Anda di halaman 1dari 27

El origen del universo

Autor: Carlos Pérez y Héctor L. Mancini


Publicado en: Departamento de Física, Universidad de Navarra
Fecha de publicación: Diapositivas de enero de 2003, texto de enero de 2006
Indice
Prólogo

A. El origen del universo físico

B. los origenes según la fe cristiana

El Universo estático

La relatividad general y los universos dinámicos

La evolución de la materia

Una visión actual del universo y su formación

En resumen

Las ideas del Génesis

Definiciones más recientes

El fin del Universo

Prólogo
El siguiente escrito está dedicado a comentar las diapositivas que
presentó el Prof. Carlos Pérez García en sus dos conferencias del
seminario "Ciencia, Razón y Fe", que tuvo lugar en la primavera del
año 2005.

Carlos Pérez dejó este trabajo inconcluso, sin texto, por causa del
trágico accidente que sufrió el 31 de Julio de 2005 durante una
excursión a la montaña. Aunque no tuve la fortuna de asistir a ese
curso, las características universales de la ciencia contemporánea
permiten que otra persona cualquiera, como quien escribe estos
textos, pueda imaginar y completar aquello que esa secuencia de
imágenes intenta narrar.

No he introducido modificaciones en el orden de las fotografías,


procurando respetar la línea argumental que de ellas se deduce. En
un solo caso he citado una diapositiva en un orden diferente, para
lograr continuidad y claridad en el texto; las diferencias que esto
introduce son didácticas y no afectan al contenido concreto, que
espero haber respetado. Cualquier diferencia, error u omisión
respecto del contenido de las conferencias, por supuesto, se debe a
mi única responsabilidad y pido anticipadamente disculpas por ello.
A mi entender hay tres diapositivas donde se fija la línea argumental.
La primera, presenta el tema de la conferencia bajo el único titulo de
"El origen del universo", aunque luego en su desarrollo tendrá dos
enfoques netamente diferenciados, uno puramente científico y el otro
bajo la perspectiva de la fe. Luego la diapositiva número 22 está
vacía y Carlos la denomina "de transición". Por fin la última, cierra la
conferencia con la frase "El fin del universo". Nuevamente sin aclarar
si es según la fe o según la ciencia, lo que también sugiere el
planteamiento de un final común para ambas concepciones que, sin
embargo, la diapositiva de transición intenta separar netamente.

No es extraño que un científico, un físico católico, tenga esta forma


de pensar. Como científico, la búsqueda coherente de la verdad le
impide tomar cualquier atajo que se aparte del camino que le
proporcionan los fundamentos y la metodología de la ciencia. Pero
como católico, sabe muy bien por la fe, que detrás de esa verdad
empírica estará siempre Dios presente y que nunca lograremos en
esta vida alcanzar la Verdad en plenitud. Esta dualidad, genera una
tensión de superación y búsqueda permanente y nos hace ver el
pensamiento científico como algo incompleto y en elaboración
continua. Cada realidad escrutada, nos remite siempre a planos
superiores del pensamiento con el convencimiento de que Dios está
detrás de ella, y que es nuestra obligación analizar bajo qué forma se
nos presenta.

Creo suponer que por esta razón Carlos no ha mezclado los discursos
y los ha separado con una diapositiva sin contenido, neutra. Separa
así dos discursos, manteniendo gran respeto y coherencia en cada
uno de ellos, pero simultáneamente, preservando toda su identidad.
Muchas veces la humanidad ha intentado mezclar las cosas o eliminar
uno de los enfoques y normalmente, el resultado nunca ha sido
demasiado bueno.

Hace ocho siglos Santo Tomás de Aquino nos decía por una parte,
que no hay nada en nuestra mente que no haya pasado primero por
los sentidos, lo que parece una adhesión completa al primer discurso,
pero mantiene simultáneamente un discurso dual, una doble fuente
en el plano del conocimiento al tratar la revelación. Esta postura fue
confirmada en numerosas ocasiones y se mantiene viva en la Iglesia
hasta la fecha. Como católico, también comparto esta perspectiva y
por lo tanto, tampoco me gusta mezclar.

Antes de terminar, Carlos presenta una antigua y famosa fotografía


tomada en 1933, en la que aparecen juntos tres científicos famosos:
Robert Millikan, George Lemaître (creador del modelo del Big-Bang) y
Albert Einstein. Como el segundo es un sacerdote, se ha considerado
significativa su presencia junto a Einstein y en ocasiones, se la suele
presentar como un ejemplo del diálogo entre ciencia y fe. Debemos
señalar que esto es sólo parcialmente cierto.

Para comenzar, aunque uno era sacerdote y ambos creían en Dios, en


la relación que tenían, ambos actuaban como científicos. Según
algunos testigos, es sabido que se respetaron profundamente y se
comprendieron muy bien. Sin embargo, sin abandonar ninguno la
perspectiva científica, no lograron entenderse hasta el grado de
compartir sus teorías sobre el universo físico, a pesar de cultivar la
misma disciplina científica.

Por ello creemos que el llamado diálogo entre ciencia y fe no debe


someterse a simplificaciones que lo menoscaben. Se trata de una
tarea sumamente compleja en la que no se deben emplear
argumentaciones sin pruebas fehacientes, expuestas al más alto nivel
posible. Cuando faltan las evidencias experimentales, un diálogo de
buena voluntad, aún manteniéndose dentro de una perspectiva
puramente científica, solo permite la exposición respetuosa de cada
punto de vista. Recordemos que detrás de muchos de los más
grandes avances científicos hubo personas religiosas como Copérnico,
Newton, Lemaître y el mismo Galileo, que no mezclaron su fe en sus
realizaciones como científicos. También hubo y los hay, científicos de
otras religiones y ateos, y cada uno expone la verdad científica desde
su propia perspectiva.

No debe extrañar entonces que en el denominado "diálogo entre


ciencia y fe", puedan existir opiniones distintas y discordantes.
Muchas opiniones son sencillamente eso, opiniones, que para colmo
de males en nuestra sociedad actual, suelen difundirse vulgarizadas
en los medios de comunicación masivos. La mayor parte de los más
sonados desencuentros, no pasa del nivel de discusiones estériles
entre personas que no pueden confrontar evidencias y a las que les
gusta opinar sobre cualquier ámbito de la ciencia, de la fe o de
ambas. Cuando hay una demostración experimental, se acaban las
disonancias.

Con esta idea como directriz, espero no haber tergiversado el


pensamiento y el recuerdo de nuestro querido amigo Carlos Pérez
García.

Héctor L. Mancini

El origen del universo físico


La consideración rigurosamente científica del origen del universo es
un problema relativamente nuevo. Sin embargo, su incorporación al
pensamiento humano puede considerarse como muy antigua. Aunque
nuestros conocimientos sobre la historia humana oral y escrita tienen
menos de 5.000 años, se desprende de distintos datos arqueológicos
que el hombre tiene preocupación por el mundo en el que vive y se
forma ideas sobre el universo como un todo, desde mucho antes.
Podemos afirmar que los rastros se pierden en el tiempo.

Cuando el hombre se hizo agricultor, necesitó escrutar los cielos para


regular mejor los períodos de siembra y cosecha y así conseguir
mayor eficiencia en su nuevo modo de supervivencia. Entonces la
observación de la naturaleza, y fundamentalmente del
comportamiento cíclico en los movimientos de los cielos, se convirtió
en una tarea importante. Esa ocupación le permitió coleccionar
durante un par de milenios un conjunto de observaciones, que se
acumularon paralelamente a las diferentes teorías que desarrolló para
explicarlos.

Estas descripciones teóricas en ningún caso pueden ser consideradas


como científicas, ni siquiera aquellas que contienen aciertos
descriptivos. No son científicas porque faltan varios de los elementos
que hoy consideramos básicos para formar ese discurso. De cualquier
manera, le proporcionaron al hombre una visión de conjunto sobre lo
que observaba y en algunos fenómenos claramente recurrentes, le
permitieron incluso predecir futuras consecuencias, un objetivo básico
de la ciencia actual.No es el caso desarrollar aquí una historia
detallada de esos pasos iniciales. Las primeras interpretaciones que
analizaban las regularidades observadas considerando las "esferas
celestes" (homocéntricas) pensadas para ubicar las estrellas "fijas", y
la inclusión de los epiciclos y deferentes para explicar los
movimientos planetarios, fueron un avance importante en la
construcción de una primitiva "ciencia de la totalidad" o "cosmología".
Estas cosmologías primitivas se desarrollaron y progresaron en
verdaderas escuelas de pensamiento que hoy se recuerdan junto a
los nombres de Hiparco, Apolonio, Aristóteles o Claudio Ptolomeo.

