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LA CONCIENCIA, RESPONSABILIDAD, Y EL BIEN MORAL

INTRODUCCIÓN

Cuando hablamos de moral hablamos de la acción en el mundo. Pero no cualquier acción la


catalogamos de “acción moral”. ¿Qué es lo que hace que nuestros actos puedan tener esa
carga moral?, o preguntando de otro modo ¿qué es lo que le otorga valor a una acción?¿La
acción traduce algo más que las necesidades de sobrevivencia, o es sólo mecánica de
adaptación?

Para resolver estas preguntas establecimos como objeto de estudio a la “conciencia moral”
“la responsabilidad moral” y el “bien moral”

Nos preguntamos qué es una acción moral y cómo es posible para la conciencia realizar ese
tipo de acciones y pesquisamos una estructura de conciencia que llamamos la “estructura de
conciencia moral”. Una vez descrita dicha estructura de conciencia veremos la
responsabilidad moral que se relaciona con las acciones y su valor moral (bueno/malo), ysu
de carácter interno. Así mismo desarrollaremos el bien moral como acciones libres que
conducen al hombre a la consecución de su fin último. El bien moral nos acerca al fin último
o bien supremo. El bien moral es la naturaleza del hombre considerada en orden a su fin
último, a su felicidad verdadera.

CAPÍTULO I: LA CONCIENCIA MORAL

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LA CONCIENCIA, RESPONSABILIDAD, Y EL BIEN MORAL

Los actos morales, como actos que son, están orientados hacia el exterior, la realidad,
el mundo, los demás. Pero, por ser morales, tienen un aspecto interno, que es el que hace que
sean valorables. No podemos olvidar que somos morales porque sabemos que podemos
elegir, porque sentimos que tenemos posibilidad de seguir caminos diferentes en nuestra vida,
porque nos damos cuenta de que nuestras acciones tienen consecuencias. La conciencia de
estas consecuencias es la base del aspecto interno de la moral, en ella está el origen de la
valoración de nuestros actos, nuestros hábitos o nuestro modo de vida. Pero la conciencia
moral es también conciencia de la libertad, conciencia de que no todas las posibilidades de
elección son igualmente valiosas. Por eso es especialmente importante plantearnos qué es y
cómo funciona. La misma palabra que usamos para referirnos a ella ya nos da una pista: estar
consciente significa darse cuenta de lo que ocurre alrededor. La conciencia es una forma de
conocimiento o de percepción. La conciencia moral es con lo que nos damos cuenta de lo
que vale, de lo que merece la pena para la vida, de lo que es bueno o bien, de lo que no merece
la pena, de lo malo, de lo que hay que evitar.

1. DEFINICIÓN:

Para definir la conciencia moral es necesario resaltar algunos puntos de vista respecto
a esta definición.
Según Immanuel Kant: “La conciencia moral es un instinto: el de juzgarse a sí mismo
conforme a la ley moral. No es una mera facultad, sino un instinto y no un instinto de formase
un juicio sobre uno mismo, sino de someterse a una especie de proceso judicial. La conciencia
moral, sin embargo, posee una fuerza compulsiva que nos insta a enjuiciar ante este tribunal
la legitimidad de nuestras acciones aun en contra de nuestra voluntad. Por ello se trata de un
instinto y no de una mera facultad de enjuiciamiento.”

Asimismo, René Le Senne en su libro “Tratado de Moral General”. (1973: p. 311)


afirma que “La conciencia es esta acción individualizada del yo voluntario sobre la totalidad
del contenido mental que él controla, por el cual favorece o contraría, acelera o frena un
movimiento determinado de la espontaneidad”.

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Por otro lado Fagothey en su libro “Ética Teoría y aplicación” (1972: p. 37) asevera que: “Es
una función del intelecto práctico. No trata de cuestiones teóricas de lo bueno o malo en
general, tales como, ¿Por qué es malo mentir?, ¿Por qué hay que hacer justicia? Sino de la
pregunta práctica ¿Qué es lo que debo hacer aquí y ahora, en esta situación concreta?”.

De esta manera se puede decir que la conciencia moral es la acción del yo voluntario
que mantenemos en el momento de emitir un juicio moral.

2. DIFERENCIAS DE LA CONCIENCIA MORAL Y LOS DEMÁS MODOS DE


CONCIENCIA.

La conciencia sin dividirla se orientan en sentidos diferentes, los cuales facilitan el


desenvolvimiento de la conciencia plena.
Los modos de conciencia son cuatro, según René Le Senne en su libro “Tratado de
Moral General”. (1973: p. 306) Los modos de la conciencia son cuatro: la conciencia
psicológica, ésta responde a la pregunta ¿Quién soy yo?; la conciencia artística, quien
produce un goce de la conciencia por sí mismo debido a la complacencia de las emociones
agradables; la conciencia religiosa, tiene como fin controlar la energía mental que la
espiritualice; y por último la conciencia moral, quien responde a la pregunta ¿Qué hay que
hacer?
En el siguiente gráfico se puede observar las ideas más relevantes de los modos de la
conciencia:

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• La experimentación de la
repercusión y la vibración de los
• Conocimiento
objetos de los datos
teórico en sí constitutivos del mí mismo en
la sensibilidad.
CONCIENCIA CONCIENCIA
PISCOLÓGICA ARTÍSTICA

• Alimenta la CONCIENCIA CONCIENCIA • Su situación distingue de las


RELIGIOSA MORAL
moralidad demás por las situaciones
como energía. que ella impone.

3. FUNCIONAMIENTO DE LA CONCIENCIA MORAL

Carlos Portillo Fernández plantea que “Al definir la conciencia como un tipo de
conocimiento o de percepción estamos reconociendo que es una realidad compleja. Cuando
valoramos una acción realizada o por realizar, la conciencia moral puede actuar de maneras
diferentes: podemos sentir que lo que hemos hecho o vamos a hacer está bien o mal, sin saber
exactamente por qué; podemos también analizar las consecuencias reales o posibles de
nuestra acción y su conveniencia; podemos recurrir a pensar en normas previamente
aceptadas para enjuiciar la acción. A lo largo de la historia, distintas corrientes de
pensamiento sobre la moral han dado mayor importancia a alguno de estos modos de
actuación de la conciencia moral”. Así, las distintas corrientes son:

El intelectualismo moral, por ejemplo, considera la conciencia moral como el conocimiento


de lo que es bueno y lo que es malo. Se produce en él una identificación entre el bien y el
conocimiento, por una parte, y el mal y la ignorancia por otra. En consecuencia, según el
mismo, sólo obramos mal porque creemos, en nuestra ignorancia, que ese mal que hacemos
es un bien para nosotros. La manera de conseguir actuar correctamente será, pues, educar a

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nuestra razón en los principios de la moral para que no pueda llevarnos a valoraciones
incorrectas sobre la bondad o maldad de las cosas y las acciones.

El emotivismo, por el contrario, es el planteamiento de la conciencia moral como


sentimiento. Según los emotivistas, por medio de la razón sólo podemos llegar a comprender
lo útil o lo conveniente para determinados fines, pero no si algo es bueno o malo. La bondad
o maldad de actos, palabras, etc. se siente, no se conoce racionalmente. Los juicios morales,
para los emotivistas, no son más que medios para comunicar esos sentimientos y para intentar
convencer a los demás de su validez.

El intuicionismo tampoco considera que la razón sirva para determinar la maldad o la bondad
de las acciones y las cosas: la conciencia moral, según los intuicionistas, percibe directamente
lo bueno y lo malo. Puesto que el bien no es una cualidad natural -como el color-, no puede
percibirse por medio de los sentidos físicos. Esto hace que los intuicionistas vean la
conciencia moral como un sentido moral -intuición moral- que percibe directamente la
bondad o maldad de las cosas y las acciones, sin intervención de los sentidos físicos ni del
razonamiento.

El intuicionismo y el emotivismo niegan que la razón sea el componente fundamental de la


conciencia moral, aunque desde posturas muy diferentes. El intuicionismo considera que el
bien y el mal están en las cosas y las acciones, son cualidades reales que percibimos. El
emotivismo, por el contrario, sostiene que son sentimientos que provocan esas acciones y
cosas en nosotros; sentimientos que pueden variar de una persona a otra y son objeto de
discusión.

Los prescriptivistas, en cambio, consideran que la moral se basa en el carácter prescriptivo


(imperativo) de sus juicios. La conciencia moral, según estos autores, asiente o rechaza los
mandatos que presentan los juicios morales. La manera de demostrar el asentimiento a lo que
dice una norma es cumplirla, la de demostrar el rechazo, no cumplirla.

Todas estas teorías destacan aspectos parciales de la realidad total que es la conciencia moral.

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Ésta se compone tanto de razonamientos y juicios como de sentimientos, intuiciones


o mandatos.

4. HISTORIA DE LA NOCIÓN DE CONCIENCIA MORAL:


Establecer referentes en torno al concepto de conciencia moral impone una revisión
etimológica y del desarrollo histórico del concepto mismo.
Según fuentes griegas y judías. El término griego, synéidesis, en el caso del pitagorismo
cobra una importancia decisiva, el examen de conciencia por el que se enseña a avergonzarse
ante uno mismo más que frente a los otros. A partir de ahí, el concepto se transmitirá tanto a
Demócrito por una parte, como a Sócrates, Platón y Aristóteles. Pero será entre epicúreos y
estoicos donde el concepto alcanzará un mayor relieve como crítica del propio
comportamiento, bien a través del examen entre maestro y discípulo, bien como examen ante
sí mismo como la voz racional de la naturaleza, pues es a través de la oikeiosis
(autopercepción), que el hombre puede conocer en su interioridad la ley natural conforme a
la cual ha de vivir. Estas concepciones penetrarán en el cristianismo y se juntaran con el
judaísmo en donde la ley divina, no escrita y eterna, será el fundamento de la moralidad
(Rubio 1978, pág.104).

