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CUARTO SERMON SOBRE LA PASION DE NUESTRO

SEÑOR JESUCRISTO**

"Entonces le escupieron en el rostro, y le dieron de puñetazos, y otros le


abofeteaban, diciendo: Profetízanos, Cristo, quién es el que te golpeó. Pedro estaba sentado
fuera en el patio; y se le acercó una criada, diciendo: Tú también estabas con Jesús el
Galileo. Mas él negó delante de todos, diciendo: No sé lo que dices. Saliendo él a la puerta,
le vio otra, y dijo a los que estaban allí:
También éste estaba con Jesús el Nazareno. Pero él negó otra vez conjuramento:
No conozco al hombre. Un poco después, acercándose los que por allí estaban,
dijeron a Pedro: Verdaderamente también tú eres de ellos, porque aun tu manera de
hablar te descubre. Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco al hombre. Y
enseguida cantó el gallo. Entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había
dicho: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró
amargamente."
"Venida la mañana, todos los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo
entraron en consejo contra Jesús, para entregarle a muerte. Y le llevaron atado, y le
entregaron a Poncio Pilato, el gobernador. Entonces Judas, el que le había entregado,
viendo que era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata a los principales
sacerdotes y a los ancianos,1 diciendo: Yo he pecado entregando sangre inocente. Mas ellos
dijeron: ¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú! Y arrojando las piezas de plata en el
templo, salió, y fue y se ahorcó. Los principales sacerdotes, tomando las piezas de plata,
dijeron: No es lícito echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque es precio de sangre. Y
después de consultar, compraron con ellas el campo del alfarero, para sepultura de los
extranjeros. Por lo cual aquel campo se llama hasta el día de hoy: Campo de Sangre. Así se
cumplió lo dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: Y tomaron las treinta piezas de
plata, precio del apreciado, según precio puesto por los hijos de Israel; y las dieron para el
campo de alfarero, como me ordenó el Señor" (Mateo 26:67-27:10).

