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UNIDAD V

___________________________________________________________________________
Las relaciones entre la Política Monetaria y la Fiscal
INTRODUCCIÓN
El desarrollo económico como el crecimiento de una economía, requieren de una correcta y sana articulación de la política monetaria
con la política fiscal. Dentro de la economía de mercado, la pregunta que hoy en día se formula es ¿cómo a través del manejo
coordinado de las dos políticas (fiscal y monetaria) se pueden prevenir los colapsos económicos?
El alumno, a través del punto es cuestión, conocerá lo que es un análisis comparativo de los objetivos e instrumentos de las políticas
monetaria y fiscal, como los aspectos donde es posible la coordinación, a fin de propiciar estabilidad y bienestar económico.

ACTIVIDADES DE APRENDIZAJE
Las lecturas y los documentales obligatorios permitirán (con el apoyo de material de lectura adicional), que el alumno logre:
5.1 Diferenciar entre la política monetaria y la política fiscal.
5.2 Identificar los aspectos en los cuales puede existir coordinación entre los dos tipos de políticas.
5.3 Analizar los efectos de la política monetaria en las actividades económico-financieras del país.

Objetivos particulares
Conocer la complementaridad entre la política fiscal y la monetaria en la lucha contra la inflación y el desequilibrio externo.

CONTENIDOS
5.1. Análisis comparativo de los objetivos e instrumentos de ambas políticas.
5.2 Aspectos donde es posible la coordinación.
5.3 Análisis en casos concretos en países de América Latina.
Fichas bibliográficas de los documentos
Ficha Documento
5.A MULLER. M.G.
Lecturas de macroeconomía
Segunda edición. Editorial CECSA, México
agosto 1982
Páginas 353 - 368
5.B SAMUELSON, Paúl A.
Economía con sinceridad
Editorial Lasser Press. México 1983
Páginas 105 – 107
5.C HANSEN, Alvin H.
Teoría monetaria y política fiscal
Segunda Edición. Editorial FCE, México
1980
Páginas 178 – 189
5.D DE LA PEÑA, Horario Flores
Teoría y práctica del desarrollo
Primera reimpresión. Editorial FCE.
México 1985
Páginas 146 – 166
5.E PAMPILLÓN, Rafael Olmedo
Análisis económico por países. Teoría y
casos de política económica
Primera Edición. Editorial Mc. Graw-Hill.
España 1993
Páginas 85 – 102
5.A MULLER. M.G.
Lecturas de macroeconomía
Segunda edición. Editorial CECSA, México
agosto 1982
Páginas 353 - 368

Subtema 5.1 Análisis comparativo de los objetivos e instrumentos de ambas políticas.

[…]
Un programa monetario y fiscal de estabilidad económica
MILTON FRIEDMAN
Durante los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, los problemas cotidianos fueron de tal especie que los economistas se
vieron conducidos a concentrarse en la asignación de recursos y, en menor medida, en el desarrollo económico, concediendo poca
atención a las fluctuaciones a corto plazo de carácter cíclico. A partir de la Gran Depresión de los años treinta este énfasis se ha
invertido. En la actualidad, los economistas tienden a concentrarse en los movimientos cíclicos, a actuar y hablar como si cualquier
mejora en el control del ciclo por ligera que sea, justificase cualquier sacrificio, por grande que fuese, en la eficacia a largo plazo o en las
perspectivas de desarrollo del sistema económico. Las propuestas de control del ciclo tienen a desarrollarse como si no existiesen otros
objetivos y sin conceder importancia a la estructura general en cuyo interior se desarrollan las fluctuaciones. Como consecuencia de
esta actitud, no se ha otorgado la adecuada atención a la posibilidad de satisfacer simultáneamente ambos conjuntos de objetivos.
Al construir el programa fiscal y monetario aquí propuesto, deliberadamente concedí una importancia primaria a los objetivos a largo
plazo. O sea, intenté bosquejar un programa que sería apropiado para un mundo en el cual los movimientos cíclicos que no fuesen los
originados por mecanismos fiscales y monetarios “nocivos” careciesen de importancia. Examiné la propuesta resultante para ver cómo
se comportaría respecto a las fluctuaciones cíclicas. Su comportamiento es sorprendentemente bueno; no sólo puede confiarse en que
no contribuya a la fluctuación sino que tiende a contrarrestarla, y, por lo tanto, parece ofrecer considerables perspectivas de
suministrar un grado tolerable de estabilidad económica a corto plazo.
Este capítulo está dedicado a presentar la parte del referido análisis que se refiere a las implicaciones a favor de la estabilidad cíclica de
la propuesta. Sin embargo, dada la motivación de la misma, parece acertado comenzar indicando los objetivos a largo plazo adoptados
como guía, aun cuando no sea éste lugar apropiado para una discusión razonablemente extensa de estos objetivos a largo plazo.
Los objetivos básicos a largo plazo, compartidos, estoy seguro, por la mayoría de los economistas, son la libertad política, la eficacia
económica y una sustancial igualdad del poder económico. Claro es que estos objetivos no son totalmente compatibles y es preciso
lograr un cierto compromiso entre ellos. Además, los objetivos enunciados a un nivel tal de generalidad, a duras penas pueden orientar
elecciones políticas siquiera sean aproximadas. El próximo paso, pues, es especificar los acuerdos institucionales de carácter general
que consideremos mejor adaptados para la consecución de estos objetivos. Creo -y el acuerdo en este estadio quizá sea menos amplio -
que los tres objetivos pueden realizarse mejor basándonos, en la medida de lo posible, para organizar la utilización de los recursos
económicos, en un mecanismo de mercado dentro de un "orden competitivo". Entre las proposiciones concretas que se siguen de esta
posición general, hay tres particularmente importantes: 1) el gobierno debe suministrar un sistema monetario apropiado al orden
competitivo, puesto que éste no puede ofrecerlo por sí mismo; 2) el gobierno debe actuar sometido a la "primacía del derecho" más que
a la autoridad discrecional de los administradores, y 3) sí bien un mercado verdaderamente libre dentro de un "orden competitivo"
produciría menos desigualdad que la que actualmente existe, debo esperar que la comunidad desearía reducir aún más esa
desigualdad. Añádase que en el intervalo sería preciso tomar medidas para completar el funcionamiento del mercado. Para ambos
propósitos, las medidas fiscales (como contraste a la intervención) constituyen los medios de disminución de la desigualdad más
deseables, aunque no sean típicos de mercado libre.
La propuesta extremadamente simple que estos objetivos a largo plazo me llevaron a adelantar no contiene elemento nuevo alguno. De
hecho, en vista del número de propuestas presentadas con miras a alterar una u otra parte de la actual estructura monetaria y fiscal, a
duras penas puede creerse que quede algo nuevo que añadir. La combinación de elementos que surge es algo menos corriente, pero,
con todo, no puede hacerse alarde de originalidad. No puede sorprender, pues, después de todo lo dicho, que la propuesta sea algo así
como el máximo común denominador de muchas otras. Esta es, quizá, la principal justificación para presentarla y solicitar que sea
objeto de discusión por parte de los profesionales. Acaso ella, o alguna variante, pueda suministrar un programa mínimo con el que
puedan hacer causa común los economistas que no militen en los extremos de la opinión.
Este ensayo trata únicamente de los rasgos generales de la estructura monetaria y fiscal, y descuida, o trata sólo superficialmente,
muchos problemas difíciles e importantes estrechamente relacionados. En particular, descuida casi por completo la transición desde la
actual estructura a la aquí bosquejada, las implicaciones de la adopción de la estructura recomendada respecto al sistema monetario
internacional y las especiales exigencias de la finanzas en tiempo de guerra. Estos problemas asociados son numerosos y de
importancia, y probablemente justifiquen en algunos puntos la adopción de un compromiso. Sin embargo, antes de comenzar a aceptar
compromisos, parece adecuado presentar cumplidamente el ideal último con la mayor claridad posible.


Una versión anterior del mismo fue presentada a la Econometric Society el 17 de septiembre de 1947, en una reunión mantenido conjuntamente con la International Statistical
Conferences, en Washington, D. C. Estoy en deuda con Arthur F. Burns, Aaron Director, Albert G. Hart, H. Gregg Lewis, Lloyd W. Mints, Don Patinkin y George J. Stigier por sus útiles
críticas y constructivas sugerencias. [Primera traducción castellana en Milton Friedman, Ensayos sobre Economía Positiva Gredos, Madrid 1967, cap. V].
I. LA PROPUESTA
La propuesta concreta más abajo bosquejada incluye cuatro elementos principales: el primero se refiere al sistema monetario; el
segundo, a los gastos del estado en bienes y servicios; el tercero, a los pagos del estado destinados a transferencias, y el cuarto, a la
estructura fiscal. Incumbe enteramente al estado federal, y todas las referencias al "estado" deberán interpretarse en este sentido.1
1. Una reforma del sistema monetario y bancario encaminada a eliminar tanto la creación como la destrucción privada de dinero y el
control discrecional de la cantidad de dinero por parte de la autoridad bancaria central. El mejor medio de eliminar la creación privada
de dinero acaso consista en adoptar la propuesta de reservas al 100 por 100, separando así al depositario de la función crediticia del
sistema bancario.2 La adopción de reservas al 100 por 100 reduciría también los poderes discrecionales del sistema de la Reserva
Federal al eliminar el descuento y las actuales facultades sobre los requisitos que deben cumplir las reservas. Para completar la
eliminación de las armas más importantes de autoridad discrecional se deberían abolir los actuales poderes para emprender
operaciones de mercado abierto y los controles existentes sobre el mercado de capital y el crédito al consumidor.
Estas modificaciones dejarían como funciones principales del sistema bancario la provisión de facilidades de depósito, la facilitación de
la compensación de cheques y otras semejantes y, como función capital de las autoridades monetarias, la creación de dinero para
responder a los déficits gubernamentales o la retirada de aquél cuando el gobierno se encuentre en situación de superávit.3
2. Una política de determinación del volumen de los gastos del estado en bienes y servicios -definidos de forma que excluyan los gastos
en transferencias de cualquier clase-, basada totalmente en el deseo, necesidad y voluntad de la comunidad de pagar los servicios
públicos.- Las modificaciones en el nivel del gasto únicamente deberían hacerse en respuesta a alteraciones en el valor relativo
otorgado por la comunidad a los servicios públicos y al consumo privado. No debería intentarse variar los gastos, en sentido directo o
inverso, en respuesta a las fluctuaciones cíclicas de la actividad económica. Como debe presumirse que los objetivos básicos de la
comunidad cambiarán sólo muy lentamente -excepto en tiempo de guerra o de amenaza de ella-, esta política, con alguna excepción,
conduciría a un volumen de gastos en bienes y servicios relativamente estable. 4
3. Un programa predeterminado de gastos de transferencia, consistente en la exposición de las condiciones y términos bajo los cuales se
concederían pagos destinados a transferencias para asistencia, compensación y otros. 5--- El actual sistema de seguridad social, bajo el
cual existen reglas para el pago de los seguros de vejez y paro, ofrece el ejemplo de un programa semejante. El programa únicamente
se alteraría en respuesta a modificaciones en la especie y el nivel de pagos destinados a transferencias que la comunidad crea que debe
y puede permitirse. El programa no debería alterarse debido a las fluctuaciones cíclicas. Sin embargo, los gastos totales variarían
automáticamente a lo largo del ciclo. Tenderán a ser más elevados cuando el paro sea elevado y bajos cuando el paro sea bajo. 6
4. Un sistema fiscal progresivo basado primordialmente en el impuesto personal sobre la renta.--- Debería hacerse el máximo esfuerzo
para recaudar los impuestos en su fuente y reducir al mínimo la demora existente entre el aumento de la carga fiscal y la recaudación
efectiva del impuesto. Los tipos, las exenciones, etc., deberían establecerse teniendo en cuenta la recaudación esperada al nivel de renta
correspondiente a un pleno empleo razonable con un nivel de precios predeterminado. El principio presupuestario podría ser, o que la
recaudación hipotética debería equilibrar el gasto del estado, incluyendo los pagos de transferencia (al mismo nivel hipotético de
renta), o que debería conducir a un déficit suficiente para suministrar un crecimiento secular determinado a la cantidad de dinero.7
La estructura de los impuestos no debería alterarse en respuesta a fluctuaciones cíclicas de la actividad económica, aunque los ingresos
reales variarán, naturalmente, de forma automática.8 Las modificaciones en la estructura impositiva deberían reflejar cambios en el
nivel de los servicios públicos o de los pagos de transferencias decididos por la comunidad.

1 La razón de limitar la discusión al estado federal reside simplemente en que sólo él tiene el poder monetario final; no tengo deseo alguno de minimizar el papel de las unidades
gubernamentales más pequeñas. En realidad, para la consecución de los objetivos a largo plazo arriba citados es muy de desear que esas unidades más pequeñas tengan en sus
manos el mayor número posible de actividades estatales con objeto de lograr la máxima descentralización posible del poder político.
2 Esta propuesta fue lanzada por Henry C. Simons. Véase su A Positive Program for Laissez Faire. Some Proposals for a Liberal Economic Policy (“Public Policy Pamphlets” núm. 15

{Chicago: University of Chicago Press, 1934}); "Rules versus Authorities in Monetary Policy”, Journal of Political Economy, XLIV (febrero, 1936), 1-30. Ambos reproducidos en Henry C.
Simons, Economic Policy for a Free Society (Chicago. University of Chicago Press, 1948).
3 La adopción de reservas al 100 por 100 es esencial si el programa propuesto ha de ser totalmente automático. No obstante, debe advertirse que, en principio, podrían conseguirse los

mismos resultados en un sistema fraccional de reservas por medio de una autoridad discrecional. Para lograrlo, las autoridades monetarias tendrían que adoptar la regla de que la
cantidad de dinero debería aumentar únicamente cuando el gobierno tiene un déficit y en la cuantía del mismo, y debería reducirse únicamente cuando el gobierno se encuentra con un
superávit y en la cuantía del mismo.
4 El volumen de gastos podría permanecer estable en términos monetarios o reales. El principio de determinación del volumen estable de gastos por los objetivos de la comunidad

conduciría a un volumen estable de gastos reales en bienes y servicios. Por otro lado, el procedimiento legislativo usual en la elaboración del presupuesto consiste en determinar sumas
fijas de dinero, lo cual conduciría a la estabilidad de los gastos monetarios y suministra una ligera flexibilidad automática anticíclica. Si el volumen de gastos reales se estabilizase, los
monetarios variarían en la misa proporción que los precios.
5 Estos pagos por transferencia quizá podrían considerarse más apropiadamente como un impuesto negativo.
6 Hay que esperar que la compleja estructura actual de pagos por transferencia se integre en un esquema único coordinado con el impuesto sobre la renta y dedicado a ofrecer una

base general a las rentas personales. Pero ésta es una cuestión aparte.
7 Estas aclaraciones respecto al nivel hipotético de renta que ha de utilizarse y al principio presupuestario que ha de seguirse son más terminantes y dogmáticas de lo que esté

justificado. En principio, el sistema económico podría ajustarte a cualquier estructura fiscal y a cualquier política de gasto, fuese cual fuese el nivel de renta o el principio presupuestario
en que estuviese inicialmente basada con tal que la estructura fiscal y la política de gastos siguiesen siendo estables. Es decir, a cada estructura fiscal y a cada política de gasto posible
corresponde una posición secular apropiada. El mejor nivel de renta y el mejor principio presupuestado que se pueden elegir dependen, por lo tanto, de consideraciones de ajuste a
corto plazo. ¿Qué elección requeriría el ajuste más fácil? Además, el nivel de renta y el principio presupuestario deben elegirse conjuntamente; no cabe duda de que puede alcanzarse
el mismo resultado combinando una renta hipotéticamente alta con un principio presupuestario de superávit o una renta hipotéticamente baja con un principio presupuestarlo de déficit o
por medio de un cierto número de combinaciones intermedias. Mi pronóstico es que el nivel particular de renta y los principios presupuestarios sugeridos más arriba no es probable que
conduzcan a resultados que requieran ajustes radicales a corto plazo para alcanzar la correspondiente posición secular. Desgraciadamente, nuestro conocimiento respecto a las
interrelaciones económicas relevantes es tan insuficiente que no permite más que pronósticos razonablemente informados. (Véase más abajo, sec. IV, esp. nota 22]
8 El principio de fijar los impuestos de forma que se obtenga un presupuesto equilibrado a un nivel de empleo más alto fue sugerido por Beardsley Rumi y H. Chr. Sonne, Fiscal and

Monetary Policy (“National Planning PamphIets”, núm. 35, Washington, D. C., julio, 1944).
Desde que se escribió el presente capítulo, el Comité para el Desarrollo Económico ha publicado una declaración en la cual hace esencialmente las mismas recomendaciones fiscales y
referentes el gasto; es decir, pide la adopción de una estructura fiscal estable capaz de equilibrar el presupuesto a un nivel de empleo elevado, una política de gasto estable, y basarse
en ajustes automáticos de ingresos y gastos para conseguir la estabilidad cíclica. A esta política la denomina "política presupuestaria estabilizadora". La principal diferencia entre
nuestra propuesta y la del referido comité es que la de este último silencia el programa monetario y casi el de política de deuda pública, mientras que el nuestro comprende ambos. Hay
Una decisión de emprender gastos públicos adicionales debería ir acompañada por una medida referente a ingresos que elevase los
impuestos. Los cálculos referentes al coste de los servicios públicos adicionales o a los pagos de transferencia, así como a la recaudación
resultante de las nuevas exacciones, deben realizarse sobre el nivel hipotético de renta antes sugerido y no sobre el nivel real. Así, pues,
el estado debería disponer de dos presupuestos: el presupuesto estable, en el cual todas las cifras se refieren a ingresos hipotéticos y el
presupuesto real. El principio de equilibrar ingresos y gastos en un nivel hipotético de renta sustituiría al principio de equilibrar
ingresos y gastos reales.
Il. EL FUNCIONAMIENTO DE LA PROPUESTA
La esencia de esta cuádruple propuesta reside en que utiliza adaptaciones automáticas de la contribución del estado a la corriente
normal de renta, con objeto de equilibrar, al menos en parte, los cambios que se producen en la demanda total y modificar de forma
adecuada la oferta monetaria. Elimina las medidas discrecionales en respuesta a movimiento cíclicos, así corno ciertas reacciones
extrañas y perversas de nuestro sistema monetario y fiscal actual. 9 Las medidas discrecionales se limitan a la determinación del nivel
de renta hipotético que se encuentra en la base del presupuesto estable; es decir, esencialmente, a la determinación de un objetivo
razonable y que pueda alcanzarse. En la formación del presupuesto gubernamental es inevitable que se produzca alguna decisión de
esta clase; la propuesta supone una decisión determinada y la hace explícita. La determinación de la renta prefijada no puede hacerse
de una manera totalmente objetiva o mecánica. Al mismo tiempo, esta determinación necesita hacerse sólo a grandes intervalos -acaso
cada cinco o diez años- y supone un mínimo de previsión. Más aún, como se indicará más tarde, los errores en la renta fijada como
objetivo tienden a ser neutralizados de forma automática y no requieren una nueva determinación del objetivo.
De acuerdo con la propuesta, los gastos del gobierno serían financiados totalmente mediante ingresos provenientes de los impuestos o
mediante la creación de dinero, esto es, por la emisión de títulos sin interés. El gobierno no emitiría títulos con interés; la Reserva
Federal no efectuaría operaciones de mercado abierto. Esta restricción en las fuentes de los recursos gubernamentales parece razonable
en épocas de paz. El argumento de mayor importancia en favor del pago de intereses al público por la deuda del gobierno es la
necesidad de contrarrestar la presión inflacionista de unos gastos del gobierno anormalmente altos cuando, por una u otra razón, no es
factible o deseable recaudar los impuestos necesarios para ese fin. Esta fue la justificación de la emisión de títulos con interés durante la
guerra, aunque intencionadamente el tipo de interés de los mismos se fijó a un nivel bajo. El procedimiento parece inaplicable en
tiempo de paz si, como se ha sugerido, el volumen de los gastos del gobierno en bienes y servicios se mantiene relativamente estable.
Otra de las razones que a veces se da para emitir títulos con interés es que en un período con paro es menos deflacionista emitir, títulos
que imponer cargas fiscales. Esto es cierto, pero aún menos deflacionista es emitir moneda. 10
Los déficits o superávits presupuestarios del estado se reflejarían, dólar a dólar, en variaciones de la cantidad de dinero; y, al revés, la
cantidad de dinero únicamente cambiaría como consecuencia de esos déficits o superávits. Un déficit significa un incremento en la
cantidad de dinero; un superávit, un decremento.11
Los déficits y superávits se convierten en consecuencia automática de los cambios en el nivel de la actividad económica. Cuando la
renta nacional sea alta, los ingresos fiscales serán mayores, y los pagos para transferencias pequeños; así pues, tenderá a aparecer un
superávit, tanto mayor cuanto más elevado sea el nivel de renta. Esta extracción de fondos de la corriente de renta normal hace que la
demanda total sea menor de lo que hubiera sido y reduce el volumen del dinero, tendiendo, por tanto, a contrarrestar los factores que
favorecen un aumento adicional de la renta. Cuando la renta nacional baja, los ingresos fiscales serán pequeños, y los pagos para
transferencias grandes, de forma que tenderá a crearse un déficit, tanto mayor cuanto más bajo sea el nivel de renta. Esta adición de
fondos a la corriente normal de renta hará que la demanda total sea mayor de lo que hubiera sido, aumentando la cantidad de dinero y
tendiendo, por lo tanto, a contrarrestar los factores que favorecen un descenso adicional de la renta.
La magnitud de los efectos producidos de forma automática por las variaciones de la renta nacional depende, sin duda, del rango de
las actividades emprendidas por el estado, puesto que esto determinará, a su vez, el orden general de magnitud del presupuesto. No
obstante, un elemento esencial de la propuesta es que las actividades que hayan de emprenderse por el estado se determinen
totalmente fuera de ese contexto. Este elemento es, en parte, consecuencia inmediata de la motivación de la propuesta. Sin embargo,
dejando a un lado la motivación, parece que tenga que ser un elemento deseable de toda propuesta cuyo objetivo sea promover la
estabilidad. Primero, no hay ni puede haber una regla sencilla, razonablemente objetiva, para determinar la parcela óptima de la
actividad que debe asignarse al estado -dejando a un lado la socialización completa-, incluso aunque la estabilidad fuese el único

que pensar que el Comité para el Desarrollo Económico intenta cubrir las políticas monetaria y de deuda por medio de declaraciones diferentes que se han de publicar. (Véase Taxes
and the Budget: A Program for Prosperity in a Free Economy, declaración sobre política económica nacional del Research and Policy Committee of the Comittee for Economic
Development [noviembre, 1947]). [Traducción castellana en Lecturas sobre política fiscal, Revista de Occidente, Madrid, 1959].
9 Es decir, la tendencia existente en el actual sistema fraccional de reservas bancarias a variar la cantidad total del dinero cuando se produce una modificación de la proporción que la

comunidad desea mantener en forma de depósitos; la tendencia a reducir los tipos fiscales y aumentar los gastos gubernamentales en períodos de prosperidad y a hacer lo contrario en
épocas de depresión, y la tendencia del gobierno a solicitar préstamos a los individuos al mismo tiempo que la Reserva Federal está comprando bonos del gobierno en el mercado
abierto.
10 Véase Henry C. Simons, "On Debt Policy", Journal of Political Economy, LII (diciembre, 1944), 356-6 1. [Traducción castellana en Lecturas sobre Política Fiscal, Revista de Occidente,

