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EL

Y
YO
"Palabras Interiores"
recibidas del Señor por
Gabriela Bossis
Edición Cronológica Privada
Traducción del Francés por el Sr. Pbro.
Dr. Dn. Antonio Brambila Zamacona:
Con prólogos de:
Mons. Villepelet, Obispo de Nantes;
Rvdo. P. Jules Lebreton. S.J., decano
de la Facultad de Teología en el
Instituto Católico de París;
Rvdo. P. Alphonse de Parvillez, S.J.
redactor de la Revista "Etudes",
de París;
Daniel Rops, historiógrafo de l a Iglesia,
antecedidos por una Nota Teológica del
Traductor P. Antonio Brambila

NOTA DEL TRADUCTOR

Tiempos hubo en los que los libros místicos eran considerados frecuentemente como
escritos de segunda clase por los teólogos, como libros útiles más bien para la edificación
personal de la piedad que para ayuda en la especulación teológica. Todos admitían en
abstracto como noción válida la de "revelaciones priva das", cuando Roma las acepta; pero
en concreto, la actitud general era la de un mal disimulado menosprecio.

Pero ahora tenemos en el firmamento eclesiástico a dos nuevas luminarias que veneramos
no solamente como a santas, que eso ya era de antes, sino también como Doctoras de la
Iglesia. A Santa Teresa de Avila y a Santa Catalina de Siena podemos leerlas con la misma
actitud espiritual y mental con que leemos a San Agustín. Ninguna de las dos fue
universitaria, ni supo lo que supo por el camino de la cultura. Una y otra pudieron decir lo
que San Pablo: que su Evangelio, lo recibió, no de mano de hombres, sino por revelación
de Jesucristo." (Gal 1, 12). Este "Doctorado" de dos místicas eminentes nos permite
entender mejor lo que el Vaticano II quería decir, cuando en el número ocho de su
Constitución Dei Verbum dijo que la Iglesia 'No se limita a predicar lo que oyó desde el
principio, sino que predica también lo que Ella misma es, lo que llega a conocer por el
estudio y la contemplación de los cristianos, por su experiencia vital. " La autoridad de los
Doctores de la Iglesia no es otra, en el fondo, que la autoridad de la Iglesia que los declara
tales. Las experiencias de los místicos son experiencias de la Iglesia misma, que no las
tiene, ciertamente como experiencia colectiva, pero sí como expe riencia vital. Por los
escritos de los místicos habla la Iglesia como de cosa suya. A Santa Teresa la saludábamos
ya desde antiguo con el nombre de "Doctora Mística", pero no había en ello nada, fuera de
la opinión particular de muchos sobre la significación de sus escritos. Ahora habla la Iglesia
misma, cuando le confiere, juntamente con su par de Siena, el título de Doctora de la
Iglesia, que es como decir, Maestra de los Teólogos y no solamente autora de libros de
piedad. Entonces, una visión integral de la vida cristiana no se tiene sino cuando por la
Teología Dogmática se sabe lo que Dios dijo sobre lo que es la esencia de la vida cristiana,
y se sabe también cómo hace en concreto lo que prometió para santificar a sus hijos. Un
teólogo buen conocedor de la Dogmática, pero insuficiente en Mística y desconocedor de la
Hagiografía, es, sin más, y sin restarle méritos, un teólogo a medias.

En las revelaciones privadas hay siempre algún peligro de que quien las recibe, las
distorsione al transmitirlas. Este peligro es máximo en las revelaciones que se producen a
nivel imaginativo, como las de María de Agreda en su "'Mística Ciudad de Dios", cuyas
fantasías e incongruencias determinaron el sobreseimiento definitivo, en el pasado siglo, de
su proceso de beatificación; o como las de Ana Catalina Emmerich, que detuvieron también
su proceso; aunque tras de un siglo de comprobar los in mensos beneficios espirituales de su
lectura en todo el mundo cristiano, la Sagrada Congrega ción para la Fe dio en 1973 de
nuevo luz verde para la reanudación del Proceso.

