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1 UNIVERSIDAD NACIONAL DE SAN MARTÍN FACULTAD DE EDUCACIÓN Y HUMANIDADES DEPARTAMENTO ACADÉMICO DE HUMANIDADES Y

UNIVERSIDAD NACIONAL DE SAN MARTÍN

FACULTAD DE EDUCACIÓN Y HUMANIDADES

DEPARTAMENTO ACADÉMICO DE HUMANIDADES Y CIENCIAS SOCIALES

1 UNIVERSIDAD NACIONAL DE SAN MARTÍN FACULTAD DE EDUCACIÓN Y HUMANIDADES DEPARTAMENTO ACADÉMICO DE HUMANIDADES Y

Cultura Universitaria

Dossier antológico

1 UNIVERSIDAD NACIONAL DE SAN MARTÍN FACULTAD DE EDUCACIÓN Y HUMANIDADES DEPARTAMENTO ACADÉMICO DE HUMANIDADES Y

Docente: Lic. M.Sc. Carlos Trigoso García

2018

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CULTURA UNIVERSITARIA

Orígenes de la Universidad.

En la antigüedad greco latina clásica se contaba con las escuelas superiores: Escuela de Pitágoras, la Academia Platónica, el Liceo de Aristóteles y la Escuela de Alejandría.

La Iglesia había cultivado el amor por las letras y por las artes a través de las órdenes monásticas; destacándose los monasterios benedictinos.

Las prácticas monásticas eran: dedicación al trabajo manual y a la oración comunitaria. Asistían a educarse en los monasterios los hijos varones de la nobleza, hijos de aldeanos y artesanos que aspiraban a la vida monástica.

Carlomagno fundó la Escuela Palatina de Aquisgrán, de carácter secular. Se enseñaba las Escrituras, doctrinas religiosas y las artes liberales: trivium (gramática, retórica y dialéctica) y quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música)

La Educación monacal se extendió por la labor de los obispos que fueron educados en monacatos.

La antigua Hispania, convertida en España; cayó en manos del Islam, permitiéndole enriquecerse culturalmente: medicina, matemáticas, botánica, etc. Situaciones conflictivas entre Iglesia y Estado dieron lugar a una nueva modalidad de abordar los estudios.

Antecedentes sobre la formación de la Universidad.

Las primeras universidades propiamente dichas surgieron a finales del siglo XII, de las libres asociaciones de maestros y discípulos recibiendo privilegios de los príncipes además de jurisdicción propia y beneficios eclesiásticos. La Universidad de París núcleo intelectual en el siglo XIII.

Primeras universidades:

Universidad de Bolonia (Italia) en 1089, que recibe el título de Universidad en 1317;

Universidad de Oxford (Inglaterra) en 1096;

Universidad de París (Francia) en 1150, que recibe el título de Universidad en 1256;

Universidad de Módena (Italia) en 1175;

Universidad de Cambridge (Inglaterra) alrededor de 1208;

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de

Palencia (España)

en

1208,

precursora

de

de

Valladolid; Universidad de Salamanca (España) en 1218 (su origen fueron unas Escuelas de la

Catedral cuya existencia puede rastrearse ya en 1130, y es la primera de Europa que ostentó el título de Universidad por el edicto de 1253 de Alfonso X de Castilla y León); Universidad de Padua (Italia) en 1223;

Universidad de Nápoles Federico II (Italia) en 1224 (más antigua universidad estatal

y laica del mundo); Universidad de Toulouse (Francia) en 1229;

Universidad de Valladolid (España), siglo XIII (posible resultado del traslado de la

Universidad de Palencia en torno a 1240); Universidad de Murcia (España) en 1272;

Universidad de Coímbra (Portugal) en 1290;

Universidad de Lérida (España) en 1300;

Universidad de Perugia (Italia) en 1308.

Un total de 44 universidades se crearon hasta el 1400; 31 poseían diplomas pontificios de elevación y 21 los relativos decretos. Por lo tanto es evidente que las universidades nacieron de la Iglesia.

Los estudios tenían cuatro o cinco Facultades de acuerdo al permiso recibido por el Papa o del rey.

Facultad Menor o de Artes: Lógica, Matemáticas, Gramática y Música Facultades Mayores: Medicina, Teología, Derecho Canónico y Civil.

El hombre trascendiendo el saber mundano para buscar el entendimiento de la fe mediante la razón en el estudio de las ciencias sagradas y la formación de funcionarios clericales y civiles hizo de la universidad medieval una institución de vínculo que sentó las bases culturales del humanismo, libertad y búsqueda del saber (Moreno, 2002: 5-6)

En América se fundaron más de 30 instituciones de Educación Superior desde el 1538 hasta el 1812.

La primera universidad fue la de Santo Domingo, erigida por el Papa Paulo III el 28 de octubre de 1538 le siguieron la universidad de San Marcos de Lima y la universidad de México (1551).

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Nuevas exigencias y formas en la organización universitaria.

Desde finales del siglo XIII se observa una corriente de pensamiento que considera a las ciencias de la naturaleza como una etapa en el camino de la verdad.

La suerte de la universidad se separa de los pensadores humanistas y científicos. “La búsqueda de la verdad sin la tutela de la Fe (la Iglesia Católica) no tiene dirección ni sentido.” (Newman).

Durante el siglo XIX y la primera década del siglo XX ninguna universidad estadounidense destacaba en ciertas disciplinas científicas, y era un área periférica en matemáticas o física. Esta situación empezó a cambiar a partir de 1920. Tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Estados Unidos es una superpotencia y ante el declive temporal de Europa miles de intelectuales y científicos alemanes emigran.

Actualmente en los EEUU están muchas de las mejores universidades del mundo; y un gran número de premios Nobel pasaron alguna parte de su periodo formativo en universidades estadounidenses. Además por su gran poder económico y su alto desempeño científico las universidades estadounidenses atraen ilustrados profesionales de cualquier país.

El fenómeno de «fuga de cerebros» (brain drain) hacia Estados Unidos consiste en que este país integra en su sistema universitario a muchos de los científicos más destacados de otros países, que por tanto se ven desprovistos de algunos de sus mejores profesionales.

