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Los onas o selknam

Los delfines han llamado la atención de numerosas culturas. Quizás debido a ese anhelo que
tenemos de dominar un medio tan ajeno a nosotros, como es el mar. Quizás, debido a las
emociones que nos despierta el comportamiento de los delfines con relaciones sociales tan
parecidas, en algunos casos, a la de los humanos nos seduce a imaginarlos como seres
emparentados con nosotros.
Muchas culturas han incorporado leyendas que intentan justificar con su folclore las semejanzas
tan marcadas que existen entre humanos y delfines.

Este es el caso de los Selknam, que han vivido en directo contacto con el mar y que tienen una
leyenda sobre los hombres delfines.
¿Quienes son los Selknam?
Los Selknam u Ona eran una tribu de sur de América, que vivían en tierra de fuego entre
Argentina y Chile, habitando la isla Grande de tierra de Fuego, con un contacto directo con el mar.
Eran pescadores, recolectores capaces de sobrevivir a condiciones muy adversas con inviernos
muy duros y recursos alimenticios muy reducidos. Los primeros intentos de establecer colonias
por los Españoles, para controlar el paso y el comercio por el estrecho de Magallanes fueron un
fracaso y atestiguan que las condiciones necesarias para vivir allí eran mucho más duras de lo
esperado. Al final del siglo XIX, los intereses económicos de los colonos y la llegada de
numerosas enfermedades infecciosas acabaron con la mayoría de los integrantes de esta etnia,
que junto con el mestizaje desplazaron o anularon la mayorías de las tradiciones y estilos de vida
de estos pobladores.
Hay documentos que confirman la existencia de persecuciones sangrientas a los indios por los
colonos, que trataron a los indígenas tan cruelmente como se trataban a las alimañas en el
pasado.
LA LEYENDA DE LOS HOMBRES DELFÍN
Desde esta atalaya puedes observar la inmensidad del mar, cómo la olas acarician el arenal de la
bahía, el viento peina con delicadeza las dunas y el sol del atardecer baña de azahar el horizonte.
-Abuela, es muy bonito- dijo la niña-. Me gusta que me hayas traído hasta aquí.
Pero…- ¿que es aquello que se mueve allí adentro, junto aquellas rocas?-
-¡Son delfines!, ¡nuestros antepasados!, ¡mira como saltan! – exclamó la anciana Ona.
-¿antepasados…? – repitió sorprendida la muchacha.
-¿no te he contado nunca esa historia? – dijo la abuela.- Escucha, te gustará conocer esta historia
Hace mucho, mucho tiempo, nuestro antepasados vivieron en las proximidades de esta gran
bahía, eran unos grandes pescadores y decían que eran capaces de bucear en busca de las
hermosas perlas que existían en las profundidades del mar, otros se dedicaban más a la caza,
como éramos nómadas íbamos cambiando cada cierto tiempo de lugar.

Un día sucedió algo muy extraño, el cielo rugió, se oscureció y la tierra retumbó y se estremeció
como nunca antes había ocurrido. Cada vez el rugido era más fuerte y la gente no sabía que
hacer, algunas familias decían que había que huir de allí hacia el interior, otros decían que había
que adentrarse en el mar, mientras que otros pensaban que no era necesario hacer nada, que
sólo era una tormenta y se pasaría en unas horas.
Algunos de ellos, como los de la familia de los Kréèn decidieron que lo mejor sería adentrarse en
el mar, pero uno de ellos no sabía nadar y tenía mucho miedo. Él quería quedarse en tierra firme
como harían otros muchos del poblado. Pero sus familiares insistieron y casi, casi le obligaron a
sumergirse en el mar. A pesar de que no sabía nadar bien, entre todos le ayudaron una y otra
vez, y poco a poco aprendió a mantenerse y manejarse bien entre las olas.
Pero el rugido de la tormenta se hizo casi insoportable y de repente el mar se fue retirando y
alejando de la bahía, al poco tiempo una inmensa ola blanca del tamaño de una montaña se alzó
enfrente del poblado y en unos segundos engulló al poblado del mismo modo que un pez se
come un pedazo de pan.
Los Kréèn pudieron verlo desde el mar y sintieron tanta tristeza que decidieron no volver nunca
más a tierra firme, transformándose en delfines que ahora saltan todos juguetones entre las olas
del mar. Viven en manadas para poder ayudarse entre ellos, y muchas veces si un buen pescador
o navegante cae a el mar, los delfines intentan ayudarlo, en recuerdo por no haber podido ayudar
a sus antepasados.
Mito patagónico justifica la dominación masculina sobre las mujeres
Los antiguos Selk'nam o Shelk'nam, nativos de Patagonia hoy extintos, tenían una
interesante leyenda que justificaba el rol de sumisión de la mujer en la organización social
del grupo.

