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ABRIENDO CAMINO

El domingo 30 de octubre de 1932, se inauguraba el camino


carretero que partiendo del Cerro de Pasco tramontaba la
cordillera de la Viuda y, pasando por Canta, llegaba a Lima. La
historia de su origen y culminación es ésta.

Los primeros días de enero de 1925, don Santos Cuadrado y


Pérez, lanza la iniciativa de construir un camino para empalmar
con el ramal de Canta a Lima que el gobierno estaba
construyendo. La Municipalidad convoca a los hombres más
representativos a una reunión de planificación. El Alcalde, el
francés, Leopoldo Martin y sus regidores constituyen un comité
encargado de ejecutar la obra. La comisión quedó integrada así:
Don Santos Cuadrado y Pérez en calidad de Presidente y los
señores Teobaldo Guzmán, Mateo Galjuf, Carlos Languasco,
Ernesto Lercari, Aquiles Venegas, Esteban Quintana Guzmán,
Cesáreo Villarán, Vicente Caballero Thompson, y Melecio Ponce,
en calidad de vocales. El pueblo recibió con mucha simpatía esta
designación y se dispuso a brindar su más amplio apoyo.
 
 La
flamante comisión informa al Presidente de la República este
anhelo ciudadano. Leguía, que en su programa gobierno había
considerado la apertura de numerosas carreteras acoge con
simpatía el proyecto y reconoce oficialmente al Comité y
designa a los ingenieros Rosendo Icochea Calderón y Manuel
Belisario Llosa para que informen acerca de la viabilidad de la
obra. Efectuados algunos escarceos topográficos, mecánicos y
superficiales, evacúan el informe técnico negando posibilidades
para su construcción. El lapidario y grosero informe lo cierran
con una palabra: IMPOSIBLE.

Lima archiva el proyecto.


Don Santos Cuadrado y Pérez que había dedicado los mejores
años de su vida al estudio del proyecto, no lo puede creer y
enferma gravemente. El choque ha sido muy cruel para su
cansado corazón. Sin embargo, repuesto de su salud, viaja a
Lima a entrevistarse con el General Augusto Bedoya, Senador por
Junín y con el señor Patiño, Diputado por Canta, invocándoles
su colaboración y empeño para la realización del plan y nombra
a los señores Víctor Cipriano y Gerardo Gallo, representantes
del comité central. Estos hombres dedican sus mejores
esfuerzos para conseguir que se revise el proyecto. La lucha es
tenaz, porque el gobierno se opone una y otra vez:
 –!Es
imposible que un carro pase por “La viuda” –dicen-
 –!La idea
es una verdadera locura! – remarcan.
 Esta vez se archiva
definitivamente el proyecto.

Don Santos Cuadrado y Pérez, que muchas veces había cruzado


“La Viuda” a lomo de mula, sostiene que sí es posible que los
carros puedan cruzar aquellas soledades. Contaba con un
antecedente muy ejemplar. El gran automovilista limeño, Carlos
Olavegoya Krugger, hacía diez años había realizado un viaje de
Lima al Cerro de Pasco en un raid que se consideró muy
peligroso porque no había un camino trazado para el caso.
Remontó Obrajillo, Canta y La Viuda y apareció en la ciudad
minera. Coronaba así la audacia de haber sido el primero en
realizar un ascenso al cerro San Cristóbal el 31 de marzo de
1914. Con todas estas pruebas, don Santos Cuadrado y Pérez,
baquiano como ha sido, se ratifica en sus conceptos y lamenta
estar ya anciano para poder demostrar la viabilidad de su idea.
Siente el peso de los años sobre sus espaldas pero confía en
que dos de sus mejores amigos –jóvenes todavía- podrán
realizar el proyecto y los convoca.

El 20 de octubre de 1925, en los salones de su notaría, reúne


Teobaldo Salinas y Manuel Oyarzábal. Expuesta la detallada
propuesta, comulgan con la idea. Están convencidos de que es
factible el proyecto. Emocionados como tres adolescentes,
pasan horas discutiendo detalles de la gesta. Finalmente, don
Santos Cuadrado y Pérez les dice que como él, por lo avanzado
de su edad no puede ser de la partida, va a poner los cimientos
económicos para la hazaña. Ofrece 25 libras de oro de su propio
peculio, para el sustento de la empresa y diez libras más como
premio pecuniario, caso de que se cumpla con éxito. Un
fraternal abrazo cierra el trato.

Considerando que tamaña acción sería superior a sus fuerzas,


los dos amigos deciden enrolar a gente joven que pueda
auxiliarles. Convocan a los jóvenes, Juan Manuel y Antonio
Beloglio, sobrinos de don Manuel Oyarzábal y, a dos entusiastas
jóvenes más: Asunción Cornejo e Isidoro Delgado. La tripulación
está formada: dos maduros hombres de lucha que llevarán el
comando y cuatro bizarros jóvenes que serán auxiliares
valiosos. Un pequeño pero valioso puñado de cruzados en pos
de un ideal.

El siguiente objetivo fue el vehículo. Eligieron el pequeño pero


sólido FORD T, modelo 1915 de una tonelada de peso,
propiedad de don Teobaldo Salinas y don Manuel Oyarzábal.
Éste era, en aquel momento, el coche más popular y de mayor
nivel de ventas en el mundo. Este heroico Ford había cumplido
un excelente papel de transporte en la ciudad sin ningún
problema. Chasis inmejorable, motor a toda prueba, transmisión
y suspensión formidables. Era sólido, resistente y muy dúctil
para las maniobras más exigentes; sólo que para las tareas que
debía cumplir le despojaron de coberturas superiores quedando
sólo el motor con un resistente chasis de hierro. Eso sí, le
soldaron a manera de parrilla, unos soportes de hierro con
ganchos y aditamentos especiales para poder introducir
tablones, maderas, cuñas o soportes más grandes con los que,
en algunos casos, llegaban a disponer de un toldo que cubría
gran parte del coche –caso de lluvia copiosa-; por lo demás, no
contaba con parabrisas que pudieran protegerlos de los vientos
cordilleranos, terriblemente agresivos en estos páramos. Sus
faros muy débiles a ambos costados de los mellados
guardafangos y sus llantas, si bien no estaban muy viejas,
tampoco eran de reciente fabricación. Todas las deficiencias que
se podían distinguir a primera vista lo solucionarían con el
desbordante entusiasmo que los animaba.

Reforzaron algunas partes y le hicieron una meticulosa revisión


y aceitado. Reunieron para ello un alijo de maderas y fierros
necesarios para casos de emergencia. Asimismo se premunieron
de ropa adecuada para el duro trabajo de campaña; la
alimentación apropiada para el viaje; las herramientas y
repuestos más indispensables; un botiquín con los
medicamentos necesarios; lámparas, explosivos y todo aquello
que en esta clase de viajes se hace indispensable. Como lo
habían acordado inicialmente, así efectuaron los preparativos:
en la más completa reserva. Es necesario mencionar que
aquella fue una aventura muy osada si se tiene en cuenta las
amenazas del tiempo y la precaria garantía de seguridad del
vehículo.