Las ciencias naturales e informáticas se dan a alto nivel, en institutos como el MIT de Massachussets, de gran rentabilidad. Se piensa que la investigación en aspectos sociales, artísticos, literarios, sufre de abandono.

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Historia de las universidades: El marco medieval. Origen y consolidaciones

Conviene advertir, de inicio, que la Institución Universitaria es hija de la Cristiandad europea medieval, y se vincula al renacimiento urbano de sus etapas finales. En este contexto tienen lugar asociaciones gremiales para el desarrollo y protección de los intereses de un mismo oficio, artesano o mercantil. Y así surge también la universidad, como corporación de colaboración y apoyo para el aprendizaje intelectual: universitas magistrorum et scholarium. Se trata, pues, de un gremio de maestros y aprendices en torno a los nuevos métodos intelectuales desarrollados desde el siglo XII: planteamiento de un problema (quaestio), argumentación en torno al mismo (disputatio) y búsqueda de una conclusión sintetizadora (sententia, conclusio). De este modo, junto al afianzamiento del Derecho canónico y romano, quedaba inaugurado un método dialéctico aplicable a la filosofía y a la teología.

El gremio de maestros universitarios (universitas magistrorum) se reservaba el derecho de admisión y aprobación de los aprendices, promoviéndolos, en su caso, a la maestría mediante una licencia o graduación. Esta graduación, que habilitaba para enseñar, se convertirá en la llamada licentia ubique docendi que, por patrocinio

pontificio a estos gremios de estudiosos (especializados en cánones o teología a poder ejercerse en todo el orbe de la Cristiandad romana.

...

) pasa

De este modo, la validación papal de los grados otorga a nuestros intelectuales una dimensión supraterritorial, y los libera de la tutela de escuelas y poderes eclesiásticos preexistentes. Al mismo tiempo, estos gremios de estudiosos van a recibir la protección de emperadores y reyes, interesados en el desarrollo de la burocracia y del derecho. Poco a poco, van desbordando el ámbito territorial cercano, a partir de privilegios y franquicias reales, que otorgan independencia y autonomía jurídica respecto a los poderes civiles locales y los concejos municipales.

El juego de la doble protección, pontificia y regia, va configurando las peculiaridades de unas corporaciones de amplia proyección, con autonomía económica, administrativa y jurídica. Se va gestando la imagen de una Cristiandad de cultura superior unificada, con el latín como instrumento lingüístico de intercambio, planes de estudio semejantes en las universidades existentes, y una movilidad potencial de eruditos y estudiosos.

Resulta, pues, clarificador, considerar a la universidad como una institución docente con otorgamiento de grados reconocido por autoridad del Rey y del Pontífice (auctoritate regia et auctoritate pontificia). Si carecían de alguna de ellas quedaban en una

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categoría intermedia, como centros de estudios (studia) generales o particulares. Es por ello que, en ocasiones, puede producirse una cierta confusión entre los términos studium y universitas.

El concepto de studium generale, se identifica para algunos autores con el de universitas que, progresivamente, habría ido usurpando la significación de aquél y ascendiendo desde su etimología originaria de corporación. En este sentido, un estudio general sería el lugar en donde se impartirían saberes múltiples y habría sido ratificado por una autoridad ecuménica: Papado, Emperador o Rey.

Así lo encontramos en el título XXXI, partida 2, de Las Partidas de Alfonso X el Sabio. La amplitud de saberes de un studium generale debía comprender artes/filosofía, gramática y retórica, aritmética, astrología, cánones y leyes.

Asimismo, según Las Partidas, los reyes eran emperadores en sus reinos y, por ello, tenían potestad para la creación de las universidades. Otros autores consideran que el término studium generale se vinculaba al ámbito restrictivo de un Reino, y que el de universitasfue denotando una mayor apertura internacional y de validez de graduación.

De cualquier forma, sí queda claro que por estudio particular se entendía el que no cumplía con una suficiente oferta de saberes, o se restringía localmente, por procedencia de escolares y maestros, o por la autoridad que lo había constituido

(municipio, orden religiosa, obispo

...

).

Manifiestamente, un estudio particular no poseía

la ratificación de poderes ecuménicos como el pontificio o el de los emperadores (y

reyes).

Hacia el siglo XIII, en los reinos de Castilla y León, por iniciativa y apoyos regios, van a establecerse las primeras universidades ibéricas. Entre 1208 y 1214 aparece Palencia, erigida por Alfonso VIII de Castilla, a partir de la escuela catedralicia, y con la colaboración del obispo Tello Téllez. Hacia 1218, Alfonso IX de León funda Salamanca, también en estrecha vinculación a una preexistente escuela de la catedral. Posteriormente, hacia mediados de siglo, los reyes castellanos apoyan el desarrollo de Valladolid, en cuyo núcleo originario parece existir una escuela municipal o abacial.

Puede observarse con claridad una tendencia a que cada reino poseyera su studium generale, del mismo modo que ocurría en el resto de la Península.

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En Aragón es Jaime II quien erige Lérida en 1279/1300; y el rey don Dionís funda la Universidad de Lisboa en 1288/90, posteriormente trasladada a Coimbra en 1308.

Este apoyo regio fue, posteriormente, completado por las bulas

papales de

reconocimiento: Alejandro IV para Salamanca (1255) y Clemente VI para Valladolid (1346). Así como las bulas de 1300 y 1290 para Lérida y Lisboa.

El debilitamiento de los poderes monárquicos en la Castilla bajomedieval irá unido a los apoyos otorgados por el papado de Avignon durante el Cisma de la Iglesia (1378-1417), el cual se muestra interesado en procurarse centros universitarios favorables a su causa. De este modo, las universidades castellanas estrechan sus relaciones con la Curia pontificia, y el Pontífice se convierte en la instancia de referencia y consolidación de las universidades de la Corona de Castilla en el siglo XV. Influencia que se mantendrá hasta las paulatinas medidas de control monárquico y estatal que se inician con los Reyes Católicos.

