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LA IDENTIFICACIÓN HUMANA

EN COLOMBIA. AVANCES Y
PERSPECTIVAS

JOSÉ VICENTE RODRÍGUEZ CUENCA


Profesor Titular, Departamento de Antropología
Universidad Nacional de Colombia
Bogotá, agosto de 2011
Catalogación en la publicación Universidad Nacional de Colombia
Rodríguez Cuenca José Vicente, 1952-
La identificación humana en Colombia. /
José Vicente Rodríguez Cuenca.- Bogotá: Universidad Nacional de Colombia
Facultad de Ciencias Humanas. Departamento de Antropología, 2010.
275 p.
ISBN: 978-958-719-823-2

1. Antropometría. 2. Antropología forense.3. Holocausto del Palacio de Justicia (1985).


CDD-21 599.94 / 2011

La identificación humana en Colombia. Avances y perspectivas.

Primera edición:

Agosto de 2011

© UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA


FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS
DEPARTAMENTO DE ANTROPOLOGÍA
www.humanas.unal.edu.co/antropología

ISBN:
978-958-719-823-2

Portada: Fosa común del holocausto del Palacio de Justicia; lesión en pelvis por PAF; huella dactilar;
reconstrucción facial de caso forense.

Preparación editorial
Centro Editorial, Facultad de Ciencias Humanas
Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá
Ed. 205, of. 222, tel: 3165000 ext.16028
e-mail: editorial_fch@unal.edu.co
www.humanas.unal.edu.co

Impreso en Colombia – Printed in Colombia

Todos los derechos reservados.


Prohibida su reproducción parcial o total
Por cualquier medio sin permiso del editor
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TABLA DE CONTENIDO 3-7

Introducción 8-12

Capítulo 1
La práctica de la identificación humana como disciplina 13-22
1.1. El desarrollo histórico de las bases de la identificación
1.2. La Antropología forense en el ámbito mundial
1.3. La Antropología forense: una disciplina contextual
1.3.1. Fases de la investigación
1.3.1.1. La investigación documental
1.3.1.2. La investigación de campo
1.3.1.3. La investigación de laboratorio
1.3.1.4. El cotejo
1.3.1.5. El informe

Capítulo 2
La Antropología forense en Iberoamérica 23-36
2.1. Veinte años en búsqueda de la verdad, justicia y reparación
2.1.1. La situación en Argentina
2.1.2. La situación en Guatemala
2.1.3. La situación en Perú
2.1.4. La Antropología forense en la recuperación de la memoria histórica de España
2.2. La Asociación Latinoamericana de Antropología Forense (ALAF)
2.3. La Antropología forense latinoamericana frente al futuro

Capítulo 3
La Antropología forense en Colombia 37-49
3.1. Los primeros dictámenes periciales sobre restos óseos
3.2. Jorge Eliécer Gaitán y la búsqueda de evidencias forenses de la masacre de las bananeras
de 1928
3.3. La enseñanza de la Antropología Criminal
3.4. La búsqueda e identificación de los restos del sabio José Celestino Mutis
3.5. El surgimiento de la Antropología forense institucional
3.6. La situación contemporánea de Colombia
3.6.1. El contexto jurídico
3.6.2. El contexto técnico
3.6.3. La necesidad histórica de la verdad, justicia, reparación y reconciliación

Capítulo 4
Mestizaje, castas y biotipo colombiano 50-64

4.1. Antes de Colón


4.2. Los conquistadores: castellanos, andaluces, vascos, gallegos y otros
4.3. La Conquista: guerras, enfermedades y exterminio indígena
4.4. La Colonia: mestizaje y castas
4.5. Los Censos: el crecimiento de los mestizos
4.6. Los estudios genéticos: ADNmt amerindio y cromosoma Y español
4.7. El mestizo: mezcla de características somáticas
4.8. De la madre América al padre España y África

Capítulo 5
La excavación de contextos funerarios 65-78
5.1. Sepultureros y exhumaciones
5.2. La importancia del registro funerario
5.3. El contexto de los hallazgos
5.3.1. Los hallazgos fortuitos
5.3.2. La búsqueda de enterramientos
5.4. El proceso arqueológico
5.4.1. La prospección
5.4.2. La excavación
5.4.3. El registro
5.5. El análisis de laboratorio
5.6. El cotejo e informe final

Capítulo 6
La variación sexual 79-98
6.1. El concepto de variación
6.2. Estimación del sexo en individuos adultos
6.2.1 El cráneo
6.2.1.1. Morfología craneal
6.2.1.2. Craneometría
6.2.2. Odontometría y dimorfismo sexual
6.2.3. La mandíbula
6.2.4. El coxal
6.2.5. El sacro
6.2.6. La escápula
6.2.7. La clavícula
6.2.8. El esternón
6.2.9. El húmero
6.2.10. El fémur
6.2.11. La tibia
6.3. Estimación del sexo en individuos infantiles
6.3.1. La mandíbula
6.3.2. El ilion
5

Capítulo 7
La variación ontogénica 99-150

7.1. Edad y variación biológica


7.2. Crecimiento y desarrollo
7.3. Desarrollo y erupción dental
7.4. Edad y maduración ósea
7.4.1. La escápula
7.4.2. La clavícula
7.4.3. El húmero
7.4.4. El radio
7.4.5. La ulna (cúbito)
7.4.6. El coxal
7.4.7. El fémur
7.4.8. La tibia
7.4.9. La fíbula (peroné)
7.5. El desgaste dental y su relación con la edad
7.6. Edad y micro estructuras dentales
7.6.1. El método de Gustafson
7.6.2. El método de Kilian y Vlček
7.6.3. El método de Lamendin
7.7. Sinostosis de las suturas craneales
7.8. La terminación esternal de las costillas
7.9. La sínfisis púbica
7.10. La superficie auricular del ilion

Capítulo 8
La variación poblacional 151-169
8.1. La clasificación poblacional en Colombia
8.2. La variación craneométrica
8.3. Morfoscopía craneal
8.4. La variación en huesos largos
8.5. La variación dental
8.5.1. Odontometría
8.5.2. Morfología dental

Capítulo 9
La variación estatural 170-179
9.1. Variabilidad estatural
9.2. El método anatómico de reconstrucción de la estatura
9.3. Estimación métrica de la estatura
9.4. La variación secular de la estatura en la población colombiana
Capítulo 10
Los traumas óseos en las situaciones de conflicto 180-192
10.1. La patología ósea en los procesos de identificación
10.2. Funciones y estructura del hueso
10.3. Tipos de traumas
10.3.1. Trauma craneal: estructura e impacto
a) Fracturas por arma contundente
b) Trauma craneal por PAF
c) Lesiones por arma contundente
10.4. Traumas en huesos largos

Capítulo 11
El rostro en la identificación humana 193-215
11.1. La identificación de rostros
11.2. El somatotipo facial
11.2.1. El cabello
11.2.2. La frente
11.2.3. Los ojos
11.2.4. La nariz
11.2.5. La boca
11.2.6. El pabellón auricular
11.2.7. El rostro en general
11.3. La reconstrucción facial a partir del cráneo
11.4. El cotejo cráneo-foto
11.5. La reconstrucción gráfica
11.6. La reconstrucción tridimensional (plástica)

Capítulo 12
La variación dermatoglífica 216-225
12.1. Definición y características de la dermatoglífica
12.2. Surgimiento y desarrollo de la dermatoglífica
12.3. Figuras digitales
12.4. Figuras palmares
12.5. Los estudios poblacionales
12.6. Las muestras colombianas
12.6.1. Indígenas
12.6.2. Bogotá

Capítulo 13
Rostros y voces del holocausto del Palacio de Justicia 226-257
13.1. El problema de la identificación de las víctimas 25 años después
13.2. Los hechos: la justicia entre dos fuegos
13.3. El tratamiento de los despojos mortales
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13.4. La labor de identificación del CTI de la Fiscalía


13.5. Mucha historia y pocos resultados
13.6. El papel de la Antropología forense en la identificación humana
13.7. Enigmas por resolver
13.7.1. La búsqueda de la familia Acuña
13.7.2. Un funcionario de Palacio busca su hogar
13.7.3. La suerte de Ana Rosa Castiblanco
13.7.4. La suerte de los empleados de la cafetería y visitantes
13.8. Las condenas
13.9. Las lecciones cruentas del conflicto colombiano
13.10. Las identificaciones indiciarias
13.10.1. Esqueleto No. 56
13.10.2. Esqueleto No. 57
13.10.3. Esqueleto No. 60
13.10.4. Esqueleto No. 61
13.10.5. Esqueleto No. 62
13.10.6. Esqueleto No. 63
13.10.7. Esqueleto No. 64
13.10.8. Esqueleto No. 66
13.10.9. Esqueleto No. 71
13.10.10. Esqueleto No. 79
13.10.11. Esqueleto No. 80
13.10.12. Esqueleto No. 83
13.11. Recomendaciones y proyecciones

Capítulo 14
La variación biológica de la población colombiana: balance y perspectivas 258-261
14.1. La variación somática
14.2. La variación dermatoglífica
14.3. La variación dental
14.4. La variación ósea

Bibliografía 262-280
Introducción

La Antropología legal, forense, criminal, judicial o policial tiene como objetivo la


identificación de personas, vivas o muertas, ya sea a partir de sus rasgos somáticos
faciales, corporales o digitales, o de sus restos óseos, dentales, craneales o postcraneales.
La identificación, a su vez, se define como la acción y efecto de identificar o identificarse,
trata de reconocer que una persona es la misma que se supone o se busca, a partir de un
“conjunto de caracteres o circunstancias que hacen que alguien o algo sea reconocido sin
posibilidad de confusión con otro” (Diccionario Enciclopédico Larousse 2003:544).
La identificación humana en Colombia es practicada por expertos en antropología,
artes, criminalística, genética, medicina y odontología, apoyados por ingenieros de
sistemas y otros profesionales. Su principal insumo es el conocimiento de la variabilidad
biológica, tanto genética como fenética (morfológica) de las poblaciones colombianas, con
el fin de ubicar a un individuo dentro de un universo de posibilidades según sus
características genéticas (ADN), dentales (carta dental), dactilares (carta decadactilar),
además del sexo, la edad, la estatura, las características de su rostro y las proporciones
corporales. Mientras que los estudios de genética poblacional han avanzado
considerablemente en el país gracias a la existencia de institutos universitarios y
médicolegales de genética, cuyos resultados se han publicado en numerosas revistas
biológicas y médicas, las investigaciones morfológicas, por su parte, han tenido un
desarrollo muy lento. No obstante, la antropología ha impulsado estudios orientados a
conocer la variabilidad biológica de las poblaciones colombianas en el tiempo y el espacio,
con el fin de conocer sus orígenes y posterior evolución. Como consecuencia, hemos
aportado al conocimiento de los orígenes de los primeros pobladores del territorio
colombiano, a su posterior evolución en relación con las transformaciones del medio
ambiente y de la cultura, y al impacto de los cambios de los patrones de subistencia (de la
recolección y caza a la horticultura y agricultura) en su salud, condiciones de vida y
características físicas. Igualmente hemos aportado al conocimiento del proceso de
miscegenación con la llegada de europeos y africanos a partir del siglo XVI, y a su
resultado, la conformación de una población predominantemente mestiza (indígena y
europeo) en la región Andina, mulata (indígena, europeo y africano) en las costas Caribe y
Pacífica, con presencia de importantes grupos indígenas en La Guajira, Cauca, Chocó,
Llanos Orientales y Amazonia. El presente texto trata precisamente de divulgar estos
últimos resultados con el propósito de que los interesados sobre Colombia tengan una
visión panorámica de sus avances y necesidades.
La antropología, considerada como el estudio de los orígenes y posterior evolución
de la diversidad humana, es una disciplina amplia que puede abordar esta problemática
desde una perspectiva holística e integral, considerando al ser social, cultural y biológico
en el tiempo y en el espacio, desde sus tres divisiones menores: Antropología
sociocultural, Arqueología y Antropología biológica. Por esta razón la Antropología legal
aplica sus distintas teorías, métodos y técnicas, que constituyen el quehacer antropológico
de una institución académica a la solución de problemas judiciales.
La Antropología sociocultural, al estudiar las creencias, el arte, la moral, el derecho,
las costumbres y otros aspectos de la sociedad, incluye la problemática del derecho de los
9

pueblos nativos, su normatividad cultural, procedimientos punitivos y su relación con el


entorno socio-jurídico nacional. Conocer el contexto cultural en que se han desarrollado
las diferentes normativas que han regido a los pueblos no occidentales, para el caso de las
naciones latinoamericanas de las comunidades indígenas su cosmovisión, su manera de
entender el mundo, el desequilibrio o desorden y, por ende, la manera de restablecer el
orden, sirve para que los legisladores apoyados en la normatividad constitucional
comprendan que los chamanes, piaches, mama o sacerdotes nativos, son los portadores
de una tradición milenaria donde no existe la dicotomía entre naturaleza y sociedad. El
desequilibrio es entendido como un desorden integral que afecta no solamente al
individuo, sino también a la sociedad, las plantas, los animales y al cosmos. Por
consiguiente, las sanciones mediante ayunos y otros rituales lo que buscan es el
restablecimiento de ese orden o equilibrio. Por otro lado, el comportamiento social de los
grupos insurgentes, sus creencias, temores y angustias también se plasman en el
tratamiento de las víctimas, pues se ha dado el caso de descuartizamientos mediante la
ayuda de expertos “carniceros” que con macabro orgullo blanden su cuchillo asesino
untado con la sangre de sus víctimas, o que arrojan los cadáveres a depredadores
(caimanes, cachamas) para desaparecerlos físicamente.
La Arqueología al analizar el tiempo pasado de las sociedades, excava e interpreta
sus vestigios materiales para darle sentido al cambio socio-cultural, aún en tiempos de
conflicto armado. La línea de arqueología adecuada para los casos forenses es la funeraria
o de la muerte, en donde se trata de contextualizar el comportamiento de las víctimas y
victimarios mediante el estudio de tres grandes componentes o ejes temáticos de los
contextos funerarios para poder acceder al contexto social: el cuerpo (tratamiento,
posición, orientación, grado de articulación), el recinto (tamaño, forma, ubicación
espacial) y las evidencias materiales asociadas al cuerpo (artefactos y ecofactos).
A su vez, la Antropología biológica o física estudia los orígenes de la diversidad
biológica de las poblaciones humanas, y mediante el estudio de sus restos dentales, óseos
o momificados, identifica su posición taxonómica, tal como estila practicar en casos de
desaparición de personas. Esta última división es conocida en el ámbito europeo como
Antropología criminal, legal, judicial o policial, y en el americano como Antropología
forense. En el primero surgió en el siglo XIX por el interés de identificar a delincuentes
mediante su caracterización somática –bertillonaje-, y en el segundo por la búsqueda de
desaparecidos. Ambos continentes han desarrollado métodos y técnicas de identificación,
pero ante todo han hecho énfasis en la necesidad de conocer la diversidad o referente
poblacional, y en la elaboración de estándares que posibiliten ubicar a un europeo o a un
americano1 dentro de un universo específico.
La identificación es un proceso comparativo y reconstructivo tendiente a ubicar a
una persona desconocida dentro de un universo biosocial conocido. Ese universo es
simplemente un conjunto de individuos que comparten un territorio, un origen común y
unas características morfométricas y genéticas afines. Este contexto biosocial o población

1 Los norteamericanos y mexicanos han sido los que más han avanzado en el conocimiento de su
referente poblacional; los otros países americanos están en proceso de reconocimiento de su
identidad biológica y en la construcción de sus estándares de identificación.
de referencia representa la base del proceso de identificación. La población de referencia
está integrada por un conjunto de individuos de ambos sexos, diferentes edades, distintos
orígenes poblacionales, diferentes estaturas y la combinación de rasgos individuales. Por
esta razón, no existen estándares internacionales de identificación pues cada país cambia
con el tiempo y es diferente -según sus procesos históricos- a sus vecinos. Así, por
ejemplo, Colombia es un país de mestizos entre naciones con un alto componente
indígena (Centroamérica, Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay), africano (Antillas, Caribe,
Venezuela, norte de Brasil) y europeo (Argentina, Uruguay, Chile, sur de Brasil).
Colombia es un país de origen predominantemente mestizo –andino o costeño-,
con un índice de cerca de 30 muertes violentas por 100.000 habitantes2, siendo casi el
80% varones en edad productiva -15 a 45 años-, con graves problemas sociales por el
conflicto armado, el terrorismo y la delincuencia común, entre ellos la dramática situación
de más de dos millones de desplazados. Esta situación social ha requerido de la
identificación de delincuentes, terroristas y violadores, donde el retrato hablado con las
características somáticas, como también de sus huellas digitales sirven de base para su
identificación, con más frecuencia que la identificación de restos óseos. Por ejemplo, en
Colombia solamente en el 2003 se identificaron más de 18.000 posibles delincuentes por
retratos hablados elaborados según la descripción física de testigos, mientras que en dos
décadas el número de desaparecidos ha alcanzado una cifra similar. Por otro lado, no se
conoce la variabilidad fenética –morfométrica- de las distintas regiones colombianas, unas
indígenas, otras afro descendientes aunque de mayoría mestiza caucasoide. Esta
particular situación colombiana demuestra la necesidad que tiene el país de desarrollar
procedimientos y estándares de identificación, tanto para personas vivas como
desaparecidas.
Las entidades estatales académicas tienen como misión estudiar los problemas del
país para ofrecer soluciones en los diferentes campos del saber que desarrolla. En este
ámbito la Universidad Nacional de Colombia y el Instituto Nacional de Medicina legal y
Ciencias Forenses (INMCF) han adelantado en las dos últimas décadas a través de sus
laboratorios de antropología investigaciones tendientes a conocer la variabilidad ósea de
los connacionales a partir de muestras de morgue y de cementerio con datos biográficos;
igualmente han apoyado la capacitación de técnicos criminalísticos y en el postgrado de
Antropología forense se han impulsado estudios tendientes a dar cuenta de la variabilidad
de la población colombiana, el desarrollo de nuestros propios estándares o la verificación
de los denominados “patrones internacionales”. Si en 1994 se publicó el texto
“Introducción a la Antropología forense” con el ánimo de dar a conocer los principios
básicos de esta nueva disciplina, y despertar el interés por la investigación, dando cuenta
de lo que europeos y norteamericanos habían construido en esta área del conocimiento,
hoy día disponemos de resultados locales que pueden contribuir a la identificación de
connacionales vistos desde su propia variación (Rodríguez, 2004; Sanabria, 2004).
Producto de esta labor pionera en Colombia, antropólogos, abogados, médicos,
odontólogos, jueces, fiscales y técnicos han conocido los métodos y técnicas de la
identificación en Antropología legal o forense. Con la Ley de Justicia y Paz los antropólogos

2 En 2003 descendió a 50 a pesar de la fuerte escalada terrorista desatada por grupos insurgentes.
11

forenses del país en los últimos tres años han complementado su capacitación con el
apoyo del Icitap del Departamento de Estado norteamericano, en metodologías de
campo, laboratorio y en el estudio de traumas. Si bien es cierto que algunos de los
antropólogos forenses del país –los que tienen una formación muy básica sin posgrado- no
aceptan la necesidad de abordar problemáticas especializadas como la Patología forense,
Antropología dental, Dermatoglífica y Somatología pues consideran que su misión es de
ofrecer solamente la cuarteta básica de identificación (sexo, edad, filiación poblacional,
estatura), no obstante el hecho de que en muchas oportunidades no tengan médicos,
odontólogos, dactiloscopistas o artistas judiciales en sus equipos, les obliga a incluir en sus
informes acápites de estas ramas que también han sido abordadas por la Antropología
biológica. Por esta razón, con el ánimo de contribuir con la identificación de personas,
estén vivas o fallecidas, a diferencia de otros textos de Antropología forense en el mundo,
aquí hemos incluido capítulos de estas ramas útiles para las Ciencias forenses en general,
más aún cuando en Colombia disponemos de algunos resultados de investigaciones
poblacionales.
El principal objetivo de este texto es el de discutir las bases teóricas, técnicas y los
resultados de las investigaciones sobre los diferentes métodos de identificación
desarrollados en Colombia, en concordanci con el Artículo 251 de la Ley 906 de agosto 31
de 2004:

Métodos. Para la identificación de personas se podrán utilizar los diferentes


métodos que el estado de la ciencia aporte, y que la criminalística establezca en
sus manuales, tales como las características morfológicas de las huellas digitales, la
carta dental y el perfil genético presente en el ADN, los cuales deberán cumplir con
los requisitos del artículo 420 de este código respecto de la prueba judicia”.

El texto se ha organizado en 14 capítulos que van de lo general (aspectos básicos


de la identificación) hasta lo particular (un caso forense de importancia para el país como
es el holocausto del Palacio de Justicia del 6 y 7 de noviembre de 1985), contemplando los
aspectos esenciales de la identificación humana como el sexo, la edad, la filiación
poblacional, la estatura, los traumas, la variación dermatoglífica, el rostro, además del
contexto arqueológico. Como ampliación de textos anteriores de mi autoría (Rodríguez,
1994, 2004), he incluido cuatro capítulos más donde se brinda una idea general sobre el
desarrollo de la disciplina en Iberoamérica y Colombia, sus vacíos, aportaciones y
principales tendencias históricas. Se ha dedicado un capítulo especial a la variación
poblacional de Colombia con los resultados de las investigaciones craneométricas,
osteométricas y dentales que dan cuenta de esta diversidad. El capítulo sobre la variación
dermopapilar (dactilar y palmar) presenta los resultados de las pocas investigaciones
adelantadas en el país, con el fin de exponer sus aplicaciones en estudios criminalísticos,
clínicos y antropológicos. El capítulo sobre los rostros y voces del holocausto del Palacio
de Justica expone los resultados de las investigaciones tendientes a la identificación de los
restos que reposaron en el Laboratorio de Antropología Física de la Universidad Nacional
de Colombia hasta 2009. Como síntesis se presenta un capítulo con un balance de las
investigaciones bioantropológicas en Colombia y las proyecciones hacia el futuro.
Hay que resaltar que a pesar de que se aportan resultados de investigaciones
americanas y europeas, este texto básicamente presenta el desarrollo de la Antropología
forense colombiana en todos los campos de la identificación humana, y como tal, es de
utilidad para antropólogos, artistas, jueces, fiscales, médicos, odontólogos y técnicos
criminalísticos.
Si bien es cierto que la redacción e interpretación del material aquí expuesto es
producto del autor, no obstante, su preparación es fruto del trabajo de varios docentes y
estudiantes del postgrado de Antropología forense de la Universidad Nacional de
Colombia, pionero en Iberoamérica, quienes con su esfuerzo impulsaron proyectos de
investigación de cara a la verificación de los llamados “estándares internacionales”. Sus
críticas y sugerencias a los borradores iniciales, al igual que los colegas de instituciones
judiciales egresados del postgrado permitieron depurar el presente texto. Su interés ha
motivado la visita de colegas de Argentina (EAAF), España (Universidad del País Vasco,
Universidad Complutense de Madrid), Estados Unidos de América (AAA, ICITAP),
Guatemala (FAFG, CAFCA), Perú (Cenia, EPAF), México (UNAM, ENAH), Reino Unido
(Universidad de Manchester), Rusia (Instituto de Antropología y Etnografía), Venezuela
(Universidad Central de Venezuela), quienes han enriquecido nuestra experiencia. A todos
ellos especiales agradecimientos. Con el Departamento de Antropología de la Facultad de
Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Colombia estoy inmensamente
agradecido pues me brindó el tiempo, el espacio, equipos, recursos y una agradable
atmósfera académica.
Quiero agradecer a mis antiguos estudiantes de pregrado y posgrado, hoy
reconocidos colegas que laboran en importantes instituciones del país y del exterior, por
sus ideas y sugerencias y los ratos amenos que compartimos en campo y laboratorio:
Carmelo Arregocés, María Inés Barreto, Isla Yolima Campos, Gisella Castro, Julio César
Carrillo, Patricia Díaz, Diego Escobar, Juliana Gómez, María del Pilar González, Julio César
Mantilla, Ángel M. Medina, Ticcy Y. Méndez, Jeritza Merchán, Helka Quevedo, Andrés
Otálora, Juliana Padilla, Ruby Pardo, Hernán Perico, Johanna Pinzón, Edixon Quiñones,
Javier Rivera, Martha Lucía Rodríguez, Clara Rodríguez, Claudia Rojas, Yuri Romero,
William Romero, César Sanabria, Liliana Segura, Carlos Eduardo Valdéz y Andrea Velasco,
entre tantos.
13

1.La práctica de la identificación humana como disciplina

1.1. El desarrollo histórico de las bases de la identificación

Las poblaciones humanas varían según su historia biológica (filogenia como primates,
homínidos y Homo sapiens sapiens), orígenes poblacionales o raciales (variación
geográfico-poblacional), el sexo (femenino o masculino), la edad (uterino, infantil, juvenil,
adulto), la adaptación medioambiental (montañas, costas, selvas, desiertos), el tipo de
ocupación (deportistas, militares, obreros, etc.) y las condiciones de vida (nivel de
ingresos, educación, hábitos higiénicos). A nivel corporal cada segmento del cuerpo
humano varía de manera individual, ya sea por la lateralidad (diestro o zurdo), asimetría
heredada, grado de robustez y las intervenciones clínicas. De aquí que básicamente cada
estructura del cuerpo, bien sea el rostro, la oreja, las huellas dermopapilares de manos y
pies, las estructuras dentales y óseas, en fin, todo el cuerpo sirve para su identificación
como grupo o individuo. El rostro es quizás la primera estructura corporal reconocible,
seguida por el cuerpo entero, las huellas dermopapilares, las estructuras óseas y dentales,
y, finalmente, las genéticas.
En virtud de estas consideraciones, el ámbito biológico de la Antropología legal,
judicial, policial, criminal o forense se puede dividir en tres grandes áreas según los tres
grandes componentes del cuerpo humano: osteológica, somatológica y genética (Galera et
al., 2003:133). La primera habitualmente se conoce como Antropología forense en los
países anglosajones y latinoamericanos, y es practicada por antropólogos en América,
médicos y biólogos en Europa. La genética corresponde más al campo de la biología, y la
somatología al de los técnicos criminalísticos –artistas judiciales, ilustradores médicos-.
Su aplicación en la identificación humana se inició en el siglo XIX cuando se
fundaron las sociedades de Antropología en París (1859), Londres, Moscú (1864), Madrid
(1865) y otras que impulsaron investigaciones antropométricas de grandes poblaciones.
En 1859 Paul Broca funda la primera cátedra de Antropología en París, desarrollando los
principios del instrumental y medidas antropométricas que dieron inicio a la antropología
científica. En 1879 A. P. Bogdanov organiza en Moscú una exposición de cráneos con sus
respectivas medidas craneométricas y fotografías antropológicas de 600 ejemplares de
varios pueblos (Roguinsky y Levin, 1978:30). Francis Galton adelanta en 1884 evaluaciones
antropométricas en más de 10.000 personas que asistieron a la Exposición Internacional
de Sanidad de South Kensington, Reino Unido; también analiza más de 2.500 huellas de
dedos pulgares, estableciendo los trirradios (deltas) y las bases de la dermatoglífica para la
identificación poblacional e individual (Valls, 1985:38). En España descuella Telésforo de
Aranzadi quien en 1893 publica con Hoyos Sáinz la Técnica antropológica y el Manual de
Antropometría. Federico Olóriz y Aguilera publica su estudio craneométrico sobre 2.500
ejemplares de varios pueblos (Reverte, 1999:26).
A finales del siglo XIX y principios del XX los laboratorios de identificación estaban
constituidos por gabinetes antropométricos y la metodología se denominaba Bertillonaje
(1879): identificación de sujetos vivos mediante sistema de fichas, que incluían los rasgos
de la frente, nariz, orejas, dando a cada uno de ellos una escala de 7 (forma, dimensión,
inclinación). También incluía la talla de pie y sentado, braza o envergadura, diámetros
antero-posterior y transverso de la cabeza, altura y anchura de las orejas, longitud del pie
y dedo medio de la mano, tatuajes, color del iris izquierdo, marcas y estigmas particulares,
señales y rasgos distintivos de la fisonomía y otras partes del cuerpo (Figura 1). Se
complementaba con fotografías estandarizadas, datos personales como edad, sexo, lugar
de nacimiento (Reverte, 1999:126).

Figura 1. Proceso de medición del cuerpo según el bertillonaje (Reverte, 1999).


Estos gabinetes desaparecieron a mediados de los años 50 del siglo XX cuando se
establece la dactiloscopia y la ficha decadactilar como único sistema de identificación que
persiste hasta hoy día, junto con las fotografías judiciales de frente y perfil en el plano de
Fráncfort. La introducción de la carta dental, el desarrollo de parámetros para la
evaluación de restos óseos y la huella genética contribuyó a desarrollar otros sistemas de
identificación que delegaron la antropometría a un segundo plano.
En el ámbito de la Antropología y Criminalística la Dermatoglífica es quizás la
disciplina más antigua, desarrollada antes que la antropometría y craneometría (Antón et
al., 1998; Cummins y Midlo, 1961; Garruto y Plato, 1991; Heet, 1983). Ya en 1814
Schröter, presentaba una discusión sobre la morfología de la piel palmar e ilustraba la
disposición de crestas y poros. Pero quizás la contribución más importante en el siglo XIX
fue la de J. E. Purkinje quien en 1823 clasifica por primera vez de manera sistemática los
patrones de variación de los dedos. Distingue nueve configuraciones principales de las
rugosidades y crestas de las falanges terminales de la mano humana, mencionando
brevemente los patrones de la palma de la mano humana y de los simios. Igualmente
muestra interés por los procesos fisiológicos y sus estructuras, aunque no fijó su atención
en la aplicación para la identificación de personas; su obra, no obstante, se considera el
inicio del interés sistemático científico en la dermatoglífica (Garruto, Plato, 1991: 10).
Henry Faulds presentaba en Nature (1880) una breve nota referente a la
posibilidad de la identificación de personas por las impresiones dactilares, por lo que
insistía en la necesidad de recolectar las huellas dactilares en una escena de delito pues
15

podrían conducir al posible delincuente. Se le considera el padre de la dactiloscopia


criminal y fue el primero en concebir la ficha decadactilar. William J. Herschel (1833-1917)
fue el primero (1858) en practicar la identificación mediante las impresiones dactilares,
proponiendo el registro de éstas para impedir la falsa personificación. En Bengala aplica
los dibujos digitales en la identificación de personas de manera oficial y propone el
término de Dactiloscopia (1877), teniendo en cuenta que las huellas de una persona
nunca son idénticas a las de otra, y las líneas que surcan las yemas de los dedos humanos
no cambian. Edward Richard Henry establece en 1913 el esquema de clasificación más
empleado actualmente publicado en Londres bajo el título de Classification and Uses of
Finger Prints. Este sistema de clasificación se conoce como el sistema Henry, ampliamente
usado en el ámbito mundial.
Otra estructura del cuerpo humano muy importante actualmente para la
identificación humana es la dental, pero ingresa tardíamente en las ciencias forenses.
Sabemos que el diente constituye la estructura más sólida del cuerpo humano, la que
mejor se preserva y la que representa en muchos casos el único testimonio fósil de la
evolución de las especies. Tanto su forma como tamaño están condicionados
genéticamente, por consiguiente son válidas para la diferenciación filogenética,
poblacional, sexual e individual según los hábitos de uso. Por esta razón, los evolucionistas
del siglo XIX realizaron enormes esfuerzos para entender los cambios en la dentición y
explicar las grandes tendencias evolutivas. Si bien es cierto que la identificación dental es
relativamente reciente cuando los gabinetes dentales estandarizaron la manera de
registrar los tratamientos clínicos a mediados del siglo XX, no obstante el interés por su
variación es bastante antiguo. Ya en la Edad Antigua Aristóteles mencionaba el supuesto
mayor número de dientes en la mujer con relación al hombre; Herodoto por su parte
resaltaba el inusual tamaño dental de un soldado. La literatura en el transcurso de los
años ha incluido tanto referencias populares como científicas sobre anomalías dentales y
muchas escuelas de pensamiento han surgido de la práctica de barberos y dentistas
empíricos. Posteriormente, las observaciones metódicas y las reflexiones sobre los
fenómenos clínicos, el número de dientes perdidos, la presencia de caries y la enfermedad
periodontal condujeron a una mejor práctica odontológica. Sin embargo, fueron los
resultados de los estudios dentales de biólogos y paleontólogos los que condujeron al
surgimiento de la Antropología dental (Kelley y Larsen, 1991; Rodríguez, 2003).
En los años 40 Albert A. Dahlberg inicia sus estudios sobre poblaciones amerindias,
especialmente del suroeste norteamericano y da comienzo a la elaboración de las bases
metodológicas para el registro y análisis de los rasgos dentales, y a la conformación de los
estándares de la Antropología dental norteamericana, elaborando un set de 17 placas con
la variación de los rasgos. En 1981 los modelos de las placas dentales fueron cedidos al
Department of Anthropology de la Arizona State University, en donde el profesor Christy
G. Turner II y sus colaboradores se encargaron de su difusión, siendo las más aplicadas en
el ámbito mundial (Scott, 1991; Scott y Turner, 1999; Turner et al., 1991). En Rusia las
investigaciones lideradas por Alexandr A. Zoubov han configurado una importante escuela
de Antropología dental con millares de poblaciones estudiadas bajo una misma
metodología que varía ligeramente de la norteamericana (Zoubov, 1998). En Colombia,
gracias a las investigaciones interdisciplinarias antropo-odontológicas existe una amplia
base de datos sobre la variación morfológica y métrica dental de sus poblaciones, tanto
indígenas como contemporáneas (Rodríguez, 2003, 2004).
En las condiciones actuales, donde el terrorismo ha encendido de nuevo las
alarmas de la identificación, y donde las cámaras de seguridad de terminales aéreas y
terrestres capturan a diario millones de rostros, el reconocimiento de cada componente
de esta estructura (ojos, nariz, boca, mentón, rostro en general, orejas) ha impulsado el
desarrollo de sistemas manuales y computarizados de identificación (Identikit, Faces,
entre otros). La situación de conflicto que azota a Colombia desde hace ya varias décadas
ha señalado la necesidad de adelantar estudios regionales que den cuenta de su
variabilidad poblacional facial con el propósito de identificar a los presuntos terroristas. En
este país, mientras que las instituciones del Estado (Fiscalía, Instituto de Medicina Legal,
Policía) disponen de los servicios de costosos laboratorios de genética forense con
personal altamente calificado, los laboratorios de identificación apoyados por
odontólogos, antropólogos y artistas judiciales, no disponen de suficientes recursos
humanos y logísticos, mucho menos de bases de datos que permitan acometer esta
necesidad diaria y urgente. El ejemplo de México es aleccionador pues el desarrollo del
programa Caramex ha permitido elaborar un sistema de identificación aplicable a toda la
república, teniendo en cuenta también sus variaciones regionales (Escorcia y Valencia,
2002; Serrano et al., 1997, 1999; Valencia, 2007; Villanueva, 2001; Villanueva y Luy, 2004).
Por su parte, la identificación de restos óseos de personas desaparecidas ha
recibido un fuerte impulso desde los años 50 del siglo XX, gracias al desarrollo de
estándares para la estimación del sexo, edad, filiación poblacional, estatura, caracteres
individuales y reconstrucción facial. El impulso durante el siglo XX de la craneometría
(Martin, Alexeev, Howells), el estudio de los traumas óseos en contextos de violación de
los derechos humanos (Cunha, 2006; Kimmerle y Baraybar, 2008), la antropología dental
(Dahlberg, Turner, Zoubov, Jaldeeva, Pompa, Vargas), de técnicas de reconstrucción facial
(Guerasimov, Lebedinskaya, Neave, Gatliff), de la metamorfosis de la sínfisis púbica (Todd,
Stewart, McKern, Brooks, Suchey, Rodríguez), de la obliteración de las suturas craneales
(Broca, Deroberts, Lovejoy), la metamorfosis de las costillas (Loth, Iscan, Sanabria), la
reconstrucción matemática (Manouvrier, Trotter, Gleser, Genovés, Mendonça, Sanabria) y
anatómica (Fully, Pineau) de la estatura establecieron las bases de la osteología
antropológica.
Mientras que la somatología legal tuvo mayor acogida en los países europeos y se
desarrolla con particular impulso en México (Serrano et al., 1997, 1999; Valencia, 2007;
Villanueva, 2001, 2002) la identificación osteológica se conoce mejor en los ámbitos
americanos, especialmente en los latinoamericanos donde la desaparición forzada se ha
aplicado de manera sistemática con el apoyo de las agencias secretas norteamericanas para
acallar y eliminar las fuerzas de oposición desde las décadas de los 60 (Argentina, Chile,
Colombia, El Salvador, Guatemala), acumulando más de 200.000 desaparecidos.
En Colombia gracias a la apertura del Laboratorio de Antropología Física de la
Universidad Nacional en 1988, y del programa de Antropología Forense en 1995, se han
adelantado investigaciones tendientes a la verificación de los denominados “estándares
internacionales” de estimación de edad, sexo, filiación poblacional, estatura y grosor del
17

tejido blando, sustentadas en estudios de casos de la morgue del Instituto Nacional de


Medicina Legal y Ciencias Forenses (Bogotá, Medellín, Bucaramanga).

1.2. La Antropología forense en el ámbito mundial

En sus Essentials of Forensic Anthropology T. Dale Stewart (1979) definía la Antropología


forense como la "rama de la antropología física que con fines forenses trata de la identifi-
cación de restos más o menos esqueletizados, humanos o de posible pertenencia humana".
El nombre de Stewart (1901-1997) está ligado con la antropología forense contemporánea
de Estados Unidos de América; antropólogo de formación, quien por insinuación de Aleš
Hrdlička estudió también medicina con el fin de complementar su formación en antropología
física. Actualmente la máxima distinción de la sección de Antropología Física de la American
Academy of Forensic Sciences ofrece la “T. D. Stewart Award”.
En los procedimientos de la American Board of Forensic Anthropology (ABFA), se le
considera como "el estudio y práctica de la aplicación de los métodos de la antropología
física en los procesos legales" (Iscan, 1981:10). A su vez M. Y. Iscan la define en sentido
amplio como el peritaje forense sobre restos óseos humanos y su entorno. Es decir, que
incluye además del proceso de identificación (sexo, edad, filiación biológica, talla y
proporciones corporales, rasgos individuales), la determinación de las causas y circunstancias
de muerte, equivalente a la reconstrucción de la biografía biológica antemortem del
individuo, con el propósito de reconstruir el modo de vida de la víctima antes de su muerte,
sus enfermedades y hábitos profesionales. Este procedimiento se conoce también como
osteobiografía en palabras de Frank Saul y Clyde Collins Snow.
Actualmente existen varios laboratorios de Antropología forense en países de Europa,
Asia y América. Mientras que en América esta disciplina es impulsada por antropólogos, en
Europa es practicada por biólogos humanos. Así, por ejemplo, en España los médicos José
Luis Prieto en la Universidad Complutense de Madrid, Francisco Etxeberría en la Universidad
del País Vasco, como otros, coordinan sendos laboratorios de Antropología forense, donde se
imparte academia y se brindan servicios de peritaciones para las instituciones médico-
legales, abordando también la problemática de la búsqueda e identificación de los caídos
durante la Guerra Civil hace casi 70 años. En la Universidad de Bradford del Reino Unido
existe una Maestría en Antropología forense donde cursan estudios egresados de diferentes
disciplinas. En Rusia grupos de biólogos del Instituto de Antropología y Etnografía desarrollan
investigaciones en torno a la reconstrucción facial y su aplicación en problemas judiciales.

1.3. La Antropología forense: una disciplina contextual

En general la importancia de la Antropología forense como disciplina del campo de las


Ciencias forenses estriba en que participa dinámicamente en todas las fases de la
investigación judicial, desde sus inicios hasta el cotejo; aporta información contextual sobre
las víctimas, la manera de muerte y de enterramiento, y amplios datos osteobiográficos
(sexo, edad, filiación poblacional, estatura, patologías óseas), datos que se pueden plasmar
en una reconstrucción facial, lo que permite divulgar la información acompañada de un
rostro al alcance de un público amplio (ver Manual sobre la prevención, 1991; The Missing,
2003; Manual de Procedimientos de Guatemala, 2003; EAAF, 2007). Es decir, permite
conectar el retrato de una víctima con sus familiares, por un lado, y, por otro a la víctima con
sus victimarios, algo que ni la genética, la medicina, la odontología y la biología forenses no
pueden aportar, sin menoscabo de la importancia de las mismas (Rodríguez, 2004; Sanabria,
2004).

1.3.1. Fases de la investigación

A diferencia de la antropología forense norteamericana, europea o asiática, la


latinoamericana ha redefinido su quehacer con las características históricas propias de los
conflictos sociales locales, de la dinámica cultural donde se trabaja en varios lugares con
grupos indígenas (quechua, maya, chibcha, etc.), con graves riesgos por la convivencia con
actores del conflicto que presionan, intimidan e inclusive amenazan de muerte a los
antropólogos forenses (CAFCA, 2001; CENIA, 2005; Cohen-EAAF, 1992; EAAF, 2007; FAFG,
2000; Rodríguez, 2004; Romero, 2005; Sanabria, 2004). Este proceso en el ámbito
latinoamericano incluye cuatro fases de investigación: documental, campo, laboratorio y
cotejo, además del acompañamiento psicosocial a los familiares de las víctimas que se ha
fortalecido especialmente en Guatemala y Perú.

1.3.1.1. La investigación documental

Aquí se recaban datos pertinentes a las circunstancias de la desaparición, las


características descriptivas de las víctimas –historia clínica, carta dental, fotografías, perfil
somático-, y el posible lugar de inhumación. Allí donde las poblaciones nativas por su
pensamiento cosmológico no se dejan tomar huellas dactilares ni muestras biológicas, o
por sus concepciones religiosas las mujeres no quieren identificar a sus maridos para no
perder su independencia familiar, o donde los campesinos temen por las represalias de
sus victimarios (grupos insurgentes armados), el papel de la Antropología social y el
acompañamiento psicosocial son cruciales para entender el contexto donde suceden los
hechos y advertir a tiempo a las autoridades sobre su proceder. Por ejemplo, las
entrevistas organizadas por la policía no son productivas pues algunas veces se piensa que
si a una persona la desaparecieron fue porque “algo malo cometió”, de ahí la desconfianza
que generan; también se ha llegado a considerar que las ONG son insurgentes que piden
que los huesos sean triturados por los familiares para demandar al Estado por posibles
torturas. En fin, las experiencias de ONG acreditadas internacionalmente (CENIA, EAAF,
EPAF, FAFG) plantean la necesidad de que esta fase es muy delicada e importante, por lo
que se requiere de sumo cuidado durante las entrevistas a los familiares de las víctimas
pues aún guardan temores, prevenciones y dolores. Con la información recabada se
estructura una base de datos de desaparecidos, se elabora el perfil biológico y social de las
víctimas.
Uno de los mayores problemas en esta fase es que en circunstancias de conflicto
habitualmente las entrevistas a los familiares de las víctimas son realizadas por personal
de seguridad, entre ellos policías que no tienen formación apropiada para su realización,
19

además que se dejan de lado aspectos como los traumas y otros rasgos que dejan huella
en el hueso y que sirven para la identificación indiciaria (CENIA, 2005).
Aquí vale la pena resaltar el papel del antropólogo social en el estudio del impacto
del conflicto social contra las comunidades indígenas, las más afectadas en el país, pues se
considera que la tasa de asesinatos es tres veces mayor que el promedio nacional. Los
indígenas Kankuamo, Wiwa, Embera Katío, Embera Chamí, Páez, Pijao, Awá y Nasa entre
otros, han perdido a más de 500 miembros entre 2002 y 2006 (Hechos del Callejón, 2007:
7-9). Por otro lado, dentro del proceso de reparación hay que subrayar que para los
indígenas ésta no se completa con un simple cheque, sino que debe ser colectiva pues el
daño infringido es contra la comunidad, además que debe restablecer el orden (armonía)
de ella, especialmente si han asesinado a sus líderes espirituales (mama, piache, jaibaná,
taita, chamán). Por otro lado, el territorio ancestral (la Línea Negra de la Sierra Nevada de
Santa Marta, por ejemplo) hace parte de su cosmovisión y su vida cotidiana, de donde
obtienen recursos, agua, animales, plantas, ayuda espiritual, por lo que la reparación debe
iniciarse con la restitución del mismo y el reconocimiento de su autonomía.

1.3.1.2. La investigación de campo

Pertinente a la Arqueología, cercana a la geología y geografía, corresponde a la ubicación,


delimitación, excavación, registro e interpretación de los lugares de enterramiento, sus
restos, pertenencias y otras evidencias del momento de la inhumación. Durante esta fase
sería conveniente apoyarse en los estudios de suelos que adelantan los edafólogos para
poder diferenciar la formación estratigráfica de las fosas. A pesar de que algunos Códigos
de Procedimiento Penal como el colombiano (Ley 906 de 2004, Artículo 217)3 se acepta
que quien posea funciones de policía judicial puede exhumar cadáveres, no obstante
deber ser el arqueólogo profesional quien adelante estos procedimientos. Varias ONG
internacionales, especialmente el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) así lo han
normatizado. En esta fase se elabora el contexto estratigráfico de los cuerpos y objetos
asociados en fosas individuales o comunes (Salazar, 2004).

1.3.1.3. La investigación de laboratorio

Atañe a la Antropología biológica, afín a la biología humana, medicina y odontología,


consiste en el análisis de los restos óseos con el propósito de brindar respuestas al
cuestionario básico de identificación (procedencia, manera de muerte, sexo, edad,
filiación poblacional, estatura, rasgos individuales). Sin un laboratorio dotado con los
respectivos instrumentos de osteometría, microscopía e imagenología, y una colección de
referencia de individuos de diferentes edades, sexos y grupos étnicos contra que

3
Artículo 217. Exhumación. Cuando fuere necesario exhumar un cadáver o sus restos, para fines de la
investigación, el fiscal así lo dispondrá. La policía judicial establecerá y revisará las condiciones del sitio
preciso donde se encuentran los despojos a que se refiere la inspección. Técnicamente hará la exhumación
del cadáver o los restos y los trasladará al centro de Medicina Legal, en donde será identificado técnico-
científicamente y se realizarán las investigaciones y análisis para descubrir lo que motivó la exhumación.
Nuevo Código de Procedimiento Penal, Ley 906 de 2004, Bogotá, Momo Ediciones, pp. 91-92.
comparar los casos a analizar, difícilmente se puede desarrollar esta área, pues se apoya
en la anatomía comparada.
En este acápite uno de los mayores problemas se presenta con la estimación de la
edad, por cuanto son pocos los estudios adelantados en poblaciones latinoamericanas,
cuyo origen mestizo los diferencia significativamente de europeos e indígenas (Rodríguez,
2004). También en el diagnóstico osteopatológico, que lo debería efectuar un patólogo
forense, pero, dado que el énfasis en su formación es en tejido blando, habitualmente
este diagnóstico es realizado por antropólogos, con las respectivas deficiencias en la
interpretación, por lo que se recomienda efectuar una buena descripción y dejar la
interpretación al patólogo pues normativamente a él le corresponde.

1.3.1.4. El cotejo

Consiste en la comparación de las bases de datos de las tres fuentes anteriores: perfil de
las víctimas, perfil de los inhumados y el perfil de los analizados en laboratorio. Aquí es
importante el trabajo interdisciplinario, la discusión en torno a la mesa de disección y con
el apoyo del ingeniero de sistemas para el montaje y manejo de las bases de datos.
Producto de esta labor, se debe diseñar una página web institucional con los resultados de
la investigación tendiente a la identificación, que incluya los datos biográficos y un retrato
antropológico para su consulta desde cualquier lugar del mundo. Es lo que se denomina
“rostros y voces del pasado”.

1.3.1.5. El informe

El informe debe incluir un resumen de las cuatro fases de la investigación forense.


a) Antecedentes. Datos biográficos de las víctimas, rasgos que se puedan preservar
en los huesos y dientes y prendas que usaba el día de su desaparición; posible lugar de
desaparición e inhumación; posibles victimarios.
b) Contexto arqueológico. Localización del sitio (coordenadas mediante GPS, finca,
vereda, municipio, departamento, paisaje), ubicación de la tumba (distancia desde un
árbol, casa, poste, construcción, carretera), tipo de tumba (forma, tamaño, anchura,
longitud, profundidad), clase de entierro (primario, secundario), tipo de entierro (directo,
en ataúd, envuelto con prendas), tratamiento del cuerpo (cremado, incinerado,
descuartizado), articulación (articulado, desarticulado), orientación del cuerpo (de la línea
cabeza-pies), posición del cuerpo (flexionado, extendido, dorsal, ventral, sedente, lateral
hacia el lado izquierdo o derecho), número de entierros, objetos asociados (prendas,
objetos personales) (Rodríguez et al., 2007).
c) Perfil bioantropológico. Incluye el sexo (femenino, masculino, indeterminado); la
edad (infantil I entre 0-6 años, infantil II entre 7-12 años, juvenil entre 13-19 años, adulto
joven entre 20-39 años, adulto medio entre 40-60 años, adulto mayor después de los 60
años); la filiación poblacional (mestizo, negroide, indígena, caucasoide); la estatura (con
dos desviaciones estándar de cohorte, por ejemplo 152±3,5 cm, es decir, entre 148,5-
155,5 cm); la descripción morfométrica (craneometría y craneoscopia, lateralidad,
asimetrías, robustez); las lesiones (hueso afectado, lado, cara, extensión y tipo de la
21

lesión, mecanismo de la lesión), morfología dental (incisivos en pala, cúspide de Carabelli,


protostílido, número de cúspides en M1) y odontometría (diámetros MD y VL de caninos y
primeros molares inferiores); retrato antropológico plasmado en una reconstrucción facial
(gráfica o tridimensional) con el apoyo de un artista.
d) Cotejo. Número de puntos coincidentes por procedencia geográfica, prendas, sexo,
edad, estatura, rasgos individuales (morfología facial, lateralidad, robustez, lesiones).
En principio el antropólogo forense debe tener una formación holística e integral,
desempeñarse bien en los tres campos, o en caso contrario, integrar equipos
interdisciplinarios que brinden la posibilidad de introducir las aportaciones de cada rama
del saber; su integración con médicos, odontólogos y otros peritos permite tener una idea
más amplia de la situación a atender. En Argentina (EAAF, 1992, 2007) y Guatemala (FAFG,
2000) se señala que además de la antropología física, la antropología forense “recurre a
técnicas arqueológicas y a la antropología social, con el fin de obtener pruebas óseas,
testimoniales y artefactuales aplicándose al contexto nacional” (FAFG, 2000:25).
No obstante, el pilar de la Antropología forense lo constituye la Antropología
biológica o física, pues un buen especialista de esta última rama se desempeña muy bien
en la primera, por lo cual los mexicanos la denominan acertadamente Antropología física-
forense. Un buen conocedor de la variabilidad biológica del cuerpo humano puede
identificar sus huesos integrantes, sus anomalías, sus lesiones, su configuración
morfométrica, sin importar el contexto temporo-espacial del esqueleto, hasta el punto de
poder plasmar estos rasgos y dimensiones en un retrato antropológico, ya sea en forma
gráfica o plástica, inclusive puede llegar a identificar al individuo si posee particularidades
únicas e irrepetibles, como asimetrías, anomalías o lesiones óseas. Por esta razón, uno de
los requisitos para obtener el diploma que lo acredita como miembro de la Sección de
Antropología forense de la American Association of Forensic Sciences (AAFS), a la par de
poseer experiencia en el campo y un examen anual, es el título de Ph. D. en Antropología
física.
Sin embargo, la Asociación Latinoamericana de Antropología Forense (ALAF)
partiendo del hecho de que la gran mayoría de sus miembros no posee un título de
doctorado aunque sí cuentan con una amplia experiencia, además de que en la región
existen muy pocos programas de doctorado en Antropología biológica, ha hecho más
énfasis en la experiencia para acreditar a sus peritos; algo que cambiará con el tiempo en
la medida que los peritos se preparen en el exterior.
La experiencia acumulada en el siglo XX ha permitido establecer un cuestionario
básico de identificación que se emplea en el ámbito forense internacional:
1. Procedencia, manera de enterramiento, tratamiento del cuerpo, objetos asociados
(campo de la arqueología funeraria).
2. Filiación biológica (humano vs animal).
3. Tiempo transcurrido a partir de la muerte (campo de la arqueología, tafonomía,
entomología, patología, estratigrafía, dataciones radiométricas).
4. Número mínimo de individuos (por huesos o dientes pares).
5. Perfil patológico: causa, manera, mecanismo de muerte, traumas, intervenciones
quirúrgicas (campo de la osteopatología y balística).
6. Perfil bioantropológico: sexo, edad, filiación poblacional (raza, ancestros), estatura,
lateralidad, grado de robustez, retrato antropológico.
7. Perfil dental: carta dental (campo de la odontología).
8. Perfil genético (campo de la biología molecular).
Este cuestionario refleja el grado de complejidad de las pruebas y el proceso de
descarte, que se inicia por establecer si es humano –posibilidad entre varios miles de
millones-; si es prehispánico o reciente; enterramiento individual o colectivo –y de
cuántos está compuesto-; si fue muerte natural u homicidio –y el tipo de arma empleada-
; el grupo poblacional al que pertenece –mestizo andino, mestizo costeño, afro
descendiente, indígena, europeo-; sexo –masculino o femenino-; edad –nonato, neonato,
infantil, juvenil, adulto joven, adulto medio, adulto senil; estatura –bajo, medio, alto-;
compatibilidad o descarte por el cotejo cráneo-foto; compatibilidad o descarte por
reconstrucción facial; identificación fehaciente por ADN, carta dental o dactiloscopia.
23

2.La Antropología forense en Iberoamérica

2.1. Veinte años en busca de la verdad, justicia y reparación

Desde mediados de los años 80 del siglo XX la Antropología forense se ha constituido en uno
de los campos más dinámicos de la disciplina contemporánea de América Latina. Esto
obedece a que ha sabido responder a las necesidades sociales de nuestros convulsionados
países en búsqueda de la verdad, la justicia y la reparación a los familiares de las víctimas
producidas por los conflictos internos.
Desde Argentina hasta México docentes y estudiantes universitarios, básicamente de
universidades públicas, se han interesado en canalizar los métodos y técnicas de la
Antropología sociocultural, la Arqueología y la Antropología biológica en la búsqueda e
identificación de los millares de desaparecidos. Algunos programas académicos e
investigaciones se han encaminado al estudio de las condiciones sociales, políticas y
económicas en que se han desarrollado los conflictos con el fin de avanzar en la búsqueda de
las causas, cuyo entendimiento pueda contribuir a su resolución. Las Antropologías del
terror, del conflicto o de la guerra han dado paso a diversos trabajos sobre el impacto y los
efectos de estas situaciones en víctimas y victimarios (Uribe, 1990; Uribe y Vásquez, 1994).
Por otro lado, los laboratorios de Arqueología han encontrado que los métodos
tradicionales de la Arqueología funeraria o de la muerte sirven de manera apropiada para la
ubicación, excavación y contextualización de los restos óseos de personas desaparecidas, lo
que ha dado origen al término de Arqueología forense. La excavación de fosas comunes con
decenas, inclusive centenares de entierros, donde por el proceso de descomposición de los
cuerpos los huesos se desconectan de su posición anatómica original, ha representado un
enorme reto para los científicos, pues, además de individualizar cada osamenta, deben
establecer la posición, orientación, tratamiento de los cuerpos, y las lesiones in situ.
Por su parte, los laboratorios de Antropología física o biológica se han constituido en
el puntal de la Antropología forense, gracias a su experiencia en la identificación de restos
antiguos, desarrollando la metodología de la osteobiografía, es decir, la estimación del sexo,
edad, filiación poblacional, estatura, patología y otros rasgos individualizantes mediante
morfometría. La reconstrucción facial que resume las características bioantropológicas en un
retrato, sea gráfico o tridimensional (plástico, computarizado), ha permitido divulgar por
distintos medios de comunicación y poner al alcance de un público general un rostro
identificable, lo que permite ahondar la investigación.
En ningún otro continente del mundo existen tantos equipos locales con
antropólogos forenses capacitados con un alto nivel técnico, sean estatales o
independientes, lo que ha servido para su internacionalización. Así, argentinos, chilenos,
colombianos, guatemaltecos, mejicanos, peruanos y venezolanos han participado en
misiones en Europa, África, Asia y otras naciones. A diferencia de estas experiencias, en
América Latina han sido los antropólogos locales los que han respondido a las necesidades
sociales de sus respectivos países, participando en las Comisiones de la Verdad que se han
conformado para la identificación de las víctimas y para el esclarecimiento de los hechos. En
este último punto la Antropología forense se ha convertido en parte de la Historia,
escribiendo páginas luctuosas de nuestro pasado y presente, apoyándose en evidencias
materiales con gran peso científico. Precisamente estas evidencias son las que han servido de
puntal para las denuncias de violaciones a los derechos humanos, jugando un papel histórico
en la restauración de gobiernos civiles. Los huesos hablan y cuentan su historia, y ese ha sido
el principal objetivo de la Antropología forense en América Latina, excavando y armando
huesos, reconstruyendo los rostros de las víctimas y obteniendo sus voces para que cuenten
su historia de dolor y pesar, pero ante todo para que no olvidemos, no perdamos la memoria
y no repitamos esos pasajes cruentos de nuestra historia de recomposición social.
Por estas razones la historia del surgimiento y desarrollo local de la Antropología
forense ha sido muy particular, pues por un lado las situaciones especiales de los distintos
países que han sufrido ya sea dictaduras militares (Argentina, Chile, Guatemala) o conflictos
internos armados (El Salvador, Colombia, Perú), y por otro la manera de abordarlos, sea
mediante organismos estatales (Chile, Colombia, Perú, Venezuela) o por organismos no
gubernamentales (Argentina, Guatemala, Perú), han dado cuenta de situaciones especiales.

2.2. La situación en Argentina

El deterioro de la situación económica y social en Argentina de los años 70 generó una oleada
de protesta popular. La oposición insurgente (Ejército Revolucionario del Pueblo –ERP- y los
Montoneros peronistas de izquierda y otros) adelantaron acciones armadas contra unidades
militares. El Estado argentino organizó la represión mediante “escuadrones de la muerte”, la
Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) y el Comando Libertadores de América, que
asesinaban o secuestraban y desaparecían a personalidades de izquierda que tenían
actividad pública (Cohen, 1992; EAAF, 2007).
Entre 1976 y 1983 en este país se sucedieron cuatro juntas militares que dieron pie a
lo que se denominó el proceso de reorganización nacional, como medida para contrarrestar
las acciones civiles y armadas de los movimientos socialistas locales. Desde sus inicios la
estrategia de los militares se encaminó a la eliminación física de los detractores de manera
clandestina, sin procesos judiciales, con el fin de alejar las sospechas de la responsabilidad
militar, alejar las presiones tanto de instituciones nacionales (iglesia, movimientos civiles)
como de internacionales que pudiera poner en peligro las inversiones extranjeras. También
se buscaba reducir el espacio ocupado por los presos políticos que sumaban más de 8.000
(Giraldo, 2004).
Como producto de la represión militar cerca de dos millones de personas emigraron
al exterior para evitar la tortura o muerte directa y en búsqueda de mejores condiciones de
vida. En más de 300 centros clandestinos de detención desaparecieron aproximadamente
13.000 personas, según la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación Argentina, entre
ellas cerca de 500 niños nacidos en estos centros y adoptados por militares u otras personas
allegadas a ellos.
Madres de Plaza de Mayo fue organizada por personas que tenían hijos
desaparecidos y que tomaron contacto entre sí mientras realizaban gestiones para dar con
ellos. El 30 de abril de 1977 se reunieron en la Plaza de Mayo para entregar una carta al
general Videla, exigiendo la aparición con vida de sus familiares. La organización Abuelas de
25

Plaza de Mayo fue formada en 1977 para restituir los niños desaparecidos mediante
procedimientos legales, quienes se presumía estaban vivos y en poder de familias sustitutas.
En 1984 la CONADEP (Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas creada por
el presidente Raúl Alfonsín y la organización Abuelas de Plaza de Mayo para investigar la
suerte de los desaparecidos) requirieron la presencia del Programa de Derechos Humanos y
Ciencia de la AAA (American Association for the Advancement of Science), siendo
comisionado el Dr. Clyde C. Snow quien emitió un concepto técnico sobre la situación,
solicitando la detención de las exhumaciones irregulares (adelantadas en ese entonces por
sepultureros), convocando a antropólogos, arqueólogos y médicos de la Universidad de
Buenos Aires (UBA) para integrar un equipo independiente que adelantase las diligencias con
criterios más científicos. Mediante un intenso período de capacitación liderado por Snow se
conformó el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) como una necesidad histórica
de exhumar e intentar identificar a las personas desaparecidas. Dentro de los objetivos
planteados por el EAAF (1997: 3) se encuentran:
1. Aplicar las ciencias forenses a la investigación y documentación de violaciones a los
derechos humanos.
2. Aportar estas evidencias a la justicia.
3. Asistir a los familiares de las víctimas en su derecho de recuperar los restos de sus
seres queridos desaparecidos, llevar a cabo sus prácticas funerarias y poder llorar a sus
muertos.
4. Colaborar en la formación de nuevos equipos en otros países donde son necesarias
investigaciones sobre violaciones a los derechos humanos.
5. Desarrollar seminarios sobre la aplicación de la antropología forense en derechos
humanos a organizaciones humanitarias, sistemas judiciales e instituciones forenses en
cualquier país donde se manifieste interés sobre esta temática.
6. Contribuir a la reconstrucción histórica del pasado reciente, que frecuentemente es
ocultado o distorsionado por las partes o instituciones gubernamentales implicadas en los
crímenes investigados.
Desde su formación, el EAAF ha jugado un papel muy importante en las
investigaciones sobre desaparecidos de Argentina, y en la conformación de otros equipos en
Chile, Guatemala, Perú y otros países. Igualmente ha participado en decenas de misiones en
África, América, Asia y Europa invitados por organizaciones de derechos humanos locales o
internacionales. Sus fuentes de financiamiento incluyen iglesias, agencias de cooperación y
desarrollo, organismos de derechos humanos, fundaciones privadas e instituciones
académicas.
El papel histórico jugado por el EAAF en la identificación de víctimas, en el
acompañamiento de los familiares durante las investigaciones judiciales y en la denuncia de
violaciones de derechos humanos, ha sido crucial para establecer la verdad y la justicia, y
para adelantar los procesos de reparación nacional (Bernardi et al., 1988; Cohen, 1992). Los
nombres de Alejandro, Darío, Luis, Mimí, Morris y otros antropólogos como se les conocía se
tornaron familiares para la sociedad civil argentina.
Por otro lado, en el ámbito académico el EAAF introdujo la cátedra de Antropología
forense en diferentes universidades de Buenos Aires, Salta, Córdoba, Rosario y Patagonia, y
en el Centro de Criminalística de la Policía de Buenos Aires en La Plata. También ha
participado en cursos de capacitación en Bolivia, Colombia, El Salvador, Guatemala,
Venezuela y otros países. Recientemente ha impulsado una activa campaña para recolectar
muestras biológicas de jóvenes cuya procedencia biológica sea incierta y de familiares de
desparecidos (Fig. 2)
Dentro del proceso de reparación se contempló el reintegro y beneficios pensionales
a los servidores públicos despedidos por causas políticas, pensión vitalicia para los familiares
de los desaparecidos, indemnización para las víctimas de detención arbitraria y prisión ilegal,
y 224.000 dólares para cada familia con víctimas asesinadas o desaparecidas.

Figura 2. Convocatoria del Equipo Argentino de Antropología Forense para la toma de muestras biológicas
de familiares de desaparecidos entre 1974 y 1983.

2.3. La situación en Guatemala

Se afirma que el conflicto guatemalteco desde la Conquista se ha caracterizado por dos


componentes particulares: el acendrado racismo contra la población de origen maya y la
barbarie a través del genocidio que aplicaron las clases dirigentes contra la población nativa
(que comprende casi el 70% del total de la población), y su exacerbado anticomunismo de
finales de los años 40 a principios de los 50, del que tampoco se libró la iglesia católica
(Giraldo, 2004: 137).
Según las investigaciones históricas debido a la magnitud, intensidad y duración del
conflicto guatemalteco, es muy difícil establecer con total certeza la cantidad y tipo de daños
que la guerra causó al país. Si bien es cierto que se calcula entre 130.000-200,000 el número
27

de víctimas del conflicto, y cerca de 100.000 refugiados, la Comisión para el Esclarecimiento


Histórico (CEH) había registrado un total de 42.275 víctimas, de ellas 6.159 desaparecidas,
correspondiendo el 83% a población Maya y el resto a ladinos (CEH, 1999: 17). A esto se
deben añadir los daños materiales (destrucción de comunidades enteras, de cultivos y otros
bienes), los daños psicológicos (síndrome de estrés postraumático, duelo no resuelto,
suicidios, terror), y muchos otros aspectos, entre ellos el desplazamiento forzoso de cerca de
un millón y medio de personas (FAFG, 2000; Morgan, 2005).
Además de los caídos durante los combates directos entre las fuerzas armadas y
guerrilla, ambos contendores cometieron numerosos hechos de violencia y violaciones de
derechos humanos; sin embargo, el 93% de los casos consignados en el informe CEH son
responsabilidad del Ejército o de grupos paramilitares (Patrullas de Autodefensa Civil,
Escuadrones de la Muerte) que actuaban bajo el mando o en coordinación con el Ejército.
Entre 1980-1984 se acudió a la “guerra de tierra arrasada”, especialmente en El
Quiché, Chimaltenango, Sololá y Sacatepéquez, mediante el exterminio masivo, las masacres
y la destrucción patrimonial que pretendían eliminar la base social y material de la guerrilla
en el campo. Las Patrullas de Autodefensa Civil (PAC) se constituyeron en el principal factor
de desestabilización de las comunidades rurales. Para la CEH el 83,3% de las víctimas
pertenecían a alguna etnia Maya, especialmente K´iche (con 32%), Q´echi (13%), Ixil (11%),
Kaqchiquel (10%) y Mam (11%); el 16,5% correspondía a ladinos. El 75% eran varones y 25%
mujeres; el 79% eran adultos, el 18% niños y el 3% ancianos (Giraldo, 2004: 143).
En 1992 se conforma el EAFG, cuyo objetivo es colaborar a poner un alto a la
violación al derecho a la vida y lucha activa en contra de la impunidad. Paralelamente se
produce un avance en las negociaciones de los acuerdos de paz entre la URNG y el gobierno.
Estas acciones facilitaron los procesos de las denuncias de cementerios clandestinos y las
investigaciones de los mismos durante cinco años. En 1997 el EAFG se transforma en la
Fundación de Antropología Forense de Guatemala (FAFG), que tiene como objetivo:
“La FAFG es una institución no gubernamental, autónoma, técnico científica, sin fines
de lucro que contribuye al fortalecimiento del sistema de justicia y al respeto de los
derechos humanos; a través de la investigación, la documentación, la divulgación, la
formación y la sensibilización de los hechos históricos de violaciones al derecho a la
vida y de casos de muerte no esclarecidos. Así mismo, la FAFG conduce peritajes e
investigaciones científicas aplicando las ciencias forenses y sociales, tanto a nivel
nacional como internacional” (www.fafg.org).
Las investigaciones forenses que adelantan la FAFG y las otras fundaciones
guatematelcas como CAFCA y ODHA, han apoyado a las comunidades y a los familiares de las
víctimas para que recuperen los restos de sus familiares, con el fin de darles un entierro legal
y según sus costumbres; al mismo tiempo, disminuir los cementerios clandestinos donde
yacen las víctimas del conflicto armado interno.
La FAFG se ha propuesto que “la información sirva para que la sociedad guatemalteca
conozca su historia y que a partir de ese conocimiento sea capaz de construir un futuro
mejor para todos, tomando las investigaciones Antropológico Forenses como punto de
partida para la reconstrucción del tejido social, la participación individual y colectiva de las
comunidades teniendo como fin primordial el fortalecimiento del Estado de derecho y la
democratización” (FAFG, 2000:23).
Vale la pena señalar que la práctica de la Antropología forense en Guatemala
representa un alto riesgo para los integrantes de los diferentes equipos, pues en el Congreso
permanecen algunos de los responsables de las violaciones de derechos humanos, quienes
ejercen presión política y militar para que se no tomen medidas judiciales contra militares
implicados, además que manejan los medios de comunicación y grupos religiosos como
elementos de dominación. Por ejemplo, algunos miembros de la FAFG han recibido
amenazas de muerte por su actividad forense en lo que se conoce como “temporada de veda
abierta” contra los defensores de los derechos humanos (Morgan, 2005: 107). Los nombres
de Chamelo, Claudia, Freddy y otros son igualmente familiares en los estrados judiciales
guatemaltecos.
Para el caso guatemalteco vale la pena resaltar las conclusiones de la Comisión para
el Esclarecimiento Histórico (1999: 52) sobre las medidas a aplicarse bajo el Programa
Nacional de Reparación:
a) Medidas de restitución material para restablecer, en lo posible, la situación existente antes
de la violación, particularmente en el caso de la tierra.
b) Medidas de indemnización o compensación económica por los graves daños y perjuicios
cometidos durante las violaciones de los derechos humanos y del derecho humanitario.
c) Medidas de rehabilitación y reparación psicosocial que incluyan, entre otros, la atención
médica y de salud mental comunitaria, así como la prestación de servicios jurídicos y sociales.
d) Medidas de satisfacción y dignificación individual que incluyan acciones de reparación
moral y simbólica.
En el programa de reparaciones se estableció el pago de 3.200 dólares a esposos(as)
o compañeros(as) permanentes, asistencia médica, beneficios educativos y restitución de las
propiedades (El Tiempo, junio 22 de 2008, p. 3-1).

2.4. La situación en Perú

La Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR) del Perú ha constatado que entre 1980
y 2000 se padeció el episodio de violencia más intenso del país, cuya cifra de víctimas
fatales más probable alcance el número de 69.280 personas (superior a la pérdida de vidas
humanas en sus 182 años de vida independiente), de ellas 12.000 desaparecidos; el 79%
eran campesinos que hablaban quechua u otra lengua nativa, lo que plantea un velado
racismo y de desprecio contra la población indígena.
Contrariamente a otros países donde se señalan a las fuerzas del orden, la CVR
estimó que el grupo Sendero Luminoso (PCP-Sendero Luminoso) era culpable de casi el
54% de las víctimas fatales, lo que resalta la singularidad del conflicto peruano, pues los
grupos insurgentes se autoexcluyeron de la sociedad democrática, desplegando una
inusitada crueldad mediante la tortura y sevicia contra la población civil, socavando con
sus acciones armadas el régimen político democrático instaurado en 1980. La región de
Ayacucho fue la más afectada con una concentración del 40% de los casos (Informe Final,
2003: 9-12).
Una de las conclusiones importantes del Informe Final de la CVR para la historia de
nuestros países es (CVR, 2003: 44):
29

“La CVR considera que una parte esencial del proceso de reparación es la justicia.
La Comisión advierte, asimismo, que ningún camino hacia la reconciliación será
transitable si no va acompañado de un ejercicio efectivo de justicia, tanto en lo que
concierne a la reparación de los daños sufridos por las víctimas cuanto en lo
relativo al justo castigo a los perpetradores y el consiguiente fin de la impunidad.
No se puede construir un país éticamente sano y políticamente viable sobre los
cimientos de la impunidad. A través de los casos que entrega el Ministerio Público,
de la identificación de alrededor de 24 mil víctimas del conflicto armado interno y
de los hallazgos de sus investigaciones en general, la CVR busca ampliar
sustancialmente los argumentos para sustentar el reclamo de justicia de las
víctimas y sus organizaciones, así como de los organismos defensores de los
Derechos Humanos y ciudadanos en general.”
Desde finales de 1993 el Instituto de Medicina Legal incorporó la Antropología
forense en sus peritaciones y la Dirección de Criminalística de la Policía Nacional del Perú,
cuenta desde 1997 con su respectiva área. Tanto el Equipo Peruano de Antropología Forense
(EPAF) como el Centro Andino de Investigaciones Antropológico Forenses (CENIA) fundados
en el año 2000 han participado en las investigaciones de la CVR y contribuido con la
conformación del Plan Nacional de Investigaciones Antropológico Forenses, de cara a la
investigación de los desaparecidos del Perú. Ambos equipos han formado parte de la Unidad
de Investigaciones Especiales y de la Unidad de Investigación Forense de la CVR,
desarrollando entre otras tareas el Registro Nacional de Sitios de Entierro, el Plan Nacional
de Investigaciones Antropológico Forenses y el Banco de Muestras Biológicas de familiares
de víctimas. Igualmente han participado en el peritaje de varios casos de la CVR ante el
Ministerio Público.
Igualmente, la práctica de la Antropología forense se realiza en condiciones muy
precarias, por las dificultades logísticas para abordar los pueblos serranos y selváticos donde
toca llegar a caballo, por la carencia de recursos nacionales e internacionales (CENIA, 2005) y
por la falta de coordinación entre los equipos locales. Aquí los nombres y rostros de Bachi,
Carmen Rosa, Juani, José Pablo, María, María Inés y otros se han tornado conocidos en las
sierras y costas peruanas por la búsqueda de desaparecidos.
Como parte de las recomendaciones de la Comisión de la Verdad y Reconciliación,
tendiente a mejorar la capacidad operativa de los profesionales que se desempeñan como
antropólogos forenses, se propuso la conformación de un postgrado en esta área que se
desarrolla en la Pontifica Universidad Católica del Perú y que ha contado con el apoyo del
gobierno de Finlandia.
La Comisión de la Verdad creada en 2001 recomendó un programa de reparaciones,
en el que se previeron pensiones, indemnizaciones a las comunidades afectadas, prestación
de servicios de salud, apoyos educativos, acceso preferencial a planes de vivienda y
programas de empleo a los familiares de víctimas asesinadas, desaparecidas, detenidas
ilegalmente, torturadas o violadas.
2.5. La Antropología forense en la recuperación de la memoria histórica en España

En España la Guerra Civil de 1936-1939 dejó cerca de 433.000 víctimas, de las cuales
165.000 por enfermedades (38,1%), 160.000 caídos en combate (37%) y 108.000 por la
represión (24,9%). Se comenta que los franquistas son culpables de entre 50.000 y
150.000 víctimas, mientras que los republicanos lo son de entre 50. 000 y 72.000
(Ferrándiz, 2006). Cerca de 30.000 cadáveres se encuentran enterrados en las cunetas de
las carreteras, víctimas del régimen franquista (Fig. 3). Éste se encargó de recuperar los
cuerpos de los franquistas muertos a manos de los republicanos, pero los últimos
quedaron en el olvido “por Dios y por la patria”. Una de las ejecuciones masivas más
cruentas fue la de Badajoz en 1936 donde fueron fusilados entre 1000-1500 prisioneros,
en los procedimientos de terror por parte de las tropas franquistas conocidos como sacas
o paseos, que se repitieron en Argentina en los años 70. El reconocido poeta Federico
García Lorca cayó en uno de estos paseos en Viznar, Alfacar, Granada, el 19 de agosto de
1936, cuyo paradero es objeto de estudio (Ferrándiz, 2006).

Figura 3. Fosa común de la Guerra Civil Española (Cortesía del Dr. Francisco Etxeberria).

Después de las ejecuciones masivas se dieron algunas exhumaciones clandestinas


realizadas por los mismos familiares. A finales de los años 70 cuando se inició la
restauración de la democracia, se realizaron otras diligencias adelantadas por no expertos,
por lo que se presentaron equivocaciones en la identificación de los cuerpos.
Casi 60 años después se conformó la Asociación para la Recuperación de la
Memoria Histórica (ARMH) con el objetivo de recuperar la memoria histórica, la
reparación del honor y la dignidad de las víctimas del franquismo, colocándose en primer
plano el tema de las excavaciones de las fosas comunes. Las discusiones se dieron en
31

torno a quiénes, cuándo y cómo se debían realizar, planteándose que solamente cuando
exista documentación por parte de familiares y la voluntad para recuperar los cuerpos de
sus víctimas, se procederá a que equipos de arqueólogos apliquen los procedimientos de
la Antropología forense. Las fosas comunes fueron consideradas patrimonio arqueológico
y su tratamiento se ajustará a la normatividad del patrimonio cultural de España. Se trata
de recuperar los miles de cadáveres “de la ignominia y el olvido y su retorno a la vida en
forma de memoria, porque la memoria es la vida de los muertos” (Fuentes, 2005: 30). La
metodología es lenta y costosa, lo que choca frontalmente con la realidad de la guerra
donde se requirieron solamente unos pocos minutos para detener, asesinar y enterrar a
las víctimas. Con el fin de estandarizar los procedimientos se estableció el Protocolo para
exhumaciones, sobre Patología y Antropología Forense en España (Etxeberria, 2005), y se
propuso la creación de un museo de la memoria de la Guerra Civil (Fuentes, 2005; Muñoz,
2005; Perona, 2005).

2.2. La Asociación Latinoamericana de Antropología Forense (ALAF)

En febrero de 2003 se reunieron varios antropólogos forenses en Austin, Estados Unidos,


con el propósito de conformar una asociación que integrara la labor de los colegas
latinoamericanos bajo la Asociación Latinoamericana de Antropología Forense (ALAF). Sus
principales objetivos son (ver www.alafforense.org):
1. Promover el uso de la antropología y la arqueología forenses en investigaciones
judiciales de Latinoamérica.
2. Establecer criterios éticos y profesionales para la práctica de la antropología
forense que aseguren su calidad y su independencia científica.
3. Promover la capacitación de futuros antropólogos y arqueólogos forenses
latinoamericanos que ejerzan en la región y en el extranjero.
4. Promover el desarrollo de normas forenses específicas al contexto
latinoamericano.
5. Crear un organismo de acreditación independiente para los profesionales
calificados en el campo de la antropología forense.
6. Promover mecanismos que agilicen el acceso de los familiares de las víctimas a los
procedimientos y resultados de las investigaciones forenses, de acuerdo con las
convenciones, protocolos y recomendaciones internacionales.
7. Promover mecanismos de protección de los miembros de ALAF y de sus familiares,
en vista de los riesgos que trae aparejada la práctica de la antropología forense en ciertos
países latinoamericanos.
8. Colaborar con los Ministerios de Justicia locales en el mejoramiento de los
procesos e investigaciones criminales.
En las reuniones sostenidas en varios países las ponencias del ALAF han hecho
énfasis en la casuística, como en los congresos de Medicina Legal, aunque algunas se han
centrado en la problemática de la elaboración de estándares propios de identificación
humana, además de analizar las situaciones de estrés que se presentan durante las
exhumaciones. Si bien es cierto que el V ALAF realizado en Buenos Aires en 2009 se
planteó como directriz la “uniformización de la investigación antropológica forense en
América Latina”, no obstante no hubo espacio ni propuestas para tal discusión. Ello
obedece a la diversidad de enfoques, maneras de practicar esta disciplina (estatal o
privada) y, ante todo, a la carencia en varios países latinoamericanos de una tradición
académica donde se estandaricen los procedimientos.

Figura 4. Laboratorio de Antropología forense, Instituto de Medicina Legal, Caracas, Venezuela.

Si bien es cierto que los ponentes representan instituciones con objetivos diferentes, y
algunas veces contradictorios por los celos y protagonismos, no obstante la mayoría
mostró una gran seriedad e idoneidad en sus exposiciones y un gran interés porque el
trabajo que desempeñan tienda a esclarecer la identidad de las víctimas y la verdad de los
acontecimientos.
Sin embargo, se aprecia una gran diferencia en cuanto a las proyecciones y calidad
de los resultados. Por un lado los organismos internacionales disponen de enormes
recursos para el montaje de una moderna infraestructura (laboratorios, depósitos para
efectos de pruebas y custodia), personal especializado, bases de datos sistematizadas y la
posibilidad de adelantar interconsultas con expertos de cualquier parte del mundo. Por su
parte, las entidades estatales disponen de laboratorios adecuados solamente en las
capitales de cada país, pero muy deficientes en las regionales donde los antropólogos
trabajan con las uñas, en condiciones de riesgo para su seguridad personal por la
presencia de minas antipersonales, y de incomodidad para la excavación y transporte de
las evidencias. Finalmente, las ONG pequeñas no disponen de estas comodidades por lo
que se limitan al acompañamiento de las familias y funcionarios judiciales en calidad de
veedores.
Es notoria la ausencia de países como México –que tiene la escuela de
antropología con mayor tradición en Latinoamérica-, Venezuela –que posee el laboratorio
de Antropología forense más antiguo del continente- (Fig. 4), Brasil con su enorme
potencial investigativo. Tal como se estila con la Asociación Latinoamericana de
Antropología Biológica (ALAB), sería recomendable que la junta directiva se alternara
según el país anfitrión, que las reuniones se organicen en centros académicos para
asegurar la presencia de estudiantes y profesores investigadores, además de
infraestructura adecuada, mismas que deseablemente se programen cada dos años para
33

no agotar la temática, y que el objetivo central de la asociación sea la integración


latinoamericana con el fin de aunar esfuerzos en la solución de sus problemas, sin
importar que sus miembros sean de ONG o del Estado. Así, por ejemplo, la propuesta de
Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Desaparecidos (ILID), cuyo objetivo es
incrementar sustancialmente la identificación de restos de víctimas de violaciones a los
derechos humanos ocurridas en la región mediante la aplicación de prueba de ADN
(Ayerdi et al., 2009: 91), solo es aplicable allí donde tales servicios no los prestan
laboratorios gubernamentales (Argentina, Guatemala, Perú).