El Universo estático
El primer modelo relativamente completo utilizado para predecir los
movimientos celestes es el modelo geocéntrico que se recuerda
asociado al nombre de Claudio Ptolomeo I, quien recopiló muchos
datos de siglos anteriores. Este modelo presenta la antigua
concepción de un universo con la Tierra en su centro y los planetas
describiendo complicadas órbitas sobre un fondo de estrellas
supuestamente fijas. El problema más importante que resolvió, fue la
descripción del movimiento planetario, incluida la Luna. La palabra
Planeta, que significa "errabundo", nos permite dar una idea del
grado de abstracción necesario y la dificultad del problema cuando es
observado desde la Tierra.

Pese a esa dificultad, el problema fue resuelto y con esas teorías ya


era posible comprender y predecir algunos fenómenos como los
eclipses, hasta entonces considerados como acontecimientos
misteriosos por los no iniciados. Reducido su alcance a los planetas
entonces conocidos, las teorías explicaron o al menos describieron de
manera bastante correcta los movimientos de los astros. El del
movimiento es el primer problema que se debe resolver, y puede
considerarse como el fundamento para conseguir una descripción
física del universo. Durante casi dos milenios, la humanidad mantuvo
la idea de independencia de causas para movimiento de los astros y
el movimiento aquí, en la Tierra, una idea que, por ejemplo, puede
encontrarse en Aristóteles y en otros pensadores de la Grecia
Antigua.

Con esta idea de fondo, todas las teorías sobre el movimiento celeste
invariablemente respaldaron la concepción de un universo
globalmente estático, estable y por lo tanto inmutable y eterno.

La razón teórica que impone ubicar en el centro de la Tierra el


sistema de referencia "absoluto" para estudiar los movimientos, es la
existencia de la fuerza de "gravedad". La falta de explicación para el
origen de esta fuerza utilizando sólo el "sentido común", mantendrá
durante 18 siglos el modelo geocéntrico como la solución más lógica.
El modelo heliocéntrico, que también había sido propuesto en épocas
antiguas, carecía de una base de datos experimentales que motivaran
su utilización de forma preferente y en este sistema, se debe
considerar a la Tierra en movimiento. Esta ubicación preferente para
el "centro del universo", debió esperar para su respaldo general a la
aparición del libro de Nicolás Copérnico en 1543, a las extraordinarias
observaciones astronómicas de Tycho Brahe (1546-1601) y a su
utilización por Johannes Kepler. Hasta entonces, el modelo
heliocéntrico no presentaba ventajas evidentes y en cambio
presentaba serias desventajas.

A pesar del avance que significó en el cálculo de las órbitas y


fundamentalmente en la comprensión global del movimiento
planetario, el modelo heliocéntrico tardó muchos años en ser
aceptado (probablemente, por los problemas asociados a la
explicación de la existencia de la fuerza de gravedad). Pero pocos
años después, con los primeros pasos de la nueva ciencia
experimental, el modelo heliocéntrico se fue imponiendo por su
propia coherencia entre los científicos. Como se sabe, este modelo
tuvo en Galileo Galilei a uno de sus más activos defensores. Es
famosa la frase de su retractación: "E pur si muove...". Es decir:
...sin embargo se mueve... (la Tierra).

El modelo heliocéntrico tenía soporte racional y observaciones


experimentales adecuadas, pero hasta los trabajos de Isaac Newton
(1642-1727) estos modelos no pueden considerarse dentro de lo que
actualmente se denomina una "teoría científica". Es Isaac Newton
quien unifica la mecánica celeste y la mecánica sobre la Tierra
mediante una explicación común. Es decir, algo que ya es una teoría
física. En su trabajo, por primera vez se abandona la antigua idea de
la dualidad de causas y se relacionan las observaciones astronómicas
con las del movimiento terrestre.

Newton en primer lugar, justifica por qué cerca de superficie de la


Tierra, todos los cuerpos caen con la misma aceleración;
conocimiento que marca un hito fundamental en el nacimiento de la
ciencia moderna. Esa conclusión, derivada de su audacia en postular
la igualdad entre masa inercial y masa gravitatoria, le permiten
adelantarse con un pronóstico que comprobará H. Cavendish en
1798, casi 100 años después, cuando mide la constante de
gravitación universal.

Estos conocimientos ahora sistematizados significan un salto


científico, que considerado cualitativamente, es el cambio más
importante en el pensamiento teórico en más de 20 siglos. Y como
suele ocurrir con estos cambios, esas ideas son seminales y darán
lugar inmediatamente a reflexiones mucho más profundas sobre los
conceptos de espacio y tiempo que las realizadas hasta entonces. A
partir de esa declaración de principios que son las leyes de Newton
del movimiento y de una explicación racional para la fuerza de
gravedad, se cimentarán las bases de la ciencia moderna. Junto a
Galileo, Newton mostrará un nuevo método para la reflexión científica
que se impondrá en el futuro: en primer lugar, la expresión de toda
teoría física o conocimiento aislado se hará en lenguaje matemático,
un lenguaje que él mismo ayudó a crear. Y luego, esa teoría tendrá
en el experimento o en la observación cuantitativa el criterio para
verificar su validez. A su vez, cada nuevo experimento, para dar
frutos, deberá insertarse en el marco general de la teoría y encontrar
allí su justificación.

Para presentar su nueva dinámica, Newton ha introducido la antigua


idea de espacio concebida por Euclides: un lugar vacío, isótropo y
homogéneo, en el cual reside (o se agrega) la materia. Esta idea
reemplaza la de un espacio con un lugar privilegiado para situar un
sistema de referencia, sea éste el centro de la Tierra, el Sol o
cualquier otro punto del universo. Para Newton, el espacio y el
tiempo continúan desacoplados y el universo permanece infinito e
inmutable, es decir, eterno. Este universo no tiene necesidad de un
origen en el espacio o en el tiempo, aunque podría tenerlo. Un
hipotético viajero que lo recorriera una dirección determinada,
encontraría permanentemente nuevas regiones con nuevas estrellas y
galaxias. Esta idea, aunque encierra alguna paradoja (p. ej. la
"paradoja de Olbers"), parece muy adecuada como para unificar las
teorías científicas en pocos axiomas.
Pero esta concepción del espacio no duraría tanto tiempo como la
utilizada en la etapa anterior. Nuevos elementos de juicio
modificarían esas ideas.

En 1905, Albert Einstein (1879-1955) presentó su teoría de la


Relatividad Especial (o restringida), cuya simiente ya venía
madurando dentro de la física, fundamentalmente con los trabajos de
Georges FitzGerald (1851-1901) y Heindrik Lorentz (1853-1928) y los
análisis sobre el resultado negativo del experimento de Michelson-
Morley. Estos dos científicos llegaron independientemente y en el
orden citado, a las conclusiones sobre la contracción del espacio, la
constancia de la velocidad de luz en el vacío y la dilatación del
tiempo. Lorentz, además, obtiene una ley sobre el aumento de la
masa con la velocidad. Efectos que son muy notorios a velocidades
cercanas a la de la luz, y que recibirán posteriormente su explicación
integrados en el marco de la teoría de la relatividad especial. Sin
embargo, ambos se quedaron ante las puertas de la teoría de la
relatividad.

Es Albert Einstein quien introduce en esa teoría las ideas sumamente


novedosas sobre el espacio y el tiempo: un espacio que se contrae y
un tiempo que se dilata cuando la velocidad aumenta. En esencia la
teoría se refiere a la comparación entre las medidas realizadas en
diferentes sistemas llamados inerciales, que se mueven con
movimiento rectilíneo uniforme unos respecto de otros. Hasta
entonces se consideraban válidas las conclusiones que se derivan de
la relatividad de Galileo y de Newton. En ellas no se distingue entre
un sistema en reposo y otro que se mueve con velocidad uniforme. Si
no existe una fuerza externa, el sistema en ambos casos
permanecerá indefinidamente en el estado en que se encuentra.

Einstein muestra, sin embargo, que observar desde un sistema de


referencia en movimiento produce efectos novedosos. En particular,
cuando se considera la propagación de ondas electromagnéticas como
la luz, las ondas de radio o los rayos X en contra de la intuición,
distintos observadores medirán la misma velocidad de propagación,
aunque estén en movimiento.