Decía la leyenda que al comienzo de los tiempos las mujeres sometían a los hombres engañándolos con un
ritual. Se disfrazaban de temibles espíritus y decían que solo ellas podían controlarlos. De esa manera los
hombres obedecían y acataban todas sus órdenes.
Pero un día, los hombres descubrieron el engaño y mataron a todas las mujeres mayores y solo dejaron
con vida a las muy niñas. A partir de ese momento, ellos comenzaron a utilizar el mismo engaño con las
mujeres logrando su obediencia, ¿qué tal? La ceremonia del Hain, rito de iniciación para varones que
celebraban aquellos aborígenes, estaba relacionada de manera directa con este mito.
La leyenda
Existen varias versiones sobre esta leyenda. Es muy difícil determinar cual sería la más afín a los
nativos Selk’nam porque la etnia fue extinguida durante el siglo pasado. Pero, más o menos, decía así: al
principio de los tiempos las mujeres gobernaban a los hombres. Ellas tenían grandes poderes y decían ser
aliadas de una especie de ballena de gran voracidad y apetito sexual que llamaban Xalpen. Ese horroroso
ser mitológico ordenaba a los hombres que suministraran carne y fueran sumisos a todos los pedidos de
las mujeres o serían devorados. Ellos vivían aterrorizados y sometidos por temor a los espíritus. Eran
obligados a realizar todo tipo de tareas, cazar, cuidar de los niños, cocinar y otras tareas.
La simulación
Para ejercer ese poder sobre los hombres, las mujeres se disfrazaban de espíritus pintándose el cuerpo y
poniéndose máscaras durante el ritual del Hain, que en ese tiempo era exclusivamente femenino. En esa
ceremonia instruían a las niñas en las artes mágicas de simulación. La leyenda cuenta que el demonio que
más temían los hombres era la ballena Xalpen que casi nunca era mostrada.
La historia se da vuelta
Así habría sido hasta que un día los hombres descubrieron el engaño. Habrían descubierto a las mujeres
disfrazándose y ensayando sus papeles de espíritus malignos entre risas y desprecio hacia los infelices
hombres. El resultado final fue bastante cruento, los hombres enojados por el engaño habrían irrumpido
en la choza donde se celebraba el Hain femenino matando a todas las mujeres. De inmediato, los hombres
decidieron adoptar el hain para sí mismos y engañar y dominar a las mujeres del mismo modo que antes
habían sido engañados y dominados ellos.
El sol y la Luna
La leyenda se engarza con otra. El Sol estaba tan asombrado por la mentira descubierta que comenzó a
golpear a su esposa, la Luna, con un garrote encendido tomado de la fogata. La Luna, con la cara
desfigurada y quemada huyó hacia el cielo. El Sol partió detrás de ella y así continúa hoy día,
persiguiéndola sin alcanzarla jamás. Las manchas que hoy vemos en la luna son las cicatrices de esa
golpiza.
EL MITO SELKNAM DE LA CREACIÓN DEL MUNDO Y LA LEYENDA MAPUCHE DEL ORIGEN
DEL HOMBRE Y LA MUJER

Hace infinidad de lluvias, en el mundo no había más que un espíritu que habitaba en el cielo. Solo
él podía hacer la vida. Así decidió comenzar su obra cualquier día.