2.3. La Antropología forense latinoamericana frente al futuro

Nuestra disciplina enfrenta profundos retos ante la realidad latinoamericana. En primer


lugar, se encuentra al problema de su propia subsistencia, especialmente para los que han
optado por su desempeño cobijados por ONG, con recursos que tienen que ser renovados
cada año ante múltiples entidades mundiales que tienen muchas solicitudes de
financiación y diversos intereses, lo que pone en riesgo sus propias finanzas. Tales
situaciones se han vivido en Argentina, Chile, Guatemala y Perú, donde varias ONG
simplemente han dejado de funcionar y otras han tenido que hacerlo a medias.
Para los que son funcionarios de entidades estatales sus funciones, ingresos y
futuro laboral dependerán de los vaivenes políticos, aunque hay que señalar que el Estado
tiene la obligación legal de asumir la responsabilidad de la búsqueda e identificación de las
víctimas por cualquier causa. Mientras existan delitos de tal índole las instituciones de
Medicina Legal contarán con funcionarios expertos en Antropología forense, como suele
suceder en México, Puerto Rico, Colombia, Venezuela y Perú. Tarde o temprano las
entidades estatales asumirán las responsabilidades de las ONG, pues cuentan con
mayores recursos permanentes, laboratorios, infraestructura, equipos interdisciplinarios,
lo que brinda mayor profesionalismo y calidad a los dictámenes; pero lo que es más
importante, pueden ofrecer continuidad histórica a los procesos pues están obligadas a
guardar archivos judiciales durante un tiempo prudencial.
En segundo lugar, se encuentra el tema de la capacitación, pues si hace dos
décadas era un problema tan agudo que los médicos forenses tenían que asumir las
funciones de antropólogo por la carencia de expertos en esta área, hoy día existen
laboratorios de Antropología forense en varios países latinoamericanos, la cátedra en esta
área, programas de postgrado y personal con título de doctorado. Todas estas
oportunidades académicas beneficiarán las investigaciones sobre la diversidad poblacional
de nuestros países con el fin de establecer patrones de variación, elementales para la
identificación humana (Krenzer, 2005; Rodríguez, 2004; Sanabria, 2004), pero muy útiles
en la solución de problemas cotidianos básicos, como la salud, el crecimiento y desarrollo
infantil, la ergonomía, el deporte, la ortopedia y la elaboración de prótesis.
En tercer lugar, se encuentran los retos históricos de identificar a las víctimas de las
distintas épocas de violencia de nuestros países, como la Conquista, la Guerra de
Independencia, las guerras civiles y de secesión, las masacres contra las comunidades
indígenas y obreros.
En fin, la Antropología forense en Latinoamérica ha jugado un papel histórico,
político, judicial, académico y humanitario muy importante. En el ámbito histórico ha
contribuido con la escritura de páginas oscurecidas por la acción de grupos militares,
paramilitares e insurgentes durante los años 1970-2010. En el campo político ha
contribuido con la restitución de gobiernos democráticos y en la denuncia contra políticos
y militares implicados en casos de desaparición. En el aspecto judicial ha apoyado
investigaciones sobre la violación de derechos humanos que han dado pie a
penalizaciones de los culpables. En el contexto académico ha contribuido con la apertura
de una nueva línea de investigación y campo laboral, y el incentivo por la investigación
sobre la variabilidad de las poblaciones locales. Finalmente, desde el punto de vista
humanitario ha contribuido con el retorno a la sociedad de la memoria de víctimas del
conflicto, a la restitución del buen nombre de ellas y a la resolución del duelo por parte
de los familiares, además con la formalización de las actas de defunción con fines
jurídicos.
35

3.La Antropología forense en Colombia

3.1. Los primeros dictámenes periciales sobre restos óseos

Hasta donde tenemos reportes, la labor forense se remonta a la época colonial de la


Nueva Granada, cuando los abogados, con la intención de acreditarse como peritos
forenses tenían que pedir licencia ante la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá. Así,
Manuel del Campo y Rivas solicitaba en 1777 licencia para completar práctica y garantía
de negocios forenses; Joaquín de Escobar, previa presentación de títulos universitarios y
certificados de práctica forense, solicitaba ser recibido como abogado de la Real
Audiencia, Santafé, 1778 (Rivera y Rojas, 2005). Los profesionales del Derecho desde el
siglo XVIII habían atendido las necesidades de la práctica forense en la Nueva Granada,
pero con la introducción de la Medicina legal en el siglo XIX se abordaron las necesidades
de identificación de personas en casos criminales. De esta manera el 30 de mayo de 1860
los médicos M. Vicente de la Roche y Manuel Uribe Ángel analizaron un caso de homicidio
producido en Antioquia, cuyo objeto era un conjunto de huesos, un poncho manchado,
restos de camisa, calzoncillos, pantalón, correa. Como cualquier antropólogo forense
contemporáneo establecieron un cuestionario básico de identificación que respondieron
según la información suministrada por los restos óseos y sus prendas.
1. Filiación biológica: Humano
2. Sexo: Hombre
3. Edad: 25-35 años
4. Manera: inhumado y tendido sobre la espalda (revisión de ligamentos).
5. Tiempo: 3-5 semanas (por experimentación propia).
6. Talla: 166 cm por fémur (tabla de Orfila)
7. Constitución: Delgado (por cuello y puño de la camisa, pretina del pantalón y longitud
de la correa).
8. Lateralidad: zurdo (por escoliosis, esternón).
9. Estado de salud: sufría de la dentición.
10. Raza: mestizo (pelo, ángulo facial).
11. Robustez: afeminado (fémur, pelvis).
12. A juzgar por las manchas de sangre, se produjo muerte violenta por instrumento
cortante o punzante en el cuello y pecho.

3.2. Jorge Eliécer Gaitán y la búsqueda de evidencias forenses de la masacre de las


bananeras de 1928

El premio nobel de literatura Gabriel García Márquez (/1967/2007: 340-348) describió al


estilo macondiano en su notable obra “Cien años de soledad” los momentos de la huelga
de los obreros de las bananeras, quienes protestaban por las condiciones insalubres de
sus viviendas, el engaño de los servicios médicos, el sistema de vales y la iniquidad de las
condiciones de trabajo a que eran sometidos por la compañía bananera norteamericana
United Fruit Company. Frente a esta huelga, el gobierno envió al ejército para restablecer
el orden público mediante la ley marcial, con orden de disparar según el Decreto No. 4,
nombrando como jefe civil y militar de la provincia al general Carlos Cortés Vargas y como
secretario al mayor Enrique García Isaza. El general Cortés Vargas, apoyado por los
representantes de la United Fruit Company y del gobierno de la época, declaró a los
huelguistas “cuadrilla de malhechores”, ordenando disparar contra una muchedumbre de
obreros que dormían con sus mujeres e hijos en Ciénaga, Magdalena (Colmenares, 1989:
260; Gaitán, 2005).
En la noche del 5 de diciembre Cortés Vargas y sus oficiales se embriagan y en las
horas de la madrugada se aproximan a la estación del ferrocarril donde dormían los
obreros dando lectura al decreto de toque de queda; los pocos que estaban despiertos
lanzan un grito de “Viva Colombia”, “Viva el ejército de Colombia”, “Viva la huelga”, a lo
que los militares responden con fuego de 14 ametralladoras seguido de varias descargas
de fusiles; parecía como si “las ametralladoras hubieran estado cargadas con engañifas de
pirotecnia, porque se escuchaba su anhelante tableteo, y se veían sus escupitajos
incandescentes”, escribía patéticamente García Márquez (2007: 346-347). Los heridos son
rematados con bayoneta calada. Vivos y heridos son recogidos en camiones, una parte
arrojados al mar en 4-5 viajes, otros son enterrados en una zanja honda, inclusive
personas vivas que suplicaban por sus vidas. Un vecino de la estación, el señor Benjamín
Restrepo Restrepo, propietario del Hotel Europa, testigo presencial de la masacre, narró
cómo los soldados con su bayoneta remataban sanguinariamente a los heridos, cuya
escena desgarradora era iluminada por oficiales con lámparas eléctricas.
García Márquez anota que los muertos fueron arrumados en vagones y
transportados como racimos de banano; su héroe macondiano, José Arcadio Segundo
terminó en uno de estos vagones, quien “en los relámpagos que estallaban por entre los
listones de madera al pasar por los pueblos dormidos veía los muertos hombres, los
muertos mujeres, los muertos niños, que iban a ser arrojados al mar como el banano de
rechazo” (Op. Cit. p. 348). Los muertos debieron ser cerca de tres mil, todos los que
estaban en la estación del ferrocarril, los obreros que protestaban con sus mujeres y
niños. Para rematar, durante la noche de toque de queda los militares sacaron a
empellones a todo sospechoso de sus camas y se los llevaron a un viaje sin regreso. Todo
fue “como un sueño” pues la historia oficial se encargó de sepultar la memoria como
remató su historia el premio Nobel: “En Macondo no ha pasado nada, ni está pasando ni
pasará nunca. Este es un pueblo feliz”.
Esta masacre conmocionó a la sociedad colombiana a pesar de todo el empeño del
Estado de ocultarla. Por esa época surgía el joven orador, audaz y popular líder de las
masas desposeídas, Jorge Eliécer Gaitán, formado en la mejor escuela criminalística del
mundo, la Universidad de Roma. Gaitán denunció los hechos de manera contundente,
aportando pruebas sobre los sucesos acontecidos durante la masacre de las bananeras el
6 de diciembre de 1928. En la sesión del 9 de septiembre de 1929 Gaitán expone ante el
Senado sus intentos por recabar elementos de investigación criminal como base segura en
la condena de los culpables, por encima de los rumores políticos, donde se apoyaba en las
fases de la investigación antropológica forense: documentación (brindada por testigos de
la época), excavación (buscando lugares con huellas de tierra removida para hallar
despojos humanos) y análisis de los restos óseos (realizado por él mismo y por el ministro
de Instrucción Pública y médico Dr. Huertas).
37

Enterado en Ciénaga de que en el Playón, al lado del ferrocarril, se había abierto


una fosa común con los restos de las víctimas, y que según la tradición oral en el
Departamento de Magdalena las madres nunca abandonan a sus hijos, consideraba que
en ésta debían presentarse restos de mujeres e infantes, versión confirmada por el
informe de Cortés Vargas. También se había enterado de que en la noche del 6 de
diciembre habían sido asesinadas varias mujeres, y que el médico de Ciénaga Dr. Acosta
García había dictaminado que las balas empleadas por el ejército habían causado el efecto
dum dum. Gaitán acude al sitio del Playón en Agua Coca con un grupo de acompañantes
bien conocidos de la región en busca de pruebas, como declaró en la sesión del Senado
(Gaitán, 2005: 91):
“Comenzamos la investigación. En realidad me atrajo mucho el haber encontrado
objetos que debían pertenecer necesariamente a individuos. Eran verdaderos
despojos. Seguí observando y encontré que en realidad había sitios donde la tierra
había sido removida, hasta que uno de los individuos que hundían los palos
encontró un sitio donde la herramienta se hundió en la tierra sin esfuerzo. Ordené
inmediatamente remover con cuidado aquella tierra y he ahí señores que encontré
el esqueleto de un niño. Aquí tenéis uno de los fragmentos del cráneo”.
Como en el auditorio se encontraba el ministro de Salud Dr. Huertas, el
representante Campo solicitó que examinara los restos. Una vez revisados, el doctor
Huertas afirmó que “evidentemente se trata del esqueleto de un niño” (Gaitán, 2005: 93).
El elocuente y joven orador fue ovacionado y aplaudido por el público presente en la
sesión del Senado por tan brillante exposición de pruebas, tanto testimoniales como
materiales, y como rematara parodiando la frase de San Víctor en referencia a César
Borgia: “Si la historia tuviera un infierno, estos hombres encontrarían allí un sitio especial
y preciso” (Gaitán, 2005: 139).
En virtud de que los crímenes de lesa humanidad son imprescriptibles y que las
Fuerzas Armadas y el Estado colombiano, junto con la United Fruit Company (hoy día
Chiquita Banana) son culpables de esta masacre, tarde o temprano deberán ser juzgados
por la historia y la justicia al esclarecerse la verdad en la medida que se estudien las
evidencias materiales y testimonios que aún se conservan en el lugar de los hechos, para
que reparen, 80 años después, por estos hechos punibles.

3.3. La enseñanza de la Antropología criminal

En los años 40 el profesor José F. Socarrás dictaba la cátedra de Antropología en la


Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Colombia, con un enfoque
lombrosiano, racista y sexista, como se estilaba en la época. La Criminalística era
importante en esa época y existía un Museo de Criminalística en la Facultad donde
reposaban evidencias de crímenes famosos, el cual fue abandonado en el polvo de la
historia hasta que fue recuperado en el año 2002 por estudiantes de pregrado.
En esa época la influencia lombrosiana era muy fuerte y en los temas dictados a los
estudiantes de Derecho se incluían la craneometría, donde se afirmaba que las cabezas de
los criminales natos tienen una foseta occipital mediana como en lemúridos, síntoma de
regresión hacia el hombre primitivo. También se estudiaba el sistema dental, y el
somatotipo para la descripción judicial. Se señalaba que en Colombia la estatura menor se
encontraba en las partes altas y la más desarrollada en las tierras bajas. Respecto a las
diferencias entre los sexos se suponía que la mujer gozaba más brindando amor que
recibiendo, que sus órganos genitales tenían síntomas de infantilismo, y que su cabeza al
ser más pequeña correspondía a menor grado de inteligencia. En la descripción y
clasificación de los criminales se seguía la interpretación lombrosiana, incluyéndose sus
características físicas; también la técnica general psicoanalista para conocer el verdadero
fondo del espíritu humano, las normas para facilitar la labor interpretativa de los sueños, y
la obtención de evidencias materiales delictivas junto a la confesión (Socarrás, 1943).

3.4. La búsqueda e identificación de los restos del sabio José Celestino Mutis

Figura 5. El sabio José Celestino Mutis y sus restos mortales (Duque, 1960).
El primer trabajo de antropología forense y arqueología histórica fue la búsqueda,
excavación e identificación de los restos del sabio José Celestino Mutis (1732-1808),
fundador y director de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada (1783),
médico de la Universidad de Sevilla, estudioso de la lepra, higienista de visión, innovador
en el campo de la minería, docente de matemáticas y física del Colegio Real Mayor de
Nuestra Señora del Rosario en Santa Fe de Bogotá, coleccionista infatigable de las
maravillas naturales del Nuevo Reino, re descubridor de la América española y semillero
de luchadores por la independencia como Zea, Caldas, Cabal, Rizo, Camacho, Lozano y
otros; fue clérigo en sus últimos años (Hernández de Alba, Prólogo; Duque, 1960:5-15).
En el mes de febrero de 1957 ante la inminente destrucción de la iglesia de Santa
Inés para ampliar la carrera 10a con calle 10a, un equipo liderado por el ilustre arqueólogo
39

Luis Duque Gómez4 acometió la labor de encontrar los restos del sabio Mutis con el fin de
trasladarlos a otro lugar. La iglesia de Santa Inés fue construida por mandato de Juan
Clemente de Chaves en 1628, cuyos despojos, al igual que los de su hermana Antonia
fueron inhumados en el presbiterio, seguramente en la tumba de construcción especial
excavada durante el rescate por el equipo de Duque Gómez, con el número 16. Bajo el
piso también fueron enterradas todas las monjas del convento a partir de 1645. Hasta
1827 cuando se prohibió por decreto especial expedido por el Libertador Simón Bolívar –
para evitar problemas de salud en los feligreses que las frecuentaban-, se acostumbraba
enterrar a las personas más notables bajo el piso de las naves de las iglesias y capillas de
su devoción. El sabio Mutis fue enterrado aquí como consta en la partida de defunción del
libro de registros de 1755-1835, folio 343, y en la cláusula 1ª de su testamento, donde
dispuso se le inhumara en la iglesia del Monasterio de Santa Inés, y en otros archivos de la
época. Habitualmente se les inhumaba directamente en fosas rectangulares abiertas en el
piso, de 180-200 cm de largo por 80-130 cm de ancho, embalados en cajas mortuorias con
sus vestiduras, como símbolo de humildad, pobreza y desprendimiento (Duque, 1960:26).
En total se excavaron 141 fosas, muchas con enterramientos, algunas eran osarios
y otras estaban vacías por la destrucción de los huesos. La mayoría correspondía a monjas,
con restos de sandalias y fragmentos de hábitos. La tumba No. 21, ubicada detrás del arco
toral, contra el presbiterio, del lado de la epístola, con las dimensiones de mayor tamaño
(90x210 cm) se encontró a 130 cm de profundidad, resultó ser la del sabio Mutis. Contenía
los restos de un individuo adulto, alto, estatura cercana a 180 cm, corpulento a juzgar por
el fuerte desarrollo de las inserciones musculares, con canicie y calvicie como se pudo
colegir por el cabello que se conservó, de más de 60 años (Figura 5). Junto a sus restos
óseos se encontraron ornamentos sacerdotales (estola, manípulo, casulla, banda), un
rosario de cuentas vegetales negras rematado con medallas de oro y cobre, con imágenes
de santos usados en las escuelas de medicina. Con esta información, y en reunión
celebrada por la Academia Colombiana de Historia el día 17 de febrero de 1957, con la
participación de varias decenas de expertos religiosos e historiadores, Luis Duque Gómez
concluyó que “estos hechos ... al lado de otras circunstancias del hallazgo, tales como
lugar preeminente de la sepultura, ornamentos con que fue inhumado su cadáver, el
rosario que llevaba sobre el pecho, etc., que se trata de las venerables cenizas del Director
de la Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada” (Op.cit.:43). Una vez identificados
fueron inhumados solemnemente en la Basílica Primada de Bogotá.

3.5. El surgimiento de la Antropología forense institucional

En 1985 el profesor de la Universidad Nacional de Colombia Gonzalo Correal U. nombrado


perito forense por el Instituto de Medina Legal lideró la exhumación y análisis de unos restos
óseos hallados en la cueva de la Trementina, corregimiento de Becerril, departamento del
Cesar, y que habían suscitado una aguda controversia en los medios de comunicación pues
se les atribuía a víctimas de la violencia entre contrabandistas de la frontera con Venezuela.

4 Fundador del Dpto. de Antropología de la Universidad Nacional y rector de la misma, fundador de la


Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales (FIAN) del Banco de la República, fallecido en 2000.
A juzgar por las características morfométricas, la deformación craneal y el ajuar funerario
presente, se estableció que correspondían a grupos indígenas, posiblemente Yuko de la
Sierra de Perijá (Correal, 1985b).
En 1986 fui nombrado perito forense por la Dirección Científica del Instituto de
Medicina Legal con el fin de atender algunos casos de identificación de restos óseos
humanos. En ese año llegó un caso interesante al Laboratorio de Arqueología del Dpto. de
Antropología de la Universidad Nacional de Colombia. El caso provenía de Garzón, Huila, y
demostró en palabras del Dr. Egon Lichtenberger, Director en ese entonces del Instituto de
Medicina Legal, que los huesos hablaban. En una cajita de 10 x 10 x 5 cm. se recibieron unos
huesos completamente calcinados y fragmentados, con la solicitud de establecer si su
pertenencia era humana o animal. La restauración de algunos fragmentos permitió
reconstruir una parte del temporal izquierdo con huellas de incisión producidas por arma
cortante; también parte de los parietales unidos por una sutura sagital completamente
obliterada; la protuberancia occipital externa con huellas de granulosidad y parte de la
cabeza y cuello del fémur derecho. El diagnóstico de edad y sexo permitió establecer que
pertenecían a un individuo de sexo femenino de edad senil. El caso estaba relacionado con
un homicidio cometido por el trabajador de una finca, quien descuartizó a machetazos a su
patrona, incinerándola posteriormente en el horno del trapiche, considerándolo un crimen
perfecto pues el cuerpo había quedado incinerado. En estado de embriaguez el homicida
había alcanzado a relatar algunas infidencias sobre el crimen, retractándose posteriormente
confiado en que la acción de las llamas habían borrado cualquier evidencia. No obstante los
pocos huesos que quedaron hablaron y contribuyeron al esclarecimiento del crimen. A partir
de ese momento todos los casos de restos óseos que llegaban al IML se remitían al
Laboratorio de Arqueología para su análisis, los que eran devueltos acompañados de un
dictamen, aunque también eran entregados a familiares mediante orden judicial.
Expuesta la necesidad de preparar funcionarios judiciales en labores de identificación de
restos óseos en virtud de la creciente oleada de cadáveres que aparecían en inmediaciones
del río Cauca, y como consecuencia del descubrimiento de fosas comunes en el
departamento de Santander (Hoyo Malo, Hoyo Mamayo, Palonegro) (Fig. 6), el
departamento de Antropología de la Universidad Nacional programó la realización de varios
seminarios-talleres de Antropología forense, solicitados por el Cuerpo Técnico de Policía
Judicial de Instrucción Criminal (hoy día Cuerpo Técnico de Investigación de la Fiscalía
General de la Nación). En estos cursos recibieron entrenamiento algunos médicos,
odontólogos, morfólogos, balísticos y fotógrafos, contribuyendo a consolidar equipos
interdisciplinarios del CTI, distribuidos en distintas ciudades del país (Bogotá, Cali, Medellín,
Bucaramanga, Barranquilla). También participaron antropólogos de Medicina Legal que se
incorporaron a esa entidad a partir de 1991; en 1994 se incorporaron las primeras
antropólogas al Cuerpo Técnico de Investigación de la Fiscalía.
Conscientes de la necesidad de ampliar los conocimientos de esta disciplina entre
funcionarios judiciales, miembros de ONG y la comunidad universitaria, se organizó en la
Universidad Nacional en julio de 1993 el primer seminario internacional de Ciencias Forenses
y Derechos Humanos, con la participación de colegas de la AAA (R. Kirchner, D. Salcedo, C. C.
Snow), EAAF (L. Fondebrider), de la Universidad de Manchester, Reino Unido (R. Neave) y del
41

país Vasco (F. Etxeberria); igualmente fue importante la participación crítica de los familiares
de desaparecidos (ASFADDES).
En éste contexto se propuso la apertura de un programa de posgrado en una rama de
las Ciencias Forenses con el fin de llenar los vacíos existentes en la capacitación de personal,
crear un espacio de discusión sobre los métodos y técnicas de distintas áreas forenses con el
fin de consolidar la interdisciplinariedad, acceder a la experiencia de equipos forenses tanto
americanos como europeos, finalmente, capacitar a nuestro propios equipos en el país con el
objeto de reducir los respectivos costos que se gastan en el exterior.
Desde 1996 con la graduación de los primeros egresados del postgrado de
Antropología Forense, el primero de Latinoamérica, se puede decir que se inició la
profesionalización de los peritos en esta área, conformando laboratorios dotados de
instrumental osteométrico y material óseo de referencia. Atendiendo las necesidades del
profesional judicial que requiere el país, el posgrado de Antropología forense desarrolla en el
transcurso de tres semestres tres grandes componentes: ciencias sociales (derechos
humanos, teorías sobre el conflicto, derecho penal y probatorio), ciencias forenses
(antropología, medicina, odontología, criminalística) y áreas de apoyo (genética forense,
patología, antropología jurídica, antropología dental).

Figura 6. Escenas frecuentes en los años 90 de “macabros hallazgos” de fosas comunes en precipicios,
cerro El Mirador, Santander.
3.6. La situación contemporánea en Colombia

Colombia es un país con una trágica historia de guerras y conflictos internos durante los
500 años de contacto europeo, habiendo perdido a más de 3 millones de sus
connacionales, entre ellos cerca de 2,5 millones de indígenas durante la Conquista y
Colonia, por las guerras, maltratos y enfermedades infecciosas (gripe, viruela, sarampión,
tifo); aproximadamente a medio millón de personas durante la Guerra de Independencia
de la Nueva Granada (1810-1824) y países vecinos pues ésta fue fratricida y los criollos,
indígenas y esclavizados africanos lucharon en ambos bandos, tanto patriota como
realista; cerca de 100.000 personas perecieron durante la Guerra de los Mil Días en los
albores del siglo XX; y, finalmente, durante la violencia del siglo XX otro medio millón de
víctimas caídas en manos de los ejércitos partidistas, chulavitas, guerrilleros y
paramilitares. El país le rinde tributo a los conquistadores, jefes militares y políticos como
las grandes glorias de nuestra historia, pero la memoria de los millones de caídos por una
u otra causa yace en el olvido, con el temor de que la historia trágica se repita.
Actualmente el país posee una de las más altas tasas de homicidios en el ámbito
mundial, pese a que desde 2003 ha descendido significativamente. En 2007, según datos
del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses (INMLCF) se produjeron
16.318 casos, con una tasa de 37 por 100.000 habitantes, constituyendo el 59% de las
lesiones fatales, seguidas de accidentes de tránsito con una cifra de 20%, accidentales 12%
y suicidios 6%. La mayoría de casos afectó a varones con un 91,6%, entre 15-45 años de
edad, por proyectil de arma de fuego (68,4% en mujeres y 80,1 en hombres) y corto
punzante (17,3% en mujeres y 12,2% en hombres), con politrauma y trauma craneano en
su mayoría, especialmente acontecidos en los Departamentos de Valle del Cauca (3.332
casos o 20,5%), Antioquia (2.075 casos o 12,8%) y Norte de Santander (805 casos o 4,9%),
durante las horas de la noche, particularmente entre los días viernes y domingo (Forensis
2007, Figura 7).

Figura 7. Tasa de homicidios en Colombia por años y por 100.000 habitantes.


43

Las macabras escenas que aparecen en las páginas de los periódicos nacionales e
internacionales en los últimos meses, que incluyen fosas comunes, fosas individuales,
cuerpos descuartizados, familiares de víctimas sollozando y temerosas por las
retaliaciones, ponen también en evidencia la situación de los desaparecidos forzados de
colombianos. Según el reporte de la Unidad de Justicia y Paz de la Fiscalía existen más de
32 mil personas desaparecidas, de las cuales se han recuperado 3.844 cadáveres NN en
300 municipios; de ellos 2.272 se han exhumado en Antioquia; se afirma que en Villa
Sandra, Puerto Asís, Putumayo, hay cerca de 800 cadáveres por exhumar (El Tiempo, 11 de
agosto de 2010). Los departamentos de Antioquia, Bolívar, Córdoba, Sucre, Cesar, Norte
de Santander, Putumayo, Meta, Casanare, Guaviare y Valle son los más afectados, donde
las víctimas suelen ser campesinos, mayoritariamente varones y en edad productiva entre
15-45 años de edad, lo que ocasiona un enorme daño humano, social y económico al país,
afectando su imagen política ante eventuales negociaciones internacionales. Los
familiares de las víctimas piden su regreso, vivos o en caso de estar muertos la devolución
de sus restos para otorgarles religiosa sepultura, consumir el duelo y resolver problemas
jurídicos relacionados con procesos patrimoniales. La población civil exige el
esclarecimiento de estos crímenes, que se establezca la verdad histórica para no repetir
estos hechos que generan zozobra e inestabilidad social, reparar a las víctimas por los
daños afectivos y materiales ocasionados, y juzgar severamente a los culpables. La
comunidad internacional exige mayor confianza en sus inversiones, investigar la suerte de
dirigentes sindicales desaparecidos con el fin de establecer un clima de paz y seguridad
social, con el fin de darle paso a tratados comerciales internacionales como el TLC.
Por estas razones, humanitarias, sociales, políticas y económicas hay que resolver
la situación de los millares de desaparecidos de Colombia para ponerle punto final a una
historia de más de 50 años de violencia.A pesar de la situación trágica de los familiares de
los desaparecidos, desplazados y afectados por el conflicto, no obstante, Colombia posee
unas disposiciones legales, técnicas e históricas que pueden favorecer su posterior
desempeño.
A diferencia de otros países latinoamericanos, y al igual que en Venezuela, en
Colombia el Estado mediante sus instituciones judiciales ha asumido la responsabilidad de
exhumar e identificar a las víctimas del conflicto armado, además que las condiciones del
país, por la presencia de grupos insurgentes (paramilitares y guerrillas) señalados como los
mayores responsables de las masacres y desapariciones, como también de la colocación
de minas antipersonales, dificultan el desplazamiento por las zonas con fosas clandestinas.

3.6.1. El contexto jurídico

La nueva Constitución de Colombia de 1991 prohíbe expresamente la "tortura y tratos o


penas crueles o degradantes" que violen la integridad personal añadiendo además la norma
según la cual "nadie será sometido a desaparición forzada", obligando a generar y fortalecer
mecanismos de protección contra las violaciones que afecten el derecho a la libertad y el
derecho a la vida. Por otro lado, el Artículo 165 de la Ley 599 de 2000 establece que “El
particular que (perteneciendo a un grupo armado al margen de la ley) someta a otra persona
a privación de su libertad cualquiera que sea la forma, seguida de su ocultamiento y de la
negativa a reconocer dicha privación o de dar información sobre su paradero, sustrayéndola
del amparo de la ley, incurrirá en prisión de trescientos veinte (320) a quinientos cuarenta
(540) meses...”, con penas aumentadas por el artículo 14 de la Ley 890 de 2004.
Igualmente se ha avanzado en la reglamentación de la búsqueda de personas
desaparecidas mediante la conformación de una Comisión de acuerdo al Artículo 8º de la Ley
589 de 2000, y al Decreto 4218 de 2005, donde se establece que será de carácter nacional y
permanente, extendida a los casos acaecidos con anterioridad a la expedición de la
mencionada ley, con el fin de apoyar y promover la investigación del delito de desaparición
forzada, con pleno respeto de las competencias institucionales y de las facultades de los
sujetos procesales. En el Artículo 9º de la misma ley se establece el registro nacional de
desaparecidos, coordinado por el Instituto de Medicina Legal, donde se incluirán todos los
datos de identificación de las personas desaparecidas y de inhumación y exhumación de
cadáveres de personas no identificadas, el cual deberá contener como mínimo los siguientes
datos: 1. Identidad de las personas desaparecidas, 2. Lugar y fecha de los hechos, 3. Relación
de los cadáveres, restos exhumados o inhumados de personas no identificadas, con la
indicación del lugar y fecha del hallazgo, resultados de estudios técnicos, científicos o
testimoniales y cualquier dato que conduzca a su identificación.
Por otro lado, el Estado colombiano ratificó la Convención Interamericana contra la
Desaparición Forzada de Personas (Ley 707 de 2001), y el Grupo de Trabajo de Naciones
Unidas sobre Desaparición Forzada visitó a Colombia en el año 2005, sugiriendo algunos
procedimientos para mejorar la situación.
Dentro del marco normativo de la Ley 975 de 2005 y el Decreto reglamentario 4670
de 2005, donde se ordena a la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR)
garantizar a las víctimas su participación en procesos de esclarecimiento judicial y la
realización de sus derechos, se propuso avanzar en la búsqueda de las personas
desaparecidas con tres propósitos: 1. Contribuir con la recolección de material probatorio
para los procesos judiciales (atención jurídica); 2. Contribuir con los familiares de las personas
víctimas de desaparición forzada en su hallazgo e identificación (reparación); 3. Contribuir
con la caracterización de la situación colombiana en materia de desaparición forzada de
personas (verdad histórica). Para tal efecto propuso inicialmente la conformación de un
banco genético, y, posteriormente previa consulta de expertos, la de un banco antropológico
y genético de los desaparecidos y sus familiares.
Sin embargo, hay que recalcar que por un lado existe un subregistro de casos de
desapariciones por el hostigamiento hacia los familiares de las víctimas, y, por otro, no se ha
trabajado esta problemática de una manera más estrecha con los familiares –quizás por las
prevenciones de parte y parte- para proceder a elaborar la base de datos nacional con la
información de todos los desaparecidos del país. Una vez se tenga esta información se
podrán programar acciones que incluyan los requerimientos logísticos y de personal con base
en cifras más exactas; por supuesto que dada la urgencia de desenterrar cadáveres por la
información de victimarios se puede trabajar paralelamente.
45

3.6.2. El contexto técnico

En lo que respecta a los aspectos técnicos de las ciencias forenses en el país, particularmente
de la Antropología forense, vale la pena señalar que Colombia, después de Estados Unidos de
América –según Morris Tidball-Binz del CICR- posee el mayor número de antropólogos
forenses, capacitados y dotados de laboratorios, laborando en entidades del Estado como el
Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses (en Bogotá, Tunja y Medellín), la
Fiscalía General de la Nación (Bogotá, Barranquilla, Bucaramanga, Medellín, Cali, Pereira), en
el Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) y en la DIJIN (Bogotá). Su dotación en lo
que respecta a equipos (instrumental) y personal (particularmente antropólogos) no es
suficiente para cubrir todo el país (Sanabria, 2004). También existen dos equipos no estatales
que brindan apoyo psicosocial a los familiares de las víctimas, entre ellos Equitas y
recientemente el ECIAF que ha tenido una buena acogida –está integrado por jóvenes
antropólogas que trabajan con gran entusiasmo-.
Durante la reunión sostenida en agosto de 2006 del Comité Interinstitucional de
Criminalística se mencionaba que mientras el CTI había adelantado 154 procedimientos de
exhumaciones, con 224 cuerpos recuperados y 60 identificaciones orientadas; entretanto el
DAS presentaba unas cifras de 18, 64 y 22, respectivamente, lo que evidenciaba el
“desbordamiento de la capacidad de cualquier laboratorio”. Para septiembre de 2007 había
más de 500 casos represados por corresponder a NN absolutos, es decir, que no poseen el
contexto suficiente para profundizar en el proceso de identificación. De los 1536 cuerpos
recuperados hasta el momento, se ha logrado la identificación plena de 176 cadáveres, es
decir, solamente el 11,5%.
A pesar de los esfuerzos institucionales, existen deficiencias en las diferentes fases de
investigación que vale la pena resaltar: 1. A los familiares poco se les ha vinculado en el
proceso de investigación documental como se amerita, pues al fin y al cabo son ellos los
dolientes, los que no olvidan a sus muertos a pesar de las trabas burocráticas y de los riesgos
por la eventual pérdida de la confidencialidad de la información; además son los que brindan
la información de las víctimas que será muy importante para el cotejo. 2. Las entidades
estatales adolecen de suficiente personal capacitado para cubrir regiones cruciales como el
Putumayo, Urabá antioqueño y Catatumbo, y existen quejas de diligencias de exhumación
que no han sido coordinadas por antropólogos quienes son los entrenados en el proceso de
registro y recuperación de restos óseos. 3. Los laboratorios forenses aún carecen de equipos
adecuados, y, especialmente de espacio para atender varios casos al mismo tiempo–fosas
comunes- al tiempo según se estila en los desastres masivos. 4. La baja efectividad en la labor
de identificación obedece entre otras razones al hecho de que no se conoce exactamente el
número de desaparecidos, y, por consiguiente, no se dispone de suficiente información para
cotejar. Finalmente, más de dos millares de osamentas no identificadas yacen en espacios
inadecuados para su conservación –en cajas de cartón entre otras-, con el riesgo de que se
pueda afectar la cadena de custodia.
Pero quizás lo urgente es que las instituciones trabajen mancomunadamente
pensando en el país y en las víctimas de los desaparecidos, por lo que se requiere unificar
todas las acciones bajo un Centro Nacional de Identificación (CNI). Ejemplo de estas
situaciones se aprecia en los resultados de las investigaciones sobre la suerte de las víctimas
del holocausto del Palacio de Justicia, ya que a pesar de habérsele dedicado tiempo (1996-
2010), personal y recursos económicos, entre ellos los enormes gastos en estudios genéticos,
solamente se han identificado tres personas por ADN (Ana Rosa Castiblanco, René F. Acuña,
Fabio Becerra).
En el Laboratorio de Antropología Física de la Universidad Nacional de Colombia se
atiendió hasta el 2009 la capacitación de funcionarios estatales y de ONG mediante el
postgrado de Antropología forense, impulsando investigaciones tendientes a revisar los
denominados estándares y a proponer nuevos métodos de identificación; además se
brindaron asesorías a las entidades que lo requirieran en la identificación de personas y
de restos de desaparecidos, aún de la época del Bogotazo (9 de abril de 1948)(Figura 8).
La mayoría de investigaciones se ha orientado a la verificación de los estándares de edad,
sexo, estatura, sobre el grosor de tejido blando, sobre derechos humanos, acerca de la
identificación de traumas, el impacto de las minas antipersonales, y el resto a casos
forenses.

Figura 8. Cadáveres de los caídos durante los desórdenes del 9 de abril de 1948 en Bogotá, expuestos en el
la galería oriental del Cementerio Central para su identificación (Cortesía Foto Tito).

3.6.3. La necesidad histórica de que haya verdad, justicia, reparación y reconciliación

Como planteara el sacerdote Javier Giraldo M. (2004: 7) al analizar las diferencias y


similitudes de las experiencias de varios países (Antigua Yugoslavia, Argentina, Chile, El
Salvador, Guatemala y Sudáfrica) que fueron conmovidos por períodos de intensa
represión o de enfrentamientos armados internos bajo regímenes militares, al ceder su
paso a gobiernos constitucionales, o cuando se logran convenios de paz, el proceso de
reconciliación nacional apunta al esclarecimiento de la verdad y a la reparación de las
víctimas.
47

A pesar de los acuerdos gubernamentales de punto final a las reclamaciones, las


sociedades no se reconcilian, pues “todas ellas arrastran traumas profundos, odios y
heridas no sanadas sino más bien, en la mayoría de los casos, infectadas y putrefactas, con
peligro de contaminar gravemente todo organismo social mediante reediciones del
conflicto en dimensiones aún más destructivas” (Giraldo, 2004: 7-8). En todos estos países
analizados se crearon comisiones de la verdad como compromiso de los actores del
conflicto para esclarecer la situación, pero sus resultados fueron muy poco satisfactorios
pues fueron mezquinas con la misma verdad, encorsetándola en estrechos conductos
normativos sin cumplir los objetivos propuestos. En algunos países se le redujo a
situaciones impactantes o a víctimas fatales, abarcando menos del 1% de los casos,
incrementando los ya elevados índices de impunidad e injusticia.
Pasando de la sociedad a las familias, las entrevistas adelantadas a viudas de
militares, alzados en armas, campesinos y dirigentes políticos que han sufrido los efectos
de la muerte de sus seres queridos por acciones violentas, evidencian que estas
situaciones contaminan los espacios y su entorno, generando miedo, pena y rabia,
afectando los cuerpos de los familiares, produciendo síntomas como decaimiento, pérdida
de sueño y de apetito. En ausencia del cuerpo por la desaparición o en casos de
explosiones que lo destruyen, la solución del duelo es inconclusa. Los espacios y los
mismos cuerpos afectados se transforman en contextos contaminantes, por lo que deben
ser purificados, saneados mediante rituales para eliminar las impurezas (Peláez, 2007).
La muerte violenta de víctimas de los conflictos internos latinoamericanos ha
generado millares de espacios y entornos familiares contaminados, y mientras los cuerpos
sigan desaparecidos los duelos continuarán siendo inconclusos. De esta experiencia
deberán surgir lecciones para los vivos como reza el eslogan de las ciencias forenses: el
lugar donde la muerte le enseña a los vivos (Hic locus est ubi mortui viventes docent).
Solamente la verdad, la justicia, la reparación moral que incorpore a la sociedad la
memoria digna de los desaparecidos, y la reparación material que reintegre el patrimonio
familiar perdido durante su búsqueda, como rituales descontaminantes, podrán subsanar,
aunque sea parcialmente las heridas producidas por los conflictos internos pues ninguna
de estas acciones regresará los vivos.
Con este propósito, el proyecto 57 de 2007 de Ley de víctimas abre la posibilidad,
al igual que en otros países latinoamericanos, para que las víctimas de Colombia puedan
aspirar a los derechos y garantías de igualdad, de debido proceso, la no repetición, la
verdad, la justicia y la reparación integral. Esta última comprende la asistencia
humanitaria, créditos, la restitución de las tierras arrebatadas, beneficios laborales y
educativos, y la recuperación de la memoria histórica. Sin embargo, al igual que en
Argentina donde las madres se vieron en la coyuntura de aceptar o negar los “dineros
manchados” de la reparación, lo más importante es que el gobierno reconozca el conflicto
y a sus víctimas, como ha señalado el Centro Internacional para la Justicia Transicional
(ICTJ).
4. Mestizaje, castas y biotipo colombiano

Colombia es un país de mestizos a diferencia del cono sur (Argentina, Uruguay, Chile y sur
de Brasil) donde predomina el componente europeo; de las Antillas donde el aporte
africano es mayoritario; de la región Andina con fuerte influencia indígena. Por esta razón
no se puede hablar de “raza colombiana” sino de un conjunto de poblaciones con
diferente origen biológico según los procesos históricos que rodearon cada región
particular. Hay que acotar que la aculturación del indígena no es sinónimo de mestizaje,
pues el primero tenía un fin utilitario con el fin de incorporarlo a la economía colonial,
mientras que el segundo requería del impulso sexual y la oportunidad de consumarlo
(Laguna, 2010: 16). Los departamentos con población indígena poco numerosa a la llegada
de los españoles y reducida por las enfermedades y maltratos destacan por un mayor
componente genético de origen europeo, aunque en todas las regiones sobresale la
influencia indígena materna (ADNmt) debido a que fueron pocas las mujeres españolas y
africanas que llegaron al país. Por ello es importante conocer las consecuencias
demográficas de los procesos sociales acontecidos durante los grandes momentos de la
historia colombiana: la Conquista, Colonia y República.

4.1. Antes de Colón

Figura 9. Indígenas embera de Risaralda.

A la llegada al territorio de la Nueva Granada –hoy Colombia-, los conquistadores


españoles encontraron varios grupos indígenas portadores de distintas familias
lingüísticas: la Chibcha en los Andes, grupo más desarrollado desde la perspectiva socio-
económica, y más numeroso; la Arawak, en los Llanos Orientales y la Guajira, más dispersa
y menos numerosa; la Karib, en los valles interandinos, igualmente muy dispersos y poco
numerosos. Los chibchas, el grupo extenso, se dividía en muiscas de Tunja, Bogotá,
Sogamoso y Duitama, alcanzando cerca de 450-600.000 habitantes; guanes de la Mesa de
los Santos, Santander (100-150.000 individuos); laches del Cocuy (30.000); chitareros de
la Provincia de Pamplona, Norte de Santander (80.000); yukpa de la Serranía de Perijá,
para un total aproximado de 900.000 habitantes (Rodríguez, 1999).
49

En el Quindío y norte del Valle del Cauca los quimbayas, otro grupo indígena
desarrollado, se repartían en 80 caciques, para un aproximado de 80.000 habitantes. Los
panches de la Provincia de Tocaima, integrados por grupos independientes, alcanzaban
apenas 20-30.000 habitantes. Los pijaos del Tolima y parte del Huila sumaban
aproximadamente 20-45.000 habitantes. La población del valle del río Cauca (Fig. 9) no
alcanzaba el millón de habitantes. En general, la totalidad de la población indígena de
Colombia apenas llegaba a los 3 millones de habitantes, aunque algunos consideran de
manera exagerada que se aproximaban a los 11.5 millones (Fajardo, 1979).
Muchas indígenas atrajeron la atención de los españoles, por su gracia, donaire y
belleza, como las cipacúas, las cenúes de Tolú, las catías, las de Cartagena, las caquetías de
los llanos, las buritacas, las de Urabá, Cártama, Buserma, Chocó, Duitama, Tota,
Sogamoso, Tunja y Vélez (Pérez de Barradas, 1976:114, 137), y, sobre todo las guanes de
Santander, consideradas de “muy buen parecer, blancas y bien dispuestas y más amorosas
de lo que era menester, en especial con los españoles, atinosas para todo y tan fácil en
aprender nuestra lengua castellana… de mucha hermosura y aseo en su vestir, gracia y
donaire en su hablar” (Simón, 1981, IV:22). Algunas despertaban pasiones desenfrenadas
con su “desnudez, los pechos al aire y las partes pudorosas del mismo modo, sin la menor
señal de vello”, como las achaguas, con quienes la soldadesca de Lope de la Puebla
satisfizo en 1520 “sus pasiones, y a la mañana siguiente indígenas y españoles se
mezclaban y se retorcían en la orgía más placentera y bulliciosa” (Pérez de Barradas, Op.
Cit.:111). Los mismos hijos de los españoles se iniciaban sexualmente y se amancebaban
con sus criadas domésticas, indígenas o mestizas, con poco remedio de la justicia y para
espanto de los frailes (Op. Cit.:142).
Otras indígenas se opusieron a las presiones e insinuaciones de los españoles,
llegando incluso a morir en su resistencia, o suministrar bebidas como el tectec –
borrachero- para enloquecer a sus opresores, como se practicó en Bogotá. Los grupos
caribes del Alto Magdalena (colimas, pijaos, natagaimas, coyaimas, panches, pantágoras,
anamíes, yareguíes, muzos) que más se opusieron a la conquista española trataron en lo
posible de no mezclarse con los europeos, y si por alguna flaqueza quedaban embarazadas
de algún hombre blanco, ahogaban los hijos que nacían de esa relación. Los mismos
abusos de los españoles contra los indígenas conquistados, a veces “aprovechándose de
sus mujeres e hijas tan desvergonzadamente, que no se recataban de poner en ejecución
sus torpes deseos dentro de las mismas casas de sus padres y maridos y aun a su vista…”,
generó una enconada resistencia de los nativos por aniquilar al usurpador,
“determinándose que no quedase rastro en sus tierras de la nación española” (Simón,
1981, II: 102).
Los indígenas con mayor nivel de desarrollo socio-económico viendo la supremacía
del fuego, espadas, caballos y dios blanco, asustados por los efectos devastadores de las
enfermedades desconocidas –viruela, sarampión, gripe- quisieron emparentarse con los
españoles entregando sus hijas, como le sucedió a Hernán Cortés en México con
Xicotenga el viejo, quien ofreció sus propias hijas “para que sean vuestras mujeres y
hagáis generación, porque queremos teneros por hermanos, pues sois tan buenos y
esforzados” (Díaz del Castillo, 1971:219). La misma Malinche fue amante e intérprete de
Cortés en la conquista de México. En Colombia algunas indígenas fueron ejemplo de
fidelidad a los conquistadores como le sucedió al soldado portugués Juan Fernández,
quien enfermando en los llanos fue salvado por una ”india ladina, moza y de buen parecer
que, aficionada del portugués, -la que- dejó la casa de su ama y se fue con él”; enfermo y
en trance de muerte fue abandonado por su compañeros de lides, pero buscado en la
noche y recogido por la indígena quien lo cargó en un chinchorro a cuestas hasta el
campamento español; “el cual, por pagarle en algo, dijo al gobernador que se quería casar
con ella, como lo hizo luego allí, y después vivieron muchos años casados más contento el
portugués (según decía) que si tuviera por mujer una gran señora española” (Simón, 1981,
II:355).
De estas uniones y del amancebamiento5 con las naboríes –criadas-, muy
generalizado en América, surgieron los primeros hijos naturales –mestizos- de la Nueva
Granada, facilitadas por la Real Cédula de 14 de enero de 1514 que permitía “casarse con
quien quisieren, así con indios como con naturales de estos reinos o españoles nacidos en
las Indias, y que en esto no se le ponga impedimento”.

4.2. Los conquistadores: castellanos, andaluces, vascos, gallegos y otros

Inicialmente la mayoría de los pasajeros a las Indias procedía de Andalucía y de ambas


Castillas, aunque dos siglos después el norte de España (País Vasco, Cantabria, Asturias,
Galicia) junto con las islas Canarias proporcionó el mayor contingente migratorio (Navarro,
1991) (Fig. 10). Aunque también llegaron unos cuantos portugueses con los
conquistadores iniciales y con sus mujeres y familias a poblar Santa Marta (Pérez de
Barradas, 1976), algunos alemanes que penetraron al actual territorio de Santander desde
Coro, Venezuela con las tropas de Nicolás de Federmán y Ambrosio Ehinger, y unas pocas
moriscas –moros, esclavas blancas- no obstante la Corona Española obligó a que la Casa
de Contratación establecida en Sevilla, exigiera que sólo pasasen “españoles –no
extranjeros, salvo excepción- de religión católica –no judíos, ni conversos, ni moriscos, ni
gitanos, ni luteranos, ni condenados por la Inquisición-, y de buenas costumbres”
(Navarro, 1991:21). Con esta intención se velaba por la unidad religiosa, pilar de la
Monarquía española, que algunos lograron evadir.

5Los españoles preferían el amancebamiento al casamiento con las indígenas para no perder la
posibilidad de casarse con española.
51

Figura 10. Varones vascos (Ritos funerarios en Vasconia, 1995).


La mayoría de los españoles que se embarcaron a las Indias eran pobres y sin
oficio, hidalgos segundones, de clase media, “entre los caballeros de alcurnia y los
pecheros menestrales”, que venían huyendo de la pobreza en sus tierras de origen y se
habían quedado sin cometido de guerra a la finalización de la Reconquista. La mayoría
murió pobre, pero eso mismo les podía suceder si se quedaban en su tierra natal, como
advertía un tal Diego Díaz Galiano, “salid de esa miserable España, que por mucho que
trabajéis, viviréis muriendo” (Ortiz, 1992:206). Sebastián de Belalcázar, posiblemente
cordobés, fundador de Quito, Popayán y Cali, murió en 1551 en Cartagena sin sabérsele la
edad, pobre y condenado a muerte; no tuvo amores con mujeres españolas ni se casó,
pero dejó una gran prole de hijos mestizos con “silenciosas y obedientes indias” (Ortiz, Op.
Cit.:212). Gonzalo Jiménez de Quesada, conquistador de la Nueva Granada en 1538,
nacido en Córdoba o Granada, fue de los pocos letrados que arribaron a América; también
murió soltero y pobre sin con que sostener a sus indígenas encomendados. El aspecto de
los conquistadores después de las arduas campañas militares, cojos, tuertos, mutilados,
flacos, macilentos, pobres y envejecidos prematuramente, era tan deplorable que no eran
muy atractivos –exceptuando por sus haciendas cuando las tenían- para las mujeres
españolas recién llegadas, por lo que terminaban casándose con las indígenas con quienes
habían tenido hijos.
Por su parte, las mujeres españolas constituían solamente la 1/10 parte de la
población española inmigrante. De 500 españoles que Jiménez de Quesada consideraba
pertinente embarcar para poblar el Nuevo Reino de Granada, 100 deberían ser casados.
Algunas grandes señoras castellanas fueron de espíritu casamentero; otras adquirieron
protagonismo por su actitud guerrera al lado de sus maridos.
De esta manera, la expedición que dio inicio en 1535 al poblamiento del Nuevo
Reino de Granada por Pedro Fernández de Lugo y su hijo Alonso Luis, en donde se incluía
el adelantado Gonzalo Jiménez de Quesada, comprendía 1.100 soldados, muchos de ellos
caballeros e hijodalgos, algunas mujeres, con la esperanza de adquirir “mayores riquezas
que Marco Craso, Creso y Midas y ser mayores señores que Alejandro Magno” (Simón,
1981, III: 39). Con ellos llegaron los Sánchez, los Rodríguez, los Gómez, los Díaz, los López,
los Hernández, los Trujillo, etc., que dieron origen a los apellidos existentes hoy día en
Colombia.
Sin embargo, la inmigración española a las Indias no alcanzó el millón de personas,
siendo inferior a los 3 millones de africanos esclavizados, pero su participación
demográfica fue muy superior debido a las deplorables condiciones de vida de estos
últimos. A principios del siglo XIX en las Indias se contabilizaban 4 millones de blancos, 8.5
millones de indígenas, 4 millones de afro descendientes y 6.5 millones de mestizos y
castas, la base poblacional sobre la que se fundarían las naciones de la América hispánica
(Navarro, 1991: 23).

4.3. La Conquista: guerras, enfermedades y exterminio indígena

A la llegada de los españoles las poblaciones indígenas de la región andina, más


numerosas y con mayor desarrollo socio-económico tuvieron mejores posibilidades de
supervivencia y de mestizaje. En cambio, la población caribe, poco numerosa, dispersa en
las costas y valles interandinos, con menor nivel de desarrollo, belicosa y guerrera, opuso
mayor resistencia, por lo cual la Conquista se constituyó en una guerra de aniquilamiento
y tierra arrasada. Mientras que algunos miles de muiscas perecieron en los primeros
enfrentamientos bélicos del siglo XVI, quedando prácticamente pacificados, los pijaos
fueron sometidos a constantes guerras hasta bien entrado el siglo XVII, con su
consecuente drástica reducción.
La fiebre por los metales preciosos que constituyeron el alma y los nervios de la
conquista española y la utilización de la mano de obra indígena en la búsqueda de El
Dorado produjo la destrucción física de muchos grupos nativos, como sucedió con la
expedición de Hernán Pérez de Quesada en 1540 donde pereció cerca de 8.000 muiscas
por los maltratos y las inclemencias del tiempo (Aguado, 1956:379-386). La explotación en
las minas, en la boga del río y en el transporte de mercancía por agrestes caminos,
contribuyeron significativamente con este proceso de destrucción, como aconteció con los
50.000 nativos del río Grande de la Magdalena, “río de sangre y dolor”, que quedaron
reducidos a 1.500 en 1572 (Friede, 1975, VI: 160). En los caminos la vida de los cargadores
era peor que para las bestias, pues les ponían hasta tres arrobas y aún más, por lo cual
moría mucho indígena.
Para completar el cuadro de destrucción de la población indígena la pestilencia
producida por la viruela, el sarampión y la gripe, nueva para los naturales y nunca vista
entre ellos aniquiló a los supervivientes Fue tal la pestilencia que los padres
desamparaban a los hijos y los hijos a los padres sin poderse valer unos a otros; “y era por
el grande hedor que entre ellos andaban que no había quién lo pudiese sufrir” (Patiño,
1983:274-275).
La mujer indígena se convirtió en el objeto sexual y laboral de los conquistadores,
de ahí que el núcleo familiar, base de la economía doméstica indígena se resintió con la
separación de las mujeres de sus hogares para que prestaran su servicio doméstico en
casa de los encomenderos, donde solían ser las amantes de sus amos blancos. En 1573
Juan de Avendaño se quejaba ante el Consejo pues consideraba injusto que el
encomendero “muchas veces quita al padre la hija y al marido la mujer para su servicio (y)
53

diciendo que son para amas de sus hijos y hacer edificios donde los consumen y matan sin
escrúpulo alguno en aquello que no pueden hacer, por estar esto ya introducido en esta
costumbre generalmente” (Friede, 1975, VI: 267-268).
Finalmente, como el español medieval inspirado en las gestas heroicas de los
caballeros no solamente quiso conquistar tierras y mujeres sino también las almas de sus
vasallos, pues como todo Don Juan “viaja, conquista mujeres y tierras, es errabundo y
cosmopolita, cada aventura tiene lugar en un punto dado, y deja una estela de lágrimas y
sangre tras sí” (Pérez de Barradas, 1976:124). Impuso un nuevo dios y una nueva religión
que fue acogida no tanto por el poder de disuasión de las espadas y caballos de la
soldadesca, como por la desmoralización producida por los nuevos agentes patógenos que
les amilanaron y dejaron inermes. Era tal la indefensión de los indígenas que solicitaban el
bautizo de la iglesia católica al ver que ni sus curanderos ni dioses podían aliviarles.

4.4. La Colonia: mestizaje y castas

Desde la misma llegada a territorio neogranadino en el siglo XVI los conquistadores se


interesaron por la fundación de ciudades y por implantar medidas para reproducir la
cultura española; se fundaron capillas doctrineras y en 1582 el colegio de San Bartolomé.
Mientras que a los indígenas se les consideraba “regalo de la naturaleza”, a los mestizos se
les señalaba como “monos, porque ellos no saben rastro de la cristiandad, ni tienen virtud
alguna”; por esta razón la Corona dispuso su adoctrinamiento, su sostenimiento y la
enseñanza de oficios. Se establecieron vías de comunicación entre la costa y el altiplano
para exportar e importar mercancías,” quedando reservadas, para la futura colonización,
las tierras que bordeaban el Pacífico (Chocó); las selvas y los llanos orientales y las
“bolsas” en el interior ocupadas por los indígenas; territorios que poco a poco se abrían a
la colonización, según las necesidades económicas, políticas y sociales del país” (Friede,
1989:114). El mestizaje en la Nueva Granada durante la Colonia tuvo tal impacto que la
Corona, que se había imaginado un país dividido entre españoles e indios se sorprendió de
su dinamismo y crecimiento demográfico mediante el amancebamiento de españoles e
indias, a pesar del maltrato a que eran sometidas estas últimas por sus amos y señores
quienes superaban en decenas de años a sus jóvenes mujeres (Jaramillo, 1968; Rodríguez,
2004)
Durante el siglo XVII uno de los motores de la expansión y de la ocupación del
suelo por parte de los españoles fue la búsqueda de metales preciosos para solventar los
insumos que por su origen europeo eran costosos. El trabajo indígena servil contribuyó a
acumular capital necesario para las futuras inversiones en minería y adquisición de
esclavos negros. Sin embargo, la extinción de los indígenas debilitó la posición de los
encomenderos y propició la importación de esclavos, consolidándose el comercio y la
minería. Los resguardos y las capillas doctrineras contribuyeron a fijar una residencia
nucleada de indígenas, proveyendo de mano de obra durante todo el siglo XVII y parte del
XVIII (Colmenares, 1989).
Los encomenderos se convirtieron en terratenientes, casi sin competencia, con
privilegios económicos, sociales y políticos, reforzados mediante alianzas matrimoniales
con españoles recién llegados para evitar sospechas de mestizaje, que era el mayor insulto
por parte de éstos. Se estableció el sistema de castas para designar a las etnias indígenas y
africanas y sus derivados mestizos. Debido a la dificultad para definir al blanco, indio,
pardo –mulato o zambo libre-, mulato –mulato esclavo-, negro y al mismo esclavo, el
concepto genético va perdiendo peso frente a la aceptación de estatus social o de
privilegio administrativo. Los mestizos alegaban su condición para evitar el pago de
tributos como indios y compraban sus beneficios (Colmenares, 1989).
En la Nueva Granada a pesar de la flexibilidad en la miscegenación, entre libertos y
mestizos y aún blancos pobres, el mestizaje era sinónimo de deshonra, bastardía e
ilegitimidad, llegando hasta pleitos ruidosos “como si se tratara de un bien tangible”
(Colmenares, 1989:151); el monopolio de las valoraciones lo detentaba el blanco: el
español radicado en América era considersdo hidalgo, noble, limpio de sangre; el indio era
perezoso en el siglo XVI, embrutecido en el XVIII y sujeto al pecho, es decir, a tributar al
español por lo que poseía; los esclavos eran tildados de infames; los mestizos eran
conflictivos y los pardos pendencieros y borrachos (Lagunas, 2010: 15). Estos valores han
persistido hasta el momento, por lo que se habla de “suerte negra” equivalente a mala, y
de “no sea indio” –como rezaban algunos avisos a la salida de los buses- para señalar que
hay que comportarse de manera “civilizada”.

Figura 11. Mujeres afro colombianas (foto Jaime Arocha).


La crisis demográfica condujo a la importación de esclavos africanos,
especialmente entre 1550-1650. Entre 1580 y 1600 entraban por Cartagena hasta 1500
esclavos por año, y entre 1600-1640 hasta 2000. Provenían de los ríos de Guinea, Angola,
Cabo Verde, Sierra Leona, Arará, Mina, Carabalí, Congo (Palacios, 1989). Para finales del
siglo XVIII habría 53.788 negros y mulatos y para comienzos del XIX cerca de 210.000
(Palacios, Op. Cit.:161). No obstante, cuando se emitió la Ley de 21 de mayo de 1851 que
abolía la esclavitud, se contabilizaron 16.468 esclavos, de los cuales 2.949 en Cauca, 2.520
en Barbacoas, 2.160 en Popayán, 1.725 en Chocó, 1.377 en Cartagena y 1.132 en
Buenaventura; en Bogotá 216 y en Tunja solamente seis almas (Tirado, 1974:53). Aunque
el negro fue tratado mejor que el indígena pues representaba una inversión, constituyó
una casta inferior y sufrió las penalidades de la ignominia y opresión, enfermedades y
castigos que llegaban hasta la amputación de los órganos genitales y la pena de muerte
contra los cimarrones (Tirado, 1974:47), incidiendo en su potencial reproductor. Cabe
señalar que buena parte de la riqueza del país, una vez reducida la mano de obra indígena,
se levantó sobre los hombros de la población negra que participó activamente en las
actividades económicas de la minería de oro y plata, en las haciendas de ganado, en los
55

trapiches productores de miel, panela y azúcar, que se movían a base de mano de obra
esclavizada (Jaramillo, 1968:20) (Fig. 11).
El mestizaje entre españoles y negras se inició con el abuso impune de los amos 6,
pues estas últimas con su sensualidad despertaban cierto atractivo en la población blanca,
aunque a veces ellas preferían tener hijos libertos con sus amos (Palacios, 1989:167); este
proceso fue amplio en las zonas de explotación minera (Atlántico, Pacífico, Cauca, Valle,
Antioquia). Los afro neogranadinos se concentraron principalmente en Cartagena,
Riohacha, Santa Marta, Tolú, Darién, Buenaventura, Barbacoas, Chirambirá, Gorgona;
también en los valles interandinos de los ríos Cauca y Magdalena; y en las islas de San
Andrés, Providencia y Santa Catalina. A su vez, el negro con poca mezcla se concentró en
los palenques de San Basilio (Bantú, Kikongo, Kimbundú) al sur de Cartagena, La Matuna,
Tabacal, San Antero, San Miguel, el Arenal y otros (Palacios, 1987, 1989). Pero, al igual que
la empresa conquistadora, el cimarronismo fue labor básicamente de hombres –
solamente 1/3 de los esclavos eran mujeres-, y porque se crearon “múltiples dificultades
para la concertación de matrimonios y la organización de la familia, distorsionaban la vida
sexual del esclavo” (Palacios, 1987:674), por lo que también tuvieron que acudir a las
mujeres indígenas para su procreación. Por ejemplo, el palenque de San Basilio en la
Gobernación de Cartagena surgió en 1600 como consecuencia de la rebelión de 30 negros
comandados por el esclavo Domingo Bioho, exmonarca de un estado africano (Tirado,
1974:46), que a la postre tuvieron que acudir a las indígenas para su supervivencia.
En la Capitanía General de Guatemala (Pérez de Barradas, 1976:228) se utilizaba el
siguiente cuadro de castas:
1. Mestizo, unión de español e india.
2. Castizo, español y mestiza.
3. De español y castiza torna a español.
4. Mulato, cruce de español y negra.
5. Morisco, de español y mulata.
6. Albino, de morisco y española.
7. Torna atrás, de albino y española.
8. Calpamulato, mulato e india.
9. Jíbaro, de calpamulato e india.
10. Lobo, de negro e india.
11. Cambujo, de lobo e india.
12. Sambahgo, de indio y cambuja.
13. Cuarterón, de mulato y mestiza.
14. Coyote, de cuarterón y mestiza.
6
La actitud racista de las elites gobernantes predominó en el siglo XIX como se manifiesta en la clasificación
que planteó Mariano Ospina de la población colombiana en 1842 (DANE, 1975:59):
¼ de ningún provecho a la sociedad ni al gobierno: vergonzosa ignominia.
¼ de muy poca utilidad.
¼ de ciudadanos más regulares o mejores.
¼ hombres útiles e inteligentes: contribuyen a la prosperidad pública, digna de protección.
Por supuesto, los indígenas y negros, considerados perezosos y sensuales no eran vistos como una herencia
ideal para la nación colombiana (Wade, 1997:48).
15. Albarazado, de coyote y morisca.
16. Tente en el aire, de albarazado y torna atrás.

4.5. Los Censos: el crecimiento de los mestizos

El éxito reproductivo de españoles e indígenas, y, posteriormente, de los mestizos fue de


tal magnitud, que si en 1673 Bogotá tenía apenas 3.000 almas, en 1723 ascendió a 20.000.
La población de la Nueva Granada creció de 826.550 en 1778 –primer censo de población
de la época colonial- a 1.046.641 en 1787, y a 2.000.000 almas en 1803. El primer Censo
se realizó en 1825 contabilizándose 1.228.259 habitantes en la actual República de
Colombia7. De ellos 150.891 eran indígenas –de 3 millones que había a la llegada de los
españoles produciendo una reducción del 95%- constituyendo apenas el 12,3% del total
de la población nacional; 89.048 (59%) vivían en los llanos. También se contabilizaron
46.819 esclavos (3,8% del total nacional), de ellos 12.393 (14,2% de la población local) en
Popayán; 6.690 (37,8% de la población local) en Buenaventura; 4.843 (28,1%) en Chocó;
4.866 (4%) en Cartagena; 5.368 (5,1%) en Antioquia. En la Provincia de Bogotá había
apenas 2.382 esclavos (1,3%), en Tunja 331 (0,2%) y en Socorro 2.265 esclavos (1,7%).
Mientras que en Buenaventura y Chocó la población afro colombiana representaba una
importante parte de la región, encontrando un medio adecuado para su reproducción y
crecimiento, en la región Andina fue absorbida completamente debido a su escasa
presencia.
En el Censo de 1834 (Tabla 1) se contabilizaron 1.741.036 habitantes para un
incremento del 41,7% con relación al de 1825. Entretanto, la población indígena decreció
a 111.130 habitantes (representando un 6,4% del total nacional), de los cuales 70.900 en
Pasto y 8.000 en Riohacha. La población esclava también decreció y se contabilizó en
38.790 habitantes (constituyendo apenas el 2,2%).
En el Censo de 1843 la población nacional ascendió a 1.931.648, creciendo la
población indígena hasta 198.410 habitantes (10,3% del total), de ellos 80.000 en Pasto,
60.000 en Riohacha, 22.230 en Casanare y 15.000 en Chocó. A su vez, la población esclava
decreció quizás por su liberación, hasta llegar a 26.778 habitantes (apenas un 1,4% del
total nacional). La población andina8 fue la que más se incrementó y constituía casi el 70%
del total nacional, representada básicamente por mestizos entre españoles e indígenas
(Tabla 1).
De estas estadísticas se colige que desde bien temprano en la Colonia la gran masa de
neogranadinos mestizos constituía la mayoría nacional, y se concentraba y acrecentaba
considerablemente en las zonas andinas urbanas con las mejores condiciones de vida del
país (Provincias de Bogotá, Tunja, Antioquia, Socorro, Pamplona, Vélez) a partir de la
mezcla de descendientes indígenas y españoles, y mínimamente de negros; las zonas

7
Entre 1810 y 1825 se contabilizó una pérdida de 652.956 almas -111.8 diarias- que corresponderían a los
“500.000 héroes muertos por la patria” en palabras de Simón Bolívar (DANE, 1975:108). Este período se
puede considerar la segunda época de violencia, de las tantas habidas en la historia de Colombia, siendo la
primera la desatada por los conquistadores con la guerra de tierra arrasada contra los indígenas.
8
El crecimiento de la Provincia de Antioquia fue de tal magnitud que se llegó a hablar de la “mayor virilidad
de la raza antioqueña” pues de 46.446 almas en 1778 ascendió a 189.534 en 1843 (Op. Cit.:107).
57

selváticas y desérticas marginales eran pobladas básicamente por indígenas (Provincias de


Pasto, Riohacha, Casanare, Chocó) y afro descendientes (Provincias de Popayán,
Buenaventura, Chocó, Cartagena) con una baja calidad de vida, y por ende, precarias
condiciones de salud que incidían en su reproducción biológica.
Tabla 1. Variación y composición de la población colombiana en los Censos (DANE, 1975, 2000, 2006).

Censo / Total Mestiza/ Indígena Afro


Población Caucasoide
1778 826.5509 368.093/277.068 136.753 44.636
% 100 44,5/33,5=78,0 16,5 5,4
1825 1.228.259 1.030.549 150.891 46.819
% 100 83,9 12,3 3,8
1843 1.931.648 1.706.460 198.410 26.778
% 100 88,3 10.3 1,4
1912 5.072.604 4.405.907 344.198 322.499
% 100 86,9 6,8 6,3
1993 33.109.840 32.075.264 532.233 502.343
% 100 96,9 1,6 1,5
2006 42.090.502 35.440.203 1.388.978 4.381.621
% 100.0 84.2 3.3 10.4

El abuso de encomenderos y amos esclavistas, la disgregación familiar separando


las mujeres para las labores domésticas y los hombres para el peonaje y minas, y las
mismas intenciones de las mujeres esclavizadas por tener hijos libres con sus amos y
señores, además de cierta actitud liberal de la sociedad neogranadina, permitieron el
proceso de miscegenación. En las regiones con predominio afrocolombiano como Santa
Marta las elites continuaron considerándose “blancas, ricas, honorables y sobre todo los
legítimos líderes políticos de la provincia, mientras que los comunes empezaron a ser
vistos como labradores y jornaleros de color, pobres y faltos de educación” (Saether,
2005: 254). Como consecuencia, la participación de los grupos poblacionales denominados
indígenas, blancos y negros ha tendido a reducirse, y a su vez el componente mestizo a
acrecentarse con el tiempo, con mayor énfasis en la medida que las barreras geográficas y
culturales se flexibilizaban.
La causa de este fenómeno obedece, por un lado, al proceso adaptativo de
indígenas y negros frente al predominio español que impuso su lengua y cultura mediante
el cual, tanto los indígenas, los descendientes de los españoles como los afro
descendientes en la medida que se mezclaban iban perdiendo sus rasgos culturales y
biológicos originales, siendo absorbidos por la gran masa de mestizos pobres, con los que
tenían mayores posibilidades de integración, sobre todo en las ciudades. Por otro lado, no
hay que olvidar que las actitudes racistas que aún persisten conducen a que algunos
descendientes indígenas y africanos –particularmente estos últimos- nieguen sus raíces,
de ahí que en los censos la filiación étnica mediante autorreconocimiento no los incluya.

9
Cifras citadas por G. Hernández de Alba (1987:571), pero el DANE (1975:106) menciona una cifra de
828.775 almas incluidas en la Geografía de Colombia del coronel F. J. Vergara y Velasco.
Finalmente, el propio proceso de mestizaje dificulta la definición correcta de los grupos
pues la continua mezcla ha difuminado las barreras somáticas.
Así, en términos históricos, no hay homogeneidad en los mestizos de Colombia,
pues hay que diferenciar entre los mestizos andinos –castizos10- y los costeños –
cuarterones-. Los primeros, producto de la miscegenación inicial de mujeres indígenas y
españoles, y entre éstos y mestizas, representan la gran masa de la población colombiana
asentada en los Departamentos de Cundinamarca, Boyacá, Santanderes, Antioquia y
zonas de colonización antioqueña (Caldas, Quindío, Risaralda, norte del Valle y Tolima),
Tolima Grande (Tolima, Huila) y Llanos Orientales; aquí el aporte afro colombiano es
mínimo –excluyendo Antioquia, Cauca y Valle- por ser muy pocos y no tener posibilidades
de reproducción adecuadas. Los segundos, mestizos costeños, conformados por la
miscegenación de mujeres indígenas y negros –zambos o lobos-, españoles y negras –
mulatos-, y entre todos ellos, es más variable pues tiene un apreciable aporte de los tres
grupos poblacionales. Se distribuye por las regiones de las costas Atlántica y Pacífica,
Cauca y Valle del Cauca. Allí donde la población indígena logró conservarse biológica,
política y culturalmente, como el Cauca, Nariño, Guajira, Llanos Orientales -hasta los años
50-, y especialmente en la Amazonia, hoy día se conserva con una mayoría descendiente
de paeces, guambianos, wayúu y otras comunidades aborígenes, pero con alguna mezcla
española y africana. Las regiones mineras del Chocó, Antioquia, Cauca, Valle del Cauca y
costa Atlántica, además del archipiélago de San Andrés y Providencia, conservan hoy día
importantes concentraciones de afrocolombianos, aunque con alguna influencia indígena
y española (Yunis et al., 1992).
En fin, siendo los españoles y africanos minorías en un mundo indígena, del cual
dependía su alimentación, su vestido y vivienda, del conocimiento medioambiental local
que habían transformado durante varios milenios antes de la llegada de colonos del Viejo
Mundo, dependieron de sus mujeres, su trabajo, sus alimentos, su cultura, conocimientos
y del apetito sexual, siendo inevitable la mezcla de los tres mundos. Su influencia fue tan
poderosa que el Nuevo Mundo conquistó el Viejo con sus alimentos (maíz, papa, yuca,
batata, arracacha, fríjol, ají, ahuyama, tomate y gran diversidad de frutas), constituyendo
actualmente casi el 40% de la población de Estados Unidos de América y casi el 10% de la
de España.

4.6. Los estudios genéticos: ADNmt amerindio y cromosoma Y español y africano

E n 1992 se había planteado mediante pruebas de paternidad responsable -que tienen su


sesgo de representatividad- que un colombiano en promedio equivalía a 62 genes
caucasoides, 26 mongoloides (indígenas) y 12 negroides (afroamericanos) (Ramos et al.,
1993). Esta proporción varía según los departamentos, observándose un mayor
porcentaje caucasoide en Antioquia, Santanderes, Cundinamarca, y Boyacá (70-73%);

10
Como señala Rafael Perea (2000), los amos españoles fueron despectivos hasta con los cruces, pues
mientras que los mestizos negros portan nombres de animales –mulas o lobos-, los mestizos indígenas se
tornan “castos” con más sangre española.
59

incrementándose el componente indígena en Nariño, Casanare y Caquetá (25-49%); el


negroide en Chocó, Atlántico, Cauca y Valle (21-76%).
Tabla 2. Frecuencias de ADNmt en poblaciones colombianas.

Población N Haplogrupos Haplogrupo Otros Mutaciones Sin


indígenas africano L haplogrupos nuevas identificar
Bocas de 20 10,0 ND 0 10,0 80,0
Guangüi
Nuqui, Chocó 33 21,2 39,4 33,3 0 6,1
Quibdó, Chocó 28 42,9 21,4 25,0 0 10,7
Isla de 40 10,0 52,5 32,5 2,5 2,5
Providencia
Palenque de San 38 13,2 44,7 34,1 0 7,9
Basilio, Bolívar
Bogotá 91 78,0 1,1 18,7 0 2,2
Antioquia 89,0
Santander 82 92,9 2,4 4,7
Indígenas 96,9 0 1,0

El ADN mitocondrial es el genoma heredado por línea materna, no se recombina y


su nucleótido secuencia 6-17 veces más rápido que el nuclear. Por esta razón es útil para
la reconstrucción de linajes maternos. En Colombia se han estudiado varias muestras de
población afro del Palenque de San Basilio, Bolívar, Nuquí, Chocó, Quibdo, Chocó, Bocas
de Guangüi, Cauca y de la Isla de Providencia, además de población mestiza de Bogotá e
indígena de varias regiones (Keyeux et al., 2002), Antioquia (Carvajal et al., 2000),
Santanderes (Solano, 2005) y Valle (Rondón et al., 2007). Mientras que los indígenas
poseen en promedio 96,9% de hagrupos A, B, C y D, aunque con diferencias entre ellos
pues el A predomina en la Sierra Nevada de Santa Marta (kogui, ijka, wiwa), el B en los
Andes (chibchas), el C en wayúu y el D en la Amazonia (Melton et al., 2007); entretanto el
haplogrupo L caracteriza a los africanos. Las poblaciones afro colombianas observan
diferentes niveles de ADNmt amerindio, oscilando entre 42,9% en Quibdó, 13,2% en el
Palenque de San Basilio, 10% en Bocas de Guanqui y Providencia. Solamente el 35,8%
corresponde al macro haplogrupo africano L (Tabla 2). Aunque los autores descartan la
posibilidad de una penetración directa vía indígena y suponen que proviene de la
hibridación con mestizos que poseen a su vez altas frecuencias, no obstante la explicación
más plausible se deduce de la labor masculina del cimarronismo y de la minería, que
conducía al mestizaje con mujeres indígenas.
Los mestizos andinos muestran un alto porcentaje de ADNmt indígena (Tabla 2),
con un 78% en Bogotá, 89% en Antioquia, 92,9% en Santander (aquí la participación
africana es de 2,4% y la europea de 4,7%). La frecuencia de cromosoma Y es
predominantemente de origen europeo y marginal la contribución africana (Carvajal et al.,
2000), alcanzando 77,1% en Norte de Santander y 86,6% en Santander; para el europeo es
de 14,3% y 7,3% respectivamente; los linajes africanos son de origen Bantú del Congo y
Angola, con 8,6% y 6,1% respectivamente. El 15% de los afrodescendientes vallecaucanos
estudiados poseen marcadores amerindios (Rondón et al., 2007). Llama la atención la
posible contribución sefardita tanto en los Santanderes como en Antioquia, entre ellos el
marcador Cohen que corresponde a uno de los apellidos más antiguos de la historia judía
junto a Ezquenazi (Carvajal et al., 2000; Keyeux et al., 2002; Melton et al., 2007; Rondón
et al., 2007; Solano, 2005: 40).

4.7. El mestizo: mezcla de características somáticas

De conformidad a las estadísticas de Medicina Legal de Bogotá, el 72% de los casos de restos
óseos analizados en esta institución corresponden a mestizos con rasgos predominantes
caucasoides, 28% a mestizos con rasgos indígenas, 7% a indígenas y solamente un 1% a
negroides (Lucía Correal11, Informe IML, 1993). El sexo predominante es el masculino con un
82%, 12% son femeninos y el 7% a infantes de sexo indeterminable por restos óseos. Casi el
55% de los reportes corresponden a individuos entre 15-44 años, 7% entre 44-60 años. Esto
significa que las víctimas de desaparición más frecuentes son varones en edad laboral,
mestizos de rasgos caucásicos, procedentes primordialmente de regiones de colonización
reciente (Antioquia, Viejo Caldas, Urabá, Putumayo, Llanos Orientales), y otras regiones
donde el incremento de la actividad cocalera ha atraído grupos de regiones marginadas del
país.
Desde el punto de vista de la identificación es la población con la variación
filogenética, ontogénica y sexual más amplia según los parámetros aplicados. Los programas
forenses discriminantes elaborados por la Universidad de Tennessee como el Fordisc 1 y 2 los
incluyen como hispanos, información que en nuestros países no es nada valiosa. La misma
definición del término mestizo es bastante imprecisa pues en Colombia, como ya señalamos,
existen dos tipos: el andino y el costeño.
Los indígenas eran y son de baja estatura, en promedio los hombres con 159 cm. y
las mujeres con 148 cm., los guanes y nativos del Valle del Cauca ligeramente más altos,
llegando hasta 160 cm. La cabeza redonda y alta –braquicéfala-, la frente ancha, inclinada.
Las órbitas anchas y altas señalando superposición del párpado superior y en algunos se
aprecia la forma almendrada de los ojos. La nariz de altura y anchura media, poco
prominente, con el dorso recto en los muiscas, algo corvo en guanes, panches, quimbayas
y poblaciones del valle del río Cauca. El rostro en general muy ancho, de altura media, con
pómulos sobresalientes. La mandíbula robusta, mentón poco prominente, rama
ascendente ancha, denotando una gran robustez (Tabla 5). Los dientes en general eran
grandes según sus dimensiones de la corona, todos sin excepción con incisivos superiores
en pala, también con doble pala; protostílido en forma de p en la cara vestibular de los
molares mandibulares; surco en lugar de cúspide de Carabelli en la cara mesolingual de los
primeros molares maxilares; 5 cúspides en los primeros molares inferiores; baja frecuencia
de pliegue acodado; cresta distal del trigonido y cúspide 7 en M1 inferior con valores
elevados (Tablas 35, 36)(Rodríguez, 2003, 2004).

