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Antología Solidaria

27 Susurros
de Amor
1ª edición: diciembre, 2015

Copyright © Autoras Románticas Independientes, 2015

Coordinación: Azahara Vega


Corrección: Tamara Bueno, Elena García Varela, C. Santana, Rei Richardson, Azahara
Vega, Susana Pérez, Montse Robledo y Juani Hernández
Maquetación: Juani Hernández
Ilustración de cubierta: Chris Axcan
Imagen: ©canstockphoto

Impreso por CreateSpace


ISBN: 151955253
ISBN-13: 978-1519552655

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento


jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del
copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o
procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la
distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
CONTENIDO

Índice

Prólogo por Merche Diolch


Con los ojos del alma por Juani Hernández
Indomable por Rita Morrigan

Errores del pasado por Eva Gil Soriano


Un milagro por navidad por Isabel Keats
Mi condena por Chris Axcan
Más allá del rencor por Nieves Hidalgo
La apuesta por Cris Tremps
En mi piel por Lydia Leyte

Aferrado a la vida por Leila Milà


Buscando un hogar por Mar Fernández
Violeta por Amaya Felices

Mi último deseo por Eva García Carrión


Sueños agitados por Cristina Oujo
Lo que calla un corazón por Nina Andrássy
Aquí mando yo por E.R.Dark
Cinco años después por Mariah Evans
Al límite por Raquel Campos

Las fotos del destino por Ester Fernández


Limpieza de primavera por Mimi Alonso
Yo te protegeré por Marian Arpa

Nada es más bonito que tú por Mar Vaquerizo


En el corazón de Tebas por Lola P. Nieva
Un dragón bajo mi cama por Azahara Vega
Una hora más por Val Navás
Un beso de Abril por Ailin Skye
Un solo baile por May Dior

Un paseo por las nubes por Lorena Guerra Méndez


Nota de agradecimiento por ARI
Nota de agradecimiento
Prólogo
por
Merche Diolch
Cuando me propusieron hacer el prólogo de la nueva antología de
Autoras Románticas Independientes, me hizo mucha ilusión. Primero,
porque ya participé en la anterior con un relato y pude de este modo
descubrir la profesionalidad del equipo que se esconde detrás de este
proyecto. Pero, ante todo, ilusión por volver a formar parte de una
antología que nace por una causa, con un fin determinado, donde
todos los beneficios recaerán en un niño, en Alex.
Vivimos sumidos en una burbuja individual donde lo único que
nos importa es nuestra propia persona. Es la sociedad moderna la que
nos ha impuesto unas normas donde, salvo excepciones, el egoísmo
brilla con mayúsculas. Es por ello que, cuando llegan proyectos como
la Antología ARI, en la que observas cómo escritoras sin ningún
compromiso se vuelcan para sacar adelante un compendio de relatos
que, además de hacer las delicias de los lectores del género
romántico, se ha constituido con un buen fin, como es el de ayudar a un
niño que solo desea poder jugar alejado de los hospitales, se merece
nuestro más alto reconocimiento, además de nuestros parabienes.
Alex es un niño que tiene la enfermedad de Sturge-Weber, una
de esas enfermedades «raras» que por motivos económicos no es
rentable investigar sobre ella, porque no generaría beneficios el
tratamiento al haber pocas personas afectadas por la misma. Necesita
vuestra ayuda para que sus padres puedan proporcionarle una
oportunidad de mejorar y de esa manera pueda disfrutar de todo
aquello que rodea la infancia: diversión, juegos y risas, sin
preocuparse de que pueda darle un nuevo ataque y tenga que ir al
hospital.
La antología de Autoras Románticas Independientes puede
aportar a la vida de Alex un pequeño grano de arena que puede
transformarse en un gran desierto con vuestra ayuda.
Solo tiene un objetivo: ayudar a Alex.
Por Alex.

«Uno de los secretos profundos de la vida es que lo único que


merece la pena hacer es lo que hacemos por los demás.»
Lewis Carrol
Con los ojos del alma
Juani Hernández
«No debes usar la magia en tu propio beneficio». Tengo esa
enseñanza grabada en la memoria, pero no porque la haya seguido a
pies juntillas, sino por todo lo contrario. Aunque, más allá de la
memoria, la tengo grabada en la piel, y nunca mejor dicho.
Pero ¿cómo pedirle a un alquimista que olvide su poder, lo
aletargue, y no ose transformar el negro carbón en reluciente y valioso
oro…? Sería como pedirle a una golondrina que dejase de volar, a un
ruiseñor que cesase su canto, a un pez que se olvidara de nadar…
Además, no soy ningún dechado de integridad, sino un hombre
imperfecto, lleno de muchos defectos y muy pocas virtudes, y que
cometió la estupidez de pretender vivir una vida mejor aun a riesgo de
perderla en el proceso. Y sí, conseguí este vasto e imponente castillo
que domina la villa desde lo alto de la colina, tantas tierras que a mis
arrendatarios les faltan manos para cultivarlas, y tanto oro que llega a
rebosar en mis baúles… Aunque, todo esto, implicaba algo más… El
lote incluía una preciosa máscara tras la que ocultar la horrible y
monstruosa deformidad que adorna la totalidad de mi rostro, hasta el
punto de que ni yo mismo soy capaz de mirarme en un espejo sin gritar
despavorido. De hecho, no hay ninguno de estos brillantes objetos
bajo este techo, fueron destruidos, todos, imposible de hallar alguno ni
en el más recóndito de los rincones. Y aclaro, para posibles dudas al
respecto, que esta maldición no trae letra pequeña, no hay posibilidad
de resarcimiento, de dar un mísero paso atrás, al menos que yo sepa,
pues mi arrepentimiento no ha servido para borrar una sola de las
cicatrices que rompen mi faz, y no es porque no haya sido inmenso,
profundo o sincero… Tal es mi pesar, que no hay ser humano en este
mundo más miserable y desdichado que yo. Sin embargo, arrastrar mi
pena no sanará mi rostro ni sirve de nada derramar lágrimas, más bien
todo lo contrario; escuecen sobre mi injuriada piel como la más
purulenta de las pústulas. No hay esperanza ninguna…
Consulté todos mis libros, incluso los que se refieren a las Artes
Místicas más oscuras, hasta me atreví a invocar a una de las Señoras
de lo Maligno para que me diera razón y guiase mis pasos para romper
este maldito hechizo que me convierte en una abominación deforme y
repulsiva. Solo conseguí que se mofara de mí, aunque es cierto que,
después de mucho suplicar y humillarme, murmuró: «Mírate con los ojos
del alma», lo que me pareció una burla aún mayor, pues el alma jamás
ha tenido ojos ni los tendrá.
Y yo, en los únicos ojos en los que quiero mirarme son en los de
ella; mi hermosa y dulce Madeleine.
Hace más de un año que vi por primera vez aquella mirada
aguamarina, sumiéndome en una constante agonía. Acompañaba a su
padre, un tal John Winckley, cuando vino a presentarme sus respetos y
a rogarme que le arrendara la vieja granja, que había pertenecido a
los O’Higgins, y que entonces estaba desocupada al haberse
marchado el anciano matrimonio a la ciudad, a casa de su hija. Yo
mismo hubiera sido capaz de echar a ese par de viejos con tal de que
los Winckley ocupasen aquellas tierras, con tal de tenerla a unas
pocas millas de distancia. Pues, ni aun con todos mis oscuros
conocimientos, supe qué misterioso embrujo me hacía buscar como un
sediento aquella mirada temerosa, mas con esa chispa de curiosidad y
coraje que la obligaba, aun si se arriesgaba a quebrantar las leyes del
respeto o el decoro, a no apartarla de la mía, resguardada como
siempre tras la máscara. Su padre la llamó al orden en más de una
ocasión con el mayor disimulo posible, y yo me alimenté gustoso de su
sonrojo al verse descubierta y reprendida por su delicioso e inocente
descaro.
Desde aquel día, mis sueños comenzaron a vestirse, noche tras
noche, de seda azul pálido. Al principio, solo era el deseo de conocer
el color de su voz, su tibieza… Después, en mis desvelos, disfrutaba de
la suavidad de sus labios… hasta traspasar la barrera de todo lo
prohibido y gozar del sabor de su piel, tersa y cautivadora, el más
dulce y seductor de los embrujos… Su níveo cuello, la deliciosa curva
que llegaba hasta su hombro, el valle de sus senos, la pálida piel de
sus pechos y el sonrosado brote que los coronaba… Cómo se
endurecía con el toque de mis dedos, cómo su cálido cuerpo
reaccionaba ante mis caricias, incitándome a perderme en la
profundidad de sus secretos, en la tierna flor de su femineidad cuyos
pétalos se abrían para mí, tentándome a caer en el más oscuro de los
tormentos.
Y así, una velada tras otra, sin descanso ni piedad.
Tal era mi tortura que volví a consultar mis libros, a pesar de que
había perdido la fe en ellos al no poder romper la maldición que me
convertía a los ojos del mundo en un demonio al que temer y al que no
desafiar, único motivo por el que los habitantes de la villa no
abandonaban sus tierras, rechazando mi amparo y que realmente no
deseaban. Y yo estaba resignado, sabía que mi destino era la soledad,
una tediosa y monótona soledad, sin sobresaltos ni emociones, sin que
el corazón latiese desbocado en mi pecho. Por eso recurrí otra vez a
aquellos viejos tomos de siglos y siglos de antigüedad, me perdí entre
sus páginas con el único fin de descubrir qué maldito embrujo me
ataba al recuerdo de esos ojos y me traía cada noche su rostro y, peor,
su cuerpo, para deleitarme en él y gozarlo, gozarnos el uno al otro sin
que ninguna censura posible pudiera alcanzarnos. Porque, en mi
ensoñación, la dulce Madeleine era apasionada, casi osada, y me
hacía arder de tal forma que, aun sabiendo que no era más que el fruto
de mi mente hechizada, temía rozar los círculos del infierno, incluso
para alguien como yo, que había roto las normas de lo divino hacía ya
tiempo.
Me volví huraño, más si cabe, y mis criados, que hasta entonces
habían soportado estoicos mi presencia, se apresuraban en
abandonar la estancia en cuanto yo hacía aparición. Y no podía
culparles pues, durante meses, solo se escuchaban mis atormentados
pasos entre los fríos muros del castillo y mis lamentos en forma de
gruñidos, más propios de un alma en pena que de un ser humano.
Hasta que sobrevino la desgracia en la ahora conocida como
granja Winckley. Aquellas lluvias eran más que una tempestad,
parecían una señal apocalíptica, y algo de divino o maligno debía
haber pues el resto de propiedades soportaron el brutal azote del
aguacero menos la suya, echándose a perder toda la cosecha y
pereciendo la mayoría del ganado a causa de la inundación. Que
Madeleine y sus padres hubieran sobrevivido bien parecía un milagro.
Su padre se presentó ante mí lleno de temor y angustia, rogando
por algo de tiempo para recuperarse y así poder hacer frente a las
deudas contraídas a causa de la catástrofe, como si fuera cosa de un
par de días. Me aproveché, por qué no reconocerlo si así fue; hice uso
de su desesperación para mis propios fines, como si las cuatro
monedas que pudiera proveerme su granja fuesen vitales para mí.
Convine en darle el plazo que me requería y, como si estuviese
haciendo alarde de mi generosidad, le ofrecí, además, algunas
monedas de oro a modo de préstamo para poder comenzar de nuevo.
Pero yo no soy un filántropo y nadie osaría imaginarlo dadas las
circunstancias, así que aguardó a que le indicara las condiciones de
nuestro trato, alguna garantía debía darme, algún tipo de aval que me
asegurase que recuperaría mi inversión. Y no fue ni más ni menos que
poner a su hija a mi servicio, como una doncella más en aquel inmenso
castillo… como si no hubiera ya suficientes. Y él se mostró tan
agradecido cuando se lo propuse… Tuve que reprimirme y no frotarme
las manos frente a él, producto del gozo que aquello me producía,
escucharle decir que su hija acudiría sin reticencia alguna y que
cumpliría con sus funciones y obligaciones para conmigo. Se me hacía
la boca agua…
Aquella noche, la dulce Madeleine volvió a subyugarme en
sueños. El aroma de su piel, fresca y lozana, me ataba a ella como el
más poderoso elixir. Y en esa fantasía era tan fácil dejarse llevar,
olvidarse de todo y caer rendido a sus pies, a merced de sus caricias y
sus deseos. Por extraño que pareciese, me hacía sentir poderoso,
capaz de alcanzar la luna con solo estirar la mano, y hubiera bastado
que ella pronunciase las palabras para entregársela si me la hubiera
pedido.
Nunca fue así con ninguna mujer, jamás. Las meretrices que el
cochero me traía de vez en cuando del lupanar situado a las afueras
de la villa siempre eran complacientes y se ajustaban a mis demandas,
sumisas y dóciles, sin duda a causa del miedo, aunque yo siempre
ocultaba mi deformada cara. Sin embargo, a Madeleine no le importaba
lo más mínimo mi despreciable aspecto, y sé que no portaba la máscara
porque, al despertar, aún podía recordar el tacto de sus delicadas
manos en mi rostro… un recuerdo tan abrumador…
También se mantiene muy presente en mi memoria el día que llegó
al castillo, con su sencillo vestido de muselina rosada con pequeñas
flores moradas. Mi corazón parecía a punto de estallar al verla en mitad
del salón, de pie, frente a mí. Y yo me aproximé, estando más cerca de
ella de lo que nunca había imaginado. Porque una cosa era soñarlo, y
otra muy distinta pensar que pudiera ser realidad. Ella, de pronto, hizo
una pequeña reverencia. Tenía las manos cogidas por delante del
cuerpo y la cabeza gacha, en actitud servil y respetuosa, y sentí cierta
rabia, o pesar, aún no lo sé, al echar en falta esa osadía que me
enloquecía en sueños cada noche. Así que me limité a llamar a la
señora Hubert, el ama de llaves, para que le indicase cuál era su
habitación y las que serían sus tareas, tras lo que me marché.
Me fui directo a mi biblioteca privada, los criados siempre han
tenido la entrada vetada y, con dedos temblorosos, busqué el conjuro
que, esperaba, sirviese para mis propósitos. Tenía que ser sincero
conmigo mismo; no iba a ser capaz de cruzar un par de palabras con
ella sin que mi máscara, y lo que había bajo ella, supusiese un
obstáculo. Me respondería llena de recelo, de temor, y no era miedo lo
que yo ansiaba de mi dulce Madeleine… aunque tampoco sabía qué
era lo que satisfaría aquella desazón que inundaba mi pecho, todo mi
interior, y que no había hecho más que acrecentarse al tenerla por fin
bajo mi propio techo.
Entonces, en mitad de una ilustración llena de rosas rojas y
espinas, pude leer una inscripción.

Favus distillans labia tus; mel et lac sub lingua tua.


Fac verba tus ardeat cor meum.

«Tus labios destilan néctar; miel y leche bajo tu lengua. Que tus
palabras hagan arder mi corazón», repetí en voz baja.
Apreté el libro entre mis manos mientras las cicatrices de mi rostro
comenzaban a quemar bajo la máscara. Sabía que me costaría caro,
pero ya estaba condenado a las sombras para siempre, no había
salvación para mí, y cualquier precio valía la pena si podía pasar unas
horas con ella, aunque no fuera real, aunque no fuera más que una
ilusión… aunque todo fuera obra de aquel conjuro que la sometería a
mi voluntad como una muñeca de trapo.
Aquella noche, le pedí al ama de llaves que fuera Madeleine
quien me sirviera la cena en el comedor. La pobre mujer me miró
atónita ya que, lo común, era que me la llevasen a mis aposentos, y no
terminaba de salir de su asombro cuando le pedí que encendieran la
chimenea, pero que los candelabros permanecieran apagados. Quería
que la luz de la lumbre fuera la única que iluminara la estancia pues,
aunque ella no sería consciente de lo sucedido, yo seguía sintiéndome
más seguro en la penumbra.
Además, me vestí con mis mejores galas; no tenía muchas
ocasiones de hacerlo. Me puse una de mis camisas blancas,
almidonada, corbata y chaleco en tonos azul claro, como sus ojos, y
frac. Luego fui hasta el salón y la esperé, impaciente. Sé que no tuve
que aguardar mucho tiempo hasta que llamó a la puerta, pero a mí me
parecieron horas.
―Adelante ―le dije, y, al verla entrar, respiré hondo para armarme
de valor y enfrentar lo que estaba decidido a hacer.
―Milord ―murmuró, inclinándose levemente tras haber dejado la
bandeja en la mesa, y estaba a punto de retirarse cuando mi voz, con
cierto tizne oscuro, pronunció el conjuro.
Ella me miró fijamente, sus ojos parecían haber perdido su brillo
de repente, y yo sabía que su mente estaba vacía por completo, a la
espera de aquella orden que conectase su raciocinio con su cuerpo y
la hiciera reaccionar.
―Hoy no seré tu señor, ni tampoco me mirarás con aprensión
―comencé a decir en el mismo tono grave―. Solo seré para ti un
hombre común y corriente al que le concederás el honor de disfrutar
de tu compañía y tu conversación.
Madeleine dejó escapar una profunda exhalación. Imaginé que
fue la reacción de su cuerpo al poderoso embrujo, y permaneció en
pie, observándome.
―Buenas noches, señorita Winckley ―pronuncié entonces con
voz más animada.
―Lord Sherbroke ―respondió ella, inclinando levemente la
cabeza.
Sonreí para mis adentros al comprobar que su actitud hacia mí era
diferente, no me trataba con tanta reticencia como cuando llegó al
castillo.
―¿Le importaría acompañarme mientras ceno? ―me atreví a
pedirle, señalando la silla al otro lado de la mesa, frente a mí.
Ella me miró un tanto desconfiada, pero, al final, accedió.
―Imagino que ya habrá cenado ―supuse, a lo que ella asintió.
―He comido en la cocina, con el resto de la servidumbre ―me
indicó.
―Tal vez quiera un poco de vino ―le ofrecí, aunque negó con la
cabeza―. Confío en que se encuentre a gusto mientras dure su
estancia aquí ―deseé con sinceridad―, al igual que espero no
resulten demasiado pesadas las tareas que le hayan encomendado.
―Estoy acostumbrada al trabajo duro ―me aclaró, aunque sin
ápice alguno de suficiencia―. No soy más que la hija de un granjero,
lo que me hace preguntarme…
No sé bien por qué guardó silencio, si porque no se atrevía a
continuar o porque estaba buscando las palabras adecuadas.
―Prosiga sin pudor ―la animé también con un gesto de mi mano.
―Me pregunto qué interés puede tener para usted una
pueblerina como yo ―me cuestionó sin rodeos. Me gustó, me encantó
que el hechizo le permitiese hablar sin tener en cuenta la barrera que
suponía nuestro estatus social.
―Solo el de conocerla un poco mejor. Me parece una joven muy
inteligente, con la que mantener una conversación de lo más
interesante ―le aclaré porque, a pesar de no haber hablado con ella
hasta ese entonces, sabía, porque su padre me lo había relatado,
acerca de su pasión por la lectura, hecho que, lejos de contrariarme,
obsequiaba con un aliciente más a esa belleza exterior que me había
cautivado en un primer momento―. Sé por su padre que le gusta leer
―añadí, como si quisiera dejarla más tranquila, y debió funcionar pues
aprecié que se relajaba ligeramente su postura.
―Algo poco común en una muchacha de mi condición ―agregó
con un toque de resquemor.
―Los diamantes son muy poco comunes, señorita Winckley, y se
consideran las piedras preciosas más valiosas del mundo ―dije con
tono sosegado y alcé mi copa, señalándola, a modo de brindis. Ella
bajó el rostro con suavidad, mostrándose halagada―. Imagino que su
afición a la literatura se debe a su curiosidad por lo que nos rodea
―dije tras dar un trago.
―En eso tiene razón ―afirmó―, soy curiosa, y demasiado, según
mis pobres padres. Cuando no entiendo algo, corro a buscar la
solución entre las páginas de un libro, aunque no siempre suelo hallar
la respuesta, cosa que me contraría sobremanera ―agregó con un
mohín un tanto infantil.
―¿Se refiere a algo en especial? ―pregunté con la misma
curiosidad de la que ella me hacía partícipe.
―Me refiero a usted ―me respondió sin tapujos, y yo casi me
atraganto con el trozo de venado que estaba masticando en ese
instante.
―¿Siente curiosidad por mí? ―quise asegurarme―. ¿O lo que le
interesa es saber qué hay debajo de mi máscara? ―añadí con cierto
resentimiento.
―Las malas lenguas ya se encargan de relatar lo que oculta tras
ella ―se sinceró, bajando un instante la vista hacia sus manos que
mantenía en su regazo―. Pero me gustaría saber qué hay de cierto en
lo que se dice que lo motivó.
―Un incendio en el ala sur ―me apresuré en puntualizar la
versión que yo mismo hice circular por la villa.
―He visitado el ala sur esta tarde y no parece haber sido
restaurada a causa de un incendio ―apuntó con suspicacia―. De
hecho, la madera de sus ventanales está más desgastada que la del
resto de la casa.
Sé que ella no me veía, pero no pude evitar fruncir el ceño al no
comprender a qué se estaba refiriendo.
―La zona sur siempre se estropea antes debido al recorrido del
sol, y ese es su estado, tal y como cabría esperar. No tiene el aspecto
de algo reparado hace pocos años ―añadió, y yo sonreí ante su
inocente elocuencia.
―Si ha llegado a esa conclusión, imagino que también habrá
hecho sus propias cábalas ―aventuré, divertido―. Si no fue un
incendio, ¿qué cree que me transformó en el monstruo del que todo el
mundo habla?
―Las malas lenguas también se han encargado de eso ―dijo con
un mohín, como si no estuviera conforme.
―¿Y se puede saber qué dicen? ―pregunté. Realmente estaba
disfrutando de aquella conversación.
―Dicen que usted… ―volvió a titubear, aunque en esta ocasión sí
temía ofenderme, por lo que le hice una seña para que prosiguiera―,
dicen que hizo un pacto con el Maligno y usted no cumplió su parte, por
lo que deformó su rostro como castigo.
Una carcajada resonó tras mi máscara, y no porque me resultase
hilarante, sino porque rozaba muchísimo más la realidad que aquella
estúpida excusa del incendio.
―Y… ¿no le convence esa historia? ―pregunté al notar que
seguía patente su gesto de disconformidad.
―Si tuviera semejante poder, no se conformaría con este castillo
situado en una villa perdida de la mano de Dios ―respondió con
firmeza―. Ostentaría mayores riquezas, dominar el mundo entero,
someterlo a su antojo.
―¿Y quién dice que no soy capaz de hacerlo? ―le cuestioné,
girando mi muñeca y agitando con suavidad el vino de la copa que
sostenía.
―Que su alma es noble ―me dijo, arrebatándome con sus
palabras la respiración.
―No sabe nada sobre mi alma, señorita Winckley ―mascullé con
repentina dureza, dejando la copa en la mesa con gesto brusco.
―Sus criados se quejan porque es hosco y arisco, no porque los
castigue o los tiranice, exponiéndolos a las más duras penurias
―apuntó.
―Tal vez acalle sus lenguas largas con unos cuantos latigazos
―mentí, tratando de disuadirla.
―Ayudó a mi padre ―apuntó, obstinada.
―Porque la quería bajo mi techo, a mi servicio ―dije casi sin
pensar.
―Si hubiera querido someterme, ya lo habría hecho ―me retó con
osadía, y noté que me hervía la sangre al entender el enfoque de sus
palabras. Porque yo jamás... Me puse de pie, inclinándome sobre la
mesa, aproximándome a ella.
―¿Quién dice que no vaya a hacerlo? ―farfullé sin embargo,
furioso.
―No puedo ver su rostro, Lord Sherbroke, pero sí sus ojos
―murmuró, sin un ápice de temor en su voz―, y estoy segura de que
no son los de un hombre malvado.
―Usted no me conoce en absoluto, señorita Winckley ―dije en
tono amenazante.
―Hace un rato me dijo que su único interés era el de conocerme
un poco mejor ―susurró con infinito sosiego, y un brillo en su mirada
que avivó su azul pálido―. Pues déjeme decirle que ese interés es
mutuo…
Me envaré y me alejé de la mesa un par de pasos. Sabía muy bien
que su actitud, sus palabras, no eran más que fruto del conjuro que
había lanzado sobre ella, pero no pude evitar sentir esa agitación en
mi pecho que me hacía maldecir haberlo hecho, que me hacía desear
que lo ocurrido fuera real. Apreté los puños tratando que la
culpabilidad no fluyese libre desde mi interior al pensar que aquella
inocente sí estaba sometida a mi voluntad.
―No le conviene conocer a un hombre como yo ―espeté,
dándole aún la espalda y evitando así que percibiese la furia que vino
a continuación. Porque yo era un ser maligno, un monstruo, y no solo
por fuera…
―Puede que su alma esté ennegrecida ―dijo, haciéndose eco de
mis pensamientos―, pero no a causa de la maldad, sino del dolor
―añadió, con voz suave cual bálsamo sanador.
―¿Qué sabrá usted de mi alma? ―La encaré, mirándola con
rabia. Necesitaba volver a controlar la situación. Sin embargo, aquellos
ojos…
―Es la de un hombre que habrá cometido mil errores, pero que
jamás le haría daño a nadie de forma premeditada ―habló con una
seguridad que me aturdió, como si realmente estuviera en posesión de
una verdad que yo desconocía―. Y, sobre todo, nunca forzaría a una
mujer.
No sé qué me impulsó a hacerlo, tal vez me vi en peligro ante sus
palabras tan certeras, pero, con un par de zancadas, llegué hasta ella
y la sostuve con rudeza del brazo, obligándola a levantarse. Me
acerqué a ella y, aunque no podía ver mi expresión encolerizada tras
la máscara, la percibió pues, por primera vez en toda la conversación,
se vio intimidada.
―Yo no estaría tan seguro ―la amenacé, además, y un ligero
temblor sacudió su cuerpo―. De hecho, para evitar cualquier
tentación, preferiría dar por finalizada la velada ―sentencié―. Cuando
vuelvas a tu recámara, tendrás un sueño apacible y, al amanecer, no
recordarás nada de lo acontecido esta noche ―pronuncié en tono
solemne la segunda parte del hechizo, la que lo haría evaporarse
poco a poco hasta el amanecer.
Liberé su brazo y ella inclinó levemente la cabeza, recuperando
la compostura, tras lo que se marchó.
Esa noche no fui capaz de conciliar el sueño, me sumí en una
especie de tortuosa duermevela en la que las palabras de Madeleine
me perseguían sin descanso. Porque sí que la había manipulado a mi
antojo, y ciertamente deseaba tenerla, en el sentido más libidinoso de
la palabra. Y, sin embargo, algo me lo impedía, no sabía el qué, pero
haberlo escuchado de sus labios me pareció una completa
aberración… ¿Una aberración para alguien como yo, que era un
engendro proveniente del mismísimo averno?
En esa lucha interna me mantuve a lo largo del día, y no quise
salir de mi recámara para evitar la tentación de verla, incluso renuncié
a la idea de volver a conjurarla.
Pero, al llegar el anochecer, la señora Hubert llamó a mi puerta y
me preguntó si deseaba que Madeleine volviera a servirme la cena en
el salón…
No pude resistirme…
Esa noche, descubrí que sus libros favoritos eran los dedicados a
la botánica; le interesaban mucho las virtudes de las plantas y sus
poderes curativos. Ciertamente, fue una conversación mucho más
amena que la de la velada anterior y de la que ella no recordaba
nada, aunque a mí seguía remordiéndome la conciencia mi reacción
arrebatada y, sobre todo, haber vuelto a caer en la tentación de anular
su voluntad con tal de volver a disfrutar de su compañía, de la melodía
de su voz y esa fragancia de flores frescas.
Así que, para acallar la voz de mi conciencia, a la mañana
siguiente, mientras ella estaba dedicada a sus tareas, me colé en su
habitación y dejé sobre la cómoda un par de libros de botánica
bastante singulares y que, suponía, le agradarían. Aunque mi
suposición no abarcó la totalidad de las posibilidades pues, en cuanto
reparó en ellos, se personó en mis aposentos. Por fortuna, la máscara
ocultó el gran asombro que debía reflejar mi rostro cuando la hice
pasar.
―Con su permiso, Milord ―dijo con la cabeza gacha y haciendo
una ligera reverencia. Me aturdió volver a enfrentar a la Madeleine
servil…
―Adelante ―le indiqué, y ella dio un paso al interior de la
recámara, aunque dejó la puerta abierta.
―Disculpe que le moleste, Milord ―se excusó, visiblemente
mortificada―, pero ha ocurrido algo que me tiene preocupada y temo
que me perjudique.
De forma inconsciente, me tensé. Si le había sucedido algo… si
hubiera tenido algún problema con alguien del castillo…
―Han aparecido en mi habitación un par de libros muy valiosos
―relató con angustia―, y le prometo, le juro que yo no los he cogido…
―Oh, no, no, despreocúpese ―traté de calmarla. De hecho, había
avanzado hacia ella, guiado por un extraño impulso, pero permanecí
anclado en el suelo tras dar el primer paso―. Yo me tomé el
atrevimiento de entrar en su recámara y dejarlos allí ―le aclaré.
―Pero… ¿Cómo ha sabido…? ¿Y… por qué? ―titubeaba con
gran confusión.
―Me lo refirió su padre. ―Fue la primera mentira que se me
ocurrió―. No pretendía ofenderla.
―No me ofende ―dijo, disculpándome―, es solo que no
entiendo…
―Usted no es una criada más y mi única pretensión es que sea
feliz aquí, mientras dure su estancia ―le confesé, sintiendo la tensión
en todos los músculos de mi cuerpo ante mi arrebato.
―Lo soy, Milord ―me aseguró en un susurro―, y esto que ha
hecho… No sabe lo que significa para mí.
Noté el sosiego invadirme, relajándose mis nervios; incluso di un
paso hacia ella, muy pequeño, pero que ella percibió ya que me miró
con un brillo en sus ojos que me desarmó. Jamás había palpitado mi
corazón tan rápido.
―Se lo agradezco infinitamente, Milord ―murmuró, con una
reverencia―. Y, con su permiso, me retiro, pues no quisiera desatender
mis obligaciones.
Se marchó antes de que pudiera contestarle, y un «adiós,
Madeleine» murió en mis labios, con un nudo en la garganta que
apenas me permitía respirar.
Sin remordimiento alguno, en esta ocasión, esperé con ansia que
cayera la noche… y las venideras…
En la que sería nuestra última velada, me pareció apreciar un
rubor distinto en sus mejillas, como si se hubiera aplicado colorete,
pero deseché la idea al no encontrar motivos para que lo hiciera. Que
quisiera lucir bella ante algún pretendiente era una posibilidad
sorprendentemente dolorosa, así que decidí que era producto del sol
primaveral que ya comenzaba a irradiar su calor.
Como cada noche, el rumbo que tomaría la conversación era un
misterio pues, para ella, para su memoria, era la primera vez. Sin
embargo, me pareció que las barreras de su recelo se retiraban antes
de lo previsto, y pronto pasó a hablarme de sus gustos… Las rosas
blancas, la confitura de peras, el sonido del piano, y que tan pocas
veces había tenido ocasión de disfrutar…
―Pues, si gusta tocar, la sala de música cuenta con un pianoforte
que acabará siendo pasto de las termitas ―le propuse, y su risa
cantarina resonó en la estancia, penetrando en mi interior por cada
uno de los poros de mi piel.
―No soy capaz de reproducir dos notas seguidas ―me confesó.
―¿Le gustaría aprender? ―le pregunté, dejándome llevar por su
entusiasmo.
―Sería fabuloso, pero, cuando vuelva a la granja, ya no tendría
posibilidad de practicar, olvidando todo lo aprendido ―relató con
notable pesar.
―No tiene por qué volver si no quiere ―dije sin pensar,
reaccionando al ver su expresión atónita―. Me refiero a que puede
trabajar en este castillo el tiempo que desee.
―Lo cierto es que me siento muy bien aquí ―repuso más
calmada―, y usted es tan considerado… Ojalá el resto del mundo
supiera cómo es en realidad.
Había una chispa de admiración en su mirada que, en otras
circunstancias, me habría contrariado. En cambio, me incliné sobre la
mesa y me acerqué ligeramente a ella.
―¿Y cómo soy? ―susurré.
―Usted no es ni esa máscara ni lo que hay debajo de ella
―afirmó con voz queda―. ¿Por qué se oculta?
Me tensé. Dejé caer la espalda en la butaca y clavé mis dedos en
sus brazos.
―La gente solo ve mi máscara y lo que imaginan que hay bajo
ella ―lamenté―. En cualquier caso, yo casi no me soporto, así que es
difícil que alguien pudiera soportar mi presencia.
―A mí me agrada su presencia ―dijo en una confesión que debió
costarle un mundo, pues el rubor de sus mejillas se intensificó
profundamente.
―Señorita Winckley… ―murmuré, abrumado, y mi corazón latía
tan desbocado, tan fuerte contra mi pecho que temí que ella lo
escuchase.
―Lord Sherbroke, no quisiera que me creyera una
desvergonzada, pero, de no opinar así, no habría aceptado
acompañarlo.
Y, tras decir eso, apartó la vista de mí, agachando la cabeza, sin
duda, mortificada.
Ella tal vez esperaba que yo calmase su inquietud con mis
palabras, mostrándole que no desaprobaba su actitud, pero la
culpabilidad hizo mella en mí, silenciándome.
Me puse en pie y caminé hacia la chimenea, dándole la espalda,
fija mi vista en el fuego que crepitaba, como el que ardía en mi interior y
que merecía que me consumiera de forma dolorosa hasta hacerme
desaparecer. Pues, si ella seguía allí, en esa sala, si ella continuaba
soportando mi repugnante presencia era porque yo así lo quería,
porque la obligaba a hacerlo sin que fuera consciente de ello, y
porque era un vil canalla que no podía renunciar a su compañía, a sus
palabras, aunque fueran falsas, fruto de un infame hechizo.
De pronto, escuché sus pasos tras de mí, acercarse, y me envaré.
Y, cuando noté su mano en mi hombro, apreté los puños y cerré los ojos
con fuerza, tratando de no salir de allí, de no escapar como un mísero
cobarde.
―Déjeme mirarlo ―me pidió, de repente, y yo me giré hacia ella,
espantado.
No sabía lo que decía… Maldito conjuro que la había llevado a la
locura… Había abusado tanto de mi poder que terminé por destruirla a
ella también… Mi pobre, dulce Madeleine.
Pero sus ojos no eran los de una demente, me miraban
rebosantes de esperanza y de una emoción extraña que no podía
descifrar y que, sin embargo, me hipnotizaba hasta el punto de
obnubilar mi voluntad y anular mis sentidos. Y cuando su mano se alzó
hacia mi máscara, no fui capaz de mover ni un solo músculo para
detenerla.
Cerré los ojos en el instante en que la noté caer, aterrado, sin
querer encontrarme con su expresión horrorizada al ver mi cara
destrozada. También esperaba un grito, o que saliese de allí
despavorida, pero nada ocurrió. Así que abrí los ojos.
No vi mueca alguna de espanto en su hermoso rostro ni el más
mínimo deseo de huir de mí, al contrario. Me pareció distinguir una leve
sonrisa en sus labios y, aunque estudiaba mis cicatrices, no era con
curiosidad malsana, sino con genuino interés. Y volvió a alzar su mano
hacia mí, hacia mi mejilla, y no se detuvo hasta posarla en ella. Volví a
cerrar los ojos y un gemido escapó de mi garganta al sentir su tacto
cálido y suave sobre mi piel destrozada. Y, de pronto, un dolor inmenso
afloró desde lo más profundo de mis entrañas, retorciéndolas sin
piedad en un tormento que no pude soportar.
Grité con todas mis fuerzas y me llevé una mano al pecho mientras
caía de rodillas. Maldito hechizo, maldita mi magia y maldito mil veces
yo. Había jugado con fuego e iba a pagar las consecuencias el resto
de mis días, pues aquel tormento que me entumecía y me vapuleaba,
que me destruía como un soplo de aire a un castillo de naipes, era un
poder mucho mayor del que jamás podría imaginar, al que jamás osaría
aspirar, y que jamás sería capaz de vencer: el amor. Me había
enamorado de Madeleine, y me golpeó con fuerza el darme cuenta de
que nunca podría tenerla, a no ser que la sometiera a ese perverso
conjuro. Pero a mi Madeleine, a la auténtica, no la tendría ni aunque le
ofreciese mi alma al mismísimo Satanás. Solo podría tener esa copia
barata y falsa que se había arrodillado junto a mí, y que ya no sería
suficiente, ya no me bastaría.
―Lord Sherbroke…
―Márchate… ―farfullé, apretando las mandíbulas.
―Pero…
―Te marcharás, ahora ―dije, invocando mi poder, y mirándola
con ojos llenos de furia y desesperación―. Cogerás tus cosas y
abandonarás este castillo en este preciso instante ―continué mientras
notaba que se me desgarraba el alma con cada una de mis palabras―,
y olvidarás todos y cada uno de nuestros encuentros.
Y como la cáscara vacía que era, sin voluntad ni esencia,
Madeleine se puso en pie y salió del salón.
No sé el tiempo que estuve allí, arrodillado en el suelo, ni cuántas
lágrimas recorrieron mis cicatrices que ardían como si fueran un
veneno que abrasaba mi piel. Aunque aquella tortura era una
nimiedad, una ínfima parte del castigo que realmente merecía.
«No debes usar la magia en tu propio beneficio», decían, y yo
había vuelto a romper esa regla sagrada y merecía pagar de por
vida… De hecho, sospechaba que lo haría.
Como pude, me arrastré hasta mi habitación cuando mi llanto
cesó. Me senté en la cama y sostuve entre mis manos la máscara, mi
eterna y única compañera. Permanecería atado a ella mientras viviese,
y al recuerdo de Madeleine, a quien ya imaginaba lejos de allí, como
también al martirio de saber que nunca descubriría cómo era en
realidad; aunque su aroma, su voz, el azul de sus ojos… esos sí eran
genuinos y me acompañarían siempre.
Me levanté y caminé hacia la cómoda. Solté la máscara y me serví
un vaso de bourbon que me bebí de una sola vez. Sé muy bien que el
alcohol no hace desaparecer de un plumazo la aflicción, pero habría
agradecido si hubiera anulado los recuerdos y mis sentidos por unos
minutos. Y así creí que había sido porque, aquellos golpes que
sonaban en la puerta, habría jurado que eran producto de mi
imaginación.
―Váyase a dormir, señora Hubert ―dije cuando pude reaccionar,
pero los golpes seguían, insistentes.
Con los nervios crispados tras lo acontecido, el sopor del licor y
ansiando estar solo, me apuré en abrir sin tomar la precaución de
cubrir mi rostro. Solo deseaba despachar al ama de llaves con un
improperio que se petrificó en mi garganta al ver que no era ella.
―Madeleine… ―susurré sin poder creer lo que veían mis ojos,
debía ser fruto de mi malsana mente.
Pero aquella aparición avanzó hacia mí, y yo corrí a refugiarme
bajo la protección de mi máscara.
―No, Christopher, por favor. No te cubras ―la escuché decir.
Me giré a mirarla sin saber qué me afectaba más… Su presencia
en mi cuarto cuando la creía a millas de distancia, su voz pronunciando
por primera vez mi nombre, su delicada figura envuelta en un
inmaculado camisón, hermosa, apoyada contra la puerta cerrada, las
manos a la espalda, y una mezcla de inocencia y osadía en su clara
mirada… y esa petición a la que no pude negarme.
Abandoné la máscara en la cómoda y ella, ya conforme con mi
proceder, empezó a caminar hacia mí, despacio, mientras yo
comprobaba mentalmente el conjuro que le lancé horas atrás para
romper el hechizo y que, obviamente, no había funcionado, pues la
única explicación que encontraba a su actitud era que seguía bajo su
influjo.
Y, de súbito, alargó una mano hacia mí que permanecía cerrada,
como si sostuviera algo en su interior. Se me heló la sangre cuando la
extendió y me mostró el objeto que, en efecto, ocultaba: una pequeña
flor de cristal, lo único en el mundo que podía bloquear mi magia, mi
poder…
Tambaleándome, caminé hacia la cama y me senté, temiendo
desfallecer mientras esperaba que Madeleine descargase todo su odio
y su desprecio sobre mí, porque jamás estuvo bajo el influjo de
ninguno de mis conjuros; siempre fue consciente de sus actos… y de
los míos.
―Ya te advertí que era capaz de hacerlo, de someterte a mi
voluntad ―le dije sin ánimo alguno de disculparme, porque no había
excusa posible para mi comportamiento, y yo no entendía su silencio.
―Jamás me sometiste ―replicó entonces, y me mortificó el tono
suave de su voz. No merecía que me hablara así―. Me creíste
subyugada a tu poder y, aun así, te limitaste a citarme en tu salón para
conversar, nada más, cuando podrías haberme…
―¡Nunca! ―exclamé, poniéndome en pie―. Te mentiría si te
dijera que no he ansiado tenerte, pero no soy capaz mancillar tu
cuerpo y ensuciar tu alma de ese modo.
―¿Por qué? ―me preguntó con pasión, acercándose a mí, fijando
sus ojos en los míos, en mi rostro desfigurado―. El monstruo que
pretendes ser no habría dudado en hacerlo ni un instante.
Le di la espalda, avergonzado, de mi horrible aspecto y mi
imperdonable proceder, pero ella me siguió… Cuando rodeó mi cuerpo
con sus finos brazos y la noté apoyar su mejilla contra mi espalda…
Divino Dios…
―Márchate, te lo ruego ―supliqué, incapaz de soportar aquel
tormento, y su respuesta fue negar con la cabeza.
―No pienso irme de tu lado hasta saber qué es este sentimiento
que me domina y me hace ansiar que llegue la noche para ir a tu
encuentro ―me confesó, haciendo que mi corazón temblara―, por qué
tus cicatrices no me provocan escapar de aquí, sino que deseo
acariciarlas, mitigar el dolor que te producen.
―Por favor, no sigas ―sollocé.
―Y sé que no es ningún conjuro, no soy víctima de maleficio
alguno ―prosiguió a pesar de mis ruegos ―, porque esa flor de cristal
me protege de toda magia. Dime, Christopher, ¿por qué me siento morir
ante la mera posibilidad de alejarme de ti?
No pude soportarlo ni un segundo más. Me giré y la estreché
fuertemente entre mis brazos; si debía perecer fulminado a causa de mi
osadía, qué mejor forma que en su regazo. Suspiré cuando su delicado
cuerpo se acopló contra el mío, como si no hubiera un abrazo más
perfecto que el nuestro, y me permití respirar el aroma de su cabello,
embriagarme con el latir de su corazón contra mi pecho.
―Jamás creí que un hombre maldito y condenado como yo
pudiera sentir esto que siento por ti ―ya no dudé en declararle―. Pero
que me perdonen las fuerzas de Mal y del Bien, porque te amo
profundamente, y prefiero morir a dejar de hacerlo.
―Entonces, moriré contigo ―susurró entre lágrimas
estremeciéndome de pies a cabeza, hasta el punto de dejar a un lado
la cordura y firmar mi sentencia de muerte.
Bajé lentamente mi rostro y busqué sus labios con los míos,
acariciándolos muy despacio, casi con temor. Pero ella llevó sus manos
hasta mi nuca y me exigió una pasión que no fui capaz de negarle. Y
entonces comprendí que mi Madeleine, la real, era la que se me
presentaba en sueños, y con la que había compartido las veladas de
las últimas semanas.
No dudó en corresponder a mis besos, en acariciar mi rostro, mi
cabello, en exigir mi piel. Guiado por el ardor que provocaban sus
caricias, decidí romper con las barreras de todo lo establecido. Mi
camisa terminó en el suelo, y ella fijó su mirada en mi torso mientras,
con manos temblorosas, iba desabrochando todos los botones de su
camisón. Su cuerpo era glorioso, y apenas era capaz de reprimirme,
esforzándome en controlar mis deseos de perderme en él. Quería
amarla despacio, deleitarme en la reacción de su piel ante mi tacto, la
forma en que buscaba mis caricias y mis besos, y dejando que su
aliento me llenara de esperanza y dicha.
La alcé entre mis brazos y la deposité en el lecho, colocándome a
su lado, ambos ya desnudos, y su entrega fue tal que superó la mejor
de mis ensoñaciones, de mis fantasías. Recorrí todos los rincones de su
cuerpo con mis manos, con mis labios, pulgada a pulgada, disfrutando
de sus suaves gemidos y sus pequeños sobresaltos cuando mi caricia
era un poco más osada que la anterior, aunque, para mi gozo, la mujer
apasionada que residía en su interior no reprimió ninguno de sus
deseos, llevándome al límite de la demencia, hasta no poder apaciguar
mis anhelos de poseerla.
Su cuerpo se abrió para mí como la tierna flor que era, y sentí que
mi manchada alma hallaba la expiación, la salvación, cuando nos
convertimos en un único ser. Glorioso, irreal, extraordinario, el acto más
hermoso y puro que podía darse entre un hombre y una mujer que se
amaban con locura, como nosotros, y no puedo evitar preguntarme si
algún autor, algún libro, relatará una historia de amor tan sublime como
la nuestra.
Ya ha amanecido y apenas he dormido, incapaz de dejar de
observarla. Sé que es ridículo, pero temo cerrar los ojos y que
desaparezca, perderla para siempre, aunque me basta acercarme y
captar el aroma de su cabello para recordar que todo es real, la noche
de amor que hemos compartido, nuestra unión, no únicamente la de
dos cuerpos sino la de dos corazones que se necesitan el uno al otro
para seguir latiendo.
Y, sin embargo, es tan difícil asimilar lo sucedido…
Tras amarnos hasta el delirio, Madeleine me explicó que, tiempo
atrás, había caído en sus manos un libro que trataba sobre brujería. A
ella no le parecieron más que curiosas fábulas, pero en ellas leyó
sobre la flor de cristal, hecho que recordó cuando supo que debía
trabajar para mí, en el castillo. No quiso refrenar aquel recelo que la
incitaba a protegerse de lo desconocido, de ese engendro, un súbdito
del mismísimo diablo y del que todos parecían conocer las peores
atrocidades, para venir a darse cuenta de que era todo falso.
La primera noche que quise conjurarla, se percató al instante de
lo que pretendía y, aunque el sentido común le dictaba escapar de mí,
le sorprendió sobremanera que mis peticiones se limitaran a un poco
de compañía y conversación. Siempre pesó sobre ella el temor a que
me aprovechase de las circunstancias y la forzase, pero yo le aseguré
con gran temor que la veía como un ser tan puro… como el más
preciado tesoro, y ni siquiera me atrevía a tocarla, que la ensuciasen
las manos del monstruo que soy. Recuerdo que, en ese momento, las
tomó entre las suyas y las besó, acariciándome el corazón, y me
confesó que pronto la máscara dejó de existir para ella, y que se vio
cautivada por mis gentilezas para con ella, por mis deseos de
complacerla, cuando yo, en realidad, solo pretendía que fuera feliz
aquí, en este oscuro y frío castillo.
Ahora, ella le ha devuelto la luz, ya nada volverá a ser como
antes, y pienso salir al mundo, de su mano, sin importarme que la gente
quiera saber qué hay más allá de mi máscara. Habladurías, suspicacias
y miradas de temor las habrá siempre pero, con Madeleine a mi lado,
todo eso deja de tener importancia.
Me recuesto sobre mi costado y vuelvo a contemplarla. Es tan
hermosa… y aún me cuesta creer que alguien como yo pueda merecer
la dicha de su amor.
Sin poder contenerme, delineo con la yema de los dedos la curva
de su hombro, haciendo que se despierte. Se remueve en el lecho y
gira su rostro hacia mí, y yo supongo que está inmersa en esos
instantes en los que el sopor nos hace olvidar dónde estamos pues me
mira con cierto espanto.
―Buenos días, mi amada Madeleine ―recito con una sonrisa,
pero ella sigue sin reaccionar, incluso se sienta, sobresaltada, mientras
estudia mi rostro, llena de estupor―. ¿Qué te ocurre? ―le pregunto,
inquieto.
Durante unos segundos, temo que esto sea otro castigo por
quebrantar las leyes de la magia; que el hechizo lanzado por mí y que
anulaba su raciocinio sí que fue permanente hasta este instante, no
recordando lo que ocurrió entre nosotros, o peor… que haya perdido
por completo la cordura, desconociéndome, alejándose de mí para
siempre.
―Christopher ―murmura entonces, otorgándome un leve soplo
de esperanza, y la veo que alarga la mano hacia mi cara―. Tu rostro…
―añade en un susurro imperceptible.
Yo sigo sin entender nada. Conozco a la perfección mi aspecto y
tengo serias dudas de que pueda ser peor, aunque, para confundirme
aún más, la veo sonreír.
Antes de que la impaciencia me haga enloquecer, toma mi mano y
la lleva hasta mi cara; y quien ahora abre los ojos como platos, víctima
de la perplejidad, soy yo… porque no hallo en mi tacto ninguna de las
cicatrices que la deforman.
Comienzo a palpar con ambas manos mis mejillas, temblando de
miedo, rezando a un Dios que hace muchos años me abandonó para
que no sea una jugarreta de mi subconsciente, de mi mente perversa.
Pero Madeleine vuelve a sonreír, ampliamente esta vez.
―Christopher…
―¿Es esto posible? ―demando con voz trémula―. Dime que es
real ―le ruego, y ella se muerde el labio, asintiendo, con una mirada
tan radiante que me hace exhalar una exclamación.
Me levanto con premura del lecho y comienzo a rebuscar en todos
los cajones en busca de un espejo, a pesar de que los mandé destruir
todos, hasta que, viendo mi desesperación, Madeleine vierte un poco
de agua en una jofaina y agarra mi brazo con la intención de llevarme
hasta ella. Tomo aire en un par de ocasiones, hondo, con miles de
ideas atropelladas cruzando mi mente y, finalmente, decido enfrentarme
a mi reflejo. No hay ni una sola cicatriz, ni una marca, ni señal alguna
que recuerde la amalgama de piel y carne que era mi cara.
Lágrimas comienzan a recorrerla aunque, en esta ocasión, no me
resultan dolorosas como acostumbraban a ser, sino que me refrescan y
me liberan.
―Vuelvo a ser yo ―sollozo sin esforzarme en evitarlo―. No sé
cómo, pero vuelvo a ser yo ―repito mirando a Madeleine, y ella abre
sus brazos para que me refugie en ellos.
―Ha debido romperse la maldición que pesaba sobre ti
―supone, aunque yo niego con la cabeza mientras la caricia de sus
manos me consuela.
―No había forma de romperlo ―discrepo―. Incluso un espíritu
burlón me dijo que la única forma era mirarme con los ojos del alma.
―¿Qué alma? ―me pregunta con inocencia, y yo, de pronto,
reparo en la respuesta.
―De la tuya ―recito, dejando escapar el aire que me oprimía los
pulmones, y ella me mira sin comprender nada―. Solo tú, solo tus ojos
supieron ver en mi interior esa bondad que yo jamás quise creer que
poseía. Sin embargo, tú me obligaste a hacerlo, conseguiste que me
viera a través de tus ojos, de tu alma, y me salvaste por completo, mi
espíritu y mi cuerpo.
―Yo… yo no he hecho nada ―niega, sin dar crédito a lo que
digo, pero yo sé que es así. Su amor me honra, me ennoblece, y yo voy
a luchar con todas mis fuerzas para no menospreciar este regalo, esta
oportunidad que me obsequia la vida y que no pienso malgastar.
Mientras seca las lágrimas de mi sanado rostro, la tomo en brazos
y la llevo hasta el que, a partir de ahora, será nuestro lecho. Pretendo
hacerle el amor de nuevo y, entre caricia y caricia, pedirle que sea mi
esposa. Sé que me dirá que sí, llenándome de dicha. Y yo, para
asegurarme de que no haya nada que pueda destruirla, pienso
quemar, hasta convertir en cenizas, todos y cada uno de los libros que
me llevaron una vez a la perdición. Ya no quiero la magia, no la
necesito. Además, la más poderosa no reside oculta entre las páginas
de ninguno de esos viejos volúmenes, sino aquí y ahora, en nuestros
corazones, en nuestras almas enlazadas y la unión de nuestros
cuerpos.
―Te amo, Christopher ―susurra cuando la hago otra vez mía.
―Y yo a ti, para siempre ―le respondo al volver a pertenecerle.
Porque, si hay un conjuro irrompible, imposible de quebrantar, ese
es nuestro amor.
Indomable
Rita Morrigan
Casi sin darnos cuenta ya estamos en mayo; el gozoso mes de los
pajarillos y las flores, pero también el momento en que los felices
retoños de nuestros más altos linajes deciden emparejarse para
ofrecernos suculentos chismes. La temporada apenas ha empezado y
ya se suceden las noticias de compromisos de boda.
Cuando creíamos que este año «la Alta» iba a estar menos
animada a causa de nuestro huidizo monarca, que se ha llevado
consigo a toda la corte, resulta que las jóvenes de provincias llegan
para animarnos el panorama social madrileño. Es el caso de la, hasta
ahora desconocida, señorita Florencia Beatriz Gallardo de la Cruz,
única hija del rico terrateniente y criador de caballos, don José Antonio
Gallardo Alizábal Q.E.P.D y doña Beatriz Eugenia de la Cruz y Montilla;
que contraerá matrimonio el próximo mes de diciembre con el conde
de Aranda: Su Ilustrísima, don José Fernando de Manrique y Lara.
El anuncio de este enlace ha sido toda una sorpresa para esta
que les escribe; y no por la novia, sino por nuestro querido conde. A
ella tuve el gusto de conocerla en una recepción de los duques de
Alburquerque hace tres años, antes del triste fallecimiento de su
acaudalado y admirado padre, y debo decir que me pareció una
muchacha dulce e inusualmente inteligente.
Sin embargo, tras cumplir los cincuenta, a don Fernando ya le
habíamos anotado en la lista de los eternos solteros de oro. ¿Qué
habrá movido a Su Ilustrísima a renunciar a esa porfiada soltería?
¿Será la urgencia de un heredero o tendremos que dar crédito a
quienes aseguran que las arcas del condado ya no están tan boyantes
como antaño? ¿Será posible que los aires republicanos hayan
entrado con la misma fuerza que la primavera, y los nobles de este
país ya miren con ojos casaderos a algunas plebeyas; sin sangre azul,
aunque millonarias?
Esperemos que mayo nos ofrezca respuestas, además de flores.

Gaceta de Sociedad de la Señora Balagaster,


1 de mayo de 1873

***

Con la fusta en la mano, Florencia Gallardo recorrió a grandes


zancadas la distancia que separaba la casa de su familia del cobertizo.
Había llegado el momento de poner al encargado del establo en su
sitio de una buena vez. Desde que su padre falleciera hacía un año y
ella se hiciera cargo del funcionamiento de la hacienda, no había
dejado de tener problemas con Sebastián Expósito, el insolente jefe de
las caballerizas. A diferencia del resto de personal de la gran hacienda
Gallardo, el señor Expósito no le estaba ayudando en absoluto en su
nuevo papel de directora del negocio familiar. Cierto era que la cría y
doma de caballos había sido el gran sueño de su progenitor, y que ella
apenas estaba llegando a entender lo complicado y exigente que era
aquel mundo. Pero las circunstancias eran las que eran y, si no fuera
por la inesperada muerte de su padre de un ataque al corazón, ella
jamás se hubiera encontrado en aquel puesto. Ahora no solo era
responsable del bienestar de su madre y de su tía, sino también de
todos los trabajadores de la finca y de las fábricas del grupo Gallardo.
Si al menos no fuera hija única y tuviera un hermano en el que
descargar aquel enorme peso, o una hermana que pudiera ayudarla
con la responsabilidad...
Su padre había sido un hombre de negocios excepcionalmente
bueno y sensible a las dificultades personales de cada uno de sus
empleados. Fue llorado por ellos y era recordado con admiración. Esa
era la razón por la cual todos mostraron tanta indulgencia con su única
hija y heredera; todos, excepto el jefe de las caballerizas. Sebastián
Expósito compartía la misma pasión por los caballos que su padre y
habían sido grandes amigos. Sin embargo, no lograba entender por
qué a ella la había tratado siempre con tanta displicencia y antipatía.
Tal vez fuera porque era una mujer y la creía demasiado estúpida como
para entender la compleja tarea de dirigir una hacienda, pero el caso
era que no encontraba la forma de ponerse de acuerdo con él en
nada.
Florencia todavía recordaba el día en que les presentaron, dos
veranos atrás. Era la primera vez que volvía a casa tras dos años en el
internado de Madrid. Aquel día, ella entró al despacho de su padre
esperando poder pasar un rato con él, y allí se encontró al señor
Expósito tratando temas de las caballerizas con su jefe.
―Oh, lo siento papá, no sabía que estabas ocupado ―dijo
cuando, tras llamar y meter la cabeza por la puerta, descubrió que su
padre no estaba solo―. Volveré más tarde.
Sentado tras la gran mesa del despacho, don José Antonio le
sonrió ampliamente, como siempre hacía cuando la veía.
―No estoy ocupado ―respondió, haciéndole un gesto con la
mano para que entrara―. Pasa, Florencia, quiero presentarte a uno de
los responsables del éxito de esta hacienda: el señor Sebastián
Expósito.
Entonces, el hombre alto y corpulento que se encontraba de pie
frente al escritorio se volvió hacia ella.
―Sebastián, esta es mi hija Florencia.
Sus ojos grises se agrandaron por la sorpresa, pero el efecto
apenas duró un segundo, tras el cual su mirada se tornó fría y distante
de nuevo.
―Tanto gusto, señorita ―dijo, con una ligera inclinación de
cabeza.
Florencia correspondió con el mismo gesto, además de una
sonrisa sincera y amplia. Pues todas las personas que gozaban de la
simpatía de su padre tenían también la suya, aunque al principio no
fueran muy cordiales.
―Debo darle las gracias, entonces.
El señor Expósito pestañeó varias veces, perplejo.
―Por contribuir a nuestro éxito ―explicó Florencia―. Dígame
entonces ―continuó, sin poder evitar otra sonrisa ante el desconcierto
del hombre―, ¿de qué forma favorece usted a esta hacienda, señor
Expósito?
Él volvió los ojos a su padre, que parecía regocijado con su
conversación, para volver a observarla de nuevo con dureza.
―No hago nada excepcional ―gruñó, apartando la mirada―.
Solo me encargo de los caballos.
―Bueno, eso quiere decir que cuida usted del alma de la casa.
Florencia empleó un tono jovial; no solo porque creyera que los
caballos eran la auténtica esencia de la hacienda, sino para romper un
poco el hielo que parecía instalado en la conversación. No obstante, el
efecto en el hombre pareció ser justo el contrario: su rostro se volvió
duro como el granito, antes de farfullar una despedida y salir a toda
prisa del despacho.
―¿Es siempre tan simpático? ―preguntó Florencia con ironía
cuando se hubo retirado.
Su padre se levantó y rodeó el escritorio para abrazarla.
―La gente no se le da bien ―contestó antes de inclinarse a
besarla en la mejilla―, pero deberías verlo con los caballos: le siguen
como si fuera uno de ellos.
Hacía dos años que Florencia no regresaba a casa y lo cierto era
que muchas cosas habían cambiado allí. Los espacios en los pastos
estaban mejor distribuidos y los cercados para los caballos renovados.
Incluso se habían pintado las caballerizas del mismo color blanco que
la casa, ofreciendo al conjunto de edificios una sólida y elegante
armonía. Según parecía, el jefe de cuadra hacía bien su trabajo, a
pesar de no ser muy sociable.
―Me alegro entonces de que el señor Expósito esté con nosotros
―fue su sincera respuesta.

***

El sonido de un acordeón la hizo detenerse en seco y regresar al


presente. Florencia recordó entonces que, al final de la jornada, los
trabajadores solían reunirse en torno a una hoguera a las puertas de
los establos para charlar, jugar a las cartas, o tocar algún instrumento.
Se dirigía a las caballerizas para discutir la alimentación de los
caballos otra vez con aquel hombre insufrible, pues no había tenido
ningún reparo en suprimir los piensos sin tan siquiera consultárselo.
Miró al cielo de aquella noche de verano, la cúpula de brillantes
estrellas y el sonido de la dulce melodía del acordeón lograron
serenar un poco su alterado estado de ánimo.
Si alguna vez se había alegrado de que el jefe de caballerizas
trabajara para ellos, ahora maldecía la hora. Cierto era que tenía una
manera poco usual de tratar a los animales de la hacienda y que estos
le seguían a todas partes como si fuera su guía. Jamás usaba ningún
castigo con ellos y había prohibido los látigos, las fustas y las espuelas.
Sebastián Expósito solo parecía relajado en compañía de los
animales. Ella le había observado en numerosas ocasiones desde la
ventana de su cuarto mientras se hallaba en los potreros. Su postura
rígida y altiva solo se relajaba con los caballos. En alguna ocasión
incluso le había visto reír. Aturdida por la sorpresa, Florencia se
permitió fijarse en lo atractivo que era cuando sonreía. Su cabello
castaño se desordenaba en numerosos remolinos mientras la blanca
hilera de dientes aparecía, contrastando con su piel bronceada y
provocando que sus ojos brillaran de una forma casi irreal. No
obstante, aquel efecto solo acontecía en compañía de cualquier ser
viviente que no fuera ella, de quien parecía huir como de la peste.
No le había despedido porque era muy bueno en su trabajo y
sabía cuánto afecto le había tenido a su padre. De hecho, el día de su
entierro le había visto en el cementerio observando al cortejo fúnebre
desde lejos, a pesar de que su madre había prohibido la asistencia de
empleados al funeral; claro que seguir las reglas nunca había sido el
fuerte del señor Expósito.
Por otro lado, el día en que su yegua Cleo se asustó en los
potreros y la tiró de su montura, el comportamiento de él la sorprendió;
pero para bien. Aquella mañana estaba demasiado cansada de
estudiar balances y facturas y decidió que le haría bien montar un rato.
Sabía que se avecinaba una tormenta y por eso decidió no alejarse de
la finca. Sin embargo, no contaba con que Cleo se encabritaría con el
primer trueno. La yegua se puso vertical y Florencia cayó al suelo. Se
dio un fuerte golpe en la espalda que la dejó sin respiración durante
un momento, además de sufrir una torcedura en el tobillo que le iba a
impedir caminar hasta la casa. Tras evaluar la situación, se sentó en el
suelo y rogó para que su yegua regresara a las caballerizas y alguien
saliera a buscarla. Pero su sorpresa fue mayúscula cuando, tan solo
unos segundos después de su caída, vio que un jinete cabalgaba a
toda velocidad hacia ella. Y su mandíbula casi se desencaja al
contemplar a Sebastián Expósito saltar de su purasangre para
arrodillarse a su lado.
―¿Se encuentra bien? ―preguntó, con el ceño más fruncido que
ella había visto nunca.
Era un hombre tan grande que, incluso de rodillas, Florencia tuvo
que alzar la cabeza para mirarle a la cara.
― Solo me he torcido un tobillo ―informó, antes de tenderle las
manos―. Ayúdeme a levantarme, a ver si puedo andar.
El señor Expósito la tomó por las muñecas y tiró de ella. Pero el
agudo dolor que le atravesó el pie la hizo doblarse al momento y volver
a sentarse.
―No puedo.
―¡Maldita sea! ―gruñó él mientras arrojaba su sombrero al suelo
y volvía a arrodillarse a su lado―. ¿A qué clase de estúpido se le
ocurre salir a cabalgar bajo la tormenta con una yegua asustadiza?
Florencia le fulminó con la mirada y a punto estuvo de decirle
dónde se podía meter su ayuda, cuando él comenzó a levantarle la
falda del traje de montar.
―¿Qué está haciendo? ―jadeó, tratando de detenerle.
―No se haga ilusiones ―contestó irónico―, solo quiero ver si se
ha roto el pie.
A punto de resoplar de puro bochorno, Florencia dejó de
forcejear. Al momento, sus mejillas se incendiaron como nunca lo
habían hecho. Aquel hombre era exasperante; cuando no era su
indiferencia, su insolencia hacía el trabajo de sacarla de quicio.
Contuvo la respiración cuando notó cómo le sacaba la bota.
Observando la oscura cabeza inclinada sobre su pierna, sintió una
especie de calor extenderse por todo su cuerpo. En aquel momento
agradeció haberse puesto unas medias gruesas bajo las botas. Pero
aún así, cuando sus largos dedos se cerraron en torno a su pantorrilla,
un largo suspiro escapó de su garganta.
―¿Duele? ―preguntó él, observándola mientras continuaba
palpándole la pierna con una lentitud angustiosa.
Florencia pestañeó nerviosa al notar su mirada gris clavada
nuevamente en ella.
―Sí ―mintió, porque de lo contrario tendría que reconocer que su
cercanía la sofocaba.
Él volvió a arrugar el ceño.
―No está roto, pero sí un poco hinchado ―murmuró, colocándole
otra vez la bota y bajando su falda con cuidado―. Será mejor llevarla a
casa cuanto antes y que guarde reposo durante un par de días.
―No puedo permitirme el lujo de guardar...
Las palabras se perdieron en su garganta cuando se agachó a
su lado y la levantó en brazos, con tanta facilidad como si fuera de
papel. Su costado y su cadera izquierda quedaron pegados al
hercúleo torso del señor Expósito. Un tanto aturdida, se sujetó al fuerte
cuello masculino.
―¿Qué está haciendo?
Él volvió la cara en aquel mismo instante y sus miradas se
encontraron a tan solo un palmo de distancia. Florencia se dio cuenta
de que sus ojos no eran del todo grises, sino que unas pequeñas
motas doradas brillaban muy cerca de sus pupilas. Sus dedos se
entrelazaron detrás del fuerte cuello masculino y, sin apenas darse
cuenta, paseó la mirada por su rostro. Su nariz, larga y recta, estaba
bañada por pequeñas pecas doradas, fruto del tiempo pasado bajo el
sol. Tenía unos labios gruesos que casi siempre estaban fruncidos en
un gesto de concentración. Sus rasgos eran tajantes y contundentes,
como si hubieran sido cincelados en mármol. Estaba segura de que no
era mucho mayor que ella y, sin embargo, sus ojos parecían afectados
por una especie de gravedad propia de quien ha contemplado de
frente el dolor.
―¿Cuántos años tiene? ―preguntó, permitiendo que su
curiosidad le ganara la partida a la prudencia.
Su mirada paseó por su cara; la estudiaba, al igual que había
hecho ella. Pestañeó algunas veces antes de tragar con dificultad,
como si la pregunta le hubiera puesto nervioso. Aunque su expresión
se relajó, tras unos segundos dubitativo.
―Veintisiete ―respondió―. ¿Algún interés personal al respecto?
―Parece mayor ―musitó, pasando por alto su inoportuna
pregunta.
El señor Expósito la alzó sin esfuerzo sobre la montura de su
caballo, en donde quedó sentada a horcajadas. Acto seguido montó
detrás de ella y tomó las riendas, rodeándola con sus brazos.
―¿Cuántos tiene usted?
Su voz sonó tan cerca de su oreja que el aliento le hizo cosquillas
en la piel.
―Señor Expósito, a una dama no se le pregunta la edad
―contestó irritada, girando apenas la cabeza, temerosa de que sus
caras fueran a chocar por lo cerca que estaban.
―Pues menuda tontería.
―No es tontería, es cortesía ―corrigió.
Él murmuró algo entre dientes y agitó las riendas. El caballo se
puso en marcha y Florencia estuvo a punto de resoplar cuando su
trasero se resbaló en el cuero de la silla, hasta aplastarse contra la
entrepierna del señor Expósito. El hecho de que su traje de montar no
llevase polisón le permitió tomar conciencia de la destacada
prominencia de aquella parte de su anatomía. Menos mal que él no
podía verle la cara, porque en aquel momento era posible que se
hubiera puesto de color escarlata. Los enormes brazos rozaron de
nuevo sus costados cuando volvió a agitar lar riendas. El caballo
comenzó a trotar suavemente, y el movimiento la hizo caer una y otra
vez contra él. En aquella posición su cuerpo quedaba abierto e
indefenso. Entonces, una extraña y agradable sensación fue
propagándose por su vientre. La respiración se le agitó y su corazón
comenzó a bombear sangre muy deprisa. Jamás había sentido nada
parecido. Era como si algo hubiera encendido una llama en su interior
que la hacía desear volverse y pegarse completamente a él. «Oh, por
favor», sus labios dibujaron aquellas palabras mientras cerraba los
ojos y bajaba la cabeza, deseando llegar a la hacienda cuanto antes.
La pesadilla terminó varios minutos después, cuando él detuvo el
caballo frente a la casa. Desmontó y alzó los brazos hacia ella para
ayudarla a bajarse. Todavía agitada, Florencia le observó con
curiosidad. Acababa de descubrir que él evitaba su mirada porque
también se había turbado. Aquella revelación era toda una sorpresa
por una doble razón; no sabía que los hombres se turbaran, y mucho
menos que ella fuera capaz de alterar un ápice al inmutable Sebastián
Expósito.
Absolutamente regocijada con la idea de poseer el poder de
aturdir a un hombre, Florencia se dejó caer en sus brazos. Él volvió a
alzarla y la condujo hasta la casa.
El anciano mayordomo abrió la puerta en cuanto atravesaron el
porche.
―¿Qué le ha ocurrido, señorita?
Florencia le sonrió al criado.
―No es nada, Bautista, solo una pequeña torcedura.
Su tía y su madre no tardaron ni un minuto en presentarse en el
vestíbulo para cacarear a su alrededor, insistiendo en que la bajara al
suelo. Sin hacer el menor caso, el señor Expósito se encaminó hacia la
escalinata que subía caracoleando al primer piso. Extrañamente
divertida, Florencia se dejó guiar a través de los corredores del ala
privada de la familia. Con las manos alrededor de su cuello observó el
perfil concentrado de él, sin darse cuenta de que la conducía
directamente a la puerta de su dormitorio.
―¿Cómo sabe cuál es mi cuarto? ―preguntó, frunciendo el ceño.
Él la miró por primera vez desde que había bajado del caballo.
Sus ojos brillaron antes de estrecharla con más fuerza, a pesar de que
no se estaba cayendo.
―Si no se pasara el día controlándome como un vigía desde su
torre, no tendría ni idea de dónde duerme, señorita.
Florencia abrió la boca para responder pero, al no encontrar una
buena réplica, volvió a cerrarla. Nunca creyó que él fuera consciente
de que le observaba trabajar con los caballos desde su ventana, pues
jamás mostró ningún signo de haberla visto.
Girando el pomo de la puerta, el señor Expósito cruzó el umbral
de su cuarto con ella en brazos. Atravesó la estancia a grandes
zancadas y la depositó con mucho cuidado sobre la colcha de su cama.
Florencia levantó los ojos y le miró de arriba abajo. Allí, con su gabán
oscuro y sus botas de montar cubiertas de barro, enorme y rudo, se
veía encantadoramente ajeno a su mobiliario francés, al papel de
flores pintadas a mano de la pared, y a la seda blanca del dosel. Los
dos se miraron intensamente durante unos segundos que parecieron
detenerse en el tiempo, hasta que las voces de su madre y su tía
acercándose por el pasillo les devolvieron a la realidad.
―Bueno ―murmuró él dando un paso atrás―, creo que mi trabajo
aquí ha concluido.
Florencia se dio cuenta de que su mandíbula se contraída varias
veces antes de girarse y encaminarse a la puerta.
―Gracias por ir en mi ayuda.
Sus palabras le hicieron detenerse bajo el umbral. Los anchos
hombros de él cayeron, como si hubiera exhalado un largo suspiro.
―Siempre estoy dispuesto a ayudarla, aunque no se dé cuenta
―respondió, mirándola por encima del hombro.
Acto seguido bajó la cabeza y se marchó.
La intensidad en su mirada le indicó que hablaba en serio. Sin
saber muy bien por qué, su respiración se agitó como si hubiera subido
corriendo las escaleras. Florencia permaneció observando la puerta
hasta que su madre y su tía aparecieron, para no permitirle pensar
nada más durante las siguientes horas.
Aquella noche apenas logró dormir; y no porque el pie le doliera,
sino porque su cabeza no dejaba de dar vueltas a lo ocurrido durante
el día. Por un lado estaba el hecho de que el señor Expósito la hubiera
encontrado tan rápido después de caerse; antes de que su yegua
regresara a la cuadra, y mucho antes de organizar una búsqueda. Él
había aparecido en el lugar preciso en el que estaba, lo cual le
indicaba que la había seguido en su paseo. Tal vez preocupado ante
la perspectiva de la tormenta, y conociendo el carácter temeroso de
Cleo, la había observado a distancia. Aquella idea le provocó una
especie de cosquilleo muy agradable en el estómago; que Sebastián
Expósito se preocupara por ella le producía una extraña alegría difícil
de identificar.
Por otro lado, sus palabras no dejaban de acudir una y otra vez a
su mente. «Siempre estoy dispuesto a ayudarla, aunque no se dé
cuenta». ¿Qué podía significar aquello? A lo mejor que había tratado
de acercarse y que ella, en su deseo por ser tan buena dirigente como
su padre y controlarlo todo, no le había permitido ofrecerle su ayuda.
¿Sería posible que fuera ella quien hubiera levantado barreras a su
alrededor, impidiendo a los demás acercarse?
Las respuestas a todas sus preguntas no tardaron en llegar: tan
solo dos días, justo el tiempo que le llevó curarse de la torcedura y
regresar a sus tareas en la hacienda. Se sorprendió a sí misma
deseando volver a ver al jefe de cuadras y averiguar el significado de
sus palabras. Sin embargo, Florencia pronto se dio cuenta de que las
cosas no habían cambiado ni un ápice entre ambos: él seguía
evitándola como la peste, incluso con más ahínco aún que antes, e
impugnando cada una de sus órdenes sin la menor transacción.
Estaba frustrada y enfadada, sobre todo consigo misma, por haber
llegado a considerar la idea de llevarse bien con él, o hasta de que
pudieran ser amigos.
Florencia se dio cuenta de que él solo la veía como una tonta
muchacha de veintitrés años incapaz de gobernar su propia vida.
Aquella revelación la mantuvo varios días pensativa, preguntándose
hasta qué punto la idea del señor Expósito no sería cierta. Jamás la
habían preparado para la responsabilidad de conducir una hacienda,
ni ninguna otra empresa. Había sido educada en un colegio de
señoritas de la capital en donde los conocimientos adquiridos estaban
más relacionados con gobernar una casa que un negocio. Tratando
de ponerse al día, se pasaba las noches en el despacho de su padre
con la cabeza enterrada en balances y estudios empresariales. Tal vez
por ese motivo no había sido más tajante ante la insistencia de su
madre por concertar su casamiento con el conde de Aranda.
Don José Fernando de Manrique y Lara era un conocido de su
familia que, tras la muerte de su padre, se había ofrecido a ayudarles
en todo lo que estuviera en su mano. Y su madre le tomó la palabra, y
la mano entera; pues no tardó en fijarse en don Fernando como futuro
yerno, a pesar de ser muchísimo mayor que ella. Así, una vez que el
luto familiar hubo concluido, su madre se lanzó a una tenaz insistencia
para que accediera a casarse. Y ella había terminado cediendo para
que la dejaran en paz y, porque en el fondo, precisaba de un
compañero que la ayudara con su pesada carga. Aunque no había
tardado en arrepentirse de tal decisión; por un lado porque el conde
había demostrado ser un pésimo gestor con sus propias finanzas, y
dudaba que lo fuera a ser mejor con las suyas, y sobre todo porque la
idea de compartir la intimidad con don Fernando le producía un
rechazo físico atroz.
Haciendo un esfuerzo por sacudirse de la mente todos aquellos
pensamientos desagradables, Florencia regresó al presente. Sí, cierto
era que debía terminar con aquella situación y ordenar su vida,
aunque por donde iba a empezar a poner orden era por las
caballerizas.
La música del acordeón cesó, indicándole que había llegado el
momento de interrumpir la reunión de sus empleados. Inspirando con
fuerza el fresco aire de la noche, golpeó la fusta contra la palma de su
mano y reanudó su marcha hacia las cuadras. Los caballos comerían
pienso porque ella era la jefa y así lo consideraba. Estaba decidida a
tomar las riendas de una buena vez y, si su antisocial jefe de cuadras
tenía algún problema con aquella decisión, podía largarse por donde
había venido.

***
Sebastián Expósito sonrió por el comentario subido de tono que uno
de los mozos acababa de hacer. Aquel era uno de sus momentos
favoritos del día; cuando todo el personal del exterior de la hacienda
Gallardo se reunía en torno a una hoguera a la entrada de las
caballerizas. Los hombres se sentaban alrededor del fuego para
calentarse, al mismo tiempo que compartían historias y algún pésimo
licor. Además, si había suerte y estaba de humor, Miguel, el anciano
aperador, les tocaba alguna pieza con su viejo acordeón; justo como lo
hacía aquella noche.
Sebastián dio un sorbo al fuerte licor y volvió a sonreír. No sabía si
era la sensación de pertenecer a un sitio o tal vez el fuerte brebaje,
pero sentía que si la felicidad existía debía parecerse a aquel
momento. Nunca había formado parte de nada hasta que llegó a la
hacienda. Don José Antonio Gallardo no solo le había permitido
encargarse de sus caballos, en lo que sin duda era el mejor empleo
del mundo, sino que le había tratado siempre como a un hijo. Y aquello,
para alguien que se había pasado la vida saltando de un orfanato a
otro, era algo de un incalculable valor.
La pieza que Miguel tocaba se terminó y todos aplaudieron. De
pronto, el silencio se extendió por todo el grupo, las risas se apagaron
y sus caras se tornaron serias. Sebastián regresó al presente y miró en
la misma dirección que sus compañeros. Entonces la vio aparecer, con
varios de sus mechones negros ondeando al viento y sus ojos azules
brillando de ira, y supo que la noche acababa de estropearse. Apretó
los dientes y dio otro trago al vaso de ardiente líquido.
―Muchachos, ¿podéis dejarme a solas con el señor Expósito, por
favor? ―dijo la señorita Gallardo, sin apartar los ojos de él. Aunque lo
pidió con cortesía, todos sabían que era una orden.
Los hombres dirigieron sus inquietas miradas de uno a otro, pues
estaban al tanto de la tensa relación entre la hija del patrón y el jefe de
cuadras. Sin embargo, ninguno objetó nada antes de levantarse y
marcharse a sus aposentos.
Sebastián se quedó sentado mirando al fuego.
―¿Por qué has dado orden de suspender el pienso?
No la miró ni por un segundo. Hacía semanas que aquella
muchachita buscaba una buena pelea, y él no se la iba a dar aquella
noche; no se la iba a dar nunca, en realidad. Simplemente porque
había descubierto un extraño placer cuando la tenía frente a él,
enojada y apasionada. Y después del paseo a caballo con sus
seductoras curvas pegadas contra él, no estaba dispuesto a seguir
jugando con fuego. Pues la hija del patrón quedaba muy, pero que
muy, lejos de su alcance.
―A los caballos les sienta mal ―contestó con calma.
La muchacha se acercó a él con dos largas zancadas. Llevaba
una sencilla blusa blanca y la falda gris de su traje de montar ajustada
a su cintura con un cinturón negro. Su larga melena oscura iba
recogida en un sencillo moño del que se soltaban algunos mechones
que le enmarcaban el rostro. Parecía una visión quimérica: con su
pálida piel bañada por las sombras de las danzantes llamas, y sus ojos
azul cobalto centelleando de furia.
―He dado orden de reponerlo.
―No ―rebatió él, sosegadamente. Y con la misma tranquilidad se
levantó, decidido a marcharse y a dejarla sola. «Dos no discuten si uno
no quiere», era una gran verdad que Sebastián llevaba tiempo
practicando con la señorita Gallardo. Tiró el resto del licor a la hoguera
antes de dejar su taza en el asiento. Por él ya podían irse todos al
mismísimo infierno: ella, su madre, su tía, y toda la familia; incluido el
pobre cretino con quien la habían prometido.
En cuanto le volvió la espalda, algo explotó dentro de Florencia.
Sin pensar en lo que hacía levantó la fusta sobre su cabeza y se
abalanzó sobre él.
El afilado silbido de la vara de cuero hizo que Sebastián se girase
de inmediato. Con un rápido movimiento detuvo la mano de ella
mientras con su brazo libre la aprisionaba por la cintura. La inmovilizó
contra él, y en dos pasos la arrinconó contra la pared de la caballeriza.
―Suéltame o… ―balbuceó Florencia con una extraña sensación
de aturdimiento.
Sebastián bajó la cabeza a un palmo de la de ella.
―¿O qué?
―Te despido.
Una carcajada ronca escapó de su garganta en cuanto la
observó alzar el mentón, orgullosa.
―Ahórreselo, porque dimito.
Florencia puso las manos sobre su pecho y le empujó con todas
sus fuerzas. Pero no logró moverle en absoluto. Había enojo en los
ojos que la miraban, y furia en el cuerpo que la aplastaba con dureza
contra la pared.
―Y ahora que ya no soy su empleado, voy a darle exactamente lo
que quiere ―continuó, acercando aún más su cara a la de ella―.
Porque no crea ni por un instante que no es esto lo que quiere,
señorita.
Florencia supo que estaba en peligro en cuanto vio el acerado
brillo diabólico en sus ojos. Intentó protestar, forcejear para apartarle y
escabullirse. Pero entonces él la sujetó por la nuca y aplastó la boca
contra la suya. Ella abrió mucho los ojos por la sorpresa. El beso
comenzó de una forma feroz, aunque al momento se tornó apremiante y
apasionado. Ella cerró los ojos, exhalando un largo suspiro. Sus
cálidos labios se movían ahora de una forma deliberadamente lenta,
instándola a que abriera la boca.
La fusta cayó a sus espaldas y un rendido suspiro escapó por su
nariz. Florencia cedió al agradable cosquilleo que sentía en su
estómago e hizo justo lo que le pedía el cuerpo: le rodeó el cuello con
los brazos para apretarse más contra él, e introdujo los dedos en los
desordenados mechones de su nuca. Entonces abrió la boca,
respondiendo a aquel beso con toda el alma.
Nada de aquello debería estar pasando. Él debería estar dándole
una lección para que entendiera de una buena vez que era peligroso,
y que le convenía dejarle en paz. Sin embargo, la señorita Gallardo
tampoco debería pegarse contra él como si la estuviera salvando de un
profundo abismo, ni mucho menos responder a sus besos de la forma
en que lo hacía. Sebastián nunca había saboreado nada tan dulce,
jamás había acariciado una piel tan sedosa ni había experimentado un
deseo más intenso. Un gemido escapó de la garganta de ella y eso le
bastó para perder el control. La tomó en brazos sin dejar de besarla
por un momento y la condujo escaleras arriba hasta la puerta de su
pieza. La bajó despacio, dejando que su cuerpo resbalara a lo largo
del suyo. Ella apartó la cara y miró a su alrededor, sorprendida de
encontrarse en la parte alta del cobertizo.
Sus respiraciones estaban igual de agitadas. Por un instante,
Sebastián recuperó la noción de la realidad y dejó caer la cabeza
hasta posar su frente en la de ella.
―Márchese a casa ―susurró, apartándole las manos de su
cuello―. Márchese ahora, o no responderé de mis actos.
Florencia escudriñó su rostro. Parecía afligido, pero sabía que
estaba tan excitado como ella. Aquel hombre le gustaba mucho, la
enloquecía por completo, en realidad. Acababa de desordenar su vida
como un huracán y no le iba a permitir marcharse. Volvió a levantar las
manos y comenzó a desabotonar su chaleco. El amplio pecho
masculino subía y bajaba con largas respiraciones mientras sus ojos
grises le recorrían el rostro. Continuó entonces con los botones de la
camisa. Los anchos músculos cubiertos de fino vello negro aparecieron
frente a ella y el deseo de acariciarlos sobrepasó cualquier remilgo.
―Déjame entonces las respuestas a mí ―contestó ella,
introduciendo la mano bajo su camisa y acariciando su piel, caliente y
tersa. Sintió entonces los violentos latidos de su corazón contra el
pecho y supo que ya no había vuelta atrás.
La fuerte mandíbula de él se contrajo y su garganta tragó con
dificultad. Guiada por una osada emoción, Florencia se puso de
puntillas y posó sus labios en el latente pulso de su cuello. Él exhaló
un largo y entrecortado suspiro antes de tomarla en brazos e
introducirla en su cuarto.
En cuanto sintió la suavidad de sus labios en el cuello, Sebastián
supo que ya no podría detenerse. Cerró la puerta de un puntapié y la
bajó al suelo. Sin apartar los ojos de su cara comenzó a quitar uno a
uno los botones de su camisa. Estaba sonrojada y se mordía el labio
inferior en un gesto endiabladamente seductor. Sus pechos
aparecieron redondos y plenos, cubiertos solo por la camisola interior,
y oprimidos por el corsé. Él la había imaginado así cientos de veces,
silenciosa y expectante. Pero aquella imagen sobrepasaba cualquier
fantasía. Era lo más hermoso que había visto jamás. Pasó la yema de
los dedos sobre su escote y ella gimió, inclinando la cabeza hacia
atrás. Sebastián aprovechó aquel movimiento para besarla en el cuello
y empujarla hasta su catre, donde los dos cayeron enredados sobre el
jergón.
Mientras le quitaba la ropa, Florencia sintió una repentina falta de
equilibrio. Su mundo había comenzado a dar vueltas en una
desconocida espiral de placer que no deseaba detener. Era como si
hubiera perdido el sentido de la realidad, como si solo existiera el allí
y el ahora. Él deslizó su boca por su cuello y con deliciosa languidez
tomó uno de sus pechos entre los labios. Florencia le agarró la cabeza
con las manos y se arqueó contra él buscando un mayor contacto;
quería tocarlo por todas partes, ansiaba aferrarse a su fuerza y
fundirse para siempre en él.
Las prendas de ropa fueron desapareciendo una a una y
mezclándose en el suelo del cobertizo. Las manos de Sebastián
trataban de abarcar cada porción de tersa y cálida piel. La acariciaba
con una seriedad reverente, disfrutando de cada gemido de placer
que escapaba de la garganta femenina. Estaba tan excitado que
podría estallar con el mínimo roce. Las pequeñas manos de ella
recorrían frenéticas su pecho y sus brazos. Se contorneaba contra él,
tratando de abrazarle con pasión. Nerviosa, ella se mordió el labio
inferior, y aquel gesto le volvió loco otra vez. Con un ronco gruñido,
Sebastián reclamó su boca con un húmedo y hambriento beso.
Introdujo una mano entre sus muslos y comprobó que estaba tan
preparada como él.
Se alzó sobre ella apoyando las manos a ambos lados de su
cabeza para no aplastarla con su peso. Su pequeño y cálido cuerpo
temblaba y se retorcía debajo del suyo exigiéndole satisfacción. Con
los ojos centelleantes de anhelo, Sebastián observó su rostro
detenidamente.
―Dime que pare ―susurró, jadeante―. Dime que pare, y lo haré.
Con un tembloroso suspiro, Florencia levantó la cabeza y le besó
de forma apasionada.
Apretando los dientes, Sebastián la tomó por las caderas y la
penetró lenta y firmemente. Una a una fue traspasando las barreras de
su inocencia, hasta que los dos terminaron meciéndose en el estrecho
límite en donde el corazón mandaba y la razón cesaba. El mundo
entero acababa de cambiar: el de Sebastián, que no podría detenerse
hasta reclamar para sí lo que más anhelaba; y el de Florencia, que
acababa de descubrir que aquel momento junto él era todo cuanto
necesitaba.

***
Mi época favorita del año ha llegado. Al fin estamos en diciembre, y no
es ningún secreto que adoro la Navidad y todo lo que significa: luz,
amor y paz. Es el momento de volver a empezar, de redimir nuestros
errores y de perdonar los ajenos. Pese a que los seres humanos
deberíamos ser siempre amables, me alegra que exista un tiempo en
el que estemos obligados a amar. Y a los que más conviene recordar
este deber es a nuestra clase alta, no muy dados a preocuparse por
los problemas de sus semejantes.
Sin embargo, en esta ocasión debemos lamentar que uno de los
miembros más destacados de «la Alta» lo esté pasando mal. Nuestro
estimado conde de Aranda, don José Fernando de Manrique y Lara,
ha tenido que alquilar su palacio en la capital y trasladarse a su
propiedad de Valladolid, apremiado, según las malas lenguas, por sus
apuros económicos. Desde que la señorita Florencia Beatriz Gallardo
de la Cruz cancelara su compromiso a principios de verano, Su
Ilustrísima parece no levantar cabeza.
Mientras su ex-prometido se refugia en el bello paisaje de la
meseta, las noticias que nos llegan de la señorita Gallardo no podrían
hacernos más felices. Si alguien se preguntaba si los aires
republicanos llegarían hasta las elevadas cumbres sociales, nuestra
estimada heredera nos demuestra que no solo han llegado, sino que
les han calado hasta los huesos. Según se rumorea, doña Florencia se
casará en una ceremonia íntima el próximo día de Nochebuena con
don Sebastián Expósito, un apuesto empleado de su hacienda. Hasta
ahora conocíamos las románticas historias de los folletines en las que
el señor se enamora y se casa con la sirvienta, pero ¿podría ocurrir
esto en la vida real? Y lo que es aún más arrebatadoramente
interesante, ¿podría suceder a la inversa?
Esperemos que el año nuevo nos regale respuestas y muchas
más noticias extraordinarias. Hasta que llegue el momento, a esta que
les escribe tan solo le queda desearles una feliz, y muy romántica
Navidad.

Gaceta de Sociedad de la Señora Balagaster,


1 de diciembre de 1873
Errores del pasado
Eva Gil Soriano
Hacía seis días que había recuperado su libertad, había alquilado un
cuarto piso sin ascensor y no tenía la menor idea de qué hacer; de la
noche a la mañana su vida había dado un giro de ciento ochenta
grados y había perdido todo lo que más amaba en solo un segundo.
Miguel caminó de un lado a otro por el salón apenas sin amueblar
hasta que acabó mirando la oscuridad de la noche a través de la
ventana.
Había pasado los últimos tres años en la cárcel por un terrible
error que no solo había acabado con su libertad sino con toda su vida
también.
Tenía un negocio próspero construido a los veinte años. Una
novia fabulosa que le amaba tanto como él a ella. Había estado
pensando en pedirle matrimonio en cuanto comprase una casa para
ambos. Marta le habría dicho que sí sin dudarlo, habían estado cuatro
años juntos y habían planeado formar una familia en cuanto les fuera
posible. Ahora estaba todo perdido; cuánto desearía poder hacer
regresar el tiempo, volver a aquella fatídica noche y cambiar su destino
y el de otras muchas personas que se habían visto implicadas por su
inconsciencia, su inmadurez…
Fue una noche de juerga con sus amigos, sin haber dormido y
con unos cuantos mojitos en el cuerpo. No fue la mejor de las ideas
coger el coche después; un accidente en el que perdió la vida un
anciano que paseaba a su perro, le marcó para siempre. Apenas
recordaba nada pues perdió el conocimiento tras el choque y despertó
en el hospital. Flashes del accidente cruzaban su mente y las imágenes
se le mezclaban formando un horrendo rompecabezas. Marta le cogía
de la mano mientras le explicaba la tragedia ocurrida y no supo por
cuánto tiempo lloró amargamente. Todos sus planes acababan de irse
al carajo. Él no era un asesino, sin embargo, meses más tarde, le
acusaron de homicidio involuntario.
Necesitó ayuda psicológica durante más de un año para poder
superarlo. Su negocio se vino abajo y su novia… Se vio obligado a
abandonarla aunque ella no quería dejarle. Quizá solo era el deseo
de castigarse a sí mismo por lo ocurrido, no estaba seguro, pero Marta
se merecía rehacer su vida con un hombre completo y él ya no se
sentía así, solo era un hombre a medias, destruido y sin futuro. Lo
había arruinado todo.

***
A día de hoy, ya había superado lo sucedido y no se arrepentía de
haber dejado a Marta a pesar de estar enamorado de ella. No tenía
dinero para una casa, ni negocio ni nada que ofrecerle. Además, era
un ex convicto, eso estaba muy mal visto. A la gente no le preocupaba
si eras culpable, inocente o simplemente si habías cometido un error.
No, la gente solo escuchaba que habías estado en prisión y te daban
la espalda, como si ya no merecieses seguir viviendo.
Cambió de barrio, pues no quería que sus vecinos lo señalaran y
murmuraran «mirad al tipo que se cargó a un pobre anciano por
conducir borracho». Le costó muchas horas de terapia aceptarlo y ya
había pagado por ello, aunque era consciente que la vida de aquél
hombre no regresaría jamás y su familia tampoco le perdonaría.
Todavía recordaba las caras de aquella gente durante el juicio. Solo
pudo echarles una mirada y bajarla después hasta el suelo, para no
volver a levantarla más. Nada podía hacer ya, tenía que tratar de
seguir adelante.
Desde el primer momento en que había salido de la cárcel había
deseado ir a ver a Marta pero no lo había hecho, le daba terror lo que
pudiese pensar de él. Recordaba sus lágrimas cuando decidió acabar
con la relación y a partir de ahí se negó a verla cada vez que iba a
visitarle.
Debía de estar resentida con él, seguramente le odiaba con toda
su alma. ¿Pero qué podía haber hecho? Ella se merecía todo y él ya no
podía dárselo. Quizá con el tiempo en lugar de odiarle había
entendido por qué lo hizo y hasta le daba las gracias por haberla
abandonado. Era muy posible que Marta hubiese rehecho su vida, era
tan guapa y simpática. Los hombres se quedaban mirándola allá a
donde iba y él siempre se había sentido orgulloso de ser su novio, de
que fuese suya. La amaba tanto y sabía que cualquier otro hombre
podría haberla enamorado en su ausencia.
Sacudiendo la cabeza se alejó de la ventana, fue hasta el
dormitorio y se acostó de espaldas sobre la cama. No tenía derecho a
torturarse de ese modo, había sido él quien deseó que ella continuara
con su vida, ahora no tenía por qué quejarse. No, por supuesto que no
se quejaba, no tenía ninguna intención de volver con ella, sin embargo
no podía apartarla de su mente. Cada día, hora y minuto Marta estaba
presente. Ella había sido su tabla de salvación en los momentos más
negros durante su estancia en prisión. La imagen de su rostro
sonriendo, las palabras susurradas al oído… «Marta», suspiró su
nombre y se quedó dormido.

***

Miguel se levantó temprano para asistir a dos entrevistas de trabajo


que le había conseguido un asistente social. Fue hasta el baño se dio
una ducha rápida y se vistió con unos vaqueros y una camisa gris
marengo. Esperaba tener suerte, dar buena impresión y conseguir uno
de esos puestos. Y después se pasaría por casa de Marta, necesitaba
verla, aunque fuese un segundo, echarle una sola mirada y se
marcharía, no tenía intención de acercarse. Sabía que había perdido
todos sus derechos cuando la dejó libre, no obstante ansiaba saber
cómo estaba; ese deseo le carcomía y no podía dejarlo pasar un día
más. Esperaba que todavía viviera en el mismo lugar pues no había
querido preguntar a su familia por ella, se sentía avergonzado, ya no
era digno de ella.
Horas más tarde la desazón hacía presa de él. No tuvo suerte con
las entrevistas, a pesar de que le dijeron que en una semana podrían
llamarle, sabía que no lo harían. Lo había visto en sus ojos, en el modo
de expresarse. La esperanza que tenía de lograr comenzar una vida
se hacía cada vez más escasa. No obstante, no debía caer en el pozo
de nuevo, quizá el asistente social podría conseguirle otra.
Ahora esperaba tener más suerte en su segunda misión: ver a
Marta.
Miguel caminaba por la avenida con las manos metidas en los
bolsillos de sus vaqueros. Una ligera brisa agitaba su pelo descuidado
y un escalofrío recorrió su cuerpo. Estaba nervioso, muy nervioso. No
tenía intención de hablar con ella, ni que le viera siquiera, solo
deseaba… ahora no estaba seguro de lo que deseaba, pero tenía que
ir.
Cuando llegó hasta su portal se ocultó tras un cartel publicitario y
esperó a que Marta saliese o entrase a su casa. La ansiedad se estaba
apoderando de él; miró su reloj, marcaban las doce y media, no tenía la
menor idea de cuáles serían sus horarios. No sabía si seguiría
trabajando en el mismo lugar.
Mientras esperaba recordó su rostro una vez más. Había soñado
tantas veces con su cuerpo envolviendo el suyo, con la suavidad de su
piel rozando la suya, el placer, el éxtasis alcanzado juntos. Aquellas
cálidas noches, eran ya tan lejanas…
Se apoyó al cartel y se encendió un cigarrillo. Había adquirido el
hábito de fumar en la cárcel, tal vez para combatir la ansiedad o
simplemente porque todo el mundo fumaba allí dentro, no tenía la
menor idea.
Había perdido la noción del tiempo cuando la vio salir. Sus ojos
del color de las avellanas tostadas, sus cejas pinceladas, sus labios
rosados y suaves… Nada había cambiado en ella, seguía estando
preciosa.
La observó colocar un mechón de su cabello tras la oreja y
colgarse el bolso del hombro derecho. Entonces dio un paso en su
dirección y él se ocultó de inmediato para no ser visto.