Aburrido un día de tanta quietud decidió crear a una criatura vivaz e imaginativa, a la cual llamó
“Hijo”, porque mucho le quiso desde el comienzo. Luego muy contento lo lanzó a la tierra.

Tan entusiasmado estaba que el impulso fue tan fuerte que se golpeó duramente al caer. Su madre
desesperada quiso verlo y abrió una ventana en el cielo. Esa ventana es Kuyén, la luna, y desde
entonces vigila el sueño de los hombres.

El gran espíritu quiso también seguir los primeros pasos de su hijo. Para mirarlo abrió un gran hueco
redondo en el cielo. Esa ventana es Antú, el sol y su misión es desde entonces calentar a los
hombres y alentar la vida cada día.
Así todo ser viviente lo reconoce y saluda con amor y respeto. También es llamado padre sol.

Pero en la tierra el hijo del gran espíritu se sentía terriblemente solo. Nada había, nadie con quién
conversar. Cada vez más triste miró al cielo y dijo: ¿Padre, porqué he de estar solo?
En realidad necesita una compañera -dijo Ngnechén, el espíritu progenitor.

Pronto le enviaron desde lo alto una mujer de suave cuerpo y muy graciosa, la que cayó sin hacerse
daño cerca del primer hombre. Ella estaba desnuda y tuvo mucho frío. Para no morir helada echó
a caminar y sucedió que a cada paso suyo crecía la hierba, y cuando cantó, de su boca insectos y
mariposas salían a raudales y pronto llegó a Lituche el armónico sonido de la fauna.

Cuando uno estuvo frente al otro, dijo ella: – Qué hermoso eres. ¿Cómo he de llamarte?. Yo soy
Lituche, el hombre del comienzo. Yo soy Domo la mujer, estaremos juntos y haremos florecer la
vida amándonos -dijo ella-. Así debe ser, juntos llenaremos el vacío de la tierra -dijo Lituche.
Mientras la primera mujer y el primer hombre construían su hogar, al cual llamaron ruka, el cielo se
llenó de nuevos espíritus. Estos traviesos Cherruves eran torbellinos muy temidos por la tribu.

Lituche pronto aprendió que los frutos del pewén eran su mejor alimento y con ellos hizo panes y
esperó tranquilo el invierno.
Domo cortó la lana de una oveja, luego con las dos manos, frotando y moviéndolas una contra otra
hizo un hilo grueso. Después en cuatro palos grandes enrolló la hebra y comenzó a cruzarlas.
Desde entonces hacen así sus tejidos en colores naturales, teñidos con raíces.

Cuando los hijos de Domo y Lituche se multiplicaron, ocuparon el territorio de mar a cordillera.
Luego hubo un gran cataclismo, las aguas del mar comenzaron a subir guiadas por la serpiente
Kai-Kai.
La cordillera se elevó más y más porque en ella habitaba Tren-Tren la culebra de la tierra y así
defendía a los hombres de la ira de Kai-Kai. Cuando las aguas se calmaron, comenzaron a bajar
los sobrevivientes de los cerros. Desde entonces se les conoce como “Hombres de la tierra” o
Mapuches.
Mito de la luna roja entre los selknam

Cuentan los relatos orales de los extintos selknam que la luna roja representaba la furia y la
venganza de la diosa Krah. Sólo un ritual sagrado podría devolver el equilibrio.

El mito de la luna roja nos cuenta cómo los selknam interpretaban los eclipses y cómo los
solucionaban. A partir del mito del Hain, los amerindios de la isla Grande de Tierra de Fuego
consideraban a la luna como una fuerza maligna. Estos pobladores creían que la luna se ponía
roja debido al coraje que le provocaba el recuerdo del pasado.
Inclusive, cuando la rabieta era tan fuerte sencillamente se oscurecía el día. Por otro lado, cuando
la luna estaba rojiza era un presagio de desgracia. Pronto comenzaban a caer enfermos los
hombres o morían en combate. La única solución era recurrir al chamán.
El mito de la luna roja nos cuenta un ritual secreto
Para apaciguar a la diosa Krah, todos los selknam se reunían en torno al brujo más sabio.
Cuando la reunión tenía lugar, todos los fuegos de los campamentos eran apagados. En torno al
chamán, los selknam presenciaban un ritual mágico. Ataviado con un sombrero con plumas de
aguilucho, el brujo pedía a las mujeres que cantaran y bailaran a Krah.

