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Colección: POLEMICA

Primera edición: enero de 1987


© Ediciones Búsqueda

Sede: Defensa 786/88, Capital Federal


Postal: Casilla 88, Sucursal 33
1433 Buenos Aires

Todos los derechos reservados


Impreso en la Argentina
Hecho el depósito que marca la ley 11.723

I.S.B.N. 950-560-035-6
G. Baremblitt • M. Caparros - J. C. de Brasi
A. M. del Cueto - A. Fiasché - V. R. Kamkhagi
H. Kesselman - S. Kesselman
E. Pavlovsky - O. Saidón

LO GRUPAL 4
Selección y Coordinación:
Eduardo Pavlovsky

EDICIONES BUSQUEDA

BUENOS AIRES _ ARGENTINA


INDICE

Prólogo y

I. POR U N A ETICA DE L A ENUNCIACION

Por una ética de la enunciación, Eduardo Pavlovsky 13

El saber en el discurso de las madres, Eduardo Pav-


lovsky

II. CRITICA Y SABER DE CIERTOS EJES


INAUGURALES

Repaso de las formas de abordar la cuestión edipiana


en psicoanálisis, Gregorio Baremblitt 21

El desarrollo de la agresión en el individuo en el con-


texto de su grupo familiar, Hernán Kesselman 59

Elucidaciones sobre el ECRO, un análisis desde la


clínica ampliada, Juan Carlos De Brasi 97

III. I N C O N C I E N T E Y C R E A T I V I D A D E N LOS
GRUPOS T E R A P E U T I C O S

Modernidad inconciente y grupos, Osvaldo Saidón .. 119

Creatividad en los grupos terapéuticos, Eduardo Pav-


lovsky 127
Psicodrama y proceso creador, Vida Rachel Kam-
khagi y Osvaldo Saidón 135

La consigna (contribuciones para una teoría psico-


analitica de los grupos), Nicolás Caparros . . . . 147

IV. SOBRE S A L U D M E N T A L E I N S T I T U C I O N E S

El mercado de la salud mental, Angel Fiasché Gary


Tuckman, William Fried ' 155

Intervención del coordinador de grupo en las institu-


ciones, Ana M. del Cueto IR*

V. SOBRE U N A EXPERIENCIA

Sueños en Talloires, Susana Kesselman 173


PROLOGO

El siguiente prólogo está dedicado al acontecimiento


que es para nosotros el regreso al país de los Kesselman
—quienes emigraron a España en 1976 y hoy vuelven al
país después de 10 años de ausencia—.
La primera parte, titulada "El viaje de Hernán
Kesselman", fue escrita por Nicolás Caparros —psicoana-
lista español, terapeuta de grupo, fundador del grupo
Quipú de Psicoterapia—, que fue el gran compañero ideo-
lógico y amigo de Hernán en los años de su exilio en
Madrid. Nicolás Caparros escribe el prólogo de la des-
pedida de España. Eduardo Pavlovsky escribe el prólogo
de la bienvenida a la Argentina.

I. El viaje de Hernán Kesselman

1969. Mi encuentro real con Hernán. Antes había


sabido de él. Aquí nuestros planes comunes, sobre todo
Plataforma. Desde mí, la clandestinidad para trabajar
en lo cotidiano, para informarme, formarme, contrastar,
etcétera. Era una clandestinidad que se iba muriendo con
los últimos estertores de la larga agonía de Franco, que
de hecho y de derecho empieza mucho antes que los pro-
legómenos físicos de la muerte.
Confluyeron mis deseos orales de captarlo todo con la
ternura del compañero, recién encontrado, que encarnaba
Hernán.
Recuerdo que tenía un incisivo "barroco", de puro
S S b t a d S T i & f i S * a su s e m b l a n t e la p e r f e c c i ó n
Encuentro largo en Bs. Aires. Esperanzas. Franco
™ > p o r desgracia; Perón aún subsiste., por suerte.

Unos y otros f u i m o s o volvimos a España.


Ü W ^ I A e r o p u e r t o d e B a r a j a , que se parece al de
üzeiza solo que con menos obras.
Hernán traía, con la intención de recrear v desarro-
^ r lo que debe llevar en el equipaje un "hombre bueno''
— e n el sentido de Machado: Bueno, no boludo— su cabeza
BUS ideas, su propósito, su deseo de seguir. (La p a l a b S

« T O S p a l modernismo argentino y e s p Z

oup ^ Á f f ' Pf. I e ó e h i z o esfuerzos p o r captar aquello


que, siendo familiar, era, a f i n de cuenta, otro medio
Í h í U n a í S C U e l a ' n o exactamente igual a la que

E n España no pudimos disfrutar del trabajador de


lo psicosocial", no era su espacio. A cambio estuvo el
maestro, el compañero, el hermano.
1986._ Hernán se va — o vuelve— según se mire. Más

™ r n £ Z J S n O S y ' e u m e d i 0 ' m u c h a s c o s a s - P a r t e distinto,


porque es un ser humano y como ser humano tendrá, una
T ff6CtUar 61 d o l o r o s o a c o m o d ° que los impera-
sus a s u e t o s eXlgen ' Per ° que él n0 eligió' en * * »
fg U * r á tendiendo el laborioso puente,
2 5 2 T r » ' P r T t e m b i é n d i f í c i 1 ' d e Quienes le antece^
Í S S M* L a n g e r > A n t o n i o Caparros, entre los
í ' c a o s f y e n épocas desgraciadamente más modernas,
mSn £ n -QKI 6 a Ü n S Í f f U e n m a n t e n i e n d o ese espacio, co^
mun, intangible, que nos comunica.

H p r J ® n d r í a i n o s t o d a v í a que hablar de tantas cosas con


Hernán en E s p a ñ a . . . pero es m e j o r a s í : demorar ahora
«1 encuentro, y no interrumpirlo desde el desencanto o
acaso entre la indiferencia.
Lo inconcluso es vida.
Sigamos.

Madrid, Noviembre, 1986.

II. "La vuelta"

Querido Hernán (Susy, Mariana, Martín y L u c í a ) :


Aquí te espero hermano. Con una bienvenida grande.
Como se merecen los tipos como v o s . . . Todavía recuerdo
nuestra despedida del 76, cuando te fuiste. Tu bienvenida
en Barajas en mi llegada a Madrid en el 78. Nuestra
despedida del 80 en Madrid cuando volví. ¡Cuánto nos
despedimos en estos años los argentinos! Y hoy aquí en
esta gran bienvenida de tu vuelta definitiva al país. Quie-
r o adelantarme a todos los que tanto te quieren, y son
muchos, para darte la bienvenida antes que nadie. Como
un amigo celoso y posesivo. Como somos Armando Bauleo,
vos y yo, según Mimí Langer, y digo me adelanto por-
que son muchos los que esperan tu llegada. Amigos,
colegas, ex alumnos y gente joven que te quiere conocer
y para quienes ya eras un mito.
En nombre de todos, para seguir y empezar siempre,
juntos, nuestra lucha —la de la creación y la libertad—
con la misma pasión y ganas con que fundaste la legen-
daria Plataforma. ¡Vamos todavía, Hernán! ¡Bienve-
nido al país!
Tu amigo Tato que te quiere mucho.

Bs. As., noviembre 1986.


w
POR UNA ETICA
DE LA ENUNCIACION

EDUARDO PAVLOVSKY

Intentar hablar de la relación entre el psicoanálisis


y la izquierda en nuestro país, remite inexorablemente
a recordar la historia del Movimiento Plataforma Inter-
nacional y su destino.
E n 1961, la Asociación Internacional Psicoanalitica
decide abrir su X X V I Congreso Internacional con un
t e m a anzuelo y de g r a n actualidad: Protesta y Revolu-
ción. Hubiera pasado como un congreso más entre las
lujuriosas alfombras del Hotel Hilton de Roma, si no
hubiera aparecido un grupo de jóvenes psicoanalistas
europeos que, b a j o la denominación de Plataforma Inter-
nacional, decidió celebrar un contracongreso paralelo en
una cantina de las inmediaciones 1 .
Estos jóvenes invitaban a los colegas a discutir
cuatro puntos fundamentales, ignorados por el Congreso
Oficial: 1) crítica a la formación del psicoanalista, 2) sig-
nificado, función y estructura de las sociedades psicoana-
líticas. Crítica al profesionalismo, 3) el papel social de
los psicoanalistas, 4 ) relaciones entre psicoanálisis e ins-
tituciones.
El grupo argentino, encabezado p o r Hernán Kessel-
man y Armando Bauleo, f u e rápidamente visualizado co-
m o uno de los más productivos en ese encuentro.
Los antecedentes de ruptura eran escasos: muchos
psicoanalistas se habían separado de las instituciones ana-
líticas de todo el mundo, pero la mayor parte de las ve-
1 Plataforma Internadonals Psicoanálisis y antiimperialismo,
H. Kesselman, Cuestionamos, Ed. Granica, Buenos Aires, 1971.
ees por razones personales y en pocas oportunidades p o r
desacuerdo teonco-técnico con la organización. Nunca
antes un grupo lo había hecho por razones ideológicas.
Queríamos poner al psicoanálisis al r o j o vivo que-
ríamos aventurarnos, como Freud lo había hecho, intro-
C'u"r y P™er a l Psicoanálisis en nuestra realidad histó-

- H m a n i f l e s t a A r m a n d 0 Bauleo en Cuestiona-
v Z » E 1 , " l t 1 1 í n ¡ ? T e i l c u e n t r o celebrado p o r Plataforma en
I 1 ™ f t l í | ° L a teoría y la práctica psicoanalítica a la
Juz de los diferentes caminos hacia el socialismo"
La fuerza del Movimiento era el origen juvenil del
cuestionamiento, que alcanzaba a la estructura institucio-
nal del psicoanálisis en su totalidad. Era también un
cuestionamiento generacional. Movimiento desde las bases
En nuestro país, la ruptura con la Asociación Psi-
coanalítica Argentina se produce en 19713. El grupo Pla-
taforma estaba constituido por jóvenes candidatos, miem-
bros adheridos, titulares y algunos didácticos. La mayo-
ría de ellos eran marxistas y peronistas revolucionarios
Fue un modelo de ruptura ético-ideológico y la a c t i -
tud tenia algo de sacrilega. Se había quebrado la imagi-
nería de la omnipotencia institucional de la A . P A El
psicoanálisis de izquierda se proponía la adecuación de
su discurso a una práctica posible, y esta práctica era
vivida como práctica de transformación, no de consolida-
clon. Significó también preguntarle al psicoanálisis cuál
era su etica, implicó ir más allá en el intento de relacionar
a Freud con Marx. Fuera de algunos artículos válidos en
su producción científica, la importancia de Plataforma
estaba, en esa respuesta al autoritarismo institucional en-
carnada y expresada esta vez por psicoanalistas dé iz-
quierda. Fueron ellos los gestores de este movimiento
antiautoritario que venía precedido p o r los antecedentes
?ÍLo g r r a n d e s movilizaciones estudiantiles y obreras de
1968 en Europa, Los trabajos de Plataforma y de Do-

na^Ks buSSLÍ r^ryecto'A- Bauieo> cuesti°-

A V A* K 7 r , t D 0 T m e n t 0 . 86 s e p a r ó también e n e s a época de la
mJs, etc. g r a b a n ' e n t r e otros> F" Ulloa> S. Daibcovsky, G. St-
cumento se agruparon en dos t o m o s : Cuestionamos 1 y
Cuestionamos 2. H o y resulta difícil encontrarlos 4 . L a
represión de los últimos años los tornó subversivos. Que-
darán como documentos de un momento de ruptura en la
larga historia del prestigioso movimiento del psicoanáli-
sis en nuestro país.
Más allá de los errores, más allá de las ingenuidades
que cometimos, lo que se puede recuperar de esta ética a
través del tiempo, antiautoritaria es que siempre hubo
en sus enunciaciones algo de insoportable para el poder
del psicoanálisis.
N o podíamos conocer los efectos de las inscripciones
deseantes, institucionales, históricas o sociopolíticas que
nos atravesaban. Estábamos gestando un movimiento y
eramos partícipes activos, sujetos de esa específica his-
toria. Al separarnos de la A.P.A. arrastrábamos c o n
nosotros la misma estructura autoritaria que habíamos
combatido. Tuvimos la virtud de "autodisolvernos" para
evitar nuestra propia hiatrogenia institucional.
La historia de Plataforma y su destino no se empezó
a describir. Estamos todavía demasiado pegados al te-
rror de lo inmediato. Recordar hoy la existencia de Pla-
taforma es sólo un primer paso hacia la reconstrucción
de una época demasiado olvidada por el poder del psi-
coanálisis durante la dictadura.
Algunos de sus enunciados, como aquel que hablaba
de la responsabilidad social del psicoanalista, cuestionan
implícitamente el papel que les tocó jugar en esos años a
muchos analistas. La ética de Plataforma fue reempla-
zada por una nueva ética: la ética del deseo como ética del
mercado o ética del bienestar.
La gran "inquietud social" del psicoanálisis oficial
después de la dictadura, no borra su ignominioso silen-
cio cómplice ante el terrorismo de Estado. Nunca hubo
tal florecimiento de institutos de enseñanza, ni tantos
encuentros con. invitados extranjeros como en ese m o -

4 Cuestionamos 1 y Cuestionamos 2, Bauleo, De Brassi, G. Rey-


noso, Pía, Langer, Barenblit, Volnovich, Kesselman, Pavlovsky, etc.,
Ed. Granica, Buenos Aires, 1972.
-mentó. Pero en ninguno de esos eventos e institutos se
escribió un solo trabajo que intentara siquiera denun-
ciar el genocidio.
Un libro de reciente aparición en Francia, cuyos
textos son alemanes, se refiere al psicoanálisis b a j o el
Tercer Reich (Les annes bruñes. Ed. Confrontation,
1984). Se habla allá sobre lo que le ocurrió al psicoaná-
lisis en aquella época y sobre la situación de quienes
aceptaron continuar analizando a condición de rechazar
al paciente alemán o extranjero cuyo origen fuera judío.
Se menciona también el silencio que sobrevino después
d e la caída del nazismo.
A h o r a se comienza a reflexionar sobre ese "silencio",
rsu significación, y además sobre el " s í " del psicoanálisis
a esa condición propuesta p o r los nazis.
Espero que en la Argentina no deban pasar tantos
años para poder repensar las articulaciones entre dicta-
dura militar —represión política extrema — y "complici-
d a d " con el terrorismo de Estado 5 .
"Si es cierto que una sociedad de clases se perpetua
en parte gracias al desconocimiento de los mecanismos
.objetivos que la hacen funcionar ( y es por esto que la
revelación de estos mecanismos tienen siempre un im-
pacto político) una construcción teórico-práctica como el
psicoanálisis puede resultar tanto más útil desde el pun-
t o de vista de las clases sociales dominantes, si dispone
t de recursos suficientes para disimular y m e j o r aún para
.disimularse a sí misma, la relación que tiene con la pro-
blemática del p o d e r 6 .
Miller decía en París que le resultaba sorprendente
la libertad que había tenido para hablar de psicoanálisis
,en Buenos Aires durante la dictadura militar 7 .

5 Hubo psicoanalistas, en cambio, que trabajaron activamente


,en todo tipo de asesoramiento psicológico en las organizaciones de
.derechos humanos durante la dictadura. Vaya mi homenaje.
6 El psicoanálisis, el orden psicoanalítico y el poder, R. Castel,
.Siglo X X I .
^ 'Comentario personal de G. Mendel a mí, en Rio de Janeiro,
.durante el Congreso de Psicoanálisis e Instituciones en 1982, orga-
nizado por G. Baremblitt.
En síntesis: un grupo de psicoanalistas se reunió
para enunciar algo —antes lo imposible de decir— y
después de la Enunciación nos enfrentamos con la diso-
lución del Grupo. Intentamos tener acceso al "más allá
del g r u p o " al que pertenecíamos, en lugar de limitarnos
a expresarlo.
Lo importante f u e la Enunciación de Plataforma,
no su disolución. Mayo del '68, el Cordobazo, también
fueron e s o : enunciaciones y disoluciones posteriores. Pe-
ro ese tipo de enunciaciones creó modelos de intervención
socioanalíticas transformadoras. Hubo siempre un "más
allá de. . . "
Un grupo se debería valorar por su capacidad de
enunciación y no por su perdurabilidad. Cada vez que
un psicoanalista intenta enunciar un "más allá" del gru-
po al que pertenece, pone en peligro al grupo enfren-
tándolo "ante el absurdo, la muerte y la alteridad" (Guat-
t a r i ) . Pero los psicoanalistas eliminan estos peligrosos
enunciadores ( W . Reich en un buen ejemplo) y se aglu-
tinan perennemente en grupos sometidos (grupos obje-
t o s ) dependientes de "órdenes exteriores", según la con-
cepción de Guattari.
Creo que cada vez que el psicoanálisis enuncia un
" m á s allá d e . . . " transforma el enunciado en acto polí-
tico (el acting-out es el anticuerpo del grupo sometido).
El poder teme los grupos sujeto y facilita los grupos
objeto. Las dictaduras reprimen enunciadores y enuncia-
dos. Las democracias disocian la información de ciertos
enunciados (los dejan afuera sin tocarlos). Pero los enun-
ciados nunca mueren. Son retomados por generaciones
posteriores.
El futuro de la validez del psicoanálisis tal vez este
allí, en que los psicoanalistas arriesguen las pequeñas
pertenencias que les ofrecen sus grupos objetos y enun-
cien lo imposible, a riesgo de enfrentarse con la muerte
o el absurdo. Hay una ética de la enunciación. Platafor-
ma la intentó.
Bibliografía consultada

— Psicoanálisis y política, A. Bauleo, Lo Grupal 2, Ed. Búsqueda


Buenos Aires, 1983. 4 *
— Clínica y política, Luis Herrera, Marcelo Persia, David Szv-
mak, 1986. Lo Grupal 3, Ed. Búsqueda, Bs. As., 1986.
EL SABER
EN EL DISCURSO
DE LAS MADRES

EDUARDO PAVLOVSKY

El discurso de las Madres es presencia de memoria


constante allá, donde se comienza a gestar desde el po-
der, la fábrica del olvido permanente. El poder es algo
que no está localizado ni es atributo de alguien; sino, co-
mo diría Foucault, como algo que se ejercita a través de
una organización vertical que circula y transita trans-
versamente, que no permanece nunca quieto ni estanca-
do. Cuando ese poder comienza a gestar la fábrica sinies-
tra del olvido y la complicidad civil, aparece el discurso
de las Madres para neutralizarlo, para prevenir y per-
seguirlo en todos sus intersticios.
E s discurso de alerta porque previene contra todo
tipo de pacto que atisbe la creación del gran pacto de
impostura de la complicidad civil. No habla sólo de hijos
desaparecidos; habla, también, de silencios cómplices, de
éticas fracturadas. No permite olvidar aquello que desea
ser olvidado por la "mayoría silenciosa", la artífice y
constructora de las dictaduras de siempre, la gran prota-
gonista invisible de la colaboración diaria, la trabajadora
constante que con la rutina del silencio, del olvido, f o r -
mó el gran ejército de la complicidad.
Porque no hay dictadura — n i ejército de ocupación—
que tenga éxito si no cuenta con el beneplácito de esa " m a -
yoría silenciosa" que accede al pacto, al silencio y al olvi-
do, que construye con su permiso la obviedad del terror
cotidiano. Claro que de esa "mayoría silenciosa" emergen
después los grandes resucitados de la democracia.
El discurso de las Madres se convierte en saber que
lucha contra el poder para hacerlo aparecer y golpearlo
allí donde es más invisible y más insidioso. Porque el
saber de las Madres no necesita de la verificación de su
autenticidad por un sistema de poder que lo quiera tota-
lizar y contextuar. No necesita de totalizaciones teóricas.
Su validez es la insurrección contra los efectos del saber
centralizador organizando de la prensa del poder, que es
la gestadora de esa maquinaria del olvido. Su validez
es su presencia constante, es el grito desgarrador de la
denuncia del g r a n genocidio.
Cuando las madres hablan, liberan en cadena a otros
discursos oprimidos por el poder. Actúan como multipli-
cador de otros discursos no legitimados que la instancia
centralizadora de la prensa del poder pretende filtrarlos
y ordenarlos en nombre del conocimiento verdadero y del
gran sentido común de la democracia.
El saber de las Madres golpea justo en el lugar don-
de el poder vacila, porque habla de lo innombrable y lo
innombrable tiende siempre a ser neutralizado y borra-
do por el poder.
Es un saber marginal, incapaz de unanimidad, y
debe su fuerza a la dureza con que enfrenta la ignominia
de la maquinaria del olvido. Es fuerte porque desconoce
el pacto y puede gritar con toda la singularidad creativa
de su propia fuerza. No pide prestado. Allí se hace in-
vencible —arriesga siempre todo — f r e n t e a un poder que
siempre teme perder algo. Allí donde hoy se está ges-
tando el pacto y el olvido de la complicidad futura, allí
donde la "mayoría silenciosa" se dispone a olvidar todo
y perdonar todo para empezar todo de nuevo; allí donde
se quiere de una vez p o r todas volver a descansar y dor-
m i r tranquilo, y el saber del discurso de las Madres la
pone en evidencia y la denuncia en su trabajo diario de
la construcción del gran olvido.
Mientras existan jueves, la "mayoría silenciosa" no
podrá trabajar tranquila en su rutina diaria de la gran
complicidad permanente. Porque allí donde el saber de
las Madres gesta la denuncia en su recuerdo constante
evita la g r a n maquinaria de una futura repetición. Allí
son invencibles.
REPASO DE LAS FORMAS DE ABORDAR
LA CUESTION ED1PIANA EN PSICOANALISIS *

GREGORIO BAREMBLITT

Como hemos reiterado en el curso de este semina-


rio (dados, como es obvio, predominantemente para psi-
coanalistas), nosotros estamos habituados (digamos asi)
a la legitimidad de nuestro territorio. Sea que optemos
por denominar al psicoanálisis como ciencia (es claro,
sui generis) o que convengamos (no sm dudas) deno-
minarlo un arte, o que aceptemos en darle el nombre un
tanto riesgoso de disciplina, o de una combinación me-
dieval de arte con o f i c i o : "arte l i b e r a l o artesanía . . .
lo cierto es que nos parece una praxis inteligente y e n -
ciente, reconocible y reconocida. Nos hemos acostumbra-
do a no verla como una filosofía (aunque insistimos en
que tiene principios ontológicos, gnoseológicos axiolo-
gicos implícitos), a pesar de que nos sentimos mas incli-
nados a creer que, más importante que lo que el psico-
análisis heredó de la filosofía o de los otros saberes, es
lo que tiene aún para aportar a ellos.
Freud nos advirtió que el psicoanálisis no es, ni
será nunca, una cosmovisión, y si a l g u n o s psicoanalistas
lo han transformado en una, los más "abiertos los mi-
ramos con reservas, sospechamos de ellos. Es claro que
a menudo nuestra desaprobación se limita a suponer que
ese fanatismo es producto de que no están lo suficien-
temente analizados". Pero, de cualquier manera, oscila-
mos entre la condición de técnicos (lo cual nos incluye

* Síntesis de un Seminario dictado en el "Círculo Psicoanalíti-


co de Belo Horizonte", Brasil, 1985.
en el horizonte del modernismo), cosa que al mismo tiem-
po nos prestigia con títulos de especialistas y profesiona-
les . . . y la de "sabios", "pensadores" o "críticos" de la
civilización, la cultura y el "epos" contemporáneo (lo
cual nos da cierto aire revolucionario y aun p r o f é t i c o ) .
E n ultima instancia, mucho se ha escrito y dicho acerca
del psicoanálisis y la p o l í t i c a . . . y siempre resulta sor-
prendente lo poco que a los psicoanalistas "medios" les
interesa o afecta ese interminable debate. Tecnólogos
artesanos, artistas, filósofos o t e ó l o g o s . . . la mayoría dé
los analistas corrientes consiguen transitar p o r sus teo-
rías, sus clínicas y actividades societarias y cotidianas
sin preocuparse mayormente por la dimensión política
de su vida. O bien se declaran a-políticos, tanto como
su profesión y consideran que la política no es esencial
e indispensable para j u s t i f i c a r una existencia cualquie-
r a . . o bien separan su condición de psicoanalistas (que
consideran politicamente neutra) de alguna otra prácti-
ca política de signo variable y de características más o
menos convencionales. Otros, los menos, asumen el psico-
análisis como "su f o r m a original de hacer política" y es
claro que la consideran la mejor, progresista o revolucio-
naria, sin que sus argumentos al respecto revelen ningún
certeza 1 a m P l i a m e n t e convincente de la solidez de esa

Cuando y o propuse este curso con un título, un pro-


grama y una bibliografía apreciablemente inacabados
mi intención era contribuir a despertar, o a intensificar'
si ya existía, un impulso, deseo, curiosidad o pasión
por una reflexión comprometida acerca del lugar el es-
tatuto o, m e j o r dicho, el "valor" de nuestra condición y
practica de psicoanálisis. Tal empresa sólo puede aspi-
rar a ser introductoria, fragmentaria, incompleta y par-
cial (parcial, no apenas en el sentido de no-total, sino
también, como es obvio, de no-imparcial, neutral o abs-
tinente). Tales limitaciones (o tal vez condiciones in-
herentes a este propósito) no dependen exclusivamente
del tiempo disponible o de la incalculable vastedad de
los conocimientos en juego (es evidente que no dispon-
go exhaustivamente del primero ni de la segunda). Ade-
más se trata de un campo irrestricto abordable indefec-
tiblemente por un trabajo colectivo que continúa en per-
manente enriquecimiento aún durante el breve lapso du-
rante el cual se lo aborda en la duración de un curso.
Tanto es así que, desde que comenzamos a conversar has-
ta el presente, ya han aparecido algunos textos que p o -
drían sernos de gran ayuda para los objetivos que nos
fijamos.
Cuando en los comienzos de este curso dijimos que
íbamos a tentar ocuparnos predominantemente de los
núcleos teóricos fundamentales de nuestra disciplina, tra-
tamos de dejar explicitado que nuestro objetivo era en-
tender a la misma como "valor" histórico. Para tal f i n
quedaba rotundamente asentado que no sería posible se-
p a r a r en ese abordaje la teoría, del método, de la técnica
y la c l í n i c a . . . así como el del movimiento psicoanalítico,
sus organizaciones y agentes, así como su funcionamien-
t o en las diversas formaciones económico-sociales, ante-
riores y contemporáneas a su surgimiento. E n suma: no
creemos en la existencia del psicoanálisis independiente-
mente de los psicoanálisis que existen. Apenas explica-
m o s que el camino del abordaje teórico, predominante-
mente elegido, sería nuestra vía de entrada preferencial
en un laberinto infinito que tal vez tenga infinitos ca-
minos así como, esperamos, infinitas salidas.
Un tanto fenomenológicamente elegimos el Edipo,
p o r entenderlo, como muchos, el núcleo esencial de la doc-
trina. P o r razones pedagógicas apenas enumeramos las
f o r m a s en que tal núcleo teórico aparecía en la biblio-
g r a f í a psicoanalítica clásica, llegando a la contemporá-
nea. Conseguimos enumerar esas formas denominán-
dolas :
Edipo anecdótico y / o onírico Edipo fase

Edipo mítico y mitológico Edipo trauma

Edipo literario o trágico Edipo estado

Edipo complejo Edipo estructura

E d i p o proceso
En diversos momentos, no sin vacilaciones, lagunas
y repeticiones, explicables (con buena voluntad) p o r las
vicisitudes del dictado y registro de nuestro curso, f u i -
mos caracterizando cada una de estas entidades, a saber:
El Edipo anécdota: como esos comportamientos de
observación cotidiana, que pueden constatarse especial-
mente en los niños, de a m o r o atracción sexual así c o m o
de hostilidad por sus progenitores, más o menos incita-
dos o correspondidos por éstos.
El Edipo onírico: como el texto manifiesto de mu-
chos sueños (en particular los que Freud relata en un
capítulo de la "Interpretación de los sueños") que coin-
cide en contenido con el ítem anterior, o sea el E d i p o
anecdótico. Consiste en lo esencial en escenas soñadas
(o ensoñadas en vigilia) en que el soñante intenta o
posee eróticamente a un progenitor y / o elimina al otro.
El Edipo mítico: alude a la incursión que Freud hace
en el terreno antropológico suponiendo el acontecimiento
del asesinato y devoración, practicada por los hermanos
unidos, de un proto-padre omnipotente que les prohibía
el acceso a las mujeres de la tribu durante la conviven-
cia primitiva. Aquí cabe recordar que Freud no e n f a -
tiza demasiado en que si tal acontecimiento fue un he-
cho históricamente acaecido o es apenas un recurso ima-
ginativo para ilustrar una teoría de los supuestos orí-
genes de la cultura humana.
El Edipo mitológico: se refiere propiamente al mito
griego, narración original de la cultura griega antigua,
recogido por historiadores, antropólogos, críticos estéti-
cos y otros especialistas. Se trata de la leyenda de un
ciudadano tebano que mató a su padre y se casó con su
madre (sin saberlo) coronándose así rey de su ciudad
y sufriendo una serie de consecuencias ulteriores.
El Edipo literario: se refiere a las diferentes v e r -
siones que los poetas y escritores desde el siglo V a.C.
hasta la actualidad han dado del mito edipiano.
El Edipo trágico o dramático: que bien podría estar
comprendido en la clase del literario, es separado deli-
beradamente porque le adjudicamos un papel histórico
de singular y específica importancia para el tema que
nos ocupa. Se trata de la versión teatral del mito edi-
piano, escrita por el dramaturgo griego Sófocles en Ate-
nas, ciudad importantísima de la Grecia clásica.
El Edipo como complejo: indica a un conjunto ar-
ticulado de pulsiones, deseos, representaciones y afectos,
organizados en fantasmas cuyo planteamiento, dinamis-
mo y resolución sustenta y envuelve a toda la personali-
dad psíquica, siendo, al decir de Freud, "el núcleo de la
personalidad normal y patológica". El Edipo como com-
plejo integra una totalidad, comprendiendo enteramente
la cual, se denomina completo. Pero éste a su vez se
compone de un complejo de Edipo directo (atracción por
el progenitor del sexo opuesto y hostilidad p o r el del
mismo sexo) y de un complejo de Edipo invertido (atrac-
ción p o r el progenitor del mismo sexo y hostilidad por
el del sexo opuesto). Los elementos de atracción del
complejo configuran el Edipo positivo. Los de hostili-
dad, los del Edipo llamado negativo. El Edipo completo
está precedido en la formación de la personalidad por
formas pre-edípicas cuyas características se describen
m e j o r en los ítems: Edipo proceso y Edipo fase.

El Edipo proceso: teoriza el devenir de la instau-


ración del Edipo completo y su resolución normal o pa-
tológica. La personalidad psíquica se va formando en
el percurso de una temporalidad. Durante la misma el
bebé (ser humano biológico) en su relación con el psi-
quismo de los seres humanos que lo precedieron, engen-
draron y lo asisten va pasando por diversos períodos que
se denominan de autoerotismo, de narcisismo primario,
de narcisismo secundario, de predominio de los comple-
jos edípicos parciales, hasta la implantación del Edipo
completo y su resolución ulterior. Aquí es importante
señalar que esas etapas no están enteramente superadas
sino que están contenidas en el Edipo completo que las
compone y organiza bajo su predominio. Diversas vici-
situdes de transcurso pueden causar una permanencia
en alguna de las mencionadas etapas dificultando el
advenimiento de las siguientes, esta interrupción se de-
nomina fijación. La fijación puede ser parcial y si bien
n o impide la continuación del proceso, predispone a un
retorno (desencadenado p o r condiciones determinadas)
a la etapa supuestamente superada. Tal proceso se lla-
ma regresión. Fijación y regresión, en tanto permanen-
cia y dominancia de etapas primarias previas a la insta-
lación del complejo de Edipo completo y a su resolución,
serían las causantes de todo funcionamiento psíquico
considerado patológico.

El Edipo fase: está íntimamente relacionado con el


Edipo proceso. En cada etapa pre-edipiana, edipiana par-
cial, total o "post edipiana", la relación de la personali-
dad psíquica en formación con la de los otros "asistentes"
se compone de pulsiones eróticas que se originan en todos
los órganos y funciones corpóreas, estas pulsiones se ins-
criben en representaciones tornándose así deseos y orga-
nizándose en textos ("argumentos") que se denominan
fantasmas. Estos fantasmas son el argumento de una
acción virtual tendiente a realizar los deseos eróticos del
"asistente" en tanto éste los inculca en la personalidad
primaria del bebé p o r cuanto el mismo es, para el "asis-
tente", un objeto de sus deseos inconcientes edipianos.
Las zonas erógenas, las pulsiones y deseos correspondien-
tes y la f o r m a peculiar de realizarlos están registradas
en cada fantasma. Por su parte cierto tipo de fantas-
ma puede predominar en cada etapa edipiana, cierta-
mente influenciada por el tipo de cuidados que la "asis-
tencia" al nuevo ser biológico requiere en cada momento
de su desarrollo. Ese predominio de ciertos fantasmas
recibe el nombre de fase y permite calificar a cada m o -
mento del Edipo proceso con la característica de una
fase correspondiente. P o r ejemplo fase oral primaria
o secundaria, fase anal primaria o secundaria, fase ure-
tral, fase fálica, fase genital.

El Edipo como trauma: atañe a una función que,


según el psicoanálisis, es definitoria del aparato psí-
quico. El mismo sería un dispositivo destinado a impedir
que la fuerza pulsional se descargue rápidamente, en cor-
tocircuito y sin operar trabajo ni resultado alguno. El
aparato psíquico, al obligar a las pulsiones a inscribirse
e n cadenas de representaciones, demora esa descarga y
produce efectos simbólicos, sublimatorios, etcétera.
Cuando la cantidad de pulsión generada p o r incita-
ciones internas o externas es demasiado intensa o abrup-
t a . . . o cuando por diversas causas los mecanismos y cir-
cuitos de inscripción fallan, se produce un trauma. El
aparato psíquico es invadido p o r una corriente energéti-
ca que lo recorre circularmente sin que él consiga ligarla.
Es en este sentido que las vicisitudes edipianas son trau-
máticas, por cuanto someten al psiquismo a un incremen-
to pulsional que aquel puede elaborar o no.
Con respecto al Edipo estado, trataremos de sinte-
tizar aclarando, que todas las acepciones del Edipo hasta
ahora tratadas consisten en conceptos formal-abstractos,
y p o r lo tanto generales de la teoría psicoanalítica. Cuan-
d o los mismos son aplicados al "material" proporcionado
por un caso particular, singular, concreto de análisis,
permiten determinar la f o r m a edipiana de los deter-
minantes inconcientes de ese caso. Esclarecemos así el
estado edípico de ese sujeto o "material" analizado.
El Edipo como estructura', sintéticamente considera-
do, es una reformulación productiva de todos los otros
recursos teóricos a los que nos referimos anteriormente.
Entendiendo el "material" analítico (discurso), como una
secuencia representacional que el deseo dinamiza por me-
dio de operaciones de sustitución significante (metoni-
mia y m e t á f o r a ) , se entiende que ese discurso está orga-
nizado por tres órdenes o registros (el de lo real, lo
imaginario y lo simbólico). Esas tres claves, de cuya
correcta articulación depende la normativización del dis-
curso (sinónimo aquí de efectos psíquicos en general)
está determinada a su vez, p o r la estructura inconciente
del sujeto psíquico. Estructura es una entidad real, leída
con un recurso formal abstracto, instituida o fundada
en algún momento, constituida de lugares vacíos que se
definen por su relatividad (posición de unos con respecto
a los otros) y p o r su negatividad (cada uno de ellos no
es los o t r o s ) . La distribución y característica de los lu-
gares en juego confiere la composición de la estructura-
Cada lugar tiene una función que posibilita operaciones
estructurales que generan efectos a nivel de discurso. Hay
lugares estructurales llamados operadores porque son ca-
paces de producir transformaciones en la composición d e
la estructura (p. ej. el lugar del f a l o ) . La estructura
precisa reproducirse y ello acontece cuando funda otra.
La estructura, que puede ser considerada como espacio
de las causas, como ya fue dicho, ocasiona resultados a
nivel del espacio de los efectos. La acción de la estructu-
ra en los efectos se opera por ausencia, es decir porque
la estructura no está presente en ellos. Se supone que el
conocimiento de la estructura (en el sentido formal-con-
creto de cada c a s o ) , lograda a partir de la aplicación de
la estructura (como recurso teórico formal abstracto)
comunicada al sujeto analizante, le dará la posibilidad de
modificar su posición en los discursos subsiguientes en
el sentido de su normativización.

Siendo la estructura una reformulación de los otros


sentidos del Edipo, usando recursos lingüísticos, lógico-
matemáticos, etc., los sub-conjuntos del Edipo complejo
(clásico) son analógicamente reconocibles en ella. Ha-
bría configuraciones pre-estructurales (tales como el
auto-erotismo y el narcisismo) y en la configuración es-
tructural se puede reconocer la sub-estructura "complejo
de la madre", "complejo del padre" y "complejo de cas-
tración". La instauración diacrónica de cada una de esas
subestructuras constituye los "tiempos" edipianos coin-
cidiendo aproximadamente el "complejo de la madre" con
el auto-erotismo y el narcisismo (primer tiempo edipia-
n o ) . El complejo de castración equivale a la llamada
"interdicción paterna" (segundo tiempo edipiano) y es
el que contribuye a la mudanza del "complejo de la ma-
dre" para la dominancia del "complejo del padre". El
paso posterior (tercer tiempo edipiano) "la identifica-
ción propiciatoria", marca la salida de la sub-estructura
"complejo del padre" para una interminable tendencia
normatizante post-edipiana jamás enteramente realizable.

Este breve repaso por todas las acepciones que di-


mos al Edipo en este seminario, nos permitirá volver so-
bre la tesis central del mismo.

El Edipo: de materia prima


a "material" de análisis

Habiendo repasado los motivos por los cuales elegí


el tema edipiano y revisado las formas clasificatorias de
dicho tema, estamos en mejores condiciones para enun-
ciar la tesis central de estas reflexiones.
Un desarrollo sintético para exponer esta idea bá-
sica puede enunciarse así: Una consideración epistemo-
lógica determinada (o la convergencia de muchas de
ellas de diversas orientaciones) coincide en estimar al
psicoanálisis como el saber confiable acerca de la natu-
raleza del psiquismo humano. Este saber reformula y su-
pera el de todas las psicologías precedentes al descubrir
la existencia del inconciente libidinal como espacio, lu-
g a r ámbito (o como quiera llamársele) de la vida psí-
quica. No por casualidad Freud habla del psicoanálisis
como de una metapsicología, de un más-allá de las psi-
cologías, de la conciencia o de la conducta, que da cuenta
de la verdadera esencia de la personalidad psíquica o,
como se dice actualmente, del sujeto psíquico. Para po-
der dar cuenta, conceptualizar como este ámbito es y
funciona, el psicoanálisis ha elaborado varios recursos
teóricos para pensar esa esencia y su movimiento a los
fines de poder conocerla y operar sobre ella en el sentido
procurado, que está prescripto en diversas fórmulas por
la teoría misma. Esos diversos recursos no son unívocos,
son muchos, y cada uno de ellos transforma y reformula
a los otros. Eso acontece en la historia epistemológica de
la teoría psicoanalítica, desde la primera tentativa freu-
diana hasta las últimas contribuciones lacanianas. Sin
entrar en el estudio pormenorizado de cada uno de esos
"modelos" teóricos, nosotros pretendemos destacar que el
psicoanálisis define así un objeto teórico que intenta dar
cuenta de un objeto realmente existente al que sólo se
tendría acceso cognoscitivo analizando sus efectos singu-
lares (en un "material significante") aplicando la teoría
psicoanalítica según las prescripciones del método psi-
coanalítico y empleando los conocimientos concretos así
obtenidos en una intervención técnica que opera resulta-
dos clínicos.
En el nivel formal abstracto, el psicoanálisis consi-
dera que su objeto teórico da cuenta en lo esencial de su
objeto real, que tiene una existencia universal, exhaustiva
y excluyente. En otras palabras: en su esencia el psi-
quismo humano, donde quiera que él exista, haya existido
o venga a existir, será como el psicoanálisis lo concep-
tualiza. Es claro que eso no significa que el psicoanálisis
ignore que a esa esencia universal de su objeto sólo se
tiene acceso por medio de la acumulación de los abordajes
efectuados en casos singulares. Apenas enfatiza que nin-
guno de ellos constituye una excepción a las leyes que
rigen a ese objeto en el orden de su universalidad.
Como hemos convenido en relatos anteriores privi-
legiar en la complejidad de la teoría psicoanalítica el
núcleo edipiano (que por diversas razones consideramos
axial) diremos ahora que la instauración del citado nú-
cleo en ese sitio de privilegio en el corpus teórico del
psicoanálisis tiene una trayectoria peculiar. Seguir y c a -
lificar esa trayectoria se torna para nosotros el proce-
dimiento preferencial para comprender y pesar el senti-
do del objeto psicoanalítico y de su eje edipiano c o m o
valor histórico, es decir como portador de un querer, d e
un saber, de un poder acerca del ser del psiquismo y d e
su lugar en la vida y en el mundo.
El psicoanálisis observa el Edipo anecdótico, onírico
y sintomático manifiesto y descriptivo. Lo caracteriza
como tal por analogía con la versión literaria-trágica del
mito edipiano, imagina un episodio mítico edipiano q u e
coloca en los inicios de la cultura. "Traduce" esas obser-
vaciones empíricas y esas versiones mitológico teatrales
en conceptos teóricos que configuran el Edipo inconciente
como complejo, con su proceso, su trauma y sus fases.
Luego lo aplica metodológicamente al "material signifi-
cante" de las situaciones técnico-clínicas, subyaciendo aL
cual descubre un estado edípico determinado que explica
en fantasmas el orden de los efectos de ese discurso (sín-
tomas, sueños, actos fallos, lapsus, etc.). Así puede in-
tervenir técnicamente modificándoles. Mas el caso final
de este transcurso, que es el que más nos interesa, es el
siguiente. Producida la teoría con su núcleo edipiano
(ejercitada en la clínica para comprender el material y
practicada técnicamente para la transformación concre-
t a ) , la misma se depura, abstrae, formaliza y consolida
como estructura por medio de un uso llamado clásica-
mente "aplicado" propiamente dicho, empleado para des-
cifrar otro tipo de efectos. Me estoy refiriendo al deno-
minado psicoanálisis de acontecimientos históricos (Moi-
sés y el Monoteísmo, El Presidente W i l s o n ) , de hechos
sociales y culturales (El Malestar en la Cultura, El P o r -
venir de una Ilusión), de cuestiones relativas al campo
de otras disciplinas (Múltiple Interés del Psicoanálisis)
y por último de productos literarios y estéticos (La Gra-
diva, Dostoiewsky y el parricidio, El Moisés de Miguel
Angel, Un Recuerdo de Leonardo da Vinci) y, lo que es
más importante, el "Mito de Edipo y La tragedia, Edipo
rey de Sofocles, en sí mismos".
Se cumple así la trayectoria peculiar a la que antes
nos referíamos, por la cual el mito edipiano y la trage-
dia correspondiente, que comenzaron siendo materia pri-
ma importada al seno de la práctica teórica psicoanalíti-
ca para elaborar un instrumental conceptual, acaban sien-
do "materiales de análisis" explicados por la teoría que
contribuyeron a producir. En suma: el "Edipo mito"
(narración legendaria) se torna un género artístico,
"Edipo tragedia", cuyo sentido se descifra por el "Edipo
estructura".