Como dice San Pablo, la predicación del evangelio es olor grato para aquellos a quienes
Dios llama a salvación y olor de muerte para todos los reprobados que perecen,2 del mismo modo
tenemos dos notables ejemplos aquí que se nos presentan para mostrarnos que la muerte y pasión
del Hijo de Dios fue para la salvación de uno y para arrojar a condenación a otro. Porque en el
caso de Pedro se ve la necesidad que tenía de ser rescatado del pozo en el cual estaba atrapado.
Porque mientras permanecía allí estaba desterrado del reino de los cielos, estaba alienado de toda
esperanza de salvación y cortado de la iglesia, como un miembro corrompido. No obstante, la
muerte de nuestro Señor Jesús no falló en serle de beneficio, aunque quizá no haya sido digno de
ello. En cuanto a Judas se dice que, viendo que Jesucristo es condenado, fue preso de la
desesperación. Ahora, en esta condenación de nuestro Señor Jesús (como ya hemos dicho) uno
tiene que animarse a depositar la esperanza en Dios. Porque nosotros somos absueltos en virtud
de que nuestro Señor Jesús fue condenado. Pero era necesario que tuviésemos aquí estos dos
espejos para que pudiésemos saber tanto más que si no somos llamados por gracia especial a ser
partícipes del fruto de la muerte y pasión del Hijo de Dios, éste será inútil para nosotros. No es
suficiente entonces que nuestro Señor Jesucristo haya sufrido, sino que el bien adquirido por él
tiene que ser comunicado, y tenemos que ser puestos en posesión de él. Esto ocurre cuando por
la fe somos atraídos hacia él.
Pero para entender todo esto tanto mejor, sigamos el hilo de la historia que aquí se nos
narra. Dice aquí que nuestro Señor Jesús fue avergonzado de todas formas en la casa de Caifás,
que le escupieron en el rostro, que fue insultado que se burlaron de él llamándole "Profeta," en
desgracia. Ahora, ello ocurrió para que nosotros pudiésemos saber que lo que él sufrió en su
persona fue para librarnos delante de Dios y de sus ángeles. Porque no hace falta que nadie
escupa en nuestro rostro para que tengamos muchas manchas e impurezas delante de Dios.
Todos nosotros no solamente estamos desfigurados por nuestros pecados, sino llenos de
infección, abominables. Además, aquí está el Hijo de Dios, que es su imagen viviente, en quien
resplandece su gloria y majestad, quien sufrió semejantes vergüenzas, para que en su nombre
ahora podamos aparecer delante de Dios para obtener gracia, y para que pueda conocernos y
poseemos como hijos suyos, y para que puedan ser borradas todas nuestras manchas e impurezas.
Eso (digo) es lo que tenemos que considerar en primer lugar.
Llegarnos ahora la caída de Pedro. Dice aquí: "Una criada, viéndolo, lo acusó de ser un
discípulo de Jesús. El lo niega." Viene otra criada. El lo niega nuevamente. Luego lo presiona
Caifás y la pregunta se convierte en asunto de todos. Entonces comienza a jurar, incluso a
maldecir y usar la forma de blasfemia. Como diciendo: "Maldito sea yo, que me muera, que la
tierra me trague si lo conozco." Esa es, entonces, la caída de San Pedro, y no es una sola, sino
tres que son tan pesadas y enormes que ciertamente deberíamos leer atemorizados esta historia.
Ahora bien, conocemos el celo que había en él. Además, había sido alabado por nuestro Señor
Jesucristo, y el nombre de Pedro le había sido dado para destacar la firmeza y constancia de su
fe; había sido enseñado en una escuela tan buena. Había oído esta doctrina: "Todo aquel que me
niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de Dios mi Padre y lo desconoceré."
Sin embargo, vemos cómo tropieza. Entonces, ciertamente, cada uno tendría ocasión aquí para
temblar. Porque si no fuera que somos sostenidos desde arriba, la debilidad de Pedro no sería
mayor que la nuestra. De manera que en primer lugar vemos cuán frágiles son los hombres tan
pronto Dios los deja salir de su mano. Porque esto nos se dice de algún escarnecedor, de un
hombre profano, de alguien que nunca ha escuchado nada del evangelio, que no tiene temor de
Dios y que nunca haya tenido reverencia hacia nuestro Señor Jesucristo. Ocurre absolutamente lo
contrario. Porque ya había algunos dones excelentes en Pedro. Por la boca del Hijo de Dios se le
había dicho: "No te lo ha revelado carne y sangre, sino mi Padre." Es entonces el Espíritu de
Dios quien habita en Pedro. ¡Pero cuán poco se opone a negar a nuestro Señor Jesús! ¡Una
criada! Si lo hubiera atacado un hombre, o silo hubiera atacado alguna persona honorable, podría
haber tenido alguna excusa. Pero vemos que sólo se necesitó de una criada para hacerle renunciar
a la esperanza de vida y de salvación.
Contemplemos entonces, en la persona de Pedro, que es sumamente necesario que Dios
nos fortalezca cada minuto. Porque de otra manera es imposible perseverar. Aunque hayamos
tratado de acercarnos a Dios, y aunque hayamos hecho muchas obras virtuosas, de todos modos,
al menor cambio de la mano seremos totalmente transformados si Dios no sigue dándonos una
constancia invencible. Aprendamos entonces, a practicar la amonestación de San Pablo: "El que
piensa estar firme, mire que no caiga."3 Es cierto que no podemos sostenemos nosotros mismos.
En cambio recurramos a aquel que tiene los medios. De todos modos, andemos humildemente.
Como dice San Pablo en otro pasaje: "Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer
como el hacer, por su buena voluntad, ocupaos de vuestra salvación con temor y temblor." 4 Es
como si dijera que toda presunción debe ciertamente ser abatida y, ciertamente toda indiferencia.
Cuando vemos la necesidad que tenemos de ser ayudados por Dios, y que lo necesitamos de
tantas maneras, ¿acaso no es correcto que estemos en guardia, por cierto, que de ninguna manera
nos confiemos en nuestra propia fuerza, sino que seamos solícitos invocando a Dios de noche y
de mañana, y de encomendarnos a su cuidado y dirección?
Eso es entonces, lo que tenemos que observar en primer lugar. Incluso nos es sumamente
