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Taco

aguja
.

TACO AGUJA, busqué su origen. Parece que lo di-


señó un tal Giacomo Pirandelli barón de Styletto, allá por
1760, como ayuda para las maniobras ecuestres y soporte
para las espuelas. No soy vaga, no era mi intención que-
darme con la respuesta inmediata de Wikipedia, pero des-
pués indagué en portales de moda y todos, sin excepción,
replican esta data. Así que el taco aguja fue, en principio,
una prenda de hombre, como todas las cosas. Y sin em-
bargo, el título de este volumen de la Colección PDP, al
sonar en nuestros labios, ―Taco aguja‖, remite a lo que se
abre ante nosotros: un volumen hecho por mujeres, por
escritoras. Nunca usé un taco aguja. Taco aguja no me
hace pensar en el tal Giacomo, ni en los jinetes, sino en
incomodidad. Y después, recién después, en femineidad.
Y también pienso en precisión, en postura, en problemas
de cadera, en dolor de pantorrillas; y en un taco que es,
literalmente, una aguja, que se clava en una vena, para
drogar, para extraer, para transfundir. Pienso en el dolor,
en un tatuaje, que puede ser hermoso, y entonces algo
hermoso puede también doler. Y este devenir de palabras:
incomodidad, dolor, placer, belleza, femineidad, incomo-
didad, dolor, placer, horror, femineidad, belleza, dolor,
incomodidad, se repiten una y otra vez, y recorren turbu-
lentas las historias narradas a continuación.
Catorce escritoras narran catorce historias que son
absolutamente distintas entre sí, pero que conversan y se
entrecruzan, por intensidad en la trama o en el lenguaje;
por escenarios (la intemperie o el encierro); por elementos
que sobresalen, como la religión, la presencia de espíritus,
la conciencia del muerto de que su alma ya lo dejó.

Estoy desnuda mirándome al espejo que compramos


para vernos mientras hacíamos el amor que ya no vamos
a hacer. Mirame ahora diciendo “sanguchito”. De chi-
quita decía sanguch. San-guch. Me gusta más, ¿y a vos?
Mi boca es hermosa, mis labios rosados y gordos son los
mismos con los que tanto te divertiste. Pero ahora ya na-
da es divertido porque juegue a lo que juegue, la imagen,
tu imagen, vuelve. Faltaban nada más que veintiocho días
para el casamiento. ¿Pensás en el número veintiocho,
Sebi? ¿Siempre te gustaron las travestis? San-guch. Ya no
puedo usar la palabra chupar antes de la palabra pija.
San-gu-chi-to. Me lastimé el dedo con el cuchillo de man-
go azul. ¿Vas a volver?
Así empieza ―Corregime‖, el cuento de Macarena
Moraña que abre este libro. La autora nos envuelve con
una poética voraz que hace de la prosa un fuego y que la
narradora, desgarrada, desgarra en cada palabra que le
escupe a ―Sebi‖, su prometido, su traidor. En este sentido
voraz, poético, de palabras que juegan en un torbellino
armónico, que van y vuelven, con repeticiones que hacen
énfasis, ―Corregime‖ dialoga con ―De carne y hueso‖, de
Daniela Pasik, y con ―El hades‖, de Flavia Pantanelli.
La voz narradora de Pasik es pura música: No soy
como las polillas, que van borrachas a quemarse a la
lámpara. Las huelo. Las oigo. Tuc, tuc, ffffff. Me choco
con la pared, con una silla, con otra pared, pero no me
prendo fuego. Me alejo hacia la puerta de calle. Camino
kilómetros en un metro cuadrado y aferro el picaporte.
Salgo al frío, y recién entonces abro los ojos. Veo el mun-
do.
Al igual que Moraña, elige una segunda persona a la
que el personaje le habla: ―…hay gotas de sangre en las
sábanas y vos dormís hermoso, pacífico, en medio del
desastre. Te quiero‖. Sin embargo, en la narradora de Mo-
raña, leemos sufrimiento y reproche; mientras que en el
cuento vampírico de Pasik, la narradora vuelca con calma
el relato para su compañero.
Por su parte, Flavia Pantanelli en ―El hades‖, con
oraciones a pura coma, con repeticiones y sin matizar ni
rebajar el espanto, nos deja sin aire en un cuento que no
muestra piedad a sus personajes ni a sus lectores. Quisiera
estirarlo, desentumecerlo pero entonces cómo hace con el
bebé, tan chiquito, la cabeza, que no se le bambolee la
cabeza.Mateo. La fontanela abierta todavía, la mollerita
tierna, su talón de Aquiles.Lo mira así, envuelto en la
pañoleta de la nursery, blanco tiza. No recordaba que
fuera tan blanquito, con su pelo duro, parado como paja
brava, alguna enfermera encontrará que se lo pele, los
ojitos achinados de kolla o de toba, o qué importa, así
cerrados parecen dos tajitos. Escucha el crujir de unas
ramas. Algo se mueve, a su derecha, Fernanda se sobre-
salta, contiene la respiración, muy quieta. Espera. Tensa.
Todo parece suspendido, ni un ruido, nada. Ella siente los
latidos de su corazón retumbar contra el cuerpito del ne-
ne.
―El hades‖ es el cuento que cierra el libro y lo hace
con la imagen del horror más punzante, haciendo honor a
la Colección PDP, pero también con una sensación de
estómago revuelto, de alma rota.
Juego a recordar los cuentos por las conversaciones que
establecen entre sí. Van apareciendo en otro orden. En un
punto, ―El hades‖ de Pantanelli conversa con ―Pinceladas
imperceptibles", de Paola Molina. No por el tipo de narra-
dor, no por las desgracias que transitan los personajes,
sino –y solamente– por los flashbacks, las idas y venidas
en la trama que dan la sensación de estar viendo una pelí-
cula que poco a poco devela pequeños secretos que se
amontonan y se tensan hasta explotar en la epifanía del
último momento. Molina elige una narradora en primera
persona que alterna pasado y presente, pero el presente del
personaje es relatado en tiempo pasado y su pasado, en el
tiempo opuesto. Hay dos escenarios para este cuento que
se va entregando en pequeñas dosis: un atelier y una casa
fúnebre. Él no repara en el rastro acuoso que van dejando
mis zapatos en el parqué. Supongo que a veces es mejor
ignorar ciertas cosas. Voy a la cocina y mecánicamente
prendo la cafetera, la cargo con los granos y el agua.
Espero. Como todos los sábados, preparo el café para
bajar la borrachera de Ernesto. / Era un hombre encan-
tador repetía una señora. Magnífico, talentoso, estupen-
do, escuché entre ruidos de copas de cristal y de tazas de
porcelana. Aunque eran los murmullos los que musicali-
zaban aquel espectáculo del que Amelia y yo éramos par-
te. / Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea
tu nombre. La voz retumbaba en el salón. Venga a noso-
tros tu reino…
La iglesia está presente, los rezos, las cruces y los
espíritus que pululan. ¡Claro que sí, es una colección de
terror! ―Y en tu voz solo un pálido adiós / y el reloj en tu
puño marcó las tres‖, dice la canción de Serú Girán.
Dicen que las 3 A.M. es la hora en que aparecen los
fantasmas, nos cuenta Carla, una de las tres narradoras de
―Las tres‖, el conjunto de relatos sobre espíritus, de Angie
Ferrero. Miro el reloj. Son las 3:05 de la madrugada. Las
noches últimamente se hacen largas, especialmente con
este frío… (DIANA).
A las 2:45 A.M., llamaron a la puerta. María hizo
pasar al párroco del pueblo. Le ofreció una taza de té
caliente. Él se negó a aceptarla. Mi hija entregó el rosa-
rio –el más blanco y puro– al sacerdote. Ambos se per-
signaron. Ella le pidió que rece. El hombre obedeció de
inmediato. (MARÍA).
Ferrero nos invita a pasar de un mundo a otro a la
hora señalada, con los elementos indispensables al mo-
mento de pensar en el pasaje de las almas.

En TacoAguja hay tres cuentos que emplean el esti-


lo directo: ―La Cheka‖, de Gabriela Luzzi, "Aqua gym",
de Fedra Spinelli, y ―Estefanía‖, de Inés DeLuca.
—Anoche, mientras hacíamos el amor, pensabas en
un conejo. Me di cuenta porque se me llenaron los dedos
de pelos y jugué a que lo peinaba para un lado y para el
otro sobre tu cuerpo.
—Es cierto. Imaginé que tu dedo era la mano de un
conejo —le dije—, o de una comadreja.
La pluma de Luzzi se desliza con delicadeza, como
los pelos suaves de ese conejo que ella inventa para que su
personaje imagine. Quizá sea esta historia la menos in-
cómoda, la que da respiros de jardín, gotitas de rocío fres-
co. La combinación de sensualidad e inocencia, pero tam-
bién de sumisión, de animales que irrumpen en la intimi-
dad de una mujer que se deja hacer, recuerdan la voz de
Marosa Di Giorgio.
Yo había estado fantaseando que me acostaba y dos
animales venían a husmear con sus hocicos y sus lenguas.
Por miedo a que me atacaran dejaba que hicieran sus
exploraciones sin moverme.
Fedra Spinelli nos invita a sumergirnos en una pileta
llena de canas, respiraciones y silencios. La narradora de
"Aqua gym", haciendo uso del presente, en entregas como
capítulos, como escenas de una película que pasan por
I-sat, enumera sus sensaciones en la clase que la aúna con
señoras de la tercera edad. La tensión está en la atmósfera
clorada, en el vestuario, en la diferencia de edad, en ser la
de afuera, la que no pertenece a la manada.
Las miro secarse, pasarse la toalla por la panza,
por el pecho, y las piernas ¿me pregunto que sienten?
¿Qué piensan? Algunas de ellas me doblan la edad, las
miro y quedo como hipnotizada, trato de imaginarme a mí
misma a esa edad. ¿Cuál será mi cuerpo?
Quiero comunicarme, primero saco el tema de las
canas —¿qué me conviene hacer?
Se ríen. Eso ya no importa, dicen.
—Es por la columna que vengo a aqua gym —les
explico.
—No parece que lo necesites —dice una, cortante.

En ―Estefanía‖, Inés DeLuca nos lleva junto a la joven


―Stefanía con ‗S‘‖ de visita a su pueblo, a la casa familiar,
donde hoy es una extraña. Su habitación no está vacante,
ahora la ocupa su prima Ángela, su prima muda (¿ende-
moniada?).
—Hola, má —sonrió al entrar.
—Te cortaste el pelo —contestó su madre con cara
de espanto. De pronto aflojó la mueca—. Supongo que es
normal— …La abrazó, aunque algo tiesa.
DeLuca logra que esa tensión familiar incomode al
lector. El taco aguja, incómodo, es en esta historia un
elemento prohibido.
La plata es solo para la comida, y para los libros, le
había dicho, el resto son objetos materiales sin importan-
cia, vanidades, como diría Sor Juana Inés de la Cruz.
También contribuyen al misterio: un gato, una vir-
gen, el silencio.
―Costanera Sur‖, de Laura Cedeira, explota otro de
los elementos certeros del misterio y el terror: los herma-
nos gemelos. Luis le encomienda a su hermana, la narra-
dora de este cuento, que se encargue de su rol en el juego
del amigo invisible. Justo le tocó la chica que le gusta.
Pero en el juego que todos conocemos, el amigo invisible
hace regalos, no da instrucciones a seguir. Cedeira propo-
ne al lector ir descubriendo junto a María, la joven que
recibe las cartas de su amigo invisible, un juego perverso.
No sé por qué nunca le conté a Luis que había lo-
grado que María se enganchara con su amigo invisible.
Creo que fue eso lo que más me entusiasmó: sentir que el
deseo era mutuo me llevaba a subir el tono en cada men-
saje. Yo, inspirada, robando frases de las novelas de
Corín Tellado, el secreto mejor guardado de mi vieja.
María, encantada con mis halagos, regalos y propuestas,
esperando ansiosa por la próxima pista.

Hago una pausa. No para respirar, sino para reír. En


realidad, la risa me hace la pausa a mí. Imagino a Ana
Ojeda, autora de ―Títeres‖, divirtiéndose mientras tipeaba:
veinte años alquilando castillo a dueño directo para esto:
qué joda, o Elizabetha aguarda la llegada de Vlad con las
piernas bajo el cobertor. Han pasado varios días. Sobre
ellas la MacBook, abierta una ventana de Safari que bu-
chonea: Page not found. Tipea otra vez: Gmail. Lo mis-
mo. Tipea entonces: Google. Igual. Tipea por fin: YouTu-
be. Ídem. Apaga la máquina, prende. Page not found.
Apaga el módem, prende. Page not found. Llama a Fiber-
tel, a pesar de la hora, a pesar de que claramente el pro-
blema es otro: Vlad no ha dado señales de vida. Otra no-
che.
―Títeres‖ es una parodia del horror y, sin embargo,
cuando la autora decide que es el momento para dejar de
reír y darle espacio al espanto, lo logra. Un cuento para
leer en voz alta y disfrutar del despliegue de sonidos con-
catenados habilidosamente. La lengua parece responder
más a los deseos de la autora que a sus propias reglas.
―Títeres‖ está situado en el imperio turco otomano
(sí, aunque su protagonista cuente con servicio de inter-
net) y esta latitud lejana me lleva a pensar en otro de los
cuentos que conforman TacoAguja: ―La otra‖, terror ja-
ponés a cargo de Mariana Kozodij.
Un leve sonido indescifrable le hace mover las ore-
jas hacia atrás como un gato que cruza la calle en la os-
curidad. Kumiko apoya las manos sobre el mostrador sin
abrir los ojos. Nota un aire helado, como de montaña,
como en Japón. Es el mismo soplo fío que respiró cuando
su abuela la ató a la cama y le vendó la cara dejándola
ciega y sin alimentos sólidos por tres días. Solo vino de
arroz que goteaba entre las vendas blancas y que ella
bebía emborrachada por la parálisis.
Kozodij toma al Noppera-bō, uno de los tantos fan-
tasmas que recorren la mitología japonesa, y lo convierte
en amenaza para Kumiko, una joven japonesa que vive en
Argentina con su abuela Nami.
No estaba claro cómo se había iniciado la maldi-
ción sobre las Sasaki pero parecía que pagaban un precio
demasiado alto por una belleza de ojos noche y pieles
blancas como la ropa que limpiaban.
Parece que, cuando los demonios acechan, no hay
distancias que nos protejan. No hay paredes que puedan
detener el terror. La tintorería de Nami y Kumiko será el
espacio donde los recuerdos mantengan vivo el folklore y
el miedo.
Las paredes nos son muros para los fantasmas, pero
sí lo son para nosotros, humanos, carne, hueso, fuerza y
debilidad.
Llovía, pero ella no lo podía saber. No sabía nada
desde hacía tres días. Nada externo. En cuanto a lo de
adentro, sabía que el lugar donde estaba era un dormito-
rio, que las sábanas tenían sangre vieja –sangre que no
era de ella–, que la comida siempre se comía fría (aunque
eso, en la situación en la que ella se encontraba, era una
nimiedad), que no había ventanas, que las sogas –hoy– no
estaban tan apretadas, que ya no sentía ganas de mear
porque se había meado encima, que el perro era capaz de
despedazarla, que el dolor que sentía en los pies era tan
increíble que dudaba de si alguna vez podría volver a
caminar. Si es que salía de ahí. Lo que no sabía era dónde
se había metido el tipo. Hacía horas que no aparecía, y en
el tiempo que ella llevaba ahí, él nunca había dejado pa-
sar tantas horas sin entrar en esa habitación.
Escalofríos, ¿verdad? Así empieza ―Reptil‖, cuento
de Gilda Manso. Una historia que narra la escena del en-
cierro con total precisión, sin una palabra de más ni una de
menos. Así narra Manso, con el ojo observador de quien
investiga, se pone en el lugar del personaje e intenta, lo-
gra, dar veracidad al texto.
Claustrofobia me da ―Reptil‖. Un texto realista bien
contado tiene ese don de llevarte a tus peores temores, y el
secuestro es uno de ellos, en el imaginario –asumo– de la
gran mayoría de nosotros. Claustrofobia, ¡cómo es que la
mujer llegó hasta ahí! La que sabemos cómo llega a otro
encierro es la narradora de ―La señorita Rosa‖, de Valeria
De Vito, quien, a través de este cuento, me hace recordar
las atmósferas oscuras del gran Roald Dahl, que poco a
poco y con claros indicios que el lector capta, pero el pro-
tagonista no, se tornan más y más perversas. ¿Quién es la
señorita Rosa? En el recuerdo de la narradora, es la maes-
tra de jardín, pero ¿quién es ahora? Si nos invitara a tomar
el té a su casa, ¿aceptaríamos?
¿Estás mejor, mi querida? Estoy calentando agua
para que tomes un tecito. Pude apenas decir gracias, ten-
ía mucho dolor de estómago y ese olor nauseabundo me
resultaba insoportable.
Que cada uno tenga la paz que se merece tener, yo
no sé si la tendré, si el cielo está ahí detrás de las cortinas
verdes, ¿vos lo viste? En qué te cambió este instante entre
que quisiste espiar y levantarte y seguir acá.

Los últimos serán los primeros. En este caso, el se-


gundo cuento de esta antología: ―Un leve error de cálcu-
lo‖, de Silvina Dabini. Siguiendo mi juego de espejos,
llego a esta historia por la sensación de encierro. Pero no
es un encierro físico, sino psicológico. También Roald
Dahl ha tratado las relaciones de opresión y destrato. En el
cuento de Dabini, el que somete es Oscar y la sometida es
Cristina. ¿Qué pasa cuando la cuerda está demasiado
tensa? Hasta que ya no lo soportó. Algo dentro de ella se
quebró. Los últimos años de su vida se habían convertido
en un infierno, todo por no tener la valentía de rehacer su
vida, dependiendo financieramente de un marido maltra-
tador y con ínfulas de superioridad.
“Hoy te voy a hacer una cena que no te vas a olvi-
dar”; sonreía sola, mientras acomodaba el desorden y
limpiaba el café derramado en la cocina.
En tiempos en que la violencia de género es terror
puro y arrasa, esta lectora espera que Cristina salga ilesa
del matrimonio que la ahoga.

Incomodidad, dolor, belleza, horror, heroísmo… el


taco aguja da pinchazos con cada uno de estos cuentos que
invitan, sin duda, a la relectura, a re-disfrutar y re-pensar,
a la charla entre amigos. Cuentos que se espejan, que con-
versan, pero que son, cada uno en sí mismo, un universo
minucioso, esculpido con la mano de quienes saben crear.
ESTOY DESNUDA MIRÁNDOME AL ESPEJO que com-
pramos para vernos mientras hacíamos el amor que ya no
vamos a hacer. Mirame ahora diciendo ―sanguchito‖. De
chiquita decía sanguch. San-guch. Me gusta más, ¿y a
vos? Mi boca es hermosa, mis labios rosados y gordos son
los mismos con los que tanto te divertiste. Pero ahora ya
nada es divertido porque juegue a lo que juegue, la ima-
gen, tu imagen, vuelve. Faltaban nada más que veintiocho
días para el casamiento. ¿Pensás en el número veintiocho,
Sebi? ¿Siempre te gustaron las travestis? San-guch. Ya no
puedo usar la palabra chupar antes de la palabra pija. San-
gu-chi-to. Me lastimé el dedo con el cuchillo de mango
azul. ¿Vas a volver?
De a momentos se me mezclan algunas partes, así
que cualquier cosa corregime –corre y gime, mirá vos–.
Ese sábado habíamos pedido pizza de palmitos y salsa
golf y ni bien terminamos, te llamó tu hermano para invi-
tarte a esa fiesta. Me preguntaste, sabiendo que no iba a
querer, si te acompañaba. Hiciste chistes sobre la ropa y al
final dijiste: ―Es la última fiesta a la que voy soltero‖.
Fiesta y soltero en una misma oración, dijiste. Veintiocho
días. Me pongo la bombacha de encaje blanco. Con-cha.
Lo digo doce veces sin respirar:

Conchaconchaconchaconchaconchaconchaconcha
conchaconchaconchaconchaconcha.
Agarro la pinza de depilar y me saco unos pelos.
Me embalo y me aprieto ese grano de la comisura de los
labios. El puntito de sangre se amplía. Sangro, Sebi, san-
gro mucho porque soy mujer. Corregime. Me bajo la
bombacha, tengo todo calentito, me gusta. Hay recuerdos
que son como tatuajes de la mente y yo quisiera tener un
láser para borrar los que no puedo llevar más. Carga, mo-
chila, cruz. Tal vez pueda inventar un juego del tipo ―pie-
dra, papel o tijera‖. Nada de lo que pienso tiene sentido.
San-guch. Yo nunca fui graciosa, vos sí. Nunca te escuché
repetir ningún chiste. ¿Cuántas noches hiciste lo mismo?,
¿pensabas en mí, en la que te cuidaba cuando estabas en-
fermo, la que te hacía la torta de cumpleaños, la que te
chupaba el cuello y mientras te arañaba esos brazos divi-
nos? ¿Quién más te arañó en estos siete años? ¿Cómo no
te maté ahí mismo?
La densa de mi vieja no para de dejar mensajes.
Quiero que sepas que te odio, Sebastián, que lo que siento
por vos es odio en estado puro. Mentira. Mírame acá, la
panza, lo linda que soy. Si te concentrás también vas a
poder ver lo fiel que fui. Me muerdo la lengua, fuerte, un
poco más, soy resistente al dolor, un poco más, me sale
algo de sangre, paro. La sangre de la boca es bien roja. La
lengua es un músculo, me gusta decir eso. Len-gua. No,
esa no me sirve: cho-ta. Ahí va.

Si estuvieras acá me dirías que este lugar es un asco.