Como ya se anticipó, fue la gran síntesis del electromagnetismo


desarrollada por J. C. Maxwell (1831-1877) llevada de la mano de
FitzGerald y Lorentz la teoría que introdujo las nuevas cuestiones
relativas al espacio y al tiempo. Esa teoría había unificado la
electricidad, el magnetismo y la óptica, creando el concepto de ondas
electromagnéticas: campos electromagnéticos viajeros. Con todas las
conclusiones anteriores, Einstein postuló que la constancia de la
velocidad de luz se mantiene aún para emisores y observadores en
movimiento relativo uniforme. Trabajando con esta hipótesis, Einstein
comienza los estudios que lo llevan a plantear una transformación
completa en la concepción del espacio y del tiempo. A bajas
velocidades estos efectos no son importantes y se mantienen válidas
las leyes de la física clásica, que ha quedado absorbida como un caso
particular dentro de una teoría más general.

Einstein en su teoría plantea también la equivalencia entre masa y


energía. En su ecuación más famosa: E = mc2, la masa m y la
energía E, son dos caras de una misma realidad y se puede pasar de
una forma a la otra simplemente multiplicando por una constante, la
velocidad de la luz en el vacío c elevada al cuadrado.

Pocos años después, en 1916, el mismo Einstein completa su


descripción incluyendo los sistemas de referencia acelerados, o
sistemas "no inerciales". Este nuevo avance teórico se conoce como
"Teoría de la Relatividad General" y de hecho, es una teoría sobre la
gravitación. Una teoría mucho más compleja y que a diferencia de la
anterior, más limitada, tiene pocas situaciones en las que puede ser
comprobada.

Basándonos en ella, ya no es posible concebir un universo como el de


Newton, situado en un espacio infinito. La aceleración de la gravedad
es una aceleración más y los problemas que produce su consideración
en un espacio Euclídeo, isótropo y homogéneo, son transferidos ahora
a las propiedades del espacio. La presencia de materia, cuya
propiedad llamada masa es la causa de la atracción gravitatoria, en
esta nueva concepción tiene un nuevo papel: "curva el espacio". Es
un espacio curvado quien causa la atracción de otras masas cercanas
y lejanas (esta curvatura se puede imaginar como la que produciría
una persona de gran peso parada sobre un colchón elástico que se
deforma por esa presencia y atrae hacia sí a otras personas o cuerpos
cercanos).

Casi 2000 años tardó la humanidad hasta que Newton, para describir
el movimiento, pudo incorporar la idea de Euclides de un espacio
isótropo y homogéneo. En menos de doscientos años, esa idea quedó
reducida a un caso límite de un espacio más general (geometrías de
Riemann y Lobachevsky). Nuevamente, la teoría anterior queda
absorbida como caso límite. Por ejemplo, la suma de los ángulos
interiores de un triángulo en la geometría de Euclides vale siempre
180º. En un espacio curvo ya no es así. Esa suma será mayor, pero
siempre, cuando la curvatura es muy pequeña, el espacio podrá
considerarse plano y recuperar su validez la geometría clásica. Esta
absorción de las teorías precedentes en la nueva, es una constante
dentro de la ciencia moderna. Las teorías anteriores son consideradas
como lecturas válidas del mundo real, a su vez, las nuevas podrían
ser absorbidas en el futuro, dentro de otra teoría más general. Pero
en todos los casos, las precedentes conservan su validez dentro de su
aproximación.
Nos da trabajo imaginar un espacio curvo. Aunque estamos dentro de
él y contribuímos a su curvatura, a nuestra escala no nos resulta
evidente y por ello, escapa a nuestro "sentido común". Considerando
el espacio como lo hace esta teoría, no es posible distinguir mediante
un experimento una aceleración, de la curvatura del espacio o
"gravedad". Un campo gravitatorio homogéneo es completamente
equivalente a un sistema de referencia acelerado. Esta es el llamado
"Principio de Equivalencia" y en este espacio, las leyes de la física son
las mismas bajo atracción gravitatoria que bajo aceleración.

Esta idea siempre le resultó difícil de comprender a los filósofos y más


aún al común de las gentes. Por ello, la teoría de la relatividad es tan
nombrada y comentada como escasamente comprendida. Pero con
ella, Einstein explica en primer lugar un fenómeno de muy pequeña
amplitud y conocido desde tiempos antiguos: el exceso respecto de la
teoría clásica en el movimiento de precesión del perihelio de
Mercurio, el planeta más cercano al sol. El tema suena extraño, pero
los astrónomos conocían su valor perfectamente (Leverrier en 1840 lo
explicaba imaginando la existencia de un planeta más cercano al sol,
que por supuesto, jamás fue observado). El valor de este efecto es
aproximadamente de un grado cada 10.000 años, es decir 0,01º cada
siglo. Un gran acierto para una teoría nueva, que debe remontar el
enorme prestigio de Newton.

La teoría predecía otros fenómenos que no tardaron en ser


comprobados. Por ejemplo, el valor de la desviación que se produce
en un haz de luz al pasar cerca de una estrella de gran masa, una
medición que realizó W. S. Adams por sugerencia de Arthur
Eddington en 1919. Esta verificación tuvo una gran difusión y
significó para Einstein una enorme fama y un éxito resonante. Otra
predicción de la teoría es la dependencia de la frecuencia de los
movimientos periódicos de un reloj atómico con la gravedad. En la
actualidad, todos los sistemas GPS son corregidos por este efecto.

Luego de comprobadas estas predicciones, la confianza sobre la


exactitud de la teoría general de la relatividad era tan grande, que
obligaba a incluirla en cualquier modelo cosmológico, ya que la
gravitación es una componente esencial. El mismo Einstein, en 1916,
planteó un modelo de universo en el cual incluía una distribución de
masa isótropa y homogénea (considerada a gran escala), hipótesis
que denominó "Principio Cosmológico".

Al plantear su modelo, como la atracción gravitatoria tiene siempre el


mismo signo (atractivo), Einstein se da cuenta que en algún
momento se producirá el colapso del universo por causa de la
gravedad. Ese efecto debía ser balanceado de alguna manera en las
ecuaciones para evitarlo. Como los grandes científicos hasta ese
momento, Einstein creía en la existencia de un universo estacionario
y para lograrlo incluye en sus ecuaciones un término adecuado para
que produjera el efecto contrario, es decir, un término repulsivo.
Denominó a ese término "constante cosmológica" y ajustó su valor
exactamente para obtener un universo estable. Cuando luego de
algunos años se comprobó astronómicamente la expansión del
universo, el propio Einstein consideró que introducir la constante
cosmológica había sido "el mayor error de su vida". Pero como se
verá más adelante, en la actualidad ya no se considera un error.

Con la relatividad general quedaron firmemente sentadas las bases


sobre las cuales deberían construirse los nuevos modelos
cosmológicos. Einstein, como todos los grandes científicos anteriores,
continuó creyendo en un universo estático e inmutable.

La relatividad general y los universos dinámicos


Pronto comenzaron a aparecer modelos dinámicos del universo,
fundamentalmente por parte de matemáticos. Willem de Sitter, que
aparentemente fue el primero en interesarse seriamente en la teoría
de la relatividad y le dio gran difusión en Inglaterra, no estaba de
acuerdo con la concepción de Einstein del universo. Para Einstein, el
universo es estático y en la nueva geometría introducida, su
curvatura debería ser constante. De Sitter en 1917 plantea por
primera vez, que la curvatura debe crecer, aunque cada vez menos, y
que por lo tanto, el universo debería expandirse como lo hace una
pompa de jabón. Al menos en la teoría, parece ser ésta la primera
sugerencia sobre un universo dinámico y en expansión.

Siempre dentro del plano teórico, en 1922 y 1924, Alexander


Friedmann publicaba dos artículos considerando soluciones dinámicas
a las ecuaciones de Einstein. En efecto, si se abandona la hipótesis de
un universo estático, el problema cosmológico relativista conduce a
infinitas soluciones en las cuales el espacio varía en función del
tiempo. Por lo tanto, surgen muchas posibilidades para considerar un
universo en evolución y la literatura científica se enriqueció
notablemente con estas consideraciones.

Descrito con trazos muy gruesos y según estas ecuaciones, el


universo puede tomar una entre tres alternativas posibles: un
universo cerrado, un universo abierto o un universo "plano". Un
universo cerrado tendrá un radio de curvatura que se comportará de
forma oscilatoria con sucesivas expansiones y contracciones en el
espacio. La expansión del universo progresa hasta un punto en el
cual la gravedad comienza a imponerse y causará su retracción, o
bien crecerá hasta alcanzar una dimensión constante, como en el
caso previsto por Einstein. Si el universo es abierto, estará en
expansión permanente, expansión que además, puede ser acelerada
o no.
En los tres casos teóricos citados, cabe señalar una singularidad en el
origen del tiempo. Considerando el flujo del tiempo hacia atrás, el
universo actualmente en expansión, debió partir de una altísima
densidad de masa y energía concentrada en un solo punto. Con esta
idea, por primera vez, la ciencia comienza a considerar con su
método el problema de la existencia de un "origen" para el universo;
un problema que ya tenía una larga tradición en el pensamiento
teológico y filosófico. Es de notar también, que ese origen coincide
con el del tiempo y del espacio, que dejan de ser separables.

