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Literatura y lenguaje

[Conferencia dictada por Michel Foucault 1964.]

Primera sesión

La pregunta de «¿Qué es la literatura?» llegó a nosotros desde la obra de Mallarmé. Sin embargo, no creo que sea tan
antigua como suele decirse. Es justamente eso lo que habría que cuestionar. Así, Dante, Cervantes o Eurípides forman
parte de nuestra literatura, no de la suya.

Ante todo está el lenguaje, por un lado, y por el otro, están las obras. Y hay además un tercer término,

que es la literatura. La literatura no es la forma general ni el lugar universa de toda obra de lenguaje. Es el vértice de
un triángulo, por el cual pasa la relación del lenguaje con la obra y de la obra con el lenguaje.

En el siglo XVII, «literatura» era la familiaridad que alguien podía tener con las obras de lenguaje, el uso, la frecuentación.
En esa época clásica era un asunto de memoria, de familiaridad, de saber: un asunto de recepción. Hasta que dicha
relación de saber y memoria se convirtió en una relación activa y por eso mismo, oscura y profunda, entre la obra y el
propio lenguaje. Recién en los siglos XIX o XX el tercer elemento del triángulo se hizo activo.

La reflexió sobre lo que es la literatura, se instauró muy tarde y, en cierta forma, en el agotamiento de la obra.Pero la
literatura no es la ocasión de transformar un lenguaje en una obra; y no es para una obra la ocasión de fabricarse con
lenguaje; la literatura es un tercer punto, diferente de los otros dos elementos, exterior a su línea recta y que por eso
dibuja un espacio vacío, que da lugar a la pregunta «¿Qué es la literatura?». Por consiguiente, esta pregunta es su ser
mismo, desmembrado y fracturado.

La literatura está hecha de algo fable, fábula, de algo que es para decir y puede decirse, pero en un lenguaje que es
ausencia, asesinato, desdoblamiento, simulacro. La primera constatación es que la literatura es, en fin, una suerte de
lenguaje que oscila sobre sí, una suerte de vibración in situ. Pero estas palabras, dejan suponer que hay dos polos y no
es así; en realidad, la relación con la literatura está contenida en el espesor inmóvil de la obra, y a la vez es aquello por
lo cual la obra y la literatura se rehúyen una en otra.

Su paradoja consiste precisamente en que sólo es literatura en el instante mismo de su comienzo, en ese momento,
cada palabra es de algún modo decepcionante en lo que toca a la literatura, ya que no hay ninguna que pertenezca
por esencia, por derecho natural, a ella. De hecho, una vez que una palabra se escribe en la página en blanco, que
debe ser la página de la literatura, ya no es más literatura; cada palabra real es una transgresión contra la esencia
pura, blanca, vacía, sagrada de la literatura; una transgresión que hace de toda la obra su ruptura, su caída, su fractura.
Toda palabra sin estatus ni prestigio literario es una fractura; toda palabra prosaica o cotidiana es una fractura, pero
también lo es toda palabra una vez que se escribe.

La literatura será la irrupción de un lenguaje a secas en una página en blanco de principio a fin; la irrupción del lenguaje
sin signos ni armas, que nos conducen hasta el umbral de una perpetua ausencia.

La literatura, desde que existe, se ha asignado siempre una tarea, y es el asesinato de la literatura. A partir del siglo XIX,
aparece una relación mucho más radical, que sería a la vez de consumación de la literatura y de su asesinato inicial.
Aparece una historicidad muy especial, que no pasa por el rechazo de las otras obras, o su distanciamiento, o su
acogida; sino por el rechazo de la literatura misma. Cada nuevo acto literario, implica al menos, cuatro intentos de
asesinato: rechazar ante todo la literatura de los otros; negar a los otros el derecho a hacer literatura, impugnar que
las obras de los otros sean literatura; negarse a sí mismo, impugnarse a sí mismo el derecho a hacer literatura, y por
último, negarse a hacer o decir, en el uso del lenguaje literario, otra cosa que el asesinato sistemático, consumado, de
la literatura.

A partir del siglo XIX todo acto literario se da como una transgresión. Y sin embargo, cada palabra, desde que se escribe
en la famosa página en blanco, hace señas. Hace señas a algo, porque no es como una palabra normal, ordinaria. Hace
señas a algo que es la literatura; cada palabra, no bien escrita en la página en blanco de la obra, es una suerte de luz
de giro que hace un guiño a algo que llamamos «literatura». Como es una obra de lenguaje nada es semejante a lo
que se dice en la cotidianidad.
La obra, en definitiva, sólo existe en la medida en que, a cada instante, todas las palabras se vuelven hacia esa
literatura, son encendidas por ella; y al mismo tiempo, la obra existe únicamente porque esa literatura se conjura y se
profana a la vez.

Me parece que estos dos aspectos, el de la profanación y el de la señal perpetuamente renovada que cada palabra
hace a la literatura, permitirían esbozar dos figuras ejemplares y paradigmáticas de lo que es la literatura. Una sería la
figura de la transgresión, y la otra, al contrario, sería la figura de todas las palabras que apuntan y hacen señas a la
literatura; lo que yo llamaría la reiteración de la biblioteca. Una es la figura del interdicto, del lenguaje en el límite, la
del escritor encerrado; otra, en cambio, es el espacio de los libros que se acumulan, se adosan unos a otros.

La obra de Sade tuvo la pretensión, de ser la supresión de toda la filosofía, de toda la literatura, de todo el lenguaje
anteriores a él, a través de la transgresión de una palabra que profanara la página en blanco y por eso mismo abre un
espacio vacío donde la literatura moderna va a tener su lugar. Y también tiene su doble en la figura del libro, su
opuesto, en la biblioteca, es decir, en la existencia horizontal de la literatura, cuyo paradigma gemelopodría ser
Chateaubriand. Su contemporaneidad no es un azar en la literatura. La obra de Chateaubriand, desde su primera línea,
quiere ser un libro, mantenerse en el nivel de un murmullo continuo de la literatura, trasponerse a esa eternidad
polvorienta que es la de la biblioteca absoluta.

La obra hace señas a la literatura quiere decir que convoca a la literatura, le da garantías, se autoimpone una serie de
marcas que le prueban y prueban a los otros que se trata en efecto de literatura. Esos signos, reales, son lo que la
crítica reciente, desde Roland Barthes, llama escritura.

Esa escritura, en cierta forma, hace de toda obra una pequeña representación, como un modelo concreto de la
literatura… a fines del siglo XVIII, desapareció la retórica. Esto significa que la literatura desde la desaparición de la
retórica, va a estar obligada a tener un lenguaje único y, no obstante, desdoblado, ya que, a la vez que cuenta algo,
deberá hacer visible lo que es la literatura. Pero nunca hay encuentro absoluto entre la obra real y la literatura de
carne y hueso. La obra no se topa jamás con ese doble que al fin aparece y, en este sentido, la obra es ese espacio de
desdoblamiento, que podríamos llamar simulacro, espacio virtual como el que puede verse pero jamás tocarse en los
espejos.