Hay platos sucios en la pileta, migas, moscas, ropa por
todas partes, al menos seis vasos pegajosos de Coca Cola.
Me agarro las tetas, una con cada mano. ¿Querés sentir su
peso? Mirá estos pezones rosas y los montones de grani-
tos blancos de alrededor. Están tan buenas mis tetas que
las apoyo en el espejo, el frío me gusta, ¿Querés que me
toque? ¿Te gusta así? ¿Y así? ¿Por qué llorás, Sebi? No
acabo.
Otro mensaje de mamá. Me la imagino planchando
frente al televisor, viendo sus telenovelas, tensando su
boca nerviosa. Ella siempre fue feliz en su matrimonio sin
sobresaltos, lo que se dice una ama de casa dedicada. Yo
quería ser eso también, eso era para mí, para nosotros. Me
chupo la sangre del granito. Me muerdo. Duele.
Fueron siete años, Sebi. Los domingos con tu fami-
lia, tus sobrinos que me dicen tía, tu vieja que jura que-
rerme como a una hija, tu papá que discute con el mío en
cada evento familiar. Corregime. Qué va a ser de todo
eso, qué va a ser de mí. ¿Me tengo que convertir en otra
persona, cambiar de mundo, mentirles a todos? Corregi-
me. ¿Cómo se supone que vaya a extirpar la historia de mi
vida del único corazón que tengo? Ni se te ocurra decirme
cursi, forro. Voy a comerme un asado, voy a encontrar la
forma de hacerlo en mi departamento. Cho-ri-zo.
Arrugo la foto de quinto año del colegio y después
la quemo. Ya éramos novios ahí. Me peino, qué pajoso
tengo el pelo, ¿dónde están las tijeras? Voy a quemar to-
das las fotos. Ahí están; las puntas, solo las puntas. Medio
sin querer me corto el cuello, debajo de la oreja. Y el la-
bio inferior en el medio, a propósito. Es hermosa, es muy
roja. Me la chupo, gusto metálico. Voy a pedir licencia en
el trabajo, por nada del mundo me voy a bancar las caras
de falsa piedad de mis compañeras. San-guch. ¿No te pa-
rece que hablo raro, que parezco otra? Ya me empecé a
convertir, convertime, corregime. Me sale mucha sangre
del tajo, me cuesta hablar. Ahora soy una mujer sucia y
resentida a la que le duele la boca. Canto: Me arde, me
quema, dejé la sangre en la arena. Hasta la música me
duele.
Ahora es tu mamá la que deja un mensaje llorado.
Qué infeliz, otra vez con el cantito de que no sabe cómo
Sebita pudo ser capaz. Yo por ahora me callo, mi amor,
aunque el estómago se me anude y piense que sería muy
novelesco morir con el teléfono en la mano y con tu
mamá al otro lado de la línea diciéndome ―Esperá, co-
razón, no es para tanto, fue solo una pijita‖.
¿Y mi culo? Me lo miro como si después de años
me acordara de que tengo un culo. ¿Todo esto no te al-
canzaba, Sebi? Voy a llamar a tu vieja y si se muere, que
se muera y a otra cosa. Matarla va a hacer que vuelvas.
Con-cha, con-cha, con-cha. Los puntitos de sangre en la
remera forman dibujos. Ya no tengo más uñas que co-
merme. Voy a vivir en este departamento por siempre y
no voy a rellenar con cerecita las paredes ni voy a picar la
parte de abajo. Quiero que se humedezca la casa, que se
caiga como se cayeron tus cosas por el balcón. Fue divino
cómo voló todo lo tuyo. Allá abajo, los pibes que revuel-
ven la basura, gritaban de alegría con los discos, las revis-
tas, la ropa. San-guch. Me corto la rodilla, quiero verme
los huesos, ¿querés verme los huesos? Después llamaste a
tu hermano y le dijiste que te ibas porque te sentías abru-
mado. Abrumado dijiste. Me duelen las rodillas. Todavía
no me vi los huesos. Abrumadas te voy a dejar las pelotas
cuando te agarre, hijo de remilputas, ¿por qué así? Si has-
ta hacía una semana estábamos planificando la noche de
nuestro casamiento, si te gustaba hablar de hijos, si me
decías que yo era diferente a la mayoría de mujeres, hala-
gabas mis inquietudes y mi cuerpo; pero eso qué importa
ahora. Estoy casi muerta, los pocos movimientos que
puedo hacer son ficticios, espectrales. Soy espectadora de
mi muerte. Me corto el labio superior, este sangra más,
vaya uno a saber por qué.
Vení, metete acá en mi baño de inmersión. ¿Qué
voy a hacer con los peluches? Me regalabas uno por cada
día del niño. Siento la presión muy baja. ¿También le lle-
vabas peluches a las travestis? Tra-ves-ti. Voy a quemar
todos esos falsos animales de colores imposibles, no los
voy a donar, no soy buena, me voy a dar el gusto de mirar
cómo se derriten los ojitos de plástico. Pe-lu-ches. El agua
se mezcla con la sangre como se mezclaban nuestros
líquidos, ¿te acordás? Tengo que salir de este charco ur-
gente. Otra vez el teléfono. Atiendo y pensando que sos
vos te digo amore, pebeto, churris, decime que no es ver-
dad, por favor, corregime. Juguemos a hablar en jeringo-
zo, dale, explicame en guaraní, fue tan gracioso esa noche
con los idiomas, dale, corregime, veintiocho días, o esa
vez que nos vestimos de cowboys, vení ahora, ¿venís, ya
estás? Yo ya estoy, dale, cógeme, corregime, dale.
Equivocado.
Me corto las pestañas del ojo izquierdo, un poquito
nomás, total el pelo no sangra. Me pongo perfume por
todos lados. Hago lo que quiero, soy libre, soy femenina,
soy hermosa, soy soltera. Ese sábado te fuiste perfumado.
Me duele la boca. Me encantaba cuando en un momento
de la noche me despertabas apoyándote sobre mí, buscan-
do mi cuerpo para unirlo al tuyo y convertirnos en esa
energía que ensayamos siete años sobre camas, sillones,
mesadas, algún escritorio, en casa, en el colegio, en el
jardín de tus abuelos, en la quinta de tu familia, sobre el
lavarropas nuevo en pleno centrifugado intenso.
Prendo la tele, doy cuatro vueltas, apago. Cada
veinte minutos hago lo mismo. Me rasco la cabeza y me
acuerdo que ayer tiré por algún lado una de esas manitos
rascadoras. Pongo la cabeza para abajo, el pelo cae sobre
mis hombros. Siento que me sube la sangre, que llega a
mi cerebro, me imagino roja, brillante, espeluznante. Me
dan ganas de sangrar mucho, quisiera estar indispuesta.
Me miro las rodillas, me corto un poco más. Hue-so. De-
bajo de la cama veo la manito, y una media, y mis pantu-
flas, el tapón de la bañera, dos hisopos y un conejo que es
alcancía. También hay una flor de plástico. A esa la man-
daste vos, Sebastián, es tu emisaria, querés que me mate
para que no hable. Pero mirá si una flor de mierda va a
dispararme desde abajo de mi cama. San-guch. Mantra
pedorro. Con-cha. Ese sábado yo te vi, nadie me lo contó.
Corregime si me equivoco por favor. Otra vez mi mamá,
¿es que no pueden dejarme tranquila? Amo a mi mamá.
Detesto a la tuya. Estoy mareada. Necesito un huevo frito
con mucha sal. Esa noche hacía calor y salí a dar una
vuelta manzana. Corregime, por favor. Apenas un par de
metros a la redonda. En la esquina vi nuestro auto esta-
cionado exactamente en el mismo lugar donde lo había-
mos dejado a la tarde. San-gu-chi-to. Me acerqué y espié
y adentro estabas vos, vos: Sebastián Hernán Bossio,
veintiocho años, veintiocho días antes, vos. La cabeza
subía y bajaba, estaba oscuro, esas piernas morrudas, tu
nuca que volvía a bajar y a subir, y esa pija grande, tan
dura. Corregime. Y con qué ganas lo hacías. Pensé mu-
chas cosas a la vez. Todo me daba miedo. Corregime. Ella
me vio, abrió los ojos gigantes, te empujó, y te dijo ―Salí,
gurí‖. Corregime. Eras vos, el que había redactado ese
escrito para que sacaran a todas las travestis de nuestras
calles, del barrio de nuestros hijos, de nuestros futuros
hijos, ¿de quienes? Corregime, corregime, corregime.

Me miro en el espejo, me pinto los labios, todos mis


labios. El rojo es mi color preferido. Estoy mareada, sien-
to ardor, lloro. Estoy sola, me siento fea, narigona, y hasta
me parece que se me está cayendo el culo. No puedo can-
tar.
OTRA VEZ EL CAFÉ ESTABA frío. Oscar lo arrojó con
ira a la pileta de la cocina. Cristina terminaba de emproli-
jar la camisa para que él pudiese vestirse.
—No servís ni para hacer un café, sos una inútil, el
café estaba frío y sabés que me gusta casi hirviendo —le
gritaba Oscar desde el baño, mientras se afeitaba.
Lo que su marido no calculaba era que ella al café
se lo servía directo del primer hervor, pero él, entre sus
idas y venidas, tardaba demasiado en tomarlo. Lo que
para cualquiera era una injusticia, para él era una queja
razonable y ya se había formado un callo en el alma de
Cristina. Años y años de malos tratos. Sus hijos se habían
ido hacía ya mucho tiempo. Solo las paredes eran testigos
de esos maltratos. Al principio, eran pequeñas bromas
delante de sus amigos, luego, comenzaron a ser burlas
sarcásticas.
Excusa tras excusa para no tener intimidad con su
esposa, mientras ella descubría, al lavar la ropa de su ma-
rido, el perfume de Vanina, su secretaria, entre sus cal-
zoncillos. O el labial de Ingrid, su asesora de compras, en
la cintura de su camisa. Excusas y más excusas, que eran
guardadas en el alma de esa ama de casa sumisa. Todo
por soportar el lema recitado por su marido día tras día ―si
no te gusta, ahí tenés la puerta‖.
Llamadas a cualquier hora de la noche, mensajes al
celular, papeles con celulares desconocidos en su billete-
ra. Risas cómplices, tonos de voz melosos… todo era para
las demás. A ella solo la aguardaban los reproches, las
burlas y que su marido aproveche la presencia de un ter-
cero para siempre hacerla quedar en ridículo.
—Che, estúpida, espero que esta noche me hagas
algo rico de comer, no la misma mierda de siempre
—fueron sus últimas palabras antes de irse. Nunca un
beso, ni siquiera en la frente. Siempre la misma denigra-
ción y el golpe en la puerta anunciaban su partida al traba-
jo.
Cristina aprovechaba para ordenar toda la casa. Ro-
pa tirada por los rincones. Camisas que Oscar se probaba
y dejaba tiradas sobre la cama. Papeles, medias, números
de teléfono sobre la mesa de luz, dejados con alevosía.
Hasta que ya no lo soportó. Algo dentro de ella se
quebró. Los últimos años de su vida se habían convertido
en un infierno, todo por no tener la valentía de rehacer su
vida, dependiendo financieramente de un marido maltra-
tador y con ínfulas de superioridad.
―Pobres estúpidas, si supieran que bajo ese pantalón
no tiene nada interesante‖ pensaba mientras acomodaba la
ropa interior de su marido dentro del cajón del placard.
―Hoy te voy a hacer una cena que no te vas a olvi-
dar‖, sonreía sola, mientras acomodaba el desorden y lim-
piaba el café derramado en la cocina.
Salió con el carro de las compras hasta el supermer-
cado. Caminando por la avenida, hacía una lista mental de
todo lo que necesitaba para cocinarle a Oscar su comida
favorita: pollo al horno con vegetales. Su vino favorito era
el blanco torrontés.

*Pollo (preferentemente pechuga, ya que no le gus-


taba lidiar con los huesos)
*Cebolla (de la colorada, porque la común le causa-
ba acidez)
*Ají morrón (del verde, no le gustaba ver color rojo
en la comida)
*Papas y batatas (aunque las batatas debía ponerlas
en otra asadera, ya que él decía que le dejaba gusto dulce
a la comida)
*Tomate (que también debían ir aparte, por el ―te-
mita‖ del color rojo‖)
*Zanahorias (pequeñas, ya que a él le gustaban las
rodajas finas)
*Vino blanco torrontés (que no lo vendían en ese
supermercado, lo vendían en otro, pero a él le gustaba el
pollo de la avenida, por lo que ella debía caminar diez
cuadras más)

Justo cuando salía del segundo supermercado con el


carro lleno de mercadería, lo vio. Estaba estacionado en la
esquina, charlando con una mujer rubia, riendo, acari-
ciando su pelo.
Una cosa era ver y oler los vestigios de la infideli-
dad en su ropa; otra, verlos cara a cara. Corrió para alcan-
zar el auto. La mujer rubia se bajó y él arrancó el auto a
toda velocidad. La corrida le costó un tropiezo, caerse y
raspar sus manos contra la vereda. Nadie la ayudó a po-
nerse de pie. Por suerte las botellas de vino resultaron
ilesas.
Mientras pelaba la cebolla, aprovechó la ocasión pa-
ra llorar. Ya estaba cansada, esta vida la estaba volviendo
loca. Su marido la estaba haciendo quedar en ridículo
frente a toda la gente que conocían. Y todo por la módica
suma de haberse convertido en su sirvienta con cama
adentro.
Una idea oscura y perversa surcó su mente. Ella
guardaba en el lavadero un tarro con veneno para ratas.
Había tenido que usarlo en varias ocasiones. Sabía que
poniendo un poco en un pedacito de queso, al día siguien-
te aparecían muertas, patas para arriba. Inodoro, incoloro
e insípido. Tan peligroso que el ferretero le puso una eti-
queta con una calavera y dos tibias cruzadas más grande
que lo habitual.
Ya imaginaba la escena, poniendo el veneno en su
copa de vino. Al día siguiente, tomaría sus ahorros y se
marcharía. Que la policía y los forenses hagan el resto.
Esta vez, ella decidió ponerle fin a todo.
Terminó de cocinar, todo en asaderas separadas pa-
ra evitar los reproches de su marido. Puso la mesa, doble
plato, como él quería. La mejor mesa de todos sus años de
matrimonio. Ella se bañó, se perfumó. Se puso ruleros y
se maquilló. Su mejor vestido y su mejor par de zapatos
de taco alto que, aunque le iban incómodos, prefería cau-
sarle una impresión inolvidable al psicópata de su mari-
do… aunque sea la última.
Antes de su llegada, puso a entibiar la comida con
el horno a mínimo, ultimó los detalles en la mesa y sirvió
dos copas de vino. En la de su marido puso dos cuchara-
das del veneno, lo suficiente para causarle una agonía
breve y una muerte pronta. No quería estirar demasiado el
asunto.

A los quince minutos llegó. Pero en vez del acos-


tumbrado ―che bruja, llegué, ¿qué hay de comer?‖ es-
cuchó un ―hola, amor‖… mientras él subía la escalera.
―Seguro que lo hace para tapar la cagada que se
mandó hoy‖ pensaba Cristina mientras acomodaba las
cosas en la cocina.
Los ruidos acostumbrados. Su marido tirando el sa-
co en el sillón, dejando los zapatos a su paso y un satis-
factorio ―mmmmm ¡vino blanco!‖. Ella se asomó al co-
medor, vio que la copa de él estaba casi vacía. Mientras se
escucha su voz yendo hacia la habitación, para cambiarse
de ropa, comenzó a relatarle a su mujer.
—¿Sabés con quién me encontré hoy en la avenida?
Con Susana, mi hermana. Volvió de Estados Unidos un
par de días y está parando en la casa de mi mamá. Está
muy cambiada desde que se separó del marido, bajó un
par de kilos, se tiñó de rubia… ¡está irreconocible! La
dejé en la esquina del supermercado porque se iba a com-
prar un par de cosas…
La mente de Cristina comenzó a tramar mil ideas al
mismo tiempo. Esta vez él había sido inocente. Había sido
solo un mal entendido, pero el vino ya estaba tomado y
nada borraría los años de maltrato sufridos. Se acercó a la
mesa, tomó su copa que todavía estaba servida y bebió
todo el contenido sin respirar, ahogando lo poco que le
quedaba de humanidad. Esta vez era definitivo. No alcan-
zaba un acto de inocencia para borrar todos los momentos
de humillación.
Dejó la copa vacía en la mesa y se dispuso a servir
la cena. Cuando estaba volviendo al comedor con las
fuentes, su vista se nubló. Por el pasillo venía caminando
Oscar, con su ropa de entre casa, dispuesto a sentarse a la
mesa.
—Espero que no te moleste, te cambié la copa, tu
vino estaba más frío y vos sabés que a mí, el torrontés, me
gusta bien helado —le decía Oscar, mientras sus manos se
debilitaban.
—¿Cuándo te vas a agarrar la costumbre de poner-
me un pote con hielo en la mesa?... —fueron las últimas
palabras que escuchó.
Cayó desplomada en la arcada que dividía la cocina
del comedor. Su taco derecho se quebró, perdió el equili-
brio, la conciencia, por su boca comenzó a salir espuma,
que sobre el piso se mezclaba entre presas de pollo y tro-
zos de papa y cebolla.
Oscar se acercó lentamente a su cuerpo ya sin vida.
Solo atinó a tomar el teléfono inalámbrico para llamar a
una ambulancia. Mientras se dirigía a la cocina para bus-
car en un imán pegado a la heladera el número de las
emergencias, vio un tarro destapado sobre la mesada. En
su etiqueta tenía impresa una calavera, dos tibias y una
leyenda en mayúsculas:
DIANA

ME SIENTO A TU LADO mientras dormís. Me gusta


ese gesto tuyo cuando estás atrapado en un sueño. Le-
vantás apenas una ceja –apenas– y tus párpados parecen
los latidos de un colibrí. Tu respiración se acelera. A ve-
ces, balbuceás palabras. A veces, creo oírte decir mi nom-
bre.
Las horas pasan, no importa. Mañana será otro día y
no tengo mucho más que hacer. Sé que el despertador va a
sonar a las seis en punto. También sé que vas a levantarte
sin hacer ruido, que vas a lavarte la cara y mirarte en el
espejo para convencerte que estás vivo. Sé que vas a salir
apurado, que vas a dejar la ropa tirada en el piso.
Miro el reloj. Son las 3:05 de la madrugada. Las no-
ches últimamente se hacen largas, especialmente con este
frío. Me acuerdo cuando éramos novios y me reservabas
el bolsillo derecho de tu campera azul. Caminábamos sin
destino, por horas, mi mano en tu campera. Con el tiempo
olvidaste ese detalle. Ese y otros tantos.
Por la avenida pasa una ambulancia a toda veloci-
dad. Me asusto. No quiero que te despiertes y me veas
sentada al lado tuyo. Siempre te molestó mi insomnio,
que te mire cuando estás dormido, que deambule por la
casa.
Vuelve el silencio. La luna se filtra por la persiana.
Estiro mis dedos hasta tu pelo. Me enternece verte
así, parecés un niño en el vientre materno. El niño que
nunca vamos a tener. No hizo falta que te dijera el dolor
que tuve cuando me arrancaron el útero. Con él se fue
nuestro hijo. Si era varón, Francisco; si era mujer, tendría
mi nombre, Diana. Nunca más hablamos sobre el tema. Y
ya sé que nunca más vamos a hablarlo. Quizás por eso
pienso todo esto ahora.
¿Pero qué más da? Afuera el pavimento no deja de
tragar a los peatones, el jacarandá de la esquina se sacude
con el viento y culpa de él, en la plaza, las hamacas pare-
cen mecerse con niños muertos.
Miro el reloj. Son las 5:35. Me levanto sin hacer
ruido. Salgo de la habitación, deambulo por la casa, como
siempre. Rozo con la punta de los dedos el borde de mis
libros en la biblioteca, las tazas azules de la cocina, el
mantel del comedor. Me paro frente a la ventana. Amane-
ce. Tu despertador suena cuando atravieso el muro.

CARLA

Dicen que las 3 A.M. es la hora en que aparecen los


fantasmas. Cuando lo supe, no pude dejar de asustarme en
las noches sucesivas. Despertar en medio de algún sueño,
significaba mirar el reloj y ahí estaba, marcando las tres
menos cinco minutos, las tres en punto. Me hablaba a mí
misma para tranquilizarme, intentaba convencerme de que
esas son tan solo historias que inventa la gente. Me levan-
taba a tomar un vaso de agua y, tras una larga lucha con-
tra mis miedos, volvía a conciliar el sueño.
Pensé que con los años la sugestión de un principio
se iría. Sin embargo, eso no pasó. Empeoró. Me obsesioné
con la idea. Ahora no me despertaba más sola: o no dorm-
ía o ponía el reloj a las tres. Atrincherada en la cama,
agudizaba mis oídos. Lo escuchaba todo. El crujir de la
madera, el goteo de la canilla mal cerrada. El viento. El
canto de un pájaro perdido en la ciudad. A veces me eno-
jaba con mi tos que me hacía perder detalles. Solamente
cuando ella aparecía, me levantaba e iba hasta la cocina a
buscar una cucharada de miel.
Con el tiempo, la tos fue mi aliada. Gracias a ella
permanecía despierta. Me acostumbré a dejar el frasco de
miel en la mesa de luz, una cuchara, a tener los pañuelos
cerca. Aprendí a sofocarla. A veces, tosía intentando re-
dondear la boca; otras, me ayudaba contener la respira-
ción. Me concentraba tanto en mi objetivo que, a las tres
en punto, como si tuviéramos un pacto con mi enferme-
dad, dejaba de toser. Y de nuevo escucharlo todo, buscar
entre las sombras, prender y apagar la luz del velador.
A pesar de todos los esfuerzos –de las noches en ve-
la y del pacto con mi tos– nunca pude ver ni escuchar
nada raro. Al lado de mi cama, había armado una torre
con libros esotéricos, sobre fenómenos paranormales y
espiritismo; la ouija al costado de la almohada era mi
compañía. Lo leí todo. Lo esperé todo. Lo quise ver todo
pero nada se manifestó en mi habitación más que mi an-
siedad y mi decepción.
Neumonía, diagnosticó el doctor cuando vino a
verme. Tuvieron que trasladarme de urgencia en ambu-
lancia hasta el hospital. El cuadro era grave. Me pidieron
el carnet de la mutual y se limitaron a decirme que me
tranquilizara. Pero nada podía aquietar mi espíritu, sabía
que había descuidado mi salud con un solo fin: morir. Si
nada podía ver entre los vivos, lo vería entre los muertos.
Ahora miro el reloj que está en la sala de espera.
Marca las tres en punto. Agudizo mis oídos y en las som-
bras, echo a andar por los pasillos.