En las primeras dos décadas del siglo XX la calidad de los datos


astronómicos aumentó notablemente gracias a la mejora en el diseño
y construcción de los telescopios. Durante la década de 1920 a 1930
se realizaron importantes observaciones. Los telescopios, en
particular el de Monte Wilson, permitían resolver las imágenes
provenientes de las nebulosas más lejanas y analizar el
desplazamiento al rojo de la radiación luminosa que llegaba desde
ellas. Estos resultados fueron claves y contribuirían luego de manera
muy importante a la consolidación de la teoría. En primer lugar
porque se mejoró el cálculo de las distancias a las nebulosas lejanas:
por primera vez se las situó correctamente, mucho más allá de la Vía
Láctea. En consecuencia, el universo conocido aumentó
sorprendentemente de tamaño y todas las teorías debían corregir ese
dato.

Las primeras observaciones sobre el movimiento hacia el rojo de la


luz proveniente de las nebulosas más lejanas se deben a Vesto
Slipher y las realizó entre 1920 y 1930, pero no fue el único. En
1923, Edwin Hubble concluye que esas nebulosas lejanas en espiral,
que por entonces se observaban en el límite de resolución, son en
realidad conjuntos de estrellas, es decir, galaxias como nuestra Vía
Láctea. Un hecho que clarificó enormemente el panorama de
evidencias experimentales astronómicas.

El mismo Hubble mediante observaciones obtenidas con el telescopio


de Monte Wilson en 1929, calculará mediante el efecto Doppler, la
velocidad de alejamiento mutuo entre las Galaxias y comprobará que
ese desplazamiento es proporcional a la distancia. Esto se conoció
como "la fuga de las Galaxias". Al obtener esta ley, en particular al
observar los astros más distantes, Hubble obtiene nada menos que la
velocidad a la que se expande el universo. Pero hasta ese momento,
no se conocía ninguna interpretación teórica sobre este fenómeno.
Esa velocidad parecía crecer con la distancia.

Prosiguiendo con el desarrollo histórico de las ideas científicas,


debemos remarcar que los datos astronómicos de la "fuga de las
galaxias", fueron rápidamente considerados como uno de los apoyos
más evidentes a la teoría de la expansión del universo. El científico y
sacerdote belga George Lemaître llevó las cosas más allá y anticipó
que si el universo actual se está expandiendo, retrocediendo en el
tiempo, como quien vuelve una película hacia atrás, el universo debió
haber comenzado en un punto singular donde se concentraba toda la
materia y la energía. Lo denominó: el "Átomo primitivo" y supuso un
origen común para el tiempo y además para el espacio.

Bajo el punto de vista de la ciencia, considerar un origen simultáneo


para el tiempo y el espacio significa considerar un tiempo cero a
partir del cual el espacio nace, se va expandiendo y el universo
aumenta de tamaño a medida que transcurre el tiempo. Según los
distintos modelos, cuando se consideran los detalles, esa expansión
tendrá distintos efectos y duraciones. Pero por encima de todos ellos,
el dato concreto de la expansión ya se considera una evidencia
experimental, que se puede determinar a partir del desplazamiento
hacia el rojo de la radiación luminosa proveniente de espacio. En
particular, de la radiación que proviene de los lugares más remotos
donde ese efecto es mayor.

¿Pero en qué consiste ese desplazamiento?... Estudiando la luz blanca


emitida aquí, en la Tierra, o la proveniente de estrellas muy lejanas,
sabemos ya desde de Newton que está compuesta por diferentes
colores, lo que en conjunto llamamos "espectro luminoso". Si
hacemos incidir un haz de luz blanca sobre un elemento que la
dispersa, como pueden ser un prisma o una rejilla de difracción ,
observamos que la luz blanca se descompone en sus colores
fundamentales (los colores del arco iris).

También sabemos científicamente desde Maxwell, que la luz es una


onda electromagnética y que el ojo humano es nuestro detector. En
la teoría de las ondas electromagnéticas, a cada color le corresponde
una frecuencia y de todas las frecuencias que permanentemente
cruzan el espacio, el ojo detecta sólo una pequeña región. Una
propiedad de todas las ondas electromagnéticas que viajan en el
vacío, es que el producto de su frecuencia por su longitud de onda es
una constante. Esa constante es la velocidad de propagación de esas
ondas de la luz (aproximadamente: 300.000 km/s). Conocida la
frecuencia es inmediato calcular la longitud de onda (o viceversa), y
mediante experimentos de óptica, es relativamente sencillo
determinar la longitud de onda.

Cuando la fuente de luz está en movimiento, ocurre un


desplazamiento de la frecuencia recibida que depende de la velocidad
de la fuente y se conoce como "efecto Doppler". Un efecto que se
comprende más fácilmente con el sonido. Es de experiencia común
que una fuente de sonido acercándose parece aumentar la frecuencia
mientras que alejándose se escucha un desplazamiento hacia
frecuencias más bajas. Este desplazamiento hacia frecuencias más
bajas, en óptica se conoce como: "desplazamiento (o corrimiento)
hacia el rojo". Un acercamiento produciría el efecto contrario, es
decir, un desplazamiento hacia las frecuencias más altas que son las
de color azul-violeta del espectro.

Volviendo a la historia de las ideas, como ya se dijo, fue George


Lemaître, el primero en relacionar el desplazamiento de las galaxias
con las soluciones a las ecuaciones de Einstein en el caso dinámico. Y
lo hizo antes de la publicación de los resultados de Hubble. Notable
matemático, tras realizar estudios de posgrado en Inglaterra y
Estados Unidos, regresó a Bélgica y fue designado profesor de la
Universidad de Lovaina en 1927. Descubrió después de Alexander
Friedman y de manera independiente de éste, que las ecuaciones de
la relatividad general admiten esas soluciones cosmológicas
dinámicas. Como su condición de cosmólogo teórico estaba
acompañada por un fuerte interés en los resultados de las
observaciones astronómicas, tomó en cuenta los datos de las
observaciones norteamericanas sobre la velocidad de desplazamiento
de las galaxias, les asignó un significado físico en su teoría, las
consideró como un indicio evidente de la expansión del universo y
anticipó teóricamente la Ley de Hubble.

Cuando formuló la atrevida hipótesis evolutiva del "atomo primitivo"


introdujo dentro de la ciencia la idea más importante que tenemos
hoy sobre la evolución del universo. Según esta teoría, el universo
debió comenzar a partir de una especie de átomo elemental,
extremadamente denso, y pequeño, que evolucionó mediante una
gigantesca explosión y cuyos fraccionamientos y agrupamientos
sucesivos constituyen el universo que observamos hoy.

Lemaître presentó esta idea en un artículo que publicó en 1931 y


tuvo en sus comienzos una mala acogida por los físicos de la época.
Probablemente, en parte debido a su condición de matemático
teórico, pero probablemente también debido a su condición de
religioso. Quizás estas sean las causas por las cuales surgieron las
resistencias que suelen acompañar a los cambios profundos en el
pensamiento. Este modelo evolutivo resultaba poco atractivo para
algunos físicos, pues permitía a los filósofos remontarse a una "Causa
Primera" para todo el Universo, a una "Creación", lo que parecía
sacar fuera de la física el problema del origen. La teoría se
presentaba entonces como una alternativa poco convincente frente al
modelo estacionario de Einstein, que fue enriquecido con algunas
aportaciones posteriores.

En 1950 Lemaître presentó un libro condensando su pensamiento


titulado " La hipótesis del átomo primitivo: un ensayo de
cosmogonía", pero ya se había impuesto entre los científicos y ante el
público en general una reedición de la teoría del estado estacionario,
debida principalmente a Gold, Bondi y Fred Hoyle, elaborada además
mediante estudios básicos sobre la formación de los elementos.

Fue un mal momento para la teoría del "átomo primitivo". En un


congreso en Pasadena, Fred Hoyle se burló de Lemaître
presentándolo con las palabras "this is the big bang man"... ("este es
el hombre de la gran explosión"). Pero no todo resultó negativo, a
partir de ese momento, la teoría de Lemaître quedó bautizada como
teoría del "Big Bang", nombre que actualmente ha perdido su
carácter peyorativo, tiene gran aceptación popular y es el nombre con
el que se conoce la teoría actualmente. Para recuperar la novedad y
interés iniciales, la teoría de la expansión a partir de una singularidad
inicial, debió esperar una nueva evidencia experimental.

