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Consideraciones sobre el

Credo Atanasiano
† JESÚS †

El Credo Atanasiano (Symbolum Athanasianum, al que también se denomina, por su primera


palabra, Symbolum Quicumque) es una exposición del fundamento de la fe cristiana: la Trinidad y
Unidad de Dios; la Encarnación del Verbo; la Redención en y por Cristo, verdadero Dios y
verdadero Hombre.

La fecha exacta de este credo no se conoce. Fue escrito probablemente en el siglo V ó VI. Es casi
seguro que su autor no fue Atanasio. El uso prolongado le ha dado al Symbolum Quicumque gran
autoridad como fuente de la doctrina cristiana católica (universal). En la edición alemana del Libro
de Concordia viene bajo el título «La tercera confesión o símbolo se denomina 'de San Atanasio',
quien lo compuso en contra de los herejes arrianos, y reza así...»

Todo el que quiera salvarse, ante todo es menester que mantenga la fe cristiana; y el que no la
guardare íntegra e inviolada, sin duda perecerá para siempre.

Ahora bien, la fe cristiana es que veneremos a un solo Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la


unidad; sin confundir las personas ni separar las sustancias. Porque una es la persona del Padre,
otra la del Hijo y otra (también) la del Espíritu Santo; pero el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo
tienen una sola divinidad, gloria igual y coeterna majestad. Cual el Padre, tal el Hijo, tal (también)
el Espíritu Santo; increado el Padre, increado el Hijo, increado (también) el Espíritu Santo;
inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso (también) el Espíritu Santo; eterno el Padre, eterno el
Hijo, eterno (también) el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno,
como no son tres increados ni tres inmensos, sino un solo increado y un solo inmenso. Igualmente,
omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente (también) el Espíritu Santo; y, sin embargo
no son tres omnipotentes, sino un solo omnipotente. Así Dios es el Padre, Dios es el Hijo, Dios es
(también) el Espíritu Santo; y, sin embargo, no son tres señores, sino un solo Señor; porque así
como por la cristiana verdad somos compelidos a confesar como Dios y Señor a cada persona en
particular; así la religión cristiana nos prohíbe decir tres dioses y señores. El Padre, por nadie fue
hecho no creado ni engendrado. El Hijo fue solo por el Padre, no hecho ni creado, sino
engendrado. El Espíritu Santo, del Padre y del Hijo, no fue hecho ni creado ni engendrado, sino
que procede.

Hay, consiguientemente, un solo Padre, no tres padres; un solo Hijo, no tres Hijos; un solo Espíritu
Santo, no tres espíritus santos; y en esta Trinidad, nada es antes ni después, nada mayor o menor,
sino que las tres personas son entre sí coeternas y coiguales, de suerte que, como antes se ha dicho,
en todo hay que venerar lo mismo la unidad en la Trinidad que la Trinidad en la unidad. El que
quiera, pues, salvarse, así ha de sentir de la Trinidad.

La razón, los sentidos y la intuición son instrumentos, más que insuficientes, totalmente incapaces
de penetrar la naturaleza, existencia y atributos divinos. No obstante la creación y nuestra propia
conciencia testifican de la existencia y poder de Dios, es un testimonio limitado que sólo nos
permite tener noción vaga de su existencia, pero no se su identidad, ni de su naturaleza, ni de sus
propósitos. Únicamente nos es posible conocer a Dios si Él mismo se revela a nosotros. Y en su
condescendiente amor, Dios se ha revelado a nosotros por medio de las Escrituras inspiradas.
Sin entrar en complicados ejercicios exegéticos, el principal testimonio de la Divina Trinidad lo
encontramos en la vida, enseñanzas y hechos de nuestro Señor y Salvador Jesucristo:

“Subiendo [Jesús] del agua, vió abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma, que descendía sobre él. Y hubo
una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tomo contentamiento.” Marcos 1.10-11

“Por tanto, id, y doctrinad á todos los Gentiles, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del
Espíritu Santo.” Mateo 28.19

Un texto bíblico explícito y auténtico, a despecho de argumentos falaces que se han esgrimido para
mutilarlo de las Sagradas Escrituras, lo encontramos en 1 Juan 5.7:

“Porque tres son los que dan testimonio en el cielo, el Padre, el Verbo, y el Espíritu Santo: y estos tres son
uno.”

