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Delitos de omisión

Minuta para fines docentes


(2011)

Héctor Hernández

1. Conforme al art. 1º CP puede ser delito tanto una acción como una omisión. Por omisión se
entiende no hacer algo que se está en condiciones de hacer y que se espera que se haga. No
omite bailar el que en clase de derecho penal no baila, simplemente porque no se espera que
baile. Omite hacer clases, en cambio, el profesor que no hace una clase fijada en el programa
del curso. La omisión empieza a ser jurídicamente relevante cuando la expectativa es
recogida en una norma jurídica, específicamente en un mandato, esto es, una norma que
impone un deber positivo de actuar1.

2. Tradicionalmente las omisiones punibles han sido la excepción. Se ha entendido que en un


orden jurídico liberal el Estado debe inmiscuirse lo menos posible en la esfera de libertad de
las personas, imponiéndoles por regla general deberes negativos (prohibiciones) y sólo
excepcionalmente (y con menor reproche) deberes positivos o mandatos, que implicarían una
carga mayor que la estrictamente necesaria para mantener el orden social. En otras palabras,
parecería más legítimo prohibir hacer el mal que obligar a hacer el bien, a la vez que
merecería mayor reproche (por la mayor “energía criminal” desplegada, etc.) quebrantar
activamente la prohibición que quedarse sentado sin cumplir con el deber. Desde luego estas
ideas son susceptibles de mucha matización, pero parecen presidir todavía, siquiera de modo
subyacente, la proporción de delitos de acción y de delitos de omisión.

3. Se distinguen dos clases de delito de omisión: los delitos de omisión propia (o simple) y los
delitos de omisión impropia (o de comisión por omisión)2. La distinción es relevante porque
el análisis que hay que realizar respecto de cada clase es diferente. Lamentablemente no
existe pleno consenso en cuanto al criterio de distinción. Según un criterio formal son delitos
de omisión propia los expresamente tipificados en la ley y de omisión impropia los que no
están expresamente tipificados (criterio que adelanta las dificultades de legitimación de la
última categoría ¡ni más ni menos que desde el punto de vista del principio de legalidad!).
Según una tesis que distingue entre mandatos y prohibiciones, mientras en la omisión propia
sólo se infringe un mandato, en la omisión impropia la infracción del mandato da lugar a la
infracción de una norma prohibitiva, concretamente aquélla que prohíbe afectar un cierto bien
jurídico. En la medida, sin embargo, en que en principio todo tipo penal aspira a proteger
algún bien jurídico, la distinción se hace imposible. Una tercera tesis distingue entre delitos
de resultado y de mera actividad, de modo que serían delitos de omisión propia los que
consisten en la no realización de una actividad determinada debida, en tanto que serían de
omisión impropia aquéllos en que más que no realizarse una conducta determinada, no se
evita la producción de un resultado típico determinado. La aplicación de estos distintos
criterios conduce a resultados también distintos.

Al margen de la discusión, al menos cabe tener presente que casos paradigmáticos de omisión
propia son la omisión de socorro (art. 494 Nº 14 CP), el delito funcionario de omisión de
pago (art. 237 CP) o la no presentación de niño (art. 355 CP), en tanto que caso modélico de
1
En oposición a una norma prohibitiva, que impone un deber negativo de abstenerse de realizar determinadas conductas.
2
Algunos autores distinguen entre el binomio omisión propia / omisión impropia y el binomio omisión simple / comisión
por omisión, con fundamento en el distinto criterio de distinción. Aquí se usan ambos pares categoriales como sinónimos.

1
omisión impropia es el homicidio (art. 391 CP) que comete el padre que no alimenta a su hijo
que muere luego de inanición3, o el que comete el médico tratante que no practica las
maniobras necesarias para salvar al paciente que está sufriendo un paro respiratorio que le
provoca en definitiva la muerte.

4. La dogmática de los delitos de omisión propia es relativamente simple. En rigor se trata de


aplicar la misma teoría del delito aprendida para los delitos de acción, con pequeños ajustes.

