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Consideraciones sobre

Jesucristo, el Hijo de Dios


† JESÚS †

La pregunta que Jesús hizo a sus discípulos continúa resonando en los oídos y los corazones de las
todas las personas, y así como ayer, también hoy exige una respuesta. Durante dos milenios se han
dado a esta interrogante las más variadas y disimiles respuestas. ¿Quién ha dicho, y dice, la gente
que es Jesús? ¿Quién decimos nosotros mismos que es?

El relato conservado en el evangelio según san Mateo (16.13-20) dice:

“Y viniendo Jesús á las partes de Cesarea de Filipo, preguntó á sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los
hombres que es el Hijo del hombre? Y ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; y otros, Elías; y otros; Jeremías,
ó alguno de los profetas. El les dice: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Y respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú
eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces, respondiendo Jesús, le dijo: Bienaventurado eres, Simón,
hijo de Jonás; porque no te lo reveló carne ni sangre, mas mi Padre que está en los cielos. Mas yo también te
digo, que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán
contra ella. Y á ti daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que ligares en la tierra será ligado en los
cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos. Entonces mandó á sus discípulos que á
nadie dijesen que él era Jesús el Cristo.”

Los siglos acumulados de tradición interpretativa parecieran poner una barrera infranqueable para
entender a Jesús desde su propio contexto. Antes de cualquier lectura o reflexión se establece una
determinada “identidad” y, a partir de allí, se interpreta cualquier declaración – aunque la misma
claramente contradiga el axioma inicial o, más frecuentemente, a la propia Sagrada Escritura.

¿Quién fue Jesús de Nazaret y qué sabemos realmente acerca de él? Su nombre era Yeshúa (nombre
arameo común en la época); nacido en Belén de Judea, pero criado y educado en la ignota aldea de
Nazaret, en Galilea. Su nacimiento se produjo durante el reinado de Augusto (37 a.C. a 14 d.C.), en
vida de Herodes el Grande. Sus padres José y María, y sus hermanos: Jacobo, José, Judas, Simón...
y también hermanas (algunos, también por motivaciones ideológicas, discuten si fueron hermanos
de sangre o primos).

“ ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿no se llama su madre María, y sus hermanos Jacobo y José, y Simón, y
Judas? ¿Y no están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas? Y se
escandalizaban en él. Mas Jesús les dijo: No hay profeta sin honra sino en su tierra y en su casa.” Mateo
13.55-57

Pero, como todos sabemos, simples datos biográficos no bastan para entender el significado de una
persona ni de sus actos. Como afirma Sean Freyne:

“Últimamente, el interés por la figura histórica de Jesús el Galileo parece dejar en segundo término las
aportaciones cristológicas del Nuevo Testamento acerca del sentido de su persona y su ministerio.”

Comencemos pues, nuestras consideracionespor su Persona; el Nuevo Testamento nos provee


suficientes testimonios para afirmar que Jesús es Dios, el Hijo, “engendrado antes de todos los
siglos”. Revelación perfecta del Padre, ungido por el Espíritu Santo. Verdadero Dios, y verdadero
hombre. Maestro, Sacerdote y Rey.

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios.
Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que es hecho, fué hecho. En él estaba la vida, y la
vida era la luz de los hombres […] Y aquel Verbo fué hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria,
gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad..” Juan 1.1-4, 14
“Porque en él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente.” Colosenses 2.9

“Y sin cotradicción, grande es el misterio de la piedad: Dios ha sido manifestado en carne; ha sido justificado
con el Espíritu; ha sido visto de los ángeles; ha sido predicado á los Gentiles; ha sido creído en el mundo; ha
sido recibido en gloria.” 1 Timoteo 3.16

Así lo entendieron los primeros cristianos, quienes lo expresaron abundantemente en confesiones de


fe, fórmulas litúrgicas y cánticos:

“Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor que nació del Espíritu Santo y de la virgen María, fue
crucificado bajo el poder de Poncio Pilato, y sepultado, al tercer día resucito de entre los muertos, subió a los
cielos y está sentado a la diestra del Padre; y desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.”
Credo Romano, siglo II.

