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Lo que Chile no puede olvidar: Niñez y la prescriptibilidad de los delitos

sexuales.

Como sorpresiva calificaron varios de los asistentes a la moneda, el anuncio de


Sebastián Piñera respecto proponer la imprescriptibilidad de los delitos sexuales contra
menores de edad. Lo cierto e que esta propuesta forma parte de las recomendaciones
hechas por el comité de Derechos del Niño de Naciones Unidas y viene concitado, si bien
no la atención de todos los sectores, si el acuerdo transversal del mundo vinculado a los
derechos de infancia.

La deuda que Chile mantiene con la infancia se traduce en una de las más
dramáticas violaciones de derechos humanos de nuestro presente. La gravedad de su
desarrollo, más allá de la inocencia de sus causas y en lo irresponsable de su tratamiento.

En este contexto, no cabe sino coincidir con la pertinencia de una propuesta como
la imprescriptibilidad en este tipo de delitos, pese a lo contra intuitivo que resulta para quien
entiende el principio de seguridad jurídica como un mínimo de la paz social y el estado de
derecho.

La prescripción de la acción (siendo “la acción” el poder de una persona para activar
el sistema ante un conflicto jurídico) nos permite adquirir, como comunidad, la seguridad de
que todo conflicto tendrá un punto final. Así, como ciudadana tengo la certeza de que
habiendo transcurrido determinado tiempo, mis derechos se consolidan, y no pueden ser
arrebatados o cuestionados por un tercero. Para ser justa, los plazos en que las acciones
prescriben, dependen por ejemplo de la gravedad de los hechos, o de la capacidad de la
persona de ejercer la acción. Así, en el caso de delitos contra menores, ese plazo comienza
a computarse (y esto hay que aclarárselo a algunos diputados) desde que la víctima ha
cumplido 18 años, y se presume por tanto, tiene la capacidad de ejercer la acción.

El problema consiste, en que a diferencia de otras categorías de delito, la dinámica


de los delitos sexuales, en menores de edad, producen secuelas tales en las víctimas, que
esa capacidad para ejercer la acción (penal o civil) no se configura exclusivamente por el
cumplimiento de la mayoría de edad. En términos jurídicos el debate ya se ha dado respecto
del inicio del cómputo del plazo de prescripción para el caso de los delitos de daño
permanente, y en esta misma linea, siendo en muchos casos el daño tal, que no permite a
la víctima ser consciente del mismo, externalizarlo, ni menos ejercer la acción penal, pierde
el sentido el cómputo de la prescripción desde los 18 años, como ocurre en la actualidad.

Por otro lado, la gravedad del delito ha sido ampliamente reconocida por organismos
internacionales como la Asamblea o el Comité de Derechos del Niño de Naciones Unidas,
por lo demás, imprescriptible.
Pese a lo señalado, creo que es importante hacerse cargo de las evidentes
dificultades probatorias del delito 40 años después, de la persecución y condena social de
la que eventualmente pueden ser víctimas sujetos injustamente señalados como culpables,
o de la falta de especialización en nuestro sistema judicial. El tratamiento judicial adecuado
en esta materia, requiere esfuerzos de los distintos actores del área: la capacitación de
padres, educadores e instituciones es esencial para la correcta lectura de actos que
evidencian abusos o la buena conducción de las denuncias informales, la definición de rol
de la nueva defensora de la niñez, y la especialización de los órganos de persecución penal
y del sistema judicial son esenciales para a correcta orientación y asistencia de las víctimas.

No hay que olvidar también que la posibilidad de denunciar violencia sexual sin el
límite de la prescripción no está ni cerca de ser una solución de fondo para los NNA hoy
violentados ante el silencio cómplice del estado, y que si no avanzamos hacia un Sistema
de Garantías Integrales de los Derechos de la Niñez, el fin de la privatización y el
financiamiento a la demanda en los centros del SENAME y una nueva ley de adopciones,
apenas estamos tocando la punta del iceberg, en un problema tan dramático como urgente.

Así, este tema requiere de la adecuación de nuestras normas a sus principios


informadores, resguardando la coherencia jurídica, y la necesidad de que el derecho se
ajuste para dar respuesta a las víctimas y comenzar a resarcir la responsabilidad del estado
en la materia.