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Andrés Pereyra Rabanal

REALISMO Y
PROGRESO
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REALISMO Y PROGRESO

Andrés Pereyra Rabanal

RESUMEN

Se discuten algunas tesis sobre el progreso científico en la historia de la ciencia. Se


revisa la propuesta de Kuhn (1962) quien desarrolla una concepción historicista del
cambio científico con notables implicaciones relativistas. Dicha posición es
comparada con la postura de Laudan en Progress and its Problems (1978). Nos
ocupamos luego de la propuesta de C.S. Peirce quien concibe al falibilismo como
criterio de progreso científico así como las respuestas de Popper (1997) y Bunge
(2011) contra todo tipo de interpretación instrumentalista o relativista de la ciencia
desde el enfoque del realismo crítico y del realismo científico respectivamente.
Procuraremos defender el realismo ante las diatribas de los enfoques discutidos.

PALABRAS CLAVE:Realismo, progreso científico, racionalidad, inconmensurabilidad,


relativismo

ABSTRACT

Some views on scientific progress in the history of science are discussed. Kuhn's
proposal (1962) who develops a historicist conception of scientific change with
remarkable relativistic implications is reviewed. This position is compared with the
position of Laudan in Progress and its Problems (1978). We deal thereafter the
proposal of C. S. Peirce who conceives fallibilism as a criterion of scientific progress
as well as the responses of both Popper (1997) and Bunge (2011) against all types
of instrumentalist or relativistic interpretation of science from the perspective of
critical realism and scientific realism respectively. We aim to defend realism against
the diatribes of the previous approaches.

KEYWORDS: Realism, scientific progress, rationality, incommensurability, relativism

El panorama de la epistemología contemporánea distingue por lo menos cuatro


corrientes de actual relevancia. Destacan el historicismo de Kuhn y Lakatos, la epistemología
evolutiva de Popper, Quine, Wiener y Prigogine, el estructuralismo semántico de Suppes,
Stegmüller, Sneed, Moulines y Balzer, y la epistemología materialista o realista de Piaget y
Bunge (Piscoya, 2009, p. 21). Los analistas del lenguaje ordinario (Austin, Ryle, Toulmin) o el
neopragmatismo (Davidson, Stitch, Rorty) han intentado plantear problemática novedosa e
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independiente. Sin embargo, ninguno de ellos ha generado sistemas epistemológicos de


amplia aceptación. Por su parte, el estructuralismo es hasta cierto punto una prolongación del
historicismo (Kuhn, Feyerabend, Lakatos) que da cuenta de la estructura diacrónica de la
ciencia con herramientas formales de la lógica matemática, mientras que el realismo científico
propone una completa revisión de la epistemología fuera de las especulaciones sobre el
lenguaje propias de la filosofía analítica pare centrarse en el continuo entre ciencia y filosofía
(Bunge, Mosterín).

Pues bien, uno de los temas más abordados por la reciente filosofía de la ciencia
corresponde a la racionalidad científica y el progreso de la ciencia. Si bien Popper discutió el
crecimiento del conocimiento científico (Conjectures and Refutations, 1963), los positivistas
lógicos asumieron de manera implícita una concepción lineal y acumulativa del progreso.
Contra esta lectura de la historia de la ciencia, Kuhn postula la tesis de la inconmensurabilidad
de paradigmas (The Structure of Scientific Revolutions, 1962). Recientemente, Stegmüller ha
intentado reformular esta propuesta desde el estructuralismo semántico restringiendo todo
elemento “irracionalista” (“Theorienstrutkuren und Theoriendynamik”, 1973). Sucede que esta
interpretación, aunque emplea la teoría de modelos y el lenguaje conjuntista como una
propuesta formalmente atendible al problema de la inconmensurabilidad, no ha agotado la
discusión en la comunidad epistemológica. En efecto, los racionalistas críticos (Albert, Miller,
Bartley), los realistas científicos (Bunge, Mahner, Mosterín) o los pragmatistas (Peirce, Laudan,
Quine, Rescher) han discutido tales tesis desde otras fronteras.

