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Frank Salomón- “Crónica de lo imposible: Notas sobre tres historiadores indígenas peruanos”

La intención de los cronistas indígenas de crear una narrativa diacrónica del tiempo de
la conquista, comprensible para los europeos sin dejar a los patrones andinos conduce a
conflictos; principalmente, un problema metodológico. En otras palabras, parte de diferentes
raíces, se basa en diferentes concepciones, de la relación entre lo histórico y lo atemporal.

Frente a esos problemas, se analizan tres crónicas indígenas del Perú; escritas por ellos,
utilizando una diacronía andina. Es por ello, que se cae en la contradicción de términos en la
base de sus trabajos.

Todos los textos, tienen un enfoque característico del problema y tienen el dilema de
combinar dos puntos de vista, que constituyen una fuerte divergencia entre las concepciones
andinas y europeas de la relación entre lo histórico y lo atemporal.

La concepción europea, sigue una secuencia singular, los sucesos son pasos únicos, cada
uno de los cuales generan otro paso adelante. El orden de los sucesos se hace tremendamente
significativo, no hay dos momentos de importancia equivalente.

El sentido andino de la historia, demanda un patrón de sucesos, que es todavía cíclico;


tales sucesos tienen una relación fija entre sí. El mundo andino no conocía una vara absoluta
para medir el tiempo a partir de una fecha convencional. Se debe comprender la actividad
histórica andina como un intento de crear un tiempo estructurado.

Según Frank Salomon, parece que los escritores andinos intentaban recrear el
pensamiento andino como un sistema totalizante que tenía las mismas dimensiones del
pensamiento histórico europeo.

Jhon Murra- Rostworosky

El control simultáneo de “archipiélagos verticales”- tesis de su existencia formulada por el


antropólogo Jhon Murra- era un ideal andino compartido por etnias muy distintas
geográficamente entre sí, y muy distintas en cuanto a complejidad de su organización
económica y política. El hecho de que se traten de sociedades tan contrastantes. Implica formas
institucionales muy contrastantes también.
Jhon Murra, en su texto explica y presenta cinco casos de pisos e “islas” ecológicos bajo
condiciones muy distintas entre sí; los cuales se refieren al siglo que va aproximadamente de
1460 a 1560, periodo en el cual la región y las poblaciones andinas se vieron conquistadas por
los incas e invadidas por los europeos. También se pueden diferenciar en tales casos, distintas
características en cuanto al desarrollo del “ideal andino” en las sierras y las costas.
Por un lado, los casos que representaban las sierras ofrecen información tales, como:
 Se trata de sociedades demográficas y políticamente pequeñas, de 500 a 3000
unidades domésticas.
 Arriba de los núcleos de población y poder que, a la vez eran centros de producción de
los alimentos básicos; habían por los menos dos pisos- zonas periféricas- donde se
realizaban distintas actividades. Además los núcleos, se ubicaban por debajo de los
3.200 m.

 Sus zonas periféricas, eran pobladas de manera permanente por asentamientos


ubicados tanto por encima como por debajo del núcleo. Estas colonias periféricas,
presentaban a su vez sus características: a) no se aventuraban más allá de tres o cuatro
días de camino del núcleo; b) eran pequeñas, algunas veces, tres o cuatro hogares por
cada “parcialidad” en cada piso; c) conservaban sus “casas” y los derechos en su núcleo
y etnia de origen y d) eran siempre multiétnicos, ya que un determinado piso compartía
la explotación con un piso ecológico de otro grupo étnico, algunos procedentes de
distancias mucho mayores de sus respectivos núcleos.
Por otro lado, describe en otros casos información referida a la costa tales como:
 Se trata de sociedades o “grandes reinos de la costa” poderosas, con estructuras
políticas que podían incorporar 100.000 habitantes y más, bajo un solo dominio.
 Los núcleos de población y poder, que a su vez, eran centros de cultivos y conservación
de alimentos básicos y cercanos a zonas de pastoreo en gran escala, se ubicaban
alrededor de los 4.000 m de altura.

 Sus zonas periféricas, estaban pobladas de forma permanente. En algunos casos, los
grupos étnicos oasis en la costa del Pacífico, allí las zonas periféricas se ubicaban tanto
al este como al oeste. Estas colonias presentan a su vez, sus características que las
diferencian de las de la sierra: a) podían ser ubicadas a distancias mayores del núcleo,
hasta más de diez días; b) podían llegar a centenares de “casas”, aproximadamente unas
20.000 unidades domésticas; c) podían ser dedicados a tareas especializadas, cuya
ubicación fue ecológica sólo en parte tales “islas artesanales”; pudieron haber sido una
ampliación de funciones dentro del patrón multiétnico.
La autora María Rostworosky, caracterizó también a la costa por dicha especialización
laboral, pero explicó que la misma existía por una variedad de recursos naturales, lo cual
llevo a que los habitantes de las parcialidades hagan frente a sus necesidades de
productos externos, recurriendo al “trueque de productos alimenticios”. La costa
funcionó también como un medio de vida y un camino para las migraciones.
Además la costa se caracterizaba por tener un trabajo dividido en parcialidades, con la
prohibición de ejercer otro oficio fuera del indicado.
Debido a las facilidades de la vida en la costa, el hombre de allí disponía de más tiempo
para dedicarse a producir objetos suntuosos. Esto, produjo que existiera un
“refinamiento” debido al trabajo de los artesanos especializados.
Son razones ecológicas, las que permitieron la diferencia entre los sistemas económicos
serranos y los costeños; sugiriendo de esta manera que en el área andina precolombina hubo
dos sistemas socioeconómicos diferentes. En la costa, la especialización laboral por oficios y por
parcialidades daba lugar a un principio de intercambios comerciales, mientras que en la sierra
se encontraba una economía agrícola de tipo redistributivo, basada en la explotación de
archipiélagos verticales multiétnicos.
Conrad y Demarest- “Sociedad y religión Incas primitivas”

