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 El Tucumán y el noroeste en el período hispánico y luego de la Revolución de

Mayo

Desde la segunda mitad del siglo XVI, la gobernación del Tucumán formó parte del
virreinato del Perú, integrando la jurisdicción de la Audiencia de Charcas. Abarcaba un
extenso territorio que comprendía las actuales provincias de Santiago del Estero, Tucumán,
Córdoba, Salta, La Rioja, Jujuy y Catamarca. Esta gobernación había surgido de la
iniciativa de un grupo de hombres que desde el norte y Chile se internó en el territorio que
eventualmente se convertiría en lo que conocemos como el Interior argentino, estimulado
tanto por el sueño de encontrar la fabulosa tierra de César -que chocó con la realidad de una
región pobre en metales preciosos- como por la necesidad de encontrar una salida al
Atlántico por donde el Alto Perú y el Tucumán pudiesen obtener un más rápido y barato
abastecimiento de productos ultramarinos. De acuerdo con este segundo objetivo, la
gobernación de Tucumán se afirmó como una zona proveedora de ganado e industria textil
para el mercado altoperuano, llegando a ser el principal centro de producción y la zona más
poblada del actual territorio argentino. Pero el destino de la economía tucumana estaba
demasiado estrechamente ligado al del Alto Perú, y con la crisis de la actividad minera
potosina a fines del siglo XVII, el comercio de ganado y las industrias artesanales de las
provincias del Interior entraron en decadencia. La misma se acentuó con la apertura del
puerto de Buenos Aires a fines del siglo XVIII. Este último factor incidió de manera crucial
en el desplazamiento del eje económico del Tucumán hacia la zona litoral (1).
A partir de 1776, el Tucumán quedó integrado en el virreinato del Río de la Plata. Pero
esta gobernación comprendía un territorio demasiado vasto. Los límites jurisdiccionales de
la gobernación no tenían en cuenta las distancias entre las ciudades, la dispersión de las
autoridades, y la complejidad de los problemas locales, acentuada por los dos primeros
factores. Ya antes de la creación del virreinato las autoridades americanas habían apreciado
el problema que implicaba la extensión de la gobernación del Tucumán en términos de
control político y administración financiera. En 1771, el fiscal de la Audiencia de Charcas,
Álvarez de Acevedo, sugería al virrey Amat la conveniencia de fraccionar el Tucumán en
dos jurisdicciones: una con capital en Salta, que comprendiese la provincia homónima y las
de Jujuy y Tucumán, y otra con capital en Córdoba y que abarcase Santiago del Estero,
Catamarca y La Rioja. Pocos años después, los oficiales de real hacienda de Tucumán y el
propio virrey del Perú plantearon la misma propuesta de Acevedo. Estas propuestas
suponían que la integración de Salta, Jujuy y Tucumán en una jurisdicción separada
solucionaría los problemas que planteaba la gran extensión de la gobernación del Tucumán.
Lamentablemente, la fragmentación del gobierno de Tucumán, impuesta por la Real
Ordenanza de Intendentes de 1782, no contempló las propuestas anteriormente
mencionadas, ya que creó una intendencia de Salta que comprendía a la provincia del
mismo nombre junto a las de Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca. Esta intendencia
de Salta, sede de las cajas reales, iba a contrapelo de las diferencias regionales y las
tensiones producidas por el espíritu localista que dichas diferencias alimentaban (2).
La falta de integración regional de la intendencia de Salta quedaba comprobada al
examinar la actividad comercial dentro de la misma. En Salta el comercio de mulas era la
actividad esencial. Hacia 1802 se calculaban en 50.000 las mulas y en 2.000 las cabezas de
ganado vacuno arriadas hacia el Alto Perú y Perú. En Jujuy las arriadas de mulas hacia el
mercado altoperuano también eran importantes, si bien en menor grado que en el caso
salteño. En Tucumán, la venta de ganado a las provincias de "arriba" ocupaba un sitio
destacado. Pero por su singular ubicación geográfica, Tucumán tuvo mayor contacto con
las distintas ciudades y regiones, además de una producción industrial más destacada que
las otras provincias del Noroeste. La construcción de carretas para el comercio con el norte
y el envío de suelas o cueros curtidos, bateas y objetos de madera a Buenos Aires, Córdoba
y otras localidades producían cifras nada despreciables. A Tucumán llegaban $ 90.000 en
efectos de Castilla, pero su balanza comercial arrojaba un saldo favorable mayor a los $
77.000, índice de la dimensión alcanzada por la economía tucumana. A su vez, y a
diferencia de los casos de Salta y Jujuy, el comercio de mulas no era tan significativo en
Catamarca y Santiago del Estero, donde la industria textil tenía cierta importancia. Los
lienzos y paños catamarqueños se vendían a comerciantes de Córdoba y Buenos Aires. Los
ponchos santiagueños se vendían casi enteramente en Buenos Aires, demostrando un perfil
litoral que no tenían las provincias de Salta, Jujuy y Tucumán, estrechamente ligadas al
mercado altoperuano. Las diferencias entre estas tres últimas provincias y las de Santiago
del Estero y Catamarca se evidenciaban también en el rubro importaciones. Salta consumía
tan sólo $ 2.000 de efectos de Castilla; Santiago, en cambio, recibía $ 50.000 (3).
Obviamente las provincias más ricas resistían la unión con las de menores recursos.
A estas diferencias entre Salta, Jujuy, Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca se
sumaron las tensiones existentes entre ciudad y ciudad. Desde el comienzo de la conquista
y colonización española en el Río de la Plata, las ciudades habían adquirido un marcado
particularismo. El cabildo era el símbolo institucional más representativo de dicho
particularismo. Si bien con la organización impuesta por la Real Ordenanza de Intendentes
los Borbones intentaron cercenar el poder del cabildo y de esta forma el de los criollos o
españoles americanos, esta institución asumió la defensa de los intereses lugareños. Ese
particularismo con el correr del tiempo no sólo se mantuvo sino que se potenció,
conspirando contra los esfuerzos de la administración borbónica de integrar a las ciudades
con su capital intendencia o a las ciudades entre sí. El particularismo resultaba aún más
poderoso que el regionalismo (4). Dice con acierto Carlos S. A. Segreti:

Débiles, muy débiles son los lazos que unen a una ciudad con otra, a pesar
de los elementos que las interrelacionan. Así es como se engendra, en cada
ciudad, una mentalidad localista que adquiere verdadero rigor a lo largo del
siglo XVIII. Dos centurias de vigencia llevan esta mentalidad cuando, desde
la metrópoli, se intenta una transformación mediante la creación del
virreinato (1776) y la implantación del sistema intendencia (1782)... El
sistema intendencias se propuso una integración en grados, que debió luchar
contra los vacíos ecuménicos que separaban una ciudad de otra y contra la
consiguiente endeble cohesión interna. Entre 1782 y 1810, pues, el régimen
intendencias no pudo crear una mentalidad provincial -con el alcance
territorial de cada intendencia- capaz de coexistir, por lo menos, con la
mentalidad localista. De la misma manera y con mayor razón no fue posible
crear una mentalidad virreinal... (5)

Posteriormente, y tal como lo señala Norma Pavoni:

La guerra por la independencia deberá desarrollarse dentro de un marco


donde los intereses localistas imperaban y se sobreponían a todo otro
sentimiento aglutinante que permitiera deponer aquéllos en aras de un
interés común. El impacto de la guerra en las economías locales (...) ahondó
esos particularismos, creando más de un problema al nuevo Estado que
luchaba por tomar forma (6).