La conciencia entonces se define como el conjunto de procesos cognitivos y afectivos


que forman un gobierno moral interiorizado sobre la conducta del individuo. La noción de
conciencia moral designa el sentido innato del bien de la naturaleza humana y su aplicación
a la acción, y confusamente, coincide con las nociones de sindéresis y de recta razón. Ella
comprende, dice Sastoque una conciencia psicológica que varía de una persona a otra y que
puede ser definida como la actividad de la conciencia del sujeto que se examina a sí mismo,
sus actividades, su experiencia y su comportamiento, sea externo o interno. Conciencia moral
y conciencia psicológica se integran y se influencian recíprocamente.
Desde la perspectiva Tomista, conciencia significa facultad del conocimiento moral,
es la facultad humana del juicio moral, es la capacidad del hombre para discernir entre el
bien y el mal, entre lo justo y lo injusto. La conciencia es un acto del intelecto.
“La conciencia moral es un hábito del cual surge el acto de la conciencia moral. Él está unido
al hábito de la razón práctica y de la sindéresis y suministra los principios de los cuales se

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sacan las conclusiones que vienen determinadas en el acto de la conciencia: Aquel hábito del
cual surge el acto de la conciencia no es un hábito separado de aquel de la razón y de la
sindéresis, porque el hábito de los principios no es diverso de aquel de los cuales se sacan las
conclusiones correspondientes” (Sastoque 2001, pág. 237).
Ya en las elaboraciones medievales, en la tradición cristiana posterior prevalece en
un principio la concepción religiosa de la conciencia como manifestación de la voz de Dios
y como centro unificante de la persona, como interioridad que define al hombre, según
subrayará san Agustín.
En la modernidad, serán significativas las reflexiones de Descartes y Kant que
desembocará en la consolidación de la autonomía. El término autonomía significa que el
sujeto posee en sí mismo, o por sí mismo la norma (autos: propio; nomos: norma), mientras
que heteronomía significa que recibe la norma de otro o que su norma reside en otro (heteros:
otro).
La autonomía como capacidad de darse a sí mismo la ley, era el concepto que tenían
las ciudades-estados griegas de la antigüedad. El concepto moderno de autonomía surge
principalmente con Kant y da a entender la capacidad del sujeto de gobernarse por una norma
que él mismo acepta como tal sin coerción externa. Por el solo hecho de poder gobernarse a
sí mismo, el ser humano tiene un valor que es el de ser siempre fin y nunca medio para otro
objetivo que no sea él mismo. Pero para Kant, esta autolegislación no es intimista sino todo
lo contrario. Una norma exclusivamente individual sería lo opuesto a una verdadera norma y
pasaría a ser una inmoralidad. Lo que vale -según Kant y según la mayoría de los sistemas
éticos deontológicos- es la norma universalmente válida, cuya imperatividad no es impuesta
desde ningún poder heterónomo sino porque la razón humana la percibe como cierta y la
voluntad la acepta por el peso de su misma evidencia. Esta capacidad de optar por aquellas
normas y valores que el ser humano estima como válidas es formulada a partir de Kant como
autonomía. Esta aptitud esencial del ser humano es la raíz del derecho a ser respetado en las
decisiones que una persona toma sobre sí misma sin perjudicar a otros. (Kant 1989, pág. 303).
Una persona con autonomía actúa libremente según su proyecto de vida, en cambio la persona
heterónoma es controlada por otros o es incapaz de reflexionar y actuar en función a sus
propios deseos o planes.

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LA CONCIENCIA, RESPONSABILIDAD, Y EL BIEN MORAL

Tres elementos deben ser considerados en los análisis de la autonomía en función de


las acciones de las personas las cuales actúan:
a) intencionadamente
b) con conocimiento y
c) en ausencias de influencias externas que pretenden controlar y determinar el
acto.
En la época contemporánea, la concepción de la génesis de la conciencia moral tendrá
dos grandes corrientes que la sustentan como son el Psicoanálisis Freudiano y la Psicología
cognitiva de Piaget y Kohlberg.
Para Piaget, el modelo basado en el desarrollo cognitivo enfoca el estudio del desarrollo
moral, considerando que es el juicio moral el factor más decisivo en cada etapa del desarrollo,
propone como esquema de desarrollo moral, el paso de la heteronomía a la autonomía. En
esta etapa heterónoma, que domina hasta los siete u ocho años, el juicio moral ejercido se
basa en consideraciones autoritarias, en reglas objetivas, en un código moral externo, siendo
motivada la moral desde fuera del niño; en la etapa siguiente, el juicio moral se hace
autónomo y se regula por el reconocimiento de los derechos y necesidades de los demás,
siendo motivada dicha moral de cooperación desde el interior del niño. Entre la etapa de
heteronomía y la de autonomía, la moral del niño pasa por una fase intermedia (Piaget 1977,
pág. 19).

Piaget afirma que, como el resto de los organismos, los humanos y su mente operan con
dos funciones invariantes: la organización –tendencia a sistematizar sus procesos en sistemas
coherentes- y la adaptación al entorno que, a su vez, se despliega en la asimilación –o modo
en que un organismo se enfrenta a un estímulo del entorno en términos de su organización
actual- y la acomodación, o modificación de la organización actual en respuesta a las
demandas del medio. De este modo, la mente no solo absorbe datos, sino que, en su
interacción con el medio, busca información que le sirva para construir un sistema de orden
que encuentre sentido y, por tanto, fomente la interacción con el mundo. La información que
en cada etapa se considera relevante viene regulada por estructuras mentales. Esas estructuras
psicológicas o métodos de organizar la información las denomina estadios de desarrollo,
distinguiendo cuatro fundamentales:

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• El Sensomotor, hasta los dos años de edad, en que el niño está limitado al ejercicio
de sus capacidades sensoriales y motoras.
• El preoperatorio o prelógico, hasta los siete años, que se caracteriza por la llegada
del pensamiento o representación interna de actos externos. Es decir, la capacidad
de referirse a un objeto sin que esté sensiblemente presente.
• Las operaciones concretas, hasta los once años, en que son capaces de distanciarse
de percepciones inmediatas y cuestionarlas. Operaciones concretas se refiere a
operaciones mentales reversibles pero con poca capacidad de abstracción.
• Las operaciones formales, de los once años en adelante, marcan la capacidad de
razonar en términos de abstracciones formales, de hacer operaciones sobre
operaciones. (Piaget 1977, pág. 23).

Por su parte para Kohlberg , el ejercicio del juicio moral es un proceso cognitivo que nos
permite reflexionar sobre nuestros valores y ordenarlos en una jerarquía lógica. Ese proceso
es a la vez cognitivo y moral. El desarrollo de los períodos cognitivos aparece como una
condición necesaria para el de los paralelos niveles socio-morales.
Según Kohlberg, hay tres niveles, cada uno de los cuales con dos estadios, en el desarrollo
del juicio moral. Los niveles definen enfoques de problemas morales. Los estadios, los
criterios por los que el sujeto ejercita su juicio moral.
Kohlberg comparte con Piaget la creencia en que la moral se desarrolla en cada individuo
pasando por una serie de fases o etapas. Estas etapas son las mismas para todos los seres
humanos y se dan en el mismo orden, creando estructuras que permitirán el paso a etapas
posteriores. Sin embargo, no todas las etapas del desarrollo moral surgen de la maduración
biológica como en Piaget, estando las últimas ligadas a la interacción con el ambiente. El
desarrollo biológico e intelectual es, según esto, una condición necesaria para el desarrollo
moral, pero no suficiente. Además, según Kohlberg, no todos los individuos llegan a alcanzar
las etapas superiores de este desarrollo.
Entonces acerca de este tema se han desarrollado distintas opiniones a lo largo de la historia.

En primer lugar, desde la creencia en lo sobrenatural, se ha considerado la conciencia


moral como una expresión de la ley divina. En el ámbito cristiano medieval, por ejemplo, se

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consideraba que Dios ha dado la conciencia moral al ser humano para que pueda reconocer
la ley natural, que es el desarrollo de la ley de Dios en este mundo. No vamos a discutir este
tipo de opinión, ya que depende de la creencia previa en alguna realidad sobrenatural, lo cual
queda fuera del ámbito de una discusión racional.
Por otra parte, desde posturas naturalistas, se ha defendido a veces que la conciencia
moral es una capacidad innata de tipo racional que nos permite decidir sobre lo bueno y lo
malo. Desde este tipo de posturas también se ha defendido que es innata, pero no racional,
sino una especie de sensibilidad o de capacidad perceptiva para el bien y el mal.
Por último, desde distintos enfoques, se ha considerado que la conciencia moral se
adquiere. Según estas teorías, la tomamos del entorno en que nos hemos desarrollado. Los
valores dominantes en los distintos grupos sociales en que nos movemos afectan a nuestro
modo de valorar las cosas y las acciones. A lo largo de nuestra vida, esta conciencia irá
desarrollándose y variando, aunque lo fundamental de la misma se adquiere en la infancia y
la adolescencia.

5. CARACTERÍSTICAS DE LA CONCIENCIA MORAL


Según Johannes Messner plantea:
La conciencia moral se presenta como un saber universal (sentido común) del bien y
del mal que lleva consigo la exigencia incondicional de una conducta determinada sin que
haya detrás coacción exterior de ninguna clase, actuando como fuerza legisladora,
prohibitiva, incitadora y sentimental. Los hechos de conciencia son intuiciones que se
imponen por si mismas a la razón humana presentándose la conciencia moral de un modo
más inmediato y urgente cuando veta y reprime una determinada conducta.
La disposición natural para esas intuiciones de las verdades más universales es innata
al hombre pero estas últimas en si (convicciones morales básicas) son adquiridas a partir de
la experiencia externa.
A través de la experiencia comprueba desde los primeros años que el obrar mal trae malas
consecuencias y comprendiendo con el despertar de la razón más adelante el sentido que
subyace a estas verdades (éticas) elementales. Por caso el deber de la gratitud para lo cual
habrá debido conocer previamente qué es obrar bien y qué es la gratitud.

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LA CONCIENCIA, RESPONSABILIDAD, Y EL BIEN MORAL

Lo característico de la conciencia moral es la vivencia de una autoridad sobrepersonal


incondicionada (absoluta) ajena a su propia voluntad que se arraiga como legisladora y juez
ordenando sin tener en cuenta el acuerdo o la repulsa del hombre al margen de cualquier
esfuerzo de auto justificación o autoimposición.
Las verdades éticas elementales no son meros conocimientos sin relación con el
hombre se trata de un deber como ley en donde la ley de su conciencia es la ley de su propia
conducta. Ley en cuanto impuesta por una voluntad omnipotente y ley en cuanto modo de
obrar propio de cada ser y condicionado a la vez que ordenado por su propia naturaleza.
Si bien el hombre no posee una intuición connatural de las conexiones de la ley moral
con la naturaleza humana en pleno uso de su razón la reconoce como parte de su naturaleza
racional, de su propia esencia humana. Por caso reconoce la exigencia respecto a las
circunstancias y modos de alimentación y de las relaciones sexuales algo muy distinto de lo
que corresponde al animal.
Nuestra forma de entender la conciencia moral la caracteriza de la siguiente manera:

1. No es innata sino aprendida.

2. Es aprendida socialmente, es decir, enmarcada en un horizonte histórico - una época


histórica- y social - una sociedad determinada -.

3. Está sometida a cambio y evolución: su desarrollo está condicionado tanto a nivel


individual (en función del desarrollo psicológico de la persona y sus experiencias en la
práctica social) como social (variaciones en la sociedad en la que vive).