Los Incas primitivos, a preimperiales constituyen en muchos sentidos un pueblo enigmático y


escurridizo.

Todos los relatos de la historia y la cultura incas primitivas son transcripciones de tradiciones
orales y contienen una mezcla de hechos mitos, leyendas, equivocaciones españolas sobre la
cultura inca. Además, los reyes incas utilizaban la historia como propaganda y continuamente
reescribían el pasado para amoldarlo a sus fines personales, de facción o imperiales. Cuando se
contempla a la sociedad inca primitiva a través de las fuentes escritas nos enfrentamos con
muchas distorsiones.
Por las descripciones que los cronistas hacen de la vida en aldeas incas, se puede caracterizar la
probable naturaleza de la cultura inca en las etapas preimperiales. Por encima del nivel de la
familia nuclear, la unidad fundamental de la organización social inca era el ayllu, la cual en las
crónicas la encontramos aplicada tanto a agrupaciones internas de las aldeas como a
agrupaciones interaldeas. Generalmente, el ayllu era un grupo de parientes que descendía de
un antepasado común; dentro de él, los hombres estaban organizados patrilinialmente y las
mujeres matrilinialmente; estaba prohibido el matrimonio entre ciertos grados de
consanguinidad, pero el conjunto en sí, era endógamo. En la época imperial los ayllus, estuvieron
supervisados por jefes hereditarios conocidos con el nombre de CURACAS.

El ayllu, también era la unidad básica de explotación de la tierra. Cada ayllu poseía un lote
definido de tierra; cada familia cultivaba el área necesaria para su sustento. Los miembros del
ayllu, tenían una serie de obligaciones recíprocas (COOPERTIVISMO), que incluían la exigencia
de ayudarse uno a otros a construir casas y a cultivar la tierra para sus familias.

En todos esos deberes se discierne in IDEAL claramente expresado de autosuficiencia de la aldea


y del ayllu; y cabe distinguir también la estructura subyacente sobre la que se edificó la economía
de los estados andinos.

A los miembros del ayllu se les exigían prestaciones en horas de trabajo, mutuas y para sus jefes.
La autoridad suprema podía utilizar esas prestaciones personales para canalizar hacia fines
estatales el excedente de tiempo de trabajo controlando el mecanismo y presentándose a sí
misma como dirigente de una especie de super ayllu. Este impuesto en trabajo controlado por
el estado, al igual que las obligaciones mutuas de los miembros del ayllu que lo inspiraban,
estaba regulado idealmente por los principios andinos de reciprocidad. En teoría, todo deber del
ciudadano tenía como contrapartida una obligación del Estado.

Por otro lado, la naturaleza originaria de la organización política Inca es un problema bastante
espinoso. Sin embargo, a falta de testimonios arqueológicos de relieve, nos basamos en las
crónicas, aunque sean equivocas. Como muchos pueblos marginales que llegaron de repente al
poder, los incas se fabricaran a continuación una historia gloriosa.

La tradición oral imperial, sostenía que los incas habían estado regidos siempre por una dinastía
de reyes divinos descendientes de Inti, un aspecto solar del multiplice dios del cielo.

La mayoría de las “guerras” y “victorias” de los primeros incas no son sino relatos glorificados
de incursiones recíprocas entre aldeas.

Dado este modelo de constantes conflictos menores, los dirigentes de facto de los primeros
incas fueron probablemente sinchis, jefes guerreros cuyo poder y prestigio procedían de sus
proezas personales. Aparentemente, los cargos eran básicamente electivos, siendo elegidos los
sinchis por destacados miembros adultos de las comunidades. Esos puestos, no eran
necesariamente perpetuos y un sinchi que fracasara en la guerra o se enemistara con otros
ciudadanos eminentes de su comunidad, podía con su destitución.

Dejando de lado los factores sociales, económicos y políticos para considerar la religión
preimperial. Donde son más evidentes las complicaciones de las creencias es en el caso de las
divinidades mayores. Los cronistas pretendieron adaptar el alto panteón al patrón
grecorromano de dioses distintos, cada cual con una correspondencia única. Sin embargo, se
comprobó que esto era erróneo del enfoque, ya que el panteón superior no se componía en
absoluto de dioses, sino más bien es un conjunto divino englobador, un dios del cielo de
múltiples facetas compuesto por infinidad de aspectos individuales.

