Anda di halaman 1dari 6

¡Huye!

No seas esclavo de la lascivia

por Hermano Pablo

La lascivia es un pecado destructivo que domina y controla la mente y la vida hasta hacer de sus
víctimas hombres débiles, lánguidos, enfermizos y abatidos. Al llegar a ese punto el hombre
cristiano ha dejado de someterse al señorío de Jesucristo para someterse a un tirano, un
déspota, un opresor.

¡Huye! No seas esclavo de la lasciviaCartas a Timoteo - Número 9

Mi querido Timoteo:

Estaba un día mirando a través de la persiana de mi casa y vi algo que me atrajo la atención.
Eran unos jóvenes que parecían no tener sentido común. Como que nada les importaba. Por
cierto, uno de ellos parecía estar totalmente falto de juicio. Lo vi cruzar la calle, llegar a una
esquina y encaminarse hacia la casa de una mujer. El día llegaba a su fin, y las sombras de la
noche avanzaban.

Este engaño ha llevado a muchos hombres, desgraciadamente hasta al hombre de Dios, a la


destrucción total de su persona, su familia, su ministerio y todo su futuro.

De pronto la mujer, con aspecto de mujer de la noche y con visibles intenciones malsanas, vio
que él se acercaba a su casa y salió a su encuentro. Allí mismo, en la calle, lo abrazó y lo besó.
Con todo descaro le dijo: "Salí de la casa precisamente para buscarte, y te he encontrado. Mi
cama está arreglada con sábanas de lino fino importadas y perfumadas con perfumes traídos de
lugares exóticos. Ven, bebamos de la copa del amor hasta el amanecer. Mi esposo no está en
casa. Ha emprendido un largo viaje y no regresará por varios días."

Con sus palabras seductoras lo convenció, y con halagos, mimos y abrazos lo sedujo. Él en
seguida la siguió, yendo tras ella como buey que va camino al matadero, como ciervo que cae
en la trampa, como ave que se lanza contra la red.»

Esta palabra, mi querido Timoteo, es una paráfrasis de la sabiduría de Salomón que se


encuentra en Proverbios, capítulo siete. La traigo a cuentas porque quiero tocar el tema que
esta alegoría de Salomón presenta: advertir uno de los peligros más perversos, una de las
artimañas más sutiles, uno de los engaños más perspicaces de Satanás.

Este engaño ha llevado a muchos hombres, desgraciadamente hasta al hombre de Dios, a la


destrucción total de su persona, su familia, su ministerio y todo su futuro. ¿Qué es este engaño?
Lo digo en una sola palabra: la lujuria. Es decir, la tentación de la naturaleza pecaminosa del
hombre.

Las tentaciones que incitan, y a veces conquistan, al siervo de Dios son múltiples -el poder, la
posición, el dinero, el orgullo- pero hay una tentación que es quizá la más intensa de todas: la
lascivia, el apetito carnal insaciable. Una de las maneras en que esta tentación se expresa es por
la pornografía. El vocablo viene de la palabra griega porne, que significa «prostituta».

La adicción a la pornografía ha llegado al colmo de cautivar a millones de hombres en todo el


mundo. En 1998 los adictos a la pornografía gastaron novecientos setenta millones de dólares
viendo escenas pornográficas en la red electrónica mundial, y quienes han hecho estudios del
avance de esta práctica calculan que para el año 2003 la cifra ascenderá a más de tres mil
millones de dólares.

En una encuesta realizada por la organización Cumplidores de Promesas, sesenta y cinco por
ciento de sus adherentes confesaron haber sido adictos a la pornografía, y en otra encuesta
entre pastores y líderes laicos cristianos realizada por Leadership Magazine (revista sobre el
liderazgo) salió a la luz que sesenta y dos por ciento confesaron haber estado involucrados en la
pornografía. Se calcula que uno de cada cinco líderes cristianos es adicto a la pornografía, lo
cual nos obliga a preguntarnos: ¿Cómo es posible que ese elevado número de personas, que se
identifican como creyentes en Cristo y, aun más, como líderes dentro de la iglesia, estén
envueltos en algo tan inmundo, impúdico, corrompido y destructivo?