Al igual que en las otras regiones del ex virreinato del Río de la Plata, el proceso
revolucionario provocó cambios importantes en la estructura social y económica de la
región Noroeste. Uno de ellos fue la retracción del comercio con el mercado altoperuano y
peruano, en poder de los realistas hasta 1825 salvo breves intervalos. Pérdida importante
pues el Alto Perú proveía el mercado vital para las mulas de Salta y Jujuy, pero también el
metálico con el cual se pagaban las importaciones de ultramar que entraban por el puerto de
Buenos Aires. Si bien hubo tráfico clandestino con el mercado altoperuano, éste no pudo
paliar la interrupción del comercio lícito, aunque resulte imposible evaluar el impacto en
cifras. Esta contracción comercial incidió en el tesoro público en momentos en que la
guerra revolucionaria exigía frecuentes desembolsos de dinero e inversión en bienes y
hombres. En consecuencia, el gobierno revolucionario recurrió a los bienes particulares y al
aumento de cargas impositivas sobre la población, cargas que se tornaron particularmente
odiosas en el caso de las provincias norteñas, por su ubicación fronteriza frente al Alto Perú
realista, cuyos avances había que contener. Salta y Jujuy eran campo de batalla permanente
entre patriotas y realistas. Los hacendados debieron soportar frecuentes contribuciones,
embargos y empréstitos para el mantenimiento del ejército revolucionario, que mermaron
sus fortunas. El resto de la población, que poco o nada poseía, debió ofrendar su propia
vida en las continuas levas y reclutamientos, nunca suficientes para una lucha larga. El
comerciante de efectos ultramarinos sólo vendía al por menor, con "mucho fiado y poca
plata", y el ejército patriota tomaba sus mercaderías "con boleto y bien baratas", siempre a
pagar en fecha incierta. Las derrotas de los ejércitos revolucionarios, además, podían
paralizar las ventas en forma total. Muchas casas de comercio en otro tiempo florecientes y
fortunas particulares debieron enfrentar la bancarrota a causa de los efectos de la guerra.
Los estancieros veían mermadas sus haciendas, confiscadas sus producciones y utilizadas
sus tierras para depósito del ganado recolectado por el ejército. La guerra generó
modificaciones en la situación de los antiguos poseedores de capital (7).
La economía quedó afectada por la guerra y acentuó las tensiones preexistentes,
añadiendo nuevas fuentes de conflicto, por ejemplo, la competencia por la venta al
menudeo entre comerciantes locales ubicados en la porción libre de realistas de la ruta del
norte, con los comerciantes que llegaban "de abajo", porteños e ingleses. En este contexto
norteño plagado de tensiones, la población local intensificó sus resquemores respecto de
aquéllos que, llegados del Litoral, ejercían una actividad competitiva que perjudicaba sus
propios intereses. Ejemplos de esta tendencia fueron los mayores gravámenes municipales
impuestos en 1814 en Salta a los introductores no vecinos, y las peticiones de los
comerciantes tucumanos en 1815, solicitando se prohibiese el expendio de efectos
internados en plaza por los ingleses (8).

Como sostiene Pavoni,

La necesidad de encontrar nuevos recursos para la subsistencia o de


defender lo que todavía quedaba de las antiguas fuentes de riqueza, ahondó
el localismo de cada ciudad y su jurisdicción. Y este localismo conspiraba
necesariamente contra la cohesión entre las distintas partes del cuerpo
político, en momentos que la causa independentista exigía la unión y el
esfuerzo mancomunado de todas ellas. Es así como, en los momentos más
críticos, volvieron a replantearse entre ciudad y ciudad antiguas y enojosas
cuestiones económicas, expresadas ahora en el plano político a raíz de la
oportunidad que brindaba la revolución de iniciar el proceso de la
organización del Estado (9).

Los cabildos, en su afán de romper los lazos que los ataban a su capital intendencia,
hicieron suyo el principio del derecho de los pueblos a autogobernarse en ausencia de la
autoridad central, que por otro lado contaba en el Río de la Plata con un antecedente tan
remoto como la real cédula de 1537, otorgada a los vecinos de Asunción. Este principio,
muchas veces puesto en práctica en el período colonial, fue utilizado sucesivamente por la
Junta de Montevideo y por la de Buenos Aires en mayo de 1810, en este último caso
asumiendo el gobierno en nombre del monarca preso por Napoleón hasta que éste retornara
a la corona española. También lo aplicó el Cabildo de San Salvador de Jujuy, cuyos oficios
y los de su diputado Juan Ignacio de Gorriti, elevados a la Junta Grande el 19 de febrero, el
4 de mayo y el 19 de junio de 1811, reflejaban claramente el alcance del espíritu localista.
En el primero se solicitaba que en el nuevo sistema de gobierno a establecerse, la ciudad de
Jujuy y su jurisdicción fuera "reputada como una pequeña república que se gobierna a sí
misma", regida por su propia constitución, además de la general, y por sus propias
autoridades con todas las facultades que corresponden a los intendentes (10). Poco después,
con motivo de la creación de las juntas principales y subordinadas, Gorriti reclamó "la
absoluta igualdad de derechos de todos los pueblos" y la autonomía de cada ciudad,
remarcada esta última con las siguientes palabras:

De ciudad á ciudad, bien que en punto menor, hay las mismas


consideraciones, que entre nación, y nación. Si dos naciones limítrofes son
concurrentes a una misma pretensión, cada una procurará sacar las ventajas,
que le ofrezca su prepotencia para engrandecerse. Del mismo modo, si dos
ciudades de un mismo dominio, están en concurrencia de intereses, cada una
procurará rebajar cuanto pueda las utilidades de la otra, y aumentar las
propias... Si en estas circunstancias la una es arbitra de disponer, no omitirá
traba para inutilizar los esfuerzos de su rival, y sacar ventaja de la
impotencia de esta (11).