***

Debía de ser una alucinación, pensó Marta, pues le había parecido ver
a Miguel escondido tras ese cartel publicitario. Seguro que era su
imaginación que le estaba jugando una mala pasada. No podía ser él.
¿Por qué iba a estar frente a su casa? Aún debía estar encerrado.
A pesar de sus dudas, caminó hacia allí. No supo por qué, pero
algo tiraba de sus pies, la hacía avanzar hasta que llegó y paró de
pronto. Sí, alguien había allí escondido y la esperanza de que fuese
Miguel la hizo cometer la imprudencia de rodear el cartel y mirar quién
era. Cabía la posibilidad de que fuese un acosador o un asesino
acechando a su presa, pero no le importó.
Al instante se llevó la mano a la garganta por la impresión. No
podía ser, todavía no había cumplido toda su condena. ¿Era posible
que le hubiesen dejado salir? ¿Sería real?
Marta le miró de arriba abajo recreándose en cada parte de su
cuerpo. Tenía los hombros más anchos, debió de haber hecho
ejercicio, pensó, pero su rostro, algo más delgado, hacía que sus
facciones se viesen duras. Su pelo cubría las orejas y su nuca. Nunca
lo había llevado tan largo. Estaba muy cambiado pero era Miguel. Era
él y estaba allí. Alzó la otra mano y le acarició la cara tiernamente
mientras ríos salados rodaban por sus mejillas sin poder evitarlos.
―No llores, por favor ―imploró él.
La maravillosa sonrisa de Marta mezclada con los sollozos le
desarmó. Solo había querido verla una vez, asegurase de que estaba
bien, pero ahora que la tenía frente a él iba a ser muy difícil renunciar.
―Me alegro tanto de que estés libre. De que estés aquí.
―No debí haber venido.
―¿Por qué no?
―No tengo nada que ofrecerte, lo perdí todo. Me siento vacío.
―Eso no es cierto, me tienes a mí.
―¿De verdad, no estás con nadie?
―Te he estado esperando.
―No debiste hacerlo.
Marta sin poder retener su mirada por más tiempo la desvió y juntó
sus manos inquietas en su estómago.
―¿Todavía me amas?
―Nunca he dejado de amarte ―respondió―, tu recuerdo me
daba fuerzas para continuar viviendo. ¿Y tú, me amas? ―preguntó
inseguro.
―Cómo puedes dudarlo siquiera. Volveremos a empezar,
construiremos esa vida con la que habíamos soñado.
―No será fácil cariño. Esta misma mañana me han rechazado en
dos entrevistas de trabajo y he tenido que cambiar de barrio.
―Yo tengo trabajo, no te preocupes por eso. Ya encontrarás algo,
date tiempo, acabas de salir.
―Yo… te abandoné. Nos dijimos palabras muy duras. ¿Has
podido perdonarme?
―Oh, Miguel, no estabas bien en ese entonces. Sé que ha sido
muy duro para ti, no tengo nada que perdonarte. Juntos saldremos
adelante, lograremos cualquier cosa.
―Marta… ―murmuró.
Miguel no pudo contenerse por más tiempo. Acortó la poca
distancia que los separaba y la tomó en sus brazos. Inclinó su cabeza y
se apoderó de sus labios. Avasalló su boca con la pasión reprimida
durante tres largos años y Marta se dejó llevar por esa pasión. Tomó de
la mano a Miguel y le arrastró hacia el portal. Se volvieron a besar allí,
pegados a la puerta mientras ella peleaba con su bolso para sacar las
llaves.
A duras penas lograron llegar hasta el piso de ella con la ropa
todavía puesta. Fueron hasta el dormitorio y allí dieron rienda suelta a
sus sentimientos. Miguel le sacó la camiseta por la cabeza y amasó sus
pechos con ambas manos mientras Marta desabotonaba su camisa y
acariciaba su duro torso.
―No he estado con ningún otro hombre.
―Ni yo con ninguna otra mujer ―afirmó sonriendo.
Ambos se deshicieron de los pantalones y de la ropa interior y
cayeron sobre la cama envueltos en un torbellino de emociones,
pasiones y sentimientos. Enredaron sus cuerpos y se poseyeron
mutuamente.
El pasado se hizo presente y los dos olvidaron que habían
estado separados. Olvidaron los errores del pasado para empezar, a
partir de ahí, una vida juntos.
Un milagro por navidad
Isabel Keats
Las luces intermitentes de colores que adornaban el gigantesco abeto
navideño eran la única nota alegre en el inmenso y solitario vestíbulo
del Hospital Universitario.
―Hola, Sarah, ¿cómo lo lleva?
La enfermera regordeta que estaba de guardia detrás del
mostrador de recepción se encogió de hombros, al tiempo que hacía
una mueca.
―Bueno, doctor Wells, hago lo que puedo. Acabo de hablar con
mi marido y mis hijos para desearles una feliz Navidad; están a punto
de dar las doce. Y usted, ¿no celebraba la Nochebuena con su familia?
El doctor le guiñó un ojo y contestó:
―He cenado con ellos en casa de mis padres, pero no quería que
nuestro ángel misterioso pasara solo una fecha tan señalada.
―Tiene usted un corazón demasiado grande para ser médico.
―La enfermera sacudió la cabeza con desaprobación.
Al oírla, el doctor Wells echó la cabeza hacia atrás y lanzó una
carcajada.
―Pensé que tener corazón era un requisito indispensable para
un médico ―replicó, divertido.
―Yo sé por qué lo digo ―fue su enigmática respuesta―. Ande,
ande, vaya a verla. Como podrá imaginar, su querido ángel no se ha
movido de su sitio.
Sarah Blake observó alejarse por el pasillo la imponente figura
del médico. No era un hombre guapo, pero tenía una hermosa sonrisa
capaz de calentar el corazón más hostil. El doctor Wells era su favorito;
en realidad, el suyo y el de medio hospital. Aparte de ser uno de los
mejores profesionales con los que se había topado en su larga vida
laboral, era la persona más empática y tierna que conocía; daba fe de
ello la cantidad de regalos que recibía de pacientes agradecidos, la
mayoría de los cuales repartía, generosamente, entre el personal del
hospital.
Ajeno por completo a los amables pensamientos de la enfermera
Blake, el doctor se dirigió a grandes zancadas en dirección a la
habitación 211, aunque en realidad no tenía por qué apresurarse; su
paciente no se había movido, allí seguía tumbada boca arriba sobre la
cama del hospital. En realidad, hacía más de seis meses que yacía
inmóvil en esa misma cama.
Henry Wells recordaba muy bien la noche en la que un celador
empujó la camilla por la puerta del quirófano de urgencias con ella
encima, gravemente herida. Al parecer, un coche la había atropellado y
se había dado a la fuga. Había sangre por todos lados. Había hecho
todo lo que estuvo en su mano y más aún para salvarle la vida, y tras
varias horas de lucha extenuante lo había conseguido; sin embargo, la
joven aún no había recobrado la consciencia. La policía había
investigado, claro está, pero ella iba indocumentada y no habían
conseguido localizar a ningún pariente. Ni siquiera sabían su nombre.
Henry la llamaba «su ángel misterioso».
Desde luego tenía el aspecto de un ángel. La larga melena rubia
caía a ambos lados de su pálido rostro y con su nariz, pequeña y recta,
los pómulos muy marcados y esos labios gordezuelos, parecía una de
aquellas imágenes que Henry Wells contemplaba, embelesado, en las
vidrieras de la iglesia que frecuentaba cuando era niño.
―¡Feliz Navidad, Ángel! ―saludó con su voz profunda, al tiempo
que rodeaba una de sus frágiles muñecas para comprobar su pulso.
Estaba muy delgada, pero era lógico. Llevaba demasiado tiempo
sin cambiar de postura y alimentándose únicamente con suero. El
médico se inclinó sobre ella, le abrió los párpados y con una pequeña
linterna que llevaba siempre encima comprobó el estado de sus
pupilas.
Nada.
―En fin, mi pequeño ángel. Veo que todo sigue igual.
Henry acercó un taburete y se sentó junto a la cama. Volvió a
tomarla de la mano y siguió hablando sin dejar de acariciar sus dedos,
largos y delicados. Para Henry Wells, aquello se había convertido en
un ritual insoslayable. En cuanto finalizaba su turno se pasaba por
aquella habitación, se sentaba a su lado y le relataba lo que le había
ocurrido durante la jornada; le hablaba de sus pacientes o, incluso, de
sus sueños y esperanzas más secretas. A veces no podía evitar
burlarse de sí mismo; quien le viera, se decía, pensaría que era un tipo
raro, sin amigos ni parientes. Pero ese no era el caso; simplemente, le
encantaba la paz y el bienestar que se apoderaban de él en cuanto la
tomaba de la mano. De un tiempo a esta parte, su mayor temor era que
llegara el día en que trasladaran a la bella desconocida a otro lugar
para disponer de la cama.
De repente, las campanas de la iglesia que había junto al hospital
empezaron a tañer. Henry dejó de hablar y escuchó con los ojos
cerrados, hasta que se apagó el eco metálico de la última de las doce
campanadas.
―Bueno, por fin es oficial ―anunció, alegre―. ¡Ya es Navidad,
Ángel!
Abrió los párpados de nuevo y se dio cuenta de que unos
grandes ojos azules con tonalidades violetas lo miraban con fijeza.
―Me... llamo... Martha.
Las palabras salieron con dificultad de su garganta áspera y
rasposa por la falta de uso, pero la sonrisa casi imperceptible que las
acompañó hizo que el corazón de Henry diera una voltereta en su
pecho. Sin poder contenerse, apretó un poco más la mano que
sostenía entre sus dedos temblorosos y le devolvió la sonrisa.
―Martha... ―paladeó su nombre con deleite, antes de perderse
en la luz celestial de aquella mirada.

***

―Y así fue como nos conocimos vuestra abuela y yo. Cómo veis, aquel
sí que fue un auténtico milagro de Navidad.
Henry terminó la historia con su frase habitual; sus nietos, por otra
parte, no le habrían permitido cambiar ni una coma de aquel
emocionante relato que el abuelo les contaba todas las Navidades en
cuanto terminaba de sonar la última campanada en el antiguo carillón
del vestíbulo.
―¡Otra vez, abuelo, cuéntala otra vez!
Martha y su marido intercambiaron una sonrisa cargada de
ternura por encima de las cabezas rubias de sus cuatro nietos. El ritual
no variaba jamás, así que, resignado, Henry dio un trago al vaso de
agua que había sobre la mesita, carraspeó un par de veces y comenzó
de nuevo.
Mi condena
Chris Axcan
Se libra una guerra en mi interior, intereses contrapuestos que hacen
que luche contra mí misma. Pocas personas son capaces de librar el
reto de conocerme, pocas personas llegan al interior de este bulbo
que se va descubriendo capa a capa. Sé que son demasiados los
escudos que protegen el alma de esta mujer solitaria.
Ahora me siento a pensar, con el sol de la mañana colándose por
la ventana, mi pelo caoba alborotado, y una vieja camiseta que, a
pesar del aspecto agasajado, me dan una apariencia atractiva, sin
ropa interior y el café sobre la vitro, calentándose a fuego lento. Estoy
convencida de que es el momento de empezar de cero, como una
página en blanco. Me invaden los pensamientos y en la nebulosa de mi
mente, además de su imagen aparecen otras, pero hay una que se
repite, mas sí, quiero sexo, quiero disfrutar la vida, quiero divertirme y
quiero libertad, pero busco mi felicidad y no que me hagan disfrutar. Me
doy cuenta de que tanta soledad me está agriando el alma. Sé que
tanta lucha, que tanto sufrimiento, han sido en vano. Jamás tendré paz,
y entre esos pensamientos se cuela una sonrisa, la sonrisa que me
cautivó hace unos días como un eco del pasado; y sé que fueron unos
instantes, pocas palabras cruzadas con él, pero hay algo en sus ojos
que me atrae como antaño, que me llama a bucear en el interior de su
mente. Hay algo en él que me hace pensar en pecado. Y ese imán se
cuela entre mis pensamientos confusos trayendo luz.
Rayos y centellas, fuertes truenos me despertaron al alba,
prácticamente de noche en el cielo, pequeños haces de luz anuncian
el despertar del día con las gotas de lluvia que resbalan por los
cristales de las ventanas, aún con los ojos cerrados y sin encender la
luz, me deslicé por la casa, instinto y conocimiento que me movían en la
oscuridad hasta llegar a la cocina, asomando al balcón para ver los
rayos de luz que iluminaban el cielo.
Un café con leche bien cargado para desperezar y empezar con
energía el día que aún no había comenzado, allí, de pie, contemplando
la tormenta que tanto amaba, cálida tormenta de primavera, enfurecida
en el cielo... y sin pensarlo me puse unos pantalones cortos, una
camiseta ajustada a mi cuerpo, vieja, casi raída por el uso y calcé mis
botas apretando los cordones; frente al espejo recogí mi pelo azulado
en una coleta y sujeté los mechones más cortos con grandes
horquillas, el mp3 encerrado en los bolsillos del pantalón y los cascos
en los oídos, saqué la llave de casa del llavero y la introduje en el
bolsillo; ni siquiera pensé en que iba a acabar calada hasta los huesos
mientras bajaba en el ascensor, escondiendo el cable de los cascos
bajo la camiseta.
Salí a la calle y me dirigí fuera de la ciudad, con paso lento,
trotando al viento en ese deporte que muchas practican, una carrera
acompasada, manteniendo la respiración al paso de la música que
rebotaba en mi cabeza, el volumen alto aún dejaba que se colaran los
truenos en mis oídos y el frenesí me hacía seguir corriendo. Una vez en
el polígono tomé el camino que suelen usar los asiduos de este
deporte y me dirigí por un carril destinado a ello, sin pensar a dónde
iba, sin pensar dónde me llevaban mis pies, simplemente me dejé llevar
en ese paso acompasado, mi respiración era buena y el ritmo tranquilo.
Carrera solitaria por las afueras de la ciudad, el agua calando mi
cuerpo con el mp3 escondido bajo el pantalón, guardado en una
funda de plástico para que no se mojase y mis pies chapoteando en
cada charco que se cruzaba en mi camino. Sin pensar, sin sentir, solo la
música, la lluvia y yo. Una sensación de estar conmigo misma, sola con
mis pensamientos que hacía mucho que no sentía, esos pensamientos
por fin eran de paz, de tranquilidad. Hoy me he despertado sin
importarme lo que pase, sin importarme la soledad o que sople el
viento... Hoy me he despertado libre y observo en el cielo un pájaro
volar, mis pies no paran y siento que soy como ellos, hoy sí soy el ave
libre que voló del paraíso para sentir el mundo bajo mis pies, para
sentir que puedo bajar a él cuando quiera, que puedo huir de él
cuando lo desee.
Pasa el tiempo y mis pies no dejan de moverse bajo la lluvia, el
tedio empieza a apoderarse de mi cuerpo y decido regresar sobre mis
pasos, desandar el camino andado mientras el cielo no amaina y la
lluvia sigue mojándome por completo. La ropa pegada al cuerpo y la
sensación no es de cansancio, no siento cansancio si no energía en
mí, fluye como los rayos en el cielo, me invade sintiendo la fuerza de
enfrentar lo que venga, truenos, rayos o centellas, me da igual, no me
importa sentir lo que sea, no me importa si no puedo olvidar o empiezo
a sentir de nuevo, hoy no me importa nada, hoy soy un ave libre con las
alas al viento, mojadas, pero desplegadas al firmamento. Y una imagen
titila en mi mente, la del aquel hombre que conocí. Salvajemente
atractivo, brutalmente sexual con esa aura de puro sexo descomunal
que lo acompaña. Me detengo y alzo la mirada al cielo preguntándome
cuando lo volveré a ver.
Entonces, él aparece corriendo en mi dirección y reduce la
velocidad hasta detenerse completamente y se me queda mirando.
Intentaba recuperar la calma cuando el nerviosismo en el cuerpo
se acumula de golpe, quizás solo era una mala pasada de la
imaginación humana de este cuerpo, pero realmente había sentido
agolparse la sangre en el cerebro, el verdadero miedo a lo irreparable
que se escondía en la noche. Era como un zumbido bajo, casi
inexistente pero latente.
Sintiendo las palpitaciones del corazón en la sien, me invadieron
los pensamientos, la locura del deseo de su cuerpo; de sentir sus
manos por mí. Y me dejo arrastrar por la corriente de pensamientos de
otra vida pasada. La vida que se escurrió entre mis dedos sin dar
cuenta de ella cuando derramé lágrimas de sangre por un amor
desmedido, desmerecido cuando existió un precio por las caricias que
suplicaban los anhelos del corazón.
Devaneos de la mente cuando funciona a ritmo frenético, de
nuevo el corazón agitado en el pecho. No quería verle, pero no podía
resistir la tentación de correr a sus brazos, de preguntarle qué
buscaba en medio de la noche, de cruzar palabras con solo una
mirada. Tuve que contenerme y emplear mi arduo entrenamiento de
guerrera para no sucumbir al deseo arrollador.
¿Dónde estabas?
¿Por qué ahora?
¿Sabes lo que sufrí sin ti?
¿Nos recuerdas?
Esas preguntas que surgen del pasado como un eco de
sufrimiento tiranizan mi cabeza robándome el aliento. Mi corazón se
estremece y empieza a latir enloquecido. Miro al caído frente a mí con
inquietud, escondiendo todo sentimiento y velando mi estado.
Pocas veces me quedo sin palabras, pocas veces permanezco sin
decir nada, cuando los silencios duelen como puñales... ¿qué decir?
¿Qué contarle si sabes que no va a encontrar respuesta? Y muero de
ganas por decirle que me apetece estar a su lado, que quiero decirle
«soy yo», nada más allá de dejar que el tiempo pase y tener la
oportunidad de poder conquistar su corazón, o al menos intentarlo.
Pero ¿será lo mismo? Claro que no. Ya no soy humana, soy su
igual.
De nada valen las palabras cuando se obtiene por respuesta el
silencio, de nada valen las palabras cuando no hallas ni siquiera el
consuelo de la esperanza. No hay peor sensación que la de amar y
odiar a la vez, el sentirte como un papel que vuela por la calle ante sus
ojos, intentando ser visto pero permaneciendo invisible y por dentro
desgarra la sensación, por dentro mata el querer llamar su atención y
no poder, no saber cómo llegar a él sin que se quiebre el halo de
nuestro pasado común y del olvido.
Raziel, el arcángel que me permitió poder estar en la Tierra tras
mil años en el infierno, me impuso esa condición. Pero ¿por qué? Él es
la mismísima sabiduría, todos sabemos que él puede ver la verdad.
¿Qué vería? He ahí mi gran dilema, he ahí mi gran pena... la angustia y
la impotencia de ni siquiera saber cómo actuar, qué hacer para librar
esta batalla que me presenta la vida mientras el miedo me domina.
Alejé esos pensamientos de mí replegando a la vez las alas en mi
espalda. Despunta el sol del alba entre nubes cargadas de lluvia que
se alejan, estiro mi cuerpo en un movimiento casual.
Medio sonrío al caído relajando mi expresión.
―¿Te has perdido, ángel? ―me burlé descaradamente.
Me prohíbo pronunciar su nombre angelical, eso delataría que le
conozco y provocaría preguntas a las cuales no puedo responder.
Bajé la mirada por su cuerpo macizo y espectacular donde la ropa
se pegaba a su piel. El bulto de su pantalón me hizo apretar los
dientes. Una ola de deseo me invade despertando sensaciones
palpitantes en mi sexo, revolucionando mi sistema nervioso. ¡Jodido
envoltorio humano! Paso la lengua por mis labios, hora de volver a
casa antes que acabar saltando sobre él y disponer de lo que más
ansiaba.
Él se queda con una expresión extraña como queriendo recordar
lo imposible, jamás hallaría lo que se le fue borrado de su memoria.
Es nuestra condena.
―No ―responde finalmente―. No me he perdido, pero parece
que mis pasos me han llevado hasta ti. ¿No es eso casualidad? ―me
pregunta recobrando la compostura.
Sonríe y siento que me derrito. No creo en las casualidades, tengo
ganas de decirle. No puedo acercarme a él y menos tocarle.
―Sí ―me obligó a responder con indiferencia y me doy media
vuelta dándole la espalda―. Ya nos veremos, ángel.
―¿No te quedas un poco más?
Su pregunta me sorprende, me enternece y me dan ganas de
agitar las alas de puro deleite.
―Debo velar por mis protegidos ―le recuerdo, cada ángel en la
tierra tiene su misión y él lo sabe.
Es nuestro trabajo.
―¿Nos volveremos a ver, mi bello sueño? ―Mi corazón se detiene
por el apodo cariñoso que acaba de surgir de entre sus labios.
Así me llamaba antaño, le miró sobre mi hombro.
―Sigue tu camino. ―La advertencia en mi voz le detiene de
acercarse a mí.
Lo notó dudar un instante y camino de vuelta hacia la soledad de
mi casa con el corazón roto y su insistente mirada sobre mí.
Mi condena es amarte por la eternidad y que no nos recuerdes.
No era yo.
No es a mí a quien duele, es mi alma la que llora.
No soy yo quien llora, es el pasado que duele.
No era yo, era mi corazón que me revestía de una coraza de hielo.
No, ya no soy ella. Débil y humana.
Giro mi rostro hacia el caído con aprensión. Nos contemplamos en
silencio, yo me quedo inmóvil, subyugada por su brutal hermosura.
Recuerdo cómo atrapó con sus ojos mi mirada joven en otro tiempo, a
la luz de las velas en una época donde no había modernidad. El
creaba invisibilidad a ojos de la humilde familia que vivía en la choza,
en el hogar poblado de alegría cuando escribía el amor con su boca,
su mirada, sus manos.
Atisbo a acordarme de la tristeza y las nostalgias de una
pubescencia temprana, racionalidad crítica en el cerebro cuando
debía pensar en los besos, perdida en un mundo de adultos que
revolvían aún más las hormonas del cuerpo y entre esos recuerdos
apareció su sonrisa deslumbrante. Ese ángel de largo pelo negro; yo,
mitad niña mitad mujer frente a su cuerpo esculpido. Fue la primera vez
que un hombre desnudó mi cuerpo, fue el primer experimento de mi
cuerpo cuando sus manos acariciaban mi piel y sus labios hacían
agitar el pecho, fue el primer experimento de mi cuerpo virginal, y el de
los sentimientos cuando me entregué por completo al ángel que me
protegía.
Aturdida por cada sacudida bajo sus manos expertas, miedo por
primera vez de no saber lo que hacer cuando ahora sí me importaba
realmente que todo fuera como en un cuento, sueños adolescentes
cuando te pierdes bajo los brazos del amor verdadero y el bloqueo del
cerebro con olor a hierba bajo el cuerpo, el aroma del bosque
invadiendo el cerebro y me fundí con las flores, fusión con el campo
sobre la manta tirada en el suelo, él, sobre mi cuerpo, con ansias de
poseer algo que no sabía poseía.
Hace tiempo cuando nos perdimos el uno en el otro. Nos
convertimos en amantes donde dos cuerpos desnudos y la inocencia
mezclada con las ansias de amar, de los experimentos prohibidos entre
una humana y ángel guardián, del conocimiento de ese gran mundo
aún por descubrir ante mis ojos adolescentes. Bajo sus manos, con su
cuerpo embelesando el mío, escurriendo sobre mi cuerpo sin saber
que ya había resbalado al cerebro, perdida en un mundo de ensueño
para mí, niña aún que experimenta el primer amor verdadero en el
cuerpo, el primer orgasmo de ensueño cuando confluyen el cuerpo y
los sentimientos sobre su cuerpo. Mujer con ansias de no dejar de
experimentar los juegos de Afrodita bajo la embriaguez del cedro. Veo
en la lejanía de mi vida pasada el silencio del pueblo y las sonrisas
que dibujaba la brisa en mi rostro en aquellos tiempos y el castigo
supremo que nos cayó encima poco después. Y lo que eso conllevó…
Volviendo a la realidad me doy cuenta de que está empapado por
la lluvia, el cabello oscurecido y la mirada fija en la mía, lo desafío a no
avanzar más desplegando las alas. Alzó el mentón fieramente y apretó
los puños. Su mirada azul como el cielo me traspasa y busca la verdad
encerrada en mi corazón.
Pude sentir cómo la tormenta aumentaba en intensidad
reverberando en mis huesos como un rugido furioso. Mi cuerpo se
enciende a su cercanía como un foco en la oscuridad, llenándome del
deseo demasiado tiempo contenido.
Y escapo hacía el cielo, alzando el vuelo, perdiéndome en la
madrugada y en el olvido.
Lejos del ángel, lejos de una vida desvanecida y condenada por
el destino.
Más allá del rencor
Nieves Hidalgo
¿Por qué no había podido llorar?
¿Por qué el acto que se había llevado a cabo le resultó tan
grotesco? Se sentía vacía y hasta asqueada de ella misma, como si no
hubiera tenido derecho a estar allí, como si en lugar de haber ido a
incinerar el cuerpo de su hermana hubiese asistido a una de sus
representaciones.
Isabel, siempre tan pendiente de su imagen ante los demás, había
planeado incluso su última despedida: la enorme foto de su rostro, el
compañero que hablaba de sus logros, las flores (orquídeas, ¡cómo
no!) que adornaban su féretro y la sala, y hasta la música que debía
sonar mientras el ataúd se deslizaba sobre la plataforma: «Nights In
White Satin», The Moody Blues. Toda una representación. La última
aparición por todo lo alto de Isabel Gaínza sobre las tablas, siguiendo
sus propias instrucciones, escritas mucho antes de que el coche en el
que viajaba se saliera de la curva en aquella maldita carretera.
¿Por qué no había podido apartar los ojos del hombre que le
estaba prohibido, Alejandro Reyero, su cuñado? El ahora viudo de su
hermana, al que ella amaba y que Isabel le arrebató por el simple
hecho de ganar un juego.
―Qué absurdo, ¿verdad? ―dijo dando vueltas entre sus dedos al
vaso.
Alejandro y ella habían ido a recoger la urna. A su madre ni
siquiera le habían hablado del accidente; total, tampoco se iba a
enterar porque vivía en su mundo, al resguardo de los zarpazos que
da el destino. Él había dicho algo sobre tomar un café y ella había
aceptado sin pensar. Ahora se preguntaba qué demonios estaba
haciendo allí, mirado obsesivamente la vasija que su cuñado había
dejado en la silla que estaba a su lado.
―¿Absurdo? ―le oyó preguntar y elevó los ojos hacia él.
Suspiró, se masajeó la nuca y acabó por encogerse de hombros.
―¿No te lo parece?
Alejandro desvió por un instante sus ojos hacia la urna, acercó
varias veces la taza de café a sus labios y, por señas, pidió otro a la
camarera. No dijo palabra hasta que le pusieron delante una nueva
taza.
―Supongo que quieres decir que es absurdo que alguien muera
tan joven.
―Eso, más bien, es una putada. ―Él arqueó las cejas porque
nunca la había escuchado expresarse de forma tan soez―. Me refiero
a las cenizas. ¿Qué nos han dado? Lo probable es que ahí dentro
haya más madera del féretro que del cuerpo de mi hermana.
Alejandro se quedó mirándola un largo momento y ella no pudo
ver tristeza en sus ojos, más bien algo parecido a la conformidad, ese
sentimiento al que echamos mano cuando no hay remedio para algo
que nos hiere.
―Has cambiado, Luna.
―Lo he hecho. Ya no soy la jovencita soñadora de antes. La vida
me ha enseñado a ver la realidad, a ser escéptica. ¿Qué vas a hacer
ahora?
―Cumplir el deseo de Isabel. Ella quería descansar en un lugar
determinado y allí llevaré sus cenizas.
―Sotogrande ―asintió ella con un deje de ironía―. Ni siquiera
en su muerte puede ser humilde. No le servía que echaras sus cenizas
al mar, tenía que ser en Sotogrande.
―¿Por qué esa inquina? Erais uña y carne, os unía ese vínculo
especial que nadie podía romper. Nunca entendí del todo vuestro
distanciamiento.
«Porque yo te amaba de verdad, eras el único hombre para mí y
ella te apartó de mi lado; no podía soportar que yo ganase en algo».
―Éramos muy diferentes a pesar de llevar la misma sangre y ser
idénticas, como dos gotas de agua. Gemelas, sí, pero demasiado
desiguales en el modo de ver la vida.
―Cierto. Ella era inquieta, tú sosegada; ella se desentendió de tu
madre, tú te has hecho cargo de ella; Isabel guardaba su corazón bajo
siete llaves, tú lo llevas fuera del pecho, donde cualquiera puede
herirlo; ella exasperaba, tú tranquilizas. Guerra y Paz sería un buen
título para describiros. Conocía bien a mi esposa, Luna.
Tuvo un sobresalto escuchándole. No esperaba una descripción
tan cruda de su hermana y tampoco aquella sucesión de adjetivos que
la adornaban a ella y no creía merecer.
¿Que la conocía bien? ¿Eso era lo que acababa de decir
Alejandro? Pobre hombre. No tenía ni idea de cómo era Isabel. Estuvo
tentada de hurgar en la herida contándole lo que había averiguado,
pero se mordió la lengua porque la revancha no era buena consejera,
porque nada ganaba ya sacando los trapos sucios a colación y
porque, a fin de cuentas, algo se rompía dentro de ella sabiendo que
nunca volvería a ver a Isabel. Distanciadas o no, enemistadas o no,
hasta recibir la noticia de su repentina muerte había sabido que ella
estaba allí, que en cualquier momento podrían olvidar sus diferencias.
Ahora, no. Ahora Isabel se había ido y en su pecho se oxidarían las
palabras cariñosas que había soñado poder volver a decirle alguna
vez, se quedarían quietos los brazos que había querido volver a
ofrecerle, se eclipsarían los besos que ya no le daría.
Le quemaba su secreto, sí. Aún le quemaba como una brasa al
rojo. Porque la traición de Isabel para con ella no podía compararse
con la que había perpetrado contra Alejandro. Le dolía mucho más que
Isabel le hubiese humillado a él. Si al menos le hubiera amado como lo
amaba ella…
Se había enterado por casualidad, mientras llevaba a cabo una
investigación. Sagaz y persistente como era, le había costado poco
abrirse camino como detective privado en la agencia, consiguiendo
que poco a poco le encargasen trabajos de más relevancia. Y había
sido uno de esos trabajos, siguiendo las pistas de un supuesto
contable corrupto, el que le había llevado a descubrir que Isabel
mantenía relaciones con un potentado de la industria farmacéutica.
―Hace un año pensé que volveríais a reconciliaros ―escuchó
que le decía Alejandro―. ¿Qué pasó? Isabel nunca quiso hablarme
sobre vuestra conversación, pero le afectó vuestra ruptura; estuvo casi
una semana en cama por el disgusto y hasta anuló una de las
representaciones.
A Luna se le hizo un nudo en la garganta.
Recordaba aquella tarde como si hubiera sido el día anterior.
Isabel había acudido a la cafetería donde quedaron, con los ojos
chispeantes y una sonrisa en la boca, convencida seguramente de que
había ganado otra batalla, de que por fin ella había olvidado que le
había arrebatado al hombre al que amaba y podrían retomar su
relación fraternal. Pero sus ojos se opacaron y su sonrisa se convirtió
en un rictus amargo cuando ella había puesto las cartas sobre la mesa,
desplegando ante ella una docena de fotografías donde se la veía
revolcándose en la cama de Sergio Cifuentes. Isabel no había dicho
una palabra; fue ella la que habló, largo y tendido, recriminándole
todas y cada una de las cosas que llevaba guardadas en su pecho.
Había utilizado palabras demasiado agrias y luego lo lamentó. Lo que
podría haber sido un acercamiento entre hermanas se convirtió en una
guerra declarada. Por su parte, no por la de Isabel, lo reconocía. Ella
solo le había preguntado si iba a decírselo a Alejandro, aunque sabía
que no lo haría. ¿Cómo iba a hacerlo? ¿Cómo iba a ser capaz de
romperle el corazón contándole que su esposa llevaba más de dos
años poniéndole los cuernos con un seboso del que solo buscaba el
pasaporte definitivo a la fama? ¿Cómo podía soportar ver la desdicha
en los ojos del hombre al que amaba más que a su vida, contándole
que un abogado de su calibre no era suficiente para la gran Isabel
Gaínza? Que ella sufriera no significaba que tuviera que hacerlo él. Así
que se tragó la bilis, negó con la cabeza, recogió las fotos y dejó
plantada a su hermana.
No habían vuelto a verse.
Sin embargo, sí hubo de hacerlo con Alejandro porque su
despacho y la agencia de detectives estaban a tres portales de
distancia. Y para ella fue un suplicio tener que cruzarse con él, tener
que admitir tomar algún café que otro en su compañía y hasta
escucharle hablar de la última representación de su hermana. Una
verdadera tortura mirarle y fingir que no sentía nada por él, oír su voz y
aguantar el deseo imperioso de besarlo.
―¿No vas a contarme? ―insistió Alejandro.
―No hay nada que contar. Simplemente, no nos pusimos de
acuerdo. Seguíamos viendo las cosas desde diferentes prismas. Lo
siento, pero tengo que irme.
Se acabó su tónica de un trago, sacó el monedero para dejar un
billete sobre la mesa y se colgó el bolso al hombro. Antes de poder
alejarse, los dedos de Alejandro ciñeron su muñeca, reteniéndola, y a
ella le recorrió un escalofrío de placer que le hizo encoger los dedos
de los pies.
No quería mirarle, pero lo hizo. Y se perdió en esos ojos grandes
y verdes como la hierba en primavera, en esos labios que deberían
haber sido suyos, en sus pómulos marcados, su nariz patricia, su
mentón decidido. Sintió que las rodillas le temblaban.
―¿Me acompañarás? ―preguntó él.
―¿Acompañarte?
―A Málaga. ―Luna dio un tirón para soltarse y frunció el ceño―.
No sé si voy a ser capaz de cumplir la última voluntad de Isabel yo solo.
Serán un par de días y, por muy reticente que te muestres, por muchas
cosas que os separaran, imagino que querrás darle tu último adiós.
―No creo que…
―Por favor.
Luna apretó los párpados con fuerza. Viajar con él, a solas. Volver
al lugar en que, con ese mismo tono de niño abandonado, le pidió un
beso. Rememorar esos momentos en los que se sintió la muchacha más
feliz del mundo porque estaba a su lado. Regresar al borde del mar
donde una semana después le vio retozando con Isabel sobre la
arena. Retornar al sitio en el que días más tarde Alejandro e Isabel
anunciaron el compromiso a ambas familias, rompiendo sus sueños,
partiendo en dos el futuro que había imaginado junto a él y
convirtiéndola en una cáscara vacía.
Volvió a tomar asiento porque se mareaba.
Pero asintió. ¿Qué otra cosa podía hacer? Los rescoldos del
cariño que había sentido por su hermana se sobreponían a los
reproches que se hicieron, al rencor y al resentimiento. Porque seguía
queriendo a Isabel y la echaba de menos, aunque se empecinara en
no demostrarlo ante los demás y negárselo a sí misma.

***

No había podido pegar ojo, debatiéndose entre el deseo de poder


pasar unos días en compañía de Alejandro y el sentimiento, absurdo a
todas luces, de estar traicionando, y hasta envileciendo, la memoria de
Isabel.
Cuando Alejandro fue a recogerla a primera hora de la mañana
estaba agotada; los círculos oscuros bajo sus ojos delataban la mala
noche pasada y su humor no era el mejor. La ayudó a guardar en el
maletero la mochila que llevaba, le abrió caballerosamente la puerta y
se puso al volante.
―¿Tuviste problemas en la agencia? ―preguntó antes de
arrancar.
―Me debían días de vacaciones, ningún contratiempo.
Él asintió y se unieron al tráfico sin volver a decir palabra.
Enfilando ya la carretera que les llevaba a su destino, Alejandro le
pidió que abriera la guantera. Luna así lo hizo y el corazón le dio un
vuelco al reconocer la apretada letra de su hermana en un sobre de
color lila, de los que le gustaba utilizar, que se veía que había estado
doblado.
―Lo encontré revisando sus cosas, en la caja donde guardaba
las joyas, junto a una nota en la que indica que te las deja a ti.
Luna tomó el sobre con dedos temblorosos, pero no se atrevió a
abrirlo. Se le llenaron los ojos de lágrimas recordando que el joyero
había sido un regalo de ella a Isabel, por su primer papel en el teatro.
―No quiero ninguna joya.
―Véndelas y dona el dinero. Tu hermana colaboraba con varias
organizaciones humanitarias, te daré los nombres. ¿No vas a leer la
carta?
Ella respiró hondo y rasgó un lateral del sobre antes de poder
arrepentirse. Sacó la cuartilla y la desplegó. Paseó la mirada por las
líneas escritas y volvió a sentir que el mundo se hundía bajo sus pies.
No era una despedida ni una misiva escrita en un momento de
arrepentimiento y luego olvidada. Era una confesión en toda regla, una
súplica desgarrada que la pilló desprevenida.
«Si estás leyendo esto, significa que ya no estoy en el mundo de
los vivos ―comenzaba escribiendo Isabel―. Lo sé, lo sé, es una frase
manida y melodramática, pero soy actriz, cariño, no puedo remediarlo.
Me he confundido en todo. He engañado, traicionado y humillado
para conseguir mis fines. He fallado como hermana, como hija y como
esposa. Y lo siento. No te puedes imaginar cuánto. Supongo que es
hora de arrepentirme de todas mis equivocaciones y pedir perdón. A
Alejandro no soy capaz de pedírselo, no podría mirarle a la cara, pero
te ruego que lo hagas tú en mi nombre. Dile que siento haberle
engañado haciéndome pasar por ti, haberme quedado embarazada,
haber perdido a nuestro hijo. Ni siquiera eso supe hacerlo bien. Sé
que le rompí el corazón y que te lo rompí a ti, pero se me fue de las
manos, Luna, te lo juro. Nunca pensé que lo que comencé como un
juego, como uno más de los que llevábamos a cabo cuando éramos
pequeñas y nos intercambiábamos los papeles para gastar una
broma, trajera consecuencias tan funestas para los tres.
Alejandro te amaba a ti y te sigue amando. A mí me soporta, tal
vez porque ve tu rostro cuando me mira, pero a ti te idolatra. Y no
puedo irme sin arreglar las cosas, ¿no te parece? Pero soy demasiado
cobarde para decirte todo esto frente a frente, así que prefiero que te
enteres cuando descubráis esta carta y yo esté ya lejos (me han dado
solamente un par de meses de vida, no vais a tener que esperar
demasiado). Ya ves, pensé que tenía todo el tiempo del mundo, y sin
embargo...
Cuida de Alejandro. No he conseguido darle el amor que se
merece, pero sé que tú le harás feliz. Debes hacerlo. Debes recuperar
el tiempo que yo, con mi alocado proceder, os he robado. Lo único que
me queda ya es morir con la conciencia tranquila, imaginar que las
cosas serán como debieron ser siempre.
Te quiero.
Isabel».
Fue como si una garra le estuviera estrujando el corazón,
impidiéndole respirar.
―Para, por favor.
Alejandro la vio tan pálida que ni se planteó obviar su petición
aunque estuvieran en medio de la autovía. Puso las luces de
emergencia y paró en el arcén.
―¿Qué pasa? Por Dios, Luna, pareces a punto de desmayarte.
Ella no pudo contestar, se limitó a soltar el cinturón, abrir la puerta
y salir del vehículo un segundo antes de doblarse en dos. Un sudor frío
la envolvió, las rodillas le fallaron, y de no haber sido por los brazos de
Alejandro, hubiera caído al asfalto. Entonces sí dio rienda suelta a su
pena: de su garganta escapó un grito largo e inhumano como protesta
por la muerte de Isabel. Lloró como no recordaba haberlo hecho en
años, dejándose arrastrar por el desaliento, por un dolor tan intenso
que la traspasaba como un cuchillo.
Alejandro apretaba el cuerpo estremecido por los sollozos contra
él, mesaba el cabello de Luna, pero no hizo nada para que ella dejara
de llorar porque sabía que le hacía falta desahogarse. Se sentó en el
suelo atrayéndola consigo, hizo que reposara la cabeza en su hombro,
la rodeó con un brazo y allí se quedaron ambos durante largo rato,
hasta que poco a poco ella se fue calmando. Pero no permitió que se
apartara de él. La retuvo a su lado porque sentir el cuerpo de Luna
junto al suyo era como volver a estar en el cielo. Hacía tantos años que
la añoraba... El destino se puso en su contra, se burló de ellos, pero
ahora les daba una segunda oportunidad. Le importaba un carajo si
hablaban, si estaba mal visto o si condenaba su alma por desear a esa
mujer apenas unos días después del fallecimiento de su esposa. Luna
debería haber sido la mujer que compartiera su vida, no Isabel. Y por
todos los demonios del infierno que no iba a perderla de nuevo.
Tomó el rostro femenino entre sus manos y la besó. Fue un beso
largo, intenso, ardiente. Un beso que llevaba mucho tiempo esperando
poder darle, que quería decirle cuánto la amaba, que nunca había
dejado de hacerlo. Sintió que renacía, que estaba junto a la mujer que
debía estar, que las brumas que habían rodeado su existencia junto a
Isabel se difuminaban.
Al separarse, Luna le miró muy seria, pero le pasó un dedo por el
puente de la nariz, como solía hacer antaño a modo de gesto cariñoso.
―A mi hermana le habían dado dos meses de vida. ¿Lo sabías?
―Él asintió―. ¿Por qué no me dijiste nada?
―Isabel no quería que nadie lo supiera. Ni siquiera me lo dijo a
mí, lo supe por casualidad. Igual que descubrí que me engañaba
desde hacía tiempo con otro hombre. Bueno, era normal, nuestra vida
matrimonial acabó seis meses después de la boda, así que...
―¡Lo sabías! ―se alarmó ella.
―Y por lo que veo, tú también. Ahora me toca a mí preguntar el
motivo por el que no me lo contaste.
―No quería que sufrieras ―repuso eludiendo su intensa mirada.
―Ha habido demasiados secretos entre nosotros ―dijo moviendo
la cabeza con pesar―. Lo lamento, pero debes entender que yo no
era quién para desvelar el hecho de que a Isabel le quedaba poco
tiempo de vida.
―Eras su marido, por amor de Dios.
―Sí, pero un papel firmado y la bendición de un sacerdote no nos
dan derechos sobre la otra persona. Ella quería ocultar su estado y yo
lo respeté. No la amaba, pero tampoco la odiaba; sabía que ella
necesitaba seguir con su vida como si no pasara nada. Tenía que ser
Isabel Gaínza, la diva, hasta última hora. La Providencia ha sido
benévola con ella, haciendo que su coche cayera por ese barranco.
Lo peor que podía pasarle a Isabel era apagarse en la cama de un
hospital. ―Se masajeó las sienes porque hablar de aquello le había
levantado dolor de cabeza. Se puso en pie, ofreció la mano a Luna y
regresaron al coche.
―¿Me dejas conducirlo? ―preguntó ella―. Me calma los nervios.
Por toda respuesta, él abrió la puerta del copiloto, entró, se puso
el cinturón y recostó la cabeza. Estaba hecho un lío; no le vendría mal
que Luna condujera mientras pensaba qué hacer con su vida de allí
en adelante. Ella había respondido a su beso, sí, pero de ahí a volver a
retomar la relación que mantuvieron cuando eran más jóvenes iba un
abismo. ¿Cómo hacerle ver que la necesitaba más que al aire, que la
llevaba necesitando desde hacía seis años, que soñaba con ella cada
noche?
Pararon a descansar y tomar algo un par de veces,
intercambiándose al volante, pero apenas hablaron. Parecían dos
completos extraños, y Luna rehuía sus ojos constantemente. Alejandro
sentía como si le estuvieran arrancando las entrañas; no sabía qué
hacer o decir para llegar a ella. Hasta lamentaba haberla besado
porque Luna, no sería extraño, podría verle como un sátiro que
buscaba sustituir lo que había perdido.
Sin embargo no era así. También ella navegaba en un mar de
dudas. ¿Realmente Alejandro seguía amándola después de tanto
tiempo? ¿No sería una última broma de Isabel? El beso reciente podría
no significar lo que ella ansiaba; quizá había sido simplemente un acto
de desesperación ante la reciente pérdida, por mucho que hubiera
dicho que la relación entre su hermana y él había muerto casi desde el
principio.
Un par de kilómetros antes de llegar a su destino, Luna le pidió
que parara un momento. Bajó del coche y regresó con una caja con
dos orquídeas en su interior, que dejó en el asiento trasero. Alejandro
preguntó si quería pasar primero por el hotel que había reservado
para la noche.
―Primero cumplamos el deseo de mi hermana ―repuso ella.
Sotogrande estaba tan cambiado que Luna no reconoció el lugar.
Hacía años que no había vuelto a pisar sus calles ni a pasearse por el
puerto, al que llegaron poco después. Vio a Alejandro hablando con
un sujeto que le entregó algo, y luego le hizo una seña a ella para que
le siguiera. Tomó la urna donde estaban las cenizas de Isabel, notando
que le quemaba en las manos. Al parecer, él había pensado en todo;
una pequeña lancha que se mecía a los vaivenes del agua del puerto
les estaba esperando. Subieron a ella, Alejandro la puso en marcha y
salieron a mar abierto, sin mirarse ni decir palabra. Luna llevaba
aferrada fuertemente la urna contra su pecho. Quería acabar con
aquello y, al mismo tiempo, sentía que cuando echaran las cenizas al
mar perdería definitivamente todo contacto con la que fue su hermana.
Pero había sido el deseo de Isabel y ellos lo cumplirían.
Se paró el motor, dejando la lancha a la deriva. El mar estaba algo
picado y el viento deshizo el peinado de la muchacha. Alejandro no
pudo reprimir el deseo ardiente de volver a besarla. Estaba tan bonita
así, con el cabello suelto, como a él le gustó siempre vérselo. Se
contuvo porque no era momento ni lugar, pero sucumbió a la
necesidad de enterrar sus dedos en esa melena trigueña para
deleitarse con su suavidad.
―¿Quieres que esperemos un momento antes de...?
―No soy de rezos.
―Pero sí de recuerdos. Y sé que ahora te vienen a la cabeza mil
instantes maravillosos junto a Isabel. No los arrincones, déjalos salir,
disfruta al evocarlos. ―Entrelazó sus largos dedos con los de la
muchacha―. Hagámoslo juntos y...
―En su carta me pide que cuide de ti ―le cortó mirándole a los
ojos, con los suyos cubiertos por una película acuosa que amenazaba
con derramarse―. Me pide que te ame, que te haga feliz.
Alejandro tragó convulsamente, sus dedos se aferraron con
inusitada fuerza a los de ella. Un segundo después, Luna se
encontraba pegada al cuerpo masculino, estrechada entre los brazos
del hombre que era todo su mundo. Le rodeó con los suyos, apoyó la
mejilla en su pecho y se dejó llevar por el placer que levantaban los
dedos de Alejandro trazando círculos en su espalda.
―¿Lo harías? ―preguntó él muy bajito, casi sin voz.
―¿Querrías que lo hiciera?
―¿Le preguntarías a un náufrago si quiere volver a tierra? ¿A un
sediento si quiere agua? ¡Por Dios, Luna! Te he amado desde que
éramos dos adolescentes. Quiero cuidarte y que me cuides, amarte y
que me ames, ver los amaneceres y los ocasos a tu lado, envejecer
cogidos de la mano. Pero los dos necesitamos tiempo para asimilar lo
que ha pasado, así que démonoslo y después, solo si tú lo deseas,
quizá podamos...
Ella se puso de puntillas para besarlo con ligereza en los labios.
Luego se apartó para recoger la urna, que le entregó sin soltarla. Sus
manos se unieron al sujetarla. Quitaron la tapa, intercambiaron una
mirada triste y luego, silenciosamente y de acuerdo ambos, volcaron su
contenido sobre las pequeñas olas que rompían contra el casco. A
continuación, Alejandro entregó las orquídeas al mar. Para su
sorpresa, Luna sacó algo de su bolso: un cilindro plastificado al que
había atado una piedra pequeña. Flotó un segundo y luego se hundió
en las profundidades.
―¿Qué era eso?
―Una copia del guion de la obra que Isabel iba a estrenar dentro
de un mes ―respondió ella con una sonrisa melancólica―. Allá dónde
esté ahora, igual le hace ilusión representarla. Seguro que San Pedro
aplaude a rabiar.
Alejandro la abrazó por los hombros, pero no dijo nada. Arrancó
de nuevo el motor para regresar a puerto. Mientras surcaban las
aguas, Luna se acodó en la popa. Sus lágrimas se mezclaron con la
estela de espuma que dejaba la lancha que les alejaba de Isabel. Las
flores se empequeñecían en la distancia.
Y ella acababa de tomar una decisión que bien podía cambiar su
existencia.
En el hotel, el recepcionista les dio la bienvenida depositando dos
llaves sobre el mostrador, no sin antes solicitar su documentación.
―Las habitaciones son contiguas...
―Está bien así ―cortó Alejandro.
Luna le tomó de la mano y él la miró. La sonrisa de la muchacha
seguía teniendo una sombra de tristeza, pero sus palabras hicieron
que el corazón le brincara en el pecho.
―Solo ocuparemos una habitación ―indicó ella al recepcionista
empujando su llave hacia él, sin abandonar la mirada del hombre al
que amaba―. ¿Te parece bien, Alejandro?
A él le importó poco que el uniformado empleado les estuviera
mirando: tomó el rostro de Luna entre sus manos y atrapó sus labios en
un beso que contestaba con más claridad que las palabras a su
pregunta.
La apuesta
Cris Tremps
¿Qué había sucedido en su viaje a Las Vegas para que, al entregar su
currículum como secretaria de dirección en uno de los casinos más
importantes, hubiera desembocado en que en esos momentos se
encontrara en una lujosísima habitación de la empresa donde buscaba
trabajo, tumbada sobre una cama tamaño King size envuelta en seda,
con un desconocido y sexy hombre?
Raisa Elliot era la hija de un escocés afincado en Estados Unidos
que se enamoró de su madre, Ania, durante un viaje de negocios que
hizo a Rusia hacía ya treinta años. Como resultado del fulgurante amor
que surgió entre ellos, al cabo de un año estaban casados, viviendo
en la soleada California y se había producido el feliz acontecimiento
del nacimiento de su única hija.
Había crecido rodeada de amor y felicidad, algunos pensaban
que era demasiado confiada con la gente, pero era de esas mujeres
que caían bien y a pesar de no ser guapa, no faltaba quién la
consideraba sexy. Sus curvas estaban en los sitios justos y unos
pechos generosos que no se veían desproporcionados a pesar de su
metro sesenta que, como siempre decía, había heredado de alguna de
sus abuelas. No se parecía a sus progenitores, ambos altos y esbeltos.
Cursó sus estudios en Berkeley y aunque había estado
trabajando para el negocio familiar, quería probar sus conocimientos
en algo diferente, así que cuando vio la oportunidad no dudó en
aprovecharla.
Uno de los mayores casinos de Las Vegas buscaba una secretaria
de dirección; no lo pensó dos veces, llamó a sus dos mejores amigas y
les propuso un viaje a la ciudad que vivía de noche.
Tomaron el vuelo de la tarde del jueves, para que pudiera
presentar la solicitud el viernes por la mañana, así tendrían dos días
para disfrutar de la ciudad y de alguna de las magníficas actuaciones
que estaban de moda esos días.
Se vistió de manera conservadora para la entrega del currículum,
quería transmitir una imagen profesional y seria. Conocía el mundo de
los negocios desde su más tierna infancia y este era como todos,
aunque fuera un casino.
La recibió la secretaria de recursos humanos y cuando le dijeron
que esperara en la antesala, se puso un poco nerviosa. Tras esperar
un cuarto de hora, la misma mujer la hizo pasar a un despacho
amueblado muy moderno con una gran mesa de madera pulida y un
ordenador de última generación.
Le iban a hacer una entrevista .No era muy habitual que el mismo
día de la entrega de la documentación se desarrollara, pero parecía
que en esa empresa la política era diferente.
Entró otra mujer presentándose como la Directora de sección.
Raisa se levantó cuando se acercó, le dijo su nombre y le tendió la
mano; el apretón fue fuerte pero no demasiado, solo quería transmitir
seguridad.
La entrevista fue cordial y seria, repasaron el documento y le
preguntó por sus ambiciones y proyectos, además de querer saber qué
podía aportar al negocio. Habló con calma y sinceridad, a pesar de
que los nervios se la comían por dentro. Cuando todo finalizó, la mujer
le dijo que en dos o tres días le dirían algo, e insistió en que le
contestarían con rapidez, no les gustaba que la gente pensara que no
los tomaban en serio. Si la aceptaban la incorporación sería inmediata.
Le agradeció la franqueza y con otro apretón de manos a través
de la mesa se despidió. No llegó a salir del edificio porque estaban
alojadas en él. Pensaron que ya que se presentaba a ese puesto,
también quería conocer de primera mano, cómo funcionaba cuando lo
disfrutabas como usuaria externa y ver qué mejoras se podían
emprender. Creía firmemente que desde el escalón más bajo se
apreciaban mucho mejor las cosas, y no desde un despacho al cual
muchas veces no llegaba la información.
Sus amigas la esperaban en la habitación, cuando llegó les relató
todo lo sucedido y que tenía la impresión de que era una empresa
bastante seria y que había posibilidades.
Una vez se cambió de ropa, salieron a conocer la ciudad. Pasaron
un día muy divertido y a última hora de la tarde fueron al espectáculo
de Seline Dion. Su padre le había conseguido las entradas por que
era muy difícil acceder a ellas. Disfrutaron de la maravillosa actuación.
Después, fueron a jugar un rato a las máquinas tragaperras.
Todo había sido muy emocionante. Con ese toque eufórico que la
acompañaba desde la mañana les propuso a sus amigas ir a jugar al
póker. Tras años sin hacerlo, esperaba no haber perdido su toque.
Cuando era estudiante jugaba en las timbas que organizaban los
chicos por las noches, pequeñas apuestas que le reportaban algo de
dinero que la ayudaban en sus gastos habituales a pesar del trabajo a
media jornada que tenía.
Sus padres podían haberle pagado los estudios, pero siempre
había sido muy independiente, y como muchos otros estudiantes se
había hipotecado hasta las cejas y había pagado religiosamente al
banco con lo que ganaba de camarera, y después con el trabajo en la
empresa de su progenitor.
Eligió una mesa de pequeñas apuestas. Los minutos pasaban y el
juego se le dio muy bien, algunas partidas le reportaban la cantidad
suficiente para poder perder en otras y seguir jugando.
En la mesa eran cuatro los oponentes, y como sus amigas se
aburrían y no sabían jugar, le dijeron que se iban a la habitación a
descansar, ella les comentó que no tardaría en seguirlas, pero estaba
tan concentrada que perdió la noción del tiempo.
Uno de los jugadores abandonó la mesa y se sentó un nuevo
participante que la descentró, un hombre vestido con un impecable
traje gris plata y una nívea camisa en la que sobresaltaba una corbata
oscura. El cabello negro le caía sobre los hombros y unos ojos verdes
posaban la mirada sobre las demás personas sentadas a la mesa en
un implacable escrutinio. Un jugador nato con manos de tahúr.
Alto y corpulento, parecía un guerrero a punto de enfrentarse a
una batalla y esa batalla era el juego. Si lo comparaba con los otros
dos jugadores, no tenían nada que hacer, era un ganador. Ya solo su
presencia intimidaba un poco, los sentados a la mesa, incluida ella,
vestían de manera informal, él se llevaba todas las miradas.
Durante unos segundos el escrutinio a la que la sometió hizo que
todas las células de su cuerpo se revolucionaran, era un hombre muy
sexy, que podía hacerle perder la concentración en el juego.
Una nueva partida comenzó y dos horas más tarde, en esa mesa
solo quedaban ellos dos. Era muy interesante verle jugar, ambos
utilizaban técnicas parecidas. Se sentía fascinada por todo lo que
estaba viviendo, pero la adrenalina empezaba a disminuir y el
cansancio aparecía, eso no era bueno para la partida, decidió dejarlo
en un punto en donde había ganado, prefería retirarse a tiempo.
―¿Jugamos una última partida sin dinero? ―preguntó él con una
voz profunda y grave que le produjo una ligera taquicardia.
―¿Una partida sin apostar dinero? ―cuestionó un tanto
escéptica.
―Sí ―afirmó―, apostaremos otra cosa.
―¿Qué? ―preguntó Raisa elevando una ceja en un gesto con
cierta arrogancia.
―Una noche ―contestó mientras acariciaba la mesa con la mano
derecha, ella no pudo evitar imaginar esa mano sobre su piel y no
sobre el tapete.
―¿Una noche para qué? ―curioseó no teniendo muy claro qué
era lo que podía estar jugándose.
―Una noche en donde uno hará lo que el otro quiera ―soltó el
hombre de manera pausada, como si degustara las palabras.
―Eso es muy vago, no sé si me interesa ―dijo de una manera que
denotaba prudencia.
―Una cena y sexo si gano yo, y lo que tú elijas si eres la
vencedora.
Era toda una tentación lo que le estaba proponiendo, si ganaba
ella podían hacer lo que quisiera durante una noche, eso podía ser
muy interesante y si ganaba él, cena y sexo, que tampoco sonaba
nada mal.
La gente que los rodeaba observándolos estaba expectante ante
la propuesta que le estaba haciendo, parecía que todo el mundo
contenía el aliento. Debía ser algo inusual, incluso la cara del crupier
era de extrañeza y como si supiera algo más que a ella se le
escapaba.
Al final asintió con la cabeza y una nueva partida se inició entre
los dos, ambos contrincantes estudiándose minuciosamente, no
permitiéndose ningún fallo. Él era un tipo con dinero, se le notaba la
clase que desprendía con su sola presencia, si ganaba podía hacer
que las llevara a todas a cenar a algún restaurante distinguido y
después… bueno, después se lo pensaría.
Tenía un full, una muy buena jugada, así que arriesgó y las puso
sobre la mesa. Mientras lo miraba fijamente, le pareció ver un pequeño
destello de regocijo en esa penetrante mirada verde, que se difuminó
al momento.
―Escalera de color ―dijo él con su impecable voz y una sonrisa
sincera que le fundió todas las neuronas.
Se quedó estupefacta, durante unos segundos en su cara
apareció la sorpresa y escuchó los jadeos de las mujeres que
contemplaban la partida y los vítores y aplausos de los hombres.
Le costó un tiempo asumir su derrota y lo que conllevaba, pero lo
hecho, hecho estaba. Se levantó y le dio la mano, como siempre apretó
con firmeza, él hizo lo mismo pero la retuvo durante unos instantes más
de lo habitual.
El público se disolvió y él se acercó a para mantener la
conversación en un plano más íntimo, mientras el crupier cerraba la
mesa, ya era de madrugada.
―Está alojada en el hotel ―constató él.
―Sí, ¿cómo lo sabe? ―preguntó.
―Digamos que tengo contactos. Ha sido una dura contrincante,
hacía tiempo que no jugaba una partida con una amateur tan
excelente ―comentó mientras le cogía la mano derecha y se la llevaba
a los labios depositando un suave beso sobre sus nudillos.
―Entonces estoy en desventaja, no sé nada de usted ―dijo
manteniendo la mirada fija en sus ojos.
―La verdad es que no es muy relevante, Raisa.
―Incluso conoce mi nombre, no sé si sentirme alagada o
alarmada ―explicó en voz alta sin perder el contacto visual.
―Pasaré a buscarte por tu habitación a las seis de la tarde,
iremos a un lugar informal a cenar, no te preocupes por la ropa.
Y con esa frase que la descolocó, se giró y despareció de su vista,
casi como había aparecido, sin darse cuenta.

***

Eran casi las seis y empezaba a ponerse nerviosa, como siempre había
sido demasiado confiada e impulsiva. Las dudas empezaron a aflorar
cuando se había levantado esa mañana y les había contado a sus
amigas lo que había sucedido e iba a pasar.
Menos mal que ellas estaban allí. ¿Y si era un asesino?, ¿o un
perturbado mental?
El día había pasado como una exhalación, se habían dedicado a
disfrutar de la ciudad e ir de compras. Le había dicho que sería
informal, pero ella sabía que informal para algunas personas con
mucho dinero eran unos tejanos de Armani.
De todas formas se puso una blusa de color turquesa y unos
pantalones blancos, había recogido su cabello castaño en un moño
bajo y un par de mechones sueltos medio rizados le enmarcaban la
cara, acentuando sus rasgos eslavos.
El maquillaje era suave y un gloss de color rosado daba un ligero
color a sus labios. Sus ojos azules estaban fijos en el espejo que le
devolvía la mirada y aunque sabía que sus amigas no paraban de
hablar, era incapaz de concentrarse en lo que decían.
Ellas serían testigos de quién era él antes de irse, por si acaso.
Cada vez que lo pensaba, estaba más convencida de que era una
locura, pero siempre pagaba sus apuestas, y esta la había perdido,
tenía el coraje suficiente para asumirlo.
Sonaron unos toques en la puerta y al abrirla se sorprendió por lo
que vio, él estaba allí plantado cuan alto era, debía rozar el metro
noventa, vestido con unos tejanos, una camiseta negra de manga corta
que marcaba su maravillosa musculatura y una cazadora de piel
debajo del brazo.
―Hola, ya veo que cuando dijiste informal, era realmente lo que
querías decir ―comentó mientras lo hacía pasar dentro de la
habitación apartándose de la entrada.
Una vez estuvieron dentro, él le tomó la mano y posó sus labios
sobre los nudillos, mirándola fijamente.
―Te presento a Tess y Marie, mis amigas… él es…. ―y se quedó
la frase en el aire porque todavía no sabía cómo se llamaba.
―Alexander Faulkner ―concluyó mientras tendía la mano a cada
una de las chicas y les daba dos besos en las mejillas.
Le pareció un bonito nombre que se adaptaba perfectamente al
hombre.
―¿Nos vamos? ―preguntó.
―Sí, claro ―contestó, despidiéndose de sus amigas y con toda la
intención del mundo dijo que las llamaría esa noche.
―No voy a secuestrarte, solo vamos a cenar y a… bueno, ya lo
iremos viendo ―dijo cuando ya estaban en el ascensor, le cogió la
mano y ya no la soltó.
―Como comprenderás, tengo mis reparos de cara a esta noche,
hasta hace pocos segundos no sabía ni tu nombre y ahora me voy
contigo sin saber cuándo voy a volver y qué va a pasar realmente
―dijo girándose para mirarlo.
―Vamos a charlar y a cenar, así que relájate y siempre que
quieras llama a tus amigas si eso te hace sentir mejor ―aseveró.
Lo que le explicó le hizo sentir solo un poco más tranquila, le
gustaba ese hombre y si acababan en la cama, creía que sería una
experiencia increíble. No tenía mucha práctica con el sexo, había
tenido un par de relaciones serias, pero esta sería la más rápida de su
vida, conocerlo ayer e irse a la cama hoy.
Salieron del hotel y una limusina los esperaba, era impresionante,
a pesar de lo de la informalidad se encontró sintiéndose bien con la
ropa que había elegido, le transmitía seguridad.
Era un tipo con mucha confianza en sí mismo, tanto en traje como
con tejanos se le veía cómodo. Tras unos quince minutos de trayecto el
coche aparcó delante de un pequeño y coqueto restaurante italiano.
Entraron y allí una mujer de mediana edad se les acercó y saludó
a Alex con gran efusividad.
―Raisa, te presento a Isabella, la mejor cocinera del mundo, sus
pizzas son inigualables ―afirmó mientras se acercaban a una
pequeña mesa dispuesta para dos comensales en una coqueta
esquina del restaurante.
Una vez sentados, eligieron de la carta un par de platos y él
solicitó un chianti. Cuando se lo sirvieron tomó dos sorbos y comenzó a
relajarse, todo parecía muy normal, una cena en un sitio pequeño y
familiar, con gente que parecía conocerlo y apreciarlo.
Llegó la comida y charlaron, sobre todo ella, le contó parte de su
vida y a lo que había ido a la ciudad. Durante un segundo pareció
sorprendido, pero enseguida puso cara de póker, se le daba muy bien;
él le habló sobre sus negocios, aunque pronto desvió el tema hacia
otros temas más personales. Tenían aficiones comunes, como el juego
que los había unido, grupos de música y eran fans incondicionales de
Los Angeles Lakers.
Fue todo muy agradable, él era un hombre fascinante y
encantador, le cogía la mano a través de la mesa haciéndola sentir
especial.
Terminaron de cenar y la limusina esperaba en la puerta,
siguieron comentando lo bueno que había estado todo. Cuando fue a
pagar él se negó en rotundo, diciéndole que eso no entraba dentro
del trato, ella lo había malinterpretado.
Llegaron al hotel y subieron al ascensor, que los llevó al piso más
elevado, entraron en una preciosa suite de lujo y entonces comenzó a
ponerse nerviosa, él lo percibió enseguida.
―No te preocupes, no va a pasar nada que no quieras ―dijo
para tranquilizarla a la vez que le acariciaba la mejilla con un dedo, no
creía que se le fuera a tirar encima, pero la incertidumbre no era buena
compañera.
De nuevo de la mano, se acercaron al gran ventanal que tenía la
habitación para contemplar la ciudad en todo su esplendor desde ese
lugar, era algo mágico, podía entender como mucha gente se quedaba
atrapada en ella.
Sobre una mesa de la suite había una botella de champán y dos
copas, él la dejó contemplando las vistas mientras servía el líquido
espumoso, volvió a acercarse y le tendió una.
―Por una noche maravillosa ―dijo mientras brindaba y se llevaba
la copa a los labios. Hizo lo mismo, pero en esa ocasión no lo miró a los
ojos, miraba sus labios con admiración, pensando cómo sería ser
besada por ellos.
Si tenía que ser sincera consigo misma, estaba excitada, toda la
situación había contribuido a ello, la apuesta, el misterio, él.
Le quitó la copa de la mano y volvió a dejarlas sobre la mesa,
entonces fue ella la que se acercó, quedando uno frente al otro.
Él subió las manos hasta su cabeza y le deshizo el recogido,
dejado su melena suelta. Colocó las manos enmarcando las mejillas y
se inclinó para besarla, probó sus labios al principio y pasó su lengua
sobre ellos, entreabrió la boca y dejó que la invadiera. Sabía al
champán que acababan de tomar.
Ella lo abrazó, metiendo las manos por debajo de la camiseta y
acariciando la musculosa espalda.
Alex levantó la cabeza y durante unos segundos la miró fijamente,
como si estuviera tomando una decisión transcendental.
La tomó de la mano y atravesaron la estancia para entrar en el
dormitorio. Ni por un momento se le pasó por la mente negarse, quería
lo que iba a suceder, estaba muy tranquila y excitada.
Delante de la cama, sin decir ni una palabra comenzaron a
desnudarse el uno al otro, solo se escuchaban sus respiraciones. Le
quitó la camisa y observó el sujetador de encaje rojo que llevaba, pasó
sus dedos con suavidad sobre el pecho marcando la forma de esa
prenda íntima.
Continuó desabotonándole el pantalón y descubrió que llevaba
un tanga que no dejaba nada a la imaginación, cuando terminó ella le
quitó la camiseta y se dedicó a acariciarle los abdominales y el torso,
hasta que se inclinó y besó uno de sus pezones. Desabotonó los
tejanos y bajó la cremallera.
Le quitó los pantalones y con ellos arrastró los calzoncillos
liberando su largo y duro pene, dejándolo totalmente desnudo. Tenía
una anatomía perfecta, le quitaba el aliento contemplarlo.
La llevó a la cama y se tumbaron juntos sobre unas sábanas de
seda que acariciaban su cuerpo e incrementaban las sensaciones.
Desabrochó el sujetador y jugó con sus pechos, los besó y
succionó, creía que moriría de placer, era lento y concienzudo, estaba
muy duro y cuando intentó coger su pene, no se lo permitió.
―Todavía no, tenemos toda la noche ―dijo él mientras
continuaba el asedio a sus pezones y sus pechos.
Una de sus manos comenzó a vagar hacia el centro de su calor,
estaba muy húmeda y los jugos ya habían traspasado el tanga,
mojando sus piernas. Le quitó la pequeña pieza, colocándose entre
sus muslos, dejándola totalmente abierta y expuesta a su escrutinio.
Su hendidura brillaba y sus labios menores se habían abierto
como una flor, iba depilada por completo, su exposición era plena ante
él. Parecía que le gustaba por los sonidos que emitía y sus jadeos.
Pasó un dedo rozándole el clítoris y pensó que se iba a correr en
ese mismo momento, alzó las caderas en un intento por obtener más
caricias. Sus pezones estaban duros como pequeñas piedras
preciosas, anhelaba que la tocara, que su pene la penetrara, pero,
parecía querer torturarla, intentaba tocarlo y él se apartaba. Se sentía
incompleta, necesitaba que entrara en su vagina y la llevara al
orgasmo enseguida, creía que no lo iba a poder resistir.
―Confía en mí ―dijo mientras se levantaba, dirigiéndose a una
cómoda que había en la austera estancia y abría un cajón del que
sacó unas esposas recubiertas de piel.
Iba a atarla a la cama y dejarla totalmente sumisa ante lo que él
quisiera hacerle.
Se acercó y la miró en busca de su consentimiento, esta situación
de dominación todavía la estaba excitando más, si eso era posible,
entonces asintió.
Con suavidad le puso las esposas que pasó por detrás del
cabecero de la cama, se sentía lujuriosa y depravada, no había hecho
nunca nada como eso.
―Abre las piernas todo lo que puedas para mí ―dijo él mientras
rodeaba la cama observándola y acariciándose el pene con
movimientos lentos y rítmicos. Se acercó hasta la mesita de noche y
sacó un preservativo que se colocó con destreza.
Volvió a tumbarse sobre la cama y, ubicándose entre las piernas
de ella, se dedicó a torturar sus hinchados labios menores con la
lengua en busca de su clítoris. Estaba a punto de estallar cuando dejó
de acariciarla.
Volvió a sus pechos, de nuevo mordisqueó sus pezones
produciendo pequeñas descargas que llegaban hasta su útero.
Estaba tan húmeda que había comenzado a mojar las sábanas de
seda que la acariciaban en cada pequeño movimiento que hacía.
Empujaba sus pechos en busca de más atenciones, quería juntar las
piernas para intentar autoacariciarse, era un dolor indescriptible el
que sentía en el centro de su feminidad, quería ser empalada por ese
pene y que la acariciara hasta que la consumiera el orgasmo.
―Tócame, por favor tócame ―solicitó desesperada.
―Pronto, muy pronto ―contestó entre jadeos.
Lo que sucedió después la descolocó un poco, le quitó las
esposas y la giró de tal manera que quedó a cuatro patas, con unos
cojines bajo su abdomen para que su trasero quedara elevado.
Él continuaba entre sus piernas y acarició cada nalga,
masajeándola y rozando su hendidura. La excitación era máxima.
Pasó un dedo por el medio, buscando su clítoris de nuevo. Con
los dedos untados de sus jugos, la penetró, primero con un dedo y
después con dos, preparándola para lo que tenía que suceder.
La llevaba hasta el precipicio y después descendía, estaba
volviéndola loca de placer. Continuó su asedio y de vez en cuando le
pellizcaba el centro de su excitación, llegó incluso a acariciar y jugar
con su ano con los dedos totalmente húmedos.
Cuando pensaba que se iba a ahogar con su propia falta de aire,
la penetró. Su largo y duro pene la llenó por completo.
Comenzó con un ritmo lento, ella elevaba sus nalgas para que
tuviera más acceso a su interior y las embestidas fueran más profundas,
sus pechos se bamboleaban con el movimiento que él imprimía.
Los jadeos y las rápidas respiraciones de ambos llenaban de
sonido la lujosa suite, y cuando pensó que ya no podría resistirlo más,
estalló en un orgasmo brutal que la dejó totalmente desmadejada,
todavía no se había corrido.
La volvió a colocar sobre su espalda penetrándola de nuevo,
aceleró el ritmo y se excitó con las caricias que a la vez recibía su
clítoris.
En ese momento ambos se corrieron a la vez, notaba cómo su
pene se movía en su interior quedándose seco de semen mientras su
vagina seguía contrayéndose rítmicamente.
Tras el placentero momento se derrumbó sobre ella y durante
unos segundos ninguno de los dos se movió. Fue él el que se apartó,
arrastrándola hasta su lado y la besó en la frente. Estaban sudorosos y
jadeantes todavía, una experiencia que no podría olvidar nunca.
Cuando sus respiraciones y sus cuerpos comenzaron a
reaccionar, se quedaron en un estado de letargo muy agradable,
ninguno hizo comentarios sobre lo que había sucedido y eso le
pareció mucho más íntimo que si hubiera surgido alguna palabra.
―Tengo sed ―dijo incorporándose sobre un codo y mirándolo
fijamente.
―Yo también, espera un momento ―comentó mientras se
levantaba de la cama y salía hacia el saloncito.
Volvió con las copas de champán llenas y le ofreció una de ellas,
se la bebió casi sin degustarlo.
―Más, quiero más.
―¿Estás segura de que quieres más? ―preguntó él enarcando
una ceja con una sonrisa juguetona en sus labios.
―Sí ―afirmó.
Las copas de nuevo se llenaron y de nuevo la vació rápidamente,
él en cambio se tumbó a su lado y la observó. Cuando terminó, dejó la
copa de ella en la mesita y derramó un poco de champán de la suya
sobre sus pechos.
―Yo también quiero más ―confirmó él lamiendo el ambarino
líquido sobre su piel, iniciando de nuevo la seducción de su cuerpo.

***

Pasaron la noche juntos, y por la mañana, tras una ducha muy


completa y un copioso desayuno, la acompañó a su habitación.
―Hasta pronto ―le dijo enigmáticamente a la vez que se llevaba
su mano a los labios y rozaba sus nudillos, parecía que le encantaba
ese gesto.
Entró en la habitación como si estuviera en una nube, sus amigas
la asediaron a preguntas y ella solo podía contestar con la cabeza,
asintiendo o negando.
Durante la mañana, mientras preparaban las maletas, sonó el
teléfono móvil. Era la directora de recursos humanos.
―Su solicitud ha sido aceptada, mañana la esperamos en la
oficina número ocho de la cuarta planta.
Con esa frase y sin poder articular palabra, todo su mundo cambió
radicalmente. Llamó a sus padres para decirles que no regresaría ese
día y que le enviaran una maleta llena de ropa. Menos mal que tenía el
traje que había llevado a la entrevista.
Anunció al hotel que se quedaría unos días más hasta que
encontrara un apartamento y acompañó a sus amigas al aeropuerto,
despidiéndolas con un sabor agridulce, había conseguido lo que
quería, pero estaría sola de momento en esa excitante ciudad.
Las horas pasaron rápidamente y el lunes llegó casi sin darse
cuenta. Se presentó en donde le habían indicado y vio que el
despacho estaba vacío. Sentándose en la silla giratoria que había
detrás de la mesa, pensó en los complementos que le hacían falta para
poder desarrollar su trabajo.
De pronto, el teléfono sonó.
―Srta. Elliot, pase a mi despacho ―dijo una voz masculina al otro
lado de la línea, y pensó que iba a conocer a su nuevo jefe.
Se levantó recolocándose la ropa y enderezó los hombros,
llevando una libreta y un bolígrafo en la mano.
Llamó a la puerta y sin esperar contestación entró.
Allí estaba Alex, sentado tras una enorme mesa llena de papeles y
un gran ordenador. En un principio se sintió sorprendida pero ese
momento pasó y una ligera furia estalló en su interior, lo había sabido
desde el principio y se la había llevado a la cama, ¿había conseguido
el trabajo por ello?
―Déjame que te explique, por favor ―le dijo levantando las
manos en un tono de súplica, era una mujer expresiva y él debía haber
visto todos sus estados de ánimo conforme los iba sintiendo.
―Me quedé sin secretaria la semana pasada, por eso lo del
anuncio, recursos humanos se ha encargado de la selección y no me
lo comunicó hasta ayer a mediodía. Cuando me contaste para qué
habías venido pensé que eras una candidata y no la elegida por la
directora, así que no quiero que creas que lo que ha pasado entre
nosotros tiene algo que ver.
―¿Y la partida? ¿Y la apuesta? ―susurró mientras se sentaba en
la silla que había delante.
―Te vi por una de las cámaras de seguridad y me gustó cómo
jugabas y tú como mujer, así que bajé a conocerte, sabes que no
hubiéramos tenido sexo si no hubieras querido ―dijo mientras se
levantaba y se acercaba a ella.
―Este trabajo lo has conseguido porque vales para él, pero
también me gustas, así que mejor para mí, espero que también sea
válido para ti ―dijo ayudándola a levantarse y elevándole la cara para
poder besarla.
Se sentía un poco tonta, claro que lo había conseguido por ella
misma, él también le gustaba, pensó que tal vez podía funcionar y le
devolvió el beso.
―¿Quieres que hagamos otra apuesta? ―preguntó mientras se
separaba un poco para mirarla a los ojos y viera que iba en serio.
―¿En qué estás pensando? ―lo cuestionó mientras ladeaba un
poco la cabeza con una pequeña sonrisa jugando en su boca.
―Te apuesto una cena y sexo loco durante una noche a que
estamos casados dentro de seis meses ―dijo él a punto de echarse a
reír a carcajadas.
―Acepto la apuesta ―contestó uniéndose a sus risas.
En mi piel
Lydia Leyte
I

Llanto desesperado. Hipidos. Balbuceos entrecortados.


La angustia de aquellos sonidos rasgó la gruesa cortina de su
sueño.
Sonia Padín pensó que era ella la que al fin se había roto por
dentro. Aún en ese estado de adormecimiento, se sorprendió. Ni
siquiera en sueños se permitiría semejante debilidad. La vida era como
era. Y punto. Nada se solucionaba con lágrimas y suspiros.
El llanto sonó una octava más alto. Esta vez además escuchó
recitar su nombre en un tono tan lastimero que partía el alma.
Con un ojo medio abierto comprobó la hora en el despertador.
Las dos de la madrugada. Sintió frío. Y la vieja congoja que le apretaba
el corazón desde hacía años.
Corrió al descansillo de la escalera del quinto piso, cubierta con
la camiseta anchota con la que dormía. Sola en una inmensa cama. Sin
el hombre amado.
Marieta, descalza y en pijama, estaba acurrucada junto a la puerta
de entrada. Asía su oso de peluche con la fuerza desesperada del que
busca consuelo.
Sonia la acogió en sus brazos, y la acunó hasta calmar los
incontrolados lloros.
―Te llamé.
Borró el pucherito tembloroso con un beso tierno en su boquita de
piñón.
―Es que estaba muy dormida ―respondió, como si eso fuera
suficiente justificación para desarmar la angustia de una niña de cinco
años.
Secó sus lágrimas con pequeños y dulces toques de su lengua.
«Besos de gatito», decía la chiquilla. La sonrisa llenó de paz el rostro
infantil. La abrazó con fuerza. Podría haber sido su hija, pero era la de
otra mujer. Aunque eso a ella no le importaba. La quería tanto…

***

El hombre entró sigiloso en la cocina. Se desnudó. Cogió el montón de


ropa y lo introdujo en la lavadora. Cerró la puerta, echó el jabón y la
puso a andar. El olor nauseabundo a alcohol, y al sudor ácido de los
noctámbulos, quedó a buen recaudo. No quería contaminar el
ambiente de pureza que él había creado en su hogar.
Se dirigió al baño para su ducha nocturna.
El bulto humano sobre el sofá de la sala, le detuvo. Se quedó
extasiado. Parecía la estampa bucólica de una maternidad: la niña
cobijada en los brazos de la mujer, como si esta quisiera protegerla de
todo mal.
A pesar de todo, sus ojos se centraron en lo carnal, en los muslos
tersos y morenos que quedaban al descubierto, con ese erotismo que
desprendía Sonia. Y por un instante se permitió soñar con otra época y
otro lugar, en el que esas piernas envolvían su cintura mientras él la
penetraba en embestidas cortas e intensas, hasta que ambos se
deshacían con la dulzura del azúcar en el agua.
Su pene saltó gozoso. Tuvo que contener la necesidad de
acariciarse hasta explosionar de placer. El deseo se enroscaba en su
bajo vientre, mordía las terminaciones nerviosas de su piel como si
fuera una de esas serpientes que va inoculando su veneno segundo a
segundo. Más intenso y apremiante que entonces, porque ahora sabía
que no tenía derecho a disfrutar de Sonia. Era una fruta tan prohibida
como la manzana del Paraíso.
Soltó para sí un juramento ante su necesidad dolorosa, acuciante,
de hundirse en ella, por saborear su piel satinada. Se sintió culpable
por esa reacción.
―Dardo, sería conveniente que te vistieras. No sé si estoy
preparada para ver un desnudo integral a estas horas de la
madrugada.
Eduardo sonrió ante el apelativo de otra época, cuando él era el
joven desvergonzado y violento, y ella el hada mágica que trazó el
sendero para convertirlo en el hombre actual. En todo ese tiempo no
había perdido el sentido del humor ni la lengua afilada.
―Otra vez… ―Sonia se limitó a suspirar―. ¿Y Quico?
―Tu hijo duerme como un ángel. Un adolescente campeón de
hockey sobre patines no se despierta ni aunque se caiga la casa.
Pareció quedarse más tranquilo. Entró en el baño, conteniéndose
a duras penas para no acercarse y devorar su boca a besos. Esa
noche, como otras tantas anteriores, su mano tendría que darle el alivio
que necesitaba, mientras su mente recreaba las curvas suaves del
cuerpo de Sonia.
Cuando salió, ella había desaparecido. Esa era la constante de
su vida en común.

II

Metallica interpretaba una de sus baladas a todo volumen. Eduardo


Montero, Dardo, antes de convertirse en el hombre de negocios que
ahora era, tuvo que pegar el pulgar al timbre para que lo oyera.
Sonia le miró imperturbable desde el umbral. En el interior, su
corazón bombeaba a ritmo de mambo, lanzando brillantes cohetes de
color. El deseo se hacía húmedo en su sexo cada vez que le tenía
delante. Todo en él le atraía. El rostro anguloso de facciones secas. El
pecho duro, fortalecido por el trabajo. El aire de masculinidad que
exudaba cada célula de su piel. Sin embargo eran sus ojos oscuros,
cargados de una triste melancolía, los que nublaban su tan cacareado
buen juicio, hasta incluso hacerla olvidar las ofensas del pasado.
Amó a Eduardo quince años atrás con toda la pasión desatada de
la juventud, y seguía amándole quince años más tarde con mayor
intensidad que antes, porque ahora, el hombre que había logrado salir
de la nada para construirse una vida propia, sobrepasaba con mucho
al chico que fue.
Años de separación en los que la vida se había portado bien con
él. Tampoco lo había hecho mal con ella. Sin embargo, no había sido
generosa con ambos. Sus respectivas existencias, hasta hacía once
meses, habían navegado por mares distantes y lejanos. Solo la
casualidad, o una jugarreta del destino, quién podría saberlo, les
había vuelto a acercar de una manera imprevisible, y convertido en
vecinos de apartamento.
Ni el tiempo ni la distancia, ni siquiera la traición, el dolor, la
desdicha, lograron menguar su pasión por él. Su cuerpo seguía
teniendo esas reacciones absurdas cada vez que lo veía ante ella. Y
no era porque fuera guapo. Sino porque era el único hombre que la
había despertado a la vida.
Dardo se cruzó con ella en una época lejana, cuando Sonia tan
solo intuía la pasión que podría despertar el sexo. Y eso porque se
hartaba a repasar una y otra vez los encuentros amorosos de los
héroes de sus novelas románticas favoritas. Él fue el primer hombre
que descubrió su cuerpo y su feminidad. Al que seguía amando, pese a
su larga separación. Ella, tímida, apocada, un ratón de biblioteca, se
sintió atraía hacia el joven descarado como si un volcán en erupción la
hubiera envuelto en su lava ardiente.
Se entregó a él con la mente y el cuerpo abiertos a todo lo que
quisiera hacer con ella, con el pleno deseo de experimentar el placer
que solo Dardo le daría. Con la plena consciencia de que para ellos
no habría un «para siempre». Eran agua y aceite. Ella había trazado
un plan claro para su futuro. Dardo se regía por la norma «vive y deja
vivir». Era impredecible… tanto como atestiguaba el día que la dejó
plantada, para casarse con otra, solo dos meses más tarde. Pero eso
formaba parte de una vulgar historia en la que no quería pensar.
―Gracias, de nuevo. Siempre te ocupas de ella. Se despierta, se
asusta y sale a buscarte ―justificó ante la mujer a la que nunca había
dejado de amar.
―¿Por qué no contratas a alguien para que los cuide cuando tú
no estás?
―Durante unos meses estuvo una cuidadora, pero no funcionó.
Esta temporada falto más. Ya sabes que he comprado otro pub, y…
No sentía ni un átomo de pena. Para Eduardo, poner un proyecto
en marcha era la salsa de la vida.
―Ireland´s Flag. Estuve el otro día con un amigo.
―¿Alguien especial?
Sonia frunció el ceño, mostrando su disgusto.
―No vayas por ahí. Ese no es ni tu problema ni tu guerra.
―Tú eres mi problema. Nunca has dejado de serlo. Y yo peleo por
cada batalla de esta guerra en la que llevamos envueltos tantos años.
Estuvo a punto de soltarle que sería desde los últimos once meses
cuando estaba interesado en ella. Durante casi quince años no lo
había visto, y por lo que sabía eso no le había quitado el sueño.
―No estabas ―se limitó a contestar para no meterse en
reproches absurdos que no les llevarían a ninguna parte.
Sí estaba. Observándoles como un voyeur desde la oscuridad de
su despacho. No había querido acercarse porque no se fiaba de sí
mismo, y de esos ataques de posesión que rugían en su pecho ante la
sola idea de que ella estuviera con otro.
―Ando todo el día por ahí ―respondió evasivo.
―La ambición tiene esos pequeños inconvenientes.
―¡No puedo quedarme atrás! Este negocio es exigente, si no
progreso, otro lo hará en mi lugar.
―Y tú, no lo consentirías…
―¿Qué es esto? ―pensó que con ella sería mejor cambiar de
conversación. Si mordía un hueso, no lo soltaba, parecía un perro de
presa.
Sonia miró hacia los dibujos de sus alumnos que él sujetaba con
esa mano firme que en otra época recorría su piel, enervando cada
una de sus células.
Bajo el puño de la camisa blanca, se asomaba el borde de un
tatuaje. Sonia no pudo evitar que se le escapara una sonrisa cargada
de dulzura. Recordaba cuándo se lo había hecho. Tenía veinte años y
por entonces aún no había aparecido en su radar esa ambición
desmedida por progresar.
Aquella tarde había ido a buscarla con su moto al instituto, como
hacía siempre, y le había enseñado la piel tatuada, aún sanguinolenta:
una triqueta celta, la representación de las tres fuerzas del universo,
tierra, fuego, agua, con una letra diminuta inscrita en uno de los anillos.
―La inicial representa tu nombre. Siempre estás aquí ―explicó
apretando con furia el puño cerrado sobre su corazón―. Ahora
también te llevo escrito en mi piel.
Y Sonia, por aquel entonces se lo había creído porque no
comprendía una vida entera sin él.
Claro que eso había ocurrido poco antes de que un nombre
completo, más exuberante, con más tetas y culo que su inicial, hubiera
ocupado su puesto.
―Son dibujos de mis alumnos… y te ruego que no cambies de
conversación. Me sé el truco de memoria. Te ruego que vuelvas a
contratar a alguien. Los chicos no pueden estar solos tantas horas.
―¡Joder, Sonia, no me atosigues! ―exclamó con aire de derrota―
Ya sabes qué ocurrió con la última. Se quedó dormida y ni se enteró
cuando salió al descansillo. Solo te necesitan a ti. Ni siquiera echan en
falta a su madre. Claro que tampoco se ha ocupado nunca de ellos
como lo haces tú.
Obvió decir lo que ambos sabían. La que ya era su ex se había
largado un buen día, dejando atrás a sus hijos, cuando la peque
acababa de nacer.
―Deberíamos casarnos…
―¿Por qué? ¿Por qué, Dardo? ¿Por qué?
El aire entre ellos se volvió denso, cargado de viejos anhelos.
Estaban uno frente al otro, sin tocarse, y sin embargo, parecía que sus
cuerpos ardieran de pasión, como si reconocieran el tacto del pasado.
El deseo crepitaba en el ambiente, crudo, brutal.
―Somos viejos conocidos, siempre nos hemos llevado bien. El
sexo era perfecto entre nosotros.
Contestó al fin con voz plana, sintiendo el peso de su falta de
valor. Era incapaz de formular las dos palabras que les unirían hasta el
fin de sus vidas. Esas que el miedo a equivocarse no le dejaba
pronunciar. ¿Y si eran todo imaginaciones suyas y ella ya no sentía lo
mismo? Sonia jamás le tocaba. Era él quien se acercaba a ella, quien
se la comía con los ojos, quien se desesperaba cada noche por no
tenerla. Solo el brillo ocasional de sus ojos, aquella pasión cruda,
hambrienta, que sorprendía de tanto en tanto en su mirada, le hacía
concebir esperanzas.
«Perfecto». Él decía «perfecto». Para Sonia, la palabra se
quedaba corta. El sexo con Eduardo era sublime. Tormentoso.
Ardiente. Con la vehemencia febril del fuego que arrasa todo cuanto
toca.
Se alejó en dirección a la cocina. La desesperación apenas la
dejaba respirar. Era útil, pero no amada. Cuánta más tierra pusiera por
medio, mejor.
―Y entonces podríamos convertirnos en una familia unida y feliz
―respondió con todo el sarcasmo del que era capaz, mientras
asomaba la nariz por el vano de la puerta.
Le pareció notar su tristeza infinita, un anhelo desesperado por
escuchar un sencillo «te amo», la confirmación de que a pesar de todo,
el fuego aún estaba vivo entre ellos. Sintió vergüenza por esa
declaración suya, más cercana a una transacción comercial que al fiero
amor que sentía por ella. Pero el pánico a malinterpretar las señales
estaba ahí, mordiéndole la piel. De ninguna manera podía volver a
perderla.
―Sonia, ¿por qué te niegas? Les quieres más de lo que los ha
querido nunca su propia madre. Y ellos a ti ni te cuento.
No se atrevió a profundizar más. ¿Cómo podría hacerle entender
que jamás había conseguido alcanzar con otra tal cota de placer? Por
eso había fracasado su matrimonio. Dos desconocidos que solo
compartían casa. Ni siquiera cariño por los hijos. Su ex se los había
cedido gustosa. La satisfacción plena solo había sido posible con
Sonia.
Ella sintió el ardor de las lágrimas. Un nudo de dolor se formó en
su pecho. Creyó que no le iba a salir la voz para poder responder.
―Será mejor que te marches ―contestó apareciendo con una
gran taza de café con leche―. Tengo un montón de cuadernos que
corregir para mañana.
―Esto de echarme de tu casa se está convirtiendo ya en una
costumbre. ¿Por qué te niegas? ―preguntó acariciando su melena
lacia.
Se encerró en sí misma para no sentir. Tampoco hoy pensaba
regalarle una caricia en aquel rostro tenso, tan amado.
Los ojos verdes de ella, llenos de serenidad, se reflejaron en los
oscuros de él. La pasión y el dolor por lo que pudo haber sido y no fue,
cruzó sus miradas.
Ella desvió la suya y la fijó en el brillo azulado de su pendiente.
Dardo aún conservaba aquel aire de macarrilla de barrio que tan bien
le iba para su negocio.
―Porque tú me estás ofreciendo un trabajo. Y me temo que yo ya
tengo uno. No necesito otro.
Eduardo bajó la cabeza. Seguía sin atreverse a desnudar su
alma, a abrir su corazón a la mujer amada. Habían pasado tantas cosas
en la vida de los dos… Sabía que a ella no le importaba esa dulce
carga que llevaba detrás. Sonia quería tanto a sus hijos como él mismo.
Era el miedo al rechazo, y con él a perder la amistad, y ese nuevo
vínculo que con tanto esfuerzo se estaba creando entre ellos.
Volvió a mirarla. Sonia poseía una belleza serena, que a él le
atraía más que cualquier cuerpo voluptuoso, quizás porque en el gran
error de su vida, ya había tenido demasiado de uno.
Aunque también poseía un erotismo capaz de conducir a un
hombre a las cumbres más altas. Él no había olvidado sus largas tardes
de placer, en cualquier rincón. Solos los dos. Sabía bien dónde y cómo
tocarla con su lengua y sus manos para que ella se deshiciera de
placer.
Nada de eso ocurriría en aquel momento. Dardo aún tenía que
demostrar que su amor por ella seguía tan firme e intenso como en
aquellos lejanos tiempos.
No dijo nada. Se dio media vuelta y se alejó.
Con el sonido de la puerta al cerrarse, Sonia dejó correr las
lágrimas.

III

―Eduardo, eres un hombre con suerte. Siempre lo digo.


Ni siquiera levantó la cabeza del paño de hilo con el que frotaba
la copa, como si pretendiera convertirla en un diamante. No quería
mirar al tío, un colega de los viejos tiempos tan salvaje como él mismo,
convertido en todo un señor con su pancita de feliz casado, que era
ahora cliente del nuevo pub. «Suerte» se rio para sí. Esa no existe. La
ambición y la furia por progresar es lo que mueve al ser humano. Y él
tenía toneladas de ese par.
De ahí que todo lo que tocara se convirtiese en oro.
Era su corazón el que carecía de suerte. Seguía sangrando por
ella.
Aullaba de dolor por el mayor error que había cometido en su
vida. Jamás había pensado en los demás. Su ambición desmedida por
salir de la miseria fue el impulso que movió cada paso de su vida. Y el
día que se mostró generoso, la fastidió del todo. En aquel entonces le
pareció que si él se alejaba, Sonia tendría todas las posibilidades de
salir adelante. Era trabajadora, muy inteligente, y con un expediente
académico extraordinario. Él carecía de estudios, de trabajo y de
dinero. Sus únicas cualidades eran beber y follar, un experto en
ambas. Le arruinaría la vida antes de poder empezarla.
La había dejado marchar. A ella. A Sonia, a la única mujer que
había amado con cada célula de su ser.
La rabia y el dolor por su ausencia le habían llevado a cometer el
mayor acto de traición que un hombre podía hacer. Engañarla con otra,
con quien se había tenido que casar para dar nombre al hijo
fecundado en una noche de gran borrachera.
Y a eso los demás le llamaban «suerte». Era como para ir a mear y
no echar gota.
Dejó la copa y cogió otra. Comenzó a abrillantarla con la intención
de convertirla en el cristal de un prismático con el que mirar el futuro de
ambos.
¿Cómo sería ahora la vida de sus hijos, y la de él mismo si no se
hubieran vuelto a encontrar? Ambos compraron los áticos sin saber
quién sería su vecino de puerta, casi al mismo tiempo, en una nueva
urbanización de las afueras. Un lugar tranquilo con jardín y piscina,
porque Eduardo quería que tuvieran la vida de la que él había
carecido.
Una noche, al llegar del trabajo, se encontró a Sonia sentada en
la escalera con Marieta y su oso en brazos. La niña se había
despertado y llamado a un papá ausente.
Jamás pensó en volver a verla. A veces se preguntaba qué buena
acción habría realizado él para que se le diera una segunda
oportunidad, tan generosa.
Desde entonces, Sonia se había convertido en una madre para
ellos. Lo mismo les preparaba la cena, que recogía a Marieta de la
escuela infantil, o se ocupaba de su baño nocturno. Para Quico, el
comprometido adolescente con la naturaleza y el deporte, ella era su
confidente, la persona a la que recurría antes de plantear cualquier
conflicto, permiso o pregunta a su propio padre.
Eduardo la amaba por lo que era y por cómo era. Por sus
recuerdos de entonces, por la mujer valiente, y firme de carácter, en la
que se había convertido. Por esa fina sexualidad que desprendía, por
el aroma de su piel, y la intensidad de su mirada.
Sonia era Sonia. Su mujer, aunque ella se negara a verlo, o
aunque él fuera incapaz de decírselo.
Debería dejar atrás el miedo y dar el paso definitivo cuanto antes.
El día que la vio en su pub, casi se desmaya de angustia. Estaba
sentada con un hombre, y él estuvo a punto de dirigirse hacia ellos. Se
contuvo al ver a aquel tipo con el brazo apoyado en el respaldo de su
silla, acariciando su hombro, con esa actitud tan masculina de
«prohibido pasar, propiedad privada». Ella no parecía sentir lo mismo.
Pero ¿quién le decía que no acabaría sucumbiendo ante las
atenciones de otro?
¿De qué pasta estaba hecho? Había luchado con uñas y dientes
por convertirse en un buen padre, lo más diferente posible al suyo.
Había sacado adelante a sus hijos él solo, temiendo equivocarse, sin
dormir noches seguidas cuando Marieta, una niña llorona y debilucha,
se ponía enferma de todo cuanto cogía en la guardería. Habría
cruzado océanos por la oportunidad de ser mejor, de ganar más, de
triunfar en la vida y en la familia. Y ahora se acobardaba ante un nuevo
reto. El más importante de su existencia.
Soltó el paño con furia sobre el pulido mostrador de teka, traído
de un verdadero pub de Irlanda.
―¿Te vas ya, jefe?
―Y tú cuidarás del negocio como si te fuera la vida en ello. Nada
de borrachos ni de peleas ―avisó.
―Descuida, sé lo que me hago.
Y tanto que lo sabía, pensaba Eduardo mientras cogía la
cazadora de cuero de su despacho. Su camarero había hecho un
largo recorrido desde que le descubrió tirado en un callejón y
entregado su confianza. No se arrepentía. Si sus negocios
funcionaban a la perfección era gracias a su olfato. Justo el sentido
que le fallaba con ella.
―Jefe, ¿vuelves después por aquí?
No obtuvo contestación. No sabía si Eduardo iba a comprar otro
de sus negocios o a escalar el Everest, pero se había llevado consigo
esa mirada de determinación que conocía tan bien. La misma que
había evitado que él diera con sus huesos en la cárcel. La misma que
le había convertido en un tío honrao.
Dardo salió del ambiente cerrado del local y se quedó
contemplando las luces amarillas y rojas del tráfico de la ciudad.
Gentes que iban y venían. Alguno pasaría la noche de aquí para allá,
en busca de su destino.
Notó el frescor. Un escalofrío le recorrió de arriba abajo. El viejo
ramalazo del miedo le azotaba sin compasión.
En cuanto tuvo su potente moto entre las piernas, supo que esa
noche cabalgaría hasta el infinito solo por volver a tenerla un instante
entre sus brazos.
Era un hombre renovado. Nada le detendría ya.