11
Apreciación más subjetiva que objetiva pues no trae a colación los criterios craneométricos ni
odontométricos o de otra índole para su clasificación.
61

El tipo español medieval era dolicocéfalo, de cráneo alargado, frente de anchura


media; las órbitas bajas y angostas; la nariz alta, estrecha, muy prominente y un poco
corva; el rostro angosto y alto, el mentón prominente y delgado (Tabla 34) (Lalueza et al.,
1996). La piel de los extremeños sigue siendo trigueña, los ojos oscuros y el pelo castaño.
La estatura media en los hombres de 163,5 cm. y la de las mujeres 153,5 cm. (Pérez de
Barradas, 1976:53). En las excavaciones de los cimientos de la catedral de Nuestra Señora
de la Pobreza de Pereira en 2001 se hallaron restos de estos primeros españoles con las
características descritas anteriormente.
La población del occidente de África varía considerablemente (Howells, 1989). La
cabeza es dolicocéfala, alargada y angosta, con la frente angosta y lóbulo frontal central,
muy prominente. Las órbitas son angostas y bajas, con tendencia a forma cuadrangular. La
nariz resalta como uno de los rasgos más distintivos del negroide, por ser muy ancha, muy
baja y bastante aplanada. En el rostro, resalta el prognatismo que se manifiesta en una
gran longitud y proyección de la región alveolar, una fosa canina muy profunda y unos
dientes grandes, mayor frecuencia de cúspide 7 (tami) y caninos más grandes tanto en
diámetro mesodistal como vestíbulo-lingual (Tablas 34, 35, 36).

4.8. De la madre América al padre España y África

Colombia, por su historia socio-económica, donde los inmigrantes españoles y los


africanos esclavizados, ya sea por rapto, amor, pasión, lujuria o simple soledad12 tuvieron
que acogerse al regazo de las mujeres indígenas, se desarrolló y creció a partir de
mestizos. Unos andinos, la gran mayoría, con alto predominio del componente hispano
(aproximadamente 2/3) por línea paterna, significativa participación indígena por línea
materna (cerca de 3/4) y muy baja participación del componente negroide (menor del
5%). Otro tipo son los mestizos costeños, poco estudiados, muy variables en su
composición poblacional pues en su desarrollo se integraron indígenas, españoles y
afrocolombianos en diferentes proporciones. Algunas regiones, gracias a la preservación
de sus tradiciones culturales, lograron consolidar una importante población indígena
como el Cauca, Guajira, Amazonia y Llanos Orientales, con algún aporte europeo y
africano. Otras regiones por su tradición minera o de plantaciones como el Chocó, la costa
Pacífica y el Archipiélago de San Andrés y Providencia, se desarrollaron básicamente a
partir de población negra, aunque con aporte genético indígena por línea materna.
En definitiva, en Colombia no existen raizales ni blancos ni negros puros pues todos
fueron conquistados genética y culturalmente –alimentos y manejo del medio entre otros-
por las mujeres indígenas. En consecuencia, podríamos señalar que desde la perspectiva
de la demografía histórica en el país se debe hablar de la Madre América y el Padre
España, para los mestizos andinos y la Madre América-África y el Padre África-España para
los mestizos costeños, pues se presentan los siguientes grupos poblacionales mayoritarios
según su origen:

12
Posiblemente de aquí se derive el sexismo y la actitud donjuanesca característicos de nuestra sociedad,
que a pesar de menospreciar a los indígenas y tratarlos peor que a animales por su supuesta carencia de
alma durante la Colonia, tuvieron que acoger con agrado o a regañadientes la compañía de sus mujeres,
pasaporte para poder sobrevivir en un mundo desconocido.
1. Mestizos andinos
2. Mestizos costeños
3. Indígenas
4. Afro colombianos (Negros)
Indudablemente que estas no son conclusiones definitivas sino un paso para su discusión
a escala regional, que se puede afinar mediante el estudio de fuentes documentales como
libros de nacimientos, casamientos y censos locales.13 Una línea con gran perspectiva sería
el estudio de la diversidad poblacional de los mestizos costeños, infortunadamente
descuidados en la historiografía colombiana.

13
Al respecto se puede consultar la obra de Pablo Rodríguez (2004) en Colombia desde la perspectiva
histórica, y la de Zaid Lagunas (2010) para México en base a fuentes documentales y bioantropológicas.
63

5.La excavación de contextos funerarios

5.1. Sepultureros y exhumaciones

La aplicación rutinaria de los métodos y técnicas de la arqueología en la exhumación de


restos óseos humanos de casos judiciales ha permitido el mejoramiento de la recolección de
evidencias y prendas asociadas a los cuerpos, reconstruir la escena de la inhumación que en
algunas oportunidades coincide con la del crimen, como también ubicar algunas
circunstancias producidas peri mortem, como lesiones y alteraciones tafonómicas. Antes de
esa aportación arqueológica las exhumaciones eran adelantadas por sepultureros, pues ni las
autoridades judiciales ni los técnicos se atrevían a untarse de la tierra de los muertos durante
las diligencias judiciales (Fig. 10). En presencia de la prensa el sepulturero en la medida que
encontraba huesos los mostraba como un gran hallazgo y los iba apilando a un lado. Al final
del levantamiento del cuerpo se revisaban las prendas que eran guardadas como evidencia y
los huesos enterrados de nuevo pues no había donde depositarlos en las respectivas oficinas,
además que el mal olor no lo permitía. Si había funcionarios de Medicina legal se
depositaban en alguna morgue local en espera del médico y odontólogo rurales.

Figura 12. Excavación de fosa común con 17 cadáveres en la frontera con Venezuela por agentes del DAS
(El Tiempo, 1991, diciembre 6).
Tal fue el caso de la fosa común con 17 cadáveres hallada en 1991 entre las localidades de
Villa del Rosario y los Patios, Santander del Norte, por agentes del Departamento
Administrativo de Seguridad (DAS), y excavada con la Coordinación del Cuerpo Técnico de
la Policía Judicial. Cinco de los cuerpos aparecieron con señales de haber sido ahorcados;
todos presentaban signos de tortura. Algunas víctimas –entre ellas una mujer y otros
hombres- fueron identificadas a partir del reconocimiento de algunos familiares que se
hicieron presentes y que habían denunciado su desaparición desde hace varios días. Se
llegó a pensar que podría tratarse de una organización internacional que operaba entre la
frontera de Venezuela para el tráfico de vehículos (El Tiempo, 1991: 6) (Figura 12).
Actualmente tanto los unos como los otros usan overoles, tapabocas, guantes e
implementos de arqueología, acordonan la zona y registran de manera escrita, gráfica,
fotográficamente y en video. También se consultan edafólogos, especialistas en suelos con
el propósito de investigar la historia de la formación de los diferentes horizontes y las
alteraciones antrópicas, entre ellas la presencia de sepulturas, las condiciones
geomorfológicas que preservan o deterioran los cuerpos. El trabajo interdisciplinario en
excavaciones arqueológicas conjuntamente con edafólogos ha sido de gran utilidad, pues
los análisis de fósforo total permiten orientarnos sobre la formación de los distintos
horizontes del suelo, especialmente cuando se presentan re enterramientos. El fósforo se
halla muy extendido en la naturaleza, las plantas lo absorben directamente del suelo y los
animales de ellas; las actividades humanas o animales pueden provocar un aumento o
disminución del mismo. Cuando se entierran cuerpos humanos o animales se incrementa
considerablemente la proporción de fósforo total (Pedro Botero, Información personal,
2001).
En algunas oportunidades se han utilizado perros que se orientan por los cuerpos
en descomposición. Finalmente, el uso de sensores remotos y equipos geofísicos (GPR)
como los que posee el DAS ha contribuido a la orientación en terreno de los
investigadores.

5.2. La importancia del registro funerario

En los estudios de bioarqueología y arqueología funeraria, aplicables a la arqueología


forense, la excavación se diseña de acuerdo a tres tipos de datos que permiten reconstruir
la escena de los hechos, identificar sus víctimas y en algunas ocasiones sus victimarios
(Chapa, 1991:23-26):
1. Datos topográficos. Localización del cementerio o el enterramiento cerca de algún
accidente geográfico permanente y con buena visibilidad, finca, vereda, municipio,
departamento; su delimitación; localización y orientación de cada sepultura; posición
georeferenciada de los materiales y localización de otro tipo de estructuras en el área del
cementerio. Hoy día con el apoyo de estaciones satelitales se puede georeferenciar
cualquier hallazgo de manera expedita y exponerlo de forma tridimensional.
2. Construcción, empleo y factores de deterioro de las sepulturas. Tipología de las
estructuras; número de enterramientos; preparación del cadáver; orientación y tipo de
enterramiento; factores de destrucción (guaquería, deterioro natural o antrópico por
arado).
3. Clasificación del material. Análisis de materiales asociados; estudio del registro
antropológico; estudio del registro faunístico; análisis diversos (sedimentología, polen,
contenidos); cronología (tipología de las estructuras y ajuares, estratigrafía, sistema de
datación absoluta –C14-)
En virtud de que los restos óseos suministran menos información sobre las víctimas y
las circunstancias de su muerte que el cuerpo completamente preservado, la correcta
recolección y registro de la mayor cantidad de evidencias de la escena de los hechos, sobre
las condiciones ante mortem y post mortem de la inhumación y su relación con los artefactos
asociados al cuerpo, constituyen el primer paso en el proceso de identificación. En primer
lugar, el investigador debe saber localizar el lugar del enterramiento, excavarlo y registrarlo
sistemáticamente, determinar si los restos son humanos o animales, establecer el número
mínimo de individuos (NMI), las causas y manera de muerte, juzgar sobre el tiempo
trascurrido a partir de la inhumación y los procesos tafonómicos sufridos por los restos;
65

finalmente diagnosticar los principales parámetros que caracterizan su biografía biológica


ante mortem, osteobiografía o perfil biológico (sexo, edad, filiación poblacional, estatura,
lateralidad, robustez, otras particularidades) y seguir la cadena de custodia para no perder
información (Bass, 1987; Boddington et al., 1987; Brothwell, 1987; Krogman e Iscan, 1986;
Ubelaker, 1989; White, 1991).
En estos procedimientos el registro constituye la herramienta primordial que permite
conectar y contextualizar los hallazgos, rendir informes sintéticos pero con mucha
información, y ante todo, aportar pruebas a la investigación especialmente cuando nos
hallamos ante crímenes de guerra o de violación al derecho internacional humanitario que
requiere de mucha rigurosidad.

5.3. El contexto de los hallazgos

Para reconstruir la actividad humana en el pasado en un yacimiento arqueológico, es


fundamental comprender el contexto del hallazgo, tales como su ubicación geográfica
(localidad, vereda, municipio, departamento), su nivel inmediato (el material que lo rodea,
tipo de sedimento), su situación (la posición horizontal y vertical dentro del nivel) y su
asociación con otros hallazgos (la aparición conjunta de otros hallazgos, por lo general en el
mismo nivel) (Renfrew y Bahn, 1993:44).
Cuando en 1994 aparecieron en una casa del barrio Chapinero de Bogotá 54
cráneos, que podían proceder de una masacre masiva cometido por el propietario del
inmueble, un brujo, o simplemente proceder de una fosa común de Cartago, Valle, de
donde era originario el implicado, se propuso adelantar un estudio interdisciplinario, tanto
de tipo antropológico como edafológico para esclarecer la situación sobre la procedencia
de ese hallazgo. La mayoría de individuos eran ancianos desdentados, sin huellas de
traumas perimortem. Por otro lado, la tierra extraída de la bóveda craneal se cotejó con la
de la fosa común de Cartago, mostrando grandes coincidencias. Estos datos apuntaron a
que el brujo había adquirido los cráneos en el cementerio de esa localidad y los utilizaba
en ritos mágicos.

5.3.1. Los hallazgos fortuitos

La mayoría de los hallazgos se realiza fortuitamente cuando se adelantan labores de


remoción de tierras, o cuando existe la información sobre la existencia de fosas clandestinas.
Así, en el cerro El Mirador cerca al aeropuerto de Bucaramanga, Santander, fueron
encontrados en 1996 unos restos humanos por un equipo de periodistas que había recibido
la información previamente; estos últimos a su vez alertaron a las autoridades locales que
dieron inicio a la labor de rescate (Figuras 6, 13). Durante varios meses grupos de “limpieza
social” habían eliminado a varias personas por sus supuestos antecedentes judiciales y sus
cadáveres arrojados a un precipicio de cerca de 300 metros de profundidad. En la medida en
que los cuerpos se iban descomponiendo, los restos quedaban atrapados por la maleza, y los
cráneos por su redondez rodaban hasta el fondo del precipicio. El Cuerpo Técnico de
Investigación de la Fiscalía con el apoyo de los bomberos adelantó la diligencia de
levantamiento de los cadáveres.
Por las características escabrosas del terreno, la premura de la diligencia y la falta de
experiencia se practicó una labor de “alpinismo forense” que dificultó la recuperación de los
cuerpos en forma sistemática. Debido a la presión de la prensa local por esclarecer los
crímenes y la identidad de las víctimas, los restos fueron expuestos en forma “ordenada”, los
huesos de un tipo en una fila como en la foto y las prendas de vestir a otro lado, perdiéndose
la conexión entre las evidencias (Fig. 13). Para completar este cuadro, se ordenó el lavado de
los huesos con hipoclorito de sodio lo que impidió a la postre practicar estudios genéticos en
las muestras óseas. De más de 10 cuerpos solamente se logró la identificación de un
individuo por carta dental, con un enorme costo económico y social para la época.
Ante semejante exabrupto judicial, funcionarios de Medicina Legal decidieron
capacitarse en métodos y técnicas de Antropología forense y el CTI incorporó una
antropóloga en su equipo con el fin de asumir profesionalmente la labor de levantamiento
de cadáveres en una región donde abundan las depresiones naturales que se emplean para
esconder cadáveres. En Hoyo Malo y Hoyo Mamayo se encontraron restos humanos a
principios de los años 90 cuya labor de recuperación por parte del CTI y de análisis por
Medicina Legal ofreció circunstancias muy similares a las del cerro El Mirador de
Bucaramanga, sin que se lograra la identificación de ninguno de los cuerpos.

Figura 13. Exposición “ordenada” de los macabros hallazgos en el cerro de El Mirador, Bucaramanga, 1996
(Vanguardia Liberal, domingo 9 de mayo de 1996).

En estos casos la individualización de los restos se llevó a cabo buscando la conexión


entre la primera vértebra cervical y el cráneo por las características de sus respectivas
articulaciones –carillas articulares y cóndilos occipitales- con el fin de unir la columna con la
cabeza, posteriormente por el color, tamaño y carillas articulares se buscaba el resto de la
columna hasta encontrar el sacro y los coxales; a partir de allí se buscaba la conexión con los
fémures y así sucesivamente. El NMI (número mínimo de individuos) se estableció por las
mandíbulas y los fémures.

5.3.2. La búsqueda de enterramientos

El éxito de toda exhumación parte de la capacidad del investigador por ubicar las
alteraciones producidas durante la inhumación. Al excavarse un pozo para enterramiento se
67

extrae un determinado volumen de tierra con lo que se perturban los horizontes de suelos; al
colocarse el cadáver y taparlo con tierra parte de ésta queda sobrando, tanto por el volumen
del cuerpo colocado como por la consistencia blanda que adquiere el suelo al desprenderse.
El terreno alrededor se torna irregular, los horizontes (estratigrafía) originales del yacimiento
se trastocan y el pozo se rellena de una tierra menos compacta, produciendo con el tiempo
un cambio en la coloración y forma de la superficie; la vegetación adquiere mayor colorido y
dimensiones que en las áreas no alteradas pues las raíces penetran a mayor profundidad. La
depresión tiene mayor probabilidad de ser detectada en los primeros meses después del
enterramiento ya que su localización se dificulta por la acción posterior del viento y de la
lluvia, especialmente en sitios ribereños o desérticos.

5.4. El proceso arqueológico

5.4.1. La prospección

Todo proceso de excavación se inicia a partir de una estrategia que consta de cuatro
aspectos (Renfrew, 1993:65):
1. La formulación de una estrategia de investigación para resolver un problema
concreto, con base en la documentación del caso y la revisón de la cartografía y fotografía
aérea.
2. La recolección y registro de la evidencia con la que se verifican las ideas o hipótesis,
mediante la organización de un equipo de especialistas y la dirección del trabajo de campo.
3. El tratamiento y análisis de esa evidencia y su interpretación a través de
contrastación de la hipótesis original.
4. Presentación del respectivo informe.
La tarea inicial consiste en la localización y registro de los yacimientos que contienen
enterramientos, mediante la inspección superficial de la superficie o el descubrimiento desde
el aire. El apoyo con sensores remotos mediante fotografías aéreas o satelitales tomadas
durante diferentes épocas, antes y después de las inhumaciones, si existen los respectivos
vuelos, sirve de base para delimitar la región de estudio y descartar zonas de difícil acceso. El
área a estudiar se divide en sectores y éstos se recorren sistemáticamente para que ningún
área quede sub o sobre representada, anotando los datos en aerofotografías a escala
1:10.000 o menor, y mapas a 1:25.000. Para finalizar se pueden realizar pequeños pozos de
sondeo –preferiblemente de 40x40x40 cm.- para complementar los datos superficiales,
buscando cubrir completamente una pequeña área, ya sea cada metro o cinco según su
extensión.
Los métodos geofísicos son muy útiles en la prospección de contextos arqueológicos
pues no son invasivos, se basan en la habilidad de detectar y medir los contrastes entre las
propiedades características de los materiales por diferencias de densidad, conductividad
eléctrica, susceptibilidad magnética y propiedades químicas y minerales. Los métodos
clásicos de actividad geofísica son los electromagnéticos, radar de penetración del suelo
(GPR), la resistividad eléctrica y la sísmica. El GPR (ground penetration radar) se basa en la
transmisión de alta frecuencia (varios centenares por millón de ciclos por segundo) de ondas
electromagnéticas, dispersas hacia la superficie al reflejar los objetos (Davenport, 2005).
Los métodos geofísicos son muy útiles en la prospección de contextos arqueológicos
pues no son invasivos, se basan en la habilidad de detectar y medir los contrastes entre las
propiedades características de los materiales por diferencias de densidad, conductividad
eléctrica, susceptibilidad magnética y propiedades químicas y minerales. Los métodos
clásicos de actividad geofísica son los electromagnéticos, radar de penetración del suelo
(GPR), la resistividad eléctrica y la sísmica. El GPR (ground penetration radar) se basa en la
transmisión de alta frecuencia (varios centenares por millón de ciclos por segundo) de ondas
electromagnéticas, dispersas hacia la superficie al reflejar los objetos (Davenport, 2005).
El método geoeléctrico mide la resistividad eléctrica del suelo y las distorsiones en el campo
magnético terrestre. Dado que la composición del suelo se altera con las manipulaciones
antrópicas como los enterramientos, al excavar una fosa y volverla a llenar, el suelo se
ablanda, se trastocan los diferentes horizontes del suelo, se cambia el color original, y según
la profundidad, adquieren un color oscuro, diferente al aledaño de donde se extrajo la tierra
pero continúa normal. Este rasgo representa el elemento orientador para localizar tumbas,
de manera que a través de los sondeos se buscan estas alteraciones que pueden
corresponder a enterramientos antiguos, ya sea mediante mediacaña –sacabocados que
usan los guaqueros-, barreno, pala o palín, elementos destructivos pues alteran para siempre
el suelo prospectado. Si se tiene la oportunidad de usar elementos no destructivos, la
resistividad eléctrica puede constituirse en el mejor indicador, ya que mide la dificultad que
encuentra la corriente eléctrica durante su paso por un material determinado, usada con
éxito en el Valle del Cauca (Rodríguez, Bedoya, 1999) y en la búsqueda de los restos del Che
Guevara en Bolivia (EAAF, 1999).

5.4.2. La excavación

Figura 14. Sistema de cuadriculado y obtención del ángulo recto mediante el teorema de Pitágoras (6² + 8²
= 10²) (Avdusin, 1980).

Las excavaciones de enterramientos combinan las técnicas que subrayan la dimensión


vertical –excavación de depósitos profundos que revelan la estratificación- y horizontal –
apertura de áreas amplias para exteriorizar las relaciones espaciales entre los objetos-,
especialmente cuando se trata de fosas comunes formadas durante varios meses o años.
69

Inicialmente se procede a levantar el primer horizonte conformado por el pasto,


maleza o desechos, hasta dejar el suelo limpio. Posteriormente se delimita la fosa a excavar y
se pueden emplear dos técnicas para el registro y el control vertical y horizontal. El primero
tiene que ver cuando se trata de fosas individuales o comunes de poco tamaño, y consiste en
el trazado de un eje central horizontal que divide la fosa en dos parte iguales, a partir del cual
se registra el contexto excavado. Es usado por los arqueólogos rusos y vallecaucanos y tiene
la ventaja de que es muy sencillo, no ofrece los problemas de las cuadrículas cuyas cuerdas
se rompen fácilmente e impiden un libre movimiento al extraer la tierra de las fosas (Fig. 15).
En la medida que se desciende durante la excavación el eje se desplaza también mediante
plomada, hasta llegar al fondo de la fosa. Una vez expuesto el esqueleto y los objetos
asociados, se tiende un metro en madera por todo el eje y a partir de éste se registran las
distancias a cada rasgo por dibujar.
Para la excavación se pueden emplear dos sistemas. 1. Cuadrícula, rodeando el pozo
de tal manera que quede espacio para introducirse y excavar ampliamente; las cuerdas
deben estar en ángulo recto y niveladas para lo cual se puede usar como referencia la
proporción 30x40x50 cm., es decir, 30 cm. en un lado, 40 cm. en otro y la distancia entre
estos dos puntos debe ser de 50 cm (Figura 14). 2. El sistema de eje que es más práctico
cuando los entierros son sencillos; se traza una cuerda a nivel por toda la mitad de la fosa, y
se desciende con plomada en la medida que se profundiza la excavación, este eje sirve como
referencia para el registro de profundidad y de distancias (Figura 15).

Figura 15. Técnica de registro mediante eje central horizontal (a, b contorno; d, g, h corte de perfil; c, f, i
profundidad) (Avdusin, 1980).

Cuando la fosa sea de gran magnitud se prefiere emplear la técnica de cuadriculado.


Dependiendo de la extensión del terreno, se trazan cuadrículas cada 1-2 metros, numerando
el lado más angosto con letras y el más largo con números consecutivos. Para obtener el
ángulo recto entre los lados se aplica el teorema de Pitágoras como en la figura, o con
brújula. Las estacas se clavan a cierta distancia de las paredes, aproximadamente a 20-30 cm.
con el fin de evitar problemas de derrumbe de la tierra en la medida que se excava; si la fosa
desciende más de un metro, el nivel se desplaza cada metro para facilitar el registro. De esta
manera cada objeto se referencia por su cuadrícula (v. gr. A-1), profundidad y distancia entre
dos paredes.
Según la técnica del eje central se deben seguir algunos principios básicos:
1. Colocar firmemente la estaca inicial en la parte más elevada del sitio, a una distancia
prudente del borde –aproximadamente a 50 cm.- y a una altura tal que no estorbe el pasto u
otras anomalías del terreno –aproximadamente 10 cm.-.
2. Marcar la altura en la estaca donde se va a atar la cuerda pues ésta será el nivel cero
de donde se medirán las profundidades.
3. Vigilar que esta estaca no se altere para lo que se recomienda que la caja con los
instrumentos de dibujo se coloque cerca de ella para que no la pisen.
4. Extender la cuerda al mismo nivel por la parte más larga de la fosa, preferiblemente
por toda la mitad del cuerpo, empleando un nivel de cuerda, hasta una distancia prudente
del borde. Clavar la otra estaca y atar la cuerda por el mismo lado de la anterior.
5. Referenciar cada punto a registrar perpendicularmente desde el metro en madera
abatible extendido sobre el eje. Este se ubica a una distancia exacta tanto de la estaca inicial
como del borde de la fosa. Para que quede elevado sobre el esqueleto y facilitar su dibujo se
coloca sobre palillos.
El arqueólogo debe proceder a la coordinación de las labores de excavación, llevar el
diario de campo o bitácora, numerar las fotos del registro, establecer las funciones a realizar
por cada uno de los participantes, el área a cubrir, la herramienta a cargo, y los resultados
que debe obtener en una jornada. Previamente debe realizar un inventario de la herramienta
–palas, palines, palustres, espátulas, brochas, recogedores, baldes-, materiales –rótulos,
bolsas, marcadores, canastas-, equipo de fotografía y filmación –cartel, flecha para norte,
testigo métrico, baterías-, equipo de dibujo –tabla, papel milimetrado, portaminas 0,7 mm.,
borrador, escala-, equipo de registro planimétrico –plomada, brújula, nivel de cuerda,
compás, cuerda en grandes cantidades-.

5.4.3. El registro

El registro comprende una parte escrita, otra fotográfica (incluye el video) (Figura 18, 19) y
una tercera gráfica (planchas de planta y de perfil) (Figura 17). El registro escrito o bitácora
de campo tipo topógrafo o geólogo en papel cuadriculado, incluye anotaciones en forma
secuencial de las novedades con apoyo de dibujos a mano alzada a escala 1:10, y otras
particularidades como ubicación de cada cuerpo y los objetos asociados. Tanto los dibujos
como las fotografías se toman con la presencia de testigo métrico de longitud y profundidad
–jalón- y la flecha señalizando el norte, además de un cartel que indique el lugar
georeferenciado (municipio, vereda, hacienda, lote, yacimiento, profundidad, cuadrícula),
como también la fecha. Las fotos se toman al inicio, buscando fondos que contextualicen el
sitio, durante cada descubrimiento importante y al final.
71

Figura 16. Tipos de posiciones de enterramiento de los cuerpos (Romano, 1974).

Cuando se ubique el nivel del esqueleto hay que circunscribir el cuerpo mediante un
pedestal, y si es posible, abrir la excavación del entierro a un mínimo de treinta centímetros a
los costados del cadáver para poder excavar libremente y no pisar los restos; también se
recomienda establecer un pedestal para todos los artefactos asociados. Tanto los objetos
como los restos se deben exponer con un cepillo blando o espátula plástica o de madera, no
utilizar el cepillo sobre tela, por cuanto puede destruir los restos de fibras. Examinar el suelo
alrededor del cráneo en busca de pelo y de la cavidad pélvica en la eventualidad de
encontrar restos de alimentos o fetos; la tierra de ambas se guarda en bolsas para estudiar
en el laboratorio.
El esqueleto se debe medir desde el vértice hasta el calcáneo; también se registra la
presencia de traumas ante-peri-postmortem, fragmentos de proyectiles y otras posibles
evidencias, con su respectiva profundidad. Antes de levantar cada hueso se envuelve en
papel aluminio o periódico, se remueve del pedestal de forma oscilante para desprenderlo
suavemente y se introduce en una bolsa de papel o plástica con pequeñas perforaciones para
ventilar y despedir la humedad. Al final se colocan los huesos en una canastilla en orden de
fragilidad: los más robustos abajo y los frágiles encima.
Los cuerpos se registran según los siguientes datos:
1. Posición del cuerpo (de decúbito dorsal, ventral, lateral; sedente; irregular) (Fig. 16).
2. Estado del cuerpo (articulado, desarticulado, alterado por depredadores, alterado por
maquinaria, maniatado)
3. Tratamiento del cuerpo (incinerado, descuartizado, sin tratamiento)
4. Orientación del cuerpo respecto al eje cabeza-pelvis (con jalón y brújula).
5. Profundidad de la cabeza (parte más alta), pelvis y pies.
6. Objetos:
Tipo (proyectil, prendas, otros)
Ubicación (al lado de la cabeza, encima de la cabeza, encima del pecho, en
la pelvis, entre las piernas, entre los pies, al aldo de los pies, la lado de las piernas, etc.) y
profundidad.
Las tumbas se registran según sus dimensiones (ancho, longitud, profundidad), forma
(pozo, fosa, cámara, nicho, construcciones internas), ubicación según el contexto de la fosa
común (cuadrícula, número de tumba), y el número de enterramientos (individual, dual,
colectiva).
Los recipientes, en caso de que existan, se clasifican según su elaboración (ataúd,
sarcófago, urna, lajas).

Figura 17. Registro gráfico de planta y de perfil de la tumba 26 (La Cristalina, El Cerrito, Valle) (Rodríguez y
Balnco, 2005: 44).

Figura 18. Registro fotográfico de la tumba 27 de La Cristalina, El Cerrito, Valle (Rodríguez y Blanco, 2005:
46).
73

Figura 19. Excavación de la fosa común con las víctimas del suceso del Palacio de Justicia, 1998.

Mientras que en 1996 la exhumación de los restos del cerro del Mirador de Bucaramanga fue
todo un caos por las condiciones agrestes del terreno, un abismo de casi 300 metros de
profundidad, la improvisación desde la perspectiva del registro y cadena de custodia y la
falta de profesionalización en el análisis de laboratorio -los restos fueron agrupados por
conjuntos de huesos lo que impidió su posterior individualización, lavados además con
hipoclorito de sodio lo que impidió su estudio genético (Fig. 13), los antropólogos
contemporáneos emplean pequeñas máquinas (bobcat), equipos geofísicos (GPR) y
estaciones satelitales (Fig. 20). En este aspecto el equipo de campo del DAS (departamento
Administrativo de Seguridad) incluye alta tecnología que ha sido puesta a prueba en la
agreste geografía colombiana.

Figura 20. Empleo de bobcat en casos forenses de Kosovo, Antigua Yugoslavia, 2000.

En 1998 se llevó a cabo la excavación de la fosa común de las víctimas del holocausto
del Palacio de Justicia (Fig. 19, 131, 132, 133) que sirvió de escuela para el entrenamiento de
personal judicial mediante el sistema de rotación, participando antropólogos, médicos,
odontólogos y técnicos de todo el país, liderados por los primeros. En la fosa que tenía unas
dimensiones aproximadas de 3x3x3m se exhumaron 261 osamentas, de las cuales 100
pertenecían a adultos y 161 a fetos. Hoy día solamente se ha logrado identificar tres
individuos por ADN y el resto reposa en las instalaciones del CTI de la Fiscalía.
Cuando las fosas comunes son de grandes dimensiones se acomete el trabajo
como si fuese un desastre masivo, conjuntamente con un equipo interdisciplinario
(antropólogo social, arqueólogo, oficiales de la escena para el manejo y custodia de las
evidencias, guardias de seguridad, fotógrafo), infraestructura adecuada (bolsas especiales
y cuartos fríos para almacenar cadáveres), maquinaria (bobcat) (Figura 20), como se
manejaron en la Antigua Yugoslavia.
Durante las excavaciones los antropólogos sociales pueden adelantar entrevistas a
los familiares de los desaparecidos, inclusive invitarlos para que aporten información útil
para la identificación mediante el reconocimiento in situ de prendas de vestir u objetos de
usos cotidiano de tipo individual, ya sea por sus particularidades o porque estén marcados
–hebillas, relojes, anillos, medallas- (Figura 21).
En algunas ocasiones se puede reconstruir el ambiente que rodea a las víctimas,
particularmente el tipo de alimentación lo que contribuye a establecer su procedencia
geográfica. Las plantas presentan sustancias químicas denominadas fitolitos que son
particulares para determinadas especies, y que se pueden conservar en el cálculo dental
de las personas. Así, por ejemplo, un estudio de fitolitos de cálculo dental de una muestra
prehispánica de individuos procedentes de Tunja, Boyacá, y Soacha, Cundinamarca,
fechados entre los siglos XI-XVI d.C, arrojó datos importantes sobre su paleodieta (Parra,
1998). Esta línea nos puede ofrecer buenas luces sobre varios aspectos tafonómicos si se
extrae suelo de la cavidad abdominal de los entierros.

Figura 21. Reconocimiento de cadáver in situ por parte de familiares, Kosovo, 2000.

5.5. El análisis de laboratorio

Cada esqueleto se empaca en bolsas separadas, rotuladas con marcador indeleble,


conteniendo a su vez bolsas más pequeñas de las distintas partes del cuerpo. Su trasporte se
recomienda efectuar en canecas de cartón, tratando de acomodar los huesos en un fondo de
espuma o cualquier otro material aislante.
En laboratorio al restaurar y preservar restos óseos fragmentados tenga en cuenta las
siguientes observaciones:
75

1. Usar pegantes reversibles, que se puedan disolver posteriormente (nunca utilice


materiales de pegado rápido). Para asesoría se puede recurrir a instituciones sin ánimo de
lucro, tales como el Centro Nacional de Restauración del ministerio de Cultura. Adhesivos
como UHU y similares dan buenos resultados al utilizarse en pequeñas cantidades con ayuda
de cinta de enmascarar para sostener las partes embadurnadas que se van a unir, aunque da
mejores resultados el Mowilith disuelto al 40%.
2. Ser paciente en el pegado. Asegurarse de la correcta ubicación anatómica del hueso
antes de embadurnar. Empiece por el esqueleto facial, la región frontal del cráneo, los
parietales, temporales y finalmente el occipital. Para unir los últimos huesos hay que
orientarse por los cóndilos mandibulares. En algunas oportunidades se puede presentar
deformación craneal postmortem por el peso de la tierra lo que dificulta la labor de
restauración.
3. Asegúrese que las partes a unir estén limpias; de lo contrario utilice un cepillo de
dientes de cerdas blandas para eliminar las impurezas. Si es necesario reconstruir alguna
porción de los huesos craneales, se puede utilizar cera dental para base, calentándola
mediante mechero de alcohol en espátulas de odontología.
4. Para facilitar la unión de huesos fragmentados utilice cajas con arena fina (de río o mar)
que permitan ubicar fácilmente las partes a pegar. En algunas ocasiones el grado de fragmen-
tariedad es tal que impide la reconstrucción total del hueso. Si se localizan orificios de
penetración de proyectiles o huellas de golpes, armas contundentes o corto punzantes no se
recomienda restaurar las fracturas y evitar embadurnar las superficies con materiales
extraños.
Durante el análisis de laboratorio de los restos óseos debe seguirse una bitácora para
el registro de anomalías y objetos nuevos encontrados durante la limpieza. Los huesos se
lavan con cepillos suaves y se dejan secar a la sombra, teniendo cuidado de no eliminar el
cálculo dental ni otros residuos alrededor de traumas. El laboratorista debe emplear guantes
de látex y tapaboca para no contaminar los huesos. Si es posible radiografiar todo el
esqueleto o partes importantes, el seno frontal y los dientes –periapical y panorámica- El
esqueleto se extiende en su totalidad, se distingue el lado derecho del izquierdo y se hace el
inventario en una ficha de registro. Obtener muestras biológicas una vez medidos los
fémures y analizados los dientes. Se extrae un canino y una cuña de 4 cm. de longitud del
fémur izquierdo, además de un corte de extremo esternal de cuarta costilla y una sínfisis
púbica.

Figura 22. Recordatorio a las 8.000 víctimas de la masacre de Srebrenica, Bosnia-Herzegovina (El Tiempo,
2005: 1).
5.6. El cotejo y el informe

Uno de los documentos más importantes en el proceso de cotejo es el protocolo de


necropsia, pues en éste se consigna la información pertinente a la descripción del cadáver, el
examen interno, las causas, manera y mecanismo de muerte, las trayectorias y órganos
afectados en casos de lesiones por PAF (proyectil por arma de fuego), análisis de laboratorio
(sangre, alcohol, balística). La comparación de las lesiones dejadas en el tejido óseo con las
reportadas en el esqueleto excavado representa un elemento individualizador. El cruce de
información entre la descripción de la víctima, el protocolo de necropsia y el reporte de
laboratorio constituye la base del cotejo y de la identificación. En el informe se anotan los
datos coincidentes y no coincidentes a manera de porcentaje, para expresar la información
en el ámbito de las probabilidades. Si los restos son identificados se regresan a los familiares
para su cristiana, judeo o musulmana sepultura (Figura 22).
77

6.La variación sexual

6.1. El concepto de variación

Las poblaciones varían según sus orígenes filogenéticos –evolutivos- y raciales, sexual y
ontogénicamente –por su edad-, además por los caracteres de cada individuo, según su
propia historia de vida. Al estudiar la variación de una población se consideran varios niveles
o escalas de análisis, de lo particular a lo general, desde lo individual, intragrupal hasta lo
intergrupal. En el ámbito individual se estable la cuarteta básica de identificación, como sexo,
edad, filiación poblacional y estatura, además de rasgos individualizantes (lateralidad, grado
de robustez, traumas y otros). En la escala intragrupal se separan ambos sexos pues su
tamaño y morfología son diferentes, y la caracterización del grupo se efectúa según su sexo.
Un procedimiento similar se emplea en la escala intergrupal, cuando se trata de la
caracterización de una región o territorio (Rodríguez, 1994).
Ambos sexos varían según sus orígenes filogenéticos y poblacionales en tamaño y
forma, lo que se conoce como dimorfismo sexual; hay especies con mayor más dimorfismo
que otras lo que se relaciona con el tipo de estructura social y el nivel de conflictividad entre
los machos; cuando son idénticas se denominan monomórficas (Arsuaga et al., 2000). La
especie humana es dimórfica y su índice –Índice de Dimorfismo Sexual o IDS14- ha variado
con el tiempo, pues los primeros homínidos llegaron a alcanzar un 66%, índice próximo al del
gorila, señalando que los machos eran muy conflictivos, competían entre sí para alcanzar un
mayor número de hembras, carecían de adolescencia y, por consiguiente, su ritmo de
crecimiento era diferente al de nuestra especie (Bermúdez de Castro et al., 2000:18).
Durante el Pleistoceno la evolución del linaje humano se caracterizó por una significativa
reducción del dimorfismo sexual, especialmente en los dientes. En los humanos
contemporáneos es de apenas 4-7%, para las variables lineales del esqueleto postcraneal
oscila entre 8-20%, y en los dientes entre 8-9%, cuando en Atapuerca, España de hace
300.000 años alcanzaba el 24% en caninos (Bermúdez de Castro et al., 2000: 20).
En las poblaciones contemporáneas, especialmente a partir del Neolítico (cerca de
8.000 años) el proceso de sedentarización y la gracilización han contribuido a la reducción del
dimorfismo sexual, particularmente en algunas estructuras como la talla y las dimensiones
del cráneo y dientes. En otras partes del cuerpo como la forma y tamaño de la mandíbula y,
ante todo en la pelvis, el dimorfismo existente permite diferenciar claramente ambos sexos.
El diagnóstico certero del sexo se puede establecer cuando se observan las estructuras
más dimórficas del cuerpo, como los caninos, molares, cráneo, clavícula, esternón,
húmero, coxal, fémur y otros huesos. Si se cuenta con el esqueleto completo la evaluación
del dimorfismo sexual es más precisa, lo que no suele suceder cuando se dispone
solamente del cráneo o pelvis.
En Colombia, por ejemplo, la población guane de la Mesa de Los Santos,
Santander, presenta reducido dimorfismo sexual por su aislamiento geográfico y genético,

14
El IDS se obtiene de la relación entre el promedio masculino y el promedio femenino para cada rasgo. En
las poblaciones humanas actuales varía entre 1,08 y 1,20 en las variables lineales del esqueleto postcraneal,
es decir entre un 8 y 20% (Bermúdez de Castro et al., 2000).
de ahí que el diagnóstico del sexo tanto por cráneo –con apófisis mastoidea, arcos
superciliares y cresta nucal muy gráciles- como por pelvis –por tener un pubis muy corto-
es una labor bastante complicada. Al contrario, la población panche del valle alto del río
Magdalena expresa mayor dimorfismo sexual quizás por la labor de canotaje en el río y el
enaltecimiento de las virtudes físicas de los guerreros, lo que se expresa en líneas nucales
muy desarrolladas, al igual que la región glabelar y las apófisis mastoideas.
En general, la población prehispánica era más dimórfica que la contemporánea, y
el siglo XX desde la época victoriana marcó una tendencia hacia la aceptación de maneras
refinadas, delicadas y el aspecto pálido y grácil de las mujeres, lo que se complementa con
cosméticos (Hoyme, Iscan, 1989). Igualmente, los estudios sobre atractivo sexual
demuestran que el rostro femenino marcadamente neoténico –juvenil-, de ojos grandes
en relación con la altura facial, la mandíbula grácil, la nariz pequeña y los labios rellenos
son marcadores faciales de juventud, y conjuntamente con el rostro pálido y un bajo
índice en la proporción cintura-cadera son de gran atractivo para los hombres (Jones,
1996).

6.2. Estimación del sexo en individuos adultos

6.2.1. El cráneo

El cráneo se divide en bóveda craneal o neurocráneo y esqueleto facial o esplacnocráneo,


este último diseñado biomecánicamente para resistir la presión de los músculos
masticatorios y para proteger los órganos sensoriales. La bóveda igualmente es sometida a
presión masticatria en el área temporal, al igual que la actividad de la cintura escapular incide
en el desarrollo de las líneas nucales. En la adolescencia tardía los cambios en el
esplacnocráneo se restringen aparentemente a los muchachos mientras que las niñas
retienen su aspecto juvenil (Infante, 1998). El rostro masculino se alarga, los arcos
superciliares (incluyendo los senos frontales) se agrandan y el mentón se hace más
prominente y cuadrangular; la mandíbula presenta el mayor ritmo de crecimiento. Al
incrementarse el grosor de los arcos superciliares decrece la altura orbital, su borde superior
se torna grueso y la órbita en general adquiere una forma cuadrangular. La escotadura
supraorbital se torna más profunda y puede desembocar en un gancho. Estos cambios
conllevan también a modificaciones en la raíz y en el caballete nasal, conduciendo a un
descenso abrupto en la línea que une el frontal con los huesos nasales en el punto nasion
(Y´Edynak, Iscan 1993).

6.2.1.1. Morfología craneal

Los caracteres morfológicos, si bien connotan cierto grado de subjetividad por las
dificultades en su apreciación, son útiles cuando la observación se estandariza y se
manifiesta en grados claramente diferenciables. En el cráneo se utilizan la región glabelar
(prominencia de los arcos superciliares), el grosor del borde supraorbitario, la prominencia
de la cresta nucal, el grado de desarrollo de la apófisis mastoidea y el grado de
prominencia del triángulo mentoniano. Todos ellos están más desarrollados en el sexo
79

masculino, y en menor medida en el femenino. Usando la escala de 1-5 en 5 rasgos


obtenemos una expresión máxima de 25 para individuos hipermasculinos, menor de 10
indudablemente femeninos; los valores cercanos a 15 ofrecerán dudas (Fig. 23, 24).

Figura 23. Sistema de gradación del dimorfismo sexual para los rasgos craneales (modificado de Buikstra
et al., 1994:20).

6.2.1.2. Craneometría

Recientes estudios craneométricos en 17 muestras colombianas con 698 individuos


(Rodríguez, 2007) evidencian que al aplicar una prueba Kolmogorov-Smirnov (Tabla 3)
prácticamente todas las variables participan en la diferenciación por sexo, exceptuando
las subtensas (FRS, OCS, MLS) y ángulos (NMA, ZMA), la profundidad de la fosa canina (FC)
y la anchura simótica. Mediante la prueba Mann-Whitney se excluyen también el ángulo
NFA, las cuerdas frontal (FRC), parietal (PAC) y occipital (OCC), la anchura del foramen
magno y la altura orbital. Las anchuras faciales (bicigomática, biorbital, fmo, fmt, zma),
orbital y nasal, y las craneales frontal mínima y biauricular son las más adecuadas para
esta diferenciación; igualmente la proyección glabelar y supraorbitaria. De las alturas
sobresale la del proceso mastoideo, al igual que su anchura y la nasoalveolar. De las
longitudes son discriminantes las del foramen magno, basioprosthion, malar y
maxiloalveolar. Entretanto, los ángulos y las subtensas como la altura nasal y orbital no
son apropiadas para este proceso (Tabla 3).
Aplicando un análisis discriminante se produce una sola función canónica
discriminante con significado asintótico menor de 0,05 y que permite clasificar
correctamente el 94,7% de los individuos masculinos y el 100% de los femeninos, siendo
un modelo de pronóstico muy acertado. La función incluye en orden de tamaño las
longitudes de la base del esqueleto facial (BPL) y malar (XML), las anchuras faciales frontal
mínima, fmo, fmt, bicigomática, biorbitales nasal, cigomaxilar y orbitaria, la proyección
supraorbitaria y la altura nasal.

Tabla 3. Prueba Kolmogorov-Smirnov para la diferenciación sexual entre grupos colombianos.

Variables GOL XCB BNL BBH MFB XFB BAU ASB


Diferencias Absoluto 0,382 0,405 0,487 0,464 0,602 0,477 0,559 0,414
más extremas Positivo 0,023 0,010 0,000 0,000 0,000 0,000 0,000 0,000
Negativo -0,382 -,405 -0,487 -,464 -,602 -,477 -,559 -,414
Z Kolmogorov Smirnov 1,125 1,192 1,435 1,367 1,774 1,406 1,648 1,222
Significado asintótico 0,125 0,116 0,033 0,048 0,004 0,038 0,009 0,101

FRC FRS GLS SOS PAC OCC OCS FOL FOB BPL ZYB NAH
,395 ,497 ,559 ,507 ,276 ,549 ,191 ,612 ,289 ,645 ,717 ,697
,000 ,497 ,000 ,000 ,000 ,158 ,181 ,053 ,053 ,062 ,000 ,000
-,395 -,053 -,559 -,507 -,276 -,549 -,191 -,612 -,289 -,645 -,717 -,697
1,163 1,464 1,648 1,493 ,814 1,619 ,562 1,803 ,853 1,900 2,113 2,055
,133 ,028 ,009 ,023 ,521 ,011 ,910 ,003 ,461 ,001 ,000 ,000
FTB OFB OFS ZMB SSS XML MLS WMH MXL MXB OMF OBH
,602 ,602 ,322 ,632 ,401 ,559 ,276 ,342 ,674 ,434 ,592 ,530
,000 ,000 ,092 ,000 ,053 ,000 ,062 ,030 ,000 ,000 ,000 ,000
-,602 -,602 -,322 -,632 -,401 -,559 -,276 -,342 -,674 -,434 -,592 -,530
1,774 1,774 ,950 1,861 1,138 1,648 ,814 1,008 1,987 1,280 1,745 1,561
,004 ,004 ,327 ,002 ,122 ,009 ,521 ,261 ,001 ,076 ,005 ,015
NLB NLH NFA EKB IOB DKB NDS WNB SIS FCD MDH MDHd
,632 ,454 ,405 ,625 ,382 ,625 ,382 ,635 ,266 ,207 ,684 ,707
,000 ,000 ,053 ,000 ,000 ,000 ,000 ,000 ,082 ,207 ,000 ,000
-,632 -,454 -,405 -,625 -,382 -,625 -,382 -,635 -,266 -,122 -,684 -,707
1,861 1,338 1,192 1,842 1,125 1,842 1,125 1,871 ,785 ,611 2,016 2,084
,002 ,056 ,116 ,002 ,159 ,002 ,159 ,002 ,568 ,850 ,001 ,000
NMA ZMA
,247 ,217
,155 ,217
-,247 -,112
,727 ,640
,666 ,808
81

Figura 24. Cráneos negroides, masculino a la izquierda, femenino a la derecha.

6.2.2. Odontometría y dimorfismo sexual

Figura 25. Sistema de medición de los dientes: 1 (MD)- diámetro mesodistal, 2 (VL)– diámetro vestíbulo-
lingual, 3 (HC)– altura de la corona, 4 (DC)– diámetro cervical (Zoubov, 1968).

En tanto que el tamaño de los dientes está determinado genéticamente y que las piezas
dentales permanentes erupcionan desde los 6 años, su variación es el diagnóstico más
común para establecer el dimorfismo sexual. Mientras que para Garn y colaboradores
alcanza un 90% de dependencia genética, para Townsend y Brown (1978) solamente un 64%
en promedio, 64% de acuerdo al diámetro MD y 57% al VL, por lo menos en aborígenes
australianos. Por consiguiente, difícilmente pueden ser afectados por el estado nutricional y
el medio ambiente. La mayor diferencia entre los diámetros mesodistal de los dientes se
aprecia en los caninos inferiores, con un 6,4%; las menores en los incisivos centrales
inferiores, con tan sólo un 1,3%. Estas diferencias están determinadas cromosómicamente,
posiblemente influenciadas por el cromosoma Y (Evan, 1994).
El dimorfismo sexual ha sido evaluado en una muestra de dientes bogotanos de
morgue, consistente en caninos superiores izquierdos, de ellos 51 masculinos y 34
femeninos, de dientes permanentes sanos, sin restauraciones ni facetas de desgaste
(Gómez, 2002). La variable altura de la raíz es la más heterogénea, seguida de la altura de
la corona; los diámetros del cuello cervical y de la raíz fueron las más homogéneas y las
más dimórficas. En el análisis de componentes principales la altura radicular participa con
el mayor porcentaje. De este estudio se colige que de las dimensiones más empleadas de
la corona el diámetro MD es el más apropiado; de la raíz el VL (Fig. 24). Por otro lado, de
las medidas sugeridas para el cuello de la corona (Zoubov, 1968) y retomadas por Gómez
(2002), dado que observan las menores varianzas, el mayor IDS (Índice de Dimorfismo
Sexual) y las mayores diferencias estandarizadas, podrían ser de gran utilidad para
diferenciar los sexos; no obstante presentan el inconveniente de que no existen
referencias que sirvan de base para comparar con otras poblaciones (Tabla 4).
Tabla 4. Características descriptivas odontométricas de caninos superiores de una muestra bogotana
(Gómez, 2002:51)

Sexo / Corona Raíz Cuello


Variable MD VL H MD VL H MD VL
Masculino 7,75 8,07 10,83 7,40 4,83 18,01 5,69 7,82
DS 0,59 0,68 1,23 0,62 0,45 1,97 0,44 0,65
Femenino 7,48 7,95 10,41 7,12 4,48 17,01 5,25 7,41
DS 0,44 0,48 0,93 0,61 0,40 1,78 0,41 0,53
Diferencia 0,49 0,19 0,37 0,45 0,76 0,51 0,92 0,65
estandarizada
IDS 1,04 1,02 1,04 1,04 1,08 1,06 1,08 1,06

Si comparamos las medidas dentales de poblaciones colombianas obtenidas por varios


autores (Álvarez, 2002; Evan, 1994; Gómez, 2002; Rodríguez, 2003; Vargas, 2009),
encontramos que todas las dimensiones del grupo prehispánico masculino, excluyendo los
diámetros mesodistales de I1, I2, son superiores que las del grupo masculino
contemporáneo; es más, el tamaño dental femenino prehispánico se aproxima al
masculino contemporáneo. El canino superior constituye el diente más dimórfico en lo
concerniente a las dimensiones de la corona (MD, VL), pero el cuello viene a ser la
estructura dental que observa las mayores diferencias en cuanto a su diámetro
mesodistal. En lo referente a las diferencias interobservadores, éstas se ubican en la
medida del diámetro vestíbulo-lingual, quizás porque no se mide la máxima extensión de
esta dimensión.
P. J. Olaya y K. C. Jiménez (2000) analizaron la variación sexual del ángulo de la
corona en caninos inferiores permanentes a partir de 200 radiografías periapicales,
tomadas con la técnica del paralelismo proporcionado por un posicionador prefabricado.
De esta manera se reducía la distorsión en la distancia estándar entre la película y el cono
del equipo de Rx, además de la película, el diente y el cono del equipo. Para el grupo
femenino se encontró un valor promedio de 40,2 y para el masculino de 31,6, indicando
una diferencia significativa entre ambos sexos. Comparando las dos muestras, de
Montería, Córdoba y la Palma, Cundinamarca, se halló que para la primera el grupo
femenino observa un valor de 36,6 y 43,7 para la segunda, indicando posiblemente
influencia de la filiación poblacional. En masculinos la diferencia no es muy amplia.
83

6.2.3. La mandíbula

Figura 26. Dimensiones mandibulares (según Martin, Saller, 1957).

Las mandíbulas masculinas muestran una rama ascendente considerablemente más alta,
recta y ancha que las femeninas, mayor longitud y grosor del cuerpo mandibular, y
mentón más amplio con triángulo bien definido. Al contrario, el ángulo goniaco es más
amplio en mujeres (Figura 25, Tabla 5, 6). Mientras que la anchura mínima de la rama
ascendente observa un IDS de 7,82 en grupos prehispánicos, en los contemporáneos no es
un buen indicador sexual pues alcanza tan solo 0,69. Caso contrario se presenta con la
altura de la rama que es más dimórfica en grupos contemporáneos. En general la
población prehispánica es más dimórfica que la contemporánea en lo que respecta a las
dimensiones de la mandíbula (Tabla 5, 34). El ángulo de flexión de la rama ascendente
como indicador de dimorfismo sexual muestra un poder discriminatorio relativamente
bajo, con un error de clasificación de 16,7% para el sexo femenino y de 22% para el
masculino (López, Benito, 2001:158).
Tabla 5. Comportamiento de variables mandibulares según coeficiente de dimorfismo sexual por grupos
(López, Benito, 2001:150).

PREHISPÁNICOS CONTEMPORÁNEOS
Sexo/Variables F M F M
X DE X DE IDS X DE X DE IDS
Profundidad 1.68 0.77 2.31 0.82 27.27 2.05 0.52 1.73 0.87 18.49
ángulo flexión
Long. Borde 33.72 3.45 37.22 3.49 9.40 35.78 3.09 37.47 6.09 4.51
post. rama
Long. Co-conc 18.26 3.54 19.89 3.52 8.19 19.68 3.08 20.66 4.21 4.74
Anchura 32.17 2.86 34.90 3.66 7.82 30.02 2.51 30.23 4.56 0.69
mínima rama
Altura rama 53.33 5.68 57.80 5.84 7.78 52.20 4.80 59.69 7.13 12.5
Anchura 113.95 7.94 122.18 5.70 6.7 111.42 7.1 115.54 5.26 3.56
bicondilar
Anchura 91.60 6.19 96.60 6.95 5.17 88.69 5.35 94.51 6.83 6.15
bigoniaca
Longitud 72.21 6.26 76.06 6.73 5.06 70.84 3.23 74.97 3.45 5.5
mandibular
Angulo 122.51 7.30 118.97 6.92 2.97 127.95 6.31 126.27 5.85 1.33
goniaco
Angulo flexión 168.12 5.71 164.68 7.07 2.08 166.48 3.16 169.01 7.11 1.49

Tabla 6. Rasgos morfológicos mandibulares

Rasgos Masculinos Femeninos


Mentón Pronunciado, cuadrangular Huidizo y puntiagudo
en su base y de forma
triangular
Cuerpo mandibular Grueso y rugoso Delgado y suave
Base cuerpo mandibular Eversión en ángulo goniaco Contorno continuo
y escotadura en la porción
inferior
Rama ascendente Ancha y vertical Angosta y abierta
Escotadura sigmoidea Poco profunda Profunda
Proceso coronoideo Ancho Delgado
Cóndilos Gruesos y anchos Delgados y angostos

6.2.4. El coxal

La pelvis adulta es el mejor indicador del sexo. En la adolescencia la pelvis femenina se


ensancha como una medida de preparación para el parto, alterando la forma y el tamaño de
muchas de sus partes, convirtiendo la cintura pélvica en un indicador fidedigno al finalizar la
metamorfosis. De conformidad con el dimorfismo sexual las mujeres poseen un cuerpo de
menor tamaño que el hombre, y por tanto un pubis y toda la pelvis generalmente más
delgada y ligera; horizontalmente observan mayor extensión mientras que verticalmente es
más corta (Fig. 26).
Hasta la adolescencia la cintura pélvica presenta el mismo tamaño y forma en muchachos
y niñas. En estado adulto la pelvis masculina es básicamente una continuidad de la forma
juvenil. El lapso de edad en que ocurren los cambios pélvicos es muy variable; la sínfisis
púbica femenina se aprecia algunas veces en niñas de edad dental de 8-9 años pero se
generaliza hacia los 14-15 años, cuando comienza a fusionarse el acetábulo y erupcionan los
segundos molares permanentes. Según Greulich y Thomas (citados por Hoyme, Iscan, 1989)
las pruebas radiográficas indican que este período se extiende aproximadamente 18 meses y
finaliza hacia los 15 años.
85

Figura 27. Diferencias sexuales en la región púbica (Buikstra et al., 1994:17).

Las diferencias sexuales se hacen más evidentes en la parte anterior de la pelvis puesto
que los cambios ocurren solamente en la terminación medial del pubis (Fig. 27). En la parte
posterior la metamorfosis en la articulación sacro-ilíaca afecta ambos huesos (sacro, ilion) y
los cambios son más variables (Hoyme, Iscan, 1989:76). El crecimiento adicional de la
superficie medial de la sínfisis púbica ensancha el canal pélvico de las mujeres, configurando
un arco subpúbico amplio y redondeado. Por lo general después de la fusión de la rama
isquiopúbica, usualmente hacia los 7-8 años, no se aprecian otros centros de crecimiento en
la porción anterior de la pelvis. Tampoco se manifiestan, según Hoyme e Iscan (1989), signos
de alargamiento en la terminación acetabular del pubis, que también inicia su proceso de
fusión hacia la misma edad. Como consecuencia de estos cambios el arco subpúbico
femenino es abierto y redondeado (en los hombres conforma un ángulo agudo), la sínfisis es
proyectada y cuadrangular con una pequeña área triangular de hueso adicional en su margen
antero inferior, y un evidente aplanamiento de su rama anterior. A su vez, la sínfisis púbica
masculina es gruesa, corta y más triangular. Finalmente, como resultado de la reabsorción
del borde medial del agujero obturador, más que por el alargamiento del pubis, su forma
triangular es más común en las mujeres de edad (Fig. 26, 27, Tabla 7).
Figura 28. Diferencias sexuales en la escotadura ciática mayor. 1- hiperfemenino, 5-hipermasculino
(modificado de Buikstra et al., 1994:18).
Tabla 7. Características sexuales en el coxal (Bruzek, 2002: 159)
Rasgo Femenino Masculino
Superficie auricular y surco Depresión profunda, hoyuelos Relieve suave oligeramente
preauricular bien definidos; presencia de deprimido; ausencia de surco
surco
Escotadura ciática mayor Amplia, el punto más profundo Profunda, angosta, con cuerda
produce cuerda superior mayor superior más corta que la
o igual a la inferior inferior
Arco compuesto entre el borde Curva doble Curva simple
inferior de la escotadura y el
inferior de la superficie
auricular del ilion
Borde pélvico inferior Eversión externa de la rama Parte media de la rama con
isquiopúbuca y ausencia de curso directo y presencia de
cresta fálica cresta fálica
Proporción isquiopúbica Pubis más largo que el isquion Isquion más largo que el pubis

Iscan y Derried (1984; citados por Krogman e Iscan, 1986: 212) desarrollaron un
método visual para la determinación sexual en la articulación sacro-ilíaca, que relaciona la
mitad posterior del ilion y su articulación con el sacro. Las diferencias sexuales en tres
estructuras analizadas presentan, según los autores, la siguiente dicotomía diferencial:
1. Surco preauricular. En los individuos masculinos es muy raro, aunque se presenta
en personas que han desarrollado una gran actividad física en posición sedente (canotaje,
equitación). En las mujeres es profundo, ancho y abarca una gran extensión del borde
auricular, especialmente si la mujer ha tenido partos a término. Este surco puede
desaparecer con la edad cuando se colapsa la elevación auricular (Fig. 77).
2. Espacio postauricular. En los masculinos es angosto; ocasionalmente se puede
presentar una superficie articular adicional localizada en la parte superior de la tuberosidad
ilíaca que tiene forma ondulada. En las mujeres el espacio es muy grande; los dos huesos no
tienen contacto mutuo excepto en la superficie auricular.
3. Tuberosidad ilíaca. En el hombre se aprecia una estructura ondulada. En las
mujeres es más variable pero no incluye la forma ondulada; generalmente, es aguda o puede
87

estar ausente. Si ocurre éste último fenómeno se manifiesta una gran fosa y la tuberosidad
ilíaca se extiende a lo largo de la cresta.
Los estudios sobre el dimorfismo sexual en el acetábulo del coxal han deducido que éste
es menor en tamaño y profundidad, y está ubicado en una disposición más frontalizada en
los individuos femeninos.

6.2.5. El sacro

El sacro constituye otro hueso de particular interés para el diagnóstico del sexo en virtud de
su situación posterior en la cintura pélvica. Durante la adolescencia temprana cuando se
fusionan las partes laterales con el cuerpo, el único sitio que incrementa la anchura pélvica
posterior y ensancha a su vez el sacro, son las superficies alares de este hueso (Fig. 28).
La presencia de elementos epifisiales en los bordes laterales del sacro, con módulos
similares en la correspondiente superficie de articulación ilíaca, refuerza el planteamiento
sobre el área de mayor crecimiento en el sacro. En consecuencia el sacro femenino es más
angosto y tiene un índice de base-ala de Kimura (anchura del ala / anchura de la base por
100) mayor en los tres grandes troncos poblacionales. Según Kimura (1982; tabla citada por
Krogman e Iscan, 1986:226) su relación sería la siguiente (Índice Base-ala) (Tabla 8):
Tabla 8. Índice base-ala del sacro en algunas poblaciones

Sexo/Grupo Japoneses Caucasoides Negroides


Masculino 65,8±10,1 76,2±10,9 66,7±15,3
Femenino 79,7±12,0 92,2±10,0 86,4±11,4

Figura 29. Dimensiones del sacro, AB = altura, CD= anchura, anchura de la base articular con L5.

Como se puede apreciar, el índice de Kimura tiene también pertinencia poblacional. Por otro
lado, la determinación de los partos a término en la pelvis femenina que en algún momento
se trató de establecer en casos forenses hoy día se aborda de manera crítica pues algunos
individuos, inclusive masculinos pueden desarrollar el surco preauricular, aunque
difícilmente las cavidades dorso-sinfisiales y la fosita espiral; en casos de violación en
condiciones extremas estas últimas se alteran notablemente. Ulfrich (1975; citado por
Krogman, Iscan, 1986) ha desarrollado un método que incluye varios estadios, de acuerdo al
número de hoyuelos en el piso del surco, la anchura y la conformación de los bordes del
mismo; también analiza el borde antero-lateral de la superficie auricular, de acuerdo a la
forma y dimensiones de los surcos y depresiones.

6.2.6. La escápula

La escápula observa dimorfismo sexual en su altura, anchura, longitud de la espina y la


anchura de la cavidad glenoidea (ver Krogman e Iscan, 1986:227) (Fig. 29, Tabla 9).
Tabla 9. Medidas de la escápula empleadas para estimar sexo

Medida Masculinos Femeninos


Altura escapular >149 <144
Anchura escapular >100 < 96
Longitud máxima de la espina >133 <128
Anchura cavidad glenoidea > 28 < 26

Figura 30. Medidas de la escápula, AB = altura total, CD = anchura máxima, DE = longitud de la espina.

6.2.7. La clavícula

Figura 31. Medidas de la clavícula, AB = longitud máxima, circunferencia en el punto medio.

La estimación del sexo y características poblacionales a partir de la clavícula brinda


solamente un 5-20% de confiabilidad. Las medidas habitualmente empleadas en la
diferenciación sexual son la longitud máxima y el perímetro en el punto medio (Fig. 30, Tabla
10) (Bass, 1986: 104; Krogman e Iscan, 1986: 229).
89

Tabla 10. Longitud clavicular máxima en algunas poblaciones

Sexo Longitud Grupo


M 158,2±10,1 Negro
F 140,3±8,0
M 147,6±9,3 Hindu
F 129,8±8,8

6.2.8. El esternón

La observación de 47 esternones de cadáveres de morgue de Bogotá, Soacha y Chocontá,


Cundinamarca, de los cuales 26 masculinos y 21 femeninos, encontró que las dimensiones
altura máxima del manubrio, altura máxima del cuerpo, las anchuras mínima y máxima del
cuerpo son las más dimórficas, con un intervalo de confianza del 95% (Mendoza, 2000)
(Fig. 31, Tabla 11).

Figura 32. Medidas de altura y anchura del esternón.


Tabla 11. Dimensiones del esternón en una muestra de morgue (Mendoza, 2000)

Variable Masculinos Femeninos


Altura máx. manubrio 49,9±1,7 44,3±1,1
Altura máx. cuerpo 101,4±4,1 89,6±3,8
Anchura mín. cuerpo 28,2±1,3 24,6±1,9
Anchura máx. cuerpo 36,9±1,8 29,1±2,2

6.2.9. El húmero

Algunos autores (Hrdlička, 1947: 133) han sugerido un alto dimorfismo sexual en la
perforación de la fosa olecraneana, relacionando un mayor porcentaje con el sexo femenino.
No obstante, estudios realizados por Maia-Neto (1959; Krogman eIscan, 1986: 235) no
encuentran relación significativa entre el sexo y la apertura septal (Fig. 32).
Figura 33. Medidas del húmero, AB = longitud máxima, CD = diámetro máximo de la cabeza, MN =
diámetro máximo en el punto medio, ST =diámetro mínimo en el punto medio, Z = circunferencia mínima
de la diáfisis (Bass, 1986:114).

El dimorfismo sexual se aprecia mejor en el diámetro de la cabeza humeral. Dwight (1905;


citado por Bass, 1986: 117) y Krogman-Iscan (1986) incluyen las siguientes medidas (Tabla 12,
13):
Tabla 12. Dimensiones por sexo de húmero (Bass, 1986: 17)

Sexo Diámetro Longitud Anchura Bicondilar


M 44,7 311,3±19,4 60,4±3,7
F 37,0 279,0±15,3 52,4±4,1

Tabla 13. Dimensiones del húmero en una muestra bogotana (Díaz, 2001)

Variable Masculinos Femeninos F Sig


(mm) Media DS Media DS (p<0.05)
Anchura bicondilar 61,5 3,3 52,7 2,59 373,5 0,00
D. antero posterior diáf. 21,6 1,9 18,5 1,45 135,4 0,00
D. medio lateral diáf. 21,2 1,9 17,9 1,54 149,2 0,00
D. vertical cabeza 46,5 2,7 40,1 2,07 294,6 0,00
Longitud máxima 318,5 16,7 290,1 13,1 153,4 0,00
Circunf. mín. diáfisis 64,2 4,2 55,0 3,1 265,8 0,00

El análisis de una muestra de 180 húmeros, de ellos 102 masculinos y 78 femeninos


procedentes de la morgue del Instituto de Medicina Legal (Bogotá), con el fin de
establecer el grado discriminante de algunas variables, evidenció que las dimensiones
transversales, especialmente de la epífisis distal (anchura bicondilar), epífisis proximal
(diámetro vertical de la cabeza) y diafisial (circunferencia mínima en el punto medio) eran
las que permitían una mejor predicción del sexo. Mediante una fórmula discriminante (Z1
= (0,173)AC + (0,136)DC + (0,093CM – 21,528), con un punto de corte de –0,216 (un valor
menor será femenino), se obtenía un 96,1% y 97,4% de inclusión para hombres y mujeres,
respectivamente (Díaz, 2001) (Tabla 13). Esta investigación evidencia el alto grado de
dimorfismo sexual de las dimensiones transversales del húmero, convirtiéndolo en un
hueso muy confiable para diferenciar sexo en muestras locales.
91

6.2.10. El radio

Figura 34. AB = Longitud máxima del radio

Su dimorfismo no ha sido evaluado hasta el momento en muestras colombianas, por


lo que nos remitiremos a un estudio español de 142 radios, 66 masculinos y 76 femeninos
para determinar el sexo mediante fórmulas discriminantes, encontrándose que el mayor
índice de dimorfismo sexual se aprecia para el diámetro mínimo en el punto medio del
hueso, mientras que el menor valor se observa en la longitud máxima. Las dimensiones de la
epífisis son las que diferencian mejor ambos sexos (Trancho et al., 2000) (Fig. 33, Tabla 14).
Tabla 14. Dimensiones del radio en una muestra española (Trancho et al., 2000)

Variable/ Masculino Femenino Dimorfismo


Sexo N M DS N M DS IDS Sign
Dmaxcab 35 22,93 1,24 49 19,46 1,06 117,8 <0,001
Dmincab 33 21,72 1,22 41 19,30 0,89 118,6 <0,001
Perimcab 33 71,24 3,89 38 60,24 3,07 118,3 <0,001
Dminmit 41 11,70 0,70 49 9,44 0,65 123,9 <0,001
Perimmit 40 44,50 2,87 49 36,55 2,37 121,7 <0,001
Longmax 41 236,61 11,92 50 208,32 8,66 113,6 <0,001
Lontubic 54 44,17 2,72 60 38,35 2,73 115,2 <0,001
Periminm 57 42,47 2,63 72 35,71 2,53 118,9 <0,001
Dmaxdiaf 57 17,09 1,34 71 14,77 1,00 115,7 <0,001
Anchepid 50 30,94 1,78 66 26,93 1,17 114,9 <0,001
Apepid 32 19,02 1,49 49 16,75 0,95 113,7 <0,001

6.2.11. El fémur

El fémur representa la porción del muslo de la extremidad inferior. Es el hueso más medido
en la disciplina antropológica, tanto para reconstruir la estatura, para determinar la filiación
poblacional, el sexo, la edad, y su proceso evolutivo debido a que las principales tendencias
evolutivas de la especie Homo sapiens se han centrado en la ampliación del ángulo de torsión
y el incremento del cuello y cabeza femoral (Bass, 1986: 170-77; DiBernardo y Taylor, 1979;
Hrdlička, 1947; Krogman e Iscan, 1986: 236-40; Steel, 1972) (Fig. 34).
Figura 35. Dimensiones del fémur, AB = longitud máxima, CD = longitud bicondilar (fisiológica), ST =
diámetro antero-posterior en el punto medio, MN = diámetro medio-lateral en el punto medio, F =
diámetro máximo de la cabeza, YZ = diámetro subtrocantérico antero-posterior, WX = diámetro
subtrocantérico medio-lateral, ángulo del cuello.

El análisis de una muestra de 132 fémures españoles, 60 masculinos y 72 femeninos,


estableció que al igual que para el húmero y radio, las variables de las epífisis femorales,
especialmente de la distal (anchura epicondilar) permiten el mayor diagnóstico en relación
con la determinación sexual, con un valor de inclusión del 98% (Trancho et al., 1997) (Tablas
15, 16).
Tabla 15. Medidas del fémur en una muestra española (Trancho et al., 1997)

Variable Masculino Femenino Dimorfismo sexual


N M SD N M SD IDS F Sig
Dvertcab 52 47,15 2,46 62 41,13 1,93 114,64 214,25 0,001
Dhoricab 54 46,55 2,35 60 40,39 1,92 115,25 235,80 0,001
Dantpost 60 27,70 2,24 72 23,71 1,95 116,83 119,92 0,001
Dtransvt 60 30,71 1,85 72 28,14 2,10 109,13 54,34 0,001
Anchepif 55 80,60 2,99 68 70,82 2,36 113,81 410,29 0,001

En las funciones discriminantes si el individuo alcanza un valor superior a 0,0 se clasifica


como masculino, si es inferior a 0,0 como femenino, con un valor igual a 0,0 se considera
inclasificable (Tablas 15, 16).
Tabla 16. Funciones discriminantes para estimar sexo por fémur (Trancho et al., 1997)

Variable Función discriminante Punto de Masculinos


corte
Diám. Vert. Cabeza 0,4572 x Dvertcab – 20,1776 0 >44,133
Diám. Transv. Cabeza 0,4681 x Dhoricab – 20,3496 0 >43,473
Diám. Antpost. 0,4792 x Dantpost – 12,3172 0 >25,704
Subtroc.
Diám. Transv. Subtroc. 0,5017 x Dtransvt – 14,7629 0 >29,426
Anchura epicondilar 0,3757 x Anchepif – 28,4475 0 >75,719
93

6.2.12. La tibia

La tibia conforma el segmento distal de la extremidad inferior y es una pieza que presenta
una amplia variabilidad poblacional, sexual e individual. Es el componente que más varía en
las proporciones corporales, alcanzando dimensiones relativamente grandes en grupos
indígenas (Genovés, 1967; Rodríguez, 1999). Su dimorfismo sexual es acusado por lo que es
común su uso en la diferenciación sexual a partir de huesos largos (González et al., 1991;
Holland, 1991; Iscan y Millar-Shaivitz, 1984; Krogman e Iscan, 1986; López-Bueis et al., 1996;
Pettener y Cavichi, 1980). No obstante, como advierte Hrdlička (1947: 181), en la medición
de su longitud máxima se excluye la espina de su epífisis proximal pero se incluye el maléolo
medial (longitud AB, Fig. 35).

Figura 36. Medidas de la tibia y fíbula, AB = longitud máxima de la tibia (sin espina), CD = longitud máxima
de la fíbula, ST = diámetro antero-posterior en el agujero nutricio, MN = diámetro medio-lateral en el
agujero nutricio (Bass, 1986:186).

Teniendo en cuenta que la población colombiana tiene un alto componente caucasoide


hispánico, las fórmulas elaboradas de series esqueléticas de la península ibérica pueden
tener mayor aplicabilidad que las obtenidas de muestras norteamericanas. I. López-Bueis y
colaboradores (1996:54) elaboraron unas fórmulas deducidas del estudio de 70 tibias
femeninas y 58 masculinas españolas, estableciendo que el perímetro a nivel del agujero
nutricio alcanza el máximo dimorfismo sexual, al igual que las variables de la epífisis
proximal. Estos resultados son explicados por los autores por el hecho de que la articulación
de la rodilla corresponde a la zona con mayor carga, y está sometida a mayor presión o estrés
según el sexo del individuo (Tabla 17).

S = 0,44019 x anchura de la epífisis proximal – 31,13325, se asigna sexo femenino si está por
debajo del punto de corte que es 0,06206.

También se pueden usar otras fórmulas, diagnosticando sexo masculino o femenino,


tomando el valor más elevado al aplicar las siguientes ecuaciones, lográndose un 98% de
clasificación sexual correcta:

Sexo masculino = 14,63329 x Anchura epífisis proximal -533,2522


Sexo femenino = 12,83028 x Anchura epífisis proximal -425,4759

Al aplicar la anchura biarticular se logra un 100% de inclusión:

Tabla 17. Funciones clasificatorias por medidas de la tibia en una muestra española (López et al., 1996)

Variable / Coef. función F Función de clasificación


Sexo M F
Anch. Biarticular 0,50022 468,62 18,81822 16,30383
Constante -34,87205 -708,3217 -531,8560
Centroide 2,74786 -2,27871
Punto de corte 0,23457

El estudio de una muestra de tibias bogotanas extraídas en morgue constituida por


53 varones y 52 mujeres, encontró que el perímetro a la altura del agujero nutricio y el
perímetro de la epífisis distal son en su orden las variables que permiten una mejor
predicción del sexo, obteniendo un 96,2% de inclusión (Correa, 2002). El perímetro a nivel
del agujero nutricio de la muestra bogotana es superior que las españolas masculina (93,24
mm) y femenina (79,24 mm), respectivamente, señalando que la primera es más robusta
(Tabla 18). Infortunadamente en el estudio bogotano no se aplicaron medidas más conocidas
como las anchuras de las epífisis que posibiliten un estudio comparativo, excluyendo el
perímetro en el agujero nutricio (PAN).
Tabla 18. Medidas en tibias de una muestra bogotana (Correa, 2002)

Variable / Sexo M F
X SD X SD p<0.05
Per. Aguj. Nutr. 98,7 6,5 81,8 5,4 56,0
Per. Ep. distal 149,1 10,9 130,3 6,8 112,3
Per. Ep. Prox. 219,6 15,8 189,1 8,1 154,3
Per. Mín. 78,2 4,2 69,3 4,3 115,6
D. a-p 32,9 2,7 27,9 2,4 101,1
D. m-l 25,3 2,2 21,1 1,9 111,5
Long. Máx. 370,6 23,9 333,9 17,5 56,0

Sexo = 0,168xPAN -15,154 (punto de corte -0,0135)

6.3. Estimación del sexo en individuos infantiles

La estimación del sexo en niños y jóvenes es muy difícil pues aún no han alcanzado su
tamaño total, pero en tanto que algunas estructuras se forman precozmente, como los
primeros molares permanentes, con su forma y tamaño de adultos, son de gran validez para
su diagnóstico a partir de la formación total de la corona de los dientes permanentes,
aproximadamente desde los tres años de edad. La pelvis y la mandíbula observan igualmente
95

un dimorfismo temprano, de ahí que sirven de rasgos orientadores para diferenciar ambos
sexos. Las investigaciones de H. Schutkowsky (1993) adelantadas en el cementerio infantil de
"Coffin Plate Sample" de Spitalfields, Inglaterra, han permitido definir una serie de rasgos en
la mandíbula que permiten una precisión del diagnóstico del sexo en un 70-90% de los casos
(Fig. 37). Sin embargo, estudios adelantados en México (Hernández, 2009: 147) evidencian
que existen cinco características indicadoras de sexo: la amplitud y profundidad del ángulo
de la escotadura ciática mayor, la elevación de la superficie auricular del ilion, la curvatura
del iliaco y la protrusión del mentón en la mandíbula.

6.3.1. La mandíbula

Figura 37. Diferencias sexuales entre mandíbula femenina y masculina (Schutkowsky, 1993).

a. Pronunciamiento del mentón. En las niñas esta región no es prominente ni cuadrangular.


La superficie del hueso es suave; visto desde arriba el mentón es tenue, angosto y algunas
veces agudo. En los niños, al contrario, el mentón es más prominente; los costados
evidencian estructuras ligeramente elevadas y rugosas que se desvanecen distalmente en
indentaciones poco profundas. Visto desde arriba el mentón es pronunciado y generalmente
ancho y angulado en el sitio donde desemboca en el cuerpo mandibular (Fig. 37).
b. Forma del arco dental anterior. En las niñas los alvéolos frontales se disponen en un arco
redondeado; los caninos habitualmente no sobresalen, delineando una forma parabólica
brusca. En los niños el arco dental anterior es más ancho; los alvéolos caninos sobresalen con
relación a los molares adyacentes, adquiriendo una forma en U.
c. Eversión de la región goniaca. La superficie externa del cuerpo mandibular se alinea con el
punto gonion en las niñas. En los individuos masculinos este ángulo es evertido, ligeramente
sobresaliente.
6.3.2. El ilion

Figura 38. Diferencias morfológicas en ilion, a la izquierda femenino, a la derecha masculino (modificado
de Schutkowsky, 1993).

a. Angulo de la escotadura ciática. Para su observación el hueso se orienta en su cara ventral


con el borde anterior de la escotadura ciática alineado verticalmente. En las niñas la
escotadura conforma un ángulo mayor de 90°; en los niños la escotadura es más angosta y se
acerca a los 90° (Fig. 38).
b. Profundidad de la escotadura ciática mayor. El ilion se orienta por su cara dorsal alineando
en un mismo plano la espina ilíaca postero-inferior y el borde dorsal de la región acetabular.
La escotadura es poco profunda en las niñas; en los niños es profunda.
c. El criterio del arco. El ilion se orienta en el mismo sentido de observación del ángulo; se
traza una línea imaginaria que continúe el borde anterior de la escotadura ciática. En las
niñas la línea cruza la superficie auricular; en los niños continúa por el borde lateral de la
superficie.
d. Curvatura de la cresta ilíaca. El ilion se observa desde arriba y la superficie dorsal se alinea
con un plano horizontal. En las niñas la cresta conforma una S atenuada; en los niños la
curvatura es más pronunciada, delineando una S marcada. Schutkowsky (1993: 203)
considera que las bases de la estimación sexual en esqueletos inmaduros a partir de los
rasgos mandibulares y del ilion descritos anteriormente suministra una adecuada exactitud
en el diagnóstico comparable con la que se aplica en restos de individuos adultos; además,
que el observador no requiere de una gran experiencia para aplicarlos.
97

7.La variación ontogénica

7.1. Edad y variación biológica

Figura 39. Estructuras óseas empleadas en la estimación de la edad (1=cierre sutural; 2=terminación
esternal de 4ª costilla; 3=superficie auricular del ilion; 4=sínfisis púbica; 5=histomorfometría ósea;
6=cambios trabeculares epifisiales; 7=desgaste dental; 8=transparencia radicular; 9=dentina secundaria
(modificado de Mann y Murphy, 1990).