En contraste con este proceso, en la mayor parte de las universidades de la Corona de Aragón existió siempre una mayor dependencia de los intereses locales y municipales. De modo que se mantiene una intervención directa de las oligarquías civiles y eclesiásticas, tanto en aspectos financieros como en cuestiones de administración y régimen interno.

En otro orden de cosas, estas universidades ibéricas creadas en el siglo XIII estuvieron orientadas preferentemente hacia los estudios jurídicos (cánones y leyes civiles) y las necesidades burocráticas de la Iglesia, la administración del Estado y los oficios reales.

El modelo más cercano fue, por ello, el de Bolonia, con destacada importancia de la corporación de alumnos y predominio del derecho. Todo ello en contraste con el modelo

nórdico (París, Cambridge

...

),

en el que predomina la corporación de profesores, el peso

progresivo de las organizaciones colegiales, y el prestigio de las artes liberales y los

estudios teológicos.

La teología únicamente se incorporó, por privilegios papales, a partir de fines del siglo XIV y principios del XV. Hasta entonces, y dado el monopolio de las graduaciones de la Universidad de París, se impartían clases en estudios y conventos particulares de dominicos y franciscanos. Pero, desde el siglo XVI, por las repercusiones de las reformas religiosas, y tras el Concilio de Trento, la teología aumentó mucho su

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influencia, al tiempo que se fue diversificando en escuelas múltiples, vinculadas a las órdenes religiosas.

Pero esto ocurrirá más tarde. Las universidades de la Edad Media se polarizaban hacia el derecho, preferentemente eclesiástico o canónico, y atraían a canónigos, prebendados, clérigos y aspirantes a la burocracia eclesiástica y la justicia del Rey.

En estas universidades se hacía, por lo tanto, carrera eclesiástica hacia los beneficios y dignidades, o bien carrera civil hacia los oficios del Rey. La teología y filosofía constituían un patrimonio muy vinculado a las órdenes religiosas; y a todo ello se añadían unos cuantos estudiantes de medicina. Frailes, canónigos catedralicios y algunos juristas constituían el profesorado habitual.

Los alumnos se reclutaban en las diócesis cercanas, y cuantos pretendían una formación más sólida completaban sus saberes en el extranjero: los teólogos en París, los juristas en Bolonia, los médicos en Montpellier. Por el contrario, eran muy escasos los alumnos foráneos en las universidades castellanas medievales, en contraste con la atracción que ejercerían posteriormente, en los siglos XVI y XVII. Mientras tanto, durante el siglo XIV y primera mitad del XV, las universidades hispanas, quizás con la excepción de Salamanca, cuentan con escasa reputación, su desarrollo resulta precario y sus rentas problemáticas.

El método de estudio era el escolástico, y su formación tendía a formar intelectuales útiles a la comunidad cristiana. Así las facultades consideradas mayores, fueron las de Teología, Medicina y Derecho. Las destinadas al estudio del arte o la filosofía eran consideradas facultades menores.

El método escolástico consistía en tomar las afirmaciones bíblicas, y tratar de demostrarlas de manera racional, con apoyo en el argumento de autoridad. Los máximos representes de la escolástica fueron, San Alberto Magno y Santo Tomás, ambos de la orden de los dominicos, y Escoto perteneciente a los franciscanos.

Pero también fue decisivo este auge del saber, por la creciente independencia que comenzaba a vislumbrarse entre los intelectuales y las dos fuentes de poder: la iglesia y el estado.

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El Islam también realizó un gran aporte. Fueron los árabes, los que luego de iniciar su dominación en España, tradujeron al latín al igual que los judíos, los textos filosóficos griegos y helenísticos. La biblioteca de Córdoba llegó a contar con 400.000 textos.

La Universidad de Bolonia, fue un referente en materia de Derecho, con el estudio de las leyes romanas. Esta universidad, la primera del mundo, surgió bajo el impulso de Irnerio y sus discípulos.

Universidad es un término latino, “universitatis”, que significa un todo, una integralidad, primero aplicado a cualquier tipo de organización o persona jurídica que poseyera un fin lícito. En esa época, de existencia de gremios o corporaciones, los intelectuales también habían constituido uno, en defensa de sus intereses intelectuales.

Irnerio era un monje que vivió en la época de la Querella de las Investiduras, donde el Papa Gregorio VII, disputaba la lucha por el poder con el emperador.

Irnerio, profesor de gramática en Bolonia, a fin de respaldar la autoridad papal, se dirigió a Roma para buscar sustento a su teoría, de la preeminencia del poder religioso. El poder del emperador era sostenido por los maestros de la escuela de Rábena.

En la biblioteca de la ciudad de Pisa, Irnerio descubrió un manuscrito que contenía parte del Digesto, opiniones de los jurisconsultos romanos, que habían sido recopiladas por el emperador Justiniano. El estudio del Digesto se constituyó en su pasión, siendo famosa la escuela que se formó a partir de entonces: la de los glosadores, que iluminó a la naciente universidad de Bolonia.

En esa Universidad, no sólo se formaban italianos, sino miembros de países de toda Europa, que vueltos a sus lugares de origen, ya graduados, sentaron las bases para el nacimiento de nuevas universidades.

Además del estudio de las leyes, en Bolonia podía estudiarse medicina, teología, matemática, astronomía, filosofía y farmacia.

Discípulos de Irnerio como Piacentino y Vacario, fueron los precursores de la fundación de las escuelas de Montpellier en Francia y la de Oxford (1167) en Inglaterra, respectivamente. De la de Oxford, se desmembró la universidad de Cambridge, (1209) formada por algunos miembros en disidencia.

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También recibieron la influencia de la escuela de Bolonia, y fueron creadas, en el siglo XIII, las universidades españolas. La primera fue la de Palencia (1208) y luego, las de Valencia y Salamanca. Esta última fue obra de Alfonso IX, (1220) siendo elevada a Universidad por Fernando III, el 6 de abril de 1224. Fue fundada como Universidad Literaria de Salamanca, vinculando las letras con el conocimiento en general. Un poco más tarde surgió la de Lérida en Cataluña.

