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En la película “El Método” vimos una verdadera interacción entre tres conceptos.

Trabajadores,
técnicos y preparados, inteligentes y muy preparados para su trabajo, actúan como cualquier otra
persona muy sociables, relacionándose según la prueba se vaya dando con un entorno que oprime
a unos y sonríe a otros, pero cuando a los integrantes se les presentan situaciones peculiares que
no lograron anticipar muestran lo que realmente son y qué es lo que están dispuestos a hacer por
no ser ellos quienes se tengan que ir.

En la película se comienza con una vida cotidiana en entornos familiares, con desayunos servidos en
la mesa de la cocina, tal vez en la barra de un bar. A ellos asisten los candidatos a trabajar en una
empresa de altas esferas, Dekia, mientras la sociedad anda levantada en armas, en protesta por la
incipiente globalización que cambia el curso de la sociedad mundial a pasos agigantados. Cuando
los candidatos, altos ejecutivos, asisten a la oficina de la empresa, no saben que les espera un
proceso de selección que sacará lo mejor y lo peor de cada uno de ellos como trabajadores, pero
también como seres sociales y como personas.

Sin duda, en un proceso de selección de personal para una empresa no hay que olvidar que los
candidatos son sujetos con una careta, que la sociedad, el entorno en el que han habitado y el mérito
de su pasado profesional ha contribuido a crear, pero que también son personas y en los momentos
críticos o inesperados de la compañía actuarán conforme a su aspecto real, sin caretas. El proceso
de selección adecuado deberá evaluar todas las vertientes existentes, con objeto de seleccionar al
trabajador más adecuado para el fomento del devenir de la empresa y de modo que, conociendo
sus aspectos internos y externos, se pueda llevar a cabo una gestión del desempeño actualizada en
el tiempo y a medida del trabajador.

En ese sentido, el Método Gronholm se muestra como un proceso que evalúa al candidato de
manera completa, dura y exhaustiva. Se pone a prueba la ética empresarial, la capacidad de
liderazgo personal y profesional, el complejo de inferioridad mujer-hombre, la capacidad de tomar
decisiones inesperadas en centésimas de segundo, el ego del poder, la avaricia, la codicia y el
espíritu de supervivencia, en un entorno de protestas ante una globalización que se desarrolla a un
ritmo vertiginoso.

Precisamente, tras esta reflexión sobre el trabajador como ser social y ser humano, pilar básico
presente en todos los temas, la globalización es el aspecto que analizaré en mayor medida y que
utilizaré como cauce para ir englobando a otros, tales como la ética empresarial, las desigualdades
de sexo, el liderazgo y el espíritu de supervivencia en el puesto de trabajo y todo lo que el mismo
conlleva.

La globalización es uno de los factores dinámicos de esta sociedad, probablemente el


acontecimiento más determinante y cambiante del mundo y de su cultura en las últimas décadas,
generador de alabanzas y controversias, como observamos en las revueltas de los jóvenes anti-
sistema de la película. La globalización, inseparable del capitalismo, se entiende rápidamente
cuando observamos a un conjunto de compañías que operan sin fronteras, que descentralizan sus
actividades a lo largo de sedes en todas partes del mundo, que crean macrocampañas de marketing
para todos los continentes, sin excepción. Empresas y marcas transoceánicas, como Nike,
McDonalds o Microsoft se convierten en fenómenos de masas a nivel mundial, que dominan el
mercado de su sector, que tienen un poder adquisitivo mayor que el de tantos y tantos países, sobre
todo de África, en un mundo de contrastes como el que vivimos. Pero esta globalización no es solo
predicable de grandes compañías, que son las que han hecho uso de ella en su máximo esplendor y
probablemente también hayan contribuido a crearla; la globalización es una realidad patente, algo
que convive con nosotros. Supone un mercado unificado y mundial, unas comunicaciones que
discurren a velocidad de vértigo y un planeta sin fronteras en el aspecto económico, político, social
y tecnológico y en de las relaciones humanas de todo tipo. Sin duda, la globalización se trata de un
tema altamente controvertido, ya que es definitorio de la sociedad tal y como la entendemos
actualmente, impidiendo otros modelos políticos, económicos y sociales. Es por ello, fuente de
ventajas y oportunidades, pero también de desventajas, injusticias y riesgos, que iré analizando
junto con la exposición y reflexión sobre las diferentes dimensiones que posee el fenómeno de la
globalización.

