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Queridos hermanos nos disponemos a meditar las siete palabras de Cristo, palabras que hacen

sentir el cumplimiento del mandamiento del amor fraterno, por el cual somos reconocidos cuales
discípulos misioneros del Maestro. Los acontecimientos de su Pasión, Muerte y Resurrección son
una lección viva de la Misericordia y nos muestran cómo la obra sí tienen un sentido y una
posibilidad real.

La muerte redentora, la cual habla del cumplimiento y culmen de su obra en el mundo. Culmen
de una vida de caridad durante la cual pasó haciendo el bien. Cumplimiento de la promesa de
salvación con la entrega del cuerpo y el derramamiento de la sangre del Cordero de Dios que
quita el pecado del mundo. Como cristianos hallamos en ellas una enseñanza. Todas nos dan una
lección sobre la Misericordia divina, la cual Él mismo puso en acción. Dispongamos a meditar
estas siete palabras, invitados imitar al Señor y hacer realidad lo que en su momento nos dijo:
“Ser misericordiosos para alcanzar misericordia”.

PADRE, PERDONALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN.

Para Dios, en su infinita bondad, una obra especialísima de misericordia es el Perdón. Por eso,
incluso cantamos con el salmista “ETERNA ES SU MISERICORDIA”. El Perdón es mucho más
que otorgar la gracia al pecador o a quien ofende. Se trata ante todo de borrar, quitar el pecado del
mundo como suele cantar la Liturgia. Perdonar sin olvidar no es lo correcto. Perdonar implica
superar la falta y eliminar los sentimientos producidos en el ofendido.

Al hablar de la misericordia, Jesús apuntaba precisamente a eso. Por esa cualidad de su amor, se
encontró con los auténticamente necesitados de la bondad de su Persona. Entonces se acercó a los
enfermos, a los publicanos y comió con los pecadores. No se hizo solidario con la maldad, sino
con quienes la sufrían, a fin de darles la liberación requerida. A la mujer adúltera la perdonó, a
Zaqueo hizo que la salvación entrar en su casa, a la samaritana le ofreció el agua que salta hasta la
vida eterna… Su vida Pastor Bueno fue una predicación sobre la Misericordia.

Con las parábolas del reino, el mismo Jesús enseñó la doctrina acerca de la misericordia con
ejemplos muy dicientes: el buen samaritano, quien atendió al desconocido sin importarle nada a
cambio… El hijo pródigo fue recibido por su Padre, quien le devolvió la condición de hijo sin
reclamarle lo hecho… en el juicio final, nos aseguró ser juzgados por el amor y las obras de
misericordia realizadas… Habló de la justificación del publicano, quien había reconocido su
pequeñez ante Dios al contrario del fariseo, quien más bien manifestó prepotencia y
autosuficiencia.

Ahora en la Cruz, el mismo Señor nos da una instrucción extrema: PADRE, PERDONALOS
PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN. Implora el perdón del Padre sobre quienes le han
martirizado, acusado injustamente y crucificado. Perdón para borrarle toda culpa. Lo hizo con una
expresión insólita:PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN. Jesús se atreve no sólo a pedir
perdón sino hasta justificar la necesidad del mismo, al decirle a su Padre que ellos no sabían lo
que estaban haciendo. Así se pone en sintonía con el Padre amoroso al recibir a su hijo perdido…
ante el hermano mayor, quien le reclama la fiesta organizada para darle la bienvenida, presenta la
excusa: ESTABA PERDIDO Y HA SIDO ENCONTRADO…
El Perdón es lo máximo. La humanidad lo estaba esperando. Dios se lo da a través de la ofrenda
de una Víctima particular: su Hijo. Éste, en comunión y sintonía con el Padre, asume la Misión de
salvar a la humanidad. Por eso, pide perdón, y lo justifica casi como liberándoles de toda
responsabilidad. NO SABEN LO QUE HACEN: hermosa expresión de un Redentor, quien a la
vez es el Buen Pastor que da la vida, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Esta Palabra del Crucificado la solemos contemplar con admiración. Diera la impresión que sólo
Él podría haber cumplido, pues es Dios. Sin embargo, quienes somos sus discípulos, dispuestos a
tomar la cruz sobre nuestros hombros, en el día a día de nuestra existencia, debemos ponerla en
práctica. A los discípulos el Maestro nos invita a ser misericordiosos como Papá Dios. Entonces,
nos recuerda que estamos hechos para el amor… el amor a todos, incluso a los enemigos.

Todo discípulo de Jesús debe estar dispuesto a ser su testigo. Es decir, hacer con su vida un
anuncio de su mensaje y de su amor. Por eso mismo, entonces, el creyente en Cristo debe estar
abierto a perdonar, a borrar toda deuda que se tenga contra él, a reconciliar y reconciliarse con
todos… Nuestra sociedad está golpeada por tanta violencia, delincuencia, maldad, inseguridad…
esto produce en no poca gente odio, deseo de venganza y retaliación, división… Predicar el
perdón no es hacer eco a la impunidad. Dios es misericordioso y justo. Así se debe vivir en la
sociedad, con la misericordia abierta a la justicia… Esto hace que los creyentes salgamos a dar el
anuncio del perdón evangélico, de pedirle a quienes están hundidos en el fango de la maldad y del
pecado que se conviertan, que se dejen lavar y volver a sentirse hijos de Dios, que abran las
puertas de sus hogares, corazones y mentes para permitir la entrada de la salvación en medio de
ellos…

Esta Palabra del Crucificado no se pronuncia como un mero recurso de agonizante. Al contrario
es la primera de las otras con las cuales nos da a conocer su voluntad de cumplir con la Misión
salvífica a Él encomendada. Es una Palabra para que la asumamos como dirigida a nosotros en
dos sentidos: como necesitados del perdón; pero también como anunciadores de ese perdón en
medio de un mundo que ha roto con el amor y se ha tornado lleno de violencia, maldad, pecado y
odio… La Palabra de Cristo debe resonar en nuestros labios y debe hacerse sentir con nuestro
testimonio. PADRE PERDONALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN.