Madrid 1959].
Este párrafo soslaya de forma deliberada la cuestión del pago de interés a los bancos en las emisiones especiales de bonos del gobierno, conforme se ha sugerido en algunas de las
versiones de las propuestas de reservas 100 por 100. El problema básico en tales propuestas consiste en si el gobierno debería subvencionar el uso de depósitos monetarios y el
sistema de compensación de cheques y, si es así, qué forma debería adoptar la subvención.
El importante volumen de bonos del estado actualmente pendientes suscita uno de los problemas más serios para realizar la transición de la estructura actual. La monetización de
fondos que se produciría en el proceso de pasar a unas reservas 100 por 100 facilitaría un tanto el problema. Pero seguiría subsistiendo una cantidad sustancial. Dos alternativas se
insinúan por sí mismas: 1) Congelación del volumen de deuda en un momento determinado, preferiblemente convirtiéndola en perpetua (“consolidados”), o 2) usar la monetización de la
deuda como medio para suministrar un aumento secular de la cantidad de dinero. En este segundo plano, que a primera vista parece más atractivo, se adoptaría el principio de
equilibrar el presupuesto, y el gobierno se comprometería a retirar anualmente, por medio de la emisión de nueva moneda, una cantidad de deuda pública determina de antemano. La
cantidad a retirar se determinaría de forma que se lograse el aumento de la cantidad de dinero que se estima deseable. Sin embargo, este problema requiere un estudio suplementario
considerable.
11 Naturalmente, estas afirmaciones se refieren al funcionamiento último de la propuesta. Bajo la segunda de las alternativas sugeridas en la anterior nota a pie de página, el cambio de

la cantidad de dinero durante el período transitorio igualaría los excesos de gastos sobre ingresos gubernamentales más la cantidad predeterminada de dinero emitido al amortizar
deuda.
objetivo. Lo probable es que los cambios en las circunstancias produzcan variaciones rápidas y erráticas en la parcela deseable. Pero los
cambios en la parcela asignada al estado seguramente serán de carácter desestabilizador, tanto directamente como a través de sus
adversos efectos sobre las previsiones. El intento de adaptar la magnitud de las actividades del estado a los requisitos de la estabilidad
pueden introducir fácilmente, por tanto, más inestabilidad de la que corrigen. Segundo, la parcela de actividad asignado al estado
probablemente tiene consecuencias más importantes para otros objetivos -particularmente la libertad política y la eficacia económica-
que para la estabilidad.11a Tercero, existen otros medios distintos de las variaciones de la parcela de actividad asignada al gobierno que
permiten modificar la magnitud de la reacción ante modificaciones de la renta, si la experiencia de la puesta en marcha de la propuesta
lo aconsejase. Algunos de estos medios no tendrían las mismas consecuencias para otros objetivos que el comentado.
Atendiendo a la propuesta, la cantidad de dinero total viene determinada de forma automática por las exigencias de estabilidad
interior. Se sigue de ello que las modificaciones de la cantidad de dinero no pueden utilizarse también para conseguir el equilibrio de
las relaciones internacionales -como es posible dentro de un patrón oro completamente operativo-. Los dos criterios no requieren en
absoluto idénticas modificaciones de la cantidad de dinero; cuando entran en conflicto, uno u otro debe dominar. La decisión, implícita
en el programa recomendado, de elegir la estabilidad interior, significa que ha de utilizarse alguna otra técnica para conseguir los
ajustes en las condiciones del comercio internacional. El dispositivo que parece constituir el contrapeso lógico del programa propuesto
son los tipos de cambio flexibles, determinados libremente en los mercados extranjeros de divisas, preferentemente en operaciones
privadas.11b
III EL EFECTO DE LA PROPUESTA EN LAS ACTUALES CONDICIONES INSTITUCIONALES
Las fluctuaciones bajo el programa monetario y fiscal propuesto de contribución del estado al flujo de renta se mueven, no cabe duda,
en la dirección "correcta". No obstante, no está claro, ni mucho menos, que, sin modificaciones institucionales adicionales, conduzcan
necesariamente a un pleno empleo razonable o a un grado, también razonable, de estabilidad. Lo más probable es que la rigidez de los
precios haga que esta propuesta -y en realidad la mayoría, si no todas, las propuestas para alcanzar la estabilidad cíclica- sea
incompatible con un pleno empleo razonable y, que al combinarse con retardos en otros tipos de respuesta, su eficacia para estabilizar
la actividad económica sea extremadamente incierta.
A. Rigideces en los precios
En las actuales circunstancias, en que muchos precios son moderadamente rígidos, al menos por lo que a la baja se refiere, no puede
confiarse en que el programa fiscal y monetario arriba descrito conduzca a un razonable pleno empleo de los recursos, aunque los
retardos en otros tipos de respuesta sean menores. Lo más que puede esperarse en tales circunstancias es un nivel razonablemente
estable o moderadamente creciente de la renta monetaria. A título de ejemplo extremo, supongamos que la economía se encuentra en
una posición relativamente estable, con pleno empleo razonable y con presupuesto gubernamental en líneas generales equilibrado, y
que el grueso de los salarios presenta rigideces a la baja. Supongamos que se produce un aumento sustancial de los tipos salariales de
un grupo determinado de trabajadores como consecuencia, ya de la actividad sindical, ya de un aumento brusco, aunque temporal, de
la demanda de este tipo de mano de obra o de un descenso de su oferta, siendo este tipo de salario más elevado rígido a su vez a la
baja. Un empleo de recursos tan total como antes implicaría una renta monetaria total más elevada, ya que, bajo las condiciones de
rigidez supuestas, otros recursos recibirán la misma cantidad que recibían antes, mientras que los trabajadores cuyos tipos de salario
aumentan recibirán una cantidad total mayor caso de existir pleno empleo. Pero si se lograse esta renta monetaria más elevada, que
implicaría también una estructura de precios más alta, el gobierno tendería a disponer de un superávit, ya que los ingresos crecerían
más rápidamente que los gastos.
Nada ha ocurrido que, en ausencia de otros cambios independientes, contrarrestase el efecto deflacionista del presupuesto. La supuesta
posición de pleno empleo no sería, por lo tanto, una posición de equilibrio. Si por casualidad se consiguiese, el superávit
presupuestario resultante reduciría la demanda efectiva y, puesto que se supone que los precios son rígidos, el resultado forzoso sería
el paro. El nivel de equilibrio de la renta será algo más alto que anteriormente, debido, sobre todo, a que los pagos por transferencias a
los parados serán mayores, de forma que una parte de dicho paro desaparecerá. Pero no existe mecanismo alguno para hacer
desaparecer el resto. La única vía de escape a esta situación consiste en permitir la inflación.
Como ha sido reconocido ampliamente, la dificultad que se acaba de describir se encuentra presente en la mayoría de las propuestas
monetarias y fiscales; también éstas en tales circunstancias únicamente pueden lograr el pleno empleo por medio de la inflación. Sin
embargo, este dilema tiende a menudo a disfrazarse en su formalización, por lo que parece muy probable que el resultado práctico sea
la inflación. La realidad pura y simple es que un programa económico racional para el sistema de libre empresa (y quizá incluso para
un sistema colectivista) debe contar con la flexibilidad de precios (incluyendo salarios) como una de sus piedras angulares. Una
propuesta como la actual resalta claramente semejante circunstancia. Además, la adopción de una propuesta semejante suministraría
cierta seguridad contra la deflación acumulativa y, por lo tanto, tiende a facilitar la consecución de la flexibilidad de los precios, ya que
el apoyo gubernamental a prácticas monopolísticas de especiales grupos ocupacionales industriales deriva, en gran parte, del
despilfarro general que supone una deflación general y de la necesidad de protección contra ella.
B. Retardos en la respuesta
Nuestra economía se caracteriza no sólo por rigideces de precios, sino también por desfases significativos en otros tipos de respuesta.
Estos retardos imposibilitan cualquier enunciado definitivo acerca del grado de estabilidad que probablemente produciría el
funcionamiento del programa monetario y fiscal arriba descrito. Razonadamente cabría esperar fluctuaciones más pequeñas que las

11a La tendencia apreciada durante los años treinta a recomendar un aumento en la progesividad de la estructura fiscal como medio para Incrementar la propensión a consumir y, por
tanto, se afirmaba, para aumentar el empleo, ofrece un ejemplo de la importancia de estos dos extremos. Aplicado el período de la postguerra, el mismo argumento supondría un
desplazamiento a impuestos de tipo regresivo; pero me pregunto si muchos economistas estarían dispuestos a recomendar impuestos regresivos sobre esta base.
11b Aunque se presenta aquí como un subproducto del programa interno propuesto, el tipo de cambio flexible puede defenderse por sí solo. En realidad, sería igualmente apropiado

presentar el programa interno propuesto como un medio de implantar el tipo de cambio flexible. El meollo de la cuestión es que la organización monetaria doméstica e internacional, así
como la del comercio, son partes de un todo.
que tienen lugar normalmente, aun cuando nuestra ignorancia acerca de los retardos y las causas fundamentales de las fluctuaciones
económicas impiden depositar confianza completa en ese resultado. El desfase entre la creación de un déficit gubernamental y sus
efectos en la conducta de consumidores y productores, podría concebirse tan dilatado y variable que los efectos del déficit únicamente
fuesen operativos una vez que otros factores hubiesen producido ya una recuperación, y no cuando estaba en plena progresión el
declive inicial. No creo que nuestros conocimientos nos permitan desdeñar por completo esta posibilidad a pesar de sentimientos
intuitivos en contra. Si llegara a presentarse, el programa propuesto en vez de mitigar las fluctuaciones propuestas podría
intensificarlas; o sea, los retardos dilatados y variables podrían convertir las fluctuaciones en la contribución del estado al flujo de renta
en el equivalente de una perturbación aleatoria adicional. 12
Todo lo que puede decirse acerca de esta posibilidad es que la propuesta completamente automática bosquejada más arriba parece
comportarse mejor en las circunstancias indicadas que las propuestas alternativas basadas en medidas discrecionales además de
reacciones automáticas. Existen fuertes razones en el sentido de que esas medidas discrecionales están sujetas a desfases más largos
que las reacciones automáticas y, por ende, serían desestabilizadoras con mayor frecuencia todavía.
Las bases de esta sospecha pueden comprenderse mejor subdividiendo en tres partes el retardo total implicado en cualquier acción
destinada a contrarrestar una perturbación: 1) desfase entre la necesidad de medidas y reconocimiento de esta necesidad; 2) desfase
entre el reconocimiento de la necesidad de medidas y su adopción, y 3) desfase entre las medidas y sus efectos.
El primer desfase, ausente en las reacciones automáticas de la especie aquí propuesta, podría ser negativo en las propuestas
discrecionales si fuera posible predecir con exactitud los cambios económicos que tendrían lugar en ausencia de medidas
gubernamentales. En vista del historial de los pronosticadores, apenas es necesario afirmar que sería mejor excusar la predicción y
apoyarse, en su lugar, en una valoración de la situación actual tan rápida como fuese posible. El desfase entre la necesidad de medidas
y el reconocimiento de esa necesidad se hace, pues, positivo. Su magnitud exacta depende de la proporción discrecional concreta,
aunque el historial de los intérpretes de las condiciones económicas indica que probablemente no sea despreciable. 13
El segundo desfase se hace presente incluso en las reacciones automáticas, puesto que no todos los impuestos serán, o podrán ser,
recaudados en su fuente de forma simultánea a los pagos asociados y los pagos de transferencias no se harán, o no pueden hacerse,
inmediatamente sin un cierto período de espera o de elaboración. Sin embargo, está claro que este desfase puede ser reducido a un
período de tiempo despreciable por medio de la construcción y administración apropiadas del sistema fiscal y de pagos de
transferencia. Por lo que a la acción discrecional respecta, la duración del retardo existente entre el reconocimiento de la necesidad de
medidas y su adopción depende, en gran parte, de la clase de medidas adoptadas. Pueden tomarse con prontitud si se trata de cambiar
la forma o el volumen de las existencias de activos de la comunidad por medio de ventas o compras de títulos en el mercado abierto o
mediante variaciones de los tipos de redescuento o de los requisitos de reservas. Modificar la contribución neta del estado al flujo de
rentas por medio de alteraciones en la estructura fiscal requiere mucho más tiempo. Aun cuando una descripción prematura de las
posibilidades alternativas elimina cualquier retraso en la decisión de los cambios a verificar en los tipos fiscales, las exenciones, las
clases de impuestos recaudados, etc., las consideraciones administrativas impondrán un retraso importante antes de que el cambio
llegue a ser efectivo. Los contribuyentes, las industrias o los individuos que actúan como intermediarios en la recaudación de
impuestos deben ser informados de la modificación y ha de concedérseles oportunidad para que realicen los ajustes necesarios en sus
modos de proceder; las nuevas disposiciones deben imprimirse, o al menos hacerse conocer, etc.
Lo más probable es que el retraso de mayor importancia se produzca al modificar la contribución neta gubernamental al flujo de rentas
por medio de cambios en su política de gasto, especialmente, en bienes y servicios. Cualquiera que sea el grado de adelanto del sistema
de planificación, el ritmo de gastos no se puede aumentar o restringir de la noche a la mañana a menos que el número de personas que
figuren en las declaraciones fiscales sea la única base para el control y juicio del gasto. Poner en marcha con un cierto grado de eficacia
un proyecto exige tiempo y si cesa de forma súbita el trabajo emprendido en tomo a un proyecto se produce un considerable derroche
de recursos.
El tercer desfase, el producido entre la adopción de medidas y sus efectos, está presente de forma significativa tanto en el caso de
reacciones automáticas como de medidas discrecionales; es muy poco lo que puede hacerse a este respecto a través de reformas legales
o administrativas de la estructura monetaria y fiscal. 14 Carecemos de una evidencia empírica fidedigna respecto a la duración de este
desfase para las diversas clases de medidas, siendo preciso un estudio adicional de este problema mucho más profundo. Puede
contarse con algunas pistas sobre la dirección que deberían seguir estos estudios gracias a consideraciones a priori que sugieren, como
primera aproximación, que el orden respecto a la duración de este desfase de las diversas políticas es el contrario de su orden con
respecto a la duración del desfase entre el reconocimiento de la necesidad de adoptar medidas y su puesta en práctica efectiva. Las
variaciones del gasto del gobierno en bienes y servicios conducen a cambios casi inmediatos del empleo de los recursos utilizados para
producir dichos bienes y servicios. Tienen efectos secundarios a través de los cambios inducidos en los gastos de los individuos que
poseen los recursos así empleados.
Podría confiarse en que el desfase de estos cambios inducidos fuese menor que el retardo en el ajuste del gasto a las variaciones
impositivas o de la cantidad y forma de las tenencias de activos. Los cambios de los impuestos hacen que la renta disponible de los
individuos sea mayor o menor de lo que de otra forma hubiese sido. Es posible confiar entonces en que el sujeto reaccionará a los
cambios de renta disponible consecuencia de una variación impositiva tan sólo un poco menos rápidamente que si resulta de una
variación de la renta agregada.
No obstante, ninguna de estas indicaciones es demasiado fidedigna: probablemente existen importantes efectos indirectos que
dependen de cosas tales como las clases de bienes y servicios directamente afectados por los cambios de los gastos gubernamentales, la
incidencia de las modificaciones de la renta disponible resultado de la variación de los gastos o los impuestos, los medios empleados

12 Véase Milton Friedman “Lerner on the Economies of Control”, Jour. Pol. Econ. Vol. LV, ne 5, (oct. 1947), p. 414, en especial nota 12. [Traducción castellaña. s,"Lerner y la economía
del control" en Ensayos Sobre Economía Positiva, Gredos, Madrid, 1967, p. 293]
13 Ibid, pág. 414, esp. nota 11. (Pág. 291-293].
14 Reformas de otros tipos (es decir, reformas que aumentan la flexibilidad de los precios) podrían afectar a este desfase.
para financiar los déficits del estado. Si el déficit se financia por ejemplo, a través de aumentos de la cantidad de dinero y el superávit
se utiliza para reducir la cantidad del mismo, parte del efecto de los cambios de los gastos del estado o de los impuestos se producirá
por intermedio de modificaciones en los tipos de interés y en la clase y volumen de los activos mantenidos por la comunidad. Se
consiguen así los efectos de las operaciones de mercado abierto, cambios de los tipos de redescuento y exigencias de liquidez, y parece
probable que el plazo de efectividad en este caso será considerable.
Las reacciones automáticas incorporadas en la propuesta que aquí se señalan operan, en parte, como las modificaciones fiscales -en la
medida en que varían los ingresos fiscales- y en parte como las modificaciones en los gastos -en la medida en que varían los pagos de
transferencia-; y, al igual que ambos, parte de su efecto se produce por intermedio de variaciones de la cantidad de dinero. En
consecuencia, podría confiarse en que el desfase entre las medidas y sus efectos sería, en líneas generales, el mismo para las reacciones
automáticas que para las modificaciones discrecionales de los impuestos, mucho más corto para las reacciones automáticas que para
los cambios monetarios discrecionales y algo más largo para aquéllas que para los cambios discrecionales de los gastos del estado en
bienes y servicios,
Este análisis, del que hay que admitir que buena parte es en alto grado conjetural, sugiere que el desfase total es definitivamente más
largo para las modificaciones monetarias o fiscales discrecionales que para las reacciones automáticas, puesto que cada una de las tres
partes en las cuales se ha subdividido el desfase total es más dilatada. Sólo existen -dudas respecto a la duración relativa del desfase
total en el caso de las variaciones discrecionales del gasto. No obstante, es dudoso que el menor retardo entre las medidas y sus efectos
pueda equilibrar la mayor amplitud del desfase entre la necesidad de medidas y su adopción.
Dadas condiciones menos extremas que las requeridas para convertir la actual propuesta en influencia desestabilizadora, la reducción
de la severidad de las fluctuaciones dependería de la amplitud y rapidez de los ajustes de los precios, la naturaleza de la respuesta de
los individuos a esas modificaciones de los precios y a las variaciones de sus rentas y activos, resultado de los déficits o superávits
inducidos, y de los retardos de esas respuestas. Si fueran de tal tipo que el sistema funcionara relativamente bien, la mejora tendería a
ser acumulativa, puesto que la experiencia de fluctuaciones amortiguadas conduciría a modelos de expectativas por parte de los
hombres de empresa y de los consumidores que harían razonable emprender acciones aún más amortiguadoras. Este resultado
favorable sólo se produciría, no obstante, si el sistema propuesto operase razonablemente bien sin semejante ayuda; por lo tanto, en mi
opinión, esta propuesta, al igual que todas las otras, debería juzgarse ante todo por sus efectos directos, no por los indirectos de
estímulo de un clima psicológico favorable a la estabilidad. Sin embargo, hay que conceder que es menos probable que la actual
propuesta estimule tal clima psicológico favorable que otra con un objetivo más sencillo y fácilmente comprensible; por ejemplo, una
propuesta que anunciase como objetivo explícito un nivel estable de precios. Si el sector empresarial confiase en la capacidad del
gobierno para conseguir este objetivo, existiría un fuerte incentivo para comportarse de forma tal que simplificase considerablemente
la tarea del gobierno.
IV. IMPLICACIONES DE LA PROPUESTA SI LOS PRECIOS SON FLEXIBLES Y LOS DESFASES DE RESPUESTA MENORES
Las posibilidades ideales del programa monetario y fiscal aquí propuesto y las fuerzas estabilizadoras económicas de las cuales de-
penden estas posibilidades, pueden apreciarse mejor si dejamos a un lado las dificultades que nos han detenido y examinamos sus
implicaciones en una economía cuyos precios de productos y factores sean flexibles15 y en que los desfases de otros tipos de respuesta
sean de menor importancia. En semejante economía, el sistema monetario y fiscal arriba descrito tendería hacía un equilibrio
caracterizado por un pleno empleo razonable.
Para describir las fuerzas activas supongamos que la economía se encuentra inicialmente en una posición de pleno empleo razonable,
con un presupuesto real equilibrado, afectándola desequilibrios que producen una disminución de la demanda monetaria agregada la
cual sería permanente de no ocurrir otros cambios.16 El efecto inicial de la disminución de la demanda total será una disminución de las
ventas y un aumento de los "stocks", al menos en algunas partes de la economía, seguido a continuación por paro y descensos de los
precios originados por el intento de reducir los "stocks" al nivel deseado. El aumento de los parados incrementará los pagos por
transferencias del gobierno; la reducción de rentas causada por el paro reducirá los ingresos presupuestarios. El déficit de esta forma
originado es una contribución neta del gobierno a la corriente de rentas que contrarresta directamente parte del descenso de la
demanda total, previniendo, por tanto, que el paro alcance la importancia que hubiera alcanzado en caso contrario, y actuando como
absorbente del impacto mientras entran en juego correctivos de más entidad.
Estos correctivos más fundamentales, dejando a un lado variaciones de los precios relativos y de los tipos de interés, son: (1) un
descenso del nivel general de precios, que afecta: (a) al valor real de los activos de la comunidad, y (b) a la contribución del estado al
flujo de rentas, y (2) un aumento de la cantidad de dinero.
El descenso del nivel general de precios que sigue al descenso inicial de la demanda total, no cabe duda que aumentará el valor real de
las existencias de dinero y bonos del estado en poder de la comunidad, pues el valor nominal de estos activos no descenderá. Puede
esperarse que el valor real del resto de los activos de la comunidad se mantenga aproximadamente igual, de forma que el valor real de
las existencias totales de activos aumentará.17 El aumento en el valor real de los activos hará disminuir la necesidad de ahorro

15 El concepto de precios flexibles, aun cuando lo utilizamos continuamente y sin poder evitarlo, es muy difícil de definir con precisión. Afortunadamente, en la discusión que sigue no se
requiere una definición precisa. Todo lo que se necesita es que existe una clase “sustancial” de precios que no sean “rigidos” a causa de contratos a largo plazo y acuerdos
contractuales para mantenerlos y que reaccionen con una rapidez razonable ante los cambios de las condiciones a largo plazo de la oferta y la demanda. No es preciso que haya una
"perfecta" flexibilidad de precios como quiera que ésta se defina, o que los contratos referentes a precios están sujetos a cambios discrecionales, o que cada uno de los cambios en las
condiciones a largo plazo de la demanda o la oferta se reflejan de forma instantánea en los precios de marcado.
16 El mismo análisis se aplicaría a las perturbaciones que producen únicamente un declive temporal. La razón de asumir un declive permanente hay que rastrearla en todo el proceso de

ajuste a una nueva posición de equilibrio.


