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2016

“Vive, anuncia y celebra la misericordia del Padre”

© Obras Misionales Pontificio Episcoapeles de México, A.R.


Prolongación Misterios no. 24
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Impreso en México
Presentación 4
Pbro. Lic. José Ayala Madrigal

Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2016 6


S.S. Francisco

Reflexión Bíblica 9
Misión y misericordia: un vínculo indisoluble (Mt 9,35-10,42)

Tema 1 15
La misión de la Iglesia y la construcción de la justicia y de la paz

Tema 2 21
El testimonio de la vida cristiana: la primera
e insustituible forma de la misión

Tema 3 25
La familia misionera: símbolo, testimonio y participación de la
maternidad (fecundidad) de la Iglesia

Tema 4 29
Ocupándonos de nuestra casa común:
misión de la Iglesia e integración de la creación

Celebración Eucarística por la Evangelización de los Pueblos 35

Hora Santa misionera 44

Rosario misionero 49

Estadísticas 52
Presentación

PRESENTACIÓN

En este Año jubilar se cumple precisamente el 90 aniversario de la Jornada Mundial de las


Misiones, promovida por la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe y aprobada por el Papa
Pío XI en 1926. Por lo tanto, considero oportuno volver a recordar las sabias indicaciones de mis
predecesores, los cuales establecieron que fueran destinadas a esta Obra todas las ofrendas que
las diócesis, parroquias, comunidades religiosas, asociaciones y movimientos eclesiales de todo el
mundo pudieran recibir para auxiliar a las comunidades cristianas necesitadas y para fortalecer
el anuncio del Evangelio hasta los confines de la tierra. No dejemos de realizar también hoy este
gesto de comunión eclesial misionera. No permitamos que nuestras preocupaciones particulares
encojan nuestro corazón, sino que lo ensanchemos para que abarque a toda la humanidad.

Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2016.

Muy queridos hermanos y hermanas:

Que Dios, nuestro padre, “que quiere que todos los hombres se salven y
lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1Tm 2,4), esté con todos ustedes.

Con ocasión de la próxima Jornada Mundial de las Mi-


siones ―que en los países de habla hispana conoce-
mos más comúnmente como ―, las Obras
Misionales Pontificio Episcopales de México pone en
sus manos este material de animación y formación
misionera. Bajo el lema “vive, anuncia y celebra la mi-
sericordia del Padre” hemos preparado una serie de
reflexiones, temas y esquemas para distintas celebra-
ciones, con la finalidad de prepararnos de una manera
adecuada para vivir esta próxima Jornada Mundial de
las Misiones 2016.

Esta Jornada es muy importante para la vida y mi-


sión de la Iglesia, pues ella ha venido representando
desde hace 90 años una jubilosa fiesta de la ca-
ridad y de la solidaridad universal. En el marco
del Jubileo Extraordinario de la Misericordia,
este sentido primordial de nuestra Jornada
resplandece de modo particular, pues por ella
se “nos invita a ver la misión ad gentes como

4
una grande e inmensa obra de misericordia tanto espiritual como material. En efecto, en esta Jornada Mundial
de las Misiones, todos estamos invitados a «salir», como discípulos misioneros, ofreciendo cada uno sus pro-
pios talentos, su creatividad, su sabiduría y experiencia en llevar el mensaje de la ternura y de la compasión de
Dios a toda la familia humana” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2016).

Asimismo, nos situamos al final del año en que se conmemoran los documentos del magisterio conciliar y ponti-
ficio contemporáneo, que contienen las enseñanzas más importantes de en torno a la misión evangelizadora de
la Iglesia. Celebramos el quincuagésimo aniversario del decreto conciliar Ad gentes divinitus sobre la actividad
misionera de la Iglesia, el cuadragésimo aniversario de la exhortación apostólica del papa Pablo VI Evangelii
nuntiandi acerca de la evangelización en el mundo contemporáneo, y el vigésimo quinto aniversario de la carta
encíclica Redemptoris missio sobre la permanente validez del mandato misionero, del papa Juan Pablo II.

“La Iglesia que peregrina ―nos lo recuerdan los padres conciliares― es por su naturaleza misionera” (Ad gentes,
2). Y “en virtud del mandato misionero, la Iglesia se interesa por los que no conocen el Evangelio, porque quiere
que todos se salven y experimenten el amor del Señor. Ella «tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios,
corazón palpitante del Evangelio» (Misericordiae vultus, 12), y de proclamarla por todo el mundo, hasta que llegue
a toda mujer, hombre, anciano, joven y niño” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2016).

Queridos hermanos y hermanas, que el próximo domingo 23 de octubre sea un momento culminante de una
entrega apasionada por todos nuestros hermanos, reflejo pequeño pero fiel y sincero de la misericordia eterna
del Padre.

Pbro. Lic. José Ayala Madrigal


Obras Misionales Pontificio Episcopales de México
Director Nacional

5
Mensaje del Santo Padre Francisco para la Jornada Mundial de las Misiones 2016

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO


PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS
MISIONES 2016

IGLESIA MISIONERA, TESTIGO DE MISERICORDIA

Queridos hermanos y hermanas:

El Jubileo Extraordinario de la Misericordia, que la Iglesia está celebrando, ilumina también de modo especial
la Jornada Mundial de las Misiones 2016: nos invita a ver la misión ad gentes como una grande e inmensa
obra de misericordia tanto espiritual como material. En efecto, en esta Jornada Mundial de las Misiones, todos
estamos invitados a «salir», como discípulos misioneros, ofreciendo cada uno sus propios talentos, su creati-
vidad, su sabiduría y experiencia en llevar el mensaje de la ternura y de la compasión de Dios a toda la familia
humana. En virtud del mandato misionero, la Iglesia se interesa por los que no conocen el Evangelio, porque
quiere que todos se salven y experimenten el amor del Señor. Ella “tiene la misión de anunciar la misericordia
de Dios, corazón palpitante del Evangelio” (Misericordiae vultus, 12), y de proclamarla por todo el mundo, hasta
que llegue a toda mujer, hombre, anciano, joven y niño.

6
La misericordia hace que el corazón del Padre sienta una profunda alegría cada vez que encuentra a una
criatura humana; desde el principio, él se dirige también con amor a las más frágiles, porque su grandeza y
su poder se ponen de manifiesto precisamente en su capacidad de identificarse con los pequeños, los des-
cartados, los oprimidos (cf. Dt 4,31; Sal 86,15; 103,8; 111,4). Él es el Dios bondadoso, atento, fiel; se acerca a quien
pasa necesidad para estar cerca de todos, especialmente de los pobres; se implica con ternura en la realidad
humana del mismo modo que lo haría un padre y una madre con sus hijos (cf. Jr 31,20). El término usado por la
Biblia para referirse a la misericordia remite al seno materno: es decir, al amor de una madre a sus hijos, esos
hijos que siempre amará, en cualquier circunstancia y pase lo que pase, porque son el fruto de su vientre. Este
es también un aspecto esencial del amor que Dios tiene a todos sus hijos, especialmente a los miembros del
pueblo que ha engendrado y que quiere criar y educar: en sus entrañas, se conmueve y se estremece de com-
pasión ante su fragilidad e infidelidad (cf. Os 11,8). Y, sin embargo, él es misericordioso con todos, ama a todos
los pueblos y es cariñoso con todas las criaturas (cf. Sal 144.8-9).

La manifestación más alta y consumada de la misericordia se encuentra en el Verbo encarnado. Él revela el


rostro del Padre rico en misericordia, “no sólo habla de ella y la explica usando semejanzas y parábolas, sino
que además, y ante todo, él mismo la encarna y personifica” (Dives in misericordia, 2). Con la acción del Espíritu
Santo, aceptando y siguiendo a Jesús por medio del Evangelio y de los sacramentos, podemos llegar a ser
misericordiosos como nuestro Padre celestial, aprendiendo a amar como él nos ama y haciendo que nuestra
vida sea una ofrenda gratuita, un signo de su bondad (cf. Misericordiae vultus, 3). La Iglesia es, en medio de la hu-
manidad, la primera comunidad que vive de la misericordia de Cristo: siempre se siente mirada y elegida por
él con amor misericordioso, y se inspira en este amor para el estilo de su mandato, vive de él y lo da a conocer
a la gente en un diálogo respetuoso con todas las culturas y convicciones religiosas.

7
Mensaje del Santo Padre Francisco para la Jornada Mundial de las Misiones 2016

Muchos hombres y mujeres de toda edad y condición son testigos de este amor de misericordia, como al
comienzo de la experiencia eclesial. La considerable y creciente presencia de la mujer en el mundo misionero,
junto a la masculina, es un signo elocuente del amor materno de Dios. Las mujeres, laicas o religiosas, y en
la actualidad también muchas familias, viven su vocación misionera de diversas maneras: desde el anuncio
directo del Evangelio al servicio de caridad. Junto a la labor evangelizadora y sacramental de los misioneros,
las mujeres y las familias comprenden mejor a menudo los problemas de la gente y saben afrontarlos de una
manera adecuada y a veces inédita: en el cuidado de la vida, poniendo más interés en las personas que en las
estructuras y empleando todos los recursos humanos y espirituales para favorecer la armonía, las relaciones, la
paz, la solidaridad, el diálogo, la colaboración y la fraternidad, ya sea en el ámbito de las relaciones personales
o en el más grande de la vida social y cultural; y de modo especial en la atención a los pobres.

En muchos lugares, la evangelización comienza con la actividad educativa, a la que el trabajo misionero le
dedica esfuerzo y tiempo, como el viñador misericordioso del Evangelio (cf. Lc 13.7-9; Jn 15,1), con la paciencia
de esperar el fruto después de años de lenta formación; se forman así personas capaces de evangelizar y de
llevar el Evangelio a los lugares más insospechados. La Iglesia puede ser definida «madre», también por los
que llegarán un día a la fe en Cristo. Espero, pues, que el pueblo santo de Dios realice el servicio materno
de la misericordia, que tanto ayuda a que los pueblos que todavía no conocen al Señor lo encuentren y lo
amen. En efecto, la fe es un don de Dios y no fruto del proselitismo; crece gracias a la fe y a la caridad de los
evangelizadores que son testigos de Cristo. A los discípulos de Jesús, cuando van por los caminos del mundo,
se les pide ese amor que no mide, sino que tiende más bien a tratar a todos con la misma medida del Señor;
anunciamos el don más hermoso y más grande que él nos ha dado: su vida y su amor.

Todos los pueblos y culturas tienen el derecho a recibir el mensaje de salvación, que es don de Dios para todos.
Esto es más necesario todavía si tenemos en cuenta la cantidad de injusticias, guerras, crisis humanitarias que
esperan una solución. Los misioneros saben por experiencia que el Evangelio del perdón y de la misericordia
puede traer alegría y reconciliación, justicia y paz. El mandato del Evangelio: “Id, pues, y haced discípulos a to-
dos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar
todo lo que os he mandado” (Mt 28,19-20) no está agotado, es más, nos compromete a todos, en los escenarios
y desafíos actuales, a sentirnos llamados a una nueva «salida» misionera, como he señalado también en la
Exhortación apostólica Evangelii gaudium: “Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que
el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse
a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (20).

En este Año jubilar se cumple precisamente el 90 aniversario de la Jornada Mundial de las Misiones, promovida
por la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe y aprobada por el Papa Pío XI en 1926. Por lo tanto, considero
oportuno volver a recordar las sabias indicaciones de mis predecesores, los cuales establecieron que fueran
destinadas a esta Obra todas las ofrendas que las diócesis, parroquias, comunidades religiosas, asociaciones y
movimientos eclesiales de todo el mundo pudieran recibir para auxiliar a las comunidades cristianas necesita-
das y para fortalecer el anuncio del Evangelio hasta los confines de la tierra. No dejemos de realizar también
hoy este gesto de comunión eclesial misionera. No permitamos que nuestras preocupaciones particulares
encojan nuestro corazón, sino que lo ensanchemos para que abarque a toda la humanidad.

Que Santa María, icono sublime de la humanidad redimida, modelo misionero para la Iglesia, enseñe a todos,
hombres, mujeres y familias, a generar y custodiar la presencia viva y misteriosa del Señor Resucitado, que
renueva y colma de gozosa misericordia las relaciones entre las personas, las culturas y los pueblos.

Vaticano, 15 de mayo de 2016, Solemnidad de Pentecostés


S.S Francisco

8
REFLEXIÓN BÍBLICA
MISIÓN Y MISERICORDIA:
UN VÍNCULO INDISOLUBLE (Mt 9, 35-10, 42)1

1 Reflexión bíblica tomada a partir de TAPIA BAHENA, Toribio, Misericordia quiero, y no sacrificio. Reflexiones bíblicas sobre la misericordia,
México: Obras Misionales Pontificio Episcopales de México, 2016, pp. 161-167.
Reflexión bíblica. Misión y misericordia: un vínculo indisoluble (Mt 9,35-10,42)

La misión que Jesús ha recibido del Padre ha sido la de revelar el misterio del amor
divino en plenitud.

Misericordiae vultus, 8.

La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del


Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona.

Misericordiae vultus, 12.

El Jubileo Extraordinario de la Misericordia, que la Iglesia está celebrando, ilumina


también de modo especial la Jornada Mundial de las Misiones 2016: nos invita a ver
la misión ad gentes como una grande e inmensa obra de misericordia tanto espiritual
como material.

Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2016.

L
a misión de la Iglesia, a ejemplo de Jesús, no debe estar al margen del sufrimiento de las personas; su
situación, además de condicionar substancialmente la misión, clarifica un perfil básico del misionero. “Es
determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera
persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de
las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre” (Misericordiae vultus, 12). Así parece sugerirlo
con fuerza el Evangelio de Mateo al presentar a Jesús compadeciéndose de aquella gente que estaba vejada
y abatida como ovejas sin pastor, como un antecedente claro de la llamada y el envío de los doce apóstoles
(cf. Mt 9,35-10,42).

Jesús, ante la multitud de personas que lo seguían, viendo que estaban cansadas y extenuadas, pérdidas
y sin guía, sintió desde lo profundo del corazón una intensa compasión por ellas (cf. Mt 9,36). A causa de
este amor compasivo curó a los enfermos que le presentaban (cf. Mt 14,14) y con pocos panes y peces cal-
mó el hambre de grandes muchedumbres (cf. Mt 15,37). Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias
no era sino la misericordia, con la cual leía el corazón de los interlocutores y respondía a sus necesidades
más reales (Misericordiae vultus, 8).

· A la escucha de la Palabra

Leamos y escuchemos con atención el pasaje del Evangelio de Mt 9,35-10,42:

35
Jesús recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y
sanando toda enfermedad y toda dolencia.

Al ver tanta gente, sintió compasión de ellos, porque estaban vejados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.
36

37
Entonces dijo a sus discípulos: «La mies es mucha y los obreros pocos. 38 Rogad, pues, al Dueño de la mies que
envíe obreros a su mies.»

10 1 Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio poder para expulsar a los espíritus inmundos y para curar toda enfer-
medad y toda dolencia.

