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Palomas son tus ojos

A través de tu velo...
(Cantar de los Cantares, 4,1-2)

Capítulo 1

Finalmente, ha decidido ir a esperarla. No es que le hubiera asegurado que iría, ni cuándo. Pero ahí estaba, un mediodía de lunes,
en la puerta del Normal 7, menos de doce horas después de haberla conocido en una fiesta. Ante la madre, había justificado su
ausencia a la hora del almuerzo con la excusa de una tarea que debía realizar en la casa de un compañero de Facultad. Pablo ve
la ola de palomas que se agitan en los alrededores de la avenida Corrientes, cerca de la calle Gascón. Ahora salen de adentro las
otras", se burla de sí mismo. Ve agrandarse la puerta que les permite escapar a chicas y chicos. Los vuelos cortos vuelcan los
grupos ruidosos en la vereda. "¿Cómo distinguirla entre tantas? ¿No estaré en el lugar equivocado?", piensa.
-¿Sos vos? ¿Qué hacés a esta hora? ¿Te escapaste de tu casa? -una breve figura se ríe a sus espaldas, le tira el pelo, lo saluda, lo
ametralla a preguntas, lo exhibe a sus amigas.
El corazón de Pablo es una locomotora que jadea antes de morir. La revisa de arriba abajo, ¿así era ella con delantal blanco? Sí,
era así ¿No sería exageradamente chica para él, que ya estaba en la Universidad? Quién sabe...
-¿No me lo presentas? -una forma femenina se acerca, lo saluda, le da un beso, lo espía, lo invita con un cigarrillo, un chicle,
una galletita.
¡Sabía que iba a venir a buscarme! De verdad, lo sabía. Si después de haberlo provocado toda la noche no lo conseguía, me
mataba. Debía despertarlo y lo logré. A la luz del día me parece más lindo que a la hora de los vampiros, un poco serio, eso sí,
pero así lo prefiero: ¡en esta escuela hay demasiados chicos que se pare-¡ al hermanito que no tengo! Y otros a los que hay que
tomarles pulso y ponerles un espejo en la boca para ver si lo empañan, tica manera de asegurarse de que estén vivos... Voy a
conseguir me acompañe hasta casa, como si fuera una decisión suya. La ¡ es una tarea artesano!, como hacer un bombón, un
churro, un , lo que soy yo... ¡Espero que me agarre la mano, al menos excusa para cruzar! Aunque va a ser mejor que yo no
apure la relación... Se tomará su tiempo, como cualquiera. Pero voy a lograr que se dé cuenta de que la felicidad tiene el tamaño
del hueco de su mano apretada a la mía. Y lo voy a conseguir.
-¿Vos sos Pablo? ¿Sabés que toda la mañana de hoy pensé que eras el amigo invisible de María del Carmen? Yo soy Ana,
mucho gusto -se señala, le hace la reverencia, se festeja.
-¿Hablaron de mí? -pregunta y pasea la mirada, casi de adulto, por el mediodía, por la vereda, por chicas y chicos que se ríen,
se llaman, se codean, se pegan, se besan, se hacen los que no ven. Oye a un grupo opinando a los aullidos de fútbol, en otro, se
ve transportado hasta la esquina. Ni se da cuenta de que se le mantiene en los labios ese cilindro pastoso que no supo rechazar,
ahora transformado en una larga línea grisácea que acaba de caérsele y enchastrarlo de ceniza. "Fumar es un arte que no es para
cualquiera", suspira, "y yo, ¿cómo y cuándo voy a aprender a decir que no?".
Se van despidiendo por las esquinas, cruzan, doblan, se meten en algún edificio. Se nota que los han querido dejar caminar
solos. María del Carmen habla y habla. Exagera. Explica que ese día, como siempre, no pasó nada, que en las clases durmió tan
bien como en su camita. Pablo revive lo que eran sus primeras mañanas
de principios del secundario, infelices, solitarias, aburridas. Se acuerda de cómo los obligaban a cantar espontáneamente... O de
cuando no tenía nada para comer y se masticaba las uñas...
Pablo mira disimulado cómo María del Carmen se saca el delantal, se desata el cabello, se va pareciendo cada vez más a la chica
que conoció el domingo. Lo perturba la blusa medio desprendida. Vista así, nadie podría acusarlo de infanticida. Lo más
probable era que lo envidiaran. Se anima y, cuando ella inicia el cruce de Corrientes por la mitad de la calle, como quien no
quiere, sólo para protegerla de los autos, la toma de la mano, apenas. María del Carmen aparenta no darse cuenta, pero enseguida
entrelaza sus dedos a los de él. En los ojos, tiene fuegos artificiales. En el cuerpo, la felicidad no le cabe. La vida es música
estereofónica. Casi, casi, un cuento de hadas en acción.

Capítulo 2

-¿Y? -se interesa curiosa Ana, sentada en el umbral de la panadería vecina a la escuela, justo antes de entrar a clases. ¿Cómo
anda ese amor?
-¿Te besó? -quiere saber Yael, que busca novio, pero no encuentra. Atenta, tranquila, formal, espera la respuesta.
María del Carmen las observa en silencio. "¡Como si el amor se pudiera organizar como un cuadro sinóptico!", suspira. Pone su
mejor sonrisa juiciosa.
-¡Hacenos un resumen, una síntesis, una narración en primera persona, contá, che!
María del Carmen recuerda el peligro que pasó al cruzar la avenida y se ríe sola. No habla.
-¿Tiene un hermano? -investiga la huérfana de amor. ¡Vamos! ¡Rompe el silencio!
-Love in progress -termina aclarando María del Carmen, falsamente preocupada. Hoy me viene a buscar.
-¡¡¡Guauuuü! ¡Esto va viento en popa! -se alegra Ana y pronuncia dirigiéndose a una mujer imaginaria, con voz grave, palabras
aliviantes-: Señora, tenga esperanzas, la enferma está evolucionando bien.
María del Carmen se propone anotar los cambios que se produzcan en la relación. Tal vez, también debiera diagnosticar la
posible evolución de los pacientes como hace su padre en las fichas del hospital, donde asienta en los casos difíciles 5.D.5., sólo
Dios sabe... Hoy la viene a buscar, mejor no pensar en él continuamente. La mañana está clara, da gusto estar entre amigas, la
vida es bella. Pero ya es la hora. Le cuesta arrancarse del escalón y enderezarse antes de levantar vuelo.
Quisiera verlo esta tarde, mañana, y a toda hora. Pero pongamos esta tarde. ¿Cómo actúo? ¿Cómo siempre? Camino sin apuro
y todo me llama la atención, pongo ojos grandes de asombro por cualquier pavada, así que converso, canto, me desplazo sobre
las baldosas como si bailara y hago que él se me vaya mostrando en las respuestas: tenemos que conocernos, le guste o no. No
vamos a entretenernos yendo siempre de la manito y al oficio mudo. Voy a conseguir que venga conmigo al centro y me lleve
a comer. Ése es el plan
Ahora van caminando por la vereda par de Corrientes; es la que ella prefiere: si son dos... Se ríe... Se ríen los dos, porque a
Pablo lo seduce registrar cómo la risa le inunda la cara a María del Carmen. Pero, se pregunta, ¿todo le merece un comentario?
-¡Qué aburrimiento! -se lamenta María del Carmen, medio risueña; después pone cara de pena-. Mi buena acción del día es ir
sola al centro a llevar unos papeles de mi viejo a una clínica... Decí que me tomo el subte y después camino unas cuadras... Hay
tanta gente desconocida...Pablo la observa, espera, simula no darse cuenta.
-¿Te paso a buscar? -le sugiere.
-A las cuatro y media en punto. Gracias.
Y las palabras apuradas se oyen tan naturales, que cualquiera creería que María del Carmen está maravillada, muy contenta,
feliz por la sorpresa.

Capítulo 3

Circulan por las calles: La valle, Uruguay, Santa Fe. Ni ven los racimos de gente preocupada que apenas los registra. Están
contentos de estar juntos. La ciudad es el tablero y ellos los jugadores o quizá, en compañía, el mundo es diversión, simple juego
de la palabra o fuego puro de la palabra. Ella cuenta algo como siempre, se mueve, hace muecas, guiña, canta, manotea el aire,
encamina los pasos de los dos... No tiene apuro... Atardece. Él se atreve. "Te garabateé esto: me hastiaba en clase", intenta
justificarse. "Me imaginé que ya estábamos dando vueltas por el centro". María del Carmen ya sabe que él estudia Letras, pero
jamás pensó que eso incluía escribir, y menos un texto que le fuera dedicado. Sorprendida, toma con cuidado la hoja, la
desdobla, se detiene y lee en voz alta para que el mundo entero se entere:
me regala aleteos insensatos
en el aire sutil de la mañana,
baila en la vereda, a salvo de prejuicios,
me da luz en las horas apagadas de la tarde
que amanece, al conjuro de sus manos,
al ritmo de su voz y de sus pies,
en las calles que teje para dos
María del Carmen se derrite. Nunca lo hubiera imaginado, nunca, nunca, nunca. Lo iba a leer mil veces seguidas, quinientas por
lo menos. Todavía no lo entendía íntegro, pero que el poema era de amor, era. Y todo para ella, todo. En la vida le había pasado
una cosa semejante; jamás, ni en los sueños de colores. A Pablo le gusta cómo suenan sus versos en la boca de ella. Tiene el
aire de un ángel mientras lee. Se promete escribirle una plegaria, o un salmo. En fin, se había hecho tarde, la invitaría a comer.

Capítulo 4

Un algún momento va a pasar. ¿Lo voy a decir? Tengo que inventarme un plan. Lo peor es que el mismo problema se va a
plantear en mi casa cuando se enteren. ¿Y cómo lo digo? ¿De qué manera empiezo? ¿Qué hacer con vos, pobre María del
Carmen de dulces dieciséis? ¿Quién va a poder ayudarte?
-¿Por qué te quedaste silencioso, Pablo?
Él se queda, la mira, se atreve a decir lo que piensa:
-¿Sabías que soy judío?
-Desde el primer minuto, lo supe por Yael; lo que no sé es qué es ser judío.Se quedan callados. Caminan sin hablar.
Algo parece haberse quebrado. Se sientan a la mesa de un bar. Pablo escribe, callado:
nos sentamos, desordenados,
esperando, esperando, esperando,
sin saber qué ni para qué,
buscamos el rumbo
descaminados,
decir todo está igual es decir todo ha cambiado
No sé, Pablo, si es así-termina de leer medio desconcertada, deja que sus ojos, sus palabras lo arrullen-. Yo, cada minuto que
pasa te quiero más.
Intenta una broma para romper el clima espeso que se ha establecido de pronto entre ellos.
-Claro que hay momentos en que te mataría, como ahora, que te metes tan adentro tuyo y ni sé en qué pensás... -aclara y le besa
la mejilla con sombras de barba.
Pablo deja que hable el silencio. Se reconoce enfermo de un amor que sólo se podría curar con más amor... que agravaría la
dolencia... Intentar sanarse era sangrar más por la herida, lo sabía... De lo que no podía dudar era de que él -la mira y no le
alcanzan los ojos-, iba a empeorar. Y recuerda que alguna vez oyó que los amores difíciles eran los que más duraban, y que
seguramente la mujer que se lo dijo tenía razón.

Capítulo 5

Un día me dejará, y todo volverá a estar en su lugar. Probablemente la van a convencer de que no le convengo, de que va a
encontrar alguien mejor, sin tanto problema. Calculará cómo decirlo, veré su mirada cargada de niebla y de noche, habrá
planeado como siempre el encuentro, las respuestas, me quedaré sin decirle que siempre la voy a querer. Jugaremos a ser un
buen recuerdo, el mejor amigo, él nunca te voy a olvidar. Me mostraré comprensivo, tal vez ella imagine que podrá encontrarse
a sí misma o se vea deshabitada y doble, obediente y desgraciada o quizá sólo sean mis deseos. ¿Veré el agua viva de sus ojos
llenos de gracia posarse en mí como palomas asustadas, sin consuelo posible? Seguramente no resistirá oponerse, por más rezos
que entone, por más alma partida, por más luz apagada... Así era y así sería siempre. El mundo habría ganado otra vez. ¿Quién
no sabe la vieja historia de cuáles son las reglas? Una mujer joven y atractiva, con los pechos desnudos, si es blanca, aparece en
la tapa de Playboy; si es negra, en National Geographic. Ellos, los dos blancos, sobrevivirían, sin duda, pero en distintos
territorios. Cada uno a su manera, cada uno ahogado en sus ideas, cada uno en la cubierta de su revista, de su barco, de su lugar.