En efecto, verificado que hay omisión (no hacer algo que se podía hacer y se esperaba que se
hiciera), la primera cuestión es si esa omisión es típica o no. Desde el punto de vista de la
tipicidad objetiva el asunto es si dicha omisión satisface o no las exigencias de un tipo penal.
Con el ejemplo del art. 237 CP habrá que verificar que el sujeto es empleado público, que
tiene fondos públicos a su cargo, que está en principio obligado a hacer un pago y que,
efectivamente, no lo hace. Desde el punto de vista subjetivo habrá que verificar que el sujeto
omite con dolo (no hay omisión de pago culposa), es decir, que se reconoce plenamente en la
situación típica (sabe que es empleado público, que tiene a su cargo fondos para hacer pagos,
que le están pidiendo el pago, que prima facie se dan los requisitos para hacerlo) y, no
obstante, no paga. El dolo sólo requiere el conocimiento de las circunstancias que hacen
nacer el deber (el error al respecto es error de tipo), no conocimiento del deber mismo (cuyo
desconocimiento es error de prohibición, por ejemplo si cree que por alguna razón
excepcional está obligado a no cursarlo). Se suele decir que el dolo en los delitos de omisión
sólo exige conocimiento y no voluntad de realización, lo que desde un punto de vista práctico
es indudablemente cierto, aunque probablemente lo más exacto sea decir que dicha voluntad
se expresa sin más en el hecho de la omisión consciente4.

En materia de causas de justificación, a pesar de que éstas están redactadas con referencia
muy clara a los delitos de acción y que en la primera parte del Nº 12 del art. 10 CP parece
encontrarse una norma especial para las omisiones (“El que incurre en alguna omisión,
hallándose impedido por causa legítima…”), no parece ni forzoso ni conveniente prescindir
de aquéllas, entre otras razones porque son susceptibles de interpretación amplia y porque el
art. 10 Nº 12 CP a veces no es suficiente (así, por ejemplo, puede ser que el omitente no esté
impedido de actuar, sino que excepcionalmente tenga derecho a omitir). Se trata de un punto
pacífico en doctrina. Conceptualmente se reconoce como causa específica de justificación
para los delitos de omisión la llamada “colisión de deberes”, esto es, la situación en que un
sujeto se encuentra en una situación en que no puede cumplir un deber sin dejar de cumplir el
otro. Tal es el caso del que se encuentra a varias personas en la situación de necesidad del art.
494 Nº 14 CP, pudiendo socorrer a cualquiera de ellas (por eso se puede afirmar que hay
omisión), pero sin posibilidad de socorrerlas a todas: se entiende que la omisión de socorro
del resto está justificada. Al respecto la doctrina comparada exige, sin embargo, que se
cumpla de preferencia el deber más importante, esto es, el referido al bien jurídico más
importante. Entre bienes de igual valor la elección es libre.

En materia de causas de exculpación también se acepta que son aplicables las causas
genéricas: inimputabilidad, fuerza irresistible y miedo insuperable, error de prohibición. En lo
que respecta a la segunda parte del art. 10 Nº 12 CP (“El que incurre en alguna omisión,
hallándose impedido por causa… insuperable”), que sugiere fuertemente una cláusula

3
Si puede haber parricidio (art. 390 CP) por omisión es una cuestión de parte especial que aquí puede quedar sin
resolver.
4
Esto con independencia de la discusión sobre la verdadera pertinencia de la exigencia de un elemento volitivo en el
dolo.

2
general de inexigibilidad en materia de omisión, algunos autores entienden que,
efectivamente, se trata de una causa de exculpación, en tanto que otros sostienen que se trata
de una hipótesis ya de ausencia de omisión. Lo primero puede parecer superfluo a la luz del
art. 10 Nº 9 CP (si se entiende aplicable, como en general se hace), lo segundo lo es a la luz
del concepto mismo de omisión. Por lo mismo, no obstante la necesidad de dilucidar el punto,
carece de consecuencias prácticas significativas.

En síntesis, más allá de discusiones puntuales (que suelen ser más de parte especial que de
teoría del delito), la dogmática de omisión propia no acarrea grandes dificultades.

5. Más compleja es la situación de los delitos de omisión impropia, y no sólo desde perspectiva
dogmática, sino también y sobre todo de legitimidad constitucional. A continuación se
describen por separado ambos aspectos:

6. Un caso de manual de delito de omisión impropia sería el del salvavidas contratado para
cuidar a los bañistas de una playa que no le presta auxilio a alguien que se está ahogando
porque sorpresivamente le parece que le pagan muy poco, con el resultado de que el bañista
muere ahogado. La solución estándar no es que el salvavidas responda por la falta de omisión
de socorro del art. 494 Nº 14 CP, sino que como autor de un delito de homicidio por omisión.
Si se acepta, como se ha hecho tradicionalmente, que matar es causar la muerte de una
persona (otra forma de verlo infra 9), pareciera ser que el salvavidas no ha matado al bañista,
porque no ha causado su muerte sino sólo no la ha evitado. Si no obstante se hace responsable
al salvavidas por homicidio es porque se acepta que ciertas omisiones que no están
especialmente previstas por la ley (las impropias) cuentan como acciones típicas, es decir,
que no evitar la muerte de una persona cuenta, bajo ciertos presupuestos que deben
precisarse, como causarla activamente para los efectos del delito de homicidio. Dichos
presupuestos, que son el resultado provisorio de un desarrollo dogmático de al menos dos
siglos, son los siguientes:

a. Requisito de base de la omisión impropia es que el sujeto se encuentre en una posición


de garante, esto es, en una situación en virtud de la cual tiene el deber (“deber de
garante”) de evitar un determinado resultado típico, como, por ejemplo, la muerte de
una persona. El deber del garante es un deber especial, no es el deber genérico de
todo el mundo de no dañar a otros ni un deber básico de solidaridad que también rige
erga omnes (como el que subyace en la omisión de socorro), sino un deber específico
que sólo grava a quienes se encuentran en la situación especial. No todo el mundo es
garante ni, en consecuencia, puede todo el mundo incurrir en una omisión impropia
punible. Como ya se puede adivinar y se confirmará en seguida: no todas las personas
que están en la playa son garantes, sino sólo algunos como el salvavidas, con la
consecuencia de que mientras el resto que mira impasible cómo se ahoga el
infortunado bañista a lo más incurre en omisión de socorro, el salvavidas en cuanto
garante responde – si se dan los demás requisitos – por homicidio por omisión
impropia. De ahí la importancia capital de determinar con precisión en cada caso
concreto quién es garante y quién no.

Según la función del garante en cada situación particular se distingue (aunque muchas
veces ambas categorías se superponen en los hechos) entre garantes de protección y
garantes de vigilancia:

3
Los garantes de protección, que son los que han concentrado el interés de la doctrina
chilena, se caracterizan porque su función es proteger un determinado bien jurídico de
los riesgos circundantes (indeterminados) que puedan acecharlo. Por ejemplo, el padre
es garante de protección de su hijo pequeño: debe procurar evitar que al niño le pase
algo malo, cualquiera que sea la fuente de ese mal (el hambre, la enfermedad, el frío,
el calor, la piscina, el balcón elevado, lo que se echa a la boca, etc.). Lo mismo rige
para un médico o un enfermero respecto de los pacientes a su cargo o para el
salvavidas respecto de los bañistas o para el profesor o educador respecto de sus
alumnos pequeños.

Los garantes de vigilancia, en cambio, tienen la función de impedir que una


determinada fuente de peligro que está a su cargo afecte los bienes jurídicos
circundantes (indeterminados). Así, por ejemplo, el encargado de un establecimiento
industrial debe procurar que los procesos productivos no lesionen el entorno (que las
instalaciones no exploten, que no contaminen más allá de lo permitido, que los
productos no sean venenosos, que no exploten al freírlos, que los dependientes no
lesionen a los clientes, etc.)5.

En lo que concierne ahora a las razones en virtud de las cuales alguien debe
considerarse en posición de garante, la vieja teoría de las fuentes de la posición de
garante (también teoría formal) sigue siendo de utilidad, aunque se reconozca que los
criterios decisivos deberían ser materiales. En la formulación clásica de esta doctrina
las fuentes de posición de garante serían tres: la ley, el contrato y la injerencia (o
actuar precedente). En nuestra doctrina sólo las dos primeras se aceptan sin discusión.

En efecto, no ocasiona mayores dificultades reconocer como fuentes de posición de


garante a la ley y al contrato. Es razonable pensar que los padres son garantes
respecto de sus hijos y viceversa (al menos en principio) o que los cónyuges son
garantes recíprocamente, todo esto en virtud de las valoraciones y reglas del derecho
de familia; o que los policías a cargo de proteger a las personas frente a posibles
agresiones son garantes en virtud de su ley orgánica; o que empleador es garante
respecto de sus trabajadores en virtud de las leyes laborales; o que el enfermero, el
educador o el salvavidas lo son en virtud de un contrato, etc. Si bien se trata de
fuentes esencialmente formales, se suele insistir especialmente a su respecto en cuanto
a que las posiciones de garante son situaciones fácticas, probablemente con el objeto
de prevenir una interpretación del asunto penal excesivamente accesoria de la validez
formal de la fuente en cuestión (la ley o el contrato). Esta perspectiva parecería
favorecer la aceptación de otras posibles fuentes de base fáctica como la “estrecha
comunidad de vida” o la “comunidad de riesgos” (así como avalaría la posible
aceptación de la injerencia, según se verá en seguida), sin embargo, la doctrina
chilena es muy restrictiva al respecto, y con razón, pues por la vía de la aceptación
como fuente de posición de garante de situaciones informales se corre el riesgo de
darle relevancia penal a meras representaciones de lo que debiera ser la solidaridad
debida.

