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El Dipló: El avance del capitalismo en el

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Edición Nro 219 - Septiembre de 2017

M.A.f.I.A.

NUEVO CAMPO, NUEVAS CLASES, NUEVAS REPRESENTACIONES

El avance del capitalismo en el agro


Por Claudio Scaletta*

Los grandes cambios ocurridos en los años 90 y 2000 en la estructura productiva agraria complejizaron la estructura de
clases. La sojización, la expansión productiva, el cambio tecnológico y sus nuevos actores permitieron la aparición de
una nueva clase media “ruro-urbana” con una clara preferencia electoral.

partir de la década del 90 comenzó a manifestarse en el agro argentino una nueva complejización de las clases medias
rurales, que por extensión son también urbanas. El proceso se consolidó en los 2000 y expresa los cambios sucedidos
en la producción y su organización. El interés por este fenómeno surge de la sospecha de que estas nuevas clases
medias “ruro-urbanas” –con perdón del neologismo– son, como lo indica el amarillo electoral intenso en el cinturón
cerealero-sojero-aceitero del centro del país, parte fundamental de la base social de la Alianza Cambiemos. Es decir,

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son las clases que brindaron y mantuvieron el apoyo al regreso a la normalidad neoliberal tras el impasse populista del
período 2003-2015.

Desde esta hipótesis, el foco debe ponerse en dos años clave: 2008 y 2015. El primero marcó la irrupción contundente
de estas clases en el escenario político; el segundo representó la consolidación electoral del bloque de poder en el que
se referencian.

Las revueltas agrarias de 2008 contra las retenciones móviles, con sus cortes de ruta, sus cacerolazos y sus
movilizaciones urbanas, no fueron entonces una simple expresión de las oligarquías tradicionales representadas por al
menos tres de las cuatro entidades del agro pampeano. Es decir, no fueron la manifestación de las antiguas
contradicciones campo-ciudad o de la dicotomía entre pueblo y oligarquía. Tampoco fueron solamente una expresión
del poderío de la oligarquía agraria tradicional, que siempre rechazó la intervención estatal en general y la del
peronismo en particular, en especial si ello se traducía en algún límite sobre el acceso al precio pleno y en divisas de
sus productos de exportación.

Cualquier observador imparcial podría haber visto en el ya lejano 2008 que quienes irrumpían apoyando al llamado
“campo” –así, en términos genéricos– y apuntaban de lleno contra el modelo populista, eran un conglomerado de
actores más complejo y extendido que la oligarquía tradicional, es decir la alta burguesía agropecuaria. Una clase que,
dicho sea de paso, nunca fue solamente agropecuaria, sino bastante más sofisticada, diversificada comercial y
financieramente, y con participación en el entramado industrial. Aunque la foto de entonces, con la maquinaria en las
rutas, las 4x4, la boina y la campera de gamuza con bombacha de marca podía aparentar ser el backstage de una
película de patrones y peones, allí había bastante más. Si no hubiera sido así, serían incomprensibles las marchas en las
ciudades, el apoyo de los automovilistas en las rutas y la movilización política que ganó la votación en contra de las
retenciones móviles. Creer, casi diez años después, que solo se trató de una reacción oligárquica contra un gobierno
popular describe muy limitadamente la problemática, y deja escapar lo principal, una nueva complejidad social de la
que lo político es apenas una expresión.

Agriculturización y sojización

Aunque la relación no es lineal, no hay cambios en la estructura de clases sin cambios en la estructura productiva. La
actual estructura agraria comenzó a transformarse en los años 70 y se consolidó a partir de los 90 y los primeros 2000.
La corriente principal de este proceso fue la agriculturización, es decir el desplazamiento de la actividad pecuaria por la
estrictamente agraria. Un avance sobre el que se asentó una transformación interna de la agricultura, la sojización, es
decir, el peso creciente de la soja sobre el conjunto de la producción.

Mientras en el último cuarto de siglo el área sembrada de trigo, maíz y girasol se mantuvo relativamente estable, la
producción y el área de soja no dejaron de crecer, con fuerza en los 90 y aun más en los 2000. El producto
agropecuario se expandió a una tasa del 3,1% anual entre 1993 y 2000, al tiempo que cayó el stock vacuno, con un
faenamiento que se achicó al 0,5% anual. En el mismo período, la producción sojera creció al 9,5% anual. Para fines de
los 90 ya representaba el 40% de la producción total de cereales y oleaginosas. Luego de la crisis de 2001, entre
2002-2007 el agro volvió a pisar el acelerador hasta alcanzar una tasa de crecimiento del 5,8% anual, profundizando al
mismo tiempo la sojización. Entre la campaña 2000/2001 y la 2010/11, es decir en la primera década del siglo, la
producción de soja creció el 82%, la de maíz el 50%, la de girasol el 15% y la de trigo cayó el 4% (1). Las cifras de la
campaña 2016/2017 muestran un área sembrada que se distribuye del siguiente modo: soja 20,2 millones de hectáreas,
trigo 4,6 millones, maíz 5,7 millones y girasol 1,8 millones. En otras palabras la soja ya supera el 60% del área
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sembrada.