Dejando expeditos el carro, las vituallas y las herramientas,


acudieron a firmar el documento del común acuerdo. En la
Prefectura del departamento y en presencia de don Manuel
Pablo Villanueva -el prefecto- firmaron el documento siguiente:

CONTRATO
Conste:
Que nosotros, Manuel Oyarzabal y Teobaldo
Salinas, nos comprometemos con el señor Santos Cuadrado y
Pérez, a emprender un raid automovilístico: Cerro-Canta-
Lima, por cuenta y riesgo nuestro, sin responsabilidad alguna
del señor Santos Cuadrado y Pérez, bajo las siguientes
condiciones:
a).- Mañana, 26 de octubre de 1925, saldremos de esta
ciudad por la ruta de Huayllay para llegar a la ciudad de
Canta el primero de noviembre próximo sin falta alguna, o
antes si fuera posible.
b).-El señor Santos Cuadrado y Pérez, nos entrega en este
momento: veinticinco libras de oro para el sustento de la
empresa.
c).-El carro con que se realizará el raid, es de marca Ford T,
modelo 1915, de nuestra propiedad. En él viajaremos
nosotros dos con el chofer respectivo y tres operarios hasta
Yantac. De este lugar telegrafiaremos al señor Cuadrado y
Pérez, para que si le conviniese, nos dé el alcance en cualquier
punto del recorrido.
d).-Se entiende por raid, la forma en que el carro saldrá de
esta ciudad y llegará a Lima piloteado por el chofer, sin
admitirse otra forma de locomoción.
e).- En Canta se demorará únicamente el tiempo preciso para
el descanso y reparación que necesite el carro.
f).-La falta de cumplimiento por nuestra parte, a cualquiera
de las cláusulas a,b,c,d, y e, será suficiente motivo para que
no gocemos del premio acordado y para que en la fecha de 30
días, le devolvamos su depósito al señor Cuadrado y Pérez,
para cuyo objeto le firmamos un vale separado.
Así le otorgamos y firmamos en el Cerro de Pasco a
veinticinco días del mes de octubre de mil novecientos
veinticinco.
MANUEL OYARZÁBAL TEOBALDO
SALINAS

Después de la firma del documento notarial se fueron a


descansar listos para largar al día siguiente.

PRIMER DÍA (26 de octubre de 1925)

Ha amanecido en el Cerro de Pasco. El cielo brumoso –cielo de


la época- le da una grisácea opacidad al ambiente. Desde las
primeras horas, aventureros y familiares se han dado cita en la
amplia casona de don Teobaldo Salinas, a las afueras de la
ciudad de donde habrán de partir en unos instantes. El
entusiasmo de los excursionistas es óptimo, sin embargo, una
que otra mirada acongojada de los familiares pone la nota triste
en la mañana. Como una muestra de comunión general todos
han degustado el reconfortante desayuno que se ha servido. Del
reloj de la torre del hospital se desgranan siete sonoras
campanadas. Se coloca la pequeña bandera de la patria en uno
de los soportes y los hombres, parten. Compañeros y amigos,
acompañan a pie a los aventureros hasta dos kilómetros,
camino de Colquijirca. En este lugar, emocionados se apean los
tripulantes y se despiden de los suyos con cálidos abrazos y
frases de esperanza. Hay más de una lágrima. Don Santos
Cuadrado y Pérez se despide de cada uno de los valientes. En
ese instante, la voz de don Teobaldo Salinas, estremece los
campos:

- !Adelante…!

Y arranca el legendario vehículo a conquistar la gloria.
 
 El


Ford toma la ruta de Colquijirca y, a regular velocidad, supera
“el cerro de plata”. En Unish entra en el afirmado camino que
conduce a Huayllay y atraviesa Canchacucho con el majestuoso
Bosque de Piedras al fondo. Con el fin de aprovechar el tiempo y
la claridad del día aceleran y, al promediar las once de la
mañana, distinguen los perfiles del histórico pueblo de Huayllay.
Faltando un kilómetro para entrar en el pueblo, los personajes
notables presididos por el alcalde y el gobernador, seguidos del
pueblo en general, reciben en medio de aplausos y vítores a los
expedicionarios. Todos los niños portan pequeñas banderas de
la patria. Hay gran algarabía. Les ofrecen un almuerzo y a la
una de la tarde reemprenden el viaje. El gentío, visiblemente
conmovido, los acompaña un kilómetro a la salida y, los
despiden.

Ahora, los aguerridos cerreños están solos.

La inmensidad del cielo se aclara y un sol tímido asoma por


entre las nubes serranas. Si hasta Huayllay podía seguirse un
camino apisonado, desde este lugar, no hay un solo indicio de
ruta. Sólo la débil trocha de los caminos de herradura que,
suben, bajan, entran por estrechos atajos y siguen por abismos
y breñales abruptos. Por esta senda no puede ir un carro. Hay
que buscar otro derrotero y, en todo caso, trazarlo.

A poco de caminar se dan con una rampa pronunciada de difícil


acceso. Hay que empujar el coche. Los hombres se apean y
arrostran la tarea. La pendiente es pronunciada. El piso está
muy húmedo y las llantas patinan. Las ruedas giran sin mover el
carro. Hay que usar de todas las fuerzas disponibles. El cielo se
ha ennegrecido en amenazantes cerrazones. Se utilizan pértigas
y tablones para conseguir que las ruedas hagan avanzar el
carro. Se ha comenzado a marchar lentamente y, después de un
buen rato, se llega a camino pedregoso donde las llantas ruedan
sin dificultad. Ha sido necesario empujar el coche con todas las
fuerzas. Ha comenzado a llover copiosamente. Los hombres se
calzan sus pacas, se ponen capotes y sombreros de agua para
seguir empujando. El agua se cuela por cuellos y mangas de los
capotes, pero ellos no se rinden. Están a punto de coronar la
elevación y duplican los esfuerzos. Por fin llegan a la cumbre. En
la penumbra de la noche que empieza, distinguen las tenues
luces de un campamento minero. Por orden de don Teobaldo,
beben dos buenas bocaradas de cognac para calentar el cuerpo.
La oscuridad ya es manifiesta. Los hombres suben al carro y
enfilan hacia el campamento minero. El recorrido es lento para
evitar su deterioro. De pronto, han salido varios hombres del
campamento y quedan mudos, con los ojos desmesuradamente
abiertos. No pueden creer lo que están viendo. ¿Un carro en
estas soledades y a estas horas?…Los hombres están atónitos.
Para romper el sortilegio, los raidistas hacen trepidar la bocina y
un grito unánime de respuesta los envuelve. El jefe de los
obreros se adelanta y les acribilla a preguntas. Respondidas
éstas, recién les da la bienvenida.

–¡¡¡Bienvenidos a nuestro campamento!!! –dice- ¡¡¡Es increíble


lo que estamos viendo, pero no hay nada que hacer. Es
cierto!!!.
 –¿Dónde estamos exactamente? –preguntan los
empapados visitantes.
 –En Pampa Alegre –es la respuesta- yo
soy Juan Alcócer, el jefe del campamento. Sean bienvenidos.
Los anfitriones han preparado caliente café para entonar los
músculos ateridos y luego una frugal cena serrana con la que
agasajan a sus huéspedes. La conversación es animada. Todos
preguntan y todos responden. Se toma datos, se hacen cálculos
y, con la noche encima, se acomodan en abrigadores pellejo y
rendidos duermen su cansancio.

EL SEGUNDO DÍA (27 de octubre de 1925)

La madrugada sorprendió a los hombres que cansados todavía


permanecen arropados en sus cobijas sobre gruesos pellejos de
carnero. Los mineros colaboradores como buenos anfitriones,
habían preparado un desayuno de fiesta: “chupe verde” con
agresivo ají verde, salpimentado de hierbas para calentar el
cuerpo, huevos fritos, cancha, queso y café caliente. En un
ambiente de bromas y alegría transcurrieron estos minutos.
Parecía como si estos hombres se conocieran de años. Ya cerca
de las siete de la mañana, alentándolos a seguir adelante y
deseándoles éxitos, los recios mineros de estas soledades se
despidieron.

–Queremos que se lleven este modesto presente como


testimonio de nuestra amistad, lo van a necesitar –dijo Juan
Alcócer y depositó en mano de los excursionistas, un buen
atado de coca, una cajetilla de cigarrillos Nacional y una botella
de cañazo.
Los audaces expedicionarios agradecidos contemplan cómo
aquel grupo humano bondadoso, premunido de cascos, capotes
impermeables, pacas y lámparas de carburo, se perdían detrás
de unos cerros cercanos.

–Gracias hermanos –dijeron los viajantes, y se despidieron con


los brazos en alto.

Ahora, la infinita soledad lo envuelve todo. Un silencio


sobrecogedor inunda la yerma zona glacial. Ni un animal, ni un
ave, ni una planta, ni una alimaña. Sólo ellos. El cielo brumoso
envuelve el paisaje en el que casi no se puede ver el perfil de
las ciclópeas magnitudes de los montes helados.

–!Bueno! –dice don Teobaldo Salinas- ahora, manos a la obra.


