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Movimiento Mexicano para la Escuela Moderna

UNA LECTURA IDEAL1


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Graciela González de Tapia ,

La escuela burocrática, regida por sus programas, exámenes y calificaciones, da muy poca
oportunidad a los niños para que desarrollen el gusto por aprender. No permite que fluya
su curiosidad, ni afloren sus incógnitas, ni que aprendan lo que fundamentalmente les
interesa. Ni siquiera toma en cuenta su natural forma de expresión.
Ya desde las primeras letras, los niños están sometidos a la ejecución de planas: de
palitos, de vocales, de la eme, la be, la de ma, me, mi, mo, mu, la de bra, bre, bri, bro, bru.
La lógica infantil se ve interferida por la articulación de sílabas, a partir de las
grafías que llenan las páginas de los cuadernos de los niños, pero que no les comunican
nada.
¿Qué sentido lógico pueden tener esos dictados de mesa, suma, malo, sol, mamá,
mole, misa, sal?
Cuando ya leen, los chicos van silabeando su frase despacito. Al preguntarles ´qué
dice´, ¡cuántas veces la respuesta es un ligero movimiento ascendente de los hombros
que significa “no sé”, acompañado de una mirada de susto!
Llegar a comprender lo que leen significará otro esfuerzo, como sortear un estorbo
o una trampa que quedó ahí desde que aprendieron que la te con la a dice ta.
Paralelo a este aprendizaje rutinario y aburrido, los niños sienten que la escuela es
un sitio de rutina y aburrimiento, y que aprender a leer es un pequeño martirio al que hay
que someterse en aras de lo que los adultos llaman cultura.
No es de este modo como se pueden aficionar a la lectura, que pudiendo ser tan
placentera, apenas si se revela como una insulsa obligación.

1
Texto elaborado en 1991.
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Profesora de educación primaria, pionera de la Pedagogía Freinet en México. Directora de la Escuela primaria Manuel
Bartolomé Cossío, fundada conjuntamente con José de Tapia Bujalance.

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Los niños dicen cosas maravillosas cuando se les permite hablar. Necesitan,
además, ser escuchados, y el conocimiento que adquirieron ha de tomar como punto de
partida sus propias palabras y experiencias. ¿Por qué no tomar en cuenta sus vivencias
para iniciarlos a la lectura y a la escritura?
Ellos saben que los adultos además de hablar, leen. Saben que unos dibujitos que
no representan cosas, ´dicen algo´. No les es extraño que aparezcan escritas en el
pizarrón las cosas que ellos dicen, al contrario les encanta. Poner al niño en contacto con
sus palabras, ahora escritas por su maestro, es más que suficiente para que los niños lean
en forma tan natural, como fue posible que hablaran a los dos años de edad.

Imaginemos al grupo. Platican los niños entre ellos. El maestro organiza la plática
pidiendo que levanten la mano para hablar uno a la vez, de modo que puedan ser
escuchados por todos. Conversan, digamos, sobre sus regalos de Reyes. Lupe llevó a la
escuela una caja con los vestiditos que le regalaron para su muñeca. El maestro también
interviene ampliando el tema o explicando cosas que los niños quieren saber. Después
escribe en el pizarrón, con letra ´script´ bastante grande, algo como:
La muñeca de Lupe estrenó unos vestiditos
El maestro lee para todos, señalando con un puntero o una regla cada palabra. Los
niños repiten a coro. Después, un juego de visualización. “¿Dónde dice Lupe? Lupe, pasa al
pizarrón a señalar”, dice el maestro entregando a Lupe el puntero.
Luego han de pasar todos los niños o la mayoría, a señalar cada uno la palabra que
indique el maestro. Con la manita en alto los niños esperan su turno. Todos quieren pasar.
El bosque de manos permanece.
Después leen a coro la frase con sintaxis diferente, siguiendo el puntero que el
maestro hace brincar sobre el pizarrón.
La – muñeca – de – Lupe – estrenó – unos – vestiditos
Unos – vestiditos – estrenó – la – muñeca – de – Lupe
Estrenó – la – muñeca – de – Lupe – unos – vestiditos