4. Se forja en una dialéctica entre el individuo y la sociedad: esta interacción la determina de


la siguiente manera:

a) La persona desde su infancia se encuentra sujeto a una influencia social bajo la


cual va forjando sus ideas morales y sus modelos de conducta moral.

b) Se encuentra con una moral establecida que se le inculca desde tantos ámbitos
que, a veces, actúa siguiéndola como si en realidad fuera una conducta instintiva
o espontánea.

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c) Por muy fuerte que sea el peso de la tradición y las costumbres, de la influencia
social, en último término siempre es la persona la que elige - aunque no por ello
deje de acusar esa fuerte influencia -.

d) La única defensa frente a la presión social es el ser siempre conscientes de esa


influencia y el analizar de manera crítica la moral establecida.

En resumen ni la conducta más pretendidamente espontánea se puede abstraer de la


influencia social y la educación recibida, ni cuando más libres creemos que actuamos podemos
evitar esa presión social. Se trata de hacer consciente esa influencia y esa educación para poder
actuar de forma más libre y crítica.

6. FACTORES DE LA CONCIENCIA MORAL

Según René Le Senne en su libro “Tratado de Moral General”. (1973: p. 319) afirma “La
conciencia moral no permanece en el estado de pura esencia. Las aprobaciones o
reprobaciones caen en la trama mental y provocan en ella repercusiones, de las cuales la
resultante en cada instante es la tensión moral de un espíritu. Se pueden clasificar estas
repercusiones en función de diversas especies de contenidos de conciencia… estos son
factores ser de tres clases”. Así los clasifica de la siguiente manera:

a. Sentimientos morales
Los sentimientos morales son el resultado del cambio de un sentimiento natural a un
sentimiento moral cuando el tropiezo por una dificultad, que interrumpe la liberación
continúa y fácil de la energía mental sobre un camino indicado por instinto o hábito,
incita a la voluntad a suscitar un sentimiento más complejo, reforzando o moderando,
generalmente inflexionando, la movilización de la energía a punto de sintetizarse.
Así, los sentimientos morales pueden ser positivos o negativos.

b. Las intenciones y las ideas morales


Las intenciones e ideas morales tienen que ver con el orden intelectual, la
intervención de la reflexión moral es exactamente comparable a la del espíritu crítico
en el pensamiento teórico. Asimismo se podría decir que, la forma propia de todos
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LA CONCIENCIA, RESPONSABILIDAD, Y EL BIEN MORAL

los factores intelectuales de la moralidad es lo que se le llama un orden, entendido


como el contenido intelectual de un mandamiento. Es así que, este orden refuerza la
intención.
Los juicios son formulados antes y después del acto moral. Los juicios previos al acto
moral establecen los principios. Por ejemplo: Hay que hacer el bien y evitar el mal.
En otras palabras, se juzga que, si tal acto es bueno, debe ser realizado; si es malo,
debe ser evitado.
Los juicios después del acto. Una vez realizado el acto, la conciencia lo acepta si fue
bueno y lo rechaza en el caso de que haya sido malo. La conciencia juzga también si
el acto fue digno de recompensa o de castigo. Si fue malo se pronuncia sobre la
obligación de reparar los males causados.

c. Las voliciones morales


Las voliciones generales tienen un carácter de ser propio puesto que poseen dobles
voliciones.
Una volición moral es aquella que esta injertada en una volición primitiva, cuyo
contenido vuelve a tomar para purificarlo de lo que lo corrompía y para enriquecerlo con
lo que le faltaba. Esto se da para que aparezca la libertad.

CAPITULO II:LA RESPONSABILIDAD MORAL

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LA CONCIENCIA, RESPONSABILIDAD, Y EL BIEN MORAL

Concepto importante dentro de la ética, que expresa la obligación que tenemos de


responder moralmente de nuestros actos. La responsabilidad moral se diferencia de la penal
o civil dentro del ámbito de la justicia en que estas dos últimas están sancionadas con penas
de cárcel o económicas, es decir, el Estado ejerce coacción para obligar a los ciudadanos al
cumplimiento de las leyes.
Sin embargo, la responsabilidad moral no lleva aparejada penas o sanciones físicas,
puesto que se trata de una responsabilidad de conciencia, esto es, del deber que tenemos ante
nosotros mismos de justificar moralmente nuestros actos. Es, por tanto, una responsabilidad
ante la que no estamos obligados por ninguna coacción externa a nuestra propia conciencia,
sino tan sólo por el hecho de ser personas libres y con capacidad de elección.
Entonces entendemos por responsabilidad moral la imputación o calificación que
recibe una persona por sus acciones desde el punto de vista de una teoría ética o de valores
morales particulares. Se trata entonces de la responsabilidad que se relaciona con las acciones
y su valor moral. Desde una ética consecuencialista, dicho valor será dependiente de las
consecuencias de tales acciones. Sea entonces al daño causado a un individuo, a un grupo o
a la sociedad entera por las acciones o las no-acciones de otro individuo o grupo.

1. CONCEPTO DE RESPONSABILIDAD

Según el autor Menéndez, define la responsabilidad como: “la obligación de rendir


cuenta de los propios actos”

(Menéndez, Aquiles. 1967: 144-145)

Coincidiendo con el autor anterior, Gracia afirma: “la responsabilidad es una


condición inexcusable de la naturaleza humana, de tal modo que ser hombre es estar
continuamente justificando los propios actos, o si se prefiere, dando cuenta o rindiendo
cuentas de lo que uno hace”

(Diego Gracia. 1998: 39)

Se dice de una persona que es responsable cuando está obligada a responder de sus propios
actos. Aunque algunos autores mantienen que la libertad es definida por la responsabilidad,

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LA CONCIENCIA, RESPONSABILIDAD, Y EL BIEN MORAL

la gran mayoría de estos están de acuerdo en que el fundamento de la responsabilidad es la


libertad de la voluntad.

Una vez admitida la libertad que fundamenta la responsabilidad, se plantea todavía varias
cuestiones importantes: ante todo, se trata de saber si la responsabilidad afecta solamente a
algunos actos de la persona o bien si afecta a todos.En segundo lugar se plantea el problema
de los grados de responsabilidad y finalmente se plantea el problema de la entidad o entidades
ante la cual es responsable (debe de ser de carácter personal).

El sentimiento de responsabilidad es un sentimiento personal que compromete a cada persona


y le hace comprender que no puede simplemente abandonarse a sus conveniencias
individuales. En cuanto a la naturaleza de la responsabilidad del ser humano, se dice que es
una condición inherente a su propio ser, porque sólo él es capaz de responder razonablemente
a sus actos y de dar cuenta de los mismos; los animales podrían responder, pero de acuerdo
a los estímulos que se les presenta y no de una forma racional.

El primer autor arriba mencionado, trata de definir a la responsabilidad como un sentido de


obligación, es decir la persona tiene el deber de responder a los actos a sí mismo y ante los
demás.

2. IMPUTABILIDAD.

Menéndez, Aquiles define así: “La simple atribución de un acto a un sujeto determinado”
(1967: 145).

Por eso que la responsabilidad como imputabilidad de una acción es la posibilidad de que
uno puede ser declarado autor libre de esa acción y sus consecuencias, y que se le puede pedir
cuenta.

Existen dos tipos de responsabilidad.

3. RESPONSABILIDAD MORAL.

“Cuando el tribunal es Dios o la propia conciencia” Uno puede darse cuenta o rendirse
cuentas a sí mismo continuamente. La conciencia se ha comparado muchas veces a una
especie de voz interior, que aprueba o reprueba nuestras conductas, y por tanto nos dice si lo
que hemos hecho es bueno o malo, es decir, si hemos actuado responsable o

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LA CONCIENCIA, RESPONSABILIDAD, Y EL BIEN MORAL

irresponsablemente. Gracia, dice que se trata “de una voz que manda, que es imperativa y
que en tanto que tal se parece a un tribunal.

De ahí que la conciencia haya sido siempre considerada, también, como el primer
tribunal que el hombre tiene y ante el que debe rendir cuentas, el llamado tribunal de la
conciencia”

(Diego Gracia. 1998: 41)

Tal autor afirma que la conciencia moral es el juicio de la propia razón sobre la
moralidad de las acciones que realizamos.

4. RESPONSABILIDAD LEGAL.

Menéndez, Aquiles dice que esta responsabilidad puede ser civil, penal o jurídica y
que “se trata de responder de los actos comunes del ciudadano, o del daño inferido que
requiere indemnización o pena por violación de las leyes”.

(Menéndez Aquiles. 1967: 145)

Esta responsabilidad nace después de la responsabilidad moral, pues depende de ésta


su fundamento. Pide cuentas a los hombres que conforman una sociedad.

En otras palabras cuando el tribunal es el poder público, tenemos la responsabilidad legal;


que a su vez es civil o penal.

Obstáculos que alteran la responsabilidad.

- La ignorancia
- El miedo
- La violencia
- La pasión
- El hábito
- Las enfermedades mentales

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ELEMENTOS MODIFICADORES DELA RESPONSABILIDAD


La voluntariedad es plena o perfecta si el agente tiene el conocimiento y un consentimiento
pleno. Es disminuida o imperfecta si falta algo en el conocimiento o en el consentimiento del
agente, o en ambas cosas a la vez, a condición que tenga uno y otro en algún grado. La
pregunta se plantea, pues: ¿qué es lo que hace a la voluntariedad imperfecta, reduciendo el
carácter específicamente humano del acto y haciendo menos responsable al agente? Puesto
que no estamos interesados en la fuerza del acto de voluntad, sino en el autocontrol del
agente, llamaremos a dichos elementos modificadores de la responsabilidad. Los hay cinco
principales a saber:
A. LA IGNORANCIA
La falta de conocimiento se da en diversos grados. El término ignorante suele
aplicarse solo a las personas y no a las cosas incapaces de conocimiento. Una persona
capaz de conocimiento, pero no lo tiene, podrá tener o no la obligación de tenerlo.
La ignorancia es o no susceptible de superación. La ignorancia que puede superarse
adquiriendo el conocimiento requerido se designa como ignorancia vencible. Y la
ignorancia que no puede superarse, porque el conocimiento requerido no puede
adquirirse, se designa como ignorancia invencible.
1. La ignorancia invencible destruye la responsabilidad. El conocimiento es
necesario para la voluntariedad, y en el caso de ignorancia invencible dicho
conocimiento no puede obtenerse. Por consiguiente, aquello que se realiza bajo
una ignorancia invencible no es voluntario. El que paga con moneda falsa, no
sabiendo que es falsa, no comete ningún mal. En efecto, su acto de pagar es
voluntario, pero no el hecho de pagar con moneda carente de valor.
2. La ignorancia vencible no destruye la responsabilidad, pero la disminuye. La
persona sabe que es ignorante y que puede obtener el conocimiento. Dejando
deliberadamente de realizar el esfuerzo suficiente, se permite así mismo
permanecer en la ignorancia, y los efectos que se siguen de su ignorancia son
voluntarios en cuanto a su causa, porque son consecuencias previstas. Un
cirujano, sabiendo que no posee conocimiento suficiente para una operación
difícil que puede diferirse, la lleva a cabo de todos modos y mata al paciente;
aunque no quería que el paciente muriera, es el caso que lo expuso

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deliberadamente a un peligro grave e innecesario, siendo responsable, por


consiguiente, de la muerte. Sin embargo, aunque reconoce su ignorancia, no está
seguro de sus efectos. Es menos culpable, por consiguiente que aquel que
proyectara deliberadamente matar a un hombre en esta forma.
3. La ignorancia afectada disminuye en cierta forma la responsabilidad, pero
aumenta en otra. La reduce como lo hace toda falta de conocimiento, puesto que
la persona no ve claramente el alcance de lo que está haciendo. Y la aumenta si
la persona trata de servirse de la ignorancia como de una excusa; la eliminación
del riesgo de castigo constituye para la voluntad un motivo complementario, ya
que la persona no solo quiere el acto, sino que quiere también la ignorancia como
miedo de facilitar el acto.