Tenemos que seguir adelante. Consulta la brújula y sus manos
enguantadas señalan el occidente. Allá está Lima y hay que
seguir.

A poco de iniciar la marcha sobre una explanada más o menos


pareja, se encuentran con la primera dificultad. Unas acequias
por donde discurre el agua helada, impiden el avance. Utilizan
unos resistentes tablones colocándolos a manera de puentes
entre las orillas. La extraordinaria pericia del piloto Juan Manuel
Beloglio, hace el resto.

Después de la dura tarea, beben sendos copones de cognac


para abrigarse, cuando les pareció oír una lejana voz
llamándoles. Miraron con creciente curiosidad y distinguieron
que de la ruta de Huayllay, un hombre les hacía señas.
Pensaron que tal sería un mensajero y esperaron ansiosos.
Pasados unos minutos, el hombre que llamaba, premunido de
abrigadora capa invernal les daba alcance. Ya muy cerca, lo
reconocieron, era Gamaniel Blanco Murillo.

–!Hermanos!- gritó el recién llegado.
 –!Hola muchacho! –


saludó don Manuel Oyarzábal.
 –!Don Manuel!…!, don
Teobaldo!…!Muchachos!…-uno a uno fue abrazando a los
raidistas. – He venido a darles alcance porque he sido nombrado
por EL MINERO para cubrir la información de la hazaña. Aquí
tengo mi credencial con los saludos de don Gerardo Patiño
López.

–Está bien, está bien. No te agites –dijo don Manuel- Pero es


necesario que sepas que esta misión es muy arriesgada y está
llena de sacrificios y penalidades.

–!No importa don Manuel. Estoy consciente de lo que esta


empresa significa y estoy decidido a correr la suerte que corran
ustedes. Si antes no les había solicitado que me incorporaran es
porque desde hace quince días estuve ausente del Cerro.

–Bien está, muchacho. Ahora eres uno de los nuestros; por lo


tanto, trabajarás tanto como puedas, porque lo que
necesitamos son brazos. No esperes ningún privilegio porque no
habrá favoritismos contigo. Eres uno de los nuestros y contigo
formamos un solo y compacto grupo.

–Gracias don Manuel.

Así quedó incorporado al grupo aquel valiente joven periodista


de dieciocho años de edad que cubriría al detalle las peripecias
de la travesía.

Después de vencer las primeras dificultades avanzan por entre


desigualdades abruptas. La marcha es penosa y lenta, pero
segura. Después de seguir por más o menos dos horas, llegan
debajo de un enorme breñal que tienen que superar. No pueden
hacer otra cosa. La zona está rodeada de cortaduras, quebradas
y cresterías pronunciadas. Todos los hombres han descendido
del carro, sólo don Teobaldo y Juan Manuel quedan en el auto
para conducirlo por estos roquedales. Sólo ellos pueden hacerlo.
Los demás, premunidos de grandes pértigas y sogas ayudan a
mantener el equilibrio del coche. Entre tanto, el cielo ha estado
tomando una tonalidad oscura, cada vez más amenazante.

La marcha es fatigosa y dura pero ellos no se rinden. Ahora ha


comenzado a caer la nieve. Sólo sus gritos cada vez que tienen
que hacer un esfuerzo conjunto rompe el escalofriante silencio
de aquellas estepas.
Con los cuerpos ateridos y al borde del pasmo, vencen al áspero
breñal y descienden jubilosos a un rellano más o menos amplio
donde se detienen. Las manos de los choferes están
entumecidas de frío. Descienden del carro y comienzan a
frotarse brazos y piernas para acelerar la circulación. Don
Manuel extrae una botella de cognac “Napoleón”, regalo de don
Cipriano Proaño y reparte medio vaso a cada uno. Las
vaharadas de vapor de los alientos parecen humo candente en
el frío del páramo. La nieve que estaba cayendo
parsimoniosamente se ha convertido en una ventisca.
Remolinos de aire frío espolvorean de copos a uno y otro lado.
La visibilidad es nula. Casi no pueden distinguirse entre ellos.

–!Suban al carro!!- ordena don Teobaldo-.Ya no hay nada que


hacer. La nieve se ha adueñado del paisaje.

Los hombres han colocado los soportes laterales y adecúan un


toldo con la lona sobre los tablones del carro. Ya en el interior
se despojan de sus capotes y sombreros de agua, se arropan
con gruesas chompas y ponchos de vicuña y, acurrucados uno
al lado del otro, esperan.

En silencio, don Teobaldo abre la bolsa regalada por los mineros


y a cada uno de los hombres les da dos puñados de coca y dos
cigarrillos.

Al conjuro del sabor dulce y misterioso de las hojas, los


hombres comulgan en silencio. La mente cavilosa de cada uno
evoca a sus seres queridos, sus vivencias pasadas, sus
recuerdos, sus amores. No hay nada como la quietud de estas
inmensas soledades, tragadas por el infinito, para meditar sobre
la vida. Afuera, silenciosamente, la nieve está cubriendo el
paisaje. Dentro, en una opalina humareda de cigarros, el
silencio cargado de recuerdos y presagios se ha adueñado de
todos.

–!Tenemos que vencer! –La sorpresiva exclamación de don


Teobaldo ha roto el pesado mutismo y sacando de sus alforjas
un pequeño cuadro del Señor de los Milagros, lo ha colocado
sobre un montículo interno y persignándose, exclama:
–!El nos ayudará!- Todos se santiguan reverentes.

Las horas han transcurrido lentas y silenciosas. Ellos,


encerrados en ese pequeñísimo universo de amistad, donde
cada uno depende de los demás, han ido matizando la
conversación con los chascarros. Nada más pueden hacer. Son
presos ateridos en esta implacable cárcel de nieve. Durante
todo el día, casi sin poder moverse, han comido y bebido allí
dentro. Los más viejos han contado pasajes de su vida, de sus
aventuras, de sus amores; los más jóvenes subyugados y
atentos, han escuchado. Cada hora –controlado por el sólido
Longines de don Manuel, que parece que hubiera congelado sus
manecillas- sale un hombre por turno para averiguar lo que
ocurre afuera. La situación ha empeorado. Cercana la noche,
don Manuel ha sacado una fina guitarra española y acompañado
de ella, ha deshojado los más hermosos pétalos de nuestro
cante. La muliza evocadora ha encandilado los cerebros que
dulcemente cansados se rinden al acuciante sueño que
adormece sus músculos.

Afuera, ha seguido nevando implacablemente toda la noche.

EL TERCER DÍA (28 de octubre de 1925)

La mañana del 28 de octubre despertaron de un reconfortante


sueño reparador. Don Manuel consultó su reloj: Las seis en
punto. Cuando quisieron abrir la abertura que señalaron como
puerta, la encontraron trabada. El peso de la nieve que la
cubría, impedía la apertura. Quisieron mirar por las rendijas,
pero éstas estaban cubiertas de nieve. Tuvieron que empujar
con todas sus fuerzas para vencer el obstáculo. Por el intersticio
logrado se deslizó Asunción Cornejo, el más enjuto de todos y
salió a explorar. Después de un buen rato retornó y trajo malas
noticias. La nieve continuaba cayendo aunque con menor
intensidad. Suponía que en media hora dejaría de caer. Se
equivocó. Todavía a las ocho de la mañana cesó el pertinaz
diluvio blanco. Después de desayunar frugalmente, Cornejo
volvió a salir premunido de una pala y emprendió el retiro de la
nieve con lo que levantaron la lona y, todos salieron.
 