Capítulo 6

Entonces, la bomba. Un hongo atómico que volvería a elevarse una y otra vez en la pantalla del televisor. Pero primero había
sido el ruido, el resplandor amarillo, el trueno, un volcán que explota, una lluvia de vidrios, un desconcierto. Después, el rumor
lleno de preguntas que acudían a los labios para intentar explicar inútilmente el odio y la muerte, había corrido a través de las
redes subterráneas, los colectivos, las calles, entre el espanto de los muertos, de los cuerpos mutilados, de los agonizantes. En
el Hospital de Clínicas hubo que improvisar hasta la conmoción: los siete pisos del edificio de la Amia, en la calle Pasteur 633,
habían sido volados con trescientos kilos de agonal. El espacio vacío era puro humo, escombros, el olor acre y pegajoso de la
sangre derramada. Los relojes se habían detenido el lunes 18 de julio de 1994 a las 9.53, y el momento volvería una y otra vez
en las mentes de los familiares de las víctimas. A ochenta y seis personas (años después se sabría que habían sido ochenta y
cinco), les habían arrancado las páginas en blanco de sus vidas por vivir.
Los diarios de la mañana anticipaban un día fresco con cielo parcialmente nublado y viento moderado, con una temperatura que
iría entre nueve y dieciocho grados. Los horóscopos pronosticaban sorprendentes posibilidades en el amor, en el trabajo, en los
negocios.
En la ciudad de Los Ángeles había terminado la tarde anterior el Mundial de Fútbol con el triunfo del equipo de Brasil frente a
Italia, por penales: veinticuatro años de tristeza futbolística brasileña habían acabado.
En Buenos Aires, el jueves veintiuno ya no se buscaban sobrevivientes de la voladura de la Amia. La pena nunca iba a tener fin.
"¿La Amia? ¿Y eso que es?", había preguntado María del Carmen. La Amia, Yael se lo había hecho saber, era la Asociación
Mutual Israelita Argentina, una institución judía que se ocupaba de la atención de los cementerios, de ayudar a los pobres, de
manejar una bolsa de trabajo.
-Es un horror, María del Carmen, pero lamentablemente qué podemos hacer... no sé... fíjate que con los judíos siempre hay
problemas. No digo que esté bien ni que sea justo, el mejor amigo de papá en el Hospital es judío...
-¿Es lo único que se te ocurre? Murieron cien personas, volaron por los aires, fueron enterradas entre escombros... hay trescientos
heridos, mutilados... ¿No entendés nada?
-¡Cómo no voy a entender! -busca alguna justificación, quiere calmarse-. Sé que también murieron inocentes...
-¿También inocentes? ¡Pero si los que murieron no eran culpables, mamá! ¿Culpables de qué, me podés decir? ¿De no ser como
a vos te gustaría que fueran todos los seres humanos: repetidos, prolijos, tontitos, médicos o amas de casa?
-¿En qué andas vos, María del Carmen?
El padre advierte que el ambiente se ha vuelto pesado. Un día a la semana que pueden almorzar los tres juntos... Y apenas van
por el melón con jamón...
La madre intenta aliviar la tensión.
-No quise decir eso... es que entre los muertos había bolivianos, paraguayos...
-¡Dijiste lo que dijiste, y esto que decís ahora es peor! ¿No te das cuenta de que murieron personas, te cuesta tanto comprenderlo?
Los esposos se miran. María del Carmen se levantó de la mesa. Escuchan callados el vómito y la cascada de agua que en el
inodoro se lleva también la rabia de las palabras dichas, de las pensadas, de las que se están comiendo las lágrimas.
No alcanzaba la delicadeza para sacar el cuerpo de la víctima, la cáscara de lo que hasta hacía unos minutos había sido un
hombre y ahora era una tumba desvelada, los ojos explotados, sembradores de sombras sonámbulas bajo el sol, con un medallón
de sangre inútil bajo la cabeza. Podía haber sido otro, pero era el que era, uno, único, irrepetible. Por entre el polvo y el
desconsuelo, perderlo de vista, dejarlo en otras manos, olvidarse de la visión que no acababa nunca de mirar, seguir buscando
entre los cascotes, interrogarse por la vida, pese a la tarea. "Alguien tiene que hacerlo", balbucea el voluntario anónimo, "ese
alguien soy yo". Siente ásperas las yemas de sus dedos.
Capítulo 7

No Puedo parar de escribir, de escribirte, de escribir-me, es un furor que me ataca, María del Carmen. No sé cuándo te voy a
dar esto, ni sé si me vas a creer... sospecho que ni yo sé lo que estoy queriendo decir... ¿Por qué tengo que hacerte cargar con
este fardo a vos?, ¡justo porque te quiero! Tu mamá, ¡qué sé yo, está hecha así!, pero tu papá, ¿también él? Claro, a mí no me
van a decir nada, pero después de lo que me contaste, ¿te parece que tengo ganas de conocer a tu familia? Si no es por el premio
de volverte a ver, me olvido hasta del nombre de la calle donde vivís... Me imagino que te gustaría que fuera a tu casa, cómo
no... ¿te parece posible?
Pablo recuerda la discusión que le ha contado María del Carmen, sus lágrimas, y sigue a puro golpe de emoción:
no es curioso, pensé en vos, hoy más que siempre, por donde andarías, por qué calle, sin saber qué pasaba, qué decir, muda o a
los gritos, tan contradictoria como nosotros dos, pero era inútil imaginar tu rostro, la boca sobresaltada de palabras, hasta llegar
a tu casa, yo también pensaba no podía evitarlo, ¿querés creerlo? en gente preocupada por el resultado del partido Brasil-Italia,
o en las sonrisitas semiburlonas de los que festejaban, la otra caída, no la futbolera, claro, o la perturbación menor que era en el
mundo algo ocurrido en un país tan lejano, al que habían logrado fragmentar en un instante, nunca sabrían que no nos habían
dividido, no a nosotros dos, sólo necesitaba mirarme en tus ojos para saberlo Las imágenes volvían una y otra vez, un día, otro
día, cada día. Eran cuadros de una guerra. Pablo sólo tiene preguntas para ninguna respuesta que justifique lo sucedido. ¿Toda
la duración de la historia la gente se mataba? ¿Qué clase de pesadilla era esa que no temí nunca? Una y otra vez se imaginaba
el instante, la quebradura de la explosión, la muerte a la carta, el miedo. Después, sólo el silencio, mayor para aquellos
semienterrados que iban muriendo de a poco, sin posibilidad de sobrevivir ni de morir al instante, acaso oyendo las voces de las
improvisadas patrullas de rescate. ¿Habrían dicho antes de morir, ¿en qué idioma?, la última palabra posible, mamá? Mal, todo
mal. Y en el medio, María del Carmen: los vientos de la historia habían salido a buscarlos. Y los habían encontrado.

Capítulo 8

-Hola, mamá... estamos con Pablo -María del Carmen deja caer sus ojos en él. Nos ayuda en una monografía para la escuela...
Yael, pásame la carpeta...
La madre saluda y disimula apenas la mirada atraída por la visión del muchacho. Espera que Ana y Pablo se vayan y entonces
ataca:
-¿No es un poco grande, Pablo? ¿Cómo se llama?
-Pablo, mamá, vos me lo acabas de decir... -ironiza-. No, no es un poco grande... Algunos centímetros más que yo... ¿Cuánto
medirá Pablo, Yael, uno setenta?
La madre no se desvía de su objetivo.
-¿Pablo qué, quiero decir? Tendrá un apellido, supongo...
María del Carmen sabe lo que viene después. ¿Para qué habrá intentado demorarlo, si era inevitable? Lo declara, entonces.
-Judío, ¿no?
-Sí, ¿por?
-Digo no más que eso, digo, por decir, no te gustará para novio, espero, ¿no? -ve a Yael que la observa e intenta justificarse ante
ella-. ¿Me interpretas, no? Por la diferencia de edad...
Yael está seria. Interpreta demasiado bien lo que ocultan las palabras, y no lo disimula.
Al día siguiente, Pablo, Yael y Ana se quedan a cenar; después intentarían terminar el estudio sobre Borges. A la hora del café,
a la madre se le ocurre rellenar un momento en el que se hace un espacio de silencio con un comentario.
-¡Cuánto lamento, Pablo, lo de la Amia! Quiero decirte que estoy del lado de ustedes... A tu familia no le pasó nada, ¿no, Yael?
Las preguntas de María del Carmen y Pablo se superponen.
-¿Para qué hablas por hablar, mamá?
-¿De ustedes? ¿Quiénes somos ustedes? Lo que pasó, ¿no nos pasó a todos los argentinos, señora?
-Sí, claro, por supuesto -el padre observa, no sabe dónde meterse, piensa que también él va a revisar urgentemente el lenguaje
que emplea, que su mujer tiene que aprender a morderse la lengua antes de hablar o, al menos, deberá disimular mejor. Para
peor, escucha que María del Carmen explica con calma lo que no quiere callarse.
-No, Pablo, lo que te quiere decir es ustedes, los judíos, los que no son como nosotros. Me parece que la diferente del resto del
mundo es esta familia, nosotros tres...
Los padres tratan inútilmente de fingir que nada pasa; Yael se remueve en su silla, Pablo prefiere ahondar el enfrentamiento.
Esconde la violencia que le produce • la situación y decide, provocativo, golpear donde sabe que va a doler. Se levanta y busca
en los bolsillos de su saco unas hojitas de color crema que María del Carmen ya atesora.
-Te escribí esto, María del Carmen -con mucha cortesía le alcanza un papel mientras toma tranquilo el café-. ¿Será porque me
gusta ver la cara que ponés cuando lees en voz alta?
María del Carmen sonríe; le gusta que la gasten a miradas. Despliega el papel, detiene el mundo, pone su vista en las líneas que
la nombran. Lee para todos: persigo tu mirada, esa intolerable intensidad amorronada, la única que licúa en mi memoria los
quiebres de la muerte.
Juiciosa, la cara se afina, los labios no pueden disimular el temblor. Pablo, entonces, le da otra hoja más:
sólo tu imagen me defiende
llegan las otras, malditas, buscan imponerse
y lo logran, generalmente,
pero tu voz brota entonces,
va dando formas de vida al desamparo
ni sé si sueño o vivo,
incompleto, llorón, de a ratos irritable,
falto de luces que alumbren la salida
salvo tus ojos, salvo tu voz, salvo tu piel

El padre se revuelve incómodo. La madre se agita, alterada por demás. ¡Ella se lo veía venir! ¿Quién se creía ese Pablo? ¿Eso
se atrevía a decirle a María del Carmen? Inteligente era, pero esto ya pasaba la raya de la amistad... ¿Hasta dónde querría llegar
la nena? La nena se muestra discreta, muy discreta.

Capítulo 9

-¿Qué te pasa? ¿Por qué no puedo ir a tu casa? ¿No te animás a enfrenta la situación? ¿Tenés vergüenza de que me conozcan?
¿O es que ya saben y no me quieren ni ver? Mis credenciales, ¿no califican? Te lo digo por si no te das cuenta, en casa tampoco
les gusta que vos no seas católico...
-Judío, María del Carmen, decilo -puntualiza herido Pablo.
-Sí, judío. ¿Y eso? Ya intentaron lavarme la cabeza... que no se oponen, pero que ahora soy chica y no me doy cuenta, pero
después, cuando crezca, me voy a arrepentir, que el mundo está armado de una manera que no podemos cambiar, nos guste o
no... ¡Y además, estudiante de Letras! ¿No sabes, Pablo, que con el arte no se va a ninguna parte?
Pablo se defiende como puede.
—¡¡¡Y cuando quieras acordar ya va a ser tarde!!! ¡Vieja y llena de hijos mestizos!
-¿Llena? ¡Nunca más de dos y vieja será tu madre!
A María del Carmen le molesta que le asome la viruta de las lágrimas. "Se me adelantaron las lluvias", reconoce.
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Capítulo 10

Es el disfrute de una mañana de sol. No tienen apuro, es domingo y la vida flota, violentamente hermosa. Giran los pedales y
las confidencias. La bicisenda del Parque Centenario ayuda a que Ana y Yael pueblen de conversaciones el espacio. De a poco,
el pasto se vuelve el domicilio de la gente. Doblan. ¿Derecha, izquierda? Tanto da. Avanzan, avanzan. De a ratos, flota el
silencio. De a ratos, las voces cuentan verdades,, deseos, complicidades. Aprietan los frenos y desparraman la primavera de sus
pies desnudos en un verde agradecido. Hablan y hablan desde los corredores de sus memorias, de sus fantasías, de sus sueños.