17 Si el valor real de otros activos de la comunidad disminuyese, ello significaría simplemente que el nivel de precios debería descender aún más para elevar el valor real de las

existencias totales de activos de la comunidad. Adviértase que, bajo el programa propuesto, todo el dinero de la comunidad o es una obligación directa del estado (el dinero que no son
depósitos) o está apoyado 100 por 100 por una obligación directa del mismo (depósitos en el Banco Central). Si este análisis se aplicase al sistema fraccional de reservas los activos
cuyo valor real agregado podría asegurarse que aumenta sin ninguna disminución equilibradora en el valor real de los activos privados representarían la cantidad total de lo
obligaciones del gobierno (moneda y bonos) mantenidos fuera de la Tesorería y el Banco Central. Sobre este punto y los que siguen, véase A. C. Pigou, “The Classical Stationary
suplementario y, por tanto, aumentará la fracción de cualquier nivel dado de renta real que la comunidad esté dispuesta a consumir.
En principio, esta fuerza será suficiente por sí sola para asegurar el pleno empleo, incluso aunque el gobierno mantuviese un
presupuesto real rígidamente equilibrado conservando constante la cantidad de dinero, puesto que probablemente existirá siempre
algún nivel de precios al cual la comunidad se sienta lo suficientemente rica como para gastar en consumo aquella fracción o múltiplo
de su renta normal necesaria para proporcionar la demanda agregada suficiente para permitir el pleno empleo.
Este efecto de la disminución del nivel de precios incrementando la fracción de renta privada (disponible) dedicada a consumo, se ve
reforzado por su efecto sobre la contribución del estado al flujo de rentas. Mientras el nivel de precios, y con el la renta monetaria, se
encuentre por debajo de su nivel inicial, el estado continuará incurriendo en déficit. Ello será cierto aun si se logra restaurar el empleo a
su nivel inicial, de forma que se eliminen los pagos por transferencia y las pérdidas de ingresos fiscales debidos al paro. La estructura
del impuesto es progresiva, y las exenciones, cuotas, etc., se expresan en cantidades absolutas en dólares. Por consiguiente, los ingresos
disminuirán más que proporcionalmente respecto al nivel de precios; los gastos, a lo sumo, proporcionalmente. 18 Debido al nacimiento
de este déficit, el descenso de los precios necesario para restaurar el empleo será menor que si el estado mantuviese un presupuesto
real rígidamente equilibrado, lo cual será cierto incluso sin tener en cuenta la influencia del déficit en las existencias de dinero. La
razón es que el nivel de precios tendrá que disminuir sólo hasta el punto en que la suma de los deseos de la comunidad de aumentar su
atesoramiento iguale al déficit del estado, en lugar de hasta el punto en que la comunidad no desee añadir nada a su atesoramiento. 19
La disminución del nivel de precios puede restaurar el nivel inicial de empleo a través de los efectos combinados de la creciente
propensión media a consumir y del déficit del estado. Pero, mientras exista un déficit, la posición alcanzada no es una posición de
equilibrio. El déficit se financia por medio de la emisión de dinero. El aumento resultante en las existencias agregadas de dinero debe
aumentar aún más el valor real de las existencias de activos en poder de la comunidad y, en consecuencia, la propensión media a
consumir. Este efecto es igual que el discutido antes, excepto que se produce por medio de un aumento de las existencias totales de
dinero más que por medio de una disminución de los precios. Al igual que el efecto correspondiente producido por un descenso de los
precios, la magnitud de este efecto es, en principio, ilimitada. El incremento de las existencias de dinero, y, por ende, de la propensión
media al consumo, tenderá a aumentar los precios y reducir el déficit. Si suponemos que no sucede otro cambio que el introducido
para poner en marcha el análisis, el ajuste final se alcanzaría una vez los precios hayan aumentado lo suficiente como para dar lugar a
un presupuesto real equilibrado en líneas generales.
Una perturbación que aumentase la demanda total de dinero pondría en funcionamiento las mismas fuerzas, pero actuando en
dirección contraria: el aumento del empleo reduciría los pagos por transferencia y elevaría los ingresos fiscales, creando así un
superávit que contrarrestaría parte del incremento de la demanda total; el aumento de precios disminuiría el valor real de las
existencias en dinero de la comunidad y, por tanto, la fracción de ingresos corrientes que se dedica al consumo; el aumento de los
precios significaría también que, incluso después de haber eliminado el "superempleo", el gobierno tendría un superávit que tendería a
contrarrestar aún más el incremento inicial de la demanda agregada 20; y, por último, el superávit reduciría las existencias en dinero.
Como el análisis indica, el programa fiscal y monetario propuesto ofrece una defensa en profundidad contra los cambios de la
demanda total. La primera línea de defensa es el ajuste de los pagos por transferencia e ingresos fiscales ante las variaciones del
empleo.21 Ello suaviza el impacto, mientras los cambios de los precios asumen la defensa; aumenta o disminuye el valor real de los
activos de la comunidad y, por lo tanto, aumenta o disminuye la fracción de renta consumida. Se produce también un déficit o
superávit presupuestario en adición al déficit o superávit inicial, resultado del efecto de las variaciones del empleo o de los pagos por
transferencia e ingresos fiscales. La última línea de defensa es el efecto acumulativo de los déficits o superávits sobre las existencias de
dinero. Las variaciones de éstas tienden a restaurar los precios a su nivel inicial. En cierta medida, naturalmente, todas estas defensas
actúan de forma simultánea; no obstante, sus principales efectos probablemente se producirán en el orden temporal sugerido en la
anterior discusión.
Incluso con precios flexibles, la existencia del mecanismo equilibrador descrito no significa que la economía conseguirá de hecho una
estabilidad relativa. Ello depende, además, del número y magnitud de las perturbaciones a las cuales está sujeta la economía, de la
velocidad con que actúan las fuerzas equilibradoras y de la importancia de fuerzas desequilibradoras tales como expectativas adversas
de precios. Si los desfases en la respuesta son menores y las reacciones contrarias iniciales carecen de importancia, los ajustes serían
muy rápidos y no habría oportunidad para que se acumulasen los desequilibrios, consiguiéndose una estabilidad relativa. Sin

State”, Economic Journal LIII (diciembre, 1943), 342-51, y “Economic Progress in a Stable Environment”, Economica, XIV (nueva serie; agosto, 1947), 180-90; y Don Patinkin, “Price
Flexibility and Full Employment”, American Economic Review, XXXVII (septiembre, 1948). 543-64. [Incluido en este volumen, cap. 16.]
18 El efecto sobre los gastos de un nivel de precios más bajo depende tanto de los gastos concretos como de la política de transferencia adoptada. Si, como lo exige el principio de

determinación del programa de gastos por medio de la comunidad, el volumen real de gasto del estado en bienes y servicios se mantiene cíclicamente estable, y si el programa de
pagos por transferencia se expresa también en términos reales, los gastos declinarán en forma proporcional. Si los gastos del estado en bienes y servicios se mantienen cíclicamente
estables en dólares o si el programa de gastos de transferencia también se establece en dólares, entonces, los gastos disminuirán menos que proporcionalmente.
19 Si el volumen real de gastos del estado en bienes y servicios se mantiene cíclicamente estable y el programa de transferencias se expresa también en términos redes, los gastos

agregados del estado bajo un programa fijo de gastos y transferencias tenderían a constituir una fracción constante de renta de la sociedad con pleno empleo, fuese cual fuese el nivel
de precios. Esta fracción sería la contribución neta máxima que el estado podría hacer a la corriente de rentas, por muy bajos que fuesen los precios y con ellos la renta monetaria y los
ingresos del estado. En consecuencia, la magnitud de esta fuerza quedaría eliminada y no podría, incluso en principio, ser capaz de contrarrestar cualquier perturbación. Si cualquiera
de los dos programas se mantiene en términos absolutos, no habría límite a la fracción que constituiría la contribución del estado a la corriente de rentas totales.
Una forma alternativa de describir este efecto es en términos de la relación entre los gastos esperados y los ingresos de los consumidores, las empresas y el estado. El que suma de
gastos deseados de estos grupos sea igual a la suma de sus ingresos constituye una condición de equilibrio. Si el estado mantiene un presupuesto rígidamente equilibrado exige que
los consumidores y las empresas conjuntamente decidan gastar lo que reciben (es decir, no intenten aumentar sus atesoramientos monetarios). Si el estado incurre en déficit, entonces
no es preciso que los consumidores y las empresas conjuntamente decidan gastar todo lo que reciben; el equilibrio exige que sus gastos previstos no lleguen a sus ingresos
precisamente en el importe del déficit (es decir, que intenten aumentar sus atesoramientos por unidad de tiempo en el importe del déficit].
20 EI límite al efecto posible del superávit en la corriente normal de rentas quedaría establecido por el carácter de la estructura fiscal, puesto que existiría probablemente algún

porcentaje máximo de la renta total que podría recogerse por medio de impuestos, por muy alto que fuese el nivel de precios y la renta total.
21 Debe advertirse que éste es el único efecto que Musgrave y Miller tienen en cuenta en sus cálculos sobre la magnitud posible del efecto de las variaciones automáticas en los

ingresos y los gastos del gobierno. (R. A. Musgrave y M. H. Miller, “Bulit-in Flexibility”, American Economic Review, XXXVIII marzo, 1948, 122-28). Su conclusión es que “el análisis aquí
ofrecido no presente ninguna justificación a la opinión cada vez más popular actualmente de que la ‘flexibilidad imbricada', o automática puede hacer el trabajo por sí sola y es posible
prescindir de una política fiscal anticíclica deliberada. Si bien ésta es una conclusión válida, no justifica el rechazar la opinión de que la ‘flexibilidad imbricada’ o automática puede hacer
el trabajo por sí sola, puesto que el “análisis aquí ofrecido” no tiene en cuenta lo que más arriba se ha clasificado de “correctivos más fundamentales”.
embargo, incluso en este caso tan favorable, el mecanismo equilibrador no impide que surjan perturbaciones y no contrarresta
instantáneamente sus efectos -lo cual, en realidad, es algo que ningún sistema puede realizar a falta de capacidad para predecir todo de
antemano con una exactitud perfecta. Lo que el mecanismo equilibrador hace es, primero, impedir que las operaciones monetarias y
fiscales del gobierno contribuyan a las perturbaciones, y, segundo, suministrar un mecanismo automático para adaptar el sistema a las
perturbaciones que se presenten.
Dados precios flexibles, existiría una tendencia a la neutralización automática de cualesquiera errores en el nivel hipotético de renta
supuesto o en los cálculos del volumen de los gastos e ingresos al nivel hipotético de renta. Más aún, no sería de gran importancia la
decisión precisa que se adoptase respecto a la relación a establecer entre los gastos y los ingresos a un nivel de renta hipotético (es
decir, exactamente si equilibrar, esforzarse por alcanzar un déficit suficiente para suministrar un aumento secular predeterminado de
la cantidad de dinero, etc.). Supongamos, por ejemplo, que los errores en el nivel de renta supuesto, el volumen calculado de gastos e
ingresos y la relación establecida entre los mismos, se combinan para producir un déficit mayor que el compatible con precios estables.
La presión inflacionista resultante sería análoga a la producida por una perturbación externa y las mismas fuerzas entrarían en acción
para contrarrestarla. El resultado sería que los precios aumentarían y el nivel de renta tendería a estabilizarse a un nivel más alto que el
hipotético inicialmente supuesto.
Por lo mismo, el programa fiscal y monetario que se ha descrito ofrece posibilidades de ajuste no sólo frente a cambios cíclicos, sino
también frente a los seculares. No concedo una confianza excesiva a la doctrina del estancamiento secular o de la madurez económica
tan en boga actualmente. Pero aceptemos, con objeto de mantener la discusión, que esa doctrina sea correcta, que se haya producido un
descenso secular pronunciado de la demanda de capital de modo que el volumen de inversión al nivel de renta con pleno empleo, al
tipo de interés mínimo técnicamente posible, sea mucho menor que el volumen de ahorro que se produciría a ese nivel de renta y al
nivel de precios corriente.22 El resultado sería simplemente que la posición de equilibrio ocasionaría un déficit recurrente suficiente
para suministrar los atesoramientos solicitados por lo ahorradores. Naturalmente, esta posición no es, en realidad, una posición de
equilibrio a largo plazo, puesto que el aumento gradual de la cantidad de dinero incrementaría el valor real agregado de las existencias
del mismo, y, por lo tanto, de los activos de la comunidad, y ello tendería a elevar la fracción de renta real consumida en cualquier
nivel. Como resultado se produciría una tendencia al aumento gradual de los precios y del nivel de la renta monetaria y a una
reducción gradual del déficit.23
V. CONCLUSION
Como conclusión me gustaría realzar el objetivo modesto de la propuesta. Esta no pretende procurar el pleno empleo en ausencia de
medidas acertadas destinadas a flexibilizar los precios de los bienes finales y de los factores de producción. No pretende tampoco
eliminar totalmente las fluctuaciones cíclicas de la producción y el empleo. Su credencial para ser objeto de un estudio serio reside en
que suministra un programa estable de política fiscal y monetaria; en que elimina la incertidumbre y las implicaciones políticas
perjudiciales de las medidas adoptadas por las autoridades gubernamentales; en que proporciona la adaptación del sector
gubernamental a los cambios producidos en otros sectores de la economía de forma que se contrarrestan los efectos de estos cambios, y
en que el programa fiscal y monetario propuesto es compatible con las consideraciones a largo plazo fijadas al comienzo de este
capítulo. Acaso no sea una propuesta totalmente satisfactoria caso de que nuestros conocimientos sobre las causas fundamentales de
las fluctuaciones cíclicas fuesen considerablemente más profundos de lo que creo ahora son, pero implica un mínimo de confianza en
conocimientos inciertos y no contrastados.
Claro está que la propuesta tiene sus peligros. El control explícito de la cantidad de dinero por parte del estado y la creación, también
explícita, de dinero con vistas a satisfacer los déficits gubernamentales reales pueden establecer un clima favorable a la actividad
irresponsable del estado y a la inflación. El principio de un presupuesto estable equilibrado quizá no sea lo suficientemente fuerte para
contrarrestar estas tendencias. Acaso este peligro sea mayor en esta propuesta que en otras; sin embargo, en cierto modo es común a la
mayoría de las mismas el intento de mitigar las fluctuaciones cíclicas. Probablemente sólo podría evitarse adoptando una dirección
completamente distinta, a saber: marchando hacia una moneda totalmente metálica, eliminando cualquier control gubernamental
sobre la cantidad de dinero y reentronizando el principio de un presupuesto real equilibrado.
Acaso la propuesta no consiga reducir las fluctuaciones cíclicas a proporciones tolerables. Las fuerzas que las favorecen pueden ser tan
rebeldes y resistentes que las adaptaciones automáticas contenidas en la propuesta sean insuficientes para contrarrestarlas en un grado
tolerable. Pero aunque así fuese, es casi seguro que los cambios sugeridos se produciría en la dirección acertada y, además,
suministrarían un programa más satisfactorio sobre el cual basar nuevas medidas.
Una propuesta como ésta, referente no a una política a corto plazo, sino a reformas estructurales, no debería presentarse al público
antes de haber resistido la crítica de los profesionales. El presente ensayo se publica con esta intención.

22 Debido al efecto de los cambios de los precios sobre el valor real de los activos discutido más arriba, me parece que semejante estado de cosas no conduciría a un paro secular,
incluso aunque la cantidad se mantuviese constante, con tal de que los precios sean flexibles (que es la razón de incluir el requisito de "al nivel de precios corriente" en la frase a la cual
va unida esta nota). Pero estoy aceptando, por el momento, el punto de vista de aquellos que niegan la existencia de esta fuerza equilibradora. Además, si la cantidad de dinero fuese
constante, el ajuste habría de realizarse enteramente a través de un descenso de los precios, lo cual ha de admitirse es un ajuste difícil. Aquí también los cambios en la contribución del
estado a la corriente de rentas, y a través de la misma en la cantidad de dinero, pueden reducir la extensión del cambio requerido de los precios.
23 Este y el párrafo anterior, en particular, y toda esta sección, en general, sugieren un problema que merece investigarse y para el cual carezco de respuesta satisfactoria, a saber: las

características del sistema de ecuaciones implícito en la propuesta y en su solución de equilibrio. Es indudable que, bajo condiciones estrictamente estacionarias, incluyendo una
población estacionaria, la solución de equilibrio supondría precios constantes, renta per cápita, etc., y un presupuesto real equilibrado. El problema interesante es el de saber si existe
una descripción sencilla de la solución de equilibrio bajo situaciones dinámica determinadas. Por ejemplo, ¿existen circunstancias, y, en caso afirmativo, cuáles son éstas, bajo las
cuales la solución de equilibrio tenderá a implicar una renta monetaria per cápita constante con precios descendentes o precios constantes con renta monetaria per cápita creciente,
etc.? Está claro que esta sencilla descripción no bastará en general, pero pueden existir categorías amplias de circunstancias bajo las cuales una u otra bastará.

