última responsabilidad directa y no subsidiaria.

Artículo 1902. El que por acción u omisión causa daño a otro, interviniendo culpa o negligencia, está
obligado a reparar el daño causado.

Artículo 1903. La obligación que impone el artículo anterior es exigible no sólo por los actos u
omisiones propios, sino por los de aquellas personas de quienes se debe responder. Los padres son
responsables de los daños causados por los hijos que se encuentren bajo su guarda. Los tutores lo son
de los perjuicios causados por los menores o incapacitados que están bajo su autoridad y habitan en
su compañía. Lo son igualmente los dueños o directores de un establecimiento o empresa respecto de
los perjuicios causados por sus dependientes en el servicio de los ramos en que los tuvieran
empleados, o con ocasión de sus funciones. Las personas o entidades que sean titulares de un Centro
docente de enseñanza no superior responderán por los daños y perjuicios que causen sus alumnos
menores de edad durante los períodos de tiempo en que los mismos se hallen bajo el control o
vigilancia del profesorado del Centro, desarrollando actividades escolares o extraescolares y
complementarias. La responsabilidad de que trata este artículo cesará cuando las personas en él
mencionadas prueben que emplearon toda la diligencia de un buen padre de familia para prevenir el
daño.

Eso significa que el perjudicado puede elegir si reclamará la indemnización del causante material, o
del responsable por hecho ajeno (ius electionis), pudiendo incluso reclamarla primero de uno y luego
de otro (ius variandi), pero lo que no puede es cobrar más de una vez.

Si el responsable de un daño, que está obligado a indemnizarlo, tenía un seguro de responsabilidad


civil, en virtud del cual la compañía aseguradora también queda obligada a indemnizarlo.

Se produce una situación similar a la anterior: el acreedor tiene dos deudores distintos contra los que
dirigirse, y a cada uno de ellos puede exigirle la totalidad, pero sólo puede cobrar una vez.

Para referirse conjuntamente a todos estos casos, la jurisprudencia ha acuñado la expresión


solidaridad impropia, con lo que quiere dar a entender que aunque en estos supuestos se aplican
ciertos aspectos de la regulación de la solidaridad, hay otros que no se aplican. En particular el TS ha
señalado que el artículo 1974 del Código civil es inaplicable en los casos de solidaridad impropia.

En realidad, bajo el nombre de solidaridad impropia se mezclan supuestos muy diferentes, que lo
único que tienen en común es que en ellos no hay, verdaderamente, solidaridad, aunque se produzca
un efecto parecido.

En la solidaridad propia hay una sola obligación con pluralidad de sujetos. Pero en la mayor parte de
los casos que se mencionan como de solidaridad impropia, lo que hay es dos o más obligaciones
distintas, pero que recaen todas ellas sobre el mismo objeto. Pero son obligaciones distintas, pues
cada una de ellas ha nacido de un hecho jurídico diferente. Y así, por ejemplo, en el caso del seguro
de responsabilidad civil, la obligación del causante del daño nace de su propia actuación culposa,
pero la obligación de la compañía aseguradora nace del contrato de seguro.