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ESTUDIOS UNIVERSITARIOS SOBRE LA FAMILIA

Problemas y
disfunciones
familiares

______Beatriz María de Vera y Asensio______________________________Marc


1 Stefan Dawid Milner_____
ESTUDIOS UNIVERSITARIOS SOBRE LA FAMILIA

Objetivos

 Comprender las características de la familia disfuncional.


 Obtener una visión global de los síntomas y problemas de una pareja,
familia o individuo, desde una perspectiva sistémica.

I. Introducción

Para comprender a la familia disfuncional hemos de conocer las alteraciones


de la organización y comportamiento familiar, y los modos más comunes en
que las familias son o se tornan disfuncionales.
Analizaremos los síntomas de los sistemas familiares disfuncionales, los
tipos de creencias y mitos familiares problemáticos, la sintomatología individual,
las causas que distorsionan el ciclo vital y la incapacidad de la familia para
cumplir sus tareas.
¿Cómo determinadas dificultades se convierten en problemas? ¿Qué hace
que aparezca la disfunción y sus síntomas? ¿Quién comienza a darse cuenta
de que un problema está creando un malestar de relieve, que requiere una
intervención externa?

II. Los síntomas de los sistemas familiares


disfuncionales

1. Perspectivas actuales

Los síntomas se definen como problemas que trastornan a otros miembros


de la familia y, normalmente primero, a la persona que los padece.
Tienen alguna o varias de estas características:
• Derivan de una comunicación incorrecta o de patrones inadecuados de
interacción en una familia.
• Manifiestan la existencia de una dificultad en una etapa del desarrollo del
ciclo vital familiar.
• Forman parte de un comportamiento que intentaba solucionar problemas…
pero ha fracasado.

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• Reflejan faltas de adecuación en la estructura y organización familiar.


• Surgen cuando se niegan o se disocian ciertos aspectos esenciales de la
vida de una familia.
• Pueden representar una falta de validación, manifestar una enfermedad
física o psíquica subyacente o, simplemente, estar relacionados con la poca
fortuna y la mala suerte.
El mejor predictor de la satisfacción vital general es la calidad de la relación
principal de una persona. Más aún, "una relación buena y estable disminuye la
vulnerabilidad genética respecto a los trastornos físicos y psíquicos" (Lewis
1998).

2. Problemas estructurales

Algunas veces, los síntomas son el reflejo de los defectos de organización


existentes en el matrimonio o en la familia. Según Minuchin (1974), la
estructura familiar es el "conjunto invisible de requisitos funcionales que
organizan las formas como interactúan los miembros de la familia. Una familia
es un sistema que funciona mediante patrones transaccionales. Las
transacciones repetidas establecen patrones sobre
cómo, cuándo y con quién relacionarse; y esos
patrones sustentan el sistema".
En el enfoque estructural de Minuchin, una
familia patológica podría ser aquella "que, en
presencia de estrés, aumenta la rigidez de sus
patrones de conducta y fronteras transaccionales y
evita o se resiste a buscar alternativas".
Cuantas menos opciones tenga la familia, más
predecibles y estereotipadas serán las respuestas
de sus componentes respecto a ellos mismos y al
entorno extra-familiar. La familia se convierte entonces en un sistema cerrado,
sus miembros se sienten controlados e impotentes… y todo camina a la deriva.
Desde la perspectiva estructural, el terapeuta familiar define la familia
patógena como aquella que ha agotado, sin éxito, sus mecanismos de
adaptación y los medios de afrontar las situaciones que originan malestar. Los
síntomas de infelicidad de un miembro de la familia indican a menudo que algo
no va bien en el conjunto, pues a veces no es sino un intento más o menos
consciente, por parte de la familia, de encontrar nuevas soluciones durante un
período de transición.
Los defectos en las alianzas o coaliciones constituyen otra faceta de los
problemas estructurales. En un sistema formado por tres personas, se dan
muchas posibilidades de que dos miembros se alíen en contra del tercero o lo

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excluyan. Minuchin describió tres tipos diferentes de triángulos o «relaciones a


tres»:

1. Triangulación: los padres hacen al hijo peticiones contrapuestas pero


de igual o muy parecida intensidad, y el chico o la chica se sienten incapaces
de elegir entre los requerimientos de sus padres: se mueven entre uno y otra,
en ocasiones actúan como intermediarios entre ellos… o se rebelan
violentamente contra la situación en su conjunto.

2. Desviación: el conflicto entre los padres se deja a un lado para


atender al hijo: bien para cuidarlo, porque lo necesita o está enfermo (i. e.,
comportamiento protector), bien para echarle en cara su mala conducta e
intentar modificarla (i. e., comportamiento hostil y acusatorio). La desviación
requiere que el hijo siga constituyendo un problema, para que los padres no
atiendan a las dificultades existentes entre ellos dos.

3. Coalición estable entre unos de los padres y el hijo, que se unen


fuertemente, ya como respuesta a la inadecuada conducta o falta de
implicación del otro miembro del matrimonio, ya para bloquear su intervención.

III. La solución… transformada en problema

Todas las familias se enfrentan a diario a multitud de contratiempos


menudos: cómo llevar a cabo las tareas del hogar, cómo hacer que los hijos
vayan al colegio o realicen sus deberes, cómo llegar a un acuerdo cuando hay
diferencias…
Además, las familias afrontan dificultades de
mayor envergadura en algún o algunos instantes o
períodos de sus vidas.
En cualquier caso, al encarar la situación, cada
miembro de la familia tiende a hacerlo según una
forma característica de pensar, sentir y actuar. Esas
respuestas iniciales pueden o no ser eficaces. Si los
miembros de la familia no logran modificar el modo
de resolver una dificultad cuando el que utilizan no
funciona, repetirán el mismo comportamiento inútil y
pudiera suceder que una nadería —algo
insignificante o incluso no existente— acabara por
transformarse en un problema de relieve.

• Un ejemplo relativamente frecuente:


La Señora B pensaba que los niños tenían por fuerza que ingerir ciertos tipos y
cantidades de alimentos. Cuando sus hijos no lo hacían, los castigaba. El mayor

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de ellos, un chico obediente y de buen apetito, respondía comiendo lo le indicaban,


con lo que la Señora B se sentía satisfecha. Sin embargo, la hija menor, más
rebelde y desganada, se negaba a comer. La madre no modificaba su norma de
conducta: castigaba a la cría, hasta que aquello se convertía en una batalla
campal… y, finalmente, en un trastorno alimentario.