Las ciencias médicas tuvieron su representación académica principal en la Universidad de Salerno, donde habían recibido gran influencia árabe y judía.

También se enseñaba medicina, además de religión, leyes y arte en la Universidad de París, segunda universidad, fundada en el año 1150, donde se destacó el trabajo de Pedro Abelardo. Esta Universidad tuvo gran influencia en el nacimiento de la de Oxford.

La Gran Universidad Teológica de París, nacida como Colegio de Sorbona, fue defendida por la Iglesia y controlada por ella en cuanto a los contenidos que se impartían, que debían ceñirse a las enseñanzas bíblicas.

Fue

la Edad

Moderna, con sus ideas humanistas,

la

división de la

cristiandad y el

movimiento renacentista,

las que

van

a ir restando

la influencia de la iglesia

en

las

universidades.

 

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LA UNIVERSIDAD COMO INSTITUCIÒN.

La Universidad es una de las instituciones con más antigüedad y sin duda es la única que durante siglos ha perdurado a lo largo de la historia. Es en los principios de la Edad Media cuando el saber y la educación se encontraban relegados a las escuelas existentes en los monasterios y catedrales (Bolonia, París, Salerno, San Millán, Córdoba, etc.). Algunas de estas escuelas alcanzan el grado de Studium Generale, porque recibían alumnos de fuera de sus diócesis y concedían títulos que tenían validez fuera de ellas; contaban con estatutos y privilegios otorgados, primero por el poder civil y posteriormente ampliados por el papado. De aquí surgieron las universidades.

El término universitas aludía a cualquier comunidad organizada con cualquier fin. Pero es a partir del siglo XII cuando los profesores empiezan a agruparse en defensa de la disciplina escolar, preocupados por la calidad de la enseñanza; del mismo modo, los alumnos comienzan a crear comunidades para protegerse del profesorado. Al ir evolucionando acaban naciendo las Universidades.

Aunque en la creación de las Universidades ocurre como en el fútbol, parece estar

probado que la primera universidad en nacer fue la Universidad de Bolonia,

a

comienzos del siglo XIII, que fue la primera en tener estudios reconocidos universalmente y estatutos propios; como anécdota es de destacar que el rector era elegido de entre los estudiantes, al igual que en la de Alcalá de Henares.

La siguiente en nacer fue la de París, bajo el nombre de Colegio de Sorbona, unión de las escuelas de Notre Dame, de San Víctor y de Santa Genoveva. Precisamente para evitar que los universitarios ingleses se desplazasen al continente para estudiar en esta última, recibiendo así la educación parisina, se crea la Universidad de Oxford (la más antigua de habla inglesa, creada en primer lugar por Enrique II pero no es hasta finales de siglo cuando se aprueban sus estatutos (precisamente en el siglo XIV por desavenencias de un grupo de profesores de la Universidad de Oxford, se crea la de Cambridge). Posteriormente se crean las de Padua, Nápoles, Toulouse, Praga, Viena, Heilderberg y Colonia.

En España la más antigua documentada es

la

de

Palencia,

que desapareció

rápidamente, pero el rey leonés Alfonso IX fundó a fines de 1218 o principios de 1219 el Studium Salmantino, actual Universidad de Salamanca. Alfonso X protegió el Estudio y le otorgó su Estatuto en 1254 (en el libro de Las siete partidas se regula el funcionamiento de la institución). Obteniendo en 1255 gracias al papa Alejandro IV, la

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validez universal a los títulos de Salamanca (salvo en Bolonia y París) y el uso de un sello propio.

Ya en 1292 el rey Sancho IV otorga al Estudio de Valladolid las tercias de Valladolid con sus aldeas viejas y nuevas. Fue precisamente Sancho IV quien además crea, mediante Carta Real, el Estudio de Escuelas Generales de Alcalá, que daría lugar dos siglos después a la Universidad Complutense de Cisneros.

En 1346, Clemente VI, a petición de Alfonso XI, convierte en Generales los Estudios existentes en Valladolid. Sin embargo, la Universidad pinciana carece todavía de la ciencia teológica, privilegio exclusivo de París, los papas de principios del siglo XV, Benedicto XIII y Martín V consolidan el Estudio: Benedicto XIII (el Papa Luna) fija las rentas de la Universidad y dota 24 cátedras.

Al finalizar el cisma, Martín V concede a Valladolid la ansiada Facultad (1417). Paralelamente, los reyes dotaron al Estudio de rentas que le permitieron una cierta independencia económica. Lo esencial de tales rentas lo componían las tercias de los arciprestazgos de Cevico y Portillo. Y es Martín V, en 1422, quien elabora sus primeros estatutos, las Constituciones en que se basa el ordenamiento escolar.

En Valladolid, el Cardenal Mendoza funda el Colegio de Santa Cruz (1481), que igualará primero, y luego superará la gloria de otros centros salmantinos. Sus colegiales se convierten en unos estudiantes privilegiados, con una cuidada formación y mayores posibilidades de obtener buenos puestos en los tribunales o éxito en una oposición.

La Universidad Complutense recibió este nombre por haber sido fundada en Alcalá de Henares, la antigua «Complutum», por el Cardenal Cisneros, mediante Bula Pontificia concedida por el Papa Alejandro VI en 1499.

Fue el Cardenal Francisco Jiménez de Cisneros quien con renovados bríos recogió los antecedentes, aportando una nueva forma de concebir la enseñanza universitaria. La fundación de la universidad de Alcalá coincide con los albores de una nueva época en la historia de la humanidad, el final de la edad media y el surgimiento de la edad moderna con su primera gran manifestación cultural, el Renacimiento.

A finales

del siglo

XV y durante

el

XVI

se

estrecha la

relación con la monarquía,

representada por los Reyes Católicos, que dotan a la Universidad de nuevos privilegios

y estatutos.

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En

el

siglo XVI,

el "Alma Mater"

vallisoletana alcanza un evidente esplendor. Es

declarada una de las tres Universidades Mayores del Reino, junto con Salamanca y

Alcalá.