Después, las ruedas vuelven a girar y a girar. ¿Derecha, izquierda? Tanto da: la vida es puro pedalear.

Capítulo 11

-Mira, María del Carmen... Tu papá y yo somos muy comprensivos, pero... ¿por qué no te buscas un chico como vos? Justo
tiene que ser alguien que es diferente de nosotros... y papá, con tantos problemas que tiene, uno más, y de los gordos...
María del Carmen intuye lo que ya vino o lo que vendrá, da lo mismo, las conversaciones secretas de sus padres, las miradas
esquivas, las preguntas sin respuesta, palabras, palabras, palabras, "si uno se opone es peor", "sola se va a dar cuenta", "¡qué
mala suerte que tenemos!", "¡justo a nosotros!", "¡ahora échame la culpa a mí!".. Si supieran que lo mismo que ellos discuten
se lo ha planteado también ella en tantas noches desveladas... Le daban lástima, pero se trataba de su futuro. Y eso no era poco.

Capítulo 12

Se besan en la puerta de la escuela. María del Carmen se pregunta si dejaría marcas en su cara el sello del amor de Pablo, si él
se aburriría algún día de ella, o ella de él, si beberían alguna vez el agua pura del amor... Fija el pensamiento en el túnel en
tinieblas de su mente... Se escapa del dolor, busca alejarse de los pensamientos que la hieren, decide inmortalizar el recuerdo
del instante. "Acaso lo mejor sea esto" piensa, y vuelve a besar a Pablo. No le importa que la miren.
-Después les doy una copia a cada uno -les anticipa Ana, que ha traído su cámara, y los acaba de fotografiar "para toda la
eternidad"
-Y tus compañeras, ¿con qué se entusiasman? -busca informarse Pablo mientras acompaña a María del Carmen hasta su casa.
-Algunas están como yo; muchas sueñan con el viaje de egresadas... Si les haces caso a lo que hablan, a lo que esperan, a lo que
van a hacer... todas exageran. Al final, las voy a ver casarse de blanco y por iglesia, o por templo, o por lo que venga. El asunto
es escaparse de la casa…
Pablo piensa sí, eso es el amor.
-¡Pecadoras redimidas por el amor y la fe! -grita como un telepredicador-. ¡Gloria a Dios!

Capítulo 13

¿Qué debo hacer?¿ Por qué no habrá un manual de Instrucciones para desesperados de Amor? ¿Cuántas advertencias, consejos,
indicaciones, puedo seguir aguantando? Los días dan vueltas y vueltas... Si le hago caso a lo que quieren mamá y papá, ¿mi
existencia se hará más? ¿Para después arrepentirme toda la vida? ¿O tal vez Pablo sea la equivocación de una chiquilina? ¿Cómo
puedo dudar de alguien tan transparente, capaz de escribirme el verso que no olvido, el que me acompaña permanentemente,
como si A estuviera pegado a mí, que digo y se me caen las lágrimas?: "Me despierto con un verso que te sueña". ¿Alguien en
el mundo va a querer prolongar sus sueños en mí cuando esté despierto? Las ganas de verlo me comen hasta los pies, se me
arrancan del suelo para ir a encontrarlo, ¿y qué hago con mis brazos, con mis manos vacías?

Capítulo 14

Los dos son andariegos y llegan hasta la tarde del río, en la Costanera. A Pablo le gusta ver cómo los ojos de ella se transforman
en brillantes piedras castañas. ¿Qué pensaría? ¿Siempre sería un misterio para él, más allá de las palabras? ¿Usaría máscara casi
todo el tiempo o se la pondría de a ratos como el Zorro? Estaba casi seguro de que si le proponía ir a una bailanta era capaz de
aceptar, comerían sándwiches de chorizo, tomarían cerveza, bailarían entre seres tan extraños como ellos... Si todos los pecosos
eran primos, ¿encontrarían allí un primo perdido de María del Carmen, con pecas, desconocido? ¿O era que quería conjugar el
verbo pecar: yo peco, tú pecas...?

Capítulo 15

María del Carmen ha decidido ir con Pablo a la manifestación de repudio al atentado contra la Amia. Lee las consignas en las
pancartas: "La única solidaridad es hacer justicia" ve ciento cincuenta mil personas enfrente del Congreso, se sabe en el centro
del dolor. Percibe la hostilidad en los silbidos contra el presidente Menem, que prefiere no hablar. El silencio inunda la plaza
cuando la palabra se vuelve luto compartido.
Familiares de otras víctimas compren-den, sufren, acompañan. María del Carmen ve los pañuelos blancos de las Madres de la
Plaza de Mayo, las fotos de los ajusticiados sin

María del Carmen ha decidido ir con Pablo a la manifestación de repudio al atentado contra la Amia. Lee las consignas en las
pancartas: "La única solidaridad es hacer justicia", ve ciento cincuenta mil personas enfrente del Congreso, se sabe en el centro
del dolor. Percibe la hostilidad en los silbidos contra el presidente Menem, que prefiere no hablar. El silencio inunda la plaza
cuando la palabra se vuelve luto compartido.
Familiares de otras víctimas comprenden, sufren, acompañan. María del Carmen ve los pañuelos blancos de las Madres de la
Pla¬za de Mayo, las fotos de los ajusticiados sin motivos ciertos, las banderas de quienes necesitan estar presentes, oye "para
que no mueran dos veces", y gente, gente, gente. Sufre en la boca el gusto amargo de entender la falta de derechos humanos.
"¿Dónde estuve viviendo? ¿Asunto de judíos, mamá?", piensa.

Tres meses después, María del Carmen leerá que el 73% de la población cree que nunca se esclarecerá el atentado; que más del
60% admite como muy posible un tercer atentado -la nota recuerda el arrasamiento de la embajada de Israel ocurrida en marzo
del 92-, que la economía está cambiando y que la desocupación había venido para quedarse.

CAPÍTULO 16
Le pidió que llevara puesto su buzo una semana y que se lo devolviera sin lavar: la sentiría más junto a él. Miran desde un banco
las estrellas que empiezan a salpicar el atardecer del Parque Rivadavia. María del Carmen se le pega a Pablo y se promete que
no dejará que nunca se marchiten sus ojos, que él tanto alaba.
-¡Mirá! -exagera y señala-. ¡Una estrella de Davíd
Pablo ni se escandaliza; prefiere, a veces, darle su amor callado. Tal vez, supone, un día descifraría la emocionada incógnita
que era María del Carmen. Ese crepúsculo, ella es un vidrio claro que Pablo atraviesa con la mirada; arriba él no distingue
ninguno de los dos triángulos que hacen la estrella judía. Sólo ve su cara dibujada en el cielo: un mosaico quebrado.

Capítulo 17

.. .padre, yo sé bien que hace como tres meses que ni me asomo por la iglesia, que me cruzo a la vereda de en-frente cuando
debo pasar por su puerta, que tengo miedo de que alguien me señale por la calle como pecadora, pero hoy no aguanté más y me
vine sin escalas a hablarle, padre, a preguntarle si es pecado mortal estar enamorada de alguien que no es católico, padre, yo sé
que mi mamá no lo quiere, aunque disimula y mi papá no opina nada, pero se calla y traga veneno, padre, y yo lo único que
tengo son dudas, pero lo quiero y ya sé que soy chica, pero no tanto como para no darme cuenta de que no habrá ninguno igual,
no habrá ninguno, como dice el tango, aunque lo diga por Malena, que pone en cada verso su corazón, como Pablo me enseñó,
y él pone el mío en lo que escribe, me hechiza con sus palabras, sus versos son una escalera a Dios, y esto no sé si es herejía,
sólo que me doy cuenta de que si no lo encuentro no me encuentro, y estoy cada vez más confundida, encima ahora pronto voy
a terminar la escuela la y qué hago con mi existencia, yo no sé si quiero pecar con él, me lo pidió, qué hago, padre, qué hago,
yo no estoy preparada para nada, ni para vivir, padre, bendígame, padre...

Capítulo 18

Repasa una y otra vez el breve papel que los nombra. Lo lee sola, en silencio, en el fondo de la clase. No sabe si mostrárselo a
Ana, que seguramente va a comprenderla. No entiende. ¿Siempre se la pasaba escribiendo ese tipo? ¿Ahora sabía más de religión
que ella? ¿Se creería el apóstol número trece? ¿Por qué no estudiaría únicamente Gramática? No, mejor no, él sería el sujeto,
ella el predicado, el objeto directo, el indirecto, el circunstancial, el agente... O él el predicador... ¿Y qué sería hipostasiados?
¿Unidos? Aunque estaba claro que era mejor no leérselo a casi nadie... menos que menos a su madre... Pero a alguien tenía
que contárselo... Lo relee en voz muy baja, sólo por el gusto de oírse:

déjanos pecar con furia, con ternura,


confusos, humillados, inmortales,
haznos sentir cómo se encarna el verbo,
permítenos un poco más de bienaventuranza, terrenal
y temporal
hipostasiados como dioses,
déjanos caer en la tentación,
tolera la gracia de nuestro ser,
ese don gratuito y placentero,
permítenos ver eternamente el divino rostro,
después, entonces sí, por favor,
perdona nuestros pecados,
ahora y en la hora de nuestra muerte,
amén.

Capítulo 19

Sus ojos hablan otro lenguaje, piensa Pablo mientras habla con María del Carmen.
-No es que yo no te quiera, Pablo. Po-demos seguir siendo amigos...
Tengo que ir a depilarme... Espero que haya pasajes.
-¿Tenés miedo de que se eclipse tu fe?
¿Cuál es tu límite, Pablo? ¿Qué te conviene decirle? ¿Debes conformarte, resignarte, persignarte? Y, ¿cuántas servilletas va a
triangular?
-¡Para qué te habré hecho mirar el cielo! Ahora vas a empezar con astronomía, la Vía Láctea, los signos del Zodíaco...
Se detiene, duda, concreta:

-Yo tengo que solucionar un par de temas... y me conviene alejarme para pensar sola, sin que estés a mi lado... Me voy con las
chicas a pasar el fin de semana en Mar del Plata.
¿Cómo le explico que me hacen el vacío en casa? Aparentemente no pasa nada, pero la verdad es que nadie empieza un diálogo,
ni hace una pregunta... No entienden que toda yo soy un agujero negro, lleno de vacío...
-Lo más importante que tenés que resolver es tu relación conmigo.
-Me volvés loca. ¿Acaso vos sabés dónde estás parado? Yo, por lo menos, hasta pensé en estudiar Letras, para que estuviésemos
más juntos... Mirá, lo mejor que podemos hacer es dejar de vernos durante un tiempo.
-¡Qué fácil lo haces! ¿Eh?
M sé qué decirle... Por lo visto se sigue comiendo las uñas... Para peor el dedo anular parece que quiere engordar... ¿Vendrán
días de olvido? No, no me engaño, no puedo evitar ver su perfil frente al mío completándome...
María del Carmen pone un punto y aparte a la conversación. Se recoge el pelo, lo ajusta con un broche. Saluda apenas a Pablo
antes de irse, como distraída. Las servilletas desdobladas reciben la escritura de Pablo:
está sentada frente a mí / dando espaldas a la calle, y dejo de oírla, ya es un personaje de ficción, fijo en su encarnadura
habladora, / sus movimientos todos / acumulan palabras, / que pretenden explicar quizá lo imposible / razonablemente I y ya ni
sé en qué capítulo me encuentro, / frente afrente, / entra otra luz desde la calle / me voy desdibujando / henchido de soplos de
aire I lleno de unos ojos en flor / que miran claros / como una caricia breve / que acaba de temblar incandescente / en el momento
inútil del adiós.
(Nota: Cuando tus ojos la rocen, esta línea anulará la desesperanza de todos los versos anteriores.)