Justo lo que la buena señora quería evitar.

• Ampliando la perspectiva, cabría hablar de «mala gestión» de una dificultad


cuando:
1) la solución consiste en negar el problema y no hacer nada al respecto;
2) se busca cambiar algo imposible de modificar o inexistente; o
3) se toman medidas equivocadas.

• ¿Qué podría haberse hecho en el ejemplo propuesto?:

1. Advertir, si fuera el caso, que el comportamiento de la hija con


respecto a la comida no constituía un problema, puesto que estaba sana y no
perdía peso. La dificultad radicaba más bien en las creencias de la Señora B,
que pensaba que ser una buena madre lleva consigo alimentar a los hijos
según unos criterios generales, preestablecidos y un tanto arbitrarios, y exigir
una disciplina férrea en las comidas.
2. Si de hecho la hija necesitaba alimentarse mejor, se podían haber
tomado otro género de medidas. Por ejemplo, hablar con ella sobre qué y cómo
debía comer, en lugar de acudir a sanciones de tipo disciplinar. O, también,
descubrir la causa de su inapetencia: suponiendo que la hija no comiera por la
ansiedad que le producía ver reñir a sus padres, hablar entre ellos para evitar
las discusiones… al menos en presencia de la cría.
3. Pero cuando sus «remedios» fracasaron, en lugar de buscar una
nueva solución, la Señora B reiteró su comportamiento anterior, exigiendo una
obediencia ciega. Si la hija hubiera desarrollado un trastorno alimentario grave,
puede que su madre se hubiera negado a aceptarlo, insistiendo en que era
mera desobediencia… con lo que habría hecho brotar el auténtico y ahora
grave problema.

Esto ilustra nuestra primera posibilidad: un problema nacido e


incrementado por utilizar procedimientos erróneos, que lo ignoran o lo niegan
expresamente.

• En otras ocasiones, el problema deriva de un conflicto surgido de los


diferentes modos que adoptan los miembros de la familia para hacer frente a
una dificultad.

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Helo aquí:
Una niña se quedó en casa con gripe durante una semana. Pasó unos días
agradables con su madre, que, sola y aburrida normalmente, estaba contenta de
tenerla con ella. Cuando la hija se recuperó, protestaba y decía que aún se
encontraba mal. Su madre quería que la hija permaneciera en casa, y el padre
comenzó a gritar, a acusar a su mujer de consentir a la hija, y a decir que esta
última tenía que ir al colegio. Este modo de obrar aumentó la ansiedad de la niña,
que comenzó a vomitar. De nuevo se le permitió no ir a clase. Finalmente, la chica
desarrolló una fobia escolar. Si, además, se hubiera formado una coalición de la
hija con su madre en contra del padre, el problema habría cambiado incluso la
estructura familiar.

• Algunas veces el problema es muy real, pero la solución resulta


infructuosa.
Por ejemplo:
Cuando el marido de la Señora C empezó a beber, ella intentó protegerlo encu-
briéndolo, llamando al trabajo por él para decir que estaba enfermo y otras
excusas por el estilo. Esto permitió al esposo continuar bebiendo, y además originó
un nuevo problema: ella se deprimió por la situación. En un momento dado, la
mujer cesó de apoyarle y amenazó con abandonarle si seguía con esa conducta:
su depresión disminuyó y él dejó de beber.

Como podemos vislumbrar, si la solución buscada es lo que se convierte en


problema, la forma de salir del atolladero consiste en hacer algo distinto. En la
mayoría de los casos es tarea del terapeuta darse cuenta de que el intento de
solución se ha transformado en un problema y ayudar a la familia a encontrar
un comportamiento alternativo.
Pero eso implica comprender las creencias que subyacen a las conductas
utilizadas y dificultan el cambio, y realizar un examen detallado de las
relaciones entre todos los miembros de la familia, para determinar cómo y por
qué está fracasando el método que emplean para resolver sus diferencias.

IV. Creencias y mitos familiares

Los individuos y familias tienen sistemas de creencias


que determinan en parte sus sentimientos y conductas. A
esas estructuras se les ha llamado «mitos familiares».
A menudo, estos mitos contribuyen a crear y mantener la
tensión de un hogar. Por tanto, el terapeuta debe ser
consciente de ellos si pretende comprender una conducta,
que de otra forma podría parecer inexplicable.
Por ejemplo, en el caso de la familia C, la esposa estaba
convencida de que una buena mujer debe apoyar a su marido en
cualquier circunstancia, y esto le llevó a encubrirle. Solo cuando

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ella misma se deprimió profundamente y su marido perdió el trabajo como


consecuencia del alcoholismo, modificó su forma de pensar, vio claro que no era
bueno para nadie que el bendito esposo destruyera su propia vida y la del
matrimonio… y cambió radicalmente de actitud.

• Los mitos familiares se definen como "una serie de creencias bastante bien
integradas, compartidas por todos los miembros de la familia, que incumben a
todos y a su posición en la familia y que ninguno de los miembros pone en
duda, a pesar de las distorsiones de la realidad que puedan llevar consigo".
Según Papp (1980) e Imber-Black (1991), los diversos modos de actuar de
los integrantes de una familia se hallan dirigidos por un "sistema de creencias,
compuesto a su vez por una combinación de actitudes, suposiciones básicas,
expectativas, prejuicios y convicciones más o menos fundamentadas, que los
padres llevan a la familia nuclear desde sus familias de origen".
Algunas de esas creencias eran ya compartidas por las familias originarias,
mientras que otras las aporta cada cónyuge y se complementan entre sí. Las
creencias, al igual que los ciclos de «conductas en cascada» —en los que un
modo de obrar se deriva casi ineluctablemente de los anteriores, originando
nuevos contratiempos—, pueden frenar a los miembros de la familia a la hora
de modificar sus actitudes y maneras de conducirse.
La misma situación creará diferentes mitos en función del modo como la
interpreten las personas que intervengan en ella. De esta suerte, una familia en
la que varios miembros sobreviven tras haber enfermado gravemente, puede
etiquetarse a sí misma como una familia de supervivientes o, por el contrario,
como una familia de fracasados y enfermos. Si optan por esta segunda
alternativa, sus miembros experimentarán mayor ansiedad y obrarán de forma
inadecuada, cada vez que alguno de ellos caiga enfermo.