[Para esta reimpresión de su ensayo el profesor Friedman añadió la siguiente nota:
Una década después de la publicación de este artículo de una serie de conferencias en la Universidad Fordham presentando propuestas detalladas para la reforma de nuestras
instituciones y política monetaria. En la última de esas charlas me referí a la propuesta presentada en el artículo anterior de la siguiente forma: “La investigación que he realizado desde
la publicación de esa propuesta no me ha ofrecido motivo alguno para dudar de su buen funcionamiento; proporcionaría un substracto monetario estable que haría casi imposibles las
grandes fluctuaciones, que no exacerbaría las pequeñas e incluso podría aliviarlas. Pero me he convencido también de que esa propuesta es más sofisticada y compleja de lo preciso,
5.B SAMUELSON, Paúl A.
Economía con sinceridad
Editorial Lasser Press. México 1983
Páginas 105 – 107

Subtema 5.2

[…]
¿CONVENDRÍA REDUCIR LOS IMPUESTOS?
6 de mayo de 1974,
El primer trimestre de 1974 fue terrible. Nos acabamos de enterar de que el PNB bajó a razón de casi seis por ciento anual, es decir, dos
por ciento más que las peores predicciones de los analistas mejor enterados . . . y cuatro por ciento más de lo previsto por el señor
Nixon.
Pero, las malas noticias no terminan con esto. En el primer trimestre, la estanflación superó todo lo esperado. La tasa anual de inflación
general de precios fue de casi 11 por ciento: también en este caso, dos por ciento por encima de lo que temían los mejores
pronosticadores.
No es, de extrañar, por tanto, que los senadores Walter Mondale y Edward Kennedy hayan pedido una reducción de impuestos a fin
de aliviar el estancamiento y evitarnos una recesión grave, que sería difícil de invertir una vez que la viciosa espiral
desocupación/reducción de ingresos hubiera minado las inversiones de las empresas y los gastos de los consumidores.
Es de todos sabido que Kennedy y Mondale son liberales dotados de aguda sensibilidad para la carga de la desocupación y la pobreza
que trae consigo. Pero no podemos menos de comprender la gravedad de las cifras correspondientes al primer trimestre cuando nos
enteramos de que personas tan centradas como Carl Albert, portavoz del Congreso, y Mike Mansfield, líder de la mayoría, también se
han pronunciado por un programa de expansión fiscal, para prevenir la recesión.
La contracción monetaria
Son dos las maneras de combatir una posible recesión: una acción fiscal consistente en reducción de impuestos e incremento de los
gastos; o mediante la acción de la Reserva Federal consistente en permitir la expansión del dinero y del crédito, en la medida necesaria
para hacer bajar los intereses hipotecarios, los intereses sobre fondos necesarios para inversión y los cargados en la compra de bienes
de consumo duraderos, así como el costo del capital de trabajo para las empresas que son fuente de trabajo.
Sin embargo, en un momento en el que se observa la necesidad de déficit presupuestarios, la Reserva Federal permite que las tasas de
interés se disparen a las alturas: la tasa preferencial que cargan los bancos establece marcas muy cerca del 10.5 por ciento; la tasa de
fondos federales ya deja atrás el 11 por ciento; los bonos a largo plazo de empresas y gobiernos se queden en su sitio si los cupones no
pagan un interés que constituirá un pesado lastre para los prestatarios durante muchos años.
El alza de las tasas de interés obedece a muchas razones. Burns, el presidente de la Reserva Federal, añade, 50 puntos básicos a los
rendimientos cotizados cada vez que abre la boca. Esto, a su vez, debilita la posición de crédito de los Fondos de Inversión en Bienes
Raíces y pone en tela de juicio al mercado de documentos comerciales. Todo lo cual empuja a las empresas a solicitar préstamos a los
bancos comerciales. Entonces, el incremento de los créditos comerciales obliga al doctor Burns a pronunciar un nuevo discurso... y se
repite el ciclo. Por suerte, no es probable que el miedo histérico de la inflación de dos dígitos que llegará a la larga -que no ha atacado a
ninguno de los 24 pronosticadores con buen historial de aciertos en los últimos años- convierta esa inflación en realidad. Pero bien
puede hacer que se hunda el mercado de casas habitación.
¿Por qué habría una persona prudente de dejar su dinero en las sociedades de ahorro y préstamo que financian la construcción y
compra de viviendas, si actualmente las tasas de interés a corto plazo que puede ganar en otras partes superan en varios puntos el seis
o siete por ciento que dichos sociedades pagan por sus cuentas a largo plazo? En mi próxima columna, deberé informar a los lectores
de Newsweek, la manera de "desintermediar" con éxito sus inversiones: es decir, cómo sacar su dinero del sistema bancario y obtener un
mayor rendimiento a corto plazo y sin riesgos.
¿El peor enemigo?
Dados los peligros de recesión que acabo de describir, cabría suponer que toda la gente debería estar en pro de la reducción de
impuestos y de una política monetaria menos restrictiva. ¿Porqué no lo están? Sin duda, es el reciente 11 por ciento de inflación lo que
más asusta a las personas responsables de decidir. Casi todos los hombres de negocios piensan que la recesión tocará fondo a mediados

una regla más sencilla también produciría resultados muy satisfactorios y presentaría dos grandes ventajas: primero que su simplicidad facilitaría la comprensión pública y el apoyo
necesario para que constituya una barrera efectiva frente a la chapucería oportunista; en segundo lugar, separaría ampliamente el problema monetario de del fiscal, requiriendo así una
reforma de menor alcance y en un ámbito más estricto.
Esta regla más sencilla consiste en que la cantidad de dinero aumente anualmente en una cantidad fija sin variación alguna de ese incremento para compensar las dificultades cíclicas.
El mismo Sistema de la Reserva Federal podría adoptarla. Si no, el Congreso podría dar instrucciones en ese sentido. Si fuera adoptada sin ninguna otra variación de nuestro sistema
monetario, la Reserva Federal tendría que actuar discrecionalmente respecto a las técnicas precisas a utilizar para ese incremento de la cantidad de dinero y sólo podría lograr su
objetivo con un margen de error apreciable aunque no amplio, quizás de 0.5 a 1 por ciento. Si se realizaran los demás cambios recomendados, el campo de discrecionalidad se
reduciría de forma radical y lo mismo ocurriría con el margen de error.
Especificando la regla propuesta, necesitamos (1) definir la cantidad de dinero a que se refiere, (2) establecer la tasa de incremento o la forma de determinada, (3) establecer, si es que
hace falta, qué medidas se adoptarían en respuesta a movimientos intraanuales o estacionales”.
Discutí entonces estos tres puntos. Véase la publicación de esas conferencias en Milton Friedman, A Program for Monetary Stability, (Fordharn University Press, 1960). [Traducción
castellana Un programa de estabilidad monetaria y reforma bancaria, Deusto, Bilbao, 1962.]
de año. Todavía hay probabilidades de que ahí sea, pero nuestra confianza en la recuperación ya no puede ser tan firme como lo era.
Mientras la tasa de desocupación esté más cerca del cinco que del seis por ciento, los conservadores preferirán creer que cuanto se haga
para combatir la recesión servirá sólo para agravar la inflación.
¿Cuál es mi posición? Convengo en que la inflación no es cosa de risa. Pero sé bien que las alzas de los precios del petróleo y de los
energéticos, y de los precios de alimentos y materias primas no se deben a una política fiscal y monetaria demasiado laxa.
Concretamente, hagamos lo que hagamos, todo parece indicar que al finalizar el año la inflación habrá bajado considerablemente de su
actual nivel de dos dígitos. Y unas puntadas a tiempo para evitar los riesgos de una recesión más grave no pueden, desde ningún
punto de vista razonable, lanzarnos a una inflación incontrolable.
Una reducción moderada de los impuestos podría contribuir, incluso, a mantener la limitación de las alzas salariales durante este año
de desasosiego laboral. Y un alivio pragmático del crédito sería la medida más sabia.
5.C HANSEN, Alvin H.
Teoría monetaria y política fiscal
Segunda Edición. Editorial FCE, México
1980
Páginas 178 – 189

Subtema 5.2

[…]
CAPITULO II
LA POLITICA MONETARIA Y FISCAL EN LA INFLACIÓN POSBÉLICA
Depender exclusivamente de los medios que ofrece la política monetaria a fin de combatir la inflación es usar un arma unilateral muy
peligrosa; lo que se necesita es atacar el problema por varios lados.
Aun en la actualidad, a pesar de que se ha expulsado del escenario a la teoría cuantitativa, se encuentra uno a veces con la opinión de
que las variaciones del nivel general de los precios están determinadas principalmente por variaciones de la cantidad de dinero. Esta
opinión es, en parte, una simplificación excesiva del problema, en parte una verdad a medias y en parte una equivocación. Se estaría
más cerca de la verdad si se dijera que las variaciones del nivel general de los precios están determinadas principalmente por las
variaciones del gasto total de las empresas, los consumidores y el gobierno.
Pero, aun en este caso, no hay una relación directa. En una situación en que existe desempleo y recursos ociosos las variaciones en el
total de gastos pueden afectar principalmente a la producción, con muy poco efecto sobre los precios. En condiciones de ocupación
plena, los aumentos del gasto total se traducirán en un aumento general de los precios. Entonces, para controlar la inflación, es
necesario controlar el gasto total.
ATASCAMIENTOS Y ESCASECES ESPECÍFICAS
Además, no sólo es un problema simple de valores totales. En períodos de presiones inflacionarias, la economía puede sufrir
atascamientos en la industria del acero o en el transporte, y de escaseces agudas de ciertas materias primas y alimentos. El enfoque por
el lado de las cifras totales no conducirá a la resolución del problema, si se tiene en cuenta que se necesitarán medidas directas y
específicas.
El hecho básico, que a menudo se olvida, en la inflación que siguió a la segunda Guerra Mundial, es la escasez mundial de alimentos y
el extraordinario aumento de sus precios. El índice de precios al por mayor de los alimentos en los Estados Unidos aumentó de 70.4 en
1939 (1926 = 100), a 190.3 al fin de noviembre de 1947, o sea un aumento de 170%, Mientras tanto, el índice de precios al menudeo de
los alimentos subió de 95.2 en 1939 (1935-1939 = 100), a 201.6 en octubre de 1947, un aumento de 122%. Los productos agrícolas y los
precios de los alimentos (y lo mismo los cueros y artículos de cuero y los materiales de construcción) habían aumentado mucho más
que los precios de las demás mercancías. De 1945 a 1947, los precios al mayoreo de los productos agrícolas y de los alimentos habían
aumentado 70% y en los Estados Unidos, los alimentos suelen representar el 35% del presupuesto de las familias de asalariados.
En un mercado libre, en las condiciones que prevalecían después de la segunda Guerra Mundial, era inevitable un aumento del precio de
los alimentos relativamente a los precios de las otras mercancías. No debe perderse de vista que las medidas de tipo general que pretenden
influir sobre la demanda efectiva total, especialmente la política monetaria y la fiscal, no podían remediar este problema de una
distorsión relativa de los precios. La presente escasez mundial de alimentos es consecuencia de la destrucción causada por la guerra, y
de sequías e inundaciones muy serias; y del lado de la demanda se debe a la existencia de ingresos de ocupación plena, especialmente
en los Estados Unidos.
En su forma presente, de suma gravedad, este problema es de una naturaleza temporal. La reconstrucción y el desarrollo de la
agricultura mundial aliviarán en pocos años la escasez de alimentos. Podemos estar seguros de que los precios de los alimentos
disminuirán en relación a los precios de las demás mercancías, aunque no es probable que disminuyan al nivel anormalmente bajo a
que llegaron durante los años treinta.
El racionamiento y el control de los precios son las únicas medidas que hubieran podido evitar el aumento de precios de los alimentos,
relativamente a los precios de las demás mercancías. Es verdad que una reducción de la demanda total podría haber mantenido más bajo el
nivel general de los precios, pero no hubiera podido evitar un aumento del precio de los alimentos relativamente al de las demás
mercancías.
Estas consideraciones son importantes porque ponen de manifiesto que el problema inflacionario de la posguerra, al menos en los
Estados Unidos, no se debía simplemente a un exceso de la demanda total en relación a la oferta disponible.
Es cierto que la demanda total ha excedido y aún excede a la oferta disponible, pero eso en gran medida es una consecuencia de
escaseces en determinados sectores de la oferta -alimentos, acero, ciertos tipos de transportes, clases especiales de maquinaria y
materiales-. En el periodo de la reconversión de la economía a una producción de tiempos de paz, es inevitable que surjan
atascamientos. Toma tiempo llenar los canales de distribución y reponer existencias de todas clases, incluyendo las de tipo doméstico
de los consumidores. Estas escaseces en puntos estratégicos de la economía tienden a generar (como veremos posteriormente en este
capitulo) una situación en que hay un exceso de la demanda en general relativamente a la oferta disponible.
Pero esta situación es seguramente muy distinta a la normal en tiempos de paz, cuando existe exceso general de demanda efectiva. Es
parte de las circunstancias de guerra y no puede combatirse con los métodos ordinarios en épocas de paz.
Sin embargo, esto no nos lleva a la conclusión de que los controles de precios y el racionamiento deben extenderse más allá del periodo
de transición, es decir, hasta el periodo más largo de la reconversión. En una sociedad democrática, esto depende en gran medida de la
actitud del público. Durante la primera Guerra Mundial, la estructura política de los países democráticos era de tal naturaleza que
preferían la inflación bélica al racionamiento y los controles de precios. Durante la segunda Guerra Mundial, impresionados por las
experiencias de otros países y recordando la de la primera Guerra Mundial, un gobierno que proclamaba el "nuevo trato" (New Deal) en
los Estados Unidos, podía establecer el control de precios y el racionamiento, pero la estructura política del país no permitía que
continuara por mucho tiempo una vez que hubo terminado la guerra. Sin la cooperación de las empresas y de un sector muy grande de
los consumidores, el funcionamiento de los controles se hizo imposible.
Sin profundizar en las ventajas teóricas del control de precios y del racionamiento como medio para combatir las escaseces temporales o
estratégicas, es suficiente señalar que la disyuntiva de hecho se encontraba en la continuación de los controles o aceptar como inevitable
una considerable inflación general de precios. Esto último fue lo que ocurrió en realidad, y no creo que pudiera haberse evitado por
entero mediante un ataque indirecto, como, por ejemplo, utilizando la política fiscal y la monetaria; estos métodos indirectos, en el
mejor de los casos, sólo habrían limitado la magnitud de la inflación. Si los norteamericanos hubieran estado dispuestos a mantener los
controles durante el auge de la reposición de existencias, creo que se podría haber entrado al período más normal de la época de paz
con un nivel de precios sustancialmente estable de -por ejemplo- 110. Mientras tanto, el ingreso real habría crecido hasta que el
volumen de dinero y de activos líquidos hubiera dejado de ser excesivo.
Sin duda, en la teoría, podemos imaginarnos una estructura de impuestos tan drásticos que el volumen de gastos en consumo e
inversión, aun en ausencia de controles, impidieran cualquier aumento general de los precios. Pero una reducción tan severa de los
ingresos personales y de las empresas, después de deducidos los impuestos, habría impedido la gran expansión de la producción que,
en realidad, ocurrió.
Si se toma en cuenta la estructura política y la actitud del público, es posible que tengan razón quienes sostenían que "el milagro de la
producción de posguerra" (a pesar de los serios atascamientos que sufrió el sistema) no hubiera ocurrido de haberse mantenido los
controles. Algunos han sostenido que la inflación de precios que siguió a la terminación de los controles pudo haberse evitado con
medidas de política monetaria y fiscal sin disminuir la producción. Pero para acabar con la inflación de precios habría sido necesaria
una fuerte reducción del ingreso, ya sea a través de medidas fiscales o por medio de una contracción monetaria y del crédito, que
hubiera tenido un efecto mucho más serio sobre la producción y el empleo, del que habría tenido cualquier sistema razonable y eficaz
de controles.
La verdad es que en una situación de escaseces especiales y atascamientos como la que prevaleció en 1946-1947, era inevitable una
considerable inflación de los precios de los alimentos y los materiales escasos (una vez que se restableció el mercado libre). Sólo una
reducción drástica del ingreso pudo haberla impedido. Y si se hubiese estado decidido a restablecer prematuramente el mercado libre,
era preferible que ocurriera una inflación considerable de precios a la deflación y el desempleo que hubieran sido necesarios para
detener la inflación, en ausencia del racionamiento y el control de los precios.
Además, era inevitable, en ausencia del racionamiento y del control de los precios, que estas situaciones de escaseces específicas
(especialmente en alimentos) contribuyeran al exceso general de la demanda total. Ya hemos señalado (capitulo 8) que un aumento
agudo de los precios de los alimentos, una vez que se habían eliminado los controles, necesariamente daría lugar a una demanda de
mayores salarios. Las estadísticas, como vimos, comprueban este punto de vista. El fuerte aumento de los salarios, a partir de junio de
1946, aumentó la demanda total relativamente a la producción disponible. Por lo tanto, las escaseses especificas (especialmente de
alimentos), en ausencia del racionamiento y de los controles de precios, contribuyeron a una inflación de ingresos que intensificó el
problema inflacionario general.
En resumen, nos enfrentamos a un problema creado por un exceso de la demanda total en relación con la producción disponible; como
tan a menudo sucede, caímos en un circulo vicioso, puesto que al no estar dispuestos a aplicar controles directos en los sectores en que
existía escasez y donde eran necesarios, agravamos el problema en su conjunto.
Los remedios fiscales son más eficaces y menos peligrosos que los monetarios para curar un exceso general de la demanda.
Ciertamente, los instrumentos monetarios para reducir un exceso general de la demanda efectiva se caracterizan por su poca
efectividad, a menos que se frene al sistema en forma tal que se provoque un colapso. Seria interesante conocer hasta qué altura
debería llevarse la tasa de interés en un periodo inflacionario, antes de que tuviera un efecto sustancial sobre los gastos de consumo y
de inversión. Seguramente encontraríamos que, una vez que la medida esté funcionando, opera indirectamente vía una quiebra de la
confianza del público (a través de su efecto en el mercado de valores) más bien que en términos del efecto directo que pudiese tener
una tasa de interés mayor sobre las decisiones de consumir e invertir. Aquellos que hablan con ligereza acerca de controlar la inflación
por medio de la política monetaria, no han podido entender que las medidas monetarias moderadas son casi inútiles por si solas,
mientras que las medidas drásticas pueden fácilmente echar a pique la economía.
La experiencia no justifica la creencia de que las medidas monetarias pueden controlar efectivamente las presiones inflacionarias de
tipo general. Una alta tasa de interés no detuvo el movimiento inflacionario de los precios en 1919-1920, o las tendencias especulativas
en bienes raíces y en el mercado de valores hacia el final de la tercera década de este siglo. A pesar de todo, aunque sola la política
monetaria no es un instrumento efectivo, junto con la política fiscal y otros tipos de política puede desempeñar un papel importante, a
fin de lograr para la economía condiciones más estables.
UN PROGRAMA MULTILATERAL
A fin de controlar una inflación, es necesario, en primer lugar y antes que todo, obtener un superávit presupuestal muy sustancial. Los
gastos gubernamentales deben reducirse a lo estrictamente necesario. Y si no hemos desperdiciado las enseñanzas de la teoría y la
experiencia, habremos aprendido que un periodo de presiones inflacionarias no es el momento indicado para reducir los impuestos.
Deberíamos usar el superávit para retirar valores gubernamentales que están en poder de los bancos de la Reserva Federal (banco
central) y de los bancos comerciales reduciendo en esta forma el volumen de reservas y depósitos. 1
En segundo lugar, hay que combatir la inflación de salarios, es decir, un aumento de salarios por encima de la productividad del
trabajo. Hasta el momento en que se eliminaron los controles de precios, hubo en los Estados Unidos una estabilidad sustancial de los
salarios medidos en términos de salarios medios por hora. La terminación de los controles en junio de 1946 fue seguida de una
considerable inflación de salarios -un aumento de las tasas de salario en exceso de los aumentos logrados por la productividad-. Era
fácil prever que ocurriría así, simplemente tomando en consideración los aumentos tan grandes de los precios de los alimentos una vez
que terminaron los controles de precios. En consecuencia, el país cayó en un círculo vicioso de aumento de precios y salarios -síntoma y
causa adicional de mayor inflación.
Tercero, deben establecerse restricciones al crédito del consumidor. Cuarto, debe iniciarse una campaña activa para vender bonos de
ahorro. Quinto, el control de la inflación no permite una política de crédito fácil que pueda estimular o desarrollar un mercado
especulativo de bienes raíces (aparte de las medidas razonables dictadas por la más estricta necesidad de ayudar a resolver el problema
de habitación de los veteranos o de los grupos de bajos ingresos). Sexto, distribución controlada de ciertos bienes, racionamiento y
controles de precios en sectores específicos.
DINERO Y "CUASI-DINERO": LIQUIDEZ GENERAL
Mucha gente se irrita contra quienes atribuyen a la política monetaria sólo un lugar secundario en el control de la inflación. Sin
embargo, por la naturaleza del caso no puede ser la medida principal, porque para que el sistema monetario y crediticio desarrollen su
función normal, necesitan ser sumamente flexibles. La opinión de que el ritmo de gastos puede controlarse rigurosamente por medio
de aumentos o disminuciones de la cantidad de dinero, ampliando o contrayendo el crédito, se basa en una noción muy primitiva del
papel que desempeñan el dinero y los activos líquidos en una sociedad moderna. En una sociedad primitiva era fácil clasificar la
riqueza en bienes raíces y mercancías, por un lado, y dinero, por el otro. En las sociedades modernas la riqueza tangible está
representada por los valores. Por lo tanto, hay un vasto volumen de activos líquidos que casi son dinero; además, el crecimiento de la
deuda pública ha aumentado enormemente los activos líquidos, de los que las obligaciones a corto plazo por sus características se
acercan mucho al dinero mismo. Por añadidura, existe un gran volumen de depósitos de ahorro. El "dinero" ha dejado de ser una
categoría de riqueza que puede diferenciarse fácilmente de las demás. En estas circunstancias, no es fácil controlar el volumen de
gastos a través de un control de la cantidad de dinero. Bajo las condiciones de la posguerra, de gran liquidez general, los bonos
gubernamentales hubieran tenido que caer a niveles inadmisibles para apenas iniciar un programa de control por medidas
exclusivamente monetarias.2
Seria muy fácil lograr que un hombre no se llegase a ver muy corpulento estrangulándolo. Una reducción suficientemente fuerte de la
cantidad de dinero podría, sin duda, detener rápidamente una inflación; esto es innegable. Pero un programa para detener la inflación
recurriendo solamente a reducciones en la cantidad de dinero es un procedimiento sumamente peligroso. Usado en forma moderada,
expone al fracaso; llevado hasta el extremo necesario, expone al desastre.
CONSUMO E INVERSIÓN
El alto volumen actual de gastos de consumo se debe, principalmente, al alto nivel de ingresos que existe en el presente. Nadie desea
deflacionar este nivel de ingresos. Y no existen pruebas convincentes de que los consumidores como un todo estén gastando por encima de
su ingreso, aunque si se pudiera segregar a los campesinos y a los pequeños negocios individuales, quizá se encontrara la situación
mencionada arriba. Las tenencias de bonos de ahorro de la serie "E" han permanecido a un nivel estable, ya que su monto ascendía a
30800 millones de dólares en enero de 1946 y a 31700 millones de dólares en junio de 1948, aunque el monto de los bonos en poder de
los sectores de bajos ingresos era menor al final de este período, y mayor el de los sectores de ingreso alto. En el primer semestre de
1948, los consumidores ahorraban 11600 millones de dólares de su ingreso disponible (ingreso después de deducir los impuestos), o sea
el 6.2% del ingreso disponible, en comparación con el 4.4% en 1929. (Frente a esto hubo, de mayo de 1947 a mayo de 1948, la
compensación de un incremento de 2900 millones de dólares de crédito al consumo.) Durante este periodo el gobierno tuvo un
superávit en efectivo de bastante consideración. En consecuencia, tanto los consumidores como el gobierno gastaron bastante menos
que sus ingresos. Por lo tanto, la fuente básica de las presiones inflacionarias fueron los gastos de inversión del sector privado, y la
inversión neta del exterior, que en conjunto ascendían a cerca de 40000 millones de dólares anuales. Expresando lo anterior en otra
forma, diríamos que la inversión bruta excedió al volumen planeado de ahorros brutos, y que la expansión monetaria llenó la

