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UNA SELECCIÓN DE DISCURSOS Bruce R.

McConkie

DIEZ BENDICIONES DEL SACERDOCIO.

Somos los siervos del Señor, sus agentes, sus representantes. Hemos sido investidos con el poder
de lo alto. Poseemos el Sacerdocio Aarónico, el cual es un orden preparatorio y de instrucción, o
poseemos el Sacerdocio de Melquisedee, el poder más alto y grandioso que el Señor concede a los
hombres en la tierra.
En este sacerdocio mayor existen cinco oficios o llamamientos: élder, setenta, sumo sacerdote,
patriarca y apóstol. No obstante, el sacerdocio es el mismo, y éste es más importante que cualquiera
de sus oficios. Somos un reino de hermanos, una congregación de seres iguales, que contamos con el
derecho de recibir todas las bendiciones del sacerdocio. No hay bendiciones reservadas para los
apóstoles que no estén enteramente disponibles para todos los élderes del reino. Las bendiciones son
el fruto de la obediencia y la rectitud personal y no de los cargos administrativos.
Existen diez bendiciones del sacerdocio que están disponibles para todos los que poseemos el
sagrado Sacerdocio de Melquisedec.
Primera bendición. Somos miembros de la única Iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda
la tierra, y hemos recibido la plenitud del evangelio sempiterno.
"Este sacerdocio mayor administra el evangelio" y "continúa en la Iglesia de Dios en todas las
generaciones, y es sin principio de días o fin de años" (D. y C. 84:17, 19).
El evangelio es el plan de salvación; es el medio y el camino provisto por el Padre para que sus
hijos espirituales avancen, progresen y lleguen a ser como Él. El sacerdocio es el poder y autoridad
de Dios, conferido al hombre en la tierra, para actuar en todas las cosas para su propia salvación.
Donde está presente el Sacerdocio de Melquisedec se encuentra también la Iglesia y el reino de
Dios sobre la tierra o sea el evangelio de salvación. Donde no exista el Sacerdocio de Melquisedec,
no se encuentra la Iglesia verdadera ni el poder que salva a los hombres en el reino de Dios.
Segunda bendición. Hemos recibido el don del Espíritu Santo y tenemos derecho a recibir los
dones del Espíritu, esas maravillosas investiduras espirituales que nos distinguen del mundo y nos
elevan a un estado superior.
El don del Espíritu Santo es el derecho a la compañía constante de esa persona de la Deidad
según la medida de nuestra fidelidad. Es el derecho de recibir revelación, ver visiones, estar en
armonía con el infinito.
Juan, quien poseyó el Sacerdocio de Aarón, bautizaba con agua para la remisión de pecados.
Jesús, quien fue un sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec, bautizaba con el
Espíritu Santo y con fuego.
El Espíritu Santo es un revelador; da testimonio del Padre y del Hijo; esos Seres Santos que
debemos conocer para recibir la vida eterna. Así "este sacerdocio mayor... posee la llave de los
misterios del reino, sí, la llave del conocimiento de Dios" (D. y C. 84:19).
Los dones espirituales son las señales que siguen a aquellos que creen; son los milagros y
curaciones efectuados en el nombre del Señor Jesús; incluyen maravillosas efusiones de verdad, luz
y revelación del Dios Celestial al hombre en la tierra.
Nuestras revelaciones dicen que el Sacerdocio de Melquisedec posee "las llaves de todas las
bendiciones espirituales de la Iglesia", y que todos aquellos que poseen este santo orden tienen "el
privilegio de recibir los misterios del reino de los cielos, manifestárseles los cielos, comunicarse con
la Asamblea General e Iglesia del Primogénito, y gozar de la comunión y presencia de Dios el Padre
y de Jesús, el mediador del nuevo convenio" (D. y C. 107: 18-19).
Tercera bendición. Podemos ser santificados por el Espíritu, ver la destrucción de nuestra escoria
y el mal como si fuesen quemados por fuego, llegar a ser limpios y sin mancha y aptos para morar
con los dioses y ángeles.