La estimación de la edad representa el procedimiento más complejo del proceso de


identificación, tanto de vivos como de restos óseos, especialmente en adultos, pues los
fenómenos de envejecimiento varían según la población, el sexo, el ambiente, el estatus
social y las condiciones de salud de la persona. Los grupos negroides se desarrollan más
rápidamente que los mongoloides, las niñas que los niños, las poblaciones de climas
tropicales que los templados y las personas con buen estado de salud que las malsanas
(Benso et al., 1996; Valls, 1985;). En la medida que se incrementa la edad del individuo,
aumenta, asimismo, el margen de error. Hasta los 20 años puede alcanzar los 2-3 años, en la
cohorte de 20-30 los 5 años, en el grupo de 30-50 hasta 10 años, y después de esa edad el
margen de error varía considerablemente según las condiciones de vida de la persona. En fin,
existe como en todo ámbito biológico, una variación individual, intragrupal e intergrupal,
pero también de referente poblacional según el tamaño y representatividad de la muestra, la
estructura observada (Fig. 39) y las cohortes de edad abarcadas (Rouge et al., 1992).
Por esta razón, cuando se trata del problema de la identificación de personas NN
vivas –sin documentos de identidad- para establecer si es mayor de edad y en caso de haber
cometido algún delito, si va a parar a la cárcel o a un reformatorio, el diagnóstico se debe
establecer con un margen de error de ± 2-3 años, situación que las autoridades no reconocen
pues requieren de una edad exacta para poder proceder judicialmente. Por otro lado, en los
casos de desaparecidos en poblaciones poco o nada conocidas biológicamente, y cuando se
manejan grandes bases de datos con millares de reportes, como las utilizadas en la
investigación de los crímenes de guerra de la Antigua Yugoslavia (Kosovo, Bosnia, Croacia,
Macedonia) por parte del tribunal de La Haya de la Organización de las Naciones Unidas
(ONU), con el fin de incluir y no descartar posibilidades se usan intervalos de edad de 20
años, por ejemplo, 20-40, 30-50, 40-60, 50-70 años.
Hoy día existe una amplia información sobre la maduración ósea (Greulich y Pyle,
1959; Tanner et al., 1997; Roche, 1988; Sempé, 1987; en Goodman, 1998), maduración
dental (Demirjian y Goldstein, 1978; Moorrees et al., 1963; Smith, 1991), el desgaste dental
(Brothwell, 1989; Guerasimov, 1955; Lovejoy, 1985; Molnar, 1971; Murphy, 1959; Scott,
1979; Zoubov, 1968), y la metamorfosis de varias estructuras como las suturas craneales
(Fully y Deroberts, 1956; Masset, 1989; Meindl y Lovejoy, 1985), la sínfisis púbica (Brooks y
Suchey, 1990; Gilbert y McKern, 1973; McKern y Stewart, 1957; Meindl et al., 1985;Todd,
1920), la cuarta costilla (Loth e Iscan, 1989), la superficie auricular del ilion (Lovejoy et al.,
1985) y los cambios radiográficos en huesos (Loth e Iscan, 1984; Walker y Lovejoy, 1985) (Fig.
36).
En Colombia se han verificado estos estándares en sínfisis púbica (Rodríguez, 1998),
cuarta costilla (Martínez, 1998; Pérez, 1998; Sanabria, 1998), suturas (Ramos, 2003),
maduración ósea (Carrillo et al., 1997, 2000) y dental (Escobar y Sanabria, 2002; Hernández y
Sierra, 2002; Infante, 1998; Pizarro y Solano, 2000) (Fig. 38).

7.2. Crecimiento y desarrollo

Los estudios de crecimiento y desarrollo han sido básicos en las investigaciones


bioantropológicas, no solamente por su aplicación auxológica, sino también por la posibilidad
de usar sus resultados en investigaciones prehistóricas y judiciales. Estos se han orientado
hacia varios temas: 1. Estudios de crecimiento que buscan describir los cambios que ocurren
con la edad. 2. Estudios que interpretan los cambios evolutivos en el contexto del
crecimiento. 3. Estudios que buscan entender la interacción entre la herencia y el medio
durante el desarrollo. 4. Estudios que usan las tablas de crecimiento para evaluar la salud de
la comunidad infantil (Johnston y Zimmer, 1989). Entre estos la edad dental es uno de los
criterios empleados para establecer la edad fisiológica, conjuntamente con la edad ósea, talla
y peso. Sin embargo, los dientes tienen una gran ventaja en la medida que están menos
afectados por endocrinopatías y otros desajustes del desarrollo, como se ha evidenciado en
99

las investigaciones de anomalías que afectan la maduración sexual, la estatura y el


crecimiento óseo (Smith, 1991).
Pediatras, antropólogos físicos y todos los interesados en el estudio del crecimiento
humano acuden al establecimiento de la edad esquelética (ósea) por medio de radiografías
de mano y muñeca, para medir la maduración biológica. Los métodos más comunes son
Greulich y Pyle , Tanner-Whitehouse (TW2) (Tanner, 1986), Roche y Sempé (Sempé et al.,
1979). Si bien es cierto que el más empleado en el ámbito americano fue Greulich y Pyle,
según estudios longitudinales adelantados en poblaciones colombianas (Carrillo et al., 1997),
se ha establecido que el método de Sempé resulta más preciso, gracias a que emplea una
escala de 22 referencias óseas. Las edades óseas estimadas son inferiores que las
cronológicas para ambos sexos, sobre todo cuando se aplica Greulich y Pyle.
En un estudio adelantado en una muestra de 245 niños y jóvenes entre los 10 a 21
años -123 niñas, 122 niños- (Hernández y Sierra, 2002), pacientes que asistieron al servicio de
radiología de la Facultad de Odontología de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá,
se encontró que en la cohorte entre 10 a 12,9 años las niñas están más adelantadas que los
niños en cuanto el desarrollo óseo y dental, alcanzando estadios terminales de desarrollo, e
iniciado el brote de crecimiento puberal; algunas niñas habían alcanzado el pico de velocidad
de altura. En los niños de esta edad se aprecia un crecimiento prepuberal. En la cohorte
entre 13-16,9 años todavía es sensible un adelanto de las mujeres, alcanzando estadios
terminales de formación en todos los huesos y el cierre del ápice, con un ligero atraso en P2 y
M2. En los jóvenes la maduración ósea es similar a las niñas de la cohorte 10-12,9 años, con
un crecimiento más acelerado y los cambios más marcados, apreciándose el capping del
tercer dedo y la aparición del sesamoideo. En los dientes se aprecia un retraso en P2, M2 y
en C. Solamente en M3 se hace evidente un adelanto por parte del sexo masculino, aunque
en el estadio de raíz inicial. El grupo etáreo entre 17-20,9 años fue el más difícil de observar
pues la mayoría de huesos y dientes habían concluido el proceso de formación. La epífisis
distal del radio en las mujeres presentó en un 70,9% un aspecto adulto, y en un 25% el
estadio inmediatamente anterior –fusión terminada con un trazado vestigial-; en hombres
fue de 57,5% y 35%, respectivamente (Hernández y Sierra, 2000:131). Los hombres
adelantan a las mujeres desde el inicio de la formación radicular en M3 hasta su cierre apical.
En síntesis, el indicador de los 18 años en lo referente a la maduración dental y ósea
es el M3 y la epífisis distal del radio, respectivamente, aunque con diferencias de sexo, con
adelanto en hombres para la primera y para las mujeres en la segunda. La edad dental según
este estudio en población bogotana se comporta como el mejor estimador de edad
cronológica en todos los grupos etéreos, para ambos sexos.

7.3. Desarrollo y erupción dental

El desarrollo dental tiene dos aspectos: la formación de las coronas y raíces, y la erupción del
diente (Figuras 40, 41). La formación dental es la que más resiste de las dos a las influencias
ambientales, ya que la erupción puede verse afectada por los procesos de caries, pérdida de
piezas y la malnutrición aguda. La formación del diente, al igual que su tamaño y morfología
son altamente heredables, y los estadios de formación poseen bajos coeficientes de
variación en comparación con la de los estadios óseos. Además, la formación dental es
resistente al impacto de los efectos nutricionales y a la influencia de las tendencias seculares.
Esto no significa que los dientes no estén afectados por el impacto ambiental, pero es el
tejido con la menor influencia (Smith, 1991).
A raíz de la ralentización del desarrollo –neotenia- en los humanos, el primer molar
permanente erupciona en los antropomorfos hacia los 3,5 años de edad, mientras que en
nuestra especie tarda hasta los 6 años; el segundo molar por término medio a los 6,5 y 12
años, respectivamente; el tercer molar emerge a los 11,5 y 18 años, en antropomorfos y
humanos. A grandes rasgos, las cuatro principales fases de desarrollo en los primates
catarrinos están delimitadas por la emergencia de la dentición permanente. Así, la aparición
del primer molar coincide con la terminación de la primera infancia, período de estrecha
dependencia de la madre y cuando se adquieren mediante aprendizaje, a manera de juego,
las normas de comportamiento útiles para la supervivencia en estado adulto. La emergencia
del segundo molar marca el final de la segunda infancia, el inicio de las grandes
transformaciones de la pubertad, y la aparición de los rasgos sexuales secundarios. La salida
del tercer molar o muela de juicio, señala el final del desarrollo y el inicio de la vida adulta
(Smith, 1991).
El recuento microscópico de las líneas incrementales (perikimatas) que se añaden de
manera periódica en la superficie del esmalte, abre la posibilidad de realizar una estimación
directa sobre el individuo, independientemente de su posición taxonómica. Estas líneas
incrementales son el equivalente a los anillos de los árboles, con la diferencia que se forman
aproximadamente una a la semana, y que el crecimiento cesa una vez formado
completamente el diente. Si la corona se conserva sin desgaste se pueden contar la
perikimatas para estimar el tiempo total invertido en su desarrollo (Bromage y Dean, 1985).
Como resultado de estas investigaciones se comprobó que la formación dental de A.
afarensis y A. africanus es similar a la de los antropomorfos (chimpancé y gorila), por lo cual
el niño de Taung de África del Sur ya no habría tenido 6 años de edad sino cerca de 3,5 años.
Un cambio sustancial en el desarrollo se aprecia con el surgimiento del género Homo, pero
solamente con la aparición de la especie humana alcanzamos el ritmo contemporáneo; es
decir, que los niños homínidos hasta Homo sapiens sapiens crecían precozmente.
Así como hay diferencias filogenéticas en el desarrollo dental, también las hay en el
campo sexual y poblacional. Las niñas son más precoces que los niños; los niños negroides
crecen más rápido, mientras que los mongoloides son los más lentos. Su análisis poblacional
exige de la observación mensual, semanal e inclusive a diario de los pacientes, sea la
investigación de tipo longitudinal (la observación de los mismos sujetos en un intervalo de
tiempo consecutivo) o transversal (sujetos de diferentes edades analizados al mismo
tiempo). Por esta razón, la estimación de la edad dental mediante el estudio de la formación
y erupción de coronas y raíces, es un procedimiento bastante complejo por cuanto estos
eventos ocurren en momentos difícilmente observables por un solo investigador.
101

Figura 40. Estadios de formación y erupción dental para indígenas americanos (modificado de Ubelaker,
1989).

Existen distintos métodos para la determinación de la cronología de los estadios de


crecimiento: 1. Funciones de distribución acumulativas (en las gráficas la edad en la cual el
50% de los individuos alcanza el estadio dado); 2. La edad de alcance de un logro observada
directamente en estudios longitudinales; 3. Edad promedio de los sujetos en un estadio de
desarrollo; 4. Edad alternativa mediante métodos de predicción; 5. Estadios promedios de
formación de los sujetos en cada grupo de edad; 6. Escalas de maduración; 7. Mapas y atlas
ilustrados; 8. Misceláneos.
Figura 41. Estadios en la formación de la corona, raíz y ápice (según Moorrees et al., 1963).
Tabla 19. Valores para predecir la edad a partir de los estadios de formación de dientes mandibulares
masculinos (Hernández y Sierra, 2000)

Estadio I1 I2 C P1 P2 M1 M2 M3
Ci - - 0.6 2.1 3.2 0.1 3.8 9.5
Cco - - 1.0 2.6 3.9 0.4 4.3 10.0
Coc - - 1.7 3.3 4.5 0.8 4.9 10.6
Cr1/2 - - 2.5 4.1 5.0 1.3 5.4 11.3
Cr3/4 - - 3.4 4.9 5.8 1.9 6.1 11.8
Crc - - 4.4 5.6 6.6 2.5 6.8 12.4
Ri - - 5.2 6.4 7.3 3.2 7.6 13.2
Rcl - - - - - 4.1 8.7 14.1
R1/4 - 5.8 6.9 7.8 8.6 4.9 9.8 14.8
R1/2 5.6 6.6 8.8 9.3 10.1 5.5 10.6 15.6
R2/3 6.2 7.2 - - - - - -
R3/4 6.7 7.7 9.9 10.2 11.2 6.1 11.4 16.4
Rc 7.3 8.3 11.0 11.2 12.2 7.0 12.3 17.5
A1/2 7.9 8.9 12.4 12.7 13.5 8.5 13.9 19.1
Ac - - - - - - - -
Tabla 20. Valores para predecir la edad a partir de los estadios de formación de dientes mandibulares
femeninos (Hernández y Sierra, 2000)

Estadio I1 I2 C P1 P2 M1 M2 M3
Ci - - 0.6 2.0 3.3 0.2 3.6 9.9
103

Cco - - 1.0 2.5 3.9 0.5 4.0 10.4


Coc - - 1.6 3.2 4.5 0.9 4.5 11.0
Cr1/2 - - 2.5 4.0 5.1 1.3 5.1 11.5
Cr3/4 - - 3.5 4.7 5.8 1.8 5.8 12.0
Crc - - 4.3 5.4 6.5 2.4 6.6 12.6
Ri - - 5.0 6.1 7.2 3.1 7.3 13.2
Rcl - - - - - 4.0 8.4 14.1
R1/4 4.8 5.0 6.2 7.4 8.2 4.8 9.5 15.2
R1/2 5.4 5.6 7.7 8.7 9.4 5.4 10.3 16.2
R2/3 5.9 6.2 - - - - - -
R3/4 6.4 7.0 8.6 9.6 10.3 5.8 11.0 16.9
Rc 7.0 7.9 9.4 10.5 11.3 6.5 11.8 17.7
A1/2 7.5 8.3 10.6 11.6 12.8 7.9 13.5 19.5
Ac - - - - - - - -

De todos estos métodos, el que tiene mayor aplicación forense es el de predicción basada en
estadios de desarrollo y que son apropiadas cuando se quiere estimar la edad dental de un
individuo infantil. Para estimar la edad de una persona se analiza independientemente el
estadio de formación de cada diente, posteriormente se establece el promedio de todas las
edades que corresponde a la edad asignada (Smith, 1991: 161) (Fig. 41). En estas tablas
habitualmente se han utilizado los datos de Moorrees, Fanning y Hunt (MFH) (1963) cuyos
resultados aplicados a poblaciones canadienses arroja una desviación estándar de ±0,56 años
para un sólo diente y de ±0,09 años cuando se promedian cinco o más dientes, sugiriendo
que la edad de una persona joven se puede estimar con un margen de error cercano a los
dos meses (Smith, 1991:163). Para poblaciones amerindias se ha aplicado la compilación de
D. Ubelaker (1989) (Fig. 40) y para colombianas las modificadas por Hernández y Sierra
(2000) a partir de Smith (1991) (Tablas 19, 20).

7.4. Edad y maduración ósea

La estimación de la edad es más probable de ser exacta cuando se trata de restos


esqueléticos de personas que no han alcanzado su madurez biológica o de adultos jóvenes.
No obstante, la evaluación de los períodos ontogénicos iniciales dista de ser completa, pues
en su mayoría los períodos de osificación y de formación y erupción dental se han elaborado
a partir de muestras norteamericanas y europeas, difícilmente aplicables a poblaciones
indígenas y mestizas. Otros factores como el clima y el régimen alimenticio pueden incidir en
las velocidades de unión epifisiaria.
Por otra parte, las edades varían entre distintas poblaciones y ambos sexos. La osificación
es más temprana en las niñas que en niños, con un margen que oscila entre los dos a seis
años. Dentro del mismo esqueleto algunos huesos y algunas epífisis se cierran en distintos
períodos. Así, el fémur crece principalmente a expensas de la epífisis distal, mientras que la
proximal es poco activa. Por el contrario, el húmero crece gracias a su extremo proximal. Los
huesos del antebrazo crecen básicamente hacia la muñeca, mientras que la tibia y el peroné
crecen por igual hacia la rodilla y el tobillo. Los huesos carpianos de la mano y los tarsianos
del pie crecen continuamente de afuera hacia el centro (Tanner, 1986:49). La madurez
biológica se alcanza inicialmente en el tobillo y en la cadera; se continúa con la rodilla y el
codo y finaliza con el hombro y la muñeca (Fig. 42).

Figura 42. Edad de cierre epifisial (modificado de Buikstra et al., 1994).

Estudios realizados en una muestra multirracial y de distintas edades de norteamericanos


contemporáneos sugieren nuevos estándares para estimar la edad del cierre epifisial
(Moore-Jansen y Jantz, 1989: 9). Este método de observación es fácil de aplicar, minimizando
los errores interobservadores (entre varios investigadores). No obstante su aplicación en
poblaciones colombianas tiene su sesgo por las características filogenéticas ya abordadas.
Los estadios del cierre epifisial utilizados en la observación son los siguientes:
Fase 1. Abierto (sin unión). Las superficies de la metáfisis están altamente vascularizadas y
por tanto, su aspecto es rugoso, granular, estriado, con aristas y nódulos.
Fase 2. Unión parcial. Se inicia la osificación de las epífisis con las metáfisis del hueso; parte
de la metáfisis está unida y otra porción separada.
Fase 3. Unión completa. Relleno completo o casi total de la metáfisis, con la superficie del
hueso suave, finamente granular.

7.4.1. La escápula

La escápula (Figura 30) es uno de los huesos más frágiles del esqueleto humano,
particularmente en su cuerpo, y por tal razón su preservación en los yacimientos
arqueológicos es muy precaria. Posee dos centros primarios de osificación (el cuerpo y el
proceso coracoides) y siete centros secundarios. La unión del coracoides con la escápula
105

se inicia hacia los quince años de edad, mediante una línea que lo une con la cavidad
glenoidea y termina su fusión hacia los 18 años; por su parte las epífisis del acromion se
obliteran entre los 16-22 años y finalmente el borde medial o vertebral hacia los 17-23
años (Bass, 1986: 93).

7.4.2. La clavícula

Es el primer hueso en osificar, cuyo proceso se inicia hacia la quinta semana. Entre los 12-
21 años de edad aparece un centro secundario de osificación, constituyendo la última
epífisis del cuerpo en fusionarse, alcanzando en algunos individuos los 25 años (Bass 1986:
101). Mckern y Stewart (1957; citados por Bass, 1986) señalan que la epífisis medial de la
clavícula inicia su obliteración hacia los 17-18 años de edad, finalizando hacia los 23 años
(Figura 31).

7.4.3. El húmero

El húmero osifica a partir de un centro primario ubicado en la porción media de la diáfisis y


siete centros secundarios, de los cuales tres se localizan en la epífisis proximal y cuatro en la
distal. Los tres primeros inician su fusión alrededor del sexto año de edad y se obliteran con
el cuerpo hacia los 20 años. En la identificación de la lateralidad del húmero se tiene en
cuenta la orientación distal del agujero nutricio (Figura 33).

7.4.4. El radio

Se osifica a partir de un centro único localizado cerca del punto medio de la diáfisis; la epífisis
distal aparece alrededor de los 1-1,5 años y se fusiona a los 16-17 años en las mujeres y hacia
los 17-18 años en los varones. La epífisis proximal surge hacia los 5-6 años y se une entre los
16-18 años (Bass, 1986: 120). En niños españoles a los 17 años y 6 meses el proceso de fusión
ha avanzado pero se aprecia aún áreas oscuras correspondientes al cartílago, son más
visibles los extremos, sobre todo en el lado interno (Figura 34). A los 18 años y 6 meses la
epífisis radial se ha fusionado con su metáfisis; esto significa que la maduración ósea de la
mano y muñeca ha finalizado. En niñas españolas la maduración ósea se alcanza a los 17
años y 6 meses (Hernández et al., 1991).
Para la identificación del lado correspondiente se tiene en cuenta la orientación
proximal y anterior del agujero nutricio; al colocarse el hueso en posición anatómica el
respectivo proceso estiloide se ubica también en el lado correspondiente.

7.4.5. La ulna (cúbito)

El centro primario de osificación aparece hacia la octava semana de vida intrauterina. La


epífisis distal osifica a la edad de 6-7 años (5-6 años más tarde que la respectiva epífisis distal
del radio), y se oblitera alrededor de los 17-20 años. A su vez, la epífisis proximal surge a los
7-14 años y se une a la edad de 19 años. Para identificar la lateralidad del hueso se coloca en
posición anatómica, con el agujero nutricio en sentido proximal y la epífisis proximal
orientada hacia sí mismo; la escotadura semilunar, la radial y la cresta interósea, al igual que
el agujero nutricio, estarán ubicadas en el lado respectivo del hueso.

7.4.6. El coxal

En realidad son tres huesos separados, ilion, isquion y pubis (Figuras 27, 28), que se fusionan
entre sí hacia los 17 años. Los centros de estos huesos aparecen hacia los 2-3, 4 y 5 meses
respectivamente, de vida fetal. La rama isquio-púbica se fusiona hacia los 7-8 años, hacia los
12 años el puente cartilaginoso en el acetábulo que había mantenido separados los tres
huesos inicia su osificación, completándose hacia los 17 años. Las epífisis de la cresta iliaca, la
tuberosidad isquiástica y del pubis que aparecen durante la pubertad se unen entre los 16-24
años (Bass, 1986:150).

7.4.7. El fémur

Se osifica a partir de un centro primario en la diáfisis que surge hacia la 8ª semana


intrauterina y de 4 centros epifisiales (tres en la superior y uno en la inferior). La epífisis distal
es el único centro que inicia su osificación antes del nacimiento y su cierre empieza hacia los
14 años en niñas y se oblitera completamente hacia los 20-22 años (Figura 35). En la epífisis
proximal el núcleo de la cabeza aparece hacia el año, el trocánter mayor hacia el 4º año y el
menor cerca del 11º año, todos se fusionan antes que la epífisis distal entre los 14-19 años
(Bass, 1986:166).

7.4.8. La tibia

La tibia se osifica a partir de un centro primario situado en el centro de la diáfisis que aparece
hacia las 7-8 semanas de vida intrauterina; la epífisis proximal se presenta al nacimiento
iniciando su fusión alrededor de los 14 años en el sexo femenino y a los 16-17 años en los
niños, completando su fusión hacia los 20 años (Figura 36). A su vez, la epífisis distal se
empieza a unir a los trece años en las niñas, finalizando la fusión entre los 18-20 años (Bass,
1986).

7.4.9. La fíbula (peroné)

Hacia la 8ª semana uterina aparece el centro primario de osificación en la diáfisis, en la


epífisis proximal hacia el año y en la distal cerca de los tres años en niñas y hacia los cuatro
años en niños. Estas últimas se fusionan hacia los 14-15 años en niñas y 16-17 en varones, y
11-12 y 14-15 años, respectivamente. La unión finaliza completamente hacia los 20-22 años
(Bass, 1986; Hernández et al., 1991; Krogman e Iscan, 1986;).

7.5. El desgaste dental y su relación con la edad

Normalmente los dientes se desgastan por su uso conduciendo a una reducción paulatina de
la superficie oclusal, inicialmente del esmalte, posteriormente de la dentina, abarcando la
107

cavidad pulpar en casos severos, hasta la destrucción total de la corona. El proceso de


desgaste dental tiene dos componentes: atrición, que es el resultado del contacto directo
diente contra diente y depende en gran medida del grado de robustez del aparato
masticatorio y de la intensidad y duración del contacto; la abrasión, producida por el
contacto con materiales extraños y depende del grado de abrasividad de los alimentos
(Figura 41). Así, el maíz u otros granos molidos con manos y metates de piedra contienen
pequeñas partículas desprendidas durante el proceso de molienda, con alto componente
silíceo que genera un desgaste de la superficie oclusal de forma cóncava, cavitando las fosas
hasta destruir las cúspides. Además de los factores genéticos que condicionan el grado de
dureza del esmalte, inciden el pulido durante el sueño (bruxismo), los hábitos alimenticios y
las costumbres culturales (mascar tabaco, fumar pipa, destapar botellas con los dientes,
preparar materiales o sostener objetos mientras se pesca, caza o trabaja). El desgaste
también se produce en las superficies de contacto mesial y distal (interproximales) por el
contacto entre dientes adyacentes por el movimiento durante su uso.
A pesar de que el desgaste dental ocurre durante la vida del individuo, la naturaleza
de su variación ha dificultado la medición y correlación con la edad de la persona. Desde la
escala de cinco grados propuesta por Broca (Alexeev, Debetz, 1964) a finales del siglo
pasado, diferentes autores han tratado de medir el desgaste, correlacionándolo con patrones
de cambio (Murphy, 1959; Brothwell, 1989), la función y variabilidad cultural (Molnar, 1971),
técnicas de medición (Alexeev y Debetz, 1964; Guerasimov, 1955; Lovejoy, 1985; Scott, 1991;
Zoubov, 1968), la enumeración de anillos en el cemento (Naylor et al. , 1985) y el gradiente
del grosor del esmalte (Macho y Berner, 1993).

Figura 43. Estadios de desgaste dental maxilar y mandibular (modificado de Lovejoy, 1985).
Tabla 21. Correlación de la edad con el desgaste dental (según Guerasimov, 1955, en Alexeev, Debetz,
1964: 38)

Edad I C P M1 M2 Edad I C P M1 M2
10-13 0 0 0 0 0 25-30 3 2 2-3 2-3 2
13-14 0-1 0 0 0 0 30-35 3 2-3 2-3 3 2-3
14-16 1 0 1 0 0 35-40 3 3 3 3-4 3
16-18 1-2 1 1 1 0 45-50 3-4 3-4 3-4 4 3-4
18-20 2-3 2 2 2 1 50-60 4-5 4 4 5 4-5
20-25 2-3 2 2 2 2 60-70 5-6 5 5-6 5-6 6

Generalmente, se toma como punto de referencia la variación intra-individual en las tasas de


desgaste, teniendo en cuenta la diferencia de aproximadamente seis años entre la erupción
del M1 y M2, y entre M2 y M3. Para comparar las muestras con relación a la tasa de desgaste
se computa el rango medio de diferencia o área entre M1-M2, M2-M3 y M1-M3,
habitualmente de los molares inferiores, calculando su correlación dentro de la misma pobla-
ción que se va a evaluar (Scott, 1991). Por tal razón, se recomienda medir el grado de
desgaste de individuos juveniles dentro de la misma población, calculando el gradiente de
destrucción de la corona entre los 6 años cuando erupcionan los primeros molares, hasta los
12 años cuando erupcionan los segundos molares, y entre esas edades y el tiempo
transcurrido hasta la aparición de los terceros molares.
Guerasimov (1955; citado por Alexeev y Debetz, 1964:38) sugirió la siguiente escala
de desgaste de los dientes maxilares (Tabla 21):

Grado 0. No existe desgaste.


Grado 1. Pulido del esmalte.
Grado 2. Desgaste de las puntas de las cúspides de la corona; en incisivos y caninos se aprecia
una línea de desgaste de la superficie incisal.
Grado 3. Aparecen puntos aislados de dentina expuesta, y en incisivos aparecen bandas.
Grado 4. Se unen varios puntos y llega a afectar la cavidad pulpar.
Grado 5. La corona está completamente expuesta, destruida en la mitad.
Grado 6. La corona se aprecia completamente destruida.
A. A. Zoubov (1968: 173-174) modificó ligeramente la secuencia de desgaste dental
propuesta por Guerasimov, sugiriendo algunas variantes en el proceso de aparición de los
principales componentes de la corona, aunque mantuvo la misma escala de edad (Tabla 30).
Esta tabla se ha aplicado en la evaluación de la edad de material óseo prehispánico y
contemporáneo de Colombia, correlacionando los distintos gradientes con la metamorfosis
de la sínfisis púbica, la superficie auricular del Ilion y la terminación esternal de la cuarta
costilla, además de la formación y erupción dental y la sinostosis de los centros secundarios
de osificación, arrojando buenos resultados hasta los 35-40 años de edad. Después de este
intervalo, como consecuencia del intenso desgaste producido por el tipo de dieta alimenticia,
los parámetros de edad se sobrestiman considerablemente, asignándose una edad superior
a la real. Al contrario, en material forense contemporáneo la edad se subestima, pues la dieta
alimenticia es más blanda y produce poca abrasión, excluyendo los grupos indígenas,
109

particularmente los wayúu, en donde además de continuarse moliendo el maíz en metates la


arena levantada por los vientos de la península de la Guajira se introduce en la boca
produciendo un desgaste adicional.
El análisis de 100 individuos entre 18 y 50 años de edad pertenecientes a las 13ª y
14ª Brigada del Ejército, tomados aleatoriamente de 4.000 individuos, provenientes de
varias partes de Colombia, aplicando la tabla de A. A. Zoubov para el desgaste dental, con
escala entre 0-5, estableció edades diferentes (Pizarro y Solano, 2000) (Tabla 22).
Entre los 18-20 años se aprecia desgaste grado 1, equivalente al desgaste de los mamelones
en incisivos y caninos. Comparativamente con la tabla de Zoubov no se encuentra
equivalencia; su variación no es muy significativa. En la cohorte entre los 21-25 años se
observan los mismos resultados que para la anterior (18-20 años), pero su variación es la
mayor entre todos los grupos de edad. Los individuos de la cohorte entre 26-30 años, como
también la de 31-35, presentan concordancia con la referencia de Zoubov. La cohorte entre
36-40 años manifiesta variación con respecto al canino, en donde la muestra colombiana
encaja en el grado 2 y no 3 de Zoubov; su variación es la menor entre todos los grupos. La
cohorte 41-50 años presenta ligeras diferencias en cuanto a incisivos y caninos, pero en
conjunto no se desvía de la escala propuesta por Zoubov. En general, se puede afirmar que la
escala de Zoubov es aplicable a las cohortes de edad entre los 26-50 años, más no para la de
18-25 años.
Tabla 22. Variación en el desgaste dental en una muestra bogotana (Pizarro y Solano, 2000).
Desgaste C

Desgaste C
Desgaste I

Desgaste I

Variación

Variación
(Zoubov)

(Zoubov)

incisivos
Cohorte

de edad

caninos
Rango

DS C
DS I
No.

1 18-20 9 1 1 2-3 2 0,63 0,57 0,40 0,32


2 21-25 12 1 1 2-3 2 1,09 0,72 1,08 0,47
3 26-30 17 3 2 3 2 1,00 0,75 0,95 0,53
4 31-35 18 3 2 3 2-3 1,02 0,89 0,98 0,78
5 36-40 13 3 2 3 3 0,60 0,63 0,33 0,37
6 41-50 31 4 3 3-4 3-4 0,94 0,90 0,87 0,81

Lovejoy (1985: 53-54) encontró una serie de regularidades en el patrón modal de desgaste
de la población de Libben (Fig. 43):

1. El desgaste en los dientes anteriores se acelera después de la exposición total de la


dentina, con una tasa de pérdida de corona superior después de los 30 años.
2. La tasa de desgaste es ligeramente superior en la mandíbula que en el maxilar.
3. Predomina el desgaste bucal en premolares, tanto mandibulares como maxilares, hasta el
aplanamiento de las coronas; después de esta situación no se aprecian diferencias.
4. El desgaste lingual es más rápido en los molares maxilares mientras que el bucal
predomina en los mandibulares.
5. El desgaste es simétrico y generalmente uniforme con relación a los lados, excepto cuando
existe enfermedad temporomandibular, pérdida unilateral de dientes o enfermedad
periodontal, etc.
6. La exposición secuencial de las cúspides de los molares mandibulares es protoconido-
hypoconido-metaconido-(hipoconúlido)-entocónido. El hipoconúlido es una cúspide variable
en su desgaste.
7. La secuencia de exposición de las cúspides de los molares maxilares es protocono -
hipocono - paracono - metacono.
8. El desgaste molar es más variable en el maxilar que en la mandíbula.
9. El desgaste es regular y simétrico y refleja claramente el incremento de la edad
cronológica en la población. La mayor predominancia en el desgaste es consecuencia del
proceso masticatorio de los alimentos.
De la revisión de las propuestas metodológicas para la evaluación del desgaste dental
y su aplicación en la estimación de la edad de un individuo o de una población, cabe subrayar
que su diagnóstico constituye solamente una aproximación, y requiere del conocimiento del
contexto poblacional del grupo en cuestión con el fin de evitar el sesgo producido por
distintas dietas alimenticias, prácticas culturales, diferencias en el ámbito de sexo y factores
genéticos. Con el fin de obtener un diagnóstico de edad más aproximado a la realidad, se
recomienda aplicar la seriación y el método complejo, es decir, utilizar todas las fuentes de
información de edad del individuo, promediando los resultados.
En tanto que esta propuesta viene acompañada de una figura que brinda una visión
global de la metamorfosis del desgaste dental en relación con la edad, es la más empleada en
la evaluación de material prehispánico, pues es su referente, mientras que en grupos
contemporáneos subestima la edad, ya que la intensidad del desgaste que se estima para los
40 años, por ejemplo, casi nunca se presenta en poblaciones urbanas actuales.

7.6. Edad y micro estructuras dentales

7.6.1. El método de Gustafson

En 1947 Gustafson propuso un método para estimar la edad, empleando 6 rasgos de la micro
estructura dental (desgaste de la corona –A-, dentina secundaria –S-, altura gingival –P-,
cementosis –C-, transparencia radicular –T-, resorción radicular –R-) (Fig. 44). El autor
observó los cambios histológicos del diente en 41 piezas de población escandinava,
evaluándolos cuantitativamente en una escala de 0 a 3 (0, 1, 2, 3). Asumía que el valor total
podría corresponder a determinada edad, por lo cual propuso un diagrama de regresión que
producía un error promedio de predicción de ±3,6 años, en la examinación de un solo diente.
Por esa razón, realizaba una doble estimación, si el grado de cambio no era muy claro, el
valor podía ser estimado más bajo o más alto, por lo que analizaba el diente dos veces con
determinado intervalo de tiempo. Con esta doble estimación el margen de error descendía a
±2,3 años. En promedio el margen de error decrecía a ±2,6 años para dos dientes, ±2,1 para
tres y a ±1,8 para cuatro. Gustafson propuso que cada investigador construyera su propia
línea de regresión para cada referente poblacional.
111

Este método tiene el inconveniente de que no distingue el peso de los 6 criterios pues
le asigna el mismo valor. También incide el pequeño tamaño de la muestra que se utilizó, la
subjetividad de la evaluación y la poca replicabilidad estadística. Además, es una técnica
intrusiva que requiere de la destrucción del diente y un equipo apropiado. No obstante, el
principio de la metamorfosis de las micro estructuras del diente con la edad es válido. Por
estas razones, sus seguidores han mejorado el método utilizando análisis de regresión
múltiple, reduciendo el número de variables dentales, usando medidas objetivas que reflejen
su proporción con relación a rasgos fijos como la altura de la raíz, el establecimiento de su
aplicación para determinadas cohortes de edad, su verificación y ajuste en otras poblaciones
referentes, y, finalmente, su complementación con otros métodos como las costillas y la
sínfisis púbica.
A raíz de estas fallas Johanson propuso otorgarle un peso específico a cada criterio
mediante regresión múltiple (Edad = 11,02 + 5,14A + 2,30S + 4,14P + 3,71C + 5,57R + 8,98T),
sin encontrar diferencias sexuales ni entre dientes maxilares y mandibulares, aunque sugirió
preferir los dientes anteriores y el uso de más de una pieza; el margen de error fue de ±5
años en un 78,3% de todas las estimaciones. Falter y Hiemer emplearon solamente la
transparencia radicular y la longitud de la cavidad pulpar, de dientes cortados meso
distalmente, embebidos en un bloque acrílico. Usando luz reflejada midieron los parámetros
requeridos y calcularon el cociente a partir de la longitud de la cavidad pulpar y área de
transparencia. De esta manera podían evaluar la edad de individuos entre 20-60 años con un
margen de error de ±5 años (Kilian y Vlček, 1989).

Figura 44. Estadios para evaluación la metamorfosis de las micro estructuras dentales (Modificado de
Kilian, Vlček, 1989:264-265).

Maples excluyó la resorción radicular, aplicando un análisis de regresión múltiple y


teniendo en cuenta la posición del diente en la mandíbula. La secuencia en la precisión de los
criterios era: 1. Transparencia, 2. Dentina secundaria, 3. Abrasión, 4. Altura gingival, 5.
Cemento secundario y 6. Resorción radicular. Maples obtuvo un margen de error de ±5 años
para los segundos molares, ±7,1 años para los primeros premolares y ±9.6 años para los
incisivos laterales. Pilin (1981) propuso su propio método sin destruir el diente, aplicando los
criterios de transparencia radicular, el grado de abrasión, la atrofia alveolar y el número de
dientes perdidos, asignando un valor doble a la transparencia y atrofia por considerarlos de
mayor peso. Solamente en un 48,8% de los casos obtuvo un margen de error satisfactorio
con ±5 años (citados por Kilian y Vlček, 1989)

7.6.2. El método de Kilian y Vlček

Kilian modificó el método de Gustafson usando una muestra de 281 secciones de dientes
permanentes, planteando una gradación entre 0-3 (0, 0.5, 1, 1.5, 2, 2.5, 3), concluyendo que:
1. Los cambios individualmente observados no tienen el mismo peso y dinámica en relación
con la edad; 2. Las diferencias entre los dientes superiores e inferiores no son
estadísticamente significativas; 3. Las diferencias entre la primera y segunda evaluación
tampoco difieren estadísticamente; 4. La diferencia en los cambios individuales tiene una
relación directa con la edad. Kilian propuso unas tablas para la predicción individual de la
edad, con resultados muy satisfactorios en un 77,3% de los casos (diferencia con la edad real
de ±5 años) (Kilian y Vlček, 1989) (Figura 44).
a) Una mordida abierta puede producir menos abrasión en los dientes anteriores.
b) El número de piezas conservadas incide en el grado de abrasión; si los molares y
molares no se encuentran, el resto de dientes tendrá mayor abrasión, que si todos estu-
vieran presentes.
c) El grado de abrasión puede estar influenciado por los hábitos individuales. Por
tanto, en la medida de lo posible hay que revisar la oclusión y detectar los signos de esos
hábitos.
d) La mal posición de los dientes individuales o mala oclusión puede tener efectos
negativos en la altura gingival, por tanto hay que examinarla antes de extraer el diente.

7.6.3. El método de Lamendin

H. Lamendin (1988) propuso una modificación que tiene en cuenta solamente dos rasgos de
los indicados inicialmente: la altura gingival (periodontosis) (P) y la transparencia radicular
(T), sin destruir el diente. Se obtuvo a partir de 306 dientes mono radiculares de 208
franceses de edad conocida entre 22 a 90 años de edad (135 masculinos, 73 femeninos), de
ellos 198 caucasoides y 10 negroides. La fórmula propuesta es:

Edad = (0,18 x P) + (0,42 x T) + 25,53

De donde:
P = (Altura de periodontosis x 100)/altura radicular,
T = (Altura de transparencia x 100)/altura radicular.
113

Tabla 23. Margen de error por cohorte de edad en el método de Lamendin.

Cohorte 26-29 30-39 40-49 50-59 60-69 70-79 80-89 Total


de edad
No. de 5 42 39 90 65 46 19 306
dientes
ME (años) 24,8 15,5 9,9 7,3 6,3 11,6 18,9 10

La altura de la periodontosis se mide en la superficie labial, como la distancia máxima


entre la unión cemento-esmalte y la línea de inserción del tejido blando, se marca con lápiz
antes de extraer el diente; se aprecia como un área suave y amarillenta debajo del esmalte y
es más oscura que éste pero más clara que el resto de la raíz. La transparencia radicular no
aparece antes de los 20 años y se produce por el depósito de cristales de hidroxiapatita
dentro de los túbulos dentinales; se observa con la ayuda de negatoscopio, desde el ápice de
la raíz hasta la máxima altura sobre la superficie labial. La altura de la raíz se mide entre la
unión cemento-esmalte hasta el ápice.
El margen de error para varones fue de 10,1±1.1 y para las mujeres de 9,4±1.4 años.
En los respectivos dientes fue de: 8,5±1.8 para incisivos superiores, 12,1±2 para incisivos
inferiores, 10,6±3 para caninos superiores, 10,1±3.8 para caninos inferiores, y 12,5±2 para
premolares. Para las respectivas cohortes de edad fue (Tabla 23, 24):
De la información se deduce que el método es más preciso en mujeres, entre 30-80
años de edad, especialmente cuando se usan incisivos superiores. Lamendin y colaboradores
(1992) verificaron el método en una muestra control forense de 24 casos (45 dientes), 20
hombres y 4 mujeres, con un margen de error promedio de 8,4 años (Tabla 24).
Tabla 24. Margen de error por cohorte de edad en una muestra control

Cohorte 30-39 40-49 50-59 60-69 Total


No. de dientes 22 13 8 2 45
ME (años) 13,1 6,3 3,3 9,8 8,4
Al comparar el método de Lamendin con el de Gustafson en una muestra de 39 individuos
franceses, se estableció que el margen de error fue de 8,9±2.2 años para el primero y de
14,2±3.4 para el segundo; para el método de Johanson manifiesta un valor de 14,1±3.6 años.
Baccino y colaboradores (1999) verificaron 7 métodos de estimación de edad en una
muestra de 19 individuos adultos de origen francés, entre ellos: Lamendin, sínfisis púbica
(Suchey-Brooks), cuarta costilla (Iscan, Iscan y Loth), remodelación cortical del fémur
(Kerley), el promedio matemático de los cuatro métodos anteriores, el procedimiento de dos
pasos (se usa la edad por Suchey-Brooks si la sínfisis púbica se ubica dentro de las tres
primeras fases, si es mayor se aplica Lamendin), el enfoque global, donde cada autor evalúa
la impresión total de acuerdo a su experiencia. Los autores concluyen que la inclusión de
todos los métodos brinda mejores resultados, pero el método simple que arroja menos error
es el de Lamendin. El método histológico observa el mayor margen de error, y los métodos
que aplican el pubis y la costilla presentan las mayores diferencias interobservador.
Por su parte, D. Prince y D. Ubelaker (1999) realizaron una prueba de verificación en
la colección Terry de Estados Unidos, de origen no francés, compuesta por 400 dientes
extraídos de 94 mujeres negroides, 72 mujeres caucasoides, 98 hombres negroides y 95
hombres caucasoides, entre 25 a 99 años de edad. Con base a este análisis los autores
concluyeron que hay que considerar el sexo y los ancestros cuando se emplean los rasgos
dentales del método de Lamendin. El margen de error fue en promedio de 8,2 años, con una
desviación estándar de 6,9, alcanzando mayor precisión en las edades entre 30-69 años, pues
el error es alto en individuos menores de 30 años. El margen de error se reduce cuando se
tienen en cuenta el sexo y los ancestros, para los que hay que generar nuevas fórmulas que
incluyan la altura radicular independientemente de la periodontosis y transparencia
radicular; esta última es el factor de mayor significancia.
El método de Lamendin tiene el inconveniente de que la medición de la altura
gingival es imprecisa en diente seco, pues la recesión puede ocurrir de una manera muy
variable de diente a diente, y puede inclusive estar presente o ausente en todas las piezas
dentarias; por otro lado, la experiencia clínica ha demostrado que la enfermedad periodontal
puede obedecer a otros factores diferentes de la edad, como el cepillado inapropiado, la
salud del paciente, la presencia de bacterias en la cavidad oral y otros agentes (Baccino et al.,
1999).
En población colombiana masculina (Bogotá) se evaluó la validez de la fórmula de
Lamendin, encontrándose que entre 30-59 años el margen de error es aceptable –que es
precisamente la cohorte con el mayor número de víctimas en Colombia-, pero no es aplicable
antes y después de esas edades pues el error se incrementa considerablemente (Tabla 25).
Cuando se emplean dos diferentes modelos nuevos, la estimación de edad mejora en
términos generales, especialmente con el segundo. Según las autoras el primer modelo
explica el 74,34% de la variabilidad de la edad y observa una correlación múltiple de 0.86, la
fórmula deducida es (Escobar y Sanabria, 2002:47):

Edad = 7,16 + 0,67P + 0,72T

Para el segundo modelo se tuvieron en cuenta 69 individuos entre 30-59 años, con un
coeficiente de determinación de 0,34, y una fórmula donde:

Edad = 25,88 + 0,37P + 0,32T

Tabla 25. Margen de error para tres modelos (Escobar y Sanabria, 2002)
Cohorte de edad Lamendin Lamendin Primer modelo Segundo modelo
(n=216) (n=156)
20-29 11,54 11,67 6,55 -
30-39 6,17 6,32 6,93 5,66
40-49 4,10 3,80 6,53 3,52
50-59 7,78 7,47 8,19 7,11
60-69 19,68 13,75 7,47 -
70-79 26,69 19,83 9,82 -
80+ 30,09 27,40 12,54 -
115

En el estudio se encontró que la variable más confiable para la estimación de la edad era la
transparencia radicular, con un coeficiente de correlación de 0,65; para la periodontosis fue
de 0,55. En cuanto a dientes los más confiables fueron el canino superior seguido de los
inferiores.
En otra muestra de 120 incisivos laterales inferiores extraídos de cadáveres de
morgue de Medicina Legal, de los cuales 95 eran masculinos y 25 femeninos, con edad
conocida entre 18 a 70 años, se halló que el error promedio aplicando el método de
Lamendin fue de 13,1 años, pero al aplicar una fórmula de regresión obtuvieron un error
solamente de 1,5 años (Estupiñán y Rodríguez, 2002).

Edad = 3,57344 (T) + 23,2072 (P)½ -0,89451 (LR)

7.6.4. El método de Ikeda et al., (1985)

Hay dos tipos de dentina secundaria: una que se forma continuamente en la medida que se
incrementa la edad, conocida como dentina secundaria regular, y otra irregular o terciaria
que ocurre como resultado de condiciones patológicas. En la primera los túmulos dentinales
se disponen regularmente, mientras que en la segunda hay menor cantidad de túmulos
dispersos irregularmente. En tanto que la dentina secundaria regular se deposita en grandes
cantidades en la cavidad pulpar, más que en la raíz, algunos autores consideran que la edad
es el principal factor influyente, más que la atrición u otras irritaciones (Fig. 45). Usando
radiografías panorámicas, los japoneses Ito e Ikeda y colaboradores (1985; citados por
Drusini et al., 1997), al igual que un equipo de italianos (Drusini et al., 1997) encontraron un
alto coeficiente de correlación entre la edad y el índice de la corona dental (TCI), que para el
caso de la muestra italiana alcanzó -0.92 para los molares masculinos, con un margen de
error de ±5 años en el 81.4% de los casos.

Figura 45. Medición de la altura coronal (CH) y la altura de la cavidad pulpar coronal (CPCH) entre líneas
trazadas por distal (D) y mesial (M) del esmalte, en radiografía panorámica de M2 y P1 derechos (Drusini
et al., 1997).

Según la fórmula propuesta:

Edad = 77,617 – 1,4636 x TCI


TCI = CPCH x 100/CH
Este método tiene la ventaja de que es fácil de aplicar, no es intrusivo, posee un reducido
error interobservador y es aplicable para ambos sexos y para cualquier edad una vez
erupcionan los dientes.

7.6.5. La racemización del ácido aspártico

La racemización de los aminoácidos de los tejidos vivos es una reacción primaria


reversible, relativamente rápida, que posee una tasa metabólica lenta. Los aminoácidos
que componen las proteínas son L-enantiomeros, pero con el transcurso del tiempo
sufren racemización incrementando la proporción D-enantiomeros, transformándose en
un racimo. El ácido aspártico observa una alta reacción racemizadora por lo que
suministra información importante sobre los cambios que sufren los tejidos vivos con el
tiempo. La proporción entre ácidos aspárticos D y L o índice D/L estudiada en cortes de 1
mm de espesor de incisivos de edad y sexo conocidos, tanto para dentina, cemento y
esmalte, muestran una correlación lineal con la edad cronológica de 0,992, 0,988 y 0,961,
respectivamente, por lo que este método se convierte en un estimativo de alta precisión,
especialmente del cemento dental, aunque costoso, intrusivo y puede ser afectado por las
condiciones de temperatura post mortem (Ohtani y Yamamoto, 1991; Ohtani, 1995).

7.7. Sinostosis de las suturas craneales

Figura 46. División de las suturas craneales.

Las suturas son las líneas divisorias de los huesos craneales; en estado infantil y juvenil se
aprecian muy bien por cuanto están completamente abiertas; en la edad adulta se van
obliterando paulatinamente hasta su completa sinostosis en la vejez (Figura 46). Además de
este proceso natural, el material óseo enterrado bajo tierra puede sufrir modificaciones en
virtud del grado de acidez o salinidad del suelo (Genovés 1962). Algunos autores (McKern y
Stewart, Singer, Brooks; citados por Meindl y Lovejoy, 1985:57-66) han desestimado el uso
del grado de obliteración sutural como un indicativo de edad por considerar errático el
117

proceso de sinostosis. No obstante, Meindl y Lovejoy (1985) han considerado su utilidad en


calidad de indicador independiente de edad siempre y cuando se le combine
sistemáticamente con otros elementos diagnósticos. Igualmente continúa la discusión sobre
el grado de incidencia del sexo y filiación poblacional en el proceso de obliteración.
L. Dérobert y G. Fully (1960) analizaron la obliteración de las suturas por la cara
ectocraneal, siguiendo la escala de Broca, de 480 cráneos de sujetos entre 15 y 65 años de
sexo masculino, de origen europeo, inhumados después de la liberación del campo de
concentración de Mauthausen. De ellos 215 cráneos presentaban obliteración de las
suturas, mientras que 265 la observaban abiertas. Entre los 20-25 años de edad se cierra
la porción S3 de la sutura sagital. Entre los 25-30 años, además la porción S4, y
parcialmente la S2. Entre los 30-35 años, se cierran totalmente las porciones S2, S3, S4, y
parcialmente la S1. Entre los 35-40 años, además de la obliteración completa de la sutura
sagital, en sus porciones S1, S2, S3 y S4, se oblitera la porción C3 de la sutura coronal. De
esta manera, los 40 años parecen señalar un evento importante en el proceso de cierre
sutural (Figura 47).

Figura 47. Obliteración de las suturas entre 20 y 40 años (Dérobert y Fully, 1960:163).

Entre los 40-45 años se obliteran parcialmente las porciones C1 y L1 de la sutura


lambdoidea. Entre 45-50 años se cierran completamente las porciones L1, L2 y C1. Los
autores establecieron que hacia los 50 años las suturas estaban cerradas casi en un 100%,
aunque hacia los 43 años algunos individuos manifestaban sinostosis. Entre los 50-55 años
las suturas superiores, entre ellas la sagital, lambdoidea y coronal están totalmente
obliteradas, aunque las escamas del temporal permanecen abiertas. Hacia los 55-65 años,
estas últimas, es decir el sistema lateral, se cierra completamente (Figura 48).
El método de Acsádi y Nemeskéri (1970; Massot, 1989) es uno de los más difundidos
en Europa. Los autores estudiaron una muestra de 285 cráneos de cadáveres disecados de
Budapest, Hungría, observando la secuencia de obliteración de la escala de Martin (0 abierto,
1 cierre incipiente, 2 cierre en proceso, 3 cierre avanzado, 4 cierre total) en la cara
endocraneal de los segmentos de ambos lados de las suturas sagital (S1, S2, S3, S4), coronal
(C1, C2, C3), lambdoidea (L1, L2, L3); con estos datos se calcula el EnCl (Índice de cierre
endocraneal) dividiendo el valor total por 16, convirtiendo los datos suturales en edad
cronológica mediante una tabla.

Figura 48. Obliteración de suturas entre 40-65 años (Dérobert, Fully, 1960:164).

Claude Masset (1989) analizó 849 cráneos portugueses de la colección Ferraz de


Macedo de Lisboa y de Coimbra. Al igual que Acsádi y Nemeskéri observó el cierre
endocraneal de segmentos suturales, pero promediando ambos lados, la tabla de conversión
es similar a la de los mencionados autores. Posteriormente analizó la variación de las suturas
en relación con aspectos demográficos, planteando que el grado de sinostosis depende de la
esperanza de vida, siendo menor en poblaciones prehistóricas y mayor en las
contemporáneas; en los braquicráneos las suturas se cierran en menor grado que en
dolicocráneos. A pesar de las críticas, plantea que su uso para estimar la edad no es
completamente desacertado, pues se puede obtener información con aproximadamente 8,7
años de error en la tabla externa y 11,8 años para la interna (Tabla 26).
Al emplear solamente las suturas coronal, sagital y lambdoidea, las divide
respectivamente en 3, 4 y 3 segmentos respectivamente y se obtiene el promedio mediante
la fórmula -la fórmula de regresión depende de la esperanza de vida y del sexo-:
119

S = (C1+C2+C3+S1+S2+S3+S4+L1+L2+L3)/10

El grado de obliteración que sigue es el propuesto de Broca:

0: Suturas completamente abiertas


1: Cierre que afecta más o menos ¼ del segmento observado.
2: Sinostosis que afecta más o menos la mitad del segmento.
3: Afecta aproximadamente ¾ del segmento.
4: Sinostosis total.
Tabla 26. Fórmulas para estimar edad cronológica según la esperanza de vida (Masset, 1989)

e° (Tabula externa) Sexo Fórmula


25 años M -3,.9S² + 21,4S + 31,3
F -3,4S² + 18,4S + 38,7
30 años M -4,3 S² + 23,2S + 31,1
F -3,8S² + 19,1S + 41,1
40 años M -4,9S² + 24,7S + 34,2
F -3,4S² + 16,8S + 47,3
60 años M -5,6S² + 26,3S +40,9
F -2,9 S² + 12,3S + 60,7
Población estándar M -4,4 S² + 22,9s + 30,4
F -2,9S² + 16,3S + 39,1

Meindl y Lovejoy (1985) estudiaron 261 individuos (130 masculinos y 131 femeninos)
de la colección Hamman-Todd del Cleveland Museum of Natural History, recolectados a
principios del siglo XX, de edad estimada –no conocida cronológicamente-. Usando una
escala de 0-3 seleccionaron una región específica de 1 cm de longitud alrededor del punto a
observar, apreciando el grado de cierre sutural a trasluz, prefiriendo la tabla externa
(ectocraneal) por cuanto la actividad de obliteración es más rápida a nivel interno
(endocraneal). En la bóveda craneal emplearon 7 puntos (midlambdoideo, lambda, obelion,
sagital anterior, bregma, midcoronal, pterion), 3 en el sagital anterior (esfenofrontal,
esfenotemporan inferior, esfenotemporal superior) (Fig. 49).
Según los coeficientes de correlación los puntos pterion, esfenofrontal,
midlambdoideo y lambdoideo son los que más se relacionan con el incremento de la edad. El
punto pterion parece ser el mejor indicador del advenimiento de la década de los 40 años; el
esfenotemporal refleja procesos característicos de las edades superiores a esta década; el
obelion exhibe una actividad temprana en la mayoría de los casos; el punto esfenofrontal
inicia su obliteración después del midcoronal (Meindl y Lovejoy, 1985: 61). En general el
sistema lateral anterior constituye el mejor indicador de la edad de un cráneo (Tabla 27).
Cuando un espécimen presenta obliteración completa de sus suturas se debe verificar su
edad utilizando otros indicadores del esqueleto poscraneal. El sexo y la filiación poblacional
contribuyen con sesgos insignificativos en el diagnóstico de la edad.
Figura 49. Puntos craneométricos para estimar la sinostosis sutural (Meindl y Lovejoy, 1985).
Tabla 27. Determinación de la edad según el sistema lateral anterior (Meindl y Lovejoy, 1985: tabla 6).

7.7.1. El método de observación

Se selecciona una región específica de 1 cm. de longitud alrededor del punto a observar,
apreciando el grado de cierre sutural a trasluz, prefiriendo la tabla externa (ectocraneal) por
cuanto la actividad de obliteración es más rápida a nivel interno (endocraneal). Los siguientes
son los grados de sinostosis (Fig. 49):

Puntaje No. Edad DS DM Rango Rango


media interdecil
0 42 -43-50
1 18 32,0 8,3 6,7 21-42
19-48
2 18 36,2 6,2 4,8 29-44
25-49
3, 4, 5 56 41,1 10,0 8,3 28-52
23-68
6 17 43,4 10,7 8,5 30-54
23-63
7, 8 31 45,5 8,9 7,4 35-57
32-65
9, 10 29 51,9 12,5 10,2 39-69
33-76
11, 12, 13, 14 24 56,2 8,5 6,3 49-65
34-68
15 (cerrada) 1
236
Grado 0. Abierto. No hay evidencia de cierre ectocraneal (tabla externa).
Grado 1. Sinostosis mínima. Formación de un puente óseo mínimo alrededor de la sutura
que puede alcanzar hasta el 50% de sinostosis del área.
Grado 2. Sinostosis significativa. Grado marcado de obliteración aunque sin alcanzar el cierre
completo.
Grado 3. Obliteración completa; fusión total del área.
121

7.7.2. Sistema de la caja craneal

1. Midlambdoideo. Punto medio de cada mitad de la sutura lambdoidea en la pars


intermedia.
2. Lambda. Pars lámbdica en la intersección de la sutura sagital y lambdoidea.
3. Obelion. Intersección de la línea trasversa que une los dos agujeros parietales con la sutura
sagital.
4. Sagital anterior. Punto en la intersección del tercio anterior y dos tercios posteriores de la
sutura sagital.
5. Bregma. Intersección de las suturas sagital y coronal.
6. Midcoronal. Punto medio en cada mitad de la sutura coronal.
7. Pterion. Intersección de las sutura parietoesfenoidal con la coronal; región en la porción
superior del ala mayor del esfenoides.

7.7.3. Sistema lateral anterior (incluye también los puntos midcoronal y pterion).
8. Esfenofrontal. Punto medio en la sutura esfenofrontal.
9. Esfenotemporal inferior. Punto de la sutura esfenotemporal que se forma en la
intersección con la línea que une ambos tubérculos articulares de la unión
temporomandibular.
10. Esfenotemporal superior. Punto en la sutura esfenotemporal ubicado a 2 cm. debajo de
su articulación con el hueso parietal.
Tabla 28. Determinación de la edad según el sistema de la bóveda craneal (Meindl y Lovejoy, 1985: Tabla
7).

Puntaje No. Edad DS DM Rango Rango


media interdecil
0 24 -35 -49
1, 2 12 30,5 9,6 7,4 19-44 18-45
3, 4, 5, 6 30 34,7 7,8 6,4 23-45 22-48
7, 8, 9, 10, 11 50 39,4 9,1 7,2 28-44 24-60
12, 13, 14, 15 50 45,2 12,6 10,3 31-65 24-75
16, 17, 18 31 48,8 10,5 8,3 35-60 30-71
19, 20 26 51,5 12,6 9,8 34-63 23-76
21 13 43- 40-
236

El estudio de una muestra de cementerio y de morgue de Bogotá integrada por 100


individuos de distintas edades, aunque con sobre representación de edades superiores a 60
años y sobre representación de cohortes entre 35-55 años. Aplicando el método de Meindl y
Lovejoy (1985) la autora (Ramos, 2003) encontró que el sistema de la bóveda craneal resultó
más confiable que el lateral, y los puntos obelion, pterion y esfenofrontal son los que más se
relacionan con la edad, es decir, a mayor puntaje mayor edad. Exceptuando la cohorte de 40-
44 años, en general se aprecia un incremento del puntaje valorado entre 0-3 para todas las
edades (Tabla 29).
Tabla 29. Grado de obliteración de las suturas de la bóveda craneal por cohortes de edad en una
muestra de Bogotá (Ramos, 2003).

Cohorte Número Puntaje


15-19 7 0,06
20-24 10 0,5
25-29 9 0,9
30-34 13 1,2
35-39 7 1,6
40-44 7 1,2
45-49 8 1,7
50-54 2 2,0
55-59 7 2,1
60+ 17 2,2

7.8. La terminación esternal de las costillas

La extremidad esternal de las costillas es el único hueso en el tórax que posee una extensa
aplicación en la estimación de la edad y su grado de exactitud ha sido verificado en
individuos de distintas edades, desde adolescentes hasta ancianos. Su posición anatómica, el
carácter de su estructura y la función que desempeña en el tórax convierten a las costillas en
un excelente indicador de edad, tanto de la cuarta costilla (Loth e Iscan, 1989) como de la
primera (DiGangi et al., 2009).
Los cambios morfológicos utilizados en la evaluación de la metamorfosis de las
costillas son los siguientes: 1. El borde inicialmente es suave, con indentación amorfa y tejido
sólido. 2. La fosita articular se inicia con forma en V y paredes suaves y onduladas. 4. La
transición a una superficie con forma en U se completa con signos tempranos de porosidad,
aunque los bordes continúan siendo regulares y redondeados. 6. Surgen proyecciones
superiores e inferiores acompañadas de una superficie rugosa, porosa y de bordes
erosionados y agudos. 8. La textura se torna frágil, ligera y deteriorada, extremadamente
irregular por la deposición de hueso perióstico sobre el cartílago costal, frecuente en
individuos de más de 70 años de edad. Según la metamorfosis observada en la profundidad
de la articulación costal, la forma, la configuración del borde y paredes y la condición total de
la misma se propusieron 9 fases (0-8) de progresión distribuidas en 7 décadas, diferentes en
ambos sexos (Loth e Iscan, 1989:106-118).

7.8.1. Caucasoides masculinos (Fig. 50, 51)

Fase 0 (hasta 16 años). La superficie articular es aplanada u ondulada con un aro regular y
bordes redondeados. El hueso es suave, firme y sólido.
123

Fase 1 (17-19 años). Muestra el inicio de una indentación amorfa en la superficie articular,
aunque puede persistir el ondulado. El reborde es redondeado y regular; en algunos casos
pueden aparecer festones en los bordes. El hueso continúa siendo firme, suave y sólido.

Fase 2 (20-23 años). La fosita articular se torna profunda y configura una V en las paredes
anteriores y posteriores; éstas son gruesas y suaves con un reborde festoneado o ligeramen-
te ondulado y bordes redondeados. El hueso es firme y sólido.

Fase 3 (24-28 años). La profundización de la fosita conduce a una U angosta o moderada. Las
paredes continúan siendo claramente gruesas con bordes redondeados; puede presentarse
algún festoneado pero el borde empieza a ser más irregular. El hueso permanece totalmente
firme y sólido.

Fase 4 (26-32 años). La profundidad de la fosita se incrementa pero continúa siendo una U
angosta o moderadamente ancha; las paredes son más delgadas pero los bordes
permanecen redondos. El reborde es más irregular con muestras de festoneado no uniforme.
Hay un decrecimiento en el peso y firmeza del hueso, sin embargo, la calidad general del
mismo continúa siendo buena.

Fase 5 (33-42 años). Se observa poco cambio en la profundidad de la fosita, excepto que su
forma es predominantemente una U de anchura moderada. Las paredes siguen
adelgazándose y los bordes se tornan agudos. Se incrementan las irregularidades en el
reborde; desaparece completamente el patrón de festoneado y es remplazado por
proyecciones óseas irregulares. La condición del hueso es bastante buena, sin embargo hay
algunos signos de deterioro con evidencias de porosidad y pérdida de densidad.

Fase 6 (43-55 años). La fosita se hace notoriamente profunda, conforma una U ancha; las
paredes son delgadas con bordes agudos. El reborde es irregular y evidencia algunas
proyecciones óseas largas que se pronuncian con más frecuencia en los bordes superiores e
inferiores. El hueso se torna perceptiblemente ligero en peso, delgado, más poroso,
especialmente en el interior de la fosita.

Fase 7 (54-64 años). La fosita es profunda, conforma una U ancha o muy ancha; las paredes
son delgadas y frágiles con bordes agudos e irregulares y proyecciones óseas. El hueso es
ligero en peso, frágil, evidentemente poroso con deterioro significativo en su calidad.

Fase 8 (65 y más años). En esta fase final la fosita es muy profunda y conforma una amplia U;
en algunos casos no se aprecia el piso de la misma o está relleno de proyecciones óseas. Las
paredes son extremadamente delgadas, frágiles y quebradizas, con bordes muy irregulares y
agudos acompañados de proyecciones óseas. El hueso es muy liviano, delgado, frágil, friable
y poroso. Algunas veces se forman "ventanas" en las paredes.
7.8.2. Caucasoides femeninos (Fig. 52, 53)

Fase 0 (hasta 13 años). La superficie articular es casi plana, con crestas u ondulado. La
superficie externa de la extremidad esternal de la costilla tiene en el borde algo similar a una
capa de hueso. El reborde es regular, con bordes redondeados; el hueso en sí es firme, suave
y muy sólido.

Fase 1 (14-15 años). Se puede apreciar el inicio de una indentación amorfa en la superficie
articular. Pueden estar presentes crestas u ondulado. El reborde es redondeado y regular con
un poco de ondulado en algunos casos. El hueso permanece sólido, firme y suave.

Fase 2 (16-19 años). La fosita es considerablemente más profunda y ha asumido una forma
en V entre las paredes anteriores, gruesas y suaves, y las posteriores. Pueden permanecer
algunas crestas u ondulado en la parte interna de la fosita. El reborde es ondulado con algún
inicio de festoneado hasta formar un borde redondeado. El hueso es firme y sólido.

Fase 3 (20-24 años). Si se llega a presentar crecimiento en la profundidad de la fosita


articular, este es ligero, pero la forma en V se torna más ancha y en algunas ocasiones se
aproxima a una angosta U cuando las paredes se hacen un poco delgadas. Los bordes
anteriormente redondeados evidencian ahora un regular patrón de festones. En esta fase las
paredes anteriores y posteriores pueden empezar a exhibir un arco óseo central y semicircu-
lar. La costilla es firme y sólida.

Fase 4 (24-32 años). Hay un notable incremento en la profundidad de la fosita que adquiere
una amplia V o una angosta U, algunas veces con bordes acampanados. Las paredes son más
delgadas, pero el reborde permanece redondeado. Aun se aprecia algo de festoneado a lo
largo del arco central; sin embargo, los festones no están tan bien definidos y los bordes
semejan algo gastados. La calidad del hueso es algo buena pero decrece en densidad y
firmeza.

Fase 5 (33-46 años). La profundidad de la fosita permanece estable pero el adelgazamiento


de las paredes se va ensanchando hasta adquirir la forma de una amplia V o una U. En
algunos casos se observa que parte de la fosita es revestida por un depósito en forma de
placa, suave y duro. No se evidencia festoneado regular y el borde empieza a angularse. El
reborde se hace más irregular, pero el arco central es aun la proyección más prominente. El
hueso es notablemente más ligero en peso, densidad y firmeza; la textura es algo
quebradiza.

Fase 6 (43-58 años). Se nota un incremento en la profundidad de la fosita y su forma en V o U


se amplía en virtud del pronunciamiento del acampanamiento de la extremidad. El depósito
en forma de placa puede estar presente pero es rugoso y más poroso. Las paredes son
totalmente delgadas con bordes agudos y aro irregular. El arco central es menos visible y en
muchos casos se proyectan puntos agudos en el reborde de la extremidad esternal. El hueso
es completamente delgado y frágil con algunos signos de deterioro.
125

Fase 7 (59-71 años). En esta fase la profundidad de la predominante forma en U acampanada


de la fosita no solamente no muestra incremento sino que decrece ligeramente. Se asoman
irregularidades óseas del interior de la fosita. El arco central aun permanece en algunos casos
pero está acompañado de puntos proyectados, frecuentemente en los bordes superior e
inferior, y puede ser evidente alrededor del reborde. Las paredes son muy delgadas y tienen
bordes agudos. El hueso es muy liviano, delgado, quebradizo y frágil, con marcado deterioro
en la parte interna de la fosita.

Fase 8 (más de 70 años). En esta fase final el fondo de la fosita en forma de U es


relativamente poco profundo, muy deteriorado o completamente erosionado; algunas veces
está relleno de excrecencias óseas. El arco central es poco reconocible. Las paredes son
extremadamente delgadas, frágiles, con reborde irregular y agudo y frecuentemente con
proyecciones óseas en los bordes inferior y superior. Algunas veces se forman "ventanas" en
las paredes. El hueso presenta condiciones muy pobres, extremadamente delgado, liviano en
peso, quebradizo y frágil.
Según Loth e Iscan (1989:115) existen diferencias marcadas entre caucasoides y
negroides, tanto en morfología, tamaño de las costillas y el ritmo de cambio con la edad. En
los negroides se observa una mayor osificación en los jóvenes aparentando más edad; en
individuos negroides de edad avanzada, al contrario, se conserva una condición más joven
que en caucasoides.
Existen otros factores que pueden afectar el nivel de precisión. Aunque se ha
seleccionado para su observación la cuarta costilla derecha, en los casos en que no se
disponga de ésta hay que recurrir a otro lado y posición de costillas. Según los autores
mencionados no existen diferencias de lado; las costillas tercera y quinta son las que
frecuentemente encajan dentro de las fases de la cuarta, aunque algunas veces puede
presentarse una diferencia de una fase; excepto por la primera costilla, la segunda a
séptima se aproximan a la misma fase de la cuarta, siempre y cuando no se tengan en
cuenta las proyecciones superior e inferior. Finalmente existe una gran dificultad para
aplicar este sistema evaluativo de edad cuando las condiciones de preservación del
material óseo son muy precarias, particularmente en yacimientos arqueológicos.
César Sanabria (1998) analizó 211 muestras de morgue del Instituto de Medicina
Legal de Bogotá (Fig. 54 a 63), estableciendo que a grandes rasgos el método de Loth-
Iscan es aplicable en población colombiana, pero en lo concerniente a fases específicas su
aplicación varía. A resultados similares llegaron Germán E. Martínez (1998) en una
muestra de Pasto y María V. Pérez (1998) en otra de Medellín (n=90). Se observa una gran
variabilidad intragrupal, dentro de las mismas cohortes de edad, y según el grosor de la
superficie esternal; también parece tener incidencia la profesión del individuo, pues se
observa que los conductores reflejan mayor edad biológica (Tabla 30).
Las fases 2, 4 y 7 son las que presentan las mayores dificultades quizás por el
traslapo de edad en la conformación de los intervalos. El porcentaje de inclusión,
exceptuando la primera fase, es menor al 50% lo que significa que su aplicación arroja
serias dudas sobre poblaciones colombianas, ameritando un estudio más amplio en donde
se tenga en cuenta la profesión de los occisos objeto de muestra y la configuración de la
misma superficie articular.
Tabla 30. Análisis de la edad por costilla según método de Loth-Iscan en una muestra bogotana
(Sanabria, 1998).
Fase Intervalo Tamaño Coeficiente %
r acierto
0 0-16 6 0.93 70.0
1 17-19 7 0.42 27.5
2 20-23 10 0.42 18.2
3 24-28 22 0.43 50.0
4 26-32 39 0.16 30.3
5 33-42 49 0.46 50.0
6 43-55 46 0.54 45.2
7 54-64 18 0.47 39.3
8 65+ 14 0.35 52.8
Total 211 0.46 42.6

Mientras que para Pasto y Medellín se plantea que las fases de Loth-Iscan son aplicables a
grandes rasgos, especialmente entre los 17-19 y 28-32 años, para Bogotá las conclusiones
son inciertas. En el ámbito histomorfométrico si bien el nivel de asociación es significativo,
hay grandes diferencias a nivel individual (Trujillo, 2000).
127

Figura 50. Fases 0 a 5 para


individuos masculinos (Loth,
Iscan, 1989).

Figura 51. Fases 6 a 8 para individuos masculinos (Loth, Iscan, 1989).


Figura 52. Fases 0 a 5 para
individuos femeninos (Loth, Iscan,
1989).

Figura 53. Fases 6 a 8 para individuos femeninos (Loth, Iscan, 1989).


129

Figura 54. Costillas masculinas bogotanas entre 15-19 años, superficie ondulada, ligera depresión cuando
el borde es angosto, reborde redondeado y regular.

Figura 55. Costillas masculinas bogotanas entre 20-24 años, fosita más profunda, paredes gruesas,
reborde ligeramente festoneado.

Figura 56. Costillas masculinas bogotanas entre 25-29 años, fosita más profunda en V, paredes más
delgadas, reborde irregular.

Figura 57. Costillas masculinas bogotanas entre 30-34 años, fosita ligeramente en U, paredes adelgazadas
en las puntas, reborde más irregular.

Figura 58. Costillas masculinas bogotanas entre 35-39 años, fosita en U de anchura y profundidad
moderada, reborde irregular, en algunas aparecen proyecciones irregulares.
Figura 59. Costillas masculinas bogotanas entre 40-44 años, fosita en U más ancha, pared en la parte
media proyectada con borde irregular.

Figura 60. Costillas masculinas bogotanas entre 45-49 años, fosita en U ancha, paredes con proyección
irregular en la parte media y en algunas en los extremos.

Figura 61. Costillas masculinas bogotanas entre 50-54 años, fosita notoriamente profunda, proyecciones
irregulares en los extremos más frecuentes.

Figura 62. Costillas masculinas bogotanas entre 55-59 años, paredes delgadas, irregulares en la parte
media y en los extremos.
131

Figura 63. Costillas masculinas bogotanas entre 60-64 años, bordes muy irregulares y proyectadas,
paredes muy delgadas.

7.9. La sínfisis púbica

Ya en 1920 T. W. Todd había señalado la utilidad de la sínfisis púbica para estimar la edad,
tanto en casos arqueológicos como forenses. El grado de protección que permite la buena
conservación de la sínfisis púbica en huesos bajo tierra, la claridad en la apreciación de su
metamorfosis y su propia conformación que la convierten en una especie de epífisis ósea
hacen que esta porción de la pelvis posea una gran popularidad en los estudios de
antropología biológica.
No obstante, el mismo Todd advirtió sobre las imprecisiones en la aplicación de este
sistema de evaluación de la edad, sugiriendo que es más preciso para los intervalos entre 20
a 40 años y por tanto se debe utilizar con precaución y nunca como único criterio de edad. Al
aplicarse con otros criterios de todo el esqueleto puede brindar un margen de error de
aproximadamente 5-10 años. Estudios posteriores han evidenciado las fallas y las dificultades
en la utilización del sistema de 10 fases introducido por Todd (Krogman e Iscan 1986; Meindl
et al., 1985; Brooks y Suchey, 1990).
Así, Brooks (1950) encontró una sobrestimación de la edad especialmente en la
tercera (20-30 años) y cuarta (30-40 años) década. Como resultado, Brooks modificó los
límites de edad de Todd proponiendo una disminución de las fases V-VIII en tres años.
McKern y Stewart (1957) percibieron dificultades en la aplicación del método en material
óseo de personal militar muerto en la guerra de Corea. Por tal razón, desarrollaron un
sistema de tres componentes: dorsal, ventral, borde sinfisial. Sin embargo, éste último
presenta dificultades por haber sido diseñado exclusivamente para material caucasoide
masculino y joven, además, que no fue verificado en poblaciones de edad conocida. Gilbert y
McKern (1973) diseñaron un modelo de tres componentes para series femeninas. Suchey
(1979) halló imprecisiones especialmente en la edad entre los 20-40 años de edad.
Al aplicar el método de seriación (selección de series de fases típicas de cada estadio
en la metamorfosis cronológica de una superficie) y el sistema de 10 fases de Todd, se
encontró buena aplicabilidad una vez introducidas ciertas modificaciones. Los mayores
errores se evidencian en edades superiores, particularmente en virtud de la variación
individual a partir de la cuarta década (30-40 años). Aunque no se conocen los efectos del
componente poblacional y sexual el margen de error a juzgar por los estudios de Meindl y
colaboradores (1985:32) se incrementa en las categorías superiores del sexo femenino. En la
revisión de la colección de Libben, Ohio, Estados Unidos, R. S. Meindl y colaboradores (2008)
encontraron dificultades en el uso de la sínfisis púbica, pues su metamorfosis se evalúa según
la aparición tardía de la rampa ventral, aproximadamente hacia los 30 años de edad, siendo
de poca utilidad para edades posteriores; como resultado, los valores para edades superiores
se subestima, y, la reciente revisión empleando otros métodos de estimación de edad
incrementó en aproximadamente 5 años la edad promedio de los adultos.

7.9.1. La sínfisis púbica según McKern y Stewart (1957)

En 1957 McKern y Stewart evaluaron el sistema de Todd a partir de nueve detalles


morfológicos de la sínfisis púbica propuestos por el autor: 1. Las crestas y surcos; 2. El borde
dorsal; 3. El borde ventral; 4. La extremidad inferior; 5. El nódulo de osificación superior; 6.
La extremidad superior; 7. La rampa ventral; 8. El plano dorsal; 9. El aro sinfisial.
Los autores establecieron que las crestas y sus surcos delimitadores están divididos a
su vez por una cresta o surco longitudinal que dibuja dos mitades, denominadas semicara
dorsal y semicara ventral. Por tanto, la obliteración de las crestas y surcos no se considera un
rasgo independiente. Además, los rasgos 4 y 2, 6 y 3, y 5 y 7 están relacionados entre sí,
formando pares, y todos estos seis rasgos pueden ser incluidos en la descripción de las dos
semicaras. Igualmente los detalles 2 y 8, 3 y 7, se relacionan en pares y forman parte del
complejo de semicaras. Finalmente, el rasgo 9, el aro sinfisial, se considera rasgo diferente
(Krogman e Iscan, 1986:156). Como resultado de esta revisión McKern y Stewart propusieron
una combinación de tres componentes y cada uno de ellos con cinco fases de desarrollo.

7.9.1.1. Componente I. Rampa dorsal

Fase 0. Ausente el borde dorsal.


Fase 1. Aparece una ligera margen en el tercio medio del borde dorsal.
Fase 2. La margen dorsal se extiende a lo largo de todo el borde dorsal.
Fase 3. Se rellenan las crestas y hay reabsorción de los surcos hasta formar un plano
(plateau) inicial en el tercio medio de la semicara dorsal.
Fase 4. El plano aún exhibe vestigios de ondulado y se extiende en la mayor parte sobre la
semicara dorsal.
Fase 5. Desaparece completamente el ondulado y la superficie de toda la semicara se aplana
y se torna de una textura ligeramente granular.

7.9.1.2. Componente II. Rampa ventral

Fase 0. Ausente el biselado ventral.


Fase 1. El biselado ventral está presente solamente en el borde ventral superior.
Fase 2. El biselado se extiende inferiormente a lo largo del borde ventral.
Fase 3. La rampa ventral se inicia a instancias de las extensiones óseas de una o ambas
extremidades.
133

Fase 4. La rampa se extiende aunque quedan vacíos aún evidentes a lo largo del borde
ventral inicial, pero más evidente en los dos tercios superiores.
Fase 5. Se completa la rampa.

7.9.1.3. Componente III. Reborde o aro sinfisial

Fase 0. Aro sinfisial ausente.


Fase 1. El aro sinfisial se presenta parcialmente, generalmente en el extremo superior de la
margen dorsal; es redondeado y suave en textura y ubicado por encima de la superficie
sinfisial.
Fase 2. El reborde dorsal se completa y el ventral se empieza a conformar. No existe un sitio
particular de inicio.
Fase 3. Se completa el reborde sinfisial. La superficie sinfisial abarcada es de granulado fino
en textura e irregular u ondulada en apariencia.
Fase 4. El aro comienza a descontinuarse, la cara se torna suave y aplanada y el aro ya no es
redondeado aunque de forma aguda. Hay alguna evidencia de labiación en el borde ventral.
Fase 5. Se continúa el rompimiento del aro, especialmente a lo largo del borde ventral
superior. La cara sinfisial pierde densidad. La osificación se descompone y se torna errática a
lo largo del aro ventral.
Gilbert y McKern (1973) sugirieron que las diferencias en la metamorfosis de la sínfisis
púbica eran más acentuadas que las indicadas por Todd (Ubelaker, 1989:58). Al aplicar la
fórmula de Todd en 103 individuos de edad conocida establecieron que los estándares
masculinos sobrestiman la edad de las muestras femeninas. Además, las fases son diferentes
al utilizar distintas partes de la sínfisis. Así, las mujeres de la misma edad aparentan 10 años
más jóvenes al aplicar la rampa ventral y 10 años mayores al utilizar el plano dorsal. Por tal
razón, Gilbert y McKern emplearon los mismos componentes de McKern y Stewart, cada uno
con seis fases de desarrollo.

7.9.1.4. Componente I. Semicara dorsal

Fase 03. Las crestas y surcos son bien evidentes; las primeras están onduladas y el borde
dorsal es indefinido.
Fase 1. Las crestas empiezan a aplanarse, los surcos a rellenarse; se inicia un borde dorsal
aplanado en el tercio medio de la semicara.
Fase 2. La semicara dorsal se extiende ventralmente, se ensancha y continúa el
aplanamiento; el margen dorsal se extiende en sentido superior e inferior.
Fase 3. La semicara dorsal es bastante suave; el margen puede ser angosto o no diferenciarse
de la cara.
Fase 4. La semicara es completa y continua; es ancha y de un grano muy fino; puede exhibir
vestigios de ondulado.
Fase 5. La semicara se llena de hoyuelos y se torna irregular por la pérdida de densidad.
7.9.1.4.
Componente II. Rampa ventral

Fase 0. Las crestas y surcos son evidentes. Toda la semicara está angulada hacia la semicara
dorsal.
Fase 1. Los surcos de la semicara ventral empiezan a rellenarse en sentido inferior, formando
una rampa angulada expandida, cuyo borde lateral es distinguible. La línea curva se extiende
a lo largo de la sínfisis.
Fase 2. Continúa el relleno de los surcos y la expansión de la semicara tanto de la extremidad
superior e inferior. La rampa se extiende lateralmente a lo largo del borde ventral.
Fase 3. Casi cerca de un tercio de la semicara ventral se ha rellenado de tejido óseo granular.
Fase 4. La rampa ventral presenta una superficie granular fina, ancha, completa, desde la
cresta púbica hasta la rama inferior.
Fase 5. La rampa ventral puede empezar a descomponerse, adoptando una apariencia muy
ahuecada y probablemente esponjosa, como consecuencia de la pérdida de densidad.