MARÍA

¡Santo Dios! gritó mi hija cuando me encontró


muerta en la cocina. El charco de sangre coronaba mi
cabeza, la aguja enhebrada seguía clavada en el bordado.
María, tras el grito, no supo qué hacer. Me miró de
lejos, como siempre. Hacía tiempo que nuestra relación
madre-hija se había roto. Creo que sintió tristeza primero,
después la resignación. Suspiró. Arrastró mi cuerpo hasta
dejarme afuera de la casa. Pasó cuidadosamente el estro-
pajo en la cocina. Limpió hasta la última gota de sangre
de nuestros ancestros y dejó los mosaicos relucientes.
Al caer la medianoche, María se persignó y me en-
terró en el patio. Se aseguró de tirarme una gran cantidad
de tierra encima. Mientras lo hacía, no dejaba de murmu-
rar. Sus palabras eran apenas perceptibles, sin embargo sé
que rezaba. A su Dios y a todos los santos del cielo por-
que su madre estuviera bien muerta y no volviera. A la
Virgen Santa de la que tomó su nombre. A San Miguel
Arcángel para que la protegiera del mal y del infierno.
Al terminar con su tarea, María decidió lavarse las
manos con agua bendita y ducharse con sal marina. Buscó
todos los rosarios que tenía escondidos en los rincones de
la casa. Aparecían entre las medias, dentro de frascos vie-
jos de café, en las cajas de remedios vencidos. Los amon-
tonó en el centro de la mesa del comedor y separó uno de
ellos, el más blanco y puro.
Con el rosario en la mano, recolectó todos los relo-
jes: los de pared, los de pulsera, los despertadores. Las
agujas ya marcaban las dos de la madrugada. María, es-
pantada, se apresuró a recolectar las botellas con agua
bendita, todas las estampas de santos que había ocultado
entre sus libros. No dejaba de rezar, parecía poseída. Me-
dallas, estatuillas religiosas, velas. Todo lo acumulaba sin
respiro en el comedor y sin dejar de mirar las agujas del
reloj.
A las 2:45 A.M., llamaron a la puerta. María hizo
pasar al párroco del pueblo. Le ofreció una taza de té ca-
liente. Él se negó a aceptarla. Mi hija entregó el rosario
–el más blanco y puro– al sacerdote. Ambos se persigna-
ron. Ella le pidió que rece. El hombre obedeció de inme-
diato.
Ellos esperaban mi regreso a las tres en punto. Y los
tres esperábamos ansiosos que llegara ese momento. El
sacerdote rezaba en silencio. María se persignó una vez
más.
De repente, mi hija recordó el bordado. Lo tomó del
rincón en que lo había dejado abandonado. En él, vio mi
figura cosida y comenzó a tirar de los hilos. Por Dios y
todos los santos del cielo, la Virgen Santísima y San Mi-
guel Arcángel, esta vez su madre no volvería nunca más
de la muerte para atormentarla en sueños.
—ANOCHE, MIENTRAS HACÍAMOS EL AMOR, pensa-
bas en un conejo. Me di cuenta porque se me llenaron los
dedos de pelos y jugué a que lo peinaba para un lado y
para el otro sobre tu cuerpo.
—Es cierto. Imaginé que tu dedo era la mano de un
conejo —le dije—, o de una comadreja.
Yo había estado fantaseando que me acostaba y dos
animales venían a husmear con sus hocicos y sus lenguas.
Por miedo a que me atacaran dejaba que hicieran sus ex-
ploraciones sin moverme.
La Cheka me mostró las manos, tenía unos mojones
de pelo. Me dijo que no iba a poder terminar los dibujos.
Busqué en el bolso los guantes de látex. Le dije que los
usara hasta que se le volvieran a pelar las manos. Ese día
tardó mucho más en hacer la serie de dibujos, pero a la
noche estaba bien y fue a entregarlos. Yo me quedé en el
jardín, observando a los vecinos. Les saqué fotos escondi-
da detrás de una planta de grosellas, hasta que ella volvió
y escondí la cámara.
Después de hacer el amor, apagué la luz enseguida.
Le dije:
—Ay, no te enojes conmigo.
—Imaginaste otra vez algo, ¿no?
—Sí —dije mirando sus dedos, parecían tubos de
neón sobre los que había caído un rocío pegajoso— per-
doname.
Se le cerraban los ojos. Cuando nos despertamos los
dedos de la Cheka estaban blandos, eran coníferas tras-
lúcidas en las que flotaban pitusos de madera, purpurina y
espigas de trigo.
—¿Cómo se te ocurrió algo tan extraño? Ahora no
voy a poder trabajar.
Le di otra vez los guantes de látex. Me dijo que no
le iban a servir de nada, a la tarde tenía una reunión y así
no podía ir. No se me ocurrió qué decirle, le conté lo que
había sentido mirando el parque, mientras la esperaba. Me
agarró la mano y nos tiramos en la cama. Primero me sacó
la remera, después la bombacha. La Cheka me mordía la
boca de forma constante, hizo lo mismo con mis pezones.
Yo quería demorar un poco las cosas y buscar imágenes
que ayudaran a solucionar lo de sus manos. Me imaginé
en un bar lleno de marineros. Ella me ponía en un carro,
yo tenía que acariciar a los que estaban acodados en el
mostrador. Me pidió que me concentrara en otra cosa, no
lograba recuperar las manos y se había empezado a sentir
mareada por un extraño olor a transpiración. Se me vino a
la mente el parral de la galería, las ramas se alargaban
para depositar uvas en los labios de mi vagina, yo las hac-
ía explotar y quedaba sucia con jugo y semillas. Tuve que
volver a frenarme.
—No puedo forzarlo —dije abriendo los ojos antes
de que fuera demasiado tarde. La última imagen que había
tenido era la de una especie de piraña que me quería mor-
disquear.
La Cheka se incorporó, un pellejo que estaba sobre
sus piernas cayó al piso. Le dije que necesitaba tiempo:
—Poné una excusa, avisá que hoy no podés ir a la
reunión, necesito pensar en otra cosa.
Decidimos ir juntas al patio para distraernos leyen-
do el diario.
—¿Te acordás cuando era yo la que veía imágenes?
—me preguntó.
Cuando recién empezamos a salir, era ella la que
veía cosas, siempre inconexas: caja, ajo, mala, durazno,
cactus. Usaba esas imágenes para sus dibujos.
—Inventabas otro idioma —le dije.
Había pasado muchas tardes mirando los dibujos de
la Cheka, buscando posibles significados para llegar a
entenderla. Desde el día en que se me ocurrió un método
de traducción de sus dibujos, ella quedó vacía.
—Siempre te pedí que no trataras de entenderme
—dijo—. Mirá ahora lo que está pasando.
Se levantó la remera. Tenía una serie de mutaciones
alrededor de la cintura. Me gritó que no la mirara de esa
forma:
—Sos una caprichosa y ahora no me querés ayudar.
Le di un beso. La Cheka dio vuelta la cara, pero me
fue dejando. Le saqué la remera y al rato también ella me
besó. Volví a pensar en conejos, cerdos y comadrejas,
hundiendo sus narices en nuestras mallas, lamiendo el
jugo de mi clítoris en pequeñas tazas de silicona rosa. En
las tazas veía el dibujo de cinco chicas desnudas en la
costa del mar. En la entrepierna de una de ellas brotaban
gotas blanquecinas y dulces. Sentí sus dedos. Habían
cambiado de material. Ahora tenían carne y huesos, aun-
que seguían siendo coníferas.
—STEFANÍA CON ‗S‘—GRUÑÓ POR lo bajo.
—¿Perdón?
—Sí, que es ‗Ssstefanía‘, empieza con ‗S‘, no con
‗E‘.
—Bueno, sí acá estás. ¿Cuándo querés viajar?
—El viernes que viene, a la tarde.
—Viernes doce, entonces, a las dieciocho, ¿cómo
vas a pagar?
—Con tarjeta de crédito —dijo canchereando, pero
la cajera no se dio cuenta.
Amaba sacar su tarjeta de crédito de la billetera gi-
gante que se había comprado. Es solo para comprar pasa-
jes y para emergencias, le había dicho su mamá. Lo hab-
ían pensado mucho, pero finalmente la familia accedió a
conseguirle una tarjeta de crédito, la primera en su histo-
ria, para ayudar a Stefanía en su vida en la gran ciudad
capital. Así que ahora contaba con el plastiquito, además
del efectivo que retiraba cada mes en la caja del banco.
Esperaba con ansias el día cinco para desfilar por
aquel piso frío y brillante con los taquitos que se ponía
para tan especial ocasión. Cada vez lo hacía mejor.
No le importó comer arroz o incluso nada durante
semanas, y así ahorrar lo suficiente para sus acharolados
tacos, ‗aguja‘, así se llamaba el modelo. Esa palabra la
hacía pensar en su madre, que le había enseñado a coser y
a bordar su nombre en la ropa y que ahora estaba tan le-
jos.
La plata es solo para la comida, y para los libros, le
había dicho, el resto son objetos materiales sin importan-
cia, vanidades, como diría Sor Juana Inés de la Cruz.
¿Pero quién podía darse cuenta? La familia estaba a
quinientos kilómetros de distancia, y en la pensión nadie
le prestaba tanta atención.
No tenía ganas de ir hasta el campo a visitarlos, pe-
ro sentía culpa. Hacía poco más de medio año que no iba.
Insistieron mucho las primeras semanas para que fuera a
verlos, pero luego cesaron, y ahora ya sentía un peso irra-
cional.
Tenía que ir, pero qué sensación horrible le daba to-
do. Un nudito en la tráquea. No quería pensar, pero pen-
saba ¿cómo estarían las cosas desde que se había ido?
Sabía que un manto de dolor recubría la casa, la tía
Marga había muerto unos días después de su partida. La
misma tía que había colaborado para convencer a sus pa-
dres de que la dejaran estudiar en la capital. Va a estudiar
para ayudarlos a ustedes con el negocio, les decía. No le
digas negocio, no me gusta, es lo que nos da de comer,
decía su madre. No se llevaban para nada bien, dos her-
manas que se veían muy poco, las separaban unos pocos
kilómetros, pero casi no hablaban.
Había rogado tanto para que la dejaran irse a estu-
diar, como los otros. Le hubiera gustado que fuera Marke-
ting, se lo había escuchado a una chica de la escuela, pero
para eso había que pagar mucho, así que se conformó con
Administración, en la universidad pública.
Stefanía no conocía la casa de su tía Marga, nunca
iban porque podían molestar a Ángela, su prima muda.
Bueno, en realidad eso era lo de menos, Ángela no habla-
ba, pero tampoco miraba a nadie, no se movía, caminaba
ausente arrastrada por su madre, que también le limpiaba
la baba que a veces le caía por el costado del mentón. La
crisis nerviosa que tuvo la última navidad que pasaron
todos juntos había hecho suspender las reuniones familia-
res de ese estilo. Los traslados la alteraban.
Pero la tía Marga estaba muerta, así que Ángela
había sido conducida a la casa de la única familia que le
quedaba. Su padre era un indecente desconocido.
El infarto de su madre hizo que sus tíos se apiadaran
de ella y ahora vivía en la gran casa junto a ellos y a Celi-
na, la hermana menor de Stefanía.
No quería ver a su prima. Ojalá esté durmiendo,
pensó mientras guardaba las fotocopias que había estado
leyendo.

Llegó cerca de la medianoche. Las estrellas estaban


grandes en el descampado. Su padre la estaba esperando
paradito al lado del auto. No se acercó a recibirla, y ape-
nas la miró antes de abrazarla fríamente y decirle ‗hola,
Estefi‖. Odiaba que incluso sus padres pronunciaran mal
su nombre ¿Para qué le habían puesto un nombre tan mo-
derno si no lo iba a poder aprovechar? El olor a pasto la
incomodó un poco, no era muy de su agrado. Puso el bol-
so en el baúl y se subió al Falcon naranja, horrible. Lo
tenían desde siempre. El interior de cuero negro y la radio
rasposa que solo tenía AM la devolvieron a un pasado no
tan lejano. Recordó también la vergüenza que había senti-
do aquella vez que pasearon en ese auto por la capital.
Sin conversar se abrieron paso en la oscuridad y, en
quince minutos, estaban frente a vieja casa despintada
donde Stefanía había crecido.
Había una luz prendida y la puerta se abrió cuando
estaban llegando. Los perros ladraban a lo lejos, por la
zona del depósito.
—Hola, má —sonrió al entrar.
—Te cortaste el pelo —contestó su madre con cara
de espanto. De pronto aflojó la mueca—. Supongo que es
normal—… La abrazó, aunque algo tiesa.
Es cierto que sus padres nunca habían sido muy
afectuosos. Stefanía tampoco.
Entonces la vio, sentada en el sillón del living. La
luz de la lámpara, la única que estaba prendida, le daba de
costado. No podía verle la cara porque el pelo se la tapa-
ba. Parecía una muñeca con una peluca rubia ceniza.
—Ho-ola, Ángela —se animó a formular con un
parpadeo nervioso.
—No tiene sentido —apuró a decir su madre ne-
gando con la cabeza—, debés estar cansada. Celina duer-
me, hablemos mañana a la mañana, te despierto temprano.
Pero no lo hizo. Stefanía se despertó con el ruido
del lavarropas al lado de la cabeza.
—Uy, ¿te desperté con el ruido? Se me pasó que es-
tabas durmiendo —dijo su mamá cuando la vio entrar en
la cocina—. ¿Cómo dormiste?
—Profundo, se ve que estaba cansada.
Era verdad, pensó que le iba a costar dormir pero se
desplomó enseguida. Así se despertó, estuvo desorientada
por unos instantes y luego recordó que estaba en un catre
en la salita que quedaba al lado del lavadero. Iba a que-
darse allí porque ahora Ángela ocupaba su habitación en
el piso de arriba, justo encima. Su mamá había arreglado
todo, así era más cómodo, y a Ángela la alteraban los tras-
lados.
Durante el café con leche conversaron sobre la con-
firmación1 de la Celina, que se encontraba en catequesis,

1
Sacramento cristiano, en general el cuarto, luego de la eucaristía o comu-
nión.
y no se atrevió a preguntar por la presencia de su prima en
la casa. Sabía que iba a poner incómoda a su madre. Lue-
go, recordó cómo no le había costado ningún trabajo dejar
de ponerle el artículo a los nombres propios, no sabía qué
era peor, ‗Estefanía‘ o ‗Lastefanía‘, como le decían a ve-
ces.
Cuando terminó quiso bañarse y fue por sus cosas a
la salita, abrió el bolso y sacó un jean y una remera lisa.
Alcanzó a ver los tacos en el fondo, los había traído para
mostrárselos a Celina, que justo entró en el cuarto y la
abrazó.
—Te extrañé —le dijo.
—Yo también.
Cuando el abrazo se rompió, Stefanía la vio por
primera vez en seis meses. Su hermanita estaba igual.
—Mirá lo que me compré —le dijo mientras cerra-
ba la puerta de la salita y sacaba los zapatitos. Celina se
angustió.
—Que mamá no los vea, Stefi —contestó nerviosa
pero queriendo tocarlos.
—No te preocupes. ¿No te gustaría tener unos así?
—No, ¿para qué? Seguro son carísimos, de dónde
los habrás sacado…
—¿Vamos a dar una vuelta después de mi baño?
—propuso Stefanía, para cambiar de tema. No había sido
una buena idea mostrarle los tacos— Todavía no vi a Ca-
tulo ¿dónde estará?
—Mamá lo deja encerrado en el galpón, porque a la
Ángela no le gustan los gatos, y Catulo se le trepa y la
araña.
Pobre Catulo, pensó Stefanía, ¿cómo podía algo
gustarle o no a su prima? ¿Cómo podían saberlo? Seguro
eran exageraciones de su mamá.
Al entrar en el baño vio los cuatro cepillos de dien-
tes de siempre y reconoció el suyo, viejo y gastado. Siem-
pre se demoraban mucho en aparecer en la lista de com-
pras. Sin haber visitado el resto de las habitaciones, supo
que todo estaba igual, ni un mínimo objeto nuevo en la
casa, ninguno menos tampoco. Todo en el lugar de siem-
pre, salvo por su prima.
Cuando estuvo lista, bajó y cerró la puerta de la sa-
lita. Le llamó la atención que no la hubiera cerrado antes.
Odiaba las puertas abiertas. Llamó a Celina, quien no
respondió, y entonces fue a buscarla.
Estaba en el living, sentada en el viejo sillón de dos
cuerpos, enfrente estaba Ángela, igual que la noche ante-
rior. Sin saber bien por qué, Stefanía avanzó hasta el
sillón cuando Celina le señaló que se sentara al lado suyo.
Se sentó y no pudo evitar mirar a Ángela, no consi-
guió despegar sus ojos del montón de pelos opacos que le
tapaban la cara, ni siquiera cuando levantó un poco la
cabeza y mostró un ojo vacío que parecía estar mirándola.
Enseguida empezó a ver como un hilo de baba salía por
debajo de la cortina de cabellos marchitos y llegaba hasta
la falda del vestido descolorido de la prima inerte. Co-
menzó a escuchar una respiración como gemidos y la pe-
trificada empezó a moverse lentamente, pero agitada.
—¡MAMÁ! —gritó Celina.
Y mientras Stefanía no tardaba en ponerse tan ner-
viosa como su prima, apareció su madre gritando:
—¡Llevátela!
En ese momento, Stefanía ya había juntado fuerzas
para salir de la casa. Celina la siguió apurada. Caminaron
sin hablar por un rato hasta llegar a la gruta.
La imagen de la virgen y las flores muertas en la
rústica construcción de piedra le hicieron pensar en su
límpida infancia, ya dejada atrás. ¿Pero para qué recordar-
la?, pensó, si soy tan distinta ahora, soy otra. Recordó las
palabras de su madre, ‗no te olvides de tu casa, ni de
cómo te educamos en esta familia‘, y recién ahí tuvo ga-
nas de ir a buscar flores para ponerle unas nuevas a la
virgencita.
Celina la acompañó y trajeron unos recortes de San-
ta Rita, tenían esta costumbre desde chicas. Les encantaba
ocuparse de esta tarea. Le seguía pareciendo que queda-
ban hermosas en el viejo florero de vidrio, el mismo de
siempre.

De regreso, buscaron a Catulo en el galpón, pobre


bichito, enseguida se acercó a olerlas. Para sorpresa de
Stefanía, se paseó por entre sus piernas y se dejó acariciar.
La soledad había despertado en el gato la sed de cariño
¿Cómo podían tenerlo ahí encerrado? Iba a hablar con su
mamá. El galpón era grande pero Catulo también y, a pe-
sar de las visitas de Celina, seguro estaba sufriendo. Ste-
fanía lo tomó en sus brazos y caminaron pasando por de-
lante del depósito de la mercadería. Los perros se pusie-
ron a ladrar y a rascar la puerta con ferocidad. Tanto por
un gatito, pensó mientras apuraba la marcha. Le pareció
que su hermana estaba sonriendo.
Cuando llegaron a la casa, Catulo se puso a maullar,
a aullar mejor dicho. Su madre le hizo devolverlo al
galpón, de inmediato. Entre el aturdimiento que le causa-
ron los gritos de su madre y los del gato, ni lo dudó. Una
vez afuera, Catulo se calmó, y le pareció raro que no
hubiese intentado morderla.
Lo dejó en el suelo del galpón y se acercó hasta las
bicicletas, la de Celina debía estar estacionada cerca de la
casa. La suya estaba apoyada en un rincón, tenía las
cámaras completamente destrozadas, parecían rotas a
propósito. Preguntaría cuando llegara a la casa.
Pero no lo hizo. Entró y la mesa ya estaba servida
sobre el mantelito amarillento. Su padre nunca almorzaba
en casa los fines de semana.
Odiaba el olor de la carne al horno y el hecho de te-
ner la obligación de comerla la hizo retorcerse un poco
por dentro. Siembre había sentido que masticaba cada
pedazo por horas, sin conseguir tragarlo.
Celina devoraba su plato sin emitir palabra. Su ma-
dre dio dos bocados y se levantó de la mesa.
—Bueno, voy a darle de comer a Ángela y no creo
que quieras ver esa escena —le dijo. De costado pudo ver
como su madre agarraba una bandeja y subía por las esca-
leras.
—¿Cómo hace Ángela para subir? ¿Tarda mucho?
—pensó en voz alta.
—Mamá la ayuda y tardan un rato, pero es casi el
único ejercicio que hace —dijo Celina.
Stefanía decidió que ya no iba a poder tragar ese
pedazo de carne, así que como cuando era chica, quiso ir
al baño a escupirlo en el inodoro.
—¿Adónde vas? —le preguntó Celina.
—Me hago pis —explicó.
Mientras subía la escalera pudo desgarrar tanto la
carne con sus dientes que ya no fue necesario escupirla.
Como la puerta de su antiguo cuarto estaba entreabierta,
escuchó la voz de su madre y no puedo evitar acercarse a
observar esa escena.
Como si lo hiciera a propósito, su mamá estaba sen-
tada en la silla cerca de la cama y le daba a Ángela cada
bocado con una ternura repugnante.
—Muuuy bien mi angelita, qué linda nena sos, te
portás tan bien, así calladita —decía como si su prima
fuera una bebé, mientras le metía el tenedor en la boca.
Desde el ángulo en que se encontraba no llegaba a ver el
baboso agujero abrirse al recibir la comida, ‗menos mal‘,
pero lo imaginaba.
Cuando ya no podía soportar lo que veía, vio y es-
cuchó cómo su prima comenzaba a agitarse.
—¡¿Qué estás haciendo Stefanía?! ¡¿Te podés ir?!
Con la cabeza gacha y pasos nerviosos, bajó la esca-
lera y se encerró en la salita. Estaba mentalmente agotada
así que intentó dormir una siesta.
Se despertó enseguida. Transpirada. Su madre había
entrado en la habitación.
—Tenés que probarte el vestido para la Confirma-
ción de La Celi —le dijo su mamá.
La idea de una fiesta, aunque fuera de Confirma-
ción, la reconfortó y pudo sentarse en el catre. Cuando
tuvo puesta la solera blanca de tiras anchas fue a la cocina
a mostrar lo grande que le quedaba. Su madre estaba re-
volviendo algo en una olla y Celina estaba sentada con su
amiga, la Belén, que vivía en la casa más próxima con su
numerosa familia. Estaban repasando las partes de la mi-
sa. ¡Qué irónico! Belén estudiando el catecismo..., pensó
enseguida. Belén era una maleducada, bastante diabla y
algo sombría. En la escuela se juntaba con las más gran-
des, hacía bromas de mal gusto a los maestros y ya había
probado el cigarrillo. No le caía bien, pero en el fondo la
envidiaba.
Belén no se dio vuelta ni contestó el saludo de Ste-
fanía, seguramente porque su madre bufó muy fuerte
cuando la vio entrar con el vestido.
—¡Te queda enorme! Aunque no se note, se ve que
no comés bien y estás desapareciendo, y no sé si voy a
poder arreglarlo.
Stefanía pensó en lo horrible que se vería en la fies-
ta con un vestido tan grande. Recordó sus tacos en el fon-
do del bolso, y el hecho de que no iba a poder usarlos la
hizo marearse y tambalearse un poco.
—No me siento bien, me voy a acostar —dijo Ste-
fanía.
Azorada, regresó a la habitación y se desplomó so-
bre el catre. Volvió a dormirse casi sin darse cuenta.

Stefanía se despertó sintiendo que no había dormido


nada, con la boca pastosa y el cuerpo pegado a la cama.
Cuando llegó a la cocina, vio una nota que decía que se
habían ido a misa, y luego a una reunión por la confirma-
ción de Celina. Claro, era domingo. Volverían tarde. Ate-
rrada se preguntó si la habrían dejado sola con Ángela. La
tranquilizó un poco recordar que su padre no era de asistir
siempre a misa, pero volvió a preocuparse cuando nadie
contestó sus llamados.
Subió las escaleras y vio que todas las puertas esta-
ban cerradas, menos la de su antigua habitación, que se-
guía entreabierta. Alguien estaba en el baño. Escuchó el
agua correr y luego un ruido de cepillado de dientes. Se-
guro era su padre.
—¿Papá?
Pero nadie contestó. Sin pensarlo mucho, se arrimó
hasta el cuarto de Ángela, y vio que no estaba. ¿Sería ella
en el baño? No podía ser ¿Cómo habían podido dejarla
ahí con ella?
Bajó y comprobó que el Falcon no estaba, y nadie
respondía, pero ella estaba segura de que su prima no
podía hacer nada sola. Volvió a entrar y con firmeza subió
las escaleras. La puerta del baño estaba abierta y la de
Ángela seguía arrimada. No quiso acercarse, y entró di-
rectamente a sentarse en el inodoro. Con mucha velocidad
agarró su viejo cepillo de dientes. Estaba mojado. Lo dejó
caer y corrió fuera de la casa en dirección a la gruta.
Otro pasmo la esperaba al llegar allí: las santa rita
del día anterior estaban marchitas y una hoja de papel
sucia estaba sujeta junto a las flores marrones chamusca-
das. ‗Stefanía‘, decía. No reconoció la caligrafía. Se sintió
agobiada, y apenas pudo tragar la saliva con mucho es-
fuerzo. Miró para todos lados. Esta fue la turra de Belén
pensó, quién más se acercaría a la casa a hacer una broma
así. Estaba enojada. Pensó que ahora que no vivía más ahí
todos debían envidiarla, y por eso la estaba pasando tan
mal. Con cada segundo que pasaba, crecía su cólera.
Decidió buscar a Catulo y llevarlo a la casa. Que le
salte encima a la muda, y ahí vamos a ver qué pasa, pensó
mientras apretaba fuerte los dientes.
Le pareció que el gato estaba tan crispado como
ella. Lo cargó en los brazos con mucha convicción y se
detuvo cuando llegó a la puerta. Solo unos segundos.
Entró, y cuando caminó hasta el living, vio que la
puerta de la salita donde dormía estaba abierta. Ella nunca
dejaba las puertas abiertas.
—¿Hola? —preguntó, y nada.
En ese momento comenzó a escuchar unos tacos en
el piso de arriba. Alguien paseaba con unos poderosos
taquitos, había un ritmo en el caminar.
Dejo a Catulo en el piso, y fue a mirar en el bolso.
Los tacos aguja ya no estaban.
Se agarró la cabeza porque estaba por estallarle. Se
agitó pero no podía mover los pies y tuvo que sentarse en
el sillón.
Enseguida escuchó el motor del Falcon acercándose
y comenzó a respirar un poco más fuerte, sin despegar los
ojos de la ventana.
Cuando su madre abrió la puerta, Catulo salió co-
rriendo.
—¡¿Otra vez con esto?! Cuánta maldad, Stefanía
¡¿qué te pasa?!
—Shh, está arriba, usando mis tacos, mamá. Escú-
chenla.
—¿Quién? —preguntó Celina.
—Ángela, ¡también usó mi cepillo de dientes!
—Yo no lo puedo creer, ¿hasta donde sos capaz de
llegar, Stefanía? La pobrecita de la Ángela no puede ni
comer sola y vos te inventás todo esto, ¿con qué propósi-
to? ¿Tanto te molesta que queramos ayudarla? ¿Te moles-
ta que esté en tu cuarto? ¡Vos te fuiste de esta casa! Y es
claro que la ciudad te está estropeando. ¡Tacos! ¿Te pare-
ce?
Stefanía no paraba de sudar y gemir, y volvió a de-
jarse caer en el sillón.
—Te acompaño hasta la cama —dijo su padre—.
Tenés mal aspecto, tenés que descansar.
Afiebrada, se apoyó en su padre para llegar a la sali-
ta.

Se volvió a despertar con el ruido del lavarropas y


el olor a tostadas la hizo sentirse renovada. Todo había
sido una confusión, pero no pudo decidirse: ¿la fiebre o
un mal sueño?
Entró en la cocina y Ángela ocupaba su silla en la
mesa. Ruido de cubiertos y porcelana rozándose. Apretó
los ojos para ver mejor, nadie hablaba pero no recordaba
que su prima pudiera manipular objetos. Debería alegrarse
por ella, pero no podía.
Se quedó absorta en el umbral y comenzó a retroce-
der hacia la puerta de salida, no pensaba correr en ojotas.
Afuera estaba Catulo sentado en el pasto. Los dos
compartían una expresión de espanto.
No pudo soportarlo, y se acercó a la casa para echar
un vistazo por la ventana de la cocina.
—Cerrá la ventana —dijo su madre desde adentro.
Stefanía retrocedió al ver que la peluca fúnebre con
extremidades se levantaba de la mesa.
Pudo observar que llevaba puesta la solera blanca
que su madre le había preparado para la confirmación de
Celina. Era de su tamaño. La vio avanzar con pasos de
momia hasta el mosquitero que las separaba. Vio el hilo
de baba y el ojo vacío que la miraba entre los mechones
de pelo.
—¿Qué esperás para cerrar, Estefanía?
Del otro lado del vidrio, Stefanía con S, la otra,
ahoga su grito de espanto en una respiración nerviosa que
poco a poco se convertirá en alivio. Con una intensa sen-
sación de desamparo comenzó una larga caminata hacia la
estación. Catulo comenzó a seguirla. Esta vez, los perros
no ladraron cuando pasó cerca del depósito.
Gena y yo somos unos freaks. Estamos absolutamente idioti-
zados con querer convencer a alguien de que, para nosotros,
es muy difícil expresarnos en nuestras vidas. Cavar en la
profundidad de cómo son las cosas, a través de la gente, es lo
que me gusta y lo que también le gusta a la gente que trabaja
conmigo. Descubrir el delicado equilibrio entre vivir y morir.
Quiero decir, pienso que éste es el único tema que hay.
JOHN CASSAVETES

ME DESPERTÓ EL HAMBRE Y ahora no sé a dónde


ir. Este es el momento en el que el día parece tener mu-
cho por delante y de pronto empieza a caer el sol y el
domingo ya quedó atrás. El verbo cambia, la carne. Hay
una abeja enloquecida que entra y sale de la bolsa que
usé con inteligencia y creatividad para hacer el velador
más lindo del mundo cuando estaba sola en el mundo.
Quería algo que me acompañe, que me ilumine. Ya no
me hace falta. El ruido entra en mi corteza cerebral, me
hace cosquillas.
Este es mi cuarto. El después de la tele sin pro-
gramación emite un hipnótico fffffffffffffffffffffffffffffff,
el ventilador gira destartalado al ritmo de nada, la venta-
nita del chat titila en la pantalla de la computadora, mi
ropa está desparramada en el suelo, hay gotas de sangre
en las sábanas y vos dormís hermoso, pacífico, en medio
del desastre. Te quiero.
Mis dedos índice y anular de la mano izquierda
están rígidos para diferenciarse de los otros tres, que
cuelgan desgarrados. No van a caerse. Van a sanar. El
dolor es apenas un murmullo, como mariposas. Parte de
mí quedó en vos. Eso me alegra, me alivia. Estamos des-
nudos. Me acerco a oler tu piel, quiero saborearte de
nuevo, pero suena un golpe fuerte que me distrae. El
sonido viene de afuera, es como si alguien martillara
algo lentamente. Es un latido que finalmente se apaga y
no te despertás. Realmente tengo hambre. Solo puedo
ver tu cuello y la ausencia del lóbulo de tu oreja derecha.
No te falta, está en mí.