10
2
Los nombres de los doce Apóstoles son estos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el
de Zebedeo y su hermano Juan; 3 Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; 4
Simón el Cananeo y Judas el Iscariote, el que le entregó. 5 Jesús envió a estos doce, después de darles las siguientes
instrucciones:

«No toméis las rutas de los paganos ni entréis en poblados de samaritanos; 6 dirigíos más bien a las ovejas perdidas de
la casa de Israel. 7 Id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca. 8 Curad enfermos, resucitad muertos, purificad
leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis. 9 No os procuréis oro, ni plata, ni cobre en vuestras
fajas; 10 ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento.

11
«En la ciudad o pueblo en que entréis, informaos si hay en él alguna persona digna, y quedaos allí hasta que salgáis.
12
Al entrar en la casa, saludadla. 13 Si la casa es digna, llegue a ella vuestra paz; mas si no es digna, vuestra paz se
vuelva a vosotros. 14 Pero si no os acogen ni escuchan vuestras palabras, al salir de la casa o del pueblo aquel sacudíos
el polvo de vuestros pies. 15 Os aseguro que el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma y Gomorra
que para aquel pueblo.

16
«Sabed que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como
las palomas. 17 Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; 18
seréis conducidos ante gobernadores y reyes por mi causa, para que deis testimonio ante ellos y ante los paganos. 19
Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará
en aquel momento. 20 Porque no seréis vosotros los que hablaréis; será el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en
vosotros.

21
«Entregará a la muerte hermano a hermano y padre a hijo; se rebelarán hijos contra padres y los matarán.

22
Seréis odiados por todos a causa de mi nombre, pero el que persevere hasta el fin se salvará.

23
«Cuando os persigan en una población, huid a otra, y si también en esta os persiguen, marchaos a otra. Os aseguro
que no acabaréis de recorrer las poblaciones de Israel antes que venga el Hijo del hombre.

24
«No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo. 25 Ya le basta al discípulo ser como
su maestro, y al siervo como su amo. Si al dueño de la casa le han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus domésticos!

26
«No les tengáis miedo, pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de
saberse. 27 Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís en voz baja, proclamadlo desde
los terrados.

28
«No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien al que puede llevar a la
perdición alma y cuerpo en la Gehenna. 29 ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá
en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. 30 En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están
todos contados. 31 No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos.

32
«Si alguien se declara a mi favor ante los hombres, también yo me declararé a su favor ante mi Padre que está en
los cielos. 33 Pero si alguien me niega ante los hombres, también yo le negaré ante mi Padre que está en los cielos.

34
«No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. 35 Sí, he venido a enfrentar
al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; 36 y los enemigos del hombre serán los de
su propia familia.

37
«El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a
mí, no es digno de mí. 38 El que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí. 39 El que encuentre su vida, la perderá;
y el que pierda su vida por mí, la encontrará.

11
Reflexión bíblica. Misión y misericordia: un vínculo indisoluble (Mt 9,35-10,42)

40
«Quien a vosotros acoge, a mí me acoge, y quien me acoge a mí, acoge a Aquel que me ha enviado.

41
«Quien acoja a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta, y quien acoja a un justo por ser justo,
recibirá recompensa de justo.

42
«Y todo aquel que dé de beber tan solo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os
aseguro que no perderá su recompensa.»

· La misión pide colaboradores y continuadores

Mt 10,1-42 ha sido ubicado entre dos elementos bastante significativos. Por una parte, el señalamiento de lo
que hacía Jesús, así como su compasión, y la constatación de la abundancia de la cosecha y la carestía de tra-
bajadores (cf. 9,35-38). Por otra parte, el señalamiento de que, una vez que instruyó a sus doce discípulos, Jesús
“se fue a enseñar y a proclamar el mensaje en los pueblos de la región” (11,1). De esta manera los discípulos son
al mismo tiempo colaboradores y continuadores. La realidad es exigente y apremiante: la gente está como
“ovejas sin pastor” (9,35)1; además la cosecha es abundante y los trabajadores escasean (cf., v. 37). Sin embargo, los
discípulos no son los dueños de la cosecha; el dueño es Dios (cf., v. 38); ellos son solo trabajadores. Es cierto que
son colaboradores, pero sobre todo son continuadores; en estos dos matices podría haber un sentido de res-
ponsabilidad y fidelidad (véase 11,1). Aquellos discípulos, como nosotros, debían hacer la misión al estilo de Jesús.

· La misión presupone unos interlocutores que sufren

Los versículos finales del capítulo 9 (vv. 35-38) dejan claro quiénes son los destinatarios —al menos inmedia-
tos— de la misión de los discípulos. Mateo ha ubicado el llamado y el envío de los apóstoles con relación a
una muchedumbre “cansada y abatida”; es ante este gentío que se constata la falta de pastores. Es una muche-
dumbre que está “cansada”; la palabra que se utiliza aquí viene del verbo griego ‘skyllo’ (σκύλλω), que significa
‘despellejar’, ‘hostigar’, ‘perseguir sin descanso’. No es pues un cansancio cualquiera; es un desgano provocado.
Además, son una muchedumbre “abatida”; el término que se traduce por ‘abatido’, del verbo griego ‘ripto’
(ῥίπτω), tiene el matiz de “arrojar”, “tirar al suelo”. De este modo, podemos constatar que la muchedumbre de
la que se compadece Jesús está desganada, maltratada y ninguneada.

· En la tarea misionera lo primero es la misericordia

La misericordia está en la raíz del mandato misionero. El Evangelio de Mateo después de un sumario de la
actividad misionera de Jesús (cf. Mt 9,35), en donde hace referencia a su actividad aliviadora, dice: “al ver tanta
gente, sintió compasión de ellos porque estaban vejado y abatidos, como ovejas que no tienen pastor” (v. 36).
La misma actitud de Jesús que a Marcos le sirvió para señalar la relación entre la compasión y la enseñanza,
Mateo la coloca pero en el contexto de la misión de Jesús y de los doce apóstoles. Así, mientras Marcos pre-
senta la enseñanza de Jesús como reacción seguida a la desprotección de las personas, Mateo, especificando
un poco más la peculiaridad de este sufrimiento, presenta al Maestro alertando a sus discípulos sobre la misión
(cf., vv. 37-38), los llama y les precisa algunos encargos (cf. 10,1ss).

Si la compasión está en el fondo y en el origen de la misión de Jesús, debe estarlo también en la tarea misio-
nera de los discípulos. No es suficiente, según Mateo, la constatación de la realidad de las personas, que están
cansadas y abatidas; es indispensable una actitud compasiva previa al desempeño de la misión. Más aún: no

1 El sentido de la afirmación “como ovejas sin pastor” (v. 36) equivale más que a la carencia de guías, a la ausencia de verdaderos pastores. Así lo manifiesta
con más claridad Mc 6,34 al colocar a Herodes como el antitipo (es decir, antitestimonio) de lo que era un buen pastor, un buen guía (véase Mc 6,14-29).

12
es solamente la situación de los interlocutores que replantea la misión; es, sobre todo, la actitud misericordiosa
la que exige un modo más adecuado, más cercano, de realizar la misión. No sorprende, por eso, que las indi-
caciones a los nuevos misioneros estén relacionadas con la situación del gentío y con la compasión que deben
tener los apóstoles: “curen enfermos, resuciten muertos, purifiquen leprosos, expulsen demonios” (vv. 8ss).

La Iglesia siente la urgencia de anunciar la misericordia de Dios. Su vida es auténtica y creíble cuando
con convicción hace de la misericordia su anuncio. Ella sabe que la primera tarea, sobre todo en un
momento como el nuestro, lleno de grandes esperanzas y fuertes contradicciones, es la de introducir a
todos en el misterio de la misericordia de Dios, contemplando el rostro de Cristo. La Iglesia está llamada
a ser el primer testigo veraz de la misericordia, profesándola y viviéndola como el centro de la Revelación
de Jesucristo (Misericordiae vultus, 25).

· La misión no debería ser un pretexto para enriquecerse

Las obras de los discípulos enviados (curar enfermos, resucitar muertos, purificar leprosos, expulsar demonios),
al tener en su raíz la compasión al estilo del Maestro, deben darse sin lucrar: “gratis lo recibieron; denlo gra-
tis”. En el momento en que se empieza a lucrar con la misión, la raíz ya no está en la compasión y su sentido
principal no está en la comunidad y en la fidelidad al Señor, sino en el egoísmo y la carrera desmesurada por
acrecentar el beneficio personal2. En otras palabras, si la misión tiene como punto de partida irrenunciable la
misericordia, ella no debe convertirse en un negocio. Además, los enviados prácticamente deben ir sin nada
(oro, plata, cobre en sus fajas, alforja para el camino, una sola túnica; tampoco deben llevar sandalias ni bastón).
Con la presentación del enviado como alguien totalmente desprovisto hasta de lo más indispensable, se quiere
señalar el convencimiento de que el misionero debe correr la suerte de la comunidad; el buen enviado debe
ir hombro con hombro. Por esto, el Evangelio afirma que “el obrero merece su sustento”; es decir, el misionero
merece su alimento3. ¡Qué mejor consecuencia de la misericordia del misionero que practicar la solidaridad
con la comunidad!

· La misión desde la misericordia genera un nuevo pueblo

El hecho de que Jesús llame y envíe a doce puede tener una fuerte carga simbólica sobre la necesidad de rein-
tegrar, restablecer y de construir un nuevo pueblo que vivencie los valores del Reino4. Desde esta perspectiva
se entiende que les dé poder para expulsar a los espíritus inmundos y para curar toda enfermedad y dolencia
(cf. 10,1; también véase el v. 8). Indispensable en esta tarea es el modo y las intenciones con las que se realice, a sa-
ber, la gratuidad y la solidaridad con la comunidad (cf., vv. 8 y 10). En esta perspectiva se ubica también el señala-
miento de que una tarea importantísima de los discípulos será precisamente ser portadores de paz, de unidad,
de reintegración5. En coherencia con este encargo el Evangelio afirma que los discípulos de ninguna manera
deben imaginarse que Jesús ha venido a traer la tranquilidad; el discípulo misionero que quiera realmente ser
fiel a su tarea necesariamente tiene que asumir ciertos conflictos.

2 Cuando el misionero se siente equivocadamente digno de recompensa por lo que hace, existe el riesgo de que solo sirva a quienes pueden pagarle.

3 Mateo conocía el término ‘salario’, en griego ‘misthós’ (μισθός), que sí es usado por Lucas (10,7); sin embargo prefiere utilizar la palabra ‘sustento’, en
griego ‘trofé’ (τροφή). Con mucha probabilidad, en las comunidades de Mateo los misioneros tenían el peligro de exigirle a la comunidad un pago en lugar
de pedirles que se solidarizaran con ellos por medio de la alimentación.

4 Puede verse Mt 19,28, en donde, también en un contexto de seguimiento, Jesús anuncia a los discípulos: “cuando el Hijo del hombre se siente en su trono
de gloria, se sentarán también ustedes en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel”.

5 Detrás de esta palabra está la “paz judía”, que más que ausencia de guerra se refiere a la integridad, unidad, prosperidad, seguridad.

13
Reflexión bíblica. Misión y misericordia: un vínculo indisoluble (Mt 9,35-10,42)

· Una misión que tiene en su raíz la misericordia necesariamente trae conflictos

La indicación de que los enviados van como ovejas en medio de lobos (cf., v. 16) deja entrever el ambiente
de persecución en el que están inmersos los discípulos. En la trama narrativa del Evangelio esto no es una
novedad; Jesús les había indicado en el contexto del Sermón del Monte (cf. 5,1-7,29): “guárdense de los falsos
profetas, que vienen a ustedes con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces” (7,15). Ante esta
situación los enviados tienen una exigencia, una promesa y una esperanza.

Tienen la exigencia de ser “prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas” (10,16). La paloma era
para los griegos y, en general, para las personas de la cultura mediterránea, inocencia, desamparo y pureza;
la serpiente, por su parte, es considerada astuta y sagaz. En Mateo el término ‘prudente’ significa ‘pensar’,
‘comprender’ y ‘ser competente’6. La sencillez de las palomas podría estarse refiriendo a la buena intención y a
la claridad para hacer el bien7. De esta manera, ante el rechazo y la persecución, los enviados deben ser bien
intencionados pero no ingenuos.

Los discípulos enviados tienen una promesa: la presencia del Espíritu Santo, quien hablará por ellos. Dios, a
través de su Espíritu, se convierte en defensor del enviado inocente8.

Además, poseen una esperanza: “el que persevere hasta el fin, ese se salvará” (10,22). Mateo utiliza en dos oca-
siones la misma frase: en 10,22 y 24,13; la primera en el contexto de persecución, la segunda en el de fidelidad.
No se trata pues de aguantar o soportar sino de mantenerse fieles y coherentes9. Quien se mantenga fiel y
coherente alcanzará la vida eterna, es decir, la vida que no se acaba.

· Una misión que supone que se debe amar a Dios y a las personas con la misma intensidad

El enviado debe tener claridad en la intensidad de su amor. Nadie, sin excepción, debe interferir en el amor
hacia Dios. Pero no debemos confundirnos; el Evangelio dice: “el que ama a su padre o a su madre más (lite-
ralmente sobre) que a mí…” (v. 37; también se menciona el hijo y la hija). Si tomamos en cuenta que en Mt 22,39 el
mandamiento mayor de la Ley es desglosado en dos y que además solo aquí se enfatiza que “el segundo es
semejante a este”, es decir, al primero, estaríamos con mucha probabilidad ante una equiparación del amor a
Dios y al prójimo. No se trata de confusión o identificación burda sino del convencimiento de que la intensi-
dad y la totalidad del amor a Dios debe corresponder con la actitud con la que se ama al prójimo10. Esto tiene
coherencia con el convencimiento que se expresa en Mt 25,31-46: “cuanto hiciste a uno de estos hermanos
míos más pequeños, a mí me lo hiciste” (vv. 40.45). Desde esta perspectiva, el enviado, para ser coherente con
su tarea, no debe amar a nadie sobre Dios; pero tampoco debe poner a Dios sobre las personas pues, con
mucha facilidad, cierto tipo de “dios” puede convertirse en el peor pretexto para evadir el compromiso con el
ser humano.

6 Así lo atestiguan numerosos testimonios en los escritos griegos, en el sentido oficial y popular. Incluso, en ciertos autores como Flavio Josefo el verbo que
está detrás del adjetivo ‘prudente’ significa ‘diseñar’, ‘idear’. En Mateo se confirman estos significados con el matiz de ‘cordura’ y ‘sensatez’ —en oposición a
estupidez— (cf. 7,24), de ‘habilidad ante los peligros’ (cf. 10,16) y de ‘previsión’ (cf. 25,4).

7 Véanse, por ejemplo, Rom 16,19 y Flp 2,15.

8 Es importante insistir en que el Señor Jesús garantiza su presencia para quienes sufren persecución por su causa. Debemos procurar no confundir perse-
cución con el señalamiento honesto que muchas personas hacen al estar hartas de evidentes incoherencias en supuestos discípulos.

9 Para Mateo la persecución identifica al discípulo con el Maestro (10,24-25).

10 El texto de Mateo termina diciendo: “de estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas” (22,40); la fidelidad de un discípulo misionero se
mide desde el amor a Dios y al prójimo con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente.