Mucho menor es el peligro de infidelidad o distorsión en las divinas comunicaciones que se


dan a nivel de la inteligencia pura, muy más allá de las palabras e imágenes. La dificultad
está entonces más bien en cómo expresar con palabras del humano lenguaje, percepciones
que se tuvieron en un nivel de intelección totalmente distinto y muy superior al que nos es
natural y ordinario. Por eso los escritos de las dos santas
Doctoras no tropezaron con las dificultades de María de Agreda y Ana Catalina Emmerich,
pues se leyeron desde el principio con confianza y utilidad manifiesta.

Tienes ahora entre manos, lector, un libro escrito en el siglo XX; como si dijéramos para
mí, para ti y para todos, no en la línea de las visiones imaginarias, sino e n la mucho más
segura línea de Santa Teresa y Santa Catalina. Contiene un encendido Mensaje de Amor y
de ilimitada confianza en un Dios que nos ama infinitamente. Son palabras directas de
Cristo (bien podemos pensarlo así) que no tienen ciertamente la dignidad y obligatoriedad
del Evangelio, ni de los pronunciamientos dogmáticos de la Iglesia, pero le son en todo
conformes y tienen un ardor y una luz de entendimiento que a la primera lectura saltan a la
vista. En EL Y YO hay muchas cosas que no rebasan los límites de lo que una persona
piadosa puede pensar por sí misma dada su educación y el tenor de su vida; pero hay otras
tan elevadas y sorprendentes, que simplemente parece obvio asignarles una procedencia
superior a lo que de sí podía dar una mujer como Gabriela Bossis.

Las ediciones francesas se sucedieron con rapidez. La que me ha servido para esta
traducción es la aparecida en 1957. Las ediciones vienen presentadas por ilustres
prologuistas: el tomo 1 contiene un prólogo y el Imprimatur canónico del entonces obispo
de Nantes, Monseñor Villepellet, al que siguen, cada uno con prólogo propio, dos
conocidos teólogos franceses, el P. Jules Lebreton, decano entonces del Instituto Católico
de París en la Facultad de Teología, y otro del P. Alphonse de Parvillez, redactor de la
Revista "Etudes" de los jesuitas de París. El tomo II nos lo presenta Daniel Rops de la
Academia Francesa, célebre historiógrafo de la Iglesia. El libro está pues, bien presentado y
bien apadrinado. Ahora se añade a eso el Imprimatur que el Sr. Obispo Auxiliar y Vicario
General de la Arquidiócesis de México, Francisco Orozco, le concede a la edición
castellana que he preparado.

No hay pues imprudencia ninguna si se toma el título del libro con el valor que tienen
naturalmente las palabras: EL Y YO; y no me cabe la menor duda de que el libro producirá
en los lectores de habla española, los mismos efectos saludables que desde décadas viene
produciendo en los de habla francesa.

EL Y YO pertenece a una categoría de libros que la Iglesia nunca aprueba de manera


directa y explícita como de divino origen: simplemente los vigila y los deja correr al
amparo de un Imprimatur episcopal, que garantiza la orto doxia del contenido y no va más
allá. Si tú quieres tomar esas palabras como procedentes directamente de la boca de Cristo,
puedes hacerlo sin imprudencia; si prefieres tomarlas solamente por lo que contienen en sí,
tienes para ello toda tu libertad. Pero no dudo de que sentirás en más de una página, como
por transparencia, una acción de Dios que te encamina poderosamente a amarlo más, como
con tantos ha sucedido. Al fin y al cabo, lo que es bueno y hace bien viene siempre de Dios.
No importa que dejemos en suspenso la cuestión especulativa de si esas pala bras en
concreto las pronunció real y físicamente Jesús para tal persona, en tal fecha y bajo tales o
cuales circunstancias.