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El Espíritu Santo es el Santificador. Aquellos que magnifican sus llamamientos en el sacerdocio
"son santificados por el Espíritu para la renovación de sus cuerpos" (D. y C. 84:33). Nacen de
nuevo; se convierten en nuevas criaturas del Espíritu Santo; son vivificados en Cristo.
De tales fieles que moraban en la antigüedad, Alma dice: "Fueron llamados según este santo
orden" -o sea, poseían el Sacerdocio de Melquisedec- "y fueron santificados, y sus vestidos fueron
blanqueados mediante la sangre del Cordero. Luego ellos, después de haber sido santificados por el
Espíritu Santo, habiendo sido blanqueados sus vestidos, encontrándose puros y sin mancha ante
Dios, no podían ver el pecado sino con repugnancia; y hubo muchos, muchísimos, que fueron
purificados y entraron en el reposo del Señor su Dios." (Alma 13:11-12).
Cuarta bendición. Podemos ocupar el lugar del Señor Jesucristo para administrar salvación a los
hijos de los hombres.
Jesucristo predicó el evangelio, también nosotros podemos. Él habló por el poder del Espíritu
Santo, nosotros también podemos. Sirvió como misionero; nosotros también podemos. Su ejemplo
fue hacer el bien; nosotros también podemos. Efectuó ordenanzas de salvación; nosotros también
podemos. Guardó los mandamientos; nosotros también podemos. Efectuó milagros; éste también
puede ser nuestro privilegio si somos verídicos y fieles en todas las cosas.
Somos sus agentes, lo representamos; se espera que hagamos y digamos lo que El haría y diría si
personalmente estuviese administrando entre los hombres hoy en día.
Quinta bendición. Tenemos el poder de llegar a ser hijos de Dios, ser adoptados en la familia del
Señor Jesucristo, considerarlo nuestro Padre, ser uno con Él como Él es uno con su Padre.
"Y eres según el orden de aquel que fue sin principio de días ni fin de años, de eternidad en
eternidad", dijo el Señor a Adán;
"He aquí, eres uno en mí, un hijo de Dios; y así todos pueden llegar a ser mis hijos" (Moisés
6:67-68).
Como hijos de Dios, también tenemos el poder de progresar hasta llegar a ser "coherederos con
Cristo" hasta ser hechos "conforme a la imagen" del Hijo de Dios, como lo expresó Pablo (Romanos
8:17, 29).
Sexta bendición. Podemos entrar al orden patriarcal, el orden del matrimonio eterno, el orden
que permite que la unidad familiar continúe en la gloria celestial por las eternidades.
La manera de obtener el cielo más alto y disfrutar de la plenitud de esa luz y gloria que
representan la vida eterna es entrar en "este orden del sacerdocio" cuyo nombre es "el nuevo y
sempiterno convenio del matrimonio" (D. y C. 131:2).
Séptima bendición. Tenemos el poder de gobernar todas las cosas, tanto temporales como
espirituales, los reinos del mundo y los elementos y tormentas y poderes de la tierra.
A este respecto, nuestras Escrituras nos dicen: "Porque Dios juró a Enoc y a su descendencia,
con su propio juramento, que cada uno habiendo sido ordenado según este orden y llamamiento
debía tener poder, por fe, de partir montañas, dividir mares, secar las aguas y desviarlas de su curso;
desafiar los ejércitos de las naciones, dividir la tierra, romper toda atadura, y presentarse en la
presencia de Dios; hacer todas las cosas de acuerdo con su voluntad, de acuerdo con su mandato,
dominar principados y dominios, y esto por la voluntad del Hijo de Dios quien fue desde antes de la
fundación del mundo." (Génesis 14:30-31; traducción de José Smith).