B. LA PASIÓN
La idea que necesitamos aquí es la de todo movimiento muy fuerte del apetito
sensible.
Las pasiones pueden hacernos querer una cosa más fuertemente, pero con menos
autocontrol. La pasión aumenta ciertamente la fuerza del acto de voluntad, pero esto
constituye una consideración más bien psicológica que ética. Las pasiones podrán
surgir espontáneamente antes de que la voluntad haya actuado. Cuando un objeto es
presentado a los sentidos, el apetito sensible es despertado casi automáticamente y
reacciona mediante sentimientos repentinos de alegría, enojo, odio, congoja,
vergüenza, compasión, disgusto y otro por el estilo. Estas emociones, si se
experimentan muy fuertemente, es lo que entendemos por pasiones. Una pasión de
esta clase se designa como antecedente . Porque se presenta antes de que la voluntad
pueda actuar. La pasión provocada deliberadamente en esta forma se designa como
consecuente , porque viene después de la elección de nuestra voluntad. La pasión
antecedente no es más que un acto de un hombre, en tanto que la pasión consecuente
es un acto humano.
1. La pasión antecedente puede destruir la responsabilidad.Si la pasión es tan
repentina o violenta que impida por completo el uso de la razón, hace la
deliberación imposible, y el acto realizado bajo su influencia no es ni libre ni

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LA CONCIENCIA, RESPONSABILIDAD, Y EL BIEN MORAL

voluntario. La experiencia muestra que la perdida completa de control tiene lugar


algunas veces, aunque raramente.
2. La pasión antecedente no suele destruir la responsabilidad, pero la reduce. En
la mayoría de los casos, el individuo, aunque trastornado por pasión, sigue siendo
dueño de sus actos. Le quedan suficientes conocimientos y consentimientos para
que su acto sea tanto voluntario como libre siendo tenido como responsable del
mismo.
3. La pasión consecuente no disminuye la responsabilidad, sino que podrá
aumentarla. El estado de pasión es deliberadamente provocado o fomentado, y,
por consiguiente, es voluntario en sí mismo. El acto que resulta de la pasión es
voluntario, ya sea en sí mismo o en su causa.

C. LOS HABITOS
El hábito es como una forma constante de actuar obtenida mediante repetición del
mismo acto. Una vez el hábito adquirido los actos resultan de el en forma espontánea
y casi automática, de modo que la reacción deliberada se hace innecesaria.
1. Adquirir un hábito deliberadamente.Como cuando tratamos de aprender un
juego o hacernos carteristas. En este caso, el hábito es voluntario en sí mismo, y
los actos que de él resulten son voluntarios en sí mismos, si se ejecutan con la
intención de adquirir hábito o, al menos, voluntarios en cuanto a su causa, si no
son intencionados pero consecuencias previas del hábito.
2. Podremos no tratar de adquirir un hábito. Por el hábito mismo, pero ejecutar
voluntariamente actos de los que sabemos que son formadores de hábito, como
cuando una persona empieza a fumar o a tomar narcóticos.
3. Podremos descubrir que hemos adquirido un hábito inintencionalmente, ya sea
porque no nos dimos cuenta de que habíamos ejecutado la misma cosa en la
misma forma tan a menudo, o porque no nos ocurrió que aquellos actos eran
formadores de hábitos.
D. LA FUERZA
La fuerza, violencia o compulsión es el poder físico externo que hace que alguien
realice algo contra su voluntad. En el lenguaje corriente, el que cede a una amenaza

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de violencia se dice que se vio forzado, aunque no se trate, en realidad, de fuerza, sino
de miedo y la voluntariedad de la persona ha de juzgarse de acuerdo con las normas
del miedo.
En cuanto elemento modificador distinto de la responsabilidad, la fuerza ha de
entenderse en su sentido más estricto, esto es, no simplemente como amenaza, sino
como empleo real de poder físico.

Por ejemplo:
Si entrego mi dinero a un asesino porque me apunta con un arma, esto es miedo; pero
si él me domina físicamente mientras me vacía los bolsillos, esto es fuerza.

La fuerza no puede llegar directamente a la voluntad, porque afecta solamente los


actos externos y no el acto interno de la voluntad misma, en que reside la
voluntariedad.
El acto que un agresor violento trate de hacernos realizar podrá ser o no ser malo en
sí mismo. Si no lo es, podemos ceder al mismo y satisfacer sus exigencias, en cuyo
caso nuestros derechos resultan ofendidos y se nos hace injusticia, pero nosotros
mismos no estamos obrando mal, sino salvándonos de un mal peor.

Por ejemplo:
Aquel que es secuestrado no necesita luchar (y esto se aplica tanto al que actúa por
miedo como al que lo hace por fuerza), porque no hay ofensa moral alguna en ir
simplemente de un lugar a otro. En cambio, en un caso como el de violación, en que
el consentimiento implicaría una ofensa moral, se requiere resistencia.
¿Cuánta resistencia? Al menos la resistencia interna, que consiste en negar el
consentimiento de la voluntad, y resistencia externa pasiva, que consiste en no
cooperar con el agresor, es también necesaria cuando, sin ella, la negativa del
consentimiento sería demasiado difícil de mantener, pero no lo es, en cambio, cuando
sería inútil y no existe peligro alguno de consentimiento.
La victima de fuerza no tiene responsabilidad alguna si no consiente. Y si consiente
con disgusto, tiene una responsabilidad reducida, a causa de su deseo en sentido

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contrario. Pero, si en realidad desea hacer aquello que se le obliga a hacer y sólo finge
resistir, entonces no es verdaderamente víctima de fuerza, y su responsabilidad es
plena.
E. EL MIEDO
El miedo es la aprensión de un mal inminente. Puede ser una emoción, esto es un
trastorno del apetito sensible cuando aparece como un reflejo súbito, productor de
temor, o como un acto impulsivo de evitación. Pero existe también el miedo
intelectual, que incluye la comprensión de una amenaza de mal y un movimiento de
voluntad, de evitar dicho mal por medio de medidas racionalmente concebidas. Este
miedo podrá no tener componente emocional alguno.
Por ejemplo:
Un individuo podrá fríamente decidir robar, porque tiene miedo de la pobreza; mentir
porque tiene miedo de una deshonra.
Este es la clase de miedo en que pensamos cuando hablamos de un modificador
particular de responsabilidad. Al apreciar su efecto sobre la responsabilidad, el miedo
ha de considerarse con relación a la persona y sus circunstancias. El miedo es
solamente un modificador de la responsabilidad cuando actuamos por miedo, como
motivo para actuar, y no simplemente con miedo; como un acompañamiento de
nuestro acto.
Por ejemplo:
El soldado que deserta de su puesto en la batalla por cobardía está motivado por el
miedo; si permanece en su puesto a pesar del peligro, podrá tener acaso exactamente
el mismo miedo, pero no deja que éste influya sobre su conducta.
1. El miedo no destruye la responsabilidad. El tipo emocional del miedo puede poner
a una persona en un estado de pánico, que pierda todo autocontrol; en este caso, sigue
las reglas de la pasión. Pero el miedo intelectual no produce semejante efecto.
Por ejemplo:
Una persona mira a su alrededor en busca de una escapatoria de la amenaza de mal y
efectúa una elección deliberada. Podría elegir hacer frente al mal, pero prefiere ceder
a su miedo, en lugar de resistirle y, por consiguiente, hace voluntariamente lo que

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LA CONCIENCIA, RESPONSABILIDAD, Y EL BIEN MORAL

hace. Esto constituye una conducta prudente cuando no existe la obligación de


resistir.
2. El miedo reduce la responsabilidad .Un acto motivado por el miedo es un acto que
queremos, pero que no quisiéramos, a no ser por el miedo que experimentamos. Esta
mezcla de renuncia debilita el consentimiento de la voluntad y nos deja con una mente
dividida y un deseo de la otra alternativa, reduciendo así nuestro autocontrol.
Si la decisión de una persona es clara y recta, de modo que actúe sin pensar o disgusto,
su acto es voluntario y la alternativa que no elogió es involuntaria. Pero si actúa con
pesar y repugnancia, al elegir algo que preferiría no estar obligado a hacer, entonces
se da conflicto entre su voluntad y su deseo. Su voluntad es aquello que elige
deliberadamente, en tanto que su deseo es lo que le gustaría elegir si las circunstancias
lo permitieran.

CAPÍTULO III:EL BIEN MORAL

1. DEFINIBILIDAD DEL BIEN


La cuestión de la definibilidad del bien cobró actualidad gracias a George Edward
Moore, a fines del siglo pasado y principios del presente. Su razonamiento es en el sentido
de que toda definición es un análisis de un concepto en sus efectos; qué el bien es un concepto
simple no analizable en algo más simple, y que, por consiguiente, el concepto del bien es
indefinible. Por supuesto, podemos señalar determinadas propiedades, en los objetos, en cuya
virtud decimos que estos objetos son buenos, pero esto no nos dice lo que es bueno en dichas
propiedades o por que sea bueno tenerlas. En cierto sentido podemos definir bien como el
objeto que es bueno pero no el predicado bueno mismo. El que no podamos definir el bien
no significa que no podamos saber qué es. No todo conocimiento lo es por definición. No
podemos definir el amarillo, si no señalar simplemente objetos amarillos; la longitud de
ondas de la luz nada nos dice acerca de la manera de ser del color que vemos. Tratar de definir
el bien en términos de algo otro, que no es bien, no es definirlo, sino perderlo. La reducción
del bien, la más simple de las ideas éticas, a algo no ético implica lo que Moore designa como
falacia naturalista, como si el bien fuera una especie de propiedad natural que algunas cosas
poseen y otras no. El bien es simplemente el bien, irreducible, inanalizable e indefinible.

