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303,y determinó pasar por Valencia á fin de amedrentar á los enemigos


déla idolatría con el espectáculo de un terrible martirio.
Asi desprende de las actas y legitimas tradiciones referentes al mar¬
se

tirio de San Vicente, por las que consta la llegada del tirano á nuestra
ciudad, la conducción desde Zaragoza del referido Santo y su Obispo, y el
concurso de muchos fieles en los más solemnes actos de tan sangrienta

lucha.
Si el cristianismo valenciano se extendido en esta
hallaba ya, pues, tan
época, licito será inferir que tuvo su origen en tiempos anteriores, ó sea
en el siglo III, tal vez en el II.
Pero su aparición en la historia no se verifica hasta el expresado ano
303, el cual tiene su comienzo nuestra crónica sagrada.
en
A cargo de ésta corre el minucioso relato de un hecho tan trascenden¬
tal como la persecución de Daciano, mediante el estudio de las noticias
aportadas por la historia general y las que suministran los interesantes
testimonios que, por dicha, se conservan en nuestra ciudad; y este estu¬
dio, ha de hacer posible la determinación del carácter, estado, forma y
desarrollo que tuvo nuestra primitiva Iglesia valenciana en los tiempos
inmediatos á su aparición.

XII.
»

Resumen.

Sumida Valencia en las sombras de la idolatría, no llegó


á darse cuenta del glorioso nacimiento del divino Redentor,
ni del cruento sacrificio que salvó á la humanidad en la
cumbre del Gólgota.
probable que alguno de los apóstoles que, es tradición,
Es
vinieron á España, ó sus discípulos, procurarían introducir
desde luego las verdades del Evangelio en esta población tan
ilustre, colocada en la vía de Tarragona á la Bética, ó que
cuando menos por este conducto se comunicaría la doctrina
evangélica, poco tiempo después de fructificar en Zaragoza
y demás iglesias antiguas, vecinas á nosotros; pero ningún
dato positivo existe para determinar este acontecimiento.
Solo sí se sabe, que en el año 303 era ya muy crecido el nú¬
mero de cristianos que existían en Valencia, puesto que el

presidente Daciano resolvió pasará ella y atemorizarlos con


un espectáculo sangriento, cuyo hecho permite remontar

la antigüedad de nuestra Iglesia al siglo II, ó al III cuando


menos.