Hace apenas unas horas le conté a Lore que había


conocido un cuello que tenía abajo el cuerpo altísimo de
un chico fenomenal y arriba una cara muy guapa, gallar-
da. Se lo dije así tal cual y ella, siempre tan maldita
conmigo, me contestó ―Kari, no te hagas la poeta,
querés‖. Chateamos todo el tiempo desde que se fue a
vivir a la Capital hace unos años, y no podía esperar para
decirle. Le mandé ese mensaje por whatsapp mientras
veníamos para casa en tu auto, que manejabas con certe-
za en la dirección correcta, aunque nunca te dije dónde
vivía.
No le conté todo lo que hicimos y dijimos ni lo que
íbamos a hacer porque ahora es ella la que no entiende
nada. El pasto a los costados de la ruta avanzaba borro-
so, pero yo te miraba el cuello. Y tus orejas perfectas.
Lore siempre está apurada, es difícil hablarle de algo que
no la tenga como protagonista, pero yo quería pavone-
arme por haberte encontrado.
―Conocí un hombre bien bestia de manos enormes
como garras‖, tipié en el celular. ―Me dejo hacer, todo lo
que quiere me aterra y me gusta, su olor es alimento, lo
comería, lo comería‖, puse. Borré eso sin enviar y Lore
me dijo que se pasaba al chat. Apagué el teléfono. Está-
bamos llegando y aunque sabía lo que iba a pasar, no
tenía idea de cómo explicarlo. Estaba golosa, con angu-
rria.

El glic aislado y monótono de una gota que persis-


te en el baño se destaca en el silencio de ruido blanco
que nos protege. Necesito salir del cuarto, alejarme de la
cama, lo que queda de nosotros tiene que seguir entero.
Hay cucarachas, corren por el pasillo, las sigo hasta la
cocina. Algo se retuerce en mí, pero me quedo quieta.
Podría recorrerme un escalofrío desde la coronilla
hasta el coxis, mi hueso sacro. Estiro mi mano agarrota-
da y prendo la luz. Quiero escapar enloquecida cuando
se ilumina el ambiente, es posible que me escurra por la
grieta en la pared como los bichos enceguecidos, pero
no. Solo cierro los ojos y comienza una certeza.
No soy como las polillas, que van borrachas a
quemarse a la lámpara. Las huelo. Las oigo. Tuc, tuc
ffffff. Me choco con la pared, con una silla, con otra
pared, pero no me prendo fuego. Me alejo hacia la puerta
de calle. Camino kilómetros en un metro cuadrado y
aferro el picaporte. Salgo al frío, y recién entonces abro
los ojos. Veo el mundo.

Mi primer beso, el cronológicamente correcto, fue


con un idiota del que ni me acuerdo el nombre, en el
baile. Me succionó y baboseó un rato en un rincón. Yo
tenía trece años y quería que me besaran, sobre todo para
decir que ya lo había hecho. Necesitaba contarle a Lore,
que siempre hacía todo antes y se la pasaba diciéndome
―no entendés nada‖. Lo único que me gustó fue la suavi-
dad del pulóver contra la piel, y la lana que me hacía
cosquillas en los pezones erguidos, y las ganas de mor-
der algo que me nacieron esa noche, y la posibilidad que
dejé pasar porque no sabía cómo hacerlo. Eso, tan lindo
y horrible, se convirtió en un nudo que se ubicó justo en
la boca del estómago. Me devoraba.
Seguí besando chicos, no me importaban sus nom-
bres ni sus caras. Toda yo era ese nudo a punto de des-
atarse. Necesitaba el tirón que me dejara laxa. Libre. A
veces me gustó mucho lo que hacíamos, pero no alcan-
zaba. Entonces cojí con un compañero del colegio. Era
dulce y tierno, pero lo elegí porque a Lore le parecía
lindo. Estuvo bien el sexo, mi primera vez. Disfruté,
pero el nudo me retorció por dentro hasta casi secarme.
Me dolió romperle el corazón cuando cojí con su
amigo, y con su hermano, y con su padre. Pero tenía que
seguir. Desajustar. Me gustó cuando Lore me dijo ―gua-
cha puta ni yo hago eso‖, pero ese no fue el motivo por
el que busqué más hombres en los bares, en las estacio-
nes de servicio, en la plaza, en la calle. No me importa-
ban sus nombres ni sus caras. Necesitaba soltar el nudo,
al menos aflojarlo un poco.

Estoy en el jardín delantero, ya es de noche, y pue-


do oler a las chicas y chicos que pasan. A los hombres y
mujeres que van a comprar algo al almacén para hacer la
cena. A los niños y niñas que corren un rato más antes de
que los llamen para ir adentro. Los oigo. Los siento latir.
Todo parece avanzar en fast forward o tal vez soy yo que
estoy lenta, en una nueva velocidad que no entiendo.
Siento el hambre en la blandura de los huesos y en
la inflexibilidad de los músculos. Soy mi sonrisa caníbal
de dientes diminutos y afilados. Busco la forma, mi for-
ma, no reconozco mi estructura ósea, y toco el piso con
el pecho. Me embarro la pera, el cuello, la tetas, la pan-
za, las caderas, las piernas, los empeines, los brazos, las
axilas, las palmas de las manos y la punta del pelo.
La gente que cruza la calle frente al jardín de mi
casa sigue aplastando sobre el empedrado a esa paloma
atropellada. Me siento. Nadie me ve. Pensar solía ser un
ejercicio inevitable, pero voy cerrando las compuertas.
Me arranco las uñas para no olvidarme del dolor y me
sangran los dedos. Sigo mordiendo porque te extraño,
pero la piel no quiere separarse del hueso. Se estira hasta
el daño y vuelve. Hace glic como una gota y siento el
gusto salado, oxidado, de mi cuerpo que brota hacia
afuera. El estómago se me pega a la espalda, me pongo
de pie. Ya tengo dirección.

A veces me gusta ir al bar del hotel del pueblo para


jugar a que es el Ritz de un París enmohecido y polvo-
riento. Anoche entré erguida y miré las mesas; buscaba
amigos. No me daba para pagar nada y quería consumir.
Un viajante de comercio al que alguien seguro le dijo
que yo me dejo cojer por un par de tragos me ofreció una
copa. La acepté y le prometí chuparle la pija. Los platos
pasaban llenos de delicias bien jugosas que no me ape-
tecían para nada.
Estaba tomando el segundo martini dry, dedo me-
ñique levantado, cuando sentí que el nudo se retorcía de
un modo nuevo. Terminé mi bebida y supe que esa no-
che no era cualquier noche. Pasé caminando como una
guerrera, atravesé el salón a puro garbo, y porque quería
dejar huella agarré y pishé en ese baño maravilloso. No
usé el papel higiénico caro ni abrí las griferías de bronce
oxidadas para lavarme las manos. Marqué territorio y
salí. El salón me pareció una calesita. Todo giraba me-
nos vos, que estabas sentado en la barra, en la banqueta
que había abandonado hacía un rato.
Mi verdadero primer beso me lo diste ahí, cuando
me acerqué flotando y sin decirme nada me levantaste el
mentón, agarraste mi mandíbula y me mordiste los la-
bios. El viajante de comercio intentó emitir una queja,
pero lo miraste con tus ojos hambrientos y el tipo se fue
sin decir ni pío. Te metí la lengua en la boca y la chupas-
te hasta tragar un poco de mi sangre. Enredaste la mano
en mi pelo y me arrancaste un mechón, que salió con un
pequeño fragmento de cuero cabelludo. Cuando te lo
llevaste a la boca, me di cuenta. Era como estar borra-
cha, pero con una lucidez que nunca había tenido. Nos
anudamos en un abrazo.

El amor no se parece a la comida que se consume


al paso, con más desinterés que hambre. El amor es estar
famélica. Enamorada, cruzo la calle. Ya es la hora. Me
deslizo lánguida por el camino sinuoso y me abandono a
una marcha autómata en la que mis pies aciertan todos
los charcos. Mis muslos se rozan a cada paso. Estoy eri-
zada, electrificada. Aprieto mi cérvix, gimo un suspiro.
Llego a la terminal de ómnibus. No queda ni el eco
del día. Al final del pasillo lo veo, es el viajante de co-
mercio, que no puede creer que avanzo hacia él, emba-
rrada y desnuda, como una aparición. Está excitado,
puedo sentirlo, y también está asustado, así que me exci-
to. Mi mano en su cinturón y mis ojos en su cuello, eso
sucede como en un corte temporal. Hace un segundo
estaba lejos, ahora respiro su adrenalina.
Le desabrocho el pantalón y se deja. Cae su bolso
al suelo porque sus manos ya no le responden. Agarro su
pija. Es chica, oscura. Acaricio apenas la punta y me
mojo la boca con una gota de su jugo. Me toca la concha
como pidiendo permiso, lo invito a meterme un dedo,
dos, tres. Me muero de hambre, me muero.
Todo lo que vemos tal vez lo estamos viendo por
última vez. El nudo me asfixia, boqueo para respirar y
no entra aire. Vos, delicioso, estás en mi cama mientras
yo arqueo la espalda y me tiemblan las piernas. Necesito
aferrarme al viajante de comercio para no caerme mien-
tras me hace la paja. Esto parece un abrazo. Me pregunto
cuándo fue la última vez que alguien le habrá dado a él
un abrazo. Me froto contra sus bolas, le envuelvo una
pantorrilla con mi pierna, le mordisqueo la oreja.
Un orgasmo me sacude como la sudestada a un
sauce. Grito, le clavo las uñas, no lo dejo soltarse de mí.
―No quiero lastimarte‖, susurro, acaricio su escroto, y su
respiración se entrecorta cuando digo ―pero‖. Mi pausa
es su angustia y estoy en su cuello. Muerdo. ―Quiero
conocer lo que sentiste cada día de tu vida‖, le explico, y
el calor me inunda. Rebalso, broto. Mastico. Desato el
nudo. ―Te prometo recordar todos tus recuerdos‖, le ase-
guro mientras me alimento. Sus tendones y músculos son
correosos, pero su hígado es tierno. Quiero reservarme el
corazón como postre, pero no me contengo. Para que no
se vayan las imágenes de su vida, me las llevo adentro.
Son hermosas y dolorosas. Manan, fluyen como un to-
rrente de amor mientras mastico su páncreas. ―Dame
más, quiero más‖, suplico, pero ya no hay respuesta.
Miro para otro lado. Nadie quiere ver los huesos en
el plato cuando termina el festín. El ojo que le quedó
parece espiar el cielo y la brisa leve anuncia que se acer-
ca la mañana. El nudo en el estómago ya no está, solo
hay mariposas, y sé que puedo volver a casa. Vamos a
dormir todo el día y cuando caiga otra vez la noche te va
a tocar salir a vos de cacería. Hay algo que fui que se
está borrando y esto nuevo que soy me transporta. Me
alivia.
Llego y me estás esperando en el jardín, envuelto
en mis sábanas. El viento no te mueve el pelo. Somos
como dos hielos que chocan en un vaso cuando me acer-
co. Fríos, duros, frágiles, aptos para derretirnos. Me
sacás los rulos pegajosos de la cara y esto sí es un abrazo
verdadero. Entramos, nos alejamos del sol y me asegurás
que si cerramos bien las puertas las noches pueden durar
para siempre. Me muero de ganas de presentarte a Lore
cuando venga en las vacaciones.
El Lobo es la fuerza de la Manada
y la fuerza del Lobo está en la Manada
El libro de la selva, RUDYARD KIPLING

1
PONGO LA MALLA, EL GORRO de lycra y el toallón
limpio en el bolso. Me visto rápido porque llego tarde a
aqua gym. Hace un año que hago y sin duda estoy mejor.
A los cuarenta los huesos me la están jugando feo: tengo
escoliosis y una cervicalia que tengo que revertir. Lo
confieso acá, en silencio, le tengo pánico al dolor cróni-
co, a sufrir sin fin, si tengo que imaginar un infierno ser-
ía ese. Y sé que no es solo fantasía, porque ese infierno
existe, es el de muchos. Por eso aqua gym y el grupo de
veinte jubiladas.
Acá todo sucede en un tiempo diferente, me anoto
a las clases de la mañana y arranco el día relajada y con
el cuerpo disponible. La profesora tiene gestos de maes-
tra de danza y azafata, y hace los ejercicios con una mi-
nuciosidad exagerada.
Además las abuelas la quieren porque es una dul-
ce, lo dicen en el vestuario, no es como la otra que grita-
ba por todo y tenía malos modales. Ellas aman los bue-
nos modales. Yo apenas hablo, voy entre ellas como si
caminara por nubes, con cuidado. Tienen cierta fortale-
za, la edad les solidifica el espíritu, les vuelve el tempe-
ramento de acero, efecto inverso al proceso del cuerpo.
¿Estaré viviendo el inicio de ese proceso?

2
Estoy tratando de dejar los relajantes musculares y
los analgésicos. Hace ya un par de semanas que me ban-
co sola. Esta mañana estoy más activa, más perceptiva.
Sin pastillas todo se siente distinto. Salgo a la calle: los
ruidos de Rivadavia me taladran la cabeza, los nervios
me cuentan las frenadas de los colectivos, los motores
acelerando, el ruido parece una pared que me va aplastar,
una marea que crece.
También siento la ruta del olor, el penetrante ácido
del basurero, la cebolla y el queso quemado de la pizzer-
ía, el aire denso e inicialmente nauseabundo de un garaje
cerrado. El perfume de la chica del quiosco, el olor a
tabaco del mostrador, y los dulces mezclados de los chi-
cles, la cola vinílica fraguando en la puerta de la mue-
blería, la cafetería con todos los aromas calientes, café,
pan, leche, y un desinfectante de pino que puso en el
piso la camarera después que se volcó algo ácido tam-
bién.
Llego al club y antes de atravesar el umbral puedo
oler el desodorante del chico de recepción, el cloro de la
pileta y todos los cuerpos que se desnudan en el vestua-
rio. Se me humedece la punta de la nariz.

3
Entrar al agua es como suspenderse en el espacio.
Todos los movimiento son suaves y aletargados, la velo-
cidad cambia y es agradable sentir la cámara lenta en el
cuerpo. Incluso sumergir la cabeza, el oído que se des-
plaza en tiempo burbuja, sentir el agua pasando por las
pupilas, las pestañas, una caricia densa. Trato de que la
línea del agua me quede a la altura del cuello, así traba-
jan los músculos de la espalda y no siento la tensión.
Sumergida es mejor, amplifico los latidos, sigo las hue-
llas de las moléculas, su trabajo silencioso. Siento mi
cuerpo en toda su amplitud, el agua es conductora de
información.
De repente es como si despertara, y la profesora
me dice
—Ey, te fuiste, volvé a la clase. Veinte patadas,
veinte tijeras y veinte flexiones de costado. Y termina-
mos por hoy.

4
Las miro secarse, pasarse la toalla por la panza,
por el pecho, y las piernas ¿me pregunto que sienten?
¿Qué piensan? Algunas de ellas me doblan la edad, las
miro y quedo como hipnotizada, trato de imaginarme a
mí misma a esa edad. ¿Cuál será mi cuerpo?
En los bancos del lado derecho están las nenas
chiquitas de la colonia, tienen cuatro o cinco años, no
más. Están listas con sus mallas y los gorros en la mano.
Escucho a su profesora:
—Vamos saliendo, no se olviden la toalla, afuera
les pongo los gorros.
Hay dos que están al lado mío, sentaditas, una está
llorando, las miro, pregunto:
—¿Qué pasa, por qué tanto llanto?
Extraña al papá —dice la nena que no llora, mien-
tras se calza las ojotas.
Miro a la que llora, a ver si deja de llorar, primero
me rehúye, al ratito me devuelve una mirada curiosa.
Descubro que todo el grupito me observa, cómo me seco
las tetas, cómo me pongo el corpiño y cómo me subo la
bombacha, qué hago con la malla mojada, miran mi bol-
so, de un rosa Barbie, parecido al de ellas. Sonríen, ima-
gino que les parece raro que alguien grande tenga un
bolso de nena.
No sé qué pensaran, quisiera saber. ¿Se pregunta-
ran quién soy?
¿Quién soy? La mujer de mediana edad entre las
nenas de la colonia y las jubiladas, un cuerpo que no
entra ni en un estado ni en otro. Una emotividad llena de
soledad, sin par, sin gemela en este vestuario, solo yo.
Imagino qué pueden pensar las jubiladas. También
se preguntarán ¿y vos quien sos? ¿Qué haces acá hacien-
do aqua gym con nosotras? No tenes nuestro estado,
nuestra edad, nuestro cuerpo, este espacio es nuestro. Y
sin embargo no lo dicen, no lo hacen sentir, son cordia-
les, saludan, sonríen, las escucho hablar de sus cosas, sus
nietos, sus dietas o médicos, un curso de esperanto o una
novela romántica, en su mundo las cosas transcurren
suaves y se desplazan lentas y en armonía.
Hoy no corro al trabajo, si llego tarde no me im-
porta, no quiero apurarme, ¿para qué? Si al fin de cuen-
tas un día voy a estar como ellas, hablando de novelas y
cosas que quiero hacer, secando mi entrepierna, sintien-
do la humedad del agua y la de mi cuerpo combinadas.
Quiero comunicarme, primero saco el tema de las
canas —¿qué me conviene hacer?
Se ríen. Eso ya no importa, dicen.
—Es por la columna que vengo a aqua gym —les
explico.
—No parece que lo necesites —dice una, cortante.
Otra me elogia el cuerpo, los brazos, la fuerza. Yo
les cuento que cuando era chiquita como la nena que
llora, era menudita, nací sietemesina, y no tenía fuerza,
solo velocidad.
—La velocidad es buena —dice una señora fuerte
de pelo negro desde el fondo del vestidor. La misma de
voz cortante.
—Parece que eso cambió, el cuerpo ya no es debi-
lidad, a veces las enfermedades son bendiciones —dice
una abuela desde el fondo—. Hola, soy Rita –y sigue–,
al principio parece que sufrís, te cambian las condiciones
pero en realidad te transformas en algo, otra cosa que
después te parece mejor y te gusta.

5
Me siento mal, el pecho se asfixia por dentro, algo
que rasguña, algo adentro sin duda, es como si me faltara
aire para expandirme, no son ganas de llorar, ni dolor, es
algo que se desata, pero no sé bien qué es, es como una
furia que crece, una estiramiento interno. Quizás tendría
que tomarme un ibupirac o medio valium pero siento que
me apagan, que me desconectan. No sé qué prefiero.
No tengo fiebre pero estoy caliente, más caliente,
me quema la cara.
Furia pero no estoy enojada, es fuerza desatada.
Que no entiendo, estiramiento, si estiramiento.
Más sudores. Un fuego que me quema las entrañas,
algo desgarra. Me da pudor, estar así, la gente me mira
en el subte como si estuviera loca, quiero controlarme
pero algo de este cambio se me ve en la cara, en la fren-
te, como si me latiera la mejilla y se expandiera. Se me
moja la punta de la nariz, otra vez.

6
—¿Por qué te tapas? ¿Te da vergüenza? Peor noso-
tras que tenemos todo caído.
—Vos tendrás todo caído, Haydée, yo estoy bárba-
ra —dice Elena.
Elena, la más fuerte y segura de todas, se ríe en un
tono muy alto y su risa rebota en el techo del vestuario, y
entonces todas las demás se ríen.
—Yo también, soy una reina, ¿no se me nota?
—dice Rita con la toalla anudada en pecho y saludando
como una bailarina en el Colón.
—Es que me depilé pero no muy bien —digo baji-
to, desentonando la alegría.
—Ahh eso, a quién le importa, acá somos todas
mujeres, y bastante peludas —Se escuchan más risas,
grandes, abren las bocas gigantes y alguna saca como un
silbido.
—Hablá por vos, yo soy lampiña…
—No sos de las nuestras, Haydée —despacha Ele-
na.
Y Rita quiere compensar y aliviana —Yo soy pe-
luda por temporadas.
—¿Es eso posible? —pregunto. Quiero hablar, por
primera vez puedo hablar con ellas. La busco a Rita y
me acerco, hablo bajo pero lo suficiente como para que
escuchen las demás. Ellas me entienden.
—Me pasa lo mismo —insisto con el tema—. Es
como si una semana al mes se acelerara el pelo. Incluso
tengo uno largo y rubio que me sale de un día para el
otro en el medio del pecho, en pocos días se arma una
mata larga. Y me los arranco.
—Qué raro —dice Haydeé.
Y Elena se interpone, se me planta adelante. Le
veo los pelos negros, duros, firmes por todos lados, y
algunos blancuzcos desparramados en mechones, como
arbustos, el pelaje es lustroso. Y en todas partes, incluso
lleva muchos en el antebrazo. Haydee, en cambio, es
frágil y casi pelada, hace malabares para disimularlo.
Pero Elena, a pesar de ser una jubilada de ¿cuánto?, ¿se-
tenta? ¿Ochenta? Tiene una energía arrolladora. Miro al
resto, también tienen esa vitalidad profunda, y sus pelos
sueltos, haciendo remolinos en las partes curvas. De a
poco se acercan y el grupo me rodea. Elena encabeza el
frente, se me pone cara a cara, y fuerte y dulce, me mira
directo a las pupilas, respira como absorbiendo todo el
aire del vestuario, adentro mío algo da un salto y siento
que la punta de mi nariz vuelve a mojarse. Intuyo, sé,
que lo que viene es importante y escucho.
—No es raro, nada raro, somos lo que somos. Se-
cate. ¿Ya desayunaste?
CUANDO CRUCÉ LA VÍA DEL tren con la barrera
aún baja fue porque desde hace tiempo deseaba saludar a
la Señorita Rosa, mi maestra de preescolar. Ya no podía
tolerar que los ruidos de los autos, los ladridos de los
perros, el tintineo de la campana, los niños que subían a
la baranda de la barrera y los vecinos que iban con sus
bolsas de supermercado fueran un impedimento para que
yo tomara coraje y la salude.
La señorita Rosa ya no era exactamente como la
recordaba pero quería al menos decirle hola y que con-
servaba los mejores recuerdos de ella en mi paso por el
jardín. Sé que por años no me atreví a mirarla porque
otros recuerdos que tenía de ella me atormentaban, como
cuando me puso cinta scotch en la boca y me dejó parada
una hora en el patio bajo la llovizna o cuando me escon-
dió en el bolsillo de su delantal mi pequeño secador de
pelo de juguete y para que me lo devolviera tuve que
correrla por todo el patio de la escuela parroquial; pero
al ver la semana pasada fotos viejas construí nuevos re-
cuerdos, más acertados de los que uno puede tener de su
maestra de preescolar: su sonrisa delicada y roja, su ca-
bello corto, sus sandalias de punta y sus piernas largas y
estilizadas posando toda ella para la foto mientras yo,
con mi rosa en la mano a modo de obsequio, miraba
hacia la cámara con cara un poco triste porque parece
que la rosa tenía una espina y me había lastimado.
Así me crucé con ella que me dio paso porque yo
cargaba un changuito grande y ahí nomás le pregunté:
Usted fue mi maestra en sala de cinco, ¿se acuerda?
La mujer comenzó a mirarme, a buscar en mis ojos
la profundidad de un recuerdo que no se le venía a la
mente, ni por casualidad. Sin embargo, a mí me resonaba
su rostro como cuando la observaba desde el rincón de
juegos de la cocinita en la sala, con todo el grupo de ni-
ños y en la entrega de diplomas a los egresados del pre-
escolar, donde la señorita Rosa está especialmente bri-
llante. Nada se parece a esta mujer que está frente a mí,
ahora. El cabello blanquísimo y largo, el viento se lo
despeina más. Anteojos grandes que le oscurecen el ros-
tro aunque el cutis es liso y casi idéntico al que recuerdo,
la piel joven. Lo que no varía demasiado es su vocecita
suave con el matiz permanente de la ese marcada fuerte
sin llegar a ser la zeta pero lo suficiente como para que
resalte y parezca que hace shshsh. Eso lo preserva. Pare-
ce que hay algo nuevo, un tic que le hace mover la cabe-
za y las manos le tiemblan. Se me queda mirando un
buen rato con una sonrisa de oreja a oreja y me dice:
claro que te recuerdo vos sos… yo le contesto, Marita.
Ah, sí claro que sí Marita, yo te veía cara conoci-
da.
Inmediatamente la señorita Rosa comenzó a insis-
tirme que fuera a su casa, que quería invitarme a tomar
el té. Me llenó de temor y sentí escalofríos por una brisa
fresca que me corría por los oídos, sentí mareos, empecé
a ver todo doble. La señorita Rosa, me agarró del brazo y
me llevo caminando hasta su casa.