Estructura y función del mito

Las consecuencias epistemológicas y clínicas, pero


muy especialmente éticas, políticas, etc. de esta peculiar
trayectoria son sorprendentemente importantes y compli-
cadas. Haremos aquí una tentativa de esquematizarlas
y simplificarlas que tal vez se complemente luego con un
estudio, un poco más detenido, acerca del valor y sentido
del mito y la tragedia griegos. En este seminario sólo
tocaremos ese valor y sentido general de f o r m a provi-
soria, para posibilitar la exposición esquemática mencio-
nada.
Los mitos y los ritos son productos sociales que pue-
den ser encontrados en todas las formaciones humanas
conocidas. Sea que resolvamos denominar a las mismas
"culturas", "civilizaciones", "comunidades", etc. (lo cual
no es, como veremos, indiferente) lo cierto es que todos
los conjuntos humanos presentan estos productos míticos
y rituales cuya distinción con otros, tales como los cuen-
tos, las leyendas, las religiones, las manifestaciones ar-
tísticas plásticas, musicales, arquitectónicas o literarias,
las normas jurídicas o los documentos históricos propia-
mente d i c h o s . . . es tremendamente difícil de esclarecer.
Sin embargo, circunscribiéndonos estrictamente a los
mitos, digamos: son narracciónes de autoría y proceden-
cia inciertas, que admiten numerosas versiones diferen-
tes (siendo que se intenta siempre repetirlas sin m o d i f i -
caciones), en las que se acredita firmemente (siendo que
en lo relativo a su contenido, la diferenciación entre real
y fantástico o verdadero-falso es irrelevante), que se re-
lacionan siempre con lo sagrado, y son relatados por
agentes calificados (aunque cualquier miembro de la co-
munidad puede hacerlo) en condiciones rituales o cere-
moniales bastante precisas. En lo referente al argumen-
to, aunque su trama, personajes y vicisitudes son casi
ilimitados, sus temas son relativamente restrictos.
Los personajes pueden ser hombres, dioses, semi-
dioses, héroes, animales, vegetales, minerales, fenómenos
y elementos cósmicos (astros, planetas, agua, fuego, vien-
to, terremotos, erupciones volcánicas).
La trama y vicisitudes comprenden creaciones, des-
trucciones, transformaciones, relaciones sexuales, amoro-
sas, agresivas; casamientos, nacimientos, muertes, inter-
cambios, pactos, robos, traiciones, trabajos, viajes, des-
cubrimientos, reiteraciones de ciclos, grandes innovacio-
nes, etcétera.
Los temas predominantes pueden sistematizarse a s í :
los de los orígenes, los de los transcursos, los del destino
final, los de los grandes acontecimientos, los de la im-
plantación y composición de los órdenes vigentes. Estos
temas pueden ser considerados en el ámbito del univer-
so, del planeta, de los reinos naturales, humanos o divi-
nos, del tiempo, del pensamiento, etc. y transcurren en
un tiempo p r e o extra-histórico.
La f o r m a específica de transmisión de los mitos es
la que ya r e f e r i m o s : la narración oral ritual. Sin em-
bargo los mitos de muchas civilizaciones han llegado has-
ta nosotros por estar registrados en las escrituras sagra-
das religiosas de los pueblos grafos o bien p o r escritos
literarios (poéticos) o propiamente crónico-historiográ-
ficos. Esas escrituras sagradas o históricas son a me-
nudo complementadas p o r materiales arqueológicos, pic-
tóricos, escultóricos, arquitectónicos, etcétera.
Cabe anticipar que muchas versiones mitológicas de
diferentes civilizaciones han sido retomadas y conserva-
das a través de un género muy peculiar: la representa-
ción teatral. Ejemplos notables son el teatro tradicional
japonés, la "ópera" china antigua, o el teatro ceremonial
de la Isla de Bali. Sin embargo existe un acontecimiento
histórico incomparable, de trazos absolutamente únicos,
que tiene una influencia incalculable en la constitución
d e nuestra "cultura" occidental. Se trata de la reformu-
lación que el teatro helénico clásico hace de los mitos de
la Grecia antigua. Esa transformación es importante por-
que tratando de articular esos mitos, con el texto de las
tragedias, el de los grandes sistemas filosóficos y los
documentos propiamente históricos y jurídicos (especial-
mente durante el período que va desde el siglo vil al II
antes de Cristo) podemos conseguir una formidable com-
prensión del pensamiento y el modo de vida contempo-
ráneos, incluyendo en ellos al psicoanálisis.
Si recordamos la tesis nietzscheana-foucaultiana de
que todo saber involucra un poder, será evidente para
nosotros que toda vez que el estudio de los mitos y de
las tragedias ha sido emprendido, nunca lo f u e "neutral-
mente" y sin consecuencias favorables o contrarias a c i e r -
tos intereses. Esto debe ser particularmente cierto cuan-
do se trata de los griegos, algunos de cuyos valores hemos
heredado directamente y asumimos como los dominantes
en nuestra "cultura". Sabemos que esa dominancia se
basa fundamentalmente en la supuesta "objetividad" que
atribuimos a nuestros abordajes así como a la "universa-
lidad" que adjudicamos a nuestras conclusiones. Cuando
esa "universalidad" de nuestros valores se encuentra con
la existencia de otras, no coincidentes, acostumbramos
solucionar el contraste ordenando a todos en una escala
jerárquica en la cual los valores que suscribimos subor-
dinan a los demás y nos autorizan a juzgarlos. Este pro-
ceso es conocido para los historiadores, los antropólogos,
sociólogos y economistas, siendo que comienza a serlo
cada vez más para los juristas, los psicólogos y los f i l ó -
sofos. Esto se expresa sintéticamente en las denomina-
ciones tan difundidas e ilustrativas del tipo "primitivos",
"salvajes", "bárbaros" y "civilizados", corrientemente
usadas en el lenguaje de las disciplinas modernas y disi-
mulada u ostensivamente cargadas de connotaciones es-
timativas.

Si convenimos en reconocer que la denominada " r a -


cionalidad occidental" es uno de los máximos valores d e
nuestro "espíritu", concordaremos probablemente también
en aceptar que "las ciencias" son las formas del saber y
el hacer más consecuentes y a la vez formadores de nues-
tro modo de pensar y vivir en el mundo. Es claro que
no ignoramos que "las ciencias" tienen tantas diferencias
como similitudes entre sí. Pero es imposible negar que
sus rasgos en común permiten agruparlas tal como lo
hacemos.

Tampoco es necesario creer que "las ciencias" son


continuadoras fieles de la tradición occidental. Es obvio
que está en su naturaleza la condición de críticas y re-
volucionarias de las convicciones seculares de sus res-
pectivos campos. Con todo, es justamente la cualidad y
cantidad en que sus conocimientos específicos y más aún,
la de su género común, son conservadores o transforma-
dores de ciertos valores, es lo que debe ser colocado en
cuestión. Entre los recursos recomendables para ese cues-
tionamiento está la confrontación de lo que cada una de
ellas tiene que decir sobre un cierto "hecho" que, de va-
riadas formas, es " d a t o " que ellas abordan como f o r m a n -
do parte de sus respectivos "objetos". Conviene también
articular esas lecturas con las que pueden realizarse des-
de aquellas prácticas y discursos diferenciales que no go-
zan del estatuto privilegiado de las mencionadas discipli-
nas, o bien que no detentan estatuto alguno. Estos son
los casos de los discursos artísticos, o de los saberes mar-
ginales, como el de la locura.
En el caso de la esencia y función del mito, por
ejemplo, cada disciplina ( y cada orientación o escuela
dentro de cada disciplina) ha estudiado el asunto y hecho
sus proposiciones al respecto. La antropología y la lin-
güística estructuralistas han encontrado en el polimor-
fismo aparentemente incomprensible y a veces absurdo
del texto mitológico un posible ordenamiento de los ele-
mentos y las relaciones entre ellos. Valiéndose de un mé-
todo construido por analogía con la escritura musical, el
etnólogo va anotando los elementos (niño, rey, leopardo,
flor, etc.) y sus acciones y atributos respectivos (desear,
robar, sufrir, pintar, etc., unidades de sentido llamadas
mitemas). Una vez registrados todos estos datos va con-
frontando cada uno de ellos con cada uno de los otros
que f o r m a n una línea horizontal y una columna vertical
con el dato escogido. Agotadas todas las confrontaciones
posibles el investigador consigue diseñar una constela-
ción de oposiciones polares y a la vez complementarias
entre los elementos y sus "papeles" que, una vez "rec-
tificado", o sea leído como una narración sucesiva, da
como resultado un nuevo texto. Es frecuente que se en-
cuentren luego similitudes entre este texto así construido
y el texto " b r u t o " de otros mitos (de la misma o de otras
culturas). E s o ha llevado a decir al antropólogo Levy-
Strauss que "un mito piensa al otro". De todas maneras,
la formalización de los lugares que los elementos ocupan,
sus relaciones, combinaciones y sistemas de transforma-
ciones, pueden ser hechas en una entidad representable
matemática, geométrica o lógicamente que se denomina
estructura. La estructura, cuyo funcionamiento presenta
una serie de regularidades formulables en leyes es capaz
de generar con su combinatoria todos los mitos mani-
fiestos posibles. Visto de otra manera, una peculiar f o r -
ma de la estructura puede ser hallada analizando cada
mito. Una vez enunciada como texto ella puede consi-
derarse como otro mito y así indefinidamente.
En lo que se refiere a la función del mito, para esta
concepción, consistiría básicamente en pobilitar que los
integrantes de una cultura coloquen simbólicamente cier-
tos problemas fundamentales de la misma y les den una
solución viable que sea creída p o r la comunidad. Tales
problemas, en su forma, remiten siempre a la caracteri-
zación de diferencias y a la tentativa simultánea de anu-
larlas. Ese noble deseo sería característico de la sub-
jetividad humana, y p o r eso la generación de mitos sería
universal. Los citados problemas en su contenido apun-
tan predominantemente a las separaciones y sus oríge-
n e s : naturaleza-cultura, hombre-mujer, vivos-muertos, así
como a la delimitación de cada una de las denominaciones
y lugares en las relaciones de parentesco (esposa-esposo,
padre-madre, suegra-suegro, nuera-yerno, hermano-her-
mana, abuelo-abuela, primo-prima, etc.). Los mitos se-
rían entonces productos posibilitados p o r dos sistemas:
l 9 ) El del lenguaje (estudiado p o r los lingüistas) que
provee las denominaciones de los elementos en juego y
de las operaciones entre e l l o s ) ; 2?) El de las relaciones
de parentesco que delimitan la condición desde la cual
cada usuario de la lengua hace uso de la misma. Las
transacciones facultadas p o r esos sistemas son las de con-
s a n g u i n i d a d (relación entre parientes biológicos) y las
de alianza (relación entre parientes "políticos") y las
leyes que las posibilitan son las que prohiben ciertas
uniones y comportamientos (cuyo paradigma es la prohi-
bición del incesto) y prescriben otras (cuyo paradigma
son las leyes que propician el intercambio y la recipro-
c i d a d ) . E n consecuencia la estructura de las relaciones
de parentesco posibilitaría el intercambio de mujeres, la
formación de familias no consanguíneas y la reproduc-
ción social de sujetos reconocidos de una comunidad. P o r
su parte la estructura de la lengua y sus denominaciones
posibilitaría las denominaciones de los sujetos y los in-
tercambios entre ellos, particularmente el cambio de pa-
labras. Una estructura sería precondición de la otra. Si-
multáneamente estas estructuras serían requisitos para
todo intercambio: de bienes, de tierras, de alianzas gue-
rreras, de servicios, etc. Los mitos, entonces, serían pro-
ductos culturales colectivos destinados a expresar las
citadas estructuras de una manera accesible al pensa-
miento comunitario, y a la vez, a mostrar situaciones en
que las leyes de las estructuras serían violentadas pre-
sentificando así el placer de esa transgresión tanto como
sus consecuencias ruinosas para el orden que las normas
garantizan, así como la imposibilidad de prescindir de
ellas sin perder la condición humana de esa cultura. Co-
mo se habrá percibido, la antropología y la lingüística
delimitan dos espacios que conceptualizan con sus res-
pectivas estructuras, en cuya intersección ( p o r así decir)
el psicoanálisis encuentra el suyo. La estructura incon-
ciente del sujeto psíquico sería, justamente, la que articu-
la la del lenguaje (cuyos dispositivos tienen que ser accio-
nados p o r un usuario capacitado animado del deseo de
hacerlo) y la de las relaciones de parentesco (cuyas
transacciones tienen que ser protagonizadas p o r sujetos
constituidos animados del deseo de entrar en las transac-
ciones). Obviamente lenguaje y parentesco se "embra-
g a n " con el. cuerpo biológico, "soporte" y precondicion
de posibilidades de existencia.
Los mitos serían la f o r m a característica en que las
comunidades piensan su vida, que para subsistir precisan
definir diferencias, ordenarlas, relacionarlas, obedecer-
las, transgredirlas, pero también imaginar que son pres-
cindibles. El mito, entonces, sería generado y repetido
por un deseo y un placer de la subjetividad individual y
colectiva, para ser creído y mantener el orden que él mis-
mo expresa e implanta.
Hay, como ya dijimos, muchos otros abordajes dis-
ciplinarios del mito y aún, dentro de cada disciplina, di-
ferentes escuelas que hacen distintas lecturas del mismo.
una f L o r m f 5 S n / a ™ a r x i ? a . h a entendido al mito como
una íorma de ideología, es decir como una representación
imaginana que los sujetos de las f o r m a c f o n e ? 3 ó m T c o "
sociales (especialmente las arcaicas) se hacen T l a T r e -
^°ciSmqente^
especialmente o n dlas
con ? ^relaciones
SUS C°ndld°nes
de desigualdad social
fTadaesmUeStran 611 d mÍt °' pero distorsionadas^ f u s t t

fffa,If!fr1dÍfer®?eSi0CÍPl0gías' h i s t o r i a s - estéticas, teolo-

™ Í , , n S l d e r a d ° a l m i t 0 a Ia como instrumento
Í P Z Í Z d e - P r ° r ° S d e e d u c a c i ó n ' de "documentación"^
de investigación, de creación de belleza, de culto etc S
bien entre las numerosas interpretaciones puede haber
complementariedad, a menudo hay o p o s i c i ó n T r o n f l i c t o
E n especial cuando una interpretación se e n t i e s e por
l e e Z T / Z / ^ r t ' CUand° n° úni™' ^ es buePno
, ° d a S e l l a s s e h a c e n (sabiéndolo o n o ) en
función de intereses actuales que precisan de entender e"
de í ™ , • í n a n f r a , ? a r a J' u s tificar un estado actúa
de cosas Admitir el polisentido de los mitos y su multi-
nntrPrtabÍ dad P°r parte de analistas no a pre u-
?intención
n t e L ? ó n debemos
U d ? ° ° en dos
m
enfatizar
S e a q U e fuese'
trazos ^ la mayoría
r a

principalmente^a! * 7 ' ° ^ , e n t i e n d e ™mo perteneciente


a T o X £ a al orden del intercambio (distribución,
apropiación, cambio y consumo de los diversos elemen-
tos) y al espacio familiar (como ámbito distfngmble del
ioTe ) a U Z L t e n r d ° , h Í S t Ó n > a m e n t e d i v e r s a s composi-
ddSta * a ñ r r ? a C l ó n n o t a n t 0 e n e l sentido
del mito manifiesto, que frecuentemente trata de los in-
~ ° 0 S S m a ^ i ™ o n i a l e s , sino de los textos m i t o l S c o s
o S S ' í a n t 0 n u e v a s versiones míticas. A ú n
Z t e t S l : . P r d a n esi^1" enunciadas en fórmulas neo-
matematicas o lógicas, continúan sirviendo para remitir
los deseos los personales y las tramas m í t i c a s Y I n de-

s::srada de ia cuai ei
terminación "familiar". Eso tendrá, como veremos una

sus mftot v ° ^ l u i r ' d i g r ° s q u e c a d a civilización tiene


sus mitos y que, se acepte o no su identidad estructural
•"profunda", en lo aparente ellos son de una maravillosa
variedad cuya simple descripción deja perplejos a los in-
vestigadores. Y lo mismo puede decirse con respecto a
sus supuestas "funciones".
Es conveniente recordar que hay diferencias notables
entre los mitos de las culturas llamadas primitivas y sal-
vajes (las familiares dispersas, las de clanes, las tribales
sedentarias o migratorias), así como con las denominadas
bárbaras (las hordas transhumantes) como con las im-
periales (orientales, caldeas, babilonias, asirías, lidias,
creto-micénicas, etc.). Es sabido que las civilizaciones
medievales, las renacentistas, las capitalistas nacientes y
en fin, las contemporáneas, también tienen mitos, cuya
estructura y función son considerados de difícil o im-
posible análisis por los expertos. Incluso, dentro de una
línea que nos es a f i n por motivos que luego expondremos,
está quien considera que las formas más "desarrolladas"
d e nuestro pensamiento pueden ser entendidas como mi-
tos, incluido el de la "verdad", desde el cual se definiría
a los mitos como "falsos".
Lo que nos interesa destacar aquí es que los mitos de
la Grecia antigua son resultados de una singular confluen-
c i a y mezcla de mitos primitivos, orientales, bárbaros e
imperiales, cuya coexistencia se explica aceptablemente
a partir de los orígenes de la historia y la geopolítica
de la civilización griega. El centro de nuestra cuestión
es el proceso p o r el cual los mitos de la Grecia antigua,
relatados y sistematizados por historiadores y literatos
c o m o Hesíodo y Homero, fueron tomados como materia
prima para las tragedias de la Grecia clásica, tal como se
puede ver en la obra de Esquilo, Sófocles y Eurípides, para
finalmente ser reelaborados en la filosofía y el derecho
g r i e g o clásicos. Este proceso es consustancial con el pa-
saje de los reinos griegos dispersos de la época antigua,
a los estados griegos clásicos y al imperio griego "cons-
titucional" alejandrino. Se trata de ver cómo ese proceso
es fundante del pensamiento occidental y cómo éste rein-
terpreta los mitos desde el poder de su saber para con-
cebirlos como certificaciones de la universalidad y eter-
nidad de sus propios supuestos.
Dentro de esa cuestión lo prioritario para nosotros
es el mito y la tragedia edipianos y el empleo que la
ciencia moderna, en especial el psicoanálisis, hacen de
i» n n a ^ i M - ' ^Vectorw que antes describimos en
l o í P ? f de materia prima a recurso teórico
JníS ° b j e 5 ° 1 d e a n a l l s i s ' e s resultado de la lectura
epistemológica del mencionado proceso. Queremos inten-
tar la reconstrucción histórico-genealógica del mismo. Los
saberes, quehaceres y sus respectivos poderes muestran
en su compleja arquitectura, en su funcionamiento y efec-
tos, la voluntad que los anima cuando se reconstruye su
posición sin privilegio alguno (o sin el privilegio de he-
e5°ei q au/¿ a t r í b U y e n ) ' ^
en el que se gestan y practican.
la r e d del mundf vivieíte

El Edipo en el mito y en la tragedia


según el psicoanálisis

n * * , ^ , d i f e , r e l l t e s versiones que nos llegan del mito edi-


piano a través de historiadores, literatos y filósofos grie-
gos, nos hablan de un ciudadano de Tebas, hijo del rey
Creonte y la reina Yocasta, que debido al prognóstico del
su madrp'n f f 0 8 a SU p a d r e y se casará con
su madre ) fue mandado a matar por su progenitor. Ya
conocemos las vicisitudes a través de las cuales se salvó,
dfrnSÍ0 ? ° í l b l ° y . M e r ° P e c o m o ^redero del tronó
de Corrnto (Estado vecino), volvió a Tebas y lanzado a
I V - n t U r a r e a l l z ó e l f ^ e s t o vaticinio. Lo importante
a destacar aquí es que: 1») Existen numerosos mitos de
otras civilizaciones de texto similar. 2?) Existen nume-
rosas versiones del mito griego en que las vicisitude^ y
el desenlace son diferentes. Por ejemplo algunas pol-
las que el rey tebano realiza un destino plácido y feliz
Z J 1 ^ ^ n a ™ n s e c " e n c i a terrible. 3?) Una lectura cuida-
™fi?V d / e r T t e s v e r s i o n e s > y aún de la consagrada
^ L ^ demuestra énfasis muy diversos, buena
parte de los cuales no privilegia en absoluto las peripe-
cias del parricidio y del incesto, es decir de la transgre-
sión de las leyes que rigen las relaciones de parentesco.
Lo que se desprende de las mismas fuentes es que l o
que se resalta es todo lo referente al problema de loa
orígenes del deseo, del saber, de la palabra, del goce, d e
la culpa y de la muerte (efectivamente) pero estricta-
mente en función de la problemática de la producción
social, del poder político, del derecho jurídico y del p r e s -
tigio comunitario. Todo eso referido a la f o r m a como
esos determinantes se dan en una familia regia (efecti-
vamente) pero notoriamente subordinado a la función,
que ella cumple en un determinado tipo de organización
social. Más aún, el papel de las citadas peripecias se des-
taca en el pasaje de una f o r m a de organización a otra.
La^ tríada teatral de Sófocles: "Antígona", " E d i p o R e y "
y "Edipo en Colona", de entrada recoge una versión del
mito y desecha las otras, lo cual indica, si no una inten-
ción deliberada, p o r lo menos una adecuación a deter-
minado procedimiento específico de la representación t e a -
tral que, p o r ser una f o r m a propia original e irreductible
de práctica social, "hace y es hecha" por la historia.
La lectura psicoanalítica de la versión trágica del
mito ha generado innumerable cantidad de ensayos biblio-
gráficos. Nosotros hemos llegado a examinar algunos de
ellos (Freud, Rank, Ferenczy, Jones, Klein, Stein, Orti-
gues, Leclaire, Safouan, Pontalis, Anzieu y, p o r supues-
to, el mismo L a c a n ) . Imposible hablar de una concor-
dancia entre ellos e injusto resumir algo que sería la
"posición psicoanalítica" al respecto. Sin embargo no
es impropio decir que "naturalmente", o sea por la " n a -
turaleza" de su teoría, método y técnica, el psicoanálisis
ha visto a la trilogía sofocleana como un dispositivo es-
tético destinado a "representar" la esencia, función y
efectos de la estructura inconciente de la subjetividad
psíquica ( p o r así llamarle). El texto simboliza, p o r me-
dio de los instrumentos dramáticos, la condición del sujeto
deseante escindido (animal humano inserto en los sistemas
simbólicos) determinado como efecto por la acción de u n
ente material no corpóreo (la estructura) cuya existencia
e influencia desconoce (la v e r d a d ) . Alienado en un saber
acerca de sí y del mundo de los objetos p o r el cual cree
decidir su destino, ignora: la ausencia de la estructura
en su discurso como f o r m a que aquella tiene de determi-
nar a éste, la falta de objeto que moviliza a su deseo
y la pura nada que su yo mismo es como efecto de su
representación por ausencia en el lenguaje; la comple-
mentariedad entre el deseo (que es deseo de un otro que
lo engendró) que lo impulsa y la ley del otro (el sistema
de simbolización, sus reglas), complementariedad ésta
consistente en que la ley posibilita la diferencia y dis-
p a r a el deseo de extinguirla, puesto que el dispositivo
funcionará en tanto la realización del deseo sea imposible
e irrealizada.
Esta constitución estructural del sujeto, entre la bio-
logía y el lenguaje, es inmanente a la estructura de las
relaciones de parentesco con sus leyes de prohibición del
incesto (no coincidencia de las relaciones de alianza con
las de consanguineidad) y tiene como soporte institu-
cional a las diversas f o r m a s de la familia social. Esto
es cierto a condición que se entienda que desde el psico-
análisis, tanto la obediencia como la transgresión de las
leyes que organizan las relaciones de parentesco no im-
plican que el incesto sea posible, porque toda relación de
objeto es irrealizable. El saber de Edipo, descifrador de
enigmas, y su orgullo de supuesto dueño de su ser y de
su conocer, lo llevarán a desafiar al oráculo (represen-
tación imaginaria de la verdad) para caer en su destino
parricida e incestuoso en cuanto más hace para evitarlo.
La evidencia del desenlace y la emergencia de la verdad
del inconciente, como resultado de una investigación que
Edipo promueve sobre el mismo sin conciencia, lo llevan
al auto castigo y a la renuncia a toda ilusión y espe-
ranza en la realización plena y autoconciente de su de-
seo. Edipo es, en suma, para el psicoanálisis, el héroe
dividido que piensa donde no es (y ahí cree f r a g u a r sus
fines y sus medios) y es donde no piensa (que es donde
sus determinaciones estructurales repetitivas lo conducen
a la reiteración de un destino que no conoce ni controla).
P e r o también es el héroe reintegrable, en la medida en
q u e se hace accesible a la emergencia de la verdad y
puede asumirla: en la obra sofocleana por ejemplo, como
e f e c t o de una investigación que aludiría fuertemente al
psicoanálisis mismo. Es importante comprender que en
ésta, nuestra demasiado sintética y "artificial" versión de
la lectura psicoanalítica del Edipo tragedia, la clave de
la interpretación es la "dinámica familiar" regia, la
transgresión de las leyes de parentesco, pero fundamen-
talmente la representación simbólica de la constitución,
composición, transformación, reproducción y efectuación
de la estructura del sujeto-deseante.
Se entiende, en consecuencia, cuál puede ser la tesis
psicoanalítica acerca del mecanismo estético de la tra-
gedia griega y de su perdurabilidad hasta nuestros días.
La parábola dramática edipiana, tanto como representa-
ción-escritura, como representación teatral, es un pro-
ducto de, digamos, simbolización sublimatoria, y su re-
producción escénica asocia por identificación simbólica
al espectador, que participa así del goce creativo, "reali-
zación" significativa del deseo, a pesar de la truculencia
de las vicisitudes de la trama.
Me parece que ahora resulta más claro cómo, a tra-
vés de la interpretación psicoanalítica de la tragedia y
d e su efecto estético, queda convalidada la universalidad
y a-historicidad del sesgo psicoanalítico de concebir un
modo de producción de la subjetividad. Lo que resta por
demostrar es que ese sesgo no sólo legitima la lectura
de ese modo, sino que contribuyó a implantarlo y lo re-
produce, impidiendo otros.

Críticas a la lectura psicoanalítica


y otros abordajes posibles de Edipo

Como decíamos anteriormente, la crítica de los re-


sultados universalizantes y a-historizantes que consolida
la peculiar trayectoria del Edipo en el psicoanálisis, exi-
g e una cantidad de complejas consideraciones. Hemos
visto que no es solamente el psicoanálisis estructuralista
sino también cierta antropología, lingüística y aún histo-
ria socio-económica, del mismo cuño, que por sus supues-
tos y modos de abordaje generan y refuerzan los citados
efectos. Básicamente se trata de la lectura del mito, la
tragedia, y la subjetividad misma como "materiales" o r -
denados por el juego combinatorio intra e inter-sistémico
de estructuras formales abstractas que los determinan
como efectos formales concretos.
E n esta perspectiva, el problema no reside apenas
en que el psicoanálisis pretenda imperialísticamente que
su explicación del mito y la tragedia con sus recursos
teóricos universales e intemporales sea la única o la me-
jor. Y a hemos señalado que la complementación de la
lectura psicoanalítica con otras que nos hablan de la
"función social", "institucional", "ideológica", o hasta
"político-económica" y "estética" del mito y de la trage-
dia, no bastan para solucionar el problema. P o r ejemplo
Levy-Strauss interpreta el mito edipiano como expresión
de la duda de si el hombre se origina de lo único (la
tierra) o de lo dual (dos seres humanos). En cierto sen-
tido pueden hasta contribuir a consolidar la capacidad
persuasiva de w solución propuesta. Eso sin contar
con que ciertas interpretaciones estructuralistas "prome-
ten" la correlación social del mito y no la realizan nunca.
La cuestión de f o n d o parece pasar p o r la esencia de
ciertos supuestos teóricos compartidos por todos esos
abordajes. Básicamente se trata de la convicción de que
los sistemas de producción serían disociables de los de
poder, significación y deseo, mientras que estos tres úl-
timos, a su vez, serían abordables p o r separado siendo
explicables como regidos p o r respectivas estructuras. Una
vez colocados estos principios, se resuelva o no articular
estas estructuras en una estructura o sistema totalizan-
te, y se a f i r m e o no que algunas son transformativas o
todas son apenas reproductivas, se sostenga que unas
"usan" o no a las otras para realizar sus procesos, las
consecuencias que criticamos se darían innevitablemente.
Ellas serían:
I ? ) L a actividad considerada propiamente produc-
tiva tiende a restringirse a la producción de bienes m a -
teriales.
2?) L a actividad de poder, deseante y significante
se entienden como desenvolviéndose en los circuitos de
intercambio y se prestan así para ser explicadas como
efecto de la combinación de una batería de elementos
f i j o s suponiéndose que tienen que ver contradictoriamen-
te con la re-producción de las condiciones de producción
d e bienes materiales a la cual están subordinadas dia-
lécticamente. . . o que no tienen nada que ver con é s t a . . .
si bien, a su vez no se sabe que tienen que ver entre sí.
3?) La actividad deseante es restringida al ámbito
familiar y luego aceptada como aconteciendo en el social
" e x t e r i o r " como "ampliación" o "extensión" del primero.
O bien, la actividad deseante es atribuida a la dinámica
del "sujeto" como entidad producida enteramente en el
espacio de la "representación" significante y relacionada
p o r "ausencia" o "imposibilidad" con la realidad "exte-
rioridad" no-subjetiva, no-significante, no-deseante.
4 9 ) Todo lo anterior contribuye a que la realidad
sea entendida y tratada predominantemente a nivel de
las f o r m a s instituidas y establecidas, favoreciendo la se-
lección y el encuadramiento de las infinitas potenciali-
dades de la esencia productiva, energética y fluida de lo
real. E n otras palabras: se considera y trata lo nuevo
en la combinación de causas invariables. Lo diferente
sería la nueva f o r m a en que retorna o se repite lo mismo.
El enfoque alternativo del "material" edipiano, que
a continuación trataré de resumir, está basado en ensa-
yos hechos p o r los modernos helenistas Vernant y Vidal
Naquet, p o r el f i l ó s o f o Foucault, p o r el antropólogo Ba-
chofen (tal como es retomado p o r Morgan y Engels y co-
mentado por F r o m m ) y los especialistas en teatro grie-
g o : Lesky, Brandao, Kitto y otros. Esa bibliografía
e s fácilmente accesible. Su lectura nos ayudará a com-
prender las tesis de Deleuze y Guattari en las que nos
hemos apoyado principalmente en este seminario y que,
d e una f o r m a u otra, hemos ido adelantando en reunio-
nes anteriores.
Vernant y Vidal hacen la crítica de la perspectiva
psicoanalítica acerca del mito y la tragedia edipianas a
partir del desmenuzamiento de un trabajo de Anzieu. T o -
mando lo que me parece fundamental de ese cuestiona-
miento, los helenistas parten del momento en que E d i p o
decide consultar al oráculo de Delfos aparentemente m o -
tivado porque en una fiesta un alcoholizado indiscreto
lo llama de " h i j o supuesto". A la consulta de Edipo el
oráculo responde lateralmente diciéndole que "mataría a
su padre y se acostaría con su madre". Frente a esa res-
puesta Edipo resuelve no volver a Corinto y partir para
la aventura en dirección al desenlace que conocemos.
Anzieu interpreta esta decisión como un acto fallido.
Edipo, por querer evitar su destino "edipiano", se pre-
cipita en él. Para aceptar esta interpretación hay que
suponer que, de alguna manera, Edipo "sabe" que Polibo
y Merope no son sus padres y "desea" encontrar a los
verdaderos progenitores para concretar parricidio e in-
cesto. Edipo toma literalmente el vaticinio y no se pre-
gunta el por qué de la "para-respuesta" oracular, porque
sería esa respuesta y no la que correspondería a su in-
terrogante lo que verdaderamente lo impulsa. Es decir,
Edipo acredita píamente en lo que Apolo pronostica y
entiende que el Dios da p o r cierto que él es hijo de los
reyes de Corinto. Los helenistas observan que, en ningún
pasaje de la tragedia Sófocles da el menor indicio
de que Edipo sepa que los reyes de Corinto no son sus
padres. Si lo sopechase y temiese el destino "edipiano"
le bastaría con volver a Corinto, quedarse allí y casarse
con alguna joven. ¿ P o r qué Edipo no vuelve a Corinto?
Según entendí la propuesta de los helenistas Edipo es
caracterizado p o r Sófocles como un hombre extremada-
mente orgulloso y seguro de sí, cuya máxima aspiración
es la de ser rey. Para obtener ese objetivo, según las
normas vigentes en la Grecia antigua, al candidato debía
pertenecer a un linaje noble (tanto m e j o r si fuese hijo
de reyes) y tener una confianza absoluta en su enten-
dimiento y sus decisiones. Si Edipo "reprime" alguna
cosa (por así decirlo) no es sus deseos parricidas e in-
cestuosos, sino el miedo de ser plebeyo y el de equivocarse.
Es eso lo que lo lleva a interpretar el dictado del oráculo
como efectos originales que se activan gradativamente
(ambiguo como siempre) sin la menor sombra de duda.
El es, seguramente, hijo de los reyes de Corinto, y si
retorna a su ciudad realizará la profecía t r a n s f o r m á n -
dose así, y a no en rey (como lo merece p o r origen y sa-
biduría), sino en un monstruo que puede tornarse "phar-
makos" (buey expiatorio) para sus conciudadanos. Edipo*
se precipita en su destino "edipiano" no volviendo a Co-
rinto para poder sentirse totalmente cierto, de su origen
elevado y de su elevado discernimiento. Ese mismo c a -
rácter sería el que lo lleva a reaccionar violentamente y
matar al personaje de la encrucijada y a casi toda su
comitiva ( L a y o ) ; a arriesgarse a descifrar el enigma
de la e s f i n g e ; a aceptar el casamiento con una m u j e r
mucho más vieja que él para acceder al trono ( Y o c a s t a ) ;
a emprender sin hesitación alguna la investigación que
el pueblo pide ante la nueva respuesta del oráculo ( " H a y
penuria en Tebas porque existe entre los ciudadanos un
parricida incestuoso"). Son esas mismas "motivaciones"
las que impulsan a Edipo a ignorar que él podría ser
ese transgresor apuntado por el oráculo; que los escrú-
pulos de Yocasta, Creonte y Tiresias a propiciar su in-
vestigación muestran afecto y preocupación p o r su per-
sona y no procuran demostrar su origen humilde ni cues-
tionar su lugar de rey. Edipo se niega a ver que él es
"doble". P o r un lado el clarividente que salvó a la ciu-
dad y, por el otro, el causante de las nuevas desgracias
que la asolan. No se trata pues de que los helenistas
pretendan negar la vigencia de las leyes de prohibición
del incesto y el parricidio en la Grecia antigua, ni su
registro conciente o inconciente en todos los personajes
del drama de Sófocles. Apenas tientan evidenciar cómo
la interpretación psicoanalítica, debido a su intención de
demostrar a ultranza la universalidad e intemporalidad
de los supuestos de la teoría freudiana los propone como
motores de la tragedia, falseando así el sentido histórico
y estético de la misma. Los griegos reconocían plena-
mente la oposición entre "philia" y "éros", los afectos
entre miembros de la familia (que eran considerados
desdoblamientos de un mismo ser) y con otros (opuestos
p o r sexo y parentesco), pero esa problemática estaría,
en la tragedia, totalmente subordinada a la del poder,
el saber y la relación del hombre con los dioses.
El efecto estético de la tragedia, según Vernant y
Naquet, no es la realización en el texto y en el espectador
de los deseos "edipianos" sublimados. Analizando la con-
dición ambigua, contradictoria, permanente y brusca-
mente mutante del protagonista y de la t r a m a : (dichoso
y desgraciado, sabio e ignorante, excelso y degradado,
juez y culpado, rey divino y monstruo animalesco y ex-
piatorio, salvador y corrupto causante de desgracias, víc-
tima y victimario, rebelde y obediente a los dioses, " d e -
tective" y "delincuente" de una "novela policial arcai-
ca", etc., etc.). Edipo y su destino p o r medio de las in-
cesantes inversiones que se operan en el decurso de la
tragedia hacen revivir la enigmática e inigualable con-
dición del hombre. Enigmática p o r esencia, ella sorpren-
de, espanta y maravilla, en cada "metabolé" (mudanza
inesperada) y se muestra inagotable como fuente de po-
sibles interpretaciones.
Es en esa dirección que Foucault va a retomar las
ideas de los modernos helenistas, y otros textos clásicos,
para elaborar una importante re-lectura. En unas con-
ferencias ( " L a verdad y las formas jurídicas") Foulcault
intenta (dentro de una tradición nietzscheana) hacer una
crítica de la a-historicidad y la universalidad que cier-
tos filósofos y otros pensadores occidentales han infun-
d i d o a la categoría de "verdad". A los fines que nos inte-
resan, recuérdese que Lacan (dentro de una línea de m a r -
cadas influencias platónicas-hegelianas y heiddegerianas)
entiende "verdad" como la emergencia, en el discurso del
"saber", de significantes inconcientes sobre los que "pesa
proscripción" (estaban reprimidos). Foucault postula que
las diferentes formaciones históricas han tenido muy di-
versas maneras de "producir" aquello que (desde la nues-
t r a ) podemos llamar "la verdad", pero que en rigor no
existe como objeto universal e intemporal. El f i l ó s o f o
e historiador francés considera que el m e j o r camino
para demostrar esa tesis es investigar las prácticas j u r í -
dicas, por medio de las cuales las diversas sociedades han
procedido para determinar los "hechos" cuestionados, en
«conflictos para decidir sobre "culpabilidad" e "inocencia"
y así administrar "justicia". E s para cumplir con ese
propósito que examina la tragedia de Sófocles en térmi-
nos de la famosa duplá poder y saber, que él contribuyó
tanto a tornar actual. Comienza enfatizando en que ni
él ni otros autores (Deleuze, Guattari y Lyotard) están
interesados en investigar estructuras formales que subya-
cerían a los fenómenos históricos. Dice que ellos hacen
investigaciones de "dinastía", o, dicho de otra manera,
de las relaciones específicas que en cada civilización se
establecen entre poder y saber, entre hegemonía política
y f o r m a s de conocimiento. Ese estudio se propondría no
tanto en función de las f o r m a s de producción económi-
cas (que en nuestra cultura son más conocidas), sino a
las prácticas judiciarias que, sin duda, son parte funda-
mental del poder político de cada sociedad. Foucault dice
que la tragedia de Edipo es el primer documento que
tenemos de las prácticas judiciarias griegas y que puede
resumirse su trama, así entendida, como una historia
en que un soberano y un pueblo, ignorantes de un cierto
acontecimiento, consiguen, p o r medio de una serie de
técnicas, descubrir su realidad poniendo en cuestión la
propia soberanía del soberano. La historia de Edipo es
la de la investigación de una "verdad" por medio de un pro-
cedimiento de indagación que obedece exactamente a las
prácticas judiciarias griegas de esa época. Cita un pa-
saje de la Ilíada en que un pleito entre Antiloco y Me-
nelao, en una corrida de carros, no necesitó para diri-
mirse de la opinión de un testigo presencial (especie de
" f i s c a l " de la carrera que seguramente debió haber asis-
tido a los f a s t o s ) . P o r el contrario Menelao exige a A n -
tiloco (el acusado) que j u r e p o r Zeus que no había c o -
metido irregularidad alguna. Antiloco, enfrentado a esa
"prueba" (en el sentido de "test") renuncia a j u r a r y
reconoce su falta. Si Antiloco hubiese aceptado el desafío
cabría a los dioses (que todo lo saben) decidir si era
inocente o culpable y castigarlo o no. Esa modalidad de
justicia en la Grecia arcaica f u e retomada en la Alta
Edad Media. E n la tragedia de Sófocles esta práctica a
veces reaparece. (Nosotros podríamos agregar que persis-
te actualmente en el juramento que los testigos hacen con
la mano en la Biblia. Si fuera fehacientemente creída
esa promesa de decir "la verdad, nada más que la verdad
y toda la verdad" haría el juicio innecesario). Mas la
forma de la justicia en Edipo, según Foucault, es otra.
Funciona según lo que él llama "la ley de las mitades".
Cuando la peste se abate sobre Tebas durante el reinado
de Edipo, éste manda a consultar el oráculo. Apolo res-
ponde en dos tiempos, d i c e : "Si quieres que la peste a c a -
be, lava la conspiración". Preguntado nuevamente acerca
de en qué consiste y quién la perpetró, responde que f u e
asesinado Layo y cuando se pide que diga quién lo ase-
sinó se niega a responder. Se sabe una mitad y falta la
otra. Cuando se pregunta a Tiresias, adivino y vidente,
quién fue, contesta: "Fuiste tú, Edipo, quien lo mató".
Queda así configurada la mitad divina de la verdad
(Apolo-Tiresias). Como Edipo prometió identificar y
expulsar al culpable, debería cumplir su juramento. Sin
embargo la tragedia muestra aquí la necesidad de escla-
recer la otra mitad de la verdad, como si en la Tebas de
esa época ya la primera mitad no bastase. Pero esta se-
gunda mitad está a su vez, como la primera ( A p o l o ,
Tiresias), constituida p o r dos partes a su vez. Yocasta
dice a E d i p o : " T ú no fuiste, porque Layo f u e muerto en
una encrucijada p o r varios hombres" (lo de varios nun-
ca queda aclarado en la t r a g e d i a ) . Edipo responde: " P e r o
yo maté un hombre en una encrucijada". Esa afirmación
y a sería, bastante, pero es preciso el testimonio de dos
personajes, dos esclavos, porque aún queda la esperanza
de que el oráculo había afirmado que Layo sería muerto
por su hijo, y aún no hay certeza de que el hombre ase-
sinado en la encrucijada fuese Layo ni de que el asesino
fuese Edipo, ni que Edipo fuese hijo de Layo. Esta úl-
tima duda resuelta p o r la declaración de un esclavo que
viene de Corinto a anunciar la muerte de Polibo, y cuando
Edipo se alegra de no ser él quien lo mató, el esclavo
explica haber recibido a Edipo de manos del otro esclavo
(quien debía matar a E d i p o ) . A m b o s así certifican que
Edipo no es hijo de Polibo, aquí podría agregarse, según
me parece, que el segundo esclavo es el sobreviviente d e
la comitiva de Layo. El ciclo se ha cerrado. Una c o n f i -
guración de poder (Layo, Yocasta, E d i p o ) que posee el
privilegio de determinar lo que es "verdad" y que f u e
quebrado a pedazos p o r el delito de mandar a matar E d i p o
desencadenando todas las vicisitudes posteriores, se re-
compone como un rompecabezas. Se trata de la misma
secuencia que caracteriza entre los griegos al "símbolo".
Alguien, p o r una cuestión de poder quiebra un " d o c u -
mento" (cerámica, papiro, etc.) y entrega una mitad a
alguien, puede recomponerlo y usarlo cuando esa persona
se lo restituye y consigue juntar las partes coincidentes.
E s a es una técnica a la vez jurídica, política y religiosa
de demostrar una verdad destinada a resolver la legiti-
midad de un poder. L a recomposición del símbolo se
realiza así en tres niveles: l 9 ) El testimonio dado p o r
la mirada omnisciente e intemporal de los dioses y sus en-
viados (Apolo-Tiresias). 29) El testimonio de los sobe-
ranos dado p o r su mirada omnipotente debida a su
función de hegemonía. 3?) El testimonio humilde de los
esclavos, propiamente humano, dado por su mirada " e m -
pírica", limitada y retrospectiva enunciable como " y o vi".
Hay pues, una coincidencia entre la mirada de los dioses
y la de los esclavos, siendo ambas de muy diferente na-
turaleza. ¿Cuál sería el significado de la mirada de
E d i p o ? Aquí Foucault discorda nuevamente con las ver-
siones que hacen aparecer a Edipo condenado como el
hombre a la vez sabio y ciego, incapaz de ver (entre
ellas, la psicoanalítica). Foucault sostiene que lo que
se condena en la tragedia es una determinada manera de
asociarse, en Edipo, cierto poder y cierto saber, que "ya
estaban siendo eliminados en la Grecia del siglo V en
que la tragedia f u e escrita y representada". La tragedia
se denomina " E d i p o tirano" y no " E d i p o incestuoso o
parricida". Lo que se condena es el saber autocrático.
Un exceso de saber, no enseñado por nadie y no sometido
a otros testimonios, que era "necesario" para que un rey
de la Grecia arcaica tomara el poder por sí solo y lo a d -
ministrase sin consulta alguna. El rey se consideraba
hacedor de las ciudades, éstas eran de su propiedad, y era
él quien encarnaba la ley sin discusión posible. Los tira-
nos eran los hombres semi-divinos y "providenciales"
(cortio hoy se dice) y ciertamente consiguieron cierto
orden y prosperidad para las ciudades. El nacimiento
de los estados griegos "constitucionales" o "pseudo-demo-
cráticos" representada en esa coincidencia entre el tes-
timonio popular y el divino tornó la f i g u r a del tirano
obsoleta y prescindible. Es p o r eso que en la tragedia
Edipo nunca confiesa sentir culpa p o r el incesto y el
parricidio (bastante común y aceptado en las familias
imperiales anteriores y posteriores). Nunca se justifica
diciendo que transgredió "sin saber". El está apenas ( y
todo el tiempo) preocupado p o r mantener el poder en base
al ejercicio de una modalidad de saber (autónomo e in-
falible) que lo colocó en el trono y lo mantenía en él.
Edipo es el que "no supo" porque "podía demasiado".
Pero "podía demasiado" porque "supo como tomar el
poder", y lo tomó porque el pueblo le atribuía el "saber"
absoluto acerca del mensaje de los dioses que "todo lo
saben y pueden".
La intención de Sófocles iba a ser retomada p o r Pla-
tón quien creó el mito, aún vigente en Occidente, de que
existe una incompatibilidad entre saber y poder, muy pró-
ximo a la afirmación psicoanalítica de que el analista
es "neutro", o, en la más sofisticada de las versiones, de
que su poder no es el de un saber, sino apenas el de crear
condiciones para que se aparezca "la verdad" del sujeto
inconciente. Para Platón el "científico", para acceder a
la verdad, debe renunciar al poder político. Es claro que
si en Sófocles aparece reivindicada la mirada del escla-
vo, en Platón ella es desvalorizada en provecho de la
"mirada" racional del filósofo, único que tiene acceso al
ciclo inteligible de las ideas. Pero el interés principal de
Sófocles y Platón es el de atacar el saber-poder de los
tiranos, herederos de los emperadores orientales y asirios,
así como en Platón se agrega la crítica de los sofistas,
herederos de Edipo en cuanto consideraban la filosofía
como retórica, es decir, una f o r m a de la " e r í s t i c a " . . . ape-
nas una lucha para vencer en una discusión. L a tragedia
es, entonces, para Foucault, una especie de resumen r i -
tualizado de la historia del derecho griego, que presenta
el momento en que se realiza una de las grandes con-
quistas de la "democracia" ateniense, el avance p o r el
cual el pueblo se apropió del derecho de definir lo que
es verdad y decirla, oponiéndola a la de sus señores, de
juzgar a aquellos que lo gobernaban.