1 Desde luego, que no es imposible lograr una reducción voluntaria de los depósitos (una vez que disminuya la presión de la demanda de saldos líquidos activos, o de tipo precautorio).
Supongamos que el público desea mantener menos depósitos y más valores. Esto significa un desplazamiento hada la izquierda de la función, L. Si la función tiene una
elasticidad-interés intermedia, el efecto de un desplazamiento hacia abajo de la función L será, en parte, reducir la tasa de interés, y en parte, disminuir el volumen de depósitos. La tasa
de interés disminuirá porque el público estará compitiendo con los bancos por la obtención de valores, y en la medida en que tenga éxito, es decir, en la medida en que sustraiga
valores que estaban en poder de los bancos, el volumen de depósitos disminuirá.
2 Una cosa es hablar de restricciones 21 crédito cuando los bancos han hecho préstamos al límite de su capacidad (como en 1920) y cuando ni el público ni los bancos poseen grandes

cantidades de valores, y otra muy distinta cuando la comunidad posee un gran volumen de activos líquidos.
diferencia entre los dos. Durante 1947, las inversiones y préstamos de todos los bancos comerciales a las empresas privadas y a los
consumidores aumentaron en 7000 millones de dólares aproximadamente.
La simple eliminación (si esto fuera fácil de lograr, y no lo es) del exceso de la inversión sobre los ahorros disponibles 3 no es un método
muy recomendable para combatir el problema, ya que afectaría una gran parte de la inversión que puede contribuir al incremento del
producto disponible, y puede dejar intacta mucha de la inversión especulativa -inversión que contribuirá muy poco al incremento de la
oferta existente-. El control de la distribución y la implantación de permisos de construcción serian mucho más efectivos, si se aplicaran
en los sectores en que se necesitasen.
SUPERÁVIT EN EFECTIVO DEL GOBIERNO
Es sumamente esencial, como medio para controlar la inflación, el mantenimiento de un superávit de los ingresos en efectivo del
gobierno (que no provengan de empréstitos) sobre sus pagos, también en efectivo. Durante 1947, el superávit en efectivo del gobierno
norteamericano fue de 5700 millones de dólares, y en el primer semestre de 1948 fue de 7600 millones de dólares. La reducción del
impuesto sobre los ingresos que se efectuó en 1948, exactamente cuando fue preciso aumentar los gastos militares, fue un gran
estimulo a las presiones inflacionarias, especialmente si se toma en cuenta el efecto multiplicador.
Si se sustrae del público más dinero (principalmente en la forma de impuestos) del que recibe como pagos en efectivo, el monto de
gastos del sector privado disminuirá; esto es particularmente cierto si el impuesto sobre los ingresos 4 personales afecta a una gran parte
del público consumidor. Además, cuando estos fondos en efectivo excedentes se utilizan para retirar de la circulación bonos que estén
en poder de los bancos comerciales, el resultado será una reducción en el volumen de depósitos a la vista; 5 y cuando se usan para
redimir bonos en poder de los Bancos de la Reserva, consiguen ejercer una presión continua sobre las reservas de los bancos asociados.
Es cierto que los bancos pueden reponer sus reservas vendiendo valores a los bancos de la Reserva Federal, obteniendo dinero
prestado sobre estos valores; pero, a pesar de todo, la presión sobre las reservas restringirá la expansión del crédito bancario. Es
preferible utilizar el método de retirar valores de la circulación con el superávit en efectivo, para provocar una presión constante sobre
las reservas, antes que recurrir al "método brusco" de elevar los encajes.
RESTRICCIONES MONETARIAS MODERADAS
Cualquier intento de controlar la inflación utilizando exclusivamente medidas de tipo monetario, puede echar a pique la economía. A
pesar de esto, son necesarias y convenientes ciertas restricciones de tipo monetario. Cuando existen presiones inflacionarias, no tiene
sentido alimentar la inflación dando crédito fácil. Las medidas restrictivas monetarias pueden desempeñar, en combinación con otro
tipo de medidas, un papel importante.
Ya hemos mencionado la importancia de controlar el crédito al consumo y a las operaciones en bienes raíces. Puede prohibirse a los
bancos prestar en absoluto para la compra de valores. Es posible evitar que los bancos vendan sus valores públicos para efectuar
operaciones de crédito y de inversión, imponiendo una reserva en valores además de la reserva en efectivo. Un aumento del
rendimiento de los valores gubernamentales a corto plazo tiene en cierta medida el mismo resultado. Un aumento de las tasas de
interés en general es un indicador de un alto volumen de inversión, más bien que un obstáculo al volumen de inversión.
RESUMEN
Estas proposiciones referentes a las restricciones de tipo monetario no pueden, en ningún caso, considerarse como “soluciones” al
problema de la inflación. Se necesita atacar el problema en forma multilateral que incluya las siguientes medidas:

1. Un uso prudente de la política monetaria. Un control moderado del uso del crédito.
2. Política fiscal -mantenimiento de altas tasas de impuestos, fiscalización de los gastos y aplazamiento de todo gasto de inversión
que no esté bien justificado en términos de la política nacional-. Un superávit en efectivo de consideración debe ser la base y el
centro de un programa fiscal antiinflacionario.
3. Además del uso prudente de la política monetaria y de la aplicación firme de la política fiscal, se necesita un mínimo de
controles directos, incluyendo la intervención del Estado en la distribución de ciertos materiales escasos de uso especial,
permisos de construcción y racionamiento (por ejemplo, de alimentos importantes). La política monetaria y fiscal en general no
pueden eliminar los atascamientos del sistema productivo y ciertas escaseces específicas.

3 Un exceso de inversión sobre los ahorros planeados disponibles tenderá a incrementar el ingreso hasta que los ahorros igualen a la inversión (terminología keynesiana). En
consecuencia, es el proceso inflacionario mismo (y la redistribución del ingreso a que da lugar) lo que genera una corriente de ahorros, derivados del nivel presente de ingreso, que
iguala a la inversión. La corriente de ingresos ha sido alimentada con nuevo dinero y por la entrada en actividad del dinero ocioso; en esta forma, los ahorros -según la definición de
Robertson- más el incremento de MV son iguales al volumen de inversión. Véase a este respecto William Fellner, Monetary Policies and Full Employment, pp. 183-186, especialmente
la p.184.
4 Un impuesto sobre las utilidades excedentes es antiinflacionario por dos conceptos. Al reducir las ganancias de las empresas después de pagar los impuestos, 1) las demandas de

mayores salarios serán menos insistentes, y 2) los pagos de dividendos disminuirán, más o menos -y lo mismo pasará con el consumo.
5 Algunas veces se sostiene que el retiro de valores gubernamentales en poder del público no tiene un efecto antiinflacionario, puesto que el dinero extra (que se ha obtenido por medio

de impuestos) que se paga a los poseedores de valores será puesto de inmediato a trabajar. Esta conclusión es errónea por las siguientes razones. Cuando el dinero que se ha
obtenido por medio de impuestos de las masas de ciudadanos se paga a los tenedores de valores, en gran parte se está efectuando una transferencia de dinero de los consumidores a
los sectores de población capaces de efectuar ahorros. Los tenedores de valores difícilmente aumentarán su consumo sólo por el hecho de haber transformado parte de sus activos
líquidos, en forma de valores, en dinero. Algunos mantendrán el dinero como activo ocioso, otros buscarán inversiones financieras, lo que reducirá (ligeramente) la tasa de interés. Será
insignificante el efecto neto de un aumento de los ingresos en efectivo de los tenedores de bonos por la redención de sus valores, sobre el total de gastos en bienes y servicios. En
contraste, puede ser de mucha importancia el efecto de impuestos adicionales (con los que se obtiene el superávit en efectivo) sobre los gastos de consumo. Por lo tanto, el efecto neto
de la redención de los bonos en poder del público es antiinflacionario.
La moderación y la autolimitación son esenciales para la supervivencia de un gobierno democrático libre. Pero supone que existe la
voluntad de usar controles cuando las condiciones de emergencia requieren este tipo de medidas -y también que existe la capacidad
para usarlas con discernimiento.
[…]
Fe de erratas

 En la página 184, el párrafo de la versión original dice: “Tercero, deben establecerse restricciones al crédito del consumidor, Cuarto,
debe iniciarse una campaña activa para vender bonos de ahorro”. Debe decir: “Tercero, deben establecerse restricciones al crédito
del consumidor. Cuarto, debe iniciarse una campaña activa para vender bonos de ahorro”.

 En la página 184, en la nota 3, el párrafo de la versión original dice: Véase a este respecto William Fellner, Monetary Palicies and Full
Employment, pp. 183-186, especialmente la p.184”. Debe decir: Véase a este respecto William Fellner, Monetary Policies and Full
Employment, pp. 183-186, especialmente la p.184”.

5.D DE LA PEÑA, Horario Flores


Teoría y práctica del desarrollo
Primera reimpresión. Editorial FCE.
México 1985
Páginas 146 – 166

Subtema

[…]
VII. LOS ASPECTOS POLITICOS DEL DESARROLLO
En su política económica los gobiernos de los países pobres se enfrentan a un doble problema:
a) El desarrollo en la actualidad es un proceso más complicado y difícil que el de los siglos XVIII y XIX, como resultado de factores
económicos, pero sobre todo de tipo social y en especial porque conviven formas de vida desarrolladas y subdesarrolladas dentro de
una misma sociedad, lo cual crea presiones sociales que en el pasado no se manifestaron con la violencia del presente.
Una característica importante del siglo XIX es que en el ámbito mundial ningún país tenía fuerza suficiente para bloquear y hacer
imposible que un país introdujera nuevas estructuras económicas, e incluso formas nuevas de organización política y social.
b) En términos de estabilidad política el desarrollo tiene un carácter de urgencia determinado por el aumento de la población, de las
comunicaciones y del nivel de educación.
Estos factores hacen que los sectores de bajos ingresos tengan un contacto constante con las formas de vida de los grupos de altos
ingresos. La historia nos enseña que los pueblos toleran la miseria cuando es generalizada, como en el caso de una guerra o de un
cambio social brusco, pero no toleran, por mucho tiempo, la miseria comparada.
Cuando esto ocurre, las bases de la estabilidad política se debilitan porque se cuestiona la existencia misma de un sistema económico
que no es capaz de resolver, en forma rápida, las necesidades básicas de la población. En los países pobres, el ejercicio de la democracia
y la libertad individual, para las grandes masas marginadas, sólo tiene un valor retórico ya que no pueden apreciarse las virtudes
esenciales de la convivencia humana, cuando se tienen carencias básicas en lo esencial. Cuando hay hambre, ignorancia y desempleo
permanente para grandes grupos de la población, los privilegios, la ostentación y el derroche que caracterizan las formas de vida de la
minoría, sólo pueden mantenerse con un uso creciente de la fuerza que, eventualmente, llega a sacrificar las formas más elementales de
la libertad individual.
Resulta, pues, irreal plantear la lucha de los pueblos pobres como un dilema entre la libertad y la opresión; para las mayorías, en todo
caso, es sólo un conflicto entre dos formas de opresión, y una de ellas al menos tiene como objetivo la eliminación de la pobreza y la
desigualdad. Es muy difícil la defensa de la libertad y de la democracia entre grupos marginados de la economía, la política y la
cultura, a quienes se pide apreciar y defender lo que no tienen y sólo por excepción practican.
A pesar de lo anterior, uno de los objetivos políticos básicos del desarrollo en el presente es garantizar un ejercicio mínimo de las
formas democráticas, porque sólo a través de ellas se garantiza que las clases populares tengan una participación creciente en los
ingresos adicionales creados por el crecimiento económico. Cuando en una economía con un sistema predominante de empresa
privada no existe un mínimo de libertad se entra de lleno a formas fascistas de gobierno.
La historia económica de los últimos veinticinco años parece confirmar la opinión de que en tanto la inversión, la ocupación y el
ingreso estén determinados, fundamentalmente, por decisiones del sector privado, el crecimiento de la economía estará sujeto a fuertes
fluctuaciones y será autodestructivo por la tendencia permanente a la concentración del ingreso, que determina la estructura de la
oferta, alentando ésta, a su vez, dicho proceso de concentración. En la práctica, la elasticidad de la oferta de bienes de consumo
necesario y la concentración del ingreso son fenómenos que se retroalimentan.
A esto se debe que cuando surgen presiones inflacionarias de la demanda en el sector de bienes y servidos de consumo popular, casi de
inmediato la capacidad de acumulación de capital supere el crecimiento de la demanda efectiva. Aparece así capacidad industrial no
utilizada y un alto nivel de desempleo asociado a una condición recesiva de la economía, en la cual paradójicamente existen recursos
de capital ociosos por la falta de incentivos para producir, causados por la contracción de la demanda de origen popular, que es una
consecuencia del aumento de los precios de bienes de consumo, sobre todo de los alimentos.
Para evitar el carácter cíclico y autodestructivo del crecimiento de la economía, es necesario que el Estado asuma la responsabilidad de
controlar y dirigir el volumen y la estructura de la inversión, recurriendo si es necesario a someter la inversión privada a licencias del
Estado, otorgadas en función de objetivos precisos de política económica, según sea el efecto inflacionario que tengan, o su efecto sobre
el ingreso, sobre la demanda externa, el empleo, etc.
Ésta no es una situación nueva, pues ha existido en las economías desarrolladas cuando se enfrentan a un problema grave, como es la
desocupación o una emergencia bélica y en nuestro caso, ¿qué emergencia puede ser mayor que la lucha permanente contra la
pobreza?
La preocupación centrada en el crecimiento del ingreso y del empleo vía inversión, no toma en cuenta el contenido social del desarrollo
económico. Hay una gama indefinida de inversiones que pueden permitir alcanzar los niveles deseados de ocupación e ingreso, pero a
cada una de ellas corresponde una determinada distribución del ingreso, una diversa estructura productiva y de comercio exterior, así
como una diferente calidad de la vida.
El contenido social del desarrollo económico quizá no deba ser marcado por el economista sino que su función debe ser señalar
distintos caminos para alcanzar el desarrollo y presentar el precio social de las diversas alternativas, para que sea el político quien haga
la selección tomando en cuenta las necesidades de la comunidad, especialmente las de las mayorías.
Al señalar más adelante los caminos que pueden escogerse para alcanzar el desarrollo, intencionalmente hemos dejado fuera algunas
alternativas, porque están reñidas con el carácter popular e independiente del desarrollo económico, ya que suponemos que los
objetivos de éste deben ser el aumento de los niveles de vida de las clases populares y una mayor independencia económica.
1) No consideramos que el camino de la inflación conduzca a un desarrollo estable y duradero, porque produce una mayor
desigualdad, ya que la carrera entre precios y salarios siempre la pierden estos últimos, operándose siempre un desplazamiento de
ingresos del sector trabajo al capital que reduce el crecimiento del mercado interno y de los niveles de vida de los sectores populares.
2) Tampoco pensamos que la producción de bienes de consumo no necesario o francamente de lujo, sea una forma de expansión
económica compatible con los aspectos sociales del desarrollo, aunque es la forma más frecuente que toma el crecimiento industrial en
países donde el ingreso está muy concentrado; en estos casos son las producciones de lujo las que resultan más atractivas al sector
privado, aunque su costo social sea un desequilibrio externo mayor y que los precios de los bienes de consumo popular crezcan
aceleradamente.
3) Excluimos la expansión económica basada predominantemente en un aumento indiscriminado de la inversión extranjera, porque
ésta impone formas de crecimiento que no son las adecuadas para alcanzar un desarrollo estable e independiente, porque aumenta la
dependencia económica y política y crea una situación de balanza de pagos que pronto impone un límite al crecimiento, porque da
lugar a una corriente descapitalizadora que reduce el ahorro interno y la capacidad para importar; frecuentemente la inversión
extranjera, utilizando la propaganda comercial, crea hábitos de vida que no corresponden al nivel de ingresos del país que los recibe,
los que las hace todavía menos deseables porque elevan considerablemente el consumo no esencial, reduciéndose así el excedente para
inversión.
Una ruta alternativa que se abre para nuestras economías, es la posibilidad de reasignación de los recursos que se utilizan en la
producción de bienes y servicios para el consumo no necesario, el cual alcanza niveles sumamente altos, superiores al 60% del total. En
1974, puede estimarse su participación en el consumo total en un 64% 1 y que se mueve lentamente hacia arriba conforme aumentan las
utilidades. Dicha cuestión abre grandes posibilidades si tomamos en cuenta el crecimiento acelerado que podría causar en la capacidad
de inversión interna y, con ello, en el empleo y el ingreso. En efecto, si de los factores productivos destinados al consumo no necesario
se pasa el 5% a la inversión bruta, ésta, que representó el 19.7% del PNB en 1974, aumentaría en 25%. Esto es muy factible, sobre todo si
se afecta sólo la nueva producción de bienes de consumo no necesario, dejando la que ya existe para no crear problemas de desempleo
en los sectores que ya están trabajando en ese sector, o bien resistencias de consumidores, especialmente de la clase media alta que
resultarían, tal vez, los más afectados, ya que los ricos siempre podrán pagar los precios más altos de los artículos de consumo no
necesario. Esto, a nuestro juicio, reduciría las presiones políticas de tipo consumista de la clase media que tan bien saben explotar las
clases altas, como fue el caso de Chile.
En las economías subdesarrolladas se vive una situación permanente de escasez, muy similar a la de países en una emergencia bélica o
que llevan a cabo un proceso de expansión rápido y planeado de su economía; de ahí la necesidad de establecer controles sobre la
economía para influir en la oferta total y la demanda efectiva y su composición, al igual que lo hicieron las economías desarrolladas
durante la guerra, porque nuestra situación es muy similar: hay una gran escasez de bienes, una demanda muy alta de ellos y una
necesidad muy grande de inversión. Todo esto justifica una política de reasignación de factores de la producción en función de los
objetivos de la política económica de desarrollo.
Cuando se analiza el desarrollo económico de México, en los últimos años, resulta un tanto extraño que las distintas variables no
operen en forma lógica. Frente a un fuerte aumento de utilidades y de estímulos a las ganancias del sector privado, la inversión de éste
ha crecido en la forma más lenta de los últimos 25 años; 2 estas mismas facilidades generaron un fuerte saldo adverso de balanza de
pagos en cuenta corriente; el Estado hizo gastos de infraestructura económica y social que por la falta de respuesta de la inversión
privada produjeron sólo un incremento modesto del PIB. A pesar de una política monetaria contraccionista se experimentaron fuertes
alzas de precios que casi anularon los aumentos de los salarios monetarios.