Respecto de la injerencia o actuar precedente, en cambio, hay gran discusión. Ya la


formulación misma no es del todo pacífica, pero en principio se trata de un hecho
5
Este ejemplo permite mostrar, además, la posible superposición de funciones de garante, porque el encargado del
establecimiento no sólo debe vigilar los procesos del mismo, sino que, conforme a una opinión extendida, debe proteger
a los trabajadores a su cargo.

4
previo ilícito (postura mayoritaria en la discusión comparada) que genera un riesgo
para el bien jurídico en cuestión. Se dice entonces que el que creó de ese modo el
riesgo tiene el deber de conjurarlo, de modo que si no lo hace se le puede hacer
responsable por el resultado que en definitiva se verifique. Contra su aceptación se
hace valer como argumento de texto la atenuante del art. 11 Nº 7 CP, consistente en
haber procurado con celo evitar las ulteriores perniciosas consecuencias del delito, de
donde se seguiría que evitar dichas consecuencias es sólo el presupuesto de una
atenuante, no un deber penalmente relevante. Pero probablemente el principal reparo
contra la injerencia como fuente de posición de garante sea que sus partidarios no han
logrado (o al menos no todavía) precisar sus límites y evitar el efecto contraintuitivo
consistente en que conductas penalmente relevantes a título de culpa se conviertan en
conductas relevantes a título de dolo por el solo paso del tiempo: el conductor que no
respeta una luz roja y atropella a un peatón provocándole la muerte comete cuasidelito
de homicidio si el peatón muere instantáneamente, pero si queda malherido y muere
una hora después sin recibir atención, el conductor que conscientemente no lo ayudó
comete homicidio (doloso)6.

Adicionalmente, debe reconocerse que, al margen de la precisión que puedan aportar


los restantes requisitos de la omisión impropia (ver infra), los alcances de cada
posición de garante y de los deberes que fluyen de ellas distan de estar resueltos del
todo entre nosotros. Así, por ejemplo, hay buenas razones para pensar que los deberes
de un padre respecto de sus hijos son más extensos e intensos cuando éstos son
pequeños que cuando son adultos o que en general los deberes de los hijos respecto de
los padres son de menor entidad, etc. Tampoco está clara la medida en la doctrina
chilena, que gira fundamentalmente sobre la idea de un garante de protección, está
realmente dispuesta a aceptar las posibles consecuencias del concepto de garante de
vigilancia: así, por ejemplo, no es en absoluto evidente que esté dispuesta a aceptar –
desde luego, bajo ciertos presupuestos adicionales – que el padre que debe vigilar esa
fuente de peligro que es su hijo pueda responder penalmente por no evitar los males
que éste ocasiona. Como se ve, hay trabajo dogmático pendiente en la materia.

b. Aunque la posición de garante sea el requisito de base, no puede considerarse el


único. El garante no es automáticamente responsable por cada resultado no evitado
que se podía evitar. Existe cierto consenso al menos en cuanto a que la
responsabilidad del garante supone que éste, en el caso concreto, haya asumido
efectivamente el rol y la función de garantía asociados a la posición. Por así decirlo,
debe “activarse” la función de garante. Así, el salvavidas que no va un día a su
trabajo, o va pero no asume efectivamente sus funciones (no se viste, no se ubica en la
silla de salvavidas) o habiéndola asumido la abandona previo aviso a todos los que
hasta ese momento han podido confiar en la presencia de un salvavidas, etc. no
incurre en omisión impropia si no socorre a un bañista que luego se ahoga. O los
funcionarios del hospital que concurren al mismo pero no asumen sus funciones por
paro. En principio nadie es garante a tiempo completo, aunque puede haber dudas
respecto de posiciones de garante fundadas en relaciones de familia.