Ahora bien, la racionalidad puede ser entendida como una capacidad o facultad tanto
en su sentido débil (ie. estar en condiciones de justificar un proceso de evaluación o curso de
acción) o en su sentido fuerte (incluyendo una interpretación formal). La primera está
orientada a la “racionalidad práctica” mientras que la segunda se reduce a la consistencia
formal, por lo que es compatible con cualquier contenido empírico en la medida en que
cumpla un mínimo de condiciones lógicas de validez. En otras palabras, la racionalidad formal
impide la contradicción. En el caso de las teorías científicas, la racionalidad debe impedir la
incoherencia interna (ie. presencia de contradicciones en la estructura sintáctica) y la
inconsistencia externa (ie. presencia de refutaciones empíricas). Como indica Popper, la
característica esencial de la ciencia es que sus proposiciones singulares en forma de
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predicciones o consecuencias lógicas puedan ser refutadas por la experiencia. Una vez que un
conjunto de hipótesis ha sido rebatido, la racionalidad científica obliga a corregirlas o
deshacerse de ellas para plantear otras más adecuadas.

El progreso, por su parte, consiste en hacer una teoría más precisa o profunda que las
hipótesis que la precedieron (Bunge 2007, p. 349). Para el realismo científico, es el método de
la ciencia el encargado de proporcionar un criterio semejante. La propuesta kuhniana afirma,
no obstante, que no hay aproximación alguna a la verdad sino hacia la prevalencia de un
paradigma frente a otro (Meynell, 1975, p. 80). En otras palabras, la conformidad o no
conformidad con un paradigma es el criterio de verdad en lugar de su correspondencia con el
mundo. Expresado en sus aspectos formales, si una teoría H es consistente con el conjunto de
datos empíricos S, existe por lo menos Hn de n  con el mismo alcance explicativo. Me
permito hacer una formalización simple de la tesis de la inconmensurabilidad. Sea un
paradigma o teoría alternativa H2, luego:

(H1H2) S pero (H1∩H2) = 

Más adelante Kuhn sugiere que inclusoS es relativo al paradigma. Es decir, si bien la instrucción
precede a la formulación de algunas interrogantes fundamentales de la actividad científica,
también determinaría la naturaleza misma del objeto de estudio. La comunidad científica de
una época restringe de esta manera la novedad puesto que sabe cómo es el mundo (Kuhn,
2010, p. 63). Por lo tanto, una recomposición del paradigma vigente dará pie a la “ciencia
extraordinaria” (p. ej. Copérnico, Newton, Lavoisier, Darwin, Einstein), esto es, una revolución
científica luego de una crisis que derroca al paradigma antiguo.

De acuerdo a uno de los usos polisémicos que Kuhn propone de “paradigma”, los
científicos trabajan en “mundos distintos” con lo que no hay progreso que no sea al interior de
cada paradigma. Resulta interesante cómo Earman (1995) rastrea en la doctrina de la
construcción lógica del mundo de Carnap un antecedente a la inconmensurabilidad de
paradigmas pues para el empirista lógico debemos evitar sugerir que las proposiciones
corresponden con un mundo externo -pues implicaría una ontología- sino que
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satisfacennuestras predicciones (Earman, 1995, p. 13). En este punto, estimo que los
positivistas lógicos no dan cuenta de una semántica realista o bien de un contenido
independiente del sujeto por estar restringidos al fenomenismo. Entonces, Kuhn tiene la base
para desarrollar su propia concepción de los paradigmas de acuerdo a la cual el contenido de
las teorías es dependiente del contexto histórico y cultural. Sin embargo, esta concepción
resulta de una visión empobrecida de la ciencia además de ser contradictoria. Precisamente
porque dos teorías son rivales entre sí es que comparten por lo menos un mismo dominio de
hechos. De lo contrario, no serían rivales.

A juicio personal, si decimos que {x1x2...xn} son elementos de un paradigma ,


en ningún momento está presupuesto que: 1) otro paradigma no los contenga ni que: 2)
|| = ||.Es decir, el hecho de que el realista sostenga que hay elementos comunes no
significa que su cardinalidad sea idéntica que en la anterior. Para la propuesta realista basta
con que haya intersección parcial frente a la posición relativista.