En resumen: la «construcción familiar del problema» —el modo como lo ven


y lo encaran— resulta tanto o más importante que los propios hechos.

• Además de los mitos familiares específicos, hay un abanico de mitos pro-


pios de cada cultura. Muchos de ellos serán compartidos por la mayoría de las
familias insertas en ese ámbito, y acaso también por el propio terapeuta. Este
debería, no obstante, ser consciente de ello, para obrar en consecuencia; con
otras palabras, debería ser capaz de descubrir las actitudes y creencias
nocivas para el funcionamiento familiar y tratarlas de forma adecuada. Por otra
parte, también ha de advertir que algunos mitos, aunque carezcan de un
fundamento objetivo estricto, ayudan al buen funcionamiento de un hogar.
En las siguientes secciones veremos algunas creencias, aceptadas de forma
acrítica y que influyen negativamente en el comportamiento de ciertas
personas… sobre todo cuando consideran lo que el mito afirma como una
especie de «dogma», que se cumplirá siempre y de modo inexorable… con
total independencia de su propio modo de obrar y de lo que hagan en pro de
unos buenos resultados.

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Por ejemplo:

• Si la vida no le ha ido bien a alguien, casarse mejorará


automáticamente las cosas.
Hay quienes piensan que, con independencia lo desafortunada que haya
sido la vida de una persona al elegir su carrera o en las relaciones con sus
padres y hermanos, de lo satisfecha que se encuentre viviendo sola, o de lo
poco que le guste su propio modo de ser o su situación social y económica… al
casarse —¡oh, maravilla!— todo mejorará.
En realidad, no tiene por qué
ser así.
Y lo peor es que el mito
suelen compartirlo los dos
miembros de la pareja. En este
caso, si la unión sigue adelante a
pesar de todo, cada cónyuge se
sentirá culpable de que su
matrimonio no sea feliz y de no
haber superado los obstáculos que
existían antes de casarse. Y esa
sensación de culpabilidad
alimentará la de su consorte… y
re-alimentará —aumentada— la
suya propia, en una especie de
espiral en la que ambos resultan
cada vez más desgraciados.
¡Pobres!

• La vida conyugal y familiar debería ser un remanso de dicha que, al


margen de cómo se comporten sus miembros, desbordara satisfacciones
sin fin para todos ellos.
Esta especie de romanticismo ingenuo engaña a bastantes personas y
durante toda la vida.
Porque, en realidad, la propia familia es fuente de alegría cuando cada
uno de sus componentes —o buena parte de ellos— lucha para forjar en su
interior un ambiente de paz y serenidad, en función de la personalidad,
necesidad y circunstancias de cada cual.
Por el contrario, el mero hecho de estar unidos por lazos de sangre o, en
el caso de los esposos, por una decisión voluntaria, no asegura en absoluto
que tal clima se logre.
A lo que habría que añadir que bastantes de las satisfacciones que ofrece
la vida provienen del exterior del hogar, y también, normalmente, a condición
de que se pongan los medios oportunos.

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• El mito de la unión «salva-lo-todo».


Llevaría a pensar que el simple desempeñar-las-propias-actividades-
junto-a-los-demás-miembros-de-la-familia origina una vida familiar satisfactoria,
repleta de gratificaciones individuales.
Ni sí ni no… sino todo lo contrario.
Existen grandes diferencias entre las
personas… y grandes diferencias entre las
familias. En bastantes seres humanos influye
positivamente el hecho de sentirse acompañados,
siempre que ese bienestar no oculte ni
inseguridad ni dependencia. De lo contrario, el
barniz de felicidad puede «tapar» —¡y provocar!—
una insatisfacción creciente, a la que no se pone remedio… porque no se
reconoce como tal.
Por otra parte, en una u otra medida, todos necesitamos áreas de
intereses y actividades propios —compartidos o no, pero nunca por falta de
capacidad y de empuje personales—, que eviten el sentimiento de «pérdida de
sí mismo» (sentir que uno «no es nadie»).

• Los miembros de la pareja siempre deberían obrar con absoluta


«naturalidad» (o desfachatez o frescura… que viene a querer decir lo
mismo).
En su versión moderna, esta convicción podría derivarse de algunas guías
de autoayuda y de ciertos programas televisivos, que invitan a expresar con
toda libertad los propios sentimientos (al parecer, sobre todo los negativos), así
como de la idea medio freudiana de que lo que se omite —¡la famosa y terrible
«represión»!— nos hará daño más tarde.
Pero no siempre es así.
Una franqueza total a la hora de exteriorizar los sentimientos, de obrar e
incluso de pensar —sin norte ni moderación algunos— puede causar tantos
daños como beneficios. La mal llamada «honestidad», muy cercana a la falta
de control o a la simple pereza o a la cara dura, puede ayudar a resolver ciertos
problemas… pero también —¡y más a menudo— ponerse al servicio de la
hostilidad más cruel.
Es importante abordar los temas delicados con… ¡delicadeza! A veces es
preferible no hacer afirmaciones que hieren, sobre todo si van a dejar una
huella indeleble… como sucede en la mayoría de los casos.

• Un matrimonio feliz es aquel en el que no hay desacuerdos; o séase:


«cuando los miembros de la familia se pelean, quiere decir que… ¡se
odian!».

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Es inevitable que existan diferencias entre los


componentes de una familia, y que esas diferencias
desemboquen a veces en desacuerdos abiertos. Tales
desacuerdos pueden originar a su vez peleas o
discusiones, y tales peleas… ¡nada más, que ya es
bastante!
Si se procura que tales enfrentamientos no sean
demasiado frecuentes, y se tratan con tacto y de
manera constructiva, ayudan a esclarecer lo que no
estaba claro, sin que nadie resulte gravemente herido.
¿Por qué, entonces, ese miedo cerval a discutir y mostrar las propias
discrepancias? ¿Tal vez porque en situaciones similares las aguas se salieron
de cauce? Será entonces esa desmesura la que habrá que suprimir… pero no
el intercambio de opiniones como tal.
Aunque tampoco hay que «pasarse». Todos conocemos familias (¿la
nuestra?), en que la más mínima afirmación encuentra preparada casi siempre
la oposición de todos los que la escuchan.
De este modo tampoco se resuelve nada. Y menos aún —cosa que suele
ir ligada al excesivo afán de polémica— si se recurre a los ataques personales
o a la ironía, y se ponen en duda los motivos «de fondo» que llevan a decir una
cosa u otra.
«Eso es mentira», expresión en la que va implícita la intención de
engañar, debe ser sustituido con ventaja por «quizá no los hayas pensado
bien», «puede que te equivoques o no estés bien informado» o «sutiles
sugerencias» del mismo estilo.