Como ejemplo de ello, el diputado jujeño advertía sobre el interés de Salta en aprovechar
con exclusividad la explotación de las distintas actividades económicas de la provincia,
tales como invernadas de mulas, extracción de ganados, plantíos de tabaco y habilitación de
fronteras.
En ese particularismo tan marcado de los distritos municipales, en esa mentalidad
localista que se imponía, se basaron las rivalidades de todo tipo que hicieron fracasar los
intentos de unificación interna durante el período colonial y dificultaron el desarrollo del
proceso revolucionario, atentando contra la consolidación de la conciencia nacional y del
Estado. Estas rivalidades de tenor localista hallaron su expresión más definida a partir de
1820. En una inequívoca muestra de la presencia de este espíritu localista, el diputado
jujeño Gorriti decía que cada ciudad debía entenderse con el gobierno superior; y de este
modo:
Vamos a dar una forma simple, y mui sencilla al sistema, y adelantamos un
paso mui glorioso hacia la libertad política á que aspiramos; cuando la
dependencia en que tenemos a las ciudades no diste una línea del
federalismo que es el término de la servidumbre (12).

¿Qué entendía Gorriti por federalismo? Los documentos disponibles no dan suficientes
elementos para afirmar si las palabras del diputado jujeño fueron el primer escrito federal
de la historia argentina. En aquella época y hasta bien avanzado el siglo XIX, las palabras
federalismo, federación y confederación solían emplearse indistintamente y sin mucha
claridad en cuanto a sus alcances (13).
Frente al espíritu localista de Gorriti estaba el pensamiento centralista del deán Gregorio
Funes, basado en el régimen de intendencias. En su polémica con el diputado jujeño, Funes,
representante de la capital de la intendencia de Córdoba, sostuvo su opinión contraria a la
independencia de los distritos menores con las siguientes palabras:

Por de pronto se resiste a mí comprensión que para un grande estado pueda


ser buena una forma de gobierno en que los (sic) más pequeñas y remotas
partes solo se hallen unidas por un centro común. Cuanto mas dilatados son
los estados tanto más difíciles de gobernarse... La misma dificultad de la
empresa parece que exige que esa grande masa se divida y subdivida en
razón de su mole y extensión... Véase aquí el punto natural de reunión.
Sobre este punto deben formarse gradualmente otros políticos cuyo efecto
será estrechar más y más el estado, y dar al muelle principal un avión más
seguro, más rápido, y desembarazada (14).

La lógica de la guerra de independencia y las resistencias que, en diversos puntos del ex


virreinato del Río de la Plata, despertaba la autoridad del gobierno revolucionario de
Buenos Aires llevaron a éste a pretender imponer su voluntad a través de un esquema
centralista que fue rechazado por las provincias del Interior. Al compás de la guerra contra
los ejércitos realistas, viejas y nuevas rivalidades políticas se sucedían. A los
enfrentamientos de Güemes con el general del Ejército del Norte y director supremo, José
Rondeau, se sumaban las agitaciones separatistas de los distritos menores respecto de sus
capitales de gobernación. A su vez, la militarización de las fuerzas locales, impuesta por las
necesidades de la guerra independentista, favorecía el surgimiento de caudillos y poderes
locales. La mentalidad localista -o sentimiento de "patria chica"- estaba cada vez más
arraigada en la población. Al respecto son significativas las palabras de Belgrano a Güemes
en 1817, aclarándole que si:

Nuestros paisanos estuvieran imbuidos de lo que es espíritu de Nación, y no


reducida su idea de Patria á solo su lugar, y cuanto más su provincia, y
quisieran seguirme, yo aseguro á Ud. que nada tendríamos que trabajar para
ir arrollando esa canalla, casi sin tirar una bala, pero todavía es muy
temprano para que el espíritu nacional haga sus efectos, y conozco que debe
ir por grados (15).

Los desaciertos de los directores supremos porteños prepararon el clímax propicio para la
fragmentación del año 1820. Con la caída del Directorio se cerró una etapa de frustrados
intentos de centralización desde Buenos Aires que habían comenzado en mayo de 1810. A
partir de ese momento, los pueblos de cada distrito -con excepción de Jujuy, unido a Salta
hasta 1834- asumieron su propia entidad política. Las provincias se convirtieron en
verdaderos mini-Estados, cuyas armas no sólo fueron la lanza y el fusil sino las aduanas
interiores. Privadas de la Aduana porteña, las provincias debieron crear sus propias
aduanas, cuyos derechos sobre exportación e importación constituían la mayor fuente de
recursos para las finanzas de cada economía provincial.

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