Capítulo 20

Ahí estaba la ciudad, Mar del Plata, toda para ellas por tres días. Fue un abrir y cerrar de valijas, el gusto de salir a la calle casi
sin dormir, el ansia de correr sobre la arena hasta mojarse los pies tempranos en el agua fría. Y después, caminar la costanera
tiempo arriba, tiempo abajo, llenándola de risas desordenadas. Era bueno dejarse pegar por el sol, salpicar por alguna ola, ser
piropeada. Desde los coches, las acosan, las persiguen, las desean.
-¿A todos les caemos bien? -pretende saber María del Carmen.
Sus amigas se ríen, cómplices.

-¿Subimos a alguno? ¿Y, chicas, paseamos en auto? -propone Ana.


María del Carmen se queda callada. Tres muchachos les hablan desde las ventanillas de un coche, se bajan, les prometen gratis
el cielo, la tierra, el infierno, apenas por dar una vueltita con ellos, por el gusto de ser jóvenes y estar juntos.
-¿Vamos?
Y se reparten por los asientos y por las casualidades: todos son de Buenos Aires.
Y vienen las presentaciones que juegan a la formalidad. Gastón, "Gato", Javier, "Javi", Roberto...
-¡Beto! -adivina Ana.
-¡No! -se horroriza el interesado-. ¡Robert!, ¡Robert!, ¡Robert!
Pero ya es tarde. Para ellos, será Beto para siempre. Los amigos se aprovechan... Beto no puede mostrarse enojado, sino
fascinante..., "para conservar las nuevas amigas", le explican.
Roberto reconoce que tiene que aguantar, que no debe enojarse ni sentirse molesto. Soporta las cargadas, se gasta él mismo, se
queja de que no hay felicidad completa, aunque igual "está todo bien".
A las chicas les gusta cómo reacciona Roberto. Pero es a María del Carmen a quien él busca, se le insinúa, le encanta perseguirla
con la vista y con las palabras. A ella no le molesta aceptar las reglas que se van creando en el grupo, compartir el momento,
mezclar el canto de su voz al de los demás.
—¡Es el destino que quiere unirnos, María! -busca enamorarla entre el griterío común Roberto, que acaba de enterarse de que
uno de sus tíos ejerce la medicina en el mismo hospital en el que trabaja el padre de María del Carmen-. ¡El horóscopo me decía
que iba a conocer a la dama de mis sueños y no lo podía creer!
Gastón y Javier lo felicitan. Brindan y convidan, espumantes, a los asientos de adelante y de atrás.
En el puerto la luz destella más, todavía. Hay mucha gente en movimiento, pescadores, turistas, comerciantes: la mañana entera
es aire desatado bajo el sol.
La conversación, por momentos, se vuelve general. Como todos tienen malla puesta, deciden ir a la playa ya. En Punta
Mogotes, brotan del baúl del coche, como por arte de magia, lonetas, reposeras, mate... Roberto se ofrece a pasarle bronceador
por la espalda a todas las chicas; a ellas no les disgusta; pero los amigos lo obligan a compartir la tarea. "Es mucho esfuerzo
para uno solo, es demasiada generosidad", sostiene Gato.
Javier se demora en Yael, se demora, se demora, se demora...
-¿Por qué sos tan minucioso? -aparenta impresionarse Roberto-, si seguís friccionando le vas a enrojecer los pulmones...
-Ah, sí. A mí me gusta el trabajo bien hecho...
-Suficiente, Javi -da por terminada la sesión Yael-. Otra vez no exageres tanto que me vas a dejar en carne viva.
Por si acaso, el Gato guarda las uñas.
Se habla, se habla, se habla.
Ni se sabe quién dice qué. Se enciman las voces, los gestos, las risotadas. Sobresale la voz de Javi:
-¿Te imaginas si Colón hubiera llegado aquí? Él y los marineros dirían a los gritos: "¡Mar del Plata! ¡La Ciudad Feliz!, aquí
mismo, en plena perla del Atlántico...
-No, no -corrige Roberto-, diría: "¡Ar-gen-ti-na!, ¡Ar-gen-ti-na!, ¡Ar-gen-ti-na", y en la costa, ahí nomás, estaría la Santa María...
del Carmen...
-¿Y La Niña y La Pinta? -preguntan a coro Ana y
Yael.
-Ustedes ya habrían llegado -las halaga Roberto, y estarían tomando sol... Ese debería de haber sido un día de mucho calor,
pese a ser octubre -supone -, y la playa estaría llena de indios marplatenses comiendo alfajores...
-¡Sí! -Ana está convencida-, era una tribu indómita de aborígenes que dominaba Miramar, Necochea, Pinamar, Cariló, San
Bernardo...
-Alta Gracia -añade Gastón.
-¡Qué bruto! -se le escapa a Ana-. Eso queda en Córdoba...
-¿Y dónde te creés que está el castillo de familia del Gato, Ana? -se ríe Javier.
La Niña, la Pinta y la Santa María navegan gozosas entre infinitos galanteos. Son naves recién estrenadas que hacen flamear
sus banderas al llegar a las nuevas tierras, a las nuevas playas. En realidad, están confusas y ya no saben si son ellas las que
descubren, si son descubiertas, si el descubrimiento es mutuo...
Javier retoma la conversación. Está entusiasmado. ¿Qué importancia puede tener, pregunta, que los hechos no hayan sido así?
Se siente un conquistador, él es Cristóbal Colón, por fin ha llegado... Se pega golpes en el tambor de su pecho y desafía:
-¿Y? ¿No me creían? Aquí estamos, en la Argentina, ¿quién decía que yo era un fanfarrón? ¿Qué decís, Pinzón? Esto es la
Argentina, che, amarren los barcos.
Y termina:
-Yo te bautizo para siempre: ¡Mar del Plata!
La ronda del mate da vueltas y vueltas. Cambian la yerba, vuelven a empezar, consiguen más agua calíente: toman tanto que
parece que necesitaran un lavado de estómago.
-¡Mar del Plata!, ¡Mar del Plata!, ¡Mar del Plata! gritarían los españoles -reafirma convencida Yael.
-¡Barcos!, ¡barcos!, ¡barcos!, contestarían los indios -dice fascinada Ana.
-¡Calaveras!, ¡calaveras!, ¡calaveras! -corrige Javier.
-¡Ca-ra-be-las! ¡Idiota! -modifica a los gritos Gastón-. ¡Ca-ra-be-las!, ¡ca-ra-be-las!, ¡ca-ra-be-las!
Yael se muestra pensativa.
-¿Cómo? ¿No traían una bandera con la calavera y las tibias cruzadas? -pone cara de ángel, le sonríe al Gato, cree haber salvado
la situación-. No parece muy idiota... ¿no? -afirma ante la cara de aprobación de María del Carmen, el guiño agradecido de Javi.
Y medio pensativa, reflexiona como para sí, pero en voz alta:
-Si yo fuera Colón, Javier, haría que le pasaras bronceador a toda la tribu... femenina...
-¡Turistas!, ¡turistas!, ¡turistas!, gritaría una indiecita adolescente -y es María del Carmen que se transforma de golpe en una
nativa escandalosa, con ganas de romper el tiempo vacío que se ha establecido de golpe allí, entre ellos.
-Y la Dirección de Turismo haría limpiar la arena, les pondría nombres a todas las playas -se entusiasma Yael, colabora, busca
quebrar el aire pesado que no sabe por qué se les está asentando-. Y se abrirían restaurantes, el casino de Pinamar, la caminera...
-Y librerías, la terminal de micros, la plaza Colón, la avenida Colón, la calle 12 de Octubre...
Ahora cada uno busca participar. Se habla, se habla, se habla... ¿Hay algo más importante en el mundo que hablar?
María del Carmen mira a Roberto con ojos son-rientes, alentadores. Presiente que se le viene un tirón de orejas dado por el
ausente Pablo, tan lejos, allá, a cuatrocientos kilómetros, entre el asfalto y los libros, y le pide que no exagere... Ella sólo
conversa...

Capítulo 21

María del Carmen estudia a Roberto: es atractivo, desenvuelto, seguro de sí. Simpático, dispara bala tras bala para conquistarla.
Le ofrece el mundo a sus pies en Buenos Aires, le da el teléfono, busca crear intereses comunes, formas de volver a verla. Lo
que ella opina sobre cualquier tema le gusta, lo aplaude, lo alaba: no hay nada en lo que él piense diferente. Pero, ¿a qué
velocidad pretendería conducir la relación?, piensa María del Carmen mientras con discreción le mantiene apartadas las manos
demasiado cariñosas... El grupo se arma, se desarma, Yael, Ana y María del Carmen, parecen felices, caminan, se separan,
se juntan, capitulan: esa noche irán a bailar todos juntos.
-¿En qué relación me estoy metiendo, chicas?
-¡Qué te importa, María! Aprovechemos, que total no pasa nada.
Del techo de la discoteca, del suelo de las paredes, del centro del espacio, surgen titilantes, giratorias, coloridas, siluetas
asociadas a las luces que se agitan y música a mil: es un mundo tentador en el que María del Carmen se ve distinta y distante.
La mente se le va, ausente, vacía, las palabras que dice no parecen responder a sus pensamientos. Se le cruza la imagen de Pablo,
la aleja, sufre un temblor frío en el cuerpo, ve cómo se le va construyendo, confuso, otro tiempo paralelo, no sabe si soñado o
ensoñado. Ajeno a sus preocupaciones, el telón sigue levantado: el espectáculo son ellos.

Capítulo 22

En la plaza Lavalle, frente a los Tribunales, los lunes a la mañana suena el shofar, el cuerno de carnero que, desde hace milenios,
en el silencio que le sigue, convoca a la reflexión. Después, distintos oradores, casi siempre tres, manifiestan su pensamiento.
El acto es breve. Los familiares de los asesinados en el atentado contra la Amia buscan fuera lo que no encuentran dentro del
Palacio de la Ley. Ellos denuncian. Desde el gobierno se les promete con palabras comprensivas lo que no se cumple. Se
desconfía del Poder: las fuerzas de seguridad, que debieran cuidar de los ciudadanos, son sospechadas de cómplices de los
asesinos. ¿Quiénes atentaron contra la Amia?, claman. No les importa la venganza; exigen que se haga justicia.