Del Edipo tragedia al inconciente como fábrica

Llegamos a este punto de la exposición con la im-


presión de tener los mínimos elementos necesarios para
comprender esa "peculiar trayectoria" que hemos inten-
tado trazar y que denominamos: "Edipo, de materia pri-
ma a material de análisis". Ella se cierra con la inter-
pretación estructural psicoanalítica del mito y la trage-
dia, algunas de cuyas críticas ya hemos sintetizado. A
los fines de ampliar esas críticas y de introducir a una
concepción alternativa, no sólo del deseo inconciente, sino
del universo humano, agregaremos aquí algunas consi-
deraciones finales.
Esa singular coyuntura que en el pasaje de la Gre-
cia antigua a la clásica hemos caracterizado siguiendo
la interrelación del mito y la tragedia edipianas, el sur-
gimiento de la filosofía racionalista helénica y el cambio
del derecho de la prueba al del t e s t i m o n i o . . . incluye,
como es de esperar, muchos otros aspectos. El marco
general en el que se dan estas relaciones es el de la mu-,
danza de las tiranías arcaicas al régimen estatal demo-
crático de la polis griega, particularmente en Atenas,
que coincide con las transformaciones económicas dadas
por un enorme crecimiento demográfico en esos estados,
obligando a un expansionismo fundiario, a la implanta-
ción de colonias, al comercio de ultramar, al comienzo
de una especial industria artesanal y de cierta tecnología,
etcétera.
Si bien no podremos ocuparnos de todos esos impor-
tantísimos factores, apenas trataremos de mencionar al-
gunos para empalmarlos con otros religiosos y jurídicos
que intervienen en la coyuntura antes mencionada y
a los cuales no nos hemos referido.
El pueblo griego antiguo es resultante de la emi-
gración hacia el sur del Mediterráneo de pueblos indo-
europeos arios errantes y nómadas en torno al año 1500
antes de Cristo. Ellos se establecieron en una vasta área
ocupada por la civilización egea y cretoninoica a la que
destruyeron e incorporaron. La civilización helénica así
implantada se subdividía en tres variedades: la jónica,
la eólica y la dórica. Los griegos estaban rodeados por
otras civilizaciones como la de los caldeos, los macedonios,
los tracios, los lidios, los medos, los persas, los cimerios,
asirios, escitas, elamitas y, más distantes, los indos, los
chinos y los egipcios. Los helénicos se establecieron en
conglomerados dispersos y sin comunicación entre sí p o r
influencia de la accidentada geografía del área, hasta que
su crecimiento económico y demográfico los llevó a f u n -
dar ciudades. Estos " f e u d o s " eran gobernados p o r reyes
impuestos p o r la fuerza y la astucia que detentaban un
poder absoluto ejercido sin consulta alguna. Denomina-
dos "tiranos" tuvieron un papel positivo y negativo a la
vez, instaurando un cierto orden, pero manteniendo una
prolongadísima guerra con todos los " f e u d o s " vecinos.
Posteriormente con la fundación de los grandes estados
griegos como Atenas, Esparta, Corinto, Tebas y Mileto,
y más aún con la formidable empresa de Filipo de Ma-
cedonia y su hijo Alejandro Magno de unificar la Grecia
en un gran imperio, las guerras de conquista incluyeron
a los inmensos imperios vecinos tales como los asirios,
los lidios y los persas.
En el período que importa a nuestro tema, entre los
siglos V I I y V antes de Cristo, el problema político de
los grandes estados-ciudades griegas era pasar de la or-
ganización tiránica arcaica a la democracia estatal clá-
sica. Es en el seno de ese pasaje donde se da la lucha
entre las concepciones religiosas y jurídicas primitivas,
bárbaras, imperiales orientales y helénicas tiránicas p o r
una parte (cuya principal f o r m a de expresión era oral
y mítica, aunque los imperios orientales ya habían in-
ventado la escritura) y la filosofía y el derecho raciona-
listas griegos clásicos de la polis (estados-ciudades). A p e -
nas para dejar insinuada esa diferencia a nivel de o r -
ganización social recordemos que los reinos tiránicos eran
el gobierno de las oligarquías locales encabezadas p o r
«1 rey, quien mandaba sin leyes. L a llamada democracia
g r i e g a era una especie d e c o r p o r a c i ó n d e ciudades que
participaban a través de varios organismos comunitarios
en la elección de f u n c i o n a r i o s así c o m o en las grandes
decisiones p o r voto público y abierto. E s claro que estos
derechos excluían a los siervos, esclavos, extranjeros y
m u j e r e s , siendo que la aristocracia noble y propietaria
c o n t i n u a b a teniendo p r e f e r e n c i a para o c u p a r los lugares
d e poder, particularmente el d e monarca. D e cualquier
f o r m a t o d o s estos actos políticos estaban regidos p o r le-
yes, enunciadas y aplicadas p o r diversos cuerpos de m a -
g i s t r a d o s siempre c o n participación ciudadana.
E s en ese contexto que se d a la encrucijada que o p o -
ne la religión ctónica ( p r i m i t i v a y b á r b a r a ) de las p r o -
f u n d i d a d e s de la tierra (a grandes trazos irracional y
m á g i c a ) representada en determinada selección de los
temas míticos y en la mitología c o m o f o r m a de c u l t u r a . . .
y la religión ateniense (olímpica, de las a l t u r a s ) , en que
los t e m a s míticos son preferenciados de otra manera y
la mitología m i s m a es subordinada al pensamiento f i -
losófico-especulativo. E s t a oposición coincide con otra,
que antagoniza al derecho arcaico, que se centraliza en
l o s poderes de la familia y la sangre, p r o p i c i a n d o la ley
vengativa del Talión, p o r u n l a d o . . . versus el derecho
g r i e g o clásico de la polis que enfatiza en los intereses c o -
munitarios d e la ciudadanía resguardando, es claro, el
p r i v i l e g i o aristocrático. El p r i m e r o se relaciona, según
B a c h o f e n , con la organización matriarcal, m u y f r e c u e n t e
e n las sociedades tribales de la Grecia arcaica, versus el
o r d e n patriarcal, p r o p i o de la democracia de la Grecia
clásica. Heterismo, amazonismo y demetrismo ( E r o s )
vs. androcracia ( l o g o s ) . E n el seno de la lucha mitoló-
gico-religiosa, Nietzsche ha enfatizado en la contraposi-
c i ó n entre Baco-Dionisios, c o m o D i o s de la " d é m e s u r e "
( e x c e s o ) , del " é x t a s e " (salir de s í ) , del "enthusiasmos",
que en sus rituales orgiásticos ( " b a c c a n a l i a " ) , induce a
la " h y b r i s " (violencia contra los dioses) y a la " a t é " ( c e -
g u e r a de la r a z ó n ) para t o r n a r a sus fieles " h y p o c r i t e s "
(aquel que responde desde f u e r a de sí, es decir, un
" a k t o r " , un " o t r o " ) . . . p o r el o t r o lado estaría "Apolo-
Atenea", dioses de la "ratio" (medida) que dotan a los
hombres de todo cuanto es superior, noble y bello (kalos
kagathos), le hacen gustar de objetos refinados ( a g a l m a ) ,
le dan conciencia de las reglas evitando que caigan en
falta grave "hamartia", respetando los principios de la
sabiduría "gnóthi sauton" (conócete a ti mismo) y los
de la justa medida "medén agan" (nada en e x c e s o ) . Se
evita asi convertirse en un "anér" (héroe) que general-
mente p o r obra de un "daimon" (demonio) cae en manos
de moira" (el destino ciego, la punición) o provoca la
nemesis" (venganza celosa de los dioses). Muy sintéti-
camente dicho las "baccanalias", fiestas rituales popula-
res dionisiacas en que los participantes se disfrazaban
de sátiros, bebían y danzaban hasta el delirio y en las
que se sacrificaba un buey sagrado (imagen de Dionisio)
que luego resucitaba, mientras se cantaban ditirambos,
habrían sido recapturadas en la tragedia, arte aristocrá-

J r a g ? f " ( b u e y ) y " o i d e " ( c a n t o ) , así como de


rragos-Theios (buey divino) o "Pharmakos" (buey pa-
ciente o expiatorio) habría nacido la "Tragoidea" (latín)
o tragedia', de las lenguas modernas.
Según la teoría a la que adherimos la tragedia clá-
sica en general, cuyos principales representantes son
Esquilo, Sofocles y Eurípides, prepara la transformación
del mito en filosofía racionalista y clásica y de ésta en
ciencia occidental. Es sobre todo en Sófocles (Edipo Rey
y Edipo en Colona) donde puede apreciarse esa función
a la que antes nos referíamos p o r la cual un proceso de
legitimación del poder y de producción de la verdad) se
muestra como una problemática de las leyes que rige las
relaciones de parentesco, que no era conflictiva (espe-
cialmente en las familias imperiales) en el modo de p r o -
ducción despótico o imperial, pero que comienza a serlo
en la pohs griega. Es en "Antígona" donde se expresa
magistralmente la victoria del derecho paternalista de la
pohs ( dike", "ius f o r i s ' ) contra la ley del matriarcado
( t h e m i s ' ) en tanto en la "Orestíada" de Esquilo, el con-
flicto entre los dos derechos y las dos religiones es re-
suelto de una manera conciliatoria p o r Atenea, quien con
su voto (el famoso voto de Minerva) desempata el juicio
de Orestes, asesino de su madre Clittemnestra, cuyo cas-
tigo pide un tribunal de doce atenienses inspirados p o r
Apolo, y cuya absolución exigen las Erinias, diosas ma-
ternales de las sombras y las profundidades.
El antropólogo inglés Kirk, en un serio libro ecléc-
tico, cuestiona con escepticismo las divisiones tajantes
qué aquí hemos establecido para caracterizar esa coyun-
tura de pasaje d e la Grecia arcaica a la Grecia clásica.
Observa: 19) Que los mitos griegos soñ menos fantásti-
cos y truculentos que los primitivos, bárbaros e impe-
riales, y en ese sentido, mal pueden expresar el p o l o
mágico e irracionalista que se les atribuye. 2?) Que los
mitos griegos, en especial los referentes a las cosmogo-
nías, contienen tentativas de elaboración reflexiva y r a -
cional de una concepción de mundo que será luego reto-
mada en los textos de Homero, Hesíodo y Herodoto y
en los trágicos, así como en los escritos del derecho n u e -
vo y en las filosofías pre y post-socráticas (platónicas).
Cita especialmente al helenista Dodds, quien efectuó un
profundo estudio acerca de las relaciones de lo racional
y lo irracional en la Grecia antigua, clásica y post-clásica.
De cualquier forma, la afirmación de persistencias y con-
tinuidades no refuta los cambios, especialmente los de
función, del mito en la polis.
P o r otra parte los especialistas en teatro trágico
discordan con respecto al propósito y mecanismo estético
por el cual la tragedia opera sus efectos dramáticos.
Hablan de una ambigüedad, contradicción y vaivén que
abriría perpetuamente el "misterio" del hombre, y no de
una catarsis. Sin embargo, lo que importa para nuestro
enfoque es la versión de los helenistas modernos que
afirman que el mito y la tragedia junto a otros dis-
positivos generadores de "creencias" tienen p o r f u n c i ó n :
l 9 ) Presentar una organización del mundo, ya objetiva-
mente superada, como aconteciendo permanentemente e n
un tiempo fabuloso, evitando así futuras transformacio-
nes. 29) Atribuir la producción de todo cuanto existía a
la naturaleza-tierra endiosada (modo de producción pri-
mitivo o salvaje) al emperador divino (modo de produc-
ción asiático o despótico) o al mundo ordenado de cosmos.

5T
olímpico (sistema de las tiranías helénicas antiguas) o
a la entidad del capital-dinero (modo de producción ca-
pitalista) . 3^) Centralizar la célula básica de la organi-
zación social en la familia nuclear o extensa y en las
relaciones de alianza (codificación del M. de P . P . ) o en
la familia imperial (sobrecodificación despótica del M.
de P . A . ) o en la "familia estructural" o la subjetividad
íntima " f o r m a l " (axiomatización del capital). 4?) Cir-
cunscribir así el deseo "carente" al ámbito de la subje-
tividad-familia-representación-intercambio, reservando su
investimiento en la producción "material" y en el poder
"político" como si fuese un " a f u e r a " y un "después".
59) Concebir y contribuir a reproducir el inconciente
c o m o representacional teatral y significante ( o estruc-
tural) eterna, universal y exclusivamente edipiano. 6 9 )
Concebir las fugas an-edipianas del deseo (locura) como
psicopatología. 7?) Concebir las producciones no-aliena-
das, es decir, no aprovechables para la generación-acu-
mulación de plus-valías (de riqueza, poder y prestigio)
como desperdicio, anarquía y marginalidad, y así con-
tribuir a la explotación y a la represión-general-represión
que son condiciones para la reproducción del modo he-
gemónico. 8?) E n s u m a : entender el inconciente produc-
tivo-deseante, natural y técnico como un reservorio de
creencias míticas, un mal teatro, un lenguaje reprimido
o una lógica combinatoria y no como una fábrica: subs-
tancia material misma de la producción.
EL DESARROLLO DE LA AGRESION
EN EL INDIVIDUO EN EL CONTEXTO
DE SU GRUPO FAMILIAR

HERNÁN KESSELMAN

Pichón Riviére y su teoría del grupo familiar

Con el presente trabajo trataré de tender un puente,


desde la psicología social y dinámica (teniendo en cuenta
datos de bio-psicológica y psicoanalíticas, según Freud y
Melanie Klein, y la potencia de la antropología cultural)
c o n el tema de "la agresión en distintos modelos fami-
liares de la actualidad". Justamente Pichón Riviére tituló
su libro así: "Del psicoanálisis a la psicología social".
Comenzamos por Bleger ( 1 ) , quien, siguiendo a Pi-
chón Riviére, describe las tres áreas de la conducta. El
área 1 ó de las representaciones mentales, el área 2 ó de
las manifestaciones corporales y el área 3 ó de las rela-
ciones interpersonales.
Areas concéntricas y simultáneas con alternancia o
sucesividad de predominio, ya que lo psicológico es siem-
pre una manifestación de la conducta que se puede com-
prender en las tres áreas. Advertimos así que lo mental
no es igual a lo psicológico, que lo corporal no es igual a
lo biológico o fisiológico y que las relaciones interperso-
nales no son equivalentes a lo social. Las primeras son
áreas de la conducta, las segundas son niveles de inte-
gración de la misma. Es necesario, al mismo tiempo, se-
ñalar que "suele existir en el lenguaje de la vida cotidia-
na una ligazón de rutina en el vocabulario, por la cual
el término agresión viene ligado al término violencia: o son
equivalentes o una es causa de la otra o bien se les asig-
na diferencias cualitativas por lo que una es más mani-
fiesta o más intensa que la otra. Pero no es frecuente en-
contrar una distinción cualitativa.
La misma asociación automática de violencia con
agresión es una técnica para evadir tomar conciencia de
otra relación: la de violencia con represión. Los tres tér-
minos no se pueden entender separadamente, salvo recu-
rriendo a una perspectiva instintivista en la cual, como
lo plantean Freud y Melanie Klein, el instinto de muerte
y la envidia pasan a ser las últimas r a z o n e s . . . Y así co-
mo el psicoanálisis ha traído una modificación, amplia-
ción y profundización del concepto de sexualidad, utili-
zándolo como instrumento de primera línea para el cono-
cimiento y la transformación del hombre y la sociedad, el
concepto de agresión espera aún en psicoanálisis un es-
tudio e q u i v a l e n t e . . . Habría dos tipos de violencia: la
violencia de la represión y la violencia contra la repre-
sión" ( 2 ) .
Desde este contexto general, se diferencia la activi-
dad destructiva como ejercicio, de acción agresiva y per-
versa en sí misma, de las ideas de violencia imprescindi-
bles para la transformación, el cambio y la adaptación
activa a la realidad. Diferente de la adaptación pasiva,
que solo representa sumisión connivente. Desde este lu-
gar, Pichón Riviére revisa los conceptos de salud y de en-
fermedad y es p o r ello que habla de conductas "norma-
les" y de conductas "desviadas".
Enrique Pichón Riviére, psiquiatra y psicoanalista,
f u e el pionero en el campo de la psicología social en Lati-
noamérica ( 1 2 ) y desarrolló desde allí sus principales con-
ceptos, como s e r : el concepto de enfermedad como con-
ducta desviada; el de operatividad como acción correcto-
ra ; el d e grupo operativo: cuyo ejemplo básico es el g r u p o
familiar y cuyo e j e es la tarea realizada p o r un grupo y
su coordinador en torno a la resolución de las dificultades
que impiden realizar esta tarea, que es, fundamentalmen-
te, el aprender y reaprender a pensar. En el grupo ope-
rativo se desarrolla el drama humano y se representan y
expresan las síntesis y contradicciones entre individuo y
sociedad.
Otros aportes s o n : el concepto de vínculo, que inclu-
ye las vicisitudes de las 3 D (Depositario, Depositante,
D e p o s i t a d o ) ; el concepto de tareas que, como dije anterior-
mente, es el eje alrededor del cual gira todo lo operativo;
el de divalencia, que critica y aclara los tempranos cami-
nos del aprendizaje señalados p o r la psicología analítica
kleiniana; el concepto de liderazgo, portavoz y chivo emi-
sario, como resultado a su vez de los conceptos de hori-
zontalidad y verticalidad grupal y que configura la no-
ción de emergente.
Todos estos aportes han sido realizados durante los
últimos 40 años p o r Enrique Pichón Riviére ( 1 1 ) . E n lo
que se refiere a la enfermedad mental, Pichón plantea
ocho axiomas, que sintetizamos a s í :
1) El miembro enfermo del grupo familiar es el má-
x i m o exponente y portavoz-depositario de su gru-
po específico enfermo. Esta es la teoría energi-
cista de Pichón, que está mostrando que el equi-
librio se logra merced a un depósito en un depo-
sitario que acepta ese depósito y se convierte en
portavoz que denuncia la enfermedad en nombre
de todos.
2 ) La enfermedad mental es siempre una enferme-
dad grupal y la unidad básica mínima de enfer-
medad es grupal, no es individual. P o r lo tanto,
no podemos concebir una enfermedad individual
sin una distribución de rasgos de patología a par-
tir de una situación básica inicial y grupal.
3 ) El "líder e n f e r m o " está siempre guardando una
estrecha relación con el líder "sano" de su g r u p o
familiar, de tal f o r m a que es más débil porque es
el que enferma, pero es el más fuerte, porque so-
porta lo que también le correspondería soportar
al más sano.
4 ) El miembro enfermo, que está cargado con el de-
sequilibrio grupal es rápidamente marginado o
segregado. Es la segregación interna (dentro de
la casa) o externa (ingresándolo en instituciones,
por ejemplo).
5 ) El pronóstico de todo enfermo que ha caído en
este tipo de dinámica en un grupo familiar de-
pende directamente, en f o r m a proporcional, del
grado de receptividad que muestra para con él su
grupo familiar en aquellos momentos que, con
ayuda del coordinador, se intenta redistribuir las
ansiedades psicóticas; es decir, si cada uno de los
integrantes del grupo familiar puede llegar a " c a r -
g a r " con lo suyo de distinta manera.
6) Para que la curación se efectúe es necesario re-
construir un equilibrio perdido p o r medio de la
reincorporación del miembro excluido, aclarando
quién es quién y modificando los estereotipos.
7) El grado de estereotipos es inverso al grado de
culpabilidad grupál.
8 ) N o olvidar que los familiares adjudican pero el
paciente asume (la enfermedad).

Pichón Riviére visualiza al grupo familiar como un


todo, una unidad que tiene su prehistoria, su historia, su
aquí y ahora y su perspectiva de futuro. Con distintos
roles para cada integrante que interjuegan dialécticamen-
te y también como lugar de conocimiento y reconocimien-
to de los vínculos que los caracterizan (fraternidad, f i -
lialidad, paternidad, maternidad) como espacio donde
configuramos la identidad, con distintas horizontalida-
des, en permanente (latente colectivo) relación dialéctica
con las diferentes verticalidades que lo conforman ( p o r -
tavoces que configuran lo emergente), con aspectos e x -
plícitos e implícitos, con canales de comunicación que f l u -
yen o se estereotipan y que van a permitir crecer al g r u -
po o estereotiparse, pero siempre como punto de inter-
sección constante entre lo individual y lo social. Y es en
esta intersección que iniciamos el desarrollo de los diag-
nósticos básicos en los diferentes ámbitos del comporta-
miento humano.
Pichón Riviére en su libro " E l proceso grupal" ( 3 )
y José Bleger en "Psicología de la conducta" ( 1 ) y " P s i -
cohigiene y psicología institucional" ( 4 ) dejan leer los
diagnósticos básicos del grupo familiar y operativo: el
psicosocial, el sociodinámico, el institucional y el comuni-
tario, Muy sintéticamente explicaré que: a ) el psicosocial
es la relación diagnóstica del sujeto consigo mismo (la
noción de grupo i n t e r n o ) ; b ) el sociodinámico, el de los
grupos pequeños cara a cara, como por ejemplo, el del
grupo familiar, en interacción de comunicación de roles;
c ) el institucional, que es la relación del grupo familiar
con todas las instituciones básicas que a su vez se forman
tomando como modelo al típico grupo familiar y para las
cuales el sujeto necesita, desde el momento que sale de
la familia, todos aquellos aprendizajes que se dan fuera
del hogar. Las instituciones básicas s o n : las recreativas,
donde se desarrolla el ocio, el tiempo libre; las laborales,
donde se desarrolla la producción; las educacionales, don-
de se desarrollan los aprendizajes y aquellas institucio-
nes especiales como los grupos políticos, religiosos, etcé-
tera, que indican agrupaciones humanas de grupos se-
cundarios donde también se realizan unos aprendizajes
y a donde también se llevan los moldes que el sujeto h a
comenzado a elaborar desde su grupo familiar, y d ) el
comunitario, que nos conduce a la axiología o al sistema
de valores con el que cada familia se rige en relación a la
sociedad donde se mueve. Pichón siempre decía que b a s -
ta con ver el tipo de escuela que algunos padres eligen
para su hijos para hacer un estudio axiológico de cuál
es la posición frente a la sociedad que dichos padres tie-
nen frente al sistema de valores de esa comunidad.
Esta visión de la f a m i l i a : psicosocial, sociodinámica,
institucional y comunitaria, la van a poder encontrar en
esas descripciones diagnósticas, que son diagnósticos que
vamos a hacer cuando nos aproximemos a un grupo f a -
miliar en el abordaje técnico para intentar comprender
o resolver las conductas agresivas o de todo tipo que de
él emerjan.
También en los libros de Pichón pueden leerse tipolo-
gías de grupos familiares. El grupo familiar es un grupo
primario (unidad básica mínima de salud y enfermedad,
de normalidad y patología) por ser un grupo cara a cara,
de intensa relación afectiva, donde el fenómeno funda-
mental mecánico es la pertenencia y el fundamento diná-
mico es la participación, en el sentido antropológico d e
la palabra. Los grupos primarios, como el grupo f a m i -
liar, pueden adoptar, de conjunto, tipos o f o r m a s que se
pueden evaluar exactamente igual que se evalúa a una so-
la persona y así como hablamos de personas epileptoides
o epilépticas, esquizoides o esquizofrénicas, confusas, me-
lancólicas, hipocondríacas, etcétera, vamos a encontrar
grupos familiares donde el prototipo de interacción pue-
d e marcar un diagnóstico o una tipología. Los grupos bá-
sicos, como lo es el grupo familiar, responden en general
a, las tipologías de las psicosis básicas, que son t r e s : la
psicosis confusional o epileptoide; la esquizofrénica o es-
quizoide, donde la escisión, el distanciamiento, la relación
ideal, la dificultad de comunicación verbal, la dispersión
que tanto caracteriza la cronología comprensiva de un su-
jeto esquizoide, también se puede aplicar a un grupo f a -
miliar; en tercer lugar, las maníaco-depresivas o depre-
sivas. Estas tres f o r m a s son la matriz de la tipología
diagnóstica y nos servirán tanto como nos sirven los diag-
nósticos en terapia individual, para poder comprender la
evaluación del proceso y para poder planificar la correc-
ción del proceso.
A h o r a vamos a trabajar con los puntos que Pichón
llama el cono invertido del proceso corrector. Llama el
c o n o a una f i g u r a didáctica de dos lados alrededor de los
cuales Pichón plantea seis puntos de referencia para com-
prender la conducta y también para intentar corregirla.
Estos puntos de referencia son como los mojones, como
los ítems de referencia, no sólo para comprender el com-
portamiento humano sino para planificar una corrección
e incluso para evaluar cuándo nuestro trabajo es eficaz
y operativo y cuándo no lo es. Operar quiere decir cam-
biar, transformar fundamentalmente y de ahí el nombre
<le grupo operativo, como centro fundador de su teoría
c r u p a l . Esos puntos de referencia y que aparecen en la
f i g u r a (pág. 65) son, en la parte superior, la tarea y pro-
yecto a realizar, los seis elementos del cono invertido s o n :
p o r el lado izquierdo, pertenencia, cooperación y pertinen-
cia, y p o r el lado derecho, comunicación, aprendizaje y
telé, y en la parte i n f e r i o r : reproyecto o emergente y nue-
v o existente con nueva tarea.
Este esquema hoy lo planteamos en el grupo f a m i -
liar, en parte, porque Pichón descubrió en el año 1945
e n la Argentina, en una circunstancia muy particular,
El cono invertido
La tarea (¡Proyecto)

1) Pertenencia ^r ' 4) Comunicación


(y Afiliación)

2) Cooperación ^ —« ^ 5) Aprendizaje
(y saboteo)