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Cabría criticar este argumento señalando que el diccionario contiene una definición del bien
y que pueden formularse normas para el uso de la palabra bien en el lenguaje. Los analistas
lingüísticos dedican mucho tiempo a esta tarea, pero Moore se les anticipó observando que
la materia de estudios de la ética es el concepto del bien mismo y no la corrección del hablar
a su respecto. Otros resuelven el problema de la definibilidad del bien definiéndolo
realmente, por ejemplo, como placer, calidad de deseable, evolución, vida conforme a la
naturaleza, y otros conceptos similares.
Habremos de examinar estas pretensiones, pero es lo cierto que constituyen ejemplos de
aquello precisamente a lo que Moore alude con la expresión de “falacia naturalista”. Otra
objeción es la de que si el bien no puede definirse, habrá de conocerse por medio de alguna
intuición directa. Esto
Moore lo admite, pese a la impopularidad del intuicionismo. Cuánta intuición deba
admitirse en la ética, si se admite alguna, ésta es una cuestión de la que habremos de
ocuparnos más adelante.
Ahora, tanto si el bien es indefinible en principio como no, debemos empezar nuestro
estudio del mismo sin definición alguna, puesto que sólo podríamos obtenerla
comprometiéndonos de antemano con alguna filosofía que no hemos examinado todavía.
Pero inclusive sin definición, mucho se ha escrito acerca del bien. Los antiguos desarrollaron
uno de sus aspectos más fecundos, el del bien como fin, y nosotros podemos empezar
perfectamente con este enfoque tradicional.

2. CONCEPCIÓN MODERNA DEL BIEN MORAL


El enfoque moderno sobre el bien es diverso. En líneas generales se aleja de la
tradición clásica que confiere al bien un carácter teleológico y objetivo. El bien ya no se
define en relación al ser o al fin último (sentido objetivo), sino que es definible “más que por
referencia a un sujeto que califica de agradables, funcionales, útiles o moralmente buenos a
los objetos, las situaciones, disposiciones, acciones, y ello por relación a sus sentimientos de
placer, a sus deseos y voluntades” (Höffe, 1994: 28). Por lo tanto, el bien ya no es un concepto
universal, que expresa una realidad objetiva (o cualidades objetivas de algo), sino un
concepto en el que se expresa la valoración de un sujeto con respecto a las cosas. “El bien
moral se interpreta entonces generalmente de forma funcional como reconocimiento de y

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LA CONCIENCIA, RESPONSABILIDAD, Y EL BIEN MORAL

sumisión a aquellas normas que sirven a la satisfacción de las necesidades individuales


(interés propio), o a una comunidad de acción (utilitarismo)”.
Sin embargo, algunos autores contemporáneos han intentado escapar de este subjetivismo;
unos hablan del bien como expresión de sentimientos humanos generales y no individuales
(Hume, Butler…); otros establecen el bien común como punto de referencia de los juicios de
valor, como el término objetivo y metaempírico de una modalidad específica de
conocimiento práctico (Shaftesbury, Hutchenson, Scheler, Hartmann); y otros concentran su
atención en el deber, como un imperativo que supera todo cálculo egoísta de felicidad (Kant).

3. EL BIEN COMO FIN


Aristóteles empieza su Etica con la declaración: “el bien es aquello que todas las cosas
persiguen”. Ética a Nicómaco.
Esto no debe tomarse como una definición del bien, sino solamente como un reconocimiento
de la relación entre el bien y el fin. Dice que el fin es “aquello por amor de lo cual una cosa
es hecha”,y lo pone entre sus cuatro causas. Para él, todo cambio es un proceso mediante el
cual algún substrato subyacente dado (la materia) adquiere una nueva especificación o
determinación (la forma), a través de la acción de un operador eficiente (el agente), movido
a actuar por la atracción de algún bien (el fin). Semejante visión del universo, con sus cambios
constantes, supone teleología o finalidad, esto es, un mundo dirigido, en el que todas las cosas
tienen un fin, en cuanto opuesta a la teoría mecanicista de que todos los cambios tienen lugar
por azar. Un mundo dirigido necesita un principio de dirección, y el nombre de ésta es
naturaleza Cada ser está estructurado de modo que actúa solamente según determinadas
líneas definidas. La naturaleza no es alguna clase de conductor, ya sea interior o exterior al
ser, ni algo distinto del ser que actúa, sino que es el ser mismo. Es la esencia de cada ser,
considerado como principio u origen de su actividad. La dirección supone no sólo una
naturaleza, un principio motor para hacer que las cosas se muevan, sino también un objetivo
hacia dónde moverse. Así, pues, naturaleza y fin son términos correlativos. La actividad
natural es actividad teleológica.

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LA CONCIENCIA, RESPONSABILIDAD, Y EL BIEN MORAL

El hombre tiene también una naturaleza, el origen del dinamismo interno de su ser, que hace
que sea natural para el hombre buscar el bien como su fin. El hecho de que la naturaleza de
un ser lo estructure de tal modo que actúe siguiendo líneas definidas no constituye un
impedimento a su libertad. Algunos seres tienen una naturaleza libre, están construidos para
actuar libremente y es natural para ellos dirigirse ellos mismos a su fin por elección libre.
Otros, en cambio, carecen de libertad y siguen automáticamente las pistas que su naturaleza
les ha trazado. En ambos casos tienden hacia sus respectivos fines.
Todo fin es un bien y todo bien es un fin. Un fin no se perseguiría a menos que fuera algo
bueno para el que lo persigue, y el bien, al ser perseguido, es el fin o propósito del afán de
quien lo busca. Ninguna actividad es posible, como no sea para la consecución de algún fin,
por amor de algún bien. Este es el principio de finalidad o teleología, que Santo Tomás
explica como sigue:
Todo agente actúa por necesidad por algún fin. Porque, si en un número de causas
ordenadas una con respecto a otra la primera es eliminada, las otras han de eliminarse también
necesariamente. Ahora bien, la primera de todas las causas es la causa final. La razón de la
cual es que la materia no recibe forma alguna, excepto en la medida en que es movida por un
agente; porque nada se reduce por sí mismo de la potencialidad al acto. Pero es el caso que
un agente no mueve, excepto con la intención puesta en un fin. Porque si el agente no
estuviera condicionado con respecto a algún efecto particular, no haría una cosa con
preferencia a otra; por consiguiente, con objeto de producir un determinado efecto, el agente
ha de estar determinado necesariamente con respecto a uno particular de ellos, lo que
constituye la naturaleza del fin.
En otros términos, antes de actuar, el ser con capacidad para hacerlo está en un estado
indefinido y puede ya sea actuar o no, actuar en una determinada forma o en otra. Ninguna
acción tendrá jamás lugar, a menos que algo elimine dicha indeterminación, mueva el ser a
actuar y oriente su actividad en una determinada dirección. De aquí que el principio de
finalidad, esto es, “todo agente actúa con miras a un fin”, está implícito en los conceptos de
potencia y acto, así como en la noción entera de casualidad. Si todo agente actúa con miras
a un fin, el agente humano también lo hace ciertamente así.
La descripción que precede se basa en Aristóteles, quien confirió a la teleología su
expresión clásica. Pero nuestro interés está en el hombre. Sea lo que sea lo que se piensa de

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LA CONCIENCIA, RESPONSABILIDAD, Y EL BIEN MORAL

la teleología en el universo conjunto, ningún individuo en su cabal juicio puede negar que
los seres humanos actúan con miras a fines. Inclusive aquel que se propusiera demostrar que
no lo hacen, tendría esta demostración como su fin. El dejar de adaptar el individuo su
conducta a fines racionales constituye el signo reconocido de trastorno mental. Por
consiguiente, el solo supuesto de que hay algo como actos humanos racionales constituye el
reconocimiento de que los seres humanos actúan con miras afines.
Se plantea esta cuestión: si todas las cosas, incluido el hombre, buscan un fin que es
también el bien, ¿cómo puede dejar un acto de ser bueno, cómo puede la conducta humana
equivocarse? El bien como fin, como perfeccionante, como bien para, posee varios
significados, de entre los cuales debemos aislar el bien moral.
La tesis del metafísico, en el sentido de que “todo ser es bueno”, se refiere únicamente
a la bondad ontológica o metafísica. Significa solamente que todo ser, por el solo hecho de
ser un ser, tiene en sí alguna bondad y es bueno para alguna cosa, contribuyendo en alguna
forma a la armonía y la perfección del universo. Todo ser posee cierta cantidad de bondad
física, que consiste en una integridad de sus partes y en una competencia de actividad.
Aunque algunas cosas son físicamente defectuosas, son buenas en la medida en que tienen el
ser, y defectuosas en el sentido de que les falta ser. Pero, del hecho de que todo ser sea bueno
para algo, no se sigue que todo ser sea bueno para todo. Lo que es bueno para una cosa podrá
no serlo para otra, y lo que es bueno para una cosa en determinadas circunstancias o desde
un determinado punto de vista podrá no serlo en circunstancias distintas o desde otro punto
de vista. La metafísica considera el bien en su sentido más amplio y puede encontrar así, en
alguna forma, bien en cada cosa; la ética, en cambio, considera el bien bajo el aspecto
limitado de la conducta humana voluntaria y responsable, y encuentra a menudo este aspecto
extrañamente alterado. El asesino apunta la pistola y derriba a su víctima. Se trata de un buen
tiro, pero de una acción mala. Desde el punto de vista de la ejecución es admirable, pero en
cuanto acto de conducta humana es condenable. Hay algún bien en todas las cosas, pero éste
no es necesariamente el bien ético o moral.
Debido a que no todo es bueno para todo, corresponde al juicio humano decidir cuáles
cosas son buenas para él. Los juicios humanos están sujetos al error y, por consiguiente, el
individuo podrá tomar el bien aparente por el bien verdadero. Al menos que una cosa parezca,
ser buena, no podríamos buscarla en absoluto, porque no podría constituir atractivo alguno

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LA CONCIENCIA, RESPONSABILIDAD, Y EL BIEN MORAL

para nuestros apetitos; pero podemos confundir fácilmente lo que es bueno para otra cosa por
lo que es bueno para nosotros, o aquello que sería bueno para nosotros en otras circunstancias
con lo que es bueno para nosotros aquí y ahora. Si algún bien menor hace imposible la
consecución del bien absolutamente necesario, entonces este bien menor no es para nosotros
el verdadero bien. El bien moral ha de ser siempre el verdadero bien.
Así, pues, hay grados en cuanto a la bondad. Buscaremos acaso un bien no por amor
del mismo, sino como medio para otro bien: es deseable únicamente en cuanto conduce a
otra cosa más deseable. Este es el bien útil o instrumental, y es bueno solamente en un sentido
calificado o análogo, tal como lo son los utensilios e instrumentos. Podemos buscar un bien
por la satisfacción o el placer que procura, sin considerar si habrá de ser o no provechoso
para nuestro ser conjunto; nos deleita ahora y podrá ser acaso innocuo, pero no ofrece
garantía alguna de que no pueda perjudicarnos a la larga, e incapacitamos para el bien mayor.
Ese es el bien placentero, y es el que nos atrae de la manera más viva. O bien, podremos
perseguir un bien, en fin, porque contribuye a la perfección de nuestro ser en su conjunto,
porque es adecuado al individuo como tal éste es el bien apropiado, lo justo y lo honorable
lo noble y virtuoso, y es bueno en el sentido más pleno de la palabra. Es no sólo bueno para
nosotros, como el término apropiado lo implica, sino también bueno en sí mismo, en cuanto
valor independiente, aparte de su efecto sobre los demás; desde este punto de vista se le
designa como bien intrínseco. El bien moral, además de poder ser también útil y placentero,
es siempre y necesariamente el bien apropiado.
Este análisis de las clases del bien muestra que la conducta humana ha de estar dirigida
siempre en algún sentido hacia el bien, pero que éste no siempre es el bien moral. El hacerlo
bien moral, tal es el propósito de la vida y tal nuestra responsabilidad.