 Un
paisaje lunar los sorprendió por completo. La uniforme blancura
de la nieve había hecho desaparecer los desnudos roquedales
del día anterior. El chasís del coche había desaparecido; la fría
capa blanca había esfumado los parachoques y guardabarros;
los ejes y ruedas completamente cubiertos. Los promontorios se
habían unido impidiendo distinguir un terreno apto para el
avance del carro. Se corría el riesgo de encajonarse en un
abismo encubierto por la nieve. Menos mal que el cielo, ayer
encapotado, comenzaba a azularse y no tardaría en salir el sol.
La determinación de los jefes Salinas y Oyarzabal, fue esperar.
Con el fin de desentumecer los músculos y activar la circulación,
hicieron rodar bolas de nieve hasta convertirlas en gigantescas
moles, las que -llenos de humor- fueron convirtiendo en
muñecos a los que, entre risas, le pusieron los nombres de los
personajes más visibles del Cerro de Pasco.
Después del almuerzo con abundante charqui, ají, mantequilla y
café, siguieron haciendo rodar las bolas de nieve por la ruta
occidental, limpiándola para que fuera más fácil el
descongelamiento. La tarde avanzaba y no obstante el arduo
trabajo no se podía distinguir la superficie del piso. Cansados,
los jefes determinaron que había que seguir esperando hasta
que derritiera la nieve.

El resto de la tarde transcurrió en amena conversación. Don


Manuel Oyarzabal, con una gracia narrativa cargada de
dolorosas evocaciones relató su participación en la guerra con
Chile, conformando con su hermano Toribio –entre otros- la
segunda famosa Columna Pasco, cuando apenas eran un par de
niños. Habían sido integrantes de un segundo grupo que armó
el italiano Enmanuele Chiesa con el mismo nombre en homenaje
a los que habían muerto en Arica. Habían salido del Cerro de
Pasco para impedir que los chilenos tomaran Lima y
combatieron en San Juan y Miraflores. Los pasajes del relato
llegaban nítidos a la mente de don Manuel, que emocionado
cerró su narración ya con la voz quebrada:

— “Aquellos últimos días del año de 1880, fueron terriblemente


tormentoso para todos nosotros en el Cerro de Pasco. Toda
nuestra atención estaba cifrada en las noticias que llegaban
transmitidas por el telégrafo. Cuando nos enteramos que los
chilenos habían desembarcado armados hasta los dientes en las
playas de Pisco entre el 8 de noviembre y el 1º de diciembre, ya
no pudimos más. Todos los viejos cerreños conjuntamente con
nosotros los “chiuchis”, nos reunimos en Gayachacuna y,
acordamos conformar una nueva Columna Pasco para marchar
en defensa de nuestra capital. No era el caso de dejarlos entrar
a la ciudad. Nuestro problema era que ya no había el apoyo
inicial que los héroes a del primera Columna habían
tenido”..
 — ¿….Y?
 — “En eso emergió la figura de un italiano
extraordinario que tenía su negocio en la Plaza del Comercio. Él
se llamaba Emmanuele Chiessa, pero diciéndose cerreño,
castellanizó su nombre y apellido por Manuel Iglesias, que es lo
mismo. Bueno, el caso es que este buen bachiche, puso los
primero cuatrocientos soles para la compra de armamento. A
eso se sumó la colecta que nuevamente hicieron las mujeres y
algunos regalos más que obtuvieron. Cuando estuvimos listos,
lo hicimos padrino de nuestra bandera al italiano y
partimos…”
 — ¿Igual que la primera Columna…?
 — “No. Ya
nosotros no podíamos exigir más. Algunos extranjeros nos
dieron fusiles y uno que otro apoyo. Así, arrebatados, a la loca,
partimos del Cerro de Pasco. Nuestra única consigna era
defender a como dé lugar nuestra capital. Si los expulsábamos,
los chilenos ya no llegarían a nuestra ciudad”.
 — ¿Tenían
uniformes…?
 — “Nada. Esperábamos que en Lima nos dieran lo
necesario, pero no fue así. No había siquiera un plan de
combate. En cambio los chilenos estaban muy bien
pertrechados: cañones, ametralladoras, fusiles, municiones,
hombres y animales. Nosotros no. Es más. Al ejército chileno se
había unido un contingente de chinos que explotados
cruelmente por los hacendados peruanos, fueron aliados, guías
y confidentes de los rotos. Con la llegada de los sureños
encontraron oportunidad para vengarse de los explotadores.
Bueno, así las cosas, el 12 de enero de 1881, atacaron San Juan
y no obstante la defensa, lo dejaron convertido en una hoguera
gigantesca. Fue terrible. Yo, con mi hermano, nos vimos las
caras con los chilenos en los arenales de Miraflores. Ahí sí que
peleamos como fieras. A mí, los cojudos, creyéndome muerto,
ni caso me hicieron porque mi cuerpo estaba completamente
lleno de arena y sangre; sangre de un miserable jefe chileno al
que le molí la cara a cabezazos –porque los dos estábamos
desarmados- aunque yo también sufrí una incontenible
hemorragia. Luego se produjo una gran explosión; volé por los
aires y perdí el sentido. No sé cuánto tiempo estuve así. El caso
es que en el “repase” no me tocaron…en cuanto a mi hermano
Toribio, lo habían enviado a un hospital cuando fue herido de
gravedad por un obús que le voló los dedos de la mano. Luego
vino lo que ustedes saben; el triunfo de los chilenos. Desde
entonces pasó mucho tiempo que soportamos sufriendo nuestro
dolor y nuestra tristeza hasta que acabó la guerra. Un día
llegados al cuartel general para reponernos de nuestras heridas,
nos encontramos después de muchos meses, con mi hermano
Toribio y nos abrazamos, llorando como hombres y, en ese
momento, emocionados, los dos cantamos a voz en cuello una
hermosa muliza que mucho le gustaba a mi santa madre.
Cuando terminamos, la tropa del cuartel, también estaba
llorando. Eran lágrimas de hombres que humedecieron nuestras
polacas destrozadas. Eran lágrimas de hombres que habían
luchado como fieras y que por milagro de Dios estaban vivos…!Y
aquí estoy, carajo, todavía vivo y fuerte y esta nevadita no nos
va a matar…!… ¡¡¡Tenemos que vencer!”…
El silencio llegó a la estancia, los jóvenes empaparon sus ojos
en aquella legendaria figura de nuestro pueblo y encandilados
por una reverente admiración, se durmieron.

CUARTO DÍA (29 de octubre de 1925)

Era las cinco, pero el brillo de la nieve reflejaba la mañana como


si fuera más tarde. Llenos de entusiasmo se incorporan, sólo
Asunción Cornejo tiene problemas. Abundante legaña
apelmazada le impide abrir los párpados. Don Teobaldo coge un
trozo de algodón y limpia. El paciente apenas si puede abrir los
ojos; cuando lo hace, muestra sanguinolento el globo ocular
semejante a un tomate. Es el fatídico “surrumpe”. La cura no se
hace esperar. Acuesta al lesionado y cogiendo dos bolas de
nieve, se los aplica encima de los ojos para refrescarlos.
 –Esto
te curará. Ahora reposa un poco. Más tarde estarás mejor- dice
don Teobaldo y ordena que cada uno de los hombres se coloque
dos hojas de coca en los párpados inferiores para evitar la
irritación de los ojos.

Como lo han previsto, así ha ocurrido. La nieve ha derretido y,


convertida en agua desciende de las alturas arrastrando los
vestigios de copos deshelados. Tras superar la primera dificultad
avanzan por un paraje más o menos plano. Al promediarse la
mañana, llegan a la estancia de Palcamayo, desde donde se
columbra una quebrada atravesada por el río Rodeo. Vencidos
los obstáculos, toman la estrechez de una cañada y descienden
lentamente hasta llegar a la orilla de un río. Después de buscar
un vado, utilizando sogas y cables, vencen la correntada y se
instalan en la otra orilla. Almuerzan en la estancia Palcamayo y
después reinician la marcha. Tienen que recuperar el tiempo
perdido. Han llegado a una rampa abrupta y se hace
imprescindible vencerla. Con mil esfuerzos superan la dificultad
y llegan a un promontorio desde donde puede verse una planicie
húmeda y cenagosa. Amarradas las escaleras, tablones,
pértigas y herramientas, inician el descenso y en una hora
llegan a la planicie de Rupacancha. Esta explanada extensa es
cubierta en otra hora. Al final se encuentran con enormes rocas
y no tienen más remedio que utilizar los explosivos. Expertos
como buenos mineros hacen volar una enorme roca. Vencido el
inconveniente, avanzan triunfantes. Faltando casi una legua
para llegar a la estancia de Casacancha, le da el alcance el
gobernador del pueblo de Culluhuay –ya en territorio canteño-
informándoles que del subprefecto de la provincia, señor
Hildebrando Escudero, trae la misión de ayudarles. Llegados a la
estancia, acampan, toman sus alimentos y como ya es cerrada
la noche, se van a dormir.