3) Pertinencia \ "W 6) Telé

Reproyecto

Nueva tarea

que tenía que ver con los grupos familiares de pacientes


a su cargo. Había habido una huelga en el Hospital Neu-
ropsiquiátrico de Buenos Aires, del cual él era el director
y j e f e de la Sala de Internación (Ingreso) del Departa-
mento Infanto-Juvenil. En un momento determinado, los
médicos se negaron a atender a los pacientes. En aquella
época, los médicos del Neurosiquiátrico configuraban, en
su gran mayoría, una cierta casta aristocrática del Hos-
pital que tenía un gran manejo del poder, sobre todo el
personal auxiliar, sobre los pacientes y los grupos fami-
liares. En el Servicio Infanto-Juvenil resultaba mucho
más grave, que en los servicios para adultos, que cesara
la intervención de los cuidadores (médicos y enfermeros
que se plegaron a esta medida de f u e r z a ) y hubo un gran
revuelo, hasta el punto que se pensó si se tendría que c e -
rrar el servicio de la Sala. Entonces, los enfermos y al-
gunos auxiliares psiquiátricos, que quedaron como volun-
tarios, le propusieron a Pichón que no cerrara el Servicio
y, además, los padres que tenían que buscar a sus hijos
para sacarlos, preguntaban si podrían hacer algo y los en-
fermos menos graves si podían ayudar a sus "colegas" más
graves. A partir de esta actitud Pichón hizo una prime-
ra asamblea de padres, pacientes y personal y empezó a
ver que las conexiones entre los grupos familiares y sus
pacientes habían sido óptimas (buena cooperación). Se
le ocurrió empezar a plantear la psicoterapia del pacien-
te internado con el grupo familiar y así el grupo familiar
empezó a reemplazar operativamente a médicos y a veces
hasta al personal auxiliar de enfermería, etc. Es decir,
que la teoría de los grupos operativos nace de unas cir-
cunstancias críticas (lo "situacional") donde Pichón tuvo
que modificar el encuadre y cambiarlo: desde el "inmó-
vil", tipo de relación privada terapeuta-paciente a "situa-
cional", donde la terapéutica aparece en situación (movi-
lidad heterodoxa). Es decir, adaptó el encuadre a la si-
tuación en lugar de adaptar la situación al encuadre (que
es lo típico de la ortodoxia analítica). El descubre así
que hay un metabolismo de una fantasía inconciente, que
llama lo depositado, entre un depositante, que es de quien
emerge el mensaje, y un depositario, que es el que recibe.
Sobre todo, en lo observado en dichos grupos familiares.
P o r ejemplo, madre que deposita o proyecta una fantasía
' en el hijo internado. Pichón llama el depositante a quien
proyecta, depositario a quien recibe y lo depositado al ti-
po de fantasía inconciente proyectada. Por eso llamó a
la teoría de los grupos operativos la teoría de las 3 D : el
Depositante, el Depositario y lo Depositado.
Descubre, así, entonces, la teoría del vínculo, es de-
cir, comprende que ya no puede trabajar con la nosología
psiquiátrica clásica que habla de esquizofrénicos o de un
melancólico, sino que hay que hablar de vínculos, vínculos
psicopatológicos: vínculos melancólicos, vínculos esquizo-
frénicos, vínculos confusos. En ello la comprensión de
depositante, depositario y lo depositado aparece como uni-
dad mínima de diagnóstico, para lo cual esta terminolo-
gía clásica anterior e individualista que lo depositaba to-
do sobre el paciente, ya no servía ( 5 ) . Vamos a ver, en-
tonces, estos seis ítems o puntos de referencia que nos
van a servir para diagnosticar el grupo familiar y sus
trastornos emergentes, como p o r ejemplo los de la agre-
sividad ( 6 ) .
El primer grupo operativo que descubre Pichón, re-
pito, es el grupo familiar y es en el grupo familiar don-
de descubre el concepto de tarea. Es decir, los grupos f a -
miliares tienen muchas tareas, justamente lo que hace
que exista cohesión, dispersión, conflicto a nivel de las
familias son los grados de posibilidad o dificultad para
cumplir con las tareas prescriptas, sean implícitas o ex-
plícitas. Empezamos, pues, con el primer punto del cono
invertido que Pichón Riviére propone y se aplica para
comprender, evaluar y corregir la tarea de los grupos
operativos e instituciones (como la familia) y de los su-
jetos que los componen (incluidos el observador y el co-
ordinador, naturalmente).
1) Pertenencia-. Como su nombre lo indica (yo per-
tenezco a . . . ) es el grado de identidad que toda persona
siente que tiene con una tarea y cuando digo una persona
puedo decir un grupo de personas. Para los grupos f a -
miliares, vamos a considerar dos grados de pertenencia:
a) la pertenencia propiamente dicha, la de más alta je-
rarquización, y b ) la afiliación, que es una especie de per-
tenencia paralela, un poco más periférica, que también
es pertenencia "pero no tanto". En los grupos familiares
es fácil detectar que quienes tienen identidad son los con-
sanguíneos y quienes tienen afiliación son todas aquellas
personas de consanguinidad más lejana o que sin ser con-
sanguíneos también entran en la imagen del grupo f a m i -
l i a r : amigos, vecinos, la chacha, el perro. En este senti-
do tiene importancia el análisis de lo prehistórico en el
sujeto y su grupo familiar. Las fotografías o historia
gráfica del sujeto que yo suelo pedir a toda persona, pa-
reja o grupo familiar que busca asistencia, colabora a pro-
fundizar en el análisis ( 7 ) .
Esto es muy importante en el abordaje técnico: hay
personas que son afiliadas al grupo familiar y que tienen
a veces tanto o más poder que los propios miembros de
la familia. Ejemplos serían: un ama de llaves, una do-
méstica de muchos años, un tío (el tío que tiene d i n e r o ) ,
la tía solterona, etc. Entonces, es necesario considerarlo
para ubicar un espectro más amplio que el triangular:
papá-mamá-niño. Toda persona que trabaja con grupos
familiares tiene que saber que no puede conformarse más
con lo que ve solamente.
En estos grupos pesan más los fantasmas que no se
ven que aquellos que están. E incluso a veces pueden ve-
nir de otra ciudad, pueden estar en otro lado. Esto se
conoce en psicología dinámica con el nombre de poder y
ubicado en las figuras significativas importantes, como
mandato y mandato significa el código de valores que im-
pone la figura de poder y que asigna un rol a cada inte-
grante del grupo familiar. Así es que no sólo se hablará
de paternalismo, patriarcado, filialidad sino que aparece-
rán, desde Pichón, la creación de neologismos tomados del
lenguaje de la vida cotidiana y que expuso a lo largo de sus
clases ( 8 ) y que lo caracterizan, como ser el del abuelato y
el del tiado, a los que yo he agregado sus complementarios
generacionales de poder: el hijato, el sobrinato y el nietato.
Estos temas pueden estudiarse tomando como objeto, por
ejemplo, las vicisitudes de la economía del grupo familiar,
de entre las cuales el tema jurisprudencial y de intereses
materiales que aparecen en el proceso de repartirse las
herencias (a la muerte de algún familiar) darían elemen-
tos para escribir numerosos libros sobre la base de la
agresión que ciertos hechos son capaces de despertar en
el interior del grupo familiar, tanto en Argentina como
en España.
Se podría preguntar cómo se puede aclarar la dife-
rencia entre identidad y afiliación. E n especial y para la
familia, lo que lo define es el grado de identidad con la
tarea y no el grado de parentesco. O sea, el grado de iden-
tificación de los individuos del grupo entre sí y con la
tarea. Aparentemente, cuando los padres llevan a su cria-
tura a terapia, p o r ejemplo, a raíz de conductas agresi-
vas del niño, la persona que debería tener más identidad
con la tarea debería ser la criatura y de ahí que llama-
mos a los padres y a veces éstos no quieren venir, como
si ellos no tuvieran nada que ver en el asunto: " N o , no.
Arréglenselas con el chico", y como a la criatura no le
queda más remedio p o r eso decimos que aparentemente
está más identificada con la tarea de la curación porque
es el paciente. El decir que afiliación y pertenencia es
el grado de identidad con la tarea nos sirve para ver cuál
es la responsabilidad que va a tomar cada integrante en
la tarea de la curación. Cundo Pichón abría la puerta
de su consulta para atender una entrevista que se le ha-
bía solicitado y lo que veía era una familia esperando, lo
resolvía diciendo: "Que pase el que p u e d a . . . "
Pichón decía que el grado de identidad se podía es-
tablecer si cada integrante del grupo operativo (familiar,
p o r ejemplo) se preguntara: cuando decimos "nosotros,
los de la familia que venimos aquí", ¿quiénes somos no-
sotros?, ¿todos?, ¿algunos?, ¿ o ninguno?, ¿somos todos
los que estamos?, ¿para qué estamos?, ¿dónde estamos?,
¿ a qué venimos?, ¿ p a r a hacer qué?, ¿para qué equipo ju-
gamos?, ¿ d e qué equipo somos f o r o f o s ? — c o m o diríamos
en el lenguaje de la vida cotidiana—, ¿qué camiseta — o
qué chaqueta— tenéis-tenemos ? Esto es básico. Todo ti-
po de trastorno, donde las personas que están no puedan
responder a esas preguntas, tienen un trastorno de iden-
tidad con la tarea y esto es importantísimo, porque a ve-
ces convocamos a un grupo de familia y el primer trabajo
que tendríamos que hacer es sobre la identidad y perte-
nencia, porque es a partir de una buena identidad o per-
tenencia que recién se van a poder corregir los otros ele-
mentos del .grupo operativo.
2 ) Cooperación: Es el grado de eficacia real con que
se cumple la tarea prescripta. Digo real porque, a veces,
"de boquilla", se pretende estar muy de acuerdo con lo
que se hace y favorecer la ayuda de la tarea, pero en la
práctica cotidiana resulta ser otra cosa. P o r eso los dos
movimientos de este ítem se van a llamar: progreso y re-
troceso o saboteo y los liderazgos van a s e r : el de pro-
greso grupal y el de retroceso grupal. Un grupo "sanito",
que bien se precie de tener estos liderazgos funcionando
dinámicamente y un mal coordinador familiar pretende-
rán que exista o interpretarán la existencia sólo de pro-
greso sin saboteo, como un grupo bueno y eso no es así.
L o operativo, es una buena dialéctica entre progreso y
saboteo; porque muchos grupos, desgraciadamente, a ve-
ces tienen sus sillas de progreso ocupadas y hay ciertas
personas a las que no les queda más rol que el saboteo.
En las casas, si se f i j a n bien, hay ciertos hijos que nacen
"con los ojos del padre" o "de la madre" y "con estrellas"
y otros que nacen "estrellados", sin quedarles, como sa-
lida, más que el mal carácter. Lo mismo pasa en los gru-
pos operativos pero, como venimos viendo desde antes, un
buen grado de pertenencia bien esclarecido va a permitir
una buena progresión, donde predomine el progreso sobre
el saboteo y, p o r el contrario, una dificultad o un tras-
torno de la pertenencia va a ser que predomine el saboteo
sobre el progreso.
Es de buena técnica, para un coordinador, el pregun-
tarse (cuando está coordinando un grupo en el que está
predominando el saboteo sobre el progreso) si no tendrá
que trabajar para reencuadrar y recontratar la tarea, por-
que ha existido una deformación del sujeto inicial y en-
tonces no todos saben qué están haciendo, ni dónde lo es-
tán haciendo, ni si todos lo están haciendo por la misma
razón. Es así como medimos el grado de cooperación: en
la tarea, en el grado de eficacia ("en la cancha se ven
los pingos", decimos en la Argentina y "en el ruedo se
ven los toros", en España) con que se la lleva a cabo.
3 ) Pertinencia-. Es la capacidad que tiene una per-
sona o un grupo de centrarse en la tarea prescripta, de
no irse por las ramas, de centrarse en el f o c o estratégico
de la tarea. Nos preguntamos permanentemente y el co-
ordinador debería hacerlo. Porque estos ítems lo bueno
que tienen es que no son sólo para los coordinados sino
también para el coordinador, ya que hay coordinadores
que no tienen ningún grado de identidad con la tarea y
los hay inclusive que favorecen más el saboteo que el pro-
greso. Para los coordinados y también para el coordina-
dor, vale entonces la pregunta sobre la pertenencia: ¿ P a -
ra quién jugamos?, o ¿con qué equipo simpatizamos? La
segunda pregunta en torno a la cooperación debería s e r :
¿Cuál es el grado de eficacia con el que estamos cum-
pliendo la tarea prescripta ? Y si no se está cumpliendo:
¿ N o habrá un trastorno de identidad con la tarea? (tras-
torno manifestado en el segundo nivel determinante o
.sea el de la cooperación, pero que en lo profundo provie-
n e de una alteración a comprender y tratar en el prime-
r o y anterior del cono invertido, la intensidad y calidad
d e la pertenencia). La pertinencia responde a la pregun-
t a d e : ¿ A qué estamos j u g a n d o ?
Y a con esto hemos recorrido un lado del cono (el iz-
q u i e r d o ) . Este es el ítem fenomenológico con el que todo
coordinador puede ir regulando cuál es el grado de ope-
ratividad o de falta de ésta en el grupo que está condu-
ciendo en torno, por ejemplo, a la agresividad de algu-
n o / s o todos sus integrantes. Si ese grupo es familiar,
tendrá que ir midiendo los trastornos de pertenencia, de
cooperación y de la pertinencia. En un grupo familiar
es muy fácil discriminar entre afiliación y pertenencia y
muchas veces es preferible que alguien que no se sienta
identificado con la tarea no concurra a la terapia y es
p o r eso que Pichón decía, cuando abría la puerta: "Que
pase el que p u e d a " ; entonces, los que pasan son los que
tienen pertenencia y los que no pasan, por ahora, no tie-
nen pertenencia. A h o r a bien, se pueden dar, a lo largo
d e la terapia, inversiones de roles, porque muchas veces
los gestores iniciales se transforman en saboteadores. No
es frecuente, pero a veces sucede, que alguien que hizo
fuerza para que su grupo familiar lo acompañe a consul-
t a r a un psicoterapeuta lo consiga. Y cuando ya se llegó,
p o r ejemplo, a la cuarta sesión, se convierta más en sa-
boteador que en gestor. El ejemplo más claro —para
quien haya trabajado con niños— son los cambios de los
padres con respecto al psicoterapeuta. Estos suelen pe-
dir, a veces "de rodillas", que tomemos a una criatura en
terapia y lo más probable es que cuando el niño comien-
za a m e j o r a r se lo quieren llevar. Porque lo que es me-
j o r í a para el terapeuta y para el niño, por supuesto, es
enfermedad, es "estar peor" para los padres, "porque el
chico no obedece, se rebela", etc. Entonces, estos padres,
que han sido gestores grupales familiares iniciales, se
transforman en saboteadores de la tarea. Pero esto hay
que entenderlo como una dinámica, porque si no uno pue-
d e pelearse con los padres. Hay que tener en cuenta que
esto es algo propio de la dinámica grupal.
Los que han trabajado con niños saben que hay dos
tipos de padres: los "padres f u g i t i v o s " y los "padres in-
vasores". Los padres " f u g i t i v o s " son aquellos que avan-
zan sobre el terreno de la psicoterapia, dejan caer a sus
hijos como en paracaídas y siguen. Es muy difícil citar-
los, hablar con ellos, pedirles una colaboración. Uno tie-
ne la sensación de que tienen mucho más temor (que sus
hijos) de la psicoterapia, mucha más resistencia. La r e -
lación con ellos sólo suele darse al final del mes ( p o r el
pago de honorarios si es en p r i v a d o ) , antes o después de
las vacaciones (tanto en asistencia pública e institucio-
nal, como en la p r i v a d a ) . Después están los padres inva-
sores. Estos son '"los que laman a cualquier hora", quie-
ren hablar con nosotros antes de que el niño entre para
contarnos, por ejemplo, que el niño se masturba y que
en realidad, en mi opinión, a lo que vienen es a c o n t r o -
larnos. Pero también conviene entender dinámicamente
esta tipología porque todos los padres que n o tienen un
territorio en el terreno de la psicoterapia acordado c o n
el psicoterapeuta en el contrato y en el encuadre traen
problemas. Lo más probable es que el terapeuta, al n o
darles un territorio, los convierta en fugitivos o invaso-
res, lo que es un problema de territorio (el territorio t e -
rapéutico). Justamente el invadir un territorio o ser f u -
gitivo tiene que ver con la falta de encuadre con que cier-
tos terapeutas desubican a los padres, a los cuales no les
queda más remedio que ser o fugitivos o invasores.
Un trastorno en la pertenencia grave en este tópico
es no poder poner a veces punto final a la psicoterapia
familiar; es decir, cuando uno no traza y o f r e c e un t e -
rritorio programático de principio, desarrollo y final es-
tá favoreciendo un costado ambiguo tan alto que final-
mente llega la pregunta: ¿a qué j u g a m o s ? y ¿qué esta-
mos haciendo aquí?, como trastorno más grave. P o r eso,
desde el punto de vista de la planificación de la psicote-
rapia familiar, nos interesa conseguir un principio, un
desarrollo y un final, que no tiene p o r qué ser rígido sino
riguroso, ni anárquico sino flexible ( 7 ) . El comporta-
miento agresivo, como el erótico u otros, necesita plañí-
ficaciones, encuadres y técnicas situacionales para que
sean operativos.
4 ) Comunicación: Para ella tomamos todos los vec-
tores de la teoría de la comunicación de Jackobson, que
toma el teléfono como emisor, receptor y mensaje, como
el modelo mecánico más fluido, más comprensible, más
didáctico, para entender el problema de la comunicación
Existe un emisor que está emitiendo mensaje, que los
emite mal, que los emite débil, demasiado fuerte, en f o r -
mas coherentes, en formas incoherentes, en formas con-
tradictorias o n o ; es decir, hay muchas calidades y noso-
tros en comunicación estudiamos calidades de mensaje.
Pero también hay receptores que reciben mal, que lo
deforman exageradamente para más o para menos, que
lo deforman con la proyección de sus propios prejuicios
sobre lo que está recibiendo, como el caso típico de es-
cuchar las dos primeras palabras de lo que va a decir el
otro y empezar a dialogar cuando uno no sabe lo que va
a decir. A veces existe un ruido en el canal donde el emi-
sor emite bien y el receptor sería capaz de recibir bien
pero hay un ruido en el canal, como por ejemplo, aquellas
situaciones de clima afectivo conflictivo entre terapeuta
y paciente, donde las interpretaciones son buenas y la
capacidad del paciente también es buena, pero existe un
conflicto afectivo intenso en la relación que está haciendo
ruido en la emisión de los mensajes y en la recepción de
los mismos y el tratamiento no f u n c i o n a . . .

Influido por los aportes de Bateson y de Freud en la


teoría de la comunicación he descripto, prosiguiendo con
las ideas de Pichón Riviére sobre el secreto familiar y
el malentendido básico, dos niveles para estudiar los f e -
nómenos de comunicación: el nivel mecánico y el nivel
dinámico.

A ) El nivel mecánico, que toma la familia como un


circuito eléctrico con interruptores, cables, bobinas, fuen-
tes g e n e r a t r i c e s . . . y nosotros, como los electricistas, va-
mos a tener que ir detectando, en la familia, punto p o r
punto a ver dónde se dio el cortocircuito (que genera las
bases comunicacionales del comportamiento agresivo),
cuál es el cable pelado, dónde están los fusibles que a
veces no se detectan a primera vista. En teoría de la c o -
municación, un cortocircuito es un mensaje distorsiona-
•do y los dos mensajes distorsionados que vamos a estu-
diar en el grupo familiar s o n : el secreto familiar y el
malentendido básico.
El secreto familiar: toda familia tiene un secreto f a -
miliar alrededor del cual se estructuran varias genera-
ciones (y pueden ser muchas). El secreto familiar es
un mensaje que no circula en el grupo familiar, es algo
que no puede decirse, que algunos saben pero otros no,
pero no se debe decir para que no salga hacia afuera, pa-
ra que no se publique. Es algo que se sabe, "conciente
o inconcientemente", pero que no se dice. A l igual que
los individuos, los grupos tienen, como dijo Freud, su
"novela familiar" y el comportamiento agresivo puede
ser un intento sintomático de denunciar y / o acallar di-
cho secreto (portavoz o paciente identificado) pero que
no se sabe por igual. Es hablar con el otro creyendo que
sé lo que él siente y lo que él piensa, p o r la cara que me
pone o el tono de voz que emplea. Ese malentendido es
hablar no de lo que sé del otro, sino de lo que pre-juicií)
sobre él. Esa es la diferencia que hay entre los dos men-
sajes antedichos: el malentendido es hablar de lo que no
se sabe y se cree saber. El secreto es no hablar de lo que
se sabe o a veces se cree no saber. Ejemplos de secretos
familiares (que a veces se repiten emergiendo en las ter-
ceras generaciones) suelen ser los problemas reales de la
adaptación social o de la marginalidad: el subnormal, el
adulterio, la delincuencia, la prostitución, el suicidio, las
enfermedades venéreas, las tuberculosis (en una época
determinada era un mal vergonzante), la pertenencia a
agrupaciones secretas (esotéricas, religiosas, políticas),
etcétera.
Tanto pesan los secretos familiares que a veces con-
dicionan los nombres de las personas, los códigos de con-
vivencia. También, como he dicho, las bases del compor-
tamiento agresivo, aparentemente incomprensible e irra-
cional.
Desde la antropología, Oscar Lewis, en "Los h i j o s de
Sánchez" y "Antropología de la pobreza" (en Fondo de
Cultura Económica), son dos buenos libros para estudiar
cómo los secretos de los abuelos los asumieron los hijos
y los denunciaron los nietos. En literatura, "Cien años
El seífetolt Í Z t ' M ¿T e Z ' &S °tro buen -ponente.
™ es f historia de la novela familiar. Cada uno
d;* nosotros además de tener su historia, tiene sunovell
sobre la propia historia y la tiene, sea un ilustrado7n
vestigador o un analfabeto, ya que todo h o X e puede"
escribir al menos un libro: el de su propia vida Y todos
QUe h r ° S p a s a d o expe-
xiencia terapéutica) que muchas veces nos encontrarme
f ™ í a b l a n d ° de, si r e f S o n a m o bSn
no podemos asegurar si lo hemos vivido realmente o c r e í '
mos haberlo vivido o nos hubiera gustado h a b e r b v i v S o
nuestra M ^ S d e m á S d e t e n e r U n a i m a * e n m e ¿ L i Í a de
nuestra historia, somos escritores de una novela la de
nuestra propia vida. Quizás la clave de la terapia s e l
sencillamente aprender a reestructurar a n el terapeuta

m e n t o T c o T Í ' C ° n d m Í S m ° t í t u l ° P e l eón o t r o ^ S u -
mentó o con algunas variantes. En este sentido ™ ™
s u e j hacer historias clínicas de mis p a c i e n t e f WndivT
S 8 ' , : ? 0 g r u P ° s > e n I a consulta privada. En su

lugar les pido que me redacten "en escenas" su m-on .


histona en algunos folios. Su autob¿grafS -resumfda
en diversas e s c e n a s - que recuerda desde s u l n f a n d a T a s
5 a 3 V Í + S Í t a r m e - E s t a a u ^°biografía ¡ u l

r v e n ™ J
a e m i s . n o t a . s e indagaciones iniciales, nos
sirve para poder revisar juntos, hacia el final del trata-
. miento, q u é c o s a s ha descubierto conmigo y / o con y por
el grupo Qué ratificaría, rectificaría o enriquecería aí
final del tratamiento de aquella autobiografS, i S d a f

v í f a f t S e n í f ° ^
En cuanto a la historia corporal, les solicito un viaie
Tde
te de ^cílrlt
Val°:rÓn
su cuerpo prueba que ^ corporal"
denomino "el mapa cadaTar-
Este es un test proyectivo que estudia el cuerpo en cua-

I Zt^n coTr0 e?ét\° (fnV0ltura)' Zrpo éti-


™ si e a f 1 0 n , c o n l o s valores), el cuerpo visceral (lo que
no e ve) y el cuerpo rítmico (en movimiento). Q
Este estudio se integra pidiéndoles que traigan a la
consulta algunas fotografías significativas, que c o s elí
fea"n m o S r a ^ T V 0 d e f ° S 0 P e r s o n a s t e de-
sean mostrarme. Con esto configuro gran parte de lo que
denomino Historia gráfica y corporal del sujeto y sus gru-
pos. A lo largo de los años he comprobado que casi todas
las familias conservan para mostrar y a la vez esconden
sus "secretos", archivándolos en algún cajón. Y a sea ba-
j o la f o r m a de objetos significativos (ositos, ropas, ta-
lismanes, etcétera) o de f o t o g r a f í a s sueltas o rigurosa-
mente ordenadas en los álbunes f o t o g r á f i c o s de la f a m i -
lia. Incluso cada familia suele tener sus roles asignados
en este t e m a : los guardianes que controlan y saben dón-
de se guardan las fotografías, los de quienes toman y / o
siempre aparecen en las fotografías, los de aquellos que
huyen y nunca aparecen en las fotografías, etcétera. Y
cada uno de estos roles y su interacción pueden decirnos
algo sobre la trama del secreto familiar, no sólo relle-
nando el globo de lo que diría el integrante de cada f o t o -
grafía (imaginariamente) sino también fijándonos en
qué parte de la casa se guardan y quienes las custodian
para que no salgan de su fortaleza.
Para más datos sobre este tema ver mi libro sobre
"Psicoterapias breves" ( 7 ) y el t r a b a j o que Eduardo Ca-
bau viene desarrollando sobre mis ideas desde hace algu-
nos años y b a j o mi supervisión en Madrid ( 9 ) .
P o r lo tanto, para operar con comprensión dinámica,
cuando trabajamos en grupos familiares, tratamos de de-
tectar los secretos, aunque nuestra misión no es nombrar-
los ni f o r z a r a nadie a develarlos.
El malentendido es un fenómeno de tipo prejuicioso,
como he dicho anteriormente, porque dos o más perso-
nas, a partir de un mismo estímulo creen que todos los
que reciben dicho estímulo lo entienden de la misma m a -
nera y empiezan a funcionar entre sí dejando p o r implí-
cito que todos entienden lo mismo. De más está decir que
este es uno de los fenómenos que genera más agresiones
cotidianas en la pareja y en el grupo familiar. Una expe-
riencia que trate de detectar lo que entiende cada uno de
nosotros sobre un concepto, es decir, la búsqueda del mal-
entendido es la base que caracteriza a toda psicología dia-
léctica, vincular y pichoniana. También en psicología so-
cial, así, lo sobreentendido y lo obvio p o r ser tan bien en-
tendidos se convierten en malentendidos. Para Pichen
Riviére lo obvio y la psicología social de la vida cotidiana
funcionan a s i : el psicólogo social se dedica a extrañar/se
Jo obvio, a no darlo p o r sobreentendido. La psicodrama-
tizacion (a la que denomino psicodrama operativo (10)
cuando funciona integrada a la teoría y técnica de Pichón
Kiviere) en ocasiones, lo que impone, es la búsqueda del
malentendido básico y muchas veces hacemos dramatizar
a nuestros coordinados para que, entre lo que ellos cuen-
tan que paso y lo que pasó en realidad, indaguemos el
cortocircuito (malentendido) del circuito de la comuni-
cación P o r eso y para eso dramatizamos en el trabajo
operativo con individuos, parejas, familias y grupos en
general. El malentendido típico social es "el del invitado
a la Ueste . Nadie lo conoce y todos suponen que alguien
o ha invitado, pero nadie se atreve a preguntar quién
m v i l t a u d o ' L o cual permite, a cierta gente avispada,

c o m e r y beber gratis en ocasiones (casamientos, velato-


rios, etcetera).
Para investigar un malentendido, donde hay que po-
ner el lente no es en lo fino, ni en lo profundo, ni en lo
sofisticado, sino en lo obvio, porque la irracionalidad en
la psicología viaja siempre como polizonte en el navio
d e la locura, disfrazada o con el pasaporte de "las buenas
razones que están a la vista. Entonces, a veces, vamos
a hacer dramatizar situaciones de la vida cotidiana obvias
tales como la hora de las comidas, la hora de acostarse
y hasta las "felices y apacibles" horas del tiempo libre
de los domingos p o r la mañana del grupo familiar. Todas
f f " 0 " s u m i „ l s t r a n buenos ejemplos de agresiones en
cadena desatadas en el seno del grupo familiar.
B ) Con todo esto, entramos en el nivel dinámico del
p u p o familiar del que subrayaremos los ceremoniales y
los niveles libidinosos de la comunicación, temas que he
desarrollado especialmente a partir de los diálogos con

Las situaciones claves o tareas donde se puede ver


un grupo familiar funcionando son los ceremoniales (pú-
blicos y privados, ordinarios y extraordinarios) de su his-
torial anecdótico: velatorios y actitudes frente al velato-
rio, casamientos y divorcios, huidas del hogar, interna-
ciones (ingresos), embarazos de solteras y adulterios y
e n fin, los mismos elementos que configuran los secretos'
pero suministrados "a voces" en rituales estereotipados,
habituales o episódicos, durante la vida cotidiana de una
familia. Una buena tarea para estudiar la interacción
grupal familiar es indagar sobre el tiso y abuso del tele-
visor. E s interesante la posibilidad de hacer diagnósti-
cos grupales familiares estudiando las actitudes frente al
televisor, por e j e m p l o : el tipo de programa que se eli-
g e / n y las distintas posibilidades de "pulsar los botones
de los canales", de quién "tiene la m a n i j a " del televisor,
de los programas para niños o para adultos, del tipo de
programas que se ven, a qué hora se ven, etcétera y de las
agresiones que despierta la lucha por el poder con esta
excusa. Hay familias esquizoides frente al televisor, que
lo ponen, p o r ejemplo, para estar juntos y sin hablar y
hay familias que ponen el televisor como objeto acompa-
ñante para lanzarse a hablar y comentar cuanto se les
ocurre (como el tipo de personas que tienen que poner
la radio para poder dormirse). O sea, el televisor como
proyección de estímulos hacia el grupo familiar o c o m o
pantalla de proyección excelente del grupo familiar. L a
hora de las cuatro comidas (en el caso de que haya cua-
t r o ) es también excelente para estudiar malosentendidos
y sobreentendidos que se desarrollan en el grupo f a m i -
liar. Podremos indagar si comen todos juntos o escalo-
nadamente, o a quién corresponde cada lugar de la mesa,
cada silla, quién come lo m e j o r y primero y quiénes l o
peor y último, etcétera.
E n otro orden dinámico, en todo grupo familiar v a -
mos a encontrar momentos o niveles de comunicación que,
siguiendo a Freud, yo denomino orales, anales y genita-
les. Nos son muy útiles para la evaluación de la evolución
de nuestro trabajo, porque a veces hay parejas o grupos
familiares que comienzan a trabajar en un nivel oral d e
comunicación (el reproche) y continúan a un nivel vio-
lento pero con el agregado de sentimientos de culpa, ca-
racterísticas del nivel anal y no hay que tomarlo c o m o
un agravamiento de la patología, necesariamente, sino co-
mo la posibilidad de que esa pareja o grupo tiene de es-
tar haciendo un pasaje a un estadio superior (el anal)
y no se les puede pedir otra cosa, ya que el nivel genital
es el estadio más elevado y sólo puede alcanzarse (el p o -
ü ü ^ H
que sigue, sobre los duelos y la evoS del^po famf

sai sjsítsj^
tetizado estos t e m a ? n ? r 62 an0S y quien ha

algo m á s l e l o S T w ] ^ deSarr ° 1Iand ° hace

gencias de suministro y de cambio ^

rtllSSSHi
s»SSsS&-53Ss==
Estos sujetos no toleran que el otro Dupda ría y „ ™
t r t0le^ Ia «^valencia (que el oíro pueSa ser
vo) v nÜ ' g r a t i f í c a n t e 0 l u s t r a n t e a mismo L m -
p o ) y no toleran que el otro no responda a su deseo P ? r

i w m m m
.sorpresas vienen cuando el otro se cansa de dar siempre
y dice basta. Estos sujetos no valorizan al otro hasta el
momento en que lo pierden. Es como si recién entonces
pudieran reconocer todo lo que el otro les da y todo lo que
significa para ellos. Se trata de un nivel narcisista, en
el cual se exige que los otros satisfagan todos los deseos;
y por más que los otros les brinden, siempre está la que-
j a o el reproche. La frecuencia de interacción es como
la relación del bebé con el pecho: varias veces al día (es-
tas frecuencias de interacción han sido fijadas a manera
•de e j e m p l o ) .
b ) Nivel anal: Es menos regresivo. Se caracteriza
por períodos o ciclos, donde alternan la expulsividad y la
retentividad; hay explosiones y ataques violentos hacia
el otro, que son seguidos p o r reacciones de arrepentimien-
to, acompañadas de una conciencia piadosa y culposa de
autoacusación y de un intento de reparar el daño causa-
do. Son ciclos donde alternan los estallidos y las recon-
ciliaciones.
Estos sujetos tienen una gran dificultad para termi-
nar de juntarse o de separarse definitivamente. Es un ni-
vel evolutivo, superior al anterior, dentro de las modali-
dades de comunicación, ya que aparece una reflexión que,
aunque temporaria, considera la necesidad del otro. Aquí
ya aparece el miedo a la pérdida; hay sentimientos de cul-
pa y su correspondiente ansiedad, la ansiedad depresiva.
La frecuencia de estos ciclos de interacción es de una
vez p o r semana o una vez p o r día o por mes, dependiendo
de la cultura.

c) Nivel genital-. Es el más evolucionado o maduro


de los niveles de comunicación. Prevalece aquí la capaci-
dad de identificación y el deseo de proteger al otro de la
destrucción; o de recuperarlo, si es que se lo atacó antes.
Se busca qué grado de responsabilidad tiene uno en lo
que está pasando y qué tendría uno que cambiar para que
las cosas mejoren. E n este nivel se da la posibilidad de
que uno se ponga en el lugar del otro y pueda así com-
prender lo que le pasa. N o se pretende que todo el cam-
bio provenga del otro sino que puedan preguntarse qué
? e e?a n man C Ír; d 0 F C , a d ^ ^ T ™ y,Ue l o s otros reaccionen
logra de^ vez en S a n d o ^ ^ dlfídl de a l — 7 «
r^JKApJendÍZ!l{e: L a f a m i l i a e s un campo de apren-
dizaje fundamental para todo ser humano. Bleger seña

cionai (donde también se pueden encontrar las tinolo


gias familiares, como ya dije) que la famiha es el rese?
d ? " d e - s e generan y también se elaboran las prime

ras ansiedades psicóticas que más tarde van a c o n t S u a r

vas y l ^ b o r a°es V * ! i n f t u c i o n e s educativas, recreati-


¿ i y laborales. La familia genera hábitos y transnorti
ideológicamente todos los hábitos del sistema y S reac
oTfunaciLCUnnPOS',COntra dÍCh° S Í S t e m a ^ Se"
como función no solo generar los hábitos, controlar los
hábitos, sino facilitar el deshábito. La familia d e b e r S
ser el reservorio que prepare para nacer y que P « £ 5 ¡
S T m T TSerl,° a l , m e n o s - teoría. q D l S P e m !
presa, la familia. Los hábitos interesan mucho Interesa
estudiar algunos hábitos que las historias clínicas D S ¿
quiatncas clásicas toman muy a la ligera a veces como
p o r ejemplo la dentición y la deambulación Muchas ve-
ces no interesan tanto las fechas como el vínculo en esos
enToToíos6 nCTur;etn°Vf°r ejemplo: ^toZZl
', ' S t r ° e s t l l ° Personal, en nuestra « f o r -

te a d e l a p o s i c i ó n de cuatro pa-

tas a la bipedestacion? ¿Quién nos enseñó a andar? si


Z m a n T a Z Z • <taca"taca) ¿ c ó m o fueron
o S l í S m n o s sostuvieron?, ¿manos serenas?, ¿tran-
quilas?, 6 que nos dejaron caer sin angustiarse? ; o ma-
soT-tenían? S ^ u t V ' ^ n°S -táLnos'por c ^ n o
m a en n í J n n ? ° ~ J U g ° S ° b r e n u e s t r a conducta la f o r -
g o s s l f e n i n l ^ f n ' a r ° n a C a m i n a r ? ¿ C u á n t o s Psicólo-
gos T Z l Z C ° T n ° S e n s e ñ a r o n a caminar? Po-
cos. x sin embargo, el cómo nos enseñaron a caminar
c o m o nos enseñaron a comer, a e s c u c h a r T h a b l a r a u n

cotidiana ^ J f ^ b e estar présente e n í á vida


cotidiana, en lo obvio. Y quizás se camine por la vida tal
ruKiSr^ír"'por
Importancia de los hábitos, de los duelos y de la evo-
lución del grupo familiar desde la pareja: El primer due-
lo que se da, por el claustro materno, se llama duelo no
elaborado porque la pérdida del claustro materno no se
elabora nunca. Así, hay dos pérdidas que no se pueden
elaborar jamás enteramente: la pérdida del claustro m a -
terno por un lado y la preparación para la muerte por
el otro. El sentimiento de muerte es inmemorable. P o r
eso Freud dice que no existe en el inconciente una repre-
sentación del instinto de muerte y más tarde lo plantea
y lo reafirma. Y es cierto, porque elaborable es aquella
vivencia que llega a un punto de fijación que hemos al-
canzado alguna vez, pero la muerte no es una vivencia,
es algo vivenciable pero no vivido. P o r tanto la muerte
no se puede elaborar ya que frente a ella se está solo y
sin memoria. Esto es muy importante cuando trabajamos
con familias de pacientes moribundos. La terapia en estos
casos es para los que van a seguir viviendo, que son los
que van a tener la vivencia de la muerte y que tendrán
que elaborarla. Igual pasa en el caso de la terapia del
subnormal: aparte del trabajo con ellos, a quien se debe
tratar es a la familia.
Para la teoría psicoanalítica la vida es un conjunto
de duelos para elaborar, el duelo es un desafío a la pér-
dida. Es un desafío en el sentido de ver cómo se puede
aceptar y cómo se pueden superar las angustias que pro-
ducen las pérdidas y justamente en la evolución de los
integrantes del grupo familiar todas son ganancias y pér-
didas: porque cuando nos dan la teta al poco tiempo nos
tienen que destetar, nos dan el chupete y después nos l o
quitan, etcétera. La ansiedad oral proviene de un con-
junto de prendimientos y desprendimientos permanentes,
tema que interesa estudiar, sobre todo en las adicciones
(ya sea para quienes trabajan con alcoholistas o con d r o -
gadictos en general).
Para comprender las bases del comportamiento hu-
mano, sea o no sea agresivo, se necesita realizar un es-
tudio de los duelos y un estudio de los hábitos. De los
duelos nos ocuparemos más adelante y en cuanto a los há-
bitos nos interesan sobre todo los del aprendizaje. En
este sentido lo que más subrayamos dentro del grupo fa-
- lo siguiente: cómo le
Las pregunta?^típ?ca S ¿ l o s m i ( y fl0 a ^ad).
es aconsejable, q^e cuándo se «a^n' f í U S 0 d e l c h u P e t e
se debe sacar el chúñete m i o _ - cnupete, que cómo
ño se come las u ñ a V <ff!fi + q q u e s e h a c e cuando el ni-

que están respondfendoa anrfíSS"""®^


contramos como p e d i d ? d r ^ . P r e g U n ^ S q U e n o ss i lea os en-
P ^co y

«cas y ^ ^ X S S á H f ^ f e ^ eré -

Veremos ahora el camino evolutivo y los duelos.

Evolución del grupo familiar desde la pareja (13,14)

inda^rlo^esde^^momento^n 6 ^^^ 0
como tal. El primer l c o m i e n z a a formarse

la Pareja, b a s a r e T c u ° a " ¿ a Z Z A Z *
del futuro srunn ¿ uesarroliara la estructura
causas o m o c i o n e s a l Z ^ T ^ 1 ? J ' U e g a n m ú l t i P ^
plícitas y concientes n t r f ? e e " t a s s o n a v e c e « ex-

tes muy p r o f u n d a s Y o S so\motlvaciones inconcien-


cuales un C b r e y u n f m X P°r
Pareja y f o r m a r un g ? u p o ™ a m S i f l r c o n s t i t u i r s e en
Poder salir del g r u J f ^ ^ t l ^ ^ V , ,

f otr
quedarse en el arumo fnmiiZL I on?en > 2) Para poder
M
hdades de las cuales la rigen: ferian tres moda-
?AM m r
términos de la evolución rnTnl^"3 dentro de **
toda pareja que se forma ^ i h ^ 6 1 1 0 8 T T l que
todos estuviéramos Tan b i e f d e n t a l que si

grupo familiar nadie buscaría f n Ü * ! nUestro ProPio


de la exogamia nor ia rnfl f f • J - J o t r o ' e x i s t e I a ley
darse para T í m ^ e dentrl 2 , " a d l v l d u o s ™ Pueden que-
otro grupo afuera ° d e l g r u p o * d e b e n constituir

del S S S f c i E ^ Hnea; Sal *

- o y en l u g a Í T e «
una familia entera (como si no alcanzara con casarse
con uno). Es para salir de su propia familia que elige
la familia del otro y se casa con la otra familia.
En el segundo caso, los individuos se casan para po-
der quedarse dentro del grupo familiar de origen; el cón-
yuge quiere permanecer con sus padres y, p o r consiguien-
te, incorpora al otro a su propio grupo y lo adosa. Inclu-
ye al otro como si fuera de su propia familia; esto se ve
muchas veces en caso de hija m u j e r única (o de varias
hijas m u j e r e s ) , o de hijo varón único ( o de varios hijos
varones) que incorporan al marido o a la esposa al grupo
familiar propio. Es una manera de seguir quedándose
dentro de su grupo familiar y, a la vez, darle a los padres
el hijo varón o la hija m u j e r que no tuvieron.
Todas estas divisiones nos sirven para entender los
procesos, pero no son compartimentos estancos sino que
funcionan dinámicamente y se complementan mutuamen-
te. Ambas modalidades — 1 y 2 — son complementarias.
Un sujeto que pertenece al grupo uno buscará como pa-
reja a alguien que esté en el dos y viceversa.
La tercera modalidad la constituye el grupo que se
c o n f o r m a para poder separar al otro de su familia, para
poder aislarlo de la pareja f o r m a d a con uno de los pa-
dres. La posición explícita suele ser que lo que uno busca
es lograr que el otro "se independice de su familia, para
hacerlo crecer y desarrollarse". Pero, por lo general, de-
trás de todo esto aparecen personalidades muy dependien-
tes de su propio grupo familiar, si bien se trata de una
dependencia secreta, oculta hasta para ellos mismos. E s
como si no pudieran elaborar el conflicto dentro de su
propia historia y tuvieran que elegir a otro para resolver
el conflicto. Son por lo general personalidades solitarias
pero muy dependientes, aunque aparecen como muy inde-
pendientes. Provienen de familias muy poco afectivas,
dispersas, frías. Suelen buscar en el otro la complemen-
tariedad y encuentran a alguien que tiene una familia muy
unida; lo que se está dando veladamente es el intento de
separar al otro del grupo familiar, p o r envidia de lo que
no se tiene o no se tuvo nunca y que el otro tiene.
De este modo y en una primera aproximación, di-
El duelo central no elaborado

sslSssssfi
conformaif ei tato c e n t a l t / J " í WJ?S ( e 8 t a tre»
(.-¡al „ desencadenante ^ " ^ o ; 4) El duelo ac-

tuaei?ñte i T ' ' S " " , frcnte a

escuela o cumído^se casa, eti^tera. ","",r


A) Duelo parental familiar:

ti^sTupS dTo™^ r ? íW»» - Ceí


condición de hiiof f eb™ ela,J"r:"- Pérdida de su

^ m m m m á
lizado, mantenido y todo lo que corresponde al proceso de
evolución de un grupo familiar y pasar a asumir el rol
de esposos y luego de padres.
Suele observarse, frente al comienzo de estructura-
ción de una pareja, el surgimiento de situaciones triangu-
lares ansiógenas que tienden, defensivamente, a hacerse
binarias, es decir, a hacer de a dos, como posibilidad de
elaboración de la situación de duelo. E n estas situaciones
triangulares se encontraría en una punta el grupo f a m i -
liar de origen de uno de los cónyuges, en la otra punta el
grupo familiar de origen del otro y en la tercera el grupo
que acaba de constituirse. Se observan situaciones de ex-
clusión, donde el grupo familiar que se f o r m ó se adosa a
uno de los grupos familiares; por ejemplo, a los padres
de la esposa o viceversa, excluyendo al otro grupo.
Otra posibilidad se da cuando la pareja recién f o r -
mada se conforma como unidad de a dos y excluyen o ais-
lan a los respectivos núcleos familiares. Se observa cómo
frente a esta situación de pérdida cada uno de los inte-
grantes del nuevo grupo viene ya con un duelo que tiene
que elaborar y trae una fantasía, con una expectativa,
con una esperanza de recuperar lo perdido a través del
otro. Estamos frente a lo que proustianamente denomino
"a la búsqueda del rol perdido". De esta manera es como
se configuran esas situaciones tan claras y tan comunes
de la vida cotidiana, donde el varón busca en la m u j e r
una mamá que lo cuide y que lo atienda, "tal como mamá
hacía con é l " ; o la m u j e r busca "un papá que la proteja
y la sostenga o contenga, tal como el padre hacía con
ella". No es que estos hijos esperen siempre encontrar en
sus parejas los padres que tuvieron; a veces se busca lo
que jamás se tuvo. De todas formas, ya sea que se bus-
que lo que se tuvo, o lo que no se tuvo, es siempre la bús-
queda del rol perdido; es lo que se tuvo y f u e perdido o
lo que nunca f u e tenido. Aparece así en cada uno la ilu-
sión de recuperar el rol perdido, a través del otro. Esta
ilusión suele llevar muchas veces a la desilusión. Miste-
rios de la dialéctica de la pareja conyugal.
Todo encuentro es en realidad un re-encuentro y ve-
remos cómo la conformación de una pareja también es
un reencuentro. Se busca realmente el rol perdido y, a
S S r t ^ haciéndose una identificación
proyectiva, uno se identifica con otro, pero a partir de
haberle proyectado una serie de cosas que se b S c a í en
el otro, que se quieren encontrar en el otro. Entonces r S
driamos a f i r m a r que lo reviste con esa proyección v a u ¡
después, en la medida en que comienza a verse a í o t í o te!
c o m o es y no como se quería que el otro ¡ Z n - e s e n t e -
que e? otro r e a l m e n ^ S e e s t á escamotean^ ío

una "persona". P o n a j e , pero debe con-vivir con


e r s

zar a ^ r S S o í 1 ? * í ? * * 0 d e Io , Proyectado suele comen-


zar alrededor del séptimo año (existe, a propósito una
A r t h U r Miller ' ó n del s é t i m o año '
<<La comez

t l Í T r ; 6Sa alt,Ura
e m p i e z a n c o n ^ s proble-
mas. La obra pertenece a la década del '50)
Lo cierto es que la pareja conyugal actual — y a sea
en Argentina como en E s p a ñ a — al igual que la famiha

d H s S S l « ^ r d m Í e n t 0 h a b i t u a t de p S o s
d e la familia ( T e " ^ C n S 1 S : l a "CrÍSÍS -terminable

Otra ejemplificación muy clara sobre lo proyectado


en el cónyuge surge de los motes y de cómo se nombra al
otro en los diálogos de la vida cotidiana. Es muy común

cosa" f ' S 6 U n a P a r e j a 8 6 d i g a : " M a m i > alcaníame S !


cosa o Papi, ¿ p o r que no me ayudas?". También la
busqueda del rol perdido se da a nivel fraterno y l o c o n -
sideramos muy importante, porque en cierta tipología de
parejas funcionan realmente como hermanos. Son esas
parejas que se pelean todo el día, pero lo hacen como ?o
Ü d a dy vde
lidad T competencia
SUS re+SPeCtÍV°S h e r m a i í o « '
fraternal.
en ™ «ivd d u a -
l a s . q u e e x i s t e " " cariño básico, que
aun no ha podido discriminarse como cariño entre hom-
bre y m u j e r adultos. Es un cariño fraterno que £ imS-
d e • m a r i d ° y m u j e r ' y a ^ e esto sería caer
en una relación incestuosa.
Esta f o r m a de relación "fraterna" se ve en múltioles
situaciones de la vida cotidiana y su motor es e ^ c o m p í

oVe^rl^J
« se amigan en fÍ
V Ídad " a
en la cama.
mU6rte " L °S q U e - "peS"
B) Duelo conyugal familiar:
Una vez que una pareja se casa y conforma su p r o -
pio grupo familiar, comienza a elaborar el duelo por las
respectivas pérdidas, a lograr estabilizarse, a conseguir
ciertos puntos de aproximación, a empezar a ponerse de
acuerdo en algunas cosas, a lograr una cierta adecuación
sexual; es entonces cuando habitualmente se deciden a
encargar un hijo y se entra en una nueva situación de
duelo, que es lo que denomino el duelo conyugal familiar.
Con esta denominación apunto al duelo que los padres tie-
nen que hacer por la pérdida de la pareja conyugal en sí
misma. Y a no habrá "té para dos". Desde el momento en
que deciden tener un hijo tienen que elaborar la pérdida
de su intimidad.