14
TEMA 1

LA MISIÓN DE LA IGLESIA
Y LA CONSTRUCCIÓN DE LA
JUSTICIA Y DE LA PAZ
Tema 1. La misión de la Iglesia y la construcción de la justicia y de la paz

Ahora, ante la necesidad de discernir los desafíos que este círculo vicioso de
inseguridad y violencia presenta a la misión de la Iglesia y que tiene que ver
también con la situación de pobreza y desigualdad que se vive en nuestro país,
[…] asumimos la Misión Continental a la que hemos convocado a la Iglesia en
México; ésta, nos exige fortalecer en todos los fieles de la Iglesia su condición
de discípulos misioneros al servicio de la construcción de la paz para la vida
digna del pueblo de México.

Que en Cristo, nuestra paz, México tenga vida digna, 7.

· Una sociedad que se debate entre la injusticia y la violencia

U
na mirada atenta a la historia mexicana puede revelar, entre otras cosas, dos realidades: por un lado,
la historia de nuestro país se ha desarrollado sobre un componente casi permanente de desigualdad
y de injusticia, y, por otro lado, particularmente en los años más recientes, México se ha visto sumido
en un muy alarmante espiral de violencia, criminalidad e impunidad. Uno de los anhelos que han motivado
la mayoría de las revueltas que han tenido lugar en la vida independiente de nuestro país es la construcción
de un proyecto nacional basado en la democracia y en la justicia social. Sin embargo, con cierto desaliento
constatamos que vivimos en uno de los países más injustos y en una sociedad profundamente desigual. Las
injusticias y las inequidades aparecen en diversos ámbitos de la vida social, y terminan dando origen a millones
de víctimas: pobres1, desempleados, enfermos, indígenas, mujeres, ancianos, campesinos, etcétera.

Uno de los ámbitos sociales donde más claramente se perciben la injusticia y la desigualdad es en aquellos
marcados por la pobreza. Tradicionalmente, la pobreza era vista como un cuadro relacionado con los ámbitos
rurales, pero las ciudades mismas han pasado de ser los paraísos del desarrollo y la oportunidad a complejos
y desesperantes escenarios desiguales donde se registran inauditos niveles de opulencia y ostentación al lado
de escandalosos índices de pauperización y miseria. La entramada lógica del libre mercado parece sugerir a las
sociedades que las diferentes situaciones de pobreza se presentan como males necesarios, como costos que
tienen que pagarse para que el progreso pueda seguir su camino, pero que ninguna responsabilidad tiene esa
lógica de que tales situaciones existan. Así, se ha alentado la propagación de una opinión en la población de
que “los de abajo” los “son porque no quieren dejar de serlo”, porque no quieren trabajar, estudiar o esforzar-
se, porque son incapaces de organizarse, porque es más fácil y cómodo estar recibiendo irresponsablemente
todo por obras de asistencia o beneficencia, etcétera, opinión que ha llegado a tener el rango de opinión
pública. De este modo, estigmatizadas, estas personas son llevadas a culparse por algo que en realidad es una
privación injusta.

Otro ámbito en el que figuran la desigualdad y la injusticia es en el de la educación. La ignorancia que permea
dramáticamente a una gran parte de la población mexicana, por lo demás, es el origen de muchos de sus

1 “Los datos de 2008 sobre pobreza en México revelaban que a 50.6 millones de mexicanos no les alcanzaban sus ingresos para cubrir las necesidades bási-
cas respecto a salud, educación, alimentación, vivienda, vestido o transporte público, incluso dedicando todos sus recursos a estos términos. El 18.2% de la
población sufría carencias alimentarias -casi veinte millones-, de los cuales 7.2 millones habitaban en zonas urbanas, mientras que 12.2 millones pertenecían
a zonas rurales. Entre 2006 y 2008, el nivel de vida de más de un millón de familias cayó bajo el umbral de la pobreza.” (tomado de UNICEF México, URL:
<http://www.unicef.org/mexico/spanish/17046.htm>).

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padecimientos económicos. Esto ocasiona que esta mayoría de la población quede privada de la oportunidad
de acceder a una actividad económica y laboral digna que permita su manutención y su desarrollo, generando
con ello un caldo de cultivo muy propicio para la injusticia y la corrupción2.

Por otra parte, los índices de violencia y criminalidad se han elevado exponencialmente, convirtiéndose en
flagelos que han venido atormentado cruelmente a las familias mexicanas. Desde hace ya seis años, en la
Exhortación Pastoral del Episcopado Mexicano sobre la misión de la Iglesia en la construcción de la paz, para
la vida digna del pueblo de México, nuestros Obispos de México ya constataban esta alarmante realidad, pero
esta constatación puede seguirse aplicando hoy en día:

En los últimos meses, en toda la geografía nacional, suceden hechos violentos, relacionados, en nume-
rosas ocasiones, con la delincuencia organizada; esta situación se agrava día con día. Recientemente se
ha señalado que una de las ciudades de la República Mexicana tiene el índice más alto de criminalidad
en el mundo. Esta situación repercute negativamente en la vida de las personas, de las familias, de las
comunidades y de la sociedad entera; afecta la economía, altera la paz pública, siembra desconfianza
en las relaciones humanas y sociales, daña la cohesión social y envenena el alma de las personas con el
resentimiento, el miedo, la angustia y el deseo de venganza (Que en Cristo, nuestra paz, México tenga
vida digna, 2).

Como en muchos otros pueblos, en México el espiral de violencia ha alcanzado a todos los ámbitos de la
sociedad, y muy particularmente, ha terminado por afectar a las familias. Desde distintos frentes y a través de
diferentes medios, las familias mexicanas son bombardeadas diariamente por la violencia. Como consecuencia,
una alarmante cantidad de familias han internalizado la violencia en sus dinámicas y en sus maneras de vivir y
convivir, lo cual a la postre resulta determinante para la descomposición del tejido social y para la generación
e intensificación de nuevas formas de violencia social. Así lo manifiesta Su Santidad el Papa Francisco en su
más reciente exhortación apostólica:

Como indicaron los Obispos de México, hay tristes situaciones de violencia familiar que son caldo de
cultivo para nuevas formas de agresividad social, porque «las relaciones familiares también explican la
predisposición a una personalidad violenta. Las familias que influyen para ello son las que tienen una co-
municación deficiente; en las que predominan actitudes defensivas y sus miembros no se apoyan entre
sí; en las que no hay actividades familiares que propicien la participación; en las que las relaciones de los
padres suelen ser conflictivas y violentas, y en las que las relaciones paterno-filiales se caracterizan por
actitudes hostiles. La violencia intrafamiliar es escuela de resentimiento y odio en las relaciones humanas
básicas» (Que en Cristo nuestra paz México tenga vida digna, 67) (Amoris laetitia, 51)

Cuando nos acercamos a este tipo de realidades, con frecuencia corremos el riesgo de perder de vista el pro-
pósito de nuestro discernimiento u olvidar todas las cosas buenas que le han sido dadas, al pueblo mexicano,
sus riquezas históricas y culturales, sus tradiciones y buenas costumbres, su amor a la paz y su solidaridad, su
gusto por la fiesta, por la convivencia y el gran valor que da a la familia. “Precisamente, porque sabemos que la
raíz de la cultura mexicana es fecunda y porque reconocemos en ella la obra buena que Dios ha realizado en
nuestro pueblo a lo largo de su historia, hoy queremos alentar en todos la esperanza” (Que en Cristo, nuestra
paz, México tenga vida digna, 8).

“Que no sea así entre ustedes” (Mt 20,26): la práctica de la misericordia y la construcción de la justicia

2 Ciertamente, la ignorancia no es un fenómeno privativo de las clases más bajas y desfavorecidas; una gran parte de las actuales élites políticas y empresa-
riales mexicanas, a diferencia de las aristocracias decimonónicas o de principios del siglo xx, han dado muestras en público no solo de padecer los estragos
de la incultura y la ignorancia, sino que, escandalosamente, han dejado ver su desdén por el cultivo del conocimiento, la cultura y las artes, a la vez que se
regodean en medio de la opulencia grotesca y ostentosa.

17
Tema 1. La misión de la Iglesia y la construcción de la justicia y de la paz

¿Qué esperanza podemos encontrar ante un mundo marcado por la injusticia y la violencia?
Ciertamente,

la visión que consolida la arbitrariedad del más fuerte ha propiciado inmensas desigualdades, injusticias
y violencia para la mayoría de la humanidad, porque los recursos pasan a ser del primero que llega o
del que tiene más poder: el ganador se lleva todo. El ideal de armonía, de justicia, de fraternidad y de
paz que propone Jesús está en las antípodas de semejante modelo, y así lo expresaba con respecto a
los poderes de su época: «Los poderosos de las naciones las dominan como señores absolutos, y los
grandes las oprimen con su poder. Que no sea así entre vosotros, sino que el que quiera ser grande sea
el servidor» (Mt 20,25-26) (Laudato’si, 82).

El ideal de armonía, de justicia, de fraternidad y de paz que propone Jesús, lo que los cristianos conocemos
como “Reino de Dios”, se levanta como una alternativa ante la injusticia y la violencia que dominan al mundo.
Ahora bien, cuando el Papa Francisco utiliza la palabra “ideal” para referirse a este Reino de Dios propuesto por
Jesús, no quiere decir de que se trate de una mera idea, un anhelo o un deseo que está muy lejos de alcan-
zarse; lo que quiere decir la palabra “ideal” es que, aunque ya hemos comenzado a vivir el Reino de Dios, que
fue inaugurado por Cristo Jesús, todavía no ha sido anunciado a todos los seres humanos ni se haya realizado
en plenitud; anunciar y construir el Reino, en términos generales, es la misión de la Iglesia. Ahora bien, una
de las características o valores de este Reino es la justicia. Pero ¿qué tipo de justicia es la que forma parte del
Reino de Dios?

La justicia es un concepto fundamental para la sociedad civil cuando, normalmente, se hace referencia
a un orden jurídico a través del cual se aplica la ley. Con la justicia se entiende también que a cada uno
se debe dar lo que le es debido. En la Biblia, muchas veces se hace referencia a la justicia divina y a Dios
como juez. Generalmente es entendida como la observación integral de la ley y como el comporta-
miento de todo buen israelita conforme a los mandamientos dados por Dios. Esta visión, sin embargo,
ha conducido no pocas veces a caer en el legalismo, falsificando su sentido originario y oscureciendo
el profundo valor que la justicia tiene. Para superar la perspectiva legalista, sería necesario recordar que
en la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la
voluntad de Dios.

La justicia resulta de un abandonarse a la voluntad de Dios, pero de un Dios cuyo nombre más exacto es «mi-
sericordia». “Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto
último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. […] Misericordia: es la vía que une a Dios y al
hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro
pecado” (Misericordiae vultus, 2). La justicia de Dios es su perdón, pero un perdón absoluto y radical, que se cris-
taliza en la misericordia.

Ahora bien, uno podría pensar que en algunos casos la misericordia podría anular o hasta contradecir a la
justicia; inclusive hasta se podría pensar que el perdón o la misericordia son una forma de injusticia, porque
ocasionan que no se devuelva al injusto o al pecador «lo que se merece». Pero la “misericordia no es contraria
a la justicia sino que expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad
para examinarse, convertirse y creer. La experiencia del profeta Oseas viene en nuestra ayuda para mostrarnos
la superación de la justicia en dirección hacia la misericordia” (Misericordiae vultus, 21). La justicia y la misericordia
“no son dos momentos contrastantes entre sí, sino dos dimensiones de una única realidad que se desarrolla
progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor” (Misericordiae vultus, 20).

Pero la misericordia no es un asunto exclusivo de Dios; como el mismo Evangelio lo señala, todos estamos
llamados a ser misericordiosos: “Sean misericordiosos, como el Padre vuestro es misericordioso” (Lc 6,36). Según
el Evangelio de Mateo, a las personas que practican la misericordia les aguarda una promesa: “Bienaventura-
dos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (5,7). Pero además de esta promesa futura, la
práctica de la misericordia tiene consecuencias en la vida presente. En este sentido, el Evangelio de Mateo

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coloca la bienaventuranza de la justicia inmediatamente antes de la bienaventuranza de la misericordia: “Bien-
aventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (v. 6), lo cual sugiere que la
práctica de la misericordia tiene una estrecha relación con el deseo de justicia, pero también sugiere que este
deseo puede ser plenamente satisfecho solamente a través de la práctica de la misericordia. “Tener hambre
y sed de justicia, significa, pues, no perder nunca el compromiso de una sociedad de hermanos, pero desde
los parámetros del Evangelio. Para este gran desafío es indispensable la misericordia; sin compasión, la justicia
no pasaría de ser un cambio superficial en las relaciones; sin justicia, la misericordia no sería más que un sen-
timentalismo alienante”3.

La justicia por sí misma no basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el ries-
go de destruirla. Por esto Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón. Esto no significa
restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo
que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón. Dios
no rechaza la justicia. Él la engloba y la supera en un evento superior donde se experimenta el amor que
está a la base de una verdadera justicia (Misericordiae vultus, 21).

· La práctica concreta de la misericordia y la construcción de la paz

Incluso ante el riesgo de no advertir el bosque por estar tan interesado en el árbol, nuestro mundo busca lo
concreto, lo palpable, lo tangible, lo manifiesto a los ojos de todos. En este sentido, “la misericordia de Dios
no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual él revela su amor, que es como el de un padre
o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo” (Misericordiae vultus, 6).
“Este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor.
Un amor que se dona gratuitamente” (Misericordiae vultus, 8). Sin embargo, con frecuencia, en nuestra vida diaria,
“ponemos tantas condiciones a la misericordia que la vaciamos de sentido concreto y de significación real, y
esa es la peor manera de licuar el Evangelio. Es verdad, por ejemplo, que la misericordia no excluye la justicia y
la verdad, pero ante todo tenemos que decir que la misericordia es la plenitud de la justicia y la manifestación
más luminosa de la verdad de Dios” (Amoris laetitia, 311).

Otro de los componentes del Reino de Dios proclamado por Cristo Jesús es la paz. Ya el salmo 85 se colocaba
a la paz en un vínculo entrañable con la justicia: “Amor y Verdad se han dado cita, Justicia y Paz se besan” (v.
11). Y en el discurso de las bienaventuranzas del Evangelio de Mateo también aparece la paz relacionada con la
justicia, pero a través de la misericordia. En efecto, entre la bienaventuranza de la justicia (Mt 5,6) y la de la paz
—“Bienaventurados del que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (v. 9)—, se encuentran las
de la misericordia (v. 7) y la de la limpieza de corazón —“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos
verán a Dios” (v. 8)—. Esto puede sugerir que una de las actitudes o características indispensables de quienes
practican la misericordia es la pureza de corazón, es decir, la buena y recta intención, y que esta práctica, que
nace de una necesidad ardiente (tan ardiente como el hambre o la sed) de justicia, se dirige hacia la construc-
ción de un mundo donde reina la paz, es decir, un mundo de hermanos hijos todos de un mismo Padre (“…
porque serán llamados hijos de Dios”).