1 Véase cuadro 2 del capítulo V, pág. 107.


2 Disminuyó su participación en la inversión bruta de 73% en 1970 a 57% en 1974.
El crecimiento pequeño del PIB no permitió un aumento sensible de la ocupación y los mayores precios acentúan la tendencia a la
concentración del ingreso, por lo que a pesar de fuertes aumentos en los salarios monetarios éstos desaparecen frente a las alzas de
precios, reduciéndose así el crecimiento del mercado interno y apareciendo de esa manera el círculo vicioso del subdesarrollo: no crece
el ingreso porque no se invierte y no se invierte, se dice, porque el ahorro es pequeño cuando el ingreso es bajo y, por lo tanto, como no
se invierte no aumenta el ingreso real, sentándose así las bases para lo que llamaríamos una teoría imperialista del desarrollo, donde el
ahorro nacional insuficiente sólo puede suplementarse con la inversión extranjera directa o indirecta. Que el sector privado sostenga
esta tesis es explicable, pero que economistas especializados en desarrollo, nativos y del extranjero la sostengan, va más allá de toda
lógica.
Parece ser que el objetivo político del sector privado y sus técnicos que siempre son partidarios de la estabilidad a toda costa, de la
"economía sana" a que conduce una política fiscal austera, es mantener la inversión del Estado, dentro de los límites que fijan los
ingresos ordinarios, en países donde la carga fiscal es baja y la evasión es alta, esto equivale a que el Estado participe cada vez menos
dentro de la inversión total.
Hay varias actitudes políticas de los gobiernos que intentan alcanzar el desarrollo con justicia social, que resultan inexplicablemente
molestas a los empresarios privados y a sus expertos económicos, quienes son los defensores más conspicuos de la tradición y del statu
quo, no porque su preparación sea mala,sino porque detrás de una persistente ignorancia histórica hay motivos políticos ocultos. Entre
las políticas estatales más molestas destacan las siguientes:
1) La intervención estatal en la economía;
2) La política de redistribución del ingreso;
3) Establecer el interés mayoritario sobre el de las minorías privilegiadas;
4) La educación popular; y
5) Una política exterior independiente.
Cuando cualquiera de estos factores se presenta, la reacción  de los capitanes de industria es una "pérdida de confianza" y ésta se
traduce en una disminución de la inversión privada; parece ser que los objetivos sociales que se quieren alcanzar con el desarrollo
resultan incompatibles con la tranquilidad psicológica de los capitalistas. En realidad es una reacción lógica, ya que una política
popular los conduce a una situación de inferioridad dentro de la lucha de clases y su instinto de clase les indica defender "principios
políticos" para no perder su hegemonía económica ni su posición de respeto y privilegio dentro de la sociedad.
A los empresarios privados les desagrada profundamente la intervención económica del Estado, de todo tipo, pero este desagrado
toma la forma de enfrentamiento político cuando el objeto de la inversión pública es promover la producción de bienes y servicios y no
se restringe a las inversiones tradicionales en los servicios sociales y la infraestructura económica que, a la larga, favorece la
prosperidad de sus inversiones, pues es una forma indirecta de subsidiar las utilidades.
Por ello, para los economistas ortodoxos y para los capitanes de industria el principio de la acción pública debe ser una política
financiera "sana", donde el Estado no gasta más de lo que recibe por ingresos impositivos y donde el gravamen de las utilidades sea el
mínimo para no disminuir el incentivo a invertir y, desde luego, "la confianza del empresario".
Está tan arraigada esta posición que el Estado, frecuentemente, es el principal defensor del carácter supletorio de la inversión pública
en una economía mixta y hace esfuerzos heroicos para tranquilizar a los capitalistas y convencerlos de que no quiere tomar su lugar,
pero la oposición de los capitalistas los lleva a presionar reduciendo la inversión privada, forzando así al Estado a realizar las
inversiones que de otro modo no habría hecho. En cuanto a los principios de la política financiera "sana", en forma por demás
explicable, reciben un gran apoyo de los técnicos de los organismos internacionales de crédito y de muchos expertos nativos. A veces,
este apoyo es una manera de oponerse a las formas irracionales del gasto público. Sin embargo, más que limitar el nivel para "causar el
menor daño posible", sería más conveniente orientar el gasto y no sólo disminuirlo, porque esta tesis restrictiva no toma en cuenta que
entre más éxito tenga, más rápidamente explotan las presiones de tipo político, cuando lo que predomina es el desempleo y la miseria.
Algunos gobiernos intentan lograr el predominio de los intereses populares sobre los de las minorías, por medio de una reforma
agraria y el apoyo a los obreros en sus luchas por alcanzar mayores niveles de salarios; el mismo papel tiene la educación popular que
representa, para la clase media y popular, una forma rápida de ascenso social y económico, tal vez la única aparentemente segura y
efectiva. Por ello, entre más lentamente crece una economía, la educación superior toma más importancia como el único camino abierto
a la capilaridad social y económica de las clases medias. Esto explica, también, la rebeldía de los medios estudiantiles, que es el
resultado de su situación inestable e insegura y refleja el temor de una clase social que por el estancamiento económico ve amenazada
su existencia misma y aumenta su progresiva incorporación a las filas de los asalariados.
En parte, la política de mayores ingresos populares es una respuesta, no siempre consciente, al problema que presenta una baja
demanda efectiva; las variaciones de la demanda efectiva, a corto plazo, determinan los movimientos del nivel del ingreso y de la
ocupación; en consecuencia, una política de salarios reales crecientes es la mejor garantía para las utilidades del sector privado; sin
embargo, las consideraciones del efecto de los salarios sobre cada caso particular hace que exista una resistencia general muy grande
de los empresarios a cualquier aumento de salarios.
Una forma muy sencilla de medir la eficacia de un economista o de un empresario es que sepa distinguir con claridad, las reglas que
gobiernan su interés y el de la colectividad, las de la economía individual y la economía en general, que entienda que muchas veces lo
que es bueno para el individuo no lo es para la colectividad; desgraciadamente aún predomina el criterio de que hay una identidad
entre el interés individual y el de la sociedad en su conjunto.


M. Kalecki: Political aspects.... op. cit., p. 92.
La asociación estrecha de los capitales nacionales con los extranjeros y el sentido de seguridad política que les da su presencia, los hace
enemigos de cualquier política exterior antiimperialista o de simple diversificación de los mercados de exportación e importación. Aún
perduran los efectos de la guerra fría donde la asociación con los países socialistas se veía como el inicio de una penetración política
que ponía en peligro el sistema de empresa privada, a pesar de que esta reticencia hace tiempo que se abandonó por parte de los
principales países capitalistas, en nuestro medio aún perdura como un resultado efectivo en la propaganda de los países ricos.
Estos factores plantean un serio problema al sector público. La supeditación a intereses privados le impide alcanzar el desarrollo y
buscarlo le causará su enemistad y falta de cooperación. El arma de los empresarios, nativos y extranjeros, es el problema "de la
confianza" y el manejo de la inversión privada como arma política.
Ante este reto del sector privado, al gobierno se le plantea la necesidad de un cambio radical de política económica; en vez de auxiliar
del desarrollo tiene que convertirse en su promotor, y de factor de equilibrio de la inversión total, en determinante de la misma. Esto
implica un nuevo tipo de empresario dentro de una democracia capitalista y abandonar la filosofía liberal que de hecho entrega el
poder al sector empresarial sin que éste corra los riesgos de ejercerlo y también implica abandonar el principio de la coincidencia entre
el interés público y el privado.
La posición decisiva del empresario tradicional, en la determinación del crecimiento económico, tiene cada vez menos adeptos, podría
afirmarse que ya ni ellos la creen, ya que la experiencia ha demostrado que en una economía con un sistema predominante de empresa
privada, es perfectamente posible para el sector público mantener el nivel deseable de demanda efectiva, ingresos y empleo, con las
limitaciones que establece la elasticidad de la oferta de materias primas, alimentos, bienes de capital y mano de obra, o sea la
disponibilidad de divisas.
Un mal ejemplo, pero valedero al fin y al cabo, de lo anterior, son los programas armamentistas de las economías desarrolladas, que les
permite mantener, dentro de lo posible, un nivel adecuado de demanda efectiva. Sería erróneo deducir de aquí, que la actitud de los
empresarios en los países pobres y en los desarrollados, es sustancialmente distinta, pues ésta es la misma en ambos casos, debido a
consideraciones y motivaciones que ellos en general manejan y que más adelante veremos con más detalle.
Los límites a la inversión son materiales y no financieros, por eso no hacemos mención del ahorro, como un obstáculo al desarrollo, ya
que el nivel del ahorro de la comunidad lo determina el volumen de inversión y no a la inversa, como en una forma muy esquemática
se presenta abajo.3 La teoría moderna del desarrollo nos permite afirmar que los trabajadores consumen lo que ganan y los capitalistas
ahorran y ganan lo que gastan.
Ya se dijo antes que en una situación de subdesarrollo como de desempleo, el nivel del producto y de la ocupación estará determinado
por tres factores principales: a) la dimensión del mercado, o sea el nivel de la demanda efectiva; b) la disponibilidad de bienes de
capital y materias primas escasas, y c) la elasticidad de la oferta de bienes-salario.
En el subdesarrollo los bajos niveles de producto no están determinados por escaseces absolutas de recursos naturales o de mano de
obra, sino por la demanda efectiva que es resultado de la estructura de la distribución del ingreso. Además, el desarrollo en las
condiciones modernas no va acompañado de una producción equivalente de maquinaria y herramientas, como ocurrió durante la
Revolución Industrial. Esto hace que en muchas ocasiones la tasa de crecimiento esté determinada por la balanza de pagos y no por la
oferta de materias primas y mano de obra, y como la absorción de esta última depende de la oferta de bienes de capital, el nivel de
empleo se convierte en una función de la balanza de pagos.
En la economía, hay cuatro formas de estimular el crecimiento de la demanda efectiva a fin de lograr los incrementos deseados del
producto para alcanzar mayores niveles de ocupación e ingreso; éstas son las siguientes:
1. Aumento en los gastos deficitarios del gobierno;
2. Estímulos a la inversión privada;
3. Redistribución del ingreso, y
4. Producción interna de bienes de capital, herramientas tecnología.
En todo programa de desarrollo, cuando el crecimiento se confía al sector privado, los factores 3 y 4 son los que no llegan a funcionar
en forma satisfactoria y son una combinación del 1, del 3 y el 4 bajo la dirección estatal y de acuerdo con políticas monetarias,
crediticias y de comercio exterior adecuadas, lo que permite elevar el nivel del producto para lograr un mayor nivel de ocupación. Es
decir, la política para el desarrollo, desde el punto de vista de la demanda efectiva, significa una política de gastos públicos acelerados
con redistribución de ingreso, por una mayor producción de bienes-salario y de producción de bienes de capital y productos
intermedios, y de una mayor elasticidad en la producción de bienes y servicios de consumo necesario, desde el punto de vista de la

3Si Yp es el total del ingreso privado, Cp, e Ip, los gastos privados en consumo e inversión; Ge gastos del gobierno y T ingresos públicos directos, Ex exportaciones de bienes y
servicios e Im importaciones de bienes y servicios, entonces tendremos que:

Yp = Cp + Ip + (Ge – T) + (Ex - Im)

Como (Ge - T) = Dg y (Ex - Im) = Sb, donde Dg déficit gubernamental y Sb saldo de la balanza en cuenta corriente, tendremos:

Yp = Cp + Ip + Dg + Sb Como también
Yp = Cp + Ap, entonces
Yp - Cp = Ap, y también Yp - Cp = Ip + Dg + Sb, por lo tanto,
Ip + Dg + Sb = Ap

Es decir, que el volumen de la inversión privada, más el déficit gubernamental, más el saldo de la balanza de pagos en cuenta corriente, crean una corriente equivalente de ahorros.

M. Kalecki: Teoría de la dinámica…, op. cit., p. 93.
oferta global. Ésta es una alternativa a un sector privado que no tiene el dinamismo que requiere el crecimiento para crear demanda
efectiva y producir bienes de inversión.
Esta afirmación puede corroborarse claramente si observamos que la inversión privada se estanca con facilidad ante problemas de tipo
social y político o bien económicos, causados por deficiencias de la demanda efectiva producidas, casi siempre, por el mantenimiento
de altas tasas de utilidades y de concentración del ingreso. Esto ha pasado en México en los últimos cinco años, siendo la inversión
pública la que ha mantenido el monto global de la misma. Evidentemente que el comportamiento de los empresarios privados requiere
una elaboración más sofisticada que la puramente económica, pero podríamos vislumbrar su explicación en el mecanismo del mercado
financiero especulativo y las más amplias posibilidades de ganancias que el mismo ofrece; éste es un elemento importante que se debe
tomar en cuenta al evaluar el comportamiento de una clase empresarial reacia, en particular, a inversiones reproducibles.
En esto consiste el cambio de política económica de que hablamos antes, es decir, la decisión consciente del Estado de llevar a cabo los
volúmenes de inversión requeridos por el aumento de productividad y de población 4 para lograr la tasa de crecimiento deseado. Para
ello, hay que partir del supuesto de que el aumento del PIB, para que sea dinámico, tiene que ser superior al crecimiento de la oferta de
trabajo, multiplicado por la tasa de crecimiento de la productividad; sólo de aquí en adelante se consigue reducir el nivel de
subempleo.
Los niveles de inversión y consumo de los capitalistas determinan los niveles de ingreso y gasto de los asalariados y juntos forman la
demanda efectiva total, el nivel de producción, la utilización del equipo productivo y, donde existe inelasticidad de la oferta, también
determinan el saldo de exportaciones y el nivel de precios. El volumen de la inversión privada está determinado, entre otros factores,
por el nivel de las utilidades que son una función de la inversión misma, o bien del grado de monopolio. Al agotarse la capacidad
productiva, o llegarse a escaseces de materias primas básicas y bienes de capital, los gastos de los capitalistas simplemente producen
aumentos de los precios de los bienes de consumo popular y aumentos en las importaciones de bienes de consumo, materias primas y
bienes intermedios.
Es muy frecuente cometer el error de querer alcanzar altas tasas de crecimiento fomentando el consumo sin incrementar los niveles de
inversión productiva. Este crecimiento es un espejismo económico que rápidamente lleva a presiones inflacionarias que reducen el
ingreso de los asalariados y la demanda efectiva, lo que impide todo intento de expansión económica posterior. Los gastos de
desarrollo social no pueden ser una función de las necesidades no satisfechas, sino de la elasticidad de la producción, sobre todo de
bienes-salario, del monto de la inversión reproducible y del grado de desarrollo alcanzado.
Los gastos deficitarios del gobierno, si son de suficiente magnitud, pueden incrementar la demanda efectiva y la capacidad productiva
interna, siempre y cuando se mantengan dentro de los límites impuestos por la situación de la balanza de pagos y la elasticidad de la
producción interna, especialmente de bienes y servicios de consumo popular; de lo contrario, causarían presiones inflacionarias y
fluctuaciones en el tipo de cambio.
Un ataque frecuente a los gastos públicos es que causan inflación; sin embargo, el carácter inflacionario o no de los gastos
gubernamentales estará determinado por el tipo de gasto y porque éste simplemente sustituya el excedente económico ocioso en
manos del sector privado y que no fue invertido por los capitalistas.
Si el Estado aumenta sus gastos, sin que exista una reducción de la inversión privada, manteniendo el crecimiento del consumo no
necesario y sin aumentar sus recaudaciones, mediante reformas al aparato impositivo o colocando valores públicos en el sector
privado, es evidente que la inflación acompañará a cualquier aumento de la inversión pública; esta inflación será mayor si el destino
del gasto público es la inversión social o proyectos productivos cuyo periodo de maduración es sumamente grande.
El aumento de los gastos públicos puede causar inflación sólo en el caso de que creen una demanda efectiva global que produzca
rigideces en la oferta de bienes de consumo necesario, de bienes de capital o de materias primas. De aquí la importancia de vigilar no
sólo el nivel de la inversión global, sino también su estructura; esto se consigue sólo sometiendo a toda la inversión a permiso del
Estado, que lo otorgará de acuerdo con los criterios económicos establecidos. De lo contrario, se produce un aumento de precios fuera
de toda proporción con el costo de las materias primas y de la mano de obra.
En los países subdesarrollados el peligro de la inflación está siempre presente, porque el equipo productivo es escaso y su estructura
no necesariamente coincide con la de la demanda efectiva que se crea al aumentar la ocupación, y porque generalmente tiene
problemas de balanza que le impiden sustituir con importaciones las rigideces de la oferta.
Dicho peligro se encuentra acentuado en los países deficitarios en la producción de alimentos, por la aparente incapacidad de la
agricultura para reaccionar con mayor producción frente a los aumentos de la demanda, que deben compensarse con importaciones
crecientes de alimentos, lo que acentúa las dificultades de balanza de pagos. Asimismo el carácter concentrado y fundamentalmente
oligopolista que toman los sectores industriales más dinámicos, hace que también produzcan presiones inflacionarias cuando se reduce
su nivel de actividad, porque los empresarios intentan evitar la caída del volumen de utilidades, aumentando la tasa de ganancias por
medio de la elevación de los precios de sus productos.
La forma de captación del excedente no invertido puede hacerse a través del encaje y de la flotación de valores del Estado. En realidad,
en un programa de expansión, el gobierno paga con valores los bienes y servicios que recibe del público y no con dinero, estos valores
se retienen por el vendedor o contratista para beneficiarse de su rendimiento monetario, o bien pasan a formar parte del respaldo
obligatorio de la banca comercial, por lo que la tasa de interés no tiene por qué alterarse, independientemente de cuál sea el volumen
de valores colocados por el gobierno, ya que no entra en un mercado libre de valores a competir por los ahorros del sector privado,
sino que se aprovecha el aparato financiero para captarlos en la medida en que se quiera y el valor que se desee pagar.