La evolución de la materia
Unos años antes del suceso comentado, un antiguo estudiante de
Friedmann, George Gamow, había puesto nuevamente la teoría de
Lemaître en el escenario, precisando que aquel universo primitivo,
además de ser más denso, debía haber sido mucho más caliente y
predecía en sus cálculos la existencia de un resto de radiación
enfriada, es decir, algo similar a un "fósil" proveniente de la etapa
primitiva del universo, que debería estar presente en todos los
rincones del universo. Esta radiación se conoce hoy como "radiación
de fondo".

Para aclarar un poco las cosas, recordemos que las leyes de la


radiación del cuerpo negro permiten asociar una temperatura al color
de la radiación emitida por un cuerpo caliente. Por ejemplo, un hierro
calentado a poco más de 1000 ºC se ve de color rojo; si se calienta
más se pone blanco. La distribución de intensidad para esos colores
se conoce como Ley de Planck y se representa mediante una curva
cuyo máximo se desplaza con la temperatura del cuerpo (Ley de
Wien).

Dado el tiempo transcurrido en el universo desde la gran explosión


original y a su gran expansión, esta radiación predicha por Gamow,
debería corresponder a una temperatura muy baja. En resumen: al
modelo de Lemaître le faltaba la Termodinámica y Gamow se la
proporcionaba.

Cuando en 1965 dos científicos de la compañía Bell: Arno Penzias y


Robert Wilson estaban midiendo una antena de recepción de un
telescopio de microondas, encuentran un persistente ruido de fondo
isotrópico, correspondiente a una temperatura muy baja (3 K), no
sospecharon que ese ruido estaba relacionado con el origen del
universo predicho por Gamow. Pero alguien recordó haber escuchado
en 1964 en una conferencia de J. Peebles, un cosmólogo de
Princeton, que esa radiación estaba predicha por Gamow y era
compatible con los modelos dinámicos del universo. Así, casi por
casualidad, se asocian ambos conceptos y aparece una de las pruebas
más fehacientes a favor de la teoría de la gran explosión.

Muchas investigaciones más fueron preparadas para confirmar estos


datos. En 1992, el satélite COBE realiza mediciones sobre la
distribución de la radiación de fondo del universo y más
recientemente, en el año 200l se logra la reconstrucción de su mapa
completo, que viene a confirmar aún más, si cabe, la validez de este
modelo.

En tanto el modelo se fue completando con los estudios de formación


de la materia partiendo de la radiación del universo primitivo. Los
procesos de fusión nuclear y formación a partir del Hidrógeno, el
Helio y metales como el Litio, ya habían sido estudiados en 1948 por
Alpher, H. Bethe y Gamow.

Cuando se comienzan a comprender los procesos de formación de


núcleos más pesados, núcleos que se producen en las condiciones
especiales de temperatura y presión que existen en el interior de las
estrellas, se va reconstruyendo el resto de la historia. Estos procesos
fueron estudiados por Burbidge, Burbidge, Fowler y también por Fred
Hoyle, que a pesar de su ironía en Pasadena, contribuyó con estos
trabajos a completar esa idea del Big-Bang a la cual se había opuesto
anteriormente. El mundo de lo más pequeño: las partículas
elementales y el de lo más grande, los objetos astronómicos, se unen
para formar la teoría actual sobre la evolución del universo. Evolución
de la que tenemos una descripción científica bastante completa, casi
desde su origen.

Una visión actual del universo y su formación


A grandes rasgos, hoy podemos decir que la materia visible del
universo está formada en un 99 % por Hidrógeno y Helio. El 1%
restante corresponde a los elementos más pesados a los cuales, en
conjunto, los astrónomos designan como "metales". Su abundancia
relativa, temperatura de formación y el tiempo en el cuál se formaron
se puede ver en la figura. Con los datos actuales y aceptando la
hipótesis de la "inflación", podemos resumir la historia del
universo de la manera siguiente:

En los instantes iniciales, durante el llamado "tiempo de Planck" (10-


43 s), el universo estaba lleno de una energía muy densa, a una
temperatura y presión correspondientes a ese estado. A continuación,
rápidamente se expandió y enfrió, experimentando cambios de fase
del tipo de los que ocurren durante la condensación de un vapor, pero
referidos a partículas elementales. Aproximadamente a los 10-35 del
primer segundo, el universo sufre un cambio de fase que provoca una
etapa de expansión exponencial, conocida como "inflación cósmica".
Esta etapa de inflación produjo como resultado un plasma de
partículas elementales llamadas "quarks" y "gluones", con
movimiento relativista.

El aumento de tamaño del espacio provoca más enfriamiento que


continúa hasta que se produce otra transición de fase y ocurre la
"bariogénesis", la génesis de los componentes del núcleo atómico, de
la cual todavía se sabe muy poco. Se estima que en esa época se
formó la masa "bariónica del universo" y se produjo la asimetría entre
materia y antimateria que se observa hoy. Es decir, en esa época los
quarks y los gluones que hasta entonces eran libres, se combinaron
para dar bariones como el protón o el neutrón, los componentes
básicos del núcleo atómico.

Al continuar la expansión continúa el enfriamiento y nuevos cambios


de fase siguen rompiendo la simetría inicial, dando la forma actual a
las fuerzas de la física y a las partículas elementales. A partir de aquí,
es más sencillo inferir que la unión de protones y neutrones dará
lugar a la formación de los núcleos de Deuterio y de Helio, un proceso
denominado "nucleosíntesis primordial".

Después el enfriamiento hace que la materia deje de moverse de


manera relativista y la densidad de energía comienza a dominar
gravitacionalmente sobre la radiación. Pasados ya unos 300.000
años, los electrones y los núcleos se combinaron para formar los
átomos (principalmente Hidrógeno). Por esta unión, la radiación se
desacopló de los átomos y continuó viajando libremente por el
espacio, es decir, el universo se volvió transparente. Esa radiación
enfriada por la expansión, es el fondo de microondas que observamos
hoy, en definitiva, un "fósil" del universo en aquel momento.

La descripción prosigue considerando que, en aquellas regiones


donde la materia es ligeramente más densa, tiende a juntarse
gravitacionalmente agrupándose en nubes, estrellas, galaxias y el
resto de las estructuras que se observan actualmente. Para describir
detalladamente los procesos de formación de esas estructuras es
necesario conocer el tipo y la cantidad de materia del universo.
Actualmente se estima que hay tres tipos de materia que son: la
materia fría oscura, la materia oscura caliente y la materia
"bariónica" observable, que es la que interactúa con los campos
electromagnéticos.

La isotropía del fondo de microondas fue estudiada minuciosamente,


tratando de encontrar rastros de aquellas anisotropías iniciales que
dieron lugar a la formación de los primeros núcleos de condensación
de materia. En 2003 se dieron a conocer los mejores datos
disponibles obtenidos con el satélite WMAP (Wilkinson Microwave
Anisotropy Probe, en castellano: Sonda Wilkinson de Anisotropías de
Microondas). Esos datos confirman que la forma más común de
materia es la materia fría oscura. Los tipos restantes llegarían al 20%
de la materia del universo.

Los cosmólogos han podido calcular muchos parámetros del universo


con estos datos, con los del telescopio espacial Hubble y los del
satélite COBE de 1989. Esos datos han permitido establecer que el
fondo de microondas es isotrópico hasta una parte en 100.000
(1/105) con una temperatura residual de 2,726 K).

Respecto de la teoría, la energía oscura toma la forma de una


constante cosmológica como la que fue planteada en las ecuaciones
de campo de Einstein y hay otros modelos, pero los detalles de esta
ecuación de estado y su relación con el modelo estándar todavía
están siendo investigados.

En las etapas iniciales del universo, las energías que tenían las
partículas eran mayores que las que hoy se pueden alcanzar en un
laboratorio (para alcanzarlas, suponiendo que fuera realizable, sería
necesario construir un acelerador de una longitud comparable con la
distancia al sol). Por lo tanto, no hay experimentación posible y no
hay modelo físico convincente para los primeros (10-33 s) del
universo, el tiempo anterior al cambio de fase que forma parte de la
teoría de la "Gran Unificación" de las fuerzas (GUT).

Para el primer instante, la teoría gravitacional de Einstein predice una


singularidad donde las densidades son infinitas. Para intentar resolver
esta paradoja, hace falta una teoría cuántica de la gravedad. Uno de
los problemas no resueltos, más grandes de la física.