7.9.1.5. Componente III. Aro sinfisial

Fase 0. El aro está ausente.


Fase 1. El aro o reborde se inicia en el tercio medio de la superficie dorsal.
Fase 2. Se completa la parte dorsal del aro sinfisial.
Fase 3. El aro se extiende desde las extremidades superior e inferior de la sínfisis hasta que se
completa casi un tercio del aspecto ventral.
Fase 4. Se completa el aro sinfisial.
Fase 5. Se puede descomponer el margen ventral de la semicara dorsal, formando
interrupciones en el reborde, o este puede redondearse de tal manera que ya no existe una
clara línea divisoria entre la semicara dorsal y la rampa ventral.
La decadencia del pubis como fuente indicativa de edad se señaliza por lo cambios
degenerativos que acompañan a la sínfisis púbica, y que incluye la obliteración, la fusión y el
remodelado final de la superficie; comprendiendo además las cavidades dorso-sinfisiales y la
fosita espiral. Aquí surgen serias dificultades para asociar adecuadamente estos cambios
degenerativos con la edad; con el incremento de la edad su diagnóstico se hace cada vez más
difícil. Además, el tamaño del pubis juega también un papel importante: entre más amplia
sea la superficie, mayor apariencia juvenil tendrá el espécimen; al contrario el pubis pequeño
y grácil aparentará mayor edad. Los primeros cambios degenerativos toman lugar en el
borde dorsal siendo quizá el área de mayor información, relacionada además por los cambios
ocurridos durante el parto. La formación de hoyuelos en la superficie del hueso puede estar
acompañada de porosidad extendida o de erosión osteopénica; este último proceso se
manifiesta solamente en mujeres con osteoporosis posmenopáusica.

7.9.2. La sínfisis púbica según Suchey y Brooks (1990)

Las fases diseñadas inicialmente por S. Brooks en 1955 fueron modificadas posteriormente
por J. M. Suchey sobre la base del estudio de 1.225 huesos púbicos de individuos autopsiados
135

en Los Ángeles, California; de ellos 739 eran masculinos y 273 femeninos, con una edad entre
14 a 99 años, de diferentes razas y estratos sociales, recolectados entre 1977 y 1979 (Brooks
y Suchey, 1990:228) (Fig. 64, 65).
En calidad de referencia orientadora los autores mencionados sugieren la siguiente guía
general:
1. La existencia de crestas y surcos profundos expresa una edad para masculinos y femeninos
de 24 años ó menos.
2. La aparición de nódulos de osificación sin desarrollo del reborde ventral sugiere 30 ó
menos años de edad.
3. La ausencia de la rampa ventral acabada indica generalmente que el individuo tiene 40 ó
menos años de edad.
Finalmente, cabe resaltar que las fases III a VI observan una amplia variabilidad lo que
incide en los procesos de estimación de edad en casos forenses. Por tal razón, es
conveniente establecer los límites inferiores y superiores de la edad estimada; por ejemplo,
mayor de 30 y menor de 40 años, ó 35±5 años de edad.

Fase I (femeninos, 19,4±2,6 años; masculinos 18,5±2,1 años). La superficie de la cara sinfisial
es ondulada, cubierta de crestas y surcos que se extienden hasta incluir el tubérculo púbico.
Las crestas horizontales están bien definidas y comienza a formarse el biselado (ángulo
oblicuo) ventral. Aunque pueden presentarse nódulos de osificación en la extremidad
superior, la clave para diferenciar esta fase es la ausencia de delimitación en ambos extremos
(superior e inferior).

Figura 64. Estadios para sínfisis púbica masculina (Brooks, Suchey, 1990).

Fase II (femeninos 25,0±4,9 años, masculinos 23,4±3,6 años). La cara sinfisial aún puede
presentar desarrollo de crestas. Comienza la delimitación de ambas extremidades que ocurre
con o sin nódulos de osificación. La rampa ventral puede estar en sus fases iniciales como
parte de la extensión de la actividad ósea en una o ambas extremidades.
Figura 65. Estadios para sínfisis púbica femenina (Brooks y Suchey, 1990).

Fase III (femeninos 30,7±8,1 años, masculinos 28,7±6,5 años). El borde inferior de la cara
sinfisial y la rampa ventral se encuentran en proceso de acabado. Puede continuarse la fusión
de los nódulos de osificación que forman el borde superior y a lo largo del ventral. La cara
sinfisial es suave o puede continuar exhibiendo crestas definidas. Se completa el plano
dorsal, no se observa labiación del borde dorsal sinfisial ni excrecencias ligamentosas óseas.

Fase IV (femeninos 38,2±10,9 años, masculinos 35,2±9,4 años). La cara sinfisial presenta
habitualmente una granulosidad fina aunque persisten residuos de antiguas crestas y surcos.
En este estadio usualmente se completa el contorno oval pero puede observarse una
discontinuidad a nivel del borde ventral superior. El tubérculo púbico está completamente
separado de la cara sinfisial por la definición del extremo superior; la superficie puede tener
un borde definido. Ventralmente las excrecencias ligamentosas óseas pueden aparecer en la
porción inferior del hueso púbico adyacente a la cara sinfisial. Si se llegase a presentar
indicios de labiación este será ligero y localizado en el borde dorsal.

Fase V (femeninos 48,1±14,6 años, masculinos 45,6±10,4 años). El borde de la cara sinfisial se
completa con la existencia de algunas ligeras depresiones de la misma superficie,
relacionadas con el reborde. La labiación es moderada y generalmente se localiza en el borde
dorsal con excrecencias ligamentosas más prominentes sobre el borde ventral.

Fase VI (femeninos 60,0±12,4 años, masculinos 61,2±12,2 años). La cara sinfisial puede
exhibir depresiones en la medida que se erosiona el reborde. Las inserciones ligamentosas
ventrales son marcadas. En muchos individuos el tubérculo púbico aparece como una
protuberancia ósea independiente. La cara puede cavitarse o tornarse porosa, brindando una
apariencia desfigurada con procesos de osificación errática. El aspecto de la superficie es con
frecuencia irregular.
137

Figura 66. Cambios en la sínfisis púbica en individuos masculinos de Bogotá entre 15-19 años de edad.

Figura 67. Cambios en la sínfisis púbica en individuos masculinos de Bogotá entre 20-24 años de edad.

Figura 68. Cambios en la sínfisis púbica en individuos masculinos de Bogotá entre 25-29 años de edad.
Figura 69. Cambios en la sínfisis púbica en individuos masculinos de Bogotá entre 30-34 años de edad.

Figura 70. Cambios en la sínfisis púbica en individuos masculinos de Bogotá entre 35-39 años de edad.

Figura 71. Cambios en la sínfisis púbica en individuos masculinos de Bogotá entre 40-44 años de edad.
139

Figura 72. Cambios en la sínfisis púbica en individuos masculinos de Bogotá entre 45-49 años de edad.

Figura 73. Cambios en la sínfisis púbica en individuos masculinos de Bogotá entre 50-54 años de edad.

Figura 74. Cambios en la sínfisis púbica en individuos masculinos de Bogotá entre 55-59 años de edad.
Figura 75. Cambios en la sínfisis púbica en individuos masculinos de Bogotá entre 60-64 años de edad.

Tabla 31. Comparación de rangos y promedios de edad en tres muestras aplicando McKern y Stewart
(1957).
McKern y Stewart, 1957 Rodríguez, 1998 (Bogotá) Paredes et al. 1995 (Chile)
Puntaje N Rango Edad DE N Rango Edad DE N Rango Edad DS
de promed de edad prome de prome
edad io dio edad dio
0 7 -17 17,29 0,49 7 14-17 15.28 1,25 2 21-24 22,5 1,5
1-2 76 17-20 19,04 0,79 7 16-19 18.28 1,11 6 18-25 23,5 2,3
3 43 18-21 19,79 0,85 8 18-29 20,12 3,64 4 21-30 26,0 3,2
4-5 51 18-23 20,84 1,13 11 20-25 22,36 1,74 3 27-28 28,7 5,0
6-7 26 20-24 22,42 0,99 13 21-25 23,23 1,23 10 22-49 33,0 7,0
8-9 36 22-28 24,14 1,93 12 22-33 25,41 2,99 5 25-50 38,0 4,5
10 19 23-28 26,05 1,87 6 27-30 28,83 1,32 5 21-52 32,6 11,2
11-13 56 23-39 29,18 3,33 35 23-54 32,97 5,57 26 33-62 46,5 8,5
14 31 29+ 35,84 3,89 20 35-58 41,05 5,89 44 37-77 50,1 13,2
15 4 36+ 41,00 6,22 44 37-83 53,59 10,09 67 24-96 62,9 13,2

Tabla 32. Comparación del método de Suchey-Brooks (Clara Rodríguez, 1998)

Suchey, Brooks, 1990 Rodríguez, 1998 (Bogotá)


Fase Rango Edad promedio DE N Rango Edad DE
promedio
I 15-23 18,5 2,1 25 14-29 18,6 3,2
II 19-34 23,4 3,6 31 19-27 23,5 2,0
III 21-46 28,7 6,5 16 23-40 29,6 4,4
IV 23-57 35,2 9,4 36 28-40 34,1 3,8
V 27-66 45,6 10,4 21 38-50 43,3 3,7
VI 38-86 61,2 12,2 34 40-83 57,4 8,7

Clara Rodríguez (1998) verificó la aplicabilidad de los métodos de estimación de edad en


sínfisis púbica, en una muestra de 163 individuos de la morgue de Medicina Legal de
Bogotá (Fig. 66 a 75). A pesar de los problemas presentados en la obtención de la
muestra, tales como la limpieza del cartílago sinfisial, la selección de muestras pares, la
conservación de las mismas en condiciones de laboratorio, obtuvo unos resultados
interesantes en la medida que se determina que los modelos de Gilbert-McKern,
141

diseñados para población femenina, tienen mayor aplicación en la población masculina


bogotana (Tabla 31, 32).
De todas las propuestas para evaluar los cambios con la edad de la sínfisis púbica la más
fácil de aplicar es la de McKern y Stewart (1957) por cuanto los modelos definen muy bien
la metamorfosis de los tres componentes. En la muestra bogotana, exceptuando los dos
primeros puntajes, se sobreestima la edad promedio en 1-2 años, y en los puntajes
superiores hasta en 14 años, también la desviación estándar, quizás porque en ésta se
incluyeron individuos de edad avanzada que manifiestan una gran variabilidad, que en el
caso de la muestra norteamericana no se tuvo en cuenta pues la mayoría de individuos
eran soldados jóvenes fallecidos en la guerra de Corea. Por otro lado, los cambios con la
edad son graduales y se podrían usar para estimar la edad en grupos colombianos
teniendo en cuenta por lo menos una desviación estándar. En la muestra chilena
estudiada por Paredes et al., (1995) se sobre estima en todos los puntajes.
Las diferencias entre los promedios de la muestra bogotana con la de Suchey-
Brooks se ubican entre 1 y 4 años, y excluyendo las fases IV y V, los intervalos de edad no
son muy discordantes. Es decir, a grandes rasgos se puede aplicar el método de Suchey-
Brooks, teniendo en cuenta las diferencias de rangos, y que la fase VI abarca a todos los
individuos de edad muy avanzada, y la fase I a los más jóvenes.

7.10. La superficie auricular del ilion

Los estudios realizados por C. Owen Lovejoy y colaboradores (1985) en las colecciones óseas
de Todd (Cleveland Museum of Natural History) y Libben (Kent State University), como
también en varios casos forenses concretos de la Cuyahoga County Coroners's Office,
evidencian que existe una fuerte correlación entre la edad y la metamorfosis de la superficie
auricular del ilion, con la gran ventaja que la conservación de esta articulación es mayor que
otras partes del cuerpo por estar muy bien protegida y por tanto, se puede apreciar en
especímenes incinerados y mayores de 50 años de edad (Fig. 76, 77).

Figura 76. Superficie auricular del ilion (Lovejoy, 1985).


Schunke observó en 1938 (Hoyme e Iscan, 1989) que el grosor del cartílago sacro
varía entre 1 a 3 mm, mientras que el del ilion es menor a 1 mm; por su parte, el primero es
primariamente hialino entre tanto el segundo es básicamente fibroso con algunos islotes de
cartílago hialino. Este último fibrocartílago posee una disposición columnar a lo largo del eje
dorsoventral de la superficie; con la edad la proporción del fibrocartílago se incrementa
tornando la superficie áspera, saburrosa y desgastada. El anquilosamiento de la articulación
sacro-ilíaca se presenta generalmente en individuos masculinos mayores de 50 años.

Figura 77. Surco preauricular amplio y profundo en mujer adulta mayor.

A diferencia de otros indicadores de edad, especialmente de la sínfisis púbica, la superficie


auricular del ílion evidencia una metamorfosis paulatina, especialmente hacia la quinta
década de vida, antes de generalizarse los cambios degenerativos propios de la edad. Su
empleo es más efectivo para edades superiores, tanto que en la reciente revisión de la
colección Libben de Ohio, Estados Unidos, Meindl y colaboradores (2008: 21) encontraron
que los otros indicadores subestiman la edad en aproximadamente 5 años en adultos.
La siguiente es la terminología utilizada en el estudio de Lovejoy y colaboradores (Fig. 76):

La superficie auricular. Representa el área del hueso subcondral que forma la porción ilíaca
de la articulación sacro-ilíaca. No se tiene en cuenta la porción sacra de la misma articulación.
Semicaras. La forma de la típica superficie auricular se asemeja un bumerán, con el ápice en
la unión de la superficie con la terminación posterior de la línea arqueada, delimitando la
semicara superior. La respectiva semicara inferior se ubica por debajo de esta área.
El ápice. Descrito como el área de contacto de la superficie articular con la terminación
posterior de la línea arqueada.
Área retroauricular. Es el área general posterior a la superficie auricular en donde se insertan
los ligamentos lumbosacro y sacro ilíaco.
La porosidad. Son perforaciones del tejido subcondral de la superficie auricular; no se debe
confundir con la erosión surgida postmortem ni con las consecuencias de patologías como la
osteopenia e hiperostosis. La micro porosidad se define como pequeñas y finas
perforaciones; por su parte, la macroporosidad es menos regular, más grande, con
perforaciones ovales que oscilan entre 1 a 10 mm de diámetro.
143

La granulosidad. Se refiere a la apariencia tosca de la superficie con relación a su fina


estructura original. Una superficie sumamente granulosa se asemeja a la del papel de lija
fino.
El ondulado. Tiene en cuenta la presencia o inexistencia de aristas trasversas. El ondulado
varía entre una superficie de rasgos regulares grandes hasta unas aristas de grano fino
apenas visibles.
La densidad. Se refiere a la apariencia y no a la cantidad de hueso presente. Una superficie
densa es aquella cuyo hueso subcondral aparece compacto, suave, y muestra una
significativa ausencia de granulosidad.
Los intervalos de edad de acuerdo a estos rasgos generales propuestos por Lovejoy y
colaboradores (1985) son los siguientes (Fig. 78 a 85):

Fase I: 20-24 años. La superficie luce una textura granular fina y una acentuada organización
trasversa. No hay actividad retroauricular, ni apical ni porosidad. La superficie exhibe un
ondulado ancho y bien definido dispuesto transversalmente, cubriendo la mayor parte de la
misma.

Fase II: 25-29 años. No se observan cambios sustanciales con relación a la fase anterior. El
ondulado empieza a perderse y es remplazado por estrías. No hay actividad apical, ni
retroauricular ni porosidad. El granulado es ligeramente más tosco. La superficie continúa
siendo joven en apariencia debido a la acentuada disposición trasversa.

Fase III: 30-34 años. Ambas semicaras continúan en reposo con alguna pérdida de la
organización trasversa. El ondulado se reduce y es remplazado por estrías definitivas. La
superficie es más áspera y más granular que en las fases anteriores, sin que se aprecien cam-
bios significativos en el ápice. Pueden aparecer pequeñas áreas de microporosidad y ligera
actividad retroauricular. En general el granulado áspero precede y remplaza al ondulado.

Fase IV: 35-39 años. Ambas semicaras se tornan ásperas y uniformemente granuladas; se
reducen significativamente el ondulado y las estrías, aunque estas últimas pueden persistir.
La organización trasversa continúa presente pero poco definida. Se observa alguna actividad
retroauricular pero usualmente es ligera. Los cambios en el ápice son mínimos; la
microporosidad es ligera y la macroporosidad está ausente. Período inicial de la granulosidad
uniforme.
Fase V: 40-44 años. No se aprecia ondulado y las estrías pueden estar presentes aunque muy
vagamente definidas. La superficie es aún parcialmente granular, con significativa pérdida de
organización trasversa. Se presentan zonas de densificación que pueden estar presentes en
islotes por la pérdida de granulosidad. Hay una ligera actividad retroauricular acompañada
de macroporosidad ocasional, aunque esta última no es típica. Se aprecian ligeros cambios
en el ápice; se incrementa la microporosidad dependiendo del grado de densificación. El
rasgo distintivo de esta fase es la transición de una superficie granular a una densa.

Fase VI: 45-49 años. Se aprecia pérdida significativa de granulosidad que es remplazada por
tejido denso. No se evidencia ondulamiento ni estrías ni organización trasversa. Los cambios
en el ápice son ligeros o moderados pero ya observables. La microporosidad se pierde total o
parcialmente como consecuencia de la densificación de la superficie. Se incrementa la
irregularidad de los bordes acompañada de moderada actividad retroauricular y poca o
ninguna macroporosidad.

Fase VII: 50-59 años. Como rasgo distintivo resalta la irregularidad de la superficie. La
semicara inferior presenta labiación en su porción detrás del cuerpo del coxal. Los cambios
apicales son invariables o acentuados. Se incrementa la irregularidad de los bordes. La
macroporosidad puede estar presente en algunos casos pero no es un requisito. La actividad
retroauricular puede ser moderada o acentuada.

Fase VIII: 60 + años. Superficie no granular, irregular, con signos evidentes de destrucción
subcondral. Se pierden definitivamente todos los rasgos de las fases jóvenes: el ondulado, la
organización trasversa, las estrías y la granulosidad. La macroporosidad está presente casi en
la tercera parte de los casos. La actividad apical generalmente es acentuada pero no es
requisito para esta categoría de edad. Los bordes se tornan irregulares y con labiación. La
superficie retroauricular se define muy bien a través de osteofitos de relieve bajo o
moderado.
145

Figura 78.
Superficies de
grano fino, 20-
24 años de edad
(Cortesía de C.
Owen Lovejoy).

Figura 79.
Superficie
s de grano
menos
fino,
pérdida
modera
de
ondulado,
25-29 años de edad (Cortesía de C. Owen Lovejoy).

Figura 80. Superficies de grano grueso con pérdida de


ondulado, 30-34 años de edad (Cortesía de C. Owen Lovejoy).
Figura 81. Superficie con grano grueso, reducción
significativa de ondulado y estriación, ligera actividad en área retroauricular, 35-39 años (Cortesía de C.
Owen Lovejoy).

Figura 82. No se aprecian ondulaciones, con pérdida de estriación transversal, ligeros cambios en el ápice,
40-44 años (Cortesía de C. Owen Lovejoy).

Figura 83. Pérdida significativa de granulosidad, superficie densa, moderada actividad retroauricular, 45-
49 años (Cortesía de C. Owen Lovejoy).
147

Figura 84. Labiación, macroporosidad, islotes de densificación, 50 años (Cortesía de C. Owen Lovejoy).

Figura 85. Superficie irregular, áspera, macroporosidad, labiación por los bordes, 65-70 años (Cortesía de
C. Owen Lovejoy).

Exceptuando el acentuado desarrollo del surco preauricular en los individuos femeninos (Fig.
77), la metamorfosis de la superficie auricular del ilion no observa diferencias sexuales. Si
esta situación se presenta, entonces la correlación del desarrollo del margen preauricular y el
ápice con le edad del individuo, como lo sugieren los autores, debe ser acentuado y por
tanto, se pueden despreciar cuando se estima la edad (Krogman e Iscan, 1986: 169).
Para concluir, cabe subrayar que ningún criterio de edad aplicado de una manera
independiente y aislada al conjunto del organismo, es tan preciso como para reflejar los
distintos procesos que se acumulan con la edad. El criterio ectocraneal, según Lovejoy et al.,
(1985) es superior al componente del sistema púbico (sínfisis) tradicional; de igual valor
informativo al criterio radiográfico del fémur; inferior al sistema de la superficie auricular del
ilion, al sistema funcional de la atrición dental y al sistema revisado del pubis. La estimación
de la edad debe seguir unos criterios metodológicos, por cuanto existen diferencias
conceptuales y de escala en los sistemas de evaluación, dada la variabilidad étnica en los
grupos usados como referentes poblacionales (Aicardi et al., 1999:46).
Tabla 33. Cambios generales por cohortes de 5 años de diferentes estructuras óseas y dentales.

Cohorte Epífisis de huesos Desgaste dental Sinostosi Fosita articular Sínfisis púbica Superficie
de edad largos s de 4ª costilla auricular del ilion
sutural
10-14 Inicio de cierre de Erupción y Abiertas Superficie Superficie Superficie
epífisis distal de contacto de M2, ondulada ondulada ondulada
fémur formación de
corona de M3 y
1/3 cervical de
raíz
15-19 Inicios; fusión de Formación de la Esfeno- Superficie Superficie Superficie
epífisis proximal de raíz de M3 basilar ondulada ondulada ondulada
tibia; se fusionan el
ilion, isquion y pubis
del coxal
20-24 Se completa En puntas de S3 Forma en V, Crestas y Textura granular
sinostosis epifisial cúspides Paredes gruesas surcos bien fina, organización
definidos transversa
definida
25-29 Se completa en cara Puntos aislados S4 Forma en U Se define Empieza a
medial de clavícula de dentina angosta extremidad perderse el
expuesta inferior y granulado
borde dorsal
30-34 Definición de aro Bandas en S2 Se incrementa Se completa la Superficie más
articular de cuerpos anteriores, profundidad, U rampa ventral, áspera, ligera
vertebrales puntos amplios moderada incremento en microporosidad,
en posteriores definición de actividad
extremidades retroauricular
ligera
35-39 Las trabéculas Se unen varios S1 U de anchura Surge Cambios mínimos
adquieren un puntos de moderada granulosidad en ápice,
aspecto tosco dentina en área de microporosidad
expuesta inserciones ligera
ligamentosas
40-44 Ensanchamiento del Amplios C1, L1 Fosita profunda, Se completa el Pérdida de la
lumen medular espacios de U ancha contorno oval, organización
dentina se definen las transversa de los
expuesta extremidades desvanecidos
surcos,
incremento de
microporosidad
45-49 Traslucidez epifisial, Se puede L2 U ancha, Formación del Pérdida
pérdida de hueso en exponer la paredes aro sinfisial significativa de
cabeza femoral cavidad pulpar delgadas granulosidad,
bordes irregulares
50+ Trabeculado muy Coronas S, C, L Fosita profunda, Proceso de Superficie muy
tosco, pérdida completamente U muy amplia, erosión de la irregular,
generalizada de expuestas paredes muy cara sinfisial macroporosidad
cortical delgadas
149

8.La variación poblacional

8.1. La clasificación poblacional en Colombia

El diagnóstico de la raza (Krogman e Iscan, 1986), ancestros (Iscan, 1981), patrón racial
(Rodríguez, 1994), filiación biológica (Serrano et al., 1999), grupo étnico (Bodnar, 2000) o
filiación poblacional (Rodas et al., 2002; Rodríguez, 2004), constituye el procedimiento
más complicado de la labor antropológica en América Latina, particularmente en
Colombia, que se caracteriza por ser un país multiétnico, pluricultural y poligénico. Su
discusión se amerita no solamente por la problemática de las clasificaciones en los censos
y sus proyecciones socio-económicas, sino también por su aplicación en la industria del
diseño del vestuario, calzado, mobiliario, cosmetología y vivienda, y en los procedimientos
forenses que incluyen dentro de la denominada cuarteta básica de identificación el sexo,
edad y la estatura que dependen de la filiación poblacional (Rodríguez, 1994). Así, el niño
crece y se desarrolla según sus orígenes biológicos, más rápido si es de origen africano,
más lento si es de ancestros indígenas.
El manejo de la pertenencia étnica en los Censos de población en Colombia se ha apoyado
en cuatro dimensiones (DANE, 2000):
1. El espacio geográfico y territorio.
2. La herencia biológica común, relacionada con la transmisión genética de rasgos -
determinada somáticamente-.
3. Las características culturales comunes como la lengua, tradiciones, vestimenta.
4. La conciencia de pertenencia étnica o autorreconocimiento.
En el Censo de 1993 se definió el sentido de pertenencia a una cultura, grupo, etnia o
pueblo indígena sobre la base de la autodeterminación como rasgo de identidad,
mediante la pregunta: ¿A cuál de los siguientes grupos de población considera que
pertenece? Las respuestas incluían las siguientes posibilidades:
1. Población indígena.
2. Población negra.
3. Población blanca o mestiza.
4. Población gitana.
5. Otro.
Solamente el 3,34% se autorreconoció como perteneciente a una etnia, entre ellos 1,6%
indígena y 1,5% negra, 0,2% sin grupo étnico. Pero mientras que en Cali se autorreconocía
como afro colombianos un 0,5%, en el mismo Censo se reportaba un 10,5% de individuos
con origen en municipio afro colombiano. En la Encuesta CIDSE-IRD-Colciencias se reportó
un 27,5% de hogares afro colombianos, cuando la clasificación de los encuestadores
alcanzaba el 23,3% y los individuos autoclasificados apenas un 17,1%. Vemos, en
consecuencia, que el problema no es solamente de metodología de la clasificación, sino
que también incide el sentimiento hacia ciertos grupos étnicos, pues durante la encuesta,
algunas madres informantes se disgustaron con la pregunta por la raza de sus hijos –si era
el producto de la combinación de blanco-blanco, blanco-negro, blanco-indígena, negro-
indígena-, mientras que había dificultad cuando los padres se consideraban blancos y
alguno de sus hijos biológicos negro o viceversa (Medina et al., 2000).
Con el propósito de mejorar las posibilidades de clasificación de las poblaciones
colombianas, se consideró pertinente incluir para el Censo de 2006 las siguientes opciones
según las costumbres y tradiciones (DANE, 2000):
1. Indígena.
2. Raizal del archipiélago.
3. Negro(a), afro colombiano(a), moreno(a).
4. Gitano(a).
5. Blanco(a), mestizo(a).
6. Otro.
Como se puede apreciar, en los últimos Censos –a excepción del de 1912- se excluyó el
concepto de raza y se sustituyó por el concepto “étnico territorial” para clasificar las
poblaciones colombianas, con el fin de evitar su connotación racista y los prejuicios
asociados al mismo, pero en determinados momentos se aceptan como similares, pues
cuando el encuestador debe definir se apoya en rasgos somáticos, primordialmente en el
color de la piel, mientras que los encuestados pueden descartar esta perspectiva y decidir
por sus tradiciones para auto reconocerse. Quiérase o no el concepto de “raza”, como
afirma P. Wade (1997:18) “no sólo es útil sino necesario, puesto que emplear otros
términos eufemísticos puede, realmente, enmascarar los significados de los que
dependen las identificaciones raciales”.
De esta manera, muchos negroides e indígenas aculturados pueden incluirse
dentro del conjunto de los llamados “blancos y mestizos”, o simplemente desde las
reivindicaciones sociales se sobredimensiona el número de individuos de un grupo
determinado. Así, mientras que algunos académicos (Friedemann, 1993) y organizaciones
negras y políticas –como la senadora Piedad Córdoba- reivindican un 30% de población
afrocolombiana del total de la nacional, el Documento CONPES 2909 de 1997 determina
como población negra una serie de municipios, llegando a un estimativo entre el 10% y
16% (Bodnar, 2000). Vale la pena resaltar los cambios en el auto reconocimiento étnico.
Mientras que en el Censo de 1993 solamente un 1,5% de población se consideraba negra
o afro, en 2006 alcanzaba 10,4%, señalando que los afrodescendientes sienten menos
prejuicios en sentirse como tales. La misma tendencia se observa con los indígenas,
quienes pasaron de 1,6% a 3,3,%, quizás por la ayuda económica estatal que los beneficia
(DANE, 2006).
Por esta razón, la mejor manera de determinar el aporte aproximado de los
principales grupos que integran la nación colombiana (básicamente indígenas, europeos y
africanos), es mediante el análisis demográfico desde la perspectiva histórica para poder
proyectar los cambios temporo-espaciales, y el cruce de información socio-económica,
bioantropológica y genética. Tanto el estudio de las estadísticas históricas (DANE, 1975;
Bodnar, 2000), las fuentes etnohistóricas (Friede, 1975, 1989), los estudios socio-
económicos (Jaramillo, 1968; Colmenares, 1989; Preciado, 1989; Rodríguez, 2004),
bioantropológicos (Rodríguez, 2003) como genéticos (Carvajal et al., 2000; Keyeux et al.,
2002; Melton et al., 2007; Rondón et al., 2007), señalan que como producto de la
extinción de gran parte de la población indígena, la presencia mayoritaria de hombres
151

españoles en las huestes conquistadoras y la discriminación socio-económica, racial y


sexual de los esclavos africanos por parte de la sociedad española dominante durante la
Colonia, además de otros factores del desarrollo histórico del país, en Colombia se
conformó una población con marcado mestizaje por la hibridación de las poblaciones
indígenas autóctonas, y las foráneas hispánicas y africanas, aunque con una cultura
hispánica predominante manifiesta en la lengua castellana, religión, vestimenta, normas y
conductas, sin desconocer por supuesto, el enorme legado indígena en la cultura,
costumbres, alimentación, música y en la misma lengua contemporánea, al igual que la
herencia africana.
Los genes de las madres indígenas no solamente penetraron profundamente en los
descendientes de los conquistadores españoles, sino también en los mismos
descendientes de los negros cimarrones agrupados en palenques, simplemente porque en
el nuevo territorio conquistado las indígenas fueron mayoría, apreciadas por su
conocimiento, físico, amor, pasión o lujuria, en ausencia o escasez de sus propias mujeres,
y necesarias para poder sobrevivir en un medio completamente desconocido. El mismo
Libertador Simón Bolívar tenía 6,25% de sangre negra –requinterón de mulato-, pues su
bisabuela, María Josefa Marín de Narváez era hija ilegítima de Francisco Marín de Narváez
y de una negra de servicio llamada Josefa (Pérez de Barradas, 1976:226).
El vigor híbrido y la fortaleza de esa mezcla se aprecian en el hecho de que la
población mestiza se multiplicó exitosamente por todo el territorio, produciendo
artesanos, artistas, científicos, labriegos, obreros, sabios y técnicos reconocidos
mundialmente, a partir de unos pocos miles de inmigrantes europeos y esclavos africanos.
Contrariamente al proceso colonizador de Norteamérica y Argentina, que captaron
millonarias afluencias de poblaciones europeas, y del mismo México y Venezuela que
recibieron inmigrantes españoles durante la Guerra Española, el crecimiento colombiano
se realizó a expensas del esfuerzo del mestizo local, alma y nervio de esta empresa
acompasada por bambuco, cumbia, guabina, joropo, salsa, vallenato y otros ritmos
andinos y afrocaribeños.

a. La variación craneométrica

La craneometría es la rama de la Antropología biológica que más se ha empleado en el


estudio de la diversidad poblacional mundial (Alexeev y Debetz, 1964; Howells, 1973, 1989),
mediante el análisis de la variación métrica del cráneo y sus distintos componentes, tratando
de dar cuenta de las dimensiones en anchura, altura y proyección de la bóveda craneal
(diámetros antero-posterior máximo, transverso, altura basibregmática, longitud de su base
nasion-basion), frente (anchura, cuerda, altura o subtensa), órbitas (altura, anchura),
apertura periforme (anchura, altura, ángulo de proyección), mandíbula (altura, longitud,
grosor, ángulo de la rama y mentón) y rostro en general (anchura, altura, ángulos de
proyección).
Para estandarizar las mediciones y evitar los errores interobservadores en la
Convención de Mónaco de 1908 se definieron los distintos puntos anatómicos y las
medidas craneométricas, siendo posteriormente precisadas en Alemania por Rudolf
Martin en 1928 (Martin y Saller, 1957), en Rusia por V. Alexeev y G. Debetz (1964) y en
Estados Unidos por W. W. Howells (1973, 1989). En el ámbito mundial la nomenclatura
más empleada es la de Martin (Rodríguez, 1994; Lalueza et al., 1996) (Figuras 90, 91, 92).
El plano de Francfurt que se extiende por el borde orbital inferior (or) y el borde
superior del agujero acústico externo (po) es el que se usa tanto en la fotografía y
observaciones judiciales –cuando el individuo se para en posición firmes y mira al frente a
un plano a la misma altura de los ojos-, como en algunas medidas tomadas con cranióforo
tipo Martin para las reconstrucciones faciales. Una vez registradas las medidas en
milímetros con los calibradores Siber Hegner de fabricación suiza, reconocidos
internacionalmente, se comparan con la variación mundial que ofrecen Alexeev-Debetz
(1964; Rodríguez, 1999:318-320) a fin de convertir dimensiones métricas en caracteres
reconocibles y que se puedan expresar gráficamente para reconstrucciones faciales a
partir del cráneo.

Figura 86. Cráneos masculinos caucasoide, mongoloide y negroide de izquierda a derecha, en vista de
perfil arriba y frontal abajo.
153

En Colombia los grupos más estudiados son los indígenas prehispánicos abarcando
las poblaciones de los Andes Orientales, valles de los ríos Cauca y Magdalena, la costa
Caribe, Huila y Nariño. También se conocen estudios craneométricos de la vecina
Venezuela que pueden dar cuenta de la variación en la península de la Guajira y los Llanos
Orientales (Rodríguez, 2001, 2007). Respecto a las poblaciones contemporáneas se han
estudiado muestras de Bogotá (Rodríguez, 2007) y Medellín (Rosique et al., 2005). Ambas
son muy similares, aunque las dimensiones craneales y faciales, excluyendo la nariz
(siendo más ancha y corta en Medellín quizá por la mayor influencia negroide), son
mayores en la bogotana. Las dimensiones más dimórficas son las anchuras (frontal,
frontomalar-temporal, orbital, nasal, facial, cigomaxilar, bigoniaca, rama ascendente), las
longitudes (nasion-basion, cuerdas frontal, parietal, occipital), y en menor medida las
alturas (facial, nasal, mentón). Mediante estas medidas se pueden construir fórmulas
discriminantes que permitan diagnosticar el sexo. Infortunadamente, en Colombia se
adolece de información sobre mujeres mestizas y grupos negroides, aunque se conoce
ampliamente la variación de indígenas prehispánicos (Rodríguez, 2007).
A juzgar por la variación craneométrica (Tabla 34), la cabeza de la muestra
bogotana y de Medellín ocupa una posición intermedia entre indígenas y españoles, y se
caracteriza por ser redonda, alta, de anchura media, relativamente corta. La frente
observa valores medios en cuanto su anchura, longitud y grado de pronunciamiento. La
porción parietal es mucho más corta que en cráneos españoles y africanos. El rostro, por
su parte, es similar al español, siendo angosto, de altura media, lepteno, pómulos poco
prominentes, muy perfilado en las porciones cerebral (frontomalar), respiratorio (nasal) y
digestiva (cigomaxilar). Las órbitas son de dimensiones medias, mesoconcas. La nariz es
prominente, angosta, corta de altura, leptorrina. La mandíbula es de dimensiones
pequeñas en sus regiones condilar y bigoniaca, y la rama ascendente es angosta y de
ángulo abierto. La variación de los distintos rasgos se dedujo de los rangos propuestos en
el ámbito internacional (Alexeev y Debetz, 1964).
Al comparar la muestra bogotana con grupos españoles principalmente de la Edad
Media (Vascos, Tarragona, Mallorca, Burgos, Granada, Musulmanes, Cataluña, Judíos,
Visigodos, Cantabria) (Lalueza et al., 1996), se aprecia que globalmente encaja en la
variación peninsular, aunque con una diferencia significativa en torno a la bóveda craneal,
que tiende a la braqui-hipsicefalia en la muestra colombiana, mientras que las españolas
son dolico-ortocráneas. La muestra bogotana masculina se aproxima más a la de
Tarragona, Cataluña, Burgos, Andalucía y Mallorca; la femenina se agrupa con la de
Vascos; ambas muestras se distancian significativamente de las indígenas. Aunque en este
cuadro comparativo puede incidir el tamaño de la muestra, no obstante parece reflejar la
historia del poblamiento colombiano, que fue realizado por españoles provenientes de
varias regiones de la Península Ibérica (Andalucía, Baleares, Castilla, Cataluña, Galicia).
Al aplicar un análisis de conglomerados jerárquicos mediante la distancia euclídea
al cuadrado y el método de aglomeración de Ward, comparando 14 variables
craneométricas, apreciamos que la muestra bogotana se vincula con las españolas y ocupa
un lugar muy distante de las indígenas colombianas, en menor medida de judíos y
musulmanes, y próximos a las muestras de catalanes y poblaciones del centro, sur y norte
de España, con distancias menores de 20,0.
Hay un rasgo cuya presencia no tiene una explicación simple, y se refiere a la altura
de la bóveda craneal (basibregmática) de las muestras locales (Bogotá y Medellín), que no
se aprecia en ninguna población española, mucho menos en las indígenas. El máximo en la
muestra bogotana alcanza a 152 mm, muy raro en el ámbito mundial, aunque presente en
poblaciones polinesias, ainu y esquimales (Howells, 1989:123). Quizás esta particularidad
se deba a un proceso adaptativo de reacomodamiento de la bóveda craneal a las nuevas
condiciones ambientales –tropicales- en el transcurso de los últimos 500 años de
ocupación americana.
En lo referente al esqueleto facial, las diferencias con los españoles son
insignificantes, y en algunos aspectos se acentúan los rasgos caucasoides. No obstante, las
órbitas15 ocupan una posición intermedia entre indígenas y españoles, y las apófisis
mastoides son más pequeñas. La mandíbula observa tendencia hacia la gracilización a
juzgar por la menor anchura de la rama, en la apertura del ángulo y en el menor grosor del
cuerpo.
Las poblaciones mongoloides (indígenas) son las más estudiadas de Colombia, y se
caracterizan por ser braquicéfalos, órbitas y nariz de dimensiones medias, rostro ancho,
aplanado, de pómulos prominentes y mandíbulas robustas. La raíz nasal se caracteriza por
estar deprimida, y los huesos nasales poco prominentes. La anchura bicigomática y los
ángulos nasomalar y cigomaxilar, además de las dimensiones de la mandíbula, son los
mejores rasgos diferenciadores entre los mongoloides de rostro ancho y aplanado, y los
caucasoides de rostro perfilado, alto y angosto.
Las poblaciones negroides del país, infortunadamente, no han sido estudiadas
desde el punto de vista de la morfología cráneo-facial y dental. La mayoría de esclavizados
transportados a tierras americanas provenía de África occidental (Guinea, Senegal, Costa
de Marfil), por lo cual se emplearán muestras de esas regiones reportadas en otros
estudios (Howells, 1989). La bóveda craneal se caracteriza por ser angosta y alargada, no
muy alta. La frente es angosta y prominente, especialmente hacia el plano sagital medio,
por lo cual los lóbulos frontales no se destacan. El occipital es corto y prominente; el
agujero magno es ancho y corto. Las órbitas tienden a ser angostas y bajas. La nariz es uno
de los rasgos más distintivos de los negroides, pues tiende a ser deprimida y muy ancha,
con el borde inferior de la apertura periforme romo, espina nasal anterior poco
desarrollada, y, generalmente, el piso termina en una fosa prenasal, contrario al borde
agudo con espina nasal muy prominente de los caucasoides. El rostro es angosto pero
corto de altura, prognato, con aplanamiento medio en la región nasomalar, pero perfilado
en la región cigomaxilar (Fig. 86).

15
A juzgar por la mayor similitud femenina en las dimensiones de las órbitas con relación a las indígenas, se
puede insinuar que los ojos nativos constituyeron un especial atractivo para los españoles, lo que se
manifiesta en las frecuentes menciones a ellos en los cantares latinoamericanos, como “que bonitos ojos
tienes debajo de esas dos cejas…”.
155

Tabla 34. Variación craneométrica comparativa de Colombia, España y África

GRUPO/ VARIABLE BOGOTÁ MEDELLÍN ESPAÑA MUISCA AFRICA


SEXO M F M F M F M F M F
1. D. anteropost. máx. 177.7 168.4 174,5 168,9 188.1 180.0 172.1 164.8 182.3 174.5
8. D. Transverso máx. 143.3 137.7 137,6 133,7 140.3 136.3 147.0 143.9 133.8 130.1
8:1. I. Cefálico horiz. 80.6 81.8 78,8 79,1 74.6 75.7 85.4 87.3 73.4 74.6
5. D. Nasiobasion 101.1 95.7 98,5 94,6 101.7 96.5 99.2 95.2 100.9 96.2
9. An. frontal mín. 95.5 91.4 94,0 89,3 96.7 94.5 94.9 91.2 92.7 90.1
GLS. Proyec. glabelar 6.4 2.3 6.6 5.3 3.6 2.0 6.0 4.7
SOS.Proyec. supraorb. 3.5 2.2 3.4 2.2 5.9 4.6 2.0 1.2
17. Al. basibregmática 138.9 130.5 138,3 130,8 134.9 129.4 134.9 130.0 131.6 127.3
29. Cuerda frontal 112.3 107.7 113.0 108.9 108.5 105.8 110.2 106.9
FS. Altura frontal 25.6 25.7 26.3 26.2 19.7 23.5 27.0 26.8
30. Cuerda parietal 110.4 109.8 116.9 113.5 105.2 102.1 113.9 109.8
31. Cuerda occipital 95.6 93.6 98.9 95.9 96.8 93.3 94.9 93.0
OS. Altura occipital 25.9 27.0 29.6 28.8 25.7 25.4 27.0 26.8
7. Long. foramen 36.3 34.1 37.6 35.4 33.7 32.8 36.1 34.6
16. An. foramen 29.9 29.0 29.1 28.3
40. D. Basioprosthion 96.6 87.4 92,5 88,6 95.5 91.7 99.4 95.0 101.6 97.0
45. An. Bicigomática 129.3 121.7 127,5 121,2 130.7 122.6 140.5 133.0 130.2 122.7
48. Altura facial sup (al) 71.2 65.2 68,0 63,3 71.1 66.8 68.0 62.4 66.1 62.0
48:45. I. Facial sup. 55.1 54.5 51,5 50,5 54.4 54.5 48.4 46.9 50.8 50.5
51. Anchura Orbital (mf) 41.8 37.6 41.0 39.4 42.4 40.7 40.8 39.4
52. Al. Orbital 33.9 34.0 33.1 32.5 34.2 33.5 33.6 32.6
52:51 I.orbital 81.1 90.4 80.7 82.5 80.7 82.3 82.3 82.7
54. Anchura Nasal 23.9 22.8 24,4 24,0 24.1 23.2 25.8 25.1 28.3 27.6
55. Al. Nasal 51.8 47.9 50,6 47,6 52.2 49.3 48.3 45.3 49.3 46.6
54:55. I. Nasal 46.1 47.6 48,2 50,4 46.1 47.1 53.4 55.5 57.4 59.2
NFA. Angulo nasofacial 32.2 25.4 30.8 25.5 23.5 23.1 15.0 14.0
NMA. Angulo nasomalar 134.1 133.5 135.8 139.5 145.1 145.5 141.4 142.2
SSA. Angulo cigomaxilar 121.3 120.7 124.9 127.0 129.9 132.6 130.4 131.0
SIA. Angulo simótico 81.7 92.9 99.8 101.4 105.2 123.3 130.2
MLA. Angulo malar 138.9 137.5 136.6 136.2 135.6 136.5 132.1 132.1
PHA. Angulo alpha 69.5 68.0 89.4 92.3 116.4 116.4
65. An. bicondilar 116.9 128.0 122.2
66. An. bigoniaca 93.6 98.7 95.0
71a. An. mín. rama 29.9 35.1 33.5
79. Angulo rama ascend. 126.1 120.5 121.9

En el ámbito forense se han verificado algunas de las fórmulas discriminantes para el


diagnóstico de la filiación poblacional, teniendo en cuenta que no existen estándares
internacionales. Así, al aplicar la fórmula de Giles y Elliot (1962) y Gill (1984) en una muestra
colombiana de 62 individuos, 31 mestizos de casos forenses y 31 indígenas muiscas (Tabla
35), se aprecia que la muestra mestiza se aproxima más a los caucasoides en todos los
índices, como el maxillofrontal, zygoorbital y alpha (Escobar, 1999).
Tabla 35. Índices midfaciales en varias poblaciones masculinas.

Grupo/Índice Maxillofrontal Zygoorbital Alpha


Caucasoide 46,6 42,9 68,2
Mestizo 48,1 41,1 66,5
Indígena 38,2 31,4 54,3
Negroide 34,0 35,0 49,0

b. Morfoscopía craneal

En el ámbito morfológico existen diferencias marcadas tanto en la bóveda craneal como en el


esqueleto facial. Así, los negroides al poseer un cráneo más alargado, angosto y alto, y, por
consiguiente una frente más angosta, tienen los lóbulos frontales más orientados hacia el
centro, que a los lados como en mongoloides por disponer de una frente más ancha. Los
arcos superciliares en caucasoides son más prominentes que en mongoloides y algunos
negroides. En caucasoides el descenso del frontal hacia los huesos nasales es abrupto,
mientras que en mongoloides es suave; algo similar se observa en negroides pues su nariz es
muy deprimida, tanto en el caballete como en su raíz. Esta última estructura en su espina
nasal anterior se diferencia de manera marcada entre los negroides y los demás grupos, pues
en ellos el borde inferior de la apertura periforme no solamente es romo sino que suele
descender en una fosa prenasal. Los mongoloides al tener una mayor anchura facial
configuran verdaderos arcos cigomáticos, proyectados hacia adelante; entretanto, en
caucasoides son aplanados (Fig. 86).
La mandíbula es otra estructura diferenciadora entre los grandes grupos
poblacionales caucasoide, mongoloide y negroide. El mentón en el primero es tan
pronunciado que se puede sostener entre el pulgar y el índice, lo que no suele presentarse
en los otros grupos, especialmente en negroides pues el mentón tiende a ser recto o huidizo.
En general, tanto el cuerpo como la rama ascendente son más gráciles en caucasoides,
mientras que los mongoloides observan mayores dimensiones transversales (anchuras
bicondilar, bigoniaca). El ángulo de la rama ascendente es mayor en caucasoides y más recto
en negroides (Tabla 34).
Los llamados rasgos epigenéticos o discretos (Berry y Berry, 1967) diferencian de
manera sobresaliente a los mestizos de los grupos indígenas en todos los 32 rasgos
empleados habitualmente, especialmente en cuanto a la presencia de agujeros parietales y
agujero ethmoidal anterior (cuya frecuencia es más alta); las frecuencias de los agujeros
timpánico y supraorbital es inferior en mestizos.
En el análisis discriminante de 16 muestras prehispánicas y una de mestizos de
Colombia, empleando 32 rasgos epigenéticos, este último grupo se destaca con relación a los
demás, mientras que los grupos andinos se aglomeran entre sí junto al resto de los valles del
Cauca y Magdalena.
157

c. La variación en huesos largos

Los huesos largos de los mestizos colombianos observados hasta el momento, manifiestan
un incremento estatural muy marcado en contraste con los indígenas, inclusive con los
españoles medievales. En la comparación de las dimensiones del fémur de una muestra
contemporánea (71 casos, 35 pares) con una serie indígena muisca (59 casos, 20 pares), se
encontró que la población indígena posee un muslo más corto, más abierto con relación al
eje vertical, más curvo en su parte anterior, más angosto en la porción condilar y una cabeza
más pequeña (Zamora, 1998). Sin embargo, el fémur indígena es más platimérico, es decir,
más aplanado en sentido medio-lateral por su robustez (Tabla 36).

Tabla 36. Promedios en fémur de poblaciones masculinas prehispánicas y contemporáneas (Zamora, 1998)

Rasgo (cm) Prehispánico Mestizo


AB. Longitud máxima 41,36 43,29
<CD. Angulo cuello diafisial 127° 124.1°
EF. Diámetro cabeza 4,37 4,44
HC. Diám. horiz. cabeza 4,34 4,47
OD. Circunferencia diáfisis 7,89 8,45
YZ. Diám. A-P. Subtrocant. 2,43 2,67
WX. Diám. M-L. subtroc. 3,06 3,05
ST. Diám. A-P. Pto. medio 2,50 2,74
MN. Diám.M-L. Pto. medio 2,46 2,55
UF. Curvatura anterior diáf. 2,51 2,09
EI. Escotadura intercondílea 2,8 3,0
AM. Anchura bicondilar 7,53 7,85

Mediante la aplicación de una fórmula discriminante se obtiene un margen de error de tan


sólo 8,57%, lo que brinda una alta confiabilidad a la comparación poblacional mediante el
fémur. El tamaño de la muestra no es estadísticamente representativo, por lo cual se sugiere
ampliar la investigación con muestras más grandes y que incluya observaciones sobre grupos
femeninos.

8.5. La variación dental

8.5.1. Odontometría

El comportamiento de las dimensiones dentales nos puede dar una idea del resultado del
mestizaje, pues tanto indígenas como negroides son macrodontes, mientras que los
caucasoides son microdontes. Las dimensiones de las piezas dentales masculinas de la
muestra bogotana ya descrita (Tabla No. 37) encajan en el promedio mundial calculado
por Zoubov y Jaldeeva (1993:213-222), exceptuando los diámetros VL de I1, I2 y C
superiores. A juzgar por las desviaciones típicas, la mayor variabilidad se observa en las
dimensiones MD (mesodistal) y VL (vestíbulolingual) de I1 maxilares, que oscila entre
típicas formas espatuladas caucasoides, hasta incisivos en pala mongoloides –aunque no
supera el grado 2/3-, reflejando el complicado proceso de mestizaje. El diámetro VL de P2
maxilar es igualmente muy variable, a pesar de tener menor tamaño que las otras
muestras comparadas, entre ellas caucasoides, mulatos y negroides cubanos (Toribio et
al., 1995). Las dimensiones MD de los molares inferiores presentan una amplia
variabilidad que puede obedecer a la dificultad de su correcta observación.
Llama la atención el gran tamaño de la dimensión VL de los caninos, especialmente
del inferior, en comparación con las muestras cubanas, superando en este último diente el
promedio negroide. Al contrario, ambos P2 son más pequeños que las muestras cubanas,
incluidas las femeninas. Por otro lado, ambos M1 son más grandes en ambos diámetros
que las muestras cubanas, aunque encajan en el promedio mundial.
Para obtener una visión global de las diferencias poblacionales Harris y Rathbun
(1991) propusieron la sumatoria de los diámetros MD y VL de 14 dientes, excluidos los M3
por su gran variabilidad. Según este índice, los respectivos valores de Bogotá son 111,8 y
121,1, respectivamente. De acuerdo a la sumatoria MD la muestra bogotana encaja en la
variación europea, con valores similares a los caucasoides norteamericanos, inferiores a
los de Ticuna del Amazonas (114,7) (Harris y Nweeia, 1980) y amerindios. En lo referente
al diámetro VL es superior a las muestras europeas, aunque similares a las amerindias,
particularmente Ticuna (121,0).
Los dientes bogotanos comparados con la población amazónica Ticuna (Harris y
Nweeia, 1980) son más pequeños, excluyendo el VL de canino mandibular, MD de M1
maxilar, VL de M1 y ambos diámetros de los centrales inferiores, que también son más
grandes que el promedio mundial. Mientras que los centrales superiores son más
pequeños que los reportes mundiales, los inferiores al contrario, son más grandes. Al
comparar la muestra de Bogotá mediante sus dimensiones dentales con varios grupos
mundiales, encontramos que las poblaciones se aglomeran en tres grandes enjambres:
microdontes (Mokapu, China, Marquesas, Jomon, Sakhalin, Negrito, Cuba caucasoide,
Cuba mulato), mesodontes (Omán) y macrodontes (Indian Knoll, Ticuna, Guam,
Melanesia, Cuba negroide); la muestra bogotana se agrupa con los microdontes.
De esta manera desde la perspectiva odontométrica los rasgos dentales
característicos de los bogotanos son los centrales superiores, cuyo diámetro MD es
pequeño en comparación con las muestras cubanas, incluidas las femeninas, al igual que
P2 superior e inferior. Por otro lado, ambos caninos son grandes en cuanto su diámetro
VL. En general la odontometría de Bogotá señala valores muy caucasoides. El incremento
de las dimensiones VL y su grado de variación intergrupal puede obedecer a procesos
adaptativos por factores ambientales, como se ha señalado en varios estudios
adelantados en poblaciones del este asiático y el Pacífico (Hanihara, 1992:165).
159

Tabla 37. Variación odontométrica de varias poblaciones.

GRUPO BOGOTÁ CUBA CAUCASOIDE CUBA MULATO CUBA NEGROIDE Indígenas de Colombia Mundial
MASCULINO

SEXO M DE M F M F M F M F M DE
MAXILAR
MD I1 8,3 1.1 8,7 8,6 9,0 8,9 9,5 8,9 8,4 8,4 8,8 0,62
VL I1 7,6 .73 7,1 7,4 7,2 7,4 7,8 7,6 7,3 7,4 7,0 0,28
MD I2 6,8 .50 7,5 7,2 6,7 0,38
VL I2 6,7 .39 6,5 6,4 6,2 0,38
MD C 7,9 .50 8,0 7,5 8,1 7,7 8,9 7,8 8,4 8,1 7,8 0,35
VL C 8,5 .59 8,0 7,8 8,3 8,0 8,7 8,2 8,7 8,3 8,1 0,48
MD P1 7,1 .45 7,4 7,1 7,2 0,33
VL P1 9,1 .64 9,4 9,3 9,3 0,43
MD P2 6,7 .45 6,7 6,8 7,0 6,9 7,3 7,0 7,1 6,7 6,7 0,38
VL P2 9,0 .72 9,5 9,0 9,6 9,4 10,0 9,4 9,5 9,1 9,1 0,48
MD M1 10,4 .56 9,7 9,5 10,0 9,8 10,4 10,0 10,9 9,8 10,4 0,48
VL M1 11,4 .65 11,2 10,7 11,3 10,8 11,5 10,9 12,1 11,0 11,6 0,33
MD M2 10,0 .76 10,3 9,5 9,4 0,53
VL M2 11,5 .64 11,7 11,0 11,5 0,60
MD M3 8,8 .76 9,5 9,8 8,9 0,62
VL M3 10,8 .88 11,2 11,2 10,9 0,83
MANDÍBULA
MD I1 5,5 .45 5,4 5,3 5,4 0,25
VL I1 6,0 .42 5,7 5,4 5,8 0,28
MD I2 6,1 .40 6,2 6,2 6,0 0,25
VL I2 6,4 .35 6,2 5,9 6,3 0,23
MD C 7,1 .48 6,9 6,5 7,2 6,8 7,5 6,8 7,2 6,8 7,0 0,53
VL C 8,0 .44 6,9 6,7 7,3 7,1 7,7 7,1 7,8 7,2 7,9 0,50
MD P1 7,0 .51 7,1 6,9 7,0 0,40
VL P1 7,8 .47 7,9 7,6 7,8 0,32
MD P2 7,0 .41 7,2 7,1 7,5 7,4 8,0 7,6 7,3 6,9 7,1 0,40
VL P2 8,1 .48 8,3 8,0 8,4 8,3 8,8 8,3 8,3 8,1 8,2 0,43
MD M1 11,2 .69 10,9 10,4 11,3 10,9 11,8 11,4 11,9 10,8 11,2 0,31
VL M1 10,7 .41 10,3 9,9 10,4 10,2 10,7 10,3 11,2 10,7 10,4 0,45
MD M2 10,7 .74 11,3 10,8 10,7 0,45
VL M2 10,3 .67 10,6 10,9 10,3 0,38
MD M3 10,5 .92 10,7 10,8 10,9 0,68
VL M3 10,0 .59 10,5 10,7 10,1 0,38

Desde la perspectiva evolutiva, el análisis de 17 muestras dentales de Colombia


adelantado por la profesora Clemencia Vargas V. como parte de su tesis doctoral de la
Universidad de Buenos Aires, Argentina (2009), evidencia que los grupos más antiguos de
Colombia (Checua, Tequendama) del Precerámico Temprano (VIII-III milenios a. C.) se
caracterizan por poseer dientes grandes, aunque con un área (MDxVL) de los molares
superiores e inferiores de 372,0 y 382,0, muy inferior a 426,2 y 409,7 respectivamente, en
aborígenes australianos. Ya durante el Precerámico Tardío (Aguazuque, II milenio a. C.) se
evidencia un drástico decrecimiento en el tamaño dental (áreas de 322,0 y 326,8), que se
estabiliza con los grupos agroalfareros tardíos (áreas de 345,8 y 362,2). Esta tendencia
señala que mientras la morfología craneofacial (dolico-hipsicefalia) casi no se modificó
entre ambos períodos del Precerámico, incluida la fase temprana del Formativo (por
ejemplo el entierro No. 11 de Madrid 2-41 con fecha de 150 a. C.), el tamaño dental sufrió
una drástica reducción (cercana al 12%) hacia el II milenio a. C., relacionada con los
cambios en el patrón de subsistencia (economía de amplio espectro que incluía la caza,
recolección, pesca y especialmente horticultura).

8.5.2. Morfología dental

La importancia de los rasgos morfológicos dentales estriba en su potencial informativo


para diferenciar poblaciones humanas: 1. Casi no observan dimorfismo sexual y no se
alteran con la edad, por lo que se pueden integrar ambos sexos y todos los grupos etáreos
por los dientes permanentes; 2. Poseen una alta penetración genética en su expresión y
frecuencia; 3. Todos los rasgos son relativamente independientes; 4. Son evolutivamente
conservadores y tan discriminantes como cualquier rasgo genético simple; 5. Los dientes
se preservan muy bien en los contextos arqueológicos lo que permite comparaciones
directas con poblaciones contemporáneas. (Turner, 1993: 35). Por otro lado, los estudios
poblacionales han logrado establecer dos complejos dentales: Sinodonte o Mongoloide,
caracterizado por alta frecuencia de rotación de los incisivos (winging), apiñamiento
(crowding), incisivos en pala (shovel-shaped) y doble pala de los incisivos superiores
centrales; tubérculo dental del segundo incisivo superior; cresta distal accesoria en el canino
superior; cúspide 6 (entoconúlido), cúspide 7 (metaconúlido o tami), protostílido, pliegue
acodado (deflecting wrinkle), cresta distal del trigonido y raíces triradiculares en el primer
molar inferior. El Sundadonte, se caracteriza por la retención o simplificación de estos rasgos,
entre ellos cúspide 4 en el segundo molar inferior, pérdida o reducción de M3, menor
incidencia de pala. Los europeos se destacan por la altísima frecuencia de cúspide 4 en el
segundo molar inferior y muy baja presencia de los rasgos mongoloides. Los africanos por los
dientes grandes y alta frecuencia de cúspide 7 en M1 inferior (Turner, 1984; Zoubov, 1968,
1979, 1997; Zoubov y Jaldeeva, 1989, 1993).

8.5.2.1. Rotación de los incisivos centrales superiores en forma de V (WI1)

Se observa en el primer incisivo central superior y se expresa como presente en el grado 1


(winging), cuando ambos dientes están rotados (rotación bilateral) y configuran una V
abierta. La expresión dicotómica es 1/1-4 (Fig. 87). Su frecuencia es muy elevada en las
muestras prehispánicas de Colombia (Vargas, 2009), alcanzando inclusive el 100%, lo que
es característico de las poblaciones de origen mongoloide. En mestizos su frecuencia
(41,1%) es baja en comparación con el promedio prehispánico. Su presencia puede
obedecer al tamaño mesodistal de los incisivos centrales, pues también es de los más
grandes en el ámbito mundial (7,7 a 9,3 mm. en las muestras prehispánicas), por lo que se
reduce el espacio en el arco maxilar. Este rasgo es poco diferenciador de los grupos
indígenas, pero tiene un alto poder cuando éstos se comparan con grupos occidentales,
161

siendo de gran utilidad en el campo forense. Las menores frecuencias (menores a 10%) se
aprecian en Europa Occidental, Australia, Nueva Guinea; entre 10-20% se observa en
África y Melanesia; entre 20-35% se reporta en el Noreste y Sureste de Asia; en el Nuevo
Mundo oscila entre 20-50% (Scott y Turner, 1997: 179).

8.5.2.2. Incisivos superiores en pala (SHI1)

Este rasgo consiste en rebordes marginales marcados que desembocan en una foseta de
la cara lingual de los incisivos superiores (Shovel-shaped), centrales y laterales (Fig. 87); es
dominante desde el punto de vista genético y caracteriza a las poblaciones de origen
mongoloide de Asia y América por su elevada frecuencia que alcanza el 100% en la última,
permitiendo diferenciarlas de las europeas y africanas. Las frecuencias más bajas se hallan
en lituanos y polacos con tan solo 0,3 y 0,4% respectivamente. En negros africanos, al
igual que en caucasoides no supera el 20%, en sundadontes (sureste asiático) no supera el
10%. En los indígenas colombianos prehispánicos alcanza el 100%, mientras que en
mestizos apenas 26% y en mulatos de Tumaco 17,4% y de Guapi 16,8% (Delgado, 2006)
(Tabla 38). El diagnóstico de este rasgo no ofrece complicaciones pues es fácil de observar,
salvo cuando el desgaste incisal es muy acentuado y puede confundir al observador.

Figura 87. Incisivos centrales y laterales superiores en pala, característica de poblaciones indígenas.

8.5.2.3. Cúspide de Carabelli en M1 (CarM1)

Se clasifica según el tamaño de la cúspide mesolingual (protocono) de la cara lingual del


primer molar superior, con expresión dicotómica de 2-6/0-6. En las muestras
prehispánicas colombianas (Vargas, 2009) la presencia de esta cúspide es significativa,
oscilando entre 31% y 78,6%, no obstante el tamaño de la misma no es muy grande,
donde la mayoría se ubica entre los grados 0 (58,8%), 1 (15,7%) y 2 (20,6%). Las
frecuencias bajas de este rasgo se reportan en Asia septentrional, grupo Aleutiano-
Esquimal, indígenas americanos, Jomon, Ainu (menores a 10%); valores medios se
encuentran en Asia oriental (10-15%); valores altos en África subsahariana, Pacífico (Sunda
y Sahul); valores elevados en Eurasia occidental (20-30%) (Scott y Turner, 1997: 201). La
mayoría de autores asocia la cúspide de Carabelli con las poblaciones caucasoides; no
obstante, a juzgar por su elevada frecuencia en grupos colombianos, esta suposición no
tiene sustento, pues, infortunadamente, los grados 2 y 3 se toman como presentes.
Figura 88. Cara oclusal de primer molar inferior derecho (M- cara mesial, V- cara vestibular, L- cara lingual,
D-cara distal, Prd-protoconido, Med- metacónido, Hyd- hipoconido, End- entoconido, Hld- hipoconulido).

8.5.2.4. Tubérculo sexto en M1 inferior (C6M1)

Es un tubérculo adicional ubicado en posición distal de la corona del primer molar inferior.
La presencia del tubérculo sexto es común entre las poblaciones de filiación mongoloide,
siendo relativamente rara en caucasoides y negroides. Conjuntamente con la forma en
pala de los incisivos, este rasgo puede considerarse como un criterio oriental, pues su
incidencia en grupos mongoloides alcanza el 55%, mientras que en caucasoides suele
estar por debajo del 10%, y en negroides por debajo del 20%. Su frecuencia más alta se
encuentra en tibetanos, con un 89,4% y la más baja en Estonia con un 0,9%. En indígenas
suramericanos alcanza un 55,8% y en negros africanos no supera el 10% (Scott y Turner,
1999). En sundadontes es de 35,5% y en aborígenes australianos de 19,5%. En indígenas
colombianos oscila entre el 0% en Waunana, hasta el 76,9% en Wayú, lo que podría estar
señalando errores interobservadores; en Tumaco alcanza 20,6% y 22,2% en negroides de
Guapi, costa Pacífico (Delgado, 2006) (Tabla 38).

8.5.2.5. Cresta distal del trigonido en M1 inferior (DTC)

Cresta que une las cúspides prd y med en su porción distal, interrumpiendo el surco
transversal (Fig. 88). Presenta una alta incidencia cercana al 40% en algunas poblaciones
mongoloides de Asia Oriental y Suroriental, siendo muy baja en caucasoides y en algunas
poblaciones de filiación mongoloide, en particular en Siberia y América. Mientras que en
kalmuikos alcanza el 39,0%, en polacos tan solo 0,1% (Zoubov y Jaldeeva, 1989). En
indígenas suramericanos su frecuencia es muy baja pues tan sólo llega al 5,6%. En
Colombia se ha reportado ausente en Cali pero en Cartagena se ha registrado un 48,5%, y
en Guapi 2% lo que puede obedecer a error de apreciación (Tabla 38).
163

8.5.2.6. Pliegue acodado del metacónido en M1 inferior (DWR)

Acodamiento de la cresta principal del med (ML) (Fig. 88). Es un rasgo oriental con alta
incidencia en muchas poblaciones mongoloides. Se observa no solo en mongoloides sino
también en algunas poblaciones europeas que tienen componente racial uraliano, en
particular las del grupo lingüístico finés, donde se encuentra a menudo en combinación
con el tipo reducido tetracúspide del primer molar inferior (Zoubov, 1998). La más alta
incidencia la evidencian los indígenas suramericanos con un 74,5%, y la más baja los
búlgaros con 3,3%. En negros africanos no supera el 25% (Scott y Turner, 1999) y en
Guapi, costa Pacífica alcanza 49% (Delgado, 2006). En indígenas colombianos
contemporáneos oscila entre el 72,7% hasta el 100%, pero en muiscas se ha registrado un
50% (Vargas, 2009)(Tabla 38).

8.5.2.7. El protostílido en M1 inferior (PRO)

Tubérculo localizado en la cara vestibular de los molares inferiores (Fig. 88, 89); parece ser
un rasgo americanoide pues su frecuencia es muy alta en estas poblaciones, alcanzando
un 41,9% en indígenas norteamericanos, 29,8% en suramericanos, y en colombianos
contemporáneos hasta 60% (nukak). En material colombiano prehispánico se observa casi
en un 100% en forma del punto P (grado 1 de ASU) (Fig. 89). En mestizos colombianos es
de apenas 4% (Vargas, 2009). Su presencia es muy rara en caucasoides y negroides, con
apenas 8,4% en Guapi (Delgado, 2006), pero en algunas poblaciones mongoloides y del
sureste asiático puede alcanzar el 12% (en ainos y en la isla de Guam). Cuando se analiza
material forense americano puede constituirse en excelente marcador fenético para
diferenciar a los grupos indígenas de los mestizos (Tabla 38).

8.5.2.8. Cúspide 7 lingual en molar inferior (C7M1)

Es el metaconúlido o tubérculo intermedio en la superficie lingual entre las cúspides 2 y 4


del primer molar inferior (tami o tubérculo accesorio medial interno). Su expresión
dicotómica es 1-5/0-5. Varía ampliamente entre 0 (ausente) y 66,7% en los grupos con los
dientes más grandes de Silos y Tequendama (Vargas, 2009). Es un rasgo asociado a
descendencia africana, de ahí que en Tumaco, Providencia y Cartagena varía entre 30,1-
39,7%. Su presencia es inversamente proporcional al tamaño de los molares (con MD42 es
de -0,605*) y premolares, y positiva con los incisivos (con VL11 es de 0,675*). En el
ámbito mundial observa frecuencias muy bajas en Eurasia occidental, América y Pacífico
(Sunda, Sahul) (menos de 10%), y elevadas en África subsahariana (25-40%) (Scott y
Turner, 1997: 217). Observa la mayor correlación con el tercer componente principal
(Tabla 38).

8.5.2.9. Cúspide 6 en molar inferior (C6M1)


Cúspide entoconúlido que se observa en el primer molar inferior. Su expresión varía
ampliamente, entre 0% (Valle Tardío) y 50% (Los Santos y Silos); en mestizos su frecuencia
es muy baja (5,1%) (Vargas, 2009). Observa una relación negativa con el diámetro MD42
(-0,592*) y el hipocono (-0,602*); positiva con VL44 (0,606*). Presenta una alta
correlación con el segundo componente principal (ACP). En la variación mundial se aprecia
que los valores bajos (menores a 10%) se reportan en Eurasia occidental; los intermedios
(10-20%) en África subsahariana, Siberia meridional, pueblos de Altai y en Nueva Guinea;
frecuencias altas (30-50%) se hallan en Asia septentrional y oriental, en las Américas y en
Melanesia; las más elevadas (mayores de 50%) en Polinesia y Australia (Scott y Turner,
1997: 217).

Figura 89. Variación del protostílido en la cara vestibular de M1 inferior.

8.5.3.0. Cúspide 4 en segundo molar inferior (C4M2)

Varía entre 24,0 y 76,9%, donde los mayores valores se aprecian en grupos precerámicos y
los más bajos en mestizos (Vargas, 2009). Manifiesta una relación positiva con el área
molar inferior (0,556*) y negativa con VL13 (-0,639*). Expresa el mayor valor negativo en
el segundo componente principal. Puede ser útil en la diferenciación de grupos tempranos
de dientes grandes (precerámico, formativo) y tardíos de dientes más pequeños; también
entre indígenas y mestizos.
165

Tabla 38. Frecuencia de rasgos dentales en poblaciones de Colombia y del mundo.


GRUPO/RASGO WIN SHO CAR HYP DWR DTC PRO C7M1 C6M1 C4M2
DIENTE UI1 UI1 UM1 UM2 LM1 LM1 LM1 LM1 LM1 LM2
INDÍGENAS AMERICANOS
Eskimo 24 98,1 17,5 79,8 65,7 16 16,5 12,9 39,9 3,8
Aleut 25 97,5 6,3 68,4 70,4 16 25,9 8,4 43,3 10,7
Na Dene 38 98,8 24,8 91,8 57,6 7,5 33,6 8,6 40,6 4,2
Pima 35 99,1 6,9 90 39,5 8 19,4 8,2 26,6 28
NA Indian 50 99,9 35,6 91,7 73,3 7,5 41,9 10,2 49,2 8,1
SA Indian 50 99,8 41,9 92,6 74,5 5,6 29,8 9,6 55,8 9
Ica Perú 73 23 50 57,4 14,2 13,4 23,4 46,2
México 70 62,9 22,7 89,7 1,5 10 0 3,2 8,5 15
Florida 70 100 73,8 100 74,6 13,4 81,8 2,4 35,4 0
Dominicana 1 71 72,6 94,7 0 36,4 71,7 15 31 68,5
Muisca 70,1 100 44,9 79,3 67,3 13,3 42,9 17,7 38,9 24,1
Herrera 100 100 42,9 50 60 16,2 37,5 25 25 44,4
Chibchas septent 84,7 100 55,8 76,2 70 16,2 48 31,6 37 47,3
Valle Cauca 59,6 100 30,9 89,4 33,9 17,7 82,3 32,8 13,8 42,5
Valle Magdalena 100 100 40 100 20 16,2 80 0 16,7 25
Precerámico 83,3 100 43,6 56,5 80 16,2 61,9 33,4 31,2 60
Chibcha contem 70 98,1 47 95 92,9 20 8,4 12,1 13,9 20
Páez 96,8 23,4 95,2 54 12,7 20,6 25,4
Leticia 45,3 98,6 68,5 90 87 4,9 89,8 58,4 49,5
MESTIZOS DE COLOMBIA
Bogotá 41,1 26 67,2 98,3 12,4 0,8 1,6 10,7 5,1
Cali 26,5 40 79 0 1,5 25 51
Tunja 29,5 52 1 2 12 48
Guatavita 39,4 53,5 40,9 97,1 0 5,2 16,9 9,8 15,4 20
Cartagena 9,7 48,5 45,7 100 8,5 32,4 30,1 63,7
AFROCOLOMBIANOS
Tumaco 17,4 48,5 2 8 39,7 20,6
Providencia 24,6 48,5 2 8 38,6 10
Guapi 6,3 16,8 58 71,1 49 2 8,4 21,1 22,2 62,2
AFRICA
North África 7,4 19,5 54,7 95,7 24,7 3,3 32,5 9,4 7,7 66,4
África subsahariana 6,6 28,1 51,2 99 30,1 1,3 21 38,5 16,6 24,1
South África 4 11 13,9 38,9 32,7 19 0 42,9 16,1 42,7
Khoisan 18 14,9 20 76,7 50 20 32,5 27,8 18,8 16,6
EUROPA
Europa W 7 7,6 22,1 75 9,7 4,1 0 4,2 3,7 92,6
Europa E 7 3 20,1 79 7,2 2,1 0 3,5 3,1 87,1
Rusia 7,5 1,7 33,6 38,9 4 2,2 0 0,9 5 90,9
NORESTE DE ASIA
Amur 50 100 27,6 86,3 78,4 20,8 7,7 5,7 51,2 11,8
NE Siberia 35 97,6 17,9 80,6 79,1 7,3 32,9 5,3 50 3,6
Japón 21 90,8 6,5 95,9 30,7 12 6,6 4,3 42,6 26
Jomon 20 60,5 5 73,9 27,6 4,3 4,2 9,2 42,9 37,6
Ainu 20 22,6 8 65 17,5 5,9 5,2 2,1 17,9 60,2
China 25 92,6 17,5 95,3 41,3 14 7,5 4,7 32,7 15,6
SURESTE DE ASIA
Melanesia 16 5,4 10,3 90 38,5 7,7 4,2 8,4 38,9 61,4
Australia 7 6,5 3,2 96,3 41,1 4,8 4,4 5,6 52,3 44,2
Polinesia 20 29,7 15,9 90 24,7 10,6 8,5 6 52 44,4
Amami 20 83,9 10,9 85 30,5 10,9 7,8 4,7 29,5 37,9
Figura 90. Puntos y medidas craneométricas según Martin-Saller (1957) en vista frontal.

Figura 91. Puntos y medidas craneométricas según Martin-Saller (1957) en vista de


perfil.
167

Figura 92. Puntos y medidas craneométricas según Martin-Saller (1957) en vista basal.
9.La variación de la estatura

9.1. Variabilidad estatural

La estatura o talla de pie se define como la altura comprendida entre el vértex (punto más
elevado de la cabeza) al suelo, orientando al individuo en el plano de Frankfurt. Se suele
medir mediante el antropómetro y se expresa en centímetros. La estatura se usa como
parámetro comparativo con las otras medidas del cuerpo, exceptuando la cefálica, para
definir la proporción entre el tronco y las extremidades (Vallois, 1965).
La estatura, además, se considera exclusiva de la especie humana por cuanto los
otros animales no asumen una postura erguida habitual fisiológica. Sus dimensiones
dependen de varios segmentos como el cefálico (altura basibregmática), raquídeo (altura de
la columna), pelviano y de las extremidades inferiores. Cada uno contribuye a la talla del
individuo en consideración a la edad, sexo, ancestros (raza), condiciones socioeconómicas y
sicosociales y finalmente de las tendencias seculares (históricas).
Entre los factores longitudinales y trasversales del crecimiento predominan los
primeros. Según Burt y Banks (1947; citados por Valls 1985:229) los valores de
correspondencia (expresados mediante el coeficiente de correlación r) entre la estatura y los
distintos segmentos longitudinales se aprecian significativamente con la longitud de la pierna
(0,864), la talla sentado (0,732), la longitud del brazo (0,677) y del muslo (0,608). Por tal
razón, en el cálculo de la estatura a partir de las dimensiones del esqueleto se aplica
preferencialmente las longitudes de la extremidad inferior, la columna y la extremidad
superior.
Según Martin y Saller (1957) las estaturas se pueden clasificar mediante los siguientes
intervalos (Tabla 39):

Tabla 39. Clases estaturales (Valls, 1985).

Clase Denominación Hombres Mujeres


Camesomos Enanos Menos de 130,0 Menos de 121,0
Muy bajos 130,0-149,9 121,0-139,9
Bajos 150,0-159,9 140,0-148,9

Mesosomos Submediano 160,0-163,9 149,0-152,9

Medianos 164,0-166,9 153,0-155,9


Supermediano 167,0-169,9 156,0-158,9
Hipsisomos Altos 170,0-179,9 159,0-167,9
Muy altos 180,0-199,9 168,0-186,9
Gigantes más de 200 más de 187

La variabilidad poblacional de la estatura está determinada tanto por los distintos


ritmos de crecimiento como por las diferentes proporciones corporales. Los niños
169

caucasoides, por lo general, son más altos a cualquier edad; el niño negroide tiene un creci-
miento pubertario más acelerado pero su estatura final se compensa por un ritmo de
crecimiento inicial más lento; el niño mongoloide es más bajo a cualquier edad, con su
crecimiento pubertario mucho menor (Tabla 40). Además, las poblaciones negroides poseen
unas piernas más largas respecto a la longitud del tronco; mientras que en los mongoloides el
tronco crece más rápido que las extremidades inferiores; los mongoloides observan los
segmentos distales más largos que los proximales (Marquery Lehman, 1963; Valls, 1985;
Genovés, 1967; Tanner, 1986).
Tabla 40. Promedio de tallas en grupos colombianos (Carrillo et al., 2000; Marquer y Lehman, 1963*;
Meisel y Vega, 2007**; Rodríguez, 1999)

Población Masculino Femenino


n M DE n M DE
Soacha 56 158,3 6,00 36 148,3 7,32
prehispánica
Palmira 37 160,9 28 152,6
prehispánica
Indígenas 646 156,4 5,56 125 143,9 4,33
Cauca*
Rural Tenza 317 163,2 6,11 317 151,4 3,33
Urbana Yopal 9 166,9 7,59 11 155,1 4,35
San Andrés** 175,2 162,7
Caribe** 171,1 159,2
Valle** 171,9 159,7
Bogotá** 171,9 159,7
Suroccidente** 168,3 156,4
Chocó** 171,8 160,8
Nariño 1950** 165,2 153,4

Finalmente, habría que considerar el incremento secular o generacional de la


estatura, observable en las sociedades industriales en las dos o tres últimas generaciones. Al
parecer, la estatura máxima se alcanza en promedio a una edad más temprana, hacia los 21
años, cuando en el siglo pasado se apreciaba a los 25 años en los varones, cambio
documentado en varios países europeos, americanos, inclusive Colombia (Tanner, 1986).
Una mejor nutrición, la exogamia, la disminución de las enfermedades, la mejora en las
condiciones higiénicas, el estilo urbano de vida y otros factores habrían incidido en estos
cambios.