La historia nos ha mostrado que en la construcción de un mundo en paz, debe andarse previamente por los
caminos de la justicia, pero de una justicia plenificada, como hemos visto, por el perdón y la misericordia. El
Papa Juan Pablo II había insistido ya en que no hay paz sin justicia, pero que tampoco hay justicia sin perdón
(cf. Mensaje para la celebración de la XXXV Jornada Mundial de la Paz). No hay mejores caminos hacia la paz que aquellos
del perdón y la misericordia. ¿Esto es posible? Sí. ¿Es fácil? No. “El perdón por la injusticia sufrida no es fácil,
pero es un camino que la gracia hace posible” (Amoris laetitia, 242).

3 TAPIA BAHENA, Toribio, Misericordia quiero, y no sacrificio. Reflexiones bíblicas sobre la misericordia, México: Obras Misionales Pontificio Episcopales de
México, 2016, p. 157.

19
Tema 1. La misión de la Iglesia y la construcción de la justicia y de la paz

· La misión de la Iglesia y la construcción de la justicia y de la paz

Después de lo que hemos visto, podemos entender con cierta facilidad la siguiente frase del Papa Francisco:
“La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su
medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona” (Misericordiae vultus, 12).

En nuestro tiempo, en el que la Iglesia está comprometida en la nueva evangelización, el tema de la


misericordia exige ser propuesto una vez más con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pas-
toral. Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en
primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en
el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre.

[…] Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras
parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cris-
tianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia (Misericordiae vultus, 12).

Ahora bien, en esta misión propagadora de la misericordia del Padre, la construcción de la justicia y de la paz
tienen un lugar preponderante. En efecto, todos “los pueblos y culturas tienen el derecho a recibir el mensaje
de salvación, que es don de Dios para todos. Esto es más necesario todavía si tenemos en cuenta la cantidad
de injusticias, guerras, crisis humanitarias que esperan una solución. Los misioneros saben por experiencia que
el Evangelio del perdón y de la misericordia puede traer alegría y reconciliación, justicia y paz” (Mensaje para la
Jornada Mundial de las Misiones 2016).

En este Año Jubilar la Iglesia se convierta en el eco de la Palabra de Dios que resuena fuerte y decidida
como palabra y gesto de perdón, de soporte, de ayuda, de amor. Nunca se canse de ofrecer misericor-
dia y sea siempre paciente en el confortar y perdonar. La Iglesia se haga voz de cada hombre y mujer y
repita con confianza y sin descanso: «Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor; que son eter-
nos» (Sal 25,6) (Misericordiae vultus, 25).

20
TEMA 2

EL TESTIMONIO DE VIDA
CRISTIANA: LA PRIMERA
E INSUSTITUIBLE FORMA
DE LA MISIÓN
Tema 2. El testimonio de vida cristiana: la primera e insustituible forma de la misión

El testimonio de vida cristiana es la primera e insustituible forma de la


misión: Cristo, de cuya misión somos continuadores, es el «Testigo» por
excelencia (Ap 1,5; 3,14) y el modelo del testimonio cristiano. El Espíritu
Santo acompaña el camino de la Iglesia y la asocia al testimonio que él
da de Cristo (cf. Jn 15, 26-27).

Redemptoris missio, 42

· La misión comienza con el testimonio

E
n los últimos años, el Santo Padre Francisco nos ha presentado el modelo de Iglesia para estos tiempos:
Iglesia en salida. Este modelo implica, en primer lugar, tomar en serio el claro y contundente mandato
misionero de Cristo a todos sus discípulos: “Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a
toda criatura” (Mc 16,15). “Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19). “Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me
envió el Padre, así también yo os envío” (Jn 20,21). En segundo lugar, el modelo de Iglesia en salida nos exige
reconocer que “salir” ya no puede reducirse únicamente al ámbito geográfico, ya que nuestro mundo se ha
ido transformando en una aldea global, en la que “cerca” y “lejos” quedan relativizados por el desarrollo tec-
nológico y pluricultural.

Es precisamente el mundo cambiante en el que vivimos el que nos interpela a quienes estamos llamados a ser
fieles al mandato de Cristo. Si bien esta es una problemática que todos los bautizados tenemos que resolver
en lo particular de las comunidades eclesiales, es claro que hay una estructura básica a la que no podemos
renunciar. Si bien es verdad que lo concreto de los cómos de la misión habrán siempre de partir de reflexiones
profundas y una espiritualidad sólida, es también cierto que hay un elemento prioritario en la misión de la Igle-
sia que nadie puede pretender suprimir o ni siquiera obviar: el testimonio. Ya el papa Pablo VI había planteado
el testimonio como el primer paso obligado en la evangelización:

La Buena Nueva debe ser proclamada en primer lugar, mediante el testimonio. Supongamos un cristia-
no o un grupo de cristianos que, dentro de la comunidad humana donde viven, manifiestan su capaci-
dad de comprensión y de aceptación, su comunión de vida y de destino con los demás, su solidaridad
en los esfuerzos de todos en cuanto existe de noble y bueno. Supongamos además que irradian de
manera sencilla y espontánea su fe en los valores que van más allá de los valores corrientes, y su espe-
ranza en algo que no se ve ni osarían soñar. (Evangelii nuntiandi, 21).

En este mismo número de la Evangelii nuntiandi el Papa nos plantea la curiosidad que genera un cristiano que
vive en serio y radicalmente el Evangelio, aún sin llegar a anunciarlo explícitamente:

A través de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse, a quienes contemplan su
vida, interrogantes irresistibles: ¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera? ¿Qué es o quién es
el que los inspira? ¿Por qué están con nosotros? Pues bien, este testimonio constituye ya de por sí una
proclamación silenciosa, pero también muy clara y eficaz, de la Buena Nueva. Hay en ello un gesto inicial
de evangelización (Evangelii nuntiandi, 21).

22
Este testimonio de vida, vivida según el Evangelio de Jesucristo plantea preguntas incluso a los mismos cris-
tianos en nuestro actual contexto en el que el proceso de secularización ha llevado a que muchos bautizados
conserven su identidad de fe, por razones a veces meramente culturales más que por convicciones asumidas
profundamente. Por esta razón, hoy más que nunca, es indispensable que los cristianos vuelvan a las fuentes
de su fe, particularmente a la escucha de la Palabra. La escucha y lectura atenta de los evangelios ofrecen no
solamente la garantía de que la propia fe permanece fiel y auténtica, sino también de que el testimonio de vida
es acorde a los valores del Reino anunciado en el Evangelio; el cual ofrece una especie de programa o estilo
de vida, no uniforme ni restrictivo sino alegre y plenificante, que puede ser seguido con ingenio y creatividad
por todos los seres humanos.

El evangelista refiere la enseñanza de Jesús: “Sed misericordiosos, como el Padre vuestro es misericor-
dioso” (Lc 6,36). Es un programa de vida tan comprometedor como rico de alegría y de paz. El imperati-
vo de Jesús se dirige a cuantos escuchan su voz (cf. Lc 6,27). Para ser capaces de misericordia, entonces,
debemos en primer lugar colocarnos a la escucha de la Palabra de Dios. Esto significa recuperar el valor
del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige. De este modo es posible contemplar la misericor-
dia de Dios y asumirla como propio estilo de vida (Misericordiae vultus, 13).

· Solo el testimonio hace creíble el anuncio evangélico

El testimonio tiene una fuerza sobrenatural proveniente del Espíritu Santo que capacita al hombre que acepta
la Buena Nueva y abre su corazón al amor que el Padre tiene a los hombres en su Hijo Jesús. Es por eso que
podemos distinguir el testimonio evangélico de otro tipo de convicciones ideológicas e incluso religiosas. No
es el creyente el que suscita adeptos fanatizados alrededor de conceptos e ideas, sino el mismo Espíritu que
actúa en la comunidad en la que vive quien da testimonio de lo que Dios ha hecho en su vida. Si queremos
ahondar en las diferencias entre un fanático y un testigo hay que decir que un fanático está seguro siempre
de lo que cree y lo que hace mientras que un testigo siempre hace referencia al Evangelio que lo interpela y
lo corrige, para esto hay un texto muy valioso del Papa Juan Pablo II en que se puede apreciar que: “La Iglesia
y los misioneros deben dar también testimonio de humildad, ante todo en sí mismos, lo cual se traduce en la
capacidad de un examen de conciencia, a nivel personal y comunitario, para corregir en los propios compor-
tamientos lo que es antievangélico y desfigura el rostro de Cristo” (Redemptoris missio, 43).

Así, los primeros mártires cristianos fueron llamados semilla de nuevos cristianos, pero no por un momento
particular de valentía que los llevó a aceptar la muerte por su fe, sino por una vida vivida completamente se-
gún el Evangelio, y al igual que Jesús, incluso hasta la muerte. Mártir (palabra griega que significa ‘testigo’) no
es el que muere por su fe sino el que vive por ella, al grado de dar la vida. El enfoque es distinto, no está el
énfasis en la muerte sino en la vida. Por eso, la fuerza del testimonio es una fuerza vital, dinámica, que fructifica.

Recordemos también que la revelación de Dios en Jesús su Hijo, en su tremenda bondad y humildad, pasa
siempre por la mediación de los hombres que han creído en el testimonio de los apóstoles. Todos los creyentes
lo somos no solo por creer en ideas o contenidos de fe, sino por creer en aquellos que nos han transmitido
la fe como testigos: padres, catequistas, sacerdotes, misioneros, etc. Es por eso que el Santo Padre Pablo VI
nos recordaba que “el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que
enseñan -decíamos recientemente a un grupo de seglares-, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan
testimonio” (Evangelii nuntiandi, 41), al igual que San Juan Pablo II: “El hombre contemporáneo cree más a los
testigos que a los maestros; cree más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y los hechos que en las
teorías” (Redemptoris missio, 42).

¿Quiere decir esto que, si no tenemos una vida “perfecta”, no podemos dar este primer paso en la misión lla-
mado “testimonio”? Nuevamente San Juan Pablo II nos responde en la Redemptoris misio: “El misionero que,
aun con todos los límites y defectos humanos, vive con sencillez según el modelo de Cristo, es un signo de
Dios y de las realidades trascendentales. Pero todos en la Iglesia, esforzándose por imitar al divino Maestro,
pueden y deben dar este testimonio, que en muchos casos es el único modo posible de ser misioneros” (42).

23
Tema 2. El testimonio de vida cristiana: la primera e insustituible forma de la misión

Para terminar este aspecto es importante siempre, pero aún con mayor énfasis en este año de la misericordia,
recordar en qué consiste este testimonio, primer paso obligado de la misión y con tanto impacto aún antes
del anuncio explícito:

El testimonio evangélico, al que el mundo es más sensible, es el de la atención a las personas y el de


la caridad para con los pobres y los pequeños, con los que sufren. La gratuidad de esta actitud y de
estas acciones, que contrastan profundamente con el egoísmo presente en el hombre, hace surgir unas
preguntas precisas que orientan hacia Dios y el Evangelio. Incluso el trabajar por la paz, la justicia, los
derechos del hombre, la promoción humana, es un testimonio del Evangelio, si es un signo de atención
a las personas y está ordenado al desarrollo integral del hombre (Redemptoris missio, 42).

· El testimonio nunca es autorreferencial

Innumerables mártires del Evangelio han dado testimonio de la nueva vida en Cristo, de ellos a muchos los
hemos conocido y venerado su recuerdo, muchos más han permanecido en el anonimato, pero todos han
sembrado la semilla del Evangelio en otros hombres y mujeres y han dado un fruto que, sin ser espectacular,
ha sido enriquecedor para la comunidad en donde se encontraban y para el mundo. A veces han logrado
cambios pequeños, a veces cambios mayores, pero siempre han estado

profundamente insertados en la vida de sus pueblos respectivos y son signo del Evangelio incluso por la
fidelidad a su patria, a su pueblo, a la cultura nacional, pero siempre con la libertad que Cristo ha traído
[…] La Iglesia está llamada a dar su testimonio de Cristo, asumiendo posiciones valientes y proféticas
ante la corrupción del poder político o económico; no buscando la gloria o bienes materiales; usando
sus bienes para el servicio de los más pobres e imitando la sencillez de vida de Cristo (Redemptoris
missio, 43).

Un ejemplo reciente de esto, sin pretender desconocer muchos otros ejemplos, ha sido el de las hermanas
misioneras de la caridad de Yemen asesinadas por terroristas del Estado Islámico. Ellas atendían un albergue
con 60 pacientes ancianos ayudadas por trabajadores y voluntarios, de los cuales también murieron doce. Las
hermanas Anselm, de Ranchi, India; Judith de Kenia; Margarita y Reginette de Ruanda murieron no solo por
ser cristianas, sino por el testimonio de vida entregada al servicio de los demás, especialmente de los pobres
y enfermos.

En el reciente mensaje del Santo Padre Francisco por la Jornada Mundial de las Misiones parece hacer eco de
la vida de ellas y de muchos otros que viven por el Evangelio en el servicio a los demás:

Muchos hombres y mujeres de toda edad y condición son testigos de este amor de misericordia, como
al comienzo de la experiencia eclesial. La considerable y creciente presencia de la mujer en el mundo
misionero, junto a la masculina, es un signo elocuente del amor materno de Dios. Las mujeres, laicas o
religiosas, y en la actualidad también muchas familias, viven su vocación misionera de diversas maneras:
desde el anuncio directo del Evangelio al servicio de caridad (Mensaje para la Jornada Mundial de las
Misiones 2016).

Respondamos pues, a el llamado que Jesús hace a todos los bautizados, a ser testigos del amor, no con pala-
bras solamente sino con la vida, de tal manera que podamos anunciar al mundo “el don más hermoso y más
grande que él nos ha dado: su vida y su amor” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2016).

24
TEMA 3

LA FAMILIA MISIONERA:
SÍMBOLO, TESTIMONIO
Y PARTICIPACIÓN DE LA
MATERNIDAD (FECUNDIDAD)
DE LA IGLESIA
Tema 3. La familia misionera: símbolo, testimonio y participación de la maternidad (fecundidad) de la Iglesia

Cuando la familia acoge y sale hacia los demás, especialmente hacia


los pobres y abandonados, es «símbolo, testimonio y participación de
la maternidad de la Iglesia» (Familiaris consortio, 44). El amor social,
reflejo de la Trinidad, es en realidad lo que unifica el sentido espiritual
de la familia y su misión fuera de sí, porque hace presente el kerygma
con todas sus exigencias comunitarias. La familia vive su espiritualidad
propia siendo al mismo tiempo una Iglesia doméstica y una célula vital
para transformar el mundo (cf. Familiaris consortio, 49).

Amoris laetitia, 324.

· La familia en nuestro tiempo

R
ecientemente en nuestro país ha surgido un renovado interés por la cuestión de la familia. En gran parte
la motivación de esto ha sido la integración en las leyes civiles de los llamados “nuevos modelos” de
familia, lo que ha generado diversas reacciones de parte de todos los sectores de la población. No se
pretende aquí retomar el diálogo que ya está presente en la sociedad civil, y en el que la Iglesia como institu-
ción deberá tomar parte activa. Sin embargo, esta situación pone de relieve el hecho de que la familia aparece
como una institución en torno a la cual giran diversas interpretaciones e intereses, lo cual no siempre redunda
en beneficio de la misma.