Capítulo 23

Encontrarse al mediodía en Florida y Corrientes, en pleno centro de Buenos Aires, y pretender almorzar en un lugar cercano y
tranquilo es una misión imposible, pero no para Pablo. María del Carmen se deja llevar.
-¡Qué lindo es esto! -exclama sorprendida-. Nunca pensé que se pudiera encontrar calma entre tanto ruido, tanta gente, tanto
calor...
-Y además, rodeados de aventuras: reconquista -mientras entran, señala la calle por la que han caminado-, a pasos, Plaza de
Mayo, al lado de las cenizas de San Martín, y nosotros, ¡en un convento, al lado de la Basílica de Nuestra Señora de La Merced,
Virgen Redentora de Cautivos!
-¿Cómo sabés esa historia de que salvaba prisioneros?
-¿No leíste las placas que están pegadas en las paredes?
Y podrías leer las hojas de nuestra historia, debería agregar, pero mejor me callo, por ahora, porque, ¿ésta es de verdad una
historia de a dos? Y yo, ¿quiero o no permanecer cautivo?
Atraviesan el verde del mediodía de los patios y las palmeras para adentrarse en un espacio de voces atenuadas, donde hablar
es posible. Y comer, porque en el patio hay mesas y sillas esperando.
-Contame algo de tu abuelo. Me lo ponés siempre de ejemplo, pero nunca sé nada en concreto sobre él -pide mientras elige el
menú.
-Mi abuelo... -evoca Pablo-, ¿podés creer que se crió en un pueblo que se llamaba La Capilla, cerca del río Gualeguay?... Fue
uno de los gauchos judíos que vivió del trabajo de la tierra, arar, sembrar, cosechar... también ordeñar, domar potros... aquello
debería ser el paraíso, verde, verde, verde... vivir envuelto por el agua de los ríos entrerrianos... No conozco sino por lo que me
contaba, pero en ese jardín ¡a quién no le gustaría estar!
-A veces yo también me ilusiono con irme de Bue-nos Aires, al Sur, no sé, al Norte, llevar otro tipo de vida, ser maestra rural,
titiritera, médica de pueblo... O estudiar en España, vivir en Méjico...
Siempre que sea con vos, claro.
-Te noto in-de-ci-sa, muchacha.
70

Palomas son tus ojos


-¿Sabés qué? -se echa para atrás el pelo, separa un pedazo de pan, le pone manteca, sal, lo iza en el aire, come medio bocado y
pone el resto en la boca de un sorprendido Pablo-, con vos puedo mostrarme insegura...
Con Roberto, no, seguro, ni me conoce ni me conocerá. Ana insiste en que está loco por mí, que la llama a cualquier hora,
pidiéndole que me convenza de que él es lo mejor que me puede pasar...
Y la cínica me explica que me conviene seguir la carrera del matrimonio, que si ella consiguiera un candidato así podría
ir al club en auto, mandar a sus hijos a una buena escuela privada, disfrutar de una casa en el country y pagar sus compras con
tarjeta gold...
que Dios me da pan... Y con Javier y el Gato no pasa nada...
Lo ve disolverse de gusto. Decide rematarlo, lo des-peina, lo peina a mano, le acaricia el rostro liviano, le habla medio en broma,
medio en serio:
-Sé bueno, escribíme algo triste, así lloro y me desagoto. Y vos -pregunta-, ¿estás seguro de lo que querés hacer de tu existencia?
-Yo...
¿Cómo hacérselo saber? ¿Confesarle que el puente, el orden, las piezas dispersas de mi enigma sólo se buscan juntar cuando
estoy con ella, y ni siquiera entonces se logran unir? ¿Lo entendería? Y por qué no me habría nombrado entre sus proyectos
posibles?...
Sin ella estoy perdido, con ella busco perderme...
-...¿y a vos qué te parece?...
-¿Y por qué me contestás con otra pregunta? ¡Cómo se nota que sos judío!
-¡Racista, fanática, sectaria! -se queja, se ríe, se apunta el pecho-. Si Cupido no nos hubiera unido...
Ella lo frena abruptamente.
-Te traje el libro de cuentos que te querías comprar. Decidí que no todo va a ser poesía en tus días -confirma a la sonrisa
satisfecha-; algo de prosa te vendría bien, ¿no?
Llama al mozo. Prepara su billetera.
-Hoy invito yo. ¿Tomamos café?
-Dale. ¿Me lo dedicaste?

Capítulo 24

El sobre que le entrega Pablo en la puerta del Normal, al mediodía siguiente, le recordaría a María del Carmen la salida del día
anterior. Pablo le confiesa que ha venido especialmente para eso, que no le mandó un telegrama para no asustarla. Vuelven
caminando, mientras María del Carmen lee en voz alta la clásica hoja crema: Tu caricia me eleva a maravilla.
-¿Qué hago con este individuo, chicas? -plantea la cuestión, incrédula, a Yael y a Ana-. ¿Qué come? ¿Yogures vencidos? ¿Y si
lo rifo entre nosotras y la que pierde se lo lleva?
Medio desasosegada, con algunas dudas, se da cuenta de que debería sentirse feliz más que rara. Por si acaso alguna se tome en
serio sus palabras, se prende del brazo de Pablo.

Capítulo 25

Verifica la dirección, toca el portero eléctrico, escucha el "ya bajo" que sigue de inmediato a su nombre.
Pablo le abre la puerta de la calle, la saluda intranquilo.
-¿Por qué te demoraste, María del Carmen? Pensamos que te habías perdido...
María del Carmen hace algún gesto vago, se enfrenta a un pasillo largo, a gente que la observa curiosa desde una ventana de
planta baja que da a un corredor angosto, sube por una escalera descolorida, sonríe a cada palabra que le trae el pasillo donde
ya la están esperando sus amigas.

-¡A que no supiste cómo llegar! -se burla Ana-. Te lo había dicho: Pasame a buscar y vamos juntas"...
Yael habla, otras voces se enciman a las suyas, y las risas a las palabras. María del Carmen deja que le penetren en la piel los
olores de la casa, la sensación de apretamiento de un ambiente pequeño, recargado de muebles. No deja de mirar, asombrada.
¿Aquí le escribiría Pablo sus poesías aladas? ¿Aquí estudiaría para la Facultad? ¿Aquí tendría lugar para soñar o, al menos, para
dormir?

Capítulo 26

-¡Gracias a Dios que terminamos el trabajo!-Suspira Ana y se deja caer en el asiento vacío de atrás, en el fondo del colectivo.
-y a pablo-completa Yael-Sin él, lo mismo hubiéramos hecho la monografía, pero así es más cómodo, ¿no, María del Carmen?.
¿Te gustó la familia?
- Casi ni los vi … más me gusta él. ¿Y a vos? – pregunta intencionalmente.
- Yael deja caer su mirada por la ventanilla, sin pena ni gloria.
- Yo por ahora tengo quien me quiera. Supongo…
- Se aflige repentinamente entristecida, aparta algún fantasma con la mano, sostiene una emoción inútil.
-A mí me pareció bárbara Lea, la hermana. Eso que se te da sin que sepas cómo. Además, me fascina el hecho de que sean
parecidos... Yo la miraba cuando nos hablaba y le veía rasgos de él, como repetidos... Es ridículo lo que se me ocurre ¿no? Me
gustó que fuera maestra y siguiera estudiando... ¿Ciencias de la Educación? ¿Vos hace mucho que los conocés, Yael?
-Hace mucho... -trata de recuperarse-. Lo que más me impresiona de Lea es que cuando terminó el secundario, hace siete años,
se largó sola a Europa, con muy poca plata. Cuidó chicos en Inglaterra, fue guía de turistas en España, buscavidas, pero siempre
segura de lo que quería. Le envidio el coraje que yo no tengo...
Capítulo 27

ano se había detenido en mirarla: muchas mujeres en la carrera. Sólo que había alguna cosa en el contorno de la cara, o acaso
era la tarde gris, o tal vez fuera el aburrimiento asen-tado en la clase que, al fin, terminó.
-¿Vos escribís?
Pablo la observa casi sorprendido. De frente era diferente, parecía otra.
-Es tuyo: lo garabateé para vos -se justifica al darle una hoja.
Como una moneda flamante,
así
el perfil de la muchacha.

Se sintió extraña.
-¿Así me ves? -pregunta desconociéndose en lo escrito.
-Así.
-¿No tiene título?
-Ponele tu nombre, Carolina -sugiere Pablo, anulando las distancias.

Capítulo 28

Los cuatro han decidido ir a comer. En el camino, Ana cuenta cómo la corren los días: septiembre, octubre... Mejor ni pensar.
El día de la Primavera, el día del Estudiante ya quedaron muy atrás, como si fueran viejos recuerdos. Sabe que no es así, pero a
esa película de su vida le están faltando cortes publicitarios, ella quisiera evitar la aceleración de las horas. Lo peor es que le
tiene miedo al desenlace, a la palabra fin, a comenzar de nuevo.
-Yo quisiera que no terminaran las clases, que siguieran para siempre... si tuviera garantías de que hay algo fijo después de fin
de año, de las vacaciones, de que todo vuelve a ser como cuando éramos chicas o de que encontraremos la tierra prometida -
sueña en voz alta, se avergüenza de sus palabras, sigue hablando-. Y no doy más: deseo que esto termine de una buena vez.
¿Soy ridícula, no? Lo que sí, chicas, y vos también Pablo, nunca nos vamos a separar, aunque nos separemos. Es un pacto. Lo
sellamos con pizza y alcohol. ¿Están de acuerdo?
La cerveza le llena de espuma los labios a Ana. Está contenta. Y cuenta:
-El sábado pasado estaba sola en casa, bah, con mi prima Claudia y una amiga de ella, Gabriela. Mis viejos se habían ido no sé
a dónde y seguramente volverían muy tarde. No sabíamos qué hacer y decidimos llamar a un programa de radio que proponía -
pone cara de picardía-, encuentros, contactos. Dejamos mi número de teléfono y nuestros datos para que nos llamaran los
muchachos a los que les pareciéramos interesantes y quisieran conocernos. A mí lo que más me frenaba era dar mi número,
pero, bueno, Claudia me convenció de que era una de las siete maneras de conseguir novio aprobadas por las Naciones Unidas.
Ana está contenta. Ve que la miran con malicia, desconfían, agregan comentarios que no desvían la atención de lo que ella
presenta como si estuviera pasando en ese mismo momento. Yael la interrumpe:
-¡No agrandes lo que sucedió, Ana! ¡Por favor, que te conozco desde Preescolar!
Ahora los cuatro viajan por el pasado: sala verde, sala celeste, sala rosa... se van, se van, se van. Pero volverán, Ana está segura.
-¿Y? -busca retomar Yael, interesada aunque un poco ofendida porque no la llamaron para participar de esa fiesta.
-Y, seleccionamos a tres postulantes, y durante la semana, a la tardecita, los vimos. Siempre en patota: todas para una, una para
todas y uno para cada una. Éramos tres caras bonitas, tres. Nos habíamos repartido, antes de conocerlos, a quién le tocaba el del
martes, el del jueves, el del viernes. Y a la elegida le tocaba seducir al candidato. Las otras dos ayudaban haciéndose las
indiferentes, o bobas, o intelectuales.
Ana no puede parar de hacer escándalo. Más cuando ve que la miran muy interesados.
Piden otra pizza. Y más cerveza. Brindan por los pretendientes.
-¿Cómo se llamaba el primero? -rompe el fuego Yael.
-Sebastián, y era el peor. En el reparto me había tocado a mí ¡Qué comienzo de semana! Nos encontramos en una confitería del
centro. Disfrutaba de su cerebro a cuadritos, como los delantales de Jardín. ¿Pueden imaginar lo que le hacía masa en la mente
y nos lo dijo? Nunca podrán: tenía novia, pero quería asegurarse una de repuesto por si ella lo dejaba. No sé, para mí, escondía
un agujero en la cabeza.

Los gritos estallan. Es increíble. Pablo ya lo quiere poner como personaje de un cuento. Ana exageraba como siempre, piensa
María del Carmen. No debía existir gente así, por lo menos en este planeta. Pone la mano en la frente de su amiga: "¿Tenés
fiebre?", simula interesarse. -¡Ustedes no entienden! ¡Es que tenía dos juegos de padres y le pesaban las separaciones!
-Medio pollerudo, ¿no?... / Jugás de suplente, ¿y?.../ Esperáss que se muera la otra y te titulariza...
-¡Paren, paren! Supimos que un sábado consiguió juntar a veintidós chicos para jugar al fútbol, contándolo a él. Pero se olvidó
de llevar la pelota y pasaron el partido para el otro fin de semana...
Yael se separa un instante de la locura colectiva. Fija su vista en la pared, cambia la imagen de la muchacha que adorna en la
pared un paisaje de la Patagonia por una suya. Se ve seria, seductora, misteriosa, acariciada por el viento. Regresa más calma.
Mira muy atentamente a Pablo, se desentiende de él, quiere seguir escuchando a Ana mientras saborea la pizza y el relato.
-El jueves conocimos a Nicolás. Un bicho raro. Para mí, era un enfermo mental: se pensaba que estábamos no en un bar sino,
no sé, en un micro de larga distancia o en un avión. Cuando íbamos a sentarnos le preguntó a Claudia: "Qué preferís? ¿Pasillo
o ventanilla?".
-¡Ustedes no lo entendieron! ¡Era un caballero! -alborota Pablo a las carcajadas.
-¡Ese ganó el concurso del idiota del mes! -sostiene
María del Carmen, admirada de ver a Ana iluminada como un árbol de Navidad.
-Necesito agua -se escandaliza Ana, trastornada, y manotea su vaso de cerveza. Y sigue:
-Mi historia está hecha de muchas historias -explicó Nicolás el viernes, haciéndose el importante. Era grandote y medio gordo:
parecía un gato empachado.
María del Carmen se lo imagina. No puede dejar de pensar qué pasaría que Ana no conseguía alguien que la adorase. Tampoco
Yael, al menos por lo que se sabía. Algo había, pero nada serio. Era demasiado reservada con ella. Lo que no le estaba gustando
era cómo lo miraba a Pablo, aunque tal vez sólo fueran fantasías suyas.
-Yo estaba metida en una pesadilla. Él hablaba y hablaba. Había repetido no varios cursos, ¡escuelas enteras! Era el típico caso-
problema. Estaba claro que no era un alumno, era una desgracia para el Instituto. Gabriela, embobada, lo llamaba por su nombre,
Nico, le clavaba la mirada en los ojos, con sed, bebía sus palabras. Al final, él lo confesó, quiso decirnos lo que Gabriela le
había hecho, ansiaba hablar de eso maravilloso que estaba pasando. Nos reveló que le había atravesado ¡el corazón con una
motosierra Y sacó no sé de dónde una rosa y se la regaló. La tenía preparada por si la cita resultaba. Si no, se la llevaba a su
mamá. Gabriela no tiene qué darle, calculé, pero ella siempre saca una paloma de la galera. "Esto es para que me recuerdes
siempre", le suplicó con voz acariciante, de bolero.
-¿Y qué le dio? -quiere saber impaciente, María del Carmen.
-Y, como había venido repasando Química en el subte, la sacó del libro y se la regaló.
-¿Qué? -preguntan todos a coro.
-¡Qué iba a ser! Una tabla periódica de elementos. ¡Otra cosa no tenía! -la justifica ante los demás, se divierte, nota que molesta
a los vecinos de mesa que dan vuelta las cabezas, enojadas o envidiosos y termina-: ahora, liquidamos las citas a ciegas. Me
parece que empezaremos con los matrimonios a ciegas. Yo, como ellas, prefiero ser media naranja de alguien y no una buena
mandarina.
"Too much para mí", dice Yael antes de ir al baño.

