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Nombre: Diego Almeida Fecha: 02/04/2018

Materia: Ética Periodo: 52


Curso: Sexto nivel (G1) Nota:

FUNDAMENTO ANTROPOLÓGICO DE LA ETICA

Para analizar el fundamento antropológico de la ética debemos partir de un modelo interpretativo del
Ser Humano. Al existir varias formas de describir la realidad humana, debemos escoger un modelo
específico que nos ayude a analizar el comportamiento moral. En el presente estudio utilizaremos el
modelo fenomenológico. Este modelo, partiendo de las manifestaciones concretas de las personas,
nos permite conocer que el ser humano es una unidad sustancial de corporalidad, racionalidad y
espiritualidad.

Describamos brevemente cada una de ellas: a) Corporalidad: es aquella característica humana que
compartimos con los animales; aquello que le permite al hombre manifestar el resto de las
potencialidades. Aquí se manifiestan principalmente los sentidos las emociones y los instintos. b)
Racionalidad: es aquella característica propia del hombre que se manifiesta en las capacidades de
reflexionar y crear. Esta característica ha hecho que los seres humanos seamos capaces de producir
ciencia, filosofía, teología, religión, etc. Todas las profesiones, desde la más elemental hasta la más
sofisticada, se desarrollan gracias a la racionalidad, así tenemos: ingenieros, arquitectos, doctores, etc.
Por último, tenemos, c) Espiritualidad: esta cualidad humana se manifiesta en las capacidades que
evidencian valores superiores tales como: la honestidad, la justicia, la paz, la solidaridad, el sacrificio,
el perdón. Todas estas capacidades tienen un origen común: la capacidad de amar.

Así pues, la honestidad, la justicia, la solidaridad no son más que manifestaciones del amor al otro, el
que a su vez también es amor a sí mismo. Si la persona es creyente, verá el origen y el fin de ese amor
en un ser supremo. Esta idea se afianza con el hecho de que, en la concepción cristiana –católica o
protestante-, Dios es amor.

Ahora bien, cuando decimos de una persona que es ética, que es moral o que es buena persona, nos
referimos a su forma de actuar, a sus vivencias concretas, a sus acciones positivas, ya sea en su familia,
en el trabajo, con los amigos y aún con los que no conoce. De acuerdo con lo dicho, una persona moral
sería aquella que tiene una espiritualidad desarrollada, es decir aquella que, en su vida, manifiesta los
valores superiores. Esto a su vez le permite equilibrar las pulsiones corporales: emocionales e
instintivas. Solo aquella persona que tenga una capacidad de amar suficientemente desarrollada
puede asimilar el rencor, el odio, la envidia, el deseo de venganza, así como ese deseo de placer sin
más que es propio del instinto sexual.

Analicemos brevemente el tema del instinto sexual y su relación con el comportamiento moral. Como
sabemos, el instinto sexual es una pulsión ciega, es una energía natural que nos impulsa a la
procreación. Pero el ser humano ya no es puro instinto, él debe integrar el instinto sexual en su vida
de modo que la construya.
No queremos decir que debemos anular el aspecto corporal, emocional e instintivo. Considerando que
es parte de nuestra naturaleza eso sería imposible. Lo que sí debemos hacer es desarrollar esas
capacidades humanas que nos hacen personas, es decir las capacidades de: ser honesto, de ser
solidario, de ser fiel, en una palabra, de ser amoroso. Solo cuando la persona se haya desarrollado en
este aspecto, tendrá las herramientas necesarias para asimilar e integrar en su vida, de forma
constructiva, lo emocional e instintivo, es decir las pasiones y las pulsiones biológicas que son parte de
nuestra naturaleza.

Cuando nos preguntamos por el modo de formar personas éticas, muchas veces nos remitimos a la
educación formal –escuela, colegio, universidad-, más aún, dicha formación se desarrolla únicamente
en el plano intelectual, racional, conceptual. Suele insistirse mucho en las nociones de moral, en los
principios teóricos, en las normas, en las definiciones de ciertos valores. Dicha formación no pasa de
reducirse a simples recetas y listas que los estudiantes aprenden muchas veces de memoria y luego las
olvidan. No se toma en cuenta que la verdadera formación ética y moral, es decir en valores, debe
realizarse en aquel aspecto del ser humano que le proporciona su ser de persona, es decir su aspecto
espiritual.

Ya mencionamos que el área espiritual no es más que la vivencia de los valores; esto a su vez es lo que
le da a una persona su característica de moral. Ya describimos que la capacidad de amar es la que hacía
posible los valores. Dicha capacidad es parte de la naturaleza de todo ser humano. Cuando es
desarrollada en una forma armónica y equilibrada, el resultado es un ser amoroso, es decir un ser que
vive en base al respeto, a la consideración, a la solidaridad, a la fidelidad. Como podemos apreciar,
éste es un ser moral, un ser ético.

Hasta aquí hemos dado una visión general del Ser Humano en base al modelo fenomenológico, hemos
visto cómo los distintos aspectos humanos influyen en su comportamiento concreto. Entendimos que
el comportamiento ético tiene que ver más con el amor que con la razón, las definiciones o los
conceptos. La razón nos ayuda a entender, pero lo que nos hace actuar de manera moral, no siempre
es la razón sino el amor.

Hay cosas que son siempre malas, así como hay cosas que son siempre buenas. Existen objetivamente
el bien y el mal moral. No es una opinión que sacrificar a un inocente sea malo, sino que esa verdad se
impone a nuestro sentido e intuición moral con mayor nitidez y fuerza que, por ejemplo, que tal cosa
sea de color rojo, pues en esta última sensación podemos errar si tenemos algún defecto en nuestra
vista, ser por ejemplo daltónico y confundir el rojo con el verde. Y sólo uno que haya auto-cegado su
intuición moral, casi instintiva, podría sostener que atentar contra un inocente es bueno.

Así, paradójicamente, afirmar que no existe el mal absoluto abriría la puerta a la carencia de libertad
real, a la quiebra de una democracia genuina, a la tiranía. De esta manera, el relativismo moral, que
algunos pretenden que es lo más compatible con la democracia, resulta el camino más fácil para acabar
con las garantías democráticas del individuo.