QUINTO DÍA (30 de octubre de 1925)

Cuando los hombres despertaron en la mañana del 30 de


octubre, comprobaron que la tormenta de rayos y truenos que
no les había dejado dormir había tenido una secuela de
inmisericorde granizada. Sólo al amanecer había amainado su
furia. El piso estaba empapado pero podía distinguirse la
superficie. Luego de colocar la bandera en un improvisado
mástil del carro, con especial veneración y respeto, se
santiguaron e iniciaron la jornada.

A poco de iniciar la marcha encontraron el camino de herradura.


Contentos por el hallazgo siguieron la senda cerril por un
desfiladero que a ratos se estrechaba peligrosamente. Aquí se
pudo apreciar la pericia de don Teobaldo en la conducción del
vehículo. Continuando con menos tumbos que antes fueron a
llegar a una vaquería que llamaban El Escalón. En este lugar se
sorprendieron al encontrar una comisión presidido por el
gobernador de Marcapomacocha y una veintena de hombres del
caserío de Yantac que aguardaban muy entusiasmados.

Después de los saludos pertinentes, se pusieron a órdenes de


los excursionistas invitándoles a llegar a Yantac donde el pueblo
estaba esperándoles.

Verdaderamente extraordinario fue su ingreso al pueblo. Todos


los vecinos portando antorchas y banderas hacían calle para el
paso del automóvil. Gritos, pitos y salvas aclaman
estentóreamente a los visitantes. Llegados a la plaza principal,
recibieron el saludo del telegrafista Lorenzo Leiva, de la
autoridad del lugar, don Manuel Bao y otros representantes de
los pueblos vecinos. Éstos explicaron que gracias a la
comunicación telegráfica de don Santos Cuadrado y Pérez desde
el Cerro de Pasco a toda la zona del recorrido, se habían
enterado de la travesía.

Después se sirvió un espléndido banquete enmarcado por


cándidos lamparines a querosene. Eran las nueve de la noche.

Concluida la cena, transcurrida en un ambiente de franca


cordialidad, los cansados viajeros se retiraron a descansar.

SEXTO DÍA (31 de octubre de 1925)

La serena mañana presagiaba una jornada fructífera. Los


amenazantes cielos de días anteriores habían cambiado por la
suave transparencia de esa mañana. Después del desayuno
partieron escoltados por gran cantidad de lugareños que se
habían ofrecido a colaborar.

El heroico FORD largó de la bullente plaza por el lado norte de


Yantac con dirección al Escalón, para lo cual hubo de requerir
los generosos brazos de los lugareños para ascender por una
abrupta cuesta que, solos, no habrían podido superar.

Después llegaron a un estrecho desfiladero que recorrieron a


regular velocidad. Mientras el carro avanzaba de tumbo en
tumbo, los hombres de la ayuda corrían detrás con gran
entusiasmo. Todo fue bien hasta que llegaron debajo de un
arriesgado promontorio pedregoso donde decidieron descansar
para tomar sus alimentos.

Era ya el mediodía.

Todos se sentaron en derredor de una improvisada mesa


constituida por un poncho. En ella, generosas papas serranas,
trozos de magra chalona, floridos granos de cancha, pedazos de
mantecoso queso yantacino y ají, mucho ají. Al frío hay que
vencerlo con este cálido alimento que entonan los pulsos y la
sangre. !Qué hermoso fue aquel yantar!. La comunión del
esfuerzo los ha hermanado y, en ese ambiente, nuestros
hombres están gratos y contentos. Después de una hora de
pascana en la que nada quedó sobre la mesa, se pusieron de pie
a seguir la jornada.

Tras adecuado estudio de la zona subieron un gigantesco


promontorio. Utilizando numerosas sogas, ataron el vehículo
para protegerlo. En determinados momentos estaba sobre el
abismo. En este paraje estuvieron buen tiempo en el que se
aplaudió la serenidad de don Teobaldo Salinas guiando y
orientando al chofer Juan Manuel Beloglio. Coronada la
escarpada zona con gran éxito, siguieron por una pampa amplia
y plana. Eran las 3:15 de la tarde. Los hombres de Yantac se
despidieron de nuestros aventureros.

Nuevamente solos y con la bandera flameando invicta en la


parte más visible del coche, comenzaron a avanzar jubilosos por
aquellos campos.

Al promediar las cuatro de la tarde, vieron por la senda que


seguían a numerosos hombres emponchados. Afirmaron ser
miembros de la comunidad de Culluhuay que venían a darles
alcance para ayudarles. Eran 45 hombres fornidos y premunidos
de sogas y reatas, y de varios “quipes” de comida, coca,
cigarros, velas. Con el auxilio de estos hombres subieron el
carro a la parte más alta. Tuvieron que colocar cuñas para
evitar que el carro volviera hacia atrás. Sogas, pértigas,
tablones, eran utilizados en la tarea en que todos los hombres
sudaban la gota gorda.

Ya la tenue timidez del sol se diluía detrás de los picachos


cuando llegaron a la parte más alta del recorrido. Las vivas
exclamaciones de alegría y de abrazos menudearon. !!Estaban
en la parte más alta de la cordillera La Viuda!!!…La pequeña
bandera de la patria que flameaba acariciada por el frío viento
cordillerano, emocionó a los aventureros. En este momento de
triunfo, don Manuel Oyarzábal, con su voz tronante cargada de
emoción comenzó a cantar el Himno Nacional. En respetuoso
recogimiento, las voces asordinadas de los culluhayinos se
unieron al emocionado coro. !!Qué inolvidable y maravilloso
aquel momento!! !Estaban a cinco mil metros de altura sobre el
nivel del mar!!. Les había costado tanto llegar!!.Ahora todo sería
menos duro.

Después de escanciar una botella de pisco celebrando el


acontecimiento, hicieron correr el vehículo. Cada vez que
encontraban alguna dificultad, la afrontaban hasta vencerla. En
esta tarea continuaron hasta las siete y media de la noche en
que llegaron a una hondonada donde decidieron acampar.

Terminada la cena, se sentaron en derredor de una fogata. La


luna hermosa y gigantesca alumbraba la escena. Los
expedicionarios y sus amigos, conversaban y fumaban. Al poco
rato don Manuel Oyarzábal estremecía la noche con hermosas
mulizas cerreñas. Estrellas titilantes acompañaban la bronca
emoción de los viajeros y, un cielo brillantemente azul adornado
de estrellas, arrulló el descanso de estos hombres valientes.

SÉPTIMO DÍA (1 de noviembre de 1925)

Aquella mañana, un silencio religioso y casi sobrecogedor, se


había apoderado de los aventureros. En la mente de cada uno
de ellos bullía el recuerdo de seres queridos que habían muerto.
Madres, abuelos, hermanos, amigos; imágenes y recuerdos,
nublaron los ojos de los osados aventureros. Don Teobaldo
conocedor del alma de nuestra gente se dirigió a los hombres
que rodeaban la fogata que avivaba el desayuno y les dijo:
 –Yo
sé que este momento han recordado a los seres amados y
sufren por no poder ir a dejar una oración y una flor en sus
tumbas. La oración la diremos aquí; las flores con nuestras
lágrimas y triunfo, se las llevaremos a nuestro retorno.
Acompáñenme a rezar.
 