Capítulo 29

-... y sí, María del Carmen, tuvimos un bazar de barrio, en La Paternal, un negocio que inició mi abuelo muchos años atrás;
después, cuando vino la importación y los hipermercados empezaron a vender de todo, ya no pudimos competir... ahora papá,
con la plata que logró salvar, compró un taxi... por el momento está tranquilo... pero siempre está a la caza y a la pesca de algo
que espera se le presente... Mamá vende ropa en colegios, en negocios, en algún Ministerio... Y sí, nos vinimos abajo... El más
rico de la familia soy yo que me ilusiono con que te tengo a vos... porque es así, ¿no?
-¿Y vos trabajaste?
-Trabajé de botones en un hotel, de cadete, llené góndolas de supermercados - la mira y resume su experiencia-: no me molesta
trabajar, lo hago desde chico.. ... Seguramente le resulto tan ajeno a su mundo... todas son experiencias si uno sabe aprovecharlas;
ahora me compré la computadora, aprendí, doy clases particulares a chicos y grandes, hago algunas desgrabaciones, espero
compradores en departamentos que están a la venta-Resuelve terminar de confesarse.
-Pensé en irme a vivir solo, pero no me puedo mantener. Así que, por ahora sigo con mis viejos...
Lo ve débil, desarmado, inseguro.
-Claro que me tenés, tonto -lo mima y piensa que a lo mejor es cierto.
-¿Te abro una cuenta de correo electrónico y nos escribimos? Es lo que me gusta...
-Listo.

Capítulo 30

-¿Qué te parece? -le muestra desafiante la pantera que le come la piel por arriba del tobillo-. . Me la tatué un poco por mí, un
poco por vos... Como me decís que camino como un felino que anda por el mundo para que vos me hagas versos...
-¿Qué van a decir en tu casa? ¿Lo pensaste antes de decidirte, fue un impulso...?
-Primero, estoy preparada para aguantarme un drama en tres actos; segundo, pensé en vos y resolví que valía la pena llevarte
escrito en el cuerpo, aunque ahora te importa más esa compañerita tuya de la que me hablaste, la universitaria, Carolina...

Pablo prefiere no registrar el final de la respuesta.


-¿Te dolió?
-Algo, pero hay circunstancias que lastiman más, aunque ahora se me está endureciendo la piel... -finge pena, acentúa las
palabras, se mira-. ¿Te gusta? Te quiero bien grabado...
-Mejor que el número que te ponían en los campos de concentración nazi... -reflexiona buscando desviar la conversación acerca
de la compañerita. Y completa:
-¿Seguís convencida de lo que hiciste?
-Casi.
Esa noche, María del Carmen recibe su primer mensaje electrónico. En verso, obviamente.
saciada en el tatuaje,
descansando en la cárcel vulnerable
de la piel que la abrasa, la pantera
planea escapes, deslices, caídas,
furtiva entre la bruma de los sueños vacilantes
que busca desgarrar en el abrazo intenso,
inalcanzable,
improbable,
incierto,
todavía
Lo lee y se queda seria. "Esto se agrava", piensa. Le respondería que se lo escribiera en las hojas crema que ella junta desde la
primera. No sabe cuál de los dos está más loco. De lo que está segura es que a ella le está llegando, a todo lo que da,
definitivamente, una sobredosis de primavera.

Capítulo 31

-Un grupo de estudiantes de diferentes facultades nos reunimos para discutir qué hacer frente a lo que está sucediendo en el caso
de la Amia. ¿Querés venir?
Pablo la mira: es atractiva, desenvuelta, segura de sí.
-¿Por qué no me pasas a buscar? Después vamos en auto.
Le deja la dirección y el teléfono, "por cualquier emergencia", o para "cuando se te ocurra", aclara.
Pablo prefiere no subir al piso que mira a la avenida Libertador, en Palermo, que adivina lujoso y cálido. En la reunión -no serán
más de unas diez o doce personas-, Caro sabe poner en palabras sus reflexiones sobre lo que está pasando, incita a Pablo para
que exponga sus ideas, le encanta ver cómo los demás lo escuchan. Se mira en un espejo: se ve algo mayor que él, aunque el
reflejo le devuelva un perfil flamante, como el de una moneda nueva.
Vuelven en el coche de Carolina con chicas y chicos que van desparramando por el camino. Pablo se baja en un cruce de venidas;
no permite que ella se desvíe de su ruta. Aunque "no me cuesta nada y podemos prolongar la noche unos minutos", él insiste,
baja y se toma un taxi: prefiere que Caro no vea dónde vive.

Capítulo 32

-Lo ve callado, retraído.


-¿Te aviso cuándo hay otra reunión?
-Sí, claro.
-Gustaron mucho tus conocimientos sobre las huellas que se imprimen en la memoria y de cómo pueden llegar a fermentar. A
alguien le dije que eras poeta. Hoy te vi escribir en clase. ¿Se puede?
Pablo, sin hablar, le alcanza la hoja que ella lee allí misma, escrupulosa, reservada, juiciosa.

a golpes de adjetivos, la imagen insiste en repetirse,


insensible, insensata, incomprensible,
versión final del desencaje
no deseado,
que no quiero verla,
cuerpo presente en el ruedo de la tarde,
que continúa,
que sigue continuando,
más allá de las nueve y cincuenta y tres
de esa mañana
Caro se queda callada. Piensa en él. Y en ella. "Voy a hacer que piérdan la timidez", se promete. "Y que me escriba algo personal,
claro".
-Demasiada lectura de García Lorca -critica presumida.
Capítulo 33

-¿Vas a seguir mucho más con ese mucha-cho? Ya te dije que no quiero que vuelvas tan tarde. Anoche ni me pude dormir...
Debieras despegarte de él, tomar distancia, no sé... Parece medio extraño...
-Ese muchacho tiene nombre, mamá, se llama Pablo, ¿no te había dicho?, y por suerte es diferente... Y no lo voy a dejar porque
es mi novio...
-¡Acabo de enterarme! ¿Y desde cuándo, si se puede saber?
-Desde ahora, me acabo de dar cuenta de que lo quiero, de que me hace sentir mujer, de que es un don que me regala la vida.
La mira repasar la mesa de la cocina. Las imágenes de la fiesta llegan, se le superponen, otra vez Pablo la vuelve a besar. La
noche que fue sigue latiendo. Ve a su madre como a una extraña:
-¿Vos nunca estuviste enamorada? -la mira y se va, sin esperar respuesta.

Capítulo 34

-Hoy hago una fiesta en casa. ¿Venís?


Era cómodo estar con Caro, ¿por qué no habría de ir?
-Traen al grupo a un filósofo para que dé una charla. Me acabo de enterar. ¿Pasás a buscarme?
-Claro.
-Te llevo a tu casa. Voy a dormir a lo de mi prima que vive en tu barrio. No tenés escapatoria. -Bueno.
-Esta noche salimos, ¿te sumas?
-Me sumo.
En el shopping del Abasto, ascienden y ascienden hasta el cielo de las estrellas de cine. Cuando las escale¬ras bajen, Pablo
sentirá la mano feliz de Caro que se une a la suya. Después, no se atreverá a enfrentar la mirada descreída de Ana que, desde
uno de los pasillos, está transformada en una estatua paralizada por la sorpresa.
Esa noche, cuando se despidan, Pablo no evitará que Carolina lo bese.

Capítulo 35

-Ariel y Mónica se van a Mar del Plata a pasar el fin de semana. Me dijeron si queríamos acompañarlos. Consiguen un
departamento con todo puesto... ¿Qué decís?
Pablo repasa los inútiles llamados a María del Carmen, no está, acaba de salir, le aviso, no sé cuándo vuelve, está durmiendo...
-Supongo que no será lo más aconsejable... ¿A qué velocidad quiere ir esta mujer?... Yo... no estoy tan decidido... No puedo
seguir jugando con juego sin quemarme... Tengo que reconocer que con Carolina la química no funciona...
-Tomate tu tiempo -dice Carolina con la mejor sonrisa forzada que puede dibujar.

¿Que si estuve enamorada? ¿Pero de dónde me salió esta hija? ¿Por qué no acepta ser lo que quiero que sea? ¿No entiende que
el mundo es cómo es? La vida viene en-vuelta en un paquete, hay que desatarlo, aceptar el con-tenido y punto. Lo que trae
adentro, trae... ¿Que si yo hubiera querido el contenido de otro envoltorio? ¡Qué podía saber con diecinueve y en aquella época!
¿Acaso se podía elegir? ¡Si hasta los piolines eran de oro! ¿A mí se me iba a ocurrir que existían otras posibilidades mejores
que las de un estudiante a punto de recibirse de médico? Es verdad, haber había, pero entretenimientos, pavadas de chicos, nada
que valiese la pena, mirarse, ir de la mano, tomar un helado, un besito de despedida... Y ahora una hija rebelde, peleadora,
rompiendo las hebras de los ovillos que fui trenzando para ella desde que nació... ¡Y la plata que me costó! ¡Y todavía me llama
por mi nombre cuando se enoja, Estela, como si juera mi igual! ¡Y se enoja porque le pongo los nervios "al máximo"! ¡Criatura
impertinente! ¿Se imaginará que ya es toda una mujer? ¡Tan poco tolerante! Si no aprende de mí, a golpes de desgracias la vida
le va a enseñar... ¿Por qué me habrá tocado vivir en una época tan difícil? Han pasado tantos años... ¿Que si estuve enamorada?
¡Pero cómo que no!...

Capítulo 37

Abre el correo electrónico en busca de un mensaje, una respuesta, una oración, una palabra. Nada. La pantalla viene de la mano
del abandono. Ya no es la de antes, tan amigable que parecía, insiste en avisarle que lo lamenta, pero no tiene ningún mensaje
para darle.
-Sony, you dorit have any new mail -Fuck you! Fuck you! Fuck you!
-¿Qué se hizo del circuito de la comunicación? ¿No era que existía? -le protesta inútilmente a su computadora.

Te busco en las tres Marías, en la Cruz del Sur, en la Vía Láctea, en la primera estrella de la noche, a la mañana, pero mi universo
está mudo, indiferente, lejano.
No hay respuesta.
¿Por qué tanto misterio, María del Carmen? Yo no me olvido... A veces sentía que estábamos tan cerca, que estaba a punto de
conocerte, de atrapar tu misterio, casi justo cuando me daba cuenta de que te estaba empezando a perder, pero no como ahora...
Aunque sea verte... Quiero volver a marearme con tu compañía, que ya no tengo, sé que merecidamente... Se apartó de mí tu
territorio ligero y pleno, la ráfaga de tu espíritu, ¿a dónde?, ¿para quién?, ¿para qué? Te necesito... tenemos que hablar...
No hay respuesta.
No hay respuesta.
No hay respuesta.
No hay respuesta.