Ciertamente, el Sacerdocio de Melquisedec es el mismo poder que Cristo mismo utilizará para
gobernar las naciones en aquel día en que "los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y
de su Cristo; y Él reinará por los siglos de los siglos" (Apocalipsis 11:15).
Octava bendición. Por medio del sacerdocio tenemos el poder de ganar la vida eterna, el más
grande de todos los dones de Dios.
Vida eterna es el nombre de la clase de vida que Dios vive. Consiste, primeramente, en la
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continuación de la unidad familiar en la eternidad, y segundo, en una herencia de la plenitud de la
gloria del Padre.
Todos aquellos que reciben el Sacerdocio de Melquisedec entran en un convenio con el Señor.
Cada una de estas personas solemnemente promete: Convengo recibir el sacerdocio; convengo
magnificar mi llamamiento en el sacerdocio y convengo guardar los mandamientos viviendo de
"toda palabra que sale de la boca de Dios" (D. y C. 84:44).
Por su parte, el Señor promete otorgar a tales fieles "todo lo que mi Padre tiene", que es la vida
eterna en el reino de Dios (D. y C. 84:38; véase también 84:33-44). Entonces el Señor, para mostrar
la fuerza de su promesa, jura que la recompensa prometida será obtenida. Este juramento, por parte
del Hijo de Dios mismo, está expresado con estas palabras: "Juró Jehová, y no se arrepentirá: Tú
eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec" (Salmo 110:4).
Y en cuanto a los demás que también reciben el Sacerdocio de Melquisedec, las escrituras dicen:
"Y todos aquellos que han sido ordenados a este sacerdocio son hechos semejantes al Hijo de Dios,
permaneciendo sacerdotes para siempre." (Hebreos 7:3; traducción de José Smith). En otras
palabras, serán hechos reyes y sacerdotes para siempre; su sacerdocio continuará por toda la
eternidad; tendrán vida eterna.
"Estos son los que constituyen la Iglesia del Primogénito.
Son aquellos en cuyas manos el Padre ha entregado todas las cosas;
Son sacerdotes y reyes que han recibido de su plenitud y de su gloria;
Y son sacerdotes del Altísimo, según el orden de Melquisedec, que fue según el orden de Enoc,
que fue según el orden del Hijo Unigénito.
De modo que, como está escrito, son dioses, sí, los hijos de Dios.
Por consiguiente, todas las cosas son suyas, sea de vida o de muerte, o cosas presentes o cosas
futuras, todas son suyas, y ellos son de Cristo y Cristo es de Dios." (D. y C. 76:54-59).
Novena bendición. Tenemos poder para afirmar nuestro llamamiento y elección, a fin de que
mientras moremos en la mortalidad, habiendo vencido al mundo y sido verídicos y fieles en todas
las cosas, seamos sellados para vida eterna y tengamos la promesa incondicional de tal vida eterna
en la presencia de Aquel a quien pertenecemos.
Nuestra revelación dice: "La palabra profética más segura significa que un hombre sepa, por
revelación y el espíritu de profecía, que está sellado para vida eterna, mediante el poder del Santo
Sacerdocio" (D. y C. 131:5).
Particularmente durante los últimos años de su ministerio, el profeta José Smith les suplicó
fervientemente a los santos que continuaran en rectitud hasta hacer firme su llamamiento y elección,
hasta que escucharan la voz celestial proclamar: "Hijo, serás exaltado." (Enseñanzas del Profeta José
Smith, pág. 178). Él mismo se convirtió en el ejemplo de este logro en esta dispensación cuando la
voz del cielo le dijo: "Porque yo soy el Señor tu Dios, y estaré contigo hasta el fin del mundo y por
toda la eternidad; porque de cierto, sello sobre ti tu exaltación y te preparo un trono en el reino de mi
Padre, con Abraham tu padre." (D. y C. 132:49).
Décima bendición: Tenemos el poder -y es nuestro el privilegio- vivir de tal manera que, al
llegar a ser puros de corazón, veamos la faz de Dios mientras que todavía moramos como mortales
en un mundo de pecado y dolor.