 

La organización del Estudio se perfecciona, aparecen los primeros estatutos en latín (1517), y posteriormente, se redactan otros más detallados en romance. Cobra interés la Facultad de Leyes, robustecida por la existencia de la Chancillería y también la de Medicina, de carácter hipocrático. Una reforma a fondo se hace imprescindible, y se realiza bajo los auspicios de Carlos III, a partir de 1770.

A finales del siglo XV se crea el Colegio Mayor, nueva institución de excepcional importancia en el futuro y destinada a la Educación Universitaria.

Los años que van desde 1499 a 1517, año de la muerte del Cardenal, son claves para entender la historia de la Universidad de Alcalá y calibrar acertadamente todo lo que de novedoso se introdujo en este nuevo concepto de universidad.

Los pilares sobre los que se sustenta tan magna obra son: la generosidad del fundador, la buena organización, la acertada elección de los primeros profesores, la construcción de espléndidos edificios universitarios, la protección que dispensaron papas y reyes a la universidad, lo acertado de los planes de estudios de las facultades y el continuo crecimiento en el número de colegios fundados; estos aspectos son las líneas maestras que marcan la época de esplendor.

Cisneros con la bula Inter Caetera (13 de abril de 1499) y las sucesivas bulas expedidas por los papas Alejandro VI, León X y Julio II consiguieron dar forma legal a la Universidad y dotarla de rentas; años después la reina Juana y el emperador Carlos V ratificaron con su protección la nueva fundación.

En principio se crearon sólo tres Facultades, la de Artes, Cánones y la de Teología, incluyéndose en 1514 la Facultad de Medicina. El armazón legal fueron las Constituciones de 1510 en las que se describían y regulaban hasta los mínimos aspectos tanto de la vida académica como de la vida cotidiana de los estudiantes y miembros de los colegios.

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LAS UNIVERSIDADES LATINOAMERICANAS.

Las primeras universidades americanas fueron creadas por el Imperio español en la etapa colonial (Universidades de América Latina antes de 1810). Inglaterra, Portugal y otras potencias coloniales menores no fundaron universidades en América.

En el continente americano, la primera universidad fundada oficialmente, de acuerdo a la normativa jurídica impuesta por la monarquía española, fue la Real y Pontificia Universidad de San Marcos, en Lima (Perú). Es la actual Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue fundada por «cédula real» el 12 de mayo de 1551. Además es considerada la más antigua del continente en mantener un funcionamiento continuo desde el siglo XVI.

Desde el siglo XVII, en 1613, fue fundada la actual Universidad Nacional de Córdoba (UNC), en Argentina. El 27 de marzo de 1624, en Bolivia, actual. Universidad Mayor Real y Pontificia San Francisco Xavier de Chuquisaca (USFX), el 31 de enero 1676, actual Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC) que también mantienen funcionamiento continuo.

La segunda universidad fundada por la corona española fue la Real y Pontificia Universidad de México, fundada el 21 de septiembre de 1551 y convertida en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 1910. La UNAM es considerada a su vez como la universidad con mayor reputación académica de México y de Hispanoamérica, y otorga grados académicos de bachillerato, licenciatura, maestría y doctorado.

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QUÉ ES LA UNIVERSIDAD

El término «universidad» se deriva del latín universitas magistrorum et scholarium, que aproximadamente significa ‘comunidad de profesores y académicos. Es un establecimiento o conjunto de unidades educativas de enseñanza superior e investigación. Se puede ubicar en uno o varios lugares llamados campus. Otorga grados académicos y títulos profesionales.

Estas comunidades eran gremios medievales que recibieron sus derechos colectivos legales por las cartas emitidas por los príncipes, prelados, o las ciudades en los que se encontraban. Otras ideas centrales para la definición de la institución de la universidad era la noción de libertad académica y el otorgamiento de grados académicos. Muchas universidades se desarrollaron de las escuelas catedralicias y escuelas monásticas que se formaron desde el siglo VI D.C.

Históricamente, la universidad medieval fue un producto típico de la Europa medieval y sus condiciones sociales, religiosas y políticas. Adoptado por todas otras regiones globales desde el comienzo de la Edad Moderna, hay que distinguirla de las antiguas instituciones de altos estudios de otras civilizaciones que no eran en la tradición de la universidad y al que este término sólo se aplica retroactivamente y no en sentido estricto.

VIDA SOCIAL UNIVERSITARIA

Análogo planteamiento es sugerido por la alusión al aspecto social desde el punto de vista interno de la institución universitaria. ¿Cuáles son las relaciones entre profesores, estudiantes y graduados? ¿Hay acogida cordial, orientadora, estimulante a los jóvenes recién ingresados en ese maravilloso capítulo de la vida humana que se abre cuando ponen por vez primera su firma en la matrícula de una Facultad? ¿Existe un régimen normal, es decir, serio, de estudios durante el año académico? ¿Tiene eficiencia debidamente cautelada la enseñanza, contratándose en el extranjero a especialistas en disciplinas, ramas o secciones en donde el país no cuenta con personal debidamente preparado? ¿Funciona un régimen de becas, bolsas de viaje, ayuda a publicaciones y otras formas de asistencia a los jóvenes pobres y acreedores a ellas? ¿Están vinculados los graduados con su alma máter a través de instituciones, fiestas, romerías, desfiles, banquetes, ceremonias, donativos u otras actividades; y a través de la participación en patronatos, comités o sociedades directa o indirectamente

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relacionados con el gobierno de la universidad? ¿Están debidamente atendidas las residencias, los comedores, los hospitales, los campos de juego, los clubes estudiantiles? ¿Hallan los jóvenes ocasión, mientras son estudiantes, de desarrollar su talento, su vocación o su sociabilidad en actividades deportivas, culturales, artísticas o puramente de recreo? ¿Salen los graduados de la universidad espiritualmente sanos, optimistas, bien equipados?