La pornografía, ciertamente, apela a uno de los instintos más poderosos del género masculino,
el impulso sexual. Cuando el hombre se permite observar imágenes orientadas a actos sexuales,
esto lo domina a tal grado que él, aun sabiendo que hace mal, no tiene la fuerza de voluntad de
corregir su mirada, y aun más, busca experimentar lo que está observando. Las hormonas
masculinas se enardecen, lanzando a su víctima a una lascivia incontrolable e insaciable.

¿De dónde viene esto? Aquí, Timoteo, tengo que aclarar algo. Fue Dios quien creó la atracción
sexual. Lo hizo no sólo para la procreación de la raza humana, sino también para unir a dos
personas, esposo y esposa, con lazos de amor, armonía, felicidad y deleite. El acto sexual no es
pecado. Cuando se practica dentro de la intimidad matrimonial, no quebranta ninguna ley
bíblica, moral o espiritual. El pecado consiste en llevarlo más allá de lo que Dios estableció. La
lascivia es un pecado destructivo que domina y controla la mente y la vida hasta hacer de sus
víctimas hombres débiles, lánguidos, enfermizos y abatidos, como el joven que Salomón
describe en su metáfora: «buey que va camino al matadero, ciervo que cae en la trampa, o ave
que se lanza contra la red». Al llegar a ese punto el hombre cristiano ha dejado de someterse al
señorío de Jesucristo para someterse a un tirano, un déspota, un opresor, que ha llegado a ser
su ídolo. La lascivia es idolatría en su forma más intolerante y destructiva.

¿Qué ocurre con el que se entrega a la lascivia?

En primer lugar, pierde la paz. El cristiano que se entrega a la pornografía sabe que hace mal,
que está defraudando a su esposa y a sus hijos. Por cierto, tiene que esconderse para practicar
ese hábito. Sabe, también, que es una ofensa contra Dios. Y si es predicador, tarde o temprano
su mensaje perderá el calor espiritual que lo hace convincente, y perderá la autoridad de Dios
que lo hace ser un líder.

El que se entrega a la lascivia vive también con remordimientos de conciencia. Es como un


delincuente, en huida constante. No es un prófugo de la justicia humana, pero vive huyendo de
sí mismo, huyendo de quienes puedan descubrirlo en su adicción y huyendo de Dios. No puede
acercarse a Dios en oración porque sabe que hace mal. Es más, su adicción lo aleja de la Biblia,
de modo que ya no aparta tiempo para su lectura devocional. La Palabra de Dios es como un
espejo que lo hace ver lo negro y lo sucio que es su hábito pornográfico.

Para colmo de males, su adicción va en aumento con el paso de cada día. Lo que comenzó
siendo sólo un vistazo de una mujer desnuda en una revista se convierte rápidamente en una
exploración insaciable que lo hace perseguir ese vicio hasta perder el dominio propio. Esa es la
condición de quien se deja arrastrar por la pornografía.
¿Hay alguna solución?

Sí la hay, pero sólo para el que desea profundamente, con absoluta y total sinceridad y de todo
corazón, ser liberado de esa esclavitud. Tiene que reconocer que esta adicción no solamente
destruye al adicto sino que, peor aun, lo separa del Dios a quien pretende seguir.

Permíteme, mi querido Timoteo, ser muy franco y sincero contigo. Aunque hayas llegado a ser
víctima de la pornografía debes comprender, en primer lugar, que Dios te ama de todo corazón.
Tú eres alguien muy especial para Dios. Él te llamó desde el vientre de tu madre para ser su
siervo, su ministro, en la predicación del santo evangelio de nuestro Señor. Debes comprender
también que nuestro Señor desea y necesita verte libre de todo lo que disminuya tu capacidad
de servirle a él. Debes saber, también, que puedes valerte de su divino poder para librarte de
esa adicción; no tienes que ser esclavo de los deseos de tu naturaleza pecaminosa.