Debo advertir que omití la traducción de una pequeña biografía que aparece en el sexto
tomo bajo la firma de Mme Bouchaud. Aparte de un estilo demasiado femenino para mis
gustos de traductor, encuentro que es un tanto cuanto sub jetiva; se titula GABRIELA
BOSSIS INTIMA, y más que un verdadero y propio bosquejo biográ fico representa el
intento de un alma por interpretar a otra. Yo habría preferido algo menos "íntimo" y más
objetivo y circunstanciado, para traducirlo. Tendrán pues los lectores de este libro que
contentarse con las generalidades biográficas que se encuentran en la Introducción del P. de
Parvillez, en el Prólogo de Daniel Rops y con algunos datos más, extraídos del texto mismo
y de la biografa de Mme Bouchaud, y condensados en este libro en forma de apéndice.
Cango. Dr. Antonio Brambila

PROLOGO DE MONS. VILLEPELLET,


OBISPO DE NANTES

Durante cosa de medio siglo han venido circulando varias publicaciones de "diarios
íntimos".
Casi se podría pensar en algo así como una nueva “invasión de los místicos”, según la
expresión del Abbé Bremond.
Podríamos citar, entre los más conocidos, los escritos de Lucía-Cristina, los de la Madre
Luisa Claret de la Touche, los de Sor Isabel de la Trinidad, los de Sor Anselma, los de
Elisabeth Leseur, los de Sor Josefa Menéndez, así como las páginas reunidas bajo el título
"Cum clamore Valido", sin olvidarnos del más célebre de todos esos escritos, la "Historia
de un alma" de Santa Teresa del Niño Jesús.

Con todo esto, sera oportuno añadir todavía otro "Diario Intimo", que no lleva otra
indicación fuera del título, breve y expresivo, de EL Y YO?

Lo que distingue a EL Y YO de todos esos libros hermanos, es que su autora no parece


vivir entre los muros de un claustro ni llevar una vida sedentaria, ni siquiera la vida quieta
de una madre de familia entregada a su hogar. Los horizontes de este libro no son algo así
como el ámbito de un pequeño jardín cerrado; sino que las notas espirituales se van como
regando a través del mundo entero. Se trata de las Nota espirituales de una mujer de mundo.
Por todos los caminos de Francia, y más allá aún, desde Montreal a Argel, de Roma a
Quebec, de Kairuam a Palerma; a bordo de un ferrocarril o en barco o en carro; lo mismo
en el metro que en el teatro, El, el Divino Compañero, se hace pre sente de continuo a un
alma atenta que se recoge y escucha, y esto no obstante las mil distracciones a que se ve
continuamente expuesta. Si como lo dice la Imitación de Cristo, “los que viajan mucho
rara vez se santifican”, la conversación entre EL Y YO es una excepción a la regla.

Esta es la razón de que para nuestros contemporáneos, que viven en el seno de una
civilización complicada y enemiga del recogimiento, estas páginas alcancen el valor de un
verdadero "testimonio", ya que demuestran que no es en manera alguna imposible,
mantenerse en el sentimiento de la presencia de Dios en toda clase de situaciones.

Porque de hecho, todo debería servir como un escalón para subir hasta Dios. Nos vienen a
la mente los deliciosos actos de un Olier en su "Jornada Cristiana" para todas las
circunstancias de la vida: "Cuando uno sale el campo, cuando ve el sol, la tierra, las
hierbas y las flores y los frutos; o cuando se oyen cantar los pájaros o se ve obligada a
bajar de una carroza." No es probable que la autora de EL Y YO haya nunca conocido los
escritos de Olier; y sin embargo, los toma por su propia cuenta y a su manera; multiplica las
observaciones, y las lanza rumbo al cielo como flechas. En su vida agitada y errante, la
autora sabe detenerse ante humildes paisajes para descifrar en ellos las huellas de la
Sabiduría, la Potencia y la Bondad de Dios, una gaviota que vuela por encima de un navío,
los geranios en un jardín, rosas que se marchitan, incluso los escalones desgastados de una
vieja escalera: todo lleva en sí un mensaje divino para quien sabe escucharlo. Este hábito de
percibir lo Invisible en lo visible es precisamente lo que lo s autores espirituales llaman "la
oración continua", la plegaria del corazón; “constante disposición de amor de Dios”, según
el decir del Padre Grou, “de confianza en El, de una sumisión a su Voluntad en todos los
acontecimientos de la vida; atención continua a la Voz de Dios que se hace oír en el fondo
de la conciencia y nos sugiere sin cesar pensamientos de bondad y perfección; una
disposición en que deben estar todos los cristianos, disposición en la que se han
encontrado todos los santos, y que viene a ser como la médula de la vida interior...”
Ahora bien, es esta disposición lo que EL Y YO nos presenta y nos induce a adquirir en
términos de lo más felices, y en un lenguaje admirablemente adaptado a las tendencias
espirituales de hoy. Muchos de los Dirigentes de Acción Católica, de esos que encuentran
siempre difícil asociar la contemplación de María con las actividades de Marta, aunque bien
comprenden el sentido de “lo único necesario” como la condición indispensable de todo
apostolado fecundo, encontrarán la familiaridad con Dios en estas páginas ardientes; y
mediante ellas podrán a su vez contribuir a que se haga verdad una bella palabra de la Beata
Angela de Foligno, cuando dijo que “un alma que vive contenta en Dios repone en sus
Manos el Orden Universal.”