Capítulo 38

A Pablo el silencio de María del Carmen le resulta intolerable. Enfrenta la pantalla de la computadora y escribe:
imaginar la tristura de tus ojos,
velada vanamente
por el cántico de voz que te sostiene,
volverse lágrima, lluvia, chorro de agua,
caldo, gota, de últimas gotera,
granizo, agua bendita, soda,
condenado desde el vamos al fracaso
de no volver a encontrarme en tus palabras,
que no quieren alcanzarme,
que me deshabitan, que no me dan ni siquiera,
gorjeos de murmullos,
quiebros, balbuceos, soplos,
duraderos aún más en el recuerdo.

"Rompió el molde, es capaz de cualquier cosa, resucitó. Mejor no le digo que no puedo olvidarlo, que me parece verlo hasta en
la sopa, en cada desconocido que se me cruza de golpe por la calle, que se me clavó en la mente, porque me las va a pagar con
sangre. Una, vaya y pase. Pero la segunda es la vencida. ¿Qué quiere? ¿Compromiso cero? Mejor que se cure en salud. Va a
saber quién soy yo", susurra reposada, seductora, vengativa.

Capítulo 39

Escribe el mail, corto, claro, amenazador.


Enojadísima. ¿Se entiende? Te espero hoy en el bar, a la salida de tu clase. Arréglatelas para venir con ella. María del Carmen.
Lo manda. No sabía cómo iba a encararlos, pero tenía claro que a Pablo no le iba a permitir "recrearse" a dos puntas: que se
definiera. Ella lo quería, se confesaba, sí, pero no con una historia paralela. Vería cómo se presentaban los acontecimientos. Él
vendría, algo asustado, y la traería, estaba segura. "Me las voy a arreglar para parecer encantadora".

Capítulo 40

Y apareció, con miedo, pero ahí estaban.


- María del Carmen, Carolina...
Se miran y se saben rivales.
-Querías verme...
-No, Pablo, Vos querías verme...
Ésta va a la psicóloga..., no tengo dudas, pero es demasiado chica para pretender manejar la situación... la gatita muestra sus
uñas... ¿qué papel estás jugando aquí, vos, pobre Carolina?
-Si no me necesitan...
-No, Carolina, así te llamas, ¿no? No te vayas, pasa que estoy aprendiendo a defenderme... Solamente te quiero hacer una
pregunta: ¿Pablo es tu novio?
Se miran los tres en un silencio incómodo. Carolina vacila: mira a Pablo, al que ve ruborizarse. María del Carmen se da cuenta
de que Carolina sabe que las dos lo notan.
-Ojalá... -suspira ilusionada Carolina.
María del Carmen está muy molesta. Lamenta haberse hecho de una enemiga tan rápidamente.
-¿Saben qué? -concreta María del Carmen-. Yo estoy casi segura de que me quiere a mí y me gustaría que me lo dijera en esta
mesa, con vos presente, Carolina, para saber con qué barajas juega cada uno. Y si me equivoco, se acabó; basta de correo
electrónico.
Pablo, desconcertado, demora su respuesta.
A María del Carmen la irrita verlo reflexionar en cámara lenta.
Le voy a dar donde le duela. Y que la fulana sepa qué pasó. Y que le venga la muerte cerebral. Y que se quede él en medio de
la nada.
-Esto es tuyo, si te acordás.
Le alcanza un sobre sin cerrar, intenta irse. Pablo lo abre, la detiene. Ve dentro papeles minuciosamente rotos en los que reconoce
su letra menuda.
-¡Mis poemas! -se queja dolorido, casi sin quererlo ni creerlo.
-¿Vos también le garabateabas? -envidia Carolina, sufre revisando el papel picado.
-¿Cómo pudiste hacerme esto? ¡Cada palabra, cada letra, la escribí pensando en vos! -razona fuera de sí-. ¡Menos mal que yo
los tengo guardados en la computadora! Pero, ¿y vos?..., ¿quién te va a versificar como yo? ¡Ahora te perdiste mi poesía para
toda la eternidad!
-No creo -afirma con calma María del Carmen, investigando los papelitos.
-¿¿¿No creo???
-¿No te diste cuenta de que son fotocopias?
-Me voy -se decide Carolina, se levanta como si nada- ustedes tienen mucho de qué hablar, y yo tengo bastante que hacer.
El alma se le afina y fluye por los ojos húmedos. Quiere volverse ceniza, aserrín, polvo. Intenta en vano derribar un muro ¿Para
esto se prestó a venir? ¿Para ser instrumento del amor de otros, para ser derrotada por una mocosa? Lo único que le faltaba era
terminar entrando en la Parroquia de los Desorientados, en las calles románticas de Liniers, piensa burlándose de sí misma,
lamentándose, yendo para la casa de una amiga que vive por esa zona.

Capítulo 41

Es el último mes de clases. Llegan temprano al umbral de la panadería. La escuela espera, pero que espere: Yael busca
desahogarse con Ana y María del Carmen antes de que se acabe el mundo.
-Rompí. Decididamente rompí. Si es que alguna vez estuve unida.
Ellas saben hasta cierto punto, pero prefieren no hacer preguntas, en principio.
-Saben que lo conocí en el Club. Me interesó desde un principio. Me llamaba la atención su manera de ser. Muy inadaptado,
medio tocado, parecía que nada le importaba. Yo pensaba que muchas veces a los muy Inteligentes se los toma por locos, que
los que tienen mucho cariño para dar demuestran ser indiferentes, desinteresados, malos. Eso creí. Hoy no me fío más de la
primera impresión, ni del amor a primera vista ni de que en el primer encuentro uno se da cuenta de cómo es el otro con sólo
mirarlo y escucharlo. Después de él, sé que muchas veces la gente aparenta ser lo que no es, intenta que se la vea de una
determinada manera. Sí... se puede adivinar algo a través de las miradas, los gestos, la forma de hablar..., pero no tanto.
Las chicas escuchan en silencio.
Están de acuerdo. Asienten: son sus amigas y son mujeres. María del Carmen se obliga a no anticiparse a comentar nada.
-Me pasó que quedé medio pegoteada con él y ya no distinguía ni el bien ni el mal del que me hablaba siempre. Decía que había
en él algo maligno, pero me parecía que lo que tenía era una confusión grandísima. Me repetía a mí misma que sus sentimientos
eran buenos, que sólo era un inmaduro, que debía confiar en él. Se enojaba cuando le decía que toda la gente tenía alguna cosa
buena. Una vez me confió que no hacía tanto había tenido una revelación que le permitió dejar de ser invisible... No entró en
detalles... si yo le seguía el tren iba a terminar loca...
-Más loca -aclara Ana.
Con un gesto, Yael acepta la corrección.
-Me quemaba por dentro.
Necesita hablar y sigue con el tema.
-Pensaba en él y sufría, no sé, por el gusto de
sufrir. Se me había contagiado su risa nerviosa... Me parece que no lo quería ni como amigo. Seguramente yo era la única que
podía salvarlo de su pésima experiencia de extranjero en el cosmos, de su mundo fantástico, extraño, deformado... Me hundía
cuando me hablaba y no me importaba mientras estuviera conmigo... Trataba de avanzar sobre sus palabras... tan flaquito, tan
débil... Decía que yo era inocente, me hacía sentir una nena, malditos sentimientos, maldito él, maldito. Y su horrible forma de
llamar la atención. Le decía que no me buscara en mi casa ni me llamara por teléfono cambiando el nombre, que yo lo iba a
llamar. No lo entendía. Se puso a llorar cuando le dije que no quería volver a verlo... Juró que nunca me iba a olvidar... Ayer lo
vi besando a una amiga mía... ¿A que le juró también amor eterno?... Ojalá le dure más que el que me prometió a mí, que resistió
un mes y monedas... Mejor así... Se terminó. Muy negativo para mí. Que siga cada cual en su laberinto -sonríe con tristeza-.
¿Quieren creer que todavía escucho los diálogos que manteníamos? Yo debí haber nacido en otra época... No tengo tu suerte,
María del Carmen... Y necesito tanto colorear mis sueños...
María del Carmen se levanta y la abraza. No tiene nada más que decirle.
Ana se levanta. Abraza a Yael; después, las tres toman el rumbo de la escuela. Tal vez no les pusieran tarde.
119

En clase, Ana le alcanza a Yael un papelito.


Yael lee: "Mientras tengas rabia hay esperanza. ¿Te imaginas cuánto hace que no doy un beso como la gente? Yo anoto en una
libreta, día por día. Nada, una rayita, un beso, un redondel Rayas me sobran, círculos, ninguno. Soy tu compañera de desgracia".
Yael le manda un beso volado y se queda pensando que su pequeña historia fue un gran globo de aire que ella había inflado
hasta que se le pinchó. O que a lo mejor eran así los globos marca Yael. Y que ser globo no es difícil, menos para ella, que le
gusta sentirse llena, aunque sea de aire. ¡Siempre esperando que la miren!... Sueña con desprenderse, volar hasta por sobre los
edificios más altos de Colón, en Entre Ríos, olvidarse de las traiciones... Después, dejarse ir, esperar que un príncipe azul la
atrape, esquivarlo y dejarse ir sobre las aguas del río Uruguay... Sentirse un camalote al sol, o cualquier otra planta de río que
viaje sobre las aguas. Cualquier día de estos, se dice, "cuando me ponga, me pájaro y me vuelo: tengo ganas de hacerle la
competencia a los aviones..."

Capítulo 42

-Ese muchacho, ¿cómo se llama?, el sobrino del doctor Galíndez, ¿es amigo tuyo? María del Carmen mira a su padre como si
fuera su hermano. Le ve el juego, pero se promete no enojarse.
-Amigo, ¡claro que no, papá! -explica pacientemente-. Lo conocí en Mar del Plata, de casualidad y llama cada tanto.
Evita explicar que no sabe por qué no le corta los víveres de la conversación.
-Fíjate que el tío, en el hospital... van dos veces que me hace saber que el chico está loco por vos... Estudia abogacía... -incluye
a su esposa en la conversación-, es buen estudiante, ya trabaja en un estudio jurídico... se va haciendo... De casualidad vino a
visitar a su tío... Me insistió tanto que le dije que podía venir a casa... me explicó que se muere por verte...
-¡Papá! ¡Cómo se te ocurre decirle eso! -mueve la cabeza, ya sin esperanzas de salvación.
Los padres sonríen. María del Carmen, también, aunque por motivos diferentes. Se promete enseñarles a jugar al truco a la
brevedad. ¡Se los veía tan ingenuos! ¡Querer engañarla a ella¡

Capítulo 43

El encuentro es en San Juan y Boedo. Barrio de tango, luna y misterio tararea Pablo mientras espera sentado a la mesa de un
bar a María del Carmen. Ella le ha pedido que se vean allí. La ve llegar, amortiguado el brillo de la piel en los labios, nerviosa,
una cala vertical que todavía tiembla.
-¿De dónde venís?
-Del hospital. Le pedí a papá que me consiguiera poder ir a ver un parto...
Y María del Carmen cuenta que al principio el padre no quería saber nada, que no entendía de dónde sacaba ella esas ideas, pero
que al final, ¡la madre lo convenció!
-¿Y? .
-Y... todavía no terminé de reponerme... Mirase atreve- no podía sacar los ojos de la cara de la chica, me importaba ver el
nacimiento, claro, pero quería saber si tenía susto, miedo, si sufría... Por suerte ni registró que yo estaba, ni que jugaba de afuera,
que era de palo: me puse atrás de ella; me di cuenta de que la más afligida era yo, porque el resto de la gente dejaba que el
mundo siguiera andando...
-Y nació...
-Pero no era una criatura, era un milagro. Había hecho madre a una mujer muy joven en un rato apenas, casi sin que ella se diera
cuenta. Y cambió tanto que ya casi ni la reconocí...
-Me parece que exagerás...
-Puede ser, pero ahora ya tengo más claro qué quiero. Este año se acaba y estoy desesperada. Sé que no voy a salir del secundario
y me voy a casar, como mi madre. Quiero estudiar. Reconozco que vos me metiste el bichito del gusto de conocer, de saber, de
entender... Y yo que me doy cuenta de que me gusta ayudar, ser útil, descubrirme... Me da vértigo, pero ya estoy segura: voy a
estudiar Medicina -anuncia.
-Como tu papá.
-Ni me había dado cuenta. Lo que me importa es no hilar para mi sóla mi capullo de mariposa, como dirías vos. No quiero un
cambio común, quiero una metamorfosis. ¿Vas a venir a la fiesta de fin de curso?
-Obvio.
Capítulo 44

Los indicios surgen y se desvanecen. Las informaciones engañosas brotan todos los días. Memoria Activa insiste en perseguir
un derecho que le corresponde y no alcanza, en exigir que se busque la verdad, en defender la vida. Ante un puñado de personas,
los lunes a media mañana, en la plaza frente a Tribunales, se escuchan insistentes las voces de quienes hablan contra los que
siembran pistas falsas, tapan los crímenes, no cumplen con su obligación de castigar a los criminales. A las 9.53, la sangre
silenciosa se hace grito sagrado: el de la vida. María del Carmen y Pablo, siempre que pueden, van. Están convencidos de que
la memoria los carga de energía.