Esta es la bendición suprema de la mortalidad. La ofrece sin excepción a todos los fieles de su
reino.
"De cierto, así dice el Señor: Acontecerá que toda alma que deseche sus pecados y venga a mí,
invoque mi nombre, obedezca mi voz y guarde mis mandamientos, verá mi faz y sabrá que yo soy."
(D. y C.93:l).
"Y además, de cierto os digo que es vuestro el privilegio, y os hago una promesa a vosotros los
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que habéis sido ordenados a este ministerio." Ahora se está refiriendo a aquellos que poseen el
Sacerdocio de Melquisedec, "que si os despojáis de todo celo y temor, y os humilláis delante de mí -
porque no sois suficientemente humildes- el velo se hendirá, y sabréis que YO SOY, no con la
mente carnal o natural, sino con la espiritual.
"Porque ningún hombre en la carne ha visto a Dios jamás, a menos que haya sido vivificado por
el Espíritu de Dios.
Ni puede hombre natural alguno aguantar la presencia de Dios, ni conforme a la mente carnal.
No podéis aguantar ahora la presencia de Dios, ni el ministerio de ángeles; por consiguiente,
continuad en paciencia hasta perfeccionaros." (D. y C. 67:10-13).
Estas, pues, son las diez bendiciones del sacerdocio, el Santo Sacerdocio según el orden del Hijo
de Dios, el sacerdocio que los santos en los días antiguos le dieron el nombre de Melquisedec para
evitar la repetición frecuente del nombre de la Deidad.
Al respecto, vienen a propósito estas palabras de las Santas Escrituras:
"Ahora Melquisedec era un hombre de fe que actuaba en justicia, y cuando niño temió a Dios,
cerró las bocas de los leones y sofocó la violencia del fuego.
De este modo, habiendo sido aprobado por Dios, fue ordenado sumo sacerdote según el orden
del convenio que Dios había hecho con Enoc.
Siendo éste según el orden del Hijo de Dios: orden que originó, no del hombre, ni de la voluntad
del hombre; ni del padre o de la madre; ni por el principio de días o fin de años, sino de Dios.
Y fue dada al hombre por su propia voz, de acuerdo con su propia voluntad a tantos como
creyesen en su nombre...
Y ahora, Melquisedec era un sacerdote de este orden; por tanto obtuvo paz en Salem y fue
llamado Príncipe de Paz.
Y su pueblo obró en justicia y recibió el cielo, y buscaron la ciudad de Enoc que Dios había
tomado previamente separándola de la tierra, reservándola para los últimos días o el fin del mundo;
Y dijo y juró que los cielos y la tierra deberían juntarse, y que los hijos de Dios debían ser
probados como si fuese por fuego.
Y este Melquisedec, después de haber establecido la justicia, fue llamado el rey del cielo por su
pueblo, o en otras palabras, el rey de paz.
Y levantó su voz y bendijo a Abram...
Y aconteció que Dios bendijo a Abram y le dio riquezas y honor y tierras como posesión
sempiterna de acuerdo con el convenio que había hecho y de acuerdo con la bendición con la que
Melquisedec lo había bendecido." (Génesis 14:26-29, 33-37, 40; traducción de José Smith).
Este es el sacerdocio que poseemos. Nos bendecirá como bendijo a Melquisedec y Abraham. El
sacerdocio del Dios Todopoderoso está aquí. La doctrina que enseñamos es verdadera y cuando las
obedecemos podemos disfrutar de las palabras de vida eterna ahora y después ser herederos de la
gloria inmortal.
Yo sé, y vosotros sabéis, que así como los cielos están sobre la tierra, así están estas verdades de
las que hablamos por encima de todas las prácticas del mundo y todos los honores que el hombre
pueda conferir. Que Dios nos conceda guardar los mandamientos y que seamos herederos de todo lo
que un Señor misericordioso promete a su pueblo.

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