Al principio, abrí los ojos. Parecía sentirme en un


lugar cálido y confortable. Sonreí al rostro que me mira-
ba de cerca, me llegaba un vaho amargo que impregnaba
mis fosas nasales. Estaba cansada. La señorita Rosa se
sentó a mi izquierda, en un sillón pequeño. Acomodó su
falda, mordió una hilacha que sobresalía del dobladillo
contorsionándose hacia su rodilla, luego con las palmas
de la mano sacudió pelusas –invisibles para mí– de su
pollera. Estás mejor, mi querida, me preguntó muy ama-
blemente. Te debió haber bajado la presión, dijo. Quise
contestar pero tapó mi boca con sus manos. Descansá.
Cuando te repongas, te puedo acompañar hasta tu casa.
En ese mismo momento, la señorita Rosa comenzó
a hablarme, a decirme cosas que yo apenas escuchaba o
podía comprender. Lo primero que empecé a oír es que
ella vivía en esa casa sola desde hacía seis meses. La
escuché decir claramente: mi padre era un hombre traba-
jador, de manos firmes e ideas determinantes, comencé
con mis estudios en el magisterio muy jovencita, ni bien
había terminado el bachillerato. En esa época, papá no
me dejaba viajar sola a capital. Tenía miedo por mí. Y
claro, vivimos desde hacía mucho tiempo los dos solitos.
Mamá murió al ser yo apenas una niña. Papá me adoptó
como su esposa, y de ese modo yo tuve que cumplir con
mis obligaciones también acá en la casa. Ir a estudiar a
capital hubiera implicado no poder ayudarlo como él se
merecía y por otro lado, no me hubiera facilitado termi-
nar mis estudios.
Mi cabeza estallaba, sentía un dolor muy agudo y
solo quería irme, pero la señorita Rosa no terminaba de
hablar.
Papá solo una vez se enojó conmigo, una sola vez
y fue suficiente para que yo me diera cuenta que me es-
taba confundiendo con mi madre. Pero jamás podría yo
ocupar su lugar. Mi madre fue una mujer astuta, supo
exactamente cuándo debía morir, supo cómo manejar el
carácter y la pasión de un hombre que a mí me resultó
insostenible. A los pocos meses de que nos faltara
mamá, él me llevó a dormir, junto a él, a su dormitorio y
me hizo vestir con el camisón de mamita, que me queda-
ba enorme pero que debía usar a la fuerza. Todas las
noches debía ayudarlo a desvestirlo, tal como lo hacía
mamá. Y si no lo hacía del mismo modo, al día siguiente
me imponía tareas muy difíciles como traer la leña de la
esquina de don Jerónimo o acomodar la cristalería de la
abuela Elsa. Si lo hacía muy pero muy bien, me convi-
daba dos cucharaditas de helado de limón que yo debía
incorporar muy lentamente a mi boca mientras él sosten-
ía la cucharita y cuando estaba por comer el bocadito de
helado, me sacaba la cuchara y me robaba un beso en la
boca. Por eso nunca tuve novio, papá me echó todos los
pretendientes. En el barrio se supo que Claudio, el hijo
de Don Jerónimo, tenía buenas intenciones conmigo y
mi tía Ester me insistía para que yo concretara una cita,
pero lo que nadie sabía es que yo ya estaba comprometi-
da con mi papá y no lo podía abandonar.
¿Estás mejor, mi querida? Estoy calentando agua
para que tomes un tecito. Pude apenas decir gracias, ten-
ía mucho dolor de estómago y ese olor nauseabundo me
resultaba insoportable.
La mujer seguía hablando y a veces en un tono tan
bajo que no podía comprender ni oír qué decía. Había
una ventana pequeña cubierta por intensas cortinas de
sifon verde, que apenas corridas dejaban ver el jardín de
la señorita Rosa, las enredaderas, las macetas de colores,
con helechos y lazos de amor de las dos especies, los que
nunca pude plantar los de borde blanco y el centro verde
que son finitos, le señalé como pude la maceta que daba
al jardín, hubiera querido que me deje pedirle un gajo, el
lazo de amor crece en cualquier época del año y soporta
el verano intenso como el frío, hasta en un vasito de
agua puede hacerse una planta enorme. Pero la señorita
Rosa enseguida corrió la cortina, justo cuando podía yo
ver un retazo del cielo; tomó mi mano y otra vez me tocó
los labios a modo de que no dijera nada. Creo que ahí
fue cuando tomé fuerzas para levantarme, quería encon-
trar mi cartera, pero con una furia insospechada, la seño-
rita Rosa me bajó otra vez al sillón apretándome los
hombros. Y ahí me caí. Y no sé si me dormí pero cuando
desperté ya no estaba en el sillón.
No sé cómo llegue a la mesa del comedor y estaba
atada de pies y manos a la silla principal en la punta de
la mesa. La señorita había servido un banquete como
para diez personas. Y realmente sentí hambre pero me
llevó tiempo darme cuenta que estaba atada. Ella se
sentó frente a mí. Tomó el cuchillo y dijo: a veces el
amor no se puede explicar con palabras, yo deseaba ele-
gir pero no tuve opción y cuando me di cuenta todo lo
que tenía frente a mi, todo lo que se me presentaba y
deseaba tener, estaba atada de pies y manos a una histo-
ria que no me pertenecía, primero es el mareo, la confu-
sión, la falta de ánimo, luego el adormecimiento, la falta
de aire, el asco. Y luego las ataduras implacables, los
deseos frustrados. Mi padre me encadenó a una vida
miserable, donde yo debí llenar sus agujeros. No me
quejo. No es fácil tener este ardor en el corazón –dijo–.
Convivo con esta angustia filosa cada día. A veces, en
las mañanas, riego las plantas y el frío carcome las hojas
del limonero. A mí me pasa algo así –siguió– con esta
profunda punzada que siento dentro. Mi padre era un
hombre difícil, pero yo lo maté porque era bueno.
Que cada uno tenga la paz que se merece tener, yo
no sé si la tendré, si el cielo está ahí detrás de las corti-
nas verdes, ¿vos lo viste? En qué te cambió este instante
entre que quisiste espiar y levantarte y seguir acá. Nada.
El sueño te cambia de posición, pero estás en el mismo
lugar y en peores condiciones. Uno aprende a hacer sus
cosas de manera automática, como generar recuerdos en
las personitas esas a las que educa y sus padres te conf-
ían el amor de sus hijos por un rato, la inocencia de cria-
turitas tan simples, pero sin saber lo que hay del otro
lado. Y son esos mismos niños que, al crecer, no se ani-
man a saludarte cuando te cruzan en la calle, y vaya a
saber por qué no, a vos qué te parece, por qué tardaste
tanto en decidirte a saludarme. Y el animal espera. Es
astuto y no reacciona, piensa, vigila, sostiene la respira-
ción hasta que llega el día de la conquista, y entonces se
da el encuentro, la palabra, aparece el saludo cordial, la
mentira detrás del gesto que imita el olvido y la presa ya
está lista para ser devorada.
OLOR A PODRIDO, A CACA, piensa, puño en la cin-
tura como contrapeso del índice Sherlock Holmes sobre
los labios fruncidos. A sucio y acumulado durante un
tiempo, largo. ¿No se limpia acaso, qué onda?
Varios días después: baranda a pedo hay. El tufo
parece suspendido a un metro del piso, afea el ballroom,
vuelve intransitable el pasillo que conecta con el ala oes-
te (lo que no deja de resultar, a la postre, beneficioso).
Peste a fiambre siente, de esos que se dejan en el sótano
y a otra cosa. A huevo mal digerido, a Dictadura asesina
con complicidad cívico-militar o violencia de género.
Veinte años alquilando castillo a dueño directo para esto:
qué joda.
Otra vuelta: como musgo en las paredes del vesti-
dor, hongos cabalgando las manguitas princesse de los
vestidos de noche, lentejuela y raso, muselina, gasa; pa-
res y pares de zapatos echados a perder, cuero devorado
por bacterias en procesión y armas. ¡¿Pero qué pasa acá,
qué es esto?! Una como descomposición que avanza:
amenaza se cierne.
Oye por primera vez alaridos, aullidos de dolor,
llantos de súplica, todo filtrado por un velo de increduli-
dad y autoduda –Sueña el rey que es rey–, una noche
mientras cepilla con método la peluca frente al espejo
Luis XV. La tarde caída, el castillo es suavemente engu-
llido por la oscuridad. Comprende en un de pronto que
está sola, que no tiene a quién acudir. O sea: sobre todo
lo anterior, la desaparición de Vlad. Lo recuerda entre
grumos oníricos declarando hambre y haciendo a un lado
cobertor y sábana con el rumbo puesto en la cuisine. Me
antojé con pastelitos de batata. No había vuelto, o al me-
nos ella no lo había visto más. ¿Sería él que gritaba?
¿Eran gritos lo que escuchaba, rasgando el pesado vaho
de su soledad?
Toma Elizabetha linterna en mano y deja sus apo-
sentos. Arrastra la cola de su salto de cama bordado a
mano, que emite un bisbiseo, pastor de su deambular
fuera de horario. Irrespetando el reposo que prescriben
las altas horas, se le mete entre ceja y ceja una salida de
reconocimiento: recorrer el jardín, también el cemente-
rio. No le parece un despropósito, apenas algo para miti-
gar la espera.
—¡Vlad! ¿Dónde estás? ¡Pero che!
El frío es gélido en el interior del castillo. Y tan
húmedo que los pies de Elizabetha se hunden en una
niebla verdolaga que vomita el hueco del ascensor. ¡Qué
idea! Vlad, harto de subir las escaleras pero con las
energías intactas para planear semejante desaguisado. Lo
recuerda supervisando cuasi histérico el inicio de los
trabajos.
—¡Cansado del mármol de Carrara estoy! ¡Harto
patilludo me tienen estas escaleras a la grande manière!
Le damos una estética bien twenties, tipo Gran Gatsby, y
va a quedar genial, vas a ver.
Ahora el entusiasmo de Vlad tiene cara de agujero
infernal in medias res, interrumpido por la huelga, obre-
raje descontento debido a un retraso (involuntario, culpa
de la burocracia kafkiana del Credicoop) en los pagos, el
majestuoso hall –amplio como la nave principal del
Duomo de Milán– salpicado de porquería residual y su-
ciedad. A su alrededor baldosas rotas, fragmentos, tierra,
mugre: el hall completamente arruinado tienen. Ratas.
Elizabetha las ha visto salir corriendo por entre los hie-
rros retorcidos, grandes como gatos.
Abrir el portón principal del castillo le cuesta un
Perú. La mano libre y la que carga el sol de noche frente
a su pecho, una pierna flexionada adelante y la otra ex-
tendida detrás, para lograr un máximo de efectividad en
el empuje. La pesada hoja de madera se abre apenas,
tronando tormenta. Afuera: nieve y oscuridad. La facha-
da del castillo proyecta una sombra irregular sobre el
terreno circundante, tierra yerma antes del foso habitado
por alimañas que Elizabetha prefiere no fantasear. Los
sonidos de la noche enhebran un concierto inarmónico
de croares ásperos. Elizabetha avanza toda temor y tem-
blor, incapaz de frenar el castañeteo de sus dientes, de
contener el descontrolado tiritar de sus carnes blancas,
de pronto heladas. Dedos de manos y pies tan fríos que
los siente arder.
Tras varios tropiezos, como la costurerita: ¡y lo
peor de todo, sin necesidad! ¿No será mejor volver,
aguardar el retorno de Vlad al abrigo del hogar, las ex-
tremidades lejos de las garras heladas de esta tormenta
glaciar? Elizabetha piensa tormenta pero es más un eruc-
to de subjetividad que una realidad: los copos caen blan-
dos, en un amable navegar cuya trayectoria termina no
sin cierta delicadeza sobre la capucha de su regia capa de
armiño. Arrastra su final al andar, lo que deja tras de sí
una estela de tierra removida, nieve sucia que la señala,
la delata. Vaga por los alrededores del castillo Eliza-
betha, única pálida luz de toda Constitución. Atenaza su
garganta la angustia por esa ausencia inexplicable que ya
lleva varios días.
Desfallece lo fútil del esfuerzo y decide volver. En
un impulso loco ha atravesado el pontón que une el cas-
tillo con el burgo. Comprende ahora, muy de sopetón,
que se encuentra lejos, exangüe, al borde sus fuerzas,
arponeadas por el frío, doblegadas por la oscuridad: ¿qué
hacer? Sin querer, sin saber, se encuentra Elizabetha
rodeada por hoscos pinos, eucaliptos, acacias y arrayanes
que le picotean el armiño, la capucha caída, su larga ca-
bellera encendida a merced de las potencias de la noche.
Se persigna: está perdida. Sigue nevando.

Elizabetha aguarda la llegada de Vlad con las pier-


nas bajo el cobertor. Han pasado varios días. Sobre ellas
la MacBook, abierta una ventana de Safari que bucho-
nea: Page not found. Tipea otra vez: Gmail. Lo mismo.
Tipea entonces: Google. Igual. Tipea por fin: YouTube.
Ídem. Apaga la máquina, prende. Page not found. Apaga
el módem, prende. Page not found. Llama a Fibertel, a
pesar de la hora, a pesar de que claramente el problema
es otro: Vlad no ha dado señales de vida. Otra noche.
Las mazmorras con distancia porque sabe perfec-
tamente lo que la gleba cuchichea de Vlad. Hasta los
dieciséis cautivo de los turcos, algo suelto le tiene que
haber quedado. Hedor a carne en descomposición, carne
podrida insepulta, se cuela por el cráter del ascensor y le
genera repelús. Pero: la centralita se encuentra debajo
del castillo, en el justo centro, Elizabetha sabe –aunque
su mente se subleve en una búsqueda en loop de alterna-
tivas– que los problemas de conectividad terminan con
ella en una de las mazmorras del subsuelo. Un escalofrío
la recorre toda.
El camino es perifrástico, intrincado. Puerta que
sucede a puerta, mármol, pasillo, aldaba, recodo, piedra,
trampilla, piedra, cerradura: humedad y frío, chucho y
ganas de morir de cara al sol, como el hombre sincero.
Elizabetha respira hacia adentro, tratando de borrar las
huellas de su paso por esos corredores hostiles. Feos de
toda fealdad tipo hombre elefante. Se siente deglutida,
llevada por las fuerzas subterráneas del castillo hacia un
sino trágico, que presiente y resiste en partes iguales.
Como resistió Vlad el avance de los otomanos, a sangre
y fuego, empalando veintitrés mil sarracenos en un día.
¿Será verdad? Es lo que asegura radiopasillo: vox popu-
li, vox dei.

Antes de conocer los dolores menstruales, Eliza-


betha ya había sido ungida marida de un Vlad III
Drăculea, hermano mayor de Radu el Hermoso, ambos
tarugo fundamental de la alianza suscripta por su padre y
sultán caudillo del Imperio Otomano. Fueron entregados
en calidad de rehenes en la ciudad de Adrianópolis, a
sabiendas de que apenas años antes los hijos de un noble
serbio habían perdido los ojos por haber intentado huir
de cautiverio similar. Radu tenía siete años. A veces mu-
sitaba: ―Bonjour, tristesse‖.
La parca alcanzó a Vlad II Dracul mientras huía en
andas de su instinto de supervivencia, que no dejó buen
recuerdo entre la población del principado. Su primogé-
nito Mircea fue aniquilado en el mismo impulso hooli-
gan que se había apoderado de los boyardos: lo enterra-
ron vivo tras licuarle los ojos con un hierro candente
(manía de la época, por lo que se ve). Vlad III Drăculea,
aspirante y sucesor al trono, presintió su momento llega-
do. Tras años de encierro en las mazmorras del sultán
Murad II, supervividos gracias al gozo que le producía la
tortura de alimañas colocatarias, Vlad III tomó mujer y
trono en un mismo único movimiento: empalándola (es
metafórico) en la sede real, con audiencia. Elizabetha
recuerda ahora esa primera vez no sin cierto rechazo. El
círculo de testigos exclusivamente masculinos, antorchas
en mano, tan cerca, ay, y como mugiendo sin parar (¿era
necesaria la desnudez enhiesta?), las máscaras y demás
artefactos (que Vlad llamaba ―juguetes‖). Tal vez hubie-
ra preferido no hacerlo.
La corte otomana se reveló para Radu lo opuesto al
telar de desdichas que usted ve. Voces corrían de que,
desde su cautiverio infanto-juvenil, trapicheaba golosos
amores sabrosos con el hijo y heredero del futuro sultán
Mehmed II. La gente es mala y comenta. Vlad le aguó
un poco la festicheta cuando devolvió dos embajadores
otomanos con el turbante clavado al cráneo (literal), pro-
ducto de un malentendido acerca de lo que se debe y lo
que no en la corte. No hubo ya posibilidad de los herma-
nos sean unidos porque esa es la ley primera y más bien
bastante de Vlad retirándose al galope, arrasando todo a
su paso para no dejar utilidad ni valor en manos de sus
perseguidores. El mismísimo Mehmed II lo siguió con
intenciones de tomar la capital del principado, pero se
vio obligado a retroceder, vencido por violentos vómitos
ante la visión de un bosque de empalados. Todos los
árboles del valle habían sido talados para confeccionar
estacas con las que se había atravesado a miles y miles
de prisioneros turcos, húngaros, rumanos, búlgaros,
además de una buena cantidad de colonos alemanes (jun-
to a sus familias) que al parecer Vlad hacía viajar con él
para liberar estrés en situaciones de crisis. Gustador de la
elegancia geométrica, los empalados se encontraban dis-
puestos en una serie de anillos concéntricos entorno de la
ciudad capital. La altura de cada estaca indicaba el rango
que la víctima había tenido en vida. Ahí los dejó al se-
guir su camino, pudriéndose durante meses en lo alto de
sus estacas, a ambas orillas del riachuelo.

¿Cómo querer a alguien así? La pregunta ronda a


Elizabetha mientras avanza avanza avanza a pesar del
frío y del miedo, de los sonidos siniestros que su andar
solitario despierta en la noche: movimientos peristálticos
del castillo. Petisón pero musculoso, cuello de toro: Vlad
es poderoso y Elizabetha valora la sensación de seguri-
dad que emana de su presencia. Nariz aguileña, fosas
nasales dilatadas, rostro rojizo y pestañas largas infinitas
que apantallan sus grandes ojos grises con una sombra
inquietante. ¿―Siniestra‖ sería palabra más sincera? Ce-
jas negras muy tupidas abundan un aspecto del tipo bas-
tante amenazador. Contribuyen el bigote y sus pómulos
sobresalientes. Espaldas anchas y melenita negra ensorti-
jada: la belleza de la fuerza.
Por fin llega. Desde donde está, donde se frena, no
alcanza a ver la centralita, pero sí el macabro espectácu-
lo que la precede. Hiede.
Vuelve en andas del vómito. Cólicos espirituales.
Desesperación por dejar atrás el espanto (¿será por eso
que lo quiero tanto?) la hace chocar contra las paredes de
piedra, mal cálculo, tropezar una vez, otra, torcerse los
tobillos, sospechar esguince de extremidad, pisar el fon-
do del salto de cama, volver a caer, sufrir, llorar, moque-
ar, seguir. De vuelta en la alcoba, su aspecto da grima:
golpeada, toda rota, el pelo en nido de carancho, ensan-
grentado y lleno de briznas de paja, astillas, mugre, las
rodillas maltratadas, las manos lastimadas. Su cuerpo
palpita, siente dolor. Desfallece.
Por lealtad, un arquero lanza una flecha a través de
una ventana.
Para alertar: el Ejército turco ya está,
acá,
a las puertas del castillo.
Como ella, también detrás de Vlad.
Hinca diente la flecha
en el vientre
de ella,
desdicha y dolor
para siempre.

Lee Elizabetha la misiva a duras penas, su propia


sangre en sus propias manos, en el salto de cama, borda-
do artesanal, en el piso, la respiración tan agitada que el
aire no ingresa, el cuerpo manojo de tormentos: marione-
ta descuajeringada. Renqueando llorando moqueando
gritando, se acerca a la ventana. Nubes frías lloviznan en
diagonal. Viento fuerte preanuncia temporal. ¿Para esto
lo esperó? ¿Para dar con él así, olvidado de ella y de
todo, más allá de la moral, de la ley, en ese inframundo
nauseabundo de efebos degollados entre semen y suspi-
ros, máscaras y antorchas, plumas negras, maquinarias
medievales y aullidos de dolor? Tormento y placer, gozo
deforme y espanto. Es la última cuita de Elizabetha, que
se deja volar, que cae.

Vlad III Drăculea fue apresado semanas después.