PROLOGO DEL P. JULES LEBRETON S.J.


(Decano que fue de la Facultad de Teología en el Instituto Católico de París)

Después del Prólogo con que el Sr. Obispo de Nantes presenta este libro, resulta más bien
superflua la nota que se me pide; pero no creo poder rehusarme a rendir mi humilde
homenaje a esta ferviente cristiana cuyos escritos ya cono cía yo, y que me habían hecho
tanto bien.

Lo que mayormente ha llamado mi atención es el progreso espiritual que fácilmente


podemos percibir a lo largo de estas páginas.

A los principios se ve cómo una Ternura "antecedente" despierta el amor y lo llama a Sí;
más tarde se hace más apremiante la dirección, y todavía más exigente; hasta que hacia el
final, el Amor la arrastra a una vida más y más pro funda, más olvidada de sí misma y más
ávida de la Unión eterna.

Algunas indicaciones esparcidas por aquí y por allá nos dejan como entrever la preparación
ascética que precedió y preparó poquito a poco la intimidad final: el Señor le pidió a
Gabriela algunos ejercicios de penitencia que la asustaron al principio, pero que se le
hicieron prontamente fáciles.

Leemos, por ejemplo, con la fecha de 22 de junio de 1939, lo siguiente: "De hoy en
adelanle harás la Hora Santa los jueves. Quiero que pases esa hora conmigo. Al principio te
será necesario un esfuerzo, pero luego no te costará..." Dígase lo mismo de las
"mortificaciones" unidas a la Flagelación del Señor. Y encontra mos la misma invitación y
la misma docilidad a propósito de la muerte de la sirvienta María. "¿Recuerdas las
vacilaciones que tuvisté, cuando murió tu fiel sirvienta María, sobre si tomabas otra o no?
Yo te invité entonces a quedarte sola, cuando te pregunté si Me amabas hasta ese extremo.
¿Verdad que no has tenido de qué arrepentirte?"

Estas indicaciones discretas hacen entrever una fidelidad valiente, que es la que da a los
impulsos del amor todo su alcance y su valor.

Se pueden anotar otras indicaciones del Señor que van en el mismo sentido.
El 4 de mayo de 1940 le dice: "Para hoy te pido la austeridad del espirito: que tu
pensamiento sea una lámpara cuya flama suba directa hacia Mi Potencia, Mi Majestad y
también hacia Mi Amor de Padre y de Esposo." Y el 12 de septiembre del mismo año (4o.
tomo) le dice: "No llegues nunca hasta el fin de una satisfacción; resérvame una parte, por
el sacrificio. Mi parte..." Y el 1° de enero de 1942 (5o. tomo) le dice: "Entra con tu Es poso
en los caminos del sacrificio. No temas excederte, El hizo tanto por ti!" Y lo mismo el 24
de marzo: "¿no quieres encadenar tu querida libertad con Mis dos Manos?"

