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LA DIMENSIÓN CULTURAL DEL DESARROLLO Y LA VEJEZ.

Por M.SC. MARÍA AMELIA GONZÁLEZ BRANIELLA

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La sociedad que no cuida a sus niños


No tiene derecho al futuro
La sociedad que no cuide a sus ancianos
No tiene derecho a la historia
Anónimo

Es vital crear una cultura para el envejecimiento propiciadora de mecanismos


reflexivos, que permitan una dinámica favorable a niveles ESTATAL, COMUNITARIO Y
FAMILIAR, hasta llegar al INDIVIDUO. La medicina, demografía, sociología, psicología,
economía, así como, otras ciencias sociales y humanísticas deben enfocar, caracterizar
y proyectar esta realidad en investigaciones, no sólo sobre el envejecimiento en sí,
sino desde el envejecimiento. La preparación de todos para valorar este fenómeno,
debe ser un elemento de prioridad en las proyecciones socioculturales y económicas.
La preparación en edades cercanas a la jubilación, la convivencia intergeneracional y la
ampliación del acervo cultural del Adulto Mayor son necesidades y requisitos
indispensables en el logro de una integración a la vida activa de la comunidad.

Mejorar la calidad de vida no se mide en términos cuantitativos y está relacionado con


las necesidades básicas satisfechas. El retiro laboral, implica un riesgo de
desocialización, pero este, no debe considerarse un retiro de la vida útil; es un período
que requiere una atención previa y un análisis objetivo, donde desempeñe un papel
importante, la información.
Además de la garantía económica y de salud, surgen otros problemas, como la soledad
por falta de relaciones sociales y la indiferencia frente a la oportunidad de desarrollar
nuevos intereses, situaciones que deben resolverse mediante servicios sociales
adecuados.

Podemos afirmar que el envejecimiento creciente de la población mundial nos lleva, a


replantearnos el concepto de vejez y sobre todo mejorar la dimensión cualitativa de la
vida. Ya que vivir, para el Adulto Mayor, es poder desarrollar su existencia en
condiciones atrayentes y satisfactorias, que permitan compartir con otras generaciones
los sentimientos, valores, experiencia enriquecedora y tradiciones en el marco
apropiado de su realidad familiar y social.

Aspectos a tener en cuenta para el desarrollo de la cultura del


envejecimiento:
* Creación de bases informativas para preparar a la población y a instituciones
estatales ante la problemática del envejecimiento.
* Educar a la población joven y de edad mediana para envejecer con calidad de vida.
* Activar los programas de atención a la Tercera Edad en el orden de la salud, cultura,
deporte, seguridad social y educación para adultos.
* Desarrollo de una cultura del envejecimiento como elemento dinámico de la
sociedad.
* Esta cultura del envejecimiento, deja en sí, el sedimento de un constante ensayo -
error, que posee elementos de ajuste en la tensión dialéctica entre socialización y
aislamiento, lo tradicional y lo novedoso.

La solución de las necesidades básicas, implica la autorrealización del individuo,


aumento del nivel y la calidad de vida, así como, la participación activa. La creación de
modelos independientes, propicia la confianza y una actitud decisiva a la hora de
asumir los modelos de desarrollo humano, incorporando la transferencia tecnológica,
además de métodos coyunturales, que permiten una inserción e identificación
consciente en el proceso de cambio, sin dejar a un lado, el análisis reflexivo y dialógico
de las dimensiones del desarrollo, lo económico y lo cultural, los cuales, deben
marchar al unísono, donde uno no se vaya por encima del otro, de esta manera la
cuota de poder y la toma de decisiones se evidencia en el devenir del proceso de
cambio.

El reforzamiento y defensa de la identidad grupal e individual es la que imprime el


sentido de la vida, el compromiso y transmisión de valores, lo cual, conforma esa
historia de la cotidianeidad con estímulos favorecedores de la promoción humana.
Cuando el individuo se siente capacitado, en su papel de portador de una cultura,
necesariamente transmisible a distintas generaciones, refuerza su sentido de
pertenencia a un grupo etáreo tradicionalmente identificado, con el binomio sabiduría-
experiencia y asume el encargo social de conservar y transmitir el patrimonio cultural
familiar-comunitario, además de la memoria viva, aspectos de vital importancia en los
procesos de identidad comunitaria.

El compromiso adquirido por las personas mayores, en el contexto de desarrollo, hace


indefectiblemente, que el papel asumido tiene que adquirir matices de protagonismo,
en la construcción de una historia cotidiana, donde las referencias al pasado y las
proyecciones hacia el futuro, son obligadas.

El Adulto Mayor, se sabe necesario y fuerte en referencias, aún en sociedades donde lo


viejo no es valorado. Por esa razón, desaprovechar las posibilidades de participación y
aporte de los ancianos, es un error que a la larga costará caro.