“El Hijo de Dios se hizo hijo del hombre, para que el hijo del hombre llegue a ser hijo de Dios.” Ireneo de
Lyon, siglo II.

“Luz serena de la gloria santa del Padre Eterno, ¡oh Jesucristo!: Habiendo llegado a la puesta del sol, y
viendo aparecer la luz vespertina, alabamos al Padre y al Hijo y al Santo Espíritu de Dios. Es un deber
alabarte en todo tiempo con santos cánticos, Hijo de Dios, que has dado vida; por eso el mundo te glorifica.”
Himno vespertino Fos Hilarion (Luz Serena), siglo II.

Esa fe fue, es y será conservada por la una, santa, católica y apostólica Iglesia cristiana hasta la
consumación de los siglos. Así lo confirman también las Confesiones de la época de la Reforma:

“Enseñamos también que Dios el Hijo asumió la naturaleza humana en el seno de la Virgen María, de manera
que hay dos naturalezas, la divina y la humana, inseparablemente unidas en una Persona, un Cristo, Dios
verdadero y verdaderamente hombre, que nació de la Virgen María, verdaderamente sufrió, fue crucificado,
muerto y enterrado, para reconciliarnos con el Padre y ser sacrificio, no solamente por el pecado original,
sino también por todos los pecados actuales de los hombres. También descendió a los infiernos y
verdaderamente resucitó al tercer día, luego subió a los cielos para sentarse a la derecha del Padre y reinar
para siempre y tener dominio sobre todas la criaturas y santificar a aquellos que creen en El, mandando al
Espíritu Santo a sus corazones, para reinar, consolar y purificarlos y defenderlos contra el demonio y el poder
del pecado. El mismo Cristo vendrá visiblemente de nuevo para juzgar a los vivos y a los muertos, etc. según
el Credo de los Apóstoles.” Confesión de Augsburgo, III.

“Mediante esta doctrina, fe y confesión nuestra no se divide la persona de Cristo, como lo hacía Nestorio
(que negaba la verdadera comunión de los atributos de las dos naturalezas en Cristo, dividiendo así la persona
de Cristo, como lo explicó Lutero en su libro Los Concilios y las iglesias). Ni tampoco se confunden entre sí
o se mezclan las dos naturalezas y sus propiedades para formar una sola esencia, como enseñaba Eutiques
erróneamente; ni se niega o aniquila la naturaleza humana en la persona de Cristo, ni se cambia una
naturaleza en la otra. Antes bien, Cristo es y permanece por toda la eternidad Dios y hombre en una sola
persona indivisible.” Fórmula de Concordia, D.S. VIII.

Como nuestro Redentor, Cristo cumple los oficios de Maestro, Sacerdote y Rey, tanto en su estado
de humillación como en su exaltación. Como Maestro o Profeta, el Señor Jesucristo enseña la
verdad sobre Dios, su propósito y su voluntad, siendo Él mismo la verdad. Como Sacerdote, el
Señor Jesucristo, se ofreció a sí mismo como propiciación por los pecados de todo el mundo,
obteniéndonos así eterna redención, e intercede por nosotros ante el Padre. Como Rey, el Señor
Jesucristo, gobierna, guía y protege al universo entero, pero en particular a su pueblo.

“Porque Moisés dijo á los padres: El Señor vuestro Dios os levantará profeta de vuestros hermanos, como yo;
á él oiréis en todas las cosas que os hablare.” Hechos 3.22

“Como también dice en otro lugar: Tú eres sacerdote eternamente, Según el orden de Melchîsedec.” Hebreos
5.6

“Yo empero he puesto mi rey Sobre Sión, monte de mi santidad.” Salmos 2.6
El Señor Jesucristo cumplió, y cumple, su oficio de Profeta y Maestro al revelarnos, por medio de
su Palabra y del poder del Espíritu la voluntad de Dios para nuestra salvación. Toda autoridad, toda
enseñanza y toda obra debe sujetarse a la autoridad de Cristo.