HOY ESTARAS CONMIGO EN EL PARAISO.

Inesperadamente, uno de los ladrones crucificados al lado de Jesús, sale en defensa suya. El de la
otra punta ha retado al mismo Jesús lanzándole improperios e insultos, quizás movido por la
desesperación. Si de verdad es el nuevo Rey por qué no llegan sus huestes a liberarlo a Él y a los
otros dos. En cambio, Dimas, el Buen Ladrón, le reclama con un argumento claro: al menos Él es
inocente y no merece estar en la Cruz como ellos. Entonces tratando de dirigir su mirada llena de
esperanza en ese instante hacia el Crucificado, le ruego: “ACUERDATE DE MI CUANDO
ESTES EN TU REINO”.

Al contrario del otro malhechor clavado junto con él, éste se atreve a arriesgarse. Quizás sea el
mayor reto que ha asumido en su vida: y le pide que se acuerde de él en su Reino. Junto a este
clamor podemos ver, en el fondo, una manifestación incipiente de fe, al reconocer que pronto
podría estar en el verdadero reino. Riesgo y fe, luego de haberlo defendido en una situación nada
favorable para ninguno de ellos. Desde una especie de obra de bondad, se arriesga a pedir que
tenga misericordia desde el nuevo Reino.

La respuesta no se hace esperar: “HOY ESTARAS CONMIGO EN EL PARAISO”. Esta Palabra


encierra variados elementos a tener en consideración. Una primera es el temporal. Jesús no le
habla de un futuro lejano, sino en elHOY de ellos en la Cruz, pero abierto a la salvación. Como lo
hiciera en la sinagoga de Nazaret, Jesús vuelve a hablar de un Hoy. El hoy pronunciado en aquél
entonces se refería al tiempo de gracia que comenzaba a hacerse presente. El de ese Viernes
Santo, es un HOY definitivo. No hay que esperar más, pues ya ha llegado la salvación.

Pero además no se trata de una promesa aislada ni se va a salvar en un montón de elegidos. Es


con Él –CONMIGO– con quien va a entrar en ese Reino de vida eterna. Jesús lo asocia, como un
gesto de misericordia. No le hace falsas promesas. El mismo se coloca como la garantía de
cumplimiento: CONMIGO. Es decir ayudado por el mismo Señor, entrará en el PARAISO. Este
puede ser recordado como el EDEN, de donde fueron expulsados los primeros padres luego del
pecado. El Paraíso es la nueva creación y el destino final de todos los discípulos de Jesús. Como
lo había dicho en una de sus parábolas el Maestro, no importa si se le hubiera seguido desde hacía
mucho tiempo o al final de la jornada… Lo importante es la justicia de Dios, llena de
misericordia. Justicia para perdonar los pecados, justicia para reconocer la audacia de unirse con
Él, justicia cuya meta final es el Paraíso. En el HOY de ese Viernes Santo, en comunión con
Jesús, entra en el nuevo Reino con sabor a Paraíso.

El Papa Francisco suele hablar seguidamente de la “ternura” de Dios, con la cual identifica su
misericordia. Es esa ternura la que acompaña el ingreso del buen ladrón en el Paraíso. Ternura
que purifica de modo directo los pecados, ternura que suaviza el dolor del suplicio y la tortura,
ternura que de seguro hizo brotar una sencilla sonrisa en los labios del compañero de suplicio, y
hasta una lágrima de alegría en medio del dolor de su crucifixión.

El Mesías es capaz de cumplir lo prometido por el Padre en el inicio de la historia de la salvación.


Mejor todavía, es Él quien le da sentido a esa promesa y la convierte en un acto de amor, en una
manifestación de la misericordia. No importaban los clavos y los maltratos de la jornada. Sí
importaba el deseo del pecador arrepentido. Se volvía a repetir, en otro contexto, la respuesta de
Jesús a la adúltera: NADIE TE CONDENA, NO PEQUES MAS…Misericordia y ternura: con
ellas muestra la sensibilidad del mismo Jesús. Ha sabido escuchar la voz de una de sus ovejas,
para terminar de introducirla en el verdadero redil de la eternidad.

También esta Palabra nos compromete. ¡Cuántas personas no están clamando por un gesto de
misericordia y de ternura, sin recibirlo! Sin embargo, al hacernos sus discípulos, entregándonos el
servicio de la reconciliación como nos lo presenta Pablo, cada uno de nosotros debe saber
escuchar ese clamor, y así también ofrecerle la seguridad de un camino hacia el Paraíso. Un
Paraíso que, si bien tendrá forma definitiva en la eternidad, se debe ir viviendo en la caridad, en la
solidaridad, en la comprensión, en la ternura, en la misericordia de los creyentes en Cristo. Nos
corresponde salir donde están los alejados, los olvidados, quienes sufren y son excluidos, los
pobres y los pequeños… Si nuestro testimonio es decidido y entusiasta, si está lleno del amor de
Dios, entonces nos pedirán que nos acordemos de ellos para alcanzar el reino de salvación… Si
somos consecuentes, les tomaremos de la mano, o los colocaremos sobre nuestros hombros, o les
curaremos sus heridas, le sanaremos de sus dolencias espirituales, le recibiremos como el Padre al
hijo pródigo… con nuestras muestras de misericordia y de ternura, nacidas de Dios mismo,
podremos hacerles sentir que también para ellos HOY ya pueden poseer el Paraíso.