4. EL BIEN COMO DEBER SER


El bien, según acabamos de ver, es objeto de nuestro afán constante. No nacemos
como poseedores del bien, sino como buscadores constantes de él.
Nuestra existencia es un paso de la capacidad a la realización, de la potencia a la actualidad,
de la perfectibilidad a la perfección. Nuestra vaciedad pide ser llenada, y todo aquello que

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LA CONCIENCIA, RESPONSABILIDAD, Y EL BIEN MORAL

satisface nuestro apetito es llamado bien. En esta forma, el bien se presenta a nosotros como
un fin.
Pero, ¿en cuánto fin el bien es atractivo y nos invita a perseguirlo? Exige ser, merece ser,
debería ser realizado y debería existir. Pero el mero reconocimiento de que una cosa debería
ser no implica, por sí mismo, que sea yo quien deba hacerla ser. Decimos que una obra de
arte debería ser, en el sentido de que se trata de una concepción noble, digna de producción,
y que sería vergüenza no llevarla a la luz, aunque ningún artista esté estrictamente obligado,
en, Particular, a crearla. Decirnos a un individuo que debería invertir su dinero en está
empresa, que ésta deberá procurarle un mejor beneficio, que cualquiera que pueda esperar de
alguna otra inversión, sin embargo, nadie considera este deber ser como una obligación
estricta.
Aquí vemos, pues, dos sentidos diferentes del deber ser, que el bien implica siempre.
Todo bien, excepto el bien moral, es optativo, en tanto que el bien moral es necesario. No
hay manera de substraerse a las exigencias de la moral, al imperativo de vivir una vida buena
y de ser, así, una buena persona.
Este carácter obligatorio del bien moral es lo que se impone a aquellos que ven la
ética principalmente en términos de deber. No es tanto la belleza del bien lo que los invita
sino la voz severa del deber que los llama. A menudo la elección está entre un bien moral y
alguna otra clase de bien, y esta otra clase parece ser, en aquel momento, con mucho la más
atractiva. Si consideramos el bien únicamente como objeto de deseo como fin a perseguir, el
bien aparente podrá llamarnos acaso con sonrisas seductoras, en tanto que el bien verdadero
señalará gravemente el camino más arduo. Y es el caso que estamos obligados a seguir el
bien verdadero y no el meramente aparente.
¿Cuál es la naturaleza de este deber ser moral que nos manda con semejante
autoridad? Es una especie de necesidad que es única e irreductible a ninguna otra. No se trata
de una necesidad lógica o metafísica basada en la imposibilidad de pensar contradicciones o
de conferirles existencia. No se trata de una necesidad física, de un deber que nos empuje
desde fuera destruyendo nuestra libertad. Ni se trata tampoco de una necesidad biológica o
psicológica, de una imposibilidad interna, incorporada a nuestra naturaleza y destructora
asimismo de nuestra libertad, de actuar en otra forma. Es, antes bien una necesidad moral, la

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LA CONCIENCIA, RESPONSABILIDAD, Y EL BIEN MORAL

del deber ser, que nos guía hacia aquello que reconocemos constituir el uso apropiado de
nuestra libertad. Es una libertad que es una necesidad y una necesidad que es una libertad.
La necesidad moral me afecta a mí, el sujeto actuante,, pero proviene del objeto, en
cambio, la clase de acto que yo, el sujeto, realizo. En su ser real, el acto es algo contingente
que puede ser o no ser; pero, en su ser ideal, en cuanto es presentado a mi razón y mi voluntad
para deliberación y elección, asume una necesidad práctica que requiere decisión. La
exigencia es absoluta. El mal uso de mis capacidades artísticas, económicas, científicas y
otras particulares, es penalizado con el fracaso, no con la culpa, porque yo no tenía obligación
alguna de realizar dichos esfuerzos y, por consiguiente, no tenía obligación alguna de
llevarlos a buen fin. En cambio no puedo dejar de ser hombre y de haber de triunfar
absolutamente como tal. Si fracaso en ello, es culpa mía, porque el fracaso ha sido escogido
deliberadamente. No resulto ser malo en determinado aspecto, sino que soy un hombre malo.
Todo lo que hago expresa en alguna forma mi personalidad, pero el uso de mi libertad es el
ejercicio real de mi personalidad única en cuanto constitutiva de mi ser más íntimo.
Tomemos el caso de un individuo al que se ofrece una gran cantidad por el acto de
asesinar a su mejor amigo. Reduzcamos los peligros y subrayemos las ventajas lo más que
podamos. Hagamos que el acto sea absolutamente seguro. Sin embargo, no debería hacerse.
¿Por qué no?
1. Eliminemos la sanción legal. Supongamos que el individuo está seguro no sólo
de que no será detenido, sino que encuentra también alguna escapatoria en virtud de
la cual ni siquiera vulnera ley civil existente alguna, de modo que no podrá ser
perseguido por delito alguno.
Y sin embargo, se ve a sí mismo como asesino y no puede aprobar su acto.
2. Eliminemos la sanción social. Puesto que nadie lo sabrá, no ha de tener la
desaprobación de nadie. Sin embargo, merece la desaprobación, aun si no la sufre.
¡Cuán distinto es esto cuando las sanciones sociales son inmerecidas! No nos
acusamos a nosotros, si somos inocentes, sino que acusamos a la sociedad que nos
condena injustamente.
3. Eliminemos la sanción psicológica. Los sentimientos de depresión, disgusto y
vergüenza, la incapacidad de comer o dormir a causa de las punzadas de
remordimiento o culpa, todo esto podrá molestarle a él, pero los demás serán inmunes

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LA CONCIENCIA, RESPONSABILIDAD, Y EL BIEN MORAL

a semejantes sentimientos, e inclusive en él podrán provenir acaso de otras causas. El


elemento moral subsiste, con todo. Si en alguna forma los sentimientos de culpa
pudieran eliminarse, de modo que ya no percibiera trastorno psicológico alguno por
causa de su acto, aun así juzgaría el individuo su acto, con toda sinceridad, como
malo, y sabría que es culpable, a pesar de la ausencia de dichos sentimientos.
4. Eliminemos la sanción religiosa. Si Dios no fuera a castigarlo y si estuviéramos
seguros de que no iba a hacerlo, aun es esta hipótesis absurda no debería el acto
llevarse a cabo. El autor celebrará acaso escapar a dicha sanción, pero seguirá
sabiendo que no merecía escapar. El acto es de tal naturaleza, que Dios debería
condenarlo, y nos decepcionaría si no lo hiciera. Empezaríamos a poner en entredicho
la justicia de Dios, de modo que Dios mismo ya no seguiría representando lo ideal.
Esta es tal vez la indicación más clara del carácter absoluto del orden moral.
5. Lo que subsiste es la sanción moral. Es intrínseca al acto mismo, idéntica con la
elección deliberada de la voluntad, con la relación entre el autor y su acto.
Al despreciar el bien moral me desprecio a mí mismo. Según que acepte o rechace el
bien moral, subo o bajo en mi propio valor como hombre. El bien moral proporciona la escala
con la que necesariamente me mido a mí mismo, con la que me juzgo inevitablemente a mí
mismo. Este juicio no es meramente una opinión subjetiva, sino una apreciación objetiva de
mi verdadero valor en el orden de las cosas. Este ascenso o descenso no es algo optativo; no
me está permitido caer. No es una cuestión de si estoy o no interesado en mi propia mejora;
no me está permitido no ser. No se trata de una necesidad disyuntiva: haz esto o acepta las
consecuencias. Es simplemente: haz esto. No me esta permitido exponerme a mí mismo a las
consecuencias de no hacerlo. De hecho, cualesquiera que sean las consecuencias, han de
juzgarse ellas mismas por este criterio moral, y las consecuencias últimas han de contener su
propio valor moral.
Algunos autores prefieren expresar este aspecto del deber ser mediante los términos
de correcto y erróneo en lugar de bien y mal. Es cierto que el primer par tiene un saber más
obligatorio que el segundo, pero es imposible lograr que la gente se sirva de semejantes
términos sencillos de modo consecuente especialmente si se los toma como no definibles.
Podemos utilizarlos como sinónimos y fiarnos en el contexto para su aclaración.

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LA CONCIENCIA, RESPONSABILIDAD, Y EL BIEN MORAL

Según que subrayemos el bien como fin o el bien como deber, tenemos dos variedades
principales de ética, a saber: la ética teleológica y la ética deontológica.
Una oposición desafortunada de estos dos puntos de vista ha inficionado el estudio
entero, como si debiéramos optar ya sea por una ética de los fines y consecuencias o por una
ética de la ley y la obligación o, en una palabra, por una ética de la felicidad o por una ética
del deber. ¿Es acaso posible trascender semejante dicotomía y demostrar que estos aspectos
no son opuestos sino complementarios? ¿No debería acaso hacerse el bien por amor del bien,
pura y simplemente porque es bueno, independientemente de a cuáles consecuencias pueda
conducir o de cuál sea la autoridad que lo imponga como deber? Esto aparecerá acaso a partir
de un tercer enfoque relativamente moderno del bien, esto es, el enfoque axioló-gico8 o de
la consideración del bien como valor.