4 Si la productividad aumenta a la tasa de 3.5% anual y la oferta de mano de obra al 2.5%, un crecimiento de 6% es estable porque sólo da empleo a la nueva mano de obra, pero no
reduce el desempleo o el subempleo.
Esto tiene como límite que no haya la posibilidad de fugas masivas de capital al exterior buscando seguridad cambiaria o una tasa más
alta de interés. Esto último puede compensarse manteniendo un diferencial favorable a la tasa de interés doméstica. En cuanto a la fuga
de capitales, ésta generalmente no se da en una economía dinámica y con alta tasa de crecimiento, pero, de todos modos, puede
corregirse limitando los movimientos interbancarios de capital a un máximo dado por persona, dejando el resto sujeto a la aprobación
del banco central.
Esto es lo que ocurrió en los países que estuvieron en guerra y la financiaron a través de un déficit fiscal, sin que la tasa de interés
sufriera más fluctuación que la que el Estado estaba dispuesto a permitir y sin que ocurriera una fuga masiva de capitales. La
efectividad de la banca central dependerá de su capacidad para mantener el tipo de cambio y el costo del dinero dentro de los límites
que se fijen.
Con los ingresos adicionales el gobierno puede alcanzar dos objetivos: mantener la tasa de inversión total de la comunidad cuando
haya disminuido la privada, o bien aumentar la tasa total de inversión cuando el sector privado pierda dinamismo, o se quiera obtener
una tasa mayor de crecimiento del ingreso. Siempre y cuando no se rebasen los límites que fija la elasticidad de la oferta de bienes y
servicios de consumo popular y la situación de la balanza de pagos.
Un uso alternativo de estos fondos adicionales podría ser subsidiar el consumo de la comunidad, aumentando así la demanda efectiva.
Si se opera en una economía abierta, donde no existan excedentes de oferta y de exportaciones, la medida no resulta muy
recomendable, a menos de que se disminuya, en forma equivalente, el consumo de los capitalistas. Desgraciadamente, la estructura del
consumo de éstos no es igual a la de los trabajadores, por lo que, a la corta, la medida redistributiva resultaría inútil y se producirán
alzas de precios en los artículos de consumo popular. Debe tenerse presente que el camino del desarrollo es el de la producción
ampliada y no el de un aumento momentáneo del ingreso que pronto se autolimita por los aumentos de precios que resultan de no
tener excedentes, ni capacidad productiva no utilizada, ni divisas suficientes para compensar estas limitaciones con mayores
importaciones.
La demanda efectiva creada por el gobierno tiene el mismo comportamiento que cualquier otro tipo de demanda efectiva. Si hay mano
de obra disponible, planta y equipo no utilizado, o posibilidad de importarlo, y materias primas, el aumento de la demanda tiene como
contrapartida un aumento en la producción, ya que una parte importante de las inversiones gubernamentales está orientada a la
producción de bienes y servicios de consumo popular, especialmente alimentos; puede argüirse que, a la corta, sí habrá presiones sobre
los precios; sin embargo, si la brecha entre gasto y producción no es grande, los aumentos serán de poca cuantía y puede absorberse
una parte importante de ellos mediante el aparato fiscal.
Si el gobierno invierte para aumentar la tasa de inversión y crecimiento, pero se detiene antes de rebasar los límites impuestos por su
capacidad para importar o por la capacidad productiva interna, no tiene por qué surgir presiones inflacionarias de gran envergadura y
larga duración.
Cuando la deficiencia de la inversión privada tiene un carácter sectorial, por ejemplo en la industria de bienes de capital, la inversión
pública puede realizarse a través de empresas productivas con la participación del sector privado o sin él. Es especialmente importante
la creación de empresas estatales para la sustitución masiva de bienes de capital importados, de bienes intermedios y de algunas
materias primas. En esta forma se logra que el crecimiento del ingreso no sea una función de la situación de la balanza de pagos. Ésta
es la única forma efectiva de ir reduciendo la dependencia externa del desarrollo, pero, sobre todo, que el crecimiento no vaya
acompañado de una participación mayor del capital extranjero en la economía. Ésta es una ventaja adicional que ofrecen las empresas
del Estado. (Véase el capítulo VIII.)
Hasta el presente la política de sustitución de importaciones ha sido global, con énfasis especialmente en los bienes de consumo de
lujo; en la actualidad es necesario llevarla hacia una sustitución creciente de importaciones de bienes de inversión que marche paralela
al aumento de la inversión; de lo contrario, la balanza de pagos impondrá un freno al crecimiento.
Esto se ve facilitado por el cambio que se ha dado en la división internacional del trabajo, en la cual a los países atrasados ya no les toca
adoptar únicamente el papel de "especialistas" en la producción primaria, sino que se les facilitan sus intentos de colocar ciertos
productos industriales en el mercado mundial, convirtiéndose así en importadores de equipos obsoletos y de maquinaria que no
encuentra mercados en los países desarrollados. Junto a esto las naciones más adelantadas se reservan el monopolio de la tecnología, lo
que les permite llevarse la parte del león en el balance del comercio internacional.
La mayoría de los economistas están de acuerdo en que la tasa de crecimiento de la economía se puede asegurar por un crecimiento de
la inversión privada o bien de la inversión pública, pero hay bastantes técnicos que se oponen a esta última política, especialmente
aquellos que están íntimamente relacionados con la industria y las finanzas. Esta oposición se presenta con un ropaje económico,
independientemente de que sea muy pobre y sus argumentaciones más que resultado de la observación y la experiencia corresponden
al campo de la metafísica económica; lo que los economistas defensores de la empresa privada ofrecen es en realidad una respuesta
política a un problema técnico.
Las razones para esa oposición son claramente de tipo político, porque el crecimiento económico beneficia tanto a los trabajadores
como a los capitalistas, ya que al aumentar la tasa de crecimiento también aumentan sus ganancias y como no se supone una política
fiscal que absorba el excedente de utilidades que se crea con el desarrollo económico, es aún más obvia la posición política de quienes
se oponen al Estado como inversionista.
En épocas de atonía los empresarios se quejan de que no hay suficiente demanda efectiva y desean, a toda costa, un auge económico.
¿Por qué entonces se oponen al auge creado por el gobierno?, especialmente cuando este auge no tiene como objetivo el
desplazamiento del empresario privado. La razón para la oposición de los capitanes de industria a la intervención del Estado para
lograr los niveles de desarrollo deseados, se debe, entre otras, a las siguientes causas:
1) Si el Estado puede crear empleos, pierde importancia el papel político del empresario en la comunidad.
2) Las inversiones del Estado siempre cuidan aspectos sociales que no necesariamente están implícitos en las inversiones privadas.
3) Eventualmente, si el Estado puede lograr con su gasto la tasa de desarrollo deseada, el empresario, como factor de poder político y
como instrumento de desarrollo económico, pasa a segundo plano, y por su inacción ocurre la eutanasia del hombre de negocios
dentro de la sociedad en desarrollo.
El mejor instrumento para reducir la acción del Estado es pedirle que practique una política económica "sana", cuyo objetivo real es
mantener el gasto público dentro de los límites de los ingresos corrientes y considerar que todo déficit presupuestal es algo que hace
peligrar el estado de confianza del empresario. En una economía liberal, el crecimiento depende del morito de la inversión y en ésta
debe participar fundamentalmente el sector privado; de aquí la importancia del grado de confianza del inversionista. Si éste se
deteriora declina la inversión y si aumenta se eleva el gasto del sector privado. En consecuencia, el sector privado ejerce un control
indirecto, pero muy efectivo, sobre las acciones del Estado, al exigirle que evite todo aquello que afecte su confianza, porque de lo
contrario, disminuye la inversión, el producto y el empleo.
Una vez que el gobierno aprende a crear ocupación e ingreso con su propio gasto el grado de confianza como elemento de control
pierde su efectividad; de ahí las razones políticas detrás de la política financiera "sana".
Desde luego que la agresividad del empresario aumenta conforme se rompe, por un lado, con los principios de una política austera de
gasto público y, por el otro, se inicia o intenta un proceso de redistribución del ingreso a través de mayores salarios;
independientemente de que a la larga los beneficie la demanda efectiva adicional que se crea, su instinto de clase les enseña que una y
otra política sientan las bases de un Estado que cada vez será más independiente y de un capitalismo cada vez menos ortodoxo.
Los campos del gasto público también son violentamente combatidos por los empresarios y sus asesores económicos. Cuando se crean
empresas, porque "compiten" en el campo "propio" del sector privado, aunque nunca aclaran quién les dio el título de propiedad. Si se
amplía el gasto para subsidiar el consumo y la producción, la oposición es más violenta porque se rompe el principio básico de la
empresa privada de que los precios los establece el mercado, a pesar de que la oferta y la demanda, como determinantes del precio,
sólo operan en una economía socialista.
Desde luego no hay ninguna oposición a crear desarrollo por medio de estímulos a la inversión privada, pero éstos siempre terminan
por elevar las ganancias a costa de los salarios y la disminución de la demanda efectiva contrae la fuerza expansiva de la economía, a
pesar de los alicientes a la inversión privada.
Los incentivos financieros a la inversión privada son de dos tipos: 1) reducción de cargas fiscales, y 2) disminución de la tasa de interés.
En uno y otro caso equivalen a un subsidio a las utilidades, que tiene que salir de los ingresos de otros sectores de la comunidad; por lo
tanto, los incentivos reducen la demanda efectiva y los niveles de vida y, a la larga, se autodestruyen, porque para que sean efectivos
tienen que ser cada vez más grandes y frecuentes.
El subdesarrollo y el subempleo tienen un efecto deprimente de la fuerza obrera dentro de la lucha de clases, porque siempre existe un
ejército de reserva de trabajadores dispuestos a trabajar a las tasas prevalecientes de salarios, o aún menores, y con una gran disciplina
obrera que garantiza la estabilidad política; cuando el gobierno gasta y hace una política social, los trabajadores olvidan "el lugar que
les corresponde en la sociedad" y se convierten en fuerzas efectivas de poder y de presión; si a esto se añade la educación popular y
una política de no alineación con los países imperialistas, los empresarios sienten que peligra su lugar de privilegio dentro de la lucha
de clases. Desde el punto de vista político del sector privado resulta más deseable y seguro cierto desempleo y dependencia y no tanto
desarrollo e independencia.
Sin embargo, no es concebible una situación permanente de subdesarrollo y desempleo, por las siguientes razones:
1) El efecto de las comunicaciones, que permiten a toda la población conocer las formas de vida de los grupos de alto ingreso;
2) La educación y urbanización crecientes en los sectores populares;
3) La fortaleza creciente de las clases trabajadoras que exigen cambios radicales en la política económica.
Si la democracia capitalista quiere subsistir debe ser capaz de impulsar con rapidez el desarrollo económico, tomando en cuenta que el
deseo de mejores niveles de vida ha tomado un sentido de urgencia, porque los pueblos no toleran, por mucho tiempo, la miseria
comparada a que conduce la desigual distribución del ingreso. Si en esta tarea fracasa la democracia capitalista, habrá demostrado que
es un sistema que no justifica su defensa.
[…]
Fe de erratas

 En la página 163, el párrafo de la versión original dice: “La razón para la oposición de las capitanes de industria a la intervención
del Estado para lograr los niveles de desarrollo deseados, se debe, entre otras, a las siguientes causas:”. Debe decir: “La razón para
la oposición de los capitanes de industria a la intervención del Estado para lograr los niveles de desarrollo deseados, se debe, entre
otras, a las siguientes causas:”.
5.E PAMPILLÓN, Rafael Olmedo
Análisis económico por países. Teoría y
casos de política económica
Primera Edición. Editorial Mc. Graw-Hill.
España 1993
Páginas 85 – 102

Subtema

[…]
Riesgo País: Chile
7.1. INTRODUCCION
Antonio Castelló, analista Riesgo País, se encontraba con su compañero de trabajo, Paul Stylist, como cada lunes, en el departamento
de Internacional del Banco Plata de Madrid. Entre otras cosas relativas al fin de semana, estaban comentando el viaje que la semana
anterior había realizado a Chile Ignacio Gallego, jefe del departamento, y Fernando Goya, responsable del Area Americana. Al parecer
la impresión sacada del país fue tremendamente favorable y era previsible un incremento de las relaciones hipano-chilenas.
Antonio Castelló sabía que el riesgo del banco con Chile era bajo, y se había mantenido así casi por inercia, de forma que cuando
Ignacio Gallego le llamó a su despacho, Antonio tenía una idea clara de lo que su jefe le iba a pedir.
Después de comentar el viaje con su jefe y de confirmarse sus sospechas en cuanto a la realización de un nuevo trabajo sobre Chile,
Antonio se dirigió al Centro de Documentación del Banco Plata con objeto de proveerse de los datos actualizados para realizar el
análisis de Riesgo País. El sabía que el Centro de Documentación del Banco Plata era el mejor del país, y sabía que estaba siendo
utilizado por analistas de otros bancos. La información que podía encontrar era muy extensa, y su principal problema era seleccionarla.
Después de una mañana en el Centro de Documentación, Antonio logró seleccionar una pila de papeles de aproximadamente una
cuarta de altura, que comprendía el «Country Report» y el «Country Risk Service» del Economist Intelligence Unit, previsiones
económicas del Institute of International Finance, estudios del FMI sobre Chile, algunos números de información comercial española y
numerosos recortes de periódicos recientes que versaban sobre el país.
De vuelta a su oficina repartió a Ignacio Gallego y a Fernando Goya unos cuestionarios que denominaba «información de campo», y
que pretendían ratificar las impresiones que se pudieran derivar de la información recolectada en el Centro de Documentación. Los
cuestionarios fueron rellenados con rapidez, y a las 2,25 PM Antonio los tenía sobre su mesa. Aunque había quedado a comer a las
2,30 PM con su novia, no pudo resistir la tentación de ver qué era lo que decían.
Una profunda desilusión se apoderó de Antonio al comprobar que los dos cuestionarios no decían lo mismo, ya que estaba seguro de
la calidad de los mismos. Vino entonces a su cabeza lo que tantas veces había oído de «cada persona es un mundo», con lo que decidió
tener cuidado con los cuestionarios.
Cuando se percató de que eran ya las 3 PM, y dado que su novia era alemana, cayó en la cuenta de que no sólo tenía que tener cuidado
con los cuestionarios. Decidió llevárselos para mostrar la causa del retraso y de paso obtener una visión más sobre los mismos.
Después de soportar un discurso sobre las virtudes de la puntualidad germana y de haberle quedado claro que a su novia le importaba
poco cuánto dinero podía invertir en Chile el Banco Plata, Antonio se dispuso a internarse en el análisis del país con el objeto de saber
lo que realmente pasaba en éste. Para ello empezó partiendo de los datos que había recolectado (Anexo 7.1).
7.2. ANALISIS DEL PAIS
7.2.1. Contexto
Físico
Chile tiene una extensión de 756.946 km2. Su población en 1990 era de 13,18 millones de habitantes. Las ciudades más importantes y
sus poblaciones a esa misma fecha eran:

Santiago 5.066.000 Maule 830.000

Bio-Bio 1.676.000 La 778.000


Araucania

Valparaíso 1.378.000 O'Higgins 647.000

Los Lagos 931.000

La población está desigualmente distribuida. En 1990 cerca del 82 por 100 de la población se encontraba concentrada en zonas urbanas.


Caso realizado por Juan Luís Román Díaz, Analista Riesgo País, Banco Exterior de España. MBA, Instituto de Empresa.
 Nota (s) del compilador del paquete de aprendizaje: El autor para referirse a una cantidad porcentual -en la versión original-, la indica por ejemplo: un 2 por 100. Dicho enunciado
en cantidad no existe, por lo que se suprimirá la palabra “un”, cuando el texto refiera a una cantidad porcentual, quedando por ejemplo: 2 por 100.
No se dan problemas raciales, existiendo tres tipos de razas: mestizos (80 por 100), descendientes de europeos (19 por 100) e indios (1
por 100).
Por su situación, Chile se ve sometido a continuos movimientos sísmicos y cada cinco o diez años se da uno de gran intensidad.
Chile es especialmente rico en recursos minerales, localizados principalmente en el norte del país, aunque también se encuentran en el
centro y sur (Teniente y Andina), y petróleo en el sur (Magallanes).
Las condiciones ecológicas y climatológicas en el sur del país son excelentes para la cría de ciertas especies marinas, así como para la
práctica de la agricultura y ganadería.
Las reservas forestales de Chile están entre las más importantes de Sudamérica.
La riqueza minera de Chile se concreta en sus yacimientos de cobre y carbón, principalmente; aunque también se puede encontrar
petróleo y gas, pero su explotación no llega ni para abastecerse.
Situación política social
Desde que se independizó de España en septiembre de 1810, Chile ha tenido una extensa tradición de gobiernos democráticos que
permitió que en 1970 un presidente marxista como Salvador Allende llegara a presidente de la nación.
El presidente Allende intentó instaurar cambios políticos profundos, pero divisiones internas en su propio partido así como la falta de
compromiso con la democracia cristiana, llevó al gobierno y a la oposición a organizar manifestaciones para favorecer sus respectivas
tesis, formándose milicias tanto de izquierdas como de derechas, como preparación para la guerra civil. La oposición llamó a las
fuerzas armadas para que tomara el poder y el 11 de septiembre de 1973 se produjo el golpe de Estado.
El golpe del general Pinochet encontró muy poca oposición y emprendió una campaña para eliminar los movimientos marxistas y sus
milicias. Los derechos humanos fueron violados, se produjeron asesinatos y arrestos; el Congreso fue disuelto y los partidarios de la
izquierda ilegalizados.
A partir de 1976 la política de represión se fue haciendo menos dura conforme el régimen fue ganando confianza. Por otra parte, los
éxitos económicos del régimen reducían las protestas.
Sin embargo, esta situación cambió con la recesión económica que se produjo en 1982 y 1983. Incluso partidos de derecha empezaron a
pedir el tránsito hacia una situación democrática. Durante 1983 y 1984 el general Pinochet empezó a dar ciertas libertades civiles.
En 1988 tuvo lugar un plebiscito para prorrogar el mandato de Pinochet por otros seis años; sin embargo, el resultado del mismo fue
del 54,7 por 100 a favor del no. Esto hizo que los partidos políticos plantearan reformas en la Constitución, que fueron refrendadas en
julio de 1989.
En diciembre de 1989 se produjeron elecciones y las ganó el cristiano demócrata Patricio Aylwin. Este encabezaba una coalición de
trece partidos, que iban desde conservadores moderados hasta socialistas. Los más perjudicados en las elecciones fueron los partidos
extremistas, tanto de izquierdas como de derechas.
Patricio Aylwin inauguró su presidencia en marzo de 1990, con mayoría de 60 por 100 en la Cámara de Diputados, pero con minoría
del 48 por 100 en el Senado, el general Pinochet seguía siendo el jefe de las Fuerzas Armadas y permanecían intactas muchas
estructuras del antiguo régimen. A pesar de estos inconvenientes, no era previsible que fuese un obstáculo para llevar a cabo su
programa dado que el mismo era muy moderado.
El gobierno y la oposición estaban cooperando para alcanzar la reconciliación nacional y la consolidación de la democracia, lo que
permitía una transición suave desde la dictadura hacia la democracia.
Las próximas elecciones tendrán lugar en 1993. Se votan la composición de la mitad del Senado y la totalidad de la Cámara de
Diputados. Encuestas de finales de 1991 no reflejaban cambios sustanciales a la configuración de la cámara.
En los últimos meses el malestar sindical iba en aumento, lo que podía llegar a alterar la paz social que imperaba hasta entonces, y más
si se tiene en cuenta que no se descartaban huelgas en las minas de cobre, que suponían 40 por 100 de las fuentes de divisas.
Internacional
Chile fue aislada internacionalmente después del golpe de 1973, pero esta situación había cambiado con el gobierno de Aylwin.
Chile mantenía disputas territoriales con Perú, Bolivia y Argentina. La disputa territorial con Argentina se resolvió en 1984 con la
mediación del Vaticano. Las disputas con Perú y Bolivia ocasionaron en más de una ocasión fricciones sin importancia con estos países.
Las relaciones con España se incrementaron a partir de 1989, fundamentalmente por las exportaciones hacia España. Las importaciones
de España disminuyeron ligeramente en 1991 permaneciendo en torno a los 100 millones de dólares.
7.2.2. Política económica
La nacionalización de las minas de cobre y la extracción de petróleo fue un hito importante en el desarrollo de los recursos naturales de
Chile.
Durante 1991 se inició un tímido programa de privatización en el holding estatal destinado a la explotación de cobre. Un número
reducido de privatizaciones estaban programadas para 1992, que incluirían tanto el holding estatal de cobre como la compañía estatal
de petróleos.
El crecimiento económico alcanzó durante 1991 el 5,5 por 100, y probablemente se aceleraría durante 1992 y 1993. El índice de precios
al consumo alcanzó el 18,7 por 100 al final de 101, y era probable que alcanzase 16 por 100 en 1992.
Durante 1991 el gasto público se mantuvo bajo control con un déficit público de 2 por 100 sobre el PIB. Sin embargo, el sector público
consolidado arrojó un superávit del 1 por 100 sobre el PIB. En el presupuesto para 1991 los mayores incrementos se dieron en gastos de
educación, salud y construcción, con recortes de gastos en otras áreas, incluida defensa.
Los agregados monetarios crecieron rápidamente durante 1991 debido a la incapacidad del gobierno de controlar la entrada de
capitales, lo que podía dar al traste con los objetivos del gobierno sobre inflación.
Durante 1992 el gobierno tenía como su principal objetivo de política económica el control de la inflación. En este sentido, un control
sobre el crecimiento monetario, así como el guardar a la economía de un recalentamiento, eran necesarios para alcanzar su objetivo.
Respecto a las políticas externas, Chile intentaba mantener un sistema abierto, basado en una tarifa uniforme para importaciones del 15
por 100, a la vez que levantaba otras barreras sobre importaciones. Además, en vista de su cómoda posición en la balanza de pagos, era
previsible que se eliminasen los controles sobre entrada de capital que aún permanecían.
7.2.3. Análisis económico
La economía chilena se apoyaba sobre tres pilares fundamentales:
Manufacturas
Chile tiene un sector manufacturero muy diversificado, el cual contribuía con 20,6 por 100 al PIB en 1990. La industria agroalimentaria
suponía 25 por 100 del valor de las manufacturas totales, la química suponía 14 por 100, la industria del metal 21 por 100 y la industria
del papel el 8,5 por 100.
Agricultura y pesca
Agricultura. La contribución de la agricultura al PIB fue de 8 por 100 en 1990. La producción agrícola pasó de un incremento respecto al
año anterior del 8 por 100 en 1986 a un incremento del 2,5 por 100 en 1990. Esto fue debido a que conforme Chile se hacía
autosuficiente en este tipo de productos, los precios mínimos fijados por el gobierno bajaron. A ello hubo que añadir la sequía de 1990,
que afectó severamente a las cosechas tradicionales.
Pesca. La pesca contribuyó con 1 por 100 al PIB. En 1990 la industria pesquera resultó gravemente afectada como consecuencia de un
cambio en las corrientes marinas, que alteraron las vías migratorias de los peces, reduciéndose así las capturas en 10 por 100 con
respecto al año anterior.
Minería
La minería supuso en 1990 7,5 por 100 del PIB y 40 por 100 de las exportaciones chilenas. Chile aporta 17 por 100 a la producción
mundial de cobre.
El PIB creció 5,5 por 100 en 1991 comparado con el 2,5 por 100 del año anterior. Esta recuperación se basó fundamentalmente en un
crecimiento de las exportaciones y en una modesta recuperación de la demanda interna.
La inflación cayó en 1991 al 19 por 100 desde el 26 por 100 de 1990 como consecuencia de la caída de los precios internacionales del
petróleo y también por la reducción de las importaciones.
El empleo total se incrementó en 6 por 100 anual durante el período 1986-1989 causando una caída en el desempleo de 11 por 100 en
1986 a 8 por 100 en 1989. En 1990 el desempleo se mantuvo al mismo nivel que el año anterior.
Los salarios reales se incrementaron en 1,8 por 100 en 1990, siguiendo a un incremento del 1,9 por 100 en 1989 y del 6,6 por 100 en 1988.
El total de ingresos del gobierno pasó de 31 por 100 sobre el PIB en 1986 a 26 por 100 en 1990. Los gastos públicos se redujeron desde 31
por 100 sobre el PIB en 1986 hasta 24 por 100 sobre el mismo en 1990. Los factores que más contribuyeron a esta reducción fueron las
transferencias y los subsidios al sector privado.
El gobierno del presidente Aylwin aprobó para 1991 un presupuesto expansionista con un incremento real del gasto de 10 por 100. El
presupuesto asumía un crecimiento del PIB del 4,5 por 100 anual y una inflación del 18 por 100. Los esfuerzos presupuestarios se
orientaban hacia la construcción de viviendas, seguidos de salud y educación.
Los tipos de interés reales a corto plazo se incrementaron desde 7,48 por 100 en 1988 a 11,91 por 100 en 1989; sin embargo, la demanda
y la inflación continuaron aumentando, y en 1990 los tipos de interés reales llegaron a alcanzar el 16,92 por 100. El gobierno devaluaba
los tipos de cambio para mantener las exportaciones competitivas. El tipo de cambio frente al dólar fue fijado en 39 pesos desde
mediados de 1979 hasta mediados de 1982. El gobierno creía que el diferencial de inflación respecto a Estados Unidos pronto
desaparecería debido a la política monetaria de ajuste. Sin embargo, estas expectativas nunca se hicieron realidad y el proceso anterior
desembocó en una sobrevaloración del peso en junio de 1982. Desde entonces el peso ha sido ajustado diariamente contra el dólar,
aunque también se produjeron devaluaciones en junio de 1985 y en enero de 1988. El cambio oficial es ajustado si tomamos en cuenta la
inflación de los principales socios comerciales de Chile.
Previsiones
Para 1992 la previsión oficial del crecimiento era del 5 por 100 del PIB. Parecía una previsión razonable en cuanto que era previsible un
incremento del consumo (fundamentalmente público) y un incremento de las inversiones como consecuencia de la realización de
grandes proyectos de inversión en infraestructura y en la minería. Era previsible que las exportaciones siguiesen evolucionando
positivamente, aunque se preveía un incremento importante de las importaciones de bienes de equipo.
Las expectativas del gobierno respecto a la inflación se situaban en torno al 15 por 100, cifra que parecía algo baja y que muy bien podía
rondar el 18 por 100 ya que dados los objetivos prioritarios de crecimiento económico y de gasto público en proyectos de tipo social iba
a aplicarse en una política inflacionista.
7.2.4. Análisis de la balanza de pagos
La balanza comercial se ha mantenido en superávit durante los últimos cinco años, pasando de 1.100 millones de dólares en 1986 a
1.472 millones en 1991.
La balanza de servicios pasó de un déficit de 2.317 millones de dólares en 1986 a un déficit de 2.106 millones en 1991, consecuencia
fundamentalmente de la reducción del servicio de la deuda.
La balanza de transferencia se ha mantenido positiva, pasando de 89 millones de dólares en 1986 a 200 millones en 1991, como
consecuencia del incremento de transferencias públicas.
La balanza por cuenta corriente ha pasado de un déficit de 1.137 millones de dólares en 1986 a un déficit de 303 millones de dólares en
1991.
Los principales mercados exportadores en 1990 fueron: Estados Unidos (con 17 por 100), Japón (16 por 100) y Alemania (11 por 100); y
sus mercados importadores en el mismo año correspondieron a: Estados Unidos (19 por 100), Japón (8 por 100), Brasil (8 por 100) y
Alemania (7 por 100).
En 1990 sus principales exportaciones fueron el cobre (45,7 por 100) y fruta (8,5 por 100), mientras que las importaciones fueron bienes
de capital (33,1 por 100) y productos energéticos (16,1 por 100).
Previsiones
El déficit por cuenta corriente era previsible que se incrementase de 503 millones de dólares en 1991 a 1.470 millones de dólares en
1992. Esto es consecuencia de un incremento importante de las importaciones de bienes de equipo (de 7.419 millones de dólares en
1991 a 9.000 millones de dólares en 1992).
7.2.5. Análisis de la deuda
Chile redujo su deuda externa desde 18.600 millones de dólares en 1990 a 17.200 millones de dólares en 1991, lo que supone 57 por 100
del PIB y 147,6 por 100 sobre sus exportaciones, pero eran sus niveles más bajos en los últimos años.
Su servicio de la deuda está en 2.098 millones de dólares en 1991, lo que supone 7 por 100 de su PIB y 18 por 100 de las exportaciones.
Además, los tipos de interés aplicados a su deuda, así como el período de maduración de la misma han disminuido considerablemente.
La utilización del crédito del FMI ha bajado desde 1.452 millones de dólares en 1987 a 961 millones de dólares en 1991.
Las estimaciones sobre la deuda eran que ésta mantuviese su nivel, ya que a ese nivel la deuda dejaba de ser un problema significativo.
El porcentaje de deuda con respecto al PIB se situaría en 1992 por debajo del 50 por 100.
Por lo que se refiere al servicio de la deuda es probable que disminuya significativamente su coste en 1992 y 1993 como consecuencia
de la caída de los tipos de interés del dólar.
El gobierno había adoptado una política conservadora con respecto a la deuda, y seguía fielmente las indicaciones del FMI. La gestión
de la deuda se podía calificar como buena.
Antonio, después de haber adquirido una idea bastante buena de la economía chilena en función de todo el material bibliográfico que
había manejado, se fue a los cuestionarios que había entregado a Ignacio Gallego y a Fernando Goya para ver si la impresión general
era la misma que le decía su análisis del país. Posteriormente se puso en contacto con diferentes personas con las que tenía contacto en
el país y les realizó grosso modo el mismo cuestionario sobre la situación económica del país.
Antonio estaba convencido de que ya sabía cuanto había que saber para evaluar el riesgo chileno y quedó en reunirse con Fernando
Goya para valorar las diferentes variables que, a su juicio, podían afectar a la capacidad de pago de Chile.
Después de múltiples discusiones con Fernando, llegaron a la determinación de un índice de riesgo global (Anexo 7.2) que le ayudaría
a la determinación de la cantidad que Banco Plata invertirá en Chile.
Antonio sabía que Banco Plata tenía un riesgo con Chile de 28.441 millones de pesetas, lo que suponía 3,87 por 100 del total de la
inversión de los bancos comerciales internacionales en el país y 5 por 100 del total del riesgo internacional de Banco Plata. Por otra
parte, el riesgo total de los bancos comerciales se preveía en 7.480 millones de dólares.
La política de Banco Plata era la de no invertir más allá de los siguientes límites:
1. 15 por 100 sobre los recursos propios del banco.
2. 10 por 100 sobre el total del riesgo internacional del banco.
3. 15 por 100 sobre el total de la inversión de los bancos comerciales internacionales en el país.
El banco tampoco era partidario de ocupar una cuota de mercado potencial mayor a 3 por 100 si entendemos como cuota de mercado
potencial el PNB y mayor de 10 por 100 si entendemos por mercado potencial las importaciones.
Antonio sabía que para proponer un límite de inversión para el país debía tener en cuenta la política del banco y que debía actuar con
celeridad, ya que su jefe le miraba continuamente cada vez que pasaba por delante de sí.
Anexo 7.1.
INDICADORES ECONÓMICOS
País: CHILE
Abril de 1992