“Dios, habiendo hablado muchas veces y en muchas maneras en otro tiempo á los padres por los profetas, En
estos porstreros días nos ha hablado por el Hijo, al cual constituyó heredero de todo, por el cual asimismo
hizo el universo.” Hebreos 1.1-2

“Este es mi Hijo amado; á él oid.” Lucas 9.35

“Cuanto á Jesús de Nazaret; cómo le ungió Dios de Espíritu Santo y de potencia; el cual anduvo haciendo
bienes, y sanando á todos los oprimidos del diablo; porque Dios era con él.” Hechos 10.38

El mismo Señor, nuestro amoroso Salvador, cumplió el oficio de Sumo Sacerdote habiéndose
ofrecido a sí mismo en propiciación para satisfacer la justicia divina y para reconciliarnos con Dios,
y aún ministra como Sumo Sacerdote celestial intercediendo continuamente por nosotros.

“Así también Cristo fué ofrecido una vez para agotar los pecados de muchos; y la segunda vez, sin pecado,
será visto de los que le esperan para salud.” Hebreos 9.28

“ El cual fué entregado por nuestros delitos, y resucitado para nuestra justificación.” Romanos 4.25

“Por lo cual puede también salvar eternamente á los que por él se allegan á Dios, viviendo siempre para
interceder por ellos.” Hebreos 7.25

De manera muy acertada, el Muy Rev. Pastor Enrique Ivaldi Broussain ha escrito sobre el
sacerdocio de Cristo:

“Así como el Sumo Sacerdote era iniciado al oficio por un lavamiento y la unción, así lo hizo también Cristo:
y de este modo fue bautizado por Juan el Bautista, hijo de Zacaría, sacerdote del turno de Abías, descendiente
de Aarón. El Señor fue ungido por el Espíritu Santo. De este modo dio cumplimiento al propio precepto de su
iniciación al oficio de Sumo Sacerdote, al comienzo de su ministerio, y así fue preparado para hacer
expiación por el pecado del mundo.” Cartas Provinciales

“Sólo Cristo ha penetrado, como hombre, a través del velo; es Su sangre la que ministra, pues, aunque todo el
pueblo se congrega para recibir el común beneficio y ofrecer sus oraciones de agradecimiento y afligir sus
almas, entregando cada día sus pecados, la Expiación es la Obra del Señor Jesucristo, nuestro Sumo
Sacerdote, y de nadie más. En este sentido, nuestra Justicia está en el cielo; la única vida Cristiana que es
grata y aceptable a Dios está allí.” El Gran Día de la Expiación

El Señor Jesucristo, nacido del linaje de David según la carne, es Rey desde la eternidad y por la
eternidad, Él cumple su oficio real al sujetarnos a sí mismo, al gobernarnos y defendernos, y al
restringir y vencer a todos sus enemigos y los nuestros.

“Tu pueblo serálo de buena voluntad en el día de tu poder, En la hermosura de la santidad: desde el seno de la
aurora, Tienes tú el rocío de tu juventud.” Salmos 110.3

“Y tú, Bethlehem, de tierra de Judá, No eres muy pequeña entre los príncipes de Judá; Porque de ti saldrá un
guiador, Que apacentará á mi pueblo Israel.” Mateo 2.6

“Porque es menester que él reine, hasta poner á todos sus enemigos debajo de sus pies.” 1 Corintios 15.25

Por todo ello, y considerando la verdad sobre nuestro Señor y Salvador Jesucristo, confesamos junto
con el Doctor Martín Lutero:

“Creo que Jesucristo, verdadero Dios nacido del padre desde la eternidad, y verdadero hombre nacido de la
virgen María, es mi señor, que me ha resucitado, adquirido y ganado, siendo yo un hombre perdido y
condenado, al librarme del pecado, de la muerte y del poder del demonio, no a precio de oro y plata, sino por
su santa sangre preciosa, por su padecimiento y muerte inocentes, para que sea propiedad suya y viva bajo su
señorío en su reino, a fin de servirle eternamente en la justicia, en la inocencia y en la felicidad, lo mismo que
él mismo, al resucitar de entre los muertos, vive y reina por toda la eternidad. Esto es verdadero con toda
certeza.”

© 2018 – Rev. Dr. Andrés Omar Ayala