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Varicela

Es una infección viral por la cual la persona presenta ampollas que producen mucha picazón en todo el cuerpo. Era
más común en el pasado. La enfermedad es poco frecuente hoy en día debido a la vacuna contra la varicela.
Causas
El virus que causa la varicela es el virus varicela zóster. Es un miembro de la familia del herpesvirus. El mismo
virus que causa también la culebrillaen los adultos.
La varicela se puede contagiar muy fácilmente a otras personas desde el día 1 al 2 antes de que se presenten las
ampollas hasta que se formen las costras. Puede contagiarse de varicela:

 Por tocar los líquidos de una ampolla de varicela

 Si alguien con varicela tose o estornuda cerca de usted

La mayoría de los casos de varicela ocurre en los niños menores de 10 años de edad. La enfermedad casi siempre
es leve, aunque pueden ocurrir complicaciones serias. Los adultos y niños mayores se enferman más que los niños
pequeños en la mayoría de los casos.

No es muy probable que los niños cuyas madres hayan tenido varicela o hayan recibido la vacuna contra esta
enfermedad la contraigan antes de cumplir 1 año de edad. Si la contraen, a menudo tienen casos leves. Esto se
debe a que los anticuerpos de la sangre de sus madres ayudan a protegerlos. Los niños de menos de 1 año cuyas
madres no han tenido varicela o no han recibido la vacuna pueden contraer una varicela grave.

Los síntomas serios de varicela son más comunes en niños cuyo sistema inmunitario no funciona muy bien.
Autor:

Hermanos Grimm

HANSEL Y GRETEL
Había una vez un leñador y su esposa que vivían en
el bosque en una humilde cabaña con sus dos hijos,
Hänsel y Gretel. Trabajaban mucho para darles de
comer pero nunca ganaban lo suficiente. Un día
viendo que ya no eran capaces de alimentarlos y que
los niños pasaban mucha hambre, el matrimonio se
sentó a la mesa y amargamente tuvo que tomar una
decisión.

- No podemos hacer otra cosa. Los dejaremos en el bosque con la esperanza de que alguien
de buen corazón y mejor situación que nosotros pueda hacerse cargo de ellos, dijo la
madre.

Los niños, que no podían dormir de hambre que tenían, oyeron toda la conversación y
comenzaron a llorar en cuanto supieron el final que les esperaba. Hänsel, el niño, dijo a su
hermana:
- No te preocupes. Encontraré la forma de regresar a casa. Confía en mí.

Así que al día siguiente fueron los cuatro al bosque, los niños se quedaron junto a una
hoguera y no tardaron en quedarse dormidos. Cuando despertaron no había rastro de sus
padres y la pequeña Gretel empezó a llorar.

- No llores Hänsel. He ido dejando trocitos de pan a lo largo de todo el camino. Sólo
tenemos que esperar a que la Luna salga y podremos ver el camino que nos llevará a casa.

Pero la Luna salió y no había rastro de los trozos de pan: se los habían comido las palomas.

Así que los niños anduvieron perdidos por el bosque hasta que estuvieron exhaustos y no
pudieron dar un paso más del hambre que tenían. Justo entonces, se encontraron con una
casa de ensueño hecha de pan y cubierta de bizcocho y cuyas ventanas eran de azúcar.
Tenían tanta hambre, que enseguida se lanzaron a comer sobre ella. De repente se abrió la
puerta de la casa y salió de ella una vieja que parecía amable.

- Hola niños, ¿qué hacéis aquí? ¿Acaso tenéis hambre?

Los pobres niños asintieron con la cabeza.

- Anda, entrad dentro y os prepararé algo muy rico.

La vieja les dio de comer y les ofreció una cama en la que dormir. Pero pese a su bondad,
había algo raro en ella.

Por la mañana temprano, cogió a Hänsel y lo encerró en el establo mientras el pobre no


dejaba de gritar.

- ¡Aquí te quedarás hasta que engordes!, le dijo

Con muy malos modos despertó a su hermana y le dijo que fuese a por agua para preparar
algo de comer, pues su hermano debía engordar cuanto antes para poder comérselo. La
pequeña Gretel se dio cuenta entonces de que no era una vieja, sino una malvada bruja.

Pasaban los días y la bruja se impacientaba porque no veía engordar a Hänsel, ya que este
cuando le decía que le mostrara un dedo para ver si había engordado, siempre la engañaba
con un huesecillo aprovechándose de su ceguera.

De modo un día la bruja se cansó y decidió no esperar más.

- ¡Gretel, prepara el horno que vas a amasar pan! ordenó a la niña.