La Palabra de Jesús al buen ladrón no se debe quedar en el vacío de un recuerdo histórico… debe
hacerse sentir en todo lugar y en todo momento. Nuestra vida debe reproducir toda la fuerza de
esa Palabra. HOY ESTARAS CONMIGO EN EL PARAISO.

MUJER, HE AHÍ A TU HIJO; HIJO, HE AHÍ A TU MADRE.

En el Cántico de acción de gracias de María, ella proclama la grandeza del Señor. Se ha fijado en
la pequeñez y humildad de su servidora. Recibirá la felicitación de todas las generaciones porque
el Poderoso ha hecho obras grandes en ella. Esas obras inmensas tienen que ver con la entrega de
su Hijo para la salvación de la humanidad. A la vez manifiestan la santidad del Nombre de Dios.
Es decir, su omnipotencia y reconocimiento por toda la humanidad. Y todas esas obras grandes se
sintetizan en una hermosa expresión: “y su misericordia llega a sus fieles de generación en
generación”.

A los pies de la Cruz, María vuelve a reeditar de otra manera, ahora llena del dolor, lo que cantó
delante de su prima Isabel. En ella, ante el Hijo crucificado se manifiesta la inmensa misericordia
de Dios, cuando recibe la ofrenda del Salvador. Así la misericordia adquiere una dimensión
inesperada: el amor extremo del Padre, quien envió a su Hijo para la Salvación, tiene como
finalidad la liberación plena de la humanidad. Gracias a la entrega generosa de María, con su Sí
libre y fiel, se hizo presente en la historia de los hombres la fuerza redentora del Señor para
cumplir la promesa de los primeros tiempos. A los pies de la cruz, se vuelve a sentir como esa
misericordia divina es capaz de inmensas realizaciones de generación en generación.

La Palabra dirigida por el Crucificado es una ratificación de la proclama de María años atrás,
apenas realizada la Encarnación. La Misericordia de Dios se va a entronizar en la persona de
María. Esta no va a quedarse solo, porque va a tener un nuevo hijo, Juan. En el fondo, éste
discípulo amado re-presenta a toda la humanidad. Ella se convierte en la Madre de la humanidad.
Esta, en la figura de Juan, tiene la tarea de recibirla y custodiarla. En el fondo, también de gozar
de esa misericordia de generación en generación.

Esa tercera palabra habla precisamente de lo antes señalado.MUJER, HE AHÍ A TU HIJO; HIJO
HE AHÍ A TU MADRE. Se crea un vínculo especial. Jesús nos la entrega como la madre del
amor hermoso, ahora clavado en la Cruz. Nos la entrega para recordarnos cómo desde su
pequeñez, Ella hizo posible los grandes prodigios de Dios. Y ahora estaba ante uno de esas
grandes cosas… incomprensible, dura, llena de soledad y dolor: la Cruz redentora. María ha
intuido desde siempre la Misión del Hijo. No rehúye el dolor, pero no reniega de Dios. Acoge al
hijo-humanidad y se siente recibida por él.

Durante la historia posterior, María ha sido no sólo un reflejo de esa Misericordia de generación
en generación: al ser acogida por todas las naciones, culturas donde el Evangelio ha puesto su luz
de salvación, se ha hecho presente como intercesora y modelo. Modelo de discípula, para saber y
enseñar a seguir a Cristo. Como en las Bodas de Caná, ella sigue diciéndole a todos los seres
humanos: “hagan lo que Él les diga”. Es decir, sigue siendo la evangelizadora de los pueblos
todos. Una acción evangelizadora manifestada a través de la Liturgia, de la Catequesis, de la
devoción y de la religiosidad popular. Así, la reciben la mayoría de los pueblos. Ven cómo ella
nos instruye acerca del amor misericordioso de su Hijo. Por eso, podemos decir, que a Jesús
podemos seguir llegando por María, Madre y Maestra.

De igual modo, su misión intercesora ante Dios, bien conocida y utilizada por la humanidad, nos
hace sentir cómo Jesús también sigue derramando su Misericordia de generación en generación. A
veintiún siglos de distancia –y en camino a la eternidad- lo que proclamaba María, se continúa
experimentando. La devoción a María nos lleva, ciertamente a vivir esa Misericordia suya, como
la tuvo en Caná. Ante la difícil situación que se les habría presentado a los novios, María va
directamente al Hijo, y le pide su ayuda. Con su insistencia de Madre y su estrategia de servidora,
logra el milagro de Caná…así sus discípulos comenzaron a creer en Él. ¿Acaso no es eso lo que
continuamente encontramos en nuestros pueblos, cuando por la devoción sana a María, Ésta hace
que muchos comiencen a creer, crea y fortalezca su fe? Por eso, aún hoy, resuenan esas palabras
del Crucificado: “MUJER HE AHÍ A TU HIJO”.