Desde un punto de vista económico, podríamos decir que es la integración de los países, resultado
de la enorme disminución de los costes de transporte y comunicación, y la caída de las barreras
artificiales que bloqueaban los flujos de bienes, servicios capitales, conocimientos y personas a
través de las fronteras. La idea de la mano invisible que provoca flujos de actividad eficientes en el
mercado, promovida por Adam Smith, supone el inicio de una ideología de libre mercado, llevada a
su extremo en países como USA, más oculta en países como Venezuela o Cuba, e inexistente en
otros de África.

De algún modo, la globalización es una ventana al emprendimiento, permite operar en diversos


entornos con unas restricciones escasas y más o menos comunes. Una idea comercial surgida de la
nada y bien estructurada, puede esparcirse como la espuma por países, legislaciones, trabajadores
y consumidores de los 5 continentes, siempre y cuando haya aceite para mover el engranaje del
sistema, el dinero. Como contraparte, ese mismo dinero y la búsqueda de las economías de escala
se convierte en generador de injusticias, de codicia, de competencia extrema y de aprovechamiento
de los más débiles, burlando las sociedades y legislaciones más jóvenes y débiles para explotar a
niños y personas de los países menos desarrollados a cambio de un sueldo miserable. Y aquí es
donde entran en juego dos elementos inseparables de la globalización: el capitalismo y la ética
empresarial.

Capitalismo y globalización deben entenderse como fenómenos correlativos. Es el capitalismo


elevado a su máxima expresión el que da como resultado la globalización empresarial en sentido
amplio y las malas prácticas que con asiduidad se dan por las empresas para maximizar beneficios.
Eso sí, dentro de no mucho este capitalismo feroz cederá, al comenzar a reclamar derechos y
condiciones los trabajadores de los países asiáticos (China, Taiwán, Indonesia…), los más explotados
en la actualidad, y seguramente la actividad se traslade a países como Somalia, en África, pero con
seguridad también acabará el capitalismo viéndose frenado allí, pues una sociedad no puede estar
permanentemente tolerando unas condiciones de vida y de trabajo deleznables.

La ética determinará la agresividad de las acciones globalizadoras de una empresa, principalmente


en las formas, por encima del fondo. Es decir, los resultados se pueden conseguir por distintos
medios, uno no ético, más rápido y aparentemente efectivo, y uno ético, menos atractivo de entrada
pero a la larga más satisfactorio para la compañía. Parece evidente que, pagando salarios mínimos,
otorgando unas condiciones laborales mínimas, e incumpliendo la ley de los países emergentes se
pueden lograr resultados más rápidos y eficientes. La productividad es más alta, con los mismos
medios económicos se puede contratar a más empleados, se responde menos por sus riesgos al no
exigirlo la ley, y se ocultan en cierto modo las injusticias que puedan sufrir los trabajadores, al haber
unas comunicaciones escasas en dichos países. La eficiencia, al menos a medio plazo, es también
mayor; con muchos menos recursos, tanto económicos como materiales, se sustentan una actividad
y unos márgenes deganancias brutales. La eficacia es totalmente positiva, se consigue el resultado
esperado, pero ¿El fin justifica los medios? Es una de las cuestiones a plantearse.