Comienza a elaborarse el duelo por perder la condi-


ción de a dos, porque desde ese momento van a pasar a ser
tres e, irremediablemente, nunca más van a volver a ser
dos, de la misma f o r m a en que lo fueron. Por eso es im-
portante averiguar, en un grupo familiar, a qué edades
se casaron y a qué edades empezaron a tener h i j o s ; cuán-
to tiempo para estructurarse como pareja antes de pasar
a la nueva reestructuración que implica agregar otro más
a ese nuevo grupo.

Frente a la situación de pérdida de la condición de " a


dos", vamos a encontrar las mismas opciones que se po-
nían en juego cuando describíamos el momento en que
dos personas se unen y conforman un nuevo grupo.
Entre las motivaciones más profundas que subyacen
cuando se decide una pareja a tener un hijo, además del
deseo natural que existe y si no vino "de penalty", pueden
mencionarse, por e j e m p l o : para terminar de salir del g r u -
po familiar en el cual estaba; para seguir quedándose en
su propio grupo familiar anterior o para separar al otro
del grupo familiar.
"El abuelato" se refiere precisamente a este tipo de
situaciones en las cuales, ya sea para salir o para quedar-
se, los abuelos entran a j u g a r un rol muy importante en
la vida del grupo familiar que se ha constitituido.
bamoI:am°S 1&S d i s t i n t a s opcí™es que menciona-

verse^en^eSfca^ ,de -ele


futura madre no ha ^ V U & 1 f e l f u t u r o P a d r e o la

to en su c r e c i m l n t o y m i r r C 1 ' d ° / a h a s t a e s e m <>*en-
dres. Con c a s a r á M a S é ^ S F * SUS P r ° P Í 0 S p a "
miento. Necesita t e n l 7 „ í ; n n ? l ° g r a r e s e reconoci-
P

ya lo suficientemente L a S d e ^ Z ™ ™ d e ™ s t r a r l e s que es
dre. El tener ur ° m o p a r a s e r Padre o ma-
dad de obtener aoupl T e n t o n c e s c o m o I a Posibili-

t e » de s u e n ¿ r u p r S ¿ , r a r E n e p n t t ° Y " t e ™ i n a r de sa-
man el poder sobre e l T i S ;,, e S t ° S , c a s o s ' l o s Que to-

cónyuge; b ) P a r a p l d e r q u e d t s e " ^ PadreS del otro

de origen: Esta situación I e, g r u p o familiar


no tuvieron de sus padres lo c L l Personas

ran que a través de s u s I r o n i n ? v J d e S e f h a n r e c i b i r Y espe-


tos casos, tener hijos es u P 1 J°S recibirán- En es-
de o t r o ) , de tener a n , S i « ' a v i c a riante (a través
recibirán de s u s T b u X L S S o m ^ ^ "L°S nÍetos
ron a sus propios hijos'" Aau U ' T abuelos no di-
sienten dueños, del bebé v i ! ^ f r e ™ e n t e m e n t e se

este sujeto que desea a u e d L Í P ° d e r ' S ° n l o s p a d r e s de


Para sacar al o t S del S u n n f " r * r U f 0 d e « r i g e n ; c )
situaciones se dan en a o S Í e o r i ^ e n : Estas
tegrantes de la p a r e j a Z a Z i T T 3 d ° n d e u n o d e los in-
Pegado a sus propTos padres v . í q U f í ° t r ° e s t á
a su propio hogar y que al I L " 0 , 8 6 dedica lo suficiente
darlo y dejará de ir ?„A f e n e J , u n hl J°> tendrá que cui-
dres- d ) F i W - d o s I o s días a la casa de los na

que existiendo serias dffícultadp<f a * ? aq"ell°S casos en

s aat fEE í ~
dres „ „ ^
salir del grupo, para quedarse, para reparar, para calmar
Ja andro-menopausia de padres y / o suegros.
Se configuran entonces situaciones triangulares don-
de se va a tratar siempre de que quede un tercero exclui-
do y donde lo más común, dada la situación del nacimien-
to, es que el primer gran excluido sea el padre (destinos
del Complejo de E d i p o ) .
En la relación estrecha que se establece entre la ma-
dre y el hijo (que p o r otra parte tiene todo un f u n d a -
mento en la naturaleza del vínculo), suelen unirse el pa-
d r e y la madre para excluir al hijo o pueden unirse el pa-
dre con el hijo — e s t o es más difícil— para excluir a la
madre (si bien en etapas más avanzadas del desarrollo).
O ambos abandonan al hijo. Veamos, entonces, que así
se perfila esa "olla común" que se va formando dentro del
grupo familiar a partir de las situaciones de duelo por las
cuales tienen que ir pasando todos los miembros del gru-
po, que van confluyendo y se van depositando, como si
fueran las catáfilas de una cebolla, alrededor de un nú-
cleo central que constituye lo que se denomina el duelo
central no elaborado.

C) Duelo de y por los hijos:


Este duelo pasa entonces p o r un duelo parental, por
un duelo conyugal y también p o r los duelos de los hijos.
Estos, desde que nacen, tienen que empezar a elaborar
«duelos, porque toda la vida es un constante perder cosas;
por supuesto que para ir ganando otras, pero que c o n f i -
g u r a una situación de duelo permanente. Desde que na-
c e porque tiene que desprenderse del claustro uterino y
luego tiene que desprenderse de la teta y luego tendrá
que desprenderse del chupete y de la mamadera; es una
-sucesión constante. Entonces llegamos a que terminamos
todos fumando, mascando chicles, que es un pecho inago-
table, que nunca se termina y que, además, por más que
se lo mastique, no se lo destruye y vuelve a reaparecer
«entero. El ejemplo máximo son los chicles-globos. Y al
llegar la pareja a la tercera edad (todo había comenzado
con el jardín de infantes) deberá prepararse para la par-
tida de sus hijos, si es que los tienen.
D) Duelo actual o desencadenante:

^^^JSSSíS^A a Ia C0nsulta - l e
« t a , conflictos, f r u s t r S n r ^ f í d a - q u e ffeneran depre-
tidumbre. Dichas p ^ e in?er-
s e r querido (abuelos S e r ; I a m u e r t e de un

da del trabajo del padre ^ de l T madre t ^ ' pérdi'


dismmución del status s o c i o e c o n ó m í n ^ I a ámente
Sis evolutivas (pasajes de Ta ? d e a f a m i I i a ) 5 <*i-

o de la madurez a la vejez CO n 1 f i a a . l a adolescencia;


de roles operativos - t a l como t C 0 n f l g u i e n t e Pérdida
j u b i l a c i ó n - ) ; los hijos q u e T r i e n v ^ ^ S Í ? \ a c Í o n e s d e
pequeño q U e comienza a T r a T " L L T - ( e I h Í j o m á s
s a n ) ; etcétera. I a e s c u e l a > hijos que se ca-

n o elaborado, el cual deberá ser

elaborado ° central

- o s q u r S j R i v S r e 6 TguTendo ' T Í * ? ' * > S e ñ a l a -


dos tipos de obstáculos para logr^^ d*

d i f i c u L 5 L t h t e l L s t t T a ^ f ¿ ^ 0 ' P r o Y e n i e n t e de las
<íe c o n o c i m i e n t o í p o r e j e m n i r e T l 6 ^ ^ d e l ob ->' et °

ca|), y b ) el o b s t á Z l ^ u ^ f J ^ í f ^ CríPti"

dificultades que aDorten W ? ' P r o v e n i e n t e de las


tente aprender ( T r e T e m n l o ' 0 ^ 1 ^ 8 í e l s u j e t o ^ in-
está "neura" en c i a t o s rníímí^'f \ e n t e n d e r porque se

Como dice E d í a r d o P a ^ w i y- Q U e I e i m PÍden W


codrama analítico) - " K S ( a m i g 0 * m a e s t r o del psi-

terrible es d e j a r l e s ^ K S ? a p e n d e m o s . . lo
8 1 0 0 m u e r e el ^ o r y ^ c r e a c i n } ' (1?') ^ 686 P U n t o trá"

ria, ^ ^ S ^ S S Z TÍ6dadeS ( p e r s ^ o -

das p o r el coordinador^ d e S u ™ ® d e b 5 ? S e r ^ r p r e t a -
las resistencias al cambio T í ? ^ P e r a t l X ° P a r a remover
aprender nuevos roles r u J r , ! e s t e r e o t i p o que impide
d e r a d e s a p a r e c e r pP a rr aa aa Tr ee n d p ^ T P Í C h ° n ' e s E n -
roles. P n d e r a reaprender nuevos
6) Telé: es el grado de atracción o rechazo que te-
nemos por aquellas personas a quienes conocemos por
primera vez, pero en quienes en realidad estamos reco-
nociendo el vínculo con una persona anterior que explica
las simpatías o antipatías que, a veces, percibimos incon-
cientemente, irracionalmente por algunas personas que
aceptamos y por otras que rechazamos. Todos los coor-
dinadores estudiamos permanentemente este grado de re-
conocimiento de objetos positivos y negativos para cada
sujeto, de sentimientos de atracción, telé positiva. y de
rechazo, telé negativa. Telé es un término acuñado por
Jacobo Moreno y que Pichón Riviére utilizó por conside-
rarlo parte de un lenguaje más cotidiano y más abarca-
tivo que los términos psicoanalíticos de transferencia y
neurosis de transferencia. Eso le permitió plantear la
ambivalencia y la divalencia como momentos vinculares di-
námicos en contra de la predeterminación de las posicio-
nes kleinianas tempranas (esquizo-paranoide y depresi-
va) . La telé da una idea de afecto a distancia o, como se
dice vulgarmente, "de piel". El órgano de choque de la
telé son los sentidos (más que los razonamientos), la piel
y las mucosas. P o r eso se dice que ciertas personas nos
gustan o no nos gustan por la piel, por el olfato, p o r la
vista, etcétera. Siempre se trabajan las telés, porque en
los grupos familiares las telés son también vehículos de
malentendidos y secretos y sobre todo de la identidad:
"eres como tu abuelo", "eres como tu madre" que, a ve-
ces, se dice por el color de ojos del abuelo o p o r el carác-
ter de la madre. Las telés provocan las subagrupaciones
típicas del grupo f a m i l i a r : duplas, triángulos, cuadriláte-
ros, etcétera, que en ocasiones se estereotipan y son res-
ponsables de los trastornos de la identidad personal, se-
xual y agresiva de cada integrante de la familia.

Una vez que hemos estudiado los seis ítems del Cono
Invertido: pertenencia, cooperación, pertinencia, comuni-
cación, aprendizaje y telé, estamos preparados, según Pi-
chón, como psicólogos sociales, para trabajar con el exis-
tente de tres tipos de ansiedades a interpretar: ansieda-
des persecutorias, que son las del temor al ataque; ansie-
dades depresivas, que son las del temor a la pérdida de
tar la « n b á j J d S T l S W "
estas ansiedades y sus d e f e r í 1 S i n terpretando

los tres niveles L í cono a cada l a ' d 0 ^ ^ 1 " 0 8 * & C t U a r e n


examinar con qué í r a d n ^ ™ ? ? ' ¿ ° 3Ue n o s Pe™itirá
tarea de los g r u p L o n e r a t l ^ l f S e d e s a r r o » a 1*

distintas p a t o j a s personales ^ ^ q U6 * e n e r a n las


Citas bibliográficas

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Z^ a RlVev.e'
en la Primera Escuela Privada de Psicología Social de Bs As
FnW^rk-1 - J ? S C U e l a d e Psi cología Social en España Dr.
director: Dr. Hernán Kesselman,
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rapia de la Infancia y la Adolescencia), Madrid.
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A s - Argentina, y Ed. Fundamentos, 1977, Madrid, España.

17' ™I V 1 T°T^' EdU "d01' " L a poesía en Psicoterapia", en "Lo Gru-


Bs A s ' Argentina y y °tr°S' Ed" Búsqueda ' ma 5 r °- 1985r
I
E L U C I D A C I O N E S S O B R E EL E C R O *

Un análisis desde la clínica ampliada

J U A N CARLOS D E BRASI

Orientación

a c e r c a d S a S a í a ^ u ^ ^ ^ Una eXpIoració »

e x i s t a " r ^ l L S uní* Apreciarlo,


espacios comuníter os ^ „ l T a ñ l i a c i ó n determinada y
Palabra, c o n j u n t o ^ p k S c o s e n una

Pero siempre c u a l i f i c a ? , I ^ o hacer ™ 6 ^ ^

mos que lo s o c S P l*l,mentah(kíd™ académicas, afirma-


tas series de " c o n t e c i m i e n t o s S e p a n U ' d f n m e d Í a n t e d i s t i n '
temporalidades y c a S d a d e ; ' n c o e x i . s t e n c i a de múltiples
tajantes, aparatos S n ó t t l ' P ° , S e ^ ! o n f * desposesiones
Persos, tensiones g e n e r a l i z a d a ^ ^ i ^ r ^ ^ 8 y P ° d e r e s d i s "
tratos y sectores « 2 ? ! QU® d l V l d e n a cIases'

nales y grupales orgamzacionales, institucio-


Entonces^n^doM^ ^ s ^ a / ^ ^ o u ^ etc-

d e lo Q ue su historia X ^ ^ S S ? " ^

P r e n d é V n ' T ^ T ^ « ^ S S S . Q ue em-
mientras se buscará r n í n í 6 P e n s a r s o b r e l o hecho,

que como k e Z ' l C T l f r Pr6CÍSÍÓn es«

su irradiada composición deshecho" para entender

m inad6?rr„raneCrhlRRt^eCÍaI W ™ , sefrún la deno.


A esa tarea deconstructiva singular la denomino
elucidación. Su modalidad aquí es la de ser casuística.
Los trabajos escogidos, sus "voces" y circunstancias están
considerados como si fueran los materiales disponibles
para el abordaje de un "caso". Asimismo se contemplan
variados registros, que van desde el clima que crea un
"fallido" o los elementos contratransferenciales en el m a -
nejo conceptual, hasta una construcción crítica cuando
el plano de la indagación así lo requiere. De ahí que el
resultado de este sondeo brindará uno de los tantos ejem-
plares, que permitirían diseñar el territorio de la "clínica
ampliada" \ o sea: resignificación fragmentaria de las con-
diciones de producción de un texto —relato— acción par-
ticular. Labor totalmente opuesta a la práctica ampliada
de la clínica (tal como la meñciona superficialmente Jean
Oury en " E l Síntoma y el Saber", Editorial Gedisa, pág.
5 6 ) , transferida según modelos regionales a las inter-
venciones grupales e institucionales, cuya modalidad es
la extrapolación como procedimiento generalizado.

Peculiaridad de los textos2


Los textos eti que Pichón Riviére vuelca una visión
panorámica de su fórmula ECRO, giran sobre dos muy
particulares. A m b o s son clases, es decir, suponen inter-
locutores precisos y ámbitos institucionales determina-
dos. P o r lo tanto nos enfrentamos con un doble condi-

_ 1 La idea de "clínica ampliada" es usada en este texto con la


significación apuntada. Fue elaborada sobre una observación de Pi-
chón, en 1964, acerca de la "enfermedad única" ("se necesita una
dimensión clínica adecuada a este concepto"). El mismo término, pe-
ro con un sentido diverso al señalado aquí, se empleó en un Semi-
nario que di en el CISE-UNAM, México, 1981, cuando se intenta-
ron conceptualizar los efectos terapéuticos en los Grupos de forma-
ción. Actualmente la noción de "clínica ampliada" está siendo re-
visada en profundidad, debido a algunas de las dificultades episté-
micas que atraviesan su formulación.
2 Ellos son: "Esquema Conceptual Referencial y Operativo
(ECRO)", exposición realizada en la A. P. A., durante el período
1956/57. Apareció en el libro Teoría del vínculo, Ed. Nueva Visión,
1980. Y '^Concepto del ECRO", clase dada en la Escuela de Psicolo-
gía Social. Fue publicada en la revista Temas de psicología social,
N<? 1, 1977, tal como se la dictó en 1970.
eno^sigL^n* o+ros^íup 6f Íntentamos ^cifrar. A
en que fueron^ dadas ( 1 9 5 6 ^ 7 ^ 1 ^ b f 3 ^ í ^
ción (1977 y 1980 i i m S w 7 l a s d e s u Publica-

rial se hace P Ú b l L T ^ Í l t i r ^ 1 1 6 e n - e l l a s e l m a t e "


complejos que siguen' í f h ^ , ° S c a m i n o s inciertos,
les del trabaTo cfentíñVn b , " s q u * d a ' , l a s l i t a c i o n e s época!
y su conexión c o n n ' r e d u c c i ? « del propio discurso

etcétera e x p e n e n c i a que lo trasciende,

vos sobre°eí°tema 0 ' l l í a u ^ ™ ' S ° V ° S 6 S C r Í t o s e x h a u s t i "


Parciales,
dencian con la fuerza de una muletilla S • eV1'
han quedado comprendidas S o b S m e n e e n a L Z " 7 * T
dispares enunciados acuñados p o r T i c h ó n ' °S

ciso h a c e r l o s ™ T "
mos considerando. relación al punto que esta-

ción ?»ímera 7 p l i ° a dejar <en suspenso' la construc-

^Ml-SiSSSsS?
mas que un uso restrino-iH^ ,, ae ^determinación,

« — " « r a
La segunda especifica la importancia secundaria,
para este enfoque, de las "articulaciones conceptuales"
que marcarían la "coherencia" o "grado de cientificidad"
de los postulados ecrológicos. Tales articulaciones son
relevantes en determinados niveles, pero no pueden cons-
tituirse en parámetros de evaluación de teorías. Y me-
nos de las establecidas por esta dimensión que se prefi-
gura siempre como una compleja práctica de intervención
en distintos ámbitos.
Así los anudamientos conceptuales, sus consistencias
o inconsistencias, serán dependientes tanto de la ubica-
ción que les otorga la propuesta originaria, como de las
condiciones de enunciación que atraviesan los diversos
hilos fácticos y discursivos.

Dimensiones del ECRO

Cada uno de los términos que posee la fórmula de


Pichón tiene un peso singular, se abren desde y hacia
varias historias, y producen un tajo en el campo mismo
del conocimiento —acción que se desea fundar. Ninguno
de ellos está exento de las picardías inventivas, como
aquella que les arroja a sus azorados escuchas de la A.P.A.,
cuando estipula, sin fundamento alguno, que "esquema-
tizar viene de f i j a r " . El uso de un vocablo pasado del
empleo común a otro previo, que abrió una problemática
situada en el mismo plano que "el ombligo del sueño"
freudiano, habla de la urgencia de ser entendido por
un auditorio que comprende lo trasmitido siempre y cuan-
do lo pueda " f i j a r " . Pero lo que se busca comunicar tiene
generalmente un sentido opuesto al que le imprime el
expositor y sus fugaces atribuciones.
En 1956/57 se trataba de explicitar una noción de
metaesquema o "esquema del esquema", correspondiente,
supongo, a la gran cantidad de "comentadores de la
metapsicología" que transitaban p o r aquella institución.
Pichón en su alocución juega simplemente con la reso-
nancia de las palabras, no desarrolla sus consecuencias.
Al usarlas en sentido figurado, en este caso el esquema
como figura activa, trama de sutiles mediaciones, gene-
ra un doble efecto que revierte sobre el modo de trans-
misión, opacando la promesa de que la "transmisión del
esquema conceptual es rápida y fácil". P o r una parte
se supone, quizá con certeza, que el escucha no captará
lo esencial, ni jamás tendrá acceso a ello dado el grado
de pasivididad que caracterizaría a los miembros de di-
cha institución. P o r otro lado las dificultades interpre-
tativas que ofrecen las fuentes de referencia (Kant, He-
gel y toda la exégesis del "esquematismo"), hacen de
cualquier consulta ingenua o apropiación textual inme-
diata, verdaderos actos suicidas.
El disertante intuye la dificultad, por eso en la
exposición de 1956/57 los endosos problemáticos a Kant
y Hegel, más que abrir una vía de investigación, cierran
lo mismo que se proponen. Sabemos que Kant tira las
líneas para solucionar lo que él inauguró precisamente a
partir del planteo de una "antinomia" (la y que a
Ilegel nunca le faltó una "noción de esquema considerada
como una estructura en continuo movimiento, como una
Gestalt en evolución", sino que lo único que hizo f u e dar
el movimiento evolutivo de esas gestalten, tal como se
despliegan en la "Fenomenología del Espíritu".
Pero no cabe realizar aquí una crítica epistemológi-
ca. Ella nos apartaría de nuestro camino. Los desacier-
tos que atraviesan los textos son las "virtudes" de los
mismos. Las grietas que indican sus estrategias discur-
sivas, los deslizamientos arguméntales, las redundancias
que tienden a reforzar en el auditorio nociones "débiles",
y toda una serie de mecanismos comunicativos que pro-
ducen extraños efectos de repetición, inducen a creer en
la claridad de lo enunciado con sigular énfasis.
Detengámonos un poco en la creencia mencionada.
E n ella no se juega un prejuicio o desconocimiento de
la materia tratada. El emisor posee la convicción de que
cada uno recibe el mínimo sentido de los términos em-
pleados, p o r lo tanto de la equivocidad que los acecha, y
de la sordera que padece el ámbito donde son vertidos.
Desde esta perspectiva, entonces, los errores conceptua-
les se transforman en una cierta verdad de la interven-
cion, aquello que posibilita interpretar la situación en
que el locutor se desenvuelve. Aproximando en un sólo
gesto, de esa manera, concepciones más solidarias con
sus reconocimientos teóricos.
Si Kant "no pudo" generar la ligazón aspirada entre
las categorías y la experiencia, y Hegel quedó "en falta"
respecto al movimiento de su sistema, es porque en otros
espacios los enlaces y la actividad global fueron conce-
bidos con más eficacia. Obviamente esa función la cum-
plió la Teoría del Campo" lewiniana. En su diseño
no solo se podrán pensar adecuadamente los fenómenos
«rupales, sino también las dimensiones inconcientes
—aíectivas e imaginarias— que inciden sobre ellos. Las
nociones de fuerza, relaciones vectoriales, disponibilida-
des energéticas, etc., disparan la afirmación de que el
esquema debe ser dinámico" y su relación espacio-tem-
poral una totalidad en movimiento". Consignas que
tienen al grupo como "modelo de interacción", paradig-
ma a su vez de la psicología social propuesta, y señala-
miento al receptor del miedo a perder los estereotipos que
ha ido constituyendo durante toda su vida.

No existe univocidad en los balbuceos de 1956/57


escritos con el " c o r a j e científico" que caracteriza al pio-
? o ™ J a í n p 0 , C 0 e n l a s v i r u l e n t a s "aglutinaciones" de
íif/U. l o d a s las nociones que componen el E C R O apun-
tan a modificar los lugares donde potencialmente actúe
el agente en salud mental", a vencer con denuedo la "re-
sistencia al cambio" que las repeticiones inconcientes van
cristalizando. Erosionar "defensas", abatir diversos "obs-
táculos , propiciar que el grupo "centrado en la tarea"
la elabore en el proceso de su conformación, evitar que
se ubique en su lugar un miembro, el grupo o su even-
tual coordinador, son algunas coordenadas de una pla-
nificación con distintas fases (estrategia, táctica, técnica
y logística) que ponen al grupo más allá de sus "iluso-
rios , proyectándolo mediante una tarea articulada in-
ternamente de modo complejo. Proyecto que marca la
mutación del simple "estado de yecto" inicial en pro de
reales posibles, fuerza intrínseca, ahora, de las ilusiones
~ * ™ S C Í e n d ! n , l0S apresamientos imaginarios hacia
creaciones inéditas.
Contra lo que podría sospecharse estos enunciados
no son voluntaristas, aunque respondan al " t o n o " de una
voluntad, pues ellos obtienen su sentido de la latencia
grupal y la asunción de una determinada concepción del
inconciente Desde tales adscripciones — e x p l i c a d a s ca-
si siempre de manera oblicua— tratamos de apreciar la
construcción de la metáfora pichoneana. Claro que tales
«elaboraciones no anulan las contradicciones conceptuales
m el uso en un momento "problemático", en otro "adje-
tivo o en uno posterior "epistémico convergente" de los

naiaderECROVan definiend ° el perfil teórico 7 operacio-


Esas huellas duermen en el discurso pasado y por-
venir, ramificado, dispersivo que lleva a su formulación
y es precisamente p o r ellas que debe ser resignificadó
desde la figura ("esquema") combinada de aquellos pro-
toyentes y de las vírgenes orejas que poblarán la Escuela
<le Psicología Social años más tarde. También de todo
lo dicho y silenciado para ellos, unido a la fabulación de
un lector que ensaya interpretaciones imprevisibles. Sin
estas lineas de f u g a las interrogaciones de hoy serán
desplazadas p o r los salmos doctrinales del mañana. Y el
a t a n de investigación sustituido p o r el aburrimiento,
cuando no p o r un estado mucho más peligroso, el qué
los fieles y la grey conocen hasta el cansancio.
En 1970/77 las preocupaciones fundamentales han
cedido paso al prestigio de la teoría y a la prioridad por
consolidar la institución. El esquema ya no sufre los
devaneos de las primeras indagaciones. Su letra E irra-
dia la claridad de sus contigüidades y fusiones. Poco a
p o c o un aliento unificador atraviesa su trazo y el de su
vecina. El esquema se pega al concepto y es devorado
p o r el universo que parece justificarlo. La fecunda opa-
cidad inicial del esquema es cedida ante la transparencia
que exigen las nuevas carnadas. Ese olvido es capital,
pues autoriza una verosímil reconstrucción actual, nada
mas que un hilo del enredado ovillo de la historia
Si existen presencias cercanas devoradoras, no lo
son menos las ausencias con su canto de sirenas. El
esquema se define como un "conjunto articulado de co-
nocimientos". Y el esquema conceptual como la cárcel
del mismo, "síntesis más o menos generales de proposi-
ciones que establecen condiciones, según las que se rela-
cionan entre sí los fenómenos empíricos".
Delimitaciones vigorosas, reiteradas para enfatizar
que no se ha escuchado lo suficiente. La incorporación
manifiesta permite el pasaje a la fusión implícita. Las
nociones de "conjunto", "conjunto articulado", "síntesis"
con diversos grados de generalidad, etc., se resumen en
una idea totalizadora del esquema conceptual, "conjunto
organizado de conceptos universales que permiten una
aproximación adecuada a los objetos particulares".
Pichón ha lanzado a un núcleo heterogéneo de asis-
tentes dos mil años de problemas gnoseológicos, discipli-
narios y ontológicos irresueltos. P o r eso es coherente que
el E.C. pueda señalarse también como un "conjunto de
conocimientos que proporciona líneas de trabajo e inves-
tigación". El desafío sigue en pie, aunque la hibridación
imaginaria que producen esos conjuntos se expresan en
los términos inequívocos de una "teoría consistente".
Consistenciá es un vocablo que va de la mano con
las idealizaciones, siempre las alimentó. Peso, gravedad,
profundidad y altura las definen, por eso pueden servir
de paradigmas a matizados ideales de yo.
Cuando la completitud teórica envuelve al E C R O ,
éste se modeliza simplificándose como una construcción
lógico-instrumental, "instrumento que p o r analogía nos
permite la comprensión de ciertas realidades. El modelo
es instrumento de aprehensión de la realidad".
El expositor sabe que amalgamar E C R O y modelo
significa postular una disociación instrumental, poner he-
chos-vivencias de un lado y construcciones intelectuales
del otro. Y barrunta que disuelve la noción de vínculo
a nivel teórico. De ahí dos reacciones discursivas. Una,
el retorno del ECRO a la problemática de la relación uni-
versales-particulares. Otra el lanzamiento de un esque-
ma evolutivo, cuyo movimiento se temporaliza e historiza
en tres fases ligadas a una lógica de lo real (tesis, antí-
tesis y síntesis).
Así el esquema conceptual es depositado en el plana
de la "adecuación de las hipótesis a la realidad", enten-
dida como las "características del fenómeno a investigar".
No hay azar en el uso de la noción relativa de adecuación,
pues sostiene el criterio de operatividad que define r e -
currentemente al ECRO. Implica un nivel epistémico que
Pichón mantiene con decisión en todos sus escritos. B a j o
ella se esconde una promesa que tiende a evitar el letar-
go de la audiencia. Mediante su ejercicio el futuro p r a c -
ticante iniciará, junto con los fenómenos analizados, un
viaje de descubrimiento. La garantía parece estar dada
p o r la "adecuación" operativa que a corto, mediano o
largo plazo, producirá un descubrimiento significativo
para el agente modificador.
Lo atractivo de la promesa reside en dejarla incum-
plida, ya que de otro modo dejaría de ser promesa y
perdería su efecto movilizador.
E n esta dimensión aparece, según mi opinión, el
asunto de la referencia con la modalidad evanescente que
lo plantea Pichón. Recordemos que por las acciones de
adecuación en diferentes niveles es posible realizar des-
cubrimientos específicos. Ahora bien, el descubrimiento
de algo es un acto p o r el cual ese algo queda referido a
otra cosa. Este es el carácter fundante de la referencia.
Todavía no constituye una relación, ya dejó atrás la
indicación y es previa a cualquier tipo de alusión, que
supone un sistema de referencias conocido. Así la ter-
cera letra del E C R O depende, en lo que marca de otras
dos nociones con las cuales se confunde. Mientras el r e -
ceptor se funde con la ilusión que transmite la promesa,
la de quedar referido a un espacio de transformaciones
posibles.
Explicitemos. Si la referencia, en el discurso que
despliega el ECRO, se establece con las teorías que le
sirven de respaldo, entonces éstas son el referente del
mismo. Y si no se trata de ellas, sino del sentido para
una concepción de lo grupal, se ignora cual sería dicho
sentido. P o r lo tanto en esta distribución la referencia
se confunde con sus referentes, o con los diversos senti-
dos que la atraviesan.
En síntesis la noción de referencia permanece inde-
finida, siendo recubierta por dos conceptos de orígenes
disímiles. El primero de cuño empirista, es el de indi-
cación. El segundo de proveniencia retórica, es el de
alusión.
Alusión "al campo, al segmento de la realidad sobre
el que se piensa y opera". Indicación de "los conocimien-
tos relacionados con ese campo o hecho concreto a los
que nos vamos a referir en la operación".
Es óbvio que referir está empleado como sinónimo
de ambos. Pero la sinonimia no se instala en el "pego-
teo" lingüístico de los términos, sino es elaborada como
un elemento de persuación; persuación que busca indu-
cir al auditorio a transitar un camino en el que encon-
trará lo que desea y un resto no previsto, sencillamente
el goce de pensar y actuar, de completarse como seres
humanos.

Puntualizaciones epistémicas

Afirmaciones tajantes, asumidas plenamente, dan


curso a la última letra de la frase espiralada que com-
pone el ECRO. Los vocablos dejan momentáneamente
entre paréntesis a sus virtuales receptores. No existe
ningún riesgo en desandar lo andado o en tomar bifur-
caciones equivocadas. Operativo, operacional u operati-
vidad trocan sus lugares como equivalentes. Pertenecen
al mismo nivel epistemológico y es allí donde Pichón quie-
re situarlos. La seguridad de la remisión despeja cual-
quier duda. Opera, infinitivamente, está emparentado con
el universo empírico y sus certidumbres. Las dudas y
sinuosidades que cabrían a las elaboraciones anteriores
desaparecen cuando surge el criterio de operatividad. La
marca o modo (criterio) en que puede ser reconocido lo
verdadero, posee una estricta ligazón con la teoría ope-
racionalista de P. W . Bridgman y la teoría clásica de
l a verdad concebida como adecuación en distintos planos
(sujeto-predicado; pensamiento-cosa; etcétera).
Dejemos hablar lo y a dicho. " E n nuestro EC, dice
Pichón en 1970/77, la operatividad representa lo que
en otros esquemas el criterio tradicional de verdad (ade-
cuación de lo pensado o anunciado con el o b j e t o ) " Es
decir, en el concepto mencionado se adopta resueltamente
la concepción empirista-formalista de la verdad y sus in-
quietantes correlaciones con la que debería ser pensada
para el acto grupal. De ella quedan atadas consecuencias
y reflexiones posteriores sobre múltiples aspectos rede-
i m i d o s en función de una psicología social incipiente.
Pero lo que se juega en el f o n d o de esta criteriología
e s algo mucho más importante que una compleja demar-
cación epistemológica. Se trata de la noción de signifi-
cado, clave de la disputa en el campo científico e ideoló-
gico, siendo uno de los ejes principales de la legitimación
y credibilidad de las teorías y prácticas derivadas.
Después de grandes controversias se aceptó el f r a -
caso de los criterios de completa verificación o refutabi-
I M de los enunciados significativos respecto al cono-
cimiento de hechos localizados. La interpretación de
ambos criterios dictaminó que explican demasiado o de-
masiado poco. Hasta sus revisiones se creyó que la sen-
tencia podía aplicarse a los "metafísicos" o a su anverso
experienciahsta", pero jamás que recaería sobre los ado-
radores de lo observable.
Sigamos tras ellos para ilustrarnos acerca de los
enunciados que taxativamente pueden tener "significado
° ° c \ r e c e r d e é 1 ' c o m o ° c « r r e en esas vagas
t f ^ T > ^ 1 0 ? e S u S O b r e - e l i n c o n c i e n t e , lo social y otras en-
tidades de la brujería moderna.
Si tomamos p o r ejemplo una oración del tipo " L a
esencia es bella" y elegimos como hipótesis auxiliar de
la misma, "Si la esencia es bella, esta lechuga es verde"
observaremos que no se deduce, en absoluto, de la hipó-
tesis auxiliar separada. Y sin embargo tiene significado
cognoscitivo. Veremos también cómo se enlaza amorosa-
mente la Patafísica" con el conocimiento empírico. Sea
cual fuere el punto de vista adoptado es más recomen-
dable la alegría y el sentimiento estético de la primera.
¿Qué decir, entonces, de frases como "el amarillo
amarillea" o "la nada nadea" y similares que circulan
en los grupos o en los relatos de un paciente? Nada.
Ellas no pueden f o r m a r parte de ninguna aspiración
científica, sino de una confesada vocación literaria. A s í
queda estipulado que un enunciado tendrá significado cog-
noscitivo, si y sólo si se puede traducir en un lenguaje
empirista, dirá Rudolf Carnap proponiendo el suyo, de-
nominado lenguaje L.
El drama no termina aquí. Una lenta asfixia nos
invade y el desaliento cunde. Descubrimos que la lectura
de Sartre, Freud, Kandinsky o Heidegger, no dejan nin-
gún conocimiento válido. " L a nada anonada" del 'Ser y
la Nada', "variable es lo que varía" de la 'lógica' hege-
liana, no pueden traducirse a un lenguaje empirista por-
que sus vocablos no son definibles por expresiones lógi-
cas y términos observacionales.
La "literatura" filosófica, psiconalítica, marxiana
o grupal, ya lo intuíamos, es la decepción del conocimien-
to científico, el "obstáculo" que debe ser exorcisado 3 .
Entretanto nos preguntamos ¿qué ocurre con las
hipótesis que los científicos lanzan diariamente p o r mi-
llares ?
El criterio de validez anterior no las contempla, pues
tendrán significado cognoscitivo si y sólo si los términos
empíricos que las constituyen pueden definirse exacta-
mente por predicados observacionales. Y es obvio que la
mayoría de las hipótesis no cumplen con tal requisito.
Añadiría que sólo lo contemplan excepcionalmente.
Las críticas insistentes a las cegueras que arrastran

3 Para el Popper de Conjectures and refutations la segunda y

la tercera no pueden considerarse "propiamente ciencias". Les ca-


be la misma crítica que a la astrología.
Tomando un sesgo idéntico T. Kuhn en The essential tensión,
las cataloga entre los "casos perturbadores". Así quedan ubicados
para estos filósofos de las ciencias, a pesar de sus grandes discre-
pancias, "el psicoanálisis o la historiografía marxista".
dichas reglas de formación enunciativa, llevan a otorgar
ciertas concesiones.
Será posible introducir nuevos términos en esos "len-
guajes c e r r o j o " mediante definiciones parciales o con-
dicionales.
Sin embargo la cuestión sigue irresuelta, porque las
oraciones mencionadas no permiten f o r m u l a r con preci-
sión las definiciones llamadas "operacionales".
Aquí entra en escena Bridgman y de su mano Pichón.
Bridgman se plantea en la "Lógica de la física mo-
d e r n a " 4 , el problema del significado empírico de los
"conceptos teóricos". Determina que por estos se enten-
derá el conjunto de operaciones que les dan sentido. Así
un concepto será sinónimo de la "correspondiente serie
de operaciones". Y los que no se manejen de manera
operatoria carecerán de significación. Siempre que un
asunto específico tenga una significación relevante, debe-
mos tener la certidumbre de que "será posible encontrar
operaciones mediante las cuales se dé respuesta al mis-
mo".
El clima huele a perfección unívoca. Para cada
guante conceptual habrá manos operatorias que ajusta-
rán convenientemente. Y si ello no ocurre se producirá
una caída de la significación en las parejas términos-
operaciones o viceversa.
Esta es la pesada carga heredada y asumida por las
equivalencias pichoneanas señaladas antes.
Podríamos escrutar algunos de los "bienes" que cons-
tan en el testamento, a f i n de valuar lo que se arrastra
inconcientemente en los diseños conceptuales.
La teoría operacional se mueve en el campo de la
definición de los conceptos. La historización, la explica-
ción genealógica, las condiciones enunciativas y la relati-
vización de los mismos queda relegada al ámbito de las
cuestiones "impertinentes".
En cuanto a la significación de un concepto, ésta se
reduce a su descripción operativa. La omisión del cam-

4 Lo mismo es invocado en un libro más cercano a nuestras in-


quietudes, "Inteligencia individual y sociedad".
po semántico que posibilita su articulación y la de los
diferentes conceptos entre sí no aparece siquiera c o m o
una preocupación atendible. Tampoco el complejo desa-
rrollo que sufre cada uno en el nivel científico y disci-
plinario donde fueron estipulados. Sólo sabemos que sir-
ven porque funcionan y funcionan porque sirven. Así son
los apasionados espejos de la tautología.
A medida que vamos acotando la noción de "opera-
ción", descubrimos que esconde el fetiche empirista de la
"verificación", cuyas extrapolaciones lo convierten en la
idea misma de la verdad. Cuando se correlaciona un
concepto con sus operaciones, estamos diciendo en otros
términos cómo se verifican los mismos en determinada
plano experimental.
El concepto de operación no parece tan claro como
se presenta a simple vista. Operaciones manuales, ma-
quinales, psíquicas, ideales caben bajo su dominio. E s
omniexplicativa, ya que los conceptos también responde-
rían a operaciones cerebrales superiores. De este modo él
padecería de una fundamentación "improbable".
Finalmente es notorio que las "operaciones" no pue-
den definirse unívocamente, y no porque una operación
requiera d e varios conceptos, sino porque si ella no se
especifica en el ámbito de intervención que le correspon-
de, pierde su verdadera significación. Es decir, aquella
que debe ser f i j a d a para cada experiencia singular, no
reducible a la "adecuación en términos de operación",
donde resta incomprendida como tal.
Muchos corolarios pichonéanos son solidarios con los
señalamientos previos. El criterio de verdad como "ade-
cuación" del pensamiento a los hechos, hablan de la va-
lidez de aquél en el lenguaje de éstos y lo que posibiliten
o no verificar. La verdad queda atrapada p o r la pinza
validez-verificación, y por eso se la describe en "términos
de operación". Y será esa pinza y no su lapsus lo que
gestará la "posibilidad de promover una modificación
creativa o adaptativa, según el criterio de adaptación ac-
tiva a la realidad". Redondeando el ciclo que abrocha la
fórmula, es el 'criterio de operatividad' el que se incluye
en el esquema conceptual orientándolo hacia la enera
cion de allí la última letra de la sigla ECRO» ?