No hay que confundir esta exigencia de asunción con la posibilidad fáctica de evitar
el resultado que es presupuesto del concepto mismo de omisión. Lo que se está

6
Hay que reconocer que varios autores sólo le dan relevancia al hacer precedente doloso.

5
diciendo es que el garante que no ha asumido en concreto su rol no responde, aunque
hubiera podido evitar el resultado sin ninguna dificultad.

Se puede discutir si en vez de ser un requisito adicional la asunción no es en realidad


una exigencia para ser en concreto garante, lo que, en todo caso, no pasa de ser una
cuestión terminológica. Más importante es considerar que desde un cierto punto de
vista la asunción podría considerarse la única fuente de posición de garante, porque
todas las demás la suponen y porque en general se admite que basta por sí sola (sin
ley ni contrato ni nada) para constituir en garante. En efecto: el que se ofrece o acepta
ayudar al anciano con bastón a cruzar la avenida altamente transitada se hace garante
del mismo hasta el término del cruce, no puede dejar de ayudarlo en medio de la
avenida. Alguien puede ver en esto una forma de injerencia, pero bien podría hablarse
simplemente de asunción, con la posibilidad, además, de superar cierto formalismo y
esquematismo excesivo de la teoría de las fuentes de posición de garante.

c. Legislaciones extranjeras y buena parte de la doctrina comparada exigen además que


en concreto exista una cierta equivalencia de la omisión con una comisión (identidad
estructural o valorativa), con el objeto de evitar un desarrollo con tendencia al
automatismo y a la expansión del universo de omisiones punibles. En Chile, sin
embargo, el punto ha sido poco tratado. En ese contexto destaca el desarrollo de
Politoff (y luego del mismo con Matus y Ramírez), quien proponía afirmar esa
identidad sólo cuando la asunción de la posición de garante fuera al mismo tiempo
cofundante del riesgo a conjurar, en el sentido de provocar un bloqueo o desactivación
de medios alternativos de protección (se daría cuando el marido asume el cuidado
exclusivo de su mujer enferma, porque con ello transmitió al entorno que podía
descansar en que él se encargaría; no se daría cuando marido y mujer sufren un
accidente carretero, quedando ella malherida, y él se abstiene de toda maniobra de
socorro). Se trata de una postura radical, que no es claro que vaya a ser acogida por el
resto de la doctrina.

d. Dados todos estos requisitos se requiere además, obviamente, una omisión (no realizar
conductas que se estaba en condiciones de realizar, tendientes a evitar el resultado) y,
al menos para los efectos del delito consumado, tanto que se verifique el resultado
típico como que éste sea objetivamente imputable a la omisión. Para esto último basta
en principio con poder afirmar que con seguridad rayana en la certeza el resultado no
se hubiera producido si el sujeto hubiera realizado la conducta que estaba en
condiciones de realizar.

e. Hasta aquí las exigencias del “tipo objetivo” de los delitos de omisión impropia. En lo
que concierne a la tipicidad subjetiva regiría en principio lo mismo que para la
omisión propia, con la salvedad de que en el caso concreto, en cuanto la verificación
del resultado típico no es segura, es posible que se excluya el dolo y se afirme sólo
culpa, punible si el respectivo tipo penal admite realización culposa. En materia de
causas de justificación y de exculpación rige lo ya dicho a propósito de los delitos de
omisión propia.

7. Muchas de estas cuestiones no están resueltas exhaustivamente por la doctrina chilena, lo que
puede explicarse por una práctica judicial muy circunspecta al respecto, que suele apreciar
omisiones impropias punibles sólo excepcionalmente en situaciones groseras. En general se
trata de delitos contra la vida. Por lo mismo, no es del todo claro a qué tipos penales sería

6
realmente aplicable en la práctica el esquema que se acaba de exponer. Mientras que en los
tipos meramente resultativos (esto es, que se definen por su resultado, siendo indiferente la
forma que adopte la conducta, como el homicidio) se acepta en general la posibilidad, en los
llamados delitos de acción determinada o vinculada (aquéllos en que la ley se preocupa de
precisar la conducta, como sugiere la anómala formulación de las lesiones graves del art. 397
CP; discutible) se tiende a negarla. Del conjunto de las explicaciones se desprende que no hay
omisión impropia en tipos de mera actividad, aunque no sea ésa una conclusión unánime en
la discusión comparada. Por último, estas dudas o ambigüedades son atribuibles también, sin
duda, a la ausencia de regulación legal, aspecto que había quedado pendiente.