9.2. El método anatómico de reconstrucción de la estatura

Existen métodos anatómicos y matemáticos para la reconstrucción de la estatura. El primero


es considerado el más acertado, pues las fuentes de error se limitan a la variación en el
grosor del tejido blando y las curvaturas de la columna. Además, es una fórmula general
aplicable a todos los grupos étnicos y de ambos sexos, sin importar si el tronco sea largo o
corto (Fully, 1956; Fully y Pineau, 1960; Olivier y Pineau, 1960). Sin embargo, requiere de
todo el esqueleto, sobre todo de las vértebras.
En 1955 M. Georges Fully (1956) analizó los cuerpos de las víctimas francesas del
campo de concentración de Mauthausen, Austria, asesinados por la SS alemana antes de la
liberación e inhumados en un antiguo campo de fútbol. Los 3165 cadáveres estudiados
poseían fichas con sus datos personales. Al aplicar las tablas de Rollet y Manouvrier se
producían errores hasta de 16 cm. La reconstrucción de la estatura en individuos con tronco
corto y miembros largos producían valores superiores a la talla real, y con tronco largo y
miembros cortos, al contrario, valores inferiores a los reales. El autor apreció que otros
factores incidían como la altura del cráneo que era muy variable, la curvatura de la columna
vertebral y ciertas deformaciones como la cifosis, escoliosis, lordosis, que disminuyen la talla
en función de su grado de incidencia (Fully, 1956:267). Por tal razón, el autor consideró que
la talla constituía un factor esencialmente individual.
Las medidas básicas para la aplicación del método anatómico en la reconstrucción de
la estatura según Fully (1956) son las siguientes:
1. Altura basi-bregmática del cráneo (No. 17 de Martin).
2. Altura de la columna vertebral, obtenida como la medida máxima por la línea media de los
cuerpos vertebrales entre C2 (cervical) y L5 (lumbar). Se excluye el atlas, pues la altura
superior de la apófisis dentoidea del axis alcanza aproximadamente su borde superior. Por
esta razón se mide la altura máxima del axis, incluida la apófisis. Se recomienda examinar la
columna con el propósito de establecer eventuales desviaciones patológicas, como
aplastamiento cuneiforme de los cuerpos vertebrales, espondiloartrosis con relieve marginal,
osteofitosis, fracturas antiguas, mal de Pott (TBC). Si hay desviaciones, se mide tanto la altura
máxima como la mínima del cuerpo vertebral y se promedia.
3. Altura anterior del S1, obtenida en su línea media. Hay que verificar si se ubica sobre la
parte superior de la cabeza del fémur.
4. Longitud bicondilar (fisiológica u oblicua) del fémur (CD), con los cóndilos contra la pared
vertical de la tabla osteométrica.
5. Longitud de la tibia sin las espinas (eminencia intercondilar), incluido el maléolo medial. Se
mide en la tabla osteométrica de Broca que posee una columna vacía en la pared fija y
excluye la eminencia intercondilar. Se puede obtener una buena aproximación al promediar
la longitud cóndilo-maleolar, medida a ambos lados de la eminencia intercondilar en una
tabla osteométrica estándar.
6. Altura del talón y calcáneo articulados. Corresponde a la distancia entre la parte superior
de la tróclea y la plantar del calcáneo, en su contacto con la pared vertical de la tabla
osteométrica estándar.

El autor sugirió un índice de corrección según la cohorte estatural:


Talla esquelética igual o inferior a 153,5 cm, añadir 10 cm.
Talla esquelética igual o superior a 165,5 cm, añadir 11,5 cm.
Talla esquelética entre 153,6 y 165,4 cm, añadir 10,5 cm.
La edad puede incidir, pues en los individuos jóvenes las epífisis al no estar soldadas
se pueden perder. En los de edad avanzada la cifosis afecta la curvatura normal. Mediante
este método Fully obtuvo un margen de error menor de 2-3 cm. en casi el 100% de los casos.
El mayor problema de este método es que requiere de la totalidad del esqueleto para su
aplicación.
171

Fully y Pineau (1960) aplicaron la fórmula de Fully en 164 esqueletos con datos
conocidos, estableciendo una ecuación de regresión múltiple:
Estatura (cm)= talla esquelética + 10,8±2,05 k, de donde k=1 para el 68% y k=2 para el 95%
de los casos. Cuando el esqueleto está incompleto se pueden aplicar las siguientes fórmulas:
Estatura (cm) = 2,09 (F + L1-L5) + 42,67 ± 2,35 k
Estatura (cm) = 2,32 (T + L1-L5) + 48,63 ± 2,54 k
Como esta fómula fue deducida de esqueletos de soldados franceses, su utilidad ha
sido evaluada para otros grupos poblacionales (Maijanen, 2009 ; Raxter et al., 2006, 2007),
encontrándose que sobre estima la estatura original, por lo que se han propuesto ajustes
que tienen en cuenta una mejor resolución en la medición de las alturas vertebrales y de los
huesos largos, el coeficiente que corrige el grosor del tejido blando y la edad, con las cuales
se produce hasta un 95% de individuos dentro del rango de 4,5 cm. (Raxter et al., 2006 : 378).
Cuando se conoce la edad la fórmula es :
Estatura (cm) = 1,009 x altura esqueletal – 0,0426 x edad + 12,1 (r = 0,956, SEE = 2,22).
Cuando se desconoce la edad la fórmula es :
Estatura (cm) = 0,996 x altura esqueletal + 11,7 (r = 0,952, SEE = 2,31).
En la medición de la altura esqueletal se tiene en cuenta : la altura basibregmática; la altura
de C2 (la más superior en el proceso odontoideo); altura máxima de C3-C7 tomada en el
tercio anterior medial a la curvatura superior; máxima altura de T1-T12; altura máxima de L1-
L5 ; S1 máxima; longitud fisiológica del fémur; longitud de la tibia sin incluir la espina; altura
talón-calcáneo articulados

9.3. Estimación métrica de la estatura

Los autores que han analizado las dificultades prácticas adyacentes a la reconstrucción de la
estatura, han expresado sus reservas sobre la aplicación de fórmulas de regresión que
permitan la obtención de estimaciones apropiadas en muestras esqueléticas (Formicola,
1993). Las fórmulas se basan, generalmente, en coeficientes de correlación entre la longitud
de los huesos largos y la estatura publicadas a finales del siglo XIX (Manouvrier, Pearson) y
principios del siglo XX (Hrdlička). Otros utilizan la totalidad de huesos implicados en la
sumatoria estatural, incluyendo el segmento cefálico, raquídeo y las extremidades inferiores.
En este sentido, el consenso general le atribuye al método anatómico los mejores resultados,
aunque no es aplicable en ausencia de todos los segmentos requeridos.
Las mediciones de huesos largos de cadáveres en disección llevados a cabo por
diferentes autores (ver referencias en Krogman e Iscan, 1986; Mendonça, 2000), han
permitido elaborar fórmulas de regresión para caucasoides y negroides norteamericanos,
a partir de las colecciones óseas de Terry, Hamman - Todd y soldados norteamericanos
fallecidos en la guerra de Corea. Otras investigaciones han incluido poblaciones europeas
(Formicola, 1993), brindando fórmulas apropiadas para caucasoides y negroides. Las
poblaciones mongoloides han sido menos estudiadas. S. Genovés (1967) estudió la
variación estatural en una muestra de cadáveres mejicanos estableciendo tablas de
correlación entre la longitud de los huesos largos y la estatura para indígenas
centroamericanos. La variación en la correlación entre los huesos largos y la estatura varía
ampliamente entre los grandes grupos raciales (caucasoide, mongoloide, negroide) lo que
justifica la utilización de formulas de regresión independientes. Trotter-Gleser (1958; en
Krogman e Iscan, 1986) sugiere que los grupos puertorriqueños aunque poseen una talla
más corta que los negroides norteamericanos, la reconstrucción de su estatura se ajusta
más a las fórmulas de los negroides que a otros grupos. La proporción de los mejicanos
difiere ampliamente de los otros cuatro grupos y por tanto, las ecuaciones deben provenir
directamente de las muestras mejicanas.
Al comparar la estatura reconstruida con la de cadáveres de la Hamman-Todd
Collection se observa que los caucasoides masculinos se aproximan más a los datos en
poblaciones vivas; las mujeres caucasoides resultan 1 cm. más cortas; los varones y mujeres
negroides aparecen 4-6 cm. más altos que las medias obtenidas de caucasoides vivos; los
caucasoides varones y femeninos tienen en promedio 8,5 cm. más que los caucasoides de
Pearson.
Para evitar los sesgos en la reconstrucción de la estatura se recomienda calcularla a
partir de huesos individuales y no de la sumatoria de ellos pues es sumar errores,
especialmente del fémur para caucasoides y mongoloides y la tibia para negroides, en virtud
de las diferencias en la proporción de los segmentos de la pierna en las distintas poblaciones;
el segmento inferior (tibial) es más largo proporcionalmente en negroides; en los amerindios
la proporción pierna / muslo es diferente, con una pierna mayor (Tabla No. 835 de Krogman
e Iscan 1986:344; Genovés, 1964). Así mismo, la extremidad inferior (fémur y tibia) supera en
resultados positivos a la superior (húmero, cúbito, radio).
La magnitud del margen de error en la estimación de la estatura ha sido también
objeto de análisis. Pearson sugería que las diferencias no eran inferiores a los 2,0 cm.,
aunque podrían llegar a 2,66 cm. si solamente disponemos del radio. Al tomar la desviación
estándar (S.D.) de 3,2 cm. propuesta por Pearson para el fémur, obtenemos una probabilidad
aceptable de 1: 22 para la estimación de una estatura dentro del rango de dos desviaciones
estándares (2 S.D. = 68%). Así, para una estatura de 180 cm. el rango de variación aceptable
sería de 2 S.D. = 173,6 - 184,4 cm., con una amplitud de 12,8 cm.
En cuanto al nivel de representatividad estadística de las fórmulas cabe subrayar que
la mayoría se han obtenido de muestras pequeñas (Pearson, Telkkä, Dupertuis and Hadden,
Genovés) y por consiguiente las ecuaciones de Trotter-Gleser constituyen las más apropiadas
en la reconstrucción de la estatura. Otro factor que incide en los cálculos comparativos entre
la estatura estimada y la de las personas en vivo se aprecia en los errores intra
interobservadores obtenidos de esta medida antropométrica. Existe una diferencia promedio
hasta de 2,5 cm. entre la estatura medida por la mañana cuando el organismo se encuentra
relajado, y la obtenida por la tarde, como consecuencia de la pérdida de tonicidad de los
discos intervertebrales (Vallois, 1965).
También se presentan diferencias en la obtención de la talla por causas técnicas, ante
todo por la ausencia en las oficinas de control del equipo apropiado (antropómetro) y por la
incorrecta posición del individuo. En una muestra de 40 estudiantes de la Universidad
Nacional medidas con antropómetro se encontró que en promedio eran aproximadamente
2,5 cm. más bajas en hombres que la cifra incluida en su documento de identidad, y en
mujeres llegaba a 4.5 cm. La muestra bogotana de mujeres posee un tronco largo y piernas
cortas, reflejando proporciones corporales indígenas, mientras que los varones, al contrario,
un tronco corto y piernas largas manifestando proporciones caucasoides.
173

La talla de pie de la población mestiza colombiana es de categoría media, 168-172


cm. los varones, 158-162 cm. en las mujeres. En los indígenas oscila entre 157-160 cm. en
varones y 146-149 cm. en mujeres, siendo los wayú de la península de la Guajira el grupo
más alto. Por esta razón, tanto las fórmulas de Trotter-Gleser y de otros autores para
poblaciones norteamericanas y europeas tienen poca aplicación en Colombia, y la de
Genovés deducida en indígenas mesoamericanas observa mayor aplicabilidad cuando se
emplea en indígenas para el segmento tibial del miembro inferior, no tanto para el fémur.
M. C. de Mendonça (2000) propuso unas fórmulas de regresión obtenidas de
cadáveres frescos portugueses, que quizás sean más aplicables a muestras de la Península
Ibérica y a poblaciones colombianas. La reconstrucción de la talla esquelética puede generar
errores pues los huesos secos son más cortos que los frescos, que existe una diferencia de
cerca de 2,35 cm. por el aplanamiento de los discos intervertebrales entre el vivo y el
cadáver, y de 2,5 cm. entre la estatura medida por la mañana y la tarde. M. C. Mendonça
(2000) propuso las siguientes fórmulas de regresión con un intervalo de confianza de 95%.

9.3.1. Sexo masculino

Talla = (59,41 + 0,3269XLTH) ± 8,44 LTH = Longitud total del húmero (mm)
Talla = (47,18 + 0,2663XLFF) ± 6,90 LFF = Longitud fisiológica del fémur (mm)
Talla = (46,89 + 0,2657XLPF) ± 6,96 LPF = Longitud perpendicular del fémur (mm)

9.3.2. Sexo femenino

Talla = (64,26 + 0.3065XLTH) ± 7,70


Talla = (55,63 + 0.2428XLFF) ± 5,92
Talla = (57,86 + 0.2359XLPF) ± 5,96

La medición de segmentos de cadáveres de una muestra de 404 individuos


masculinos entre 20-45 años de edad de la morgue de Medellín, Antioquia, sin destrozos
en los segmentos corporales, y con una descomposición menor de 24 horas (Saldarriaga,
1999), obviando los grupos negroides e indígenas para evitar mayores sesgos en la
composición de la muestra, evidenció que la talla promedio del grupo era de 166±6.8 cm.
Al dividir la talla real del cadáver por la longitud del respectivo hueso obtuvo unas
constantes promedio. Saldarriaga encontró que en el 65,8% de los casos el húmero
derecho era mayor que el izquierdo, y en el 46,3% la tibia derecha que la izquierda. La
tibia la midió mediante un corte en la articulación tibio-femoral, desde el extremo
proximal hasta el extremo distal del maléolo medial. El autor evaluó varias propuestas de
fórmulas para reconstruir la estatura de Trotter-Gleser, Olivier-Tissier, Thoinot, Rollet,
Quetelet y Lecha. En general cuando se usaba el húmero, cúbito y tibia con las constantes
deducidas por Saldarriaga (1999: 99) para cada hueso, se obtenían mejores resultados que
con otros autores, que casi siempre arrojan cifras mayores que las reales hasta de 10 cm.
de diferencia. Los resultados de Olivier-Tissier y Trotter-Gleser se aproximan más a la talla
real cuando se le resta el respectivo coeficiente (una desviación estándar). La fórmula de
Lecha Martínez para reconstruir la talla a partir de la longitud del pie fue más precisa
cuando se aplicaba el respectivo coeficiente de 7,05.
La comparación entre el método métrico de Trotter y Gleser y el anatómico de Fully y
Pineau en una muestra bogotana (Rodríguez, 2002:30) demostró que el método anatómico
es más preciso, y que cuando se emplea el métrico el fémur representa el hueso con las
menores diferencias (diferencia absoluta promedio de 4,26 cm. para la fórmula simplificada y
de 4,80 cm. para la no simplificada), en comparación con la tibia (diferencia promedio de
7,17 cm. con la simplificada y de 7,79 cm. con la no simplificada).
Por otro lado, se ha señalado que Trotter no incluyó el maléolo en la medición de la
tibia en las fórmulas discriminantes, por lo que hay diferencias de 10-11 mm en la longitud
de la misma y de 2.5 a 3.1 cm. en la estatura; por esta razón se recomienda emplear el fémur
que fue medido con más exactitud u omitir el maléolo para acudir en caso extremo a la
fórmula de Trotter (Jantz et al., 1995).
César Sanabria (2004: 402) obtuvo una fórmula de regresión a partir de 118 tibias,
60 masculinas y 58 femeninas, obtenidas de la morgue de Medicina Legal de Bogotá. El
error obtenido en la muestra femenina fue de 3,6 cm. y en varones de 3,6-3,8 cm., bastante
aceptable estadísticamente. Infortunadamente incluyó la espina en la longitud total (la que
denomina LEM o longitud espina maléolo) lo que genera inconvenientes pues según los
estándares osteométricos (Hrdlička, 1947) esta estructura anatómica no se incluye (Fig. 35).
Las otras medidas empleadas por el autor son LTS (longitud total), AEP (anchura epifisial
proximal) y AED (anchura epifisial distal).

Estatura femenina = 1,4xLEM + 8,0xAED + 74,9 ±3,6 cm


Estatura masculina= 1,9xLTS + 2,5xAEP + 77,08 ± 3,8 cm
Estatura masculina = 2,1xLTS + 90,03 ±3,59 cm

9.3.3. Indígenas mesoamericanos (Genovés, 1967)

Varones Mujeres
2,26 * (fémur) + 66,38 ±3,42 2,59 * (fémur) + 49,74 ±3,82
1,96 * (tibia) + 93,75 ±2,81 2,72 * (tibia) + 63,78 ±3,51
En esta última fórmula la longitud del fémur corresponde a la máxima; en la tibia no se
incluye la tuberosidad. Andrés del Ángel y Héctor B. Cisneros (2002) efectuaron una
corrección debido a las inconsistencias producidas, entre las fórmulas y las tablas, calculando
nuevamente los coeficientes de regresión.

9.3.3.1. Sexo masculino

Estatura= 63,89 + 2,262 (fémur)


Estatura= 91,26 + 1,958 (tibia)
Estatura= 94,07 + 1,919 (peroné)
Estatura= 83,44 + 2,510 (húmero)
Estatura= 94,80 + 2,615 (cúbito)
Estatura= 98,22 + 2,668 (radio)
175

9.3.3.2. Sexo femenino


Estatura= 47,20 + 2,589 (fémur)
Estatura= 61,29 + 2,720 (tibia)
Estatura= 54,55 + 2,988 (peroné)
Estatura= 32,35 + 4,160 (húmero)
Estatura= 58,72 + 3,991 (cúbito)
Estatura= 66,92 + 3,923 (radio)

Aunque se ha afirmado que el segmento correspondiente a la pierna (tibia) es el


más apropiado para reconstruir la talla, por cuanto observa el mayor coeficiente de
correlación (+0,864), seguido de la talla sedente (+0,732), del brazo (húmero) (+0,677) y el
muslo (fémur) (+0,608) (Burt y Banks, 1947; en Valls, 1985:279), en la población
colombiana, al parecer, el muslo o fémur es el segmento más apropiado y tiene que ver
con las proporciones corporales que manifiestan la mezcla de grupos indígenas con tronco
largo y piernas cortas con españolas de tronco corto y piernas largas. Sería interesante
verificar la afirmación de Trotter y Gleser (1958; en Krogman e Iscan, 1986:307) de que la
fórmula para negroides es aplicable a puertorriqueños, a pesar de presentar una estatura
menor, y que sería más precisa en mestizos costeños colombianos; además, la propuesta
de Allbrook (Op. cit.:322), que la medición pericutánea de la tibia en vivos, puede servir
para obtener fórmulas de regresión sin necesidad de disecar cadáveres.

9.4. La variación secular de la estatura en la población colombiana

La estatura en Colombia ha variado considerablemente desde sus 500 años como país
hispánico y 200 años de república. A la llegada de los españoles la población indígena
medía cerca de 159 cm. los varones y 148 cm. las mujeres, aunque existen variaciones
temporales y espaciales, según diferentes fuentes (Tabla 40).
 Tequendama (V-III milenio a.C.): 157-165 cm. los hombres; 147-155 cm. las
mujeres.
 Portabelo, Soacha (siglo XIII d.C.): 158,6±3,1 cm. los hombres; 147 ±3,6 cm. las
mujeres.
 Tunja (Cercado) (siglos X-XIV d.C.): 157,2 cm. en varones; 147 cm. en mujeres; N16,
21, varón de aprox. 20 años, tenía una estatura de 170 cm; Ez2 de 177 cm.
 Mesa de los Santos (siglos XIII-XV d.C.): 163 cm en varones; 151 cm. en mujeres.
 Guajira (actual): 160,6 y 147,4 cm., respectivamente.
 Deportivo Cali, Palmira, Valle (siglo I d.C.): 160,9±3,4 y 152,6±3,8 cm.,
respectivamente.
 Coronado, Palmira, Valle (siglos III a.C. a III d.C.): 160 y 149 cm.
 El Cerrito, Valle (siglos IV a.C. a V d.C.): 159,8 y 149 cm.
El índice braquial, es decir la proporción entre el radio y el húmero es de 78,8 en varones y
75,2 en mujeres. Entretanto, el índice crural, o relación entre la tibia y el fémur es de 83,2
y 83,3 respectivamente. A su vez, el índice intermembral o relación húmero/fémur es de
70,3 y 71,1. Esto significa que su cuerpo era camesomo, de tronco largo, piernas cortas y
porciones distales de los miembros relativamente cortas.
Los españoles eran un poco más altos como bien lo señala José Pérez de Barradas (1948:
53):
“El tipo español que pertenece a la raza mediterránea, es dolicocéfalo, o sea de
cráneo alargado y estrecho; de piel morena, ojos oscuros y pelo castaño; de
estatura media de 1.635 mm. Los hombres y 10 cm. menos las mujeres. Es de
cuerpo esbelto, por lo general delgado: de pelvis ancha la mujer; de cara estrecha,
con frente redondeada hacia los lados; nariz un poco corva, de perfil recto y
estrecha; mentón delgado, redondeado y poco saliente; boca ancha de labios
gruesos, cejas pobladas y pestañas largas”.
El análisis de más de 9 millones de registros estaturales de Colombia entre 1905 y
1985 apunta a mostrar que la población masculina incrementó su estatura de 162,05 cm.
a 171,01 cm. (8,96 cm. o 5,5%); las mujeres de 150,02 cm. a 158,97 cm. (8,95 cm. o 6%);
un poco más de 1 cm por década, lo cual es un logro importante dentro de los estándares
internacionales (Meisel y Vega, 2007). Ligeros descensos se aprecian en los períodos 1957-
1960 y 1970-1975, asociados según los autores a momentos de crisis económica y política
(Meisel y Vega, 2007: 93). En el ámbito regional se notan diferencias en los varones de
más de 7 cm, y de 6,6 cm para las mujeres (siendo los extremos San Andrés y Nariño),
menores en comparación con el período 1905-1909 cuando ascendía a 17,04 cm. en las
mujeres.
La isla de San Andrés (en 1985 la estatura promedio era de 175,2 cm. y 162,7 cm.
para hombres y mujeres, respectivamente) tiene la población más alta de Colombia,
especialmente hasta el año de 1950 cuando estaba habitada básicamente por afro
caribeños, protestantes de habla inglesa, con buenos ingresos. A partir de esa época la
inmigración de continentales (Atlántico, Bolívar) desmejoró sus condiciones de vida y la
estatura se redujo en 6,6 cm. para 1985. Hoy día los raizales son minoría.
Los departamentos de Nariño (en 1950 el promedio estatural era de 165,2 cm. y
153,4 cm. para hombres y mujeres, respectivamente) y Cauca se destacan por observar la
estatura más baja del país, con menos de 169 cm. en hombres y menos de 157 cm las
mujeres; también son las regiones con mayor porcentaje indígena del país. El Huila, si bien
supera ligeramente a los anteriores, se ubica como el tercer departamento con estatura
baja en Colombia. La costa Caribe (Córdoba, Sucre, Bolívar, Atlántico, Magdalena, Cesar y
Guajira) es la región con el menor incremento estatural del país en el período
comprendido entre 1905-1985, aunque fue de las más altas a principios del siglo XX. Se
aduce que las bajas condiciones de vida de esta región serían la causa de descenso.
La población de Bogotá D. C., ciudad que posee el PIB más alto de Colombia (de
14% en 1960 pasó a 22% en 2001), tiene la tasa de crecimiento estatural (0,08%) más alta
de todo el país. Esta ciudad ha recibido una fuerte inmigración donde la gran mayoría
(86%) proviene de Cundinamarca, Boyacá, Tolima, Santanderes.
Respecto a las diferencias sociales en los promedios estaturales, los presidentes
del país (excluyendo a Jorge Eliécer Gaitán que habría sido presidente si no lo hubieran
asesinado en 1948, medía apenas 164 cm.) sobrepasan el promedio estatural del país, y
los empleados del Banco de la República poseen 172 cm. y 163 cm. en hombres y mujeres.
177

Se han planteado cuatro tipos de factores incidentes en el incremento estatural de


Colombia:
1. Genéticos: la reducción del aporte indígena y el incremento del mestizaje (¿vigor
híbrido?).
2. Los avances de la salud: control y eliminación de muchas enfermedades tropicales
mediante vacunación y el empleo de antibióticos. Acueductos y alcantarillados desde los
1950.
3. Las mejoras en la nutrición: “chicha, mazamorra, pan y chocolate” era la comida de los
obreros del siglo XIX. El incremento del PIB en Colombia ha sido del 2,3% anual desde
1905 al 2000; de 2,7 kg de pollo en 1950 se pasó a consumir 15,3 kg en 1998.
4. Reducción de la carga física laboral: mejoramiento en la infraestructura de transporte y
el empleo de maquinaria.
Considero que no se han tenido en cuenta dos factores importantes. En primer
lugar, lo que se ha denominado como vigor híbrido, y es que la mezcla de poblaciones de
ancestros filogenéticos muy diferentes mejora el resultado de la miscegenación, es decir,
el mestizo. En segundo lugar, las estadísticas históricas de Colombia muestran una
tendencia hacia la acentuada reducción de la población indígena desde finales del siglo
XVIII, lo que varió considerablemente con el mejoramiento de las vías de comunicación de
mediados del siglo XX, y la colonización de vastos territorios, anteriormente ocupados por
población indígena. Este último factor incrementó el componente de origen caucasoide
(hispánico) transmitido por los mestizos. Y aquí vale la pena señalar que Colombia no es ni
indígena como Ecuador, Perú y Bolivia, ni europea como Argentina y Uruguay, tampoco
africana como las Antillas. Es de origen mestizo, sin grandes migraciones externas desde el
siglo XIX, y esos mestizos son los que la han colonizado, construido y mejorado
económicamente el país, y han producido un vigor híbrido que se puede medir por su
éxito reproductivo –que infortunadamente a la postre nos podría desmejorar
económicamente-.
10.Los traumas óseos en las situaciones dc conflicto

10.1. La patología ósea en los procesos de identificación

La patología ósea ha sido estudiada por varios investigadores, tanto para contextos
arqueológicos (Mann y Murphy, 1990; Ortner y Putschar, 1985; Rodríguez, 2006), como
forenses (Berryman y Symes, 1997; Cunha, 2006; Di Maio, 1985; Tomczak y Buikstra, 1999;
Kimmerle y Baraybar, 2008). En estos últimos casos la interpretación detallada de las lesiones
óseas, especialmente del cráneo, sirve para establecer la causa, mecanismo y manera de
muerte. Así lo demuestra el análisis de los esqueletos de las víctimas del holocausto del
Palacio de Justicia de Bogotá (Noviembre 6 y 7 de 1985) exhumados por el Cuerpo Técnico de
Investigación de la Fiscalía General de la Nación en 1998. La mayoría de los cuerpos allí
inhumados posee protocolos detallados de necropsia elaborados por funcionarios del
Instituto de Medicina Legal durante la noche del 7 de noviembre de 1985, donde se
describen las lesiones, las trayectorias de los proyectiles, orificios de entrada y salida,
dimensiones, estudios de balística (constitución, calibre, estrías, peso, forma, deformaciones
externas), además de análisis para los residuos de la deflagración de la carga (tatuaje).
Mediante el cotejo de la descripción de las lesiones establecidas en los protocolos de
necropsia y las descritas en los restos óseos se pudieron encontrar varios compatibles, que,
conjuntamente con los datos personales pueden conducir a su identificación indiciaria.
Dentro de los nuevos desarrollos alcanzados por esta disciplina, resalta el énfasis por
el diagnóstico diferencial, la interpretación de la lesión en un contexto biocultural, la
dinámica en el remodelado del tejido óseo, el enfoque interdisciplinario, el mejoramiento del
diagnóstico de las enfermedades como consecuencia de la utilización de técnicas refinadas,
entre ellas el análisis de elementos de trazas (zinc, estroncio, aluminio, sodio, plomo, y
otros), los isótopos estables, la utilización de escanografía, la espectrografía de emisión, el
radiografiado y el estudio genético e histológico; una clasificación más real de las
enfermedades que a pesar de aceptar las limitaciones intrínsecas a este tipo de análisis
introduce información valiosa (Mann y Murphy, 1990; Ortner, 2008)
En paleopatología la metodología fundamental es la descripción y la clasificación.
De ahí que lo primero que se interroga acerca de la anormalidad observada en un hueso
es su origen y su relación con el tejido normal y otras anormalidades óseas. No obstante,
el objetivo principal de la descripción es abordar el problema de su significado y su
impacto en las condiciones de vida de una persona. En la interpretación de una lesión
patológica se presentan tres opciones básicas: 1- la persona puede perecer antes que la
lesión se manifieste en el esqueleto, debido al nivel de virulencia del proceso patológico, o
a una inadecuada o inapropiada respuesta inmunológica a la enfermedad o una
combinación de ambas; 2- el paciente se puede recuperar antes que el esqueleto resulte
afectado; 3- el proceso patológico alcanza un tipo de equilibrio con el huésped en el que la
enfermedad se torna crónica y el huésped sobrevive durante mucho tiempo, quizá con
alguna pérdida de su función biológica (Ortner, 2008). Esto significa que la evidencia de
una lesión ósea puede ser el efecto de una buena adaptación y una buena respuesta
inmunológica. Es decir, que en un cementerio los individuos con enfermedades óseas
pudieron ser más sanos que los que murieron sin presentarlas.
179

Los patólogos contemporáneos tienen a su alcance una amplia fuente de


información que les permite verificar el diagnóstico de la condición mórbida de un
paciente o un cadáver. Entretanto, muchos de esos datos no están disponibles para los
osteopaleopatólogos que diagnostican una lesión en un esqueleto. Empero, se accede a
una gran ventaja si el espécimen se encuentra en buen estado de conservación, ubicado
en un contexto cultural y cronológico y se puede reconstruir una completa biografía bioló-
gica del individuo examinado. Por consiguiente, es indispensable abordar la problemática
paleopatológica a partir del método de reconstrucción biológica en sus tres niveles de
análisis (individual, intragrupal e intergrupal). Inicialmente se diagnostica el sexo, la edad,
el patrón morfológico total (filiación poblacional) y la estatura; posteriormente se
reconstruye el perfil paleodemográfico y paleopatológico y se contextualiza la población
geográfica, social y cronológicamente (Rodríguez, 2006).
Dentro del diagnóstico diferencial de los traumas óseos se incluyen los siguientes
aspectos (Ortner, 2008: 31):
1. El inventario de todos los huesos afectados.
2. La localización de las áreas específicas del hueso afectadas, incluyendo el lado, cara
y región.
3. Aportar datos sobre: El número y tipo de fracturas o defectos; la presencia de
cualquier anormalidad de forma, desarrollo o pérdida; la severidad, estado y
distribución de los cambios óseos anormales.
4. Documentación de cualquier evidencia radiográfica (fracturas o huellas de arma).
5. Análisis de las prendas (defectos, desgarrones, quemaduras, huellas de armas).
6. Estimación del tiempo de las fracturas basados en: Presencia de remodelación
ósea, color de los bordes de las fracturas; forma de los defectos o marcas de corte;
tamaño del área afectada, tipo de defecto o marca de corte; apariencia del tejido
doblado; localización del área afectada; número de fracturas o marcas de corte.
7. Clasificación de la patología ósea o categoría de la enfermedad (infecciosa,
nutricional) y del mecanismo específico (periostitis versus poliomielitis o
raquitismo versus anemia).
8. Estimación del mecanismo de la lesión, clase de arma, distancia del disparo o de
lanzamiento, posición de la víctima, importante para establecer la dirección de la
fuerza en relación con el punto de impacto.

10.2. Funciones y estructura del hueso

El hueso cumple varias funciones: mecánica (gran resistencia, escaso peso), de protección
(encéfalo, médula espinal, vísceras torácicas, sostén rígido interno, almacenamiento
mineral (calcio, fosfato, sodio, magnesio), hematopoyética (alberga la médula ósea
hematopoyética). Según la ley de Wolff, el hueso es un tejido y órgano dinámico que
responde a las tensiones de modo tal, que su configuración es modificada por fuerzas
mecánicas musculares, procesos patológicos o anomalías del desarrollo. Existen varios
tipos de hueso: el compacto (cortical), que es denso, forma la cubierta externa; el
esponjoso (trabecular o medular), se encuentra en los extremos de los huesos largos.
Igualmente se conocen varios tipos de células que cumplen funciones diferentes: célula
osteoprogenitora, osteoblasto, osteocito, osteoclasto.
El osteoclasto es una célula multinucleada encargada de la reabsorción ósea, y se
deriva de monocitos circulantes y es posible que de células troncales. El osteoblasto es
mononucleada grande y se origina a partir de la célula osteoprogenitora; es una célula
sintetizadora de proteínas y genera el tejido óseo. El osteocito es un osteoblasto que ha
sufrido un atrapamiento en la matriz ósea; está inmerso en una laguna en la matriz ósea;
podría ser el principal mediador de la ley de Wolff (Ortner y Putschar, 1985).
Uno de los objetivos básicos en el análisis descriptivo de un hueso anormal es
determinar la acción de las células que producen el tejido anormal, ya sea por la
hiperactividad o hipoactividad de los osteoblastos o de los osteoclastos (Ortner y
Putschar, 1985). Tanto factores sistémicos como locales pueden estimular o inhibir la
actividad de algunas de estas células, tales como los hongos, las bacterias, los virus y los
parásitos, afectando la estructura del hueso mediante la aposición o resorción de tejido.
En consecuencia, es importante especificar el tipo de lesión en el hueso, clasificadas según
Ortner y Putschar (1985) en: 1. Lesiones solitarias con proceso mórbido en foco simple; 2.
Lesiones múltiples con más de un foco; 3. Hueso anormal difuso con lesión sin foco
específico pero se observa un cambio general en la calidad del hueso; 4. Desajuste local o
generalizado en el tamaño o forma del hueso aunque la calidad del tejido es normal.

10.3. Tipos de traumas

El trauma ha sido definido de distintas maneras, pero se le puede considerar como una
lesión del tejido vivo causada por un mecanismo o fuerza extrínseca al cuerpo. La
investigación de las lesiones ha pasado de la simple descripción a la interpretación de las
causas y consecuencias, y su significado tanto para el individuo afectado como para las
sociedades en todos los tiempos (Lovell, 1997). Los tipos de traumas comprenden las
fracturas, las dislocaciones, las deformaciones postraumáticas y las condiciones
traumáticas misceláneas, incluyendo aquellas que no afectan directamente el esqueleto.
Las fracturas son consideradas como cualquier evento traumático que resulta de una
discontinuidad parcial o completa del hueso. Las fracturas pueden resultar por la
aplicación de una o varias de las siguientes fuerzas: a) por tensión, b) por compresión o
axial, c) por torsión o retorcimiento, d) por flexión o doblamiento y e) por corte o
cizallamiento (Ortner y Putschar, 1985).

10.3.1. Trauma craneal: estructura e impacto

La interpretación precisa de las fracturas producidas en el cráneo puede ser la base para la
determinación de la manera de muerte de una víctima por homicidio por arma de fuego
(PAF), arma contundente o corto punzante. Para entender el proceso de conformación de
las fracturas, es indispensable conocer la estructura del hueso, en los niveles ultra, macro
y micro. Desde el punto de vista ultra estructural el hueso consiste en una matriz de fibras
colágenas alineadas en una determinada dirección, y donde los cristales de hidroxiapatita
181

están embebidos y alineados con las fibras. Cuando se produce una fractura a partir de
una carga pesada, se propaga a través de las interfases colágenas de un cristal a otro.
El hueso se compone de tejido esponjoso o trabecular (diploe en el cráneo), y
tejido compacto o laminar (tabla externa e interna en el cráneo). A nivel micro estructural,
cuando la presión es ejercida perpendicular al cráneo, se fractura primero el diploe y si
continúa la presión, se fractura el tejido compacto.
En el ámbito macro estructural, el cráneo posee seis áreas de refuerzo o de
engrosamiento óseo (parte media del frontal, parte media del occipital, porciones
temporales anterior y posterior, alrededor de la apófisis mastoidea) y otras de relativo
refuerzo en el esqueleto facial (borde alveolar, eminencias malares, proceso frontal del
maxilar). Las fracturas por lo general toman la trayectoria de menor resistencia y se
propagan hasta que se disipa la energía, especialmente las suturas que la absorben
(Berryman y Symes, 1999:333).

Figura 93. Diferencias entre los traumas por arma contundente y PAF (Berryman y Symes, 1997:347).

Así, la susceptibilidad del hueso depende tanto de factores internos como de la capacidad
para absorber energía según su dureza, densidad y fatiga de esfuerzo, así como de
factores externos, entre ellos la dirección de la fuerza, su magnitud, duración y la tasa con
que se aplica la fuerza. Dado que el hueso es más fuerte a la compresión que a la tensión,
las fracturas se inician en la tabla interna y progresan hacia la externa; algunas fracturas
toman una forma radial, y otras, perpendiculares a las anteriores tienden a circunscribir el
área de impacto, siendo concéntricas (Fig. 92, 93).

10.3.1.1. Fracturas por arma contundente

Inicialmente el objeto contundente al golpear la bóveda craneal presiona externamente


en el sitio de impacto, formándose un área de estrés tensil interna; dado que la mayor
fuerza tensil se presenta en el punto de impacto desde éste se forman líneas de fractura;
las fracturas siguen una trayectoria de menor resistencia y se propagan hasta que se
disipa la energía. El objeto contundente dobla la tabla internamente, por lo que se forman
fracturas concéntricas perpendiculares a las iniciales (Fig. 92). Cuando el impacto no tiene
suficiente fuerza para fracturar el hueso, pueden resultar hemorragias en el sitio de
impacto de color azuloso-violeta, amarillo-marrón o de decoloración, apreciables cuando
se remueve el tejido blando; la sola presencia de decoloración no es suficiente para
evidenciar la presencia de un golpe, pero sí es sospechoso (Berryman y Symes, 1999:341).

Figura 94. Lesión craneal circular por impactación con objeto agudo (posiblemente punta de arco).

Las fracturas de aro en la base del cráneo y alrededor del agujero occipital, pueden
presentarse cuando una fuerza golpea en sentido supero-inferior hacia el ápice del
cráneo, sobre el mentón en sentido infero-superior o posterior sobre la bóveda craneal,
elevando el cráneo del nivel de las vértebras. Se aprecia cuando un individuo cae de
cabeza, forzando el cráneo contra la columna. Los golpes anteriores o posteriores sobre el
mentón pueden resultar en fracturas de la sínfisis mentoniana, de los cóndilos y alcanzar
en algunos casos hasta los temporales. Las fracturas en trípode se observan cuando el
golpe impacta la eminencia malar, afectando las suturas cigomático-temporal, cigomático-
maxilar, cigomático-frontal (Berryman y Symes, 1999:344).

Figura 95. Lesión frontal por objeto contundente en violencia doméstica.

Varios factores afectan el grado de severidad, extensión y aspecto de las lesiones


producidas por trauma contundente. La magnitud de la fuerza liberada por el objeto, el
tiempo de liberación de la fuerza, el área golpeada (áreas reforzadas como la línea
temporal, las líneas nucales, la cresta supramastoidea), la extensión de la superficie del
objeto y la naturaleza del impacto (Tomczak y Buikstra, 1999:253). Una porción de la
bóveda craneal con curvatura gradual es menos resistente al impacto que una forma
aguda; las suturas a su vez, con frecuencia se ven involucradas en las fracturas pues son
más débiles que el resto del hueso.
183

10.3.1.2. Trauma craneal por PAF

Figura 96. Orificio de entrada por PAF en área delgada de escama parieto-temporal.

El trauma craneal por proyectil de arma de fuego se diferencia del producido por objeto
contundente, por cuanto presenta craterización interna en la lesión de entrada y externa
en el de salida. La secuencia de fracturas se inicia cuando el proyectil golpea la bóveda
produciendo un defecto circular craterizado internamente. Las fracturas radiales avanzan
a partir del sitio de la lesión. La presión intracraneal dobla las tablas del hueso hacia fuera
generando fracturas concéntricas severas perpendiculares a las radiales. Estas últimas
avanzan desde la lesión de entrada y alcanzan el lado opuesto de la bóveda craneal antes
que el proyectil. Se puede producir una segunda generación de fracturas concéntricas
severas en el lado opuesto de la bóveda antes que el proyectil salga. Al salir el proyectil
forma fracturas radiales que se encuentran con las radiales ya formadas (Berryman y
Symes, 1999:346).

Figura 97. Orificio de salida por PAF por frontal cerca de sutura coronal que ha absorbido parte de la
energía de fractura.
Figura 98. Secuencia de fracturas en trauma producido por PAF. a) el proyectil golpea la bóveda
produciendo un defecto circular internamente biselado; b) las fracturas radiales avanzan desde el sitio de
penetración; c) la presión intracraneal sobre la tabla produce fracturas concéntricas perpendiculares a las
radiales; d) las fracturas radiales producidas al penetrar el proyectil alcanzan el lado opuesto; e) se
produce una segunda generación de fracturas concéntricas en el lado opuesto de la bóveda; f) las
fracturas radiales desembocan en las radiales y concéntricas preexistentes (Berryman y Symes, 1997:346).

El diámetro del orificio de entrada (Fig. 96) no necesariamente coincide con el del
proyectil, pues inciden varios factores como la forma del proyectil y el tratamiento de su
superficie, las características de su forjado, la pérdida de estabilidad giroscópica, la
presencia de objetivos intermedios, los impactos tangenciales y las lesiones a lo largo de
las fracturas existentes (Berryman et al., 1995). Por ejemplo, un proyectil de calibre .38
puede producir un orificio similar al diámetro de un .32 y viceversa. En general el diámetro
del orificio se produce no solamente por el diámetro del proyectil, sino también por la
elasticidad de la piel y la localización de la lesión (Di Maio, 1985:97).
Los proyectiles que penetran tangencialmente producen lesiones irregulares
denominadas “defecto keyhole” –hueco de cerradura antigua-. El proyectil penetra
tangencialmente fracturando radialmente a lo largo del borde opuesto al impacto inicial.
Este sale tangencialmente fracturando radialmente desde el defecto de entrada,
levantando un fragmento de hueso de la tabla interna.
Las heridas por PAF se clasifican de la siguiente manera (Di Maio, 1985:52-67):

1. Heridas por contacto, donde la boquilla del arma es colocada contra la superficie del
cuerpo durante su descarga. Estas a su vez pueden ser apretadas, sueltas, anguladas o
incompletas. En las heridas de contacto la boquilla se aprieta contra la piel, estampándose
de tal manera que la piel envuelve la boquilla; los bordes de entrada son chamuscados por
los gases calientes de la combustión y ennegrecidos por el hollín.
185

Figura 99. Trauma por PAF tangencial en parietal izquierdo (el proyectil no penetró).

En el contacto suelto, la boquilla se sostiene ligeramente contra la piel, los gases y


el proyectil forman una muesca en la piel creando un boquete temporal entre la piel y la
boquilla por el que se escapa el gas; el hollín se deposita en una banda alrededor de la
entrada. Cuando las heridas de contacto son anguladas, solamente una parte de la
boquilla hace contacto, el gas y el hollín se escapan por la brecha donde el contacto es
incompleto; una zona, la más cercana, se ennegrece de manera oval o circular, la menos
prominente es alargada.
El contacto incompleto es una variación del contacto angulado, cuando la boquilla
se sostiene sobre una superficie que no es plana, dejando áreas libres. En todas las heridas
de contacto se deposita hollín, pólvora, metales vaporizados del proyectil, fulminante y
cartucho, como también monóxido de carbono.

2. Heridas por contacto cercano, cuando la boquilla se sostiene a una corta distancia pero
no en contacto con la piel. Granos de pólvora se dispersan y marcan la piel produciendo
un tatuaje individual por la pólvora.

3. Heridas de rango intermedio, cuando la distancia es tan cercana, lo suficiente para que
granos de pólvora expelidos por la boquilla produzcan tatuaje sobre la piel.

4. Distantes, cuando las únicas marcas sobre el blanco son las producidas por la acción
mecánica del proyectil que perfora la piel.

En un estudio realizado en la morgue del Instituto de Medicina Legal (López y Ortiz,


2000), sobre víctimas por arma de fuego, se halló que la edad promedio de las personas
era de 25.8 años, el 94 % de sexo masculino, el restante 6% femenino; el homicidio
constituía el 76,4 %, mientras que el suicidio solamente 17,6 %. Según el arma empleada
se distribuyen en:

Revólver .38: 70,5 %


Revólver .32: 117%
Pistola 7.65 mm: 11,7%
Pistola 9 mm: 5,8 %
Según la localización del trauma en el cráneo se distribuyen en:

Temporal: 64,7 %
Occipital: 17,6 %
Frontal: 11,7 %
Parietal: 5,8 %

Según la distancia de disparo, el 41,1% fue a larga distancia, el 35,2% a corta distancia, y el
23,5% a contacto. Los impactos a corta distancia en el frontal presentaron diferencias en
la longitud de la fractura en la tabla externa, en el temporal se observaba con frecuencia
fractura radial; en el occipital los impactos a larga distancia presentaron fractura radial
interna y externa; en el parietal se observa diastasas de suturas, en el temporal se
evidenció el mismo comportamiento que en los impactos a corta distancia, como
craterización y fracturas radiales en la tabla interna. Los impactos a contacto en temporal
produjeron ahumamiento; en dos de tres casos no hubo fractura. El orificio en general es
circular y bien definido, por el tamaño no se puede establecer la distancia de disparo. No
se observó deformación plástica, fracturas concéntricas, impactos tangenciales o keyhole.

10.3.1.3. Lesiones por arma corto-punzante

Las lesiones por arma corto-punzante dependen del tipo de arma, del grosor, el filo y la
extensión de la hoja. El cuchillo habitualmente produce una lesión pequeña, limpia, de borde
agudo, aunque depende del tipo de filo, si es aserrado, afilado o romo (Fig. 106); el machete
genera una lesión larga, profunda, con borde interno agudo y externo levantado (Fig. 100,
101); el empleo de hacha conduce a un corte profundo, estriado, aunque depende del hueso.

Figura 100. Lesión por machete en región parieto-occipital, supero-inferior, de derecha a izquierda, con el
borde inferior levantado.

10.3.1.4. Lesiones en actitud defensiva

Las lesiones en actitud defensiva -cuando la víctima levanta el antebrazo para proteger la
cabeza o la parte superior del cuerpo, se caracterizan por los cortes o contusiones sobre el
borde medial de la ulna (cúbito).
187

Figura 101. Huellas de corte por machete en cúbito y radio en actitud defensiva.

10.3.1.5. Traumas en rodeo y por agresiones

El estudio de la ocurrencia de lesiones traumáticas en la historia ha servido para mostrar, por


ejemplo, que en Nubia se incrementó como consecuencia de la construcción de casas de dos
pisos con escalera retráctil –que pudieron haber causado caídas y otros accidentes-; que los
varones adultos observan mayor frecuencia de traumas que las mujeres adultas; al contrario,
las mujeres de edad avanzada más que los viejos; hay un decrecimiento en los traumas
postcraneales entre cazadores recolectores y agricultores; las poblaciones modernas
presentan mayor frecuencia de traumas en las manos que las antiguas. Durante las prácticas
del Rodeo y en general las competencias de vaqueros producen traumas similares a las de los
Neandertales, por lo que se considera que estas antiguas poblaciones cazaban animales
salvajes asiéndolos por el cuello (Larsen, 2000) (Tabla 41).
Tabla 41. Frecuencias de lesiones traumáticas en grupos prehistóricos (Neandertal, Bt-5, Libben,
Nubia), muestras clínicas (Londres, Nueva York, Nuevo México) y deportistas de rodeo (Larsen, 2000:116)
Grupo Cabeza/ Tronco Hombro/ Mano Pelvis Pierna Pie
Cuello Brazo
Neandertal 29,6 14,8 25,9 3,7 3,7 11,1 11,1
Bt-5 1,8 51,1 22,4 6,3 3,1 9,0 6,3
Libben 6,4 21,3 29,7 0,0 0,0 39,4 3,2
Nubia 10,6 6,9 53,1 1,9 3,8 22,6 1,3
Londres 6,2 7,0 31,6 24,4 0,2 23,6 7,0
Nueva 13,7 12,3 25,3 21,9 0,5 20,6 5,6
York
Nuevo 1,6 12,5 23,1 23,6 2,1 11,1 25,9
México
Rodeo 39,2 9,9 25,9 6,1 3,3 6,1 9,4

En las comunidades indígenas de la Serranía de Perijá se reportan traumas craneales


con puntas de lanza durante los festejos con chicha, por los efectos embriagantes de esta
bebida (Rodríguez, 2006) (Fig. 94, 95, 102). Habitualmente los traumas por agresión
configuran una mayor frecuencia de lesiones en varones, en la región craneal (fracturas
semicirculares cicatrizadas), seguida de las extremidades superiores y tronco; casi la mitad de
la población puede exhibir fracturas de huesos nasales (Standen y Arriaza, 2000).
Figura 102. Trauma por impactación en frontal.

10.4. Traumas en huesos largos

Los patólogos forenses se refieren a las lesiones en tejido blando como ante mortem (con
huellas de cicatrización si son antiguas) y post mortem (con fracturas irregulares), basados en
la reacción del tejido y en el sangrado como indicadores primarios. Eventualmente las
lesiones pueden producirse en el momento del deceso sin huellas de cicatrización, lo que se
denomina peri mortem (Fig. 106). En ausencia de tejido blando, el hueso seco puede perder
sus propiedades visco elásticas por el deterioro del colágeno, proceso que puede durar
semanas o meses, dificultando el diagnóstico peri mortem por la vinculación de procesos
ante mortem recientes y enrarecerse por fenómenos post mortem, cuando aún retiene
apariencia visco elástica fresca (Fig. 103).

Figura 103. Diferencias entre las fracturas ante-peri mortem y las post mortem (modificado de Mann y
Murphy, 1990:155).
Las fracturas ante-peri mortem tienen generalmente líneas de fractura agudas, suaves, con
frecuencia oblicuas (Fig. 105); se pueden formar líneas radiales en el sitio de trauma; las
puntas se decoloran al igual que la superficie adyacente; los fragmentos o astillas pueden
estar desplazados, curvados pero adheridos -como las fracturas en caña verde-; suele
presentarse mugre dentro de las grietas.
189

Cuando el hueso ha sido sometido a fenómenos tafonómicos, perdiendo su


viscosidad, se torna seco, erosionado, agrietado, sujeto a distorsión y rompimiento. En estas
condiciones las fracturas post mortem se caracterizan por tener bordes irregulares,
dentados, romos u obtusos, con línea de fractura poco oblicua; poca o ninguna radiación y
áreas pequeñas ausentes que se hacen polvo desde su rompimiento (Mann y Murphy,
1990:156).
El estrés o presión sobre el hueso puede resultar de la aplicación de fuerzas por
tensión, compresión, torsión o retorcimiento, flexión o presión y por corte. Las fracturas por
tensión se asocian habitualmente a exceso de tensión sobre las inserciones de los tendones,
por dislocación de la articulación.

Figura 104. Tipo de fuerzas ejercidas sobre el hueso y que pueden producir fracturas (Ortner y Putschar,
1985:56).
Las fracturas por compresión resultan de una impactación súbita y excesiva; el hueso se
puede agrietar por el mismo eje de la dirección de la fuerza; en los huesos largos se
pueden producir fracturas con encorvamiento de la corteza hacia fuera. En la columna los
cuerpos son los que más sufren los efectos de la compresión, por ejemplo cuando se cae
de cabeza.
En las fracturas de torsión las fuerzas se ejercen en espiral o por retorcimiento,
cuando una extremidad del hueso permanece fija y la otra rota; habitualmente se asocian
a la práctica de esquí y baloncesto. En algunas ocasiones, cuando afectan los huesos largos
se pueden confundir con las fracturas por compresión.
Las fracturas por doblamiento son las más comunes y resultan cuando el hueso es
inclinado por una caída o como respuesta a un golpe, como en las fracturas en actitud
defensiva que afectan el antebrazo. En ambos casos la presión máxima ocurre sobre un
punto del hueso y puede resultar en una separación transversal del mismo. La fuerza
puede también radiar cónicamente desplazando un fragmento triangular del lado
opuesto. En las personas jóvenes, dada la flexibilidad del hueso, se pueden generar
fracturas incompletas conocidas como “fracturas en caña verde”.
Figura 105. Tipos de fractura en huesos largos, transversa, conminuta, oblicua y desplazada, impactada,
incompleta, segmentaria, en espiral (modificado de Mann y Murphy, 1990:158).

Las fracturas por corte suelen presentarse cuando interactúan dos fuerzas opuestas sobre
el hueso en planos ligeramente distintos. Un ejemplo de esta característica es la fractura
de Colle de la epífisis distal del húmero, cuando el individuo cae y reacciona extendiendo
el brazo para minimizar el impacto (Ortner y Putschar, 1985:56-59).

Figura 106. Huellas de corte en epífisis proximal de fémur en caso de descuartizamiento.

Un aspecto a tener en cuenta en las condiciones del conflicto armado en Colombia son las
minas antipersonales, que por un lado causan millares de víctimas (2205 adultos y 5250
niños reportadas hasta noviembre de 2000), de las que se calculan más de 70.000
plantadas por todo el país (50.000 por el ejército y 20.000 por la guerrilla), y por otro, las
condiciones de alto riesgo para los investigadores en campo. La consulta de 6.000 historias
clínicas del Hospital Militar Central de pacientes afectados por trauma mayor admitidos en
el servicio de urgencias, de las que 17 estaban clasificadas como herida y/o trauma por
arma de fragmentación, carga explosiva, onda explosiva y herida antipersonal, estableció
que ocho tenían radiografías, siete (87%) casos observaban fracturas abiertas, seis (75%)
lesiones múltiples, cinco casos de lesiones se habían producido por esquirlas, tres casos
presentaban amputación, igual número avulsión, quemaduras y perforación timpánica;
dos casos trauma cerrado abdominal y de un caso trauma cerrado de tórax. Los
segmentos corporales más afectados fueron en su orden los miembros inferiores (87%),
miembros superiores (50%), cabeza y cara (37%), tórax (12%) y raquis (12%). Todos los
191

casos correspondían a personal masculino con un promedio de edad de 25,8 años,


procedentes de los Llanos Orientales, Putumayo y otras regiones (Cundinamarca,
Antioquia, Bolívar, Quindío) (Muñoz, 2000).
11. El rostro en la identificación humana

11.1. La identificación de rostros

La identificación trata de reconocer que una persona es la misma que se supone o se


busca, a partir de un conjunto de caracteres somáticos, óseos o genéticos. Es un proceso
que puede ser comparativo o reconstructivo, y tiende a ubicar a una persona desconocida
dentro de un universo biosocial conocido, con el que comparte un territorio, un origen
común y unas características morfométricas afines. En el siglo XIX el Bertillonaje
identificaba sujetos vivos mediante fichas, que incluían los rasgos de la frente, nariz,
orejas, dando a cada uno de ellos una escala de 7, según la forma, dimensión o grado de
inclinación, incluyendo también el color del iris izquierdo, marcas y estigmas particulares,
señales y rasgos distintivos de la fisonomía y otras partes del cuerpo. Se complementaba
con fotografías estandarizadas, datos personales como edad, sexo, lugar de nacimiento
(Reverte, 1999:126) (Fig. 1).
La diferenciación de rostros, tanto por su economía como por su versatilidad y
sencillez continúa siendo la base del proceso de identificación de personas vivas, solo que
hoy día se emplean sistemas computarizados que permiten cotejar rápidamente enormes
bases de datos. Por otro lado, la elaboración de retratos hablados que anteriormente se
realizaba a mano alzada, se adelanta actualmente mediante versátiles sistemas
computarizados que contienen variantes de distintos segmentos del rostro (cabello, frente,
cejas, ojos, nariz, boca, pliegues, mentón, pómulos, aditamentos), como los sistemas
Visionics, Faces y otros. Estos se alimentan de acuerdo a variantes faciales de cada país, de
ahí que su aplicación en otros contextos poblacionales no siempre conduce a resultados
positivos.
En América Latina México emplea su propio sistema, obtenido de la investigación de
la variación facial fotográfica de varias regiones, con la que se generó un sistema
computarizado de identificación personal con rasgos morfológicos faciales propios (Serrano
et al., 1999, Villanueva, 2002) (Fig. 106, 107). Colombia, en atención a su particular origen
poblacional requiere de su propia investigación, pues la amplia variedad de mestizos andinos
y costeños ha configurado rostros muy particulares. Esta investigación debe adelantarse por
regiones, principalmente donde se ubican los principales centro de identificación como
Bogotá, Cali, Medellín, Bucaramanga y Barranquilla.
Por lo poco que se conoce, en Bogotá el rostro promedio masculino corresponde a
una nariz de dorso recto (40%), sinuoso (30%), convexo (17,5%) o cóncavo (12,5%); la
punta dispuesta horizontalmente (62,5%), inclinada hacia arriba (27,5%) o hacia abajo
(10%); en proporción es mesorrina –anchura media- (45%), camerrina –ancha- (32,5%),
hipercamerrina (12,5%) o leptorrina –angosta- (10%). Los labios son medianos (42,5%),
gruesos (40%), finos (10%) o muy gruesos (7,5%). Predomina el rostro de proporciones
medias (32,5%), angosto (30%), muy angosto (30%) o ancho (7,5%).
El rostro femenino corresponde a una nariz de dorso recto (35%), sinuoso (30%),
cóncavo (20%) o convexo (15%); la punta inclinada hacia arriba (52,5%), horizontal (42,5%)
u orientada hacia abajo (5%). Los labios son medianos (52,5%), gruesos (37,5%), finos (5%)
193

o muy gruesos (5%). El rostro es de proporciones medias (37,5%), angostas (27,5%),


anchas (22,5%), muy angostas (12,5%). La nariz es mesorrina (40%), angosta (27,5%, ancha
(25%) o muy ancha (7,5%) (Herrera y Osorno, 1994; Bermúdez y Mora, 2000).
Tabla 42. Dimensiones cefalométricas en población bogotana (estudiantes del postgrado de
Antropología Forense)
Variable Masculino Femenino
D. antero posterior máx. 183,5 179,1
D. transverso máx. 153,2 147,8
Anchura frontal mín. 109,6 104,6
Altura facial total 188,4 170,3
Altura facial morfológica 126,0 118,7
Altura facial superior 99,4 74,2
Anchura bicigomática 137,0 130,0
Anchura bigoniaca 106,2 103,9
Altura nasal 58,4 52,4
Anchura nasal 37,7 33,9
Profundidad nasal 22,2 17,8
Anchura labial 54,7 50,4

11.2. El somatotipo facial

Figura 107. Regiones (tercios) faciales cerebral, respiratoria y digestiva (Serrano et al., 2000).

El rostro se describe de manera sistemática en el plano de Fráncfort –borde orbital inferior y


borde auditivo superior- según las diferentes regiones, iniciando desde el cabello hasta su
porción mandibular y su forma en general. Para facilitar la ubicación de los distintos rasgos se
divide por el plano sagital medio y en tercios horizontales: cerebral (tercio superior),
respiratorio (medio) y digestivo (inferior). Además del sexo, la filiación poblacional, es
importante la edad pues después de los 40 años se observan procesos involutivos, decaen la
nariz y orejas, se aplanan los labios, se profundizan los surcos frontales y el nasobucal.
Figura 108. Formas faciales según Pöch: I = elíptica, II = oval, III = oval invertida, IV = redondeada, V =
rectangular, VI = cuadrangular, VII = romboidal VIII = trapezoidal, IX = trapezoidal invertida, X =
pentagonal (Villanueva, 2002).

Tabla 43. Fenotipos faciales medios en población mexicana por sexo (Villanueva, 2002:7)

Sexo M F M F M F M F
Formas % Digestivo Respiratorio Cerebral
I 10,2 11,8 4,0 4,0 4,1 3,9 3,9 4,0
II 27,6 13,4 3,4 3,1 4,3 4,1 4,4 4,9
III 9,6 5,2 4,4 4,4 4,0 3,7 3,6 3,9
IV 6,8 6,0 4,9 5,2 4,0 3,8 3,2 2,9
V 1,0 0,4 4,6 6,0 3,0 3,5 3,8 3,0
VI 5,6 6,0 4,5 4,5 4,4 4,0 3,2 3,5
VII 20,4 22,0 3,7 3,8 4,6 4,4 3,8 4,0
VIII 0,4 0,0 6,0 0,0 4,0 - 3,0 -
IX 10,4 24,8 4,0 4,2 3,7 3,8 4,3 4,0
X 8,0 10,4 3,8 3,9 3,7 4,0 4,6 4,0

María Villanueva (2001, 2002) propuso un novedoso método de evaluación de fenotipos


faciales mediante la medición de tres superficies faciales en fotografías frontales
digitalizadas. Este trabajo es de gran utilidad para los artistas judiciales pues sistematiza y
unifica la evaluación de los rostros, y permite establecer las variantes más comunes por
regiones, sexos y grupos poblacionales. Al igual que en la somatotipia se usan tres
componentes y tres cifras con diferente grado de intensidad o fuerza medida en la escala de
1 a 7, equiparables a los somatotipos de endomorfia (adiposidad), mesomorfia
(muscularidad) y ectomorfia (linearidad). En un estudio de 500 hombres y 500 mujeres
mexicanas analizó la frecuencia con que se distribuyen los 10 tipos faciales de Pöch,
encontrando que si bien existen formas intermedias, en general en varones predomina el
tipo II (oval) es el más frecuente, seguido del VII (romboidal), y en mujeres los tipos IX
(trapezoidal invertida) y VII (romboidal) (Villanueva, 2002) (Tabla 43).
195

11.2.1. El cabello

Los antropólogos clásicos emplearon la forma y el color del cabello para diferenciar y
caracterizar poblaciones, distinguiendo cabellos lisos (leiotricos o lisotricos), ondulados
(quimatotricos) y crespos (ulotricos). En la primera categoría se ubican los mongoloides,
polinesios y algunos caucasoides. En la segunda están los caucasoides, australianos, vedas y
etiópidos. Las poblaciones de cabello crespo son los negroides (khoisánidos, pigmeos,
melanoafricanos, melanesios) (Valls, 1985) (Fig. 108).

Figura 109. Variación en la forma de cabellos lisos (1, 2,3), ondulados (4, 5,6) y crespos (7, 8,9) (Roguinsky
y Levin, 1978).
Dentro de los caracteres métricos del cabello destaca el grosor que se pondera mediante
corte histológico, midiendo con micrómetro los diámetros menor y mayor. Con estas
medidas se obtiene un índice de sección, dividiendo el diámetro menor por el mayor, en
sección transversal. El cabello liso tiene un índice entre 80-110 (en los chinos es de 82,6), el
rizado entre 60-75 (en hindúes es de 72,9), y en negroides alcanza 60. La forma de la sección
puede ser circular, ovalada, triangular, periforme, ovoidea, reniforme, etc. En cuanto la
pigmentación –producida por los melanocitos localizados en el folículo piloso- se distinguen
los colores negro, pardo, castaño y rubio; el pelirrojo sería una característica individual. La
frecuencia de cabello rubio es elevada en Europa septentrional (Valls, 1985).

11.2.2. La frente

Se caracteriza según su anchura –entre las líneas temporales-, grado de inclinación, el


desarrollo de los lóbulos frontales y la región glabelar. Entre mayor desarrollo de los arcos
superciliares mayor inclinación. La línea del cabello depende de la forma de los lóbulos
frontales. Es en línea recta si los lóbulos están bien desarrollados sin prominencia sobre ellos;
cuando están suavizados y conforman una sola prominencia apunta a una línea redondeada;
cuando están bien desarrollados, separados y con prominencia sobre ellos se relaciona con
una forma ondulada (Balueva y Lebedinskaya, 1997).

11.2.3 Los ojos

Dependen del grado de desarrollo y forma de los arcos superciliares, del grosor del borde
superior, de la ubicación de la cresta lagrimal posterior en el borde medial, del tubérculo
orbital en el borde lateral, de las dimensiones de la órbita. Si son altas se configura pliegue
palpebral superior, si son medias el párpado superior estará despejado, si son bajas el
párpado estará muy abierto. Cuando las órbitas son muy anchas se forman ojos
almendrados, cuando son angostas los ojos aparecen muy despejados (Balueva y
Lebedinskaya, 1997) (Fig. 110, 111).
La forma de las cejas depende de la forma del borde orbital y de la posición de los
arcos superciliares. El borde interno se desplaza por el de la órbita, elevándose hacia fuera
sin sobrepasar la mayor prominencia de los arcos superciliares. Cuando el borde es
horizontal las cejas son rectas.
Según J. L. Angel y W. M. Krogman (en Caldwell, 1981), las cejascontinúan la línea de
los arcos superciliares, aproximadamente 3-5 mm por encima del borde superior de las
órbitas; Fedosyutkin y Nainys (1993) sugieren que las cejas se encuentran 1-2 mm debajo del
borde orbital cuando éste está fuertemente desarrollado. En caso de presentarse un borde
supraorbitario débilmente desarrollado, el tercio interno de las cejas se localiza en la
proyección de la órbita, a lo largo del borde; entre tanto, los tercios medio y lateral se elevan
gradualmente continuando su contorno. Si la parte orbital externa se engrosa las cejas
sobresalen lateralmente conformando un ángulo. En general, se esbozan con un espesor
moderado sobre los arcos superciliares, arqueándose hacia las líneas temporales,
descendiendo posteriormente sobre el proceso frontal. Vistas lateralmente, sobresalen 2-3
mm sobre el nivel del contorno frontal inferior.
El tamaño, la profundidad y la forma de las cavidades orbitarias determinan la
conformación ósea de la región ocular y, a su vez, la disposición de los párpados y de la
apertura palpebral horizontal. Así, los mongoloides con pómulos sobresalientes observan
órbitas altas, acompañadas de una gran anchura facial. Los australianos y en general los
negroides poseen la menor altura orbital influidas además por un fuerte desarrollo de los
arcos superciliares y un descenso suave en la raíz nasal.
También inciden la disposición de los huesos nasales y del maxilar superior, el tamaño
del globo ocular y la distancia interorbitaria (Valls, 1985: 313). Los caucasoides tienen los
ángulos oculares más juntos (15-26 mm) que los negroides (22-26 mm), éstos a su vez más
que los mongoloides; por su parte, en todos los grupos étnicos las mujeres no sólo poseen
órbitas más altas sino también ángulos internos más próximos que en los varones.
En la conformación de la hendidura palpebral se tiene en cuenta la ubicación del
bulbo ocular (bulbus oculi), cuerpo de forma esferoidal irregular, convexo en la región de la
córnea y que está movido por cuatro músculos: a) Músculo recto superior, b) Músculo recto
inferior, c) Músculo recto medial, d) Músculo recto lateral. Los músculos rectos mediales y
rectos laterales hacen girar el bulbo hacia su lado. El recto lateral tiene su origen en el
tuberculum orbitale, en donde se inserta el ligamento parpebral lateral del músculo levator
palpebrae superioris. Este fue descubierto inicialmente por Lebedinskaya (1957) al efectuar la
disección de 20 cadáveres y el estudio de 325 cráneos de diferentes grupos étnicos.
Su forma varía entre un tubérculo bien definido hasta una pequeña plataforma
ligeramente elevada, según el grado de desarrollo muscular del individuo. Cuando el
tubérculo está ausente, se puede utilizar la distancia media entre este y la sutura
frontocigomática, cuyo promedio es de 5,1 mm (Lebedinskaya, 1957). En general, la distancia
entre el borde orbital y el ángulo orbital lateral es de 5,4 mm. Según Fedosyutkin y Nainys
197

(1993: 205) la longitud de la abertura de los ojos equivale a un 60-80% de la anchura orbital.
En las poblaciones contemporáneas es muy difícil ubicar el tuberculum orbitale, por tal razón,
se sugiere palpar cuidadosamente el borde lateral de las órbitas.
El ángulo ocular medial es más difícil de precisar, pero G. Lebedinskaya (1982) sugiere
la existencia de dos clases de forma del borde interno de la órbita: 1) forma recta de la cresta
lagrimal anterior, típica en poblaciones mongoloides, 2) forma en gancho, relacionado con
caucasoides. El ligamento palpebral medial se inicia en el proceso frontal del maxilar a nivel
del tercio superior de la fosa lagrimal; al presionar sobre el hueso conforma en la cresta
lagrimal posterior una pequeña plataforma donde se ubica el ángulo ocular interno.

Figura 110. Desarrollo del pliegue palpebral superior, O = pliegue ausente, 1 = ligero, 2= medio, 3=
desarrollado (Roguinsky y Levin, 1978:116).

Figura 111. Desarrollo del pliegue epicántico interno, 0 = ausente, 1 = ligero, 2 = medio, 3 = desarrollado
(Roguinsky y Levin, 1978:116).
Según Angel (1986) el pliegue medial se ubica aproximadamente a 2 mm de las
crestas laterales, en su punto medio (a 4-5 mm debajo del dakryon o del lacrimale) con el
ángulo incrustado en la carúncula, a 2 mm lateral del pliegue. El lateral se localiza a 3-4 mm
del pequeño tubérculo del borde lateral de la órbita; el párpado superior sobresale del borde
óseo, extendiéndose hacia atrás. La existencia de una cresta lagrimal posterior fuerte indica
una amplia comisura palpebral; las órbitas caídas configuran una apertura más horizontal
que lo usual; el ángulo lateral se localiza normalmente a 2 mm o más por encima del medial.
La orientación del pliegue palpebral superior depende de la forma del borde
supraorbitario. Una proyección en el tercio medio del borde sugiere que en este mismo lugar
se ubica el pliegue; un borde externo grueso e inclinado hacia atrás indica que el pliegue se
pronuncia en esta sección del párpado. Un párpado cercano al ángulo interno (epicanthus) se
relaciona con una órbita alta y un caballete nasal bajo o de altura media, típico en
mongoloides (Fedosyutkin y Nainys, 1993).
11.2.4. La nariz

Figura 112. Tipos de perfiles nasales según Martin (Valls, 1985:378).

La morfología nasal es muy variable ontogénica, sexual, y poblacionalmente. Su forma la


definen la región de la raíz, el perfil del dorso, la punta y la forma de los orificios nasales. La
raíz está determinada por la forma y grado de desarrollo de la región glabelar y por la
longitud de las prolongaciones nasales del frontal (Fig. 112). En los mongoloides las raíces
sobresalen muy poco; son deprimidas en negroides y pronunciadas en caucasoides, especial-
mente mediterráneos. El perfil del dorso puede ser cóncavo, recto, convexo o sinuoso. La
punta nasal puede ser respingona, horizontal o inclinada hacia abajo (nariz de diablo). De
acuerdo a Schultz (Caldwell, 1981) la altura nasal en vivo corresponde a la altura nasion-
subspinal del cráneo. No obstante, los puntos subnasal y subspinal no coinciden,
observándose una diferencia de 1,4 mm en caucasoides; de 1,6 mm en mongoloides,
alcanzando un máximo de 8,0 mm. En general, la altura nasal coincide con la
correspondiente altura nasion-nasospinale aunque unos 1-2 mm más abajo de la espina
nasal anterior.
Según las investigaciones de M. Guerasimov (Lebedinskaya, 1982) en la
reconstrucción del dorso de la nariz se tiene en cuenta la forma de la incisura nasal cuyo
perfil repite a manera de espejo. Sobre el punto más sobresaliente (rhinion) se traza una
línea paralela a la línea nasion-prosthion. A partir de esta guía se trazan distancias
perpendiculares y equidistantes al borde de la apertura piriforme, conformado así el perfil
del dorso del cartílago septal (Fig. 125).
La forma de la base nasal (Fig. 113, 114) depende de la orientación de la parte central
de la espina nasal anterior y de la forma del borde inferior de la apertura piriforme. La punta
se forma donde se cruzan las líneas imaginarias que continúan el contorno del dorso nasal y
la espina nasal anterior. Las narices sobresalientes observan generalmente borde agudo
(anthropina), con espinas nasales anteriores prominentes que alcanzan los grados 3-4 en la
escala de 1-5, característico de los caucasoides. En mongoloides predomina el borde con
199

fosita (fossae praenasales) y espinas horizontales poco pronunciadas. El surco inferior (sulcus
praenasales) y las espinas aplastadas caracterizan a los negroides. El borde romo (infantilis)
se puede presentar tanto en niños como en individuos con apertura piriforme muy angosta.

Figura 113. Disposición de los orificios nasales según Martin (Valls, 1985:379).

Globalmente la forma y tamaño de la nariz dependen de la anchura simótica, el ángulo


nasofacial, la anchura de la apertura piriforme, del desarrollo de la espina nasal anterior, de
la forma del borde inferior de la apertura periforme. La espina puede estar orientada en un
plano horizontal, inclinada hacia arriba o hacia abajo, y así mismo será la orientación de la
punta de la nariz (Fig. 114).
La anchura nasal en vivo, de acuerdo con Krogman, sobrepasa en aproximadamente 10
mm la anchura de la apertura en adultos caucasoides (su amplitud varia entre 33,0-36,0
mm); en aproximadamente 15 mm en adultos negroides (su anchura varia entre 43,0-46,0
mm), ocupando los grupos mestizos y mongoloides una posición intermedia. Esto significa
que la anchura de la apertura piriforme se aproxima más a la amplitud nasal en caucasoides.
De acuerdo con Fedosyutkin y Nainys (1993) la anchura nasal se establece entre los puntos
medios de los caninos o sus alvéolos.
Los orificios nasales pueden disponerse longitudinal o transversalmente o ser más
bien redondeados, correspondiendo los primeros a leptorrinos (narices angostas), los
segundos a camerrinos (narices anchas), y los últimos a la mesorrinia (anchura media). La
altura de las aletas nasales se deduce de la altura de la concha cristalis.
Figura 114. Disposición de la punta nasal según orientación de la espina nasal anterior (Fedosyutkin y
Nainys, 1993).

Según Angel (1986) el perfil del puente nasal (sin tener en cuenta la raíz) está dado por la
inclinación de los cartílagos nasales septal y lateral y por el grado de proyección de la espina
nasal que contribuye a fijar el ápice nasal (Fig. 114). Una espina alta, verticalmente aquillada
sugiere una oblicuidad vertical del cartílago alar, con una mayor visibilidad lateral de las nares
o ventanas nasales. La espina nasal, ya sea inclinada hacia arriba, horizontal o inclinada hacia
abajo conforma respectivamente una punta nasal chata, de base recta u orientada hacia
abajo. El cartílago alar se incrusta 2-3 mm debajo del borde superior de la espina nasal. Una
espina espatulada concuerda con una punta ancha y bulbosa; una espina bífida significa una
ligera separación de los cartílagos alares.
De acuerdo a Krogman (1946) los caucasoides se caracterizan por tener un puente
nasal recto, conformando un dorso cóncavo-convexo (aguileña); la raíz nasal es elevada,
conllevando en algunas ocasiones a que la línea que desciende de la frente hacia el puente
nasal sea continua -el llamado perfil griego típico de las poblaciones mediterráneas y de
parte del Cáucaso-. Los negroides poseen un puente nasal frecuentemente cóncavo, produci-
do por una raíz nasal aplastada. La punta nasal tiende a ser puntiaguda en caucasoides y
redonda (chata) en negroides. Las aletas nasales son largas, ovaladas, oblicuas de adelante
hacia atrás en caucasoides; en negroides se observan redondeadas.

11.2.5. La boca

Según Balueva y Lebedinskaya (1991:282) la anchura bucal observa relación con la anchura
entre las prominencias caninas a nivel de subespinal. Existe paralelismo entre la anchura
nasal y la anchura entre estas estructuras pues las prominencias caninas constituyen una
división anatómica. Después de los 40 años se incrementa la anchura, especialmente
después de los 50 años de edad. La forma y tamaño de la boca depende del tipo de oclusión,
del grado de prognatismo alveolar y facial, de la profundidad de la fosa canina, de la
201

prominencia alveolar de incisivos (philtrum) y caninos (surco nasolabial), del grado de


desgaste de los dientes y la forma del borde alveolar mandibular (Fig. 115).

Figura 115. Perfil tegumentario en función del grosor de los labios según Martin (Valls, 1985:374).

La anchura bucal se mide y se configura de distintas maneras. Así, Angel (en Caldwell, 1981)
sugiere que la comisura bucal se ubica entre los caninos y primeros premolares; para
Lebedinskaya (1982, Lebedinskaya y Surnina, 1984) se extiende en los adultos entre los
premolares superiores, y entre las superficies distales de los caninos en los niños. Por otra
parte, la amplitud depende del estado emocional que se le quiera brindar al individuo, sea
sonriente o serio. Para Caldwell (1981) la comisura labial a nivel frontal se puede ubicar entre
las líneas que unen los puntos infraorbitales y el foramen mentoniano. La intensidad relativa
de la inserción de los músculos triangulares (elevador y depresor de los ángulos) y de las
prominencias caninas demarcan la altura de ubicación de los ángulos de la comisura bucal.
De acuerdo a Krogman la comisura bucal tiene la misma anchura que las pupilas oculares; de
éstas se desprenden perpendiculares que delimitan los ángulos bucales. La anchura también
se puede verificar observando la distancia entre los caninos superiores (Fig. 116).

Figura 116. Grosor de los labios según Martin (Valls, 1985:375).


Los tegumentos labiales superiores están dados por la base de la nariz, teniendo en cuenta
que la anchura de las aletas nasales no sobresalen más allá de las prominencias caninas
(Lebedinskaya, Surnina, 1984). Ambos están enmarcados por los surcos nasolabiales, cuyos
puntos de fijación los determina el grado de prominencia y la orientación de las eminencias
caninas. Los surcos nasolabiales desembocan en la comisura bucal o se convierten en un arco
poco profundo para transformarse en el límite del tegumento del labio inferior (Valls, 1980).
De acuerdo a Fedosyutkin y Nainys (1993) el grado de pronunciamiento de los surcos
depende de la profundidad de la fosa canina; hasta 3 mm es poco profunda, de 4-6 mm
moderada y mayor de 6 mm se considera muy profunda. Además se acentúa por pérdida de
dientes y en ancianos.
De la nariz arranca hacia abajo por el plano medio un surco poco excavado, el
philtrum o surco naso oral, que desemboca en el borde de la mucosa labial superior,
ligeramente levantado y redondeado lateralmente, dando lugar al tubérculo superior de
Stieda (Valls, 1980). De acuerdo a Lebedinskaya y Surnina (1984) la anchura de las
eminencias alveolares de los incisivos centrales superiores corresponde a la anchura del
philtrum.
La altura labial corresponde según Lebedinskaya a la altura de la corona de los
incisivos superiores centrales; con el desgaste dental los labios se van aplastando,
disminuyendo su altura. En caucasoides los tegumentos son altos y verticales (ortoqueilia);
en los pigmeos el tegumento superior es alto pero muy convexo; en negroides suele ser
cóncavo, con los labios abombados, prominentes y evertidos. La forma del labio inferior
depende de la forma del borde alveolar mandibular en su parte media; el borde inferior
suele ubicarse sobre la línea amelocementina de los incisivos inferiores.

11.2.6. El pabellón auditivo externo

Figura 117. Morfología y otometría de la oreja humana (modificado de Valls, 1985:382).