Operatividad, cambio, hechos, experiencias' verifica


2 ¿ r d a d y demás eslabones de una cadena aparecen
fusionados aunque sabemos también que podrían con
tradecirse de manera irreversible. P COn

Clima, imagen y perspectivas del ECRO

Clima

m u l a d ó n a p f V r ° R n ^ m o v i m i e n t o espiralado de su f o r -
mulación el ECRO permanece sujeto a una tensión con-
original, modelo formal y metodología dialéctica, lo ope-
rativo como verificación y funcionamiento que produce
cambios, objeto de conocimiento y hombre en situación
No son meras contradicciones desde un punto de S s t a

irrTa^co^hin"1'0101168 apr6SUradas que hacen tambad


S t „ ^ ensayadas' sino tensiones moda-
aue-en T Premisa m a y o r d i v e r s o grupal
del

^Ue,e"la medlda <lue Permite A P R E N D E R a P E N S A R "


sin centro ni progreso indefinido, que tiene nrevista k
muerte en sus protocolos de c o n s k u c i ó n y n? sólo mo
tores narcisistas e ideales repetitivos

P i c h l i ^ n o r ^ ^ T ^ 6 n e l d i s c u r s 0 vanguardista de
f i c n o n , por meter todo en el mismo saco. Inversiones
sorpresivas, inclusiones desmesuradas, analogías q í e obs-
E K ? S c r P r T S Í Ó n d e l a s correspondencias, e t e ,
m t aue d e U l^ad°r ^ de SU^erencias complicadas
debútenle transmisión rápida y fácil» a un g r u p o

«i p Í p V Í n Í V e l d e a n á l i s i s determinado ("semántico")
« i ? t l e n e u n aspecto superestructura! compuesto de
elementos conceptuales" y otro infraestructura! portador
de elementos emocionales, motivacionales", que confor-
man la "verticalidad del sujeto". Sin embargo un m í -

afecti™ °v W d e r ® a C d 0 I ! e s , q u e S^eran, actualizando, un clima


afectivo y la forma de simbolizar una situación transcurrida.
mentó antes la dimensión "vertical" designaba al indivi-
duo inserto en un espectro abarcativo de las "relaciones
sociales, la organización y el sistema social", o dimensión
"horizontal".
Otro ejemplo nos revela que la tercera característica
del análisis sistémico, que es una de las fases principales
en la construcción del ECRO, comporta una sistematolo-
gía o estudio del mismo como un "sistema complejo de
conceptos", cuyo alto nivel de formulación hace del aná-
lisis sistémico uno de sus aspectos y no al revés.
La horizontalidad y la verticalidad pueden trocar
sus lugares, la matriz puede ubicarse como derivada, etc.,
sin que ello altere, según el locutor, el plano del análisis,
la comprensión del receptor, el manejo nocional y la di-
rección de la experiencia formativa, terapéutica o insti-
tucional.
Ahora bien, este Patchworlc es asimilado porque res-
ponde, más allá de su indeterminación conceptual, a la
presión de una demanda que debe satisfacerse de acuer-
do con las teorizaciones vigentes, y no por el movimiento
interno que "demanda" la construcción del ECRO.
Riesgo paraledo asimismo de consolidar una institu-
ción que aumenta sus miembros, sus alumnos y sus qué,
mientras reduce significativamente sus para qué. ¿ I r o -
nías de algunos instituidos que fracasan al triunfar?,
¿mera extensión comercial que no se achicó aún en épo-
cas siniestras?, ¿compulsión a la repetición de un boceto
magistral como palabra sagrada? o ¿continuidad de un
proyecto que tiene un sentido elaborado contra todo sen-
tido subyacente?, unificado por el referente institucio-
nal. las teorías apiladas, la práctica fetichizada, el verbo
fundacional o lo que se desee instaurar en tal síntesis.
Las respuestas no son fáciles, ni inmediatas, por eso es
necesario comenzar a bosquejarlas.
Al ECRO, le cabría sintónicamente lo que dice U.
Eco de un texto, "es una máquina perezosa que exige del
lector — y escucha * — un arduo trabajo cooperativo para
colmar espacios de 'no dicho' o de 'ya d i c h o ' " .

* Agregado mío.
Imagen
El E C R O es polifacético, su imagen calidoscópica.
Quizás podamos marcar en una secuencia lo que aparta-
mos del acontecer discursivo.
En primer lugar surge como un plan de investiga-
ción aplicado al campo problemático de una psicología
social optativa.
En segundo término diseña un camino crítico.
Su tercera nota evidencia una serie de cuestiones
"reprimidas" en el ámbito cultural e institucional de la
salud mental y la educación.
En cuarto término significa una introducción a la
resolución de problemas por operaciones específicas.
E n quinto lugar entraña una f o r m a particular de
interpretar el cambio "en situación".
Su sexto aspecto supone una creencia en la eficacia
de la multidisciplina.
El séptimo rasgo implica una visión progresista de
los vínculos sociales.
Y su última característica dibuja una esperanza en
las potencialidades grupales como transformadoras del
espacio vital (relaciones ecológicas).

Perspectivas
La multiplicidad de significaciones y vías que abría
la metáfora pichoneana fueron perdiendo el vigor pro-
pedéutico de las enunciaciones originales. El uso y aban-
dono simultáneos caracterizó las menciones del ECRO.
Cuando se remitía a algunos de sus conceptos o niveles era
d e manera paródica, pues las teorías "fuertes" y accio-
nes que lo avalaban servían como garantía indiscutible
d e sus enunciados y propuestas. Pero se olvidaban los
senderos internos por los cuales debían circular sus desa-
rrollos, cortados muchos de ellos p o r las razones apunta-
das, impulsados otros de modo contradictorio e insufi-
ciente.
Sin embargo pienso que es necesario recuperar el
aliento inicial de sus formulaciones, por lo que repre-
senta para el recomienzo problemático de una psicología
social marcadamente alternativa, sea cual fuere el nom-
bre que adquiera en el futuro, un campo grupal, insti-
tucional, social-histórico y una práctica ligada con su
devenir.
En el esquema aparece planteado el problema de la
productividad de la imaginación, de lo imaginario e ima-
ginado en una formación gruposocial histórica que tras-
ciende lo imaginario tal como lo formula el discurso
psicoanalítico vigente. Las nociones de repetición, cliché,
fantasma, fantasía y protofantasía, fantaseo, transferen-
cia, resonancia, etc., son la materia prima obligada para
una elaboración rigurosa del universo clínico, grupal, ins-
titucional, así como de sus espacios de aplicación e in-
tervención. Pero ellas funcionan con cierta eficacia a
partir de lo que no pueden explicar, o sea: p o r un ex-
ceso de las argumentaciones analógicas.
Un ejemplo de esto lo brinda el texto de Didier A n -
zieu, "El inconciente y el grupo", cuya influencia está
presente en casi todos los escritos de las corrientes psico-
analíticas grupalistas francesa y argentina. Su impor-
tancia queda fuera de toda crítica. Los efectos de su
lectura la requieren con urgencia.
Elaborado desde la constitución narcisística y fan-
tasmática, estructurado desde correspondencias viciadas
por su punto de partida, los grupos son definidos c o m o
imaginarios. Certidumbre de las hipótesis. Alborozo de
las extrapolaciones, donde se confunden las formaciones
que componen todo grupo con el grupo mismo. Reprodu-
cir estas máquinas de productos seriados, después es cosa
fácil y cómoda. Contra ellas se debe reivindicar la má-
quina "infinitiva" del aprender a pensar, instrumento p o -
tencialmente liberador de un sujeto "condenado" a exis-
tir en la repetición de sus organizaciones psicodinámicas
iniciales.
Montada sobre una comprensión del esquema c o m o
trazo de una productividad imaginante (donde es preci-
so volver a pensar toda la cuestión de lo imaginario en
los grupos, instituciones, etc.), la dimensión conceptual
comienza a tener, entonces, sus propios niveles de f o r -
mulaciones conjeturales, dependientes de lo que buscan
fundamentar, de sus espacios teóricos y analíticos, de
sus nociones importadas y sus descubrimientos específi-
cos, de aproximaciones relevantes e irrelevantes para sus
avances e investigaciones. E n síntesis, la obligación que
marcan esos recorridos es la de concebirlos como figuras,
limitadas e indefinibles, que se trabajan trabajándose.
Así se recorta una manera distinta de pensar la re-
ferencia,. Su complejidad y los equívocos que provoca ya
f u e r o n señalados. Reiteramos que nunca se dirige ni
denota un estado de cosas o un espacio de operaciones
virtuales. Ellos son los referentes de las proposiciones
enunciadas o de lo que uno se proponga hacer con los
mismos. La referencia escapa a la f o r m a de presencia
que distingue al referente, siendo el pasaje necesario para
entender una señal o construir cualquier tipo de relación.
Una lógica de lo referencial abarca dimensiones,
elude binarismos o asignaciones de valores determinados
que, en última instancia, remiten a un núcleo sustantivo.
Los procedimientos de tal lógica tienden a poner de re-
lieve intersticios, grietas, elipsis, fallidos, olvidos, silen-
cios, etc., no para restituir la unidad inexistente de un
pensamiento, relato o texto, sino para darle f o r m a a un
sentido que el absurdo y la inconsistencia muestran en
su estado "puro".
P o r lo tanto sentido de lo grupal puesto más allá
de sí mismo. Así el grupo queda referido a... nada
preciso (de otro modo supondríamos determinaciones
unívocas), salvo a su propio movimiento de descentra-
miento. Recordemos que cuando un grupo es alucinado
como "unidad", "totalidad", centrado "en sí", en ese mis-
mo instante se autodespoja de toda referencia. Y aun-
que aumenten los referentes "externos", permanece a
merced de su ocaso grupuscular.
Operativo, nombre de aquello que sucumbe en el cri-
terio de verdad dominante, extraño a sus finalidades crí-
ticas y movilizadoras. Adopción incomprensible de un
"criterio" de cientificidad que legitima la empiria y su
sombra positiva como la verdadera "conveniencia" para
un discurso sobre lo grupal.
En el horizonte de la producción deseante, de la sub-
jetividad conformada según el ámbito social-histórico de
referencia, del deseo produciendo sus constelaciones di-
seminadas, y en última instancia, de la psicología social
alternativa que se busca fundar, la noción de verdad como
concordancia, implanta equívocos y bloqueos imposibles
de superar. Esto no implica abandonar el itinerario tra-
zado, sino redefinir todos los pasos de la marcha nece-
saria para transitarlo.
La verdad como problema y la problemática de la
verdad, en universos reticulados, llenos de investigacio-
nes sinuosas, teorizaciones incompletas, conceptualizacio-
nes programáticas, experiencias complejas, materiales pre-
cariamente construidos, y sin el seguimiento que exigen,
y demás aspectos característicos, requieren otros pará-
metros para enfocar su dilucidación.
La verdad, una cualquiera, sigue más el curso de
la inadecuación que el de la adecuación. La relación en-
tre las distintas temporalidades y formaciones que atra-
viesan los niveles concientes, preconcientes e inconcien-
tes, lo manifiesto de lo dicho y lo que late en su decir,
es fundamentalmente una relación de asincronia, de des-
fasaje, no de concordancia. Cuando algo así ocurre, siem-
pre muy tarde, es que una interpretación anudó cierto
sentido o la fase de una tarea está siendo realizada.
Los restos donde muerde un deseo, son dis-cordantes,
no concuerdan con lo esperado, pero permiten que la ver-
dad de este grupo o de tal evento se filtren. Y con ellos
esa verdad niega lo que se creía o ilusionaba sobre el
nivel de intervención específico.
Nuevamente la discordancia hace aparecer una dife-
rencia sustancial, que es preciso profundizar, entre lo
manifiesto (parecer) y sus ramificaciones causales. A
la vez que la verdad se cualifica sólo desde el proceso
de transformación que inaugura, es decir, como práctica
develadora, como experiencia propiciadora (que nunca
está dada, sino debe construirse) de nuevas realidades,
donde cualquier sentido unificador es un mito que des-
maya ante la potencia creadora del fragmento. O para
decirlo con M. Merleau-Ponty, " E l punto más alto de la
verdad sigue siendo perspectiva y podemos comprobar,
junto a la verdad de adecmción que sería la del algorit-
m o — . . . — , una verdad por transparencia, implicación y
recuperación, una verdad en la que participamos, no por-
que estemos pensando la misma cosa, sino porque a cada
uno a nuestro modo nos concierne y nos alcanza a todos".
No vale la pena extenderse mucho más. El movi-
miento integral del E C R O se ha detenido en un momento
expositivo que a otra interrogación le cabe impulsar.
Sólo restan hacer dos reflexiones previas al acorde final.
El criterio de adecuación-operación (regulador del
proceso evaluativo) delimita y orienta a la adaptación
tal como se fundamenta en el discurso ecrológico. Ahora
bien, más allá de su probado cultivo en la "Psicología del
Y o " , pienso que las categorías de adaptación activa, par-
cial o global se sitúan en el lugar del síntoma — l a con-
ducta como un registro observable y por eso sujeta a
control experimental— y no en el de su resolución.
P o r otro lado, si dicha categoría tiene una palmaria
conexión con lo elaborado en la metapsicología freudia-
na, entonces, la dimensión del grupo interno, centro de
la psicología social operativa, tendrá que ser redefinido
desde el Ello o, en su defecto, deberá explicitarse el tipo
de articulación que mantiene con la segunda tópica.
Son planteos para tender líneas de trabajo e inves-
tigación futuras. Retroceder en el análisis, circular por
los vericuetos del material indagado, entraña prepara-
tivos para intentar un salto mayor. La cualidad del
mismo siempre está reposando, sólo hay que atreverse a
impulsarla.
Para concluir estimo que no se debería tener un
ECRO. Toda pregunta que apunte a dar cuenta de su
propiedad lo cristaliza.
Obrar en uno de sus posibles cursos, probar su vi-
gencia, etc., es diferente, pues ello habla de la tarea in-
crustada en el goce del pensar, y de ejercerlo para trans-
f o r m a r y transformarnos efectivamente.

Abril de 1986
r

r
MODERNIDAD INCONCIENTE
Y GRUPOS

OSVALDO SAIDÓN

La tradición marxista y psicoanalítica en nuestro


continente ha decantado en un ECRO que orienta nues-
tras reflexiones en el campo de lo que aquí vamos a llamar
de psicología social.
Estamos de acuerdo que aquí se trata de la psico-
logía social de Pichón, o de Freud, o sea aquella psico-
logía que desde el comienzo sólo puede ser social, para
poder extender el campo de reflexión fuera de los límites
estrechamente producidos por aquellas figuras que en los
últimos siglos se llaman de individuos o de personas.
Nos proponemos entonces, con palabras inexactas,
hablar de aquellas palabras que con el tiempo adquirie-
ron la esterilizante exactitud de la definición. Nos inte-
resó siempre la psicología social, sus grupos y sus insti-
tuciones como obra abierta, por eso nos movemos deli-
beradamente hacia un territorio, provisorio, donde las
definiciones cuando las usamos, son sólo estrategia de
pasaje de un sentido.

Las palabras
Interpretación, clínica, tarea, horizontalidad, proce-
so, epistemología convergente, son las ideas que nos han
preparado el terreno para otras palabras más imprecisas,
y por eso signos que nos obligan a la investigación. Aquí
algunas palabras: intervención, pragmática, esquizoaná-
lisis, producción, transversalidad, devenir, transdicipli-
naridad.
Hace ya muchos años que nos preguntan y nos pre-
guntamos. ¿Al final qué es el grupo operativo? Conse-
guimos seguir sin responder, sin f o r m a r escuelas donde
se responda. Proponemos con mayor o menor habilidad,
montar grupos dispositivos, discusión con amigos, inter-
venciones en la micro y la macro política, donde el pen-
samiento se arriesgue a aprender a pensar.
Para esto no basta una interpretación y un buen
ECRO de referencia; hace falta, como Deleuze nos dice
en relación a Proust, la formación de signos que nos
exijan, que nos coaccionen a pensar, dotar al grupo para
abrirse a esos signos a su encuentro y a su violencia.
Corremos el riesgo en nuestro trabajo, otros han
caído en esa trampa, de colocar nuevas palabras, allí
donde estaban las tradicionales. La moda es la peor
amenaza para la modernidad.
Alejandro Scherzer en un último trabajo, nos re-
cuerda la necesidad de abrir nuestra caja de herramien-
tas. Allí con lucidez y sistematización, va mostrando uno
a uno los conceptos e ideas que surgen en el acontecer
grupal. Es un experto coordinador y comienza con una
pregunta simple sobre qué es el concepto grupo. Va an-
dando hasta agotar las perspectivas que la pregunta abre.
Procuraré dirigir mi interés en otro sentido. ¿ Cuáles
son las herramientas de que disponemos para expandir
la multiplicidad de sentidos que lo grupal habita?
Una teoría de las ideologías, capaz de develar los
aspectos inconcientes que determinan nuestras ideas so-
bre los grupos, las clases, las instituciones, ha sido hasta
tiempo reciente el lugar de cruce de varios conceptos del
materialismo histórico y del psicoanálisis. Pero nosotros
ya le conocemos su caída hacia un estructuralismo, donde
el énfasis en el determinante, parece haber olvidado la
historia y la producción de las herramientas para esca-
par o transformar esas determinaciones. Develando la
ideología del encubrimiento terminó produciendo la de
la resignación. Todos ya sabemos que un cuerpo resig-
nado está listo a recibir una interpretación.
Vamos a ejemplificar nuestra perspectiva de inves-
tigación en el campo de una lingüística de los grupos o
de una socio-lingüística al decir de Batkin.
El estructuralismo ha reforzado la jerarquización que
la semántica y la sintáctica conservan en relación a la
pragmática.
Nos interesa la pragmática, la relación de la palabra
con el deseo con el Y o . No separamos entre yo del enun-
ciado y yo de la enunciación. Nos interesa el agente
colectivo de enunciación. Hablamos de emergente en una
socio-lingüística de los diferentes modos de hablar, no
en una relación de las palabras con las palabras. Es al
contrario en la pragmática, en esa confusión entre la
voz y el habla, entre el cuerpo y el pensamiento, donde
tenemos alguna cosa a decir sobre el inconciente.
P o r un lado la clásica teoría de la comunicación, nos
parece, solidaria con una idea interaccionista de los gru-
pos. La llamada dinámica interacción, identidad de roles
de los grupos, no nos aclaran mucho sobre cómo se forma
un grupo y qué lo agita, apenas lo describen.
P o r otro lado, la lingüística, centrada en la relación
entre significante, sintaxis, o en la relación entre las
palabras y las cosas (semántica), nos lleva a una inves-
tigación del determinismo de la estructura grupal de un
inconciente que aunque grupal, continúa siendo pensado
como restrictivo, o expresivo.
Cómo se agencia el deseo en un grupo, cuál el agente
colectivo que enuncia, que lo agita, esto entendemos por
una pragmática, o dicho de otra manera por el estudio de
la transversalidad (usando a Guattari), o la diagramá-
tica de Deleuze, o el pensamiento crítico de Rozitchner
o la clínica ampliada de De Brasi. Un grupo, abierto a
la producción inconciente y no simplemente resignado
a interpretar el inconciente como determinante límite o
resistencia, es lo que nos proponemos investigar.

Las líneas
Deleuze dice que habitamos tres tipos de líneas. Lí-
neas duras, de grupos sedentarios (la ciudad, la profe-
sión, el trabajo, la familia) y otras líneas más flexibles,
llenas de acontecimientos, de inesperado, líneas de grupos
nómades, y una tercera línea abstracta, de deseo que
energetiza todo pero que sólo existe agenciándose, combi-
nándose con las otras dos.
Nos podríamos proponer, pensando en esas líneas que
mencioné antes, de cambiar la idea de transferencia por
la de transversalidad. N o nos interesa lo que acontece
entre yo y él sea lo que f u e r a lo que él representa: re-
miniscencia de mi hermano, de mi padre, etc. y a partir
de eso trato a él como un hermano, como un padre y
repito lo que no consigue ser hablado. Claro que esto
acontece, tanto acontece que lo vemos todos los días
Pero el problema son las otras cosas que acontecen. Un
análisis, un esquizoanálisis debería decir todas aquellas
esquíelas", aquellas cosas que pasan, toda una transver-
salidad que aparece entre y o y él. No lo que yo coloco en
el o lo que el coloca en mí, como mutuo sistema de depo-
sitacion.
Hay un mundo, hay una serie de líneas que nos
atraviesan y que no pueden ser representadas, no tienen
objeto previo. No es necesariamente alguna cosa de mi
familia, de mi grupo original. Todos mis fantasmas son
de grupo y algunos son de grupos más o menos peque-
nos circulares como es la familia. Otros son muy extra-
nos, son de pedazos de objetos parciales, son de figuras
que y o v o y produciendo o son básicamente lo que está
produciéndose en ese acontecimiento grupal. Podemos ha-
blar de una transversalidad en lugar de una transferen-
c i a Si el índice de transversalidad, o sea nuestra posi-
bilidad de abrirnos para ser atravesados, es muy limitada
seguramente nos montaremos en una línea más o menos
dura y repetitiva. El sabrá quién yo soy, yo sabré quién
es el y el encuentro será una cosa ya esperada. Un en-
c u e n t r o como cualquier otro. Si el índice de transversa-
lidad aumenta, tal vez en ese encuentro otros sentidos
puedan aparecer.
Esto no es un invento. Esto nos acontece todos los
días. Esto quiere decir que una práctica micropolítica
-o pragmatica o esquizoanalítica no puede ser realizada
con cualquiera.
Nosotros podemos analizar a nuestro vecino, no a
nuestro prójimo. Nuestro vecino es aquel que por algu-
na razón transcurre en una intensidad que también
transcurre en nosotros, y que se agencia en él en algún
lugar de este planeta. El es nuestro vecino pero no por
significantes, no es una vecindad de discursos, es una
vecindad de práctica, es una vecindad de intensidad.
El paciente, el prójimo es aquel al cual nos aproxi-
mamos porque sabemos lo que él precisa, para darle al-
gún objeto prefijado. Difícilmente se produce ahí un
encuentro, un encuentro expansivo. Simplemente se pro-
duce una introyección, una interpretación. Se puede decir
que en realidad el cuerpo triste todo el tiempo pide in-
terpretaciones. ¿Interpretaciones qué quiere decir? Mos-
trar cuál es la esencia de ese cuerpo. Que otro le muestre
cuál es la esencia de él en lugar de que se produzca un
nuevo sentido.
Algunas veces se ha dicho que a partir de ahora
sólo nos queremos analizar entre amigos. De cierto modo
estamos diciendo que el análisis es siempre de grupo y
que la función analítica es la de posibilitar el surgimien-
to de grupos de vecinos. Grupos que posibiliten la ex-
pansión de los cuerpos y el agenciamiento con otro grupo.

Los dispositivos
Otra idea que nos interesa es traspasar la concep-
ción de un grupo como conjunto de individuos con una
mutua representación interna, casi siempre sentado en
círculo por la idea de dispositivo. Un dispositivo que
actúe en un mundo de signos y que escapa a lo simple-
mente discursivo. La idea de dispositivo la usamos por
lo que la palabra quiere decir en su sentido vulgar. Un
dispositivo es alguna cosa que sirve para hacer funcionar
algo. Entonces nos interesan los grupos en cuanto co-
locan en funcionamiento alguna cosa al interno de la
institución o al interno de los mismos.
La idea de dispositivo ha sido muy fecunda en re-
lación a la polémica que se entabla sobre si el grupo es
alguna cosa que representa la sociedad o es algo que se
opone a la sociedad. El grupo como dispositivo es algo
que permite en un determinado momento histórico au-
mentar el índice de transversalidad. Mostrar la carto-
grafía de líneas que describíamos antes, intensificar un
acontecimiento, y a partir de esto colocar en funciona-
miento alguna cosa que estaba andando excesivamente
bien adaptada. Deleuze dice una frase muy simpática:
"Sólo funciona bien la máquina que funciona mal, o sea
cuando se descompone". El dispositivo sería aquel ins-
trumento que nosotros colocamos para ver dónde es que
ia máquina se descompone, para hacer de la descompo-
sición y de la crisis no un drama sino un productor de
nuevos acontecimientos.

Las máquinas
Otra idea interesante que voy a mencionar sintéti-
camente es la de pensar un grupo como una máquina
de guerra o como una manada de lobos. Es una idea
tomada de Elias Canetti. El dice que existiría una uni-
dad grupal pero que no tiene nada que ver con una f o r -
mación empírica predeterminada ni con lo social. P o r
lo contrario lo social tendría entre sus unidades posibles
esa máquina de guerra. La idea de que el grupo funcio-
na como una máquina de guerra en el sentido de que es
una formación que constantemente se está construyendo,
que constantemente se está maquinando.
La máquina de guerra es lo contrario de un ejército.
La máquina de guerra es una cosa que permanentemente
evita que el estado, o la organización capturen el deseo.
El deseo no puede ser criticado pues él produce el tiem-
po todo, sólo puede ser agenciado o capturado en una
determinada situación histórica. La máquina de guerra
es la que evita la tentativa del estado de agenciarse del
deseo. El estado como el gran organizador, como el to-
talizador, como el "uno". Aquel que acaba con la multi-
plicidad, aquel que separa poder por un lado y sociedad
por el otro. Esto es muy rico para pensar cómo hacer
para que un grupo sea una reunión de diferencias y no
sólo de semejanzas. Cómo hacemos para que el g r u p o
sea la expresión de singularidades y no la sumisión a
una unidad imaginaria que siempre estaría fuera del
propio grupo. . , .
El grupo sujeto que habla Guattari s e n a justamen-
te aquel grupo que escapa en su actividad a la prevalencia
de la unidad y da expresión a la multiplicidad
Intentamos llevar esos dispositivos grupales y estas
orientaciones de análisis a nuestro trabajo concreto, i m
las escuelas, en el trabajo comunitario, en las favelas, en
el trabajo clínico, en el hospital, o en el consultorio. No
tenemos nuevas técnicas, apenas nuevos encargos y exi-
gencias de implicación en nuestros proyectos. _
Sabemos que el plano de sustentación que adquieran
estas reflexiones estará dado — n o por la coherencia teó-
rica del aparato ni por la referencia erudita—, sino por
la puesta en funcionamiento de múltiples experiencias
que legitimen al trabajador social a llamarse de tal.
CREATIVIDAD
EN LOS GRUPOS TERAPEUTICOS

EDUARDO PAVLOVSKY

El tema de la creatividad en general ha despertada


siempre un interés desde varios puntos de vista.
Ya en Reflexiones sobre el proceso creador (1974)
había hecho algunas observaciones sobre los mecanismos
de la creación, del proceso artístico, la dramaturgia y
el actor. Con todo en los últimos tiempos he intentado
ubicar la creatividad como técnica dentro de la clínica
grupal. Desde 1965, en mi trabajo con grupos de nmos
se me revelaba el f a c t o r de la creatividad como un as-
pecto importante dentro de los fenómenos terapéuticos
grupales K Este trabajo generó en mí algunas reflexio-
nes, producto de la observación empírica del juego de
niños; allí decía: "Sin especular con todas las teorías
sobre el juego, creo que en toda actividad lúdica hay
que descubrir dos niveles con los n i ñ o s : el juego como
intento de elaborar situaciones traumáticas y el juego
como expresión de la potencia creadora de los nmos .
Este comentario incluía una afirmación clínica: es posi-
ble entender dos niveles de comprensión y de intervención
en los grupos terapéuticos de niños. Juegos de repeti-
ción, elaborativos de situaciones traumáticas, juegos fuer-
temente regresivos en los grupos de niños; y en este
campo nos sentíamos evidentemente cómodos intervinien-
do terapéuticamente. Nos parecía que el juego era el
campo propicio de interpretación o la dramatizacion que

1 Eduardo Pavlovsky, Psicoterapia de grupo en niños y adoles-


centes, C.E.A.L., 1968. De próxima aparición en Edic. Busqueda.
los niños producían evocando o sugiriendo ciertas pro-
blemáticas edípicas o transferenciales evidentes.
Nuestra intervención en estos casos intentaba en-
tonces explicitar la relación de la dramatización con el
drama edípico individual o con la temática transferencial
del grupo.
Hasta allí nos parecía ser operativos.
Pero otro tipo de juegos o dramatizaciones nos co-
locaban en cambio en otro tipo de escena terapéutica.
Eran aquellas en las que la dramatización no tenía un
sentido tan evidente. Alertaba más bien a juegos o dra-
matizaciones que para nosotros, en esa época no parecían
interpretables a simple vista.
Decíamos que formaban parte de escenas de un nivel
estético bueno, como expresión de la capacidad creadora
de los niños en el grupo. Sugeríamos en esa época, no
intervenir para evitar la interrupción dramática asocia-
tiva o la interrupción lúdica asociativa. Percibíamos,
entonces, desde nuestra práctica sin tener modelos previos
para comprender esto, que todo tipo de interpretación,
fuera verbal o dramática, lo único que lograba era inte-
rrumpir la creatividad de la escena. Si en cambio, de-
cíamos, podíamos soportar un primer período caótico sin
intervenir, la dramatización y el juego se complementa-
ban armónicamente expresando altos niveles de creativi-
dad. Teníamos que abstenernos de interpretar y la dra-
matización se enriquecía ante nuestra presencia. Eramos
testigos de la creatividad del grupo más allá, decíamos,
de lo kleiniano. Estábamos incluidos en la escena crea-
tiva como observadores del misterioso proceso de la crea-
ción. Nos parecía que el estado creativo y nuestra pre-
sencia participante "dejando hacer" nos convertía en
acompañantes del proceso creador como testigos.
Caracterizábamos a estas escenas p o r la singularidad
<ie tres factores: alto nivel de participación grupal, nue-
vos roles entre los integrantes y aparición de temas iné-
ditos o novedosos en la historia del grupo.
Aquí no existía, creo, la repetición sino que se
plasmaba un "más allá" del gesto repetitivo. Era un in-
vento tal vez para superar la neurosis. Decíamos:
El grupo inventa su salida dramática, su proyecto
creativo. El juego como terapéutico en sí. El terapeuta
acompaña el juego sin preocuparse de la intencionalidad
del juego. Si interviene rompe el juego y el proceso, de-
tiene el caos y la anarquía que es parte de ese proceso.
El analista puede rechazar el sinsentido del proceso
creativo y querer encontrar sentido en el momento en
que el proceso se gesta; p o r eso interpreta y rompe el
juego. Es en esos espacios lúdicos donde esta germi-
nando la matriz creativa del futuro adulto creador. Yaya
su importancia entonces.
La creatividad se me aparecía como un elemento
nuevo en la psicoterapia. Había que interpretar y tam-
bién había que facilitar la creatividad y el juego. Win-
nicott dice: " L a psicoterapia se da en la superposición
de dos zonas de j u e g o s : la del paciente y la del terapeuta.
Está relacionada con dos personas que juegan juntas. iM
corolario de ello es que cuando el juego no es posible,
la labor del terapeuta se orienta a llevar al paciente de
un estado en el que no puede j u g a r a uno en el que le es
posible hacerlo" 2 . Más adelante afirma que trata de in-
tentar una nueva formulación del juego, señalando que
Melanie Klein se refiere casi siempre al uso de e s t e para
el proceso interpretativo y agregando que hay en el juego
algo que aún no encontró lugar en la bibliografía psico-
analítica: " L o universal es el juego. Corresponde a la
salud, facilita el crecimiento y por lo tanto conduce a
relaciones de grupo, puede ser una f o r m a de comunica-
ción en psicoterapia y, por último, el psicoanálisis se ha
convertido en una f o r m a muy especializada de juego al
servicio de la comunicación. Lo natural es el juego, y
el fenómeno altamente refinado del siglo X X es el psico-
análisis".
Nosotros observamos clínicamente lo mismo. La dra-
matización como expresión de la repetición y al mismo
tiempo la dramatización y el juego como fenomenos mas
amplios, una nueva comunicación dentro del g r u p o : apa-

2 D. W . Winnicott, Realidad y juego, Gedisa, 1968.


rición de nuevos roles y de temas inéditos. Un "más allá"
de la repetición y de nuestra función.
Ese "más allá" según Winnicott es el juego creativo
que corresponde a la salud y facilita el crecimiento.
Para nosotros era la fascinación contratransferen-
cial que sólo podía producirse p o r el hecho estético de
la creación del grupo. La dramatización en este caso
como fenómeno terapéutico en sí mismo. Más adelante
diríamos: el estado creativo del grupo es lo terapéutico.
La multiplicidad de sentidos de la multiplicación dramá-
tica es además un hecho estético, un acto creativo, t e -
rapéutico en sí mismo.
Sugeríamos también que en el juego o dramatiza-
ción grupal había momentos de caos y sinsentido, que
no producían sino eso, el sinsentido del juego. Que lo
difícil para el terapeuta era no intervenir durante la
producción de este período ante la propia necesidad de
ordenar el material.
Dice W i n n i c o t t : " E l terapeuta que no puede captar
esa comunicación se dedica a un inútil intento de encau-
zar o de organizar lo carente de sentido y el paciente
abandona la asociación libre dada la imposibilidad de
comunicar lo insensato. Se ha perdido la posibilidad de
asociar o de crear debido a la necesidad del terapeuta
de encontrar sentido donde existe lo carente de senti-
d o . . . Si no se lo interrumpe hubiera llegado a un estado
creativo y enriquecedor de la persona. Mi descripción
equivale a un r u e g o : les pido a todos los terapeutas que
permitan que el paciente exhiba su capacidad de j u g a r ,
es decir, de mostrarse creador en el trabajo analítico".
Hemos relacionado también el proceso de la creati-
vidad como uno de los procesos dinámicos que ocurren
en la conducción de los grupos. Todo coordinador de
grupo atraviesa por el delicado metabolismo de la crea-
tividad 3 . * .
Hablábamos de dos tipos de coordinación que se en-
trelazan y entrecruzan en cualquier tipo de coordina-
ción. En la primera, el coordinador se siente acompa-

3 Sobre dos formas de coordinación grupal, Ed. Búsqueda, 1982.


ñado en la sesión p o r "personajes" que lo orientan y a
los que acude para que lo orienten en el proceso de refle-
xión de la sesión. Decimos acompañantes en el sentido
estricto del término, identificación con maestros, con
modelos teóricos, con técnicas aprendidas. El acompaña-
miento es un proceso conciente, un recordar o evocar,
modelos y procesos conocidos que lo acompañan en la
soledad de la sesión. Nada es demasiado intuitivo en este
proceso de acompañamiento para el coordinador.
Pero decíamos también que hay otra f o r m a de com-
prender, donde el coordinador no siente la cercanía de
los acompañantes teóricos o técnicos que lo estaban orien-
tando en otro momento de la sesión. Decíamos que en
estos casos predominaban las imágenes desordenadas, que
esas imágenes a saltos no parecen provenir de un razo-
namiento previo, de una elaboración de conceptos de di-
námica de grupos. Son sólo imágenes desordenadas y el
sentimiento que padece el coordinador, corresponde al
"miedo al vacío". El coordinador está "solo" con el an-
helo de volver a sentirse acompañado frente al vértigo
que lo invade. N o hay sentido. Es un momento de caos
y de sinsentido que el coordinador debe atravesar desde
su máximo sentimiento de falta o de castración. Es el
momento cero de todo acto creativo. El momento de am-
bigüedad que no se soporta. Hay que atravesar el caos
sin exigirse el sentido soportando ansiedades confusiona-
les, durante el proceso grupal.
El grupo coloca al coordinador en ese estado. Es un
momento que todo coordinador debe atravesar. Decíamos
que para esta situación hay que hacer un duelo: es nece-
sario quedarse solo. Soledad del creador. Asesinato del
padre. Inseguridad de la ruptura. Decíamos que se pue-
de perder la dimensión del tiempo porque quedamos a
merced de otro tiempo, tiempo de musas, de invenciones
mágicas, de sueño. El proceso de duelo corresponde a
la pérdida de todo acompañante referencia!. Soledad y
pánico del mundo abierto a todas las posibilidades. Salto
al vacío, agarofobia.
Y o digo que a un terapeuta en ese estado de crea-
tividad, de máxima ambigüedad, sólo le queda " j u g a r "
sin exigirse comprender el sentido de su juego ni el del
grupo. Esto es vivido como transgresión, como acto re-
belde, donde el juego rompe la solemnidad y se convierte
en sacrilegio transgresivo del orden instituido.
Las improvisaciones del grupo, como multiplicación
dramática, alcanzan su máximo nivel de creatividad.
Lo terapéutico es la aparición de los múltiples sen-
tidos de la escena inicial y el estado creativo del grupo
que permite la multiplicación. El máximo nivel de pro-
yección subjetivada es la matriz para las multiplicacio-
nes dramáticas. Y o me curo en el grupo cuando a través
de un estado creativo del grupo soy acribillado por las
mediatizaciones subjetivadas de cada integrante en las
multiplicaciones dramáticas.
Me curan las múltiples versiones de mi propia his-
toria que el grupo produce en estado creativo y que
rompe con mi visión monocular narcisística de mi drama
individual. El arte de no comprender es un proceso que
produce muchas resistencias en el terapeuta exigido siem-
pre a querer comprender. Uno debería entrenarse ade-
más, y hoy hablo desde ese "más allá", que percibía en
los juegos de los niños en 1966, a dejarse inundar p o r la
ambigüedad, el caos y el sinsentido, sin intentar com-
prender u ordenar sentidos. Atravesamos esa zona de
castración y es importante porque nos coloca en el punto
cero de la creatividad. Muchos creadores se detienen
neuróticamente allí al no querer enfrentarse con la pá-
gina vacía más de un tiempo. Nosotros no tenemos co-
mo coordinadores otra alternativa que quedarnos en la
coordinación. A veces arruinamos la construcción de ver-
daderos momentos creativos del grupo haciendo algo, en
lugar de acompañar al proceso, buscando sentido donde
no lo hay.
Le decíamos al coordinador, que entre el duelo que
se produce por la pérdida de acompañantes y el estado
de creatividad que corresponde a la soledad, hay un mo-
mento de caos, producto de la ruptura de identidad de
un modelo de coordinación. Defino esto como salto al
vacío. Desde ese lugar el coordinador tiende a convocar
acompañantes porque no soporta la ansiedad del vacío
del "espacio abierto". Trata de entender cuando hay que
abandonarse al flujo. Escena límite de todo proceso crea-
tivo. Miedo a la locura, miedo a la confusión, miedo al
caos, a la propia creatividad desbordada. El miedo al
vacío que no se puede eludir. Ese es el proceso de la
creación. El enfrentamiento con la falta. El creador
sin momentos de caos y pánico es un impostor. El tera-
peuta que hace que entiende todo es un impostor. M
como sí de la creación, el como sí de la terapia.
La convocatoria de los acompañantes es la gran
tentación y al mismo tiempo el asesinato de la creación.
Otro de los aspectos que consideramos importantes
de los espacios inherentes al fenómeno de la creatividad
en los espacios grupales terapéuticos, es la hipótesis de que
en ciertos juegos de la infancia existe una matriz ima-
ginaria, hoy diría ensayos imaginativos donde el nino
aprendió a mirar de otra manera lo concreto. "Mas alia
de". Y que en todo proceso creativo posterior, el adulto
recurre a esa primera matriz organizativa infantil, es-
pacio organizador de lo imaginario donde lo psicótico, y
ansiedades correspondientes, se estructuran con coheren-
cia en esos espacios lúdicos.
Le doy importancia al espacio como estructura imagi-
naria. E n el grupo terapéutico se reencuentran a través
de los juegos dramáticos y el psicodrama, esos espacios
infantiles y sobre todo, aquella vieja f o r m a de mirar de
otra manera lo concreto, que fuera matriz imaginaria de
los primeros juegos. Se reencuentra la creencia de ese
mundo mágico, no sólo como intento de elaborar los con-
flictos sino también como espacio específico y apto del
desarrollo de nuestro potencial creativo.
Establecemos la relación entre el tipo de zona ludica
infantil y el tipo de creación posterior. Pensamos con
Winnicott que ese juego infantil precursor de esa matriz
imaginaria a la que el adulto recurre en su vida creativa
posterior es una zona transicional para el participante
(jgj juego.
Tengo la matriz, allá, en mi historia grabada en mi
preconciente. Ni afuera ni adentro. L o que interesa es
el espacio, sus características, y su relación con la pro-
ducción actual del creador. La f o r m a creativa del adulto
está insertada en esos espacios infantiles donde se ensayó
la imaginación creadora en los primeros juegos. Hay
una directa relación con su desarrollo en la vida adulta,
según la recepción con que el ambiente estimuló o repri-
mió esos ensayos infantiles.
"En la experiencia del bebé más afortunado no surge
el problema de separarse en la separación, porque en el
espacio potencial entre él y la madre aparece el juego
creador. La separación se evita al llenar el espacio po-
tencial con juegos creadores, ejemplos de símbolos y todo
lo que a la larga equivale a una vida cultural". (Winni-
cott) .
El grupo terapéutico es el reencuentro elaborativo
de los primeros juegos infantiles y los juegos y drama-
tilaciones como espacios potencialmente creadores. Exis-
ten matrices creadoras diferentes que se ubican en esas
zonas transicionales y no cuadros psicopatológicas. Ha-
blamos de espacios lúdicos que incluyen matrices expe-
rienciales expresivas diferentes. En estos espacios lúdi-
cos, alguien puede leer el drama de los personajes edípi-
cos pero eso no es lo preponderante, no es lo que deter-
mina el tipo de juego. La f o r m a de jugar, de elaborar
situaciones traumáticas, de inventar, de imaginar, de
crear, no está determinada p o r la situación edípica. La
situación edípica es una variable dentro del complicado
proceso de la creatividad. El juego es mucho más que un
intento elaborativo de situaciones traumáticas. Lo que
interesa es la f o r m a expresiva del fenómeno lúdico y su
relación con el instrumento creador posterior.
El grupo es un espacio propicio para la elaboración
y la creación de los espacios infantiles inherentes a la
creatividad.
PSICODRAMA
Y PROCESO CREADOR