Después, el anciano imitaba el sonido del aguilucho para iniciar un trance. Mediante este viaje, el
hombre se trasladaba donde la Luna para hacerle una petición. Unos momentos más tarde,
regresaba a su cuerpo con la respuesta. Si esta era positiva, la paz regresaría. Por ello era tan
importante el mito de la luna roja.
En el caso contrario, cuando la respuesta era negativa, el brujo moría. Se dice que después del
ritual, el chamán sólo dispondría de unos meses de vida. Por lo cual, no extrañaba a nadie
cuando el chamán moría.

De este modo, se entiende que el mito de la luna roja explicaba la calamidad colectiva. Es una
suerte de venganza por la humillación que Krah recibió del Sol cuando la delató.
Dioses de los indios Selk’nam, dioses onas

Los Onas, o indios Selk’nam, fueron un grupo étnico que vivió en la isla de Tierra del Fuego, en la parte más
austral del planeta. Eran hábiles cazadores de guanacos y otros animales y llamaban la atención por su
gran altura, ya que solían medir en torno a 1,80.
Vivían en pequeñas comunidades compuestas de dos o tres familias, no más. Su panteón de dioses era
extenso y muchos de sus espíritus representaban partes de la naturaleza.
Vamos a conocer mejor a los dioses de los Onas:
– Temáukel: es el Ser Supremo de los onas, creador del hombre, los animales, las plantas y todo lo que
existe. Existió siempre y por siempre existirá, como el Dios de los cristianos. A decir verdad como todos los
dioses supremos de casi todas las religiones del planeta. Vive en el cielo, detrás de las estrellas. Las almas
cuando mueren van hacia él y se quedan en el cielo para siempre.
– Kran: es el hombre-sol de los onas. Si bien ahora su casa es el cielo, antes era un excelente cazador que
vivía en la Tierra. Después de una terrible batalla subió al cielo detrás de Kra, la mujer-luna. Allí lo
esperaba Kranakhataix, su padre.
– Kra: es la mujer-luna. Odia a los hombres, por lo que de tanto en tanto suele devorarse alguno de ellos.
Para engañarlos cambia su aspecto, lo que se corresponde con las fases lunares. Es un espíritu iracundo
que de tanto en tanto se suele teñir de rojo por tanta ira almacenada. Tal vez esta característica se
relacione con los eclipses de luna, momento en el cual el astro se vuelve rojizo debido a un efecto
lumínico.
– Akáinik: es la hermanastra de Kra y representa el espíritu del arco iris.
– Short: es una deidad malvada y peligrosa. Es el espíritu de las piedras blancas. Viste un traje de este
color, lo que contrasta con su cuerpo negro y cornudo. Va armado con un palo con el que castiga a todo
aquel que alcanza. Suele perseguir a las personas, que para evitar sus golpes se trepan a los árboles,
puesto que Short no puede treparlos, aunque si intentará derribarlos a pedradas. A ningún otro espíritu se
le teme más.
– Jalpen: es la esposa de Short y representa el espíritu de las nubes entre los onas. Se la imagina vestida de
blanco y con un vuelo silencioso. Decían que su cabeza se alarga mucho hacia atrás.
– Oleming: aquellos hombres que resultan heridos por Short, son curados por este espíritu de los cielos
onas. Cura todas las heridas sin dejar cicatriz alguna o acaso pequeñas señales. Anda pintado de manchas
rojas y blancas.
– Huepen Mehn: es el espíritu de la montaña.
– Hashe: es el espíritu del árbol seco. Es de color rojo oscuro característico de las plantas muertas. Su grito
se escucha desde lejos y anuncia su venida. Al oírlo, los hombres y las mujeres huyen de los campamentos.
Cuando el Hashe llega hace destrozos. Casi nunca se lo deja ver, pero si se pueden escuchar sus alaridos
que causan terror.
– Quemanta: espíritu del árbol vivo. Viste de cortezas, ramas y hojas de las lengas y coihues vivos de la
región más austral del mundo. Es inofensivo, pero las mujeres le temen, por lo que huyen de su presencia
cuando lo intuyen cerca.
– Mehn: es la sombra de los muertos que vaga por la tierra como si fuera un alma en pena.
– Cenuke: ser mítico ona que mataba por puro placer. Violento en extremo. Durante su estadía en la Tierra
se le llamó Hásaps, sólo al final, cuando se transformó en estrella se cambió su nombre por el de Cenuke.
– Fosha: Es el dios del aire y vive en los bosques.
Relatos mitológicos selknam