La oreja está formada por un repliegue de la piel sostenido por una lámina cartilaginosa que
rodea al conducto auditivo externo (Valls, 1985:381). El índice auricular morfológico
relaciona la anchura y la longitud entre el punto superior de inserción u otobasion superior
(OS) y el inferior u otobasion inferior (OI), y desde la cavidad de la incisura auris a la punta del
tubérculo de Darwin. El índice fisiognómico es la relación entre la distancia en línea recta
desde el punto más elevado del borde superior del hélix hasta el más inferior del lóbulo, y la
perpendicular a la anterior. Según la longitud fisiognómica las orejas se dividen en
hipermicrotos (hasta 55 mm), microtos (55-60 mm), mesotos (60-65 mm) y macrotos (más
203

de 65 mm); correspondiendo a khoisánidos; pigmeos y negroides; melanesios amerindios y


caucasoides; y mongoloides, esquimales, ainu y algunos amerindios, respectivamente (Valls,
1985:385). Su longitud aumenta notablemente con la edad.
La forma del cartílago auricular se encuentra en concordancia con la forma externa
de las apófisis mastoides y del grado de desarrollo de la raíz posterior del arco cigomático
(Guerasimov, 1971). Si las apófisis son pequeñas, dirigidas hacia la porción medial del cráneo,
las orejas serán pequeñas y adheridas. Unas apófisis mastoides voluminosas y pronunciadas
lateralmente sugieren unas orejas grandes y sobresalientes. Además, si las apófisis presentan
forma de silla en su lado externo, la oreja será convexa. Unos procesos fuertemente
desarrollados con depresión en el lado externo se asocian a unas orejas sobresalientes y
alineadas en línea recta.
El borde libre de la oreja enrollándose hacia adelante en canal conforma el hélix; éste se
inicia sobre el lóbulo de la oreja en forma de hélix (cauda helicis), aumentando de grosor
hacia arriba. En la población mejicana está más enrollado en mujeres que en hombres
(Villanueva y Luy, 2004). El trago y el antetrago se aprecian más desarrollados en hombres
que en mujeres mejicanas, con valores estadísticos significativos (Villanueva, Luy, 2004) (Fig.
117).
El lóbulo de la oreja (lobulus auricular) consiste en un estrato de tejido adiposo bien
desarrollado, ubicado en la región inferior de la oreja. Este puede estar adherido (casi en un
65% de la población masculina indígena de Colombia y en un 80% en mujeres) o libre. En
población mejicana el 22,5% de los hombres y solamente el 4,5% de mujeres lo observa
adherido (Villanueva y Luy, 2004, Tabla 44). En cuanto a tamaño los hombres lo poseen más
grandes que las mujeres. Si el proceso mastoideo se orienta hacia abajo el lóbulo estará
adherido; si se proyecta hacia adelante el lóbulo estará desprendido. En general la altura de
la oreja corresponde con la altura de la nariz.
El poro acústico externo (porus acusticus externus) está situado en el medio de la cara
lateral de la oreja, en el lugar del poro auditivo externo. Por delante está limitado por el
trago, más arriba se encuentra el pequeño tubérculo supratrágico (tuberculum
supratragicum); hacia abajo el trago pasa a la incisura intertrágica detrás de la cual está una
saliente denominada antitrago, cuyo vértice se dirige hacia arriba. Según Krogman,
McGregor, Wilder y Wentworth (Caldwell, 1981), el canal acústico se ubica lateralmente a
unos 10 mm de la pared ósea.
La altura de la oreja corresponde con frecuencia al tamaño de la nariz (altura nasion-
subspinale) con un promedio de 50 mm, de los cuales según Krogman 30 mm se ubican
arriba y el resto debajo del canal acústico. En la población indígena de Colombia la altura
promedio es de 61 mm en los varones; su anchura alcanza los 33 mm. De acuerdo con
Krogman la anchura se aproxima a 30 mm en negroides; en caucasoides a 35 mm. De esta
magnitud aproximadamente 24-29 mm se localizan detrás del canal acústico.
Tabla 44. Variación de las estructuras de la oreja en población mexicana (Villanueva y Luy, 2004).16

Variable/Sexo Hombres Mujeres


Grado de desarrollo 0 1 2 3 0 1 2 3
1. Hélix* 11,0 34,0 46,0 9,0 13,5 30,5 33,5 22,5
2. Antehélix 17,5 23,0 40,0 19,5 21,5 29,5 25,0 24,0
3. Tubérculo auricular 72,5 15,5 10,0 2,0 80,5 9,5 4,0 6,0
4. Trago* 1,5 24,0 47,5 27,0 7,0 38,5 37,0 17,5
5. Antetrago* 1,0 29,5 53,0 16,5 22,5 42,0 25,5 10,0
6. Lóbulo (adherencia)* - 77.5 22,5 - - 95,5 4,5 -
7. Lóbulo (tamaño) 0,5 4,0 39,0 56,5 1,0 22,0 35,5 41,5
8. Raíz hélix - 30,0 57,0 13,0 - 19,0 60,0 21,0
9. Raíz Antehélix 4,0 29,5 47,5 19,0 3,5 25,5 56,5 14,5

11.2.7. La forma del rostro en general

En el proceso de descripción de la mandíbula se tienen en cuenta el ángulo goniáco, el cual


se considera ancho, femenino si se aproxima a los 125º, recto, cercano a los 110º,
considerado masculino. También se observa la eversión goniáca, la altura del proceso
coronoideo, la prominencia del cuerpo mandibular, la forma del mentón, que puede ser
agudo si es femenino y cuadrangular si es masculino.
Desde el punto de vista métrico mientras que el rostro continúa con las
proporciones caucasoides, la cabeza es braquicéfala, con índice cefálico de 83,5 y 82,5
para masculinos y femeninos, respectivamente. Es decir, morfométricamente el rostro de
un mestizo andino podría corresponder a un fenotipo caucasoide, fenómeno que se
manifiesta también en el ámbito craneométrico.

11.3. La reconstrucción facial a partir del cráneo

La reconstrucción17 facial constituye la culminación del proceso de identificación de las


particularidades de un sujeto, mediante la elaboración de un retrato antropológico que se
plasma gráfica o plásticamente. Sus orígenes se remontan al siglo XVIII, cuando en Bologna
Ercole Lelli (1702-66) desarrolló una técnica para reconstruir la masa muscular en cera sobre
huesos articulados. En Alemania mediante la medición del grosor del tejido blando de unos
cadáveres Welcker elaboró en 1883 el retrato del poeta Schiller a partir del cráneo (cf.
Fedosyutkin y Nainys, 1993; Vignal, 1999).
En el siglo XX Mijail Guerasimov (1907-1970) de Rusia desarrolló durante más de 30
años este método. En 1950 se inaugura en Moscú el Laboratorio de Reconstrucción Plástica,
único en el mundo, con el fin de adelantar investigaciones solamente en esta área (grosor del
tejido blando, puntos de inserción muscular, asociación ósea y muscular, variación étnica), en

16 * valores significativos entre sexos.

17Jean-Noël Vignal (1999:17) la denomina reconstitución, similar a la inyección de una solución


dentro de un cuerpo para rehidratarlo.
205

el que laboran actualmente Galina Lebedinskaya (Fig. 118), Tatiana Balueva y E. V.


Veselovskaya.

Figura 118. La dra. Galina Lebedinskaya reconstruyendo el rostro de un antepasado ruso.

Al desarrollo de este método han contribuido en Estados Unidos M. W. Krogman (1946), C.


Snow (1967), J. Rhine y R. H. Campbell (1980), P. C. Caldwell (1981) y B. P. Gatliff (1984); D.
Ubelaker y G. O. Doonnell (1992) han colaborado al desarrollo de sistemas asistidos por
computador. En el Reino Unido y en general en el occidente de Europa Richard Neave,
ilustrador médico, ha contribuido a perfeccionar este sistema con muy buenos resultados,
habiendo contribuido a la solución de resonados casos forenses para Scotland Yard. En
Alemania R. Helmer (1984) y en Francia J. N. Vignal (1999)18.
En América Latina su contribución ha sido importante en la solución de algunos casos
de desaparecidos, particularmente en Colombia donde el Laboratorio de Antropología Física
de la Universidad Nacional desde mediados de los años 80 ha sido gestor y promotor de este
método (Fig. 119), combinando el sistema ruso (Lebedinskaya) con el británico (Neave, Fig.
118), capacitando personal para el Cuerpo Técnico de Investigación de la Fiscalía General de
la Nación, e investigando sobre la variación del tejido blando y las particularidades de los
colombianos (Barhoum et al., 1998; Franco, 1998; Guerrero y Rincón, 1998; Mantilla, 1998
Rodríguez, 1994). En México (Escorcia y Valencia, 2002; Serrano et al., 1997) se adelantan
importantes investigaciones sobre esta problemática, particularmente en el desarrollo de un
sistema de identificación propio sobre la base de rostros mexicanos.
La reconstrucción facial constituye la mayor aportación de la Antropología a las Ciencias
Forenses por cuanto elabora a partir de un conjunto de huesos un retrato disponible para
divulgar, contrastar, comparar contra fotografías de posibles desaparecidos. Tiene una serie
de ventajas, pues es una prueba de rápida elaboración, de muy bajo costo, de carácter
científico, verificable y repetible, de fácil divulgación que permite profundizar en la
investigación y buscar un nombre. No obstante, es una prueba indiciaria, no concluyente,
que reviste mucha subjetividad pues a partir de un cráneo distintos artistas pueden elaborar
diferentes retratos.

18 Ver historia en Fedosyutkin y Nainys, 1993; Guerasimov, 1955; Rodríguez, 1994; Vignal, 1999.
Figura 119. El ilustrador médico Richard Neave en Colombia.
La reconstrucción facial es anatomía comparada y arte, por lo cual se requiere de un
trabajo interdisciplinario, en donde por un lado se produce un retrato antropológico de
acuerdo a los estimativos de sexo, edad, filiación poblacional y rasgos individualizantes; y por
otro, se plasman estos detalles en una reconstrucción gráfica o plástica. Las medidas de la
frente, órbitas, huesos nasales, apertura periforme y mandíbula se convierten en general en
un conjunto de rasgos que se aproximan al rostro de lo que fue el individuo en vida. Este
retrato tiene la ventaja sobre el odontograma, huellas dactilares y genética de que es visible,
repetible, verificable y de fácil acceso al común de la gente.
En Colombia este método fue introducido desde los años 80 en la reconstrucción de
rostros prehispánicos del Valle del Cauca, Huila y Quindío, expuestos actualmente en museos
locales. Posteriormente esta experiencia se extendió a casos forenses y desde 1991 se
realizan prácticas de identificación a partir de la reconstrucción tridimensional tanto en el
Laboratorio de Antropología Física de la Universidad Nacional, en el Cuerpo Técnico de
Identificación de la Fiscalía General de la Nación, en Medicina Legal y la Procuraduría.

Figura 120. Proceso de reconstrucción facial combinando las técnicas rusa y británica.

Figura 121.Medición del grosor del tejido blando mediante aguja de punción.
207

Los estudios adelantados tanto en cadáveres como en vivos, los primeros con aguja de
punción (Franco, 1998; Guerrero y Rincón, 1995; Mantilla, 1998) y los segundos mediante
radiografía (Bermúdez y Mora, 2000) y TAC (Tomografía axial computarizada) (Barhoum et
al., 1998) demuestran que la población colombiana es mucho más delgada que la europea,
negroide y la misma mexicana (Escorcia y Valencia, 2002; Valencia, 2007; Villanueva, 2002),
especialmente en el 1/3 cerebral y el digestivo. Estas diferencias pueden obedecer a
problemas metodológicos (tamaño de la muestra), a problemas inherentes a la
deshidratación cadavérica, o simplemente, a que la población colombiana es más delgada
por factores de dieta, clima y somatotipo (Fig. 121).

Tabla 45. Variación del grosor del tejido blando en poblaciones colombianas, españolas y mexicanas19.

Valencia,
Barhoum et al., 1998***

Villanueva et al., 2002*


(Granada, España)
Valencia, 2007***
Mantilla*, 1998
Rincón*, 1995

Franco*, 1998
Bucaramanga

Escorcia y
Guerrero y

México DF

México DF
2002***
Bogotá

Bogotá

Bogotá
Autor

Sexo M M M F M F M F M F
No. Variable/Tamaño 100 50 100 60 13 20 168 39 11 19
1 Metopion - 3.4 3.2 4,8 5,0 4.8 4.4 5.6 4.6
2 Glabela - 3.7 3.9 3.2 5,4 5,7 5.9 5.5 6.2 5.7
3 Nasion - 3.8 4.7 5.7 5,8 6,2 6.7 5.7 6.7 6.2
4 Rhinion - 2.7 2.2 2,5 3,3 3.1 2.6 3.4 3.0
5 Midphiltrum 7.4 7.7 7.9 10.7 10.0 13.4 10.4
6 Labrale superior 7.7 7.7 6.0 11.5 7,7 10,4 10.2 9.0 12.5 10.4
7 Labrale inferior - 7.4 7.1 10.1 9,3 10,2 10.8 10.6 13.4 12.0
8 Supramentale 7.0 6.9 8.3 10,1 11.5 11.7 10.5 13.4 11.3
9 Pogonion 7.5 6.3 7.6 9.6 9,1 11,3 10.8 10.1 13.2 11.4
10 Gnathion 5.3 4.4 4.6 8.2 6,6 8,1 8.7 7.7 12.6 8.3
11 Eminencia frontal -- 3.3 3.3 3.4 4,9 4,9 5.1 5.0 6.5 5.2
12 Supraorbital - 4.2 4.3 6,5 7,3 7.0 6.5 8.8 7.4
13 Infraorbital - 4.4 3.6 7,6 8,5 7.3 7.3 6.5 5.9
14 Entokonchion - - 3.1
15 Maxilar anterior - 7.0 6.0 8.7 13,3 14,5 12.3 12.9 15.3 13.4
16 Supracanino - - 7.3
17 Orbital lateral - 4.8 3.9 8,7 9,2 9.0 9.4 9.4 9.0
18 Zygion 6.3 4.8 4.2 8.7 8,7 9,0 9.0 9.2 10.2 9.0
19 Supraglenoide - 6.3 4.9 9,7 10,0 9.3 9.3 16.7 12.4
20 Gonion 7.0 6.1 5.5 13.0 13,2 16,6 14.6 13.1 21.6 16.4
21 Supra M2 - 7.1 8.9 14,5 18,2 15.8 14.7 34.7 27.2
22 Línea oclusal - 8.6 7.1 15,8 19,1 17.1 16.3 25.9 17.5
23 Cuerpo mandibular - - 7.4
24 Rama ascendente - - 6.9

19 * Medición en cadáveres con aguja de punción; ** Medición en radiografías; *** Medición mediante
tomografía computarizada.
25 Infra M2 - 7.2 9.2 14,3 16,2 13.3 12.0 31.9 27.1

Actualmente los laboratorios que adelantan investigaciones sobre la reconstrucción facial


desarrollan estudios sobre el grosor de los tejidos blandos en los distintos puntos cefalomé-
tricos, utilizando agujas de punción de cadáveres (Fig. 121), aparatos oftalmológicos de
ultrasonido, radiografías y estereofotografía (Fig, 122), lo que nos ha brindado una visión
general sobre su variación en japoneses (Krogman e Iscan, 1986), caucasoides de la antigua
Unión Soviética (Lebedinskaya et al, 1979, 1982), caucasoides norteamericanos (Ubelaker,
1989), caucasoides alemanes (Helmer et al., 1993), afro norteamericanos (Rhine y Campbell,
1980) y granadinos de España (Valencia, 2007). Por su parte, la disección de cadáveres ha
evidenciado la ubicación de los puntos de inserción de los distintos ligamentos y músculos
faciales (Lebedinskaya, 1957). Finalmente, la aplicación de computadores permite aligerar el
proceso de reproducción facial aunque sus costos son mucho más elevados que con técnicas
tradicionales (Valencia, 2007; Ubelaker et al., 1992).

Figura 122. Medición en perfil del grosor de tejido blando mediante tomografía.

Los resultados de los estudios mediante ultrasonido realizados por los rusos (Lebedinskaya,
1982; Lebedinskaya et al., 1991, 1993) en varios grupos étnicos y en más de un millar de
personas hacen referencia a una serie de aspectos comunes al grosor de los tejidos blandos.
1. El grosor varía en concordancia con el sexo, la edad, filiación poblacional, la constitución
física del individuo y la región facial.
2. En todos los grupos el grosor se incrementa después de los 40 años; después de esta edad
varía según el grupo étnico, en unos disminuye y en otros se incrementa; esta es la edad
cuando se inician los procesos involutivos.
3. Los mongoloides en comparación con otras poblaciones presentan mayor desarrollo en el
relieve de la región infraorbital, y menor desarrollo en glabela y cigomaxilar; quizás obedezca
a un suave descenso de la región frontal a la nasal y a una menor profundidad de la fosa
canina. En caucasoides se observa todo lo contrario. En los negroides se manifiesta el mayor
desarrollo de glabela y cigomaxilar, y menor curvatura a nivel de zygion e infraorbitale.
4. En la frente el grosor varía generalmente entre 4-6 mm.
5. En los ojos no existen diferencias poblacionales ni sexuales en los puntos entocanthion e
infraorbitable.
6. En los pómulos el grosor en el punto malare de caucasoides varones oscila entre 7,5-8,5
mm; en mujeres entre 10,0-10,5 mm. Para el zygion en los varones varía entre 6-8 mm, en
mujeres entre 7,0-8,5 mm (Fig. 123).
209

Figura 123. Puntos para la medición del grosor del tejido blando (Lebedinskaya et al., 1993.186).
7. En la nariz el punto nasion posee un grosor que oscila entre 5,5-6,5 mm; en el rhinion
entre 3,0-3,5 mm. En subspinale el grosor es mayor cuando el cartílago nasal es prominente
(11,0-12,5 mm), disminuyendo con la reducción de éste (6,5-7,5 mm).
8. En el maxilar el grosor varía ampliamente, alcanzando en los varones 10,5-14,0 mm; en las
mujeres oscila entre 9,5-12,5 mm.
9. El grosor del tejido blando alrededor de la boca y la nariz varía independientemente de las
otras regiones faciales. Con la edad se incrementa la altura de la boca en su parte superior
(subnasale a stomion), pero disminuye el grosor de los labios, dada la reducción de la altura
coronal por el desgaste.
10. En la mandíbula el grosor también observa amplia variabilidad, sobrepasando en algunas
ocasiones los 20,0 mm de espesor en la rama ascendente.
11. Los puntos cefalométricos más difíciles de localizar son zygion y el subspinale. Los puntos
rhinion, zygion, superciliare, borde mandibular y glabella son los más correlacionados con el
grosor; en menor medida los puntos maxilar, metopion, labio inferior, gnathion y labio
superior (Simpson y Henneberg, 2002: 131).
Estudios adelantados en una muestra bogotana confirman los planteamientos de
otros autores como Kasai y Farkas, mostrando que las dimensiones verticales de la parte
inferior de la cara y la posición de los incisivos inferiores están asociados con el grosor de
labrale superior y el punto B; las relaciones horizontales entre las posiciones del maxilar y la
mandíbula están asociadas con el grosor del labio superior y el pogonion (tejido blando del
mentón). Un ángulo pequeño ANB (Clase III) está relacionado con un grosor pequeño del
pogonion y un labio superior relativamente grueso. Por el contrario, una posición adelantada
de los incisivos inferiores y una gran altura de la cara inferior se relacionan con un tejido
grueso en el punto B. El labio superior ocupa 1/3 del espacio entre el subnasale (base de la
columella) y el punto del mentón, denominada 1/2 inferior de la cara (Parra et al., 2003)

11.3.1. Procedimientos generales

1) La reconstrucción del rostro es un problema complejo que requiere de un abordaje


interdisciplinario, con la colaboración de antropólogos forenses, ilustradores médicos,
médicos y odontólogos.
2) El cráneo se consolida con Paraloid B-72 en soluciones disueltas en acetona o
thiner al 5%, antes de la realización de las respectivas copias en yeso. Si el tejido óseo es muy
frágil se aconseja forrarlo con una capa delgada de papel aluminio.
3) La obtención del contorno sagital del cráneo, en perfil frontal y lateral debe
realizarse muy detalladamente, resaltando en el cráneo a lápiz los elementos claves como la
ubicación de la comisura parpebral y bucal, la localización de las aletas nasales, la disposición
de la incisura nasal, el borde de la apertura piriforme y la espina nasal anterior. El contorno
se puede obtener mediante el dioptrógrafo o a partir de fotografías con escala métrica,
aumentadas al tamaño natural.
4) Se realiza una observación detallada de los principales rasgos métricos,
morfológicos y posibles traumas del cráneo que puedan afectar su fisonomía (por ejemplo la
fractura de los huesos nasales). Se toman algunas medidas básicas, como la distancia entre
las prominencias alveolares de los incisivos superiores centrales (para el philtrum), entre las
prominencias alveolares de los caninos superiores (para la ubicación del pliegue nasobucal),
la altura de la cresta conchal (para las aletas nasales a la que se le añade aproximadamente
2-3 mm), la altura de la corona de los incisivos superiores centrales (para la altura del labio
superior), la distancia interorbitaria (para la ubicación de los ángulos oculares internos).
5) Se realiza la reconstrucción gráfica que servirá de guía para la tridimensional. Se
recomienda utilizar esta última con el fin de reproducir fielmente, en forma y tamaño los
principales rasgos faciales.
6) Se instalan los bulbos oculares (en yeso o plastilina) con la pupila en el centro de la
órbita, sobresaliendo hasta la línea que une los bordes superior e inferior. Se mide la anchura
biorbital a la que se le restan cerca de 10-11 mm cuyo resultado corresponderá a la anchura
entre los ángulos externos de la comisura de los ojos. A la anchura interorbitaria se le añaden
5-6 mm que corresponde a la distancia de los bordes oculares internos.
7) Se ubican barritas calibradas con los espesores de los tejidos blandos en los
distintos puntos cafalométricos, deducidos preferiblemente de personas vivas, pues las
medidas tomadas en cadáveres mediante agujas de punción están sesgadas por el proceso
de deshidratación de los mismos. Se tiene en cuenta el sexo y la pertenencia racial del
individuo. Se rellenan los músculos maseteros, temporales y orbiculares (oral y orbital).
8) Se reconstruye el cartílago nasal de acuerdo a las indicaciones de Lebedinskaya,
cubriéndose de una capa de 2-3 mm de espesor. A la anchura nasal se le añaden a ambos
lados de a 5 mm en caucasoides, de a 8 mm en negroides.
9) Una vez rellenados los espacios con la respectiva arcilla o plastilina se conforman
los distintos pliegues nasoorales y nasobucales, los orificios nasales, los labios, los párpados y
las cejas. Para verificar la variación de los espesores a la anchura craneal transversa añádele
6-7 mm a ambos lados; a la bicigomática de 4-10 mm a ambos lados; a la bigoniaca de 8-10
mm; a la altura facial tota de 4-8 mm.
10) Generalmente, en la región entre el metopion y el bregma y entre los lóbulos
frontales se aprecia una fuerte porosidad del tejido óseo, indicativo de la línea de
demarcación de los folículos pilosos, cuando el individuo tenía abundante cabello. Si éste era
ralo, la porosidad disminuye demarcando la línea de las entradas frontales; en los calvos la
porosidad desaparece. Para aligerar el trabajo se puede recurrir a pelucas de diferentes
tonalidades y peinados.
211

11) Las fotografías a repartir se pueden obtener directamente de la reconstrucción en


arcilla o plastilina.
12) Es recomendable que las fotos obtenidas para la comparación con materiales del
archivo de desaparecidos sean cotejadas por fisonomistas profesionales, preferiblemente
mujeres (Snow et al., 1970).
13) Posteriormente, se obtienen copias en yeso para los archivos judiciales si se
requiere, y se limpia o se lava completamente el cráneo de la arcilla que se le haya adherido
y se empaca en papel aluminio, espuma o icopor para su conservación.

11.4. El cotejo cráneo-foto

Si se dispone de fotografías de personas, preferiblemente de frente y de perfil, antes de


proceder a elaborar reconstrucciones gráficas tridimensionales (plásticas) realizamos la
ampliación al tamaño natural tanto del cráneo -en la misma orientación de la foto del
individuo- como de las posibles víctimas. Previamente en el cráneo hemos marcado con lápiz
resaltante (se recomienda el uso de vidiógrafo negro) los siguientes puntos anatómicos: el
tuberculum orbitale, el tercio superior de la cresta lagrimal posterior, la altura de la cresta
conchal. Al superponerse los dos negativos proyectados en la pantalla la apertura ocular de
la fotografía se ubica en las líneas que unen el tubérculo orbital y el tercio superior lagrimal
que determina la apertura ocular. Posteriormente, se procede a establecer si las diferencias
son significativas a partir de la altura nasal, en donde la desigualdad entre el tejido óseo y
blando es mínima; en la disposición de las aletas nasales; en la comisura bucal; finalmente,
en el contorno general del rostro. Algunos cráneos observan una gran porosidad en la tabla
externa indicando abundancia de pilosidad por cuanto los folículos pilosos dejan su huella en
el tejido óseo. Siguiendo su distribución en el frontal, particularmente en el punto metopion
podremos ubicar la presencia o ausencia de cabello en el individuo (información personal de
G. Lebedinskaya).
Los chinos Cai y Lan (1993) analizaron 224 individuos de ambos sexos de la
nacionalidad Han encontrando que existe una fuerte correlación entre los puntos del cráneo
y el rostro, especialmente de 8 líneas que se pueden tomar como referencia para la
superposición: glabella (borde orbital superior), línea central (línea sagital media), gnathion
(borde inferior del mentón), ectocanthion (línea entre las uniones de los bordes orbiculares
externos), subnasale (borde inferior de la apertura piriforme), cheilion (línea de la boca),
entocanthion izquierdo y derecho (línea por ambos caninos) (Fig. 124).
Figura 124. Líneas de referencia en la superposición cráneo-foto (Cai y Lan, 1993:176).

El cotejo cráneo-foto, al igual que la reconstrucción facial es una prueba indiciaria que
permite descartar, mas no identificar. Su utilidad estriba en que puede reducir
considerablemente el universo de posibilidades. Actualmente existen técnicas sofisticadas
para la superposición cráneo-foto y de superposición por video ayudadas por computador,
como también combinadas (fotográficas y de video) que permiten mejores aproximaciones
(Iscan y Helmer, 1993).

11.5. La reconstrucción gráfica

El primer paso en el proceso de reconstrucción facial lo constituye la propia restauración de


los restos óseos, rellenando y pegando las partes faltantes y consolidando el hueso
. El segundo paso se relaciona con la estimación acertada del sexo, la edad, las observaciones
craneométricas y osteopatológicas; finalmente con el diagnóstico racial, a partir de las
dimensiones craneales y los detalles morfológicos. Un paso importante en la reconstrucción
gráfica, base de la tridimensional, es la elaboración del perfil craneal en normas frontal y
lateral, ya sea mediante dioptrógrafo cúbico de Martin o mediante fotografías obtenidas del
cráneo aumentadas al tamaño natural (para este fin se utiliza una escala métrica
perpendicular al lente, de preferencia macro de 50 mm, ubicada en el plano medio del
cráneo, perpendicular a su vez al plano Fráncfort). Previamente en la fotografía se han
marcado los puntos de la comisura ocular y bucal, la altura de la aleta nasal y de la apertura
piriforme, la forma y disposición de la espina nasal anterior, con el fin de resaltarlos en la
ampliación. Sobre este perfil craneal lateral y de frente se elabora la reconstrucción gráfica
(Fig. 125).

Figura 125. Proceso de reconstrucción gráfica según Lebedinskaya.


213

11.6. La reconstrucción tridimensional (plástica)

Figura 126. Reconstrucción tridimensional con dos edades diferentes.


Para esta labor se elabora una copias fidedigna del cráneo ya sea en yeso o en otro material
consistente. El cráneo se ubica con el rostro hacia arriba, sostenido sobre una mesa por
barras de arcilla para conservar su equilibrio. Posteriormente, se erige una plataforma
horizontal alrededor del ejemplar mediante tiras de arcilla de aproximadamente 4 cm de
ancho por 1 cm de espesor; ésta debe pasar por puntos cefalométricos que no conformen
superficies retenedoras e impidan despegar el alginato o el yeso (trazando una línea que
pase por la mitad de la bóveda craneal, continúe por el arco cigomático y descienda por la
rama ascendente de la mandíbula, desembocando en el gnathion) (Fig. 126).
Previamente en el cráneo se han taponado sus agujeros y cavidades (occipital, piriforme,
mandíbula, meato auditivo, cavidad esfenoidal) y se han insertado ojos de yeso o plástico en
las cavidades oculares. La primera mitad se cubre de alginato, posteriormente de yeso
reforzado con gasa con el fin de conformar un soporte para el primero. Cuando el yeso ha
fraguado se voltea el objeto, se sostiene con barras de arcilla y se procede a repetir la
operación. Una vez seco el yeso se extrae cuidadosamente el cráneo y se pasa a elaborar
sobre este molde en alginato el respectivo vaciado cuidando de evitar burbujas mediante la
aplicación inicial de yeso líquido; primero se rellena una mitad, posteriormente la otra,
finalmente se rellena completamente la porción más hueca, se unen ambas partes, se
amarran fuertemente y se agita el cuerpo mediante movimientos rotatorios alrededor de la
línea de unión. Cuando fragua el yeso se retoca el vaciado y se marcan los puntos de
localización de los tubérculos orbitales, el tercio superior de la cresta lagrimal posterior y la
altura de la cresta conchal.
Los puntos cefalométricos se marcan en el yeso, se taladran pequeños agujeros, se
insertan palitos calibrados de acuerdo al grosor del tejido blando y se pegan con algún
adhesivo.
La escuela de Guerasimov y Lebedinskaya rellena previamente los músculos faciales con
plastilina de consistencia dura (masetero, temporal, orbicular oral, orbicular ocular,
cigomático mayor y menor, el nasal y los depresores del ángulo oral y del labio inferior).
Inicialmente, se reconstruye una mitad utilizando la otra mitad ósea como punto de
orientación y de referencia para la conformación del relieve; posteriormente se rellena todo
el rostro.
El profesor Richard Neave utiliza arcilla, material muy dúctil y reutilizable; tiene el
inconveniente de que hay que estarlo humedeciendo para que no se agriete por la
resequedad. Una vez reconstruido los músculos mencionados se procede a ubicar capas que
cubran completamente el rostro hasta las barras calibradas. La humedad de la arcilla permite
su retoque con espátulas de distinto calibre y forma y con pinceles húmedos.
Una vez reconstruido el rostro en arcilla o en plastilina (según la preferencia) se puede
elaborar una mascarilla en yeso o un busto completo que al pintarse en color bronce da la
sensación de una obra escultórica. Este último procedimiento es útil en la elaboración de
galerías de antepasados prehistóricos. El producto final se puede retocar con pelucas,
anteojos y ojos de diferentes colores, etc.
Al observar las reproducciones realizadas por el profesor Richard Neave durante quince
años de experiencia, se puede apreciar una gran diferencia entre las primeras obras -con
errores básicamente en la región ocular y oral-, y las últimas que sorprenden por su gran
fidelidad y aproximación, lo que permite una mejor identificación. Comentarios similares se
han originado en Krogman, Gatliff, Ilam, Rhine, Rathbun, Snow (Ubelaker y Doonnell, 1992).
Los principales problemas radican en la consecución de los materiales adecuados (arcilla,
plastilina), el diseño de los pómulos, en la fidelidad al diagnosticar la edad, pero básicamente
se relacionan con la imposibilidad de reproducir exactamente el somatotipo del individuo
(obeso, delgado, atlético). Por esta razón, las diferencias más significativas se observan en la
reproducción de los ojos, labios y región mandibular.
215

12.La variación dermatoglífica

12.1. Definición y características de la dermatoglífica

El término dermatoglífica fue acuñado en 1926 por Harold Cummins, para designar el
estudio de las configuraciones dermopapilares finas de los dedos y palma de manos y pies,
aplicado a la identificación de personas, en los estudios poblacionales, para establecer
diferencias entre grupos étnicos (poblamiento, orígenes), y en casos clínicos relacionados
con defectos de nacimiento (Cummins y Midlo, 1961; Heet, 1983; Penrose, 1968). En
sentido estricto, la dermatoglífica estudia las configuraciones de las crestas epidérmicas
que forman sistemas de líneas paralelas en pequeños campos de la superficie del estrato
córneo; los poros de las glándulas sudoríparas se ubican en el centro de las crestas y las
depresiones entre las crestas se conocen como surcos (Penrose, 1968: 1).
Dentro de los principios biológicos que hacen de esta disciplina atractiva para la
identificación humana tenemos:
1) Las crestas epidérmicas individuales son muy variables, de tal manera que sus
características, aún en áreas pequeñas de los dedos, palma de la mano o planta de los
pies, no se duplican en ninguna otra región o en un individuo diferente.
2) Las configuraciones y detalles de las crestas individuales son permanentes y no cambian
con el tiempo.
3) Los tipos de configuración son variables individualmente, pero varían dentro de límites
tales que permiten su clasificación sistemática.
Por esta razón se considera que los Dactilogramas son perennes, inmutables -no pueden
modificarse fisiológica, voluntaria ni patológicamente- y diversiformes. Además, son de
relativamente fácil aplicación antropológica (Garruto et al., 1979: 311; Heet, 1983: 6;
Meier, 1991: 256; Vargas y Bustos, 1988: 48), pues:
1) Las técnicas de recolección –impresiones en tinta- son muy baratas, de fácil obtención,
lectura y conservación.
2) Existen amplias bases de datos a nivel mundial lo que permite estudios poblacionales
comparativos.
3) La presencia de rasgos cualitativos y cuantitativos de dedos y palma de la mano ofrece
una amplia batería de rasgos comparativos.
4) Sirve para caracterizar y comparar grupos según las diferencias interdigitales, asimetría
bilateral, dimorfismo sexual, a nivel local, regional, continental o hemisférica.
5) Sirve para analizar el flujo génico, la migración entre aldeas, medidas de distancia entre
grupos, las relaciones históricas y genéticas antiguas entre pueblos, los patrones de
matrimonio –intercambio de mujeres, patrilocalidad-.
Por otro lado, tienen aplicación clínica, pues los rasgos dermatoglíficos se forman
hacia el cuarto mes de vida intrauterina y no cambian con la edad, excepto en tamaño y
alteraciones ontogénicas tempranas; algunas configuraciones –entre ellas altas
frecuencias de arcos- se asocian a alteraciones cromosómicas y a síndromes como el
Langdon-Down, Turner, Trisomía 18, Trisomía D, Klinefelter, Rubinstein-Taybi, XYY,
enfermedades congénitas del corazón, rubéola prenatal y aborto espontáneo, por lo que
su reconocimiento fenotípico temprano puede contribuir a tratamientos clínicos
preventivos (Babler, 1978: 26; Chakraborty, 1991: 157; Malwala et al., 1969: 209;
Schaumann y Opitz, 1991: 204).
Finalmente, en Criminalística y Ciencias Forenses tiene una amplia aplicación para
la identificación humana pues las fichas decadactilares, especialmente en los países donde
es obligatorio su registro, permite mediante el sistema AFIS identificar una persona en
pocos minutos.
No obstante, uno de los mayores problemas en los análisis poblacionales es que
diferentes autores emplean distintas formas de presentar los resultados y no se exponen
suficientes datos con los que se puedan efectuar comparaciones intergrupales (López,
1995: 281).
En Colombia son muy pocos los trabajos sistemáticos poblacionales, y se limitan a
grupos urbanos de Bogotá (Bernal, 1974; Forero, 1988; Rodríguez y Rojas, 2009; Rojas,
2000; Vargas y Bustos, 1988;), Cali (De la Cruz, 1984), y de indígenas de Coyaima, Tolima
(Rojas, 2000) y Sikuane de Arauca (Gómez, 2009). Vale la pena señalar que las poblaciones
indígenas no se dejan tomar las huellas dactilares, especialmente con tinta negra en
atención a que consideran que allí está impresa su historia (Rojas, 2000: 22); por otro
lado, los organismos estatales le ven poca aplicabilidad a los estudios poblacionales.

12.2. Surgimiento y desarrollo de la dermatoglífica

Francis Galton (1822-1916) fue el pionero en los estudios básicos de las impresiones
dactilares, en cuanto la morfología, clasificación, herencia y variación racial. También fue
el primero en elaborar un ordenamiento de los dibujos digitales, adoptando una
clasificación de 38 tipos que simplificó a tan solo 3 tipos. Su clasificación no prosperó por
ser muy compleja, pero sí su subclasificación de arco (A), presilla o lazo (L), torbellino o
verticilo (W). Reconoció la importancia del trirradio (delta), definiéndolo como un trazo
triangular formado por la divergencia de crestas adyacentes; igualmente definió los
términos de arco, presilla y torbellino.
Alphonse Bertillon (1852-1914) es quizás uno de los más conocidos por el
desarrollo de la Antropología criminal. En 1879 describía a los delincuentes según la
estatura, dimensiones de la cabeza y extremidades, nariz y oreja, además de fotos en
perfil y de frente. Su señalamiento antropométrico, descriptivo y de marcas particulares
se constituyó en Instrucciones introducidas en todas las cárceles francesas en 1885.
También introdujo los dactilogramas en 1894 como “señales particulares”. No obstante
para 1911 había tal cantidad de fichas con dactilogramas que no se podían revisar
individualmente, por lo que decayó el bertillonaje.
Edward Henry (1850-1931) recolectó los frutos de Herschel y Galton y propuso que
las huellas eran perennes, inmutables y aparecían en el 6o mes de vida intrauterina.
Propuso la subclasificación de los monodeltas, el conteo de crestas con la línea delto-
central o galtoniana; también realizó anotaciones sobre las variaciones de la forma de la
planta del pie en reposo y en marcha. Desarrolló una técnica de clasificación adoptada
universalmente (bengalés, Galton-Henry), imponiendo en 1892 el uso del bertillonaje en
217

Bengala. Para esa época se abría en Scotland Yard el Finger Print Bureau, que en 1967
varió muy poco con relación a la propuesta de Henry.
Juan Vucetich Kovacevich (1858-1925), nacido en Yugoslavia y radicado en La Plata,
Argentina, abría en esta ciudad en 1891 la oficina de Identificación antropométrica al
estilo Bertillon en París, con aplicación en impresiones digitales. Inicia la reseña de
delincuentes y aspirantes a policía. Propuso el Sistema Dactiloscópico Argentino de 4
tipos: arcos, presilla interna, presilla externa, verticilo, adoptado oficialmente desde 1896
y el Registro General de Identificación.
Durante el segundo cuarto del siglo XX descolló el equipo del anatomista y biólogo
Harold Cummins, quien publicó en 1943 el libro clásico Finger Prints, Palms and Soles,
conjuntamente con Charles Middlo, siendo el texto básico para el aprendizaje e
interpretación de la dermatoglífica.
En Rusia Henrietta Heet y colaboradores han estudiado varios centenares de poblaciones,
acumulando una enorme base de datos publicada con el título Dermatoglífica de los
pueblos de la URSS (1983).
En México los estudios de Carlos Serrano en su disertación doctoral (1974), y las
posteriores investigaciones de sus colaboradores han permitido conocer la variación de
grupos indígenas y mestizos de este país.
Como se puede apreciar la Dermatoglífica se ha desarrollado en las tres grandes
orientaciones que tiene actualmente:
1) Judicial: clásicamente considerada en Criminalística y Policía Científica, abarca los
trabajos encaminados a la identificación de personas.
2) Antropológica: a través de los estudios de anatomía comparada, poblacional y
evolutiva.
3) Clínica: cuando se analizan las repercusiones clínicas y las aplicaciones que a este objeto
ofrece las configuraciones dermopapilares.

12.3. Figuras digitales

En los dedos de manos y pies se reconocen básicamente tres figuras según el número de
trirradios o deltas: arcos, presillas y torbellinos (Penrose, 1968: 4) (Fig. 127).
Torbellino, rizo, verticilo (W): presenta dos trirradios (deltas) con diseño concéntrico, y
crestas alrededor de un núcleo área patrón encerrada por las líneas tipo.
Presilla, asa, bucle (L): observa solamente un trirradio (delta), y las crestas se encorvan
alrededor de un solo extremo del patrón, formando la cabeza de la presilla (L).
Arco (A): no tiene trirradio (delta), las crestas pasan de un margen a otro del dedo, con
barrido arqueado.
Geométricamente, el punto trirradial o delta se considera el encuentro de tres
radiantes que conforman un ángulo aproximado de 120º, demarcando tres regiones. El
rasgo característico de la presilla (L) es que la dirección de un campo paralelo de líneas se
orienta hacia dos ángulos rectos (180º). El corazón de una presilla típica es tanto el final
de una cresta sencilla (barra o rod), o una línea que regresa y forma dos crestas
adyacentes (grapa o staple); si las líneas convergen se denomina presilla convergente; un
tipo raro ondulado es el mutante; dos presillas en asociación cercana o fusionadas para
conformar un círculo se denomina torbellino (W), y las líneas de crestas se orientan en un
ángulo de 360º (Penrose, 1968: 4-5).

Figura 127. Diagrama de configuraciones digitales (modificado de Cummins, Midlo, 1961: 56).

Cuando el corazón está formado por la punta de una de las líneas de un trirradio se
denomina arco en tienda (T, At, La), aunque en realidad es una presilla. Cuando la presilla
se orienta hacia ulnar se denomina U o Lu; cuando se orienta hacia radial se llama R o Lr.
Una presilla doble se denomina Wd, Ws –si el corazón forma un espiral- o D.
El índice del patrón de intensidad (Pattern Intensity Index, PII) se calcula como el
número de trirradios, donde el arco tiene un valor de 0, la presilla posee uno y el
torbellino dos (PII = (L+2W)/10), con un valor entre 0 y máximo 20. El índice de Furuhata
se calcula como Wx100/(Lu+Lr) y el de Dankmejer como (A/W)x100. Las crestas que
contiene un trirradio se pueden contar desde el punto del trirradio al punto del corazón,
siguiendo una línea recta, contabilizándose todas las crestas que cruce la línea, incluida la
final, exceptuando las nacientes. Para todos los dedos se denomina Conteo Total de
Crestas (TRC).

12.4. Figuras palmares

En la palma de la mano tenemos seis áreas con nomenclatura hypothenar (Hy) -porción
ulnar-, thenar (Th) –cuadrante próximo-radial- y las interdigitales I –que se agrupa con la
Th en Th/I-, II, III y IV. En la base de los dedos II (índice), III (corazón), IV (anular) y V
(meñique) se forman cuatro trirradios o deltas que se denominan a, b, c y d,
respectivamente; si se presentan trirradios adicionales se denominan a’, b’, c’, d’; si el
trirradio interdigital se une a dos dedos por la ausencia de un delta se llama bc o cd. Las
figuras pueden ser presillas (L), torbellinos (W) y arcos en tienda (T); las otras
configuraciones no son verdaderos patrones: arcos planos (A), campos abiertos (O),
multiplicaciones (M) y vestigios (V) (Fig. 128, 129).
Las líneas palmares principales o radiantes que surgen del trirradio se denominan
A, B, C y D (Fig. 3); éstas desembocan en distintos campos o intervalos interdigitales (1, 2,
3, 4, 5’, 5”, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13’, 13” en sentido contrario a las manecillas del reloj). En
caso de ambigüedad se designan como dual (11/5’) si hay dos posibilidades; alternativo
(11(10)) si no hay más de dos crestas próximas, siendo el primer número el trazado inicial;
abortiva (X) si no se presenta, aunque exista el trirradio; ausente (O) si hay ausencia de
219

trirradio y por consiguiente de la línea principal; accesoria si se observa un radiante


adicional (11-7); id en ausencia del trirradio –sin puntuación- u oido indicando la ausencia
de dos trirradios y la ocurrencia de un trirradio interdigital en relación con el tercer
intervalo (v.gr. 11.oido.5’ si están ausentes los trirradios b y c).

Figura 128. Configuraciones en el área hypothenar (modificado de Penrose, 1968: 7).

La fórmula dermatoglífica se expresa de la siguiente manera, según la orientación de las


líneas (D, C, B y A), la ubicación del trirradio axial t, las configuraciones de las áreas
palmares (Hy, Th/I, II, III y IV) y digitales (I, II, II, IV y V), con un ejemplo particular:

Para la línea D las terminaciones se agrupan en tres tipos modales: el tipo 7 (agrupa los
intervalos 7, 8, X, 5), el tipo 9 (agrupa 9, 10) y el tipo 11 (agrupa 11, 12, 13). Para la línea A
se han definido tres tipos modales: el tipo 5 (7, 6, 5”, 5’), el tipo 3 (4, 3) y el tipo 1 (1, 2). El
índice de la línea media (Main Line Index) expresa los rasgos más distintivos y se computa
a partir de los valores de los tipos 11 y 7 (Md=9 + 2x(t11-t7)/100). El índice de Cummins
(Ic) se calcula como la sumatoria de los valores de las línea A (ΣA) y D (ΣD) o Ic=( ΣD +
ΣA)/200 (Cummins, Midlo, 1961: 113-114).

Líneas T Áreas Digitales


D C B A t Hy Th/I II III IV I II III IV V
11(10) X 7(6) 4/1 t’ V/At O O V V W R R R T
Cuando se presentan dudas se codifican de la siguiente manera:

/: fórmula dual
( ): fórmula alternativa (delta adicional)
X: línea media abortiva
O: ausencia de trirradio (delta)
-: radiante accesorio
OidO: ausencia de B y C
El trirradio axial tiene habitualmente tres tipos (Fig. 3):

t”: distal
t’: intermedio
t: proximal
Índice t: distancia del trirradio axial desde Ax100/AB

12.5. Los estudios poblacionales

Los estudios de grupos poblacionales de diferentes partes del mundo han establecido el
potencial diagnóstico diferenciador de algunos rasgos dermatoglíficos (Meier, 1991).
Quizás el país con mayor número de grupos estudiados bajo una metodología
estandarizada es la antigua Unión Soviética, donde se han analizado más de 100 grupos
étnicos europeos y asiáticos, compuestos por más de 22.000 personas, investigación
liderada por Henrietta Heet (1983: 7). Aquí se estableció que los rasgos independientes
entre sí –que observan muy poca relación biológica intragrupal-, con alto poder
diferenciador territorial intergrupal, son los índices de intensidad patrón (IIP), el de las
líneas palmares principales de Cummins, el trirradio o delta axial (t), los patrones palmares
del hypothenar (Hy), thenar (Th/I) y los deltas adicionales interdigitales. No obstante, la
región Th/I varía erráticamente y no sirve para diferenciar grandes grupos geográfico
poblacionales. De acuerdo a este estudio, la variabilidad se incrementa desde los niveles
taxonómicos inferiores a los superiores, planteando que posiblemente las barreras
interétnicas constituyeron el principal factor de diferenciación poblacional en las regiones.
En el ámbito territorial se evidenció que las poblaciones mongoloides son un poco menos
homogéneas que las caucasoides, especialmente entre los grupos femeninos. Finalmente,
a nivel regional se observó que la población de los Urales (Janti, Mansi) son muy
particulares pues comparten rasgos tanto mongoloides como caucasoides, lo que
apoyaría la hipótesis de que en su origen –culturas Afanasyev, Tagarsky y Andronovskaya)
hubo un aporte caucasoide antiguo, y no se sustenta la idea de un origen protomorfo
(indiferenciado o no especializado morfológicamente). Una discusión en este sentido
desde la perspectiva craneométrica se ha planteado con relación a los orígenes de las
poblaciones paleoamericanas (Rodríguez, 2007).
221

Figura 129. Diagrama de la palma y dedos con las áreas (Th, Hy, I, II, III, IV), líneas principales (A, B, C, D),
delta axial (t) y configuraciones digitales (D, R, T, W, U) (Modificado de Penrose, 1968: 5).

En el estudio de más de 100 grupos indígenas de Norte, Centro y Suramérica


(Garruto et al., 1979: 325; Hoff et al., 1981: 460) se ha señalado que los rasgos
dermatoglíficos más útiles en los análisis poblacionales amerindios son los patrones de las
regiones interdigitales del Hy, Th/I, III y IV, demostrando la importancia de la
heredabilidad de esas variables. El área interdigital II también se encuentra bajo control
genético, pero no observa mucha variabilidad, aunque se puede usar en conjunción con
las otras variables. Los tipos modales de la línea D no parecen ser muy informativos, por lo
que se sugiere el empleo del índice de la línea media. La línea modal C es útil cuando se
usa en combinación con los otros 6 rasgos.
Los rasgos dermatoglíficos establecen una relación cercana entre poblaciones
andinas y amazónicas, posiblemente por un origen común o flujo génico significativo entre
ellas (Hoff et al., 1981: 459). En general, los amerindios presentan la mayor frecuencia de
patrones palmares en las áreas interdigitales Th/I entre los seis mayores grupos
geográficos poblacionales. Las frecuencias de los patrones III y IV son relativamente bajas.
Por los patrones palmares los amerindios se aproximan más a los australoasiáticos y
asiáticos orientales que a caucasoides, negroides e indígenas asiáticos. Igualmente,
expresan frecuencias bajas de conteo total de crestas (TRC) que los caucasoides, indígenas
asiáticos y australoasiáticos, aunque en este rasgo se aproximan a los negroides. Los
esquimales presentan mayor afinidad dermatoglífica con los amerindios que con otros
grupos poblacionales. Los australoasiáticos observan las menores frecuencias de deltas
axiales e interdigitales de las seis poblaciones (Garruto et al., 1979:328).
Mediante el conteo de crestas digitales (TRC) de poblaciones aisladas del
Departamento Pocho, Argentina (Demarchi y Marcellino, 1996: 250-251) se encontró que
expresan valores inferiores a los grupos caucasoides, concluyéndose que los dermatoglifos
constituyen variables eficientes en la discriminación interpoblacional, y los resultados
coinciden con la distribución geográfica y las relaciones poblacionales.
Los estudios dermatoglíficos de muestras colombianas han hecho énfasis en la
variación dactilar, indicando mucha similitud entre los grupos de Bogotá (Bernal et al,
1974; Bustos, Vargas, 1988) y Cali (De la Cruz, 1984), con una baja frecuencia de
torbellinos (27% y 28%, respectivamente), alta de presillas (62% y 64%, respectivamente)
y muy baja de arcos; las frecuencias más elevadas de torbellinos se aprecian en el dedo
pulgar (42,3% y 36,9%, respectivamente), similar a los grupos caucasoides. Muy poco uso
se le ha dado al análisis palmar (Forero, 1988; Rojas, 2000), pero se ha señalado asimetría
bimanual.
En general, los rasgos dermatoglíficos permiten diferenciar tanto grupos
territoriales como regionales en el ámbito mundial. Así, en las poblaciones europeas se
aprecia una tendencia a frecuencias elevadas de presillas digitales y bajas de torbellinos.
Entre los grupos asiáticos y amerindios esta tendencia se invierte; en los europeos se
evidencian bajas frecuencias de patrones en el área Th/I y altas de Hy; altas frecuencias en
el área interdigital III y bajas en IV (Serrano, 1982: 160).
Tabla 46. Frecuencia de rasgos dermatoglíficos de diferentes poblaciones de Colombia* e iberoamericanas
Line

interdigital IV
interdigital III
interdigital II
Torbellinos

C ausente
Población

Presillas

Index D
Arcos

Main

Area

Area

Area
D 11

Th/I
Hy
PII

Coyaima* 0,31 0,60 0,09 12,2 8,60 0,14 0,09 0,16 0,18 0,0 0,31 0,66
Sikuane* 0,33 0,56 0,11 12,2 9,15 0,28 0,33 0,25 0,24 0,0 0,25 0,56
Bogotá 1* 0,26 0,66 0,08 11,8 9,16 0,25 0,10 0,12 0,01 0,0 0,20 0,57
Bogotá 2* 0,23 0,72 0,04 11,8 0,30 0,06 0,02 0,39 0,55
Cali* 0,28 0,64 0,08 12,0
Mexicanos 0,42 0,54 0,05 13,8 0,15 0,12 0,41 0,01 0,23 0,69
México D. F. M 0,35 0,57 0,08 12,7
México D.F. F 0,32 0,63 0,05 12,2
Argentina F 0,31 0,64 0,06 12,5
Argentina M 0,32 0,61 0,07 12,5
Vascos M 0,30 0,62 0,05 12,2
Vascos F 0,29 0,66 0,07 12,4
Canarios 0,32 0,62 0,07 12,6
Asturianos 0,31 0,64 0,05 12,6
Asturianas 0,27 0,65 0,08 11,9
Barcelona M 0,28 0,67 0,05 12,3
Barcelona F 0,27 0,66 0,08 12,0

12.6. Las muestras colombianas

Las huellas fueron recolectadas mediante la técnica de impresión con tinta sobre vidrio,
presionando sobre la parte dorsal de la palma de la mano de cada sujeto con el fin de
obtener una impresión nítida, especialmente de la parte cóncava. Se obtuvieron huellas
de ambas manos y de todos los dedos las que fueron observadas con lupa 2X. Para cada
mano se estableció la respectiva fórmula palmar y digital, y los datos fueron consignados
en una base bajo el ambiente SPSS versión 17 para su respectivo análisis estadístico
(Rodríguez y Rojas, 2009; Gómez, 2009).
223

12.6.1. Indígenas

La muestra del municipio de Coyaima fue recolectada en niños de las escuelas de Ilarco,
Amayarco, Aico, Torazo, Piedras y Urbana (Rojas, 2000). En esta región sobreviven grupos
indígenas de la etnia Pijao que encontraron los españoles a su llegada en el siglo XVI, y que
sometieron a una guerra de tierra arrasada en el siglo XVII con el fin de dominarlos. La
muestra está integrada por 31 niños y 29 niñas; se pueden considerar de origen
preponderantemente indígena ya que los pijaos se opusieron históricamente al mestizaje.
La muestra de los indígenas Sikuane fue obtenida en Tame, Arauca, Llanos Orientales, de
76 niñas y 52 niños, para un total de 128 individuos (Gómez, 2009).

12.6.2. Bogotá

La muestra está conformada por 110 mujeres y 58 varones, estudiantes de pregrado y


postgrado de Antropología de la Universidad Nacional de Colombia, recolectada por
ambos autores. El grupo se puede considerar mestizo andino, es decir, una mezcla entre
indígena, básicamente por línea materna, y español, preponderantemente por línea
paterna. Esta hibridación ha configurado un mestizo con haplogrupos mitocondriales en
casi 70% de origen indígena (haplogrupos A, B, C, D), y cromosoma Y de origen hispánico
en aproximadamente 80% (Rodríguez, 2004: 56). Fenotípicamente se podría esperar que
los rasgos dermatoglíficos combinen las características dermopapilares de ambos troncos
ancestrales, indígena y español (Tabla 46).
A juzgar por los estudios poblacionales (Rodríguez, Rojas, 2009) los rasgos
dermatoglíficos son muy útiles en los procesos de identificación y diferenciación de grupos
geográficos de distintos orígenes, especialmente entre indígenas, mestizos y caucasoides.
Los rasgos más discriminadores son los palmares, especialmente las configuraciones de las
líneas modales D, C, B, A, el trirradio axial t, las áreas interdigitales hypothenar, thenar y
áreas I, III y IV; de los patrones digitales solamente el dedo pulgar (I) es útil para
diferenciar grupos poblacionales. De las líneas modales la C y A son adecuadas para
diferenciar sexo, además de las áreas palmares Th/I y III, y el dedo pulgar (I). El área
interdigital II y los dedos II, III, IV y V no son muy útiles en los estudios intra-
interpoblacionales.
Los indígenas se caracterizan por presentar mayor cantidad de configuraciones –
especialmente presillas- en las áreas Hy, Th/I, III y IV; terminaciones de las líneas modales
D en áreas 7 y 9; C en 5, 7 y ausente (Sikuane); B en 5’; A en 4 y 3; En el dedo pulgar (I)
expresan mayor frecuencia de torbellinos (Coyaima con 72%) y presillas (Sikuane con
53,5%), con muy baja frecuencia de arcos. El grupo Sikuane se diferencia por una alta
frecuencia de ausencia de la línea C (33%), y ambos grupos indígenas se distinguen de las
muestras bogotanas por una mayor intensidad de configuraciones en el área Th/I. En los
patrones del trirradio axial no hay diferencias pues en todos los grupos se presenta el t,
con muy baja frecuencia de t’ y t”. En general los indígenas descuellan por una mayor
presencia de torbellinos digitales, configuraciones en Th/I, línea D en 7, línea C en 5”, línea
B en 5´y línea A en 4.
En el ámbito de la discusión sobre la variación poblacional de los indígenas
americanos se aprecia una dicotomía entre los norteamericanos y centro-suramericanos,
incluyendo dentro de los centroamericanos los grupos Apache, Navajo, Pueblo y
Tarahumara. Se aprecia afinidad entre indígenas mayas y no mayas en Centroamérica, y
entre andinos y amazónicos en Suramérica, reflejando consecuencias de flujo génico entre
esas regiones y el hecho de compartir un tronco ancestral antiguo.
La alta frecuencia de torbellinos en las impresiones dactilares, considerada como
indicador del componente indígena (Serrano, 1982: 161; López, 1995: 281), se aprecia
mejor en el dedo pulgar (Tabla 46). Por otro lado, la idea de que porcentajes menores
para la región Th/I y mayores para Hy es una característica de las poblaciones españolas y
europeas (Coyoc, 1997: 247) no parece corroborarse en este estudio. Por esta razón, para
analizar la dinámica de la miscegenación poblacional, se recomienda metodológicamente
incluir las variables diferenciadoras como las líneas principales (D, C, B, A), las áreas
interdigitales (Hy, Th, I, III, IV) y de las digitales el dedo pulgar (I) para obtener mejores
resultados en los estudios intra-interpoblacionales. Sin embargo, es probable que los
resultados no sean universales debido a la amplia variación existente entre las
poblaciones humanas, y que la utilidad discriminadora de las variables dermatoglíficas
dependa de la especificidad de cada grupo (Coyoc, 1997: 248).
225

Capítulo 13
Rostros y voces del holocausto del Palacio de Justicia

13.1. El problema de la identificación de las víctimas 25 años después

Los hechos acontecidos durante el holocausto del Palacio de Justicia los días 6 y 7 de
noviembre de 1985 continúan llamando la atención de la opinión pública, particularmente
porque varias de sus víctimas aún no han sido identificadas, después de 25 años de los
sucesos. En febrero de 2010 algún funcionario de la Fiscalía filtró la información sobre la
identificación genética de dos esqueletos de los 90 excavados en la fosa común del
Cementerio del Sur en 1998: los No. 61 y 62, el primero correspondiente a Fabio Becerra,
insurgente, y el segundo al empleado de Valher René Francisco Acuña, quien murió el
primer día de los hechos sobre la carrera 8a. Su madre quiso reclamar el cadáver pero este
derecho le fue negado por las autoridades militares que manejaron la situación. La noticia
fue interpretada o manipulada como si dos presuntos desaparecidos hubiesen sido
identificados, y que sus restos se encontrasen refundidos en las instalaciones de la
Universidad Nacional de Colombia desde 1985.
Por otro lado, en el Informe Final de la Comisión de la Verdad (CVPJ) sobre los
hechos del Palacio de Justicia de 2009 (Gómez, Herrera & Pinilla, 2009) se presentaron los
resultados de las recientes investigaciones de expertos contratados para tal efecto, entre
ellos un antropólogo forense del equipo peruano CENIA. En el acápite “Sobre las
actuaciones de la Universidad Nacional”, el Informe (pp. 162-163) aclara que el estudio de
los cuerpos está amparado por la normatividad de autopsias con fines docentes, según el
Cap. II, Art. 4º, acápite B del Decreto 786 de 1990, con el objeto de ilustrar procesos de
enseñanza y aprendizaje. Como resultado, varios cuerpos fueron entregados por orden del
Juzgado 2º Especializado a sus familiares por el Laboratorio de Antropología Física
(LAFUN), entre ellos el de Fabio Becerra el 5 de diciembre de 2005; los de Ariel Sánchez,
Fernando Rodríguez y Héctor Arturo Lozano el 6 de junio de 2006 y el de Jesús Antonio
Carvajal el día 6 de julio de 2006. Los recientes estudios genéticos de la Fiscalía confirman
la identificación indiciaria propuesta por el Laboratorio de Antropología Física de los dos
esqueletos arriba mencionados, restos que reposaron hasta octubre de 2009, y cuyo
estudio dio lugar a la identificación presuntiva de 10 personas más (Rodríguez, 2004).
Igualmente, en el Informe se presenta la aclaración realizada por la ONG Physicians
for Human Rights (PHR) sobre la identificación genética del esqueleto No. 70 puesta en
duda por algunos familiares de los desaparecidos, donde se concluye que “los análisis
cumplen con los parámetros establecidos en los protocolos internacionales sobre
identificación genética y que, en consecuencia, las muestras encontradas en el cementerio
del Sur, en efecto corresponden a los restos de Ana Rosa Castiblanco” (Gómez, Herrera &
Pinilla, 2009: 175). En tanto que durante 16 años no existió certeza sobre las
circunstancias de su fallecimiento, la señora Castiblanco permaneció en condición de
desaparecida; con su identificación se reduce el número de personas desaparecidas a
cinco (de los ocho empleados de la cafetería y tres visitantes), ya que de los 36 cadáveres
remitidos entre el 9 y el 30 de noviembre de 1985 al cementerio del Sur, solamente 29
correspondían a insurgentes (de los 35 que ingresaron) y uno al civil René Francisco
Acuña, también identificado recientemente.
El presente capítulo tiene como objetivo exponer la metodología de investigación y
los resultados de la revisión de los restos óseos de la fosa común del Palacio de Justicia,
con el fin de mostrar el papel de la Antropología forense en la identificación de personas.
Esta metodología comprende cuatro fases de investigación: 1. Fase de documentación,
donde se recabó la información sobre los actores y circunstancias de los hechos, mediante
la revisión de archivos, entrevistas a familiares y el examen de los protocolos de necropsia
realizados el 8-10 de noviembre de 1985 por médicos forenses del Instituto de Medicina
Legal. 2. Fase de campo, que fue realizada por funcionarios del Cuerpo Técnico de
Investigación (CTI) de la Fiscalía General de la Nación en una fosa común del cementerio
del Sur, cuyos resultados quedaron plasmados en un informe de Arqueología forense. 3.
Fase de laboratorio, donde los restos fueron analizados por expertos en Antropología,
Balística, Medicina y Odontología. 4. Fase de cotejo, que consistió en el cruce de
información ante y post mortem.

13.2. Los hechos: la justicia entre dos fuegos

A las 11:30 de la mañana del 6 de noviembre de 1985, el “Comando Iván Marino Ospina”
del grupo guerrillero M-19 integrado por 25 hombres y 10 mujeres se tomó por la fuerza
el Palacio de Justicia en pleno centro de Bogotá, donde funcionaba la Corte Suprema de
Justicia y otras dependencias. Durante los primeros enfrentamientos murieron los pocos
vigilantes y escoltas que opusieron resistencia a la entrada, y cayeron abatidos algunos
guerrilleros. La fuerza pública reaccionó mediante un operativo de gran magnitud, pues
por un lado, el presidente de la República Belisario Betancur Cuartas con el apoyo de la
clase política dio la orden de no negociar, y por otro, los militares asumieron el control de
la situación aplicando todos los medios posibles. Se pretendía no repetir los angustiosos
momentos de la toma de la embajada de la República Dominicana, donde varios
diplomáticos permanecieron secuestrados por el grupo insurgente, siendo liberados
posteriormente a cambio del cumplimiento de algunas peticiones, actitud que fue vista
por el país como señal de debilidad del Estado.
En el intercambio de disparos y durante el incendio producido en el cuarto piso –
por causas inciertas y que consumió a magistrados y guerrilleros- perecieron civiles,
insurgentes y militares, para un total de 98 personas, entre ellas 11 magistrados de la
Corte Suprema de Justicia, 3 magistrados auxiliares, 12 auxiliares de los magistrados de la
Corte, un magistrado auxiliar del Consejo de estado, 2 abogados asistentes del Consejo de
estado, 4 auxiliares del Consejo, 3 conductores, el administrador del Palacio, 2 celadores
de Cobisec, una ascensorista, 11 integrantes de la fuerza pública, dos particulares
visitantes, un transeúnte (Francisco Acuña), 8 empleados de la cafetería (4 mujeres y 4
hombres), una proveedora de pasteles, dos visitantes más, 15 insurgentes identificados, 6
insurgentes sin reconocimiento médico y 12 insurgentes NN. Todos los rehenes y
guerrilleros que se hallaban en el cuarto piso perecieron a raíz del voraz incendio que se
desató por causas desconocidas (el ejército pudo tener responsabilidad, aunque no
227

intencional; otros señalan que los guerrilleros quemaron expedientes). Según el Informe
Final tres magistrados (Alfonso Reyes, Ricardo Medina y José Eduardo Gnecco) recibieron
impactos de proyectiles de armas que no usaron los guerrilleros.
En el baño entre el segundo y tercer piso alrededor de 60 rehenes con una docena
de guerrilleros al mando de Andrés Almarales quedaron atrapados hasta el mediodía del
día 7 de noviembre. Aquí los disparos de unos y otros produjeron bajas entre los civiles.
Todos los guerrilleros murieron en circunstancias aún no esclarecidas. El magistrado
Manuel Gaona Cruz fue muerto por la guerrilla al oponerse salir del baño como escudo
humano, según lo plantea el Informe.
Después de salir del Palacio, algunos rehenes fueron sometidos a tratos crueles y
degradantes por miembros de las Fuerzas Armadas, entre ellos dos estudiantes
universitarios, siete conductores y la guerrillera Irma Franco, desaparecida.

13.3. El tratamiento de los despojos mortales

Además de las personas que lograron salir al inicio (cerca de 240), se salvaron otros 60
rehenes que escaparon del incendio y se refugiaron en un pequeño baño de 20 m²
avanzada la noche del 6 de noviembre. Cerca de una docena de guerrilleros que se
apertrecharon en este baño fueron “fumigados” por las fuerzas armadas, entre ellos
Andrés Almarales, uno de sus comandantes. Dos guerrilleras salieron con vida, Irma
Franco Pineda, detenida y desaparecida el día 7 de noviembre, y Clara Helena Enciso,
quien se refugió durante varios años en México hasta su deceso.
Ha sido imposible calcular el número exacto de muertos, pues, por un lado, el
Instituto de Medicina Legal reportó la labor de 94 necropsias -sesenta de cuerpos
calcinados, siendo imposible identificar a veintitrés de ellos-; entretanto la Comisión de la
Verdad registra 95 caídos y el número de licencias de inhumación alcanzó la cifra de 104.
Los cadáveres fueron levantados desordenadamente de todos los rincones del edificio y
dispuestos para observación en el primer piso –después de haber sido lavados con
potentes chorros de las mangueras del cuerpo de bomberos- por orden de los jueces 78 y
76 de Instrucción Penal Militar, cuyo procedimiento alteró la escena de los hechos y
propició la pérdida de importantes evidencias. Posteriormente fueron remitidos al
Instituto de Medicina Legal para las respectivas necropsias, donde una vez eran
identificados se entregaban a sus familiares. Los cuerpos de civiles no identificados por
estar incinerados –entre ellos el de René Francisco Acuña Jiménez quien fue plenamente
identificado- y los de 29 insurgentes fueron inhumados en una fosa común en el
Cementerio del Sur de Bogotá.
Durante esta última diligencia fueron remitidos 26 cadáveres el 9 de noviembre
por orden del Juzgado 78 de Instrucción Penal Militar (oficio No. 1324), cuyos protocolos
de necropsia son: 3747 (Edison Zapata V.), 3757 (Francisco Vargas S.), 3758, 3764 (Ricardo
Mora G.), 3765 (Héctor A. Lozano), 3768 (William Almonacid), 3769 (Diógenes Benavides
Martinelli, ciudadano panameño), 3771 (Fabio Becerra C.), 3772 (Jesús A. Roa V.), 3773
(Andrés Almarales M.), 3777 (Elkin de Jesús Quiceno), 3779 (Ariel Sánchez G.), 3781 (Jesús
A. Carvajal), 3800 (Ana Rosa Castiblanco, 3784 (Ángela M. Murillo o Dora Torres), 3823,
3827, 3831, 3835, 3839, 3843, 3845, 3802, 3799 (?). Los cuerpos de Andrés Almarales,
Jaime Alberto Córdoba Ávila y dos insurgentes más fueron entregados a sus respectivos
familiares.
Entre noviembre 20 y 30 fueron remitidos otros diez cadáveres a la fosa común:
3808, 3816, 3818, 3819, 3820, 3822, 3830, 3840, 3849 y 3877, según licencia de
Inhumación 17790-17806 de la Notaría 13. Del total de cadáveres dos correspondían a
civiles identificados (3764 de Francisco Acuña y 3800 de Ana Rosa Castiblanco), trece a
guerrilleros identificados (3747,3757, 3758, 3765, 3768, 3769, 3771, 3772, 3777, 3779,
3781, 3782, 3784) y dieciséis a guerrilleros no identificados. Si la tropa del M-19 estaba
integrada por 35 personas, habiendo perecido 33 de ellas (dos mujeres salieron vivas), de
las cuales se entregaron a familiares cuatro cadáveres, significa que faltaría por recuperar
29 cuerpos de insurgentes, del total de 36 cadáveres remitidos a la fosa común. Los
restantes siete cuerpos corresponderían a civiles.
Tabla 47. Listado de las personas desaparecidas en el Palacio de Justicia.

No. Nombre Edad Datos


1 Gloria Anzola de Lanao 31 Abogada visitante
2 Bernardo Beltrán Hernández 24 Mesero, 172 cm. Se afirma haberlo visto en la Casa
del Florero.
3 Héctor Jaime Beltrán Fuentes 30 Mesero. Su cédula fue hallada en el baño aledaño a
la cafetería.
4 Ana Rosa Castiblanco 32 Identificada y entregada a su hijo
5 Norma Constanza Esguerra 28 Proveedora de pasteles. Su cartera fue hallada en la
cafetería y en el 4º piso se localizaron una cadena y
piezas de collar similares a las que usaba.
6 Irma Franco Guerrillera, detenida y desaparecida por las FFAA.
7 Cristina del Pilar Guarín Cortés 26 Cajera interina, 157 cm. Testigos afirman que fue
torturada y muerta en la Escuela de Caballería.
8 Gloria Stella Lizarazo Figueroa 31 Auxiliar de cafetería, se encontraba embarazada.
9 Lucy Amparo Oviedo 23 Visitante, 165 cm. Hay registro fílmico donde al
parecer sale con vida y testimonios de haberla visto
en la Escuela de Infantería.
10 Luz Mery Portela León 26 Cocinera, 148 cm.
11 Carlos Augusto Rodríguez 29 Administrador, 174 cm. Testigos afirman que fue
torturado y muerto en la Escuela de Caballería.
12 David Suspes Celis 25 Chef, 166 cm. Se dice haberlo visto vivo en el Cantón
Norte.
El Informe resalta el mal manejo de la escena a pesar de que el artículo 341 del
Decreto 409 de 1971 disponía no alterar la posición del cadáver mientras la autoridad
judicial no lo inspeccionara para determinar la causa de muerte. Las autoridades militares
no permitieron el ingreso de un equipo de jueces civiles, quienes advirtieron que se
estaban limpiando las instalaciones donde ocurrieron los hechos, concentrando los
cadáveres en el primer piso, sin sus respectivas prendas, perdiéndose su asociación con
los cadáveres lo que afectó el posterior proceso de identificación. Solamente en 22 actas
de levantamiento se registró el sitio del hallazgo. De los 94 protocolos de necropsia se
identificaron 70 cadáveres, de ellos 35 por prendas. Como muestra de las inconsistencias
surgidas durante el proceso de reconocimiento en el protocolo No. 3805 del magistrado
229

Pedro Elías Serrano Abadía, se incluye en su reporte “útero no preñado”. De manera


similar ocurrió con el cuerpo de la auxiliar de Magistratura Rosalba Romero, quien fue
identificada por una prótesis fija, pero en el protocolo de necropsia 3817 figura que el
cuerpo tenía “órganos internos masculinos carbonizados”.
De esta manera se conformaron dos grupos de NN. El primero corresponde a los
desaparecidos y está integrado por los empleados de la cafetería (ocho personas) y tres
visitantes, además de una guerrillera, para doce personas en total (Tabla 1). El segundo
grupo está constituido por 29 insurgentes y Francisco Acuña el empleado de Valher
muerto en la acera de la carrera 8ª, cuya identidad se perdió al ser enterrados en una fosa
común sin ninguna señal particular que permitiera su identificación, quedando reducidos
a condición de NN.

13.4. La labor de identificación del CTI de la Fiscalía

Mediante Exhorto Penal 2505 de 1996 el Cuerpo Técnico de Investigación (CTI) de la


Fiscalía General de la Nación fue encomendado por el Juzgado 2º Especializado para iniciar
las labores conducentes a la identificación del primer grupo de desaparecidos. Entre 1998
y 1999 se exhumaron y analizaron 178 esqueletos de la fosa común (88 de los cuerpos
correspondían a fetos, infantes y miembros amputados por lo que fueron descartados
para cualquier análisis), dando lugar en 1999 a la identificación positiva mediante genética
de Ana Rosa Castiblanco. Cuando el caso se cerró, los restos de 28 individuos que
presentaban huellas de incineración, embalados en bolsas plásticas y procedían de los
niveles inferiores de enterramiento en la fosa, fueron conservados en los depósitos del
CTI; 62 esqueletos fueron remitidos al Laboratorio de Antropología Física de la
Universidad Nacional pues el CTI no poseía espacios para su almacenamiento y el caso se
había cerrado. A raíz de la reanudación de las investigaciones, y por la necesidad de
aplicar nuevos procedimientos genéticos, todos los restos fueron retornados a la Fiscalía
en el 2009.

Tabla 48. Restos hallados en la fosa común según secuencia y edad.

Nivel Adultos Amputados Partes Fetos e No. de Fecha tentativa de


de infantes posible inhumación en 1985
cuerpo secuencia
1 18 1 0 4 1-18 Diciembre a enero de 1986
2 18 2 1 21 20-37 Noviembre 23-30
3 20 0 21 22 38-57 Noviembre 20
4 24 0 0 13 58-81 Noviembre 9
5 10 0 0 3 82-91 octubre
Total 90 3 22 63

La fosa común se excavó inicialmente mediante niveles de 10 cm; luego que


aparecieron los primeros restos óseos se delimitaron pedestales para la individualización
de cada esqueleto, marcándose cada uno con cinta de colores para facilitar su registro.
Los individuos adultos se rotularon con números y los infantiles con letras. En total se
exhumaron 90 esqueletos de individuos adultos20, tres miembros amputados y veintidós
partes de cuerpo sin articulación anatómica. La estratigrafía de la fosa permite suponer
que se hallaba dividida en cinco niveles antrópicos delimitados por concentraciones de
cal, arcilla y desechos hospitalarios de aproximadamente cinco cm de grosor (Tabla 48).
Del total de esqueletos se muestrearon 28 individuos obteniendo cuatro muestras
de cada uno de ellos para estudios genéticos (13, 17, 18, 34, 35, 40, 42, 44, 45, 50, 51, 52,
53, 54, 55, 62, 67, 68, 69, 70, 72, 73, 74, 75, 76, 77, 78, 80), seleccionados por las huellas
de incineración presentes (Tipificación molecular de ADN, Informe de julio 7 de 2001). Es
decir, solamente se apuntó a la identificación de las personas de la cafetería que
supuestamente habían perecido por la acción del fuego en el 4º piso, y no a la totalidad
de las allí inhumadas. Los análisis fueron conducidos por los laboratorios de genética del
CTI, el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses y la Universidad de
Granada, España, verificados en 2008 por Physicians for Human Rights. Como se anota en
el informe del CTI de la Fiscalía 165IE del 4 de julio de 2000, “los datos de las personas
reportadas como desaparecidas fueron clasificados teniendo en cuenta las mismas
variables estudiadas en los análisis de restos óseos, con el fin de encontrar la mayor
cantidad de correspondencia entre las mismas”.
Los familiares de las víctimas, los organismos de derechos humanos y en general el
país clama por la verdad, justicia y reparación. Los directos responsables del holocausto
por acción u omisión, los integrantes del M-19, considerados por unos “ilusionados
combatientes” (Behar, 1988: 136), por otros –entre ellos el ex procurador Alfonso Gómez
Méndez- “buscadores de espectáculo político para llamar la atención” (Castro, 2008: 284),
o simples terroristas (Plazas, 2004), no pudieron ser juzgados a raíz de la firma de la
amnistía, pero han reconocido que este acto constituye su mayor error militar y político
por el extremismo guerrillero, como bien lo ha reconocido el senador Gustavo Petro,
antiguo integrante del M-19 (Maya, Petro, 2006: 28): “La guerrilla colombiana recorrió ese
camino del extremismo de izquierda, bárbaro, irracional, al punto de que hoy es lo que es;
el número de muertos fuera de combate que ha producido la acción guerrillera en
Colombia es inmenso. Muertos contra la democracia, contra la libertad y el sentido de
decoro revolucionario; eso no es ni puede ser una revolución”.

13.5. Mucha historia y pocos resultados

Sobre la investigación de los hechos existen más de 80.000 folios en el Juzgado 2º


Especializado, y se han escrito millares de páginas sobre aspectos judiciales (Diario Oficial
No. 37509 de martes 17 de junio de 198621, Informe Final de la Comisión de la Verdad
(2009), Caso 4119 de la Fiscalía General de la Nación), periodísticos (Behar, 1988;
Carrigan, 1993; Castro, 2008; Echeverry y Hanssen, 2005; Hernández, 1986; Jimeno, 1988;
Laverde, s.f.; Peña, 1987), forenses (Rodríguez, 2004; Sánchez, 2002), derechos humanos

20 El individuo No. 19 se rotuló incorrectamente por cuanto correspondía a una pierna amputada.
21
Informe sobre el Holocausto del Palacio de Justicia, noviembre 6 y 7 de 1985, de Carlos Serrano Rueda y
Carlos Upegui Zapata, Tribunal Especial de Instrucción, publicado por Decreto No. 1917 de 1986 del
Presidente de la República.
231

(El camino de la niebla, 1990; Giraldo, 1988), políticos (Maya y Petro, 2006) y militares (El
Espectador, 2008: 3A; Plazas, 2006). Igualmente se han producido varios vídeos que dan
cuenta de las imágenes captadas de los instantes de horror que vivieron las víctimas, los
transeúntes y los actores de los enfrentamientos armados. El país entero se conmocionó e
impresionó de una manera tan profunda, que aún hoy día las nuevas generaciones siguen
con interés los detalles de los acontecimientos en las páginas periodísticas.
No obstante, existen documentos especializados a los que los periodistas no le han
prestado la debida atención, como son los protocolos de necropsia llevados a cabo en el
Instituto Nacional de Medicina Legal entre el 7 al 10 de noviembre de 1985 (No. 3741 a
3877), además del análisis de los restos óseos de las víctimas inhumadas en una fosa
común del Cementerio del Sur de Bogotá entre el 9 y el 30 de noviembre de ese mismo
año (ver informe parcial en Rodríguez, 2004 y en los informes de la División Criminalística
sobre el caso 4119 de la Fiscalía General de la Nación), que aportan información adicional
sobre este suceso.

13.6. El papel de la Antropología forense en la identificación humana

En julio de 2005 el Dr. Francisco Hernández Valderrama, asesor del Despacho del Ministro
del Interior y de Justicia, en nombre del señor ministro doctor Sabas Pretelt de la Vega en
carta dirigida al señor rector de la Universidad Nacional de Colombia, Dr. Ramón Fayad
Nafah, informaba sobre “el interés del Gobierno Nacional en la identificación de los restos
del Palacio de Justicia entregados en custodia a la Universidad Nacional de Colombia, que
reposan en el Laboratorio de Antropología Física, y en la gestión de regresarlos a sus
familias”. Solicitaba, además, que la Universidad “designara el recurso humano y el
espacio físico necesario para completar la identificación de dichos restos. En particular, le
agradeceríamos facilitar la participación del doctor José Vicente Rodríguez y de su equipo
del Laboratorio de Antropología Física, quienes iniciaron esta importante labor”.
Aprovechando que la mayoría de restos óseos reposaba en el Laboratorio de
Antropología Física de la Universidad Nacional de Colombia, cada esqueleto se analizó con
los estudiantes del posgrado de Antropología Forense, con el fin de obtener un perfil
bioantropológico (sexo, edad, características morfométricas, estatura, lesiones, rasgos
dentales, aspectos tafonómicos). Posteriormente, estos rasgos se plasmaron en una
reconstrucción facial plástica para ilustrar las observaciones, conjuntamente con
fotografías del proceso y de rasgos individualizantes (traumas, morfología facial y dental).
Finalmente, los datos osteológicos se cotejaron con la información recabada de los
protocolos de necropsia (lesiones, estado del cuerpo) y la obtenida de familiares de los
caídos (especialmente traumas ante mortem).
En este proceso se aplicaron los resultados de las validaciones de los denominados
Estándares para la recolección de datos de restos óseos humanos (Buikstra & Ubelaker,
eds., 1994) en grupos colombianos, entre ellos para estimar la edad por cuarta costilla
(Sanabria, 1998), sínfisis púbica (Rodríguez, 1998), transparencia radicular de los dientes
(Escobar & Sanabria, 2002), desgaste dental (Pizarro & Solano, 2000), obliteración sutural
(Ramos, 2000). Para el sexo se aplicaron los parámetros discriminantes tanto
craneométricos (Rodríguez, 2007) como dentales (Rodríguez, 2003) obtenidos para
poblaciones colombianas. En la reconstrucción de la estatura por tibia se aplicó la fórmula
de C. Sanabria (2004). La descripción de las lesiones por proyectil de arma de fuego (PAF)
se basó en la metodología de Berryman y Symes (1999). Finalmente, en la reconstrucción
facial se usaron los grosores de tejido blando obtenidos de muestras de morgue de Bogotá
(Franco, 1998), y se combinó tanto la técnica rusa de G. Lebedinskaya como la británica de
R. Neave (Rodríguez, 2004).

Tabla 49. Listado de los esqueletos con identificación indiciaria.