También encuentran eco las palabras dirigidas al hijo: HIJO HE AHÍ A TU MADRE. Jesús nos
sigue invitando a ver en María la mejor página del evangelio que nos enseña cómo ser su
discípulo. Recibir a María no se debe reducir a una simple devoción. Así como ella guardaba
todas las revelaciones de su Hijo en su corazón para meditarlas e irlas comprendiendo poco a
poco, así hemos de hacer nosotros. Además, al hacerlo podremos descubrir continuamente la
fuerza redentora y salvífica de Jesús: así podremos acudir a Él, como lo hizo María en Caná, para
hablarle del vino escaso o agotado en la vida de los hermanos. Ella se mostró misericordiosa y
apeló al amor, también misericordioso de Jesús, para decirle “no tienen vino”… y por su
iniciativa, el Señor realizó la primera de las grandes señales de su ministerio público.

Esta Palabra del Hijo a la Madre, del Hijo al discípulo, nos hablan de esa “misericordia de
generación en generación”. También hoy resuenan en nuestros corazones. Con esas palabras se
nos invita a acudir a Ella para valorar la dignidad de la mujer y de la maternidad: en María, la
femineidad y la maternidad adquieren un resplandor mayor. Y aunque pudiera parecer
contradictorio, la pequeñez de tantas mujeres, golpeadas por el menosprecio, la prostitución, el
materialismo de la sociedad, permite que se siga realizando la obra de Misericordia de Dios,
quien perdona, y hace sentir a sus creaturas que tienen una dignidad mucho mayor que la ofrecida
por los títulos, el dinero, la fama, la posición social… es la dignidad de hijos e hijas de Dios. Y
¿si esto no es Misericordia, qué será entonces? La maternidad de María, abierta en la Cruz al
horizonte de toda la humanidad, representada en Juan, es redimensionada. Toda maternidad es
elevada de categoría… aún cuando en la sociedad haya quienes prefieran manipularla con el
aborto, o los ataques a la vida de diverso tipo, o al menospreciarla de tal manera que hasta se le
emplea para insultar y ofender s seres humanos…Hoy, con la voz de la Iglesia, se vuelve a
experimentar la fuerza de esa Palabra de la Cruz: MUJER HE AHÍ A TU HIJO; HIJO HE AHÍ A
TU MADRE.

Nos corresponde a todos nosotros hacernos eco cierto de la fuerza de esta Palabra en la Cruz:
reconocer que en el Hoy de nuestra historia, María es un ícono de la misericordia de Dios hecha
presente de generación en generación: por la intercesión de María, por ser evangelizadora,
modelo de femineidad y maternidad…porque con María se da el auténtico valor a la maternidad y
al fruto de ella, los hijos. Esta Palabra de Cristo, desde su dolorosa pasión, viene a ser un oasis
que garantiza la ternura de un Dios humanado quien nos ha dejado a su Madre: MUJER HE AHÍ
A TU HIJO, HIJO HE AHÍ A TU MADRE.

DIOS MÍO, DIOS MÍO ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?

En el mundo actual se escuchan muchos clamores de gente desesperada. Sienten el peso de sus
dolores y aflicciones y parecen estar abandonadas hasta por el mismo Dios. ¡Y eso que Éste se
presenta como Padre y Salvador! Los seres humanos están divididos en varios grupos: los
afligidos, los pobres de la tierra, los menospreciados, los abandonados y excluidos, por una parte;
los opresores y prepotentes, quienes con su egoísmo y afán de poder y de tener, menosprecian y
oprimen; Otro grupo lo conforman quienes aparentemente llevan una “vida normal”, encerrados
en sus comodidades y disfrutando de su bienestar. Y, por gracia de Dios, está el grupo de quienes
buscan ser los oídos del Altísimo entre la gente, para captar el clamor angustioso de quienes más
sufren.

En el fondo nos encontramos con tres grupos de hombres: los opresores y prepotentes, donde se
incluyen los mediocres y los conformistas… más que del bien común están pendientes del propio
bienestar. Con el mundanal ruido de sus acciones, parecen ahogar los clamores de quienes más
sufren. No es fácil hablarles, porque la dureza de su corazón les endurece su propia vida y se
creen más que los demás. Entre ellos nos encontramos con tanta gente mediocre, incapaz de
mover un dedo por los más pequeños. Quizás se contentan con una especie de “religión a su
manera” y creen tener a Dios tomado por las barbas, como se suele decir popularmente. A ellos
les acompañan los comerciantes de la muerte con el narcotráfico y la violencia, la corrupción y la
desvalorización de la persona humana. Para ellos “vale todo” y la moral hace tiempo se escapó de
sus vidas. Ahogan el clamor de los pequeños, y hacen el ruido clamoroso capaz de evitar que,
incluso, resuene la voz de Dios.

El segundo grupo está compuesto por los más pequeños de la sociedad. Creyentes o no, están
inmersos en los efectos del egoísmo y de la miseria creada por la prepotencia de no pocos. Son
los pobres, los refugiados, los menospreciados… los enfermos de sida, los niños abandonados de
sus padres, las prostitutas forzadas a serlo para poder alimentar a sus hijos, los ancianos
olvidados, los desplazados, los deportados y quienes no son aceptados por las sociedades
opulentas. Y su clamor no parece ser escuchado por nadie… incluso por Dios. En ellos resuena
dolorosamente el grito del Crucificado:DIOS MIO, DIOS MIO ¿POR QUÉ ME HAS
ABANDONADO?