necesario reconocer que las tentaciones, aunque quizá no sean muy grandes pronto nos habrán
abrumado si Dios en su gracia no obra en ello y lo remedia. Y aquellos que se creen ser los más
resistentes mientras están lejos de los golpes, realmente se encuentran perdidos cuando apenas
sopla un poco de viento. Es cierto que si Dios nos ayuda hemos de perseverar no importa cuán
grandes tormentas se levanten. Porque conocemos la figura del lenguaje utilizada por Jesucristo
nuestro Señor: Que una casa con un buen fundamento y construida de buen material siempre
permanece entera no importa cuán gran torrente venga; pero lo que se construye sobre la arena
dejará de existir pronto. De manera entonces, cuando estemos fundamentados en nuestro Dios y
cuando él nos extienda su mano fuerte, ciertamente tendremos la capacidad de soportar alarmas
muy severas. Y aunque no haya ningún enemigo combatiéndonos, no obstante, si Dios se aparta
de nosotros o nos deja librados a nosotros mismos, seremos conquistados enseguida, tal como lo
vemos en Pedro.
Pero lo peor es que no es una sola vez que niega al Señor Jesús. Si no que lo repite tantas
veces como se lo preguntan. Vemos que no le importó nada el hecho de estar yendo de mal en
peor, incluso al extremo de la execración, como pidiendo a Dios que lo maldijera y lo tragara.
Viendo esto sepamos que aquel que ha caído en vez de anhelar una pronta restauración, se
arrojará a una ruina más profunda, hasta perecer completamente en ella a menos que Dios lo
remedie. Esta es la condición de los hombres. Desde el comienzo ellos mismos se convencen de
ser maravillas en su propio poder. Sin embargo, nuestro Señor demuestra por experiencia de que
no son nada, y que apenas soplan un poco de viento ellos son derribados. Aun así, están
persuadidos de que pueden levantarse nuevamente. Pero, por el contrario, no hacen sin aumentar
su mal, agregando falta sobre falta, abundando aun más con acciones disparatadas. Si San Pedro
hubiera sido tentado cien veces al día cien veces habría negado a Jesucristo, además de otras mil
veces. En esa condición habría estado si Dios no hubiese tenido piedad de él. Pero Dios lo
protegió y no quiso que fuese probado más. Sin embargo, las tres caídas mencionadas aquí son
suficientes para darnos un terrible ejemplo, y los pelos se nos tendrían que parar de punta viendo
que por tercera vez Pedro se olvidó de sí mismo, y que obró sin sentido, como un bruto,
renunciando a su salvación. Además, siempre tenemos que recordar que si aun le hubieran
sobrevenido otras tentaciones, no las habría resistido mejor, y habría caído en las profundidades
más grandes si Dios no lo hubiera protegido a tal extremo.
Esto es, entonces, lo que debemos aprovechar de esta doctrina. Ahora bien, no tenemos
que oír estas cosas a efectos de juzgar a Pedro y condenar su cobardía. Por cierto, no podemos
hacerlo justificadamente, pero, si en primer lugar es necesario que recibamos instrucción, seamos
conscientes de nuestra debilidad, incluso sepamos que no podemos hacer absolutamente nada, no
nos inflemos de orgullo, atribuyéndonos mediante falsas opiniones virtud alguna. Sin embargo,
sepamos también que, puesto que el diablo tiene tantos medios para tramar nuestra ruina, pronto
pondría fin a nuestra vida, puesto que San Pedro cayó sin que él apareciera. Y finalmente,
sepamos que nuestro Señor Jesús tiene piedad de nosotros al no permitir que seamos tentados sin
límite. Porque ciertamente, se descubrirían tantos males más, y no tendrían fin si no fuésemos
retenidos por su bondad. Todas estas son las cosas que tenemos que observar aquí.
Después dice: "Pedro, habiendo oído cantar al gallo (como dice San Lucas) y después
que Jesús le miró, salió y lloró amargamente." Mediante esta conclusión se nos muestra (como
ya lo he mencionado) que la muerte y pasión de nuestro Señor Jesús ya produjo su efecto y poder
en que Pedro fue levantado de tan horrible caída. Porque, ¿acaso no es un milagro que Dios
tenga piedad de él y que todavía haya alcanzado misericordia habiendo cometido una falta tan
detestable? Hemos declarado de que no podía excusarse alegando ignorancia, como si su falta de
negar a Jesucristo hubiera sido pequeña. Porque se le había dicho y declarado que si no
confesaba su fe dando testimonio delante de los hombres merecería ser cortado totalmente
delante de los ángeles de Dios y que su nombre fuese borrado del libro de la vida. Sin embargo
no le importa vender esta vida miserable y frágil por una negación tan villana y extraña. En
efecto, ni siquiera ha sido llevado ante los jueces. No ha sido interrogado hasta el límite.
Solamente hay una criada que le habla. Cuando ya lo podían haber tratado con rudeza, y
justificadamente, él apenas había luchado como una criatura pobre y desgraciada. Sin embargo,
no olvidó del todo el temor a Dios. Entonces, cuando vemos esto, pensemos cuánto más
necesario era para nosotros que Dios exhibiera los tesoros infinitos de su bondad cuando aun
hace de Pedro un partícipe del fruto de la muerte y pasión de su Hijo.
Entonces este es un milagro que debería cautivarnos viendo que Pedro obtuvo remisión
por una ofensa tan grande, en efecto, al parecer por su arrepentimiento. Porque esto es cierto, si
una persona es íntimamente tocada después de haber fallado, y si gime y llora delante de Dios
para obtener perdón, esto es una señal de que Dios y la ha recibido, y que Dios la ha reconciliado
consigo. Porque el arrepentimiento también es un don peculiar procedente del Espíritu Santo,
quien nos muestra que Dios tiene piedad de nosotros y que no quiere que perezcamos. Al
contrario, él nos acerca a Dios. Ahora, esto lo vemos en Pedro. En consecuencia la muerte y
pasión de nuestro Señor Jesucristo ya le estaba aprovechando, ciertamente, en forma maravillosa,
como ya lo he dicho. Pero, en primer lugar, notemos que San Pedro permaneció adormecido y
estúpido hasta recibir la señal de la cual nuestro Señor Jesucristo le había advertido, esto es, que