5. EL BIEN COMO VALOR

5.1.Valor en general
El término valor o precio parece tener su origen en economía, pero ya mucho antes
del advenimiento de la axiología como estudio formal se aplicó analógicamente a otros
aspectos de la vida. No hay mayor acuerdo acerca de la definición del valor del que hay con
respecto a la definición del bien. Pero, en la práctica, todos sabemos lo que es valor, y
podemos empezar, pues, nuestro examen a este nivel del sentido común.
Una cosa nos gusta en alguna forma, en tanto que otra no lo hace. Aquello que nos gusta
podrá proveer una necesidad, satisfacer un deseo, despertar interés, estimular una emoción,
provocar una respuesta, motivar un hecho o simplemente suscitar nuestra aprobación. La
existencia de valores subjetivos — valoraciones o apreciaciones o juicios de valor, según
prefieren llamarlos otros— es una cuestión de experiencia. Formulamos juicios de valor,
tanto si estos juicios están justificados como no; tanto si tienen algún contenido real como
no. Algunos de estos juicios no son comparativos, y en ellos expresamos simplemente nuestra
aprobación o nuestra desaprobación, en tanto que otros son comparativos y, ordenándolos
apropiadamente, podemos construir una escala de valores. Una escala completa sería
demasiado compleja para que alguien pudiera conseguirla, pero todos nosotros tenemos
algunas referencias constantes que representan puntos conocidos en nuestra escala.

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LA CONCIENCIA, RESPONSABILIDAD, Y EL BIEN MORAL

5.2.Algunas características generales del valor aparecen inmediatamente.

Los valores son bipolares, con un polo Positivo y un polo negativo: agradables, molestos;
fáciles, difíciles; fuertes, débiles; ricos, pobres; bellos, feos; verdaderos, falsos; buenos,
malos. El polo positivo es el preferido, en tanto que el polo negativo es mejor no llamarlo
valor en absoluto, sino ausencia de valor.
Los valores no son homogéneos, sino de muchas clases, algunos totalmente extraños entre
sí, y esta es la razón de que la construcción completa de valores resulte tan difícil: hay
demasiados cortes transversales.
Los valores trascienden los hechos, en el sentido de que nada resulta jamás tal como lo
esperábamos; inclusive si algo lo hiciera, no haría más que mostrar que nuestras expectativas
apuntaban demasiado bajo y que, en realidad, queremos algo más.
Los valores, aunque no totalmente realizables, exigen realización. Deberían existir,
merecen ser, inclusive si no contarnos con manera alguna de llevarlos a la existencia.

5.3.Existencia del valor

¿Existen los valores o pertenecen acaso por completo al dominio del pensamiento?
¿Llamamos una cosa valiosa porque tenga en sí alguna propiedad real, o la revestimos acaso
nosotros con ella mediante nuestra actitud hacia la misma? El filósofo subjetivista ha de
adoptar, si quiere ser consecuente, este último punto de vista. Pero inclusive los filósofos
objetivistas, quienes en su epistemología general admiten la existencia de un ser real que es
independiente de nuestro pensamiento, pueden ser subjetivistas por lo que se refiere al valor.
Las cosas existen, dicen, pero, cualquiera que sea el valor que tengan, les es conferido por
los otros; hay un ser objetivo, pero ningún valor objetivo. ¿Qué pruebas tenemos al respecto?
El hecho de que hay valores es evidente a partir del hecho de que tenemos preferencias. El
que algunos valores son totalmente subjetivos, esto lo atestigua la arbitrariedad de algunas
preferencias. La cosa no posee valor intrínseco, al menos para nosotros, pero le conferimos
un valor a causa de nuestros prejuicios peculiares, de nuestra condición psicológica o de

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nuestros gustos y caprichos arbitrarios. Pueden ser subjetivos tanto los valores sociales como
los personales. Las elecciones, en el voto popular y en otras formas de consulta de la opinión,
no son más que un resumen de valores personales de individuos, pero no prueban que exista
base objetiva alguna para la preferencia general.
Otros valores son subjetivos por naturaleza pero su falta de arbitrariedad completa
muestra, con todo, que poseen alguna base objetiva. Muchos de estos valores son creados por
la convención humana, como el valor del papel moneda, del crédito, de la reputación, de los
títulos académicos o de las obras maestras de arte. Que estas convenciones no son totalmente
subjetivas, esto se percibe en el hecho de que, si no tienen fundamento alguno en la realidad,
se las considera como fraudulentas y su valor desaparece.
A parte de estas dos variedades de valor subjetivo, encontramos otras, que podemos llamar
apropiadamente objetivas. No con todo que valor alguno pueda ser tan absolutamente
objetivo que no contenga un elemento subjetivo. En efecto, todos los valores tienen alguna
relación con el que valora: son valores para alguien. Cuando llamarnos un valor objetivo, no
negamos su relación con respecto a un sujeto valorante, sino que afirmamos la existencia de
una razón objetiva de dicha relación en el objeto valuado.
Hay algo, en la cosa, que la hace atractiva para esta persona, de modo que su preferencia no
es arbitraria. Así, por ejemplo, el gusto de una persona en materia de alimentos es subjetivo
y arbitrario, pero su necesidad de alimento en general es objetiva y tiene sus raíces en sus
necesidades biológicas.
Cuan extensos sean los valores objetivos, esto puede verse a partir de una lista parcial
de los mismos. El que la vida es un valor y la muerte una negativa de valor, la salud un valor
y la enfermedad una negativa de valor, el placer un valor y el dolor una negativa de valor, la
prosperidad y la pobreza una negativa de valor, la belleza un valor y la fealdad una negativa
de valor, la inteligencia un valor y la estupidez una negativa de valor , llévese la lista tan lejos
como se quiera, es demasiado evidente para que se necesite comentarlo. La razón no está
simplemente en el hecho de que la mayoría de la gente prefiere una de estas cosas a la otra,
sino en su congruencia o incongruencia con la clase de seres que somos.
¿Cómo llegamos a reconocer estos valores? A algunos valores derivados podemos llegar con
mayor razonamiento lógico a partir de otros valores, pero a los valores primeros,
habitualmente los más generales y abstractos, no se llega por vía de razonamiento. Se

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presentan sencillamente ellos mismos. Sentimos la atracción del bien. Cuando nos
preguntamos por qué la cosa es atractiva para nosotros, encontramos que no hay razón alguna
aparte de nuestra constitución psicológica o de los caprichos pasajeros del grupo, y estos
valores los designamos como subjetivos, o encontramos una razón objetiva en una
conveniencia real de la cosa para nosotros, una conveniencia que nosotros no creamos, sino
que la encontramos ya existente, y estos valores son los que designamos como objetivos.
Cabe suscitar la dificultad de que todos los valores no son más que abstracciones y, por
consiguiente, subjetivos, porque sólo existen en la mente que los concibe. A esto cabe
responder que los valores se entienden en la misma forma que cualesquiera otras ideas
universales; que la teoría epistemológica del nominalismo, que no admite base alguna en la
realidad para idea universal alguna, no admitirá obviamente ninguna para los valores, pero
que aquellos que admiten que los universales están formalmente en la mente y
fundamentalmente en las cosas otorgarán el mismo estatuto a los valores. Del mismo modo
que no hay universal alguno sin un cognoscente que realice la abstracción, tampoco hay valor
alguno sin un valorante que efectúe la valoración. Los valores, al igual que los demás
universales, están extraídos de los datos de la experiencia y tienen su realización concreta en
las personas, las cosas y los actos existentes. Es un hecho que apreciarnos los bienes que
compramos, las personas que empleamos, los estudiantes que recompensamos, los
candidatos, por quienes votarnos, y les amigos con quienes vivimos. Lo hacemos así porque
vemos en ellos algunas cualidades objetivas que los hacen merecedores.
Lo que precede pretende ser una introducción a la cuestión de los valores morales. ¿Hay
valores morales distintos de otros valores, tales como los que hemos descrito, y son éstos
valores morales objetivos?

5.4.Valores morales
Se entiende que los valores morales son aquellos que hacen a un hombre bueno, pura y
simplemente como hombre. No son objetos externos que, aunque puedan contribuir a hacer
que el hombre sea la clase de ser que debería ser, sean el individuo mismo. Ni son tampoco
cualidades o atributos del individuo mismo, sino que están fuera de su control, tales como e
tener una buena salud, una vida larga, una posición familiar, belleza física, agudeza mental
talento artístico o una personalidad magnética Todos estos son valores pero nadie puede

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ordenarlos. Los valores morales son personales, no sólo porque una persona los tiene sino
porque son la expresión de la personalidad única de cada uno en el centro más íntimo de su
ser como se aprecia en el acto de la elección. Por consiguiente, los valores morales residen
tanto en los actos que el individuo elige como en lo resultados de dichos actos sobre el
carácter de individuo. Hay actos humanos moralmente buenos y malos, y hay individuos
buenos y malos moralmente.
Un tiburón ataca a uno de dos nadadores en la playa. El otro va en su defensa y, arrostrando
el peligro, ahuyenta al tiburón y lleva el compañero herido a la orilla. Sentimos compasión
por el que fue mordido, pero no formulamos juicio moral alguno a su respecto. No actuó,
sino que fue objeto de actuación. Hacia el salvador nuestra actitud es totalmente distinta. Su
natación habrá sido torpe, su técnica de salvamento equivocada, su manera de acercarse al
tiburón anticientífica, su acto incógnito y sin publicidad, y la empresa entera inútil, porque
la víctima murió. Inclusive aquel cuyos sentimientos no llegan a la admiración no podrá
menos, con todo que reconocer que el acto fue bello y noble y digno de aprobación. No tiene
valor alguno excepto uno, esto es: valor moral. Supongamos un caso opuesto. El tiburón ataca
a ambos nadadores. Para salvarse, uno de ellos empuja deliberadamente a su compañero hacia
las fauces del tiburón, ganando así tiempo para escapar hacia la orilla mientras el escuálido
está ocupado con su bocado. En cuanto acto de salvación propia, el acto tiene valor, porque
es realizado rápidamente, eficazmente, sagaz e imperiosamente. Pero no podemos aprobarlo.
La única excusa para semejante acto sería el instinto o el pánico. En cuanto acto voluntario
Y deliberado, merece condenación.
Dos maridos tienen esposas que padecen una enfermedad persistente e incapacitante. Las dos
familias son iguales: cinco niños, un ingreso Moderado y ninguna esperanza de remedio. Uno
de los dos esposos hace todo lo que puede para hacer de padre y madre para los niños, trabaja
horas extraordinarias para pagar la atención de su esposa y dedica todo el tiempo que puede
alegrarle los días. El otro individuo decide que no quiere aguantarlo más, abandona esposa y
niños, encuentra trabajo en una ciudad distante bajo un nombre supuesto, y no se vuelve a
oír de él. Nuestra actitud emocional hacia las esposas y los niños es de felicitación en uno de
los casos y de compasión en el otro, pero sólo se trata en esto de las personas pasivas del
caso. Hacia los esposos difieren también nuestras reacciones emocionales, pero hay aquí, en
cambio, un elemento permanente, aparte de toda emoción. En efecto, con nuestro juicio

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intelectual hemos de aprobar a uno de los dos esposos y desaprobar al otro. No se trata de las
consecuencias; supongamos, en efecto, que las personas abandonadas son mejor atendidas
por la caridad pública que lo que el esposo pudo haber hecho por ellas.
Aun así, hemos de condenar su conducta como moralmente mala. El valor y la falta de valor
moral subsisten en estos dos casos como elementos irreductibles.
Los ejemplos de esta clase podrían multiplicarse al infinito, pero bastan éstos para nuestros
fines, esto es, para destacar las características del valor moral como distintas de todo otro
valor.