LA UNIVERSIDAD Y EL PAÍS

Aún más importante es la serie de preguntas que desde un punto de vista nacional puede hacer el Estado a través de sus más altos personeros tanto en el poder Ejecutivo como en el Legislativo y también la opinión pública, la ciudadanía entera. ¿Qué dividendo anual de servicio, de utilidad, de progreso, le da la universidad al país, en relación con ese dinero invertido en ella; y en relación con el trabajo y el tiempo de quienes allí laboran? ¿Qué problemas nacionales estudia o ha estudiado, ayuda o ha ayudado a resolver? ¿En qué sentido colabora o ha colaborado con el quehacer de quienes viven hoy o van a vivir mañana, aunque sea desde el punto de vista de ayudarles a tener conciencia acerca de tales o cuales cuestiones vitales?

LA UNIVERSIDAD Y EL ESTADO

Hay en muchos ambientes universitarios una innegable desconfianza frente al Estado. No faltan quienes creen que es precisa una separación absoluta entre éste y la

universidad, para defenderla de la política, es decir, de la violencia y de la inestabilidad

de

los

partidos...

En nuestro tiempo la separación completa entre la universidad y

Estado, tal como pudieron soñarla hombres de otras generaciones, no es posible. Primeramente porque más y más los costos de enseñar, aprender e investigar se van haciendo más altos. Ya no está la universidad pendiente del brillo oratorio de tal o cual profesor, o de la asiduidad respetuosa de tales o cuales discípulos. Ahora los factores

que determinan la calidad de la universidad son el número, la selección y la organización de su personal docente y discente, el material y las facilidades de sus bibliotecas, laboratorios, museos y otras entidades similares. Todo eso quiere decir mucho dinero, crecientes cantidades de dinero, cuya fuente, en su mayor porcentaje, en países pobres, es el Estado salvo las universidades católicas.

Por otra parte, de una manera u otra, los profesores en sus distintas jerarquías más y más tienden a quedar asimilados a los funcionarios públicos para los efectos de sus goces y para otros efectos.

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Ocurre, por todo ello, que a veces las leyes postulan una autonomía absoluta y que la realidad presenta, de un modo u otro, una tendencia de la universidad a amoldarse a los vientos que imperan en el Estado, produciéndose una penetración clandestina y vergonzante de éste en algunos asuntos, cuando preferible sería que con valentías, decisión y limpieza asumiera el importantísimo papel que le corresponde en relación con la universidad contemporánea...

LA UNIVERSIDAD MODERNA Y LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA

Necesitamos reafirmar, una vez más, la misión de servicio que compete a las universidades de nuestro tiempo. Servicio de hombre y, por lo tanto, ahondamiento en el estudio de los materiales que el hombre emplea, servicio del propio país y su medio ambiente geográfico y social, servicio de la ciencia. No es lo contrario: el Estado o la colectividad al servicio de las universidades. Los cuatro conceptos más importantes en una formulación de su tarea común serían: hombre, elementos que son útiles al hombre, enseñanza, investigación.

El joven que decide dedicar cuatro o siete o nueve años a la vida universitaria se propone, por lo general, adquirir un número de conocimientos que le permitan luego obtener un grado o un título, encontrar medios y ocasiones para desarrollar su capacidad y sus aptitudes, prepararse para desempeñar su propio papel en la vida de acuerdo con su valer, como profesional, como miembro de la institución universitaria y de la colectividad y como ciudadano.

Adquiere así ese joven el derecho a que se le den los conocimientos, los medios y las ocasiones para el razonable cumplimiento de dichos objetivos. La universidad, por su parte, con tal motivo, reconoce o debe reconocer deberes y, a la vez, se ve premunida de ciertos derechos. Adquiere, por ejemplo, el derecho de exigir del estudiante una cuota de trabajo y de pedirle una cooperación voluntaria pero sistemática dentro de la vida institucional. Ello implica, de un lado, profesores capaces (si es posible y sobre todo en ciertas facultades, de tiempo completo), bibliotecas, museos y laboratorios bien provistos; aulas decorosas; residencias; y, cuando la naturaleza de los estudios lo requiera, campos o centros de experimentación. De otro lado, ello quiere decir estudios, prácticas, pruebas de aptitud y de conocimientos, vale decir, autenticidad y eficiencia académicas.

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Conservar y transmitir la cultura, tener una función formativa de la conciencia nacional y social de quienes a ella están ligados: he aquí dos fines egregios de la universidad. Pero al lado de ellos, aunque sea en relación con sus elementos más calificados, tiene que funcionar otro: el de investigar. Una universidad que no investiga o investiga poco

(y para investigar se necesita la cooperación constante y siempre renovada de unos

catedráticos idóneos y de unos estudiantes capaces y preparados) evade una función esencial. Cada año podría hacerse un recuento de lo que contribuye la universidad en el campo de las distintas ciencias. No los individuos por acción aislada, heroica o feliz sino la universidad como conjunto de profesores y alumnos en cumplimiento de un programa institucional.

En lo que atañe al área que le es propia, la universidad de nuestro tiempo tiene que desbordar los límites impuestos por sus Facultades tradicionales. Las ciencias naturales y tecnológicas han transformado, directa o indirectamente, la vida de la humanidad. Todo lo que constituya materia científica, o sea todo lo que sea susceptible de la búsqueda o de la exposición metódica, minuciosa, crítica y objetiva de la verdad, puede entrar dentro del ámbito de la universidad contemporánea.

Con mayor ahínco deberá ella reclamar esa función tratándose de los conocimientos y de las habilidades que puedan redundar en aumento del índice de producción nacional, desarrollo de riquezas potenciales, lucha contra los factores que colaboran para que existan y se mantengan como tales los países subdesarrollados.

LA CRISIS PERMANENTE DE LA UNIVERSIDAD PERUANA

En 1918 estalló en Córdova, Argentina, el movimiento estudiantil a favor de la

reforma universitaria. El manifiesto que la definió estuvo dirigido a “los hombres libres de Sudamérica”.

Una serie de artículos

de crítica

a los catedráticos

de

la

Universidad de San

Marcos, iniciados con los referentes a los de la Facultad de Letras, aparecieron en los

primeros meses de 1919 en el diario La Razón, que dirigía José Carlos Mariátegui

. .