Debo añadir que en la mayoría de esas anotaciones aparece una ponderación, un tacto, un
equilibrio admirables. Si se toma en consideración todo ese conjunto, no parecerán
objetables ciertos pasajes en los que se nota una sensibilidad demasiado viva y emotiva.
Pasajes, a decir verdad, escasos y dispersos, que no dejan una impresión permanente. Y el
término hacia el cual encamina el Señor a su fiel servidora, espe cialmente por lo que
aparece en los últimos cuadernos de su manuscrito, es una unión profunda, silenciosa, a la
cual ella no podía llegar sino mediante el sacrificio total de sí misma.

El 1° de enero de 1941: "'Tu palabra de orden es: Entrar y vivir en Mí en cada momento...
Despréndete más y más de las cosas de la Tierra. . . Entra con tu Esposo en los caminos del
sacrificio." Y el 5 ele abril: "Déjame finalmente vivir en ti, en lugar tuyo. Retírate de ti. . ."
Y el 21 de mayo: "No me creas nunca lejos de ti,- pues estoy en tu centro con el Padre y el
Divino Espíritu... Tú por ti misma no eres nada en absoluto, pero ¡que esa nada sea Mía!" Y
el 18 de junio le dice: "Déjate penetrar, invadir." Y el 19 de junio: ". . . húndete en Mi
Amor insondable."

Dos años antes, una vez que Gabriela se preguntaba si cuanto escribía venía del Señor o de
ella misma, Jesús le respondió: "Aun cuando estas palabras salieran de tu naturaleza
humana, ¿no Soy Yo Quien creó esa naturaleza? ¿No tienes tú que referirlo todo a Mí?, Yo
Soy la Raíz de tu ser; pobre creatura Mía."

La duda de Gabriela era legítima, pero la respuesta de Jesús fue buena. Hemos de añadir
que Dios, Creador del alma, la santifica y la mueve con su Gracia. Conforme se va
desarrollando la vida espiritual, esa acción se va haciendo más potente y manifiesta. El
término al que el cristiano aspira a llegar cuando quiere ser enteramente fiel a la gracia, nos
lo describe admirablemente San Pablo cuando dice: "Ya no soy yo el que vive; es Cristo
quien vive en mí."

Esta mujer cristiana que nos habla en los cuadernos de EL Y YO tendió con todo su
esfuerzo hacia esa meta de amor,

Debemos quedarle reconocidos por el ejemplo que nos da.

INTRODUCCION
Por el P. Alphonse de Parvillez S.J.

No es posible todavía publicar el origen y la historia del manuscrito que voy a comentar.
Pero sí conviene decir cuando menos algunas palabras sobre la naturaleza de las
comunicaciones que en él se nos ofrecen.

Se trata de lo que comúnmente llaman los autores espirituales "palabras interiores".


Palabras que una persona percibe en su alma "como venidas de Cristo", y que escribe
inmediatamente. Nada de apariciones ni de audición externa; palabras que se producen más
allá de los sentidos, en una región del espíritu mucho más profunda.

En una materia como ésta, la credulidad ciega es tan irrazonable como la negación "a
priori" y, en consecuencia, se impone un análisis muy cuidadoso. En su introducción al
libro titulado

Esto lo escribía el P. de Parvillez antes de que se hiciera la primera edición del librito de
Gabriela, que apareció sin el nombré de la autora por razones que no es necesario
explicar aquí.

“Cum Clamore Valido", el R. P. Monier-Vinard estudia las maneras diversas con que Dios
suele comunicarse a fas almas, y dice: "Hay ocasiones en las que Nuestro Señor se aparece
de modo visible bajo figura humana; y entonces sus palabras son percibidas al mismo
tiempo por los sentidos externos y por la inteligencia. Esto se dio, probablemente, en el
caso de Santa Margarita María cuando Nuestro Señor le mostró su Corazón al descubierto
diciéndole: 'He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres.' Pero por lo general
Dios habla por medio de iluminaciones íntimas. Ora infunde El mismo, personalmente,
luces sobrenaturales y deslumbrantes, que transportan al alma por encima de sí misma a
un mundo desconocido del cual ella no puede, cuando vuelve en sí, decir nada adecuado.
Ora se vale el Señor de ideas o imágenes conformes a nuestro mecanismo mental
ordinario, pero con palabras que El personalmente escoge e infude en lo hondo del alma; y
el alma tiene entonces la impresión de que Dios le habla de manera distinta, incluso, a
veces, como si dictara. Así, en la vida de Santa Margarita Marfa se nos habla de
resoluciones o consagraciones que habrían sido dictadas por el Sagrado Corazón."