Por poner un ejemplo, la figura de la paternidad y la maternidad ha sufrido ciertos cambios que responden a
las nuevas formas de vivir y comprender los roles masculino y femenino. Esto, sin querer hacer de la situación
actual una catástrofe, nos presenta el reto de tomar en serio la esencia y rol de la familia, no solo para la Iglesia
sino para la sociedad. Respecto a esto nos decía San Juan Pablo II hace ya 34 años:

La familia, en los tiempos modernos, ha sufrido quizá como ninguna otra institución, la acometida de
las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura. Muchas familias viven
esta situación permaneciendo fieles a los valores que constituyen el fundamento de la institución fa-
miliar. Otras se sienten inciertas y desanimadas de cara a su cometido, e incluso en estado de duda o
de ignorancia respecto al significado último y a la verdad de la vida conyugal y familiar. Otras, en fin, a
causa de diferentes situaciones de injusticia se ven impedidas para realizar sus derechos fundamentales
(Familiaris consortio, 1).

Por eso, la Iglesia siempre ha querido defender a la familia y al matrimonio, un ejemplo de esto es la redacción
de la Familiaris consortio ya mencionada arriba. Además de esto, el acompañamiento que en las parroquias y
por medio de diversos movimientos de pastoral familiar se ha dado a las parejas ya sea antes o después del
matrimonio no puede ser minusvalorado, especialmente porque este acompañamiento ha venido precisa-
mente de otras familias. Nos recordaba San Juan Pablo II:

La Iglesia, consciente de que el matrimonio y la familia constituyen uno de los bienes más preciosos de
la humanidad, quiere hacer sentir su voz y ofrecer su ayuda a todo aquel que, conociendo ya el valor del
matrimonio y de la familia, trata de vivirlo fielmente; a todo aquel que, en medio de la incertidumbre o
de la ansiedad, busca la verdad y a todo aquel que se ve injustamente impedido para vivir con libertad
el propio proyecto familiar (Familiaris consortio, 1).

Recientemente se ha celebrado un Sínodo de los obispos sobre el tema de la familia, que ha desembocado en
una exhortación apostólica del Papa Francisco, la Amoris laetitia, en la que se da orientaciones doctrinales y pas-
torales para ayudar a las familias en el contexto presente, especialmente cuando hay situaciones delicadas o que
requieren un acompañamiento más cercano y cuidadoso. Sin embargo, el Santo Padre es claro al afirmar que

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los cristianos no podemos renunciar a proponer el matrimonio con el fin de no contradecir la sensi-
bilidad actual, para estar a la moda, o por sentimientos de inferioridad frente al descalabro moral y
humano. Estaríamos privando al mundo de los valores que podemos y debemos aportar… Nos cabe
un esfuerzo más responsable y generoso, que consiste en presentar las razones y las motivaciones para
optar por el matrimonio y la familia, de manera que las personas estén mejor dispuestas a responder a
la gracia que Dios les ofrece (Amoris laetitia, 35).

Este esfuerzo de parte de la Iglesia implica el no pretender imponer modelos angelicales para la institución de
la familia, e incluso reconoce que en muchos casos, el hecho que las personas de nuestro tiempo no conside-
ren positivo el matrimonio puede ser en gran medida por la forma en que lo hemos presentado:

Tenemos que ser humildes y realistas, para reconocer que a veces nuestro modo de presentar las con-
vicciones cristianas, y la forma de tratar a las personas, han ayudado a provocar lo que hoy lamenta-
mos, por lo cual nos corresponde una saludable reacción de autocrítica. Por otra parte, con frecuencia
presentamos el matrimonio de tal manera que su fin unitivo, el llamado a crecer en el amor y el ideal
de ayuda mutua, quedó opacado por un acento casi excluyente en el deber de la procreación. Tam-
poco hemos hecho un buen acompañamiento de los nuevos matrimonios en sus primeros años, con
propuestas que se adapten a sus horarios, a sus lenguajes, a sus inquietudes más concretas. Otras
veces, hemos presentado un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, casi artificiosamente
construido, lejano de la situación concreta y de las posibilidades efectivas de las familias reales. Esta
idealización excesiva, sobre todo cuando no hemos despertado la confianza en la gracia, no ha hecho
que el matrimonio sea más deseable y atractivo, sino todo lo contrario (Amoris laetitia, 36).

· Familia como símbolo y testimonio de la maternidad (fecundidad) de la Iglesia

En el concilio Vaticano II, en la Lumen gentium se nos presenta la responsabilidad que la familia tiene como
“Iglesia doméstica”:

Los esposos y padres cristianos, siguiendo su propio camino, mediante la fidelidad en el amor, deben
sostenerse mutuamente en la gracia a lo largo de toda la vida e inculcar la doctrina cristiana y las virtu-
des evangélicas a los hijos amorosamente recibidos de Dios. De esta manera ofrecen a todos el ejemplo
de un incansable y generoso amor, contribuyen al establecimiento de la fraternidad en la caridad y se
constituyen en testigos y colaboradores de la fecundidad de la madre Iglesia, como símbolo y participa-
ción de aquel amor con que Cristo amó a su Esposa y se entregó a Sí mismo por ella (41).

Respecto el Santo Padre Francisco dice algo muy cercano, al grado de casi repetir la idea:

El sacramento es un don para la santificación y la salvación de los esposos, porque «su recíproca per-
tenencia es representación real, mediante el signo sacramental, de la misma relación de Cristo con la
Iglesia. Los esposos son por tanto el recuerdo permanente para la Iglesia de lo que acaeció en la cruz;
son el uno para el otro y para los hijos, testigos de la salvación, de la que el sacramento les hace partí-
cipes (Amoris laetitia, 72).

¿De qué forma entonces es la familia signo y testimonio de la fecundidad de la Iglesia? El mismo Papa Fran-
cisco nos responde: “El matrimonio cristiano es un signo que no solo indica cuánto amó Cristo a su Iglesia en
la Alianza sellada en la cruz, sino que hace presente ese amor en la comunión de los esposos. Al unirse ellos
en una sola carne, representan el desposorio del Hijo de Dios con la naturaleza humana” (Amoris laetitia, 73).

Dicho esto, es siempre conveniente matizar con cuidado lo que hemos visto, la familia es signo y testimonio de
la fecundidad de Cristo y la Iglesia, sin embargo, hay que ser claros en recordar la precariedad de las personas
y la fuerza que viene del Espíritu. Por eso el papa Francisco nos regala dos textos complementarios:

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Tema 3. La familia misionera: símbolo, testimonio y participación de la maternidad (fecundidad) de la Iglesia

No hay que arrojar sobre dos personas limitadas el tremendo peso de tener que reproducir de manera
perfecta la unión que existe entre Cristo y su Iglesia, porque el matrimonio como signo implica «un pro-
ceso dinámico, que avanza gradualmente con la progresiva integración de los dones de Dios (Amoris
laetitia, 122).

Nunca estarán solos con sus propias fuerzas para enfrentar los desafíos que se presenten. Ellos están
llamados a responder al don de Dios con su empeño, su creatividad, su resistencia y su lucha cotidiana,
pero siempre podrán invocar al Espíritu Santo que ha consagrado su unión, para que la gracia recibida
se manifieste nuevamente en cada nueva situación (Amoris laetitia, 74).

· La participación de la familia en la maternidad (fecundidad) de la Iglesia

Para terminar estas breves líneas, es conveniente presentar una forma más “pastoral” acerca de la fecundidad
de la Iglesia en la que participa la familia con su propia fecundidad. La primera de ellas es literalmente con la
fecundidad de la familia cristiana: “El Creador hizo al hombre y a la mujer partícipes de la obra de su creación y,
al mismo tiempo, los hizo instrumentos de su amor, confiando a su responsabilidad el futuro de la humanidad
a través de la transmisión de la vida humana” (Amoris laetitia, 81). Los nuevos hijos de la Iglesia nacen primero
como hijos de la familia cristiana.

En segundo lugar, pero no menos importante, aparece la fecundidad expresada en la educación que dé bases
para un discernimiento vocacional, del que surjan familias o vocaciones específicas al servicio de los demás.
Así lo decía San Juan Pablo II:

Dirijo mi llamada, con particular confianza y afecto, a las familias y a los jóvenes. Las familias y, sobre
todo, los padres han de ser conscientes de que deben dar una contribución particular a la causa mi-
sionera de la Iglesia, cultivando las vocaciones misioneras entre sus hijos e hijas. Una vida de oración
intensa, un sentido real del servicio al prójimo y una generosa participación en las actividades eclesiales
ofrecen a las familias las condiciones favorables para la vocación de los jóvenes. Cuando los padres
están dispuestos a consentir que uno de sus hijos marche para la misión, cuando han pedido al Señor
esta gracia, él los recompensará, con gozo, el día en que un hijo suyo o hija escuche su llamada (Re-
demptoris missio, 80).

El mismo papa Francisco nos recuerda en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2016 la impor-
tancia de las familias y su fecundidad en la misión ad gentes:

Junto a la labor evangelizadora y sacramental de los misioneros, las mujeres y las familias comprenden
mejor a menudo los problemas de la gente y saben afrontarlos de una manera adecuada y a veces
inédita: en el cuidado de la vida, poniendo más interés en las personas que en las estructuras y em-
pleando todos los recursos humanos y espirituales para favorecer la armonía, las relaciones, la paz, la
solidaridad, el diálogo, la colaboración y la fraternidad, ya sea en el ámbito de las relaciones personales
o en el más grande de la vida social y cultural; y de modo especial en la atención a los pobres.

En este sentido, la fecunda maternidad de la Iglesia se verifica en su pronta disposición para «salir», sin de-
moras ni titubeos, hacia todos los ámbitos donde se encuentren los miembros de la gran familia humana para
hacerlos sus hijos. Estos, una vez que han escuchado la Buena Nueva del Reino y que han sido acogidos por
los brazos maternos de la Iglesia, consecuentemente se ven impulsados, a su vez, a “«salir», como discípulos
misioneros, ofreciendo cada uno sus propios talentos, su creatividad, su sabiduría y experiencia en llevar el
mensaje de la ternura y de la compasión de Dios a toda la familia humana” (Mensaje para la Jornada Mundial de las
Misiones 2016).

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TEMA 4

OCUPÁNDONOS DE
NUESTRA CASA COMÚN:
MISIÓN DE LA IGLESIA
E INTEGRACIÓN DE LA CREACIÓN
Tema 4. Ocupándonos de nuestra casa común: misión de la Iglesia e integración de la creación

[…] habrá que interpelar a los creyentes a ser coherentes con su propia
fe y a no contradecirla con sus acciones, habrá que reclamarles que
vuelvan a abrirse a la gracia de Dios y a beber en lo más hondo de
sus propias convicciones sobre el amor, la justicia y la paz. Si una mala
comprensión de nuestros propios principios a veces nos ha llevado
a justificar el maltrato a la naturaleza o el dominio despótico del ser
humano sobre lo creado o las guerras, la injusticia y la violencia, los
creyentes podemos reconocer que de esa manera hemos sido infieles al
tesoro de sabiduría que debíamos custodiar

Laudato si’, 200.

R
ecientemente, el Papa Francisco ha dedicado su última carta encíclica a reflexionar sobre esta “casa co-
mún”, sobre su situación y dignidad, sobre los abusos y descuidos que se han cometido contra ella, sobre
la responsabilidad que todos los seres humanos tenemos respecto a ella y, particularmente, el papel que
nos corresponde desempeñar a los fieles cristianos en el cuidado y amor a la “madre tierra”. Por medio de su
carta encíclica Laudato si’, el Santo Padre hace un llamado para responder inmediatamente ante la urgencia
de esta problemática; un llamado que, no obstante, no se reduce a una mera iniciativa mediambientalista,
sino que se coloca como una consecuencia de la fe cristiana y como una premisa de una profunda teología y
espiritualidad de la creación, lo cual termina afectando también nuestras visiones teológicas del ser humano
como creatura y de Dios como Creador:

El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia
humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pue-
den cambiar. El Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se
arrepiente de habernos creado. La humanidad aún posee la capacidad de colaborar para construir
nuestra casa común. Deseo reconocer, alentar y dar las gracias a todos los que, en los más variados
sectores de la actividad humana, están trabajando para garantizar la protección de la casa que com-
partimos (Laudato si’, 13).

· La creación que “gime y sufre dolores de parto” (Rm 8,22)

En la actualidad no han faltado estudios, diagnósticos y declaraciones en torno a la catastrófica situación en la


que se encuentra nuestro planeta. Si algo sobreabunda actualmente en los medios informativos y de comu-
nicación son los análisis y los diagnósticos. Se tiende a analizarlo y diagnosticarlo todo, hasta el punto de que
“hoy suele hablarse de un «exceso de diagnóstico» que no siempre está acompañado de propuestas supera-
doras y realmente aplicables” (Evangelii gaudium 50). No obstante, la Iglesia tiene la responsabilidad de desarrollar
una “siempre vigilante capacidad de estudiar las señales de los tiempos” (Ecclesiam suam, 19).

El desmedido crecimiento de la mancha urbana sin una planeación adecuada ha vuelto prioritaria la preocu-
pación por la crisis medioambiental. La preservación de los entornos naturales se ha visto fracturada por el
crecimiento de las ciudades o por la proliferación de asentamientos humanos regulares o irregulares. En este
asunto interviene un punto delicado de la política urbana y de vivienda: los cambios de uso de suelo. El hecho
de que la tierra, vista como mercancía, sea el único bien que genera plusvalía sin tocarlo, fomenta la especu-
lación inmobiliaria de la tierra, sin que en ella intervengan criterios ecológicos ni responsabilidades medioam-
bientales, contribuyendo con ello a la deforestación, a la crisis hídrica y a la crisis medioambiental en general.

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La reacción de las sociedades modernas ante los focos rojos que ya ha encendido la crisis medioambiental ha
sido retardada, aletargada o, en varios casos, cínica e indiferente. Ya hay claros indicios de escasez de agua
causada por el estrés hídrico al que se someten varias regiones de nuestro planeta y de nuestro país. Autorida-
des y particulares deben poner en la balanza dos maneras de concebir la tierra: como mercancía inmobiliaria
que genera muchos dividendos o como naturaleza que permite la recarga de los mantos acuíferos y la pre-
servación del clima y de la biodiversidad (de la cual el ser humano forma parte). Pero la sociedad civil entera
debe desarrollar la capacidad de establecer relaciones armónicas y amigables con el medioambiente, dejar de
dañarlo y velar por su conservación.

· De una visión general del ‘mundo’ y la ‘naturaleza’ a la idea cristiana de ‘creación’

Uno de los distintivos del cristianismo es la concepción del mundo y la naturaleza no solo como entorno del
ser humano, como su hábitat o su medio ambiente, sino como su casa —en griego: ‘οἴκος’ (oíkos)—, como
ese hogar que se esfuerza por comprender (ecología) y que busca administrar (economía). En el cristianismo,
el mundo y la naturaleza son vistos ciertamente como casa, pero también como creación. La naturaleza es
creada por Dios, es decir, tiene un origen divino. Esta fue una de las novedades del cristianismo en el mundo
antiguo clásico: para las religiones tradicionales de ese entonces, particularmente en el mundo griego, la idea
de la creación era prácticamente desconocida; el mundo y la materia eran eternos o fueron formándose a
partir de la combinación de elementos materiales primordiales como el agua, el aire, la tierra y el fuego. Para
la tradición judío cristiana, no había nada antes de la creación del mundo, y Dios precisamente creó el mundo
ex nihilo, es decir, a partir de la nada.