IV

Llamó al timbre. En los últimos tiempos solo hacía eso. Llamar al timbre
de Sonia y mendigar una de sus miradas.
―Papá, llegas a tiempo. Acabamos de empezar a cenar.
La sonrisa de Quico le llenó de alegría. Él jamás recibió así a su
padre. Claro que tampoco su padre jamás se preocupó lo más mínimo
por su existencia.
Entró y dejó la cazadora tirada sobre el respaldo del sofá con un
aire despreocupado que no sentía. Se preguntó cuándo había
empezado a cambiar la voz de Quico y si Sonia se habría percatado.
Seguro que sí. A ella no se le escaparía algo tan importante.
Se inclinó sobre Marieta y le dio un beso en la frente. Se deleitó
en el aroma a vainilla del pelo aún húmedo de la niña. Sonia también
lo tenía mojado. Se habrían bañado juntas, como solían hacer cada
noche.
El deseo acudió presto. Tuvo que sentarse con rapidez. Su pene
se había alzado con el ansia de la libertad y ahora oprimía los
pantalones, deseoso de sentir sobre él las manos pequeñas y suaves
de Sonia. Las mismas con las que mimaba a sus hijos, pero que jamás
le tocaban ni de refilón.
―¿Te pongo un plato?
―No.
Hasta a él la respuesta le sonó tan rotunda como un disparo. No
quería comer, solo devorar sus labios, hundirse en las profundidades
de su cuerpo femenino. Deseos imposibles de explicar ante sus
propios hijos.
―Ahora que estamos juntos quiero hacerte una pregunta, Sonia.
―¿No puede esperar al final de la cena? Se enfriará la pasta
―protestó ella.
―Esta vez no puedo esperar ―respondió en tono bajo y sensual.
Se puso en pie, le quitó los cubiertos de servir de las manos y se
las sujetó entre la suyas. Tiró de ella. La encajó en su pecho, y suspiró
ufano al ver que nada había cambiado a lo largo de esos años de
separación.
―¿Te quieres casar conmigo?
Sonia sintió en su propio pecho los latidos erráticos del de él. El
mundo parecía haber dejado de girar. Era una bola inmensa
suspendida en el vacío del espacio infinito. Quiso asentir, expresar con
su boca, con las yemas de sus dedos, con sus palabras el amor y la
pasión que despertaba en ella. Y sin embargo, la duda y la
desconfianza la contuvieron. Antes, él tendría que desnudar su alma.
Se hizo el silencio en la habitación. Eduardo miró a sus hijos
sobre el hombro de la mujer amada. Ambos aguardaban expectantes,
con un brillo especial de ilusión y esperanza en sus ojos.
Recordó en ese instante un viejo comentario de Quico.
―Jamás le importamos, ¿verdad?
Y él no había tenido arrestos para contestar. El chico tenía razón
en lo de «jamás». Nunca hubo amor en la mujer que les había traído al
mundo y que desapareció de sus vidas sin echar una mirada atrás.
―¿Por qué? ¿Por qué quieres casarte conmigo?
Se levantó la manga de la camisa hasta el codo y mostró su
tatuaje, aislado del resto que cubría su antebrazo. Señaló la S, incluida
en la triqueta, rodeada de una rama floral, como símbolo del renacer.
―Siempre te he llevado conmigo. En mi piel. Un día huí de ti,
Sonia, asustado de una pasión que devoraba mis entrañas. Temía que
descubrieras que yo no valía nada y me abandonaras, y convertí mi
vida en un infierno. Ahora deseo más que nada entrar en el paraíso.
Quiero casarme contigo porque adoro cada partícula de tu ser. Porque
a lo largo de todos estos años no he dejado de amarte. Porque cuando
volví a encontrarte, por casualidad, pensé que existía Dios. ¿Y aún me
lo preguntas?
Un silencio cargado de expectativa cubrió la habitación.
―Sí, Dardo, aún te lo pregunto ―musitó ella deseando escuchar
solo dos sencillas palabras.
―Porque mi vida sin ti, carece de sentido. Y… y… porque… te
amo. Te amo, Sonia. Así de sencillo. Te amo, por encima del pasado, del
presente y del futuro.
Una lágrima rebelde corrió por el rostro de Sonia. Él se la secó
con uno de los pulgares, con el mismo que acarició con enervante
suavidad la mejilla sonrojada. Con el mismo que colocó sobre sus
labios para hacerla callar y que no le interrumpiera. Si lo hacía, tal vez
se sintiera incapaz de desnudar sus pensamientos más íntimos ante
todos ellos.
―No quiero desperdiciar ni un solo segundo más sin ti. Mi vida
carece de sentido si no es a tu lado.
Sonia se soltó de sus brazos y dio un par de pasos atrás. Todos
contenían la respiración. La ansiedad flotaba en el ambiente, como si
quiera aplastarlos contra el suelo.
Dejó correr las lágrimas con total libertad, sin el freno que se
impuso durante años y meses para no gritar el sufrimiento que la
embargaba.
―Te amo, Dardo.
Él intentó volver a tomarla en sus brazos. Ella puso la mano sobre
su pecho para contenerlo. Notó de nuevo sus latidos erráticos.
Contempló sus ojos, tan llenos de la antigua pasión.
Se separó un poco más. Necesitaba ver la escena desde una
cierta distancia. Aquellos niños eran ya sus hijos. Y él… Jamás había
dejado de amarle. A pesar de la traición que tan cara habían pagado
ambos.
Cuando se enfrentó de nuevo a él, sus ojos tenían un fulgor
especial. Levantó el dedo y lo clavó sobre el duro pecho masculino.
―No permitiré que llegues a casa a la hora que te dé la gana. Ni
que te dediques a comprar un pub tras otro y a ganar dinero a mazo
sin que nos lleves al menos una vez al año a Disney París o al Teide,
sin que te ocupes de Quico y de sus partidos de hockey, sin que
recojas a Marieta en la escuela el día que yo esté ocupada, sin que…
―Cielo, ¿has acabado ya de mandar?
A Sonia le dio la impresión de que aquel pendiente suyo
destellaba más fuerte que en otras ocasiones.
―Pues claro que no he acabado.
―Bueno… pues creo que sí ―dijo bebiendo de sus labios con
todo el ardor que le quemaba las entrañas, sin importarle las miradas
avergonzadas de su hijo mayor.
―Ejem…, creo que la pasta se está quedando asquerosa. Eso…
podríais dejarlo para más tarde, ya sabéis, para cuando los dos
estemos en la cama.
Ambos le miraron sorprendidos. El rubor cubría el rostro y cuello
del adolescente. Sonia se acercó a él y cobijó su cabeza de rizos
largos contra su vientre.
―Colega, mucho me temo que tendrás que acostumbrarte. Pienso
recuperar todos los besos que me debe tu padre de todos estos años.
Pero no te apures. Tú también recibirás unos cuantos. Navidad, Reyes,
cumple… ya sabes, en fechas señaladas.
Quico enlazó sus brazos en la cintura de ella. Hacía tiempo que la
consideraba su madre. Sonia se dejó abrazar, sintiendo la fuerza del
amor que transmitía el niño.
En medio de las risas infantiles, sus ojos se cruzaron con los de su
amado. En ellos relucía el amor, y una pasión salvaje que estaban
dispuestos a disfrutar el resto de su vida.
Aferrado a la vida
Leila Milà
Cuando eres niño, con poco que tienes es suficiente, un beso de tu
madre, un abrazo...
A medida que creces, se te exigen unos objetivos, deseas cosas a
veces innecesarias y no das importancia a lo que realmente lo merece
como, por ejemplo, el significado de un beso.
Yo ni siquiera me había planteado nada de eso y no tenía muy
claro por qué lo hacía en este instante salvo, quizás, por el beso de
esa pareja que veía a lo lejos, recortados ambos contra el sol poniente.
Si lo pensaba bien, yo no debería estar ahí, nunca había tenido
futuro; la enfermedad que me aquejaba desde pequeño no iba a
permitirlo y, sin embargo, y contra todo pronóstico, seguía respirando.
Nunca creí en la magia ni en los cuentos de hadas con final feliz;
era consciente de mis expectativas, del destino que me deparaba al
estar gravemente enfermo, hasta que un día todo cambió.
Unos dedos se entrelazaron con los míos, haciéndome regresar a
la realidad, alzando los ojos hacia Ona.
―¿En qué piensas? Estabas muy lejos de aquí. ¿Te arrepientes?
―me preguntó sin ningún tipo de rencor en su delicada voz.
Sus ojos profundamente azules se desviaron de los míos hasta
detenerse en la pareja que había desencadenado mis pensamientos.
La suave brisa hacía ondear su pelo negro enmarcando su hermoso
rostro.
―No, solo pensaba en lo curiosas que son las circunstancias de
la vida. Una simple decisión puede cambiarlo todo en un segundo
―respondí finalmente.
Ella me devolvió una sonrisa sincera y prestó atención al tiempo
que veía cómo yo volvía a alejarme en las profundidades de mi mente.

***

Hubo un tiempo en que ni siquiera podía pensar en qué querría ser, o


en jugar con el resto de los niños o hacer trastadas que llevasen de
cabeza a mis padres; mi único deseo estaba en conseguir sobrevivir un
día más. Y ahora, que tenía mil y una oportunidades de disfrutar de
cada instante, lo único que hacía que siguiese sintiendo pesar, era
pensar en por qué yo y no otro.
La gente suele ser egoísta. Sin embargo, me sentía culpable por
la suerte que había tenido. Mi conciencia seguía diciéndome que debía
hacer algo con ese don que se me había concedido y sabía bien que
no era tan sencillo; había consecuencias, normas y, según cómo se
mirase, lo mío no era una bendición, sino una maldición. Pero, fuera
como fuera, yo no me lamentaba, porque ese «incidente» me había
permitido vivir y conocer al amor de mi vida, aquella que me hacía
sonreír y llenaba mi oscuridad de luz y deseos.
No era de los que se quedaban en un rincón lamiéndose las
heridas. No me quejaba ni lloraba por mi suerte, sino que me aferraba
a cada experiencia y, sin embargo, tras el accidente todo cambió…
Yo fui el que provocó indirectamente el accidente que se llevó a
mis padres. Estaba sufriendo un ataque cuando mi padre detuvo el
coche en el arcén y yo sabía que ese era mi último día, lo sentía en
todo mi cuerpo. Percibía el aliento de la muerte tras mi nuca, mientras
veía a mi madre gritar, buscando frenética las medicinas sin dejar de
presionarme el pecho insistiendo en que aguantase. Mi padre se giró
para ayudar, cuando una grúa pesada que venía en dirección
contraria perdió el control y se empotró contra nuestro vehículo.
Todo sucedió en una fracción de segundo, y las tornas cambiaron;
el día en que yo debería de haber dejado este mundo fueron mis
padres los que lo hicieron. La sangre caliente salpicó mi cara, la sentí
resbalar de entre mis labios hasta deslizarse por mi garganta, mientras
mi madre me aferraba la mano.
Lo último que captaron mis oídos fue un débil «vive», y cómo yo
me aferraba con uñas y dientes a la vida que se me escapaba. Una
explosión recorrió mi cuerpo, llenándolo de energía. El dolor y la
debilidad desaparecieron. Noté cómo los huesos crujían y cómo algo
cambiaba; luego, todo fue oscuridad. Todavía nadie se explica cómo
sobreviví ni cómo fue que la enfermedad desapareció.
Esa parte era aún una nebulosa en mi cabeza. Más tarde descubrí
que mi «maldición» se había activado con la sangre, y sangre fue lo
que tuve que verter para transformarme por completo en lo que soy
ahora.
―Luna llena. ¿Qué querrás hacer? ―Ona volvió a sacarme de
mis pensamientos.
―Una más ―sonreí―. Quiero llevarte a un sitio. ―Me levanté
tendiéndole la mano, que ella aceptó.
Saqué la cartera del bolsillo trasero del pantalón y dejé un billete
sobre la mesa de la terraza, donde estábamos tomando un refresco, y
la llevé hasta la moto.
Ona subió tras de mí envolviendo mi cintura, y yo sonreí de aquel
modo canalla que tanto le gustaba, mientras me ponía el casco al igual
que había hecho ella. No le hacía ninguna falta cogerse, pero a mí me
encantaba que lo hiciese. Poder sentir su cuerpo suave pegado al mío
era una sensación maravillosa que me recordaba que no estaba solo.
Arranqué y, tras hacer la indicación pertinente, me incorporé a la
marcha, poniendo rumbo a las afueras del pueblo. El aire fresco del
anochecer traía el olor a sal del mar, alejando el intenso calor del día.
El cielo iba oscureciéndose con pereza mientras se llenaba de
estrellas; aparqué en el camino exterior y Ona examinó el lugar.

***

Íbamos al cementerio.
Me siguió en silencio, quedándose a unos pasos de mí. Cuando
llegamos a las tumbas, pasé los dedos por la piedra y suspiré, leyendo
los nombres de mis padres.
―Hacía mucho tiempo que no venía, no me veía con fuerza.
Siempre creí que esto era innecesario, que las personas a quienes
amamos en vida las llevamos siempre dentro, aún cuando no están,
pero creo que era por miedo a lo que podrían pensar al ver en lo que
me he convertido.
Ona sonrió con languidez y me envolvió con su brazo.
―¿Y en qué te has convertido? En un hombre fuerte, decidido,
luchador y poderoso. No eres ningún monstruo; forma parte de ti y tus
padres querían que vivieses, jamás te culparían.
―Por eso te quiero tanto, cielo, y por eso te he traído, para que,
de algún modo, te conozcan de modo formal. ¿Es una locura, verdad?
Ella se encogió de hombros sin perder la sonrisa; su piel canela
parecía satén bajo la suave luz de la luna, que empezaba a ascender
creando un río de plata entre las callejuelas del cementerio.
―No me lo parece, es un gesto muy bonito, necesitabas hacerlo.
Asentí desviando la vista de ella hacía las lápidas.
―Si no hubiese sido por ti no sé qué habría sido de mí. Tú me
enseñaste a controlar todo esto ―dije, mientras miraba cómo mis uñas
se afilaban hasta convertirse en garras.
―Lo lograste tú, yo solo estuve ahí para darte cuatro
indicaciones. Eras un guerrero y lo sigues siendo, lobito mío.
―Tuyo, que bien suena. ¿Sabes? Ya solo por esto valió la pena
transformarme. ―La atraje hacia mí, agarrándola del trasero y
alzándola. Sus piernas me envolvieron la cintura y sus manos se
cerraron tras mi nuca. La besé con ganas hasta sentir cómo se
estremecía, y la miré. Sus ojos ahora dorados, mostrando lo cerca que
estaba su cambio, brillaban con intensidad.
Si lo pensaba bien, aquello no era una maldición, sino un milagro.
Era fuerte, rápido, letal y podía sanar mis heridas, además de tener una
larga vida. No enfermaba y había pocas cosas a las que debía temer. Mi
condición se podía controlar, y la luna llena no tenía por qué ser una
pesadilla en la que las ansias de matar me dominasen.
No sé si era ella o que realmente era tan fuerte como me decía,
pero sentir mi vínculo con Ona era lo que me hacía vivir; mi corazón
latía solo por mi loba, me hacía saber quién era y por qué respiraba.
Y es que hasta en la oscuridad hay luz, y querer y saber apreciar
cada instante es un motor que me impulsa cada día: vivir por mis
padres, por mí y por ella.
Porque ahora estaba más seguro que nunca de que tenía todo lo
que había deseado en la vida: alguien con quien compartirla y
exprimirla.
Sonreí dejando a un lado todos aquellos recuerdos amargos y
volví a sumergirme en los ojos de mi compañera, que enredaba sus
dedos en mi denso cabello oscuro.
―Ya sé lo qué quiero hacer hoy ―susurré pasando un mechón
de ella tras su oreja―. Nada de locuras esta noche, ni siquiera de
paseos, ni quedarnos tendidos mirando la luna. Hoy no correremos
entre la humedad del bosque.
―¿Entonces?
―Pienso llevarte a nuestro dormitorio, abriré la terraza para que
la luna inunde nuestra alcoba. Te tenderé en la cama, y allí nos
amaremos hasta no poder más.
Ona se humedeció los labios.
―¿Me vas a llevar a tu casa? ―Me miró con su pulso latiendo al
galope.
―Nuestra casa ―corregí, al tiempo que cogía la llave que
colgaba de la cadena metálica que siempre llevaba al cuello―. Ya es
hora de hacer lo que siempre he querido, disfrutar de esta
oportunidad.
Desde la muerte de mis padres no había regresado allí, la casa en
la que viví con mis padres; Marisa, la mejor amiga de mi madre y la que
me cuidó hasta la mayoría de edad tras la muerte de estos, se
encargaba de mantenerla en mi ausencia.
Ona se puso de puntillas sin soltarme la nuca. Paseó su vista por
mi rostro y me besó pegándoseme al cuerpo. Le rodeé la cintura
devolviéndole el beso.
―Esa idea me gusta, nada de mirar atrás.
―Nada de eso, solo nosotros y el mundo que nos espera. Por
primera vez vamos a hacer realidad nuestro propio cuento.
Ona dejó escapar una risita que me hizo sonreír y, tras
despedirnos de mis padres, de mi pasado, regresamos a la moto, para
poner rumbo a nuestra casa.
Cuando llegamos entramos cogidos de la mano. Subimos a la
buhardilla, abrimos la terraza dejando ondear la vaporosa cortina
blanca y nos reunimos en el centro de la habitación.
Frente a frente, bañados por la misma luna que me vio renacer, la
tomé de la nuca atrayéndola hacia mí. Nuestros labios se encontraron
fundiéndose en uno solo mientras, fuera, el rumor del mar nos mecía
con el mismo vaivén.
Hoy comenzaba una nueva vida que no dejaría escapar entre los
dedos. No me pararía a contemplarla, sino que iba a comérmela de un
solo bocado por todos aquellos que, como yo, luchan cada día
aferrándose a la emoción de poder respirar.
Ambos lanzaríamos nuestro canto a la vida caminando bajo el filo
de la delgada línea entre la luz y la oscuridad.
Buscando un hogar
Mar Fernández
Bradley Dawson se había criado en un pequeño pueblo cercano a
Jacksonville, y a pesar de haber abandonado aquel lugar siendo
apenas un niño los recuerdos aún perduraban en su corazón. Sobre
todos ellos; los atardeceres bañados por el sol y aquella niña de
cabello dorado que corría por los extensos campos ocres cercanos a
su hogar. Su sonrisa era capaz de iluminar un condado, y sus grandes
ojos azules eran expertos en derretir al ser más duro de corazón.
Entonces eran unos niños sin miedo a nada, y bailaban junto al
trigo que se mecía con el viento. Y como olvidar a la abuela Emily, como
la llamaba a pesar de que no les unía la sangre, que solía gritarles
desde la lejanía prometiéndoles una merienda deliciosa. Adoraba
aquella tarta de manzana y miel que se deshacía en su paladar y que
nunca abandonaría su memoria. Se sentía abrigado en aquella
morada tan distinta a la propia y a la que no pertenecía. Cuando la luz
anaranjada se prolongaba en el horizonte sabía que debía regresar a
la vieja cabaña cercana, donde solo le esperaban gritos, soledad y
una madre sin ganas de reír junto a un padre duro como la roca.
Solo ella era la luz de su vida en aquel entonces, pero una
mañana sombría de noviembre tuvo que partir junto a su familia sin un
triste adiós, dejando todo lo que conocía y amaba. Y aquel campo en el
jugaban en las tardes de primavera quedó atrás.
El tiempo transcurrió y la muerte de su madre cambió su interior y
endureció su corazón. Cuando fue lo suficientemente mayor para
valerse por sí mismo abandonó a un padre que nunca le quiso y
emprendió su propio camino. Viajó durante semanas, meses y años en
busca de algo que nunca encontró. En las noches, sentado junto a una
hoguera, solo podía vislumbrar a la niña de cabellos dorados entre las
llamas anaranjadas, y solo ese recuerdo calentaba su corazón.
Después de cientos de millas recorridas sus pasos le llevaron a
aquel campo que se mantenía impertérrito, como esperando su
regreso. Ahora sabía que su viaje había finalizado, que había llegado
a su destino.
Se sintió ridículo frente a la puerta de aquella granja que se
mantenía igual que en sus recuerdos, y aquel olor a tarta de manzana
inundó su nariz.
Había regresado al hogar que nunca tuvo, pensó con el aire
contenido en los pulmones. El sonido de los goznes de la puerta le
sorprendieron, y ante sus ojos apareció la anciana mujer que apenas
había cambiado en aquel tiempo. Sus ojos grises se clavaron en su
rostro unos segundos antes de hablar.
―Muchacho, qué sorpresa verte.
Bradley la observó con asombro.
―Bradley Dawson, ¿no piensas besar a esta vieja?
Se sintió torpe mientras abrazaba el frágil cuerpo de la
octogenaria, pero se sintió reconfortado como hacía tiempo que no lo
hacía.
―Pasa, muchacho, que una de mis tartas te espera.
Él la siguió con el sombrero entre sus manos. Todo en el interior
de la vivienda seguía tal cual lo recordaba. Emily le indicó que se
sentara frente a la mesa y colocó una taza de hojalata humeante frente
a él junto a una porción de tarta.
―¿Se te ha comido la lengua el gato? ―preguntó la mujer con
una sonrisa en los labios mientras se sentaba frente a él.
―No, abuela Emily, solo estoy sorprendido de que me reconociera
―respondió Bradley antes de llevarse el primer pedazo a la boca.
―Chico, hubiera sido imposible lo contrario, mi nieta no paraba
de hablar de ti, extrañándote durante años.
Bradley apretó el puño, molesto por el tiempo que había
malgastado.
―¿Dónde está ella? ―preguntó directo.
De nuevo una sonrisa cadente se dibujó en el rostro de Emily.
―Ayer partió a San Luis.
―¿San Luis? ―repitió Bradley con el corazón cabalgando sobre
su pecho.
―Aquí no queda nada para una joven como ella. Hace unos
meses leyó un artículo en el periódico local donde se solicitaba una
caravana de mujeres para un nuevo poblado en Oregón.
―¿Qué? ―boqueó incrédulo.
―Lo que has oído, y si no quieres que se case con cualquier
buscador de oro de poca monta te aconsejo que prepares tus alforjas y
partas cuanto antes. Quiero recuperar a mi niña ―le advirtió.

***

Bradley Dawson espoleó su caballo mientras sus piernas se ajustaban


al lomo del animal para no caer. El pañuelo que protegía su rostro del
polvo, que se elevaba en espiral a su paso, se empeñaba en dejar su
posición, pero poco le importó. Achicó los ojos y siguió con la carrera
como sí de ello dependiera su vida. Su objetivo era la diligencia que
seguiría allá donde se dirigiera, incluso al mismísimo infierno.

***

La señora Morgan, dueña de la única pensión de Garner Ville, había


sido tan amable de ofrecer una de sus habitaciones a las mujeres de la
diligencia para que se recompusieran tras horas de viaje. Cuando
llegó el turno de Heather Stevenson la joven entró en el cuarto y miró
con anhelo el palanganero que reposaba sobre la cómoda. Tras
asearse y refrescarse repasó el estado de su indumentaria. La falda de
paño color borgoña no mostraba ni una sola mota de polvo, y la pelliza
que completaba el conjunto tenía abrochado cada uno de los botones
de latón hasta llegar a su cuello.
Se acercó al pequeño espejo situado en una de las paredes y
observó su reflejo críticamente. Colocó algunos de los díscolos
mechones de su cabello rubio tras su oreja, y retocó con un movimiento
de dedos la situación del pequeño sombrerito de fieltro que adornaba
su cabeza. Estaba preparada, se repitió por décima vez, aunque no
estaba segura de estarlo realmente, para su nueva vida en Oregón.
El cochero de la diligencia les había dado un par de horas de
asueto, y el sonido de su estomago indicó a Heather que hacía horas
que no había probado bocado. Las viandas que le había entregado la
abuela Emily se habían agotado horas antes. Con resolución se
encaminó hasta el edificio de cuyo porche colgada un letrero que
prometía las delicias de la señora Campbell.
Entró en el salón y el delicioso olor de un estofado de ternera le
confirmó que había acertado con el restaurante. Muchos de sus
compañeros de viaje debían haber pensado lo mismo porque solo
quedaba una mesa libre que ella se apresuró a ocupar. No se
sorprendió cuando Catherine, la joven que llevaba su mismo destino,
se sentaba frente a ella y pedía un plato idéntico al que Heather ya
degustaba.
―Estoy agotaba ―comentó la joven deseando entablar
conversación.
Heather se limpió los labios con la servilleta antes de hablar.
―Son muchas millas las que nos separan de Oregón ―comentó
amigablemente.
―A veces pienso que he cometido un error al emprender este
viaje ―confesó Catherine apoyando su barbilla sobre la mano que se
acodaba contra la mesa.
―Catherine, no pienses eso, buscamos una vida mejor.
―¿Y de verdad piensas que la encontraremos lejos de nuestros
seres queridos?

***
Su pregunta hizo dudar a Heather. Le había roto el corazón separarse
de su querida abuela, pero el pueblo donde vivían estaba casi muerto
tras la desaparición de la mitad de los hombres tras la guerra. Durante
años había tenido la esperanza de que Bradley regresara, y como en
sus sueños infantiles, se enamorara de ella. Con el tiempo se había
dado cuenta que eso nunca sucedería, y que su amor infantil no tenía
sentido. Cuando leyó aquel anuncio en el periódico pensó que era
una señal del destino para que buscara al hombre a quien entregar su
corazón, pero ahora no estaba tan segura. La voz de Catherine la
sacó de sus pensamientos.
―No he probado un guiso igual en mi vida ―proclamó la joven
mientras volvía a llenar su cuchara.
―Yo sí, el de mi abuela.
―¡Oh! Mi madre es muy buena mujer, pero sus guisos no los
quieren ni los perros ―confesó Catherine con humor.
Ambas jóvenes prorrumpieron en sonoras carcajadas que
lograron que varios pares de ojos se clavaran en ellas por el alboroto
provocado.

***

Bradley desmontó de su caballo con soltura antes de entregarle las


riendas al muchacho de la herrería para que lo cuidara mientras
buscaba a la joven. Se ajustó el sombrero sobre la cabeza y se
arremangó la camisa en torno a los codos. Observó la calle principal y
comprobó el lugar que ocupaba el sol en el firmamento antes de
encaminarse a la parada de postas, donde le habían informado que
aún continuaba el vehículo en uno de sus descansos.
Faltaban menos de quince minutos para que la diligencia
emprendiera de nuevo el viaje, y el lugar estaba atestado de gente,
pero Bradley encontró sin dificultad a la joven de cabellos dorados. Se
acercó, haciéndose paso entre los viajeros y llegó hasta ella. La
observó a poca distancia, pero sin atreverse a hacerse visible, y la
estudió. Ya no era la niña de sonrisa cantarina, ni él aquel pobre niño
necesitado de su luz. Era la mujer más hermosa de la parada y cuando
sus ojos se clavaron en su persona creyó que su corazón dejaba de
latir. Quiso hablar, pero su boca estaba seca. Cuando ella se aproximó
dejó de respirar al ver la intensidad de su mirada clavada en su rostro.
―¿Bradley Dawson? ―preguntó Heather a media voz.
Bradley obligó a su voz a hacerse presente, aunque sonó
rasgada.
―Sí, soy yo, y he venido a por ti.
Heather abrió los ojos plausiblemente, incrédula ante sus
palabras. Llevaba medía vida soñando con aquel momento, y ahora
que había llegado no sabía cómo reaccionar.
―No entiendo ―respondió a sus palabras confusa.
―Sé que quizás he llegado tarde ―se excusó el hombre mientras
se quitaba el sombrero y jugueteaba con él entre sus dedos―, pero no
quiero que te marches a Oregón ni a ninguna parte. He tardado años
en descubrir donde estaba mi hogar, y si ahora tú te marchas nunca
podré volver a sentir su calor.
Heather le observó durante largos minutos, que a Bradley le
parecieron eternos.
―Mi maleta está en la parte superior de la diligencia ―expresó la
joven―, si no te das prisa se irá a Oregón con todas mis pertenencias.
Bradley quiso gritar de júbilo, saltar como un niño, pero
simplemente le dedicó una radiante sonrisa antes de seguir sus
indicaciones, encaramándose al vehículo ante los ojos del resto de
pasajeros, que los observaban con una sonrisa en los labios.

***

La diligencia abandonaba Garner Ville seguida por una nube de polvo


mientras en la parada de postas una pareja se besaba con timidez
después de años buscándose.
Bradley siempre había proclamado que la tarta de la abuela Emily
era lo más dulce que había probado, pero ahora ya no pensaba lo
mismo. Cuando había unido sus labios a los de Heather había
conocido un sabor nuevo, excitante y dulce a partes iguales, y al que
no pensaba renunciar. La estrechó entre sus brazos y su fragante olor
traspaso sus fosas nasales.
Heather sentía el corazón acelerado en su pecho. Aún estaba
sorprendida por la decisión que había tomado al encontrarse con
Bradley, pero no se arrepentía porque cuando la besó supo que
estaba frente al hombre que amaría toda la vida.
Violeta
Amaya Felices
Mmmm, el día de los enamorados… Un día para sentirse especial, ¿no?
Sería por eso que me había peinado con esmero mi larga melena
rubia, colocándola sobre uno de mis hombros desnudos. Incluso había
dejado de lado mis cómodos vaqueros y mis viejas botas. Eso sí, mis
nuevos estilettos llevaban sendas agujas de acero escondidas en los
tacones, pues una siempre tenía que sentirse segura.
Estaba en un restaurante y por unos momentos me permití soñar
que no era más que una chica normal. Mis ojos azules, a juego con el
ceñido vestido palabra de honor que llevaba, parecían invitar al joven
que había al otro lado de la mesa a hundirse en ellos. Y vaya si a mí me
apetecía que lo hiciera… A diferencia del resto de mis «ligues», este no
superaba los cuarenta. De hecho, ni siquiera los veinte; apenas un par
de años más de los que yo aparentaba. Y su alma era tan pura y
cándida… ni siquiera estaba pensando en lo que me haría una vez
que me desnudara. Sencillamente delicioso.
En fin, era San Valentín, una debería poder permitirse un extra,
¿no? Ya que no podía tener a Casio, este muchacho seguro que me
permitiría olvidarlo durante un rato. Pero no… Si es que a veces era un
asco tener principios.
―¿Te apetece otra copa? ―me ofreció.
Decliné su invitación. Llevábamos ya dos después de una cena
copiosa regada con vino. No era cuestión de que se emborrachara.
―No, vamos, te acompaño a casa ―decidí.
―¿A la mía?
«Shhh, no pienses mal, que por una vez que soy buena chica…»,
me dije para mí, mentalmente.
―Sí, pero solo para asegurarme de que no te pasa nada por el
camino.
―¿No debería ser al revés? ―me contestó algo sorprendido.
Me lo quedé mirando. Tenía unos rasgos muy dulces, como de un
ángel del renacimiento cincelados en mármol. Además, era alto y fuerte;
vamos, el típico chico deportista en el apogeo de la juventud. Y yo con
el aspecto de una delicada y frágil florecilla, algo así como mi nombre
indica. Pobre, qué poca idea tenía de que Internet no era el único sitio
donde una chica podía mentir sobre su edad.
―Tienes razón ―le sonreí―, se me ocurre cada cosa…
―Vamos, Violeta, te acompaño yo a la tuya. Además, tus padres
estarán esperándote preocupados.
¿Mis padres? Sí, claro. Tonta de mí, cómo no acordarme de ellos.
Total, si tan solo tengo a uno ejecutado y a la otra asesinada desde
que yo era un bebé.
Perseveré en eso de poner cara inocente, de imitar los gestos que
tendría la adolescente que sin duda no era por mucho que mi cuerpo
se hubiera quedado anclado en los dieciséis. Seguí sonriendo y
asentí. Una pena, porque habría preferido ir a la suya ya que el camino
a mi casa era más corto. En fin. A ver si había suerte.
Nos pusimos en pie, salimos del restaurante y comenzamos a
caminar. Taconazos de aguja de doce centímetros y el chico ni se fijó en
que yo no me cansaba y que si iba más despacio que él era porque
quería alargar el paseo, no porque no fuera capaz de ir más rápido.
Hombres…
―¿Qué te ocurre? ―me preguntó al cabo de un rato, al darse
cuenta de que yo no dejaba de mirar a nuestro alrededor por el rabillo
del ojo.
Estábamos en medio de uno de los callejones de mala muerte que
desembocan en el lugar donde vivía. Era ahora o nunca.
―Nada, estoy un poco nerviosa. ―Me apreté un poco contra él,
como si me diera miedo estar en la calle a esas horas.
Si yo no era más que una jovencita que vivía con sus padres, era
creíble, ¿no?
―No tengas miedo, yo estoy aquí. ―Intentó besarme.
Bingo. La escena de la chica desvalida casi nunca fallaba.
De inmediato, me aferré a él abrazándolo mientras con el pie
derecho le hacía un barrido para que perdiera el equilibrio. Rodamos
por el suelo. Y no, no lo besé. Me habían contratado para acabar con
los que pretendían matarlo, no para comer.
La bala peinó el espacio que había ocupado su cabeza. Lógico,
había visto al tirador adelantarnos a esa velocidad sobrenatural de los
chupasangres que los humanos solían ser incapaces de percibir. En
fin, me felicité mentalmente por haberles dado tiempo de atacarnos y
pasé a la acción: Saqué dos dagas, que llevaba enfundadas en los
muslos, y me incorporé. En cuanto al muchacho, seguía en el suelo,
demasiado atontado hasta para moverse.
―Buenas noches, yo que tú no volvía a disparar ―le dije al
hombre del arma a la vez que me plantaba delante de mi cita y dejaba
salir mis cuernos.
De golpe, en todo su esplendor demoníaco.
―¿Eres la medio súcubo que suele contratar el Consejo? ―me
preguntó este, quien junto con otro vampiro más me miraba desde la
poca claridad que daba la única farola del callejón―. No deberías
haber aceptado este trabajo. No es tan fácil cazarnos cuando sabemos
que existes.
―Jo, vaya ―protesté―. Y yo que pensaba que os ibais a alegrar
de verme.
Quemé energía para esquivar otro par de balas. Con eso se me
estaba acabando la última alma que había comido. Esperé que esto
finalizara rápido, pues cuando me quedaba sin almas, adiós a mis
poderes.
―Te tengo ―me susurró uno de ellos contra mi oreja.
El vampiro que había usado su velocidad para agarrarme por
detrás, inmovilizándome los brazos con los suyos y pegándome contra
su cuerpo. Hum… qué pena que los chupasangres no tuvieran un alma
que entregarme tras el sexo porque lo que era este parecía tener un
buen cuerpo.
―No la tienes ―dijo una voz a nuestras espaldas y noté cómo me
soltaban.
Al quedar libre lancé mis cuchillos. El primero contra el vampiro
que tenía en frente y el segundo, tras girarme, contra el corazón del
que me había retenido. El cual, por cierto, era en esos momentos un
cuerpo decapitado ya que Casio lo había matado sin tan siquiera
rozarme con el acero de su sable.
Dos tiros, dos aciertos. A veces me encantaba mi trabajo.
―Siempre tan a tiempo, Casio ―me burlé, moviéndome hacia la
derecha para quedarme frente al hombre que acababa de interrumpir
mi jueguecito con los chupasangres. Sería aburrido…
Pero también era el ser que me volvía loca con tan solo arquear
una ceja. Como ahora, que me acababa de salvar sin despeinarse. A
veces odiaba lo sexy que podía llegar a ser un vampiro milenario y el
muy bastardo lo sabía. Ya lo creo que lo sabía. Y, por cierto, por si aún
no lo he comentado, Casio era también el que me había contratado.
―Llegas a tardar un poco más y no lo cuento ―le comenté como
si nada, como quien comenta que va a llover mañana, cuando él y yo
sabíamos que era la pura verdad.
¿Cuánta alma me quedaba de mi última comida? ¿Una décima
parte? Con eso no tenía ni para empezar a defenderme de dos
vampiros hechos y derechos como los dos cadáveres junto a los cuales
nos encontrábamos.
―Vamos, querida ―dulcificó su voz―, yo jamás te fallaría. ―Miró
con doble intención la vena que pulsaba en mi cuello.
De verdad que lo odiaba. Sus ojos, cuando se excitaba, se
volvían rojos y en esos momentos estaban carmesíes como nunca.
―Entonces nos vemos mañana ―le contesté con una voz más
enronquecida de lo que deseaba.
Mortificada por ser tan evidente, me giré y me fui. Bien lejos.
Porque el chico de rasgos angelicales nos miraba aturdido y parecía a
punto de decir algo. Y no, no quería llevármelo a casa como sustituto
de Casio. Yo tenía conciencia y por eso mis comidas solían ser
pederastas o delincuentes; nada que ver con apetitosos estudiantes.
―Ah ―añadí para el vampiro, mientras me alejaba taconeando
calle abajo―. No olvides ingresar el dinero en mi cuenta.
Podría ser San Valentín, un día en el que todo el mundo buscaba
el amor; pero no funcionaría. Casio era el único hombre al que yo
podría entregarle mi corazón y lo que haría con él sería desangrarlo.
De manera literal.
Vampiros…
«Otro día, Casio», pensé tras negarme a escuchar a esa parte de
mí que quería volver y arrinconarlo contra la pared, besarlo hasta
hacerle perder el sentido, «quizás cuando haya cumplido más de mil
años y solo si me he vuelto tan loca como para haberme cansado de
vivir».
Porque en esos momentos, mi próxima comida, fuera quien fuese,
era el único ser que se iba a morir entre jadeos de placer.
Mi último deseo
Eva García Carrión
02 de septiembre de 1724

Hoy es mi último día. Escucho las voces a mi alrededor como un


zumbido molesto e insistente, mas no puedo moverme. Las cadenas me
recuerdan mi desdicha, anclándola como un yugo a la realidad
exasperante. Aunque resulte extraño, hoy en Edinburgh hace sol. Ni
una nube, siquiera en forma de cirros, enturbia el cielo.
Mis mejillas están húmedas por las lágrimas saladas que acaban
en la comisura de mis labios, o precipitándose al entarimado de la
tribuna, temerosas de seguir formando parte de mí. Los alegatos del
fiscal resuenan como un tambor en mi alma, describiendo mi triste vida
con una frialdad que me hace estremecer.
Me gustaría ser lo suficientemente valiente como para decirle a
ese pretencioso que acabe de una vez, que hacerlo es la única forma
de ser libre de un destino que me fue negado el mismo día que Patrick
Spence, mi marido, me abandonó por su amante con tan solo veintiún
años. Lo mejor que pudo hacer, de eso no me arrepiento, aunque con
ello hiciera la primera vuelta del nudo que en breve se ajustará a mi
cuello como un perfecto lazo.
Mi madre me vendió a él cuatro años atrás para seguir
malviviendo de lo que sacaba con el pescado. Eran tiempos difíciles.
Era eso o morir ambas de inanición. No le reprocho que fuera la pieza
más valiosa de su red. Después de todo, nunca fue una madre como el
resto. ¡Maldita herencia!
Patrick Spence no era un muchacho precisamente cuando me
tomó como esposa, repugnante a la vista, al olor y qué decir al tacto. Yo
no era más que una bonita tapadera para una relación clandestina
que mantenía desde hacía años con una mujer casada y de la que
estaba muy enamorado, una mercancía más de su puesto de venta al
público durante tres tediosos años y al que jamás le habría sido infiel, a
pesar de que no lo amaba ni él a mí.
Nunca desvelé que, las largas temporadas que Patrick decía estar
en alta mar realmente estaba con la otra, mientras yo me quedaba en
casa sola con dos bebés pequeños, rebuscando entre las basuras de
otros qué llevarme a la boca. No, no me arrepiento de haberle dado a
mis pequeños un futuro mejor en casa de mi hermano. Él y su esposa
sabrán darles el cariño que yo no supe albergar en mi corazón para
ellos, sobre todo ahora, que me reuniré con su medio hermano en el
cielo.
Observo a mi alrededor y me pregunto qué habría sido de
nosotros si me hubiese quedado esperándolo un año más a que
volviera…
El fiscal apela mi atención y fijo en él una mirada suplicante. Niego
los hechos de los que me acusa, pero no de haber ocultado el
embarazo, cargo más que suficiente para llevarme a la horca en estos
tiempos. Lo sé y lo asumo con resignación, mientras enlazo mis dedos
en el regazo y bajo la vista. Si de algo me puede acusar ese ignorante
es de haberme enamorado con locura de un hombre que no iba a
corresponderme ni en mil vidas, de un cobarde que, aun sabiendo lo
que le había pasado a su hijo, no se dignó a darte cristiana sepultura.
El juicio ha empezado tras meses recluida en una celda fría y llena
de ratas. Me ha dado tiempo a pensar, a hilvanar mis recuerdos, a
desdeñarlos y desear otros. ¿Acaso no es curioso el verdadero motivo
por el que me encuentro aquí en estos momentos? ¿Expuesta, casi
sentenciada y a la espera de subir el último peldaño del cadalso
donde veré pender la soga tras mi cabeza?
El veredicto del juez es firme. Me aguarda la horca en menos de
una hora en Grassmarket, a pesar de la declaración del cirujano de
que no existe infanticidio. ¿Qué monstruo podría haberte quitado la
vida tras varios días en mis brazos? Las lágrimas resbalan por mis
mejillas al recordarte frío y quieto en ellos, intentando darte el calor
perdido a base de besos. No pude hacer nada por salvarte, no podía
recurrir a nadie… Lo lamento, mo naoidhean bhig.
Los allí reunidos se levantan. Unos pocos se dan palmadas en la
espalda, congratulándose por el trabajo bien hecho, aunque otros no
parecen estar de acuerdo con la pena capital. De entre estos últimos,
siento que alguien me mira fijamente, pero no consigo descubrir de
quién se trata. Soy la única mujer en la sala y eso me inquieta. ¿Estaré
sufriendo alucinaciones? Su mirada es tan penetrante que empieza a
arderme la piel y tengo la necesidad de cubrirme con el chal. Nunca
había sentido prender mi alma con un calor tal, ni siquiera con William,
tu padre. Deben ser producto de mis propios nervios, algo crispados
por lo que me espera.
El carcelero comprueba mis cadenas con un simple gesto y me
dirige hacia la puerta. Siento ahora esos ojos en la nuca, bajando por
mi espalda hasta… Acelero el paso y bajo la cabeza avergonzada. Los
fantasmas me persiguen. «Quizás quieran llevarse mi alma antes de
tiempo», pienso, mientras me aferro a un rosario desgastado.
―No tengáis tanta prisa, niña ―me dice el buen hombre
frenándome el paso―. Ahora os espera la horca y el juicio público en
el cadalso, pero pronto habrá pasado todo. Ya veréis.
Lo miro con extrañeza. Es un hombre bastante mayor pero se le
ve fuerte. No hay malicia alguna en su voz, pero si intentaba darme
ánimos… no lo ha conseguido. Por el contrario, es la primera vez que
siento flaquear no solo las piernas, sino también el espíritu.
Salimos al exterior en una comitiva de fila de a dos. La gente
comienza a rodearnos y a seguirnos. Se les ve a la mayoría felices.
Cada vez que hay un ajusticiamiento con pena de muerte, se considera
medio día de fiesta como mínimo, por lo que es un motivo más de
celebración.
Ignoro sus comentarios obscenos dirigidos hacia mi persona y el
carcelero llega a amenazar a más de uno con su arcabuz. No es
habitual ver ese tipo de armas, pues el mosquete tiene más capacidad
para detener al enemigo, según dicen. Pero por la forma de cogerlo y
el cariño con el que pasa sus dedos por la cubrecazoleta, ese arcabuz
debe ser tan viejo como él. Mas, su actitud intimida y el gentío se echa
atrás con las manos levantadas, por si acaso le da por prender la
mecha. No puedo evitar sonreír con sutileza ante el guiño que me
ofrece tras su peculiar exhibición de hombría.
Mi suerte está echada y, como bien ha dicho mi custodio, pronto
podré descansar. Observo unos segundos el cielo que me vio nacer,
oigo el llanto de un bebé que me encoge el pecho unos segundos y
termino por oler a haggis y a tocino de panceta ahumado. Mi estómago
ruge hambriento y decido ser fuerte por última vez.
Nadie conocido me acompaña de camino al cadalso. Le pedí a mi
hermano y resto de familiares que no vinieran, pues prefiero que
guarden otra imagen de mí que cimbreándome en la cuerda del
patíbulo durante la media hora de rigor. Lo han comprendido, aunque
sé que andarán cerca para hacerse cargo de mis restos.
Subimos a la tarima del cadalso entre abucheos y el fiscal
comienza su particular disertación de los hechos a pleno pulmón.
Pasado un rato, me abstraigo hasta tal punto que no escucho la
cantidad de mentiras y vilezas que dice de mí. Tiene al gentío en ese
punto en el que son incapaces de cerrar la boca y me miran con
reprobación. No me importa. Mi mente inquieta ha volado recordando
cómo, el día de mis nupcias, mi marido me dejó sola y llorando en un
rincón tras desvirgarme sin miramientos por correr en brazos de su
amante. No lo juzgo. Ellos a mí sí. Quieren una culpable, una adúltera,
una asesina… «¡Aquí la tenéis! ¡Soy yo!», grito para mis adentros, sin
fuerzas suficientes para hacerlo a viva voz.
He asistido a tantas ejecuciones desde niña que, sin abrir los
ojos, sé cada gesto, cada apelación al pueblo, cada silencio
esperando el clamor popular. Solo queda ratificar ante el populacho la
condena por ocultar una gestación y mentiría si no dijera que anhelo
que esto termine pronto.
Me acaricio el dedo índice con el pulgar, nerviosa, en el momento
en el que citan cómo un pescador me vio intentando deshacerme de tu
cuerpo en el río. Me estremezco e intento abrir los ojos, pero la luz me
ciega. Las miradas son pedradas en mi piel y la peor de ellas, la de mi
propia conciencia. Mis lágrimas son por ti, por nadie más que por ti... ¡Mi
pobre niño! De no haberte llorado durante horas junto a la orilla del río
Tweed, no estaría aquí enfrentándome a estas hienas, mas no podía
separarme de ti, no podía… Aún siento tus patadas en mi fláccido
vientre y cómo supe que todo iba mal por la prontitud y la sangre que
resbalaban por mis piernas hasta mis pies.
Me lamento. «¿De qué sirve?», me digo al instante. «¡Si no pude
salvarte, mi vida!». He sido una cobarde. Lo siento, mo naoidhean
bhig. Nunca debí abandonar Edinburgh en busca de una segunda
oportunidad. No nací con esa estrella, no debí aspirar a más. Esta tierra
me reclama como suya y esta tierra verá mis huesos yacer. Sé que mi
final es la horca… ¿Me esperarás, mo ghrà?
Cuando hace apenas un año llegué a Kelso con una maleta casi
vacía y el corazón lleno, no preví lo que pasaría. No vi que sería presa
fácil, ávida de cariño, de encontrar un maldito hueco donde lamer mis
heridas sin más. No vi lo que supondría entregar mi corazón tan pronto
a quien solo vería en mí un desahogo. No vi que, estando aún casada,
jamás podría rehacer mi vida sin engaños y mentiras.
Sí, lo sé. Callé mi situación por miedo a perder el único empleo
que me ofrecían en esa taberna inmunda tras semanas de búsqueda.
Tenía hambre y estaba cansada, a punto de volver a la capital de
prestado y con lo puesto. ¡Y ya podría haberlo hecho! ¡Maldita fuera!
No, no me lamentaré del pasado y afrontaré el presente con fortaleza,
porque futuro… «No hay futuro para mí, mo naoidhean. Bien lo sabes.»
Vi en tu padre un príncipe de cuento, hijo único de la dueña del
establecimiento, tan inalcanzable como un rayo de sol. Me sedujo con
sus picantes palabras, con las cosquillas que estas me hacían en mis
cabellos, en mi bajo vientre, hurgando en mi interior como nadie antes
lo había hecho. Un Apolo fijándose en una polilla, deslumbrada por su
luz y el calor que me calaba en la piel de solo verlo.
«¡Necia, más que necia!», me he repetido tantas veces, mi
pequeño. Creí cada una de sus mentiras. Ahora puedo decírtelo, que
ya no estás. Me sentí la estrella más brillante del firmamento, pero hasta
las estrellas a veces se caen del cielo en las noches cerradas. Fui una
más de tantas. Lo supe el mismo día que iba a hablarle de ti, ilusionada
como una niña… Lo busqué por cielo y tierra hasta que lo encontré en
la alacena con otra. ¿Qué podía hacer salvo tragarme la bilis y
respirar?
Los sentimientos encontrados vuelven a mí como una bofetada.
Noto el escozor en la mejilla y tengo el impulso de tocarme el rostro de
nuevo. Las cadenas resuenan pesadas y me oprimen el alma un poco
más. Siento cómo la vida se me escapa en cada hipido, en cada
recuerdo, en cada segundo que pasa… Esos meses ocultándote entre
túnicas anchas, faldones que aparentaban tener varias capas,
delantales amplios... Todo para nada. Para acabar acunándote, yerto,
a la orilla de ese maldito río.
Alguien me nombra, se hace el silencio y vuelvo en mí. Mi verdugo,
John Dalgliesh, me pone en pie, asiéndome del hombro con fuerza y
obligándome a contestarle si me encuentro bien. Estoy a punto de
reírme a carcajadas, pero me contengo. Ese hombre no tiene cara de
ejercer tal oficio, pero tampoco de querer hacer amigos. ¿Por qué
diablos se preocupa por mi bienestar? Miro al carcelero un instante y
asiento, el anciano resopla y percibo aflicción en sus ojos. En los del
verdugo, incomprensiblemente, veo lo mismo.
Desde la plaza de Grassmarket se ve el castillo en toda su
magnificencia si alzas la vista hacia el cielo. Las edificaciones de
piedra negruzca se levantan unas sobre otras, destartaladas y sin ton
ni son. Justo en el momento en el que el juez va a dictar la sentencia
pública, alguien se le adelanta y grita un «¡agua va!». Tanta es la
expectación que los de abajo no se retiran lo suficiente y a algunos les
salpica la inmundicia.
Arrugo la nariz con repugnancia, por eso, y porque el sol me
encandila. Pocas veces he visto críos apostados incluso en los tejados
más bajos y los balcones de los edificios que superan las ocho plantas
sobre el suelo tan concurridos. Si no fuera yo la que va a morir en
pocos minutos, brindaría. En realidad, eso es lo que hacen los reos
justo antes de que le fijen la soga al cuello: beberse un buen vaso de
whisky para irse con buen sabor de boca al otro mundo.
Escucho los alegatos finales y me mordisqueo el labio cada vez
más nerviosa. Por un lado quiero acabar ya, pues cada vez me siento
más apesadumbrada e incómoda; por el otro, correr de allí como alma
que lleva el diablo. Intento dejar de mirar la soga y cómo se cimbrea
ligeramente pendida de ese madero, pero me tiene hipnotizada. La voz
grave de un hombre me despierta de mi letargo.
Es aquel hombre que intentó defenderme en vano durante el
juicio. Sigo sin poder verlo bien y la curiosidad crece en mí al punto de
querer pedir que se aparte mi verdugo para poder ponerle cara a ese
ángel de la guarda. El hombre no parece estar de acuerdo con la
inminente sentencia y hasta yo me pregunto por qué. El delito y las
pruebas son claras, si no me han ahorcado ya es por darle más
teatralidad y morbo al asunto. El verdugo se aparta e intento verle,
pero tan solo consigo apreciar su imponente silueta a contraluz. La
pasión con la que habla despierta aún más mi interés. Sin embargo, el
gentío lo acalla incluso con verduras podridas, temiendo que el juez se
deje influenciar por el sentimentalismo que sus palabras despiertan.
Todos los ojos me miran y los insultos no se hacen esperar… En
unos minutos, la guardia desalojará a algunos perturbadores y se
llevará a rastras a algunos borrachos deseosos de cerveza gratis. Ya
queda menos para que empiece su día de fiesta. Respiro hondo y un
hipido convulsiona mi pecho antes de soltar todo el aire. Un pequeño
sentimiento de nostalgia y supervivencia brota en mí e intento alejarlo
repitiendo los insultos que me vociferan uno a uno, pero no puedo.
El fiscal da paso al juez y este carraspea. Al final, llama al orden
con la maza para ser escuchado. Está situado en un escritorio
improvisado en una esquina de la tarima y proclama en voz alta la
sentencia dictada y esperada por casi todos los allí presentes.
―Declaramos a la señora Margaret Dickson: culpable, bajo la
acusación por la contravención de la ocultación de la Ley del
Embarazo de 1690 y, por tanto, la condenamos a la horca.
La verdad era que me esperaba algo más ostentoso y
rimbombante. El griterío brinda y aplaude en cuanto el peso de la ley
cae al mismo tiempo que la maza sobre ese estrado improvisado. El
carcelero se rasca la nuca y me hace un mohín lastimero. Parecerá
ridículo, pero le he cogido cariño a ese anciano en unas pocas horas.
Sin embargo, hay una persona que atrae mi atención por completo
haciendo que me olvide de mi desdicha. Redescubro al que ha sido mi
único aliado durante el juicio. Lo sé por su desaire y el taconazo que
ha dado en la tarima, además de por su gesto de obstinación de tirar
su sombrero al suelo. Está realmente enojado y me sorprendo
deseando que se dé la vuelta.
Él parece leerme el pensamiento y comienza a girarse hacia mí,
pero en el último momento, aprieta el paso y baja las escalerillas del
cadalso sin poder verle la cara más que de refilón. Es un ángel de pelo
castaño ensortijado sin lugar a dudas y me insto a que sea su imagen
lo último que vean mis ojos. Le sigo con la mirada entre el gentío y la
angustia se apodera de mí. Parece discutir con algunos del gremio, o
quizá sean unos amigos, pues uno de ellos lo coge por los hombros
instándole a que recapacite. Me apena verlo así. Nadie se ha
preocupado tanto por mí en la vida.
Sigue sin estar de acuerdo, puedo interpretar sus gestos
desesperados, pero la sentencia es firme. Tengo ganas de gritarle que
no se preocupe, que ha hecho todo lo que estaba en su mano por
dejar la pena en un simple castigo, pero las palabras vuelven a
ahogarse en mi garganta y consigo derramar las últimas lágrimas que
quedan en mi cuerpo.
John Dalgliesh me acerca la copa con un fuerte licor ambarino
cuyo olor bien podría revivir a un muerto. Bien me lo podía dar después
de ahorcarme, pienso mientras me bebo el whisky de un trago en un
último intento de infundirme el valor perdido, pero lo único que consigo
es toser y que la multitud estalle en carcajadas. Noto cómo las mejillas
se me encienden por el bochorno, o por los fuertes efluvios del alcohol,
y deseo que esos bocazas no tengan nunca que pasar por lo mismo
que yo, pues de pecar no está exento nadie.
Justo antes de que me coloque la capucha negra, consigo verle el
rostro al ángel y tiemblo. Ambos cruzamos una significativa mirada que
me llevaré al otro mundo. Es una mirada tan triste que mi último
pensamiento es el deseo de verlo sonreír de nuevo. La capucha negra
me impide ver nada más y cierro los ojos, presa de la angustia. La tela
me recuerda a un saco rígido y apenas me deja respirar. Recuerdo su
mirada y su voz mientras noto cómo la soga se enlaza en mi cuello y
ajustan el nudo. El verdugo me coloca en el punto justo y creo
escuchar un «suerte» de sus labios. ¿Estaré soñando?
No, la silla cae y mi cuerpo se balancea, pesado, queriendo
recuperar la tierra bajo mis pies. Mis brazos siguen encadenados, pero
el instinto de supervivencia me hace querer romper las cadenas y
aferrarme a la cuerda para quitármela. La angustia me ahoga y noto
cómo la soga se clava en mi garganta, ajustando el lazo a mi cuello,
dejándome sin oxígeno.
Mi cabeza es una pieza de artillería a punto de estallar y mi
sangre hierve bajo mi piel, buscando la salida como la lava de un
volcán en erupción. Comienzo a experimentar pinchazos por todo el
cuerpo, como si alguien se estuviera entreteniendo en ensartarme con
una aguja afilada y fina. La lengua se me hincha o yo así lo creo.
Intento gritar, pero el sofoco me hace boquear como un pez y un
gruñido gutural es lo único que consigo sacar de mi garganta.
Me siento mareada y pierdo la noción del tiempo que llevo
suspendida así, como si mi cuerpo bailara extrañamente con la cuerda.
Podrían ser segundos, pero yo lo siento como horas que se tatúan en
la suave piel de mi cuello. La tela de la capucha se me pega al rostro y
noto cómo los músculos se vuelven laxos y pesados poco a poco.
Mi tiempo se acaba. Lo presiento. Los ojos me muestran pequeños
destellos y los recuerdos de mi vida se agolpan en mi mente. Mas cojo
el último hálito de aire que entra en mis pulmones antes de perder el
conocimiento en una luz lechosa que me recuerda al mar en calma y al
azúcar algodonoso que alguna vez hizo mi madre. El dolor comienza a
desaparecer y me siento liviana, rozando las nubes, allá en el cielo.
Adiós, mo aingeal, quizá la vida quiera darnos una segunda
oportunidad.

***

Escucho el repiqueteo lejano de los tambores y murmullos a mi


alrededor. Alguien nombra Peppermill y deduzco que estamos pasando
cerca de la aldea de camino a Musselburgh, mi pueblo natal, y me
pregunto cómo es posible. Los recuerdos se atropellan en mi mente,
tan dolorosos como las punzadas que siento en la nariz y mis dedos.
Intento abrir los ojos desesperadamente, pero los párpados me pesan
como si tuviera sacos de arena sobre ellos. Al final lo consigo, mas todo
está negro a mi alrededor y la angustia vuelve a apoderarse de mí.
Apenas puedo mover los brazos, pero ya no estoy encadenada, sino
en lo que debe ser un nicho o cajón de pino por el olor que
desprende.
«¡Ay, Dios mío!», suplico para mis adentros. Las lágrimas vuelven a
mis ojos como un torrente. «No he muerto, no he muerto…», me repito
sin cesar con una alegría desconocida en mí desde hacía tiempo, hasta
que caigo en la cuenta de que puedo haber sido enterrada viva. «No,
¡Dios no puede ser tan cruel! No me lo merezco», sollozo angustiada
en un tono más alto que un susurro. El oír de nuevo mi propia voz hace
que mi cuerpo reaccione ante la posibilidad de alertar al exterior de
que sigo viva y comienzo a patalear y chillar llevada por la locura.
Sigo oyendo voces hasta que, de pronto, alguien debe percatarse
del escándalo que estoy dando, porque el cajón de madera en el que
me encuentro se desplaza y tengo la sensación de que me voy a caer.
Puedo escuchar cómo varios hombres discuten, a dos de ellos se les
traba la lengua evidentemente ebrios y suspiro con gratitud por no
haberme despertado demasiado tarde. En realidad, no conozco
ningún caso antes en el que se haya sobrevivido a la horca.
La tapa del féretro se abre y me deslumbro por el sol. La sombra
de los que me miran atónitos me ayuda a que mis ojos se acostumbren
a la claridad. Nadie me tiende la mano para levantarme y, cuando me
incorporo para sentarme, los presentes dan un paso atrás
atemorizados. Me llevo las manos a la garganta y respiro el aire a
limpio de esta tierra. Aún no me lo creo y lloro de pura alegría.
Sin embargo, solo los cuervos que sobrevuelan el cielo son
capaces de romper ese silencio atroz. Puedo ver el temor en los ojos
de mis antiguos vecinos, de aquellos que no conozco y que solo están
allí por la fiesta. Puedo escuchar el latido de sus corazones, como si los
tambores hubiesen empezado a redoblar de nuevo y me estremezco
cuando uno de ellos dice:
―Habrá que colgarla de nuevo, ¿no?
¿Se han vuelto locos? ¿Realmente hablan en serio? Los miro uno
a uno y memorizo sus caras. Sin embargo, lo que más me inquieta es
ese aura de color oscuro que los rodea. Esa falta de luz en sus almas
que se refleja en unos ojos vacíos de brillo y en los que jamás me
había percatado antes. ¿Qué puedo hacer? Vuelvo a mirar a mi
alrededor en busca de una cara amiga, pero lo único que veo son
rostros que asienten a la propuesta de volver a ejecutarme. Mi única
baza es que ninguno se acerca. Me temen tanto como yo a ellos. Eso es
lo único que me salva de que no se tomen la justicia por su mano allí
mismo. Clavo las uñas al borde astillado del cajón de madera, incapaz
de contemplar de nuevo esa posibilidad. Volver a tener la soga en mi
cuello, sentir como me asfixio hasta la muerte…
―¡¡¡No!!! ¡No, no pueden hacer eso! ¡No pueden! ―grito entre
sollozos. Odio no ser más fuerte y que me salga la voz clara como un
torrente.
―¡Claro que sí, niña! ―me replica una vieja medio desdentada
mientras que empuja a uno de los muchachos que tiene delante para
que se acerquen a mí―. Y tendrán que darnos otro medio día de fiesta
por ello.
La muy zorra se gana al gentío, que ve en ahorcarme de nuevo la
posibilidad de hartarse de cerveza gratis y el día entero de asueto. Más
convencidos de que ni soy una amenaza ni un fantasma, dan un paso
al frente para echarme el guante. Me pongo en pie de golpe, a pesar
de los calambres que recorren mi cuerpo, y vuelven a dar un paso
atrás, con miedo. Sus miradas se quedan fijas en mi cuello. Debo tener
un bonito collar amoratado, pero no me importa.
Me enderezo todo lo que puedo y contengo la expresión de mi
rostro. Temo desmayarme y no volver a abrir los ojos. Suspiro. El pecho
me duele como si me hubiesen clavado aguijones y una losa me lo
aplastara en cada exhalación. El nudo de emociones que se forma en
mi garganta me asfixia aún más que la soga del cadalso. Necesito
calmarme y pensar. Por primera vez en mucho tiempo, tengo ganas de
vivir y voy a luchar con uñas y dientes por esta oportunidad que me ha
dado la vida, una verdadera segunda oportunidad.
Sin embargo, mi cuerpo se muestra inseguro e incapaz de salir del
ataúd sin ayuda. Si se dan cuenta, me arrastrarán de nuevo al cadalso,
sin poder poner más trabas que gritar, porque patalear... Cada vez
estoy más convencida de que no puedo. Dudo hasta que pueda
tenerme en pie unos minutos más y me llevo la mano derecha al
corazón instintivamente. Late, aún late y latirá, pero por poco tiempo, si
nadie lo remedia. La otra me la llevo al vientre y ahogo un gemido. No
quiero compadecerme de mí misma. Nunca lo he hecho, pero... no
quiero volver a pasar por la horca. Sé que no han pasado más que
unos segundos, pero la incertidumbre de qué harán al final conmigo se
me está haciendo eterna.
Alguien parece estar queriendo abrirse paso entre la multitud,
pero mis conciudadanos deben haberse convertido en piedra porque
nadie se mueve. Yo tampoco. El cansancio extremo comienza a hacer
mella en mí. Las fuerzas me flaquean y mi moral, hace unos minutos
entusiasta, se derrumba.
Si mi destino es morir en esta mañana soleada, que así sea, pero
que acaben pronto. No pido más. O sí. Pues en el momento en el que
iba a renegar de Dios y abandonar toda esperanza, vuelvo a ver a mi
ángel salvador frente a mí. Estoy a punto de desmayarme. Sí, es un
ángel, nunca vi hombre como él en la faz de la tierra. Él debe de
percibir mi estado, pues corre a mi lado, cogiéndome entre sus brazos y
haciéndome sentir liviana, tanto, que dudo si mi alma ha abandonado
por fin mi cuerpo.

***

Escucho voces y alguien me toquetea la cara con suaves palmaditas


mientras pronuncia mi nombre. Temo abrir los ojos y que todo haya sido
producto de un sueño, que me encuentre en el ataúd o en el cadalso
con la capucha y esperando mi muerte. No puedo más y, sin embargo,
la curiosidad me hace pestañear.
―Margaret, Margaret…
La voz resuena en mis oídos, cálida y conocida. Solo mi madre me
llamaba así de pequeña cuando hacía alguna travesura, pero no hay
tono de reproche en su voz y tampoco es una mujer la que me reclama.
Es la voz del ángel de cabellos oscuros y ensortijados, podría
reconocerla entre un millón. «Sí, debo haber muerto», me digo. Él no
podía ser de este mundo, tan protector, tan apuesto… Sonrío al
recordarlo.
―Margaret, Margaret… ―insiste la voz.
―Vuelve en sí ―escucho que dice otra persona―. Juraría que ha
sonreído incluso. ¿No creéis, joven? Traeré un poco de vino
especiado.
―No está todo perdido, Margaret. Seréis libre ―me susurra el
ángel al oído y siento cómo las cosquillas de su aliento en mi cuello
encienden toda mi piel.
Siento los párpados pesados, pero necesito verlo, saber que
existe y darle las gracias por haberme concedido el deseo... Abro los
ojos y nuestras miradas se funden en una conexión atemporal. Me
embebo de la miel suave de sus ojos almendrados; de sus largas,
negras y tupidas pestañas; de su nariz fina, larga y recta; de esa barba
de pocos días, algo más clara que el resto de sus cabellos. Me deleito
en el contorno de sus labios, suaves, sonrosados y llenos. Tengo la
imperiosa necesidad de tocarlo; mis dedos perfilan la línea de su
mentón y él me sonríe.
Se me seca la garganta y toco el cielo del mero gesto. Sin duda es
un ángel. Nunca vi uno de carne y hueso. Intento tragar saliva,
recordándome un fuerte dolor en la tráquea no solo lo que me ha
pasado, sino lo que me espera.
―¿Sois un ángel? ―me atrevo a preguntarle, aunque mi voz sale
ronca y extraña, como si no brotara realmente de mi cuerpo.
Él vuelve a sonreírme y mis mejillas se avivan como pavesas ante
el soplo del fuelle. Un carraspeo nos interrumpe y alguien me
incorpora. Reconozco a mi carcelero y, antes de poder decir nada más,
me da una copa con el vino prometido. Lo bebo a pequeños sorbos,
pero hasta el más pequeño de ellos me abrasa por dentro. Declino la
invitación, sin embargo, ambos insisten y termino cediendo.
―Usted es el ángel, Maggie. No he conocido nunca a nadie que
haya sobrevivido a la horca y renacido de entre los muertos ―comenta
con admiración el señor Dalgliesh, aunque sé que él ha tenido mucho
que ver con que esté viva en estos momentos.
Vuelvo a sonrojarme al ver como mi ángel salvador asiente.
Alguien lo llama, pero no he sido capaz de escuchar su nombre. El
carcelero me sigue contando mi proeza y cómo el caballero me ha
traído en brazos las dos millas de camino, negándose rotundamente a
que nadie lo ayudara. Me siento una princesa de cuento y sueño unos
segundos despierta. Me sorprende cuando el señor Dalgliesh me
comenta cómo ha argüido la defensa basándose en el Pandectas
romanos. Mi cara debe mostrar que no me estoy enterando de nada y
me explica con palabras sencillas en qué consiste el non bis in ídem,
gracias al cual no me pueden aplicar dos veces la pena por el mismo
delito.
―Pero el juez… ―replico sin llegar a entender, necesitando con
urgencia apurar el vino de la copa que me ha ofrecido.
―El fallo del tribunal y la sentencia pública del juez dictaminaron
la horca y no la muerte, bancharaid, pero seguro que él os lo podrá
explicar mejor.
Sé a quién se refiere. Solo pensar que volverá a mi lado me hace
feliz, aunque sea para explicarme qué ha pasado desde mi desmayo
hasta volver en mí en un banco de la tribuna. Soy libre y tengo la
segunda oportunidad soñada. ¿Qué más puedo pedir? Empiezo a
creer que he vuelto a nacer en un cuento cuando mi antes verdugo y
ahora amigo me dice:
―A ojos de Dios y del mundo, Maggie, sois una mujer libre.
Un suspiro nace de mi cuerpo como germina un brote en
primavera. «Libre», me repito sin cesar.
―No tenéis por qué volver con vuestro marido, si no queréis ―me
susurra prácticamente―. Ya no sois una mujer casada. Él no tiene
autoridad sobre usted y tampoco sobre sus hijos. Téngalo presente.
¿Me está intentando advertir de algo?
―Maggie, Maggie…
Mi cuerpo se tensa de solo escuchar su voz y busco con los ojos a
mi ángel salvador, mas parece haber salido de la sala. John Dalgliesh
me coge la mano con fuerza al descubrir mi miedo.
―No tenéis por qué volver con él, Maggie. Él me dijo que sois
libre. Cuando uno de los cónyuges fallece…
Observo cómo al señor Dalgliesh le cuesta mirarme a la cara y no
fijarse en las marcas de mi cuello. No es necesario que lea sus
pensamientos, se traslucen claros… Son una mezcla de temor y orgullo
difícilmente descriptibles. Vuelvo a oír cómo me llaman, pero no me
impresiona como la primera vez. Ya no. Patrick, mi marido, me está
buscando. ¿O debería llamarlo mi ex marido, si he entendido bien lo
que mi antiguo verdugo ha querido decirme?
Me incorporo en el banco, lívida, y me recoloco las faldas. No me
apetece verlo, esa es la verdad. En realidad, no entiendo qué hace
aquí. No, cuando no ha estado a mi lado en el cadalso, aunque solo
fuera para escupirme a la cara que era una adúltera y que debería
haberme abandonado mucho antes. Se me hace un nudo en el
estómago. No me siento preparada para verlo, aún estoy mareada y no
sé muy bien qué decirle.
Un muro de reproches nos separa tras algo más de un año sin
vernos. Eso, además de un hijo ilegítimo. Me toco instintivamente la
garganta y me doy cuenta de que todos me están mirando, pero lo que
menos me espero es que Patrick venga acompañado de mi madre, de
mi hermano y de mis niños.
El nudo de emociones, que por segunda vez se forma en mi
garganta en tan breve espacio de tiempo, vuelve a ser mucho más
asfixiante que el de la horca. Mis pequeños, Anna y Patrick, se
abalanzan sobre mí y me besan las manos, llorando. Yo les acaricio los
cabellos y juego con sus tirabuzones rubios. ¡Cuánto han crecido! Las
lágrimas vuelven a aflorar a mis ojos y me muerdo el labio con fuerza
para no llorar. Mis pequeños me recuerdan… Me llaman «mamá».
¿Cómo podré agradecerle a mi cuñada y a mi hermano lo que están
haciendo? Tienen ganado el cielo, esa es la verdad.
Mi madre se mantiene distante, aguantando los hipidos y se seca
las lágrimas con el pañuelo de vez en cuando. Sé que no se atreve a
acercarse, incluso pienso que cree que sigo muerta por cómo se gira y
se persigna a escondidas. Sin embargo, mi hermano la sujeta por el
hombro, donde se apoya, y me sonríe. Es el único que me sonríe.
¡Bendito James!
Percibo la presencia del ángel incluso antes de que vuelva a
entrar en la sala, miro a la puerta esperando su regreso, haciendo
caso omiso a la ansiada reconciliación, los lloros, los «perdonadme» y
los «volved conmigo, os lo ruego» que todos los allí presentes
esperan. No doy ningún paso de acercamiento hacia Patrick, que me
observa pensativo.
Me alegra comprobar que ya no siento nada por él, ni bueno ni
malo. Nada. Mi mente ha dejado de verlo como un monstruo, tampoco
ensalza sus pequeños defectos para sobrellevar su abandono, ni
añora sus pocas o muchas virtudes. Lo noto distinto, mentiría si no
dijera que este año le ha venido francamente bien.
Mis hijos vuelven a los brazos de mi hermano, para ellos, James es
su verdadero padre. Es la decisión más acertada y dolorosa que he
tomado en mi vida, pero verlos crecer en una familia estable y digna es
algo que yo jamás les habría podido dar. Patrick ni se inmuta, ni los
reclama… Estoy a punto de preguntarle qué hace realmente aquí,
porque no lo entiendo, pero callo. No me importa lo que haga, así
que… para qué.
En cambio, sigo mirando a la puerta, deseosa de que mi ángel
llegue. Soy libre, Patrick también. ¿A qué espera para correr en brazos
de la otra? Pero, no doy crédito cuando mi ex marido se postra de
rodillas ante mí, implorando mi perdón y rogando que nos casemos de
nuevo. Trago saliva con dificultad y si consiguiera articular palabra,
hasta soltaría un improperio. ¿Qué diablos cree que hace? He llorado
tantas noches su ausencia, me he preguntado tantas veces qué había
hecho mal, por qué no me deseaba, por qué prefería estar con la
otra…
La gente de alrededor murmura, lógicamente. Mi primera intención
es quitar mis manos que mantiene presas entre las suyas. Su contacto
me quema y el temor crece en mí cuando descubro la expresión del
ángel ante semejante escena. Sus ojos se han vuelto negros a pesar
de tenerlos verdes como los prados de Glencoe en primavera. Ese
vínculo que la muerte ha forjado en aras de una segunda oportunidad
se desvanece. La soga vuelve a mi cuello, invisible y férrea. Siento que
el suelo se desmorona a mis pies al ver cómo mi salvador sale
precipitadamente de la sala y quiero correr, correr tras él y explicarle…
¿El qué voy a explicarle a un hombre del que no sé siquiera su
nombre?
«Maggie, Maggie…», escucho apenas como un susurro alarmado,
mientras la cuerda termina por asfixiarme y vuelvo a la negrura más
absoluta durante unos segundos. «Apártense, por favor. No la dejan
respirar», oigo de fondo. Mis sentidos renacen ante esa voz. ¡Esa
cálida voz que hace que mi corazón se acelere solo de escucharla! Mi
cuerpo se rinde ante su llamada y vuelvo en mí, con la pesadez y
lentitud que arrastran los desvanecimientos.
Sus ojos verdes encienden los míos de una luz nueva y me olvido
del resto del mundo, incluso de mi ex marido que, aún con una rodilla
en el suelo, sigue esperando una respuesta.
―¡¡¡Quitadle las manos de encima a mi mujer!!! ―ruge Patrick con
desprecio en ese momento, empujando a mi salvador a un lado para
ser él quien ocupe su puesto.
Para mi sorpresa, el ángel se aparta sin luchar mientras cada fibra
de mi ser suplica que lo haga. Tiemblo. Soy yo la que debo coger las
riendas de mi vida por primera vez, pues, si no hago algo pronto, esta
vez se irá para siempre, con mi corazón, mi esperanza y mis ganas de
vivir. La voz brota de mí sincera, como un torrente.
―Ya no soy nada vuestro, señor Spence, y no tengo intención de
volver a serlo.
Se hace el silencio absoluto en la sala. Nadie respira esperando
la reacción de Patrick, ni siquiera yo. Acabo de dar el primer paso para
comenzar mi nueva vida y me siento la mujer más feliz. Observo un
destello de esperanza en los ojos de mi ángel salvador y sonrío. Es
justo lo que él espera de mí. Lo sé.
―¡No habláis en serio! ―exclama Patrick defendiéndose, quizá
temiendo que descubra quién está al mando de verdad―. Estáis
cansada y abrumada por tan aciago día. Volveréis conmigo y mañana
mismo nos casaremos. ¿Qué duda cabe?
―No ―le respondo sin pensarlo ni un instante, crecida por la
sensación de libertad que acabo de descubrir―. Fui vuestra esposa
hasta que la muerte nos separó y ya he cumplido mi condena.
―¿Acaso comparáis la horca con nuestro matrimonio? ¡¡¡Maldita
seáis, Maggie!!! ―truena iracundo Patrick cogiéndome con saña del
brazo y levantándome junto a él con violencia.
―¡Suelte a mi hermana! ―exclama James enfadado a sus
espaldas, pero mi ex marido no le hace ni caso.
―¡Suelte a mi futura esposa! ¿No nos ha oído? ―grita una
segunda voz.
Todos se giran para saber quién ha hablado. Yo, en cambio,
reconocería su voz entre un millón, pues es la misma que me ha
acompañado en el tránsito de la muerte a mi nueva vida. No puedo
creérmelo. «Su futura esposa…» Estoy tan aturdida, desconcertada y
feliz que no sé si mis piernas me responderán para salir corriendo y
aferrarme a sus brazos. Todas las miradas se dirigen hacia mi ángel
salvador, que vuelve a abrirse paso y se coloca frente a mí,
cogiéndome de la mano y colocando un anillo en mi dedo. Patrick bufa
un:
―¿Qué diablos estáis diciendo? ¿Maggie, es eso cierto?
En esos momentos, yo no sé qué contestar. La gente nos mira
esperando mi respuesta, pero un ahorcamiento y dos proposiciones de
matrimonio en un mismo día son difíciles de digerir, entiéndanlo.
Titubeo y miro a mi salvador a los ojos. Él me sonríe y me susurra al
oído:
―Alain MacDuff, para amarla y servirla por el resto de mis días.
Me derrito como la escarcha al sol, literalmente. Su aliento me
hace cosquillas en el lóbulo de la oreja y mi bajo vientre se encoge de
deseo con el calor que emana de su pecho. Huele a bosque, a libertad
y a cerveza negra. Acabo de conocerlo como quien dice y, sin embargo,
el vello se me eriza de solo tocarlo y saber que es real. Siento que
nuestras almas quedaron conectadas en ese cadalso para siempre y
que nunca más nos volveremos a separar.
Mas mi silencio lo inquieta y no me da tregua para que me lo
piense. Sin importarle que estemos rodeados de gente, Alain me toma
por la cintura acercándome a sus caderas con deseo contenido y
busca mi aprobación acariciándome con la nariz en la mejilla. Yo siento
que mis pies levitan, sin saber que me tiene suspendida a dos pies del
suelo.
―Y bien, ¿tendré el honor de haceros mi esposa?
Decido que esa voz ronca, cadente e hipnótica me acompañe el
resto de mis días y aprovecho las distancias cortas para darle un suave
beso en la comisura de los labios mientras enredo mis dedos en sus
cabellos ensortijados. Me siento una niña que descubre el amor por
primera vez, pero entonces él me devora la boca y se instala en cada
recoveco de mi alma, incendiando cada poro de mi piel. La gente
aplaude ante el inesperado final del que han sido cómplices. Patrick
desaparece de mi vida y yo le respondo un meloso «sí, quiero» a mi
ángel salvador.
Sueños agitados
Cristina Oujo

UNO

―Así que... ¿Marco se está portando?


Parpadeé adormilada, con la cabeza a escasos centímetros de la
taza de café; no era mi bebida favorita, pero me mantenía activa,
aunque a esas alturas no me espabilaría ni tomando veinte Red Bull;
no obstante, traté de fijar la mirada en Diane a duras penas.
―No, otra...pesadilla.
La expresión de mi amiga varió a una mueca divertida, sus ojos
azules brillaron con expectación.
―Yo no lo llamaría pesadillas ―rezongó.
Claro que eran pesadillas, no quería soñar eso, no podía
controlarlo. Tan pronto como me quedaba frita ya no manejaba lo que
pasaba por mi inconsciente, y en esa parte entraba Jack, el chico que
se dedicaba en el instituto a tirarme bolas de papel y dejarme en
ridículo frente a los otros de la clase; aparecía y lo que venía a
continuación era un momento subido. No, subido era poco, subido
habría sido solo tocar, pero esto terminaba en clasificación para
adultos. No me hacía nada feliz soñarlo, y no únicamente por el hecho
de despertarme agotada, también por la culpabilidad, ¿cómo le decía a
Marco que tenía sueños candentes con el matón que le daba con un
balón en la cara? Me mandaría a la mierda.
―Esto es un asco, no sé por qué los sigo teniendo. ―Bostecé,
apoyé la mejilla en la mano y revolví el café con una cucharilla―. Es
como si le pusiera los cuernos.
Diane puso los ojos en blanco. Solté un gritito de dolor tan pronto
como me pegó el topetazo en la frente con la mano sin que pudiera
verlo.
―A él no le has visto en carne y hueso, ¿verdad? ―Asentí, no le vi
nunca más desde el instituto y para mí fue mucho mejor―. Entonces no
es engaño, el sueño erótico te permite cumplir necesidades sexuales,
en realidad es culpa de tu novio si estás así.
Genial, había estado soñando vívidamente con ese matón y la
culpa era de Marco. Es que no había por dónde cogerlo. ¿Qué habría
sido creíble? Cualquier otra cosa.
―Eres psicóloga, ¿no puedes recetarme nada para que no sueñe
eso?
―Primero: debería haberte hecho terapia para ver bien tu caso;
segundo: no tienes ningún problema, son unos sueños que cualquiera
quisiera, y tercero: no tengo la cualificación farmacológica necesaria
para recetarte ―puntualizó―. ¿Quieres un consejo? Disfrútalos.
―A la mierda...―bufé irritada.
Le di un sorbo al café terminando la taza.
―Entonces, ¿qué has soñado esta vez? ¿Qué te hacía?
Casi escupí. Tosí tapando la boca con la mano tratando de que
bajara el trago.
―Por enésima vez: no te lo diré ―susurré por lo bajito una vez
que me recuperé.
―Vaya... igual de intenso que la primera vez. ―Me sonrió.
Agh, siete años y ocho meses soñando… Cómo se notaba que a
ella no le estaba pasando. No podía seguir así porque, vamos a ver, un
recuento: tenía veintitrés años, estaba haciendo las prácticas en un
colegio ―los niños eran un encanto, de momento―, tenía novio desde
el instituto con el que se supone que me iba a ir a vivir en poco tiempo...
¿Por qué de repente eran más frecuentes esos sueños? Él era un
buen chico, tal vez no teníamos esa ansiedad pasional el uno para con
el otro, pero nos queríamos y nos cuidábamos mutuamente. Marco me
convenía en el sentido más sano de la palabra, era el valor más seguro
si quería casarme y formar una familia, le conocía lo bastante como
para estar segura de todas sus manías. Era una comodidad romántica,
por llamarlo de algún modo, no quería acabar igual que mi otra amiga:
Eve, que dejó a su novio de toda la vida por un guitarrista debido a esa
fiebre pasional. Se enamoraron, se casaron a los tres días, y a los seis
meses estaban divorciados y a esas alturas se peleaban por la
custodia del niño.
Nada recomendable.
Lo que me comía la cabeza era Jack, ¿por qué soñaba con él? No
era como si se hubiera portado bien conmigo. Había sido un capullo en
todo el sentido de la palabra, la demostración más literal que podía
haber de matón en una novela, peli o lo que sea. Se pasaba las
normas, deberes y obligaciones por el forro; rebelde sin causa,
sarcástico, caos y desastre en cara dura. ¿Por qué tenía que ser él
entonces? Diane decía que era probable que echara de menos esos
días pasados en los que no había tantas responsabilidades y lo más
probable era que deseaba huir del estrés de la adultez; sin embargo,
el que fuera algo tan... ardiente cambiaba bastante la interpretación.
Me decía que no me preocupara, la primera semana fue fácil aceptar
ese hecho, pero ahora, después de tanto tiempo, empezaba a
preocuparme. Era por lo que en ese instante que vi a Marco entrar,
mirando su cabello rubio, los ojos verdes, su sonrisa amable y la forma
en la que me besó, que me hacía sentir un peso en el estómago.

DOS

Respiré de forma entrecortada, empujé sus hombros intentando


alejarlo, mi corazón se agitó aún más e intenté ordenarme algo.
«Despierta. Despierta. Despierta. ¡Despierta! ¡¿Por qué no soy capaz
de despertarme?!»
―¿Qué está mal, Jeannie? ―exigió saber con voz ronca.
«Despiértate, tienes que despertarte», volví a pensar para mí. El
ambiente estaba pesado, hacía calor. Estábamos en la sala del piso
dónde vivía, intenté deslizarme lejos del sofá verde con estampado de
flores, pero Jack me sujetó con firmeza de la cintura con una mano
obligándome a volver a la posición original, la otra tomó mi mentón
para que no rehuyera la mirada de color azul gélido. Venía en camino
otra vez la misma conversación, repetida mil veces en estos siete años y
ocho meses y siempre terminando de la misma manera: él ganaba, pero
me negaba a aceptar que siguiera pasando.
―No quiero esto, Jack ―murmuré, hice más presión en sus
hombros estirando mis brazos al máximo.
―Sí quieres, durante estos años ha sido esto.
Apreté los dientes, yo no era precisamente la pervertida, mi
consciente no lo controlaba y no quería otra cosa que detenerlo,
pero... ¿cómo podía manejar un sueño si era eso? No podía dominar lo
que pasaba al dormir.
―¡No! ―insistí terca, no iba a volver a ocurrir―. No va a pasar
otra vez.
Sus ojos se redujeron al mínimo igual que si fueran dos rendijas
frías antes de soltar una risotada.
―Jeannie, Jeannie ―repitió con esa sonrisa torcida adornando
su rostro. Se inclinó, y quise retroceder... de no ser por el agarre―. No
pienses en nada.
«Marco.» Tan pronto como lo pensé, el nombre resonó entre las
cuatro paredes de la sala. Jack soltó un aullido enrabietado,
temblando de pies a cabeza; no le gustaba que pensase en mi novio, y
menos si intentaba que su imagen se materializase en el sueño, le
enfurecía, entonces me lo veía venir.
―¡Para! ―gruñó, me rodeó con los brazos y antes de que pudiera
esquivarlo me besó abruptamente―. Me necesitas solo a mí. A MÍ.
Jadeé con esfuerzo. Sus manos se apretaron tirando de la ropa
con desesperación, sus labios descendieron por mi cuello; sentía las
cosquillas con sus sutiles mordidas acalorándome otra vez con rapidez.
Clavé las uñas en sus hombros. «Concéntrate. Puedes hacerlo.
Puedes despertarte», me repetí intentando alejar la mente de lo que
estaba pasando.
―No huyas de esto, Jeannie ―pidió deslizando las manos hasta
el borde de mi falda―. No puedes.

***

Abrí los ojos en medio de la oscuridad observando a todos lados,


apreté la almohada contra la cabeza, estresada, ahogando un grito en
ella. Pasó de nuevo en ese sofá de la sala que ya ni siquiera era capaz
de mirar. Siempre se repetía de la misma forma, primero sin ser
consciente de que estaba dormida; eran vívidos a más no poder hasta
que rozaba ese punto donde la ficción tiene un límite, por ende
conseguía ganar cierta conciencia de que no era la realidad, y aun así
no tomaba partido, ofrecía la resistencia que podía, pero no servía de
nada, acababa rindiéndome. ¿Qué iba a pasar cuándo viviera con mi
novio? Arrojé frustrada el despertador al suelo tan pronto como sonó,
apenas cinco minutos después de despertarme sobresaltada. Estaba
siendo una mala persona con Marco, dijera lo que dijera Diane eso
eran cuernos claramente.
Era un día suelto, no necesitaba la alarma excepto para dejar de
dormir. Quería mantener la costumbre de levantarme temprano; si no
podía evitarlo, entonces estaría más tiempo despierta, y sobre todo
podría ignorar su molesta voz persiguiéndome incluso como una
súplica muda. «Quédate conmigo.» Esa versión de Jack que elaboraba
mi mente era irreal. Ese que me había puesto la zancadilla, ese que me
había puesto motes como «peco-pequitas», ese que se sentaba detrás
de mí y me chinchaba alzando la silla fingiendo que yo gemía y que me
tiraba bolas de papel... recubiertas de pegamento. Ese sí era Jack.
―¿Qué te parece?
Entrelacé los dedos con los de Marco, estrangulé mentalmente
esa vocecita que me recordaba que apenas unas horas atrás había
estado haciendo otras cosas y con otra persona, en sueños, sí, pero
con otro.
―Ahm... ―Centré la atención en el piso, pequeño y maltrecho con
un alquiler que metía miedo, además de unos muebles que parecía
como si los hubiera estado rascando un gato o algo así, un asco―.
Necesitamos pensarlo un poco más.
La mujer que nos enseñaba el apartamento borró la sonrisa del
rostro por una mueca mal encarada, nos despidió sin acompañarnos al
portal, y tuvo el «buen» detalle de recordarnos que había más
personas interesadas y que deberíamos darle una respuesta rápida.
―Sigo pensando que no estaría mal negociar con tus amigas,
reduciríamos gastos si me uno al piso.
―Créeme, no quieres vivir con dos chicas más ―bromeé.
Marco me acarició el rostro con suavidad, pero su contacto me
pareció tan gélido que por un momento tuve el instinto de apartarme,
entonces recordé para mí que él era el valor seguro.
―Cualquier lugar mientras esté contigo. ―Apretó los labios contra
los míos con dulzura.
«Me necesitas solo a mí. A MÍ.» Ya ni siquiera despierta... Sal de mi
cabeza. ¡Ahora!
―¿Estás bien? ―preguntó extrañado.
Quería explicarle lo que llevaba tanto tiempo soñando, pero a
esas alturas no tenía excusa el haberme callado, iba a pensarse
cualquier cosa, probablemente me mandaría a la mierda y con razón.
Era un acuerdo entre los dos: ninguno miraría ni a otra ni a otro,
teníamos el mismo miedo de ser traicionados y yo repelía esa
sensación, el que me engañasen, ver a mi persona amada querer a
otra era algo insoportable; si nos llegaba a pasar, sería una ruptura
limpia como un corte y no volveríamos a vernos, sin reproches y sin
segundas oportunidades ni aunque estuviera cerca de los cuarenta
sin casarme todavía.
―Sí, pensaba si encontraremos un lugar adecuado para los dos
―mentí.
Qué asco de novia era.
Habíamos estado en todos los lugares posibles durante parte del
mediodía y la tarde, habíamos visto alrededor de seis pisos si no eran
más, y el que no era una ruina, era pequeño; si era mediano, costaba
una millonada, o eran en el centro o estaban casi a las afueras. Pero
finalmente teníamos uno que tal vez tenía el precio algo alto, sin
embargo podíamos arreglárnoslas dentro de nuestros... límites. Era uno
de dos habitaciones, así que si en algún tiempo necesitábamos un
inquilino extra, no sería ningún problema. Un poco pequeño, sí,
aunque los muebles estaban en buen estado como las paredes y el
suelo, en el casco histórico, así que para nosotros dos estaba bien. Los
anteriores inquilinos se iban en un mes, era una pareja que se
trasladaba a trabajar a otro lugar. Fueron muy cordiales, no les molestó
que curioseásemos el piso, incluso nos comentaban si algo se había
estropeado, se había cambiado hacía poco y qué tal era el casero.
―De aquí a un mes seremos toda una pareja. ―Sonrió.
Deslizó sus labios hacia los míos encontrándose con una insulsa
respuesta, acaricié su rostro. Él era tan bueno.
―¿Crees... que hoy podríamos dormir juntos? ―solté de repente.
Tal vez solo era una carencia, cuando no eran exámenes, eran
las prácticas. Marco y yo teníamos pocas citas, quizás era eso. Tocó mis
mejillas con delicadeza, al parecer enternecido por mi pregunta.
―A mí también me apetece ―dijo sincero, agachó el rostro y me
besó la oreja provocándome una pequeña risita por el cosquilleo.
No necesitaba más que esto, que él y yo tuviéramos un día como
pareja, podía arreglarlo así.

TRES

Por primera vez había dormido de un tirón sin sueños eróticos, así que
suponía que esa era la fórmula: Marco y yo teníamos que buscar más
tiempo de pareja para ambos. Me desperté satisfecha a la par que
decepcionada, esto último era un sinsentido, de forma racional no
quería soñar con él, ¿por qué entonces el malestar al no haberle visto
aparecer? No quise darle vueltas, había ocupado la mañana en estar
presente con los niños, estaban muy emocionados porque en la última
clase de la mañana, gimnasia, iban a probar la escalada. Si era una
medida bien recibida durante al menos dos veces al mes, los niños
podrían aprender a escalar, para eso se había estado equipando el
colegio, y la Asociación de padres había apostado por la idea a dos
niveles de aceptación/negación, al final ganó el sí cuando ellos mismos
pudieron comprobar los materiales.
―Erik está enfermo, no puede venir a dar gimnasia ―me informó
Travis, el profesor titular al que yo hacía de auxiliar―. Voy a ocuparme
yo, no tienes por qué venir, esto es ya fuera de tus prácticas.
―No me molestará ―afirmé al tiempo que me encogía de
hombros.
La verdad era que a estas horas estaba una de mis amigas,
Alandra, con su novio y prefería darles algo de privacidad, además, era
mejor que vagar por la calle, y teniendo en cuenta que mi novio nunca
estaba disponible, pensé que me gustaría estar presente en una
actividad extra para observar cómo se comportaban los niños.

Unas horas después...

Los niños habían ido corriendo alborotados hacia el gimnasio, que era
una estructura aparte del colegio con un pabellón deportivo muy bien
equipado; me recordaban mis pocos momentos buenos de estudiante
en los que yo también iba corriendo para jugar a balón prisionero, por
ejemplo las veces que teníamos prácticas de escalada también, en una
pared muy alta y con los arneses de seguridad. Nosotros subíamos de
uno en uno e incluso durante el recreo podía practicarse siempre que
estuviera el monitor delante. Era entretenido aunque poco
recomendable para los que tenían vértigo.
―Quédate con los niños, iré a recibir al monitor ―me pidió sin
esperar respuesta, pues se fue caminando dejándome con la palabra
en la boca.
Travis era así, más molesto en ocasiones aunque bastante
tratable con tiempo y paciencia, por lo que hice caso omiso de su
comportamiento y me dediqué a poner orden para que no hubiera
alboroto; esas fieras enseguida rugían si faltábamos ambos e incluso
conmigo sola hacían lo que querían si no me imponía rápida, pero en
ese momento estaban muy tranquilos, imaginaba que se trataba de un
efecto positivo de la actividad, cosa que agradecía. Ese silencio no
tenía precio.
―Jean. ―Escuché que me llamaba por la espalda otra vez―. Este
es el monitor de escalada: Jack Davro.
«Estás de broma», fue lo primero que pensé, en realidad no
estaba segura de si llegué a pensar nada en los primeros segundos,
luchaba contra la realidad de que el matón estaba delante de mí
después de siete años y ocho meses de sueños intensos. Estaba ahí,
igual que en los primeros minutos en que sueño, con el cabello corto
de color castaño, los mismos ojos de color gélido y la expresión
arrogante. Volví a mirar hacia Travis esperando un indicio de que eso
era una cámara oculta. «Por favor, que señalen a cámara ya y se
vaya.»
―Jeannie. ―Sonrió como si no tuviera culpa de nada, por
supuesto que no, los sueños eran mi problema, ¿cómo podría ser
culpable? Se giró hacia él―. Hemos compartido las mismas clases en el
instituto.
«Por desgracia.» Hice esfuerzos por no mirarle a la cara en una
mezcla de vergüenza y rabia.
―Ah, ¿en serio? ―Travis estaba sorprendido, a él no debía
parecerle del tipo que repite cursos, aunque sí lo fue―. Bien, entonces
podemos empezar ya. Los niños están ansiosos.
―En realidad, con Jeannie será más que suficiente.
Me quedé estática, habría hecho señas al profesor de que eso
estaba a millones de años luz de ser una buena idea, pero Jack nos
observaba a los dos.
―De todas formas debería permanecer cerca.
«¡Gracias!»
Él sonrió a regañadientes y se puso al frente del muro de
escalada para explicar a los niños sobre la seguridad, cómo
empezarían a subir, y un largo etcétera para pasar a si había
preguntas, pero los niños todo lo que querían era comenzar cuanto
antes.
―Ven a mostrarles cómo se coloca el arnés, Jeannie ―me llamó
de repente.
Veinte pares de ojos inocentes se clavaron en mí, y por mucho que
quería negarme, terminé avanzando hacia adelante y él se puso a mi
lado empezando la colocación del arnés de cintura; yo pensé que para
un niño era más seguro un integral o un combinado, pero él iba
explicando que el de cintura era el más seguro en lo referente a
traumas y lesiones, incluso si fuera de cabeza abajo porque hacía que
el cuerpo basculara y la cabeza quedase en posición de seguridad.
Parecía que sabía lo que se hacía, aunque juraría que me había
apretado la mano en el muslo de forma intencionada mientras lo
ajustaba.
―¿Qué tal? ¿Bien? ―preguntó cerca de mi oreja.
Mi piel se erizó al sentir su aliento cálido tan de cerca, las palmas
de las manos me sudaban y un estremecimiento me subió por la
columna; me aparté de él demasiado rápida para ser educada, esas
pesadillas intensas me estaban sugestionando. Ese repelente no
podía gustarme. ¡De ninguna manera! Me desabroché el arnés
recordando más o menos cómo lo había hecho, y extendí el brazo
devolviéndoselo sin rozarle siquiera. El resto de las prácticas me
limitaba a vigilar a los niños mientras subían guiados por él. El profesor
se acercaba más que nada como una referencia para los niños para
que se portasen bien y no hicieran algo imprudente durante el
ejercicio, eran apenas unos pocos metros, como para estar a dos
cabezas de nuestra altura, una probatura como quien dice para que el
impacto de la altura fuera reducido y poco a poco cogieran confianza,
lo malo es que ni siquiera centrando mi atención en los niños
conseguía quitarme el acelerón del pecho cada vez que notaba los
ojos de Jack sobre mí. «Estúpidos sueños sexuales.»
―¿Adónde vas a ir ahora? ―quiso saber al ver cómo guardaba
los papeles en mi bolsa.
―Yo ya terminé por hoy ―respondí tajante.
Me cogió la mano, y el contacto me hizo tiritar a pesar de lo cálida
que era, igual que en el sueño. Transmitía la sensación reconfortante
de que el mundo estaba bien, de que él me necesitaba y yo igual, como
si encajásemos, no podría negarme a nada de lo que me pidiera. Era
irracional. Necesitaba soltarle con urgencia.
―¿Qué haces?
―No nos hemos visto desde el instituto ―me dijo. Quise añadir «al
menos no despiertos», pero habría sido demasiado violento―. ¿Por
qué no tomamos algo?
Le miré sorprendida. ¿La persona que una vez me echó a su
hombro como un saco de patatas y me llevó corriendo de un lado a otro
por el patio gritando «mirad bien: ¡es mía!» en plan coña para que se
rieran y señalaran me estaba intentando invitar? ¿Qué era eso? ¿El
mundo de Yupie al revés?
―No ―repliqué y me zafé de un tirón de su agarre.
Él pareció confuso por mi negación, se mantuvo en silencio, en
cuanto a mí, demasiado cobarde para permanecer más tiempo del
necesario a su lado, me puse en marcha.
―¿Qué tiene de malo tomar café o lo que sea con un amigo?
―volvió a hablar.
Apenas había dado diez pasos.
―Nunca hemos sido amigos ―le recordé.
―Vale, no amigos ―admitió, entonces sonrió encantador como si
no hubiera roto un plato―. Siempre hubo esa atracción, era imposible
ser amigos.
Le miré aturdida, ¿acababa de decir lo que dijo? ¿Qué atracción?
«¡Gilipollas!» Apreté los dientes, no volví a observarle ni cuando di
marcha atrás con el coche y me alejé agarrando el volante imaginando
que era su cuello.