Las causas principales de este proceso fueron económicas y prescinden de las variaciones de los ciclos políticos. De
todos modos, vale señalar que los 2000 no fueron una etapa adversa ni mucho menos una contratendencia al proceso de
sojización. Lo que aquí importa, sin embargo, es detenerse en las causas económicas, para avanzar luego en las
transformaciones sociales del proceso. Mirando el fenómeno en el largo plazo, es decir prescindiendo de los cambios
coyunturales, el impulso base de la sojización tiene dos patas: su mayor rentabilidad en relación a los cultivos
tradicionales y el aumento de la demanda mundial, producto de las revoluciones industriales asiáticas. Esta mayor
demanda se vinculaba al uso de los “residuos” de la molienda de la soja para la alimentación animal, lo que se tradujo
en un aumento bastante sostenido de los precios. Nótese además que el residuo es un “subproducto” de un proceso
industrial, la elaboración de aceite, que a su vez puede ser el insumo básico de biocombustibles.

Yuxtapuesto a este fenómeno se produjo el cambio tecnológico, especialmente el uso del paquete de los transgénicos
resistentes a herbicidas más la siembra directa. Esta combinación también tuvo gran incidencia sobre los costos, y por
lo tanto en la rentabilidad relativa del cultivo.

El avance sojero produjo otros dos fenómenos concomitantes. La profundización de la agriculturización desplazó a
otras actividades, como la ganadería, hacia zonas menos fértiles, avanzó sobre zonas típicamente tamberas de Santa Fe
y Córdoba, y provocó la expansión extra pampeana de la frontera agrícola, es decir hacia zonas que hasta entonces no
aparecían aptas para los cultivos típicamente pampeanos. En definitiva, la soja comenzó a ser también un fenómeno
“extra pampeano” y un cultivo importante para provincias como Chaco, Santiago del Estero o Salta. El fenómeno
extendió la “presencia nacional” de las clases que conducen el proceso productivo, a la vez que transformó a muchas
de las llamadas economías regionales.

Crisol de clases

La expansión productiva y el cambio tecnológico también se expresaron en transformaciones en la organización de la


producción, con incidencia en las relaciones de propiedad. Este fenómeno brindó el puntapié inicial para la
complejización de la estructura de clases.

El cambio tecnológico premió la producción en grandes escalas y, por extensión, castigó a las pequeñas. Este proceso
ya se manifestaba en la comparación entre los censos agropecuarios de 2002 y 1988, que mostró una caída de entre el
25 y el 30% en la cantidad de productores en las principales provincias productoras. Según los datos censales las
explotaciones agropecuarias pasaron de 421.221 a 333.533. Si esto se suma a la expansión de la frontera agrícola y del
área sembrada, se advierte un importante aumento promedio en el tamaño de las explotaciones. Este agrandamiento,
dicho sea de paso, era acorde a las demandas del cambio técnico. En paralelo, también se observó una caída en la
demanda de trabajo. Entre 1996 y 2006, por ejemplo, la masa salarial total del sector agropecuario se redujo en casi
500 millones de dólares corrientes.

Si se observan estos números en forma aislada podría llegarse a la falsa conclusión de una simplificación de la
estructura social en vez de una complejización. La foto mostraría una producción concentrada y con menos actores
conduciendo y participando del proceso. La película verdadera demanda en cambio abrir el paquete y mirar lo que hay
adentro, fundamentalmente en términos de las demandas y sujetos del cambio tecnológico. Comenzar el cambio

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técnico supuso la aparición de nuevos actores desde afuera y desde adentro del circuito.

Desde afuera las estrellas fueron las empresas biotecnológicas, las proveedoras del paquete transgénico, así como, en
menor medida, las proveedoras de la nueva maquinaria agrícola o las firmas demandantes de materias primas del
complejo aceitero. La irrupción de las empresas biotecnológicas significó la aparición de un sujeto distinto al de otros
proveedores sectoriales, en tanto comenzaron a disputar su participación en la distribución de la renta agraria. Situación
que, en consecuencia, en los inicios fue fuente de importantes conflictos intrasectoriales. Conviene recordar, por
ejemplo, las disputas por “el uso propio” de las semillas y los variados intentos de cobro de royalties.

Desde adentro lo que se produjo fue la aparición de un sujeto nuevo, el contratista rural, que no es ni uno sólo ni tiene
un origen común. Se lo puede comenzar a explicar a partir del aumento de la escala de la producción que, a su vez,
demandó el uso de maquinarias más grandes y específicas, como las sembradoras para “directa”, que no roturan los
suelos, o los aviones fumigadores. Aquí aparece una interrelación: las maquinarias más grandes, modernas y caras
demandan mayores superficies para su amortización, pero a la vez su capacidad de trabajo excede a estas superficies.