Por supuesto, no sabemos nada sobre lo que había antes del Big-
Bang aunque nunca faltan especulaciones teóricas. La posibilidad de
existencia de universos paralelos ya había anticipada por el filósofo y
matemático alemán I. Kant, actualmente diríamos "multiversos",
cada uno con su big-bang, con sus constantes cosmológicas y sus
leyes de la física, pero por ahora, y parece que por mucho tiempo
más, todas estas teorías son sólo eso: especulaciones.

En resumen
Los datos experimentales han confirmado que la expansión existe, es
acelerada y pocos científicos piensan hoy en la posibilidad de un
modelo estacionario para el universo. Por lo cual, la teoría de una
regresión final (o "Big - Crunch") tiene actualmente muy poca
aceptación.

La evolución del universo como ha sido descripta (con la relatividad


general junto con el "modelo standard" de partículas elementales),
también es aceptada hoy por la mayoría de los científicos y
especialistas.
Pero esto no debe hacer pensar que se sabe todo sobre el origen del
universo y su futuro. Para estimar su evolución futura, se trabaja
sobre prolongaciones analíticas de las teorías actuales. En estos casos
de proyección a tan largo plazo, se sabe que la ciencia suele describir
muy bien los procesos anteriores y la probable continuación de los
mismos. Pero poco puede decir la ciencia frente a la posibilidad de
nuevos fenómenos emergentes, nuevos descubrimientos o resultados
inesperados en la observación, una situación que ha sido normal en
su historia. Por ejemplo, hoy se piensa que la mayor parte de la
materia que forma el universo es "materia oscura", de la cual no se
sabe nada. Tampoco se sabe nada de la energía oscura, aunque no
faltan teorías para todos estos casos.

Sí sabemos, "a ciencia cierta", que el universo visible se expande y se


enfría, y que algunas etapas de la gran explosión inicial tienen una
verificación experimental muy firme. El resto, como ya se dijo, por
ahora son especulaciones.

Los orígenes según la fe cristiana


El panorama que hemos presentado hasta aquí se deriva del método
científico. Según este método, las teorías son confirmadas o
abandonadas si los resultados de los experimentos y observaciones
sobre la realidad no verifican las conclusiones que se han anticipado.
En ocasiones, esos mismos experimentos proporcionan datos
novedosos que no encajan en las teorías existentes y que requieren
nuevas formulaciones. En su conjunto, el desarrollo de este método
implica un proceso interactivo donde teoría y experiencia se
modifican mutuamente hasta lograr avances en nuestra cosmovisión,
que recién cuando se logra la síntesis consideramos como segura.
Una seguridad relativa, que se mantiene dentro del marco de validez
en el cual las ideas han sido comprobadas.

El concepto de Universo que analizaremos en esta segunda parte


proviene de fuentes muy distintas a la ciencia. En este caso, los
conceptos sobre los cuales se debe razonar (y que como veremos,
llaman a obrar en consecuencia), provienen de una experiencia
espiritual en cuyo inicio se sitúa Dios mismo. Y Dios no es una idea
filosófica. Para todos los monoteístas es una Persona. Es el Ser por
excelencia, el único Ser Necesario, según el mismo se nos ha
revelado: Dios es el que Es, es decir, el único ser que Es por sí
mismo. Los demás somos seres contingentes, creados por Él.

Cuando afirmamos que somos seres contingentes, no introducimos


ninguna novedad respecto de la visión anterior: para la ciencia, esto
también es una evidencia. El hombre no ha creado el universo ni se
ha creado a sí mismo, y por lo tanto, respecto de la naturaleza
también somos contingentes. Pero en nuestra concepción religiosa
hay una diferencia fundamental, Dios se sitúa por encima de la
naturaleza, es tanto Creador de la naturaleza como Creador nuestro.
En este sentido Dios es superior al destino, a diferencia de otras
religiones de la antigüedad que, como la griega, suponían a sus
dioses sometidos a éste.

El punto de partida, nuestra primera afirmación en este camino es,


entonces, nuestro reconocimiento personal y la aceptación (al
menos), de la posibilidad de existencia de ese Ser. Sin este paso no
podemos avanzar ni entender la nueva concepción del universo que
nos plantea la fe.

Ese paso de afirmación nunca es completo, no carece de dudas, ni es


el único en la vida de un hombre. Podemos identificar y observar en
otros seres humanos los avances y los retrocesos en el crecimiento
de su relación con Dios. Una relación que se construye mediante la
reflexión pero fundamentalmente, mediante experiencias espirituales
en las cuales cada ser humano comienza a considerar por distintos
caminos, que ese universo físico del cual él mismo forma parte, en el
que se desarrolla y evoluciona, al cual se asoma con su pensamiento,
tiene un sentido. Un sentido que como hombre puede llegar a
comprender.

Entonces, la imagen que el hombre se forma a partir de la fe, no es la


de un universo producto del azar ni de fuerzas ciegas y extrañas.
Tiene un propósito establecido, una dirección de evolución hacia un
fin determinado que lo justifica y lo trasciende. El hombre entiende
que si bien él mismo es una criatura, una parte casi insignificante de
la creación, su Creador se preocupa, gratuitamente, por su
crecimiento y desarrollo dentro de ese sentido global que dio al
universo.

La experiencia de la fe no es una experiencia fácil ni masiva. Se inicia


personalmente, se desenvuelve persona a persona, a media luz y en
voz baja. Dios se manifiesta mediante "un susurro" (Salmo 18,
versículos 2-3), como una "leve brisa" (Elías) o se oculta "tras una
nube" (Moisés). A nosotros nos llega por medio de un libro, la palabra
de un amigo, una enfermedad,... por mil caminos que debemos
aprender a transitar para reconocerle. Dios no fuerza la libertad
humana, el hombre tiene en cada etapa de crecimiento personal la
posibilidad de aceptarlo o de negarlo, de comprenderlo o rechazarlo.

Pero el crecimiento y la maduración del contenido de la fe, el dogma,


no es tarea individual, fruto de un pensador solitario, sino que se
deriva de una experiencia comunitaria desplegada a lo largo de una
historia de milenios. Por ello, en el comienzo de esta segunda
explicación del origen del universo, el ser humano no involucra sólo
su raciocinio; necesita aceptar personalmente que Dios le confiere un
sentido maravilloso a esa realidad que él, como hombre, observa,
sufre y modifica. Asume también que ese sentido escapa a su
voluntad y que sobrepasa a la razón y al conocimiento humanos. El
hombre no es autor del proyecto de la creación, pero puede escrutar
sus huellas y formular teorías, que siempre dependerán de la
revelación. Al cambiar su cultura con los tiempos, ese sentido sobre
su destino no se le manifiesta de manera inmutable, de una vez y
para siempre. Su interpretación se desarrolla en la historia y
evoluciona según progresan los conocimientos humanos. Su
experiencia personal tiene sentido como una prolongación de la
experiencia que tienen de Dios muchos otros hombres: un pueblo
entero, el "pueblo de Dios". Comunidad de fe a quien Dios elige no
por mérito, sino gratuitamente, por amor. La fe no es nuestra fe, es
la Fe de toda la Iglesia.

Detrás de cada interpretación científica sobre el universo que los


hombres construimos, cada vez de manera más compleja y perfecta,
resplandecerá ese sentido que Dios le ha dado y vendrá a iluminar el
conocimiento que nos forjamos con la razón. Recién comprendemos
completamente la naturaleza cuando además de observarla con los
ojos de la ciencia, vemos su sentido con relación al plan de Dios.
Entonces se vuelve transparente e inteligible, inteligibilidad que no es
obra humana, nos viene de Dios, del hecho de compartir con el resto
de la creación el carácter de criaturas.

Al conjunto de esa explicación en la historia la llamamos


Revelación, y es la base del contenido de nuestra fe. Esa fe nos
permitirá interpretar lo que el universo significa para el hombre
cuando se le dota de sentido histórico, trascendente y escatológico.
La revelación es a la fe, lo que el conocimiento es a la razón.

Ese conocimiento reconoce dos fuentes concretas: la Tradición y las


Sagradas Escrituras. La Tradición oral, es anterior a las Sagradas
Escrituras. Las sagradas escrituras recogen la revelación, en primer
lugar, la que Dios otorga al pueblo de Abraham y de Jacob por medio
de sus profetas, y luego, ya definitivamente, por medio de su Palabra
encarnada: el Logos, Jesucristro nuestro Señor. A través de los
discípulos que Él eligió, llega al pueblo de Dios, y por su intermedio
debe llegar a todo el resto de la especie humana.