.

Las demandas estudiantiles se fundamentaron en el anhelo de mejoramiento y modernización de la enseñanza y propugnaron la participación en el gobierno de la universidades, la docencia libre, el derecho a tacha, la supresión de las listas y de los premios, la periodicidad de las cátedras y el concurso para ellas, la libertad de enseñar

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y la creación de seminarios y de becas para estudiantes pobres. El aspecto más beligerante de este programa estuvo en las tachas a veintiocho profesores.

La reforma de 1919 fue, aparte de un estallido de clases medias en la población estudiantil, una demanda clamorosa por una enseñanza mejor, una protesta ostensible contra lo que entonces se calificó como “esclerosis de la docencia”. Sus postulados principales afirmaron la necesidad de elevar el nivel de la docencia, de jubilar a los catedráticos ancianos, de poner límite al derecho de propiedad sobre las cátedras, que era ejercido sin consideración al transcurso del tiempo, y de atraer a los jóvenes hacia la ciencia y la cultura. Con este último propósito, los memoriales estudiantiles plantearon la creación de la cátedra libre y el establecimiento de concursos. Con menos intensidad se habló entonces de la enseñanza práctica, aplicada y técnica a través de laboratorios, museos, e instrumental adecuados; de la orientación nacionalista de los estudios; de la supresión de las listas y premios; de la participación de graduados elegidos por los estudiantes en el Consejo Universitario y de la creación de seminarios y becas para alumnos pobres ...

Al cabo de sesenta años medito en la reforma de 1919, que abre un nuevo capítulo en la historia de nuestras universidades, tan limpia, tan espontánea y, en aquella época, tan audaz, si bien ante los ojos de quienes hoy son catedráticos y alumnos, parece obsoleta ...

Como ha escrito Francois Bourricaud, la juventud universitaria fue entonces la única fuerza efectiva de “contestación” y de progreso que estaba organizada o era, al menos, organizable, para ser mensajera viva de los valores universales de racionalización y de modernización en nuestra sociedad que se mantenía tradicionalista y provincial.

Nuestro ideal difundido fue sobre todo el mejoramiento en la enseñanza. Me pregunto cuánto hemos avanzado para convertir ese ideal en una realidad ...

Se redujo nuestra terapéutica, pues, entonces, fundamentalmente, a la tacha y a la cátedra libre. Lo que había de procurar, en cambio, era la oportunidad de que los especialistas pudieran formarse en el futuro apoyándolos, estimulándolos, protegiéndolos a través de un conjunto sistemático de clases de especialización y de seminarios, de una profusión de becas y bolsas de viaje; y de las cátedras de tiempo completo ...

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La necesidad básica, ignorada por los reformistas de 1919 y por muchos profesionales en el análisis de la crisis universitaria, era de carácter material. La universidad necesitaba rentas adecuadas y permanentes no para malversarlas en actos suntuarios o en dispendios burocráticos, sino para invertirlas austeramente, con toda clase de garantías, en aulas, bibliotecas, salas de investigación, instrumental, laboratorios, museos, auditórium; para emplear también en bolsa de viaje y pensiones para alumnos o graduados sobresalientes y pobres y en contratos o nombramientos atrayentes aunque no abusivos para especialistas diversos; para establecer, por último, residencias y comedores estudiantiles y servicios asistenciales eficaces para alumnos, empleados y obreros; y para proyectarse dinámicamente sobre la vida social y cultural

del pueblo

. .

.

Con el paso del tiempo, la bandera de la reforma apareció más y más teñida con los anhelos del llamado cogobierno en la universidad. Inclusive, para muchos, la reforma, más que una necesidad de dotar de mayor solvencia científica, cultural y social a esa institución, es un problema cuya clave está en la búsqueda de los máximos derechos a los estudiantes, en el acercamiento al pueblo, en la politización y en la agitación constante, síntomas de la grave crisis estructural que conmueve no sólo a América

Latina sino al mundo entero

La solución, ahora de hecho imposible ante un estado

. . . de cosas anárquico, se encuentra teóricamente en un planteamiento funcional de la

universidad que supere los esquemas partidistas

Bajo el manto de la reforma

. . . universitaria ha quedado deshecha, a menudo, la continuidad de la vida institucional, se

ha cultivado el dogmatismo y la omnisapiencia prematura de los jóvenes y se ha

llegado a crear, más de una vez, climas de intimidación y de intransigencia

. .

.

¿CÓMO AFRONTAR LA CRISIS DE LA UNIVERSIDAD PERUANA?

Para obtener una adecuada calidad y para ofrecer efectivos servicios y comodidades, ésta deberá, en principio, afrontar sus grandes problemas internos. Ellos pertenecen, sobre todo, a cuatro niveles.

Desde el punto de vista material, provienen de la masificación y de la proletarización que caracteriza hoy a los estudiantes; e igualmente, de las deficiencias en los locales y elementos de trabajo. En lo que atañe a los profesores, cabe mencionar, dentro de excepciones cuyo número incrementa, los sueldos bajos, la voraz acumulación indebida de ellos, el continuo aumento de cátedras sin plan orgánico, la burocratización que ha tornado a veces carácter cínico y, con mayor frecuencia de lo que sospechan gentes no bien documentadas, la condición intimidada de los profesores y la farsa académica. Si

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se observa el problema de la administración interna, aparece el peligro del tortuoso crecimiento presupuestal, desordenado y carente de beneficio colectivo y el juego de viejas o nuevas camarillas con sus características de arbitrariedad y pequeñez...

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A MODO DE CONCLUSIÓN

¿QUÉ ES LA UNIVERSIDAD?