1985 1986 1987 1988 1989 1990 1991 E 1992 F

PNB

PNB nominal (billones de 14,1 14,9 17,3 20,2 23,5 26,0 30,2 34,4
dólares)

PNB real (billones de pesos) 326,9 346,7 372,9 399,9 443,0 453,1 485,4 522,3
% de cambio PNB real 7,24%
6,06% 7,56% 10,78% 2,28% 7,13% 7,60%

PIB real (billones de pesos) 356,4 376,6 398,2 427,5 470,2 480,3 506,7 539,7
% de cambio PIB real
5,67% 5,74% 7,36% 9,99% 2,15% 5,50% 6,51%

PNB nominal (billones de pesos) 2.271 2.882 3.787 4.941 6.264 7.937 10.563 14.007
Rentas generadas en el exterior - 306 - 364 - 373 - 470 - 482 - 541 54 856

PIB nominal (billones de pesos) 2.577 3.246 4.160 5.411 6.746 8.478 10.509 13.151
Consumo - 1,4 2,8 2,7 14,3 9,3 2,3 9,0
11,0
Público - 1,1 4,9 4,8 9,6 8,4 0,7 5,0
Privado - 0,3 - 2,1 - 2,1 4,7 0,9 1,6 4,0
7,0
Inversión 11,8 8,0 17,6 10,5 23,1 5,1 15,6
Capital fijo 14,8 7,1 16,2 10,7 20,8 6,9 19,0 4,0

Variación de existencias (% - 3,0 0,9 1,4 - 0,2 2,3 - 1,8 - 3,4


de cambio) 16,0
6,9 9,8 8,8 6,1 15,7 7,6 11,8
Sector Exterior (%
-11,0 9,7 17,0 12,1 25,3 0,6 8,0 15,0
cambio/PIB)
4,3 0,7 -1,1 -1,1 - 1,7 2,1 1,5
Exportaciones (% cambio)
15,6 16,5 18,6 18,7 22,0 21,6 1,0
Importaciones (% cambio)
5,6 8,7 14,0 17,8 18,6 18,7
Inversión (% sobre PNB) 7,6
Ahorro (% sobre PNB)
18,9
-
2,8

PIB real por origen:


Agricultura 9,6 9,8 9,6 9,4 9,2 9,2 9,2
Industria 37,5 37,4 37,0 37,0 36,6 36,6 36,5
Servicios 53,0 52,8 53,4 53,6 54,2 54,2 54,6

INFLACIÓN

IPC 30,7 19,5 19,9 14,7 16,9 26 18,7


18,3
IPI
Deflactor del PNB 32,8 19,2 21,2 21,2 13,4 23 17,5

17,5
EMPLEO

Población 12,2 12,33 12,54 12,75 12,96 13,17


% de crecimiento de población 1,07 1,70 1,67 1,65 1,62
% de paro sobre población activa 12 10,8 9,3 8,3 8,3 8 8,5

PRODUCCIÓN INDUSTRIAL

% de cambio del IPI 0,1 8,3 6,4 7,1 13,1 0,2 7 6


% de cambio del APA

SECTOR PUBLICO

Ingresos totales 701,3 916,0 1.230,3 1.704,6 2.146,3 2.259,0 2.713,3


% de cambio 30,61 34,31 38,55 25,91 5,25
% de ingresos sobre PIB
Gastos totales 880,1 1.021,6 1.237,4 1.810,4 1.984,1 2.174,1 2.712,4
% de cambio 16.08 21,12 46,31 9,59 9,58
% de gastos sobre PIB
Déficit de caja -178,8 - 105,6 - 7,1 - 105,8 - 162,2 - 84,9 0,9

SISTEMA FINANCIERO

Dinero + Cuasi - Dinero (M2) 1.060,9 1.329,1 1.793,1 2.280,1 2.990,5 3.695,7 4.932,8
Dinero (M1) 148,4 214,9 229,2 385,5 441,6 517,6 672,9
% de variación de M2 25,28 34,96 27,12 31,16 23,58
Tasa de depósitos 32 19 25,2 15,1 27,7 40,3
Tasa de préstamos 40,8 26,3 32,8 21,2 35,9 38,8

Fuentes: Institute of International Finance, Fondo Monetario Internacional.

BALANZA DE PAGOS
País: CHILE
Abril de 1992

1985 1986 1987 1988 1989 1990 1991 E 1992 F

Balanza comercial 850 1.00 1.230 2.219 1.578 1.273 1.483 500
Exportaciones 3.804 4.199 5.224 7.052 8.080 8.310 8.902 9.500
Importaciones 2.954 3.099 3.994 4.833 6.502 7.037 7.419 9.000
Balanza de servicios - 2.239 - 2.321 - 2.164 - 2.563 - 2.560 - 2.297 - 2.186 - 2.170
Ingresos 865 1.150 1.268 1.399 1.774 2.230 2.263 2.257
Servicios 664 922 1.085 1.214 1.537 1.877 1.888 1.966
Rentas de inversión 201 228 183 185 237 354 375 291
Otros ingresos 0 0 0 0 0 0 0 0
Pagos 3.104 3.471 3.432 3.962 4.334 4.527 4.449 4.427
Servicios 967 1.318 1.506 1.808 2.171 2.327 2.531 2.884
Rentas de inversión 1.943 1.940 1.664 1.798 1.780 1.829 1.490 1.114
Otros pagos 194 213 262 356 383 371 428 429
Balanza de transferencias 61 84 126 177 215 199 200 200
Privadas 47 40 65 63 58 54 50 50
Públicas 14 44 61 114 157 145 150 150

Balanza por cuenta corriente - 1.328 - 1.137 -808 - 167 - 767 -825 - 503 - 1.470

Balanza de capitales a 1/p 1.202 848 162 455 801 1.819 235 1.557
Cartera 112 319 924 1.011 1.583 1.015 1.122 500
Inst. financieras internac. 651 540 394 329 303 243 123 94
Créditos oficiales bilaterales 60 - 130 54 593 266 740 433 570
Bancos comerciales 470 114 - 1.076 - 1.337 - 1.846 - 802 - 1.544 200
Otros créditos privados - 91 5 - 134 - 141 495 693 101 193

Balanza de capital a c/p 449 377 524 325 371 289 332 190

Balanza de capitales 1.651 1.225 686 780 1.172 2.108 567 1.747

Errores y omisiones - 220 - 224 191 143 62 1.157 908 0

Variación de reservas 103 - 136 69 756 467 2.440 972 277


(excluyendo oro)

Fuente: Institute of International Finance.

DISTRIBUCIÓN DEL COMERCIO INTERNACIONAL


País: CHILE
Abril de 1992

EXPORTACIONES POR PRODUCTOS

1985 1986 1987 1988 1989 1990 1991 E 1992 F

IMPORTACIONES POR PRODUCTO

Cobre

Millones de dólares 2.235 3.475 4.066 3.795 3.735 3.971


% sobre el total 0,00 0,00 42,78 49,28 50,32 45,67 41,96 41,80

Fruta fresca

Millones de dólares 531 584 544 704 800 900


%sobre el total 0,00 0,00 10,16 8,28 6,73 8,47 8,99 9,47

IMPORTACIONES POR PRODUCTOS

Bienes de capital

Millones de dólares 1.101 1.258 1.980 2.322 2.043


%sobre el total 0,00 0,00 21,08 17,84 24,50 27,94 22,95

EXPORTACIONES POR DESTINO


(En porcentajes sobre el total)

EE. UU. 22,50 17,10


Japón 9,90 16,20
Alemania del Este 9,50 11,00
Brasil 5,40 5,70
IMPORTACIONES POR DESTINO
(En porcentajes sobre el total)

EE. UU. 21,70 18,90


Japón 6,20 7,80
Alemania del Este 6,90 7,20
Brasil 8,20 7,80
Italia

Fuente: Institute of International Finance.

DEUDA EXTERNA
País: CHILE
Abril de 1992

1985 1986 1987 1988 1989 1990 1991 E 1992 F

DEUDA EXTERNA (millones de dólares)

Total deuda externa 20.529 20.829 20.660 18.960 17.520 18.576 17.225 17.981
Deuda a largo plazo 18.735 19.142 18.643 16.774 14.547 15.194 15.167 15.313
Deuda a corto plazo 1.794 1.687 2.017 2.186 2.973 3.382 2.058 2.668
Intereses vencidos 0 0 0 0 0 0 0 0

Reservas excluyendo oro 2.450 2.351 2.504 3.161 3.629 6.069 7.041 7.288
Precio del oro 485 600 809 797 668 707 675
Oro (MM de onzas) 1.529 1.795 1.811 1.824 1.752 1.858 1.863

DEUDA POR PRESTAMISTA

Inst. Financieras Internac.


FMI 1.085 1.328 1.452 1.322 1.268 1.151 946 736
BIRD 487 962 1.478 1.566 1.618 1.860 1.952 1.935
Otros créditos multilaterales 1.045 1.331 1.740 1.825 1.932 2.349 2.631 2.814

Créditos oficiales bilaterales 1.583 1.708 1.916 2.227 2.423 2.904 3.330 3.780

Bancos comerciales 15.945 15.042 13.585 11.385 8.949 9.364 7.314 7.480
Largo plazo 14.394 13.584 11.876 9.599 6.430 6.482 5.927 5.768
Corto plazo 1.551 1.458 1.709 1.796 2.519 2.882 1.387 1.712
Intereses vencidos

Otros créditos privados 383 548 490 625 1.330 948 1.051 1.237

DEUDAS POR PRESTATARIO

Sector público 15.164 17.091 17.832 16.031 13.519 12.943 11.333


Sector privado 2.579 2.275 2.091 2.473 3.378 5.125 5.364
Depósitos monetarios en bancos 2.786 1.463 737 456 623 508 527
SERVICIO DE LA DEUDA
País: CHILE
Abril de 1992

1985 1986 1987 1988 1989 1990 1991 E 1992 F

Servicio de la deuda 0 0 1.935 2.038 2.498 2.346 2.098 2.043


Pagos de intereses 1.595 1.583 1.665 1.601 1.116 978
Pagos de principal 340 455 833 745 982 1.065

CONDICIONES DE LA
DEUDA

Interés (%) 8,2 8,2 9,4 9,8 6,4 6


Vencimiento (años) 52 38 19 18 14 13
Deuda rescalonada

VALORACIÓN DEL RIESGO GLOBAL

País: CHILE Ponderación Valoración

Indicador político 40 70,91

Indicador económico 25 70,93

Indicador de solvencia 20 70,83

Indicador de liquidez 15 82,92

INDICADOR GLOBAL DE
72,70 B
RIESGO

VALORACIÓN DEL RIESGO POLÍTICO

País: CHILE Ponderación Valoración

Régimen político 3 7

Grupo de presión 3 6

Crisis de gobierno 3 7

Burocracia 3 8

Política exterior 3 8

Probabilidad de conflictos 3 7
internacionales

Intervención de terceros países 2 7

Corrupción 2 7

Estructura racial y religiosa 2 8


Estructuras sociales 2 7

Movimientos autonómicos e 2 8
independentistas

Pertenencias a organizaciones 1 7
internacionales

Sistema económico 1 8

Relaciones laborales 1 6

Estructura demográfica 1 5

Superficie y Orografía 1 5

INDICADOR POLÍTICO 7,09 B

VALORACIÓN DEL RIESGO ECONÓMICO

País: CHILE Ponderación Valoración

Nacionalización 3 8

Política económica 3 8

Dirección económica 3 7

Actitud respecto a la deuda 3 8

Recursos 3 8

Infraestructura 3 6

Empleo 2 6

PNB 3 7

Inflación 2 6

Política fiscal 2 6

Política monetaria 2 6

Balanza por cta. cte. 3 8

Balanza de capitales 3 8

Acceso a fuentes de crédito 2 8

Nivel de deuda 3 6

Pertenencia a organizaciones 2 6
internacionales

Producción industrial 1 7

INDICADOR ECONÓMICO 7,09 B


VALORACIÓN DE LA SOLVENCIA

País: CHILE Ponderación Valoración

Nivel de deuda 3 60

Debt Service Ratio 3 80

Balanza por Cta. Cte 3 75

Estructura de la deuda 2 70

Devaluación o depreciación de la
1 65
divisa

INDICADOR DE SOLVENCIA 70,83

VALORACIÓN DE LA LIQUIDEZ

País: CHILE Ponderación Valoración

Reservas / importaciones 3 90

Servicio de la deuda /
2 80
exportaciones

Utilización del Crédito del F.M.I. 2 75

Comportamiento balanza por


3 85
cta. cte.

Lyquidity Gap Ratio 1 80

Interés Service Ratio 1 80

INDICADOR DE LIQUIDEZ 82,92

[…]
Fe de erratas

 En la página 85, nota indicada con asterisco, de la versión original dice: “* Caso realizado por Juan Luis Román Díaz, Analista
Riesgo País, Banco Exterior de España. MBA, Instituto de Empresa”. Debe decir: “* Caso realizado por Juan Luís Román Díaz,
Analista Riesgo País, Banco Exterior de España. MBA, Instituto de Empresa”.

GUÍA DE AUTOEVALUACIÓN
Preguntas abiertas
Responda a las preguntas siguientes:
1. ¿En qué consiste el programa monetario y fiscal de estabilidad económica propuesto? Destaque los 4 aspectos del mismo.

2. Si la economía mexicana a finales de la primera década del año 2000, experimentará un vació deflacionario ¿Cómo se podría eliminar
utilizando: a) sólo la política fiscal; b) sólo la política monetaria; c) una mezcla de las dos?

3. Mencione y desglose las medidas que Alvin H. Hansen destaca en el marco monetario como en el fiscal cuando existen presiones
inflacionarias evidentes. ¿Es posible la aplicación de dichas medidas en México, cuando existen posibles riesgos o riesgos efectivos de
recesión económica (inflación con estancamiento económico)? Explique.
4. ¿Qué se entiende por exceso de la demanda total en relación a la producción disponible? ¿Cómo afecta lo anterior a la economía? ¿Qué tipo
de medidas recomienda Alvin H. Hansen ante tal problema?

5. ¿Cómo impacta el obtener un superávit presupuestal “muy sustancial”, a fin de controlar la inflación? ¿Qué signífica? ¿Qué tipo de medida es?

6. Es válida la propuesta de Halvin H. Hansen “hay que combatir la inflación de salarios”, en un país como México, con un problema estructural
en su economía por muchos años, con bajos niveles de productividad y en donde los salarios pagados son paupérrimos y no compensan la
necesidad de contar con un nivel de vida digno y decoroso. Se pueden copiar fórmulas económicas, sin considerar el tipo de economía
(problemática y nivel de desarrollo) en las que se desean instrumentar. Explique.

7. Se garantiza con la política monetaria el crecimiento económico y, más aún el desarrollo económico. Explique.

8. Se garantiza con la política fiscal el crecimiento económico y, más aún el desarrollo económico. Explique.

9. Política monetaria y política fiscal, fomentan el crecimiento y desarrollo del mercado interno. Analice y explique. Por otra parte, ¿Qué relación
existe entre mercado interno y demanda efectiva?

10. Complete la tabla siguiente:

Programa de desarrollo
Formas de estimular el Políticas monetarias (indique Políticas fiscales
crecimiento de la demanda por los menos tres por cada (indique por lo menos
efectiva* estímulo) tres por cada estímulo)
1.
2.
3.
4.
* Citas por Flores de la Peña

Sitios de la Internet, en referencia a temas económicos.


http://www.banxico.org.mx/
Provee información completa de la Banca Central de México, conocido como Banco de México.
http://www.eluniversal.com.mx/finanzas/
Provee las noticias económicas y financieras del país e internacionales.
http://www.elfinanciero.com.mx/ElFinanciero/Portal/
Provee las noticias económicas y financieras del país e internacionales.
http://www.economyprofessor.com/
Provee una referencia sintética de la vida y obra de los más destacados economistas.
http://www.auladeeconomia.com/
Provee un glosario que contiene alrededor de 1000 diferentes términos económicos, financieros y estadísticos. Se accede a través de la
ruta siguiente:
http://www.auladeeconomia.com/glosario.htm
http://www.imf.org/external/spanish/index.htm
Es la página del Fondo Monetario Internacional en español.
http://www.federalreserve.gov/
Es la página de la Reserva Federal de los Estados Unidos de Norteamérica.
http://www.ecb.int/ecb/html/index.es.html
Es la página del Banco Central Europeo.
http://www.ustreas.gov/es/
Es la página del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos de Norteamérica.
BIBLIOGRAFÍA COMPLEMENTARIA

 BORJA, Martínez Francisco. El Nuevo Sistema Financiero Mexicano, Ed. FCE, México, 2002
 KURIHARA, Kenneth. Teoría monetaria y política pública, Ed. FCE, México, 1969.
 ARGANDOÑA, Antonio. La teoría monetaria moderna, Ed. Ariel, Madrid, 1981.