CUATRO

―Me pone malo cuando finges no verme ―me susurró cerca de la


oreja.
Permanecí en silencio conforme hablaba.
Esas dos semanas fueron tan desquiciantes como extrañas,
cuanto más intentaba echar a Jack, mucho más insistente se volvía. Ya
no tenía que estar en las clases de escalada al estar el profesor titular,
que era Erik, pero eso no significaba que no me lo fuera a encontrar
por los pasillos, cuando vigilaba el recreo o en la sala de profesores
en un descanso. Apareció al menos en tres ocasiones en donde había
quedado con mis amigas o donde se suponía que saldría con Marco
como si me oliera o qué sé yo. Al encontrarse con nosotros en plena
cita había que mirar la cara que tenían los dos, no sabía quién estaba
más tenso, absurdo a más no poder, y, por supuesto, los sueños eran
peores; ya no era solo dormir por la noche, si intentaba echar una
cabezadita por la tarde o cerrar los ojos por el mínimo tiempo también
implicaba permanecer con él. Ni siquiera me funcionaban ya las
noches con mi novio. Apenas dormía, me esperaba lo otro y terminaba
agotada.
―Jeannie, quédate conmigo ―pidió por lo bajo.
Miré los ojos azules y la expresión de súplica. Muy por dentro algo
me estaba gritando «vete con él y al demonio con lo demás». Me
preguntaba si Eve había experimentado algo como eso cuando
decidió echarse a ciegas a la aventura con la pasión del amor
custodiándola antes de que todo se le fuera a la mierda. Tal vez el
recuerdo de mi amiga y las luchas que tenía por el niño eran las que
me hacían mantenerme en la lógica evidente: eran sueños y ya está,
nada más que sensaciones artificiales al dormir, como soñar que se
volaba por encima de las nubes o bucear en el mar, cosas aleatorias,
que él fuera algo fijo en mi mente todas las noches no tenía por qué
significar nada. Y, a pesar de toda esa fría racionalidad, seguía
existiendo esa sensación de que no era tan irreal como parecía, que
en el fondo de todo eso algo tenía sentido.
―Sí, quiero hacerlo ―respondí.
Al instante me arrepentí de hacerlo, me dejaba llevar por un
estúpido sueño, noté el roce de su mano cálida sobre mi espalda aún
con ropa, quizá mi «Jack mental» había llegado a la conclusión que
cuanto más se desenfrenaba en mis sueños, más intentaba resistirme a
ello. Ese era el sueño donde más tiempo había llevado la ropa puesta.
Una sonrisa iluminó su rostro, apretó los labios con dulzura contra los
míos, que yo entreabrí al notar la mordida en el superior. Mi corazón se
disparó, mis ventrículos bombeaban con una fuerza que resultaba
dolorosa, el hormigueo se extendió de nuevo por mi estómago y mis
huesos parecían volverse de gelatina por momentos. Era la sensación
más dulce que había experimentado en toda mi vida.
―Entonces vas a dejar a Marco.
Escondí la cara contra el cuello de su camisa mientras me repetía
a mí misma que todo era un sueño, que nada de eso iba a pasar. Cerré
los ojos confortada por la sensación de sus manos paseándose por mi
espalda. A veces él ya no estaba en la habitación donde habíamos
estado, y tan pronto como era consciente de eso, empezaba a echarle
de menos aunque no quisiera; cuanto más quería alejarle, más le
echaba de menos y más quería verle otra vez. Me obligaba a
mantenerme en mis trece y recordar todas las perradas que me había
hecho para darme cuenta de que la persona con la que yo soñaba y la
que era real tenían que ser distintas sí o sí.
―No quiero que te vayas ―admití por lo bajito con debilidad.
Había obviado su petición.
―No voy a irme, no mientras estés por aquí al menos ―replicó.
Temblé al sentir sus labios en mi coronilla.
―Te quiero, Jeannie ―volvió a hablar.
El corazón me volcó con fuerza, tragué saliva intentando pensar
algo coherente, algo que no fuera decir «yo también te quiero». No se
lo digas, no le digas eso. Nada era real, él no lo era. Se trataba de una
versión tipo «el hombre perfecto» hecha por mi cabeza, contaminada
por todas esas estúpidas historias de perfecto amor como el que Diane
tenía con su novio, esa relación de película, ver en ellos los ojos de
unos enamorados al cien por cien, el mismo reflejo que se apreciaba
en aquel azul.
―No es real esto, ¿sabes? ―solté en uno de mis ataques de
moralidad donde era una mala persona por soñar eso―. No eres el
Jack real.
―¿Y si lo fuera?
―No lo eres ―insistí.
No me entraba en la cabeza cómo podía ser tan consciente de
que estaba soñando y no lograr algún tipo de control sobre ello, algo
como que dejara de aparecer; pese a lo mal que me hacía sentir esa
opción, mantenía ese estúpido debate.
―¿Y si lo fuera? ―Su voz se volvió más seria, me tomó del mentón
para que le mirara a los ojos, esos bonitos océanos azules demasiado
insistentes―. ¿Y si fuera un íncubo y me estuviera metiendo en tus
sueños?, ¿me seguirías queriendo como hasta ahora?
Yo no he dicho...
―Tus ojos lo dicen a gritos. ―Sonrió como si me leyera la mente.
Racionalmente me expliqué a mí misma que como eso era un
sueño, tenía que esperarme cualquier respuesta por su parte. No
importaba lo que fuera a decir o que tratara de darle la vuelta; él, como
una creación de mi mente, podía acceder a información de mi
inconsciente.
―Si fueras... así, no me molestaría ―solté con sinceridad.
Muy en el fondo, desterrando cualquier lógica, cosa que no
estaba bien ni resultaba buena idea, sea como fuere, estaba siendo
sincera, si de verdad le quisiera y si existiera fuera lo que fuera, le
querría igual, lo sentía en las entrañas.
―Entonces, mírame bien ―pidió.
Mantuve los ojos en su rostro, desde el flequillo de color castaño,
descendiendo por las cejas, los ojos brillantes, la nariz recta y los
labios; apreté las manos en torno a su ropa tratando de mantenerme
quieta y no inclinarme hacia él. Pareció vacilar como si dudase de si
era o no una buena idea, de todo lo que podría salir mal. A lo largo de
esas semanas había aprendido a leer bastante bien esas expresiones
suyas, tanto en el mundo onírico como en el real, por eso sabía cuándo
tenía que salir corriendo en la realidad para evitarle antes de que me
dijera algo que sabía que no quería oír para no desestabilizar más mi
relación con Marco.
Respiró hondo entonces, con la determinación brillando en su
rostro y una gran sonrisa cargada de confianza en mi respuesta, una
que no creía merecer. Repentinamente su esclerótica se volvió negra y
su pupila se hizo blanca como si intercambiaran los papeles, los ojos
se mantuvieron azules. Observé estupefacta aquello, yo no tenía tanta
imaginación. Levanté la mano despacio, nerviosa, hasta depositarla en
su mejilla, no era capaz de apartar la mirada.
―Es... ―Cerré la boca sin saber muy bien qué decir.
―¿Estás bien? ―preguntó con ansiedad. Tardé un rato en darme
cuenta de que me estaba acariciando el rostro.
Parpadeé y asentí muy despacio, fue tiempo suficiente para que
estuviera aliviado por ello.
―¿No te molesta? ―volvió a preguntar.
―Es extraño ―conseguí decir, pero costaba mucho juntar dos
palabras, y más que tuvieran sentido a pesar de que fuera una cosa
mental mía―. Está bien, un poco distinto, que no es malo, porque,
bueno, eres tú.
Me callé al ver que estaba soltando tonterías. Jack se rio, apartó
las hebras de color cobrizo de mi frente besándome justo allí, y vinieron
los aleteos con aquel roce igual que el calor y las demás sensaciones
que venían siempre con el contacto con él; por efímero que fuera, no
dejaban de ser intensas.

Al día siguiente...
―Jeannie.
Automáticamente, me separé a toda velocidad a pesar del calor y
el agradable hormigueo en mi estómago.
―¿Ahora qué?
Me miró extrañado como si no entendiera a qué venía mi
comportamiento.
Pretendía que los sueños no me afectasen a la realidad, donde mi
pareja sí era lo que yo buscaba y que no había forma en la que
pudiera querer a alguien como Jack. En verdad no existían las
mariposas en el estómago ni tenía el hormigueo extendiéndose por mi
pecho, ni lo agradable que era el tacto cuando se rozaban nuestras
manos en demasiados accidentes como para ser una casualidad. Lo
peor a tratar era el hecho de intentar no distorsionar la realidad: no
engañaba a Jack con mi novio, era a la inversa a pesar de que mi
amiga siguiera insistiendo en que lo que sucedía en un sueño, la
verdad, no era importante. A esas alturas me di cuenta de que incluso
ella estaba dudando de lo que me decía.
―Si no quieres nada respecto al trabajo, entonces puedes
desaparecer ―le espeté.
Nueva coincidencia monstruosa, me colgué la bolsa del hombro
esperando a que Diane volviera del cuarto de baño para poder irnos
de una vez.
―¿Qué sucede? Ayer habías dicho que estaba bien, que
vendrías conmigo ―habló confundido.
¿Perdón? Hice un rápido vistazo al día de ayer: había estado
consiguiendo cajas para empaquetar mis cosas, salí con Marco,
dormimos juntos. Me tensé al recordar el sueño, ese donde me mostró
que era un íncubo. No. No. Esto no era posible.
―Ayer no nos vimos ―grazné.
Mi voz no era nada convincente. Era una pésima mentirosa y peor
persona.
Entonces me sujetó la mano con firmeza pero a la vez con
suavidad.
―Jeannie ―habló de nuevo, esa vez con voz suplicante
enviando escalofríos por mi cuerpo como una agradable corriente en
un mar de tranquilidad―. Ahora mismo el tiempo no me corre a favor,
siete años es mucho tiempo... ―Me quedé paralizada al notar su nariz
contra mi cabello cobrizo―. Aceptaste por completo lo que era.
Vendrías conmigo, estabas siendo sincera, ¿qué ha pasado? ¿Fue
Marco? ―Apretó los dientes, vi el cambio de sus facciones calmadas a
una airada.
Le empujé asustada. Mal, iba muy mal, no sabía qué le pasaba o
qué dejaba de pasarle. ¿Cómo podría saber lo que soñé? Ni siquiera
se lo había contado todavía a Diane. Nadie más que mi cabeza debería
saberlo.
―Vale, se acabó. Voy a solicitar una orden de alejamiento
―amenacé con mala cara a pesar de las emociones. Yo no iba a ser la
perra que dejara a su novio por otro. Marco me gustaba mucho, tal vez
más como amigo y la forma en la que convivíamos juntos. Pero no
importaba, podía enamorarme, tenía que ser capaz de hacerlo.
―¿Qué pasa aquí?
Mi salvadora. Me puse al lado de Diane agarrando su brazo con
ambas manos. Jack nos miró, mucho más intenso a mi amiga, como si
compartieran un código privado al que yo no tuviera acceso; sin
entender por qué eso me molestó, que ella pudiera ver algo que yo no,
y la sensación cálida se alejó tan pronto como se marchó. La
culpabilidad fue peor al ver su rostro herido por el rechazo, mucho
peor que intentar autoconvencerme de que estaba traicionando a
Marco.
―¡Vaya! ―fue todo lo que soltó, sus ojos marrones brillaron con
cierta alegría antes de rodearme el cuello con los brazos en un efusivo
abrazo.
―¿Diane? ―pregunté desconcertada.
―Lo siento ―se disculpó separándose―. No puedo evitarlo, ¡es
emocionante que sea como yo! ¿Cuánto te ha contado? ¡Todo tiene
sentido ahora!
Avancemos un poco, ella desvariaría por mucho rato antes de que
pudiera entender bien por dónde iba.
―Tengo tan poca gana ahora mismo de darle vueltas para tratar
de traducir lo que me estás diciendo ―solté cansada―. Habla directa,
por favor.
Me arrastró al otro extremo de la cafetería, a otra mesa, pidiendo
al camarero dos tés, el de menta azucarada para mí y el de frambuesa
para ella. Estábamos a punto de irnos, ¿a qué venía quedarse? No
quería comer nada, ni beber, tenía un nudo en el pecho; quería
largarme, huir de la imagen herida de Jack.
―¿Qué demonios te pasa? ―le pregunté por lo bajito.
¿No era bastante ya lo que acababa de suceder? ¿Qué faltaba ya
por pasar? ¿Que me quede embarazada en uno de los sueños? Ni
siquiera podía pensar en cómo era posible que él supiera lo que pasó
en el sueño, no podía ser un íncubo de verdad, ¿cierto?
―Un íncubo ―susurró para que solo yo pudiera escucharla―. De
haberlo sabido habría tomado cartas en el asunto hasta que
olisquease el aire de los dos.
¿Olisquear? ¿Qué?
―¿Perdón? ―¿Qué locura era esa?―. Voy a ponerle una
demanda a ese acosador.
Su expresión fue la misma que si un mini ovni hubiera aterrizado
en nuestra mesa y un marcianito rosa verdoso hubiera salido del mismo
a pedirnos azúcar.
―¿Le vas a poner una demanda a tu compañero?, ¿a tu pareja
para siempre? ―inquirió incrédula.
Asentí. ¿El mundo se volvió loco de pronto?
―Mierda. No tenías ni idea, ¿verdad? ―Se echó las manos a la
cabeza―. Joder, no tenía que haber abierto la boca... Claro... por eso
parece tan enfermo.
―¿Enfermo? ¿Íncubo?
Dejó caer un suspiro resignada.
―En otras condiciones no te habría dicho nada si no estuviera
segura de que vas a saberlo sí o sí.
Por Dios, absurdo hasta la médula.
―Ese Jack es un íncubo, yo soy una súcubo. Verás, nuestro
alimento es a través del sexo, también es corriente hacerlo a través de
los sueños, no siempre necesitamos hacerlo, a veces solo con estar
presente podemos tomar la fuerza, aunque es mucho más pequeño lo
que conseguimos de energía, pero cuando aparece nuestro
compañero es como... ¡PAM! Las reglas cambian de golpe, no eres
capaz de alimentarte de nadie más ―explicó y pensé que sería más
realista que me dijera que las vacas tenían perritos―. Quieres estar
solo con esa persona, acapararla únicamente para ti, hacer todo lo
que sea necesario para que esté contigo; sin embargo, habiendo
distancia, recurrir demasiado a los sueños, aunque satisface la
necesidad de alimentación también aumenta la necesidad física, y eso
es muy doloroso.
―Vale, creo que esto es el tope que puedo aguantar ―sentencié,
me iba a levantar de la mesa, iba a dejar a mi amiga que se le había
pirado la cabeza y me iba a ir a casa a meter la cara en agua fría para
no pensar que las probabilidades de que él me hubiera dicho la
verdad y que estuviera en mis sueños fueran del cien por ciento.
―Jeannie. ―Los ojos de Diane cambiaron, el iris seguía siendo
marrón aunque la esclerótica había cambiado a un denso color negro
y la pupila a blanca, igual que en el sueño―. ¿Los ves? Estos son los
ojos de un súcubo. Hablando en serio, si no aceptas a ese chico, tu
pareja para toda la vida, va a llegar al límite de los sueños y no va a
sobrevivir.

Un mes después...

―Pero...
―¡No!
―Es que...
―¡Que no!
Repasé los hechos: una de las mejores amigas que había hecho
en la universidad era un súcubo, el chico que se metía conmigo en el
colegio era un íncubo y además de la realeza demoníaca por lo que
había dicho Diane, que había demostrado que Marco iba a ser infiel si
la ocasión se le presentaba. Ese último hecho era la principal razón de
mi cabreo.
―¡Me has jodido la relación! ―grité tirando el vaso con agua a la
mesa.
«Para un súcubo era fácil romper una pareja inestable», eso
había dicho. «Jack podía acceder a tus sueños y atraparte porque es
tu pareja, no Marco», dijo luego. «Yo encandilé a Marco con menos
esfuerzo porque eres testaruda», soltó y ahí empecé a romper con todo
lo que me encontraba entre las manos.
―Bueno... ahora que no me has dejado ni una pieza de vajilla...
―habló nuevamente con un hilo de voz―. Quizás... podríamos... hablar
acerca de Jack...
―No juegues con mi paciencia, súcubo ―repliqué.
Quería pegarle otra vez, luego quería volver a darle las gracias
porque habría tirado toda la juventud por el váter si se me hubiera
ocurrido irme con él, extraño, ¿no? ¿Cómo pensar con la cabeza fría
de forma racional con lo que me había hecho? A tomar por saco mi
valor seguro. ¡Cinco años y el muy cabrón perdía la cabeza en menos
de dos segundos! ¡Qué yo no era lo bastante guapa para él! ¡Cerdo
hipócrita! ¡Ojalá se te caiga a trozos el medio gramo que tienes!
―Estás cabreada porque era tu valor seguro y echaste años
perdidos con él, pero...
―¡No me analices, Diane! ―grité volviendo a interrumpirla.
Caminé en círculos pisando por los destrozos que salpicaban el
suelo. Ese cabrón no me iba a dejar si no supiera que Diane se iba fijo
con él, ¡hijo de la gran...! ¿Me lo hizo antes? ¿Me puso los cuernos?
―Jeannie, oye...
―¡No!
―Es que...
―¡TE ESTOY DICIENDO QUE NO QUIERO SABER NADA! ―grité
golpeando la mesa con el puño cerrado, abrí los ojos como platos al
tiempo que tuve un escalofrío de dolor erizando toda la piel.
―Te iba a decir que tuvieras cuidado con los cristales de encima
de la mesa ―farfulló nerviosa.
Yo solo quería empezar a aullar y a correr por las paredes por el
dolor. Levanté la mano mirando la sangre escurrir por los trozos
empañados del cristal, empecé a marearme y, a pesar de tener el
estómago vacío, supe con seguridad que iba a vomitar.

Veinte minutos después...

―Señorita, por favor.


Me eché hacia atrás apretando con fuerza la bolsa con las
medicinas que tenía en la mano sana, la enfermera sudó mientras
intentaba que yo no me hiciera daño. Evité el contacto visual con la
esclerótica negra y la pupila blanca de los ojos de la enfermera., ¿Qué
pasaba? ¿Todo el mundo eran súcubos?
―Lo siento, pero no podía llevarte a una clínica normal ―se
apresuró a decir Diane―. Eres la pareja de un íncubo, mi obligación
era traerte a un centro de los nuestros. Es una regla.
―¡Que te den! ―le espeté enrabietada.
Tenía la mano adormecida, perfectamente vendada con los cortes
más cerrados con lo que sea que me habían puesto, ya que yo no fui
capaz de mirar. Aprensiva como era necesité tener la vista fija en todo
momento en la pared frente a mis narices.
―Hemos avisado a su compañero para que viniera a buscarla
―volvió a hablar la enfermera muy despacio.
Fulminé con la mirada a la súcubo que tenía por amiga, si es que
podía seguir considerándola así. No es como si no me hubiera hecho
un favor demostrando que mi pareja era un bastardo infiel; por un lado,
no era tanto la molestia de haber perdido a una pareja. No le quería
en el sentido apasionado de las palabras, era en el sentido de la
comodidad y la confianza, que era lo que se había ido por el retrete.
Con mi gran parte de culpa porque mis sueños no intencionados con
Jack tampoco me convertían en inocente. Mucho menos por haberle
hecho daño a él con lo que había dicho sin pensar, esa era la carga
más pesada: el dolor del íncubo por el rechazo en la cafetería, ni
siquiera hubo más sueños.
Estaba preocupada. ¿Estaría bien? ¿Se puso todavía peor desde
ese día?
―Tenía que dar el nombre de Jack, tienen obligación de avisar al
íncubo o súcubo si algo le pasa a su compañero ―se limitó a decir.
A la mierda.
Salí por la puerta blanquecina recorriendo el pasillo, quería irme
a casa intentando obviar la existencia de súcubos, íncubos y la de
cualquier otra cosa que hubiera por ahí suelta. Con lo tranquilita que
estaba yo con mi novio soso, viviendo con mis amigas y haciendo las
prácticas, ¿qué importaban unos sueñecitos de nada? Podría haber
seguido viviendo tan feliz en una insulsa calma sin olerme si me ponía
los cuernos o no. No tendría que haber asistido a la clase de escalada
con los niños, ni siquiera había sido obligatorio.
Entonces no le habría visto, Diane no se hubiera dado cuenta de
nada y la vida habría seguido tan previsible como hasta ese momento.
Ni me estaría comiendo la cabeza pensando si tenía razón, si era la
pareja para Jack. Entonces, ¿no era esto un castigo por algo que debí
hacer en algún momento de la vida y no me di cuenta? Pero si nos
ponemos a pensar con toda la claridad que el calmante me permite,
¿para quién era realmente el castigo? ¿Para mí o para él? Si era la
víctima de las gamberradas es porque me consideró inferior, ¿no era lo
peor que le podía pasar? Matón y víctima. Estúpido bullying escolar y
los profesores cabrones que no hacían nada. Y en esos momentos
estábamos así, no sabía cómo estaba él ni cómo encontrarle, no había
asistido a las clases desde lo que pasó.
Me paré en medio del pasillo que conectaba la sala de esperas
de urgencias con el mostrador de información y la puerta a la sala de
consultas porque Jack estaba ahí, parado frente al mostrador de
información con la preocupación escrita en la cara, más pálida de lo
que solía ser. Pensando en los sueños, cosa que había sido
vergonzosa para mí a esas alturas, en esos roces de piel, en el pasado
y en el ahora, era una lata darme cuenta que estaba más unida a él de
lo que quisiera y no tanto como desearía de forma irracional. No tenía
ningún sentido.
―Jeannie... ―Se acercó en un suspiro rodeándome con los
brazos con mucho cuidado, me recorrió de arriba a abajo con la mirada
deteniéndose en mi mano vendada, la tocó con delicadeza tratando de
no rozar la venda, solo mis dedos adormecidos. Frunció el ceño―.
¿Estás bien? ¿Qué ha dicho el médico?
No sabía por qué tenía que sentirme mal por hacer que estuviera
preocupado ni por haberle herido por mi negativa, al revés, tendría
que mandarle a tomar por culo o algo así, sin embargo no me salió
mucho más de la boca que:
―Estoy bien, parece más de lo que fue.

CINCO

¿Por qué acepté? Se supone que mi mano era la que tenía el calmante
no mi cabeza, aunque de forma muy molesta había una pequeñita voz
en el fondo de mi mente que no dejaba de molestar desde que Jack
estaba frente a mí. No le has puesto la denuncia por algo, eso me decía
y entonces yo contraatacaba con el contundente argumento: ¡estaba
en shock al descubrir que tanto él como Diane eran súcubos, estúpida
vocecita!
Pero no tenía nada con lo que responderle a esa situación en la
que ambos estábamos sentados, por supuesto mi amiga el súcubo ya
se había ido muy de casualidad con la frase «estoy completamente
segura de que él te dejará a salvo en casa». En un futuro tendría que
elegir con más cuidado mis amistades, estaba visto.
―Lo siento ―fue lo primero que dijo rompiendo el silencio
incómodo.
Así que, ¿lo sentía por qué?, ¿por los sueños?, ¿por secundaria?,
¿por qué? ¿No era yo quien tenía que pedir perdón? Con Marco
funcionaba así, siempre me disculpaba y él me miraba con esa
expresión de «¿Ves? No es malo aceptar que tengo razón».
―Todo ―habló de nuevo como si me leyera el pensamiento―. No
era la mejor forma de reaparecer y que fuéramos pareja, pero estaba
hambriento y no podía pensar con claridad. Tenía que haberme
asegurado de que de verdad creías que estaba dentro de tus sueños,
no solo dejarme llevar, pero era feliz porque parecías aceptarme.
―Ah.
No sabía que otra cosa decir, ¿qué esperaba? ¡Teníamos una
charla acerca de su naturaleza como íncubo! ¡Era lo más surrealista de
lo que alguna vez hablaría con alguien y había tenido conversaciones
muy bizarras como para estar segura de esto!
―Yo estaba en un momento intermedio, a mitad del curso estaba
despertando, no es algo que pase de un día para el otro. El cambio es
lento y para mí me era muy difícil sobrellevar que...
―¿Que una mocosa más pequeña con pecas y pelo cobrizo fuera
a ser tu... lo que sea? ―Apreté los dientes porque no era capaz de
pronunciar esa palabra, no me entraba en la cabeza.
Jack me miró confuso, sus dedos se apretaron con fuerza, sin
embargo sí me di cuenta del esfuerzo que hizo para no tomar mi mano.
La vocecita volvió a molestar con que ojalá lo hubiera hecho, muy en el
fondo estaba de acuerdo con ella.
―La primera vez que te vi tenías el cabello recogido en dos
coletas, llevabas un sudadera marrón y no sabías a dónde tenías que
ir. Eras brillante. ―Sonrió nostálgico, había algo tierno en sus ojos a
medida que pronunciaba aquello, mi corazón se encogió ante eso―.
Tienes tu punto, yo no debería haberte amargado la adolescencia,
pero en parte estaba enfadado. Como te he dicho, no era un íncubo
completamente desarrollado, así que el encontrar a mi pareja tan
pronto me frustraba. Creí que llevaría más tiempo, muchos no
encontraron la suya hasta pasados los treinta y yo aún querría haber
experimentado cómo era alimentarse de alguien más.
Tiempo para ir detrás de otros culos. Previsible.
―Vale, querías experimentar. Muy bien, entonces realmente eres
como cualquier otro tío.
Se rio divertido aparentemente por lo que solté, todo muy
corriente, al final voy a ser yo la anormal.
―Algo así. Era estúpido ―reconoció―. Otros de mi familia me
habían advertido de lo que mi comportamiento atraería si
desperdiciaba la oportunidad de poder permanecer tanto tiempo con
mi compañera y alejarla, así que intenté enmendarme, pensé que sería
más fácil si teníamos las mismas clases, por lo que me relajé y
simplemente esperé a repetir curso.
Me tensé con los sentimientos contradiciéndose unos con otros
ante ese dato. Alegría y rechazo.
―¿Te quedaste rezagado un curso para que estuviéramos en la
misma clase? No es el mejor de los planes.
―Me di cuenta cuando olí tu incomodidad al alzarte en brazos.
―¿Por qué iba a ser incómodo que alguien me tomara en
volandas gritando por medio patio que era suya? ―solté poniendo los
ojos en blanco―. ¡Para nada!
―De acuerdo, ahí no estuve muy fino, pero no sabía cómo
manejar esto. Si hubieras sido un súcubo habría sido algo instantáneo,
al menos lo hubiera sido cuando tuvieras mi edad. Intentar curar el mal
que ya había hecho era difícil mientras hubiera un rechazo por tu
parte.
―Sinceramente, todo lo que has hecho parecía una broma
pesada ―le eché en cara.
Aunque en ese momento ya no parecía tan importante, había
pasado casi una década desde entonces, sin embargo, todavía había
algo que no me cuadraba.
―¿Cómo te las arreglaste para sobrevivir si dependías de mí?
―preguntar eso era el equivalente a preguntar ¿por qué no me has
buscado después del instituto entonces? Sabía que estaba siendo
tonta y que debería darme igual, pero aun así me sentía herida por
eso. Si tanto le había hecho falta por su naturaleza, ¿por qué dejó que
pasaran siete años? Estúpidamente era una sensación mucho más
hiriente que el que Marco hubiera querido ponerme los cuernos con
Diane.
―Sueños ―añadió muy rápido―. Sin tocar. Estar en los sueños
me alimentaba. Sería como tomar un vaso de agua y una galleta para
todo un día, por lo que me pasaba muchas horas absorbiendo la
energía física de todas las personas que pudiera; no querer tocarlas
reducía ese «vaso» y esa «galleta» a la mitad, era un infierno porque
sabía que estabas por ahí con quién sabe. Necesité suero para tomar
más fuerzas para encontrarte, te busqué por los sueños de todos los
que te conocían saltando de cabeza en cabeza. El problema es que
tomar un sueño no es lo mismo que leer la mente, me llevó tanto tiempo
que creí que de verdad no te encontraría.
No me lo estaba dejando fácil para desconfiar, nadie habría
hecho tanto esfuerzo por mí, claro que nadie podría contarme una
historia como esa. Increíblemente era más fácil asumir que eran lo que
eran que tener que escucharlo; de acuerdo, podía con eso, pero no
con lo de oír toda la historia, eso era mucho para mí, demasiado que
encajar. Ni siquiera conseguía pasarme más de cinco minutos sin
pensar en que su esclerótica podría tornarse en negro y su pupila
blanca.
―No debería haber sido tan brusco entrando de esa forma en tus
sueños. Estaba muerto de hambre, tampoco fue mi mejor idea. Me
aumentaba la necesidad física y la sensación de satisfacción me
duraba apenas medio día antes de volverme loco.
Desvié la mirada de la suya tratando de aclararme las ideas.
Había querido algo, algo como lo que tenían la mayoría de la gente de
alrededor que se habían ido estableciendo, formando familias. Una de
mis amigas estaba apenas en sus veinticinco años y tenía ya dos niños
pequeños, no era que la prisa me viniera por unos niños, era más que
nada por la sensación de estabilidad. Había perdido eso y también el
conocimiento básico del mundo que pensaba que era normal.
―Di algo, por favor ―pidió.
Me castañetearon los dientes, había escuchado su versión, lo cual
decía ya bastante de mi capacidad de asimilación, sin embargo, no
sabía qué debía decir. No me venía nada coherente a la cabeza, así
que únicamente pude encogerme de hombros a pesar de que eso no
era una respuesta.
―Lo siento, sé que es un trago y si no hubiera hecho el idiota
podría haberte preparado mucho mejor el terreno hace siete años. A
estas alturas ya estaríamos casados ―suspiró frustrado.
―Siento haberte rechazado, y en la realidad después de haber
accedido dormida ―conseguí decir, era mi turno de disculparme,
tampoco se merecía que yo hubiera jugado con sus esperanzas
aunque hubiera sido sin querer y en los sueños.
Había estado preocupada por cómo se encontraría a pesar de
que no lo pareciera, constantemente había pensado en la imagen de
él con el dolor pintado en su rostro. No tener más sueños no había sido
un alivio, todo lo contrario. Pensaba una y otra vez en qué estaba
haciendo, si se encontraría bien o no, cómo podía encontrarle para
pedirle perdón.
―Me dirías que no si te pidiera ahora matrimonio, ¿cierto?
Reí por su comentario, una boda exprés no era indicado en ese
momento. Estiré la mano todavía indecisa, le acaricié los nudillos con la
yema de mis dedos con las sensaciones aflorando por mi piel, su calor,
el mío, el aleteo y el hormigueo. Arriesgarme no parecía tan malo, no
con la sinceridad que pintaban esos ojos azules ni la sensación de
que eso sí iba a funcionar, que esa «mágica» unión de los súcubos
que Diane me había intentado explicar era real y jamás querría
escapar de ella.
―Empezar por una cita no parece complicado ―declaré.
Ver cómo los ojos azules de Jack habían pasado de la tristeza a la
felicidad... Una sonrisa alegre relampagueó en su rostro volviendo a
iluminarlo.
Nos tomamos de la mano observándonos, sin embargo, a riesgo
de romper el momento, había algo que necesitaba pedir.
―Nada de volver a meterte en mis sueños para alimentarte.
―Palideció y agregué sin pensar―: Al menos no sexuales, por favor.
Se echó a reír ante mi petición embarazosa. Estaba siendo
demasiado flexible, lo cual respaldaba mi teoría de que sí era tonta.
―Te quiero ―dijo.
Me estremecí involuntariamente por su afirmación. Mis latidos
estaban mucho más eufóricos que cuando lo dijo en sueños, daba la
sensación de que en la realidad todo iba a ser mucho más intenso con
él. Enrojecí por la vergüenza.
―Un poco más despacio ―pedí―. Aún estoy asimilando todo
esto.

Tres semanas después...

―¿Cuánto de real es?


―La sensación en tu cerebro es del setenta y cinco por ciento.
―Sonrió.
Se suponía que estábamos en una única gran hamaca
contemplando las vistas de una de las idílicas playas de Hawái,
aunque en realidad yo continuaba en mi piso con mis otras amigas y él
en su ático, protestando por el hecho de que no estábamos viviendo
juntos, bueno, en realidad no protestaba en alto, se dedicaba a
ponerse de morros. Las horas de sueño eran importantes y más lo era
el contacto físico.
Con besarnos Jack se daba por satisfecho. Los besos no
proporcionaban mucha energía, aunque con bastantes le iba bien, al
menos para sobrellevar el día a día. Me parecía que se aprovechaba
un poco de las concesiones que le hacía, como por ejemplo los besos
o los sueños, pero no se lo reprochaba, esa pequeña vocecita me
estaba molestando a menudo con que sabía que me gustaba besarme
con él. De acuerdo, tenía razón, me gustaba permanecer con él, lo que
me hacía sentir, la forma en la que me miraba, esos ojos diciendo que
me amaban. Llegar a la parte física había sucedido muy rápido, apenas
dos semanas después, con lo que él estaba muy recuperado y yo
estaba más avergonzada, pero sí sabía que había sido una decisión
mía propia. Hacerlo con Jack era distinto a haberlo hecho con Marco;
desde que nos hicimos novios transcurrió un año y medio hasta estar
íntimamente juntos, pero con Jack fue distinto, en realidad todo era
distinto. No había intentado ni una sola vez apresurar las cosas o
hacer uso de alguna especie de «encanto íncubo» o los trucos que
fuera que empleasen, había aceptado toda la calma del mundo y
esperaba paciente a que yo quisiera avanzar. En ocasiones con los ya
mencionados pucheros silentes, pero no por ello menos adorables.
―Dentro de unas horas apareceré con una bandeja de
desayuno ―susurró al lado de mi oreja, me removí en la hamaca
acomodando mi cuerpo un poco más sobre el suyo para besarle.
Lo normal, y decía normal porque no se me ocurría otra palabra,
era que él viniera todas las mañanas a buscarme con un desayuno y
que fuéramos juntos en el coche. Mis prácticas habían terminado,
dentro de un mes empezaría a trabajar en otro colegio en el que mi
novio íncubo me había recomendado, y con lo nerviosa que había
estado me costaba creer que el que quisieran contratarme fuera por
mis propios méritos.
―¿Vas a hacer durante mucho tiempo costumbre eso? ―pregunté
refiriéndome al desayuno.
―Por lo menos hasta que vivamos juntos, en ese momento mi
trayecto para llevarte el desayuno será mucho más corto. ―Sonrió.
Sus labios me rozaron la oreja, ladeé un poco el rostro dejando
que descendiera hasta plantar un beso allí.
―Hmmm, no traigas mucha comida mañana ―le pedí―. Haré la
comida en nuestra casa.
Amplió su sonrisa ante mi indirecta-directa.
―¿Cambiaste de idea?
―Definitivamente sí, aunque sea para no tener que quitar todas
las cajas que he hecho ―bromeé.
Él estrechó mi cintura volviendo a unir nuestros labios, primero
casi inocente, apenas un roce, después pasó a un beso casto hasta
que sus manos se deslizaron con delicadeza por mis caderas. Respiré
agitada, a marchas forzadas tan pronto como me dejó tomar algo de
aire para respirar.
―Así que... ¿estás hambriento? ―pregunté con una sonrisilla
cómplice.
―Como si no lo supieras ―rezongó pícaro mientras bajaba hacia
mi cuello.
Mira que si me hubieran dicho que iba a terminar siendo la novia
del idiota que no paraba de perseguirme por el colegio gritando a todo
ser viviente que nos viera que «esa mocosa con pecas era suya»
desde luego no hubiera sido plato de gusto, pero si me hubieran
explicado que él iba a ser el amor de mi vida, hubiera detenido la
huida para tomarle con firmeza la mano y añadir: mocosa con pecas
vale, pero un poco más de discreción, estúpido íncubo. Después de
todo, con tu pareja amada tienes que tener paciencia por muy
acosador que se ponga con los sueños agitados, así es el amor de los
súcubos.
Lo que calla un corazón
Nina Andrássy
Ver a su marido tan compuesto, sonriente y con una mujer del brazo la
paralizó, al punto de no poder seguir avanzando por la recepción que
estaba teniendo lugar, luego de la boda de su mejor amiga Elsie.
Se sentía fuera de sitio en una fiesta cuando, internamente,
continuaba viviendo su luto y consideraba una traición no poder tener
el espíritu festivo que reinaba en el ambiente, después de presenciar
como una feliz pareja pronunciaba sus votos sagrados de amor eterno.
Pero Thomas estaba ahí, frente a ella, dichoso como si nada
hubiese pasado entre los dos.
¿Cómo podía sonreír? ¿Cómo se atrevía a mostrarse alegre
cuando ella estaba siendo consumida por el dolor? No era justo que la
única que sufriera fuese ella. Quería gritarle hasta hacerle reaccionar,
pero no podía moverse.
Casi cinco meses habían pasado desde la última vez que se
habían visto, pero Thomas parecía no reparar en ella y, la parte
vanidosa de sí misma, se sentía insultada por su indiferencia.
―Callie, ¿te encuentras bien? ―le preguntó su amigo Andrew, un
joven apuesto y agradable, amigo también de Thomas, que se había
ofrecido a ser su compañía por esa noche, ya que su novia se
encontraba fuera de la ciudad y ella no tenía con quien ir.
―No ―le contestó con sinceridad―, no lo estoy. Quiero irme, por
favor, discúlpame con Elsie y Dan, no puedo estar aquí si él está tan
cerca.
―Callie…
―Por favor ―le interrumpió con la mirada empañada. Andrew
suspiró y se rindió ante esos ojos tristes.
―Muy bien, pequeña. ―Secó las lágrimas que comenzaron a
correr por las pálidas mejillas―. Pero que sepas que no estoy de
acuerdo.
Callie asintió y lo vio partir donde se encontraban los novios. Ella
vio a su amiga feliz y hermosa junto a su enamorado marido.
―Yo, Thomas, te quiero a ti, Callie, como esposa y me entrego a ti.
Prometo serte fiel en la alegría y en el dolor, en la salud y en la
enfermedad, todos los días de mi vida ―había jurado Thomas con voz
apasionada en la iglesia frente a todos los amigos y familiares que ese
día se habían congregado para ser testigos de su unión.
El amargo recuerdo cruzó su mente y quiso correr para alejarse lo
más rápido posible del ser que le había prometido tan fervientemente
amor eterno.
No podía culparlo solo a él, pero tampoco podía olvidarlo todo. Se
tocó el vientre que cobijó durante seis meses a la criatura de debía
llegar para iluminar sus vidas, y sintió el vacío que siempre
experimentaba cuando pensaba en su hijo.
De pronto, ya no pudo soportarlo más. Caminó absorta entre la
gente hacia la salida.
No esperaría a Andrew. Él no tenía razones para perderse la
fiesta y ella se sentiría culpable si eso pasara.
Era una noche espléndida. La luna brillaba en lo alto del cielo y
las estrellas iluminaban el firmamento.
―Mira el cielo. Parece que nos está dando un regalo de bodas…
La evocación a aquel enterrado momento cuando Thomas la
había llevado al balcón del hotel a ver las estrellas, para sorprenderla
luego con un escrito gigante donde rezaba un para siempre, la golpeó
cruelmente.
No existía un para siempre, porque las personas no eran
capaces de mantener sus promesas por mucho tiempo.
Había ratos en que sentía lástima de sí misma por haber sido tan
crédula, pero no se arrepentía de nada. Era verdad lo que decían
sobre que era mil veces más doloroso ser feliz un día y perderlo todo al
siguiente, porque si Thomas no se hubiese cruzado en su camino,
nunca hubiese conocido la felicidad.
Aunque esta no hubiese durado.
Podía recordar claramente el momento cuando le confesó que
estaba embarazada y cómo el rostro de él se le había descompuesto.
―¿D-de verdad estás…? ―ella le había sonreído con ternura y
había asentido―. Dios ¿cómo…?
―¿Cómo? ¿Es en serio? Tú sabes bien cómo ―rio sin dar crédito.
Dio un paso en su dirección―, hace unas semanas no nos cuidamos,
mi amor.
―Estás embarazada. ¡Voy a ser papá! ―había exclamado por fin
eufórico y la había levantado del suelo con un fuerte abrazo―. Oh, mi
amor, vamos a ser padres.
Podrían haber tenido un hijo, podrían haber sido padres, pero no
había sido así. Alzó su temblorosa mano izquierda y acarició el lugar
donde debería estar el anillo, donde no había más que una línea
blanquecina. No estaría allí nunca más. Ni ese ni ningún otro.
Se lo había devuelto a su dueño dos días antes de que le diesen
el alta médica, pero él se negó a devolverle el suyo.
―Eres tú quien está rompiendo este matrimonio, no yo ―había
zanjado ofendido, y desde entonces no se veían.
En su andar sin rumbo, no percibió que estaba siendo observada
por unos ojos casi dorados que recorrían su cuerpo sin censura
alguna.
El hombre la seguía de cerca, pero no tenía intención de delatar
su presencia frente a su esposa. La siguió como un impulso solamente,
ni siquiera se había disculpado frente al resto de los invitados por su
abrupta salida.
La mujer que lo acompañaba esa noche era la hija de algún
importante delegado de una embajada, no recordaba con exactitud
quién era, la había invitado por simple cortesía, pero sabía que Callie
debió malinterpretar el hecho y lo más probable era que la mujer
también hubiese pensado que se trataba de una cita, porque había ido
rápidamente al tocador cuando percibió que su pareja la abandonaría,
huyendo antes de ser humillada.
De seguro pensaría que él era del tipo de hombres que, aunque
tuviesen alguna relación, tenían encuentros íntimos con sus exparejas.
«No sería de ese modo», se dijo. Pero no lo estaba, al menos no
de hecho, porque ante la ley seguía casado. Era extraño seguirle
siendo fiel a su mujer cuando ella había decidido terminar con su
matrimonio.
La vio detenerse y la examinó con libertad. Su esbelta figura
había perdido peso, era evidente, porque de su exquisita delgadez
con modeladas curvas quedaba un aspecto enfermo y demacrado que
lejos de causarle aprensión, lo enterneció. ¿No habían dicho lo mismo
de él? La tristeza podía consumir la vida.
Nunca podría reponerse del dolor que había significado la
pérdida del bebé. Él había golpeado la pared de la sala de espera con
los puños hasta hacerlos sangrar, en el momento en que salió de la
sala de partos con la confirmación de su muerte.
Había sido un golpe mortal para los dos. Claro que existían
diferencias, porque él había perdido a dos personas amadas, ella solo
a una.
Una sonrisa irónica le cruzó el rostro y los anillos en su bolsillo
parecieron latir contra su muslo.
No había sido fácil verla marchitarse en la cama del hospital
inconsciente y a la vez encargarse del funeral de su hijo…
Sin embargo, todo hubiese sido más fácil si el golpe lo hubieran
sobrellevado juntos, pero no había ocurrido de ese modo y, sin más,
Callie le había entregado el anillo para romper con los votos
matrimoniales y, de paso, con los sueños de un futuro juntos.
¿Quién había sido injusto?
Tal vez el destino.
―Y-yo… te amo.
La primera vez que había escuchado esa frase de sus labios
pensó que moriría por la velocidad con la que galopó su corazón, y
aunque el efecto no cambió con el correr de los años, la primera vez
siempre sería especial.
Soltó un suspiró de añoranza y se encaminó en su dirección.
―No deberías estar aquí ―le habló sobresaltándola. La reacción
fue la que esperaba. Un brinco y una mirada asustada igual que
antaño cuando ni siquiera eran novios todavía, y él lograba ponerla
nerviosa solo mirándola fijamente.
―Thomas ―lo reconoció con rapidez. No se sonrojó, no
tartamudeó. Solo lo miró fijo. A Thomas le dolió como nada le había
dolido antes ese vacío en sus ojos.
―Hace frío ―le dijo y se quitó su chaqueta para ponerlo sobre
sus hombros descubiertos―. Ten.
―No es necesario. Será raro que cuando vuelvas a la fiesta te
vean sin él. ―A Thomas no le importó y solo se limitó a encogerse de
hombros. Ella reparó en su figura. Cinco meses y parecía otra persona.
Ese rostro juvenil de rasgos firmes y encantadores ahora se veía
perfilado y aguileño. Su cuerpo parecía más delgado, pero no perdió
atractivo.
―¿Has estado bien? ―Thomas se sorprendió ante la pregunta
formulada con suavidad por Callie.
―Dentro de lo que cabe ―le respondió―. Mamá insiste en que
coma cuatro veces al día ―sonrió con pesar, ya que recordó las
reprimendas que se había ganado por negarse a comer durante los
primeros días de separación―. ¿Y tú?
―He comido ―contestó esquiva agachando la mirada. No tenía
intención de responder cómo se encontraba, y él lo notó.
―Es incómodo, ¿no crees? ―reflexionó el joven en voz alta―.
Estamos hablando después de casi cinco meses y no sé qué decir.
―Ella alzó la mirada.
―No creí que llevaras la cuenta.
―La llevo ―sonrió, observándola fijamente―, en cinco días
estaríamos de aniversario de separación, si es que eso existe.
―No existe ―refutó ella―, por lo general cuando una pareja se
disuelve, olvidan todo lo que tienen en común… o lo intentan.
―Seguro ―convino él―, lo intentan… aunque no siempre se
puede. Es eso lo incómodo, ¿cómo se olvida el pasado?
―Es imposible ―respondió Callie―. El pasado es parte de
nuestra vida. Los errores marcan lo que seremos en el futuro, nuestras
decisiones nos abren camino a lo que vendrá.
―¿Es esa una indirecta, Callie? ―susurró él aproximándose y
apoyando su mentón en la cabeza de su esposa, evitó que el resto de
sus cuerpos entraran en contacto, pero sintió cómo la chica se
estremecía―. Te he extrañado mucho ―declaró sincero, y ella cerró
sus ojos suavemente.
―Yo también ―confesó Callie y él posó sus manos en torno a su
cintura, y ella descansó su cabeza contra su pecho.
―Tu abogado contactó conmigo la semana pasada ―le informó
mientras acariciaba su espalda. Dolía tanto, por Dios que dolía tener a
la mujer a la que amaba entre los brazos pero no tener derecho sobre
ella. «¿Por qué me dejaste?» quiso preguntarle, pero no se atrevió.
―Tu hermano sabía que lo haría.
―Ese granuja no me dijo nada. Me sorprendí bastante con su
visita y lo dejé hablando solo. ¿No te lo dijo?
―No, no lo hizo.
―Es discreto ―dedujo el hombre con risa en la voz―. Gatita ―la
llamó, y ella alzó la cabeza.
―Thomas, no. No me llames de ese modo, por favor ―le pidió la
mujer separándose rápidamente de él.
―Perdón, se me escapó ―Thomas pareció abochornado por su
despiste. Ese apodo era un código de cama. La primera vez que
habían hecho el amor él había comparado la satisfacción de ella con el
ronroneo felino.
Ella respiró pesadamente y él tomó sus manos para evitar que se
alejara demasiado.
―Es inevitable. Hemos estado mucho tiempo juntos. Es la
costumbre.
―Lo sé, Thomas.
―Si se te escapa algún mi amor sería normal… bueno, supongo
que lo sería.
―Thomas ―la voz de Callie era suave, pero él sabía que
implícitamente había una advertencia adherida.
―Es verdad ―defendió con la voz elevada―, no podemos
pretender que no somos nada. Eres mi esposa. Mi mujer. La madre de
mi hijo ―argumentó vehemente, llevaba meses frustrado, buscando
respuestas, llorando. Se sentía solo entre un mar de gente que vivía
mientras él se limitaba a existir.
―De tu hijo muerto ―contradijo ella, herida con la misma fuerza.
―Él me hizo padre por poco tiempo, pero fui padre. Sentí lo mismo
que cualquier hombre cuando ve a su hijo nacer. Orgullo paternal.
―Pero él no está ―indicó la mujer con tozudez.
―Y debemos dejarlo partir, pero yo no podré olvidarlo ni aunque
quiera ―suspiró con una media sonrisa y con los ojos brillantes―.
Tomé su mano y acaricié sus dedos, eran tan suaves como la seda,
¿puedes creerlo? Lo abracé contra mí, lloré con él en mis brazos. Era
un niño hermoso. Era nuestro niño hermoso ―dijo tocando el corazón
de la joven que a su vez se vio azotada por antiguos recuerdos.
―Tenía fuerza. A mí me daba patadas continuamente ―sonrió
entre lágrimas Callie.
―Sí que tenía. ¡Y sus pestañas! ―exclamó él con euforia, casi
parecía estar viviendo el momento en que había sostenido al niño
inerte―. Eran largas y rizadas. Sus manitas pequeñas y perfectas, besé
cada dedo diminuto ―suspiró entre medio―. Amé su fortaleza. Todo de
él en realidad.
―Me hubiese encantado conocerlo ―él la abrazó.
―Lo sé.
―Yo deseaba tener ese bebé.
―Lo sé, gatita. Yo también. ―Ella lloró empapando su camisa, y él
se permitió llorar a su vez.
―No hay día en que no piense en él, en cómo sería, pero solo
encuentro vacío. ¿Por qué a nosotros? ―le preguntó vehemente― ¡Yo
amaba a ese niño! ¿Por qué?
―Gatita ―susurró suavemente intentado calmarla―, nosotros
somos simples seres humanos y no podemos escapar al destino. ―El
cuerpo frágil de la joven temblaba por el llanto―. Esta es una prueba,
mi cielo, y en la vida hay miles de ellas ―pruebas duras, se dijo
Thomas, esa era la más dura que un padre podía vivir.
―Por favor, Thomas. No me dejes sola. No quiero estar sola ―si
ella no sabía lo que le estaba pidiendo, a él no le importaba.
―Nunca más, gatita. Nunca más.
―Si te pido que me dejes no lo hagas.
―No lo haré.
―Perdóname ―le rogó.
―Ya no importa.
―Fui tan egoísta. Creí que sufría sola, pero tú sufriste también.
―No te sientas culpable, pero me rompiste el corazón ―se rio
él―, nunca pensé sentir algo así. Dos pérdidas en poco tiempo. Fue un
calvario.
―Yo no lo sabía…
―No importa. Debía hacerme el fuerte, pero fue horrible, gatita.
Horrible.
―Perdóname. ―Ella tenía el maquillaje corrido y los ojos irritados
cuando lo miró, pero nunca había lucido tan hermosa para él.
―Todo está olvidado ahora, y como última cosa. ―Callie le prestó
atención entre lágrimas que quebraron a Thomas por un momento―.
¿Debo esperar la visita de tu abogado, mi cielo? ―Ella rio con las
mejillas rojas y él se sintió conmovido de que recobraran su color
habitual.
―¿Quieres tu libertad? ―le preguntó Callie siguiéndole el juego.
―A decir verdad, es tu decisión, pero si me pides el divorcio, me
tendrás en tu puerta cada día insistiendo en que me concedas una cita.
―Entonces tendrás a mi abogado a primera hora mañana.
―Eres una bribona ―jadeó él falsamente ofendido, pero sus ojos
brillaron de interés un instante después―. ¿Tendré que pedirlo yo otra
vez? Podrías ser tú. ―Ella entendió a qué se refería. Si la vez anterior
había sido él quien le había pedido matrimonio, ahora le tocaba a ella.
―¿Quieres que me declare a ti, que eres inmune a los encantos
femeninos? ―Ella golpeó su hombro―. Las chicas solían decir eso en
secundaria.
―Pruébalo ahora. Bésame, tal vez me resista y salga corriendo
sintiéndome violentado. ―Ella se sonrojó y él también ante la idea,
pero solo un poco. Degustar sus labios nuevamente y fundirse por
segundos eternos, perder el aire después de tanto tiempo separados,
era un sueño para Thomas.
Él cerró los ojos como invitación y ella sonrió. Por la diferencia de
estatura tuvo que alzarse sobre la punta de sus pies y apoyar sus
manos en los hombros masculinos, sus labios se rozaron apenas y él
gruñó en respuesta.
El beso se inició lento y fue un mero reconocimiento, aunque la
sensación era igualmente hipnótica.
―Sabes a vino ―murmuró ella en medio del beso.
―Y del caro ―le corroboró él. Tomándola entre sus fuertes
brazos.
La risa fue ahogada por un beso más profundo y pasional que
encendió la sangre de ambos como hacía meses nada lo hacía.
―E-espera ―lo detuvo ella cuando la mano del chico se coló
entre sus cuerpos para palpar su vientre y paró el beso―. Yo… creo
que debo hacer algo antes.
―Que sea rápido ―apremió Thomas con la mirada ámbar
irradiando fuego. Ella sonrió.
―Lo será, dame tus manos ―ordenó con suavidad y lo miró
directamente a los ojos con la emoción reflejada en ellos―. Quiero que
sepas que a pesar de mis errores y de lo injusta que fui. ―Él abrió la
boca dispuesto a interrumpirla, pero Callie apretó sus manos
suavemente para indicarle que guardara silencio―. Fui injusta y lo
sabes ―siguió quedamente―. Yo he mantenido mis votos
matrimoniales y los he respetado, te he honrado y amado aún cuando
físicamente estábamos separados. Por eso quiero reafirmarlos ahora…
―Espera, espera. Muy rápido, gatita. ―Él separó sus manos y ella
lo miró interrogante. Hurgó en su bolsillo y extrajo las dos alianzas
doradas que traía consigo―. Esta es la tuya. ―Le tendió la más
grande―. Jura otra vez ―ordenó.
―Thomas. ―La sorpresa en el hermoso rostro lo sobrecogió. Era
tan hermosa. Tan perfecta. Tan suya―. ¿Sabías que esto pasaría o
siempre las llevas contigo?
―La esperanza es lo único que se niega a morir.
―No dejas de sorprenderme.
―Me alegro. Continúa ―la instó tomando sus manos nuevamente.
Ella aspiró una bocanada de aire antes de seguir.
―Entonces como decía, Thomas, jamás he querido hacerte daño.
Sufrí mucho con la pérdida del bebé y sé que tú también, antepuse tu
felicidad por sobre la mía, entenderás que no sentí que fuese una
pareja digna de ti en ese momento. El miedo pudo conmigo, pero yo te
juro que desde ahora te consagraré mi vida y que tienes mi corazón
―él moduló un para siempre y ella rio―, para siempre. ―Con la punta
de los dedos acarició sus nudillos y Thomas ahogó un suspiro para
luego deslizar lentamente el anillo de compromiso en el dedo anular
de su mano izquierda. Una vez hecho, besó cada dedo de esa mano y
con la derecha del chico, acarició su sonrojada mejilla.
―No harás que llore, gatita ―le susurró él en respuesta―, pero
que no te extrañe si desde ahora no te puedes despegar de mí.
―Si es una amenaza, valdrá la pena.
―Es una promesa ―le contradijo―, es la primera de las mías
―clarificó y con un suspiró la miró a los ojos avergonzado―, ya sabes
que no se me da bien improvisar, y sé que es una cualidad que amas
de mí ―Callie meneó la cabeza y le dirigió una sonrisa enamorada y
radiante―, sabes que te gusta, pero haré un intento.
―Adelante, muero por verlo ―lo picó y el ego de Thomas se
resintió.
―Es serio, mujer.
―Estás tan abochornado que no puedo evitarlo.
―Como sea ―murmuró en medio de un bufido―. Cuando te
conocí nunca creí que llegaras a adueñarte de mí de este modo y
hacerme dependiente de ti, no niego que eso me asustó cuando lo
reconocí y aún ahora un poco, por eso lo negué durante meses
cuando alguien me lo decía y te ignoré deliberadamente frente a los
demás cuando mi cuerpo ardía de deseo por el tuyo. ―Ante eso la
joven se sonrojó bastante―. No me puedes culpar por ello ―se
defendió con rapidez―. Tenía diecisiete años… inexperto y tímido ¿lo
recuerdas? ―le dijo azorado―, y olvidando lo desastroso de mi
declaración…
―Yo diría tu frustrado intento de declaración.
―Vamos, no destruyas más mi ego ―se quejó infantilmente.
―Aun así nunca olvidaré ese día.
―Ni yo. Pero como te decía. Olvidando eso, yo intenté hacerte feliz
siempre y mi felicidad dependía de ti… si estabas feliz, yo era feliz.
Marcabas mi vida y todo te incluía: mi mayor alegría fue nuestro primer
beso; mi triunfo favorito el que aceptaras tener una cita conmigo
después de eso; la euforia indescriptible de cuando no te negaste a
ser mi novia; la plenitud y el orgullo de haber sigo el primer hombre
que te tocó y la emoción más grande de todas fue escucharte dar el sí
hace dos años. Sin embargo, cuando mi vida marchaba de maravilla y
las cosas no podían resultar mejor, me dijiste que seríamos padres y
creí alcanzar la cima. Lo teníamos todo… por eso no supe reaccionar
frente a la pérdida, mas aun cuando me pediste el divorcio no fui capaz
de negarme, quería pedirte, rogarte que no me dejaras, pero algo de
ese muchacho orgulloso queda todavía y preferí callar.
―Mi amor… ―Callie tenía la garganta cerrada de emoción por
escuchar a ese hombre al que había amado prácticamente toda la vida.
―Te amo, por eso no justifico mi propio actuar y me avergüenzo
de él. No he roto mis votos, pero te fallé. Por eso lo único que te puedo
ofrecer es mi alma y reafirmo lo mucho que te amo, tal vez te exaspere a
ratos, pero evitaré hacerlo e incluso ya no me quejaré cuando me
quites el televisor ―consiguió que ella riera divertida―, leeremos
juntos cada noche como solíamos hacer y luego te haré el amor hasta
que estés satisfecha y ninguno pueda moverse. Y en la mañana,
cuando despiertes, lo primero que verás será mi rostro enamorado. Es
mi promesa.
―Cielos, Thomas. ―La chica no podía detener su llanto y lo besó
con ansias―. Perdóname, mi amor, por el daño que te hice.
―Todo está olvidado ―le aseguró con tranquilidad―, ahora
dame tu mano.
―¿Solo mi mano? ―le preguntó ella con coquetería. Él carraspeó,
pero se alegró de que no siguiera llorando.
―Reclamaré mi noche de bodas más tarde y será la noche
completa, no lo dudes, pero por el momento… ―Acarició su mano
izquierda y se maravilló con su suavidad―. Te amo y así será hasta que
mi vida se acabe. Para siempre. ―Le deslizó el anillo con cuidado y su
mano le temblaba en el proceso. La besó largamente después y así
hubiese continuado, pero tenía una cosa en mente―. Mi hermano no
está ocupando su departamento porque le bajó todo lo buen hijo y por
este mes está viviendo en casa.
―¿Qué me estás proponiendo?
―Tenemos el lugar para nosotros solos y yo llevo meses de
abstinencia. ¿Serías tan buena de aliviarme un poco, gatita? ―le
preguntó con falsa inocencia.
―Toda la noche, Thomas. Toda la noche. Al fin de cuentas es
nuestra noche de bodas.
Él extrajo las llaves de su pantalón y las agitó frente a ella. El
sonido nada musical fue lo más armónico que Callie había escuchado
esa noche. De hecho, le contaría ya a Elsie que sus músicos no le
hacían el peso a ese sonido y le propondría que lo considerara en un
futuro.
Agitando la cabeza con una sonrisa ella lo abrazó por la cintura y
se dejos llevar hacia donde él quisiera.
El camino al departamento le pareció eterno y Thomas se detenía
a ratos para besarla por lo que demoraron mucho más de lo que
deberían.
―Thomas esto es escandaloso ―se quejó Callie cuando afuera
del edificio él la arrinconó contra la pared y le mordisqueó el cuello.
―¿Alguna vez lo hemos hecho en un sitio público, fuera de esa
ocasión en que retozamos en la playa?
―No… nunca más ―jadeó sin aliento y él frotó su erección contra
su vértice―. Pa-para, Thomas.
―¿No te gustaría hacerlo aquí? ―no era en serio, Thomas sí
tenía algo de sentido del ridículo en alguna parte, pero que Dios lo
perdonara si no estaba tentado a tomarla ahí mismo.
―¿Y que alguien nos viera? Jamás.
―Bueno ―él no dejó de tocarla―, si quieren vernos, pues que
vean. ―Ante la expresión alarmada de su esposa él dio un paso atrás
y rio―. Está bien, gatita, tú ganas. Vamos a hacer el amor en una cama
con la luz apagada y mordiendo el hombro contrario para que no se
escuchen nuestros gritos.
―Deja de hacerte el gracioso ―amonestó la mujer. Thomas se
sintió regocijado ante el retorno de la esposa mandona que tanto
amaba y que hacía solo unas horas lucía apagada y triste.
Abrió la puerta y antes de que ella prendiera la luz la arrinconó
contra la puerta para besarla con fuerza y comenzar a desabrocharle
el vestido.
―Perdóname, pero necesito hacerte mía ―susurró con los labios
pegados a los de la chica. La urgencia dio paso al impulso y antes de
que alguno de los dos se diera cuenta estaban restregando sus
cuerpos frenéticamente desesperados por hacer amor.
Fue Thomas quien llevó la voz cantante durante el acto y la
condujo a la habitación que su hermano les había asignado para
cuando se quedaran en el departamento.
Una vez allí hizo desaparecer su ropa y la de su esposa, antes de
depositarla en la cama sin dejar de besarla en los labios.
―Ha pasado casi un año… ―susurró contra la boca color cereza
de su mujer―, no sé si estaré a la altura.
―¿Alguna vez no has estado a la altura?
―No lo sé, ¿lo he estado siempre? ―Callie lo miró a los ojos y le
acarició la fuerte mandíbula que ya se sentía áspera por la barba que
comenzaba a crecer.
―Te amo tanto, Thomas ―la tierna confesión le arrancó un
gemido estrangulado y torturado al hombre sobre ella―. Te fallé al
dejarte, pero quiero redimirme. Quiero vivirlo todo contigo, quiero
cumplir cada sueño que teníamos ―juntando su nariz con la de él
murmuró bajito―: no quiero volver a perderte.
―Eres el amor de mi vida, Callie, ¿no lo ves? No podrías
perderme porque estamos destinados.
―Estuve tan cerca de…
―No sigas, amor. ―Con suavidad atrapó el carnoso labio inferior
para impedirle que continuara hablando―. Ya no importa.
Volvieron a besarse largamente antes de que eso ya no fuera
suficiente para sus cuerpos deseosos de sentirse mutuamente.
Thomas acarició el centro húmedo de Callie hasta llevarla al límite
de su resistencia, enviándola sin misericordia a un orgasmo
avasallador que le robó el aliento y le arrancó un grito primitivo de
gozo.
―Oh, Thomas, te extrañaba tanto… amor, tanto ―jadeó rendida a
sus atenciones. Él solo sonrió con ternura.
―Te eché de menos ―confesó acomodándose entre sus piernas
y apuntando con su miembro su húmeda entrada alistándose a
penetrarla―. No sabes cómo.
―Te quiero dentro de mí, Thomas, por favor.
Él no pudo negarse el placer por más tiempo y de un solo impulso
se adentró en el cuerpo de su mujer.
Ambos cuerpos se reconocieron y se buscaron con ardor en una
danza tan antigua como el mundo, pero que para ellos era nueva y
preciosa. Thomas sentía cómo Callie lo tomaba, succionándolo con
fuerza entre suspiros trémulos, provocando que cada fibra de su ser se
uniera con él. No quería que terminara. No quería perder esa
conexión jamás.
Arremetiendo con fuerza una vez más, se quedó quieto,
disfrutando solo del placer de tenerla junto a él en la cama.
―Te amo ―murmuró besándola―. Te amo, Callie.
A Callie los ojos se le empañaron de emoción y solo pudo besarlo
en respuesta.
Plenamente liberado y eufórico, comenzó a embestirla
rítmicamente para que ella alcanzara el clímax y así poder dejarse
llevar también.
Aplastó su boca con un beso nacido de la locura misma en pleno
éxtasis sexual. Ambos alcanzaron la satisfacción y estuvieron de
acuerdo en que nunca lo habían sentido tan intenso.
Minutos después, agotados y con los cuerpos íntimamente
enredados, Callie acariciaba ausentemente el pecho desnudo de su
esposo.
―Nunca pensé que podríamos estar así de nuevo ―declaró en
un susurro.
―Yo tampoco, creí que te había perdido, pero siempre mantuve la
fe.
―Te amo de una forma que debería ser prohibida, Thomas.
―Callie bajó un poco la mano para rozar la protuberancia de su sexo
que despertaba a la vida con su tacto.
―Dame un respiro, gatita.
―¿De verdad quieres eso?
―No, joder, no ―blasfemó entre dientes y giró hasta posicionarse
sobre la mujer antes de devorarla con un beso feroz―. Solo
olvidémonos del mundo, mi amor.
Aquí mando yo
E.R.Dark
Odiaba los lunes.
Bueno, eso le pasaba a todo el mundo, no era una novedad. Pero
lunes como aquel eran los que hacían que Rocío odiara realmente su
trabajo. Ese día debía defender a un tipejo que estafaba a señoras
mayores que vivían solas diciéndoles que iba a revisar la instalación
del gas, y acababa drogándolas y robándoles todo lo que tenían de
valor en casa. Lo peor era que el tipejo se sentía orgulloso de lo que
había hecho y se autodenominaba el Robin Hood de los jóvenes,
porque luego se lo gastaba con sus amigos en las discotecas del
puerto. Realmente, odiaba su trabajo ese lunes. Y para rematar el día
que solo acababa de empezar, al llegar a la puerta de los juzgados, allí
estaba David.
David era alto, moreno, con una de esas sonrisas que te hacen
pensar en paseos por la playa al atardecer. Llevaba trabajando allí ya
seis meses, y desde el primer día se había sentido atraída por él. El
uniforme de vigilante le sentaba realmente bien y dejaba ver un culito
redondeado, y en verano, al ir sin chaqueta, unos brazos musculados
que seguramente abrazarían de vicio después de una noche de
pasión.
Rocío maldijo entre dientes porque otra vez sus pensamientos
acababan con la imagen de ella y David desnudos y enredados en la
cama. Ese tipo de imágenes era lo último que necesitaba en un día así,
de modo que su escaso humor empeoró aún más, y si a eso le sumaba
los nervios por pasar tan cerca de él cada mañana por el arco detector
de metales y oler su colonia, el resultado era un manojo de nervios
llamado Rocío.
Ni siquiera saludó al dejar el bolso y el maletín sobre la cinta del
escáner y pasar por el arco para esperar a que los pudiera recoger.
Pero no lo hacía por ser una estúpida, sino por nervios. A algunas
personas les entraba la risilla nerviosa, otras se ponían rojas como un
tomate. Ella se volvía un ser autoritario y en ocasiones gruñón.
David sonrió al verla llegar. Como todos los días, lo miraba por
encima del hombro; como todos los días, su mirada color miel lo
calentaba; y como todos los días, pasaba por su lado sin dirigirle la
palabra. Era exquisita. Su melena azabache rizada le caía en cascada
por su espalda, haciendo que deseara alargar su mano y acariciarle
unos mechones, unos labios carnosos que incitaban a besarlos y un
cuerpo con unas curvas hechas para el placer de un hombre. Jesús,
esa mujer era pura sensualidad. Pero como solía decir su abuela;
«Nadie es perfecto». Y Rocío podía quitarle el aliento con una sola
mirada, pero era una auténtica gruñona.
Adoraba su trabajo y en esos últimos seis meses le gustaba más.
Solo con verla pasar e inhalar su perfume tenía de momento suficiente.
Solo esperaba una señal, algo que le indicara que cuando se
acercara a ella no haría el ridículo y sufriría uno de sus desplantes.
Cuando la vio recoger el bolso del detector, la saludó con una de
sus mejores sonrisas:
―Muy buenos días, señorita. Alberola.
Rocío sintió que se derretía al escucharlo, pero en lugar de
sonreírle de vuelta, lo miró con seriedad.
―Buenos días.
Colgándose el bolso y cogiendo el maletín, echó a andar hacia el
pasillo de la derecha para ir a la sala del juzgado donde su cliente, el
asalta viejas, la esperaba.
David la siguió con la mirada, soltando el aire de los pulmones.
Esa mujer era puro fuego.

***

Rocío cumplió con su trabajo de modo imparcial, sin demasiada


emoción, porque en realidad estaba segura de que aquel tipejo debía
pudrirse en la cárcel, por el tiempo que estuviera. Por suerte, el fiscal
fue más implacable que ella, y a su cliente lo condenaron. Feliz por
perder el caso, se fue a la habitación donde una cafetera y una nevera
la convertían en una sala de descanso para los empleados de los
juzgados. Cuando cogió una taza para ponerse el café, recordó de
nuevo a David.
Un par de ocasiones había coincidido con David en el descanso y
se había portado con él como una verdadera arpía. Aún se preguntaba
cómo seguía sonriéndole y hablándole con educación después del día
en que lo mandó a hacerle fotocopias para un juicio.
Aquel día estaba nerviosa porque era su primer juicio rápido por
robo, y se dio cuenta de que parte de la documentación debía
guardarla con el expediente, y estaba sin fotocopiar. No podía salir
corriendo a la fotocopiadora, y no se le ocurrió nada mejor que parar a
David que iba de camino a esa misma sala en la que ahora llenaba la
taza de café.
―¡Tú! Ve y hazme unas copias de esto. Llévamelos a la sala 3.
Él se detuvo a su altura y, clavándole la mirada, muy
educadamente le respondió:
―Disculpa, pero no sé si sabes que soy el vigilante, no el chico de
los recados.
―Me da igual. ¡Aquí mando yo! Ve y haz las fotocopias, ¡y rapidito!
David le había cogido los documentos y, tragándose una
maldición, había ido a hacerle las fotocopias. En cinco minutos estaban
listas y se las había llevado a la sala 3. Esta vez no la miró, sino que
dejó los documentos encima de la mesa y se marchó. Le había hecho
perder tiempo de su rato libre.
Según su amiga Mamen, en más de una ocasión lo había visto
mirarla con hambre, sobre todo su culito respingón, con una mirada de
que bien valía la pena y que con una sonrisa había subido a
prepararse su café. Pero Mamen era parcial, y no podía saber si
realmente la había mirado así. Ella recordaba otra mirada.
Cuando evocaba la cara de mala leche de él y cómo le había
hablado a causa de los nervios y su transformación en la abogada
Jeckyll, se sentía miserable. David se comportaba educado con ella;
pero claro, era su trabajo. No la trataba ni mejor ni peor que a los
demás. Y ahora, no sabía cómo hacer para romper esa impresión de
arpía que había causado en él. Sentándose con un suspiro, empezó a
mover el café.

***

A la mañana siguiente, David, como siempre llegó al trabajo de buen


humor, llevaba su iPod y escuchaba One more night; le gustaba
empezar el día con ritmo. Llevaba horas despierto, ya que le gustaba
salir a correr y hacer ejercicio. Al entrar en el juzgado lo recibió con
guasa Sergio, su compañero. Él era el único que sabía que bebía los
vientos por Rocío y, cómo no, el cachondeo estaba servido.
―Buenos días, Sergio.
―Buenos días, David. ¿Hoy será el día en que te tire el bolso al
verte o no? Ja, ja, ja.
―Mierda, preferiría eso a su indiferencia. Me vuelve loco.
―Bueno, es una abogada. Suelen ser estirados con los currantes
como nosotros. Siempre mandando.
Sergio empezó a poner en marcha el escáner y se colocó bien la
corbata. No le gustaba su trabajo, pero lo hacía lo mejor posible.
―¿Crees que si fuera poli me miraría de otra forma? ―Se puso al
lado del escáner.
―Los polis las ponen a todas a cien. Eso y los bomberos.
―Quizás me mire dentro de un año. ―Le levantó ambas cejas.
―¡No me jodas que vas a hacer las pruebas!
―Ya estoy en ello.
―Con razón corres todos los días. Y yo que pensaba que lo
hacías para ligar, ja ,ja ,ja.
―Las pruebas físicas son duras y se acerca el verano.
―Si necesitas que te cambie días, solo dilo, tío.
―Sé que puedo contar contigo, gracias. Pero de momento me
apaño con los turnos.
Los funcionarios del juzgado empezaron a llegar. También
abogados y gente que necesitaba ayuda legal, acusados,
demandantes... El trasiego normal de gente en el edificio. Rocío llegó a
los juzgados mirando el WhatsApp con una sonrisa en los labios. Aquel
grupo de locas con el que hablaba casi a diario llevaba desde bien
temprano contando locuras y mandando fotos de hombres sexis y
desnudos. Sin querer mirar a la cara a los vigilantes, dejó el bolso
sobre la cinta como cada día, saludando con un escueto «buenas».
David, como siempre que la veía, sintió cómo su corazón se
aceleraba y con su mejor sonrisa, la saludó:
―Buenos días señorita. Alberola.
Cuando el bolso pasó por el escáner, pitó, y David, alzando una
ceja, se acercó a ella con paso firme. Se quedó tan cerca que pudo
oler su fragancia. Jesús, cómo lo alteraba esa mujer...
―Señorita, tiene que vaciar su bolso en este recipiente. ―Le
tendió una bandeja blanca.
―¡¿Qué?! Debe ser un error. No pienso hacerlo.
David, con paciencia, le volvió a decir:
―Son las normas, señorita Alberola. No la puedo dejar pasar si
no vacía el bolso en la bandeja.
―No lo veo normal. Vengo todos los días, trabajo aquí.
―Por eso puede vaciar su bolso sin problemas, ¿verdad? ―La
atrapó con la mirada.
Estaba a punto de gritarle, pero al ver las miradas de los otros
abogados que entraban sin problema, acabó por coger el bolso de
mala gana y volcarlo sobre la bandeja al final de la cinta
transportadora del escáner.
David frunció el ceño y volvió a pasar la bandeja por el escáner.
Con una sonrisa, le mostró unas llaves. A más de uno se le llegaba a
olvidar que debían ir en otra bandeja.
―Puede pasar. Este era el problema.
Rocío miró las llaves, abriendo mucho los ojos.
―¡No son mías!
―No hay problema, las dejaremos aquí y alguien las reclamará.
―Acercándose a ella le susurró―: Tranquila, no pasa nada.
Tenerlo tan cerca la puso nerviosa de nuevo, más de lo que ya
estaba por aquel incidente con esas llaves que no eran suyas. Y sin
poder evitarlo, la abogada Jeckyll apareció de nuevo.
―Me preocupo porqué seguro que has metido esas llaves en mi
bolso para hacerme pasar un mal rato y vengarte por algo. Pues que
sepas, que aquí mando yo, y puedo hacer que te despidan antes de lo
que canta un gallo.
Agarrando el bolso de malas maneras, dio media vuelta y subió
las escaleras camino del despacho que ocupaba.
David se quedó asombrado por la contestación, y que le dijera
eso le hizo rechinar los dientes. Colocó la bandeja en su sitio y miró a
su compañero.
―Me odia.
―Te lo dije. Una estirada a la que no le gustan los curritos como tú
y yo.
―Necesito salir de fiesta y sacármela de la cabeza.
―El sábado he quedado con Malena y unos amigos para salir a
cenar y tomar algo. Iremos cerca de tu casa. ¿Te apuntas?
―¡Claro! Me parece un buen plan.
―Pues a las ocho en el bar de Toño, cenaremos allí.
―Bien, me encanta cenar ahí.
Sergio le dio una palmada en el hombro a David y siguieron
trabajando. El tránsito de gente en los juzgados era casi interminable.

***

Después de comer, Rocío estaba repasando los casos que tenía que
archivar que se habían cerrado en los últimos días. Ya se le
empezaban a cruzar las letras, los nombres, las fechas... Necesitaba
irse a casa, olvidar el incidente del bolso y las puñeteras llaves que,
ahora que lo pensaba, podrían ser la copia de las llaves de la casa de
Mamen. Joder, y ella montando en cólera a pesar de que él había sido
amable. Ese genio suyo... Menos mal que en una hora se iría a casa y
podría desconectar de todo aquello.
―¿Rocío? ―Su jefe asomó la cabeza por su despacho.
―Hola, Pascual. Dime, ¿necesitas algo?
―Sí. Necesito que me hagas horas extras hoy. Vamos muy
atrasados con el papeleo.
Se le cayó el alma a los pies. Ya pensaba que el día no podría ir
peor... Pero si quería el ascenso, no podía negarse.
―Claro... Me quedo encantada.
―Gracias, Rocío, en mi despacho están todos los expedientes.
Será una tarde dura.
―Lo sé, pero adelantaré lo que pueda. En cuanto termine de
archivar estos, paso a por los expedientes de tu despacho.
Pascual asintió y la dejó sola en el despacho.
A punto de lanzar el montón de papeles, mandó un WhatsApp a
Mamen y a las chicas diciéndoles que tenía que trabajar hasta tarde y
no podía quedar para tomar algo esa tarde. Su mal humor crecía por
segundos, pero no quería volver a estallar, así que se levantó y llevó
los papeles al archivo y, después de recoger los expedientes de la
mesa de Pascual, volvió a su despacho a trabajar.

***

Ya eran casi las ocho. El juzgado cerraba a esa hora y ella había
terminado todo el papeleo. Cansada, dejó los papeles en el archivo y
pasó a por el bolso antes de bajar. Cuando salió, se decepcionó un
poco al ver que David no estaba. Ni tampoco Sergio, en realidad. El
hombre que estaba en la puerta le era menos conocido, ya que ella
normalmente no trabajaba hasta esas horas, y no conocía a casi nadie
del turno de tarde. Le saludó con una sonrisa al salir y fue hacia el
callejón donde aparcaba el coche casi a diario. Aunque no era tarde,
no solía pasar mucha gente por esas calles solitarias. Apretó el paso,
esperando no tropezarse con nadie.
Entre las sombras, alguien la observaba, y cuando pasó por unos
contenedores le tapó la boca para que no chillase, susurrándole:
―Dame todo lo que tengas, muñequita, si no quieres que te
marque de por vida...
Rocío, asustada al notar la navaja contra la piel del cuello, soltó el
bolso para que cogiera lo que quisiera. Pensó en esas clases de
defensa personal que le parecieron aburridas e inútiles, y maldijo por
no haberlas hecho. En un momento así, en que estaba aterrada, tal vez
le habrían ayudado.

***

David se había cambiado de ropa; ahora lucía unos jeans descoloridos


junto con un jersey negro pegado al torso. La chaqueta colgaba del
brazo. Pasó por delante de su compañero de tarde, despidiéndose de
él. Una vez fuera, decidió volver a su casa dando un paseo.
Necesitaba pensar; Rocío lo desconcertaba.
David notó algo en el callejón por el rabillo del ojo, y fue cuando
la vio.
Sin pensárselo, acudió en su ayuda sin hacer el menor ruido. Se
plantó detrás del atracador y lo sujetó del brazo que tenía la navaja,
haciendo que la soltase. Los dos se enzarzaron en una pelea que
dominó David, gracias a sus clases de años en taekwondo El ladrón
salió corriendo como alma que lleva el diablo. Respirando
aceleradamente, se volvió hacia Rocío y la estrechó entre los brazos al
verla tambalearse.
―¿Estás bien?
Rocío tenía los ojos cerrados por el miedo, pero al reconocer la
voz de David, los abrió despacio. Él la tenía abrazada, y tal y como
imaginaba en sus más salvajes fantasías, sus brazos eran un lugar
perfecto para estar. Notó los duros pectorales contra sus pechos, e
inexplicablemente solo pudo pensar en que la ropa que separaba sus
cuerpos sobraba.
Y sus ojos... Dios, sus ojos no dejaban de mirarla con
preocupación, y ella no podía apartarse de ellos.
―Sí ―dijo en un susurro.
Él le acariciaba el rostro despacio. Era preciosa y tenerla entre
sus brazos era más de lo que había imaginado. Los generosos pechos
se rozaban contra su torso, lanzando descargas de puro deseo en él.
Pero ver sus ojos lo desarmaba por completo. Estaba asustada.
―No deberías aparcar en estos callejones. ―Era reacio a
soltarla. Joder, deseaba besarla y no detenerse jamás.
―Yo... No suele haber sitio en otra parte. ―¿Por qué estaba
diciendo eso? Debería darle las gracias, ¿no?
Él le sonrió.
―Haremos una cosa: cuando salgas así de tarde, dímelo. Te
esperaré y te acompañaré al coche. ¿Te parece bien?
―Sí...
Separándose de ella, se agachó y recogió el bolso.
―Este es tu bolso, ¿verdad? ―Se lo tendió sin apartar su mirada
de ella.
―Sí...
David le alzó una ceja.
―¿Quieres que te acompañe a tu coche?
―Sí...
Sonriendo por verla sin palabras, la acompañó hasta el coche.
Posó la mano en su espalda en gesto protector y esperó a que ella
subiera al coche.
―Nos vemos mañana, Rocío.
―Sí...
Sonriéndole, se dio la vuelta y salió del callejón. Esa noche
estaba seguro de que soñaría con ella; como llevaba haciendo desde
que la vio por primera vez.

***

Habían pasado ya cuatro días desde que habían tratado de atracarla


en el callejón de cerca de los juzgados. Aunque aún le quedaba algo
de miedo en el cuerpo, al menos había recuperado la capacidad de
hablar que perdió al estar en brazos de David.
David…
Cuando al día siguiente del ataque llegó a los juzgados, pensó
que tal vez se habría pavoneado delante de todos por haber salvado a
la estirada prepotente de Rocío Alberola, pero no fue así. La había
saludado como cada día, con la misma sonrisa, y eso la desconcertó y
le gustó. Por primera vez en mucho tiempo le devolvió la sonrisa, y vio
cómo la de él se hacía más grande. Pero no pasó nada más ese día. Ni
los dos siguientes.
Así que allí estaba, sábado por la noche, en su ducha, pensando
en él como nunca lo había hecho y sin saber muy bien qué hacer.
El incidente parecía haber roto un poco el hielo, pero estaba claro
que él pensaba que seguía siendo una arpía, aunque el detalle de
que nadie allí supiera lo ocurrido le decía que no era tan vengativo
como pensaba. Comenzaba a creer que había tardado demasiado en
empezar a tratar de dominar su genio con él, porque, realmente, no
tenía culpa de ponerla a cien y que eso sacara a la Jeckyll que llevaba
dentro. Maldito genio el suyo.
Se secó el pelo, dejándolo suelto y con sus rizos bien definidos
cayendo por la espalda. Se puso un vestido negro corto de tirantes
que era sencillo y a la vez sexi. Vamos, un fondo de armario que le
había costado un pastón, pero del que había sacado buen provecho.
Se calzó los tacones y cogió el móvil. Mandó un WhatsApp a Mamen y a
las chicas avisándolas para que pasaran a recogerla. Ese día le
tocaba conducir a Vero y no beber. Así se turnaban entre las cuatro. La
próxima semana, sería Mayte la que no bebería.
Cuando le llegó la respuesta, sacó las llaves del bolsito que
llevaba para salir de fiesta y cerró la puerta de su piso. Que se
preparasen los hombres… Las chicas más guerreras de la ciudad
salían de caza.
―¡Ey! Rocío, nena, esta noche vas a por todas. ¡El vestidito de los
polvos!
Rocío rio con ganas. Rosa se había animado a ir con ellas
después de unas semanas en que había estado pachuchilla de ánimo
al casarse su madre otra vez. Maribel, su madre, era un sol, pero tenía
mal gusto con los hombres. De hecho, Rosa era la recién estrenada
hijastra de su jefe, Pascual. Y a Rosa no le gustaba Pascual.
―¡Rosa! Me alegro de que te unas.
―Eso, Ro. Hoy no vas a dejar nada para las demás, ja, ja, ja.
Mayte y Vero rieron ante el comentario de Mamen. Pero en
realidad, las cinco iban con sus vestidos de los polvos. Parecía que se
habían puesto de acuerdo para esa noche salir a comerse el mundo…
Y algún que otro macizorro con ojazos y buenos movimientos de
cadera que encontraran.
Riéndose, subieron al coche y Vero arrancó, camino a la
discoteca.

***
Por fin sábado noche. Estaba deseando que llegara para poder
desconectar del trabajo y dejar de pensar en su morenaza. Mierda,
cada día que pasaba la deseaba y anhelaba más. Pero con ella tenía
que ir con pies de plomo. Era pura dinamita, y eso aún le ponía a cien.
Elevando el rostro hacia el chorro de agua de la ducha, dejó que
resbalase por su bien formado cuerpo, imaginando que eran las
caricias de ella… Al instante notó cómo el miembro se le endurecía otra
vez. ¡Joder! Parecía un puto adolescente.
Cerrando los ojos y apoyando la frente en el frío azulejo, la
visualizó: sus labios, sus ojos, su cuerpo… La mano derecha se
apoderó del miembro mientras fantaseaba con su Rocío. Empezó a
moverla de arriba abajo, imaginando que era la boca de ella la que lo
envolvía y sus ojos los que lo miraban brillantes por el deseo. Oh,
joder… Apretó más su miembro mientras los movimientos eran cada vez
más rápidos y los gemidos que dejaba escapar inundaban el cuarto de
baño. Imaginarla desnuda arrodillada delante de él y con su miembro
en la boca era demasiado. Con la otra mano se apoyó en los azulejos
de la ducha mientras gruñía de placer al liberar el orgasmo. Con la
respiración acelerada, volvió a enjabonarse. Esa mujer lo estaba
volviendo loco.
Media hora más tarde, David se encontraba en la puerta del bar
de Toño, vestido con unos jeans y una camisa negra abierta por el
cuello. Era el foco de las más lujuriosas miradas femeninas. Su mirada
paseó por el fondo del bar esperando verlos, pero estaba tan lleno de
gente que no logró ver nada. Miró el móvil por si había recibido algún
mensaje de Sergio; llegaban un poco tarde y eso le extrañaba.
Sergio se levantó de una mesa al fondo. Malena estaba sentada a
su lado, y con ellos, Rubén, Juan y Cristina. Agitó el brazo para llamar
su atención.
Cuando los vio sonrió y se sentó con ellos
―Pensaba que llegabais tarde, no os he visto.
―El tardón eres tú. ¿Te acuerdas de Cristina?
Cristina era la amiga soltera de Malena, la novia de Sergio.
―Claro, siempre recuerdo una cara bonita. ―Le dio dos besos.
Cristina sonrió, coqueta. Esa noche tenía un buen menú donde
elegir.
―Encantada de verte otra vez, David.
Rubén y Juan le estrecharon la mano para saludarlo. Pero Rubén
lo hizo más fríamente al ver cómo Cristina lo miraba.
David captó la señal de Rubén y se reclinó despreocupado en la
silla. Cristina estaba bien, pero no le interesaba. A él solo le interesaba
una morena de ojos color miel y labios de infarto.
―Pasadme la carta, que estoy famélico.
Sergio se rio y le pasó la carta de tapas y platos combinados. Era
un típico bar de barrio, pero se comía de muerte allí, y siempre estaba
lleno.
David ojeó la carta y optó por una buena hamburguesa.
―Voy a pedirme la completa con patatas y una cerveza. ―Dejó la
carta en la mesa.
―Buena elección, tío. Pero eso se irá a tus michelines inexistentes
y no podrás correr para hacer las pruebas―. Se burló Sergio, al que
Malena tenía a dieta desde hacía tres meses y que había pedido una
pechuga a la plancha con ensalada, como ella.
David soltó una carcajada.
―Con el deporte que hago, no dejo que se me acumulen los
hidratos de carbono. Si sigues comiendo así, te volverás una Barbie
―se guaseó señalando la pechuga.
―Es para ligar en el trabajo. ―Comentario al que Malena, entre
risas, respondió con una sonora colleja. David se unió a las risas de la
pareja. El camarero tomó nota de los pedidos y bebidas que faltaban, y
en poco más de diez minutos estuvieron todos servidos. David, al pegar
el primer mordisco, gimió con exageración:
―Es como pegar un polvo.
―Ya quisieras tú...
―Joder, ya te digo. ―Volvió a atacar su hamburguesa, levantando
sus cejas de forma guasona.

***

La cena transcurrió entre risas y anécdotas de trabajo. Un café y la


primera ronda de chupitos y estaban listos para salir, camino del
Pecado, la nueva discoteca del puerto.
Llevaban ya un tiempo riéndose del chasco que se había llevado
Juan con una guiri al entrar al local. Este los enviaba a la mierda
continuamente; sin embargo, el cachondeo continuaba. David paseó la
mirada por la discoteca, y de repente la vio. Su corazón se aceleró
como siempre le pasaba cuando la veía, y otra parte de su cuerpo con
vida propia se alegraba de verla. Si en el trabajo estaba preciosa, esa
noche era puro pecado. El vestido que llevaba abrazaba sus curvas,
incitándolo a saborearla enterita. Joder, estaba buenísima. Fijó su
mirada en ella, deseando ver alguna señal en Rocío para atacar. Si la
veía, esa noche no se escaparía de él.
Pero Rocío bailaba sin mirar a su alrededor, de momento. Su plan
solía funcionar. Les daban espectáculo, fingían indiferencia y, cuando
iban a la barra, no pagaban ni una copa. Siempre tenían algún
pretendiente dispuesto a invitarlas a una copa y a algo más...
El problema era que ella no podía pensar en nadie más que en
David. Desde que la abrazó al salvarla del atracador no podía
quitárselo de la cabeza, y salir no le había servido para olvidarlo,
porque quería bailar con él, que la invitara a una copa y besarlo hasta
quedar sin aliento los dos. Joder, estaba empezando a parecer una
loca.
Se acercó a Mamen y le indicó que iba a sentarse un momento en
la barra. Necesitaba un buen trago de lo que fuera.
David, antes de que algún moscardón la rodeara, se aproximó a
ella por detrás y le susurró:
―¿Puedo invitarte a una copa, Rocío?
Casi se cayó del taburete al escuchar su voz al oído. Se volvió,
rápida pensando que la mente le había jugado una mala pasada, pero
no. Allí estaba él, con esos ojos oscuros que la dejaban medio
atontada y una camisa negra que le sentaba de vicio y la hacía tragar
saliva.
―David...
―Rocío... ―Le sonrió a su manera―. ¿Quieres una copa o
prefieres bailar conmigo?
―La copa primero.
―¿Qué es lo que quieres tomar?
―Creo que una cerveza estará bien ahora. ―Si iba a hablar con
él, lo mejor era estar algo sobria―. ¿Qué haces aquí?
―Divertirme. ―Pidió dos cervezas y le tendió una a ella―.
Aunque reconozco que verte aquí me ha alegrado la noche.
―¿Yo? ¿Alegrarte la noche a ti?
―Sí, estás preciosa, Rocío. ―La recorrió con su mirada,
apreciando lo que veía.
Se sonrojó y sintió que le ardía la cara.
―Pero si no te caigo bien.
David la miró perplejo.
―¿Y quién ha dicho semejante estupidez?
―Pues, no sé..., ¿yo?
―Estás muy equivocada, preciosa.
La sujetó de la cintura y la sacó a la pista a bailar. Sus cuerpos se
rozaban sensuales. David la acercó a su pecho, hundiéndole el rostro
en el pelo. Movieron los cuerpos al compás de la música. La deseaba
con locura.
Debía haberse dado un golpe en la ducha. Eso era. Estaba
inconsciente en el suelo de la ducha y soñaba, como siempre que
estaba en brazos de David; no podía ser otra cosa... Dios, olía tan bien,
y sentirlo contra ella, rodeándola de nuevo con los brazos mientras la
acariciaba de esa manera, hacía que se humedeciera su sexo.
David acarició su espalda hasta dejar las manos en su perfecto
culito. Dios, estaba hecha para él. La apretó contra él, notando sus
pezones a través de su camisa. ¡Joder, cómo lo estaba poniendo!
Rocío levantó la cabeza y lo miró a los ojos. Sintió cómo todo su
cuerpo pedía más, cómo deseaba besarlo, cómo quería que la volviese
loca. Sus labios casi se rozaron; sintió el aliento de él rozando los
suyos y no pudo evitar humedecérselos ligeramente.
Los ojos de David la miraban con deseo, y ya no pudiendo
aguantar más, bajó la cabeza y atrapó sus labios. Primero los dibujó
con la lengua para instarla a abrirlos, y cuando lo hizo, con un gemido,
su lengua salió al encuentro de la suya, creando una danza ardiente.
Su sabor lo enloquecía por momentos. Era deliciosa, perfecta para él.
Se sentía en una nube, y desde allí no escuchaba los aplausos de
sus amigas ni veía que Sergio no andaba lejos, chocándola con un
chico al que no conocía. En su nube, solo estaban ella y David. Joder,
besaba que quitaba el aliento, mucho mejor que en sueños. Enredó los
dedos en el pelo moreno que se le enroscaba en la nuca y lo atrajo
más a ella. No pensaba dejarlo escapar. Aquella noche, no.
El profundizó el beso a la vez que se movía al son de la música.
Esa noche no podía dejarla escapar. No supo el tiempo que pasaron
besándose, pero cuando se separó de ella le gustó lo que vio: los
labios hinchados por sus besos y la mirada de deseo.
―Estás bellísima así.
―Tú estás guapo hasta con el uniforme.
―Si te pongo, puedo ponérmelo en privado para ti. Te deseo,
nena. Llevo mucho tiempo deseándote.
Rocío sintió que se le secaba la garganta y la voz se le escapaba.
Quería decirle que ella también, que llevaba seis meses, desde que
llegó a los juzgados, soñando y fantaseando con él. Que se había
dado cuenta de que estaba loca por él y que sentía mucho haber sido
una arpía, los desplantes diarios..., todo. Pero no consiguió decir nada
de eso.
―Y yo.
Él le sonrió y la besó de nuevo, pero esta vez el beso fue más
posesivo; ella era suya y no la dejaría escapar.
Rocío sintió que le temblaban las rodillas y se abrazó más a él.
―Vámonos de aquí, preciosa.
―¿A dónde?
―A mi casa. No queda lejos de aquí.
Por un segundo dudó, pero lo deseaba. Quería a ese hombre en
su cama, o más bien meterse en la cama de él esa noche.
―Vamos. No me echarán de menos.
David volvió a besarla intensamente y, sujetándola de forma
posesiva por la cintura, la condujo fuera de la discoteca.
Una vez que llegaron al coche, un Audi A3 Sporback negro, le
abrió la puerta como un caballero y ella subió sensual en él. David
observó cómo se le subía el vestido y dejaba a la vista más de la
hermosa piel de sus muslos que estaba loco por probar, lamer y
acariciar. Cerró la puerta y rodeó su coche, subiendo rápidamente.
Colocándose bien para que la tremenda erección que tenía no le
molestara, arrancó y sonó en el interior «She will be loved», de Maroon
5 Los dos se mantienen en un silencio agradable mientras escuchan la
preciosa canción.
Cuando estacionó en el parking, paró el motor y la miró lleno de
deseo. Sin mediar palabra, la sujetó de la nuca y la besó despacio.
Disfrutaba de su sabor, y cuando ella gimió en sus labios y los abrió
para él, fue él quien gimió y la estrechó más entre los brazos. La
deseaba desde el primer momento en que puso sus ojos en ella.
Estaba locamente enamorado, lo sabía; como también sabía que ella
era especial, ella era suya, su mujer, y daría lo que fuera por verla
sonreír y feliz. No sabía cómo había logrado colarse bajo su piel, pero
agradecería cada día que el destino la hubiera puesto en su camino.
Las manos de David, hambrientas de ella, la acariciaron por la espalda
hasta las caderas. Despacio, sin romper el beso, fue bajando hasta
llegar a los muslos. Sintió cómo la respiración se le agitaba, y sonrió
contra sus labios.
―Sabes maravillosamente bien, preciosa.
―Dios, David... Bésame otra vez.
―Siempre, Rocío... No puedo negarte nada.
Inclinó la cabeza y volvió a apoderarse de sus labios, buscando
su lengua para crear una danza que avivara más las llamas entre ellos
dos. No tenía bastante de ella, ni lo tendría nunca.
Rocío gimió contra sus labios dejándose llevar, y sintió cómo el
cuerpo se le calentaba y el sexo se le humedecía por él. Apretó los
muslos, donde él tenía una mano que la quemaba como si estuviera al
rojo vivo.
―No cierres tus muslos, nena. Quiero sentir cómo te humedeces
por mí. ―Se los abrió despacio y acarició su parte interna, subiendo
lentamente, clavando una penetrante mirada en ella. Le apartó el
tanga y, con el dedo, acarició el sexo húmedo―. Nena... ―Rozó muy
lentamente su clítoris, lubricándolo con sus jugos―. Joder... Me muero
por saborearte.
―Hazlo, por Dios. Pero aquí no... Llévame a tu casa.
La miró sonriendo.
―Tenía pensado llevarte a mi cama. ―La volvió a besar
intensamente.
En cinco minutos estaban traspasando la puerta de la casa, y él
cerró a su espalda.
―Rocío, ¿estás segura de esto?
―Lo llevo deseando desde que te vi en la puerta de los juzgados
por primera vez...
Él se acercó a ella con paso seguro, le acarició el rostro y le
susurró al oído:
―Bien, porque ahora, aquí mando yo.
Sujetándola de la cintura, la besó de forma posesiva,
desabrochando el vestido para poder acariciar esa piel que tanto
deseaba. Le siguió el sujetador, y contempló hambriento sus firmes y
llenos pechos.
―¿Vas a vengarte de mí?
―No, nena, solo voy a hacer que grites de placer.
La elevó en brazos, dejando en el suelo el vestido, y la llevó a su
habitación. Allí la tendió sobre la cama, despacio, y empezó a recorrer
su cuerpo con pequeños besos.
Se arqueó hacia él en busca de su boca. Cada roce de aquellos
labios la quemaba y la calentaba, deseosa de más de su boca por todo
el cuerpo. Lo quería todo de él.
David se tomó su tiempo, recorriéndola con sus besos y caricias.
Sentir cómo gemía y se arqueaba para él lo estaba volviendo loco,
pero quería disfrutarla, quería hacerla gritar de placer. Le sujetó las
caderas y las elevó hasta su boca, y mirándola pícaro, empezó a lamer
su sexo. Lo recorrió entero con la lengua, rodeando su clítoris, para
después succionarlo y seguir lamiéndola. Joder, iba a reventar sus
pantalones; era preciosa y era suya.
―¡David! ¡No pares, por favor, no pares!
Escuchar su nombre de sus labios lo calentaba como una mecha.
Hundió la lengua en el interior de esa dulce cueva del placer mientras
le sujetaba sus pechos, acariciándolos y pellizcando sus pezones. No
le dio tregua: la torturó, lamió y embistió con la lengua como si fuera su
miembro. Deseaba volverla loca y adicta a él.
Rocío le sujetó la cabeza mientras empujaba más su sexo contra
la boca pecaminosa de David. Estaba a punto de estallar y sus gemidos
eran cada vez más y más fuertes, más cargados de placer
Él succionó su clítoris a la vez que introducía dos dedos en ella.
―Venga, nena, dame de beber.
Ella estalló por sus palabras y su toque, gritando su nombre.
David bebió de sus jugos, gimiendo en su sexo. Se apartó de ella,
mirándola con extremo deseo. Se desnudó veloz y la hizo girar de
espaldas a él. Arrancándole el tanga, se introdujo de una embestida
en ella, pegando la espalda a su pecho, pellizcando los duros
pezones de la morena.
―¿Sigo?
―Aquí mandas tú... Pero sigue.
―Sí, aquí mando yo, pero mi prioridad es que tú, amor, disfrutes.
Empezó a moverse, entrando y saliendo de ella. Al principio
despacio, pero minutos más tarde, la embestía loco de deseo. Sentir
cómo respondía a él era demasiado.
Se dejó llevar por David; la está volviendo loca. Sus pezones
estaban duros y los pechos le pesaban de excitación. Su interior se
acopló perfectamente a la maravillosa erección de David, que la
penetraba y reclamaba con cada movimiento. Cerró los ojos y se
entregó al placer, apoyando la cabeza en el hombro de él, buscando
su boca.
David atrapó sus labios sin detener las embestidas. Masajeó sus
pechos, tirando de sus pezones.
―Rocío..., nena, necesito dejarme ir. ―Le mordió los labios,
entrando en ella más y más duro.
―Déjate ir, y llévame contigo...
David la sujetó de la nuca, posesivo, haciendo que agachase su
cabeza y dejando que entrase en ella más profundo. Tenerla a cuatro
patas lo ponía frenético, así que la agarró de sus caderas,
embistiéndola loco de deseo.
―Oh, mierda, Rocío, así... Joder, nena, cómo me succionas... ―La
embistió dos veces más y soltó un gemido muy varonil cuando se liberó
dentro de ella.
Rocío gritó apenas un segundo detrás de él dejándose llevar por
un orgasmo devastador. En sus sueños nunca había sido tan intenso...
La realidad superaba a la ficción, y la volvía loca.
David, aún con la respiración agitada, salió de ella y la arrastró
con él, abrazándola.
―Amor, siento no haberme puesto un condón, me alteras tanto
que ni pensé en ello. ―Besó sus labios.
―Tomo la píldora... Pero...
―¿Pero?
―Eso no protege de otras cosas...
―Estoy sano, cielo, no te preocupes por eso.
―No lo haré... ―Se acurrucó contra él, acariciando el vello de su
pecho, jugueteando con él entre sus dedos―. Es mucho mejor de lo
que pensaba.
―No sabes las veces que he soñado con esto.
―Y yo. Estar entre tus brazos... Siento haber sido una arpía, pero
cuando la abogada Jeckyll se apodera de mí, no puedo controlar el
genio.
―Ese genio tuyo me pone. ―La besó―. Quiero seguir así contigo,
Rocío. Sé que soy solo un vigilante, pero llevo años preparándome
para entrar en el cuerpo de la Policía Nacional. Solo me queda el
práctico, y si apruebo, entraré.
―Me da igual lo que seas, me gustas tú. Yo también quiero más
que una noche a tu lado, David.
―Rocío..., eres mi vida y quiero compartirla contigo. ―Acarició sus
caderas con suaves movimientos.
Lo besó en los labios, despacio, disfrutando del momento.
Cuando se separó de él, lo miró a los ojos.
―No quiero un solo día más sin ti.
―No lo tendrás, amor, eres y serás mía. Siento en mi corazón que
nací solamente para hacerte feliz. ―La verdad de sus palabras estaba
escrita en sus ojos cuando la miró.
―Solo tuya.
David la besó como nunca había besado a ninguna mujer. Ella,
por fin, era suya, y no la dejaría marchar nunca. Ella era la dueña su
corazón y su alma.