Procedo a cuestionar la concepción de ciencia que maneja el historicismo. Esta noción


pre-baconiana no aspira a la predicción de nuevos hechos sino a llegar a conclusiones
contenidas en las premisas en la medida en que el científico se reduce a llenar rompecabezas
como si estuviera resolviendo un silogismo. Tampoco es adecuado citar el ejemplo de los
naipes dado que en dicho experimento no hay variables de control o, peor aún, involucra
categorías psicológicas como la “percepción” (Gestalt) cuando esto no es válido para las
ciencias físicas, químicas o biológicas. Resulta pues ambiguo que Kuhn admita que, una vez
asimilados los nuevos descubrimientos, los científicos son capaces de explicar un abanico más
amplio de fenómenos o de explicar con mayor precisión algunos hechos ya conocidos a través
de los cambios de paradigma (Kuhn 2010, p. 149). Pero esta es la definición de “progreso
científico” anteriormente esbozada.

Más adelante, Kuhn insiste en que una revolución es un episodio de desarrollo no


acumulativo de sustitución total o parcial de un paradigma por otro incompatible. Pero si la
sustitución es parcial, entonces la inconmensurabilidad es local, no global. Otro punto es la
“ilusión de progreso científico” que Kuhn señala sobre los manuales de texto que sustituyen
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las fuentes originales dando la apariencia de consenso (Kuhn, 2010, p. 57). Pero un manual de
texto no es un tratado de historia de la ciencia, por lo que no es su función dar cuenta de los
cambios históricos.

Desarrollaré ahora la objeción contra la inconmensurabilidad para abordar luego el


problema del progreso científico. En primer lugar, recién en sus textos posteriores Kuhn (2002)
distingue entre conmensurabilidad y comparación. La distinción resulta un contrasentido, pues
son inconmensurables las escalas de medida (como las variables nominales de las cuantitativas
discretas). Sin embargo, pueden emplearse categorías distintas en correlaciones lineales con la
única condición de que se refieran a los mismos sujetos. O también si queremos comparar la
teoría atómica con la teoría de los mercados bursátiles pues su dominio no comparte ningún
referente común. Ahora bien, la noción de inconmensurabilidad se refiere exclusivamente a
teorías científicas, por lo que depende del concepto de ciencia que maneja Kuhn. Sin embargo,
no llega a ofrecer definición alguna de “ciencia” restringiéndose a decir que se trata de
cualquier campo que resuelve problemas mediante pruebas dentro de una comunidad (Kuhn,
2010, p. 284). En cambio, seguiré a Bunge (2009) para concebir a la ciencia (C) como una

decatupla:

C = <C, S, D, F, B, P, A, O, M, G>

El subconjunto C involucra a la comunidad científica o de investigadores. El subconjunto S


corresponde a la sociedad donde se desarrolla la ciencia. Para nosotros, estos dos
subconjuntos son externos, en especial, relacionados con la psicología y la sociología de la
ciencia. En cambio, D (dominio de hecho o universo de discurso), F (fondo formal), B (fondo
específico), P (problemática), O (objetivos), M (métodos) y A (fondo acumulado) corresponden
a elementos internos a la actividad científica. Por último G (fondo general) corresponde a los
supuestos filosóficos que rigen toda ciencia (Bunge, 2009, p. 35).

La historia de la ciencia muestra que los cambios teóricos agregan o quitan algo de A,
pero sin negar el resto de subconjuntos. Un ejemplo sencillo es el empleo de la geometría
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euclidiana en la ciencia renacentista pese a que las matrices culturales eran distintas. A su vez
sería contenida en la geometría de Riemann en pleno siglo XX post-industrial. También
podemos citar el concepto de fuerza que buscaba resolver un mismo problema tanto en la
filosofía griega como en la mecánica clásica, es decir, la posibilidad del movimiento. Claro está
que no resuelve las interrogantes levantadas por los historicistas, pues el término puede tener
una carga semántica e incluso ontológica incompatible entre ambas matrices (ie. tratándose
en cambio de una homonimia léxica).

Ahora bien, me permito extender la definición bungeana de ciencia en dos momentos.