 Reanimados con las oraciones
desayunaron ya con el acostumbrado brillo en los ojos y a las
ocho de la mañana comenzaron a avanzar. Superando un corto
trecho tropezaron con gigantescas rocas que constituían un
verdadero escollo para la marcha. Tuvieron que utilizar la
dinamita para volarlas. Fueron varias explosiones que
retumbaron en la silenciosa pampa. Vencida la dificultad,
descendieron por un estrecho desfiladero utilizando sogas y
pértigas para controlar el empinado descenso. Mucho se
esforzaron para hacer llegar el carro a un rellano terroso. Aquí
almorzaron. Era ya el mediodía y amenazantes cerrazones
cubrían el cielo serrano.
Terminada la pascana, avanzaron por un terreno más plano y
menos abrupto que los anteriores. A las tres de la tarde llegaron
exhaustos a Tambo Navarro. En ese momento el cielo se
desencapotó en una lluvia torrencial iluminado de rayos, truenos
y relámpagos.
Descansaban rendidos en unos establos de “El Tambo”, cuando
montado sobre una briosa mula y acompañado de un guía,
llegaba -empapado y cansado- don Santos Cuadrado y Pérez.
!!Qué alegría la de aquella gente!!. Abrazos y risas, preguntas y
comentarios, en tanto afuera, la furia de la tormenta trazaba
garabatos de luz en el cielo rebelde.
La conversación es amena y cordial. Don Santos ha sacado de
sus alforjas, dos botellas de cognac francés y brinda con todos.
Después de media hora de diluvio, el cielo se tranquiliza por lo
que deciden seguir adelante.
Habían avanzado un largo trecho y ya siendo la siete de la
noche –faltando un kilómetro para llegar a Culluhuay- se topan
con numerosas rocas. Dejaron aquí algunos hombres para que
cuidaran el carro y a pie arribaron a Culluhuay donde la gente
amable y buena les esperaba.
Aquella noche, después de la cena, rendidos pero contentos, se
durmieron.
OCTAVO DÍA (2 de noviembre de 1925)

Con el entusiasmo al tope y renovadas energías, afrontaron la


tarea desde las seis de la mañana. Los dos kilómetros que
faltaban para llegar al pueblo eran los más difíciles del
recorrido. Tuvieron que volar varias rocas y, al promediarse el
mediodía, llegaron al río que cruzaron haciendo una verdadera
proeza de equilibrio y valor.

Por fin, a los dos y quince de la tarde, el FORD T entraba


triunfante en Culluhuay. Aclamaciones del pueblo y el repique
de alegres y triunfales campanas. Los niños que habían hecho
calle con banderas y flores, fueron desfilando delante de los
valientes expedicionarios colocando los ramos sobre la capota
del coche. Al poco rato, el vehículo casi desaparecía sepultado
por el peso de las flores y las cadenetas. !!Qué emoción!!,
nuestros raidistas estaban triunfantes y sonrientes al lado del
coche.
El corazón, galopante, les latía frenético y emocionado. En ese
instante de alegría ocurre algo realmente conmovedor. Una
anciana de blanquísimos cabellos y apergaminado rostro, se
abre paso entre la muchedumbre y conducida por sus nietos,
llega hasta don Manuel Oyarzabal y le hace entrega de un ramo
de rosas rojas y, con su voz cansada pero tierna, dice:
 –Ahora
sí, puedo morirme. Ya conozco el automóvil y ustedes me lo han
traído…!!Que Dios los bendiga!!…

La gente aplaudió enternecida cuando aquella viejecita de 110


años de edad –la más anciana del pueblo- besó las manos de
los valientes peregrinos.

Después de este extraordinario acontecimiento que conmovió a


todos, las autoridades invitaron a presenciar una ceremonia en
el patio de la escuela. Hubo poemas, canciones, danzas,
discursos y regalos. La sesión se cerró con un almuerzo opíparo,
salpimentado de generoso pisco puro.

Esa tarde, soleada como pocas, un grupo de hermosas


culluhayinas invitaron a pasear por sus huertos y jardines a los
jóvenes de la aventura. Sólo don Manuel y don Teobaldo
quedaron para platicar con el cura, con las autoridades y don
Santos Cuadrado y Pérez, que ahora se encontraba más feliz
que nunca.

Llegada la noche, después de una espléndida cena bajo la


patriarcal mirada de los viejos del poblado, los emocionados
excursionistas bailaron lánguidos y románticos valses con las
chicas más bellas del pueblo.

Cercana la medianoche, y muy agradecidos, se retiraron a


descansar. Esa noche jamás la olvidarían.

NOVENO DÍA (3 de noviembre de 1925)

La mañana templada del 3 de noviembre –noveno día de


excursión- todo el pueblo de Culluhuay asistió a la misa que el
anciano sacerdote del lugar dijo por la salud y el éxito de los
expedicionarios.
Terminados los servicios, se sirvió el chocolate con panecillos
calientes, hechos por las “Hijas de María”. Todo transcurrió en
un ambiente de franca cordialidad. A las ocho de la mañana,
más contento que nunca don Santos Cuadrado y Pérez, continuó
viaje para informar a la comisión de esta parte de la aventura. A
esa misma hora, pero por rumbo distinto, la delegación siguió
adelante, siempre escoltados por 45 culluhuayinos que ya se
sentían miembros natos de la empresa. Esta vez el camino no
era tan difícil como antes. El carro avanzaba lentamente y
cuando encontraba alguna dificultad, inmediatamente era
vencida por los hombres.

Después del almuerzo continuaron con la tarea de avanzar y, al


promediar las seis de la tarde, llegaban a la comunidad de
Huacos, donde, contrariamente a lo que había ocurrido antes,
nadie salió a recibirlos. En este lugar los culluhuayinos se
despidieron y retornaron a su pueblo.

Esa noche, los expedicionarios levantaron su carpa sobre el río


Chillón y adormecidos por el suave discurrir de las aguas, se
durmieron plácidamente.

DÉCIMO DÍA (4 de noviembre de 1925)

Este décimo día, después del desayuno marcharon por una


pendiente muy pronunciada. Tuvieron que utilizar todas sus
fuerzas e ingenio para avanzar. El problema no era empujar,
sino sostener el carro para que no rodara pendiente abajo. El
uso de piedras grandes como cuñas facilitó la tarea.

Aquella mañana se tuvo que realizar cinco explosiones para


dejar expedito el camino. Al mediodía, vencida la agreste
peñolería se sentaron a almorzar, pero en el momento en que
iban a abrir sus paquetes, los comuneros de Huacos les daban
alcance, Traían un reconfortante almuerzo.

Después de la pascana nuevamente atacaron la empresa, esta


vez ayudados por los huacosinos. Su ayuda fue providencial.
Sus acerados brazos sirvieron como frenos adicionales para el
descenso del carro. Cuando ya se cerraba la noche llegaron
hasta una explanada llamada Gusguchuyoc. De aquí, los
huacosinos retornaron a su comunidad.

A sólo 4 kilómetros de Canta ya podía sentirse el cálido


ambiente de su clima y el fresco aroma de sus campos. Con el
fin de recuperar fuerzas, hicieron hervir agua y prepararon una
cena frugal, después de la cual se durmieron rendidos bajo los
cerros.

DÉCIMO PRIMER DÍA (5 de noviembre de 1925)

El entusiasmo que generaba la clara mañana se acrecentó con


las caricias del abrigado clima lugareño. Estaban cercanos al
cálido pueblo canteño.

Después de las oraciones cotidianas y el frugal desayuno


acometieron las tareas con renovadas fuerzas. A poco de iniciar
la marcha, tropezaron con unas rocas gigantescas. Las volaron
en medio de atronadoras explosiones. No pasó mucho tiempo
cuando gran cantidad de gente canteña salió a darles alcance
brindándoles oportuna ayuda. El trabajo era rudo, sin embargo,
con esa ayuda, avanzaron seguramente.

Llegada la hora oportuna, las autoridades brindaron un


espléndido almuerzo a los raidistas. Aprovechando la
luminosidad del día, todos los allí presentes, se sentaron a
degustar un abundante locro de habas, en cuyo espeso y oscuro
caldo, grandes trozos de carne sobresalían apetitosos. Para
finalizar, sirvieron unos tiernos cabritos asados. No faltó el puro
de Ica.

Ya se estaba viviendo un ambiente de fiesta.