Capítulo 45

María Paula ha venido de Córdoba y esa noche duerme en la habitación de María del Carmen. Es unos cuantos años más grande
-ni un día más de veintipocos-, sostiene, pero resulta una confidente única para ciertos temas. Y no hacen falta muchas palabras
cuando do ve pegadas en las paredes algunas confesiones de amor, escritas en la letra menuda que María del Carmen admite
haber imitado de los originales que guarda sólo para ella, junto a la foto en la que Pablo la besa. Y le cuenta de sus dudas, de
Pablo ¿lo había encontrado para perderlo?, de Roberto, de la angustia de llegar al fin de sus estudios, de vivir con los tiempos
mezclados, los sueños perturbados de sentirse un rompecabezas sin modelo para armar, para amar, de tanto que se terminaba...
de estar harta de tantas preguntas, de necesitar respuestas... de sentirse como un árbol que crece con las raíces al aire...
-Más desdichado que el fracaso -escucha-, es no haber hecho lo que uno deseó. ¿Vos te podés imaginar la nostalgia de algo que
te propusiste y que por cobardía no te atreviste a llevar adelante? Terrible, tan triste como una ausencia de lo que no sabés qué
pudo ser... Mirá: nadie sabe mejor que vos qué es lo que querés. Escúchate a vos misma. Maneja vos tus emociones.
Después, hace lo que tengas que hacer y no te arrepientas, suceda lo que suceda. Aunque nadie te garantiza que te vaya bien...,
pero es así: o vivís o sos vivida...
Parece un juego de palabras, pero la deja pensando en Pablo. "No puedo vivir con él ni sin él", lo sabe. "Chau, Beto", decide
pensativa y lo despide de su mente con algo de pena. María Paula también se queda ensimismada. Si esas palabras se las
hubieran dicho a ella en otra época... no tan lejana... Recuerda, ¡quién sabe qué!

Capítulo 46

-Mamá, a la tarde va a venir María del Carmen a que le explique algunos temas.
Un silencio titubeante sigue al tono extraño de las palabras de Pablo. La madre se detiene dispuesta a enfrentarlo: no es frecuente
que su hijo anuncie la llegada de una amiga. Si es que es una amiga...
-La amiga de Yael... -recuerda Graciela.
- Y mía.
-¿Amiga?
-Muy amiga...
-Es goim -suspira.
-¿Cómo te diste cuenta?
La situación ya estaba instalada. Pablo espera. "Algún día tenía que ser", si no es hoy, ¿cuándo?, reconoce. Ahora cada uno
jugaría sus cartas. El hecho de que no fuera judía, de que fuera goim, era el centro del problema inevitable.
-Habiendo tantas chicas lindas en la colectividad... -cuchichea la madre, pero como para que se la oiga.
Pablo se hace el desentendido. Sabe que va a seguir el chorro de reproches.
Graciela se despacha:
-Fue un error permitirte que estudiaras. / Ya es tarde, mamá, comí la manzana de la sabiduría. / Lástima que no te empachaste.
/ ¿Eso querrías para tu hijo? / Ojalá que no sea, pero si va a ser, que mientras yo esté viva, no lo vea. / Con vos no se puede
hablar.
Los dos se levantan y se van a sus tareas.
Graciela imagina lo que sigue. ¿Qué diría su marido? Otro problema más... Y ella, ¿qué podía hacer ella? "Lo imaginé el otro
día, cuando vi cómo la miraba..., aunque tiene que desilusionarse... Ella es muy chica para él...", razona. Pero con sus dos hijos
ya no podía: eran grandes y chiflados. Hacían lo que querían: se iban a Europa a cuidar chicos de otros o se quedaban a estudiar
Letras. ¿En qué se habrían equivocado?
El marido la escucha, cansado, impaciente, retraído:
-¿Te creés que no me di cuenta que esto se venía? Cuando se quedaron estudiando, el otro día, Pablo no la veía como si fuera
su hermana... ¿Qué podemos hacer sino resignarnos y aceptarla? No parece mala chica... Después -los casó en su mente-, vienen
los nietos y yo no voy a separarme de ellos. ¿Acaso vos sí? No es que me guste, pero es mi hijo para siempre... Y si él es feliz...
Nunca pensó que su marido lo iba a tomar así. "Por lo visto", se dijo, "la batalla está a mi cargo".
Capítulo 47

Es lunes de madrugada y la madre de Pablo está intranquila. "Cuando no es uno, es otro", se queja. El marido duerme. Ella oye
el ruido de la llave en la cerradura y se afloja. "¡Por fin!", susurra. Suspira hondo.
-No te quejes, mamá -se ataja Lea, la hermana de Pablo. Y explica antes de oír la pregunta-: te dije que me iba a encontrar con
unos amigos que conocí en Londres. Pasó que vinieron también unos chicos franceses, los llevamos al Tigre para que conocieran,
se hizo tarde... Ahora dormí que ya estoy en casa.
-Comé algo, calentá lo que te dejé en la olla. Tenés que alimentarte... ¿Lo pasaste bien?
Contesta sin pensar:
-Sí, mama. Se acuerda de cuando era chica. Pone en fuego mínimo la olla, se cambia, ve dormir a su hermano. ¿En qué soñaría?
-Tole, tole, tole/se come los ravioles- canta a media voz mientras manotea el diario, le echa una ojeada, busca una fruta. "Mañana
será otro día", murmura cansada, antes de caer dormida. "Y tengo un par de ideas para una investigación..."

Capítulo 48

Suena el portero eléctrico y atiende la madre.


-La chica, Pablo.
-La chica tiene nombre, mamá, se llama María del Carmen.
María del Carmen entra, saluda -no necesita mucha ciencia para darse cuenta de que la madre de Pablo la rechaza-, pregunta
por la hermana, por el padre, entrega un paquete a la dueña de casa. "Algo para la merienda" dice y sonríe. Graciela traga saliva,
le ofrece té: "Té para dos, mamá" y ve cómo ocupan posiciones sentados a la mesa del comedor. Se convence vence de que no
debe dejarles libre el territorio. Mira a la muchacha. Realmente, ¡qué le había visto Pablo a esa chirusita!
-Traje para que coman leicaj, seguramente vos no conocés la torta de miel -asegura dirigiéndose a María del Carmen-. A nosotros
nos gusta mucho. Y para las fiestas, siempre hago.
-¿Le pone seis huevos o cuatro? ¿O lo hace sin huevo? Porque si le pone cuatro huevos y café, ¿es verdad que tiene que diluir
la miel en el café caliente antes de incorporarlo a la masa?
Graciela se queda helada, mirándola. Contesta algo, cualquier cosa, pero quiere saber.
-¿Cómo conocías, María del Carmen? ¿Y el guefilte fish?
-El pescado relleno, cómo no. ¡Qué rico que es! -asegura y se queda reflexionando-. Aunque no sé si es tan rico como el pescado
agridulce...
Pablo la mira, confundido. ¿De dónde sabría tanto? ¿Cuánto fuego tenía adentro? ¿Cuándo iba a terminar de conocerla? Todos
sonríen: Pablo, no sabe qué pasa; la madre se nota extraña; María del Carmen piensa en el librito que guarda en su cartera,
Especialidades de la cocina judía, que ha leído apuradísima antes de venir.

Capítulo 49

Los mensajes por el correo electrónico van y vienen. Anticipo de la Navidad, Pablo le regala una oración irlandesa:
"Que pueda el camino subir hasta alcanzarte. I Que pueda el viento soplar siempre a tu espalda. / Que pueda el sol brillar
cálidamente sobre tu rostro. / Y las lluvias caer con dulzura sobre tus campos. / Y hasta que volvamos a encontrarnos, I que
Dios te sostenga en la palma de su mano".
Y algunos versos de él también, para despuntar el vicio:

asoman transparentes en su espalda


las dos guardadas alas,
los ojos chispean como siempre,
animados, vivaces, coloridos,
motores primeros, causas incausadas,
que insisten en hacer recomenzar el mundo,
y lo logran:
todo el aire se encarna en borboletas

"¿Borboletas? ¿Y eso con qué se come?", recibe como respuesta.


"Mariposas, viste, por eso del Mercosur... Estoy aprendiendo portugués..."
"Mariposa, pantera, ángel, ¿quién te creé que soy yo? ¿Y vos quién sos?"
"Por vos, soy árbol en la copa de un sueño, copla en la boca de otros, niebla que busca el horizonte para disiparse, viento que
inunda las calles, camino que se hace río..."
"¡Pareces un tratado de Ciencias Naturales!
"Es verdad. Debo dejar de ser tan barroco... voy a cambiar. ¿Te conté que el lunes empiezo a trabajar en una agencia de
publicidad?"
"¡Súper! ¿Te acordaste que hoy ya hace seis meses que nos conocemos? No me digas: Nosotros, los de entonces, ya no somos
los mismos, porque eso es de Neruda y por suerte para mí, es verdad".
"Para mí también. Más".
"Definitivamente: Ana y Yael decidieron irse de., vacaciones, a vagabundear por Europa, de mochileras. Reconocen que tienen
alma de bolso de viaje. Están muy convencidas. Ana se puso seria: tal vez busque estudiar una carrera en España. Las dos
esperan lo inesperado: seguro que lo van a encontrar. Si el deseo es muy grande..."
"No tengo dudas".
"¿Te parece que el año que viene compartamos alguna actividad? Algo que nos guste: nos metemos en un coro, hacemos yoga,
teatro, aprendemos a bailar el tango, ¡qué sé yo!..."
"Hecho".
La madre interrumpe su diálogo interior y entra con la decisión tomada en la habitación de María del Carmen, Lo ha pensado
muchas veces antes de dar ese paso.
-¿Querés invitar a Pablo a que pase la Navidad con nosotros?
-Ya lo hice, mamá, te iba a avisar en cualquier momento -intenta disculparse María del Carmen-. Como él me lo pidió y papá
no dijo que no... "Y prefiero estar con él en persona y no en la red', últimamente estamos abusivamente virtuales", reflexiona.

Capítulo 50

EL Sábado 24, el shabbath, día del descanso semanal de los judíos, es Nochebuena; el do-mingo, el día del Señor, Navidad. La
vida cotidiana iba a continuar el lunes, en la Plaza Lavalle, frente a los Tribunales, cuando la gente allí reunida insistiera en
mantener activa la memoria, en que no murieran del todo sus muertos, en que la ausencia no se volviera abandono. Ya corría
renovada, por las calles, la esperanza puesta en los días nuevos que vendrían. Todos anhelaban la parte de dicha que ellos
pudieran traerles. Y esperaban estar otro año inscriptos en el libro de la Vida, en un tiempo en el que cada día mereciera ser
celebrado en paz, como una fiesta, porque recuerda y explica María del Carmen a Pablo mientras alzan las copas "la felicidad
tiene el tamaño del hueco de una mano apretada a otra mano". Y agrega: "Y a muchas otras manos".