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El realismo estructural después de la Guerra Fría

Algunos de los académicos que se dedican al estudio de la política internacional consideran al realismo como una
teoría obsoleta. Argumentan que, si bien conceptos realistas como los de anarquía, autopreservación y balance de
poder pudieron haber sido apropiados para estudiar la política internacional en el pasado, hoy en día han sido
desplazados por condiciones cambiantes y se han visto eclipsados por el surgimiento de ideas menores.

Cabría preguntarse qué tipo de cambios podría modificar el sistema político internacional de manera tan profunda
que las antiguas corrientes de pensamiento ya no fueran relevantes. Los cambios de sistema podrían hacerlo, pero
los cambios dentro del sistema no. Los cambios que ocurren en la estructura del sistema son distintos de los
cambios que tienen lugar en el nivel de las unidades que lo componen. Por ende, los cambios en términos de
polaridad también afectan la forma en que los Estados proveen su propia seguridad. Uno de los cambios más
significativos acontece cuando el número de grandes potencias se ve reducido a dos o incluso a una. Cuando hay
más de dos potencias, la seguridad de los Estados depende de sus esfuerzos internos tanto como de las alianzas
que pueden establecer con otros Estados. La competencia en los sistemas multipolares es más compleja que
aquella que se da en los sistemas bipolares, ya que la incertidumbre acerca de las capacidades relativas de los
Estados se multiplica a la par que el número de potencias, además de que es difícil calcular el grado de cohesión y
fortaleza de las coaliciones.

Tanto los cambios en el tipo de armamento como los cambios en la polaridad fueron relevantes y sus
ramificaciones se extendieron a través de todo el sistema, sin embargo no lo transformaron. Es entonces natural
preguntarse cuáles son los cambios capaces de transformar la política internacional y convertirla en algo en
realidad diferente. La respuesta más común es que la política internacional está en proceso de transformación y el
realismo se acerca a la obsolencia a medida que se extiende el dominio de la democracia, a medida que la
interdependencia se hace más estrecha y a medida que las instituciones facilitan el camino hacia la paz.

Tal vez las democracias convivan en paz con otras democracias, pero incluso en el caso de que todos los Estados
fueran democráticos, la estructura de la política internacional conservaría su carácter anárquico. Los cambios que
ocurren en el interior de los Estados no transforman la estructura de la política internacional,
independientemente del alcance que esos cambios puedan tener. Reconforta pensar en la posibilidad de que la paz
prevalezca entre los Estados democráticos; pero el reverso de esa tendencia, es decir, el que la democracia pueda
promover la guerra en contra de los Estados no democráticos, resulta preocupante. Si esta última afirmación es
cierta, ni siquiera es factible asegurar que la propagación de la democracia implique una reducción neta en el
número de guerras alrededor del mundo. Tanto dentro como fuera del círculo de Estados democráticos, la paz
depende de un precario equilibrio de fuerzas; las causas de la guerra no se encuentran sólo en los Estados o en el
sistema de Estados, sino en ambos.

En cierta forma, la interdependencia promueve la paz al multiplicar los contactos entre los Estados y al contribuir
al entendimiento mutuo. Pero también multiplica las ocasiones para el surgimiento de conflictos que pueden
provocar resentimiento e incluso es estallido de una guerra. Cuanto más estrechos son los vínculos sociales, más
acentuados son los efectos, por lo que no es posible perseguir un interés de manera razonable sin tomar en cuenta
los intereses de los demás. El carácter de la política internacional cambia a medida que la interdependencia entre
naciones se hace más estrecha o más laxa, pero aun cuando las relaciones puedan variar, los Estados todavía
deben protegerse de la mejor manera posible en un contexto en el que prevalece la anarquía.

En un contexto donde la Guerra Fría ha finalizado, la OTAN ya ni siquiera es un tratado de garantía puesto que no
es posible responder a la pregunta ¿garantía en contra de quién? Las funciones cambian la cambiar la estructura,
al igual que la conducta de las unidades que la componen. Por lo tanto, el fin de la Guerra Fría rápidamente
modificó el comportamiento de los países aliados. La interpretación institucionalista pierde de vista el argumento
central de que la OTAN es, ante todo, un tratado formulado por los Estados miembros. Si bien la existencia de una
burocracia internacional enraizada puede contribuir a la permanencia de la organización, son los Estados quienes
determinan su destino. Los institucionalistas liberales ven el aparente vigor de la OTAN como una confirmación de
la importancia de las instituciones internacionales y como prueba de su adaptabilidad. Por otra parte, los realistas,
al darse cuenta de que la OTAN, en tanto alianza, ha perdido su función primordial, ven en ella un medio para
mantener y prolongar la influencia de EE.UU. sobre la política exterior y militar de los Estados europeos. El
realismo revela un hecho que la teoría institucionalista liberal tiende a ocultar: las instituciones internacionales
sirven, ante todo, a los intereses nacionales y no a los internacionales. La supervivencia y la ampliación de la OTAN
no son un ejemplo de los defectos, sino de las limitaciones y de las explicaciones estructurales. Las estructuras
moldean y dan un primer impulso, pero no determinan las acciones de los Estados. Aquel Estado que es más
poderoso que el resto (EE.UU.) puede decidir por sí mismo si adapta sus políticas a las presiones estructurales y si
aprovecha las oportunidades que ofrece el cambio estructural, sin temer posibles efectos adversos en el corto
plazo.

Cada vez que se alcanza la paz surgen personas que proclaman la muerte del realismo. Eso no es sino otra forma
de confirmar que la política internacional se ha transformado. Sin embargo, el mundo no se ha transformado;
simplemente, la estructura de la política internacional ha sido reconstruida a partir del desmembramiento de la
URSS y durante un tiempo viviremos en la unipolaridad (EE.UU.). Además, la política internacional no fue
reconstruida gracias a aquellas fuerzas y factores que algunos consideran como gestores de un nuevo orden
mundial. Ni la democracia, ni la interdependencia, ni las instituciones internacionales fueron los agentes
propulsores de la revolución política en la URSS o del fin de la Guerra Fría. Por el contrario, ésta llegó a su fin del
modo en que nos lo hizo prever el realismo estructural. Según Waltz, “la Guerra Fría es un conflicto enraizado con
firmeza en la estructura de la política internacional de la posguerra, y durará tanto como dure esa estructura”. Así
fue, la Guerra Fría terminó sólo cuando la estructura bipolar del mundo llegó a su fin. Los cambios estructurales
afectan la conducta de los Estados y las consecuencias que produce su interacción; sin embargo, no quiebran la
continuidad esencial de la política internacional. Sólo la transformación de la política internacional puede
producir ese resultado.