Queda un tercer grupo. Ojalá pudiera hacer sentir más su acción y su fuerza para ser el oído de
Dios y recibir el clamor de su pueblo, como lo hizo Yahvé con Israel. Su tarea es inmensa y no
actúan por puro interés personal, sino por haber recibido la misión divina de atender a los más
necesitados del amor misericordioso y la ternura de Dios. A eses grupo estamos invitados todos
los discípulos auténticos del Señor. Así, como Iglesia en salida, según el decir de Papa Francisco,
salen al encuentro de sus hermanos para escuchar su clamor y hacerles sentir que sí está
escuchándolos y no los ha abandonado.
La Palabra angustiosa del Crucificado puede parecer un reclamo, hasta justificado de parte de
quien ha sido abandonado por los suyos. Solo en la Cruz, apenas con el cariño de la madre y del
discípulo amado; dejado a la intemperie, pues hasta desnudo se encuentra. Es irrisión de los
acusadores y de los prepotentes. Unas horas antes le había pedido al Padre le librara de la Pasión,
aunque prefirió el camino del cumplimiento de su voluntad. Es la consecuencia de esa decisión.
Se ha entregado totalmente a la redención de la humanidad y llega a sentir la misma angustia de
Getsemaní: DIOS MIO, DIOS MIO ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?

Quien se había preocupado por todos, quien había comido con los pecadores, quien había dado
salud y vida, quien había expulsado demonios… ahora se encuentra en la máxima expresión de su
soledad y angustia. Pero, Él mismo lo sabía. Eso le iba a pasar. Su Palabra hacia el Padre, no es
otra sino de un aparente reclamo, pero que en el fondo es muestra de su entrega. Tanto amó el
Padre al mundo que envió a su Hijo para salvarlo. Jesús asume la Misión y sabe que debe
entregar todo… incluso la seguridad de sentirse acompañado por el Padre, quien recibe la ofrenda
de su vida. Minutos más tarde, dará a entender el sentido radical de entrega expuesto en esta
Palabra angustiada, cuando ponga en manos del Padre su espíritu para dar cumplimiento a su
voluntad.

En esta palabra se recogen las angustias de tantos seres humanos a lo largo de la historia… ahí
están los dolores físicos y morales de quienes se sienten despreciados y esclavizados, de tantos
seres humanos convertidos en mercancía al mejor postor, de tantas mujeres rebajadas en su
dignidad, de tantos jóvenes envenenados por quienes comercian con la droga, el alcohol y la
promiscuidad sexual… Esa Palabra llena de dolor del Crucificado encierra el clamor desgarrador
de quienes ven morir a sus hijos por no tener alimentos, medicamentos y asistencia en los
hospitales… o de quienes son considerados como un número o una ficha más por tantas ONG que
sólo se preocupan por tener fondos para sus propios fines particulares…

Pero, también es necesario asumir el reto presentado a los discípulos del Señor: tener un oído en
el pueblo y otro en Dios. En el pueblo para escucharle en sus gritos y clamores y hacerlos llegar a
Dios… y en Dios, para recibir su Palabra llena de ternura y de misericordia… como los profetas
nos toca ser portavoces de ambos. Así el clamor de Jesús en ellos podrá alcanzar el sentido de la
Palabra que dirá poco tiempo después con la debilidad de su cuerpo pero sí con la fuerza de su
acción redentora. Tenemos la obligación de hacerles sentir a nuestra gente sufrida y
menospreciada, que les espera, con nuestra cooperación pero sobre todo con la gracia de Dios, la
plenitud de ese amor divino que los acobija… Entonces su Palabra, eco de la de Cristo en la Cruz,
no será de desesperación ni de conformismo, sino de la confianza oculta en el Dios de la vida
como lo supo hacer Jesús al decir DIOS MIO, DIOS MIO, ¿POR QUÉ ME HAS
ABANDONADO?

TENGO SED.

En la parábola de juicio final, Jesús nos enseña cómo seremos juzgados. Es el amor la medida de
dicho juicio. Entonces se nos pedirá cuenta si hemos dado de comer al hambriento o no, si hemos
dado de beber al sediento o no…y quienes lo hayan hecho pasarán al nuevo Reino de salvación;
mientras quienes no lo hayan realizado irán al lugar del crujir de dientes, es decir a la perdición.
Seremos, pues, juzgados por el amor. El amor, por otra parte, es la definición más hermosa de
Dios. A nosotros se nos debe identificar como discípulos de Jesús, porque amamos como Él
mismo nos ha amado. Somos hijos de Dios gracias a la redención del Señor… por tanto,
capacitados para amar.

El amor es algo real., No es un mero sentimiento. Aunque lo expresemos de forma humana, el


amor se dirige al prójimo, a quien se le debe reconocer como el pequeño hijo de Dios. Con el
amor nos hacemos auténticamente felices. Y entre las características de la felicidad de los
discípulos de Jesús, está el ser misericordiosos para poder alcanzar misericordia. En el fondo, una
de las más hermosas maneras de mostrar que amamos es con la misericordia. Dios es amor lleno
de misericordia. Tanta que nos perdona y nos capacita para hacer realidad los frutos del amor.