el gallo no cantaría hasta que él le hubiera negado tres veces. Mejor dicho, que el gallo no
cantaría por segunda vez sin que antes Pedro hubiese cometido sus negaciones. Entonces, siendo
esto así, que si no hubiera sido advertido por nuestro Señor Jesucristo habría permanecido en su
pecado5 siendo arrojado para siempre a la perdición. Sepamos entonces que tenemos que ser
solícitos después de haber cometido alguna falta. Porque si fuésemos privados de la gracia de
Dios, y si no nos exhortase a volver a él, ciertamente seríamos abrumados por Satanás y todos
nuestros sentidos serían embrutecidos de modo que no nos quedaría escrúpulo alguno ni ningún
movimiento bueno a efectos de volver al camino de la salvación.
Eso es entonces, lo que tenemos que contemplar además en la persona de Pedro. Peno
cuando San Lucas afirma que Jesucristo le miró es para enseñamos tanto mejor que no basta con
que seamos aguijoneados o conque alguien nos tire de las orejas, para que volvamos a Dios; lo
que hace falta es que Jesucristo fije su vista en nosotros y nos mire. Ahora bien, es cierto que
aquí solamente se menciona la mirada de los ojos. Sin embargo, nuestro Señor Jesucristo no trata
en forma visible con nosotros. De todos modos es cierto que hasta no haber fijado su
mirada en nosotros seguiremos siendo tontos testarudos que permanecemos en nuestras faltas
incapaces de pensar en gemir y lamentarnos aunque hayamos provocado la ira de Dios. Por más
que él haya tensado su arco y desenvainado su espada nosotros permaneceremos en nuestra
indiferencia hasta tanto nuestro Señor Jesús nos haya hecho sentir que no nos ha olvidado y que
no está dispuesto a dejarnos perecer sino que quiere acercarnos nuevamente a él. Y para que esto
sea así es que todos los días oímos sermones por medio de los cuales somos exhortados al
arrepentimiento. ¿Y cómo somos tocados por ellos? Ellos contienen tantas amonestaciones como
es posible. ¿Acaso no nos incita la creación toda a venir a Dios? Si nuestros sentidos son bien
gobernados de modo que en nosotros haya alguna partícula de prudencia, ¿acaso la salida del sol
en la mañana no nos llama a adorar a Dios? Y después, al notar cómo la tierra y todos los
elementos cumplen con su función, tanto las bestias como los árboles, ello nos muestra que
tenemos que acercarnos a Dios a efectos de que sea glorificado en nosotros, y para que no se nos
ocurra a pensar de otra manera. Entonces el gallo cantó bien, y no solamente el gallo, sino que
Dios hace cantar6 a todas sus criaturas, tanto las de arriba como las de abajo, para exhortarnos a
acercamos a él. Y lo que es más, ciertamente se digna a abrir su santa boca, ya sea a través de la
ley, de los profetas y del Evangelio, para decir: "Vuelvan a mí." Sin embargo, está visto que
realmente somos lerdos.7 Pero es tal la estupidez que se ven en nosotros que somos, por así
decirlo, monstruos. Entonces es sumamente necesario que nuestro Señor Jesús nos considere con
piedad, tal como lo hizo con Pedro, a efectos de obtener lamentos sinceros de nosotros dando
testimonio de nuestra penitencia. Porque cuando dice que Pedro lloró amargamente es con
referencia al dolor que San Pablo menciona en II Corintios afirmando que obra para salvación 8 y
que no tenemos que huir de él, sino que incluso debemos buscarlo. Aunque naturalmente
quisiéramos regocijarnos sin experimentar ninguna vergüenza, no obstante es preciso que
tengamos alguna melancolía. Como cuando Dios nos toca con angustia, habiéndole ofendido, es
preciso que seamos atormentados en nuestro corazón. Porque esa clase de angustia es para
llevarnos al verdadero descanso, y el dolor es para hacernos regocijar delante de Dios y de los
ángeles.
Pronto veremos que Judas se arrepintió, pero fue en una forma distinta y diferente. Pero
en cuanto a Pedro, él lloró para mostrar que estaba grandemente apenado en su pecado y que
había vuelto plenamente a Jesucristo. Notemos también que "saliendo fuera lloró." Es cierto que
el temor de mostrar su arrepentimiento delante de la multitud aun procedía de su debilidad. Pero
aunque tal vez sea así, al llorar a solas demuestra claramente que se siente tocado por su falta y
ofensa. Porque no busca a otros hombres para mostrarles su arrepentimiento, sino que estando a
solas llora delante de Dios. Es así también cómo debemos hacerlo nosotros. Porque si solamente
lloramos delante de los hombres con ello demostramos nuestra hipocresía. En cambio, cuando
cada uno vuelve en sí y examina sus faltas y pecados y luego se siente angustiado, ello es una
señal de que no hay engaño en él, de que conoce a su Juez, y que está allí para pedir perdón,
sabiendo que el oficio de Dios es rescatar de las profundidades a aquellos que en realidad ya
están condenados y perdidos. Entonces, en resumen, esto es lo que tenemos que recordar del
relato dado aquí en cuanto a la caída de Pedro y en cuanto a estas tres negaciones por las cuales
merecía haber sido cortado del reino de Dios si no fuera que Cristo ya había mostrado el poder
de su muerte y pasión a efectos de llamarlo al arrepentimiento, tal como vemos que ocurrió.
Luego dice que: "Los sacerdotes y principales tomaron consejo para condenar a Jesús."
Pero, puesto que esto no estaba en poder de ellos lo llevaron sujeto y atado al gobernador que
tenía jurisdicción sobre el país, es decir, a Poncio Pilato. Después de esto el Evangelio dice que
Judas se arrepintió, viendo que Jesucristo era condenado, y arrojando al suelo el dinero que había
recibido como precio y pago por su traición hizo una confesión completa de su falta. Sin
embargo, los sacerdotes no están dispuestos a recibir el dinero, en cambio compran el campo del
alfarero, donde se habían producido tejas, de manera que era inútil para ser cultivado o
sembrado. Entonces compran dicho terreno para dar sepultura a viajeros que estaban de paso. En
efecto, lo hacen simulando cierta devoción. Porque decían que no era licito poner el dinero en las