Para los católicos, la Tradición se expresa por el Magisterio de la


Iglesia, depositaria del contenido de ese Logos y responsable de su
adecuación a cada momento histórico, de la adecuación a "los signos
de los tiempos". Esas son las dos fuentes inseparables que tiene la fe
cristiana para interpretar el origen del universo: la Sagrada Escritura
y el Magisterio de la Iglesia.

Las ideas del Génesis


Si queremos comenzar el análisis de las fuentes que provienen de la
Sagrada Escritura, debemos recurrir a la tradición escrita en el
Antiguo Testamento que recibimos del pueblo de Israel. Las
referencias al origen del universo en la Sagrada Escritura están al
comienzo de su primer libro, "El Génesis". En su capítulo I, primer
versículo, la Biblia dice: "Bereshit bara Elhoim…", es decir: "Al
principio creó Dios el Cielo y la Tierra…".

Dios: el Ser necesario, el que es por Sí Mismo, como le dirá luego a


Moisés desde la zarza ardiendo, creó cuanto conocemos. Nadie en la
Tierra podrá asignar a Dios un nombre humano, lo mejor que
podemos decir de Él, nos lo ha revelado Él mismo: Soy el que soy.
Nos ha creado y nosotros no podemos salvar ese abismo, y es Él
quien toma la iniciativa.

É9l ha creado el "átomo primigenio". Ha creado la Tierra que estaba


antes que nosotros, el Universo que estaba antes que la Tierra, y Él
es antes que el Universo, el tiempo y el espacio. Esta idea de Dios,
trascendente a toda idea, materia o energía que podamos pensar,
está diseminada en toda la concepción bíblica vetero-testamentaria.
Dios trasciende todo lo natural. Los textos de la revelación se
multiplican: El Génesis II, 5-25, Los Salmos, 2 Macabeos VII, 28…

Esa concepción pasa completa al Nuevo Testamento. "De muchas


maneras habló Dios a los hombres, hasta que envió a su propio
Hijo"..., a su Palabra [S. Pablo]. Dios envía su Palabra a la Tierra.
Pero su Palabra, ya existía desde antes de la creación.

Nos dice San Juan Evangelista en el siglo II (DC): En el Principio era


el Verbo…[Jn. 1,1]. La palabra de Dios, el Cristo, era anterior al
universo y Cristo es el prototipo del ser humano, el nuevo Adán. Esta
revelación alcanza una dimensión que trasciende todo pensamiento:
por una parte, Dios toma forma humana y asume esta naturaleza,
pero por otra el hombre, encuentra su origen como naturaleza, antes
de la creación.

La posibilidad que tenemos de entender ese sentido que para


nosotros tiene el mundo natural, nos viene de la Palabra de Dios, que
ya existía antes de la creación. Si hubo evolución, Dios conocía su
resultado antes de su comienzo. Por lo tanto los hombres, nosotros
mismos, fuimos pensados por Dios antes de la existencia del tiempo y
estamos destinados aquí, en esta Tierra, al encuentro con Él.

Naturalmente, la Revelación no dice por que procedimiento fuimos


creados, ni nos comunica datos científicos, tenemos la libertad para
averiguarlo. La Revelación da sentido a nuestra vida y nos indica
cómo debemos vivirla, porque simultáneamente, la libertad que Dios
nos dio, nos fuerza a elegir en cada momento: podemos asumir
nuestro destino y llenar nuestra vida de sentido o rechazarlo y
vaciarnos de Él.

Después la Tradición de la Iglesia, ya sin la presencia viva de la


Palabra Encarnada, pero asistida por el Espíritu de Dios, recordará,
reforzará y purificará el concepto que se ha forjado de la creación, a
partir de la propia enseñanza de Cristo. Por ejemplo, leemos en S.
Justino (100-160 dc): ..."Es la doctrina que nos enseña a dar culto al
Dios de los cristianos, al que tenemos por Dios único, el que desde el
principio es hacedor y artífice de toda la creación visible e invisible".

Fórmula que al final, ya destilada, se incorporará en el Credo o


Símbolo Apostólico (s. III): "Creo en Dios Padre…creador del cielo y
de la tierra"…, y sería perfeccionada en los concilios posteriores de
Nicea (a.325) y de Constantinopla (a. 381), donde aparece en el
llamado Símbolo "Niceno-Constantinopolitano" con la
fórmula: "Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo
invisible…".

En 1215, en el IV Concilio de Letrán, se establece el decreto


"Firmiter" que contiene importantes principios como: la unidad del
principio creador (Dios es Uno e indivisible, no tiene partes) la
distinción entre Dios y el mundo, la creación del universo de la nada
(ex nihilo), la naturaleza temporal de la creación (Dios crea también
el tiempo) y la extensión de la creación a todos los seres vivos, a la
naturaleza entera.

Santo Tomás de Aquino (1212-1274)., en la Summa Theol. q. 46, a.


2 comenta que el comienzo temporal del mundo es un dato de fe. Y
que la creación de la nada, ex-nihilo, se puede probar con la razón.

Durante siglos, el tema es aceptado así entre los cristianos y deja de


ocupar un lugar central en las discusiones doctrinarias. No es central,
a pesar de la discusión referente al sistema heliocéntrico en el siglo
XVII, ya que considerado bajo la perspectiva de la fe, no afecta
demasiado a lo que nos ocupa. En realidad, no se discutió allí sobre el
origen del universo y la creación.

Más recientemente, durante el Concilio Vaticano I se vuelve a tratar


el tema en profundidad , y se establece entre otras cosas que: … "el
universo es la obra excelente de un Dios bueno y sabio, que hizo
todas las cosas con voluntad absolutamente libre". Es decir, Dios no
ha tenido necesidad de crearlo, la creación es una expresión libre del
Amor Divino.

Había surgido una nueva visión científica que ponía en discusión la


perspectiva religiosa sobre la creación del hombre, esta vez desde el
naturalismo, contraponiéndola con la posibilidad de una continuidad
evolutiva a partir de especies más simples, sometidas a procesos de
selección natural (Darwinismo).

Rápidamente esta nueva propuesta científica fue considerada una


demostración de que la consideración de la existencia de un creador,
era totalmente superflua. Frente a la pretensión de anular la visión
religiosa de la creación del hombre y del universo, la Iglesia se
reafirma sobre los contenidos de la Revelación.

Es prudente destacar, que si bien desde sectores del evolucionismo


se consideran ideas sobre el origen del hombre, en realidad no se
habla del origen del universo. Y aún más, mucho más que del origen
de la vida en el planeta, se trata de una teoría sobre la
transformación de formas elementales de vida en formas más
complejas. Pero este tema merece una consideración particular,
mucho más extensa y detallada, por lo cual se remite a la bibliografía
pertinente (que puede encontrarse en la página web citada).

Definiciones más recientes


El Concilio Vaticano I define que: "Dios sostiene y gobierna todo lo
creado mediante su Providencia". La aclaración resultó necesaria
frente a la reducción mecanicista que se desplegó desde las ciencias
físicas durante el siglo XIX, a partir del desarrollo de la "Mecánica
Racional" (de Laplace a Mach) y de la Termodinámica. Según estas
concepciones reduccionistas, se podría llegar a admitir, válidamente
para la razón científica, la existencia de un dios creador, que pone en
marcha su creación del universo y luego la abandona a su suerte. O
bien la de un panteísmo natural, un dios "relojero" universal que
controla y participa en todos los movimientos del universo, es decir,
lo que llamamos naturaleza.

Un judío, un cristiano o un musulmán responderían que imposible


elevar una oración a un dios así. La idea que nos forjamos de Dios los
que creemos en Él, es mucho más trascendente que ésta y a la vez,
sorprendentemente, más cercana. Con la formula citada, el
Magisterio aclara la concepción cristiana de un Dios personal y
providente.

El Vaticano I es prolífico respecto del tema, en la " Constitución


Dogmática sobre la Fe Católica" aclara que … "este único, verdadero
Dios, por virtud de su bondad y omnipotencia, no por aumentar su
gloria o por adquirirla"…. "hizo el mundo para comunicar su bondad y
sus perfecciones". Dedica un capítulo para especificar las relaciones
entre fe y razón declarando que …"hay un doble orden de
conocimientos, distinto no solamente por su principio, sino también
por su objeto" …[35]. No hace sino confirmar lo que ya exponía Santo
Tomás 600 años antes.
Pero el gran documento del siglo XX es el Concilio Vaticano II. La
cantidad de temas discutidos fue tan amplia y tan completa que no
podían faltar las referencias a la creación del universo. La doctrina
secular de la Iglesia hasta aquí expuesta aparece reflejada en
numerosos trabajos discutidos por los padres conciliares que luego
fueron publicados en distintos documentos particulares.