El sólo testimonio de la Santa Biblia debe ser suficiente para todo verdadero cristiano. Con todo, el
testimonio temprano de la primitiva Iglesia nos confirma que, creyendo en el inspirado mensaje de
los Apóstoles y Profetas, los primeros cristianos confesaron y enseñaron la “unidad en la Trinidad y
la Trinidad en la unidad”.

La Didaché (Doctrina de los doce Apóstoles) es un clarísimo testimonio del pensamiento de la


Iglesia primitiva, y lo mencionamos por incluir un testimonio de cómo la fórmula bautismal
Trinitaria era utilizada por la Iglesia Primitiva.

“Acerca del bautismo, bautizad de esta manera: Dichas con anterioridad todas estas cosas, bautizad en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo en agua viva.” Didaché, VII, 1

En el siglo III, Dionisio de Roma escribía al Obispo Dionisio de Alejandría:

“Ni entonces podemos dividir en tres cabezas divinas la maravillosa y divina monarquía, ni desacreditar
llamando “obra” la dignidad y excelente majestad de nuestro Señor, pero debemos creer en Dios, el Padre
Todopoderoso, y en Jesús su Hijo , y en el Espíritu Santo, y sostenemos que a el Dios del universo la Palabra
está unida.”

Confesando con toda la Iglesia Católica Antigua que “todo el que quiera salvarse, ante todo es
menester que mantenga la fe cristiana; y el que no la guardare íntegra e inviolada, sin duda
perecerá para siempre”, los reformadores mantuvieron la creencia, confesión y enseñanza sobre la
Santísima Trinidad como artículo primordial de la fe cristiana, guardándose de las vanas
especulaciones que inevitablemente llevan al error.

“Nuestras Iglesias enseñan, en perfecta unanimidad la doctrina proclamada por el Concilio de Nicea: a saber,
que hay un solo Ser Divino que llamamos y que es realmente Dios. Asimismo que hay en el tres personas,
igualmente poderosas y eternas: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo; todos los tres un solo ser
divino, eterno, indivisible, infinito, todopoderoso, infinitamente sabio y bueno, creador y conservador de
todas las cosas visibles e invisibles. Por el término de Persona no designamos una parte ni una cualidad
inherente a un ser, sino lo que subsiste por si mismo. Es así que los padres de la Iglesia han entendido este
término.” (Confesión de Augsburgo, I)

Escribe también en Muy Reverendo Pastor Enrique Ivaldi Broussain en su Augustinus Luterano, y
con sus palabras concordamos plenamente:

“De acuerdo con la revelación de la Sagrada Escritura, confesamos el sublime artículo de la Santa Trinidad,
i.e., enseñamos que el Único Dios Verdadero (I Corintios 8.4) se ha revelado como Padre, Hijo y Espíritu
Santo (Mateo, 28.9,) tres distintas personas, de una misma voluntad divina (Juan 10.30) iguales en poder,
iguales en eternidad, iguales en majestad, desde que cada una de las personas posee la única y entera divina
voluntad (Colosenses 2.9.)”.
II

Pero es necesario para la eterna salvación creer también fielmente en la encarnación de nuestro
Señor Jesucristo. Es, pues, la fe recta que creemos y confesamos que nuestro Señor Jesucristo, Hijo
de Dios, es Dios y hombre. Es Dios engendrado de la sustancia del Padre antes de los siglos, y es
hombre nacido de la madre en el tiempo, perfecto Dios, perfecto hombre, subsistente de alma
racional y de carne humana, igual al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la
humanidad. Más aun cuando sea Dios y hombre, no son dos, sino un solo Cristo, y uno solo no por
la conversión de la divinidad en la carne, sino por la asunción de la humanidad en Dios; uno
absolutamente, no por confusión de la sustancia, sino por la unidad de la persona. Porque a la
manera que el alma racional y la carne es un solo hombre; así Dios y el hombre son un solo Cristo.