ofrendas del templo. A todo esto el evangelista agrega que se cumplió lo dicho por el profeta, de
que los treinta denarios, que fue el precio puesto por el pueblo de Israel para Dios, pudieron ser
usados para el campo del alfarero. Aquí tenemos que considerar lo que ya hemos mencionado, es
decir, que la muerte y pasión de nuestro Señor Jesús no lleva fruto en todas las personas, porque
es una gracia especial que Dios concede a sus elegidos cuando los toca por medio de su Espíritu
Santo. Aunque hayan caído, él los levanta. Aunque se hayan extraviado, como ovejas errantes, él
los corrige y les extiende su mano para traerlos de vuelta a su redil. Porque allí está Judas el cual
es totalmente cortado del número de los hijos de Dios. Incluso es necesario que su condenación
sea evidente ante los hombres y totalmente obvia.
Aprendamos entonces (siguiendo lo que ya he mencionado) a conocer en todo y por todo
la inestimable bondad de nuestro Dios. Porque así como declara su amor hacia la humanidad al
no escatimar a su único Hijo, sino entregándolo a la muerte por los pecadores, así también nos
declara un amor especial cuando nos toca por su Espíritu Santo haciéndonos conocer nuestros
pecados, y a lamentarnos y acercándonos a sí mismo con arrepentimiento. Entonces, la entrada
que tenemos para venir a nuestro Señor Jesucristo no procede de nosotros, sino de Dios, en la
medida en que él nos gobierna complaciéndose en mostrarnos su elección. Y es bueno notar estas
circunstancias. Consideren a Judas que había sido un discípulo de nuestro Señor Jesucristo. En su
nombre había hecho milagros. Sin embargo, ¿qué fue de ello? Aprendamos entonces a temer y a
andar solícitos, apoyándonos enteramente en nuestro Dios; y oremos para que él no nos permita
caer en semejante confusión como la de este miserable infeliz. E incluso, cuando hayamos caído,
que él quiera levantarnos nuevamente por su poder y que podamos volver a él; no con un
arrepentimiento como el de Judas, sino con una auténtica y correcta confesión. Porque los
malvados se burlan de Dios a más no poder. Se complacen en sus pecados. Incluso se glorían en
ellos y al final se vuelven tan desvergonzados como las prostitutas, 9 tal como lo dicen los
profetas Jeremías y Ezequiel. Además, al final Dios les hace sentir sus pecados, y entonces se
aterrorizan de manera que se irritan y exclaman "¡Ay de mí! " Pero no es a efectos de concebir
alguna esperanza ni de presentarse ante Dios. Es más bien una furia la que los impulsa. Huyen
tan lejos pueden y quisieran destronar a Dios. Es apenas un asunto de irritarse y de crujir sus
dientes en completa rebelión contra él.
Ahora bien, ciertamente es necesario que vengamos con otro tipo de arrepentimiento; es
decir, no es cuestión de aterrorizarnos viendo que no podemos escapar del juicio y de la mano de
Dios; sino de confesar nuestros pecados y de detestarlos; y, acto seguido, que no cesemos de
acercamos a Dios, en efecto, siendo emplazados a presentarnos delante de él sin ser traídos por la
fuerza; sino que por nuestra propia voluntad nos acerquemos para rendirle homenaje, y para
confesar que merecemos perecer; seguros, sin embargo, que no obstante merecer la muerte cien
mil veces, no por eso dejará de tener piedad de nosotros. Ese fue el arrepentimiento de Pedro. En
cambio el de Judas debiera mostrarnos que con algunos sentimientos en cuanto a nuestras faltas
y algunos escrúpulos no es suficiente, sino que tenemos que estar plenamente convertidos 10 a
Dios. Esto es sumamente digno de ser notado, porque vemos a tantos, y prácticamente a todos,
que se adulan a sí mismos. Cuando con una palabra hicieron confesión de sus faltas, no importa
cuán terribles sean, les parece estar libres y eximidos, como si todo lo que tenían que hacer era
limpiarse la boca. Incluso, cuando se les menciona algún ejemplo creen que se les está haciendo
un gran daño. "¿Cómo?" dicen, "¿Acaso no he reconocido todas mis faltas? ¿Acaso no he hecho
penitencia?" Esto es todo cuanto hagan, como si Dios fuese un niño al cual se tranquiliza con un
poco de risa, incluso con risa falsa, llena de hipocresía y mentira. Pero puesto que entre los
hombres es algo común que quieran apaciguar a Dios, y realmente no sé cómo, es que dicen que
Judas se arrepintió. Por lo tanto, temamos cuando Dios nos amonesta y cuando nos hace sentir
nuestras faltas, pero no lo dejemos todo allí. Porque eso realmente no es arrepentimiento. Pero
aquí está la prueba por la cual podemos saber si estamos realmente arrepentidos o no. Es cuando
por nuestra propia voluntad buscamos completa armonía 11 con Dios sin querer evitar el ser
juzgados por él, siempre y cuando él nos reciba en su misericordia. Esto es lo que hará cuando
nos reconocemos culpables. Porque aquel que se juzga a si mismo a efectos de reconocerse
culpable delante de Dios, delante de los ángeles, y delante de los hombres será justificado y
absuelto, porque no pide sino únicamente que Dios le sea favorable. Esto es entonces en
resumen, lo que tenemos que observar.
Ahora bien, fue preciso que Judas hiciera esta confesión para que los sacerdotes fuesen
tanto más inexcusables. Además, el evangelista ofrece este relato para que podamos contemplar
tanto mejor la ceguera que Satanás puso en todas estas personas reprobadas, y para que cada uno
pueda pensar en sí mismo. Cuando Dios nos presenta semejantes ejemplos de su ira y de su
venganza y cuando muestra que los hombres realmente están enloquecidos, que están privados
de sentido y razón, que (para ser breve) son tan brutos para arrojarse con furia infernal, es para
que cada uno de nosotros pueda inclinar su cabeza y que cada uno de nosotros pueda saber con
qué frecuencia podríamos llegar a eso si no fuésemos preservados por la bondad y gracia de
nuestro Dios. De todos modos, seamos prudentes para no luchar contra nuestra propia conciencia