Imagen representativa de un aborigen Selknam, ubicada en el acceso a la localidad de Tolhuin,


Tierra del Fuego, Argentina
La sabiduría de los pueblos originarios que habitaron América antes de la conquista europea es
rescatada desde la tradición oral que los caracterizó. La sabia cosmovisión de estos pueblos nos
transmite valores que es necesario rescatar
Kenós crea al hombre
Según la leyenda de los Selknam:
"No había nadie en toda la tierra. Nadie en el Norte, nadie en el Sur. Nadie al Este, nadie al
Oeste. Sólo Kenós estaba, el enviado de Temáukell (aquél que está allá arriba). Kenós llegó a la
tierra de los Onas y miró a su alrededor. Después, fue hacia un terreno pantanoso, hundió las
manos y las sacó llenas de barro, raíces y hojas. Dejó que se escurriera el agua y comenzó a
trabajar el barro cenagoso. Formó un órgano sexual masculino y lo dejó en el suelo. Luego, volvió
al pantano, y con más barro, formó un órgano sexual femenino, una vez realizado esto, se fue.
vino entonces la noche, y mientras reinaba la oscuridad, los dos órganos sexuales, se acoplaron.
A la mañana siguiente había surgido un ser humano, el primer ancestro de los Onas. En sólo un
día este ser creció hasta lograr el tamaño de un adulto. En la noche siguiente los órganos
sexuales de barro volvieron a unirse, y surgió otro ancestro. El episodio se repitió durante varias
noches, hasta que la tierra de los Onas se cubrió de gente, hombres y mujeres, que fueron los
primeros Onas". Pero la tarea de Kenós no estaba terminada aún: Kenós fue al Norte, lejos, muy
lejos. Allí, en los confines del mundo, volvió a crear órganos sexuales a partir de la tierra. Pero
esta vez los hizo en una playa, y utilizó arena como material. Por eso los Koliot son de piel clara.
Los primeros ancestros que había formado, en cambio, resultaron de piel oscura, porque oscura
era la tierra pantanosa de donde se habían originado"
Compilador Sugobono Nahuel
Leyenda del otoño y el loro