Un año después…

La puerta de su habitación se abrió y Mamen, Vero, Mayte y Rosa


entraron como un torbellino, muertas de risa.
―Madre mía… Pero ¿habéis visto cómo está Juan? ―dijo Vero―.
Menudo cuerpazo tiene.
―Es lo que tienen los policías… ¡Cuerpazo y porra! ―gritó Rosa,
dejando una cajita sobre la mesa―. ¿David está igual de buenorro
ahora que es poli?
Rocío las miró y sonrió. Sus amigas no podían faltarle en un día
como aquel: el día de su boda.
Ya hacía un año que ella y David se habían lanzado de cabeza en
su relación, y aunque para algunos era muy pronto, para ellos era el
momento perfecto. Cuando tienes delante a tu alma gemela, tu cuerpo
no te deja apartarte de ella. Y ella y David, eran perfectos el uno para
el otro.
Hacía dos meses que había aprobado los exámenes, y pronto
patrullaría con su sexi uniforme. Solo de pensarlo se encendía de
nuevo, y con el vestido de novia puesto, no era buena idea. Estaba
deseando que acabara la ceremonia y poder abrazarse a él por el
resto del día.
Después de aquella noche en el club, que se alargó por todo el
fin de semana, las cosas entre ellos en el juzgado habían cambiado. Ya
no se ponía nerviosa al verlo, le sonreía cada vez que se cruzaban por
los pasillos y coincidían en los descansos. Cuando se quedaban solos
se comían a besos, pero de cara a la galería no estaban juntos, para
proteger el trabajo de él, hasta ahora, que ya no trabajaba en los
juzgados, y eran libres de gritar su relación a los cuatro vientos. Y los
gritos de felicidad de sus amigas eran los primeros del día.
Después siguieron los de ella al ver la preciosa pulsera que
había dentro de la cajita que traía Rosa. Era un regalo de David. El
ultimo que le hacía siendo novios, y el primero del primer día de su
nueva vida juntos.
Más gritos hubo a la salida de la iglesia cuando los invitados
tiraron arroz y vociferaron el consabido: «Vivan los novios», y cuando
pedían a gritos besos entre los recién casados durante el banquete de
bodas. Estaba siendo un día lleno de risas, gritos de alegría y llantos
de emoción. Pero perfecto en cada segundo.
David la abrazaba, acunándola entre sus brazos mientras
bailaban al ritmo de «It will rain» de Bruno Mars. Tenerla allí, siendo ya
suya, era perfecto. Verla sonreír durante cada día después de por fin
hacerla suya le había dado toda la fuerza que necesitaba para
conseguir su propósito: luchar por su sueño y compartirlo con la mujer
de su vida, su Rocío. Esa noche dormirían en un hotel, y al día
siguiente saldrían camino de la Toscana, a pasar una semana en una
preciosa casa junto a unos viñedos, el sueño de Rocío desde hacía
años. Él iba a cumplir cada sueño que ella tuviera desde ese momento;
no dejaría que nada la apartase de él, no permitiría que nada la
hiciera llorar si no era de felicidad, no permitiría que ni un solo día
olvidara lo mucho que la amaba.
―¿Eres feliz, mi pequeña Jeckyll?
―Sí. Desde que dejé de mandarte, soy la mujer más feliz del
mundo.
―Eso fue una buena elección, preciosa. Pero tu genio sigue
poniéndome a cien. Espero que en la luna de miel lo saques a
menudo… Así no saldremos de la habitación, y tendremos una preciosa
niña italiana.
―¿Una niña? ¿Y si fuera un niño?
―Será una niña, y será tan bonita como tú.
―¿Seguro? ¿Y eso por qué?
―Porque aquí mando yo.
Y besándola con amor y pasión, se perdieron entre el resto de
invitados que bailaban a su alrededor, acompañándolos en el primer
día de su nueva vida.
Cinco años después
Mariah Evans
Mireia cambió de posición cruzando las piernas, apoyando la espalda
correctamente contra el banco. Elevó su rostro hacia el cielo y disfrutó
del contacto de los rayos del sol sobre su piel. Era un bonito día de
abril. Miró hacia un lado y observó como un niño de apenas cinco años
reía mientras corría hacia los columpios de aquel parque.
Observó su reloj. Quedaban quince minutos para las dos del
mediodía. No había podido comer nada aquella mañana, ni tampoco
cenado la noche anterior.
«Quince minutos», pensó. Tragó saliva y suspiró mientras
observaba como otros niños corrían hacia una fuente para beber
agua, sedientos tras tanto juego. Hacía más de diez años ella misma
había sido la que bebía en aquella fuente. Los recuerdos la asaltaron
en aquel momento y una sonrisa se dibujó en su rostro.

***

―Pareces un choto ―pronunciaron a su lado. Mireia apartó sus labios


de la fuente y miró a Sergio con una mueca algo enfadada. Se cruzó de
brazos y ladeó su rostro. Sergio resopló―. ¿Por qué te entretienes con
todo? A este paso no vamos a llegar nunca a la biblioteca, y le
recuerdo, señorita Mireia, que en dos días tenemos el examen final de
estadística empresarial.
―Son dos minutos los que gasto bebiendo agua. No te va de ahí
―comentó ella acercándose, sujetando la carpeta de la universidad
contra su pecho.
―¿Cómo que no? Tenemos que memorizar casi doscientas hojas
en dos días ―dijo con fastidio. Ella se encogió de hombros y sonrió
hacia su amigo como si no le importase, pero aquello hizo enarcar una
ceja a Sergio―. Claro, como la señorita es una estudiante de matrícula
no le importa. Pero te recuerdo que yo necesito una clase exhaustiva
de esta maldita asignatura. ―Cogió a Mireia del brazo y comenzó a
tirar acelerando el paso―. Vamos, por Dios, o acabaré suspendiendo.

***

Sí, siempre se había considerado una buena estudiante. Los cuatro


años de carrera se le habían pasado volando y ahora, a sus treinta
años trabajaba para un gran banco.
Despertó de sus pensamientos cuando un niño pasó a su lado
tirando de la mano de su madre con fuerza. Volvió a comprobar su reloj
y vio que marcaban las dos menos diez. Notó como el vello se le ponía
de punta y miró de un lado a otro. Su mirada recayó directamente sobre
la biblioteca donde tantas tardes había estudiado juntos.

***

Sergio cogió de nuevo la calculadora y volvió a pulsar los botones con


fuerza.
―¿Por qué no me da el mismo resultado que a ti? ―susurró
desesperado mientras paseaba sus ojos azules de su cuaderno al de
ella.
―Shhhhhh ―le llamaron la atención desde atrás.
Sergio chasqueó la lengua y volvió a mirar el cuaderno de Mireia.
―¿Qué culpa tendrá la calculadora? Deja de aporrearla. Anda,
trae ―comentó ella cogiéndoselo para revisarlo. En ese momento
Sergio se acercó. Notó su proximidad, su calor y como sus mejillas se
encendían. Realmente no había sido consciente de cuándo había
comenzado a enamorarse de él, ni siquiera si llevaba un año o dos,
pero lo cierto es que poco a poco se había ido adentrando en su
corazón. Aquella mirada azulada y juvenil, aquella sonrisa tierna, su
cabello castaño oscuro siempre despeinado―. Se te ha olvidado
sumar estas ganancias, ¿cómo quieres que te cuadre el balance? ―le
regañó volviendo su rostro hacia él. Estaba cerca, tanto, que sus
narices chocaron. Al momento se movió compulsivamente hacia atrás,
apartando su rostro asustada, lo que hizo que Sergio sonriese de una
forma endiablada mientras pasaba su brazo por el respaldo de ella,
aproximándose de nuevo. Sí, le encantaba provocarla, eso lo tenía
claro.
―Ya… ―Miró el cuaderno durante unos segundos y volvió a
elevar la mirada hacia los ojos color miel de ella, aún con la sonrisa en
su rostro―. Ayúdame ―bromeó simulando una súplica―. Sin ti estoy
perdido y no conseguiré…
―Deja de decir tonterías ―susurró mientras cogía de mala gana
el bolígrafo y rectificaba los números. Tachó unos cuantos y los
sustituyó por los correctos―. Ves, ahora está bien. ―Le indicó con el
dedo el resultado.
Sergio sonrió más abiertamente mientras cogía su cuaderno.
Estuvo varios segundos observando las rectificaciones hasta que un
largo suspiro salió de lo más profundo de su ser. Giró su rostro
lentamente y recorrió sus ojos, su nariz, sus labios…
―Te necesito cerca… ―susurró sin apartar la mirada de ella.
Mireia puso su espalda recta y tragó saliva. Durante unos segundos se
le paralizó el corazón―. Pienso copiarte en el examen ―pronunció
divertido mientras volvía a obsequiarle con una sonrisa. Alzó sus
brazos hacia el techo en actitud desesperada―. ¡No entiendo nada de
lo que has hecho!
―Shhhhhhh ―volvieron a decir desde la mesa de atrás.

***

Mireia no pudo evitar sonreír mientras apartaba la mirada de aquella


biblioteca. Recordaba su etapa universitaria con cariño. Habían sido
cuatro años frenéticos, de noches sin dormir, nervios… pero había
merecido la pena. Ahora se le antojaban ya lejanos, como si se tratase
de una vida anterior.
Cogió un mechón de su cabello castaño y lo colocó tras la oreja
mientras recordaba el día en que recibió su última nota de la carrera.

***

Apartó a unos cuantos compañeros suyos que gritaban eufóricos y


buscó con la mirada a Sergio. Al momento lo encontró, él también
parecía estar buscándola. Avanzaron hasta colocarse uno frente al
otro y Sergio extendió los brazos hacia ella.
―¡Aprobado! ―gritó mientras se abrazaban y comenzaban a dar
saltos.
Pasaron así varios minutos, gritando, brincando y extrayendo de
sus cuerpos todos los nervios que habían acumulado aquellas últimas
semanas con los exámenes. Se separó un poco, aún sujetándola por
los hombros y la miró directamente a los ojos.
―¡Hay que celebrarlo! ―gritó de nuevo abrazándola.
Y tanto que lo iban a celebrar. Habían quedado varios
compañeros de universidad para salir al día siguiente por la noche.
Mireia se había reunido con su amiga Cristina, en su piso de
estudiantes, y habían pasado cerca de una hora arreglándose. Se
había maquillado y se había puesto una falda tejana con una camiseta
de tirantes lila.
―Sergio se va a morir cuando te vea ―susurró Cristina mientras
Mireia se acercaba al espejo.
Estuvo a punto de meterse el lápiz en el ojo y miró en el reflejo a
su amiga. Cada vez se arrepentía más de haberle hablado de los
sentimientos que albergaba hacia él.
―Si lo llego a saber, no te digo nada.
―Vamos ―continuó Cristina mientras se acercaba a ella,
pasándose la mano por su cabello rubio y corto―. Sois los dos unos
tontos; a ti se te nota a leguas que estás enamorada de él y a él igual,
no entiendo por qué esta tontería de no decíroslo.
Mireia dejó el lápiz de ojos con un golpe sobre el mármol y se giró
hacia su amiga extendiendo los brazos.
―Oye, eso tú no lo sabes…
―No estoy ciega. Venga, si al pobre Sergio le salen chispitas de
los ojos cuando te mira ―contraatacó con una sonrisa.
―Somos amigos ―dijo cogiendo el colorete y la brocha.
―No ―se aproximó a ella excesivamente y sonrió―. Sois tontos.
Mireia suspiró y decidió hacer caso omiso a su amiga. Sí, estaba
enamorada y podía asegurar que él lo sospechaba, pero de ahí a que
él también pudiese estarlo…
Sergio era un chico demasiado atractivo como para fijarse en ella.
La consideraba su amiga, y prefería no hacerse ilusiones al respecto.
Seguramente tras acabar la carrera se distanciarían. Ambos
encontrarían trabajo y cada uno seguiría con su vida. Aquello la
entristeció en cierto modo. Se observó en el espejo mientras se
colocaba bien el cabello y se miró con determinación. Debía ser una
chica decidida, ya había pasado demasiados años guardándose ese
secreto. Quizás fuese la última oportunidad para estar con él.
La discoteca estaba a rebosar cuando entraron, pero tras diez
minutos de búsqueda en la que recibieron pisotones y empujones
consiguieron dar con sus amigos.
―Ya era hora ―pronunció Sergio acercándose a ella con una
cerveza en la mano―. Pensaba que no ibas a venir. ―Al momento
Mireia recibió el guiño de ojo de Cristina mientras se separaba, la
observó alejarse contoneando sus caderas hacia el resto de sus
compañeros hasta que Sergio volvió a ponerse frente a ella y perdió
de vista a su amiga―. ¿Una cerveza? ―preguntó animado.
―Sabes que no me gusta la cerveza.
―Lo sé. ―Se señaló con el dedo mientras se dirigía hacia la
barra―. Pero un chupito, sí, ¿verdad?
Después de un cubata y cuando iba por su sexto chupito tuvo que
sujetarse a la barra para guardar el equilibrio. Miró de reojo a Sergio,
el cual la observaba con una sonrisa, y se acercó a él intentando
mantenerse derecha.
―Ahoga ya eges dirrector de una graaan emprecha. ―Sergio
soltó una gran carcajada y llamó al camarero de nuevo alzando su
mano, pidiéndole que sirviese dos chupitos más―. Egtás heshooo todo
un emprechario. ―El camarero se situó frente a ellos y volvió a rellenar
los chupitos―. Ayyy… no… otrgo no. ¿Quierres matarme?
Sergio le pasó uno de los chupitos con una sonrisa.
―Vamos, estamos de «chelebrachión» ―Se burló―. Hemos
acabado la carrera.
―Yo no eshtoy de chelebrachión… ―Luego miró hacia el resto de
sus compañeros de universidad que bailaban al son de aquella música
electrizante―. Lo que shtoy es borrashaaaa.
―Sí, eso también ―pronunció mientras golpeaba su chupito con
el suyo y lo bebía de un trago.
Ella lo contempló durante unos segundos. Estaba tan atractivo,
eran tan guapo…
―Yo no tengo nada que chelebrar ―pronunció algo enfadada―.
Hemosh acabado la carrera, chi, pero ¿y qué? ―dijo soltando el
chupito sin beberlo y elevando los brazos hacia él―. No tenemosh
trabajo. Todo essssh muy coomplicado.
―Bueno, hay algo que te quería comentar ―pronunció
acercándosele. Ella lo miró de reojo―. ¿Recuerdas la entrevista que
hice hace una semana? ―Lo miró de arriba a abajo―. ¡Me han cogido!
Mireia puso su espalda recta.
―¡Muu bien! ¡Felishidades! ―gritó hacia él. Al momento, sin poder
evitarlo se arrojó hacia sus brazos; a Sergio no pareció importarle
aquello y la recibió gustoso―. Me alegro mushooo.
Recostó la frente contra su pecho y cerró los ojos. Lo cierto es que
se estaba bien allí, entre sus brazos. Al menos le dotaba de algo de
estabilidad que en ese momento no tenía.
―Muchas gracias ―comentó Sergio aún abrazándola―. Por eso
tienes que tomarte ese chupito que te he pedido, hay que celebrar que
he encontrado un… ―No pudo seguir. Justo en ese momento Mireia
inclinó su cuerpo hacia delante y comenzó a vomitar―. ¡Joder! ―gritó
dando un salto hacia atrás.
―Lo chiento. ―Hizo un puchero.
―No, no, tranquila. ―La cogió rápidamente del brazo sujetándola
contra él―. Menuda torrija llevas. Será mejor que te lleve a casa.
Tras lograr salir de la discoteca, y de que Sergio la arrastrase por
la calle, consiguieron llegar al coche. Ni siquiera había sido consciente
del trayecto de media hora que había hasta su piso alquilado, cerca de
la facultad.
Sergio le ayudó a abrir la puerta y la llevó hasta su dormitorio. Ella
se había mantenido callada durante todo el rato. Jamás se había
sentido más avergonzada ¿Le había vomitado en los zapatos?
―¿Necesitas ayuda para ponerte el pijama? ―pronunció con una
sonrisa algo lasciva.
Durante unos segundos estuvo tentada de decirle que sí, total, ¿si
él mismo se ofrecía, no sería descortés rechazarlo? Ahora podía
aprovecharse, podía ser mala si quería, estaba borracha y luego
podría decir que había sido todo culpa del alcohol.
Se quedó unos segundos observándolo fijamente, barajando la
idea. Sergio se encontraba bajo el marco de la puerta mirándola con
una sonrisa divertida.
Tragó saliva y deambuló incómoda por la habitación.
―No, no hashe falta. Ya puedo yo sholita. ―Sergio se encogió de
hombros pero aún así no se movió. Mireia fue hacia la cama y cogió el
camisón de debajo de la almohada―. ¿Y cuándo empieshas a trabajá?
―La semana que viene ―pronunció cruzándose de brazos,
conteniendo la risa cuando ella pronunciaba alguna palabra―. Es una
empresa importante, y me han asegurado que puedo promocionarme.
Fíjate, quizás en unos años pueda ser el director ―acabó bromeando.
Mireia enarcó una ceja.
―Tú también eshtás borrasho ―bromeó perdiendo el equilibrio y
cayendo prácticamente sobre la cama―. Con lo mal que she te daban
las cuentas ―pronunció mientras se quitaba los zapatos y bajaba unos
centímetros de altura―. Tá claro que ellos no han visto los balanshes
empreshariales que hashes… si no, no te hubiesen contratado.
―Ja. ―Dio unos pasos hacia ella acercándose y la miró
fijamente―. Bueno, es evidente que tengo mucho que agradecerte. Te
costó, pero al final conseguiste que lo comprendiese.
―Chí, parte de tu nómina es mía ―rio señalándolo con el dedo.
Aunque volvió a perder el equilibrio y acabó colocándolo sobre el
pecho de él. Al momento comenzó a darle golpecitos ante la mirada
divertida de Sergio―. Un sheshenta por shiento.
―Tienes toda la razón, y por eso mismo pienso invitarte a cenar
cuando cobre el primer mes ―comentó muy sonriente.
Lo miró fijamente y estuvo a punto de soltar una lágrima.
―¿En cherio? ―susurró embelesada.
Parecía que el hecho de que acabasen la facultad y de que,
obviamente, sus caminos se distanciasen no tenía porque significar
que perdiesen el contacto. Lo contempló unos segundos, pero él tuvo
que notar que algo la entristecía porque la observó enarcando una
ceja.
―¿Qué pasa? ―preguntó algo preocupado.
Ella se encogió de hombros intentando controlarse.
―No, nada… es, es solo que penshaba que como hemos
acabado la facultad quichá tú no querrías verme más. Como ya no
neshesitas clases particulares…
Puso los ojos como platos y dio un paso hacia atrás como si le
hubiesen golpeado.
―¿Por qué piensas eso? Está claro que estás borracha. No estás
fingiendo ―dijo a modo de respuesta, aunque luego le sonrió más
tiernamente―. Eres mi amiga, mi mejor amiga.
Sí, solo amiga, pensó Mireia.
―Ya, no she…
―No vas a librarte tan rápido de mí. ―Acabó sonriendo. Ella lo
observó y aceptó algo tímida―. Bueno, va, ponte el pijama y ve a dormir
la mona. Falta te hace.
De pronto se acercó y la rodeó con los brazos. Mireia volvió a
quedarse estática, saboreando aquel momento. Él se distanció un poco
y la observó directamente a los ojos mientras aún la sujetaba por la
cintura.
Durante unos segundos sus miradas se encontraron, los ojos de
Sergio parecieron mirar sus labios, pero al momento, como si
despertase de un sueño, se separó de ella y metió las manos en los
bolsillos.
―Te llamo esta semana para quedar, ¿de acuerdo?
Ella permaneció quieta y afirmó con su rostro sin poder pronunciar
palabra alguna ¿Había mirado sus labios? ¿Le había parecido ver el
deseo en aquella mirada?
Sergio se giró y salió directamente del piso dejándola pensativa.

***

Mireia suspiró mientras miraba su reloj, que marcaba casi las dos de la
tarde. Solo faltaban unos minutos. Lo cierto es que cada vez que
recordaba aquel episodio de su vida, no sabía si echarse a reír o a
llorar.
Observó de nuevo a todas aquellas personas pasear, sin ser
consciente de los nervios que se acumulaban en su interior.
Instintivamente, cogió el móvil y lo comprobó. Ningún mensaje nuevo.
Se mordió el labio y accedió a su correo para leer uno de los últimos
emails que había recibido de Sergio.

«Aquí en Shanghái hace un calor horrible. La verdad es que es


insoportable. Por cierto, a ver si vienes a verme, hace casi cinco años
que no nos vemos las caras, creo que ya va siendo hora. No te
preocupes por el billete, te lo puedo sacar yo desde aquí»

Notó otra vez como una lágrima estaba a punto de brotar de sus
ojos.
Sergio había ido prosperando en la empresa y pocos años
después lo habían hecho directivo de una nueva filial en Shanghai.
Aún recordaba cuando le había dicho que se marchaba para trabajar
allí. Había quedado con él, Cristina y algunos compañeros más de
facultad con los que mantenía el contacto en un restaurante.

***

―Cuanto me alegro por ti ―exclamó Cristina con una gran sonrisa.


―La verdad es que estoy muy ilusionado ―contestó Sergio.
―Sí… es… es una gran noticia ―pronunció con una tímida
sonrisa Mireia.
Pocos días después había quedado con su amiga para comer.
Dado que sus puestos de trabajo estaban cerca, de vez en cuando se
permitían comer juntas y no llevarse comida de casa al trabajo.
―De verdad, Mireia, no te entiendo…
―Yo lo veo muy claro ―pronunció mientras se llevaba un trozo de
pescado a la boca―. Él se marcha e iniciará una nueva vida allí.
Su amiga dejó el tenedor sobre la mesa algo enfadada.
―En serio, lo vuestro es increíble ¡De verdad que no lo entiendo!
―gritó cuando pronunció aquello, llamando la atención de varios
comensales cercanos. Mireia resopló―. Tú estás enamorada de
Sergio, él de ti…
―¡Y dale! ―exclamó enfurecida. Estaba claro que Cristina
intentaba animarla, darle esperanzas, pero, ¿de qué servía ya? ―Eso
no lo sabes, tú… ―dijo acercándose a ella por encima de la mesa―.
Dices eso sin fundamento alguno. Sí, estoy enamorada de él, pero está
claro que Sergio de mí no. Soy su amiga; para él, siempre he sido su
amiga. Ahora se va a marchar a trabajar al extranjero, conocerá a
alguien, comenzará una nueva vida allí… ¿de verdad crees que si
estuviese enamorado de mí se marcharía? ¿O no me diría nada?
―Tú no se lo has dicho ―contraatacó su amiga.
―Pero él es quien se va… y aunque le dijese algo ahora, ¿de
qué iba a servir? No puedo decírselo, sería como… ―Automáticamente
se llevó una mano agobiada a la frente―. ¿Crees que quiero que se
marche? ¿De verdad lo crees? ―pronunció dolida―. Pero se va, para
siempre. Y no voy a ser yo quien le ponga un impedimento o le haga
irse con una mala sensación. ―Acto seguido se levantó cogiendo su
bolso―. Esta vez te tocaba pagar a ti, ¿no?
―Vamos, Mireia… ―intentó calmarla su amiga―. No te enfades…
―Nos vemos la semana que viene ―pronunció antes de
distanciarse de ella.
Aquello le dolía, le dolía demasiado. Sergio se marcharía y
seguramente no volvería. Había perdido su oportunidad con él. Con el
paso del tiempo se habían visto a menudo, aunque siempre
acompañados por amigos. Se sentía estúpida. Durante aquellos últimos
años desde que acabaron la facultad no habían perdido el contacto,
pero ambos se encontraban muy ocupados con el trabajo como para
poder verse cada día, con suerte, quedaban los fines de semana.
Ahora eso también se acabaría. Había tenido la esperanza de que él
se hubiese enamorado de ella, pero, qué equivocada estaba. No se
había atrevido a sincerarse con él, a explicarle sus sentimientos, y
ahora lo perdería para siempre.

***
Notó cómo aquellos recuerdos aún la hacían estremecerse. La
sensación de pérdida había sido tan grande que había pasado días
llorando, sin fuerzas para levantarse de la cama. Lo había querido
siempre, y, por tonta, lo había perdido. Después de tantos años,
aquello seguía doliendo.
Observó cómo unos cuantos niños corrían con un helado en la
mano, mostrándoselo a sus padres como si tuviesen un trofeo. Eso la
hizo sonreír y volvió a mirar el reloj de nuevo. Las dos y cinco minutos
de la tarde. Oteó de un lado a otro y suspiró. Era increíble cómo años
después, aquella pérdida aún hacía que sus ojos se humedeciesen y
su corazón se acelerase. Jamás había experimentado un dolor tan
grande. A medida que pasaba el tiempo aquel pesar era más
soportable, pero aún así dolía, y mucho.
Sin poder evitarlo recordó aquella tarde de hacía cinco años, la
víspera a que él partiese.

***

Unos días antes habían organizado una fiesta para despedirse de


Sergio y desearle toda la suerte del mundo en su nueva vida. Pensaba
que ya no iba a verlo más, hasta que la noche del domingo llamaron a
su puerta.
A través de la mirilla se encontró con un Sergio que parecía
nervioso. En aquel momento notó como su corazón iba a salirse por la
boca. Intentó calmarse y abrió la puerta con rostro sorprendido.
―Hola ―pronunció él.
―Hola.
Se quedaron mirando durante unos segundos y finalmente Sergio
le indicó con la mano.
―¿Puedo pasar?
Mireia pareció despertar de un sueño y abrió más la puerta.
―Sí, claro, pasa. ―Tras cerrar miró hacia el comedor, había
dejado la caja de pizza que había pedido para cenar sobre la mesa―.
Perdona ―comentó acelerada mientras intentaba poner algo de
orden―. No esperaba visita ―pronunció tímidamente.
―Ya ―comentó pensativo, observándola.
Tiró la caja de cartón a la papelera y se giró para observarlo.
―¿Ya tienes preparada la maleta? ―susurró.
Sergio tardó un poco en responder.
―Sí, la tengo hace días ―explicó mientras avanzaba hacia ella
con las manos en los bolsillos. Paseó la mirada por el piso y luego la
miró sonriente―. Siempre me ha gustado tu estilo. Serías buena
decoradora. ―Sabía que bromeaba, cada mueble era de un color y no
pegaba nada. Al no recibir respuesta volvió la mirada hacia ella y
suspiró―. ¿Sabes? Voy a echar de menos este piso, la de veces que
hemos organizado una fiesta aquí… ―acabó riendo, aun así, pudo
percibir un cierto dolor o añoranza en sus ojos.
Ella decidió responder a su sonrisa.
―Sí, esto va a ser muy diferente sin ti.
Sergio la miró fijamente y afirmó mientras la contemplaba. Durante
unos segundos se quedaron en silencio, estudiándose, como si
quisiesen memorizar cada matiz del rostro del otro.
―Te voy a echar mucho de menos, Mireia ―pronunció al fin.
Ella tuvo que apretar los labios para no hacer un puchero. La iba
a echar de menos, sí, pero como amiga, jamás había pretendido nada
con ella, aunque al coincidir la mirada con él notó cómo sus ojos
estaban rasos. Se quedó paralizada observándolo hasta que logró
reaccionar.
―Yo a ti también. ―De nada servía sincerarse ahora, de nada.
Sergio se iría mañana a la otra punta del mundo, para siempre, o al
menos, durante mucho tiempo―. Pero bueno, supongo que vendrás de
visita alguna vez, ¿no? ―pronunció intentando darle algo de alegría a
su voz. Era eso, o se echaría a llorar allí mismo.
―Lo intentaré ―comentó mirándola fijamente. Se quedó
pensativo durante unos segundos, como si una idea le rondase por la
cabeza y después inspiró un tanto más fuerte―. De acuerdo, te… te
enviaré un email cuando llegue. Espero que me respondas.
Ella se encogió de hombros intentando aparentar normalidad,
para que no detectase como su labio temblaba.
―Sí, siempre nos quedará el email ―susurró.

***

Y así había sido, cinco años de emails constantes. Un ir y venir de


correos electrónicos entre ellos. Los primeros meses habían sido
diarios, incluso varios al día, luego habían ido frenando, aunque
siempre, como mínimo, un par de emails cada semana se escribían.
Algunos la habían hecho reír, otros llorar…
Volvió a mirar la bandeja de entrada en su móvil, observando la
infinidad de correos que había recibido durante aquellos últimos años
y decidió abrir uno para distraerse mientras pasaban los minutos.

«Venga ya, Mireia, ¿en serio? Ese tío es un idiota. Ni se te ocurra


volver a quedar con él, ¿entiendes? Arggg, si estuviese allí, se iba a
enterar el muy…
¿Te he dicho alguna vez que tienes muy mal gusto para los
hombres? Tres años sin estar ahí y te me descontrolas»

Mireia sonrió cuando lo leyó de nuevo. Había intentando


mantener una relación con un chico del trabajo hacía dos años, pero
aquello no había funcionado; por más que intentase olvidarle, rehacer
su vida, le era imposible, siempre había un email en su bandeja
esperando a que respondiese.
Volvió a observar la pantalla del móvil y esta vez abrió uno que
había leído infinidad de veces; nunca se cansaría de hacerlo.

«Sí, la verdad es que comienzo a cansarme. La gente aquí es


agradable pero os echo mucho de menos a todos, especialmente a ti.
Hay momentos en que me imagino abrazándote. Quizás hubiese
tenido que hacerlo más a menudo y decirte un par de cosas. Quizás
todo hubiese sido diferente. Reconozco que fui un poco idiota.»

Cuando leyó aquel email por primera vez, se había quedado


prácticamente diez minutos sin poder moverse. ¿Estaba insinuando lo
que ella creía que estaba insinuando?
Recordaba que en aquel momento había llorado. Lo echaba de
menos, prácticamente cinco años de su vida habían pasado ante ella
sin ser consciente, se había limitado a dejar pasar la vida, carente de
luz, del colorido con la que él la dotaba.
Recordaba que sus dedos habían temblado cuando había
contestado a ese email.
«Yo también te echo mucho de menos. ¿A qué te refieres con todo
lo que tendrías que haber dicho? ¿A qué habías sido un idiota?»

No era tonta, y sabía que aquella frase podía significar algo más,
pero hasta que no lo leyese no estaría segura.
Tembló al recordar cuando le dio a la tecla enviar y aquel email
salió volando de su bandeja de entrada.
Había tardado días en recibir respuesta y durante ese tiempo no
había dejado de actualizar su correo constantemente.
Miró su reloj de pulsera y vio que marcaba las dos y diez de la
tarde. Notó como la boca se le secaba, como los latidos de su corazón
aumentaban y decidió releer aquel último email que había recibido de
él, hacía escasamente una semana.
Notó cómo sus ojos se cargaban de lágrimas mientras volvía a
leerlo, dotándola de una esperanza que había creído perdida. El dolor
había sido tan grande que, aunque lo leyese infinidad de veces,
pensaba que no podría calmarlo.

«Son cosas que preferiría decírtelas en persona. ¿Quedamos en


el parque de siempre el miércoles que viene para comer? ¿Sobre las
dos? No me falles, ¿eh?
Me trasladan de nuevo ahí, Mireia.»

Contuvo un sollozo cuando acabó de leerlo. Lo había echado


tanto de menos, tanto.
Como si su mente lo detectase, alzó su rostro y lo vio al momento.
Caminaba con paso firme hacia donde ella estaba sentada, con una
sonrisa en la cara. En ese momento, se le paralizó el corazón. Aquello
le parecía un sueño. Había pasado tantas noches en vela imaginando
un reencuentro que ahora le parecía imposible.
Cinco años habían pasado de aquella noche en la que había ido
a su piso a despedirse de ella, seguramente intentando decirle algo
más. Cinco años habían pasado desde que se habían separado. Cinco
años habían tenido que pasar para que al fin volviesen a
reencontrarse, pero durante todo este tiempo, jamás, ni durante un
minuto había dejado de amarle, de recordar su sonrisa, las
innumerables horas que había pasado con él en la biblioteca, las
veces que habían salido por la noche a divertirse.
Un largo tiempo que les había servido a ambos para darse cuenta
de lo mucho que se necesitaban mutuamente, para darse cuenta de
que era algo que iba más allá del amor, pues ni esos años habían
logrado separarlos.
Se colocó ante ella con una sonrisa. Se le notaba algo cambiado;
seguía siendo tan atractivo como siempre, pero una reciente barba de
dos días le daba un toque más masculino y hacía destacar más sus ojos
azules.
Notó cómo el corazón se le paralizaba y estuvo a punto de
echarse a llorar por todo el dolor que había acumulado durante esos
años.
―Hola ―gimió Mireia.
Sergio la contempló con una mirada cargada de ternura, pero no
contestó.
Bajó sus labios directamente hacia los suyos y la besó con un
amor que transmitía también todo el dolor y la desesperación que
había sufrido durante aquellos años. Mireia no se resistió, se abrazó a
él mientras sus labios paseaban con lentitud sobre los suyos hasta que
se separó levemente.
―Hola ―respondió al fin Sergio. Ella le sonrió intentando
controlar una lágrima de emoción―. Creo que tenemos unas cuantas
cosas que decirnos y, si no te importa, comenzaré yo primero ―sonrió
cogiéndole de la mano. Mireia le sonrió aún incrédula―. Creo que he
sido el mayor idiota del mundo ―rio nervioso.
―Yo también ―afirmó ella con algo de temblor en la voz.
―Pero dicen que rectificar es de sabios. Así que allá voy.
―Respiró profundamente intentando calmarse―. No sabes cuántas
veces me he planteado volver, cuántas veces me he arrepentido de no
haberte dicho cuanto me importabas. He perdido cinco años, pero me
gustaría recuperarlos… contigo.
Mireia le sonrió y tras varios segundos consiguió mover su rostro
afirmando, aún impresionada. Había pasado mucho tiempo, sí, pero
había merecido la pena esperar por él.
Al límite
Raquel Campos
Marta y un grupo de amigos habían ido a pasar unos días de
acampada. Iban a visitar un enclave precioso con muchos senderos
para pasear y un gran lago. Tuvieron que acampar en la zona
específica, les dieron planos para no perderse y se internaron en el
bosque para intentar llegar al lago a mediodía. Sería el sitio perfecto
para comer y refrescarse del calor.
A medida que avanzaban, algo siniestro ocurría en otra parte del
bosque. Un incendio descomunal empezó a abrirse paso a través de
los árboles.
Los jóvenes andaban en armonía, las chicas decían que hacía
mucho calor y se iban a bañar. A Marta no le gustaba la idea de nadar
en aguas donde no pudiera ver el fondo, les tenía terror desde que de
pequeña se cayó a un pozo.
―Eres una quejica, Marta.
―Podéis decir lo que queráis, yo me quedaré en la orilla
cuidando las mochilas.
Los demás rieron, sabían que no la iban a convencer. Tenía
carácter y sabía muy bien lo que hacía. Algunos de los chicos habían
intentado coquetear con ella, pero enseguida les paraba los pies y les
dejaba bien claro que solo eran amigos.
Marta los observaba mientras se bañaban, con solo verlos dentro
del agua ya sentía escalofríos. Estaba tumbada cuando oyó un fuerte
ruido y se sorprendió al ver un avión que volaba muy bajo.

***

―Atención: hay un grupo de gente en el lago. Repito: hay gente en el


lago. Manden una patrulla.
Adrián estaba preparado, había visto la alerta de fuego inmediato.
Estaba sentado en la cafetería de la Base, llevaba el uniforme medio
desabrochado revelando un musculoso torso. Tomaba café con las
piernas cruzadas encima de la mesa mientras observaba a su amigo.
Marcos fumaba un pitillo, siempre decía que le tranquilizaba hacerlo
antes de entrar en acción.
Los incendios en los bosques eran cada vez más peligrosos, ya
que la sequedad del ambiente hacía que el fuego se propagara de
forma rápida y peligrosa. Adrián miró la taza que tenía delante de él y
luego a su amigo. En ese momento, un hombre de edad media, pero
alto y fornido, entró en la sala.
―Venga, chicos. Hay un grupo de gente en el lago. Hay que
sacarlos de allí de inmediato.
―¿Allí? ¿A quién se le ocurre meterse en esas aguas? ―Adrián
no pudo remediar sentir un escalofrío. Se levantó de golpe para
ponerse en marcha.
Un helicóptero los dejó en un claro cerca del lago, pero el piloto
les dijo que ahí no podía volver a aterrizar ya que las llamas iban hacia
ese punto.
―Ya nos pondremos en contacto. Pero lo más seguro es que
vayamos al refugio, allí hay otro claro.
―Que tengáis suerte.
Los dos amigos cogieron las mochilas con el equipo de
salvamento y el de prevención de incendio.

***

―¿Podríais salir ya?


―¿Salir? No seas aguafiestas; hace calor y se está de maravilla.
Marta hizo un gesto de fastidio, siempre pasaba lo mismo. Raúl era
un poco prepotente y lo tenía que demostrar en cualquier ocasión.
Todo porque ella le había dado calabazas, y cada vez se alegraba más
de ello.
―Venga, anímate ―dijo Esther.
Ella no era mala chica pero se dejaba influenciar por las tonterías
de los demás. Marta llevaba el bikini debajo del short y la camiseta,
pero no tenía ninguna intención de meterse. Al final los dejó por
imposibles y se fue.
***

Cuando Marcos y Adrián se acercaron, se dieron cuenta de la fiesta: un


grupo de jóvenes se bañaba en la orilla del lago. No paraban de reír y
gritar. Había alguien que permanecía vestida y parecía que hablaba
con ellos. Al fin, se alejó de la orilla, recogió algo del suelo y se dirigió
hacia donde ellos estaban.
Marta estaba enfadada. ¿Por qué se habría ido de acampada con
un grupo de inconscientes que no veían peligro alguno? Cogió la
mochila y se dirigió hacia los árboles, se sentaría a la sombra hasta
que terminaran. Entonces, entre la espesura vio a dos hombres
uniformados y se sobresaltó.
―No se asuste. ―Marcos se adelantó un poco―. Somos de la
patrulla forestal. Tenemos que salir de aquí de inmediato.
―¿Pasa algo grave? ―Marta se acordó del avión―. Ha pasado
hace un rato un avión. ¿Hay un incendio? ―Llevaban unos trajes
pesados y ambos la miraban preocupados. El más joven la sondeó con
sus ojos oscuros.
―Sí. No hay que entretenerse, hay fuego cerca y tienen que salir
del agua ―informó Adrián tratando de conservar la calma.
―Yo les avisaré. No quiero que se asusten ―dijo algo nerviosa
girándose para ir de nuevo al lago―. Chicos, tenéis que salir, hay un
incendio. Ha pasado un avión y han venido…
―No seas paranoica ―acusó Raúl.
Adrián se acercó a la orilla cuando escuchó el comentario.
―No está paranoica, salid del lago ahora mismo y vestíos.
Tenemos que irnos de aquí antes de que el fuego se extienda.
Las chicas gritaron y salieron despavoridas, los chicos las
siguieron. Se vistieron rápidamente y cada uno cogió su mochila.
―Menos mal que llevan buen calzado ―repuso Marcos―. Hay
que darse prisa.
―¿Cómo ha ocurrido? ¿Qué ha pasado? ―Las chicas estaban
nerviosas. ¿Quiénes eran ahora las paranoicas?
―No disponemos de esa información, solo sabemos que el
incendio se acerca.
―¿No están intentando apagarlo? ―Raúl era el típico guaperas,
rubio y con los ojos azules.
―Mira, chico ―vociferó Adrián bastante cansado de ese niñato.
Marcos se adelantó porque sabía que a Adrián se le agotaba la
paciencia pronto.
―Un fuego en el bosque es muy peligroso. Ahí fuera hay mucha
gente arriesgando su vida por intentar extinguirlo.
Raúl se calló y agachó la cabeza.
―Bien, vamos a tratar de llegar a un refugio. Allí hay un pequeño
claro donde os recogerá un helicóptero ―dijo Adrián.
Marta se quedó blanca, lo decía tan tranquilo y ellos… ¿irían o se
quedarían? Ahora se daba cuenta de que había humo y que el peligro
estaba allí, muy cerca. Se atrevió a preguntarle:
―¿Está muy extendido?
Él se giró. Esa chica tenía coraje y no podía mentirle.
―Sí, donde nos dejaron ya está cogido. Tenemos que ir en
dirección contraria y rezar para que el fuego no sea muy rápido.
―Mirad las mochilas, solo cargad con lo imprescindible. Cuanto
más ligeros, más rápido andaremos y antes llegaremos ―les aconsejó
Marcos.
Marta los volvió a mirar, sus equipos debían pesar muchísimo pero
estaban entrenados para esos casos. Abrió su mochila y miró lo que
llevaba: una cantimplora, una brújula, un pequeño botiquín, un bote de
crema para sol y otro para las picaduras, unas barritas de cereales,
una camiseta limpia, un par de calcetines y una pequeña navaja de
esas multiusos. Desechó los botes, cerró de nuevo la mochila y se la
colgó al hombro.
Adrián la observaba, había terminado enseguida y no perdió
tiempo en estar lista. Era algo asombroso en un momento como el que
estaban viviendo.
―Marta, ven por favor.
La observó que se acercaba algo sonrojada hasta una chica.
―Esto no lo puedo llevar ―dijo temerosa la chica.
Marta miró el interior. Llevaba otro bikini, crema solar, maquillaje,
una botella de agua y unos calcetines limpios.
―No lo necesitas, coge la botella de agua y el par de calcetines.
El resto tíralo.
En un momento dejaron un montón de cosas inútiles en la orilla
del lago. Estaban listos para empezar la marcha.
―Bien, nos presentaremos para que no haya duda de quiénes
somos. Yo soy Marcos y él es Adrián. Somos de la patrulla forestal.
―¿Y por qué no están en el incendio? ―increpó Raúl con
arrogancia.
Adrián suspiró, ese tipo empezaba a tocarle las narices. Marcos se
dio cuenta y Marta también. Ninguno pudo evitar que saltara a la
defensiva.
―Mira, es igual de peligroso estar aquí. O quizás más, porque os
tenemos que poner a salvo y siempre hay algún impertinente como tú
que no tiene ni puñetera idea del peligro que corremos mientras
estamos hablando como gilipollas.
―Te podías guardar tus comentarios. Esto es serio, Raúl ―dijo
Marta, apoyando las palabras de su amigo.
Raúl miró a Marta con rencor.
―Claro que sí, superwoman. ―No pudo decir nada más porque
Adrián le soltó un guantazo.
―Podrías ser más educado con tus amigos. Como ha dicho Marta,
esto es serio. Vuestra vida está en juego. ―Adrián no quería ser duro,
pero ese chico necesitaba que le metieran miedo en el cuerpo.
―Tenemos que ponernos en marcha. ―Cuando Marcos decía
eso, era porque el fuego se estaba acercando.
Al pasar junto a Marta, Adrián no pudo reprimirse en preguntarle:
―¿Qué haces con un grupo tan variopinto?
―Mejor esto que estar sola y…
―Pues yo preferiría estar solo. Menudo gilipollas.
Se pusieron en marcha y se adentraron en el bosque, todo
parecía en calma. Marcos abría la marcha y Adrián la cerraba.
―¿No será peligroso adentrarse en el bosque? ―ironizó Raúl y
ahora había miedo en su voz.
―¿Ahora nos vas a decir cómo hacer nuestro trabajo?
―Tío, calla ya, ellos son forestales y se conocerán el bosque
como la palma de su mano.
―Menos mal que alguien tiene sentido común ―dijo Marta.
El chico que había hablado se acercó a Marta y estuvieron
hablando unos minutos. ¿Estarían juntos? ¿Por qué se preocupaba
por eso en esa situación? Esa chica era preciosa y lista, además de
tener más coraje que todos sus amigos juntos.
Marta no quería alentar a Sergio, porque sabía que le gustaba,
pero ella no le correspondía. Para ella era solo un buen amigo.
Llevaban dos horas de marcha cuando una chica se paró.
―No puedo más, me duelen los pies.
Marta se acercó a ella.
―Esther, no podemos parar. El fuego nos puede alcanzar.
La chica la miró con lágrimas en los ojos.
―Lo siento, me arden los pies. No puedo dar un paso.
Marcos se giró para observar a las dos jóvenes. Qué bien estaría
en su casa con Gloria, esperaban un bebé y le encantaba estar con
ella y acariciarle la barriga para sentir a su hijo.
―Vamos a descansar unos minutos.
Adrián se acercó a él.
―Voy a echar un vistazo a los alrededores. Ese tío me está
sacando de mis casillas.
―Es un crío, no le hagas caso, no tiene ni idea. Nos queda poco
para llegar a la cabaña. Mira a ver cómo está la zona.
Adrián asintió y observó a Marta, estaba ayudando a la chica a
quitarse las botas. Como si le hubiera sentido, ella se giró y alzó los
ojos. Lo miró durante unos instantes. Pero enseguida él siguió el
camino y se perdió en la espesura del bosque.
Había algo en él que hacía que su corazón galopase. Nunca
había sentido nada igual y no era por el peligro, era por esa mirada
oscura.
A los cinco minutos volvió más preocupado que antes, Marcos le
observó.
―El fuego intenta rodearnos, vamos derechos a él. Hay que
cambiar el rumbo un poco. El refugio está intacto todavía.
―Podríamos habernos quedado en el lago ―dijo Raúl.
Adrián se acercó a él preso de la furia.
―Mira, listillo, el lago no es seguro. Si los árboles de alrededor
ardiesen te verías obligado a meterte en sus aguas, y créeme cuando
te digo que esas aguas son traicioneras y turbias. Pero eres libre de ir.
El chico se quedó blanco.
―Adrián, sabes que no puede, tenemos que ponerlos a salvo a
todos ―agregó Marcos también algo alterado.
Adrián se quitó el casco exasperado, su pelo negro se le pegaba
a la cabeza por el sudor.
―Pues que se calle. El fuego nos acecha y más cerca de lo que
creéis. Hay que darse prisa. ―Se puso primero y miró a su amigo―.
Cierra tú la marcha y aguanta a ese tipejo.
Marta le observaba con disimulo, era muy atractivo. Y tenía razón,
Raúl a veces se comportaba como un prepotente. Se dio prisa y se
colocó detrás de él.
―Perdona, ¿de verdad está cerca el fuego?
Él asintió.
―Está justo detrás de estos árboles que estamos sobrepasando.
Tenemos que cambiar de dirección. Lo más peligroso es que nos
rodee.
―El helicóptero, ¿cuántas plazas tiene?
Era lista y perspicaz.
―Seis plazas. ―Eran ocho. Él se dio cuenta de que pensaba en
el número―. Nosotros nos quedaremos.
Adrián llevaba un paso muy rápido y Marcos no podía menos que
admirar a su compañero, tenía los nervios de acero. Las chicas iban
cansadas y tenían miedo; los chicos se limitaban a avanzar. La única
que parecía serena era esa chica, Marta. Ahora iba detrás de Adrián y
estaban charlando, y por la cara de su amigo no parecía molestarle su
compañía.
―¿Queda mucho camino?
Adrián se giró y la miró, no parecía cansada, sino más bien
preocupada.
―Estamos a una hora más o menos.
―¿Crees que podrá aterrizar el helicóptero?
Él se encogió de hombros.
―Eso espero. ―El walkie que llevaba sonó―. Perdona. Aquí la
Patrulla de rescate, tenemos al grupo de jóvenes. Vamos a intentar
llegar al refugio tres, el fuego intenta rodearnos ―se giró hacia Marcos
y este asintió con la cabeza.
―Perfecto. Mandamos un halcón de rescate. ¿Cuándo llegaréis?
―En una hora más o menos ―respondieron al otro lado de la
línea.
―Allí nos vemos, patrulla. Id con cuidado, hace mucho viento y el
fuego es muy traicionero.
Marta lo miraba embelesada; cuando se dio cuenta, apartó la
vista.
―¿Qué hacíais en el bosque?
―Íbamos de acampada y decidimos ir a hacer un poco de
senderismo. No sabía que se querían bañar.
―¿Vives cerca de aquí?
―No, vivo en una gran ciudad y buscaba relajarme del agobio.
―Vaya, y te has metido de lleno en un incendio.
―Tú… ¿vives aquí?
―Sí, vivo cerca de la Base forestal.
―Es un lugar precioso, y una pena que ocurran estas cosas.
―Sí, todos los años se repite, y más en verano. Pero las
proporciones de este son grandes.
―Atención, localizado foco del incendio. Vamos a tratar de
extinguirlo. Necesitamos ayuda. Repito: ayuda.
Un avión sobrevoló sus cabezas y dejó una rociada de agua
sobre los pinos cercanos a ellos.
―Lo tenemos muy cerca, ¿notas el olor? ―Ella asintió―. Si te
resulta difícil respirar, anúdate un pañuelo al cuello. ―Notó cómo ella
se estremecía de miedo―. Tranquila, pronto estarás en tu casa
descansando.
―Y tú, ¿qué harás?
La pregunta le llegó al alma.
―Intentar sobrevivir.
De pronto algo en ella cambió.
Marcos era consciente del peligro y maldijo por lo bajo. Iba a ser
difícil salir ileso de ese infierno. Adrián miraba a su amigo, sabía en lo
que estaba pensando. Enseguida vieron a los lejos la silueta de una
cabaña y todos suspiraron de alivio. Adrián se acercó a su amigo.
―¿La has llamado?
Marcos le miraba espantado.
―¿Para qué? No quiero preocuparla más de lo que ya estará.
―Adrián, ¿pasa algo grave? ¿A quién tiene que llamar Marcos?
―dijo Marta preocupada cuando su amigo continuó la marcha.
Él dudó unos instantes antes de decirle algo. Esa mujer le
provocaba cosas que hacía tiempo que no sentía y le daba pánico.
Marcos entró en el refugio a llamar por radio para avisar de que
estaban allí.
―Él y su mujer esperan un hijo. No quiere preocuparla porque no
sabemos qué pasará cuando estéis a salvo.
Adrián observó e hizo señales al helicóptero, que ya se
vislumbraba, para que aterrizara. Marta se marchó hacia el refugio
aterrada por lo que le había dicho. Sabía que tenía que hacer algo, se
lo decía su propio corazón y hasta su alma le gritaba. Entró decidida y
con la esperanza de conseguirlo.
Al rato, todos salieron. Marta se fue con sus amigos y Marcos se
acercó a su amigo.
―Adrián, esa chica vale. Me ha dicho que me vaya, dice que mi
mujer no puede estar con la incertidumbre de cómo estaré en su
estado. Me ha dicho que mi lugar está a su lado.
―Pero… ella no puede… ―Era horrible, ella no podía
sacrificarse.
―Amigo, me parece que no la vas a hacer cambiar de idea. Te
gusta, ¿verdad?
Adrián asintió.
―No te lo puedo negar, pero no quiero volver a ver a alguien en
peligro y no poder ayudarle.
―Ella no es… Confía en ella, es fuerte.
―He pensado volver al lago, allí esperaremos ayuda.
―Sí, pero coge un par de chalecos. Las aguas son turbias.
Espero verte pronto, y suerte. ―Los dos hombres se abrazaron.
Las chicas subieron sin decir nada a Marta, solo querían estar a
salvo y les daba igual lo que ella hiciera. El helicóptero despegó con
seis personas, seis fuera de peligro. Ahora eran dos y su misión era
sobrevivir.
―Vamos a comer algo rápido, necesitaremos las fuerzas ―dijo
Adrián mirándola de reojo.
Ella asintió y se sentaron a comer unas latas frías para no perder
tiempo.
―Tenías que haber dejado a Marcos, él tiene más experiencia y…
―Prometo que no seré una carga. Él se merece estar con su
mujer. No quiero pensar en ella si a él le hubiera pasado algo. ―Se le
escapó un sollozo―. Lo siento, soy demasiado sensible.
Él le puso las manos sobre los hombros.
―Eres la mujer más fuerte que he conocido. Nadie hubiera hecho
lo que tú.
Ella le miró a los ojos.
―Nunca me he encontrado en una situación tan al límite. Espero
no perder los nervios.
―Estaré a tu lado para ayudarte. ―Cuanto más la miraba, más se
perdía en ella―. Tenemos que irnos, ¿estás lista para una marcha
ultrarrápida?
―Me parece que sí.
Siguieron la misma ruta por la que habían llegado hasta allí, pero
era diferente porque el fuego había empezado a hacer brechas en los
árboles y les llovía una mezcla de hojas, ramas y cenizas. Marta se
colocó la camiseta que llevaba en la mochila en el pelo, no quería
quemarse. Él admiró su inteligencia. A mitad del camino se pararon a
beber agua.
―No estamos muy lejos.
Ella observaba el bosque, lo que antes parecía apacible ahora
era un infierno, sus ojos se nublaron de lágrimas.
―Qué lástima, cuánto daño. ¿Ha sido provocado?
Él asintió.
Las ramas caían con más fuerza, tenían que salir de allí
enseguida. Una de las ramas golpeó a Adrián en la cabeza y le abrió
una brecha en la ceja.
―Espera, hay que lavarla.
Él la cogió de la mano y la guió hasta una zona un poco menos
peligrosa.
―Tenemos que salir de aquí…
Cuando pararon, Marta le echó un poco de agua sobre la herida
y entonces recordó algo, rebuscó en la mochila y orgullosa de su
proeza, sacó un pequeño botiquín.
―Menos mal que no lo tiré en el lago. ―Le puso dos tiritas juntas
para que por lo menos no se le infectara.
Él la miraba asombrado.
―Eres maravillosa. ―No pudo remediar poner sus labios contra
los suyos en un tierno y casto beso―. Continuemos. ―La volvió a
coger de la mano como si fuera lo más natural.
Marta aguantaba la emoción, este hombre fuerte y tierno se le
estaba metiendo en el corazón. Antes de llegar al lago, una multitud de
troncos cortaban el camino. Adrián se quedó pensativo.
―Lo mejor sería cambiar de dirección otra vez, pero perderemos
tiempo.
―Yo no sé ni por dónde voy, ¿cómo lo haces?
Él se rio.
―Es cuestión de haber pasado muchas veces por el mismo sitio.
Conozco el bosque muy bien. Cuando era pequeño, solía venir con mi
hermano y…
Marta lo miró, por el deje de su voz...
―¿Os pasó algo?
―No hablo a menudo, no de eso. Nos gustaba pasear y nos
perdimos. Mi hermano era mayor que yo y aun así no sabía por dónde
íbamos. Se cayó y se rompió la pierna. Estuve con él todo el rato, no
podía hacer nada más. Y yo hice una promesa, nunca me volvería a
perder en un bosque.
Marta le echó los brazos al cuello y le abrazó. Se había
enamorado de ese hombre tierno y no sabía cómo había sucedido en
tan pocas horas que lo conocía.
―Eras solo un niño, no pudiste hacer nada. Lo más importante es
que estuviste con él y eso nunca lo podrá olvidar.
―¿Dónde has estado todo este tiempo? ―Adrián alzó la vista y la
abrazó más fuerte. La besó con todo lo que tenía dentro guardado.
―Me parece que muy lejos de ti ―ella lo dijo en broma.
―Espero que cuando esto termine, quieras cenar un día conmigo
y podamos conocernos mejor.
―Eso suena muy bien. ―Continuaron abrazados durante unos
segundos.
―Estoy en el cielo, pero debemos continuar. ―Ella asintió y notó
cómo él le agarraba de la mano―. No me gustaría perderte en este
infierno.
―No me vas a perder. ―Para ella era como un sueño y no quería
separarse de él.
Intentaron cruzar por en medio de los troncos, para atajar camino,
y Marta se hizo un profundo corte en una pierna. Pararon un momento
y Adrián hizo un gesto de preocupación, le sangraba mucho y no se
paraba.
―Es un poco profundo. Voy a hacerte un torniquete.
―¿No dicen que es peligroso?
―Lo es si no sabes hacerlo. No te preocupes, soy un experto.
―Se quitó la mochila y rebuscó dentro, de donde sacó una venda
blanca y una tela―. Espero que no te quede señal, tienes unas
piernas muy bonitas. ―Ella se sonrojó y él se puso serio.
A ella le encantaban sus cambios de humor, lo mismo estaba
contento y relajado, que se ponía serio y tenso. Estaba enamorada de
él como nunca antes lo había estado. Se mareó un poco y dejó caer
sus manos en los hombros de él.
―Tranquila, casi está. Recuéstate un poco. ―La ayudó.
Marta estaba mortificada, era una posición muy íntima. Él le rozaba
el muslo y para ella era algo sumamente erótico.
El verla tan sumisa y relajada le robó el corazón. No entendía lo
que le pasaba con ella, le había contado algo que nadie sabía. Y sus
besos le habían puesto al límite de sus fuerzas.
Dios, la deseaba, pero no solo en su cama. La deseaba en su
vida, alegrándole con esa dulce sonrisa. Quería conocer sus gustos,
dónde vivía, qué hacía; lo quería saber todo de su vida.
―Ya está, ahora voy a vendar un poco la herida para que no se
infecte.
―Me siento de pronto cansada.
Era normal, había perdido bastante sangre.
―Estamos casi en el lago. Voy a llamar a la Base, descansa.
―No me dejes sola, me da pánico.
Él se acercó y la abrazó contra su cuerpo.
―Aquí patrulla de rescate ―pronunció sin separarse de ella con
el walkie ya en la mano―. Soy Adrián, estoy cerca del lago. Mi
acompañante está herida en la pierna. Necesitamos ayuda. Repito:
necesitamos ayuda.
―Aquí Base: recibido. Mandamos hidroavión. En unos minutos
estaremos allí.
―Marta, escucha, ya vienen. Tenemos que ir hacia el lago.
―No puedo, lo siento, no tengo sensibilidad en la pierna.
Adrián sintió un súbito pánico, eso era una mala señal.
La cogió en brazos, quedaba muy poco y la llevaría aunque le
costara la vida. No la abandonaría por nada. Los últimos metros fueron
duros, a parte del equipo que llevaba, el cargarla a ella era demasiado
para él. Marta notaba que volaba, la llevaba en brazos. Abrió los ojos y
vio el lago cerca.
―Adrián, espera. Me encuentro mejor ―susurró sintiéndose muy
débil.
Él la miró, ya no estaba tan pálida. La bajó y la mantuvo abrazada
a él.
―¿Seguro? No me cuesta nada llevarte. Para mí es un placer
―dijo Adrián sonriéndole.
Ella miró las aguas del lago y no pudo evitar estremecerse.
―¿Qué vamos a hacer?
―Me temo que tenemos que meternos, el hidroavión para en
medio. He traído dos chalecos. ―Adrián se dio cuenta de que le
cambió la cara, estaba aterrada.
―No, eso no. No te das cuenta de que no estaba dentro
bañándome. Me da pánico, no ver el suelo y…
―A mí tampoco me hace mucha gracia, pero tenemos que hacerlo.
Los chalecos nos mantendrán a flote.
Ella se puso más pálida todavía.
―Marta, ¿qué pasa? ¿Tienes miedo?
―Sí, yo… cuando era pequeña me caí a un pozo. Sus aguas
estaban frías y oscuras y no podía ver nada. Desde entonces me da
pánico. ―Enterró su cara en las manos y sintió los brazos de él en
torno a su cuerpo.
―Los dos tenemos fantasmas, pero juntos los vamos a vencer. No
te voy a dejar. Dentro de unas horas nos reiremos frente a un buen
plato de comida y…
―No, ante un buen baño. Me siento andrajosa ―dijo
recuperando un poco el humor.
Él rio.
―Bueno, pues te reirás ante buen baño.
―¿No me dejarás?
―Nunca. ―Le terminó de atar el chaleco y se puso el suyo―.
Adelante.
La cogió de la mano y empezaron a entrar en el agua. Ella se
aferraba a su mano como queriéndole decir que no quería perderlo.
Poco a poco avanzaron hasta que sus pies no tocaban suelo, pero
gracias a los chalecos se mantenían a flote. Ella dio un respingo, él la
cogió de la cintura y la acercó a su cuerpo.
―Tranquila. Estoy aquí.
―Me da pánico, no puedo.
Él se separó y la besó con todo el amor que sentía.
―Sí puedes. Eres una mujer fuerte y yo estoy a tu lado. ―Se
quedaron abrazados en medio del lago, esperando.
El hidroavión voló sobre sus cabezas.
―Marta, ya está aquí. Estamos a salvo. ―El cuerpo de ella estaba
laxo―. No te duermas, cariño. Te quiero, te necesito en mi vida. ―Pero
ella ya no oía, se había desmayado.
El aparato amerizó y Marcos salió, les miró atemorizado cuando
vio que ella estaba inconsciente.
Dentro del avión le pusieron una manta, Adrián estuvo a su lado
durante todo el trayecto. Cuando llegaron al hospital le pusieron dos
inyecciones: una para la hipotermia y otra de antibiótico.
Marta no sentía nada, solo una voz que le hablaba y una mano
que cogía la suya. Había escuchado que él le decía que la quería, ¿lo
habría soñado? Se estaba tan bien allí, sin dolor. Pero tenía que volver
con él.
Adrián se paseaba por la habitación. No había descansado
desde que habían llegado. Solo se había permitido cambiar su equipo
por la ropa que Marcos le había llevado.
No podía dejar de pensar en lo que haría sin ella. Ahora que la
había encontrado, no quería estar solo. Se sentó en la silla, al lado de
su cama.
―¿Adrián? ―No había nadie, estaba sola, pero notó una mano
que le acariciaba la mejilla.
―Estoy aquí, cariño. ¿Cómo te encuentras?
A Marta no se le escapó el apelativo cariñoso que le había
dirigido.
―Me encuentro un poco débil. Me duele… ¿el trasero? ―Él se rio,
era increíble su risa. Marta creyó que se desmayaría de nuevo.
―Te han puesto dos inyecciones. Una de medicina y la otra por la
hipotermia.
Ella enarcó una ceja algo disgustada.
―Se han ensañado y les has dejado.
―No sabes cuánto lo siento. Pero era lo mejor ―reconoció Adrián
haciendo un mohín.
Ella lo miró, se había quitado el uniforme y llevaba unos vaqueros
y una camiseta negra. Si ya le había parecido atractivo con el uniforme,
con esa ropa le resultó demoledor. Entonces se acordó de algo y
sonrió de forma pícara.
―Me debes un baño ―dijo mirándolo a los ojos.
Él rio a carcajadas y ese sonido llenó el corazón de Marta de
amor.
―En cuanto salgas de aquí, cumpliré mi promesa.
―¿Y el trabajo?
Él la miró fijamente.
―Merezco unas vacaciones después de haber salvado a una
mujer muy valiente. Eso si quieres estar conmigo.
―Sería fantástico, me parece que me he hecho dependiente a ti.
―Marta sintió su mirada oscura llenándola por completo―. Además, me
parece que he soñado algo.
―¿Qué has soñado? ―Él enarcó una ceja. Sabía lo que iba a
decirle.
―He soñado que antes de subir al avión me decías que me
querías ―susurró Marta poniéndose roja como un tomate.
Él sonrió cuando notó que se sonrojaba.
―No lo has soñado, lo dije de verdad. Estoy loca, perdida y
completamente enamorado de ti. Espero que te lo creas, aunque solo
nos conozcamos de poco menos de un día ―confesó Adrián con
pasión.
Ella sonrió, no le parecía raro porque ella sentía lo mismo por él.
―Te quiero, Adrián, y no quiero separarme de ti nunca.

***

A las pocas horas le dieron el alta y se fueron a la vivienda de él. Era


una casa bonita con un pequeño jardín en la parte trasera. Él estaba
contento, por fin su casa sería un hogar verdadero.
―¿Te gusta? ―Adrián había sentido su nerviosismo durante el
camino―. Espero que quieras vivir aquí conmigo, porque es lo que más
deseo. No sé si podrás dejar tu trabajo y…
―Oh, Adrián, jamás imaginé esto. Estoy tan feliz. Me encantaría
vivir en tu casa. Por el trabajo no me preocupo, puedo buscar algo
aquí. Soy maestra.
Él la miró lleno de felicidad.
―Mi casa, no, cariño. Nuestro hogar. ―Esas palabras se clavaron
en su alma―. Ahora me parece que te debo un baño, y yo cumplo mis
promesas.
El baño estaba en la planta de arriba y cuando entró, se
sorprendió. La bañera estaba cubierta de velas que él había
encendido y llena de agua caliente. Dejó caer un frasco, y un suave
olor a jazmín le inundó los sentidos. Era un ambiente íntimo y relajado.
―Ahora disfruta de tu baño con tranquilidad. Te dejo a solas…
―Espera. ―Ella se mordió el labio, era la hora de demostrar sus
sentimientos―. Nunca me imaginé un baño individual. ―Se giró para
mirar la bañera y luego le miró a él―. Cabemos los dos.
Era lo más íntimo que le había dicho una mujer. La miró
embelesado.
―¿Estás segura? ―dijo atascándose con las palabras.
Ella asintió mientras se acercaba a él. Sus manos se posaron en
su pecho y empezó a desabrocharle los botones de la camisa blanca
que llevaba.
―No hay nada que desee más que estar contigo.
―Escucha, si me meto en esa bañera contigo, no me voy a estar
quieto. Te deseo tanto que me duele.
―Yo no he dicho lo contrario. También te deseo.
Sus ropas desaparecieron enseguida, ansiosos ambos por
sentirse y acariciarse. Pronto fueron dos personas amándose como
nunca antes lo habían hecho. Fue una experiencia íntima, erótica y
con mucho amor. Sobre todo amor, porque ambos se habían
encontrado.
Las fotos del destino
Ester Fernández
Madrid, 2015

Suena el teléfono; hoy me toca madrugar, ya que tengo una entrevista


de trabajo en uno de los periódicos más conocidos de la ciudad. Pero
me cuesta tanto despertarme que Martina, mi mejor amiga y vecina,
suele hacerlo, siempre que puede. Soy Francisca, aunque me gusta
más Paqui, es más moderno. Soy de Pelayos de la Presa, un pueblo de
Madrid, que se me quedó pequeño a la hora de poder estudiar
fotografía, mi sueño desde niña. Tengo veintiséis años y vivo con Javier,
un policía muy moderno y novio de mi amiga Martina. Tengo un cuerpo
normal, no soy ni delgada ni gorda, pero eso sí, soy alta, pues mido un
metro setenta.
Me levanto con pereza mientras me estiro, abro la ventana que da
junto a mi cama; desde ella puedo disfrutar de la vista de toda la
ciudad. Tuve mucha suerte de encontrar este piso. Javier buscaba
compañera y Martina me lo sugirió, tenemos mucha confianza. Además,
prefiere que sea yo quien viva con su novio que cualquier otra
persona fuera de nuestro entorno.
Vivimos en el último piso de un edificio, el cual no tiene ascensor,
así que hago mucho ejercicio. Vivir en un sexto sin ascensor no es tan
divertido, ya que no puedo encontrarme con los vecinos en él, pero sí
por las escaleras. Martina vive en el edificio de al lado, en un piso que
compró su madre para ella. Javier y Martina se querían ir a vivir juntos,
pero prefieren ir poco a poco, así que viven separados.
Acabo de observar la ciudad. Hoy está radiante el sol, por lo que
me voy corriendo a la ducha, y cuando termino oigo trastear a Javier en
la cocina: ya me está preparando el desayuno. Qué bien, porque estoy
hambrienta. Tenemos una mesa en la cocina y otra en el salón, pero
normalmente usamos la de la cocina para desayunar, comer o cenar.
Solo en ocasiones especiales lo hacemos en el salón.
Salgo por la puerta de mi habitación y me dirijo a la cocina. El olor
a tortitas y café me inunda las fosas nasales; yo sin mi café no vivo.
Cuando llego a la cocina, Javier me observa y niega con la cabeza.
―¿Qué pasa? ―le pregunto.
―Ya has vuelto a mirar por la ventana ―me dice riéndose, viendo
mi aspecto.
―Claro que sí, hace un día fantástico, y voy a tener mucha suerte.
―Eso es seguro. Martina me dijo que ibas a una entrevista de
trabajo de becaria en un periódico ―me comenta, chocando las
manos.
―Sí, y espero que me den el trabajo. ―Asiento mientras me pongo
unas cuantas tortitas y un poco más de café.
Javier me observa, lo veo mientras sigo comiendo el desayuno. Es
bastante más alto que yo, mide uno noventa. Es un cuatro por cuatro y
está realmente bueno, aunque para mí solo es el novio de Martina y mi
mejor amigo.
―¿Has vuelto a quedar con Mario? ―me pregunta al ver que me
chupo los dedos. «Ummm», sonrío internamente cuando noto que mi
gesto le afecta, pues sabe que quien me la pegó fue él.
Ya lo tuvo que mencionar...
Mario es el compañero de Javier, un policía que se cree Dios y
que realmente no me conviene, un chulo por naturaleza.
―No, es agua pasada ―le digo, encogiendo los hombros.
―Nena, se te va a pasar el arroz ―me asegura mientras se da la
vuelta para recoger las cosas de la mesa.
―Anda, no sueñes. Si tanto quieres que tenga novio, preséntame
a uno que realmente merezca la pena, y no a un compañero al que
nadie aguanta sus tonterías ―le contesto algo molesta―. Por cierto,
aún no se me pasa el arroz, soy demasiado joven ―digo riéndome―. Y
¿tú cuándo piensas pedirle a Martina que se case contigo? ―le
respondo con una pregunta.
―Eso no vale ―protesta, intentado pillarme para hacerme
cosquillas.
―¡Oye! Para, por favor. ¡Uy! Voy a llegar tarde ―comento, mirando
el reloj que tengo en frente de mí―. Voy a lavarme los dientes y me voy
pitando.
Cuando salgo del baño, ya estoy perfecta y preparada para la
entrevista de trabajo.
―¿Llevas todo? ―me pregunta Javier, de nuevo serio.
―Sí, aquí en la mochila. Llevo el book y la cámara también. Te
dejo. Nos vemos esta noche, ¿no? ―Le observo mientras abro la
puerta.
―No, hoy me toca guardia.
―Ok. Ten cuidado ―le digo, dándole un beso en la mejilla y
saliendo por la puerta.
―Lo tendré. Buena suerte.

***

Salgo por la puerta, sin mirar atrás, y bajo las escaleras saltando en el
último escalón de cada piso. Es una mala costumbre ―y más con los
tacones―, pero me gusta la idea de hacer el «tonto».
Cuando llego al portal me encuentro a Fermín apoyado en la
pared; es el portero del edificio. Me saluda con la cabeza y le digo
adiós con la mano. Miro calle arriba, donde tengo aparcado el coche;
es pequeño pero muy útil en esta ciudad llena de vehículos. Llego y
veo unos cuantos papeles de publicidad. Suerte que no llovió, que si
no me tocaría rascar el parabrisas para quitarlos.
Miro el reloj y veo que me toca pisar a fondo; en media hora tengo
que estar en el periódico, y no queda cerca de mi barrio. Odio llegar
tarde. Rezo para que no me pille tráfico y pongo la música a todo trapo,
pues me encanta cantar.

***
Ya estoy de camino cuando veo que me pilla algo de caravana.
Suspiro, cojo el manos libres y llamo al periódico. Espero que no me
pongan falta de puntualidad por esta tontería.
―Periódico El Círculo, ¿en qué puedo ayudarle? Le atiende
Victoria.
―Victoria, soy Paqui, tengo entrevista a las diez y media y me ha
pillado un atasco, ¿se lo puedes decir a tu jefe, por favor? ―suelto
bien alto para que me oiga bien.
―Hola, Paqui. Claro, no hay problema, espera que se lo digo, no
me cuelgues ―me dice con voz clara y suave.
Un rato después, mientras sigo esperando a que nos pongamos
en marcha, oigo otra voz al teléfono:
―Paqui, ¿sigues ahí? ―pregunta la voz del desconocido.
―Claro que sigo aquí, esto no se mueve ―aseguro, demasiado
concentrada en el coche.
―Muy bien, soy Mario, tu posible nuevo jefe. No quiero que
tengas un accidente por hacer una tontería, así que cuando llegues,
llegaste, pero ten cuidado, por favor ―me comenta con un tono de
tranquilidad asombrosa.
―¡Oh! Disculpe, señor, estaba pensando en hacer una carrera
hasta allí.
―No te preocupes, y llámame de tú. ¡Soy demasiado joven para el
usted! ―exclama con una carcajada―. Y ahora, cuelga antes de que
te pongan una multa ―suelta mientras oigo que él ya ha cortado la
llamada.
―¡¡¡Hombres!!! ―digo en voz alta, ahora que no me oye.
Veo que los coches comienzan a moverse y yo, tan feliz, empiezo a
acelerar hasta que oigo un ruido y una sacudida que viene de atrás.
Muevo la cabeza para mirar por el retrovisor y veo cómo el coche de
atrás me «ha besado el trasero», como diría mi buena amiga Martina.
Era lo que me faltaba. Suelto una palabra malsonante y me bajo del
coche, con ganas de matar a alguien.
―¡Tú!, bájate ahora mismo de tu pedazo coche. ¡¿Has visto lo que
has hecho?! ―grito sin mirar al conductor de atrás, pues estoy
observando cómo ha quedado mi pequeño vehículo.
―Disculpa, bonita, la culpa ha sido tuya, por no ir más deprisa
―me dice el tipo desde la ventana.
―¿Perdona? No ves que no se mueven. Si tienes prisa, ¡cógete
un vuelo, so payaso! ―Me doy la vuelta, gritándole.
―¿So payaso? ¿Qué clase de insulto es ese? ―Se ríe.
Aggg, tengo ganas de estrangular al tipo ese que me habla desde
su coche. Pero en lugar de eso, me acerco al mío y cojo los papeles del
seguro; por su bien, espero que no haya problemas para que él pague
los desperfectos.
―¿Tienes papeles? ―pregunta con cara de asombro.
―¿Y tú, delincuente al volante? ―Sigo sin mirarle a la cara.
―Vale, tengo suficiente prisa como para seguir discutiendo
contigo, así que dame tus datos para cubrir el parte de accidente.
Se los digo. Él apunta mis datos y yo los suyos, y después cada
uno nos subimos a nuestros respectivos coches.
Esto era lo que me faltaba; ahora sí que llego tarde. Espero que
por esto no pierda mi trabajo, o lo mato.

40 minutos más tarde…

Llego al periódico después de una búsqueda loca de un


aparcamiento. No tuve suerte y lo acabé dejando en mal sitio; de esta
no me salva nadie de tener una buena multa. Entro por la puerta y veo
a la chica de la centralita. Ya no es Victoria, así que me acerco y le
sonrío.
―Tengo una entrevista con Mario ―informo, ajustándome las
gafas.
―Sí, un segundo ―me dice mientras me indica que tome asiento.
La oigo hablar por los cascos y me atuso el pelo. Necesito
relajarme, que vaya viajecito he tenido: primero la caravana, luego la
discusión, y luego no encontrar sitio para aparcar.
―Ya puedes pasar, Paqui, te están esperando ―me comenta,
sonriendo.
―¿Esperando? ―Estoy sorprendida.
―Sí, Mario y Joaquín serán tus entrevistadores, ambos hermanos.
Que tengas suerte ―contesta mientras me abre la puerta.
―Gracias ―respondo al mismo tiempo que cruzo la puerta.
Al entrar a la otra sala veo a los dos hombres mirando por la
ventana, de espaldas a la puerta.
―Por favor, tome asiento. ¿Desea tomar algo? ―expresa el más
alto de los dos.
―No, gracias, estoy bien ―comento algo nerviosa por la
situación.
―Bien, nos presentaremos ―indica este, dándose la vuelta.
Cuando ambos se giran, mi cara cambia de expresión: el más alto
¡es él!, el payaso que golpeó mi coche en el atasco. No me lo puedo
creer. Él hace un gesto con la cara que me hace temblar. Es un tipo
bastante guapo, moreno, con rasgos americanos y muy alto, con un
cuerpo delgado y atlético.
―Volvemos a encontrarnos, señorita Fernández ―me suelta el
payaso con voz irónica.
―Yo…, yo… espero que no tenga en cuenta lo que le dije en el
atasco, aunque no me arrepiento. Y si por eso no me da la oportunidad
que me iba a dar antes de conocerme, es que realmente no me
merecen ―farfullo todo de carrerilla como me enseñó mi padre.
―Veo que ya os conocéis. Soy Mario, Joaquín solo estará
presente en la entrevista, pero seré yo quien tome la decisión final de
contratarla o no ―interrumpe el otro, que estaba observando el partido
de tenis entre nosotros.
Miro a los dos. Mario es un tipo rubio, normalito, sin llegar a la
belleza masculina de Joaquín, y además se le ve más humano.
―Bien, comencemos, háblanos de ti ―me dice Mario,
observándome con atención.
―Soy una chica de pueblo. He venido a la capital para estudiar
fotografía y me gustaría hacer las prácticas en su periódico ―expongo,
haciendo pequeñas pausas mientras pienso qué puede gustar, qué es
lo más apropiado para conseguir el puesto de trabajo.
―Bien, es algo normal que quieras hacer eso. Ahora, cuéntanos,
¿por qué somos el periódico que has elegido para las prácticas?
―Bueno…, me hablaron muy bien de ustedes y no me lo pensé
dos veces. Investigué un poco y vi que eran un periódico juvenil
perfecto para lo que yo buscaba. ―Sonrío pensando en que la que me
lo recomendó fue Victoria, la chica de la centralita.
―¿Y qué buscabas? ―pregunta Joaquín, poniendo interés.
―Buscaba un periódico donde hubiese horario flexible, un buen
ambiente de trabajo, y además tienen un buen plan de carrera
―enumero, observando su cara.
Veo que ambos asienten y me observan. Mario pone el currículo
encima de la mesa y me indica que me relaje con la mirada.
―Vale, hemos visto tu currículo y está bastante bien. Hemos
pedido información a todas las empresas y todo el mundo habla bien
[1]
de ti. Creo que te pedimos un book , ¿lo tienes?
―Sí, claro, aquí lo tienen. ―Le entrego el álbum que elegí―.
Como verán, hago fotos de todo lo que veo u observo ―comento,
enseñando con la mano lo que me piden.
―Perfecto, me gusta lo que veo. ¿Cuándo puedes empezar? ―me
pregunta Mario, sonriente.
―Cuando lo deseen, salvo que por las tardes tengo que salir a
las siete porque colaboro en una ONG con niños. Si no les importa,
claro. ―Suspiro nerviosa, al fin lo solté. Temo que no me den el puesto
por esto, por no poder alargar mi jornada laboral más horas.
―Por supuesto que no nos importa, tu horario será de nueve de
la mañana a cinco de la tarde. Tendrás una hora para comer, hay un
comedor aquí si quieres comer. Damos ticket comida y además te
pagaremos unos cuatrocientos euros por tu trabajo. Sé que es poco,
pero cuando veamos cómo trabajas, veremos si te subimos el sueldo.
Ahora te dejaré con María, mi secretaria, que te dará el contrato y todo
lo que te he contado. ¿Te parece bien?
Asiento con la boca abierta, no tengo palabras. Balbuceo un sí,
claro que está bien. Y sonrío al ver que me han dado el trabajo.
―Perfecto, pues mañana te vemos. Y me alegra ver que has
llegado sana y salva ―añade Mario, sonriendo mientras sale por la
puerta.
―Un placer, señorita Fernández, nos veremos por aquí ―expresa
Joaquín, sonriendo picantemente.
Salgo después de ellos, aún sin poder creer la suerte que he
tenido.
Más tarde, estoy sentada en mi coche con el contrato y una gran
sonrisa en mi boca; además, los dos son realmente monos. Suspiro,
negando con la cabeza. ¡No! No tengo que pensar en eso; son jefes,
no debo acércame a ellos.

***

Un par de horas después he vuelto a casa, con la compra hecha y


pensando en que debo llamar a Javier y a Martina. Cojo el teléfono y
marco el número de Martina; espero que no comunique.
―Martina al habla… ―Por una vez tengo suerte.
―Hola, guapa, soy Paqui, ¿sabes qué? ―comento emocionada.
―Paaaaqui, ¿por qué no me has llamado al móvil?, así no te
hubiese hecho esperar. Dime qué ha pasado, ¿tienes el contrato?
―me señala con voz fuerte.
―Sí, me lo han dado, y eso no es lo mejor. Tengo dos jefes, y los
dos están como un queso… Pena que estés con Javier. ―Rio
pensando en ellos.
―Malvada, te has fijado bien, ¿eh? Y cuéntame, ¿te han dicho
algo de la ONG? ―La oigo ponerse seria.
―No, al revés, no me han puesto pega alguna. Por cierto, con el
hermano moreno tuve un pequeño encontronazo. ―Pongo cara, sin
acordarme de que no me ve.
―¿Qué pasó? ―me pregunta preocupada.
―Me besó el trasero del coche, el muy estúpido ―digo
rápidamente.
―¡Oh! Bueno, lo importante es que te diera el trabajo. Lo tenemos
que celebrar. ¿Cuándo comienzas? ―Se le escucha feliz por mi buena
suerte, por la oportunidad que me ofrece el puesto de trabajo que
acabo de conseguir.
―Mañana, desde las nueve hasta las cinco. Los viernes trabajo
hasta las tres, así que este viernes, tú y yo, fiesta.
―Ya sabes que me apunto a un bombardeo. Cuenta conmigo.
―Perfecto, voy a llamar a Javi y contarle todo, ya hablamos por
WhatsApp. Besitos, linda, adiós ―le digo mientras cuelgo.
Cojo el teléfono y pienso en lo del viernes: fiesta; hacía tiempo
que no salíamos. Marco el número y... Vaya, Javier me da comunicando.
Seguro que tendrá mucho lío, así que le mando un whats y le comento
también lo de la fiesta del viernes; ojalá pueda venir.

«Hola, Javier, he llegado a casa, todo bien, tengo el curro. Martina


y yo vamos a hacer fiesta el viernes fuera de casa, claro, ¿te
apuntarás? Dime que sí. Un besito… Muac».

Perfecto, enviado. Ahora a prepararme, que me toca ir a ver a mis


chicos. Trabajo en una ONG con chicos con problemas familiares.
Hacemos fotos, collages, les ayudamos con los deberes, hacemos
salidas… Vamos, les entretenemos hasta que tienen que volver a casa.
No lo tomo como un trabajo, pues es una alegría ver cómo nos reciben
con sonrisas, y de paso les ayudamos un poco durante el tiempo que
pasamos con ellos.

***
He llegado a casa muerta, son las diez de la noche; esta vez sí que nos
hemos pasado más de la cuenta en la ONG. Como no me apetece
hacer la cena he cogido comida de camino a casa, y menos si no viene
Javier. Lo bueno es que me respondió al WhatsApp y se apunta a la
fiesta el viernes.
Mientras ceno he puesto la televisión. No hay mucho que ver, la
verdad. Entre politiqueo, cosas malas y prensa rosa, lo poco que hay
se lo traga el mando. Pero cuando voy a apagarla veo que sale
Joaquín, uno de mis nuevos jefes, junto a una moza un poco más joven
que yo en plan muy cariñoso. Uf, qué hombre. En fin, mañana habrá
revuelo en el periódico.
Apago el televisor y me voy a la cama; mañana será otro día.

***

Suena el teléfono, no soy capaz de encontrarlo con la mano.


No quiero levantarme, no, me niego, pero si sigue sonando, Javier
me mata, porque le despertará, y no hay quien le aguante por la
mañana después de una noche de guardia. Así que tras luchar contra
la pereza, me levanto de la cama y lo busco por el cuarto. Cuando
consigo encontrarlo, contesto con voz pastosa.
―¡Arriba, nena, que es jueves, y mañana tenemos fiesta! ―grita
Martina desde el otro lado.
―Ya estoy despierta, no hace falta que grites ―le contesto con
malas pulgas.
―Por si acaso. Adiós ―asegura entre risas, para luego colgarme.
Qué manía tienen todos de no dejarme despedirme. En fin, ya
estoy más o menos despierta. Me levanto arrastrándome hacia el baño
y me meto a la ducha; realmente trabajar no es divertido.
Cuando ya estoy decentemente vestida y despierta, me acerco a
la cocina. Huele a café hecho y miro hacia el salón, donde me
encuentro a Javier tumbado en el sofá. Me acerco y veo que está
dormido. Le tapo con cuidado con una manta y voy a desayunar.
Cuando acabo, recojo todo y salgo del piso sin hacer ruido. Aún estoy
media dormida, y lo que menos quiero es enfrentarme a un policía con
muy mal despertar.

***

He llegado diez minutos antes; ya estoy en mi mesa, a la espera de que


me llamen para ver qué noticia cubro. Veo pasar a Joaquín y me quedo
embelesada, mirándole. Creo que me gusta. Niego con la cabeza, pues
no debería pensar en eso, pero es que está tan bueno...
Algo me saca de mis sueños y veo que se ha acercado a mi mesa.
―Tierra llamando a Paqui. Por Dios, deja de soñar despierta
―apunta malhumorado.
―Lo siento ―murmuro, agachando la cabeza para que no vea la
sonrisa tonta en mi boca―. Estaba pensando en… ―Veo que levanta
una mano.
―Déjalo, no me importa, te decía que te quiero en la sala de
reuniones en diez minutos; es decir, en cinco, ya que has perdido cinco
minutos babeando ―refunfuña en plan borde.
Veo que se aleja, y yo parpadeo. Pero ¿quién se cree que es?,
¡qué tipo más borde! Por Dios. Me levanto de la mesa con un cuaderno
y un bolígrafo y tiro hacia allí, esperando que el resto del día sea mejor.
Entro en la sala de reuniones y veo a otras cinco personas más.
Me siento en un hueco entre una chica de pelo lacio y un chico con
gafas; ambos me sonríen, así que yo también lo hago. Ahí está él. Uf,
qué calor me entra solo con verle.
¡No!
No pienses en eso, Paqui. Niego con la cabeza, intentando por
todos los medios dejar de pensar en lo bueno que está.
―Os he reunido para primero dar la bienvenida a vuestra nueva
compañera, Paqui. Será la nueva fotógrafa. ―Me señala―. Y segundo,
tenemos una entrevista preparada, ¿no es así, Samantha? ―pregunta
a la chica de pelo lacio.
―Sí, señor ―responde ella, mirando hacia donde está Joaquín.
―Bien, ella será la fotógrafa, ya sabes lo que espero de vosotras.
Ponla al día. El resto puede irse.
Veo salir a todos y nos quedamos solo los tres. Joaquín hace un
movimiento de cabeza a Samantha y ella asiente. Me mira y sonríe de
forma extraña, para luego salir por la puerta con un simple «te veo
luego, Paqui».
―Aquí estamos. Me gustaría decirte que me gustas y me atraes de
manera intolerable ―dice sin preámbulos.
―¿Perdón? ―respondo, parpadeando sin haberle entendido.
―No me gusta repetirme, ¿tienes algo que hacer esta noche?
―apunta, observándome muy detenidamente.
―Pues sí, dormir ―aseguro, en plan gracioso.
―Ya. Pues tienes una cena conmigo. Tengo que ponerte al día
con todo, y no acepto un no por respuesta. Y, por favor, que no se
entere mi hermano. Ya puedes irte, luego te mando un SMS con la hora
que te recojo en tu casa ―me informa mientras me abre la puerta y yo
salgo, quedándome mirando cómo la puerta se cierra tras de mí.
«¿He entendido bien?», me pregunto sin poder creer lo que me
ha pasado. Tengo una cita con mi jefe, estoy flipando en colores.
Como puedo, llego a la mesa de Samantha y la miro.
―Samantha, él ¿siempre es así? ―pregunto, señalando hacia
atrás.
―No, es peor. Por cierto, soy Mandy. Me gusta más ese nombre, el
otro solo lo usa Joaquín. Su hermano es más… ―Le cuesta definirlo
―¿Normal? ―pregunto.
―Eso, normal. Además de guapo. ―Mira a su alrededor y, al ver
que estamos solas, continúa―: Por cierto, tengo que contarte una cosa.
―Me señala el baño y me indica que la siga.
Una vez en el servicio de mujeres, me pone al día sobre lo que
pasa con las chicas en la redacción. Por lo visto, todas son tratadas
como si fueran unas lobas, o más bien así es como las trata Joaquín,
quien las invita a cenar, les hace proposiciones algo indecentes, y
cuando alguna cae en sus redes…
En definitiva, tengo el riesgo de perder mi trabajo.

***

Ya en casa, después de salir a las cinco y comer con Mandy en un


garito que ella conocía, tiré hacia casa. Allí me esperaban Javier y
Martina, a los cuales he puesto al corriente de mi gran «problema». Al
rato de llegar, recibo el mensaje de Joaquín: a las nueve me recoge
para cenar. Adiós a mi plan de tranquilidad casera y descanso.

***
Ambos planean un plan perfecto para no ser seducida por él, sino al
revés: dejarle con la miel en los labios y además grabarlo todo con el
móvil. Todo sea dicho, algo imposible, pues estoy segura de que me
voy a poner supernerviosa y me va a atrapar.
Entramos en mi habitación y buscamos la ropa más adecuada.
Cuando yo conocí a Javier, estando ya con Martina, pensé que era gay,
porque todo en él destilaba suavidad, pero también podía ser una
mala bestia. Pensé: «Este chico gay no es, es un toro bravo». Dejo de
soñar despierta cuando me muestra un vestido.
―Te pondrás esto. ―Abro los ojos y niego.
―Ni de coña. ¿Estás loco? ―Miro hacia la prenda, con la boca
abierta.
―Se lo vas a poner a huevo, y le dejarás caliente. Y te aseguro
que no te engatusará, sino tú a él. Y una vez que lo tengas ahí, le dejas
claro tus intenciones, y parándole los pies, dejándole con un calentón
de mil narices ―me sugiere, riéndose.
―Eres peor que Martina. ¿Quién eres tú y qué has hecho con el
policía que conozco? ―comento sin poder parar de reír.
―Anda, arréglate, que cuando llegue le dejaré las cosas claras.
―Le veo salir; miedo me da lo que le pueda decir.

***

Una hora después salgo de la habitación, con unos tacones de infarto


y el vestido elegido por Javier. Es negro, pegado al cuerpo y con casi
toda la espalda al aire. Me dejo el pelo suelto y me maquillo un poco,
pero sin exagerar. Normalmente solo me pongo ese vestido cuando
vamos de cena en plan pijo.
Ya está Joaquín en casa. Le veo sentado, hablando con Javier. No
parece muy cómodo, y menos cuando levanta la mirada y me ve. Le veo
tragar y disfruto con ello.
―¡Qué guapa estás, cariño! ―exclama Javier, besándome la
mejilla y diciéndome por lo bajini: «Le tienes en el saco ya».
―Gracias, Javier. Joaquín, me alegro de que ya hayas llegado,
¿nos vamos? ―le apunto mientras cojo el bolso.
Él asiente y me ayuda a ponerme el chal. Cuando salimos, miro
hacia atrás y veo a Javier dándome ánimos; de esta le mato, lo tengo
claro. Vuelvo la vista y veo que Joaquín ya ha comenzado a bajar las
escaleras. Lleva un traje que hace que tenga mucho calor. Vaya noche
me espera; si antes estaba nerviosa con el «plan», ahora lo estoy más.
Deseadme suerte.

***

Un par de horas después, estamos tomando algo en su casa.