 El valor moral sólo puede existir en un ser libre y en sus actos voluntarios o humanos.
Queriendo el bien moral, el individuo se hace bueno Esto no tiene lugar
accidentalmente. No importa que el acto tenga éxito o no. Es llevado acabo
inteligentemente, en el sentido de que el agente sabe lo que está haciendo y quiere
hacerlo, sin que esto necesite estar dispuesto y ser ejecutado en forma brillante.
 El valor moral es universal, en el sentido de que lo que es válido para uno es válido
para todos en las mismas condiciones. La razón está en que muestra el valor del
individuo como hombre. Inclusive si nadie pudiera reproducir las circunstancias del
individuo, todo el mundo aprobaría su acción como la cosa apropiada en aquel caso,
tanto si tenían la fuerza, como no, de hacerlo ellos mismos.
 El valor moral se justifica a sí mismo. Así parece, al menos, en la superficie, aunque
deberemos penetrar más profundamente en esto más adelante.
Sospechamos que toda justificación ulterior del valor moral resultará formar parte del
orden moral mismo y no constituir alguna razón extrínseca cualquiera. Inclusive la
verdad ha de perseguirse moralmente aunque sea la verdad sobre la moral.
 El valor moral tiene una precedencia sobre los demás valores. El valor moral sólo
puede compararse con otro valor moral. Si un valor moral está en conflicto con otro
tipo de valor, éste otro ha de adoptar un lugar subordinado. Consideramos que el
individuo ha de ser simplemente sincero consigo mismo como hombre,
independientemente de todo lo que pueda perder en este esfuerzo.
 El valor moral implica obligación. Esto lo hemos examinado hace un momento en
nuestra sección sobre el bien como deber, y diremos más al respecto más adelante. El

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hombre podrá negligir todos los demás valores y le llamaremos loco, estúpido, necio,
rudo, negligente y muchos otros nombres más, pero podremos conservar, con todo,
para él, un respeto como hombre. Pero no así, en cambio, si pierde su integridad
moral.

6. EL IDEAL MORAL

El examen precedente pone de manifiesto el hecho de que nos formarnos para nosotros
mismos un ideal de la conducta humana y un ideal del carácter humano. No se trata, en
realidad de dos ideales, porque la conducta del individuo es su vida. Únicamente la buena
conducta puede hacer a un hombre bueno. Y el individuo es llamado bueno porque sus actos
pasados muestran que es la clase de hombre de quien se esperan actos buenos.
Nos resulta imposible no formar semejante ideal, puesto que éste está implícito en todo juicio
moral y nosotros formulamos juicios morales. La palabra ideal no debe entenderse aquí como
alguna fantasía romántica, como un caballero en una armadura deslumbrante, una especie de
supermán con poderes sobre naturales, o sea la clase de individuo que no podría darse en la
vida real. El ideal de que nos servimos en el juicio moral no es un ideal imaginario o un ideal
estético, sino un ideal moral. Sin duda, nadie llega a vivir jamás por completo de acuerdo con
el mismo, pero éste significa, con todo, el ideal conforme al cual podría vivir, porque debería
hacerlo.
El ideal en cuanto ideal no existe en la realidad, pero tampoco es subjetivo en el
sentido de ser arbitrario. Está construido tomando las diversas clases de actos: que la
experiencia muestra que realizamos como hombres, despojando de ellos todas las notas
discordantes, supliendo todas las omisiones y elevando el todo hasta el límite de la capacidad
humana. El individuo cuyos actos son todos ellos de esta clase es nuestro ideal de individuo
moral.
De igual modo que el artista tiene un ideal del cuerpo humano perfectamente proporcionado;
del mismo modo que el intelectual tiene un ideal de la mente humana perfectamente
inteligente y siendo humanas estas cosas no están más allá de la posibilidad de realización,
así tenemos todos nosotros un ideal del ser humano cuya vida es perfecta. En la medida en

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que un individuo se acerca a dicho ideal, tiene valor moral y es bueno. Y en la medida en que
admite en su vida aquello que degrada dicho ideal, le falta valor moral y es malo.
La noción del bien tal como aquí se expresa es la del bien intrínseco o perfecto en cuanto
opuesto al bien instrumental o perfectivo. El ideal es bueno, no en cuanto conducente a algo
otro, no como medio útil para otra cosa, sino en sí mismo. Posee valor porque tiene lo que
debe tener para ser él mismo, en la expresión más cabal de sí mismo Esto es el bien en el
sentido más alto, porque aquello que es bueno para otro en última instancia supone algo para
lo cual otros son buenos, y esto último ha de ser bueno en sí mismo.
La concepción del bien, especialmente esta última parte que trata del ideal moral, deriva de
Platón. El carácter inaceptable de la interpretación de sus ideales no debe predisponernos en
contra de lo que hay de verdad en su pensamiento. No necesitamos aceptar su teoría de una
visión directa del ideal como Ideas o Formas, recordados de una vida anterior en la que las
percibíamos más claramente. En efecto, nuestros conceptos, incluido nuestro concepto del
bien ideal, pueden construirse mediante el proceso de abstracción y refinamiento intelectual
a partir de los datos de la experiencia. Cómo lo hacemos y de cuáles normas nos servimos al
juzgar nuestras ideas y nuestros ideales morales, de esto habremos de ocuparnos en los
próximos capítulos.

Resumen

La mejor forma de considerar el bien estaba en tomarlo como noción primera, irreductible e
indefinible. Cabe considerarlo como fin, como deber ser y como valor.
En cuanto fin, el bien es aquello hacia lo cual todas las cosas están dirigidas. El fin es aquello
por amor de lo cual una cosa es hecha. Todo bien es un fin y todo fin es un bien. Un medio
es bueno en la medida en que conduce a un fin.
Toda la conducta humana es para un fin y un bien, de acuerdo con el principio de la finalidad:
“todo agente actúa con miras a un fin”. Puesto que ningún agente puede producir un efecto
indeterminado, algo ha de mover al agente a actuar más bien que a no hacerlo, a producir
este efecto más bien que aquel otro, y lo que elimina esta indeterminación es el fin. Un agente
libre determina su propio fin.

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El bien puede ser ontológico, esto es, el bien, simplemente, de ser; o físico, el bien de la
integridad, o moral, el bien de la vida buena, de la orientación apropiada de la conducta libre
hacia el fin debido. El bien verdadero es realmente bueno, en tanto que el bien aparente sólo
parece ser tal. El bien útil conduce a algo otro que es bueno; el bien agradable satisface un
apetito determinado; el bien apropiado perfecciona el individuo entero como tal.
Aunque todo ser es ontológicamente bueno y posee alguna bondad física, no todo ser
es siempre moralmente bueno. El bien moral es siempre el bien verdadero y el bien
apropiado.
En cuanto deber ser, el bien moral se ve no como optativo, sino como necesario. Esta
necesidad es de una clase única, llamada necesidad moral, y no es un haber de, sino un deber;
no algo que impele físicamente, sino que exige moralmente, dejándonos libres de rechazar,
aunque no nos esté permitido hacerlo. El hombre tiene la obligación absoluta de triunfar
como hombre, porque es hombre. Y de ahí que derive del valor del hombre, como ser y como
persona.
En cuanto valor, el bien expone su significado más profundo. Valor o mérito es un
término utilizado para todo aquello que nos atrae en alguna forma. Existen al menos valores
subjetivos, porque formulamos juicios de valor y tenemos diferencias. Los valores son
bipolares, heterogéneos e idealizados, pero exigen, con todo, realización.
Algunos valores podrán ser simplemente subjetivos, pero otros son objetivos. No podemos
ser totalmente arbitrarios a su respecto. En cuanto ideales, los valores existen en la mente,
pero están formados, con todo, por la facultad abstractiva de la mente a partir de datos de la
experiencia.
Los valores morales son aquellos que hacen bueno a un individuo simplemente como
hombre. Pueden existir únicamente en un ser libre y en actos voluntarios; son universales,
puesto que pertenecen al hombre como hombre; se justifican a sí mismos y son
independientes de otros valores; tienen precedencia sobre cualquier otro valor e implican
obligación.
Es imposible no formar una escala de valores en la que haya algún valor superior o
bien supremo. En semejante escala, el valor moral ocupa el más alto lugar. La vida ideal
humana vivida idealmente es el ideal moral.

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I. CONCLUSIÓNES

 La conciencia moral es la acción del yo voluntario que mantenemos en el momento de


emitir un juicio moral.
 La conciencia moral no es innata sino aprendida socialmente. Está sometida a cambio y
evolución, así mismo se forja en una dialéctica entre el individuo y la sociedad. Se trata
de hacer consciente esa influencia y esa educación para poder actuar de forma más libre
y crítica.
 Entendemos por responsabilidad moral la imputación o calificación que recibe una
persona por sus acciones desde el punto de vista de una teoría ética o de valores morales
particulares.
 En la responsabilidad la voluntariedad es plena o perfecta si el agente tiene el
conocimiento y un consentimiento pleno. Es disminuida o imperfecta si falta algo en el
conocimiento o en el consentimiento del agente, o en ambas cosas a la vez, a condición
que tenga uno y otro en algún grado.
 En las actualidad “El bien moral se interpreta de forma funcional como reconocimiento
de y sumisión a aquellas normas que sirven a la satisfacción de las necesidades
individuales (interés propio), o a una comunidad de acción (utilitarismo)”.
 El bien como valor destaca el bien intrínseco, el bien perfecto, aquello que es bueno en
sí mismo independientemente de la bondad que pueda tener para cualquiera otra cosa.
Este ha de ser el aspecto más fundamental del bien.
 El bien como deber ser destaca el hecho de que cada cosa debería ser tan perfecta como
puede ser; que el ideal no es simplemente algo para ser contemplado, sino que debe
ponerse en acto, y que esta exigencia le es impuesta al ser libre en forma de obligación
moral.

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 El bien en cuanto fin pone de manifiesto la obligación de todo ser, aunque no sea
perfecto, en el sentido de esforzarse hacia la perfección como su meta y de buscar los
otros bienes como medios para dicho fin. Estas no son en modo alguno tres clases de
bien, sino tres formas del mismo bien. El bien absoluto es el fin último que debería
perseguirse a causa de su valor supremo.

BIBLIOGRAFÍA

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