Luego del almuerzo, tras vencer muchas dificultades, asomaron


detrás de una loma alta, desde donde divisaron Obrajillo, Canta,
Pariamarca y San Miguel. Esta extraordinaria visión les llenó de
emoción, renovándoles las fuerzas. Descendieron y, a las cinco
y treinta de la tarde entraban en el acogedor y simpático pueblo
de Canta que, con sus locas campanas, aplausos y vítores,
daban la bienvenida a los paladines de la aventura.
!!!Que viva el Cerro de Pasco!!…!!!Que vivan los cerreños!!!-
gritaban sus gentes.

Las luminosas calles canteñas eran pletóricos ríos de vida, que


discurrían animados de bulliciosos colores. Acompañados de las
autoridades del pueblo, entraron en el bullanguero Canta.
Llegados a la plaza principal, las autoridades y personas
notables, desfilaron una a una, abrazando y dando la bienvenida
a los cerreños. Las guapas canteñas habían confeccionado
sendas bandas de seda que fueron colocando a nuestros
triunfadores. Chicas del María Parado de Bellido y Juana de
Arco, vestidas con sus mejores galas y sus hermosos tocados,
arrojaban flores a los raidistas que agradecían con las manos en
alto. A pedido de las autoridades el heroico FORD dio varias
vueltas por las calles de Canta.

Más tarde, en el salón de actos del Concejo Provincial, se realizó


una emotiva ceremonia en la que el alcalde resaltó la
trascendencia y la heroicidad de la travesía. Por disposición de
los jefes de expedición, Gamaniel Blanco Murillo, agradeció con
frases muy hermosas y conceptuales al amable pueblo de
Canta, alabando su ejemplar espíritu de colaboración y su
remarcada hospitalidad.

En el banquete que se sirvió más tarde, hubo frases elogiosas


para los expedicionarios. Después de la tertulia, cercana la
medianoche, se retiraron en medio de cariñosos aplausos.

DUODÉCIMO DÍA (6 de noviembre de 1925)

Aquella mañana cuando el canto del gallo y el trino de las aves


anunciaban el nuevo día, un grupo de bondadosas matronas
sorprendieron a nuestros aventureros con un ponche
sustancioso y panecillos recién salidos del horno.

Agradecidos y restituidos del cansancio, se despidieron de


aquellas caritativas gentes y luego enrumbaron por el lado norte
en compañía de algunos hombres del fundo Santa Rosa.

Al promediar el mediodía llegaron a Santa Rosa, donde el dueño


del fundo, don Primitivo Grados, les colmó de atenciones.
Cuando quisieron seguir adelante después del almuerzo, una
lluvia torrencial se desató sobre el lugar por lo que don Primitivo
les impidió seguir adelante.

Como la lluvia continuaba y, cerraba la noche, decidieron


pernoctar en el fundo.

DÉCIMO TERCER DÍA (7 de noviembre de 1925)

Desde las primeras horas de la mañana, después del consabido


desayuno y la correspondiente despedida de don Primitivo
Grados, animados y llenos de entusiasmo, emprendieron la
jornada con mucha fe.

Tras descender un buen tramo desde Santa Rosa, a la vera del


río Chillón, encontraron una planicie que les presentó
dificultades que fueron vencidas con mucho esmero.

Luego del almuerzo prosiguieron con la tarea hasta llegar a una


rampa fragosa cubierta de varios accidentes y rocas. No había
nada que hacer. Era el único tramo a vencer para poder
continuar adelante.

En todo el trayecto no habían hallado tan numerosas y variadas


dificultades para el avance.

Al promediar las seis de la tarde y cuando la oscuridad invadía


el valle, se vieron frente a un peligroso desfiladero que aunque
corto, tenía una pendiente tan pronunciada que se vieron
obligados a enfrentar, ya que de no hacerlo, se habrían quedado
en una situación desairada y peligrosa. Durante una hora
estuvieron bregando con el arriesgado precipicio. Estaban ya
por zafar del abismo cuando, por la presión del peso, reventaron
las sogas y el bulto que contenía los alimentos cayó desde esas
alturas hasta las aguas del Chillón, perdiéndose todo. El
momento no era para ponerse a rescatar nada, ni para
intentarlo. Ninguno de los hombres podía soltar las amarras del
carro que, de hacerlo, el vehículo se habría estrellado
irremisiblemente contra las aguas.
Cuando vencieron el abismo, pudieron comprobar que sólo las
herramientas y las medicinas se habían salvado. La guitarra, la
imagen del Señor de los Milagros y los licores también estaban a
salvo. Menos los alimentos.

Encendieron las cuatro lámparas para ayudar a los faros del


carro y siguieron avanzando hasta llegar a una explanada donde
habían seis o siete casitas. Con menos esfuerzo siguieron
bajando hasta llegar al escaso poblado que a manera de una
aldehuela de pastores se levantaba en el lugar. Se llamaba
Huagra.

En este lugar los habitantes –entre sorprendidos y asustados-


apenas si asomaban sus caras torvas y mezquinas por las
puertas entre abiertas. Sólo los perros en una inmisericorde
sinfonía de ladridos rodeaban a los aventureros. Vanas fueron
las gestiones para que les vendieran algo de comer. Los
lugareños les contestaban que era de noche y que no era
conveniente hacer venta a esa hora. Era de mal agüero. No se
pudo vencer esta resistencia. Ni agua les dieron.

Acuciados por el hambre y el cansancio se durmieron a orillas


del río, en medio del quieto perfume de la noche.

DECIMO CUARTO DÍA (8 de noviembre de 1925)

Aquel fue el tramo más difícil de todo el recorrido. A la


madrugada, los hombres hambrientos pidieron a los habitantes
de Huagra que les vendieron algunos alimentos. Lo único que
les alcanzaron fue cancha y agua.

Como alejándose de una dolorosa pesadilla se apresuraron a


reemprender la marcha.

Como el día anterior, las dificultades se hicieron más visibles; la


abrupta peñolería de cortes, abismos y roquedales, presentaba
una perspectiva difícil y fragosa; sin embargo, así famélicos
como estaban, arrastraron con valentía la empresa del
avance.
 
 Uno tras otro, los obstáculos quedaron atrás. Por fin
al borde de las cinco de la tarde, sin probar alimentos, llegaban
al Pasaje del Diablo. Un pronunciado cañón que bien merecía
ese nombre. Con la noche encima avanzaron penosamente
iluminados por sus faroles hasta el campamento de Pacrón, en
donde fueron recibidos por un puñado de obreros. Éstos,
cariñosos y admirados, les brindaron una abundante cena que
consumieron como si fueran hambrientos escolares. Más tarde,
se acunaron en sus pellejos y envueltos en sus cobijas y se
durmieron como niños.

DÉCIMO QUINTO DÍA (9 de noviembre de 1925)

El descanso y los alimentos habían tenido el sortilegio de


renovar sus fuerzas y alimentar sus espíritus. No era para
menos. Dieciséis días ausentes del hogar en los que la fatiga
había avivado el recuerdo y las nostalgias; tan sólo saber que la
meta estaba cercana, les impulsaba a seguir adelante.

Se encontraban en la parte más escabrosa del recorrido. No


obstante el gran esfuerzo desplegado avanzaron sólo
novecientos metros. A las ocho de la noche llegaban al borde de
un gran abismo. Estaban al borde del Gran Pacrón.
Cuatrocientos metros más allá, superando el abismo, estaba el
inicio de la carretera hacia Lima.

Alborozados, aunque cansados, se durmieron aquella noche.

DÉCIMO SEXTO DÍA (10 de noviembre de 1925)

En cuanto amaneció se levantaron soñando con la culminación


de la empresa. Desayunaron y salieron a contemplar el Gran
Pacrón. Querían medir y observar al rival con el que debían
enfrentarse. A llegar al borde, se estremecieron. Realmente era
un abismo terrible. Las paredes del despeñadero estaban
cortadas verticalmente y, por el borde monolítico, a manera de
una repisa, un trecho muy delgado; por el lado norte apenas si
habían conseguido abrir una trocha en la dura y gigantesca roca
del cerro, por donde ajustadamente podía pasar un hombre.
Imposible que pasara el carro por sus propios medios. Estaban
en esta contemplación cuando recibieron la visita de Rosendo
Icochea, ingeniero encargado de la construcción de la carretera
Lima-Canta.
- ¡Yo creo que hasta aquí llegó la osadía, señores!. Ningún
vehículo puede pasar al otro lado, sólo lo pueden hacer los
hombres y con gran dificultad. De esa manera es como
trabajamos. Este abismo tiene cuatrocientos metros de luz y va
a pasar mucho tiempo para que empalmemos ambos extremos,
mediante un puente.