Comienzo a atormentarle mientras me muerdo sutilmente el labio, al
estilo Anastasia, de la película que está de moda. Sí, esa de las
sombras de Grey que tanto anuncian por todos lados. Él me observa
mientras comienzo abanicarme, como si tuviera mucho calor.
―¿No tienes calor? ―le insinúo mientras comienzo a acariciarme
el cuello.
―Realmente no. ―Niega con la cabeza.
Aunque sé que es mentira porque su paquete se marca, y mucho,
contra la tela del pantalón. Me mojo los labios tras beber un trago, y es
cuando me acaricia la pierna. Así que me levanto, haciendo que él deje
de hacerlo.
―¿Qué ocurre? ―pregunta con el ceño fruncido.
―Nada, ¿estás intentando seducirme, jefe? ―le inquiero con cara
de pocos amigos.
―No, claro que no ―me susurra, observando.
―No te creo, no quiero nada contigo, no soy como esas a las que
normalmente echas. Me gustas, sí, ¡pero no voy a por tu dinero! ―le
grito con fuerza, dándome la vuelta y corriendo hacia el baño.
―¡Paqui! Espera, por favor ―me llama desesperado.
Hago que lloro, pero realmente me estoy riendo, aunque sigo
enfadada con él.
―¡Paqui! Perdóname, yo…
Intenta hablar pero no le dejo:
―Ni lo intentes, me lo han contado todo. Te quieres aprovechar
de las chicas para ver si se lían contigo y luego las echas. Yo quiero el
trabajo, y si por ello tengo que olvidarme de ti, lo haré ―le cuento sin
miramientos.
―Veo que lo sabías. Siento haberte traído hasta aquí con falsos
pretextos, aunque realmente me gustas, pero veo que lo estropeé
todo. Te llevaré a casa, pero, por favor, sal. ―Se muestra arrepentido.
Abro la puerta y le veo mirándose las manos. Le creo; no sé por
qué, pero sé que es verdad.
―Tú a mí también me gustas, pero para que yo conserve mi
trabajo, algo difícil en estos tiempos, no quiero tener nada contigo.
―Niego con la cabeza y me encamino hacia el salón para coger mis
cosas.
―Espera, por favor, ¿y si empezamos de nuevo? ―me pregunta,
intentando sonreír.
―De acuerdo, pero no aquí, lo siento.
Con las cosas en la mano me dirijo hacia la puerta, pero no me da
tiempo a llegar: se pone a mi lado invadiendo mi espacio personal. Le
deseo con mucha intensidad, no lo puedo negar, y me doy la vuelta
para despedirme. Me quedo sin aliento al verle, tan cerca de mí, con su
cara pegada a escasos centímetros de la mía.
Me acaricia la barbilla y me besa, con mucha suavidad. Suspiro,
estremeciéndome. Su boca se ajusta perfectamente a la mía. El beso se
vuelve más pasional cuando nuestras lenguas se encuentran. En un
momento dado suelto un pequeño gemido. Estoy excitada, perdida en
la vorágine de deseo que me provoca. Al escuchar mi gemido, Joaquín
me agarra con suavidad, levantándome y haciendo que mis cosas
caigan al piso con un pop al impactar contra él. Me dejo hacer, me
encanta este hombre.
Me sienta en el sofá y me acaricia la mejilla con delicadeza.
Quitándome la ropa lentamente mientras yo le ayudo con la suya, sus
manos me recorren el cuerpo provocando que tiemble con cada roce.
Joaquín consigue que con solo acariciarme, mi sexo arda, que
todo mi cuerpo anhele sentirlo.
Me tumba con suavidad; su boca va dando pequeños besos en
cada parte de mi cuerpo hasta que llega a mi clítoris; su lengua
juguetea con él, provocando que brinque sobresaltada y temblorosa.
¡Dios, qué bien lo hace!
Me voy a correr demasiado pronto, y yo no lo deseo, pues ansío
disfrutar de cada caricia.
―Joaquín, me voy a correr ―gimo con voz entrecortada.
Noto que para y vuelve a retomar sus caricias en el resto del
cuerpo. Me retuerzo en el sofá, el cual es muy cómodo. Impaciente,
quiero devolverle las caricias, pero me niega con la cabeza sin dejar
de tocarme.
―Te lo debo, Paqui ―me dice, besándome en la boca para
callarme.
Corta el beso a los segundos y vuelve a ocupar su boca en uno
de mis pezones. Comienza a darle pequeños lengüetazos hasta que
vuelvo a estremecerme; esta vez, sí o sí me correré. Él lo sabe
enseguida y su boca baja de nuevo a mi pobre sexo, que está
pidiendo a gritos algo de acción. Cuando me toca con su lengua,
rozándolo apenas, grito su nombre y me corro; nunca me habían hecho
algo así.
Sus atenciones siguen hasta bien entrada la noche. El móvil
suena varias veces pero ni lo miro; no quiero que acabe. Casi es
medianoche cuando terminamos, y aunque él no quiere que me vaya a
casa, sé que debo irme o mis amigos entrarán aquí con toda la policía.
―¿Mañana nos vemos? ―me pregunta apenado.
―Salgo con los chicos, tenemos fiesta, ¿te apuntas? ―le invito
mientras me besa con delicadeza.
―Vale, así conoceré a tus amigos. Aunque ya más o menos
conozco a uno. ―Se muestra enfadado y preocupado, pero sé que
está actuando y que mi compañero de piso le cayó bien. Eso se percibe
en el ambiente, cuando dos hombres no se tragan. El encontronazo
―o como lo llamaría Javier: «la charla»― entre los dos, que les valió
para evaluarse y ver qué papel iban a desempeñar cada uno en mi
vida, no fue tan mal como temí en un primer momento.
―Uf, es Javi, y te aviso que es policía. Le diré que no te muerda.
―Le vuelvo acariciar.
―Te dejo ir porque mañana te veré en la oficina y lo haré público.
A partir de ahora serás mi novia. ¿Quieres?
No puedo decir nada: asiento con la boca abierta, él sonríe y me
agarra para volver a besarme.
―No te vayas ―vuelve a rogarme.
―Debo hacerlo, por nuestro bien.
Me acompaña hasta la salida; no dejamos de besarnos hasta que
el taxi al que he llamado desde su fijo aparca frente a su puerta. Me da
un último beso y me deja ir. Cuando llego al taxi y abro la puerta, le
escucho decirme:
―Hasta mañana, amor mío ―se despide antes de mandarme un
beso en el aire.

Media hora después...

Cuando llego a casa, tengo a Martina en la puerta y a Javier hablando


con unos compañeros del trabajo. En el momento en que me ven,
ambos salen a mi encuentro.
―Ya íbamos a ir a por ti ―me suelta Javier algo preocupado,
señalando con la cabeza a los dos policías que esperan en el portal.
―Sí, lo siento, no pude coger el móvil ―les explico mientras veo a
Javier que se despide de sus compañeros. Mira que es una mamá
gallina que se preocupa por nada, pero le comprendo; en su trabajo
debe ver muchísimas cosas que le han marcado.
―¿Qué pasó? ―pregunta Martina, rompiendo el silencio que se
ha impuesto cuando los tres hemos entrado en el piso. Está enfadada,
pero es de las que primero quieren saberlo todo antes de tomar una
decisión, o en este caso armarme el pollo del siglo.
Una vez que les cuento todo lo que sucedió durante la cita, ellos
aplauden y están felices por mí.
Tienen muchísimas preguntas por hacerme, pero al día siguiente
hay que madrugar y nos acostamos.

***

Cuando llego a la oficina estoy radiante, no puedo ocultar mi felicidad,


sobre todo cuando lo veo esperándome en la puerta.
De nuevo, Joaquín me sorprende al darme un beso delante de
todos, sin darme tiempo a saludarlo.
―Quiero presentaros a mi novia, gracias a ella encontré el amor
―proclama ante los trabajadores que están en la entrada de la
redacción.
Me quiero morir, pues soy muy vergonzosa y no sé muy bien qué
va a pensar la gente, teniendo en cuenta que llevo menos de un mes
en la empresa. Temo que piensen que soy una aprovechada, pero
realmente Joaquín me gusta.
Y aquí estamos, ante un público silencioso y asombrado que no
deja de mirarnos fijamente. Al ser incapaz de mantener esas miradas,
bajo la cabeza y miro hacia el suelo, pues no sé muy bien a dónde
mirar.
Pero Joaquín no se para a pensar en mi vergüenza y me levanta
la frente. Veo a todos, y sobre todo a algunas chicas mirarme con cara
de sorpresa; otros simplemente con indiferencia. Pero lo más
importante es que a mí me da igual lo que piensen; yo estoy feliz de
haberlo conocido, de tener la oportunidad de estar a su lado.
Veo a mi compañera Mandy que aplaude y me levanta el pulgar. El
más sorprendido de todos es Mario, que se acerca a su hermano y le
da una palmada en la espalda.
―Por fin el destino es bueno con nosotros ―comenta,
observándome―. Te llevas un pedazo de hombre, aunque tiene un
poco de carácter y ciertamente es un payaso. ―Me susurra esto último
al oído, guiñándome el ojo―. Y ya que estamos de sorpresas, debo
decir que yo también encontré en la oficina al amor de mi vida. Mandy,
por favor, ven aquí ―le suplica a mi compañera, la cual se levanta y se
acerca, dándole un beso en la boca.
Al final, entrar a trabajar al periódico fue algo maravilloso, y el
choque que tuve con el coche de Joaquín y el mío tuvo algo bueno: lo
conocí a él.
Soy una afortunada feliz. Una mujer con los mejores amigos del
mundo, unos jefes que me valoran, y con la suerte de que el destino me
unió al que posiblemente será mi futuro marido.
Pero eso… ya es otra historia.
Limpieza de primavera
Mimi Alonso
El antiquísimo álbum de fotos levantó una nube de polvo cuando fue a
topar con el suelo. Era casi una reliquia pero, ¿a quién le importan
tales honores cuando de la limpieza primaveral se trata?
Lúa, que en principio no comprendía la utilidad del pañuelo, imitó
a su abuela y se cubrió la boca con él cuando otra nube de polvo
denso las bañó. Tuvo que esperar unos segundos hasta identificar
algún objeto tras remover la pila de cosas sobre el armario del desván.
―Abre un poco la ventana, cariño, o nos vamos a asfixiar.
Lúa obedeció en el acto. Después de tres horas allí arriba, nada
podía apetecerle más que un poco de aire fresco.
En realidad les estaba cundiendo. El desván llevaba siglos sin ser
abordado por alguien con la sana intención de hacer limpieza, más
bien, la familia lo visitaba para dejar alguna caja que nadie sabía
ubicar en los pisos inferiores. Aparentemente la abuela iba a consentir
que las cosas siguieran así por siempre, pero era mentira. Cada vez
que se le informaba de una nueva caja abandonada allí arriba, hacía
como que conservaba la calma, cuando en realidad estaba calculando
el momento en que sus dos hijas fueran al pueblo a pasar las
vacaciones. Entonces las agarraría a traición, y obligaría a ayudar con
la limpieza.
Finalmente, los planes no salieron como pensaba porque,
¡malditas!, debieron sospechar algo, y llegada la fecha, ninguna
apareció. Le enviaron a su nieta Lúa con la firme intención de que la
pequeña, que con sus catorce años ya no era tan pequeña, tomara un
poco el aire. Era ella quien estaba echándole una mano. Además, no
tuvo que hacer ofertas ni nada por el estilo para camelarla. Mara no se
equivocó pensando que la chiquilla ayudaría encantada, porque era
curiosa desde siempre, y sabía que iba a disfrutar inspeccionando
todos los cachivaches, libros, o lo fuera que hubiera allí arriba.
Estaba a punto de ser sepultada bajo una caja llena de objetos
que Dios sabría a quién pertenecerían, cuando su abuela la advirtió
que diera un paso atrás. Tal como parecía, la pila que era casi más un
tótem que cinco cajas superpuestas, se desmoronó en el centro del
desván, separando a nieta y abuela, levantando una nueva nube de
humo.
Mientras la veía caer como a cámara lenta, Lúa sintió la necesidad
de tomar aire y llenar los pulmones adivinando la polvareda que se iba
a levantar. Luego recordó el pañuelo que le cubría la boca como si
fuera una doctora.
―¿Y ahora qué?
―Pues, ahora a clasificar todo esto ―respondió Mara
sacudiéndose el polvo antes de tomar asiento en el suelo, con las
piernas cruzadas.

***

Su abuela, Mara, debía tener como poco setenta años, pero era una de
esas abuelas modernas que hacen yoga y van a nadar a la playa en
invierno. Su padre estaba convencido que por eso se conservaba
jovial y de buen humor. El abuelo era un poco más reservado, aunque
nunca dejaba que nadie se sintiera incómodo en su casa. Era de esas
personas siempre preocupadas del bienestar de todos. Además, era
muy entretenido estar con él; tenía una retahíla de historias increíbles
bajo la manga, y le gustaba contarlas mientras paseaban fuera de la
casa, por el bosquecito cercano, a veces cogiendo moras, peras,
manzanas, o lo que fuera.
Lúa se preguntaba dónde estaría el abuelo entonces, dado que
todavía hacía frío para sus largos paseos. Estaba siendo una de esas
primaveras raras con nieve, y no podía imaginárselo perdido por ahí,
con el bajo del pantalón humedecido. Iba a preguntarle a la abuela,
pero fue ella, sacando el contenido de las cajas, quien habló primero.
―Mira cariño, esto es tuyo.
―Qué bonito ―sonrió Lúa―. ¿Cuándo me lo pusieron?
―En tu bautizo. Es un trajecito precioso, y estabas para comerte.
Tan pequeña, con esos grandes ojos verdes asomando entre encaje
blanco... ¡Qué recuerdos!
―El abuelo también los tiene verdes, ¿no?
―Sí, cariño. Tu madre siempre se ha preguntado por qué ella no.
―Ya, pero es que esas cosas se saltan una generación. Lo di en
biología.
―Eres una chica muy lista, ¿sabes? ―observó Mara acercándole
un nuevo montón de objetos para que separara los que pudieran ser
útiles todavía, de los que no.
Lúa detuvo su mirada en un reloj de pulsera al que le bailaban
las agujas, y lo descartó en seguida. También una caja de caramelos
corroída, una linterna con el cristal roto, dos lápices de color de
madera, y un álbum de fotos que…
―Abuela…
―Dime, cariño.
―¿Este es el abuelo? ―Lúa giró el álbum para que Mara pudiera
ver la fotografía. En cuanto la reconoció, sonrió.
―Ese es el amor de mi vida.
Lúa levantó las cejas con sorpresa, contemplando el rostro de su
abuela perdido en el recuerdo. Tuvieron que ser momentos felices,
porque solo con verlo, ella lo parecía. Era como si hubiera
rejuvenecido cuarenta años y estuviera radiante. Bueno, quizá en
parte lo de radiar se debía a que el haz de luz de la pequeña ventana
caía directamente sobre ella, o a que Lúa la vio más bonita al descubrir
que tenía secretos ocultos. Sintió mucha curiosidad por aquella
fotografía en blanco y negro.
La luz del desván comenzaba a ser anaranjada y cálida, el polvo
se había asentado… Estaban cómodas, entretenidas, y ella deseaba
más detalles sobre la oculta historia de amor de su abuela
―¿Me puedes contar qué pasó con este chico?
Mara, tras un instante reflexivo, miró a su nieta buscando en
aquellos ojos verdes la comprensión que solo una amiga podía tener,
cuando se le cuenta un gran secreto.
―Debe quedar entre nosotras, ¿de acuerdo?
―De acuerdo, no diré nada.

***

El verano de 1951 fue uno de los más calurosos que cualquier joven
de la edad de Mara podría recordar. ¿Por qué recordarían ese verano
concretamente? Porque había acumulación de chavales agolpándose
en las heladerías, y laderas de los ríos, buscando refrescarse como
fuera, desde que el reloj daba las cinco.
Cuando llegó al pueblo, Mara ejerció de excepción a la regla
general, porque donde todos los chicos y chicas lucían la menor
cantidad de ropa posible, ella siempre iba cubierta, muerta de frío.
Al principio la miraron como un bicho raro. No le importó porque
de todos modos, era nieta de un hombre difícil y antipático al que nadie
caía bien, aunque no sucedía lo mismo con su abuela. Ella era una
mujer encantadora que, en cuanto los padres de Mara se alejaron con
el coche dejándola a su merced, no dudó en hornear pasteles
convocando a las vecinas para presentarles, orgullosa, a su nieta,
mientras degustaban exquisiteces.
Pronto, Mara se dio cuenta de las intenciones reales que
albergaba su abuela, obstinada en que los niños de ciudad nunca
podrían estar tan sanos como los que se criaban en el campo. Tenía
fijación por la comida y los paseos, si hubiera sido por ella, aquel
verano Mara no habría hecho nada más que andar y zampar todo el
día.
Como compañera, le habían asignado a Sabrina, nieta de una
vecina, que puso cara de pocos amigos cuando prácticamente las
echaron de la sala para que fueran haciendo migas.
Mara se resignó. Estaba allí por decisión propia, porque quería
que sus padres disfrutaran en la playa, después de un año en que casi
no pudieron verse, de modo que, aguantando la mirada inquisidora de
Sabrina, carraspeó y la saludó con educación.
Mara tardó poco en descubrir que su nueva amiga, no tenía la
mínima intención de ser tal cosa. Sabrina era una chica de esas que
ella evitaba estando en casa. No era tonta, ni siquiera podía decirse
que le cayera mal, sencillamente necesitaba ser siempre el centro de
atención, cosa que a ella la horrorizaba. Durante los primeros días que
Mara pasó en el pueblo, la escuchó varias veces burlarse de ella y sus
modales, diciendo que era una remilgada, que parecía tonta llevando
aquel flequillo tan largo, que la fina rebeca de punto era para señoras
mayores, en vez de chicas jóvenes… Aprovechaba cualquier momento
para ensañarse ocultando lo que en realidad sucedía: Sabrina
envidiaba a Mara, porque desde su llegada dejó de ser el centro de
atención de todos.
También por eso, el día que comenzaron las fiestas del pueblo,
Sabrina procuró destacar llevando el vestido más bonito, el cabello
más elaborado y los labios más rosas que las demás. Mara, que
sospechaba el motivo de la envidia de su amiga, la ignoró
acompañando del brazo a su abuela, mientras escuchaba los
reproches en voz baja que Sabrina recibía de la suya, primero por
haberse maquillado, y luego por parecer una fresca.
En la plaza esperaban los demás jóvenes. Las chicas del grupo
de Sabrina, que supuestamente también era el suyo, desaparecieron
entre la multitud con sus vestidos de colores vivos. Mara distinguió a los
chicos, la mayoría mirando a una mujer que bailaba sobre el escenario,
un poco más escotada de lo necesario, encandilándolos a todos con
sus ademanes de vedette. Pero había unos ojos que no se apartaban
de ella, mirándola de forma tan intensa que Mara comenzó a sentirse
incómoda casi al momento.
El repertorio de la orquesta seguía alegrando la plaza sin que
aquel chico rubio dejara de observarla. Mara intentaba rechazar la
invitación que un amigo de su abuela le hacía para bailar, pero no
salió exitosa de su empeño, porque el hombre se cansó de darle
vueltas y más vueltas a su vestido blanco de tirante, estampado en
filigranas doradas. Cuando la canción terminó, pidió permiso a su
abuela para ir en busca de algún refresco, y tomando su propina con
fuerza, se alejó a la carrera hacia la barra que habían colocado fuera
del bar.
Apoyando el antebrazo, solo deseaba tomar un refresco bien frío,
pero nadie parecía siquiera reparar en su presencia, nadie salvo
quien le tocó el hombro con suavidad: el mismo chico de antes sujetaba
dos botellas de limonada con sendas pajitas, ofreciéndole una.
―¡Gracias!
―De nada. Iba a comprar una para mí, y te vi.
―Ya me habías visto antes ―al momento se arrepintió de haber
hablado con tanta franqueza.
―Bueno, puede que sí ―respondió él alejándose unos pasos.
Por un momento Mara se sintió en plena encrucijada. Si volvía al
baile, su insistente pareja haría que le salieran llagas en los pies; pero
si se quedaba, tendría que vencer la timidez y hablar con aquel chico
al que no conocía de nada, aunque por otro lado había sido muy
amable al pedirle el refresco…
―¿Vives aquí o estás veraneando?
―Soy de aquí. Tengo una casa cerca de la iglesia.
―No te había visto nunca.
―Ni yo a ti. Aunque bueno, acabo de volver… ¿Cómo te llamas?
―Mara. ¿Y tú?
―Santi.
Los dos quedaron callados, escuchando el comienzo de una
nueva canción que conocían a la perfección por haberla oído hasta la
saciedad.
―Es bonito.
―¿El qué?
―Tu nombre.
―Es un aburrimiento. Cada cual me llama como le da la gana. Mi
nombre tiene muchas abreviaturas.
―¿Cuáles?
Santi comenzó a contarle los distintos nombres por los que la
gente le llamaba, cada cual menos parecido al original. Caminaban por
los alrededores de la plaza cuando las chicas del grupo, que tomaban
sus refrescos sentadas en las escaleras del ayuntamiento, los
localizaron, y en seguida hicieron llamar a Sabrina… A partir de
entonces todo fue muy confuso, porque de pronto hubo un grito,
muchos lloros, Sabrina se marchó de la fiesta, y ninguna de las chicas
quiso acercarse a Mara en lo que quedó de verano.
Su abuela no dejaba de preguntarle dónde se habían metido
aquellas niñas tan simpáticas, pero ella no sabía bien qué responder.
Al principio se angustió, aunque luego se le fue pasando, incluso
agradeció el tonto enfado de Sabrina y que se negara a estar en el
mismo lugar que ella, porque eso le dejaba gran libertad para vagar
por doquier con Santi, del que no se había despegado desde aquella
noche.
No pasó una tarde sin que él acudiera puntual a su cita con Mara,
para recogerla y después disponerse a vivir las más alocadas
aventuras. Muchas tardes fueron al río a disfrutar de su agua helada y
refrescarse con los otros chicos, dado que las chicas no toleraban a
Mara. Otras jugaron en el bosque, incluso un atardecer se fueron a
escondidas al pueblo de al lado, porque querían ver en directo a una
señora que por lo visto era bruja... Pero la mejor de sus hazañas, la
que más les marcaría, llegó de noche, no de tarde. Queriendo explorar
los límites de su libertad, se fugaron juntos tras la cena, para pasar una
prueba de valor. Se trataba de ir al cementerio del pueblo, y allí darle
dos tragos a una pequeña botella de licor que Santi había robado a su
padre. Estaba convencido de que si completaban el ritual, nada podría
detenerles nunca.
A Mara el corazón se le quería salir del pecho, pero acabó por
saltar el adro y entre lápidas, beber el primer trago de licor de su vida,
sintiéndose la más valiente del mundo, la más radiante, la mejor de
todas… También así la veía Santi, que desde la noche del baile, no
había podido dejar de pensar en ella.
Escucharon un ruido cercano y Mara se agachó tras una lápida,
Santi le pasó el brazo por la espalda haciéndose una bola tras ella.
Justo en ese momento un anciano, el Guardia de la campana que
velaba el cementerio, emergió entre las sombras para cerciorarse que
todo seguía bien, mientras ellos continuaban completamente quietos.
Mara tembló bajo el brazo de Santi. No sabía qué estaba
impresionándola más, si verse en aquella situación, o tener al chico del
que se había enamorado tan cerca. La cosa es que se quedó muy
quieta hasta que el aliento de Santi le acarició el oído, susurrando:
―Tenemos que salir, pero hay que hacerlo muy rápido.
―No puedo, no puedo.
―Sí que puedes, no seas cobardica. Si has podido entrar, puedes
salir.
¿Cobardica? ¿Ella? Nadie jamás pudo decirle algo más hiriente.
En cuanto escuchó la señal de Santi, Mara echó a correr hacia el adro
saltándolo casi como una atleta, mientras él quedaba rezagado.
Cuando estuvieron lo suficientemente lejos, tuvo que echarle el alto,
porque indignada, habría continuado caminando hasta el fin del
mundo sin volver la vista atrás.
―¿Qué te pasa? ¿Por qué corres tanto? Ya estamos lejos y no
puede vernos.
―No pasa nada.
Por su tono de voz, Santi supo que le estaba engañando.
―Va, dímelo.
―No quiero. No me da la gana.
―¿Por qué te has enfadado?
―Porque eres tonto y me quiero ir a casa.
―¿No quieres verme más?
―¡No! ¡Nunca volveré a salir contigo!
―Pues entonces… ―empezó Santi poniéndose rojo, mezcla de
enfado e indignación―, ¡yo tampoco quiero salir contigo!
―¡Pues me parece bien! ―gritó ella encarándole.
―¡Pues a mí también! ―respondió acercándose a Mara.
―¡Pues vale!
―¡Pues sí!
Entre tanto reproche y acercamiento, quedaron tan próximos que
el pestañeo de una mariposa habría conseguido que se dieran el beso
más dulce; pero ella quedó apoyada contra la corteza de un árbol, y él,
allí plantado, intentó ocultar por todos los medios que tenía ganas de
llorar.
Regresaron a casa juntos, pero más distantes que nunca.
Dos días después Mara metió su equipaje en el coche familiar y
regresó a casa.

***

―¿Y?
―¿Y, qué?
―¿Qué pasó? ¿No volvisteis a veros? ―preguntó Lúa también
con ganas de llorar, sin querer creerse el final de la historia, mientras
zarandeaba aquella foto en blanco y negro de un chico delgado,
guapo, con el cabello corto y claro como sus ojos.
―Pasó mucho tiempo hasta que eso sucediera.
―¿Y entonces, qué? ¿Se acordaba de ti?
Mara se inclinó recogiendo la foto de Santi. Volvió a observar
aquel rostro en blanco y negro, aquella sonrisa tímida de la que se
enamoró, por ser tan bonita.
―Claro que se acordaba, mi niña ―respondió devolviendo
calmada la fotografía al álbum―. El primer amor nunca se olvida.
Lúa no podía creerse que la historia acabara de aquel modo tan
trágico, por eso Mara tuvo que atajar.
―¡Madre mía, seguro que ya son las siete! Baja a por una bolsa
de basura, cariño. Vamos a recoger todo esto y a tirarlo de una buena
vez ―señaló al montón de desecho.
Todavía compungida, Lúa dejó colgar hacia abajo las escaleras
plegables por las que se accedía al desván.
―Ahora vuelvo, abuela.

***

Mara llevaba quince minutos allí arriba, pensando si a su nieta la


habrían secuestrado en el trayecto del desván a la cocina. Le dolían
demasiado las piernas para hacer el esfuerzo de bajar y otra vez subir
la escalera, para luego volverla a bajarla, de modo que llamó a la
chiquilla sin obtener respuesta.
Al segundo intento, fue la voz de su marido la que se escuchó:
―¿Qué pasa?
―Que mandé a la niña por una bolsa y no aparece.
―Bueno, estará comiendo algo. Tiene que estar muerta de
hambre, lleváis ahí arriba desde las tres.
―Ya, pero había que hacerlo, en fin… Jacobo, que me duelen las
piernas, ¿puedes traerme tú una bolsa de la cocina para recoger todo
esto?
―¿Qué pasa, te da miedo bajar y luego no poder subir?
―Pues un poco, la verdad ―sonrió Mara a su marido. Desde allí
arriba, todavía se le podían ver cabellos dorados entre las canas.
―Bah, no seas cobardica. Si has podido entrar, puedes salir.
Yo te protegeré
Marian Arpa
Allí parada de pie frente a la ventana de aquel lujoso apartamento,
sentía que el frío le penetraba hasta los mismísimos huesos. Silvia se
arrebujó más en el chal que se había echado sobre los hombros sin
darse cuenta de que sus manos temblaban como una hoja.
A pesar de tener los ojos abiertos, no veía nada de la fantástica
panorámica que tenía enfrente, solo al hombre que el día anterior
había querido acabar con su vida, que la acorraló en aquel callejón
oscuro y la agarró por el cuello. Sus intenciones eran claras como el
agua, no dejaría que ella declarara en aquel juicio como testigo
principal.
Silvia Calleja había presenciado un asesinato y gracias a su
declaración, la policía pudo arrestar al criminal que había terminado
con la vida de una muchacha que se ganaba la vida de dependienta
en una librería. Ella tuvo suerte, al oír lo que estaba sucediendo en la
parte delantera del local, marcó con su teléfono móvil el número de
emergencias y pidió ayuda susurrando la dirección donde se
encontraba y dejando el aparato con la línea abierta. Dispuesta a
ayudar a aquella chica, se puso en pie y tiró varios libros al suelo para
que el delincuente se diera cuenta de que no estaba solo y dejara a la
joven. Obtuvo el resultado deseado, el malhechor salió corriendo, pero
la chica murió pocas horas después debido a la puñalada que había
recibido. Todo por un puñado de billetes, pensó descorazonada.
En cuanto se supo la fecha del juicio contra aquel hombre, Silvia
empezó a recibir cartas amenazadoras. Como era una escritora
famosa, no había podido mantener su anonimato, a pesar de haberlo
intentado, su nombre salió en los medios de comunicación. Su vecino y
amigo Manu Viñas, que era policía, se preocupó por mantenerla al
margen, pero los chismes como aquel y el afán de protagonismo de
todo el vecindario hicieron que su tarea fuera imposible.
Cuando empezaron a llegar las amenazas, Silvia se las mostró a
Manu, y este movió todos los hilos que pudo hasta que le pusieron un
guardaespaldas. Hasta la noche anterior todo había funcionado de
maravilla, pero cuando su superior lo llamó comunicándole que el
escolta había sido atacado y que Silvia estaba en el hospital con
algunas lesiones, tomó la decisión de ser él mismo quien se ocupara
de proteger a aquella mujer.
Se conocían desde que cinco años atrás ella se había mudado a
su edificio, cuando la vio por primera vez, le soltó un silbido de
admiración y Silvia le dedicó una sonrisa divertida; se presentaron
mutuamente, y a partir de entonces fueron amigos. Muchos días cuando
él salía de trabajo y sabiendo que ella no se había molestado en ir a la
compra, pasaba por el chino, y llevaba cena para los dos. ¡Cuántas
noches habían pasado en el sofá charlando, y riéndose de algún
programa que ponían en televisión! Su amistad, hacía que los demás
vecinos del edificio pensaban que eran pareja, y esto a ellos les hacía
mucha gracia; nunca trataron de sacarlos de su error.

***

Manu cogió las llaves que tenía del piso de su amiga, y una bolsa de
deporte grande, llenándola con ropa para unos días; iba a salir
cuando se acordó de todos los botecitos que había en el baño, no
sabía cuáles eran los que usaba habitualmente, así que los tiró todos
dentro de la bolsa y bajó al garaje donde guardaba su coche.
Al llegar al hospital y ver las feas marcas que oscurecían su cuello,
soltó una maldición. Preguntó al doctor que la atendía por su estado y
este le comunicó que no tenía nada grave, que le habían dado un
calmante porque había sufrido un ataque de ansiedad y que al día
siguiente podría volver a casa. Manu decidió sacarla de allí en aquel
mismo instante, no permitiría que quien había ordenado atacarla
mandara a otro para terminar el trabajo.
Condujo toda la noche, ya estaba clareando el día cuando
llegaron al apartamento de uno de sus tíos que estaba de viaje en el
extranjero por negocios. Allí la tendría segura, nadie sabía dónde la
había llevado.
―Voy a dormir un rato; deberías hacer lo mismo, pequeña
―sugirió al acompañarla a la que sería la habitación de ambos.
Silvia lo observó alelada mientras él se desnudaba, se quedó en
bóxers y se metió bajo las sábanas con un gran bostezo.
―Puedo dormir en el sofá ―su voz sonó ronca por la magulladura
del cuello.
―Ni hablar, no pienso perderte de vista ―aseguró Manu, dando
palmadas al otro extremo de la cama.
No era ninguna mojigata, sin embargo aquello la hacía sentir
incómoda. Por un segundo estuvo a punto de replicar, pero pensó en
las horas que él había conducido para llevarla a un lugar seguro y
cerró la boca. Rebuscó en la bolsa donde estaba su ropa, sabía que
no encontraría ningún camisón porque prefería dormir sin nada, cogió
una camiseta y se fue al baño. Cuando salió, él en dos segundos se
dio cuenta de que se estaban complicando las cosas: Silvia llevaba
una camiseta que le había visto puesta mil veces, le llegaba justo al
ombligo, junto a unas braguitas de encaje negro que resaltaban sus
largas piernas; no hubiese podido excitarse más si la hubiese visto
completamente desnuda. La sensualidad que irradiaba de su cuerpo
hizo que rechinara los dientes. En ese momento pasó de ser su amiga,
a ser la más deseable de las mujeres. ¿Cómo mantener las manos
alejadas de semejante belleza? Se maldijo por haber sido él mismo
quien sugiriera que durmieran juntos. Se volvió de espaldas para dejar
de mirarla, sabiendo que le sería imposible conciliar el sueño.
Unas horas más tarde, Silvia despertó y se encontró sola, se
apresuró a coger ropa limpia y entrar en el baño. Unos golpes en la
puerta la sobresaltaron.
―¿Va todo bien? ―La profunda voz de Manu la traspasó y
recordó su cuerpo fornido que le había mostrado la noche anterior. Se
le secó la boca ante la imagen que le vino a la mente.
―Sí, enseguida salgo ―se reprochó por lo débiles que habían
sonado sus palabras. No estaban allí para enrollarse, estaba huyendo
de un asesino. Pero no esperaba sentir aquello que la noche anterior
había despertado en su interior. Desde que conoció a Manu, se sintió
muy cómoda en su compañía, era su amigo, su confidente, podía contar
con él en cualquier situación; y en un solo parpadeo todo cambió. Pasó
de ser su vecino divertido con quien se echaba unas risas de vez en
cuando, a ser un hombre muy atractivo que la hizo vibrar con una sola
mirada.
Cuando se reunió con él en la cocina, el aroma a café recién
hecho le asaltó las fosas nasales, el policía la invitó a sentarse en la
mesa donde había un plato con cruasanes, mermelada y mantequilla.
No podía mirarlo a los ojos, él lo notó y supo enseguida lo que pasaba.
¡Diablos! No era él solo, el que se sentía atraído, ella también. Maldijo
para sus adentros; aquella tarea de protegerla durante unos pocos
días se le haría eterna.
Manu estuvo toda la jornada taciturno, sabía que ella estaba
asustada por el ataque sufrido el día anterior, la veía ensimismada y
comprendía que no se lo sacaba de la cabeza. Al observarla
disimuladamente de reojo, la veía allí frente a los grandes ventanales;
acurrucada en aquel chal que se había echado sobre los hombros, le
pareció que temblaba y supo que no era de frío, le parecía tan frágil.
No lo soportó más y se le acercó, le pasó un brazo por la espalda y la
atrajo hacia su cuerpo.
―¿Sabes que no dejaré que te pase nada, verdad?
La mirada ocre de Silvia, se clavó en sus ojos oscuros, pareció
evaluarlo y asintió con la cabeza.
―Pasé tanto miedo, me ahogaba y… ―Él le puso dos dedos
sobre los labios para acallarla.
―Tranquila, cielo ―aquella expresión se le escapó y pareció
paladearla―. Ya pasó, nadie nos encontrará aquí.
―También vivía tranquila con ese guardaespaldas, y mira.
―susurró volviendo a contemplar cómo se ponía el sol.
―Yo te protegeré con mi vida si es necesario. ―Aquellas palabras
parecieron abrir las compuertas, primero se le escapó una lágrima, se
giró y hundió la cara en el duro pecho de Manu al tiempo que sus
mejillas quedaron empapadas. Los brazos fuertes y robustos la
encerraron en un abrazo protector que pretendía infundirle ánimos.

***

«Silvia estaba desnuda bajo las sábanas, sus brazos rodeaban la


estrecha cintura de Manu y sus piernas estaban enroscadas a uno de
sus fuertes muslos. El aroma único de su cuerpo floraba por la estancia,
y las cosquillas que él sentía en su costado lo despertaron. Ella se
movía como una sirena en mar abierto, sinuosa y hechicera. La
brillantez de sus ojos ambarinos chocó contra la oscuridad de la
mirada excitada de Manu, y la sonrisa que le dedicó podría haber
iluminado el firmamento. Él se sintió cautivado por la belleza que
estaba observando, nunca se había sentido más excitado. Siguiendo
los movimientos exquisitos del cuerpo de la mujer, la colocó bajo el
suyo y la besó con ternura y devoción. Silvia se adaptó a su cuerpo sin
dejar de bailar aquella danza imaginaria, besándolo al mismo compás,
y haciéndolo vibrar con cada uno de sus movimientos. La conexión
entre ambos se hizo más estrecha, más íntima, como si de alguna
manera fueran a fundirse el uno en el otro. Y así fue cuando al fin
unieron sus cuerpos con una lentitud enloquecedora que los hizo
gritar por el increíble placer que los envolvía. El baile siguió y se
incrementó la cadencia, rodando entre las sábanas, saboreando la
dulzura de esa unión casi mística, hasta que ella como una diosa
exigente rodeaba la cintura con sus largas piernas y los dos se
lanzaban al precipicio del placer absoluto».
Manu despertó jadeando, tenía la piel pegajosa de sudor, miró
alrededor y se dio cuenta de que había tenido el sueño más increíble
de su vida. Al comprobar que Silvia no estaba a su lado, se sentó en la
cama alarmado y oyó el agua de la ducha. Se dejó caer sobre las
almohadas tratando de calmar los alocados latidos de su corazón
errático.

***

Los días pasaban y Manu aceptó muy pronto sus sentimientos hacia
aquella mujer. No solo le atraía, al pensar detenidamente en pequeños
detalles que habían vivido juntos, se daba cuenta de que no era solo
atracción, no, quería pasar el resto de su vida con ella. La amaba. Al
dar nombre a ese sentimiento pareció que se liberaba, su corazón
vibraba saboreando esa emoción recién descubierta.
Durante ese tiempo, él se dio cuenta que Silvia lo observaba
pensativa. La sorprendía contemplándolo con el ceño fruncido, o
esquivando sus miradas; incluso le respondía con palabras airadas
cuando le preguntaba si le pasaba algo. Cuando sus pieles se
rozaban, parecía como si una corriente eléctrica los traspasara, y la
mirada dorada de Silvia se volvía más intensa. Manu supo lo que le
pasaba, sentía lo mismo que él, solo que a ella le estaba costando
asimilarlo.
Sabía que influía también la presión por tener que declarar en
aquel juicio, todo se le había juntado y no reaccionaba racionalmente.
Decidió no presionarla hasta que todo hubiese acabado. Entonces se
lanzaría sobre ella con toda la artillería y no dejaría que se le escapara
de las manos.
El temido día llegó y Silvia se despertó sobresaltada al oír un ruido
infernal sobre su cabeza.
―No te asustes ―advirtió Manu, al ver su cara de terror―. Es el
helicóptero que nos llevará al juzgado.
―¿El qué?
La miró con sus oscuros ojos divertidos.
―Tener un tío rico con un helicóptero privado tiene sus ventajas,
nadie va a verte hasta que estemos en el juzgado. ―La sonrisa que
mostraba su mirada la molestó.
―No pienso subirme a ese…
―¿Tienes miedo? ―la retó él.
―Claro que no. ―No iba a reconocer que le daba respeto
subirse a ese aparato.
Manu se dio cuenta de que no era del todo sincera, no seguiría
atosigándola, ese día necesitaba estar tranquila.
Unas horas más tarde, Silvia soltó un sonoro suspiro cuando se
bajó de aquel helicóptero, él se había limitado a cogerla de la mano
para reconfortarla, no sabía si tenía más miedo a volar o a declarar en
el juicio.
―Parece como si quisieras besar el suelo ―se burló para
distraerla mientras entraban en el edificio.
―No ha sido tan malo ―replicó con chulería.
Él se habría reído de aquella replica si no hubiese encontrado los
pasillos de los juzgados tan llenos de gente. Instintivamente la cogió
por la cintura y la apretó contra su costado, notando la tensión que la
invadía. La guió por varios pasillos todos a rebosar. Un tipo le llamó la
atención, los miraba de reojo como si quisiera pasar desapercibido,
pero lo veía cada pocos minutos, como si estuviera siguiéndolos.
Cuando estaban a punto de entrar en la sala donde se celebraría el
juicio volvió a aparecer, aunque esta vez estaba justo al lado de Silvia.
Vio en su dedo anular el anillo que ella había descrito de la mano de
su atacante y supo que era uno de los compinches del asesino. Sin
que ella fuera consciente de lo que estaba pasando, se sintió
impulsada hacia atrás, y Manu sacó la pistola en décimas de segundo y
la apoyó justo debajo de la nariz de aquel sujeto. Se armó un gran
revuelo entre los que estaban más cerca de ellos. Todo el mundo dio
un paso atrás al ver el arma. Unos policías se acercaban presurosos.
―Las manos donde pueda verlas ―rugió Manu.
Todo ocurrió tan rápido que en apenas un parpadeo, el tipo sacó
un cuchillo y lo lanzó en dirección a Silvia; Manu tiró de ella haciendo
que el arma pasara de largo, pero desafortunadamente encontró otro
objetivo. Un hombre de los que se había quedado mirando la escena
resultó herido en un brazo.
―Debería matarte aquí mismo ―vociferó Manu, clavándole el
cañón de su arma en la cara―. Ocúpense de él ―ordenó a los
agentes que ya habían llegado a su lado.
Silvia sentía que las piernas no la sostenían, otra vez habían
intentado matarla; Manu se dio cuenta y la llevó a un despacho que
estaba vacío, pidió a uno de los funcionarios que le trajeran una
infusión y se quedó con ella entre sus brazos para transmitirle algo de
su fuerza.
Cuando todo hubo acabado y el preso condenado, Manu la llevó
a su piso. Ella se sintió tranquila en aquel entorno seguro. Llamó a un
restaurante para que les llevaran la cena y cuando se estaban
comiendo los postres:
―Es hora de que hablemos.
―¿De qué? ―Silvia se sentía bien, todo había terminado y volvía
a estar en casa, le extrañó la solemnidad de su mirada.
―Te amo y sé que no te soy indiferente. ―Manu no era hombre de
discursos poéticos, siempre decía lo que pensaba a bocajarro, sin
paños calientes.
A ella casi se le salen los ojos de las órbitas. ¿Cómo había
adivinado él lo que había empezado a sentir? El aliento se le quedó
atascado en la garganta.
―Respira ―sugirió Manu.
Silvia soltó el aire retenido y cogió varias bocanadas intentando
relajar los atronadores latidos de su corazón.
Él la miraba sonriente mientras ella negaba con la cabeza.
―¿No sientes nada por mí? ―Sus cejas alzadas y su mirada
divertida la hicieron saltar.
―No… si… no… ―Manu se rio al escucharla y ver el desconcierto
en su cara―. ¿Cómo has sabido…
La confusión lo hizo reír con más fuerza.
―Soy muy observador ―se burló―. Y tengo un instinto infalible.
―Pues te ha fallado ―afirmó enojada por que se estuviera
burlando.
―¿Ah sí?
En menos de un segundo, él arrimó su silla a la suya, la cogió por
la cintura y la sentó en su regazo. Sin darle tiempo a pensar la estaba
besando en la boca con todo el sentimiento acumulado desde que
había reconocido amarla. Y ella le estaba devolviendo el beso con una
pasión arrolladora, con los brazos enroscados en su cuello y sin dejar
espacio entre ambos ni para un suspiro. Al separarse jadeantes, la
miró con una ancha sonrisa.
―No sientes nada por mí.
Silvia, que estaba sonrojada hasta las raíces de su cabello, le
sonrió con picardía.
―Cállate tonto, bésame antes de que cambie de parecer.
―Entonces… ¿Me quieres? ―Quería oírselo decir.
―Sí. ¿Contento? ―La sonrisa de Silvia hizo vibrar hasta la última
partícula de su ser.
Lo que siguió a aquella declaración fue especial, mágico. Se
pasaron la noche descubriéndose el uno al otro. Haciéndose
promesas, y disfrutando de ese amor que uniría sus almas más allá de
la vida.
Nada es más bonito que tú
Mar Vaquerizo
―Vístete ―murmuró en su oído consciente de lo profundo que era su
sueño y lo entrada que estaba la madrugada.
Elena refunfuñó un ahora ininteligible que, sin embargo, a Marcos
le llegó claro.
Sonrió levemente antes de insistir.
―Venga, vamos. Te prometo que no te arrepentirás.
Ella abrió un ojo y le miró en la oscuridad. Esperaba paciente, con
media sonrisa seductora y los ojos brillantes. Se dio la vuelta
acurrucándose contra la almohada, ignorándole.
Conociéndola, era lo esperado y estaba preparado. Cogió un
termo de humeante café que había dejado sobre la mesilla, con mucho
cuidado lo abrió y dejó escapar su atrayente olor.
―¿Has hecho café? Sí que debe ser importante ―apreció con
curiosidad contenida.
―Si quieres saberlo… ven conmigo.
El tono empleado había sido dulce, delicado, sexy y lleno de
promesas. Lo había escuchado otras veces antes y siempre deparaba
experiencias inolvidables.
Más convencida de obedecer, tiró del edredón de plumas hacia
atrás. Le costaba abrir los ojos y estaba muy cansada. ¿Cuánto había
dormido?
―¿Se puede saber qué hora es? ―refunfuñó bostezando.
―Si te lo digo no saldrás de la cama y te lo perderás ―contestó
arrodillándose frente a ella. Eran las tres. Hacía solo un par de horas
que se había acostado tras una larga jornada de trabajo. Él no había
pegado ojo―. Ven conmigo ―rogó.
―Eres plenamente consciente de que si mi padre te pilla en esta
habitación, no vivirás para contarlo, ¿verdad? ―aclaró sentándose en
el borde del colchón con mirada cariñosa.
―Correré el riesgo ―se defendió seguro de sus palabras.
―Y también que te paga para protegerme y no para sacarme de
excursión en plena madrugada.
―Sí. De momento…
Elena le miró suspicaz. Iba a preguntar qué significaba de
momento, cuando un ruido la hizo callar.
Marcos puso un dedo en sus labios, sacó un móvil del bolsillo
trasero de su pantalón, buscó algo en la pantalla, sonrió y se lo mostró
a la mujer. Eran las cámaras de seguridad.
―Tango está dando un paseo. No hay enemigos a la vista.
El perro familiar vagaba por las habitaciones buscando el lugar
más acogedor para pasar lo que quedaba de aquella fría noche de
diciembre.
―Será mejor que nos vayamos antes de que despiertes a toda la
casa y mi padre te haga un consejo de guerra ―se rindió calzándose
unas deportivas con los cordones atados.
―Eso es un juicio militar, nena. Yo soy civil.
―Pero él, no. Sé de lo que hablo. Créeme ―aseguró peinándose
con los dedos su larga melena morena solo lo justo para estar decente.
A continuación, se puso una sudadera gris con borrego en su interior
con la mirada fija en el guardaespaldas―. Algún día te contaré lo que
le hizo a mi acompañante del primer baile del instituto por llegar cinco
minutos tarde de la hora acordada.
―Perfecta ―afirmó mirando su indumentaria informal. Le
encantaba que fuese tan natural y estaba preciosa incluso en pijama,
con el pelo despeinado y legañas en los ojos. Sobre el comentario… lo
ignoró. No le importaba enfrentarse al Coronel por ella.
La mujer se acercó, dejó un suave beso en sus labios, exigió el
termo de café y esperó a que comenzase con su plan.
Marcos conocía la casa a la perfección y, con cuidado de no ser
vistos, la dirigió hasta la salida marcada en caso de evacuación. Daba
a la parte posterior de la casa y ya había avisado a su compañero, el
único cómplice en esta aventura, para cubrir su escapada.
Una vez en el jardín, corrieron hasta alejarse de la casa lo
suficiente para no ser vistos en dirección a los establos.
La familia vivía en un pequeño rancho con un bosque cercano, un
pequeño lago a unos minutos caminando y caballos para poder
disfrutar del entorno.
―Ven aquí. ―Tiró de ella una vez a salvo de miradas indiscretas,
apoyándola en la pared de madera.
Sin esperar a que le diera permiso, devoró su boca en la
oscuridad de la noche hasta dejarla sin aliento, haciendo que sus
cuerpos temblaran de necesidad pegados el uno al otro. Sus labios
suaves, carnosos y dispuestos era todo lo que deseaba y por fin podía
disfrutarlos.
Lo que estaba haciendo no era lo correcto. Escaparse a
escondidas con su protegida sin estar en peligro su vida, no es lo que
se espera de un jefe de seguridad, pero enamorarse no se puede
controlar ni ignorar para siempre. A pesar de la diferencia de edad,
aquella mujer le había atrapado sin ni si quiera proponérselo. Solo
eran diez años, pero los suficientes para declarar la tercera guerra
mundial en la familia Scott.
Cuando Elena vio a Marcos aparecer en su casa la primera vez,
se sorprendió. Era invierno, como ahora, hacía mucho frío y acababa
de sufrir un intento de secuestro. Su padre, un alto mando del Ejército
estadounidense, estaba amenazado desde que tenía memoria sin
sufrir ningún altercado, pero las cosas habían cambiado mucho desde
el 11S.
El estado de bienestar estaba siendo amenazado continuamente
desde entonces y la desestabilización económica que arrastrábamos
desde 2008 no ayudaba, obligándoles a prescindir de medios y
recursos.
El coronel Scott no estaba dispuesto a perder a su única hija en
medio de esta batalla y había puesto remedio por su cuenta
contratando un servicio de seguridad privado.
Muy asustada, no se negó como otras veces a llevar escolta, pero
no esperaba a alguien como Marcos…
Atractivo, algunos años mayor que ella, aunque no demasiados…
Creía que el estricto Coronel elegiría a un tipo más parecido a él, no
como a ella le gustaría que fuera. Tras escucharles hablar entre ellos
unos minutos, lo comprendió. Era muy inteligente y hábil.
Siempre había pensado que al único hombre al que de verdad
importaría en su vida, sería a su padre debido a los continuos fracasos
amorosos que llevaba a sus espaldas, pero ahora, diez meses
después de aquella fría noche en la que él entró en su vida, un par de
intentos de secuestro fallidos gracias a la pericia de su protector e
incontables escapadas nocturnas como aquella, entendió que se
había equivocado.
Elena se apretó contra su cuerpo y deseó que la madrugada no
se acabara. Parecía que le había costado salir de la cama, pero no era
verdad…
Cada noche, cuando iba a dormir, deseaba que él entrara por la
puerta a escondidas y se quedara con ella… o como en ese momento,
la llevara a algún lugar lejos de la casa que debía proteger y no
pensar en nada más que en ellos dos.
Con delicadeza, Marcos culminó el profundo beso y se apartó un
poco. Se asomó ligeramente al exterior para ver el oscuro cielo
encapotado. Sonrió y tras coger su mano, la llevó en silencio hasta uno
de los caballos.
Elena no entendía nada. Hacía mucho frío y para qué
engañarnos, esperaba otra cosa…
―¿Hablas en serio? ―preguntó al ver cómo tiraba de Trueno, su
caballo negro de crines brillantes, que se acercaba a ella en busca de
una caricia.
―Totalmente ―afirmó el hombre con sonrisa seductora,
guardando el café en una bolsa térmica y después en una alforja que
colgaba del lomo del animal.
―¿Tú entiendes algo? ―preguntó al caballo, acariciándole
cariñosa. Trueno se dejó hacer y con un gesto de su cabeza que
parecía una orden, señaló su grupa.
―Estamos de acuerdo en esto. Será mejor que subas ―propuso
Marcos mientras montaba el animal y le tendía una mano.
Elena le miró desde abajo, admirando su seguridad y sobre todo
la ilusión que irradiaba todo él.
Sin más palabras obedeció, se colocó delante como pedía, dejó
que la acurrucase contra su cuerpo tras cubrirles con una manta y
esperó.
Marcos movió las riendas con suavidad y comenzaron a andar.
El frío de la noche era menos entre sus brazos, pero aun así le
parecía una locura.
El ritmo del animal era lento para no sufrir por el peso de ambos y
el vaivén de sus pasos les mecía en la noche.
―¿Estás preparada? ―preguntó mirando de nuevo el cielo.
―Sí ―contestó con seguridad.
―No sabes para qué. ¿Tan segura estás de mí? ―susurró en su
oído sensual. Elena sintió un cosquilleo en la piel. Claro que lo estaba.
Le había demostrado que haría cualquier cosa por ella, incluso morir.
―Más que de mí ―le regaló como respuesta agarrando fuerte sus
manos a las de él sobre la silla de montar.
Aquel hombre le había enseñado que no se puede vivir con
miedo, que la vida pasa mientras nos quedamos asustados metidos
dentro de la cama tapados con las mantas… Cuando queramos
reaccionar, puede ser demasiado tarde. Si tenía que morir, al menos
que hubiese disfrutado de cada día y eso intentaba desde entonces.
―¿Alguna vez has montado por la noche bajo la nieve?
―preguntó fijándose en los primeros copos casi diminutos.
―Nunca ―contestó sorprendida.
―Me lo imaginaba ―susurró feliz. El severo Coronel no lo
aprobaría y ella respetaba a su padre demasiado para saltarse las
normas en su propia casa, a pesar de estar cerca de los treinta.
La nieve comenzó a caer sobre ellos con delicadeza, dejando
que les acariciara el rostro, que se instalara en su pelo.
Elena no habló, solo podía reír y disfrutar como una niña de aquel
paseo sobre la nieve. En su casa en la ciudad, era dueña de su vida,
pero allí debía acatar las normas familiares. Desde que se instaló tras
la amenaza, había vuelto a una segunda adolescencia consentida
bajo la tutela parental, pero no le importó. Allí podía trabajar en sus
proyectos laborales y se sentía segura.
En la boca de Marcos apareció una sonrisa perpetua que iba a
ser muy difícil de borrar. Impaciente por llegar a su destino, apretó el
cuero de las riendas que sujetaba entre sus manos.
Le había costado un mes entero planear aquello y ahora que lo
estaba viviendo, los nervios le consumían.
Siempre había querido pasear con ella bajo la nieve en otras
circunstancias distintas a cuando la conoció. Quería verla sonreír bajo
los copos, disfrutar de aquel mágico accidente meteorológico que
huele a Navidad y que a él le trajo el mejor regalo que jamás soñó. A
ella.
Aquel primer paseo bajo la nieve muchos meses atrás, estaba
lleno de pánico y odiaba que lo sintiera. Estaba muy asustada, con
heridas en las manos y los brazos provocadas por los intentos de
huida hasta que consiguió zafarse del secuestrador y correr desde su
casa hasta la calle para pedir ayuda. Era un hombre de constitución
delgada, poca fuerza y sin experiencia que acechaba su llegada. De
haber sido más corpulento no habría escapado…
Tras luchar muy duro con contra el miedo, había conseguido
recluirlo en un cajón al fondo del armario de los sentimientos y no
quería que volviese a aparecer. Era valiente, decidida y hábil. Ya le
había tocado demostrarlo un par de veces más bajo su protección…
Con él estaría a salvo. Nunca le harían daño mientras tuviera un
aliento de vida y esperaba que le dejaran que así fuera por mucho
tiempo.
La luz de la cabaña se divisaba muy tenue en la lejanía. Ella ni se
había dado cuenta, seguía disfrutando y hasta dudaba que conociera
su existencia…
―Gracias por despertarme ―susurró Elena elevando las manos
al cielo para dejar que los copos las acariciasen―. Es el paseo más
bonito al que me han llevado jamás.
Marcos cerró los ojos y respiró. La suave brisa helada le traía el
olor de su cabello. Estaba tan enamorado que no necesitaba nada
más. Ese simple detalle lo hacía dichoso, completo y feliz.
―Nada es más bonito que tú ―contestó retirando un mechón de
pelo negro que le caía por los hombros para dejar un beso en su
cuello.
Elena se giró ligeramente sobre el caballo para mirarle. Sus ojos
oscuros titilaban en la oscuridad, mostrando las emociones que sentía
su cuerpo sin tapujos ni mentiras. Aquel hombre la quería por encima
de todo y de todos. Lo sentía en sus manos, sus besos, sus palabras y
sus actos. Regalos como ese simple paseo hacen la diferencia. Ella
había comenzado a odiar el invierno un año atrás cuando comenzaron
a acecharla y él había conseguido devolverle la ilusión con un solo
gesto. Regalarle un recuerdo feliz.
―Eres el mejor hombre que conozco. No creo que en mi vida
pueda encontrar a alguien que me ame tanto tú ―declaró sin saber
por qué. No era una mujer que confesara sus sentimientos. Hasta la
fecha jamás había sido tan sincera con ninguna pareja, pero él lo
hacía tan fácil…― Solo espero estar a la altura y no defraudarte.
Marcos se sorprendió. Él era quien hablaba así habitualmente.
Elena demostraba las cosas, no las contaba. Esas palabras le erizaron
la piel.
―Tú siempre estás a la altura. Nunca podrás decepcionarme.
Tras apretar los labios y aguantar la emoción que le provocó
escuchar de su boca la fe que le profesaba, lo besó. Lo besó con
pasión contenida, con deseo, con admiración, con respeto, con miedo,
con alegría… En definitiva con todo el amor que sentía en su corazón
bajo una nevada que tanto significaba y que ya dejaba un manto
blanco a su alrededor.
Marcos la habría devorado en ese mismo instante, le habría hecho
el amor allí mismo, pero había elegido el invierno para aquella
declaración espontánea y arrebatadora.
―Debemos seguir ―susurró aún en su boca. El frío estaba
haciéndose más intenso y para qué engañarse, estaba deseando
llegar a la cabaña.
―Contigo me voy al fin del mundo.
La miró con intensidad, deseando que nunca cambiara de
opinión, que día tras día pensara en esa frase y el afortunado para
escucharla fuese él. La vida le había enseñado que la pasión se
acaba, el deseo decrece y cuando eso sucede por el descuido y la
rutina, los caminos se separan. Si además le sumábamos que era una
década mayor que ella y quizá se cansase de él antes de lo que
imaginaba, aun parecía más difícil que así fuera.
Guardando esos sentimientos y el miedo que los acompañaba,
sonrió mientras con un talón golpeó con suavidad el lomo de Trueno
para retomar el camino.
El pequeño refugio de madera tenía la chimenea encendida y
velas repartidas por la estancia para dar luz. Desde el exterior Elena
no podía verlo con claridad, pero Marcos sabía exactamente donde
estaba colocada cada una de ellas, en qué momento había sido
encendida y con qué deseo lo había hecho.
Le interrogó con la mirada cuando descubrió el lugar unos metros
antes de llegar. La nevada era más copiosa y dificultaba la visibilidad.
Él solo sonrió con picardía mientras la acurrucaba contra su cuerpo.
Tras desmontar en la puerta, el hombre acomodó a Trueno en el
porche a cubierto de la tormenta blanca, le tapó con un par de mantas
que sacó de las alforjas, cogió el café y entraron.
A Elena no le salían las palabras. El lugar era de ensueño,
decorado de forma simple con mucho cariño, iluminado por luz tenue
creando un ambiente especial. La chimenea encendida, un sofá y a
sus pies colchones cubiertos de mantas de pelo suave junto a
almohadas de plumas.
Marcos estaba tras ella esperando paciente su reacción.
Había sido difícil llevar hasta allí todo lo que quería para dejarlo
como deseaba sin que se diera cuenta de que tramaba algo. Sobre
todo porque el deber era lo primero y había tenido poco tiempo libre
últimamente al sufrir nuevas amenazas que ella aún ignoraba.
Hacía cuatro días que todo estaba acabado, solo faltaba la
nevada de madrugada y podría llevarla al lugar más especial que
jamás había imaginado.
Con lágrimas peligrando con derramarse de un momento a otro,
incrédula de que a poca distancia de su casa hubiese algo tan único y
personal creado con tanto amor sin necesidad de lujos ni viajes, se
giró hacia él, le miró unos segundos emocionada y le besó.
Esperaba que aquel beso transmitiera todo lo que estaba segura
no harían sus palabras.
Marcos la recogió entre sus brazos. No confiaba en que dijese
nada. Era su respuesta natural y le bastaba.
Dejó caer el termo sobre las mantas para poder agarrar su cuerpo
mejor y atraerlo hacia el suyo. La deseaba, la deseaba tanto que le
podía la impaciencia.
Nervioso como si fuese la primera vez que estaban juntos, acarició
su piel bajo la chaqueta y el pijama, incapaz de decidir con coherencia
el orden en que quería amarla, olvidando el motivo por el que la había
llevado hasta allí, incapaz de recordar las palabras adecuadas que
con tanto detalle había buscado, estructurado en su cabeza y
ensayado.
Ella arrollaba con todo. Su pasión, su fuerza, su deseo de él le
nublaba la mente.
Era inútil detener su anhelo. Al fin y al cabo era uno de los motivos
por los que la había llevado allí. Hacía tiempo que no tenían
oportunidad de estar solos y disfrutar el uno del otro, pero necesitaba
respirar, refrescar la mente los segundos necesarios para tomar
aliento.
La separó sutilmente de sus labios, la miró con mil promesas en
sus ojos que ella entendió a la perfección mientras le quitaba el abrigo,
después se lo quitó él y de nuevo tomó su boca.
Disimulando su impaciencia la dirigió sutilmente, paso a paso
hasta la preciosa cama improvisada en el suelo. Con lentitud la ayudó
a tumbarse sobre aquel lecho más digno de otra época que del siglo
XXI, pero igual de romántico antes que ahora.
Elena sintió su cuerpo contra el suyo, el peso de la pasión
apretando su deseo y como su piel se encendía ansiosa por ser tocada
por sus manos grandes y fuertes.
Como si escuchara su mente, se metió bajo las prendas, subió la
camiseta con decisión y bajó su boca hasta la cintura para besar su
piel.
Elena necesitaba más de él con cada caricia, cada beso. Cuando
rozó sus pechos con los labios calientes se arqueó buscándole.
Marcos la conocía, era fuego y sabía cómo tentarla. Al revolverse
bajo su cuerpo, le excitaba más, le tentaba más.
Le cogió el rostro con las manos, sujetó su pelo mientras le miraba
intensamente recuperando el aliento. Sus respiraciones entrecortadas
y la agitación de sus pechos, delataba su estado.
―Nunca te doy las gracias por arriesgarte por mí ―confesó. Sabía
de sobra el peligro que suponía su profesión, pero llevaba días
pensando que también su relación.
―Elena, es mi trabajo ―explicó regalándole una sonrisa
agradecida, que borró durante los escasos segundos que guardó
silencio a continuación―. Pero aunque no lo fuera, lo haría porque
eres lo más valioso que tengo, lo más importante. ―La mujer se aferró
al fuerte brazo que recorría su cuerpo con suaves caricias mientras le
escuchaba y sentía su peso sobre ella.
―Y yo te lo pago con un padre mega protector que si se entera de
esto te matará… ―confesó apenada. Si su progenitor tuviera otro
carácter, todo sería más sencillo.
Marcos tenía delante la oportunidad que necesitaba. Había
preparado todo aquello para hablar con ella y era el momento.
―Si tengo que morir, no encuentro mejor forma de hacerlo que
luchando por ti, aunque el enemigo tenga que ser tu propio padre en
lugar de un secuestrador o un terrorista.
Elena cogió aire con un nudo en la garganta. Toda su vida había
temido que un oficial llamara a la puerta con la peor noticia que podría
recibir, haber perdido lo que más quería, a su padre, en acto de
servicio o asesinado por una de sus múltiples amenazas. Ese miedo se
había duplicado sin darse cuenta…
―No digas eso… ―rogó en un susurro aterrado al pensar en la
posibilidad.
Él supo lo que pasaba por su cabeza. Mil veces le había repetido
que si algún día regresaban a por ella y tenía que elegir entre su vida
o la propia, se salvara, pero solo con recordarlo sentía nauseas.
El sentimiento desgarrador al pensar en la pérdida, era igual de
devastador para ambos.
Acarició su rostro limpiando una lágrima de tristeza.
―Por favor, no llores y escúchame ―pidió intentado elegir una
buena sonrisa para que se sintiera mejor―. No voy a morir, ¿de
acuerdo? Es solo una forma de hablar. No hemos venido aquí para
esto, hemos venido para estar solos por unas horas. ―Elena asintió
cogiendo aire.
Había pensamientos inevitables que intentaba esquivar cuando él
estaba cerca para no mostrar su debilidad, pero no siempre podía ser
fuerte. A veces flaqueaba en su empeño.
Marcos, observando el giro inesperado tan cruel de la situación,
se sentó sobre las mantas, apoyó la espalda en el sofá y la invitó a
sentarse entre sus piernas tumbada sobre su pecho para poder
abrazarla.
Elena obedeció y ovillada contra su cuerpo, dejó que la
envolviera en él.
―¿Estás bien? ―preguntó pasados muchos minutos. Ella solo
asintió en su pecho. Él cogió aire―. Me alegro porque necesito hablar
contigo… necesito decirte algo importante…
La mujer se incorporó sentándose frente a él.
Ahora sí tenía miedo.
Mucho.
Todo.
Él sonrió ligeramente, recogió sus piernas flexionándolas para
apoyar los brazos, dejándolas abiertas con el espacio suficiente para
que permaneciera entre ellas. La quería cerca.
―Voy a hablar con tu padre ―soltó a bocajarro―. Estoy harto de
escondernos a todas horas, de ocultarnos y disimular. Necesito tener
una relación normal.
Ella no sabía que decir. Estaba conmocionada. Nunca pensó que
sucediera tan pronto o mejor dicho, nunca pensó que llegase este
momento. Punto.
Él era mayor, tenía un tramo de vida andada que a ella le faltaba y
vivencias que le habían dejado huella, marca y heridas tan profundas
que creía que la elegida tras esa decisión sería una mujer más cercana
a su edad, gustos e incluso profesión. Le amaba tanto que se había
preparado para dejarle marchar, no para hacer pública su relación.
―Sé que no será fácil, el Coronel es una persona complicada en
muchos aspectos y en lo que concierne a su hija, autoritario, estricto e
implacable, pero yo también lo soy en todo lo que implica la relación
entre tú y yo.
―Es una locura ―susurró atónita―. Aún es demasiado pronto.
Tienes que estar seguro, con mi padre no valen medias tintas,
Marcos… Creo que es mejor dejarlo aquí antes de que sea demasiado
tarde.
Hablaba el miedo, no su cabeza.
El escolta se arrodilló, acercándose a ella. Cogió su rostro con las
manos. Estaba muy nerviosa, su piel se había vuelto blanca como la cal
y le temblaban los labios.
―Tranquila. No pasa nada. Esto en realidad es solo entre tú y yo,
poco importa lo que opinen o digan los demás. Tarde o temprano
tendré que hacerlo de todas formas. No quiero esperar más.
―No ―contestó nerviosa―. No tienes que hacerlo.
―¿De verdad? ―Elena asintió convencida. Marcos en respuesta
metió una mano bajo su camiseta deslizándola con suavidad por su
piel y con la que cogía el rostro, acarició su mejilla con el pulgar
mientras acercaba la boca a la suya y la besa con pasión.
Elena se estremeció bajo sus manos, sus labios y la seguridad de
ese devastador beso.
Solo quería demostrar que lo que había entre ellos no se podía
frenar a estas alturas y que cuanto antes se hiciera público, mejor.
Cada vez era más difícil ocultarlo.
Se apartó para confirmar su teoría. Ella estaba tan enamorada
como él, sus ojos brillaban, su cuerpo le buscaba y su boca le
anhelaba ya.
―Te quiero, Elena, y ni tu padre ni nadie en este mundo me lo
puede prohibir.
Sin dejar tiempo de réplica, Marcos arrolló su boca con pasión,
devoró sus labios y con cuidado la tumbó sobre el lecho suave y cálido
preparado con tanto mimo.
―Ahora voy a hacerte el amor todas las veces que me lo pidas.
Disfrutaré de ti y tú de mí. Sin interrupciones, sin prisas porque es lo
que deseo…. Porque te quiero.
―Si mañana has cambiado de opinión, lo entenderé ―replicó
asimilando cada palabra, enamorándose más mientras sentía como sus
manos la desnudaban con pericia.
El guardaespaldas levantó la vista con picardía. ¿Por qué era tan
cabezota?
―No sé qué pasará en el futuro, nadie lo sabe. No puedo
prometerte algo que no puedo controlar. Tú también puedes cambiar
de opinión ―contestó sabiendo que hoy por hoy se pertenecían el uno
al otro, pero que la vida hay que vivirla día a día. Se colocó entre sus
piernas con cuidado, arrastrando los labios desde la cintura hasta su
cuello mientras hablaba―, pero sí sé lo que va a pasar ahora ―aclaró
tras caricias y besos penetrándola con movimientos suaves y lentos.
Elena cerró los ojos dejando que las sensaciones que él le
proporcionaba se extendieran por su cuerpo―. Te voy a amar hasta
que nuestros cuerpos digan basta ―susurró en un apasionado hilo de
voz.
En el corazón de Tebas
Lola P. Nieva
Año 1327 A.C. Dinastía XVIII, Reinado de Tutankamon

Pasear por Tebas, la gran urbe cosmopolita que abrazaba ambas


riberas del Nilo, solía resultar una experiencia enriquecedora.
La bella Selkis, hija del gran visir y general de los ejércitos del
joven faraón Tutankamon, el poderoso Horemheb, se sabía segura
deambulando por las polvorientas callejuelas de la ciudad.
Conocedora del poder de su padre y de los ojos protectores que la
acechaban, se permitía la osadía de visitar el barrio de los esclavos,
sabiéndose a salvo de peligros.
Aunque el soleado día y la trepidante actividad de mercados y
plazas bullía con igual alborozo, en los rostros de sus convecinos
advertía tan claro como las aguas de su amado Nilo que, en los ánimos
de la gente, daba igual la casta; la sombra del temor oscurecía sus
tostados rostros.
A pesar de que el faraón había contenido a los hititas en la
frontera norte del reino, y devuelto a los sacerdotes de Amón la
influencia y el poder que habían tenido antes de la revolución a manos
de Akenatón, restaurando los templos abandonados de los templos de
Amón, Osiris y Ptah. Parecía que la fortuna los hubiera abandonado,
como si renegar del culto a Atón, les hubiera acarreado una especie
de maldición. Las cosechas se habían malogrado; la pesca, agotado, y
la enfermedad paseaba indolente por aquellas calles, sesgando tantas
vidas que la alerta de plaga había movilizado a los médicos de la corte
en el estudio de aquel brote de fiebres letales.
Selkis observaba con preocupación las puertas cerradas de
algunas chozas de adobe, marcadas con una línea roja, evidenciando
el contagio, aunque más la angustiaba el sofocado llanto de niños tras
ellas, toses y quejidos lastimosos. Había ideado una ardid para sacar
del Palacio Real la medicina y repartirla subrepticiamente entre
aquellas gentes.
Aquella arriesgada empresa la inquietaba. Un sudor perlaba su
frente, y el kalasiri, su ligero vestido de lino blanco, se pegaba a su
acanelada piel. Decidió desprenderse de la capa corta que protegía
sus hombros y su escote del implacable sol, a pesar de que las dos
delgadas tiras de níveo lino apenas cubriesen sus senos,
convirtiéndose así en el centro focal de masculinas miradas libidinosas.
Se mordió el labio ante la mirada reprobatoria del único hombre
que en verdad le interesaba atraer.
El apuesto Nun, hijo de cantero, se cruzó con ella, y de inmediato
bajó la mirada, no sin antes apreciar las turgentes curvas de sus senos,
entre admirado y molesto.
Intentó esquivarla, pero ella se lo impidió. Aquel estrecho callejón
agradablemente sombreado por las esterillas que unían una choza
con otra, y por demás solitario, le facilitó su meditada intención.
―Hola, Nun, precisamente a ti te buscaba.
Se sorprendió gratamente al comprobar que podía modular
seductoramente su tono, tal y como observaba en las complacientes
sirvientas de la corte.
―Que los dioses guíen tus pasos, bella Selkis, pero fuera de este
arrabal; no es sitio adecuado para la hija de un visir.
―¿Vas a reñirme de nuevo, mi buen Nun, cuando sabes de sobra
que el objeto primordial de estos pasos es encontrar los tuyos?
Alzó sus negros ojos tan insondables como las aguas del Nilo una
noche sin luna y tan penetrantes que su liviano kalasiri perdió su
escasa consistencia, bajo el ardor de su mirada. Como siempre le
pasaba cuando estaba junto a él, todo su cuerpo reaccionó ante su
presencia, sus pezones se constriñeron anhelantes, su piel clamaba el
solaz de sus caricias y sus labios temblaban suplicando un beso.
Paseó la lengua por ellos atrapando en ese gesto la candente
atención del muchacho.
―Compruebo una vez más lo mucho que te place atormentarme.
Selkis negó con la cabeza, su bruna, larga y lacia melena se agitó
en su vehemencia, y se aproximó a él con mirada tentadora.
―Te equivocas, Nun, eres tú el que te atormentas por voluntad.
El muchacho sacudió la cabeza, exasperado, tomando aire
lentamente, haciendo acopio de paciencia. En sus ojos brilló la
contención.
―Te presentas aquí, casi desnuda, y te crees intocable, por ser
quién eres. Tientas tu suerte y eso me enfurece. Escucho los
comentarios de los hombres y tengo que morderme la lengua y enfriar
mis puños para evitar más rumores de los que ya hay.
―¿Rumores? ―inquirió alzando asombrada las cejas.
―¿Acaso crees que ignoran lo que buscas de mí? Tus ojos son
tan claros y ardientes como el sol del desierto que nos rodea.
Selkis bajó la mirada abochornada, no obstante, esa veta de
rebeldía que siempre la había dominado se impuso a su pudor cuando
volvió a alzarla. En efecto, ardía ante la viril presencia del hombre que
robaba sus sueños. Ahí, frente a ella, tan gallardo, hermoso y
cautivador que cortaba el aliento, encendía cada fibra de su ser con la
ardorosa necesidad de poseerlo. Resultaba toda una tentación para
los sentidos, despertando tan abrumador anhelo en ella, que había de
colmarlo antes de que acabara con su juicio.
―¡Tómame, Nun, tan solo una vez, y aplaca el fuego que me
devora desde que te conocí! ―pidió provocadora, rozándose contra su
pecho, posando las palmas de sus manos en el suave y lampiño pecho
del hombre.
El esclavo la tomó por las muñecas y la apartó de él. Maldijo para
sus adentros la férrea voluntad del muchacho, a pesar de que su
mirada gritaba la misma necesidad que la de ella.
―¿Y caer en desgracia por permitirme tocar las estrellas una
noche? ―replicó en tono estirado y contenido―. Si solo yo cayera,
habrías sido mía al primer pestañeo de esos mágicos ojos tuyos, pero
toda mi familia perdería el favor del faraón, y atraería sobre ella la ira
de tu padre.
―Si somos cuidadosos ―comenzó, sugerente y esperanzada―,
nadie tiene por qué saberlo.
Nun negó con la cabeza con mirada turbia y sufriente, pero rictus
decidido.
―Estás vetada para mí, bella Selkis, y nadie lo lamenta más que yo
―confesó con hondo abatimiento―. Así pues, retorna tus pasos a
palacio, te acompañaré hasta los dromos que flanquean el templo de
Osiris.
La tomó del brazo con cierta hosquedad y, sin admitir ni una
réplica más, la condujo apresuradamente fuera de los arrabales, entre
estrechas callejuelas umbrías donde muros de adobe rojo conferían
cierto frescor al sofocante calor de un mediodía abrasador.
Masticó compungida su derrota, al tiempo que maceraba
obcecada la manera de gozar del favor de Osiris, a través de una
ofrenda.
Sea como fuera, su visión debía cumplirse, y en ella, Nun
depositaba su semilla en su vientre, del que nacería un niño que sería
uno de los más poderosos faraones de Egipto, y que además, Nun
fuera tan deseable, no hacía más que confirmar su destino.
Llegaron en silencio a la avenida sitiada por las imponentes
imágenes vivientes, en el que altas y orgullosas palmeras zarandeadas
perezosamente por una brisa cálida y seca se intercalaban entre los
impasibles y adustos rostros de los leones con cabeza humana. Más
allá, el alto pilono de piedra caliza que precedían a la colorida entrada
al templo adornada con bellísimos jeroglíficos, dejaba divisar los
majestuosos portalones del templo, tan altos como las palmeras que
adornaban su entrada, bruñidos en baño de oro y repujados con
escenas del dios, refulgían ante ellos, como si manara del templo un
halo dorado de la divinidad que encerraba.
A la derecha, la avenida con estanques y obeliscos que conducía
al Palacio Real, y que a esa temeraria hora del día estaba sabiamente
desierta.
Nun se detuvo, y con mirada severa tomó a Selkis por los hombros.
―Jamás yaceré contigo ―aseveró ceñudo―. Y por el ultrajado
Atón, padre de todos los dioses, te advierto que, si osas regresar a los
arrabales, marcharé a Memphis con toda mi familia y nunca más
volverás a verme.
―Si no regreso, tampoco te veré ―puntualizó compungida.
―Ese es el destino que debemos respetar ―concretó Nun,
apesadumbrado.
―No, nuestro destino es otro ―insistió Selkis con lágrimas
contenidas y mueca dolida―. Pero no sé cómo convencerte, mi buen
Nun, pues tuve una revelación en un sueño que me persigue sin cesar
cada noche. Hemos de procrear a un niño que será relevante en la
historia de nuestro reino.
Nun la observó con un deje desilusionado y resopló con cierto
hastío negando con la cabeza.
―Por eso me persigues… ―rezongó decepcionado, con una
mueca desdeñosa y ofendida en su faz―. Por un sueño.
Selkis se apresuró a negar con la cabeza, dio un paso hacia él,
para comprobar desesperada cómo retrocedía mientras la fulminaba
con la mirada.
―Bien ―agregó el esclavo―, ya que no eres víctima del amor, ni
parece que de la lujuria, te será más fácil olvidar tus desmanes y
repetirte que los sueños, sueños son.
―Te amo y te deseo, Nun ―se precipitó a replicar alzando la voz,
frustrada e impaciente―. Ese sueño me llevó hasta ti, mirarte a los ojos
hizo el resto.
El muchacho negó dolido, su apuesto rostro se empañó con un
oscuro velo de tristeza. Retrocedió de nuevo, lentamente, pero sin
darle la espalda aún.
―No regreses, Selkis, no serás bienvenida. Mis ojos, mi boca y mi
cuerpo se cierran a ti, a partir de este instante.
Y dándose la vuelta con furiosa vehemencia, se alejó a la carrera,
alejándose de su vista, de su vida y de su destino.
Apretó determinante los puños y caminó a buen paso hacia el
templo.
Al traspasar el macizo pilono de piedra, se refregó el rostro
burdamente con los puños, intentando borrar las lágrimas que
quemaban sus ojos, emborronando en ese gesto el mesdemet con que
maquillaba sus ojos.
Se adentró en la agradecida penumbra del templo de Osiris,
acostumbrando sus ojos a la escasa luz que ornamentadas lucernas
derramaban sobre el pétreo pavimento en dorados cercos. Sintió el
agradable frescor de la piedra, el fragante incienso de los quemadores
y los canticos sofocados de los sacerdotes que guardaban en ese
momento la estatua del dios.
Caminó reverencial por la sala hipóstila, sintiéndose apenas una
hormiga entre el bosque de grandes columnas adinteladas de
techumbre plana, rumbo al altar central, a la naos. Sobre él, Osiris, de
piel verde, y semblante regio, con su corona Atef, el cayado Heka, el
látigo nejej, y el cetro Uas, pareció fijar sus ojos en ella. Junto a él, el
pilar dyed, una columna conformada con gavillas de grano atadas y
policromadas, representaba la estabilidad de Osiris. Selkis inclinó la
cabeza con solemnidad, arrodillándose a continuación frente a la
imagen del dios. Extendió los brazos hacia Osiris y pronunció en
apenas un hilo de voz su ruego, entregando como ofrenda su
servidumbre mortal e inmortal.
Se incorporó, y tras una inclinación respetuosa de cabeza, se
dispuso a abandonar el templo, cuando de soslayo atisbó a un
anciano ciego que meditaba en una esquina del templo. El oráculo.
Sus pasos la llevaron inevitablemente hacia él.
―Necesito respuestas a un sueño que me persigue ―comenzó
sin ocultar su turbación.
El anciano, de ajada y tostada piel, cráneo rasurado, nariz
aguileña y mirada vacua, asintió quedamente. Alargó los brazos y
extendió las palmas de sus manos hacia ella. Selkis las tomó y fijó la
mirada en el ojo de Horus que el anciano llevaba pintado sobre su
fruncida frente.
Tras un largo y silencioso instante, el oráculo asintió con firmeza,
sus labios se estiraron en un mohín curioso y preocupado.
―Habéis sido elegida por Amón Ra, señor de los tronos de las
dos tierras, para un importante cometido ―confirmó con voz rasgada―,
salvar la vida de tu faraón o caerás presa de una maldición.
Selkis frunció el cejo, contrariada y confusa, agitando la cabeza
en claro desacuerdo.
―Ese no es mi sueño ―manifestó altanera―. El todopoderoso
Tutankamon es velado por su escolta, cuidado por su esposa y su corte
de médicos y protegido por sus ejércitos. ¿Cómo podría yo, una simple
súbdita, salvar su vida, que además no corre peligro alguno?
―Solo os digo lo que veo, muchacha, de uno de tus actos
penderá la vida de tu faraón.
―Pero… pero… ¿y mi sueño? ―inquirió confusa―. ¿Y el hombre
que amo?
El anciano negó con la cabeza rotunda y bufó exasperado.
―Tus deseos, muchacha, palidecen ante la magnitud de tu
destino. Marchad y estad atentas a las señales que sin duda se os
mostrarán y obrad con juicio; es mucho lo que está en juego.
Selkis no replicó, asintió agradecida y arrastró sus pasos fuera del
Templo, con una pesada nube de oscura incertidumbre y
desconcertado malestar pendiendo sobre ella.
Meditabunda e irritada, caminó hasta el Palacio Real, donde su
padre pasaba la mayor parte del tiempo junto al consejero real, Ay.
Juntos gestionaban el imperio, haciéndole creer al joven Tutankamon
que era él quien lo gobernaba, cuando en realidad solo era informado
debidamente de hechos ya decididos y acontecidos por ellos.
En realidad, Tutankamon lo prefería, nada deseaba más para su
pueblo que la paz y la estabilidad. Ya tuvo que luchar contra los hititas
y devolver el poder a los sacerdotes de Amón para conseguirlo. Ahora,
solo gozaba del amor a su esposa la dulce Anjesenamón, y de una
plácida vida sin complicaciones. Ambos habían perdido dos hijas
prematuras, como si el renegado Atón los hubiera maldecido, y solo se
tenían el uno al otro. Tutankamon amaba profundamente a su esposa,
ella era el centro de su vida, y en ella se apoyaba diariamente. Pues a
pesar de su juventud, su cuerpo era anciano, caminaba con bastones,
aquejado de una terrible dolencia ósea que lo recluía en sus
aposentos, rara vez salía de palacio.
Selkis pasó la tarde deambulando sin rumbo, dándole forma a la
idea que emergía de su cabeza. Una medida desesperada, pensó
mordiéndose el labio inferior nerviosa, pero necesaria. La hermana
pequeña de Nun, Acenath, estaba enferma de fiebres, como tantos
otros niños de los arrabales. Ella les llevaría el remedio, que disolvería
en una tinaja de agua y les daría a beber a los enfermos, pero solo a
los niños, quizá de esa manera Nun suavizara su actitud con ella, y
aunque no resultara, la decisión de intentar salvar a esos pobres niños
llevaba tiempo palpitando en ella.
Los médicos de la corte habían hallado hacía tiempo el remedio,
fermentando hongos y extrayendo su jugo, logrando obtener un filtro
efectivo para detener las fiebres y salvar al enfermo. No era la primera
plaga que asolaba el imperio, curiosamente, solo lo sufrían las
metrópolis cercanas a los ríos.
Se recostó en un diván, en una de las terrazas que daban a la
avenida, desde la que se contemplaba las mejores vistas de Tebas
sucumbiendo a un majestuoso ocaso. La música de flautines y liras la
envolvió, una brisa suave se filtró entre las columnatas agitando las
gasas escarlatas que las vestían, adormeciéndola con su caricia.
Suspiró, cerró los ojos y se durmió plácidamente, aguardando la
noche.
Cuando despertó, la oscuridad engalanaba la ciudad con un
manto azul intenso, desvaído ante el halo luminoso que prendía de las
ventanas de las casas y las altas lucernas de las avenidas. Antorchas
imponentes parpadeaban en un juego de luces y sombras sobre los
policromados muros de la ciudad. La belleza del paraje resultaba un
bálsamo para el espíritu y un goce para los sentidos.
Selkis se frotó el rostro para despejarse y se puso en pie. No tenía
tiempo que perder. Correteó subrepticiamente por los anchos pasillos
del Palacio, escondiéndose tras alguna columna, cuando el eco de
unos pasos llegaba hasta ella. Con el corazón desbocado y
respiración agitada, fue avanzando hasta la Cámara donde los
médicos trabajaban en el estudio de enfermedades. Por fortuna, las
innumerables vasijas que saturaban los anaqueles estaban
etiquetadas. No le fue difícil encontrar el remedio para las fiebres, pues
estaba todavía en la mesa central, rodeado de alambiques, morteros y
potes.
Lo tomó envolviéndolo en un paño y salió rauda y sigilosa.
Descorrió sus pasos hasta la entrada principal, donde tomó una
tinaja, la llenó de agua de una de las grandes fuentes rectangulares y
vertió todo el contenido de la pequeña vasija. Se desprendió del
cordón que ceñía la cintura de su Kalasiri y, no sin dificultad, se ató
prolijamente la jarra a su espalda.
Tomó una gran bocanada de aire y salió ocultamente de palacio,
apresurando el paso y oteando tras ella, temerosa.
Llegó a los arrabales fatigada y más inquieta aún que en palacio.
Algo la turbaba como si un mal auspicio comenzara a enredarla en un
halo de creciente malestar que incluso aquejaba su estómago con
nauseas y agriaba su gaznate.
Recorrió las desérticas y oscuras callejuelas con un nudo en la
garganta y preocupada por la reacción de Nun ante aquella
temeridad. Se detuvo ante su destartalada puerta y llamó suavemente
con los nudillos conteniendo el aliento. Aquella era, sin duda, su última
oportunidad.
La puerta se abrió, el titilante resplandor de un candil de aceite
iluminó el adormecido rostro de Nun. Cuando enfocó su mirada y la
reconoció, su faz se contorsionó en un amasijo de emociones entre las
que predominaron el asombro y la furia.
―¡Por todos los dioses! ¿Perdiste el juicio?
En ese momento, el firme paso del guarda que hacía la ronda esa
noche, precipitó el brazo de Nun hacia ella, impulsándola al interior de
la choza.
En el interior, los padres de Nun y su hermana pequeña todavía
dormían arrebujados en sus camastros, aunque en ese instante se
removieron inquietos, cambiando su posición. Nun chitó y la llevó a un
rincón aparte.
―Traigo una cura para Acenath, y para todos los niños enfermos
del arrabal. La sustraje al Sun-un el médico real, nadie hay enfermo en
palacio y ellos pueden hacer más ―comenzó Selkis, desprendiéndose
de la vasija de metal que llevaba en la espalda y entregándosela al
desconcertado Nun―. No me parece de justicia que, habiendo un
remedio para evitar muertes, no se utilice.
Nun la miró boquiabierto, aturdido y airoso. Sus negros ojos se
entrecerraron coléricos, y su rictus se crispó tensando sus facciones.
―Has debido enloquecer sin duda, pues no hallo sensatez a tus
actos ―reprendió contenido―. ¿Acaso has pensado cuál será tu
castigo cuando se enteren de que robaste la medicina del faraón? Ve y
devuélvela de inmediato.
―No ―respondió con obcecación―. Si me he expuesto es para
ayudar a los que en verdad la necesitan, tu hermana entre ellos. ¿No
quieres salvarle la vida a la pequeña Acenath?
Nun la miró con recelo y pesadumbre, agitó la cabeza, su rostro se
oscureció pesaroso.
―Y dime, Selkis, ¿cómo pretendes que pague este gran favor que
nos haces? Porque si es con lo que ahora mismo se me viene a la
mente, solo te pagaría con el más absoluto desprecio.
Selkis bajó la mirada, herida, las lágrimas se acumulaban en sus
ojos, y el dolor en su corazón. En efecto, resultaría ignominioso si en su
corazón no se alzara por encima de ese fin, el deseo por salvar las
vidas de aquellos pequeños. La acusadora y decepcionada expresión
de Nun evaporó cualquier brizna de esperanza en el cumplimiento de
su sueño. Y con honda derrota, pesarosa y compungida, acepto para sí
que, seguir insistiendo no solo le arrebataría la poca dignidad que ya
le quedara, sino que conseguiría el efecto contrario.
Negó con la cabeza y suspiró abatida, sus grandes ojos se
nublaron en ardoroso llanto y dirigió su mirada a Acenath que
dormitaba entre temblores.
―No requiero pago alguno, Nun ―musitó queda―. Ofrece la
medicina a tu hermana y olvida que me conociste. Prometo no regresar
a los arrabales, ni a incordiarte con mi presencia. Llevas razón en
cuanto dices, solo atraería desgracias sobre vosotros, ningún futuro
faraón de Egipto merece tanto sufrimiento.
Nun arqueó las cejas con asombro, frunció el ceño, depositó el
cántaro en el suelo y la tomó por los hombros.
―¡Por Atón, Selkis! ¿Cómo un hijo de esclavo podría gobernar
Egipto? ¡No hay sentido alguno en tu visión, es un disparate!
Selkis lo empujó airada, y dio un paso atrás, fulminándolo con
mirada enojada.
―¡Da igual ya, porque no se cumplirá! ¡Nunca lo sabremos! Te
mofas de mis sueños, me desprecias y te librarás de mí en cuánto salga
por esa puerta, tú ganas. Concédeme, al menos, no hacerme sentir
peor de lo que ya me siento.
El resplandor marfileño de una luna plena reveló un rictus
arrepentido pincelando el masculino rostro de Nun.
―Yo… lo lamento más de lo que crees.
―Toma una taza y dale de beber el remedio, he de darme prisa
―pidió, cerrando sus oídos y sus sentidos al muchacho.
Asintió apesadumbrado, la tristeza inundaba su mirada. Tomó una
taza y la llenó hasta el borde con el contenido de la jarra. Medio
incorporó a su hermana y poco a poco logró que la fuera bebiendo. La
pequeña sudaba y apenas lograba entreabrir los ojos, ardía en fiebre.
Selkis volvió a manipular la jarra cuidadosamente para sujetarla a
su espalda. Nun se aprestó a ayudarla y desde atrás le fue pasando el
cordel rodeando el recipiente. Sentir sus dedos rozar su cuerpo, fue el
último suplicio que se llevaría como recuerdo. Cuando estuvo
preparada, se dirigió a la puerta, ansiosa por atravesarla y aligerar el
nudo de dolor que oprimía su pecho. Ya salía a la calle cuando una
mano aferró su muñeca desde atrás.
Se giró hacia Nun contrariada y desconcertada, pero se dejó
arrastrar de nuevo al interior de la choza.
―Se me ha ocurrido que no tienes por qué arriesgarte más
―comenzó en un susurro―. Deja aquí la jarra, que yo la repartiré esta
noche por las casas marcadas. ―Sus ojos emitieron un brillo extraño
cuando se posaron sobre sus labios, parecía contenido y tan frustrado
como ella―. Regresa a Palacio, no te arriesgues más.
Selkis, incapaz de hablar, obnubilada por el anhelo que manaba
de él, se dejó desprender las ataduras para liberar la jarra que
regresó a un rincón en el suelo.
―Que los dioses te provean de fortuna y te otorguen una vida
plena y dichosa―murmuró como despedida, escapando nuevamente
hacia la puerta.
Cada instante a su lado era un puñal que horadaba su pecho.
―Selkis ―pronunció Nun con voz rota, aferrando esta vez su
antebrazo.
Cuando se abrazó a ella por detrás, y la estrechó contra su
pecho, su corazón se detuvo.
―Dejarte marchar es lo más duro que haré en toda mi vida, que ni
será plena ni dichosa, porque en ella no estará nunca la mujer que
amo.
Ella cerró los ojos, un reguero de lágrimas recorrió sus mejillas, un
débil y estrangulado sollozo escapó de sus labios.
―¿Tienes idea de las veces que he imaginado tenerte entre mis
brazos, besarte y hacerte mía? Infinitas mi adorada Selkis, infinitas.
―¿Por qué me torturas, Nun? Tomaste una decisión, no desgarres
más mi corazón.
El muchacho la giró entre sus brazos, tomando el rostro de Selkis
en sus manos.
―Tortura fue tenerte cerca, tentarme con tu belleza y luchar
conmigo mismo. Quiero… quiero que comprendas que mi corazón es
tuyo y que me lo arranco para que ni tú ni mi familia paguéis por mi falta
de voluntad.
Se sostuvieron largamente la mirada, nunca habían estado tan
cerca, y el cuerpo de ambos reaccionó con virulenta lascivia. Percibió
la dureza de Nun, que apenas llevaba un calzón de lino como única
vestimenta, contra su vientre. Sus enhiestos pezones se oprimieron
contra el musculado y lampiño torso del esclavo.
Cuando él la tomó por la cintura y la ciñó a su cuerpo, un gemido
ardoroso escapó de ella. Nun clavó su turbia mirada en su entreabierta
y suplicante boca, y preso de un irreprimible impulso, se abalanzó
sobre ella, liberando cuánto había reprimido desde que la conoció.
Una pasión hambrienta los devoró, sus lenguas se frotaron
ávidas, sus manos, sedientas de piel, buscaron consuelo con fervoroso
afán, sus cuerpos se frotaron anhelantes y desesperados. Envueltos
en una candente nube de lujuria, se arrinconaron contra el
penumbroso rincón, jadeantes y enloquecidos.
Nun apartó las delgadas tiras que apenas cubrían sus opulentos
pechos, cobijándolos en sus manos, derramando en su boca un ronco
gruñido.
―Tantas veces los acaricié con la mirada… ―gimió apasionado―.
Selkis, me arrebatas la cordura, no puedo más... Tu sueño y el mío
radican en el mismo principio: el de poseerte hasta desfallecer. En el
tuyo engendras un hijo, en el mío, lo criamos juntos.
Apenas se separó para clavar en ella una mirada enamorada.
―Quizá el tuyo se realice, ya que el mío jamás se cumplirá.
El corazón de Selkis reventó de amor y de dolor, por el destino de
ambos sueños. Inclinó la cabeza hacia atrás liberando un sofocado
jadeo cuando Nun le alzó una de las piernas y la enlazó a sus
caderas, al tiempo que su boca tomaba en ella uno de sus altivos
pezones. El esclavo llevó la mano al vértice entre sus muslos,
deslizándola por su tersa femineidad.
―¡Por los dioses, estás tan húmeda…!
Y la acarició con tal pericia que se arqueó contra el muro, presa
de un placer delirante. Mordió el hombro de Nun, para sofocar sus
gemidos, hasta que él apresó de nuevo su boca.
―No puedo esperar más ―gimió tirante―, el deseo me quema las
entrañas.
Deshizo la tira de lino de su calzón, con tosco apremio y de un
profundo empellón se hundió en ella, aguardando un instante a que
su carne se amoldara a su intrusión. Sintió cómo se cerraba en torno a
él, estrecha y palpitante y temió derramarse sin lograr alargar el goce
de la mujer.
Nun apretó los dientes, y comenzó a moverse lánguidamente,
absorbiendo en su boca los jadeos de la mujer. El placer lo acuchillaba
implacable, confiriendo brío a sus envites. Jamás en toda su vida, había
sentido nada igual.
Selkis sintió que algo la rompía por dentro, todo su cuerpo se
sacudió vibrante, zarandeado por un estallido de placer desgarrador,
que la tensó violentamente, arrancado de ella un torrente húmedo que
resbaló por sus muslos.
Todavía intentaba recomponerse de aquella inusitada sensación,
cuando confusa sintió que Nun salía de ella y se acuclillaba entre sus
piernas, colocando una de ellas por encima de su hombro. Sentir la
lengua del hombre lamiendo ávida sus jugos, la convulsionó de placer.
Se mordió tan fuerte el labio para no gritar, que se hizo daño.
No tardó en alcanzar otro nuevo clímax, que Nun saboreó con
delirio.
Cuando se apartó de ella y se puso en pie, sus ojos refulgían tan
opacados de lascivia que todo su cuerpo se agitó. Nun la tomó por la
cintura alzándola, aferrándola por las nalgas, y ella instintivamente
rodeó las caderas de hombre con sus suaves piernas. No pudo evitar
dejar escapar un jadeo entrecortado cuando fue penetrada de nuevo
contra la pared. Un embate tras otro la fueron prendiendo como una
antorcha, consiguiendo que su cuerpo se deshiciera una y otra vez en
clímax incesantes.
Bebió los jadeos del hombre, en largos y candentes besos que los
enloquecieron. Cuando Nun se derramó en ella con un gruñido largo y
ronco se abrazó con fuerza a su cuello, sofocando el temblor que lo
sacudía.
Se miraron a los ojos tan intensamente como si además de fundir
sus cuerpos, quisieran fundir sus almas. Ambos con mirada húmeda y
semblante afectado, con sus rostros todavía arrebolados por la pasión,
temblorosos e incapaz de separarse, reafirmaron sus sentimientos en
un revelador silencio que selló sus corazones eternamente.
―Te amaré mientras me quede un aliento de vida ―murmuró
Selkis―, e incluso creo que sin él.
Nun se obligó a salir de ella, la bajó de sus caderas y tomó con
extrema dulzura el hermoso rostro de la mujer en sus ahuecadas
palmas.
―Ve, amada mía, porque de mi corazón jamás saldrás.
Tras un último y emotivo beso, Selkis salió de la choza embargada
en llanto, corriendo entre las callejuelas penumbrosas, cobijada por
aquella grandiosa luna y por su dolor.