La niña se imaginó algo terrible, y supo que en cuanto se despistara la bruja la arrojaría
dentro del horno.
- No sé cómo se hace - dijo la niña
- ¡Niña tonta! ¡Quita del medio!

Pero cuando la bruja metió la cabeza dentro del horno, la pequeña le dio un buen empujón
y cerró la puerta. Acto seguido corrió hasta el establo para liberar a su hermano.

Los dos pequeños se abrazaron y lloraron de alegría al ver que habían salido vivos de
aquella horrible situación. Estaban a punto de marcharse cuando se les ocurrió echar un
vistazo por la casa de la bruja y, ¡qué sorpresa! Encontraron cajas llenas de perlas y piedras
preciosas, así que se llenaron los bolsillos y se dispusieron a volver a casa.

Pero cuando llegaron al río y vieron que no había ni una tabla ni una barquita para cruzarlos
creyeron que no lo lograrían. Menos mal que por allí pasó un gentil pato y les ayudó
amablemente a cruzar el río.

Al otro lado de la orilla, continuaron corriendo hasta que vieron a lo lejos la casa de sus
padres, quienes se alegraron muchísimo cuando los vieron aparecer, y más aún, cuando
vieron lo que traían escondido en sus bolsillos. En ese instante supieron que vivirían el resto
de sus días felices los cuatro y sin pasar penuria alguna.

Autor:

Charles Perrault

CAPERUCITA ROJA
Había una vez una dulce niña que quería
mucho a su madre y a su abuela. Les
ayudaba en todo lo que podía y como era
tan buena el día de su cumpleaños su abuela
le regaló una caperuza roja. Como le
gustaba tanto e iba con ella a todas partes,
pronto todos empezaron a llamarla
Caperucita roja.

Un día la abuela de Caperucita, que vivía en


el bosque, enfermó y la madre de Caperucita
le pidió que le llevara una cesta con una
torta y un tarro de mantequilla. Caperucita
aceptó encantada.

- Ten mucho cuidado Caperucita, y no te entretengas en el bosque.


- ¡Sí mamá!

La niña caminaba tranquilamente por el bosque cuando el lobo la vio y se acercó a ella.

- ¿Dónde vas Caperucita?


- A casa de mi abuelita a llevarle esta cesta con una torta y mantequilla.
- Yo también quería ir a verla…. así que, ¿por qué no hacemos una carrera? Tú ve por ese
camino de aquí que yo iré por este otro.
- ¡Vale!

El lobo mandó a Caperucita por el camino más largo y llegó antes que ella a casa de la
abuelita. De modo que se hizo pasar por la pequeña y llamó a la puerta. Aunque lo que no
sabía es que un cazador lo había visto llegar.

- ¿Quién es?, contestó la abuelita


- Soy yo, Caperucita - dijo el lobo
- Que bien hija mía. Pasa, pasa

El lobo entró, se abalanzó sobre la abuelita y se la comió de un bocado. Se puso su camisón


y se metió en la cama a esperar a que llegara Caperucita.

La pequeña se entretuvo en el bosque cogiendo avellanas y flores y por eso tardó en llegar
un poco más. Al llegar llamó a la puerta.

- ¿Quién es?, contestó el lobo tratando de afinar su voz


- Soy yo, Caperucita. Te traigo una torta y un tarrito de mantequilla.
- Qué bien hija mía. Pasa, pasa

Cuando Caperucita entró encontró diferente a la abuelita, aunque no supo bien porqué.

- ¡Abuelita, qué ojos más grandes tienes!


- Sí, son para verte mejor hija mía
- ¡Abuelita, qué orejas tan grandes tienes!
- Claro, son para oírte mejor…
- Pero abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes!
- ¡¡Son para comerte mejor!!

En cuanto dijo esto el lobo se lanzó sobre Caperucita y se la comió también. Su estómago
estaba tan lleno que el lobo se quedó dormido.

En ese momento el cazador que lo había visto entrar en la casa de la abuelita comenzó a
preocuparse. Había pasado mucho rato y tratándose de un lobo…¡Dios sabía que podía
haber pasado! De modo que entró dentro de la casa. Cuando llegó allí y vio al lobo con la
panza hinchada se imaginó lo ocurrido, así que cogió su cuchillo y abrió la tripa del animal
para sacar a Caperucita y su abuelita.

- Hay que darle un buen castigo a este lobo, pensó el cazador.

De modo que le llenó la tripa de piedras y se la volvió a coser. Cuando el lobo despertó de
su siesta tenía mucha sed y al acercarse al río, ¡zas! se cayó dentro y se ahogó.