Quien nos habló de las obras de misericordia, con las cuales seremos juzgados, ahora siente
necesidad de recibir un gesto misericordioso. TENGO SED, dice el Crucificado. Es lógico, dado
el sufrimiento, el cansancio y el dolor que le acompañan en la jornada extenuante del Calvario.
TENGO SED. Y quizás se ilusionó al pensar que le sería dada al menos una gotica de
agua….Pero no es así. Más bien, a manera de desprecio y para evitar que siga clamando por agua
y otras cosas, le dan una pócima amarga… Se le seca así la garganta y no volverá a sentir sed. El
Señor, en ese momento se ha empequeñecido, abandonado por los suyos, no le queda sino poco
aliento para vivir. El soldado que le acerca el vinagre a lo mejor no conoce lo dicho por el
Maestro, o si lo sabe lo ignora en su prepotencia: “Lo que le hicieren a uno de mis pequeños a mí
me lo hacen”.

Cristo se ha hecho pequeño. Se ha identificado con tantos hombres y mujeres de la historia


(incluso la futura) que serán menospreciados y vejados: no les dan de comer ni de beber, ni
reciben lo mínimo necesario para poder vivir con dignidad.TENGO SED es el grito del
Crucificado en el cual resuenan los clamores de los pequeños y excluidos… Estos son
numerosísimos en el mundo de siempre. Hoy la situación sigue siendo la misma. Ahí nos
encontramos los prepotentes: quienes se dedican a acaparar o a subir de precios los artículos
necesarios para la gente, quienes en vez de dar dignidad se burlan de los niños, ancianos y gente
pobre, quienes oprimen al no pagar justos salarios o siguen hundiendo en la miseria por la
exclusión y el abandono… Para colmo, sólo le ofrecen el vinagre amargo para calmar o secar la
sed: con el consumismo, con el materialismo, con falsas promesas, con la corrupción…

El Crucificado sigue clamando hoy TENGO SED. La respuesta debe ser la propuesta por el
mismo Señor: dar de beber el agua que salta hasta la vida eterna. Es decir, el amor, rico en
misericordia y con la ternura capaz de reducir el dolor y brindar apoyo al necesitado. El Papa
Francisco nos ha invitado a poner en práctica la revolución de la ternura. Y ésta no es otra cosa
sino la misericordia, hecha realidad en obras concretas. Es con el amor, como el del buen
samaritano, como el del mismo Cristo, como el de los auténticos discípulos de Jesús… TENGO
SED de justicia, de perdón de reconciliación, de comunión… es lo que hoy también nos pide el
Maestro. No se le puede calmar con simples frases de consuelo, o con planes irrealizables, o con
mediocridades llenas de filantropía… La única manera es con el agua de la vida, es decir del
amor. Es el agua refrescante de la misericordia y de la ternura.

Creer en Jesucristo implica la opción preferencial por los más pobres y pequeños, por los
excluidos… Y hoy nos encontramos con muchísimos de ellos: los alejados a causa del mal
testimonio de los cristianos, las prostitutas arrinconadas por la injusticia de nuestra sociedad, los
inmigrantes botados en el mar por su fe o porque son un estorbo, los niños convertidos en
mendigos para enriquecer a unos pocos, los jóvenes y adultos encerrados en el laberinto de la
droga, los marginados a causa de su vida auténtica llena de principios morales que practican… En
ellos resuena el clamor de Cristo: TENGO SED. Entonces en ellos debe enfocarse nuestro
compromiso de brindar misericordia y ternura; es decir, el agua del amor que nos viene de Dios.

Más aún, estamos llamados a ser nosotros mismos el recipiente que les dé esa agua de amor. Si
algo debe distinguir hoy a los discípulos de Jesús es la disponibilidad de hacer la vida alegre y
vivible a todos los que sufren. De lo contrario estaremos equivocando nuestra vocación. No
importa que nos encontremos con gente como el soldado del vinagre… siempre los habrá; ellos
prefieren jugar con el dolor humano manifestado de muchas maneras. Lo importante, sí, es
nuestra actitud. Así cuando lleguemos al juicio podremos escuchar que ante el hambre del
necesitado, dimos de comer, ante las necesidad del otro, dimos amor…Mejor todavía, nuestra
vida y nuestro compromiso habrá sido siempre el calmar la angustia, el dolor de tantos hermanos
reflejados en la palabra de Cristo TENGO SED.

EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPIRITU

Solemos cantar con el salmista ETERNA Y GRANDE ES LA MISERICORDIA DE DIOS.


También el Maestro nos enseñó, al invitarnos a imitarlo con el texto de las Bienaventuranzas:
FELICES LOS MISERICORDIOSOS PORQUE ALCANZARAN MISERICORDIA. Estas dos
referencias se hacen presentes en el drama de la Cruz y de una manera especial en esta Palabra.
No entraremos en la discusión si es la última o no. Lo cierto es que va muy unida a la otra
palabraTODO ESTA CUMPLIDO. Pero, es importante ver cómo en esta Palabra del Crucificado
se transparentan las dos menciones bíblicas antes señaladas. EN TUS MANOS ENCOMIENDO
MI ESPIRITU.