Esta última descripción corresponde exactamente al caso que tratamos ahora. La persona
favorecida con estas comunicaciones tiene la idea clara de que ella ni entra ni sale en esas
palabras que ella recibe y siente como venidas del exterior; y lo que escribe fluye sin
tachaduras ni repeticiones, sin ningún esfuerzo visible por encontrar los términos
adecuados.

El padre Monier-Vinard, sin embargo, añade que en el libro "Cum Clamore Valido", la
expresión del mensaje, especialmente en los comentarios, pertenece a la persona que lo
escribió, y cuyo estilo es visible. Y termina con esta reflexión, que merece toda la nuestra:
"Por lo demás, conviene admitir que todo santo o santa favorecido con una revelación
obra más o menos de esa manera, dejando siempre en lo escrito su marca propia; por
manera que siempre habrá que discernir entre lo que es propiamente divino y lo que hay
en ello de envoltura humana."

Finalmente, el P. de Smedt (en Notre Vie Surnaturelle" t. I, p. 229), hab lando de las
revelaciones de Dios, hace la siguiente observación: "Cuando el alma favorecida con este
tipo de revelaciones quiere recordar algo de ellas, sea para su propia edificación sea para
bien de los demás, puede fácilmente suceder que mezcle, con la mayor buena fe, al
recuerdo de las palabras divinas, el recuerdo de otras ideas que le hayan venido de sus
lecturas, de las predicaciones que oyó, o que incluso sean mero producto de su propia
inteligencia e imaginación "

Para ayudar al lector a formarse un juicio vamos a añadir el ejemplo de ciertos pasajes
tomados del manuscrito original de esta obra. Al alma que se pregunta sobre la
autenticidad, la Voz Interior le responde: "¿Dudas de que sea Yo? Haz como si lo fuera."
(25 de agosto de 1937) Palabra que conviene no olvidar. Por que si los consejos son
buenos, es más importante seguirlos, que tener una certidumbre abso luta acerca de su
origen. Y sin embargo, la cuestión de saber- la procedencia de esas voces o iluminaciones
conserva toda su importancia. Así, en otro momento, el Interlocutor Interior responde a
ciertos temores de su favorecida diciendo: "El pensamiento de tu indignidad te hace dudar
de que sea Yo quien te habla. Pero, ¿dónde dejas Mi Misericordia?" (10 de febrero de
1938) Y vuelve en repetidas ocasiones sobre la misma idea: "No temas. Se verá claro que si
te hablo no es por tus méritos, sino por una necesidad de Mi Misericordia." (24 de
septiembre de 1938).

"Si dudas de Mi Palabra o si te admiras de Ella, se debe a que tú piensas tener en eso alguna
parte." (10 de febrero de 1939).

"Si te hablo es por lo indigna que eres de escucharme. Así es Mi Misericordia. Que tu alma
tenga la semejanza de tu Madre (la Santísima Virgen) y de tu Hermano (Cristo)." (23 de
mayo de 1939).

Y luego reivindica el Señor su derecho de obrar como le plazca: "¿Acaso por el hecho de
ser Yo Dios no tengo derecho de comunicarme con Mis creatures?" (25 de agosto de 1937).
Y en vista de que las dudas persisten o renacen, vuelve a la carga: "¿Y qué? ¿No soy acaso
libre de hablar a quien Me plazca? ¿No puedo Yo escoger a Mis apóstoles, a Mis amigos?
Yo siempre he escogido. Lee el Evangelio. A ti te he llamado desde el principio de tu
camino, para señalar la simplicidad y la alegría de la vida interior. Ca mina según lo que
está escrito de ti en el Libro de Mis Designios." (10 de julio de 1942).