Por una parte, R denotará la resiliencia como capacidad de toda C para afrontar la adversidad,

es decir, la refutación y la inconsistencia. En este sentido, ninguna ciencia se ve aislada del


resto por lo que debe ser compatible con el grueso del conocimiento. En otras palabras, las
investigaciones psicológicas no pueden contradecir las teorías biológicas más sólidas o la física
no puede pretender explicar en sus términos lo que la economía propone abordar. Así
también, incluyo el subconjunto V (valor) aplicado a las ingenierías y expresado en los códigos
y protocolos:

C = <C, S, D, F, B, P, A, O, M, V, G, R>

La pseudociencia no comparte el fondo general de la ciencia G, o bien F, B, A, M o


especialmente R. A esto se le denomina comúnmente inconsistencia externa. Por ello poco o
nada contribuye con C. Entonces ¿cuál es la relación de esta caracterización de la ciencia con

el problema del progreso científico? Pues bien, si existen dos teorías rivales es que comparten
un mismo D. Además, B debe saber especificar sus referentes en D. Por ejemplo, los referentes
de la teoría de campos de Faraday y Maxwell son el campo eléctrico, el campo magnético y las
ecuaciones de Maxwell (Stern, 2004). Contrario a lo que opina Kuhn, no hay en tal teoría una
referencia al Reino Unido o la sociedad escocesa de la época (es decir, a la nacionalidad de sus
exponentes). Tales variables pueden estar contenidas en C o S, pero sin intervenir en el resto
de subconjuntos. Si fuera cierto que la intersección de la referencia (r) de un paradigma con
otro fuera nula de la forma r()∩r(2) = , entonces no habría rivalidad alguna.
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Uno podría entender el propósito de Stegmüller (1983) de concebir a las teorías como
conjunto de modelos en lugar de enunciados sobre el mundo. Cuenta con la ventaja de evitar
el argumento de la “inducción pesimista” (ie. la constatación de que gran parte de nuestras
teorías científicas han resultado falsas en el pasado por lo que no tenemos garantía de que
nuestras teorías presentes serán verdaderas) mediante una caracterización mínima de la
ciencia como una dupla <K,I> para el cual K es el núcleo estructural (o la estructura
matemática) e I son las aplicaciones intencionales, es decir las interpretaciones empíricas que
pueden cambiar a lo largo de la historia (Stegmüller 1983, p. 237). Pero un realista no puede
abandonar el campo a media batalla. Uno de los gestores de la filosofía realista del siglo XX
como fue C.S. Peirce admite que la ciencia es una entidad histórica pero cuyo propósito es la
investigación de la verdad como un impulso de penetrar la razón de las cosas (1955). También
Popper (1997) critica la necesidad de un marco conceptual (como un “paradigma”) para dar
cuenta del progreso de la ciencia. De igual manera Bunge (2007) considera que la estructura
de una teoría matemática no puede ser equivalente a la estructura de una teoría fáctica por lo
que no podemos hablar de modelo de una teoría física a la manera como hablamos de un
modelo matemático. En suma, el progreso científico puede ser abordado desde el
estructuralismo como la evolución de redes teóricas, pero también desde el realismo como un
aumento en la profundidad y amplitud de teorías. En mi opinión, la propuesta realista se
presenta como una alternativa más adecuada que la sofisticada propuesta estructuralista
porque presupone una ontología sobre el mundo, una teoría de la referencia más simple y un
lenguaje de la lógica de primer orden con identidad aunque naturalmente pueda verse
enriquecida por la teoría de modelos1.Además, puede ser empleado actualmente en otras
ramas de la ciencia, desde la psicología hasta las ciencias sociales.

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Tómese en cuenta que dentro de la concepción semántica de la ciencia podemos incluir a Van
Fraassen quien es conocido por proponer un “empirismo constructivo” que se postula como una
alternativa al realismo, donde la teoría objetiva de la verdad pasa a segundo plano por la concepción
de “adecuación empírica” sobre los observables. Ver Monton, B. (2012). “Constructive Empiricism”,
Stanford Encyclopedia of Philosophy. [En línea] <http://plato.stanford.edu/entries/constructive-
empiricism/>. En cierto sentido, el realismo científico no puede limitarse a la semántica de la ciencia,
sino también la ontología, la gnoseología, la epistemología y la metodología por lo que plantea un
programa más ambicioso que la escuela de Sneed orientada a la formalización de la estructura de
teorías altamente matematizadas.
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Me centraré en la noción realista del progreso en adelante. Planteo para ello los
siguientes postulados:

 P1 = Algunas proposiciones “x” se refieren a algunos hechos “y”: xy(PxHxR(x,y))

 P2 = Algunas proposiciones “x” son (parcialmente) verdaderas: x(Vx)

En resumidas cuentas, el realismo supone una concepción semántica de la verdad y la


admisión del realismo gnoseológico. Una adecuada concepción de C involucra supuestos

generales G donde se incluye una teoría general de la referencia. Ahora se puede añadir que
en la historia de la ciencia, no hay un único paradigma . Los cambios teóricos se solapan en
lugar de comenzar de cero. Una revolución de la magnitud que tiene en mente Kuhn sólo se ha
registrado en la revolución neolítica, el surgimiento del pensamiento racional en Grecia, China
y la India, y la revolución científica de Galileo. En cambio, ni la revolución industrial ni la
revolución relativista supusieron cambios drásticos a todos los supuestos sin excepción
trabajados en la época.

Es cierto que el concepto de “masa” es distinto en la mentalidad de los físicos


newtonianos que para los físicos relativistas o cuánticos (Einstein, 1985, p. 85) aunque el
concepto de “materia” se asemeja más a un concepto de suma generalidad por lo que se
acerca más a la filosofía que a la ciencia. Pero también es cierto que la mecánica clásica se
refiere a objetos con una velocidad inferior a 3x108 m/s y más grandes que 109m, lo que no
contradice ni impide su comparación con las teorías relativistas. Por su parte, el concepto de
“espacio” o “tiempo” absolutos han sido desde siempre conceptos ontológicos de Aristóteles o
Agustín a Leibniz (o gnoseológicos en Kant), por lo que el problema se da en G más que en D o
B. Además, si algo parece caracterizar a la ciencia a lo largo de sus hitos históricos es la
búsqueda de leyes y explicaciones racionales. Si el historiador de la ciencia ha constatado estos
cambios paradigmáticos que impiden toda comparación, lo hace descuidando el contenido
objetivo (el “mundo tres” de Popper) o bien negándolo de antemano con lo que la “verdad”
terminaría siendo de naturaleza “arqueológica”.
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Pues bien, tanto Kuhn como Stegmüller destacan elementos pragmáticos en la


dinámica de las teorías científicas. El primero aclara que podemos mantener una concepción
de racionalidad práctica entre los científicos revolucionarios (aunque insistiendo en términos
como “conversión”, “propaganda” o “psicología del descubrimiento”). La cuestión de la
racionalidad científica queda así asegurada en la medida en que asume la primera definición
de “racionalidad práctica” ofrecida anteriormente aunque reducida a la actividad científica
dentro de un paradigma. Pero Stegmüller objeta que Kuhn sólo dispone del concepto de
deducibilidad entre enunciados que fundamentaba su tesis de la incompatibilidad. En cambio,
la racionalidad científica debe dar cuenta también de la reducción lógica de la vieja teoría a la
nueva (1983, p. 313). Ahora bien, muchas veces algunos descubrimientos importantes se han
debido a accidentes fortuitos más que a falsaciones o experimentos controlados. También
algunas buenas ideas han sido producto de la imaginación religiosa (p. ej. Mendel o Brentano).
No podemos garantizar pues que haya una línea “racional” de la historia de la ciencia dado
que puede haber períodos de mucha fertilidad o bien largas décadas de “ciencia normal”. Pero
entonces el problema no es si el progreso es racional o irracional, sino en qué medida es
posible.

Para uno de los pioneros de la idea de una “filosofía científica” como C.S. Peirce, la
evolución de la ciencia sigue por lo menos tres metáforas: La primera de ellas es afín al
darwinismo en donde pequeñas modificaciones, omisiones o inserciones fortuitas van dando
cuerpo al grueso del conocimiento científico. La segunda es cercana al lamarckismo, pues se
basa en modificaciones perpetuas pero guiadas que pretenden ajustar la opinión a una
adecuada representación de los hechos cuanto más observaciones son recolectadas (Peirce
1955, p. 50). Propongo identificar el primer estadio conel “contexto de descubrimiento”
planteado por Reichenbach, mientras que el segundo se centraría en el “contexto de
justificación”. Por lo pronto, la discusión se ha mantenido en una de estas posiciones. Pero
Peirce plantea que ninguna es correcta. Por el contrario, el “progreso científico” se da por
saltos, es decir, cuando mejores recursos observacionales permiten maneras novedosas de
razonar acerca del mundo (Peirce 1955, p. 51). Es ejemplar el caso de Louis Pasteur y Claude
Bernard. El segundo consideraba que la enfermedad era la suma de los síntomas, mientras que
el primero postuló la hipótesis de que se trataba de un organismo, fundando así la
microbiología moderna. La comunidad científica levantó objeciones contra esta hipótesis, pero
las nuevas ideas lograron encontrar asidero aunque no de manera inmediata como una
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revolución. La hipótesis novedosa desplazó a la anterior en la medida en que contaba con