El hecho por el que considero que la falta de ética empresarial no es positiva en ningún ámbito de
la empresa, al menos a largo plazo, es, no solo una cuestión de “buenismo” o de justicia, de que no
todo vale para lograr los objetivos y de que hay que tratar de manera adecuada al entorno y a los
elementos personales de la compañía, que también. Estoy absolutamente convencido de que una
estructura empresarial ética, a largo plazo, proporciona mayor rentabilidad para la empresa, por
varios motivos. En primer lugar, aunque a corto plazo los costes de producción serán mayores, el
hecho de utilizar una contratación de recursos humanos legal y justa, proporcionará una mayor
estabilidad a la compañía, evitando cambios de legislación radicales o revueltas que hagan variar la
estructura con violencia. Por otro lado, es evidente que el aspecto motivacional del trabajador
crecerá, logrando un mayor rendimiento. La gestión del desempeño del trabajador estará más
controlada por recursos humanos, al tener un criterio homogéneo al que atender, porque ¿Cómo
se puede gestionar el desempeño de un niño de 7 años, y el de un hombre de 42 que elaboran
zapatillas de deporte del mismo modo? Es inviable, aparte de inmoral. Y es, precisamente, ese
aspecto de “moralidad”, de actuar conforme a las reglas del juego no escritas pero consideradas
adecuadas y justas por la sociedad, otra de las ventajas indispensables de una estructura ética. La
imagen que transmite al exterior una compañía que actúa conforme a las reglas de la ética es mucho
mejor que la de una empresa que carece de ella. Es necesario cuidar esa imagen, pues influirá de
manera decisiva en las ventas, y ya se sabe, la imagen tarda mucho en construirse, pero se puede
derrumbar para siempre en apenas segundos… ¿Conviene convivir con esa amenaza constante?

Junto con la ética empresarial cobra fuerza en los últimos tiempos la atención en torno a deshacer
las desigualdades hombre-mujer, algo, sin duda, positivo, pues venimos de una sociedad en la que
existía una superioridad no ya física sino moral del hombre, consolidada, y especialmente en el
entorno de la empresa: las mujeres trabajan en menor número, cobraban, y aún lo siguen haciendo,
menos que un hombre en el mismo puesto de trabajo y acceden en menor medida a puestos
directivos; solo 1 de cada 7 ejecutivos de las empresas del Ibex 35 son mujeres. Esta cuestión solo
puede ser abordada desde la realidad de que hombres y mujeres somos diferentes. Todo
movimiento tendente a una igualdad exacta y de carácter formal entre ambos carece de
fundamento, porque no somos iguales, ni lo seremos; tenemos nuestras diferencias físicas y
emocionales. Es necesario conocer estas diferencias para avanzar hacia una igualdad real, adaptada
a lo que necesita cada género, moldeando puestos de trabajo y oportunidades a cada uno de los
dos sexos. Si conseguimos esa igualdad real, no ganará sino la sociedad en su conjunto, ya que las
mujeres tienen características y virtudes que fisiológica, psicológica y genéticamente no tienen los
hombres, y que una sociedad que aspira a ser próspera no puede dejar de contemplar.

También podemos observar globalización desde una vertiente política, en la observancia de una
diplomacia ligera y sin fronteras, y de un capitalismo paralelo a la globalización en el que mucho
tienen que decir los estados. Observamos cada vez más organismos a nivel mundial, órganos
supranacionales e internacionales, que tratan de unificar los criterios de diversas naciones de cara
a la adopción de acuerdos comunes, bajo la idea de la economía de mercado, un ejemplo es el euro
como moneda única de Europa. En gran parte, esos organismos de nivel mundial han sido creados
debido a la fuerza que han adquirido las grandes empresas transoceánicas, como medio de control
de las mismas, incluso algunos han sido creados de manera mixta con representantes de las grandes
compañías. También afloran los representantes de los trabajadores y de las empresas, como
agentes sociales de una partida de ajedrez que se juega a nivel mundial, pero también a nivel de
cada estado, provincia o empresa.