• Los miembros de la pareja deberían estar completamente de


acuerdo en todo y tener puntos de vista idénticos también en lo que de
por sí es opinable.
¿De veras? Lo que se afirma en la primera parte —un acuerdo absoluto—
es prácticamente imposible de lograr; y lo de la segunda… de muy dudosa
eficacia.
No se está jugando en el terreno adecuado… que es el de «amar las
diferencias», aceptando al otro tal como es.
Puesto que las discrepancias son inevitables, reconocerlas suele resultar
útil y constructivo. Tanto si se refieren a experiencias pasadas, como a
actitudes pretendidamente básicas o a estilos de personalidad.
Mi cónyuge no tiene por qué ser igual que yo (es decir, ¡mejor que no lo
sea!). No existe, por tanto, necesidad alguna de que proyecte en él ni mis
cualidades ni mis defectos.
Al menos, vamos a dejarlo en paz y, si es posible, intentemos ayudarle a
que dé de sí todo lo que su particular modo de ser le permita.

______Beatriz María de Vera y Asensio______________________________Marc


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• Los miembros de la pareja han de ser tan absolutamente


«generosos»… que ni siquiera piensen en sus intereses individuales.
Ahora sí que no se ha entendido nada. ¿Quién ha dicho que tiene que
darse una contraposición irreconciliable entre el buen-bien (común) de ambos
esposos y el buen-bien (particular) de cada uno?
Si ambos «bienes» son buenos, más bien se apoyarán mutuamente. Y,
entonces, la mejor manera de conseguir el propio, será buscar el del
conjunto… y viceversa.
Si la familia funciona, todos se sienten a gusto. El problema —¡este de
ahora!— surge cuando alguien se considera «tan perfecto/a» que «se prohíbe
a si mismo/a» tener necesidades… y pedir con sencillez que le ayuden a
satisfacerlas.
Como pequeños diosecillos omnipotentes y autosuficientes, emplean toda
su «grandeza» en atender a los demás… hasta que se hartan, y se ven
envueltos en un acceso de cólera —¡líbrenos Dios de la ira del manso… o de
«la mansa»!— o en la más profunda (y tonta) de las depresiones.
¿No sería más humano reconocer que uno/a es limitado/a y que, para
ejercer del mejor modo posible su papel, necesita —¡ahí le duele: necesita!—
de todo el apoyo que puedan prestarle los otros?

• Cuando algo va mal en la familia… «hay que dar caza al culpable».


En momentos de estrés, bastantes de nosotros reaccionamos, casi de
forma refleja, o echándonos toda la culpa… o
endosándosela al primero que se cruza en
nuestro camino.
Pero no suele funcionar. Mejor y más
productivo resulta (puesto que culpa-culpa… lo
que se dice culpa, la tenemos un poco todos)
moverse en otras direcciones, buscando marcos
de referencia distintos y más rentables.
Más aún, el que las cosas vayan de mal en
peor y de peor en «peorísimo»… puede deberse
precisamente a la costumbre de buscar un chivo
expiatorio a quien culpar del desaguisado, en lugar de limar aristas, contar con
las deficiencias de cada cual e intentar conseguir —con lo que cada familia
tiene: con «esos» bueyes hay que arar— los mejores resultados.
¿Que cómo? Pues ayudando y animando a cada uno a que desempeñe
su función lo mejor que sepa (o quiera)… justo con las armas con las que
cuenta. De nada sirve empecinarse en demostrar que el otro es limitado, que
tiene una buena carga de defectos… e incluso un pelín (o un «pelucón») de
mala idea.

______Beatriz María de Vera y Asensio______________________________Marc


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Nuestros intentos por quitar hierro al asunto, corrigiéndonos nosotros


mismos, harán probablemente que mejore la situación global… y la de los
restantes miembros del equipo.
Cuando dos piezas de un rompecabezas no acaban de encajar, ¿a cuál
de ellas debe echarse la culpa?

• Si las cosas no van bien, es preferible sacar a la luz e intentar poner


remedio a las heridas presentes… en lugar de encarnizarse en las
pretéritas.
Las discusiones que implican recriminaciones interminables sobre las
decepciones y dificultades del pasado… son un auténtico desastre. A veces
viene bien exponer sencilla y llana ¡y muy brevemente! las causas por las que
estamos resentidos.
Pero si no se anda con mucho, mucho cuidado, este modo de proceder
puede intensificar inútilmente la discusión hasta que cualquiera de los
oponentes grite: "¿Puedes dejarlo ya?". Con lo que, en lugar de mejorarla,
empeoramos la situación.
Por eso, hay ocasiones en que la primera función del terapeuta familiar
consiste en «ejercer» de guardia urbano (no es imprescindible que haya hecho
oposiciones para ello), deteniendo estas maniobras familiares improductivas.
El pasado, pasado está… y no hay quien lo cambie (entre otras cosas,
porque ya no existe). Centrarse en él, muy raramente produce beneficios… a
no ser que ayude a comprender el modo actual de obrar y a mejorarlo.

• En cualquier discusión de un matrimonio, uno de los cónyuges tiene


razón y el otro no, y el objetivo debería ser descubrir quién de los dos
suma más puntos… o deja K.O. al contrario.
¿Hay alguien que piense que así son las cosas?
Cuando nuestra pareja gana una pelea —¡y no
digamos si «vencemos nosotros»!—, normalmente
pierde el matrimonio en su conjunto.
La competitividad en la relación conyugal debe
suplirse por la cooperación de los dos: no se trata de
sumar puntos individuales, sino de lograr que ambos,
y el matrimonio como tal, salgan vencedores (no que
abandonen el ring).

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• Una buena relación sexual conducirá inevitablemente a «un


matrimonio feliz» (no se lea «familia feliz»: no estoy hablando de comida
china).
Todos conocemos personas que se casaron sintiendo una gran atracción
física mutua y que, cuando despertaron de la luna de miel, descubrieron que,
además de esa atracción ya un poco re-dimensionada, no tenían mucho en
común.
Una buena relación sexual es parte importante de un matrimonio
satisfactorio, pero no elimina las dificultades en otras áreas.
En un matrimonio «comme il faut», no hay duda de que la relación sexual
debe cultivarse y mejorarse, pero eso no basta para el buen éxito de la vida en
común.
Sí que es bastante frecuente, por el contrario, que los des-encuentros en
el plano sexual originen dificultades en el resto de la vida del matrimonio. Y por
eso es recomendable una terapia sexual específica para la pareja, tras la cual
deberían verse reducidos los problemas causados básicamente por una mala
relación en esa esfera.