mejores recursos observacionales y predicciones. Pero ni la química orgánica (en sus
experimentos sobre el ácido tartárico) ni la biología celular (en la línea de Virchow) supusieron
un cambio de paradigma, como tampoco los postulados de Koch que siguen siendo vigentes
incluso hasta el día de hoy.

Pero Kuhn como historiador se centra en la dupla C = <C, S>. Además, interpreta las

nociones semánticas de verdad y referencia, así como D, A y G como subconjuntos impropios


de C y S. No obstante, sólo el método científico permite fijar creencias objetivas dado que
supone la permanencia externa y pública de hechos definidos como cosas reales cuyas
características son enteramente independientes de nuestras opiniones sobre ellas (Peirce,
2012, p. 168). Acorde a la lectura “cataclísmica” de la historia de la ciencia, nada impide que
registremos los cambios de significado del paradigma “derrocado” de la misma manera como
somos capaces de registrar la historia natural de los accidentes geológicos. A lo sumo,
debemos concluir que un paradigma  es un subconjunto propio deC. Entiendo de esta

manera que toda ciencia contiene un paradigma como conjunto de prácticas compartidas por
la comunidad científica, las cuales pueden resultar de interés para el historiador o el sociólogo,
aunque no así para el epistemólogo. Sin embargo, también contiene supuestos generales,
leyes y métodos.

Con todo, resulta curioso que Kuhn no niegue el progreso científico como tal, sino que
lo comprenda como una mayor profundidad sin amplitud (Kuhn, 2010, p. 295). En otras
palabras, Kuhn rechaza la lectura lamarckiana de la historia de la ciencia con lo que concluye
que su evolución no es racional. Pero admite la metáfora darwiniana acorde a la cual la ciencia
tiene un origen primitivo pero ninguna meta como puede ser la aproximación hacia la verdad.
Dos consecuencias inmediatas se desprenden de esta posición: en primer lugar a) el
movimiento de la ciencia es irracional o fortuito; en segundo lugar: b) no hay un criterio para
evaluar la senda de la ciencia, o en otras palabras, “alles geht” (Feyerabend).

Recientemente Laudan (1978) ha propuesto un modelo de ciencia orientado a la


resolución de problemas. El criterio del progreso científico termina siendo pragmático por
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basarse en la toma de decisiones, es decir, en el análisis de los problemas empíricos que


resuelve y los problemas conceptuales que genera (Laudan, 1978, p. 124). El científico deberá
optar por la teoría con mejor capacidad heurística. Notamos que Laudan rechaza así la idea de
verdad objetiva con el propósito de evitar las objeciones contra la acumulación lineal. Así
también, supera el argumento de la “inducción pesimista”, pues no hay problema con que
nuestras teorías antiguas resulten falsas a la luz de la nueva evidencia dado que cumplían con
resolver los problemas empíricos planteados en su tiempo. En suma, la ciencia progresa no
porque estemos ante una teoría verdadera, sino porque la teoría disponible resuelve más
problemas que las anteriores. Los grandes hitos en la historia de la ciencia fueron
excepcionales en el sentido kuhniano (Newton, Darwin, Marx, Einstein, Dobazhenksy) pero la
regla general es una comunidad de científicos ampliando el campo de problemas empíricos.