La influencia de la globalización en la política es indiscutible. Cada vez es más preocupante el peso


político que han adquirido determinadas empresas multinacionales, superior al de muchos países,
y también los bancos, empresas al fin y al cabo. Las decisiones de los estados son, muchas veces,
tomadas en función de las exigencias de estas empresas y bancos de dimensión masiva. La
personalidad del gobernante de encuentra en jaque, condicionada por las posibles amenazas de
estos grandes buques que pueden iniciar el hundimiento o el reflote de una nación. Estas empresas
invaden todos los ordenamientos jurídicos, violándolos sistemáticamente en ocasiones. Esto hace
que tengan influencia más allá de un país, por lo que su peso en una negociación es bastante alto.
Por ello, para evitar males, deben llevarse a cabo normativas a nivel supranacional e internacional
que establezcan reglas del juego mínimas para estas empresas, de cara a que el poder político nunca
sea cubierto por este nuevo poder de las empresas que protagonizan o se aprovechan de la
globalización mundial para tratar de adquirir una fuerza decisoria superior a la de los estados, algo
que nunca debe ocurrir.

Por otro lado, el fenómeno que analizo también tiene una naturaleza social, como creador de una
cultura mundial unificada. Marcas como H&M o Zara marcan la moda y la tendencia a nivel mundial,
mientras otras son utilizadas, como Amazon en EEUU, hasta para pedir naranjas para el desayuno
del día siguiente. Las grandes empresas internacionales crean una imagen alrededor de la marca
que adquiere connotaciones de todo tipo, viajando rápidamente alrededor del mundo. Los niños de
todos los continentes quieren tener la camiseta Nike nueva, poseer las zapatillas de la nueva imagen
de Adidas, el ídolo Leo Messi, o usar la colonia de Channel que utiliza el actor de Hollywood de turno,
para luego ir a casa y comentárselo a los amigos por Facebook, o tal vez por Twitter que es más
rápido. Incluso las hamburguesas de McDonalds y las alitas de pollo de KFC crean una gastronomía
unificada a nivel mundial, y amenazan a los platos autóctonos de cada país.

Estamos hablando de un cultura unificada, tendiente a lo occidental, aunque con aires orientales
procedentes de una China cada vez más poderosa, con permiso de Rusia. Las peculiaridades de cada
estado ceden paso ante unos comportamientos homogéneos. Ésto, por tanto, genera un riesgo, la
conculcación cultural de las naciones más débiles o menos influyentes culturalmente, que pueden
quedar solapadas en su identidad por culturas más poderosas, como la americana o la china. Sin
duda, uno de los factores claves y positivos de nuestro planeta es la diversidad entre naciones, en
la diferencia se encuentra la virtud. Avanzar hacia un mundo unificado culturalmente no hace sino
poner en riesgo, no solo la belleza de la diversidad, sino la respuesta a los problemas mundiales,
que se halla desde la diferencia que otorgan los distintos puntos de vista.

El último de los aspectos esenciales de la globalización es la vertiginosa comunicación que vivimos,


especialmente a través de la ventana que nos ofrecen las nuevas tecnologías. La globalización, en
su sentido comunicativo, nos muestra un mundo dinámico y sin barreras, accesible a la hora de
viajar y ejecutar comunicaciones. En este sentido, no veo más que aspectos positivos. Las rápidas
comunicaciones, facilitadas por las nuevas tecnologías, permiten conocer al instante todo lo que
sucede en el mundo, haciendo posible que las personas, empresas y estados interactúen, lo cual,
bien utilizado, solo debe ser positivo. Todo ello ha venido propiciado por compañías como
Microsoft, Apple, Amazon o Google, o más bien es la globalización la que les trajo a ellas. Las
comunicaciones interestatales y de noticias y sucesos han dado paso a redes de comunicación
interempresarial, como Linkedin, e interpersonal, como Facebook, Twitter o Tuenti, todas ellas
poderosas y de alcance mundial. Sin duda, no espera un futuro que no parará de sorprendernos.
¿Qué será lo siguiente?