La Misericordia de Dios es grande: ha decidido salvar a la humanidad y dar cumplimiento a una


promesa dada en los primeros tiempos de la humanidad. Esa salvación se ha hecho posible
gracias a un Sacerdote Eterno quien, a la vez, es la víctima ofrecida por la salvación de la
humanidad. Así se conjugan la misericordia del Padre y la del Hijo en la ofrenda entregada y
recibida. Es grande por venir de donde viene esa misericordia. Es eterna por su repercusión total
sin límites en el tiempo. Los seres humanos de todos los tiempos se encuentran en las manos del
Padre gracias a la misericordia del Hijo, quien ha cargado con las culpas de la humanidad para
redimirlas y en una nueva creación hacer brillar la libertad de los hijos de Dios. Por eso, no se
trata de una mera palabra de despedida o de entrega ante el no retorno. Es la Palabra de
cumplimiento, como lo dirá después el mismo Crucificado. Es la Palabra de la misericordia de un
Dios humanado que se ha ofrecido al Padre para la salvación de todos. EN TUS MANOS
ENCOMIENDO MI ESPIRITU

Por otra parte, en Jesús mismo se hace realidad la propuesta de las bienaventuranzas. Aún lleno
del dolor causado por la tortura y la Cruz, Jesús se siente feliz. No es algo lleno de sadismo o
estoicismo. Es la nueva dimensión de la auténtica felicidad, ya anticipada en la palabra dirigida al
buen ladrón. Es la satisfacción plena de haber cumplido la voluntad del Padre, y es la reiteración,
en las manos divinas de Papá Dios, de una comunión sin límites. El mismo Señor que practicó de
mil y tantas formas la misericordia, la anunció y la hizo sentir con su Persona, ahora recibe de
parte del Padre otro gesto de misericordia: en Él para toda la humanidad. Quien da misericordia
recibe misericordia. Jesús ha hecho todo por amor y ahora recibe el amor del Padre, quien en sus
manos recibe la ofrenda para dar la liberación plena a la humanidad. La misericordia del perdón a
la humanidad, la misericordia y la ternura que convierte al ser humano en hijo del Padre, ahora se
devuelve al Hijo para garantizarle que su entrega ha sido efectiva: se ha abierto la nueva creación
y se ha vencido al mal. Todo por amor. En ese intercambio misericordioso de Dios Padre y de
Dios Hijo a favor de la humanidad, se subraya, se siente y se manifiesta el amor que todo lo
puede.EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPIRITU. Allí en las manos del Padre,
sencillamente, se hace salvación la misericordia de ambos y se comienza una nueva etapa en la
historia de los seres humanos, la del hombre nuevo.

¿Qué ha puesto en las manos del Padre el Hijo-víctima sacerdotal? Su vida y su obra. Es decir, su
amor redentor. En esas manos están todos los perdonados por el Maestro, como Zaqueo y la
Adúltera; todos los consolados, como la viuda de Naím y Marta y María; los sanados en el
espíritu y en el cuerpo; los sencillos, los pobres. Esas manos del Padre están llenas ahora con las
obras de misericordia del Redentor. El perdón y la sabiduría del Maestro, las ovejas perdidas que
colocó sobre sus hombros, la fe de quienes se atrevieron a seguirlo y toda la humanidad. La
mayor expresión de misericordia divina está allí en esas manos: la entrega del Cordero de Dios
que quita el pecado del mundo.

Esta Palabra nos invita a hacer lo mismo. San Pablo nos ha identificado como ofrendas vivas para
Dios. La gracia del Bautismo nos ha convertido en eso. Por lo mismo, nos corresponde hacer
como el Señor, poner nuestras vidas en las manos del Padre. Pero no como un simple gesto de
devoción, sino más bien como una acción de cooperación con el redentor. En esas manos nos toca
poner todos nuestros esfuerzos por la reconciliación y la paz; los pecadores y alejados que hemos
atraído al Padre; los pies lavados de tantos hermanos a quienes hemos acogido fraternamente; la
comprensión hacia quienes eran incomprendidos por no aceptar los criterios del mundo… En esas
manos hemos de colocar el esfuerzo por edificar la paz, la limpieza de nuestros corazones con la
cual hemos evitado el odio y hemos edificado puentes de comunión… En esas manos, por nuestra
propia misericordia también debemos poner a los olvidados, los inmigrantes y las prostitutas
menospreciadas, los pobres de la tierra, los humildes. Con la sabiduría de los pequeños y lejos de
nosotros la prepotencia de quienes se creen más que los demás.

El ejemplo lo tenemos delante de nosotros: el mismo Maestro, la Verdad que nos ilumina y libera,
el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo… El se hizo pequeño para engrandecer a la
humanidad. Nos corresponde a nosotros imitarlo con decisión y valentía. No son nuestros
privilegios y prebendas, ni el estilo principesco de un cristianismo ya desfasado, como tampoco el
espiritualismo alejado de la solidaridad y fraternidad lo que nos ha de impulsar…. Seremos
juzgados en el amor. Así, pues la misericordia del Padre se debe reflejar en cada uno de nosotros,
tal y como sucedió con Jesús, reflejo y rostro de esa misericordia… Por eso, pudo exclamar ya
casi al final de la hora dura del Calvario: EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU.

TODO ESTA CUMPLIDO.

Es común reconocer la entrega radical de una madre hacia su hijo. Lo mismo de personas,
capaces de donar un riñón, por ejemplo, para salvar la vida de otro hermano. Asimismo nos
conseguimos con gestos heroicos de soldados o ciudadanos, capaces de sacrificarse por salvar a
muchos seres humanos y compañeros. De igual modo, cuando alguien ha culminado una tarea
importante y para beneficio de otros tantos, sencillamente exclama “misión cumplida”. Por eso,
podemos imaginarnos cómo la última Palabra de Jesús en la Cruz está repleta de significados: de
amor y misericordia, de realización y ejecución de una misión, de donación y redención. TODO
ESTA CUMPLIDO.