***

A la mañana siguiente, en el palacio se respiró un aire


desconcertantemente tenso que la preocupó sobremanera. Percibió
una desacostumbrada y agitada premura en los ademanes de
sirvientes y esclavos, y una letanía de murmullos soterrados e
inquietos, que flotaban en el ambiente conformando una melodía
sobrecogedora.
Algo grave estaba ocurriendo.
Captó uno de aquellos susurros que iban y venían de boca de
una de las esclavas y palideció en el acto, Tutankamon había contraído
las fiebres.
Encontró a su padre en la antesala a las estancias privadas del
faraón, conversando con el sun-un real, el médico de más estatus, que
en ese instante, ofuscado y abrumado, agitaba las manos con evidente
incomprensión.
―¿Y el remedio? ―bramaba Horemheb encarándose al
asombrado médico.
―No está, ha desaparecido. Alguien debió robarlo.
―¡Maldición! ―rugió su padre, paseando furioso de un lado a
otro de la sala―. Juro por Amón, que encontraré al culpable y pagará
con su vida este atrevimiento.
Selkis se estremeció, su pulso se aceleró y su vientre se agitó
preso de un malestar opresivo.
―Mientras busco al culpable, debéis confeccionar un nuevo filtro
sin pérdida de tiempo, Tutankamon empeora por momentos.
El sun-un tragó saliva y se toqueteó nervioso su alopécica
cabeza.
―Tardaríamos demasiado ―replicó angustiado―, no es un
remedio fácil de conseguir.
En ese instante la puertas abatibles de la alcoba real se abriendo
para dejar salir de ella a la menuda y frágil figura de la esposa de
Tutankamon.
Anjesenamón avanzó hacia el sun-un con la ansiedad
desdibujando sus facciones.
Por sus mejillas rodaban gruesas lágrimas que no lograban
arrancar el tormento que manaba de su mirada.
―Está peor ―informó en tono desgarrado―, tenéis que hacer
algo, os lo ruego.
Se giró vehemente y corrió hacia la alcoba de nuevo, la seguimos
hasta ella, encontrando en una inmensa cama el enjuto cuerpo del
joven faraón, sin apenas vida en él.
Jadeaba, convirtiendo su respiración en un silbido agónico que
erizaba la piel. Sus grandes ojos parecían perdidos en oscuras y
huesudas cuencas. Su lamentable estado sobrecogió a los presentes.
―No es posible que haya empeorado tan rápido ―se lamentó el
sun-un, examinando al faraón.
―Llevaba días muy irascible, se aquejaba de dolores de cabeza y
apenas lograba conciliar el sueño ―explicó Anjesenamón alterada y
sollozante―. Pero ha amanecido ardiendo en fiebre y no logro que
recupere la consciencia.
El médico pidió una vela prendida, cuando se la alcanzaron
ordenó que la pasearan a un lado y a otro de los cerrados párpados
de Tutankamon, mientras él se los entreabría con dos dedos. No hubo
respuesta a aquel estímulo, chasqueó la lengua y miró con grave
preocupación a Anjesenamón.
―Tenemos que bajarle la temperatura, o no volverá a despertar.
La reina ahogó una exclamación, se llevó la mano a la boca, su
rictus se contrajo en una mueca desolada y angustiada, y mandó en
tono crispado que trajeran paños de agua fría, y extracto de corteza de
sauce.
Selkis, sintió la afilada culpa hundiéndose en su pecho,
lacerándola con pesados remordimientos que la sepultaron
implacables, pero nada podía hacer ya, más que aceptar el destino
que ella misma había forjado.
Los esclavos corretearon prestos a cumplir su encargo.
Horemheb, con un gesto ofuscado la convino a seguirlo y ambos
abandonaron la habitación.
En la antesala encontraron a Ay, que ya impartía órdenes a la
guardia para buscar al ladrón del remedio. Selkis sintió como su pecho
se agitaba y su vientre se encogía gestándose en ella la duda de si
confesar su felonía.
―Tutankamon no puede morir ahora que vuelven a sublevarse
los hititas ―comenzó el gran general Horemheb―. Si descubren que
Egipto queda sin faraón, crecerán sus ánimos, y si además tenemos en
cuenta que la mitad de nuestro ejército ha sucumbido a la plaga, nos
hallaríamos en una situación muy delicada.
Ay frunció el ceño, el gran Consejero Real, se desprendió del
nemes, el lienzo a rayas que siempre llevaba de tocado, y se rascó su
pelo corto ensortijado con enojo y desazón.
―Delicada sería suavizarla, trágica sería más adecuada ―arguyó
con voz estirada―. Y solo se me ocurre una cosa. Si lamentablemente
fallece el faraón, hemos de mantenerlo en secreto hasta que
reduzcamos a los enemigos. En cuanto al maldito ladrón, hay que
encontrarlo y ejecutarlo. Ya mandé a la guardia para que investigara
los hechos, tendremos un culpable antes de que acabe el día, te lo
aseguro amigo mío.
Ambos se aferraron al antebrazo del otro y asintieron quedos.
―Ya avisé a los sacerdotes del Templo de Amón, para que pidan
por la vida del faraón ―murmuró Ay.
―Selkis, ve al Templo y reza ―ordenó Horemheb―. En nada
puedes ayudar aquí.
La muchacha se mordió el labio inferior, y asintió cabizbaja,
desdoblada por una angustiosa incertidumbre. Si se confesaba
culpable, no solo atraería la ira de su padre sobre ella, sino que quizá
siguieran sus pasos hasta Nun. En cambio, si permanecía en silencio,
otro desdichado pagaría su culpa.
―¡Padre, necesito hablaros!
Horemheb, entrecerró suspicaz la mirada, y con gesto reprobador
se acercó a ella.
―Ahora no es momento, Selkis, bien lo sabes.
―Pero es urgente, padre.
―¿Más que el destino de Egipto?
Bajó la cabeza, las lágrimas anegaban sus ojos, y la culpa su
corazón. De nuevo, vaciló indecisa, hundió los hombros y resopló
cogitabunda.
―Está relacionado con el ―afirmó contrita.
Se frotó las palmas de las manos, nerviosa y tragó saliva con
dificultad.
Horemheb la escrutó con agudo recelo, frunció sus labios ante lo
que vislumbró en la faz de su hija y asintió grave. La tomó del brazo y la
arrastró a la relativa privacidad de un rincón.
―Habla Selkis, no tengo tiempo que perder ―susurró quedo.
―Fui yo quién robó el remedio y lo entregó a los niños esclavos
que lo necesitaban.
Temerosa, observó cómo se obraba el cambio en la expresión del
gran general ante aquella revelación. Sus ojos se abrieron
asombrados, la furia los inyectó en sangre, su rostro se demudó y sus
puños se crisparon. Todo su cuerpo se tensó al borde del colapso, y
tras aquel abrupto manto de cólera que lo sepultaba en su yugo, llegó
un pavor que palideció su moreno rostro y agitó su pecho en una
respiración entrecortada.
―¡Por los dioses, Selkis, dime que no hablas en serio! ―siseó
entre dientes.
En su velado llanto comprendió que era la verdad lo que había
manifestado su hija. Horemheb sintió como apuñalaban su corazón con
una daga envenenada. Miró furtivamente a su alrededor y en especial
a Ay, que dirigía fugaces e intrigados vistazos hacia ellos, y se obligó a
mantener el aplomo necesario para no dar rienda suelta a la
desazonada ira que lo dominaba.
―¡Nadie, escúchame bien, nadie debe saber esto! ―advirtió
rotundo en un estirado susurro―. Yo intentaré olvidar estas palabras
que ahora horadan mi pecho. Pero has de prometerme que nunca más
saldrán de tu boca. Si Tutankamon muere, alguien tendrá que morir
con él, y será el hombre que traigan a palacio como culpable. No voy a
pedirte explicaciones, porque jamás las entendería. Has caído ante mis
ojos, Selkis, no solo has puesto en riesgo al imperio, a tu faraón y a ti
misma, sino que posiblemente hayas condenado tu inmortalidad. Los
dioses no perdonarán esto tan fácilmente, y francamente, creo que yo
tampoco.
Tras una dolida mirada, que se grabó a fuego en su alma,
Horemheb se apartó abrumado, sin poder ocultar la honda decepción
y el incipiente desprecio que nublaba su semblante.
Se abrazó trémula así misma y corrió a su cámara envuelta en tan
amargo llanto que cada lágrima era veneno que corroía su piel y
emponzoñaba su alma de culpa y remordimientos. Alguien moriría por
su causa, sin duda merecía el desprecio de su padre y de sus dioses.

***

La despertó un desgarrado grito que erizó su piel, incorporándola


bruscamente del lecho.
Se vistió a toda prisa y salió de sus aposentos con el corazón
galopando atrozmente en su pecho.
Se topó con una de las sirvientas de Anjesenamón, que caminaba
cabizbaja y apenada.
―¿Qué está ocurriendo? ―inquirió Selkis alterada.
―Nuestro faraón ha muerto ―contestó abatida―. La desgracia se
cernirá sobre nuestro pueblo. La dolida Anjesenamón, ha maldecido al
que robó el remedio, y piensa sellar su tumba con esa maldición, desde
dentro. Acompañará a su amado esposo y hermanastro al más allá, no
lo dejará solo en la oscuridad, lo guiará hacia los dioses llevado por su
mano. Ya están acumulando sus más preciados bienes en la cámara
del tesoro de la tumba real, para que los acompañen en su último viaje.
Selkis ahogó un sollozo que reverberó en su interior como una
onda dolorosa que se fue extendiendo por todo su cuerpo.
―Al menos ―prosiguió la esclava―, encontraron al culpable.
Ojalá y pague con el mayor de los tormentos todo el daño que ha
causado.
Un aleteo angustioso nació en su vientre, imprimiendo en ella un
malestar tan agudo, que sintió nauseas.
―¿Dónde tienen al culpable?
―En el patio trasero, a la intemperie, atado a un poste, mientras
se decide su condena.
―¿Ha… ha admitido su culpa?
―Sí, confesó que fue él quien se filtró en palacio y robó la
medicina.
Aquello atenazó su pecho en un nudo que casi la privó de
respirar.
Dejó a la muchacha y corrió por los pasillos hacia el gran patio
trasero. Cuando descendió la escalinata, sus pasos se frenaron en
seco.
Un sol abrasador azotaba las piedras del pavimento, y al
desdichado que habían atado a un poste y que apenas se sostenía en
pie. Sus pies resbalaban continuamente en un denso charco de
sangre que se extendía bajo él. Había sido azotado
concienzudamente, su espalda abierta en sanguinolentas brechas
rezumaba regueros escarlata, que sinuosos se deslizaban por sus
piernas. Estaba completamente desnudo, y apenas se sostenía en pie.
Cuando giró la cabeza y la alzó al implacable sol, Selkis se sintió
morir. A pesar de que su hermoso rostro se hallaba desfigurado por los
golpes, fue fácil reconocerlo.
No logró estrangular el alarido aterrado y rabioso que nació del
centro mismo de su ser y cayó de rodillas al pie de la escalinata,
sobrecogida y desgarrada por la magnitud de sus actos.
―Que no os aflija ver un hombre en semejante estado ―consoló
uno de los guardias―, merece todas las penurias de este mundo.
Selkis rechazó la mano del soldado y se puso en pie tambaleante.
―¡¡No fue él!!! ―gritó desaforada―. ¡¡¡Fui yo, yo debo estar en
ese poste!!!
Los hombres se miraron confundidos, negaron con la cabeza y la
observaron como si hubiera perdido el juicio.
―Será mejor que regrese a su cámara ―aconsejó el hombre―. El
espectáculo no ha hecho más que empezar.
―¿Puedo… puedo ofrecerle agua al menos? ―logró
barbotear―. O morirá antes de que acabéis de castigarlo.
El hombre alzó con asombro las cejas, para fruncirlas a
continuación. Al cabo asintió.
―Si eso os hace sentir mejor, adelante.
Selkis apretó los dientes, ahogó un profundo sollozo, tomó la jarra
de agua que descansaba en la parte umbrosa del patio, y se dirigió
hacia Nun con el corazón tan hecho trizas como la espalda del
muchacho.
Cuando llegó hasta él, y vio con horror la dureza del castigo en su
rostro, se sintió desfallecer.
―Nun, amor mío… ¿Por qué…? ―sollozó rota.
El muchacho tenía la frente pegada al poste, parpadeó confuso,
hasta que logró enfocar el único ojo que pudo abrir sobre ella. Sus
labios partidos en varios puntos, se estiraron lastimosamente en una
débil sonrisa.
―Los dioses… me escucharon ―murmuró en voz quebrada―.
Pedí… pedí verte por última vez.
―No voy a permitir que sigan haciéndote daño ―replicó Selkis
embargada en llanto―. Tú no fuiste culpable de nada, tú… tú solo
fuiste una víctima, mi víctima.
Nun negó con la cabeza, su sufrida mirada la taladró admonitoria
y grave.
―¡No! ―exclamó con firmeza―. Tú… tú tienes que vivir, llevas…
mi semilla en tu vientre, y… ahora sé que tu visión se cumplirá. Ya… ya
cumplí mi destino, y a pesar de su final, lo considero un destino dulce,
pues me llevo el corazón de la mujer que amo, y dejo el mío con ella.
―Nun, no podré vivir sin ti, sabiendo además que fui yo quien te
mató ―gimió ella, sintiendo como su corazón se resquebrajaba con
cada palabra, con el peso del destino que ya los había aplastado sin
conmiseración.
―Selkis, mi amor…, lo harás por ese ser que nacerá de ti y al que
habrás de amar también por mí. Si he de morir para que él nazca…, y
para que tú vivas, nadie tendrá jamás mejor razón para abandonar
este mundo.
Se sostuvieron la mirada un largo instante, sollozando en silencio,
liberando cuánto sentían y asumiendo que aquel encuentro sería la
más amarga de las despedidas.
Selkis acercó sus labios lentamente, depositando un suave y
afectado beso en la boca de Nun, que gimió emocionado. El sabor de
la sangre no impidió que paladeara también la dulzura de su boca, y
con extremo mimo acarició su magullado rostro, derramando en cada
gesto todo el amor que la embargaba.
―Espérame en la otra vida, en el Duat, Nun, allí nos reuniremos
de nuevo y que Osiris nos juzgue, poniendo nuestros corazones en la
balanza, pues estoy segura que pesan más que la pluma de Maat y
que Ib nos asista ―masculló derrotada.
―Sé que mi camino es el más fácil ―susurró Nun―. Ya que tú
quedas aquí presa del sufrimiento y la pérdida…, pero no permitas que
los remordimientos te envenenen, mi bella Selkis, pues no olvides
nunca que nuestro destino lo decidieron los dioses.
Su voz rasposa se apagó en un acceso de tos violenta. Giró la
cabeza al tiempo que escupía una abrupta bocanada de sangre.
Selkis tomó su cabeza entre las manos, inclinó la jarra sobre su
boca y le dio de beber, derramando el sobrante sobre su cabeza.
―Ve, amor mío, no me alejaré de ti ―se despidió Nun―, pues me
adentré en tu pecho para no abandonarlo nunca.
Unos pasos apremiantes y firmes la tensaron. Los guardias se
acercaron a ellos. Se abrazó a Nun sollozante y rota, revolviéndose
furibunda contra los guardias que tiraban de ella.
―Nooooooo… ―aulló desaforada, mientras la alejaban del
maltrecho cuerpo de Nun.

***

Luxor, 30 de noviembre de 1925

Por enésima vez, releyó el artículo en The Times, de hace tres años,
escrito por Marie Corelli, la afamada novelista gótica, que había
incendiado la actualidad asegurando que las muertes relacionadas
con la polémica tumba de Tutankamon, eran producto de una
maldición. En el artículo aseguraba que su afirmación se basaba en el
descubrimiento de unos ancestrales textos árabes que tenía en su
poder.
Legajos que él había conseguido estudiar, no sin haber seducido
previamente a la controvertida Marie, que además de excelsa
novelista, se había revelado como una apasionada amante. Zaid
Nasser sonrío para sí ante aquellos recuerdos, había tenido algunas
amantes inglesas y precisamente no se caracterizaban por su
fogosidad en el lecho; sin duda Marie era una mujer peculiar.
Zaid, a pesar de ser de origen egipcio, había sido adoptado por
un matrimonio británico, apasionados de la arqueología y muy activos
dentro de ese campo, con lo que había logrado ser asistente del
profesor y arqueólogo Hugh Evelyn-White, colaborador adjunto del
afamado Howard Carter, el descubridor de la tumba de Tutankamon, y
última víctima, la octava, de la oscura maldición que perseguía a los
que habían tenido cualquier contacto con la tumba del faraón.
Paseó de nuevo la mirada por sus anotaciones, sintiendo un nudo
en su estómago, temiendo ser el siguiente en aquella fatídica lista
negra. La releyó mientras el miedo lo atenazaba, reafirmándose en él,
la única salida que vislumbraba….

«Listado Cronológico de muertes atribuidas a la maldición:

Mayo de 1923 muere el profesor La Fleur, arqueólogo


canadiense y amigo intimo de Carter.
También en mayo de 1923 muere el magnate de los ferrocarriles
en los Estados Unidos, George Jay Gould, de una neumonía después
de haberse resfriado en su visita a la tumba.
El 5 de abril de aquel año de 1923 a la 1:50 A.M. en El Cairo,
ciento treinta días después de la apertura de la tumba, deja de existir
Lord Carnarvon, mecenas de Carter, por culpa de la picadura de un
insecto y una repentina neumonía. Sus últimas palabras, en medio de
su delirio fueron: «He escuchado su llamada y le sigo». El mismo día
hay un apagón en toda la ciudad, y disturbios. También, el mismo día,
casi a la misma hora, pero en su Londres natal, fallece la perrita de
Lord Carnarvon, inexplicablemente.
En julio de 1923, el príncipe egipcio Ali Fahmy Bey, quien había
visitado la tumba, es asesinado en un hotel de Londres, y su hermano
se suicida.
En septiembre de 1923 muere a los 43 años, tras una operación
dental, el coronel Audrey Herbert, hermanastro de Lord Carnarvon, y
que estuvo presente en la apertura de la cámara real.
En noviembre de 1923 muere Woolf Joel, un millonario
sudafricano que había visitado la tumba. Fue asesinado a tiros en
Johannesburgo.
En enero de 1924 muere a causa de una misteriosa enfermedad
Archibald Douglas-Reid, el especialista que radiografió la momia de
Tutankamon.
También en 1924 muere el profesor Hugh Evelyn-White,
colaborador de Carter y uno de los primeros a penetrar el cuarto
mortuorio, sufriendo de depresión nerviosa. Se ahorca».

Cerró su libreta de un manotazo y refregó burdamente su rostro.


Resopló apesadumbrado y se recostó en su sillón, pasándose,
inquieto, las manos por su espeso cabello negro.
Tenía que regresar a la tumba, a pesar de la inscripción que
rezaba sobre ella en una tablilla de coloridos jeroglíficos, un ostracon
de arcilla en el que se hallaba grabada la leyenda… «La muerte
golpeará con sus alas a aquel que ose perturbar el reposo del
faraón».
Tragó saliva y se puso en pie, transpiraba y su camisa de hilo
blanca dejaba entrever su acanelada piel. Se desprendió de ella y de
los pantalones y se vistió con una túnica liviana y fresca, de suave lino
egipcio, azul noche, con bordados en negro. Ideal para hacerse pasar
por uno de los guardianes de la tumba. Por primera vez, su aspecto lo
ayudaría en su empresa. Sobre su cabeza, dispuso hábilmente una
Kufiyya del mismo color ocultando su cabello. A pesar de no tener
práctica en el uso del turbante árabe, le bastó observar cómo lo hacían
los excavadores de Carter para no vacilar en su disposición, sería la
sangre, pensó irónico.
Tomó su pequeño maletín y salió al frescor de la noche.
El ocaso en el desierto era una de las cosas más hermosas que
había visto en su vida. Las onduladas dunas azuladas, se asemejaban
a las dulces crestas de un mar calmo. Y el cielo, el cielo apagaba su
incendio en un torrente de intensos púrpuras, cobres y rosados que
perfilaban las sombras de palmeras y pirámides, conformando un fondo
tan místico y sobrecogedor que robaba el aliento y enamoraba el alma.
Quizá fuera el último que disfrutara, pensó cogitabundo. No obstante,
no iba a permitir que la muerte lo sorprendiera, él la sorprendería a
ella.
Su pequeña villa alquilada no estaba lejos de las excavaciones.
Decidió ir caminando, quizá para saborear cada espectacular retazo
de aquel soberbio atardecer, quizá para alargar la riesgosa decisión
que había asumido días atrás.
A cada paso, en su mente rememoraba el día que entraron en la
cámara funeraria, flanqueada por dos espectaculares leones de
bronce. Al instante, evocó las coloridas pinturas murales que
representaban a la corte del faraón, tan fastuosas y tan bellas como
todo lo que se acumulaba en la tumba… Estatúas reales, el carro
ceremonial, arcos, flechas, una imponente réplica de gran tamaño del
dios chacal Anubis; cofres de oro, madera y marfil, bellamente
taraceados; tronos ricamente labrados, bustos del faraón, suntuosas
máscaras funerarias, joyas y todo tipo de ornamentación ostentosa,
maquetas de barcos. Un impresionante escarabajo alado realizado en
lapislázuli dentro de un disco solar, que él acarició completamente
obnubilado y perplejo ante la magnificencia de aquel esplendoroso
tesoro.
Pero lo mejor fue presenciar lo escondido que estaba en verdad
el cuerpo momificado del faraón: dentro de un sarcófago de cuarcita
amarilla, que ocultaba en su interior tres ataúdes antropomórficos,
sucesivos, uno dentro de otro, donde reposaba la ennegrecida momia,
de facciones delicadas y cuerpo menudo.
No olvidaría jamás el resuello de ultratumba que pareció escapar
del mismísimo Tutankamon, cuando rompieron el sello de la tapa
mortuoria. Un velado soplo que erizó la piel de los presentes. Tampoco
olvidaría el gesto de absoluto pavor de los trabajadores egipcios de
Carter, señalando horrorizados la tablilla que avisaba de la maldición.
De algún modo, supo que ese día había marcado sus vidas para
siempre, y por lo que parecía, también sus muertes.
El suicidio de su profesor fue lo que lo llevó a trazar un plan tan
inverosímil como desesperado. La muerte lo seguía, sentía su
presencia y su gélido aliento demasiado próximo a él.
Se agitó sacudido por un escalofrío y acarició pensativo su
maletín, aquellos textos árabes que le había cedido Marie eran su
única oportunidad.
Llegó a la tumba, ya entrada la noche.
Los guardianes armados se encontraban en torno a una
hoguera, riendo y comiendo, ajenos a la entrada. El hecho de que la
maldición hubiera recorrido medio mundo había espantado a turistas y
curiosos, habituando a sus guardianes a relajar sus funciones.
Subrepticiamente, se pegó al murete de arenisca de la entrada y
se deslizó escalones abajo, sigilosamente, hacia el interior de la tumba,
tomando la antorcha de la entrada.
Liberó el aliento contenido y respiró hondo, antes de abrir su
maletín y sacar el añejo legajo.
Según aquellos textos, debía erradicar el origen de la maldición
para anular su efecto. Y tras casi haber memorizado cada palabra,
supo que todo se desencadenó en el mismo corazón de Tebas.
La hermosa hija de Horemheb, uno de los generales de
Tutankamon, la bella Selkis, había provocado de manera indirecta la
muerte del faraón, robando la medicina para su amado Nun, hijo de
cantero y esclavo para colmo de males. Anjesenamón, que después de
haber perdido dos hijas prematuras, enloqueció con la muerte de su
joven esposo y ayudada por los sacerdotes del Templo de Amón, logró
formular una maldición que perdurara a través de los tiempos. La
misma que había atado el alma de Selkis, a una dimensión vacía,
donde vagaba su tormento en el inframundo, en el oscuro reino de
Osiris, sin poder atravesar las puertas, cavernas y montañas vigiladas
por criaturas sobrenaturales y terroríficas. La maldición la había
privado del libro de los muertos, el que contenía los sortilegios
adecuados, que debía recitar para protegerse de esas criaturas y
poder llegar hasta el ecuánime Osiris, para ser juzgada.
Zaid la compadeció, pues si su único pecado había sido amar tan
profundamente, llevar retenida durante tantos siglos en aquel infierno
egipcio era, sin duda, una cruel e injusta condena. Pero él la liberaría,
o quizá compartiera su destino.
Encajó la antorcha en uno de los anclajes de la cámara mortuoria,
y la recorrió con la mirada. Los tesoros que quedaban, los de menor
escala, estaban clasificados y numerados, a la espera de ser retirados
para su estudio. Hacía apenas diez días que la momia de Tutankamon
había sido llevada al Museo de El Cairo, por eso Carter había
abandonado el enclave momentáneamente. Sin embargo, Anubis, el
dios chacal, permanecía en una esquina de la cámara del tesoro. Y era
a Anubis a quien invocaría con el preciso sortilegio, para que guiara a
Selkis hacia Osiris, en busca de justicia y piedad.
Extrajo del maletín el legajo árabe y suspiró hondamente. A
continuación, en uno de los anaqueles de una de las muchas cajas
numeradas, sacó la herramienta que necesitaba para la invocación. El
libro de los muertos del mismo Tutankamon.
Lo abrió por el capítulo 129, y pasó delicadamente las páginas
cosidas. Todos los párrafos comenzaban con la palabra ro, habla…
Y eso hizo, pronunciar en voz alta y clara el párrafo seleccionado,
utilizando los nombres que había memorizado del texto, en
representación de Selkis.
Su voz, grave y sentida, reverberó entre aquellos ancestrales
muros. Vibrante y clara flotó en ondas por la sala, en un eco lóbrego
que regresaba a él provocándole escalofríos, no reconociéndose en
ella.
Y a medida que recitaba, podía sentir cómo la temperatura
descendía abruptamente, y su aliento blanqueaba en un vaho
sobrecogedor. La llama de la antorcha retembló repetidas veces, como
si alguien soplara insistente sobre ella. Se mantuvo firme, entonando
cada frase e imprimiendo solemnidad a su tono, en una cadencia
reverencial y regular, a pesar de los estremecimientos que lo sacudían.
Cuando terminó, un sonoro soplido, como una brisa helada y
susurrante, apagó la antorcha sumiéndolo en una opresiva negrura.
Permaneció inmóvil, tenso y expectante, mientras el pulso amartillaba
irregular y atronador su sien, y su respiración se agitaba sumiéndolo
en un aterrador desasosiego.
Y de repente, escuchó un siseo que le cortó el aliento seguido de
un escalofriante estertor. Una leve caricia en sus labios erizó todo el
vello de su cuerpo. Sus latidos se descompasaron cuando un irreal
halo azulado emergió de los murales, de la pared donde estaban
grababas algunas inscripciones del libro de los muertos.
De cada trazo refulgió un resplandor intenso que perfiló una
silueta frente a él.
Retrocedió tambaleante, impresionado y sumido en un pavor que
le cerró la garganta.
Aquella silueta femenina, translúcida pero definida, era la de una
mujer joven, egipcia, y tan asombrosamente hermosa, que le robó el
aliento. Avanzó hacia él con un gesto plácido, en el que creyó ver un
deje de afectada gratitud.
¿Aquello era real? ¿Estaba presenciando una aparición del más
allá? Supo, al instante, de quien se trataba.
Dejó de retroceder, fijando su mirada en ella, y conteniendo el
deseo de alargar el brazo e intentar tocarla, temiendo que se
volatilizara.
―No invoquéis a Anubis, todavía no ―suplicó ella.
Su voz fue como una tersa y cosquilleante caricia que se filtrara
hasta su alma, como el susurro de hojas arremolinándose en torno a su
cuerpo, o el aleteo de una mariposa en su corazón. Se estremeció y la
miró intrigado y absolutamente arrobado por ella.
―Solo deseo liberaros de la maldición y que os reunáis con Nun
en el Aaru, vuestro paraíso ―arguyó Zaid en tono dulce.
―Antes tenéis que enlazaros a mi alma y presenciar cómo fue mi
vida y la de Nun, para testificar por nosotros ante Osiris. ¿Aceptáis que
me filtre en vuestros sueños y abra vuestra mente a mi vida?
Zaid asintió quedo, mientras todo su cuerpo se revelaba,
impeliéndolo a salir corriendo de aquel lugar maldito. No obstante,
permaneció impávido, aceptando que estaba atrapado. Era eso, o
compartir el destino de sus compañeros.
―Nun fue condenado, torturado y asesinado al día siguiente de
fallecer el faraón ―replicó él con semblante turbado, recordando lo
que manifestaban los textos árabes.
―No ―aclaró la mujer―. Yo ofrecí mi destino a cambio de su vida,
y mi padre aceptó. Nun no murió, tampoco yo, pero fue mucho peor.
―Reveladme vuestra vida, Selkis, para intentar desgreñar la
maldición que por desgracia nos une.
―Marchad a vuestro lecho ―murmuró ella esgrimiendo una
sonrisa conmovida―. Acudiré a él esta noche para susurraros la vida
que sufrimos tras la muerte de Tutankamon. Para abrir vuestra mente a
ella y reforzar en vuestro corazón la decisión de defender nuestra
causa ante Osiris, y por ende, libraros de la muerte que os acecha.
Escribid nuestra historia, para que perdure en la eternidad, completad
esos legajos y concédenos la paz.
Selkis se puso frente a él, permitiéndole ahondar en su oscura y
cautivadora mirada, en la exquisita proporción de un rostro de líneas
regias, de una boca de labios llenos y hermosamente perfilados, de un
cuerpo exuberantemente sensual. Y a pesar de su ingravidez, de ser
solo una especie de proyección luminosa, su cuerpo reaccionó ante
ella, como si fuera tangible.
―Enlazad mi alma a la vuestra ―murmuró subyugado―, pues
aunque es cierto que mi vida pende de ello, he de confesar que siento
incluso impaciencia por gozar de semejante privilegio.
La mujer asintió, alargó un brazo y posó su mano en su pecho.
Atónito y maravillado, no solo sintió la caricia y el peso de aquella
pequeña mano, también una aguda punzada atravesando su corazón.
Un viento cálido, como la brisa del desierto al atardecer, caldeando su
interior e inundando su alma de un bálsamo reconfortante que le hizo
sentir tan ingrávido como ella.
―Nuestras almas están selladas….
Y tras ese liviano y alargado susurro, la antorcha se encendió
sola, mostrándole la normalidad de la cámara y el apesadumbrado
encogimiento de su pecho, ante la soledad que lo rodeaba.
No era soledad, se dijo, mientras suspiraba y acompasaba su
corazón, era vacío, era pesar, era nostalgia, era casi angustia y
desazón, era una inefable sensación de pérdida que lo desconcertó
casi más que la aparición en sí.
Cerró los ojos para rememorar cada una de sus facciones, para
grabarlas en su memoria, ante la incertidumbre de si, en verdad, la
vería de nuevo en sus sueños, como ella había asegurado. Ante el
temor de que aquello tan solo hubiera sido producto de su
imaginación.
De pronto, se descubrió sonriendo, no sabía si lograría escapar
de la maldición, pero sí que sus días, muchos o pocos, gozarían de un
carácter tan especial y mágico como la de presenciar la vida del
Antiguo Egipto, y llevado además de la mano de una mujer como
aquella.
Y en aquel preciso instante, halló dentro de él, su propio destino,
que no era más que aquel que se perfilaba ante él. Ahora encontraba
explicación a su pasión por esa época determinada, a su tesón por
descubrir y revivir aquella dinastía en particular, a su fervor por Tebas y
a no haber encontrado más anclaje y propósito a su vida que a la de
consagrarse a sus estudios. Siempre había rebuscado ocultamente la
razón de aquella necesidad que lo había marcado desde siempre, y
ahora la había encontrado.
Ahora emprendería el viaje más apasionante de todos, y en su
pecho comenzó a brotar un sentimiento que nunca había imaginado
sentir.
Salió de la tumba todavía flotando en aquella nebulosa de dicha y
ansiedad que lo acompañaba.
La noche, punteada de estrellas, oscura y límpida, era presidida
por una luna plena y nacarada, que plateaba las dunas, arrancando
de la arena el brillo de diminutas partículas semejantes a perlas
engarzadas a un manto ondulado, guiando sus pasos por un sendero
trazado, que por fin recorría consciente del destino que hallaría.
Entró en su villa, se despojó de la túnica y la Kufiyya. Abrió la
ventana para que la luna y Selkis entraran por ella y se tumbó desnudo
en la cama.
Cerró los ojos, y aguardó ansioso.
Tras un breve instante, sintió la caricia de la brisa en su pecho, y
abrió los ojos. Ella estaba inclinada sobre él. Ambos sonrieron. El
corazón de Zaid se encogió emocionado.
―Ven conmigo, Zaid, Tebas nos espera…
Tomó su mano y sintió que tiraba suavemente de él.
Se dejó llevar por ella con una amplia sonrisa estirando sus labios
y una burbujeante emoción inundando su pecho.
Iba a ser testigo presencial, intuía, de una historia tan inmortal
como la del alma que lo arrastraba a través de los tiempos.
Un dragón bajo mi cama
Azahara Vega
―Tienes que robar el tesoro del dragón y...
Las carcajadas de Alba Martínez sonaron como cascabeles y
atrajeron la atención de los que estaban en las mesas de al lado de la
cafetería.
―Tú estás mal de la cabeza, Miriam, te lo digo de corazón.
―Sonrió con sorna, bebiendo un trago de su limonada, ignorando las
miradas curiosas de los hombres que las rodeaban. No le gustaba
acudir a locales concurridos como aquel, pero por su hermana, por no
aguantarla día tras día escuchando sus quejas de que la ignoraba,
haría cualquier cosa y...
―¡Pero debes ayudarme, Alba! Estoy en un buen lío y necesito
que robes el tesoro del dragón oscuro por mí.
Menos eso. Robar sí que no lo haría y menos a un dragón. Nadie
en su sano juicio le robaba el tesoro a uno de los «escupe fuegos» si
no querías acabar con el culo quemado o algo más.
Negó con la cabeza al tiempo que respondía a su teatral
hermanita que en esos momentos la miraba con «gesto de cachorrito
abandonado», el mismo que en el pasado la sacó tantas veces de
problemas, pero que ahora ya no era más que una mueca de la que
todos en la familia estaban inmunizados. Sobre todo ella.
La había ayudado en demasiadas ocasiones. Ya no más. Las dos
eran mujeres de más de doscientos años y por tanto, mayores de edad
para los de su raza. Si estaba metida un problema, tendría que
afrontarlo con madurez y no refugiarse bajo la falda de su hermana
mayor.
―Estás muy, Miriam, no tengo obligación de ayudarte. Ya estoy un
poco cansada de que me incluyas en tus disparatados contratiempos, y
sea yo la que acabe dando la cara por ti. Si eres mayor para vivir por tu
cuenta a costa del dinero que te dan nuestros padres, también lo eres
para hacerte cargo del problema en el que te has metido de cabeza.
Miriam cambió de táctica, pasó de mostrar su cara de «cachorrito
abandonado» a dejar ver su verdadera manera de ser: «la de una
zorra egoísta y manipuladora» que jugaba con todos al creer que los
demás debían servirle a su conveniencia.
Tenía que reconocer que con su hermana pequeña tenía
sentimientos encontrados, por un lado la ayudaría si veía que
realmente su vida corría peligro o sus padres acababan
convenciéndola, pero por otro lado, no quería tener tratos con ella.
Desde niña vio cómo intentó por todos los medios ser el centro de
atención, como su vida giraba en torno a esa pequeña egoísta que
procuraba estar siempre en primera línea, convertirse en la reina
absoluta de la fiesta aunque fuera el cumpleaños de su hermana
mayor. Su infancia y adolescencia estuvieron marcadas por los
continuos desplantes y burlas de su hermana, hasta tuvo que ver cómo
le robaba sus novios. Y cuando se enteraba que ya no tenía pareja por
culpa de terceros, Miriam, en lugar de sentirse apenada o culpable, se
reía de ella y le aseguraba que si conseguía la atención de todos los
hombres era por su belleza, algo que le faltaba a Alba según ella.
―Eres una zorra asquerosa, Alba, no comprendo cómo padre y
madre pueden decir que intente ser más como tú. Alguien que no
quiere a su familia, quien se apartó de la comunidad mágica y vive
entre despreciables humanos y...
Alba la acalló con un gesto y con una mirada que prometía
represalias si continuaba dando el espectáculo. Estaban en uno de los
locales de moda de la ciudad porque Miriam no quería ni pisar el
diminuto apartamento que compró su hermana mayor: «por si había
bichos o ratas en ese sitio de mala muerte».
―¡Basta! Me da igual lo que me digas, no voy a ayudarte a robar
nada. ―Además, aquel asunto del robo a un dragón le recordaba a
una novela romántica que leyó hacía poco, en el que la protagonista
robaba el oro a un escupe fuegos, y acababa emparejada con él,
viviendo mil y una aventuras estrafalarias que de pasar en la vida real
te enviarían de cabeza al manicomio―. Afronta tus problemas como la
mujer que eres. Es hora que aceptes de una vez que si cometes un
error debes rectificarlo con tus propias manos, no depender de los
demás. Y en segundo lugar, si elegí vivir entre ellos ―señaló a los de
alrededor disimuladamente―, es porque estoy cansada de la
hipocresía de nuestro mundo. Aquí solo soy Alba, no la hija de..., o la
hermana de... Aquí solo soy yo.
Miriam negó con un ademán de cabeza, y la miró con verdadero
odio en sus verdosos ojos. Sí que tenía que reconocer que era una
belleza andante: alta, rubia, ojos verdes, morritos finos y sonrosados y
siempre luciendo perfecta. Pero por dentro era una serpiente
disfrazada de corderito, capaz de morderse a sí misma si con eso
conseguía algún beneficio.
―Ya sabía yo que no eras más que una don nadie, que no
llegaría a nada en la vida y...
―Bla, bla, bla. Me importa poco lo que opines de mí, Miriam. Y
espero que algún día tampoco te importe lo que yo haga, o deje de
hacer. Vive tu vida y déjame tranquila. Si quieres robar algo, hazlo tú.
No me incluyas en tus disparatados problemas o tendré que hablar
seriamente con nuestros padres, y contarles todo lo que te guardé en
secreto para que me dejes en paz. ―Dejó un billete de diez euros
sobre la mesa e hizo un gesto al camarero que las atendió para que
les cobrara―. Que tengas un buen día, hermanita.
Saludó con un gesto al joven camarero cuando pasó por su lado,
y salió del local, escuchando los gritos e improperios de la única mujer
del mundo que le había amargado la existencia y seguía intentando
hacerlo cada día.
Con cada paso que la alejaba del local, se sentía liberada, a
punto de ponerse a saltar tras haber dado la cara a su hermana, tras
haberse atrevido a decirle no.
«¿Cómo pudo creer que iba a ayudarle a robar algo? ¡Y menos a
un dragón! De todos es sabido que son vengativos y agresivos,
obsesionados con el dinero y el poder. Y pobre de aquel que se atreva
a interponerse en su camino porque acabará destrozado», consideró,
sin poder evitar sentirse algo inquieta. Tal vez tendría que haber
escuchado a Miriam, ver por qué se veía obligada a robar algo y...
«¡No!», gritó para sus adentros. «No lo hagas de nuevo. No vas a
sentirte culpable por algo que ella hizo. Si está en problemas será por
su culpa. Con todo el dinero que le da nuestros padres no tiene
necesidad de trabajar en su vida. Si no le llega, que deje de
malgastarlo en tonterías».
―Será mejor que me ponga a escribir. Ya estoy cansada de ser la
buena si la ayudo, y ser la peor del mundo si me niego. Esta vez no voy
a dar mi brazo a torcer. Me niego a robar nada... ―Se juró a sí misma, al
tiempo en que se teletransportaba al interior de su apartamento, nada
más acceder a un callejón oscuro a pocos metros de la cafetería.
Ese día había sacado un hueco en su apretada agenda para
poder atender a Miriam, y ahora tendría que quedarse toda la noche
en vela para poder terminar lo que su editora le pidió hace un mes:
una novela de más de doscientas páginas para incluirla en una
colección especial de Navidad.
Nada más aparecerse en su hogar, fue corriendo hacia la cocina
para beber un largo trago de limonada. Usar magia la mareaba, le
producía náuseas y ganas de vomitar, siendo ese era uno de los
motivos por el que se alejó del mundo mágico, dejando la casa de sus
padres en el momento en que la sociedad élfica la consideró una
adulta.
Llevaba ya diez años entre los humanos y se sentía libre, liberada
de la carga de ser un mueble en su familia, de ser alguien de quien sus
padres se avergonzaban y no sabiendo qué hacer con ella cuando se
suponía que tendría que ser la futura cabeza de familia. Al final, tras
dos siglos de decepciones, tuvieron que aceptar que tendrían que
dejarle todo el legado a su hijo pequeño, a quien educaban con
rigidez para convertirse en el futuro líder del linaje.
Odiaba sentir vergüenza y rabia contra sí misma por haber
defraudado a sus padres. Por mucho que intentara engañarse con
palabras o frases que repetía hasta la saciedad como «quiérete tal y
como eres», «si los demás no ven lo preciada que eres, no valen la
pena que estén a tu lado»..., la dura realidad es que la decepción de
sus padres era una dura piedra en su camino, en su alma, que la
acompañaba cada día. Si los demás veían sus defectos, ella misma los
multiplicaba por diez y se reprochaba todo lo que podía haber hecho y
no hizo.
Puede que su vida fuera patética siendo una respetada miembro
de la raza élfica con un futuro prometedor,... si hubiera seguido lo que
sus padres tenían planeado para ella. Pero adoraba su «patética
existencia» como la llamaba su adorada y venenosa hermana.
Adoraba la tranquilidad y quietud de su existencia entre los humanos;
en su pequeño apartamento podía dar rienda suelta a su imaginación,
aceptar que prefería vivir sin magia, sintiéndose feliz, algo que desde
hacía tiempo no experimentaba.
Con sus novelas, fruto de sus más candentes deseos, se ganaba
la vida, y con su trabajo se sentía orgullosa por primera vez en siglos.
Por ser capaz de hacer algo que no mucha gente hacía, enamorar a
miles de mujeres que devoraban sus novelas, y le pedían más. Si sus
padres supiesen a qué se dedicaba, le dirían que estaban más
decepcionados de ella y que estaba perdiendo su tiempo en algo que
no daba frutos. Puede que así fuera desde la perspectiva de estos,
honorables miembros de la sociedad élfica, pero para ella, lo poco que
ganaba le llegaba para vivir y pagar sus gastos diarios, y junto con el
cariño de sus lectoras, eran más que suficientes.
Actualmente era feliz con su vida y no quería más.
O al menos era lo que se decía cada día, aunque luego su
corazón gritara necesitado por la noche mientras susurraba lo que
ansiaba desesperadamente: que alguien la amara tal y como era.

***

―Necesito otro café ―farfulló con voz adormilada Alba mientras se


levantaba tambaleante de la silla frente a su portátil, echando un
vistazo rápido a su pequeño despacho, un cuarto que habilitó para
poder encerrarse a escribir lo que sus musas le susurrasen. Llevaba
ocho horas escribiendo sin parar, toda la noche para poder terminar la
novela antes que el plazo del mes que le dio su editora se terminara.
Estaba agotada, le picaban los ojos y necesitaba urgentemente
una ducha, comer algo e ir a la cama para dormitar al menos dos días
enteros para recuperarse, pero antes que todo eso...
―Café... ―susurró de nuevo caminando como una zombie hacia
la cafetera, la mejor amiga de una escritora. Todas sus compañeras de
editorial eran adictas a ese oscuro líquido, tomándolo varias veces al
día cuando se acercaba la fecha de entrega, para poder acabar con el
trabajo que tuviesen pendiente.
Se sirvió una buena taza y tomó un sorbo, tras echarle tres
azucarillos.
―Ummm, necesitaba esta taza. ―Ingirió otro trago apoyándose
contra la encimera de la cocina, acallando los nervios que sentía tras
haber enviado su manuscrito. Ahora llegaba lo peor, la lectura del
borrador por su editora, y el tedioso proceso de corrección. Era lo que
menos le gustaba de su profesión, pero algo que por mucho que
odiara, era muy necesario.
Cuando estaba a punto de terminar la sexta taza de café en ocho
horas, escuchó unos ruidos extraños provenientes de algún lugar de
su apartamento.
―¡Pero qué...! ―exclamó muerta de miedo. Eso había sonado a
una aparición en su hogar. Algo imposible pues había escrito runas de
protección en las paredes con tinta invisible para que nadie que no
fuera ella pudiera entrar en su apartamento usando la magia. Si
alguien de su mundo quería visitarla tendría que timbrar o golpear la
puerta como un simple mortal por mucho que les molestara rebajarse al
nivel de los humanos.
Si alguien había conseguido traspasar sus runas debía ser
poderoso y eso solo significaba una cosa en su diccionario: problemas.
Corrió hacia la puerta, no dispuesta a enfrentarse a lo que
hubiera roto sus protecciones; la magia le daba dolor de estómago y se
negaba a enfrentarse a una criatura inmortal con un paraguas o con
un pelador de zanahorias. No había armas en su refugio al ser
vegetariana y pacifista, y aunque hubiera, poco podría hacer pues
eran ineficaces contra los seres inmortales.
Su plan iba bien, pasó de la cocina al salón procurando no hacer
ruido, pero en el momento en que agarró el pomo de la puerta de
salida, una voz la paralizó:
―¿A dónde crees que vas, elfa?
«Estoy perdida», pensó atemorizada ante el malhumorado tono
de voz del hombre que había a su espalda.
―Date la vuelta, mujer y enfréntate a tu nuevo destino.
«Sí, claro», ironizó Alba odiando el tono autoritario del inmortal
que tenía tras ella. Ser arrogante y creer que todo el mundo a su
alrededor tenía que obedecer ciegamente lo que ordenaran era un
rasgo insoportable de las razas que se consideraban eternas. Esa
arrogancia la dejó atrás cuando decidió vivir en el mundo humano.
Entre los mortales nadie le decía lo que tenía o no tenía que hacer,
salvo su editora, una aterradora mujer capaz de hacerla temblar de
miedo cuando la amenazaba con aparecerse en su apartamento para
controlar si acababa a tiempo o no la novela. Tenerla a su alrededor,
husmeando por encima del hombro y ocupando su refugio con su
arrolladora presencia y sus brebajes de tés extraños, le producía
verdadero terror.
―Obedéceme o...
Alba no esperó a escuchar lo que le tenía deparado si no hacía
caso a lo que ordenaba. Giró el pomo y salió corriendo por el pasillo
gritando como una poseída, deseando que así los curiosos y marujas
de sus vecinos salieran de sus casas para ver qué ocurría.
Pero como siempre sucedía, cuando más los necesitaba los muy
cobardes no salían, pero bien que la señora que vivía frente a ella se
hacía notar quejándose de todo, hasta del ruido que hacía al escribir
en el ordenador por las noches que según la cotilla, no la dejaba
dormir.
―¡Ayudaaa! ¡Socorrooo! ―gritó a pleno pulmón corriendo
descalza por el descansillo del último piso del edificio en el que vivía.
Iba directa hacia las escaleras, quería alejarse cuanto pudiese del que
atravesó sus protecciones mágicas.
Pero..., ¿sabes que sucede cuando deseas algo con fuerza... y el
destino está en tu contra...?, pues...
―No sigas gritando, mujer, tus chillidos me están destrozando los
oídos.
Lo que sucede cuando todo se pone en tu contra es que acabas
atrapada por un extraño.
Qué manera más perfecta de terminar la noche...

***

Alba tomó aire para gritar con más fuerza pero no pudo hacerlo porque
el hombre le tapó la boca con una mano, mientras la apretaba contra
su pecho.
―Deja de removerte, mujer. Eres mi presa, asúmelo. Puedes
hacerlo por las buenas y ser una buena prisionera o por las malas y...
«Que sean por las malas», farfulló Alba mordiéndole la mano,
librándose del agarre que la mantenía presa contra el extraño.
Como correr no le había ayudado, no le quedaba otra que
hacerle frente y emplear su magia, aunque luego acabara con el
estómago bailando y dispuesto a vaciar hasta su primera comida del
día.
Se giró y adoptó una postura defensiva, que según su profesor de
taekwondo al que conoció en las clases de los viernes en el gimnasio
de su barrio, era la más efectiva cuando te enfrentabas a un oponente
que te doblaba en tamaño y envergadura, y...
Estuvo a punto de caer de bruces ante lo que se encontró cuando
lo tuvo cara a cara. Hombres como ese no podían ser reales, era
imposible que bellezas masculinas que exudaban arrogancia y
magnetismo animal con cada mirada y gesto tuvieran permiso para salir
a la calle, y alterar las hormonas de las féminas que los encontraban
en sus caminos.
«¿Pero estás tonta o qué? ¡Qué importa que sea guapo! Vale que
parece sacado de mis sueños húmedos, pero este hombre quiere
secuestrarte y... ¡No se lo voy a permitir!», Pensó, insultándose en
varios idiomas por caer tan bajo al quedarse mirando a ese inmortal
con cara embobada y las braguitas empapadas por el anhelo, cuando
ella estaba a un paso de convertirse en su presa.
―Perfecto, elfa, serán por las malas. ―Rompió él el silencio
mirándola fijamente después de analizar el mordisco que se percibía
en su mano izquierda. Las marcas de sus dientes habían quedado
impresas en su dorada piel, como un trofeo de una guerrera que no
iba a permitir que nadie la obligara a hacer algo que no quisiese, o en
su caso a secuestrarla para vete tú a saber por qué motivo.
―Ni se le ocurra dar un paso más, señor, o le aseguro que lo voy
a hechizar. Le aconsejo que se vaya, no sé por qué motivo está aquí y...
«Muy bien, chica, estás ante un secuestrador y lo tratas de usted»,
se burló de sí misma ante sus palabras.
―Estoy aquí para llevarme como prisionera a una elfa llamada
Alba Martínez, por los informes que tengo del caso, esa eres tú.
―¡Silencio, ni una palabra más!... No ves que mis vecinos pueden
estar espiándonos ―le gritó sin poder creer que ahora los inmortales
desvelaban la existencia de otras criaturas en el mundo humano como
si no importara que les descubriesen.
Los humanos por mucho que los suyos no lo creyesen, eran
peligrosos, con su tecnología y sus capacidades de invención podían
causar mucho daño a la tierra, y por consiguiente, a los mundos que
coexistían en ella. El mundo mágico y el mundo mortal podían
destruirse si los humanos acababan con los recursos del planeta. Así
conseguirían liquidar a los inmortales, y en una guerra entre los dos
bandos, era una táctica desesperada que podían emplear los
humanos para acallar el temor que les producía la sola idea que no
eran los primeros en la pirámide alimenticia. Ella sí creía que eran
capaces de destrozar el mundo antes que dejárselo en manos de los
eternos.
El hombre se rio de ella, con unas carcajadas profundas que
revolucionaron sus hormonas y volvieron a producir unos escalofríos
por todo su cuerpo, que la dejaron a un paso de jadear en alto. Ese
hombre debía de ejercer algún tipo de magia para afectarla tanto. No
era una mujer sexual, tuvo en su juventud algún tonteo con sus novios,
pero nada serio pues su hermana siempre conseguía robárselos antes
que ella se animara a dar el siguiente paso; por eso, le sorprendía
notar que su cuerpo reaccionaba de tal manera a ese macho que
parecía que poseía lava por sus venas, a punto de quemarla viva.
―Nadie vendrá en tu ayuda si eso es lo que pensaste que harían
los mortales cuando saliste de tu hogar gritando. He lanzado un
hechizo de aturdimiento y de sueño a todo el barrio. No iba a
arriesgarme a que pudieras escapar u obtener ayuda.
«Un hechizo a todo el barrio. ¡A todo el barrio...!», repitió una y
otra vez, asfixiándose con el amargo sabor del miedo. ¡Si que era
poderoso ese hombre para poder hacer eso! Conocía a muy pocos
que tuvieran la capacidad de hechizar a un puñado de humanos, y
mucho menos a un barrio residencial.
«¡Tengo que salir de aquí!», chilló cerrando los ojos y rozando su
núcleo de magia para poder transportarse muy lejos de allí.
Jadeó en alto cuando no pudo hacerlo, al notar como su magia se
apagaba antes de llevarla al lugar que había visualizado en su mente.
―¿Cómo es posible que...?
No pudo terminar la frase, ya que el hombre lo hizo por ella:
―Veo que ya te has dado de cuenta que no podrás
teletransportarte. Me he asegurado de ello. Este amuleto, ―le mostró
un colgante oscuro con una garra de algún ave momificado que no
pudo identificar―, tiene la capacidad de anular la magia élfica. No
podrás acceder a tu núcleo mágico hasta que me des lo que te has
llevado. Pero como veo que no vas a colaborar y que nada más
percibir mi presencia has intentado huir como una rata cobarde, te
mantendré prisionera en mi hogar hasta que decidas entregarme lo
que me robaste.
―¿Te robé? ―Fue lo último que dijo Alba antes de caer dormida
ante el hechizo no verbal que le lanzó el hombre.
Su mente dio mil vueltas a toda velocidad a lo que había
presenciado en esos minutos. Desde el poder del hombre, su
magnetismo animal y..., la palabra «robar».
Y le venía una y otra vez una palabra...
Dragón.

***

―Despierta, mujer. Es hora de que hablemos.


Alba entreabrió los ojos y farfulló entre dientes al ver que no
había sido un mal sueño lo que sucedió la noche pasada. Era muy real,
y a unos metros de ella estaba sentado el hombre que la secuestró.
Se incorporó al momento e intentó mover los brazos, asustándose
al no poder hacerlo. Tenía las manos atadas a la espalda.
―Atar a una mujer indefensa, muy valiente por tu parte ―le
espetó con burla, disfrazando de valentía el miedo que sentía por
dentro.
El hombre soltó unas carcajadas al tiempo en que se levantaba y
se acercaba hasta donde estaba ella.
―Si te desato la cuerda, ¿prometes no morderme?
―No, no puedo prometerte eso ―Alba mostró una mueca de
absoluta sorpresa al decir lo contrario de lo que pensaba. Ella quería
decirle que se lo prometía y mostrar una actitud sumisa con la que
engañarle mientras ideaba un plan para escapar de donde estuviese.
Pero ahora su plan se había ido al garete por ser demasiado sincera...
Él volvió a reírse, antes de desatarla, sorprendiéndola con ese
gesto.
―En estas cuatro paredes no podrás mentirme, te he lanzado un
hechizo para que solo me digas la verdad. No tengo tiempo que perder
para recuperar lo que es mío.
―Podíamos perder el tiempo haciendo otras cosas más...
divertidas como lamerte enterito como un polo de chocolate.
Ignorando el dolor de sus muñecas, Alba se tapó la boca con
ambas manos incapaz de creer lo que acababa de decir. Ese hechizo
que lanzó el hombre era muy molesto y peligroso. Demasiado. Tendría
que andar con ojo para no seguir soltando lindezas por la boquita, o
para confesarle que era...
―Un pedazo de carne que quería catar... ―Esta vez estuvo a
punto de golpearse la cabeza contra algo duro y perder el
conocimiento, porque lo había dicho en alto. En cambio, se tapó los
ojos con las manos muerta de la vergüenza―. No puede ser, ¿cómo te
he dicho esto?
***

Drake Morgan estaba luchando contra sí mismo. Cuando le informaron


que su mayor tesoro había sido sustraído ayer por la tarde, estuvo a
punto de quemar la ciudad con su aliento de fuego hasta que todo se
convirtiera en cenizas. Pero en lugar de liberar a su dragón, tuvo la
sangre fría de analizar el robo en busca de alguna pista que lo llevara
hasta el ladrón.
Tardó apenas unas horas en hallar un nombre:

Alba Martínez.
Elfa residente en el mundo humano.
Ocupación laboral: sin resultados.

La firma mágica junto con restos de cabellos fueron pruebas


suficientes para convencerle que había encontrado al ladrón que
buscaba. Quien se había atrevido a robarle su más preciada posesión.
Estaba convencido...
Hasta que la vio. Hasta que presenció cómo huyó de él gritando.
Aquella pequeña mujer de curvas y mirada ardiente, le confundía.
Podía ver que era puro fuego por dentro, pero por fuera mostraba una
máscara de frialdad que le desconcertaba.
¿Quién era realmente? ¿La mujer fogosa que percibía en la
profundidad de sus ojos? ¿O la ladrona que se llevó su posesión más
preciada y, que ahora, se hacía la inocente para librarse del castigo
que le deparaba si no entregaba lo que era suyo?
Iba a averiguarlo, costase lo que costase, ignorando en todo
momento el profundo y ardiente deseo que sentía hacia ella, cuando la
miraba a los ojos. Deseaba desprenderla de esa máscara de frialdad e
indiferencia que portaba, y mostrarle el verdadero placer de yacer con
un dragón. Poseerla hasta que le mundo explotara para los dos,
consumiendo todo lo que les rodeaba con el fuego de su pasión.
«No puedo dejarme llevar por mi animal», pensó Drake,
apretando los dientes mientras la veía dormir en su cama. La había
llevado hasta su mansión para hacerla confesar y que le entregara lo
que se llevó, pero cuando llegó a las mazmorras, no pudo dejarla en la
celda.
Por eso, acabó llevándola hasta su alcoba y tendiéndola en su
gran cama, admirando sus curvas, su suave respirar, sus sonrosados y
carnosos labios, observándola mientras dormitaba.
Esperó hasta que ella mostró signos de que iba a despertar, y
entonces lanzó un conjuro a su dormitorio para que todo lo que se
hablara entre esas cuatro paredes fuera la más absoluta verdad. Ella
no iba a mentirle en su cara. Sabría la verdad y recuperaría lo que era
suyo antes de que llegara un nuevo día.
Cuando la miró a los ojos volvió a sentir la intensa necesidad por
hacerla suya que lo abrumaba, que le sorprendía y le dejaba tenso, a
un paso de saltarle encima, arrancarle la ropa y hacer que se corriera
de gusto.
Al ver que ella se hacía la dormida, le ordenó:
―Despierta, mujer. Es hora de que hablemos.
Sonrió al verla farfullar mientras se incorporaba y quedaba
sentada sobre su cama. Una imagen que le tentaba y que provocaba
que tuviera ganas de dejarse llevar y permitir que su dragón tomara el
control de la situación.
―Atar a una mujer indefensa, muy valiente por tu parte.
«Ummm», la devoró con la mirada disfrutando al comprobar que
comenzaba a asomar el fuego que poseía aquella hermosa elfa en su
interior. No quería hablar con una sombra de la verdadera esencia de
ella. Quería su furia, su sinceridad, su anhelo, su ardiente
determinación, su fortaleza para hacer frente a sus miedos,... lo quería
todo.
Y lo iba a conseguir, de una manera u otra, esa pequeña mujer
iba a ser suya antes de que terminara el día.
Ya lo había decidido cuando comprobó que a duras penas era
capaz de acallar el deseo que ardía en su interior avivando las llamas
del fuego que poseía como dragón. Esa elfa lo trastornaba de tal
manera que solo podía significar una cosa: era su compañera eterna.
La había encontrado. Después de siglos de soledad, de noches
interminables anhelando la compañía de su amante eterna, de ser
testigo del abrasador poder de la unión de almas entre los suyos que
tuvieron la suerte de encontrar a sus compañeras predestinadas...
La encontró...
La mujer que avivaría su fuego eternamente. Quien le otorgaría la
fuerza para conquistar a sus enemigos, daría alas a sus más oscuros
deseos, y quien provocaría que la devastadora venganza se hiciera
presente cuando alguien intentara dañar lo que era suyo.
Ahora tenía que conseguir dos cosas:

Primero: Obligarla a confesar su crimen y que le devolviera lo que


se llevó. Así podría perdonarla.
Segundo: Atarla a él para siempre. Y, de paso, encerrarse en su
alcoba con ella durante un mes entero para memorizar cada uno de
sus gestos y gemidos mientras la follaba una y otra vez.
Cuando un dragón encontraba a su compañera eterna, removería
cielo y tierra con tal de mantenerla a su lado. Drake sonrió
internamente, satisfecho con el inesperado giro del destino.
Alba Martínez muy pronto iba a pasar llamarse Alba Morgan.

***

No puede ser, ¿cómo te he dicho esto?


Drake mantuvo en todo momento la sonrisa socarrona y llena de
confianza, tras escucharla admitir en alto que lo deseaba, que quería
lamerlo como a un polo de chocolate.
Le daría el gusto a la mujer, cuando recuperara lo que era suyo.
La lamería hasta que se corriera de satisfacción sexual y la tomaría
completamente, llenándola con su semilla, marcándola con su esencia
de tal manera para que ningún otro inmortal se atreviera a acercarse a
ella.
Un dragón no compartía.
Él mataría al macho que se atreviera a rozarla siquiera. La
mantendría a salvo y le pondría el mundo a sus pies si así ella lo
deseaba.
Pero antes...

***

―Ya te advertí que no podrás mentirme mientras permanezcamos en


este dormitorio. En cuanto a tus súplicas, con gusto concederé tus
deseos de explorar nuestros cuerpos cuando todo esto acabe.
―Lamió sus labios provocando que Alba saltara en la cama con
evidente nerviosismo. Ella también estaba afectada con su presencia.
La magia de los compañeros eternos estaba actuando entre los dos,
uniendo sus núcleos mágicos antes de que lo hicieran sus cuerpos,
sellando el destino de ambos para siempre―. Así que cuanto antes
confieses dónde escondiste la piedra que me robaste, antes te podré
tomar en mi cama, en la que estás tumbada ahora mismo.
¿Piedra? ¿Robo? ¿Explorar nuestros cuerpos?
―¡Estás loco o qué! ―explotó Alba, mirándole fijamente,
maldiciendo por dentro al notar cómo su corazón golpeaba con ímpetu
contra su pecho, aleteando nervioso y ansioso ante las palabras del
hombre. Le gritaba que dejara que el dragón la devorara―. Yo no te
he robado nada. No tengo ni idea de por qué apareció mi nombre en
tus informes ―le echó en cara la información que él le facilitó antes,
recordando cada minuto desde el momento en que se encontraron
cara a cara en su edificio―. Y no creas que... ―«No te deseo», pensó
engañándose a sí misma, o intentándolo, pues al final acabó
diciendo―... Que no quiero que dejes de acusarme de algo que no he
hecho, porque ya estoy cansada de repetirte una y otra vez que soy
inocente. Y pases directamente a la parte en que me vas a mostrar el
cielo con tu cuerpo.
De nuevo, Alba lucía un tono rojizo fruto de la vergüenza y estaba
a un paso de lanzarse contra la pared, para ver si el golpe la
noqueaba y dejaba de soltar sus más oscuros deseos.

***

El alivio que sintió al ver que su compañera eterna no había sido la


ladrona de su piedra de vida, fue tan abrumador que le asaltó al
tiempo en que el deseo creció exponencialmente dentro de él,
tomando el control de sus actos.
Ya no había motivos para ignorar al fuego que ardía en su
corazón, que lamía sus venas y aceleraba su respiración.
Sin perder tiempo, se levantó y caminó decidido hasta su
compañera. Había llegado la hora de marcarla, de asegurarse que
ningún otro inmortal se atreviera a acercarse a ella con intenciones de
cortejarla, pues de hacerlo, estaría muerto.
Sonrió al ver que quedaba rígida, mirándolo con la boca
entreabierta y las pupilas dilatadas.
Perfecto. Su pequeña podía sentir la mágica electricidad que
centelleaba entre ambos, cuando estaban cerca.

***

―Pero... ¿Qué haces? ―balbuceó Alba al ver que se acercaba a ella


luciendo una sonrisa confiada y peligrosa. Todo él exudaba
masculinidad y la estaba poniendo de los nervios, por no decir que
estaba ya mojada y con ganas de cumplir cada una de sus fantasías
sexuales.
«¡Pero qué me sucede!», gritó por dentro sin poder creer que lo
deseaba, que ansiaba sentir sus caricias, sus besos, su..., de su
secuestrador, de un dragón que hasta hacía unos minutos no dejaba
de acusarla de robarle algo preciado para él.
¿Ahora qué tocaba? ¿Tortura para saber si conseguía engañar al
hechizo de la verdad de algún modo? ¿O...?
Alba no se esperó lo que el dragón hizo al final.
La besó. Devorándole los labios de tal manera que sintió que la
tierra ya podía abrirse en dos y tragarla, que no le importaba nada.
Dudaba siquiera que lo notara, pues había perdido la razón y su
corazón en brazos de ese hombre. De ese...
Dragón.

***

En cuanto probó el sabor de los labios de su compañera Drake juró


que iba a cumplir todos sus deseos, que se aseguraría de conquistar
su cuerpo, su alma y su corazón. Esa hermosa elfa iba a ser suya por
completo, para siempre.
Sin romper el beso, comenzó a acariciarla, satisfecho al escuchar
sus gemidos de placer y al notar cómo se acercaba más a él, cómo se
contorneaba en busca de más contacto.
Se dispuso a desnudarla lentamente, sin dejar de besarla y
acariciarla, queriendo grabar cada segundo de ese primer encuentro.
Encontrar a la compañera eterna solo sucedía una vez en la vida de un
dragón, y el momento del marcaje era muy importante. La tomaría con
delicadeza, llevándola al orgasmo una y otra vez hasta que tanto su
dragón como su parte humana quedaran satisfechos, hasta que oliera
su esencia en cada centímetro del cuerpo de su mujer, hasta que su
cuerpo gritara una palabra: SUYA.
Su compañera.
Su mujer.
Su elfa.
La única a quien amaría, a quien se lo entregaría todo si así ella
lo pidiese. Por quien daría la vida, por quien mataría por protegerla,
por...
Por quien jadeaba a un paso de correrse por la belleza de su
cuerpo desnudo, ante la suavidad de su piel, ante la dulzura de sus
besos y el fuego que percibía en sus ojos, en sus movimientos.
SUYA.
Tan hermosa, tan...
Inocente.
Pues ella no le había robado la piedra. De eso estaba seguro. No
solo por el hechizo de la verdad que lanzó en su alcoba, sino porque
su dragón le indicaba que olía la verdad. Su pequeña no había sido, y
ahora solo le quedaba averiguar quién fue la que implicó a su mujer y
robó su piedra de vida.
Pero antes de desatar la furia de su venganza contra el culpable,
a quien muy pronto daría caza: marcaría a su compañera.
―Tan hermosa ―murmuró cortando el beso, atrapando los
gemidos de ella al estar apenas unos centímetros separados. Sus
cuerpos estaban a punto de volverse uno. Drake cubriéndola con su
fornido y duro cuerpo, ella jadeando bajo él, nerviosa, con el corazón
latiéndole desbocado contra el pecho.

***

Alba abrió los ojos y se quedó prendada de la mirada del hombre,


sorprendiéndose que sin darse cuenta ya estaba desnuda, gimiendo
al notar cómo la acariciaba con dulzura, cómo le dejaba un camino de
suaves besos en el cuello, cómo se colocaba encima de ella rozándola
con su miembro duro y listo para la batalla.
―Tan hermosa ―escuchó cómo susurraba muy cerca de sus
labios, encendiéndola todavía más.
Que un hombre como ese, tan hermoso, tan masculino, con sus
penetrantes y oscuros ojos negros, con su largo cabello como el
plumaje del cuervo, su cuerpo duro y musculado..., se fijara en ella,
parecía un regalo del destino que no tenía su nombre pero que por
arte de magia apareció en su vida.
Tal vez si fuera más joven lo apartaría de su lado, no permitiría
que la tomara sin conocerle antes, sin poder entregarle su corazón y
recibir el suyo a cambio. Pero ahora..., tras siglos presenciando cómo
su hermana le robaba todas sus ilusiones, sus novios, siempre
acusándola de ser la fea de la familia... No iba a negar lo que el
destino le puso en su camino. Ese hombre era hermoso y, pese a que la
secuestró, se portó con honor con ella, además..., había algo entre los
dos que conseguía que su núcleo mágico vibrara de tal manera que la
conducía al borde del abismo, a un paso de rozar el cielo con las
manos.
«Puede que no tenga un futuro a su lado,... puede que no sea
más que un juego para él,... pero no quiero negar el deseo que me
produce, el deleite que estoy sintiendo en sus brazos. Quiero sentirme
hermosa por una vez en mi vida, quiero ser la protagonista absoluta de
la historia. Quiero...», se sorprendió al mirarle a los ojos y comprender
la verdad... «Lo quiero a él».
No le conocía. No sabía ni siquiera su nombre. Solo que era un
dragón poderoso que la acusó de un robo por unas pruebas falsas
que encontró y que la señalaba a ella, y que ahora estaba
devorándola lentamente, venerando su cuerpo conduciéndola
lentamente hasta el orgasmo, hasta esa explosión de pura electricidad
y magia que burbujeaba en su piel, que amenazaba con presentarse
ante ella por primera vez en su vida.
El dragón se parecía a uno de esos modelos de las portadas de
las novelas de romántica que te dejaban con unas terribles ganas de
que salieran de las mismas para que cumplieran tus deseos. Nunca
creyó que un hombre como él se fijara en alguien como ella, una elfa
que el uso de la magia le revolvía el estómago y se dedicaba a escribir
novelas de amor para llenar el vacío que era su vida. Pero ahí lo tenía,
a escasos centímetros, mirándola como si fuera lo más hermoso del
mundo, acariciándola con una pericia que la estaba volviendo loca,
excitándola y humedeciéndola, preparándola para él.
Lo necesitaba. Lo deseaba. Quería sentirle dentro de ella,
disfrutando del placer de la unión.

***

―Mía ―gruñó Drake, admirándola, sintiéndose afortunado por tenerla,


por haberla hallado.
Si no fuera por el valor de la piedra de su vida, hasta le habría
perdonado la vida al ladrón, pero robar a un dragón su corazón, lo
que le hacía inmortal era un pecado que se condenaba con la muerte.
Las leyes de los dragones eran muy rígidas y estrictas. No había
salvación para quien se llevó la piedra.
Acabaría muerto por sus garras.
Solo le habría perdonado la vida si hubiese sido su compañera,
pues un dragón por nada del mundo dañaba a su amante eterna, pero
como su pequeña era inocente... Drake notó como el dragón rugía
dentro de él, excitado por el rumbo que estaba tomando el robo. Ahora
tendría un ladrón al que cazar y una mujer a la que amar.
No podía ser mejor el día.
Se centró en el preciado tesoro que estaba tumbado en su cama,
mordisqueándole el cuello, acariciándole los turgentes pechos. Tenían
el tamaño de sus manos, y por lo que pudo comprobar eran muy
sensibles, dándole placer a su compañera mientras los acariciaba y le
pellizcaba los pezones.
Su elfa se arqueó cuando abandonó su cuello para atrapar uno
de sus pezones entre sus labios, chupándolo y tironeando de él. Drake
sonrió al escuchar cómo los gemidos de la joven alcanzaban niveles
que seguro que los demás miembros de la mansión, podrían escuchar.
No le importaba. Aquella mujer era suya y los demás lo sabrían
muy pronto. Su familia no tendría otro remedio que aceptarla y acogerla
con cariño y respeto, o tendrían que hacer las maletas y largarse lejos.
Nadie dañaría a su compañera. Nadie.
―Me vuelves loco ―reconoció devorándola con la mirada tras
liberarla de la tortura que era acariciarle los pechos y juguetear con
sus pezones.
Si esperaba acaso que le respondiera, que siguiera esperando
porque era incapaz de articular palabra, o de pensar, solo sentía y
jadeaba, disfrutando de cada beso, cada caricia...
―Ahhh ―gimió en alto, abriendo muchísimo los ojos al sentir como
el duro miembro del hombre presionaba contra su húmeda entrada.
Estaba preparada, lista para tomarlo y descubrir si sus expectativas se
iban a cumplir o no, si iba a rozar ese cielo que prometía cada
movimiento de él.
―Mi dragón me está volviendo loco con sus exigencias, ya no
puede esperar para tomarte y marcarte como su compañera, y yo
tampoco.
A muchos les sorprendían que los dragones hablaran como si
fueran dos entidades diferentes conviviendo en un mismo cuerpo, y en
esencia eso era lo que eran. Tenía una forma humana y otra animal en
la que adoptaba la forma de un dragón de más de quince metros de
altura con una coraza del color de la noche que ninguna arma podría
penetrar y en el cual la magia rebotaba sin dañarle. Los dragones
eran peligrosos porque poseían la capacidad de pensar como un
hombre y como un animal, permitiendo que este último tomara el control
de la situación si así era necesario, convirtiéndose en los más
sanguinarios enemigos que podrías soñar en tus peores pesadillas.
En su caso, su dragón rugía desesperado dentro de él,
arañándole la piel y provocándole que el dolor del deseo no
satisfecho se volviera una auténtica tortura. Necesitaba asegurar el
marcaje, poseer a su compañera para luego disfrutar de ella, mostrarle
que podía ser delicado y minucioso mientras se deleitaba con su
cuerpo, con su aroma, con su sabor. La lamería, la tomaría con calma,
descubriendo lo que a ella le hiciera gritar de puro gozo. La acariciaría
hasta que presenciase cómo se estremecía al llegar al orgasmo. Le
demostraría que era capaz de cumplir cada una de sus fantasías, y el
mundo entero si así se lo pidiese.
Convivir con un dragón no era fácil, eran dueños de centenares
de negocios tanto en el mundo mortal como el inmortal y, por tanto,
poseían enemigos poderosos que no dudarían en atacarle con lo que
podrían destruirle: sus compañeras. Las amantes eternas de los
dragones debían ser fuertes, capaces de calmar la furia de sus
compañeros, de enfrentarse a su mundo, a las envidias que provocaba
su posición social dentro de los inmortales pues numerosas mujeres
querrían ocupar su lugar.
Sonrió al recordar como la mujer de su primo le partió la cara a
una vampiresa cuando la vio coqueteando con su dragón en la última
fiesta de los clanes. Fue divertido ver la furia de la pequeña banshee, y
cómo su primo acabó casi desnudándola en medio de la pista
satisfecho y excitado por los deseos de su compañera, al ver que era
tan posesiva como él.
El mundo en el que vivían podía llegar a ser muy cruel, pero los
compañeros compartían destino y sus almas, mostrando una unión
eterna que ninguna otra raza inmortal poseía.
Un dragón solo elegía una vez en su vida a quien amar, y si
perdía a su compañera, a su compañero..., acabaría consumiéndose
lentamente hasta perder la vida.
―Te entrego mi alma y mi futuro, eres dueña de mi pasado y mis
tesoros, de mis deseos y exigencias, mi dragón te acoge en su
corazón, moriremos por protegerte si es necesario ―comenzó a recitar
el ritual de marcaje, mirándola fijamente a los ojos, mientras se
posicionaba contra su húmeda entrada. Presionó un poco
adentrándose en el estrecho canal. Apretó los dientes ante el intenso
placer que le produjo sentir esa calidez, acallando la necesidad de
hundirse hasta la empuñadura, y perderse en el gozo de hacerla suya
sin barreras, derramando su semilla cuando la sintiera temblar en sus
brazos tras saborear su orgasmo―. Desde este momento me
perteneces, al igual que mi dragón y yo te pertenecemos. Seremos uno,
por siempre. ―En este momento la penetró hundiéndose por completo
en su interior, finalizando de esta manera el ritual que los uniría
eternamente.
Alba jadeó en alto y se tensó al notar cómo se rompió su himen. Le
sorprendió notar que apenas notó una pequeña molestia, que
enseguida desapareció cuando él comenzó a moverse lentamente,
saliendo y entrando de su cuerpo, comenzando un ritmo que poco a
poco fue aumentando de intensidad.
Drake estuvo a punto de aullar de dicha al notar que fue el primer
hombre de su pequeña. Estaban en el siglo XXI pero para un dragón
de más de mil años, como era él, el ser el primero de su compañera, y el
único, era un regalo que atesoraría siempre. Ningún otro macho iba a
tocarla jamás, ningún otro macho la tocó, le provocó el placer que le
estaba dando él. Ningún otro escuchó sus gemidos, la vio sonrojarse,
cerrar los ojos y arquear la espalda cada vez que se hundía dentro de
ella. Ningún otro iba a derramar su semilla en su interior, ni sería el
padre de sus hijos.
Ella era suya.
«Nuestra», escuchó una voz complacida y grave dentro de su
mente.
«Sí, nuestra», concedió, respondiendo a su dragón, que en muy
pocas ocasiones le hablaba. Eran dos entidades conviviendo en un
mismo cuerpo, eran dos mentes que se mantenían conectadas de tal
manera que no se veía cuando acababa una y comenzaba la otra, el
dolor de uno, era el dolor del otro y viceversa. Los dos eran un mismo
ser que a partir de ese instante, viviría por y para complacer a su
compañera.
―Eres perfecta ―jadeó sin dejar de moverse, penetrándola con
estocadas profundas, colmándola con su grosor y su longitud. Con
cada movimiento los dos se encontraban, profundizando la
penetración. Su pequeña arqueaba la espalda cuando él se lanzaba
hacia delante para hundirse profundamente y sentir un placer intenso
que lo acercaba al orgasmo.
Pero no iba a correrse hasta que ella lo hiciese primero. Quería
que explotara y le exprimiera hasta la última gota de su semilla,
acogiendo su esencia en su interior.
―No es así ―consiguió balbucear Alba, entreabriendo los ojos y
gimiendo al volver a sentirle avanzar dentro de ella, con movimientos
duros y profundos que estaban moviendo hasta la cama, golpeando la
pared con el cabecero de metal. Las sábanas quedaron arrugadas a
su alrededor, amenazando con caer al suelo, olvidadas en esa danza
sexual que uniría dos almas para siempre.
Drake se movió hasta conseguir que ella se sentara sobre él,
empleando su fuerza para moverla sin problema y sin esfuerzo.
Alba gritó cuando sintió que él se retiraba y la levantaba del
colchón, penetrándola cuando la sentó sobre él. Con esa nueva
postura lo sintió mucho más adentro, tan profundo que estuvo a punto
de correrse. Él la sujetó por la cintura y comenzó a moverse, sin apenas
separarse de ella, con penetraciones suaves y muy seguidas.
―Mírame, Alba. ―Ella así lo hizo, sorprendiéndose al escuchar su
nombre. Era la primera vez que la llamaba así, pues antes siempre la
llamó mujer o elfa. Drake esperó a tener su total atención y sin dejar de
moverse, disfrutando de esa nueva postura al tener a mano sus pechos
para juguetear con ellos mientras la penetraba, para decirle―: Eres
muy hermosa, tu cuerpo me vuelve loco y soy muy afortunado por el
regalo que me has concedido cuando nos hemos unido. ―Sonrió al
verla avergonzarse ante él. Detuvo sus movimientos para acercar su
rostro al de ella y susurrarle, antes de robarle un beso que los dejó a
los dos jadeantes y con ganas de alcanzar juntos las estrellas―. Eres
mi compañera, mi pequeña. Y los dragones solo juramos amor una vez
en la vida.
Tras ese beso Drake liberó su deseo tomándola sin contenerse,
penetrándola una y otra vez mientras besaba y mordisqueaba su
cuello. Alba cerró los ojos y se dejó llevar por lo que estaba
experimentando, abrazándose con fuerza a ese hombre que había
trastocado su existencia.
Y en apenas unos segundos, cuando sus núcleos mágicos se
reconocieron como almas gemelas y se unieron,... los dos rozaron el
cielo, explotando en un orgasmo que los dejó jadeantes y sudorosos,
abrazados uno al otro.
Alba entreabrió los ojos después de gritar cuando descubrió que
era capaz de sentir uno de esos orgasmos que con tanto detalle
describió en sus novelas, de esos que te dejan con la piel sensible, el
corazón desbocado, la piel con una fina capa de sudor dulzón y
sentías un cosquilleo por todo el cuerpo que persistía aún pasados
unos segundos. Le sorprendió que siguiera consciente tras el placer
que experimentó, pues no solo fue carnal, también muy dentro de ella
percibió como la magia reconocía al hombre y la abrazaba como
propia. Eso nunca le había pasado a un elfo, o al menos que ella
supiese, quizás sí que era verdad que era su compañera y era algo
que solo los dragones pasaban. De ser así,... era muy afortunada, o...
¿quizás no? Solo le quedaba averiguarlo con el tiempo.
Cuando ya creía que él iba a separarse para descansar, lo sintió
volver a ponerse rígido dentro de ella y a moverse, sacándole unos
gemidos entre dolor y placer, que atrajeron la atención de él.
―¿Pero cómo es posible? ―murmuró entre jadeos, intentando
por todos los medios no cerrar los ojos ante el placer que estaba
sintiendo.
―¿Acaso creéis que iba a ponerme a dormir a pierna suelta
después de haberte catado? ―Por la expresión de ella, le dio a
entender a Drake que eso era precisamente lo que esperaba de él.
Ante eso, rompió a reír, al tiempo en que se echaba hacia delante para
quedar tumbados nuevamente sobre la desordenada cama―. Ah, mi
compañera, que poco conoces a los dragones. No saldrás de este
cuarto hasta que me sacie de tu sabor, y te aseguro que mi apetito es
inmenso. ―Se agachó hasta besarla y susurrarle, antes de comenzar a
penetrarla esta vez con estocadas fuertes y decididas, aprovechando
la lubricación natural y por la liberación de su semilla. Esta vez no
contendría al dragón y le dejaría mostrar su abrasadora pasión―.
Cada noche, cada día..., necesitaré probar tu cuerpo.
―¿¡Qué!? ―gritó Alba antes de perderse en el beso que él le
robó y jadear con cada estocada. Estaba sensible y el placer que
estaba sintiendo era mucho más intenso, lanzándola al orgasmo,
tomándola por sorpresa. Pero él no se detuvo, continuó moviéndose,
imponiendo ahora un ritmo que la estaba volviendo loca.
Drake rio en alto al notar la confusión y la perplejidad en el rostro
sudoroso y sonrosado de su compañera. Era divertido que creyera que
solo necesitaba una vez para quedar satisfecho. Los dragones eran
criaturas nacidas del fuego que necesitaban abrasarse y avivar las
llamas que vivían en su interior.
Llevaba siglos buscando a su compañera, ya creyendo que era
uno de los pocos desafortunados de su raza que morían sin conocer a
su otra mitad, por eso ahora que la tenía entre sus brazos, bajo ella,
apretándolo con su húmedo canal, abrazándolo y arañándole la
espalda...
―Oh, sí, mi pequeña elfa... Necesitaré el resto del día para
saciarme de ti...
Acalló su posible queja con otro beso, satisfecho con el giro
inesperado de su vida.
Objetivo marcar a su compañera: cumplido.
Cuando se saciara de ella saldría de caza..., atraparía al ladrón y
recuperaría su piedra de vida.
Pero antes...
―No eres normal...
Drake volvió a reír disfrutando del humor de su compañera.
Tenían toda una vida para conocerse, y ese día iba a asegurarse de
memorizar lo que a ella le gustaba. Ver como alcanzaba el orgasmo era
lo más hermoso que presenció jamás. Esas mejillas sonrosadas, sus
labios entreabiertos y esos ojos del color del cielo del verano nublados
por el placer era...
―¡Cómo es posible que estés todo el tiempo duro!
―Eso es porque eres tú, mi hermosa compañera ―le susurró―. Y
hoy conocerás la pasión de un dragón... Tu dragón.

Al día siguiente

―¿Dónde está la ladrona? ¿No la atrapaste y en su lugar te trajiste a


casa a una puta con la que...?
Drake rugió acallando a su molesta prima, que le increpó nada
más verlo entrar en el salón principal de la mansión. El buen humor con
el que se despertó esa mañana desapareció y todo por culpa de esa
chiquilla que estaba enamorada de él desde que eran pequeños, o
eso es lo que quería creer la joven, pues todos sabían que los
dragones solo poseían un alma gemela, y no era ella.
Sus suposiciones de que su familia había escuchado gemir y gritar
de puro gozo a su compañera se confirmaron por las miradas
avergonzadas de sus padres, las jocosas de sus hermanos pequeños
y la furiosa de la molesta chiquilla que insultó a su amante eterna.
―¡Ya basta, Judith! Esa puta, como tú la has llamado, es mi
compañera, y te ordeno que la trates con respeto o...
No se esperó lo que sucedió a continuación. Cómo su prima se
lanzó con las garras extendidas hacia él, dispuesta a sacarle los ojos.
Él no tenía intención de dañarla, pero no iba a permitir que la
temperamental dragona se desquitara con él, por no cumplir sus
caprichos.
Le lanzó un conjuro de viento, provocando que acabara
estrellándose de espalda contra la pared, al otro lado del cuarto.
―¡Drake! ―gritaron los demás presentes en la sala, sus padres,
sus tíos, además de sus hermanos con sus respectivas compañeras.
―No voy a permitir que esta cría siga inmiscuyéndose en mi vida,
estoy cansado de soportarla, y voy a proteger a mi compañera de
cualquier insulto o mal gesto. Este es mi hogar y el que no esté de
acuerdo que coja sus pertenencias y que se largue con Judith. ―Esta
le miró desde el suelo con cara llorosa y los ojos llameantes de furia y
odio. Ya tenía que haberla echado de su mansión hacía varios siglos
pero, por no soportar a sus padres, aceptó que se quedara pese a que
le molestaba su sola presencia. Pero ya no más―. Tienes dos horas
para hacer tus maletas e irte.
Esta se levantó y acabó gritando al tiempo en que los demás
quedaban unos impactados por el ultimátum, y otros alzando la voz al
no estar de acuerdo con su decisión.
Drake ignoró a sus tíos, que bien podían irse con su querida y
malcriada hija a otro lado.
―¡No puedes hacerme esto! ¡Tú me perteneces! ¡Eres mi destino!
―¡BASTA! ―rugió con rabia, no dispuesto a perder ni un minuto
con esa loca. ¿Es que acaso no veía que los dragones se unían con el
alma, a través un enlace mágico que era eterno e irrompible? ¿No por
el capricho de una cría que desde niña mostró que se creía el centro
del Universo?―. ¡Te irás ahora mismo! Y tus padres te acompañarán,
estoy cansado de tener que soportar la presencia de la «familia» por
obligación. Tus pertenencias se enviarán cuando le informes a mi
secretario de tu nueva dirección. No vuelvas a aparecer en mi camino o
no dudaré en acabar contigo, te destrozaré de tal manera que tendrás
que cambiar de continente. Y vosotros... ―Miró a sus padres y a sus
hermanos, sus cuñadas por suerte asentían satisfechas al ver que
defendía a su compañera, y le daba la lección que merecía Judith, y
por lo que pudo ver no era el único harto de su presencia... ―... Si no
estáis de acuerdo con mi decisión podréis acompañarles allá donde se
vayan. A partir de ahora mi vida girará en torno a mi compañera, y no
quiero que le hagáis daño con vuestros comentarios o desprecios.
Antes de que llegaran a responderle, la puerta del salón se abrió
y la furia que lo estaba cegando en esos momentos se esfumó ante la
inesperada aparición de la mujer a la que le entregó su corazón.
―Te estaba buscando y... ¡oh! ―exclamó Alba al ver que no
estaban solos, que había más gente en el cuarto. Se estremeció al ver
el odio brillar en varias personas que la miraban fijamente. Se le pasó
por la cabeza el refrán de «si las miradas mataran, ya habría caído
muerta varias veces al suelo».
―Mi amor, mi pequeña compañera. ―Avanzó Drake hasta ella,
esbozando una gran sonrisa.
Alba en ese momento tuvo que aceptar que le había echado de
menos. Que necesitaba verle, sintiendo un vacío en su interior cuando
estaba lejos de él. A su lado su núcleo mágico y su corazón bailaban
satisfechos y felices, iluminando su rostro mostrando a todos que la
unión se había completado con éxito y estaban unidos para siempre.
El día anterior había sido el más extraño que había sucedido en
su vida. La habían secuestrado, luego había yacido con un hombre
que parecía que no conocía la palabra «cansancio» y durmió en sus
brazos toda la noche, despertándose sola en la gran cama, y sintiendo
un agujero de pesar en su interior cuando él no estaba a su lado.
Gracias a la conexión que notó en su núcleo mágico pudo
localizarlo en aquella inmensa mansión. Y ahora que estaba frente a
él..., no se esperó ser fulminada con la mirada por la mitad de las
personas que estaban en esa habitación, y no sabía muy bien cómo
actuar.
Quería abrazarle, decirle que lo echó de menos, o preguntarle
cómo era que era capaz de percibir dónde se encontraba, o si todo lo
que había sucedido el día anterior había sido un sueño. Tenía tantas
preguntas y dudas y..., era incapaz de formular alguna delante de un
público expectante. Además quería comentarle que tenía una
sospechosa para el robo: su hermana. Recordaba la extraña y
alocada petición de Miriam, robar el tesoro de un dragón. Debía ser
ella la que lo robó y la culpabilizó para librarse de nuevo del delito y
quedar como la buena. Estaba cansada de ser tratada como un trapo
por su familia, por su propia hermana, y si descubría que fue realmente
ella, que sus sospechas eran ciertas, le arrancaría cada pelo de su
cabeza, con sus propias manos. No creía en las coincidencias. Su
hermana quería apropiarse indebidamente del tesoro de un dragón y
ahí estaba ella, en la casa de un escupe fuego tras haber sido
acusada del delito de robo. Si su hermana no era culpable, ella dejaría
de comer chocolate durante un mes..., algo que sería una verdadera
tortura al ser adicta al dulce sabor del mismo.
Cuando estaba a punto de pedirle que saliera un momento fuera
para avisarle que tenía que ir a su casa, y que necesitaba un teléfono
para llamar un taxi al ser incapaz de teletransportarse, por más que lo
intentó, una voz la sobresaltó y la asustó:
―¡Por esa perra me has echado de mi casa!
No lo vio venir,... el ataque por sorpresa de una llamarada de
fuego iba directamente hacia ella.
Drake se movió con rapidez cubriendo a su compañera con su
cuerpo, protegiéndola del fuego. Los dragones no se quemaban pero
su mujer podía salir dañada si el ataque de su prima la alcanzaba.
Mientras las llamas los lamía, solo pensó en una cosa: en matar a
Judith.
Se escuchó un golpe seco y luego la rabiosa voz de su prima:
―Padre, ¿por qué me has golpeado?
―¿Cómo se te ocurre atacar a la compañera de tu primo? No me
extraña que nos quiera ver lejos de esta mansión.
―Él es mío. La bruja me aseguró que odiaría a la mujer que leyó
en su destino, él tendría que haberla matado cuando acudió a...
―¿Entonces no fue mi hermana la que te robó, sino esa chica?
―murmuró para sí misma Alba, sin ser consciente que la escuchó el
resto de la sala.
―¿Tu hermana? ―preguntó Drake, mirándola con atención, tras
separarse un paso de ella ahora que ya no había peligro. En todo
momento la mantenía lejos de las miradas del resto de su familia que
seguían a espaldas de ellos. No iba a cometer el error de dejarla
desprotegida de nuevo.
Se enfureció al ver que su pequeña elfa tenía algunos mechones
quemados, además de las mejillas enrojecidas y respiraba con algo de
dificultad por el calor que los cubrió durante segundos.
Ella asintió ajena a su furia, que iba dirigida a su familia y en
especial a su prima.
―Sí, mi hermana me comentó que quería robarle algo a un
dragón y que debía hacerlo yo y...
―¡No he sido yo! Ha sido esa zorra la que se ha llevado tu piedra
de vida ―gritó Judith satisfecha ante sus palabras, cruzándose de
brazos y mirando con altanería a los presentes―. ¡Veis! No se puede
confiar en esa perra y...
―¿Cómo sabes que lo que me fue sustraído es mi piedra de vida?
―preguntó Drake dándose la vuelta, manteniéndose en todo momento
frente a su compañera. La iba a cubrir con su cuerpo, con su propia
vida. Ya había comprobado que ni de su propia familia podía fiarse.
―Eh… por… ―titubeó Judith, odiando con toda su alma a la elfa
que estaba plantada tras SU primo. Drake era suyo, siempre lo fue, solo
que él no lo había visto aún. Tendría que deshacerse de esa perra
para poder hacerle ver a su primo que eran almas gemelas, que
podían forzar a la magia a unir sus almas si así lo exigiesen―. Tú nos
lo dijiste a todos ―confesó finalmente tras unos segundos de tensión y
dudas.
―Eso es mentira, Judith, él nunca nos dijo que era una piedra,
nunca mencionó el objeto que le robaron, solo nos informó que
alguien sustrajo algo suyo hace dos días, creo recordar ―intervino la
compañera del hermano más pequeño de Drake, una joven dulce de la
que nadie sospecharía que era una banshee capaz de hacer frente a
cualquier hembra que se acercara a su marido. Quien muchas noches
rompía la calma de la mansión con el grito de la muerte, por culpa de su
trabajo de mensajera.
Su padre La Muerte intentaba no darle más trabajo del que
repartía a sus otras sobrinas banshees, pero aún así muchas noches
todos se despertaban con un espeluznante grito que duraba
segundos y que conseguía que no volvieran a dormir en horas. La
pobre no podía acallarlo, debía gritar transmitiendo el mensaje de su
padre que le llegaría a la víctima allá donde estuviese en sueños, como
una mala pesadilla de la que quieres despertar pero que, por
desgracia, te muestra el final de tu vida. La mala suerte es, que además
de la víctima, todos los que estuviesen cerca de la mensajera lo oirían...
Drake no sería capaz de dormir cada noche con alguien que
podría gritarte tu propia muerte..., pero él no era el que estaba
perdidamente enamorado de esa pequeña chillona del más allá, su
hermano sí, y se desvivía por ella.
―Es cierto lo que dice Mandy. Mi hermano nunca nos informó que
era su piedra de vida lo que le robaron ―respaldó el marido de
Amanda, mirando a su hermosa banshee con absoluta adoración.
Judith se vio acorralada al ver que todos se giraron hacia ella,
con reprobación en sus gestos. Robar la piedra de vida era un delito
grave, penado con la muerte, sin importar si eras hombre o mujer, y ella
se había condenado con esa acción.
―Yo no la robé, le pagué a una elfa para que lo hiciera pero la
imbécil no se atrevió así que tuve que...
«Mi hermana no robó nada al final», se mostró aliviada Alba,
suspirando por dentro. Lo que menos quería ahora era tener la
culpabilidad de Miriam sobre su conciencia.
―Así que, ¿qué es lo que tuviste qué hacer? ―exigió saber
Drake echándole en cara las palabras que barbotó con nerviosismo
Judith.
Esta se mostró atemorizada al ver que el plan que estudió hasta el
último detalle se resquebrajaba ante ella, como una torre de naipes,
exponiendo cada una de las cartas con las que intentó ganar el
premio gordo.
Sabía que la condena por robar la piedra era la muerte, aunque
dudaba que Drake se atreviera a ejecutarla si no quería tener a media
familia en su contra, pero... quizás tendría que tomar otro rumbo de
acción para no perderle. No podría vivir sin su dragón. Él era suyo y
prefería verlo muerto que en brazos de otra mujer.
―¡Tuve que hacer lo que era necesario para tenerte! ¿Acaso no
ves que estamos predestinados a estar juntos? ¿Qué eres mío?
―bramó Judith sin llegar a confesar lo que llegó a hacer. No iba a
admitir que tenía la piedra en su cuarto, bajo su almohada tras haberla
robado de la caja fuerte del cuarto de él. No iba a confiarle a nadie ese
bien preciado, el corazón de un dragón, la piedra que poseía la
capacidad de destruir a uno de los suyos. Cada uno de ellos, en el
momento de su primera transformación, expulsaban por la boca una
piedra palpitante, que era la mitad del corazón del dragón, y por la que
se aseguraban de ser invencibles pues para matarles era necesario
destruir el cuerpo y la piedra al mismo tiempo.
Drake se apareció frente a su prima agarrándola por el cuello,
apretándoselo con la tentación de rompérselo sin miramientos.
―Debería matarte aquí y ahora ―expuso dispuesto a permitir que
su dragón obtuviera la ansiada venganza. Este quería la sangre de
esa zorra, desgarrarla con sus garras y colmillos, ya luego se
encargaría de buscar la piedra. Lo único que quería en esos
momentos era acabar con ella, nada más.
―No... puedes... soy tu alma gemela y...