Pero no solo eso: los cristianos creemos también que Dios creó a la naturaleza no abandonándola a su suerte,
sino manteniendo su acción presente en ella; el Dios del cristianismo es un Dios preocupado por la naturaleza,
que es su creación, y por eso la conserva y la mantiene providentemente con su fuerza y energía, con sus
procesos dinámicos y con su vitalidad, y la dirige hacia un fin último y pleno que está de acuerdo con su divina
voluntad. A esto nos referimos cuando usamos las palabras ‘conservación’ (cuando Dios conserva a su crea-
ción), ‘plan’ o ‘gobierno’ (cuando Dios dirige a su creación) y ‘providencia’ (cuando Dios cuida de su creación
para que pueda dirigirse hacia su fin).

Ahora bien, en el cristianismo, la visión en torno a la creación y la manera como Dios se relaciona atenta y
providentemente con ella está estrechamente relacionada con la manera de ver y concebir al ser humano. La
tradición judeo-cristiana ha basado la idea de la dignidad humana en la creencia fundamental de que el ser
humano ha sido creado a imagen y semejanza de su Creador. “El ser humano, creado a imagen y semejanza
de Dios, también posee una altísima dignidad que no podemos pisotear y que estamos llamados a respetar y
a promover” (Aparecida, 464). Haber sido creado a imagen y semejanza de Dios coloca al ser humano en medio
de una relación particular que afecta a su naturaleza y que puede ser leída al menos en dos sentidos: 1) por un
lado, en lo que toca a la relación con Dios y, 2) por otro lado, en lo que toca a la relación con los demás seres
de la creación. En el sentido primero, aunque el texto bíblico no dice en qué consiste con precisión esa ‘imagen’
y esa ‘semejanza’, sí supone claramente que la naturaleza del ser humano en virtud de ellas está dotada de una
afinidad o proximidad tal que le permite entrar activamente en una relación con su Creador; en el segundo
sentido, esa ‘imagen’ y esa ‘semejanza’ distinguen al ser humano de los demás animales y en virtud de ellas él
tiene dominio sobre los demás seres vivos, como reza el resto del versículo 26 y los 28ss. Pero “sería equivo-
cado pensar que los demás seres vivos deban ser considerados como meros objetos sometidos a la arbitraria
dominación humana. Cuando se propone una visión de la naturaleza únicamente como objeto de provecho
y de interés, esto también tiene serias consecuencias en la sociedad” (Laudato’si, 82). Una equivocada lectura de
los pasajes bíblicos mencionados ha generado un antropocentrismo despótico o desviado, muy fomentado en
la modernidad, que ha derivado en una consideración de la naturaleza como un cúmulo de recursos que yace
a los pies del ser humano, dispuestos a ser utilizados y explotados como a él mejor le plazca. Pero, en realidad,
“la Biblia no da lugar a un antropocentrismo despótico que se desentienda de las demás criaturas” (Laudato’si, 68).

31
Tema 4. Ocupándonos de nuestra casa común: misión de la Iglesia e integración de la creación

Por otro lado, frente a la visión desviada, parcial y, muchas veces, conveniente, que intenta justificar una re-
lación utilitarista y despótica entre el ser humano y el resto de la creación, una lectura cuidadosa de la Biblia
abre, por otro lado, muchas implicaciones teológicas que se dirigen a una dirección distinta, más responsable
y, en realidad, más acorde con el conjunto de los principios evangélicos y de la fe cristiana: por un lado, se
plantea el hecho de que la dignidad del ser humano es un eco y resonancia del acto creador de Dios (teología
fundamental), quien lo crea esencialmente religado consigo mismo y, por eso, con una vocación trascendente
(antropología teológica); se trata de un ser humano llamado a mostrar esa dignidad en un actuar responsable
(teología moral) de sus semejantes y de los demás seres vivos, y con la capacidad de celebrar, alabar (teolo-
gía litúrgica) y agradecer libremente a Dios (teología espiritual) exclamando: “qué es el hombre para que te
acuerdes de él” (Sal 8,5).

· Un pecado que atenta contra la creación de Dios

Desde esta perspectiva más integral de la fe cristiana respecto de la creación, podemos entender que la actual
situación en la que se encuentra nuestro planeta es el resultado no solamente de un inocente descuido o de
una ‘falla de cálculo’, sino que es en realidad una falta moral y un pecado grave del cual los seres humanos
somos responsables:

Tampoco podemos olvidar la degeneración que el pecado introduce en la sociedad cuando el ser hu-
mano se comporta como tirano ante la naturaleza, devastándola, usándola de modo egoísta y hasta
brutal. Las consecuencias son al mismo tiempo la desertificación del suelo (cf. Gn 3,17-19) y los desequi-
librios económicos y sociales, contra los cuales se levanta con claridad la voz de los profetas, desde Elías
(cf. 1 R 21) hasta llegar a las palabras que el mismo Jesús pronuncia contra la injusticia (cf. Lc 12,13-21;
16,1-31) (Amoris laetitia, 26).

Ahora bien, como cualquier otro pecado, las consecuencias del pecado que hemos cometido contra nuestra
“hermana tierra” terminan resintiéndose en todas las demás esferas de nuestra vida, afectando particularmente
nuestra relación con nuestros semejantes y, en último término, con Dios, que es el Señor de la vida y Creador
de todo cuanto existe.

El descuido en el empeño de cultivar y mantener una relación adecuada con el vecino, hacia el cual ten-
go el deber del cuidado y de la custodia, destruye mi relación interior conmigo mismo, con los demás,
con Dios y con la tierra. Cuando todas estas relaciones son descuidadas, cuando la justicia ya no habita
en la tierra, la Biblia nos dice que toda la vida está en peligro. Esto es lo que nos enseña la narración so-
bre Noé, cuando Dios amenaza con exterminar la humanidad por su constante incapacidad de vivir a la
altura de las exigencias de la justicia y de la paz: «He decidido acabar con todos los seres humanos, por-
que la tierra, a causa de ellos, está llena de violencia» (Gn 6,13). En estos relatos tan antiguos, cargados
de profundo simbolismo, ya estaba contenida una convicción actual: que todo está relacionado, y que
el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de
la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás (Laudato si’, 70).

· Misión de la Iglesia y cuidado de la creación

El Evangelio de Marcos presenta el mandato misionero con un horizonte universal: “Luego les dijo: «Id por
todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (16,15). A partir de esto, puede inferirse, por
una parte, que el destinatario de la Buena Nueva es la creación; la misión de la Iglesia es, en consecuencia,
una misión universal en el sentido más radical de la palabra: no solo incumbe a los seres humanos, sino a la
creación entera. Por otra parte, un descuido o, peor aún, un pecado cometido contra la creación no solamen-
te deja a la misión de la Iglesia incompleta o parcializada, sino que la contradice totalmente. La emergente

32
crisis medioambiental nos afecta a todos, pero particularmente a las personas más pobres y desfavorecidas;
cuando atentamos voluntaria o involuntariamente contra la naturaleza terminamos atentando también contra
los pobres, y no hay mayor contradicción en la misión de la Iglesia, pues “hoy y siempre, «los pobres son los
destinatarios privilegiados del Evangelio» (Benedicto XVI), y la evangelización dirigida gratuitamente a ellos es
signo del Reino que Jesús vino a traer. Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra
fe y los pobres” (Evangelii gaudium, 48). Desde esta perspectiva, “[…] hoy no podemos dejar de reconocer que un
verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discu-
siones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres” (Laudato si’, 49).

A lo largo de la historia del cristianismo figuran varias personas ejemplares en los que prevalece una unidad
integral y coherente en los compromisos y responsabilidades que tiene el ser humano hacia la creación, hacia
sus semejantes y hacia Dios. Uno de ellos es San Francisco de Asís. “En él se advierte hasta qué punto son
inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la
paz interior” (Laudato si’, 10). En este entendido, el Papa Francisco nos exhorta a

abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia
el mundo moderno dramáticamente crea. ¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen
en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha
debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos (Misericordiae vultus, 15).

La creación y la conservación providente de la naturaleza son creencias que distinguen a la fe cristiana, ¿pero
son también distintivos de los cristianos, es decir, del proceder de los cristianos? ¿Se puede reconocer a los
cristianos por vivir conforme a su creencia en el amor de Dios por sus creaturas, por vivir en sintonía con su
fe en ese amor que crea y recrea providentemente? Si es así, ¿a qué se debe entonces la actual «emergencia
ecológica»?, ¿a qué se debe que la naturaleza esté al borde del desastre —o más bien que ya se encuentre
en él—?, ¿a qué se debe el ecocidio sistemático y permanente que ha caracterizado a la relación que las so-
ciedades surgidas de la modernidad occidental han tenido con la naturaleza? ¿Acaso quienes han vivido en
esas sociedades no son mayoritariamente personas cristianas? El Papa Francisco nos invita a que nos hagamos
este tipo de cuestionamientos en orden a replantearnos nuestra fe y a buscar una mayor congruencia con ella:

[…] habrá que interpelar a los creyentes a ser coherentes con su propia fe y a no contradecirla con sus
acciones, habrá que reclamarles que vuelvan a abrirse a la gracia de Dios y a beber en lo más hondo de
sus propias convicciones sobre el amor, la justicia y la paz. Si una mala comprensión de nuestros pro-
pios principios a veces nos ha llevado a justificar el maltrato a la naturaleza o el dominio despótico del
ser humano sobre lo creado o las guerras, la injusticia y la violencia, los creyentes podemos reconocer
que de esa manera hemos sido infieles al tesoro de sabiduría que debíamos custodiar (Laudato si’, 200).

El actual cataclismo medioambiental debe replantear la autenticidad de nuestro cristianismo, y, en particular, si


el antropocentrismo que lo caracteriza es correctamente entendido. ¿Acaso esa opción fundamental que Dios
ha mostrado por la humanidad implica que se conciba a la naturaleza exclusivamente como un conjunto de
recursos dispuestos para su utilización y explotación? ¿Con ello no se degrada y se minusvalora a la creación?
Dios es Señor de la vida, de esa vida que también está en la naturaleza, de esa fuerza e impulso vital que la
mantiene casi milagrosamente, si es que consideramos los descomunales atentados que las sociedades mo-
dernas han dirigido contra ella.

Aun cuando en la encíclica Laudato si’ no faltan denuncias ante los abusos y los atentados cometidos contra
nuestra casa común, muchas veces justificados por afanes de ambición, egoísmo o irresponsabilidad, el lla-
mado que hace el Santo Padre Francisco se localiza en el marco de la esperanza y de la fe en Dios, pues si
él “pudo crear el universo de la nada, puede también intervenir en este mundo y vencer cualquier forma de
mal. Entonces, la injusticia no es invencible” (Laudato si’, 74). En este sentido, cuando buscamos colocar nuestra
misión en el horizonte de la esperanza, los discípulos misioneros deben comenzar a ver el mundo y la historia

33
Tema 4. Ocupándonos de nuestra casa común: misión de la Iglesia e integración de la creación

no solamente con ojos críticos atentos al presente, sino también con ojos de esperanza preocupados por el
futuro, y asumir ciertos compromisos y responsabilidad. Así, cuando

pensamos en la situación en que se deja el planeta a las generaciones futuras, entramos en otra lógica,
la del don gratuito que recibimos y comunicamos. Si la tierra nos es donada, ya no podemos pensar
solo desde un criterio utilitarista de eficiencia y productividad para el beneficio individual. No estamos
hablando de una actitud opcional, sino de una cuestión básica de justicia, ya que la tierra que recibimos
pertenece también a los que vendrán. Los obispos de Portugal han exhortado a asumir este deber de
justicia: «El ambiente se sitúa en la lógica de la recepción. Es un préstamo que cada generación recibe
y debe transmitir a la generación siguiente» (Carta pastoral Responsabilidade solidária pelo bem comum
15 septiembre 2003, 20) (Laudato si’, 159).

Finalmente, unamos nuestras voces a la del Papa Francisco y elevémoslas al Dios vivo y misericordioso, Señor
de la vida y de la historia, que hizo el cielo y la tierra, y todo cuanto hay en ella, y hagamos la oración que
nuestro Santo Padre nos propone en su Laudato si’, 246:

· Oración por nuestra tierra

Dios omnipotente,
que estás presente en todo el universo
y en la más pequeña de tus creaturas,
Tú, que rodeas con tu ternura todo lo que existe,
derrama en nosotros la fuerza de tu amor
para que cuidemos la vida y la belleza.
Inúndanos de paz, para que vivamos como hermanos y hermanas
sin dañar a nadie.
Dios de los pobres,
ayúdanos a rescatar
a los abandonados y olvidados de esta tierra
que tanto valen a tus ojos.
Sana nuestras vidas,
para que seamos protectores del mundo
y no depredadores,
para que sembremos hermosura
y no contaminación y destrucción.
Toca los corazones
de los que buscan solo beneficios
a costa de los pobres y de la tierra.
Enséñanos a descubrir el valor de cada cosa,
a contemplar admirados,
a reconocer que estamos profundamente unidos
con todas las creaturas
en nuestro camino hacia tu luz infinita.
Gracias porque estás con nosotros todos los días.
Aliéntanos, por favor, en nuestra lucha
por la justicia, el amor y la paz.

34
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
POR LA EVANGELIZACIÓN
DE LOS PUEBLOS
Celebración Eucarística por la Evangelización de los Pueblos

· Monición de entrada

H
oy celebramos la Jornada Mundial de las Misiones, denominada DOMUND a nivel mundial y en los
países de habla hispana— es una llamada a todos los cristianos del mundo a colaborar desde su condi-
ción en el anuncio de la Buena Nueva. La Obra Misional Pontificia de la Propagación de la Fe convoca
actualmente a todo el pueblo Dios a participar en esta jornada, pero este llamado tiene su raíz más profunda
en el mandato misionero: Jesús después de resucitado se les apareció a los discípulos y les dijo: “Id por todo el
mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación...” (Mc 16, 15). Respondiendo a este mandato, ya en los
tiempos de las primeras comunidades cristianas, se han presentado algunas formas por medio de las cuales
los cristianos han cooperado en el anuncio de la Buena Nueva.

Concretamente, la Jornada Mundial de las Misiones, tiene su origen próximo en las iniciativas de cooperación
misionera en el siglo XIX, por un conjunto de laicos dirigidos por la Venerable Marie-Pauline Jaricot (1799-
1862), recaudando fondos a favor de las misiones y de orar diariamente por la conversión de los no-cristianos,
por la perseverancia en la fe de parte de los católicos y por la prosperidad de las comunidades cristianas en
los territorios extranjeros de misión. En Pauline Jaricot poco a poco iba madurando la idea de hacer que todos
los cristianos se comprometieran con la ayuda a todas las misiones, sin distinción alguna.