Cualquiera se habría desanimado ante aquella afirmación, pero


sabedores de que éste era uno de los ingenieros que había
afirmado una carretera por estos andurriales era una misión
imposible, encrespó el orgullo cerreño.

–!Nosotros pasaremos! –dijo resueltamente don Teobaldo


Salinas.

–!Así es! –reforzó don Manuel Oyarzábal- sólo préstenos las


herramientas necesarias y los hombres indispensables para
hacerlo. !Nosotros pasaremos el carro por el abismo!!.

—Lo que deseen está a sus órdenes –aceptó el ingeniero con un


dejo de incredulidad.

Dos horas pasaron los aventureros en estudiar el terreno y las


posibilidades. Terminadas éstas, acometieron la hazaña.

Sujetaron un cable y sogas al carro despojado previamente de


su carga; sólo don Teobaldo Salinas y Juan Manuel Beloglio iban
dentro para conducirlo, con una rueda delantera y otra trasera
en tierra, ya que las otras estarían en el vacío.

Audaz fue la empresa, durante siete horas y media, los hombres


empeñosos, rompiendo el silencio del lugar con sus gritos
acompasados y broncos, desafiaban las leyes de las
posibilidades. Con el vehículo muchas veces colgado del
precipicio, se cumplió con la hazaña increíble. A las siete y
treinta de la noche habían logrado salvar aquel abismo. La
oscuridad de la noche le impidió ver a Icochea las varoniles
lágrimas de triunfo en los ojos de don Teobaldo Salinas y de
Juan Manuel Beloglio que se abrazaron fuertemente con gesto
de triunfadores, como padre e hijo. Todos los hombres de la
empresa se sumaron victoriosos. Habían realizado una tarea
que parecía imposible.

Aquella noche, la luna canteña se conmovió cuando don Manuel


Oyarzábal, con la voz quebrada de emoción y orgullo, entonaba
la hermosa muliza de la Columna Pasco. Iluminados de triunfo y
encendidos de esperanza, se durmieron plácidamente.

DÉCIMO SÉPTIMO DÍA (11 de noviembre de 1925)

Al amanecer del 11 de noviembre –día histórico- con las


primeras claridades del alba procedieron a lavar y aceitar el
épico FORD, que con muchas magulladuras, estaba cubierto de
polvo.

Después del parco desayuno, emprendieron la marcha. Faltaban


23 leguas y no era cosa de dejarse vencer.

Como la carretera era ya funcional, el carro rodaba cómodo y


triunfante. La brisa tonificante de la zona, refrescaba el curtido
rostro de los cerreños.

A las dos de la tarde, entraron en Yangas en medio de los


aplausos de sus gentes. La ansiedad de llegar a la meta final los
devoraba. Luego de los abrazos cariñosos se despidieron.

A las cinco de la tarde hacían su ingreso triunfal en Lima.

Se encontraban muy emocionados porque todos sus sueños se


cumplían. Entraban por la Repartición y Malambo cuando
alcanzaron a ver al final de la calle, gigantescos cartelones,
banderas, banda de música, camarógrafos de cine, fotógrafos,
periodistas y un grupo de autoridades presididas por el señor
Jesús María Salazar, Ministro de Gobierno; General Augusto
Bedoya, Senador por Junín; y doctores Patiño, Diputado por
Canta y José Otero Diputado por Tarma.

Después de las palabras de bienvenida y las felicitaciones del


caso, los reporteros de los diarios capitalinos comenzaron sus
animados reportajes. Los camarógrafos estampaban diversas
placas en celuloide, registrando los pormenores del
acontecimiento.

Transcurrida una hora, escoltados por numerosos automóviles,


se dirigieron al Ministerio de Fomento a presentar su saludo al
Ministro que les aguardaba. De allí salieron triunfalmente y
entraron por el Paseo Colón y luego por el Jirón de la Unión
hasta Palacio de Gobierno donde dieron cuenta al Presidente de
la República de los pormenores de la hazaña, cuya culminación
exitosa era la prueba más fehaciente de la posibilidad de
construir la carretera. De Palacio de Gobierno, siempre seguidos
de numerosos coches se dirigieron a la agencia Ford del Perú,
donde el señor Shiway les brindó su cómoda cochera. Después
de terminar la emotiva cena ofrecida por el Centro Cerreño
Unificado, los vencedores fueron conducidos hasta el Hotel
Comercio.

Aquella noche durmieron grata y plácidamente.

DÉCIMO OCTAVO DÍA (12 de noviembre de 1925)

Esa mañana tuvieron que ser despertados por los miembros del
Centro Cerreño Unificado. Los raidistas se alarmaron al
comprobar lo avanzado de la hora: Once de la mañana. El
cansancio les había doblegado y, ellos cumplido el sueño de sus
vidas, se habían abandonado al grato descanso. Don Santos
Cuadrado y Pérez portaba un oficio de invitación.

Entre los comentarios y chascarros los gloriosos aventureros se


alistaron para asistir al almuerzo que se sirvió en el Cordano
donde hubo discursos, brindis y mucha confraternidad.

Culminado el almuerzo, acudieron al Touring Automóvil Club del


Perú, donde su presidente, el señor Juan Tabusse, les tenía una
sorpresa. Preguntó el nombre del jefe de la expedición y al serle
presentado don Teobaldo Salinas, le estrechó en un fuerte
abrazo y le entregó siete medallas de plata para los esforzados
pioneros, luego, al preguntar quién había sido el heroico chofer
del vehículo, don Teobaldo Salinas, en un gesto que habla
mucho de su grandeza de espíritu, dijo: Don Juan Manuel
Beloglio. El Presidente de la Institución entregó en medio de
cariñosos aplausos de la concurrencia, treinta libras de oro al
piloto. De inmediato, Juan Manuel, entre el marco redoblado de
aplausos, entregó cuatro libras de oro a cada uno de sus
compañeros. El gesto fue muy aplaudido porque era la muestra
de sólida unidad de aquel compacto grupo humano. Se sirvió
una cena y, después de ella, se inició una animada tertulia. A
medianoche, se retiraron al hotel a descansar.

DÉCIMO NOVENO DÍA (13 de noviembre de 1,925)

Después de haber dispuesto el día en un paseo por los


balnearios de Lima, tuvieron una reunión de despedida en el
rimense Centro Cerreño Unificado. En esta ocasión, los
miembros del Comité Central del Camino Carretero, repartieron
proporcionalmente, dieciséis libras de oro entre los raidistas y,
don Santos Cuadrado y Pérez, hizo lo propio con la donación de
las diez libras de oro prometidas. El Ministro de Gobierno regaló
una bolsa de cinco libras de oro para el retorno de la comitiva.
La velada fue emocionante y aquella noche, nuestros
aventureros se despidieron de Lima.

VIGÉSIMO DÍA (14 de noviembre de 1925)

En la mañana después de oír misa en la Catedral de Lima,


partieron con rumbo al Cerro de Pasco. Estaban conscientes que
habían abierto una ruta homérica, demostrando al mundo que
era posible la construcción de la carretera. Una hazaña que el
pueblo nunca olvidará.

Bajo la patriarcal iniciativa y ayuda de don Santos Cuadrado y


Pérez, los pioneros inolvidables y héroes invictos de la cruzada,
fueron:

TEOBALDO SALINAS.
 MANUEL OYARZÁBAL.
 JUAN MANUEL


BELOGLIO.
 ANTONIO BELOGLIO.
 ASUNCIÓN
CORNEJO.
 ISIDORO DELGADO, Y
 GAMANIEL BLANCO
MURILLO.

Ellos, con su grandeza, nos trazaron un camino que demostró


que no hay imposibles cuando se empeña el corazón en una
empresa.

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