En Tierra del Fuego, en la tribu sélknam había un joven indio llamado Kamshout al que le gustaba
hablar.
Le gustaba tanto, que cuando no tenía nada que decir –y eso era muy notable porque siempre
encontraba tema– repetía las últimas palabras que escuchaba de boca de otro.
–Me duele la panza –le contaba un amigo.
–Claro, la panza –repetía Kamshout.
–Miremos este maravilloso cielo estrellado en silencio –le sugería una amiga.
–Sí, es cierto. Mirémoslo en silencio. ¡Es verdad! ¡Está hermoso!
Y es mucho más lindo así, cuando uno lo mira con la boca cerrada, ¿no es cierto? –respondía
Kamshout.
–¡No quiero escuchar una palabra más! –gritaba, de vez en cuando, el malhumorado cacique–.
¡En esta tribu hay indios que hablan demasiado!
–Una palabra más; ¡demasiado!... –repetía Kamshout.
Por su charlatanería, toda la tribu sintió su ausencia cuando un día, como todo joven, tuvo que
partir.
–Kamshout se ha ido a cumplir con los ritos de iniciación –comentaba alguno.
–¡Lo sé! –respondía otro–. Ahora puedo oír cantar a los pájaros.
–Yo escucho mis pensamientos –decía alguien más.
–Yo, el ruido de mi estómago –decía otra.
–Yo lo extraño –decía una. Pero enmudecía inmediatamente, ante las miradas de reprobación de
los demás.
Y pasó el tiempo. Tiempo de silencio y también de soledad.
Y Kamshout regresó.
Y las aves al verlo emigraron porque, ¿para qué cantar donde nadie puede escucharte?
Kamshout regresó maravillado. No podía olvidar su viaje y repetía a quien quisiese oírle (pero
más a quien no) que en el Norte, los árboles cambian el color de sus hojas.
Les hablaba de primaveras y otoños.
De hojas verdes, frescas, secándose lentamente hasta quedar doradas y crujientes.
(Y los que lo oían imaginaban, tal vez, un pan recién sacado del fuego.)
De árboles desnudos.
(Y los que lo escuchaban se horrorizaban de semejante desfachatez. ¡Si sólo andaban desnudos
animales y hombres!)
De paisajes dorados, amarillos y rojos.
(Y los obligados oyentes miraban sus pinturas para poder imaginar mejor.)

De caminos hechos de hojas que crujían, coloreadas de dorado, amarillo y rojo, provenientes de
árboles que se desnudaban.
¡Y semejante falsedad cerraba todas las posibilidades de imaginación!
Porque era demasiado esa combinación de sensaciones y de mentiras.
Ya en la tribu, todos creían que Kamshout estaba inventando un poco.
¿Qué era esa tontería de decir que los árboles no tienen hojas eternamente verdes?
¿Qué quería decir “otoño”?
¿Quién iba a tragarse el cuento de que los árboles pierden su follaje y luego les brota otro nuevo?
El descreimiento general enojó a Kamshout.
Lo enojó muchísimo. Muchísimo.
Lo hizo poner colorado de odio, le salieron canas verdes.
Desesperado por convencerlos de que decía la verdad, Kamshout contó lo mismo infinitas veces,
sin parar.
Día y noche, sin parar. Segundo tras segundo, sin parar. Hasta que sus palabras se fueron
encimando unas con otras y se convirtieron en un extraño sonido.

La tribu trataba de esquivarlo.


Por hacerse los que no lo veían, por jugar a ignorarlo, no vieron, en serio, su prodigiosa
transformación: Kamshout se convirtió en un loro gordo.
Recién lo notaron cuando escucharon que les hablaba desde los árboles.
¡Era él! ¡Ese pájaro era él!
No había duda. Era su voz, que ahora sólo decía: kerrhprrh, kerrhprrh... hasta el cansancio.
Kamshout volaba sobre las hojas, y al rozarlas, las teñía del color de sus plumas.
De pronto, una hoja cayó.
Corrieron a verla, a levantarla. La palparon y la volvieron a dejar en el suelo.
Entonces, la pisaron.
La hoja, matizada de dorado, amarillo, rojo, crujió bajo sus pies.
–¡Es verdad! –dijeron–. ¡Todo era verdad! ¡Kamshout no nos mintió!
Pero Kamshout no respondió. Se había ido muy lejos. Dicen que acompañado por su amiga y
enamorada.
La tribu quedó más en silencio que nunca.
Recién en la primavera, cuando las hojas volvieron a cubrir las ramas erizadas de frío de los
árboles desfachatadamente desnudos, volvió Kamshout, acompañado de su compañera y de sus
hijos.
Eso dicen algunos.
Otros dicen que los que vinieron eran sólo un grupo de loros haciendo kerrhprrh sin cesar desde
las copas de los árboles.
La luna (Mito Ona)
Las variadas fases de la luna, llamada kre, representaban para los Onas creencias arraigadas
desde antaño. Sostenían que los seres ocultos, enemigos de los hombres, chupaban su sangre y
los mataban; mediante estas vidas usurpadas generaban el crecimiento gradual del astro...