¿Qué sucede entonces con las revoluciones científicas? Frente a la psicología del
descubrimiento que proponen Kuhn y Feyerabend, Laudan sostiene que los científicos siempre
están en una situación de decisión racional, es decir, consideran la necesidad de modificar una
tradición de investigación sólo cuando una alternativa amplía el campo posible de resolución
de problemas (Laudan, 1978, p. 138). Estimo por tanto que la concepción de progreso
científico de Laudan subraya el papel de los problemas comunes a lo largo de la historia en
lugar de sus soluciones. Por ejemplo, el problema del movimiento relaciona la historia de la
mecánica desde la escuela peripatética hasta la física clásica de partículas, mientras que el
problema de la mente relaciona a la filosofía cartesiana con las ciencias cognitivas
contemporáneas pese a que las respuestas de dichas tradiciones son hasta cierto punto
incompatibles. De esta manera, poco cuenta la objeción kuhniana sobre la semántica e incluso
la ontología de las teorías científicas porque lo que realmente importa son los esfuerzos
históricos de los científicos por conducir una investigación sobre un mismo problema. El
“historiador crítico” seguirá la propuesta de reconstrucción racional de la historia de la ciencia
tal como propone Lakatos.

Pero un siguiente paso para admitir una teoría científica es la exigencia de prueba.
Podemos tener a disposición un conjunto de teorías incompatibles que propone soluciones
para los mismos problemas, pero sólo aquellas mejor contrastadas serán admitidas como
fiables. Por eso, es preferible una teoría bien contrastada aunque no atienda problemas
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nuevos a una teoría mal contrastada que atienda nuevos problemas. Luego, tanto el concepto
de racionalidad científica como progreso son compatibles, pues mientras que los hombres de
ciencia optarán por las hipótesis que superan su puesta a prueba, la ciencia progresará pese a
algunas pérdidas porque permitirá ampliar el campo de soluciones a problemas empíricos.
Dado que preferimos la teoría que más problemas resuelve, podemos sacrificar algunos hasta
que lleguemos (como un ideal regulatorio) a una teoría superior para ambos. En este sentido,
tanto Laudan como Popper y Peirce coinciden.

Sostengo por ello que el progreso puede ser fortuito aunque pasible de frecuentes
“reconstrucciones racionales” como consideraba Lakatos. La demanda de una posición
“privilegiada” en la que debe situarse el realista para dar cuenta de que sus teorías se
aproximan cada vez más al mundo se muestra innecesaria. El falibilismo es compatible con el
realismo, pues no requiere más que una concepción de verdad parcial y que nuestras teorías
científicas correspondan en mayor medida con la realidad. Por ejemplo, la ley de la gravitación
universal indica que la fuerza ejercida entre dos cuerpos de masas separadas (m1 y m2) a una
distancia es proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado
de su distancia (d2). La ley impide que se obtengan predicciones con otros valores numéricos
(por ej.: d3 o d4):

G (m1 . m2 )
F=
d2

Donde G es la constante universal y F es el módulo de la fuerza. La gravitación es válida tanto


en los pueblos antiguos de Babilonia, Grecia o Egipto como en la Italia moderna, siendo una
adecuada aproximación del movimiento planetario confirmada por sus predicciones. Incluso el
problema de la acción a distancia es resuelto por la mecánica relativista cambiando la
descripción de la gravedad como fuerza pero manteniendo el resto de su formulación
(Einstein, 1985, p. 39). En suma, el realista no necesita de una concepción total o acabada de la
verdad para dar cuenta del progreso científico, sino de una concepción más modesta de
aproximaciones parciales. Y los logros alcanzados desde la revolución galileana hasta nuestros
días en la ciencia y la tecnología suponen un fuerte apoyo de la convicción de que vamos
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ampliando y profundizando nuestro conocimiento del mundo en lugar de descubrir el fuego o


inventar la rueda tras cada revolución o hito histórico.

Algunas conclusiones se desprenden de mi lectura sobre el realismo, la racionalidad y


el progreso científico. En primer lugar, el modelo historicista y pragmatista de ciencia se
orienta por el sentido débil de racionalidad, es decir, la evaluación de una teoría o de un curso
de acción. Para que un científico sea racional en el sentido de Kuhn o Laudan debe saber elegir
las teorías promisorias para resolver nuevos problemas dejando de lado las anomalías. En
cambio, el sentido fuerte supone una concepción formalista como la propuesta por Stegmüller
(1983) o Bunge (2007). Así también, demanda una condición de reducción lógica que no sería
posible sin esclarecer los supuestos semánticos de una teoría científica pues sólo así se puede
establecer un dominio compartido entre dos o más sistemas de hipótesis y el fondo general
(G) donde se ejerce la actividad científica. En este punto, tanto el realismo como el
estructuralismo cumplen con proporcionar un concepto de racionalidad formal y de progreso
científico.