VIDA RACHEL KAMKHAGI


OSVALDO SAIDÓN

Estamos en el cuarto de los sueños: vestidos, pelu-


cas, máscaras, pedazos de personajes esperando para ser
combinados, para recibir un cuerpo, para ganar vida;
queriendo ganar vida. La metamorfosis comienza ( 1 ) .
Procura y descarte. El proceso es lento y difícil.
Una ropa que me es extraña, una máscara que me esconde,
u n pañuelo de seda que me hace desempeñar un papel.
Sensación de robo, vergüenza; exhibicionismo. Estoy re-
presentando, no expreso nada, no veo a nadie, nadie me
ve. La máscara como disociación, la máscara esconde,
estamos simplemente disfrazando. El cuerpo está ausen-
te. Estamos instalados sin embargo, en el mundo de la
representación, de la represión. " L a verdad", perma-
nece en el universo simbólico, la esencia está p o r detras
d e las máscaras. Aún así, hay dos mundos, somos cap-
turados p o r la idea de un mundo de las apariencias y un
mundo de las esencias ( 2 ) .
Seleccionamos desde lo simbólico. Proceso obsesivo
d e selección. ¿ M e queda bien?, ¿agradará a los otros?,
está bien, está mal, es profundo, es vulgar, parezco una
m u j e r de 30, parezco un soldado, parezco un homosexual.
Maniática necesidad de acomodarse a una representación
del personaje. No hay juego, hay esfuerzo. Aún así cree-
m o s que la profundidad domina la superficie. Asistimos
a la muerte de los cuerpos. E n su lugar, solamente re-
presentaciones. , ,
Tentación de leer lo escrito hasta aquí, mama ae
adecuación, compulsión de seleccionar, representar el pa-
peí de quien quiere dominar el discurso, lo científico. E s -
tamos prisioneros, queremos saber si se entiende, si no
se significa. El lenguaje captura, no fluye. Escrita cien-
tífica versus escrita automática. Lenguaje científico
versus lenguas menores.
Me encuentro con una máscara. Buen encuentro. N o
preciso mirarla, juzgarla, interpretarla.
Siento lo bello y lo feo. La coloco. Comienza una
nueva lucha. El cuerpo habla, se engrandece, se expande.
Ocupa los espacios. Observo y ataco. Lo lúdico, la dan-
za, el vuelo, no "representan" nada. Es un carrusel de
acontecimientos ( 4 ) . N o hay lugar para la interpretación.
No sé quien soy, carece de importancia. Fin de la sub-
jetividad, pura producción, expansión de los cuerpos. Soy
la vida, soy mujer, soy niño, soy bailarín, soy feo, soy
pobre, soy la muerte. Vida y teatro, producción y deseo
son una misma cosa.
El desliz, arriesgo por primera vez una frase, c o m -
pulsión de seleccionar. La pregunta f a t a l : ¿quién soy?,
inaugura el final de la fiesta. El espejo está ahí, lo
b u s c o : horror de la imagen. Es la marca que representa
la muerte. Interpretación. Detención del f l u j o lúdico.
Mi cuerpo muere, me escondo. Comienzo a separar ca-
beza y cuerpo, cuerpo e imagen, máscara y realidad, pa-
labras y cosas, significante y significado.
Captura de deseo, de encuentros, de movimientos.
La máscara me captura, y mi reacción es dominarla.
Otra vez la dialéctica relación dominador-dominado.
Alguien se aproxima, observa, es A m i r que intenta
matarme entre lúdica y trágicamente, y luego me retira
la máscara en un lento movimiento.
El relato precedente describe una experiencia que
nos parece un punto de partida interesante para reflexio-
nar sobre los efectos y límites de las prácticas psicote-
rapéuticas en general y del psicodrama en particular. L o
interesante en este ejemplo fue el hecho de haber tomado
vista tradicional como terapéutico, y precisamente p o r
éso, producir una situación nueva de conocimiento que
el "setting" tendería a evitar. Hacer estallar el "setting",
lo instituido, como paso necesario para la producción
de los sentidos.
¿ N o podríamos pensar así la empresa del propio
Jacobo Moreno, cuando funda en un mismo acto de con-
jugación de teatro de espontaneidad, trabajo político c o n
la juventud social-demócrata en Europa y reconsidera-
ción de las ideas freudianas (psicoanálisis), lo cual vino
a constituirse en el "psicodrama" ? Si la obra de Moreno
trasciende, es porque f o r m a parte de un bloque donde la
vida, el teatro y la terapia están siempre mezclados. Cues-
tionamiento de toda artificialidad. Producción radical de
simulacros ( 5 ) .
En la historia y también en la historia del movi-
miento psicoterapéutico, asistimos a momentos de explo-
sión y liberación de f l u j o s (ruptura de especificidades),
producción de singularidades, de acontecimientos, de
diferencia; y luego nueva captura, recodificacion, íns-
titucionalización del psicodrama. La espontaneidad, con-
tribución fundamental del psicodrama es cuadriculado
como un territorio conquistado: escenario-público-direc-
tor-yo auxiliar-protagonista. Calentamiento-escena.
E n el llamado psicodrama moreniano, la estratifica-
ción y los lugares tan delimitados hacen que la drama-
tización propuesta p o r el director sea una interpretación
anticipada que cerca y aprisiona la producción incon-
ciente grupal.
P a r a la clarificación de los elementos que constitu-
yen el psicodrama moreniano existe una vasta biblio-
grafía ( 6 ) . Trataremos aquí de dar una pequeña síntesis
del mismo y de su posterior desarrollo como psicodrama
psicoanalítico.
" E l fundamento de la psicoterapia de grupo es la
doctrina de la interacción terapéutica. El fundamento
del psicodrama es el principio de la espontaneidad crea-
dora, la participación libre de todos los miembros del
gruirá en la producción dramática y la catarsis acti-
va"^).
Moreno trató en sus escritos de esclarecer el alcance
tanto de la psicoterapia de grupo como del psicodrama.
Un paciente siente en determinado momento que las pa-
labras son insuficientes, precisa "vivir" la situación, es-
tructurar un episodio más de lo que le será permitido
en la vida real. La primera cosa que necesita es espacio
para moverse y desarrollarse, los compañeros de grupo
lo ofrecen, el entrará en escena y algún otro lo acom-
pañará en otro papel. Entramos en el psicodrama.

Psicodrama

Método que sondea la verdad a través de la acción.


La catarsis que provoca es, del mismo modo, una catarsis
de acción. El método psicodramático moreniano se sirve
•de cinco medios diferentes:
1) Escenario: El escenario es una ampliación de la
vida, que ultrapasa los límites de la vida real.
Realidad y fantasía no están más en contradic-
ción. El escenario es proyectado de acuerdo con
las necesidades terapéuticas.
2) Protagonista: Se le pide que sea él mismo. A
diferencia del actor que sacrifica su yo, él debe
actuar libre y espontáneamente. La palabra se
integra a la acción. Se ayuda al protagonista a
conectarse con la representación psicodramática
mediante diversos métodos: monólogo, auto-repre-
sentación, proyección, mudanza de roles, duplo,
métodos de espejo, etc. Se espera que se mueva
en una escena conforme pero más profundamente
que en la vida real.
3 ) Director: Tiene tres funciones: director de es-
cena, terapeuta y analista. La primera, obliga al
director a captar cualquier señal importante dada
por el protagonista e integrarla en la acción dra-
mática, identificar la representación con la vida
del sujeto, de tal modo que no pierda contacto
con el público.
4 ) Yo auxiliar: Para Moreno el significado de la
función del ego auxiliar es doble: asiste al di-
r e c t o r en el análisis de la situación y en el t r a -
tamiento, m á s sirve fundamentalmente a los pa-
cientes ofreciéndose para o c u p a r los lugares o
papeles de personas significativas para el p a -
ciente, o también partes de su ego. E s necesario
un entrenamiento para esta f u n c i ó n .
5 ) Público: Puede servir de ayuda al paciente o
t r a n s f o r m a r s e el m i s m o en paciente. Las reac-
ciones del público durante la dramatización son
espontáneas c o m o las del protagonista.

Hasta aquí describimos las características del psi-


c o d r a m a moreniano. Intentaremos ahora t r a e r algunas
consideraciones sobre el psicodrama psicoanalítico, que
se desarrolló especialmente c o n el Grupo Experimental
P s i c o d r a m á t i c o Latino A m e r i c a n o , en A r g e n t i n a ( P a v -
lovsky, Martínez Bouquet, Moccio, F r i d l e w s k y ) ( 7 ) , y
con Anzieu, Lemoine, Lebovici, en Francia ( 8 ) .
E n el psicodrama psicoanalítico el centro de m a y o r
interés es la dinámica grupal y el individual inconciente.
P o r lo tanto, a diferencia del psicodrama clásico, que
se organiza en tres momentos ( w a r m i n g up, dramatiza-
ciones y c o m e n t a r i o s ) , en el psicodrama psicoanalítico
-estas tres etapas se dan indistintamente. L a dramatiza-
c i ó n es un elemento más, aunque valioso p a r a investigar
las fantasías inconcientes y poder f o r m u l a r las interpre-
taciones ( 9 ) . Muchas veces la dramatización demostrati-
v a ( 1 0 ) es un m e d i o d e vehiculizar una interpretación.
O t r a s , la dramatización cumple una f u n c i ó n exploratoria
q u e indaga sobre el presente, pasado o las perspectivas
f u t u r a s de un paciente o del g r u p o . L a participación del
c u e r p o en la comunicación es fundamental., y eso m o d i -
f i c a el t i p o de mensaje. Se podría decir que entran m á s
elementos en j u e g o . Muchos autores llegan a p r e f e r i r
hablar en j u e g o s dramáticos en vez de psicodrama, ya
que las dramatizaciones son usadas." justamente para p e r -
m i t i r el aparecimiento de nuevos sentidos que faciliten
el acceso a la dinámica inconciente del g r u p o o del p r o -
tagonista. E s t o s elementos, una vez acabada la d r a m a -
tización, serán analizados desde una perspectiva psicoana-
lítica de lectura del inconciente, y no desde un abordaje
simplemente interaccíonista.
En el psicodrama psicoanalítico la dramatización es
un instrumento que moviliza creativamente el grupo o
el protagonista, permitiendo el aparecimiento del mate-
rial inconciente, que será analizado e incluido dentro de
una historia individual o grupal. Eso hará que los medios
de los que se sirve el psicodrama sufran mudanzas i m -
portantes. Intentaremos a continuación analizar esas d i -
ferencias :
1) Escenario: No será más necesario tener un es-
pacio reservado, o diferenciado para la dramati-
zación. El escenario será creado y producido en
cada nueva dramatización en el espacio del gru-
po. Será un espacio imaginario.
2) Protagonista: El protagonista surge como pro-
ducto de la dinámica grupal. E s la teoría del
emergente (Pichón Riviére) de la escuela a r -
gentina. Muchas veces el sujeto caracterizado
como protagonista deja de serlo delante de otro
grupo emergente grupal, que pasará a ser el nue-
vo protagonista.
3) Director: Contando con una formación psicoana-
lítica, el director trabaja desde una lectura del
inconciente y las dramatizaciones serán propues-
tas desde esa perspectiva. También él podrá p a r -
ticipar de las dramatizaciones.
4) Yo auxiliar-. N o existe esa f i g u r a prefijada, afue-
ra del grupo. Los miembros del grupo jugarán
o dramatizarán junto con el protagonista. Ese
papel será recreado, inclusive la elección del p r o -
tagonista.
5) Público-. L a estructura grupal que produce e f e c -
tos constantemente, no permite pensar en una
disociación entre protagonistas y público. El pú-
blico no existe en el psicodrama psicoanalítico.

A partir de las reflexiones qüe fueron apareciendo


a lo largo del texto, nos gustaría dejar como conclusión
una serie de propuestas que puedan conducir a un desa-
rrollo productivo del trabajo psicodramático. Agrupa-
mos estas propuestas, siguiendo la división tradicional
de los elementos básicos que constituyen la práctica psi-
codramática, ya explicados anteriormente. Proponemos,
como título provisorio, el de "Flujodrama". Una intere-
sante orientación en esté sentido, nos vino de un tra-
bajo reciente de Pavlovsky y Fridlewsky, llamado "Sobre
dos formas de comprender del coordinador g r u p a l " ( l l ) .
Volviendo al principio de este artículo, el relato de
la experiencia hecho en las primeras páginas nos lleva
a pensar en la posibilidad de hacer un trabajo de índole
tanto terapéutica como pedagógica, que coloque su én-
fasis en los procesos creativos, concebidos como produc-
tores de flujos, liberación del cuerpo y de la palabra,
articulación, productiva del deseo, producción siempre
inacabada de simulacros. Las tareas que siguen, son al-
gunas ideas en este sentido.

Tareas positivas de un "flujodrama"

- Director: Está en el acontecimiento, no en la in-


terpretación. La escena no significa nada fuera
de ella misma. Las propuestas nunca anteceden a
escena. Es él, quien en vez de angustiarse por lo
desconocido, facilita lo lúdico como explosión de
singularidades. El trance dionisíaco ocupará el
lugar del conflicto dramático.
- Escenario: No antecede a la escena, se produce
junto con la propia dramatización. No se cerca
un territorio para la actuación, se monta y se des-
monta a cada instante, es una multiplicidad auto-
productiva.
- Protagonista: Es pura producción del azar, cava
su lugar, produce un encuentro singular, es un
nuevo efecto de sentido.
- Platea: Existe en cuanto busca, en cuanto selec-
ciona. El otro como modelo no le sirve. Rechaza
toda identificación. Nunca es la misma. La platea
se constituye en los momentos de interrupción del
flujo.
- Warming-up; calentamiento: Está impreso en la
vida. No hay ninguna imagen a extraer de la.
interioridad. Es contacto, encuentros de super-
ficie. El calentamiento se da por un encuentro-
con la exterioridad, con el mundo, y no en una
interiorización o subjetivización de conflictos y
sentimientos. Las estructuras se quiebran para
dar lugar a la multiplicidad. O, para decir mejor*
sólo hay multiplicidad, las estructuras son captu-
ras de espontaneidad.
Orientación bibliográfica,
comentarios y otros juegos

Las notas bibliográficas que aparecen a continua^.


ción, pretenden ser algo diferente de una mera formali-
dad académica que demuestre que los autores anduvieron^
leyendo algunos libros. Intentaremos, a través de los textos
que siguen, contar, a modo de enumeración, quiénes son
los protagonistas de las diversas escenas que posibilitaron
el escrito de este texto. La mayoría de ellos continúa, de.,
diferentes maneras, ligada a nosotros, y nosotros a ellos,
a la manera de un risoma, de una máquina, que se cons-
truye para hacer funcionar el pensamiento alrededor de
los grupos y del psicodrama. El azar, la represión (po-
lítica, sexual, o como se llame), el deseo, nos colocaron,
frente a estos libros, a estos maestros y a estos compa-
ñeros que pasamos a citar. En algunos casos, la enume-
ración coincide con menciones en el texto, más o menos,
claras; en otros casos, se refiere a reflexiones que que-
remos pasar al lector como modo de provocación pues,
en su momento (cuando escribíamos el texto) fueron pro-
vocativamente estimulantes para nosotros. Finalmente,
esperamos que haya quedado claro que si alguna reflexión,
importante trae el psicodrama para el proceso terapéuti-
co, ésta se refiere a los modos de producción del proceso,
creativo.

1. Este ejemplo se refiere a un trabajo de "pesquisa teatral" que


venimos realizando con la coordinación de Hamir Addad, in-
tentando revisar el tipo de concepción teatral que podrá ser-
vir de fundamento para un trabajo psicoterapéutico. Creemos
que si bien el referencial psicoanalítico pueda muchas veces
funcionar como un límite para la profundización del proceso..
de espontaneidad creadora, el referencial de ui. teatro jerarqui-
zado, subjetivo, elizabeteano, deba ser activamente criticado,
para permitir hacer funcionar la técnica psicodramática real-
mente al servicio de la "vida" y no al servicio de lo institucio-
nalizado y de la repetición. Apareció recientemente un texto
coordinado por el propio Amir Hadad, que da una buena visión
de la orientación del tipo de trabajo teatral al que nos referi-
mos. " T a na rúa" ("Está en la calle"), publicación del grupo
del mismo nombre, editora Independiente.
2. La referencia remite a la preponderancia de una concepción
platónica del mundo. Gilíes Deleuze, en " L a lógica del senti-
do" (Editora ¡Perspectiva), realiza un grandioso proyecto de
revertir el platonismo. En el artículo "Platón y el simulacro"
nos dice lo siguiente: "Revertir el platonismo significa enton-
ces : hacer subir los simulacros, afirmar sus derechos entre los
iconos o las copas. El problema no concierne más la distinción
entre esencia-apariencia o modelo-copia. Esta distinción opera
en el mundo de la representación, se trata de introducir la sub-
versión en este mundo, 'crepúsculo de los ídolos'. El simulacro
no es una copia degradada, él encierra una potencia positiva
que niega tanto el original como la copia, tanto el modelo co-
mo la reproducción."
3. "Si el mundo de las palabras es el mundo del cuerpo, la ley
que los rige es una ley de los cuerpos."
" U n cuerpo es mezcla, encuentros. Un individuo es poten-
cia de agenciamientos. Cuando un cuerpo aumenta su poten-
cia, los antiguos agenciamientos mueren."
"Todo lo que existe es cuerpo, naturaleza naturante reco-
rriendo el mundo."
Estas son frases sueltas, tomadas de las aulas de filoso-
fía del profesor Claudio Ulpiano. Pretendemos que funcionen
con provocación para movilizar nuestro pensamiento, lo que es
lo mismo que decir nuestro cuerpo y nuestro leneuaie. Para
una mejor comprensión de la orientación de este pensamiento,
más allá de las aulas completas de C. Ulpiano, se puede ver
"Espinosa y los signos", de Gilíes Deleuze, Editora PUF.
.4. G. Deleuze, "Lógica de sentido" (Editora Perspectiva) dice en
relación al acontecimiento; "Lo que el actor desempeña no es
nuinca un personaje, es un tema (el tema complejo o el senti-
do), constituido por los componentes del acontecimiento, singu-
laridades comunicantes efectivamente liberadas de los límites
de los individuos y de las personas." Más adelante, para poder
superar las viejas dicotomías individuo-grupo, protagonista-
platea, dice la siguiente frase: " E s por eso que no hay acon-
tecimientos privados y otros colectivos, como no hay individual
y universal, particularidades y generalidades. Todo es singu-
lar y por eso colectivo y .privado al mismo tiempo, particular y
general, ni individual ni universal."
5. "Lucrecio y el simulacro", en "Lógica del sentido", op. cit.
6. J. L. Moreno, "Psicoterapia de grupo y psicodrama", Ed. Fon-
do de Cultura Económica, pág. 36.
7 E Pavlovsky, "Psicoterapia de grupo en niños y adolescen-
tes", CEAL, Buenos Aires, 1968. De próxima aparición en
Ed. Búsqueda.
— Pavlovsky y otros, "Clínica grupal I y II", Ed. Búsqueda.
— Martínez Bouquet, Moccio, "Psicodrama psicoanalítico en gru-
pos", Ed. Kargieman, Buenos Aires, 1970.
8. D. Anzieu, "Psicodrama psicoanalítico", Ed. Campus, Rio de
Janeiro. ,
J. Fanchette, "Psicodrama y teatro moderno , Ed. Pleyade,
Buenos Aires.
9 O Saidón y Conde Rodríguez, Sá Leitáo, Almeida, Acero, Pe-
reira, "Prácticas grupales", Ed. Campus, Rio de Janeiro.
10. Martínez Bouquet, Moccio, Pavlovsky, "Psicodrama: cuándo y
por qué dramatizar", Ed. Búsqueda, 1985.
11. Baremblit, Bauleo, De Brassi, Fridlewsky, Pavlovsky, Saidón,
"Lo grupal", Ed. Búsqueda. _
Los autores mencionados nos dicen: "Lo innovador es: los
múltiples sentidos y la producción de flujo de asociaciones de
escenas, la multiplicación dramática, que sólo se puede ver asi:
como producción de grupo en forma de flujos de escenas en el
estado creativo del grupo."
f
LA CONSIGNA 1

(Contribuciones para una teoría


psicoanalítica de los grupos)

NICOLÁS CAPARROS
Grupo Quipu de Psicoterapia. Madrid

Introducción

Para todos los que trabajamos en la clínica psicoana-


lítica y en el desarrollo de su teoría, ha resultado siem-
pre un escollo de primera magnitud encontrar un modelo
teórico de base psicoanalítica que dé cuenta del "grupo",
tanto de su realidad como tal, cuanto de su operatividad
como instrumento terapéutico. Si acudimos a la historia,
la mayoría de los conceptos "útiles" en el trabajo psico-
analítico en el grupo han sido importados, con escasas o
nulas modificaciones, del modelo teórico extraído de la
cura analítica clásica.
El psicoanálisis en grupo, que no es el psicoanálisis
del grupo, precisa de una teoría, de una técnica y de una
teoría de la técnica específica. No debe crecer en compa-
ración permanente con el psicoanálisis clásico, aunque sí
nutrirse de él, ha de enfrentar las dificultades y posibi-
lidades concretas que le depara el mismo hecho de utili-
zar el grupo real como espacio de trabajo.
Nos sentimos deudores ante todo con la obra de E.
Pichón Riviére, auténtico pionero de la era moderna del
grupo. A él se deben, sobre todo, los conceptos de tarea
y vínculo, indispensables para abordar, en un nivel ló-
gico coherente, el espacio grupal. En otros trabajos he-
mos señalado nuestra opinión ante las clásicas polémicas
que ha despertado la terapia de grupo, por ello no vamos

1 Instrucción de carácter general que se da a las personas que


intervienen en una misión.
a insistir aquí en pormenores. Unicamente nos propone-
mos señalar que no tiene sentido considerar la terapia
individual y la terapia de grupo como dos exterioridades
contrapuestas. Para resumir nuestro punto de vista, di-
remos que no cabe hablar "sensu estricto" de terapia in-
dividual, uno de cuyos paradigmas sería la cura analíti-
ca tipo y terapia de g r u p o ; este último término con fines
clínicos es, en rigor, impropio. En ambos casos la m e j o r
es la terapia del individuo, lo que varía es el espacio te-
rapéutico bipersonal en lo manifiesto en un caso y plu-
ripersonal en otro. P o r perogrullesco que pudiera pare-
cer, es necesario señalarlo de una manera explícita. L o
que sí sucede con el espacio grupal es que el manejo de
los clásicos instrumentos teórico-técnicos del psicoanálisis
sufre apreciables modificaciones; así, los sueños, las ocu-
rrencias, los lapsus, la transferencia, son abordados de
manera inédita y cualquier reduccionismo, al estilo clá-
sico, limita el alcance terapéutico o lo hace imposible.
P o r otra parte, la interpretación, el señalamiento, el ma-
nejo de los silencios, la neutralidad, el análisis de la trans-
ferencia y la contratransferencia, p o r solo citar lo más
importante, siendo elementos presentes en el análisis en
el grupo reciben un empleo distinto y se complementan
con nuevos procederes antes inexistentes. Uno de ellos es,
precisamente, la consigna.
Nuestro punto de partida se puede resumir diciendo
que el grupo terapéutico es aquel espacio creado para un
fin clínico cuyo desarrollo en tanto estructura dinámica
permite depositaciones históricas, actuales y prospecti-
vas y a la vez se constituye p o r sí mismo en un espacio
de transformación de sus elementos. E n este sentido, la
terapia analítica en el grupo conduce, para que sea legí-
tima, a una doble tarea simultánea: la lectura del grupo,
es decir, al señalamiento del significado latente de la si-
tuación actual y de su sentido como paso previo e impres-
cindible para la lectura interpretativa de los integrantes
de éste. Si nos quedamos en lo primero la articulación
entre individuo-grupo y el grupo queda amputada, sería
un exceso sociologista; por el contrario, si el individuo es
"analizado" ante el grupo, ponemos entre paréntesis a
la situación y a los efectos acompañantes de ésta en su
doble aspecto de defensivo y de transformación del pa-
ciente. El vínculo, espacio psicológico por excelencia, de-
ja así de ser objeto de análisis.

La consigna

Los supuestos básicos de Bion, el "cambio y la resis-


tencia al cambio" de Pichón Riviére, son otras tantas lec-
turas posibles del grupo, de su conducta y de los afectos
acompañantes. Pueden ser la caracterización correspon-
diente de un "momento" o de un "estado" grupal. El pri-
mer caso del terapeuta de grupo debe darse en este nivel.
Representa la ubicación en un contexto de los diversos
aconteceres individuales en su relación actual con el grupo.
Sin embargo, es preciso hacer algunas matizaciones. En
el caso de Bion, los "supuestos" vienen a ser el resultado
final y puntual del modo de operar las ansiedades bási-
cas de los individuos en la relación intragrupal en las
fantasías transferenciales y en su encuentro con el medio
leído desde el terapeuta. Pero, sin un análisis apropiado,
no pueden aplicarse directamente a todos y cada uno de
los individuos. En otras palabras, la novela grupal y
la individual tienen intersecciones pero no se superponen.
Por otro lado, mal empleados, como a menudo sucede, se
reducen a momentos puntuales y estáticos, que no dan
cuenta por sí mismo, del proceso grupal. En el caso del
"cambio" y la "resistencia al cambio", cuando de un gru-
po terapéutico se trata, que no puede ser referido por lo
tanto a una tarea operativa concreta, son otras tantas
lecturas de las relaciones transferenciales de un lado y
de los mecanismos defensivos por otro. También han de
ser relacionadas con la totalidad del proceso grupal.

En ambas circunstancias, si aplicamos únicamente los


hallazgos correspondientes a la teoría inicial de grupos
o bien los que provienen de la clínica psicoanalítica, nos
encontramos con un vacío a la hora de articular ambos
niveles, empleando únicamente uno de los respectivos cor-
pus teóricos. Al sujeto concreto no le sirve sin más el
señalamiento de que el grupo está, digamos, en su supuesto
de ataque-fuga. En primer lugar, porque de ahí no se sigue
necesariamente que ese sujeto en cuestión tenga fanta-
sías personales del mismo tiempo. L o único que cabe a f i r -
mar es que contribuye como elemento de alguna manera
a crear esa situación grupal. E n segundo lugar, en el ca-
so pretendidamente más favorable en que el grupo actual
y el grupo interno concreto coincidiesen, queda p o r esta-
blecer el cómo personal de esa identificación.
La consecuencia obvia de todo lo anterior es que la
lectura de la situación actual del grupo, de los modos pe-
culiares que la han hecho posible y de un valor relativo
en comparación con la historia grupal, deben ser obser-
vadas y sirven como esquema referencial operativo para
los terapeutas de grupo, pero ello no implica que deban
ser siempre verbalizadas sin una posterior elaboración
grupal que permita la personificación del aquí y ahora gru-
pal. Entre la lectura del discurso grupal y la interpreta-
ción al individuo, existen una serie de mediadores que
configuran la verdadera esencia del trabajo terapéutico
en el grupo. Para ello es preciso establecer primero cuál
es el interjuego de ansiedades básicas predominantes que
subyacen al discurso manifiesto del grupo, en un momen-
to dado. Como hemos escrito en otros trabajos, estas an-
siedades esquizoides que proporcionan situaciones mani-
fiestas de aparente ausencia de vínculos grupales, en las
que predominan los aspectos propositivos en los integran-
tes del grupo, sin que existan interlocuciones comprome-
tidas para ellos, las ansiedades confusionales, que depa-
ran escenas explosivas con tendencia al paso a la conduc-
ta activa en el seno de vínculos idealizados y finalmente
las ansiedades depresivas que dan paso a la reflexión, a
la profundización en temas concretos y a una vuelta pro-
gresiva a la intrahistoria. Los contenidos circunstancia-
les —manifiestos grupales— que pueden servir de desen-
cadenantes y de encubridores de estas ansiedades bási-
cas son casi infinitos, lo importante es detectar a través
de ellos las ansiedades subyacentes. La persistencia en
un tipo determinado de ansiedad, cualquiera que esta
fuese, es un síntoma grupal de resistencia. Y como tal
debe tomarse, lo que resulta una guía inapreciable para
que el terapeuta adopte una actitud de "laissez f a i r e " o
decida intervenir técnicamente para modificar la situa-
ción. Cuando un grupo ha transformado una escena con-
fusional en otra depresiva —ponemos este caso a título
d e e j e m p l o — está en condiciones de devolver a sus miem-
b r o s elementos que estos pueden internalizar. Dicho de
otro m o d o : el grupo se ha dado a sí mismo una situación
d e cambio de la que todos o muchos pueden potencialmen-
te participar. E n esta circunstancia, es posible la inter-
pretación de algunos de los integrantes del grupo, sin
que éste como tal se encuentre excluido de ese trabajo
•que ya no es individual, muy al contrario, sino que re-
presenta el producto de una elaboración de grupo. El
c a m b i o mismo, dado en un instante concreto del proceso
grupal, elaborado en la propia dinámica de los integran-
tes, es el referente común desde el cual es ya factible ha-
c e r incursiones apropiadas' a los niveles individuales.
Quiere esto decir, que la posibilidad del cambio o en su
Jugar la resistencia a enfrentarse con él, proporcionan
elementos comunes que sirven para la ulterior investiga-
c i ó n y análisis del individuo en el grwpo. La lectura de
los emergentes grupales, de las situaciones en la triple
vertiente que hemos venido definiendo (esquizoides, con-
fusionales y depresivas) representan las condiciones ne-
cesarias y previas para el análisis en grupo. Resulta por
lo tanto de extremada importancia que cada paciente pue-
da seguir tanto en lo que respecta a su propia conflictiva
c o m o en lo que pudiera referirse a los demás, un hilo
conductor entre el acontecer grupal —aquí y ahora hecho
p o r todos— y los grupos internos respectivos.
Pero no siempre el grupo se da a sí mismo con la
necesaria fluidez esos momentos de cambio, ese discurso
diverso que pasa p o r las diferentes situaciones. La ten-
dencia en realidad es la resistencia que en cada grupo
adopta peculiaridades diferentes, pero que en todos pue-
de enunciarse de manera abstracta como la excesiva apa-
rición de situaciones concretas con un tipo predominante
de ansiedades básicas. Esta inercia grupal permite, en
cierto modo, establecer un diagnóstico dinámico del modo
resistencial específico de cada grupo, de la presencia so-
breabundante de ciertos mecanismos de defensa que apa-
recen con frecuencia inusitada; en otras palabras, un gru-
p o en resistencia permite exhibir a cada uno de los inte-
grantes sus aspectos más patológicos, Cumple entonces
la intervención del equipo terapéutico con el objeto de
"descentrar" los aspectos resistencialqs de los "manifies-
tos" grupales. A guisa de ejemplo, pensemos en ese g r u -
po cuyos integrantes se entregan individualmente a rela-
tar sus cuitas más actuales, sin que se establezca entre
ellas el menor engrama asociativo. Se trata de un g r u p o
que obtura activamente las vías hacia lo imaginario, que
solo trabaja en un aspecto de lo real: el relato de un su-
ceso reciente, aislado, sin implicaciones, arrojado al g r u -
po en la esperanza abstracta de que los demás lo retomen
y lo transformen en una conducta a la vez oral pasiva
y persecutoria. Esta escena se repite una y mil veces, re-
produciéndose a sí misma. Cabe interpretar la situación,
pero la mayoría de las veces a esta interpretación le si-
gue el silencio como continuación de la resistencia. Si
por el contrario optamos p o r interpretar el individuo que
juzgamos más fiel portador de la situación grupal tene-
mos inmediatamente la sensación de que el resto queda
fuera. Está fallando la articulación necesaria a la que
antes nos referíamos entre la situación grupal y los ni-
veles individuales. Ahora seria, necesario construir un
espacio imaginario grupal. Precisamente interpretar la
situación del grupo y lo hacemos mediante la propuesta
a éste de una escena que con su propio desarrollo posibi-
litará la visualización de los latentes, de las estructuras
ansiógenas tapadas p o r la monotonía del manifiesto. El
discurso racional ha de mudarse en discurso afectivo, pe-
ro no en cualesquiera de los posibles sino en aquel que dé
cuenta de las resistencias y que transforme, por consi-
guiente, la atmósfera del grupo. Llamamos consigna a
este desplazamiento al campo de lo imaginario de la si-
tuación manifiesta. La consigna es la ejecución de una
interpretación g r u p a l : una interpretación no verbal de
la situación grupal. Es, por m e j o r decir, la aportación
por parte del equipo terapéutico de una propuesta dramá-
tica, cuyo desarrollo en el grupo da lugar al cambio de la
situación manifiesta. Permite la visualización de víncu-
los previamente ocultos y la entrada en escena de conduc-
tas antes distorsionadas por diversos mecanismos de de-
fensa. La consigna sirve ahora como espacio puente en-
tre la resistencia grupal — y su correspondiente lectura
no verbalizada hecha p o r los terapeutas— y el posterior
análisis de los niveles individuales que, ahora sí, se han
hecho posibles.
Con la consigna propuesta por los terapeutas se abre
para estos momentos de atención flotante, de señalamien-
to que la propia escena hace necesarios e incluso, si la d i -
námica lo requiere, de encadenamientos sucesivos con
otras consignas. En las escenas elaboradas p o r el g r u p o
se crean así espacios propicios para la asociación y per-
meabilidad para las posibles interpretaciones. Su carac-
terística fundamental, como venimos viendo, es ser algo
propuesto al grupo, pero elaborado y transformado por
éste. La circunstancia de ser grupal permite la creación
de vínculos sincrónicos representantes de fantasías. S o n
otras tantas escenas pantalla que remiten a las biogra-
fías encubiertas y los destinos de las pulsiones.
No es éste el único elemento teórico y técnico del aná-
lisis en grupo, pero sin lugar a dudas es uno de los prin-
cipales para desarrollar el trabajo grupal terapéutico con
la debida coherencia interna.
EL MERCADO
DE LA SALUD MENTAL

GARY TUCKMAN,
W I L L I A M FRIED, ANGEL FIASCHE 1

El propósito del presente trabajo es mostrar la f o r -


m a en que determinados conflictos interprofesionales os-
curecen los esfuerzos tendientes a la evaluación de teorías,
tratamientos y técnicas en el campo de la salud mental.
Es intención de los autores proceder a analizar algunos
de los aspectos aportados por la sociología interprofesio-
nal y describir su interacción con las fuerzas que actúan
en la cultura general.
Una de las condiciones necesarias para que un grupo
ocupacional obtenga de la comunidad en la que está in-
merso el status y prestigio de profesión, es que demues-
tre a la misma su jurisdicción indiscutible acerca de un
cuerpo de conocimientos y técnica particulares. Pero el
alcanzar este status constituye sólo la mitad de la bata-
lla, porque dentro de la amplia categoría de profesión
hay un orden jerárquico establecido mediante un acuer-
d o tácito entre la sociedad y los diversos grupos ocupa-
cionales. Dentro de nuestra propia cultura, un ejemplo
quizás excesivamente simplificado muestra que las en-
fermeras, maestros y neurocirujanos representan un or-
den ascendente en la estima pública. Refiriéndose a esta
valoración implícita en el consenso público, G o o d e ( 4 ) ha
a f i r m a d o que, dado el juego de intereses que implica el
status profesional, la clasificación de los distintos gru-

1 Gary Tuckman y William Fried pertenecen al Departamento


de Psicología del "Maimonides Community Mental Center", en Broo-
klyn, y Angel Fiasché es co-director de Psychiatric Residency trai-
ning' y consultor en psiquiatría social en esta institución.
pos profesionales de acuerdo al prestigio puede ser con-
cebida como una lucha compleja en la cual el premio final
está constituido por el poder, el reconocimiento y el in-
greso.
En campos como el de las ciencias físicas, en que
los criterios de evaluación del conocimiento y la técnica
son más o menos objetivos, la competencia se lleva a
cabo sobre bases medibles de excelencia o competencia.
P o r ejemplo, la grosera ambición que James Watson con-
fiesa en La doble hélice no le hubiera servido de nada
si no hubiera contribuido asimismo con su talento ex-
traordinario, que condujo a un descubrimiento de tras-
cendencia considerable. E n esta misma línea, tampoco
hubiera podido Joe Namath conducir a su equipo a la
victoria en el Superbowl sólo en base a su altanería. E n
cambio, en campos en que no abundan los criterios o b j e -
tivos, las batallas interprofesionales están sembradas de
acusaciones, contra-acusaciones, razones de peso e impre-
caciones de incompetencia y usurpación ( 1 ) . Además, a
semejanza con los principios de la ecología biológica, pa-
recería que entre los seres humanos de la esfera ocupa-
cional, las escaramuzas más duras tienen lugar entre las
profesiones más próximas en intereses de esencia y clien-
tela ( 2 ) .