En ls época imperial, la religión del estado inca concedía especial importancia a tres
subconjuntos del dios del firmamento; un creador universal con gran variedad de advocaciones
la más conocida de las cuales es Viracocha; el dios del sol, Inti; e Illapa, el trueno o dios del
tiempo.

Subyacentes al alto panteón y relacionados con él, había dos conceptos fundamentales; el culto
de los antepasados y las huacas. El culto de los antepasados, examinando anteriormente como
una tradición panandina, donde los antepasados eran reverenciados por sus descendientes y los
cuerpos de los muertos eran considerados objetos sagrados. Los antepasados hablaban por boca
de esas momias y podían contestar preguntas de forma ocular.

Las almas de los muertos también se manifestaban en pequeños objetos de cualidades raras o
insólitas- piedras y plantas de extrañas formas o colores, critales, becoares, etc.

Sus cuerpos, además se sacaban para participar en procesiones y en otras festividades. También
recibían sacrificios y otros tratos rituales que dependían de su condición social y generacional.
Estrechamente, ligada al culto de los antepasados estaba la huaca, concepto integrador de la
religión inca, La palabra designa a cualquier persona, lugar o cosa con connotaciones sagradas
o sobrenaturales, e implica cierto sentido de antidad personoificada.

La huaca estaba relacionada con todos los demás elementos básicos de la religión inca, siendo
claros sus lazos con el culto de los antepasados.

El culto, y las huacas no solo son inseparables entre sí, sino que ambos están estrechamente
relacionados con la organización ayllu. Los antepasados definían el ayllu, legitimaban su
posesión de las tierras y protegían a sus miembros. La prosperidad del ayllu, en otras palabras,
dependía del correcto cuidado de sus momias, fetiches y otras huacas.

El culto a la muerte, era una fuerza enormemente conservadora en la sociedad inca primitiva,
ataba a los individuos al jefe del clan, a la tierra del ayllu y a las pautas tradicionales de la cultura.
Podían acarrear enfermedades a los individuos o penurias al ayllu. No obstante, el culto de los
antepasados también podía ser un mecanismo de cambio, ya que podía servir para derribar el
orden político y social existente.

Había que disponer de comida para los sacrificios y la renovación de las ofrendas fúnebres para
el ayllu obtenía cuanto necesitaba reservando parcelas de sus cultivos para el sostenimiento de
las momias ancestrales y de otras huacas.

El cuidado cotidiano de las huacas se asignaba a ancianos que ya no estaban en condiciones de


dedicarse a trabajos más duros. Aunque la importancia del culto de los antepasados- huacas en
la vida inca fuera enorme, en la época preimperial sus costos materiales eran asequibles.

LA CRISIS DE LA TRANSFORMACIÓN

Los antecedentes de tal proceso, se pueden describir a partir de relatos de Sarmiento, el cual
insiste que Viracocha Inca fue el primer gobernante Inca que intentó hacer conquistas
permanentes; ya que lo toma como el primer dirigente Inca que fue verdaderamente un rey, en
lugar de una especie de sinchi supremo.
Fuemtes del s. XVI describen los esfuerzos de Viracocha Inca por aumentar la fuerza y la
seguridad de su reino realizando incursiones fuera de sus fronteras y llevando a cabo hábiles
maniobras políticas.

Intento aprovechar las rivalidades internas de la cuenca del Titicaca, ofreciendo en secreto su
alianza a los collas contra los lupacas, y a la inversa. Su intención era provocar entre los dos
grupos una guerra que los debilitara, por lo menos hasta el punto de neutralizar su poder, o
acaso de ponerle fin para siempre. Sin embargo, la guerra entre collas y lupacas finalizó con una
decisiva victoria lupaca, antes de que pudieran intervenir las tropas del Cuzco. Cediendo ante
los hechos, Viracocha Inca abandonó su meta original y firmó una alianza con los lupacas.

La institución de la monarquía Inca en general y las maquinaciones atribuidas a Viracocha


constituyen otras tantas respuestas a la intensificación de la competencia <entre los pueblos del
Sur del altiplano. Estas medidas políticas y militares no fueron las únicas, sino que fueron
acompañadas de otros ajustes para amoldarse a las circunstancias. En particular, la adaptación
de los Incas a su mundo de finales del s. XIV tuvo también un componente ideológico; la creación
de un patrono nacional y antepasado dinástico celestial por medio de la manipulación del alto
panteón.

En la época imperial los incas llegaron a creer que su estado se hallaba bajo la protección de un
ser divino llamado Inti, del que descendían sus gobernantes. Los cornistas identifican a Inti como
el dios del sol , pero debe considerarse más bien como un grupo de aspectos solares dentro del
dios global del firmamento.

La aparición del culto de Inti debió de ser una manipulación conciente, con fines políticos, de la
religión. Esta creación beneficiaba obviamente a los gobernantes inca; como observa Garcilaso
… la veneración de Inti significa que cuando el pueblo adoraba a su dios tributaba a si mismo
culto a su rey.