Pálido como papel secante: la servidumbre del castillo,
hábilmente ubicada en las almenas, logró mantener el
otomanaje a raya durante días. En todo ese tiempo, Vlad
III no abandonó las mazmorras, en donde se encontraba
recluido con una veintena de jovencitos vírgenes stoc-
keados en jaulas y alimentados a base de jalea real, que
les pudría los dientes pero les daba buen sabor, tirando a
dulzón, para la consumición en crudo. Lo recluyeron en
la torre real de por vida. Como consecuencia inmediata,
Radu el Hermoso tomó posesión del trono en una cere-
monia sencilla, con más aires a trámite que boato. Go-
bernó un par de años en feliz contubernio con el sultán
Mehmed II. Hay quienes afirman que fue títere de los
turcos.
CUANDO FUI A PREPARARME EL quinto café de la
mañana, vi llegar a Amelia. Tenía los ojos hundidos, la
cara extremadamente pálida, el pelo rubio arremolinado.
Aun así estaba hermosa. Me vio venir con la taza vacía y
apuró el paso, fingiendo alisarse el vestido negro que
llevaba puesto. Me quedé inmóvil, con el puño cerrado y
la miré hasta que desapareció entre el gentío elegante.
Aunque podía escucharla. Escucharlo.
Tenemos que hablar, me dice Ernesto. No le res-
pondo. Saco los pinceles del morral. ¿Querés un whisky?
Pero no espero la respuesta: agarro la botella del mueble.
Tres hielos y una medida de Chivas 12 en el vaso talla-
do, como a él le gusta. Lo apoyo en la mesita de vidrio y
empiezo a sacar las telas y los acrílicos. Pinto mi mundo.
La pinto a ella. Un paisaje colorido, sin sombras. Pince-
ladas imperceptibles.
Con el café entre las palmas, me senté en una de
las sillas que rodeaban a Ernesto. Veía sus manos, peda-
zos de su traje y algo de su flequillo asomando por el
cajón. En cualquier momento se levanta y me dice que le
prepare un whisky, o que ponga música inspiradora.
Pensaba en eso. En él. En ella. En mí. En los que fuimos
y ya no seremos.
Comemos helado de chocolate, a Amelia le encan-
ta. Se ríe. Tiene puesto unos jeans y el pelo recogido en
una cola de caballo, la remera blanca le cae con gracia
sobre las caderas. Es bella, pero no lo sabe. Como todos
los sábados, estamos en el atelier de Ernesto. Nos reímos
de algo que pasan en la radio. Llamamos para mandar
saludos y pedimos la canción que nos gusta, pero no
pasan nuestro mensaje ni la canción. Así que la canta-
mos a los gritos y reinventamos la letra. Ernesto nos mi-
ra de reojo, echa la cabeza hacia atrás, se ríe a su modo.
Ella baila sobre una silla y me mira desde arriba. No
uses esos zapatos viejos me dice. Siempre lo hace, es
casi un ritual.
Estaba desprevenida cuando Amelia se me sentó al
lado. La busqué con la mirada sin encontrarla y la vi
mirar el cajón con expresión indescifrable. Al fin, le dije
algo sobre mis zapatos viejos y ella me miró con los ojos
brillantes. Los de hace dos días. Quise preguntarle algo,
pedirle perdón. O explicaciones. Pero no pude, me quedé
ahí, pensando en Ernesto y en todo lo que pasó.
Admiro a Ernesto. Mucho. Estoy en su atelier
viendo cómo trabaja. Tomo notas en mi libreta. Lo veo
de espaldas, tirando el flequillo y la cabeza hacia atrás:
su movimiento típico y distintivo. Pinta un paisaje y me
cuenta de sus aventuras, de sus viajes por el mundo.
Toma un sorbo de whisky y me habla de Roma. Otro
sorbo y ya está en Florencia. Arte, viajes, pintura. Es lo
que yo quiero. Él me dice que todo llega, que hay tiem-
po. Y me pone a pintar. Delineo a una chica rubia en un
bosque. También pinto una playa caribeña. Durante toda
la tarde salto de cuadro en cuadro. Vivo en colores, feliz.
Y con ella. Cae la noche cuando Ernesto grita mi nom-
bre. Corro hacia la voz que me llama y vuelvo al atelier
temblando, con piel de gallina. El agua del mar estaba
fría.
Él no repara en el rastro acuoso que van dejando
mis zapatos en el parqué. Supongo que a veces es mejor
ignorar ciertas cosas. Voy a la cocina y mecánicamente
prendo la cafetera, la cargo con los granos y el agua.
Espero. Como todos los sábados, preparo café para bajar
la borrachera de Ernesto.
Era un hombre encantador repetía una señora.
Magnífico, talentoso, estupendo, escuché entre ruidos de
copas de cristal y de tazas de porcelana. Aunque eran los
murmullos los que musicalizaban aquel espectáculo del
que Amelia y yo éramos parte.
Padre nuestro que estás en los cielos, santificado
sea tu nombre. La voz retumbaba en el salón. Venga a
nosotros tu reino y hágase tu voluntad así en la tierra
como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día. Mi
tía rezaba arrodillada frente al Cristo crucificado. Y per-
dona nuestras ofensas, como también nosotros perdona-
mos a los que nos ofenden. No nos dejes caer en la ten-
tación. Y líbranos del mal. Me miró a los ojos. Amén.
En ese instante entró un hombre alto, de zapatos
importados. Todos se dieron vuelta para mirarlo. Yo lo
vi de lejos sin llegar a distinguirlo del todo y mi tía lo
recibió con ojos festivos. La escuché ofrecerle una ban-
deja: que café, que comida. Que mi hija Amelia. Como
invocada, ella se levantó de la silla y fue a saludar al
recién llegado. Un beso y otro más, a la europea. Y una
sonrisa que contradecía a su cuerpo. Mi tía, todo carca-
jadas, torcía el cuello para mirarme con su mejor cara de
asco.
Estoy tirada en el piso. La falda de mi vestido na-
ranja vuela con el viento de la noche. Miro mis pies des-
calzos, las uñas pintadas de amarillo y las luces de la
ciudad a lo lejos. Escucho subir la risa de Amelia. Sus
tacos golpetean en la escalera caracol y en las baldosas
de mi terraza. Llega, ya descalza, y me dice hola, me
acaricia el pómulo. Le sonrío y le rozo la pierna izquier-
da. Se acuesta a mi lado. Sacamos unas latas de cerveza
de la heladerita portátil. Las abrimos y jugamos a embo-
car las tapitas en una maceta. Le gano con facilidad y
salto con los brazos en alto. Soy una heroína de cuentos.
Vamos por más cervezas, le digo. Y la octava latita nos
encuentra hablando de amores. Mi vieja quiere que me
case, cuenta ella. Va a continuar la frase, pero mi carca-
jada la interrumpe. Escupo cerveza en su vestido florea-
do. Se apoya en mi pecho. La siento. Su cuello huele a
flan y yo lo acaricio con mi dedo índice, lo beso suave-
mente. Ella mordisquea la parte de mi cuerpo que tiene
más cerca. Los vestidos quedan en las baldosas y hace-
mos crujir las latas tiradas en el piso. La luz lujuriosa de
los edificios nos ilumina y nos quedamos dormidas. Jun-
tas, como tantas otras veces.
El color del rostro le combina a la perfección con
los ojos azules, murmuré cuando me acerqué al cajón. Y
ahí estaba él, rígido, quietito como nunca. Para siempre.
Azul marino y gris muerto, anoté mentalmente. Y como
en una epifanía, me vi pintando el cuadro más hermoso
del mundo. A Ernesto le hubiera encantado ver que pien-
so en los colores. De pronto, el futuro se develó ante mis
ojos: las revistas de arte me proclamarían como la discí-
pula del gran Ernesto Sánchez de Bustamante y el mun-
do estaría rendido a mis pies. Amelia me amaría más y
más. Y Ernesto dejaría de ser la sombra que se inmiscu-
ye en mi cuadro perfecto.
El amigo de alguien que se convirtió en amigo de
todos. Ese había sido Ernesto. Llegó a la familia durante
una fiesta de cumpleaños y se quedó para siempre. Era el
pintor famoso que se arremangaba para lavar los platos
después de la cena; el tipo que nos hacía felices y mun-
danos con su sola presencia; el tío que no era tío. Tam-
bién, el único que me abrazó fuerte el día que murieron
mis padres. El yerno ideal según mi tía. Para Amelia, la
promesa de una vida encorsetada aunque correcta, el
amor para la vida social. Mi ídolo y mi condena.
Espero a Amelia. Escucho música. Un calmante
corre por mis venas y relaja mi cuerpo. Me dedico a pin-
tar. Un paisaje campestre: tranquilo y luminoso, mis
padres y yo bailamos en el fondo. Pero la música deja de
sonar. Y no hay calmantes posibles. Ella en mi mente,
una vez más: la siento, la escucho reír y jadear. Y el me
caso con Ernesto en un loop infinito. Al fin, su sombra
se recorta sobre mis piernas estiradas. Giro para mirarla
y solo veo fragmentos. Sus tacos aguja, jeans y una re-
mera oscura. El pelo le tapa la cara, las lágrimas recorren
su cuerpo. Y así, como fulminada, cae de rodillas, se
desmorona sobre mí. Llora con una intensidad que duele.
Ernesto está muerto, me dice. Y le respondo que ya lo
sé.
La risa nerviosa de Amelia me sacó de mis sueños
de fama y amor eternos. Me di vuelta y la vi intentando
recomponerse frente al hombre de zapatos extranjeros.
Parados en una de las esquinas del salón eran el blanco
de todas las miradas. Y de mi furia arrasadora. Aunque
lo tenía de espaldas, intuía su cara de galán perfecto.
La pinto desnuda y feliz. Preciosa. El pelo le vuela
como en el cuadro de Botticelli. Mi Amelia, la belleza en
la tierra, mi Venus personal. Le dibujo un cielo y unas
estrellas. Y me transporto hacia su cuello de vainilla. De
fondo, Ernesto hace sonar los hielos en el vaso de whis-
ky. Una y otra vez, como todos los sábados. Aunque este
será distinto. Estamos solos en el atelier y su voz retum-
ba cuando me da indicaciones sobre los cuadros. Tene-
mos que hablar de Amelia, me dice de repente. Y no. No
quiero. Nos amamos, me tira en el medio de la cara. Pero
no le respondo y él no vuelve a insistir. Le sirvo otro
whisky. Es necesario. Miro fascinada cada músculo de
su mano moviéndose mientras empina el vaso. Sigo pin-
tando y lo escucho balbucear, veo sus ojos llenos de
whisky. La tarde se vuelve un silencio incómodo, aun-
que las voces estallan en mi cabeza.
Me voy a casar con Ernesto; tenemos que hablar
de Amelia, nos amamos. Me voy a casar con Ernesto;
tenemos que hablar de Amelia, nos amamos. Me voy a
casar con Ernesto; tenemos que hablar de Amelia, nos
amamos. Me aferro al pincel con toda la fuerza de la que
soy capaz. Lo amo, pero lo odio. Sigo pintando: ella es
mía y punto. El cuadro se va llenando de sombras. Pinto
con más fuerza y algunos pedazos de pincel van quedan-
do incrustados en la tela. Busco en el morral. Revuelvo
entre paletas y acrílicos para encontrar la adecuada. En-
cuentro una. Esta de cerdas duras me va a servir, esta
capaz también. Mierda, se me terminó el color rojo. Es-
cucho un golpe seco y ruidos de vidrios rotos a mis es-
paldas.
Por encima del hombro veo a Ernesto tirado sobre
la mesa ratona. Convulsiona. Tiene la tapa de vidrio cla-
vada en el estómago. Los ojos doloridos, la boca en una
mueca de terror. Se está desangrando. El parqué se tiñe
de rojo. Cierro los ojos, respiro hondo varias veces hasta
que recobro la compostura. No sé qué hacer. Y sigo pin-
tando.
Al fin, voy hacia él aferrada a mi pincel. Lo veo ti-
rado, indefenso. Muerto. Y caigo de rodillas. Le acaricio
el pelo. Va llegando la noche y el atelier se vuelve oscu-
ro. Ya tengo las piernas entumecidas, pero mi cuerpo es
un torbellino. Mis padres bailando, la risa de Amelia,
nuestra canción, mi tía, los vestidos en las baldosas, la
sangre, Ernesto me abraza, me quiere, pero la ama. Er-
nesto. Ernesto y Amelia. Amelia. Amelia. Amelia. Bajo
lentamente la mano. Recargo el pincel con rojo. Sangre.
Sigo pintando.
Y de repente lo vi. El hombre de zapatos extranje-
ros. La imagen se me hizo familiar hasta los huesos. De
espaldas, tirando el flequillo y la cabeza hacia atrás, ese
hombre tomaba whisky. Miré el cajón sin entender nada.
¡El muy hijo de puta! Corrí hacia ellos.
por Gilda Manso

LLOVÍA, PERO ELLA NO LO podía saber. No sabía


nada desde hacía tres días. Nada externo. En cuanto a lo
de adentro, sabía que el lugar donde estaba era un dormi-
torio, que las sábanas tenían sangre vieja –sangre que no
era de ella–, que la comida siempre se comía fría (aunque
eso, en la situación en la que ella se encontraba, era una
nimiedad), que no había ventanas, que las sogas –hoy– no
estaban tan apretadas, que ya no sentía ganas de mear
porque se había meado encima, que el perro era capaz de
despedazarla, que el dolor que sentía en los pies era tan
increíble que dudaba de si alguna vez podría volver a ca-
minar. Si es que salía de ahí. Lo que no sabía era dónde se
había metido el tipo. Hacía horas que no aparecía, y en el
tiempo que ella llevaba ahí, él nunca había dejado pasar
tantas horas sin entrar en esa habitación.
Las sogas estaban flojas porque el tipo no estaba ahí
para ajustarlas. ¿La habría abandonado? Ella deseaba que
sí, aunque era poco probable. Siguió moviendo las muñe-
cas con la fuerza que todavía tenía, para ver si las sogas
cedían; tenía los brazos acalambrados: llevaba tres días
con los brazos hacia atrás y hacia arriba, atados a las patas
de la cama. Cada movimiento que hacía para intentar des-
atarse le generaba el mismo dolor que sentiría si tuviera
agujas clavadas en los brazos, como las que el tipo le hab-
ía clavado en los talones. Enfermo hijo de mil putas. Le
había roto los pies, estaba segura. Nunca había imaginado
que podía sentir dolor al mismo tiempo y en el mismo
lugar donde no se siente nada: cada tanto miraba hacia
abajo, para asegurarse de que sus pies seguían ahí; le dol-
ían como el infierno pero no los sentía.
Para lograr salir de ahí tendría que arrastrarse, tendr-
ía que convertirse en reptil. Se acordó de un ex novio que
tenía una lagartija. Ella sentía asco, y le preguntaba por
qué no tenía un perro como la gente normal. El perro. Ese
perro la iba a matar. Si no la mataba el tipo, la mataría el
perro. Ese perro mataría a un león viejo, cómo no la iba a
matar a ella que, encima, no podía caminar. Un león viejo
al menos podía intentar correr. Ella tenía que arrastrarse,
tendría que reptar. Hijo de mil putas, agujas en los talones.
¿Qué mierda tenés que tener en la mente para secuestrar a
alguien y clavarle agujas en los talones? No sabía de
dónde había sacado esas agujas; eran similares a las agu-
jas de tejer, largas, grises, pero con la punta bien afilada,
hijo de mil putas. Cabía la posibilidad de que las agujas
fuesen creación de su torturador. Ella sabía que en algún
lado dentro de esa casa de mierda había un taller, una
habitación de trabajo, un espacio, un lugar en el que el
tipo pasaba horas con hierros y máquinas; lo sabía por el
ruido, y lo sabía por la suciedad de la ropa del tipo. Cuan-
do no estaba ahí, con ella, clavándole agujas en los talo-
nes, el tipo estaba en ese lugar, con ese ruido. Al princi-
pio, ella se preguntó cómo era posible que nadie escuchara
nada; luego se respondió: sí escuchaban, la gente escu-
chaba, pero suponía que el tipo estaba trabajando. La
mente humana no está preparada para creer que una casa
común y corriente esconde un infierno. Aunque una per-
sona escuche ruido de máquinas y fierros, jamás pensaría
que ahí hay un tipo que fabrica agujas y se las clava en los
talones a una mujer secuestrada. ¿Cuántas veces habrá
sido testigo inconsciente, ella, de horrores similares?
¿Cuántas veces habrá escuchado gritos salientes de las
casas, y habrá conjeturado que solo era una discusión? Y
aunque hubiese pensado que no, que tal vez ocurría algo
grave: ¿cómo tocar el timbre, cómo golpear la puerta, y
exigir al dueño de casa que revele lo que allí ocurre? ¿Con
qué cara, con qué desubicación?
No le quedaban lágrimas y se asombró de que aún le
quedara sangre. También la asombraba no seguir desma-
yada por el dolor. Pero ya que no le quedaban lágrimas y
sí le quedaba sangre, tenía que salir de ahí.
Las sogas aflojaron lo suficiente y ella sacó los bra-
zos. Dios santo. No sentía los brazos. No sabía cómo haría
para arrastrarse si no sentía los brazos. Tenía que esperar
y no desesperar; después de todo, las agujas de los brazos
solo eran imaginarias. Miró alrededor, mientras tanto.
Tendría que romper el espejo. No sabía para qué el tipo
había puesto ese espejo ahí, tan grande, apoyado contra la
pared. Para que ella se viera, supuso. Enfermo hijo de mil
putas. Tendría que lograr romper el espejo.
Volvía, de a poco, a sentir los brazos. Se incorporó
en la cama hasta quedar sentada. Primera vez en tres días
que se sentaba. Era un lujo lo que antes, en la normalidad,
ni siquiera se registraba: se sentó, qué afortunada. Se tomó
unos segundos para respirar como respira una persona
sentada. Luego giró hasta dejar las piernas colgando de la
cama; el dolor fue una atrocidad, pero no gritó, no quería
llamar al tipo ni al perro. Inspiró con toda la profundidad
de la que fue capaz y pisó el suelo. Se desplomó. En la
caída arrastró el reloj y el florero que el tipo, tan amable-
mente, hijo de mil putas, le había dejado en la mesita de
luz. (Durante su hospedaje tortuoso ella supuso que el tipo
le había dejado un reloj para que fuera consciente del paso
del tiempo, y un florero con jazmines para que fuera cons-
ciente de la belleza y de la alegría; ahora, el reloj se había
roto y los jazmines estaban marchitos, amarillentos, ya
doblados sobre sí mismos y con ese olor dulzón, el dulce
de la podredumbre, no el dulce de la vida, y eso tenía más
sentido, eso era más coherente). Arrastró el reloj y el flo-
rero y se acordó de James Caan en Misery. ¿Qué le haría
su Kathy Bates? ¿Romperle los pies? No podría, ya no.
Podría romperle las piernas, las manos, los brazos, la es-
palda, la cervical, la cabeza, podría arrancarle el corazón y
dárselo, en trocitos, junto al alimento balanceado, a ese
perro de mierda.
Desde el suelo miró a su alrededor. El florero de
acrílico transparente, los jazmines podridos y amarillos, y
el reloj negro en el piso. Un ropero cerrado con llave; ahí
guardaría, seguro, los cuerpos de las personas anteriores, o
ropa. A ella le daba lo mismo. La mesita de luz, sin luz.
La puerta corrediza, por un milagro. El espejo de pie, lar-
go –como las agujas–, rectangular, parado sobre el piso y
apoyado en la pared. Se vio a sí misma ahí tirada, san-
grante, doliente, en apariencia vencida. Escuchó la respi-
ración del perro del otro lado de la puerta. Estaba ansioso,
gemía; en otra situación y con otra persona, la desespera-
ción del perro habría resultado graciosa: el ser humano,
con sus ínfulas de superioridad, se suele enternecer y di-
vertir con esas cosas. ―Mirá, qué lindo, cómo espera su
comida; no la toca hasta que el dueño le da la orden de
hacerlo‖. Mientras, el perro domesticado junta saliva por
el hambre o la gula. Pero ella nunca se había reído con
esas cosas. No le causaba gracia la sumisión de los perros,
el abuso amoroso del amo. Y sin embargo ahí, como si no
existiera la justicia, como si no existiera el karma en vida,
había un perro que, ajeno a su respeto, estaba dispuesto a
matarla.
Agarró el reloj y se arrastró hasta el espejo. Se vol-
vió a incorporar hasta quedar otra vez sentada, qué lujo.
Golpeó el espejo con el reloj, una vez, sin fuerza. Otra
vez. Otra. Rompete, la puta madre. Por favor, rompete. El
perro ladraba. El espejo se rompió y se desplomó como un
rato antes se había desplomado ella, que eligió el trozo
más afilado. Sabía que tendría que tener muchísima suerte
para tener una única oportunidad.
Reptó hasta la puerta y se detuvo frente a ella. El pe-
rro jadeaba al otro lado. Se sentó una vez más y estiró el
brazo hacia arriba: llegaba justo a la traba. Volvió a respi-
rar hondo, enderezó la espalda, empuñó el trozo de espejo
por su lado más cómodo, giró la traba de la puerta y la
corrió. El perro se abalanzó sobre ella con la boca abierta,
ella abalanzó su brazo con el espejo afilado sobre la boca
abierta del perro. Dejó de ser James Caan y se convirtió en
Atreyu contra Gmork, Atreyu contra la Nada. Si el perro
no hubiese tenido tanta fuerza y tanta furia, ella habría
muerto. Qué paradoja. Luego de arrojar su paladar contra
el pedazo de espejo filoso, al perro le tocó el turno de des-
plomarse. En esa habitación todo se desplomaba.
Se quitó al perro de encima y se dio el gusto de mi-
rarlo mientras moría. Le arrancó el espejo ensangrentado
del paladar –salió entero, vidrio de excelente calidad– y
reptó hacia afuera, preparada para rebanar los tobillos del
tipo. Eso lo había visto en Cementerio de animales. Step-
hen King le ganaba dos a uno a Michael Ende. Avanzó a
ras del suelo, cubierta de adrenalina. Al llegar al living vio
al tipo. Estaba tirado en el suelo y no se movía. No respi-
raba. Ella dedujo que le había dado un infarto y, eufórica,
se corrigió: en esa casa todo se desplomaba.
Le sacó el celular del bolsillo al hijo de mil putas y
marcó el 911. El operador le preguntó si conocía la direc-
ción. La conocía: el hijo de mil putas era su vecino de al
lado, el que tenía un taller. El operador le pidió que no se
moviera y le dijo que un patrullero y una ambulancia ya
estaban yendo hacia allá. ―Que no se moviera‖. Más tarde
se reiría con eso. Se acostó en el piso, al lado del tipo. El
tipo estaba muerto, el perro estaba muerto, ella estaba
viva. Pensó eso y se desmayó.
EL FLEQUILLO LACIO, NEGRO Y abundante le cae
sobre los ojos. Cada vez que respira se produce un leve
roce entre el pelo y las oscuras pestañas largas. Kumiko
mira el resplandor del sol que se filtra entre los árboles de
Villa Crespo, cruza la vidriera de la tintorería y se esparce
sobre las hojas de los potus y bonsáis de su abuela.
Tiene apoyada la cara, levemente redondeada, sobre
las palmas blancas de dedos regordetes que terminan en
uñas largas y limpias. Está adormecida con el ronquido
del lavarropas, el roce de las camisas y tapados embolsa-
dos que cuelgan en las perchas, los suspiros de las plan-
chas de vapor y el olor a jazmín del desodorante textil.
Cierra los ojos dos segundos y disfruta del oxígeno
que se respira en el negocio. Es un aire equilibrado entre
la humedad de las plantas y el calor seco de las máquinas.
Un leve sonido indescifrable le hace mover las ore-
jas hacia atrás como un gato que cruza la calle en la oscu-
ridad. Kumiko apoya las manos sobre el mostrador sin
abrir los ojos. Nota un aire helado, como de montaña, co-
mo en Japón.
Es el mismo soplo frío que respiró cuando su abuela
la ató a su cama y le vendó la cara dejándola ciega y sin
alimentos sólidos por tres días. Solo vino de arroz que
goteaba entre las vendas blancas y que ella bebía embo-
rrachada por la parálisis.
Abre involuntariamente los labios y su único diente
torcido se asoma. Intenta calmar el temblor pero siente un
peso inmaterial que la detiene.
Llanto sin sonido le empapa las mejillas y le convul-
siona el pecho. No quiere entregarle su rostro.
Una lengua ventosa se adhiere contra sus chatas fac-
ciones, desea entrar en su boca pero ella se resiste sin mo-
verse.
El sonido de la campanita de la puerta que se abre.
Una mano tibia y erizada se apoya sobre la suya. Kumiko
abre los párpados y ve a su abuela con una cicatriz de
miedo en la cara.
La joven baja la vista y nota el dolor de sus uñas
clavadas a la madera mientras hilos de sangre se pierden
entre las vetas.

...

Seis años atrás Kumiko vivía con Nami Sasaki en


Tama, en las afueras de Tokio. El hogar estaba conectado
a la empresa familiar en una calle con cerezos, gatos blan-
cos que convivían con pájaros en jaulas doradas pequeñas
y olor a orden.
Su abuela tenía un negocio de limpieza artesanal en
seco iniciado por su padre Kazuo; heredado de Makoto
que a su vez había continuado la tradición de Ichirou. Pero
no eran una mera familia idílica de tintoreros.
A veces ellos se salteaban las generaciones pero
siempre volvían sobre las mujeres Sasaki.
Tener una hija nunca era motivo de celebración ple-
na, al menos hasta el cumpleaños número diez. Si el
Noppera-bō2 no había aparecido, existía la posibilidad de
llevar una vida normal. Cuando se presentaba solo queda-
ba la resistencia pacífica o combatir, aunque el resultado
siempre era ser sorprendida y dejar de respirar.
No estaba claro cómo se había iniciado la maldición
sobre las Sasaki pero parecía que pagaban un precio de-
masiado alto por una belleza de ojos noche y pieles blan-
cas como la ropa que limpiaban.
Nami había logrado espantar para siempre a su
Noppera-bō. Más de una vez había contado con orgullo,
en reuniones familiares, su estrategia de espejos para con-
fundir al fantasma y así lograr que se arranque su no ros-
tro.
Con veinte años, Nami sobrevivió por una década e
incluso logró dar a luz a Hiromi sin percances, hasta que
se cruzó un límite. Ya no se trataba de permanecer viva
por ella sino también por su hija.
La estrategia fue pensada en silencio, con noches de
arrebatos y rostros cubiertos mientras la maldición circu-
laba por el cuarto gimiendo. La melopea de la muerte que
solo era perceptible para Nami.
Una madrugada, observó cómo su Noppera-bō mo-
lestaba a la pequeña Hiromi haciéndose pasar por ella, con
el rostro velado, emulando sus manos siempre limpias y
con aroma a jazmín. La imagen de su hija en brazos de ese
frío y voraz ser le carcomió el corazón.
Nami se levantó del suelo cubierta por un lienzo y
enfrentó al espectro que intentaba apropiarse de sus fac-
ciones; una mirada mediada por las fibras de la tela. Ella

2
El Noppera-bō es un fantasma sin rostro que vaga en el folklore japonés.
Generalmente suelen ser inofensivos y adquieren la forma de mujeres para
atraer y asustar a los hombres, tomar prestados sus rostros-como en espejo-
y luego desaparecer.
podía proyectarse mentalmente en ese paño de muerte.
Durante cuatro horas permanecieron frente a frente mien-
tras la pequeña lloraba sin saber quién era su madre. La
llegada del esposo de Nami hizo que el fantasma se des-
vaneciera.