Se puede demostrar fácilmente que las profesio-


nes vinculadas a la salud mental llenan las condiciones
que conducen a una excesiva rivalidad interprofesional.
Eysenk ha señalado que "es difícil encontrar un área
de empeño de los seres humanos cuya eficacia sea tan
tenazmente defendida con tan poca evidencia concreta
como la de la psicoterapia'" ( 3 ) . Esta suscinta a f i r m a -
ción puede ser ampliada, sin mucha exageración, hasta
incluir a todas las estrategias empleadas corrientemente
en el campo de la salud mental. La pobreza de los datos
adecuados sobre los resultados, y también de métodos de
evaluación, es demasiado conocida como para extendernos
sobre el particular. Así, la primera condición (ausencia
de criterios objetivos sobre su eficacia) es bien evidente.
La segunda condición importante que contribuye al c o n -
flicto interprofesional queda en claro por la indiscutible
superposición de funciones entre las tres principales pro-
fesiones de la salud mental: p s i q u i a t r í a , psicología clí-
nica y trabajo social psiquiátrico. Esta superposición
refleja en f o r m a obvia la extrema cercanía de los inte-
reses de esencia y clientela. Estas situaciones de con-
flicto están sobreimpresas en un sistema de jerarquías
históricamente rígido y f i j a d o p o r la tradición en las
profesiones de la salud mental ( 6 , 7 ) . La psiquiatría,
en virtud de su cuidadoso cultivo, a lo largo de los anos,
del poder y del privilegio, reclama en la actualidad su
preeminencia sobre todas las otras profesiones del campo.
La psicología — e n particular la psicología clínica— aun-
que relativamente nueva como disciplina aplicada, na
perseguido sus objetivos y prerrogativas con un vigor
tal que la ha llevado a ocupar, en la actualidad, el se-
gundo nivel del status profesional. El trabajo social ha
continuado, al igual que en el pasado, ocupando el ultimo
peldaño de la escala jerárquica debido a una diversidad
de razones, de las cuales no es la menor la debilidad de
su propio brazo político ( N A S W ) para desarrollar, en
cabildeos y otras presiones socio-políticas una fuerza con-
trapuesta a la psiquiatría y la psicología.
Desde el momento en que, durante e inmediatamente
después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la psico-
logía clínica florecía y reclamaba sus derechos profesio-
nales b a j o el ímpetu de los subsidios federales hasta e
comienzo del movimiento comunitario de salud mental
— u n período de 15 a 20 años— las posiciones relativas
de las tres profesiones de la salud mental permanecieron
bastante estables, excepto en lo referente a la lenta pero
constante incursión de los psicólogos en el área de la psi-
coterapia, que había sido previamente del dominio exclu-
sivo de la psiquiatría 2 .

2 E s Significativo, por ejemplo, que la psiquiatría haya elegido


a la Dsicología para sus ataques más intensos, uno de los cuales ha
?n clu ido elfitigio que tuvo como objetivo limitar la influencia y la
práctica de ^ p s i c ó l o g o s (por ejemplo el caso de la Asocia on Psi-
quiátrica del condado de Nassau contra a Adelphi Un versity)K El
que el trabajo social haya escapado casi totalmente al impacto de
Sin embargo, la promulgación del Acta de Salud
Mental Comunitaria de 1963, introdujo en esta situación
bastante estática una serie de elementos que condujeron
a producir un desequilibrio y a generar, eventualmente,
una situación de gran efervescencia.
No obstante los esfuerzos de las distintas p r o f e s i o -
nes, ya fuera para asegurar o para expandir sus áreas
de influencia o de prestigio, cada grupo era visto p o r la
comunidad —desde un punto de vista f o r m a l — como rea-
lizando funciones núcleo esencialmente singulares. ( L a
literatura sobre la profesionalización define a la función
núcleo como el área de actividad circunscripta p o r un
grupo ocupacional para la aplicación de su idoneidad y
conocimientos singulares, o sea, la acción más típica con
la que el g r u p o está identificado ( 5 ) . La función núcleo
de la psiquiatría era la de asumir la responsabilidad m é -
dico-legal del tratamiento, incluyendo terapias somáticas
y psicológicas; la función núcleo de la psicología clínica
era la de diseñar, administrar, calificar e interpretar
tests psicológicos, como también llevar a cabo investiga-
ciones clínicas; la función núcleo del trabajo social, ade-
más de tomar historias sociales, ha sido la de proporcio-
nar servicios de apoyo y auxiliares, a los pacientes y sus
familias, servicios estos que requerían frecuentemente el
contacto in situ con familiares, servicios sociales y g r u -
pos comunitarios. Debe señalarse que tanto los asistentes
sociales como los psicólogos realizaban psicoterapias en
instituciones, esto se llevaba a cabo en f o r m a de fado,
sin reconocimiento formal ni sanciones p o r parte de la
institución. En muchos casos, el hecho de que la psico-
terapia fuera de la exclusiva jurisdicción de la psiquia-
tría era obviado mediante un j u e g o de palabras p o r el
cual el asistente social llamaba "estudio de un caso" a
su tratamiento y el psicólogo "asesoramiento" al suyo.
Pero el movimiento comunitario de salud mental

este ataque en regla parece deberse menos a sus propias aspiraciones


sociales que al hecho de que constituya una amenaza demostrable de
poca monta sobre la influencia y el poder de los otros dos grupos.
o f r e c i ó a algunos sectores del quehacer psicológico y
social la esperanza de poder lograr eventualmente el
status oficial de psicoterapeutas reconocidos. Esta era
la gente que, debido a que retenían su identificación c o n
la organización "tradicional" de los servicios — c o n el
status, recompensas e incentivos concomitantes— sen-
tían que sin anular el viejo sistema, podrían extender
sus propias funciones, si no hasta un nivel de igualdad
con la práctica psiquiátrica, p o r lo menos hasta uno que
ofreciera la posibilidad de una mayor equidad. Su mo-
tivación para esta búsqueda era, en buena medida, atri-
buible al hecho de que la psicoterapia ha sido siempre una
función de la psiquiatría-disciplina considerada máxima
en el status jerárquico.
Entre los que deseaban ampliar su papel dentro de
la estructura tradicional estaban los trabajadores socia-
les, que pusieron a la vanguardia su singular experiencia
y formación a la práctica de modalidades sociales de la
psicoterapia, tales como la terapia de familias y de g r u -
pos. También los psicólogos, habiendo sido excluidos en
el pasado del recinto sagrado de la terapia individual y
relegados a la antesala, donde se les arrojaba el mendru-
go representado por la psicoterapia grupal e infantil, c o -
menzaron a defender la aptitud de éstas para el trata-
miento de masas. Este grupo f u e considerado hasta hace
poco tiempo como la nueva raza de psicólogos y traba-
jadores sociales que, finalmente, iniciaron su práctica
privada y estudiaron en institutos de entrenamientos en
psicoterapia. Se los veía en contraste con los miembros
más tradicionalistas de sus profesiones, que se adherían
a los viejos modelos acostumbrados; por ejemplo los
psicólogos que sentían que los nuevos miembros de la
profesión deberían desarrollar su pericia como testistas,
y retener así su singular aporte al campo de la salud
mental, antes que verse distraídos por el deseo de imitar
a la psiquiatría. La posición adoptada por los propo-
nentes de la vieja estructura es semejante a la de los
empleados veteranos de un organismo burocrático civil,
quienes, habiendo pagado sus derechos durante años, co-
mienzan a sopesar sus propias posibilidades de avance
y desarrollo en términos del modelo de rol transmitido
p o r sus superiores en la escala burocrática.
En tanto que los dos grupos que representan las
posiciones precedentes defienden, en grado variable, el
campo en que se han desarrollado las principales con-
tiendas de prestigio y status (el modelo psicopatológico),
existe un tercer grupo que preconizaría el abandono to-
tal del viejo sistema y su reemplazo por una nueva es-
tructura conceptual. Impulsado en parte p o r ideologías
sociales corrientemente en boga, ha intentado desarrollar
y promulgar nuevos enfoques de la salud mental basados
en causalidades provenientes de la sociedad antes que
del individuo. Así, se ha hecho popular, y aún vanguar-
dista, tomar la posición que toda perturbación emocional
es el resultado de aberraciones de la sociedad; se deduce
que los técnicos en cuestiones sociales, y no los clínicos,
son los agentes apropiados de la mejoría. Inherente al
repudio del modelo psicopatológico es el rechazo, por estos
grupos, de las concepciones tradicionales de status, pres-
tigio e influencia, con todos los ritos de pasaje concomi-
tantes. E n efecto, el viejo orden es relegado y se redacta
un conjunto totalmente nuevo de reglas, con implicacio-
nes de una distribución radicalmente distinta de "dere-
chos, privilegios e inmunidades" entre las profesiones.
Si se considera la falta de derechos profesionales de los
trabajadores sociales en la empresa de la salud mental,
y que, casi p o r defecto, el único campo en que tenían un
dominio legítimo era el de la comunidad, no es sorpren-
dente que muchos consideraran la perspectiva de esta
reorganización otorgándole un favor, sino un fervor, es-
pecial. Los miembros de otras disciplinas también se sin-
tieron provocados a participar en esta llamada a la mo-
vilización. Es irónico que una porción sustancial del
liderazgo de este movimiento (que para ese entonces
ya era un movimiento) f u e rápidamente asumido por
miembros disidentes de las profesiones en ascenso, que
se apoderaron de la oportunidad para propulsar ambi-
ciones e ideologías que habían, hasta entonces, alimen-
tado en secreto. Se produjo una especie de efecto Moisés,
por el cual un miembro aristocrático de una secta rígida-
m e n t e estructurada se presenta a si m i s m o c o m o el c a m -
peón y líder de una minoría perseguida con el objeto
d e a b r i r una salida para sus variados impulsos y telen-
tos C o m o resultado, las aspiraciones de muchos t r a o a -
j a d o r e s sociales y psicólogos de establecer un sistema mas
átril de avance que atravesara líneas definidas de dis-
cfplina ¿ n d i e r o n ! nuevamente, a verse f r u s t r a d a s Esto
n o s i g n i f i c a que determinados representantes n o perte-
necientes a la secta no tuvieran éxito en a u g u r a r s e en-
claves de p o d e r personal relativamente aislados. A s i m i s -
m o , dentro de las distintas disciplinas, algunos de las
que las practicaban, y cuyas carreras se habiari visto
limitadas p o r la rígida estructura profesional, obtuvie-
r o n la oportunidad de un avance súbito y veloz.
Sin e m b a r g o , independientemente de la g e s t i ó n del
liderazgo, esta nueva c o a l i d ó n r e q u i n o una c o n s o l a -
c i ó n adicional y m á s extensiva de su area de m f i u e n c ^
U n o de los obstáculos para su expansión f u e que aquellos
c o n perturbaciones emocionales continuaron buscando y
r e c i b i e n d o tratamiento - e n f o r m a de m e t e i o ypsi-
c o t e r a p i a — predominantemente p o r psicólogos y psiquia
t r a s y de acuerdo c o n los viejos modelos psicopatologicos.
L o s que e j e r c í a n estas prácticas retenían la protección
legal y comunitaria para el tratamiento d e e n f e m o s
S i d o a la aparente inexpugnabilidad d e esta fortaleza
(la escena médica y todas sus manifestaciones) se aban-
d o n a r o n los intentos de sitiarla a c a m b i o de actos de
pillaje en territorios no disputados anteriormente, k s t a
e x p a n s i ó n del horizonte inspiró a los que la llevaron a
c a b o , a p r o m o v e r una interpretación singular d e p r e -
v e n c i ó n p r i m a r i a : la aplicación de nuevas técnicas — t a l e s
c o m o g r u p o s T , g r u p o s de encuentro y c o n f r o n t a c i ó n —
"con l a f f r a c c i o n e s despoblación constituidas p o r los n o -
uacientes. E s t o hizo necesario la explotación d e las
Conductas tradicionales del t r a b a j a d o r social hacia la c o -
munidad, contactos c o n organismos sociales e x i g e n t e s ,
tales c o m o o f i c i n a s de bienestar social, de vivienda, g r u -
pos de escolaridad, etc. Mediante el uso del p r e s ü g i o del
c e n t r o de salud mental y su a p o y o federal c o m o palanca,
los innovadores han intentado consolidar estos o r g a m s -
mos comunitarios inconexos b a j o su propia autoridad
central. Mediante este modelo operativo, los centros de
salud mental han conseguido usurpar las funciones de
organismos locales relativamente débiles mediante el es-
tablecimiento de instalaciones "satélites" o "escaparates"
para tratar sobre problemas de bienestar social o planes
más adecuados de vivienda. Llama la atención que haya
existido poca oposición entre los trabajadores de la salud
mental orientados hacia el ejercicio más tradicional (los
dos grupos mencionados), quienes constituían el perso-
nal clínico de las instituciones centrales. Estos tendían,
por cierto, a alentar programas de "largo alcance" como
manera de aumentar el prestigio e influencia de la ins-
titución. Este ensamblado de los propios intereses se
mantuvo bajo una tácita política de "puertas abiertas"
mediante la cual cada uno de los grupos de poder acordó
abstenerse de invadir el terreno del otro. Desde el punto
de vista operativo, el acuerdo imponía a la porción de
"largo alcance" a no meter mano en el "dominio interno"
del hospital, y viceversa. Sin embargo, como en todos
los acuerdos de este tipo, los límites eran frecuentemente
difusos, y en muchos casos había disputas enardecidas
sobre las jurisdicciones. Con el paso del tiempo, enva-
lentonados por el sentimiento de escalar posiciones de
poder, los profesionales partidarios del "largo alcance"
intentaron desafiar la legitimidad del núcleo hospitalario
como fuente última de autoridad en el campo de la salud
mental. Con el f i n de minar dicha autoridad, centraron
uno de sus principales ataques sobre el punto de la no-
menclatura y terminología técnicas, un blanco que estaba
destinado —debido a la antigua animosidad— a atraer
el fuego operativo de muchos beligerantes potenciales,
tanto dentro como fuera de la comunidad profesional.
El lenguaje de la psiquiatría descriptiva, que provenía
principalmente del modelo de la psicopatología, e incluía
una profusión de términos que conducían a la latiniza-
ción y objetivación, fue ridiculizado p o r considerarlo in-
necesariamente oscuro, indiferente, remoto de la vida tal
cual se vive y, en realidad, totalmente obsoleto. Se acusó
además que esta terminología era empleada como un ins-
truniento de poder, debido a su complejidad, que la hacía
mistificar, asustar y excluir a los no iniciados. Pero,
como pretendientes al sitial todavía tibio — s i bien to-
davía no ocupado— de la autoridad, la nueva coalición
encontró necesario sustituir por un vocabulario propio al
que habían impugnado tan tenazmente. Debe recordarse
al respecto que los grupos profesionales descansan sobre
la base del conocimiento (con su teoría, técnica y voca-
bulario especiales), cuyo sólo dominio les había hecho
conquistar su legitimidad original ( 8 ) . Al desarrollar sus
métodos y lenguaje, a menudo los neo-tecnicistas, por
imperativo de su profesionalización, se vieron expuestos
a las mismas acusaciones de esoterismo que habían diri-
gido a sus competidores. Expresiones tan obviamente
pedestres como "abierto y honesto", "aquí y ahora", y
" d i g a lo que siente", adquirieron un significado técnico
especializado mediante un proceso continuado de refi-
namiento profesional.
Los autores ven la situación descripta anteriormente
en f o r m a general como directamente atribuíble al esce-
nario socio-cultural más amplio en que la empresa de la
salud mental se halla engastada. El interjuego de status,
poder, dinero e intereses invertidos produce y al mismo
tiempo impide desarrollos particulares dentro del entra-
mado de la sociedad capitalista burocrática, y se pro-
pone aquí la idea que, frente a estas fuerzas poderosas,
la resolución de los temas por confrontación de ideas es,
desde todo punto de vista, con excepción del más acadé-
mico, casi imposible. La versión contemporánea del ethos
mercantil sustituye al valor real p o r el valor obvio (vi-
sible) ; de ahí la proliferación de procesos tales como la
presentación y la promoción en lugar de la artesanía.
Es nuestra impresión que la eventual dirección que tome
la industria de la salud mental estará determinada p o r
lo menos tanto p o r los requerimientos de presentación
y promoción en el ejercicio del poder, como por la con-
sideración de la esencia.
Referencias bibliográficas

1. Carr-Saunders, A. M. and Wilson, P. R., The professions, Ox-


ford, Clarendon Press, 1933.
2 Bucker, R. and Strauss, A., "Profession in process", Amer. J.
Sociology, 1961, 66, págs. 325-334.
3 Eysenck, H. J„ "The effects of psychotherapy: an evaluation",
J. Consult Psychology, 1952, 16, pags. 319-324.
4 Goode W . J., "Encroachment, charlatanism, and the emerging
profession: psychology, sociology and medicine , Amer. boc.
Rev., 1960, 26, 6, Dec., págs. 902-914.
5. Kurtz, R. A. and Edwards, J. N., "Differential statuses and
shared task performance", J. Health Hwman Behavior, 196b,
7, I, Spr., págs. 45-49.
6. Lefton, M.; Rettig, S.; Dinitz S. and Pasamanick, B ''Statua
perceptions of psychiatric social workers and their implicatiens
for work satisfaction", Amer. J. Orthopsychmtry, 1961, ál,
págs. 102-110.
7 Rettig, S. and Pasamanick, B., "Status, work satisfactions and
variables of work satisfaction of psychiatric social workers ,
Mental Hygiene, Nueva York, 44, 1960, págs. 48-54.
8 Wilensky, H. L., "The professionalization of everyone?", Amer.
J. Sociol., 1965, 70, 2, septiembre, págs. 137-158.
1

INTERVENCION DEL COORDINADOR DE GRUPO


EN LAS INSTITUCIONES

ANA M A R Í A DEL CUETO

P o d e m o r a f i r m a r , sin riesgo a equivocarnos, que t o -


da institución s u r j e respondiendo a una demanda social
determinada, debiendo p o r lo tanto contextuarla .en el m o -
m e n t o socio-político en que desarrona su a c ü v i d a d . N o
nos es posible pensar, p o r o t r o lado d e s d e n u e s t r a con_
cepción de lo grupal, un g r u p o o s l a d o . Sino, I ^
trario, pensamos al g r u p o c o m o un c a m p o Problemático
que en un permanente j u e g o dialéctico m o s t r a r a sus múl-
tiples atravesamientos.
Sociedad - Institución - Grupo. A n t i n o m i a s d i b u j a -
das ñ o r el sistema que avalan el sometimiento ideologico-
o o l í t í c í e n el c a m p o m i s m o del desarrollo científico que
wanta £ banderas de la neutralidad d e los conceptos.
H t T n o ' f m p h c a l e j a r de lado las ^ ^ ^ ¿ S Z
de los acontecimientos, sean estos sociales, instituciona

^ S o s ^ E E S T S S r c . del papel del intelectual y


del S i c H o m o sostenedor de las violaciones institucio-
naHzadas con una ciencia que acepta en su acción la n a -
turalización d e la división clasista, no poniendo en c u ^ -
í í o n t S o su ideología, abriendo una brecha msalva-

W e 6 NOT p r e g u n ^ m o s ^ c e r i ^ de & ia " i d e n t i d a d ; del c o o r d ,

^ a d o r de g r u p o s y acerca de su "intervención" (en el sen-


ü d o d a d o al término p o r los institucionalistas f r a n c e s e s )
en las instituciones

i La corriente de análisis institucional ha^sufrido. los ava-


tares, rupturas y diferencias que ha caracterizado a todo el pen
La actividad grupal en la Argentina, los grupos y sus
coordinadores, sobre todo en el recientemente llamado pro-
ceso militar, fueron considerados una amenaza al siste-
ma totalitario imperante. No sólo en nuestro país, sino
también en otros donde han padecido dictaduras milita-
res como la nuestra; todo aquello que ha tenido que ver
con lo grupal ha estado prohibido y esta prohibición ha
sido aplicada esencialmente en la actividad pública (hos-
pitales, escuelas, universidades, etcétera) y perseguido en
la actividad privada. Los grupos representaban el polo
de lo espúreo, originándose una fantasmática social que
los tildaba de subversivos. Mal podemos hablar de la
"identidad" del coordinador de grupos en las condiciones
sociales en las que estaba inmerso nuestro país durante
ese período, ya que la identidad de la comunidad toda se
hallaba "fragmentada". Los canales de conocimiento, con-
fiabilidad y respeto estaban rotos.

De la misma manera que los presos en las cárceles 2 ,


en ese momento, aprendemos a comunicarnos por señas,
p o r sobreentendidos, donde la mirada cómplice o el gesto
solidario nos une y nos aparta, sabiendo que esto es lo úni-
c o que garantiza nuestra sobrevivencia. El coordinador
d e grupos está más solo que nunca. Cuando el grupo se
va — s o p o r t e y soportante— el horror se hace carne, el
silencio es la salida posible.
Podemos afirmar, siguiendo a F r e u d 3 , que las perso-
nas varían en alto grado con referencia al impacto que

Sarniento teórico en las ciencias humanas. Desde el Mayo Francés


hasta nuestros días, términos como intervención, transversalidad,
implicancia, transferencia institucional, han sido utilizados en la
práctica y en sus definiciones teóricas de distinta manera. Definen
en líneas generales a la intervención como "un procedimiento clíni-
co aplicado a «comunidades prácticas» más o menos grandes que
dependiendo del enfoque teórico con que se las aborde, pero también
de sus especificidades funcionales y simbólicas se diferenciará en
grupos, organizaciones e instituciones" (Ardoíno). La intervención
institucional, Guattari, Ardoino, Lourau y otros, Ediciones Folios.
2 Ideología y discurso populista, Emilio de Ipola, La Bemba,
Ediciones Folios.
3 Lo siniestro, S. Freud, Obras completas.
lo siniestro hace en ellas. La convivencia cotidiana con
el horror, la mayoría de las veces negado por el miedo, lo
convierte en f a m i l i a r 4 . Desenmascarar lo clandestino se
tornaba peligroso.
El coordinador y su grupo se movían en la zona del
margen de lo posible, develando y ocultando. Existía una
restricción implícita de la temática político-social.
Se sabía, pero el lugar de la denegación social no p o -
día dejar de transversalizar la actividad grupal. Los en-
cuadres que hasta ese momento se sostenían desde el mar-
co teórico-técnico en el que cada uno se insertara se m o -
dificaron. La neutralidad analítica se halla en su mas
álgida crisis. Todo estaba trastocado, fuera de lugar. El
lugar del coordinador sostenía la productividad grupa! y
en el movimiento de la dialéctica del terror, era sosteni-
do por su grupo. Sus redes solidarias permitieron a mas
de un coordinador sobrevivir, no sólo desde su integridad
corporal sino también desde su quehacer. Aparece en el
imaginario grupal la figura del sospechoso, del persegui-
do, del perseguidor s. Los grupos de formacion de coor-
dinadores de grupos y nuestros propios pacientes se trans-
formaron, para algunos de nosotros, en el único ámbito
de pertenencia posible.
A pesar de lo cual las restricciones en lo real de la
temática político-social y los acontecimientos violatorios
de los derechos humanos de casi una decada producen
formas sociales de denegación de lo que ocurre no dejan-
do de habitar entre nosotros y como lo reprimido retorna
con la eficacia simbólica de los mitos.
Los distintos grupos que poco a poco fueron surgien-
d o : Las Madres de Plaza de Mayo, las Organizaciones de
Derechos Humanos, algunos equipos de trabajo privados,
generaron movimientos de resistencia y solidaridad, in-
tentando desenmascarar lo clandestino, apartándose del
lugar paralizante del miedo.

4 Notas para el panel sobre derechos humanos, F. Ulloa, oc-


Eduardo Pavlovsky, Lo grupal, "Lo fantasmático social y
tljbre5de

lo imaginario grupal", Ediciones Búsqueda.


El coordinador y su grupo quedan atrapados entre
asegurar su autoconservación sustituyendo las condicio-
nes de una verdadera enunciación colectiva p o r un lista-
do de enunciados estereotipados que aseguran su super-
vivencia.
Es en el grupo p o r excelencia y en las instituciones
donde él habita en que los distintos entrecruzamientos
aparecen con toda su evidencia, aún cuando el silencio
cómplice sea la respuesta.
Hay una escena que no puede ser dramatizada, aque-
lla que aparece " c o m o intento de elaborar lo imposible
a través de la encarnación en el grupo de los actores prin-
cipales del drama del inconciente social 6 .
Y nos hallamos ya inmersos en el terreno de una
ética del quehacer que en nada puede ser homologable a
otro tipo de situaciones.
A partir del advenimiento del gobierno democrático
la situación político-social se modifica. Sin embargo, es
muy escaso el tiempo transcurrido y los alcances de la re-
presión van más allá de las 30.000 desapariciones, de la
violación, la tortura, las víctimas que ilustran con su re-
lato el terror de lo pasado. Ha sido la comunidad toda la
destinataria. Se ha inscripto una marca en el imaginario
social p o r el cual muchas de las situaciones aludidas an-
teriormente, que se daban en lo real, siguen operando a
nivel del imaginario grupal e institucional con la misma
eficacia. Es la sociedad toda la que debe buscar su iden-
tidad.
N o resulta posible hablar de identidad sin hablar de
ideología. Sin intentar entrar aquí en la polémica que la
temática de las ideologías ha suscitado, nos vemos cuasi
en la obligación de realizar algunas puntualizaciones al
respecto.
Citamos a Emilio de I p o l a 7 :

6 "Lo fantasmátieo social y lo imaginario grupal", Eduardo


Pavlovsky, Lo grupal, Ediciones Búsqueda.
7 Ideología y discurso populista, Emilio de Ipola, pág. 31-60,
Ed. Folios.
"Conviene aquí hacer resaltar un punto sobre el cual
Althusser ha insistido más tarde, en sui articulo «Ideolo-
gía y aparatos ideológicos del Estado» (1970) al que he-
mos de referirnos enseguida: lo que la ideología repre-
senta imaginariamente no son las condiciones^ de existen-
cia reales de los individuos, sino la relación de estos
individuos con sus condiciones de existencia ideales.^ Mas
simplemente, la ideología no es una mera concepción del
mundo sino, más bien, una concepción (imaginaria) de la
relación vivida de los hombres con su mundo.
Nuestra ideología "no surge del aire, ni tampoco de
nuestra libre r e f l e x i ó n : surge del tipo y
las prácticas en que nos enrolamos y las lecciones que ex
trae E°sSadsí como', según la ideología a la que adscriba, el
coordinador va a ir conformando su quehacer promovien-
do o no la restauración de la palabra: promoviendo o no
el recuerdo en lugar del olvido; diferenciando o no el
silencio producto del terror de la privacidad.
Nuestra intervención como coordinadores de grupos
en las instituciones hospitalarias, en las Universidades
en la actividad privada, reiniciada en 1984 en el caso de
las instituciones oficiales nos afirma mas aún en la con-
vicción de la necesidad de reconstrucción de dichas ins
tituciones que han quedado fracturadas p o r los aconte-
cimientos pasados.
Todo este análisis adquiere un nuevo sentido en f u n -
ción de la distinción que Guattari propone entre grupos
sujeto y grupos sometidos.
El grupo sujeto, o que intenta serlo, se desprende de
la jerarquización de sus estructuras para abrirse hacia
«un más allá» de los intereses del grupo. "Oído y oyente
se define p o r ser agente de enunciación, soporte del de-
s ^ eleménto de creación institucional. El grupo se sitúa
M e t o de su propio quehacer Toma la p a l a b r a y
e s t o compromete el status y la seguridad de sus miembros.
El grupo sometido queda atado a su organización pi-
ramidal o vertical para impedir el desarrollo de c o r t e
creadores, para asegurar su autoconservacion sust tuyen
do las condiciones de una verdadera "enunciación colec-
tiva por un listado de enunciados estereotipados. Nunca
un grupo es totalmente sujeto ni totalmente objeto m o -
viéndose dialécticamente de la creación a la repetición 8 .
Amplía Pavlovsky en su artículo " P o r una ética de
la enunciación": " L o importante f u e la enunciación de
Pataforma, no su disolución. Mayo del '68, el Cordobazo,
también fueron e s o ; enunciaciones y disoluciones poste-
riores. Pero este tipo de enunciaciones creó modelos de
intervenciones socio-analíticas transformadoras. Hubo
siempre "un más allá d e " . . . Un grupo debería valorarse
p o r su capacidad de enunciación y no p o r su perdurabili-
dad. . . El poder teme los grupos sujeto y facilita los g r u -
pos objeto. Las dictaduras reprimen enunciadores y enun-
dos. Las democracias disocian la información de ciertos
enunciados (los dejan sin tocarlos). Pero los enunciados
nunca mueren. Son reformulados p o r generaciones pos-
teriores."
En las Conclusiones del Seminario Internacional so-
bre las consecuencias de la represión en el Cono Sur, los
compañeros trabajadores de la Salud Mental se pre-
guntan :
" ¿ L a tarea es realizar, reparar, resignificar, elabo-
rar, restaurar, r e c u p e r a r ? " 9
Atisbamos la respuesta. En las instituciones donde
habitamos tanto encontramos la presencia del movimien-
to de grupos alienados en su subjetividad, que generan
fenómenos de falta de normas, denegaciones, desmentida
de mínimos sentidos de solidaridad, devaluación de los
espacios de diálogo, a-historicidad institucional. Junto
con grupos que desarrollan y expresan los cambios, la his-
toria, la ilusión de un proyecto, la mayoría de las veces
realizado en altas condiciones de maltrato: ad honorem
o mal pagos, sin instalaciones apropiadas, con una deman-
da institucional voraz, con una subjetividad que tiene vo-
cación de tomar la palabra, buscando su verdad, operan-
do rupturas.

8 Psicoanálisis y transversalidad, Félix {Juattari, Siglo X X I .


9 Seminario Internacional sobre las consecuencias de la Re-
presión en el >Cono Sur. Informe año 1986.
Nuestro quehacer está transversalizado.
Nuestra intervención debe ser realizar, reparar, re-
significar, elaborar, restaurar, recuperar, transformar.
Debemos perderle el miedo a la palabra. Estamos
implicados de una u otra manera para que lo imposible
se haga posible.
1

i
SUEÑOS EN TALLOIRES 4

SUSANA KESSELMAN

Una experiencia con Gerda Alexander,


creadora de la eutonía
Un rincón con fondo de Alpes, en la Savoya con
cisnes que enseñan la verdad del movimiento, del desli-
zamiento, del estiramiento, marca un nuevo encuentro con
la Eutonía, con la fe en las articulaciones, en la energía
en los huesos.
Cuarenta alumnos heterogéneos, de diversas profe-
siones o ninguna, en su mayoría de Francia (el seminano
es en francés), pocos de Suiza e Italia y tan solo dos de
España llegan con el deseo de una fórmula para la salud
bebida desde la misma fuente. Fuente que ha envejecido
en este último año, que ha disminuido su capacidad de
moverse por sí misma, pero que mantiene la fuerza ae
su creatividad permanente.
En el entorno danza el sentimiento de un final, que
algunas voces repiten con cuidado para no ser oídas, pero
que curiosamente también buscan su eco. Elegantes vie-

eaSSfet^QBiañgS
* q n ^ n a Kesselman. Dinamista corporal. Psicóloga social es-

Sociedad Española de Psicoterapia y Técmca del Grupo.


jecitas que auguran, profetizan y proyectan sus propios
temores sobre Gerda.
—Quizás sea el último año, se la ve muy mal — r e -
piten .
Pero Gerda abre su seminario número 39, preocu-
pada por nosotros, p o r nuestro esfuerzo de viaje, por
nuestra falta de sueño, de buen dormir, quizá de los
últimos días. Y al mismo tiempo que el seminario, va
abriendo un camino entre el maxilar y el paladar, entre
el oído y las primeras vértebras cervicales, en el f o n d o
de la lengua, en la g a r g a n t a . . .
— P a r a que descanséis esta noche.
Siempre he creído que el verdadero trabajo de la
eutonía completa su misterio por las noches, durante las
tinieblas, con los sueños, aunque esta técnica como otras
técnicas corporales no ofrece el espacio para la circula-
ción de los sueños ni la posibilidad de compartirlos grupal-
mente. E n mi tarea de cronista onírica voy recogiendo
los sueños individuales, íntimos, casi olvidados, en víncu-
lo con la tarea vivida, con el incremento de la sensibili-
zación corporal, con la movilización a la que ésta conduce,
c o n el acontecer grupal. Los fantasmas de Talloires, que
no tenían su legalidad en el seminario, se paseaban des-
preocupadamente por las noches con todos sus disfraces.
En el primer día descubro un universo en el centro
de la mano y un caprichoso camino que parte desde la
apófisis acoracoide.
— C a m i n o de montaña — m e digo.
Y llegan los sueños de un joven hemipléjico con ár-
boles verdes y muy frondosos en un lugar donde él era
un n i ñ o . . .
Y una m u j e r de 64 años sueña con una amiga
mayor que ella, que en el sueño era más joven. Va de su
brazo, mostrándola: "¡ Vean qué joven e s ! . . . "
Alguien sueña a un hombre que pesca en un estanque
y saca un pescado (sueño que se repite en las experien-
cias c o r p o r a l e s ) . . .
Una m u j e r recientemente separada sueña que su ex
-marido le roba la f i r m a para volver a casarse, ella le ha
dado todo y él ahora tendrá un hijo con otra m u j e r . . .
En el comienzo del segudo día, un joven dice que ha
tenido una noche de raros sueños y Gerda le señala la
conveniencia de anotarlos, ya que éstos podrán darle al-
guna clave para su v i d a :
— E s t a m o s llegando al inconciente con el trabajo cor-
poral y lo que se sueña a lo largo de esta experiencia es
importante que lo recordéis.
Gerda tiende un puente, revela un nexo, legaliza un
nombre, se vuelve sacrilega, revierte un significante, aun-
que siga privilegiando el lugar del hueso.
Hoy descubro un coxis alegre y un coxis triste y
también me modelo en arcilla con los ojos cerrados y al
despertar observo que hay una verdad que no veía y que
ha venido hacia mis dedos.
— N o pareces tan frágil —comenta Gerda, mirando
mi escultura.
Conectamos nuestros pies con el suelo y dejamos que
desde allí se produzca el movimiento.
Una antigua alumna, con 84 años, salta con agilidad.
H a sido profesora de rítmica Dalcroze de Gerda cuando
ésta era muy jovencita.
— ¿ P o r qué está tan dolida y envejecida Gerda? — m e
pregunto y pregunto.
— G e r d a ha dado a los demás pero no ha trabajado
con ella misma — r a z o n a la anciana juvenil.
— ¿ Y aquéllos que han recibido ahora le dan? — m e
pregunto y pregunto.
— P o r supuesto — s e apura sin ninguna duda.
Además Gerda cierra la escuela de Copenhague des-
pués de cuarenta años.
— ¿ P o r qué?
— N o tengo a quién dejar, después de cuarenta anos
dice la maestra ante su evidencia.
— V i d a curiosa la de los maestros — m e digo.
Difícil el diálogo en la eutonía, aunque fácil la c o n -
versación, difícil un pensamiento dialéctico, aunque fácil
la observación monocular de la realidad, difícil la c o -
autoría de los sueños, aunque fácil su inscripción indivi-
dual —reflexiono mientras callo con prudencia y oigo
las voces en los pasillos rumoreando lo que no pueden
pensar grupalmente.
¿ Y Pichón, muchachos? ¿ P a r a qué se esforzó en
hablarnos de estas cosas?
Y sin embargo en este silencio tan lleno de palabras
recorro los huesos con el temor a que Gerda se vaya y
me deje perdida dentro de un isquión.
Esa noche sueño que la persona que dejaré a cargo
de mi trabajo en Madrid, me invita a una comida, comida
de casamiento y para llegar al sótano que es el lugar,
bajo y subo por una extraña escalera que entra y sale
de la escena sin que yo tenga la puerta para llegar al ali-
mento hasta que finalmente llego. En el viaje por la
escalera hay un momento de encuentro con el padre con
quien mi cuerpo r o z a . . . Me pregunto:
¿Quién cierra la escuela de Copenhague?
¿Quién tiene que hacer la despedida y el duelo?
¿Quién se va de España?
¿Quién tiene que dejar a sus alumnos en otras m a n o s ?
¿Cuánto de Gerda?
¿Cuánto de m í ?
¿Cuánto de mis propias alumnas a punto de ser
abandonadas?
¿ Y del erotismo adormecido o despierto en el amor
al hueso?
Sueño de una m u j e r que desea saber quién la sueña:
la gente buscaba las palabras y y o sabía quiénes eran
los dueños del v o c a b u l a r i o . . .
En el tercer día Gerda habla de su mala noche de
dolor.
Nos da mensajes, consignas que me cuesta entender.
Desde el suelo la miro para ayudarme con sus ges-
tos. Veo sus pies cargados de calcetines, alguien le ha
puesto uno, luego el otro, luego el otro. Me voy perdiendo
en los calcetines de Gerda y veo los almohadones, dos o-
tres, que le permiten estar cerca del suelo y los almoha-
dones debajo de sus isquiones ¿para no sentir la dureza
de la silla? ¿Contacto a través de los almohadones? ¿ A c a -
so una nueva teoría? Nunca se sabe.
Y me despierto en el instante preciso de la vibración
del esternón.
Mme. Me Jeanette, antigua alumna, nos invita a una
copa en el Priorato, para el día siguiente. El Priorato f u e
el lugar tradicional de los cursos de eutonía hasta que
una universidad norteamericana de a poco la f u e despla-
zando hacia la Savoyarde, con pena para Gerda. Parece.
—Siéntanse agradable en sus músculos — d i c e Gerda
hacia el final del día.
Agradable es una palabra que se repite en esta expe-
riencia, la palabra veraniega de la eutonía en esta ver-
sión 1986. " P e r o hay mucho más detrás de esta pala-
bra", dicen los ojos de Gerda.
Hay un largo atardecer con lago
que esfuma las montañas
y gente paseando la nostalgia
de los cuerpos gentiles
pero lejos,
con sonrisas bon j o u r
bon soir
sin oír la siguiente palabra
que dará
el sentido
a lo vivido.

V o y escribiendo entre mis notas casi sin darme cuen-


ta como parte de la movilización de mis huesos y de la
sensibilización de mi piel.
En el sueño de la cuarta noche una m u j e r viene a-
consultarme porque se ha separado de alguien a quien
quería. Está vestida con un sombrero de tules que le
tapan la cara, otra mujer la acompaña, también lleva un
sombrero de tules, que además tiene un abanico abierto
en una punta. Por estar con ellas no puedo atender a
una alumna. La mujer del sombrero, primera, tiene ten-
siones en la mandíbula y se ríe, mientras desaparecen las
tensiones.
"Deberías reír", le digo. " N o siempre puedo", me
responde. Me acuerdo de mi alumna, la hago pasar y digo
a los demás que se vayan y les recuerdo que sólo me pue-
den ver hasta noviembre, que ya me m a r c h o . . .
Otro sueño con mujeres embarazadas, con fiestas
de casamiento, con amigos de España y Argentina en un
mismo espacio y con mi p a d r e . . .
Sueño de una m u j e r : una carroza hecha con el tra-
sero de un niño y dentro una mujer que es joven y vieja
al mismo t i e m p o . . .
Y esa misma mujer sueña que de los ojos le salen
hilos que van hasta un punto donde todo se ilumina.. .
Y también o t r o : un niño va corriendo por delante y
y o siento que puedo correr también, pero veo un preci-
picio y me veo a mí misma caer en el precipicio aunque
m e doy cuenta de que también no c a i g o . . .
Noche intensa de sueños. Alguna gente durmió mal
anoche y la mayoría piensa que es el trabajo que hemos
realizado con los palitos de bambú. Dolía mucho — e x -
plican. Confieso que me había olvidado. El trabajo con
los centros, con la columna vertebral, con los palitos, el
dolor por los palitos. ¿Será posible?
Y esta mañana de trabajo Gerda nos revela su sueño
a un pequeño grupo.

El sueño de Gerda

Entro en la habitación y veo un grupo de jóvenes


haciendo el amor y todo esto sucede en otro t i e m p o . . .
En este día se trabajan los circuitos, se activa el
contorno energético desde la piel desde los contactos.
Gerda nos habla de sus trabajos después de Cher-
nobil y de la posibilidad de rechazar la radioactividad a
través de un camino desde el centro mismo del hueso
hacia la piel. .
Los sueños de la última noche se mezclan sin saber
quién soñó lo que soñó. Sueños del grupo, sueños en el
grupo.
E n una escena de muerte, un hombre le dice a o t r o :
¡ Qué pena cambiar mi vida p o r la t u y a . . . !
Me descubren p o r un robo al encontrar un papel que
d i c e : Salgo de Europa para A m é r i c a . . .
y 0 y p o r un camino con un vestido transparente cuya
cola se transforma en agua y en ese agua hay peces de
plata... , , .
Gerda anuncia al final del último día que el próximo
curso se hará en el Priorato. Todos se muestran muy
feUces A l g o se ha recuperado. Hay un espacio hermoso
que se ha recuperado. Y esto se nota en los modelados
corporales del final de la experiencia que también parecen
recobrar el espacio perdido: el del esternón, el del cuello
o el de los omóplatos.
Un lago con montaña
en la imagen corporal que se ha extendido
y milagrosamente
llega a todos los lugares

Talloires, 29-8 al 3-9-1986.

Susana Kesselman*

* La autora relata una experiencia realizada con Gerda Ale-


, Talloires Gerda Alexander es la creadora de la eutonía,

seLna ^ a r t i r del trabajo corporal en el grupo, los participantes


sueñan...
Palabras claves
Sueño. Eutonía. Imagen corporal. Dinamica Corporal.