• Como los cónyuges cada vez se comprenden mejor —con palabras o


sin ellas—, no hay necesidad de comprobar lo que el otro ha entendido.
Este podría ser el caso de algunas (muy pocas) familias sin problemas.
Pero no ocurre prácticamente nunca cuando hay dificultades.
Los cónyuges y demás miembros de la familia suelen dar por supuesto
que el resto ha entendido lo que dicen o hacen. Y también que son capaces de
leer la mente del otro o saber lo que quiere realmente decir (aunque no tenga
nada que ver con lo que en realidad está diciendo).
Durante la terapia, cuando se les anima a comprobar alguna de esas
«suposiciones», se quedan impresionados al observar la diferencia entre sus
propias interpretaciones y percepciones… y lo que de hecho dicen o hacen los
otros.

• Entre los cónyuges, el refuerzo positivo no es tan necesario como el


negativo.
Muchos cónyuges han olvidado (si alguna vez la tuvieron) la costumbre
de indicar a su pareja aquello que hacen bien y les provoca satisfacción.
Normalmente, no ocurre lo mismo cuando se trata de comentar lo que ha
causado daño o decepción.
Sin embargo, el refuerzo positivo del comportamiento deseado suele
aumentar la frecuencia de ese modo de obrar y constituye una buena manera

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de modificar las conductas. En cualquier caso, resulta mucho más eficaz que la
respuesta negativa o el castigo.

• "Y fueron felices y comieron perdices". Un buen matrimonio debería


surgir y mejorar de forma espontánea… sin requerir ningún tipo de
esfuerzo por parte de los cónyuges.
¿Otra vez ante la idea romántica del matrimonio como un estado de dicha
y ensueño?
La realidad es… muchísimo mejor.
El matrimonio implica una interacción diaria y
«minutaria» (minuto a minuto) entre dos personas, a
veces una negociación casi constante, y siempre
comunicación fluida y empeño por resolver dificultades
y problemas.
Pero los miembros de familias disfuncionales
pueden no pasar más de unos segundos a la semana
hablando entre ellos sobre cosas significativas (o sobre
cosas sin más, o simplemente hablando… o estando
juntos sin más pretensiones… ¡o nada!).

• Cualquiera de los cónyuges puede (y debería) reformarse y remode-


larse a gusto del otro.
Muchos matrimonios invierten un tiempo y energía desmesurados en el
esfuerzo de modelar a la pareja «a la propia imagen y semejanza» (¿suena
esto?).
Se ignora que los patrones de personalidad básicos, una vez
establecidos, no son fáciles de cambiar. Y, como consecuencia, que los intentos
en tal sentido conducen casi siempre a la frustración, ira y desilusiones.
Esto no quita que sí puedan moderarse o volver a encauzar ciertas carac-
terísticas del propio modo de ser, y que los cónyuges se tornen más sensibles
a las reacciones del otro… reaccionando a su vez de un modo no violento o, en
cualquier caso, menos problemático.
Los matrimonios empeñados en cambiarse mutuamente pueden funcionar
con ciertas posibilidades de éxito mientras los dos miembros de la pareja estén
dispuestos a desempeñar los roles que el otro le demanda: es decir, durante
bastante poco tiempo. Y, además, difícilmente podrán evitar discusiones fútiles
sobre las cualidades personales y la falta de cooperación entre uno y otro.
Es mejor que cada cual dé un vistazo a su interior y descubra en qué
puede modificar con vistas a la mejor marcha del matrimonio… y de la familia
en su conjunto.

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• Un matrimonio estable es aquel en el que las cosas no cambian y en


el que no hay problemas.
Es decir, un matrimonio «muerto»: pues estar vivo supone un cambio (un
crecimiento y desarrollo) continuo.
Las familias que aspiran a permanecer fijos e inmutables, antes o
después se encontrarán desfasadas con las necesidades del momento.
Los sistemas tienden hacia un equilibrio dinámico, en el que se repiten
ciertos patrones e interacciones, que dan un sentido de estabilidad. Al mismo
tiempo, el sistema completo se mueve hacia adelante de forma inevitable.

• Todos sabemos cómo debería ser un marido (si somos mujer) y cómo
debería ser una esposa (si somos varón).
Esta afirmación, tomada de forma bastante superficial, tal vez podría
haber sido cierta en el pasado.
En la actualidad, cada vez existe menos acuerdo en este punto, con una
avalancha constante de mensajes contradictorios.
¿Y…?
La falta de una noción clara y preconcebida de los roles conyugales es
fuente de confusión, pero también ofrece mayores oportunidades para el
despliegue del potencial de cada cónyuge y del matrimonio.

• Si el matrimonio no va bien, tener hijos lo arreglará.


Pese a que la llegada de los hijos puede hacer que los
esposos se sientan algo más valiosos y les dé un nuevo rol
(el de padres), los hijos no son una estructura de hormigón
que mantiene unidos los matrimonios disfuncionales.
Al contrario, en tales casos suelen convertirse en
víctimas de la falta de armonía conyugal y añaden estrés al
matrimonio incluso cuando a los cónyuges les encanta ser
padres.

• Por muy mal que vaya el matrimonio, debería mantenerse por el bien
de los hijos.
No es necesariamente cierto que los hijos prosperen mejor en un matri-
monio infeliz que viviendo con un progenitor divorciado relativamente satisfecho
(en la proporción en que, yendo hasta el fondo, pueda estarlo —satisfecho,
como es obvio—).

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Si los cónyuges permanecen juntos, los hijos podrían tener que soportar
la peor parte del resentimiento que los padres experimentan mutuamente, y los
padres considerar que se están martirizando por el bien de sus hijos.
Con todo, la cuestión no acaba de estar bien planteada: ¿por qué no
intentar que el matrimonio funcione bien, en lugar de dejar que lo haga mal… y
establecer entonces las comparaciones?
Porque no cabe duda de que un buen matrimonio es mejor para los hijos
que uno malo… junto o separado. ¿No cabría considerar todas las
posibilidades —sobre todo, la del matrimonio-unido-que-funciona—, e intentar
dirigir hacia allí a las parejas, en lugar de tener en cuenta solo las opciones
menos rentables?