Fue en una mañana soleada, mientras Nami recogía


su pelo en un moño negro, que su propio reflejo le devol-
vió la calma y la astucia.
Una noche le pidió a Ryouta que se llevara a Hiromi
a la montaña. Nami pintó su rostro de blanco y se cubrió
con una manta mientras se acuclillaba frente a la mesa
baja y preparaba té matcha.
Colocó espejos en toda la habitación. Las horas pa-
saron entre la angustia y el viento que se arremolinaba
moviendo las cortinas limpias.
Nami escuchó ese silencio frío de su Noppera-bō y
pudo verlo, sin rostro, reflejado a sus espaldas.
La mujer colocó un espejo oval ante su cara y cuan-
do el Noppera-bō se sentó frente a ella, vio el simulacro
del que quiso apropiarse. La confusión hizo que el fan-
tasma desgarre su lienzo mortífero. Decenas de jirones
que flotaron sobre la habitación como identidades libera-
das. El grito ahogado de quien ya no puede respirar en
ningún plano fue tan estremecedor que la piel de las ma-
nos de Nami quedó erizada para siempre.

En cambio, con la madre de Kumiko las cosas hab-


ían salido terriblemente mal. Hiromi tenía una belleza
lánguida; un cuerpo surcado por ángulos y redondeces
envueltas en una piel suave y clara. Era una niña inteli-
gente y Nami deseaba con todo su ser que la fortuna estu-
viese de su lado; otra vez.
Cuando Hiromi cumplió los diez años, Nami colocó
cientos de espejos en su cuarto transformando el lugar en
un reflejo filoso. Se quedó con ella toda la noche a esperar
lo que temía y percibía como inevitable.
Las pupilas de Nami se transformaron en escamas
duras por el esfuerzo de las horas oscuras. Hiromi durmió
pesadamente hasta que la luz de uno de los espejos gol-
peados por el día le atravesó los párpados tiñéndolos de
naranja.
Hubo ruido de pájaros. Madre e hija lloraron.

...

Hiromi se enamoró de Taro. Él era fuerte, seductor,


arrogante. Encandiló a la joven y fueron inseparables des-
de que se conocieron en la escuela. Taro cultivaba la auto-
estima de su amada que gozaba de la admiración popular.
La unión entre ellos fue festejada por las dos familias en
una tarde de plantas en flor cuyo aroma acorralaba el am-
biente. El secreto de las Sasaki quedó enterrado entre jaz-
mines y rosas.

Un año después, Hiromi estaba planchando cuando


sintió la primera contracción. Taro, paciente, trató de
tranquilizarla junto con su suegra que preparaba agua ca-
liente y ropa limpia para el parto.
El dolor estalló mientras Hiromi pujaba en el piso
limpio de la tintorería.
Cuatro horas de parto trajeron a Kumiko al mundo.
La nena nació rolliza, un poco morada por el esfuerzo
hecho al salir, pero a simple vista vivaz.
Taro alzó orgulloso a la beba, la envolvió con una
manta blanca y la llevó hasta la vereda para mostrarla a
los vecinos que habían sido alertados por los gritos del
nacimiento.
Nami abrazó a su hija tratando de consolarla por
haber parido a una niña. Mientras las lágrimas rodaban,
Hiromi comenzó con nuevas y violentas contracciones.
Padecía en silencio, con el sufrimiento que se in-
crusta en los ojos, mientras pedía ayuda estirando unos
brazos cansados. Nami se sintió apartada por su propio
temor.
Un diminuto bebé azulado reventó el canal de parto
lacerando las piernas teñidas de sangre de su madre. Salió
arrastrándose; enredado en un cordón umbilical oscuro,
fétido; de apariencia vegetal.
El tórax de ese ser se movía con dificultad mientras
yacía boca abajo sobre el piso húmedo por los fluidos. El
instinto maternal de Hiromi la hizo acercarse, levantarlo y
llevarlo a su pecho para darle calor.
Cuando Hiromi miró al bebé a los ojos, sonrió. Fue
un instante de amor puro que devino en terror cuando las
diminutas manos se transformaron en garras enormes.
Uñas largas y sucias que se clavaron en las pupilas de la
mujer. Los gritos desesperados atrajeron a los vecinos
mientras Taro se abría paso cargando a Kumiko.
La sangre regó las camisas blancas que colgaban de
las perchas. El monstruo azulado abrió la boca y su lengua
tentáculo succionó las facciones de Hiromi haciendo de su
cara una hoja de papel sin usar.
Taro se acercó y logró apartarlo de un manotazo
mientras el engendro caía y él le aplastaba el cráneo con
su pie descalzo.
El sonido fue crujiente como las pinzas de los can-
grejos que rompía en la fábrica. Nami miró horrorizada a
la que fuera su hija que intentaba respirar ya sin rostro.
...

Ella fue la que se culpó durante el entierro de Hiro-


mi. Sus pensamientos le aseguraban que no era otra cosa
que una revancha de los espíritus por su audacia.
Taro pidió explicaciones que ella no supo o no quiso
darle. Kumiko crecía sana entre lavados y planchas mien-
tras su padre se consumía atravesado por el espanto del
recuerdo.
Una tarde de calor, Taro se colgó de una viga ante
los grandes ojos de Kumiko que lo vio balancearse
haciendo un ruido gracioso al acariciar con los pies des-
nudos las bolsas de la ropa limpia.
Cuando su nieta cumplió nueve años, Nami le contó
la tragedia de las mujeres Sasaki. La niña escuchó atenta,
como entendiendo una nueva dimensión que se abría ante
su apacible vida.
Un año después llegó el calvario de dormir en la os-
curidad de unas vendas que bajaban y subían por su rostro
al ritmo de una respiración entrecortada por el hipo de la
adrenalina.
Tres días seguidos del llanto de su abuela y el roce
de esa piel marcada por el miedo mientras le daba vino de
arroz con una esponja.
El Noppera-bō de Kumiko no apareció.
Nami, desconfiada, albergaba la esperanza de que se
salteara esta vez a su nieta pero la sorpresa de lo que había
ocurrido con Hiromi seguía enquistada en su cabeza.
Decidió cerrar el negocio. Hasta que logró instalar
una tintorería en Argentina.

...
Kumiko termina de leer la última página de una no-
vela para la escuela arropada en su cama. Cuando está por
apagar la luz, golpean la puerta y su abuela le pregunta si
puede pasar.
Se sonríen. Nami se sienta en la punta de su cama.
Se miran y Kumiko percibe el aire helado de las monta-
ñas.
ES UN JUEGO DONDE HAY que hacerle regalos a al-
guien que no sabe quién sos, vos le das pistas y el otro
tiene que adivinar, nos dijo mi hermano mellizo el día que
empezó todo. Estábamos cenando y él se mandaba los
últimos pedazos de carne casi sin masticar. Al rato, avisó
que en dos días harían el sorteo para el amigo invisible
entre los chicos de su curso y volvió a la pieza en silencio.
Luis y yo nacimos en Chaco, en un pueblo fronteri-
zo cerca de El Impenetrable, pero en esa época vivíamos
en Buenos Aires, al lado de la Costanera Sur. De pibes
éramos medio salvajes; como conocíamos bien la selva y
no le teníamos miedo, siempre los grandes nos dejaban
acompañarlos cuando iban a pescar.
Mi papá murió cuando teníamos tres años. Lo había
picado una de las que se arrastran. Iba a encontrarse con
mi tío para hacer una changa en el pueblo de al lado, ca-
minaba por la ruta desierta cuando la bicha lo agarró des-
prevenido y, al tratar de escapar, se cortó la pierna con un
alambrado. Lo encontraron un par de horas después, pero
parece que había perdido mucha sangre y no hubo tiempo
para médicos y antídotos.

Ese día me encaró cerca de la puerta de entrada a


casa. Llegó del colegio con la mochila llena de porquerías
que juntaba por el camino. Necesito que te hagas pasar
por mí en lo del amigo invisible Ana, me tocó María y no
sé qué escribirle, me rogó Luis con cara de pánico. Yo le
dije que no tenía ni ganas de jugar a esas boludeces, y
menos sabiendo que había que mandarle regalos y cartas a
la chica que le gustaba a él; pero no se dio por vencido. El
tire y afloje siguió un rato, hasta que me ganó por cansan-
cio y llegamos a un acuerdo: yo le hacía la gamba con
María, las pistas y los regalos, y él me cubría con la vieja
para poder irme el fin de semana largo con mis amigos.
La tarde siguiente ya medio barrio sabía que los pi-
bes de segundo año del Normal 15 andaban recolectando
pistas y dejando rastros por ahí. Durante el tiempo que
duró el juego Luis nunca se opuso a mis ideas (aunque
tampoco le conté muchas). Estaba emocionado creyendo
que, cuando todo terminara, y se presentara ante María
como su admirador secreto, ella por fin se fijaría en él.
El primer mensaje lo escribí a la madrugada. La ca-
sa estaba en silencio y solo me distraía el volumen un po-
co fuerte de la televisión del vecino. Agarré una hoja de la
carpeta de Luis y le dediqué a María mi inspiración noc-
turna. Saqué ideas de unos libros con historias de amor
como las de las novelas de la televisión; en especial uno,
del que mi vieja tenía la colección completa y la guardaba
escondida en un mueble destartalado. Hacía rato que se
los robaba y me encerraba a leerlos cuando todos dormían.
Eran eróticos, o bastante explícitos para lo que yo conocía
hasta el momento. La lectura nocturna me hacía fantasear
con esas mujeres y esos hombres tan correctos y elegantes
pero a la vez tan calientes y salvajes.

Fueron dos semanas de la misma secuencia: dejaba


el regalo, la carta con sutiles provocaciones y las indica-
ciones para la próxima entrega y me escondía a espiar a
María. Me gustaba verla llegar apurada, estremecerse con
mis dedicatorias y quedarse petrificada, mirando fijo la
hoja. Me sentía orgullosa de cómo había logrado conquis-
tarla desde el anonimato, mientras que mi hermano la
quería en silencio y no había podido más que tomar del
pico de la misma botella.
No sé por qué nunca le conté a Luis que había lo-
grado que María se enganchara con su amigo invisible.
Creo que fue eso lo que más me entusiasmó: sentir que el
deseo era mutuo me llevaba a subir el tono en cada men-
saje. Yo, inspirada, robando frases de las novelas de Corín
Tellado, el secreto mejor guardado de mi vieja. María,
encantada con mis halagos, regalos y propuestas, esperan-
do ansiosa por la próxima pista.

Después de la cuarta entrega fue que se me ocurrió.


Su aprobación a mis primeros regalos –una carta acompa-
ñada de un mechón de pelo que le robé a Luis y una copia
casera de una película medio porno donde dos desconoci-
dos se mataban a besos y manoseos en el baño de un tren–
me habían incitado a seguir.
En el último mensaje le había dicho que buscara la
próxima carta con mi regalo en la reserva ecológica. Ella
conocía el lugar porque era donde parábamos con los del
curso. Entrábamos después del colegio y nos pasábamos
la tarde tomando algo con alcohol que alguno había con-
seguido, contando historias o hablando boludeces.
Preparé la escena una hora antes de la cita. Dejé la
nota asegurada abajo de una piedra para que no se volara
y me escondí atrás de un árbol cercano. María llegó pun-
tual, caminando rápido y mirando para todos lados. Cuan-
do se acercó al pequeño espacio que se formaba entre los
troncos de dos acacias y un eucalipto, el ángulo me dio
justo para verle la cara. Se corrió el flequillo de los ojos y
leyó la carta; unos segundos después se recostó en el pasto
y se tapó con la manta que le dejé, formando una especie
de carpa y dejando visible solo su cabeza. Esperé ansiosa
unos minutos que me resultaron interminables, sin sacarle
la mirada de encima. Finalmente vi cómo asomaban sus
manos y dejaban el frasquito con el líquido rojo al lado de
la piedra. Cuando se levantó, las marcas en los brazos
brillaron por el reflejo de la luz del atardecer. Eran dos
líneas perfectas, cerca de las muñecas, como le indiqué.
La sangre goteaba lenta y ella la veía caer hipnotizada.
Creo que de repente salió del trance, porque miró para los
costados, se enroscó la manta en las heridas, ocultándolas,
y salió corriendo. Ese día fue la primera vez que la vi llo-
rar.

Escondí el frasco con la sangre de María en el alti-


llo, con las cosas viejas y en desuso que teníamos en nues-
tra casa. Vacié un canasto con fotos y recuerdos para usar-
lo de guarida. Me acuerdo que la primera vez que me
animé a revisar lo que había en esa piecita, encontré un
sobre con el acta de defunción de mi viejo. Lo leí sin en-
tender y cuando llegó mamá le pregunté si él había muerto
rápido después del ataque de la bicha y el accidente con el
alambrado. No, –me dijo– se terminó de desangrar camino
al hospital, pasaron horas hasta que llegara alguien a ayu-
darlo.
Perder toda la sangre, lentamente, hasta morir.
Cómo se sentiría, me torturé cada noche desde ese día.
Ahora miraba el líquido espeso dentro del frasco e imagi-
naba a María cortándose la carne lentamente, entre excita-
da y asustada. Cumpliendo sin pensar lo que su amor ado-
lescente le pedía como prueba de compromiso. Una mue-
ca deforme se dibujó en mi cara; ya la tenía a mis pies.
Fue un par de meses antes de lo del amigo invisible
que Luis me confesó que estaba atrás de María. Ella vivía
en el mismo barrio que nosotros y formaba parte de nues-
tro grupo de amigos, pero no la conocíamos tanto porque
no era muy comunicativa. Yo le decía a Luis que para mí
no era callada por tímida, sino por sincera. Cuando no
tenía nada para decir, María simplemente no hablaba; esa
actitud me daba mucha envidia y la admiraba en secreto.
Mi hermano terminó de engancharse la noche en
que estuvimos todos en la esquina de siempre, tomando y
hablando, y ella solo abrió la boca para putear a su viejo.
Nos contó que el tipo había salido a buscarla una madru-
gada cuando hacía más de cinco horas que nadie sabía
dónde estaba. Parece que en el camino el padre se en-
contró con un accidente fatal y creyó que era su hija la que
estaba adentro del auto incendiado. Al final la descubrió
en una calle oscura, transando mal con su novio del mo-
mento, y la subió al auto de los pelos.
En el trayecto de vuelta a casa, Luis gritaba, miran-
do al cielo y levantando los brazos, que le encantaban
María y sus historias intensas. Lamentablemente para él,
ella parecía no reparar en su existencia.

De noche no dormía pensando en ella y en lo que


estábamos haciendo. Revisaba todos los días las ofrendas
que había aceptado darme: aquel frasco con su sangre, una
foto de los cortes en sus brazos y la cajita con sus dientes
de leche que le había robado a la mamá. Sentía culpa por
Luis pero no podía contener mis ganas de escribirle una
nueva carta, de hacerle un regalo, de pensar qué encargo
pedirle. Su forma de entregarse y dejarse llevar por nues-
tra relación me llenaba de adrenalina y me hacía especial:
la chica más misteriosa del colegio cedía ante mis pala-
bras y se prestaba sin dudar a mis propuestas.
Para el ante último envío le regalé algo que supe le
gustaría. Escondí en una caja de bombones la tijera que
usé para hacerme los mismos cortes que ella. Tenía restos
de mi sangre y algún que otro pelo que arrastraron las
cuchillas al hundirse en mis brazos. Ese mismo día María
había dejado una carta para mí, la encontré cuando salí de
mi escondite y la vi alejarse con su ropa oscura y el pelo
largo y enrulado moviéndose con el viento. Le decía a su
amigo invisible que quería conocerlo. Que el juego había
terminado para ella y que necesitaba saber quién era. Me
quedé pensando unos minutos hasta decidir lo que iba a
hacer.