Y en otra oportunidad, después de un sermón sobre el Cuerpo Místico de Cristo, la Voz


Interior saca la siguiente conclusión: "Puesto que sois miembros de Mi Cuerpo, ¿qué tiene
de raro el que Mis miembros pensantes entiendan Mis Pensamientos? Somos Uno."
(Febrero de 1941).

Sus palabras son simples: "Estoy empleando palabras que estén a tu alcance..." (3 de
septiembre de 1941). Pero se trata de palabras que deben ser largamente reeditadas:
"Cuando tú Me relees en esas frases que te he dicho, desciende a las profundidades del
texto. Entra siempre más hondo en una palabra siempre nueva e irás de descubrimiento en
descubrimiento, en los jardines de Mi Amor." (Julio de 1941).

Y luego le pide a su confidente que vuelva cada día sobre las palabras recibidas: "Hazme el
honor de leer un poco cada día. Te sentirás unida a Mí y como elevada sobre la Tierra."
(Junio de 1940).
Y le hace entender que otras almas sacarán provecho de conocer esas palabras. Y cuando
ella le dice: "Señor, ¡cuánta unción hay en todas Tus Palabras!", El le responde: "Es que
Mis Palabras van dirigidas con inmensa Ternura a Mis hijos. Y tú las recibes de rodillas,
cómo si Me recibieras a Mí. Escríbelas para siempre, pues otros las recibirán después de ti.
El bien fluye y renace con un renacimiento perpetuo en Dios.

"¡Benditos aquéllos que trabajan por el bien! Pueden, ya desde ahora, descansar como hijos
muy amados, en Mi Corazón" (Septiembre de 1942).

Hay una intención de Providencia en la comunicación. Dice la Voz:

"Se te preguntaba cuál es tu misión. „Señor, yo soy demasiado pequeña para tener una
misión.‟ "Las niñas pequeñas pueden recibir un encargo. Tú debes mostrar que hay que
hablar conmigo y no dejarme solo en vuestros corazones. Lázaro, Marta y María estaban en
su castillo cerca de Mí, ocupándose de Mí. ¿No te parece que Yo tenía que recibirlos muy
bien en Mi Palacio del Cielo?" (30 de julio de 1941).

Y un poco más adelante nos encontramos con esto: "Yo te escogí para que hagas ver lo
simple y gozosa que es la vida de amor, el lenguaje del amor, la conversación de amor.
Todo se reduce a mirarme como al Bienamado; porque entonces todo en el alma converge
hacia Mí y Yo atraigo todo lo que hay en ella. Así lo dije una vez „Cuando Yo sea elevado
sobre la Tierra, todo lo atraeré hacia Mí.‟ Y lo que hay en el alma son sus potencias:
memoria, entendimiento y voluntad, que se dirigen solamente a Mí y a lo que Me respecta."
(1° de abril de 1943).

Conforme se va leyendo el conjunto de estas notas se va abriendo paso la idea de que esta
misión particular debe ser entendida en un sentido amplio. No se trata simplemente de
conversar con Dios ni de mero recogimiento; sino que poco a poco se va prec isando toda
una dirección espiritual que toma en cuenta las dificultades más grandes de la vida
cristiana, orienta al alma hacia las virtudes más fundamentales y la anima a los esfuerzos
decisivos. La subida hacia Dios sigue en personas distintas, itinerarios diferentes, pero que
pasan todos ellos por ciertas etapas que son como obligatorias. Lo esencial es el amor de
Dios, pero el amor de Dios presupone ciertas condiciones, asume formas determinadas y
lleva a consecuencias necesarias. No se puede amar a Dios sin conocerlo, sin pensar en El,
sin tener una cierta idea de lo que El es, de lo que son su Grandeza y su Bondad, así como
no es posible tratar con El sin expresarle nuestros sentimientos y pedirle su ayuda. De esto
depende la naturaleza de la plegaria, la necesidad del recogimiento, de la reflexión, de la
vida sacramentaria y especialmente de la Eucaristía