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Todos ríen si acaso al maestro se le ocurre señalar
La – muñeca – estrenó – unos – vestiditos – de – Lupe

En seguida se distribuyen los cuadernos blancos, sin raya, y cada niño copia como
puede el texto del pizarrón, ilustrándolo a continuación con un dibujo alusivo.
En un par de meses los primeros garabatos se configuran como escritura, los niños
serán capaces de escribir y dibujar con una gran desinhibición.
El tiempo vuela. Ya casi es la hora de recreo. La clase ha sido tan viva que el tiempo
se hace pequeñísimo.
Los niños producen diferentes escritos cada día, pero también el maestro expresa
su creatividad al inventar y dirigir los ejercicios de visualización. Puede pedir a los niños
que señalen palabras, que las subrayen, que las rodeen con gises de colores, que las
borren y las vuelvan a escribir.
A medida que se presentan día con día las frases sobre el pizarrón, los niños las
internalizan y estructuran el lenguaje escrito, a partir de las semejanzas y las diferencias
que observan en los textos. Cada niño realiza un análisis interno que descompone las
palabras en sus componentes, y según su grado de madurez asocia por sí mismo los
fonemas que cada uno representa. En el momento que adquiere la lectura, está
capacitado para expresarse por la palabra escrita. Podrá, como decía Karen cuando lo
logró, “escribir sin ver”. “Yo ya puedo escribir sin ver”, decía llena de orgullo y satisfacción.
Así explicaba que podía redactar lo que quería, que ya no le era indispensable copiar del
pizarrón (ver) para escribir.
Y a la seguridad y al gozo enorme que esta adquisición proporciona a los
pequeños, se agrega otra ventaja, de incalculable valor: los niños pueden leer y escribir
funcionalmente mucho antes de saber el nombre de las letras.
Cientos de frases fueron creadas y recreadas para lograrlo:
“La muñeca de Lupe estrenó unos vestiditos. Paco partió la rosca en casa de su
tía. Hoy hace mucho frío. Ya nació el hermanito de Luisa. Marina tiene un

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perrito que se llama Chincolo. Mañana vamos a ir a Chapultepec. El pollito de
Pablo se murió…”
Tal vez frases semejantes se encuentran en los libros para niños. Tal vez podrían
leer algo como “La mamá de Laura nos repartió agua de limón”, pero la carga afectiva de
una frase similar será mucho más fuerte, si acaso está dicha por un compañerito, Laura es
su amiga, y también ellos probaron el agua de limón.
¿Cuántas planas del cuaderno se llenaron para que aflorara en ellos la lectura y la
escritura? Muchas, muchísimas. Pero cada una recibió la expresión de un niño, la
narración de una experiencia personal. Se habrán llenado muchísimas páginas, todas ellas
cargadas de ternura, de emoción, de felicidad o de tristeza, de gracia incomparable, de
vida.
Este proceso es muy bello, pero no de color de rosa.
Hay que trabajar duro. Hacer dos o más ejercicios diarios de visualización y muchísimos de
psicomotricidad. Escuchar a todos los niños, conocerlos, alentarlos. Estar siempre a su
disposición. Hacer lo que más se pueda por cada uno de ellos.
La satisfacción de verlos crecer, madurar, razonar, aprender, discutir, filosofar…es
enorme, pero no gratuita: Hay que luchar por ella.
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Habrá también quien diga que el método no funciona, que no alcanza el tiempo, o
que sí se quiere probar, pero que su director no quiere, que los métodos fonéticos y
silábicos son más rápidos y seguros, que le piden sus autoridades que los niños en cuatro
meses ya sepan leer. Está bien.
Habrá quien se sienta maestro al dictar “Tomasa toma el tomate de Tito” y ver la
respuesta dócil del grupo que al tiempo escribe Tomasa toma el tomate de Tito, y
finalmente “enseñará” a los niños a leer, a pesar de ellos mismos.