Pasaron dos días desde que le escondí un papel en


su mochila con los datos para la próxima entrega y el
atardecer en que la vi de nuevo en la reserva de costanera
sur.
Esa tarde María llegó puntual. Otra vez entre el ver-
de de la vegetación y el horizonte interminable del rio,
otra vez encontrarme con su mirada distante, con su inten-
sidad adolescente marcada en la piel.
Tardó varios minutos en abrir el sobre que le dejé
apoyado en la misma piedra de siempre. La veía de lejos y
temblaba. Terminó de leer la carta y la tiró sobre el pasto.
Un ruido me hizo desviar la mirada de la escena. Creí que
alguien se acercaba y me tiré al suelo. La respiración se
me cortaba, los segundos no pasaban. Me paré y miré para
todos lados, revisé en los arbustos cercanos y nada. Rápi-
do volví a María.
Estaba acostada con su brazo izquierdo sobre la mu-
ñeca derecha, la vista fija en el cielo, el cuchillo en la ma-
no, el cuerpo con leves movimientos espasmódicos. Corrí
hasta ella y me tiré a su lado. Sus ojos se cruzaron con los
míos en un gesto de sorpresa y miedo. Desvié la mirada
hacia el charco en el que me había arrodillado. Puse mis
manos en su pecho y sentí los latidos lentos, le acaricié la
cara y el pelo. Volví a la sangre cayendo a montones,
haciendo su recorrido hasta tocar el suelo y mezclarse con
la tierra. Jugué con ella entre mis dedos, la dejé caer una y
otra vez.
María intentó pararse pero no pudo, estaba pálida,
los labios le temblaban y las lágrimas le inundaban la ca-
ra. Levantó el brazo para aferrarse a mí mientras un soni-
do que no llegó a ser palabra salió de su boca. Le aco-
modé las manos sobre su cuerpo, arreglé su flequillo des-
peinado y me paré; ella me siguió con la mirada, rogán-
dome. Junté un poco de su sangre en mi frasquito y ca-
miné lento hacia el rio, con las manos en los bolsillos,
escuchando el silbido del viento golpear los ceibos y los
eucaliptos.
LAS PIERNAS SE LE HUNDEN en el barro casi hasta la
rodilla, en el barro pegajoso, negro y chirle de Entre Ríos.
Ruido a almejas cuando se entierran y cuando salen, a
sopapa. Ya no llueve. El cielo, ahora entreabierto, deja
pasar un sol a rayos que recalienta toda esta sopa y llama
a los mosquitos, los tábanos a una bacanal de sangre. Cu-
bre mejor con la manta al chiquito, por las dudas. Más
que nada para que no chille, que no llore, dormidito tan
profundo, pobre, que no se enteró de nada. Mira para
atrás. La camioneta incrustada en el río, las ruedas al aire
como una vaca muerta, patas para arriba. La cabina roja,
aplastada, se hunde de a poco en el agua barrosa y, cada
tanto, grandes burbujas, densas burbujas, por las ventani-
llas. Que no llore, que no chille, aunque acá, en este silen-
cio de grises y marrones, nadie puede escucharlos. En esta
época del año la pesquería no trabaja, el puesto de los
Longo se pudre un poco más cada día, derretido de lluvia,
de barro y moho hasta bien entrado octubre, cuando em-
pieza la temporada. Pero para octubre ella va a estar lejos.
Ellos van a estar lejos: Mateo y ella. Mira al chico que
duerme, Mateo. Va a llamarlo Mateo, hace años que sabe
que va a llamarlo Mateo. Le espanta un mosquito de la
coronilla que asoma de la manta y lo tapa mejor. Y cami-
na, sigue caminando, la succión del barro en los tobillos,
la crema inmunda, negra, lombriz y bosta, pasándole entre
los dedos de los pies descalzos, la inmundicia helada del
barro abajo y la quemazón incisiva de los mosquitos arri-
ba, en los brazos, en el cuello, en la cara, pero aprieta el
paquetito contra su pecho, el cuerpo de Mateo, dormido
tan profundo. En octubre van a estar bien lejos, cuando
lleguen los Longo con los caballos, las redes, las conser-
vadoras, la cruz para el carnero que preparan en la prime-
ra pesca del año, y que comen de parados, como bestias,
la grasa brillándoles en la barbilla, los dedos untuosos,
mientras los peces saltan y boquean en las redes, peces
barrosos se retoban y retuercen en la orilla, al sol, que les
platea la piel esa de muerto que tienen, sin otorgarles no
obstante ningún valor. Algún baqueano les camina por
encima, los remata con sus botas mientras mira con cui-
dado, buscando dorados, surubíes entre toda esa masa de
pescados inútiles, y por más plateados que parezcan, no
valen nada pero lo mismo se resisten, se rebelan, pura
escama y bigote, muertos antes de tiempo, destino de se-
cadero y harina, destino inconsulto de forraje vacuno.
Ellos, en cambio, ella y Mateo, que Braian ni que Braian:
Mateo, Mateo Saravia, van a estar muy lejos, no sabe
dónde todavía, pero lejos de toda esa inmundicia cuando
llegue octubre. Lejos, muy lejos, también, de esas miradas
odiosas que le clavan las mujeres en la cara, cada bendito
día, apenas pisa el servicio. Esas miradas certeras como
flechazos, posesivas, de esas madres. Y después, lo de
siempre: en algún momento las miradas dejan de conver-
ger en ella para transformarse en miradas laterales que
fulminan cualquier posible competidor por la carrera
hacia ella: la doctora, y entonces ella, la doctora, aprove-
cha ese momento para cruzar entre los bancos de la sala
de espera y, al sonido masticado de un buenos días, refu-
giarse en el consultorio, en su quietud estéril y aséptica
por un momento. Qué odio esas miradas. Qué odio esas
odiosas madres siempre preocupadas, siempre pregunto-
nas, impacientes en esos bancos eternos del servicio de
Pediatría. Y los niños: esos insoportables niños siempre
enfermos, siempre ajenos, de esas madres, siempre otras,
y también insufrible la sucesión de preguntas, siempre las
mismas, de actos, prácticas, recetas y sellos, siempre idén-
ticos, en el mismo, exacto orden o variando apenas lo
imprescindible. Lejos. Lejos de todo eso. Lejos, sobre
todo y para siempre, del consultorio del doctor Frangiulli
y de esas tiritas que, empecinadamente, se rayan solo una
vez en los test de embarazo, mes tras mes, desde hace
ocho años, y que le hacen volver a experimentar la bofe-
tada dolorosa, la herida lacerante, de la rayita única, del
fracaso. ¿Y qué le diría esta vez el eximio doctor Frangiu-
lli? ¿Con qué nueva esperanza la mantendría viva solo
para que se quiera morir en la próxima menstruación, en
la próxima rayita única, la cara abotagada, una sombra
pertinaz de bigote en el bozo, el cuerpo hinchado, engor-
dado, pinchado, estudiado, inseminado, cansado? Cansa-
do de sexo prescripto. Cansado de menstruar y esperar y
volver a menstruar. Que se vayan a cagar el eximio doctor
y sus tratamientos y sus estadísticas, junto con las madres
impacientes, con los niños enfermos y toda esa gente in-
útil. Por momentos, el sol hace brillar las copas de los
talas pero en seguida las nubes lo recubren. Ya alcanza a
ver, si se pone en puntas de pie, el techo torcido y parte
del alero desvencijado del puesto de los Longo, de la pes-
quería. Da un saltito para acomodar mejor el pañalero en
el hombro derecho, Uocra, dice el pañalero. Lejos de to-
do. Lejos de la sangre, las hormonas, las agujas, las cami-
llas, las ecografías, los reposos. Aprieta a Mateo contra su
pecho. Tan quietito, tan blanco. Qué Braian ni qué Braian.
Braian: nombre de negro. Braian, Shanaia, Dayana, todos
nombres catingas que tienen sus pacientes en el hospital.
No señor, ningún Braian: Mateo, Mateo Saravia, tan se-
riecito, tan callado. Mateo Saravia, médico, o ingeniero.
Mateo Saravia, Senador. Sale por un instante el sol, reful-
ge, a lo lejos, el aspa de un molino en el puesto de los
Cebada. La última vez que estuvo por acá ya estaba aban-
donado. Se le acalambra un poco el brazo. Quisiera esti-
rarlo, desentumecerlo pero entonces cómo hace con el
bebé, tan chiquito, la cabeza, que no se le bambolee la
cabeza. Mateo. La fontanela abierta todavía, la mollerita
tierna, su talón de Aquiles. Lo mira así, envuelto en la
pañoleta de la nursery, blanco tiza. No recordaba que fue-
ra tan blanquito, con su pelo duro, parado como paja bra-
va, alguna enfermera encontrará que se lo pele, los ojitos
achinados de kolla o de toba, o qué importa, así cerrados
parecen dos tajitos. Escucha el crujir de unas ramas. Algo
se mueve, a su derecha, Fernanda se sobresalta, contiene
la respiración, muy quieta. Espera. Tensa. Todo parece
suspendido, ni un ruido, nada. Ella siente los latidos de su
corazón retumbar contra el cuerpito del nene. Con cuida-
do, Fernanda da un paso más hacia adelante y una rata
aprovecha para cruzan el sendero. Ve ese cuerpo consu-
mido que no parece tocar el suelo, las orejas como hojas
de tréboles, los ojos, dos botones aterrados y esa cola que
arrastra, inconfundible. Corre la rata seis, siete metros y
se detiene. La observa. El hocico husmea el aire, roe algo
imaginario. Pasan hambre las ratas en esta época, no co-
mo en octubre cuando se hartan también ellas de los re-
quechos de la pesquería. Gordas, horondas con sus colas
largas, satisfechas. Ahora no, ahora tienen que disputarle
a los loros algún fruto, a los chimangos alguna carroña.
Fernanda avanza un paso más, la rata escuálida vuelve a
la carrera, en zigzag, y de pronto desaparece en alguna
cueva, alguna galería. Ahora ya alcanza a ver la chimenea
del tractor de los Longo, pudriéndose también él, hun-
diéndose de a poco en el barro, como la casa, como todo,
hasta octubre cuando llegarán los hombres con sus caba-
llos y las voces y el olor nauseabundo a grasa de carnero y
a pescado de río. Ella también va a desaparecer en alguna
cueva, en este puesto abandonado, por ejemplo, abando-
nado hasta octubre, pero para octubre ellos van a estar
lejos, en Brasil, por lo menos. Ahora, bajo los talas del
montecito, por un momento pierde de vista la casa y el
tractor. Y tampoco ve el molino caído que había la última
vez, ni el tanque australiano, pero en cambio escucha los
loros allá arriba, haciendo un bochinche infernal, alza la
vista y ve los nidos que cuelgan como gigantes bichos
canasto. Camina con más cuidado todavía, de no tropezar
con las ramas, con huesos afilados que pueden lastimarle
la planta de los pies, o pedazos de botella de cerveza. En
invierno no hay yararás ni tampoco toritos, que son tan
ponzoñosos, pero vidrios siempre hay, huesos en punta
siempre hay y espinazo de palometas, que son afiladas
como cuchillas, de chica vivía sangrándose los pies,
cuando se escapaba de las casas para bañarse en el Uru-
guay. Le duele la cabeza, mucho, por momentos ve todo
amarillo, el pasto, el cielo, el río, la frente le pulsa, se
pasa la mano y siente la hinchazón del golpe, la sangre
seca. Mira hacia el río y ya no divisa más que algo de la
rueda trasera de la camioneta, y parte del caño de escape,
el Uruguay se tragó todo el resto. Ya no se escuchan,
tampoco, los burbujones, los eructos del río digiriendo los
fierros retorcidos, la chapa doblada, la nafta tendiendo
una piel iridiscente sobre la piel amarronada del río, mul-
ticolor como la de los surubíes, de los dorados que rebu-
llen y resaltan en las redes de la pesquería, sobre todos
esos peces grises, marrones, sin futuro, a pesar de que el
sol de fines de octubre los pinte de plata, baratos, carne de
harina, de forraje. Aprieta un poco más el bebé contra su
pecho, levanta el hombro y acomoda mejor el bolso paña-
lero. Allá en la camioneta, la ropa, su cartera, todo se lo
está tragando el agua, su documento, la matrícula de
médica, el celular, los zapatos que se le salieron de los
pies con el vuelco, como dicen todos los manuales de
emergentología, el reflejo de látigo del tensor, y los zapa-
tos por cualquier lado. Los cadáveres descalzos, siempre.
En la morgue, siempre descalzos. Todo se lo está tragan-
do el río allá en la curva del Cura muerto, todo menos a
ella, al pañalero espantoso que dice Uocra, y a Mateo.
Fernanda avanza, cruza el alambrado caído. La cucha,
vacía. Ni un perro. Ni un perro han dejado para cuidar la
casa. Solo el tractor como un guardián dormido, el Mas-
sey verde, del año treinta, motor dos tiempos, para arras-
trar las redes, para que no revienten los caballos, cuando
salen llenas de esos condenados a muerte, directo a la
secadora, a la moledora y ese tufo, y la grasa rancia que se
pega a la nariz a kilómetros a la redonda de la pesquería
de los Longo. Cuando todo esto era de los Astese, no era
mejor la cosa. Tampoco el puesto estaba mejor. Las ven-
tanas están entablonadas, la puerta con cadena y candado.
A Fernanda le da risa ese candado en una puerta así, dige-
rida completamente por la carcoma, el marco claveteado
en una pared rajada por las raíces de los talas, por la moli-
cie del barro que le lame los cimientos. Se acuclilla, deja
con mucho cuidado a Mateo en el piso bajo el alero, bien
envueltito en su manta, por los mosquitos, por la humedad
y el frío, se alza y desde esa altura lo mira. Santo. Casi ni
se mueve. Apenas se queja, no llora. Deja a Mateo en el
piso y empuja la puerta. No cede. Toma algo de impulso y
golpea con el hombro. Duele, no es como en las películas,
duele de veras, golpea nuevamente, esta vez cerca de las
bisagras y lo único que consigue es que vuelva a manarle
sangre de la frente. Estudia mejor dónde dar el tercer gol-
pe y ahora sí, la puerta cede o no, la puerta no, lo que ce-
de es el marco que se desencaja de la pared de adobes.
Apoya el pañalero en el piso, y entra a Mateo, en su íncu-
bo blanco, lo apoya sobre la mesa, pero la mesa está des-
vencijada, fuera de cuadro y se mueve para todos lados
cuando ella la toca. Lo piensa mejor: puede caerse de ahí
y lastimarse a pesar de lo quieto que es, muy tranquilo, un
angelito: saca una manta del pañalero y la extiende en el
piso. Barre un poco con la mano la tierra, antes. Uocra
San justo, dice la manta. Montaldi conducción. Apoya a
Mateo sobre la manta sin desarroparlo. Hace mucho frío,
a Fernanda le parece que adentro hace más frío incluso
que afuera, es un frío húmedo y mohoso. Santito. No llo-
ra. No se ensucia. Nada. Un ángel. En el auto sí. Lloraba.
Un poco. O será que ella estaba más nerviosa. Pero ahora
no. Tan blanquito, tan dormido. Piensa que algunos, los
de guardia 24 deben seguir en el festejo de Raquel. Ella
salía del consultorio, todavía con el evatest en la mano,
una raya sola, otra vez, y la tomó de sorpresa el cumplea-
ños de Raquel. El cumpleaños de Raquel. Se había olvi-
dado del bendito cumpleaños de Raquel. Pero qué le im-
portaba a ella Raquel ni el mundo, escuchó las risas y el
feliz cumpleaños y le dio un asco tremendo. Qué asco la
alegría de toda esa gente. Qué asco los cumpleaños y la
gente que sigue con su vida. Náusea, la vida de todos.
¿Cómo carajo la vida sigue? ¿Cómo carajo no se paran los
relojes, cómo siguen girando los planetas, cada vez que la
tirita dibuja, otra vez, una sola raya rosa? ¿Cómo es que
nadie se dio cuenta que el mundo se había acabado y se-
guían festejando el cumpleaños de Raquel? Hace frío, hay
que encender un fuego. Mira a Mateo. Qué se va a acabar
el mundo, Matito. No se acabó nada. Nada. Esto recién
empieza. Mañana nos vamos lejos, vos y yo, nos cruza-
mos en la barcaza de los Montiel, en tres horas estamos en
Uruguay. O si no, nos vamos con el tráfico de patas. Con
plata, esta gente te arregla lo que quiere. La plata, en la
guantera. El celular, en algún lugar de la cabina de la ca-
mioneta, ahogado, sin señal. El río se engulle todo y eruc-
ta. Vomita bolas de aire y de barro por las ventanillas, y la
camioneta baja otro poco, aplasta el ternero, los cascos,
los cuernos, bajo el bloque del motor, ungido con nafta,
con aceite lubricante, y líquido de frenos. Mateo quietito,
envuelto, ahí en el piso tan frío. Duerme como un santo,
como un angelito. Va a preparar un fuego en la chimenea,
total, quién puede verla. No hay nadie en cinco kilómetros
a la redonda, claro que siempre están los crotos y los tra-
ficantes de patas, pero gente lo que se dice gente, lo más
cerca es la Estopona, del otro lado de bajío. Y acá faltan
siglos para octubre, para que venga alguien, todos ellos,
los Longo, a levantar esta casa de la podredumbre, del
barro y cambiar este barro por el tufo a pescado muerto.
Se acerca a Mateo, le toca la frente. Está helado, lo fric-
ciona, le da algo de calor con su aliento. Le duele terri-
blemente la cabeza y le cuesta un poco respirar pero tiene
que hacer un fuego rápido, secarse ella y calentar al nene.
A ver si se le enferma. Lo mira de cerca, le parece que, un
poco, así tan blanco, se parece a su madre. No tiene fósfo-
ros. No tiene encendedor. Junta ramas y ramas y trae al-
gunos troncos de la leñera. Hay una lata con algo de ga-
soil, pero con qué encenderlo. El nene duerme, quieto, tan
blanco. Un amor, Matito. No salió a los Saravia, ruidosos,
rebeldes. Lo encuentra más parecido a los Astese. Matito,
tan blanco, tan dormido, acá está mamita. Lo acaricia. Se
pasa la mano por la frente, se saca de la cara un mechón
de pelo duro de sangre. Busca, encuentra sobre la chime-
nea, unos fósforos húmedos, raspa contra el costado rojo
de la caja, pero el fósforo a medio pudrir se desarma, la
cabeza roja del fósforo se parte y se disgrega. Sigue inten-
tando con otro, le tiemblan las manos, castañea los dien-
tes, sigue frotando fósforos y uno, el cuarto o el décimo,
no presta atención, enciende. El fuego prende rápido ayu-
dado por un poco de gasoil, humea negro, denso, Fernan-
da ventea con un cartón para que el humo no le alcance a
Matito los pulmones. Mamá te va a cuidar, para octubre
vamos a estar lejos, en Brasil, donde nadie nos encuentre.
Acerca la manta con el bebé al fuego. Para que no se le
enferme. Tiene que buscar algo para darle. Agua tibia con
azúcar aunque sea, tiene que tener algo preparado para
cuando se despierte. Encuentra una pava ennegrecida de
hollín. Sale al patio de tierra, hace palanca en la bomba
que cruje y se queja y no saca ni una gota, oye el vástago
oxidado contra los cueros secos y cuelga todo su peso
nuevamente contra la palanca de la bomba. Hace fuerza,
siente la sangre caer otra vez de la herida de la frente, la
sangre tibia le cae sobre la cara, cierra un ojo para que la
sal de la sangre no le queme, y sigue bombeando. Escucha
ahora un gorgoteo bajo la tierra pero sigue sin salir nada.
Sigue con la bomba recargando todo su peso, el brazo le
duele, la cintura, todo, el aire entra y sale de su pecho con
un estertor que le preocupa, se palpa las costillas y por un
momento no puede moverse, tan agudo es el dolor. Respi-
ra hondo y vuelve a recargarse sobre la bomba, recién al
sexto, séptimo intento el agua sale lo suficientemente cla-
ra, pone la pava bajo el chorro largo, para que se llene y
se recuesta un momento sobre la palanca, a descansar.
Está muy nublado, el cielo, el pasto, la casa, todo está de
un gris indefinido. Tiene frío y sin embargo suda. Quisie-
ra quedarse ahí, descansar, pero Mateo, Matito, lindo, está
adentro, dormidito y espera. Secarse. Secarse es la priori-
dad y preparar algo caliente, agua con azúcar, si más no
vale, para cuando Matito se despierte. Lo único que en-
cuentra, sobre un estante es un frasco de miel, hormigas
negras, culonas, muertas, quedaron pegadas a la miel cos-
trosa. Alguna mosca, también, negra contra la costra
blanca de la miel pura. Y allá, todos en el cumpleaños de
Raquel. Y qué carajo le importa a ella el cumpleaños de
Raquel. Graciela, de recepción le dijo, estamos en el bar,
¿viene, doc? Ella se le quedó mirando, hizo un esfuerzo
para enfocar esa cara gorda, los lentes siempre engrasa-
dos, no entendía lo que le decía, le miraba la boca, los
labios se movían y decían algo de Raquel, el cumpleaños,
en el bar. Le dijo que sí, que ahora iba, sin embargo ca-
minó el pasillo hasta la otra punta. Subió por las escaleras
dos veces, y volvió a caminar hasta la punta del pasillo,
los tacos clavándose en el mármol frío de las baldosas,
rebotando contra el frío de las paredes blancas, empujó la
puerta con el hombro y las chicharras le confirmaron que
estaba en el lugar correcto. El silencio era sólido pero las
alarmas de los monitores eran un láser que lo rebanaban
cada tanto. Se lavó perfectamente las manos hasta el codo
y se secó con la toalla descartable. Empujando nuevamen-
te con el hombro, entró a neo. Un enfermero nuevo estaba
terminando el turno, la cara de luna tostada tachonada de
cráteres de acné. El enfermero la puso al tanto de las no-
vedades de la sala, confundiéndola con la médica de
guardia, su delantal decía Dra. Saravia, pediatra. A Fer-
nanda le importaba un carajo lo que el tipo tuviera para
decirle, caminaba de cuna en cuna, miraba esas manitos
flamantes, las caritas arrugadas. A medida de que avanza-
ba por las cunas iba leyendo Pérez, Herrera, Oroná, Lo-
bos. Todos tenían dueño. Todos. Qué asco esos dueños.
Tienen hijos como conejos. Y qué sabrán esos conejos de
su rayita rosa, mes tras mes, tras mes, durante ocho años.
Y si supieran, también, qué mierda les importaría. Pasada
la mitad de la vida, solo le queda la rayita rosa y ese llanto
congelado, acá adentro. Se puso tan oscuro todo, ahora,
tal vez esté por largarse otro chaparrón. Tiene mucho frío,
se pasa las manos por los brazos, se acerca más al fuego
que arde lindo, casi no humea, pero no logra entrar en
calor. Se frota un pie contra el otro, descalzos, morados.
Los zapatos, el reflejo del tensor. Los zapatos son lo pri-
mero que se pierde en los accidentes. Ningún cadáver
nunca, calzado. Solo los soldados, sus borceguíes. Solo
los soldados. Mañana va ir a la camioneta, a recuperar
algo de la ropa, a ver que pueda secarse al sol. Mañana, si
es que sale sol. En esta época del año son más los días
grises que otra cosa, por acá. En el hospital le pareció que
los ojitos de Mateo eran grises, el enfermero le dijo, con
su tonada peruana, todos los recién nacidos tienen los ojos
que parecen grises, doc. Ella ni le contestó, le importaba
un carajo lo que dijera el peruano, Mateo tenía los ojos
grises, como los Saravia aunque ahora, así tan blanco, tan
callado, lo encuentra más parecido a su madre, a los Aste-
se. Le hizo un gesto al enfermero, para que la dejara sola,
apagó uno de los monitores, sacó unas vías y envolvió el
cuerpito con la sábana tosca de hospital. La misma sábana
que todavía lo arropa. Dice HCGS, en una punta, todas las
sábanas del Hospital dicen eso, por Hospital de clínicas
Gerónimo Sepúlveda. Acomodó el nene bien envuelto en
su brazo izquierdo cuidando de no bambolear mucho la
cabecita un poco puntiaguda. El nene se quejó, fue algo
como un maullido y abría la boca, movía la cabeza, bus-
cando algo que succionar. Ella puso en seguida su meñi-
que suavemente sobre el labio, más que nada para que
Mateo se calle. Mateo, nada de Braian, Mateo, se prendió
a esa falange; succionó ese dedo seco, inútil y ella sintió
una explosión en el vientre, como si una serpiente o un
monstruo revivido después de tanto tiempo de confina-
ción, de sometimiento, la mordiera con furia ahí donde
nada, nadie había producido jamás algo. Las manos ca-
lientes, las piernas derretidas. Los pezones erectos, listos,
los cabellos erizados como agujas, como flechas, a la de-
fensa de ese ser que, ahora con Mateo en brazos, era do-
ble y único. Tiró la cabeza hacia atrás, una lágrima le al-
canzó la garganta, quemándose en un odio feroz. El im-
pacto duró solo un momento, lo que puede durar el ataque
de una cobra, el golpe de un rayo, enderezó la cabeza po-
niéndola nuevamente en control y abrió los ojos, pero
algo ya no iba a ser nunca lo que había sido. Una grieta
irremediablemente abierta. Encontró esos ojitos un poco
grises que la miraban. ¿Quién la había mirado así alguna
vez? Nadie. Nunca. Las odiosas madres de la sala de es-
pera, no. El doctor Frangiulli, menos. Ningún hombre,
nadie. Nadie. Miró el cartel en la cunita. Brian Oroná.
Miro al bebé otra vez, los ojos achinados, los pelitos du-
ros. Mateo, dijo Fernanda. Mateo Saravia. Mientras el
cumpleaños de Raquel seguía en el bar, Fernanda y Mateo
salieron por la puerta de atrás. La camioneta en el esta-
cionamiento. El tanque lleno, plata suficiente en la billete-
ra, las tarjetas de crédito, el celular cargado. Ajustó al
bebé con el cinturón de seguridad, acostadito en el asiento
de atrás, Madero, General paz. El nene, atrás, berreaba,
cada vez más fuerte, un llamado sólido, sostenido, inaca-
bable. Enseguida se le vino a la cabeza el puesto de la
pesquería de los Longo. Panamericana. Encendió la radio,
la puso al máximo. Ramal Escobar. No sabe por qué pero
no se le ocurrió ninguna otra cosa. Ni mejor ni peor.
Desvío Zárate. La lluvia, cada vez más fuerte, los baches
en la ruta destruida, el Zárate brazo largo, isla Talavera, el
puesto de gendarmería, Destacamento Islas, el otro puen-
te, Destacamento Perdices, bienvenidos a Entre Ríos, la
lluvia cada vez más densa, dos kilómetros y entrar a la
derecha donde está el transformador de luz, barro, la ca-
mioneta que colea, la doble tracción, bajar la velocidad,
los huellones, la vaca que muge a la derecha contra el
alambrado, el ternero que bebe en el borde del río, bocina,
el pie en el freno, palanca de cambio, no frenar, no frenar,
tarada, no frenar, la frenada,, soltar el volante, soltar los
pedales, el freno de mano, el barro manteca, el árbol, el
pasto, los loros, el nene que llora, la zanja, el cielo abajo,
la lluvia, el barro arriba, los vidrios. El agua. El agua que
entra por las ventanillas. El nene, el bolso, el agua, más
agua. La nafta, las ruedas que giran al aire, el ternero la
pata estirada, el ternero en la orilla, la vaca que muge, el
alambrado, el poste, el chajá. Chajá, chajá. Los pies en el
barro, la inmundicia chirle entre los dedos de los pies,
ruido a almejas cuando entran, a sopapa cuando salen.
Descalzos. El manual de emergentologiía. Descalzos los
cuerpos de la morgue. Matito, Matito apretado contra el
pecho, la sangre en la frente, los mosquitos, un pie en el
barro, después el otro. La camioneta, las ruedas que giran
al aire. Ahora el fuego de la chimenea se está apagando,
la noche va a ser larga y fría, hay unos troncos en la leñe-
ra, verdes. El bebé está empezando a moverse. Se queja.
Hace frío. Los labios se le están poniendo un poco más
azules. Se acerca a la leñera, le parece que algo se mueve,
algo no sabe qué, no puede precisar. Se para en seco, mira
con detenimiento la nariz de la chimenea, la leñera, el
dintel de la ventana. Todo parece quieto, polvoriento,
muerto. Vuelve a inclinarse sobre la leñera, elige un tron-
co pero cuando lo va a agarrar su mano pasa de largo, sin
tocarlo. El frío, el golpe en la cabeza, le deben estar afec-
tando la coordinación. Intenta de nuevo. Su mano pasa
por el centro mismo del tronco sin poder asirla. Cierra los
ojos, se los frota. El pelo de la nuca se le eriza. Hace mu-
cho frío, mira a Mateo que arruga la carita, berrea, busca
con la boquita algo que succionar, chupa la manta. Vuelve
a intentar agarrar la leña esta vez con las dos manos que
pasan a través de la madera como si fuera de aire. Suda, y
un escalofrío la sacude. Se golpea la cara, duele, siente la
mejilla que le tiembla, que le pica, se tira del pelo, se
arranca un mechón, se corre el cuello de la camisa, se lo
desacomoda, pero sin embargo sigue sin poder agarrar la
leña, el fuego se está apagando: gasoil, un buen chorro de
gasoil: corre a la cocina pero tampoco puede asir la lata
medio oxidada, el nene llora y chupa la manta y se ha
dado vuelta, su boquita busca y busca, lame el piso lleno
de tierra de telarañas, vuelve a la chimenea, hace aire con
las manos para avivar el fuego, las brasas se van apagan-
do, poniéndose grises, se arrodilla cerca de Mateo, va a
darle calor con su propio cuerpo, pero no puede levantar-
lo, sus manos pasan a través de las mantas, del ese cuerpi-
to que se retuerce, que rebulle y boquea como los peces
en octubre. Mateo, con mucho esfuerzo, levanta la cabeci-
ta y aplica los labios contra el piso con su memoria ances-
tral, llora de un modo ahogado casi sin fuerzas, Fernanda
sigue intentando levantar ese chico, sus manos pasan una
y otra vez por su pancita, por sus hombros, por la nuca,
pasan y siguen de largo sin producir ningún efecto, siente
sus lágrimas correrle por las mejillas, gotas gruesas de
lágrimas, de moco, le mojan la cara y caen pero no llegan
a mojar la mantita. Tiene una intuición y no quiere hacer-
le caso, prefiere decirse que no sabe lo que le pasa, pero el
ruido del agua, afuera, que cae a chorros sobre la pava le
hace levantar la cabeza, y entonces sí, por la ventana ve
su cuerpo desplomado sobre la bomba, la camisa de al-
godón chorreada de barro, de sangre, la frente hinchada,
monstruosa, los labios negros, abiertos como boqueando,
las manos agarrotadas sobre la palanca y el agua clara que
cae y llena y rebalsa de la pava y le salpica los pies des-
calzos, amarillos ya, a pesar del barro, y se mezcla con el
agua de lluvia, agua de abajo con agua de arriba, mezcla-
das en charcos barrosos donde no se refleja nada. Sobre el
techo del tractor, un par de chimangos vigilan. Fernanda
corre hasta el patio, zamarrea el cuerpo de Fernanda, ca-
chetea su cara, la agarra del pelo costroso de sangre, tira
su cabeza para atrás, y sopla su aliento en su boca abierta,
los labios negros, duros. El contacto con su propia boca
helada, agria, le repulsa y la emociona. Pasa una mano
por su cara, por sus ojos abiertos todavía, grises, como los
Saravia, ciegos, apuntando al cielo. Mateo llora, berrea,
Fernanda toca apenas la mano de Fernanda, los nudillos
blancos aferrando la palanca y camina despacio hacia la
casa. Adentro, el nene no se rinde, se ha dado vuelta y en
prono contrae su abdomen, sus piernitas y repta apenas,
hacia atrás, su boquita abierta besa el suelo acá y allá,
busca algo para chupar. Fernanda escucha los sonidos de
Mateo, toda su energía empeñada en su supervivencia y se
maravilla. El nene busca, tantea, repta, llama, se aferra a
la vida con lo único que tiene. Cada tanto, llora. Se des-
hizo de la manta que lo envolvía. Fernanda puede verle
las manitos azules de frío, las manitos cerradas en puño.
Por el dintel de la puerta, por el borde de la chimenea,
Fernanda ve pasar las siluetas negras, escurridizas, las
colas largas. Ahora el nene encontró su propia mano y la
chupa con toda la desesperación que le queda. Llora de
hambre y de frustración, por esa mano que no produce
nada. Llora, llora hasta quedarse dormido, llorando. Una
sombra camina por el marco de la ventana. Oscura, acha-
tada. Arrastra su cola larga. De a poco, las brasas de la
chimenea se apagan, el viento remueve las cenizas, y al-
gunos papeles carbonizados, y va ganando espacio el frío
y la oscuridad. Debajo de la mesa, Fernanda escucha un
chillido agudo, corto. Inconfundible. Matito duerme, azul
de frío, Fernanda ve, en las sombras, los bultos negros,
elásticos, con las colas largas, que husmean el aire y se
desprenden hacia el suelo. Caminan por los zócalos, rápi-
do, cada tanto se detienen. Husmean el aire, huelen el
piso. Buscan. Fernanda puede ver dos ratas cerca de la
puerta, una en la leñera, tres entre las patas de la mesa,
despacio, los vientres pegados al piso se van acercando.
Se arrastran tanto que es como si reptaran. Cimbran los
bigotes, arrastran las colas. Los ojos brillan en la penum-
bra, el chillido codicioso, sus dientes que roen el aire. Se
lamen las manitos, esas manos prensiles, casi humanas
que tienen, asombrosamente, las ratas. Huelen, buscan, se
acercan a Mateo. Fernanda hace lo único que puede: se
arroja sobre el nene, lo cubre con su cuerpo; las ratas se
acercan, tocan su piel con sus hocicos helados, luego la
traspasan, le horadan el pecho, caminan entre sus costi-
llas, la penetran sin ningún esfuerzo y continúan, cami-
nan, arrastran su vientre tibio, las colas de látigo por el
piso polvoriento.
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