No obstante, considero que Laudan tiene un aporte importante. Al indicar que la


historia de la ciencia en realidad es la historia de los problemas científicos compartidos en
lugar de las soluciones dadas, propone evaluar el curso de la investigación científica
enmendando o refutando los constantes intentos por solucionarlos en lugar de las respuestas
históricamente falsas. La cosmología aristotélica es inconmensurable con la cosmología
newtoniana porque sus objetos conceptuales eran distintos, pero pueden ser parcialmente
comparados por compartir algunas de sus preocupaciones, como la interrogante sobre la
posibilidad del movimiento físico, la composición de las cosas (ie. la materia), su disposición
(ie. el espacio), etc. Me permito denominar a esto una “reconstrucción pragmática” de la
historia de la ciencia.

En segundo lugar, el progreso no es dependiente del concepto de acumulación lineal


como proclamaban los positivistas. La ciencia progresa de dos maneras. Puede estar dirigida
por un diseño experimental controlado, esto es, proponiendo hipótesis y contrastándolas para
ampliar su profundidad, es decir, su campo de conocimiento; o bien debido a contingencias
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como los experimentos de Crookes y Röntgen en el descubrimiento de los rayos X. Esto se


logra mejorando la precisión de los datos empíricos a través de las innovaciones tecnológicas y
la sustitución de hipótesis por otras que pasen la contrastación. Luego, el progreso no es lineal,
pues hay ocasiones donde el conocimiento se pierde tanto materialmente (e.g. incendios de
bibliotecas) como formalmente (e.g. subdesarrollo educativo). Tampoco tiene un fin
predeterminado por lo que puede llegar a ser fortuito pero lo que cuenta es si el campo en
cuestión ha logrado ampliarse y profundizarse, o bien ha llegado a un punto de debacle (como
el caso de la pseudociencia). Esto se puede saber luego de una revisión epistemológica,
histórica y científica de una manera expost facto de las teorías disponibles a la fecha.

Puesto que el realismo admite la concepción parcial de verdad, en lugar de hablar de


reducción lógica de una teoría antigua a una teoría reciente, debe entenderse una
intersecciónque retenga algunos de los aportes (como las leyes de movimiento newtoniano, las
leyes de herencia mendelianas o las leyes psicofísicas) pero también precise sus errores con los
nuevos conocimientos. En este punto, el realismo permite reconstruir el ideal de ciencia
unificada por incluir tanto a las ciencias naturales como a las ciencias sociales, e incluso a las
ciencias mixtas. Lo hace mediante una misma teoría de la referencia, de la racionalidad y del
progreso, aunque naturalmente exigiendo las mismas condiciones rigurosas de contrastación y
planteamiento de hipótesis científicas a todas. En cambio, el estructuralismo parece centrado
en la física y no se ve cómo podría aplicarse a otras ramas del conocimiento o de la filosofía
misma.

Finalmente la sociología o la psicología de la ciencia han usurpado sus funciones pues


es la epistemología quien debe encargarse de la elucidación de conceptos como referencia,
sentido, teoría científica, interpretación, equivalencia empírica, correspondencia, profundidad,
precisión, exactitud, objetividad, entre otros. Si como he planteado, las objeciones kuhnianas y
relativistas son insuficientes para desmontar nuestra confianza en el progreso científico,
corresponde ahora un trabajo compartido entre una filosofía realista de la ciencia y la historia
científica precisamente para formalizar una definición exacta y general del progreso
epistémico.
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Ahora creemos comprender mejor algunas regiones del universo que los cosmólogos
jónicos aunque no necesitemos proponer una “ley del progreso” pues algunas indagaciones
tardarán en proporcionar hallazgos, mientras que otros descubrimientos desmontarán las
teorías que creíamos firmes. Pero la fascinación por entender el universo ha sido un problema
común al género humano y nuestros esfuerzos no han sido en vano, pues andamos ahora
como Bernardo de Chartres indicaba: en “hombros de gigantes”.

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