• Si el matrimonio no funciona, una aventura extraconyugal o un nuevo


matrimonio arreglarán la situación.
Aunque en algunas novelas y películas esto pudiera parecer cierto, en la
vida «real» —como dicen los críticos de cine— resulta bastante inverosímil.
Más bien ocurre, y muy a menudo, que la aventura destroza al matrimonio y a
los «aventureros», que la nueva pareja es misteriosamente igual a la
rechazada y que los mismos patrones no gratificantes se repiten: solo cambian
los nombres de los actores (¡o de las actrices, no vamos a pecar de ingenuos!).

• La separación y el divorcio representan un fracaso del matrimonio y


de los individuos implicados.
La verdad es que, considerada la cuestión en sí misma, esto es siempre
cierto: no se trata solo de la visión tradicional de los cónyuges, miembros de la
familia, amigos y asesores profesionales. Si dos personas se casan, lo hacen
en principio para ser felices; y si se separan, no es precisamente porque sean
los más dichosos del mundo.
Pero también puede darse que las personas implicadas en una unión
conyugal hayan elegido mal su pareja, se hayan descuidado desde el principio
y distanciándose con el correr de los años.
La separación, el divorcio o ambos podrían representar entonces un
fracaso de menor calibre y producir menos daño a los hijos que la «convivencia
infernal-conyugal» mantenida a la fuerza. Lo cual no deja de ser un mal…
aunque menor que otro mal menor (¡vivan las tautologías!).

Resumen: descubrir el mito del mito para desmitificarlo (y etc.: …un


buen desmitificador será).
El denominador común de estos mitos es la idea de que existe algún
sustituto de la «larga, apasionante y gozosa, pero esforzada» tarea, de conocer

______Beatriz María de Vera y Asensio______________________________Marc


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y respetar al cónyuge como una persona independiente, que solo podrá crecer
siendo fiel a lo mejor de sí misma… y de advertirse a uno mismo como alguien
(o «alguiena»), con ideas, actitudes y comportamientos también propios y no
siempre certeros.
Y que los dos necesitan ser quienes realmente son para que la unión
entre ambos aporte algo a la vida de cada uno y a los hijos.
Nunca deberíamos olvidar que todo ser humano reclama ser tratado del
mejor modo posible y, concretando más, que nadie es capaz de leer la mente
de otra persona lo suficientemente bien como para no necesitar de una
comunicación clara.
La-no-desmitificación-de-los-mitos-que-deben-desmitificarse constituye a
menudo, además de un pequeño trabalenguas, una de las causas más
comunes del fracaso de un matrimonio.

V. El desarrollo de síntomas en una persona dada

Igual que los individuos, los sistemas familiares y conyugales utilizan patro-
nes característicos y relativamente fijos para afrontar las distintas dificultades.
Si esos patrones son inapropiados o no se amoldan a las circunstancias de
cada momento, la familia experimentará un tipo de perturbación bastante
semejante al trastorno de personalidad que padece un individuo de carácter
rígido e inflexible.
Si la familia no dispone de los mecanismos de adaptación específicos para
una determinada situación, o fracasa al emplearlos, resulta probable que
alguno de sus miembros se vea afectado y exteriorice los síntomas de esa
herida.
No siempre existe un nexo claro y unívoco entre los patrones de interacción
disfuncionales que utiliza una familia o sus distintos integrantes, y un tipo
particular de perturbación. Con todo, ciertas tendencias innatas y determinados
sucesos de su biografía favorecen, en un momento dado, el desarrollo de esta
o aquella expresión sintomática en un concreto miembro de la unidad familiar.

Entre los motivos de la mayor vulnerabilidad de una persona respecto a las


restantes, cabría sugerir:

1. La susceptibilidad individual o predisposición genética. Ciertos


trastornos como la esquizofrenia, el trastorno bipolar, el de déficit de atención
con hiperactividad, o las distintas anomalías del aprendizaje en la infancia… se
ven favorecidos por una disposición biológica específica, derivada a su vez de
la particular dotación genética de un individuo.

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2. La situación de la familia en el momento del nacimiento puede


también propiciar ciertas perturbaciones.
Por ejemplo, una persona cuyo padre falleció al nacer uno de sus hermanos,
probablemente experimente cierta resistencia a ser él mismo padre.

3. Una enfermedad física crónica. Los problemas de la familia pueden


proyectarse sobre un hijo que padece una enfermedad crónica cada vez que
esta atraviesa un episodio agudo. Además, la cantidad de cariño requerida por
el hijo en tales circunstancias puede perturbar el entero funcionamiento de la
familia y las relaciones entre sus miembros, provocando que el enfermo se
infantilice, mientras que sus hermanos —menos o poco atendidos por gozar de
buena salud— incuban un resentimiento… también crónico.

4. Precipitantes en la familia extensa. Un accidente o muerte que de


alguna forma guarda más relación con un hijo que con otro (p. ej., la hija mayor
que estaba con la abuela el día que la abuela sufrió un ataque al corazón)
puede hacer que un miembro de la familia se convierta en el foco de los pro-
blemas de esta.

5. El sexo del hijo. Las dificultades para desarrollar el propio patrón


sexual de un hijo pueden estar relacionadas con una dificultad particular del
progenitor en el mismo terreno. Por ejemplo, si el padre tiene problemas de
relación con otros hombres, a su hijo probablemente le ocurrirá algo similar.

6. Orden de nacimiento de los hermanos. El hijo mayor puede ser más


presionado por los padres para que madure rápido y trabaje bien, mientras que
el hijo pequeño suele ser el más mimado y dependiente.

7. Mito familiar ligado a un individuo específico. Ciertos miembros de la


familia pueden ser conocidos como el tonto, el gracioso, el vago, el guapo o el
feo. Esos mitos los pueden revelar los nombres y apodos de los hijos.
El miembro de la familia que manifiesta los
síntomas puede convertirse en el chivo expiatorio
de todo el grupo, de forma que las dificultades
familiares se desplazan hacia él. A menudo, esta
persona es la más débil psicológica o
constitucionalmente, la más joven, o el miembro de
la familia más sensible, incapaz de afrontar la
perturbación familiar generalizada. El paciente
identificado podría ser el miembro de la familia más
interesado o implicado en el proceso de cambio de
la familia.