Es ademas necesario el que nos desprendamos de nosotros mismos, que nos liberemos de
todo egoísmo; es indispensable que sometamos nuestro espíritu a Dios en la humildad y
nuestro cuerpo por la mortificación: ésta es la parte que le toca en la vida cristiana al
sacrificio. Y ni qué decir tiene, que nuestro amor no sería sin cero, si no nos llevara a
cumplir la Voluntad de Dios en todo y según nuestras fuerzas; en consecuencia, si no se
extendiera a nuestro prójimo, a ti abalar según la Voluntad de Dios en la santificación de
todos los hombres. Precisa un espíritu de plegaria y recogimiento, de humildad y valentía,
de abnegación, confianza, caridad y celo ya que no es posible concebir la santidad sin todas
estas virtudes. Las cuales no son, por lo demás, sino las condiciones, el ejercicio o los
resultados del amor.

Ahora bien, en el manuscrito que comento, todos estas puntos se manifiestan


reiteradamente y en forma bien acentuada. Y sería bien fácil agrupar los textos
componiendo así una especie de tratado o de itinerario del alma que sube hacia Dios. La
exposición sería fácilmente metódica. Ha parecido mejor seguir en esta edición un orde n
cronológico, evitando con ello toda apariencia de pedantería. Ha sido además necesario
limitarse a reproducir pasajes más bien breves y no muy numerosos, a fin de no aumentar el
precio del librito.*
Ya había bastantes personas que tenían conocimiento de este escrito; habiéndolo recibido
con simplicidad cómo un medio de conocer mejor a Dios, encontraron en su lectura luz y
paz. Como quedó escrito en el Evangelio: "Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la
tierra, porque quisiste esconder estas cosas a los sabios y a los prudentes, para revelarlas a
los pequeños." (Mt 11. 25).

* Nota: Referencia a la edición del primer tomo de EL Y YO que apareció en vida de la


autora, sin su nombre. Recoge una recopilación de textos escogidos cronológicamente
entre sus Cuadernos, pero incomplelos.

PREFACIO DE DANIEL ROPS

Es una historia hermosa y sorprendente -historia de un alma también ella- la que nos
cuentan los dos pequeños libros titulados EL Y YO. El primero apareció hace dos años y
adquirió luego un círculo de lectores fervorosos. El segundo va a ser publicado, y no es
menos rico ni menos conmovedor. Y ahora que el hecho de su muerte dispensa a la autora
del secreto que su discreción le imponía cuando estaba viva, tenemos derecho a decir quién
era el escritor anónimo (no decimos que "el autor", pronto veremos por qué) que había
escrito esas páginas fulgurantes de amor sublime, esos pensamientos a menudo tan llenos
de una verdad sobrenatural.

Se llamaba Gabriela Bossis. Hacia el final de su existencia sobre la tierra, era una señorita
de provincia de edad avanzada (había nacido en 1874), pero que, según el testimonio de
cuantos la conocieron, había sabido conservar extraordinaria juventud de espíritu y
comportamiento.

De ordinario vivía en Nantes o en algún otro pequeño poblado a orillas del Loira. De
ordinarío, decimos, porque su vida había sido un poco trashumante por la más inesperada
de las razones. Educada en un medio burgués (pues su padre había tenido, como en los
buenos tiempos, la profesión de "propietario"), Gabriela Bossis, la última en una familia de
cuatro hijos, había sido durante mucho tiempo una jovencita tímida, silenciosa y retraída,
que prefería estar meditativa en un lugar solitario más bien que jugar con sus compañeros
de edad. ¿Acaso comenzaba ella, ya desde entonces, a tener una experiencia extraordinaria
que debía consumar su vida? En todo caso, fue necesario que tuviera una muy buena razón
para rechazar todas las propuestas de matrimonio; y nada nos prohíbe pensar que dicha
razón haya sido de un orden muy íntimo. Se dice también que poseía dones especiales para
esas artes ornamentales a que se dedicaban nuestras abuelas: el bordado, la pin tura, la
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