El Apóstol Pablo, en su Carta a los Romanos, escribe: «La mentalidad pecaminosa es muerte,
mientras que la mentalidad que proviene del Espíritu es vida y paz ... Por tanto, hermanos,
tenemos una obligación, pero no es la de vivir conforme a la naturaleza pecaminosa. Porque si
ustedes viven conforme a ella, morirán; pero si por medio del Espíritu dan muerte a los malos
hábitos del cuerpo, vivirán ... Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al
miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: "¡Abba! ¡Padre!"» (Ro
8.6, 12, 13, 15 NVI) Santiago nos dice: «Dichoso el que resiste la tentación porque, al ser
aprobado, recibirá la corona de la vida que Dios ha prometido a quienes lo aman. Que nadie, al
ser tentado, diga: "Es Dios quien me tienta." Porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni
tampoco tienta él a nadie. Todo lo contrario, cada uno es tentado cuando sus propios malos
deseos lo arrastran y seducen. Luego, cuando el deseo ha concebido, engendra el pecado; y el
pecado, una vez que ha sido consumado, da a luz la muerte.» (Stg 1.12-15 NVI)

Permíteme, mi querido Timoteo, darte unos cinco consejos que podrán ayudarte en la
liberación de esta adicción:

Haz la determinación definitiva de que vas a dejar de involucrarte en la pornografía. La solución


comienza con esa determinación. Uno tiene que «decidir» no permitirse jamás jugar con la
tentación. Repito las palabras de Santiago: «...cada uno es tentado cuando sus propios malos
deseos lo arrastran y seducen.» En postración, Timoteo, ante la presencia de Dios di: «Señor, yo
no quiero seguir practicando esto. Determino dejar de hacerlo. Sé que tú me ayudarás.» Para
perseverar en tu determinación, toma decisiones concretas para ayudarte a huir de la tentación.
Tú sabes bien en qué circunstancias la tentación es difícil de resistir. Huye de ellas y busca
protección.

No te apartes ni un solo día de la lectura de la Palabra de Dios. Al abandonar la lectura de la


Biblia dos cosas ocurren. Primero, uno pierde conciencia de la santidad de Dios y de su
exigencia de total santidad de parte de sus hijos. Segundo, uno pierde conciencia de la
debilidad de uno mismo. Al no leer la Biblia constantemente, dejamos de advertir nuestra
propia debilidad moral y pecamos. No nos damos cuenta de que nos estamos destruyendo a
nosotros mismos.

Confiésale a alguien tu debilidad. Esta persona debe ser alguien en quien tengas suma
confianza, alguien a quien respetes altamente, alguien que sea maduro y estable y sea un
amigo tuyo. Es importante que tengas a alguien a quién rendirle cuentas. Esta persona podría
ayudarte a descubrir posibles carencias de afectividad que tengas y así guiarte a encontrar la
plena satisfacción en Cristo.

Si crees que puedes hacerlo sin provocar confusión en tu matrimonio, háblale a tu esposa
acerca de tu debilidad. Dile que necesitas su apoyo. Hazle saber que la amas profundamente y
que necesitas que ella se una contigo en la búsqueda de tu liberación.

No pierdas fe en la ayuda divina. Dios, más que cualquier ser humano, está de tu parte. Él desea
ver tu completa liberación, y tiene tanto el poder como la voluntad de verte libre.

Mi querido Timoteo, tú puedes vivir en victoria. No tienes que ser esclavo. Nuestro Señor ya
compró tu liberación de todo vicio, de todo pecado y de todo mal. Eres hijo de Dios y hermano
de nuestro Señor Jesucristo. Él te ha comprado con su sangre bendita. Ya no tienes que vivir
bajo la presión de ninguna esclavitud. Reclama tu victoria en Cristo.

Ideas básicas de este artículo

De todas las tentaciones que incitan y conquistan a los siervos de Dios, quizá la más intensa sea
la lascivia. Una de las formas en que se expresa es la pornografía.
El adicto a la lascivia vive en constante huida de sí mismo, de otros y de Dios y pierde
completamente el dominio propio, por lo cual va en camino de su propia perdición.

Para el que quiera liberarse de la lascivia se recomienda: dicidir dejarla definitivamene, lectura
diaria de la Palabra de Dios, rendir cuentas, depender de la ayuda divina.

Preguntas para pensar y dialogar

¿Cuáles pueden ser los motivos por los que una persona se involucra en este pecado?

¿Por qué el autor describe la lascivia como un engaño?

¿Qué pasos concretos cree que debe der para no caer en esta adicción?

Si usted es una parsona que es adicta a la pornografía, ¿cuáles son los pasos que debe dar para
su liberación? ¿Cuál de estos pasos es más difícil para usted?

© Apuntes Pastorales, edición de julio – septiembre de 2002, Volumen XIX Número 4

Anda mungkin juga menyukai