Son un ejemplo las constituciones conciliares tituladas "Lumen


Gentium", "Dei Verbum" y "Gaudium et Spes". En ellas se remarcan:
el misterio de la creación, la visión cristocéntrica de la misma, la
colaboración del hombre, criatura singular de Dios, que actúa como
continuador de la obra creada, o la relación existente entre la
creación y el fin de los tiempos.

Los temas tratados en los documentos conciliares, por iniciativa del


mismo papa que convocó el concilio, Juan XXIII, se discutieron en
años posteriores para elaborar con ellos un catecismo que los pusiera
al alcance de todos los fieles. De esta forma se incorporaron al
pensamiento católico general y al Catecismo de la Iglesia Católica. El
Catecismo, es un documento cuya redacción fue inicialmente
recomendada durante el concilio, concretada durante el Sínodo de
Obispos de 1985 y que conoció la luz bajo el Pontificado de Juan
Pablo II, 30 años después de haber sido inaugurado el concilio.

En su primera parte, el Catecismo analiza la Profesión de Fe o


"Credo". Desde su primer capítulo proclama que el hombre es "capaz"
de Dios y en el segundo, que es Dios quien viene al encuentro del
hombre. Entre los puntos 279 y 301 analiza los orígenes del universo
y destaca la importancia de una buena catequesis sobre estos temas.

La sucesión de los pontífices desde el concilio: Juan XXIII, Pablo VI o


Juan Pablo II, en varios discursos a la Pontificia Academia de las
Ciencias, precisaron los detalles de la doctrina de la Iglesia como lo
habían hecho todos los papas anteriores.

También el papa Juan Pablo II, pidió perdón por los errores que
pudieran haberse cometido en el denominado "caso Galileo", como un
acto de buena voluntad dirigido al mundo de la ciencia, para
reafirmar la importancia que la Iglesia siempre le dado a esta
actividad de la razón humana.

En 1998 Juan Pablo II publicó la encíclica Fides et Ratio (Fe y Razón),


donde se plantea para esta relación el doble objetivo del diálogo y la
autonomía que destacamos al comienzo de este artículo, que aclarara
Santo Tomás y que reafirma lo establecido en el Concilio Vaticano I.

Las siguientes palabras de su santidad J. Pablo II destacan estos


objetivos:
"Al expresar mi admiración y mi aliento hacia estos pioneros de la
investigación científica, a los cuales la humanidad debe tanto de su
desarrollo actual, siento el deber de exhortarlos a continuar en sus
esfuerzos permaneciendo siempre en el horizonte sapiencial en el
cuál los logros científicos y tecnológicos están acompañados por los
valores filosóficos y éticos, que son una manifestación característica e
imprescindible de la persona humana. El científico es muy consciente
de que la búsqueda de la verdad… no termina nunca, remite a algo
que está por encima del objeto inmediato de los estudios a los
interrogantes que abren el acceso al Misterio".

Desde el mundo católico, siempre ha existido una apertura a la


ciencia, estableciendo los puentes necesarios para una comunicación
serena y profunda de la verdad que cita su santidad Juan Pablo II en
el apartado anterior. A pesar de algunos desencuentros, como el que
se suscitó en torno al caso Galileo, la actitud normal entre los
católicos fue intentar comprender la ciencia en sus detalles más
profundos para encontrarse con el Misterio. En remontar la realidad
física hasta la trascendente.

La relación entre la Religión y la Ciencia es muy importante para


nosotros, los católicos y los religiosos en general. Algunos de los
avances más significativos en la comprensión del universo como el
heliocentrismo o la la teoría del Big Bang, se deben a personas de
conocida religiosidad. El mismo Galileo, a pesar de lo que se diga en
algunos ambientes o en los medios de comunicación, era un católico
práctico. Son muchos también los encuentros y diálogos entre
grandes científicos con diferentes convicciones religiosas o bien ateos
y científicos católicos. Lo normal ha sido siempre el encuentro
personal, más allá de sus convicciones religiosas, y debería bastar
para demostrarlo con observar juntos en esa foto de Albert Einstein y
Robert Millikan flanqueando al creador del modelo del Big- Bang,
George Lamaître, en 1933.

Pocos años antes de esa fotografía se había establecido la ley de


Hubble, Lemaître era un convencido del modelo dinámico, había
introducido la hipótesis del átomo primordial en 1931, y Einstein no
compartía esa visión científica. Sin embargo allí están juntos.
Einstein, que muchas veces alabó el talento matemático del sacerdote
y éste, que utilizó las ecuaciones de Einstein para desarrollar su
modelo dinámico. Un modelo que incluye el origen del tiempo junto al
universo, coincidiendo con la definición de Santo Tomás de Aquino,
700 años antes.

Estas relaciones entre ciencia y fe, dentro del catolicismo, van mucho
más allá: el propio Vaticano tiene una Academia Pontificia de las
Ciencias donde muchos de los más importantes científicos son
invitados a exponer sus teorías. El mismo papa Pío XII fue uno de los
más entusiastas seguidores del modelo del Big-Bang, desde antes de
su aceptación generalizada por la comunidad científica. Nada más
ajeno ni más injusto entonces, que esa acusación de oscurantismo
que le llueve a la Iglesia desde determinados ambientes del ateísmo.

El fin del Universo


Hemos llegado a la diapositiva final y nos preguntamos: ¿Cuál es el
fin del Universo? Podríamos hablar de algunas recientes opiniones
científicas en las que se extrapola la "muerte térmica" para un
universo en expansión, hacer consideraciones sobre posibles
alternativas, analizar la posibilidad de existencia de universos
simultáneos, cada uno con sus constantes fundamentales y su Big-
Bang, temas sobre los que también especula la teoría.

No parece ser esta la idea buscada por Carlos Pérez para el cierre de
una exposición como la preparada en la serie de diapositivas que
presentó. A mi entender, el mensaje final que procuran dejarnos
estas dos conferencias, es que el fin del Universo, ocurra lo que
ocurra físicamente, será la apertura completa a la trascendencia. No
se trata de un fin, sino de una finalidad.

Para un hombre de fe, el fin trascenderá todo lo material. No importa


el cómo. Desde la ciencia, aunque se especule con hermosas
construcciones matemáticas, tampoco se sabe cómo será y mucho
menos por qué. Sin embargo, desde la escatología cristiana, sí
sabemos que el fin del universo será la realización plena de ese
sentido que hoy adivinamos, en el que creemos y que nos permite
obrar en consecuencia, para bien de todos nuestros hermanos, los
hombres.

Según nuestra concepción, en el final de los tiempos terminará


nuestro conocimiento parcial y veremos a Dios tal cual es (1 Cor.
13,12). Dios entonces habrá conducido su creación hasta el reposo
definitivo y la gloria para la cual ha creado el Universo, con nuestro
Cielo, con la Tierra y con todos nosotros en la cumbre de la creación,
permitiéndonos comprenderla y colaborar con ella (Catecismo, 314).

En la ciencia, para explicar la evolución del universo, es necesario


unir nuestros conocimientos sobre lo más pequeño, las partículas
elementales y sobre lo más grande, los cuerpos de la astrofísica:
planetas, estrellas y galaxias. Para explicar el sentido de la evolución
de la vida inteligente sobre la Tierra, vemos aquí, que también
necesitamos unir lo más grande y lo más pequeño: Dios y el hombre.
El hombre carece de sentido sin Dios, queda reducido a una
fluctuación sin razón en el universo.

Ocupamos un lugar privilegiado en el Universo: el planeta Tierra.


Muchos analizan desde la ciencia misma la causa y justificación de
ese privilegio, tratando de calcular la probabilidad de aparición de
vida inteligente en otros rincones del universo. Esa probabilidad, al
parecer, es bastante baja. La tierra es un planeta habitable, al borde
de un brazo de una galaxia, parte de un universo con sus constantes
cosmológicas finamente ajustadas para la vida. Y es a la vez, un
atalaya que permite observar su sistema planetario, la forma de su
galaxia y hasta "los bordes" del universo. Es decir, con las bases para
formar en su inteligencia, una cosmovisión científica. Una visión
bastante ajustada de la totalidad.

Pero desde la perspectiva que estamos analizando aquí, la razón de


ese privilegio trasciende lo físico y lo natural, porque este lugar donde
vivimos, es el lugar del encuentro del hombre con su Creador. Aquí el
Verbo se hizo Carne y habitó entre nosotros. Él establece nuestra
dignidad como criaturas. Porque al principio, antes de la Creación, el
Verbo ya era.

Esa es nuestra fe.

Presentación completa
Nota: Animación Flash de más de 1 Mb.
Para pasar las diapositivas, haga clic con el ratón sobre la imagen.