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VI. Problemas del ciclo vital y disfunciones

Algunas familias pueden tener dificultades continuas para afrontar los


problemas a lo largo de sus vidas, pero otras experimentan dificultades sólo
durante ciertos períodos del ciclo vital. Una familia está sujeta a presiones
internas provenientes de los cambios de desarrollo de sus propios miembros y
subsistemas, y a presiones externas provenientes de exigencias para
adaptarse a la sociedad.
Los problemas familiares episódicos suelen estar relacionados con:
1) una incapacidad para afrontar adecuadamente las tareas de la fase
familiar de ese momento;
2) una falta de aptitud para afrontar adecuadamente el cambio hacia una
nueva fase familiar;
3) el estrés causado por acontecimientos inesperados; o
4) todos estos problemas juntos.
En caso de transiciones familiares normales y previsibles, la incapacidad
para dominar las tareas del momento puede estar en el origen de las
disfunciones. Por ejemplo, para dos personas que piensan casarse lo óptimo
sería alcanzar un cierto nivel en su desarrollo personal y en las relaciones con
sus familias de origen antes de considerarse preparados para la boda. Mientras
éstas y otras necesidades prioritarias no estén superadas, los individuos y la
unidad conyugal tendrán dificultades al afrontar los retos del momento.
Pero también pudiera ocurrir que una familia apta para abordar con éxito las
tareas de una determinada fase, se descubre incapaz de hacer lo mismo con la
que sigue. (p. ej., una pareja competente con un hijo pequeño, podría sentirse
desbordada y poco preparada para los retos de la adolescencia).
Las inevitables transiciones de fase pueden ser estresantes para los
miembros de la familia; pero los cambios inesperados suelen ser todavía más
difíciles de afrontar. A menudo, los acontecimientos poco usuales del ciclo vital
familiar desbordan las capacidades de los sistemas familiares para superar las
dificultades que generan.
Así sucede, pongo por caso, en el desempleo, ante una enfermedad muy
grave, accidentes o la muerte de algún miembro de la familia.

En tales circunstancias, la familia habrá de explorar nuevas formas de


organizarse durante una temporada, para dirigir —¡y digerir!— las tensiones
adicionales producidas por dicho acontecimiento. Igual que los individuos, los
sistemas conyugales y familiares poseen patrones característicos para
enfrentarse al estrés. En primer término, la familia suele evocar, fortalecer y
enfatizar los patrones de adaptación característicos utilizados en el pasado.
Pero si esos mecanismos no funcionan, los patrones familiares pueden
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desorganizarse… y engendrar o una disfunción grave o una nueva solución


creativa.

1. Duelo no resuelto

La muerte de uno de los padres o de uno de los hijos, especialmente cuando


no hay un período de luto, suele traer como consecuencia nuevos problemas
familiares. Muchas veces, el desarrollo familiar se detiene en el momento del
fallecimiento, y la familia permanece en un estado de espera, incapaz de
avanzar ni de sentir realmente el dolor. Esto suele «cristalizar» en un ritual
familiar.
Por ejemplo, si un hijo murió en Navidad, la familia puede ser incapaz de
celebrarla durante varios años, o puede empeñarse en que el modo de hacerlo sea
exactamente igual que antes del fallecimiento del hijo, en lugar de acomodarlo a
las necesidades de los supervivientes. Los abortos espontáneos o el nacimiento de
un hijo muerto pueden causar el mismo efecto. La mayoría de las veces, la familia
necesita ayuda para hablar sobre la muerte y encontrar alguna forma de llevar el
luto y seguir con la vida.

2. Secretos tóxicos

Las familias pueden tener secretos:


• que solo conocen algunos de sus miembros (p. ej.,
la madre y la hija saben que la hija fue violada, pero el padre
no lo sabe);
• que todos conocen pero que nadie admite (p. ej., el
padre es alcohólico),
• o que la mayoría de los miembros sospechan pero no quieren saber (p.
ej., la madre tiene un amante).
Los secretos impiden una comunicación clara, establecen coaliciones
inconvenientes y confunden a los hijos, que saben que algo va mal pero
desconocen de qué se trata. Como consecuencia, la familia vive un ambiente
de irrealidad, que impide el desarrollo de los hijos, que no saben a qué
atenerse.
Estos secretos entran a formar parte de los problemas del ciclo vital en
un momento dado, y crean distintas disfunciones.
El terapeuta debe descubrir el secreto familiar cuidadosamente, de modo
que tenga tiempo para apoyar a cada uno de los miembros de la familia. Raras
veces es beneficioso para la familia que sus miembros guarden un secreto
familiar importante.

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3. Ejecución de tareas en la familia disfuncional

Las deficiencias en la ejecución de las labores familiares arrojarán como


saldo tensiones y distorsiones, problemas y contratiempos en la vida familiar.
Y todo ello, en las tres tareas principales de la familia. A saber:
1) cubrir las necesidades básicas,
2) desarrollar una coalición conyugal funcional y
3) criar y socializar a los hijos.
En la familia disfuncional, estas tareas o no se cumplen o se cumplen peor
que en las sanas. La causa de esa inaceptable ejecución puede ser un entorno
insoportable, la enfermedad física o mental de uno o varios componentes de la
familia, o conflictos serios entre ellos miembros, particularmente entre la díada
conyugal o entre los cuidadores adultos.

Cubrir las necesidades básicas


La incapacidad de cubrir las necesidades básicas de la familia es frecuente
en tiempos de guerra, pobreza o depresión económica. El mantenimiento de la
integridad familiar frente a la falta de medios requiere ingenio y resistencia, lo
que es difícil de lograr todos los días si los adultos quedan incapacitados o
caen en depresión.
Sin embargo, la incapacidad familiar para cubrir las necesidades básicas
puede darse en condiciones económicas adecuadas, si los cuidadores adultos
(especialmente la madre, que suele encargarse del funcionamiento familiar
diario incluso enferma) están ausentes debido a una dependencia de drogas o
alcohol, psicosis o violencia… o se hallan tan absortos en sus propios intereses
que no advierten siquiera las necesidades de quienes están a su cuidado.