***

Iba a matarla.
Lo podía ver con la furia que se percibía en la tensión de su
cuerpo, en la fuerza que estaba imprimiendo en su agarre. Por mucho
que estuviese tentada a dejarle que le rompiera el cuello, no podía.
Era su prima, su familia, además de una imbécil insufrible que no
dejaba de gritar que el dragón era suyo. Alba no podía aceptarlo. No
quería que la relación que esperaba mantener con él comenzara con
un baño de sangre.
Así que cuando escuchó las balbuceantes palabras de esa loca,
corrió hacia donde estaban al lado otro lado del cuarto y paró a su
dragón en el último momento, apoyando una mano en su tenso brazo.
―Por favor, no la mates. ―Sintió la mirada sorprendida de todos
sobre ella, pero los ignoró manteniendo la que le dedicó el hombre. No
iba a echarse hacia atrás por mucho que le tentara deshacerse de esa
loca o por mucho que viera la furia y el dolor en los ojos de él. La
muerte nunca era la solución a ningún problema, solo atraía dolor y
remordimientos―. No vale la pena. ¿No ves que está loca? Pídele que
te devuelva eso que te robó. ―Esa piedra de vida debía ser muy
valiosa para que estuviera dispuesto a matar a alguien de su familia.
Más tarde le tendría que preguntar qué era si él aún estaba dispuesto
a mantenerla en su vida. Sentía que al inmiscuirse en medio de un
problema familiar estaba tensando la cuerda de una relación naciente
que podría romperse―. Y que se vaya lejos. No le arrebates a su hija a
tus tíos. ―Vio duda en los ojos de él, así que insistió―. Por favor
―suplicó, bajando la mano, alejándose un paso del dragón.
Él ahora debía tomar una decisión.
Matar o no a su prima.
Matar o no a una mujer que enfermó por la obsesión hacia él,
pues eso nunca sería considerado amor.
―Por ti, mi amor. ―claudicó Drake, maldiciéndose por dentro por
no romperle el cuello a Judith. Esa hija de puta no merecía otra cosa. Si
su plan inicial hubiese salido bien, él podría haber dañado o incluso
matado a su compañera. Pero era cierto que había preguntas que
necesitaban respuestas. ¿Cómo supo que Alba era su compañera?
¿Qué bruja va vendiendo los secretos de los dragones? ¿Cómo ella
pudo verlo? ¿Dónde escondió su piedra de vida?
Bajó el brazo y soltó a la perra de su prima, quien cayó de rodillas
ante él, respirando agitadamente y tocándose el cuello con sus
temblorosas manos.
―Le debes tu patética vida a mi compañera. Por su petición te
dejaré vivir ―se giró para mirar a sus tíos quienes lloraban en silencio
después de todo lo que habían presenciado en ese salón. A su lado
estaban sus padres y sus hermanos, dispuestos a proteger a su
pequeña elfa si alguien intentaba atacarla en un último intento
desesperado―. Os la llevaréis lejos de mí, hace tiempo que debíais
haberle buscado ayuda psicológica. No la quiero cerca de mis tierras o
mis posesiones o me olvidaré de la petición de mi compañera y
acabaré con ella.
Sus tíos asintieron en silencio y se acercaron hasta su hija, para
levantarla del suelo.
―Antes de iros que le entregue la piedra a mis padres.
―Así lo hará, Drake ―murmuró con voz temblorosa su tía, la
hermana de su madre―. Gracias por no arrebatarnos a nuestra hija
aunque era tu derecho hacerlo por robarte.
Drake asintió con la cabeza y avanzó por el salón tras tomar de la
mano a su compañera.
Alba creía que iba a echarle una bronca por haberse inmiscuido
en los asuntos de familia pero la sorprendió al notar como la abrazaba,
nada más salir del cuarto, tras cerrar la puerta tras ellos.
―Yo... ―comenzó a decir Alba para ser interrumpida por él
cuando la apretó con fuerza y le susurró.
―Siento que tu primer encuentro con mi familia haya sido así.
Estoy furioso conmigo mismo por haberte puesto en peligro, debí haber
visto que la obsesión de Judith se convirtió en locura.
―Yo... siento haber sido la causa de que...
―¡Ni se te ocurra disculparte! ¡Tú no has hecho nada! Yo te puse
en peligro, y Judith no merecía tu compasión... ―Ahora se arrepentía
por no haberla matado. Dejarla con vida era un riesgo para su
compañera, por si la loca de su prima volvía a atacarla.
―Toda criatura en este mundo merece una oportunidad para
redimirse ―recitó uno de las leyes élficas.
Drake se desternilló de la risa, negando con la cabeza sin dejar
de apretarla contra su cuerpo en un abrazo posesivo.
―Mi pequeña compañera es una pacifista, si que se van a reír mis
hermanos de mí. Ahora ya no podremos burlarnos de Niall por su
compañera Amanda... ―negó con la cabeza recordando las veces que
tanto su hermano Liam como él, se burlaban del pequeño de la casa
echándole en cara si su Mandy era tan gritona en la cama como
cuando transmitía un mensaje de su padre La Muerte.
―Soy una elfa, la guerra no va con nosotros.
Drake dejó de reír y miró fijamente al amor de su vida, a la dueña
de su corazón y su alma.
―Por lo que dijiste en el salón no todos los elfos son como tú, tu
hermana sin ir más lejos quería robarme...
Alba se puso roja de la vergüenza y la rabia, no quería ni pensar
en lo que pudo haber pasado si hubiese aceptado la alocada
propuesta de Miriam. Quería creer que su dragón le habría perdonado
la vida y la habría aceptado como su compañera de igual modo,
aunque habrían comenzado la relación con una desconfianza muy
grande que tardaría tiempo en desvanecerse.
―Punto para ti ―le concedió sin poder defender a su hermana y
sin querer hacerlo. Su hermana era una zorra caprichosa que le había
hecho la vida imposible desde que eran pequeñas.
―Será divertido cuando conozca a tus padres y a esa hermana
tuya, tanto mi dragón como yo le daremos un recuerdo que nunca
olvidarán ―se carcajeó Drake pensando en asar a sus futuros suegros
y a su futura cuñada hasta que quedaran doraditos y no volvieran a
dañar a su compañera. Pues ningún progenitor permitiría que uno de
sus hijos torturara o se aprovechara del otro si realmente los protegía y
los amaba a los dos por igual. Él tenía la sospecha que los padres de
su compañera no fueron buenos para ella y, de algún modo, les dejaría
claro que no iba a permitirles que se inmiscuyeran en la vida de su elfa
nunca más.
―¿Conocerlos? ―balbuceó Alba sin poder creer la velocidad
que había tomado su...―. ¿Estamos en una relación, no? ―preguntó
finalmente lo que la re carcomía por dentro.
―¿Qué tipo de pregunta es esa? ¿Acaso no te digo una y otra vez
que eres mi compañera? ―Ella asintió en silencio con los ojos llorosos
y los labios temblorosos, a un paso de romper a llorar abiertamente de
la emoción. Sus sueños se estaban cumpliendo en brazos de ese
hombre, de su abrasador dragón―. Ser la compañera de uno de los
míos significa estar junto a tu pareja hasta el día de nuestra muerte, es
soportar nuestra pasión, nuestro continuo deseo por complaceros o
protegeros, nuestro fuego interior o el deseo de matar a cualquier
macho que se te acerque con intenciones de cortejarte. Eres mía, al
igual que yo te pertenezco y mi dragón te adora. ¿Aceptas ser mi
compañera? ―le preguntó pese a que la unión ya había sido
afianzada en el momento en que conquistó su inocencia, en el que se
volvieron uno a través de la carne.
―Sí... ―susurró Alba, notando como sus lágrimas se deslizaban
silenciosas por sus mejillas.
―Menos mal que has dicho sí, elfa, porque sino...
―¿Qué habrías hecho si te digo que no? ―preguntó ella, con
curiosidad.
―Encerrarte en nuestro cuarto y mostrarte lo que te pierdes, una y
otra vez hasta que cambiases de opinión.
De nuevo ella se sintió avergonzada por la capacidad del dragón
de hablar libremente de sexo, con confianza en sí mismo y en sus
asombrosas habilidades.
―¡Oh! Bueno... ―Alba se mordió el labio inferior y se limpió los
ojos con una mano, antes de comentarle con algo de duda en el tono
de su voz―... ¿Y ahora no me vas a demostrar nada?
Drake quedó momentáneamente en silencio antes de romper a
reír y alzándola en brazos, apretándola contra su pecho con fuerza.
―¿A dónde vamos? ―preguntó pasándole un brazo por el cuello
de su compañero, sonriendo ante la alegría que percibía en él y al ver
la rapidez con que se alejaba de esa parte de la mansión.
―¿A dónde va a ser? ¡A cumplir tus deseos! Vamos a follar lo que
resta de día..., no sabes las ganas que tengo de tomarte en cada uno
de los cuartos de mi mansión y...
Alba se puso a reír como nunca lo hizo antes, dichosa del rumbo
que había tomado su vida. Era muy afortunada y cada día agradecería
que la alocada y caprichosa de su hermana se moviera en los círculos
de la prima de su compañero pues, al fin y al cabo, gracias a esas dos
locas, había conocido a Drake.
«Drake». Paladeó su nombre dentro de su mente. Devorándolo
con la mirada. Deseándolo con igual ímpetu que él.
«Tal vez tenga que llamar a mi hermana y darle las gracias... Me
gustaría poder ver su cara cuando le diga que tendrá como cuñado al
dragón al que quería robar».
Se rio en alto, atrayendo la atención de su compañero.
―¿Algo que comentar, compañera mía? ―preguntó este, alzando
una de sus cejas, mirándola con curiosidad, abriendo la puerta del
dormitorio principal de una patada.
―Nada, que soy feliz y todo es gracias a ti.
Drake la depositó sobre la cama, tumbándose a continuación
sobre ella.
―¡Oh, sí! Inmensamente feliz ―movió las cejas hacia arriba y
abajo, con un tono de voz lleno de diversión.
Alba compartió sus carcajadas con él, arqueándose bajo su
cuerpo.
―Ya veo que es inmenso..., lo noto... ―comentó jadeando al sentir
como él ya estaba listo para unirse a ella.
―Ahora compañera mía, ¿comenzamos a celebrar nuestra gran
felicidad por habernos conocido?
Los dos rieron unos segundos antes de unirse en un apasionado
beso que avivó el fuego de su enlace, y durante horas no hicieron otra
cosa que descubrir que el mundo explotaba a su alrededor cuando
sus cuerpos se volvían uno.
El dragón había caído en las redes de una peligrosa elfa que se
negaba a comer carne y sería incapaz de hacer daño a otra criatura.
¿Qué sucedería cuando él descubriera que se dedicaba a
escribir novelas románticas eróticas?

Una semana después

―¿Qué te parece que el próximo protagonista de mi novela sea un


dragón? ―lanzó la propuesta Alba, esperando la contestación de su
editora que durante unos largos minutos quedó en silencio.
―¡Me gusta! ―La sobresaltó con su grito al otro lado de la
línea―. Un cambia forma dragón, es muy buena idea. Tienes tres
meses para enviarme un borrador, así saldrá para San Valentín y...
―Mejor seis meses, y que salga después del verano o las
Navidades que viene.
―¿Seis meses? ¡Estás loca! Lo quiero en tres y...
Alba alejó unos centímetros el teléfono abrumada por los gritos de
su editora. Cuando quería era una auténtica diablesa que parecía
disfrutar esclavizando a las escritoras que trabajaban con ella.
―Antes de seis meses no lo tendré porque voy a cogerme tres
meses como luna de miel y...
―¿Te has casado y no me has avisado? Espero que no te hayas
atrevido a hacerlo. Podríamos haber hecho una gran fiesta invitando a
los jefazos de la editorial, a tus compañeras, a...
Antes de que describiera una ficticia boda que daba miedo, Alba
decidió dar por finalizada la conversación, diciendo:
―Mira, Nelly, acepté trabajar contigo porque eres la mejor y
porque la editorial me permite no asistir a firmas de novelas, que ya
sabes que no quiero conocer a ninguna de mis lectoras. Te enviaré un
manuscrito dentro de seis meses o rescindo contrato con vosotros.
Tienes una semana para darme una respuesta. Que tengas un buen
día.
Colgó sin esperar que le contestara. Estaba cansada de saltar
cuando los demás decían salta. Ahora su vida había cambiado
totalmente y estaba agradecida y satisfecha de haberse atrevido a
hacerlo.
Ella tenía el control de su futuro y...
―No sabes cómo me pones cuando te escucho en plan
«mandona» ―susurró su compañero tomándola desprevenida al
abrazarla por detrás y depositando pequeños besos y mordiscos en su
nuca.
―¡Drake! Me has asustado, voy a tener que comprarte un collar
de cascabeles para que me avise cuando entres en una habitación.
Este rompió a reír, dándole la vuelta para tenerla cara a cara. Esa
semana que llevaban conviviendo juntos fue la mejor de su vida,
descubriendo que a su lado era mejor hombre y dragón de lo que era.
Las cosas apuntaban bien, la trastornada de Judith junto a sus padres
se fueron a EE.UU poniendo el océano Atlántico de por medio, y por la
información que le llegaba a su secretario, habían internado a la loca
en un centro con fuertes medidas de seguridad.
Su compañera por el momento no estaba en peligro y disfrutaba
de la calma y la pura felicidad que experimentaba a su lado.
―No sabía ese fetiche tuyo con los gatos. Ahora cascabeles y qué
fue lo que me dijiste hace unos días... ¡Ah, sí! Que lamía muy bien tus
jugos...
Sonrió al verla vergonzosa ante él. Era divertido ver que una
mujer capaz de escribir escenas eróticas que encendían la libido del
más gélido del mundo, se ponía roja cuando le echaban en cara las
palabras o las acciones que hacía.
Más divertido fue descubrir que era escritora de romántica erótica.
Fue gracias a su cuñada que un día se encontró el portátil de Alba
encendido en el salón y, cuando leyó el nombre con el que firmaba el
documento, estuvo a punto de romper las ventanas de toda la mansión
del chillido que soltó. Ahí descubrieron todos que Amanda era fan de
las novelas de Dark Moonlight, el seudónimo con el que escribía su
pequeña. Peor lo tuvo su compañera cuando tras apagar el ordenador
avergonzada tuvo que explicarles a todos cuál era su trabajo,
atrayendo la atención tanto de las mujeres como de los hombres que
estaban deseosos de leer todas sus novelas.
Estuvo a punto de reír en alto al recordar la cara que puso Alba
cuando vio aparecer a Amanda cargada con todas sus novelas para
que se las firmara.
Su pequeña no quería notoriedad, pero no pudo evitar tener que
firmar cada novela, soportando estoicamente que la banshee le
relatara con pelos y señales sus escenas favoritas. Por suerte, Alba se
fue antes de ver que sus suegros y cuñados se repartieron los libros
para comenzar a leerlos, admirando ellas las imágenes de las portadas
y farfullando ellos que era novela rosa para mujeres pero si había
escenas de sexo, le darían una oportunidad.
Ahora una semana después, estaban todos como locos ideando
la forma de preguntarle a la elfa si iba a publicar alguna novela nueva
pues habían devorado las quince que ya tenía en el mercado.
En tan solo siete días su compañera se los había ganado a todos,
la admiraban, la querían y la protegerían con sus vidas.
La voz de Alba lo devolvió a la realidad, encontrándose con sus
ojos molestos que lo miraban fijamente al decirle:
―Debes quitar de una vez el hechizo de la verdad de tu alcoba
o...
―Nuestra alcoba, mi amor, y atendiendo a tu petición, mi
respuesta es no. ―Negó con la cabeza divertido―. No lo voy a quitar.
―Eres..., eres...
―Tu dragón, mi vida, y ahora... ¿qué te parece que este gatito te
lleve en brazos hasta nuestra cama para lamer tus dulces jugos...?
Las carcajadas de los dos se escucharon por toda la mansión,
provocando que los demás habitantes sonrieran, contagiados por la
alegría que imperaba en ese hogar desde la llegada del nuevo
miembro de la familia: una pequeña elfa que atrapó al peligroso y
temido dragón, y se hizo con su corazón y su amor eterno.
Una hora más
Val Navás

Es ridículo que lo sigas negando.


Desde que tu amiga te ha pedido que la acompañes de nuevo a
este lugar, tienes el pulso acelerado y ese inquieto hormigueo en la
boca del estómago que solo él ha conseguido despertar. Sabes que te
tienta y te asusta, y que te quema la molesta comezón que prende en tu
interior desde aquel primer encuentro.
Han pasado ocho meses desde que Irina te hizo aquel insólito
regalo. Aquella fría noche de diciembre acudiste a ese apartamento,
confusa e ilusionada, hasta que te explicó en qué consistía su
maravillosa sorpresa.
Era broma, ¿no?
―No lo hagas, Denisse ―te pidió aquella vez, sentadas sobre la
misma cheslong carmesí de cuero italiano en la que ahora mismo
esperas con el corazón desbocado.
Tú la miraste, escandalizada, y pensaste que se había vuelto loca.
Pasaste a su lado dispuesta a marcharte, pero te retuvo con suavidad,
asegurándote que no te ibas a arrepentir, como si eso fuera suficiente
justificación para hacerte cambiar de idea.
―No le debes nada al machista egoísta de tu ex ―gritó
exasperada―. ¿Has olvidado ya lo que te ha hecho? Es un mentiroso
manipulador que no te merece.
Y tenía razón.
Tu novio te había sido infiel antes de la boda y no dudaste en
romper el compromiso en cuanto lo descubriste por casualidad. Tuvo el
descaro de negarlo y, además, intentó disfrazar la verdad para hacerte
creer que todo había sido un engaño de tu amiga.
―Denisse ―Irina acarició tu mejilla con cariño y señaló hacia la
habitación con complicidad―, por una vez piensa en ti y disfrútalo,
concédete unos minutos y después decides.
―¿Un gigoló, Irina? ―preguntaste, indignada.
¿En qué demonios estaba pensando?
―Él es especial.
Su enigmática respuesta te intrigó, y durante un segundo
barajaste la idea de aceptar semejante disparate, instante que Irina
aprovechó para insistir.
―Cielo, Axel solo quiere complacerte y no hará nada que no
quieras hacer. Te lo prometo.
Cada vez que rememoras esa noche no puedes evitar el efecto
que todavía te provoca el roce de sus manos… Y su nombre, tal y como
sucedió esa primera vez, sigue evocando en tu mente una imagen de
pecaminosa sensualidad que te acelera el corazón.
No obstante, durante aquellos tensos minutos solo podías pensar
en las consecuencias que podría traerte esa estúpida locura. Era
excitante y prohibida… sí, pero también una gran insensatez a la que
no lograste resistirte; una invitación demasiado tentadora. Y, con las
pulsaciones a mil acallando las mudas protestas, te adentraste en
aquel cuarto, decidida a satisfacer el lujurioso anhelo que las palabras
de Irina había azuzado en tu interior.
Nada más traspasar la puerta te envolvió el oscuro magnetismo
que llenaba la habitación. Se hallaba bajo un halo exquisito, cargado
de misteriosa provocación y de cruda sensualidad. Las velas
repartidas por el dormitorio embriagaban con su denso aroma a
canela, bañando tu figura con una luz sutil y delicada. Mientras, el
hipnótico balanceo de las llamas danzaban en las paredes al ritmo
sosegado de Give me love, adentrándote en un mundo de promesas
donde todas tus pasiones serían satisfechas.
Axel apresó tus caderas desde atrás y tu cuerpo se tensó,
sacudido por una llamativa vibración cuando te rodeó su fragancia
varonil; una mezcla única a cuero y especias picantes.
―Te estaba esperando. ―Su voz, un susurro ronco que resbaló
por la delicada curva de tu cuello, te secó la garganta―. ¿Whisky?
―Sí, por favor.
En cuanto te soltó, te rendiste al impulso de mirar por encima del
hombro y lo que más te impactó fue su altura imponente, que
empequeñecía el rincón de la habitación donde servía las copas.
Estaba desnudo de cintura para arriba y parecía desenvolverse con
comodidad, presumiendo de una espalda ancha cuyos músculos se
tensaban con el movimiento de sus fuertes brazos. Un vaquero oscuro
colgaba peligrosamente de sus caderas estrechas y se ajustaba con
insolente perfección a un trasero de aspecto duro y muy apetecible.
No puedes evitar suspirar, incapaz de reprimir el recuerdo
impagable de ese adonis disfrazado de delicioso manjar, una
instantánea mental que te excita y te desarma por igual, y pone a
prueba tu capacidad de contención.
¿Por qué no te vas?, te preguntas una y otra vez.
Y culpas al obsceno apetito que ese hombre te despierta, una
voracidad capaz de anular tu voluntad y de hacerte regresar al
instante en que Axel se giró y te pilló contemplándolo con cara
embobada.
En ese momento, cogiste el delicado vaso de cristal que te ofrecía
con la vista puesta en sus manos grandes, de dedos largos y cuidados,
demasiado avergonzada como para enfrentarle directamente. Él se
apoyó en una de las paredes, disfrutando de tu sonrojo, y te observó.
Tú temblaste, cohibida por el peso de su mirada, y te tomaste unos
segundos para calmarte, girando el contenido de la copa antes de
llevarla a tus labios. El delicioso escocés era exquisito y se deslizó por
tu lengua dejando un ligero sabor a madera de roble. Un licor para
saborear, pero los nervios no te permitieron degustarlo y te acabaste la
copa de un solo trago.
Axel se acercó en silencio, rozó adrede tu mano al retirar la copa
vacía y tú contuviese el aliento, subyugada por la belleza de ese rostro
perfecto que se había mantenido oculto entre las sombras del
dormitorio.
Tenía la mandíbula cuadrada y cubierta por una fina barba que
encerraba unos labios sensuales, golosos hasta el punto de codiciar
un beso suyo. Sus ojos grises, traviesos y peligrosos, cortaban la
respiración. Y el cabello oscuro y peinado hacia atrás te provocó un
cosquilleo en la punta de los dedos, ávidos de ser enterrados entre las
sedosas mechas que le rozaban la nuca. Todo en él irradiaba
sensualidad, y era muy, muy varonil.
Desde su posición de altura, su mirada descendió con descaro
por el generoso escote de tu blusa blanca. Tú tragaste con dificultad y
él sonrió, mientras sus dedos resbalaban por el nacimiento de tus
senos y subían indolentes por tu garganta. Suspiraste entrecerrando
los párpados y ahogaste un gemido cuando la yema del pulgar perfiló
tus carnosos labios con fingida pereza. La punta de tu lengua siguió su
incendiaria huella, inconsciente de los estragos que ese inocente
gesto producía en su entrepierna, una violenta sacudida que avivó a la
bestia hambrienta que habitaba en su interior. No tenías ni idea del
esfuerzo que suponía para él no sucumbir al deseo de devorarte en
ese mismo instante; la voluntad que ejercía sobre sus impulsos
naturales a fin de no tomarte entre sus brazos y mostrarte qué era en
realidad.
―Exquisita ―exhaló, tan cerca de tu boca que su aliento se
mezcló con el tuyo.
Se situó detrás y aspiró el aroma íntimo y femenino que emanaba
de ti, concentrado en contener su instinto depredador. Una vez
calmado, rozó la elegante línea de tu cuello y deshizo el sobrio
recogido que te da ese aspecto profesional que tanto buscas. Dejó
que el cabello te cayera suelto, desenredó con los dedos las hebras
de terciopelo negro y las colocó sobre tu hombro para besarte la nuca;
un beso dulce y muy húmedo que te provocó un insólito calambre que
reverberó por todo tu cuerpo.
Te apartaste, sorprendida y aterrada por las sensaciones que
lograba desatarte un completo desconocido, pero sus manos se
aferraron a tu talle y te mantuvo pegada a él. Sin darte tregua, te sacó
la blusa de la falda con extraordinaria habilidad, y ronroneó:
―Pídeme que pare y lo haré.
La tibieza de su aliento te acarició la mejilla y una protesta
ahogada escapó de tu garganta. Su oscura seducción te retuvo allí,
con la espalda pegada al calor de su torso desnudo, atrapada por la
persuasión de sus palabras. Tú ya no podías parar esa maravillosa
picazón que se deslizaba por tu vientre, contraído con punzante y
dolorosa impaciencia, perdida ya en el susurro de sus caricias.
Tomando tu silencio como una invitación a continuar, abrió los botones
con deliberada lentitud y sus manos treparon despacio por tus costillas,
alargando el momento de cubrirte los pechos doloridos por el
martirizante roce del elegante encaje de tu sujetador. Sus dedos
hurgaron dentro y alcanzaron los pezones hinchados. Los mimó
primero, un toque tierno y gentil, después los pellizcó y un gemido
incontrolado y de sorpresa brotó de lo más profundo de tu garganta.
―¿Es la primera vez que te pellizcan los pezones? ―te preguntó,
sin dejar de acariciarlos, consiguiendo que tus mejillas se tiñeran de
un rojo imposible.
―Sí ―confesaste entre jadeos. El inesperado pellizco había
dejado un gustillo delicioso entre tus piernas.
Te giró entre sus brazos y el ávido deseo de su mirada encendió
una inesperada chispa de osadía en ti. Acariciaste su firme mandíbula y
sus dientes atraparon tus dedos, lamiéndolos sin dejar de mirarte. Le
deseabas, necesitabas probar el sabor de esa lengua juguetona, y
buscaste su boca con desesperación. Su lengua se enredó con la tuya
hasta que jadeaste sin aire, sus dientes mordisquearon tus labios
hasta que estuvieron rojos e hinchados, y después los besó con
lentitud, calmando el ardor y enviando oleadas ardientes a tu sexo
contraído ya con insaciable exigencia. Te llevó hasta la cama y te
tumbó con cuidado. Descendió por la delicada línea de tu barbilla,
dejando un reguero de pequeños besos apasionados que te hicieron
arquear la espalda. Su lengua saboreó de nuevo las cimas de tus
pezones, hasta que ambas lucieron rojas como fresones maduros, y
arrancó gemidos de tus labios cuando sopló sobre las puntas erectas.
―Eres deliciosa.
Sus palabras propagaron por tu sexo un indecente temblor que
mojó tu ropa íntima. La tensión de su dura erección latió contra tu
cadera, obligándote a rendirte a la inminente promesa de placer que
palpitaba con rabiosa necesidad bajo sus pantalones. Y, por primera
vez en tus treinta años de vida, te permitiste pensar en ti y te obligaste a
disfrutar de esa experiencia que prometía ser única e irrepetible.
Sus manos reptaron por tus piernas, un lento recorrido que
arrastró con ellas los bajos de tu falda. Te acarició las rodillas y las
separó con delicadeza, buscando el interior de tus muslos y dejando
con sus caricias una estela incendiaria. Sus dedos fueron
reemplazados por su boca y dejó un rastro húmedo que brilló,
realzado por la pátina de sudor que cubría tu piel caliente, al tenue
resplandor de las velas. Sus dientes mordisquearon la cara interna de
tus muslos, la enrojeció y la irritó, para lamerla y calmarla después con
lentas pasadas de su lengua; una dulce tortura que despertó tu lado
más lujurioso.
―¿Qué necesitas, Denisse? ―te preguntó de pronto.
―No entiendo…
―¿Qué quieres de mí? ―insistió.
«Sexo», pensaste, ¿no estabas allí para eso?
Pero tú sabías que no. Estabas allí porque solo él había
conseguido activar en ti un primitivo deseo carnal y una desbordante
necesidad de sexo como jamás habías sentido antes. Sexo salvaje,
sexo adictivo, sexo prohibido… Pero guardaste silencio, abrumada por
el rumbo escandaloso de tus pensamientos, que desconocías hasta
ese momento.
―Te diré qué quiero yo, Denisse… ―Recorrió tu boca con el
pulgar antes de continuar―. Quiero perderme entre tus piernas y
reclamarme dueño de tu sexo, quiero mordisquearlo y lamerlo hasta
arrancarte gemidos de placer. Quiero estar dentro de ti y provocarte los
orgasmos más intensos de tu vida. Quiero poseer tu alma, tu cuerpo, tu
aliento. Quiero descansar a tu lado, abrazarte y acariciarte hasta que
calmes tus latidos y… quiero volver a empezar.
Acompañó su discurso de una sonrisa perversa, una declaración
de intenciones que despertó tu lado más sensual y exigente. Tu sexo
se sacudió, recorrido por una serie de pequeños espasmos de
vergonzoso placer y te aferraste con fuerza a las sábanas, consumida
por la ardiente demanda que trasmitían sus palabras.
―¿Qué quieres tú, Denisse?
Axel aguardó tu respuesta, continuando con el lento recorrido de
su dedo por la imaginaria línea que cruzaba tu abdomen desde tus
senos hinchados hasta el mismo nacimiento de tu monte de venus.
Asentiste con la cabeza, incapaz de hablar, y aguardaste con
impaciencia su próximo movimiento, pero él no estaba dispuesto a
conformarse con ese silencioso ademán y te instó:
―Quiero escuchártelo decir…
Tu vientre se tensó con violencia, te suplicó que acabaras con ese
dolor irresistible y permitieras que él, por fin, liberara todo ese rabioso
placer que te consumía las entrañas.
―Sí… sí ―rogaste, enloquecida por la necesidad imperiosa de
rozar el clímax, embriagada y poseída por la oscura persuasión que
emanaba de ese ser sublime.
―Sí… ¿qué?
―Quiero lo mismo que tú… ―susurraste, ahogando un gemido
incontrolado.
Sin esperar un solo segundo, acercó su boca a la deliciosa
abertura de tu sexo y te acarició con su aliento. Tus manos tiraron con
fuerza de las sábanas cuando su lengua se abrió paso entre los
sedosos pliegues y alcanzó el sensibilizado clítoris. Lo lamió despacio,
deleitándose con el suave temblor de tus piernas, y lo succionó hasta
que te retorciste a punto de estallar, a las puertas de un orgasmo
devastador. Tu cuerpo se convulsionó y un desgarrado grito irrumpió
de tu garganta cuando te hizo alcanzar la culminación, que recibió en
su boca, saboreando en la punta de su lengua el sabroso dulzor de tu
néctar y reteniéndolo en el paladar como el licor más exquisito antes
de susurrar:
―Esto no ha hecho más que empezar, Denisse…

***

Tu móvil suena con la entrada de un mensaje y te devuelve al presente


sin ninguna delicadeza.
Recordar aquella única noche de hace ocho meses siempre te
acelera el pulso. Haces una mueca y coges tu bolso para leerlo, y no
puedes reprimir un mohín de fastidio cuando descubres que es de tu
madre, recordándote la comida del próximo domingo. «Genial, comida
familiar», piensas con ironía. Pero ni siquiera eso puede distraerte de
la puerta que permanece cerrada, consciente de que él está al otro
lado, con Irina.
Te retuerces las manos con nerviosismo y te levantas para pasear
por la sala sobre la alfombra de color granate que acalla el repiqueteo
impaciente de tus zapatos. Sin poder remediarlo, los celos se dejan
caer sin avisar y dejan un rastro de dolorosas punzadas a su paso.
Has ido para ponerte a prueba y has fracasado.
De nada sirven las promesas cuando los sentimientos entran en
juego, e intuías que algo así podía pasar. En el fondo sabes que le
deseas por encima de todo, aun cuando ese deseo puede
comprometer tu respetabilidad. La parte de tu cerebro que todavía
piensa te repite que Axel no te pertenece, pero no puedes evitar ese
dolor sordo en el pecho cuando piensas en lo que está sucediendo
dentro de esa habitación. Y entiendes que deberías haberte ido hace
rato, cuando la punzada era todavía un pequeño latido, antes de que
comenzara a atormentarte de nuevo. Pero, simplemente, no puedes. Un
lazo invisible te ata a esa sala de espera, a pesar de los celos, del
dolor, del deseo reprimido… Y solo cuando sientes que te falta el aire,
decides por fin marcharte.
Coges tu bolso del sillón sobre el que lo has dejado y, justo en
ese momento, se abre la puerta e Irina sale con una sonrisa radiante
que te forma un nudo en la garganta. Y te das cuenta de que envidias y
ambicionas para ti el tiempo que ha disfrutado con él, tiempo que ahora
te niegas solo por esa ridícula interpretación que tienes sobre la
fidelidad.
―¿A dónde vas? ―increpas a tu amiga. Se dirige a la entrada del
apartamento y adviertes con sorpresa que no tiene intención de
esperarte―. ¡Irina!
Ella pestañea con inocencia, como siempre hace a modo de
disculpa, y comienzas a sospechar de sus verdaderas intenciones al
llevarte allí.
―Lo siento, Denisse, sé que no querías, pero…
―Olvídalo.
Te diriges a la puerta e intentas traspasarla antes de sucumbir a
tus propios deseos.
―¡Denisse! Solo me ha pedido que entres.
Y el corazón empieza a latirte desenfrenado, porque solo tú sabes
qué significa acceder a esa irresistible petición.
Irina sujeta tus hombros, te gira de cara a la habitación y sonríe,
con esos graciosos hoyuelos en la comisura de los labios.
―No ―te niegas, reprimiendo el impulso fugaz que de pronto te
incita a ceder.
―Vamos, no seas tonta, Denisse. ―Presiona sin perder la sonrisa,
y de un empujoncito te deja más cerca de esa irresistible pero
inadmisible propuesta―. Olvídate durante un rato de tu marido y
piensa en ti. Aprovéchalo… ―susurra desde atrás antes de salir.
Observas las sombras que envuelven la habitación, una invitación
directa al pecado, absorta mientras los minutos pasan inexorables,
aferrada al frágil vínculo que todavía te une a una estúpida promesa y,
durante unos eternos segundos, contemplas la alianza que aún llevas
en el dedo y que te ata a la realidad. Creías que ese símbolo de
fidelidad te mantendría a salvo de la tentación y ahora más que nunca
necesitas que te transmita el valor que precisas para marcharte.
Y aunque él te espera y le deseas… te recuerdas que no puedes
ceder. Esta vez no.
Con la decisión tomada, caminas hacia la puerta, pero la música a
media voz que sale del interior te atrapa y te detiene con su lenta
melodía. Te abrazas un instante, sacudida por el violento deseo que te
consume por dentro, que grita y no te permite ignorarlo durante más
tiempo. Finalmente, tus sentimientos te desarman y aceptas la fuerza
con la que tu alma clama por verle de nuevo, por escuchar su voz,
probar su boca, sentir su aliento…
Y entras, solo un momento, una última vez.
La habitación permanece inalterable, con las mismas velas de
canela distribuidas sobre los muebles, iluminándola con calidez y
llenando los rincones de misteriosas sombras; un par de vasos cortos
sobre la cómoda acompañando una botella de whisky escocés; la cama
en el centro, imponente y evocadora… Y un sobre blanco a tu nombre,
escrito con trazos finos y elegantes, te aguarda encima de las sábanas
de color carmesí.
Reflexionas durante unos segundos antes de cogerlo, titubeando
con él entre las manos. Te debates entre lógica que te empuja a dejarlo
y el impulso que te incita a abrirlo; y pierdes, tu voluntad cede ante el
goloso reclamo y lees la pequeña nota que encuentras.
«Regálame una hora más…».
Cuatro palabras. Tan simples. Y excitantes.
El corazón martillea en tu pecho y un profundo suspiro escapa de
tus labios.
La idea te seduce y, si quisieras…
―Piénsalo. ―Su voz es un susurro que te acaricia desde atrás, su
aliento te roza y calienta la sangre que recorre por tus venas.
No le has oído acercarse, tampoco le ves, pero su inconfundible
fragancia te rodea y te retiene ahí. Posee el aura peligrosa e
irresistible de la primera vez, que te seduce y te ancla a él como un
abrazo posesivo que te alienta en silencio a satisfacer sus deseos.
¡Reconócelo!
Anhelas su cuerpo, suspiras por sus caricias, ansías sus besos…
Y le has buscado, apremiada por la punzada voraz que
reverberaba dentro de ti. Le necesitabas con tal intensidad que te
asustaba esa extraña dependencia que aún tienes por él; y
avergonzada volvías a casa, cansada tras el esfuerzo que suponía
resistirte a esa atracción incomprensible.
Pero ahora estás en ese cuarto con Axel y, a pesar de tus reparos,
esperas que sus fuertes brazos te aferren por la cintura y te impida
marchar. Cierras los ojos, expectante, durante un instante en el que
fantaseas con el tacto de su lengua indolente, y el calor que te invade
se condensa entre tus piernas como una bocanada de aire caliente.
Pero el frío lo sustituye de inmediato cuando se aleja y te deja a ti la
maldita decisión. Reprimes un sollozo de decepción y te giras
lentamente para encontrarlo apoyado contra la pared.
Su penetrante mirada te acaricia como cera derretida, rebosa de
una lujuria que te genera un leve temblor entre las piernas, y te sientes
de nuevo como solo él ha conseguido hacerte sentir; hermosa,
atrevida, deseada... Jamás has vivido nada parecido a esa pasión
arrolladora que te provoca su cercanía; un apetito irrefrenable que te
aterra por su frenesí desmedido. Es entonces cuando tomas la decisión
más importante de tu vida, y optas por parar esa locura.
Abandonas el dormitorio simulando una seguridad que no tienes
y buscas la salida. Te apoyas unos segundos sobre la puerta y sueltas
el aire que contienes sin darte cuenta de que lo haces. Caminas hasta
el ascensor con los agónicos latidos de tu corazón martilleando
implacables en tus sienes mientras pulsas el botón y esperas con
ansiedad a que suba el elevador. Cuando llega, te adentras en la
aparente seguridad que te ofrece su inmaculado cubículo aferrada con
fuerza a las asas de tu bolso y, antes de que se cierren las puertas,
echas un último vistazo al pasillo vacío, como si esperaras verle ahí,
llamándote con su indolente sonrisa.
Llegas a tu coche y te dejas caer sobre el asiento, enciendes la
radio y, mientras la dulce voz de Adele invade el pequeño habitáculo,
apoyas la frente sobre el volante y reparas en el agudo dolor en el
pecho que te corta la respiración. Conduces despacio de vuelta a
casa, intentando retener sin éxito las lágrimas que caen por tus
mejillas, y no puedes dejar de pensar en él, en los sentimientos que ha
despertado de nuevo.
Y aceptas, por fin, que no has podido olvidarlo.

***

Cuando llegas a tu hogar, un amplio apartamento de dos plantas en un


lujoso edificio del Upper West Side, compruebas que Gabriel aún no
ha llegado. El mismo silencio de siempre te da la bienvenida, pero hoy
no te resulta reconfortante. Dejas las llaves y el bolso en el aparador
del vestíbulo y pasas de largo frente al ostentoso espejo veneciano
tallado en cristal, un regalo de bodas de tus suegros que a ti te repele.
Subes al dormitorio, más tuyo ahora que nunca, y enciendes el equipo
de música. Necesitas sonidos que destierren el deprimente silencio
que te rodea y Sade comienza a sonar por los altavoces, llenando
cada rincón con su voz aterciopelada. Vas al baño desabrochando con
calma los botones de tu blusa y reparas en la tensión que acumulan tus
músculos cuando el cansancio se apodera de ti. Te miras un instante
en el espejo y reconoces la tristeza que ensombrece tus ojos verdes,
oculta bajo un deseo velado e insatisfecho que te consume el alma.
Abandonas tu reflejo para llenar la bañera de agua caliente y dejas
caer la falda antes de bajar al salón.
Te sirves un whisky y allí mismo le das un trago largo, apoyada
contra el panel de madera del lujoso mueble de las bebidas. Los
acordes de la música llegan amortiguados a través de las paredes y
tarareas distraída la canción, intentando apartar todas las
preocupaciones que te atormentan.
Se suponía que ibas a ser feliz, Gabriel te lo prometió, pero te
sientes tan decepcionada y estúpida. La culpa y la vergüenza por
aquel desliz te llevó a perdonarlo, arrinconada por la presión de tus
padres que te recordaban contantemente el error imperdonable que
ibas a cometer si dejabas escapar a Gabriel Stafford.
Regresas a tu dormitorio y te acabas la copa mientras observas,
desde los amplios ventanales, la impresionante vista al río Hudson y el
oscilante destello de las luces que se reflejan sobre la superficie desde
el otro lado de la orilla. El deseo de disfrutar de tu enorme bañera y de
su plácida invitación se torna urgente y terminas de desnudarte sin
demorarlo más. La calidez del agua te acoge en su remanso de paz, el
aroma a violetas que flota en el aire se adhiere a ti, y apoyas la cabeza
sobre el borde de porcelana, cansada de pensar, de sentir, de anhelar
algo que está fuera de tu alcance. Cierras los ojos y permites que,
durante un rato, la música calme tus agitados sentidos.
***

Horas más tarde despiertas sobresaltada, confusa y acalorada.


El sudor perla tu frente y se desliza entre tus pechos,
humedeciendo tu cuerpo caliente. Has tenido ese sueño de nuevo,
cada vez más vivo y real que el anterior. Axel se cuela en tu cama y en
tu mente, te posee con dulzura y pasión, y arranca jadeos exhaustos
de tus labios cuando te empuja dentro de esa conocida y lujuriosa
espiral de placer.
Te sientas en la cama, con las mejillas ardiendo y tu sexo vibrando
con punzante agonía. Miras el pequeño reloj digital de la mesita de
noche, que revela con sus números luminosos que son las cinco de la
madrugada y compruebas el otro lado del colchón. Lo encuentras
vacío, pero tampoco te extraña. Desde hace semanas, Gabriel y tú
apenas cruzáis unas palabras en las escasas ocasiones en las que
coincidís cuando se pasa por casa; ni siquiera disimula ya yendo a
dormir desde la noche en la que descubriste la verdad. La discusión
fue tremenda y se marchó, sin más. Sabes que está con él, siempre ha
estado con él. Y te duele, no porque todavía sientas algo por tu marido,
sino por su falta de escrúpulos, su ambición desmedida, la falsedad de
sus palabras…
Te recuestas contra el cabecero acolchado de la cama e intentas
calmar los latidos de tu corazón. Necesitas tranquilizarte, pensar con
claridad y decidir qué quieres hacer con tu vida. La situación no va a
cambiar ahora que sabes que tu matrimonio ha sido una farsa. Siempre
ha sido una gran mentira y lo has aguantado demasiado tiempo. Fue
un maldito acuerdo comercial entre tu familia y la suya, y nadie se
detuvo a pensar en tus sentimientos; tu padre quería poder, el suyo
necesitaba dinero. Y Gabriel… bueno, a él nunca les has interesado.
Participó en el engaño desde el principio, usándote para desviar el
foco de atención de quien era ya su amante, alguien que jamás sería
aceptado por una familia como la suya.
No le fue difícil enamorarte, elegante en sus modales y de brillante
palabrería. Era el soltero de oro que todas las madres de la alta
sociedad neoyorquina querían para sus hijas; alto, guapo y rico. En
cambio, tú solo serías el adorno perfecto para lucir en las fiestas,
colgada de su millonario brazo. Cada vez que recuerdas la insistencia
con la que te buscó durante días, se te revuelven las tripas. Juró que te
quería y le perdonaste, acosada por el sentimiento de culpa. Ilusa,
creíste cada una de las promesas que te hizo y que jamás ha cumplido.
Toda aquella representación estuvo orquestada por su padre,
empeñado en evitar el escándalo que causaría la cancelación de la
boda en su selecto círculo de amistades. ¡Toda una deshonra para el
católico y conservador William Stafford, senador por el estado de
Nueva York, y máximo detractor del matrimonio homosexual! Y por
supuesto, estaba el tema de su reelección…
Es tan sórdido y mezquino, de un egoísmo apabullante…
Recordar toda esa mierda te irrita, te deja un regusto amargo en
la garganta y, consciente de que serás incapaz de dormir en las
próximas horas, te levantas de la cama, que para tu sorpresa, está
bastante deshecha; como si hubieras jugado un partido de squash
sobre ella. Además, todavía tienes esa persistente picazón en la
entrepierna, que alienta con dolorosa avidez el apetito concentrado en
tu sexo irritado. A parte de que, el sudor que moja las sábanas y las
pega a tu cuerpo desnudo, te soborna con la tentadora idea de una
inocente ducha.
Abres el grifo y regulas el agua templada. Mientras, te miras al
espejo y compruebas que tienes las mejillas sonrosadas, los labios
hinchados y un apetito febril se refleja en tu mirada. El pelo
enmarañado cae suelto por tu espalda, acaricia tu estrecha cintura con
sus puntas enroscadas y no recuerdas haberlo soltado. En realidad,
recuerdas bien poco de las últimas horas, salvo ese sueño excitante y
ardiente que causa estragos en ti. Ignoras tu reflejo y buscas el
confortante interior de la ducha, permitiendo que el agua te mime con
delicadeza, pero enseguida te das cuenta de que eso solo acentúa
más el ardor condensado en tu sexo.
Las gotas resbalan por tus pezones henchidos con una suave
cadencia que te recuerda demasiado al roce de sus labios, unos labios
que te acariciaron con ávida exigencia, dejaron marcas en tus pechos
hinchados e inflamaron las cimas enrojecidas con la miel de su lengua.
Esa sensación evocadora te despierta un instinto salvaje que se
apodera de tus sentidos y te dejas llevar por el impulso primario que
guía tus manos, las desliza por tu vientre y se abren paso entre tus
pliegues, buscando proporcionarte con primitiva desesperación un
placer que parece imposible de satisfacer.

Meses más tarde

Es la última noche del año e Irina te ha arrastrado hasta el In Essence;


el club nocturno de moda. Es moderno, atrevido y lujoso, como a ella le
gusta. Y tiene lista de espera, todo muy chic. Siendo una noche tan
especial, ha debido mover varios hilos para que podáis entrar; así que
lo menos que puedes hacer por ella es acompañarla. Además, se lo
debes. Ha sido la única que te ha apoyado y ha permanecido a tu lado
en los momentos más difíciles, que no han sido pocos en los últimos
meses.
Y es que, en un alarde de valentía, les has plantado cara a todos.
Todavía te cuesta asimilar que hayas sido capaz de no flaquear y tomar
las riendas de tu vida. No has cedido a la coacción del senador,
amenazándote con hacerte responsable del escándalo y la vergüenza
que llevarías a su familia; ni has vacilado ante las amenazas de tu
padre que, haciendo una cruel ostentación de su poder, te ha echado
de la empresa y te ha dejado en la calle. Pensar en él todavía te duele,
a pesar de todo el esfuerzo por ganarte su admiración, te has dado
cuenta de que ni tan siquiera has sido capaz de conseguir su
aprobación. Y Gabriel, empeñado en hacerte daño, no te ha facilitado
un divorcio con el que has echado a perder todos sus planes, y no te
perdona que hayas descubierto su secreto, lo que le ha granjeado el
rechazo de su padre.
Han pasado tres meses desde todo aquello y todavía sientes ese
dolor sordo que te provoca el sufrimiento de aquellos días, la soledad
de aquellas noches, el miedo a enfrentar la verdad, al futuro... pero
sobre todo, sientes angustia por el inexplicable vacío interior que no
consigues llenar.
Irina ríe divertida el simpático comentario del camarero y te saca
de esos pensamientos. Toma un licor de grosellas, servido en una copa
larga y labrada, sentada sobre uno de los asientos de cuero de la
barra. Viste un precioso vestido negro ajustado y cruza las piernas de
forma estilosa para que la abertura lateral permita una visión
insuperable de sus esbeltas piernas. Tú has optado por el típico whisky
escocés al que estás acostumbrada, con hielo y en vaso ancho. Llevas
un vestido rojo que tu amiga te obligó a comprar la semana pasada y
que se ciñe a tu figura como una segunda piel; recto hasta las rodillas y
con un escote trasero que consideras demasiado excesivo. La fina
cadenita que lo sujeta al cuello cae suelta por tu espalda y te provoca
escalofríos cada vez que te roza la parte baja, allí donde comienza a
destacar el nacimiento de tus nalgas.
Alrededor de la barra, la clientela masculina os somete a un
pesado examen visual. Irina parece disfrutar con el juego, sonríe
mientras recorre con un dedo el filo de su copa. En cambio, a ti te
incomoda el insolente descaro de su escrutinio. Te resulta
desagradable y perturbador, y te remueves molesta sobre el asiento,
alejándote de esa conducta licenciosa que te hace sentir como un
apetitoso dulce expuesto en el escaparate de una lujuriosa pastelería.
Le das un trago a tu copa y de pronto notas ese extraño hormigueo
que te recorre la columna. Sobresaltada, buscas alrededor y te fijas en
la recepción del club.
Axel ha entrado acompañado de dos amigos ―altos, fuertes y
atractivos―, pero tú solo tienes ojos para él. El corazón comienza a
latirte desbocado, te palpita en las sienes y dejas de oír la voz de Irina
contándote no sé qué de su trabajo. Se abre paso entre las féminas sin
apartar su mirada de ti, con esa sonrisa de eterno seductor y que hace
temblar tus rodillas. Se mueve con una elegancia salvaje, con una
seguridad apabullante que te provoca una serie de sensaciones de
inevitable contradicción. Le deseas, te intimida; lo necesitas, te alejas;
le quieres, lo niegas…
Cuanto más se adentran en el local, menos inadvertida se vuelve
su presencia. Las mujeres les salen al paso desde todos los rincones y
se contonean intentando llamar la atención. Y a ti, Denisse, te asaltan
de nuevo esos celos irracionales e inexplicables; un instinto posesivo y
desconocido te hace saltar del asiento cuando una pelirroja
descarada se cuelga de su cuello. Le ves deshacerse de la joven con
soltura cuando lo invita a bailar y sueltas el aire contenido.
«Él es mío», y te sorprende el tono posesivo que esgrime tu propia
voz.
Se detiene delante y te contempla desde su metro noventa. La
fuerte e incomprensible atracción que sientes por él grita dentro de ti y
ya no la puedes acallar. Te recreas unos segundos en su figura atlética
antes de ser atrapada por su mirada gris, bañada por el resplandor
rojizo de las luces de la barra que los envuelve en una sombra de
misterio y oscuridad a la que no puedes resistirte.
―Denisse.
La sensualidad con la que pronuncia tu nombre te eriza la piel
igual que la primera vez, y te estremeces sutilmente cuando te coge la
mano y deposita un beso húmedo y muy erótico.
―Axel. ―Jadeas, aun sin recuperarte de la impresión que te
causa su presencia.
―Estás preciosa.
Las piernas te tiemblan cuando enrosca sus dedos en un mechón
de tu cabello, se inclina sobre ti y aspira profundamente, rememorando
la dulce fragancia a violetas, cerezas y jazmín que siempre
desprendes, tan evidente y cautivadora para él. Tu pulso comienza a
latir apresurado, su excesiva cercanía te excita y sientes el roce de su
aliento cálido en el cuello. Él se esfuerza por controlarse, aunque para
ti exhale esa seguridad innata, tu aroma lo vuelve loco y exalta a la
bestia que reprime en su interior, que desea tomar lo que él mismo se
ha negado a reclamar.
―Ven.
Extiende su mano hacia ti y tú la aferras, sin cuestionarte siquiera
para qué, simplemente porque te da igual si estás con él. Le echas un
vistazo fugaz a Irina; esta guiña un ojo y te sonríe, y de inmediato
vuelca su atención sobre sus dos nuevos amigos, que se deshacen en
halagos situados uno a cada lado.
Axel posa su mano sobre tu espalda desnuda y un escalofrío
placentero te recorre la columna mientras te guía hacia la pista de
baile, donde la música suena alta, las luces giran al ritmo de Rhianna y
la gente baila desdibujada bajo una serie de destellos luminosos. Os
detenéis en el centro y te sujeta con suavidad por la cintura
acercándose a ti hasta que sientes su calor como propio. Sus caderas
comienzan a moverse al compás de Need you now, de Lady
Antebellum, que ha empezado a sonar por los altavoces. Te mantiene
tan pegada a él que parecéis uno solo y, a pesar de la multitud que os
envuelve, bailáis el uno para el otro olvidándoos de lo que sucede a
vuestro alrededor, cediendo ante el profundo sentimiento y el creciente
deseo que os invita a devoraros con los ojos como si fuese la última
vez.
Sus manos te acarician despacio, sin prisas, y juguetean con la
cadenilla que sujeta tu vestido como si fuera una caricia más. No
entiendes el porqué, y te resulta incomprensible entregarte de esa
forma sin reservas a un completo desconocido, pero hay algo en él que
te transmite seguridad, te hace sentir llena, completa y feliz. Apoyas la
cabeza sobre su pecho y deseas que la canción no acabe nunca, por
temor a que cuando finalice, despiertes de ese maravilloso sueño y se
lleve con ella la magia de ese instante perfecto. Pero cuando termina,
él sigue ahí, aferrado a ti y contemplándote con una pasión arrolladora
que sacude todo tu ser, lo calienta y te preocupa. Te estremeces de
deseo, porque quieres volver a sentir tu piel contra su piel, y no
entiendes de dónde nace ese poder que ejerce sobre ti, que te
absorbe y necesitas con urgencia para vivir.
―Tengo que salir de aquí, y quiero que vengas conmigo…
El susurro ronco de sus palabras discurre por tu vientre y sientes
que la voz te traiciona, te asfixia su proximidad y le das la mano,
incapaz de pronunciar más de dos palabras seguidas. Él la sujeta con
firmeza y os abrís paso entre la gente hasta la barra. Mientras os
despedís, atisbas en la mirada de Irina una mezcla de sorpresa y
complicidad.
Abandonáis el caluroso interior del In Essence y salís al frío de la
calle. Te estremeces cuando el viento castiga tu cuerpo y Axel te ayuda
a ponerte el abrigo, sus dedos te rozan cuando cierra las solapas
alrededor de tu cuello y miras sus labios a la espera de un beso,
atrapada por el encanto que desprende. En cambio, enlaza tu cintura y
comenzáis a caminar. Notas su impaciencia, tú también lo estás, y a
cada paso que dais en silencio, la tensión se hace notar en tus
músculos rígidos. Te perturba el paso de las horas, la llegada del
amanecer y que con ello acabe ese sueño maravilloso. Entonces, el
recuerdo de esa noche será lo único que conserves para afrontar el
futuro, hasta que el destino disponga que os volváis a encontrar;
decidido a manteneros en ese eterno juego confuso e indefinido en el
tiempo.
Recorréis algunas calles y os detenéis delante de un antiguo
almacén reconstruido en edificio de tres plantas y fachada de ladrillo
de un rojo desvaído. Una puerta grande de hierro forjado se alza ante
vosotros y chirría cuando la abre con una llave vieja que saca de sus
vaqueros. Te cede el paso y dudas durante unos segundos en los que
aún te preguntas qué demonios estás haciendo allí. No sabes nada de
él, no conoces nada de su vida, salvo su nombre y ese instinto natural
para hacerte disfrutar, pero en cuanto coloca su mano en la parte baja
de tu espalda te rodea una sensación de seguridad que solo has
tenido a su lado. Te guía con delicadeza a través de un corredor de
escasa iluminación, de paredes de cemento sin lucir y suelos de
granito descolorido hasta un ascensor que bien podría ser un
montacargas. Para cuando cierra la cancela de hierro a ti ya te
tiemblan las piernas, de impaciencia, de anticipación, o producto del
lento traqueteo que os lleva a la última planta con demasiada lentitud.
La ansiedad ante lo desconocido se prende a tu piel y te excita la
sensación de peligro que te recorre por dentro. Axel te encierra entre
sus brazos, roza tu mejilla y la suave caricia te tranquiliza justo cuando
el elevador detiene su viaje. Con una sonrisa, abre la puerta corredera
que da paso directo a un enorme y deslumbrante loft que nada tiene
que ver con el aspecto deteriorado del inmueble.
―Es… increíble ―susurras desde la misma entrada a la vez que
observas alrededor. Axel sonríe y te invita con la mano a entrar.
[2]
―¿Whiskey ?
Asientes y te adentras en el salón del espacioso apartamento,
iluminado con calidez por unas lámparas de pie encendidas. Decorado
con gusto y de líneas modernas, el mobiliario se disputa el negro, rojo y
blanco como si su propietario tuviera fijación por esos únicos tres
colores. Caminas sobre una alfombra enorme de aspecto suave y
mullido que incita a tumbarte sobre ella las noches más frías de
invierno al calor de la gran chimenea prendida. Descartas tan incitante
pensamiento y te quitas el abrigo que dejas sobre uno de los sofás.
Apenas le escuchas trastear en la cocina, un amplio conjunto de
madera oscura y acero inoxidable de aspecto impecable, porque te
entretienes curioseando distraída el trío de ventanas de tipo industrial
que ocupa todo un lateral de la fachada. Varios lienzos de gran tamaño
cubren parte de las paredes de ladrillo envejecido, pero casi no
reparas en ellos, fascinada por el secretismo de la tela que cubre un
caballete situado delante de uno de los ventanales, en un rincón de
espalda al exterior, y que parece estar suspendido sobre la misma
calle.
―¿Eres pintor? ―le preguntas con sorpresa y te acercas tentada
por el misterio que oculta.
―Solo aficionado.
Tras su respuesta, una agradable melodía de piano comienza a
escucharse por toda la sala, llenando cada rincón con sus sedantes
acordes. Axel se acerca por detrás sin hacerse notar y te sorprende
levantando la sábana, que sueltas de inmediato como si hubieras sido
descubierta infringiendo algún tipo de norma. Sonríe y te tiende un
vaso con un tercio de whisky y un par de cubitos de hielo que tintinean
cuando lo coges con mano temblorosa. Se lleva su vaso a los labios y
te mira con tanta atención que consigue ponerte aún más nerviosa.
Haces girar el contenido de tu copa y lo dejas respirar unos segundos
antes de aspirar su sutil y dulce aroma, después le das un pequeño
sorbo y degustas los suaves matices a roble y malta. Él te observa en
silencio, reteniendo en su mente cada uno de tus gestos; el profundo
suspiro que escapa de tu boca, la envidiable gota que queda
rezagada en tus labios, las pupilas dilatadas cuando le miras. La
atracción que existe entre ambos es tan palpable que te reseca la
garganta, el deseo implícito de su mirada te quema la piel y, huyendo
de ese instante abrasador, le das otro trago al whisky, cierras los ojos y
saboreas el fuego dorado que se desliza por tu garganta.
―¿Irlandés? ―preguntas, enfrentando por fin su hermosa mirada.
―Tienes buen paladar.
―Pasé un año en Irlanda.
―¿Estudiando?
―No, mi padre me envió para valorar el estado financiero de una
de las empresas en Dublín. Tiene una multinacional, con sucursales
por todo el mundo. Fue su forma de examinarme, de evaluar mi talento
para los negocios, ¿sabes? ―explicas, intentando no transmitir en tus
palabras el rencor que sientes hacia él. Finalmente has comprendido
que jamás has conseguido complacerle ni ganarte su admiración―.
Supongo que por entonces debí pasarla…
Hablar de tu padre te causa dolor y cambias de tema sin detenerte
a pensar tus palabras.
―¿Es aquí a donde traes a tus conquistas?
De inmediato tienes la impresión de haber metido la pata e
intentas arreglarlo.
―Quiero decir, a las chicas que… o sea, que no… ―Le das la
espalda, avergonzada―. Lo siento, no tienes por qué contestar, ha
sido demasiado impertinente por mi parte.
Axel sujeta tu barbilla y te obliga a mirarlo, te observa con
atención y se toma unos segundos antes de contestar. Intenta percibir
qué te angustia entre la maraña de emociones que te embargan.
―Aquí solo te he traído a ti.
Tu corazón late desenfrenado por su respuesta y sus latidos
penetran en su mente. La sangre fluye por tus venas y lo tienta con
desesperación, incitándolo a descubrir ante ti su verdadera naturaleza
inmortal. Eres tú, la única mujer destinada a erradicar la oscuridad que
se cierne sobre los que son como él, una sombra que lo atrapa y
envuelve cada vez más con más fuerza. Pero el temor a perderte es
más fuerte que el silencioso abrazo de la soledad, decadente y
destructiva, que oprime a los que guardan un secreto como el suyo.
Lleva siglos esperándote y no está dispuesto a estropearlo ahora por
unos instintos mal controlados.
―Eres la única que conoce mi guarida ―bromea, aunque la
sonrisa no toca sus labios, que baña con un nuevo trago de licor.
Sin embargo, para ti, la sinceridad que transmiten sus palabras
despeja todas tus dudas. Sus ojos no mienten, a pesar de la llama
inexplicable que brilla tras sus pupilas. Y ese brillo extraño evoca en tu
mente una visión fugaz de escasos segundos; tú, en la soledad de tu
habitación, con el fantasma de su recuerdo como única compañía, que
te abraza y consuela mientras acaricia tu cuerpo desnudo. Pero la
rechazas de inmediato; solo es un sueño, ¿no?
En alguna parte de tu cerebro denota un suave clic y rememoras
con claridad otros sueños olvidados, que afloran de entre una maraña
de recuerdos confusos y enterrados; tú y él, en perfecta unión sobre tu
cama, sudorosos y extasiados, uno en brazos del otro, consumidos por
un deseo irrefrenable que culmina cuando ambos, extenuados,
descansáis enlazados y colmados de placer. La claridad con la que
recibes esa ilusión te aturde y las manos te tiemblan, porque eso jamás
se ha sucedido entre vosotros.
Sientes una punzada de dolor en el pecho y te falta el aire. Le das
un trago largo a la copa hasta acabarla, atemorizada ante una verdad
que resulta salvaje y arrolladora, pero a la vez inconcebible. Y
entonces sientes esa esencia insondable que emana de él y lo hace
diferente, cuyos lazos invisibles tiran de ti y te empujan a sus brazos
con una energía poderosa e irresistible.
Axel se aproxima despacio y espera, tan cerca que su respiración
cae sobre ti. Su pecho sube y baja con rapidez, y tu mano, atraída por
un impulso irrefrenable, se posa sobre su corazón. Lo sientes latir al
mismo ritmo acelerado que el tuyo, desbordado por una emoción tan
intensa como la que te invade. Cubre tu mano con la suya, enlaza tus
dedos mientras los lleva a su boca y los besa con infinita ternura.
―No puedo seguir ocultando lo que siento. Lo he reprimido tanto
tiempo que se ha convertido en un dolor tan agudo que duele al
respirar ―te confiesa, reconociendo sus sentimientos.
Lo miras atónita y a la vez complacida por su inesperada
declaración. Él te observa con interés, dominado por una expresión
salvaje mientras espera algún tipo de reacción por tu parte, como un
depredador presto a atacar, tan hermoso que quita el aliento. Abraza tu
cintura y te retiene a su lado. Esconde el rostro en tu cuello y suelta un
suspiro insondable que te acaricia la piel. Su abrazo desprende una
necesidad inexplicable, los músculos de su espalda se palpan tensos
bajo la camisa, y comienzas a ser consciente de la magnitud de sus
palabras. Suelta un inesperado gruñido bajo y te abraza con más
fuerza antes de despegarse poco a poco.
―Esto es lo que soy.
Sus ojos grises se han convertido en dos pozos negros que
transforman su mirada en la de un animal hambriento. Sus atractivos
rasgos se han afilado y endurecido, y le confieren una apariencia
antinatural de salvaje belleza. En sus labios se dibuja una sonrisa de
sorprendente ferocidad y se vislumbran las puntas de unos colmillos
extrañamente largos. La necesidad por beber de tu sangre los ha
alargado y no tienes ni idea del esfuerzo que hace por mantenerlos
alejados de ti, golpeado por el hambre y el deseo. Su insólita
apariencia te provoca un pequeño grito que ahogas con la mano
mientras das un paso atrás.
Lo que él más temía acaba de suceder y espera que salgas
corriendo de un momento a otro, aterrorizada por cómo acaba de
mostrarse, pero permaneces allí, impávida, para su sorpresa. Estudia
cada uno de tus gestos mientras le contemplas, que varían de la
impresión inicial a un confuso reconocimiento. Pasan los segundos,
extiende una mano para tocarte y te arranca un leve temblor; porque
recelas del impulso primitivo que te obliga a entregarte a él de esa
forma tan irracional y adictiva, a pesar de intuir la existencia de esa
sombra sobrenatural que le acompaña.
―Te asusto.
No contestas, incapaz de exteriorizar la amalgama de emociones
que te bloquea. Tu silencio entristece su mirada y la aparta. Durante
ese breve instante te cuestionas por qué no tienes miedo, qué te
retiene ahí, y lo más importante… qué sientes por él. Te detienes un
momento para escuchar qué pide tu cuerpo, qué dice tu corazón, qué
clama tu alma. Y te atreves por fin a admitir unos sentimientos que el
miedo a su rechazo te ha impedido reconocer antes.
―¡No!
―Debería…
Reparas en sus manos, que tiemblan convertidas en puños
cerrados a los lados de las caderas; en su mandíbula firmemente
apretada; y en su pecho, que sube y baja por la respiración
apresurada.
―Me gustas, me siento especial a tu lado.
Axel posa un dedo sobre tus labios y los silencia.
―No sabes lo que dices.
―Me fascina el brillo misterioso de tu mirada, esa sonrisa tuya
ladeada, la tibieza de tus manos cuando me tocas… ―confiesas,
lanzada, antes de perder el valor que te hace hablar―: Me haces feliz.
―Es menos de lo que te mereces… ―suspira.
―Axel. ―Llamas su atención con suavidad, te acercas y acaricias
su mejilla.
Él te sujeta la mano, la mantiene donde la has colocado y se frota
contra ella, inspira profundamente varias veces, inhalando tu aroma y
aferrándose a él. Cuando abre los ojos, el brillo rojizo y aterrador ha
desaparecido, sus facciones se han suavizado pero sin perder parte
de esos rasgos afilados que lo hacen especial. Sonríe, sus colmillos se
muestran en todo su esplendor y te resulta tan erótico que una
descarga eléctrica te recorre por dentro y estimula cada una de tus
terminaciones nerviosas.
―Te quiero.
Las palabras escapan de tus labios, apenas un suspiro que no
logras contener, y lo haces consciente de quien es; un vampiro, que se
escapa a la comprensión, pero que es real, y estás enamorada de él. A
pesar de la paz que sientes, hay preguntas que no te dejan disfrutar
de ese momento, que necesitan respuestas antes de dejarte engullir
por toda esa locura que lo acompaña. Él lo percibe y te atrapa entre
sus brazos. Te retiene durante unos largos minutos mientras recorre tu
espalda de arriba abajo con lentitud. Le oyes tomar aire mientras sus
dedos se enredan en tus cabellos.
―Todas esas mujeres quedaron en el pasado desde el mismo
instante en que te vi. Los pensamientos de tu amiga eran tan nítidos
que caí rendido desde la primera imagen que vi de ti.
El corazón se te acelera cuando escuchas sus palabras.
―¿Tú y ella…? ―No terminas la frase porque temes su respuesta.
―No, ella solo necesitaba hablar. Las mujeres que acudían a mí
buscaban lo que no encontraban en sus casas y, aunque ellas no lo
supieran, no siempre es sexo. ―Hace una pausa para mirarte―. Las
escuchaba y les daba lo que de verdad necesitaban; un sueño
cumplido, un anhelo satisfecho, una mera ilusión recreada a partir de
sus más íntimos deseos.
―¿Y entre nosotros?
―Lo nuestro, aquella primera noche en mi apartamento, fue muy
real ―afirma, con esa pícara sonrisa suya. Y tú no puedes ocultar la
satisfacción que te produce su explicación.
―¿Por qué no me detuviste cuando volví?
Es algo que no entiendes después de todo lo que te acaba de
revelar.
―Debías decidirlo tú, necesitabas tiempo para entenderlo y yo
estaba dispuesto a esperar por ti. Además, te debo una disculpa por
todas las noches que descansé a tu lado mientras dormías, sin ser
capaz de reprimir el impulso de tomarte, aprovechándome de tus
sueños.
―Fueron las mejores noches de mi vida.
―Eres tan hermosa ―suspira tan cerca de tu boca que aspiras en
su aliento los dulzones efluvios del delicioso whiskey irlandés.
Sus dedos llevan un rato jugueteando con la cadenilla que
mantiene tu vestido sujeto al cuello, rozan tu nuca desnuda y a ti te
corroe la impaciencia.
―Te necesito conmigo. No vuelvas a desaparecer de mi vida ―te
dice, con tu rostro entre sus manos y la vista clavada en ti, quemándote
las entrañas. Un suspiro ansioso escapa de tus labios.
―Solo quiero estar contigo, Axel.
―Prométeme que cuando despierte seguirás aquí.
―Te lo prometo, no pienso alejarme de ti ―susurras sobre su
boca.
Suelta la cadenilla y contempla la suave caída de tu vestido, que
se desliza por tu figura hasta quedar arrugado en el suelo. Ha
esperado tanto para contemplarte desnuda, expuesta y excitada ante
él, que le hormiguean los dedos por el anhelo de acariciarte, deseo
que no tiene intención de postergar durante más tiempo.
―Entonces… ¿me regalas una hora más?
―Te regalo todas las horas de mi vida ―le contestas, con la
mirada vidriada por el deseo.
Axel busca tu boca despacio, la atrapa entre sus labios y te besa
con ardiente pasión. Con su cuerpo te guía hacia la cama, que al
fondo, reposa al amparo de un gran mural de los altos rascacielos que
pueblan la ciudad, pintado sobre la misma pared de ladrillo de la que
cuelgan todos esos lienzos, bosquejos que ha ido guardado en su
memoria; de tu sonrisa, de tu mirada, cuando dormitabas o te
estremecías de placer entre sus brazos.
Y tú, Denisse, pensabas que el destino se había empeñado en
jugar con vosotros. Heme aquí, decidido a concluir la partida. Y os
concedo la libertad que otorga el libre albedrío, os entrego la felicidad
eterna, con la esperanza de que al fin sepáis cómo disfrutarla.
Para siempre.
Un beso de Abril
Ailin Skye
El sarcófago fue iluminado por el rayo de la luna llena. El caserón en el
que se encontraba oculto con descuido, era precisamente lo que
mantenía a salvo al ser que se encontraba dentro.
Drake tragó saliva, había llegado por fin el momento. Un ligero
sudor comenzó a correr por su espalda. Los pelos de su espesa
melena se rizaron al escuchar el rechinar de la madera al moverse.
Apretó con fuerza los puños. Tarde, había llegado tarde y no
había nada más que hacer. El tiempo había marcado y jugado sus
cartas y él solo podría quedar ahí, esperando.
Abril abrió los ojos y sonrió al sentir el delicioso latir del corazón
que estaba afuera esperando. Su pequeña mano terminó de mover la
puerta y sonrió a la nueva noche que la abrazaba como una hija más.
Elevó una ceja al encontrar al hombre regordete que la esperaba,
con los puños apretados y una línea recta en sus labios.
―¿En serio? ―Negó y salió de su delicada y amada guarida―. ¿
Solo vas a poner cara de hastío cuando estoy aquí?
―¿Cuántas veces te voy a decir que tienes que ser más
cuidadosa con tu seguridad? ―Drake abrió los brazos; a pesar de ser
un licántropo adoraba a la pequeña vampiro, a la que llevaba siglos
esperando volver a encontrar―. ¿Acaso sigues buscando?
Los ojos grises oscuros de la muchacha se ensombrecieron de
golpe, el licae sintió la pena que la podía corroer. Tan hermosa y tan
vivaz, tan dulce y tan pura a pesar de la naturaleza que tenía.
Negó molesto por aquellos pensamientos. Abril merecía más que
lástima. Era un ser entregado y pacífico, lleno de amor para todos y
sobre todo para el que sería su compañero.
Aún recordaba cuando encontró a la pequeña vampira. La
habían dejado morir después de la mordida mortal, pero el espíritu
guerrero que tenía no lo permitió. Drake recordaba aquella noche en
el bosque, la encontró casi desangrada rezando a un Dios que no
pudo protegerla de aquel, que no tuvo compasión en atacarla. Por un
momento el lobo estuvo a punto de romper su cuello y con ello liberarla
del destino que podría tener en caso de sobrevivir a tan terrible futuro.
¿Qué fue lo que lo hizo dudar y al final perdonar su vida? La
dulzura de sus ojos y la sonrisa comprensiva, la paz con que la vio
aceptar lo que le estaba deparado sin tratar de luchar, simplemente
esperando por que le rompiera el cuello. Otros habían luchado aún en
esos últimos momentos, ella no, su mirada le había perdonado por
atentar contra su vida, y conforme, aceptaba el veredicto.
Pese a que la manada al inicio se mostró desconfiada y casi lo
matan junto con aquella frágil criatura, solo la naturaleza dulce de la
muchacha, y la negación de todo lo que era, fue su lucha por defender
la vida, lo que le salvó, y la hizo crecer como una más de la manada,
hasta que tuvo edad para ser independiente y buscar el verdadero
destino de todo ser.
Drake admiró la belleza de la mujer que ahora era. Los
chupasangres siempre se habían caracterizado por enfatizar y
perfeccionar la belleza, por eso eran seductores y atrayentes. Las
hembras eran sensuales y exuberantes, de curvas sinuosas y
deliciosas que despertaban el hambre carnal.
A pesar de ser una belleza, era el aura de Abril lo que la hacía
diferente a todos los de su raza. Su melena negra azulada con las
puntas plateadas de rizados cabellos, le daba un misterioso toque, su
cara en forma de corazón; su frente amplia, sus delicadas cejas que
enmarcaban aquellos ojos grises, la nariz recta y pequeñita, lo mismo
que su delicada y carnosa boca, eran el marco de una cara inocente y
bella, solo para el que apreciara ese tipo de hermosura no artificial.
Su cuerpo era otra cosa que marcaba aquellas formas. Era
delgada sin mucho pecho, con su cintura estrecha, tan menuda y
pequeña que podría pasar por una adolecente.
Abril por su parte miraba al que consideraba como a un padre.
Drake tenía todo menos alma de dragón. Era bondadoso aunque
glotón.
Le hubiera encantado llevar a un compañero de vida, pero
desgraciadamente el mundo seguía sin ofrecerle al hombre que podría
continuar el camino que ella mantenía, más sola que una tumba
olvidada.
Estaba por hablar cuando sus agudos oídos escucharon de
nuevo aquel golpeteo acelerado de un corazón cercano. Olía a miedo
y desesperación. La joven no pudo evitar sentir como sus colmillos se
retraían hambrientos. No por hambre sino por algo más.

***

Omar corría con desesperación tratando de ocultarse de sus


perseguidores. Si lo atrapaban con él se iría el último de su familia y un
legado vital para la humanidad. Ser druida en un mundo inhumano,
con tanto loco suelto y sobre todo, con la delincuencia de hoy en día
no le permitía vivir en paz.
Sus pasos lo llevaron a la única zona que estaba seguro que
aquellos malnacidos jamás pisarían: aquella casona abandonada que
se levantaba indolente y soberbia, esperando que un valiente
intentase entrar en ella, para mostrar los horrores que se mantenían
dentro. Podía sentir la presencia de algo oscuro y letal esperando en
su interior. Oraba por poder sobrevivir a la persecución y que lo que
fuese que estaba ahí se mantuviera aún dormido.
Tres hombres corrían contra el insulso empollón que se había
atrevido a pasar en el momento en que vendían droga. Había visto sus
rostros y jamás permitirían que los delatara. Esa noche le darían caza y
terminarían con su vida.
Le vieron escurrirse por la ladera que llevaba a la casa
embrujada como el pueblo le llamaba. Al inicio sintieron temor, pero
verlo saltar la cerca para mantenerse a salvo fue lo que los obligó a
moverse.
Abril se acercó a la ventana mientras el delicioso aroma inundaba
sus fosas nasales.
―¡Quieta! ―Drake la había visto saborear el olor del humano que
tan estúpidamente estaba por cruzar el umbral del hogar de un
vampiro, uno hambriento.
Los ojos del vampiro miraron al licántropo con la sangre inyectada
en ellos, lanzó un bufido antes de volverse niebla.
―¡Maldición! ―El licae tuvo que convertirse en lobo para poder y
evitar una catástrofe que la hiciera arrepentirse de sus actos.
Omar miró por el rabillo del ojo, estaban por pillarlo, llegó hasta la
ajada puerta de madera, tragó saliva y en un acto de valor, cruzó el
portal. Ahora necesitaba con urgencia esconderse, antes de que algo
oscuro y peligroso le encontrara.
¡Maldita sea! ¿Cómo era posible que se hubiese metido en aquel
lio? Si fuera uno solo podría luchar como un guerrero lo haría, pero la
falta de deshonor de esos cobardes, y la obvia diferencia de fuerza le
recordaban que era un estudioso, no un hombre de armas.
Escuchó los goznes cuando la puerta con estrépito se abrió de
nuevo, aún no había encontrado el sitio para poder estar a salvo.
Entonces sucedió. Algo oculto y poderoso le rodeó. Una niebla
densa que le abrazaba y protegía sin más. En su desesperación por
conservar su vida estaba convencido de haber visto insinuado el rostro
de una bella mujer que sonreía para volver a convertirse en niebla.
―Sal, ratoncito. ―Uno de los perseguidores, abrió su navaja―.
Solo te vamos a arrancar la piel.
―¿Acaso tienes miedo, empollón de mierda? ―El líder de ellos,
un hombre barbudo, enorme y fuerte sacó un revólver.
―Sabes que te vamos a encontrar, quizá seamos más benévolos
si te entregas. ―El más peligroso de todos no llevaba arma ninguna,
bastaría con sus propios puños para arrancar los miembros del incauto
profesor de historia.
Omar tragó saliva. Sabía que estaba perdido, dio un paso hacia
atrás pero no pudo continuar con otro, algo lo estaba deteniendo. Giró
su rostro sudando frío reconociendo que estaba a punto de terminar su
vida. Su sorpresa fue encontrar a un poderoso lobo gris mirándole
como si adivinase su temor, el animal se puso a su lado y gruñó en
advertencia.
Drake aún no entendía el comportamiento de Abril, jamás había
sesgado una vida, pero, aquella transformación que tuvo lo había
puesto en alerta, hasta que olió el terror en el enclenque hombre que
estaba siendo resguardado por la vampírica niebla.
Abril lo había sentido como un rayo de sol que jamás podría volver
a disfrutar. La esencia de plenitud vital, de naturaleza perfecta había
desgarrado su corazón y vuelto a crearlo, sintió la furiosa necesidad
de quitar la vida a todo aquello que lo pusiera en peligro.
Escuchó las amenazas que contra él estaban siendo depositadas.
En el momento en que sintió a Drake junto a él, protegiéndole, no lo
pensó; se transformó en mujer, marcando la distancia para mantener a
aquella alma en peligro a salvo de los que querían quitarle la vida.
Les miró llena de curiosidad tratando de decidir a quién le
entregaría el primer beso de la muerte.
―Wow, wow, wow. ―Oscar, el hombre de la navaja, la miró con
lascivia en cuanto la tuvo a la vista, llamando la atención de sus
compañeros―. ¿Habéis visto a esta bonita cosita perdida?
Abril ladeó la cabeza sin apartar la vista de aquellos
desgraciados.
―Ven aquí, muñequita. Te vamos a enseñar a jugar un poquito.
―El más grande de todos comenzó a relamerse por aquel manjar que
se presentaba de forma gratuita.
―¿Acaso eres sorda? ―El líder dirigió su pistola a la mujer para
intimidarla―. Acércate y ve mostrando tus encantos, hermosa.
Omar no sabía a qué se referían, los veía hablar a alguien pero él
no alcanzaba a ver, trato de moverse, porque el reflejo del espejo no
mostraba a nadie hacía donde dirigían sus lujuriosas miradas. Sin
embargo, algo lo hacía sentir inquieto, mortalmente inquieto, no con
miedo, sino protector y por primera vez posesivo.
Era como si los engranajes del mundo estuvieses girando de
forma perfecta para mostrar ante él, algo que aún no se había
develado.
Quiso dar un paso para defender a lo que fuese que los otros
amenazaban, sin embargo el lobo no lo permitió.
Con el lomo erizado, sus ojos se mantenían fijos en los rufianes,
pero se mantenía pegado de forma protectora a él.
Solo en ese momento la vio aparecer; tan perfecta, femenina y
delicada. Su cabello se agitaba con su andar pausado y elegante,
grácil y suave como si fuera una bailarina. Su interior rugió por primera
vez con fuerza y su sangre comenzó a bombear por todo su cuerpo,
mientras un rugido salía de su interior, acallado por una mano enorme.
―No hagas ningún ruido ―una voz en su oído ordenaba su total
silencio.
Omar se giró para encontrarse a un hombre fuerte y rechoncho
mirándolo con ojos peligrosos, sus dientes eran fauces hambrientas
que amenazaban su seguridad si no hacía caso. ¡La bestia había
despertado!
Drake puso los ojos en blanco, podía oler el miedo de aquel
mortal que se había empeñado en ponerse en bandeja de plata para
un vampiro recién acabado de despertar. Con soltura lo colocó detrás
de él en forma protectora, si había una lucha era mejor que no
atestiguara lo sanguinario que podría ser una criatura como aquella
que estaba tratando de intimidar aquel grupo de desalmados.
―Ella está en peligro. ―Reuniendo valor el muchacho se dirigió a
su protector―. No puedo permitir que la dañen.
Algo en su interior rugía gritando que le pertenecía. Jamás había
sentido tal intensidad en solo un vistazo. La joven que se movía grácil
exponiendo su vida torpemente ante sus ojos era sin duda su
compañera, su druida la reconocía.
Jamás había sentido ánimo de luchar, hasta ahora. Un druida
defendía la tierra, eran gente de paz, pero ver expuesta a la mujer de
diminuto tamaño lo hacía querer desgarrar a cada uno de los que se
había atrevido a mirarla. Su sangre fiera gritó lo que no había podido
aceptar momentos antes. Mía, su ser interior había proclamado mientras
los nudillos se le ponían blancos al apretar con fuerza los puños.
¿Acaso tendría oportunidad de defenderla un empollón como él?
Estaba a punto de hablar cuando algo sucedió.
Abril podía sentir los latidos acelerados de excitación de los
infractores. Se sentía curiosa por aquellos a los que su vida les duraría
un soplido. Casi se reía en sus caras por hablar de ella como un
bocadito. Era la vampira más insulsa de todas las que habría conocido,
carente de curvas como todas las de su raza, sin embargo, la sed de
sangre era igual de necesaria para ella.
El más grande se acercó a ella, tomándola por la cintura y
lamiendo su cuello.
―¿Tienes ganas de fiesta, hermosa? ―Su asquerosa mano bajó
hasta su trasero.
―Oh sí, sí que las tengo. ―Solo en ese momento el hombre se dio
cuenta del gran error que cometía, los ojos de la mujer se encontraron
con los de él, internarse en esos pozos grises le mostraron todos sus
pecados y como un reflejo le enseñaron el monstruo ruin que era. El
hombre comenzó a temblar de terror al darse cuenta del infierno
interior que le esperaba a partir de ese momento.
―¿Qué has hecho, bruja? ―preguntó el de la navaja
amenazándola.
―Lo mismo que haré contigo. ― Solo en ese momento se acercó a
él obligándole a ver sus ojos, mostrando así parte de lo que era en
verdad.
El último comenzó a disparar a mansalva tratando de terminar con
ella mientras los otros dos gritaban y salían despavoridos. Comenzó a
reír de forma histérica cuando vio el cuerpo de la diminuta mujer
reducido en el suelo.
Omar gritó con fuerza y desesperación sin entender lo que
pasaba, solo veía a la muchacha que su corazón había reclamado
tirada en el suelo cual muñeca de trapo. Raíces comenzaron a salir del
suelo ahuyentando al último desalmado que había quedado. La casa
quedó cubierta cual capullo mientras el druida avanzaba hacia ella.
―¡Maldita sea! ―Abril se levantó desconcertada―. Necesito
comer, me han dejado atontada con sus juguetes ―Las balas salían de
su cuerpo mientras sus heridas se regeneraban a los ojos
horrorizados del hombre que se acercaba a ella.
―¡Tú! ―Tragó saliva―. ¡Eres un vampiro! ―Omar no podía creer
la maldita suerte que tenía. De todos los seres aquel era el único al
que no podría unirse, o terminaría siendo su cena.
―¡Claro que lo soy! ―Abril se deleitó viendo al humano que
llamaba a gritos por un mordisco suyo. Era tan perfecto tan real. Su
búsqueda había terminado.
―¡No puedes serlo! ―gritó desesperado llevándose las manos a
la cabeza―. Eres… eres…
―¿La mujer más hermosa que has visto y por supuesto un
vampiro? ―Ella se cruzó de brazos comenzando a enfadarse. ¿Qué
tenía de malo ser quién era? Había luchado mucho por aceptar su
destino y su naturaleza. Ahora nadie la podría juzgar. Ni siquiera él.
―¿Se puede saber por qué tanto grito? ―Drake interrumpió la
pelea.
―¡Es un vampiro! ―Omar intentó proteger al hombre que
acababa de irrumpir de nuevo― ¡No te acerques!
―Es un pelmazo. ―Abril tiró del licae para sí―. Dale dos tortas.
―¡Tú no puedes ser mi compañera! ―negó molesto, sin darse
cuenta de lo que había dicho. Pero una vez hecho continuó―. Me
niego a ser tu cena.
―¿Mi cena? ―La muchacha se quedó sorprendida, miró el rostro
divertido del lobo y comenzó a boquear sorprendida―. ¡Soy
vegetariana para que te enteres! Lo primero que debes saber es que
además de tu sangre, existe el plasma, o la sangre sintética que se
vende muy bien. Lo segundo, zoquete, es que yo tampoco estoy
contenta con esto. ¡Eres un jodido druida! Maldita sea, de todos los
seres que podían ser mi pareja, me tenía que tocar el más tonto de los
santurrones y modositos druidas.
―¿Me estás llamando tonto? ―Sin saber por qué el hombre se
sentía con hambre y necesidad de poseerla a cada palabra que decía
la mujer que tenía frente a él. Su ser interno gritaba tratándose de
hacer un camino; gritar, tomar y poseer. Su voz era una llamada a su
druida interno que se indignaba por insultarla y alejarla en el mismo
momento del encuentro.
―Podría decirte retardado, pero sería insultar a esas dulces
personas, porque comparados contigo… ―Se cruzó de brazos. Lo
había salvado, esperaba por lo menos la aceptación. Largos años
había luchado por aceptar quién era, jamás pensó no ser aceptada
por el que el destino le entregara.
―No soy idiota ―aclaró y comenzó a sentirse terriblemente
irritado consigo mismo al notar que SU mujer estaba incómoda con la
situación.
―Eso crees. ―contestó Abril mirándolo a los ojos. Sentía su
cuerpo necesitado de tomar y ser tomado. Por fin su corazón latía
despertando al hombre que podría darle fin a sus largos siglos de
soledad. ¿Acaso era tan malo ser su compañero?
―Chico ―intervino Drake―, el destino es sabio y caprichoso. En
la sabiduría de los tuyos debe haber sabido que no puedes ofender a
tu compañera o rechazarla. ¿Acaso has olvidado que también los seres
de la noche somos parte de la tierra?
El muchacho escuchó al hombre y sin apartar la mirada de la
joven, sintió como su Druida asentía conforme. ¿Acaso negaría un
regalo de tal magnitud de la propia naturaleza? Toda su vida había
esperado encontrar a esa mujer por la que el hombre y el mago
pudiesen estar de acuerdo y ser uno, que su don despertara y
protegiera porque, hasta ahora había hecho chapuzas mágicas sin
ninguna importancia. Sin embargo, cuando pensó que ella estaba
desvalida, la energía de la tierra se hizo una con él para poder crear
un capullo donde tenerla a salvo. Incluso ahora sentía todo ese caudal
correr por sus venas, pero esta vez exigiendo la rendición de lo obvio.
Abril esperaba suplicando con sus ojos. Necesitada de él para no
llevar un camino eterno de soledad. Solo una vez podría entregar su
corazón y este era el momento. La primera noche habría de ser
marcada y visto lo visto, solo un alma solitaria sería lo que quedaría de
ella a partir de esa noche.
Un rayo de luna indiscreto entró por una de las rendijas de la
ventana e iluminó a la pareja que en ese momento estaba a punto de
torcer su camino y alejarse con urgencia el uno del otro. Pero la magia
del satélite estelar los mantuvo firmes y como el rayo de luz que era,
inflamó el anhelo del hombre que en ese momento no pudo detener el
evidente deseo que sentía hacia la mujer que había lastimado.
Una fuerza mayor a él mismo le obligó a avanzar dos pasos, los
justos para llegar a ella y encerrarla en un hermético abrazo. El temor o
cualquier otro rechazo quedó en el olvido, solo existía aquel dulce y
femenino ser de ojos misteriosos y antojadizos labios.
Sin poder ni querer evitarlo tomó de ella un beso. Uno con
desesperación de lunas y vidas pasadas urgidas por hallar a su
verdadera compañera. Su boca sabía a dulzura, a ternura y lealtad. No
había un camino de muerte sino de vida gritando en su interior por ser
compartida.
De forma sorpresiva sintió como sus colmillos comenzaban a
crecer y un deseo por morderla superaba cualquier instinto que se
negara a obedecer la orden de su cuerpo. Separó sus labios de la
femenina boca y sin dudarlo un momento mordió su cremoso cuello
succionando el líquido vital.
A su mente corrieron como una película imágenes de ella en otra
era. Una donde estaba llena de vida y de luz solar. La vio cantando y
bailando en una familia normal, después siendo atacada por un ser de
la noche hasta casi secarla. Reconoció a su salvador, el mismo hombre
enorme y rechoncho llamado Drake, cargándola y llevándola con los
suyos. Observó como su naturaleza bondadosa se negaba a matar al
hombre y sintió su sufrimiento al negarse a beber de otro ser vivo sino
era para ayudarle a bien morir.
Sintió que un irrefrenable amor comenzaba a volcarse por esa
diminuta y dulce vampira. Ella no mataba, tenía fe en la raza humana y
anhelaba lo mismo que él: Un amor verdadero para acompañarse en
ese camino que se llama vida.
Se vio a sí mismo rechazándola e hiriéndola como otros seres lo
hicieron. Y por primera vez se preguntó si era merecedor de aquella
que el destino le había entregado.
Solo en ese momento se dio cuenta que ella no era la que había
herido, el monstruo era él. Omar infligía daño con sus dientes y con
horror se separó de su cuello, no así de su cercanía, la mantenía tan
estrecha que pudo apreciar el rostro su compañera.
Abril tenía el rostro arrebolado, echado hacía atrás en total
entrega y una dulce sonrisa se mantenía dibujada sintiendo como el
reclamo se había logrado. Aquella marca duraría toda una vida, ahora
él formaría parte de ella, para siempre.
La muchacha abrió poco a poco los ojos sin poder evitar sonreír
hasta que enfrentó al hombre que la mantenía aferrada entre sus
brazos.
―Por favor, no digas nada que pueda estropear el momento
―suplicó.
―¿Cómo? ―preguntó confuso aún por todo lo que habían
compartido, por no entender de qué manera, sin él ser un vampiro
había bebido sangre y, lo peor, le había parecido la bebida más
deliciosa que jamás había probado.
―Que cada vez que abres la boca metes la pata y me insultas.
―Se encogió de hombros sin poder evitar sincerarse―. Y ahora no
puedes echarte atrás me has marcado y soy tuya, y por lógica tú mío.
―Me he convertido en… ―tragó saliva buscando la angustia al
saber que quizá ahora era un ser de la noche― vamp…
―¡No inventes! ―Abril puso los ojos en blanco―. Clásico si hay
mordida hay transformación. Deja de leer churros de vampiros y
entérate de una vez. Los vampiros no somos tal como los libros de
terror lo exponen. Y el emparejamiento entre un humano y un vampiro
no es de: vampiro malo y colmilludo muerde a su pareja y lo hace otro
más. ―Negó entre ofendida y divertida―. Eso suele suceder si ambas
partes deciden ser uno mismo, pero hay otra forma.
Omar sonrió un momento dándose cuenta de que ciertamente era
un analfabeto de estos seres, sin embargo tenía hambre de aprender
todo de ella.
―Si el vampiro es mujer ―continuó la muchacha―, las cosas
cambian y mucho. Nosotras necesitamos el reclamo de nuestro
compañero, él que nos protegerá y… ―Lo miró de arriba abajo viendo
su delgada figura―. Bueno, a lo mejor esta vez hay una excepción
pero usualmente cuando llega a ser la hembra, sois vosotros los que
marcáis y bebéis de nuestra sangre. Pero solo puede pasar si hay un
beso de verdadero anhelo por la otra parte. Así que ―esta vez sonrió
dejando ver toda su dentadura de lo enorme que era la sonrisa―, tú
me anhelas de forma sincera, me aceptas aunque seas cabezota y tu
druida sea un incordio.
El negó con la cabeza y acarició su rostro con su mano derecha,
para un segundo después atrapar su pequeña manita y llevarla a su
pecho masculino.
―Te equivocas. No fue el druida el que se negó ante lo obvio. Él
te anhela y gritaba desde el inicio que por fin había encontrado a su
compañera. Es el hombre inculto e idiota el que no veía la realidad.
Abril.
Ella sonrió al escuchar su nombre de los labios del que ahora y
para siempre seria su pareja.
―Y ahora… ¿qué quiere el hombre y el druida?
No hubo palabras. ¿Para qué? Solo sabía que el beso de Abril,
de SU Abril era lo que insuflaría a partir de ahora no solo su aliento y
sus latidos, sino sus ganas de vivir para siempre con la mujer que
compartiría una eternidad. Lo sabía porque su magia se hacía más
potente y su corazón se llenaba de alborozo al saber que la búsqueda
había terminado.
Un carraspeo los separo haciendo que ambos vieran al hombre
que aún seguía observándolos lleno de diversión.
―Sí, ya. Bueno, yo creo que por el momento no me necesitáis.
Solo recordad que ahora sois uno. ―Se acercó a la chica y le dio un
beso en la frente―. Sé feliz pequeña. ― Después se giró al muchacho
y advirtió―; Un beso puede hacer por ti que recuperes la vida y la
cordura. Pero el beso de mi pequeña Abril te abrirá por fin el camino a
una felicidad eterna. Recuérdalo y no la hagas sufrir.
Dicho esto desapareció como una sombra cuando el rayo de luz
devoró la oscuridad a su paso.
La pareja sonrió de forma tímida dispuesta a descubrirse a
conquistarse y acompañarse por una eternidad.
Un año después.

Drake miraba la casucha embrujada. Después de los acontecimientos


de hacía un año nadie se acercaba, ni siquiera los más valientes.
Cuando por fin el sol se ocultó, sonrió y entró en el viejo edificio.
Los goznes de la puerta al abrirla delataron su presencia, sus
pesados pasos no ayudaron a que fuera discreta su intrusión, mucho
menos el rugir de su regordeta y sobresaliente tripa que exigía la
cena.
―Ehhh, por fin llegas. ―La voz alegre de Omar lo sorprendió. El
muchacho había cambiado totalmente. Su cabello largo a la altura de
los omoplatos peinado en una coleta, su cuerpo fuerte y nada que ver
con aquel flacucho que había entrado hacía algunos ayeres, y su
mirada alegre delataban que el tiempo había puesto las cosas en su
lugar.
―Bueno, quiero saber qué es lo que me tenéis que contar.
―Sonrió rascándose la barba.
―¡Estás aquí! ―Abril apareció corriendo por las escaleras,
volando con esa elegancia que tenía y aferrándose a su cuello.
―Siempre que me llames lo haré, pequeña. ―Miró a la pareja
expectante.
―Venga, díselo ―la alentó Omar que la tomaba entre sus brazos y
sonreía feliz.
Abril no dijo nada, solo elevó su mano mostrando un anillo con
una piedra roja como la sangre brillando.
―¡Por fin aceptó la ceremonia druida! ―confesó el muchacho―.
Lo que me ha costado.
La joven comenzó a reírse y a bailar emocionada.
―Una muchacha decente siempre tiene que hacer sufrir un
poquito. ―Sonrió feliz―. Además tenía que estar segura que es lo que
querías de verdad.
Omar negó tirando de su brazo hasta estrecharla.
―Parece que no me conoces. ―Le sonrió y posó un beso en su
nariz―.Un beso de Abril, es lo único que quiero para vivir por siempre.
―Entonces bésame y vive, Omar. Bésame y vive.
Un solo baile
May Dior

Ahí estaba mi imagen frente al espejo totalmente maquillada,


transformada en alguien que no era; todo por una buena causa como
repetía una y otra vez Nini. Me había puesto un vestido blanco con el
cuello en u, que se cogía con una fina tira al rededor del mismo. La tela
era frisada y lucía una abertura que no dejaba nada a la imaginación,
y por detrás la caída era hasta los tobillos.
Para conjuntar con el vestido escogí unas sandalias negras de
tiras estilo romano, que me llegaban hasta la rodilla, con un finísimo
tacón de aguja. Mi cabello, tan negro como la noche, lo habían dejado
suelto con unos bucles en caída, la legión de peluqueros que Nini
había contratado para la ocasión. Pero seguía habiendo algo que no
me convencía, podía sentir que todo esto era una encerrona, estaba
convencida de que Nini me ocultaba algo, que había una segunda
intención. La miré a través del espejo, estaba apoyada en el marco de
la puerta sonriendo
―Estas preciosa Larissa.
―Ya, bueno. ―En mi rostro se dibujó una mueca de
disconformidad y disgusto―. ¿Aclárame por qué tú no vas a participar
en esto?
―Ya te lo dije. ―Se incorporó, rodando los ojos.― Yo soy la
presentadora y esta es una subasta seria, por una buena causa.
―Sí, esa canción me la has repetido muchas veces. ―Me giré
hacia ella sonriendo―. ¿Por qué tengo que ser yo la última?
―Muy sencillo Larissa, porque lo mejor se deja siempre para el
final.
No pude evitar reír ante su respuesta. Nini siempre me mira con
buenos ojos, es mi mejor amiga y siempre está metida en eventos
benéficos de todo tipo. Es la mujer con el corazón más grande que
podía haberse cruzado en mi camino. Siempre intenta ayudar a todo el
mundo lo mejor que sabe y por lo que me había explicado ya varias
veces, todo lo recaudado en esta obra benéfica serviría para que un
gran hospital dispusiera de medios para poder estudiar enfermedades
sin cura aparente.
Volví a mirarme al espejo y bufé resignada, mi amiga siempre
conseguía embaucarme sin esfuerzo alguno en sus locuras, al igual
que ella siempre accedía a acompañarme en mis pequeñas aventuras
con el deporte extremo. Giré sobre mis tacones levantando los brazos
mostrándome ante ella.
―Sublime ―dijo lanzándome un beso al aire.
―¿Cuéntame cómo va a ir la noche?
―Muy sencillo, habrá una recepción en la que los hombres que
van a participar en la subasta podrán conoceros y a media noche yo os
iré presentando. ―Me guió para que saliera con ella del salón que
habían habilitado para que las chicas fueran maquilladas y
peinadas―. Cuando os nombre tendréis que subir al escenario y
comenzara el espectáculo. Es sencillo Larissa, solo has de sonreír y
dejarte llevar por el ambiente, los chicos y la música.
―¿Siempre tienes que hacer las cosas de una manera tan
espectacular?
―Mira quien fue a hablar, ¿en serio me preguntas eso con los
años que hace ya?
―¿Cuántos son? ―Se llevó un dedo tocándose la sien―. Ya
perdí la cuenta.
Nini y yo nos conocimos en nuestro primer año en la universidad,
cuando las dos fuimos asignadas en la misma habitación, tan distintas y
tan parecidas a la vez, nos hicimos amigas de inmediato, y esa amistad
fue forjándose cada año hasta llegar a ser una hermana para mí.
Cuando llegamos al sa