8. Retomando el caso del salvavidas, si matar significa causar la muerte y el salvavidas no la


causó, sino simplemente no la evitó, entonces al castigarlo por homicidio se le está haciendo
responsable sin que haya realizado la conducta descrita en el art. 391 CP, lo que al margen de
cualquier opinión sobre la calidad de las razones en que se funda la construcción de los
delitos de omisión impropia, sin duda entra en colisión con el principio de reserva legal en
materia penal (art. 19 Nº 3 inciso final CPR).

Curiosamente, con más o menos pudor, nuestra doctrina prácticamente unánime admite la
punición a título de homicidio si se dan los requisitos precedentemente expuestos. En otros
ordenamientos jurídicos esos requisitos han sido recogidos por la legislación, generalmente
en la parte general, en la forma de cláusulas generales de equiparación entre omisiones
impropias y acciones7. No existe, sin embargo, algo así en el derecho chileno. Nuestra
doctrina recurre a argumentos de fuerza dudosa: que el art. 1º CP admite que delito puede ser
tanto una acción como una omisión (lo que, sin embargo, nada dice de omisiones no
tipificadas expresamente); o que el art. 492 CP se refiere a “acciones u omisiones que de
haber mediado malicia constituirían crimen o simple delito contra las personas”, en
circunstancias en que el Título VIII del Libro II del Código Penal (donde se encuentran los
“Crímenes o simples delitos contra las personas”) no se tipifica expresamente ninguna
omisión, lo que implicaría – se afirma – que el art. 492 CP se refiere precisamente a las
omisiones impropias (no obstante lo cual el argumento se mantiene con carácter general y no
sólo para los delitos contra las personas), etc.

Incluso la jurisprudencia ha reconocido que “prescindiendo de algunas reservas de


constitucionalidad al hacerlo – las cuales no deberían ser desoídas en modo alguno por el
legislador en relación con una reforma futura de la ley penal – existe un amplio acuerdo en
que los delitos comisivos – vale decir, aquéllos cuyo tipo los describe como una actividad –
usualmente pueden cometerse también mediante una omisión” (SCS 4.8.1998, cons. 13º). En
todo caso la Corte Suprema constata con razón un antiguo y profundo consenso valorativo
que es lo único que explica que la punición en casos como éstos haya sido asumida como
necesaria y legítima a pesar de la manifiesta vulneración de la garantía básica del derecho
penal.

9. Es posible, sin embargo, que esto se pueda ver diferente si se concibe que la posibilidad de la
omisión propia va implícita en los tipos de resultado tal como están redactados en la
actualidad, interpretados éstos no como prohibiciones de causación sino como imposición de
deberes respecto de ciertos bienes jurídicos. Si prescriptivamente “matar” no es igual a causar
una muerte, sino a infringir los deberes que se tienen respecto de la vida de una persona -
deberes que pueden ser negativos, erga omnes, como el de no provocar la muerte de alguien,

7
Así, por ejemplo, en Alemania, el §13 StGB; o en España, el art. 11 CP.

7
pero también positivos, especiales, en virtud de una relación especial, como el de evitar la
muerte de la persona por haber asumido su cuidado, sujeto a restricciones más o menos
intensas - entonces el aspecto legal parece al menos relativizado. Entre nosotros han
planteado soluciones en esta línea con especial énfasis Carnevali y Piña.

10. El iter criminis de los delitos de omisión se aborda en el capítulo correspondiente a las formas
de ejecución imperfecta.

Bibliografía básica recomendada:

Carnevali, Raúl: El delito de omisión. En particular la comisión por omisión, Revista de Derecho
(Universidad Católica del Norte) Nº 9 (2002), pp. 69-80

Cury, Enrique: Derecho penal. Parte general, 7º edición, Ediciones Universidad Católica de Chile,
Santiago 2005, pp. 673-687

Garrido, Mario: Derecho penal, T. II, 4º edición, Editorial Jurídica de Chile, Santiago 2007, pp. 235-
251 (en cualquier edición: cap. VI)

Izquierdo, Cristóbal: Comisión por omisión. Algunas consideraciones sobre la injerencia como
fuente de la posición de garante, Revista Chilena de Derecho Vol. 33 Nº 2 (2006), pp. 329-343

Piña, Juan Ignacio: Derecho penal. Fundamentos de la responsabilidad, AbeledoPerrot, Santiago


2010, pp. 135-152

Politoff, Sergio / Matus, Jean Pierre / Ramírez, María Cecilia: Lecciones de derecho penal chileno.
Parte general, 2º edición, Editorial Jurídica de Chile, Santiago 2004, pp. 196-206