Las Sagradas Escrituras nos dejan muy claras las promesas de Dios de redimir Él mismo a la
humanidad muerta en pecados y sujeta a la Ley. Cristo es la buena noticia de Dios para toda la
humanidad, para todos los tiempos:

“Y enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú
le herirás en el calcañar.” Génesis 3.15

“Mas venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió su Hijo, hecho de mujer, hecho súbdito á la ley.”
Gálatas 4.4

“El ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia cerca de Dios. Y he aquí, concebirás en tu seno,
y parirás un hijo, y llamarás su nombre JESUS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo: y le dará
el Señor Dios el trono de David su padre: Y reinará en la casa de Jacob por siempre; y de su reino no habrá
fin. Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? porque no conozco varón. Y respondiendo el ángel le
dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te hará sombra; por lo cual también lo Santo
que nacerá, será llamado Hijo de Dios.” Lucas 1.30-35

“Mas el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo:
Que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor.” Lucas 2.10-11

“Y todos los que moran en la tierra le adoraron, cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del
Cordero, el cual fué muerto desde el principio del mundo.” Apocalipsis 13.8

Uno de los más profundos testimonios de la Iglesia Antigua sobre la Encarnación, lo encontramos
en la bellísima oración catequética de Gregorio de Niza:

“Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos
perdido la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacía falta que
nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un
libertador. ¿No tenían importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios hasta el punto de
hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla, ya que la humanidad se encontraba en un estado
tan miserable y tan desgraciado?”

La Augustana no se aparta de la profesión de fe que, desde el inicio, identifica alos verdaderos


cristianos:

“Enseñamos también que Dios el Hijo asumió la naturaleza humana en el seno de la virgen María, de manera
que hay dos naturalezas, la divina y la humana, inseparablemente unidas en una Persona, un Cristo, Dios
verdadero y verdaderamente hombre.” (Confesión de Augburgo, III)

Con gran sencillez y firme fe, el venerable Doctor Martín Lutero escribió:

“Creo que Jesucristo, verdadero Dios nacido del padre desde la eternidad, y verdadero hombre nacido de la
virgen María, es mi señor.” (Catecismo Menor, 1529)
III

El cual padeció por nuestra salvación, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los
muertos, subió a los cielos, está sentado a la diestra de Dios Padre omnipotente, desde allí ha de
venir a juzgar a los vivos y a los muertos, y a su venida todos los hombres han de resucitar con sus
cuerpos y dar cuenta de sus propios actos, y los que obraron bien, irán a la vida eterna; los que
mal, al fuego eterno.

Ésta es la fe cristiana y el que no la creyere fiel y firmemente, no podrá salvarse.

Todo el símbolo conduce al Evangelio. Esa es su cumbre. Dios es amor. En su bondad, compasión y
misericordia, nos reveló la intimidad de su esencia, no para satisfacer las ansias del intelecto, sino
para reconciliarnos con Él e introducirnos en su vida divina. Como claramente lo entendieron los
confesores luteranos al redactar la Fórmula de Concordia: «Así que la Santa Trinidad entera, Padre,
Hijo y Espíritu Santo, dirige a todos los hombres hacia Cristo como el Libro de la Vida en el cual
han de buscar la eterna elección del Padre. Pues esto lo ha resuelto el Padre desde la eternidad: A
quien él quiere salvar, lo quiere salvar por medio de Cristo.»

El Santo Evangelio es el medio de gracia por excelencia, sólo si perseveramos en él, sin
acomodaciones ni artificios:

“Y les dijo: Id por todo el mundo; predicad el evangelio á toda criatura.” Marcos 16.15

“Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual
también perseveráis; Por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no
creísteis en vano. Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo fué muerto por
nuestros pecados conforme á las Escrituras; Y que fué sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme á las
Escrituras.” 1 Corintios 15.1-4

“Y vi otro ángel volar por en medio del cielo, que tenía el evangelio eterno para predicarlo á los que moran
en la tierra, y á toda nación y tribu y lengua y pueblo, Diciendo en alta voz: Temed á Dios, y dadle honra;
porque la hora de su juicio es venida; y adorad á aquel que ha hecho el cielo y la tierra y el mar y las fuentes
de las aguas.” Apocalipsis 14.6-7

De los Padres la Iglesia tenemos testimonios:

“Cristo se te echa al cuello, porque te quiere quitar el peso de la esclavitud del cuello e imponerte un dulce
yugo.” Ambrosio de Milán.