Quizás no le quedaban muchas fuerzas en su cuerpo. Es probable que ni siquiera haya sido
exclamada con voz potente. También es posible que haya sido escuchada sólo por quienes estaban
más cerca de Él. Sin embargo, tenía la fuerza del amor misericordioso con el cual se entregaba al
Padre en sus manos para decirle que TODO ESTA CUMPLIDO. No es el fin de una tragedia. Es
el cumplimiento de una misión. Si hubiera sido el fin, como el de las películas o el de las óperas,
se hubiera levantado el escenario y bajado el telón… pero, era el anuncio de lo que iba a venir: la
Resurrección, con la cual se abrirían las prisiones, se vencería la muerte y se inauguraría el reino
de justicia y de paz. Junto a esto, podemos reconocer que se trata no del fin sino de un inicio…
Inicia que debía aguardar tres días en la frialdad de un sepulcro, para ver resurgir la victoria
definitiva consecuencia del TODO ESTA CUMPLIDO.

Jesús puede exclamarlo por una razón muy clara: ha sido fiel a la Misión recibida y para la cual
ha recibido la unción del Espíritu. El Señor ha anunciado la Buena Noticia de salvación a los
pobres, ha liberado a los cautivos, ha dado vista al ciego, ha introducido una nueva dinámica en la
historia humana, la del amor, y está inaugurando el tiempo nuevo de la gracia. TODO ESTA
CUMPLIDO. Ya la promesa hecha a los primeros padres se acaba al transformarse en nueva
creación y permitir a los seres humanos tener la capacidad de llegar a ser hijos de Papá Dios.
TODO ESTA CUMPLIDO: se ha impuesto la ley del amor. La mayor demostración de
misericordia se ha realizado en la Cruz y pronto se comenzará a ver el efecto con una nueva
humanidad. TODO SE HA CUMPLIDO.

Hoy podemos contemplar con ojos de fe al Crucificado. No se trata de una simple mirada llena de
romanticismo o buscando conseguir un buen ángulo para una reflexión o para una pintura…
Contemplar al Crucificado es poder admirar en Él su coherencia, su fidelidad, su entrega, su
dedicación, su misericordia; en el fondo, su amor. Esta última Palabra, aunque pueda resultar
extraño decirlo, es una exclamación llena de ternura hacia la humanidad. TODO ESTA
CUMPLIDO. Ya ha sido vencido el mal y el pecado. Al pronunciarla, Jesús le dice al Padre que
todo puede y va a ser creado de nuevo, con un sentido pascual. TODO ESTA CUMPLIDO: se
abren las puertas del triunfo redentor, no el de los poderes de la tierra, sino el del único y
auténtico poder, el que salva y libera, el que construye y eleva… el poder del amor, por el cual
fueron y siguen siendo hechas todas las cosas.

TODO ESTA CUMPLIDO. Desde este horizonte es cómo podemos entender los milagros y las
enseñanzas de Jesús, su admiración por los niños y los más pequeños, su sintonía con todos los
seres humanos y su encarnación, su cercanía hacia los pecadores y excluidos… esta Palabra, llena
de ternura, consuela al afligido y sana los corazones adoloridos; lava y purifica al pecador y
reafirma la fe de los creyentes discípulos… es una caricia del amor misericordioso de
Dios.TODO ESTA CUMPLIDO.
Luego de la Resurrección, el Señor nos ha convertido también en sus testigos. Somos testigos de
su Palabra y de su obra salvífica. Somos testigos para darle a conocer a todo el mundo su amor
lleno de misericordia. Para anunciar cómo en las manos del Padre amoroso ha puesto su ofrenda
para hacernos partícipes de su vida siempre nueva y eterna. Somos testigos de ese TODO ESTA
CUMPLIDO. Es decir, nos corresponde anunciar el evangelio de la salvación e ir mostrando a
todos cómo el Maestro nos sigue llamando a optar por Él. Esto exige de cada uno de nosotros,
sacerdotes y laicos, religiosos y religiosas, estar bien seguros de la opción por Cristo. Como nos
lo recuerda Francisco continuamente, no podemos ser mediocres en nuestra vida apostólica. Con
nuestro propio testimonio debemos invitar a todos aquellos que están a nuestro lado, cercanos y
alejados del Señor, a gozar de los frutos del TODO ESTA CUMPLIDO.

Todas las palabras del Crucificado desembocan en esta última Palabra: el Padre puede perdonar a
los torturadores de Jesús, el buen ladrón puede entrar en el Paraíso, la Madre se puede convertir
en la de todos los seres humanos, el abandono se convierte en consolación y compañía, la sed se
termina de calmar y el Padre puede recibir la ofrenda del Crucificado en sus manos… porque
TODO ESTA CUMPLIDO.

Es nuestra tarea: dar a conocer la fuerza del TODO ESTA CUMPLIDO. Para ello, debemos
acercarnos, sin miedos y sin distinciones, con certeza de fe y esperanza, con obras de
misericordia y en el nombre del Señor a todos, en especial a los alejados y a los más
pobres….para contagiarlos de la fuerza del TODO ESTA CUMPLIDO y, a la vez, invitarlos a
unirse en comunión para ir en pos del Maestro…. Esto supone abandonar el hombre viejo: es de
la prepotencia y el materialismo, el del egoísmo y la exclusión, el de la maldad y la destrucción,
el del odio y la revancha, el del menosprecio y mediocridad… Si somos cristianos de verdad,
hemos de disfrutar las caricias de esa hermosa palabra que pone fin a una etapa, para luego
abrirse a la maravillosa realidad de la novedad de vida. Lo podremos y deberemos hacer si nos
identificamos con quien dijo TODO ESTA CUMPLIDO.