como lo hicieron los sacerdotes. Porque todos aquellos que de esa manera se endurecen contra
Dios finalmente caerán en una condición tan reprobada que ya no habrá razón alguna en ellos.
Aun después de ser deshechos así delante de Dios, también dejarán de avergonzarse delante de
los hombres. Porque es bueno que su bajeza12 sea mostrada a todos y que sean puestos en tal
desgracia que cada uno quede horrorizado por su vileza.
Este es entonces el motivo por el cual el evangelista nos ha relatado aquí que cuando
Judas vino para devolver el dinero, los sacerdotes no se conmovieron en absoluto. Ciertamente
dicen que no les es lícito ponerlo en el cofre del tesoro, puesto que ese dinero es precio de
sangre. Es así como los hipócritas siempre guardan bien, no sé qué apariencias, para hacer una
sombra y una pantalla para cubrir sus iniquidades. Pero esto no es sino mofarse de Dios. Porque
nunca se le acercan con integridad y abiertamente. Porque, ¿qué hay para decir al respecto? "Oh,
no vamos a poner este dinero con las ofrendas sagradas, porque es precio de sangre." Además,
¿había sido robado este dinero? Se sabe que los sacerdotes vivían de las ofrendas del templo.
Como lo hacen actualmente en el papado aquellos que son llamados prelados y gente de la
iglesia que levantan las ofrendas sin importarles a qué propósitos serán aplicadas. Aunque los
sacerdotes hayan sacado dinero de las ofrendas del templo para darle a Judas, esto no les
importaba; eran desconsiderados. Pero ahora tienen escrúpulos en poner el dinero nuevamente
en el cofre de las ofrendas. Con ello en realidad rechazan a Judas con burla y como si dijeran:
"Quizá este hombre malvado haya traicionado a su Señor. A nosotros únicamente nos incumbe
determinar si ha hecho bien o mal. Pero para que por nuestra parte no seamos partícipes de su
ofensa, y a efectos de mantener nuestras manos limpias (puesto que habían utilizado este dinero
para semejante propósito) con él compraremos un campo para dar sepultura a los extranjeros."
Ciertamente, ello era para decir que habían cumplido satisfactoriamente con Dios y que él
seguramente no sabría qué más pedir, aunque en lo que hicieron hubo cierta deficiencia.
Es así como los hipócritas siempre tendrán sus satisfacciones, pensando comprarse un
escape, pero esto no es sino juego de niños. Pero sepamos que esto se nos relata para que
aprendamos que habiendo caído reconozcamos nuestras faltas en verdad y a no hacer circuitos
desde un lado o desde el otro, sino a llevar francamente en todo y por todo la condenación. Esto
es entonces lo que se nos muestra. Entre tanto, oremos a Dios para que nos quite la venda que
Satanás quiere colocamos, para que no lancemos graznidos 13 referidos a nuestras adulaciones,
tratando de justificar al mal; que, en cambio, nos esforcemos más y más para examinar bien
todos nuestros vicios a efectos de condenarlos y de presentar una confesión correcta de ellos.
Además también vemos cómo derrumba Dios la opinión de los hipócritas, de manera que al final
quedan frustrados en lo que habían pretendido. Porque ciertamente, los sacerdotes habrían
querido borrar su falta para que nadie jamás las mencione. Es por eso que fingen cuando
compran un campo para dar sepultura a los extranjeros. Pero Dios lo vuelve en algo totalmente
contrario a su intención. Porque este campo tuvo que ser llamado "campo de sangre" o "campo
de crimen." Es preciso que ese memorial sea perpetuo y que permanezca para siempre en la boca
de los hombres, de las mujeres y de los niños; de tal manera este crimen detestable que fue
cometido por los sacerdotes es conocido diariamente y manifestado, porque ellos dicen: "He aquí
el campo de sangre, esto es, el campo que fue comprado con el precio de la traición. ¿Y quiénes
lo hicieron? Los sacerdotes y los principales del pueblo." Así vemos entonces que cuando los
hipócritas tratan de ocultarse en sus crímenes y a disfrazarse, Dios descubre su vileza, y lo hace
tanto más haciendo que su vergüenza sea conocida por todos los hombres, y que todos los
hombres los detesten. Es por eso que he dicho que es tanto más necesario que seamos prudentes
para venir a Dios y allí descubrir todas nuestras ofensas para que él se complazca en sepultaría
quitándolas de delante suyo, de delante de los ángeles y de delante del mundo entero, cuando
nosotros las hemos reconocido así.
Finalmente el evangelista cita un pasaje de los profetas para mostrar que esto no se relata
solamente por causa del pecado de Judas, o por la obstinación diabólica de los sacerdotes, sino
por causa de la condenación de la gente en general. Entonces dice: "Se ha cumplido lo escrito
por el profeta, que treinta denarios fue el precio de Dios, y los dieron para el campo del
alfarero.”Ahora bien, Zacarías,14 de quien proviene este pasaje, compara a nuestro Señor
Jesucristo con un pastor,15 y afirma que queriendo gobernar al pueblo judío ha tomado su vara, o
su cayado de pastor el cual es llamado "gracia," para indicar que era de condición tan excelente
que entre aquel pueblo realmente era posible que se le permitiera ser guiado por la mano de Dios.
Porque, ¿acaso existe algo más deseable? Y para que esto sea así, ¿adónde está nuestro gozo
soberano y nuestra bienaventuranza, si Dios no se ocupa de nuestra salvación cumpliendo entre
nosotros el oficio de pastor? Entonces, ese era el gobierno de Dios entre aquella gente, cuando se
menciona esta vara, la cual no tenía el propósito de golpear y romper todo, sino de guiar y
gobernar apaciblemente a aquellas ovejas que se habían vuelto dóciles. Ahora, nuevamente dice
que tomó una segunda vara. Como lo hizo efectivamente cuando el pueblo hubo retornado del
cautiverio en Babilonia, porque en esa ocasión tan horrible como la que había existido
anteriormente, ahora Dios reúne a su pueblo para gobernarlo apaciblemente bajo su mano. Pero
al final hubo una ingratitud tan vil que Dios tuvo que terminar con todo. De manera que dice:
"Oh, ya veo lo que pasa; no necesito perder mi tiempo ni hacerme problemas con ustedes." Aquí