“En la cruz..., ¿fue Cristo el que murió..., o fue la muerte la que murió en El?... ¡Oh qué muerte..., que mató a
la muerte!” Agustín de Hipona.

“Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios.” Atanasio de Alejandría.

Las confesiones luteranas, siguiendo la restauración de la pureza del Evangelio iniciada por el
Doctor Martín Lutero, llegarían a reconocer que la doctrina de la justificación es el “articulus
stantis et cadentis ecclesiae”, el artículo sobre el cual la iglesia se mantiene y cae.

“Creo que Jesucristo, verdadero Dios nacido del padre desde la eternidad, y verdadero hombre nacido de la
virgen María, es mi señor, que me ha resucitado, adquirido y ganado, siendo yo un hombre perdido y
condenado, al librarme del pecado, de la muerte y del poder del demonio, no a precio de oro y plata, sino por
su santa sangre preciosa, por su padecimiento y muerte inocentes, para que sea propiedad suya y viva bajo su
señorío en su reino, a fin de servirle eternamente en la justicia, en la inocencia y en la felicidad, lo mismo que
él mismo, al resucitar de entre los muertos, vive y reina por toda la eternidad. Esto es verdadero con toda
certeza.” (Catecismo Menor, 1529)
“Enseñamos también que no podemos obtener el perdón de los pecados y la justicia delante de Dios por
nuestro propio mérito, por nuestras obras o por nuestra propia fuerza, sino que obtenemos el perdón de los
pecados y la justificación por pura gracia por medio de Jesucristo y la fe. Pues creemos que Jesucristo ha
sufrido por nosotros y que gracias a Él nos son dadas la Justicia y la vida eterna. Dios quiere que esta fe nos
sea imputada por justicia delante de Él como lo explica Pablo en los capítulos 3 y 4 de la carta a los
Romanos.” (Confesión de Augsburgo, IV)

El artículo de la justificación, corazón y vida del Evangelio de Cristo, no es una doctrina para
guardar en la memoria o desmenuzar con el entendimiento, es “el poder de Dios para salvación de
todo aquel que cree...” Citamos aquí las palabras de Abraham Calov:

“La unión mística de Cristo con el creyente es una unión verdadera y real, y la más íntima conjunción de la
naturaleza divina y humana del Cristo teantrópico con el hombre regenerado, que es efectuada en virtud del
mérito de Cristo a través de la Palabra y de los Sacramentos. Cristo constituye, entonces, una
unidadeespiritual con la persona regenerada y obra en ella y a través de ella. Aquellas cosas que el creyente
hace y sufre, Él se las apropria, de modo que el hombre no vive (en su vida espiritual y divina) para sí
mesmo, mas por la fe en el Hijo de Dios, hasta que Él lo lleve al cielo.”

Para finalizar estas consideraciones haremos eco de las palabras del Muy Reverendo Pastor Enrique
Ivaldi Broussain en su ya citada obra Augustinus Luterano:

“Con relación a todos los maestros y comuniones que niegan la doctrina de la Santa Deidad, sostenemos que
están fuera de la Iglesia Cristiana, no teniendo ningún Evangelio, ningún Bautismo, &c., como la misma
Escritura lo testifica: ‘Quienquiera niega al Hijo, este mismo no tiene al Padre’ (I Juan, 2. 23.) El Trino Dios
es el Dios que ha dado la Gracia al hombre; Juan, 3.16-18, I Corintios, 12.3. Desde la Caída, ningún hombre
puede creer en la paternidad de Dios, a menos que crea en el Hijo Eterno de Dios, quien se hizo hombre y nos
reconcilió con Dios por Su Sacrificio Vicario (Satisfactio Vicaria,) I Juan, 2.23; Juan, 14.6.”

© 2018 – Rev. Dr. Andrés Omar Ayala