No. Sexo Edad Estatura Lesiones y anomalías ante Lesiones peri mortem Compatibilidad
mortem
35 M 50-60 160-170 Pérdida de dientes maxilares Sin rostro por acción del Posible funcionario del
y parcial de mandibulares fuego Palacio de Justicia
56 M 30±5 179±3,4 Ausencia de piezas dentales Vértebras, costillas, Francisco Vargas Soto,
húmero y escápula insurgente
izquierda
57 M 40±5 170±3,4 Tercio posterior de OE supraciliar derecha, OE Diógenes Benavides
parietales y clavícula temporal derecho Martinelli, insurgente
60 F 30±5 164±3,4 Sínfisis púbica con proceso OE temporal derecho, OS Dora Torres Sanabria,
degenerativo temporal izquierdo insurgente
61 M 20-30 181±3,4 Cúbito derecho, hernia discal OE órbita derecha Fabio Becerra Correa,
superior, cabeza humeral insurgente
derecha
62 M 30±5 165±3,4 Clavícula derecha corta, Costillas René Francisco Acuña
Pérdida dental superior e Jiménez, empleado de
inferior Valher
63 M 25-30 174-181 Sutura metópica, pérdida de OE temporo-parietal Ariel Sánchez Gómez,
piezas dentales derecha y base de occipital insurgente
64 M 20-25 170±3,4 Pérdida dental OE temporo-parietal Jesús Antonio Rueda
izquierda Velasco, insurgente
66 M 25-30 160-168 Clavícula izquierda, pérdida OE mastoides derecho Fernando Rodríguez
dental, hernias discales Sánchez, insurgente
71 M 20-30 174±3,4 Fíbula derecha Múltiples lesiones Elkin de Jesús Quiceno
clavícula, costillas, tibia y Acevedo, insurgente
fíbula por PAF a contacto
calibre .38 (revólver)
79 M 20-30 171±3,4 Costillas izquierdas, hernias OE región lumbar Edison Zapata Vásquez,
discales insurgente
80 M 20-30 167±3,4 Superficie articular adicional Fracturas múltiples en Jesús Antonio Carvajal
entre L5 y S1 derechas costillas y vértebras por Barrera, insurgente
ondas explosivas, OE
mentón izquierdo
83 M 20-30 173±3,4 Hernias discales, espina OE región parieto- Héctor Arturo Lozano
bífida parcial temporal izquierdo Riveros, insurgente
Con los datos osteobiográficos se elaboró un perfil bioantropológico que se cruzó
con los protocolos de necropsia y la información ante mortem recabada de algunos
familiares. Como resultado se obtuvieron varios perfiles compatibles con un civil, un
funcionario del Palacio de Justicia y 11 insurgentes (Tabla 49). Estos informes fueron
conocidos por el Juzgado Segundo Penal del Circuito Especializado en 2005, la Fiscal
Cuarta delegada ante la Corte Suprema de Justicia y por los implicados en el proceso,
quienes han brindado declaraciones imprecisas sobre éstos, lo que amerita su
esclarecimiento.22

22
Por ejemplo, el coronel retirado Alfonso Plazas Vega ha declarado que los análisis adelantados en el
Laboratorio de Antropología Física de la Universidad Nacional de Colombia son de tipo craneométrico y sólo
233

13.7. Enigmas por resolver

13.7.1. La búsqueda de la familia Acuña Jiménez

René Francisco Acuña Jiménez, empleado de Valher, identificado con la c.c. 19.427.260 de
Bogotá, 29 años de edad, 165 cm de estatura, transitaba por la carrera 8ª cuando sufrió
un impacto de bala en el tronco lo que le ocasionó la muerte. En el protocolo de necropsia
No. 3764-85 se señala que tenía una lesión por PAF en tórax, OE (orificio de entrada) por
región clavicular interna derecha, OS (orificio de salida) en hipocondrio izquierdo. Prótesis
superior, dentición inferior incompleta. Quemón en cresta iliaca antero superior izquierda,
sólo compromete piel. Su madre se llama Ana Beatriz Jiménez y llegó a la morgue con el
ataúd para enterrar a su hijo, pero le fue negado este derecho. Durante el transporte al
Hospital de la Hortúa se traspapelaron sus documentos de identidad y fueron sustituidos
por los de otro ciudadano (Ricardo Mora González). El esqueleto No. 62 por sus
características dentales y corporales, además por la lesión antemortem (fractura antigua
de clavícula derecha) parece compatible con Francisco Acuña, el cual ya fue identificado
por genética.

13.7.2. Un funcionario de Palacio busca su hogar

Llama la atención el esqueleto No. 35, quizá el último cuerpo del Palacio en ser sometido a
necropsia e inhumación (nivel tres de la excavación de la fosa común), correspondiente a
un individuo masculino mayor (40-60 años), de estatura media (160-170 cm), con pérdida
total antigua de dientes maxilares (usaba prótesis total superior fija), pérdida parcial de
dientes mandibulares (había perdido los molares y usaba prótesis parcial inferior
removible en acrílico que se halló junto al cadáver), diente 45 obturado (con resina oclusal
en fosa mesial, caries gingival vestibular), alvéolos en proceso de cicatrización en dientes
31 y 32. De contextura gruesa, cabeza redonda, manos y pies gráciles, con ausencia de
cierre de los arcos neurales de las vértebras C1 y L5 (espondilólisis) y sacro semibífido –
debió haber padecido de dolores en toda la columna vertebral-. Se encontró con un traje
oscuro hecho a la medida por la sastrería “Jacinto Varón” de Ibagué, con fragmentos de
vidrios de seguridad en las rodillas y otras partes del cuerpo. El rostro fue destruido por el
fuego (de la cabeza se conservó la parte posterior y de la cara parte del maxilar y
mandíbula), al igual que el tronco y las extremidades superiores e inferiores, lo que puede
indicar que su cuerpo se hallaba en el cuarto piso.
Este cuerpo puede corresponder al protocolo de necropsia No. 3877-85 (N. N.,
individuo masculino adulto, 160 cm de estatura, con macizo cráneo-facial calcinado, sólo
falta el hueso frontal, trae adheridos fragmentos de vidrio a los tejidos blandos, no hay

sirven para establecer la edad, el sexo y la estatura (El Espectador, 2008: 3A). Sin embargo, además de los
estudios osteométricos se adelantó un análisis osteopatológico y dental, incluida la respectiva
reconstrucción facial, lo que brinda un perfil bioantropológico más amplio que permite la identificación
indiciaria de los restos y una aproximación sobre las circunstancias de su muerte. Además, ha insistido que
no existen desaparecidos pues sus cuerpos se encuentran en el laboratorio, cuando no disponemos de
pruebas científicas que sustenten esa declaración.
piezas dentarias aunque los maxilares están parcialmente preservados), de los últimos en
ser sometidos a necropsia (ingresó el 10 de noviembre y se le practicó la autopsia el 11 de
noviembre de 1985 a solicitud de la Unidad Móvil de Levantamientos del D.A.S.). Su
cuerpo fue descubierto entre los escombros cuando el Juez Segundo Especializado
realizaba una diligencia de inspección judicial el 10 de noviembre, tres días después de los
infortunados sucesos (Serrano & Upegui, 1986: 43). De este cuerpo se obtuvo muestra
biológica para análisis genético siendo descartado del grupo de desaparecidos; también se
descartó que correspondiera al magistrado Pedro Elías Serrano Abadía. A juzgar por las
características osteobiográficas, tafonómicas y las prendas asociadas este cuerpo debe
pertenecer a un funcionario del Palacio de Justicia de alto rango (¿magistrado?), cuyo
cuerpo fue entregado incorrectamente.
En conversación con la viuda del magistrado Pedro Elías Serrano Abadía en Cali,
ella manifestó que el cuerpo de su esposo fue reconocido en la morgue por su hermano a
quien le entregaron una bolsa cerrada, por lo que siempre mantuvo la duda sobre su
identidad. Su hermano comentó que en la morgue reconoció el cadáver del magistrado
Gnecco, pero que cuando llegaron sus familiares ya no estaba, por lo que posiblemente
les entregaron el cuerpo de otra persona. La viuda narró que su esposo compraba la ropa
solamente en un almacén de Bogotá, por lo que duda sobre la identidad de este cuerpo
basándose solamente en las prendas de vestir, pero como conservaba unos dientes de su
difunto esposo, se le sugirió la entrega de uno de ellos al CTI de Cali para cotejo genético y
se solicitara la exhumación de su cuerpo para aclarar la situación. Sin embargo los
resultados genéticos fueron negativos23.

13.7.3. La suerte de Ana Rosa Castiblanco

Según el testigo Ricardo Gámez Mazuera, Ana Rosa Castiblanco fue conducida a la Escuela
de Caballería en un camión donde dio a luz a un niño que fue arrebatado por un suboficial;
posteriormente fue torturada y asesinada, y su cuerpo arrojado a una fosa común para
desaparecerla (Castro, 2008: 133-134). Sin embargo, en el protocolo de necropsia No.
3800 de noviembre 7 de 1985 se describe a una mujer embarazada y carbonizada. Su
cuerpo fue levantado mediante acta No. 1173 y enterrado el 9 de noviembre. Mediante
estudios de ADN sus restos fueron identificados plenamente por los laboratorios de
genética forense de la Fiscalía y el Instituto de Medicina Legal. Esto significa que no fue
conducida a ningún establecimiento militar para torturas, restándole importancia a la
anterior afirmación. Por otro lado, la Procuraduría concluyó que Gámez Mazuera para los
días 6 y 7 de noviembre de 1985, no formaba parte de ningún organismo del Estado, luego
no pudo ser testigo presencial de los hechos (El Espectador, 2008: 3A).
Sus restos fueron entregados a su hijo el 2 de noviembre de 2001. Se le consideró
desaparecida durante el período en que no existió certeza alguna sobre las circunstancias
de su fallecimiento.

23
Otro ejemplo de posible confusión se refiere a Norma Constanza Esguerra, cuya pulsera y collar fueron
hallados en el 4º piso según reconocimiento de su madre, cuyo cuerpo pudo ser entregado en lugar de un
magistrado, según se anota en el Informe de la Comisión de la Verdad (Gómez, Herrera & Pinilla, 2009: 172).
235

13.7.4. La suerte de los empleados de la cafetería y visitantes

Del cuarto piso se explica la presencia de 32 personas fallecidas (magistrados, magistrados


auxiliares, funcionarios de Secretaría, un capitán de la Policía, escoltas, la ascensorista y
un visitante ocasional); los otros 25 fallecidos son guerrilleros o civiles. Entre ellos se
encontrarían algunas empleadas de la cafetería y visitantes que quizás fueron trasladadas
al cuarto piso (Informe, pág. 49). Sabemos que el número de cadáveres no reclamados o
porque no se atendió el derecho al reclamo por parte de los familiares (como el caso de la
madre de René Francisco Acuña), entre completos, carbonizados, inclusive identificados,
ascendió a 36 (según el Informe Final, p. 143). De los 35 insurgentes que ingresaron 4
cadáveres fueron identificados y entregados y dos guerrilleras salieron vivas (Irma Franco,
Clara Helena Enciso); de ese total hay que excluir al civil R. F. Acuña y Ana Rosa
Castiblanco pues fue identificada, por consiguiente en la fosa común del Cementerio del
Sur se inhumaron cinco cuerpos que no son ni de funcionarios de Palacio ni de
insurgentes, por lo tanto, deben corresponder a empleados de la cafetería o visitantes.
Dentro de los cadáveres carbonizados hallados en el cuarto piso estarían los de Ana Rosa
Castiblanco (empleada de la cafetería), identificada por las autoridades, y posiblemente
Norma C. Esguerra (visitante), de quien se hallaron piezas de un collar de su pertenencia
en ese piso. Uno de los cuerpos, posiblemente femenino, fue entregado incorrectamente
a la familia del magistrado del caso 35 ya mencionado. Es decir, quedarían como
desaparecidas completamente solamente cuatro personas.
El hermano de Cristina del Pilar Guarín, René Guarín, ha declarado sobre el “tráfico
de cadáveres” en esos días por funcionarios de la Policía, recibiendo amenazas contra su
integridad personal, viéndose obligado a refugiarse en Francia en 2009. Si esto se llegase a
confirmar, sería muy complicado aclarar definitivamente la situación de los desaparecidos,
ya que se afirma que fueron evacuados vivos del Palacio, torturados, asesinados,
incinerados y vueltos a ingresar al edificio para que aparecieran como fallecidos en su
interior.
No se dispone de información de las visitantes Lucy Amparo Oviedo y Gloria Anzola
de Lanao, ni de los empleados de la cafetería, Cristina del Pilar Guarín, Gloria Estela
Lizaraso, Luz Mary Portela, Carlos A. Rodríguez, Bernardo Beltrán, Héctor Jaime Beltrán y
David Suspes. Sin embargo, en la declaración del testigo Ricardo Gámez, ex policía, en el
año 1989 a la Procuraduría (El Tiempo, 2006: 1-10), afirma que el coronel Plazas Vega se
basaba en la hipótesis de que en la cafetería se escondían armas para la guerrilla, y, por
consiguiente, los empleados de ella eran sus cómplices y había que interrogarlos. Según
esta versión el oficial habría solicitado la tortura de Carlos A. Rodríguez, su administrador:
“Me lo llevan, me lo trabajan y cada dos horas me dan informe… Le introdujeron agujas en
las uñas y luego se las arrancaron… El señor Rodríguez Vera fue sometido a torturas
durante cuatro días, sin suministrársele ningún alimento ni bebida. Fue colgado varias
veces de los pulgares y golpeado violentamente en los testículos mientras colgaba… Él
siempre manifestó que no sabía nada de nada ni entendía lo que estaba pasando”. Las
investigaciones han demostrado que estos empleados no tuvieron ninguna relación con el
M-19.
13.8. Las condenas

El Ministerio de Defensa Nacional, Ejército Nacional y Policía Nacional fueron condenados


por el Tribunal Contencioso Administrativo de Cundinamarca el 12 de diciembre de 2007
por la desaparición forzada y posterior homicidio de Ana Rosa Castiblanco Torres,
empleada de la cafetería cuyo cuerpo fue identificado en una fosa común.
Los comandantes militares que organizaron la retoma del Palacio y no protegieron
con la debida integridad las vidas de los rehenes fueron destituidos disciplinariamente por
la Procuraduría General de la Nación (general Jesús Armando Arias Cabral comandante de
la 13ª Brigada y el coronel Edilberto Sánchez Rubiano jefe de Inteligencia). A su vez, los
militares actualmente detenidos por la Fiscalía y encargados de la evacuación de los
civiles, se defienden de las graves acusaciones por los presuntos delitos de “secuestro
agravado y desaparición forzada agravada” de los ocho empleados de la cafetería, tres
visitantes y una insurgente (coroneles Alfonso Plazas Vega, Édgar Sánchez Rubiano,
capitán Óscar William Vásquez Rodríguez, sargentos viceprimeros Luis Fernando Nieto
Velandia y Ferney Causayá, sargento segundo Antonio Rubay Jiménez). El coronel Plazas
(2006: 125) se defiende argumentando que mientras que la cúpula del M-19 fue
perdonada y alcanzó altos cargos en el legislativo, los militares que “trataron de sacar con
vida a los magistrados”, han sido injustamente calumniados e infamados. El Juzgado
Tercero Penal Especializado demanda por secuestro en concurso de desaparición forzada;
a su vez, el juzgado 51o del Circuito de Bogotá investiga a otros militares en retiro por
desaparición forzada agravada. Mediante Decreto 731 de 1994 se destituyó al general
Arias Cabrales.
La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) abrió el 26 de diciembre
de 1990 el caso No. 10738 por la situación de los desaparecidos de Palacio de Justicia,
para que declare la responsabilidad del Estado colombiano por la desaparición de 12
personas y detención arbitraria y torturas contra tres personas. Del M-19 se afirma que
violó el Derecho Internacional Humanitario pues ingresaron armados a una edificación de
carácter civil, cometieron homicidio contra los vigilantes privados y el administrador del
edificio, además de la utilización de rehenes como escudos humanos en el baño.
Allí se menciona la responsabilidad política del gobierno por las acciones y
omisiones en que incurrieron durante la toma. Respecto a la responsabilidad del
presidente de la República Belisario Betancur se afirma que la cúpula militar asumió el
poder durante las maniobras de retoma del Palacio, acallando y aislando al ejecutivo bajo
estricta vigilancia hasta la finalización de los hechos.24
Como una manera para superar el dolor de las víctimas y sus familiares, mostrar
una lección de grandeza para el país, y propender por la verdad, justicia y reparación a
que tienen derecho las víctimas, la Comisión de la Verdad propone que el gobierno de la
época reconozca “que la solución armada, el uso desproporcionado de la fuerza, la
ausencia de diálogo y la negación de las evidencias no contribuyen a defender sino, por el

24
Declaración de la redactora de la Oficina de Prensa de la Presidencia Elvira Sánchez-Blake durante el
mandato de Betancur al periodista Germán Castro Caycedo, publicada en su libro “El palacio sin máscara”
(Castro, 2008: 248).
237

contrario, a socavar las instituciones del Estado de Derecho. Ello habrá de constituir para
las futuras generaciones de colombianos una garantía de no repetición de los hechos del
Palacio de Justicia” (Gómez et al., 2009: 230).

13.9. Las lecciones cruentas de la historia del conflicto colombiano

Después de un cuarto de siglo los sucesos del Palacio de Justicia han dejado claras lecciones
para el país. Como lo han reconocido los miembros del M-19, entre ellos el senador Gustavo
Petro, la lucha armada no tiene sentido en Colombia, pero sí deja amargas páginas en
nuestra historia y en el seno de las familias afectadas directamente. Por su lado el
gobernador de Nariño Antonio Navarro Wolff, antiguo dirigente del M-19, reconoce con
motivo de la celebración de los 20 años de la firma del acuerdo de paz con el gobierno de
Virgilio Barco que “la lucha armada carece ya de sentido histórico y de perspectiva de éxito.
Pero si persisten en el alzamiento, el desarrollo rural de los campesinos pobres en zonas
marginales y la seguridad son la alternativa” (El Tiempo, 2010, marzo 7: 6).
Como consecuencia del conflicto se han producido millares de fosas comunes
dispersas por todo el país con el fin de encubrir comportamientos transgresores del derecho
fundamental a la vida. Por un lado, los familiares buscan a sus víctimas para enterrar los
dolorosos recuerdos que ni las tumbas pueden acallar. Por otro, los operadores estatales que
incluyen antropólogos forenses en sus equipos (Instituto Nacional de Medicina Legal y
Ciencias Forenses, Fiscalía, Departamento Administrativo de Seguridad DAS, Policía Judicial
DIJIN) encargados de la búsqueda, excavación e identificación de las víctimas no dan abasto,
y, para el caso del Palacio de Justicia –cuando no existían antropólogos forenses en las
instituciones del Estado-, su participación en 1985 fue todo un desastre impidiendo la
identificación de las víctimas. De no haberse abierto este caso en 1997 y reabierto en 2004
todo habría quedado en el olvido, en tumbas anónimas. Afortunadamente, la apertura de la
línea académica de Antropología forense en la Universidad Nacional de Colombia en 1986,
del laboratorio de Antropología forense en el Instituto de Medicina Legal en 1990, en 1994
en el CTI de la Fiscalía General de la Nación y en 2004 en el DAS y la DIJIN, se generó la
posibilidad de una labor más efectiva en el tratamiento de los desaparecidos de Colombia.
El problema de la identificación de las víctimas del holocausto del Palacio de Justicia
ha puesto en evidencia las fortalezas, vacíos y deficiencias que afectan el buen desempeño
de los operadores forenses del Estado en el campo de la identificación. Tres personas
identificadas de 90 esqueletos exhumados hace 12 años de la fosa común del Cementerio del
Sur, y apenas el 20% de los casi 4.000 exhumados por la Ley de Justicia y Paz, así lo
demuestran (El Tiempo, 2010, agosto 11: 14). Una de las recomendaciones más apremiantes
que han señalado las entidades internacionales como el CICR (Comité Internacional de la
Cruz Roja), es la necesidad de estrechar los contactos con los familiares de los desaparecidos,
pues al fin y al cabo ellos son los directos interesados en la identificación de sus víctimas, los
que aportan la información ante mortem necesaria para el cruce de información, y los que
denuncian estos hechos ante las entidades nacionales e internacionales, con alto riesgo para
sus vidas por las condiciones del conflicto armado colombiano, hasta el punto que algunos de
ellos han tenido que salir del país por las amenazas que han recibido (como el caso de René
Guarín, hermano de una de las desaparecidas de Palacio).
Como recomienda el CICR en su manual The Missing (CICR, 2003: 84), “toda
investigación o exhumación debe realizarse en constante interacción con la comunidad y los
familiares o sus representantes”, además, tener en cuenta que “el trato poco decoroso o
desconsiderado de los restos puede agravar el trauma de los familiares”. Infortunadamente,
el dolor, el odio y las prevenciones han provocado un ambiente pesimista difícil de superar,
pues como han demostrado los estudios con familiares de las víctimas, la tragedia contamina
cuerpos, grupos sociales y a toda la sociedad (Giraldo, 2004; Peláez, 2007). Si los familiares
tuvieran mayor participación en las investigaciones se podría actualizar la información sobre
el número real de víctimas y aportar información suficiente para la plena identificación.
En fin, según la experiencia de otros países como Argentina (Equipo Argentino de
Antropología Forense EAAF, 2007), España (Etxeberria, 2005, Perona, 2005), Guatemala
(Comisión para el Esclarecimiento Histórico, 1999; Fundación de Antropología Forense de
Guatemala FAFG; 2000) y Perú (Centro Andino de Investigaciones Antropológico Forenses
CENIA, 2005; Comisión de la Verdad CVR, 2003), la Antropología judicial, legal, criminal o
forense juega un papel protagónico en el proceso de búsqueda, excavación e identificación
de los restos de los desaparecidos de toda la historia de los conflictos iberoamericanos, con
una activa participación de los familiares de las víctimas como las asociaciones argentinas
“Madres de Plaza de Mayo” y “Abuelas de Plaza de Mayo”, ya que “los rescatan de la
ignominia y del olvido y los retornan a la vida en forma de memoria, porque la memoria es la
vida de los muertos” (Fuentes, 2005: 30), en forma de rostros (retrato antropológico) y voces
(lo que dicen los huesos y dientes) del pasado (Barreto, 1998; Rodríguez, 2004; Romero,
2005; Sanabria, 2004).

13.10. Las identificaciones indiciarias

13.10.1. Esqueleto No. 56

Individuo masculino con cráneo ultra braquicéfalo, de bóveda muy alta; frente muy ancha;
órbitas anchas, cortas de altura; nariz de altura media, angosta, medianamente
prominente; rostro de anchura y altura medias, ortognato, muy perfilado tanto en su
porción frontomalar como cigomaxilar. Edad por costilla fase III (24-28 años), pubis fase III
(28,7±6,5 años); cohorte de 30±5 años. Estatura entre 172-179±3,4 cm. Cráneo sin
lesiones por PAF; huesos nasales fracturados. Dientes naturales incompletos, faltan las
piezas 15, 36, 47. Fracturas en T-1-2/11-12, C-6,7 y L-1,2,3; en costillas 2,3,4,5,6 izquierdas
y 2,4,6 derechas. Lesiones en 1/3 proximal de húmero izquierdo y en borde inferior de
escápula izquierda.

Protocolo 3757: Francisco Vargas Soto u Orlando Chaparro Vélez, hombre de 30 años,
Palmira, Valle, 180 cm de estatura, dentadura natural incompleta, grupo sanguíneo B+,
cabello tinturado. Su cuerpo presenta quemaduras de 2º grado. Fallece por shock
hipovolémico por herida de PAF. Orificio de entrada en región deltoidea izquierda y
posterior a 6.5 cm de hombro, salida por vértice axilar anterior derecha a 33 cm del
vértice y 17 cm de línea media, fractura 2º arco costal derecho. Segundo proyectil que
afecta hipocondrio izquierdo y lóbulo hepático derecho. Tercer proyectil que afecta
239

epigastrio a 65 cm del vértice sobre la línea media con compromiso de piel. Cuarto
proyectil que afecta región inguinal derecha, sin orificio de salida.

Por las lesiones perimortem y las características físicas el esqueleto No. 56 puede
corresponder con el individuo del Protocolo N0. 3757-85.

Figura 130. Palacio de Justicia No. 56, reconstrucción facial y FVS u OCV (Protocolo No. 3757). Orlando
Chaparro ¿?

13.10.2. Esqueleto No. 57

Individuo masculino que presenta ausencia de los incisivos superiores y una lesión antigua
en sentido transverso detrás de la línea media de parietales. El rostro es caucasoide,
angosto, muy perfilado tanto en la porción frontomalar como cigomaxilar, ortognato; la
frente es ancha; la nariz es muy prominente, angosta, de altura media; las órbitas de
altura y anchura medias. Edad por costilla entre 33-42 años y pubis 35,2±9,4 años; cohorte
de 40±5 años de edad. Lesión antemortem en 1/3 posterior de ambos parietales,
transversal, de 7x90 mm. Ausencia de incisivos superiores. Fractura consolidada en
clavícula derecha.
Lesiones por PAF, OE por borde supraciliar derecho y OS por frontal; trayectoria antero
posterior, infero-superior de derecha a izquierda. Fractura perimortem en acetábulo
izquierdo con huella de óxido.

Protocolo No. 3769-85: Diógenes Benavides Martinelli. Hombre de 39 años de edad,


mestizo, dentadura incompleta, grupo sanguíneo A+, falleció por laceración cerebral
secundaria a lesiones por PAF. Orificio de entrada por PAF irregular de 1.5x1 cm en
párpado inferior derecho, con abrasión periorificiaria, a 13 cm del vértice y 4 cm de la
línea media. Orificio de salida por PAF irregular de 3x1 cm en frontal izquierdo, a 5 cm del
vértice y 2 cm de la línea media. Trayectoria antero-posterior, infero-superior, derecha-
izquierda. Orificio de entrada por PAF de 1x0.9 cm en temporal derecho a 9 cm del vértice
de la línea media. Orificio de salida por PAF de 3x2.5 cm en región parieto-temporal
izquierda, a 5 cm del vértice y 7.5 cm de la línea media. Lesiones por esquirlas por
elemento explosivo en cresta iliaca antero-superior izquierda de 0.5x0.7 cm, y en dorso y
dedo índice izquierdo.
Por las lesiones perimortem y las características físicas el esqueleto No. 57 puede
corresponder al individuo del Protocolo No. 3769-85.

Figura 131. Palacio de Justicia No. 57 (lesión por PAF en frontal), reconstrucción facial y foto de DBM
(Protocolo No. 3769-85) (obsérvese ausencia de I1, I2 maxilares).

13.10.3. Esqueleto No. 60

Individuo femenino con cráneo de anchura y longitud medias, alto; la frente es ancha;
órbitas bajas y de anchura media; nariz angosta y corta, muy prominente; rostro de
anchura media, corto, ortognato, perfilado. Una de las características destacadas de este
individuo es que posee unas dimensiones dentales grandes. Costilla en fase IV (24-32
años), pubis entre 2-3 (25-30 años). Lesión por PAF con OE en región esfeno-temporal
derecha, OS por lóbulo parietal izquierdo, trayectoria ínfero-superior, antero posterior,
derecha a izquierda. Lesiones antemortem en bordes de cuerpos vertebrales de L-3, 4,5,
con erosión.
241

Figura 132. Palacio de Justicia No. 60 (lesión por PAF en esfeno-frontal), reconstrucción facial y foto de
AMM (Protocolo No. 3784-85).

Protocolo 3784-85: (Dora Torres Sanabria o Ángela María Murillo).Mujer de 22 años, 164
cm de estatura, blanca, dentadura natural incompleta, grupo sanguíneo O+, quien muere
a causa de laceración cerebral, producida por proyectil de arma de fuego. Orificio de
entrada por PAF de 1x1.6 cm a 12 cm del vértice y 6.5 cm de la línea media en región
temporal derecha. Orificio de salida por PAF de 2.3x1.8 cm a 7 cm del vértice y 7.5 cm de
la línea media en región temporal izquierda. Trayectoria antero posterior, derecha a
izquierda, inferosuperior. El frotis en la periferia dio positivo para tatuaje.
A juzgar por la descripción somática y las lesiones, puede corresponder al
esqueleto No. 60 de la fosa común

13.10.4. Esqueleto No. 61

Corresponde a un individuo masculino, a juzgar por la morfología craneal y postcraneal. La


costilla se encuentra entre las fases II-III (20-28 años) y la sínfisis púbica en fase II
(23,4±3,6 años). Edad: 20-30 años. Longitud de fémur izquierdo 49,2 cm (178,5±3,3 cm) y
de tibia izquierda 40,9 cm (181,7±3,4 cm); estatura reconstruida aproximadamente de
175-185 cm. Fractura consolidada en tercio distal de cúbito derecho. En el frontal una
lesión por impactación por línea sagital media. Nudo de Schmorl por hernia discal en cara
inferior de vértebra lumbar L-1. La medición del cráneo nos señala que corresponde a un
individuo de cabeza alta, alargada, medianamente ancha. Frente angosta, recta, arcos
superciliares poco desarrollados. Cara angosta, alta. Nariz angosta y muy prominente, con
descenso suave entre frontal y huesos nasales propios. Por sus rasgos corresponde a un
individuo alto, de aspecto caucásico, que soportó cargas pesadas a sus hombros.
Figura 133. Palacio de Justicia No. 61 (lesión por PAF en frontal), reconstrucción facial y foto de FBC
(Protocolo No. 3771-85).

Lesión por PAF en el cráneo, orificio de entrada por el borde superior de la órbita
derecha y salida por la parte media posterior del frontal, con trayectoria de abajo hacia
arriba, derecha a izquierda y anteroposterior. Lesión en articulación de cabeza humeral
derecha con la cavidad glenoidea de escápula del mismo lado, posiblemente por PAF.
Destrucción traumática de borde inferior del cuerpo del esternón. Costilla no. 3 derecha,
fractura en tercio dorsal. Entre vértebras T-11 y T-12 se aprecia destrucción de procesos
espinosos.

Protocolo 3771-85, Fabio Becerra Correa. Hombre de 23 años, 183 cm de estatura.


Presenta laceración cerebral por PAF, orificio de entrada por región supraciliar derecha,
orificio de salida por frontal izquierdo a 11 cm de vértice y 8 cm de línea media. La familia
reporta que cuando tenía 15 años sufrió fractura de antebrazo derecho y estuvo enyesado
un tiempo.
A juzgar por la osteobiografía general e individual, los rasgos somáticos y las lesiones
antemortem y perimortem es compatible con el protocolo de necropsia No. 3771-85 del
Instituto de Medicina Legal.
243

13.10.5. Esqueleto No. 62

Individuo masculino, con costilla en fase IV (26-32 años), pubis fase IV (35,2±9,4 años)
para una cohorte de edad de 25-45 años (30±5 años). Estatura según fémur 161,3±3,3 cm
y por tibia 164,8±3,4 cm. Pérdida de incisivos, caninos y molares superiores (debió haber
usado prótesis superior); en mandíbula están ausentes P2, M1, M2 derechos y M1
izquierdo; M3 erupcionado recientemente. Presenta nudos de Schmorl en vértebras T-
8,9,10. Clavícula derecha con acortamiento de 1 cm con relación a la izquierda por posible
fractura antigua consolidada. Huella de metal en acetábulo izquierdo, borde superior
(mancha verde). Fractura en costillas 2,3,9 derechas y 4,6 izquierdas.

Protocolo No. 3764-85. René Francisco Acuña Jiménez (en el protocolo figura como
Ricardo Mora González), c.c. 19.427.260 de Btá, 29 años, 165 cm de estatura.. Lesión por
PAF en tórax, OE por región clavicular interna derecha, OS en hipocondrio izquierdo.
Prótesis superior, dentición inferior incompleta. Quemón en cresta iliaca antero superior
izquierda, sólo compromete piel. Civil, empleado de Valher, transitaba frente al Palacio el
día 7 de noviembre de 1985. Su madre se llama Ana Beatriz Jiménez. Durante el
transporte al Hospital de la Hortúa, se traspapelaron sus documentos de identidad y
fueron sustituidos por los de otro ciudadano (Ricardo Mora González).
El esqueleto No. 62 por sus características dentales y corporales, además por la lesión
antemortem (fractura antigua de clavícula derecha) parece compatible con Francisco
Acuña, protocolo 3764-85.

Figura 134. Cráneo y reconstrucción facial de esqueleto 62, fotos de Francisco Acuña.

13.10.6. Esqueleto No. 63

Individuo de sexo masculino, 25-30 años de edad, 174-181 cm de estatura, diestro,


robusto, alto, con huellas de haber cargado objetos muy pesados a sus espaldas por la
presencia de hernias discales en vértebras T10, T12, L1-. Presenta las costillas 6, 7,8 con
fracturas consolidadas –antiguas- en tercio ventral y pseudoarticulación entre 6 y 7 por
región de fractura. Pérdida antemortem de dientes 16, 31 y 26; sutura metópica y
cóndilos occipitales bipartidos como rasgos individualizantes.
Observa varias lesiones por PAF en cráneo, orificio de entrada por región temporo-parietal
derecha y salida por temporo-parietal izquierda; orificio de entrada por base de occipital y
salida por frontal izquierdo. Faltan algunos fragmentos de hueso perdidos postmortem
durante las excavaciones.
Los ojos tienen el párpado superior despejado, la nariz es de dorso convexo, base recta y
punta redonda. Mentón prominente y cuadrangular.

Protocolo 3779-85. PAF con laceración cerebral. Dedos de manos meñiques chuecos.
Nacido en 1958 (27 años), 176 cm de estatura.
Por las características somáticas y por el tipo de lesiones parece compatible con el
Protocolo de Necropsia No. 3779-85, correspondiente a Ariel Sánchez Gómez.

Figura 135. Foto cadáver 3779-85, Ariel Sánchez G. , cráneo No. 63 y reconstrucción facial.

13.10.7. Esqueleto No. 64

Individuo masculino, costilla fases I-II (17-23 años), pubis fase I (18,5±2,1 años), epífisis
distales de fémur fusionadas; edad 20-25 años. Por fémur 166,1±3,3 cm de estatura, por
tibia 169,6±3,4 cm, cohorte 163-173 cm. Fractura de proceso odontoideo de C1 y C2 arco
anterior. Fractura región malar izquierda. Fractura en cuerpo mandibular izquierdo
completa a nivel de M2. Fractura en costillas 2, 3 izquierdas. Fractura de región temporal
por borde superior de meato acústico externo. Fracturas en región parietal posterior por
orificios de salida. OE por región temporo-parietal izquierda. Fractura en borde acromial y
245

coracoides de escápula izquierda. Fractura en cuerpo y manubrio de esternón. Ausencia


de 11, 14, 34, 35, 36, 45, 46. Desgaste incisal distal en 42.

Protocolo 3772-85. Jesús Antonio Rueda Velasco. Prótesis superior parcial., 22 años, 170
cm de estatura. Lesiones por PAF, OE cara lateral derecha de cuello, OS región malar
izquierda. Trayectoria posteroanterior, inferosuperior, derecha a izquierda. OE tercio
superior cara anterior de cuello, OS por región malar izquierda, trayectoria
posteroanterior, inferosuperior, derecha a izquierda. OE por 2º espacio intercostal
derecho, OS primer espacio intercostal izquierdo. OE en región preauricular izquierda, OS
por región parieto-occipital izquierda. OE región frontal izquierda, OS por región parietal
posterior derecha.

El esqueleto 64, por las características somáticas y lesiones parece compatible con el
protocolo 3772-85, correspondiente a Jesús A. Rueda V.

Figura 136. Cráneo y reconstrucción facial de esqueleto No. 64; Protocolo 3772-85. Apréciese la ausencia
del I1 superior derecho.

13.10.8. Esqueleto No. 66

Masculino, 25-30 años, 160-168 cm de estatura, dentición completa; PAF cerebral; orificio
de entrada por mastoides derecho, salida por parieto-temporal izquierdo; frontal
izquierdo conminuta. Fractura antigua de clavícula izquierda con acortamiento;
pseudoarticulación en costilla 1 izquierda. Exostosis en región anterior de ilion derecho
(superficie articular, ápice). Espina bífida. Nudos de Schmorl en T-6 a T-12, acentuada en
T-11.

Protocolo de necropsia No. 3782-85: Fernando Rodríguez Sánchez, 25 años, 167 cm de


estatura, 60 kilos de peso; fractura de clavícula izquierda cuando estaba en primaria;
anduvo en muletas por problemas en muslo izquierdo.
El esqueleto No. 66 parece corresponder a Fernando Rodríguez Sánchez.

Figura 137. Cráneo y reconstrucción facial de esqueleto 66; protocolo Fernando Rodríguez Sánchez,
protocolo 3782-85.

13.10.9. Esqueleto No. 71

Individuo masculino, costilla en fase II-II (20-23/24-28 años), pubis en fase I-II
(18,5±2,1/23,4±3,6 años), para una cohorte de edad de 20-30 años. Estatura 168,5±3,3 cm
por fémur y 173,8±3,4 por tibia (165-177 cm). Posible fractura –para confirmar con Rx- en
tercio distal de radio derecho. Hendidura de 2x6 mm en borde proximal superior de
cabeza de húmero derecho. Fusión incompleta de S1 lado izquierdo. Exostosis en 1/3
distal de fíbula derecha, cara medial.
Presenta fractura por PAF en clavícula izquierda en su punto medio, borde inferior,
con trayectoria supero inferior, posteroanterior, de derecha a izquierda. En las costillas del
lado derecho presenta fracturas, así: 5ª en 1/3 anterior del borde inferior; 8ª en 1/3
medio, borde superior; 9ª en 1/3 parte posterior. Fracturas por PAF en vértebras, así: C5
en proceso espinoso, C6 en carilla articular superior izquierda, T12 en borde inferior de
cuerpo vertebral, L1 en borde superior de cuerpo; entre T8 y T9 se observa fractura que
afecta los procesos espinosos. En 1/3 proximal de tibia y peroné un proyectil atravesó la
247

pierna respectiva por borde lateral de tibia, fracturando el peroné. Fractura en borde
inferior lateral de ala iliaca derecha.

Protocolo 3777-85: Elkin de Jesús Quiceno Acevedo. Hombre de 170 cm de estatura, 22


años de edad, mestizo, dentadura natural completa, grupo sanguíneo A+, falleció por
shock hipovolémico secundario a herida pulmonar y hepática por PAF. Lesiones por PAF
en antebrazo izquierdo, tercio medio externo de brazo derecho, tercio medio interno de
hombro derecho, tercio superior externo de pierna derecha. El cuarto proyectil penetra a
21 cm del vértice y 5 cm de la línea media del tercio medio lateral de cuello lado derecho,
que atraviesa 5ª vértebra cervical y sale a 35 cm del vértice y 16 cm de la línea media del
pliegue axilar anterior izquierdo. El quinto proyectil perfora y traviesa lóbulo pulmonar
inferior derecho. El sexto entra a cavidad pleural derecha y atraviesa 8ª vértebra dorsal. El
séptimo penetra también cavidad pleural derecha y lóbulo hepático derecho. Uno de los
proyectiles alojado en el cuerpo es de calibre .38 largo disparado por revólver –puede ser
Smith Wesson, Ruby o Sturm Ruger-. También presenta tres positivos para tatuaje
(antebrazo izquierdo, brazo derecho, cuello derecho).
Teniendo en cuenta las características somáticas y osteopatológicas corresponde al
esqueleto No. 71, que infortunadamente tiene un brazo derecho que no corresponde a
este individuo –quizás fue trastocado durante las excavaciones-. Entre los rasgos
individuales destaca un desgaste mesodistal de la superficie incisal de incisivo superior
derecho, y diastema entre caninos centrales superiores.

Figura 138. Palacio de Justicia No. 71, reconstrucción facial y EJQ (obsérvese el desgaste particular en I1
maxilar derecho) (Protocolo No. 3777-85).
13.10.10. Esqueleto No. 79

Individuo masculino, costilla fase II-III (20-23/24-28 años), pubis fase II (23,4±3,6 años);
fusión de labios de cresta iliaca y epífisis de fémur y tibia; cohorte 20-30 años. Estatura
por fémur 170,4±3,3 cm y por tibia 171,9±3,4 cm, cohorte 167-176 cm. Fracturas antiguas
de costillas izquierdas 10, 11. Nudos de Schmorl en L1, L2. Fractura proceso transverso
izquierdo L2. Fractura borde inferior en 1/3 medio de 3ª costilla y borde superior de 4ª
costilla.

Protocolo 3747-85. Edison Zapata Vásquez, Tuluá, (1963), 22 años, OE por PAF en región
lumbar, OS no tiene, proyectil alojado; fractura de 3º y 4º arcos costales izquierdos, se
proyecta en hombro izquierdo cara anterior.

Por los rasgos físicos y lesiones el esqueleto No. 79 parece compatible con el protocolo
3747 de Edison Zapata Vásquez.

Figura 139. Cráneo, reconstrucción facial y dentición de esqueleto 79; protocolo 3747 y Edison Zapata V.
Obsérvese desgaste proximal de diente 11.

13.10.11. Esqueleto No. 80


Masculino, costilla fase III (24-28 años), pubis fase II (23,4±3,6 años), cohorte de 20-30
años. Estatura por fémur derecho 165,2±3,3 cm y por tibia 167,3±3,4 cm, cohorte de 163-
171 cm. Dentición completa, M3 erupcionados; escoliosis hacia lado izquierdo por
presencia de superficie articular adicional entre L5 y S1 del lado derecho.
Fracturas múltiples que pueden corresponder a ondas explosivas. L1 con fractura de
procesos transversos y espinoso; T12 de proceso transverso derecho. Fracturas en
249

costillas izquierdas 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9,10 y en derechas posteriores 1,10 -11 y 12 ausentes


o muy fracturadas-. Orificio de PAF en borde inferior izquierdo de mentón

Protocolo 3781-85, Jesús Antonio Carvajal Barrera. OE por PAF por región mentoniana
izquierda de 1,5x1 cm. OS y reentrada en tercio superoanterior de cuello. OE en 10º
espacio intercostal derecho; OS en 12º espacio intercostal izquierdo; fractura de arcos
costales posteriores 10, 11,12 derechos; fractura lateral superficial de cuerpos vertebrales
T8-L5. OE por PAF en 10º espacio intercostal izquierdo y OS por borde posterolateral
izquierdo de tórax; fractura de arcos costales 10, 11,12 posteriores izquierdos.
El esqueleto No. 80 parece corresponder al protocolo 3781 de Jesús A. Carvajal B.

Figura 140. Reconstrucción facial de cráneo 80, protocolo 3781, Jesús A. Carvajal R. Obsérvese lesión por
PAF en borde inferior mentoniano izquierdo.

13.10.12. Esqueleto No. 83

Masculino, 20-30 años, 170-177 cm de estatura. Nudos de Schmorl en vértebras desde T-6
a T-12, con mayor intensidad desde T-8-10; espina bífida sacra parcial. Lesiones por PAF,
OE en parieto-temporal izquierdo con fracturas radiales, OS por parietal derecho,
fracturas radiales. Trayectoria de izquierda a derecha, inferosuperior, posteroinferior.
Lesiones en cuerpo de escápula derecha, manubrio y fracturas de costillas derechas 2
(conminuta), 4, 5.

Protocolo 3765-85: Héctor Arturo Lozano Riveros, 29 años, 170 cm de estatura, grupo O+;
ahumamiento tabla externa de hueso temporal izquierdo por OE por PAF de 2,7x2, 2 a 9,5
cm del vértice y 7,5 cm de la línea media en temporal izquierdo; OS de 1,6x1, 2 cm a 3 cm
del vértice y 6 cm de línea media en parietal anterior derecho; trayectoria izquierda a
derecha, inferosuperior, posteroinferior. Hombro izquierdo tercio medio externo (afecta
piel y músculos), primer espacio intercostal izquierdo, 2º espacio intercostal izquierdo, 5º
espacio intercostal derecho, 3er espacio intercostal izquierdo, 1er espacio intercostal
derecho, tercio superior externo del brazo (afecta piel y músculos) derecho.

Por las características físicas y las lesiones el esqueleto 83 es compatible con el protocolo
3765 correspondiente a Héctor Lozano Riveros.

Figura 141. Cráneo, reconstrucción facial y dientes anteriores de esqueleto 83; Protocolo de necropsia No.
3765-85 de Héctor A. Lozano R. Obsérvese el desgaste incisal mesial de 11 y 21.

13.11. Recomendaciones y proyecciones

Si bien es cierto que se acometió un acucioso trabajo de documentación, excavación y


análisis de laboratorio, donde se siguió una estricta cadena de custodia, con los huesos
individualizados, debidamente rotulados y empacados, no obstante solamente se ha logrado
la identificación de tres personas por ADN, cuando se disponde de muestras de cada uno de
los esqueletos –un fémur de los completos o partes de los fragmentados-. Los acusados
apoyados en el Informe del Tribunal Superior afirman que no hay desaparecidos y que sus
cuerpos se hallan en algún laboratorio, ya sea de la Universidad Nacional o de la Fiscalía,
251

pues hay diferencias entre el número de cuerpos inhumados –38 cadáveres por no haber
sido reclamados-, y el número de guerrilleros (dos salieron con vida, 4 cadáveres fueron
entregados, quedando un número de 29 de los 35 que integraban el comando insurgente);
sin identificar estarían 7 civiles (dos mujeres, 4 hombres y uno sin poder sexar); dos civiles ya
habrían sido identificados (Ana Rosa Catiblanco y René F. Acuña). Los acusadores se apoyan
en testimonios sobre torturas y asesinatos de sus familiares, especialmente del
administrador de la cafetería Carlos A. Rodríguez Vera y de la visitante Lucy A. Oviedo. Según
estas cifras, no todos estarían desaparecidos. Por otro lado, el esqueleto No. 35 no parece
corresponder a ninguno de los desaparecidos ni a ningún insurgente del M-19, quedando la
hipótesis de que pueda pertenecer a un funcionario del Palacio de Justicia, cuyo cadáver fue
entregado incorrectamente.

Tabla 50. Dimensiones craneométricas (mm) de los restos de Palacio de Justicia tomados como
ejemplo.

Caso 56 57 60 61 71
Sexo M M F M M
Edad Aj Am Aj Aj Aj
Compatible FVS DBM AMM FBC EJQ
1 174 186 172 181 186
8 157 140 139 143 149
8:1 90.2 75.3 80.8 79.0 80.1
5 106 102 102 98 99
17 145 138 135 139 139
9 103 100 97 85 98
40 101 90 95 94 107
45 134 130 127 125 132
40:45 95,3 88,2 93,1 95,9 108,1
48 72,3 73 60,4 74,9 74,9
51 44,2 42,5 39,7 39,8 45
52 32,8 33,6 30,7 35,6 34
54 24,2 23,2 23,1 24 23,3
55 53,6 54,9 46,2 53,4 54,3
75.1 25° 42° 30° 34° 27°?
NMA 127,8° 128,3° 137,4° 139,7° 130,3°
ZMA 117,1° 117,9° 123,8° 118,1° 105,4°

La mejor manera de solucionar esta incógnita es mediante un acucioso cotejo de la


información ante mortem y peri mortem –protocolos de necropsia-, con la recabada durante
la excavación arqueológica –para establecer el nivel de ocupación dentro de la fosa y la
posible fecha de inhumación-, y los resultados del análisis de laboratorio. Finalmente, el
análisis genético de todos los esqueletos de los niveles 3, 4 y 5 –pues no se pueden aplicar los
otros métodos de identificación como la dactiloscopia y carta dental-, contribuirá a dilucidar
este caso después de más de dos décadas del insuceso.
Para la identificación de los insurgentes abatidos en el baño entre el segundo y tercer
piso ha sido de mucha ayuda la consulta de los protocolos de necropsia, donde se consigna el
tipo y localización de las heridas por PAF, cuyo cotejo con la descripción osteopatológica de
los restos nos ha permitido hallar coincidencias con los patrones de fractura. Las fotos de los
cadáveres han servido para cotejar la dentición, tanto por la forma de los dientes, la
presencia de diastemas y de desgastes funcionales, además de la ausencia ante mortem de
los mismos. Igualmente, ha sido de gran apoyo la información suministrada por los familiares
gracias a la colaboración de una delegada de ese movimiento, al poder cotejar fracturas ante
mortem y la distribución de los guerrilleros durante el asalto, pues los del cuarto piso fueron
reducidos por el fuego, mientras que los del baño quedaron muy bien conservados. Con esta
información se ha logrado elaborar reconstrucciones faciales tridimensionales que han
servido de orientadoras en el proceso de identificación.
Este proceso de identificación se acomete con buenos resultados siempre y cuando
se disponga de bases de datos comparativas (identificar es sinónimo de comparar) de las
poblaciones de donde proviene la persona objeto de identificación, que cubran toda la
variabilidad del cuerpo humano, sea dental, óseo, somático o dermatoglífico, con estudios
poblacionales de ambos sexos que abarquen buena parte del territorio nacional, pues al fin y
al cabo los delitos se cometen en toda la geografía nacional, desde la Guajira hasta la
Amazonia, desde el Urabá hasta el Vichada. Estos estudios poblacionales tienen como
objetivo destacar rasgos distintivos de la población, según el sexo (tamaño y morfología de
cráneo, huesos largos y dientes), la edad (desarrollo y crecimiento de las diferentes
estructuras óseas y rasgos somáticos), filiación grupal (morfometría ósea y dental,
dermatoglífica, somatología), la estatura (teniendo en cuenta la variación sexual, ontogénica,
poblacional e individual según las proporciones corporales de cada persona).
Los estudios bioantropológicos de poblaciones colombianas arrojan muchos vacíos
pues se han concentrado en Bogotá y algunas capitales, se conoce muy poco la variación de
una población tan heterogénea como es la costa Caribe, donde conviven indígenas, afro
descendientes, inmigrantes árabes y europeos, y la mezcla de todos ellos. La región de los
Llanos, Suroccidente, costa Pacífica, Eje Cafetero, Valle del Cauca, Antioquia, Santanderes y
Amazonia, en fin casi todo el país carece de estudios poblacionales que den cuenta de su
amplia variación. Estos datos tienen aplicación no solamente en los procesos de
identificación humana, sino también en la evaluación del crecimiento y desarrollo de la
infancia y, en el diseño de prótesis y objetos de uso cotidiano (ergonomía) como la ropa,
calzado, mobiliario, espacios arquitectónicos. Este vacío pone de manifiesto la necesidad
imperativa para que los departamentos de Antropología de las diferentes universidades del
país asuman la responsabilidad de estudiar sus propias poblaciones para mejorar sus
condiciones de vida, prevenir enfermedades y el aumento de la criminalidad. Igualmente
para contribuir con estudios sobre la evolución de las poblaciones prehispánicas cuyos restos
se albergan con frecuencia en depósitos húmedos con posibilidad de deterioro. Finalmente,
para estudiar casos históricos recientes de cara a la recuperación de la memoria histórica
como las batallas con fuertes pérdidas humanas cuyos restos fueron enterrados rápidamente
al calor de la refriega y permanecen en el olvido (por ejemplo la batalla del Pantano de
253

Vargas del 25 de julio de 1819), masacres contra obreros (bananeras de 1928), gente común
(Bogotazo del 9 de abril de 1948), indígenas (guajibiadas de los años 60 en los Llanos), o de
hechos más recientes como el holocausto del Palacio de Justicia (6 y 7 de noviembre de
1985), o masacres cometidas por grupos insurgentes en los últimos años.
Una propuesta encaminada a estudiar la variabilidad biológica de la población
colombiana denominada “El cuerpo del colombiano” se ha venido impulsando desde el
Laboratorio de Antropología Física (LAF) de la Universidad Nacional de Colombia, analizando
su variación en el tiempo y el espacio, desde las poblaciones antiguas (Bioarqueología) hasta
las contemporáneas, y cuyos resultados se han presentado en este texto (la gran mayoría son
producto del apoyo directo o indirecto de esta unidad de investigación). Así, muchos
estudios sobre variación craneométrica y morfoscópica, dientes, costillas, esternón, sínfisis
púbica, huesos largos, histomorfometría, grosor del tejido blando, somatología facial y
dermatoglífica son productos de estos 20 años de investigaciones del LAF, de los estudiantes
de pregrado y postgrado que han aprovechado sus instalaciones, equipos y personal. Algunas
instituciones como el Instituto de Medicina Legal, el CTI de la Fiscalía General de la Nación,
DIJIN, DAS, INCIVA, ICANH, Gasoducto de Occidente, Universidades del Valle, UIS, UPTC y
museos (Museo Arqueológico de Sogamoso, Casa de Bolívar, Casa Horacio Rodríguez Plata)
también se han beneficiado de este apoyo. No obstante queda mucho por hacer.
Respecto a la identificación de los desaparecidos y sus precarios resultados, tres
personas identificadas de casi 100 esqueletos exhumados de la fosa común con las víctimas
del holocausto del Palacio de Justicia y apenas el 20% de los casi 4.000 exhumados por la Ley
de Justicia y Paz, se puede afirmar que son múltiples las causas de la baja efectividad y los
altos costos que ello implica.
Una de las recomendaciones más apremiantes que han señalado las entidades
internacionales como el CICR, es el de estrechar los contactos con los familiares, pues al fin y
al cabo ellos son los directos interesados en la identificación de sus víctimas, los que aportan
la información ante mortem necesaria para el cruce de información, y los que denuncian
estos hechos ante las entidades nacionales e internacionales, con alto riesgo para sus vidas
por las condiciones del conflicto armado colombiano.
En el ámbito de las exhumaciones, si bien se ha mejorado la capacidad operativa de
las entidades del Estado, no obstante se encuentran serias dificultades logísticas para
almacenar adecuadamente los restos, que los podría colocar en situación de riesgo por la
contaminación ambiental, los hongos, la inadecuada manipulación y otros factores como el
recipiente –cajas de cartón y bolsas plásticas habitualmente- en que se albergan que puede
ser portador de gérmenes. Por otro lado, la capacitación en técnicas de excavación y registro
de fosas individuales y comunes debe extenderse a todos los equipos que participan en las
excavaciones, que a su vez deben ser coordinados por arqueólogos con experiencia.
El Artículo 217 de la Ley 906 de agosto 31 de 2004 establece que:

“Exhumación. Cuando fuere necesario exhumar un cadáver o sus restos, para fines de
la investigación, el fiscal así lo dispondrá. La policía judicial establecerá y revisará las
condiciones del sitio preciso donde se encuentran los despojos a que se refiere la
inspección. Técnicamente hará la exhumación del cadáver o los restos y los trasladará
al centro de Medicina Legal, en donde será identificado técnico-científicamente, y se
realizarán las investigaciones y análisis para descubrir lo que motivó la exhumación”.

Este articulado es obsoleto pues no tiene en cuenta los nuevos desarrollos de la


ciencia y de las instituciones judiciales del Estado. En primer lugar, la policía judicial a que se
hace mención no tiene la preparación técnica ni científica para realizar excavaciones
sistemáticas (con control vertical y horizontal del sitio), pues esta labor corresponde a
“expertos forenses en exhumaciones de fosas comunes” (CICR, 2003: 84) o arqueólogos
(antropólogos especializados en arqueología funeraria según se estila en los departamentos
de Antropología de Colombia). Así se ha establecido en el ámbito mundial (un ejemplo sobre
esta discusión es la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica de España que
reglamentó quiénes, cómo y cuándo se podían exhumar las víctimas de la Guerra Civil); si
una exhumación se practica en Colombia por cualquiera que no ostente este título, la
diligencia podrá ser rebatida dentro de la normatividad internacional (CICR, 2003;
www.ICR.org; www.ops.org/desastres). Además, se enfatiza que “toda investigación o
exhumación debe realizarse en constante interacción con la comunidad y los familiares o sus
representantes; el trato poco decoroso o desconsiderado de los restos puede agravar el
trauma de los familiares” (CICR, 2003: 84).
En segundo lugar, la cuestión del traslado al centro de Medicina Legal en donde será
identificado, tampoco tiene en cuenta que por un lado el INMLCF está adscrito a la Fiscalía, y,
que por otro lado, en el CTI de la Fiscalía, DAS y DIJIN existen expertos con funciones de
policía judicial, y, por otro, laboratorios y antropólogos capacitados tanto para coordinar
labores de campo como de laboratorio. Por consiguiente, este articulado debe ser
modificado y señalar explícitamente que cuando se trate de restos óseos humanos “la
antropología judicial realizará técnicamente las exhumaciones y la respectiva identificación
técnico-científica”. Finalmente, este articulado, si se aplica en sentido estricto, impide la
participación activa en las exhumaciones de grupos forenses externos en apoyo a los
familiares, pues las funciones de policía judicial solamente las poseen los funcionarios de la
Fiscalía, Policía y DAS; los funcionarios del Instituto de Medicina Legal cuando participan lo
hacen con funciones conferidas especialmente.
En lo referente a los estudios de laboratorio existen dificultades inherentes tanto a las
instituciones, como a las personas que participan en esta labor. En primer lugar, el
protagonismo institucional en el afán de arrojar resultados positivos ha provocado
ocultamiento de información entre entidades, y discusiones sobre qué institución debe
manejar los restos óseos humanos. En segundo lugar, ese celo que se ha iniciado desde
abajo, desde los mismos investigadores, ha impedido colaborar mutuamente en el proceso
de aprendizaje. En varias ocasiones en lugar de advertir sobre los errores cometidos por
colegas, se aprovecha para desacreditar su labor y a la otra institución. Infortunadamente
esto hace parte de la juventud e inmadurez de nuestras ciencias forenses y del proceso de
consolidación de una tradición nacional.
En fin, según la experiencia de otros países como Argentina, España, Guatemala y
Perú, por ejemplo, la Antropología judicial, legal, criminal o forense juega un papel
protagónico en el proceso de búsqueda, excavación e identificación de los restos de los
desaparecidos de toda la historia de los conflictos iberoamericanos, “pues los rescatan de la
255

ignominia y del olvido y los retornan a la vida en forma de memoria, porque la memoria es la
vida de los muertos” (Fuentes, 2005: 30), en forma de rostros (retrato antropológico) y voces
(lo que dicen los huesos y dientes) del pasado.
Capítulo 14
La variación biológica de la población colombiana: tendencias y
perspectivas

14.1. La variación somática


Tabla 51. Variación antropométrica en varones adultos de Colombia, Brasil y Venezuela (Díaz, 2004).

Altura facial morfológica


Anchura bicrestailiaca

Anchura bicigomática

Altura facial superior


Anchura frontal mín.
Anchura biacromial

D. transverso máx.
D. anteroposterior

Anchura bigoniaca

Anchura nasal
Talla sentado

Altura nasal
Talla de pie
Región
Grupo

No.

Guambiano SW 216 157,3 82,4 37,0 24,7 188,0 151,0 102,0 140,0 105,6 118,0 73,0 51,0 40,0
Kokonuko
Kwaiker SW 110 152,8 78,5 36,5 24,2 180,5 148,3 102,4 139,9 101,5 122,2 79,4 54,7 39,6
Kággaba NE 24 151,3 82,8 36,0 24,8 183,0 147,6 102,0 137,0 105,6 114,0 72,5 47,0 38,0
Wayúu NE 63 159,2 82,8 36,0 24,8 184,9 156,6 102,0 142,0 105,6 118,0 72,5 51,0 40,0
Katío NW 51 156,4 82,8 36,0 24,8 185,5 155,9 102,0 143,5 105,6 117,0 72,5 49,0 39,0
Mestizo Bogotá 110 171,1 89,6 39,5 27,0 193,3 153,4 109,6 132,2 114,3 122,1 73,9 54,8 37,5

Xavante Brasil 76 169,2 87,5 36,0 24,8 198,0 149,0 102,0 150,0 113,0 131,0 72,5 60,0 42,0
Yanomama Brasil 69 154,8 80,8 36,0 24,8 185,0 149,0 102,0 141,0 102,0 113,0 72,5 46,0 41,0

Arawak Brasil 42 161,5 85,1 36,0 24,8 189,0 148,0 102,0 145,0 122,0 115,0 72,5 49,0 41,0
Yukpa Venezuela 90 152,4 - 35,4 24,3 181,0 144,9 - 135,0 103,3 115,1 - 49,4 39,9
Makiritare Venezuela 26 156,0 82,8 36,8 23,5 186,0 149,3 102,0 141,5 98,9 114,1 72,5 50,4 41,0
Shirisana Venezuela 21 150,9 82,8 34,2 23,9 184,6 149,2 102,0 138,5 102,2 111,3 72,5 49,4 40,1

Como se puede apreciar por los escasos reportes antropométricos (Tabla 51),
infortunadamente, son muy pocas las investigaciones adelantadas en poblaciones
colombianas, especialmente de grupos mestizos y afrocolombianos. Algunos estudios en
grupos indígenas del suroeste y noreste del país fueron realizados en los años 40 por
antropólogos franceses (Lehman y Marquer, 1960; Marquer y Lehman, 1963). Otros se
han realizado en prácticas antropométricas, pero no existe un estudio sistemático que
trate de dar cuenta de la amplia variación regional, poblacional y sexual.
Como es de conocimiento en el ámbito antropológico e industrial, la variación
corporal es muy importante por su aplicación en diferentes campos de la industria para el
diseño y elaboración de objetos de uso cotidiano, tales como calzado, vestuario, muebles,
espacio arquitectónico, prótesis y maquinaria. Mientras que los indígenas elaboran sus
canoas, remos, viviendas y prendas de acuerdo a su cuerpo, la industria colombiana de
textiles, calzado y mobiliario utiliza patrones desarrollados en otros países, básicamente
en Nueva York, Tokio y París que se combinan para producir una “talla colombiana”.
Inclusive se aplica incorrectamente estos patrones causando grandes desperdicios de
257

materiales. Por ejemplo, en el país se ofertan zapatos con un solo número, la longitud, sin
que se tenga en cuenta su anchura (angosto, medio, ancho); los pantalones igualmente se
venden por su anchura desconociendo su longitud (por ejemplo 36 de anchura y 32 de
longitud); las camisas por el cuello, sin tener en cuenta la anchura de los hombros
(biacromial) y la longitud de los brazos.
En fin, desconocemos nuestro cuerpo y por ende, desperdiciamos recursos
ecológicos y humanos -además de la incomodidad de usar zapatos largos por tener el pie
ancho o pantalones anchos por ser altos - lo que incrementa los costos de las prendas que
a diario utilizamos. Así, por ejemplo, los vendedores de las tiendas de calzado disponen de
las tallas que con mayor frecuencia solicitan sus clientes, por ejemplo número 36-38 en las
mujeres y 40-42 en varones, pero de manera empírica, sin consultar estudios de mercado.
Por esta razón, se hace indispensable el desarrollo de investigaciones a largo plazo de
muestras representativas por regiones (andes, costas, llanos, valles interandinos), grupos
(indígenas, afro, mestizos andinos, mestizos costeños, otros), sociales (según ingresos),
sexo (femenino, masculino) y edad (infantes, jóvenes, adultos jóvenes, adultos mayores).
Vale la pena resaltar que el análisis de más de 9 millones de registros estaturales
de Colombia (1905-1985) evidencia un aumento secular de la estatura durante estos 80
años, en varones de 162,05 cm. a 171,01 cm. (8,96 cm. o 5,5%); las mujeres de 150,02 cm.
a 158,97 cm. (8,95 cm. o 6%); un poco más de un cm. por década, lo cual es un logro
importante dentro de los estándares internacionales (Meisel y Vega, 2007).
A juzgar por la poca información de que disponemos, podemos afirmar que los
mestizos son más altos que los indígenas, que la población afrocolombiana, especialmente
de San Andrés y Providencia y el Chocó (mestizo costeño) supera en talla a los andinos, y
que el suroeste de Colombia (Nariño, Cauca y Huila) presenta las menores tallas del país
(Meisel y Vega, 2007). En la población indígena los más bajos de Colombia y Venezuela
son los de la Serranía de Perijá (Díaz, 2004) y los más altos habitan en la Amazonia
(Spielman et al., 1972). En cuanto a las proporciones corporales los mestizos son más
braquicéfalos (cabeza redonda), observan rostros más angostos y altos, al igual que la
nariz, y la talla sedente es más elevada que en indígenas, aunque proporcionalmente a la
talla de pie es al contrario (Tabla 44, 51).
Respecto al rostro su caracterización se ha orientado más al ámbito cefalométrico
que incluye la medición de 110 varones y 110 mujeres mayores de 18 años de la
Universidad El Bosque (Gallego et al., 1998), encontrándose que existen diferencias
estadísticamente significativas en comparación con poblaciones norteamericanas
caucasoides estudiadas por Farkas dado que la muestra colombiana presenta mayores
dimensiones en las medidas craneofaciales.
La caracterización morfológica facial de las poblaciones colombianas está aún por
analizar, y esta información puede ser de gran interés para generar kits de identificación,
al igual que desarrollaron algunos colegas mexicanos con el Caramex (Serrano et al., 1997,
1999; Villanueva, 2001, 2002; Villanueva y Luy, 2004), pues el Faces canadiense y el
Identikit de Scotland Yard no son apropiados para generar rostros costeños, vallenatos,
guajiros, vallunos, tolimenses, andinos, llaneros, etc.
Finalmente, hay que subrayar que en cuanto a grosor de tejido blando facial se han
adelantado algunas investigaciones, tanto sobre cadáveres (con aguja de punción) como
sobre vivos (mediante TAC) lo que ha posibilitado tener una idea sobre su variación (Tabla
45). De esta manera se puede afirmar que los mestizos andinos poseen menores grosores
con relación a otras poblaciones, sean de origen europeo como de otros países de
Latinoamérica (México). Gracias a este conocimiento las reconstrucciones faciales que se
diseñan actualmente en el país son menos subjetivas que las que se practicaban con
patrones norteamericanos. De nuevo faltan investigaciones sobre la variabilidad
afrocolombiana y de grupos femeninos.

14.2. La variación dermatoglífica

Esta estructura del cuerpo humano que ha sido una de las más estudiadas con fines de
identificación en las ciencias forenses europeas y norteamericanas, además con
propósitos clínicos y antropológicos, infortunadamente, ha sido de poco interés para la
bioantropología colombiana, de ahí que los pocos reportes se concentran en Bogotá
(Bernal et al, 1974; Bustos y Vargas, 1988; Forero, 1988; Rodríguez y Rojas, 2009), Cali (De
la Cruz, 1984), y en algunos grupos indígenas (Gómez, 2009; Rojas, 2000, Rodríguez y
Rojas, 2009), con mayor énfasis en la distribución de los patrones digitales y poco de los
palmares. Estos estudios señalan que los indígenas poseen mayores frecuencias de
torbellinos y arcos digitales, y configuraciones palmares en las áreas Hy, Th/I y III. Hacia el
futuro sería importante impulsar investigaciones en grupos afrocolombianos (Tabla 46).

14.3. La variación dental

Afortunadamente la denominada Antropología dental tuvo una buena acogida entre los
colegas odontólogos, inicialmente en el ámbito académico y, posteriormente, en el de las
entidades judiciales. Esto ha conducido a que se conozca la variación morfológica y
odontométrica de varias poblaciones colombianas, tanto prehispánicas como
contemporáneas. Gracias a estos resultados sabemos que las muestras precerámicas
tempranas (V-III milenio a. C.) poseen dientes más grandes, mientras que hacia el II
milenio a. C. se presenta una drástica reducción del tamaño dental, asociada a los cambios
en los patrones de subsistencia en un ambiente de fuerte elevación de la temperatura y
descenso de la pluviosidad (Rodríguez y Vargas, 2010). Con el advenimiento de la
agricultura el tamaño dental se estabiliza, pero con la conquista europea por grupos
microdontes se vuelve a reducir en mestizos andinos, especialmente en molares.
Infortunadamente no se conoce la variación odontométrica en grupos afrocolombianos, lo
que se perfila como tema interesante de investigación hacia el futuro dada la
transformación que han sufrido por el proceso de mestizaje.
Respecto a la morfología contamos con información adecuada para las épocas
prehispánicas, pero con relación a las poblaciones contemporáneas disponemos de
algunos reportes sobre indígenas, afrocolombianos y mestizos. Los primeros se
caracterizan por su forma acentuada de incisivos en pala, rotación de incisivos centrales
superiores (I1), forma p del protostílido, cresta distal del trigonido y pliegue acodado en
M1. Los afrocolombianos descuellan por poseer dientes más grandes, altas frecuencias de
siete cúspides en los primeros molares inferiores (M1) y por cuatro cúspides en los
259

segundos molares inferiores (M2) (Tabla 38). A su vez, los mestizos observan las más altas
frecuencias de cúspide de Carabelli y sus dientes son más pequeños (Tabla 37).

14.4. La variación ósea

El esqueleto es la estructura más estudiada en las investigaciones bioantropológicas, sea


para validar los estándares para estimación de sexo (por tamaño dental, cráneo y huesos
largos), edad (por formación, erupción y desgaste dental y la metamorfosis de las
articulaciones de costilla, pubis e ilion), filiación poblacional (por craneometría y
osteometría de fémur) y estatura (mediante fórmulas de regresión a partir de las
dimensiones de la tibia). Así, se ha establecido que en las poblaciones colombianas las
medidas transversales son más efectivas en la diferenciación sexual y grupal,
especialmente de las epífisis de los huesos largos, cráneo y dientes.
La craneometría (Tabla 34) y odontometría (Tabla 37) han demostrado tener un
enorme potencial informativo para rastrear las principales tendencias evolutivas de las
poblaciones colombianas desde tiempos precerámicos hasta el presente, discutir sus
relaciones filogenéticas, especialmente en la problemática de los orígenes de los primeros
americanos (paleoamericanos), y proponer fórmulas discriminantes para diagnosticar la
filiación poblacional y la pertenencia sexual. Ambos tipos de variables sirven para
diferenciar los distintos grupos poblacionales del país, el grado de mestizaje (por los
ángulos nasofacial, nasomalar, cigomaxilar y malar) y el impacto de los procesos de
miscegenización.
A pesar de la profusión de estudios craneométricos, sin embargo hace falta
investigar la variación femenina en grupos vivos, al igual que la afrocolombiana. Para tal
efecto se pueden aprovechar los restos de personas no reclamadas (o donadas
voluntariamente) en los cementerios del país y que una vez pasados los cinco años de
rigor en tumbas individuales, deben pasar a osarios. De morgue se pueden obtener
muestras representativas para estimar estatura a partir de fémur y tibia, empleando
fórmulas de regresión a partir de medidas convencionales, comparables y estandarizadas.
Estos estudios se pueden programar en los principales centros de identificación de las
entidades judiciales (Fiscalía, Instituto de Medicina Legal) aprovechando el interés de
algunos colegas patólogos en la investigación científica, y que las instituciones ya cuentan
con equipo osteométrico de origen suizo (Siber Hegner).
En fin, es necesario conocer la variación de las poblaciones colombianas en el
tiempo y el espacio con el fin de reconstruir su historia evolutiva, diseñar estándares para
la identificación humana que pueda atender la enorme demanda de más de 30.000
desaparecidos, y, ante todo, para monitorear el crecimiento y desarrollo de nuestra
infancia. Igualmente es indispensable mejorar las condiciones de vida cotidiana de las
poblaciones vivas mediante el diseño de equipos, vestuario, mobiliario y calzado acordes
al tamaño y proporciones corporales de cada individuo, de manera que la gente se sienta
cómoda y a gusto para que pueda trabajar mejor y rendir más. Hay mucho para hacer y
este texto es solamente un breve diagnóstico de lo que se ha investigado y se puede
estudiar hacia el futuro en las instituciones académicas que tienen como misión atender
las necesidades del país mediante la preparación de los investigadores semilleros.
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GLOSARIO

Abrasión dental: desgaste del tejido dental debido a las particularidades abrasivas de los
alimentos.
Absceso: formación localizada de pus en cavidad formada por tejido afectado debido a
proceso infeccioso.
Acetábulo: cavidad en el coxal donde se inserta la cabeza femoral y donde se unen el ilion,
isquion y pubis.
Análisis discriminante: prueba estadística que permite diferenciar grupos (por sexo o
grupo poblacional) según un conjunto de variables, construir un modelo de pertenencia
de grupo basado en ciertas características craneales, osteométricas o dentales, con un
elevado porcentaje (cercano a 80%) de todos los casos clasificados correctamente, donde
algunas variables (habitualmente las anchuras para diferenciar sexo) poseen mayor peso
clasificatorio.
Ante mortem: referido a los fenómenos acontecidos en vida de la persona.
Apendicular (esqueleto): huesos de las extremidades superiores e inferiores, incluyendo
los coxales.
Atrición dental: desgaste del diente debido al grado de robustez del aparato masticatorio.
Arco (A): configuración dermatoglífica sin delta o trirradio.
Articulación temporo-mandibular (ATM): sitio de articulación del cóndilo mandibular con
la cavidad glenoidea del temporal.
Australoide: se refiere a la máxima expresión de los rasgos negroides de poblaciones
aborígenes de Autralia-Melanesia, con dientes macrodontes, los más grandes del mundo.
Axial (esqueleto): huesos del tronco, incluyendo las vértebras, costillas y esternón.
Braquicefalia: cráneo redondo con índice cefálico de 80,0% y más.
Broca (escala): gradación para evaluar el cierre sutural propuesto por este antropólogo
francés.
Carabelli (cúspide): cúspide adicional de tamaño variable que se aprecia en la cara
mesolingual del primer molar superior.
Caucasoide: se refiere a un patrón morfo-métrico craneal y dental característico de
poblaciones de origen europeo, Próximo Oriente, India y norte de África, de rostro
angosto, ortognato, nariz angosta y prominente, mentón pronunciado, dientes pequeños,
sin incisivos en pala (o frecuencia muy baja).
Cefálico (índice): proporción entre la anchura cefálica (diámetro transverso máximo) y la
longitud (diámetro anteroposterior).
Centro Andino de Investigaciones Antropológico Forenses (CENIA): ONG peruana que
presta servicios en antropología forense.
Clavícula: Hueso par que conforma la porción superior del tronco.
Cresta distal del trigonido:
Dematoglífica: el estudio de las configuraciones dermopapilares (crestas epidérmicas) de
los dedos y palma de la mano y pies.
Dimorfismo sexual: diferencias en el tamaño corporal y dental entre ambos sexos.
Dolicocefalia: cráneo alargado con índice cefálico de menos de 74,9%.
283

Eburneación: brillo tipo marfil del hueso producido cuando se pierde la cobertura
cartilaginosa y hialina de la cápsula articular.
Edéntulo: con pérdida total de los dientes.
Enfermedad Articular Degenerativa (EAD):
Epífisis: parte superior (proximal) o inferior (distal) de los huesos largos.
Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF): ONG argentina que presta servicios en
antropología forense.
Equipo Colombiano de Investigaciones Antropológico Forenses (ECIAF): ONG colombiana
que presta servicios en antropología forense.
Equipo Peruano de Antropología Forense (EPAF): ONG peruana que presta servicios en
antropología forense.
Equitas: ONG colombiana de acompañamiento psicosocial.
Esplacno cráneo: corresponde al esqueleto facial.
Evulsión dental:
Fémur: hueso que corresponde al muslo.
Fundación de Antropología Forense de Guatemala (FAFG): ONG guatemalteca que presta
servicios en antropología forense.
Hipoplasia del esmalte: defecto en tamaño del esmalte dental de forma variable (hoyuelo,
surco, línea, banda).
Hipsicefalia: cráneo alto con índice vértico-longitudinal superior a 75,0%.
Ilion: parte superior o ala del coxal.
Índice del patrón de intensidad (PII): número de trirradios, donde el arco tiene un valor de
0, la presilla de uno y el torbellino de dos; PII=(L+2W)/10.
Hypothenar (Hy): área dermatoglífica palmar disto-ulnar.
Isquion: comprende la parte postero-inferior del coxal.
Lamendin (fórmula): técnica para estimar la edad mediante la observación de los cambios
de la periodontosis (altura gingival) y la transparencia radicular en proporción a la altura
de la raíz dental.
Loth-Iscan (fases): escala de variación entre 0-8 de la superficie esternal de la cuarta
costilla para estimar la edad.
Mesial: superficie próxima a la línea media.
Mesocefalia: cráneo de dimensiones medias con índice cefálico entre 75,0 y 79,0%.
Mesodistal (MD): se refiere a la longitud del diente.
Metacarpianos: huesos proximales de la mano.
Metatarsianos: huesos proximales del pie.
Metopismo: sutura frontal anómala si persiste después de los dos años en que se fusionan
las dos partes de este hueso.
Mongoloide: se refiere al patrón morfo-métrico craneal y dental de poblaciones de origen
noreste asiático, de rostro muy aplanado, pómulos sobresalientes, patrón dental
mongoloide (incisivos en pala, rotación y apiñamiento de incisivos superiores centrales,
protostílido, pliegue acodado, cresta distal del trigonido).
Negroide: se refiere se refiere al patrón morfo-métrico craneal y dental de poblaciones de
origen africano o vedda, de rostro prognato, nariz muy ancha y aplanada, mentón huidizo
y alto, dientes grandes, siete cúspides den el primer molar inferior (C7M1), cuatro
cúspides en el segundo molar inferior (C4M2).
Neurocráneo: comprende la bóveda craneal sin el esqueleto facial.
Occipital: hueso craneal que conforma su porción posterior e inferior.
Odontometría: medición de las dimensiones dentales, sea de la corona (MD, VL, altura),
cuello y raíz con el odontómetro.
Ortognato: rostro recto, con índice gnático de Flower menor a 97,9%.
Osteoblasto: célula osteoprogenitora que forma hueso.
Osteoclasto: célula osteoprogenitora que absorbe hueso.
Osteofito: crecimiento óseo anormal en forma de pico de loro o de labiación (en casos
extremos) en los bordes de las articulaciones por EAD.
Osteogénesis: formación y desarrollo óseo.
Palacio de Justicia: sede de la Corte Suprema de Justicia en Bogotá, Colombia, destruido
entre el 6 y 7 de noviembre de 1985 a raíz del asalto cometido por el grupo insurgente M-
19 y la retoma por parte de las Fuerzas Armadas.
Paraloid B72: polímero en granos que diluido en acetona o thinner al 5-10% sirve para
consolidar hueso.
Parietal: hueso craneal que conforma la parte lateral y superior de la bóveda.
Pelvis: integrada por los huesos coxal (ilion, isquion, pubis) y sacro.
Perikymata: capa microscópica de crecimiento del esmalte dental (en promedio se forma
una cada 8-9 días como en los anillos de los árboles). Es la misma estría de Retzius pero
visible en la parte lateral de la cúspide.
Periostitis: inflamación del periostio que produce depositación ósea anormal.
Peroné (fíbula): conjuntamente con la tibia corresponde a la pierna.
Pliegue acodado (deflecting wrinkle): pliegue encurvado en la cúspide mesolingual; se
observa en el primer molar inferior (DwM1).
Post mortem: se refiere al intervalo transcurrido después de la muerte.
Presilla (L): configuración dermatoglífica con un delta o trirradio.
Prognatismo: pronunciamiento alveolar maxilar, con índice alveolar (gnático) de Flower
(proporción entre la longitud facial y la longitud de la base del cráneo) de más de 103,0%.
Protostílido (protostylid): cúspide adicional de variable tamaño en la cara vestibular; se
observa en el primer molar inferior (PrM1).
Proximal: se refiere a la parte más próxima a la línea media.
Pubis: hueso que conforma la parte anterior del coxal.
Registro arqueológico: ubicación gráfica y escrita de la ubicación de los objetos y
elementos asociados en los sitios arqueológicos en dimensiones horizontal (extensión) y
vertical (profundidad).
Shovel-Shaped: incisivos en pala de tamaño variable, se observa en el primer incisivo
superior central (ShI1).
Sínfisis púbica: articulación cartilaginosa recubierta de tejido hialino que separa ambos
pubis.
Sinostosis: cierre sutural que conduce a la fusión de dos huesos adyacentes.
Stewart-McKern (técnica): se emplea para observar la metamorfosis de la sínfisis púbica.
285

Suchey-Brooks (técnica): apreciación de la metamorfosis de la sínfisis púbica con el fin de


estimar la edad; es la técnica más común en el ámbito forense.
Sutura craneal: línea que separa los huesos craneales y cuya obliteración o sinostosis
(cierre) se inicia aproximadamente hacia los 20 años de edad, incrementándose después
de los 40 años.
Tafonomía: el estudio de los procesos que afectan el tejido óseo desde el momento de la
muerte y enterramiento por efectos endógenos (calidad del tejido) y exógenos (suelos,
medio de conservación).
Tami: Tubérculo accesorio medial interno; se observa en el primer molar inferior (M1).
Thenar (Th): área palmar disto-radial.
Tibia: hueso que conjuntamente con el peroné (fíbula) corresponde a la pierna.
Torbellino (W): configuración dermatoglífica con dos deltas o trirradios con diseño
concéntrico.
Torus auditivo: excrecencia ósea que según el tamaño puede taponar el meato acústico;
se relaciona con el buceo en aguas profundas y frías.
Treponematosis: enfermedad infecciosa producida por varios tipos de treponema que
genera cuatro tipo de lesiones: sífilis venérea, sífilis endémica, yaws (frambesia) y mal de
pinto.
Tuberculosis: enfermedad infecciosa producida por la micobacteria; en estado avanzado
pede afectar el tejido óseo.
UHU: adhesivo.
Ubelaker (cuadro dental): cuadro diseñado por este antropólogo norteamericano para
estimar la edad mediante la apreciación de la formación dental.
Vestíbulo-lingual (VL): se refiere a la anchura del diente.
Wormiano (hueso): hueso adicional en torno a la sutura lambdoidea; cuando es grande y
se extiende a ambos lados de la sutura se denomina hueso Inca.
Yacimiento arqueológico: sitio con evidencias arqueológicas estratificadas.
Zoubov (técnica): antropólogo dental ruso que ha desarrollado técnicas para observar el
desgaste, la morfología y el tamaño (odontometría) de los dientes.