Mantenimiento de un matrimonio funcional: cuestiones de sexualidad,


intimidad y compromiso
El matrimonio es una de las pocas realidades humanas que «se mueve»
simultáneamente en dos niveles: como relación intensa de amor y como
asociación económica y funcional diaria o pequeño negocio.
Requiere, por eso, un complejo conjunto de destrezas y sentimientos, así
como la habilidad de cambiar rápidamente los modos de comportarse.
• Hay matrimonios en los que ha desaparecido la intimidad, pero que
funcionan aceptablemente como «compañeros de piso», para medio-educar a
los hijos y mantener el hogar en marcha. Pueden «manejarse» a la hora de
resolver problemas y también medio-comunicarse, pero no existe el contacto
íntimo ni de los cuerpos… ¡ni de las personas! ¿Resultado?: con frecuencia se
rompen cuando los hijos abandonan la casa.

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• También es posible encontrar parejas en las que el sexo y la pasión están


muy presentes, pero más aún las peleas violentas para decidir quién manda y
controla el cotarro… que entonces se vuelve incontrolable.
El proceso suele ser análogo: disminución de los sentimientos positivos y de
la comunicación, dejadez a la hora de realizar las distintas tareas hogareño-
familiares… y crecimiento incontrolable —¡de nuevo!— de la ira y los enfados;
lucha de igual a igual, aislados y silenciosos, o dominio arbitrario y humillante
de uno/a sobre otra/o.
Y, «para animar la fiesta», frecuentes triangulaciones entre uno de los hijos o
hijas, con el progenitor y la progenitora, el amante o «la amanta»… a ver si de
este modo disminuye la tensión.

Crianza y socialización de los hijos


Es difícil satisfacer las constantes necesidades de los hijos cuando se está
desbordado por las disputas conyugales, la enfermedad individual o la
exigencia de satisfacer las propias necesidades básicas.
A padres menos capaces de dar apoyo, hijos más carentes de ayuda, más
acostumbrados a cuidar ellos de sus progenitores, a responsabilizarse de las
tareas domésticas, proporcionar apoyo emocional a quienes deberían dárselo a
ellos… o a tomar partido por uno de los padres y en contra del otro.
En casos de neta degradación, puede llegarse al incesto, una de las formas
más bajas y humillantes de utilizar al hijo, transformado en objeto sexual
sustitutivo… a veces para colmar las propias carencias afectivas… a veces
para «dañar» voluntariamente al otro miembro de la pareja… a veces por una
mezcla de estos motivos y otros muchos, aglutinados del modo más confuso
posible.
Los cónyuges fuertemente perturbados despliegan estilos de pensamiento y
comunicación especialmente difíciles de entender para los hijos. Además, no
tienen consideración para las emociones de estos, que son ignoradas o
abiertamente contradichas; los castigos se multiplican arbitrariamente… y el
resultado puede ser la depresión, la ira o la insensibilización del niño.
Y el caso aparentemente opuesto: hijos muy difíciles de tratar, que
convierten la educación en una tarea terriblemente dura. Sucede a menudo con
chicos con temperamento complejo, con déficit de atención e hiperactividad o
algunas formas de psicosis, dotados por eso de poca o nula capacidad para
controlar sus impulsos y mantener o recuperar la paz… y necesitados de
grandes dosis de paciencia y solicitud por parte de unos padres que a menudo
no saben, pueden o quieren (o las tres cosas unidas) atenderlos como
reclaman.
Tales padres, puestos constantemente a prueba y, como consecuencia,
profundamente «desgastados» y frustrados —excepto en casos de auténtica
heroicidad—, han de conservar la calma y un entorno más estructurado de lo
habitual… en condiciones mucho peores que las de otros hogares. Si los

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padres no se dedican por igual a atender los requerimientos-extra de sus hijos,


o si no alcanzan un acuerdo muy de fondo sobre el mejor modo de tratarlos, los
chicos pueden incidir muy negativamente —hasta la ruptura— en un
matrimonio que tal vez en otras circunstancias se hubiera desarrollado dentro
de la normalidad.
También puede ocurrir que (alguno de) los hijos choque frontalmente —a
causa de su temperamento o por otros motivos— con uno de los progenitores
en concreto. Y, así, un hijo muy activo y travieso difícilmente «encajará» con
una madre temerosa y propensa a la depresión, capaz de atender
adecuadamente, sin embargo, a chicos más dóciles y tranquilos. Y, en el otro
extremo, un hijo tímido y reservado muy probablemente decepciones a un
padre duro, exigente y atlético, que con toda probabilidad intentará
«endurecerle», tratándolo con severidad extrema y dejando en él cicatrices
emocionales permanentes.

Resumen

Hemos descrito algunos de los procesos que atraviesan las familias hasta
convertirse en disfuncionales: por lo común, incapacidad o falta de recursos a
la hora de negociar las transiciones del ciclo vital o llevar a cabo las tareas
familiares ineludibles.
Resulta casi tautológico sostener que una familia disfuncional raras veces
dispone de recursos internos para modificar su situación. Pues, si contara con
ellos, habría ya cambiado o eliminaría los factores de riesgo… y no podría
calificarse de disfuncional. Por eso, sus miembros han de buscar —cuando
perciben esa necesidad— ayuda en el exterior. Bien directamente, solicitándola
a quien puede proporcionarla, bien haciéndose daño a sí mismo o al resto de la
familia, o a alguna otra persona, para así atraer la atención del exterior. En
cualquiera de estos casos, si la valoración del problema y el tratamiento se
dirigen exclusivamente a la persona cuyos síntomas resultan más manifiestos,
sin tener en cuenta al resto de la familia, resulta casi imposible que la acción
del terapeuta obtenga un mínimo de éxito.
La familia funcional puede compararse con una orquesta interpretando una
sinfonía: aunque cada uno de sus miembros toca un instrumento diferente,
todos juntos consiguen una configuración global armónica y satisfactoria. Por el
contrario, en una familia disfuncional no existe tal armonía, y el pesimismo
imperante favorece más aún la desconexión de sus miembros.
Como en una partida de póquer en la que cada jugador guardara sus
mejores cartas para sí, sin ponerlas nunca encima de la mesa y así mejorar los
resultados globales. Con tales reservas, siempre se jugaría «el mismo juego»:
nadie se arriesgaría a pedir una carta nueva, a perder y ni siquiera a «ganar»…
puesto que no sabría a dónde podría llevarle esa «victoria». Intervenir en la

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marcha del juego para intentar modificarla no tiene ningún aliciente: casi se
prefiere seguir gozando de triunfos vacíos o sufriendo las mismas derrotas.

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