La nueva realidad abrió la puerta a dos procesos. El de los propietarios de grandes superficies que podían ofrecer los
servicios de su maquinaria a las explotaciones más chicas. Y el de los dueños de explotaciones más chicas que poseían
maquinarias con capacidad excedente cuyo uso podían también ofrecer a terceros. Adicionalmente, el aumento de la
rentabilidad agropecuaria se tradujo en fuertes aumentos en el precio de la tierra. Si bien esto significó una ganancia
patrimonial para todos, para los productores más chicos pasó a ser más fácil aumentar su capitalización comprando
maquinarias que adquiriendo nuevas tierras. Ésta se volvía casi la única salida para aumentar las posibilidades
laborales del grupo familiar. Finalmente también aparecieron contratistas que no eran propietarios de tierras y que
comenzaron a invertir en maquinaria a partir de la delegación de otros actores o por sus vínculos con él. Tal puede ser
el caso, por citar algunos ejemplos, de un mecánico de pueblo, de un antiguo encargado del parque de maquinarias de
una gran explotación o de un piloto de avión buscando posibilidades de negocios.

De esta brevísima descripción de un proceso complejo puede deducirse la gran variedad de tipos de contratistas en
función de su relación con la propiedad de la tierra y de si contratan trabajo asalariado o se concentran en el familiar (2
). A la vez pueden especializarse en distintas labores, desde la siembra, la cosecha o las fumigaciones, pueden limitar
su trabajo a su área de influencia o bien pueden ser nómades, verdaderos “golondrinas mecanizados”.

Retomando el dato central del aumento del precio de la tierra por la mayor rentabilidad, el fenómeno también dio lugar
a nuevas formas de diferenciación social. Una de ellas fueron las figuras de arrendadores y arrendatarios. Frente a la
combinación del aumento de las escalas de producción y del precio de la tierra, muchos pequeños chacareros optaron
por alquilar sus campos. Un comportamiento bastante distinto al abandono de la producción por expropiación de etapas
anteriores y una etapa superior y menos aristocrática de absentismo. Por el lado de los arrendatarios, los arriendos
permitieron el aumento de escala necesario para amortizar las maquinarias. Al mismo tiempo, convivieron con el
ingreso de un sujeto predecible en tiempos de financierización del capital, es decir de abundancia de capitales buscando
nichos de alta rentabilidad: los pools de siembra y los fondos de inversión agrarios.

El nuevo “campo”

Aunque no existen cifras unificadas y los datos deben reconstruirse a partir de distintas fuentes sectoriales, el actual
panorama del agro muestra que al menos un 50% de las tierras productivas se encuentra bajo alguna forma de

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arrendamiento y que los contratistas se ocupan de la siembra de más del 60% de la superficie y de la cosecha en el 80%
del área sembrada.

Una primera aproximación a la estructura de clases “ruro-urbanas” del agro pampeano, cuyos cultivos ya son también
extrapampeanos, muestra a pequeños, medianos y grandes propietarios y empresarios rurales que se ocupan
directamente de la producción o que la tercerizan total o parcialmente a través de contratistas o arriendos. También
aparece una pluralidad de contratistas de distintos tamaños y con distinta relación con la propiedad de la tierra,
incluyendo los “sin tierra”, con variados tamaños empresarios, grados de especialización y que contratan o no mano de
obra asalariada. Hay también arrendadores absentistas, arrendatarios, gestores de pools de siembra y de servicios
financieros, técnicos, veterinarios y proveedores de insumos. Transportistas y proveedores de acopios y servicios de
logística y comercialización. La mayoría de estos actores ya no necesita residir en las explotaciones y habita en los
núcleos urbanos. Sólo muy pocos pertenecen a lo que cabalmente puede denominarse burguesía agraria. El grueso
integra las nuevas clases medias “ruro-urbanas”. Son “el campo”, pero no la oligarquía.

Sin embargo, en todos ellos existe una identificación plena con las demandas políticas sectoriales. Con prescindencia
de la incidencia individual de cada medida, son los que no querían retenciones ni limitaciones en el acceso a las divisas.
Son mayoritariamente pequeños empresarios y profesionales, trabajadores meritocráticos que asumen los valores del
sector. No quieren “planes” sociales, la pobreza urbana es para ellos una realidad lejana. El Estado, con su clase
política, pero especialmente con sus impuestos y restricciones, representa el adversario a vencer. En este punto son
cabalmente “campesinos”. No es un arcano adivinar sus preferencias electorales presentes. A pesar de todas las
contradicciones del capitalismo agrario y aunque los circuitos productivos sigan conducidos desde afuera por una
decena de comercializadoras, mayormente multinacionales, se ven a sí mismos como los ganadores del modelo
iniciado en diciembre de 2015.

1. J. Rodríguez, “Los cambios en la producción agrícola pampeana. El proceso de sojización y sus efectos”, Revista
Voces en el Fénix, N° 12, marzo de 2012.

2. J.M. Villulla y C. Amarilla, “Los contratistas de servicios de maquinaria en la agricultura pampeana: ¿una clase
social en sí misma?”, Documento de Trabajo del Centro Interdisciplinario de Estudios Agrarios, N° 7, FCE-UBA, 2011.

* Economista y periodista.

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

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