habla en la forma común de los hombres. "Emprendamos el camino de una buena vez. Páguenme
para que me vaya." Y en respuesta le trajeron treinta denarios. "¿Qué?" dice Dios, "esta es la
recompensa y el pago que recibo de ustedes?" Porque cuando habla de los treinta denarios piensa
en las ofrendas que dieron en el Templo. Dichas ofrendas eran (puesto que fueron usadas con
hipocresía, sin fe y sin arrepentimiento) nada más que vanas ceremonias que los sacerdotes y los
judíos apreciaban, sin embargo, en gran manera. Como hoy lo hacen los papistas, cuando han
cumplido muchas "santidades"16 y todas sus hermosas devociones creen que Dios prácticamente
está en deuda con ellos. Ahora bien, Dios dice que todo ello no es más que basura. "¿De qué
manera," dice Dios, "he ganado con que ustedes lo hayan pasado? Quizá ese sea el pago de un
pastor, en tal caso estoy sumamente obligado hacia ustedes. ¡Oh, oh, no! No tengo nada que ver
con ello. ¡Vayan, échenlos a la alfarería, con ellos pueden decorar las bocas y asas de sus
vasijas!17 ¡Vayan! Yo los abandono. Utilícenlos es sus tejas." Es como si dijera: "Si su templo se
llueve, arréglenlo ustedes mismos. En cuanto a mi, ya no tengo parte ni porción alguna con
ustedes. Quisiera que ustedes se fueran. Y no piensen apaciguarme aquí, trayéndome lo que en
realidad es el pago de un pillo. Absolutamente no apruebo nada de ello." Esto es entonces, lo que
en resumen quiso decir el profeta.
Ahora sabemos que lo que fue predicho por nuestro Dios en aquel entonces, fue cumplido
en la persona de nuestro Señor Jesucristo, quien es nuestro verdadero Dios manifestado en la
carne. De esa manera fue necesario que este pasaje fuese verificado de manera visible, y que
Jesucristo fuese valorado en únicamente treinta denarios, es decir, que la gente mostrase una
ingratitud tan vil hacia aquel que era el Pastor eterno, a quien Dios había establecido sobre su
pueblo. Ciertamente, puesto que el pueblo había dejado de ser gobernado por Dios, nuestro
Señor Jesús también cumplió siempre con el oficio de Mediador, en efecto, aunque todavía no
había aparecido en carne humana. Esto debemos recordarlo bien a efectos de aprender por
nuestra parte que si Dios nos ha mostrado su gracia para recibirnos, por así decirlo, bajo su
mano, y si somos su rebaño, y si nos da a nuestro Señor Jesucristo por Pastor, no debemos
aguijonearlo de manera de entristecer su Espíritu ni de cansarlo con nuestros actos de rebeldía e
ingratitud. Tampoco no vamos a tirarle ramos de flores18 (como dice el refrán popular), pero
puesto que él se ha entregado a si mismo para nosotros, aferrémonos a él como a nuestro Dios y
Rey, dediquémosle la totalidad de nuestra vida, y abstengámonos de traerle un pago que él
rechaza; en cambio, presentémosle tanto nuestra alma como nuestro cuerpo. Porque incluso está
perfectamente bien que él tenga toda preeminencia sobre nosotros y que nos posea enteramente,
viendo que él no busca otra cosa sino nuestra salvación.19
Ahora bien, para finalizar y arribar a una conclusión, dice: "Nuestro Señor Jesús
habiendo sido llevado ante Pilato nada respondió. Pilato entonces le dijo: ¿No oyes cuántas
cosas testifican contra ti? Pero Jesús no le respondió ni una palabra; de tal manera que el
gobernador se maravillaba mucho." En primer lugar debemos recordar que cuando nuestro
Señor Jesucristo es juzgado ante un juez terrenal, es para que nosotros pudiéramos ser eximidos
y absueltos de la condenación que merecíamos delante del Juez celestial. Sabemos que no
podemos escapar a lo que está escrito por el profeta Isaías, de que toda rodilla tiene que doblarse
ante Dios.20 Puesto que Dios es el Juez del mundo, ¿cómo hemos de subsistir 21 delante de su
rostro y delante de su majestad? No hay ninguno de nosotros que no sea constreñido cien mil
veces a condenarse a si mismo. Cuando apenas hemos vivido un año en el mundo ya hay cien
mil faltas por las cuales merecemos ser condenados. No hay ninguna que no tenga este
testimonio grabado sobre su corazón, y que no esté convencido del mismo. Ahora Dios, que ve
tanto más claro que nosotros, ¿cómo no va a condenamos cuando cada uno está constreñido a
condenarse a sí mismo de tantas maneras? Pero aquí nuestro Señor Jesús está sujeto a esta
situación extrema de ser acusado delante de un juez terrenal, más aun, delante de un hombre
profano, delante de un hombre que era impulsado únicamente por su avaricia y ambición.
Entonces, cuando el Hijo de Dios es humillado a tal extremo, sepamos que es para que nosotros
podamos presentarnos con la cabeza levantada delante de Dios, y para que él pueda recibirnos, y
para que el temor ya no nos haga retroceder ante su trono de juicio, sino para que podamos
acercamos osadamente, sabiendo que allí seremos recibidos en misericordia. Incluso sabemos
que Jesús adquirió autoridad y poder y dominio soberano para ser el Juez del mundo. Y al ser
condenado así por Pilato es para que hoy nosotros podamos venir osadamente a él, sabiendo
ciertamente que le ha sido dado el poder para juzgamos. Puesto que él estuvo de pie allí,
sepamos que quiso llevar nuestra condenación y que no intentó hacer un juicio para justificarse,
además, sabiendo bien que tenía que ser condenado, en efecto, en nuestra persona. Porque si bien
él era sin mancha o culpa, llevó en si todos nuestros pecados. Entonces no tenemos por qué
asombramos viendo que estaba allí como si hubiese sido un convicto. Porque de otra forma no
podría haber cumplido el oficio de Mediador, sino mediante su aceptación de la sentencia y
confesando que en la persona de cada uno de nosotros había merecido la condenación. Esto es
entonces lo que implica el silencio de nuestro Señor Jesucristo, a efectos de que hoy nosotros
podamos invocar a Dios a plena voz, y para que podamos pedirle perdón por todos los pecados y
ofensas.
Ahora inclinémonos en humilde reverencia ante la majestad de nuestro Dios.