De esta manera, el DOMUND: “Orienta a sensibilizar sobre el problema misionero, así como a recoger los do-
nativos de todo el pueblo de Dios, esto es una cita importante en la vida de la Iglesia, porque enseña cómo se
ha de dar: como ofrenda a Dios, y para todas las misiones del mundo” (Redemptoris missio, 81).

Monitor:
Antífona de entrada (cf. Sal 104,3-4.5)

Del nombre del Señor enorgullézcanse y alégrese el corazón de los que lo buscan. Busquen al Señor y serán
fuertes. Recuerden las maravillas que han hecho.

· RITOS INICIALES
(del Ordinario de la Misa, Misal romano, pp. 457-475)

Saludo
S: En el nombre del padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

P: Amén.

S: La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos
ustedes.

P: Y con tu espíritu.

Acto penitencial

S: El Señor Jesús, que nos invita a la mesa de la Palabra y de la Eucaristía, nos llama ahora a la conversión.
Reconozcamos, pues, que somos pecadores e invoquemos con esperanza la misericordia de Dios.

S: Tú que eres el camino que conduce al Padre: Señor, ten piedad.

P: Señor, ten piedad.

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S: Tú que eres la verdad que ilumina a los pueblos: Cristo, ten piedad.

P: Cristo, ten piedad.

S: Tú que eres la vida que renueva el mundo: Señor, ten piedad.

P: Señor, ten piedad.

S: Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.

P: Amén.

Gloria

Oración colecta

S: Oremos. Dios nuestro, que con el poder del Espíritu Santo enviaste a aquel que es tu Palabra para evangeli-
zar a los pobres, haz que nosotros, teniendo los ojos fijos en él, vivamos siempre con verdadera caridad, como
mensajeros y testigos de su Evangelio en todo el mundo.

Por nuestro Señor Jesucristo...

P: Amén.

· LITURGIA DE LA PALABRA
(del Ordinario de la Misa, Misal romano, pp. 476-480 y 1344-1364; lecturas tomadas de la Misa por la
Evangelización de los Pueblos, Leccionario III: Propio de los Santos y Otras Misas, pp. 256-258)

Monitor:

Primera lectura
Lectura del libro de Isaías (60,1-6)
Caminarán los pueblos a tu luz.

Levántate y resplandece, Jerusalén,


porque ha llegado tu luz
y la gloria del Señor alborea sobre ti.
Mira: las tinieblas cubren la tierra
y espesa niebla envuelve a los pueblos;
pero sobre ti resplandece el Señor
y en ti se manifiesta su gloria.
Caminarán los pueblos a tu luz
y los reyes, al resplandor de tu aurora.

Levanta los ojos y mira alrededor:


todos se reúnen y vienen a ti;
tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos.
Entonces verás esto radiante de alegría;
tu corazón se alegrará, y se ensanchará,
cuando se vuelquen sobre ti los tesoros del mar
y te traigan las riquezas de los pueblos.

37
Celebración Eucarística por la Evangelización de los Pueblos

Te inundará una multitud de camellos y dromedarios,


procedentes de Madián y de Efá.
Vendrán todos los de Sabá
trayendo incienso y oro
y proclamando las alabanzas del Señor.

Palabra de Dios.

P: Te alabamos Señor.

(Otras lecturas propuestas: Is 2,1-5: Confluirán todas las naciones al monte del Señor; Is 56,1.6-7: Mi casa
será casa de oración para todos los pueblos; Jon 3,10-4,11: ¿No voy a tener lástima de Nínive?; Zac 8,20-23:
Vendrán numerosos pueblos a buscar al Señor en Jerusalén)

Salmo responsorial
Sal 116 (R.: 2)
R: Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio.

Que alaben al Señor todos los pueblos,


que todas las naciones lo festejen. R.

Porque grande es su amor hacia nosotros


y su fidelidad dura por siempre. R.

(Otros salmos propuestos: 18: R: El mensaje del Señor llega a toda la tierra; 66: R: Que te alaben, Señor,
todos los pueblos; o bien: R: Todos los pueblos de la tierra conocerán tu salvación; 95: R: Cantemos la
grandeza del Señor; o bien: R: Vayan por todo el mundo, aleluya, y enseñen a todas las naciones, aleluya;
97: R: El Señor nos ha mostrado su amor y su lealtad; o bien: R: Toda la tierra ha visto al Salvador)

Monitor:

Segunda lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo (2,1-8)
Dios quiere que todos los hombre se salven.

Te ruego, hermano, que ante todo se hagan oraciones, plegarias, súplicas y acciones de gracias por todos los
hombres, y en particular, por los jefes de Estado y las demás autoridades, para que podamos llevar una vida
tranquila y en paz, entregada a Dios y respetable en todo sentido.

Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro salvador, pues él quiere que todos los hombres se salven y todos
lleguen al conocimiento de la verdad, porque no hay sino un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los
hombres, Cristo Jesús, hombre él también, que se entregó como rescate por todos.

Él dio testimonio de esto a su debido tiempo y de esto yo he sido constituido, digo la verdad y no miento,
pregonero y apóstol para enseñar la fe y la verdad.

Quiero, pues, que los hombres, libres de odios y divisiones, hagan oración dondequiera que se encuentren,
levantando al cielo sus manos puras.

Palabra de Dios.

P: Te alabamos Señor.

38
(Otras lecturas propuestas: Hech 1,3-8: Ustedes serán mis testigos hasta los últimos rincones de la tierra;
Hech 11,19-26: Comenzaron a predicar también a los griegos la buena nueva del Señor Jesús; Hech 13,46-
49: Ahora nos dirigiremos a los paganos; Rom 10,9-18: ¿Cómo van a oír hablar de él, si no hay nadie que
se los anuncie? ¿Y cómo va a haber quienes se lo anuncien, si no son enviados?; Ef 3,2-12: Se ha revelado
actualmente el misterio de Cristo, que consiste en que los paganos son partícipes de la misma promesa)

Monitor:

Aleluya

Aleluya, Aleluya.

Aleluya, Aleluya.

Evangelio
Lectura del santo Evangelio según san Mateo (28,16-20)
Vayan y enseñen a todas las naciones

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado.
Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban.

Entonces Jesús se acercó a ellos y les dijo: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues,
y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y ense-
ñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta
el fin del mundo”.

Palabra del Señor.

P. Gloria a ti Señor Jesús.

(Otros Evangelios propuestos: Mc 16,15-20: Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio; Lc 24,44-
53: Era necesario que se predicara a todas las naciones la necesidad de volverse a Dios para el perdón de
los pecados; Jn 11,45-52: Jesús debía morir para congregar en la unidad a los hijos de Dios, que estaban
dispersos; Jn 17,11.17-23: Así como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo)

Líneas para la homilía

(tomado de TAPIA BAHENA, Toribio, “Enviados para hacer discípulos (Mt 28,16-20)”, en Del seguimiento
al testimonio. Itinerarios de encuentro con la Palabra a través de la Lectio Divina: ciclo C, México: Obras
Misionales Pontificio Episcopales, 2012, pp. 321-323)

La misión de Mt 28,16-20 recapitula muchos de los contenidos del Evangelio y los lleva a su culmen: así, por
ejemplo, desde la “montaña” de Galilea comienza una proclamación que va más allá de los límites de Israel
(véase en contraste 10,5b), la mención del bautismo se refiere al nuevo nacimiento de la Iglesia en su acción; ahora
los discípulos se responsabilizan de lo que había hecho su Maestro; tienen la garantía de que está con ellos
para siempre.

En segundo lugar, los discípulos son enviados por el Señor Resucitado, es decir, glorificado. La resurrección
de Jesucristo marca una nueva era; su presencia espiritual pero igualmente efectiva responsabiliza a los discí-
pulos de que continúen con su misión; más que dueños del campo (cf. 9,37-38) son responsables. Su presencia

39
Celebración Eucarística por la Evangelización de los Pueblos

es directa y efectiva1. La compañía del Señor es “todos los días hasta el fin del mundo”, es decir, siempre y en
cualquier circunstancia.

En tercer lugar, el envío que hace el Resucitado no se limita a los “Once” (cf. 28,16); es un mandato que, de
alguna manera, rebasa las fronteras temporales y personales invitando al lector u oyente del Evangelio a que
participe de esta responsabilidad. El lector de todos los tiempos se siente interpelado a participar de la misión
del Señor de hacer discípulos a todas las gentes (v. 19).

En cuarto lugar, pongamos atención en los tres encargos que hace el Resucitado a los enviados.

“Hagan discípulos a todas las gentes”. “Hacer discípulos” (en griego matheteuo)2 significa convencer a otros de
que sean seguidores de Jesús (como el caso de José de Arimatea: 27,57). La referencia principal de esta acción
es Jesucristo; si ser discípulo es seguir a Jesús, “hacer discípulos” es adherir a otros a Jesús, animarlos para que
se encuentren con Él. No hay límites; las fronteras se superan, las barreras se eliminan, los prejuicios se olvidan;
toda persona, sin excepción, está en posibilidades de ser un auténtico discípulo de Jesús.

“Bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. El verbo “bautizar” por su trasfondo
judío y por la raíz de la que proviene significa: “introducirse en algo”, “sumergirse”, “compenetrarse”, “llenarse”.
En este sentido, aunque el verbo bautizar estuviera haciendo referencia a un rito cristiano (el sacramento del
bautismo) tiene en sí mismo una idea fundamental: la consagración. Por esto, el encargo de bautizar (es decir,
consagrar, introducir) solo se entiende en relación con la Trinidad, con la participación de la vida de Dios.

“Enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado”. El verbo “enseñar” significa “instruir” pero sobre todo
acompañar. Jesús aparece en muchas ocasiones enseñando (cf. 4,23; 5,2; 9,35; 11,1; 13,34; 21,23; 26,55); lo hacía con
autoridad y no como los escribas y fariseos (cf. 7,29).

Esto significa que los enviados no deben enseñar de cualquier modo ni sobre cualquier cosa. El mandato
supone un modo de enseñar, o mejor aún, de acompañar al estilo de Jesús. Ahora bien, este encargo supone
un matiz: guardar lo que él ha mandado; es decir, observar, cumplir, hacer vida, lo que Jesús dice en todo el
evangelio de Mateo; con mucha seguridad el texto se refiere a la mayor parte de instrucciones que aparecen
agrupadas de manera tan peculiar en Mateo: lo que ha sido llamado “el discurso evangélico” (5,1-7.29), “la pre-
dicación del Reino de los Cielos” (8,1-10.42), “el misterio del Reino de los Cielos” (11,1-12.50), “el discurso parabólico”
(13,1-52).

En quinto lugar, sorprende gratamente el cierre del Evangelio: “yo estoy con ustedes todos los días hasta el
fin del mundo” (v. 20). Desde el comienzo del Evangelio se había dejado claro que el Mesías que nacería iba a
ser llamado Emmanuel, es decir, “Dios con nosotros” (1,23). Esto se deja sentir a lo largo de todo el Evangelio
a través de las palabras y acciones de Jesús. Los discípulos son débiles y hasta dudan, aunque lo reconocen
(cf. 28,17). Pero precisamente porque la tarea es grande y el discípulo limitado es indispensable la presencia
permanente del Señor Resucitado.

1 Mateo enfatiza el acompañamiento directo por parte del Resucitado; Lucas, en cambio, afirma que lo hará a través de su Espíritu (cf. 24,49).

2 Este verbo lo usa especialmente Mateo; aparece tres veces en este evangelio (Mt 13,52; 27,57; 28,19).

40
Credo

Oración universal u oración de los fieles

Elevemos, hermanos, nuestras súplicas a Dios Padre de misericordia, y oremos por todos los hombres.
Digámosle confiadamente: Te rogamos, Señor.

R: Te rogamos, Señor.

• Por la Iglesia, para que sea verdaderamente sacramento de salvación para el mundo, y trabaje incan-
sablemente en el anuncio de la Buena Nueva.

• Por el Santo Padre Francisco, para que su testimonio de vida nos aliente a encontrarnos con Cristo y
a vivir en comunión con nuestros hermanos.

• Por todas las personas del mundo, especialmente las que no te conocen, y que incluso te rechazan,
para que abras su mente y su corazón a tu Palabra, Jesucristo.

• Por los gobernantes y quienes manejan el poder económico y social, para que, iluminados por tu
amor, promuevan la justicia, el desarrollo humano y la paz.

• Por los pueblos y culturas que no han oído aún el Evangelio, para que suscites misioneros en medio
de tu Pueblo, que con valentía hagan entrega generosa de sí mismos.

• Por todos los misioneros, para que lleguen a ser testigos fieles de tu amor, y con esperanza planten la
semilla del Evangelio, en todos los lugares donde se encuentren.

• Por todos nosotros, para que ampliemos los límites de nuestra fe, y asumamos con un corazón uni-
versal el compromiso misionero de nuestro bautismo saliendo al encuentro del otro.

• Por todos los hombres y mujeres de la tierra, para que en el ejemplo de la santísima Virgen María
encontremos caminos para ser auténticos discípulos y misioneros tuyos.

S: Te pedimos, Padre de misericordia, que ilumines benignamente a tu familia; para que, adhiriéndose a cuanto
te agrada, obtenga de ti toda clase de bienes. Por Jesucristo nuestro Señor.

P: Amén.

· LITURGIA EUCARÍSTICA
(del Ordinario de la Misa, Misal Romano, pp. 481-589)

Oración sobre las ofrendas

Te rogamos, Señor, que santifiques estos dones y acojas, en tu bondad, nuestra humilde ofrenda para que
nuestros cuerpos se conviertan en oblación viva, santa y agradable a ti y nos concedas servirte, no según la
antigua condición del hombre, sino en novedad de vida, según tu Espíritu.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

P: Amén.

41
Celebración Eucarística por la Evangelización de los Pueblos

PREFACIO DOMINICAL VIII

La Iglesia unificada por virtud y a imagen de la Trinidad

S: El Señor esté con ustedes


P: Y con tu espíritu.
S. Levantemos el corazón.
P. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
S. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
P. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario,


es nuestro deber y salvación darte gracias
siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.

Porque quisiste reunir de nuevo,


por la Sangre de tu Hijo y la acción del Espíritu Santo,
a los hijos dispersos por el pecado;
para que tu pueblo,
congregado a imagen de la unidad trinitaria,
fuera reconocido como Iglesia,
cuerpo de Cristo y templo del Espíritu,
para alabanza de tu sabiduría infinita.

Por eso, unidos a los coros angélicos,


te aclamamos llenos de alegría, diciendo:

Santo, Santo, Santo...

Plegaría Eucarística III.


(del Ordinario de la Misa, Misal Romano, pp. 575-582).

· RITO DE COMUNIÓN
(del Ordinario de la Misa, Misal Romano, pp. 590-595).

Antífona de la comunión (cf. Lc 4,18,19)

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para procla-
mar el año de gracia del Señor y el día de la redención.

Oración después de la comunión

Renovados espiritualmente con el alimento precioso del Cuerpo y de la Sangre de tu Hijo, te rogamos, Señor,
que transformes nuestro corazón y nos concedas un espíritu nuevo, para que, con perseverancia, caminemos
por sendas de vida nueva. Por Jesucristo, nuestro Señor.

P: Amén.