Si por algo se ha caracterizado la globalización es por el surgimiento de grandes líderes de talla


mundial, modelos a seguir, o a no seguir, por el resto de “aprendices” de político o empresario. En
el ámbito político observamos a Obama como auténtico producto de la globalización, líder
carismático, frente a una líder que ejerce con simpleza la autoridad en época de crisis, como Merkel,
pasando por un liderazgo puramente dictatorial como el de China o Cuba. En el ámbito de la
empresa, hemos dejado atrás el modelo de líder tradicional y autoritario, para pasar a un liderazgo
de estilo democrático pero con personalidad, cerca ya de un liderazgo o estructura que deja hacer
y se limita al incentivo y al control del desempeño ofrecido por el trabajador, con grandes
resultados, caso de Google en California, o Microsoft en Seattle, modelos a imitar. Por otro lado,
otra gran compañía, Apple, ha estado comandada, hasta su muerte, por un gran líder, Steve Jobs,
paternalista y en la sombra, que asombró al mundo. El problema es que cuando deja de vivir el líder
virtuoso y paternalista, el que toma gran parte de las decisiones exitosas, es necesario avanzar a un
modelo menos rígido y con mayor apertura, un estilo de dejar hacer pero sin perder de vista una
mínima disciplina y un buen control del desempeño del personal, algo que, ahora sin Jobs, deberá
hacer Apple para no verse rezagada a medio plazo.

Para concluir, volvamos al principio. Podemos hablar de líderes, de cualificación profesional, de ética
empresarial, de desigualdades, de economía, tecnología, cultura, política y globalización, pero todo
queda en un segundo plano ante los instintos naturales y sociales del ser humano y, como ser
humano que es, del trabajador en la empresa. El ser humano de hoy tiende, por lo general y como
podemos ver en la película, al egoísmo natural de buscar su bien propio y el de sus más próximos,
con independencia del devenir del prójimo. La codicia y la avaricia hacen acto de presencia en tantas
y tantas situaciones de la empresa y de la vida real, como resultado de un patente espíritu de
supervivencia presente por naturaleza en la condición humana, y potenciado por la sociedad. Ante
una situación comprometida para un puesto de trabajo, el empleado o el concurrente a un proceso
de selección tenderá a intentar conservarlo u obtenerlo a toda costa, derribando a todo aquel que
se le ponga de por medio. Ante la posibilidad de un ascenso, el interés propio tentará a realizar una
competencia sin cuartel, en la que casi todo valdrá, como en tantas otras situaciones. Y hasta aquí
lo habitual por defecto en el ser humano. Pero no olvidemos, el ser humano no es solo su naturaleza,
es también sus circunstancias, los valores y los comportamientos que la sociedad en la que le toca
vivir le ha enseñado. En este sentido, es esa sociedad la que normalmente empuja y potencia estas
actitudes de la persona o el trabajador antes descritas, pero son también esos valores y ese
aprendizaje social el que da lugar a otra forma de hacer las cosas, a un modelo de ética y moral
personal del trabajador en el que no todo vale para lograr el fin deseado, a una conciencia crítica
con uno mismo, a una generosidad y capacidad de sacrificio personal por el compañero, a una
valoración del tiempo por encima del dinero.
Es por todo ello que nunca debemos olvidar que más allá de las estructuras empresariales artificiales
y del concepto de trabajador, se encuentra el elemento central de todo ésto, la persona, ser humano
por naturaleza e influido por el conjunto de los demás coetáneos, lo que llamamos sociedad. Solo
así podremos observar a un potencial trabajador y darnos cuenta de sus miedos, necesidades,
aptitudes y posibilidades, visionando anticipadamente cual sería su meta en la empresa, y, en caso
de ser el elegido, adaptando el camino para que siempre pueda llegar a ella.