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Como entrenadores: ¿Cómo pensamos a nuestros jugadores?

Como padres: ¿Cómo pensamos a nuestros hijos?


Como jugadores: ¿Cómo nos pensamos?

"Si tomamos a las personas tal y como son


las haremos peores de lo que son.
Pero si las tratamos como si fueran lo que deberían ser
las llevaremos adonde tienen que ser llevadas”.

J.W von Goethe

El efecto Pigmalión es uno de los sucesos que más enseñanzas nos deja a la hora de pensar la
influencia que produce en cada uno de nosotros la manera como somos pensados por otros
y hablados por las personas significativas que forman parte de nuestra vida y nuestro
entorno.

Esto fue estudiado e investigado desde distintas disciplinas demostrando que las expectativas y
creencias que se proyectan, como ser hijos, alumnos, deportistas, influyen en el desarrollo y
comportamiento de las diferentes áreas. Si bien muchas veces la transmisión de la imagen que
poseemos del otro se manifiesta en el discurso, no siempre sucede esto, ya que del mismo
modo puede revelarse inconscientemente por medio del lenguaje no verbal (gestual, corporal,
visual).

Cuando sentimos que la persona en la cual hemos depositado un ideal nos quiere, nos
sentimos engrandecidos, seguros, tratando de demostrar y afianzar esa cualidad. La confianza
y seguridad que los demás tengan sobre nosotros eleva nuestra autoestima permitiéndonos
lograr nuestros más altos objetivos.

Pero cuando ese vínculo se pierde y nos sentimos descalificados, se puede producir una
situación de empobrecimiento de nuestro Yo con caída en la autoestima actuando a partir de
las expectativas ajenas. Esos conceptos, si son aceptados, refuerzan la autoimagen
repercutiendo en la actitud de cómo enfrentamos los desafíos y problemas cotidianos

Pero, ¿quién era Pigmalión?

En la mitología griega Pigmalión era un rey de Chipre quien, además de ser sacerdote, era un
magnífico escultor que se enamoró de una de sus creaciones: Galatea. A tal punto llegó su
pasión por la escultura, que la trataba como si fuera una mujer real, como si estuviera viva.

Rosenthal y Jacobson estudian el efecto Pigmalión desde la teoría de la profecía autocumplida


demostrando cómo la conducta de los alumnos y deportistas influye de acuerdo a las
expectativas que posean los profesores o entrenadores ya que son tratados
inconscientemente de acuerdo a sus valoraciones. Puede ser que a los considerados más
habilidosos se les dedique más tiempo y consideración, éstos al ser tratados con más
deferencia responden de modo distinto demostrando conductas positivas. Luego, la
consecución de buenos hábitos va generando conductas automáticas que se repiten logrando
mejores resultados en el tiempo.

Esto también lo vemos en las empresas donde últimamente la típica pirámide empresarial se
invirtió, donde en su punta están los empleados y en la base la gerencia. La motivación laboral
está destinada a incentivar las conductas del empleado haciéndolo sentir a gusto, tenido en
cuenta apuntando al bien común de la empresa. Las satisfacciones proporcionadas por el
trabajo contribuyen al bienestar general del individuo, a su sentimiento de pertenencia y valor
personal.

El tiempo que se dedica al trabajo o al deporte supone una gran parte de nuestra vida,
por lo que es necesario sentirnos motivados por el mismo de forma que no se convierta
en una actividad pesada y monótona. El estar motivado promueve respuestas más
dinámicas y creativas, produce consecuencias psicológicas positivas, tales como la
autorrealización y el sentirse competente y útil.

Si por el contrario, ante una mala calificación de su superior, la persona, empleado o deportista,
proporcionará respuestas indiferentes, donde la imagen formada del jefe influye en una
disminución en la calidad y cantidad de su trabajo. Como padres podemos decir que todos
somos escultores de nuestros hijos. La forma en que nos comunicamos con ellos tiene un gran
efecto e influye en su formación y sostén personal. En nosotros descansa la responsabilidad de
la calidad de personas y jugadores que queremos formar.

Muchas veces las expectativas de los padres son muy superiores a lo que pueden realizar
nuestros hijos, cayendo en una idealización de lo que quisiéramos tener, pero que en realidad
no son. Cada ser posee una particularidad propia que lo hace brillar por lo que en realidad se
es y no según la calidad de luz que lo ilumina.

Educar es acompañar en el camino. Si nuestros hijos se sienten queridos y aceptados se


motivaran para ser cada vez mejores; en cambio, ante el mal trato y la ausencia de afecto,
desaparecerán los motivos por los cuales jugarse. Para ello debemos creer en ellos, poseer
expectativas es sus proyectos y acompañarlos con mensajes que los animen en su
consecución