No podemos hablar de promoción humana, si no respetamos la dignidad de la persona,


desde lo individual hasta lo colectivo. Ellos son portadores de una cultura construida a
partir de la historia familiar, pasando por la local hasta llegar a la nacional. Nuestros
viejos de hoy, nos legaron un proyecto social, una tradición, un sistema de valores y
esperan de las generaciones venideras, la continuación de su obra, además de la
creación de nuevas expectativas, generadas por el devenir social del propio desarrollo
humano. Los adultos maduros del presente, en unas dos décadas serán ancianos que
diseñaron nuevos proyectos, a partir de sus propias utopías y esperan de los que
siguen la concreción de sus sueños.

La preparación individual familiar y comunitaria en el cambio de óptica y actitud que se


impone, dado el envejecimiento poblacional creciente, precisa un reconocimiento de
las potencialidades del Adulto Mayor, así como, de su inserción y participación social en
un proceso de transmisión y ascenso cualitativo de las relaciones intergeneracionales,
a esto se le puede llamar cultura del envejecimiento. En este siglo será el momento,
en el cual, la dimensión cultural del desarrollo, primará en muchas órdenes, como
respuesta ante el avance globalizado de la tecnología y la diferencia abismal entre los
poseedores de recursos y los desposeídos, la batalla cultural adquiere matices de
sobrevivencia y defensa de la identidad. La población Adulta Mayor del 2025, será
altamente calificada y con un importante nivel científico, cultural e informativo. Sus
gustos, preferencias y la forma de aprovechar el tiempo libre serán evidentemente
muy distinto a la realidad actual, dada la elevada urgencia en el plano culturológico.
El desarrollo tecnológico, científico y económico, no dan respuesta total a nuestras
necesidades de desarrollo humano integral. Los grupos que logran vivir más años, se
enfrentan a necesidades fundamentales, que la sociedad debe intentar poner a su
alcance. La imagen de la vejez puede variar según las sociedades, no sólo constituye
un hecho natural, sino una construcción histórica cultural y comprende el orden
biológico, demográfico, económico, social y político, por tanto cultural. Sin ser en sí
misma un problema, sino una etapa normal del ciclo vital, la vejez constituye una
dificultad, cuando el grupo de ancianos no disponen de los satisfactores requeridos,
para suplir sus carencias y no puede desarrollar sus potencialidades. Desde esta
perspectiva, el problema real es que el desarrollo, contribuye a la supervivencia del
anciano, pero no siempre ha puesto a disposición de este grupo, las posibilidades de
satisfacción que sus capacidades y necesidades exigen

El cambio pone en tela de juicio, nuestros modelos tradicionales, para comprender y


atender al anciano. La consideración de la vejez, como un problema inevitable
soportable hasta que la muerte pone fin, constituye un esquema superable en el
futuro.

Las experiencias organizadas, de quienes abordan el tema con responsabilidad y


compromiso, nos demuestran, que el viejo es una fuente inagotable de
potencialidades, participación y recursos para sí mismos y para el resto de la sociedad.

Las propuestas de intervención gerontológica, se han visto sobrepasadas, por la


dinámica propia de los acontecimientos, a partir de los cuales se han constituido los
proyectos y modelos de participación. La concepción sobre el trabajo con los Adultos
Mayores, se ha transformado significativamente, a partir de experiencias vitales que
promueven referentes conceptuales, de carácter holístico.

Las posibilidades reales de la Gerontología como disciplina, se fundamentan al


trascender la atención asistencialista y la modificación de prejuicios y estereotipos, que
han obstaculizado el camino de la promoción, imprescindible para el desarrollo de una
cultura del envejecimiento.

Los que formulan políticas y los ejecutores del desarrollo, deben empezar a tomar en
cuenta el envejecimiento poblacional, deben aumentar las oportunidades para las
personas mayores y contribuir con su pericia y conocimiento, al desarrollo humano
sostenible.

No sólo debemos partir, del sujeto sobre el cual vamos a incidir, debemos tener en
cuenta, edad, sexo, nivel escolar, gustos, preferencias, necesidades básicas, estilos de
vida, estado de salud física y mental, potencialidades; además del análisis de los
recursos materiales y humanos con que contamos para acometer esta tarea, también
es medible, la disponibilidad social comunitaria, dentro del marco de la cultura del
envejecimiento.

Es un reclamo asumir un nuevo enfoque y un análisis consciente de un problema


abordado con toda la seriedad que requiere; dado el reto que el envejecimiento
poblacional impone a científicos, antropólogos y culturólogos en el presente siglo.

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Por:M.Sc. María Amelia González Braniella


(Ciudad de La Habana, Marzo 1957).
2007

Graduada de Licenciada en Educación en la especialidad de letras(1980) y Defectología


(1987) en el instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona de la Ciudad de la
Habana, Diplomada en Gerontología (1998) en el Instituto de Ciencias Médicas de
Cuba y en Antropología cultural en la Universidad de la Habana (2004) y Master en
Desarrollo Cultural en la mención de promoción del Instituto Superior de Arte (2000),
es profesor Auxiliar del instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona de la Ciudad
de la Habana e investigador Agregado. Tiene una experiencia en la docencia de
veintiséis años y en trabajo cultural de diecisiete. Ha participado en múltiples eventos
nacionales e internacionales y en estos momentos prepara su trabajo de doctorado.