42
· RITOS DE CONCLUSIÓN
(del Ordinario de la Misa, Misal Romano, pp. 598-597)

Monitor: Que esta celebración Eucarística nos impulse a darle un sentido misionero a nuestras acciones
eclesiales y a nuestra vida cotidiana; pidamos a Jesús que nos abra el corazón para ampliar los límites de
nuestra fe y salgamos siempre más allá de nuestra comodidad y confort. Que seamos verdaderamente
Iglesia Universal para los pueblos y culturas del mundo.

S. El Señor esté con ustedes.

P. Y con tu espíritu.

S. Dios y Padre nuestro, escucha a los que te suplican y defiende bondadoso a los que ponen su esperanza en
tu misericordia, para que tus fieles perseveren en el camino de la santidad y, consiguiendo lo necesario para
su vida temporal, lleguen a ser herederos para siempre de tu promesa. Por Jesucristo, nuestro Señor.

P. Amén.

S. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes.

P. Amén.

S: La alegría del Señor sea nuestra fuerza. Podemos ir en paz.

P: Demos gracias a Dios.

43
HORA SANTA
El coro entona un canto de adoración haciendo participar al pueblo.
En este momento entra el sacerdote o el ministro revestido para la Hora Santa y expone al Santísimo
para la adoración.

· CANTO DE EXPOSICIÓN

Canto de adoración todos de rodillas

Coro:

Dios está aquí


tan cierto como el aire que respiro,
tan cierto como la mañana se levanta,
tan cierto como yo te hablo
y me puedes oír.

Jesús está aquí. Tan cierto como…


Jesús está en mí. Tan cierto como…
Jesús está en ti. Tan cierto como…

Ministro:

Señor Jesús, Dios de la Vida, en esta mañana en la que tú nos convocas, estamos aquí como Iglesia de América,
como Iglesia misionera, queremos adorarte, queremos permanecer en tu presencia, queremos escucharte.

Lector:

Jesús se acercó a ellos y les habló así: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; vayan, pues, y
hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y en-
señándoles a guardar todo lo que yo les he mandado. Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta
el fin del mundo” (Mt 28, 18-20). Palabra de Dios

Momento de silencio

· ACCIÓN DE GRACIAS

Niño 1
Jesús Eucaristía, Pan partido para dar vida al mundo, gracias porque nos has llamado a seguirte, porque nos
invitas constantemente a escucharte, a permanecer a tu lado, a compartir la vida contigo.

Todos: ¡Gracias, Señor!

Niño 2
Jesús Eucaristía, Pan partido para dar vida al mundo, gracias porque nos llamas a la conversión, dándonos
la fuerza para dejarlo todo e ir tras de Ti, cambiando nuestra forma de pensar y de vivir, aceptando la cruz
de cada día, que es tu misma cruz; en la conciencia de que morir es alcanzar la vida.

Todos: ¡Gracias, Señor!

45
Hora Santa misionera

Niño 3
Jesús Eucaristía, Pan partido para dar vida al mundo, gracias porque nos llamas a conocerte, amarte y
servirte; porque nos acompañas a través de la vida sacramental fortaleciendo nuestra conversión inicial.

Todos: ¡Gracias, Señor!

Niño 4
Jesús Eucaristía, Pan partido para dar vida al mundo, gracias porque nos llamas a vivir en comunidad, par-
ticipando de la vida de la Iglesia, en el encuentro con los hermanos, en una vida fraterna y solidaria.

Todos: ¡Gracias, Señor!

Niño 5
Jesús Eucaristía, Pan partido para dar vida al mundo, gracias porque nos llamas a compartir con otros, la
alegría de ser enviados, gracias porque compartiendo tu misma misión nos haces constructores del Reino.

Todos: ¡Gracias, Señor!

Momento de silencio

Lector:

Jesús les dijo otra vez: “La paz con ustedes, como el Padre me envió; también yo les envío. Dicho esto, sopló
sobre ellos y les dijo reciban el Espíritu Santo” (Jn 20, 21-22). Palabra de Dios

Canto

Coro:
una alabanza a nuestro Dios.
Heme aquí. Los sacrificios no quisiste,
Heme aquí, heme aquí. pero el oído me has abierto.
Señor me has llamado. No pedías holocaustos.
Heme aquí, heme aquí Entonces dije: “¡Aquí estoy, Señor!”
para cumplir tu voluntad. He proclamado tu justicia.
No he ocultado tu amor.
En ti, Señor, he esperado, No me abandones, Señor,
y te inclinaste hacia mí; en tu gran misericordia.
Escuchaste mi clamor,
me has librado de la muerte.

Consolidaste mis pasos


seguros sobre la roca,
y pusiste en mi boca

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Ministro:

Como comunidad llevada por el Espíritu te presentamos Jesús, Pan de vida, las necesidades de nuestros her-
manos con esta súplica: Envíanos, Señor tu Espíritu.

Niño 1
Por el continente europeo, para que aumentes en número y santidad las vocaciones sacerdotales, religiosas
y misioneras, así mismo te pedimos que en las familias acrecientes el amor a la vida y la capacidad de gozar
de ella. Oremos.

Todos: Envíanos, Señor, tu Espíritu.

Niño 2
Por el continente africano, para que cada uno de los cristianos viva con autenticidad, buscando siempre el
servicio, haciendo de África la familia de Dios. Oremos.

Todos: Envíanos, Señor, tu Espíritu.

Niño 3
Por el continente asiático, para que a través del diálogo, la Iglesia enfrente el reto de la evangelización en
medio del mundo contemporáneo.

Todos: Envíanos, Señor, tu Espíritu.

Niño 4
Por el continente de Oceanía, para que vea compensada con dones y carismas la generosa ayuda donada
a través de sus discípulos y misioneros, más allá de sus fronteras. Oremos.

Todos: Envíanos, Señor, tu Espíritu.

Niño 5
Por nuestro continente americano, para que avives en nosotros la conciencia misionera, y llenos del Espíritu
Santo sepamos leer los signos de los tiempos, manifestando a cada uno de nuestros hermanos la ternura
de tu amor a través de gestos, sentimientos y actitudes verdaderamente humanos. Oremos.

Todos: Envíanos, Señor, tu Espíritu.

Niño 6
Por nuestra Iglesia, para que dóciles a la acción del Espíritu, aprendamos a vivir en fidelidad a ti Señor Jesús
y a la humanidad, en estado permanente de misión. Oremos.

Todos: Envíanos, Señor, tu Espíritu.

Momento de silencio

Canto de adoración

Lector:

Se levantó un legista, y dijo para ponerle a prueba: “Maestro,¿qué he de hacer para tener en herencia vida
eterna?” Él le dijo: “¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? “Respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo

47
Hora Santa misionera

tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo”. Le
dijo entonces: “Bien has respondido. Haz eso y vivirás”. Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: “Y ¿quién es
mi prójimo?” Jesús respondió: “Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores que,
después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino
un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y le dio un
rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y acercándose, vendó
sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y
cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: “Cuida de él y, si gastas algo
más, te lo pagaré cuando vuelva.” Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los
salteadores? “Él dijo: “El que practicó la misericordia con él”. Jesús le dijo: “Vete y haz tú lo mismo” (Lc 10, 25-37).

Palabra de Dios

Momento de silencio

Ministro:

Enséñanos Señor Jesús a no pasar de largo, indiferentes, sin detenernos al lado del hermano que está en ne-
cesidad. A comprender y sufrir con el que sufre; a alegrarnos con el que se alegra; a llorar con el que llora; a
hacernos como San Pablo “todo a todos, para salvar a toda costa a algunos” (1 Cor 9, 22).

A tener un corazón bueno, compasivo y misericordioso, capaz de enternecerse ante el sufrimiento del otro. Y
también, Señor, ayúdanos a hacer algo eficaz para remediar el dolor. En esto tú eres nuestro modelo de Buen
Samaritano, remediabas sus necesidades espirituales y corporales, consolabas, predicabas el amor del Padre,
curabas enfermedades físicas y sanabas toda dolencia, multiplicabas los panes para darles de comer. A los
ciegos devolvías la vista, curabas a los leprosos, resucitabas a los muertos. Y al final te nos has dado por entero
en la Eucaristía y en el Calvario, para darnos vida eterna.

Tómanos a cada uno y haz de nosotros instrumentos de tu misericordia.

Canto

Momento de silencio

· ORACIÓN FINAL Y BENDICIÓN DEL SANTÍSIMO


Canto para la reserva

De pie con todo respeto se entona un canto mientras el sacerdote o ministro traslada el Santísimo Sa-
cramento al lugar de la reserva, el canto termina cuando el sacerdote o ministro se ha retirado del lugar.

48
ROSARIO MISIONERO
Rosario misionero

Para rezar el rosario misionero se sigue el mismo esquema de cualquier rosario, con la particularidad de que
todas las intensiones van dirigidas a pedir por las misiones.

• 1º Misterio: Pidamos por África, para que pueda superar el sufrimiento provocado por el hambre,
las continuas guerras y las desigualdades raciales.

• 2º Misterio: Pedimos por la Iglesia en América, para obedientes al Maestro pueda escuchar el con-
sejo de María, que nos dice: “Hagan lo que Él les diga».

• 3º Misterio: Pidamos para que la Iglesia en Europa, recupere su vitalidad cristiana y misionera.

• 4º Misterio: Pidamos por todos los hombres y mujeres de Oceanía, para que escuchando la Palabra
de Dios, se dejen transformar por ella.

• 5º Misterio: Pidamos por los pueblos de Asia, para que permanezcan abiertos al anuncio del Evan-
gelio proclamado por los misioneros.

· LETANÍA MISIONERA

Señor, ten piedad de nosotros Señor, ten piedad de nosotros


Jesucristo, ten piedad de nosotros Jesucristo, ten piedad de nosotros
Señor, ten piedad de nosotros Señor, ten piedad de nosotros
Jesucristo óyenos Jesucristo óyenos
Dios Padre que quieres que todos nos salvemos Ten piedad de nosotros
Dios hijo redentor del mundo, que sufriste muerte de
Ten piedad de nosotros
cruz por toda la humanidad
Dios Espíritu Santo, que atraes a la humanidad al
Ten piedad de nosotros
conocimiento de la verdad
Santa María Reina de las misiones Ruega por el mundo
San Pedro Ruega por el mundo
San Pablo Ruega por el mundo
San Francisco Xavier Ruega por el mundo
Sta. Teresita del niño Jesús Ruega por el mundo
San Marcos Ruega por África
San Agustín Ruega por África
Beato Carlos de Foucald Ruega por África
Santos Mártires de Uganda Rueguen por África
Beata Clementina Anaurite Ruega por África
Santa Rosa de Lima Ruega por América
San Martín de Porres Ruega por América
Santos Mártires Mexicanos Rueguen por América
San Juan Diego Ruega por América

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San Felipe de Jesús Ruega por América
San Pedro Claver Ruega por América
Santo Daniel Comboni Ruega por Europa
San Guido Ma. Conforti Ruega por Europa
San Bonifacio de Alemania Ruega por Europa
San Agustín de Cantabria Ruega por Europa
San Leandro de Sevilla Ruega por Europa
San Pedro de Chanel Ruega por Oceanía
San Damián de Molokai Ruega por Oceanía
Estrella del Mar Ruega por Oceanía
Beatos y Santos Las Innumerables Islas Rueguen por Oceanía
San Andrés Ruega por Asia
Santo Tomás Ruega por Asia
San Juan Brito Ruega por Asia
Santos Mártires de Corea Rueguen por Asia
Beatos y Santos Mártires de China y Japón Rueguen por Asia
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo Perdónanos, Señor
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo Escúchanos, Señor
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo Ten piedad y misericordia de nosotros

· ORACIÓN FINAL

Mira la abundancia de tu mies y envíale operarios para que anuncien el Evangelio a toda criatura; y todo
pueblo, congregado por la palabra que da vida y sostenido con la fuerza de los sacramentos, avance por el
camino de la salvación y del amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo que vive y reina contigo en la unidad
del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

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Vivamos la misericordia del Padre
A cincuenta años del decreto Ad Gentes (documento que replantea el ser y quehacer de la Iglesia mi-
sionera), cuarenta años de la Evangelii Nuntiandi (que trata sobre los aspectos generales que siguen
vigentes dentro de la evangelización) y a veinticinco años de la Redemptoris Missio (que reafirma
la valedez y urgencia del mandato misionero), nos damos cuenta de que el mandato misionero de
Cristo (Mt 28,19) está lejos de ser finalizado.

1 “Haced discípulos” (Mt 28,19)


Según datos de la Agenzia Fides, en el año 2012 la
población mundial era de 7 023 377 000, 17% de la población
de los cuales 1 228 621 000 eran católicos, mundial escatólico
distribuídos de la siguiente manera:

286 868 000 católicos


40% de la población europea

134 641 000 católicos


3% de la población asiática

598 819 000 católicos


63% de la población 198 587 000 católicos
americana 19% de la población africana

9 706 000 católicos


26% de la población oceánica

4 948 católicos en África


2 “La mies es mucha” (Lc 10,2)
4 871 católicos en América
Una de las preocupaciones más grandes para la
Iglesia es la escasez vocacional o su falta 1538 católicos en Europa
de perseverancia para ordenarse. En el 2012 la
cantidad de católicos que eran atendidos por
2242 católicos en Ásia
un sacerdote es la siguiente:
2965 católicos en Oceanía

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3 “Iban predicando a la gente la conversión” (Mt 6,7-13) 5 “Dios ama, al que da
con alegría” (2 Cor 9,7)

La Iglesia, preocupada por continuar anunciando el Reino de Gracias a tu donativo, la Iglesia


Dios, se ha establecido en los cinco continentes mediante cir- continúa el anuncio del Reino en
cunscripciones eclesiásticas o en estaciones misioneras. De los cinco continentes mediente
estas últimas, algunas cuentan con sacerdotes residentes; sin diversos institutos sanitarios, de
embargo, la mayoría de las estaciones misioneras no cuenta asistencia y beneficiencia.
con sacerdote alguno.

1 083

751
534 533

80
Circunscripciones 17 322 Dispensarios
eclesiásticas África Ámerica Europa Asia Oceanía 5167 Hospitales
705 648 Leproserías

528 498
15 699 Casas para
ancianos, enfermos
y minúsvalidos

81
35
Estaciones misioneras 10 124 Orfanatos
con sacerdote residente África Ámerica Europa Asia Oceanía 11 596 Kinders
73 963

3 663 Centros
40 797 educativos

15 433
107 522
Estaciones misioneras 36 389 instituciones
sin sacerdote residente África Ámerica Europa Asia Oceanía beneficas

31 344 en
4 “Estaban todos reunidos con un mismo objetivo” (Hch 2,1) 6 456 en Asia (8.6%)
Europa (1.7%)

Todos los bautizados tenemos la responsabilidad de anunciar el 90 en


Oceanía (.02%)
Evangelio, no importa si somos sacerdotes, religiosos, religiosas
o laicos. A pesar de esto, solamente existen en el mundo
entero 362488 laicos misioneros, distribuidos de la 7 195 en
África (1.9%)
siguiente manera:

317 430 en
Ámerica (87.5%)

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NOTAS

54
NOTAS

55
Historia de la Diócesis de Nuevo Laredo

2016
Esta obra se terminó de imprimir
en julio 2016