La universidad es, en principio, una institución educativa, económica, social y nacional. Desde el punto de vista educativo constituye un centro destinado:

  • a) A la conservación, acrecentamiento y transmisión de la cultura;

  • b) A la formación profesional;

  • c) A enseñar a los jóvenes a preguntarse por iniciativa propia cuestiones fundamentales, a buscar libremente la verdad, a pensar con honestidad, a ver las cosas como son, y con esa firme base, realista, proyectarse hacia un futuro mejor y tratar de concretarlo dentro de un mundo que debe cambiar; a tratar de que las nuevas generaciones sean conscientes de los valores fundamentales y también capaces de analizarlos críticamente de modo que resulten, a la vez, dentro y fuera de la sociedad, apasionadamente ligados a ella y, más allá de sus estructuras, al mismo tiempo sus promotores para volverlas más humanas y convertirse también en fiscales con mentes y conciencias capaces de controlar el poder y no vegetar sólo como víctimas de él:

  • d) Al fomento de la investigación, sin la cual una universidad no es digna de ese nombre. Pero este organismo cultural es, al mismo tiempo una entidad económica, ya que como persona jurídica rige un patrimonio necesariamente cuantioso. Al mismo tiempo existe en ella una esencia típicamente social, una comunidad cívica formada por profesores, alumnos, graduados, empleados y obreros.

Y desde el punto de vista nacional, aparece como el lugar por excelencia para el estudio objetivo, sereno, desinteresado de los problemas del país, con el fin de contribuir a su auténtico desarrollo y para el fomento de las actividades, tanto de orden desinteresado como práctico, de extensión, asistencia e investigación de aspectos fundamentales de la realidad, así como para el nexo permanente con el mundo del trabajo industrial, artesanal y agrícola. Estos últimos son los bienes que la colectividad debe recibir de la cultura y de la ciencia, sobre todo cuando, como la nuestra, ellas esconden tantas necesidades incumplidas.

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LA UNIVERSIDAD Y SU MISIÓN DE SERVIR

La universidad, desde el punto de vista educativo, constituye un centro dedicado a los siguientes fines:

1)

La conservación y transmisión de la cultura;

2)

La preparación profesional;

3) La formación de una conciencia social de quienes a ella acuden; d) el fomento de la investigación.

Tiene, pues, la universidad una misión de servicio. Servicio de los hombres, servicio del país, servicio de la ciencia. No es lo contrario: el Estado o la colectividad al servicio de la universidad. Debe ella enseñar y estudiar la verdad y debe investigar la verdad. Las tres palabras más importantes en una formulación de su tarea serían, así: hombre, enseñanza, investigación.

Cuando

se

dice

“servir”,

a

propósito

de

la

universidad,

no se entiende

exclusivamente “servir a los estudiantes”. Directa o indirectamente, alude dicho concepto a la colectividad toda. Hay que mirar a la universidad tan sólo como una parte de esa colectividad puesta al servicio de ella. Tampoco hay que entender la idea de servicio en una forma superficial o pragmática. Se vincula con la idea de ciencia, o sea de búsqueda o de exposición metódica minuciosa, crítica y objetiva de la verdad.

EL CONTACTO ENTRE EL ESTUDIANTE Y LA UNIVERSIDAD

Cuando un joven (o una joven, ya que el número de mujeres está aumentando en forma impresionante en las aulas cada año) decide dedicar cuatro, o cinco, o siete, o nueve años a la vida universitaria, ¿qué se propone? Se propone, por lo general, alguna de estas tres cosas o las tres en proporción variable: adquirir cierto número de conocimientos que le permitan luego obtener un grado y un título y una renta adecuada, trabajando gracias a ellos; encontrar medios y ocasiones para desarrollar sus aptitudes y capacidad latentes; prepararse para desempeñar su propio papel de acuerdo con su valer, como miembro de la colectividad o como ciudadano...

La verdadera universidad requiere una atmósfera severa de trabajo y de estudio, empezando por sus pruebas de ingreso y acabando en sus grados doctorales y en los cursos para profesionales y graduados y de extensión cultural (sin prejuicio de que

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existan, al lado de ese plano, actividades deportivas, intelectuales o de sociabilidad que lo compensen con creces).

A la vez necesita estar vitalizada en nuestro tiempo por un vigoroso aliento democrático, en el sentido de que a las aulas puedan llegar y de que en ellas tengan oportunidad y facilidades para seguir adelante, orientándose en el sentido que su vocación indique, jóvenes capaces de todas las clases sociales y de todas las regiones geográficas, pero bajo la condición de que quieran, sepan y puedan trabajar...

Pero hay además, al lado de esa gran corriente de las promociones que aparecen, avanzan y salen, el grupo muy selecto de los investigadores, de los nuevos hombres de ciencia, de los futuros maestros en la misma universidad. Preciso es seleccionarlos, descubrirlos, alentarlos, ayudarlos, protegerlos, utilizarlos. Una universidad que no investiga o investiga poco (y para investigar se necesita la cooperación constante y siempre renovada de estudiantes maduros y preparados) evade una función esencial.

Cada año preciso es que se haga el recuento de lo que contribuyó la universidad, sea en el campo humanista, sea en el pedagógico, sea en el de las ciencias puras, o en el de las ciencias aplicadas, o en el de las ciencias económicas, o en el de las ciencias médicas, o en el de las ciencias jurídicas, políticas y sociales. ¿Qué hizo la universidad en cada una de esas áreas del saber y de la cultura? No los individuos por acción aislada, o heroica, o feliz, sino la universidad como asociación de profesores y de alumnos en cumplimiento de un programa institucional.

LA UNIVERSIDAD NO ES SÓLO UNA ENTIDAD EDUCATIVA

Pero la universidad no es únicamente una entidad educativa. Es al mismo tiempo, una entidad Económica, ya que como persona jurídica rige un patrimonio necesariamente cuantioso. Y existe en ella una esencia social, por constituir una comunidad formada por profesores, estudiantes y graduados.

Por último, desde el punto de vista nacional, aparece como el lugar por excelencia para el estudio objetivo, sereno, desinteresado de los problemas del país y de la época presente, colaborando así en el progreso común; para el fomento de servicios tanto de orden desinteresado como práctico de extensión y asistencia y para el examen de aspectos fundamentales de interés público (sobre todo en países como los hispanoamericanos, donde hay tantas necesidades incumplidas y donde tantos beneficios debe la colectividad recibir de la cultura y de la ciencia).