***
*
*Procedente de: Corpus Reformatorum, Calvini Opera, Vol. 46, pp. 873-887.
1

Prestres, no es la palabra usual para ancianos, la cual sería Anciens. Prestres del fr., y “priests” del ing. son derivados
del gr. PRESBUTEROS, significando “ancianos.”

2
Un resumen de I Cor. 1:18 y II Cor. 2:15,16.

3
1 Cor. 10:12, en forma no totalmente literal.

4
Filipenses 2:13, 12b.

5
Cropissani en son péhé.

6
En inglés esto suena mal. Fr., chanter significa tanto “graznar” como “cantar”. El juego de palabras se pierde en la
traducción.
7

Eslourdis, embotado.

8
II Cor. T9,10.
9

Creo que la referencia explícita es a Jeremías 6:15 y 8:12, pasajes prácticamente idénticos. En Ezequiel hay muchas
referencias generales a “llevar vergüenza.”
10

Reduits, quizá “sometido debajo de.”


11

Appointement, no en el sentido moderno de la palabra sino en el sentido de la expresión idiomática latina a punctam.
Vea nota anterior 25, p. 45.
12

Turpitude.
13

Cropissons. Creo que es una palabra coloquial onomatopéyica.


14

Zacarías 11:12,13. En Mateo 17:9, donde este pasaje se asigna a Jeremías, obviamente estamos ante un error. En su
Comentario Calvino reconoce francamente el error pero en los sermones no lo menciona.
15

Calvino está relacionando Ezequiel 34:11-16, 23 con Zacarías 11:4-17.


16

Agios. Creo que el uso de la palabra aquí es una transliteración del griego, más que la palabra en su sentido moderno.
17

Refaciez vos trous et vos pertuis. Me fue imposible identificar estos con más claridad.
18

Que nous le payons point de néfles, no se puede traducir en forma directa. He dado lo que creo que es la interpretación
más aproximada.
19

De acuerdo al bosquejo de Calvino el sermón terminaba aquí. El resto es estrictamente improvisación.


20

Isaías 45:23
21

Subsister. En Calvino hay una sutil distinción entre subsistir y existir. Aun no he hallado la clave de la diferencia,
solamente he hallado la clave de la diferencia, solamente he notado que subsiste incluye más que exister; subsister es
casi idéntico a viviré. A Calvino le desagrada pensar en una mera existencia, separada de la vida real.