Caperucita volvió a ver a su madre y su abuelita y desde entonces prometió hacer siempre
caso a lo que le dijera su madre.
Autor:

Charles Perrault

EL GATO CON BOTAS

Había una vez un molinero pobre que cuando murió


sólo pudo dejar a sus hijos por herencia el molino, un
asno y un gato. En el reparto el molino fue para el
mayor, el asno para el segundo y el gato para el más
pequeño. Éste último se lamentó de su suerte en
cuanto supo cuál era su parte.

- ¿Y ahora qué haré? Mis hermanos trabajarán juntos


y harán fortuna, pero yo sólo tengo un pobre gato.

El gato, que no andaba muy lejos, le contestó:

- No os preocupéis mi señor, estoy seguro de que os seré más valioso de lo que pensáis.

- ¿Ah sí? ¿Cómo?, dijo el amo incrédulo

- Dadme un par de botas y un saco y os lo demostraré.

El amo no acababa de creer del todo en sus palabras, pero como sabía que era un gato
astuto le dio lo que pedía.

El gato fue al monte, llenó el saco de salvado y de trampas y se hizo el muerto junto a él.
Inmediatamente cayó un conejo en el saco y el gato puso rumbo hacia el palacio del Rey.

- Buenos días majestad, os traigo en nombre de mi amo el marqués de Carabás - pues éste
fue el nombre que primero se le ocurrió - este conejo.

- Muchas gracias gato, dadle las gracias también al señor Marqués de mi parte.

Al día siguiente el gato cazó dos perdices y de nuevo fue a ofrecérselas al Rey, quien le dio
una propina en agradecimiento.

Los días fueron pasando y el gato continuó durante meses llevando lo que cazaba al Rey de
parte del Marqués de Carabás.

Un día se enteró de que el monarca iba a salir al río junto con su hija la princesa y le dijo a
su amo:

- Haced lo que os digo amo. Acudid al río y bañaos en el lugar que os diga. Yo me encargaré
del resto.

El amo le hizo caso y cuando pasó junto al río la carroza del Rey, el gato comenzó a gritar
diciendo que el marqués se ahogaba. Al verlo, el Rey ordenó a sus guardias que lo salvaran
y el gato aprovechó para contarle al Rey que unos forajidos habían robado la ropa del
marqués mientras se bañaba. El Rey, en agradecimiento por los regalos que había recibido
de su parte mandó rápidamente que le llevaran su traje más hermoso. Con él puesto, el
marqués resultaba especialmente hermoso y la princesa no tardó en darse cuenta de ello.
De modo que el Rey lo invitó a subir a su carroza para dar un paseo.

El gato se colocó por delante de ellos y en cuanto vio a un par de campesinos segando
corrió hacia ellos.

- Buenas gentes que segáis, si no decís al Rey que el prado que estáis segando pertenece al
señor Marqués de Carabás, os harán picadillo como carne de pastel.

Los campesinos hicieron caso y cuando el Rey pasó junto a ellos y les preguntó de quién era
aquél prado, contestaron que del Marqués de Carabás.

Siguieron camino adelante y se cruzaron con otro par de campesinos a los que se acercó el
gato.

- Buenas gentes que segáis, si no decís al Rey que todos estos trigales pertenecen al señor
Marqués de Carabás, os harán picadillo como carne de pastel.

Y en cuanto el Rey preguntó a los segadores, respondieron sin dudar que aquellos campos
también eran del marqués.

Continuaron su paseo y se encontraron con un majestuoso castillo. El gato sabía que su


dueño era un ogro así que fue a hablar con el.

- He oído que tenéis el don de convertiros en cualquier animal que deseéis. ¿Es eso cierto?

- Pues claro. Veréis cómo me convierto en león

Y el ogro lo hizo. El pobre gato se asustó mucho, pero siguió adelante con su hábil plan.

- Ya veo que están en lo cierto. Pero seguro que no sóis capaces de convertiros en un
animal muy pequeño como un ratón.

- ¿Ah no? ¡Mirad esto!

El ogro cumplió su palabra y se convirtió en un ratón, pero entonces el gato fue más rápido,
lo cazó de un zarpazo y se lo comió.

Así, cuando el Rey y el Marqués llegaron hasta el castillo no había ni rastro del ogro y el
gato pudo decir que se encontraban en el estupendo castillo del Marqués de Carabás.

El Rey quedó fascinado ante tanto esplendor y acabó pensando que se trataba del candidato
perfecto para casarse con su hija.