Ante la llegada del plenilunio se organizaban festejos alrededor de los grandes fogones, bailaban
y gritaban durante toda la noche, alegres por haber salvado a sus hijos de la voracidad del astro.
Los eclipses lunares representaban su ira contra los hombres. Cada shamán (kon) había soñado
que la luna entraría en tal estado, por lo que se reunieron con la gente de sus respectivos
territorios, pintados de acuerdo a las características de la situación.
Lucían un adorno de plumas muy finas (poor) en su cabeza, su capa y una marca roja en cada
mejilla. El kon observaba al astro largo tiempo, entonando cánticos monótonos y bajos. Así
alcanzaba un estado de transición a través del que representaba su visita a la luna. Este era el
objeto de la ceremonia: si era aceptado viviría largo tiempo, pero si era rechazado,
el kon presentía que desaparecería enseguida porque la luna había poseído el cuerpo y lo había
colmado en su lado oscuro.
Los onas y sus misteriosos rituales

Para los onas no había etapa de transición entre la niñez y la edad adulta. Un rito iniciático
(reservado solo a los hombres) certificaba la madurez, mediante la revelación de los secretos
tribales. El chamán se encargaba de liderar todo este ritual, además de imponer toda una serie de
duras pruebas de moral, coraje y resistencia física a los niños que debían dejar de serlo. Este rito
se realizaba en una de sus construcciones alejadas del campamento, para proteger toda la
ceremonia de las miradas curiosas de las mujeres.
EL MITO DETRÁS DEL H’AIN
a) La era de la dominación de la mujer
Los onas creían firmemente en una mitología que narraba cómo, en tiempos inmemoriales, las
mujeres ostentaban el poder y mantenían subyugados a los hombres. Y lo hicieron de una forma
muy ingeniosa: contaron a los hombres que existía un monstruo del inframundo
llamado Xalpen, que exigía carne de caza o los hombres empezarían a ser devorados. Las
mujeres, lideradas por Kreeh, eran las únicas que podían hacer de intermediarias con esa bestia
maligna y otros espíritus. Para hacer creer a los hombres esta historia, muchas féminas, con
máscaras y pintando su cuerpo, hacían apariciones sembrando el terror entre los hombres
sometidos, quienes debían cazar, recolectar alimento y cuidar de los niños, mientras las mujeres
fingían aplacar espíritus malignos.

b) El descubrimiento de la mentira
Un hombre, marido de Kreeh, descubrió el engaño al escuchar a mujeres burlarse de la
ingenuidad de los hombres. Reunió a todos los cazadores de la tribu y asaltaron la choza de las
mujeres, matándolas a todas. Solo Kreeh logró huir y, en esa interminable escapada con su
marido pisándole los talones, Kreeh se convirtió en la luna (magullada por la pelea que tuvo lugar)
y su marido (Kreen) se convirtió en el sol. Ambos fueron condenados a perseguirse eternamente.
c) La inversión de roles
Los hombres, heridos en su orgullo, decidieron adoptar el engaño e instaurar un nuevo
orden sobre las niñas, las únicas supervivientes de la matanza que aún no habían sido iniciadas
en el h’ain. Se abría una nueva era de poder.

LAS PINTURAS Y MÁSCARAS DEL HAIN


De acuerdo con el mito, los hombres tenían el deber de representar los espíritus con el propósito
de mantener su supremacía y un orden favorable. Así se explica el secretismo y exclusividad
masculino de este ritual.
Las máscaras, echas de madera y/o cuero de guanaco, se repetían en cada h’ain. Cada una de
ellas representaba a un espíritu que tenía su personalidad y rol diferencial. El “actor” debía tener
una actitud y movimientos acordes con el espíritu que tenía que representar.

Las pinturas ceremoniales tenían un valor simbólico y se hacían con arcillas. Hombres y mujeres
que no representaban a ningún espíritu también se pintaban el cuerpo y el rostro de una forma
más discreta, aunque no tenían permitido lucir máscaras.