El Marqués y la princesa se casaron felizmente y el gato sólo volvió a cazar ratones para
entretenerse.
Las dos vasijas

Adaptación del cuento anónimo de la India


Había una vez un aguador que vivía en la India. Su trabajo consistía en recoger
agua para después venderla y ganar unas monedas. No tenía burro de carga, así
que la única manera que tenía para transportarla era en dos vasijas colocadas
una a cada extremo de un largo palo que colocaba sobre sus hombros.
El hombre caminaba largos trayectos cargando las vasijas, primero llenas y
vacías a la vuelta. Una de ellas era muy antigua y tenía varias grietas por las
que se escapaba el agua. En cambio la otra estaba en perfecto estado y
guardaba bien el agua, que llegaba intacta e incluso muy fresca a su destino.
La vasija que no tenía grietas se sentía maravillosamente. Había sido fabricada
para realizar la función de transportar agua y cumplía su cometido sin
problemas.
– ¡El aguador tiene que estar muy orgulloso de mí! – presumía ante su
compañera.
En cambio, la vasija agrietada se sentía fatal. Se veía a sí misma defectuosa y
torpe porque iba derramando lo que había en su interior. Un día, cuando tocaba
regresar a casa, le dijo al hombre unas sinceras palabras.
– Lo siento muchísimo… Es vergonzoso para mí no poder cumplir mi
obligación como es debido. Con cada movimiento se escapa el líquido que
llevo dentro porque soy imperfecta. Cuando – llegamos al mercado, la mitad
de mi agua ha desaparecido por el camino.
El aguador, que era bueno y sensible, miró con cariño a la apenada vasija y le
habló serenamente.
– ¿Te has fijado en las flores que hay por la senda que recorremos cada día?
– No, señor… Lo cierto es que no.
– Pues ahora las verás ¡Son increíblemente hermosas!
Emprendieron la vuelta al hogar y la vasija, bajando la mirada, vio cómo los
pétalos de cientos de flores de todos los colores se abrían a su paso.
– ¡Ahí las tienes! Son una preciosidad ¿verdad? Quiero que sepas que esas
hermosas flores están ahí gracias a ti.
– ¿A mí, señor?…
La vasija le miró con incredulidad. No entendía nada y sólo sentía pena por su
dueño y por ella misma.
– Sí… ¡Fíjate bien! Las flores sólo están a tu lado del camino. Siempre he
sabido que no eras perfecta y que el agua se escurría por tus grietas, así que
planté semillas por debajo de donde tú pasabas cada día para que las fueras
regando durante el trayecto. Aunque
no te hayas dado cuenta, todo este
tiempo has hecho un trabajo
maravilloso y has conseguido crear
mucha belleza a tu alrededor.
La vasija se sintió muy bien
contemplando lo florido y lleno de
color que estaba todo bajo sus pies ¡Y
lo había conseguido ella solita!
Comprendió lo que el aguador quería
transmitirle: todos en esta vida tenemos capacidades para hacer cosas
maravillosas aunque no seamos perfectos. En realidad, nadie lo es. Hay que
pensar que, incluso de nuestros defectos, podemos sacar cosas buenas para
nosotros mismos y para el bien de los demás.

Autor:

Hermanos Grimm

LOS 7 ENANOS
Un día de invierno la Reina miraba cómo
caían los copos de nieve mientras cosía.
Le cautivaron de tal forma que se despistó
y se pinchó en un dedo dejando caer tres
gotas de la sangre más roja sobre la
nieve. En ese momento pensó:

- Cómo desearía tener una hija así, blanca


como la nieve, sonrosada como la sangre
y de cabellos negros como el ébano.

Al cabo de un tiempo su deseo se cumplió y dio a luz a una niña bellísima, blanca como la
nieve, sonrosada como la sangre y con los cabellos como el ébano. De nombre le pusieron
Blancanieves, aunque su nacimiento supuso la muerte de su madre.

Pasados los años el rey viudo decidió casarse con otra mujer. Una mujer tan bella como
envidiosa y orgullosa. Tenía ésta un espejo mágico al que cada día preguntaba:

- Espejito espejito, contestadme a una cosa ¿no soy yo la más hermosa?

Y el espejo siempre contestaba:

- Sí, mi Reina. Vos sois la más hermosa.


Pero el día en que Blancanieves cumplió siete años el espejo cambió su respuesta:

- No, mi Reina. La más hermosa es ahora Blancanieves.

Al oír esto la Reina montó en cólera. La envidia la comía por dentro y tal era el odio que
sentía por ella que acabó por ordenar a un cazador que la llevara al bosque, la matara y
volviese con su corazón para saber que había cumplido con sus órdenes.

Pero una vez en el bosque el cazador miró a la joven y dulce Blancanieves y no fue capaz de
hacerlo. En su lugar, mató a un pequeño jabalí que pasaba por allí para poder entregar su
corazón a la Reina.

Blancanieves se quedó entonces sola en el bosque, asustada y sin saber dónde ir. Comenzó
a correr hasta que cayó la noche. Entonces vio luz en una casita y entró en ella.

Era una casita particular. Todo era muy pequeño allí. En la mesa había colocados siete
platitos, siete tenedores, siete cucharas, siete cuchillos y siete vasitos. Blancanieves estaba
tan hambrienta que probó un bocado de cada plato y se sentó como pudo en una de las
sillitas.

Estaba tan agotada que le entró sueño, entonces encontró una habitación con siete camitas
y se acurrucó en una de ellas.

Bien entrada la noche regresaron los enanitos de la mina, donde trabajaban excavando
piedras preciosas. Al llegar se dieron cuenta rápidamente de que alguien había estado allí.

- ¡Alguien ha comido de mi plato!, dijo el primero


- ¡Alguien ha usado mi tenedor!, dijo el segundo
- ¡Alguien ha bebido de mi vaso!, dijo el tercero
- ¡Alguien ha cortado con mi cuchillo!, dijo el cuarto
- ¡Alguien se ha limpiado con mi servilleta!, dijo el quinto
- ¡Alguien ha comido de mi pan!, dijo el sexto
- ¡Alguien se ha sentado en mi silla!, dijo el séptimo

Cuando entraron en la habitación desvelaron el misterio sobre lo ocurrido y se quedaron con


la boca abierta al ver a una muchacha tan bella. Tanto les gustó que decidieron dejar que
durmiera.

Al día siguiente Blancanieves les contó a los enanitos la historia de cómo había llegado hasta
allí. Los enanitos sintieron mucha lástima por ella y le ofrecieron quedarse en su casa. Pero
eso sí, le advirtieron de que tuviera mucho cuidado y no abriese la puerta a nadie cuando
ellos no estuvieran.

La madrastra mientras tanto, convencida de que Blancanieves estaba muerta, se puso ante
su espejo y volvió a preguntarle:

- Espejito espejito, contestadme a una cosa ¿no soy yo la más hermosa?


- Mi Reina, vos sois una estrella pero siento deciros que Blancanieves, sigue siendo la más
bella.
La reina se puso furiosa y utilizó sus poderes para saber dónde se escondía la muchacha.
Cuando supo que se encontraba en casa de los enanitos, preparó una manzana
envenenada, se vistió de campesina y se encaminó hacia montaña.

Cuando llegó llamó a la puerta. Blancanieves se asomó por la ventana y contestó:

- No puedo abrir a nadie, me lo han prohibido los enanitos.


- No temas hija mía, sólo vengo a traerte manzanas. Tengo muchas y no sé qué hacer con
ellas. Te dejaré aquí una, por si te apetece más tarde.

Blancanieves se fió de ella, mordió la manzana y… cayó al suelo de repente.

La malvada Reina que la vio, se marchó riéndose por haberse salido con la suya. Sólo
deseaba llegar a palacio y preguntar a su espejo mágico quién era la más bella ahora.

- Espejito espejito, contestadme a una cosa ¿no soy yo la más hermosa?


- Sí, mi Reina. De nuevo vos sois la más hermosa.

Cuando los enanitos llegaron a casa y se la encontraron muerta en el suelo a Blancanieves


trataron de ver si aún podían hacer algo, pero todos sus esfuerzos fueron en vano.
Blancanieves estaba muerta.

De modo que puesto que no podían hacer otra cosa, mandaron fabricar una caja de cristal,
la colocaron en ella y la llevaron hasta la cumpre de la montaña donde estuvieron velándola
por mucho tiempo. Junto a ellos se unieron muchos animales del bosque que lloraban la
pérdida de la muchacha. Pero un día apareció por allí un príncipe que al verla, se enamoró
de inmediato de ella, y le preguntó a los enanitos si podía llevársela con él.

A los enanitos no les convencía la idea, pero el príncipe prometió cuidarla y venerarla, así
que accedieron.

Cuando los hombres del príncipe transportaban a Blancanieves tropezaron con una piedra y
del golpe, salió disparado el bocado de manzana envenenada de la garganta de
Blancanieves. En ese momento, Blancanieves abrió los ojos de nuevo.

- ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?, preguntó desorientada Blancanieves


- Tranquila, estáis sana y salva por fin y me habéis hecho con eso el hombre más
afortunado del mundo.

Blancanieves y el Príncipe se convirtieron en marido y mujer y vivieron felices en su castillo.